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Historias de Cyborgs y Guerra en Moderan

Remo

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Pablo Rodríguez
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Moderan recoge docenas de historias breves, publicadas en su mayoría entre

1958 y 1965, en las revistas Fantastic y Amazing. Las historias se desarrollan


en un mundo futuro aparentemente destruido por bombas nucleares, un
mundo en el que el paisaje ha sido completamente pavimentado con plástico y
los humanos supervivientes se han transformado en cyborgs, dejando solo
unas pocas tiras de carne como evidencia de su antigua forma. Los hombres
con más metal se convierten en guerreros cuya identidad se funde con la
Fortaleza que los alberga, y el placer y la gloria de Moderan es la guerra entre
sus Fortalezas. (La mayoría de las historias de Moderan se centran en la
Fortaleza 10, la más victoriosa de ellas).
Como muchos clásicos de la ciencia-ficción, Moderan es un texto
«arreglado», una colección de historias dispersas ligadas por secciones
escritas posteriormente que les proporcionan vínculos estructurales y
antecedentes expositivos. De sus 46 capítulos, 19 fueron escritos
expresamente para el libro, incluidos 13 de los 16 primeros, que establecen
cierta linealidad para los episodios siguientes.

Página 2
David R. Bunch

Moderan
ePub r1.0
mnemosine 25.07.2023

Página 3
Título original: Moderan
David R. Bunch, 1971
Traducción: César Terrón

Editor digital: mnemosine


ePub base r2.1

Página 4
Introducción

Eran exóticas, estas grabaciones, extrañas y antiguas, arrastradas por las


aguas hasta la costa cuando los mares de Moderan acabaron finalmente el
deshielo. Reproducidas mediante la máquina anticuada que nosotros, los
seres-rayo, el pueblo del Sueño de la Tierra de la Esencia, conjeturamos
fácilmente, las grabaciones nos hablaron de un mundo muy distinto, un
mundo de transición, si lo prefieren, entre lo que somos ahora y la muerte y la
derrota que esta gente esperaba superar. ¡El hombre de metal nuevo! Tiene un
escenario. ¡MODERAN! Parecía bastante grandioso en su concepto, y quién
sabe si tal vez tuvo una razonable posibilidad de éxito… Pero todas las
sociedades, todas las civilizaciones, todas las aspiraciones deben fracasar al
parecer ante los incesantes tirones del tiempo amortajador, finalmente, y dejar
solo huesecillos, fósiles, un zapato convertido en piedra, quizás un botón de
hueso en el mar, un relicario de un viejo amor, muy viejo. En tal caso,
quedaron las grabaciones donde un gran 'Rey' había grabado sus historias de
esperanzas, temores, guerras… Sí, ¡GUERRAS! Tal vez este 'Rey' fuera un
escritor de cierto talento, una especie de rey Jacobo condenado. Su prosa tiene
estilo, aunque a veces se vuelve tediosa, creo; a veces se explaya en lo obvio
y se hace vago cuando necesita elucidar; a veces se muestra hinchado cuando
debería mostrarse humilde, humilde cuando hinchado sería mejor. O al menos
me parece que es así. Aunque por otra parte, yo soy la auténtica eficiencia de
una máquina, aquí como hombre esencia, mis perfecciones contra los defectos
humanos de ese 'Rey'… ¡Qué desigualdad!
Sí, nosotros somos el pueblo de la esencia, muy por encima del mundo del
que hablan estas grabaciones. Nosotros hemos conquistado de verdad la
inmortalidad que estos bellacos solo pudieron soñar. ¡TOSCOS! Oh, sí, eran
toscos, y sin embargo tenían cierta inspiración y donaire, sin duda, como
revelan estas cosas que un 'Rey' grabó, una especie de 'Rey' payaso,
ciertamente, pero ¡oh, tan serio…!, a pesar de todo. Era un ser egocéntrico…
¿Quién podría dudarlo? Vivía asustado casi siempre, asustado de sí mismo,
asustado del tiempo, asustado de sus Enemigos, del resto de hombres;

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asustado de la Bruja Blanca… Asustado, asustado. Y con todo, hemos de
decirlo, el tema de la muy humana gracia redentora se halla en este caparazón
de un hombre que, tan terriblemente embarazado, era capaz de enroscar la
jactancia hasta atascarla y recorrer ampulosamente el mundo, cacareando:
«Soy el más grande Yo Soy El Más Grande YO SOY EL MAS GRANDE…
¡Y lo demostraré!» Y al 'escuchar' estas grabaciones y ponerlas por escrito
para ustedes, me he más que convencido de que este hombre, este 'Rey',
fíjense bien, esta Fortaleza 10, tenía un concepto de su propia valía que al
menos igualaba su arsenal de temores o los superaba. Y tuvo que ser todo un
concepto de valía, y un concepto muy abrumador, porque los temores de este
'Rey' eran francamente grandes.
No les ofrezco la totalidad de las grabaciones, pues tal como ha hecho
mucha gente antes que nosotros, él tendía a repetirse al martillear en lo vivo
sus temores, sus aspiraciones, sus logros, sus fracasos. Para ser sincero con
ustedes en cuanto a lo que he hecho, es una selección de las grabaciones que,
en tanto que hablan de la «narración completa» del autor, me han producido
mayor impresión. Eso es muy humano…, ¿no?
Y, a no dudarlo, yo soy humano. Les explicaré brevemente un poco más
sobre quién soy, y luego continuaremos con el tema MODERAN. Soy, tal
como he dicho, hombre-esencia, como casi todos somos ahora, con la
excepción de los que habitan un país pequeño, sin litoral y hambriento de mar
que, ¡SÍ!, continúa llamándose Rumboviejo. Yo procedo de las grandes
máquinas. No tengo que morir. Yo y mi raza somos realmente, fíjense bien,
los herederos del sueño de MODERAN tal como se expone en estas
narraciones de las grabaciones que aquí les presento (que les presento
inalteradas en lo esencial, aunque ciertamente podría mejorarlas, ¡porque yo
procedo de las Máquinas! Soy eficiente). Para abreviar, nosotros hemos
descubierto… ¡No!, no hemos descubierto; hemos desarrollado un medio de
salvar al hombre de la tierra de la tumba y la Oscuridad Eterna. Un auténtico
medio para salvarlo, no un abracadabra de sueños, religión o cualquier otro
mito-superchería, nada…, ni siquiera el medio de MODERAN, que casi ganó
la partida. El medio que nosotros tenemos es real y completo en tanto que
esas máquinas enormes sigan funcionando en el Norte para socorrer nuestros
rayos. ¡Y naturalmente que LO HARÁN! Tenemos máquinas que vigilan y
conservan máquinas. Tenemos una jerarquía entera de espías y contraespías
de las máquinas y el servicio de reparaciones máquina-máquina más completo
jamás soñado por un hombre mortal o inmortal. Las máquinas resistirán. ¡SE
QUE LO HARÁN! (Tienen que hacerlo.)

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Cuando yo y ella, mi querido sueño amoroso del momento (¡íbamos
emparejados por rayos perforados!), avanzábamos en aquella excursión en
rayo, transportados por los grandes transmisores del Norte, ¿quién habría
pensado que nos toparíamos con uno de los raros hallazgos literarios de
nuestra, o de cualquier generación? Iba a ser simplemente uno de esos
rutinarios viajes amorosos del pueblo de la esencia, ya saben; solo cabalgar
hasta un lugar-de-amor de ensueño elegido por el Dictador del Amor de la
Tierra de la Esencia y disponer de un rato esencial para romper la monotonía,
acariciar un poco los rayos sexuales, tal vez mucha charla con rayos, claro, y
en resumen, un pícnic amoroso en los radiantes tiempos esenciales. Y
entonces yo bajé la mirada a mis pies centelleantes, ¡y allí estaban!, varadas
por el mar descongelado de Moderan, otrora helado por máquinas, las
grabaciones de este libro. Prorrumpí en vítores; arrojé a mi amor y sus rayos
en el agua del mar al dejarla caer a toda prisa hacia este objeto único. Buena
deportista como era y es, ella secó sus rayos y convino conmigo en que
aquello tal vez era más importante que el amor. Dimos la señal para ser
reemitidos al origen, el Dictador del Amor dio su consentimiento y
permanecimos en casa de ella toda la radiante noche, jugando con este libro,
descifrando las grabaciones, maravillándonos ante su fineza literaria. ¡Y
también ante una época tan tosca…! Bueno, nunca se sabe…, ¿no es cierto?
Una de las primeras grabaciones, Sin grietas ni bultos, es más bien
extensa, pausada, ¡pero cubre mucho terreno! Es una narración burlona; me
enamoré de ella (¡esos martillos apisonadores y su solemne misión tan
ridículamente ejecutada!) y creo que es un capítulo clave y dominante para
preparar el terreno con vistas al buen concepto inicial y comprensión
creciente por parte de ustedes del Sueño Poderoso en que trabajó esta gente de
Moderan. Recubrir de plástico toda la tierra sólida… ¡Imagínense! Helar por
completo los mismos océanos… ¡Caramba! Apisonar en cualquier parte y por
todas partes, la totalidad de lugares blandos… Y me quito mi sombrero de
rayos ante ellos, ¡lo consiguieron! Sí, ellos, en su mundo, uno de los mundos
grandiosos-grandiosos en la larga-larga historia del hombre, estuvieron
durante un tiempo, «sin grietas ni bultos».
Después de Sin grietas ni bultos había varias grabaciones que se ocupaban
de las operaciones de 'reemplazamiento' que pusieron a este hombre
«firmemente en el camino del Sueño de Moderan». Pero este hombre estaba,
por lo general, tan apegado a su sufrimiento y aprensiones personales durante
este período de su vida que los relatos resultaron ser, por lo general, de un

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gusto muy pobre, francamente. No hubo uña arrancada o hueso aserrado por
la mitad o parte de metal nuevo implantada que este hombre no hubiera
sentido intensamente. No obstante, él no era un cobarde. Ah, no…, este
hombre que en último término iba a convertirse en la gran Fortaleza 10, «uno
de los más grandes capitanes de todo el ancho Moderan». Creo que fue más
inflexible, que tuvo más valor y resolución que hombre alguno que haya
existido jamás.
Después de esos melancólicos nueve meses en el hospital, el tiempo en
que nuestro hombre fue repetidamente serrado, tajeado y 'reemplazado', la
época que él resume más o menos en la horrenda grabación Las mariposas
eran grandes como águilas aquel día (en nombre de todos los remilgos, he
cortado y censurado en gran escala esta narración), lo vemos ya restablecido
en la historia más esperanzada en general, Los nuevos reyes no son cosa de
risa, y reclamando su castillo en Una vez, una alfombra roja… En estos
relatos, así lo entiendo, él ya es un hombre de Moderan, «la mayor parte de él,
hombre de metal nuevo, sus tiras de carne, pocas y minimizadas, sus órganos
motores, perpetuos, sus sesos ingeniosos fluidos verdes que chapotean en
vasijas».
Apenas salido de la pesadilla de nueve meses de las operaciones y
acomodado plenamente en su castillo cuando, como hombre lascivo que era,
se puso a buscarla. Me refiero a que, con el fastidioso problema de esposa que
por fuerza debía planteársele, igual que a todos los señores de las Fortalezas
de Moderan, nuestro hombre fue en busca de su muñeca de metal nuevo, su
'amante de hojalata', si les parece, su 'gozo leal'. Era su derecho; no era algo
tan indecente como en cierta forma puede parecer, un hombre malo o un
cabeza sucia permanente, según los criterios de su época. No. Y en las
grabaciones vemos insinuaciones de que había sufrido ciertos reveses en el
'campo del amor', mucho antes de transformarse en hombre de metal nuevo.
Así que yo por lo menos estoy bastante contento (me siento bien en mis rayos,
quiero decir) de que él pudiera amar tanto a una muñeca de hojalata (una
amante de metal nuevo, ya saben) como para dedicarle todo su Tiempo de
Supergozo si así lo quería y nunca cansarse de ella. Y además, si se cansaba,
no tenía que dar explicaciones. El interruptor OFF se limitaría a dejar caer la
noche en aquel dulce cerebro de ruedecillas dentadas, y él podía pasar
entonces a ocuparse de cosas más viriles tales como hacer volar el Muro de
un vecino, digamos, o embarrar y eliminar un continente entero.
¡CONVENIENTE!
Así pues, ¡Tiempo de amante de metal nuevo para ustedes!

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Pero para que ustedes no adquieran la falsa noción de un arrobamiento
universal con la amante de metal nuevo y ninguna preocupación sexual en
Moderan, las cosas, debo apresurarme a añadir para ser justo, no siempre eran
así. Nuestro hombre da la impresión de haber sido un felpudo de bienvenida
andante para muchos problemas. Por mucho que se resistiera, fuera a donde
fuera, por más porcentaje de acero que pudiera alcanzar (excepto el cien por
ciento, supongo, estado sublime que él jamás alcanzó), siempre, más tarde o
más temprano, sentía que esa fría mano le aferraba el hombro y oía que esa
voz dura ordenaba: Ven conmigo, hombre. Tengo algunas adversidades de
tipo humano para que TÚ las combatas. Por eso se encariñó, con una
insensatez más que ligera, precisamente con una amante de metal nuevo. Sí,
en Recordando lo vemos en el rodillo de la angustia amorosa como cualquier
otro hombre todo-carne podría estar. Su amante de metal nuevo del momento
se ha ido. ¿Con un hombre de hojalata? ¿Con otro señor de Fortaleza? ¿Con
un rival? ¿Con un extraño? ¿Con quién, con quién? ¿Qué, qué? ¿Cómo,
cómo? Y, ¿por qué, por qué? Es una costilla retorcida, realmente. Quiero
decir que, francamente, cuesta pensar que un poderoso señor de Fortaleza
pueda enamorarse tanto de una mujer de hojalata como para emplear, después
de la traición, largos meses de inactividad simplemente en meditar castigos
para ella. Cuanto más pienso en esta pieza corta, y en determinadas actitudes
afirmadas y dadas a entender que afloran una y otra vez en el resto de
grabaciones (algunas que he divulgado para ustedes, otras que he retenido por
una u otra razón —consideraciones sobre gustos y antipatías personales,
fundamentalmente, pues aún soy tan humano…—), más me CONVENZO de
que ese hombre HABÍA sufrido grandes reveses en el 'campo del amor'. Los
Ejercicios de su Amorío habían sido, creo, traicionados, embaucados,
rodeados por una presa innoble, arrojados a la huida en una ruta de pánico,
combatidos hasta sufrir terribles pérdidas y paralizaciones…, casi cualquier
condición adversa, pretendo decir, que puede acaecer a una fuerza de acoso.
Y probablemente él había llegado a ser casi incapaz de tener confianza en sí
mismo o fe, en los terrenos contaminados por la carne. Después, al encontrar
como hombre de metal nuevo exactamente lo que deseaba, algo fabricado
según sus mismas especificaciones y que podía gozar, una cosa con la que
realmente podía contar (¡eso pensó él!), y ver que eso se echaba a perder,
robado o seducido de un modo innoble…, el hecho hizo que sus sesos
hirvieran rápidamente. ¡Y no me sorprende!
Así pues, también para ustedes Recordando…

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Pero permítanme que no desatienda la necesidad de recalcar que todos
estos ratos de amante de metal nuevo fueron posibles porque en Moderan,
muy al principio, los poderosos señores de las Fortalezas habían resuelto por
sí solos la cuestión de la mujer-carne, o para ser más precisos la fastidiosa
barricada de la esposa. Y yo los alabo por eso. Es decir, me quito mi
sombrero de rayos ante ellos, ¡porque eso Sí que es resolver! Nosotros no
tenemos tales problemas, naturalmente, en los tiempos de la esencia. Si no me
gustan los rayos de la mujer que está conmigo, o si me gustan muchísimo sus
rayos y ella no corresponde, me limito a señalar mi descontento a la oficina
del Dictador del Amor y él ordena a uno de sus mecánicos empleados que
recupere los rayos anteriores; a continuación el Dictador del Amor me
transmite personalmente un nuevo pimpollo. ¡Es algo que da resultado! Pero
recuerden, aquellos eran tiempos toscos de gente tosca. Deben saber que lo
fueron. Pero el Valle de la Bruja Blanca fue un paso en la dirección correcta,
del mismo modo que, de hecho, Moderan en general había dado varios pasos
en la dirección correcta. Y por eso el Valle de la Bruja Blanca…
Había infinidad de grabaciones sobre la vida familiar de la escasa gente
del montón de Moderan; personas que, en su mayoría, no eran tan afortunados
como para haber completado la segregación marido-mujer. Pues bien, yo,
para ser franco, quedé sorprendido al saber que Moderan, incluso en su
apogeo, no estuvo enteramente libre de la carga del populacho con carne.
Nuestro hombre de Fortaleza 10 lo deploraba, como verán, aunque en
definitiva él no habría podido encontrar la fuerza, al parecer, en el caso de que
hubiera estado en posesión de la palabra final, para hacer diferente la
situación. Esto me parece que compendia en cierta forma el fracaso del
hombre-carne anterior y de este hombre de metal nuevo que tenemos aquí.
Este hombre tampoco pudo librarse, finalmente, de la guerra eterna que
llevaba dentro, la vieja-vieja lucha y pendencia entre lo que él quería hacer
por naturaleza (que por tanto era 'justo' que hiciera) y lo que de algún modo le
habían inducido a creer que debía hacer por culpa de la conciencia, ese
concepto artificial, hediondo e inventado, totalmente imposible. La conciencia
mantenía al hombre, incluso a este hombre de metal nuevo, en una constante
agitación de debate y la frustración del «no-puedo-hacer, quiero-hacer» hasta
el punto de convertirlo finalmente en una masa deslustrada, pastosa, de
compromisos y vergüenzas de invención personal. Oh, no era algo tan notable
en los tiempos del metal nuevo, pero estaba allí. Mientras existiera la fétida
blandura de una sola tira de carne, esa terrible tacha inmovilizante de intentar
ser bueno, según la conciencia, estaría allí. ¡¿Bueno?! ¿Y qué es bueno?

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Hmmmfff… En realidad no es más que la falsa tentativa en pos de la más
falsa noción que jamás haya cruzado la mente humana. Si el hombre, al
principio, hubiera arrancado de él esta noción en fragmentos pedernalinos y
los hubiera lanzado estruendosamente en quebrada muerte al terreno natural
nativo, o si hubiera apartado de él esa noción y hecho estallar en una gran
explosión de gas fétido y la hubiera lanzado hacia el cielo en bolsas infladas
como un globo donde supuestamente sería un todo reunido cierto GRAN
DÍA… ¡Qué importancia habría tenido esto para lo natural humano! Pero el
nombre, al parecer, no puede hacerlo de ninguna manera. La noción siguió
existiendo para que nosotros, el pueblo esencial, hiciéramos finalmente la
tarea. Pero no tengan dudas, hubo chiflados durante las grandes etapas
formativas de nuestra raza, los seres-rayo, que argumentaron en favor de
rayos de conciencia y barahúnda moral y en consecuencia por la perpetuación
eterna del pestilente debate contraproducente del hombre natural contra el
hombre maquinado. Pero el hombre natural salió victorioso al final, y
nosotros, por fin, tenemos el auténtico ego humano destilado, fíjense bien, en
nuestros rayos esenciales. ¡SIII!, el hombre-esencia, el hombre-rayo natural,
el hombre finalmente verdadero, ¡vive para siempre!
¡Pero me he dejado llevar por el entusiasmo! Perdonen mis digresiones.
Pretendía explicarles las disposiciones para el populacho de Moderan. Y así
elijo Viviendas de cúpula-burbuja para su educación al respecto, y también,
confiamos, una lectura entretenida. Además, elijo otras grabaciones entre las
muchas acerca de la vida familiar en Moderan; algunas de ellas revelan que
este 'Rey', en su angustia, divorciado de la postura regular del regular señor de
Fortaleza, cuya postura era fundamentalmente odio y guerra, guerra y odio,
con algunos ratos de tregua-y-Gozo y períodos de Profundo Pensamiento
Universal intercalados…, divorciado de todo esto, él desenmascaraba con
frecuencia sus sentimientos humanos. ¿Y quién, por ejemplo, puede contener
una especie de fría piedad racional por este hombre al leer un relato tan
extraño e insignificante como ¿Era ella hórrida? (Tan fuerte era este hombre,
tan asustado estaba, tan débil era… ¡Y ella lo sorprende con una muñeca en el
mismo corazón de su complejo!) Pero fundamentalmente, este 'Rey' relata la
vida familiar de Moderan en apretados y pequeños ejemplos típicos en tercera
persona que, al mismo tiempo que revelan la vida común del Moderan
'común', revelan también los considerables talentos literarios del autor. Por
ejemplo, La parte de un marido, Fue en tiempo de gato negro y Navidad de
una niñita en Moderan las consideré tres joyas literarias de un corte tan fino

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que las he dejado palabra por palabra, coma por coma, ¡exactamente como él
las grabó!
A continuación vienen esos grandes relatos que son Insinuaciones del Fin.
En ellos parece haber una nota de indagación y tristeza, un poco de 'escucha',
si les parece, una especie de llanto silencioso y una añoranza mayor que todo
Moderan, mayor que el mundo. En cierto modo se ve a un hombre víctima de
su edad, y beneficiario de su edad, el perjudicado y el gratificado,
preguntando finalmente. ¿POR QUE?, ¿DE QUE SIRVE? y ¿CON QUE
OBJETO? Además hay un quejumbroso tono de admiración a lo largo de
muchas de estas últimas narraciones, admiración por el 'hombre del pasado'
que mantendrá el rumbo. Sentí con fuerza este tono en piezas tales como El
hombre del Camelot moderano, Reunión y ¿Ha visto alguien a este jinete?
Pero los relatos grandiosos GRANDIOSOS de este grupo han de ser no tanto
Reunión y Cómo acabó como Interrupción en la carnicería y El milagro de
las flores. En Interrupción en la carnicería vemos por primera vez a nuestro
hombre directamente en contra de la muerte por causas naturales y
pasmosamente consciente, por primera vez, de que la muerte, a pesar del Gran
Sueño, puede acaecer a un hombre de Moderan. Soy lo bastante hombre para
admitir que lloré un poco en mis rayos cuando vi cómo él se esforzaba de un
modo muy duro en reparar esta muerte en otra muerte, cuánto necesitaba
repararla sin haber podido hacerlo. Enfrentado finalmente al Muro, y
marcadamente próximo al caos total en la mente, nuestro hombre hizo el
ajuste, pactó con la realidad, volvió a entrar en la guerra general del
momento, se ganó otra aclamación mundial y ayudó a saquear una vez más a
los muertos de la gran batalla. (¡Bien por el hombre de metal nuevo! ¡Bien
por Moderan!) En El milagro de las flores vemos cómo él está dispuesto a
creer, al menos un poco, en algo más sutil y quizás un poco más gratificador
que fortalezas y armas. Pero el mundo exterior a las fortalezas y armas es un
mundo defraudante, y nuestro hombre es defraudado por un artesano del
engaño, ¡el hombre con la mano florida!
En realidad no es una sorpresa, si consideramos todo lo que nuestro
hombre había pasado, que él llegara por fin a una Decisión final. ¡Y cuánto
habría hecho por él mismo, de haber completado el objetivo de Decisión
final! ¡Cuánto habría hecho por el mundo! Admitámoslo. Con todo ese
proceso desde aquellos simios batalladores (estoy convencido de que fueron
nuestros auténticos antepasados) hasta los rayos de la Tierra de la Esencia, y
todavía no conocemos la respuesta a ese Enigma que él habría podido
resolver para nosotros. (¡Todavía no la conocemos! Y soy lo bastante hombre

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para admitirlo.) Y debido a que aún no la conocemos, yo estoy de rodillas con
mis rayos más a menudo de lo que podrían imaginar. ¡Oh, sí!, súplicas
quedas, súplicas de rayos, súplicas que llenan el universo con mis silenciosos
temores y preguntas…, suplicando más que nada que esas máquinas enormes
sigan funcionando en el Norte. Para que yo pueda seguir, seguir con una vida
que conozco. Y no arriesgarme a la otra, o a NINGUNA otra, o a qué otra,
¡oh, arriesgado riesgo! Pero a veces, en radiantes días ventosos, cuando la
tierra se enturbia con la proximidad de la tormenta, o en días soleados y
silenciosos cuando todo el universo parece encerrado en un abrazo quedo, o
en días en que el viento y el silencio actúan juntos de un modo intermitente,
eso —esta Cosa—, me agarra por el cuello de mis rayos. Entonces se adueña
de mí la cólera hacia este hombre, esta persona de Moderan, este individuo
que hace mucho-mucho tiempo era como tiras de tocino y planchas de acero,
este ser humano que tuvo una oportunidad de salir ahí fuera y CONOCER
para todos nosotros, y no lo hizo. No puedo culparlo, en realidad, pero
PUEDO lamentarme de que no lo hiciera. Da la impresión de que una
excelente oportunidad pasó, se escabulló, fue hacia ese vasto, irreparable
oscuro yermo de oportunidades desaprovechadas por los humanos; y debo
confesar que nosotros, incluso aquí, con los rayos de la Tierra de la Esencia,
aún no disponemos de un plan que compita con el de aquel hombre. A veces
pienso esencialmente que nos limitamos a cabalgar en nuestros rayos y perder
el tiempo. (¡NO!, eso no es cierto.) Pero hemos de planear una acción mejor.
Mañana… ¡MAÑANA…!
Pero, ¡alto! No quiero olvidarme de recalcar ahora que este hombre tenía
odio. El odio se agita en los relatos como un viento frío-frío, una llama
ardiente que chamusca todo y una rezumante bola de ácido que somete a la
hiel todas las conductas y aspiraciones humanas. De hecho, a veces parece
que él estaba casi consumido, o al menos totalmente absorbido por sus odios,
a los que daba rienda suelta casi como una especie de virtud. Cuando se
sentaba en su Sala de Guerra con la Fortaleza en situación de descarga
continua, sus armas blamm apuntadas a objetivos mundiales, sus muñecas-
bomba ejecutando inexorablemente el paseo hacia el blanco programado, los
cohetes Bruja Blanca despegando, los «elevados, espectrales y chillones
Demoledores-de-Demolición dirigiéndose hacia sus blancos» me parece que,
recordando en mis rayos, en toda la larga historia de la humanidad en guerra
jamás existió otro ser humano que disparara con tanto éxito…, o de un modo
tan fútil, pues las guerras de este hombre, según los documentos que tengo,
fueron guerras continuas, interrumpidas solo por cortas treguas que ellos

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empleaban, ya lo han adivinado, para preparar más guerras. Estoy algo
hipnotizado por esta idea, y sin embargo debo considerarla no del todo
correcta. ¿Acaso ellos existieron en Moderan con sus personalidades
auténticamente malas? Bueno, hay afirmaciones en estas cintas que justifican
esta idea: la guerra era su 'juego principal' y el odio, su 'primera virtud'. Y no
obstante, debe haber algo ligeramente erróneo en combatir siempre, o
esencialmente siempre. No me refiero a un error moral, a una conciencia
equivocada… ¡Bah, puuufff, puaj puaj! Y, ¡bah, puufff, puif, puif! Por
supuesto que no me refiero a eso. Me refiero a algo erróneo, de algún modo,
en poner de relieve algo innecesariamente agresivo y violento que melló la
tersura del hombre en el universo y lo dejó ridículamente mellado y desfasado
en el esquema mundial (¡fíjense en nosotros, pulcros rayos que se deslizan por
todo el mundo y merodean por el universo con inofensivo esplendor, desde
los grandes motores del Norte de la Tierra hasta la totalidad de puertos
Locales, Espaciales y del Tiempo sin tiempo…!). Pero nuestro hombre
cabalgó en sus odios devastadores, a veces sublime, a menudo chillón y
vulgar, directamente hacia Cómo acabó. Jamás aprendió…

Entre Decisión final y el desciframiento de Cómo acabó nos cansamos un


poco del libro; no nos aburrimos, ya me comprenden, pero nos sentimos un
poco aletargados después de tanto trabajo, y soñolientos. Y de repente recordé
que mi compañera tenía unos rayos muy hermosos. O, considerado en
conjunto, no sería equivocado decir, «¡Ella era, y es, un rayo muy hermoso!»
Su nombre había sido Beatriz, me habían informado, en la Vieja Vida, antes
que ella se hubiera presentado para conseguir que su esencia fuese copiada en
los 'pozos de copias' de las máquinas para su transmisión eterna desde los
'grandes transmisores del Norte'.
Aunque nos encontrábamos bajo supervisión directa de la oficina del
Dictador del Amor, ya que habíamos solicitado y recibido Visados para una
excursión amorosa a la costa (y posteriormente este permiso para permanecer
en vela toda la noche con un libro), yo aún pensaba que sería posible una
pequeña excitación romántica a escondidas. Creo que el hombre jamás será
tan refinado como para dejar de intentar hallar medios para Vencer el sistema.
Es parte integral del hecho de ser hombre, creo. En todo caso, algunos de
nosotros llegaron a saber que mediante una ligera torsión y flexión de
nuestros rayos, de nuestras esencias, por decirlo así, podíamos comunicarnos
mutuamente deseos e información sin alarmar a la correspondiente oficina de

Página 14
vigilancia del momento, que en ese caso sería, por supuesto, una de las
numerosas estaciones del Dictador del Amor. En tal situación planeé informar
a Beatriz mediante la torsión y flexión de mis rayos, que algo me había
pasado, probablemente debido al acogedor escenario de su hogar, junto con
nuestro excelente trabajo en equipo durante toda la noche, y que deseaba que
algo más que conversación y compañía saliera a luz en nuestro largo rato
juntos, ¡en un esfuerzo tan profundo…!
Los rayos de ella se torcieron y flexionaron para la recepción, del mismo
modo que los míos estaban torcidos y flexionados para la emisión. ¡Había
recibido el mensaje! Bueno, lo que yo pretendía hacer cuando ella dijera ¡SÍ!
no era ningún plan de tipo racional. ¿¡Existen planes así!? Yo no tenía
memoria de que, por ejemplo, algunas de las enormes paredes de observación
de una de las tantas estaciones del Dictador del Amor se centraba con
precisión en nuestros actos. Seríamos una triste tumba, por emplear una vieja
expresión, haciendo el amor, mientras tropezábamos con los diagramas y
enmarañábamos los gráficos. Yo solo pensaba en cuán AGRADABLE sería
estar ENVUELTO ¡en los rayos de Beatriz! Eso es todo. ¡Sí! ¿Y Beatriz?
Bueno, no lo sé. No sé nada acerca de qué era lo que ella realmente pensaba o
deseaba. ¿Lo sabemos alguna vez? Yo solo sé que Beatriz machacó mi torsión
con un tremendo golpe seco de su torsión y dijo:
—¡Ligón de pacotilla! ¿Por quién me has tomado? ¿Por una de esas
ardientes revoltosas? ¡NO!
De manera que Beatriz siguió trabajando para desentrañar este libro. Y
pronto comprendimos que Cómo acabó ¡fue realmente como acabó!

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Primera parte

LOS PRINCIPIOS

Página 16
REMEMORANDO… (¡NUESTRO DIOS ES UN DIOS ÚTIL!)

La carne parecía condenada aquel año; las arpías de la muerte estaban


descendiendo. El aire otrora maravilloso, dulce y sustentador de la vida,
estaba ahora teñido de veneno, y el hombre bebía peligrosamente en los ríos
que habían sido puros en otro tiempo. Rezaba a un Dios del que se decía que
estaba en todas las cosas, era bueno, verdadero y bello, pero del que se
pensaba en especial que era todo austeridad y bondad, justicia y solicitud
amorosa, y se hallaba en un lugar blanco como la leche, muy lejos, «en lo
Alto». Y estas plegarias fueron respondidas, si realmente fue así, de un modo
francamente retorcido. Porque el aire se hizo más denso en veneno por culpa
de las chapuzas con cosas letales en que el hombre se complacía cuando no
rezaba, y el agua se llenó aún más de peligro mientras las nuevas explosiones
machacaban la atmósfera, febril a causa de las bombas. Se habló del Fin;
grandes debates se celebraron en grandes salas de la tierra. Se firmaron
tratados entre estadistas para contribuir a la mejora del ambiente, para
permitir que las aguas se recobraran y corrieran puras de nuevo. Pero mientras
las manos de carne asían las plumas para garabatear las señales de la buena fe
en varios países, el miedo acuchillaba en las capitales de otros países. Los
arsenales fueron comprobados nuevamente. Cosas hechas fueron deshechas.
El aire enfermó aún más; las aguas no llevaban más pureza que la del puro
peligro… No había oportunidad alguna al parecer para el hombre-carne, y su
dios estaba enteramente silencioso, donde fuera que estuviera su trono blanco.
Las señales de los DESESPERADOS se mostraban por todas partes. Niños de
corta edad pedían que se les permitiera desaparecer con rapidez y no crecer
tullidos y doloridos. Adultos en lo que debía haber sido la flor de la hombría y
el esplendor de la feminidad temblaban, miraban al cielo en busca de alguna
señal de esperanza y, al no encontrar ninguna, se postraban y lloraban con
amargura. Los viejos, ya estremeciéndose y gimoteando, decidieron por
último estar francamente contentos, sí, de ser tan viejos… Los millones y
millones de carne cortejaban en el Palacio del Peligro que se había vuelto
contra ellos de un modo tan ardiente, y el imponente matrimonio de Muerte y
Destrucción parecía ahora más que asegurado.
Y entonces… ¡Entonces, esta oportunidad! Ofrecida a todos. Primero
llegó como una ligera esperanza, su rumor, un aliento débil-débil de una
oportunidad que se filtraba a través de las metrópolis contaminadas por la
carne. Y después la oportunidad se confirmó como hecho resplandeciente

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cuando la exhibición llegó a todas partes aquel año, el año de la Mayor
Oscuridad. Y sin embargo… Sin embargo muchos se burlaron, se burlaron a
mares del hombre que accionaba sus goznes y tensores, no quisieron creer que
su corazón fuera de duración eterna, no mostraron credulidad alguna hacia sus
nuevos y maravillosos pulmones que podían respirar para él una vida eterna
incluso en un ambiente viciado por las bombas. Al ver que sus manos eran
acero, gritaron: ¡Robot! ¡Robot! Al ver que sus ojos eran de amplio alcance,
auxiliados por un mecanismo, y que él tenía un botón phfluggee-phflaggee en
su aparato hablador que apretaba de vez en cuando para ayudarse en su
expresión al hablar, muchos rieron y gritaron…
Hoy, en alguna parte de los inmensos y azules cielos espaciales hay un
millón de risas que aún suenan, un millón de rudas carcajadas en órbita, todas
estrechamente acosadas por un alarido, un grito-aullido que jamás alcanza la
risa con la que compite. Esas extrañas proas de naves espaciales de risas y
chillidos que dan vueltas, y deben hacerlo para siempre, constituyen un
singular monumento móvil a los incrédulos que solo supieron reír cuando
tenían el gran sueño expuesto llanamente ante ellos y que chillaron por una
oportunidad perdida cuando los veloces carretones negros de la muerte se
presentaron con las cajas revestidas con lienzos de la misma muerte. Pero
algunos ¡VIMOS! Nosotros ¡CREÍMOS! Nosotros nos trasladamos a Nueva
Tierra.
Ofrecimos nuestros cuerpos en busca de ayuda. No fuimos desilusionados.
Consideren los sueños que hemos capturado aquí en Nuevos Procesos;
piensen en los temores que hemos hecho retroceder ahora en Nueva Tierra;
levántense e inclinen la cabeza por Moderan. Y sepan que Moderan ha
cambiado nuestra perspectiva, del miedo tembloroso (oh-Dios-ayúdanos) al
no-miedo imponente y fornido. ¡Ahora tenemos el Tiempo! Podemos sostener
el Tiempo en nuestras manos firmes y seguras y considerarlo como la vela
más brillante-brillante, una vela que jamás se apagará. Tenemos al Tiempo
detenido y encadenado, encarcelado en nuestros 'reemplazamientos'. Aunque
el Tiempo corre un millón de veces más que la luz, aunque corre a una
velocidad inexpresable, es como si estuviera parado aquí con nosotros. Un
millón de años de Tiempo pueden transcurrir y nosotros inclinamos la cabeza,
nos agitamos, nos acomodamos bien en nuestros sofisticados y confortables
asientos y damos las gracias. A nuestro dios. Porque, ¡SÍ!, cuando capturamos
al Tiempo lo pusimos en la caja torácica de todos los hombres y lo
encerramos en el corazón del calmo latir de todos nosotros. Y si un corazón
falla dentro de la caja torácica de algún hombre, la preocupación ni siquiera

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tiene el valor de un disparate. No tenemos más que enviarlo al Almacén de
Componentes Importantes donde, junto a otros componentes de repuesto,
corazones relucientes descansan en hileras, hectáreas y hectáreas de
corazones que laten, recalentados y ociosos, listos para ayudar a un hombre, y
cada hombre con diez corazones (por lo menos) excelentes y sustituibles
siempre en buen estado y a su disposición. SI, nosotros, Los Creyentes,
pretendemos conservar lo que tenemos; ¡jamás lo soltaremos! Tenemos al
Tiempo, en otra época archienemigo de todo, como un bebé en una canasta…
Tranquilo. Hemos cogido la hoja de la guadaña de un anciano; hemos segado
su larga, sucia barba. Aún está macilento con sus ropas lóbregas forcejeando
con él, sardónico y ansioso de tener una oportunidad en contra de nosotros,
para hacer daño. Pero su reloj de arena está vacío ahora en ambos extremos y
para nosotros, infinitos, las arenas infinitas dan vueltas.
¿Nuestro dios? ¡SÍ! Hablemos de nuestro dios. Una vez, en una época casi
olvidada hace mucho tiempo, hubo esta Tregua de los Doce Días entre la
gente de las Fortalezas mientras todos hacíamos la peregrinación. A pie,
mediante vehículos de túnel o por la ruta rodante, todos llegamos a la gran
llanura de plástico del Sueño Realizado, y en un movimiento impresionante, a
una señal preestablecida en el Tiempo, indicada por nuestros contadores
eternos cuidadosamente sincronizados, todos fijamos los interruptores de
nuestras rodillas en la posición señalada con la palabra ARRODILLARSE. Y
con un estrépito y un retintín que atronó a lo largo del escudo de vapor rojo de
aquel feliz septiembre, todos nos encontramos doblados. Algunos pensaron
que ese día, él otorgó una bendición a todos sus hijos. Algunos dijeron que él
hizo señas con manos y cabeza, y todavía otros sostuvieron que él sonrió. Y
hubo algunos que jurarían durante el resto de sus vidas, vidas eternas, que,
¡SÍ!, se había producido este milagro, cuando el mundo se expresó con un
trueno, cuando el ciego observó relámpagos a través del aire rosado, viscoso y
denso. Pero yo solo oí el silencio aquel día entre las extensas y
resplandecientes hectáreas de personas radiantes, fulgurantes, todas
arrodilladas; solo avisté un nítido brillo, como de plata, cuando el sol se
escabulló unos instantes al producirse cierta dificultad insignificante en algún
lugar muy distante donde numerosos engranajes y ejes propulsores
suministraban energía a nuestro escudo de vapor.
Así que nosotros vemos lo que necesitamos ver, oímos lo que nuestras
necesidades nos hacen escuchar. Algo profundo en las tiras de carne de
algunos hombres requirió una visión, una especie de sonrisa similar a la
humana, algo que les diera confianza, y por eso Vieron una sonrisa. Otros

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precisaron una inclinación de cabeza, un gesto paternal con la mano, y otros
requirieron palabras hasta de un dios esencialmente silencioso. Pero para mí
fue suficiente contemplar —silente, diamantina, maravillosa— la tranquila
fuerza del brillo inmóvil y sin voz para sentirme seguro. Sí, él fue nuestro
gran dios silencioso en la extensa llanura de plástico y nuestra estrella-guía a
partir de una época en que la Tierra de los Nuevos Procesos era muy reciente.
Y cuando se piensa en todo aquello de que su maravillosa viabilidad y
ayuda nos ha redimido, uno no se ríe presuntuosamente ante esa presencia
reluciente, esa maravilla brillante y fulgurante, la misma sustancia de la
Redención, elevada y pura. Porque un dios elevado permanece en nuestra
patria para recordarnos siempre la mayor redención del miedo jamás
concebida en este mundo. Ver a un hombre de Nuevos Procesos con toda su
hermética inoxidabilidad, sólidamente fijo en su sofisticado y confortable
asiento, sentado tranquilo como un frío cuenco de aceite. Saber que su
corazón está dispuesto en Frío-Durmiente, y saber que sus pulmones de
flexiflex de Nuevos Procesos respiran por él el aire de calavera-y-dos-huesos-
cruzados suficiente para mantenerlo en una alerta Fría-Tranquila. Saber
además que él está trabajando feliz, lánguidamente, en algún Profundo
Problema Universal para su diversión en tiempo de tregua hasta que el Gran
Certamen vuelva a empezar y su Fortaleza pueda temblar en la acción una vez
más, felizmente, totalmente envuelta en la guerra total. Y aún más, tener
firme confianza en que el hombre de Nuevos Procesos no tiene
preocupaciones si golpean las grabaciones de su pensamiento hasta
oscurecerlo, ninguna ansiedad por el Tiempo que pasa, ninguna aprensión
relativa a las sorpresas de la guerra, ningún temor en la 'sangre' verde claro de
las vasijas de su cerebro… Nada en absoluto.
Y por otra parte el hombre-carne… Oh, considérenlo, CONSIDÉRENLO,
consideren los pocos que quedan. Háganlo, por favor. Entonces quizá
comprendan por qué nosotros, en nuestra nueva y brillante gloria, tiras de
carne pocas y minimizadas rendimos homenaje a una enorme vara de metal
nuevo colocada como nuestra estrella-guía cuando la Tierra de los Nuevos
Procesos, nuestro gran Moderan, ¡era reciente!

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SIN GRIETAS NI BULTOS

A veces, al margen de nuestras grandes complicaciones, retrocedemos en


nuestras mentes para recordar cosas con significados que en apariencia son de
poco calibre y que se vislumbran, en los tiempos recordados, super-grandes.
El día que crucé al otro lado, el día que entré en Moderan, en los campos
alisados y explanados, a tanta distancia como llegaba mi vista, estaban esas
máquinas apisonadoras de largas patas. En esencia eran inmensos cilindros
negros que giraban colgados entre gigantescos muslos y pantorrillas de metal.
Parecía haber un rasgo de indiferencia en estos extraños monstruos negros
mientras holgazaneaban sobre sus patas de altos muslos y hacían rotar sus
cilindros con lo que parecía ser a veces una imperturbabilidad casi totalmente
artificial, excesiva y absurda. Entonces, sin ninguna señal que yo pudiera
detectar, sin ningún impulso que yo pudiera conocer, una u otra de las
máquinas se precipitaba directamente hacia una zona del terreno y desataba la
furia de su cilindro contra la tierra fresca que había debajo como si lo hiciera
con gran júbilo y elevadísima concentración, dando la impresión de que se
doblara un poco por la cintura. En cuanto la máquina de dos patas empezaba,
realmente podía aporrear aquel punto de tierra con la parte frontal de su
cilindro durante más de… digamos treinta minutos o quizás hasta tres cuartos
de hora, aumentando su movimiento de batido conforme transcurrían los
minutos. Luego, como si supiera sin tener que pensarlo cuándo era suficiente,
retirando el aterronado extremo del cilindro, la máquina se alejaba tras
erguirse completamente desde su postura inclinada, y se reunía con otras
máquinas que holgazaneaban, a la espera, como si nada de importancia
hubiera ocurrido realmente.
Una vez, dos máquinas partieron hacia el mismo punto de tierra, y fue
todo un espectáculo contemplarlas encorvándose en la posición de batido al
mismo tiempo, apuntar al mismo lugar y empezar a golpearse los cilindros
casi tanto como aporreaban el terreno. Un supervisor de máquinas
apisonadoras observó esta ridícula competición de golpes durante un rato
antes de acercarse y tamborilear sobre las nalgas de las dos máquinas lo
suficiente para romper el ritmo de sus descaminados jab-jab-jab y hacer que
se alejaran aprisa mientras sus cilindros giraban como si en realidad no
hubieran querido usarlos para nada. La tarea fue asignada a una tercera
máquina, de un modelo de reserva; una mediadora que pronto se agachó en la
posición adecuada y se dedicó a golpear el lugar como si el mundo fuera

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enteramente nuevo y jovial para ella y ¡puf!, tris-tras, fiesta, fiesta, adelante
Adelante ¡ADELANTE!
—¿Qué pasa, QUE OCURRE? —pregunté al supervisor de máquinas
apisonadoras, mi voz con el asombro de un niño, mis ojos seguramente
desorbitados…, como en los Viejos Tiempos los de una rana.
—El tiempo pasa, la vida sigue, ¡bah eh-hey! —recitó él, y después
agregó—: ¿Qué es usted? ¿Una especie de humorista o algo así? ¿Qué quiere
decir: «qué pasa, qué ocurre»?
—¿Qué pasa, qué ocurre? Explique estos actos sombríos, grotescos y
totalmente hilarantes. Deseo ser instruido. Quiero entender. Aquí no veo más
que caricatura. ¿Hay más cosas?
—¿¡Hay más cosas!? ¡Hombre, hay más cosas! —después me miró más
atentamente—. ¡Oh! ¡Usted viene de Allí Fuera! ¡Los Viejos Tiempos! —
exclamó—. A lo mejor es verdad que no entiende nada. A lo mejor quiere
decir realmente, «¿qué pasa, qué ocurre?»
—Quiero decir QUÉ PASA, QUÉ OCURRE —mis puños estaban
cerrados ya, y vi cuán fácil y seguramente podía entregarme a mi talante de
puñetazo-ahora charla-después.
—¿Un viaje desde muy lejos?
—He venido de bastante lejos. En kilómetros. En tiempo. En esperanzas
reventadas y sueños que se marchitan. Llorando, he venido. Con problemas.
SÍ, he venido de bastante lejos. Y para encontrar ahora, cerca del lugar de mi
destino otorgado, si es que he seguido el rumbo y si es que he trazado
correctamente las líneas en los mapas que me dieron, una especie de
bufonesca Granja Necia. Donde enormes máquinas de dos patas que son en
esencia, tal como yo lo veo, simples artefactos para llevar de un lado a otro
esos enormes pisones aguijoneantes, en ocasiones totalmente aleatorias y sin
objetivo práctico alguno, intentan una cópula sexual con el terreno.
—Usted es todo un charlatán. ¿Por qué no ataja más? ¿Por qué no va
directo a su afirmación y aporrea su significado? ¿Por qué no es más como
esas máquinas? Ya lo ve, cuando reciben esa señal no se andan con rodeos.
Van derechas hacia allí y después todo es fu-fu, tris-tras, bam-bam-bam, hasta
que la tarea está hecha.
—¿QUÉ TAREA? ¿QUÉ ESTA HECHO?
—La solución es cubrir la polución. La respuesta es liberarse del cáncer.
¡So-so-so!
Me acerqué a él y me dispuse a dejarlo fuera de combate. Y entonces vi
que tenía un aire extraño. Me devolvió la mirada con ojos fulgurantes,

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radiantes, divertidos, y había algo en él a la manera de… no un hombre, sino
más bien de un hombre-máquina.
—Esto es Moderan —dijo—. Aquí estamos construyendo una Nueva
Tierra. Cuando estos señores detectan un lugar blando en nuestro suelo, se
precipitan hacia allí y lo golpean hasta someterlo. Parecen máquinas
aleatorias e imperturbables, lo sé. Pero en realidad no lo son. Cuando parece
que estuvieran simplemente ahí, quizás están probando cosas distantes. Vea,
sus mismos pies son muy sensibles. Es algo inherente. Si hay algo blando en
su esfera de acción, lo captan mediante esos sensores de los pies. Al pisar por
aquí, reciben una vibración de un lugar hueco más allá. Están programadas
para odiar los lugares huecos. Se precipitan hacia allí e hincan el cilindro de
apisonamiento cuando captan el aliento de un lugar hueco. Por lugar hueco
me refiero a un trozo de la superficie terrestre que no es tan duro como
debiera.
—¡Oh, sí! ¿Y eso es importante?
—MUCHO —y a continuación me miró con los ojos helados—. Quizá
sea mejor que me acompañe. Puedo abandonar estas máquinas un rato. Las
apisonadoras están programadas, de modo que lo único que realmente debo
hacer yo es pasar el tiempo. Y cuidarme de incidentes inusuales, como
cuando dos señales se cruzan en la coyuntura de las esferas de detección. Esto
rara vez sucede, pero cuando sucede…, ¡alto, cuidado! Tenemos, tal como ha
visto, el fenómeno extraño, hilarante y totalmente inútil de dos apisonadoras
que van al mismo agujero. (Por agujero entiendo un trozo de la superficie
terrestre que no es tan firme como debiera.) Mucha dureza con las
apisonadoras, y eso tampoco sirve para un buen trabajo de batido en el
agujero. Y cuando se está construyendo algo para siempre, esa es una de las
cosas que realmente se desea y se ha de lograr: un buen trabajo de batido en el
agujero.
Me estaba tomando el pelo. Vi que me estaba tomando el pelo.
Nos metimos en su flap-hap, un vehículo aéreo ligero que usaba en sus
inspecciones de proyectos, y nos elevamos. Vi las planicies tan lejos como
alcanzaba mi vista. El total salpicado de monstruos apisonadores era de tres
cuartas partes de esta zona de planicies que se extendía hasta-donde-
alcanzaba-mi-vista, tierra color negro pardo, removida, moteada con los
puntos más oscuros errantes e imperturbables que eran las máquinas
haciendo, tal como acababa de explicárseme, un eficiente e importante
fragmento de trabajo de detección y ejecución final en el agujero. Muy lejos,
cerca del horizonte, y en el borde de los puntos que eran apisonadoras, vi que

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el negro pardo cambiaba a un borrón que era gris o blanco grisáceo. El tipo
me deslizó en la mano unos catalejos para los ojos y yo centré la puntería en
el borrón.
—¡El nuevo período glaciar!
—¡Nada de eso! —replicó él—. O quizá precisamente eso, si quiere verlo
así. Pero este período glaciar, si así lo quiere…, ¡adelante, llámelo así!, es
para la especie, no contra ella. Jamás verá que este período glaciar haga rodar
pedruscos o se arrastre con huesos de mamut en los dientes. Este período
glaciar está cubriendo por completo la tierra, no solo cambiándola de orden.
¡Es plástico lo que usted observa, hombre! Estoy aquí como guardián
avanzado del plástico. Hay una carrera, una competición amistosa-mortífera,
plástico-a-toda-máquina, el-último-que-se-las-vea-con-el-diablo, entre mis
apisonadoras y yo por un lado, y ese borde gris que repta por otro. ¡Y estamos
ganando nosotros!
Sonrió afectadamente de satisfacción. Y si yo no hubiera llegado ya a la
conclusión de que él era una especie de Grande, habría sospechado en ese
mismo momento que era una especie de borriquillo supervisor que obtenía
una mezquina satisfacción al estar en la cumbre de su pequeña tarea. Pero
seguramente no. Seguramente se trataba de un Diseñador, un movedor, un
agitador y un reordenador del Proyecto Mundial. Como mínimo un movedor,
un agitador y un reordenador de la superficie de la tierra.
—¿Por qué… qué…? —tartamudeé. ¡Sí! Estaba aislado por la nieve en
ese mismo momento, tan hundido en las tinieblas como jamás me habría
gustado estar.
Me miró con los ojos encendidos y con pequeñas bombillas. El tipo
perforaba con auténtica fuerza. Parecía que estaba tomando alguna decisión
ardua respecto a mi real existencia. De todos modos, esa fue mi impresión, de
dura que era su mirada brillante como un foco.
—Dígame, usted tiene permiso para esto, ¿no es cierto? —preguntó
finalmente.
Recordé algunas puertas y algunos guardianes con los que me había
cruzado hacía muchos días y muchos muchos kilómetros. Muy lejos, al borde
del sitio donde las cosas eran viejas y estaban destrozadas, recordé aquel duro
interrogatorio, y los detectores de mentiras, y el examen, el sondeo…
—Creo que tengo permiso —respondí—. ¿Habría llegado tan lejos de
haberme faltado? Cosas como águilas de hojalata han pendido sobre mí
durante todo el largo camino, a decir verdad, dando vueltas, dando vueltas,

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mientras avanzaba lentamente a caballo de mis fatigadas piernas… Creía que
ustedes no aceptaban riesgo alguno con lo que tienen aquí.
—¡No aceptamos riesgos! ¡Muéstremelo, si es que lo tiene!
Me arremangué y le mostré las dos Emes naranja brillante que mucho
tiempo atrás, en las puertas de Autorización, habían sido estampadas en mis
antebrazos. Creí que tal vez fuera eso lo que él deseaba ver, y lo era.
—¡Está autorizado! ¡Y muchísimo más que eso! —contempló con más
atención las Emes—. Es probable que no lo sepa ahora, ¡pero usted está
muchísimo más que simplemente autorizado!
Hubo un tono de admiración en su voz que no pude creer fuera fingido.
Sí, hablaba en serio. Señaló cierto símbolo pequeño debajo de ambas Emes.
—Es probable que usted no sepa exactamente qué significa eso —musitó
—, pero yo sí. Lo sé realmente.
A continuación sacudió la cabeza en un gesto que interpreté como de
tristeza, y pareció deslizarse en la recordación un largo trecho.
—Demasiado viejo —murmuró—, demasiado viejo y demasiados puentes
crujiendo ante las avenidas, las llamas y la siempre presente demolición de los
días, antes que esto apareciera para mí. Pero usted… ¡Usted es simplemente
apropiado! Es joven y al parecer ha pasado las pruebas con brillantez,
flagelando realmente esa nimiedad. Apuesto a que está estampado ¡casi
totalmente! bajo su ropa.
—Sí, me estamparon francamente bien. Luego me dijeron que me pusiera
en marcha. Me indicaron un camino, me dieron mapas y planos y dijeron:
«Vaya allí. Están en construcción y debe ser puntual.» ¿Se refería a esto?
—NOOO. ¡Para usted, no! Para esto me aprobaron a mí. Yo fui un
Primitivo-Primitivo de Moderan. Pero era demasiado viejo y estaba
demasiado estropeado por el tiempo y dañado por los acontecimientos antes
que esta oportunidad de oro apareciera para mí. Pero usted es joven y
apropiado, y está listo para empezar. Puedo decírselo ahora: usted será un
señor de Fortaleza, uno de los de élite-élite, si puede resistir esas operaciones.
Y no hay razón por la que no pueda. Yo resistí las que me permitieron, en
buena forma. Y a usted le permitirán el máximo. Puedo leerlo en esas
pequeñas marcas debajo de las Emes. ¡FELICIDADES!
Impulsivamente, soltó los controles del flap-hap y asió mi mano derecha
con sus dos manos. ¡Recibí un auténtico apretón de manos de acero aquel día!
Al cabo de un rato aterrizamos, de vuelta en el lugar del que habíamos
partido, y otra vez había dos apisonadoras yendo hacia el mismo agujero, así
que fue totalmente afortunado que llegáramos a ese punto cuando lo hicimos.

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El hombre se precipitó directamente hacia ahí y arregló las cosas con las
palmaditas en las nalgas de las dos alocadas apisonadoras, con una especie de
golpe rítmico, tal como lo había visto hacer antes.
—Un puesto muy malo este de aquí —anunció mientras volvía—. Algo
relativo a los campos de detección aquí mismo, en este sitio, que como usted
podrá advertir es una ligera depresión, considerado en conjunto, causa el
enredo de las espirales. Realmente no es culpa de las máquinas, en absoluto,
pues ellas hacen lo que les indica hacer el programa y eso es todo.
—¡Usted sabe realmente cómo hacerlo! —exclamé, pues algo me decía
ahora intuitivamente que allí no había más que un insignificante sirviente, en
realidad, una víctima, a la que le podía ir bien algún elogio.
Él se hinchó mucho de buen orgullo y su pecho ascendió un grado.
—Mire, yo mismo desarrollé esta técnica de darles palmadas en el trasero
de esa forma con cierto compás. Les rompe el ritmo, hace oscilar las
conexiones y las máquinas se limitan a errar un rato, sin saber qué diablos
más hacer. Al cabo de poco tiempo, sin embargo, se reponen, el ritmo de su
programación queda restaurado y vuelven a ser excelentes y serviciales
apisonadoras.
—De todos modos, creo que eso es muy limpio, dar palmadas en el
trasero así a esos grandes fornicadores de la tierra y alejarlos con sus sucios
cilindros girando en el aire, completamente desconcertados y confundidos.
Demuestra en cierta forma la maestría de un hombre. Aunque…, ¿huh?
—¡SÍ! Yo mismo lo imaginé, en realidad por una especie de accidente. Vi
que funcionaría cuando mi pie resbaló en cierta ocasión y caí sobre una de las
máquinas agitando los brazos para mantener el equilibrio. Adopté el método.
Contra todos los procedimientos, naturalmente. ¡OIGA!, usted debería ver lo
que realmente se supone que debo hacer cuando se presenta algo como esto.
Entre veinticinco y treinta impresos que rellenar indicando hora exacta, lugar
y mis ideas sobre el porqué de «la falla». Relleno los impresos furiosamente,
comprenda, después de haber enviado inmediatamente y sin más la señal a la
jefatura de que las dos apisonadoras están en el mismo agujero: ¡VENGAN A
TODA VELOCIDAD! Dieciséis peces gordos se desembarazan de sus
amantes de metal nuevo, sus secretarias, ya me entiende, allá en la jefatura,
saltan a sus flap-hap de propulsión a chorro y parten estrepitosamente hacia
aquí como si en este lugar estuviera el mismo infierno. Durante todo este
tiempo, las dos pobres apisonadoras con las señales cruzadas se golpean sin
parar con sus respectivos pisones, abriendo en la superficie explanada un
hueco más blando y cicatrizado que el anterior, y en general agravando la

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futilidad hasta el más alto grado. Pero los peces gordos llegan enseguida,
tardan de dos a cinco minutos (debo decirlo en favor de ellos: son rápidos),
salen precipitadamente de sus velocísimos jets, encienden sus enormes puros,
carraspean y meditan la situación casi antes de que las dos atolondradas
apisonadoras hayan concluido apenas un tercio de su programado ciclo de
apisonamiento del terreno. Lo que hace más difíciles las cosas, francamente,
es que estos tipos de la jefatura, que son por naturaleza hombres de acción
para grandes asuntos (¡hay que hacer algo, aunque sea incorrecto!, ya sabe),
convocan inmediatamente a las fuerzas de Separación, que llegan en los
transportes pesados al cabo de diez minutos más, y estos escuadrones de
Separación lanzan enormes lazos de cadenas sobre las apisonadoras que
trabajan sin cesar y las arrastran lejos del agujero, mientras las máquinas se
esfuerzan por terminar el ciclo de un modo natural, por supuesto. ¿Alguna vez
ha intentado apartar de un agujero por la fuerza a una apisonadora que aún no
ha concluido su ciclo?
—No. Nunca.
—No —dijo sonriente—, claro que no. Pero se puede hacer tirando de las
apisonadoras con mucha fuerza y usando cadenas muy fuertes. Pero con este
método las apisonadoras se estropean, por lo que se las debe transportar a
muchos kilómetros de distancia, hasta las estaciones de reparación. Después
acabo de cumplimentar los impresos, se mantiene el procedimiento y todo
queda tranquilo, feliz y a satisfacción de los chicos de la jefatura.
Me eché a reír. Igual que él.
—Sí, si yo me conformara con el procedimiento en todos sus aspectos,
¡ese ancho borde de hielo plástico me cubriría por completo! Junto con mis
apisonadoras, al instante. Yo hago mi trabajo, los hombres de grandes miras
de la jefatura pueden dedicar más tiempo a sus secretarias de metal nuevo, yo
permanezco por delante del plástico…, ¿y quién va a molestarse porque yo
tome algunos atajos procesales?
—Nadie debería molestarse —convine.
Me miró, y un esbozo de sonrisa jugueteó en las comisuras de sus labios,
de los labios de este orgulloso y vanidoso hombrecillo.
—¿Sabe qué ocurriría si ellos lo averiguaran, si alguna vez se enteraran de
que doy palmadas en el trasero de estas apisonadoras para abreviar los
procedimientos? Oh, yo saldría de aquí encadenado en cuestión de minutos…
Eso es lo que ocurriría, ¡SÍ! Los procedimientos son como un dios en la
Nueva Tierra. Y está bien que sea así, claro… Pero de todas formas, de vez en
cuando pienso que es mejor una mente plástica. Suelo dar un engrasado extra

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a estas apisonadoras, o un pulimiento-y-mimo con el equipo de 'Pulir-Relucir'
para ayudarlas a que se recuperen perfectamente y olviden su humillación, y
da resultado.
Y de repente, tuve un asombroso destello de perspicacia. ¡Este hombre era
francamente muy usual! Los procedimientos eran para todo el mundo excepto
él. De pronto me encontré con que no era su astuta, pequeña, palmoteadora
transgresión de las reglas lo que admiraba tanto como había pensado. Pero es
que, tal como he comprobado muchas veces antes, todo el mundo me
defrauda, tarde o temprano. La gente no está a la altura.
—¿Y ese plástico? ¿Y esas apisonadoras, para concluir? —aullé—. Me ha
hecho volar sobre amplias extensiones de tierra despojada y explanada repleta
de apisonadoras machacantes que vagan y fornican con el suelo… También
me ha hecho volar sobre amplias zonas de plástico blanco y grisáceo que era
liso como el hielo visto desde donde yo estaba sentado…, ¿hay alguna razón
para todo esto? Usted parece pensar que es importante, pero aparte de que sea
su trabajo, ¿es importante?
Sus ojos se pusieron muy brillantes. No era un hombre amigable en ese
momento. Pero pronto se tranquilizó, supongo que cuando algo en su mente
hizo click.
—Claro —respondió—, es importantísimo. Pero acabando de llegar de la
Vieja Tierra, y habiendo recorrido un largo camino desde donde todo está
arruinado y en cenizas, tal como yo lo entiendo, supongo que usted no puede
saberlo. Perdóneme. Me he inflamado un poco con usted. Pensé que me
estaba ridiculizando. Pero ahora que recuerdo su educación, sé que se trata de
ignorancia. Y la ignorancia puede ser admirable, si la persona la ha obtenido
honestamente. Un sabelotodo petulante, corrompido y disparatado, es casi la
peor cosa del mundo, en comparación con un ignorante honesto.
—Gracias —dije—. Gracias.
—Y ahora, para responder su pregunta acerca de la tierra despojada y
allanada, las apisonadoras y el plástico… Mire, estamos avanzando hacia el
lugar de donde usted vino. Lo dominaremos todo en su momento.
Seguramente sabrá que la tierra está envenenada; por lo que he sabido, el
lugar de donde usted viene no solo está envenenado sino también arruinado y
en cenizas. Aquí impedimos ese tipo de estrago; por eso existe este lugar, para
que vengan ustedes, los de la Vieja Tierra. Pero nuestra tierra estaba
envenenada por el 'progreso' científico tanto como la suya. Por eso la estamos
cubriendo por completo con el plástico estéril, una gran, enorme envoltura de
plástico grueso blanco grisáceo, recio y estéril sobre toda la superficie de la

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tierra. Esa es nuestra meta. Es una tarea de mamut, pero para las tareas de
mamut el hombre posee máquinas-behemot. Los valles encajan en las
montañas, los arroyos se encauzan en las orillas, las zanjas encajan en los
lados, los campos de golf son lisos, los desechos minerales son esparcidos
y…, todo se recubre. En los lugares necesarios hacemos represas para el
aflujo y congelamos el agua para su solidificación. De los océanos nos
ocuparemos cuando queramos, cuando queramos y de un modo bastante
bueno. Hay varios planes, uno es usar nuestra pericia científica para congelar
los océanos, otro es lanzar los océanos al espacio en cápsulas y acabar para
siempre con todas esas aguas sobrantes. El hombre de metal nuevo, cosa que
yo soy hasta cierto punto y en la que usted se convertirá en un grado mucho
mayor, necesitará poquísima agua… Pero ahora estamos haciendo la tierra. El
agua es una tarea posterior. Y cuando hayamos acabado todo, visualizo una
tierra de existencia tan tranquila y pacífica que deberá ser la auténtica
maravilla de todos los tiempos. La superficie de nuestro globo será un cuero
liso, recio, blanco grisáceo. Cuando nuestros planes para el agua queden
finalizados, la lluvia no se producirá más. El hombre no huirá más de las
inundaciones en parte alguna del mundo. En cielos sin nubes los vientos
habrán muerto en nuestras temperaturas uniformes; el hombre no volverá a
elevarse al cielo en los tornados. El aire penderá como una envoltura tranquila
sobre un globo gris esencialmente liso, la llanura rota únicamente por las
Fortalezas y los hogares de cúpulas-burbuja. Los árboles, si lo queremos,
brotarán en los agujeros del descampado al apretar un interruptor. Las flores
florecerán directa y puntualmente en un maravilloso metal floral. Los
animales… No habrá animales, a menos que deseemos unos cuantos tigres,
leones y cosas así, todos mecánicos, por supuesto, para alguna cacería
programada en el bosque.
¡Sí!, será una tierra para siempre, ordenada y esterilizada.
¡Ese es el Sueño!
—¡Pero todavía no me ha explicado por qué esas apisonadoras apisonan el
suelo de un modo tan ridículo!
Sí, yo era capaz de prestar atención al plan más grandioso de todo el
universo y aún sentir las espinas de una pregunta desagradable, mellada y
áspera que irritaba mi disidente garganta. Y de todos modos, yo creía que él
me debía una respuesta en términos menos grandiosos. Cualquier persona
podía tener un gran sueño rimbombante sobre cómo convertir la tierra en un
lugar tan ordenado que casi confundiera a la imaginación. ¿Pero sucedería
alguna vez? Bueno, yo diría que como mínimo es más que un milagrito

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cósmico que el hombre, una chispa de vida tediosamente evolucionada a
partir de los elementos fríos y muertos, organice sus fuerzas para redisponer
tales elementos y volver a tener en esencia un planeta frío y muerto antes de
partir. A mí me parecería una forma desconsoladora y más que un poco
deprimente, sin duda, de completar el círculo.
—¡Hábleme de las apisonadoras! —grité.
—Bien. Como usted habría tenido que suponer desde hace un rato, las
apisonadoras son simples máquinas hábiles y sofisticadas, maravillas de la
ciencia, podríamos decir, para asegurar que la superficie que estamos
cubriendo sea compacta y sólida en todas partes. No queremos grietas o
bultos en el plástico. Las colosales explanadoras y aplanadoras hacen las
tareas de alisamiento y compactación, y ahora se encuentran a kilómetros de
distancia. Y a kilómetros en dirección contraria, tal como vimos en nuestro
paseo en el flap-hap, se halla el borde de hielo del plástico que es todo el
meollo del asunto. Y mis apisonadoras y yo estamos en medio, realmente el
esfuerzo artístico, los que se preocupan, asegurando que todo el asunto no se
reduzca a la nada por culpa de pequeños lugares blandos no atendidos que
serían un lecho inadecuado para el plástico. ¡SÍ! ¡Nosotros somos el quid del
asunto!
Pude comprobar que la profesión de este hombre era notable.
Miré alrededor, a lo lejos, ampliamente, y recorrí sin moverme aquella
tierra alisada y explanada y los elevados monstruos portadores de cilindros, y
muchas eran las apisonadoras que estaban encorvadas en posición y
ensayando el jug-jug-jug, fu-fu-fu, bam-bam-bam que era su misión principal.
—¿Cuánto tiempo estaré en ese hospital? —pregunté bruscamente,
pensando ahora en mi futuro y muchas cosas.
—Nueve meses —me respondió al instante, acariciando suavemente el
trasero de una apisonadora que se estaba ocupando de un lugar blando en el
duro pellejo del suelo—. Esa es la transformación total, y usted está
programado para ella, por las marcas que leo bajo las Emes naranja —
extendió una mano, y yo la estreché; sentí su frío acero—. Buena suerte,
muchacho, con las operaciones. Cuando volvamos a encontrarnos, si es que
volvemos a encontrarnos, usted será un señor de Fortaleza, uno de los de la
élite-élite. La juventud tendrá su premio. Yo perdí mi oportunidad, fracasé en
mi cacería, dirigí mis canos batallones a los campos imposibles demasiado
tarde y perdí…, no por error mío. Fue la edad… Y el destino.
Se alejó, y supe que estaba librando una batalla.

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Subí hacia el lugar donde las operaciones duraban nueve meses, donde
según los rumores, enfermeras de hierro, estériles y competentes, corrían
sobre vías muertas hasta los bordes de las camas donde un hombre podía
recibir —si era de los ELEGIDOS— componentes de acero suficientes para
ser en sus días un rey.

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LAS MARIPOSAS ERAN GRANDES COMO ÁGUILAS
AQUEL DÍA

Crucé una puerta de relucientes Emes color naranja y me acerqué a un


hombre que estaba de pie como un guardián, vigilante y rígido. Vestía ropa de
carnicero, ¿o se trataba de la aseada bata corta, un poco suelta-y-colgante de
un científico en la pose severísima de un vigilante?
—¡Puede cortarme! ¡He venido para ingresar! Si usted es el carnicero…
Me ojeó con dos globos fríos y pasivos que saltaron quince centímetros de
su cara apoyados en varillas y destellaron igual que una lata de hoja de acero.
Pero cuando los retrajo advertí que esos globos oculares eran en realidad
bolas de acero azul-hielo bastante ordinarias.
—No leamos la mente —lo dijo con mucha calma, monótonamente; la
voz tenía un sonido de máquina—. Ni hagamos tampoco suposiciones
alocadas. Voy vestido como un carnicero, sí, una forma de verlo. Y como un
científico, también, estoy seguro de que usted lo aceptará. Pero no hago
cortes. Ni experimentos. Soy un guardián y un símbolo. Estoy aquí justo al
lado de la puerta de los Emes de Moderan principalmente para recibirlos
cuando llegan tambaleantes de la Vieja Tierra. Presto atención a sus mejores
historias personales de adversidad e infortunio, si desean narrármelas. Y
compruebo que tengan las Emes debidas, obtenidas en aquella otra puerta tan
distante, si es que fueran a quedarse aquí.
—¡LAS TENGO! ¡Tengo realmente las Emes! —y puse manos a la obra
hasta el desnudo total para que él pudiera ver cuán cubierto de Emes estaba
yo en realidad.
Su aspecto fue de curiosidad. Los azules ojos-bola de hielo saltaron
quince centímetros, cada uno sobre su varilla otra vez, y asintieron, pero no al
mismo tiempo; uno a uno, con un loco pestañeo alternado.
—¡WOW! ¡WOW! ¡WOW! —dijo finalmente—. ¡WHOOEE! ¡ZOWEE!
y ¡WUP, WOP! Realmente las tiene. Y yo estoy programado para ofrecerle el
¡wow! ¡wow! ¡wow! ¡whooee! ¡zowee! ¡wup, wup! cuando veo algo así. No
es que sea demasiado anormal, aunque tampoco es cosa de todos los días. Me
refiero a que usted va a ser un señor de Fortaleza tanto como puede serlo
cualquiera. Es decir, si puede soportar las operaciones. Cada Eme es un atroz
corte importante, tal vez lo sepa…
—Tengo las Emes —dije tan simple y humildemente como pude—.
Trataré de honrarlas en todos los aspectos que el coraje, la resolución, el

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valor, el genuino tesón común, el amor a la patria y el respeto a mis
antepasados hagan útiles para la causa que sea menester. Y si eso no bastara,
¡añadiré generosas porciones de brío y mucho espíritu de Cuerpo! JAMAS
ME RENDIRÉ.
Sin duda, yo estaba mortalmente medio asustado, como suelo estar en
situaciones de inseguridad. Pero no estaba dispuesto a permitir que nadie
excepto yo supiera algo al respecto. Y mucho menos le mostraría la pluma
blanca a esta lata parlante vestida de carnicero-científico-guardián que me
sacaba unos globos oculares azul-vidrio sobrenaturales, alocados, de
abracadabra, que iban y venían. Y además, pose, temores, fanfarronería y
bravatas sin fundamento aparte, en cierta ocasión yo me había jugado entero
por mi ascenso a Jefe en Jefe de los Bang, en la Vieja Vida. No era
precisamente un don nadie. ¡Yo podía hacerlo…!
Y mientras estuve allí asustado y decidido a no mostrarlo, incluso
realmente comprometido a ser valeroso, el guardián se limitó a oprimir un
botón y el lugar donde estábamos se transformó al instante en un vehículo
rodante. Avanzamos con rapidez junto a casas con formas semejantes a
burbujas, junto a hogares del tipo cúpulas-burbuja, hacia un elevado edificio a
poca distancia de la entrada, y durante el pequeño paseo, él me ayudó
cumplidamente a recobrar mis ropas. En tanto hacía eso volvió a dedicarme el
¡wow! ¡wow! ¡wow! ¡whooee! ¡zowee! ¡wup, wup!, cosa que me hizo sentir
mejor. Cerca de la entrada del edificio elevado me entregó mi certificado,
cuyos datos su-pongo que ya había dispuesto en grandes pilas de duplicados
que llevaba en algún espacio secreto bajo la puerta de su placa pectoral.
Reparé en que el certificado era una tarjeta de color naranja muy sencilla que
llevaba en un lado, en gruesos caracteres negro medianoche, el código ¡w!
¡w! ¡w! ¡w! ¡z! ¡w, w! (que entonces no me interesó traducir) y en el otro lado
la simple notación mecanografiada que decía: «Autorizado para programa
completo».
—Espero que hasta la última Eme sea un gran Gran GRAN éxito y que
todos y cada uno de los cortes valgan la pena.
Dijo esto con su extraña voz de máquina, seguramente programada,
mientras yo me encaminaba hacia las puertas del elevado edificio blanco y él
invertía la dirección del vehículo rodante para volver a la puerta de las Emes.
Jamás volví a verlo.
¿Les gusta contemplar la sangre? ¿Les gusta contemplar la propia sangre?
¿Les gusta contemplar cualquier sangre saliendo en chorros, gorgoteando,
manando, cayendo en recipientes de vidrio muy limpios y transparentes,

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desviándose a veces y cayendo al suelo, yendo por todas partes hasta que todo
es de ese curioso color espumoso, con todas las toallas, alfombras, ropas y
esponjas empapadas y el olor… ¿Les gusta? ¿Les gusta contemplar carne que
está siendo cortada con tijeras, rebanada, trinchada, triturada y reformada?
¿Les gusta? ¿Les gusta contemplar la propia carne………………………….
¿Y huesos? ¿Les gusta ver serrar huesos? Es decir…, ¿igual que carniceros en
una carnicería? ¿Les gusta contemplar huesos vivos casi allegados, atacados
con grandes hachas? ¿Les gusta ver los propios huesos saliendo de la carne y
la piel? (¡Oh, parecen extraños, tan fuera de su hogar, húmedos y pulidos!) Es
decir, ¿les gusta el deshuesamiento personal? ¿Les gusta …
Dos doctores con empalmes de acero, altos, fría aunque no absurdamente
profesionales vinieron tras de mí enseguida. No quiero decir que yo estuviera
corriendo, sino que pretendía moverme despacio-despacio por el edificio
blanco, examinar, tomarme tiempo, fisgonear un poco, explorar los lavabos,
el mobiliario, los orinales de hierro y el cuerpo de enfermeras de acero. Pero
los doctores me apartaron enseguida, y uno de ellos me arrancó ansiosamente
la tarjeta de 'programa completo'.
Entramos en el lugar donde las luces eran azules y frías. Ese día yo
caminaba por última vez con mi ego cárnico activo. Tenía la mente tan
cerrada en torno de mí como era capaz, frío y agarrándome con fuerza, mi
cuerpo encogido al máximo para entrar en el Terror Total y el infierno del
Azul Desconocido. Qué imagen tan errónea, esta escena del gran luchador
fingido que avanza erguido y a grandes zancadas hacia el peligro, con el
pecho hinchado, las alas en los hombros, y los tambores de batalla sonando en
su pecho con ese tam-tam-tam, dijéramos, en un vehemente reto de mero
desafío. ¡Excelente este cuadro! Pero den una prueba definitiva a un hombre y
vean cómo le va. Se encorva, queda bajo, pequeño, encogido, aferra y
desgarra sus recuerdos en los bolsillos y la mente, los ojos espantados-
escrutadores intentan ver en todas direcciones al mismo tiempo, el hombre
habla consigo mismo, maldice, reza, murmura, llora y espera con toda su
esperanza una de las dos cosas que puede hacer: pasar la prueba con cierto
honor para ver otro día, o morir sin demasiado deshonor para arrostrar la
Noche Total.
Aquel día anudé mis pensamientos a todos los puños que había tenido en
todo el peligroso mundo de hombres y acontecimientos. Rápidamente envié
un mensaje a mis nervios para que fueran tan sólidos como tuberías de
cemento, si es que podían, por tan solo diez minutos de prueba en Tiempo
Total. Pero, ¿qué se gana con eso? ¿Por qué esforzarse tanto? ¿Qué podría

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importar jamás frente a la Oscuridad Total que otro pobre diablo de carne
fuera a desembocar en el Muro con su nave vital, pretendiendo ser de algún
modo gallardo? Sí, yo pensaba que me habían embaucado para la travesía
hacia el enorme cielo de la Muerte, y estaba resuelto a ir allá tan bravamente
como cualquier hombre fuera capaz. Y simplemente no sabía… qué me…
aguardaba… en realidad…
¿Cuánto les gusta la cirugía mediante botones de presión? ¿Cuánto les
gusta CONTEMPLAR la cirugía mediante botones de presión? ¿Qué les
parece que los dividan en cortes y planos de deshuesamiento en mayor
medida que una ladera de Angus en los Viejos Días? ¿Cómo congenian con la
idea de conferencias sobre las Emes color naranja, apelotonado con doctores
con empalmes de acero que planean la batalla del dolor antes de venir por mí,
todos los días con los bisturíes montados en la parte superior?
Porque por entonces considerábamos la M como M de agonía, una sangría
como corte sangriento, desde primeros de noviembre, durante nueve meses,
yo y los médicos con empalmes de acero. (Sin lugar a dudas se trataba de
cirujanos de la más penetrante pericia.) Yo contemplé todos los cortes de la
carne, todos los tajos de los huesos, todas las extracciones de miembros, todas
las colocaciones de injertos, porque eso era parte del plan. Los doctores no
movían un dedo, ni siquiera arañaban el límite de una M si yo no estaba
totalmente despierto, completamente consciente. ¡Volver a nacer…! Sentir y
ver cómo se vuelve a nacer. ¡SÍ! porque alguna vez, en algún momento
venidero de Moderan, cuando uno estuviera erguido ante sus botones de
guerra, su fortaleza en situación de disparo continuo y todo el mundo
disparando contra uno y todos los demás, no estaría bien mostrarse remilgado.
Ser un señor de Fortaleza era un deber y una fe, por no decir una oportunidad
terrorífica. Y además podía averiguarse en el lecho de los cortes si un
candidato tenía 'agallas' o no. Esa era la forma de pensar de los Planificadores
de Moderan.
Oh, sí, había amortiguadores, pero nunca eran suficientes. Siempre
estaban justo al borde de todo daño que pudiera aceptarse, sujeto a una
austera cama blanca en una fría habitación azul y observando desde una caja
de vidrio que separaba la cabeza del resto de uno. (La caja de vidrio era muy
transparente para dejar ver, y con la ajustada ranura para el cuello, encajaba
de un modo muy cómodo y ponía la cabeza en un inmóvil mundo particular.)
¡Contemplar el dolor! ¿Les gustaría contemplar el dolor, los refinamientos
quirúrgicos encima de uno, en lo alto, en los carriles del techo, y los nada
humanos doctores maniobrando los botones y sonriendo afectadamente, y uno

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preguntándose dónde caerá, ¡oh, Dios!, dónde caerá todo eso la próxima vez,
y los instrumentos cayendo y haciendo manar sangre, siempre la sangre, y una
parte de uno, y sosteniendo esa parte durante un tiempo demasiado largo para
que uno pueda observar a través del vidrio…, la sangre que gotea, siempre la
sangre… Y cuando llegó el momento de avanzar hasta la cabeza, ellos lo
hicieron, planearon los ajustes de puntos y bordes, cambiaron los carriles,
dispusieron las armaduras del modo exacto y precisamente adecuado para que
los relucientes bisturíes cayeran… ¡Y así avanzaron para ocuparse de MI
cabeza, para trabajar en las tiras de carne faciales, los chapoteantes calderos
del cerebro y los verdes fluidos cerebrales, los bisturíes cayendo,
sacudiéndose y cortando ligeramente como fría lluvia plateada en esa zona de
anterior santuario-inmovilidad donde la caja de vidrio había estado… ¿Lo vi?
¿¡LO VI!? Ellos lo proyectaron en su totalidad, casi más real que la realidad,
en un visor de la pared, y la única parte que no llegué a ver durante la
maniobra fue el retoque de los ojos, cuando me dieron esa maravillosa vista
interna moderana de largo alcance. Pero oí todo eso en el sistema de audio:
—Bisturíes en cuenca ocular izquierda. Bisturíes en cuenca ocular
derecha. Ahora extraer globo ocular izquierdo… Derecho… Y… muchachos,
¡hay sangre! No penséis que no hay sangre, surge y sale cuando se extraen
globos oculares. Siempre la sangre.
Y después proyectaron todo para mí, desde luego, en colores intensos, en
el mayor visor mural que tenían…
Los huesos fueron un dolor profundísimo especial, como taladrar mil
docenas de dientes al mismo tiempo, todos hasta tocar los nervios…
WEEEAAAOOOHHH… WEEEAAA-OOOHHH…
WEEEAAAOOOHHH… OOOHHH… OOOHHH… En el deshuesamiento
descubrí que el hospital me estaba proporcionando cosas especiales en mis
comidas y brebajes de manera que yo pudiera experimentar más dolor por
segundo sin perder el conocimiento… WEEEAAAOOOHHH…
WEEEAAAOOOHHH… OOOHHH… OOOHHH…, cosa que de otra forma
habría podido lograr… (Es bien sabido que la persona ordinaria, común,
corriente de los Viejos Días pasaba toda su vida de José ordinario o María
ordinaria sin arañar ni siquiera la superficie de las experiencias sólidas del
dolor humano que el cuerpo puede llegar a soportar. Y eso era sin duda, en
cierto modo, una pérdida de experiencia-total.)
Diré de pasada (y admitiré que esto me había tenido preocupado al
principio) que hicieron un trabajo espléndido, un pequeño milagro, con mi
pene y demás partes sexuales…, con todas las complejidades del sistema

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dejadas sensibles y vibrantes, y sin embargo con todas las partes del complejo
hechas para duración eterna. ¡BRAVO!
… mientras las enfermeras de acero, estériles, muy dinámicas corrían
eficientes y frías sobre vías muertas hasta los bordes de las camas…
Finalmente aquello terminó, todo el asunto de la reconstrucción y
embotamiento de dolor, ¡TERMINÓ! Supongo que lo soporté bastante bien,
por cierto, mirando atrás. ¡Lo soporté! Y eso es lo principal. Fui digno de las
Emes color naranja. ¡Me convertí en un Hombre de Moderan! Ahora mis tiras
de carne eran pocas y minimizadas y los 'reemplazamientos' de aleación de
metal nuevo constituían la mayor parte de mi esplendor corporal. Y sin
importar los elevados puestos de honor y poderío que yo hube de obtener en
el mundo de ahora, que es mi ostra, siempre recordaré con especial afecto y
gallardo orgullo el día que crucé, el día que pasé por la puerta de las Emes de
Moderan, el día que las mariposas de la aprensión y la resolución eran
grandes como águilas en mi estómago y en mi mente.

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LOS NUEVOS REYES NO SON COSA DE RISA

Libre del hospital, libre de la mutilación de nueve meses, libre de la magia


de nueve meses, liberado y solo. Los doctores con empalmes de acero sabían
que habían hecho un monstruo. Estaban orgullosos de mí, su monstruo, pues
los doctores siempre deben estar orgullosos de los éxitos en su campo; pero
ellos sabían que yo era una especie de Rey, y ellos son simples doctores. Su
arrogancia era la de un pequeño lord de una pequeña población, su dignidad
de lord estaba perdida, por decirlo así. No importaba cómo naciera o se
hiciera; un Rey SERÁ un Rey. Ellos se libraron de mí. Se descargaron de mí.
Me trasladaron rápidamente al mundo bullente y exuberante; y casi sin
ceremonia de partida. Y con un auténtico mínimo de instrucciones y equipo
(que era carga muy suficiente) para sostenerme a lo largo de mi viaje. Pero en
cierta forma un Rey debe ser un Rey, debe saber comportarse como Capitán
de su tiempo y domesticar sus situaciones salvajes, sin que importen las
consecuencias.
Con mi alimentador portátil de tiras de carne, mi libro de instrucciones
para el control de extremidades de metal nuevo, mis bolsas de lágrimas
mecanoplásticas (pues convengamos en que incluso un Rey ha de llorar a
veces) y el resto de accesorios para emprender la marcha, navegué lejos de las
escaleras del hospital, con los arrogantes doctores observándome. Supongo
que yo era algo así como una pequeña fragata de hierro de los Viejos Días,
cargado hasta la borda y avanzando derecho.
Caminar era fácil, en realidad. Plop-plip-plap-plop… Un pie delante del
otro, haga-que-se-levanten-y-déjelos-caer, articule sus bisagras y tensores,
vaya con el brazo en oscilación para guardar el equilibrio, golpee el aire con
esas hojas cuando se esté tambaleando…, determine, determine,
¡DETERMINE! Determine que usted avanzará. Recurra a las bolsas de
lágrimas cuando las cosas se hagan demasiado inciertas, frene, piense, llore…
(Oh, sí, un Rey puede llorar), maldiga si lo desea, y odie, odie, odie. Pero siga
andando, no permita que lo vean esos doctores con empalmes de acero, no
permita que nadie vea cómo es eso.
¡DIOS! Ser hombre de metal nuevo no iba a resultar fácil. Permítanme
que lo diga aquí y ahora: ser un hombre de metal nuevo iba a precisar cierto
impulso. PERO YO LO HARÍA.
De acuerdo con el pequeño paquete de mapas e instrucciones especiales
que los de los empalmes de acero habían lanzado a mi alrededor en nuestra

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despedida, yo iba a ser Fortaleza 10. Miré ese número y al principio no le
hallé significado. Nada en absoluto. Seguí pensando; los nuevos jugos verdes
en los calderos cerebrales hechos de carne, chapoteantes y humeantes, y
pensé: ¡FORTALEZA 10! ¡SÍ! ¡FORTALEZA 10 PARA SIEMPRE!
Fortaleza 10 jamás debe deshonrar a Moderan. Fortaleza 10 debe triunfar.
Fortaleza 10 debe ganar honores. Fortaleza 10 debe ser heroica. Fortaleza 10
debe ser brava. Fortaleza 10 debe ser la más fuerte, ruda, malvada, odiosa,
arrogante y vocinglera, la Fortaleza más hambrienta de batalla y bribonesca
de todo el amplio mundo. ¡SÍ!
Pero en primer lugar, precisamente ahora, inmediatamente, ¡EL PRIMER
MANDATO DEL TRABAJO! Fortaleza 10 debe encontrar su Fortaleza.
Al cabo de cinco horas de dura caminata, y recorriendo tal vez unos
punzantes dos kilómetros y medio, parte de eso en círculos, me hallé perdido
en un pequeño barranco de plástico, y bastante perplejo. El escudo de vapor
era el escarlata de agosto en aquel mes abrasador, las flores de hojalata
estaban en lo alto en todos los agujeros para vegetales, los ondulantes pastos
sintéticos se agitaban con el destello y ostentación de las florescencias. En el
aire había un brillo, una luz trémula, y un millón de diablos de insolación
salieron y me envolvieron con fuerza en mi cascara.
Y me perdí en este séptimo día del caluroso mes de agosto.
Siempre lo recordaré…, la forma en que llegó caminando, un hombretón
con el torso encogido, totalmente inclinado a lo largo de la curva de la
espalda, completamente marchito y arrugado en las zonas faciales, tan
terriblemente negro-castaño, igual que carne cocinada más de la cuenta y con
el hueso expuesto. Seguramente había sufrido algún estrago máximo… Tal
vez fuego y viento juntos, tal vez una inundación también, quizá problemas
conyugales y parientes entrometidos, casi seguramente una guerra,
posiblemente todos los desastres típicos conocidos por el hombre, y algunos
no tan típicos. Tenía un aspecto así de fatal. Sí, cierto. Más que nada LA
GUERRA, probablemente. Y cuando habló, supe que algún problema lo había
arruinado, seguramente incluso más de lo manifiesto en él. Quizás haya
perdido ciertas partes que alguna vez habrán sido realmente importantes… En
cualquier caso, su voz fue un chillido mujeril cuando dijo:
—¿… perdido, señor?
Me volví para captarlo por completo, practicando el descenso para mirar
intensamente con mi nueva vista moderana de largo alcance, y busqué a
ojeadas en el libro la página sobre habla. (Oh, recuerden, yo era un novato de
metal nuevo y el hospital no me había retenido para excesivas clases

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prácticas. Para ninguna fase, mucho menos para el habla.) Pero en realidad no
era tan difícil. ¡NO! Naturalmente que no. Lo único necesario era ser un genio
mecánico para manejarse, un locutor especialista en habla para lograr hablar,
y algunas otras cosas para ser capaz de maniobrar llanamente y con brío como
hombre de metal nuevo. Fundamentalmente, en aquel mismo momento,
olvidar los refinamientos y solo tratar de encontrar los botones correctos.
Cuando apreté el phfluggee-phflaggee y gritó, es decir, grité, ¡CLARO QUE
SÍ, el otro hombre saltó casi cinco metros… Supuse que él no estaría
acostumbrado a ese griterío con el botón de la voz, y que más bien esperaba
un movimiento de labios (después aprendí a hacerlo) y quizá también una
mejor inflexión (cosa que igualmente aprendí después). Lo intenté de nuevo
y, esperando que la voz del phfluggee-phflaggee fuese haciéndose
pasablemente más serena, dije:
—Estoy buscando Fortaleza 10. YO SOY Fortaleza 10. Cuando llegue
allá —a continuación ensayé una risita con el botón de la voz, solo por
diversión, y salió—: ¡HA! ¡Huk! ¡OH! —dijo, un fango húmedo
derramándose, una lengua que era una ternilla efectuando una danza, el viento
progresando en el gaznate; ¡DIOS! Vaya método tan anticuado solo para
comunicar unos saludos verbales. ¿Acaso allí no habíamos precisado mejora
durante un tiempo bastante prolongado?—. Creo que lo sé —concluyó, con
voz chirriante y demás, y todavía asustado—, ¡pero tiene usted un aspecto tan
curioso…! Como un montón de chatarra pulida, algo así. ¡Y toda esa carga!
Después, sus arrugadas mejillas se hincharon como si se estuvieran
friendo, y durante un rato lo atrapó una risita estomacal de tono chirriante.
—Bueno, no soy una curiosidad —dije bruscamente, maniobrando los
botones con furia—. Nada de curiosidad. Voy a ser un Rey. ¡SOY UN REY!
Si consigo encontrar el lugar… Y este equipo es todo lo que necesito para
funcionar, no le quepa duda.
—Por supuesto —dijo conteniendo la risa con esfuerzo—. O sea, usted ha
dicho Fortaleza 10. Y bien, allí hay una gran pila de material. Es decir, un
castillo, en realidad. ¡WOW! ¡Quiero decir que es algo nunca visto!
Y se quedó embelesado, supuse que pensando en lo que había visto.
—¡OHH!, tiene un gran 10 que reluce día y noche. Ese 10 debe estar
hecho con joyas. O quizá con algún tipo de pintura, solamente. Pero es
demasiado para mí. A veces he paseado por allí solo para mirar ese 10. Y por
lo general suceden cosas. Más bien debería decir SIEMPRE, no hace mucho,
sucedían cosas. Creo que ahora tienen ese material ¡BLAM! funcionando y
perfeccionado. ¡Y todos esos muros y torres…!

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—¿SÍ? —phfluggee-phflaggee—. ¿De verdad?
—¡Sí! La última vez que estuve… Ayer fue, hace poco… Quiero decir,
debían de tenerlo con TODOS los sistemas EN FUNCIONAMIENTO.
Cuando me acerco, algo se activa. He estado averiguando eso, lo averigüé
hace meses también. Pero supongo que a ellos no les importa, pues eso les
habrá dado una oportunidad para comprobar. Y practicar. Y ayer…, ¡VAYA!,
tuve que creer que todo estaba dispuesto. ¡Qué jaleo, qué exhibición de aviso,
qué respuesta a un simple e inofensivo montón de ruinas descarriado como
yo, que realmente está recibiendo palos y ha recibido palos! Es decir, estoy
acabado. LA GUERRA, ya sabe… Todo eso.
—Lo lamento —apreté el botón lo mejor que pude—. Lo lamento de
verdad. Pero continúe con lo que sucedió; la respuesta, quiero decir.
—¿La respuesta…? ¡SÍ! Bueno, si usted estuvo en LA GUERRA,
tenemos algún fundamento para conversar. ¿Estuvo usted en LA GUERRA?
—Sí, ¿DE VERAS?
—¿Estuvo en el responso de Landry, digamos, o en el aplastamiento de
Whay con los botones de presión? Todo ocurrió en segundos, ya sabe. Ahí es
donde me dieron la paliza, una paliza mala y de verdad… En Landry. Y perdí
las partes que, desaparecidas, hacen que chirrié en mi conversación en este
mismo momento. ¿Sabe a qué me refiero?
—Sé a qué se refiere. Y sí, estuve en las ocasiones que menciona. De
hecho, yo fui el joven Bangdaddo, el Commandaddo, el Jefe en Jefe de los
Bangs, el que apretó los botones en Whay. Era mi tarea, ya sabe, solo hacía
mi tarea —Dios, tal vez he sido yo quien desgarró a este hombre.
Me miró fijamente y un sol salió de cada ojo en ese momento, y relució
ante mí con un millón de calurosas palmaditas de adoración.
—¡USTED ES ÉL! —gritó su voz-chirrido.
Y yo creí saber a qué se refería. Sí, yo había sido muy IMPORTANTE en
el responso de Landry y el aplastamiento de Whay con los botones de presión.
Yo había sido el Primer Bangdaddo, el COMMANDADDO.
—¡Y ahora lo han reparado para que sea uno de los IMPORTANTES de
aquí! Eso parece…
—Soy afortunado. Y lamento la paliza que le han dado, que lo hayan
acribillado tan malamente. Lo lamento de verdad. Nadie ganó al final, ya
sabe. NADIE. Quizá puedan repararlo…
—Nanay. Cuando se llega a esto no queda nada NADA. Para mí es ir
cuesta abajo hasta el montículo de huesos. ¡Pero me quedaré todo el tiempo
que pueda! —y no pude menos que admirarlo por ese último y pequeño canto

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de determinación de un viejo en los huesos—. Simplemente para ver qué
sucede con ustedes, los tipos que hicieron esto —concluyó.
—Pero ahora, ¿sería tan amable de conducirme a mi castillo? —pregunté
—. Así podré ponerme manos a la obra en lo que se supone me corresponde
hacer. Le quedaría eternamente agradecido.
—Lo haré, y gustosamente. Si ahora usted no sabe por qué
GUSTOSAMENTE, supongo que jamás lo sabrá.
Me miró, no con mirada implorante sino con una tranquila mirada
interrogativa en unos ojos que ya no vacilaban, y conjeturé que dentro de ese
montón de ruinas había existido otrora un ser humano muy orgulloso. Cierto
detalle de su actitud, la posición de unos hombros que en otro tiempo fueron
de campeón, la cabeza inclinada un poco más en ese momento con los ojos
atisbantes-fulgurantes, los puños preparados para martillear el mundo hasta
dejarlo en menudísimos fragmentos-ruina… Y una bombilla se encendió a
gran profundidad dentro de mi alcance…
—¡MORGBAWN! —grité, golpeando todos los botones phfluggee-
phflaggee que tenía, y de repente nos estrujamos mientras el tiempo había
rodado muy lejos.
—¡Oh, Dios! ¿Qué sucedió SUCEDIÓ?
Lo recordé tal como había sido no hacía demasiado tiempo; un hombre
bastante elevado entre los hombres, alto y con aspecto de gigante con su
pulcro uniforme de los BANGS, justo antes de Landry, donde todo se torció
para él y para mí. Lo perdí, a mi gran Segundo al Mando, en el infierno, las
llamas y el ruido de Landry, donde pensé que había volado a los altos cielos y
todos los vientos. Yo mismo escapé por la simplísima posibilidad de un
milagro, para intentar la recuperación de todo en Whay. ¡SÍ! Yo la aplasté con
los lanzagranadas y los enormes detonadores zump, pero el otro bando me
eliminó con idéntica crueldad. Y después de eso el mundo entero pareció
convertirse en llamas mientras todos disparaban.
—¡Volver a empezar! —dije a Morgbawn—. Tal vez ambos podamos
volver a empezar.
—No —replicó con el menor de los pitidos, muy temerosamente—.
Ahora no soy más que polvo. En esencia. No pasará demasiado tiempo para
que lo que he sido yazca y yazca y yazca, alojado en una tumba… PARA
SIEMPRE. Las batallas jamás podrán acompañarme de nuevo.
Entonces una idea me apresó, una especie de pensamiento magnífico,
hirviente, humeante, el tipo de idea que era capaz de ponerme, cuando yo era
todo carne en los Viejos Días, carne de gallina en el cerebro. Mi caparazón de

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metal nuevo chirrió, se arrugó y rugió al reaccionar mis tiras de carne y mi
nueva sangre verde, en tanto los calderos del cerebro emitían vapor.
—¡Ven para ser mi hombre de armas! —grité con el botón de gritar—. ¡Y
aplastaremos el mundo! Como esperábamos hacer en otros tiempos cuando
éramos novatos y mortales con nuestros nuevos uniformes de los BANGS.
Hay una posibilidad de pelear de nuevo y quizá ganar todo, quizá compensar
nuestras pérdidas… Todos los señores de Fortaleza, tal como yo lo entiendo,
tienen un maestro de armas. ¡Tú serás mi hombre principal!
El aspecto de su rostro demacrado, asesinado, de carne frita, era macilento
e invernal entre tormentas tenebrosas. Pero a pesar de eso, también me
pareció que detectaba una chispa minúscula, como la punta de un alfiler, de
esperanza anhelante y muy escondida que pugnaba detrás de su mirada fija.
Entonces dijo:
—Ah, no. He estado aquí el tiempo suficiente para saber qué es un
hombre de armas en Moderan. Es un fragmento móvil de un absurdo sirviente
mecánico que no significa nada, nada en absoluto. Creo que preferiría yacer
en mi tumba antes que volver a tomar parte en las batallas de ese modo. ¡Ni
siquiera una tira de carne!
—Me ocuparé de que consigas una. Lo juro. ¡Una de las mías…!
—Ah, no. ¿Qué significa eso? Una tira de carne. JA, ja. Caramba, una
persona ha de tener un sistema entero, con la sangre corriendo, para ser algo.
De lo contrario no significa nada. Debe admitirlo, Dios sigue siendo el que
hizo la mejor gente. ¡Una tira de carne! ¡JA! Caramba, habría de tener un pote
de adobo incorporado para mantenerla viva.
—¡Lo conseguiremos! ¡Un pote de adobo incorporado!
—Ah, no.
Pero todavía estaba esa diminuta chispa de esperanza, creí captarla en ese
momento con más fuerza. ¡SÍ! Y empecé a preguntarme si Morgbawn no
estaría considerando esa idea como la mejor de los mundos, la idea de estar de
pie y moviéndose incluso con una sola tira de carne en un pote de adobo en
vez de yacer totalmente silencioso allí, con Las Batallas completa, final y
eternamente abandonadas por él.
—¿Qué me dices?
—¡Tal vez! —dijo él—. No lo sé. Venga a buscarme donde yo caiga. Nos
mantendremos en contacto, quizá. No pasará mucho tiempo. Cuando
finalmente sienta que me voy, esté donde esté, me dirigiré a su casa. Lucharé
por acercarme lo que más pueda. Venga a buscarme…

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Su cara se contrajo y entonces Morgbawn comenzó a separarse, empezó a
alejarse, y creo que en ese momento atormentado comprendí un poco mejor
cómo sería hallarse como él, al mismo borde de la Eterna Oscuridad Total. Él
se encontraba muy lejos en el barranco de plástico, la ruina desconsoladora de
mi antaño gran Segundo al Mando, antes de que yo volviera al momento de
ahora y recordara que podía haberme ayudado a encontrar la ruta hacia el
hogar. Ah, bien, el hogar estaba cerca. Él lo había dicho. Y quizá, después del
anochecer, ese 10 reluciente de que me había hablado se extendiera y me
iluminara. Puse todos los ajustes en LENTO, fijé la alarma a una hora para
despertarme y, rodeado por mi equipo de instrucciones, me sosegué
lentamente hasta dormir sobre el plástico aquel calurosísimo anochecer
veraniego, para despertar, confiaba, ante la luz de un 10 reluciente.

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UNA VEZ, UNA ALFOMBRA ROJA…

Desperté a la luz de un 10 reluciente. Los agudos rayos del gran número


patearon duramente mi cara y me golpearon ruidosamente hasta que recuperé
la conciencia en el lugar donde yacía sobre el plástico, rodeado por mi equipo
y los diversos mapas e instrucciones. Los llamativos brazos luminosos de la
pequeña faz del contador eterno fijado en mi muñeca proclamaban que
todavía era medianoche. Así que aún era el séptimo día del gran agosto, ¡mi
día de días en mi mes de meses!, el momento en que inicié la Batalla. Y para
pasar a una nueva fase, vestido de acero y listo LISTO…
En medio de la desgarradora y chillona batahola, me levanté y me
acerqué, plop-plip-plap-plop sobre la desamparada senda. ¿Había avanzado
alguna vez un Rey de un modo más ignominioso? ¿¡En su día natal!? ¿Había
avanzado alguna vez un Rey de cualquier época con más determinación, o
con una armadura capaz de resistir la prolongada refriega? La armadura era
yo, en este caso, metal nuevo que constituía el grueso de mi esplendor
corporal, con las tiras de carne pocas y minimizadas. La batahola venía de los
dispositivos de alarma que chillaban y gritaban que un objeto no identificado
estaba avanzando hacia el muro más externo de Fortaleza 10. Y ese objeto no
identificado haría mejor en no ser peor que neutral cuando llegara al 'aviso del
límite' o sería mejor que NADA en menos tiempo que el más veloz cerebro de
metal nuevo requería para pensaren ello.
¡Yo era ALGO mejor que neutral! Yo era el propietario de Fortaleza 10.
¡YO ERA FORTALEZA 10…!, según cierta manera de pensar, de acuerdo
con el plan de Moderan. ¿Pero cómo decirlo a los otros? DIOS, no dejes que
perdamos esta batalla antes de entrar en combate. DIOS, no dejes que nos
derriben delante del castillo, acribillados y bombardeados, Dios Amado, para
acabar descifrando NADA de nada; no dejes que nos hagan volar a los altos
cielos y todos los vientos antes que hayamos visto nuestro trono… Mis
pensamientos empezaron a elaborar las posibilidades; mi cerebro empezó a
chapotear con fuerza. ¿Por qué los doctores no me habían informado? ¿Había
pasado por alto algunas instrucciones? ¿Se trataba de algún truco? ¿Se trataba
de alguna siniestra coalición del Destino y la Desgracia con el fin de
perderme antes que yo fuera Rey?
Me vi muerto, solo por un instante, un montón de chatarra consumida y
totalmente inerte ante la Promesa, un viajero tendido, agraviado, un inocente
asesinado, mal juzgado. Era tentador. ¡SÍ!, era tentador dejarlos hacer eso. La

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autocompasión operaba fuertemente. Oh, a veces hay algo dentro de nosotros,
de todos nosotros, que nos hace DESEAR caer despedazados ante el
adversario, solo para yacer allí, para permitir que el mundo justo se presente y
grite al equivocado, al terriblemente equivocado. El caballero más honesto de
todos abatido con espada y escudo, los seres tenebrosos riendo y todo el
mundo decente vertiendo lágrimas… ¡Cuán satisfactorio! Piénsenlo un rato.
Después, mi real ego de roca volvió, los riscos graníticos cerraron filas, todos
los rebordes, precipicios, pedrones y enormes afloramientos en diente de
sierra se alzaron atronadoramente para ser tenidos en cuenta por el mundo, se
proyectaron sombras y se formaron encapotaduras grandes y oscuras, tal
como debía ser, mientras yo rugía mediante los botones: ¡FUEGO
INFERNAL! y ¡FUEGO INFERNAL! En este caso no había nada que llorar,
nada tangible delante de las armas, cuando la terrible detonación hubiera
concluido. Y aunque lo hubiera, se limitarían a recogerme con una pala y
meterme en algún extraño pote para eliminar basura, un pote para chatarra o
para hervir o socarrar tiras de carne. Mantenerse erguido y en movimiento;
jamás caer al suelo; jamás permitirles ver un solo signo de debilidad… Ese es
el único modo de tratar a este mundo de real maldad, peligro y penosísimo
antagonismo.
Volví a la personalidad con que los había engañado durante todo el largo
recorrido, la personalidad que les había hecho mantenerse cobardemente
alejados durante casi todos los kilómetros hasta Landry y más lejos. Llené por
completo las bolsas de aliento para que se impregnaran del aire escarlata de la
pantalla de vapor, maniobré con los goznes y tensores de las piernas para que
me alzaran a la altura máxima, cambié la visión moderana de gran alcance a
una alteración de mirada ceñuda y precisa y aspecto arrogante de atreveos-si-
podéis, doblé mis brazos mayales con la más pura imperturbabilidad, como el
gato campeón de la calle que entornaba los ojos y proyectaba y recogía sus
garras en las vainas en los Viejos Días, acaricié un poco la puerta de mi placa
pectoral, pretendiendo insinuar qué horrendos objetos de caos podían estar
almacenados allí, y avancé hacia el 'aviso del límite' sabiendo muy bien que
ese momento era el cénit de mi carrera y que el sol podía ponerse con gran
rapidez y mandar mi futuro a la oscuridad… ¿Y habré escuchado acaso una
risita de robots de metal nuevo en alguna parte?
El 'aviso del límite' se estaba acercando ACERCANDO… YA. Yo había
leído sobre Moderan tanto como para saber qué significaba eso. Significaba la
última oportunidad para volverse atrás, si uno estaba solo y era vulnerable. Si
había en cambio un gran poder en donde apoyarse en algún lugar del camino,

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era el momento de anticiparse a hurtadillas, detrás de un montículo, y
transmitirle aquella señal secreta y las coordenadas exactas para apalear al
enemigo, y después permanecer a un lado mientras los detonadores
criminaban esa arrogancia que había osado enfrentarse a uno con un 'aviso del
límite'. Si uno en cambio iba solo y era vulnerable, podía detenerse y mirar un
rato, a una distancia segura, dedicarles algún leve gesto obsceno que
probablemente no bastaría para incitarlos a pelear, y luego quizá se podría
hacer surgir de repente un globo-bocadillo retador que se sacaría del espacio
para equipaje situado bajo la puerta de la placa pectoral para hacerles saber
que volvería a la carga con los batallones demoledores y dos pistolas
personales, más tarde, en algún momento posterior… ¡ESCORIA,
CHINCHES, COBARDES! ¡SÍ!
Pero mi problema era 'diferente'. Tenía un problema que habría sido
francamente ridículo, de no ser porque se trataba del tipo de apuro que podía
dejar pulverizado, y sin probabilidades de reconsideración. Al reparar en las
encrespadas bocas de los cañones, los lanzagranadas en equilibrio y
totalmente dispuestos y los muros poblados por el traqueteante y estridente
gemido de advertencia y amenaza, opté por no reír. Pero como era un
individuo conocedor de la comedia básica que está presente en todos los
aspectos de este mundo ridículo, no pude reprimir una ligera sonrisa al pensar
en la situación. Ahí estaba yo, la mismísima Fortaleza 10 de acuerdo con una
determinada manera de pensar, según el plan de Moderan, parte y parcela de
la amenaza que en este momento me mantenía a distancia; avanzaba, y yo
mismo me mantenía a raya, quizá para ser convertido en NADA por mi
segunda personalidad si persistía en mi desafiante avance hacia mí mismo. Un
hombre que se suicidaba antes de conseguir llegar a sí mismo, mantenido a
raya y amenazado por la gloriosa unión de personalidades. Bien, eso fue lo
ocurrido, y supongo que frecuentemente. Pero esta forma de suicidarse
parecía, al menos potencialmente, algo distinta de otras formas. Y sin
embargo, ¿podía retirarme de mí mismo en ese momento, y volver a mirarme
al espejo en alguna parte? ¿Qué haría yo si, por ejemplo, en los muchos años
subsiguientes, me topaba con un embalse producido por la afluencia de un
agua muy serena y plácida, con un espejo permanente? ¿Huiría dando gritos?
¿O apartaría la mirada con el desconcierto en mis ojos? ¡Oh! Si es imposible
mirarse al espejo en alguna parte, ¿qué queda de un hombre?
Así que seguí andando, avanzando hacia mí mismo, hacia Fortaleza 10,
moviéndome milímetro a milímetro, inexorablemente, hacia el 'aviso del
límite'. La bulla se intensificó conforme me acercaba, las alarmas de sonido

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fortísimo aumentaron en número hasta confundirse y ser un extraño zumbido
taladrante. Oh, un sonido monótono, extraordinario, sobrenatural y alto como
ningún otro sonido que hubiera oído antes. ¡Vaya una música para morir! Ese
sonido elevó mi ánimo y resolución hasta haber llegado a aceptar mi muerte y
pensar sin pasión en su oportunidad. Un hombre avanzando hacia mí mismo,
desafiando todos los avisos para que retroceda, ¡para que se vaya…! Algo de
esto fue lo que me impulsó en mi movimiento, apretó mis labios para la
sombría sonrisa final, y me lanzó hacia adelante, ¡oh, tan felizmente!, hacia el
cálido gemido de los cañones.
¡SÍ!, avanzamos hacia el 'aviso del límite' con la mente fija y
completamente resueltos a morir. Podían transcurrir largos y tediosos-tediosos
años —gritos alocados, muchas plegarias, agudos alaridos por la noche y los
temores capaces de revolver las entrañas que desgarran las horas— antes que
volviéramos a lograr ese estado de disponibilidad. Así que aumenté el tempo
de mi marcha, dispuse en MAX mis goznes y tensores y avancé para
aprehender EL INSTANTE en el 'límite' de la Muerte. ¡OH, DIOS…! Yo
estaba preparado para SABER… Ven, bomba zump; ven, muñeca-bomba
andante; ven, elevado, espectral y chillón Demoledor-de-Demolición; ven,
Muerte… Ven, MUERTE…
¿Y saben qué hicieron? Precisamente cuando mi pie más adelantado se
tambaleó hacia la zona del 'límite', apenas tocando la franja naranja que era el
centinela, con mi mente dispuesta a apurar la finalidad hasta la última gota,
con los brazos un poco abiertos para recibir ya al último GRAN VISITANTE
y su abrazo, con ojos y cara alzados hacia el cielo a causa de un antiguo
condicionamiento, ELLOS llenaron el aire de blandas águilas, brillantes
esferas de caucho, menudos gorjeadores de plumas radiantes y flores, flores
por todas partes, flores vomitadas por las aberturas de las armas, flores
expelidas por los lanzagranadas, flores cayendo en cascadas desde los
parapetos. No flores de hojalata, nada de eso; flores hechas con terciopelo,
flores hechas con satén rellenado, flores hechas con oro y con todos los
tejidos blandos y costosos, como pude saber después. ¡FLORES! ¡FLORES!
¡Globos! ¡Pájaros! ¡Flores! Bien, ¿qué hace uno entonces?
Me quedé inmóvil, exactamente al borde del 'límite', con la misma sonrisa
ligera que había dispuesto para la muerte en mi cara, mi postura tan regia
como pude componer, mientras las flores caían y caían, flores de terciopelo,
flores de satén de seda, otras flores, hasta que las flores casi cubrieron a un
hombre de acero. Entre la blanda-blanda caída de las flores me di cuenta por
fin de que el ruido de aviso había cesado, y entonces hubo un silencio casi

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mortal mientras yo seguía inmóvil y recibía mi homenaje floral, mientras las
llamativas bolsas de gas ascendían hacia el cielo hasta detenerse a cierta
altura para sumar el color y masa de todas en una bóveda con nubes-globo de
brillantísimos tintes bajo la que volaban blandas águilas por encima de
pequeños gorjeadores que revoloteaban y revoloteaban ¡POR TODAS
PARTES!
Finalmente, un altavoz —con su voz amplificada que resquebrajaba
ampliamente la quietud general, reproduciendo una grabación de sonoridades
muy graves mediante notas musicales, dijo:
—BIENVENIDO, FORTALEZA 10. TU MISMO, MUY BIENVENIDO
A TI MISMO, PARA OCUPARTE TÚ MISMO, NUESTRO MAGNÍFICO
LÍDER Y NUESTRO HOMBRE MAGNIFICADO, HOMBRE-Y-
FORTALEZA, HOMBRE-FORTALEZA Y FORTALEZA-HOMBRE, EL
MISMO E IN-SEPARABLE POR SIEMPRE JAMÁS, PARA GOBERNAR
POR LA GRACIA DE NUESTRO DIOS, NUESTRO HACEDOR, ESA
ENORME VARA DE METAL NUEVO EN LA GRAN LLANURA DE
PLÁSTICO DEL SUEÑO REALIZADO, COLOCADA CUANDO
MODERAN ERA RECIENTE…
Lo siguiente que supe era que una fibra de color rojo oscuro se estaba
derramando hacia mi posición. De los mismos labios de Fortaleza 10, así lo
pareció, una blandura roja fue vomitada y cayó, rodó, dio tumbos, fluyó por la
ladera de la robusta colina a cuyo pie se encontraba. Hubo un chasquido
repentino, y la tambaleante invasión roja se alisó hasta que su borde tocó el
pie que yo había extendido hasta la línea exterior del 'aviso del límite'. ¡Qué
precisión! Por supuesto, no se trataba más que de la grandiosamente mecánica
alfombra roja de BIENVENIDA sacada para recibirme, que enseguida me
llevó rodando hasta el hogar.
(Posteriormente iba a saber que los doctores con empalmes de acero
habían transmitido a los hombres de hojalata de mi fuerte la noticia de que yo
había sido ya completado y estaba en camino. En otras palabras: estad alertas
a un Rey metálico hecho con acero andante que intenta confiarse a las glorias
de su reino. La bulla y las amenazas de ataque eran parte de una pequeña
broma que se gastaba tradicionalmente a un señor de Fortaleza que se
acercaba a su fuerte por primera vez. Cuando él llega al 'límite', la
BIENVENIDA sin trabas y totalmente elaborada, perforada con anterioridad
en las cintas, se desborda y lo conduce al hogar, como corresponde.) ¡SÍ!

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BATALLA GANADA

Cuando puse en ON el gran interruptor naranja y la energía asió nuestro


complejo, fue un día de orgullo. Por todo lo alto. La luz se encendió en la
torre de nuestra bandera mientras el estandarte se apropiaba de su espacio en
lo alto de Fortaleza 10 y estuvimos en marcha, comprometidos. Y anunciados.
A través de las escobillas de hierro de sus pies, inmóviles o andando, los
hombres de armas extraían energía del suelo energético; mi metal empezó a
zumbar y bullir, y mis tiras de carne fueron alimentadas forzadamente con un
vivificante elixir de EMPUJE. Este momento especial de progresar hasta Rey
solo puede ocurrir una vez en la vida de un hombre de Fortaleza; el tiempo, el
tiempo jamás hará una visita idéntica. Yo viví mi momento hasta el borde
cimero-cimero.
Yo estaba de puntillas con mi sentido de misión y mi sentido de orgullo.
Estar en la casa del poderoso, ¡ser un REY! Era un instante para pensar en
viejas derrotas; era un instante para saber cómo debían pagarse todas las
deudas. Con balas, granadas, golpes y obliteración. Con completa y excelente
fruición. Cancelado. ¡SÍ! ¡Ser un hombre de metal para siempre!, tan solo con
unas pocas tiras de carne minimizando ¡mi ruda personalidad! ¡La MUERTE
yacía derrotada! El TIEMPO estaba vapuleado, flagelado por la Fortaleza.
MIEDO era una cosa abatida a balazos. Yo disponía de eones y eones y eones
para estremecer al criminal mundo por su avaricia, por los temores causados,
por los aspectos totales de la duda. Tendría tiempo ilimitado para gastar mi
rabia, exigir mi revancha. Y eso, simplemente, podía requerir tanto-tanto
tiempo…
Consideren lo que había sido el hombre a partir del aterrador-carnoso día
de su nacimiento. CONSIDEREN. No transcurría un segundo, no se movía un
átomo, no transpiraba una acción en el espacio —¡EN NINGUNA PARTE!—
que no fuera una amenaza totalmente notoria para el hombre. Cómo se
agazapaba entre las zarpas del mundo, bajo las gigantescas garras del riesgo,
pulposo, enteramente vulnerable…, y temeroso. El hombre no podía dar un
paso, no podía tratar de lograr otra recompensa que no fueran los perros del
miedo aullando y los chacales del retroceso apareciendo para decir,
¡RETROCEDE! ¡NO ES PARA TI! Y cuanto más intentaba vencer y cuanto
más porfiaba en atacar de un modo efectivo, tanto más deprisa profundizaba
hacia la derrota total de su tumba. ¡No había victoria alguna! Yo envidiaba a
las rocas, en aquellos tiempos; envidiaba a los pilares de piedra, a los huesos

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viejos; yo envidiaba al mismo aire. Envidiaba incluso a los animales, pues
ellos no sabían —pensaba yo— cuán total iba a ser su derrota en la pila de
huesos de la muerte. Solo el hombre lo sabía. ¡EL LO SABÍA! Y sin embargo
se lanzaba una y otra y otra vez sobre las puertas de hierro del desastre
asegurado en la pequeña vida en que navegaba. ¿Admirable? ¡Nada de eso!
¿Estúpido? ¡SÍ! Incomprensible. Inapropiado. ¿Por qué hacerlo?
Yo no tenía respuesta en mis días pulposos. Solo tenía temores. Temores
largos. Temores cortos. Temores medios. Partes de temores. Temores
completos. Temores fragmentados. Temores ficticios. Temores sin razón.
Temores irrazonables. Todos los tipos de todos los temores.
Y no obstante… No obstante, yo tenía una especie de coraje en aquellos
tiempos. Oh, sí. Una especie de alarde. No me digan que no. Ir a dormir por la
noche requería algunas veces de todo el coraje que yo pudiera encontrar en
todo mi morral. Enfrentarse a aquella oscuridad, desconocedor, silente y
dormido, sin mis usuales centinelas sensoriales fuera, más vulnerable, si cabe,
que toda mi vulnerabilidad total en vela… Oh, riesgo total TOTAL. Y aun así
me iba a dormir casi todas las noches a una hora u otra. De manera que me
enfrentaba a la Muerte todas las noches. Una noche, todas las noches, mi
pequeña muerte que arrostrar. NO ME DIRÁN que yo no tenía problemas en
aquellos tiempos… Y después despertar. Oh, qué alivio, solo por un instante,
descubrir que no había muerto. ¡No me dirán que yo no tenía mis victorias en
aquellos tiempos! Pero a continuación las derrotas cercaban con rapidez en
pos del instante, completamente viejas, tristes y negras, derrotas acumuladas,
para devolverme estrepitosamente a la no-victoria. Dejen que diez pulsos
titubeen rápidamente una vez en la casa temblorosa de la sangre del hombre y
vean lo que aparece después. Un ataúd con cantos negros y un hombre estrella
principal en su interior en un día de ataúd. ¿Qué dios-monstruo del azar armó
este titubeante artilugio, ideado para fallar, fallar y fallar y hacernos
estremecer de miedo en los garrudos días y las doblemente garrudas noches?
¿Dónde y por qué se ríe ahora ese dios?
¿DÓNDE Y POR QUÉ SE RÍE AHORA ESE DIOS? ¡Ahora no se ríe de
mí, no…! Y les diré por qué. Yo soy un señor de Fortaleza, GRANDE, en la
plancha blindada de la invulnerabilidad total. Mi munición está amontonada
en pilas alrededor, y puedo ganar CUALQUIER guerra. Mis lanzaproyectiles
permanecen impacientes en la plataforma de DISPARO, listos, a la velocidad
de un pensamiento metálico, para acometer el CHASQUIDO TOTAL.
Mientras el mundo remolinea en el espacio, nuestro planeta descuella ahora
intrépido y seguramente indestructible, cubierto —puesto que lo tenemos

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plasto-revestido, con nada que pueda triturarlo en el gran centro y nada que
pueda gastarlo en los lejanos ejes. Y ahora yo no tengo que envidiar a las
piedras, ni a los pilares de piedra. Ni tampoco a los animales. Soy más fuerte
que las piedras y más testarudo que los animales. ¡LA CIENCIA HA HECHO
UN HOMBRE! ¡EL HOMBRE DE METAL NUEVO! La ciencia ha cubierto
y ha vuelto limpia la sucia esfera de la TIERRA para que ese hombre se
apoye en ella.
¡SÍ! Buen plan de la ciencia, ven y trae tu vieja y blanca cabeza y déjame
estrechar tu puño. Me has alzado del pozo. Me has salvado de la viscosa
oscuridad, la humedad del suelo y los gusanos. Me honra ser HOMBRE
ahora, HOMBRE de metal nuevo. Mientras que otrora me deshonraba ser
hombre, verme ridiculizado, escarnecido, sufriendo los abusos de un dios o
unos dioses que no dejaban de reír en algún lugar del cielo místico y
misterioso o en las cimas de montañas humeantes que tomaban nota de mí en
libros mayores de chillona luz. El balance se usaría en mi contra conforme yo
reptaba hacia el Juicio. ¿¡Y yo creía todo eso en otro tiempo…!? Hay que
decir de una vez por todas para el crédito total del hombre que aunque él
creyera en esas cosas primitivas y extravagantes y estimaba las posibilidades
sin esperanza, reaccionaba luchando, ¡siempre! Realmente algo indestructible
del hombre debió haberlo salvado para esta victoria completa que yo conozco
ahora, el triunfo del metal nuevo, la divinidad de los pocos escogidos, la total
seguridad eterna de los Reyes con 'reemplazos'. (Demasiado asustado para
marcharse, demasiado asustado para quedarse, atrapado en terreno
indefensible, el hombre tragaba aire para la batalla en los escupientes labios
de la muerte, ataba su coraje a todos los puños que poseía y rezaba por
conclusiones que no fueran insoportables. Y a veces, de un modo muy
sorprendente, ganaba alguna pequeña refriega, aun en la noche más entintada
de su desesperación. Otras veces pasaba la prueba con banderas al viento y
estruendo de trompetas para contemplar al seguro vencedor. Y en ocasiones
pronunciaba discursos para decir que todo era factible y valía la pena. Y
vosotros, los pobres diablos carnosos de ahí fuera, sabéis a qué me refiero.
Todas las victorias deben ser duramente obtenidas y temporales para vosotros,
y apenas justifican la molestia. Porque debajo de todo eso se esconde la
mayor, la más invencible, la más concluyente batalla de batallas. Cualquier
victoria alegada HA DE SER condicional y exclusivamente linternas
humeantes rodeadas por el negro negrísimo de la oscuridad. OLVIDADLO,
pobres diablos carnosos. VOSOTROS no venceréis ahí, y lo sabéis. En la más

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profunda médula de vuestros temblorosos huesos enfermos de miedo, sabéis
que no ganaréis la Batalla de la Muerte… Ni aunque seáis el Papa.)
Pero ahora no tenemos que ganar la Batalla de la Muerte. Esa batalla
jamás será librada por nosotros. JAMÁS, porque hemos arrollado al
Adversario adelantándonos a la batalla que él planeaba. ¡SÍ! Nosotros somos
la sustancia en ejercicio, motora del Sueño Moderano. Hace mucho tiempo
nuestros científicos, esos grandes reyes discernidores de los laboratorios,
donde las teorías eran sometidas a la prueba de la probeta, vieron que la vida
carnosa y la vida vegetal eran en esencia intolerables, improbables, nada
plausibles y quizás imposibles en nuestro hogar del globo terráqueo. Si no
hubiéramos tenido a estos hombres fríos discernidores madurando junto con
los enfangadores, despistados y magos míticos que eran nuestro otro
vanagloriado progreso… no sé, con toda franqueza, qué habríamos hecho
finalmente. Aquí en este globo que era nuestro amenazado, improbable,
impredecible y casi imposible hogar. Pero ahora nos hallamos en la claridad,
gracias a la ciencia, nuestra otrora sucia esfera terráquea está limpia, cubierta
de plástico, nuestro apenas usado aire es ahora fundamentalmente un
decorado, coloreado bellamente con un tinte distinto para cada mes (¡oh,
encantador escudo de vapor!), nuestros océanos en otro tiempo arruinados por
la basura están sólidamente congelados, con todos los espacios superfluos
arrastrados hace tiempo, y nuestras temperaturas tan apacibles e inalterables
como siempre quisimos que fueran, mediante el Control de Estaciones de
Central. ¡Y los pájaros…! ¡Los pájaros son ahora de hojalata coloreada! Y
todos los animales están provistos de motor, mientras que los árboles
sintéticos brincan desde los planeados agujeros de la Tierra y brotan para
nosotros hojas 'reales' que sobreviven al proceso. ¡AH, MODERAN! La tierra
donde las hojas no caen; la tierra de la tierra plasto-revestida… Dulce dulce
mi hogar, duro como un tiesto.

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UN COSCORRÓN A LAS TROPAS

Yo no sabía entonces que la Fortaleza se gobernaría sola, con todo fijado


en las cintas de 'administración automática', y que mi principal función iba a
ser guerrear con Fortalezas vecinas, tiroteos mundiales a veces (cuando fuera
preciso), gozar de los Placeres de rigor para el hombre de metal nuevo de la
clase dominante y ocuparme en cualquier otra diversión particular que se me
ocurriera por mi cuenta de vez en cuando y por gusto. Oh, no. Yo era un
nuevo Rey y un nuevo Rey SERA un Rey. Convoqué a todos casi en cuanto
estuve en 'casa' para darles un coscorrón verbal, para que supieran en primer
lugar que un Rey, y solo UN Rey, existía en Fortaleza 10. ¡SÍ!
—Caballeros —dije a mi dotación congregada, la voz del phfluggee-
phflaggee en SEVERA, aunque todavía un poco emotiva—, jugad a la pelota
conmigo, que yo jugaré a la pelota con vosotros —¡Dios!, vaya cosa en boca
de un Rey… Di un puñetazo a las cintas—. Es solo una expresión antigua —
me excusé y reí—, ¡ha huk! Pasadlo por alto y volvamos a empezar.
¡CABALLEROS! Si no jugáis a la pelota conmigo os haré sentir el garrote —
¡Dios!, así que este iba a ser un día de aquellos—. ¡CABALLEROS!
Cooperad, y todo IRÁ bien. Haced lo que yo diga y tendremos una buena vida
aquí, y quizás hasta un poco de diversión. OBEDIENCIA es la primera
condición. El respeto a la ley es LA PRIMERA ley. ¡Y vuestro Rey, yo, es
LA LEY!
Me pareció haber oído reír a un robot metálico. ¿O habré escuchado un
prolongado silencio de mis hombres congregados que descansaban en los
laureles de sus fríos y silentes interruptores?
Sea como fuere, con la novedad de mi metal sonando en mis oídos
mecanizados, y no solamente un poco confundido y vacilante, seguí
divagando, diciendo lo que creía que un nuevo comandante debía decir para
hacer saber a las tropas que el nuevo régimen estaba ¡AQUÍ!, entusiasta, que
no era ningún ABSURDO, y ¡ADELANTE! ¡¡ADELANTE!!
¡¡¡ADELANTE!!! siempre.
—Cuando encuentro un hombre que no tira de su carga —dije—, cuando
encuentro un hombre que NO ME DA un ciento veinticinco por ciento de
esfuerzo, como mínimo, he encontrado un enemigo. Si ese hombre SI ESE
HOMBRE, ESA RATA, es incapaz de venir a verme y mostrarme razones
saludables de por qué se atrasa, que Dios le ayude en la tumba. Ese hombre
hará mejor en desear que su padre y su madre…, ¡qué va!, dos mil quinientos

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antepasados más lejanos que esos, no hubieran nacido jamás, y mucho menos
él. Los despellejaré limpiamente hasta llegar a Adán en su abolengo…, ¡si es
preciso! —y… Dios, no eran más que insignificantes seres de metal; pero yo
estaba lanzado, y en ese momento corría.
»Pediré a mi Cuerpo de Ingenieros que instale los dispositivos-espía más
complejos de la historia de la humanidad. Haré que instalen señales, gráficos
y todo tipo de artilugios de medida. Y a manera de pequeño y justo aviso para
vosotros, voy a decir, y no lo entendáis mal, que nunca en toda mi vida me he
engañado en mi estimación personal de un individuo, su potencial, su
comportamiento, su utilización general de sí mismo. No es que vaya a
necesitarlo, pero os diré por adelantado qué cosa estoy haciendo instalar para
verificar todo lo que ya sabré. Se denominará plan del 'beep de Registro'.
Cuando algún hombre, ¡CUALQUIER HOMBRE!, se muestra negligente, un
BEEP gigantesco sonará por todas partes en esta grande y nueva Fortaleza,
para alertar a todo el personal. Entonces el nombre de ese hombre… Tenéis
nombres, confío, o números, da igual…, la denominación de ese hombre será
voceada por todo este fuerte; su denominación reverberará muro tras muro,
sala tras sala, desde el techo hasta el suelo, POR TODAS PARTES, como si
fuera un sinvergüenza. Que todos los hombres…, TODOS, por favor, hagan
ahora un silencioso voto por mantener en secreto su parte personal del 'beep
de Registro'. Así, todos los hombres sabrán que están haciendo lo que
deberían hacer de todas formas, sin esta amenaza. Eso es todo. Simplemente
lo que de todos modos deben hacer. Y que nadie espere algún premio por su
BEEP silencioso. Eso no significa que esté funcionando del modo adecuado.
¿Queda claro?
»¿Premios? Bien, tengo GRANDES planes en cuanto a eso, que
abordaremos en un momento mejor, más adelante. Pero entretanto, prefiero
que tengáis claro que esta Fortaleza no es un lugar absurdo, y que aquí
hablamos en serio. Aquí yo soy Rey y vosotros súbditos. Pretendo ser el Rey
más grande de Moderan, y eso significa que vosotros habréis de ser los
súbditos más grandes de Moderan. Trabajemos duro. Nuestros objetivos son
simples. Ser primeros Primeros PRIMEROS, esos son nuestros planes. Que
ningún hombre se desentienda. Que el cielo EL CIELO le ayude si lo hace.
¿Acaso quiero yo una Fortaleza feliz? ¡Ah, puaf! Las Fortalezas felices son
para guerreras ancianas. Quiero una Fortaleza dura como el acero. Quiero una
Fortaleza fría. Quiero una Fortaleza tal que cuando los pájaros de acero
alcancen nuestro aire sientan un escalofrío en las mismas alas que agitan y
huyan de nuestro espacio. No quiero ningún marica. No voy a ser la niñera de

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un marica. Cortaré cabezas, fundiré a la gente. Muy bien podría darse el caso
de que el hombre más obediente de toda la Fortaleza se encontrara
inexplicablemente en la olla un día de desolación. Él no sabrá por qué; yo no
sabré el porqué, excepto que las cosas dan resultado. La fuerza responde a la
fuerza. Que nadie se sienta seguro. Sin embargo, que todos los hombres vayan
a esa velocidad especial que no deja sitio a la aceleración. Es decir, estaréis en
MAX siempre y a toda hora. Cuando os gastéis os reemplazaré sin
pensamiento de ningún tipo respecto a qué fuisteis. La META del esfuerzo
conjunto es el TODO que cuenta. Las insignificantes partes componentes no
significan nada NADA, excepto que contribuyen. Y además su significado es
únicamente en tiempo de funcionamiento. ESPERO HABER DEJADO
PERFECTAMENTE CLARA MI POSICIÓN.
Me sentía bastante exhausto en mis tiras de carne y fatigado en torno a los
bordes de mis lomos cuando puse en SILENCIO de un golpe el phfluggee-
phflaggee. Quizá me esforzaba demasiado. ¿Acaso un discurso de corazón
será siempre 'demasiado esfuerzo'? ¿Estaban enojadas las tropas? ¿Les había
impresionado? Un silencio me saludo en una Fortaleza detenida, un cese
completo que podía significar ALGO, TODO o NADA. Me aproximé y toqué
a uno de los hombres e incluso a través de mi mano fue transferida una
frialdad tal que me regocijé y pensé en un millón de hectáreas de hielo.
Toqué a otro hombre y fue exactamente lo mismo.

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TIEMPO DE AMANTE DE METAL NUEVO

Todos los señores de Fortaleza tenían una. Formaba parte del juego en la
tierra de la gente 'reemplazada', donde las partes eran fundamentalmente de
metal nuevo. En los días en que yo era un señor de Fortaleza neófito, uno de
los flamantes de la élite-élite, recién salido del ciclo de nueve meses en aquel
hospital donde reconstruyen a la gente fundamentalmente con acero nuevo,
llegó mi hora. Así que procedí para conseguirla.
Todavía un idealista, como siempre, yo pensaba que era la época de
compostura del Sueño. Para todos nosotros. Pero al verlos allí, tipos
miserables-mocosos, fumando sus enormes, picantes, larguísimos, fortísimos
y ridículos pitillos moderanos y mirando de reojo lascivamente, pensé en
menudas putas granujientas esgrimiendo cigarrillos en oscuros callejones sin
salida y provocando a los hombres en grasientas vallas de tablas y paredes de
piedra llenas de cicatrices. En los Viejos Tiempos. Y contando chistes de
sucio color.
Aun convirtiéndolos en acero, ¿¡es posible cambiarlos!? Retiré mis
pensamientos, esperanzas y esperanzados sueños por viejos terrenos de
desilusión y hacia el Campo de la Tristeza. (¿Eran estos los ELEGIDOS, los
que iban a convertirse en los temidos y renombrados señores de Fortaleza
Moderan, grandes en la batalla y en lo alto del poder?) Regresé al hogar hacia
un pesar total. Casi. Solo por un rato pequeño. Después me rehíce y salí de la
Oscuridad de la Desesperación, empujado por una Luz como la de nuestra
maravillosa estrella, el sol, propulsado por una idea, asiéndome a lo
pertinente, repleto de un sano júbilo cual primavera que llega a los nevados
campos prolongadamente nocturnos. Yo tenía mi Sueño ¡MI SUEÑO! Que
los demás se aferren a su ruindad y que sean reyes en el campo de la
vergüenza. Yo avanzaría hacia la Luz con MI SUEÑO.
MI SUEÑO era la mujer del pedestal, en parte imaginada, en parte real y
siempre alejándose. ¡Pero ahora tenía mi oportunidad! ¡Tener EL SUEÑO! A
partir de viejos recuerdos, que había llevado conmigo fuertemente aferrados
durante mucho tiempo, había enviado las instrucciones a la tienda de amantes
de metal nuevo, junto con las fotos que con gran esfuerzo y tediosas fatigas
había mantenido a salvo durante todos los peligros y desesperaciones:
destrozo del corazón, devastación de la mente, incluso destrucción mundial,
las conflagraciones bélicas. Y ahora, en el abrigo de la Fortaleza, ¡tener el

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Sueño en un paquete que podía llevar conmigo al hogar…! ¿Cuándo el
hombre ha tenido más?
Entre los miserables que perdían el tiempo junto a la pared (¿¡eran señores
de Fortaleza!?), aguardando ansiosamente las pruebas y un día de práctica
para selección en el almacén de amantes de metal nuevo, avancé hasta la
ventanilla del depósito. Entregué mi carné y el encargado de metal nuevo con
aspecto de oficinista pareció un poco desorientado, como obnubilado, más
que una pizca ATÓNITO.
—¿¡Pretende decir que solo desea arriesgarse!? ¿¡No quiere pruebas y
selección, igual que los demás!? ¿¡Realmente pretende que me limite a ir
hasta el montón y coger un paquete al azar!? Caramba, podría sacar u-u-u-ah,
una pelirroja. Ajá. O una con el color rubio platino de frasco para aclarar.
¡Hasta una peluca! ¡Ugh!
—Lea las instrucciones. Mire el carné —dije, con toda la frialdad de que
fui capaz.
El encargado miró. Su cara tembló abiertamente y se pasmó de horror
entre confusos kilómetros y zonas de sorpresa. Una vez recuperado un poco,
dijo:
—¡Oh, sí, señor! Debí de mirarlo, señor. Todos estos impresos se parecen
tanto, señor… Yo supuse que…
—No suponga nada, no conjeture nada, compruebe todo —recité para
añadir algo de ácido a la pequeña aunque patente ebullición de la confusión
del encargado.
Así que la llevamos al hogar en el camión, que en realidad era una
furgoneta de reparto de amantes de metal nuevo de Moderan conducida por
un reservado tipo de metal nuevo del que se rumoreaba que carecía totalmente
de dispositivos que pudieran tentarlo a detenerse un rato y conectar las
mercancías en caso de que estuviera repartiendo en un tramo solitario.
Supongo que ustedes podrán llamarlo eunuco de metal nuevo. Sí, supongo
que sí.
Cuando por fin estuvimos a solas, comencé a desenvolverla. En mi
precipitación, enmarañé los cordeles; apreté nudos que estaban flojos, hice
otros más donde antes no había…, ¡SÍ! Cuando un hombre posee la llave del
cielo por primera vez, la calma brilla por su ausencia. Mi corazón, pese a que
las fijaciones permanecían sólidas, se cerró con pestillo en CRUCERO, latió
violentamente, igual que en los Viejos Tiempos cuando golpeaba con un
mazo enorme una bolsa de medio kilo de caramelos. Durante un momento de
náusea terriblemente vertiginoso pensé que podía perder por completo el

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conocimiento. Pero tras recurrir a todas las fuerzas de determinación en las
tiras de carne que aún poseía, me quedé allí en suspenso, obstinadamente, y
luché con los nudos del enredo…
En ese momento, con mi amante de metal nuevo finalmente desenvuelta,
y por primerísima vez toda mía… Creo que es simplemente necesario, y
correcto, decirles que pasamos un rato muy agradable…, la primera vez… Y
todas, y cada una a partir de entonces, pasamos un rato muy agradable. El
resto es personal, privado y no precisamente para publicar. Ni mucho menos.
Sin embargo, sin embargo… Algo vago en las tiras de carne que aún
poseo me regaña, me presiona, me pide que ponga por escrito esta grandeza,
que explique cómo fue… Que comparta, incluso que me jacte un poco de la
verdad…, que sea considerado con los menos afortunados…, que no oculte
nada, que enriquezca al mundo con la narración de un gran GRAN momento
de amor. ¡OH, SÍ! ¡¡SÍ, LO HARÉ!!
Todos los cordones en marañas diseminadas y pequeños montones de
bolas embrolladas…, el desmenuzado papel rasgado apresurada,
frenéticamente y ya en sus propias y desordenadas pilas… La habitación, un
revoltijo, pero EL SUEÑO está allí, sereno… La muñeca rubia
completamente conectada, la imagen real y perfectamente copiada de un viejo
Sueño en la mente…, esperando en el cuerpo que la ciencia ha hecho, la
pequeña curva de unos labios todo humedad y rojo róseo, los azules ojos
azules como una bombilla azul y como menudas esferas de vidrio rebanadas
cuidadosamente de ese cielo cuando junio era claro-y-brillante por
completo… Y ahora aquí para mirarme cual dos dulces reinas del paraíso, luz,
lenguaje y amor-presagiando-amor para que esta emperatriz venga de visita
del cielo…, no más distante que la longitud de un cuerpo… ASÍ QUE YO
AVANCÉ HACIA ESE MOMENTO, arrebatando cuanto era preciso
arrebatar de las ropas de ella…, mi corazón enteramente en MAX en aquel
instante, el de ella en ÁMAME CON PASIÓN…, fijado por el taller…
¡Oh, Dios! ¿Estaba navegando en una cometa en un agujero minúsculo,
cabalgando sobre una luna vernal en medio de una tormenta de verano, todo
nieve, arañando los lóbulos de mis orejas con las segundas articulaciones de
los dedos de mis pies? ¡WOW! y ¡WOW! Todas las cosas imposibles, ¿eran
posibles a partir de entonces…? jug-jug-jug, fu-fu-fu, bam-bam-bam, jug-jug-
jug, gaaru-gaaru-gaaru, fu-fu-fu, gaaru-gaaru-gaaru… ¿Posibles a partir de
ese momento? Todas las personas que habían escrito y vuelto a escribir sobre
esto —en los Viejos Tiempos, los viejos Mailer y Hemingway, por ejemplo
—, ¿habían estado en lo cierto desde el principio? Yo creía allí que esas

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personas habían (durante el momento más minúsculo del mundo, creía yo)
garu-garu-garu, wham-wham-wham-bam-a-bam-wham-WHAAMMM-A-
BAMM-WHAAMMM… OOh-OOOhhh-OOO-OOhhhhh-
OOOOOOOHHHHH-uh…
Después, la desconexión: todo se acabó, otro momento de verdad que se
iba a los irrecuperables vacíos del tiempo. Pero un momento de verdad
grande, verdaderamente GRANDE esa vez, un momento ya aceptado en la
admisión de peticiones en alguna parte de una Puerta donde un Libro es
llevado en un Castillo de la Luz Pura, y ese Castillo con el único Propósito de
mantener a salvo el registro de esos momentos que narran la Gran Historia y
jamás mueren.
¡SÍ! ¡Así fue! El día que recibí mi amante de metal nuevo del almacén de
amantes de metal nuevo en la Tierra del Nuevo Tiempo.

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Y POR ESO EL VALLE DE LA BRUJA BLANCA

Cuando Moderan era todo novatos principiantes y los planes no estaban


modelados con fijeza, se concibió que algunas esposas relevantes, muy
especiales, pudieran ser 'reemplazadas' y tener permiso para compartir la vida
eterna de la Fortaleza con sus esposos, los señores de Fortaleza. Pero en el
campo científico se produjeron debates prolongados y amargamente
disputados respecto a si alguna hembra de la especie tendría la fuerza
suficiente para soportar aquella serie de nueve meses de las operaciones de
'reemplazo'. Finalmente, con un espíritu de benevolente jactancia, caridad y
opción tipo ¡qué-demonios!, el grupo de expertos, todos hombres, todos
grandes científicos de metal nuevo instruidos en todos los aspectos de la
cirugía y el cuidado de las tiras de carne, y todos, dio la casualidad, célibes,
dijo:
—¡Hagamos un ensayo! ¡Qué demonios! ¿Qué podemos perder?
¿¿¡¡QUÉ PODEMOS PERDER!!?? ¡¡Eh!! ¡¡¡Venga!!!
Del matadero de Allí Fuera llegó ella, como llega la caminante fatalidad,
siempre huyendo del estrago, la embarradura de las bombas, la precipitación
radiactiva lejos y por todas partes, a través de la campiña extremadamente
destruida, una mujercilla cazadora caminando, seguramente impulsada
durante el largo camino por el rítmico y único voto:
—Él jamás se escapará. YO LO ENCONTRARÉ. Él jamás se escapará
DE MÍ.
Eso fue meses después que yo, enteramente certificado como material de
señor-de-Fortaleza, hubiera salido del hospital y estuviera confortablemente
acomodado en mi fuerte. Ya había aprendido a comportarme pasablemente
como uno de los señores de metal nuevo de la élite-élite, ya había disparado
un par de FUEGOS MÁXIMOS de triple ensayo para afirmar honores
excelentes y brillantes, ya había llegado a disfrutar de los Placeres ordinarios
del hombre dominante de metal nuevo, esa maravilla de la ciencia y el amor
surgida de «un viejo sueño en la mente». ¡ENTONCES SUCEDIÓ
AQUELLO! Igual que bombas demoledoras. Igual que una condena. Igual
que, en los Viejos Tiempos, cuchillos al rojo vivo mutilando dedos de los pies
y dedos de las manos y orejas y la nariz y el mentón y los testículos y tornos
tirando de las entrañas hasta sacarlas para machacarlas mientras los globos
oculares retrocedían hacia los sesos volados y ennegrecidos y se cocían allí y
la sangre se transformaba en ardiente e hirviente hormigón en un pote sobre

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una cocina a rayos láser. ¡DIOS! Igual que enterarse de la conscripción para
una Gran Guerra en los Tiempos Pasados. Igual que la confirmación del
cáncer y menos de un año por delante. Igual que, OH, SI, definitivamente:
felicidades, ¡a los dos!, cuchi-cuchi. Un análisis POSITIVO en un embarazo
de soltera hace mucho tiempo. Igual que ¡OH CRISTO! Igual que ¡¡OH
DIOS!! Igual que ¡¡¡OH DIOS DIOS MALDITA SEA!!!
—FELICIDADES —decía.
Llegó distribuido mediante transcorreo, una especie de telegrama
nocturno, como los de los Viejos Tiempos, despachado a mi Pantalla Visora
en medio de un día perfecto. Yo acababa de enfrentar al minino de metal
nuevo contra el cachorro de tigre de dientes diamantinos para tener un rato de
variada diversión con emoción-y-Placer de puro salvajismo y recreo. Acababa
de enterarme mediante un Anuncio Oficial en la Pared Altavoz de mi Sala de
Guerra de que la Guerra General se reanudaría en todo Moderan el próximo
martes y yo había sido seleccionado como PARTICIPANTE (un embriagante
honor, ehm… para un hombre de Fortaleza de metal nuevo… Después de solo
dos FUEGOS MÁXIMOS de triple ensayo y de una Inspección para
Clasificación Fuera de Guardia, ¡ser seleccionado como PARTICIPANTE en
la Guerra!) OOh, ¿acaso no prometía florecer la VIDA en MI JARDÍN?
¡Entonces 'FELICIDADES'! Justo cuando hube decidido, en honor del
resto de cosas buenas que me habían acontecido aquel día, rematar la jornada
con el Placer de la amante de metal nuevo, sonó aquello. Ese tweetle y
twootle de anuncio doméstico y un fastidio tweetle-twootleado por todas
partes de mi fuerte. Oh, repugnante, desbaratador, grosero, rústico,
atropellado sonido, tan diferente de las alarmas fantásticas y resueltas con su
BOONK ZOONK BOONK de la Pared Altavoz de mi Sala de Guerra, y que
por lo general presagia algún anuncio secundario ni-fu-ni-fa o alguna
instrucción del Edificio Aguja y sus Muy Nobles Jueces, quienes seguramente
soñaban día y noche con la forma de importunar a los ciudadanos, nosotros,
hasta volvernos locos en pequeñas dosis.
SALUDOS: FORTALEZA 10 —decía el mensaje, y yo, interrumpiendo
DE MUY MALA GANA mis fijaciones en pasión-y-amor para la muñeca
amante de metal nuevo, cambié a tedio-y-bostezos la espera de una rutinaria
instrucción de un Juez para pintar-y-arreglar, ¡mejorar! en la fortaleza, o
quizás un suave codazo en negritas induciéndome a contribuir con más fuerza
y con brío más firme en el inminente escudo de vapor del Fondo De Bienestar
de los Jueces. Entonces mi visión moderana de largo alcance se concentró
para extraer el mensaje que llegaba por la pared. ¡Y las montañas se

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desmoronaron en los mares de nuevo! ¡El cielo se vino abajo como un huevo
martilleado por un trineo! Mi caparazón de metal nuevo se contrajo hasta que
acabé aplastado, una escama en un mundo metálico. Fallecí… SU ESPOSA…
LLEGO ANOCHE… OPERACIONES VAN BIEN… PRONTO SERÁN UN
EQUIPO DE NUEVO… CON LOS MEJORES DESEOS…
Me pareció haber detectado una sonrisa afectada en aquel párrafo CON
LOS MEJORES DESEOS, una risita de mofa dada a entender por un Muy
Noble Juez que recordó montañosos problemas y fastidiosos días penosísimos
de hacía mucho mucho tiempo… ¿O se rio alguien que decía, «Tú estás mejor
que yo, viejo bobalicón bobalicón, ja, JA, de mis esponsales»? De todos
modos, que se sepa que a partir del instante de aquel fatídico mensaje tweetle
y twootle yo viví muerto nueve meses, quedé paralizado, no tuve pizca ni
yesca, no disfruté nada, fui un zombie de metal nuevo que se enfriaba,
enfriaba y enfriaba en una fría rutina, un caso auténtico de muerto andante
que muere aún más, que se enfría más, que se vuelve más insensible a todas
las llamadas de la vida. Y cuando ella llegó —y llegó, ¡oh, Dios!, aquella
mujercilla ruda y fuerte con ojos de terror azul-hielo, tras haber resistido
aquellas operaciones gravísimas y severas durante nueve meses igual que una
brisa de verano en la costa—, ¡llegó para GOBERNAR la Fortaleza! Oh, sí, la
toma del mando completa. Nada de asociación aquí. ¿Había existido alguna
vez? ¡Ja!
Mi caso no fue el único. Aquella primavera, por todas partes de Moderan,
éramos aún novatos-principiantes y los planes no estaban modelados con
fijeza, ellas llegaron andando, luchando, cayendo y levantándose para
proseguir, la mayoría con un propósito en perspectiva: no permitir que aquella
desvaneciente y sobreviviente rata de marido escapara con una sola cosa. YO
SOY TU ESPOSA parecía decir todo en sus mentes; todo, sin dejar
interrogante alguno. La fatalidad era final, era una fatalidad herméticamente
sellada. Esa grisácea vida terrorífica de crepúsculo de mujer-marido marido-
mujer (WEEAAOOOHH YEEAAOOOHH OOHH OHH) no debe cambiar
nunca, ni siquiera con el fin de un mundo.
Bueno, nosotros los de Moderan no soportamos ese absurdo. Teníamos
otras ideas. Moderan era tierra de hombres con metas de hombre y puntos de
vista de hombre. Cuando quedó rigurosamente claro que la vida eterna no era
factible con una compañera con tiras de carne y acero femenino que no se
podía conectar-desconectar, echamos a todas. Fue tan simple como eso.
Formamos una Comisión para la Reinstalación de viejas Arpías de Metal
Nuevo. Las trasladamos a un lugar preparado para ellas, la provincia

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amurallada del Valle de la Bruja Blanca. Los muros son altos allí; es una
prisión, vasta y con la máxima seguridad; los guardianes jamás se dormirán
allí, confiamos, ni reposarán en sus rondas por los muros. ¡Que mi Dios nos
ayude a todos si alguna vez hay alguna fuga de la amurallada provincia del
Valle de la Bruja Blanca!

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EL HOMBRE DE LOS PÁJAROS DE MODERAN

Fue al principio de mi reinado en la Fortaleza, tras haberme ganado un par


de Máximas Aclamaciones mundiales y establecerme como el Hombre Más
Grande del momento, cuando empecé a pensar de nuevo en otras cosas;
comencé a pensar… en aspectos… Finalidad… Belleza… Interés
Comunitario…
Fui a verle aquel sazonado día verde manzana, viajando por la ruta
rodante como cualquier hombrecillo, como un ciudadano de los Viejos
Tiempos, deslizándome en la primavera fija y automática de Moderan. Era
mayo. Todo había salido; todo estaba fuera; la Central de Estaciones había
puesto en ON aquel enorme interruptor de hielo para hacer tambalear y
despedir al viejo invierno una vez más. Las capas de nieve plástica habían
dado la vuelta y quedado debajo, igual que ruedas revolviéndose en el suelo, y
las capas de campo primaveral habían ascendido y brotado sobre los tambores
en ese intercambio honesto e igual que hace que el cambio de estación no sea
un problema en nuestro gran Moderan. ¡Cuánto solía pugnar la naturaleza por
hacer surgir aquellos pobres brotes! Todo en conflicto, luchando por un punto
de apoyo, venciendo la escarcha o siendo vencido…, mezquina lucha… para
nada… Y todo tan innecesario… Ahora tenemos todo sobre gigantescos
tambores con capas de terreno, divididas en cuatro partes —parte de invierno,
parte de primavera, parte de verano e igual de otoño— y poner boca arriba
una estación en plástico es un simple juego ahora, mientras que antes la vieja
naturaleza luchaba duro…
Me apeé en el lugar señalado AIRE RESTRINGIDO, ZONA DE
PÁJAROS, simplemente bajé de la ruta rodante y activé mis goznes y
tensores hacia donde estaba AQUELLO. Igual que cualquier hombre normal.
De turista. Fisgoneando. Un ciudadano interesado por una fase. Los
guardianes de los pájaros intentaron detenerme a mucha distancia, en las
llanuras de plástico, me leyeron el Libro de Seguridad, me explicaron su
trabajo, empezaron a sacar armas de rechazo. Entonces yo exhibí el gran sello
tachonado de águilas de Fortaleza 10, contemplé a los guardias como un rey
contempla las ratas y seguí caminando, complacido por la forma en que sus
miradas se helaron cuando el pavoroso pensamiento dio en lo vivo,
preguntándome si años después esos guardianes quizás entregarán
grabaciones de voz a niños guardianes de acero, explicando cómo en un

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pavoroso día de mayo el abuelo había obrado torpemente, había retado a un
Rey en sus impetuosas e insignificantes guardias de servicio y… había vivido.
Aun así los avisos brotaron por todas partes del Complejo de Pájaros, y se
produjo cierta conmoción general al ver que el más grande batallador de todo
el ancho Moderan se presentaba así. ¡A ver pájaros! Usualmente los grandes
jefes de Fortaleza de acero acudían con un subtítulo, enviaban un ayuda de
campo a ejecutar este desagradecido quehacer de aparentar estar interesados
por los pájaros, el mejoramiento de la comunidad, las flores, el cambio de
color del escudo de vapor y otras cosas similares de la red de procedimientos
domésticos del Plan. Lo hacían únicamente para ganar puntos, la mayoría de
esos payasos de Fortaleza, sabiendo que los vehículos de fisgoneo de los
Evaluadores estaban siempre por todas partes, comprobando qué hacía un
hombre por el Interés Comunitario cuando todos los cañones estaban en
silencio y las cargas de las armas de guerra detenida por una tregua pendían
libres y tranquilas en las plataformas de lanzamiento, ¡DE VACACIONES!
Pero yo fui porque deseaba hacerlo. Y pueden creerlo o no: siempre estoy
buscando algo. Lo indago día y noche. Incluso cuando los cielos están
completamente en llamas con el fuego de la guerra, yo sigo pensando. No es
que yo sea un hombre blando o un candidato a encargado de florescencias. Ni
tampoco un hombre espantado. Ni siquiera el Rey de los Buenos Deseos. En
esencia soy un hombre de duda, búsqueda y contemplación. Y excepto en la
guerra, cuando todo es maravilloso y todo es matanza, la fuerza y la cólera
transformadas en acción sólida, todo canalizado hacia metas conocibles, estoy
inquieto.
Entré pesadamente, acero-sobre-acero. Mi voz sonó como una salva en el
cono del altavoz del Muro de Bienvenida.
—FORTALEZA 10 ESTÁ AQUÍ PARA VER UN LANZAMIENTO. Y
tal vez saber más cosas del mundo. Entiendo que la guerra es parte de él. ¡Y
debo suponer bien! —noté que las tiras de carne de mi cabeza, cuello y cara
se ruborizaban hasta ponerse modestas—. Soy Fortaleza 10 —seguí
divagando—, la más grande Fortaleza de todo el ancho Moderan. Ganador de
las insignias bélicas por destrucción y el emblema de las bombas cruzadas por
excelencia. ¡LOS HE MACHACADO A TODOS! Considero que la paz es
difícil de aceptar a veces. En la paz, cuando los pájaros funcionan, las flores
brotan y los árboles vuelven a salir disparados con un chasquido, emergiendo
a la superficie por los agujeros de los cotos, ¿no podríamos tener una especie
de contienda general pacífica? Es decir, su parte, su parte del asunto, ¿no
estaría más conforme si lanzara todos los pájaros al aire en una especie de

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Posiciones-de-Batalla-por-la-Belleza? Esto de mandarlos arriba para gorjear,
piar, aletear y flotar dando un poco de color al aire ya coloreado, ¿qué sentido
tiene? ¡Hombre!, podría hacer una gran reunión de pájaros en todos los
distritos de Moderan, cada pájaro podría hacer mejor su batalla por seguir
volando frente al resto de los pájaros, y el último sería el más fuerte, el más
sólido, y por lo tanto el más hermoso. ¿Eh? Apuesto a que vencería un águila
o un cóndor cruzado con águilas…, enorme, fuerte, rudo…, vil como un
infierno bélico. Pero creo que usted ya sabe eso, viendo que soy Fortaleza 10,
el actual Hombre Más Grande del mundo.
Entonces di alivio al phfluggee-phflaggee, porque realmente había
hablado demasiado, y quizá lo lamentara. Y además, yo estaba ahí como
visitante, no como un bravucón-insinuador. Aquel no era mi sitio, estoy
seguro. Revisar Moderan en paz solo porque daba la casualidad de que yo era
el batallador más grande del momento. ¡Qué capitán más advenedizo!,
podrían pensar de mí, un señor de Fortaleza que entra de sopetón aquí para
ver los disparos de pájaros, solo, sin apropiado permiso de seguridad siquiera,
sin perder tiempo en dar mis ideas personales en cuanto a revisión. Mi ánimo
se puso reparador.
—Lo lamento —dije—. Muéstreme solamente un lanzamiento de
currucas, papamoscas o algo así, y me encaminaré otra vez hacia mis cañones.
Para decirles la verdad, yo estaba incómodo —como lo estoy siempre—
en una misión de paz. Soy mejor con ira y desintegradores. Mucho mejor.
Siempre lo he sido. Y con todo, siempre quiero algo, tal como he dicho, otra
cosa, y esto me impulsa, hasta el extremo de la cuña, hacia los rincones de la
búsqueda. Incluso sentí picazón con esa esperanza, mis tiras de carne se
retorcieron y recordaron, mis componentes de acero hirvieron, chirriaron, se
arrugaron y gritaron, tan trastornados estaban ante el estremecimiento de las
partes de carne… ¡SÍ! Yo era un revoltijo de gelatina mientras aguardaba, el
más grande Capitán de todo el ancho Moderan en la actualidad (ganador de
las primerísimas Insignias de Destrucción y las bombas cruzadas por
excelencia en la última matanza mundial total) temblando igual que alguna
anciana abuelita de los Viejos Tiempos que preveía una emoción de anciana.
Yo estaba previendo una emoción, de acuerdo, la emoción del descubrimiento
de una pequeña parte del secreto de la Blanda Belleza en el mundo. Y estaba
asustado de que eso pudiera perturbarme en exceso, de que pudiera resultar
excesivo para mí ver a este hombre, a este capitán de pájaros, este príncipe
ardiente con una misión de paz, un Apóstol de la Blanda Belleza y
seguramente contrario a los cañones en el mundo. Me sentí torpe de repente;

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las condecoraciones de mi hogar me parecieron nada de pronto; sentí que casi
cambiaría mi Fortaleza entera en ese momento por un solo atisbo del
verdadero secreto de los pájaros y la dulce belleza del universo. ¡SÍ! Yo iría
metálicamente descalzo por el mundo hirviente de problemas, un resonante-
chacoteante Mesías, completamente desarmado, sin cañones, para dar
conferencias a la gente… Entre balas y granadas un capitán evangelista
vidente de la Luz, alzándose tan alto como los árboles, completamente
desnudo ante el peligro, gritando: ¡NO! ¡NO! ¡ESE NO ES EL CAMINO!
No debí haberme preocupado. Él llegó en acero sucio, un hombre-muñón
bajito, un desgraciado, un mero capitán de pájaros de distrito, muy realmente
un señor de Fortaleza degradado, y un hombre que conspiraba, supuse, para
volver a tener un fuerte. Miró a su alrededor, confundido, hasta que sus ojos
moderanos mecánicos de largo alcance finalmente me descubrieron. Tras
clavarse en mi sustancia, los ojos se entrecerraron para evaluar, y me pareció
que él era un rechoncho ganso de hierro que hacía girar con rapidez la cabeza
al tiempo de apretar un botón para graznar:
—Bienvenido, Fortaleza 9, bienvenido al Lanzamiento de Pájaros.
Como yo empecé a agitarme y gritar mi protesta, él entrecerró los ojos un
poco más y volvió a intentar; pero esta vez consiguió tocar el botón adecuado.
—Bienvenido, Fortaleza 10, bienvenido al Lanzamiento de Pájaros, y
perdone. Y Fortaleza 9, perdone si lo examino.
Entonces algunos de sus asistentes completamente metálicos se deslizaron
sobre el suelo energético y sin más ceremonia ¡ME empujaron!, ¡como si yo
fuera un cualquiera!, hacia un cilindro de hierro en el borde delantero de la
sala. Era el cilindro de observación del lanzamiento de pájaros y pronto vi que
tenía una excelente vista de una amplia extensión hasta una distancia no
obstruida por el escudo de vapor. Quizá la Belleza no tardaría en aparecer allí
y el sonido me indicaría cómo. Aguardé totalmente arrugado y deshecho. A
que la belleza se mostrara.
Una agitación de puntos oscuros y veloces no tardó en aparecer en la
distancia de escudo de vapor de mi zona de visión.
—Lanzamiento de currucas —dijo mecánicamente una voz metálica—,
lanzamiento de currucas para el distrito doce. Atentos a la señal de gorriones.
Papamoscas a continuación.
Y así siguió la cosa, durante todo el lanzamiento de numerosos tipos de
pájaros mecanizados, metálicos. Mi zona de visión se llenaba de puntos
oscuros, raudos como flechas y enseguida una voz mecánica me decía qué era
lo que infundía temor. Seguimos esto desde currucas, gorriones y papamoscas

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hasta que pasaron las águilas, y estábamos preparados para los cóndores
cuando algo profundo en mi interior dio paso a la indignación.
—¡Fuego infernal! —grité, y golpeé las paredes del cilindro de visión—.
Déjenme salir de aquí. Vine aquí de buena fe, y lo único que estoy
consiguiendo son manchas ante mis ojos. ¡Fuego infernal!
—Recojan a Fortaleza 12 —dijo la voz de llamada—. Perdón, recojan a
Fortaleza 5…perdón, ehm… recojan a ¿Fortaleza…? Fortaleza actualmente
en visión… Recojan, recojan…
Así que me sacaron del cilindro metálico de visión, y me encaré con el
desgraciado. Yo estaba francamente quemado y dispuesto a todo; mi
tolerancia a la explosión, nunca demasiado enterrada, estaba sobre el límite y
lista para estallar. Puse el botón de ALARIDO y dejé que estallara:
—Aquí estoy yo, el hombre más grande de Moderan en la actualidad,
arrebatando tiempo a mis deberes… ¡Demonios!, podría estar en casa
supervisando los fusibles para los próximos tiroteos mundiales… Y vengo
aquí para mostrar Interés Comunitario y tal vez ganar algunos puntos así
como algunos datos que puedan servirme de algo. ¿Y qué sucede? ¡Infiernos!
Vosotros, zopencos metálicos, me apretujáis en el tubo de visión y me
mostráis estos como si fuera una gran cosa. ¡Y demonios!, ni siquiera
recordáis quién soy más de la mitad de las veces. ¿Y qué veo? ¡Manchas!
Lanzamiento de currucas. ¡Manchas! Lanzamiento de gorriones. ¡Manchas!
Lanzamiento de papamoscas. ¡Manchas! Y lo mismo con el paso de las
águilas. ¡DEMONIOS! Habría podido quedarme en casa dibujando manchas
en trozos de papel. Y agitarlas ante mis ojos. ¡Fuego infernal! ¡Explosión!
¡Maldición y…!
¡FULMINACIÓN…!
—Bueno, bueno, no sea tan quisquilloso y alborotador. Todos tenemos
nuestros pequeños problemas. Los suyos parecen ser de malentendimiento.
Vino aquí esperando ver belleza en el lanzamiento. Para el distrito diez.
Donde debió haber ido a ver belleza en el lanzamiento para el distrito diez era
al distrito doce. La belleza está EN EL LUGAR AL QUE LA
DISPARAMOS. No donde la disparamos. ¿Comprende? Bueno, si pone pies
en polvorosa ahora mismo, tal vez llegue allá a tiempo para ver llegar los
cóndores. Al distrito doce. De hecho, si coge un coche urgente y mueve
deprisa el culo, haré una excepción y detendré el lanzamiento de cóndores
durante algunos segundos. ¡Solo para usted! Simularé una ligera avería
después de las águilas. ¿De acuerdo?

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—No. No estoy de acuerdo. Creo que no aguanto más. Alguien me dijo
que recurriera a los pájaros cuando buscara belleza. Pero creo que he
comprendido mal alguna cosa. He estado bastante ocupado en la guerra, no
obstante.
—Seguro que sí. Y siendo un guerrero, lo que nosotros hacemos con los
pájaros ha de prenderle muchísimo. Es decir, esto ha de llamar la atención de
su sentido de la corrección de las cosas. Los ciudadanos en general no lo
saben, pero no enviamos arriba los pájaros para nada, por supuesto. Y menos
por belleza… En realidad se trata de un pequeño ejercicio de entrenamiento
que acometen, siempre que los lanzamos. Suponga simplemente que alguna
vez necesitáramos cambiar las cabezas de los pájaros por cabezas explosivas,
¿eh? —y sus ojos de bombilla fulguraron al mismo tiempo que me miraban de
reojo, y él me dio un ligero codazo a través del aire, hacia mí, igual que un
conspirador.
—¡OH! NO —dije involuntariamente, con el phfluggee-phflaggee casi
fuera del cuadrante en ALTO—. ¡Eso es para hombres de Fortaleza, no para
pájaros! ¡Nosotros nos ocupamos de la lucha!
—Pero suponga simplemente —prosiguió—, que por algún pequeño error
de cálculo, o por algún cálculo muy complejo, completamente correcto, ¡JA,
JA!, se abatieran unos a otros hasta caer en el suelo de capas plásticas en el
mismo y preciso instante. Quiero decir que se embarraran unos a otros. Que
se fueran desgastando mutuamente hasta hundirse en los escombros, ¡es igual!
¡Que no quede nada! Entonces, en ese mismo y preciso instante de la historia,
los tazones de tropas de los brincadores espaciales se presentan lanzando
explosivos apoyados por sus platillos cañoneros de Allí Fuera, con la idea fija
de desgarrar la vieja Tierra hasta su ropa interior, ¡ah-ah! ¿No sería bueno
saber que nosotros tenemos la capacidad de acribillarlos con un insignificante
lanzamiento de pájaros justo en ese momento, solo para dar a los hombres de
los cañones, ustedes, un poco de tiempo para reconstruir sus equipos y repeler
a los advenedizos con los desintegradores? Pero si usted va a estar en el doce
a la hora de los cóndores, ¡será mejor que haga volar su cola, hombre!
¡Quiero decir, AHORA! ¡Quiero decir deprisa! No puedo retrasarlo mucho
tiempo. En realidad, tal como ya he sugerido, nos encontramos en un
momento de maniobra bastante complejo cuando lanzamos.
—¡No retrase los cóndores otro micro-instante más! —aullé.
Y entonces me fui, encaminándome de nuevo hacia mis cañones, inseguro
de que alguna vez volviera a preocuparme por tratar de interceptar
nuevamente ningún otro tipo de Belleza.

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VIVIENDAS DE CÚPULA-BURBUJA

La vivienda de cúpula-burbuja, la casa-bola para vivir en soledad,


formaba parte de la escena completa moderana en igual medida que…
digamos, una Fortaleza. O una tira de carne. O una pista rodante. La vivienda
de cúpula-burbuja era para el menesteroso, el lugar donde vivían hasta morir
los millones de millones que no habían reunido los requisitos para el territorio
de las Fortalezas. Tal como se ha explicado antes, solo la élite-élite ascendía a
ese escenario de los grandes asuntos donde los complejos defensivos eran
once muros de grueso acero, donde la matanza-matanza de toda especie se
balanceaba tranquilamente y a la mano en las bocas de los cañones, y los
boliconos daban vueltas el día entero, la noche entera en lo alto, en el escudo
de vapor sobre las Fortalezas, comprobando el peligro, ¡comprobando la
guerra! ¡NO!, no todo el mundo reunía los requisitos para ese escenario. Solo
los varones jóvenes, usualmente, los más finos de la raza, alcanzaban esa
oportunidad. Las damas viejas, las damas de edad madura, las jovencitas, los
hombres lisiados, los hombres débiles y fatigados de toda especie…, todos
vivían en la mediocridad, todos en su casa-bola personal para vivir en
soledad, para ver pasar los días, para ver una vida en reflujo, sabiendo que el
rumbo debía ser la colisión con la Terrible Flecha. Porque ninguno de estos
miembros del populacho había reunido los requisitos para las operaciones que
permitían estar y existir en lo eterno.
Un derroche. Cualquier complacencia ante la debilidad es un derroche.
¡Qué territorio podríamos haber tenido en Moderan, qué grandeza y qué
Gozo, si todo hubiera sido la élite de la región de las Fortalezas,
disparándonos mutuamente esos enormes cañones, el sumo regocijo de la
guerra truncado únicamente por pequeñas treguas y gran Gozo!
Pero Central había sido débil. La despiadada Central había sido débil,
aquí…, una vez. Esos nueve viejos cascarones, con porciones de tiras de
carne capaces de igualar o superar los de cualquier señor de Fortaleza (en
realidad todos ellos habían sido señores de Fortaleza antes de sus ascensos; yo
espero ser ascendido cuando corresponda), habían sido débiles. Imagino cómo
habrán mordido sin parar sus cuerdas de humo aquel día ahí arriba en las
Torres-L del Edificio Aguja, cómo habrán escupido en las escupideras
cónicas enjoyadas y con bandas doradas aquel día ahí arriba, cómo discutirían
y casi se pelearían en su frustración. Nueve viejos, nueve viejos cascarones…,
frente a una batalla que no podían ganar.

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Naturalmente las tiras de carne de la humanidad indicaron a estos nueve
jueces supremos que salvaran a la gente, que los dejaran vivir, que les
construyeran viviendas, que les concedieran las operaciones hasta el mismo
límite de sus capacidades para absorberlas y sobrevivir. Pero el carisma de
acero de metal nuevo de estos dirigentes situados tan alto debió argumentar
en favor de la cordura. Y el rumbo cuerdo debía ser dejar morir a esa gente.
¡Al instante! Esa gente jamás podría sobresalir; ninguno de ellos tenía ni
siquiera la mínima, la más ligera posibilidad de asimilar suficientes
operaciones para ser de la élite-élite. Solo podían obstruir el Sueño Moderano.
Con una excepción importante. ¡Los varones jóvenes! ¡SÍ! Seguramente los
jóvenes, algunos de ellos, crecerían hasta retarnos a su vez. Y quizá fue esa la
única consideración dominante, los varones jóvenes, que hizo que aquellos
nueve viejos cascos emitieran ese veredicto tan duramente debatido (por
cinco votos contra cuatro), cuando Moderan era un territorio muy nuevo:
QUE LA GENTE ORDINARIA VIVA.
¡Una decisión aciaga! Esa fue mi desautorizada y cuerda opinión en
aquella época, y creo que debió ser la desautorizada y cuerda opinión de
cualquiera que ya estuviera en la cumbre, de un señor de Fortaleza. ¿Quién
necesita más gente? Nosotros no, y eso era indudable. Ya estábamos
establecidos en nuestras Ligas del Odio, teníamos bastante para primorosas
guerras constantes, con la excepción de las pequeñas interrupciones para
treguas y Gozos, y estábamos diseñados para siempre. Parecía una serie de
condiciones fijas, excelentes y definitivas, por lo que a mí respecta.
Pero el veredicto fue emitido; debíamos soportarlo. Oh, se habló de
marchar sobre el Edificio Aguja, de disparar a las Torres-L, e infinidad de
otras formas alocadas e irresponsables de dejar salir el vapor, en forma de
charla. Pero nada salió de eso, finalmente. El Sueño Moderano quedó
irrevocablemente grabado con esas viejas damas reumáticas, esos viejos
holgazanes, esas jovencitas con futuro sin sentido y el resto de la canalla de la
humanidad. Hasta que mueran. Cosa que harán, finalmente, porque
físicamente no fueron lo bastante fuertes para resistir la serie de operaciones
que los habría ascendido a la tierra del Sueño eterno. Pero esos nueve cascos
humanos, en una nueva riña perruna de la humanidad resuelta por cinco a
cuatro, habían decretado no solo que toda esta gentuza podía vivir hasta el fin
de sus vidas, sino que además se garantizaba que recibirían las operaciones
moderanas hasta el límite físico de sus capacidades para recibirlas y
asimilarlas. ¡PUUFF! Y por lo tanto agravando y prolongando el borrón en el
Sueño Moderano durante eras y eras.

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Oh, tan fácil que habría sido cuidarse de todo esto directamente. Para
apaciguar sus anticuados sentimientos humanitarios, esas nueve viejas
cascaras de nuez, después de votar condenas más realistas, habrían podido
agregar este Mandato del Tribunal: QUE SIGAN SU CAMINO CON
DULZURA. Así esas personas habrían podido seguir su camino en un
periquete. Oh, no habría costado más que un mínimo de planificación.
¡BELLÍSIMO! Central decretaría un Día de Gozo obligatorio para todas las
personas menesterosas de la tierra. Y a continuación se hubieran montado
casualmente gigantescos Estadios de Gozo por todo Moderan,
apresuradamente construidos con los materiales de construcción más
endebles. Para un solo uso. El día de Gozo la gente entraría a miles en el
Estadio de Gozo que eligieran, usualmente, claro está, el más cercano.
Ninguno de los menesterosos quedaría excusado de participar en esta masiva
celebración del Día de Gozo. La gente ordinaria; hombres, mujeres y niños
enfermizos, los postrados en cama, los que anduvieran en silla de ruedas, los
cojos, los ciegos, todos, incluso los criminales condenados a prisión…, todos
serían transportados para el Gozo. En un instante común, quizás a una señal
procedente de un globo de observación en las alturas, un dedo de acero de
Central tocaría un pequeño botón de color naranja gozoso con la indicación:
SEGUIR CAMINO CON DULZURA. Todos los Estadios de Gozo y sus
miles de celebrantes serían entonces simplemente un ¡PUFF!, un ¡FLASH! en
un abrir y cerrar de ojos y luego un minúsculo tiznajo negro sobre el plástico.
Y ese tiznajo podría ser fácil y simplemente limpiado por un errante custodio
de acero de las Fuerzas de Conservación de la Superficie Terrestre.
¡BELLÍSIMO! ¡SÍ! Tenemos los conocimientos prácticos para tales
soluciones.
Pero, y también, tenemos nueve viejos chiflados que se rascan de muy
mala gana, estoy seguro, una tira de carne, una comezón de la conciencia.
Así, en consecuencia, las viviendas de cúpula-burbuja, las casas-bola para
vivir solitario, el alojamiento de los millones de mediocres, brotan a millones
por todo el inflexible y poderoso Moderan basado en las Fortalezas, en casi
cualquier punto que no se halle en interferencia directa con el perímetro de
disparo de una Fortaleza.
¡SÍ! ¡Qué derroche! Todo ese tiempo, toda esa energía, todo ese gasto…
Oh, y pensar en lo que habría significado en la mejora de nuestra vida, el
avance del Sueño Moderano, ¡que todo hubiera sido usado correctamente!
Mejor defensa, quizá. Fortalezas con capacidad de disparo más rápido, casi
seguro. O tal vez incluso investigación y experimentación orientada hacia

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algunos importantes adelantos científicos que lograrían más acero y menos
tiras de carne para el hombre de metal nuevo de la élite-élite: esto es siempre
el núcleo y el centro del Sueño Moderano. Se invirtió mucho tiempo, energía,
dinero y pericia en esas viviendas de cúpula-burbuja, ¡y jamás se les ocurra
pensar lo contrario!
Sin embargo… Sin embargo toda mi honestidad, incluso aquí junto a mi
Muro de Acero, me hace confesar una cosa. Algunas noches, en un momento
de tranquilidad, cuando los elevados globos cónicos de mi complejo de
alarma dan vueltas y más vueltas y no dicen nada, cuando todas las banderas
de batalla penden relajadas en sus mástiles de estandarte, cuando los armeros
sin tarea alguna por cumplir no hacen el más mínimo sonido de rash-rash de
metal que se mueve sobre metal entre mis Muros, tengo desoladores
pensamientos. Pienso en la gente que goza de artefactos rodantes, atendidos
por autómatas, y que libran sus personales e inganables Batallas del Tiempo
en las casas-bola de vida solitaria. Pienso en mi padre y en mi madre y en
cinco hermanas en alguna parte de ALLÍ FUERA, todos ellos en una vivienda
de cúpula-burbuja personal. Pienso en dos niños, Hermanito y Hermanita. Y
un definitivo-definitivo pensamiento taladrador: ¡Esa mujer! en el Valle de la
Bruja Blanca. Entonces paseo un kilómetro en la noche, pesadamente
retumbando y matraqueando a lo largo de silenciosas almenas, vueltas y más
vueltas sobre el borde exterior del techo más elevado de mi Fortaleza. Y a
veces, ante el espectáculo de la luna —fría, rara y obstruida ahora por la
conquista, esa luz pálida, frígida, languidece del otro lado del escudo de vapor
—, me formulo LA PREGUNTA. Y de vez en cuando, en lugar de responder
LA PREGUNTA, rompo tempranamente una tregua y cañoneo a todas las
Fortalezas en un gran Pleno-Max de Odio. Pero otras veces respondo LA
PREGUNTA, y la respuesta me pone triste. No, respondo muy quedamente,
no y no. Muy quedamente. Luego golpeo mis tiras de carne, aferró mis
porcentajes de blandura, ¡ansío más acero! Pero la respuesta sigue siendo NO.
No, yo no habría votado con la minoría en aquella Torre-L. También yo,
finalmente, habría votado en favor de dar a la gente ordinaria, la canalla, más
tiempo para pensar en, y tratar de prepararse para, su Terrible Fecha personal.
Y así el fracaso de todo eso y el Sueño degenerado por culpa de ello me
equilibran, hasta que pueda obtener más acero… ¡MAS ACERO!

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UN PASO EN FALSO

Trabajaban todo el invierno en esos vastos túneles subterráneos con el


mecanismo obstruido, cuatro vagabundos de los tubérculos de un distrito que
reparaban la primavera. Caminando pesadamente con sus botas espaciales allí
abajo, en la oscuridad y el frío, estaban reparando las hojas rotas, añadiendo
nuevas capas a los rizomas y retocando los pétalos de hierro de forma que
todo estuviera listo en su sector para que una temporada automática perfecta
brincara entre los hoyos de los cercos a una señal de la Comisión Central de
Belleza. Ellos detestaban el trabajo impropio de hombres, y no se tenían
cariño unos a otros. Pero se aborrecían mutuamente con una tolerancia que
permitía el intercambio de agonías.
Los cuatro habían caído por algo, y él había caído más que cualquiera.
Hoy, quizá la vigésima vez ese invierno, él había sentido el deber de
presentar su historia, porque a veces, después de la caída, vivir es algo
superior a la callada tolerancia. Hicieron una pausa junto a una hoja que
estaban remendando, y los otros le brindaron deferencia, puesto que en ellos
aún subsistía el recuerdo de lo que él había sido en otros tiempos sobre el
suelo, así como el hecho de que él era el capitán ahí.
—Haber caído a reparador de hojas —dijo él—. ¡Haber volcado a tareas
con tubérculos y reparación de tallos! ¡Oh MAC, MAC! —gritó angustiado;
MAC era la deidad de tres letras, el origen velado en el misterio, la
antigüedad y un millar de conflictivas leyendas, pero quizá fuera meramente
un corto nombre de máquina—. Como ya sabéis, yo pertenecí en tiempos a
los orgullosos Fijos de la Población —se jactó, recobrando en parte su
compostura.
Dejó que los brillantes botones de su chaqueta espacial soportaran la
tensión sobre su pecho henchido completamente mientras él adoptaba esa
postura especial y tranquila de centinela con sus relucientes, patentes y
elevados galones espaciales.
—Mi servicio, denominado Control de Picadores, y más usualmente solo
los Picadores, era un encanto supremo, no hay duda. Bien, hagamos una
pausa junto a esta hoja que ha de ser reparada, y revisemos mi caída.
Los otros no pudieron menos que obedecer, ya que él era capitán de
Remiendo Primaveral, en otras palabras el cabo de cuadrilla del mugriento
destacamento. Los tres, con sus chaquetas espaciales peor cortadas y sus botas
más cortas de la caída de cometidos menores, se quedaron como perros

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hoscos. ¿Había llegado él al extremo de buscar consuelo en hombres como
ellos? ¡Oh, sí!
—Fue en otoño —empezó él—. ¿Una época para caer? ¡SÍ! Había ido
pasando por ascensos hasta mandar una enorme Picadora-5, la mayor y mejor
de las máquinas para controlar la población, como ya sabéis. Había trabajado
duro, y mientras estuve entre la tropa pensé que estaba 'a prueba' de
tentaciones. Pero quizás el ocio del mando me dio demasiado tiempo.
Bajó los ojos a las hileras de hojas; contempló los cálices metálicos.
Volvió a ocuparse de los tres silenciosos, que permanecían como perros
hoscos todavía. Pero él sabía que disfrutaban si no tenían que trabajar.
—No sé cómo, ¡me ablandé! —gritó con la más auténtica de las agonías
—. Fue en otoño, como ya he dicho, pero en un día brillante. Fue uno de los
días de otoño automático más bellos que habíamos tenido en esta tierra,
gracias a una vigorosa administración en Control Central de Estaciones. Los
gansos metálicos estaban moviéndose…, hacia el sur, directamente, con ese
especial graznido-bocina en sus cintas; todas las hojas estaban pintadas. Había
un olor penetrante en el aire, y una vez, al evocar un recuerdo muy lejano,
creí que olía a manzanas fritas en un árbol, y estoy seguro, a menos que mis
sentidos me jugaran una mala pasada, rodábamos entre dos campos de
calabazas metálicas. O yo estaba soñando o los Comités de Otoño habían
hecho un esfuerzo francamente supremo. Pero da lo mismo, estoy seguro de
que mis sentidos recibieron estímulos falsos y me ablandé.
Los otros tres permanecían abrumados en silencio, mirando todavía una
hoja rota, y él llegó a sospechar durante un instante que dormían. Quiso
precipitarse hacia ellos y abofetearlos hasta romperles la cara. Quiso sacarles
los ojos un centímetro, quiso ajustar megáfonos a sus orejas y ponerlos
encima de flores metálicas para que le escucharan. Quiso gritar, «¡Prestad
atención!, orejas, ojos y sesos de zoquetes caídos de ninguna parte, ¡prestad
atención y respetad a un gigante caído para morir entre vosotros!» Pero ellos
movieron la cabeza de arriba abajo al cabo de un rato, de un modo muy
ligero, los tres, para demostrar que aún estaban con él, y él se conformó.
—¡Nos estábamos atrasando! ¡Crecían tan deprisa…! Tal vez fue la
tensión del deber —y recordó aquel día negro-brillante.
—Habíamos recibido una orden para 'arreglar' un distrito delincuente en el
suroeste, un distrito tan atestado que la gente excedente estaba empezando a
obstaculizar el funcionamiento de las máquinas. Mi dotación fue elegida
porque teníamos los mejores antecedentes, evaluados del único modo que se
los puede evaluar, en kilos entregados al Servicio de Carne de Central.

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Nuestra Picadora-5 rodaba sobre aquellas enormes ruedas-globo-esferas,
silenciosas como un gato de caucho que se mueve pesadamente sobre hojas
de goma. Nos dirigimos hacia el distrito delincuente, la dotación completa;
seis de estos hombres y yo, que era el capitán. ¡Las decisiones eran mías! —
su liso estómago de guardia espacial se contrajo de dolor otra vez, y el
remordimiento recientemente recordado le agobió por la oportunidad perdida,
todo el prestigio derrumbado, desaparecido con lo que las últimas cuatro
palabras denotaban—: Las decisiones eran mías.
En el distrito delincuente, tal como él relató, la tarea preliminar ya había
sido efectuada (como era acostumbrado) y los candidatos para la Picadora
estaban preseleccionados, por cortesía de la administración local. Las
víctimas estaban retenidas en un edificio gris con desnudas paredes de
plástico reforzadas con varas de acero malignamente dotadas de púas, y un
débil resplandor de luz que rodeaba todo el interior del espacio de la prisión,
para mantener a los prisioneros a buena distancia de las paredes, indicaba el
lugar donde cuchillas engranadas giraban igual que montones de ventiladores.
¡No era un lugar tranquilizador para un convicto! ¡NO! Al parecer las
personas seleccionadas para morir eran las que habían hecho menores
contribuciones a la vida en una tierra atestada. Eran los delincuentes que, en
opinión de los círculos oficiales locales, no habían pagado su espacio vital
inventando suficientes dispositivos ahorradores de tiempo. No hace falta decir
que estos dispositivos eran la obsesión principal cuando la gente hacía
ostentación de sus trajes y programas espaciales y soñaba con la Conquista.
Desconcertados y obligados a retroceder, anhelaron no obstante la gran
Victoria Espacial y continuaron llenando de insignificantes artefactos
automáticos un pequeño y atestado planeta.
—Pero mi programa era sencillo aquel día en el distrito suroeste; yo era el
capitán y la tarea era rutina. Lo único que debía hacer era bajar de un salto
con mis botas negras de guardia y mi chaqueta espacial de color de la noche,
con todas mis medallas por logros y embargos extra relucientes como
estrellas, y saludar a los dignatarios locales con la adecuada dosis de brío y
precisión. Luego mis hombres ya sabrían qué hacer; empezarían a convertir
en salchichas a las personas convictas de no inventar suficientes artefactos.
Yo ni siquiera tendría que murmurar las órdenes —miró a los tres perros que
no escuchaban, en busca de un signo de simpatía, y no encontró ninguno.
Pero ya no le importaba.
—El resto es historia. Todos lo sabéis, habéis leído que la Picadora-5 de
Blonk estuvo indolente tres días enteros en un distrito delincuente del

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suroeste. Mientras parte del mejor potencial de ejecución de todos los
tiempos, mis hombres, trabajaban como mujeres, investigando documentos y
expedientes. ¡Antes de picar un solo hombre! Y que el peso era inferior para
aquella misión, y que la cuota tuvo que revisarse en el resto de distritos, y que
algunos hombres que no fueron inscritos por DECISIÓN LOCAL tuvieron
que pasar por la Picadora. Y naturalmente sabéis, habéis leído, ¡habéis leído!,
que fui destituido… Blonk, el más terrible de los capitanes en otros tiempos,
con el récord de peso fulgurando en su pecho…, ¡expulsado! Por lo que ellos
llamaron 'Vacilación e indecisión indecorosas'. Oh, por un solo instante con la
conciencia en huelga, perder todo. ¿Qué ocurrió? ¡MAC, MAC! ¿Qué
ocurrió?
Se precipitó sobre los tres bellacos durmientes, que habían caído por cosas
inferiores, y los devolvió a la conciencia con unos meneos. Parpadeando y
bostezando en la penumbra, entre los rizomas, las hojas metálicas y los
retoños de la estación automática que estaban reparando, uno de ellos dio el
pie, formuló la pregunta, y él, con una gran fuerza de voluntad, se contuvo de
golpearlos con su bastón ligero verde y rojo, desnudo y cargado de plomo.
—¿Qué hizo usted?
Revivió aquel momento, aquel día negro-brillante en la estación de otoño,
y el otoño —¡qué va!, el invierno— de su gloria.
—La enorme Picadora-5 fue arrastrada hasta cerca de las puertas del
recinto, pulida para resplandecer como corresponde a la máquina del as de los
Picadores, el hombre que había tomado por asalto las mismas puertas del
esplendor de la fama con sus excelentes antecedentes. Mis hombres vestían
sus uniformes azules especiales de la insuperable dotación de la Picadora, con
el distintivo de la unidad en forma de una asombrosa joya roja, conformada
como una gota de sangre que cae, cogida con un alfiler a sus túnicas. Y yo iba
con mis botas altas y el traje negro como la noche de capitán con el récord de
efectividad en oro reluciente. ¿¡Qué hice!?
»Aquel día bajé lentamente de la torreta del capitán, permanecí unos
instantes en la puerta para examinar el tiempo otoñal, me erguí al máximo de
mi altura, mis espaldas tan anchas en mi uniforme entonces, en la época de mi
esplendor, mi pecho tan alzado y con las costillas tan tensas como para
parecer casi irreal. Miré a los dignatarios locales y supe que estaban viendo a
un dios. Luego…
Seguramente tuvo dudas y estuvo a punto de tropezar y caer en el vacío al
recordar qué había hecho. Aunque estaba claramente escrito que cualquier

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capitán de dotación tenía la autoridad conferida, aquello fue una cosa que no
debió haber sido hecha.
—Después de permanecer como un dios ante ellos durante un rato —
continuó—, y supervisar el metal otoñal, di unas palmadas con mis guantes
negros como la noche en un momento de impropia contemplación, caminé
pausadamente rampa abajo, saludé con un aire de calculado cinismo y a
continuación… ¡Y a continuación impartí la extraña y terrible orden!
Miró a los otros y vio que ya estaban totalmente despiertos y con los ojos
muy abiertos de miedo, pues al cabo de veinte recitales, ya sabían cuándo la
historia estaba acabando. Él se precipitó encima de ellos y empezó a
golpearlos con su bastón ligero verde y rojo, desnudo y cargado con plomo,
tal como ellos esperaban que hiciera, tal como él siempre hacía, encolerizado,
justo antes del final de la historia. Mientras los vapuleaba, ellos seguían
preguntando debidamente, a la espera de golpes más suaves:
—¿Qué hizo usted…? ¿Cuál fue la orden terrible y extraña?
Pero él no respondió enseguida; estaba disfrutando demasiado con los
cachiporrazos que hacía llover sobre aquellos hombres acobardados y
temblorosos. Al cabo de un rato todos yacían en un angosto charco de sangre,
jadeantes y miserables a los pies de cierta planta metálica. Y por las
espumosas burbujas en los temblorosos labios de los tres resultaba evidente
que seguían formulando la debida y apropiada pregunta, como sabían que
debían hacer, como sabían que les era requerido.
—¿Qué hizo usted…? ¿Cuál fue la orden terrible y extraña?
Entonces, en aquella quietud-calma-glacial que siempre seguía a su
pavorosa muestra de ira, él dio la orden fría como el acero para que los tres
hombres postrados y empapados en sangre reasumieran al instante su
verticalidad y sus obligaciones con tallos y bulbos. Y mientras se aproximaba
a una mesa para cumplimentar los impresos requeridos y adecuados para que
cada uno de sus hombres, después de las horas de trabajo, se presentara en el
Látigo Central para el castigo correspondiente («por manchas de sangre en el
uniforme»), él respondió a la pregunta, recitó con una letanía el alcance y
terrible profundidad de su caída:
—En cierta ocasión puse en duda la equidad de una DECISIÓN LOCAL.
En cierta ocasión impartí la orden de JUSTICIA. En cierta ocasión perdí el
tiempo antes de picar hombres.
Y mientras él escribía y subrayaba dos veces con gran fuerza,
meditabundo, de un modo indolente, en el impreso correspondiente a los tres
hombres la razón del castigo debido en Látigo Central —«por sangrar

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descuidada y excesivamente sobre el uniforme sin causa justificada»— Blonk
supo de pronto que estaba curado. ¡Tenía la sartén por el mango! ¡Por el gran
dios MAC, si solamente pudiera lograr que allá arriba le creyeran! ¡Volvía a
estar listo para ir en cubierta y en el mundo de los HOMBRES!

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PAQUETES DE SUPERVIVENCIA

Nunca antes una especie enfrentada al exterminio se había preparado tan


esmeradamente para la supervivencia. Surgieron por todo el mundo aquella
primavera, irrumpieron a través de nuestros cercos plásticos, esparcieron
confusión en torno a nuestros Grandes Muros, brotaron incluso en nuestros
mismos fuertes cuando dio la casualidad que habían sido plantados allí.
Nuestras Alarmas resultaron impotentes en la Primera Línea. ¡Los
Cabeza-de-Caja estaban bajo tierra! Teníamos que depender de los 'oídos' de
nuestras Fortalezas como alarma, y eso significaba que los Cabeza-de-Caja se
hallaban a veces a escasos metros de distancia en la primera alerta. Los 'oídos'
de mi Fortaleza son enormes boliconos con millones de diminutos reactores
fijados en los conos. Revolotean en órbita de un modo permanente sobre mi
Fortaleza, varias docenas, y prestan atención día y noche incluso a la más
ligera variación del sonido-rumor normal. Cuando las cosas van normalmente
hay un silencioso zumbido emitido por los mecanismos de funcionamiento
suave de la automatización que me presta servicio, y los boliconos navegan
con fulgurante majestad como descomunales ojos plateados que giran,
comprobando siempre mi seguridad. La Sala de Alarma duerme
silenciosamente con las grandes pantallas vacías en ese caso, y los megáfonos
bostezan quedamente. Entonces todo va bien.
¡Pero el día que aquel sonido crujiente y rasgante brotó desde abajo…!
Uno de los boliconos se inmovilizó en su órbita quedó suspendido allá
enviando la espantosa señal de invasión a través de los altavoces de la Sala de
Alarma. Al instante hice correr a todos mis armeros disponibles hacia el lugar
indicado, y bajé los misiles móviles con gran prontitud. Hice rodar los cohetes
Bruja Blanca y los desplegué, y palpé otra vez las puertas donde estaban las
bombas de mano, todo tal como lo había ensayado en numerosas ocasiones en
mis juegos bélicos. Además de todo esto, abrí la válvula del micrófono que
conecta con la garita de demolición en la Montaña del Lugar de la Esperanza
Perdida. En otras palabras, en la contingencia extrema cuando todo parece al
alcance pero está realmente perdido, yo musitaría la Palabra en el tubo del
micrófono, y eso daría la señal a la garita de demolición a gran distancia en la
Montaña del Lugar de la Esperanza Perdida. Entonces mi Fortaleza estallaría;
yo, mi enemigo, todo. No pretendo perder yo solo, ya ven.
La cosa se abrió paso mientras contemplábamos el lugar por debajo del
bolicono de alarma entre mis muros Décimo y Decimoprimero. Con un

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estruendo similar al de fachadas que caen, el suelo de mi fuerte se alzó entre
los dos muros y, al fragmentarse el suelo, una cabeza metálica cuadrada,
seguida por hombros y brazos descomunales de algo que parecía acero
tubular, surgió por un agujero de la tierra. No impresionaba como belicosa,
¿pero quién podía saber qué trucos, qué pavorosa astucia y qué tentativas
terribles estarían en preparación en aquella cabeza con forma de caja? Se
agachó junto al hoyo y dejó caer las manos en el interior. Las manos, que
estaban hechas de inmensas varillas engoznadas, cogieron algo, y los brazos y
hombros tubulares tiraron con gran fuerza hasta que surgió una cápsula. Tenía
el tamaño de un bote espacial individual, y en cuanto a forma no era muy
distinta de la forma cilíndrica y de bellas líneas de un cohete solar.
Mis armeros estaban nerviosos. Todas mis partes metálicas resonaban y
zumbaban con estridencia, y las tiras de carne que me mantenían de una pieza
rezumaron un sudor frío. Aunque mi fortín entero estaba alerta, y a una señal
mía —asilo pensaba— este visitante y su cápsula podían ser hechos añicos,
yo estaba asustado. Quería dar la señal para hacerlo estallar al instante, y sin
embargo algo me aplacaba. Quizá fue el modo de comportarse de aquello, esa
Cabeza-de-Caja, tan seguro, con un aspecto de tanta preplanificación, tan
inevitable… Hay algo frígido, algo particularmente cautivador en cualquier
conducta que procede sin desviación, sin hacer caso alguno de los alrededores
y como si formara parte de un destino. Cuando el Cabeza-de-Caja tuvo toda la
longitud de la cápsula fuera del agujero, tendió suavemente el pesado objeto
en una zona nivelada de plástico. Después volvió al hoyo, atisbo el interior y
pareció que hacía señas. Cogí a dos armeros como apoyo y permanecí quieto
con el horror golpeándome. Y entonces trepó el segundo, una copia al carbón
del primer Cabeza-de-Caja. No intercambiaron palabra o saludo que yo
advirtiera, sino que volvieron inmediatamente hacia la cápsula. Después de
unos instantes de examen del centro se acercaron uno a cada extremo y,
torciéndolos en sentidos contrarios, abrieron suavemente la cápsula en dos
partes. De la parte frontal extrajeron un cilindro de una sustancia clara,
cerosa, que contenía lo que al parecer era una bola deformada del color de la
carne con marchitas fijaciones también del color de la carne. Actuando sin
pausa con sus peculiares movimientos, sus espasmódicos tirones, los dos
Cabeza-de-Caja encontraron herramientas en la mitad inferior de la cápsula
para tajear la cera y liberar de su lecho ceroso el extraño objeto arrugado. En
cuanto tuvieron la bola deforme y sus fijaciones extendida sobre el plástico en
toda su longitud como un insignificante y fantástico espantapájaros de los
Viejos Tiempos, volvieron a la parte inferior de la cápsula y, con tirones

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espasmódicos, inexorablemente, como si nada pudiera detenerlos, extrajeron
muchos objetos de menor tamaño. Con cosas de estos objetos de menor
tamaño —fluidos, bombas y gases— iniciaron el trabajo de inflar la forma de
espantapájaros.
Los contemplé pacientemente. Los dejé en paz. Ya no estaba asustado.
Algo viejo en mi mente estaba recordando un año hacía muchísimo tiempo
cuando el hombre había aceptado el Día del Fin del Mundo. Yo era joven
entonces, un simple niño que empezaba a ser condicionado por las
explosiones, cuando las 'cosas' fueran plantadas. Pero recordaba. ¡SÍ! Cuando
los Cabeza-de-Caja terminaron, les hice señas para que enterraran la cápsula,
repararan las capas plásticas de cobertura lo mejor que pudieran y se fueran.
Los acompañé hasta la salida de la Decimoprimera Puerta, hasta el vacío de
nuestro mundo de capas plásticas de cobertura, y en lo profundo de mis tiras
de carne casi sentí lágrimas que se convertían en lluvia mientras los tres seres
se alejaban errantes, dos Cabeza-de-Caja y un raro espantapájaros rollizo y
perplejo entre ellos, que parpadeaba y, sospeché yo, se encontraba
penosamente amedrentado.
Y esto sucedió por todo el mundo aquella primavera, hasta en el último
punto de nuestro globo de plástico. Los Cabeza-de-Caja brotaron como flores,
podría decirse, igual que flores de primavera acostumbradas a abrirse en el
vulgar suelo térreo. Ahora, naturalmente, gracias a los vagabundos de los
tubérculos, hacemos florecer los brotes a través de los tapados agujeros de los
cercos a una señal de la Comisión Central de Belleza, los hacemos surgir
apretando un botón cuando es la hora, y cabecean sobre tallos de muelles
metálicos en los campos plásticos del verano hasta que llega el otoño.
Pero esas flores —oh, más tétricas que las flores— fueron la esperanza del
hombre en la Hora del Fin del Mundo; plantadas en las cápsulas temporales y
mecidas entre dos poderosos robots, fueron hundidas a gran profundidad en la
tierra y se dispuso en las cintas de los robots que brotaran tras un sueño de
cien años. Todos los territorios del planeta habían hecho esto, es decir, todos
los territorios de una ciencia lo bastante de compleja para disponer de robots,
cintas reguladas y cápsulas temporales. Los hombres que no eran tan
complejos siguieron tumbados al sol en pequeñas islas, quizás, ocupados de
fruslerías en los árboles de la selva, indiferentes o sin saber cuán poco
complejos eran, cuán fuera de la raza se hallaban, cuán terriblemente nulos
eran sus ceros en el gran avance del hombre. Mientras que los avanzados, los
complejos, después de sembrar las cápsulas, hicieron la comprobación de
último momento de sus lanzaproyectiles, volvieron a manosear las tapas de

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sus silos, emitieron su ultimátum y lanzaron sus pájaros bélicos que
chillaban…, ¡CHILLABAN! Para los Cinco Grandes Minutos de Guerra.
Pero en alguna parte y en numerosas partes hubo crasos errores. Los
misiles vagaron y no se dirigieron hacia sus ciudades. Las mentes vacilaron
en el crítico segundo-HACIA-la-nada. Los capitanes de navío se deslizaron
bajo el mar en las naves con los misiles e hicieron inventario de terribles
alternativas, y algunos perdieron el tiempo. Pájaros bélicos tripulados llegaron
curiosamente tarde a los lugares correctos de disparo y curiosamente pronto a
los lugares equivocados. Y hombres-clave de los puestos de mando de todo el
mundo se resquebrajaron un poco con el pavoroso peso del asunto. Para
abreviar, la bellísima precisión programada para destruir el mundo
exactamente en cinco minutos de bombardeo fue una chapuza. El hombre, en
su propio funeral, llegó tarde y se mostró inseguro, impreciso e indigno de
confianza, como siempre. Los Cinco Grandes Minutos, intimidados, se
prolongaron tediosamente hasta Cinco Terribles Años, cinco años que
estremecieron al mundo con la demolición. Y el hombre cambió en los cinco
años. Y el mundo cambió. Hasta puede decirse que hubo progreso. Pero…
bueno, ¿? Digamos simplemente que… las cosas avanzaron.
Carne y sangre se transformaron prácticamente en productos del
imposible pasado, aquel con toda la polución del aire, el mar y la tierra.
'Reemplazamos' el cuerpo humano después de los Cinco Grandes Años,
cuando encontramos carne apropiadamente condicionada por las explosiones.
Incluso los órganos vitales podían ser reemplazados, averiguamos, hasta una
mínima cantidad de tiras de carne, o apuntalarlos y hacerlos durar con metal
nuevo. Nos alimentamos intravenosamente, ¡y dio resultado! Nuestros
pequeños y duros corazones se convirtieron en motores que impulsaban una
tenue sangre verde a lo largo de kilómetros de conductos en delgadas tiras de
carne. El sentimentalismo no tardó en irse de nosotros por completo, y
nuestras almas, si alguna vez las habíamos tenido, dejaron de existir. Pero
conservamos los temores: estaban con nosotros, grandes y pequeños y
GRANDES. ¡SÍ! Retuvimos temores normales, temores anormales, deseos
normales y deseos anormales. Deseábamos vivir; temíamos morir.
Deseábamos matar; temíamos morir. Nos defendíamos. ¡Vivíamos!
Después de los Cinco Grandes Años solo pudieron continuar los que
habían sido revisados, naturalmente. Y nuestro planeta… Ya podíamos
decirle adiós en su mayor parte. Siendo criaturas con apenas un poco de carne
y sangre, los mares nos eran de poca utilidad, y el aire aun menos útil.
Comunicamos a los marcianos, mediante señales espaciales, nuestra buena

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voluntad para deshacernos de la mayor parte de nuestra atmósfera en cuanto
ellos encontraran una forma de alzarla en el espacio y llevarla a su planeta. Y
la mayor parte de los océanos habría estado disponible de no haber sido
porque tal vez nos fueran precisos para ciertos minerales y para mantenernos
en equilibrio en el Sistema del modo apropiado. Cubrimos el suelo
contaminado con frío plástico blanco, por supuesto: montañas, valles y
llanuras. ¡SÍ! Nuestro hogar está limpio ahora, con la excepción del aire
purpúreo contaminado y los mares de color verde oscuro envenenados, que
estamos congelando.
¿Rollizos espantapájaros entre robots gemelos por todo el mundo aquel
año? ¡Niños! ¡NIÑOS DE SUPERVIVENCIA! Todos nosotros recordamos el
momento en que brotaron aquella primavera, recordamos que unos cuantos
millones de elegidos, con la sangre desecada, con la vida en suspenso, habían
sido sembrados dentro de la cera, como extrañas semillas, en aquella época
tan lejana en que el hombre había aceptado la Hora del Fin del Mundo. Pero
los habíamos olvidado en años posteriores a causa de nuestros temores y
constante vigilancia. Eran niños, extraños, de otro siglo. Lo intentamos, pero
descubrimos que no podíamos ayudarlos. Su carne no había sido
suficientemente sazonada por las explosiones. No iban a encajar en nuestro
Programa. Erraron sin hogar por nuestra blanca tierra en compañía de sus
robots, niños extraños nacidos dos veces en un lugar terrible, confusos, y un
siglo fuera de su tiempo, hasta que la muerte se hizo de ellos. Y ahora solo los
robots erran, en extrañas parejas, de un lado a otro; y a veces, de acuerdo con
algo registrado en un cerebro metálico hace mucho tiempo, se ve a los
errantes robots gemelos llevar entre ambos los huesos completos de un
niño…, errantes por todas partes. Y confundidos. Eso pasará. El metal
perforado de sus cerebros deberá ceder tarde o temprano. Es metal de hace un
siglo. Entonces ni siquiera los robots errarán. Y nos dejarán a solas con
nuestros temores y nuestro Profundo Pensamiento, todos en los Muros de
nuestros fortines, observándonos cautelosamente unos a otros, medio
esperando un fatal ataque sorpresa de un vecino en cualquier momento, pero
'sabiendo' que una masiva y abrumadora acometida espacial de alguna lejana
galaxia puede ser nuestro destino final, al fin y al cabo. ¡Pero vivimos!
¡VIVIMOS! Y dedicados a la supervivencia del hombre a toda costa.

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METAL NUEVO

Lo llamábamos metal nuevo y a veces acero de metal nuevo. ¿Fue el


sueño hecho realidad de algún mago?, ¿pura magia devenida verdaderamente
real?, ¿o fue ciencia en todo? Creo que fue algo de las tres cosas, pero sobre
todo, ¡y grandiosamente!, ciencia-en-todo. El metal nuevo era nuestro dios.
Era realmente la sustancia del Sueño de Moderan, eso y el plástico. Pero el
plástico no era mágico. El plástico era mundano. El plástico era meramente el
cimiento cotidiano, el caballo de tiro que daba a nuestra esfera terrestre su
pellejo recio, grisáceo y perlino de esterilizada belleza sobre el que nosotros
caminábamos. Pero el acero de metal nuevo éramos nosotros, era la mayor
parte de nosotros, la sustancia viva móvil del Sueño que había frenado el
Tiempo, el Tiempo con la hoja de su guadaña rota, el Tiempo con la bandera
blanca levantada, con la cabeza inclinada, mortalmente derrotado en el
silencioso Campo de la Rendición. ¡Síiii!, el hombre de metal nuevo, ¡dando
una patada al Viejo Tiempo! El metal nuevo jamás se volvería como la carne
viva, ¡OH, NO!, y eso estaba bien, porque nuestra fuerza y durabilidad se
basaba fundamentalmente en nuestra carencia de carne y nuestra abundancia
de 'reemplazamiento'. El acero de metal nuevo tenía esta maravillosa
maravillosa cualidad principal. Incluso en nuestros componentes de enormes
motores, donde se alojaban los todopoderosos aparatos de nuestra existencia
—los pulmones, el corazón, los intestinos gruesos y delgados, el hígado, los
riñones y todo lo demás—, el metal nuevo podía fundirse con la carne y
'reemplazarnos' hasta lo mínimo de tiras de carne para mantener en forma
nuestras formas y continuar vinculados a lo humano. Los componentes de
poderosos motores de nuestra existencia, situados en este bastidor de tiras de
carne y metal nuevo, eran simplemente, en la dicción del momento, injertos.
Eran motores perpetuos de metal nuevo: los pulmones de flexiflex de metal
nuevo, el corazón bang-boom con los alternadores, los riñones con el drenaje
de vapor, y todo lo demás. También piernas y brazos, pies y manos eran de
metal nuevo, pero con una proporción diferente de acero nuevo. Cuando nos
sacudíamos con los brazos reverberando, nuestras botas de acero en nuestros
pies de acero moviéndose sobre el plástico, ta-rap ta-rump ta-rump tump
tumpa tump, nada ni nadie cuestionaba nuestro paso. ¡Síii!, el hombre de
metal nuevo, la sustancia viva móvil del Sueño-realidad.
Oh, todos habríamos podido ser armeros —y con facilidad— esos
absurdos aparatos mecánicos que parecían hombres y caminaban y hablaban

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como hombres pero que no eran más que monstruos metálicos, aunque
necesarios y muy útiles para nuestro plan. Eran maravillosos en cierto sentido,
eficientes y bravos en la invasión, tenaces y extremadamente implacables en
un cerco, y nada inclinados a dejar todo y huir o renunciar a la esperanza
cuando eran inferiores en número y soportaban el fuego procedente de la
lejanía; o cuando estaban sitiados, rodeados y acorralados, mantenían su
posición sin la menor dificultad. ¡Síii!, monstruos de metal nuevo, nuestros
maravillosos armeros.
Pero nosotros éramos ¡HOMBRES!, y un abismo de distancia cósmica
giraba y era la diferencia que existía entre un monstruo de metal nuevo y un
hombre de metal nuevo. Nosotros sabíamos qué estábamos haciendo cuando
nuestros hermosos planes bélicos cobraban vida en el mundo y rugían en el
aire con una realidad tangible (los cohetes Bruja Blanca lanzados, las bombas
wow imponentes en la caída, los demoledores-de-demolición al describir su
trayectoria, los misiles teledirigidos hacia sus blancos por todas partes y el
resto de la quincalla de nuestro Gozo Bélico espléndido en su
funcionamiento). Vivíamos, sentíamos, respondíamos a las emociones de todo
eso. Pero los armeros no. El armero era simplemente un bulto frío en la mera
matanza, un zoquete sin sentimientos en la carnicería general, y en cuanto a la
destrucción y aplastamiento de Fortalezas, él no aportaba a ese juego ninguna
de las cálidas emociones humanas. ¡Bah! Monstruos de metal nuevo, armeros,
¡no tenéis alma!
Así pues, aunque hubiésemos podido transformarnos —y con facilidad,
gracias a nuestra ciencia— en hombres mecánicos, con motores que habrían
hablado, sonreído y jurado por nosotros, que habrían hecho todos los gestos
humanos por todas partes en lugar de nosotros y que habrían sido capaces de
repararse por sí solos y construir su raza completamente nueva por nosotros,
¿qué habría probado eso? Habría probado que el hombre desarrollaba una
tanda muy inteligente y compleja de conocimientos prácticos científicos, en
realidad. ¡Y sin duda!
Pero no queríamos las cosas de esa manera. Puños cerrados en el cielo,
ojos salvajes y martillos que golpeaban la tierra de nuestra base y nuestra
sustentación, no queríamos las cosas de esa manera. Por Dios, íbamos a
detener a Dios con nuestros esfuerzos y astutas conductas de hombres. Lo
veríamos bajar la cabeza. Le oiríamos gritar:
—¡Mis hijos me han superado! ¡Mientras yo dormía, cada uno de ellos ha
progresado hasta una deidad personal, eterna y de duración ilimitada! Mi
trabajo ha terminado.

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DE MARTILLOS Y HOMBRES

Yo siempre llevaba uno; los tenía de todos los tamaños. Tenía el tamaño
especial para la guerra cotidiana, un tamaño del que yo llevaba dos ejemplares
a la vez, uno a cada lado, colgados, bajos y muy a la mano, igual que las
pistolas de un pistolero, rozando las puntas de mis dedos de acero, los dedos
donde oscilaban cuando yo, plop-plip-plap-plop, andaba sobre el
desamparado plástico. Después tenía el tamaño pequeño, cordial, el tamaño
de los domingos, supongo que habríamos dicho en los Viejos Tiempos, un
objeto compacto y en cierto modo nada conspicuo que yo llevaba en mi cinto
de acero de los domingos y que, si era preciso, blandiéndolo bien, podía
rebanar un trozo de hombre, un trozo del tamaño aproximado de media cara
de un hombre. No servía, ya lo ven, para desacuerdos de peso. Pero para un
paseo dominguero resultaba, creía yo, simplemente magnífico. Además tenía,
y debemos llegar a esto inevitablemente, mi martillo de guerra, el especial
instrumento ofensivo-defensivo, un artefacto que se desmontaba, tenía piezas
de repuesto, y era capaz de ajustarse y adecuarse a la ocasión. Yo llevaba una
carretada de ellos en un vehículo con cadenas especiales denominado, en
honor al portaproyectiles de los Viejos Tiempos, portamartillos, y
responsabilizaba de él a diez armeros cuando transitaba por un territorio
sombrío. ¡En un Tiempo de Tregua!
¡SÍ!, que se sepa, ellos se mantenían apartados del Martillo. Incluso en
domingo, 'mis amigos' solían saludar únicamente desde lo alto de los
montículos u otras y diversas amplias distancias, y eso generalmente en el
mismo momento de alejarse.
TAL COMO DEBÍA SER. NO PODÍA SER MEJOR. ¡AJÁ! POR EL
MARTILLO.
Y a veces, en una especie de celebración, yo hacía un montón con todos
los martillos, la Fortaleza se vaciaba, todos los rincones y grietas eran
registrados en busca de martillos y mis armeros los transportaban para formar
ese delicioso montecillo anaranjado de miles de instrumentos. Y mientras los
misiles de Gran Punch se mecían lenta y tranquilamente en las plataformas de
lanzamiento y el resto de espantosos dispositivos de mi dominio y peligro
descansaban inactivos durante una Tregua, yo danzaba en torno a mis
martillos, la danza brincante, aunque necesariamente pesada, del maravilloso
hombre de metal nuevo.

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¿Por qué los martillos? ¿Por qué la celebración? Dos razones, y quizá
más. Una razón, y tal vez la más amena: cuando yo tenía fuera todos mis
martillos color naranja chillón, dispuestos en exhibición, y danzaba alrededor,
con todos mis armeros pulidos y formados para una revista, no había duda de
que un escalofrío recorría la totalidad de Fortalezas vecinas que contemplaban
esto como simbólico y como un preparativo, del mismo modo que algunos
Jefes Indios Americanos de los Viejos Tiempos celebraban una danza de
guerra, con la cara pintada, justo antes de la Cosecha de Cueros Cabelludos.
¡SÍ!, otra razón. Para mí, los martillos provistos de hoja son muy
emblemáticos de considerable cantidad de grandes progresos del hombre
hasta su MUY ELEVADO lugar de la actualidad. Aparten la acción de cortar
y golpear, implícita en los simbólicos martillos de corte, mi símbolo personal
especial, y vean cuántas cosas se habrían regalado sin ellos para siempre.
¡Olvídenlo! ¿Acaso no hemos cortado y golpeado (y adecuado) nuestros
caminos hacia la cima? ¡SIH!, cortadores, golpeadores y adecuadores, dad
una patada a la vieja derrota. ¡Vosotros habéis ganado la partida!
¿Y qué sucede en la CIMA? Estamos sentados aquí y sacudimos nuestros
talones de acero ante todo el mundo. En la CIMA gruñimos. Los retamos a
que vengan por nosotros. Trazamos planes para ir por ellos. Todo es conflicto.
El tiempo de vida del hombre es conflicto y esencialmente nada más. El
tiempo de vida de cualquier vida es conflicto y esencialmente nada más.
Incluso con el más ligero serpenteo en el más rudimentario 'devenir' de la
vida, la subsistencia que serpentea ha lanzado el mayor reto posible al
universo. Esta sustancia que serpentea ha concebido ser capaz de ponerse en
marcha y moverse por su espacio y lugar ambiental, siempre en contra de la
pretendida estabilidad-inestabilidad de su hogar ambiental. Hasta un árbol e
incluso la planta de menor menor tamaño que pugna en dirección al cielo
encajan con esto. En otras palabras, una fuerza nueva y MUY EXTRAÑA ha
entrado en hervor, la contorsión, el retorcimiento y el cambio de las cosas
cósmicas muertas que avanzaban hacia su modelo de ley. La vida es
verdaderamente el fuera de la ley, el rebelde cósmico y, siendo así, su
existencia debe ser una eterna huida de los terribles sheriffs de las leyes de la
sustancia muerta, esos alguaciles del muerto y legalizado orden-desorden del
universo que pudieron haber previsto este accidente MUY EXTRAÑO.
Por eso nosotros (ELLOS, nuestros maravillosos hombres de ciencia)
hemos recogido el accidente MUY EXTRAÑO (la vida) en su desarrollo más
elevado (el hombre) y lo hemos transformado en la durabilidad definitiva que
es la durabilidad-eternidad del hombre de metal nuevo. ¡SÍ! Nosotros

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(ELLOS) lo capturamos justo a tiempo, esos hombres de ciencia. Qué
afortunados nosotros por haber tenido a esos gigantes, los encumbrados que
aguardaron en los laboratorios ese magno momento de la historia para recoger
el accidente MUY EXTRAÑO (la vida) en el desarrollo definitivo de las
necesidades de la carne (el hombre) y lo congelaron para todas las épocas.
¡SIII! Excelente plan científico, recibid ahora las reverencias, ancianos
Redentores, sin duda habéis ganado la partida.
Bien, para volverme tedioso un rato, esto es lo que sucedió. El hombre-
carne había avanzado hasta ese lugar de su azaroso hogar de la esfera
terráquea donde debía producirse el rápido salto al olvido. Todas las señales
estaban en pie, las banderas se hallaban desplegadas para el cambio del
hombre y el ÁNIMO estaba BAJO. En dirección a FIN. El hombre-carne
estaba en la cima, lo más lejos que podía llegar como hombre-carne, y a partir
de ahí debía caer por fuerza. Pero tuvo la suerte de disponer de aquellos
bravos y excelentes hombres de melenas canas y batas blancas, los gigantes
de los laboratorios, las espaldas y abultados muslos de nuestro progreso.
(¿Qué importa que a veces, no pocas veces, fueran hombres marchitos, con
ojos de sonda, coléricos e intrigantes? ¡¿Qué importa REALMENTE?!), los
autores del desarrollo del hombre hasta que trepó a ese lugar donde
forzosamente debía morir, expirar, destruirse y destruir consigo su hogar.
Entonces estos grandes y excelentes gigantes de laboratorio paralizaron al
hombre y a su hogar, la esfera terráquea, en esa gran fase del desarrollo para
hacer el hombre de metal nuevo y establecerlo en las Fortalezas sobre la
Tierra recubierta de plástico que otrora había sido la vivienda azarosa e
ineficaz del hombre. El metal nuevo reemplazó a la carne (hasta las pocas
tiras de carne, que tal vez, confiamos, pronto habrán desaparecido), los huesos
fueron extraídos y se introdujeron varillas, goznes y planchas de metal nuevo
(¡fue fácil!) y todos los órganos se convirtieron en motores y maravillosos
depósitos para lograr una eterna eficiencia funcional científicamente
controlada. ¡SIII! ¡¿No lo comprenden?! Nuestros científicos hicieron del
hombre-vida (el hombre del accidente-MUY-EXTRAÑO) un hombre de
elementos muertos en esencia, un hombre que ya podía arreglárselas con la
eternidad…, pero ciertamente no un hombre muerto. ¡Ah, cielos, no! ¡Estaba
vivo! Con toda la prodigiosa ciencia de las eras de la Tierra, y tan funcional
como cualquiera deseara. ¡SIII!, ciencia, ¡Recibe los aplausos ahora! Has
demostrado qué se pretendía desde el principio para el hombre del accidente-
MUY-EXTRAÑO.

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Pero imagino que Dios está atónito ante tus éxitos, tu versatilidad, por no
mencionar tu audacia. Y si por casualidad Dios estuviera consternado y
disgustado en demasía, imagino además que podrías limitarte a despreciarlo, a
borrarlo del cielo, a tirar de su enchufe, por así decirlo. Pero entonces podrías
fabricar tu mismísimo Dios personal, con varillas, planchas y esa maravilla de
cambios químicos de que eres tan capaz, como por ejemplo las vasijas
cerebrales del hombre. Pero, ¿quién necesita un Dios, como no sea 'nuestro
dios', esa enorme vara de metal nuevo situada en la gran llanura de plástico
del Sueño-Realidad, cuando Moderan era muy reciente? Todos somos dioses
ahora, o partes de… ¡Dioses de metal nuevo! Con mi optimismo actual me
apoyo en la punta de un dedo del pie y toco la totalidad de las estrellas. Lo
hemos conseguido, viejos perros sumisos, incansables corredores del
conocimiento científico, perspicaces y agudísimas mentes del pensamiento
elemental, perspicaces reyes, ¡técnicos de laboratorio! Os doy las gracias por
la muerte de mi Vida (las debilidades de mi pobre carne) y os ensalzo por la
resurrección de mi esencia en acero. Habéis conseguido conservar la esencia
fundamental del hombre —el hombre batallador— y nosotros demostraremos
ahora ese magnífico y sólido valor durante toda la eternidad.
¡BATALLAREMOS! Pelearemos unos contra otros. Haremos crueles
monstruos, los soltaremos y los combatiremos por todo nuestro espacio. Nos
moveremos con motores e ideas duras, programadas. Haremos todo tipo de
dragones en favor de nuestra complicación, y los venceremos. Porque
nosotros programaremos las conquistas con un poco más de cuidado del que
pondremos en nutrir las amenazas. Pero principalmente combatiremos uno
contra otro… Uno contra otro y contra nosotros mismos, los verdaderos e
incansables enemigos.
¡AH, CIENCIA! ¡AH, HOMBRE! AH, ETERNA RIVALIDAD, vida de
nuestra vida. En Moderan…

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LA FORTALEZA

La Fortaleza… Bajo su techo de acero pende todo lo que significamos. Es


un lugar que arrincona a la mente, a la mente de metal nuevo. Algunos días
recorro mi Fortaleza y eso es lo único que hago, solo regocijarme
triunfalmente por el poder que poseo y la presencia indestructible que ese
poder y yo incluimos. Es una maravilla de arriba abajo, asentada en acero,
hormigón y acero de metal nuevo. La Fortaleza es protección. Es amenaza.
No es 'no me pises' sino '¡yo te PISARE definitivamente!' Es imposible
confiar en una Fortaleza a menos que uno esté dentro de ella y sea propia. En
ese caso se puede confiar en una Fortaleza. Entonces los recorridos serán
amenos, de arriba abajo.
Completamente.
Como es posible que no lo sepan, mi Fortaleza está formada por cilindros
amurallados rematados con conos, cuyas puntas sobresalen hacia donde no
está el cielo, ni lo estuvo jamás, pese a lo que se pensaba en tiempos, sí, ¡se
pensaba vehementemente que estaba! En lo alto de las puntas, mis banderas
se acumulaban como desafíos, como montones tensos, como amenazas, como
jactancia, como logros. Son todas esas cosas. Y más. Son los estandartes
negros como el carbón blasonados con el reluciente-fulgurante-
resplandeciente número 10. Y a veces, con un viento manufacturado, cuando
todas las banderas vuelan y aletean.
¡Es un espectáculo!
Aparte del reluciente-fulgurante-resplandeciente número 10, solo hay en
los estandartes un ornamento y solamente uno: un cruel martillo de hoja
enorme en color naranja chillón. Es una herramienta para abatir a golpes al
mundo y, al mismo tiempo que se golpea, rebanarlo.

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2064, O POCO MENOS

Él era solo una mancha alargada que salía lentamente de las Provincias
Deprimidas cuando lo atisbé en el Alternador. Pero siguió andando, tenaz e
inexorable, hasta hacerse hosco y con aspecto rendido, ceñudo ante mis
puertas blindadas, el sol de mediodía de un día abrasador reluciente sobre su
enfundado rostro.
En cuanto el informe de armamento y los descontaminadores indicaron
que estaba limpio, le permití cruzar las puertas una a una, y vi que su corazón
estaba al descubierto así como algunos de los aparatos que activaban las
bolsas de respiración. Había harapos de carne, y metal desgarrado, sobre la
mitad superior de su armazón. Era como si una garra gigante le hubiera
rasgado el pecho en algún fugaz y accidentado encuentro. O más bien, como
si un loco hubiera procedido a desgarrarse a sí mismo tras un prolongado
tiempo de frustración.
—¡Está herido! —dije de modo impulsivo y dejando traslucir una extraña
compasión, mientras contemplaba fijamente aquellos ojos oxidados y
doloridos.
—¡NO! —dijo él, y dejó en el suelo el pequeño caballete que llevaba—.
Bueno, no al menos del modo que usted cree que estoy herido. El corazón aún
funciona bien, y que la tapa de los aparatos del pecho esté fuera no reduce una
pizca su ritmo. Pero estoy herido, sí; profundamente lastimado. Muero a
diario por culpa de los largos y no recompensados años de búsqueda
infructuosa —su cabeza cayó hacia adelante y sus hombros se doblegaron. Yo
conocía lo suficiente de cargas para entender que él llevaba una.
—Todos nosotros buscamos nuestra visión personal del Sueño —
prosiguió—, cada uno a su manera limitada, buscamos nuestro Colmo, hasta
el grado personal del tiempo-gastado-en-búsqueda. Mi Colmo ha sido
prácticamente un compromiso total, y los años parecen ir retrasándose ya; los
míos y los del mundo. Por eso cuando usted me vio, aunque quizá no lo
hubiera parecido, me estaba apresurando. Estaba lanzado casi al máximo con
mis goznes y tensores en funcionamiento… Oh, me hallaba en la pista del
Sueño otra vez, ardientemente. Al acercarme hacia aquí.
—¿Pero por qué, por qué usted, un artista, ha venido a este lugar
obviamente envuelto en fuerza, una ciudadela de auténtica firmeza? —
balbuceé—. Supongo que irá de paso…

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—¡NO! —irguió la cabeza bruscamente, los viejos hombros se
enderezaron y las blancas cuerdas metálicas de su barba temblaron. Su cabeza
sacudió las tiras-resorte del cuello—. No, no estoy de paso, como no sea en
ese sentido más amplio del que siempre estamos de paso cuando erramos y
buscamos por aquí y por allá. Pero ahora espero estar Aquí, haber llegado.
Confío haber encontrado…, no tener que vagar más en la Larga búsqueda
después de esto.
—Yo… no comprendo —con mi incertidumbre y sorpresa general temblé
más de lo que pretendía. Instintivamente busqué la mejor posición de los
hombres de armas y me acerqué aún más a un centinela de acero apostado en
las inmediaciones—. Esto no es una colonia para artistas —dije bruscamente
—, ni un hogar de reposo para pintores ancianos. Esto es una Fortaleza en
actividad y aquí no celebramos bailes para tullidos Buscadores del Sueño.
Espero no tener que ser descortés. Él hizo caso omiso de mis palabras, y
continuó: —En las Provincias Deprimidas corrió el rumor de un maravilloso
lugar armado en el territorio plástico de los perros de acero cerca del Valle de
la Bruja. Un hombre se hallaba allí en una ciudadela, según los rumores
circulantes, un hombre de Nuevos Procesos de la Tierra de los Nuevos
Procesos, reemplazado, apuntalado en metal, despojado de carne hasta el
mismo mínimo de carne permitido para el hombre mortal. Ese hombre yacía
allí serenamente, mes tras mes, por años, décadas…, jamás afectado por
familia, amigo o enemigo, culminando su gran personalidad durante los días
de su vida, viviendo realmente una Vida. Rodeado de numerosos dispositivos
de seguridad, Muros y la totalidad de Maravillosos Artefactos de las Ciencias
que sirven y nutren a la humanidad en este año de Nuestros Descubrimientos,
2064, ese hombre pasaba ociosamente el tiempo igual que una soberbia nuez,
una semilla gigantesca en una espléndida cascara, madurando día tras día
hasta nuevos Significados. Tras errar toda una vida frenéticamente por el
mundo revuelto por el temor y no encontrar… Bueno, ver esa hermosa
calma…, y Significado Vital… ¡Debo hacerlo antes de morir!
»Sí, yo he sido de los peregrinos —siguió diciendo—, los perdidos y
buscadores peregrinos que nunca encuentran pues eligen, para buscar, un
Sueño demasiado resplandeciente para que pueda existir —arrancó un
pequeño fragmento de hilacha metálica que se estaba soltando de su nariz
maleable—. Sí, me reemplazaron, me alearon, al final me dieron un corazón
fundamentalmente mecánico-metálico, un corazón quizá tan sin tacha y de
suave funcionamiento como el suyo o el de su gran señor. Pero jamás me
contenté con ponerme detrás de unas armas y un Muro para vivir con los

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Maravillosos Artefactos. Para abreviar, jamás pude encontrar mi sitio en la
estabilidad de la sociedad de los Nuevos Procesos. Algo se retorcía de
hambre, siempre.
»Al parecer, yo siempre estaba persiguiendo al viento hasta los límites de
aterradoras e insondables cavernas de Desesperación, mientras que hombres
tales como su gran señor, con lo que debía ser una comprensión más segura
de Los Valores, se deslizaban con hermosa calma, sin esfuerzo, en el sillón
del Sueño. He ansiado construir algún monumento perdurable; he tenido
hambre del Gran Cuadro; siempre acosado por preguntas que he sometido a
juicio a lo largo de un prolongado fracaso para expresar el Significado de la
Vida, la esencia de USTED y YO. Y ahora, al cambiar un poco mi curso, he
llegado a poder hacerlo como un solo cuadro, ¡un cuadro de su grande y firme
señor que está sentado tranquilamente en su sillón! ¡Precisamente en esta
Fortaleza!
Más que un poco alarmado en ese momento, observé la extremada flacura
del hombre, de pie y tembloroso, su oxidado metal encorvándose, emitiendo
pequeños chillidos y gritos. Y reparé en que sus tiras de carne se habían
arrugado y marchitado con los años. Lo rodeaba una pestilencia de grasa vieja
en las junturas de los goznes, y ciertamente necesitaba un baño de aceite para
abrillantar su caparazón metálico. ¡Qué pobres especímenes profesan interés
por nuestros sueños e interrogantes! Este trotamundos maloliente, este ser-
robot-palurdo que seguramente no tiene un solo Muro o armero de su
propiedad —pensé con el mayor desprecio—, y que sin embargo se tambalea
confundido como un pato por el campo, con su caballete y pinceles, hablando
de su Colmo, hablando de Significado…, ¡como si los de su calaña tuvieran
algún derecho a preguntar y conjeturar…! Pero cuando sus oxidados ojos con
todo su penetrante pesar volvieron a mirar a los míos, experimenté una
singular sensación acuosa que no era miedo, y que fluía por mis tiras de
carne.
—Quizá no ha recibido su intravenosa —dije—. Quizá tiene hambre de
comida.
Fui en busca de una jeringuilla y un vaso de fluido especial del que nutre
nuestras tiras de carne, esa pequeña porción de mortalidad que los
Reconstructores han tenido que dejar entre metal y metal, incluso aquí en
Moderan.
Cuando regresé, él estaba tendido en el suelo; parecía el pequeño
principio de una interesante pila de acero viejo. Tenía las manos sobre la cara,
los dedos extendidos, y de no haber sido porque sus ojos fulguraban entre los

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dedos como dos llamas pardas, yo habría pensado que estaba enteramente
'acabado'. Adoptó la posición de sentado con la brusquedad de un muelle
oxidado.
—No deseo comer —dijo—. Estoy bastante bien y con fuerza, le aseguro.
Lo único que ocurre es que tan cerca del hallazgo del Sueño, del fin de la
senda, de la realización final uno está un poco oscilante en el saco del Sueño,
un poco apretado en la caja del pensamiento, ¡oh, Dios!, ¡oh, Dios! Una
especie de apretón en las tazas de la mente, eso es; se produce algo así como
un enorme martilleo del corazón que ha esperado tanto, y un pulso late justo
debajo de los aparatos oculares para que se vean alas espectrales… De pronto
uno se siente fatigado próximo a morir ante el Gran Júbilo. Por eso me tendí.
Se irguió, se enderezó en el suelo con un chasquido de todas sus
articulaciones. En algunos aspectos me recordó una forma de actuar cuando la
primavera viene a visitar al Gran Calendario y alguien de Control de
Estaciones cambia el interruptor a Cosas Verdes.
—¡Lléveme ante él! —gritó—. Es que se está haciendo tarde, tarde en mis
años igual que la vejez avanza en los años del árbol automático que brota de
la corteza terrestre plástica, el mundo. No perdamos más tiempo. Lléveme
ante su gran señor, ese hombre que vive como una grande y sólida nuez, una
semilla espléndida, el fruto más fino de la tierra, que madura en la vaina de
sus Muros, guardianes y cañones. Registraré su Significado; una adaptación
así, una impertérrita calma como esta ante el siempre acechante Desastre es
seguramente la Belleza que he buscado.
Por desgracia, en esa coyuntura tuve uno de mis momentos de pánico.
Determinados engranajes habían girado por completo, las ranuras se habían
desplegado, y en mi mente ya era hora de cobardía. Mientras él aguardaba a
ser conducido ante el Gran Rostro Sereno, yo pasé totalmente al Tembloroso
País del Miedo, mi personal Nación del Pavor. Mientras él seguía observando,
maravillado, yo entré por completo en mi Ciclo de Angustia, y no pude evitar
que fuera así. Temblé con violencia; partes metálicas resonaron y zumbaron
con estridencia; mi acero facial se tornó tan macilento y distorsionado que el
lamento del metal inició un agudo alarido-gimoteo. Comencé a pensar
alocadamente en todas las cosas fortuitas que podrían acontecerle a mi
persona y a mi fortín. Aunque el sonido-zumbido era constante en ese
momento, lo que indicaba que todo iba bien en los Maravillosos Aparatos que
solían servirme tan perfectamente, ¿cuánto tiempo duraría eso? Dejad que un
engranaje falle a mil kilómetros de distancia, dejad que un eje se rompa donde
millones de cubos espectrales han dejado caer incontables billones de

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potentes gotitas sobre una hoja, sobre un millar de hojas, y las luces brillarán
de forma intermitente, el maravilloso zumbido se hará chirriante, y mi fuerte
toserá, resollará y dará tumbos igual que un anciano enfermo y encorvado. ¡Y
el sol…! ¿Y el sol, el dador de todo? ¡El sol arde! ¡El sol cae del cielo! Un sol
de mayor tamaño llega volando, llameante, procedente del Gran Allá, eructa y
mi sol se va por el aire, o incluso devora a mi sol, abre una boca como la de
una inmensa boa y engulle un pequeño huevo llameante. Temores, Temores,
¡TEMORES! En mi ciclo personal, lejos, en el Reino del Pavor, pienso en
todos los temores, temores fundados, temores infundados, temores viejos,
temores nuevos, temores que quizá no haya soñado jamás hombre alguno.
¡Un ataque! ¡Una acometida espacial del distante, peligroso y viejo Marte!
Una extraña putrefacción metálica acciona todo lo desconocido,
insospechado, en las articulaciones de mis goznes desde hace años. Caigo en
el caos a pedazos. De repente. ¿Qué otra cosa puede haber sino temores para
cualquier hombre racional? ¿Qué? ¿QUÉ?
Al volver a un lugar algo más tranquilo y encontrar la pequeña y firme
Fortaleza de Afianzamiento en mi mente tentante, vi que él aguardaba y
observaba. Entonces unos golpes como de martillos sobre descomunales
tubos de acero llenaron mis oídos metálicos; ola tras ola de vergüenza
arrojada por mis tiras mortales. Me aferré a dos hombres de acero y aseguré
con fuerza mis pies en un pilar de hierro encajado en losas de mármol.
Batallando duramente, logré hacer frente a la mirada fija del hombre.
—Aquí no hay nadie más que yo… Lo juro —dije finalmente—. Soy el
señor. ¡Soy el que usted iba a pintar! ¿Nos trasladamos a mi sillón del
sosiego?
Durante un instante demasiado intenso para medirlo en el prolongado alud
del Tiempo, las bolas pardas de los ojos del hombre parecieron flotar en
aquella cabeza apaleada. Su acero facial se arrugó y chilló, las hebras blancas
de su barba temblaron como si un viento afilado estuviera atravesándolas.
Contemplé la muerte final del Sueño en el rostro de hierro de un hombre, y
aun siendo lo que yo era, no hubo nada a mi alcance por hacer, en absoluto.
—Lo lamento —le oí decir desde una distancia enorme, inconmensurable.
Y sentí parte de la pena que él experimentaba realmente por todos nosotros.
Se marchó al cabo de un rato, aferrando su vacío e inútil caballete con
algo así como una desesperación suprema… Pasó entre todos los lanzamisiles
y Muros, con las armas tras su rastro, y al verlo pensé que estaba
contemplando un Sueño en el mismísimo fin de su ruta. El hombre rodó hacia
el valle de plástico de los perros de acero, y yo me adentré aún más en mi

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complejo para darme un baño de sosiego; pretendía ensayar luego nuevos
rayos para los nervios de las tiras y aplacar así aquel temblor que había vuelto
a iniciarse por todo mi caparazón de carne-y-acero. Posteriormente supe que
él se encontró en el borde del Valle con un perrillo-mascarada de metal nuevo
que llevaba unos peladísimos huesos de plástico con la indicación ESTE
PARA EL BUSCADOR DE SIGNIFICADO. Naturalmente se trataba de un
bromazo enviado desde el Palacio de la Bruja, y por eso el Valle Blanco
cobró vida repentinamente con grandes globos con caras de payaso y los
largos cañones de la risa que en una salva dispararon un saludo ¡Ja-ja!
completo. El perro-mascarada, con los mecanismos y tarjetas perforadas de su
cabeza funcionando a la perfección, se apartó cautelosamente mientras el
artista examinaba su hueso. Claro está que al manosearlo de un modo
indebido, el artista causó la explosión del hueso minado, y su corazón, los
colores y el vacío caballete, así como su caparazón metálico y las pocas tiras
de carne que poseía, se unieron por un instante al saludo ¡Ja-ja! y al gran
carnaval de enormes globos-payaso en lo alto del Valle de la Bruja Blanca.
Considerando la elevada seriedad del artista, así como la intensidad de su
tentativa, aquello dio la impresión de ser, en mi opinión, una forma muy
insatisfactoria de marcharse.

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DÍA DE PENITENCIA EN MODERAN

El anuncio fue hecho mediante un volante de Central aquel día de


principio de estación: SERVICIOS ANUALES DE PENITENCIA.
TRAIGAN LÁGRIMAS.
Acababa de llegar abril cuando cruzamos los Muros de nuestras
Fortalezas y salimos hacia el escenario de plástico verde de la procesión: la
totalidad de grandes señores de Fortaleza en una solemne reunión-procesión.
El escudo de vapor era blanco aquel día, con estrechas franjas de rojo
ensartadas en el cielo, franjas que nos recordaban el antiguo color de la
sangre. Y algunos de nosotros lo recordaban, aunque nuestra sangre ya era
verde claro, impulsada por nuestros corazones de duración eterna, mientras
martilleaba nuestras tiras de carne, no solo para nutrirlas sino también para
lubricar los 'reemplazamientos' de aleación de metal nuevo y las
articulaciones que enquiciaban carne y acero.
Aquel día éramos una extraña cuadrilla bajo un extraño escudo de vapor,
con los pájaros de hojalata de Central llenando el cielo sintético, y los árboles
saltando de los agujeros de los cercos y las hojas de hojalata verde brillante
abriéndose a nuestro paso. Renqueábamos hacia el este, plop-plip-plap-plop
sobre el plástico reluciente, a veces en una sucesión desordenada de parejas,
pues se suponía que íbamos en procesión, aunque más justo sería decir en
baraúndas, montones y corrillos de grandes señores que se movían a
tropezones hacia el Este pisoteando un suelo áspero, porque lo nuestro no era
caminar. A veces me preguntaba si Central no hacía eso todos los años
simplemente para humillarnos, y además para renovar nuestra fe en las
Fortalezas, porque fuera de nuestras Fortalezas nosotros, los grandes, no
somos nada.
Yo, por ser Fortaleza 10, andaba junto a Fortaleza 9, si es que iba
adecuadamente en la procesión. Mi compañero de marcha era considerado
como mi enemigo más cercano y contiguo, y resultaba extraño ir allí
caminando tan amistosamente con él, codo de acero a codo de acero, ambos
con nuestras lágrimas colgando y moviéndose a tirones en pequeñas bolsas de
plástico que pendían de nuestras manos de metal nuevo. Él era más alto que
yo, pero no tan corpulento, y en un instante de picazón de las tiras de carne,
de purísimo odio me sentí seguro de que podría abatirlo con mis dos manos
desnudas si se producía un incidente 'de a pie' entre nosotros. Pero eso era una
necedad, por supuesto, ya que no guerreábamos de esa forma en Moderan.

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Siempre es una simple cuestión de recostarnos ante nuestros paneles y soltar
los proyectiles, ver rodar las muñecas-bomba caminantes, oír gritar los Hurras
Honestos a ambos lados de uno y dejar que los chillones y misteriosos
Demoledores-de-Demolición se dirijan hacia la matanza. Así que cuando pasó
el momento y ya no odié tan inmediatamente a Fortaleza 9, ni quise abatirlo
con mis manos desnudas, dije:
—Saludos, Fortaleza 9. En la guerra de la semana próxima tendré algunas
sorpresas para ti. Mi Unidad de Experimentación, ¿sabes…?
Dejé la frase en el aire, y él volvió hacia mí una cara avinagrada que
resultaba más horripilante debido a que incluía una nariz con tiras de carne,
una nariz enorme que seguramente era un rasgo familiar que él habría
preferido conservar. La mayor parte de nosotros había preferido adoptar hacía
tiempo la nariz de aleación nueva, totalmente metálica, ya que tenía una
forma mejor, por lo general, aparte de ser más eficiente y obviar los
problemas de limpieza. Los ojillos de metal nuevo de Fortaleza 9 se
concentraron en mi persona con un odio desenmascarado.
—Así que por eso tienes una bolsa de lágrimas tan pequeña para el Día de
Penitencia —insinuó, y su voz daba el tono de la ridiculización—. ¡En la
Semana de Expiación, en lugar de hacer lágrimas preparaste un desintegrador!
—Mi bolsa de lágrimas es adecuada —dije—. Soy adecuado en todas las
cosas, como tú sabes. Y considerablemente mejor que adecuado en las cosas
en que estamos clasificados.
Se apartó y ardió, hirvió de rabia, yo lo sabía, porque le había dicho la
verdad. Yo era el reconocido señor vil de nuestra provincia, mi Fortaleza
tenía más guerras importantes registradas en el Libro de las Guerras que
cualquier otra Fortaleza de nuestro sector. Todos los años recibía la Medalla
de las Guerras con el número de mi Fortaleza en ella y el año grabado en oro.
Dejé en el aire la última amenaza mientras caminábamos.
—La semana que viene —dije como si no hablara con nadie en particular
—. ¡La semana que viene!
Entonces quedamos atrapados entre una mezcolanza de señores que ya
volvíamos a golpear terreno áspero; nos esforzamos duramente con las
articulaciones de nuestras bisagras para caminar con precisión metálica, pero
nos resultó difícil avanzar con nuestras tiras de carne y componentes de acero,
puesto que realmente no estábamos proyectados para andar sino más bien
para estar sentados en salas de guerra de Fortalezas y apretar los botones de
los lanzamisiles. Después de desembrollarnos, caminé junto a Fortaleza 2.

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Fortaleza 2 era un señor joven, del modo que esas cosas se computan en
Moderan. No había afianzado su porcentaje de tiras de carne y su Fortaleza lo
estuvo aguardando durante más de diez años. Pero tuvimos algunas guerras
caballerosas en aquella época, él y yo, y él estaba registrado en el Libro como
una promesa. Tenía aproximadamente mi tamaño y figura, y me gustaba la
abierta mirada de su rostro y la forma con que sus ojos de metal nuevo, muy
dilatados, observaban todas las cosas con una mirada fija de odio fidedigno.
Un hombre con quien contar. Pero aunque yo no lo odiaba más que con ese
odio bueno, puro y necesario de nuestros tiempos, decidí pincharlo, solo por
diversión.
—Saludos, Fortaleza 2 —dije—. La semana que viene espero tener listo
mi nuevo desintegrador para que funcione sin demora. Es un descubrimiento
realmente nuevo en pulverización. Mi Unidad de Experimentación, ¿sabes…?
—dejé la frase en el aire mientras él seguía andando y rumiando—. Veamos
—dije al cabo de un rato, simulando meditar—, creo que…, sí, seguro; nos
han destinado a una Acción, a ti y a mí. La semana entrante.
Volvió hacia mí aquellos magníficos ojos dilatados y dijo con voz
equilibrada:
—Guerrearemos, lo sé… La semana entrante.
—Sí, guerrearemos —entonces toqué ligera y agudamente la tira de carne
pectoral de Fortaleza 2 con la punta de mi codo de acero, de un modo
amistoso, y dije—: No tienes mucho que perder. Eres una Fortaleza joven y
no tienes mucha tradición. Probablemente te han destinado conmigo y con mi
nuevo desintegrador porque desean que tu parcela quede alisada para un
propuesto museo de árboles.
—Cuando hagan agujeros para árboles en la parcela donde se levanta mi
Fortaleza, tus Muros ni siquiera serán polvo recordado —a continuación me
miró plena y seguramente con sus ojos de metal nuevo—. Pensaba que
podíamos congeniar —continuó—, tener agradables guerras y todo eso. Veo
que estaba engañado. Pero supongo que este nuevo principio de invasión que
he elaborado… —y dejó la frase en el aire, en suspenso.
Seguimos renqueando en silencio, hacia el este. Me gustaba este tipo.
Al llegar al lugar de la ceremonia, descubrí que iba junto a Fortaleza 20,
un hombre anciano con unos antecedentes bélicos no más que pasables, y yo,
apresurándome, tuve el tiempo justo para amenazarle perfecta-y-
cumplidamente con mi nuevo desintegrador. Entonces se inició la ceremonia,
y fue algo muy humillante, como siempre. Un hombrecillo de rostro afilado y
vestido con una túnica negra, que tenía la reputación de poder vivir con el

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diez por ciento menos de tiras de carne que cualquier señor de Fortaleza, se
levantó y nos contó el pavoroso relato de por qué el cielo tenía franjas rojas
aquel día, qué era la sangre roja, qué afortunados éramos por no tenerla y
todos esos detalles tediosos y sombríos acerca de cómo habíamos salido a
salvo de una época en que el amor y toda su incertidumbre había intentado
dominar el pensamiento del hombre. Después todo se redujo a escuchar
grabaciones de música de odio durante un tiempo que al final pareció de horas
y entre cambios de grabaciones oír al hombrecillo de la túnica negra mientras
despotricaba sobre nuestra obligación de iniciar la estación primaveral, el
auténtico principio del año, con algunas explosiones realmente importantes.
Cuando la última nota estridente y saltarina de la música de odio hubo
muerto en el escudo de vapor rayado de rojo por encima del vasto anfiteatro,
llegó la hora del acto más intenso de nuestra humillación. Debíamos marchar,
en fila india, hasta el estrado central en el que había una elevada vasija negra,
y depositar allí nuestras lágrimas. Nos acercamos en orden inverso a nuestro
rango durante el último año de combate, cosa que me situó orgullosamente
último en nuestra humillación general, puesto que únicamente yo tenía la
Medalla de Guerra por mi grandeza. Fue un momento imponente y de orgullo,
yo solo en la plataforma con toda mi gloria lograda en el pasado y vaciando
mi bolsa plástica de lágrimas, como símbolo de que ni siquiera yo había sido
perfecto, ya que el hombre jamás puede serlo. Las lágrimas ceremoniales,
fabricadas en nuestras Fortalezas según exigentes normas como acto de
profundísima humildad, eran una especie de penitencia por cosas que no
habíamos hecho, desintegradores que no habíamos construido, invasiones que
no habíamos realizado.
Cuando la última de mis lágrimas goteó en la vasija, el hombre con cara
afilada, arrebatado en ese momento, de pie junto a una caja de mando en una
pared distante, apretó un botón que hizo que una figura de rasgos
perfectamente espléndidos de fiabilidad y odio se levantara lentamente de la
vasija negra como si saliera flotando de la terrible degradación de nuestras
lágrimas de penitencia. Entonces fue apretado un segundo botón para hacer
volar la figura hasta lo alto del cielo, hasta el escudo de vapor blanco con
franjas rojas, como símbolo de nuestras resucitadas esperanzas y nuestra
dedicación a ser mejores odiadores. Fue, como siempre, el solemne momento
cumbre de nuestra humillación y nuestra penitencia, finalizando con una nota
de esperanza por nuestra expiación y mayor dignidad en la guerra. De los
acontecimientos del día apenas nos quedaban por delante la tediosa, vejante y

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dura caminata de vuelta, que nosotros, habiendo acabado la ceremonia,
podíamos hacer de un modo disperso.
En el camino de vuelta maquiné andar un rato con muchos señores de
Fortaleza con los que no había caminado durante el viaje de ida. Hice oscilar
mi Medalla de Guerra con aire indiferente y les hablé espontáneamente de mi
nuevo desintegrador (que en realidad no poseía, ni mucho menos) y me referí
a las excelentes guerras con que nos habíamos obsequiado mutuamente.
Algunos señores temblaron perceptiblemente en sus tiras de carne y
'reemplazamientos' mientras que otros fanfarronearon y me hablaron de
nuevos desintegradores que estaban a punto de construir y nuevas teorías de
invasión y de abrir brechas en los muros. Todos nosotros fanfarroneamos, yo
estaba seguro de eso, pero no era una mala idea y ese día no se hacía ningún
daño intercambiando amenazas. Además, yo había creído que esta iba a ser
una peregrinación de lágrimas francamente lograda y ciertamente una
excelente despedida ceremonial antes de la gran estación primaveral de la
guerra.

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FIGURA EXTRAÑA EN LA FORTALEZA

Iba a ser otro acostumbrado día atareado-atareado en la Fortaleza, pensé al


sentarme ante el tablero de interruptores y echar una ojeada a la primera parte
de mi ciclo diario representado gráficamente sobre la pared y deslizándose
por ella. Había enviado algunos de los 'chicos' a las Dependencias Inferiores
para hachear las Preocupaciones Especiales, a otros les correspondía
'reemplazamientos' y debían programarse para Operaciones para serrar la
carne y fundir la aleación de metal nuevo, y unos terceros, que habían
completado su curso de 'reemplazamientos' y habían hacheado en
Preocupaciones Especiales el tiempo suficiente para pensar con limpieza,
debían cargar pequeñas bolsas de Acción Inmediata para partir hacia Moderan
Medio. No por sentido del deber, y sí por la diversión de todo ello, en caso de
que se lo estén preguntando, ahora uso mi Fortaleza como cuartel de
instrucción y 'reemplazamientos' para afortunados refugiados de la Vieja Vida
en Lejos-Lejos. Cuando huyen del Conocimiento Moral y salen disparados
con toda su ansiedad sanguíneo-cárnica hacia el Gozo y la vida eterna de los
Automáticos, dispongo su programa inmediatamente; dado que no soporto
absurdo alguno, al momento les hago saber que serán 'reemplazados' con
aleación de metal nuevo hasta el mínimo de tiras de carne que los mantenga
en forma. (Toda la idea de nuestra conducta y resistencia en Moderan solo es
practicable, así me lo parece, mediante nuestro gran programa de
'reemplazamiento'. No imagino otro medio.) Si los refugiados muestran una
tendencia de conciencia o llegan con un completo bloqueo mental provocado
por su sentido moral que los arrastra igual que un ancla negra dragando arena
de la Vieja Vida, dispongo un Curso de Preocupaciones Especiales y otro de
Consignas para hacer que piensen con pureza. En otras palabras, transformo a
estos patanes carnoescabrosos, sofistas morales de Lejos-Lejos en ciudadanos
dispuestos y pulcros capaces de cargar una bolsa de Acción Inmediata y
escabullirse a Moderan Medio para formar parte del Programa.
A media mañana me encontraba repantigado ante el tablero contemplando
mi ciclo diario que seguía su recorrida por la pared. Introduje un poco de aire
en mis pulmones flexiflex de metal nuevo y exhalé un jadeo de extrema
satisfacción. Un trabajo duro, pensé, este de transformar patanes en
ciudadanos dispuestos y pulcros, pero valía la pena. ¡Qué Gozo estar en
Moderan lejos de la baraúnda mental del Conocimiento Moral y la pesada
ancla dragadora de la conciencia! Y qué Gozo añadido ser capaz de contribuir

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al Programa y enviar a mis dispuestos discípulos al centro de la Tierra del
Gozo, sabiendo que ellos, liberados de conciencia y limpios de moral, pueden
hacer volar un Muro o martillear y dejar plana la cabeza de un vecino con el
mejor de ellos.
Pero no todo debe ser trabajo para el señor. ¡No! También debe tener su
Gozo todos los días, de lo contrario no estaría adecuadamente puro de moral
para sus talas de conciencia y sus voladuras de bloqueos. Cuando la delgada
cuña de mi ciclo diario indicadora de Períodos de Relax-Gozos especiales
cobró color, pasé rápidamente el dedo por mi escala de alternativas. Entre
otras cosas, podía volver a enfrentar en una pelea al minino de metal nuevo y
al cachorro de tigre con dientes diamantinos para mi diversión en Tiempo de
Relax. ¡Qué contienda solía resultar! Yo podía destruir quizás una porción del
Muro de algún nuevo vecino, y combatir con él desde mi despacho hasta que
la totalidad de botones de destrucción 'limitada' de mi Fortaleza estuvieran en
ON y todo el ambiente estuviera lleno de estrago repugnante y chillón y los
misiles estuvieran en rápido movimiento hacia el foso de ese vecino. ¡Qué
Gozo! O podía sacar la Mujer Estatua de debajo de la cama… ¡¡La Miss
Mujer Estatua rubia y de ojos azules de debajo de la cama…!!
Justo cuando había acabado de decidirme por la última como alternativa
suprema para mis Gozos, y cuando la sangre verde claro de mis tiras de carne
empezaba a espesarse y cantar, como hace siempre que pienso íntimamente
en las curvas y goznes de la rubia de ojos azules Miss Mujer Estatua, que es
mi amante de metal nuevo, yo, con la cautela instintiva del triunfante
refugiado a largo plazo de la destrucción, me volví hacia mi visor. Puesto que
en cuanto me hallo con mi dama de mirada azul debidamente conectada, su
interruptor de vida en ON, ya no hay vuelta atrás para mí. Estoy seguro de
que ni siquiera para salvar mi Fortaleza podría detenerme una vez espesa mi
sangre verde claro y ella mirándome…, ¡con sus ojos azules, sus amados ojos
azules metálicos!
¡Pero maldición! ¡Oh, maldición definitiva del Gran Fracaso, irritante
asesina del Gozo! Un último barrido del Visor antes de que yo hubiera podido
variar a Gozos captó un Acercamiento. Las llanuras de Lejos-Lejos se
encontraban durmientes y seguras, oh, cierto; todo el Valle de la Bruja Blanca
dormía tranquilamente sin el menor movimiento que rompiera las formas de
chispas que se vertían sin cesar hacia el cielo desde aquel lugar de hierro y
plástico. ¡Excepto los corredores del Hombre de la Insensatez! ¡De allí
brotaba una figura! Se acercaba mientras yo apartaba por completo de mi
mente a Miss Mujer Estatua e iniciaba la inflexible tarea de la supervivencia.

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Puse todas mis armas en Alerta-Dispuestas, puse a mis armeros en
Preparados. Y yo me quedé tembloroso; en medio de mis once muros y
muriendo por insignificantes sustos mortales, como siempre que algo viene
por mí.
Era una figura vaga. Andaba sobre la pantalla; danzaba sobre la pantalla.
A veces parecía que pugnaba por ser realmente una figura. Maniobré con el
sintonizador; intenté aclarar la figura, obtener dimensiones… Ella siguió
andando, danzando, desapareciendo y apareciendo, pero sin dejar de acercarse
por el estrecho corredor entre el Valle de la Bruja Blanca y las llanuras de
niebla azul de Lejos-Lejos. De mis tiras de carne llovía un sudor frío, mi
Alarma funcionaba de un modo intermitente, mis hombres de armas vibraban
de duda en el lugar donde se encontraban y yo resonaba y tintineaba con todo
lo que tocaba. Mi sangre era tan clara y acuosa en ese momento de aprensión,
y yo estaba tan empeñado en salvarme a toda costa, que estaba convencido de
que si la Miss de Ojos Azules lograba salir de debajo de la cama y poner
completamente en ON su interruptor vital y besarme, yo permanecería frío
como las viejas tumbas. Pero mi Fortaleza, con sus once Muros, se mantenía
erguida y con un grosor diamantino, igual que un arsenal de mineral de hierro
en medio de las amenazas que fluctuaban.
Lo perdí por completo. Barrí el perímetro; sintonicé una y otra vez hasta
el último punto dentro del alcance; lancé al cielo mis globos con las antenas
de Contingencia Extrema. Lo ensayé todo; él no estaba allí. Y finalmente hice
todo lo que sabía hacer. Mis 'chicos' estaban fuera, algunos, con sus pequeñas
bolsas de Acción Inmediata, en dirección a su hogar en Moderan Medio. Yo
lo sabía. Pero finalmente hice todo lo que sabía hacer. Y cuando soy mi yo
real-verdadero, normal y pensado con pureza, haría lo mismo para excluir el
peligro aunque la Miss Amada Estatua rubia de ojos azules estuviera ahí
fuera, con todos sus encantos destellando-encandilando, con su interruptor
vital en ON, delante del primero de mis cañones que fuera a disparar. Para mí,
primero la supervivencia, después los Gozos.
Me precipité hacia aquella pequeña habitación con muros de grueso acero
y plomo, y allí, rodeado de almohadillas de caucho y paredes forradas con
colchas de corcho y terciopelo puse en ON el gran interruptor anaranjado.
Era, por supuesto, el fin de todo: mis 'chicos' allí fuera, pájaros, vegetación,
imitantes extraviados errando por el plástico desamparado, flores 'silvestres'
con resorte metálico hechas florecer por Control de Estaciones para suavizar
la árida tierra de tregua… Todo, en un radio de ciento cincuenta kilómetros y
más, arrasado, destruido, como no fuera algo tras las defensas de una

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Fortaleza o en el Valle de la Bruja Blanca. Cuando me levanté del lecho de
corcho y terciopelo en el que me había echado de bruces con dedos de acero
en mis orejas para reducir la conmoción de las armas, y volví al espacio
viviente, sentí un gran júbilo. Siempre me sentía entonado después de una
Descarga Máxima. Me parece el gran logro definitivo del hombre, esta
liberación de fuerzas enormes que él ha aprendido a controlar para protegerse,
para mantenerse a salvo de sus enemigos, el resto de hombres. ¿Qué otra cosa
ha logrado el hombre…?
¡Y entonces lo vi! Sobresalía junto a la caja de mando de uno de mis
Pequeños Demoledores, un misil ligero de alcance limitado pero casi de
extrema destrucción (lo uso en juegos bélicos con mis vecinos más rudos). Él
no miraba ninguno de los diales. Estaba mirando a… bueno, ¿han recorrido
alguna vez un largo y estrecho pasillo de espejos, en la Vieja Vida, después
de mucho tiempo de Desgracia Especial? Si es así, lo sabrán. ¡Él me miraba!
Con extraños globos oculares, evaluando, observando fijamente, parecía
acusar. Yo devolví la mirada, me enfrenté directamente a la suya, y de pronto
supe, igual que se conocen los síntomas de agonía de una tira de carne, que
nada iba a servir. Pensé en Gran Estruendo, cuando aprieto botones y un
infierno de ruido estalla por toda mi Fortaleza; pensé en Dulce Canto, cuando
acciono interruptores y durante un rato parece que realmente en cierto tiempo
los ángeles hubieran existido y esta es su dulce habla capturada; pensé en
Acción Final, cuando estoy por decir la palabra secreta en los agujeros ocultos
del techo, suelo y paredes de la recóndita sala de mi Fortaleza y eso dará la
señal a la caseta de demolición en la montaña del Lugar de la Esperanza
Perdida y mi Fortaleza… ¡¡¡VA A ESTALLAR!!! Rechacé todas estas ideas.
—¡Hola!
No dijo nada. Se acercó aún más, mirando siempre, mirando fijamente.
—¡Tú eres esa cosilla fluctuante! —chillé, pues de pronto lo supe—. ¡Has
salido del corredor del Hombre de la Insensatez!
Me pareció verlo sonreír un poco. No decía nada, yo estaba seguro de eso.
Pero avanzó, se aproximó hasta casi tocarme.
—¿Cómo has atravesado toda esa descarga? ¿Los Muros? ¿Mis guardias y
mecanismos?
Por entonces yo no solamente gritaba, asustado de muerte, sino que sentía
tanta curiosidad como era posible sentir. Creí escuchar una risa burbujeante,
con retintín. Aunque también pudo haber sido la resonancia de mi metal por
miedo inmenso.
—¿QUIÉN ERES? —grité.

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Ya que solo me ofreció una sonrisa como réplica y me miró fijamente con
sus duros e inclementes ojos, temblé tanto de repente con mis tiras de carne
que perdí el control de mi cerebro y caí al suelo. Cuando recobré parte del
control de mi mente y abrí los ojos, vi que él se sentaba encima de mi pecho y
hacía que las bombas de pistón de mi corazón brincaran. Y me pareció oír
varias voces que chicharreaban igual que los diminutos escarabajos de metal
nuevo suenan a lo lejos, y luego más cerca.
—Yo soy tu conciencia, Tu Conciencia, TU CONCIENCIA. Me
abandonaste, creíste haberme abandonado en el Hombre de la Insensatez, DE
CAMINO A MODERAN.
Voces como esta me asustaban tanto que entonces me levanté de un salto
y lancé a la vaga y confusa figura hacia un Muro. Aterrizó de espaldas dando
tumbos, y me miró fija y directamente, sin cesar…
—Escucha —dije, pues me dolía tanto la cabeza en sus partes de carne y
en las raíces de las articulaciones que no podía soportar más—. Haré un trato.
Dices que eres mi conciencia. De acuerdo. Apenas puedo creer que estés aquí
en Moderan después de tanto… Pero no importa, de acuerdo. Yo SE que
puedo matar cualquier cosa que no me guste. YO LO SE… —la figura seguía
inmóvil, riendo irónicamente—. Pero permitiré que te quedes si prometes
dejarme que te ate y te ponga debajo de la cama. Te usaré después, cuando lo
precise. Como hago con Miss Mujer Estatua. Y no te necesitaré —murmuré
entre dientes—. No, no te necesitaré.
Me pareció que accedía. Recuerdo haber amarrado algo con cadenas y un
gran cable. Después debí haberme desplomado y yacido allí varios días
mientras la Fortaleza funcionaba en Automático, tal como lo hace cuando
duermo… Tal como lo hace…
Cuando algunas veces pienso en todo esto y recuerdo, casi llego a
convencerme de que no sucedió nada.
En otras ocasiones puedo asegurar que Alguien estuvo allí,
observándome, evaluándome. Y entonces experimento esa misteriosa y
alocada sensación de que jamás desearé hacer volar algún Muro de mi vecino
o gozarme con las aflicciones del minino de metal nuevo y la cría de tigre con
dientes diamantinos. Y desde que llegué a aquel acuerdo de poner a ese
Alguien debajo de la cama, dejé estrictamente sola a la Miss de Ojos Azules,
pese a haberla deseado locamente. Pero la pura verdad es que nosotros no
estábamos casados.
Después llegó el día en que cerré los ojos, pensé con pureza y 'supe' que
todo había sido un sueño extraño. La figura no pudo haber atravesado aquel

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Fuego Máximo, además de toda mi guardia y dispositivos. Con el alivio de
volver a la certeza de que la forma de hacer las cosas de Moderan era segura y
correcta sentí que mi sangre perdió su escasa consistencia y volví a pensar en
mi trabajo… ¡Y en mis Gozos! Corrí a toda prisa a la cama bajo la que yacía
mi Gozo amado y puse al descubierto mis goznes, y la ansiedad que fluía por
mis tiras de carne hizo tintinear todas mis partes de metal nuevo. Pero cuando
la atraje hacia mí, jadeando y buscando a tientas y alocadamente el interruptor
vital, algo me golpeó, me golpeó con una dura, con una desconcertante
realidad. Mi Miss Mujer Estatua, mi Rubia de Ojos Azules, mi Amada, se
había amarrado no sé cómo…, con cadenas y un gran cable… Y entre mi
cuerpo y un par de Pequeños Demoledores, algo fluctuó y sonrió y empezó a
hablar, como escarabajos de metal nuevo, como voces lejanas…
—Yo soy tu conciencia, TU CONCIENCIA…
Bueno, esto es Acción Final, no me importa decirlo, Contingencia
Extrema y Descarga Definitiva. A menos que se pueda hacer algo. Algo
extraño se halla en esta Fortaleza y yo no puedo seguir así. ¡Diré la palabra
secreta antes de vivir con conciencia! Daré la señal a la caseta de demolición
en la montaña del Lugar de la Esperanza Perdida. Volaré mi Fortaleza, volaré
yo, él, Todo, a los innumerables cielos, a todas las eternidades… Yo, que
había esperado vivir eternamente con mi Fortaleza y mis Gozos.

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EN REGULARIZACION

¡Desgracia! ¡Una Fortaleza en desgracia! Aquella mañana de vapor gris


me desperté con gusto a viejo cartón verde en la garganta y un pesado
movimiento de los pistones de mi corazón mientras yacía en mi duro lecho,
recordando. Y he de decir en este punto que no soy nada agradable cuando
yazgo en mi lecho de palancas accionando el mecanismo para que me levante;
en descanso no me parezco a un dios. Debo parecerme más al aspecto que
habría tenido un viejo traje de armadura en los viejos tiempos si se lo hubiera
enrollado en gruesas lonjas de tocino y después acostado sobre la estructura
de un puente. Sí, nos parecemos a caparazones andantes de acero y tuberías
de carne, en Moderan, y pensamos en guerras y magníficas palizas. Vivir
eternamente, ser nuestro auténtico yo malo: esos son nuestros destinos
gemelos.
Y entonces tener que enfrentarse al Tribunal Supremo y explicar un
proceder ignominioso, una desviación… Eso tenía que hacer yo. Oh, yo
habría podido mantenerlos a raya durante algún tiempo, quizá siempre, si
ellos hubieran jugado honradamente mediante ataque frontal. Yo podía
tumbarme tras los once muros de acero de mi Fortaleza, poner el fortín en
situación de Descarga Continua, dejar rodar los misiles, soltar las muñecas-
bomba caminantes, lanzar los Patanes Honestos y los extraños y chillones
Demoledores-de-Demolición de gran altura y tal vez mantener a raya al
diablo y a los Tribunales hasta que el mismo tiempo envejeciera. Pero ellos
no atacarían honradamente; yo lo sabía. De hecho, no atacarían de ningún
modo, en lo que podría llamarse ataque. Y eso era lo exasperante. Allí estaba
yo, con todo el potencial de matanza en suspenso, listo para la acción después
que se apretara el gran interruptor naranja de mi Sala de Guerra. ¿Y qué
harían los jueces, los gobernantes? Echar indirectas. Holgazanearían en las
torres L, ahí arriba en sus despachos de grandes asuntos, ante ventanillas de
Mejor Visión del Edificio Aguja que es tan alto y tiene un ápice tan elevado
que el asta de la bandera horada el escudo de vapor. Los jueces
cambalachearían relatos, morderían sus enormes cuerdas de humo, escupirían
en las doradas escupideras moteadas de diamantes, mostrarían los dientes de
aleación nueva en una sonrisa y quizá desconectarían mis árboles. O tal vez,
sin tocar los árboles, impedirían que los pájaros de hojalata se posaran para
cantar en ellos. O digamos que dejan en paz mis árboles y pájaros, ¿y las
flores? Quizás utilizasen su influencia para hacer que Central desconectara

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mis flores. ¿Y cómo me vería yo? Allí estaría, con la única Fortaleza en
muchos kilómetros a la redonda descansando con la munición pesada erizada
y amontonada, y sin ninguna bonita flor que brotara alrededor en tallos-
muelle metálicos para mitigar el horror. ¿Cómo me vería yo? ¿Cómo me
sentiría yo? O quizás, ellos despacharían sus bombas de última hora con la
edición especial de indirectas, esos pequeños y sutiles folletos que pueden
decir algo como FORTALEZA 10 DE NUEVO EN SITUACIÓN DE
CIUDADANÍA INACEPTABLE EN ESTE ESCUDO DE VAPOR.
FORTALEZA 10 ATRASADO DESDE HACE CINCO ESCUDOS DE
VAPOR. FORTALEZA 10 APREMIADO A REGULARIZACIÓN. Solo
eso. Bueno, yo sé quién es Fortaleza 10. Fortaleza 10 soy yo. Y sé qué es un
escudo de vapor, aunque alguna vez no lo tenga. Un escudo de vapor es un
mes. Todos los meses hay un escudo de vapor distinto en Moderan y no me
quejo de eso. Mayo es verde, octubre es naranja brillante, solo para aclarar. El
escudo gris en que estoy ahora es marzo, muy melancólico y repleto de un
potencial de amenazas que les haré conocer.
Por lo tanto supongamos que me gano una invasión de folletos. Y una vez
que empiezan con los folletos, lo usual es que la ducha no sea de uno solo.
¡Oh, diantres! ¡Lo normal es una docena! Así es que una mañana, tendido en
mi lecho de palancas y accionando los elevadores y tiradores para que me
levantaran, me encuentro de repente con que diez de mis hombres de hojalata
me rodean, todos con un folleto. Y actúan de modo solemne, pero en realidad
están felices y complacidos de que el jefe se haya metido en un paraje de
problemas. De manera que cojo las hojas de indirectas que me tienden y las
estrujo en una bola de papel de diez hojas estrujadas y arrojo desdeñosamente
esta bola de indirectas de diez hojas estrujadas hacia un par de Pequeños
Demoledores de la línea de misiles. ¿Acaso he embaucado a alguien? No he
hecho tal cosa. Esos hombres de hojalata saben cuándo el jefe no se ha
conducido correctamente. Saben cuándo Fortaleza 10 está de fuga.
Así que estoy pensando —en esta mañana gris de marzo de comprensión
aquí, en mi lecho de palancas, mientras rememoro— que muy probablemente
me esté debiendo una regularización a mí mismo y se la esté debiendo
también a mis hombres. Estoy seguro de no deberla a Central o a esos fulleros
en las torres L del Edificio Aguja que contemplan el panorama, mascan sus
enormes cuerdas de humo, tiran al azar en las escupideras doradas con
incrustaciones de diamantes y actúan como fragmentos de Dios.
Por eso es que me levanté de mi lecho mucho más tarde aquella mañana
gris de marzo y fui al Edificio Aguja. No llevé a nadie en mi compañía

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porque, voy a decirlo ahora, yo y solamente yo soy Fortaleza 10 cuando llega
el momento de tratar con el mundo exterior; soy el señor completo en
Fortaleza 10; soy el único con una tira de carne y lo que podría llamarse un
cerebro como corresponde. Incluso mi rubia de ojos azules, mi amada real, mi
amante completa, mi adorada muñeca —debido a todos mis dilemas del
momento y mi futuro dudoso— no tenía una tira de carne. Ella era todo acero
amante, podría decirse, hasta cuando su interruptor vital estaba plenamente en
ON y ambos nos arrullábamos. Aunque admitiré que ella ha logrado
engatusarme alguna vez, confundirme hasta el punto de pretender desafiar a
todos los posibles-posibles, darle parte de una de mis tiras de carne inferiores
(juro que quise hacerlo), dejar plenamente en ON su interruptor vital y
convertirla para siempre en reina de mi Fortaleza, ¡en mi esposa! Esto me
habría llevado a la expulsión de la Sociedad de Señores de Fortaleza, no cabe
duda, y quizás a una guerra terrible y continua entre las Autoridades y yo.
Bien, eso no llegó a suceder. Me propuse hacerlo, pero aguardé demasiado.
Vacilé cuando ella rogó; puse reparos cuando ella suplicó. Y ahora es
demasiado tarde; ella se ha ido. Adónde, no lo sé. En una imprudente ocasión
con escudo de vapor pardo dejé descuidadamente en ON su interruptor vital,
después de habernos amado, y se marchó —cruzando de alguna manera los
once muros de acero— quizá con la ayuda de los hombres de hojalata. Pero
estoy divagando; ella se ha ido. Quizá sea mejor así. La nube verdegrís de
todos los aciagos acontecimientos que ella engendró me abruma incluso
ahora, y debo enderezar las cosas.
Así es que, tal como había dicho, fui al Edificio Aguja solo. Dije a mi
armero jefe, Slag Morgbawn, segundo al mando nominal y comandante de la
Fortaleza cuando estoy fuera, que aguardara un día y una noche enteros y que
saliera en mi busca si no había regresado para entonces. Nunca se sabe qué se
va a encontrar ahí fuera, en ese plástico batido por los mutantes. Usualmente
nada, porque hará poco tiempo que el plástico ha sido barrido por un Fuego
Máximo (¿…que me estoy arriesgando con el armero, dicen ustedes? No
tanto como suponen. Él necesitaría mis tiras de carne para poder ser rey,
aceptable para la Sociedad de Señores de Fortaleza. Mis tiras de carne son su
esperanza. Sí, él vendría a buscarme, vivo o muerto. Yo estaba convencido de
eso).
Las once puertas volvieron a girar y salí de mi Fortaleza; anduve
tambaleante por el desamparado plástico, plop-plip-plap-plop, un hombre de
Fortaleza fuera de su Fortaleza, caminando duramente pero marchando lento
con sus goznes, casi tan desvalido e indefenso como una cría de pájaro fuera

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de la cascara en los viejos tiempos. Pensarán que yo debía ir con una férrea
protección de misiles; pensarán que yo debía tener escoltas de acero y
amenazas en explosivos caminando duramente a mi lado. Pero eso sugiere
una incomprensión completa, casi irremediable, de Moderan y la forma en
que nos desempeñamos aquí, en la más grande de todas las tierras modernas.
Miren, fuera de mi Fortaleza dejo de ser una fuerza; mis vecinos no me tienen
en cuenta. Cuando estoy fuera de mi Fortaleza mi aura de posición social me
sirve en cuanto debo ir a tratar con poderes extraordinarios, como Jueces y
Gobernantes. Para los demás, Fortaleza 10 siempre es cualquiera que en el
momento esté manejando los once muros de acero y dirigiendo las terribles
armas.
Yo había aconsejado a mi teniente, el armero jefe, que no hiciera estallar
ninguna guerra irreflexiva o por placer mientras yo anduviera por el
desamparado plástico. Sabía que él no haría estallar una guerra de conjura,
pues una descarga de los lanzagranadas me descarnaría hasta dejarme
extremadamente limpio, sin siquiera una tira de carne que mostrar, y mis tiras
de carne, tal como he dicho, eran su única y exclusiva esperanza de llegar a
ser más que un hombre de armas alguna vez. Vana, absurda, vacía esperanza,
por supuesto. Pero ya ven cómo se desequilibran las fuerzas, la ambición de
jaque-mate a la traición de vez en cuando, y ciertas cosas son
desconsoladoramente usuales incluso en Moderan.
Así que llegué a la Tapadera y no caí en un fuego cruzado, realmente mi
único temor, que dos Fortalezas periféricas iniciaran una guerra por deleite, o
una guerra de conjura, y me atraparan, la víctima inocente. Las Tapaderas
eran los lugares por todas partes del Imperio donde se abordan los pequeños
coches de túnel hasta el Capitolio. Pateé el interruptor, la Tapadera ascendió
lentamente y bajé poco a poco un tramo de escaleras hasta el pequeño coche
negro del tubo de presión condicionada. Tras fijar el interruptor General en
Capitolio y el Destino Específico en NB125 fui impulsado con increíble
rapidez a lo largo de un millar de negros kilómetros. Fui descargado
suavemente en la vaina de aterrizaje frente a la Sala NB125, alta como el
cielo en el Edificio Aguja.
La puerta osciló silenciosamente hasta abrirse y un hombrecillo
registrador me miró. Era un mecanismo de servicio y hacía esta insignificante
tarea, casi inútil, de registrar en provecho de los Gobernantes, que estaban
mascando las cuerdas de humo, apuntando imperturbablemente a las
escupideras doradas con incrustaciones de diamantes, deseando y
representando el papel de Dios. Digo que este registro era casi inútil pues

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nosotros no actuábamos así, no llevábamos un desintegrador cuando
acudíamos a ver a los hombres del Edificio Aguja. Acudíamos encogidos y
temerosos. Si ellos decían que nosotros no éramos buenos ciudadanos y no lo
habíamos sido desde un determinado número de escudos de vapor, ahí se
acababa todo. Lo único que entonces podíamos hacer era confiar en llegar a
un acuerdo. Cómo llegaron ellos a ser una colectividad conocida como el
Edificio Aguja, es algo demasiado intrincado para que yo pueda explicarlo
aquí.
FIP Z-U del Edificio Aguja era el alto fragmento divino de ojos tristes
designado para ocuparse de mis omisiones. Mediante perforaciones en la
aleación de metal nuevo de su 'reemplazamiento' facial, tenía un mostacho
auténtico que crecía, estaba erizado y era de un triste color pardo; sus fisgones
globos oculares de metal nuevo eran de color azul nebuloso. Debo decir en
este punto que ser observado por FIP Z-U del Edificio Aguja era algo
parecido a ser contemplado por dos pequeñas bolas de agua de baño usada en
lo alto de un cepillo limpiasuelos en los viejos tiempos. Delgadas partículas
de fibra metálica serrada parecían flotar sobre esos ojos fríos y apenados para
acentuar su amenaza y franco carácter mortífero.
—¡Fortaleza 10! —dijo de pronto con la voz de Dios y la fatalidad.
—Sí, SEÑOR —dije yo, y odié a mi corazón por sus apisonantes y
terribles embestidas, odié a mis tiras de carne por su frío y repugnante sudor.
—Fortaleza 10, su expediente bélico se halla en un estado triste, ultrajado;
muestra descuido. ¡Caramba!, hay semanas en que usted no ha guerreado una
sola vez con su vecino. Y en el aspecto interior, de acuerdo con nuestra
inspección diaria ejecutada por el nuevo método del Rayo-Espía, de cuya
exactitud no tengo el más mínimo motivo para dudar, tampoco ha llegado a
un índice aceptable.
Me miró sin dejar fluctuar las manchas azul nebuloso. Hacía funcionar su
garganta metalizada de un modo que habría hecho honor a diez veces la gran
dignidad de un presidente de junta en los viejos tiempos.
—En su calidad de hombre de una civilización superior —prosiguió
ásperamente—, de hombre que vive en la Era de la Verdad donde la guerra es
la vara de la medida y la destrucción el logro mediante el que ganamos
premios, ¿qué tiene que decir de su perezosa conducta, a manera de
explicación o quizá…, de confesión?
Me atraganté. Intenté ajustar mi corazón para estar calmado. Me lancé a
una gran explicación de cómo pretendía limpiar mi expediente y
regularizarme. Le hablé de las guerras que tenía en fase de anteproyecto,

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algunas preparadas para acaecer mañana mismo, si era preciso. Entusiasmado
por el tema, expliqué un intrincado plan que tenía para arrastrar a diez
Fortalezas vecinas a un gran conflicto contra la mía, exponiendo que mi
ubicación central haría esto muy factible. Y en efecto, muchas de esas
Fortalezas podrían reivindicar reputación por conflicto al guerrear
mutuamente al tiempo que me disparaban, y en consecuencia proporcionarían
así una mayor gloria bélica en conjunto a nuestro sector. Yo no iba a
compensar solamente mi irregularidad en los últimos seis meses, iba a hacer
algo extraordinario. Pese al color muerto y turbio, vi que los tristes ojos de
FIP Z-U fulguraban un poco. Y entonces pensé que el suyo era un corazón
que solo gozaba realmente con un hombre de dedicado odio y potencial
destructivo.
—Entonces le daré más tiempo para poner en orden Lo Externo —dijo
con palabras que caminaron secas y claras, como luchadores capaces de darle
a uno alcance en todas partes—. ¿Y qué hay de Lo Interno?
Yo había confiado en que me formulara pronto esa pregunta, puesto que
era en Lo Interno donde solía brillar realmente. De hecho, antes de mi
regresión, yo iba en camino de tener en Lo Interno el mejor expediente de
vileza de nuestro sector. Yo era ingenioso. Era capaz de pensar en medios. Y
entonces llegó la terrible regresión.
Mi corazón ya estaba calmado; yo respiraba con un flexiflex regular de
mis pulmones de metal nuevo; sabía a qué cosas prestaba atención FEP Z-U y
estaba preparado para decirlas.
—SEÑOR —dije—, en Lo Interno espero proseguir casi de inmediato el
Garrotazo Feroz de Fortaleza 10. Ya sabe, el plan que obtuvo tanto éxito en el
pasado —él inclinó la cabeza para asentir, y yo continué—. En ese plan, quizá
lo recuerde, todos los días son una contienda. Mi 'gente' se muestra malvada
entre sí de la mañana a la noche, y en la madrugada. La persona con más
puntos de vileza, y hemos ideado un sistema de puntuación casi infalible, no
solo conseguirá estar levantada toda la noche en la Fortaleza y ser malvada
por su cuenta; será también señor vil del día hasta ser superado en puntuación.
SEÑOR, tal como yo lo veo, es un método sorprendentemente eficaz para
recibir la ayuda precisa para ser realmente malvado con el prójimo. No solo
tienen así el incentivo básico implícito en sus naturalezas sino, además, este
incentivo adicional de ganar premios. Naturalmente, concederemos
condecoraciones… Además, yo mismo seré malvado, en Lo Interno.
Los ojos de FIP Z-U fueron mostrando su felicidad y placer; los
fragmentos metálicos serrados silbaban alocadamente al cortar el aire en lo

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que parecía un vacío acuoso.
—Fortaleza 10 —dijo—, en cierta época tuvimos grandes esperanzas
puestas en usted. Y ahora casi ha vuelto a reavivar por completo aquellas
esperanzas con sus terribles y magníficos planes. Pero antes de tomar una
decisión, ¿querrá decirme qué sucedió para que manchara su gran expediente?
Creo saberlo, pero quiero saber si usted lo sabe.
—SEÑOR —dije—, ella se ha ido, y su necio y triste parloteo amoroso…
FIP Z-U inclinó la cabeza para asentir; una inclinación muy ligera, con
esa casi imperceptible sacudida firme, especial, rápida, todo importancia, de
las tiras del cuello, indicativa para mí de que este fragmento divino, este FIP
Z-U lo comprendía realmente y volvía a estar de mi lado.
—Lo dejaremos marchar —dijo—, y buena suerte. No deseaba arrebatarle
su Fortaleza y conceder a otro sus tiras de carne, ya que usted tuvo en otro
tiempo un expediente tan bueno y tiene ahora, puedo decirlo, un sadismo
enorme.
Inclinó la cabeza para asentir de nuevo, ese pequeño cabeceo, ese tirón de
cuello, y yo sabía que se trataba de una aprobación.
De manera que abandoné al fragmento divino y requerí un coche de túnel.
Fui arrojado con un silbido, en menos de un abrir y cerrar de ojos, a más de
mil kilómetros de acero hacia el este, de vuelta a la Tapadera. Descansé un
rato en la sala de descanso de la pequeña estación algo más relajado y en paz
con mis tiempos que durante muchos escudos de vapor pasados. Al cabo de
unos minutos me alimenté con una intravenosa de mi alimentador portátil de
tiras de carne. Era muy de noche cuando salí de la Tapadera y, con el escudo
de vapor retirado en esas horas, las frías estrellas de un aterido cielo sin luna
parecieron contarme las innumerables formas de ser cruel y ser un señor de
Fortaleza realmente bueno en Moderan, siempre que yo pusiera en ello mi
corazón y mi cerebro. Prometí intentar ser digno de las esperanzas de FIP Z-
U. Nunca más permitiría que los fragmentos divinos del Capitolio estuvieran
tan desilusionados conmigo como para pensar en conceder a otro mis tiras de
carne. Que un millar de seductoras venga en forma de un millar de amantes de
metal nuevo… Incluso que ella vuelva y hable de amor… No divagaré. Para
mí se trata ahora de ¡Adelante! en vileza y crueldad.

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EL ANDANTE-PARLANTE HOMBRE Y-A-MÍ-QUÉ

Desde que llegué a un acuerdo con los Jueces, y en especial con FIP Z-U,
los días han danzado para mí, han interpretado música, han pasado como
sueños de maldad…
Recuerdo un día en que me sentí especialmente bien; todas las
preocupaciones habían sido podadas, en el ambiente había un lustre, una
vislumbre mientras el sol batía en el flaco escudo de vapor blanco de agosto y
castigaba nuestros cotos plásticos. Yo me estaba preguntando qué diversión,
qué Gozos, qué deporte veraniego debía elegir para ordenarle a mi Prog, el
enorme cerebro que me servía, para gorjear, rielar y fulgurar.
Pero quién sabe…, simplemente porque el día amanece espléndido, con
las preocupaciones podadas hasta quedar durmientes, un espléndido lustre de
sol y los pájaros de hojalata conectados en los árboles de plata… Quién sabe.
Hay nubes que vagan por el mundo, hay tormentas que andan por la tierra,
hay hombres malhumorados que martillearían-golpearían la misma cara del
omnipotente Dios si él se pusiera en el camino en que andan.
Él era precisamente uno de esos.
Yo sabía qué un montón de metal nuevo era conducido a lo largo de la
ruta; mi alarma inició ese plañido casi uniforme. Había escasísimos blips,
esos sonidos inferiores y más suaves que provocan el zumbido metálico de
peligro e indican tira de carne. Yo lo envidié en cierto sentido, pues quizás él
era más metal que yo; creo que no tuve miedo de él, porque yo tenía todos los
cañones de la Fortaleza a mis órdenes y el resto del enorme potencial de
matanza a mi disposición. Pero le concedí un honor que usualmente surge del
miedo, un honor reservado en general para los ejércitos, o para nuevos
principios de invasión que mis Enemigos envían para cazarme, o para
hombres que yo tengo por trastornados. Lo fijé para Estudio, lancé un rayo de
luz para Mirada de Cerca. Y en cierto sentido, al hacer esto, lo capté pavoroso
y terrible mientras aún estaba a mucha distancia.
Pero eso no era dañino; él era pavoroso y terrible mientras aún estaba a
mucha distancia, ¡SÍ! Cierto. Su cabeza estaba más conformada como la
cabeza de un martillo que como una cabeza humana, y él parecía picar, tocar
y golpear en las distancias conforme avanzaba firmemente, una inmensa
figura refulgente al sol, sin apresurarse, sin perder tiempo, simplemente
avanzando con un tenaz picotazo, picotazo, picotazo. Se acercaba directa y
gradualmente, sin mirar a los lados, a lo largo de la pista. Y yo empecé a

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preguntarme si él venía a verme, o si yo y mi gran recinto de armamento
estábamos solamente por casualidad justo en medio de la ruta que él había
elegido para picotear, picotear, picotear. Pero pronto sería la hora de saberlo,
porque pronto sería la hora de detenerle y abrir o no abrir las puertas. Podía
ser el Elegido de Dios o la mano derecha de Satán, uno de los dos, y no podía
llegar hasta tan cerca de mí y de mi Fortaleza sin ser juzgado. Él ya había
pasado hacía un buen rato el momento de apartarse, cuando las bengalas color
naranja se elevaron y las hojas de aviso empezaron a parlotear. Se trataba del
Aviso del Límite usual en las tierras de las Fortalezas, y era la primera vez
que se lo pasaba por alto. LA PRIMERA VEZ… Acababa de ver cómo el
Aviso era IGNORADO ¡en mis propias narices! por esta figura de cabeza de
martillo. ¿Un hombre? Pues…, ¿quién podría decirlo?
Todas las formalidades de aviso se deslizaron a su paso como si jamás
hubieran existido; el saludo, si es que se oyó, quedó sin respuesta
descaradamente. Él continuó, se apretó a las puertas, cosa que le permití
hacer, ya que lo había examinado bien con la Mirada de Cerca, y los informes
de armas y descontaminación habían dado paso libre. Pero no se detuvo hasta
las puertas cerradas; continuó su tenaz juego de pies y el picoteo, picoteo,
picoteo de su cabeza. ¡UN LOCO! Bueno…, supongo.
Aflojé las puertas suavemente con el control de APERTURA en Lento y
él cruzó el hueco cuadrado. Al acercarse al lugar donde yo estaba a medio
salir de mi caseta atisbadora de acero, pero con un pie todavía dentro, por
seguridad, él pareció percibir mi presencia e hizo girar su cabeza unos pocos
grados, de la rectitud que al parecer era su preferida.
—¿Propietario? —la voz fue un zumbido áspero; aún no se movía.
—Sí. ¡Y alto!
Fue una sorpresa, se detuvo, quedó paralizado allí mismo, sin picotear, y
después giró hasta mirarme.
—Solo de paso. No daño el lugar por donde ando. Respeto los derechos
vitales de los demás. Pero generalmente no me desvío. ¿Mi misión? Si tuviera
una… Bueno, es muy difícil saberlo.
—Soy el Señor de Fortaleza 10 —dije—, el fortín con el mejor expediente
bélico de este vasto territorio. Fue mi opción conceder que usted atravesara
las bengalas y las hojas que caían; e igualmente permitir sus picoteos en las
puertas, y que hubiera proseguido sin volar en pedazos después del Aviso de
Límite. Confío que ningún malentendido…
—¡He encontrado a Dios…, este es entonces el final de la ruta…!

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Metió las manos en un cinto de hojalata que parecía bajo en su sólida
cintura, y superando mi rapidez para seguirlas alzaron sendos martillos,
enormes y negros. Mi rostro casi sintió los martillos aplastando metal, tiras de
carne y hueso. Después él se rio de un modo extraño, un sonido cuarteado e
increíble que a duras penas era la hilaridad, y repuso los martillos en el cinto
de hojalata, donde quedaron igual que dos interrogantes negros, no pude
evitar pensarlo.
—Casi había desistido de encontrar a Dios —prosiguió, y se rio de nuevo
—. Pero dejando de lado la broma y la ironía, no hablemos de Dios. Él es el
motivo de que yo me haya cambiado al metal para el resto del Largo Viaje.
—¿Es usted un ministro de hierro? ¿Suele levantar la voz en favor de una
vieja fe? ¿Grita por la redención de un mundo? —pregunté. Me encuentro con
gente así en esta entrada, donde el Gran Viaje pasa por mi fuerte, y estoy
dispuesto a ser indulgente con ellos. Pero pensé que con él tal vez hubiera ido
demasiado lejos cuando vi que aquellas largas manos de acero se convertían
en aves de rapiña abatiéndose y después se transformaban en cabezas de
serpiente mientras caían. Él apoyó ligeramente las manos en los martillos,
donde quedaron colgando.
—Señor —dijo—, no he elegido estar en su Fortaleza, ciertamente no soy
un huésped. Y con todo, nadie se burlaría de mí en cualquiera de ambos
casos. Usted abrió las puertas. Yo no lo pedí. Si las hubiera dejado cerradas,
yo aún estaría picoteándolas, con los pies en marcha. Habría usado los
martillos al cabo de un rato. Una vez estuve detenido un año ante un peñasco,
en una meseta, todo un año picoteando. Después de ese año el peñasco
empezó a desmoronarse, y lo atravesé. Para mí es algo que no importa nada…
Picotear una Fortaleza aquí, destrozar un peñasco en una meseta o seguir
caminando sin obstáculos y libre en el despejado ambiente del escudo de
vapor… Desgastaré el tiempo hasta que me canse de él, y entonces me
limitaré a desconectar los botones que me mueven. No tengo ninguna fe, en
absoluto, ningún motivo conocido para existir, y si encuentro el rostro de
Dios, o alguna parte de ese rostro, estoy programado para golpearlo con
ambos martillos tan deprisa como sea capaz de golpear, y tan duramente. Hay
razones para todo esto, razones que yo explico enteramente una vez cada
veinticinco años.
Miró un complicado mecanismo de tiempo suspendido de su cuello de
metal nuevo y supe que años, meses, semanas, días, horas…, que todo hasta
el último tictac de un segundo estaba barajado allí en un revoltijo de

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calendarios y remolineantes hojas rojas. Si es posible que el metal sonriera…
bueno, él sonrió con una especie de franca sonrisa afectada.
—Se ha perdido el gran recital por un año, seis semanas, cinco días y un
número indeterminado de tictaqueantes segundos, minutos exactos y
desordenadas y lentas horas —dijo.
—Tal vez usted pueda acampar aquí hasta que llegue la hora de hablar, y
entonces podría escuchar su relato —dije yo, ya que el humor me rodeaba del
mismo modo que uno de mis pies se hallaba a salvo, en la puerta de la caseta
atisbadora de acero.
—Digamos simplemente que encontré las Respuestas. Digamos
simplemente que usted ha visto al andante-parlante hombre Y-A-MÍ-QUÉ —
dijo—, un ser que ha escapado del Agarro. No fue fácil, costó mucho tiempo
y planificación, pero creo que por fin lo he logrado, la resolución definitiva de
aquella agonía inherente, el Apuro Vida-Muerte del Hombre.
Había sido una gran declaración que él finalmente descargaba.
—¡SÍ!, el andante-parlante hombre Y-A-MÍ-QUÉ descansa bien por la
noche. Simplemente se apoya en algún lugar, en un poste, en la orilla de un
arroyo, en un árbol, en el viejo armazón de un lanzamisiles, en cualquier
cosa… Desconecta los interruptores y los deja programados de manera que
vuelva a conectarle a una apropiada hora de la mañana. Y siempre hay en él la
seguridad de la maravillosa opción; en cualquier instante que el andante-
parlante hombre Y-a-mí-Qué lo decida puede, habiendo desconectado los
interruptores por la noche, descuidarse de programar su despertar, y todo
habrá terminado…
¡TODO!
—¡Pero alto! —no pude evitar sugerir—. ¿No ha tenido cualquier tipo de
hombre, en cualquier momento de la historia, esa opción real, la de no
despertar por la mañana? Matarse uno mismo es solo un poco menos vieja
que la vida. ¿O me olvido de algo?
—¡SÍ! —se lamentó a manera de burla—. Olvida casi todo. El andante-
parlante hombre Y-A-MÍ-QUÉ es diferente porque es muy indiferente. He
sido más listo que Dios mediante una maniobra larga y lenta. He abandonado
mi persona en centenares de mesas quirúrgicas, días y días, hasta el límite. La
carne y el alma que se suponía que yo era han partido en centenares de cubos
de basura del hospital y fueron diseminadas en muchos grandes ríos y muchas
muchas hogueras para quemar desperdicios. Y ahora soy todo
'reemplazamientos'…, corazón, cerebro, sangre, nervios, todo… Todo de
metal ahora, totalmente automático, totalmente programado… ¡Maravilloso!

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¿Y sabe una cosa? Jamás sueño por la noche. ¿Cómo iba a soñar por la
noche? Estoy totalmente desconectado cuando me acuerdo. ¡JA!
Este tipo no iba descaminado. Yo empezaba a comprender su plan. El
resto de nosotros, la gente de metal nuevo, con nuestras tiras de carne pocas y
minimizadas, habíamos planeado derrotar al Apuro del Hombre, la agonía de
su transitoriedad y prolongados-mortales temores en el mundo, simplemente
viviendo siempre. Conquistaríamos el intrincado problema no enfrentándonos
jamás a él. ¡SÍ! Pero francamente, yo estaba empezando a comprender que
eso podía hacerse tedioso. Y en aquel momento, ese tipo que se apodaba el
andante-parlante hombre Y-A-MÍ-QUÉ se había presentado con un plan
nuevo y brillante que derrota con mucho al nuestro. ¡Un hombre convertido
lentamente en metal, con todos sus pensamientos, acciones y necesidades
programadas! Bien, eso parecía haber resuelto realmente el Gran Misterio y el
Gran Temor de un modo lógico y científico. El cuerpo-carne y el alma tan
gradualmente desaparecidos que ni existían ya en parte alguna, ni eran
explicables, ni eran capaces de redención. ¿Y quién podía decir que se había
propasado? ¿Se había suicidado? ¡Oh! Simplemente se había transformado. Y
cuando desconectara los interruptores por última vez, aburrido de todo,
cuando no programara otro día, ¿podría afirmarse entonces que se había
suicidado? Creo que es imposible acusar de suicidio al metal de un modo
razonable, con lógica.
Entonces una pregunta me abrumó mientras él seguía allí tan
imperturbable y seguro de sí mismo, sus dos manos-cabeza de serpiente
puestas ligeramente en el lugar donde pendían los martillos.
—Y dado que Él le ha permitido resolver eso, El Problema, ¿por qué
desea usted golpear Su rostro con esos dos martillos, si alguna vez lo
encontrara, parcial o totalmente?
Durante un rato se limitó a mirarme fijamente, y suponiendo que el metal
sea capaz de odiar, yo diría que él odiaba. Sacó de repente los martillos
negros y permaneció inmóvil, ambos martillos en posición de amenaza.
Teniendo en cuenta su bravata metálica y su mirada de desafío total, la voz
pareció vieja cuando habló:
—La inteligencia no partió cuando reconstruyeron por completo mi
cabeza. Mis ideas son metal ahora, pero funcionan. ¿No sé yo quién me metió
en el Apuro en principio? ¿¡Acaso no lo sé!? Y el hecho de que Él me
permitiera cambiar, me advierte que es probable que Él vuelva a cambiarme.
¡Y por Dios, caeré luchando, golpeando hasta que estos martillos estén

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completamente desgastados y mis brazos sean jirones metálicos, antes que Él
vuelva a transformarme en un hombre!
A continuación me abandonó, picoteando por la zona de salida del
cuadrado de la Fortaleza. Al llegar al extremo opuesto, abrí las puertas para su
marcha. Salió todavía picoteando, se fue, se fue… hacia su fin. Quién… Qué
sabe a dónde.

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Segunda parte

VIDA COTIDIANA EN MODERAN

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AFRONTAR LA ETERNIDAD

Creo que la mayor parte de nosotros sabía que para afrontar la Eternidad
en sus propios términos íbamos a precisar una hueste de artimañas, o una
GRAN artimaña maestra e infalible para salir del apuro. Es muchísimo
tiempo ahí fuera… ¡Eternamente! Claro que teníamos nuestras amantes de
metal nuevo, los cachorros de tigre con dientes diamantinos y los mininos de
metal nuevo para enfrentarlos, los árboles escaramuzadores que brotaban de
los agujeros de los cotos y peleaban unos con otros por la supremacía, los
pájaros de acero de Moderan (con cabezas explosivas sustitutivas de las
cabezas de pájaro), los escudos de vapor diferentemente coloreados y un
puñado de otros fenómenos de distracción para prender la mente y
proporcionarnos momentos variados de Gozo.
Pero realmente necesitábamos cierta diversión prosaica que nos aliviara
en el largo recorrido, algo que pudiéramos hacer, contemplar, contar, lograr o
hacerle el amor una y otra y otra vez y que sin embargo pareciera totalmente
fresco y remunerador. Las amantes de metal nuevo son magníficas. Son
grandes pequeños pasatiempos y añaden un poco de Gozo y empalagoso-
atractivo sentimentalismo incluso hasta en la situación más fría y metálica.
Sus fijaciones son diversas y es posible disponerlas para satisfacer el gusto y
el gusto cambiante de cualquier hombre en cuanto a tamaño, medidas vitales
estadísticas, color de cabello, porte general y técnica amorosa en conjunto. Y
cuando se considera el equipo de amante de metal nuevo de luxe,
especialmente fabricado… ¡¡¡¡¡WOOOO WOOOO WOW WOW WOW
WOWEEE!!!!!
NO OBSTANTE, no creo que hacer el amor con una lata, no importa cuán
grande, versátil y retozona sea la lata, pueda en esencia escoltar a un hombre
por el largo recorrido hacia la Eternidad. La única cosa que nos escoltaría,
concluimos, sería la guerra, la guerra total y continua. Cada cual maquina el
exterminio total del otro y contribuye con represalias para proteger su pellejo
de metal nuevo a toda costa: ese es el tipo de empresa humana que pone al
animal humano próximo a la divinidad. Los dioses, como todo el mundo sabe,
son destructivos y creativos. En destrucción siempre hemos sido excelentes
aspirantes. Y el único tipo de ser que realmente puede arreglárselas con la
Eternidad en cualquier cosa que se parezca a unas condiciones totalmente
desahogadas y seguras en sí mismas, son los dioses.

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¡SÍ!, todos vivíamos como dioses en un gran reducto de acero-y-
hormigón. Nosotros arrojábamos los rayos y cargábamos con la tarea de
intentar destruir todo excepto a nosotros mismos, con gran fruición. No había
esfuerzos que no pudiéramos hacer si creíamos que se podía efectuar un
avance equivalente al valor de la pulga de metal nuevo con respecto a la
destrucción de un hombre de la vecindad y el establecimiento de nuestra
supremacía. Aun cuando nuestra propia Fortaleza pudiera resultar gravemente
dañada en el proceso. Así pues, para ser creativos, todos nos dedicábamos a
apuntalarnos y reconstruirnos en tiempo de tregua.
En realidad, como hombres de acero no éramos en esencia más que
prolongaciones de lo que el hombre había sido siempre. El hombre esencial
había sido prolongado, intento decir. La esencia del hombre normal era, es y
será siempre el sentimiento de «YO SOY el ser más grande y meritorio de
todo el universo y debo tener preferencia adondequiera que vaya». Esto es
cierto colectivamente y es igualmente cierto de un modo individual. Jamás ha
existido un hombre normal, de baja posición, que no se considere, si se le
daba la más ligera-ligera oportunidad de ascender, como un seguro ganador.
El dominio de sus aspiraciones no tendrá UN SOLO techo o UNA SOLA
pared. El universo entero será su calabaza, suya y solamente suya.
Es, en muchos aspectos, un artificio espantoso, viscoso y perverso. Pero
tiene, afrontémoslo, una gracia salvadora. Se va a contar con que tenga hasta
el final esta personalidad espantosa, podrida, viscosa, auténticamente mala. Es
digno de confianza, digamos, mientras su maldad total esté asegurada. Y en
ese sentido, es divino.

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EN LA MAS RECÓNDITA SALA DE AUTORIDAD

Era una maravilla de acero nuevo redonda como una esfera,


profundamente suspendida en el mismo centro matemático exacto de mi
recinto. Y el centro de gravedad de mi sillón para caderas cómodas, el trono
de autoridad y excelente reposo, estaba situado en el mismo centro
matemático exacto de este lugar redondo como una esfera. Las paredes eran la
corteza de un orbe-sala, un reluciente orbe-pellejo de metal nuevo, tan
perfecto en su perfección globular que yo solía sentir un placer malicioso al
pensar en el número de círculos perfectos que debían estar incluidos… Nooo,
no solo incluidos, sino parte y parcela del orbe-sala. A veces me sentaba allí
días y días, casi hipnotizado, pero imaginando, 'contando' los círculos
perfectos que debían estar incluidos y ser parte y parcela de esta gran cebolla
de acero. Esto hacía que el cerebro se tambaleara, incluso el cerebro de un
hombre moderano, afilado con la precisión de millones de computadoras de
los Viejos Tiempos, cada una complementando a las otras hasta hacer
completamente insondable para cualquier mente ordinaria la potencia por la
que el cerebro de un hombre moderano descollaba sobre la computadora de
los Viejos Tiempos. Y pese a ello, yo no podía 'contar' los círculos perfectos
que debían estar contenidos en el orbe-sala.
A veces pensaba que esa debía ser sin duda la cosa más elevada con que
se compensaba el hombre, sentarse por fin, completamente invulnerable como
hombre-eterno, en la parte más recóndita de la cebolla de su mundo, la esfera
hueca de una Fortaleza, y realizar la cuenta final de las capas de su hogar
cebolla en una muy recóndita sala de meditación y autoridad del carácter.
Porque todos y cada uno de los círculos de esa resplandeciente sala globular
deben ser una especie de cierre definitivo de nuestra seguridad, emblemáticos
de nuestra Victoria, nuestra conquista total gracias al Gran Plan de la Ciencia
de todas las insuficiencias que otrora éramos NOSOTROS. ¡SÍ! Y sin
embargo las capas no eran una infinidad, aunque sí muy próximas, muy
próximas a eso. Disponiendo del instrumento, o instrumentos adecuados para
aumentar mi cerebro de un millón de computadoras, seguramente se podría
contar esos círculos, sin que importara cuánto se cruzaran, torcieron en
espirales y se enmarañaron o a despecho de que formaran parte de muchos
otros en el orbe-sala. Porque se trataba de una cosa con límites que yo, con la
ayuda de escaleras (u hombres de hojalata que me sostuvieran, a veces
haciendo grandes pirámides de hombres de hojalata conmigo en la cumbre

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para las partes altas), podía tocar, percibir por todo el interior para júbilo de
mi corazón. Y además podía 'lanzarme', articulando mis goznes y tensores, y
con esa sensación interna todavía cálida en mis manos de acero y en mi mente
de acero, usar hombres de hojalata, o extensiones de escaleras y hombres de
hojalata, y percibir la sala por todo el exterior…, con necesariamente un poco
de ruda escalada. ¡Y así la tenía contenida! Había un Interior y un Exterior.
En una palabra, era una Cosa en mis manos. Por lo tanto, los círculos debían
poder contarse. Aunque pensar en la verdadera dificultad de la tarea del
cómputo casi hace tambalear MIS sesos.
Los círculos de gran tamaño de estas paredes circulares son
numéricamente muchos muchos, si realmente los consideras con un cerebro
claramente dirigido. Y además el material de cada círculo está lleno de esos
engorrosos átomos, que no son el fin de ellos mismos (es perfectamente
concebible —al menos para mí— que dentro de cada uno de esos engorrosos
átomos pueda existir una Fortaleza poblada, con 'hombrecillos' de hojalata y
todo, organizada para la guerra y la pelea; hace tambalear la mente, incluso la
mente de un señor de Fortaleza, realmente, pero puedo imaginarlo…, de vez
en cuando), y todos tendrán un número divino de círculos propios. Y cuando
hayamos hecho todo esto… ¡OHHOHHHWEEOOOH!, piensen en las tareas
no hechas. Aún quedará el espacio vacío a mi alrededor y bajo mi trono para
caderas cómodas en esta Más Recóndita Sala de Autoridad que…, ¡ay!, no era
un espacio totalmente vacío-hueco, sino que estaba inundada del vulgar aire,
un gas que contenía círculos contables. De manera que cada círculo perfecto
en las partículas del gas tendría que medirse después de que todos los círculos
de mayor tamaño de la habitación y el aire hubieran sido tabulados en este
lugar no-completamente-hueco. Pero un hombre dedicado lo puede hacer, y
yo soy un hombre dedicado, ¡un hombre de metal nuevo! No se trata de
ningún tipo de infinitud pues, como acabo de explicarles, 'percibo' las paredes
por el interior. Y 'percibo' las paredes por el exterior. Todo lo que yo puedo
contener así debe ser tal que yo sea capaz de tornar su medida, numerarlo por
completo y pedirle cuentas mentalmente.
¿De manera que les extraña que yo me siente en mi trono para caderas
cómodas en la Más Recóndita Sala de Autoridad a veces durante días
seguidos, tranquilo como un frío tazón de aceite, mi corazón en DESCANSO,
mi cerebro en MAX, y piense en Profundos Problemas Universales? ¡Tengo
tantos problemas…! Tenemos tantos problemas; problemas rizados,
problemas entrelazados, problemas entretejidos… Y en realidad, cómo
ocuparse de estos círculos ni siquiera es un principio del PROBLEMA.

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EL PROBLEMA

En realidad EL PROBLEMA es este: ¿Podemos durar siempre? Ese es


nuestro sueño en Moderan. Ese es todo el Gran Sueño Moderano, el Sueño de
la Duración Eterna. ¿Resistirán las articulaciones de las bisagras? Oh, sí, las
articulaciones de las bisagras resistirán. El recinto de metal nuevo entero
resistirá. Los pulmones perpetuos funcionarán y funcionarán, y el corazón
continuará bombeando ese constante latido vital durante siglos y siglos,
durante milenios… POR SIEMPRE. Puesto que estos componentes existen
por y para siempre, pese a ser reemplazables. Sí, si un componente
demostrara que no existe por y para siempre (siempre existe la posibilidad de
un error, ya saben, por muy apuntaladas que estén las posibilidades), una
multitud y un montón de inmensos almacenes tiene repuestos para cualquier
hombre de metal nuevo. En caso de que un corazón, digamos, falle en un
hombre perpetuo moderano, todo se reducirá a pedir un recambio de bomba, y
el vigilante de Problemas Circulatorios de ese distrito puede introducir
rápidamente la nueva unidad, cerrar la caja, colocar el sello oficial y enviar su
descomunal factura a Salud Central.
Incluso las tiras de carne, creo, pueden apuntalarse con aleaciones de
metal nuevo y durar eternamente. Como mínimo tenemos que creer que
pueden hacerlo, porque son, en cierto sentido, lo único que tenemos. Y estas
tiras pueden ser el fallo insignificante, irremediable, que finalmente nos abata
y nos haga volver claramente a la realidad. Pero hemos de creer que no será
así. De vez en cuando observo mis tiras de carne, cuando estoy solo, ya que
soy un Rey (debido a ese Espléndido Aislamiento que es el gran derecho de
un Rey), y no puedo creer NO PUEDO CREER todo lo que está implícito en
las tiras de carne, todo lo que supuestamente había ocurrido, en los Viejos
Tiempos, en esa masa pulposa, todo eso, dicen, que incluso ahora transpira.
¡Son MILAGROS, es MAGIA, es brujería! Y pensar que yo viví así en otro
tiempo… Milagros errantes, magia parlante y brujería transpirando en mi
interior durante todas las fracciones de todos los segundos de todos los días.
¡Weeoohhhh! ¡¡WeEoOhHhHH!! ¡WEEOOHHHHH! Es un milagro que yo
durara hasta el mediodía del primer día. Es un milagro…
Tenemos que seguir trabajando en el mejoramiento de la intravenosa, el
único alimento que sirve para tiras de carne. Tenemos que seguir
experimentando para descubrir medios de reducir las tiras de carne. (Las tiras
de carne son nuestra divinidad, en cierto sentido, y empero tenemos que

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seguir trabajando para reducir nuestra divinidad hasta que se haga más divina.
Da la impresión de ser una paradoja. Pero un hombre de Moderan, con su
Gran Plan Científico, lo comprende. ¡SÍ! Y no se trata de una paradoja, ¡NO!)
Tenemos que seguir buscando día y noche mejores medios de cuidar las tiras
de carne que poseemos. La higiene de las tiras de carne debe convertirse en
una ciencia importante. La hipocondría debe transformarse en algo
reverenciado. No debemos seguir señalando con el dedo del desprecio y decir,
«¡JUAH, hipocondríaco!» La preocupación por la salud debe convertirse en
una segunda ocupación nacional (nuestra principal ocupación es la guerra)
para todos los hombres, y no la preocupación de los escasos chiflados
nerviosos como actualmente se considera. Puesto que solo mediante una
preocupación por la salud completa, dedicada y ferviente podremos
asegurarnos de que durante todas nuestras horas de vela seremos plenamente
conscientes y estaremos adecuadamente separados por los riesgos que acosan
a nuestras tiras de carne. No se trata solo de intranquilos y melindrosos
pensamientos de preocupación; debe ser una preocupación física intrépida y
franca, hasta el punto de que nos transformemos en botones removedores de
entrañas ante el arriesgado mundo y anhelemos con seriedad. Palparemos
nuestras tiras de carne, las golpearemos y pellizcaremos a cualquier hora del
día o de la noche, para comprobar si todo sigue bien. ¿¡O algo va mal!? Y tal
vez convoquemos a los vecinos para que verifiquen nuestros temores y
suposiciones. Comprobaremos las tiras de carne del prójimo a cualquier hora
del día o de la noche en que un examen sanitario ofrezca alguna posibilidad
de estar revelando un fallo. Debe convertirse en una llamada que siempre
habrá que responder. Debemos aprobar leyes para que sea delito grave no
examinar las tiras de carne de un vecino en cualquier momento que nos cite
para asesorarle en su situación. (O si a veces no llamara nadie, presentarse y
ofrecer un examen voluntario de todos modos; asesorar gratuitamente como
un favor de buen vecino.) Incluso en la guerra más desproporcionada y
sombría, cuando los demoledores-de-demolición estén en marcha y
dirigiéndose hacia la presa, cuando los cohetes de la Bruja Blanca se hallen en
la línea de lanzamiento, cuando las muñecas-bomba emprendan ese firme
paseo recto-y-constante hacia el blanco, no debe ser anormal para un capitán
de Fortaleza de la vecindad renunciar en favor de un palpamiento de las tiras
de carne. Lo que debemos admitir es que en esto estamos juntos, juntos hasta
el punto de que NADA ha de impedir que nos protejamos mutuamente las
tiras de carne de un modo lógico, médico, científico, sociable. Que debemos
convertirnos en UN SOLO MUNDO de guerreros saludables es decir las

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cosas a medias, realmente. Debemos ser más que meros guerreros. Debemos
ser alarmistas por lo que respecta a nuestras tiras de carne. Debemos aceptar
cualquier moda que ofrezca cierta posibilidad de revelar una debilidad en una
tira de carne. Solo mediante medios tan extremos podremos proteger y mimar
la más preciosa de nuestras posesiones y, lamento decirlo, la más vulnerable.
¡Ah, sí! A alguien que no sea de Moderan podrá parecerle muy anormal
contemplar la situación: Nos hallamos… digamos, en una guerra tétrica,
extrema, universal, hasta-que-muera-el-último. La totalidad del material de
estallido-y-explosión está ensayando matanzas. Pero no aguardaremos un
tiempo de tregua para seguir examinándonos mutuamente las partes divinas.
Es posible que en cierto momento ardiente, extremo, explosivo, yo vea la
vieja Fortaleza de la izquierda correr rápidamente después de salir por su
Muro decimoprimero, el externo. La veré 'precipitándose' hacia mí, lento,
muy lento pues avanzamos articulando nuestras bisagras y tensores. No cesaré
ni por un momento de bombardear su festín. Ni siquiera haré volver a una
muñeca-bomba caminante en marcha para hacer volar a mis vecinos y sus
Muros. Y él no esperará que yo la haga volver. Si hiciera tal cosa, no hay
duda de que él se quedaría extraordinaria, incluso extremadamente
desconcertado. Porque es inevitable que la guerra prosiga con toda su
severidad. Pero también debemos esforzarnos por la vida eterna. Y eso tal vez
sea una paradoja para los pueblos inferiores. Pero no para un hombre de
Moderan. ¡OH, NO! Es tan lógico como el mismo progreso.
Y si se diera el caso, en cierto día de magnífica tregua, digamos, que la
vieja Fortaleza vecina del este me transmitiera un mensaje que dijera que está
bien y que se siente estupendamente bien, no permitiré que se salga con la
suya. Le contestaré de inmediato con la pregunta: ¿¡Cómo puedes estar
seguro, hombre!? Y proseguiré transmitiéndole una multitud de condiciones
sugeridas, cosas que probablemente él no pensaría jamás por sí solo, pero
cosas que parcial o totalmente pudieran tender a convencerlo de que lo más
probable es que no esté tan bien como cree, y que tal vez no esté nada bien.

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COMPAÑERA DE JUEGOS

Fue un lunes de julio cuando Hermanita se puso bajo la ventana de él,


muy temprano, con una enorme caja en las manos. La cubierta de vapor de
aquel día era rosada, como lo sería durante todo el mes de julio, tal como lo
tiene determinado Control Central del Escudo de Vapor y la gente de Ahorro
de Luz de Vapor. La temperatura estaba regulada en unos agradables 20
grados centígrados, tanto dentro como fuera, y él, como siempre, estaba
trabajando en una fórmula.
—¡Ha venido mi pequeña compañera de juegos! —gritó Hermanita—.
¡Mi hermanita! Ven a verla.
Él, con piernas plásticas y 'reemplazamientos' de hierro-x, se levantó de su
sillón para caderas cómodas y se acercó al borde de la puerta.
—¿Qué absurdo es ese? —preguntó metálicamente, nebuloso y fastidiado
—. ¿Por qué no duermes un rato? ¿O atiendes a Mox? —Mox era el hombre
de hierro de Hermanita, el que se preocupaba de sus necesidades igual que
una madre, en la cabaña de plástico rojo donde ella vivía alejada del resto de
gente mientras aguardaba la época de los 'reemplazamientos'.
—¡Es mi pequeña compañera! —chilló Hermanita—. Yo la pedí. Llegó
hoy, en el correo.
Él se frotó los ojos con los dorsos de sus manos forradas de oro. Trató de
salir de su interioridad, de pensar fuera de los límites de los campos
metálicos. Hombre de los Tiempos Avanzados, se había sometido a
numerosos 'reemplazamientos' de hierro-x y a algunos con forro de oro a
partir de su llegada de Rumboviejo, en una mudanza hacia la durabilidad, en
pos de la inmortalidad para la personalidad corpórea. Pero de vez en cuando,
esta personalidad de metal que rápidamente se convertía en la personalidad
principal, dominaba las tiras de carne hasta un punto tal que resultaba difícil
forzar las ideas para que siguieran las triviales sendas de lo cotidiano. Él era
un perspicaz y rapidísimo sabueso cuando se hallaba en la pista de las
fórmulas por los campos sin sendas de las dimensiones supremas. Con lo que
quedaba de su familia, Hermanita, a veces le resultaba difícil ponerse a
conversar incluso en términos simples.
—Explícamelo poco a poco —rogó.
Hermanita respiró profundamente. Su magnífico pecho se hinchó en un
triunfo de carne y hueso. Sus ojos castaños chispeaban cuando dijo:

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—Debo crecer sola, aunque sea la última niña. Debo tener una compañera
mientras aguardo la época del 'reemplazamiento', una compañera que acaba
de llegar en el correo, papá. Y tú la montarás, papá, para que podamos jugar.
Ya le he puesto nombre: Ranuritas.
Ranuritas era una caja llena de metal ranurado, algunos cables, algunos
zócalos electrónicos, muchas cintas, una cabeza, diversas piezas curvadas de
plástico blanco, algunos componentes que casi eran carne y el folleto de
instrucciones. Ranuritas era un montón de cachivache y un dolor de cabeza
que se enfrentaba a un hombre dedicado a la soledad, la eternidad y la calma,
que pensaba sin compañía en profundos problemas universales. Ranuritas
había costado, tal como estaba, sin montar, quinientos mil dólares en
metálico…, mediante un certificado obsequio de la Organización para el
Entrenamiento de Menores con Carne.
Hubo un matraqueo en sus articulaciones, un matraqueo de metal que
rascaba mal, y el respingo de las tiras de carne, cuando él puso una rodilla
sobre el descampado gris y cogió la caja que contenía a Ranuritas. La abrió y
vio una cara cálida como la cera que le sonreía presuntuosamente, un rostro
enigmático que podía haber sido el de una niña de nueve años, o de una niña
mucho mayor, hecho de plástico y envuelto en cabello real.
La boca mecánica fluctuó hasta abrirse y unos dientes blancos de
bellísimas formas brillaron entre los labios elásticos.
—Te partiré las pezuñas de un mordisco si no eres bueno conmigo —la
coqueta y atractiva cabeza profirió una amenaza mecánica, muy placentera y
directamente. Y a continuación se inició un clamor—: Cambia la cinta,
cambia la cinta…
Él dio un brinco como si un cubo repleto del sol que acababa de recibir,
bullendo al máximo después de todos aquellos kilómetros, después del escudo
de vapor rosado, se hubiera vertido en un ápice de su carne. Al brincar, trozos
de Ranuritas y de la caja en que había sido enviada se esparcieron en abanico
por el descampado gris. Pero la cabeza, inmóvil y sonriente en medio de los
fragmentos esparcidos, tenía una cinta para la situación.
—Viudo torpe, viejo y frío con una chica imbécil y bruta —dijo, y a
continuación pasó brincando durante cinco minutos sobre la capa plástica de
terreno, chillando—: ¡Qué vergüenza, qué vergüenza, tonto, tonto…!
¡Sálvame, sálvame…!
Después de esto, la cabeza, muy eficiente, rodó para recoger sus partes.
Las fue ajustando todas en sus ranuras hasta que una muchacha rubia de metal

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y plástico blanco, alta y esbelta, se levantó sonriente en el frío resplandor
rosado del escudo de vapor de julio.
—Bueno, ¿dónde están los chivos?
Ranuritas se agachó con destreza para arrancar el revestimiento interior de
papel de seda de la caja en que había sido enviada. Arrolló el largo trozo de
nívea ropa en torno a su cuerpo de tal modo que quedaba elegantemente
amplio y suelto en unos lugares y ajustado en otros para realzar sus finas
curvas de plástico.
—Siempre vale la pena complacer a los chivos.
—¿Los chivos? —dijo Hermanita, perpleja y pese a ello algo sorprendida
por la actuación que acababa de presenciar—. ¿A qué te refieres? ¿Chivos?
—El rexo oguesto. Como los hongres bara las muferes… ¡Maldita sea!
¡Una cinta averiada! —su cara se avinagró. Después, con voz gutural y una
cinta nueva y clara, dijo—: Me refiero a que busco a los chicos… El sexo
opuesto. Como los hombres para las mujeres. ¡Soy una chica! —sonrió.
—Vas a ser mi pequeña compañera de juegos hasta que yo esté preparada
para los 'reemplazamientos' —dijo Hermanita, sencillamente y con un
corazón lleno de amor hacia la cálida cosa de metal y plástico que se alzaba
ante ella—. Tengo tantos recortables de muñequitas de cartulina… Podrás
quedarte una muñequita. Y dos mudas para ella. ¡Hoy! —la cara de
Hermanita brilló beatíficamente con ese bello gesto y la sincera tensión de un
ofrecimiento tan difícil—. Y te dejaré pintar un poco con mi pulverizador de
rayos si prometes, y que te mueras si mientes, no agotarlo.
Ranuritas estaba lanzando frías miradas a Hermanita, con fastidio,
aburrimiento y apenada diversión en sus miradas.
—¡Anda, vete a crecer! —Ranuritas tenía la voz áspera de la cinta
apropiada para la ocasión—. Estoy aquí para jugar con tu papá, creo.
Hermanita estaba a punto de llorar.
Pero Padre, ávido como siempre, había estado leyendo las instrucciones
de un modo científico y con un fin determinado, —pensó, por acabar con
aquella necia distracción y lograr que Hermanita volviera a su casa, y que él
mismo regresara a su sillón para caderas cómodas para pensar en más
fórmulas— después de haberse recobrado de la conmoción inicial al oír
hablar a Ranuritas y ver cómo se armaba sola. Recordaba que la primera de
estas muñecas tenía al menos diez años en ese momento, y que la idea
original era mucho mucho más antigua, y todo esto le ayudó a recuperar la
confianza en la excelencia de las cosas. Al llegar al apartado PRECAUCIÓN
de las instrucciones, se limitó a ojearlo con rapidez, cogió firmemente a

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Ranuritas por un brazo, le sacó las secciones largas de las piernas y procedió a
asegurar su conmutador de acción en el lugar graduado MUCHACHITA-
COMPAÑERA DE JUEGOS-AMIGA. Las instrucciones decían: «Las
remitimos desde nuestra factoría en posición MUCHACHA-COMPAÑERA
AMOROSA-DIVERSION, la graduación de más amplia versatilidad y mayor
demanda. Pero funcionan igualmente bien en MUCHACHITA-
COMPAÑERA DE JUEGOS-AMIGA, si se las conecta para ello de un modo
seguro tras aligerarlas de las secciones largas de las piernas.» Y Ranuritas, ya
rebajada al tamaño de Hermanita, estaba muy atareada recogiendo su vestido
para compensar su nuevo grado de estatura.
Después, con una voz que parecía algo apagada, y con la cinta adecuada
para la ocasión, dijo:
—Juguemos a recortables. Y de verdad, me gustaría usar ese pulverizador
de rayos para pintarme, si me dejas.
Así que Hermanita y Ranuritas se fueron cogidas del brazo por el gris
descampado plástico en dirección a la cabaña roja de la niña, y Padre, con las
secciones largas de las piernas apretadas firmemente bajo un brazo, se
apresuró tanto como pudo para volver a su sillón para caderas cómodas y a su
gran escritorio para pensar. Pero tal como temía que pudiera ocurrir,
descubrió que ya no pensaba claramente en los profundos problemas
universales. ¡SÍ! Tenía ese otro problema que debía ser resuelto antes de que
librara su corazón de los golpes y los saltos y lo hiciera volver a la suavidad
del ritmo frío universal. ¡Oh!, ¿por qué tenían que ocurrir estas cosas? ¿Por
qué Hermanita no se había limitado a atender a Mox, su hombre de hierro, en
vez de encargar esta estúpida muñeca compañera de juegos? Pero Padre,
como el terco luchador que siempre había sido, no evadió el problema; se lio
a puñetazos con él, aunque su corazón no fuera tan suave y digno de
confianza como debió haber sido. Además, tenía que actuar con una mente
que en realidad ya no funcionaba demasiado bien en los problemas de tipo
carnal, pero debía decidirse. ¡SÍ! ¿Debía encargar una muñeca particular, o
simplemente cambiar las piernas de esta cuando Hermanita estuviera
durmiendo?

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LA PARTE DE UN MARIDO

Él se agitó en un prometedor abril. El escudo de vapor había sido


desconectado para ese bello y lluvioso mes, y al brillar el sol en Moderan
hubo un toque de paraíso en aquel lugar de hierro y plástico. Algunas flores
auténticas, rojas, amarillas y púrpuras, despuntaban en los bordes de los
campos plásticos; una salpicadura de retoños herbáceos brotaban como lanzas
en puntos de juntura y grietas producidas por el desgaste de la gris superficie
de los cotos y campos. ¡Cuántos pimpollos, bulbos y hojas de hierba se
habrían roto la cabeza contra la costra de acero gris de Moderan en su
pretensión de alcanzar la luz!
Igual que un joven soñando en su amor, igual que un hombre de antaño
marchando sobre alfombras de plumas de pavo real y en un perfumado
ambiente rosado-róseo, así avanzó él en su imaginación por el descampado
gris pizarra. Pero en realidad sus pies de hierro marchaban sobre el plástico
con un plunk, plunt, tap ta-rap, tunk, tinka tap, y las articulaciones plateadas
respondían a su manera a la urgente necesidad del nombre.
Había partido a la salida del sol en ese brillante domingo de Pascua
Florida, había silbado las tres notas agudas que abrían la puerta de su casa y
había avanzado centímetro a centímetro, gallardamente, recordando una
promesa hecha en Navidad. Al mediodía estaba casi a medio camino de ella,
con arduo caminar. Siguió por el descampado durante las horas de la tarde,
mentalmente gallardo y esperanzado como los cantos de los pájaros, aunque
encadenado en sus movimientos a un avance centímetro-a-centímetro por
culpa del metal que le habían 'reemplazado'. Tal vez no pueda andar en
Pascua Florida, recordó haber dicho en Navidad. Y ella, su esposa, había
prometido verlo entonces. En su casa. Hablar un poco en Pascua Florida. Si
Jon acababa a tiempo. Jon era el hombre de plástico de ella.
El sudor se escurría, a causa de su gran ansiedad, como producto de la
urgencia, del terrible esfuerzo, hasta las tiras de carne de su rostro. La fatiga
estaba penetrando en él, en toda su carne, como una gigantesca mano de
plomo que no cesaba de tirar de él poco a poco. Pero sus perspicaces ojos
'reemplazados' y el científico e independiente cerebro advertían con claridad
que él estaba progresando; las grietas de las junturas del descampado pasaban
a su lado de un modo inexorable, o más bien era él que las pasaba en su
intrépida lucha. Si alguna vez vuelve a quererme, pensó, si vuelve a quererme
con regularidad, encargaré que pongan una Pista Rodante en el patio. Enjugó

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las tiras de carne de su cara. Me pregunto si ella podrá caminar ahora, musitó,
e inmediatamente desechó la idea. Habían pasado años desde que la viera en
una pose distinta a la de reclinarse o sentarse en su lecho de plástico blanco.
La recordaba reclinándose. Rememoraba la profunda riqueza de las batas de
papel de seda que ella vestía, el lustre danzante, siempre variable de las batas.
Pensó en las piernas de ella…, 'reemplazadas' lo suficiente y en los lugares
exactos para elevarlas a los niveles de piernas-más-hermosas-del-mundo.
Recordaba aquellas piernas con las sedas transparentes al sol, y cómo ella se
sentaba de vez en cuando, con las tímidas piernas colgando al borde de la
cama, los menudos pies decorados con babuchas de vidrio lechoso, los talones
altos, esbeltos, limpios, usualmente resplandecientes en su clamor
diamantino. Una diminuta bola de plumas rosadas o rojas, costosamente tejida
a partir del plumaje de cierta ave exótica mantenida desde los Viejos
Tiempos, realzaba una babucha algunas veces. Cuando las zapatillas llevaban
tiras, estas eran de malla de oro nuevo, oro blanco, amarillo o verde.
Continuó pugnando en el descampado hasta llegar, a última hora de la
tarde, a un lugar situado bajo la ventana del dormitorio de ella. Reprimió el
frío y pegajoso deseo metálico que le hacía querer volar sobre el terreno,
desandar el camino que había hecho, volver a su sillón para caderas cómodas
y su trabajo de meditación, las fórmulas, la desconcertante y agradable
precisión de los Profundos Problemas Universales. Las ansias ardientes de la
carne que aún era suya subyugaban al deseo metálico que estaba
transformándose con rapidez en su verdadera y fría preferencia, y él forzó sus
muy precisos ojos 'reemplazados' para que abandonaran la visión del patio
gris y fisgonearan en la ventana de su esposa. El temor amarillo, el amargo
sabor del oro (su laringe había sido trabajada en oro contra el cáncer) fue
haciéndose excesivo en su garganta conforme las preguntas deshilachaban su
carne en jirones de aprensión y duda. ¿Habría acabado Jon? ¿Le hablaría ella?
¿Se habría acordado?
Entonces la vio. Sus muy precisos ojos la encontraron. Aferró las paredes
de la casa con sus manos metalizadas. Ella yacía en su blanca cama sobre una
colcha de encaje blanco. Toda la falda de su vestido blanco desplegada como
un abanico, dispuesta en un perfecto arco de media luna que cruzaba justo por
el centro de sus rodillas, fabulosas con sus medias oscuras, con las puntas de
la media luna centradas precisamente en ambos bordes de la cama. Estaba
totalmente vestida, incluso con unas zapatillas de vidrio, talón alto y
numerosos diamantes que chispeaban, y un pequeño sombrero con escamas
de oro verde y unas cadenas inclinadas encantadoramente hacia un ojo azul.

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Sus senos, dos colinas redondeadas que ascendían hasta las cumbres, con
forma de bayas, y el abrupto valle descendente se estrechaba y se ensanchaba,
se estrechaba y se ensanchaba, de un modo que llevaba a la locura.
—¡Marblene! —gritó él—. ¡Oh, Marblene!
Ella se desperezó lentamente, como un indolente gato de metal nuevo.
Volvió la cabeza cuando estuvo lista y miró la mitad superior de la ventana, y
en su cara surgió una mirada de majestuoso y muy altivo fastidio. Y de
perplejidad. Él llamó de nuevo.
—Estoy aquí, Jon —dijo Marblene—. ¿Dónde estás? Oh, Jon, date prisa.
Duele más que nunca.
Las manos de él resbalaron en la pared; casi cayó. Todos los sonidos del
metal estaban en sus oídos, y todos los sabores del metal asfixiaban su
garganta. Todo el aire parecía arder en llamas y tenía un aroma acre. Vio a
Jon. El alto y plástico Jon cruzó la puerta del dormitorio de Marblene
llevando en sus manos un trozo de palo de escoba de vidrio. El palo estaba
calentado, perfumado y provisto de muchas gemas. Con las vacilantes
maneras que eran producto de sus articulaciones mecánicas, el individuo de
plástico se contoneó por la habitación durante un rato, frotando y acariciando
el trozo de palo de escoba de vidrio y aplicándole un líquido tibio. Después se
puso sobre Marblene con sumo cuidado. Manoseó torpemente los cordones.
Maniobró largo rato con los cordones con una prisa que parecía ardiente. Y al
final de todo eso Jon había conseguido sacar las zapatillas a Marblene. Luego
se puso a frotar las plantas de los pies de la mujer violentamente con la vara
de vidrio. Al cabo de un rato, con Marblene gimiendo de contento, Jon se
levantó y desapareció a toda prisa en otra habitación. Volvió trayendo ocho
palillos de vidrio que insertó con prontitud entre los dedos de los pies de
Marblene y después osciló de un lado a otro, en un suave movimiento de
serrado con los palillos.
—Así está mucho mejor, Jon —murmuró ella—. Me hace muy bien, Jon.
Me va tan bien, Jon… Es probable que duerma un poco dentro de un rato.
—¡MARBLENE! —gritó él en ese instante, con todas las frustraciones de
tantos y tantos meses y estos celos inmediatos hacia el hombre plástico
fluyendo en su interior para obtener ese enorme alarido.
Marblene volvió un poco la cabeza para mirar la mitad inferior de la
ventana, y Jon mantuvo el suave movimiento en los dedos de los pies de ella.
Marblene lo vio, vio a su marido, colgado de la pared, y en su rostro no hubo
expresión alguna que denotara si la situación del hombre allí significaba una
cosa u otra.

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—Jon no ha terminado —dijo ella—. Aún estará mucho rato activando
mis dedos. Ya que me has visto en Pascua Florida, ¿por qué no vuelves a
intentarlo? ¿Quizá la víspera de Todos los Santos…?
Él resbaló y cayó en el patio de plástico. Se arrastró alrededor de la casa,
hasta la parte trasera, donde ella no pudiera verle, y pugnó por levantarse.
Entonces, plunk, plunt, tap tarap, tunk, tinka tap, partió de nuevo para cruzar
el descampado de acero gris en dirección al hogar, una figura patética de poca
carne y muchos 'reemplazamientos' de aleación nueva de metal nuevo,
destinada, si las esperanzas y promesas de Moderan eran ciertas, a vivir
eternamente. Hacia medianoche, un hombre de hojalata de Estaciones apretó
el botón de Central para lluvia y un agua fría empezó a volver más miserable
la situación. Con escalofríos, mojado y palpitando de desilusión, llegó a su
casa en la madrugada del lunes. Fue inmediatamente a su sillón para caderas
cómodas donde le aguardaba su trabajo, las fórmulas y la sorprendente y
agradable precisión de los Profundos Problemas Universales. De algún modo,
¡oh, de algún modo!, debía mantenerse ocupado y lograr que sus tiras de
carne se olvidaran de ella. Al menos hasta la víspera de Todos los Santos.

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EL PADRE PERFECTO

La vio, lejana en los campos de plástico brillantes como el hielo, una


brincante figura que se acercaba dando tumbos para mostrarle sus manos de
metal nuevo. Y en lo más hondo de sus tiras de carne sintió una lágrima de
amor que intentaba salir a la superficie, pero que naturalmente no podía salir
pues él tenía globos oculares de metal nuevo.
—¡Minina! ¡Creciendo! —dijo.
—Como eres mi padre —dijo ella—, y es mi primer 'reemplazamiento',
madre dijo que debía venir a mostrártelo.
Tenía cuatro años y medio. Él la miró. Cuatro años y medio.
—Creciendo —dijo—. ¡Mi última niña!
Si, la habían traído para ellos hacía cuatro años y medio, desde el lugar
donde mantenían los armazones-matrices vivientes. La madre de la niña y él
habían convenido un día, en una conferencia de largo alcance mediante sus
multivisores —ella en su alojamiento-vivienda de burbuja, él a cinco campos
de distancia en su fortaleza de meditación—, que tal vez fuera muy adecuado
tener un último hijo. Los otros diez se habían ido placenteramente: cinco
robustos chicos y cinco jovencitas, a punto ya de ser 'reemplazados', todos en
sus cúpulas de propiedad, meditando en Profundos Problemas Universales. Sí,
un último hijo antes de que le 'reemplazaran' y antes de que el armazón-matriz
fuera eliminado de la línea de los activos y destruido, o devuelto a su esposa
como recuerdo si ella lo deseaba. Fue en un brillante y soleado mayo, recordó
él, cuando marchó con su último paquete hasta la alargada sala de vidrio
donde el Comisionado de Incubación aceptó los gérmenes. Su esposa lo había
seguido todo el rato con su multivisor, de modo que él no se sintió solo.
—¿Qué…? —preguntó el hombre de la Incubadora.
—Niña —dijo el presunto padre.
Y bromearon un poco, puesto que no era ningún secreto que iba a ser el
decimoprimer hijo; y dio la impresión de que también la madre estaba allí, tan
sonriente estaba su imagen…
—Es usted un animal digno de castigo —dijo el hombre.
—¡SÍ! —dijo el esperanzado padre, aunque algo más tarde añadió—:
¡Nada como los niños para mantener viva la familia!
El hombre de la Incubadora estuvo de acuerdo y la esposa sonrió
ampliamente.

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Cuando bajó al lugar donde hacían aquello con las matrices, ella no tardó
en estar allí también, junto a él. En esa habitación de la matriz, fría, limpia,
casi sin aire, parecía que él pudiera estrechar las manos de su esposa de tan
excelentes que eran sus rayos luminosos aquel día, y no se sintió solo
mientras se ejecutaba el milagroso acto. De hecho, ¿quién podía negar que se
trataba de la mejor de las concepciones? Él, la imagen sonriente y clara de su
esposa, la matriz de su esposa, el paquete de gérmenes y el eficiente chico
cuidador de la sala, un tipo casi totalmente de plástico que administraba las
cosas y efectuaba los ajustes apropiados.
Pero eso había sido hacía más de cinco años. ¡El tiempo despega y corre
como un cohete! Y aquí estaba Hermanita.
—Hola, Hermanita.
Mientras ella se atragantaba al pronunciar su saludo como una niña de
cuatro años y medio que era, él pensó en el pasado, todos los niños cruzando
los blancos campos entre él y la casa de su esposa para exhibir sus cosas de
metal nuevo. Y cómo los niños, inevitablemente, habían estado tan orgullosos
de sus primeros 'reemplazamientos'… ¡Creciendo! ¡Mi niño! O, ¡Mis niñas!
Eso había dicho a todos cuando les llegó su turno. Y después habían charlado
un poco acerca de lo más reciente en naves espaciales, o algún Profundo
Problema Universal, sin que el niño lo comprendiera, él lo sabía, pero no
tenía otra cosa de que hablar, y sin duda él deseaba mostrar su interés y ser un
padre perfecto. Y luego, en cuanto las cosas se volvían aburridas —en
cuestión de cinco minutos, digamos—, en cuanto ellos se cansaban de él y él
se asqueaba de ellos, el niño regresaba por el descampado hasta la casa de
Madre dando tumbos, pero siempre caminando soberbiamente, orgulloso de
las nuevas cosas que había obtenido. Y después pasaría un año como mínimo
antes de que volvieran a importunar, siendo el motivo algún
'reemplazamiento' importante, obra de los Reconstructores… Y él tendría
libertad todo ese tiempo para sentarse a pensar en su sillón para caderas
cómodas. Sí, él se sentaba en un castillo de pensamientos mientras muy lejos,
al otro lado de los cinco campos, mientras la madre de los niños los criaba
automáticamente en la cúpula-guardería donde apretaba los botones para
educar nenes.
La niña levantó la mirada hacia él, sus ojos azules atentos en un rostro de
bellísima carne. Y nuevamente una lágrima intento salir a la superficie
mientras él ideaba rápidos pensamientos de nuevas naves espaciales y ansiaba
que las lágrimas dejaran de hacer intentos. Qué rara, irritante y absurda
incomodidad.

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—Hermanita —dijo—, si no dejas de mirarme así, te enfadarás y tendrás
que irte disparada.
—¡Papá! Madre dice que no podré volver a verte durante casi un año,
hasta que los Reconstructores me hayan cambiado los pies. Y como tú eres
realmente mi padre, ¿no crees que es demasiado tiempo? ¡Quiero mirarte!
—No 'casi un año' —respondió él, sin pensar—. Eso es casi cierto.
Probablemente es la forma en que se ha fijado tu programa de
'reemplazamientos'. Es lo usual.
—Pero se supone que los papas han de ser Papas —dijo inmediatamente
Hermanita en un estallido—. He estado escuchando los Programas…
¡CRASH! El sillón para caderas cómodas dejó caer sus otras dos patas,
que Padre había inclinado para su meditación, y de pronto él se encontró de
pie, resonando, matraqueando y sudando.
—¿¡HAS ESTADO ESCUCHANDO LOS PROGRAMAS!?
Entonces supo cómo su esposa lo había traicionado. En una última y
definitiva oportunidad para amenazarle, haciendo trampas con la instrucción
de la niña, apretando los botones de los nenes antiguos, permitiendo que la
criatura escuchara la vieja basura de amor, intimidad y guisado familiar.
Entonces estalló; sabía que ya no iba a hablar demasiado de naves espaciales,
ni de los problemas de la Galaxia Roja ni del viaje a Marsoplan.
—¡Hermanita! —jadeó—. Hermanita, tendrás que escucharme. Y
recuerda lo que digo. Deja que tu mente joven se aferré a estas cosas, porque
es muy probable que tu futuro dependa de ellas.
»Una vez, hace mucho tiempo, en una época de horror, las condiciones de
vida eran tal como tu madre te ha dejado escuchar en los viejos cilindros de
nenes de esa guardería abandonada. La gente vivía junta en enjambres de
habitaciones, familias enteras apelotonadas, no solo unidas en sus conciencias
mutuas sino también unidas para verse, olerse y tocarse. Sus personalidades
eran falsas; sus caracteres se desarrollaban retorcidos; caminaban en
pesadillas de contradicciones porque quedaban envueltos unos con otros por
sus proximidades. Incluso comían juntos, alimentos que gracias a todos los
poderes del pensamiento tú no has visto jamás. Un sustento que con mucha
frecuencia llegaba en trozos enormes que ingerían por la boca y después
debían masticar y engullir con sus propias fuerzas. Bien, ¿quién tendría
tiempo para eso en la actualidad? ¿Quién, con la necesidad de energía mental
y la abrumadora necesidad de usar todas nuestras facultades en los Profundos
Problemas Universales? Y recuerda: ¡CAMINABAN EN LA DEBILIDAD
DE LA CARNE TODOS LOS DÍAS DE SUS VIDAS!

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Hermanita se estaba frotando los ojos con sus dedos de acero, y por algún
motivo inexplicable y enteramente repugnante, Padre notó que la lágrima de
amor muy honda en su interior intentaba de nuevo turbarlo.
—Parecía tan maravilloso… Los papas amaban a sus niñas —dijo
Hermanita—. Y algunas veces, en Navidad… ¿Qué es amor? ¿Qué significa?
¡¡¡BANG BANG BOOM!!! Padre apretó el botón para que se iniciara el
Gran GRAN Estruendo, por culpa de este segundo COLMO, una
'contingencia extrema' menor, y todas las cosas de plástico de su Fortaleza se
golpearon unas con otras, emitiendo un sonido sin duda peor que el trueno, las
baterías costeras y las piezas móviles de artillería en pleno cañoneo en los
viejos tiempos antes de que embarcáramos nuestra atmósfera, en su mayor
parte hacia Marsoplan. Cuando el Gran GRAN Estruendo hubo acabado y
Padre apretó los botones de 'todo-hecho', Hermanita seguía inmóvil allí, una
niñita asustada con dedos de acero en sus oídos.
—¡Amor! —dijo él en una tranquila exclamación, y su voz se llenó de
horror para obtener el efecto completo—. No volvamos a escuchar esa
palabra, nunca, esa asquerosa e imposible palabra, porque si alguna vez
vuelve a salir de tu boca aquí, tu boca será enjuagada con plomo puro
fundido.
»Bien, sigamos. He hecho alusión a algunos de los horrores del pasado,
tales como vivir juntos, tener que masticar trozos de alimentos realmente
horribles y moverse con carne por todas partes sin ninguna esperanza, o con
muy poca…, ¡de metal!
Para remachar el clavo, Padre dio un brinco repentino para poner sus pies
de acero cerca de la niña, a quien dio un horrible y agudo pellizquito en la
cara con una mano de acero al tiempo que le hundía la punta de un dedo de
acero de la otra mano en las costillas, no de un modo lesivo pero sí lo
suficiente de doloroso para que Hermanita lo sintiera. Mientras ella chillaba y
gritaba para superar el dolor, él siguió hablando de un modo desapasionado.
—Ya ves, Hermanita, en todos los viejos tiempos no tuvieron esperanza
alguna. Siempre carne y ninguna posibilidad de salirse de ella, ¡y los horribles
pellizcos y punzadas con las puntas de los dedos que debieron darse unos a
otros! ¡Cómo debió correr la sangre! Y los chillidos… ¡Oh, horror! Pero tú,
Hermanita, tienes la agradable esperanza de que un día seas casi
completamente de aleaciones de metal nuevo con el mínimo posible de tiras
de carne que te sostenga, y eso se puede cubrir y camuflar de un modo
inteligente hasta que casi nadie sepa donde pellizcarte y punzarte. Y además,
alguna vez, quién sabe, por la forma como van los derechos de las mujeres, tal

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vez tengas una Fortaleza tan buena como la mía, con todos los armeros y
alarmas para ayudarte, y entonces estarás casi a salvo de los pellizcadores y
punzadores porque podrás hacerlos volar desde muy lejos, y en estos tiempos
de automatismos, perfectos y llenos de diversión, cuando casi todo el mundo
descansa diestramente servido por artilugios automáticos y medita
generalmente en Profundos Problemas Universales, ¿quién va de visita?
Como no sean niñas, quizá, durante un rato muy corto, mostrando algo nuevo
a sus papas…
Creyó que ella comprendería la indirecta, dejaría de gritar, volvería a
mostrarle sus nuevas manos y después saldría disparada hacia la vivienda de
cúpula-burbuja de su madre…, ¡más no Hermanita! La niña dejó de chillar, se
metió dos dedos en un par de acuosos ojos azules, a los que fijó en una
contundente mirada fija.
—He venido para una buena charla, una charla muy larga, Papá —dijo—.
Y después tendrás que acompañarme a casa, porque para entonces será de
noche y ME ASUSTARA cruzar sola todo ese plástico a oscuras. Y además,
has de ir de todas maneras para ayudar a apretar algunos botones. Mamá dice
que está harta de tener que encargarse sola de todos esos botones para educar
nenes.
¡Oh, horrores! ¡Calamidad! ¡Fastidio! ¡Maldición! Qué peste con las
niñas, pensó él.
—YO NO PUEDO ENCARGARME DE NINGÚN BOTÓN PARA
EDUCAR NENES —dijo, chillando con rapidez—. Además, el acuerdo fue
que yo llevara a la incubadora los gérmenes para ti y tu madre se ocupara de
los botones de educar nenes y criarte. Y en cualquier caso, últimamente hay
problemas en la Galaxia Roja y el viaje espacial a Marsoplan se está
desviando de un modo extraño y requiere que todos pensemos con claridad.
Lo lamento, pero tengo un trabajo que me retiene aquí. Lo único que has de
hacer es no dejar que la oscuridad te alcance, y tu madre tendrá que
encargarse sola de los botones para educar nenes. Porque el Gran
Pensamiento del Universo no puede detenerse por una niña.
Entonces Hermanita inició una de las rabietas que él tanto había odiado en
el resto de los niños; se tiró al suelo, brincó de rodillas, sus manos de acero
nuevo se hicieron marcas una a otra. La niña empezó a quitarse la ropa. Y no
dejaba de gritar:
—¡Quiero Papá! ¡Quiero Papá!
Corrompida, vil, insignificante criatura carnosa que demostraba esa
perturbadora emoción. Total que Padre no tardó en estar en el descampado

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plástico brillante como el hielo, vestido con un viejo abrigo espacial dado por
inútil, en dirección a la casa de Madre, con Hermanita brincando y riendo a su
lado.
—Papá va a ocuparse del educador de nenes, Papá va a ocuparse del
educador de nenes…
Y muy en lo alto, en alguna parte del azul oscuro de la oscuridad que se
acumulaba, supo que estaba descuidando los problemas de la Galaxia Roja y
que el viaje espacial a Marsoplan precisaba sus mejores horas mentales. Al
pensar en sus Profundos Problemas Universales y ver a Hermanita a su lado,
felizmente ignorante y dominada por la carne, Padre notó que una lágrima
ascendía de algún punto muy hondo de una tira de carne casi olvidada y a
continuación, abriéndose paso entre múltiples lentes, producía una mancha de
cierta intensidad y negaba la maravillosa precisión de sus globos oculares
mecanizados de amplio barrido. Incapaz ya para ver con claridad —en
realidad estuvo a oscuras durante un rato—, aferró la mano de acero de
Hermanita y las dos manos se clavaron encarnizadamente; y siguió avanzando
con la niña por el liso descampado, cegado por una lágrima en la llegada de la
oscuridad.

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¿ERA ELLA HÓRRIDA?

La capté en mi primera línea de alarma cuando ella aún estaba muy lejos:
una simple mácula en la última de mis colinas plásticas donde vigilaba a los
Enemigos. Seguí su rastro a lo largo de todo el camino, a lo largo de todo el
largo camino mientras ella se acercaba, una niñita errante, algo acunado en
sus brazos infantiles. Durante un instante mi mente remolineó y pensé: Es
Hermanita que trae hasta mi puerta el Ángel Diminuto. Después mis
pensamientos saltaron bruscamente al AHORA cuando ella hizo resonar la
puerta, y apreté el botón de armamento hasta que la totalidad de lanzamisiles
apuntó hacia mi Muro Externo.
—¡Santo y seña! ¡Rápido! —grité, y en realidad confiaba en que ella
supiera dar el correcto; de lo contrario tendría que recurrir a los lanzamisiles.
Y tal vez no fuera uno de los misiles rasantes que me habían dicho que Bruja
había desarrollado en los grandes laboratorios de su valle de plástico.
Posiblemente no se trataba de una muñeca-bomba-caminante camuflada
ideada para hacerme volar hasta los altos cielos y todos los vientos. En
realidad podía ser Hermanita que había olvidado el santo y seña secreto.
—Mañana-de-gloria-adecuada-y-selecta —dijo de manera balbuciente,
puntiaguda como una tachuela, y yo noté que sus grandes-grandes ojos eran
reales, y que había amor chispeando en ellos, pensé. ¡Era una muchachita!
—¡Avanza hacia Puerta 10 para admisión! —aliviado, abrí la puerta
decimoprimera, la externa. Ella fue cruzando los muros mientras yo iba
cerrando las puertas de nuevo—. Lista para descontaminación —ordené,
siempre pronunciando el Gran Discurso, cuando ella estaba ante la penúltima
puerta, rechoncha-gordinflona con su traje espacial de juguete.
Daba saltitos como una niña llena de alegría; iba a ver a su papá. Pero yo
tenía que vigilar. Podía tratarse de trucos y trampas explosivas. Dirigí hacia
ella la totalidad de mis inspectores y descontaminadores al tiempo que le
dejaba cruzar la penúltima puerta, siguiéndola atentamente con mis armas. Y
cuando llegó ante la última le pregunté:
—¿Tienes un pase para estar aquí? ¿Te escribió algún papel la Bruja?
—Me escabullí de Bruja y salté a la pata coja en la pista rodante —dijo, y
emitió una risita.
Eso me complació. Bruja era la esposa, que vivía a más de una docena de
colinas plásticas de aquí con —así lo había oído alguna que otra vez— más de
una docena de hombres plásticos distintos. Pero yo no tenía los lanzamisiles y

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el Muro de Visión solo para Bruja. Ella no era más que una parte de mis
problemas, en ese momento casi la parte más secundaria, tal como están las
cosas en el mundo. Vivía en el Valle de la Bruja Blanca con sus hombres
plásticos y en realidad nos veíamos con poca frecuencia. A veces, en
Navidad, intercambiábamos un congelado saludo —¡Feliz Navidad por allá!
— mediante nuestros multivisores; a veces, en la víspera de Todos los Santos,
yo le enviaba viejos palos de escoba en señal de amor. Y otra vez, en una
Pascua Florida muy reciente —jamás podría explicarlo— nos encontramos
los dos al otro lado de nuestros muros y fijando nuestros visores con alcance
para ver cicatrices de viruela en las fortalezas respectivas mientras el sol
rosado se lanzaba sobre las colinas plásticas que parecían hielo. Al mirar
directamente su catalejo con el mío y ver la fantástica bola azul que era su ojo
más reciente, envejecí diez años pensando, pensando en toda la frígida gente-
odio del mundo. Y por lo tanto, ¿a quién podría extrañarle que los muros de
ahí fuera tengan bloques de dos metros y medio de espesor y hombres de
acero aguardando? No es nada de raro que yo tema a los misiles rasantes, a
las muñecas-bomba caminantes y al flash de los cohetes de la Bruja Blanca, al
darme cuenta de que lo único que tengo para oponerme a eso es vigilancia
constante y tantas armas como pueda conseguir. Pero ella tenía a mis hijos
hace mucho tiempo —a niñito y a niñita— en ese otro mundo. Él se ha
pasado ya al bando de los hombres de plástico y trabaja fundamentalmente
con sus juguetes espaciales. Y apenas ve a su papá… Está satisfecho de
hallarse lejos de mí, su papá.
Pero tal como decía, Bruja no era la única amenaza. Yo no la consideraba
ni siquiera como la amenaza principal. Ella era un moscardón. Los
implacables Enemigos se encontraban en algún lugar de las colinas más
lejanas, y además estaba el Tiempo…, el Tiempo que intentaba penetrar en
mis tiras de carne antes de que yo pudiera penetrar en el Colmo.
—Hola, Hermanita.
Los descontaminadores le dieron paso libre; el informe de armamento
había indicado que estaba limpia: FIABLE en cuanto a su persona, y se
indicaba un borroso CONDICIONAL para lo que llevaba encima. Yo vi que
llevaba el Ángel Diminuto, por lo que pensé que se trataba de un riesgo
razonable. Y la niña ya estaba ante mí, un minúsculo querubín de tres años,
todo carne, hueso y sangre, todo suyo, aún, excepto los dientes, que eran de
acero. Y hasta ahí la habían 'reemplazado' los Reconstructores de Moderan,
en consideración a su edad. A los doce años, si entonces vivía, tendría
extremidades completamente metálicas, y tal vez en esa época algunos de sus

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órganos estarían plateados. (Yo tengo noventa y dos años y un cincuenta por
ciento de aleaciones de metal. ¡Estoy destinado a durar siempre!)
—¿Cómo estás, Hermanita?
—He venido a vivir contigo, Papá. Me escapé de Bruja. ¡Tú necesitas
amor! —dijo de manera balbuciente, dando saltitos de júbilo.
—¡Oh, no!
Me cogió por sorpresa y quedé totalmente aturdido. Me levanté de mi
sillón para caderas cómodas y me quedé inmóvil, tembloroso, mis tiras de
carne con un sudor frío que se desbordaba. Todas mis partes metálicas, en los
puntos donde me habían reconstruido, retumbaron y zumbaron con gran
estrépito. ¡Una niña viviendo conmigo! ¿Cómo afectaría mi meditación? ¿Mi
trabajo? ¿Intentaría seguirme a la Sala de Atmósfera de lo Primitivo donde las
paredes eran de piedra de un brillante color sangre…? ¿Desearía ella saber
qué pasaba en la Blanca Sala de los Inocentes cuando las dos negras bolas
metálicas negras de dos toneladas avanzaban sobre las cadenas? ¿Desearía ser
incluida, de un modo embarazoso, como ayudante cuando yo fuera a nutrir
mis tiras de carne con los complejos fluidos de la intravenosa? ¿Y qué pasaría
si algún día de capricho, sin saberlo yo, ella se aventurara sola en los horrores
del Tubo del Mollón de Espejos donde suelo buscar mi auténtica reflexión en
medio de una destellante y pavorosa desolación?
—¡Hermanita! —grité, y me aferré a todas las cosas que podía alcanzar, y
apoyé mis rodillas en dos armeros que estaban a mi lado, de manera que
entonces ya no retumbé, y zumbé—. ¿Sabes, Hermanita, qué podría hacer
contigo solo con la presión de un dedo? ¿Sabes que este lugar está armado y
también blindado, Hermanita? ¿Te das cuenta de que si intentas cogerme, o
atarme, yo aún podría hacer una señal a uno de mis armeros automáticos, que
entonces haría lo correcto para atraparte? Y en la contingencia extrema,
Hermanita, si todo pareciera realmente perdido al fin, yo diría una frase
determinada en cualquiera de esos tubos del techo, o los de las paredes o del
suelo, y eso iniciaría una reacción en cadena en una Fortaleza que tengo
oculta en una montaña muy lejos de estos muros…, ¡y todo esto estallaría!
¡No vencerías, ya ves, ni siquiera entonces!
Yo temblaba apoyado en los armeros más cercanos; pese a mis intentos
por evitarlo, mis manos emitieron un sonido de campanilleo en el lugar donde
se aferraban a dos pilares de acero. Pero aquel monstruo insignificante seguía
allí, una minúscula niña con un traje espacial de juguete riéndose de mí, dos
azules ojos de ridículo, al parecer, y continuaba sosteniendo algo que yo veía
que era el Ángel Diminuto.

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—¡No vencerías, Hermanita! —el sudor de mis tiras de carne caía al
suelo.
—¿Tú no me querrías?
—No podría tenerte. No intentes forzarme. Eso interferiría mi profunda
meditación. Contigo alrededor, yo sería una persona completamente distinta.
¡No podría investigar hasta llegar al Colmo! —me di cuenta de que casi
estaba chillando.
—Entonces me iré. Creí que necesitabas amor.
—¡¡¡Amor!!! No, una visita está bien. Diez minutos, más o menos, ya que
eres un miembro inmediato de la familia, puesto que no has traído nada para
dañarme. Pero amor…, bueno, sería una molestia. Tan irreal… Y podría
olvidarme de vigilar a los Enemigos.
—¡Me iré ahora mismo! —su labio inferior sobresaliente en un puchero
indicaba que ella creía que sus sentimientos habían sido heridos. O tal vez
estuviera fingiendo. Con las niñas es difícil saberlo.
—Me alegro de que vinieras —dije, aunque me temo que pronuncié la
frase con una pizca de rigidez. No podía ablandarme en situaciones como esa.
Pero ya que me daba cuenta de que el fin de la visita estaba a la mano,
descubrí que había dejado de resonar—. Bien, si debes marcharte… Es
probable que Bruja esté preocupada, ya sabes. En otra época de tregua,
quizá…, ven otra vez.
Entonces se fue, cruzando todas las puertas, con el armamento siguiéndole
el rastro. Y reparé en que miraba sin cesar por encima del hombro, pero no
había una sola lágrima en sus ojos, y me extrañó vagamente que sus dientes
de acero estuvieran al descubierto en lo que me pareció la sonrisa diabólica de
una niña. Luego vi en el suelo, en el lugar que la niña acababa de abandonar,
la hinchada y bulbosa muñeca espacial, Ángel Diminuto, y me agaché a
recogerla y devolverla enseguida a Hermanita. Al tocar el Ángel Diminuto,
mis manos volaron hasta los hombros. Y tuve la impresión de que las zarpas
de un gigante me alzaban y me arrojaban a través de diez habitaciones.
¡Minado! Pero yo no estaba terriblemente lesionado. Me recobré a tiempo de
ver a Hermanita cabalgando sobre una pista rodante en la última de mis
colinas plásticas. Al volverse y agitar una mano en la misma cima de la última
pendiente, apenas un grueso brazo tubular de un traje espacial de juguete
moviéndose como un molino de viento hacia mí antes de dirigirse hacia el
Valle de la Bruja, supongo que debí reventarla con los lanzamisiles. Pues
supongo que ella pretendía dedicar un último saludo al lugar donde pensaba
que yacería muerto su papá. Pero yo no tenía reparados los brazos aún para

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apretar los botones y además, ¿quién podía asegurar que Hermanita fuera
realmente la culpable del minado Ángel Diminuto?
Tal vez hubiera sido obra de Bruja y quizá por eso las charangas
empezaron a tocar y un escándalo de banderas y bengalas de victoria estalló
en el aire sobre el Valle mientras yo yacía sobre los negros muñones de mis
hombros, jadeante.
Y además, me enfrento a otros Enemigos; Enemigos malos e implacables
que fustigan sus alas entre el lechoso aire, que me vigilan desde una distancia
apta para tirar al bulto. Afilan cuernos, garras y dientes repletos de peligro y
menean colas reptilescas…, ¡para dar el salto súbito y zumbante que acabará
CONMIGO! ¡Oh, sí! Mañana tendré que permanecer aún más cerca de mis
lanzamisiles y encontrar un medio de redoblar mi vigilancia de las colinas.

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UNA OJEADA AL PASADO

Debido a que disponían de mucho tiempo de ocio en el automático País de


los Nuevos Procesos, y también porque las pistas rodantes, esas rápidas y
costosas carreteras del reino dotadas con cintas transportadoras, habrían
resultado inadecuadas para una peregrinación así, la gente llegó andando.
Bajo el escudo de vapor rojo-castaño del ardiente julio, recorrieron cotos
descampados, todos arracimados, igual que langostas que marchan hacia el
trigo, como en los viejos tiempos. Tapatap tarrump-tarrump tapatap,
avanzaron con sus pies metalizados, muchísimos, todos al unísono, hasta que
el ruido del metal golpeando plástico fue un rugido constante y ominoso.
El rumor se difundió rápidamente aquella mañana de mediados de julio.
En menos de dos horas todo el mundo conocía la llegada de la rareza y poco
después casi todo el mundo se encontraba en precipitado movimiento hacia
ella. A solicitud del Consejo Verde, pilotos de la Fuerza Aérea de
Rumboviejo habían transportado la rareza durante las primeras horas de la
mañana, a lo largo de un pasillo aéreo transglobal y al abrigo de la oscuridad,
hasta las mismas puertas del Edificio de Antiguas Usanzas. La habían
trasladado con sumo cuidado en su embalaje acolchado, sacándola del clima
controlado de la nave de Rumboviejo. Y en una esfera de cristal
especialmente preparada para la exhibición, la colocaron sobre una grada de
plástico negro en el Edificio de Antiguas Usanzas. Después el Consejo Verde
apretó solemnemente los botones que anunciarían la exhibición en la totalidad
de las paredes panorámicas de la Tierra, y decretaron una semana en honor
del singular objeto.
Las hordas de curiosos siguieron recorriendo cotos y descampados, con el
peculiar rugido de hierro sobre el plástico, en dirección a las puertas del
Edificio de Antiguas Usanzas. Y hubo conversaciones entre la gente
poderosamente metalizada del País de los Nuevos Procesos. A una lozana
dama, con 'reemplazamientos' que en su mayor parte eran de la relativamente
vieja aleación conocida como hierro-x, se le escuchó comentar con una
criatura algo menor provista de las más modernas aleaciones selladas en oro,
que el padre del padre del padre del padre de su padre, según las historias
transmitidas y transmitidas, había estado dominado por un pequeño artilugio-
monstruo muy parecido al que iban a ver, y que también había hecho un uso
constante y perfecto del artefacto.

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—¡Y parece que fue ayer! ¡Imagínese! —graznó y chilló su garganta de
hierro, que había sido labrada en hierro-x contra el cáncer hacía mucho
tiempo. La dama exhibía esa emoción exquisita común a todas las mujeres
cuando pueden comunicar a otra mujer algún fragmento moderadamente
escandaloso de información.
—Por lo que nosotros nos hemos preocupado de investigar —replicó la
otra, en una altanera y perfecta camaradería—, estamos limpios como una
flama a ese respecto. Pero naturalmente quiero ver esta cosa de todos modos.
Caramba, algunos de mis antepasados, hace mucho tiempo, probablemente en
la era espacial, debían tener estas cosas, debían depender de ellas. ¡Qué
espantoso!
—Bueno, dicen que mi antepasado obtuvo un servicio espantosamente
bueno de la suya. La llevaba a cualquier parte que quería ir, la empleaba
siempre —observó la dama de hierro-x como cortesía a la antigua lealtad
familiar—. Pero supongo que la habría hecho 'reemplazar' como cualquier
otra persona hacía entonces, de no haber sido porque siempre estaba fuera del
país, en el servicio espacial, en las Batallas Marcianas del Millón de Platillos,
y aquella espantosa cosa púrpura en Venus, ya sabe, cuando frenaron a
nuestros chicos con cortinas de polvo púrpura. Nunca tenía tiempo para el
cambio, al parecer. Y se dice que una vez lo escucharon observar que por
culpa de las cosas que había visto, batallas y sitios, supongo que
especialmente aquella espantosa cosa púrpura en Venus, él tampoco quería
vivir eternamente. ¿Se imagina a una persona que dice una cosa así?
La otra era incapaz de imaginarlo y lo dijo con el apropiado graznido,
latido y cloqueo de su laringe sellada en oro.
—Pero naturalmente eso fue antes de que la gente tuviera las cosas que
tenemos aquí en el País de los Nuevos Procesos —continuó la del hierro-x,
resuelta aún a explicar las cosas en favor de su antepasado—. Imagine que no
tiene hermosos y sanitarios cotos plásticos con cambio de color, y que la
gente no tiene una casa-bola individual para morar en ella. Piense si es que
puede en una época anterior a la época de primores universales, cuando no era
posible hacer brotar un jardín metálico entero por los agujeros de los cotos
con un simple golpecito a un botón. Es probable que mi antepasado no viera
jamás una de las hermosas flores mecánicas, las que actualmente
consideramos como lo más natural del mundo. Y él no tenía mandolinistas de
hojalata, ni siquiera uno de los grandes tríos plásticos que yo puedo tener por
la noche en mi gruta musical cuando se me antoja. El aire que él respiraba no
estaba acondicionado a menos que se encontrara en una habitación, y además,

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nueve veces de cada diez estaba sin sazonar. Mi antepasado no conocía las
glorias de los hombres-imagen con sus panoramas nocturnos, ni los
modeladores de color que tan divertidos nos parecen. No tenía un escudo de
vapor con color distinto todos los meses y que nos brinda un mundo tan
bonito. Para él todo era un cielo azul y ese espantoso sol amarillo, a menos
que hubiera nubes, y después oscuridad. ¡Uff! ¡Ni siquiera tenía una máquina
sexual! Piense cuántas cosas tenemos que él no tenía, y tal vez lo comprenda.
—Oh, sí —convino la otra, deseando apaciguar a su compañera—. Y en la
época en que vivió su antepasado nadie pensaba demasiado en vivir
eternamente. Probablemente. Los 'reemplazamientos' solo estaban
empezando, supongo. Caramba, apostaría a que en aquella época nadie, en el
mundo entero, podía afirmar que tenía un 'reemplazamiento' de más del
cincuenta por ciento. Y si lo tenía, probablemente era una víctima de la guerra
que había sido reconstruida, o algún caso desastroso reparado sin orden ni
concierto. Y nada científico. Pero fíjese en mí. Usted estará en los noventa,
¿no? ¡Y científica!
—Noventa y uno —mintió su compañera—. Y con estas aleaciones de
sello rápido que se funden con mi carne tan fácilmente, tal vez llegue más
alto. Pero incluso ahora, con solo un nueve por ciento de tiras de carne y
sangre humana, no me imagino que haya muchas posibilidades de que muera.
—Debo confiar en que no —convino la otra—. Yo tengo noventa y dos y
un cincuenta por ciento, ¡y mañana empiezo nuevos tratamientos! —¡… y
también estaba mintiendo!
Tapatap tarrump-tarrump tapatap, siguieron andando pero ya sin hablar,
hacia el Edificio de Antiguas Usanzas, formando parte de una horda que
arrasó durante el día entero hasta que, a últimas horas de la tarde, la
vanguardia llegó a las puertas exteriores del edificio. Empleados de la
Sociedad para la Mejor Comprensión de las Antiguas Usanzas permitieron la
entrada de la gente en fila india por una puerta pesadamente cargada con
musgo sintético y hiedra de hojalata. Los visitantes pasaron a una sala donde
un pequeño armazón redondeado de vidrio purísimo descansaba en una
antigua cubierta de terciopelo negro. Y a todos los curiosos del País de los
Nuevos Procesos se les permitió mirar unos segundos la esfera de vidrio y su
singular ocupante que, en un clima cuidadosamente controlado, vivía como
esclavo diligente de una tarea ya casi irreal, una tarea que a la vez fue real
para él hacía más de cien años. Al cabo de una semana, la Sociedad para la
Mejor Comprensión de las Antiguas Usanzas redactaría la carta de
agradecimiento y aprecio por el préstamo de la anticuada exhibición. Y se

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adjuntaría un generoso cheque para Rumboviejo, aquel insignificante país
encerrado entre montañas y mar cuyo devoto y singular pueblo se aferraba al
pasado y a las conductas cárnicas.
Mientras las dos féminas contemplaban muy juntas a aquel insignificante
batallador pintoresco y pasado de moda que se afanaba lealmente para
diversión de ellas y de la concurrencia, se oyó a la dama de hierro-x mientras
leía un folleto descriptivo sobre aquella situación única:
—Hoy, después de ver esta monstruosidad, todos debemos sentir una gran
pena por nuestros antiguos antepasados. Su miserable fortuna fue nacer hace
mucho tiempo y habitar un mundo donde un objeto como este era el riesgo
común de todos, no la bufonesca excepción de un mutante, sino la grave regla
común. No es de extrañar que fueran hombres vacilantes e inseguros, blandos
y vulnerables, que vivieran con sustos casi mortíferos la mayor parte del
tiempo y que tendieran a ser papanatas. Perdonémoslos, perdonemos a los
timoratos. ¡Y pensar en los acechantes terrores, las ansiedades, las
incertidumbres, las muertes que debían soportar…, cuando ese raquítico
monstruo decidía tener un mal día!
—¡Sí! —jadeó su compañera sellada en oro.
A continuación, en una gran efusión de alegría y buena camaradería, y
vivamente conscientes de su común vínculo de buena suerte, ambas
decidieron, allí mismo, a últimas horas de la tarde, recitar el Voto Matutino, el
saludo de las primeras horas de la mañana, algo usualmente reservado para el
inicio de la jornada. Y entonaron al unísono:
—A partir de este día y por siempre, doy mis gracias más sinceras al gran
ídolo de hierro y plástico que hemos erigido a nuestra imagen para que gire
siempre en torno a nuestro mundo en un satélite rojo y amarillo. Le doy mis
gracias más sinceras por mi sempiterno… ¡corazón de hierro y plástico!

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EDUCATIVO

Marchaban por los campos y cotos de plástico de Moderan, en carnaval.


Había un ambiente de ir al circo, a comer al campo, un ambiente de últimos-
días-de-clases en los viejos tiempos mientras avanzaban con su tarrap-
tarrump tump tumpa-tump de metal sobre plástico. Se dirigían al fabuloso
nuevo sector comercial establecido en la punta noroeste de una provincia de
Moderan por el Comité para la Mejor Comprensión de los Viejos Tiempos.
Tras un duro viaje a pie —puesto que se trataba de salir de excursión, de
un cambio temporal de residencia por placer, decidieron no obstruir las ya
acosadas pistas rodantes—, llegaron a una pequeña elevación del terreno
plástico y una vez en la cima vieron una suave ladera que descendía hacia una
población de neón. Las flechas se lanzaban de acá para allá bajo el escudo de
vapor azul intenso de junio y por todas partes de Ciudad Neón había manchas
que danzaban, líneas largas que oscilaban, líneas cortas que recorrían
extensiones del vistoso ambiente, cuadrados, polígonos y círculos que se
formaban, desaparecían y volvían a formarse, latas de café que brotaban
completas en el cielo, bolsas de té perfiladas en rojo, amarillo y azul; los
seguros de vida se vendían a montones gracias a las enormes letras de
imprenta que iban componiéndose en el cielo y que después se borraban y
volvían a componer en un color aún más brillante hasta alcanzar una
brillantez tal que la vista suplicaba alivio, y ese alivio llegaba en forma de
danzarinas manchas color castaño y sinuosas líneas grises que promovían
furiosa y conjuntamente una vivaz bebida de cola dietética y productos
mortuorios sólidos como la roca que ofrecía una empresa funeraria cercana.
Por no decir nada de los artículos de indumentaria de todo tipo, cortadoras de
césped, casas-remolque, coches nuevos, ametralladoras de juguete, lápidas,
métodos sanitarios, programas gimnásticos y cientos de otras cosas que
DEBÍAN venderse.
Las excursionistas de Moderan, dos altas y enjutas damas con muchos
'reemplazamientos' de hierro-x y algunos sellados en oro, se quedaron
embelesadas en la suave ladera que desembocaba en Ciudad Neón. Durante
un rato fueron incapaces de hablar; solo pudieron contemplar y maravillarse.
Después la dama más alta y enjuta, con muchísimo hierro-x pero con algunos
'reemplazamientos' sellados en oro, apretó su botón phfluggee-phflaggee y
con una voz aguda y apurada propia de phfluggee-phflaggee dijo:
—¿Tienes la guía del viajero, Emm?

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—Sí, Luu —replicó la otra con una voz 'abotonada' que en ese momento
brincaba abiertamente—. ¿No es increíble? ¡EXCITANTE!
Y siguieron tapatapeando hacia el lugar de chispeante neón, donde nadie
las recibió.
—¿… será cuestión de continuar, no más? —se preguntaron una a otra,
muy extrañadas.
Creí que habría recepción…, y comités, pensaron ambas.
Emm ojeó su guía.
—El libro dice: Cuando esté en el sector comercial, se sentirá libre y
relajada como si estuviera en su propia casa-bola, en su cúpula-burbuja
individual disfrutando de su sosegado baño en una bañera de aire sedante. No
habrá NINGUNA coacción ni presión para que compre, y no se hará tentativa
alguna para exponer un falso aspecto publicitario —Emm siguió recitando,
con el rostro cortado, acuchillado y usado como pista de baile por los
anuncios que ejecutaban hermosas cabriolas—. Vaya al banco y prepare allí
cualquier lógica financiación que sus necesidades pudieran requerir.
En la primera manzana de la Calle 1 de Ciudad Neón se encontraron con
un edificio antiguo, de estructura semejante a una caja con gruesas paredes de
hormigón y acero viejo. Un tubo de neón color azul claro decía que se trataba
del PRIMER BANCO FIDUCIARIO NACIONAL, y otro anuncio brillante
exponía danzarinamente una cifra de activo que era absolutamente remota
dentro de lo perceptible. Luu y Emm se quedaron boquiabiertas ante los
danzarines números y admitieron a la manera del phfluggee-phflaggee que el
activo era bastante elevado, ciertamente, en el PRIMER NACIONAL.
Entraron en una fría esterilidad y en una especie de olor a moho limpio,
percibido con frecuencia en el pasado en lugares tales como 'Primeros
Nacionales', y vieron al hombrecillo cero, el empleado de banca que se había
pedido prestado a Rumbo-viejo para la exhibición, el hombrecillo
perfectamente aseado, eficaz y siempre sonriente. Emm, con Luu
tarrumpando penosamente tras ella, se acercó tap tap hacia la ventanilla. El
cero total aguardó pacientemente del otro lado, exhibiendo con toda
tranquilidad su sonrisa de cero, jugueteando un poco con los puños de su
camisa y tamborileando en el mostrador con sus bien formados dedos,
nerviosamente, haciendo todas las cosas que los empleados de banca saben
hacer mientras aguardan a que ancianas damas completen ese largo y
dificultoso paseo a lo largo del vestíbulo. No obstante, el empleado parecía
perfectamente adaptado a la espera paciente de ancianos interesados en
ingresos y reintegros. No había problema.

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Tras un largo rato de penoso tarrump-tarrump, Emm y Luu llegaron a la
ventanilla.
—Queremos asesoramiento y orientación financiera —dijo Emm,
recitando la frase de su guía—. ¿Qué consideraría más adecuado para nuestra
gira por el sector comercial? Recuerde, se trata de nuestro encuentro inicial y
de nuestra primera contienda con las luces y frases publicitarias.
Desapareció la sonrisa del hombre cero. Estaba negociando en un
asesoramiento financiero, y había recordado ya, sin duda, a cierto
vicepresidente de banco aconsejando a dos viejas millonarias. Ojeó a las dos
damas metálicas como si fueran tan detestables como las chinches en los
Viejos Tiempos, como bichos en las plantas moteadas del vestíbulo. Después
de ojearlas fríamente durante un rato y dar la impresión de un cálculo preciso
—trazando absurdas líneas paralelas y algunas equis muy pretenciosas en una
hoja de papel que mantuvo cuidadosamente oculta—, el empleado esbozó una
desolada sonrisa.
—¿Qué les parecería garantizar un préstamo y abrir una cuenta corriente
de quinientos millones de dólares para cada una? —dijo.
—No tenemos ninguna garantía —recitó Emm—. Hemos venido de
Moderan Alto solo como turistas y para visitar tiendas en este Viejo Lugar, en
esta porción trasplantada de Rumboviejo.
El empleadillo de banca pudo lucir entonces una sonrisa más real, aliviado
al ver que su papel en la obra había terminado. Entregó a las damas sendos
talonarios de cheques en blanco, y ansió estar de vuelta en su hogar,
Rumboviejo, jugando un afortunado partido de golf.
—Buena suerte. ¡No compren demasiadas cosas! —gritó a las espaldas de
Luu y Emm mientras ellas tarrumpaban laboriosamente.
Las dos damas recorrieron las calles y llegó el mediodía. Los empleados
con jirones de carne, los carnosos dependientes de tiendas baratas, los
carnosos archiveros, los carnosos golpeadores de teclas y el numerosísimo
resto de ejecutivos característicos de Rumboviejo salieron disparados como
flechas hacia los puestos de hamburguesas, se irritaron en las colas de las
cafeterías y confiaron en hacerlo todo con exagerada rapidez y poder disponer
de un poco de tiempo para visitar tiendas en su 'hora' de treinta minutos. ¡Para
compensar en parte las indigestiones diarias y esos soberbios ataques
cardíacos que llegarían posteriormente!
—¡Bueno, es increíble! —dijo Luu a Emm—. ¿Qué están haciendo?
Emm hojeó su guía.

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—Si por casualidad se viera atrapado en los apretones del mediodía —
recitó—, es porque la gente de carne está comiendo.
Y Luu y Emm miraron al otro lado de las humeantes ventanas de los
fonduchos y vieron a la gente engullir groseramente enormes y rollizas
hamburguesas y cogiendo delicadamente con los dedos unos palillos tostados
de platos colmados de patatas fritas.
—¡Bueno! ¡Es increíble! —dijo jadeante Luu a Emm. Después, puesto
que casi era el centro del día, recordaron que era la hora de ocuparse un poco
de ellas mismas. Miraron alocadamente a su alrededor y se miraron
alocadamente una a otra.
—La guía, la guía —dijo jadeante Luu.
—Claro —replicó Emm, ya más calmada—, la guía nos dirá… Cerca del
centro del día —leyó—, en el período normal de aceite lubricante e
intravenosa, debe entrar en cualquiera de los numerosos lugares de descanso,
indicados como es usual en Moderan con FE para las personas de generación
femenina y con MA para la masculina. Podrá disponer de una cadena entera
según le convenga, en caso de que haya olvidado su bolso-tótem.
—He traído el mío —ofreció Luu—. Sé que está limpio.
—A mí tampoco me gustan los públicos —convino Emm, haciendo
oscilar su bolso-tótem mientras las dos tarrumpaban en busca de un lugar con
las letras FE.
Una vez dentro del lugar de descanso, las dos damas sacaron sus botellitas
de lubricante y aceitaron perfectamente las partes metalizadas, con una
aplicación especialmente liberal en todos los puntos de articulación.
—¿No sería estupendo que no tuviéramos nada más que hacer? —suspiró
Luu.
Pero no era así. A continuación llegaba el proceso más complejo de
alimentar las tiras de carne que unían los 'reemplazamientos'. Esto incluía
disolver tabletas, efectuar numerosos fraccionamientos de finísimas galletas,
muchos granos de muchas cápsulas pequeñas y grandes y gotas de botellas de
varios colores y tamaños, y agitarlo todo perfectamente antes de montar los
tubos, agujas y vasijas de alimentación. Luu fue la primera en tenderse en la
tira de nutrición, una plancha de acero negro que sobresalía de la pared y
estaba perfectamente equilibrada, y Emm 'aumentó' a su compañera clavando
las agujas de alimentación en todas las tiras de carne. Luu se quedó como
muerta mientras se nutría, la posición correcta para las 'comidas' en Moderan.
En cuanto su 'comida' terminó, Luu se levantó de manera vigorosa y
'alimentó' a Emm. Pero ello no significaba que no pudieran alimentarse por sí

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solas, si fuera preciso, sino que ese día cooperaban para ganar tiempo para
visitar las tiendas. Al salir del lugar de descanso se encontraron con que las
calles estaban tranquilas. La gente ordinaria de Rumboviejo había engullido
sus hamburguesas y patatas fritas, bebido sus colas y cafés, aprovechado
después unos minutos para visitar tiendas en su 'hora' de treinta minutos para
comer (para hacer algo, algo insignificante, por lo menos, para aliviar el dolor
de cabeza de la tentación de aquellos anuncios luminosos) y después se
habían lanzado de un modo jovial a sus desafiantes y estimuladores esfuerzos.
¡AJÁ!
Luu y Emm fueron de compras en Ciudad Neón. Si bien allí no había a la
venta nada que necesitaran o pudieran usar, nada, hay que decir que la
coacción de la publicidad era tan sutil, tan agresiva, tan apremiante, tan
simpática y tan entera, completamente eficaz, que estas dos excelentes damas
de metal nuevo se vieron despojadas casi por completo de las amarras de su
resistencia a comprar. Compraron segadoras de césped, cubos de basura,
fajas, calcetines de nailon, seguros de vida, sombreros de Pascua, postales de
Navidad, calabazas para la víspera de Todos los Santos, pájaros en jaulas,
trajes de caballero y los últimos trastos e instrumentos para la higiene
femenina, por no hablar de las fabulosas comidas y bebidas y las píldoras para
el control de la natalidad que de ningún modo les iba a ser preciso emplear,
nunca.
Tras un largo día totalmente educativo y completamente estimulante en
Ciudad Neón, las fatigadas pero felices Luu y Emm tarrumparon para volver
a sus hogares de Moderan, abandonando todas sus compras en un edificio
preparado especialmente para ello, cerca de la puerta de salida.
—¡Caramba! ¡Increíble! —dijo jadeando Luu a Emm.
—Yo tampoco lo habría creído, si no lo hubiera visto —convino Emm.

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FUE EN TIEMPO DE GATO NEGRO

Fue en tiempo de gato negro y en momentos de fuegos fatuos cuando ella


se puso bajo la ventana de él a llamarlo a gritos, con cinco cajas largas y
delgadas amontonadas en sus brazos cubiertos de postillas. Una vaga sombra
de hierro junto a la valla sostenía un objeto que se parecía un poco a un barco.
—¡Papá! —gritó ella—. ¡Ven a ver lo que te he traído! Y hay muchos
más. Allí en Reposo Bueno y Prolongado. No te imaginas cuántos más… Por
todas partes, por todos los sitios. Y no sabes cuántos más… ¡Ven a verlo!
Naturalmente que él sabía que las cinco cajas no contenían nada en
realidad, al menos nada que se pudiera… bien, nada de nada. Y por supuesto
que el Mox de hierro llevaba una de las COSAS de Reposo Bueno y
Prolongado. Enteramente prohibido…
Se levantó del sillón modelado para sus caderas, el canapé-guarida, el
gentil ondulador, el sillón donde entonces solía sentarse, con un hijo y sin
esposa, el Tranquilo Velador, y pensar en Profundos Problemas Universales,
cuestiones del mundo. Importunó a su garganta con el fijador, sondeó y
apalancó, intentó moderar un poco el lugar que estaba totalmente labrado en
oro contra el cáncer, y pronunció su discurso planeado con antelación,
maniobrando dificultosamente con la boca, siguiendo las cintas.
—¡Daphalene! No volverás a llevarte el Mox de hierro a Reposo Bueno y
Prolongado. ¡Porque él coge las COSAS! Pese a que lo pongo en Sirviente
Mudo, Ajuste Alterno, él se las arregla para cambiar a Ajuste Humano y va
por las COSAS. No me importa que cojas tú sola esas largas cajas de
almacenamiento día tras día durante los trescientos sesenta y cinco días del
año y que durante los próximos veinticinco años vuelvas con…, bueno, con lo
que tú dices que allí encuentras. Pero se ha terminado este asunto de Mox y
las COSAS grandes, sucias y húmedas. ¿Comprendido?
¡Y Mox!
Mox movió pesadamente sus embotados pies con forma de barco,
sosteniendo suavemente una enorme caja como si contuviera algo muy
querido. Como nadie cogió la caja en el acto, Mox la dejó caer al suelo
estruendosamente y agitó y levantó los brazos hasta que las manos quedaron
colgando de las vigas de los hombros igual que serenas hojas, un extraño
encogimiento de hombros. A continuación palmoteo e hizo brillar sus ojos-
bombilla de un modo intermitente en lo que era su forma usual de saludar.

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—Déjate de lisonjas. Cierra tu interruptor humano, Mox, y ponte en
Sirviente Mudo, Ajuste Alterno. ¡YA! —Mox obedeció—. Coge esa COSA
inmunda que has dejado caer casi en mis pies —Mox la recogió—. ¡Vuelve a
Reposo Bueno y Prolongado! ¡Y arréglalo! Arréglalo para que nadie se entere
de lo que has desordenado.
Los dos desaparecieron en la noche larga y crema, y como él tenía la
garganta fatigada a causa de los gritos, y no disponía de una cinta preparada
para gritar a Daphalene que volviera, ambos se alejaron, un pensador de acero
con cintas de pensamiento y una niña, vadeando la espesa oscuridad sin
sombras bajo un cielo sin luna y poco alto, y las nubes al borde de la lluvia de
fines de octubre. Ella era Daphalene, su hija Daphalene en los tiempos
monstruosos, los tiempos en que extraños mutantes vagabundeaban por el
desamparado plástico de Moderan haciendo juegos malabares con sus
interruptores y cóleras. En una época que iba más allá de la época de la virtud,
e incluso más allá de ponerla a prueba, él dejaba que la niña corriera con el
pensador de hierro nutrido con cintas como el menor de los numerosos males,
la dejaba en su primavera que reuniera en esos tiempos cuanta experiencia
quisiera contra la tendencia a la desesperación, alta, larga y ancha como el
cielo húmedo y elástico que los cubría. No se esforzaba por enseñar a la niña.
Ella crecería hasta llegar a los 'reemplazamientos' a su debido tiempo y su
carne sería cambiada parte por parte por metal y plástico con la magnífica y
nueva cirugía, y lo que quedara se alimentaría con intravenosas. Pero ahora
dejaba que la niña, sin madre, se introdujera en la profunda noche con sus
cajas de almacenamiento detrás del pensador con pensamientos grabados, y la
dejaba enfrentarse tan buenamente como pudiera en los problemas de la
soledad y el crecimiento hasta que, por fin, dura, firme e inconmoviblemente
'reemplazada', ¡sería una mujer que sobreviviría!
Reposo Bueno y Prolongado era un cementerio. Cuando la niña volviera,
quizás él abandonara el sillón amoldado a sus caderas el tiempo suficiente
para ir a recibirla. Tal vez, fingiendo, cogiera una de las cajas de
almacenamiento y mirara el interior, simulando interés. Y quizás habría por
una vez luciérnagas revoloteantes y destellantes en la larga y vacía oscuridad
de la caja de almacenamiento. Y entonces él podría decir con la cinta paternal,
junto al bloque de oro para el cáncer, «¡Oh, Daphalene, qué bonito! Has
estado cogiendo las luciérnagas en la gran noche del mundo de la necrópolis
igual que una niña-jugadora normal. Tal como te dije que lo hicieras. Una
chispita en la inmensa oscuridad. ¡Qué bonito! Y has traído las luciérnagas,

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en cajas que queman y lastiman tus bracitos llenos de postulas, todo por mí, tu
papá. Qué bonito bonito bonito…»
En esos días le parecía mejor tener la charla preestablecida, tener la cinta
grabada y planeada, de manera que todo fuera suave en torno al bloque de oro
para el cáncer. A veces, sorprendido, desequilibrado, con una cinta
inadecuada o sin preparar; pues las circunstancias cambiaban, sus palabras
sobrepasaban una situación en una especie de comentario necio, y raro hasta
lo inimaginable, debido a que las circunstancias que no siempre pueden ser
planeadas con anticipación cambian la charla requerida. Las circunstancias no
harían eso con él, creía, pero se lo hacían. Y si bien en esos días debió haber
dicho en general precavidamente menos y menos cosas, siempre se
encontraba diciendo en voz alta más y más cosas, forjando sus planes con
esperanzas y dejando que los comentarios fluyeran por el húmero de oro en
un desafío a las tenebrosas condiciones… Súplicas, en realidad.
Con el fondo del ruido de pies de hierro en la noche y el blando chuf-chuf
de zapatos infantiles en movimiento, él hizo que su garganta de monstruo
iniciara la prueba. Sus palabras fueron igual que zoquetes que estuvieran
desgranando el dorado tubo de la chimenea en lugar del elástico
funcionamiento del sonido pensado que se debió haber producido.
—¡HOLA! —gritó en la oscuridad.
Y entonces aparecieron unos bultos. Mox era una joroba alta y cuadrada
junto al peral de plástico; ella era un bulto muy pequeño y cenceño en la
oscuridad, un poco apartada de su amigo de hierro. Él saltó hacia su hija, con
la boca moviéndose dificultosamente con las palabras que había planeado.
—¡Oh, Daphalene, qué bonito bonito bonito…! Has estado…
La niña lanzó una caja de almacenamiento hacia él y durante un instante
de frígida rigidez, con el tiempo inmovilizado por témpanos de hielo, los ojos
infantiles sondearon los de su padre bajo los rayos de la luz condensada que
en aquel preciso momento giraba en el tejado. Los rayos también atravesaban
el cerco desde los otros techos, cruzando las cabezas de él y la niña con
variables figuras de luz y densa oscuridad. Mox estaba sacudiendo sus brazos
engoznados metiéndolos y sacándolos de los agujeros de sus hombros.
Daphalene estaba en tensión y silenciosa como una piedra.
La caja de almacenamiento que él tenía en su mano era pesada. Nada
revoloteaba en ella; ninguna luz vibraba en su oscuridad alojada. Aguardó el
siguiente barrido del rayo de su tejado, sosteniendo la caja en el lugar donde
le pareció que la luz pasaría. El rayo recorrió algo que parecía frío, blanco y
muerto dentro de la caja. Daphalene aguardaba, tiesa como un pedestal, con

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las costrosas manos retorcidas en una bufanda. Mox continuaba engoznando y
desgoznando toda la largura de sus brazos. Y una garganta, ¡qué extraño!
Sentía un viejo dolor que no provenía totalmente de la parte dorada de un
conducto de voz.
Dejó que el rayo de luz pasara otra vez por la cosa blanca de la caja, y en
medio de una sensación de niebla helada junto con el temblor de la totalidad
de sus tiras de carne, lo comprendió de repente.
Con el tercer barrido sacó el objeto hasta ver las melladuras causadas por
Mox al separarlo del sitio en que había descansado durante cinco años, una
lápida sepulcral cargada de flores y ángeles en Reposo Bueno y Prolongado.
Con el cuarto barrido de la luz la tiró con todas sus fuerzas sobre la plancha
de hierro que pisaba. Los velocísimos rayos de los numerosos tejados
arrancaron destellos de algo blanco hecho añicos, y él sentía tanto dolor,
aquel viejo dolor en la garganta…, que no pudo completar su preparado
discurso.
Y un ojo blanco lo castigaba con una serena, yesosa, fija mirada de frío…
De frío. Entonces el Mox de hierro, abandonando de pronto la estúpida tarea
de engoznar y desgoznar sus brazos, se dobló en ángulo recto solamente por
medio de las enormes bisagras del anillo de su cintura, y alzó una COSA del
suelo.
—¡Es ella! —chilló Daphalene con un grito de alegría—. Le mandaste
poner el interruptor en Sirviente, así que yo le ordené que hiciera esto. ¡Ha
encontrado a Madre!
Después de que el padre se desplomara silenciosamente sobre el polvo
blanco de un ángel, el Mox de hierro y la asustada niña se deslizaron de
nuevo hacia el cementerio, entre la viscosa oscuridad, barruntando que no le
habían complacido.

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A VECES ME PONGO TAN CONTENTO…

Pensando en esos que aún están en el aprieto del guisado familiar, con sus
numerosas cargas y torturas cárnicas, a veces me pongo tan contento con mi
condición de acero… Río. Palmoteo con mis manazas de acero y doy golpes y
pataleo con mis pesados pies de metal nuevo hasta que, cansado, voy a echar
un largo tronco de acero en un inmenso hogar de metal nuevo de mi mente. Y
después me siento en mi sillón para caderas cómodas y recurro a grabaciones
de contentamiento para pensar al azar…
Pero no siempre ha sido tan fácil ni tan excelso. ¡NO! Les explicaré.
Recuerdo un riguroso y trágico momento en Rumboviejo antes de ser
'reemplazado'. Las rotaciones y revoluciones se habían desarrollado una vez
más según el Curso, el proceso de giro tenía todo diseñado con la máxima
pulcritud y exactitud que podía exigirse, y así, una vez más, todo eran días
azules, dorados y verdes… Y primavera. Yo, caminando en compañía de mi
mascota, un bulldog aleonado, iba arremetiendo un suave viento líquido que
sembraba el aire de semillas flotantes, pétalos, viejos pellejos de yemas y, por
supuesto, perfume. Y de un modo inflexible, sí, de un modo inflexible, yo
llegaba puntualmente a un encuentro casual. ¡SÍ! Un minuto más por
cualquiera de las dos partes, ¡UNO!, y la fuente de agonías de la Vieja Tierra
habría perdido caudal, dos grandes corazones llenos menos. Un minuto entre
todas las eternidades de los segundos, sesenta segundos eran nuestra
necesidad. Pero algún dios-del-amor forjador de bromas nos negó nuestra
necesidad.
Así que marché hacia el encuentro en el cruce de las calles. Y en el cruce
de dos vidas. Y de pronto mi mascota, el bulldog aleonado, se puso a gruñir y
gemir y rascar el suelo común con intensísima excitación. Sí, hemos llegado
al Encuentro, pero yo todavía estoy allí, pensando como siempre en
Profundos Problemas Universales, Cuestiones del Mundo. Mis relucientes
naves se elevan como una pelota de golf en el viento líquido, encaminadas
hacia la rastreada estrella de Marsoplan, y la totalidad de las Galaxias Blancas
del firmamento están formando una unión de Soles. Estoy al mando de todos
los Baluartes de la Luz con nuevas esferas de acción solar para una embestida
final a la Oscuridad… Ah, estoy soñando. Pero está mi mascota, mi bulldog
aleonado, real y sólido, aunque muy quijotesco en este momento, gruñendo,
gimiendo y escarbando el suelo en un febril estado de intensísima excitación.
Bien, en el extremo más próximo al suelo de una correa engalanada en

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púrpura se halla este perrito francés, con el pelo convertido en la agitación de
un perro de lanas, el cuello encintado y todo el cuerpo perfumado, explicando
así por completo el propósito de los gruñidos y gemidos de mi bulldog.
Porque sí, sí, ella es una magnífica muchachota para un perro. ¡SÍ! En el
extremo más próximo al cielo de esta correa púrpura destellante, que se
inclinaba hacia unas manos tan pequeñas, pálidas y finas…, sin ningún anillo
en la izquierda… En fin, ¿qué voy a decir? Únicamente que allí, reteniendo a
un perrillo francés con una trailla tachonada de amatista se hallaba la diosa
azul y oro de todos los sueños celestes, con el rostro atravesando el líquido
viento hacia mí. Y allí estaba yo, atontado y vulnerable a los sueños,
sosteniendo la suelta cadena de un enorme y viejo Bulldog de Boston que
acababa de hundirse en un éxtasis y a continuación se había tendido en la
acera, jadeante, lamiéndose el morro (casi se veía lo que pasaba en los sesos
del perro) mientras pensaba en aquel perrillo francés de lanas.
¿Pero cómo yo —hace tanto tiempo, en Rumboviejo, sobrecargado de
carne, agobiado por sueños, con el cerebro borroso y la mente lanuda— logré
los favores del extremo más próximo al cielo de aquella correa engalanada en
púrpura? A veces me tienta el contarles cómo fue, cómo el cielo se vino abajo
en grandes fragmentos diamantinos azules aquel día del trágico y bellísimo
instante, cómo el torbellino arrastró tres deseos por la mente en aquel
ambiente blando y líquido de semillas flotantes, y cómo un millón de voces
de repentinos rayos de sol hablaron de Gozo Supremo SUPREMO. Y en otras
ocasiones estoy tentado por hacer resonar mis globos oculares de bola de
acero, a mover de arriba abajo las articulaciones de mis rodillas de metal
nuevo para todas las estaciones, a hacer juegos malabares con un centenar de
burbujas de metal nuevo y mis manos de metal nuevo, a sacar la placa de mi
lengua a todos y cada uno de ustedes y apretar el botón phfluggee-phflaggee
de mi hablador para todos y cada uno de ustedes: ¡BLAAHHHH!
Pero limitémonos a decir que hubo ese instante de ojos azules, a decir que
hubo ese lugar surgido del mismo y único instante, y que en ese lugar estaba
el mundo de todo-lo-que-importa. Porque era primavera y allí estaba yo,
joven y vulnerable a los sueños. Y allí estaba ella, sin ningún anillo en la
mano izquierda, proyectando azul, oro y blanco, superando a las mismas
flores con sus tonos y aromas de costoso color.
Después de eso, limitémonos a decir que todas las legiones quedaron
comprometidas, todas las naves zarparon y los cielos se llenaron de aviones.
En los sombríos encuentros no quisimos reparar en que nuestro amor era,
porque deben recordar que éramos carne aquel año, únicamente carne

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perturbada por sueños; seguimos adelante para destruirnos mutuamente con
un fervor mayor que el usual, porque nuestra pasión era grandiosa y única en
Rumboviejo aquella estación. O al menos así lo pensábamos. Pero no hubo
vencedores; ¿alguna vez los ha habido?
Llegó un momento, muy avanzados los días de agonía de nuestro duelo de
amor, en que yo enfermé. Los largos meses de persecución, las palpitaciones
del corazón, las dudas, las socarrantes esperanzas, los premios exhibidos y
apetecidos que luego eran rechazados insignificantes… Todo ese torvo asunto
me desgastó hasta dejarme en los huesos. Ambos vimos cómo era aquello.
Ella, de pena, se casó con un hombre de negocios dueño de cinco fábricas,
una carretera privada, diez automóviles y un ferrocarril. Y yo, comprendiendo
mis posibilidades y percibiendo el rumbo que los vientos del progreso estaban
eligiendo, me hice a la vela con la poca energía que me quedaba y la máxima
velocidad posible para ingresar en los Bangs y combatir en las guerras
mundiales que estaban tomando forma precisamente entonces. Tras la gran
derrota de Landry y el fin de nuestro mundo tal como lo conocíamos, yo
escapé de la embarradura de las bombas, el estrago que había por todas partes,
para hacer que me redujeran al mínimo de tiras de carne necesario para
mantenerme en forma. No solo me liberé del tejido aturdido por el amor; fui
mucho más lejos y logré que me tijeretearan carne saludable y la sustituyeran
por 'reemplazamientos'. Hasta que por fin, tras pasar la prueba con casi
noventa y dos años y un cincuenta por ciento de excelente acero de metal
nuevo, ¡supe que yo era SOLIDO!
Ella y el propietario de las fábricas, y permítanme aclarar, llevan muertos
muchos años. Incluso su modo carnoso de vivir ha sido evitado en gran
medida por el progreso actual, y sus tierras han sido invadidas y
transformadas por la Gran Tierra de los Nuevos Procesos, que crece de un
modo constante y traspasa los límites de manera imponente. Las fábricas de él
se han convertido en almacenes de componentes para los hombres actuales.
Yo, que partí de la planta baja por ser un Primitivo de Nuevos Procesos, he
escalado una montaña de grandeza que jamás pensé que iría a abordar. Me
respetan y soy poderoso. Mis desintegradores, armados con lo último en
megatones, están preparados para lanzar sus volcanes a este mundo y a
cualquier otro próximo en tiempo de guerra. En tiempo de paz me siento en
un sillón para caderas cómodas, para holgazanear en la 'playa' junto a una
balsa de aceite transparente e incoloro, el centro de deportes acuáticos del
hombre de metal nuevo de Nuevos Procesos cuya situación social es buena.

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Butch es ahora mi perro de metal nuevo. A veces lo activo y entonces
queda listo para masticar el mundo hasta dejarlo en cómodos fragmentos de
tamaño apto para perro. Pero en varias ocasiones me limito a dejarlo
acurrucado junto a la pared, tan frío y muerto entonces como una plataforma
de lanzamiento desconectada, como un recuerdo del pasado.
¿Y el amor? No tenemos ningún problema con el amor en la Gran Tierra
de los Nuevos Procesos y jamás hacemos uso de él excepto como un
momento de diversión en los Gozos. Y si un Gozo se hace aburrido, sabemos
qué hacer con el Gozo; lo entregamos a las antorchas; ponemos en OFF los
interruptores vitales de las relucientes doncellas de Nuevos Procesos, las
amantes chic y eficaces con lustrosos cabellos de fibra metálica. Y si una
forma sigue frecuentándonos, si una sonrisa de acero aún parece dulce,
molesta y material para sueños hirientes, llenamos el aire de lanzallamas; las
abatimos como a enemigos, apretamos los botones phfluggee-phflaggee,
movemos de arriba abajo las articulaciones de nuestras rodillas de metal
nuevo para todas las estaciones y reímos y reímos…, mientras ellas arden. Y a
veces, tal como decía, me pongo tan contento con mi condición de acero…
¡SÍ!

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RECORDANDO

Y después de un año de lucha llegó el otoño. Por fin. Los pájaros de


hojalata pasaron chillando hacia el sur bajo el escudo de vapor anaranjado y
una luna fabricada flotaba de un modo espléndido sobre nuestra tierra. Los
árboles se plegaron y se hundieron en los agujeros de los cotos, y las enormes
bolsas alzaron el vuelo desde Central, las enormes bolsas marrones repletas
de hojas que flotaban en el aire y estaban preparadas para regarnos con un
otoño sintético cuando el interruptor de Estaciones fuera puesto en ON. Y
esas bolsas marrones, vacías y plegadas, flotarían hasta caer y, con el aspecto
de las hojas de mayor tamaño caídas jamás, tal vez fueran encontradas por
hombres de hojalata, o por Vagabundos, o por los extraños y legañosos
mutantes que erraban por el desamparado plástico.
Después vino el invierno en un revoloteo de nieve sintética y cristal, y los
hombres de Estaciones, esforzándose y traspasando los límites del buen gusto,
según lo que me pareció, fueron aún más lejos y nos hicieron una Navidad.
Una cosa simple, pero un trabajo duro y además de escaso gusto, pensaba;
vestir los árboles normales con una envoltura de plástico verde y hacerlos
brotar en los hoyos de los cotos en diciembre con una extraña estrella
aureolada… ¿A quién podía interesarle? ¡Oh!, ¿a quién podía interesarle?
Y después volvió a ser primavera. Y yo supe cuánto había perdido.
Durante los últimos días de verano, durante el otoño y durante el polvoriento
invierno (con mi Fortaleza en Automático, mis necesidades diestramente
servidas por los expertos Artefactos automáticos siempre listos) yo había
estado sentado en mi silla para caderas cómodas contemplando el paso de los
meses, contemplando las travesuras de Central. Ni siquiera aburrido, o
divertido… Había fijado mi sangre en lenta-lenta y mis tiras de carne en
durmientes, y durante esos largos días yo permanecí sosegado casi por
completo, hasta en la última parte del metal nuevo de mis 'reemplazamientos'.
Pero la primavera… Algo ocurre en primavera. El mundo se desliza y gira
hacia el desasosiego y algo dormido sacude las viejas espirales, serpentea,
sale y lo mira a uno estúpidamente con unos ojos tan pequeños como gotitas.
¿O acaso un hombre de hojalata habrá tocado ligeramente el interruptor de mi
corazón mientras yo dormía? Es algo que no puedo aclararles, de verdad. Un
mes estoy sentado tan tranquilo como una fría bola de plomo, pensando en
Profundos Problemas Universales, con los pistones de mi corazón induciendo
un lento y uniforme ritmo moderano ideado para hacerme durar siempre, mi

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mundo un calmado mar de liso tiempo para que yo flote sobre él. Y al mes
siguiente estoy en el fragor de las olas, con los pistones de mi corazón
produciendo un latido de voladura, mi clara sangre verde ascendiendo para
hinchar los tubos de mi garganta y asfixiarme. ¡Estoy pensando en ella! Y en
el día del verano en que me dejó.
¿O fue una noche? No me he sentido muy bien desde que ella se fue.
¿Será orgullo? Quién podrá decirlo, tratándose de cosas que tienen
significación solo para el que las vive.
A veces pienso que subiré al poder en esta tierra. ¿Por qué no? Haré
científicos de mis armeros. Y de los hombres de hojalata. Transformaremos
esta Fortaleza en un gran laboratorio de experimentación. Idearemos un arma
para Contingencia Extrema que haga que otras armas para Contingencia
Extrema parezcan bombas de plumas de la tierra de los juguetes. Idearemos
un desintegrador tal que con solo pensar en la placa ON-OFF pueda borrar del
mapa regiones enteras. Y entonces diré a Central: «Me habéis dado vuestra
última lata, Central. Basta de primavera, fijaos. Además, basta de verano,
¿Enterados?» Y mejor será que se hayan enterado, si no… Oh, después de
esto, seré un gobernante benévolo. Nos mantendremos en otoño-invierno,
todos. Porque la primavera y el verano están francamente muertos,
¿comprenden? Desaparecidos. Pero quizá no lo esté explicando con claridad.
¿Quién puede hacerlo con otra persona? Tal vez…
En otras ocasiones pienso que haré serpientes. Tengo los planos.
Transformaré mi Fortaleza en una gran fábrica de serpientes de plástico
verde. Y las dejaré reptar por una tierra desolada. ¡Serpientes! Ese es el
símbolo. ¿Qué otra cosa mejor para decir lo que tengo que decir a todo el
mundo? Y entrenaré una serpiente especial para que vaya a ponerse sobre el
tejado bajo el que ella está. Con él.
Pero quizá todo esto les haga creer que soy un malvado. O que estoy
celoso. No es eso…, nada de eso. Es que me siento ultrajado por la estupidez
de ella, y me hiere algo que se mueve y gira en las frías secciones de mi caja
cardíaca cuando se presenta la primavera en la rueda del triste viaje del
mundo. Creo que es su estupidez lo que más me ultraja. Háganse cargo, ¡ella
me abandonó por uno muy inferior a mí! Deben aceptar mi palabra en cuanto
a eso. Deben, deben…
No es que yo no la haya tratado bien. Fue mi amante de metal nuevo
durante muchos meses de felicidad. Y entonces, tal como suele pasar en estos
asuntos, supongo que ella aprendió a amarme. Y no puedo culparla por eso;
ciertamente eso no formaba parte de su estupidez. Pero, igual que todas las

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mujeres, ella quería más y más, más y más tiempo. Lo que pretendo decir es
que ella quería compartir mi vida, incluso ayudarme a gobernar, ¡o tal vez
gobernar la Fortaleza! ¡Quería que dejase en ON su interruptor vital! Pero yo
le expliqué con mucha paciencia, como a un niño, que era mejor que tuviera
el interruptor vital en ON solamente mientras estuviéramos amándonos, y ella
podría tumbarse debajo de la cama y descansar allí como una vara de acero, o
unos viejos zapatos de plástico, hasta que yo volviera a necesitarla con
urgencia… Cualquier otro arreglo, tal como le expliqué una y otra vez, habría
podido conducir a un debilitamiento de mi fuerza mental en el Profundo
Pensamiento Universal. Y creí que ella lo había comprendido.
Y entonces un día… Era verano, las pesadas flores se alzaban alrededor y
las crías de los tordos sintéticos ensayaban sus tiernas alas y vibrantes
cancioncillas recién aprendidas… Aquel día no tuve cuidado. Imagino que
dejé en ON el interruptor vital de ella cuando acabamos. Recuerdo que era
una época de intenso pensamiento. De nuevo había terribles problemas en el
Mundo Exterior con el viaje espacial a Marsoplan, y la Galaxia Roja volvía a
plantear complicaciones. Imagino que dejé en ON el interruptor vital de ella.
O quizás uno de los hombres de hojalata… Pero no debo ser tan receloso.
Incluso ahora me parece que todos los ojos que sondeo son culpables de algún
modo. De vez en cuando me pregunto si acaso todos harían el amor con ella
cuando les daba la espalda para pensar. Y al pensar en esto, la sangre verde
aparece tan ardiente en mis tiras de carne que pensar es lo único que puedo
hacer para no hacer volar la zona con una Descarga Máxima solo por dar
rienda suelta a mis sentimientos.
Total que ella me abandonó aquel día mientras yo estaba en mi sala de
pensar, atareado. Sé que tuvieron que ayudarla a pasar los once muros de
acero de mi Fortaleza. Tuvieron que hacerlo. Todavía, incluso ahora, estoy
imaginando castigos para esos siervos traidores, y ningún castigo me parece
lo bastante grande para ellos. Cuando averigüe quiénes fueron… Oh, mi
necesidad de venganza crece y crece y me abruma.
¡Y cuando la encuentre a ella!, cosa que haré, espero tener a punto mi plan
de venganza. Mis 'chicos' están fuera, ahora mismo, infiltrándose en todas las
Fortalezas de la vecindad, donde se encuentran los señores inferiores, para
averiguar qué señor inferior fue el motivo de su estupidez. ¡¡¡Y cuando la
encuentre…!!!
Pero, ¿saben? Tengo una esperanza. Hasta en esta primavera que hiere el
corazón, un lugar plano en la rueda del triste viaje del mundo, tengo una
esperanza, ¿…de que ella volverá? Ah, no. Tengo la esperanza de que la

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encontrarán fuera, en una Fortaleza. Quizás errante en el desamparado
plástico, gritando mi nombre. O tal vez 'viviendo' en alguno de los hoyos para
árboles de los cotos, esperando que yo llegue para decirle, «¡Vuelve!»
¿Pero acaso yo volvería a aceptarla? ¿Podría aceptarla de nuevo? Parece
haber culpabilidad en todos los ojos que sondeo. Estoy atrapado en mi sangre
verde. Pienso en serpientes, y pensaré… Hasta que lo sepa, pensaré. Y quién
sabe… ¿Quién podrá saber acerca de estas cosas? Así que…, ¡a toda máquina
con mis planes de castigo! Y cuando la encuentren —¡y la encontrarán!—
espero que no sea con mis planes inconclusos. Me apresuraré hasta terminar
esa nueva máquina. ¡Dejaré en ON el interruptor vital de ella! La dejaré 'vivir'
mientras esta máquina martillea su 'vida' hasta dejarla en átomos gelatinosos.
Por su estupidez… Bueno, estupidez es una cosa más que terrible, ya saben
(en especial si se trata de juzgarME en comparación con otra persona), y se
merece una descomunal paliza.

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NAVIDAD DE UNA NIÑITA EN MODERAN

Fue en tiempo de Jingle-Bell cuando Hermanita atravesó el blanco


descampado, con nieve gris y compacta entre los dedos de sus pies, una nieve
que empezaba a tomar forma de bola como rudimento de dos muñecos de
nieve. Por vestido no llevaba nada, su menudo trasero sobresalía rojo de frío,
y azul de frío, y las pequeñas joyas de sus rodillas casi tenían el color blanco
de los huesos. Levantó diez ateridos dedos y dijo:
—¡Papá! ¡Hay algo estropeado en mi casa! ¡Ven a verlo! —tal vez
balbuceaba un poco y no decía las cosas con la misma precisión que los
adultos, debido a que acababa de cumplir cuatro años.
Él se volvió como lo hace un hombre en el último tercio de un mal sueño;
apuntó dos aburridos ojos hacia la niña. ¡Maldita cría!, pensó.
—¿En qué condenado lío nos ha metido Mox ahora? —comentó, y se
puso a entonar el verso que hacía que la puerta se abriera.
Después, mientras ella avanzaba por la sala, él vio los pelotones de nieve
en los pies de Hermanita. Se estaban derritiendo y dejaban profundos rastros
en la alfombra verde extendida a lo largo de la espaciosa sala de pensar. El
prominente pelillo de la alfombra, convertido en algo similar a hierba anegada
en los canalillos que se inclinaban y apartaban de los pies de la niña, estaba
moteado de blanco en diversos puntos a causa de estrujadas bolas de papel.
Apuntes de planes y fórmulas se asomaban como pelotas de golf.
Regresando de los campos de hierro de la pesadilla que siempre surgía
para enfrentarse a él en ocasiones así, se esforzó en dar sentido al enigmático
momento del presente. ¡Maldita cría!, pensó. No se ha limpiado los pies…
Todo carne, todavía —su propia carne—, y huesos y sangre, y no se había
limpiado los pies. ¡La nieve se derrite!
Le indicó que se acercara.
—Hermanita —empezó a decir con aquella voz cansada, apagada y aguda
que ahora era su voz, y que debía ser así, puesto que su laringe estaba
completamente trabajada en oro contra el cáncer—, cuéntamelo poco a poco,
Hermanita. ¿Por qué no estás más tiempo en tu casa de plástico? ¿Por qué no
haces más uso del Mox de hierro? ¿Por qué tienes que molestarme?
Cuéntamelo poco a poco.
—¡Papá! —gritó la niña, y se puso a dar saltos alocados en una de
aquellas rabietas que él odiaba tanto—. Ven a mi casa, viejo cascarrabias.
Hay algo que arreglar.

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Así que atravesaron el enorme descampado blanco hasta la casa de
Hermanita, dejando atrás la casa de Madre, y también la casa de Hermanito,
la niña renqueante y desnuda, dañada por la nieve, y él avanzando
pesadamente con extraños y rígidos movimientos de sus articulaciones,
aunque muy cómodo con su confortable traje rojo como el fuego,
excelentemente aislado, y unas magníficas botas especiales de cuero con caña
muy alta. En cuanto llegaron a la casa de la niña, él silbó las tres notas agudas
ante la puerta, que entonces se deslizó en la pared y el Mox de hierro
introdujo una de las secciones férreas de sus brazos dentro de la otra hasta
quedar únicamente con las manos colgando de los hombros. Era su forma de
saludar. Les dedicó una amorosa mirada con sus ojos-bombillas e hizo que
destellaran en el código de saludo.
—¿Qué habrías hecho —preguntó papá— si yo no hubiera venido
contigo? No llevabas ningún silbato para la puerta.
Tres agudas notas surgieron hacia él desde las aberturas normales de la
cabeza de Hermanita, y la pesada puerta salió lentamente de la pared hasta
encerrar a los ocupantes de la casa en la alegre habitación alfombrada en rojo
con un árbol de Navidad: el padre, la niña desnuda y el Mox de hierro. Y
Hermanita sostenía traviesamente entre sus dientes el silbato mientras sonreía
a su padre.
—Lo he llevado todo el rato —dijo, y dejó caer el silbato en la crecida
hierba roja de la alfombra de su habitación.
Eliminó los menguantes pelotones de nieve de sus pies y acercó
cuidadosamente su congelado trasero a las rendijas de la pared por las que
salía el calor, un calor dulce y perfumado como el verano en una isla. Las
rodillas de la niña volvieron a tener color de rodillas y su trasero dejó de ser
frío multicolor para transformarse en el más primoroso trasero rosado de una
niña recién nacida. Y Hermanita se quedó inmóvil como una señorita
campeona de salud, todo carne, huesos y sangre —todavía— y señalando el
ángulo hacia el techo.
—¡La estrella! —dijo—. La estrella se ha caído.
Y el padre advirtió que Hermanita estaba señalando al árbol.
—¿Cuál estrella…? —empezó a decir, a través de la bruma que siempre
olía a metal en su mente durante los últimos años, y después pensó, Oh,
demonios, se refiere a la estrella de Navidad—. ¿Atravesaste todo el
descampado para fastidiarme por una cosa así —preguntó incrédulamente—,
cuando Mox…?

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—Mox no quiere hacerlo —le interrumpió Hermanita—. Se lo pedí y se lo
pedí, pero no quiere. La estrella se cayó el día quince. ¿Te acuerdas de
aquellos estudiantes tontos? Volvieron temprano a casa con sus jets, a toda
velocidad y sin respetar las normas, e hicieron temblar las casas. ¡BUM! Y la
estrella se cayó. Así mismo. Bueno, Mox se hace el tonto cuando se lo pido,
como tú acabas de verlo ahora, se mete los brazos en los hombros y me mira.
Si quieres saberlo, está tontísimo.
—Pero, ¿y tu madre?
—Se lo pedí cuando estuve en su casa, hace más de una semana. Estaba
cansada y muy ocupada. Ya sabes cómo es Mamá, siempre con ese tipo de
plástico frotándole partes del cuerpo, que ella dice que le duelen, y saltando a
su cama por cualquier tontería. A veces creo que ese tipo siente amor por
Mamá. ¿Qué es amor?
—¡¿Qué?! ¿Qué es amor? ¿Debo decírtelo, suponiendo que lo sepa?
Amor es… No es un techo de hierro encima de un plástico… Aunque… ¡Oh,
no importa! ¡Demonios! ¿Cómo está la estrella de tu madre?
—Brilla, brilla, estrellita. Cómo me maravillas, tan alto encima del
mundo, como una mamá en el cielo. Lo escuché en los programas que
anuncian diamantes.
—Limítate a responder las preguntas. ¿Cómo está la estrella de tu madre?
—Muy bien, brillaba mucho, la última vez que la vi. Pero, ¡qué asco!
Mamá no debe mirar nunca su estrella, porque ese tipo de plástico…
—¿Y la estrella de Hermanito?
—¡Puf, Hermanito…! Destrozó su estrella una semana después de
haberlas colgado. Dijo que era justo lo que necesitaba para la parte inferior de
su cohete espacial. Ya sabes cómo está Hermanito con el espacio…
—De manera que tu estrella es la única que ha caído… La de Madre sigue
colgada, aunque no tenga tiempo de mirarla, según lo que tú dices. Hermanito
cogió la suya en interés del espacio. La tuya se cayó.
—Papá, ¿dónde está tu estrella, Papá?
Miró a la niña y pensó, ¡Malditas sean estas niñas! Siempre con tanto
sentimentalismo. Y tan intrigantes, además…
—Dije a Nugall que guardara mi estrella. Está en alguna parte, con el
árbol, en una caja. Interfería en mi profundo pensamiento. Necesito disponer
de una habitación completamente vacía, al menos sin árboles de Navidad,
para pensar profundamente, si es que a ti no te importa.
Durante un instante pensó que la niña iba a empezar con los lloriqueos.
Hermanita lo miró, con los ojos flotando y la cara a punto de arrugarse y

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retorcerse en una lacrimosa queja. Pero la niña se contuvo y lo miró
fijamente, de un modo severo.
—Naturalmente que te arreglaré la condenada estrella —dijo él—.
Arrastra una silla hasta aquí. Y después volveré inmediatamente a mi casa —
era peligroso estar juntos tanto tiempo. Y tan anticuado… Además, estaba
tramando una fórmula cuando Hermanita lo interrumpió.
De manera que se subió a la silla que la niña arrastró para él, fijó la
estrella de vidrio deslustrado en el gancho del techo de hierro y la ajustó hasta
que fue prácticamente imposible saber que no estaba unida al árbol de
plástico verde. Después silbó ante la puerta.
En el mismo instante en que cruzaba la abertura, dispuesto a marcharse,
notó que algo tiraba de una pernera del traje rojo como el fuego. ¡Maldición!
Era ella de nuevo.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—¡Papá! —dijo ella con voz aflautada—. ¿Sabes una cosa, Papá? Pensaba
que… ¿Y si fuéramos a las casas de Madre y Hermanito, ya que es Navidad?
Y te has puesto el traje rojo. ¿No es un día muy especial? He estado
escuchando los programas…
—No —dijo él—, no es un día muy especial. Pero si quieres, y es
probable que cojas una rabieta si no te sales con la tuya, vamos.
Así pues, en cuanto ella se puso un vestido verde para la nieve, iniciaron
la marcha por el blanco descampado, un extraño estudio pictórico con los
viejos colores de Navidad, y se detuvieron primero frente a la casa de
Hermanito, que tenía poco más de cinco años.
Vestido con un traje presurizado, y robusto sin ningún sentido —a causa
del levantamiento de pesas, las vitaminas que tomaba y los desayunos-de-los-
campeones que ingería— Hermanito quiso saber qué condenado desatino era
una visita en plena madrugada. Y les hizo saber que Nogoff, su hombre de
hierro, se estaba cuidando de todo a la perfección en su casa, gracias. A
continuación movió pesadamente sus músculos, robustos sin ningún sentido,
y les mostró el nuevo componente de cohete espacial en que se había
convertido la estrella a base de martillazos, y Padre y Hermanita no tardaron
en despedirse del mal humor del niño. En camino hacia la casa de Madre,
Hermanita dijo que le parecía que Hermanito pensaba demasiado en los
cohetes, los jets y el espacio. ¿No pensaba Padre lo mismo? Padre convino sin
mucho ánimo en que tal vez sí, que no lo sabía, aunque en realidad, dudaba
que alguien pudiera pensar demasiado en los cohetes, los jets y el espacio.

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Mientras seguían andando por el descampado hacia la casa de Madre, la
niña daba patadas a la nieve, prorrumpía en risas y risitas y contaba chistes de
color subido —los había escuchado en los programas— casi como cualquier
niña normal. Padre se abría paso hoscamente entre la nieve sin marcas, bajo
un cielo gris y monótono, y únicamente pensaba en el mucho dolor que aquel
absurdo de caminar tan temprano estaba provocando en las partes de plata de
sus articulaciones, y además antes de haber tomado su tónico fortificante
matutino. Sí, ciertamente Padre, en su mayor parte, solo era carne en las
porciones para las que aún no se habían descubierto medios de
'reemplazamiento' que fueran seguros. Siguió avanzando, ceñudo, andando
con dificultad, y deseó volver a su sillón para caderas cómodas en donde
pensaba en Profundos Problemas Universales.
En casa de Madre encontraron a la mujer disfrutando de uno de los
plastomasajes que le daba el hombre de plástico, que verdaderamente actuaba
con Madre de un modo algo raro. ¿Suponen que en realidad no era todo
máquina sino un hombre que había sido reemplazado parte por parte hasta
que se hizo prácticamente imposible determinar dónde acababa el hombre y
dónde empezaba el robot de plástico? Padre se preocupó del asunto durante
un segundo y medio y después desechó el pensamiento. Y si fuera así, ¿qué?
¿Qué podía hacer a Madre? Y si le hiciera algo, ¿qué importaba? Madre, que
ahora tenía aleaciones nuevas en casi todos los lugares…
Hermanita gritó ¡FELIZ NAVIDAD! con la máxima potencia de sus
excelente pulmones de carne, y Madre se volvió únicamente de la cintura para
arriba, como si tuviera una placa giratoria en esa porción, y Padre tosió
secamente en el colmo metálico de su vergüenza.
—Ha sss-sido idea de Hermanita —masculló Padre—. Cuánto lo siento,
Marblene. Supongo que Mox no ha prestado la atención debida a los
programas de la niña… Su insistencia en los árboles de Navidad, todo lo que
ha hecho este año, y ahora la idea de visitar a los miembros de la familia… Lo
siento, Marblene —volvió a toser—. Es tan anticuado…
Madre le dirigió una mirada abrasadora con unos ojos de un purísimo
color azul que ya casi estaban completamente 'reemplazados'. No había duda
de que ella deseaba proseguir el masaje con el hombre plástico tan pronto
como fuera posible.
—Y bien…
—Nada más —masculló Padre—, si Hermanita está lista —y entonces,
por algún estúpido motivo que jamás pudo explicarse, como no fuera que aún
no estaba totalmente 'reemplazado', dijo una tontería, algo que vino a

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comprometerlo durante varios meses desde ese momento—. ¿Querrías…?
Bueno, tal vez tú… bien, ¿po-podría verte u-un par de m-minutos —
tartamudeó—, quizá para Pascua? Nuestras casas solo están separadas por el
descampado, ya sabes. Quizá cuando yo esté completamente 'reemplazado' no
pueda caminar —se odió a sí mismo por suplicar de ese modo.
Marblene sacudió frívolamente su mano izquierda, e hizo oscilar aquellos
fabulosos dedos plásticos 'reemplazados'; admirables rayos de luz brillaron y
estallaron a torrentes emitidos por los anillos de diamante 'moderno'.
—¿Por qué no? —dijo ella resignadamente—. ¿Qué puedo perder? Si Jon
acaba a tiempo…, hablaremos un poco para Pascua.
Y la visita estaba hecha, y concluida; no tardaron en volver a estar fuera,
en el descampado.
—Supongo que no tendré que acompañarte a tu casa, ¿no? Tienes el
silbato, ¿verdad? —preguntó él.
—No —dijo Hermanita—. Lo dejé caer en la alfombra roja. Recuerdo que
lo hice, oí el ruido, chapoteó en lo mojado, mientras se fundían los pelotones
de nieve. ¡Podría ir a tu casa…!
¡Malditas crías!, pensó él. Tan intrigantes… Siempre maquinando. Había
que empezar a 'reemplazar' a la niña cuanto antes, después de Navidad.
—No hay nada interesante en mi casa —se apresuró a decir—. Mi asiento
para caderas cómodas, mi espacio para pensar y Nugall —Padre no creyó
necesario hablar de Nig-Nag, la mujer-estatua que no era totalmente metálica
y que guardaba debajo de la cama pues había llegado a necesitarla tanto que
debía… Había cosas que no era bueno explicar a una hija hasta que tuviera
unos cuantos años más, o hasta que estuviera más encaminada en sus
'reemplazamientos'—. Te diré lo que haremos. Te acompañaré a tu casa,
silbaré delante de la puerta y te reunirás con Mox. Tu estrella y todo lo demás
está arreglado. ¡Qué buena Navidad has tenido!
De modo que retrocedieron por la nieve fría como el hierro hasta la casa
de Hermanita, bajo un cielo que se espesaba con rapidez en un día que se
volvía negro. Y cuando la puerta de la niña se deslizó y quedó abierta, Padre
se sintió tan aliviado que se agachó para besar a Hermanita en la cabeza, y
darle unas juguetonas palmaditas en sus magníficas nalgas de carne mientras
cruzaba la entrada de plástico. Tras desaparecer la niña, él se quedó allí
mismo un poco pensativo e inmóvil, igual que un viejo en el tercio inicial de
un buen sueño. Meneó la cabeza de un lado a otro, impulsado quizá por cosas
de un tiempo anterior a la era de los 'reemplazamientos' y preguntándose si tal

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vez no hubiese pagado un precio enorme, incalculable, por su férrea
perdurabilidad.
Mientras reflexionaba ociosamente, una luz alta y diminuta apareció de
repente —procedente del este, de los aeropuertos de la costa— y avanzó
velozmente por el lóbrego cielo en dirección a él, cobrando velocidad. La
zona de los alrededores no tardó en quedar atrás después del golpe tremendo
ocasionado por la ruptura de la barrera del sonido. Padre oyó que Hermanita
gritaba a su espalda y le rogaba que volviera, y sin necesidad de comprobarlo
supo que la estrella había vuelto a salirse del gancho de hierro. Igual que un
monstruo atemorizado ansioso por ganar su cubil, Padre hundió fuertemente
sus pies metálicos y caminó torpemente por el descampado hacia su casa,
anhelando descansar de nuevo en su sillón para caderas cómodas, deseoso de
seguir pensando en los Profundos Problemas Universales.
La luz, inmutable, siguió recorriendo el cielo, alta y diminuta, como una
estrella fugaz, como algo que se dirige a alguna otra parte con gran celeridad.

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EL HOMBRE DE CARNE DE LEJOS-LEJOS

Acababa de clavar las colas de los ratones en el tablero de contienda,


estaba considerando la felicidad que es ser feliz, y estaba a punto de
levantarme de mi sillón para caderas cómodas para ir a buscar al gato de
metal nuevo, cuando mi alarma inició un estrépito. Corrí hacia mi pared de
visión, donde se encontraban los botones del armamento, fijé el alcance de
visión en barrido máximo y observé un plano general de las azules colinas
plásticas. Y vi a ese tipo, a esa figura, ese ser algo encorvado que no venía del
Valle de la Bruja Blanca, mi principal zona de peligro en esos momentos, sino
de las Llanuras de Lejos-Lejos, de las que no había recibido un visitante
nocturno desde hacía cinco eras.
¡Qué triste, oh, qué triste! Seguía avanzando, este hombrecillo rebajado a
sapo, tap-tap, melindrosa-melindrosamente, paso-paso-paso, aunque con un
tenso cuidado en su lentitud, como si cada melindroso centímetro fuera un
lento deslizarse hacia un pájaro. Sentí picazones solo de verlo, y pensé cómo
debía ser andar a grandes zancadas, grandes distancias, muy erguido con
objetos de acero resonando y colgando a todo lo largo de los costados junto
con otras armas enfundadas en cuero con las que desafiar al mundo. Y los
carros de uno suministrando mazas y hachas sin parar. Aunque yo no voy de
esa forma, a decir verdad, porque soy de Moderan, donde la gente tiene
'reemplazamientos'. Camino con una cojera peor que la de muchos, una
especie de avance milímetro a milímetro, clop-clip-clap-clop, sobre los
descampados plásticos, lo poco que ando, porque aún tengo defectos en las
bisagras. Yo fui un Primitivo, ¿saben? Uno de los primeros de Moderan. Pero
lo recuerdo. Algo metido en la sangre verde claro de mis tiras de carne
recuerda cómo era caminar: una magnifica marcha con mazas con las que
machacar las cabezas de los enemigos de uno, y una crujiente gelatina
sangrienta bajo los pies producto de los huesos y jugos de cosas tan
insignificantes que ni siquiera valía la pena dedicar una ojeada a lo que había
bajo los pies revestidos con hierro.
Pero este tipo… Hmmm, parecía un lirio. Sí, un lirio blanco con la corola
cónica (la cabeza) inclinada. Me pregunté por qué mi alarma me habría
molestado por aquello. Aunque, efectivamente, yo sabía por qué mi alarma
me había molestado. Mi alarma advierte de cualquier movimiento que hay
hacia mi Fortaleza, y los lirios, de vez en cuando…
—¡Deténgase para descontaminación!

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Ya estaba en mi Muro Externo, en la Puerta de Registro, así que ordené a
mis descontaminadores y sondeadores de armas que le dedicaran el rataplán.
Para ser sinceros, dos largas manos metálicas habían brotado de la pared para
apresar al intruso y sostenerlo justo delante de la Puerta de Registro, por lo
que mi grito ¡Deténgase para descontaminación! había sido un mero parloteo
de cortesía. En cuanto Descontaminación y el Informe de Armamento le
dieron vía libre, apreté el botón que abría las puertas de mis once muros de
acero y dejé que el hombre lirio entrara melindrosamente.
—Hola, y bienvenido, extraño viajero de Lejos-Lejos.
Él temblaba metido en sus harapientos zapatos, con un aspecto de estar
muy concentrado en cómo frenar al momento su melindroso andar centímetro
a centímetro.
—Excúseme —dijo—, si parezco algo nervioso.
Y me miró inesperadamente con las bolas de carne de sus ojos mientras
daba tirones a su barba roja con forma de copa. Y me quedé pasmado a ver
los 'reemplazamientos' que él había rechazado, las partes de su persona a las
que se aferraba. Y por un indómito momento de ceguera casi ansié apostar a
que él poseía incluso un corazón auténtico. Pero después pensé, ¡ah, no…, a
estas alturas y en Moderan…!
—Este paso continúa —continuó—. Ya ve, le cuesta un poco pararse.
¿Sabe una cosa? Llegar hasta aquí por fin es algo que yo… Mi cuerpo entero
no cree que esté realmente aquí. Mi mente dice, ¡sí! Mis pobres piernas
siguen pensando que aún queda por caminar. ¡Pero estoy aquí!
—Está aquí —repetí, y me pregunté, ¿y ahora qué? Pensé en los ratones
que había clavado y en el nuevo gato que aguardaba, y sentí impaciencia por
continuar con mis Gozos. Pero un visitante es un visitante, y un anfitrión es
muy probablemente una víctima—. ¿Ha comido? ¿Se ha puesto su
intravenosa?
—He comido —me contempló de una forma extrañísima—. No me he
puesto ninguna intravenosa.
Empezaba a sentirme cada vez más incómodo. Él seguía allí, vibrando un
poco sobre sus delgadas piernas, observando mi conducta con furtivas
miradas de las azules bolas de carne de sus ojos, y parecía estar aguardando
que yo reaccionara.
—¡Estoy aquí! —repitió.
—Sí —contesté sin saber qué más decir—. ¿Le gustaría hablarme de su
viaje, de sus esfuerzos y tribulaciones?

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Entonces comenzó su recital. Consistió fundamentalmente en una
deprimente y larga tonada de dura marcha, de esperanzas prácticamente
infundadas en relación a lo que él esperó encontrar, de cómo había seguido
andando, de cómo había estado a punto de abandonar en las montañas Spoce,
de cómo algo allí arriba lo había impulsado a seguir en su intento, algo así
como un resplandor a través de una grieta de un muro.
—Ir al muro y conquistarla —dijo—, conquistar toda esa luz. ¡Al muro!
—me miró como si hubiera llegado inequívocamente el momento de que yo
reaccionara.
—¿Por qué estuvo a punto de abandonar en las montañas Spoce?
—¿¡Por qué estuve a punto de abandonar en las montañas Spoce!? ¿Ha
acometido alguna vez las montañas Spoce? —y tuve que admitir que no—. Si
no ha acometido jamás las montañas Spoce —entonces cayó en un ataque de
temblores tan vividos que explicaron todo mejor que infinidad de palabras—.
¿Dónde están los otros? —preguntó en cuanto los temblores se calmaron.
—¿Los otros? ¿De qué está hablando?
—Oh, sí. Aquí debe haber grupos. Debe haber largas listas esperando —
su blanco rostro de forma cónica se iluminó—. Oh, supongo que estarán en la
Sala de la Sonrisa… Cierto, ¿no?
Mis dedazos de acero se movieron lentamente para estrujar a aquel tipo
igual que se exprime a un gusanillo. Tenía un no sé qué, una blandura, se
mostraba tan confiado y razonable…, todo lo que iba en contra de mis
primeras ideas de maza de hierro y las caminatas con grandes oscilaciones de
los brazos.
—Aquí no hay Sala de la Sonrisa —dije bruscamente—. Tampoco hay
largas listas esperando.
Reacio a ser aplastado, esbozó aquella sonrisita pura.
—Oh, debe ser una máquina tan maravillosa… ¡Y tan enorme!
Comparada con las demás máquinas, la Única, la ÚNICA… ¡Finalmente!
¡Descomunales bolas de plomo saltando y rebotando sobre pies de carne
desnuda! ¿Qué teníamos aquí? ¿Un chiflado? ¿O acaso se había extraviado?
—Caballero —dije—, no sé adónde quiere ir a parar. Este es mi hogar.
Aquí me fortifico contra el peligro. Aquí amurallo la diversión. Mi estilo de
diversión. Esto es una Fortaleza.
Con el sonido de la última palabra sus ojos azules saltaron y se
zambulleron en aquel rostro blanqueado; su cabeza cayó hacia adelante como
si intentara seguir a los ojos en su caída. Y su angustiada boca apareció

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enormemente abierta entre la inmensa aunque invisible nube que parecía
envolverlo.
—¡Una Fortaleza…! ¡Todo el camino que he recorrido, y es una
Fortaleza! En una Fortaleza no tienen la Máquina de la Felicidad. No puede
ser.
»Oh, eso era lo que me hacía continuar: la esperanza… Así se me dijo. En
las nebulosas, peligrosas y espectrales montañas Spoce, cuando los
descomunales Gloon Glays de húmedas alas saltaron sobre mí y me abatieron
con sus picos, me levanté y continué. Y una desventurada mañana, muy
tenebrosa y anegada por la lluvia, desperté en el círculo blanco de los
roedesdichas de largos colmillos y piel verrugosa, y ¡oh!, habría sido mucho
más fácil, habría sido mucho menos extenuante haber fingido que dormía
mientras ellos me desgarraban y me abrían y llenaban de muerte mi alma.
¡Pero no! Resistí, recordé la profecía. Me arropé en mi capa. Caminé. Seguí
caminando. Me alejé de los monstruos que me miraban fijamente con los
dientes vacíos. Pensé en mi destino. Y ahora… ¡Aquello fue un sueño! ¡Soy
un imbécil! ¡Lléveme a su máquina de la felicidad!
Me estaba poniendo histérico. Siguió parloteando acerca de cuánto
deseaba sentarse en cierta máquina calibrada para producir belleza, verdad y
amor, y ser feliz. Estaba perdiendo el ánimo. Comprendí que debía
reanimarme para un intento más, para ponerlo del otro lado de mis Muros.
—Caballero —dije—, usted ha conocido, no hay duda, las descomunales
nubes, el sol que se apaga y el grisáceo amanecer anegado por la lluvia del
tiempo sin esperanzas. Usted ha resistido el desastre, lo creo, en medio de
cantarines cuchillos de la adversidad, y todo lo que lo acosaba era lo que
usted mismo llevaba encima. No había ejércitos concentrándose en otros
campos para ir en su busca, no había padrinos recolectando fondos en lejanos
países del otro lado de los mares; quizá ni siquiera había niños para ir al
encuentro de Papá en las montañas Spoce, y en caso de muerte, ni tan solo
una viuda que reclamara el cadáver y llorara con los ojos al sol. Y sin
embargo usted desafió a todo esto, se las arregló para salir del constringente
anillo del desastre y siguió adelante. Lo admiro. Estoy francamente apenado
por no tener lo que desea. Y aunque usted sea algo así como un tonto, según
mi forma de pensar, al ir corriendo por ahí con su carnosidad, buscando un
algo puro que tal vez no exista, le deseo suerte al tiempo que abro las puertas
y abro camino en favor de su progreso. Quizás encuentre, más adelante, en
alguna parte, después de atravesar infinidad de montañas, y áridas tierras, esas
Máquinas de la Felicidad por las que se lamenta.

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Él tembló cuando mencioné las montañas, pero cruzo las puertas.
Y a pesar de que yo estaba convencido de que no encontraría nada, tal
como iba, no he sido enteramente capaz de olvidarlo. ¿Qué impulsaría a una
criatura así, obviamente mal dotada para cualquier tipo de logro importante, a
esperar conseguir el logro supremo e imposiblemente importante, la
felicidad? Y además esperar conseguirla de una forma tan rara, felicidad
esparcida por cierta máquina mágica calibrada para producir belleza, verdad y
amor. En un lugar resplandeciente al final de un largo viaje.
Oyéndolo hablar se podría pensar que la felicidad se basa en cosas débiles
como los lirios. ¡Qué fantástico! El poder es gozo; la fuerza es placer;
depositen su confianza únicamente en el grueso muro, el visor y la alarma.
Pero de vez en cuando, y mal que me pese, pienso en este hombrecillo
agobiado por la carne, y me pregunto dónde estará.
Y cuando estoy tranquilo, nutriendo mis tiras de carne con los complejos
fluidos de la intravenosa, sabiendo que puedo vivir casi eternamente con la
ayuda de las aleaciones de metal nuevo, una vaga intranquilidad se apodera de
mí e intento evaluar mi vida. Con las máquinas que me sirven, siempre
zumbantes bajo mi Fortaleza y funcionando a la perfección… Sí, estoy
satisfecho, tengo suficiente. Y cuando deseo algo más que una sosegada
satisfacción, puedo intentar y lograr destruir uno de los Muros de algún
vecino, quizás, o un fragmento de su alarma. Y a continuación pelearemos
vigorosamente uno contra otro durante un rato mientras estamos en nuestras
Fortalezas, apretando los botones destructores en una especie de elevado
júbilo. O simplemente me quedo en casa e ideo algún sádico placer personal.
Y en las condiciones deseadas por el hombre carne —verdad, belleza, amor
—, estoy prácticamente convencido de que no existe una sola Máquina de la
Felicidad en ninguna parte de ahí fuera. Estoy casi seguro de que no existe.

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Tercera parte

INSINUACIONES DEL FIN

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EL HOMBRE DEL CAMELOT MODERANO

¡Uno de ellos se estaba acercando! Yo había oído hablar de ellos; no lo


había creído más que a medias. Pero allí estaba él, sobre un gran caballo
metálico que cabalga en línea recta en mi Alarma…, surgido de un tiempo
muy lejano, una extraña figura medieval. Aquel metal provocó un estrépito
mientras yo observaba al hombre que cabalgaba, lentamente y como en un
desfile. ¿O era el lúgubre movimiento de la tristeza? Nadie podía saberlo
mientras los lentos cascos subían y bajaban, clop-clip-clop, clop-clip-clop,
haciendo que los oídos de mi Fortaleza temblaran con el atronador sonido del
Acercamiento. Podía ser un engaño; podía ser cualquier tipo de truco. O podía
ser uno de aquellos hombres, ciertamente.
Puse todo en alerta. Nos pusimos en alerta, los armeros en sus puestos y la
totalidad de mis lanzamisiles armados y listos, por si acaso. Y naturalmente,
si las puertas de registro le otorgaban una mala nota en contaminación o
armas, lo haríamos estallar sin siquiera un saludo. Pero él pasó las pruebas
con poco esfuerzo; estaba limpio como un diente de metal nuevo. En cuanto
su cabalgadura redujo a nada la distancia y aquel enorme corcel de acero pasó
los once muros de mi Fortaleza y se paró en el círculo final donde yo
aguardaba en mi caseta atisbadora de acero, vi que era realmente lo que había
sospechado. O digamos que era más de lo que sospeché, puesto que había
escuchado esas historias sin pasar de creer en ellas a medias.
Sí, aquel hombre pertenecía a los Lanceros de la Rosa Roja, originarios de
esa extraña colonia de Evolución-en-la-Costa que a veces denominábamos
burlonamente Estado del Camelot Moderano. Pero, ¿por qué tenía esa mirada
fija en su persona, los ojos muertos en su rostro? ¿Por qué llevaba ese corazón
aferrado en un guante de acero, y por qué ese aspecto de tener una gran herida
que no sangraba? ¿Lo habían derrotado en una justa en Evol? ¿Se había
portado menos que caballerosamente en algún lejano campo?
—Hola —dije desde mi caseta atisbadora—, y bienvenido, jinete de Evol.
¿Desea prepararse aquí para arremeter contra el Valle de los Conmutadores de
Lanzamiento?
Le hice esa pregunta a manera de chiste, un chiste tremendamente vulgar,
pues yo sabía, como únicamente un hombre de Fortaleza moderana puede
saber, que Evol pertenecía al pasado, que Evol, aunque solo la mitad de las
historias fueran ciertas, era una patética y minúscula provincia con
excéntricos a los que se permitía continuar con cierto romance en sus vidas

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debido a que… bueno, mientras vivieran apartados del resto de nosotros no
podían hacer daño real a nuestra forma de pensar. Pero cabalgar con una
coraza en contra de la realidad del Valle de los conmutadores de
Lanzamiento… ¡Ja! Imaginen, si pueden, una pequeña cantidad de tira de
carne lanzada a la enorme cocina solar que están terminando en el Sur, la
misma cocina que, en un simple hervor, es capaz de purificar las intravenosas
suficientes para alimentar las tiras de carne de todo Moderan durante las siete
eras siguientes. Si han imaginado todo esto tal vez puedan formarse una
imagen de la totalidad de jinetes de Evol cabalgando hacia el infierno de
plástico del Valle donde hasta el último metro cuadrado de un millar de
hectáreas para armamento posee un conmutador para lanzamiento en posición
ON. Mi extraño caballero de Evol no respondía mi pregunta acerca de
prepararse para el Valle de los conmutadores de Lanzamiento; ni siquiera
sonreía. Estaba inmóvil, igual que su caballo. Dos paralizadas y diminutas
figuras de contradicción, eso eran en mi Fortaleza aquel avanzado año de la
Realidad Superior.
Yo sospechaba que lo había irritado.
—Lo siento —dije—. Excúseme por esa broma ordinaria respecto a
arremeter contra el Valle de los Conmutadores de Lanzamiento. Apéese, baje,
desmonte, o lo que fuera que se haga con estas cosas, que mandaré a uno de
mis 'chicos' que la engrase si lo necesita y que lime los cascos si es que se han
mellado. Usted y yo podemos disfrutar de una intravenosa y sostener una
conversación.
Algo zumbó en su interior, sus ojos se movieron y el jinete empezó a
hablar.
—No he venido a intercambiar palabras —dijo—. No he venido a
engrasar mi caballo o que le limen los cascos. No he venido a arremeter
contra el Valle de los Conmutadores de Lanzamiento, si todo va bien, aunque
estoy seguro de que ese valle, y todos los territorios que he atravesado,
¡sentirían el aguijón de mi lanza! Pero todo eso debe esperar otra ocasión, ya
que mi corazón me ha abandonado por el momento —el zumbido cesó, el
jinete dejó de hablar y alzó su corazón—. Duele muchísimo, adentro —dijo, y
el zumbido volvió a oírse un poco—. Demasiado para soportarlo, adentro.
¡Lo que debe soportar un hombre! ¡Lo que debe oír un hombre! ¡Oh,
imaginarios problemas del mundo! Salí de mi caseta atisbadora, puesto que ya
no me asustaba aquel hombre. Lo que él precisaba, según mi sospecha, era
amoldarse a la Realidad Superior. Probablemente ha pasado alguna noche sin
dormir, tras haber fracasado en algún torneo, o cierta insignificancia le habrá

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ocasionado esos dolores de corazón… Quizás una dama de su gusto puso en
OFF el interruptor que estaba en ON y no le daba Luz Verde. Pero
preocuparse por eso… Eso solo podía pasar en Evol.
—¿Podría decirme qué corroe su felicidad, qué enormes dragones de
humo y fuego merodean por sus aldeas lunares de color rosa, qué sobrenatural
palabrería brujesca arroja niebla sobre sus risueñas perspectivas? —
recurriendo a todas mis facultades, ensayé esa bella forma de hablar de los
caballeros, pues pensé que le complacería. Pero creo que lo encolerizó. Yo
casi esperaba que él pusiera en acción, en cualquier momento, su soberbio
caballo para saltar por encima de mis muros. En lugar de eso el jinete
jugueteó nerviosamente, de mal talante, con los ajustes de su corazón,
intentando ponerlo más confortable. Y me sondeó con aquellos despreciativos
ojos prendidos por la muerte.
—Cuando hable de ella —dijo, zumbando ardientemente—, no use
palabras como corroer, palabrería brujesca y nubes. Le agradeceré que sea
más respetuoso, o volveré a ponerme mi corazón, aunque duela peor que un
millón de quemaduras infernales, ¡y veremos quién tiene una Fortaleza! —me
quedé demasiado perplejo para poder reaccionar, y ni siquiera me eché a reír.
¡Él pensaba sinceramente que tenía una posibilidad en este país! Pero no me
enfadé. ¿Quién es capaz de enfadarse con los desamparados?
—Así que se trata de un problema femenino… Quiero decir que…, su
dama…, ¿ha preferido a un caballero más fuerte?
Inclinó la cabeza, se dobló de la cintura para arriba sobre su caballo y
miró el suelo durante un rato, como si buscara alguna respuesta POSITIVA.
Cuando se irguió, me pareció que alzaba el pesado cielo un centímetro sobre
su cabeza.
—En mi país, si la mujer desaparece, el hombre desaparece. No existe un
corazón de hombre si un corazón de mujer no late también con su mismo
ritmo; de lo contrario, él no sería hombre por completo. Oh, hubo una época
en que mi Lanire y yo teníamos los mismos ajustes cardíacos para multiplicar
nuestras fuerzas. Cuando cabalgaba en los torneos sentía sus ritmos
penetrando en mi cuerpo, sentía los engranajes del corazón de Lanire que se
fundía con los míos, sus válvulas abriéndose y cerrándose con las mías, hasta
que no hubo caballero capaz de combatir contra el caballero dorado. Ella era
de color azul y oro entonces, y por eso yo llevaba una armadura dorada y las
cintas de encaje azul de Lanire, y Tronser era un caballo dorado. Los tres y la
Grandeza éramos entonces una sola cosa en Evolución-en-la-Costa: la dorada
y azul Lanire, Yo y Tronser.

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Dejó de hablar; el zumbido se convirtió en un chirriante plañido y después
en… Nada. Miré al caballero y no supe decidirme entre reír, o bien que
aquella picante y ardiente sensación era una lágrima hundida en mis tiras de
carne que intentaba traer lluvia a mis ojos. Puesto que mi naturaleza es
moderana, por lo general no hay problema alguno con los romances, y la
Realidad Superior se lleva mis mejores horas de meditación. Y no obstante…,
no obstante a veces, durante breves y alarmantes instantes, algo irritante se
filtra en mi cerebro de metal nuevo, y ya no estoy seguro de la exacta validez
de la Realidad Superior. En tales ocasiones me engaño con interrogantes que
no deberían tener interés para mí.
—¿Quién fue el gran caballero que derrotó al Caballero Dorado? ¿Y la
gran belleza de la dama de ese gran caballero? Debía montar todo un
caballo…, ¡un semental de acero y dragones, para ser mejor que su Tronser!
—Él no era un gran caballero —me respondió—. No tenía una bella
dama. Y si usted afirmara que cabalgaba un soberbio caballo negro… bueno,
eso sería excesiva fantasía. Pero no había una sola de mis actividades en las
que él no estuviera presente para maquinar contra mí. Cuando yo cabalgaba
dispuesto a arremeter, él estaba allí, al alcance, o muy cerca. Aun cuando yo
me hallaba en mi lecho antes de los grandes combates, cuando sentía mi
corazón fuerte, a punto y cobrando fuerzas gracias al corazón de Lanire, él
estaba del otro lado de mi ventana, vigilándome como un perro celoso. Luego
íbamos a ensillar a Tronser, y él, ese Ser, nos espiaba; espiaba la
comprobación de las lanzas.
—Para ser un caballero —murmuré yo, completamente embelesado por la
intensidad de las maneras de ese hombre—, se comportaba de un modo
completamente extraño.
—¡No era un caballero auténtico! —chilló—. Era un canalla, un perro.
Era una larga rata negra que se arrastraba como la muerte en cuanto el sol se
ponía. Su envidia fue mayor cuando llegamos a la cumbre. Oh, entonces nos
atacó, entonces corrió a embestirnos. Y finalmente capturó a mi Lanire, y
ahora debe capturarme a mí.
Pensé en un monstruo espantoso arrollando a una dama, en una costa
moderana. Y dije horrorizado:
—¡Él tiene a Lanire, y usted está aquí! ¿¡El Caballero Dorado,
cotorreando conmigo!?
No me respondió al instante. Había arrugas de dolor en las tiras de carne
que mostraba su rostro, y estaba variando de punta a punta el cambio de
alcance de los controles de su corazón.

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—Aún no —se dijo una y otra vez—, aún no. Supongo que nunca. Es
inútil —entonces se volvió hacia mí, y vi que cierta caverna lo había
apresado; cierto lugar tan oscuramente profundo que sus enfermos ojos de pez
muerto se hundían en su cabeza—. ¡Hábleme de grandes caballeros! —gritó
—. ¡Hábleme del sol que nos pone a prueba con fuego y sombras! ¡Hábleme
de esa interminable tormenta de arenisca y del latir del cielo! ¿Ha tenido en
cuenta la nieve? ¿Recientemente? ¡Lanire! ¡Lanire! Lanire… ¿La ha visto
recientemente? ¡Yo no! Solo percibo el corazón de Lanire en su gran dolor.
Seguidamente cayó de su caballo, y yo pensé que tal vez estuviera
moribundo mientras rodaba por el suelo. Pero no era así, y le perdoné la
indignidad de su dolor, percibiendo cuán grande era su apremio. En cuanto se
levantó después de rodar por mi patio y estuvo una vez más montado en su
Tronser, volvió a ser el caballero perfecto.
—Perdóneme si he humillado su sentido de conducta decorosa —dijo—.
Me complace pensar que no ha sido enteramente innoble lo que acabo de
hacer, aunque haya dado la impresión de estar bastante deshecho, desmontado
y rodando por el suelo. Pero caer y rodar por el suelo por culpa de una
persona a la que se ama tanto es una dulce caída de orgullo. Quizás esté
dispuesto que los dignamente montados hagan lo mismo al menos una vez
antes de desaparecer. Y ahora no diremos nada más acerca de humildad.
Su boca se cerró como una trampa apresando el aire, y yo, al escuchar
aquel silencio mortífero, pensé que tal vez el caballero no zumbaría y hablaría
de nuevo. Pero lo hizo, pronto, casi de un modo placentero, aunque con ese
rasgo cualitativo de alguien que discute los detalles de una batalla perdida
hace más de mil años.
—Una parte del corazón de Lanire se estropeó con el transcurso del
tiempo, y una vez efectuadas las reparaciones, estas cambiaron los ajustes del
cambio de alcance hasta que dejaron de concordar con los míos. Ya no nos
complementábamos, y si lo intentamos solo es para obtener un gran dolor. En
mi país los corazones solo se emparejan una vez, y eso cuando somos jóvenes
y nuestros corazones de carne se 'reemplazan' por los modelos de metal nuevo
para vivir mucho más tiempo, obligatorios en Moderan. Y entonces, si sucede
algo que altera uno o ambos corazones nuevos, sería preciso un milagro muy
grande para que vuelvan a quedar enteramente emparejados. Pensaba que
Lanire y yo podíamos ser ese milagro, pero…
Bueno, supongo que no. Había pensado detenerme aquí, al borde del
Valle de los Conmutadores de Lanzamiento, y esperar hacer un nuevo intento.
Ya ve, hoy iban a ajustar otra vez a Lanire… La última vez. Ha pasado la

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hora de la chapuza del experto en corazones y he probado con toda la gama de
cambios. Solo consigo sentir dolor…
No sé por qué, pero yo esperaba que el caballero volviera a caer y rodar
por el suelo. Pero no fue así. Resistió, firme y valiente como una estatua
amenazada por la indignidad de los pájaros. Al cabo de unos instantes las
bisagras de su boca chasquearon igual que un par de misiles de Pequeña
Demolición puestos en ON, y el caballero, en medio de zumbidos, dijo:
—Siempre he sabido que tenía que haber un final; todas las grandezas,
todos los amores, todas las cosas deben notar que la arenosa costa se desliza y
desaparece. Y aquí estamos, en el agua, en el frío mar del Fin que nos arrastra
hacia tempestades muy superiores a nuestro equipamiento y muy superiores a
las tormentas que arremetemos normalmente. Mas aunque estoy enfermo por
culpa de tanto cabalgar y de tantos dolores, seguiré navegando, mi caballo
nadará hacia el Fin… ¡Pero mi mente cabalga! ¡Abra las puertas! No le
importunaré más. ¡Ni a Lanire! ¡Tampoco a Lanire! ¡Adelante…!
Lo contemplé mientras se iba, la cabeza erguida, la lanza recta y Tronser a
todo galope. Sabía que él estaba haciendo lo que debía hacer, teniendo en
cuenta el tipo de hombre que era, y no negaré que sentí el estremecimiento de
un orgullo inexplicable y profundo mientras lo observaba cabalgar con la
lanza en ristre y, ¡oh!, tan desesperado, hacia el Valle de los Conmutadores de
Lanzamiento. Y supe que él había vencido, que había vencido de algún modo,
cuando vi aquella ligera bocanada de humo que durante un instante se
solidificó en una forma definida, en lo alto del Valle, un caballo y su
desamparado jinete corriendo lanzas con el cielo.

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REUNIÓN

Lo había visto por última vez en la época en que las horas me abatían día
a día, minuto a minuto, segundo a segundo…, hace ya mucho mucho tiempo.
Entonces ambos éramos de carne y él era más fuerte que yo, carne más fuerte,
voluntad más fuerte y más firme en fe y en mente. Entonces él tenía sueños de
batalla sobre cómo vencer con la carne, cómo conquistar mediante el alma,
cómo ascender finalmente a la Calle donde las redondeadas Sonrisas
reposaban de un modo beatífico envueltas en alas y las dichosas manos
acariciaban oro, porque ciertamente las arpas serían de oro. Sí, él iba con el
enorme Escudo de Papel, las Promesas recostadas en la Palabra, y yo dije
¡NO! Y nos separamos, aunque habíamos estado muy unidos.
Separarme de este hombre me sacó de quicio, pues habíamos estado
realmente unidos, mucho más unidos que amigos, más cercanos que los
soldados a los que la explosión de una bomba separa en el campo de batalla y
siguen viviendo de algún modo. Sí, nos separó el estallido de nuestra bomba y
sobrevivimos de algún modo, sobrevivimos a la terrible explosión de una
infancia pavorosa. Y sobrevivimos a la explosión de un modo distinto. Él se
hizo más fuerte en fe, más confiado y seguro en las Promesas, las cosas que
no podían ser demostradas pero que existían, con toda seguridad…, decía él.
Yo siempre dudaba; estremecido al máximo, necesitaba cosas que pudiera
tocar. Ante el más ligero indicio de amenaza, yo me esforzaba por coger la
redondeada punta de acero y martillear la Insolente Cara de los Miedos, por
no hablar de una Hora Hermosa.
De manera que éramos diferentes cuando otrora habíamos sido casi
idénticos. Nuestras vidas emprendieron caminos distintos.
Yo llegué a la Tierra de los Nuevos Procesos para convertirme en mi
mayor parte en 'reemplazamientos' y él se quedó con el enorme Escudo de
Papel, la Palabra y la prolongada pelea de púlpito en busca de almas. Y ahora,
después de aquel largo lapso…, verlo una vez más —¡qué comparaciones!—
me llenaba de un pavor cierto. Pero no había error posible, no era un imitante
de carne, no era un vegetal caminando, no era una mascarada. Era lo que era.
Aterrador. Tan pronto como apareció en la Alar…
Así que tomé un sosegado baño con los rayos calientes y los fríos. Y puse
en MAX los Ruiditos. Y sintonicé los poemas de intrepidez que surgían de la
pared de la Fortaleza y medité en todos los versos que pudieran tener alguna
utilidad para mí, en todas las sublimes palabras de la mente angustiada y con

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el coraje fijo en PRUEBA. Porque yo sabía que él debía venir un día al cubil
más recóndito de mi Fortaleza, al lugar donde yo estaba agazapado, tal vez
incluso a la caseta de acero desde la que yo atisbaba cobarde-cuidadosamente.
Hasta en los días de mis mayores triunfos, cuando muchísimos fortines se
estremecían a causa de mi armamento para la GRAN GUERRA y mi
Fortaleza estaba venciendo, yo había sufrido este latigazo del pavor. Algún,
día sería visitado, y evaluado, por la mirada de los Tranquilos Ojos… Sí, yo
lo sabía.
¿Qué diría yo cuando él se presentara? ¿Cómo ajustar la visión
mecanizada de amplio alcance de la Tierra de los Nuevos Procesos para
devolver la mirada de aquellos Tranquilos Ojos? ¿Qué cintas iba a usar para
aplastar sus argumentos en la capa plástica que era nuestro suelo? Yo no iba a
dispararle y destrozarlo mientras estuviera al aire libre, blip-blip-blip, ese
suave sonido de la carne en mi Alarma igual que un grifo goteando en los
viejos tiempos durante las horas nocturnas, cuando era imposible dormir…
Blip-blip-blip… No, no iba a destrozarlo. Aunque podía hacerlo, con suma
facilidad.
¿Y por qué no hacerlo? ¡Cuán fácil sería destrozarlo y ajustar cuentas con
uno de los latigazos del pavor! Cancelación de uno de los latigazos para
disponer de muchísimo más tiempo de práctica y poder mostrarme arrojado
ante el resto. Tan simple como el funcionamiento de un insignificante cañón,
un ligero movimiento de un pulgar de acero sobre un botón, y el blip-blip-blip
tiene que desaparecer del potencial de mi Alarma, tiene que desaparecer de mi
recuerdo, ¡DESAPARECER! Pero…, ¿desaparecería? NO. No desaparecería
de mi recuerdo, a menos que yo desgarrara mis RECUERDOS y los arrojara
lejos de mí para siempre. Y yo no podía hacer eso. ¡NO! Demasiadas
dependencias… Aquel espléndido lugar, las magníficas ganancias y la Tierra
de los Nuevos Procesos…, todo eso estaba fijo en el recuerdo. ¿No era así?
¡SÍ! Los Nuevos Procesos eran un escape de las cosas viejas y recordadas, y
el recuerdo estaba incluido en el mismo escape. No, no podía expulsar los
RECUERDOS de las cintas depositadas en mi mente. Así que yo vivía con
los recuerdos y los numerosos pavores.
Y esto, a excepción de la muerte, era el más negro príncipe de los pavores,
el que me arrastraba, el que me pateaba, el que me desmenuzaba las entrañas,
huecas y débiles sin acero, mientras sonaban las cintas de chillidos, mis
momentos de cobardía a todo volumen, alejado de mis lechos de triunfo.
DUDA. Duda de mi valía, duda de haber elegido correctamente la aventura
del acero de metal nuevo, duda de cómo iba a resistir las comparaciones, duda

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Duda ¡DUDA…! ¿Por qué no habría matado hacía mucho tiempo a este…
patrón, a este criterio de la medida?
Sí, en cierta ocasión tuve una oportunidad. Creo que en cierta ocasión
tuve una oportunidad. Si lo hubiera matado limpiamente cuando acabé
conmigo mismo, cuando acabé con mi yo blando, pulposo y agobiado por la
carne, cuando vine a la Tierra de los Nuevos Procesos para tomar posesión de
mis componentes de acero…, eso habría sido factible. ¿O por qué no me lo
habría traído conmigo? Bueno, hubo motivos… MOTIVOS: ¿Por qué no
elegir una montaña crecida y tirarla al mar, un día, un día festivo, un día
completo de decisión, un Día de Realización? ¡RAZONES!
Los poemas que surgían de la pared no me estaban ayudando mucho,
ciertamente. Las elevadas palabras del alma no lograban recomponerme
mientras aguardaba completamente desplomado y extremadamente deshecho
a causa de mis temores. Mi sosegado baño de rayos calientes y fríos me había
fallado, un deprimente fallo mucho mayor que todos los fallos anteriores.
Observé mis palmas de acero, pues me parecía que sudaban realmente. Pero,
¿no era eso una necedad? ¿¡Palmas de acero sudando por culpa del
nerviosismo!? ¿O era una necedad? Era el colmo del pavor, UN pavor…
¿Y cómo me había encontrado? Apreté todos los botones de las banderas,
pulsé todos los interruptores de ruido, conecté los bailarines. Hice que un
barullo de globos saliera a través de mi techo acorazado, a través de las
aberturas para los cañones. Llené de blandas águilas un cielo de comida
campestre. Conecté el ambiente de arco iris y dispuse un día de fiesta para él.
Porque él era un hombre especial. Él me encontró en medio de aquel carnaval
en forma de dos ojos de pánico, dos ranuras que miraban, en alcance máximo,
desde una caseta atisbadora de acero.
—¡Pena a la pena!
Eso fue lo que dijo mientras se acercaba hacia mis ojos…, en la
resplandeciente neblina de mis temores y de mi temblorosa desgana, una
hermosa forma cárnica que caminaba y, ¡SÍ!, no llevaba ropa puesta. Yo había
dejado abiertas las puertas principales. Pero no pretendía que él supiera con
tanta exactitud hasta qué punto no podía enfrentarme bien a su presencia.
¡Oh!, a veces, en mis momentos de pánico, en mi particular y personal Nación
del Pavor, menguo hasta menos que un héroe.
—Pena a la pena —repitió mientras se aproximaba poco a poco y al
parecer con tristeza, a las ranuras que eran mis ojos.
Era un hombre apuesto y, por algún milagro de sempiterna juventud,
aparentaba no ser mucho más viejo que cuando yo lo había abandonado, hace

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un lapso muy muy grande. En realidad, se parecía en muchos aspectos a una
imagen de mí mismo antes de cruzar la barrera del acero, y ciertamente en
otros tiempos habíamos sido idénticos en aspecto. ¿Se trataba de una copia de
mi persona antes de la aventura del acero de metal nuevo? ¡Cómo me dolía la
cabeza por culpa de los tambores de acero que no cesaban de retumbar!
Al salir para ir a su encuentro se produjo un alocado y hueco sonido en
mis dos oídos de metal nuevo, pero mis ojos resistieron la mirada fija de aquel
hombre.
—¿Pena a la pena? —pregunté.
—¡Sí! Y duda —respondió él.
Entonces, de repente, de un modo extraño, no hubo distancia alguna entre
los dos, ambos de pie, llorando y sin decir nada. Parecía que él estaba
derramando auténticas lágrimas de unos ojos que eran una mirada fija, oscura
y sin fondo, en tanto que yo hacía uso de las bolsas de lágrimas mecánicas y
mi visión de amplio alcance igualmente mecanizada, al estilo de la época de
los Nuevos Procesos. Pero mi dolor y mi profunda angustia no eran menores
que los de él, sin duda, en ese día de nuestra reunión mientras yo lo abrazaba
con tal suavidad, teniendo tanto cuidado con mis brazos de metal, que a veces
lo único que abrazaba era el aire. Y el abrazo de él era algo que yo podía
percibir a través del intrincado espesor y peso de mi caparazón de metal
nuevo. Pero nuestra conversación siguió en forma de llanto, no contenido,
bajo el deslumbrante cielo de comida campestre, en medio del ruido festivo y
los alocados movimientos de los bailarines a los que yo había puesto a dar
vueltas en una falsa tentativa de mostrarme jovial.
¡Así que había llegado el hombre del púlpito! El recolector de almas, el
pregonero de la Luz. ¿Era cierto que solo me traía lágrimas como mensaje?
Yo había esperado un largo sermón al llegar, y tal vez una severa
amonestación por el viraje de acero que yo había dado. Y naturalmente habría
palabras acerca del largo camino de regreso, pero nos limitamos a llorar
juntos durante un rato, igual que dos compañeros de tripulación enteramente
perdidos, y no se dijo ni una sola palabra. Él se fue al cabo de un rato y en el
mismo límite de mi Fortaleza, justo antes de la última y abierta puerta, se
volvió y sus labios formaron la palabra «¡Hermano!», aunque con mis oídos
en MUY ALTO, lo juro, no escuché sonido alguno. Pero formé la misma
palabra y él se marchó de repente, una hermosa forma cárnica que caminaba,
desnuda, a grandes zancadas en el descampado plástico. ¿O no era más que un
reflejo, y en realidad se hallaba boca abajo en el cielo?

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Conecté varios bailarines más, lancé globos nuevos por el techo y puse en
ALTO-ALTO el Gran Ruido. Luego, en mi Zona de Silencio personal, en
medio del ruido y el estrago de los bailarines de acero, recordé de pronto que
casi habían transcurrido doscientos años, doscientos años impulsados por el
acero, desde la última vez que había visto a mi hermano gemelo, el
predicador, el hombre que había apostado todo en la fuerza del enorme
Escudo de Papel. Bien, ¿cómo le habría ido con la guerra? ¿Por qué caminaba
desnudo por nuestro terreno de capas plásticas? ¿Y por qué él, el hombre de la
Fe, un príncipe de la prolongada guerra disputada en los vientos variables de
las llanuras barridas por la duda de las almas malas, solo me traía un mensaje
de lágrimas? ¿Pena a la pena? ¿Me estaba diciendo cuánto lamentaba mi
estado, que hasta la última parte de metal nuevo de mi persona no era más que
un grifo para dar paso a sus lágrimas? ¿O intentaba decirme que la pena y la
duda lo eran todo, al fin y al cabo, tanto en su camino como en el mío?
¿Acaso mi hermano no había encontrado verdaderamente más que una
Sombra a la sombra de su enorme Escudo de Papel? ¿Acaso en cierta ocasión
había apoyado su escudo en una piedra, estando ahí fuera en una prueba
decisiva para encontrar almas, tomándose un respiro, y el viejo Satán había
cogido ese escudo y había huido riendo?
El mensaje no estaba claro…
Pero como sucede conmigo con tanta frecuencia, algo rudo me lanzó
hacia las alturas del Valle Bajo, mis temores arriaron sus banderas de combate
una vez más y las dudas se alzaron en el aire como largas puntas de lanza;
unas débiles rodillas que hacía solo un momento no parecían capaces ni
siquiera de una postura decente, avanzaron y fueron valientes. ¡SÍ!
Desconectamos el día festivo y los bailarines quedaron muertos. Las aberturas
para los cañones liquidaron su carnaval y las blandas águilas de celofán se
desplomaron en el ambiente de arco iris, mientras transformábamos todo en
oscuridad.
Puesto que vivíamos, puesto que existíamos, actuaríamos y jugaríamos el
juego. ¡SÍ!, eso es lo que hicimos. Declaramos la guerra a todas las Fortalezas
de los alrededores prácticamente sin ningún aviso, y pronto, en medio del
inflexible estrago, las duras exigencias de la contienda y los auténticos
problemas de la carnicería, no quedó tiempo para dudas, espectros y temores.

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EL AVISO

Estaban ahí fuera, muy bien. Aunque nos ocultáramos en nuestras salas
más recónditas, con la cabeza debajo de la cama, con nuestros pensamientos
vueltos a los árboles que aparecían inesperadamente, a los cantarines tordos
de hojalata y a la primavera que brotaba por los hoyos de los cotos, ellos
estaban fuera, muy bien. Tal vez habían estado ahí siempre. A veces, cuando
hacíamos una pausa en nuestras guerras, veíamos sus exhibiciones aéreas,
veíamos las amenazas que descargaban, las soprendentes cruces transportadas
por el aire, los halos alados, y sabíamos que estaban concentrando sus
vehículos blindados, bajo los estandartes… ¡Oh!, el blando símbolo de los
estandartes…
Un día de primavera un anciano regresó al país de las Fortalezas
procedente de la tierra de las amenazas. Llegó caminando lentamente, plop-
plip-plap-plop en el desamparado plástico, maniobrando sus goznes y
tensores, pues era un hombre de Moderan. Las tiras de carne que conservaba
en su rostro le habían hecho crecer una larga barba gris y, con las manos
moviéndose a tirones y su espasmódica forma de andar, pensé en un hombre
con guadaña, pensé en el Padre Tiempo de los Viejos Tiempos. Pero en
Moderan no existe Padre Tiempo. No tenemos tiempo en Moderan, ¡estamos
diseñados para siempre!
Fue en un período de treguas cuando el hombre de la barba gris regresó.
Caminaba en abril y ningún cañón disparaba. Las muñecas-bomba caminantes
cabalgaban suavemente en sus plataformas de lanzamiento, los misiles
estaban suspendidos en sus zonas de despegue, y los cohetes de la Bruja
Blanca, sin que nadie pusiera en ON el gran interruptor anaranjado de su Sala
de Guerra, pendían tan silenciosos como una muerte pictórica. Pocos
recordaban a aquel hombre. En otros tiempos había sido señor de Fortaleza,
hacía muchos años, pero ciertas diferencias secundarias con las Autoridades
habían provocado que su Fortaleza fuera volada y usada como lugar
despejado para árboles, y se le había ofrecido la dura opción entre destierro y
lo que habría sido para él, esencialmente muerte: que sus tiras de carne fueran
concedidas a otra persona. Él, tras elegir el destierro, huyó por la noche
durante una breve tregua, y Moderan lo había olvidado con el transcurso del
tiempo.
Estábamos contemplándolo durante los días que durara nuestra tregua
primaveral. Caminaba de un lado a otro, cruzando nuestras líneas de fuego,

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manteniendo el estrépito de nuestras alarmas, y era una cosa espectral, incluso
para Moderan. A veces, en la quietud de la noche, un apagado ruidito sobre el
plástico o el agudo tintineo de un gozne que se movía en las cercanías
indicaba a un noctámbulo hombre de Fortaleza, tal vez estudiando una mejor
colocación de los lanzamisiles o armando una muñeca-bomba, que el
silencioso estaba rondando, tras haber atravesado la alarma. Nadie le ofrecía
una intravenosa para sus hambrientas tiras de carne. Nadie le prestaba
atención. Una vez desterrado, estaba desterrado, para nosotros; no estaba en
ninguna parte. Además, cuando el tiempo de tregua concluyera y una vez más
estuviéramos atareados y contentos en la guerra, sabíamos que él, en la
primera acción de los lanzamisiles, estallaría sin dejar rastro. De modo que,
¿para qué preocuparse?
Y sin embargo, un día festivo, con el escudo de vapor no demasiado
espeso y el desenterrado junto a una Fortaleza, atisbando… ¡Tenía algo
que…! En parte fue, por supuesto, la empalagosa fascinación de ver que el
muerto regresa, de ver al desterrado que quiebra el destierro, sabiendo que
hay cierto extraño y profundo parentesco con el muerto y el desterrado y no
obstante no siendo capaz, o no deseándolo ni del modo más remoto, de
reconocer ese parentesco. ¡Y menos aún en Moderan!
Entonces un día, un día de vapor purpúreo, cuando la tregua primaveral
estaba próxima a su fin, con mis manos de acero temblando, mis tiras de
carne latiendo y la urgencia de odio haciéndose espesa y magnífica en mi
garganta ante la reanudación de la guerra, le oí tintineando en las cercanías.
Mi alarma inició un estrépito de acercamiento cuando él solicitó admisión en
mis Muros. Apareció en mi visor como un ser demacrado, destrozado y
enmohecido: un objeto de ningún interés, desterrado y en ninguna parte. Y a
pesar de todo… Y a pesar de todo, ¿quién es capaz de decir que no cuando el
muerto regresa con un mensaje, o incluso con una mirada? Ordené a
Descontaminación y Búsqueda de Armas que hicieran lo acostumbrado, y en
cuanto el visitante demostró estar limpio abrí las puertas de once Muros de
acero para dejarlo entrar.
Se presentó ante mí, su barba enrollada en su cintura. Sus piezas faciales
cayeron en el caos y finalmente su boca se abrió para hablar.
—Vengo a verlo —dijo— sin un solo motivo de provecho. He regresado
al viejo lugar donde mi Fortaleza estuvo una vez. He yacido entre los árboles
de hojalata que ahora 'crecen' allí en un reducido parque para pájaros y perros
de plástico. ¡Cuánto mejor, creo, si todavía fuera una próspera Fortaleza, y yo
en ella, para tomar parte en las grandes guerras primaverales que pronto

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habrán de empezar! Pero esto es meramente, y no tiene ninguna importancia,
lo que yo pienso. Una vez desterrado se está desterrado, y como usted ya
sabe, no hay camino de regreso —inclinó un poco la cabeza.
Yo dije, «Ajá…, ya», o sea lo que uno dice cuando en realidad no tiene
nada que decir y todo el mundo lo sabe. Pensé en ofrecerle una intravenosa
para el hambre de sus tiras de carne. Pensé en decirle, «Lo lamento, lo
lamento.» En realidad casi no hice nada, casi no dije nada y finalmente la
cabeza del desterrado osciló hasta levantarse y las piezas faciales sufrieron un
nuevo temporal.
—¡Vengo con unas manos que no pretenden provecho! —gritó—. Al
principio solo pensaba en volver a encontrar las viejas guaridas, antes de que
fuera demasiado tarde, gozar con las laceraciones de mi corazón durante el
período de tregua e ir luego lentamente hacia el sur, hacia el País de los
Vagabundos, más allá de la densa barrera de fuego. Pero al ver de nuevo este
agradable y grisáceo dominio de un odio tan bien ordenado y de una guerra
firmemente planeada, me apresó una antigua fidelidad. He elegido su
Fortaleza para implorar, debido a que usted tiene uno de los mejores, sino el
mejor, historiales entre todas las Fortalezas. Si logro advertirle a tiempo,
quizá podamos salvar un patrimonio, por ejemplo.
Le agradecí sus amables palabras para con mi Fortaleza, le dije
modestamente que tal vez otras Fortalezas eran casi tan magníficas, y él
continuó, casi a los gritos esta vez.
—¿No ha visto esos despliegues en el norte, el sur, el este y el oeste…?
Las alas, el danzarín y enfermante aspecto siniestro de sus sonrisas, las
mortíferas sonrisas de querubín, los hombres al sol y sin un escudo de vapor
sobre sus halos… ¿Sabe usted qué es lo que se está concentrando en las
colinas? ¿Es que las amenazas no están claras, no son categóricas?
—Han volado rumores —dije—, se ha corrido el rumor, han llegado las
alertas y lo hemos visto. Y empero, ¿qué podemos hacer? Llevamos nuestra
vida aquí, la vida de la Fortaleza, demostramos la viabilidad del odio y la
eficacia de un excelente y limpio bombardeo cuando todo el mundo sabe lo
que puede esperar de un vecino y de un amigo: un misil por la espalda a
menos que uno dispare primero o se proteja. Y no obstante siempre hay
ciertos…, ciertas fuerzas que seducirán a la realidad, que transformarán lo
probado y confirmado en algo similar a conjeturas y sueños. Pondrán una flor
al nivel de la Verdad más limpia y clara, una cruz, una estrella con aureola…
Y llamarán a eso Amor. Signifique lo que signifique. Pero aquí
mantendremos una astuta vigilancia, nos cañonearemos unos a otros y cuando

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llegue la gran necesidad estaremos listos para volver nuestro conocimiento
mortífero hacia las hordas invasoras.
—Amigo mío —dijo él—, amigo mío, usted no sabe de lo que son
capaces, a qué extremos llegarían. ¡Enfermante! ¡Terrible! He vivido entre
ellos, en las fronteras de su territorio. No teniendo país, después de mi
destierro fui allí. He aprendido.
Durante un instante sus ojos fueron aterradores en un rostro que había
adquirido el rasgo macilento de un cadáver; las flexiaberturas se abrieron al
máximo y las bolas de acero de su vista moderana de largo alcance silbaron y
tintinearon. Esa mirada se aproximaba quizás, en los Viejos Tiempos, a la de
un hombre que acababa de ver caer a todos sus hijos y morir en un accidente
urbano especialmente espectacular.
—¡No se detendrán ante nada! —gritó—. Vendrán con sus gritos de
combate en algún período de tregua. Llegarán a medio galope, haciendo sonar
las gaitas en lo alto de las colinas durante una Descarga Máxima. Bajarán por
la noche, o en el cénit del escudo de vapor, velozmente. Ya lo verá.
Extenderán un planeado y mortífero desorden cuando vengan. Los
comprometerán, a ustedes, en innumerables encuentros frontales y retardados
e iniciarán la desorganización y los ataques de diversión a espaldas de
ustedes. Le introducirán una aguja cuando usted no esté atento y le inyectarán
un ablandador de metales. ¿Y qué será de usted entonces? Su magnífico
corazón de acero, tan seguro en el odio ahora, se convertirá en un tierno
polemista. Sin saber dónde estar, usted no estará en ninguna parte, y sin
embargo estará en todas partes; brincará y se moverá de un lado a otro, de una
postura a otra, y entonces será una veleta. ¡Una veleta, hipócrita, una veleta!
Su rostro se convirtió en una máscara de horror, su barba se estremeció y
algo que estaba pensando le hizo sufrir un agudo ataque de francos temblores
metálicos. Su fina boca de acero se transformó en una abertura gris en la que
danzaban y destellaban unos colmillos de reluciente metal nuevo mientras él
chillaba.
—Incluso se lanzarán a la tarea de poner suero de la verdad, suero de su
verdad, en las intravenosas. A mí, que me hagan estallar en vez de lo otro…
Un genuino-genuino estallido.
Se calmó. La ondulante barba se tendió tranquilamente en su pecho, y no
sé por qué, pero al mirar aquella cara sosegada —con el sosiego que hacía tan
poco había faltado—, pensé en un mar, o tal vez en un cielo que en los Viejos
Tiempos acabara de sacudirse toda su tempestad.

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—Y ahora me voy —dijo—. De aquí a mi camino hacia el sur, hacia el
País de los Vagabundos, más allá de la maravillosa barrera de fuego. Soy un
hombre viejo, muy viejo, que siendo joven quizá no ha sido digno de entrar
en las grandes ligas de odio y que por tal motivo fuera desterrado. Pero yo
salvaría a Moderan como lugar al cual regresar, para dolerme en él por las
placenteras laceraciones del corazón. Confío en no estar confiando sin
fundamento. Confío en haberle avisado correctamente, y a tiempo. Y creo que
me iré ahora mismo. Alguna Fortaleza beligerante podría romper la tregua
antes de tiempo y cogerme en un fuego cruzado.
Permaneció un brevísimo momento mirando directamente mis ojos con su
rostro ya completamente libre de tempestades, y durante el tiempo que dura
un latido estuve tentado de ofrecerle un puesto como armero a mi servicio,
pensando que tal vez pudiéramos cubrir con placas sus tiras de carne y
convertirlo en una aleación completamente metálica de metal nuevo, como
mínimo aceptable para las Autoridades en el siguiente examen anual de
hombres de armas. Pero no atrapé ese instante, y quizá fue mejor.
Probablemente él no habría aceptado.
Poco después de que se marchara, atravesando los once Muros de acero y
saliendo al desamparado plástico, plo-plip-plap-plop, maniobrando
lentamente sus goznes y tensores en dirección sur, hacia el País de los
Vagabundos, cierta Fortaleza beligerante rompió la tregua antes de tiempo.
Pero yo esperé, y creí, que se habría salvado. La mayor parte de nosotros, en
interés de los preparativos de último minuto y de un mejor ¡Abran el fuego!,
nos contuvimos hasta el día siguiente en que acababa oficialmente la tregua, y
en medio de las explosiones más estridentes que yo había oído pensé que tal
vez los temores de aquel hombre carecieran de fundamento. ¿Qué importaba
que estuvieran concentrando símbolos de amor, despliegues de compañerismo
y batallones de sonrisas en lo alto de las colinas y preparando una gran
Cruzada y una Liga de la Amistad? Somos muy sólidos detrás de nuestros
odios aquí en Moderan. Sabemos cómo vivir. Y a menos que ellos puedan
combatir con algo más terrible que sus débiles filosofías 'sanvalentinianas' y
sus risueñas consignas, no tienen una sola posibilidad, esos cantores de
himnos y combatientes de la Liga de las Sonrisas. Los destrozaremos en los
perímetros; convertiremos a sus infiltrados en delgadísimos jirones de tiras de
carne; ejecutaremos a sus espías sin pensarlo un instante. Los mantendremos
a raya, palabra de honor, ¡hasta que el mismo Tiempo envejezca!

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¿HA VISTO ALGUIEN A ESTE JINETE?

Me he sentado un momento del otro lado del undécimo Muro, el Muro


exterior de mi Fortaleza, tranquilo como una fría bola de plomo, mi cabeza
ajustada en Lento-Lento, mi sangre verde claro en Durmiente, apenas
mojando los kilómetros de tuberías de mis tiras de carne, mi visión moderana
de largo alcance ajustada en barrido ocasional y batiendo el desamparado
plástico en el escudo de vapor castaño rojizo de mediados de julio. No pienso
en nada; no pretendo nada; estoy entre dos guerras, y reposo, aunque
adecuadamente alerta como siempre, como es propio de los que estamos
aquí…
La forma en que él llegó cabalgando me dejó frío-caliente y caliente-frío.
Mi sillón para caderas cómodas se abatió sobre sus dos patas delanteras como
en una explosión, cayó bruscamente sobre el plástico, puesto que yo había
dejado las dos patas suspendidas en el aire mientras me apoyaba en mi
undécimo Muro durante mi reposo. Sin duda alguna aquel caballo ocupaba
una montaña entera la primera vez que lo vi, intrépido sobre aquella décima
pendiente a mi izquierda. De haber estado con la intravenosa inyectada, con la
perforada tira de carne nutriéndose, habría pensado en una visión de borracho,
una cosa engendrada por mi confundida vista y nacida como un espejismo en
el escudo de vapor castaño rojizo. Pero yo estaba sobrio por completo y el
vapor era el usual y el propuesto para mediados de julio.
Mi Alarma estaba iniciando su estrépito, y el prudente procedimiento de
norma moderano exigía mi planeada retirada. Un hombre de Moderan que
percibe el peligro acciona sus goznes y tensores y arrastra su sillón para
caderas cómodas a través de los Muros en dirección a los lanzamisiles. Pero a
veces uno se siente atraído, retenido, pensativo…, incluso en el rigurosamente
planeado Moderan. Una visión me sujetó y llegó un jinete a medio galope, en
un lugar donde no podía haber un solo caballo o un solo jinete. El caballero
tiró de las riendas en una parada lenta e insegura, y advertí al instante que
aquel inmenso caballo pardo no tenía vista; no, no estaba ciego, sino que
además no tenía ojos…, había dos redondeados agujeros rojos y algo
pegajoso, sangre seca o casi seca que pendía del arco inferior de ambos
agujeros. Me fijé de manera especial en que la ligera brisa de Moderan hacía
temblar los frágiles colgajos de sangre y en que el caballo, reanimado por la
brisa, bufaba fuertemente. Yo tenía la extraña y escalofriante sensación de
que allí estaba el caballo que podía atravesar Muros y, no viéndolos,

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atravesarlos con un medio galope distraído e inexorable. Solo una sensación,
claro, pero persistía.
El jinete no era de Moderan, lo vi al instante. No había ninguna marca de
juntura de tira de carne en su cuerpo. No había acero. Era tan completamente
carnoso como su caballo, y a su manera, simplemente raro para estos tiempos.
No tenía el aspecto de un mutante, aunque sí, tal vez, su caballo. Por lo que
yo sabía, mientras mi pensamiento retrocedía frenéticamente hacia los Viejos
Tiempos, se trataba de un hombre carne que no había sido 'reemplazado'; al
no tener una sola juntura de carne en su cuerpo, no tenía brazos de acero o las
bisagras y tensores para caminar de las personas 'reemplazadas'. Pero, ¿por
qué? ¿Y por qué estaba aquí?
De pronto, y sin que yo viera cómo o de dónde, aparecieron en sus manos
dos rutilantes gemas redondas del tamaño aproximado de las pelotas de tenis
en los Viejos Tiempos.
—Cuando nos traslademos a esa Ciudad, él no estará ciego —dijo, y
señaló a su rocín—. Los conservo envueltos en aceite para protegerlos del día,
para cuando mi caballo precise una especie de ojos para lucir.
Mi boca se cerró fuertemente, volvió a abrirse y no emitió sonido alguno.
Me quedé con la mirada fija y sin aliento.
—Hemos atravesado los falsos campos —dijo él—, kilómetro tras
kilómetro de estéril y desamparado plástico. Y un extraño pájaro metálico que
pendía en lo alto siguió nuestras huellas durante el tedioso día entero. Pensé
que sería un buitre de hojalata. Noté que se posaba para descansar en algún
lugar del territorio de las Fortalezas —me dirigió una dura mirada y exigió
respuesta.
—Aquí tenemos pájaros metálicos de detección —expliqué.
—¿Son belicosos? ¿Comen personas?
—Aquí cualquier cosa puede ser belicosa. No, no comen personas.
—Me alegro. No querría ser devorado por un buitre de hojalata. La
detección no me preocupa.
—La detección es para nuestras guerras —dije yo—. Usted no es de los
nuestros, me doy cuenta, y no nos preocupa. De cualquier modo, en cuanto
acabe la tregua, usted y su caballo serán aplastados. Nuestra ocupación aquí
es la guerra, en el país de las Fortalezas, y los hombrecillos de carnosa
endeblez y sus enormes caballos ciegos con muchísima carne no tienen sitio
aquí. No deseo ser indebidamente brusco.
—Si me está diciendo que me vaya, está perdiendo la charla. Y el tiempo.
Estoy atado a este enorme caballo. Sus movimientos no están planeados por

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adelantado. Y tampoco pueden detenerse. Creo que tenía que decírselo. Yo
tampoco quiero ser brusco, ni mostrarme poco amistoso.
Miré, y realmente él estaba atado a su caballo. Dos trozos de sucia cuerda,
con aspecto de haber viajado mucho, no conectados, pasaban por debajo de la
panza del caballo y ligaban al jinete a su montura con dos nudos sobre las
rodillas.
—¿Quién lo ha liado… de esa manera?
—Muchas cosas, digamos. Y la tradición. Pero fueron mis determinantes
manos las que ataron las cuerdas a mis rodillas. Ambas cuerdas son
conciencia, si desea verlo de ese modo. Mi caballo es deber, si le gustan las
comparaciones. Si no es así, limítese a considerarme como un hombre sobre
un caballo ciego que ha cabalgado como debía por los ciegos campos. ¡Y
ahora este territorio de Fortaleza…! ¿Entenderían ustedes algo de una
conversación así en esta tierra?
—No hemos hablado así desde nuestra llegada a la mayoría de edad. Eso
suena a charla y pensamiento carnoso. Estamos 'reemplazados'. Odiamos y
guerreamos de profesión; nuestras necesidades están servidas por
Automatismos. En Moderan estamos completamente modernizados. Estamos
'reemplazados' para vivir eternamente y no tenemos ninguna necesidad de
regatear para conseguir el cielo. Somos nuestra eternidad. Me parece que
todas estas cosas hacen absurda, por fuerza, su habladuría de conciencia y
deber…, demasiada preocupación por emociones, palpitaciones cardíacas y
conjeturas, cosas que aquí hemos minimizado.
Dejó caer los futuros ojos del caballo en largas bolsas de cuero a ambos
lados de su montura y me contempló con una mirada descarada y constante.
Mis ojos de acero castigaron a los de carne de él, y ninguno cedió.
—Podría hablarle de cuán flaco está mi caballo a veces. Ha sido todo
hueso durante algunos siglos, en realidad. Pero ahora está gordo y a punto, y
yo atado a él. Yo soy sus ojos, todos los ojos que puede tener en este preciso
instante. Él es mis piernas. Noto en mis huesos que estamos cerca de cierta
revelación brillante. Debo confesar ahora mismo que estoy cabalgando un
poco a oscuras, aunque miro en todas direcciones en busca de una señal. Al
no ver ninguna, hay que seguir adelante. Eso es todo lo que sé. Pero
confidencialmente, pronto aparecerá una estrella que señalará algo.
—Habrá cascaras de estrellas fuera, grandes misiles en lo alto y muñecas-
bomba caminantes, le advierto —dije yo—. Y no me preocupa en absoluto si
usted está a salvo o no. Pero yo me retiraría inmediatamente, supongo, si
tuviera la oportunidad. Las pocas tiras de carne que poseo me impulsan a

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decir esto, pero no estoy muy seguro de sentirme totalmente feliz por haberlo
dicho. Y ya que ha salido el tema, creo que soy más feliz como acero. Creo
que soy más feliz cuando estoy en mi Sala de Guerra poniendo en ON el gran
interruptor anaranjado y apretando los botones de los lanzamisiles… O por
decirlo de otro modo, en esos momentos ni soy infeliz ni estoy preocupado ni
formulo preguntas… Y me decido por eso.
—Para un hombre que está dos veces atado por la conciencia a este ciego
caballo del deber, lo que acaba de decir parece una afirmación por
conveniencia. Y además su lucha es una farsa improvisada…, sin objeto; algo
para matar el tiempo, tal vez.
—Estoy proyectado para esa lucha. Y si me provoca, yo mismo haré volar
su caballo. Puedo hacerlo con tan solo una inclinación de cabeza.
—Hágalo volar —dijo él, y unos ojos de carne fríos como el acero me
miraron y me hicieron bajar la vista. Mi cabeza cayó hacia adelante de
vergüenza y para una profunda meditación. Y me pareció que continuaba—:
Por cada fragmento que se le arranque habrá un nuevo caballo de mayor
tamaño y un jinete atado a él.
Entonces alcé bruscamente la cabeza para responderle y nadie, nada, ni
siquiera una sombra, una hoja, un pájaro o una nube arrastrada por el viento
estaba entre mi persona y el escudo de vapor castaño rojizo de mediados de
julio. Mi Alarma indicaba con su estrépito que la tregua estaba acabando, mis
armeros estaban levantando aquel extraño sonido seco de metal que se
apresura entre los Muros al correr hacia sus puestos de batalla, e
inmediatamente tuve que pensar en cosas más reales que un caballo y un
desvalido jinete, o que una charla de espejismo acerca de conciencia y deber.
La guerra que siguió, permítanme decirlo, fue un éxito tremendo; las
muñecas-bomba alcanzaron el blanco con eficiencia, los cohetes Bruja Blanca
destellaron por todas partes sobre el Moderan coronado de acero, y los
elevadísimos, espectrales y estruendosos Demoledores-de-Demolición jamás
se portaron mejor. Pero en el siguiente período de tregua apenas pude esperar
un instante para conectar el parlovisor y preguntar a todas las Fortalezas de
los alrededores si habían visto al inmenso caballo ciego y a su jinete. Las
respuestas negativas que recibí y las miradas extrañas, irónicas, con los ojos
muy abiertos, que aparecieron en el parlovisor me indicaron que tal vez fuera
mejor no seguir indagando acerca del extraño caballo y de su jinete.

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INTERRUPCIÓN EN LA CARNICERÍA

¿Qué cosa enorme había fallado? ¿Qué tremendo, quizás irreparable error
se había cometido en todas nuestras imágenes? En Moderan. ¿Qué principio
cardinal de la Tierra había sido transgredido (¡VIOLADO!) para degradar así
al poderoso sueño? Ayer él era algo, uno de nosotros: un gruñón, un
malicioso, un buscador de Gozos, un hombre que en sus momentos de terror
se escondía en su caja atisbadora de acero, que planeaba sus guerras, que
mejoraba sus planes para invadirnos, que iniciaba su jornada con un ojo
siempre atento al siempre acechante Desastre o la siempre posible Victoria,
un hombre de su tiempo enteramente 'recto' e idóneo. Pero hoy… ¡Hoy!
¿¿¿¡¡¡HOY!!!???
Fue precisamente en la primera salva cuando lo descubrimos, o al menos
empezamos a sospecharlo. Con la segunda y tercera salva el creciente miedo
se metió en nuestro interior mientras mirábamos fríamente nuestro Visor.
Había un boquete en la matanza que se estaba produciendo, un lugar vacío
entre el ruido de las descargas, cierto desequilibrio en el conjunto. ¡Y
habíamos planeado una guerra perfectísima! Las Fortalezas débiles habían
sido excluidas, y se formaron zonas perfectas, con las grandes Fortalezas
alineadas y en las cuatro esquinas, las Superfortalezas (yo era una de ellas)
encargadas del plato fuerte, simétricas para el asesinato masivo. Las guerras
de niños habían terminado; empezaban las guerras para mayores de edad. Eso
representaría comprometer totalmente las facultades mortíferas del mundo.
En mi calidad de Fortaleza dirigente y Gran Mariscal de la carnicería,
ordené un alto en la batalla y me desplacé personalmente para comprobar por
qué había un boquete en nuestro fuego continuo. El resto de señores de
Fortaleza acudieron con sus rayos luminosos, algunos incluso enviaron sus
imágenes, pues se trataba de algo muy anormal y todos estábamos extrañados.
Al limitarse a enviar sus rayos luminosos y sus imágenes al parlamento, al
quedarse en sus fortines, bravamente atareados en las Fortalezas, me
revelaban que estaban apuntalando las cosas para un mejor progreso posterior
de la batalla, aprovechándose de mi situación, claro está, y con el deseo de
derribarme. Pero esa es la cruz del caudillaje, y mi intención era cargarla con
nobleza, y ciertamente sin vil malicia, pues de haber tenido la oportunidad de
los demás yo me habría comportado, indiscutiblemente, como ellos…
¡IGUAL!

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Qué obra de la ciencia es un hombre metalizado… Ayer. Hoy. Con los
dos ojos mecanizados de amplio alcance contemplando cierta nada distante
lejana-lejana, o cierta nada próxima como los obturadores de hierro que en
otros tiempos él podía accionar para resguardar los agujeros de su cabeza,
cuando deseaba esconderla como una tortuga, cuando corría las puertas de los
globos oculares y decía que no estaba en casa, que no estaba en casa para
nadie… Pero casi siempre estaba en casa, este hombre, en casa para vivir, en
casa para los Gozos, en casa para odiar, un hombre sencillo, abierto…, no
cerrado y mezquino con el mundo. Un hombre bueno, digno de confianza, un
gran hombre, capaz de poner su Fortaleza en disposición de guerra total ante
la más mínima necesidad de carnicería, ¡con toda energía!, con el máximo
esfuerzo en el combate hasta la totalidad de cohetes, bombas, misiles rasantes
y estallidos de ruina-ruina se perdían sobre el mundo. Y ahora… Hoy los
vertederos de metal y las morgues de tiras de carne están saturados de él.
Yacía justo debajo de las aberturas de sus cañones, sonriendo a medias
con una fría sonrisa de muerte en su rostro férreo, con una de sus manos
metálicas aferrada a un tótem de extraña faz, una muñeca de vudú de aspecto
insignificante, así me lo pareció, aunque tal vez objeto de hechizo para él, un
objeto de suerte total, un objeto de buenos augurios que había conseguido en
tiempos mejores, cuando las guerras iban bien, BIEN para él, y cuando estaba
¡VENCIENDO! —dejando sin entrañas a sus vecinos—. La otra mano estaba
extendida en una postura rara y desgarbada, encorvada como la pata de un
gallo hacia un cañón, denotando una viva sorpresa, pensé yo, y los dedos de
hierro estaban separados e inclinados hacia arriba como si buscara algo, o
trataran de parar un golpe o recibir alguna oferta. Yo estaba asombrado.
¿Quién sabe algo de ese momento? ¿Quién? ¿Quién sabe algo de ese
momento que finalmente llega?
Como sucedía siempre en el distante pasado, y sigue sucediendo, en esos
insignificantes receptáculos del atraso, los vulgares países contaminados por
la carne, pasamos un rato confundidos e indecisos, enfrentados a ese hecho
enteramente terrible. Todos estuvieron conmigo al lado de aquel jefe que
había llegado al final, aunque yo fui el único que estuve allí con mi imagen
corpórea real. Pero los rayos e imágenes de los otros eran tan adecuados y
estaban tan llenos de vida que todas las decisiones podían tomarse allí, y ellos
podían estar en sus Fortalezas, tal como debía ser, tal como yo habría estado,
de haber tenido esa oportunidad, preparando una batalla superior para más
tarde. El problema era qué hacer con aquel hombre que había muerto, al
parecer por causas naturales, algo totalmente reñido con Moderan, haciendo

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que todos nos estremeciéramos hasta la misma médula de los cimientos de
nuestro Poderoso Sueño. ¡SÍ! Con nuestras tiras de carne pocas y
minimizadas, y siendo todos nosotros hombres de metal nuevo, ¿no habíamos
subyugado a la muerte? Es decir, ¿acaso no controlábamos la muerte? Bien,
ciertamente lo habíamos soñado. A pesar de que podíamos atraer la muerte
hacia nosotros mismos, y hacia millones de personas, en una gran carnicería
por causas de orgullo o motivada por una travesura, ¡no habíamos burlado esa
muerte que había llegado tan resueltamente!, como un ratero nocturno, a ese
tipo de muerte por avería que se había arrastrado poco a poco como un ladrón
en la oscuridad, que había penetrado en las tuberías de la vida por la puerta
trasera, prosiguiendo su intrusión año tras año hasta que por fin,
siniestramente, había tomado el mando y provocado el relampagueo de la
noticia: ¿MUERTE POR CAUSAS NATURALES? Ese tipo de muerte
anticuada, peregrina, deshonrosa, degradante, impropia de un hombre… ¡OH,
NO!
—¡LO LLEVARE A MI FORTALEZA! —dije. ¡Qué impulso tan
difícilmente concebible, qué ocurrencia tan impulsiva!—. Tal vez pueda
repararlo —en cuanto dije esto sentí que una vergüenza fría y gris fluía con
violencia en torno a los agujeros de mi cabeza de metal nuevo: los pozos de
los oídos, los túneles de la nariz, los núcleos de los ojos, todos los lugares
donde se hallaban las tiras de carne de mi cabeza estaban reaccionando.
¡Decir una cosa tan rara-exacta de un hombre, de otra alma humana! ¡Tal vez
pueda repararlo!—. Confío en que se ponga bien —comenté bruscamente—.
Lo intentaré.
¿Era yo médico? No, yo no era médico. ¿Era acaso más experto que la
mayor parte de los demás en cuanto a mantenimiento del hombre de metal
nuevo, reparación de heridas metálicas o corrección de tiras de carne
famélicas? No, realmente. ¿Era yo una persona capaz de percibir la Gran
Oscuridad que me aferraba cuando uno de nosotros caía, caía para no
levantarse más, desgarbado, sin heridas, colgado y ensartado en el Fin, con la
coagulada y fría espuma de la muerte en los labios de hierro y los ojos de
amplio alcance de Nuevos Procesos barriendo las ciegas rutas del cielo, del
infierno, de la NADA? Sí, realmente. Yo era realmente esa persona.
Y por eso ellos, de mala gana, me concedieron una semana, tras votar allí
en cónclave con sus vivaces rayos lumínicos y sus imágenes; una semana con
un boquete completo en la acción, un cese del fuego, ¡la Tregua!, aunque
algunos, sobre todo los jóvenes, mostraron la lógica impaciencia. Proseguir el
tiroteo, los lanzamientos, dispararlo todo… Esa era su pasión.

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En cuanto estuve en mi Fortaleza pensé en ponerle algún motor,
furtivamente… a escondidas, en plena noche…, apartado de todos los rayos
fisgones, alzando las cortinas de plomo por todas partes, y él y yo a solas en
las entrañas de la Fortaleza, en mi Sala Correctora más recóndita: el listo y el
muerto enfrentados. Era tentador. Habría podido hacerlo, naturalmente. ¡Oh!
Habría podido hacerlo con suma facilidad, y tan bien que él habría vuelto a
caminar, sus ojos habrían dado la impresión de ver otra vez y… sí, él habría
podido hablar con nosotros. ¡Habría podido reincorporarse a su Fortaleza y
continuar la guerra! Pero entonces solo habría sido un hombre de armas,
carente de todas las cualidades humanas, y yo lo habría sabido.
¡NO!, yo no podía ser tan falso…, no podía serlo con él, ni con ellos, ni
con ninguno de nosotros. Si bien para ellos habría sido mejor seguir soñando
con su poderoso sueño de bobos, el enmascaramiento de la muerte. Volver a
poner en marcha a ese hombre, dejarlo únicamente con sus pobres líquidos,
con sus tiras de carne… Lograr que se levantara con naturalidad, devolverlo
al odio y al resto de anhelos humanos, las sonrisas maliciosas, los gruñidos,
refunfuños, quejidos, las habladurías de vivir, el gusto y el disgusto, ponerlo
otra vez en el plano humano en total desafío a la Gran Oscuridad de la Fría
Nada…, eso es lo que yo quería hacer.
El sueño avanzaba, hermoso, hermoseante… en mi cabeza. Los
pensamientos se sucedían igual que jardines de esperanzas, flores y más flores
en germen o brotando. Pero él progresaba… NADA…
Mi cabeza siguió este curso. ¿Cuántas horas? ¿Cuántos días? No lo sé,
pero me encontraron fuera casi al finalizar la semana que me habían
concedido, en el desamparado plástico. Había cargado al muerto en una
carretilla de hierro, con ruedas y muy práctica, de las que usan mis armeros
para acarrear proyectiles BLAMM a los puntos de lanzamiento, en distancias
cortas. Y ellos me preguntaron, con sus rayos luminosos y sus imágenes. ¿A
dónde…? ¿A dónde vas?
—¿Ir? ¿IR? —pregunté mirándolos con un millón de incomprensiones—.
¿¡IR!? —grité; y contemplé el color ferroso de la cúpula que había sobre
nosotros, la concavidad finalmente ineludible de los ilimitados muros
carcelarios del cielo, gris y gris y gris y gris, la sofocante e ilimitada
lobreguez del tiempo—. ¡¡¡¿¿¿IR???!!! —aullé, y me zambullí en mis
pensamientos tanto como pude, hacia un hipotético puerto de llegada.
¡¡¡¿¿¿IR???!!!
Ellos fueron benévolos. Lo diré, fueron benévolos. Me tenían a su merced,
y lo sabían. Pero no se aprovecharon, y les rindo honores por ello. Quizá

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fueron indulgentes con mi trastorno debido a que estaban convencidos de que
yo también libraba la misma batalla de ellos, y personalmente creo que yo
sabía lo que todos habíamos perdido. Pero me convencieron de lo contrario,
iniciaron un gallardo espectáculo con sus rostros y rayos danzantes y me
dijeron que no se había producido ninguna pérdida, tal vez sí un accidente
horrible y difícilmente explicable, pero ninguna pérdida, y que no estábamos
disminuidos.
Un poco avergonzado, inicié el regreso con el muerto tirando de una
vulgar carretilla de hierro, de las que se usan de vez en cuando para
transportar proyectiles BLAMM en distancias cortas dentro de las Fortalezas.
El muerto, un férreo campeón-de-la-caminata, un hombre refinado hasta el
colmo del refinamiento, un hombre que no estaba hecho para una muerte por
causas naturales, un hombre para ¡VIVIR! y extender a un mundo entero el
señorial monstruo de la muerte que es una guerra tórrida y grandiosa si
decidía hacerlo. Iba torpemente colocado en la carretilla, o tal vez era
demasiado voluminoso para ella, y sus brazos y piernas estaban en jarra, y
algunas de esas cosas rozaban el suelo, pese a que lo lamentaba. Y yo
accionaba con furia mis goznes y tensores en el torpe estilo de andar deprisa
de la gente 'reemplazada' con metal nuevo, plop-plip-plap-plop, sobre el
desolado camino, acarreando a este muerto trozo de metal y tiras de carne, lo
que otrora había sido un hombre, regresando para tomar una decisión. Los
rayos de los demás nos seguían, algunos retratos hicieron de pastores con
nosotros, y componíamos todo un cuadro, supongo.
Posteriormente tuvimos que analizar qué era lo mejor; hubo muchos
problemas. ¿Teníamos que ofrecer a este hombre, el hombre entero, un
entierro decente, a la antigua usanza, con plegarias y todas esas cosas a tono
con una muerte pasada de moda? ¿O debíamos conceder sus tiras de carne a
otro señor de Fortaleza para que las usara donde fueran aplicables, como
repuestos de mayor desgaste en la guerra, cosa perfectamente permitida en un
inequívoco caso de poderoso-muerto-en-combate? Es este último caso
ofreceríamos al señor de Fortaleza dimitente —no muerto, ¡simplemente
dimitente!— el breve servicio a modo de condecoración in absentia, un
servicio encomiástico y estrictamente honorario y, ¡CIERTAMENTE!, sin
plegarias y promesa celestial. Y podríamos fundir su metal en una sencilla
ceremonia y enviarlo al lugar de la Gran Llanura de Plástico del Sueño
Realizado donde él podría reunirse con su Dios —nuestro Dios—, una
enorme vara de metal nuevo que oficiaba como nuestra guía desde los
tiempos en que Moderan era reciente.

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A mí, en aquel momento, mientras contemplaba aquel definido
estancamiento tendido chapuceramente en el suelo, no me parecía que fuera
demasiado importante la forma en que nos desembarazaríamos de él. Si se
optaba por el método moderano, el caparazón de metal fundido del difunto
podría unirse a la Gran Pértiga, aquella enorme vara que crece, vive y nos
habla, un hecho con que contar, un dios sustancial, elevado en la Gran
Llanura de Plástico. O, si lo decidíamos mediante votación, el caparazón
metálico del muerto podía continuar convertido meramente en un armero, con
un motor en su interior, un fragmento funcional de absurdo placentero y
móvil que no significaba nada en absoluto. Si recurríamos al anticuado y
peregrino método de la promesa celestial, con un entierro completo, las
plegarias, la charla sobre Algo que se elevará, Algo muchísimo más liviano
que la niebla o el aire, algo que, con tal fragilidad, era Eterno… Bueno, yo
sospechaba que él yacería pesadamente en su hogar perdurable, con ojos sin
vista mirando eternamente los bloqueados dedos de los pies.
—¡ESTO NO SIGNIFICA NADA DE NADA! —chillé, un aullido
alocadamente espantoso, degenerado de nuevo hacia los gritos de la locura—.
¡ESTE HOMBRE ES UN MUERTO COMPLETAMENTE MUERTO!
Como lo seremos TODOS al debido tiempo. A través de la Fe o de la falacia
del Sueño.
Pero ellos volvieron a razonar conmigo allí mismo, con sus rayos delante
de mí, hablando, y algunos con sus imágenes danzarinas, todos ellos
esforzándose por recalcar cuán indecoroso era que yo, un señor de
Superfortaleza, me derrumbara derribado por un óbito por causas naturales.
En Moderan. Donde no había oficialmente ninguna muerte por causas
naturales. De manera que me aplaqué finalmente, cedí a la presión y fui
persuadido.
Lo que en realidad sucedió, supongo, fue que yo empezaba a sentirme
culpable. Me preguntaba por qué, solo por haber pensado que había
observado muy intensamente y visto muy fácilmente la clara NADA, retenía a
estas magníficas personas férreamente resueltas que deseaban continuar el
tiroteo y los lanzamientos y disparar todo. ¡No tenía ningún derecho! Estaban
retozones y rebosantes con sus objetivos efímeros, todos ellos eran personas
enteramente decentes que deseaban reanudar la Gran Batalla, la maratón de
destrucción, y arrojarse unos a otros la muerte durante la contienda, noche y
día en la gran baraúnda mundial. ¿Por qué tenía que avinagrar mi corazón y
explicarles que no había nada al final de todo esto como no fuera… el
definido y rotundo estancamiento?

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—¡Él no tuvo cuidado! —grité—. Es probable que no se hubiera aplicado
a las reglas y jugado limpio. Tal vez no se alimentaba con la intravenosa
correcta. Posiblemente sus tiras de carne sufrían inanición. O quizá fueron
volviéndose mohosas e insanas en torno al metal y las junturas debido a que
él no practicaba adecuadamente la higiene moderana. ¿Qué nos importa que
él se corroyera? ¿Vamos a consentir que un descuidado, que un inepto, que un
miembro de la sociedad totalmente indigno de ella sea una bomba demoledora
para un sueño central? ¿Vamos a suspender nuestro combate? ¡NO
DEBEMOS HACERLO! Nos limitaremos a guardarlo en alguna capilla de
hace siglos, le daremos un empujón y lo meteremos en una cripta hasta que
esta guerra termine. Entonces decidiremos qué hacer con un pobre diablo que
huyó volando y no quiso combatir.
Y estallaron los vítores, que debieron ser salvas y más salvas para mí, de
los rayos luminosos y las imágenes.
Pero justo cuando las desenfrenadas salvas en mi honor se estaban
afianzando, un joven, vigoroso e insignificante capitán de Fortaleza, que
había estado observando y escuchando a mucha distancia, se acercó, enderezó
gallardamente sus goznes y tensores, hizo dos flexiones de rótulas y emitió
sus rayos danzarines, junto con una imagen que despedía fuego, para hacer
una abrupta acusación y una oferta que derrotó de largo-largo mis
sugerencias. Tuve que admitirlo.
—¡ESE VAGO! —gritó—. ¡Ni una sola herida, ni una sola cuchillada
para su placa funeraria…! ¡VAGO! ¡¡VAGO!!
¡¡¡VAGO!!! Si hubiera sufrido la muerte por lesiones en la batalla, con
toda su Fortaleza hundida, con los tubos colgando en todos los cañones y las
plataformas de lanzamiento machacadas…, si hubiera salido a la superficie de
los escombros refunfuñando y a punto para atacarnos, ¡a punto para atacar
cualquier cosa!, solamente con sus dos desnudas manos metálicas…
¡¡BRAVO!! Pero este inútil, sencillo, cobarde, odioso tipo de muerte, propio
de una vieja…, este tipo de muerte del sonriente desertor que ha perdido el
odio… ¡Puaf!
A continuación los rayos luminosos y la imagen del insignificante capitán
alzaron las manos para implorar que prestáramos atención, y continuó, con
algo menos de pasión esta vez aunque con una voz indicativa de que toda su
sustancia y todo su ser estaban concentrados en lo que decía.
—Puesto que él no se aplicó a las reglas y no jugó limpio —razonó—,
este ladrón, este fracaso, este borrón atroz que habría sido capaz de hurtar
nuestro Sueño y lanzarnos con las esperanzas puestas en NADA a las terribles

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mareas del Tiempo para que muriéramos…, este hombre no es uno de
nosotros, verdaderamente no lo es, no puede serlo aunque alguna vez lo haya
sido. En consecuencia, expulsémoslo de la Liga. ¡Le daremos la bola negra de
la Expulsión Eterna! Quemaremos su imagen y desollaremos su nombre ante
las elevadas estrellas. Con eso tendrá bastante. Luego, solo para asegurarnos,
lo arrojaremos a la gran máquina subterránea, la Correctora de Nulidades, ya
sabéis, la nueva máquina que hay en el Norte, la que es capaz de masticar
fortalezas enteras hasta reducirlas a un polvo más fino que la arena en menos
de cinco segundos. Después solo tendremos que ajustar correctamente
nuestras mentes. Aferramos al hecho de que él jamás existió. Y así, nuestro
Sueño, nuestro sagrado Sueño conquistador de la muerte, nuestro Plan de vida
eterna mediante tiras de carne, metal nuevo e intravenosas, quedará reajustado
por completo, arreglado, ¡magnífico como siempre ha sido! Y entonces
podréis continuar esa magna guerra que yo, pese a no merecer participar en
ella, contemplo para instruirme todos los días, y me estremezco hasta con el
último disparo cargado de muerte. Y algún día, quizá, cuando las tentaciones
del hierro se extingan y potentes trompetas mecanizadas toquen su llamada,
las más dulces de todas las músicas en este mundo, quizás entonces…
Explosión tras explosión de aplausos alocadamente apreciativos hubo en
ese momento en honor del insignificante capitán, en honor del hombre cuyas
bien encaminadas y sensatas sugerencias habían resuelto nuestro dilema
acerca de la muerte por causas naturales en Moderan. Sí, íbamos a modificar a
este vago que nos había turbado muchísimo, a modificarlo de modo que en
realidad jamás hubiera existido. Votaríamos en favor de su expulsión.
Quemaríamos su imagen y desollaríamos su nombre ante el soberbio cielo del
universo. Y después, solo para asegurarnos, lo moleríamos bajo tierra en
nuestro eficaz dispositivo para reducir a quebradiza arena todas las cosas
indeseables e indignas. ¡AJÁ! ¡Muy bien, capitancillo!
Y por eso ascendimos a este inteligente capitancillo que, de hecho, desde
hacía tiempo aspiraba a un rango superior. Le transmitimos la noticia de que
estuviera a punto para la guerra, ¡que era un participante!, y que la contienda
se reanudaría el próximo miércoles, que era el día siguiente. De manera que,
al final, el casi desastre de nuestro Poderoso Sueño aportó Gozo a una
persona (y de todas formas, aunque yo lo diga con cierta renuencia, sangre
nueva en liza no podía hacernos excesivo daño) y nuestra guerra fue tan
triunfal como cualquier otra que yo hubiera presenciado. Y únicamente para
que la historia quede clara, en atención a la Poderosa Verdad, completamente
y para siempre, debo indicar que yo, una vez más, me recobré perfectamente

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y reaccioné con vigor para refutar la sospecha creciente y general de que yo,
yo mismo, podía estar a punto para la Máquina de Nulidades, la Gran
Correctora, en unos cuantos años más. En medio del implacable estrago y el
revoltijo general de nuestras destrozadas Fortalezas, volví a sobresalir como
el Sublime, y caminando erguido y orgulloso entre la muerte apilada por la
gran batalla, acepté mis galardones con la humildad que me fue posible:
'Guerrero más eficiente', 'batallador más denodado en la contienda', 'mejor
planificador de estrategia de conjunto, con mucho', y para acabar la elogiosa
crítica final para un hombre que 'resuelta e incuestionablemente usará
cualquier cosa en el inconmovible e intransigente holocausto para someter al
mundo a su soberbia voluntad mediante la batalla'.

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EL MILAGRO DE LAS FLORES

Aquel año nos estaba deparando un mes de marzo a la antigua en


Moderan; Central había desconectado el Clima y dejó que la bola girara por
su cuenta. Yo estaba sentado fuera de mi Fortaleza en un período de Tregua,
gozando de unos momentos de tormenta; las ráfagas de viento remolineaban
en torno a los goznes de acero de mis axilas, unas ráfagas melodiosas en mi
nariz de metal nuevo que además bramaban un muy placentero canto de
primavera en los pozos de mis oídos de hojalata. Puede ser que yo durmiera,
pero no lo creo. No creo que el sobresalto que tuve ocurriera al pasar de
dormido a desvelado, sino al pasar del desvelo a un desvelo mayor. ¡Y cuando
uno ve algo que parece un molino de viento que se va alejando del viento…!
Él se acercó al paso de un molino de viento que camina, si es posible
imaginar un viejo molino que se libera de su posición sobre un viejo pozo y
avanza andando con el viento. Mientras se aproximaba, vi que no era un
molino, sino un hombre alto y elástico que agitaba las largas varas de sus
brazos de metal nuevo y caminaba con esos difíciles pasos rectangulares de la
gente con tiras de carne, los 'reemplazados', polp-plip-plap-plop sobre el
desolado plástico.
Ese día me sentía bastante valiente, así que no salí corriendo hacia el
Muro de Fortaleza, no me asusté. Seguí sentado y contemplé al hombre,
pensando en su extravagancia, en cómo sacudía y hacía oscilar los brazos, en
la difícil marcha de sus pies para trasladarle en su Viaje. Titubeó en la
encrucijada, su ropaje externo de acero vibró, meneó las manos igual que un
remero y, me pareció, tomó la decisión. La decisión fue atravesar el Gran
Lugar en medio de la Ruta, ¡mi casa!, la inmensa ciudadela de acero donde
los dedos, los sondeadores dedos de los rayos exploradores llegaban al alto
cielo, donde las bisagras abrían medias naranjas con cascaras de acero para
descubrir las erizadas plataformas de lanzamiento, y donde los cierres de los
cañones, ligeros y manejables en los tubos, estaban siempre dispuestos.
Era extraño que él silbara una tonada mientras avanzaba por el gran
camino de plástico que llevaba a mi fortín. En el límite extremo de los
facultades para escucharla, con el Auxiliar en Muy Alto, logré captar la
tonada, una especie de canto eclesiástico, pero no de la iglesia militante
(¡ánimo y dales muerte en nombre de Dios!) sino más bien de la iglesia que
ruega, que suplica, que implora del hombre cierta concesión descabellada,
imposible, jamás obtenible… Sí, algo muy inquietante, pero que alguien

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silbara una tonada mientras caminaba con tanta dificultad a tiro de mis
cañones, aunque fuera en período de Tregua, era como un puñetazo en la
nariz al edificio entero de mi lógica, y casi no pude creerlo. Maldiciones,
sombrías miradas y la caja de aullidos conectada habría sido algo más
parecido a lo que cabía esperar. Pero él era un silbador, un sonreidor, ¡y
llevaba un ramillete! Me di cuenta mientras lo examinaba en mi visor de
incógnitas medianas capaz de captar la picadura de la viruela cuando aún
estuviera a mucha distancia. ¡¿Un hombre con un ramillete en el país de las
Fortalezas?! Mejor le habría ido con pistolas de rayos láser muy a mano en la
cintura, con malvados y sucios trucos bajo la placa pectoral, con ácidos
disolventes de acero en cavidades secretas de los pulgares, para meterlos en
los ojos de los extraños, y un par de martillos en forma de cuña para partir a
un hombre si alguna vez lo tenía al alcance. ¡Un ramillete! ¡Bueno, tampoco
nos podíamos fiar de eso!
Mi mejor seso se afianzó en un tardío gesto de prudencia y salí corriendo
hacia el Muro de la Fortaleza. Maldiciéndonos por nuestra lentitud, pusimos
en marcha la sonda de exploración, la sacamos al exterior en tubos de
inspección, pusimos el nuevo Radio de Visión en Minucioso, evaluamos el
potencial total del extraño, colocamos todo nuestro vasto complejo de
armamento en alerta constante, ACCIÓN-INMEDIATA, por si acaso, y
anulamos el permiso de un par de armeros que, supe por casualidad, habían
estado viendo demasiadas cosas de una comunidad de obreros-robot
femeninos en la ciudad. Además de todo esto, me precipité hacia mi caseta
atisbadora de acero en un gran viraje hacia el lado oscuro de la valentía. Si
aquel hombre venía a sorprenderme con algunos trucos envueltos en un ramo
de narcisos de acero… bueno, no me encontraría con el pelo cano igual que
una abuelita haciendo una capa para una muñeca-bomba. ¡NO!
Pero él demostró estar limpio después de la debida inspección. El
ramillete era realmente inofensivo: primaverales brotecillos azules de acero, y
algunos capullos de rosas de hojalata, completamente fuera de sazón, claro
está, y un par de irregulares narcisos de metal nuevo con un color una pizca
anormal, pensé yo, pero en conjunto un ramillete muy variado y bastante
agradable. No me habría importado quedármelo, simplemente por
sensibilidad, pero no pude pensar, pese a mis intentos, en un lauro que
acabara de ganar, y los comités de la ciudad estaban muy recelosos, de
manera que no me iban a enviar ni un solo tributo, ni floral ni de otro tipo.
Quizás aquel hombre estaba en camino hacia algún lugar sagrado para llevar
unas velas votivas con el viento y, con su forma de caminar, llegaría allí por

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Navidad. Pero, ¿por qué un hombre con forma de molino no podía dedicar la
mayor parte de un año a caminar hacia algún relicario para llevar unas velas
votivas con el viento? Por Nochebuena ya podría estar en las cercanías y
acampar allí, justo con el decimosegundo ¡tan! de medianoche, con un
cronometraje preciso, se acercaría con paso vacilante y arrojaría su manojo
metálico a los pies de un tartamudeante y sorprendido guardián de las velas, y
quizá desearía gritarle: ¡POR EL CUMPLEAÑOS!, sea cual fuere el
significado de esas palabras (?). Habían pasado años que se habían consumido
en peores cosas. ¡SÍ!
Me entregaron el informe a través de una rendija de la caseta atisbadora
de acero y, puesto que la evaluación era totalmente negativa en cuanto a
riesgo, di las tres órdenes firmadas, oficial y debidamente selladas, para abrir
las puertas en LENTO. Cuando él estuvo a la vista desde la caseta atisbadora,
aunque todavía distante en el espacioso cuadrilátero de la Fortaleza, lo invité
a que se detuviera. Él se volvió hacia mí, hizo girar las flores en un círculo
con apariencia de Arco iris y siguió acercándose, sonriente, abofeteando el
frío aire de marzo con sus fulgurantes aspas de molino y los capullos de acero
y hojalata. Me encontré en la seguridad de mi caseta atisbadora, comprobé
que las cerraduras triples estuvieran echadas y repasé en mi mente las cosas
que debía hacer en un momento de máximo peligro para MÍ. ¡Contingencia
extrema! ¡Y el ramillete seguía andando! ¡Debía pararse! Yo ya estaba
sumergido en aquella obligación personal de accionar la trampa del suelo
situado en el recorrido hasta la caseta y dejar que él cayera en su ruina. Él o
yo, otra vez, el viejo problema, y yo era un señor de Fortaleza que ni siquiera
consideraba un lapsus que me dejaría a merced de un hombre con un ramillete
de flores de acero y hojalata. A pesar de todos mis dispositivos de seguridad,
¿cómo podía estar yo absolutamente seguro de que él no había camuflado
algún ácido terrible en los encantadores pétalos, estambres y tallos de un muy
diabólico ramillete? Y él me arrojaría el ácido a los ojos, apuntando con suma
precisión a la ranura de la caja atisbadora de acero. ¡OH…!
Pero en el preciso instante en que yo notaba cómo el diabólico y explosivo
ácido golpeaba mis inocentes ojos y hacía saltar los globos oculares, él se
detuvo. ¡Y ni un segundo antes de lo debido! Un pie de acero estaba tocando
la línea que señalaba el último lugar al que podía llegar en la dirección que
traía sin un terrible volteo en ángulos rectos, hacia abajo, donde ciertos
mecanismo que en este momento no puedo describir en detalle por razones de
seguridad, le molestarían en menos de cinco segundos hasta dejarlo aplastado

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y reducido a un polvo más fino que la arena. En efecto, yo podía abrir el suelo
bajo sus pies en cualquier punto del cuadrilátero de la Fortaleza.
—Le traigo mis flores —dijo, mientras yo nadaba para regresar al
presente desde el reciente compromiso de un acto terriblemente violento.
Debo decir al respecto que jamás me he acostumbrado por completo. Y a
veces pienso que mi clasificación como el más fuerte y bravo señor de
Fortaleza es únicamente una farsa descomunal y flagrante. Un hombre de tal
categoría debía ser capaz de ejecutar ese acto con suma facilidad, con la
mente amordazada a sus espaldas, por así decirlo, y el mínimo de
concentración, prácticamente mientras desayunaba, mientras tomaba el
refrigerio de su intravenosa de naranja. (En Moderan, compréndanlo,
nosotros, la gente de metal nuevo con tiras de carne, debemos tomar todo el
alimento en jugo, con sustancias nutritivas especiales para las tiras de carne.)
Un ejército de hombres ordinarios de la época mataba antes del jarabe de
huevo; y los gigantes al mismo tiempo que el jugo para brindar, y los espías y
las guerrilleras femeninas caían en la trampa coincidiendo con el té
intravenoso… Yo debía sentarme tranquilamente, ¿comprenden?, y limitarme
a apretar los botones con gran naturalidad, enviando a mis enemigos a la
molienda molienda molienda… ¡Oh!, he tenido que pasar por eso.
Naturalmente, he tenido que hacerlo. He hecho que ejércitos enteros
atravesaran mi suelo después de capturados, todos abajo, incluso las
acompañantes más cándidas, para caer en mis dispositivos de acuchillamiento
y molido. Y he enviado el polvo a su lugar de origen en sacas de correo de
tamaño gigantesco, para devolverlo a los ministros correspondientes,
acompañado de una nota ingeniosa del tipo «Le devuelvo su ejército;
reducido para reducir los costes postales». Pero lo más normal es que
devuelva el polvo únicamente con la sencilla indicación «Polvo humano;
inservible» y la correcta dirección del ministerio garabateada en las enormes
sacas. Y como es lógico, siempre les presentaba una factura por los costes del
envío y el transporte, una factura que, lamento comentarlo, porque dice
mucho de las imperfecciones humanas, raramente era pagada. ¡Oh!, tal es el
comportamiento de los descontentos países atrasados, rebajados en su honor,
casi sin honor, por culpa de la derrota. Pero tal como había empezado a
explicar, jamás he ejecutado esta destrucción sin que las terribles tensiones
ocuparan mi interior, sin precisar un máximo de concentración de mis
facultades para hacer lo correcto y necesario. Y a veces, por lo tanto, yo creía
que tal vez no estuviera hecho para esta grandeza. Pero la he mantenido, y
nadie puede afirmar seriamente que no he hecho una buena exhibición.

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—Le traigo mis flores.
No, su voz no era chirriante y áspera, como habría sonado la de un viejo
molino que necesitara un baño de aceite, como yo había esperado. Su voz era
una blanda y sedosa súplica, una súplica para que fuéramos amigos. Mas,
¡cuánta traición podía estar envuelta en esa súplica!
Yo acababa de venir del terrible lugar donde se ejecutan mis actos
terribles. Había vuelto al aire, al día y al hombre que estaba ante mí, había
vuelto de la muerte. Porque… sí, siempre muero un poco al hacer esos actos
pavorosos y tétricos. Pero había regresado a la astucia, a la sutileza, a la
perspicacia, a la sospecha, al embaucamiento: la relación humana al nivel de
lo cotidiano. Tenía que tentar a aquel hombre en el exterior.
Abrí las cerraduras triples, empujé la puerta de la caseta atisbadora lo
justo para que quedara una rendija y me encaré con el visitante de este más
abierto modo.
—¿Lo ha enviado un comité de la ciudad? —pregunté—. ¿Acaso me han
evaluado y han llegado a la conclusión de que debo recibir un obsequio
especial por mis hazañas? ¿Se han despertado por fin?
Un ligero desagrado cruzó sus placas faciales en la parte donde las tiras de
carne se unían a la cabeza de metal nuevo. Abrió sus brazos de metal nuevo
en un gesto que me hizo desear, en cierto sentido, que él tuviera un dedo del
pie un poquito más encima de la línea, la línea de destrucción, de forma que
yo pudiera tirarlo en justicia a las cuchillas y dispositivos de molido para
reducir al estado de polvo aquella mirada y aquel altanero y burlón abrir de
brazos. Pero no lo hice, por supuesto. Por curiosidad, y por un acentuado
sentido de rectitud, lo soporté.
—Un mundo de borrascosas y arrojadas hazañas con las armas ansia
recompensas —dijo—. Pero yo tengo objetivos superiores. Al decir que «le
traigo mis flores» me refiero a que le traigo la esencia de mis flores. Sí, en
realidad no le traigo este ramillete, si le importa saberlo, ¡es una de mis
manos!
Bien, eso me hizo estremecer. En cierto sentido, me dio un tirón y me hizo
caer estrepitosamente más veces, y con más dureza, que si él hubiera revelado
de repente que poseía un brazo de metal nuevo acabado en una pistola o en un
puñal incorporado. En este mundo, donde una persona necesita todas las
excelentes manos de acero que pueda conseguir, ¿cómo es posible que un
hombre se dé un tajo de modo deliberado? ¿O no fue deliberadamente?
—¿Se trata de algún castigo? —pregunté—. ¿Acaso hizo un acto cobarde
en alguna ocasión y, al separarse para siempre de un mundo de valerosas y

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denodadas acciones, le cortaron una mano y la reemplazaron por una muestra
floral? ¡JA!
La mirada que me dedicó, el duro aspecto de tiras de carne y acero facial,
logró que mi prudente valor hiciera retroceder mis pensamientos hacia las
palancas de la trampa, hacia el rápido hundimiento de uno de los bloques del
suelo. Pero no eché abajo a aquel hombre, naturalmente. Presté atención
mientras decía:
—De manera que usted tiene manos para asir palancas, dedos diseñados
para los botones y uñas para rascar, quizá, una conciencia de acero que tal vez
no existe de ningún modo. ¡Y no obstante creo que usted tiene conciencia,
hombre! Por eso estoy aquí, por eso estoy caminando. Y seguiré andando por
este encrespado mundo hasta las mismas bocas de los cañones si es que puedo
(y puedo, naturalmente, ¡tengo que hacerlo!), hasta que su conciencia, y todas
las conciencias como la suya, hagan una gigantesca maceta para flores con
estas armas. Tal vez piense que estoy de broma… ¡Oh, llegar a un mundo
donde un objetivo así parece un chiste!
Inesperadamente se echó al suelo, quedó tendido ante mí en el terreno y se
puso a golpear su mano floral contra las capas plásticas del patio. El azul
claro de los brotes primaverales, el rojo intenso de los capullos de rosa
completamente fuera de sazón y el amarillo de los escuálidos narcisos
formaron menudos, brillantes, centelleantes arcos de color mientras él sacudía
las flores, un-dos-tres, un-dos-tres, una cadencia hipnótica y enloquecedora,
sobre el suelo.
Cuando terminó la sacudida él quedó bastante exhausto, de bruces, con su
bellísima si bien destrozada mano estirada al máximo hacia mí, con los fuelles
pectorales de los eternos pulmones de norma de Nuevos Procesos
funcionando a fuerte ritmo para equilibrarlo, y su aspecto, considerado en
conjunto, era esencialmente idéntico que el de un interesante y viejo montón
de desechos. Advertí casualmente que, aun cuando su destrozada mano estaba
extendida al máximo hacia mí, ni siquiera un pedazo del desmenuzado
narciso más cercano había traspasado la línea de peligro. Me tranquilicé,
respiré con más facilidad y no pude menos que preguntar:
—¿Cuántos ramilletes estropea por término medio en un año, muchacho?
Se levantó del suelo como un espigado girasol caído hace tiempo y al que
un sol mágico reanima y alza de nuevo pese a estar herido de muerte. Un
resplandor salía de él y lo rodeaba, y yo supongo que debió activar algún
circuito para lograr ese efecto; clavó sus ojos en mí con la pura y piadosa
mirada de un hombre pío.

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—No estropeo ninguno. Dios cuida de mí y, entre todos los milagros de
que El hace alarde, creo que no pido demasiado al decirle que acepte usted
que mi mano metálica vuelve a crecer después de todas mis actuaciones. Y si
usted lee estas cosas y pierde un poco de tiempo con ellas durante el siguiente
Período de Tregua, quizás, o incluso en este mismo, es posible que yo no
vuelva a importunarle nuevamente este año.
Entonces me entregó algo que sacó de algún espacio para equipaje situado
bajo su placa pectoral, más o menos las cosas típicas y usuales: panfletos que
proponían dudosísimos argumentos como por ejemplo las categóricas
afirmaciones de que las flores eran mejores que las armas, que el amor era
mejor que el odio y que había que esforzarse más por la comprensión humana
que por una Fortaleza repleta de bombas de primera clase. Además, la
acostumbrada promesa de que Dios iba a venir para castigarnos porque
habíamos sido muy malvados. Bueno, yo había visto todo eso con
anterioridad, naturalmente, pero di las gracias a aquel hombre mientras ojeaba
los panfletos que me había entregado. Y las cosillas con las que tenía que
perder un poco de tiempo… tampoco valían mucho más, pensé.
Fundamentalmente eran típicos fragmentos de dogma: un singular tipo
barbudo que cuelga en lo alto en el clásico estilo ellos-no-saben-lo-que-hacen
(y uno se pregunta: ¿por qué este hombre?, como precio por llegar hasta allí,
no ha luchado con los otros hasta que todos sus músculos queden
ensangrentados y desgarrados, como mínimo hasta que sus globos oculares
saltaran y rodaran montaña abajo y los intestinos, al menos en parte, quedaran
ensartados en puntas de lanza y árboles) y, naturalmente, El Niño (y había que
esforzarse para no tener el reflejo de que, si uno se preocupa por el mundo lo
suficiente y confía en el mundo lo justo para que lo sorprendieran sin
demasiados martillos en el cinto, seguro que ellos al final le llenan a uno de
clavos un miembro). Y allí estaban las usuales cuentas negras ensartadas que,
decía aquel hombre, esperaba que yo no me tomara demasiado a la ligera: no
estaban diseñadas para ser cadenas de tiro, sino para mimarlas y asirlas
fuertemente, todas, mientras uno pensaba en un agradable deseo personal, un
deseo piadoso, claro está. Le di las gracias por todo y me mostré cortés con
estas cosas, por culpa de un apremio muy hondo, muy distante, que me
llevaba a tener esperanzas en estas cosas, y porque había algo en la mirada de
aquel hombre que no debía ser tomada a la ligera.
Pero por encima de todo esto, mi razón me decía que riera, que le tirara a
la cara las muñequitas y las cuentas, que hiciera una ligera tormenta de nieve
con los panfletos y que, por haberme hecho perder el tiempo, le echara abajo,

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a la tumba, al lugar donde los enormes molinillos no tardarían en mostrarle
las auténticas condiciones del mundo. Pero en lugar de eso, cedí. Le dije que
su actuación había sido interesante. Que esperaba que pudiera encontrar un
metalista que reparara su mano sin demasiados problemas y que, en efecto, le
deseaba buenaDiosuerte en el camino al cuadrilátero de la próxima Fortaleza.
Se puso de espaldas y permaneció con la cabeza inclinada durante un
largo instante, con los hombros retorciéndose y temblando, y me pregunté si
verdaderamente estaría rezando alguna lacrimosa plegaria, alguna crispante
oración por todos los pecados que había que redimir en lo que su mente
parecería un trágico y casi desesperado mundo que día a día cobrara fuerza
metálica. (Estos soñadores, estos panfleteros y vendedores de rosarios no
suelen apreciar esa fuerza metálica cotidiana; prefieren hablar de un Día.) ¿O
acaso yo había herido sus sentimientos y aquella crispadura de los hombros
era un simple sollozo? Cuando se volvió de nuevo, lentamente, muy
lentamente, su florecida mano estaba alzada y… ¡Sí! ¡SÍ! ¡Estaba… entera!
¡Estaba reparada! Ningún destrozo, ningún destrozo ni mucho menos. ¡NO
ESTABA DESTROZADA! Y me contemplaba con una mirada directa y
concentrada que yo pensé de repente que debía ser la verdadera-verdadera
mirada de una serpiente de metal nuevo enamorada. Y fue introduciendo los
pies en la línea, inexorablemente en la línea prohibida de nunca-nunca. Y
mientras tanto yo seguía inmóvil, sin hacer nada; con aquella mirada no podía
hacer nada.
Mis tiras de carne estaban congeladas; mis manos pesaban tanto como dos
colosales martillos que un gigante jamás podría levantar. Y él siguió
acercándose, unos centímetros más encima de la línea y continuando el
movimiento, la mirada fija y las milagrosas flores a la altura de los ojos y
girando poco a poco. ¡Oh…! ¡OH…! Tal vez aquellos terribles chillidos
desgarradores brotaban de los mismos sacos inferiores de mi espacio
respiratorio; tal vez no era así. Solo sé que al cabo de unos instantes no pude
soportarlo, y mucho antes de que él pudiera tocar con la mano extendida la
caja atisbadora de acero, yo salí disparado por la puerta y lentamente, con la
lentitud que nos es propia, me precipité hacia él, con esa lenta precipitación
de los 'reemplazados' con tiras de carne, pero que es lo mejor que sabemos
hacer. Y al encontrarnos, tras aquel duro esfuerzo por acortar la distancia,
abracé los toscos y hermosos pétalos y grité sin cesar:
—¡Milagro! ¡Milagro! ¡MILAGRO…!
Y él me contempló sensatamente con aquella mirada de serpiente
enamorada y no dijo nada. Pero al cabo de un rato, cuando logré soltar las

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flores, él me dio lo que pasaba por ser su bendición y retrocedió lentamente.
Hacia la línea. Entonces me dio una breve charla para explicarme cuán
contento estaba por haberme proporcionado ese éxtasis, auténtica revelación
de Dios, y que esperaba que yo jamás viviera sin esa exaltación. Luego me
explicó que la obra de Dios siempre es ejecutada de algún modo, pero que
para ejecutarla mejor, a veces era conveniente que el beneficiado ayudara un
poco a poner al hombre de la mano florida en camino al siguiente lugar
necesitado de Dios. En pocas palabras, que costaba dinero y que si él podía
disponer de cierta cantidad, no como pago, ¡ESO NUNCA!, sino para
ayudarle a ayudar. Naturalmente le entregué una generosa dádiva extraída de
mi tesoro y, además, ordené que un armero le diera una muy especial y
valiosa gema de color rojo sangre que yo esperaba que él, el piadoso, lograra
ajustar en su ramillete como recuerdo de este, para mí, gran día. ¡Oh, NO!,
dijo él, pero la cogió y la depositó junto con el otro tesoro bajo su placa
pectoral, para los tiempos difíciles (eso comentó). Y a continuación reparé por
primera vez, sin que en realidad me sorprendiera excesivamente, en un detalle
raro: la mano con que él guardó la gema y el dinero aún era de carne casi por
entero, una mano sensible, de hermosa forma y de carne en su mayor parte,
una mano que uno imaginaría apretada a su dulce hermana en dulce oración,
siempre implorante… ¡UNA MANO que se pasaba de rosca ORANDO!
Él se fue después por el cuadrilátero de la Fortaleza y yo, como última
orden antes de desmayarme y sumirme durante muchos muchos días en un
hermoso sueño celestial, mandé abrir las puertas para que este milagroso-
maravilloso hombre pudiera proseguir su milagroso-maravilloso camino.
Como es lógico me alteré mucho, tan solo media hora después y a punto
para volver a pertenecer al mundo… ¡Me alteré al saber cómo había sido,
COMO TUVO QUE HABER SIDO! Al principio ardí en deseos de transmitir
el aviso a la Fortaleza vecina, porque el hombre de la mano florida estaría
probablemente, con su forma de andar, a punto de llegar allí. Pero luego
pensé, NO, que la vieja Fortaleza vecina reciba también lo suyo; seguramente
será bueno para él. ¿Y acaso no es algo que nos espera a todos? Pero no pude
menos que preguntarme cuánto tiempo pasaría antes de que alguien resolviera
el enigma a tiempo, y sin ayuda: cuando el viejo hombre-molino de la mano
florida se volvía un instante para aparentar que rezaba solemnemente, aquella
espasmódica crispación de los hombros que pasaba por una plegaria por los
pecados del mundo, lo que hacía realmente era cambiarse de mano,
extrayendo la nueva de repuesto que llevaba en el espacio para equipaje

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situado debajo de su placa pectoral. ¡¡SÍ!!, aquella diestra mano de carne
había enroscado…, ¡otro ramillete!

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INCIDENTE EN MODERAN

En Moderan no estamos a menudo entre guerras, ciertamente, pero en esta


ocasión había un período de tregua. Un par de Fortalezas del Norte habían
funcionado mal —alguna avería en la correa transportadora de municiones,
creo— y todos habíamos votado suspender la guerra un día, más o menos,
para darles una oportunidad de reintegrarse a la batalla. No me interpreten
mal: aquí no había la pureza del lirio, un corazón tierno como las flores, juego
limpio o ese tipo de hipocresía de ama-a-tu-Fortaleza-vecina, como pudo
haber en los Viejos Tiempos. Era un huraño acomodo a la realidad dictado
por el sentido común. Cuanto mayor y mejor la guerra, tanto mayor y mejor la
oportunidad de odiar voluminosamente y conquistar honores. Tan simple
como eso.
Mas en cualquier caso, fue entre guerras cuando yo estaba haciendo raras
tareas justo del otro lado del decimoprimer Muro, el más externo de mi
Fortaleza. Para ser más sincero, lo que hacía fundamentalmente era estar
sentado fuera en mi sillón para caderas cómodas, disfrutando del turbio sol
veraniego a través del escudo de vapor castaño rojizo de julio e indicando a
mi armero jefe qué cosas debía hacer. Él estaba, por casualidad, sacando
brillo a una placa honorífica que proclamaba en el Muro 11 que nuestro
fuerte, Fortaleza 10, era EL PRIMERO EN LA GUERRA, EL PRIMERO EN
ODIO Y EL PRIMERO EN LOS TEMORES DEL ENEMIGO.
Las cosas se estaban poniendo aburridas. Lo que pretendo decir es que
todo estaba apagado, esta inactividad entre guerras como supervisar el pulido
de placas y dormitar bajo el filtrado sol de verano. Por puro aburrimiento, y
por diversión, supongo, yo estaba a punto de levantarme y empezar a golpear
a mi hombre de armas con mi lujoso bastón de metal nuevo cargado con
plomo. Y no porque no estuviera haciendo un trabajo excelente, ya saben,
sino solo por tener algo que hacer. Un movimiento en la novena colina a mi
izquierda me ahorró este recurso bastante estúpido y quizás absurdo, aunque
no muy desagradable… Rápidamente ajusté mi vista moderana de amplio
alcance en mirada de precisión, me llevé a los ojos el visor capaz de captar la
picadura de viruela y distinguí una forma.
Era una forma cuando llegó allí, ¡perfectamente! De inmediato vi que se
trataba de una de esas muestras de movimiento: ¿hombre, animal, vegetal
ambulante…? Bueno, ¿qué vamos a decir de la mayoría de esos tipos de
mutantes que andorrean por el desamparado plástico de Moderan? Cuando se

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presentó ante mí, me sentí trastornado. Extrañamente culpable, y
avergonzado, de que él estuviera tan encorvado y desfigurado y tuviera un
aspecto tan mollar por culpa de la carne. ¡Oh!, ¿por qué todos ellos no pueden
ser duros y estar relucientes y limpios con metal, igual que nosotros, los
señores de Fortaleza, y un mínimo de tiras de carne que los mantenga en
forma? Ello permite una vida bien ordenada y de felicísimo odio, la que
llevamos los señores de Moderan, tan brillantes y acerados en nuestra gloria,
con nuestras tiras de carne pocas y minimizadas y de aleación de metal nuevo
el grueso de nuestro esplendor corporal. Pero supongo que siempre deben
existir formas inferiores, insectos que podamos pisar mientras andamos… Me
decidí por ensayar una charla, ya que no podía quedarme allí sentado mientras
él me miraba fijamente con aquellos carnosos globos oculares.
—Dos de las poderosas Fortalezas del Norte han tenido una avería, así
que hemos tomado la decisión de parar.
Él no dijo nada. En ese momento estaba contemplando la placa honorífica
del Muro 11 y al armero que sacaba brillo a las gloriosas palabras.
—Es una especie de relleno en el intermedio del trabajo —dije—.
Además, me da oportunidad de sestear bajo este filtrado sol veraniego
mientras el armero ejecuta la tarea. Pero es aburrido. Antes de que usted
llegara, yo estaba a punto de golpear al armero con mi lujoso bastón de metal
nuevo cargado con plomo, sin importarme que él sea completamente de
metal, de aleación de metal nuevo, y que esté haciendo un excelente trabajo, y
en cualquier caso él no habría sentido la paliza, seguro. Pero habría tenido
algo que hacer, ya me comprende. Como usted tal vez sepa, un señor de
Fortaleza no debe hacer ningún trabajo auténtico en Moderan. Va contra el
código.
Me reí un poco, pero me sentía extrañamente nervioso en mis tiras de
carne y raramente vago a lo largo de los bordes de mis articulaciones. ¿Por
qué aquel hombre me miraba de ese modo? Y pese a ello, ¿por qué las
miradas de una porción de vida tan insignificante tenían que afectarme?
¿Podría él hablar? Sí. Unos blandos labios azules estaban separados y un
trozo de cartilaginosa carne de color rosa-amarillo saltaba de un lado a otro en
el blando lodo de una boca que era roja carne viva. Cuando esta actuación, en
cierto modo vulgar, de carne y aire hubo terminado, me di cuenta de que él
había dicho:
—Hemos celebrado un sencillo funeral por Hijo hace un rato. Hemos
cavado el plástico con nuestras deficientes e improvisadas herramientas de
sepulturero y hemos puesto a Hijo bajo la corteza puntualmente. Nos hemos

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apresurado. Sabíamos que ustedes no podían garantizar mucha tregua. He
venido a darle las gracias por lo que ha hecho.
Me estremecí un poco ante el giro de la extraña conversación; después me
recobré con rapidez y sacudí frívolamente una mano de acero.
—Considere que me las ha dado. Si desea una flor de acero para adorno,
coja una.
Todas sus partes de suelta carne temblaron.
—He venido a darle las gracias —me dijo con lo que yo supuse era una
voz brusca en su tribu—, no para que me ridiculice.
En ese momento había una mirada de perplejidad en sus ojos. Y de pronto
descubrí que todo aquel asunto se estaba volviendo bastante ridículo. Ahí
estaba yo, un hombre de Moderan entre guerras, preocupándome por mi
trabajo, sentado del otro lado del decimoprimer Muro, el más externo de mi
Fortaleza, aguardando la reanudación de la guerra, y un extraño grumo de
sentimentalismo andante que yo ni siquiera sabía que existía baja corriendo de
la novena colina a mi izquierda para darme las gracias por un funeral.
—¿Han tenido un buen entierro? —se me ocurrió preguntar.
Frenéticamente intenté recordar cosas de los Viejos Tiempos—. ¿Los
asistentes se extendían a lo largo de un kilómetro? ¿Música? ¿Mucha música?
¿Flores? ¿Amontonadas por todas partes?
—Solo nosotros —dijo—, yo y la madre. E Hijo. Nos hemos dado prisa.
Estábamos seguros de que no podían perder mucho tiempo en esta época de
tanto trabajo. Les damos las gracias por lo que han hecho… Por la decencia.
¿Decencia? ¡Vaya, qué extraña palabra! ¿A qué se refería al hablar de
decencia?
—¿Decencia? —pregunté.
—Los ritos. ¡Usted los conoce! Hemos tenido tiempo para una pequeña
oración. Hemos pedido que Hijo pueda vivir para siempre en un hogar feliz.
—Escuche —dije, ya un poco harto de todo esto—, no recuerdo más que a
medias este asunto de los Viejos Tiempos, no puedo discutirlo. Pero vosotros,
pobres mutantes de carne, enterráis a vuestros muertos y luego pedís que se
les permita resucitar y vivir otra vez con una ligereza veinticinco veces mayor
que la de una burbuja de aire sin humedad. ¿No es así? ¿Y no es correr
demasiado riesgo? ¿Por qué no sois sensatos y lo hacéis como nosotros, los
señores de Moderan? Pasad por esa operación mientras sois jóvenes y
vigorosos, desechad la carne que no necesitéis, 'reemplazaos' con
'reemplazamientos' completamente metálicos de metal nuevo y vivid
eternamente. Nutríos con esta pura miel que es el extracto intravenoso

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inventado por nosotros y es cosa segura, lo habréis logrado. Nosotros
sabemos lo que tenemos, y sabemos cómo vivir… Y ahora, si me excusa,
según el informe que está llegando ahora mismo a través de la Alarma, las
Fortalezas que malograron la guerra parecen estar reparadas. Detuvimos el
fuego a causa de ellas, así que tenemos que actuar de verdad para resarcir el
tiempo de odio. Yo diría que el fuego va a ser quizás algo más intenso que el
que usted ha presenciado hasta ahora.
Durante las últimas partes de este discurso observé algo que parecía
perplejidad y duda revoloteando extrañamente en la faz recargada de aquel
hombre.
—¿Han parado la guerra porque… porque esas dos Fortalezas del Norte
se malograron? Entonces… ¿no… no lo han hecho para que pudiéramos
enterrar a Hijo y tuviéramos la decencia?
Un frío pensamiento debía de estar envolviendo a ese hombre; parecía que
se encogía, se arrugaba y se acortaba varios centímetros allí mismo, sobre el
plástico. Yo me maravillé una vez más de los dificilísimos momentos con que
estos seres de carne se obsequian por culpa de sus emociones y palpitaciones
cardíacas. Me di unos golpecitos en el pecho 'reemplazado', en una especie de
meditación, y di las gracias por mi estado calmado-frío a las férreas estrellas
de la suerte en los nuevos y espléndidos satélites de nuestros cielos.
—Dentro de un rato abriremos fuego —dije—. En este momento estamos
despejando las líneas para la primera cuenta atrás y la reanudación general.
Ya ve, intentamos empezar en igualdad de condiciones. Después de eso todas
las Fortalezas dependen de sí mismas para disparar y hacer el más expeditivo
uso de las municiones.
Él me contempló mucho rato en busca de una señal de que yo estuviera
bromeando. Al cabo de ese rato, con un tono que supuse equivaldría a la gran
tristeza y enorme resignación para los seres de carne, dijo:
—No, no creo que ustedes hubieran detenido el combate para que
enterráramos a Hijo y tuviéramos decencia. Supongo que realmente fue por
las malogradas Fortalezas del Norte. Ahora comprendo que atribuí pureza y
excelencia al hecho y que esa pureza y esa excelencia no existían en modo
alguno. Y por eso yo… he bajado a darle las gracias por una decencia…, para
nada…
Es probable que yo haya bajado un poco la cabeza, aunque lo más seguro
es que no haya hecho tal cosa, pues en aquel momento estaba escuchando la
Voz, estaba escuchando la Alarma que decía que todo estaba a punto para el

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inicio del Gran Estallido y para que los señores volvieran a tomar posición
ante los paneles de interruptores de las Salas de Guerra.
—¡Perfecto! —dije a nadie y a nada en particular—. Ahora habrá fuego
doble y veinticuatro horas de lanzamiento de cabezas explosivas hasta resarcir
nuestro tiempo en unidades de odio.
En el preciso momento en que, tras ordenar a mi armero que no olvidara
el sillón para caderas cómodas, estaba a punto de dar media vuelta y
marcharme, apresurarme a llegar a mi Sala de Guerra y reanudar el Gran
Estallido, un frío sonido golpeó y traspasó mi acero. ¿Qué era aquel plañido
que recorría el plástico? Entonces lo vi. Era el pobre diablo de carne. Había
perdido el control de sus emociones, había caído y estaba llorando a lágrima
viva, vertiendo lágrimas auténticas.
—¡No hay peligro, no se asuste! —le grité mientras daba media vuelta
para regresar apresuradamente—. ¡Manténgase agachado en el llano, evite las
pendientes uniformes de las colinas intermedias y muévase con rapidez! ¡Lo
conseguirá! ¡Solo disparamos a las cumbres, en la primera acción!
Pero al cruzar el Muro y mandar al armero que asegurara todo, noté que el
hombrecillo de carne continuaba prono, lloriqueando en el plástico. ¡No
estaba haciendo el menor esfuerzo por despejarse y ponerse a salvo! Y de
repente la vieja Fortaleza Vecina del este se desahogó con una temprana
descarga tan tramposa que el pobre diablo de carne quedó completamente
aplastado; en realidad mucho más que aplastado, ya que lo había alcanzado
una mortífera bomba Zump que, estoy convencido, era capaz de haberlo
introducido hasta el centro de la tierra aunque hubiese estado evaporándose en
los altos cielos y a todos los vientos. Y yo me alegré muchísimo de que la
bomba se hubiera quedado un poco corta respecto a mi recinto. Pero al echar
una ojeada al humeante estrago que entonces era un trozo de nada, el lugar
donde un momento antes había estado la excelente cubierta de plástico del
terreno, no pude menos que regocijarme por el hecho indudable de que la
guerra estaba EN MARCHA otra vez. Ni siquiera traté de llorar por el pobre
diablo de carne, y nada en mi mente podía traer lluvia a mi corazón mientras
corría hacia la Sala de Guerra para apretar los botones de lanzamiento.

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LA DECISIÓN FINAL

Es posible liberarse del acero. Fácilmente. Se lo hace a un lado y ya está.


El metal es excelente para dejarlo apilado en rincones o en las cunetas de las
carreteras. O para fundirlo. Cuando uno está ACABADO. Nuestros
'reemplazamientos' de aleación de metal nuevo… ¡Qué negocio tan
magnífico…! ¡¡¡Vivir eternamente, hey!!!
Vivir eternamente; ser nuestros auténticos egos malos. ¡Qué bien sonaba!
¡Qué grandioso plan! Pero, ¿alguna vez han estado ante el panel de mandos
de su Sala de Guerra con el fortín en situación de Descarga Continua por
semanas sin interrupción? Karum karum karum. Cómo empalaga. Cómo
cansa. Uno empieza a preguntarse, ¿para qué?, ¿con qué fin, eh? Pero si se
hace una pausa, si se descansa un rato antes de que se proclame la amnistía
general, con las banderas blancas en lo alto, ya estás muerto, con los muros
aplastados y la Fortaleza reducida a polvo. Así pues, ¿qué hacer? Seguir en tu
Fortaleza, navegando de acuerdo con el plan general, ¿…que quieren guerra?
Entonces, guerra, ¿…que deciden pacificar la situación durante un rato?
Entonces, bandera blanca y a descansar. Mostrar los dientes en una sonrisa a
las estaciones y dejar que pase el tiempo. Al fin y al cabo, es lo que sobra. El
tiempo sobra. En Moderan.
Una mañana —por ejemplo, una mañana de un miércoles del mes de junio
—, el escudo de vapor es azul en recuerdo de aquellos antiguos cielos azules,
los cohetes despegan, barrum barrum barrum, las muñecas-bomba
caminantes ruedan hacia los Enemigos y los misiles Patanes Honestos se
dirigen hacia el blanco de un modo sencillamente magnífico. De hecho, se
trata de una guerra perfecta. ¿Y bien? De pronto el corazón patalea en su
armazón y uno se siente como si estuviera haciendo poesías o ansiando llevar
amor al vecino y recitarle unas cuantas odas. O explicarle cuán errónea es la
guerra. ¿Es posible hacer una cosa así en esta sociedad? ¡En Moderan! ¡A ver
quién se atreve! Y de todas formas, ¿dónde está la VERDAD? ¿En los
poemas, o en la guerra? ¿Explicándole al vecino que está equivocado, o
exhibiendo completamente los dientes en una sonrisa mientras la infortunada
sangre verde de ese vecino mancha el plástico?
Pero antes de explicarles lo que he decidido hacer respecto a este Gran
Interrogante de la BÚSQUEDA DE LA VERDAD, debo decir que yo he
probado los dulces. He sido guerrero supremo durante muchos escudos de
vapor. (Un escudo de vapor es un mes, en Moderan, por si no lo sabían.) He

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tenido todo a mi mando, mis cohetes han despegado maravillosamente
durante muchos años moderanos. También he hecho cosas cívicas. He
ayudado a las Fortalezas inferiores en lucha contra las Fortalezas de primera
clase. He atacado en conjunto a los arrogantes para hacerlos volar y
sustituirlos por árboles. (Un magnífico parque de metal 'crece' ahora y
resplandece con el brillo de los arbustos donde otrora muchas y poderosas
Fortalezas se erigían y desafiaban nuestras felices leyes.) He entrenado a
muchísimos muchachos, refugiados de la Vieja Vida en Lejos-Lejos, los he
convertido en dispuestos y puros ciudadanos para el Programa, los he
aligerado de Confusión de Conciencia y Conocimiento Moral, los he dejado
listos para los Gozos. He cantado los himnos el Día de los Hijos de los
Automatismos, he recitado mis plegarias por el Edificio Aguja, por los
Jueces, por los Gobernantes, por los fragmentos de Dios. Y todos y cada uno
de los días de penitencia he sido visto con mi bolsita plástica de lágrimas
pendiendo de una mano de metal nuevo, con mi última medalla bélica
alrededor del cuello, marchando en compañía de mis rivales en la batalla
—plop-plip-plap-plop sobre el desamparado plástico—, para participar en las
ceremonias, para hacer penitencia porque como hombre, igual que todos los
hombres, no había sido perfecto. Sí, había triunfado en todas mis guerras,
pero… bueno, ¿quién es capaz de triunfar con la máxima perfección posible?
¿Quién puede conseguir todo lo que se podría conseguir con un esfuerzo un
poco más duro?
Y ahora permítanme que intente una confesión. (No estoy avergonzado.
He buscado la Verdad.) Voy a confesar que, durante estos soberbios logros
bélicos, también he amado. ¡Ah, sí!, ya sé que esto es poco usual. Ya sé que
les hago temblar, de algún modo. Pero busco la Verdad, toda la Verdad. Yo,
el más grande de todos los señores de Fortaleza, con mis medallas bélicas
amontonadas en cajas y más cajas, al borde de una Decisión Definitiva,
confieso que he conocido, sentido y estado mezclado con esa irrazonable,
poco seria palabra, 'amor'. Soy culpable, pero no lo lamento; no estoy
avergonzado. Aquí, en esta tierra afianzada con acero, en este lugar de hierro
cubierto con plástico y sólido metal nuevo, donde practicamos la fuerza y
especulamos con los blindajes, dedicados al sublime principio de que solo el
odio es digno de confianza y definitivamente veraz, ¡yo he amado! Doy la
impresión de estar fanfarroneando. Quizá sí.
Todo empezó en forma de Gozos. Los Gozos, debo decirlo, son
excelentes en Moderan. Vivimos para los Gozos, para los Gozos y las guerras,
y naturalmente las guerras son, en cierto sentido, el colmo de los Gozos. Pero

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cuando un Gozo se transforma en amor, se pisa un terreno peligroso. Ya no se
piensa con claridad, uno puede confundirse. Ya no se tiene, tal vez, la
decisión aguda y precisa que uno tenía cuando estaba despejado y sabía que el
odio era la única emoción digna de confianza. En último término, mi
grandeza era quizá mi caída temporal.
Todo empezó en el gran festival de condecoraciones de aquel año, en
Warwington, el primer año que gané los honores dobles, el de los misiles
cruzados y la condecoración de los once muros de acero. El premio de los
misiles cruzados me fue concedido porque yo había sido el mejor artillero de
Moderan aquel año, tras haber allanado el terreno de más Fortalezas
recalcitrantes para su conversión en zona de arbolado, tras haber disparado
más misiles de fastidio (sin efectos de 'fuera de combate') a las Fortalezas que
se regían diáfana y lealmente por las reglas de la honorable guerra. La
condecoración de los once muros de acero me fue enclavijada debido a que
mi inventiva había ideado un plan para que mis sirvientes se mostraran más
malvados unos con otros, es decir, que habían acumulado más puntos de odio
per cápita que los siervos del resto de señores. Bueno, allí estaba yo, supremo
fuera y supremo en casa, el reconocido señor de maldad de todas las tierras de
Moderan. Una embriagadora eminencia social; una hazaña que hinchaba las
costillas y hacía que el individuo creciera.
De modo que aquel día fui a recoger mis condecoraciones a Warwington.
En el relumbrante Banquete de Honor me levanté y avancé intrépidamente,
centímetro a centímetro, cuando pronunciaron mi nombre: plop-pli-plap-plop.
Caminé tambaleante hacia el estrado, lento lento, así andamos cuando
accionamos nuestros goznes y tensores. Pero nadie se echó a reír, puesto que
ellos eran igualmente hombres de acero. Qué precio habíamos pagado por
nuestra durabilidad férrea; qué ofrenda recibió cierto cruel dios de la realidad
cuando emprendimos la senda de los 'reemplazamientos', aceptamos los
componentes de metal nuevo y minimizamos nuestras tiras de carne. ¡Cuánto
anhelaba yo un brillante día en que poder estirar las piernas, un solo minuto
con carne joven y firme en mis piernas tiranizadas por el acero y pies
auténticos dentro de mis pulidísimas botas de batalla para que me hicieran
avanzar con gallardo paso!
Por fin, rodeado por la angustiosa espera de los envidiosos señores de
Fortaleza, llegué al estrado. Allí agité las articulaciones en un breve gesto
digno de risa, contraje los 'reemplazamientos' para estar lo más erguido
posible, hinché por completo mis pulmones de metal nuevo y contemplé a los
honorables rostros de odio. Entonces estalló el aplauso, salva de honor tras

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salva de honor a cargo de manos de acero que golpeaban manos de acero.
Fuera, en los parques, se dispararon los misiles honoríficos. Sí, tal como decía
antes, he probado los dulces.
Aquel día en el estrado ocurrió lo anormal en mí, el ganador de los
honores dobles. Y por último llegó mi caída temporal. Mientras permanecía
con el pecho hinchado y erguido al máximo a la espera del enclavijado de las
condecoraciones, alguien conectó las damas. Quiero decir que, mientras el
maestro de ceremonias fijaba mis medallas, un modelo de sirviente, especie
de tramoyista, se levantó, bordeó el estrado y puso en ON los interruptores
vitales de la totalidad de damas de metal nuevo que decoraban la zona de
ceremonias. Esto no habría significado nada ordinariamente, porque nuestros
apremios al respecto no suelen pasar de una ligera tibieza, en Moderan, y
tenemos otras cosas que hacer, cosas de una naturaleza más consagrada. Una
dama para que haya variedad en los Gozos es posible una o dos veces al año,
pero aparte de eso… ¡Puf! Mas aquella noche yo me volví…, y por culpa de
estas nimiedades nuestras vidas se tuercen, se retuercen y se paran, y se
colman. Con el oro de mis medallas reluciente, me llamó la atención una
mujer encantadora. Me quedé paralizado ante un sueño, una locura celestial,
azul y dorada, con el corazón moviendo arduamente sus pistones mientras yo
observaba. Más tarde, durante el espectáculo, cuando me estaban ofreciendo
TODO lo posible en elogios (el mundo entero por mi grandeza, todas esas
pamplinas verbales acerca de lo orgulloso que tenía que sentirme, lo mucho
que se me debía por el ejemplo de mi doble victoria…), me esforcé en
calmarme, en darme aires de indiferencia mientras mi corazón martilleaba.
—Añadid esa rubia menuda y dorada, la de los ojos azules —dije, al
tiempo que señalaba—. Tengo un lugar para ella en mi colección de estatuas.
De modo que cargaron de damas mis vehículos bélicos, ya a punto de
regresar a mi Fortaleza. Las fundí a todas rápidamente, ¡excepto a ESA!
¡Menos a ESA! Aquí, al borde de la Decisión Final, después de todas las
eras, después de los monótonos años de paladeo de las golosinas del honor,
aún la estoy viendo, en el recuerdo. Menuda, dorada y azul… ¡Cómo la
habían moldeado, qué suavidad en sus bisagras! Así que si la hubiera llevado
a mi Fortaleza, si la hubiera mirado detenida y atentamente una vez, si la
hubiera puesto en mi colección de estatuas y la hubiera olvidado…, todo
habría seguido a salvo. O habría podido admirar su mecánica durante mucho
tiempo, o solo un rato, y acariciado bien los remaches y soldaduras y luego
haberla fundido con mis antorchas a soplete. ¿Había algo que dañar? Pero no,
no supe hacer lo prudente. ¡No lo supe!

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Mas entonces yo era joven, para Moderan. Tal vez me estaba sintiendo un
poco inflado en mi ego aquella noche tras el festivo acontecimiento en
Warwington, al ganar los honores dobles. Quizá me habían clavado el punzón
de la intravenosa que se servía en la Mesa de los Héroes, y al no estar
acostumbrado a él se demoraba mucho en mis tiras de carne. O tal vez se
tratara de la ocasión para que algo muerto hacía tiempo en mi caja cardíaca se
estremeciera y volviera a la vida para atolondrarme. De todos modos, yo no la
llevé a mi Fortaleza para mirarla detenida y atentamente una vez y después
ponerla entre mi colección de estatuas, con los hombres-bola, las doncellas de
fibra metálica y el resto de monstruosidades artísticas que me deleitan. No
palpé sus remaches y soldaduras y luego las fundí hasta reducirlas a un
grumo. ¡Tampoco hice eso! ¡Ah, no! ¡Este sensiblón ganador de honores
dobles no hizo eso! ¡Puse en ON el interruptor vital de la dama! Y allí estaba
la doncella rubia y dorada, mi amada, mi amante… ¡LA ÚNICA! Supe al
instante, no sé cómo, que las cosas jamás volverían a ser igual, ni mucho
menos, para mí.
Pero no los voy a aburrir con la cantinela completamente rosa de nuestro
amor. ¡Cuánto me deleitaría narrar esa historia! Y cuán empalagoso les
resultaría leerla, porque no hay palabras que le hagan justicia, y en caso de
que las hubiera…, bueno, ¿quién es un escogedor maestro? Interpreten
ustedes mismos el alcance de los hechos entre las líneas, por decirlo así, de lo
que le sucedió a mi fortín.
Se esperaba que Fortaleza 10, mi fortín, tras el magnífico negocio de la
conquista de la doble condecoración, florecería y se convertiría en el terror de
todo Moderan. Nadie creía que fuera de otra forma. Al fin y al cabo, yo era
joven (para Moderan) en esa época, y un mundo de guerra y odio parecía estar
colmado de promesas para un hombre y su fortín. A la larga las esperanzas de
los que nos bienquerían fueron satisfechas, pero eso fue… bueno, a la larga.
Inmediatamente después de las ceremonias de Warwington, vuelto ya a mi
Fortaleza con mis furgonetas llenas de damas, y después de haberlas fundido
a todas excepto a ¡ESA!, Fortaleza 10 entró en un eclipse casi total.
¿Ignominioso? ¡Por supuesto! Mis misiles se amontonaban en sus
plataformas, las muñecas-bomba caminantes no caminaban, los fríos vientos
atravesaban en remolinos los boquetes que abrían en mis murallas las cabezas
explosivas del enemigo. Pero hacía calor, ¡calor!, en la recóndita sala de mi
Fortaleza donde yo holgaba. El armero jefe tamboreaba día y noche en mi
puerta para informar de los daños de la batalla, para decir que nuestros muros
estaban agujereados.

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—¡Por todos los demonios, señor! ¿Vamos a disparar? —chillaba él.
—¿Disparar? ¿¡Disparar!? —mascullaba yo, acalorado y aturdido por el
amor.
Y a continuación volvía a los labios de mi amante de metal nuevo para
accionar las palancas de la cama de nuestro gran éxtasis, y dejaba al jefe de
armeros retorciéndose las manos y gimiendo porque yo no daba la orden de
disparar. ¿Cómo iba yo a hacerlo? ¡Yo, dar la orden de abrir fuego en una
batalla! Ya tenía mi gran incendio personal en la cama, la enorme hoguera del
amor.
Pero finalmente, claro está, volví a mis cabales. Todas las cosas se hacen
sosas al cabo de un tiempo, incluso los Gozos de una amante de metal nuevo,
y uno se encuentra con que quiere algo distinto, aunque ella sea la ÚNICA
amada, la muñequita dulce como la miel, el único y excelso bang-bummm del
corazón. Yo quería honores. La forma de obtenerlos en Moderan era hacer
rodar las muñecas-bomba, poner en acción el aullido de los Patanes Honestos,
lanzar hacia el blanco en todas direcciones los elevados, espectrales y
chillones Demoledores-de-Demolición. Actué como un loco la mañana en que
por fin puse en OFF el interruptor vital de mi amada; me ocupé de todo al
instante, ordenando que se apuntalara este muro, que se disparara ese misil,
que se armara aquella muñeca-bomba con una cabeza explosiva de mayor
potencia… Recorrí kilómetros en la Fortaleza aquel día, en mi vehículo
ligero, y el mundo se estremeció con la guerra. Sí, Fortaleza 10 volvió a entrar
en la liza, se unió de nuevo a la batalla. Baste decir que aquel año recuperé
suficiente terreno de odio para compensar los meses de pereza, volver a ganar
por puntos la condecoración de los once muros de acero y desplazarme a
Warwington con ocasión del relumbrante Banquete de los Héroes. La
condecoración de los once muros de acero, concedida por maldad interna, me
dio la espalda aquel año, y me la seguirá dando hasta la marcha de
AQUELLA dama. Pero posteriormente también arreglaremos esto.
Y ahora tal vez se estén preguntando por qué me encuentro al borde de
una Decisión Final, tal como he mencionado antes, y por qué tomo esta
Decisión, yo, el hombre más grande, más laureado de todo Moderan. Para no
ser prolijo, me limitaré a decir que renuncio a esto para buscar un campo de
acción superior. Temporalmente, espero, aunque bien podría resultar
permanente. ¿Por qué? Acaso… No, nada de 'acaso', lo más probable es que
no sepa con claridad por qué me voy. Y no hay duda de que las conjeturas
gravitan precisamente sobre este punto. Pero hay algo que me irrita, no, hay
algo que me impulsa, del mismo modo que ha impulsado al hombre durante

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mucho tiempo, a decir muchas cosas sobre lo que menos conozco. Es un
apremio que no es posible repudiar, una cosa que debe ser hecha,
seguramente.
Para no confundirlos desde el comienzo: cuando hablo de renunciar me
refiero a RENUNCIAR. ¡Me refiero a MORIR!
¡Oh!, ¿no fue magnífico aquel momento, cuando descubrimos el truco de
los 'reemplazamientos' y supimos que, con una aleación de metal nuevo que
constituyera el grueso de nuestro esplendor corporal y con nuestras tiras de
carne pocas y minimizadas, podíamos vivir, tal vez, eternamente? ¡Nuestros
sueños se desplegaron como una canción de dulce arrobamiento que no acaba
nunca! ¡Qué oportunidad para ganar honores!
¡Cuánto tiempo para voladuras, y cuánto tiempo para mejorar las técnicas
de voladura! Bien, creo que hemos cumplido con ese punto. Hemos mejorado
las técnicas de cañoneo. Y en cuanto a honores…, se han ganado muchos.
Pero aunque sigamos hablando y cantando un millón de palabras, ¿qué
voladura nos llevará al corazón del problema? ¿Qué queda por decir? Yo
podría decir que estoy cansado. No es un cansancio físico. La aleación de
metal nuevo no se cansa. Podría decir que estoy harto de honores, que estoy
hinchado de logros y que no tengo más mundos que conquistar. Es casi toda
la verdad, pero no es la totalidad, ni la última parte, en cualquier caso. Queda
un mundo por conquistar, o que nos va a conquistar, o en el que hay que
deslizarse silenciosamente igual que rata de metal nuevo que agujerea un
muro. Existe un mundo…
Y ahora estoy enfrentado a ese mundo, por causa de mi Decisión personal.
Se lo puedo explicar, ¿…que el más grande de Moderan va a ser el primero en
resquebrajarse? ¡Ironía! ¡Ironía! ¡Ironía! Pero los años se han acumulado en
mis tiras de carne, los honores han llegado, han llegado, el cañoneo ha
proseguido y prosigue año tras año, la verdad del odio en nuestra tierra
avanza hermosamente, y sin embargo lo definitivo no se acerca a la
consolidación. ¿Finalidad? ¡FINALIDAD! Eso me gustaría saber. Debo
saberlo.
Me desarmaré —y esa es MI decisión— con mis propias manos. Tengo un
sirviente de confianza. Ninguno de ustedes lo conoce. Lo guardo en una caja
en un lugar secretísimo y lejano. Él vendrá a mi señal, a medianoche; saldrá
de ese lejano lugar a través de un túnel secreto, por una vieja y olvidada
tubería, y surgirá por una escotilla del suelo. Me ayudará con los últimos
remaches. Tal vez bromeemos un poco —quién sabe— mientras
desmontamos mi cuerpo. Quizás una última intravenosa de brindis. Y después

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nosotros… ¡Oh, Dios, solo él lo hará! (La idea me inquieta, a pesar de que me
esfuerzo por machacarla.) ¡Solo él amontonará mi cuerpo junto a un muro!
Todo excepto las tiras de carne. Esas tiras de carne se las llevará
silenciosamente por la noche, guardadas junto con un agente preservativo, a
través del agujero secreto del suelo y a lo largo de los sombríos kilómetros de
túnel, para conservar mi 'persona' (mi carne) en su misma caja, todo ello de
acuerdo con las órdenes que he dispuesto previamente en una grabación que
he preparado. Y desapareceré… ¿Quién…, qué sabe COMO desapareceré?
En algún momento de la separación de las últimas tiras de carne, la última
fibra nerviosa y el último remache. ¿Quién…, qué sabe A DÓNDE iré?
Pero debo irme. Encontrar FINALIDAD. Los años me han llevado por fin
a esa decisión. Pondré en Durmiente mi Fortaleza para la planeada duración
de mi marcha. He acumulado créditos para Treguas hasta llegar a tener, en
fondos, muchas banderas blancas. Como primer artillero de Moderan, muy
adelantado a la guerra, no tengo un solo compromiso bélico que sea crucial.
¿Regresaré? Tengo el proyecto de hacerlo. Proyecto volver y contar mis
viajes a todos ustedes. ¿Y si no regreso? ¿Y si quedara atrapado ahí fuera,
mantenido en la quietud del que nace muerto, en cierta suspendida
inmensidad sonora, la incomprensible quietud de la quietud encerrada en el
espacio, oh, Dios? Bien, también eso se ha tenido en cuenta, porque
ciertamente es una posibilidad. Al cabo de cierto tiempo, con todo el proceso
grabado en la cinta de mis disposiciones previas, el hombrecillo sirviente
regresará de la caja secreta del distante lugar. Para entonces aguardaré
esperando poder ayudarle a recomponer mi persona, mi cuerpo. Pero si no he
regresado para entonces, ya no regresaré. (Oh, que se nos permita hacer
algunos juegos de palabras aunque estemos al borde de la Muerte…) En ese
caso mis tiras de carne irán a parar al jefe de mis armeros, en una disposición
distinta, naturalmente, puesto que él no puede, no debe, ser yo. Y Fortaleza 10
continuará, casi como antes, en una nueva era de bombardeos.
Por lo tanto ya ven que esta Decisión Final es realmente una decisión
final. Si bien los riesgos son cuantiosos, los premios son francamente
cuantiosísimos. Acepto libremente este curso considerando la distinción de
mis honores apilados. He buscado la VERDAD y descubrí que existía para mí
no solo en los magníficos y puros odios de las Fortalezas moderanas, sino
también en el magnífico y ardiente amor de una amante de metal nuevo hace
mucho tiempo, cuando yo era muy joven. Ahora busco algo más elevado:
FINALIDAD. Ya que no he encontrado una FINALIDAD completa en los
disparos, los Gozos, los amores, los odios, la vida de Moderan, la buscaré del

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otro lado de la línea. ¡Que la fortuna sonría a mi aventura! ¡Oh, sí, por todos
nosotros!

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CON LA VOLUNTAD ATENAZADA Y AGUARDANDO

Jamás lo hice…
Con la voluntad atenazada, aguardé a poner en práctica mi sueño de la
'Decisión Final'. Viejos cementerios, negros ataúdes y blancas lápidas
sepulcrales se extendían en línea en mi memoria a lo largo de miles de
kilómetros. Así lo parecía. Generación tras generación de antepasados
normalmente temerosos de la muerte hablaban a través de mi sangre verde
claro y decían, ¡no vayas!, ¡NO VAYAS! Las tiras de carne se retorcían y
recordaban, se encogían y consumían con el miedo y el pánico que recorría de
un lado a otro mi caparazón de metal nuevo, y no se envalentonaban. ¡SÍ!, un
lamentable espectáculo tratándose de la gran Fortaleza 10, no hay duda, más
temo que, en último término, no podía hacer otra cosa. Tras haber derrotado
al Poderoso Adversario con mis tiras de carne, mi metal nuevo y las
intravenosas, ¿acaso iba yo a presentarme ante él por iniciativa propia y darle
la oportunidad de retenerme para siempre?
Todas las grandes victorias, todos los excelsos honores, aquel hecho de
peso de mi gran GRAN amor…, todas esas cosas no eran ya nada, enfrentadas
a esta hora final. Enterré en el polvo todo eso, ¡y era polvo! Nada que
conservar, nada en absoluto que conservar. La Decisión Final era una decisión
magnífica. Pero…
Me encontré con que, cara a cara con el hecho más personal personal
posible de tener que irme irrevocablemente para no volver jamás, ¡yo ansiaba
una Guerra Final! Un último e imponente disparo y un mundo abatido por las
armas para demostrar de nuevo mi vigorosa fuerza y mi presencia como
hombre mortal. Que todos mis enemigos, que el resto de hombres se esfumara
en el humo de esta guerra. Que las partes de los hombres hechos volar hacia
lo alto del cielo llenaran el aire una vez más, y en esta ocasión mejor que
nunca. Una guerra más, una más, para completar mi Victoria Final como
Hombre de la Tierra. Entonces marcharía, sin que quedara a mis espaldas un
solo hombre que pudiera traicionarme, a buscar esa condición final, Finalidad,
del otro lado de la línea… ¡OH, DIOS!
Jamás lo hice… Vacilé año tras año tras año, mientras las estaciones
giraban y giraban en el Gran Control Central de Estaciones de Moderan, el
Tambor de los Cambios, e iban sucediéndose. Subsistí en las listas de
poderosos combatientes guerra tras guerra tras guerra, igual que mis

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contemporáneos, vibrando ante las batallas y las treguas de Moderan.
Finalidad, ¡ay!, tal vez la habríamos encontrado fuera…

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COMO SE CUIDARON DEL ALMA EN UN ULTIMO DÍA DE
UN NO-PRINCIPIO DE UN PRINCIPIO QUE NO FUE

La deserción se inició un modorriento lunes de principios del verano. Uno


de los individuos inferiores de Moderan, uno que era persona-y-metal (un
persytal) encontró un alma. O mejor dicho, para ser enteramente correcto,
solo era un fragmento de alma. Ni siquiera era un trozo muy bueno, tal vez
por haber estado perdido en Moderan durante muchos y largos años. Pero era
lo que era, e hizo que los demás buscaran. Miraron debajo de las capas
plásticas de los descampados, bajo los perales de hierro y en torno a los
lugares donde los pensamientos de acero brotaban de los agujeros de los
jardines. Y de cuando en cuando hallaban realmente, o lo imaginaban, otro
fragmento de alma. Encontrar, o incluso imaginar que estas cosas se
encontraban, era excitante, debido a que eran intangibles y distintas entre las
férreas torres de alta tensión, los rápidos y precisos automatismos y los
relucientes, exactos y monstruosos mecanismos que accionan los complicados
instrumentos de esta tierra.
Estuvieron jugando todo el día con los trozos de alma que habían
encontrado. Los lanzaban al aire, los recogían y se los ponían en las mangas
durante un rato, o en los agujeros de los botones, es igual, y pensaban en ellos
y no dejaban de mirarlos. Los persytales que habían encontrado fragmentos
de alma hacían esto. Otros persytales, que no habían encontrado trozos de
alma, acudían a buscar y examinaban el chispeante aire matizado de verde
que era controlado en un grado preciso de temperatura, humedad y aroma
mediante un gigantesco sistema de acondicionamiento. Y estos persytales no
veían nada anormal aparte de que algunos de sus vecinos estaban abofeteando
la saludablemente controlada atmósfera y cogiendo trozos de aire, realmente
de una forma muy extraña, delante de sus viviendas de cúpula-burbuja.
Pero un alma, o incluso un fragmento de alma, puede ser para el que la
halla una cosa muy conmovedora. Y cuando los persytales desalmados se
acercaban a preguntar a qué venían las absurdas palmadas, los disparatados
golpes y los enérgicos saltos y se les explicaba que se habían encontrado
porciones de alma, estos persytales, como es lógico, decían:
—¿Eh? ¿Qué es alma? ¿Y qué pasa si se encuentra?
Y los persytales que habían encontrado los pedazos de alma se
transformaban inmediatamente en evangelistas y hablaban a los otros acerca

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del alma, y se expresaban de una forma especialmente chillona y clara con
respecto a los significados.
Una noticia de tan curiosa naturaleza se difundió con rapidez,
naturalmente, y al llegar al Edificio Aguja de la Capital Color Blanco Claro,
donde rumiaba el Consejo de los Verdes Más Claros, hubo consternación. Los
miembros del Consejo eran personas 'reemplazadas' en su totalidad —señores
de Fortaleza graduados, por supuesto—, todo metal excepto algunas
secundarias tiras de carne que los mantenían de una pieza y que alimentaban
los cerebros de exagerado tamaño suspendidos en sangre verde dentro de
vasijas cerebrales metálicas. Debido a que sus tiras de carne eran las más
pequeñas y su sangre la más clara, y debido a que eran los que más tiempo
llevaban apartados del alma, estos hombres eran naturalmente eminentes.
Pero entendían de almas, gracias a los viejos archivos, y sabían lo peligrosas
que estas cosas interesantes e intangibles podían ser para nuestra precisa,
mecánica y muy automatizada tierra, una tierra ideada para durar siempre. Y
por eso trazaron sus planes; recurrieron a las represalias. ¡Diversión máxima!,
fue el grito unánime.
El Consejo apretó los botones. Y se trataba de los botones de guerra total
a la deserción. Los Pájaros de Diversión Máxima levantaron el vuelo desde el
millón de 'jaulas' en el perímetro del territorio denominado Moderan. Los
Pájaros empezaron a lanzar sobre los persytales descargas simultáneas de
bolsas-sorpresa de aceite azul y sacos-sorpresa de arena rosada. Los Pájaros
chillaron y fluidos rojos brotaron de sus plañideros picos, y el conjunto de
destellos de sus relucientes alas fue un espectáculo pavoroso mientras duró su
incesante ascenso en una atmósfera de viscosa vainilla y su rápido vuelo en
estrechas formaciones de joyas pajariles. Muy por debajo de esta exhibición
en el diáfano aire, hombres de hojalata rasguearon sus mandolinas
alocadamente en los descampados. Gritaron de un modo muy agudo las
canciones más bulliciosas y canturrearon con un tono metálico los sones
machacantes acerca de un estado fuerte que vivía eternamente y en el que
robots de hojalata trabajaban juntos como hermanos. Los perfumadores
corrieron por todas las calles y callejuelas de las viviendas de cúpula-burbuja,
por todos los cotos y descampados de Moderan, con el más embriagante de
los aromas, con los más deliciosos olores jamás reunidos. Los decoradores
llenaron el cielo con un panorama enormemente variado y delicioso que
probablemente no volverá a verse jamás, formando una cortina de figuras por
encima de los Pájaros que seguían bombardeando de un modo frenético a los
persytales con bolsas de aceite azul y sacos de arena rosada. Después, en un

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gesto que intentó fingir amor, cierta mano del Consejo de los Claros apretó el
botón de FLORES, y en una gran acometida, con un potente silbido, los
brotes de hojalata surgieron como una exhalación de los agujeros del plástico
y agitaron sus llamativos pétalos metálicos a los pies de los músicos de las
mandolinas que seguían pregonando un estado de camaradas de hojalata que
avanzaban juntos como hermanos, sin alma. Y un sol artificial se dejó ver del
otro lado de la obra de los decoradores y las joyas pajariles que conservaban
su orden. Pero todo esto no sirvió de nada. Los persytales siguieron aferrados
a los fragmentos de alma que habían encontrado y se negaban a seguir la
diversión. Y organizaron los trenes, los largos transportes de almas
impulsados por cohetes.
Los enormes trenes llegaron del sur, impulsados por cohetes, guirnaldas
veloces con líneas de vapor, pero transportando un extraño cargamento.
Silbaron a través del terreno durante todo el día, diez enormes trenes blancos.
Pese a que el Consejo Central de los Verdes Más Claros transmitió un ruego
urgente a fin de hacer una nueva tentativa para complacer a los persytales,
para tener otra oportunidad de distraerlos, los vehículos de la fatalidad
siguieron circulando. Y sin embargo también eran vehículos de esperanza.
Stalog Blengue, un persytal de primera categoría, un robot-carne que
supervisaba un grupo de máquinas del acondicionamiento de aire desde hacía
muchos desarmados años, se esforzó por subir a un tren.
—¡Cómo nos hemos acostumbrado! —chilló—. ¡Cuánto han abusado de
nosotros los 'descubrimientos'! —desgarró un trozo de 'reemplazamiento' y lo
alzó en sus dedos de hojalata. La sangre verde rezumó del arco donde la
aleación del 'reemplazamiento' había estado unida a la carne—, ¡…bajo
condena de vivir eternamente! Eso es lo que piensa el Consejo Claro. ¡Ja, ja!
¿Es vida lo que yo he vivido durante tantos años sin alma? En mi trabajo…,
contemplando a esos digestores de aire que separan el aire natural según sus
defectos. En mis ratos de diversión, engrasando mis articulaciones metálicas
para no crujir cuando me paseara con la llave para tubos en las manos entre
los clasificadores de aire. En mis comidas, clavándome la intravenosa,
metiendo los complicados fluidos en todos los lugares de escasa carne… Si es
vida lo que yo he vivido durante estos terribles e inhumanos años…
A continuación se puso a dar alaridos en una especie de arrebato mientras
hacía pedazos su cuerpo.
Los persytales, con un desgarrado Stalog Blengue que no cesaba de chillar
en el vehículo de cabeza, dirigieron los trenes de almas hacia la fría y blanca
capital. Los dejaron todo el día frente a las Torres-Aguja del heladísimo

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palacio gubernamental de la fría y blanca capital de los Verdes Más Claros.
Casi al acabar el día, cuando el menguante y enfriado sol caía sobre Moderan
por entre las últimas zonas de atmósfera de vainilla viscosa, Stalog Blengue
movió sus zapatos de hierro hacia la puerta más alta y más lisa de la planta
baja del Capitolio. Sus partes metálicas resonaron misteriosamente; la sangre
verde de sus tiras de carne se lanzó apresuradamente hacia las partes de
hojalata de los oídos.
—¡Eh, la Capital…! —llamó ante la tersura de la puerta más alta—. ¡Eh,
el Consejo…! —gritó, y un sonido como de yunque ahuecado que es
golpeado fue saliendo lentamente de Stalog y trepó por las elevadas agujas
del Capitolio, pues la voz de Stalog Blengue provenía del hierro con que su
garganta había sido labrada hacía mucho tiempo, contra el cáncer, según un
'descubrimiento'.
La enorme puerta se abrió lentamente y el 'gigante' que estaba allí era tan
alto que se había puesto de puntillas en el intento de aparentar una estatura
normal. Detrás de este portero, en los reflectores, estaban sentados los
miembros del Consejo de los Verdes Más Claros, con los cerebros separados
en vasijas cerebrales de hojalata, a muchos pisos de distancia.
—¡Deseo ver al Jefe! —gritó Stalog Blengue.
Cuando el Jefe se levantó del lugar de honor del elevado estrado de los
presidentes, astillas de estrellas descoloridamente verdosas parecieron
desprenderse de él durante unos instantes. Un lustre de esmeraldinos destellos
rodeaba pálidamente a aquel hombre. ¡Y era el más claro de los Verdes Más
Claros! No pronunció una sola palabra; en vez de eso, escatimando y
haciendo resonar el metal, se limitó a quedarse inmóvil para que los
reflectores enviaran su imagen a Stalog Blengue a través de infinidad de
pisos.
—Hemos venido con las almas que en otro tiempo fueron rechazadas —
explicó Stalog Blengue—. Nuestro deseo más caro es que vosotros
desaparezcáis inmediatamente para que podamos iniciar la larga tarea de
reparar el mundo y estas almas que han resistido a la intemperie. Si decidís
continuar aquí, no tendremos más alternativa que ¡hacer correr nuestros trenes
en vuestros edificios y aplastaros! ¡Con la fuerza del alma! Por lo tanto,
elegid.
El más claro de los Verdes Más Claros no dijo nada; en realidad no dio
señal alguna de estar escuchando, como no fuera el sonido grabado del
simplísimo clink de las vasijas cerebrales que topaban unas con otras, en lo
alto y a mucha distancia, y el chispeo verde, frío y enteramente diabólico

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durante unos instantes de los ojos que había en los enormes reflectores. Y
Stalog Blengue supo que el mensaje había sido recibido por los cerebros que
flotaban en sus hogares cerebrales de hojalata.
—No aguardaremos a que os vayáis más que hasta medianoche de hoy
mismo —dijo al retirarse la voz del yunque ahuecado.
Stalog Blengue, entre el estruendo de sus zapatos de hierro, volvió a los
trenes de sus fuertes amigos del alma.
—Ha escuchado —dijo—. El jefe claro-claro ha escuchado. Por la forma
en que sus ojos chispearon en los enormes reflectores, ojos verdes, fríos y
muy diabólicos por momentos, sé que él ha escuchado. Informará a los otros y
creo que, viendo todas las manos que se mueven en los muros, se irán. ¡Todos
ellos DEBEN irse!
Un gran aplauso estalló entonces entre los ocupantes de los diez trenes de
almas. Al cabo de unos instantes Stalog Blengue alzó una nebulosa mano y
pidió silencio.
—Y ahora —dijo Stalog Blengue—, empecemos a ser nosotros mismos
otra vez, a ser nosotros mismos con excelentes almas. Seamos buenos hogares
para nuestras armas luchando y orando infatigablemente, aunque estemos
duramente almenados en estos tiempos de acero. Y tal vez dentro de diez
millones de años de magníficos esfuerzos podamos, nosotros y el mundo,
confiar en que se nos permita empezar a regresar hacia el lugar que todos
nosotros abandonamos en el camino de nuestros equivocados
'descubrimientos'. Finalmente no nos hallamos sin esperanza, porque hemos
recogido nuestras almas…
Y los trenes volvieron a vitorear.
Al día siguiente, temprano, con gran seriedad, los Pájaros se alzaron de
nuevo…, en esta ocasión con las alas cargadas de Argumentos Finales en
cantidad óptima. Los trenes partieron simplemente hacia el cielo en el gas
más insustancial imaginable (después de los impactos directos de los
Argumentos), se allanó el suficiente número de viviendas de cúpula-burbuja
hasta reducirlas a meros tiznajos sobre el plástico a manera de ejemplo, y
estas alocadas y lastimosas habladurías sobre el alma jamás volvieron a
escucharse en Moderan.

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COMO ACABÓ

El fin del mundo empezó pequeño aquel día. De un modo casual, en pleno
verdeazulado verano…
Recuerdo perfectamente lo que estaba haciendo, incluso lo que estaba
pensando, en el preciso instante en que empezó el fin del mundo. Era en la
época de las Treguas Estivales. Habíamos terminado tarde nuestras Guerras
Primaverales de aquel año y todos nos encontrábamos algo exhaustos, si bien
deliciosamente felices. Muchos honores se habían conquistado, muchas
Fortalezas yacían en ruinas y muchos tubos de cañones pendían inmóviles, y
los baluartes clamaban apuntalamiento en numerosos lugares. Pero aquel
último verano éramos un grupo satisfecho, los que habíamos sobrevivido,
extremadamente felices en nuestro odio, listos para Gozos y siempre
maquinando para obtener puntos de maldad en los recintos de nuestras
Fortalezas.
¡Síiiii! ¡¡Treguas Estivales!!
Entonces una bomba wump estalló muy hacia el norte. La escuché en mis
detectores y produjo un singular ruido seco. Supe al instante que había
alcanzado algo que no era propiamente un blanco de bomba wump. Y con
toda sinceridad moderana, esa bomba no debía estar allí durante las
Treguas…, no. ¿Y qué eran esos extraños blip-blips que surgían de mi Placa
Visora? Pensé que podían proceder de astillas y fragmentos de fino metal
nuevo, aunque parecía improbable… Nadie en sus moderanos cabales usaría
una bomba wump para un frágil objetivo metálico. Las wump eran para
voladuras extremas extremas y agobiantes oleadas de destrucción. Estaban
diseñadas para las Fortalezas y los hondísimos refugios subterráneos de
hormigón y acero de reciente fabricación.
Había muchos puntos de conjetura. Aquí fuera, al volver a pensar en todo
aquello en esta última colina de plástico, dejando estas notas en las
permocintas de mi mente como último documento, mientras contemplo a los
mutantes de carne que están acabando de desgarrar nuestra otrora gran tierra
para dejarla igual que cuando empezó todo, no estoy seguro. Lo único que
puedo hacer es presentar de nuevo las conjeturas. Personalmente creo que
pudo haberse tratado de un accidente. Algún señor de Fortaleza amante de las
bombas pudo haber disparado una jubilosa wump sobrante hacia el distante
vacío para celebrar la conclusión, finalmente, de la larga temporada
primaveral de guerra; el combate se había prolongado hasta principios del

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verano. Y esta wump tal vez se hubiera demorado en la plataforma de
lanzamiento durante ese excesivamente largo instante. (Es una cosa que
sucede aunque normalmente sucede en la guerra, ¿y a quién le importa en ese
caso?) Y en lugar de volar con la hermosa trayectoria lejana que un disparo
normal habría asegurado, la bomba cayó, alocadamente fuera de su curso, sin
rumbo alguno, en el cuadro de flores de un vecino. Y ese cuadro de flores era
para él algo más preciado que su Fortaleza… Rumores y conjeturas. ¡Pero
cuántas veces, en la historia del mundo, un accidente ha sido mucho más
pertinente que los minuciosos planes! Y creo que ha vuelto a ser así.
Recuerdo, y recuerdo perfectamente todo lo sucedido en los escasos y
rápidos instantes que determinaron nuestra suerte, recuerdo una frenética
confusión en el Teléfono de mi Alarma. No pude interpretarla, pero recuerdo
haber tenido el pensamiento de que no era tanto un aviso lleno de odio como
una excusa, o un argumento para encontrar comprensión. Perdonad,
PERDONAD y disfrutemos de las Treguas Estivales, recuerdo haber pensado
en los primeros instantes, aunque estaba muy ocupado. Naturalmente yo no
tuve forma de conocer entonces ni tan solo una conjetura de la enormidad de
la infracción que se había producido, y mi única pista eran los extraños blip-
blips fuera de lugar en mi Placa Visora.
La Fortaleza transgredida replicó, claro está. Ni en las placenteras épocas
de las Treguas Estivales uno podía permitir que la vieja Fortaleza del vecino,
el que estaba a la derecha o a la izquierda, o delante o detrás, es igual, lo
alcanzara a uno con una bomba wump. La represalia, rápida y segura, era lo
apropiado en cualquier estación. Y cuando la represalia llegó, provocó una
réplica de mortífera intensidad, pero aun así, en esos primeros instantes,
hubiéramos podido limitar la guerra. Habríamos podido disfrutar de un breve
espectáculo en nuestros Ampliadores de Visión en lugar de permitir que dos
acalorados cascarrabias estuvieran ACTIVOS cuando debían estar en
Profunda Tregua. Pero no actuamos cuando la acción era esencial. Digamos
simplemente que nuestra habilidad de estadistas estuvo decaída aquel día. No
logramos coger la pelota. Jugamos con nuestras amantes de metal nuevo;
acariciamos a los mininos de metal nuevo, amarramos los naipes de la
indiferencia y 'bebimos' la intravenosa de ponche cuando debíamos haber
estado salvando al mundo.
Los tratados fueron cumplidos, cumplidos y cumplidos. ¡Oh, cómo
cumplieron con esos tratados en el norte! Y la guerra se extendió rápidamente
hacia el sur. Al cabo de cinco minutos todos habíamos entrado en ella y
Moderan despertó al terrible conocimiento de que la marea estaba alta y

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creciendo. (Debo decir una cosa: yo, situado muy hacia el sur, fui el último
que entré en el bombardeo. Pero la honestidad, siempre y en cualquier
situación, me obliga a apresurarme a admitir que no fue por habilidad de
estadista. ¿Dónde está ella ahora? ¡Oh, qué montón de metal carbonizado en
algún lugar perdido y distante debe ser ella en estos momentos! Ella, la que
jugó conmigo en aquellos fatales y cruciales instantes en que yo debía haber
estado salvando al mundo. Pero diré que ella, con su interruptor vital en ON
mientras yo estaba fijado en Pasión Frenética, se portó muy bien aquel día.
¡Oh, todo por el amor cuando el mundo…! ¿Y bien?)
Nuestro mundo se vino abajo, ABAJO, con aquella guerra. Fue el FIN.
Con un pequeño, casual —y diría que hasta accidental— inicio de una bomba
wump en un lugar incorrecto aquel día, la guerra se extendió a toda velocidad
en incontenibles instantes de estrago. Al pensar en esto ahora, muy lejos, en el
último rincón-refugio de nuestro perdido mundo, no sé explicar por qué la
guerra llegó hasta una ruina tan concluyente. Habíamos disputado muchas
muchas guerras en nuestro glorioso pasado y habíamos salido de ellas con
honores y grandes muertos en batalla, y con nuestras Fortalezas solo en parte
reducidas a escombros. Pero Moderan desapareció en diez minutos en esta
ocasión.
La mayor parte de nosotros, pensando con rapidez y ejecutando el plan
correcto, a pesar de estar en medio de una apurada guerra final, habíamos
'enviado fuera' a nuestras familias bastante pronto. Y puede que aquel fuera
realmente nuestro mejor momento. Yo, tras un profundo debate interior,
incluso solté la wump que tenía apuntada hacia el Valle de la Bruja Blanca,
donde mi esposa vivía y maquinaba en compañía de sus últimos hombres de
plástico. Los disparos de compasión ya habían llegado al territorio de
Hermanito y Hermanita, haciéndolos volar a los altos cielos y todos los
vientos en la provincia donde aguardaban las horas del 'reemplazamiento'. Y
una vez desocupados de la misericordia, nos dispusimos a combatir.
Fue un bombardeo extremo extremo, con el colmo del armamento de odio
volando o rodando. Por muchas otras cosas que se puedan decir, lo cierto es
que llevamos al mundo a un elevado y rutilante estado de desarrollo, no solo
en actitud de odio sino también en el armamento capaz de convertir esa
actitud en mucho más que un sueño vacío o un gesto. Y yo recordaré siempre,
incluso en el instante de mi última intravenosa, incluso en ese momento final
previo a la muerte por inanición de las tiras de carne y antes de haberme
convertido en unos cuantos componentes metálicos en cierto polvoriento y
jactancioso museo de los mutantes de carne, recordaré siempre aquel instante.

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Es posible que el mundo jamás vuelva a ver algo así. Fue un instante en que la
atmósfera era prácticamente una sólida capa de explosivos sobre todo el
mundo. Los cohetes entraron en colisión con sus hermanos en pleno vuelo y
produjeron tremendas detonaciones. Las potentes wump fabricadas para
resistir ese tipo de colisiones aéreas y seguir dirigiéndose hacia sus blancos
programados, se dieron poderosos codazos en el aire. Las muñecas-bomba
caminantes, esos mágicos objetos de horror ideados para tomar el camino del
suelo hasta su cita con la destrucción, pelearon unas contra otras sobre el
plástico. Algunas pasaron la prueba y prosiguieron con su programada misión
de busca-y-destruye; otras, inmersas en la densidad del tráfico, pelearon tan
firmemente por el derecho de paso que agotaron su horror y su vigor allí
mismo, con las demás. Es probable que cierto poderoso dios de la guerra,
sentado en la lejanía del escudo de vapor sobre una nube con forma de
despojo, tuviera aquel día el espectáculo de su vida. (Todas las vanagloriadas
hazañas de poderío bélico y destrucción de los Viejos Tiempos —incluso
Dresde bajo los bombarderos, Tokio con las bombas incendiarias, Hiroshima
y el Little Boy…—, todas estas hazañas reunidas en una sola llamarada-y-bang
habrían sido como una patada de luciérnaga enferma comparadas con esto.
¡SÍ!, aquel día sí que bombardeamos.) Pero estoy convencido de que aquel día
no había dios alguno en ningún sitio para nosotros, apenas si el enfermizo
escudo de vapor verdeazulado del envenenado agosto situado en un cielo que
de pronto se había trasformado en interminable y terrible para nosotros, en el
indiferente y ubicuo testigo de la autodestrucción de un mundo.
Y al ver que el juego llegaba realmente a la confrontación decisiva, recurrí
por fin a mi GRAN GRAN COLMO. Se trataba de la GRANDIOSA WUMP,
un arma tan terrible que tuve que fijar mi cerebro en Pensamientos Generales
Fríos y Descuidados para poder siquiera soportar el conocimiento de que tenía
tan mortífero potencial en la palma, por así decirlo, de mi mano de metal
nuevo. Mi Unidad de Ingeniería para Soluciones Finales de los Problemas
había descubierto este objeto para mí hacía muy poco tiempo, y yo lo estuve
reservando tacañamente para la primavera, como SORPRESA, o para alguna
necesidad práctica en el futuro. O quizás únicamente como argumento de
conquista. Yo había estado reflexionando al respecto. Pero la reflexión
pareció haber llegado a su fin en ese momento; la GRANDIOSA estaba
forzosamente en mi mano. Sobrevivir, conservando algún aspecto externo de
mi mundo, ese seguía siendo mi objetivo. Solo quedaría mi Fortaleza, y
tremendamente destrozada, pero podríamos reconstruir a partir de los restos.
Así que solté la WUMP, que anidaba en su mecanismo de lanzamiento en las

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profundas entrañas de mi gran Fortaleza, la Grandiosa Wump, una bomba tan
mejorada respecto a la wump normal que la comparación podía establecerse
entre una pluma que caía sobre una montaña en los Viejos Tiempos y otra
montaña que cayera sobre la anterior. ¿Lo comprenden?
Para guardar bien el secreto de la Grandiosa Wump, que yo estaba
convencido de que era la única de su especie en todo el mundo, la había
instalado a gran profundidad en el centro de mi gran recinto ofensivo-
defensivo. Yo sabía que su lanzamiento, naturalmente, desgarraría los suelos
y tal vez levantaría todo el terreno de mi Fortaleza. Pero yo estaba deseoso de
pagar ese precio a cambio de un secreto total y de ser el único poseedor de un
poder así. ¡Sí!, deseoso de pagar casi cualquier cosa. El momento de apretar
el botón DEBÍA ser un embriagador instante para mí; mi corazón de metal
nuevo, sin efectuar cambio alguno en los ajustes, produjo un gran latido bang-
buumm jamás sentido antes por mí. ¡POSEER EL MUNDO!, pensaron al
unísono cerebro y corazón mientras mi pulgar oprimía el botón de
lanzamiento.
¿Qué sucedió? ¿QUÉ SUCEDIÓ? Poseer el mundo y luego no poseerlo.
¿¡QUÉ SUCEDIÓ!? No grito para que me entiendan. No grito pidiendo
simpatía. No lloro. Pero debo dejar la respuesta en las cintas… ¿QUÉ
SUCEDIÓ?
El mismo segundo en que solté la bomba, lo supe. ¡Oh, cómo lo supe!
cuando el aire empezó a llenarse de techos. Ni palabras ni sonidos tengo para
hablar de este vil acto con la suficiente vileza; es algo que frustra cualquier
lenguaje del mundo. Pero debo intentarlo, por las grabaciones: unos
pringosos, conspiradores, tramposos, deshonestos, mentirosos, desleales,
indecorosos, bajos BAJOS, sobrecargados de carne y con escaso metal nuevo,
viles señoritillos de Fortaleza habían robado la bomba…, quién sabe cómo.
¡Oh, Dios o dioses, o lo que fuere, tribunal o institución superior de juicio que
pueda haber en cualquier parte, que esos hombres sean juzgados, que sean
juzgados ahora mismo! Moled su recuerdo bajo las pesadísimas ruedas de la
Justicia; examinad cualquier acto bueno, si lo hubiese habido, que hayan
podido hacer y considerad este hecho como uno de los chistes más horrendos
y monstruosos que jamás haya existido. ¡Oh, limitado lenguaje! sus más
fuertes palabras de acusación son demasiado débiles, no puedo degradar a
estos individuos ni tan solo en una milésima parte de una pequeña fracción de
lo que merecen. Pero reclamemos a todas las instituciones de la Justicia, si es
que existe una tal Justicia, y que estas instituciones, si es que existen o hay
indicios de ellas, acosen a los espectros de las tiras de carne de esos viles

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señores de Fortaleza, ahora difuntos, por todos los universos del tiempo futuro
y que les pregunten, que les pregunten igual que fríos vientos de helados
valles entre nevadas montañas de glaciales lugares, igual que la conciencia de
los Viejos Tiempos: ¿CÓMO HABÉIS ROBADO EL SECRETO DE LA
GRANDIOSA WUMP a la honorable Fortaleza 10? (Yo era Fortaleza 10.)
Sí, mundo futuro, ellos hicieron eso. Cuando mi techo se fue con la
Grandiosa, y casi inmediatamente pude ver que otros techos empezaban a
salir hacia los cielos como pelotas de golf, lo supe. No solo habían robado mi
secreto sino que al parecer, viles viles y maquinadores hasta el final, habían
instalado dispositivos-detective para hurtar también el instante de mi disparo.
¡Oh, qué cerca estuve entonces de que me hubiesen cogido durmiendo! ¿Y si
hubieran sido ellos los primeros en disparar? Es algo que a uno lo hace
vacilar, ¿verdad…? ¡Hombres monstruosos!
Porque estoy totalmente convencido de que lo que me salvó fue esa
décima de segundo en que me adelanté. No puedo explicármelo de otro modo;
o fue por eso, o por la más purísima purísima suerte y un milagro, y como
ustedes han de saber, yo no creo en ninguna de las dos cosas. Creo en las
armas, en una potencia de fuego abundante y en ser el primero que da la
bofetada a una Fortaleza. Pero haberme salvado, ser el último señor
sobreviviente de Fortaleza, ¿de qué sirve? Mi mundo ha desaparecido, todo
está aplastado y hecho escombros, incluso mi Fortaleza, todo ha sido
consumido por el arma más compleja jamás construida: la Grandiosa Wump.
Los menudos mutantes de carne llegaron aullando a los escombros,
surgieron de un lugar indeterminado, al cabo de unas horas. ¿Dónde habían
estado? Sí, nos habíamos enterado de la existencia de cierto número de ellos.
Incluso en las épocas de más brillo del brillante Moderan, algunos mutantes
de carne siempre estaban por allí, disparatando en el plástico, ocultos en
profundos agujeros, viviendo en grietas y fisuras de nuestros descampados de
capas plásticas. Algunos de nosotros los recibíamos en nuestras Fortalezas de
cuando en cuando, para reírnos, por diversión, para distraernos mientras
hablaban absurdamente por sus sibilantes agujeros en lugar de comunicarse
por medio de los excelentes métodos moderanos de nuestras mecanizadas
cajas de voz y botones phfluggee-phflaggee en las manos. Pero ninguno de
nosotros los tomaba en serio, creo, ni dedicaba el menor pensamiento a su
forma de vivir. Al menos por mi parte, no. Yo, uno de los brillantes señores
del mundo, grande en los altos porcentajes de 'reemplazamientos' de acero de
metal nuevo, con mis tiras de carne pocas y minimizadas… Yo no tenía
tiempo de seriedad para esas criaturas inmundas, blandas y sensibleras.

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Y ahora los mutantes salen de todas partes, siguen llegando sin cesar,
desgarran todo lo que vuelve a ser NADA. En un aullante asalto que se está
produciendo aquí mismo, están haciendo retroceder el Sueño mucho más allá
de la oscuridad a la que nosotros habíamos aventajado tanto incluso en el
primer día del reluciente Moderan. Observar a los mutantes debe ser mi
castigo, supongo, mientras aguardo en la última montaña de plástico (aunque
no sé por qué debiera recibir un castigo). Yo, el más grande y último de los
grandes GRANDES señores de Fortaleza (otrora muy firme con mis
'reemplazamientos' de acero de metal nuevo), el ser más refinado que ha
existido jamás…, cayendo ante esta oleada de diabólica carne que llega y
continúa llegando…
Pero, ¡alto! Antes de que lleguen a esta minúscula fortaleza totalmente
desprotegida que me queda, mi montañita de plástico, y la derriben con sus
garras y su aullante y bestial ímpetu que en este momento parece
incontenible, permítanme aclarar un detalle en las grabaciones. De haber
existido honor en el mundo, entre mis vecinos, si estos no se hubieran
rebajado a la vil ratería de mi secreto bélico, quizá para salvar sus
despreciables personas, yo habría ganado la guerra. En tal caso habría
quedado mi Fortaleza, y estas sensibleras criaturas que hay por ahí no habrían
significado nada. En cualquier instante que eligiera las arrastraría a sus
profundos agujeros y grietas con una descarga máxima. Entonces me servirían
de payasos y para divertirme, no serían mis verdugos. ¡Oh, se habrían
quedado en sus cubiles, naturalmente! Ya ven, es la maldad de los demás la
que a uno lo marca, en especial los vecinos ladrones que roban los secretos de
guerra.
Y otra cosa, ya que mi mente se aclara aquí al final, y estoy pensando en
todo. ¿Qué había en aquel jardín de hojalata cuando la bomba wump lo
alcanzó? ¿Qué cosa debía ser para que el señor de Fortaleza la considerara
mucho más elevada que hasta las Fortalezas? ¡No se rían, no se rían! Creo que
era su amante de metal nuevo que había salido para dar un breve paseo estival
por los cuadros de flores, y antes que él hubiera disfrutado de sus Gozos. Eso
explica los fuertes y breves blip-blips en mi Placa Visora. Pequeños
fragmentos de metal nuevo habrían aparecido así; fragmentos de hojalata
procedentes de flores no habrían sido registrados en absoluto.
De modo que los dejo, porque la montaña tiembla en su base. Si estas
grabaciones sobreviven, y si existe alguna criatura en las épocas futuras que
posea una máquina lo bastante compleja para darles vida, quizás haya valido
la pena conjeturar por qué Moderan concluyó. ¿Fue debido a la maldad del

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mundo y a una vulgar ratería? O quizás ustedes piensen que más bien fue por
culpa de una mujer que debió estar cumpliendo sus funciones en los grandes
dormitorios de su señor en lugar de ir de paseo por los cuadros de flores. O
bien, si tienen un ángulo mental más sencillo, consideren el fin como un
hecho inevitable a la corta o a la larga, resultado natural de todo aquel
potencial bélico. Pero yo no, ¡NO! a eso… No al fin, ¡no, de haber jugado
limpio mis vecinos! Yo, partiendo de la seguridad de la GRANDIOSA
WUMP de mi Fortaleza (superior y especialmente dotada), habría podido
hacerlos volar a los altos cielos y todos los vientos con relativa tranquilidad,
de manera que YO habría ganado la guerra, ¡y habría salvado TODO el
mundo!

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DAVID ROOSEVELT BUNCH (7 de agosto de 1925 - 29 de mayo de 2000)
fue un escritor estadounidense de relatos cortos y poesía. Trabajó
principalmente en los géneros de la ciencia ficción, la sátira, el surrealismo y
la ficción literaria. Aunque prolífico y aclamado por la crítica, Bunch
permaneció en la oscuridad a lo largo de su carrera. La mayoría de sus
artículos, poemas y relatos aparecieron en fanzines o revistas de vida efímera,
por lo que su obra no ha sido bien estudiada. Se le conoce principalmente por
una serie de relatos violentos y desoladores ambientados en la distopía cyborg
de Moderan, que en conjunto forman una sátira de la obsesión de la
humanidad por la violencia y el control. Moderan se considera un texto
central en la corriente New Wave de la ciencia-ficción, y un precedente del
cyberpunk.

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