EL ENEMIGO
Q U E L L E VA S
DENTRO
Una exposición clara
y honesta sobre el
poder y la derrota
del pecado
Kris Lundgaard
Pero jamás acontezca que yo me gloríe, sino
en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por
el cual el mundo ha sido crucificado para
mí y yo para el mundo.
Gálatas 6:14
© 2024 by P&R Publishing
Traducido del libro The Enemy Within: Straight Talk about the Power and
Defeat of Sin, Revised Edition © 2023 por Kris Lundgaard, publicado
por P&R Publishing.
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Traducción: Rodrigo Hinojosa, Querétaro, México
Ilustración: Lenka Knoetze, Stellenbosch, Sudáfrica
Diseño de portada y maquetación de las páginas: Francisco Adolfo Hernán-
dez Aceves, CDMX, México
ISBN: 979-8-88779-032-9 (español)
ISBN: 979-8-88779-033-6 (ePub española)
ISBN: 978-1-62995-955-9 (ingles)
Impreso en los Estados Unidos de América
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ca del Congreso y están disponibles en la Biblioteca del Congreso.
Contenido
Prefacio a la edición revisada 7
Prefacio a la primera edición 9
Agradecimientos 13
P r i m e r a pa r t e :
El poder del pecado en su identidad
1. La maldad que habita en mí 17
2. El brazo largo de la ley 27
3. La casa embrujada 35
4. Diferencias irreconciliables 43
S e g u n d a pa r t e :
El poder del pecado en su forma
de actuar y en sus efectos
5. Los secretos del oficio 51
6. Cuando nos dejamos llevar 59
7. Nada de ocio 67
8. Ama a Dios con toda tu mente 77
9. En el anzuelo 87
10. La maculada concepción 95
11. Arrastrado por la corriente 105
EL ENEMIGO QUE LLEVAS DENTRO
T e r c e r a pa r t e :
El féretro del pecado
12. Un trasplante de médula 119
13. Una paz difícil 125
14. Unidos contra la carne 133
15. Una fe letal 145
6
P r e fa c i o a l a e d i c i ó n r e v i s a d a
Después de unos meses de la publicación de El enemigo que llevas
dentro, mi editor me envió una fotocopia (eso te revela hace cuán-
to tiempo fue esto) de la primera reseña de mi libro. Ahora mismo,
no puedo encontrarla, pero recuerdo bien las reservas del crítico.
Comentó que el autor se había enfocado en la lucha individual
contra la carne y que había descuidado por completo la parte co-
lectiva. Tenía razón y esa fue una de sus debilidades. A partir de
entonces, dije que, si tuviera la oportunidad de revisar el libro,
intentaría arreglar aquello.
Mi libro estaba basado en los escritos de John Owen sobre el
pecado y, en esos libros, no describe las armas colectivas contra la
carne, de manera que, sin su «autorización», no consideré justifica-
ble incorporar contenido adicional en una revisión. Sin embargo,
el verano pasado, me encontré con una cita del tratado de Owen
sobre la apostasía en el que menciona la necesidad de la mortifi-
cación del pecado. Él les dice a sus lectores que ya les ha escrito
sobre este tema y que, si no pueden encontrar nada mejor, deben
leer sus discursos sobre el pecado. No obstante, en seguida agrega
que, si no logran mortificar por su propia cuenta algún pecado es-
pecialmente arraigado, «no deben postergar el informarle a algún
guía espiritual capaz de su estado y condición».1 A continuación,
1 John Owen, «Nature and Causes of Apostasy from the Gospel», en The
Works of John Owen (Las obras de John Owen), vol. 7, Sin and Grace
(Edimburgo: Banner of Truth Trust, 1965), 239, énfasis original.
7
EL ENEMIGO QUE LLEVAS DENTRO
cita Santiago 5:16 y recomienda la práctica de la confesión mutua
y afirma que a menudo ha «hecho huir de inmediato las fuerzas
del pecado en el alma».2
Resultó ser que, cuando pensé en añadir un capítulo a El ene-
migo que llevas dentro, esta «arma colectiva» que tenía en mente
fue la confesión mutua de pecado. Mi inspiración fue el último
capítulo de Vida en comunidad de Dietrich Bonhoeffer. Él me ayu-
dó a entender por qué es tan efectiva la confesión mutua contra
el pecado.3
Convencido de contar con la aprobación de Owen, pregunté a
P&R si era buen momento para una edición revisada. Les agradó
la idea y, además de agregar un capítulo, me he dado la oportuni-
dad de hacer algunos cambios estructurales y estilísticos también.
2 Owen, 239.
3 Otros también me han ayudado en esto: ver William R. Edwards, «Sanc-
tification: A Pastor’s Labor for the Obedience of Faith», en Theology for
Ministry: How Doctrine Affects Pastoral Life and Practice (, eds. William R.
Edwards, John C. A. Ferguson y Chad Van Dixhoorn (Phillipsburg, NJ:
P&R Publishing, 2022), 271-273.
8
P r e fa c i o a l a p r i m e r a e d i c i ó n
«Si Dios me ha redimido del pecado, me ha dado Su Espíritu San-
to para santificarme y me ha fortalecido contra el pecado, ¿por qué
sigo pecando?» Esta pregunta me ha asolado durante toda mi vida
de fe. En mis momentos más bajos, me ha producido desesperanza
y también ha oscurecido mis momentos más brillantes.
A finales del verano de 1996, descubrí algo útil, algo que me
dio esperanza. El nombre de John Owen había aparecido aquí y
allá con los años, en especial al leer los libros de J. I. Packer.1 Había
evitado a Owen porque sabía, gracias a las pocas lecturas de sus li-
bros que llevamos en el seminario, que resultaría lento y difícil. Sin
embargo, cuando mi propia impotencia ante mi santificación me
pareció evidente, todos los obstáculos se desvanecieron y comencé
a leer mi empolvada copia de El pecado remanente: Su naturaleza,
poder, engaño, y prevalencia.2
Durante las semanas siguientes, avancé lentamente entre la
compleja sintaxis de Owen y su vocabulario anticuado y me toma-
ba una hora entera para cubrir unas ocho o diez páginas. Tuve que
leer cada oración dos, tres o hasta cuatro veces, leer las referencias
bíblicas, revisar mi diccionario para encontrar palabras en desuso y
subrayar cerca del ochenta por ciento de lo que leí. Para mi mente,
1 En pos de los puritanos y su piedad (EE. UU. Publicaciones Faro de Gracia,
2020); El renacer de la santidad (Caribe, 1995); Caminar en sintonía con el
Espíritu (Andamio, 2017).
2 John Owen (Lima, Perú, Teología para Vivir, 2021).
9
EL ENEMIGO QUE LLEVAS DENTRO
fue el equivalente de cavar una mina con un pico y una pala. Sin
embargo, encontré oro en el camino… y no solo algunos puñados
de polvo de oro, sino la veta principal.
El oro que descubrí fue la esperanza, un amor renovado por
Cristo y un acercamiento a la santidad por medio de la fe en Él. A
lo largo del camino, me vi asqueado por causa de mi propio peca-
do, pero, al mismo tiempo, también elevado hacia la cruz en busca
de libertad. Cuando terminé de leer El pecado remanente, no esperé
ni un segundo para ir a la librería y comprar La mortificación del
pecado. Para entonces, toda mi perspectiva en cuanto a la santidad
había cambiado y creía que, por la gracia de Dios, podría resistir
hasta el punto de derramar sangre si buscaba la gloria de Dios en
el rostro de Cristo (Heb 12:1-4).
Mi corazón anhela compartir este gozo. Una y otra vez, en gru-
pos pequeños y en conversaciones de discipulado, he escuchado
mi propia pregunta angustiada («¿Por qué sigo pecando?») de la-
bios de mis amigos. Sé que la exposición de las Escrituras que
nos ofrece John Owen es precisamente lo que todos necesitamos
escuchar, pero también sé que pocos se darán a la tarea de des-
menuzar su pesadísima prosa, por más pasión que demuestre al
recomendarlo. El viaje de vuelta al siglo XVII es demasiado largo,
de manera que he decidido traer a Owen al siglo XXI.
Mi objetivo no fue resumir a Owen, como otros lo han hecho,3
sino más bien secuestrarlo. Por la fuerza, lo he hecho mi coau-
tor y, juntos, hemos escrito un nuevo libro. Él aportó su preciosa
exposición, sus bosquejos, sus argumentos y sus ilustraciones y
yo contribuí con experiencias críticas reales (como transplants de
médula ósea y desarmadores torx) en mi intento por transportar su
profundo entendimiento de la Biblia a nuestro mundo.
Mi meta puede expresarse en una oración que tomé del final
del propio prefacio de Owen a La mortificación del pecado:
3 Aprecio y recomiendo de forma especial los libros de R. J. K. Law, The Glory
of Christ (La gloria de Crsisto) (Edimburgo: Banner, 1994) y Communion
with God (Comunión con Dios) (Edimburgo: Banner, 1991).
10
PREFACIO A LA PRIMERA EDICIÓN
Con toda sinceridad, puedo decir que el anhelo de mi corazón delan-
te de Dios y el propósito principal de mi vida en la posición en que
me ha colocado la buena providencia de Dios, es que la mortificación
y la santidad universal sean promovidas en mi propio corazón y con-
ducta y en las de otros, para la gloria de Dios; esto con el objetivo de
que el evangelio de nuestro Señor y Salvador Jesucristo sea adornado
en todas las cosas: si el resultado final de este pequeño discurso […]
es de alguna manera útil al más pequeño de los santos, lo consideraré
un digno retorno de las débiles oraciones que por él fueron elevadas
por su indigno autor...
Kris Lundgaard
11
Agradecimientos
Este libro es más claro de lo que pudo haber sido gracias a los si-
guientes conejillos de indias: Eric Hoxworth, James Lines, Randy
Scott, Geof Smith, el grupo de jóvenes de último año de la Uni-
versity Presbyterian Church y un paciente grupo de educación
para adultos (Brea Smith, Mark y Pam Pflieger, Ed Emerick, Scot
Horne, Ed y Patty Hughs, Charlene Hoskins, David Smith y Jo-
hnnie Coble).
Paula Lundgaard, Charlene Hoskins y Ed y Patty Hughs le-
yeron y reflexionaron, me criticaron y me alentaron. El Dr. Ed
Hoskins aclaró y corrigió mis ilustraciones médicas (no pude usar
las anécdotas médicas del siglo XVII de John Owen porque no
sé a ciencia cierta qué es la bilis ni los humores). El pastor John
Picket dialogó conmigo acerca de la santificación hasta que ambos
entendimos mejor de lo que estábamos hablando.
Thom Notaro, editor de P&R, le dio al manuscrito una buena
revisada y lo pulió; por su parte, Barbara Lerch me ofreció un
aliento extraordinario.
J. I. Packer, aunque no me conoce, recibe el crédito por presen-
tarme a Owen en su clase sobre puritanos ingleses en el Reformed
Theological Seminary y por medio de sus frecuentes exposiciones
de Owen en sus libros.
Estoy agradecido con P&R por permitirme revisar el libro
después de tanto tiempo. Varios buenos amigos leyeron el nuevo
capítulo de la edición revisada y me ayudaron a refinarlo: Mark
Cary, John Pickett, Quinn Hill, Eric Landry, Eric Manthei, Paul
13
EL ENEMIGO QUE LLEVAS DENTRO
McDonald, Randy Scott y Geof Smith (es notable que John,
Randy y Geof hayan ayudado con el manuscrito original hace
veinticinco años). El dibujo de mi amiga Lenka Knoetze, El ma-
dero maldito, que aparece al inicio, ofrece reflexión sobre el sufri-
miento del Señor y nuestro llamado. Dave Almack, Amanda Mar-
tin, Aaron Gottier y el equipo de P&R me animaron y desafiaron;
no puedo imaginar escribir un libro sin ambas cosas.
Si John Owen siguiera vivo, tal vez se vería tentado a deman-
darme por haber robado tanto de su material. Me disculparé y se
lo agradeceré cuando lo vea en la gloria.
Todos hemos trabajado juntos soli Deo gloria.
14
P r i m e r a pa r t e :
El poder del pecado en su identidad
Ya hemos conocido al enemigo: y, somos nosotros.
—Pogo
1
L a m a l d a d q u e h a b i ta e n m í
Dios, ayúdame a soportarme a mí misma;
El peso más grande que podría llevar,
El peso inalienable del dolor.
—Christina Rossetti
Me siento igual
Lo único que quería hacer era sorprender a mi esposa.
Desde que nos mudamos a nuestra casa, hace casi un año, el
asidero de la puerta del refrigerador había estado del lado equivo-
cado. Yo había postergado la tarea por causa de mi torpeza con las
labores mecánicas. Sin embargo, esa tarde de jueves, mientras mi
esposa estaba en el trabajo, me propuse redimirme y solucionar
el problema.
Iba a la mitad del trabajo. Ya había quitado la puerta del refri-
gerador y del congelador y quería volverlas a colocar pronto para
que no se echara a perder la comida. Estaba en el paso vital de pa-
sar las bisagras del lado derecho al lado izquierdo del refrigerador
cuando me di cuenta de que cada bisagra estaba fijada con dos tor-
nillos de seguridad torx. Dos ridículos tornillos de seguridad torx.
Y solo había una cosa en el universo que podía extraer (de modo
seguro) uno de estos tornillos: una punta de desarmador torx.
Yo no tenía una punta de desarmador torx.
17
EL ENEMIGO QUE LLEVAS DENTRO
Justo en ese momento, mis tres hijos decidieron agregar su
Espectáculo Andante de Rivalidades Fraternales a mi frustración.
Perdí los estribos. Me desquité con ellos, aunque no lo merecían.
Me miraron como si fuera un monstruo proveniente de Alfa Cen-
tauri que balbuceaba en una lengua extraña.
En medio de mi estallido, pude verme desde afuera. Percibí mi
rostro enrojecido y desfigurado mientras les gritaba a mis queridos
hijos y, en seguida, supe que estaba haciendo algo equivocado. De
manera que me detuve y les pedí perdón, ¿cierto? Pues, no. Algo
se había apoderado de mí. Fue como si un alienígena hubiera in-
vadido mi cuerpo y me estuviera obligando a hacer su voluntad.
Mis hijos huyeron de delante de mí ira y pasó bastante tiempo
antes que yo recobrara la cordura y la consciencia y me humillara
delante de ellos y les pidiera perdón.
Durante los siguientes días, me sentí como perrito regañado.
¿De verdad era tan malvado? ¿Cómo pude lastimar a mis hijos de
esa manera? ¿Les había hecho un daño irreparable? ¿Me perdona-
rían? ¿Me perdonaría Dios?
¿Te ha sucedido algo similar?
Cuando leo Romanos 7, me consuela saber que Pablo se sintió
igual.1 Él me ayuda a entender mi locura y me da algunos térmi-
nos descriptivos útiles para esta: «la ley del pecado» (Ro 7:23),
«este cuerpo de muerte» (v. 24), «mi carne» (v. 18), «el pecado que
habita en mí» (v. 17), llanamente «el pecado» (v. 11) y «la ley del
pecado y de la muerte» (8:2). Algunos teólogos lo llaman el pecado
inherente. Utilizaré todos estos términos de forma intercambiable,
pero, sin importar cómo lo llamemos, es el enemigo de Dios y de
1 Romanos 7 ha sido interpretado de muchas maneras diferentes, pero estoy
convencido de que Pablo está describiendo la experiencia de un creyente, no
de un incrédulo. Para ver más opiniones de buenos autores, ver J. I. Packer,
Keep in Step with the Spirit (Caminar en sintonía con el Espíritu) (Old Tap-
pan, NJ: Revell, 1984), 263-270 y John R. W. Stott, Men Made New: An
Exposition of Romans 5–8 (Hombres nuevos: un estudio de Romanos 5-8), ed.
estadounidense (1966; Grand Rapids: Baker, 1984), 71-75.
18
L A MALDAD QUE HABITA EN MÍ
nuestra alma.2 El primer paso para combatir a este enemigo es co-
nocerlo, y conocerlo bien. Este es mi objetivo en este libro.
El fundamento de nuestro conocimiento del poder del pecado
inherente en la vida del creyente queda sentado en la experiencia
del propio Pablo. Él sufrió tanto en la batalla que, a veces estuvo
a punto de tirar la toalla, clamando al borde de la derrota (Ro
7:23-24). Sin embargo, al sonar la campana, se levantaba y llegaba
a someter a su enemigo con la mano en alto, listo para recibir «la
corona de justicia» (2 Tim 4:7-8).
Cuatro verdades fundamentales
Si queremos tener victoria sobre la carne, tendremos que seguir a
Pablo en la batalla. Cuando lo hacemos, descubrimos las mismas
cuatro verdades que lo hicieron humilde en medio de la lucha, ex-
presadas todas en un solo versículo: «Así que, queriendo yo hacer
el bien, hallo la ley de que el mal está presente en mí» (Ro 7:21).
El pecado que habita en nosotros es una «ley»
La «ley» a la que Pablo se refiere es lo mismo que él llama «el
pecado que habita en mí» (v. 20) y la «ley en los miembros de mi
cuerpo» (v. 23). Este es el pecado remanente al que nos referimos.
¿Por qué, pues, lo llama una ley?
Pablo usa la ley como una metáfora. El término ley expresa el
poder, la autoridad, la atadura y el control que el pecado mani-
fiesta en nuestra vida y, además, tiene un toque de ironía. Desde
antes en este capítulo, ha escrito sobre la ley de Dios, que debería
gobernar nuestra vida; sin embargo, es la ley del pecado lo que
parece ganar muchas de las batallas frente a frente ¿acaso pudo
2 Existen otros dos enemigos: el mundo y el diablo. No trataré con estos de
formas explícita, pero, ya que ambos apelan a nuestra cane (al pecado inhe-
rente) para poder funcionar, toda victoria sobre carne también los debilitará
a ellos.
19
EL ENEMIGO QUE LLEVAS DENTRO
escoger un contraste más sorprendente para describir la fuerza letal
del pecado?
Meditemos en esta metáfora durante un momento. Podemos
pensar en la ley como una regla moral que dirige y manda que ha-
gamos lo que requiere («Honra a tu padre y a tu madre») o que no
hagamos lo que prohíbe («No pasar»). Una ley también nos mueve
a obedecer al ofrecernos una recompensa («para que tus días sean
prolongados en la tierra») o bien nos obliga a someternos median-
te amenazas de castigo si desobedecemos («Multa de quinientos
dólares por violación de la propiedad privada»).
También podemos pensar en la ley en el sentido al que nos
referimos cuando hablamos de las «leyes de la naturaleza». La gra-
vedad, por ejemplo, nos conforma de forma perfecta a lo que nos
«ordena». Es una ley, no como una idea o un precepto externo,
sino como una fuerza que puede hacer que los objetos «obedez-
can» su «voluntad». En este sentido, todo instinto y tendencia en
nosotros es una ley. El hambre es una ley, como también lo son la
sed, el deseo sexual y el temor. Todas estas nos incitan a cumplir
sus exigencias y nos mueven por la fuerza a someternos a ellas.
El pecado inherente funciona precisamente de esta manera: nos
seduce, nos amenaza y hasta nos hostiga. Por lo tanto, Pablo lo
llama una ley para hacernos ver que tiene un gran poder, incluso
en la vida de los creyentes, y que obra de forma constante para
conformarnos a su molde malvado.
Esto exige la pregunta: «¿En qué sentido ha derrotado Cristo
el pecado en el creyente?». La respuesta es que ha derrocado su
gobierno, debilitado su poder y hasta extraído su raíz, de manera
que no puede producir fruto de muerte eterna en un creyente. Sin
embargo (y esto es asombroso, pero verdadero), el pecado es el
pecado; su naturaleza y propósito no cambian; su fuerza y su éxito
intentan controlarnos.
Existe una analogía entre nuestra santificación y la venida de
Cristo a la tierra. En Su primera venida, instauró el reino, de ma-
nera que ya está reinando, ha derrotado al dios de este siglo y está
sentado en el trono a la diestra del Padre. Sin embargo, la oposi-
20
L A MALDAD QUE HABITA EN MÍ
ción continúa y la batalla sigue constante. En Su segunda venida,
consumará el reino y eliminará de él a todos Sus enemigos. De
manera similar, nuestro nuevo nacimiento es la primera venida
de Cristo al alma: Él reina en verdad en nuestro corazón, pero
el enemigo derrotado permanece y la batalla continúa. Nuestra
glorificación después de la muerte es la segunda venida de Cristo
al alma, cuando todo rastro de la ley del pecado será eliminado.
Hallamos esta ley presente en nosotros
Pablo había escuchado historias de terror sobre el pecado toda su
vida. Había visto incontables dedos huesudos apuntados hacia su
cara que le advertían del poder del pecado. No obstante, en Roma-
nos 7:21, avanza de la cómoda teoría a una experiencia desconcer-
tante: el halla que esta es una ley. Una cosa es sentarse en un grupo
y hacer crítica de disertaciones sobre el pecado original; otra muy
diferente es hallarse a uno mismo sometido por su fuerza y locura.
Es una cosa sentarse a escuchar una conferencia sobre la forma en
que el cáncer se extiende en el cuerpo y sobre sus efectos en él y
sobre cómo llega el punto en el que ya no hay vuelta atrás, pero
es muy diferente escuchar a tu médico decirte: «Tienes cáncer de
páncreas de etapa IV».
Pocas personas comprenden en verdad la ley del pecado. Si más
de nosotros lo hiciéramos, nos quejaríamos más de esta en nues-
tras oraciones, lucharíamos más contra ella y hallaríamos menos
de su fruto en nuestra vida. Cuando encontramos esta ley en no-
sotros, el clamor de Pablo, «¿Quién me libertará?», resuena hasta
en nuestros huesos.
Los creyentes son los únicos que pueden hallar la ley del pecado
obrando en ellos. Los incrédulos no pueden sentirla. La ley del pe-
cado es como un río embravecido que los mueve en su corriente;
no pueden medir su fuerza porque se han rendido a la corriente
y son arrastrados por ella. Sin embargo, los creyentes nadan con-
tracorriente: se enfrentan de lleno con el pecado y luchan bajo
su tiranía.
21
EL ENEMIGO QUE LLEVAS DENTRO
Hallamos esta ley en nuestro mejor momento
Pablo descubrió que esta ley obraba en él incluso cuando quería
hacer lo correcto, no solamente en momentos de recaída e indife-
rencia a las cosas de Dios. Estaba consciente de ella incluso cuando
más anhelaba servir a Dios, cuando su mente estaba puesta en obe-
decer a su Salvador y rey, cuando Cristo gobernaba en su corazón.
Aunque la ley del pecado obra desde adentro y embosca a los
creyentes en sus mejores momentos, no es su dictadora. Por más
poderosa que sea, no gobierna su corazón. Los creyentes marchan
a un compás diferente; Pablo afirmó: «yo [quiero] hacer el bien»
(Ro 7:21). Los creyentes desean agradar a Dios, darle gloria, servir
a Su pueblo y dar honra a Su nombre. Por la gracia de Dios, el
deseo de obedecerlo prevalece de forma normal en nosotros, aún a
pesar de este traicionero enemigo que llevamos dentro.
Aunque la gracia de Dios prevalece en nosotros de ordinario,
en esta vida nunca lo hace de forma perfecta (Gl 5:17). Incluso
en nuestros momentos de más amor y humildad, un toque de
orgullo se entromete para distorsionar nuestras obras más justas.
Por lo tanto, debemos vivir en dependencia continua y absoluta
de Cristo.
Juan describió el corazón del creyente renovado por Cristo y
que está bajo Su gobierno: «Ninguno que haya nacido de Dios
practica el pecado, porque la semilla de Dios permanece en él;
no puede seguir pecando, porque ha nacido de Dios» (1 Jn 3:9,
NVI). Las frases «practica el pecado» y «seguir pecando» significan
hacer del pecado algo constante. El creyente tiene ahora una nueva
naturaleza: «la semilla de Dios permanece en él». Esta nueva na-
turaleza no puede estar en paz con el pecado. Esto distingue a los
creyentes en sus peores momentos de los incrédulos en sus mejores
momentos. Incluso cuando el creyente cae y parece estar siendo
atosigado por el tirano del pecado, su nuevo corazón aborrece el
pecado y no puede estar en paz hasta que este es destruido. Sin
embargo, incluso los incrédulos que parecen en la superficie ser
bondadosos y respetables se entregarán al pecado si Dios quita Su
22
L A MALDAD QUE HABITA EN MÍ
gracia restrictiva; el Espíritu de Dios y el nuevo nacimiento son
esenciales en la lucha contra el pecado.
Esta ley nunca descansa
Como la gracia de Dios gobierna en el corazón del creyente, nues-
tro deseo es hacer el bien. Podemos describir esto de dos maneras
diferentes. Primero, tenemos un deseo general y constante de agra-
dar a Dios (Ro 7:18). Segundo, hay momentos en que tenemos
en mente una tarea específica que queremos realizar, como pasar
tiempo en oración en privado o darle a Dios una décima parte de
nuestro ingreso («queriendo yo hacer el bien», v. 21). La ley del
pecado se opone a ambas cosas.
La «ley del pecado y de la muerte» está en constante lucha con-
tra el anhelo general del creyente por agradar a Dios (vv. 14-15).
Sin embargo, el pecado va más allá: cuando nos proponemos hasta
el más pequeño servicio a Dios, el pecado nos ataca precisamente
en ese punto («el mal está presente en mí», v. 21) y nos vuelve
perezosos y distraídos cuando quisiéramos orar o tacaños y ambi-
ciosos cuando quisiéramos dar.
¿No te sientes a veces como el Dr. Jekyll y el Sr. Hyde? Todo
creyente que también es pecador (es decir, todo creyente) se siente
a veces así. «Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el
del Espíritu es contra la carne, pues estos se oponen el uno al otro,
de manera que ustedes no pueden hacer lo que deseen» (Gl 5:17).
¿Quién me libertará?
Nuestra sabiduría
Estamos en el comienzo de nuestra guerra contra la carne. Enten-
der estas cuatro verdades sobre el pecado inherente es equivalente
a armarnos contra él. En nuestra lucha contra el pecado, solo hay
algo más importante que entender que estas cuatro verdades: la
gracia libertadora y justificadora de Dios, comprada por la sangre
de Cristo a nuestro favor. La gracia de Dios en Cristo y la ley del
23
EL ENEMIGO QUE LLEVAS DENTRO
pecado son las dos fuentes de toda nuestra santidad y pecado, de
nuestro gozo y aflicción, de nuestro refrigerio y dolor. Si hemos
de caminar con Dios y glorificarlo en este mundo, necesitamos
afirmarnos en esta gracia en contra del pecado.
Supongamos que existe un reino que alberga dentro de sus
murallas a dos grandes ejércitos en oposición. Los súbditos del
rey están peleados; siempre discuten y planean fechorías contra
el otro. Si el rey no es sabio, su reino terminará destruido. La ley
del pecado y la ley del Espíritu de vida (Ro 8:2) son enemigos
mortales en nuestro interior. Si no somos sabios en lo espiritual
para administrar nuestra alma, ¿cómo no terminaremos hechos
un desastre?
Sin embargo, muchos de nosotros vivimos en oscuridad e ig-
norancia respecto a nuestro propio corazón. Vamos al médico de
forma rutinaria para revisión; escogemos lo que comemos y va-
mos al gimnasio cuatro veces por semana para mantener en forma
nuestro cuerpo. No obstante, ¿cuántos prestamos la misma aten-
ción a la salud de nuestra alma? Si es importante vigilar y cuidar
nuestro cuerpo, que pronto se convertirá en polvo, ¿cuánto más
importante es proteger nuestra alma inmortal?
Es sabio conocer el pecado remanente, aunque sea humillante
y desalentador, si tenemos el más mínimo interés en descubrir lo
que agrada al Señor (Ef 5:10) y evitar todo lo que entristece al
Espíritu Santo (Ef 4:30).
Preguntas para reflexionar y dialogar
1. Lee Romanos 7:14-25. ¿Qué frases describen tu
propia experiencia?
2. ¿Puedes pensar en maneras en que la ley del pecado ofrece
recompensas por obedecerla y amenaza con castigos por
ignorarla? (Veremos más de esto en el siguiente capítulo).
3. Considera un momento cuando «encontraste» la ley del
pecado en ti, cuando te pareció que se apoderaba de ti y te
24
L A MALDAD QUE HABITA EN MÍ
forzaba a hacer su voluntad, en contra de la tuya propia.
Describe cómo sucedió desde tu propia perspectiva.
4. ¿Qué crees que es lo más frustrante de tener el pecado en
tu corazón?
5. Si es verdad que la ley del pecado que habita en ti nunca
descansa, ¿qué esperanza tienes?
6. Lee Lucas 12:15 y Mateo 26:41. Al considerar este capí-
tulo, describe la diligencia diaria que necesitas para hacer
caso a las advertencias de Jesús.
7. ¿Qué esperas obtener en el estudio de este libro? Escribe
una oración donde le pidas a Dios que lo haga realidad en
tu vida.
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