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Anda Mi Madre

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¡Anda mi madre!

Comedia en tres actos

Juan José Alonso Millán

Posada en escena: 2000, 2005

Preparat per: Toni Nerín Toboso


¡Anda mi madre!

Acto Primero
Historia de pobres

Personajes (Por orden de aparición.)

Ignacia Mujer de ochenta años, mejor que tú y que yo. Se pasa


el día cantando. Se trata de un ser absolutamente
dichoso.
Eloísa Edad media, guapetona y limpia. Lleva escayolado el
brazo izquierdo y la pierna derecha. A pesar de esto, no
es un ser feliz por completo.
Marga Hijastra de Eloísa. Está todo el día zumbada. Mona, en
línea pasotilla.
Delfina La clásica funcionaría del Ministerio del Trabajo.
Aspecto algo progre, con gafas y modales autoritarios.
Paquito Es un pobre de semáforo y está puestísimo con el Código
de la Circulación. Le da a la bebida durante su jomada
laboral.

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¡Anda mi madre!

Decorado

El decorado representa una casa en un piso bajo; habitada por gentes muy pobres, está situada en
el corazón de un barrio no precisamente residencial: Entrevías, Pozo del Tío Raimundo, Palomeras,
valdrían para darnos idea de cómo es la zona, un lugar ideal en los suburbios de Madrid, en la zona
sur. Se entra en la casa por el lateral derecho, que hace chaflán con el foro directamente de la calle.
La cocina está situada en el lateral izquierdo; una estufa de camping-gas. Una puerta al foro que da
al retrete y en la cocina una pila de lavar. También habrá una antigua nevera y una tabla de
planchar. Como dividiendo la estancia, habrá ropa colgada de una cuerda, secándose, que casi tapa
la cocina.

Semi-oculto, un habitáculo, al foro, está tapado con una manta o colcha que hace las veces de pared
divisoria: el dormitorio de la abuela.

Lo mismo ocurre en el lateral derecho: una colcha colgada tapa el dormitorio matrimonial.

Habrá una máquina de coser y un mueble-cama, un aparato de televisión antiguo, una mesa camilla
y algunas sillas. Hay una ventana al foro o en la cocina, o dos. La luz es una bombilla colgada del
techo.

Naturalmente, estamos en invierno crudísimo, hace un frío que pela, llueve y hay viento.

Es por la mañana, a eso de las doce.

Lados, los del público, y época, la de su estreno, 1990.

Comienza

Ruidos de una gran tormenta. Al levantarse el telón, en escena la señora IGNACIA, que sentada cerca
de una especie de brasero, lía porros en una caja de cartón, calienta la piedra y los acaba liando
con un papel de fumar, mientras canta; va muy abrigada.

IGNACIA. — (Cantando.) “¡No me gusta que a los toros te pongas la minifalda...!” (Gritando.)
¡Cuidado con esa puerta!

(La puerta se abre y entra ELOÍSA con una bolsa, gorro, abrigo y un pañuelo o bufanda; va
escayolada.)

ELOÍSA. — (Cerrando la puerta con el brazo escayolado.) ¿Por dónde quiere que entre? ¿Por debajo
de la puerta, como si fuera una multa? (IGNACIA sigue a lo suyo sin hacer caso a ELOÍSA, canturrea,
ELOÍSA pasa a la cocina y coloca las cosas de la bolsa.) ¡Vaya tiempo! ¡Y de esto tiene la culpa el
alcalde que es de derechas, y ha despojado al barrio de aceras! ¡Pero...! ¿Usted no ve la gotera...?
(Pone un cacharro debajo de la gotera.)

IGNACIA. — “¡No me gusta que a los toros...!”

ELOÍSA. — ¿Es que no puede dejar un poco el canto? Que parece Plácido Domingo. Y fíjese un
poquito en la sórdida pequeñez del inmueble. ¡Que hay una gotera! (Saca las cosas que ha traído del
mercado.) ¿Es que no le dije que se cambiara de ropa? ¿Es que a mí, no se me entiende cuando hablo?
(Apoyada en la mesa.) Van a ser las doce y los del Ministerio están a punto de llegar.

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¡Anda mi madre!

IGNACIA. — (Sin mirarla.) ¡Qué jodia! Tú quieres que me ponga el percal, para que me muera de
frio. ¡Me despojo de la prenda invernal y me da un jamacuco!

ELOÍSA. — (Prepara una olla al fuego.) ¡Justamente! ¡Eso es lo que quiero! (Se quita al gorro.)
¡Tiene usted que temblar mucho! ¡Los del Ministerio la tienen que ver tiritar de frío...! ¡Y quítese la
dentadura, que parece una artista de cine...!

IGNACIA. — No me da la gana.

ELOÍSA. — ¿Qué dice...? (Deja el gorro en el perchero y se dirige hacia IGNACIA.)

IGNACIA. — (Se pone en pie y canta y baila.) “¡No me gusta que a los loros te pongas la minifalda...!”

ELOÍSA. — ¿Es que se cachondea usted de mí...? ¡En las condiciones que nos ha tocado vivir, no se
puede estar alegre! ¡Pero a mí no me toma usted el pelo! (Va al cuarto de IGNACIA y saca un vestido
de verano.) ¡Ya se me está usted poniendo la prenda veraniega, o igual me ciego, y no respondo de
mí!

(IGNACIA huye de Eloísa.)

IGNACIA. — ¡Qué no! ¡Coñe! ¡Qué la palmo de una pulmonía!

ELOÍSA. — ¡No me ponga los dientes largos...! ¡Usted no se muere nunca! (La sujeta y le quita alguna
ropa.) ¡Venga, lodo eso fuera!

IGNACIA. — Si es que aquí, hace más frío que en la calle. ¡Eloísa, que me va a dar un pasmo...!

ELOÍSA. — ¡Los dientes, fuera...!

IGNACIA. — ¡No, por tu madre! ¡Que me cuesta mucho ajustar la dentadura!

ELOÍSA. — Esa misma dentadura le estaba algo constreñida a don Primitivo y había que verle comer
las gallinejas.

IGNACIA. — Sí, pero a mí me viene estrecha. El hombre era de boca pequeña. ¡Que m? hubieran
hecho una a mi medida!

ELOÍSA. — Tiene usted razón. Cuando vengan los de la Seguridad Social, usted les larga el rollo de
don Primitivo y cómo gracias a que se cayó del andamio tiene usted dentadura, y lo que tuvieron que
hacer para encajársela.

IGNACIA. — ¡Si eso ya lo be contado muchas veces, Eloísa!

ELOÍSA. — ¡Está usted hoy plomo derretido! ¡Vamos...! Vístase... Ni una palabra más. Usted se viste,
ya... (Amenazándola.)

IGNACIA. — Vale. (Entra dentro de su cuarto, o sea, detrás de la manta, canta.) “¡No me gusta que
a los toros te pongas...!”

ELOÍSA. — ¡Y dale con la vara! (Prepara la comida.) Treinta años oyéndole la misma canción. ¡Qué
me tiene harta, coño!
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¡Anda mi madre!

IGNACIA. — (Desde dentro.) ¿Qué has traído para comer...?

ELOÍSA. — ¡Japuta y caldo!

IGNACIA. — (Sigue dentro.) ¿Y paella? ¿Es que nunca va a haber aquí paella?

ELOÍSA. — Cuando esté usted en la residencia, comerá hasta guisantes. ¡Envidia me da, de pensar lo
bien que va a estar usted allí! Aunque no la van a consentir las cosas que yo, por mi humanidad y lo
tierna que soy, le consiento. Como se queje de la comida la atan a la cama. Ha venido en los
periódicos.

(Sale IGNACIA vestida de verano, tiene frío. Se echa el abrigo de ELOÍSA.)

IGNACIA. — ¡Estás tu lista si crees que me vas a meter en una residencia!

ELOÍSA. — ¡Ya lo veremos! ¡Como me llamo Eloísa, que de esta casa, la borro! ¡Qué se quite el
abrigo, coñe!

IGNACIA. — (Quitándoselo.) Qué mala eres, hija. Eres dañina.

(IGNACIA se sienta muerta de frio.)

ELOÍSA. — Aquí no puede usted estar. Ocupa un espacio vital, y canta. Además, no sirve para nada.
Todo lo tengo que hacer yo. Esta ropa está seca... (Por la ropa colgada.) y usted ha sido incapaz de
quitarla.

IGNACIA. — Estoy ocupándome de los porros de la Marga.

ELOÍSA. — (Abre la nevera.) ¡Aquí falta un queso!

IGNACIA. — ¡Ya estamos! ¡A ti, siempre te falta un queso...!

ELOÍSA. — Esta mañana dejé tres, y sólo hay dos. ¡Ignacia, que la mato!

IGNACIA. — Yo no sé nada. Se lo habrá comido el gato.

ELOÍSA. — El gato se lo comió usted la semana pasada, al ajillo. ¡No piensa más que en comer...!

IGNACIA. — ¡Corta el rollo, repollo...! Me tienes a dieta.

ELOÍSA. — Hasta que la vean los de la Seguridad Social. ¿No se da cuenta que tienen que encontrarla
hecha una mierda? Claro, así, se le ha puesto un aspecto que parece del Incasol. Nada, que la señora
tenía una fantasía caprichosa, y me ha vaciado el frigidaire.

IGNACIA. — Un quesito, jolines. Me mareaba.

ELOÍSA. — De eso se trata. Nada más verla, se la tienen que llevar del asco que debe darles.

(Empieza a cocinar.)

IGNACIA. — ¡Anda! ¿Y no doy asco, Eloísa?


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¡Anda mi madre!

ELOÍSA. — Asco si da, pero tiene que quedar como repugnante. Y ahora está usted llena de salud.

IGNACIA. — Me alegro, porque no me pienso ir a ningún sito. ¡Con este frío, no me sale el cante...!
(Se va a poner la toquilla.)

ELOÍSA. — ¡Qué se siente, coñe! Con el trabajo que me ha costado que vengan.

IGNACIA. — Si mi Baldomero estuviera aquí, enseguidita que me iba a dejar marchar de esta casa.

ELOÍSA. — No me hable de su hijo, que me enciendo.

IGNACIA. — Ya lo dije antes de liarse contigo; que tú eres una tía con muy mala leche. Pero como
me salió tan chulo...

ELOÍSA. — ¡No lo sabe usted bien! ¿Sabe la ocurrencia que tuvo el otro día cuando fui a verle a
Alcalá-Meco? Que había salido.

IGNACIA. — Por no verte.

ELOÍSA. — Y al desgraciado le quedan por lo menos cinco años. ¡Que ha salido...! ¿Se puede ser más
chulo?

IGNACIA. — ¡Vaya cinco añitos que me vas a dar hija!

ELOÍSA. — ¡Anda, que estuve yo orientada! ¡Qué familia! No tenía otra joyería para asaltar más que
la de un piso. Un quinto, y como es un vago, no se le ocurrió otra cosa, después del robo a mano
armada, con intimidación, allanamiento de morada y desprecio de sexo, que bajar en el ascensor.

IGNACIA. — Lo que ve en la tele.

ELOÍSA. — En la lele no se estropean nunca los ascensores. Ni hay porteras que se ponen al lado del
joyero. (Suenan unos golpes en la puerta.) ¡Chist...! ¡Vamos, fuera esa toquilla... y tiemble...!
¡Póngase ruin!

IGNACIA. — ¡No me da la gana...! (Se pone a cantar.)

ELOÍSA. — ¡Me pone mala...! ¡Le voy a dar con la escayola! (Abre la puerta y entra MARGA.)

IGNACIA. — Es la niña.

ELOÍSA. — ¿Qué haces a estas horas por aquí?

MARGA. — Nada, que hoy no hay curro.

ELOÍSA. — Como no has venido a dormir, pensaba que…

MARGA. — Es que ha habido redada, y la pasma nos ha dado una noche loca. ¿Cómo lo ves? ¿Pasa
contigo abuela...?

IGNACIA. — Te he fabricado dieciocho porros.

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¡Anda mi madre!

MARGA. — Corte el rollo, abuela. Con los porros no se saca pa na. El personal, ahora alucina con el
crack. (Abre la nevera.) ¿No hay nada de beber?

ELOÍSA. — Si buscas el vino, está escondido. La abuela se lo bebe cuando se queda sola. (Busca la
botella.)

MARGA. — Tengo un mono (Se seca el pelo.) que no me aguanto. (Se va a sentar.)

ELOÍSA. — ¿Quieres comer algo?

MARGA. — Paso de comer. Un vaso de vino y al sobre, a dormir… Tengo un bajonazo que alucino.
(ELOÍSA le sirve un vaso de vino.)

ELOÍSA. — Por lo que veo, no traes un duro. Vienes más tiesa que la mojama.

MARGA. — Ya te lo he dicho, redada en el bar del Peluco. A mí no me trincaron, porque me di puerta;


en cuanto los vi, me di de naja. Vengo desde Malasaña andando.

ELOÍSA. — Termina de secarte y vete a la piltra. (Descuelga la ropa seca.)

MARGA. — ¿No decías que hoy se llevaban a la abuela al asilo?

IGNACIA. — ¡Al asilo va a ir tu puñetero padre, rica!

(MARGA se seca y se cambia de ropa.)

ELOÍSA. — ¿Pero qué ha oído usted? Aquí nadie ha hablado de asilo, sino de una residencia de la
tercera edad.

IGNACIA. — Lo mismo, pero con otro nombre. Las cosas de esos jodíos socialistas: como se han
hecho de derechas, te cambian asilo por residencia.

ELOÍSA. — ¡Lógico! Por algo hicieron el cambio.

MARGA. — ¡Qué coñazo está dando, abuela! ¿No ve que aquí no hay sitio? (Se mete por detrás de la
mesa y se sienta.)

IGNACIA. — Mira, Marga, que buena cara tiene este porrito.

MARGA. — (A ELOÍSA, que prepara ropa para coser.) ¿Pero no estaba todo arreglado?

ELOÍSA. — Desde el lunes de hace una semana, que llevé los papeles. Pero para que den el ingreso a
la abuela, tienen que venir a hacer una inspección del habitáculo y examen-psicotécnico a la Ignacia.

MARGA. — ¿Tú contaste cómo vivíamos...?

ELOÍSA. — Cuando le conté la película a un gachó, creyó que le estaba hablando de Tanzania, Y eso
que le dije que me ganaba la vida recogiendo cartones en un camión, huy, el tipo empeñado en que
sacaba más del salario mínimo. ¡Como si yo fuera la dueña del camión! Es muy fácil, le dije: no hay
más que recoger cartones y meterlos en un camión. Así toda la noche. Menos mal que al verme con
más escayola que la Cibeles, parece que me tuvo consideración. Que si lo mío no pagaba impuestos,
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¡Anda mi madre!

que si era una industria sumergida... Lo que yo le dije, que si me había tomado por las hermanas ésas,
que me mirase bien.

(ELOÍSA bebe vino.)

MARGA. — (Cogiendo un porro.) No los líe tan gordos, abuela. Que ya el canuto n se lleva. (Enciende
el porro.)

ELOÍSA. — Y encima un mes con la escayola. Y como no estoy en la Seguridad Social, no me dan la
baja, y no tengo paro. Y tu abuela cantando. (Enciende un puro.)

IGNACIA. — Olvídame, que no es mi santo. (Corte de mangas.)

ELOÍSA. — Y tú, Marga, que llevas una temporadita... que no traes a casa mas que disgustos.

MARGA. — Qué quieres, aún no estoy fija. Y mientras se está volante, se sacan muy pocas
comisiones. Para el fin de semana, me han prometido hacerme de plantilla. ¿Quieres una caladita,
abuela? (IGNACIA fuma.)

ELOÍSA. — Pues que te metan en la Seguridad Social..., que mira lo que pasa.

IGNACIA. — (Fuma.) ¡Está buenísimo! En mis tiempos el hachís sólo lo fumaban los moros.

MARGA. — Madre..., ¿usted cree que le sentará bien a la abuela darle al porro?

ELOÍSA. — ¡Cómo un tiro! A su edad es una bomba, por eso le dejo a ver sí explota. Oye, ¿no tendrás
por ahí crack de ese, o caballo...?

MARGA. — Nunca llevo mercancía encima. Es peligroso, con la delincuencia que hay, podrían darme
un tirón.

IGNACIA. — (Ríe mucho.) Tu madre... cree que a mí..., a mí... esto me hace daño... ¡Sí, sí...! (Ríe.)
¡Me estimula los flujos...!

MARGA. — (Que ríe también por el porro.) ¡Es usted do lo más guay... tía! (Ríe.) ¡Fume... fume...!
¡Verá como le dé un siroco y se quede pa’llá...!

IGNACIA. — (Ríe.) ¡De eso, nada! ¡Todo menos darle una alegría a la Eloísa!

ELOÍSA. — (Se levanta.) ¡Bueno...! ¡Ya basta de reír! En esta casa, la risa es un sarcasmo. ¿Pero,
cuándo me habéis visto a mí reír...? Decid. ¡Ni cuando a tu padre le salieron doce años se me escapó
una sonrisa...! ¡Cualquiera que pase por aquí y os oiga...! ¡Qué vergüenza...! (No para de trabajar.)
¿Y para nada os importa cómo hemos tirado este mes? Porque a pesar do que parezco la Venus de
Milo, sólo que al revés, aquí no ha faltado el pan, ni el vino, ni la ropa limpia.

MARGA. — Te habrá tocado el cuponazo... (Ríe, y con ella IGNACIA.)

ELOÍSA. — (Remeda.) Te habrá tocado el cuponazo... ¡De cuponazo, nada! Don Paquito.

IGNACIA. — ¡Éramos pocos y parió la abuela!

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¡Anda mi madre!

MARGA. — Yo me abro de ese tío. Es más pesado que una vaca en brazos.

ELOÍSA. — ¿Qué sabrás tú? (A MARGA.) Es un señor. Y si está en el semáforo, es porque está
ahorrando para que él y una servidora vivamos juntos. Así es que, si para ti es un pesado, te aguantas.
Le ves. Le saludas y aire. Desde que no voy a los cartones, ni un solo día han faltado en esta casa
trescientas pesetas. El vino que te estás bebiendo y la comida que se come la abuela, es gracias a don
Paquito. (Se sienta a coser en la máquina.)

MARGA. — ¿No iba a arreglar la televisión?

ELOÍSA. — Ya lo hará. La radio de la abuela ya funciona, y con aparato para las orejas.

MARGA. — Pero en la radio no resultan guay los anuncios de perfumes de hombres. Que eso sí que
sale bien en la lele.

ELOÍSA. — ¡Ahí, hay que morir! (Deja lo que está haciendo.) Don Paquito y yo hemos visto uno
nuevo ayer, en el bar de Macario, que es demasiado. (Imita el anuncio toscamente.) Llega tal que así,
la gachí, en plan de lo más borde, arrastrando un pellejo... (Lo imita con un trapo.) tras, tras, tras,
atenta, mirando como si tuviera tal que un ojo desviado, y se saca tal que así, un guante más largo
que un día sin pan, mu estrecho, de los que usaba la Rita Haiwort, y... ¡zas...!, al suelo que lo lanza,
como si fuera una granada de mano, y nada. Oye, la tía borde sigue tal cual, mu derecha, mu lacia,
sin culo y moviendo mucho los hombros como si tuviera una desviación de cadera... ¡Cuando de
pronto! ¡Chan... ta ta chan...! Aparece el guaperas del año, que se fija en el viaje de la gachí y que se
agacha, en plan que no se puede aguantar, a recoger el guante, y la gachí, que lo ve... se agacha, lo
huele... va y se le funden ¡os plomos, se le caen las ligas y a todo plan, la música...

IGNACIA. — (Emocionada, se levanta cantando.) “¡No me gusta que a los toros...!”

MARGA. — ¡Bien, abuela...! (Aplaude.)

ELOÍSA. — ¡Yo a usted, un día la estrangulo...!

IGNACIA. — ¿Qué he hecho yo ahora...?

ELOÍSA. — ¡Reírse de los anuncios de perfumes! ¡Y eso, no lo consiento yo!

IGNACIA. — ¿Yo me he reído...? Sólo he puesto la ráfaga musical. Sabes que a mí, lo único que me
distrae de la tele son las tertulias, lo que pasa es que echan muy pocas.

ELOÍSA. — ¡Pues de arreglar la tele, nada! O sea, que usted quiere abrir el aparato para que entren en
esta casa unos tipos muy serios que nos insultan porque resulta que consumimos demasiado, y cuando
nos tienen convencidas de que hay que gastar menos en lo superfluo, les cortan la charla y te ponen
un anuncio de El Corte Inglés, para que adquiramos la elegancia social del regalo.

IGNACIA. — ¡Una española no debe hablar mal de El Corte Inglés...!

ELOÍSA. — (Golpe en la máquina de coser.) En esta casa, que es la mía, hablo de lo que se me da la
gana. Y al que no le guste, que se dé puerta, ¡ya! No se arregla la televisión. En la residencia la hay
y en colores. (Quita el vino de la mesa.) ¡Jolines con la vieja...! Ya es primavera en El Corte Inglés...,
pero si se han cargado hasta a San Valentín con la frasecita, solo falta que incluyan para vender
preservativos eso de “cautivo y desarmado el Ejército rojo...”
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¡Anda mi madre!

MARGA. — Vale, vale ya. ¡Qué coñazo está usted dando! Estos de la visita no aparecen, y yo me
muero de sueño...

ELOÍSA. — Deberías tomar algo caliente... (IGNACIA, de puntillas, va a la botella de vino y bebe a
morro, sin que la vea ELOÍSA, que está de espaldas.) Este caldito te entonará, le he echado cebolla y
mucha sal. ¿Quieres un jarro...? (Se vuelve y ve a IGNACIA beber.) ¡Pero, coño...! (IGNACIA sale
corriendo.) ¡Miren a la vieja degenerada...! (Se quita la zapatilla.)

IGNACIA. — ¡No, con la zapatilla no...! (Se esconde detrás de MARGA.)

ELOÍSA. — ¡La tía viciosa, que no ha dejado casi nada!

IGNACIA. — ¡Cálzate, Eloísa, que el frío es muy malo para los sabañones!

ELOÍSA. — (Va hacia ella con la zapatilla en la mano.) ¡Se Va a enterar usted de lo que vale un
peine...!

IGNACIA. — Caro... muy caro... (Corre y ELOÍSA detrás.) ¡Que me da...! ¡Que me da esta tía loca...!
¡Socorro! (Grita.)

ELOÍSA. — Se aprovecha que estoy disminuida, que si no...

(MARGA se interpone.)

MARGA. — ¡Déjalo ya, madre! ¡Deja el mal trato para cuando se hayan marchado los del Ministerio!
(ELOÍSA se calma y se calza.)

ELOÍSA. — ¡No consiento que se ría de mí! ¡Usted y yo no cabemos en el mismo techo!

IGNACIA. — Pues adelgaza, coño.

ELOÍSA. — O poco puedo o la interno donde sea. (Vuelve a su trabajo, que es la cocina, de espaldas
a IGNACIA.) ¡Anda, que la casa es grande, como para no verla! Y yo no es que quiera intimidad, es
que no soporto a esta tía... (IGNACIA, por culpa del porro y el vino, está alegre, coge una escoba y
canta y baila.)

IGNACIA. — “¡No me gusta que a los toros...!” (Y le da a ELOÍSA en el culo, con la escoba; ELOÍSA
tira la olla, por culpa de la broma de IGNACIA.)

ELOÍSA. — Me cago en la... (Se vuelve como una fiera con la zapatilla en lo mano.) ¡Bruja!

IGNACIA. — ¡Marga...! ¡Marga...! ¡Qué me mata esta tía...!

MARGA. — Usted tiene la culpa, abuela, ahora no la defiendo.

ELOÍSA. — ¡Primero le voy a dar con la alpargata, como se educaba a los hijos en la dictadura, y
luego la voy a rematar con el yeso cultural de la democracia!

IGNACIA. — ¡Mira qué ojos pone de loca...! ¡Esta tía me desgracia...!

(IGNACIA abre la puerta para irse a la calle, ELOÍSA trata de impedírselo, sujetándola por el moño.)
9
¡Anda mi madre!

ELOÍSA. — ¡Se acabó...! ¡Me pierdo, pero no importa...!

(Se quedan todas paradas, porque en el umbral de la puerta aparece DELFINA, con gabardina,
capucha y una cartera.)

DELFINA. — ¿Doña Ignacia Expósito...?

IGNACIA. — (Refugiándose en DELFINA.) ¡Servidora!

DELFINA. — ¿Es usted... seguro...? (Por IGNACIA, que no la ve.)

ELOÍSA. — No, se trata de Míchelle Pfeiffer, pero no se lo diga a nadie.

DELFINA. — Soy Asistente Social y vengo por...

ELOÍSA. — Permítame que cierre la puerta, no por el frío, porque como comprobará usted la
temperatura ambiente es idéntica a la de la calle. (Pasa DELFINA y cierra la puerta.) Deme la
gabardina, se la pondré a secar, si no, va a coger una pulmonía. (Se la quita y la pone a secar atrás,
donde la ropa colgada.)

DELFINA. — Muchas gracias. Es que aquí, por el taxi no llega aquí, por el barro.

ELOÍSA. — El barro, los escombros, y por la parle de atrás la M-30. Cuando nieva estamos
incomunicados y sólo sobrevive el oso de unos gitanos que, acompañados de una cabra, recorren las
calles de Madrid con una pandereta y una trompeta. Lo tuvieron que dejar, porque les embargaron la
pandereta por no pagar derechos de autor. Esta es mi hija Marga, bueno, hija de mi compañero, ¿sabe
usted?, pero yo nunca le he dicho que no es hija mía por mi ternura, sabe usted…

DELFINA. — Mucho gusto. (A la derecha, sentada.)

MARGA. — ¡Pasa contigo...!

ELOÍSA. — Acérquese al brasero. ¡Marga, ve a la gotera!

MARGA. — Vale. (Abre el paraguas y lo pone debajo de la gotera.)

ELOÍSA. — Y esta santa es Ignacia. No la encontrará más buena ni honrada, ni trabajadora, ni lista.
¡Si no fuera por el frío que pasa, la pobre! ¡Se pasa el día tiritando, y la dentadura, con el movimiento,
baila que es demasiado!

IGNACIA. — ¿Puedo decir algo? (DELFINA mira a IGNACIA.)

ELOÍSA. — ¡No! Esto es una democracia.

DELFINA. — (De su cartera ha sacado unos documentos y papeles.) Aquí viven ustedes con
Baldomero Pérez...

ELOÍSA. — ¡Una desgracia! ¡Una desgracia muy grande señora...!

IGNACIA. — ¿Sabe por qué paso frío? Porque esta tía, que es más mala que la quina, me obliga a
ponerme esto, que es del mes de agosto.
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¡Anda mi madre!

DELFINA. — Perdón señora... ¿Decía usted...?

ELOÍSA. — No le haga caso. Bebe... ¿Sabe usted?

DELFINA. — Agua.

ELOÍSA. — Vino.

DELFINA. — ¿Dipsómana?

ELOÍSA. — No, vino corriente, ése que va derecho á la columna vertebral.

DELFINA. — En el informe hay que reflejarlo todo. (Escribe.) Aficionada a la bebida...

IGNACIA. — ¡No le haga caso...! ¡Espere, ya verá...! (Entra en su cuarto.)

ELOÍSA. — También es porrera. Mire. (Muestra la caja con los porros.) Todo el día esta emporrada...
¿Verdad, Marga?

MARGA. — La abuela los lía para que yo los venda.

DELFINA. — (Escribe.) Adicta a la grifa.

MARGA. — ¡Tía, tanto corno adicta...!

ELOÍSA. — ¡Adicta...! Escriba, escriba, tiene un mono así de grande.

(Sale IGNACIA con el vestido de invierno puesto.)

IGNACIA. — ¿Lo ve usted? (Lo muestra.) Más lógico. Con él, estoy calentita. (Ha cogido la toquilla
de la silla.)

ELOÍSA. — Cosas de la edad. No piensa más que en ser maniquí.

DELFINA. — Debilidad senil. (Lo apunta.) Es frecuente.

ELOÍSA. — Y le da por enseñar una teta. Apúntelo también.

DELFINA. — Señora..., a ver... Ignacia.

IGNACIA. — Mándeme señorita. (Se sienta a la izquierda, las tres están sentadas.)

DELFINA. — ¿Cómo se encuentra en esta casa...?

IGNACIA. — ¡De cine! (ELOÍSA intenta darle un morrón.)

DELFINA. — ¿Se siente confortable?

IGNACIA. — De película.

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¡Anda mi madre!

DELFINA. — (Lee lo que pregunta.) ¿Encuentra que recibe un trato justo y equitativo, por parte de
quienes le rodean...?

IGNACIA. — Cuando estaba aquí mi hijo, sí, porque podía abrir la ventana en verano, y me dejaba
plantar lágrimas de Salomón y un rosal enano.

DELFINA. — ¿Quién le impide abrir la ventana?

ELOÍSA. — Servidora, porque da a un basurero, y no vea usted cómo se pone la casa de mosquitos.
Mi compañero, el hijo de esta santa mujer, tiene para cinco años en Alcalá-Meco, por atracador.

DELFINA. — No emplee terminología de derechas: presunto acaparador de lo ajeno.

ELOÍSA. — Y es una servidora la que saca la casa adelante. Recojo cartones, ¿sabe usted...?

DELFINA. — ¿En qué bingo...? (MARGA e IGNACIA ríen.)

IGNACIA. — ¡Diga que sí, es una tía binguera!

ELOÍSA. — Por las noches y en un camión. Y no me llega y menos como me encuentro. Estoy así por
culpa de la M-30, usted no sabe la de accidentes que hay en el barrio.

DELFINA. — Se están tomando medidas, pero aún no está claro si la M-30 pertenece al Ayuntamiento
o a la Comunidad.

ELOÍSA. — O a la Cruz Roja.

DELFINA. — (A MARGA.) ¿Usted, no trabaja en nada...?

MARGA. — ¿No lo está viendo? Aquí con el paraguas, por la gotera.

ELOÍSA. — La pobre quiere ser camello, está preparándose. Por las mañanas a la plaza del Dos de
Mayo y por las tardes a Malasaña, pero son, atención, numerus clausus. Escriba usted.

MARGA. — Bien, madre

DELFINA. — La verdad es que es una profesión muy bien remunerada.

ELOÍSA. — Practica con un traficante amigo de mi compañero.

MARGA. — Anoche hubo redada y le trincaron.

DELFINA. — ¡Los vecinos, seguro! Mañana está en la calle.

ELOÍSA. — La pobre está de interina, va cuando la llaman y hace pequeños trabajos.

MARGA. — Un par de papelinas al día.

IGNACIA. — No es porque sea mi nieta, pero vale mucho. Empezó aquí en el barrio, con los porros,
y no sabe el éxito. ¡Se los quitaban de las manos...!

12
¡Anda mi madre!

ELOÍSA. — Marga ama su oficio, tiene vocación y saldrá adelante, pero de momento... ¿De qué
vivimos...? ¿Se da usted cuenta...? Tres bocas y nada de nada. (DELFINA lo ve todo y apunta.)

MARGA. — Me caigo de sueño... ¿Puedo acostarme un rato?

ELOÍSA. — Cuando acabe aquí, la señora... ¿Qué? ¿Le gusta?

DELFINA. — ¿Es esto todo?

ELOÍSA. — En esta puerta está el retrete, que no es nada del otro mundo.

DELFINA. — Me lo imagino.

ELOÍSA. — ¿Ve? Mire usted, goteras por todas partes.

DELFINA. — Cuando llueve, claro. Y en Madrid llueve poquísimo. (Destapa la olla.) ¡Qué bien huele!
Donde esté la comida casera.

IGNACIA. — Un avecrem.

ELOÍSA. — Con cebolla y con mucha sal para que le dé sabor. Segundo plato no hay; y postre, una
vez a la semana.

DELFINA. — La dicta perfecta. Lo que pagarían los ricos por comer así. Yo, el avecrem lo tengo
prohibido, ¿Detrás de esas mantas que hay...?

ELOÍSA. — Mi dormitorio. Mire usted, un jergón.

DELFINA. — Intimo y acogedor. (ELOÍSA retira otras mantas.)

ELOÍSA. — ¡No te jode la tía! Y éste es el dormitorio de la abuela. Aquí ya no hay ni jergón.

DELFINA. — ¿Con que aquí es dónde duerme Ignacia...?

ELOÍSA. — Sin ventilación.

IGNACIA. — Ni falta que me hace. He vivido así toda la vida.

MARGA. — La abuela y yo dormimos en una tabla.

DELFINA. — Por la espalda. Yo también y es buenísimo, y los pies en alto, ayudan a la circulación.

ELOÍSA. — Mi hija Marga es ya una mujer y no tiene intimidad.

DELFINA. — El problema que tienen los famosos.

ELOÍSA. — Duerme aquí. En un mueble-cama.

DELFINA. — ¿En el salón...?

ELOÍSA. — ¿Usted, llama a esto salón...?


13
¡Anda mi madre!

(Suenan unos golpes en la puerta.)

VOZ. — (Desde dentro.) ¡Pa la Marga, que la llaman al teléfono...!

MARGA. — ¡Ya va...! (Deja el paraguas.) Tenga el paraguas, abuela, igual, tengo trabajo. (Hace
mutis por la puerta, cerrándola.)

ELOÍSA. — Ya ve. El único teléfono del barrio, lo tiene el chatarrero.

DELFINA. — Eso es impagable. Enhorabuena. Lo que daría yo por no tener ese tormento. (A IGNACIA.)
Vamos a ver Ignacia, o me equivoco o es usted una mujer feliz en esta casa.

IGNACIA. — ¡Felicísima...!

DELFINA. — Exacto, porque está rodeada del cariño de los suyos...

IGNACIA. — Mire usted, como soy de feliz... (Se pone a cantar.) “¡No me gusta que a los toros...!”

ELOÍSA. — ¡Ya basta...! ¡Todo el día con la charanga...!

DELFINA. — ¿Le molesta que cante...? La música es cultura lúdica.

ELOÍSA. — ¡Es un coñazo...!

DELFINA. — ¿Diría lo mismo si en lugar de Ignacia, se tratara de Obús o No mí Pises que Llevo
Chanclas? (Llaman a la puerta.)

ELOÍSA. — Es la convivencia lo que se me hace muy cuesta arriba.

(Va a abrir.)

IGNACIA. — (Ríe.) Aquí se está de muerte.

DELFINA. — Ya veo, ya. (Sigue tomando notas.)

(ELOÍSA abre la puerta y el que aparece en el umbral es DON PAQUITO, un tipo simpático que lleva
una botella de vino envuelta en un paquete; rebosa salud y alegría.)

PAQUITO. — ¡Muy buenos días...! Si molesto...

ELOÍSA. — De ninguna manera. Pasa. (El pasa y cierra la puerta.) Señora, le presento a don Paquito,
una amistad de la casa.

PAQUITO. — ¿Quiere lotería? ¿Algo de la ONCE?

ELOÍSA. — Trabaja en un semáforo por Atocha.

PAQUITO. — ¡Cuidao...! ¡Cuidao! Trabajaba.

ELOÍSA. — ¿No me digas que estas en el paro...?

14
¡Anda mi madre!

PAQUITO. — ¡Todo lo contrario...! Yo, en lo mío, soy una figura. Usted me entiende. Me han
ascendido. (Muy contento.) Que uno vale. ¿Le interesa un kleenex? ¿Lotería? ¿Algo de la ONCE?

DELFINA. — ¿Se puede saber cómo ha sido promovido su ascenso...?

PAQUITO. — Una buena suerte. (Se ríe.) ¿Te acuerdas del Fidel? ¿Aquel compañero al que atropello
la moto? (Riendo.) Pues se ha muerto.

ELOÍSA. — Enhorabuena.

PAQUITO. — Y en consecuencia, a mí me han largado el semáforo de Fidel: Castellana esquina


Génova. ¿Qué te ha corrido por el cuerpo, Eloísa?

ELOÍSA. — Mejor zona. ¿Cuándo empiezas...?

PAQUITO. — Ya. Por eso, me he traído esta botella para celebrarlo. (ELOÍSA busca vasos. A DELFINA.)
¿Usted no bebe…?

DELFINA. — Nunca estando de servicio.

ELOÍSA. — La señora viene por Jo de la abuela.

DELFINA. — Hay que luchar contra el fraude, que no todas las familias necesitan acogerse a las
residencias de la tercera edad. Solamente nos ocupamos de casos verdaderamente urgentes.

(ELOÍSA sirve el vino.)

ELOÍSA. — Tenga, abuela... (Se lo da, IGNACIA bebe.) ¿Lo ve? Despacio, bestia.

DELFINA. — Ignacia, ¿está usted conforme con abandonar este hogar familiar para ingresar en una
residencia y acogerse a la beneficencia médica?

IGNACIA. — De eso, nada. En mi vida me ha visto un médico. Y yo aquí estoy muy bien.

ELOÍSA. — ¡Deje de decir tonterías! Aquí sólo queremos su bien, bueno, y que podamos vivir...

IGNACIA. — (Cogiendo las manos a DELFINA.) No le haga caso. Quiere estar sola para traerse a don
Paquito a vivir amancebada bajo este techo, por eso quieren largarme con viento fresco.

PAQUITO. — No le haga caso: Para que lo sepa, tengo cama en la residencia de San Juan de Dios,
todas las noches cena, cama y ducha por la mañana. (Llaman a la puerta.)

ELOÍSA. — Si hace caso a la abuela está perdida. (Abre y entra MARGA.)

MARGA. — ¡Ya tengo curro, madre!

ELOÍSA. — Un año, y luego te apuntas al paro.

MARGA. — Acaban de poner en libertad al Picadillo, el que nos surte la mercancía.

ELOÍSA. — Si es blanqueo de dinero, que cuenten conmigo.


15
¡Anda mi madre!

MARGA. — (Recoge sus cosas y se pone ropa para salir.) Viene a buscarme en moto, ya mismo, y
nos largamos a Cambados, por Galicia. Me espera en la curva de la M-30. (Da un beso a IGNACIA.)
¡Por fin, abuela, voy a debutar en lo mío! ¡Quieren caras nuevas!

IGNACIA. — Aplícate, hija, a ver si pronto te vemos de narcotraficante.

MARGA. — En Galicia está el porvenir, si me quedo aquí, ruina.

ELOÍSA. — Aprende a tocar la gaita. ¡Tiene más futuro!

MARGA. — Ya veréis. Os voy a tener como reinas. Bueno, adiós a todos... Os mandaré una nécora.
¡Adiós a todos! (Mutis.)

IGNACIA. — ¡Triunfará de camello! Le van a quitar las papelinas de las manos.

ELOÍSA. — Ahora que Marga nos ha dejado, no podré ir al trabajo, dejando a la abuela aquí sola.
Bien... ¿Se la lleva ahora o se la mando esta tarde?

DELFINA. — Por el momento no va a ser fácil, lo siento.

ELOÍSA. — ¡Déjese de leches...! Está hecha una porquería. ¿No ve su estado?

DELFINA. — Perfecto; eufórico y optimista.

IGNACIA. — (Ríe.) ¡Toma del frasco!

ELOÍSA. — ¿Y las condiciones de vida...?

DELFINA. — Modestas, pero saludables.

ELOÍSA. — Pero... ¡si nos ahogamos..., si no tenemos sitio ni para dormir!

DELFINA. — En Japón, en un espacio como éste, vivirían seis familias.

ELOÍSA. — ¿Y las goteras...? ¿También en Japón cuando llueve ponen barreños...?

DELFINA. — Me gustaría que viera el estado de algunos que esperan una plaza, y sus condiciones de
vida. Esta casa está muy bien, con sus mantas tan decorativas. En este caso, la opinión de Ignacia ha
sido determinante. Si ella no quisiera vivir aquí, le hubiéramos dado plaza. Pero está encantada.
Sacarla de su entorno sería ir contra natura.

IGNACIA. — Me quedo... ¿Verdad usted?

ELOÍSA. — Sí, se queda, hasta que yo haga un recurso.

IGNACIA. — Dígale que no me amenace con la zapatilla.

DELFINA. — No entiendo.

IGNACIA. — Lo digo porque como saque yo la mía se va a enterar.

16
¡Anda mi madre!

DELFINA. — Firme aquí. (IGNACIA firma.)

ELOÍSA. — ¿Esto quiere decir que nos quedamos con la vieja?

DELFINA. — Claro. (Le da el papel a ELOÍSA.) Usted también. (ELOÍSA firma.)

ELOÍSA. — ¡No hay derecho!

DELFINA. — Infórmese de los plazos que marca la ley y recurra.

(Se escucha la alarma de un coche lejano.)

¡Ahí va! ¡Mi coche! Seguro que le están robando la radio.

ELOÍSA. — Mejor. ¿Y para qué quiere usted el loro? Bueno, la radio...

DELFINA. — ¿Y si me están robando el coche...?

ELOÍSA. — ¡Una suerte inmensa! ¡Se acabaron los atascos y el aparcar y la gasolina! ¡A casa andando!
¡Enhorabuena!

DELFINA. — Y lo malo es que no lo tengo asegurado.

ELOÍSA. — ¡Mucha más suerte! ¡Nada tan horrible como el diálogo con una aseguradora! ¡Nada, que
hoy es su día, hija...! Todo le sale bien.

(DELFINA sale de la casa apresuradamente, olvidándosele algunos papeles.)

IGNACIA. — ¡Anda, fastídiate...! ¡Que me quedo...!

ELOÍSA. — ¡Qué bien huele este caldito! ¡Lo que darían los ricos por comer una cosa así! ¿Una tabla
para dormir? ¡Buenísimo para la circulación! ¡No te jode! ¡Si es para poner una bomba...! ¡Qué país!
La próxima vez, votamos a Ruiz Mateos. ¡Bueno!, pues para que usted lo sepa; don Paquito se viene
a vivir aquí cuando a él le salga de donde le tiene que salir. Y usted se jode porque en esta casa mando
yo. ¡Fuera de mi vista...! ¡No la aguanto! ¡Vamos, largo, a su cuarto!

IGNACIA. — Sí, pero me quedo, jódete! (Se mete en su cuarto.)

PAQUITO. — (Se sienta.) Eloísa, todas no iban a ser malas noticias, tengo una de morir.

ELOÍSA. — No estoy para bromas, Paquito. (Bebe cabreada.) ¡Esta tía...!

PAQUITO. — El asunto de tu accidente, lo he llevado por la vía contenciosa-administrativa y lo


ganamos seguro.

ELOÍSA. — ¿Qué ganamos el que...?

PAQUITO. — Hay un decreto, no sé si del Ayuntamiento, de la Comunidad...

ELOÍSA. — Corta, Paquito.

17
¡Anda mi madre!

PAQUITO. — Que indemnizan a los de este barrio que hubieran o hubiesen tenido un accidente en la
M-30. No sé si me explico.

ELOÍSA. — ¡Quieto, Paquito! Esas manos...

PAQUITO. — Esta zona, la han declarado zona de peligrosidad vial.

ELOÍSA. — Eso es por la delincuencia.

PAQUITO. — Eloísa. Por haber sido en la M-30 y tú ser residente de este barrio, te van a dar una pasta
gansa.

ELOÍSA. — (Bebe.) Desde luego, no harían nada de más, porque esta zona tiene un peligro...

PAQUITO. — (Hace una seña a ELOÍSA para que vaya a su lado lejos del cuarto de IGNACIA, ella va
en silencio a su lado.) El problema de la vieja, oye, es mío también.

ELOÍSA. — Puedes hablar lo que sea, no nos oye.

(Se sientan los dos.)

PAQUITO. — Si a ti te van a dar una pasta gansa por un brazo y una pierna, (Mira hacia el dormitorio
de IGNACIA.) ¿qué nos darían por la vieja completa…? (Pausa, ella le mira.)

ELOÍSA. — ¡Ya entiendo! ¡Que buena idea Paquito! Estamos solos, la niña se ha ido a estudiar a la
universidad de Cambados, no hay testigos. La vieja es vecina de aquí, y por culpa de poner la carretera
tan cerca, la mujer cruzó, con tan mala suerte que un camión... ¡Zas!'

PAQUITO. — Sólo hay que llevarla a la M-30 y hacerla que pase.

ELOÍSA. — ¡Tirao! Tú, te pones en un lado de la carretera y la obligamos a que cruce cuando venga
un camión. Los que vienen de Valencia suelen venir medio dormidos. ¡Paquito, eres un monstruo...!
¡Por algo me tienes sin vista...! ¡Ladrón! (Suena el timbre de la puerta. PAQUITO se levanta al oír el
timbre.) Tranquilo, no pasa nada. (Abre la puerta y entra DELFINA.) ¿Usted, otra vez? ¿Qué pasa, ha
habido cambio de ministro...?

DELFINA. — Perdone, me falla parte del informe..., ahí está... (Lo coge.) ¿Sabe?, me han robado el
coche.

ELOÍSA. — Cuidado, apropiación indebida. Y ahora, la vuelta andando; es buenísimo para los
pulmones.

DELFINA. — Muchas gracias.

IGNACIA. — (Saliendo de su cuarto.) ¡Espere! ¡Me voy con usted...! ¡No diga nada, pero no quiero
estar en esta casa! ¡Son unos monstruos...!

DELFINA. — ¿Qué pasa...? No entiendo...

IGNACIA. — Le cuento lo que esta pareja de asesinos planea en la M-30 y se le pone el pelo blanco.
Creían que no les oía.
18
¡Anda mi madre!

ELOÍSA. — Paquito, que se nos escapa. (Pausa.)

DELFINA. — Está bien. Estudiaré de nuevo el caso. Puede acompañarme, señora.

IGNACIA. — ¡Dios se lo pague! (Se vuelve.)

ELOÍSA. — Déjela, yo me sacrifico y la tengo unos días, mientras usted arregla los papeles...

DELFINA. — Pase mañana por la residencia y la tendré informada. Que cambio más curioso..., en
fin..., buenos días...

IGNACIA. — Esto lo sabrá mañana Encarna Sánchez.

PAQUITO. — (Riéndose.) ¿Qué te ha parecido...?

ELOÍSA. — Que me gustaba más lo del camión, la verdad.

PAQUITO. — Sabía que la vieja se creería esta historia inventada por mí. ¿Vale o no vale tu Paquito...?
(Ríe mucho.)

ELOÍSA. — ¡Cómo! ¿Pero era inventada...?

PAQUITO. — (Ríe.) Y la pobre... se la ha creído sin rechistar...

ELOÍSA. — ¿De manera que se trataba de una mentira para asustar a la abuela...?

PAQUITO. — ¡Anda, claro! (Se levanta.) ¿Qué habías pensado, que íbamos a asesinarla?

ELOÍSA. — Paquito, me has defraudado. Ahora resulta que eres un malvado light.

PAQUITO. — ¡Light! ¿Eso qué es?

ELOÍSA. — Un malvado bajo en canalladas. Y a mí eso no me va.

PAQUITO. — Lo siento, el sexo me ha humanizado.

ELOÍSA. — ¡Ya te llamaré! ¡Fuera de mí vista! ¡El sexo le ha humanizado! ¡Qué gentuza! Al fin, sola.

(Se dispone a comer y canta.)

“¡No me gusta que a los loros le pongas la minifalda...!”

Rápidamente cae el telón.

19
¡Anda mi madre!

Acto Segundo
HISTORIA DE LA CLASE MEDIA

Personajes (Por orden de aparición.)

Nazaria Mujer fría, muy segura y está siempre convencida de que


tiene razón. Usa lentillas; sin ellas apenas ve.
Maruja Mujer inculta de pueblo. Analfabeta. Padece una
pérdida absoluta de memoria, lo que la hace
profundamente distraída, cambiando todo de sitio.
Álvaro Marido de Maruja e hijo de Nazaria. Hortera puro, con
corbata de lazo y pañuelo en la chaqueta haciendo juego
con los calcetines.
Víctor Empresario recto y del Opus. Todo de oscuro.

Sofía Mujer de Víctor. Lo mismo que su marido, pero está muy


buena.
Diana Guapa y simpática, con estupendas piernas y sonora
risa.
Félix Taciturno, con gafas y aspecto de ejecutivo de poca
monta.

20
¡Anda mi madre!

Decorado

Se trata de la cocina del piso cuarto de un piso del barrio de Móstoles, en Madrid. Las paredes son
blancas y los muebles como puestos por El Corte Inglés. Los muebles que no pasan la altura de un
metro, tapan la nevera, el horno, la placa del fuego y los distintos cajones donde están los platos, los
vasos, etc.

Hay un armarito donde se guardan los útiles de limpieza. En ese armario tiene que caber una
persona. Habrá también un recipiente para echar la basura. El único mobiliario será una mesa de
fórmica y dos sillas. Una puerta de entrada, que comunica con el comedor y parte de las habitaciones
del resto de la casa. A eso de las diez de la noche, casi verano.

Comienza

(Al levantarse el telón en escena, MARUJA y NAZARIA. MARUJA condimenta espaguetis y NAZARIA
prepara en la mesa una fuente de emparedados.

MARUJA, encima del vestido, se ha puesto un delantal divertido, de cocinar, y unos guantes de tela
también divertidos. En la cabeza lleva unos rulos. NAZARIA viste más bien de negro.)

MARUJA. — ¡Ay, mamá, por favor... Quieta ahí con los canapés! ¡Cómo te voy a dejar cocinar! Las
judías con chorizo ha habido que tirarlas, y la paella te empeñaste en hacerla tú, y no se puede
confundir la sal con el insecticida.

NAZARIA. — Equivocarse es de humanos.

MARUJA. — Sí no cae la mosca envenenada al probar el arroz. Esta noche morimos todos.

NAZARIA. — Todos no, porque a mí no me gusta el arroz.

MARUJA. — ¿Dónde has puesto el queso rayado?

NAZARIA. — Espera. Voy a ver si está dentro de la lavadora.

MARUJA. — ¡No...! Tú no te mueves de ahí. Son cerca de las diez y están a punto de llegar los
invitados. Si no aparece el queso, le echamos pan rayado.

NAZARIA. — El pan rallado se lo di a un pobre esta mañana, y se lo fumó. Claro, que a lo mejor no
era pan rallado.

MARUJA. — Mamá, me pones enferma. No hagas nada y vete a tu cuarto.

NAZARIA. — ¡No! lo único que quiero es ser útil, y esta cena es mi oportunidad.

MARUJA. — Tienes que levantarte mañana a las siete. Esa es la hora que tu hijo y yo nos vamos a
trabajar, y en casa no te podemos dejar.

NAZARIA. — Lo malo es cuando llega el verano.

21
¡Anda mi madre!

MARUJA. — ¡Y qué quieres! Estamos todo el día trabajando, y bien merecemos unas vacaciones sin
ti. Tampoco tu hijo y yo tenemos la culpa de vivir en Móstoles y tardar dos horas en llegar al trabajo.

NAZARIA. — Pero algún puente me podíais llevar.

MARUJA. — ¿A Marbella? Ten en cuenta que en Marbella está Gumilla Von Bismark.

NAZARIA. — Tampoco me va a comer, digo yo.

MARUJA. — ¡Ay, mamá! No entiendes nada. Tu hijo y yo nos hemos matado trabajando toda la vida
para entrar en la “jet”. Por eso compramos el apartamento, para un día conocer a Gumilla, y como
comprenderás, mamá, no vamos a presentarte a ti a la “jet”.

NAZARIA. — Pues, cuando tenías el apartamento en Benidorm, me llevasteis una Semana Santa. Lo
recuerdo muy bien, porque me pasé la semana fregando y limpiando.

MARUJA. — De eso hace ya muchos años. Cuando Álvaro y yo no habíamos escalado socialmente
nuestros puestos cerca de la beautiful people.

(Entra ÁLVARO vestido elegantemente con lazo de pajarita y traje hortera. Lleva un paquete con
botellas.)

MARUJA. — ¡Las bebidas...! ¿Cómo va eso, Maruja? Están a punto de llegar.

MARUJA. — Tu madre tiró las judías con chorizo a la basura, y estoy haciendo macarrones.

ÁLVARO. — Muy bien. El segundo plato lo traen los Parrando.

MARUJA. — Dile a tu madre que se vaya a la cama.

ÁLVARO. — Cuando salude a D. Félix.

NAZARIA. — ¿Quién es D. Félix!

ÁLVARO. — EI director de la Caja donde tú recibes la pensión de la Seguridad Social.

NAZARIA. — ¡Ah, muy bien! Pero a los que quiero conocer es a los Parrando; son vuestros jefes y los
debo agasajar.

MARUJA. — ¡Y dale! Es que no te enteras, mamá. Estamos a punto de que nos echen a la calle. En la
academia dicen que estamos mayores. Piensan renovar el profesorado con gente joven.

ÁLVARO. — Y eso que no saben lo de tus lentillas, Maruja; sin ellas no ves nada. (Va colocando las
botellas en una bandeja.)

MARUJA. — Ni tu lesión de columna.

NAZARIA. — No importa. Con todos esos defectillos, habéis sido profesores de auto-escuela
ejemplares. ¡Los mejores!

ÁLVARO. — ”Auto-escuela Parrondo”. Nosotros la fundamos hace veinticinco años.


22
¡Anda mi madre!

MARUJA. — Ahí conocí a tu hijo. Y nos hicimos novios en los coches de choque de la verbena,
practicando.

ÁLVARO. — Teníamos vocación.

MARUJA. — Un sabio, como educando.

ÁLVARO. — Tampoco tú eres manca, cariño.

MARUJA. — Pero tú eres único. Te has especializado en aprobar a inválidos. Sin manos y sin piernas,
incluso sin tronco. Han sacado el carnet a la primera. (Que no para de trabajar en la comida y en la
limpieza.)

ÁLVARO. — Y eso es lo que vamos a recordar en esta cena. A nosotros no nos pueden poner en la
calle, por el paso del tiempo.

NAZARIA. — ¿Cómo...? ¿Es que va a haber una cena...? ¿Dónde...?

MARUJA. — ¡Por Dios, mamá...! ¡Vienen los Parrondo...!

ÁLVARO. — Y el director de la Caja con su mujer. Me he inventado que era el cumpleaños de Maruja,
y con el ambiente relajado propio de la buena mesa, los licores, etc., sacaremos el tema y dejaremos
las cosas en su sitio.

MARUJA. — Lo que quiere decir tu hijo es que esta cena no puede fallar.

NAZARIA. — ¿Y dónde se va a cenar...?

MARUJA. — En el comedor. Con la mantelería de hilo de la abuela. Y la vajilla se la he pedido


prestada a mi primo, el notario. ¡Hielo...! Saca tú el hielo, Álvaro. (Lo hace.)

NAZARIA. — Maruja me ha dicho que os vais el sábado a las Fallas.

MARUJA. — Sí. ¿Qué pasa?

NAZARIA. — A mí me gustaría ver el mar.

MARUJA. — ¡Qué cosas se te ocurren! Ni tu hijo ni yo somos asesinos. ¿Sabes el número de


accidentes que va a haber este año por Fallas...?

ÁLVARO. — Setecientos perderán la vida.

MARUJA. — Y por el estado de las carreteras, veinte mil..., muerto más o menos. Multiplica las veces
que salimos a la carretera por el número de horas, y luego saca la media por los ocupantes de un
vehículo, y a tu hijo y a mí nos toca para noviembre.

ÁLVARO. — Con suerte.

NAZARIA. — Visto así, salir de Móstoles es suicida.

ÁLVARO. — Maruja, cuéntale a mamá cómo van este mes las esquelas en ABC.
23
¡Anda mi madre!

MARUJA. — Se va a publicar un suplemento en color en ABC. Álvaro, échame una mano, enciende
el horno. (ÁLVARO deja la bandeja con los vasos y ayuda a maruja.)

NAZARIA. — Sólo hay seis y vamos a ser siete. Mamá, te has cargado la vajilla esta mañana.

MARUJA. — No pinta nada tu madre aquí, en la cocina, una noche como ésta.

ÁLVARO. — Viene D. Félix, el director de la Caja, y está empeñado en conocerla. Ten en cuenta que
no la ha visto nunca. Además, tiene el capricho de darle este mes su pensión en propia mano.

MARUJA. — Justamente las letras del apartamento de Marbella.

ÁLVARO. — Por eso mamá nos tiene que durar aún diez años más.

MARUJA. — Tengo miedo por los Parrando. Son tan raros, tan graves, tan formales... No te olvides,
antes de empezar con la cena, bendecir la mesa. Ya sabes cómo son esta gente del Opus. Y no hagas
ningún esfuerzo físico. Lo digo por tu columna.

ÁLVARO. — Deja de preocuparte; todo saldrá bien. Cuidado con tus lentillas.

MARUJA. — Por eso tu madre no puede estar aquí. (Marca un número de teléfono.)

ÁLVARO. — ¿A quién vas a llamar...?

MARUJA. — A Maripí, la vecina del segundo... (Al teléfono.) ¿Maripí...? ¿Cómo estás, amor...? Sí,
Maruja, no nos vemos nunca; claro, somos tantos vecinos... Óyeme, mona, ¿sigues teniendo a tu padre
con el baile de San Vito...? Eso es... Una mezcla de baile de San Vito con la lambada... Es que mamá
podía cuidar de vuestro padre esta noche, y así aprovechabais y... ¡Ah, ya!... Claro... Bueno, pues
nada... A ver si una mañana coincidimos en el ascensor. Adiós..., adiós. (Cuelga.) Se llevan al viejo
al mar.

ÁLVARO. — A ahogarlo, supongo.

MARUJA. — A Ampurias de Girona. Lo llevan a un concurso de sardanas.

(Se escucha un gran estrépito; NAZARIA se ha cargado los vasos.)

ÁLVARO. — ¡Mamá...! Pero..., ¿cómo se nos ha ocurrido dejarla que sacara los vasos...? Tienes razón;
esta mujer no puede estar aquí. (Va a salir.)

(Cuando entra NAZARIA con la bandeja sin vasos.)

NAZARIA. — ¡No os podéis figurar lo que ha sucedido!

MARUJA. — Seguro que no.

NAZARIA. — Cuando llegué al comedor, me preguntaba qué hacía yo con la bandeja, llena de vasos,
y de pronto..., ¡zas!..., al suelo.

ÁLVARO. — (Recoge el cogedor y una escobilla.) Rotos, ¿verdad, mamá?

24
¡Anda mi madre!

NAZARIA. — Sí hijo; los seis.

MARUJA. — ¡Anda, date prisa...! ¡Están a punto de llegar...!

NAZARIA. — Déjame a mí; yo recojo los cristales.

ÁLVARO. — ¡Mamá, quieta...! ¡No te muevas de la cocina! ¿De acuerdo? (Sale.)

NAZARIA. — Óyeme... ¿Quién es ese señor...?

MARUJA. — Tu hijo Álvaro.

NAZARIA. — ¿No estaba haciendo el servicio militar en Larache?

MARUJA. — Ya ha vuelto; eso fue hace treinta años. Ahora está recogiendo lo que tú has roto.

(Se escucha un grito terrible de dolor de ÁLVARO.)

MARUJA. — ¡Ya le ha dado...! (Busca los útiles de una inyección.)

ÁLVARO. — (Off.) ¡Maruja...! ¡La espalda...!

MARUJA. — Voy ahora mismo con la inyección, cariño.

NAZARIA. — ¿Qué pasa...?

MARUJA. — La columna de tu hijo, lo de siempre. Y a punto de llegar los Parrondo... (Va a salir con
la inyección cuando entra ÁLVARO doblado.)

ÁLVARO. — ¡Aaaaaayyy! ¡No me puedo mover...! ¡Ay que dolor!

NAZARIA. — Eso no es nada.

MARUJA. — Apóyate en la mesa. (ÁLVARO lo hace.)

NAZARIA. — Tienes una cara buenísima.

MARUJA. — Pon el culo al aire.

ÁLVARO. — Ha sido al agacharme al recoger los cristales. ¡Ay, qué dolor!

MARUJA. — Con la inyección se te pasa. No te pongas nervioso.

ÁLVARO. — Lo malo no es mi espalda, sino que los Parrondo van a encontrar el suelo lleno de
cristales.

NAZARIA. — Tranquilo, hijo. Yo los recojo. (Sale NAZARIA después de haber cogido la aspiradora.)

MARUJA. — No, mamá. Tú no hagas nada. (Le pone la inyección.) Así, muy bien. Tu madre me da
miedo; está recogiendo los cristales y puede ocurrir cualquier cosa. (Recoge la inyección.) ¡Qué!
Mucho mejor, ¿verdad? Trata de ponerte derecho.
25
¡Anda mi madre!

ÁLVARO. — No puedo... nada. (Lo intenta, pero sigue doblado.)

MARUJA. — Es imposible que te duela.

ÁLVARO. — ¡Ayyyy...! Me mareo. No me puedo poner tieso.

MARUJA. — No seas quejica. (Suena el timbre de la puerta.) ¡Ya están ahí...! ¡Vamos, Álvaro, por tu
padre...! ¡Arriba...! No te pueden ver así. ¡Vamos!

ÁLVARO. — No puede ser... No me puedo mover... Estoy agarrotado. (Forcejean los dos.)

MARUJA. — Un esfuerzo... (Tira de él.) Un poco más... ¡Animo! Que nos ponen en la calle, Álvaro.

ÁLVARO. — ¡Ayyyy...! ¡No seas bestia...!

MARUJA. — Entonces..., ¿qué hacemos?

ÁLVARO. — No abrir. No estamos en casa.

MARUJA. — ¿Y la cena?

ÁLVARO. — No hay cena. ¿No ves cómo sudo? Estoy como acartonado. Nunca me había pasado.
Inventaremos una excusa... Nos equivocamos de fecha...

MARUJA. — Tienes razón. No te pueden ver en este estado. ¡La última vez! (Tira de él hacia arriba.)

ÁLVARO. — ¡Aaaaayyyyy! ¡Imposible... Déjame... No puedo...! (Entra NAZARIA.)

NAZARIA. — Acaban de llegar un hombre y una mujer. Dicen que son el matrimonio Parrondo. Yo
los he mandado a recoger cristales. Tienen pinta de criados.

MARUJA. — ¡Dios mío! ¿Por qué has abierto la puerta...? ¿Has oído, Álvaro?

ÁLVARO. — Claro que he oído... Esto es la ruina.

NAZARIA. — Voy a echarles una mano. Tienen voluntad, pero son muy torpes. (Hace mutis después
de haber cogido una escoba y un recogedor.)

MARUJA. — ¡No!... Tú no salgas, Nazaria... ¡Vamos, Álvaro, tienes que hacer un último esfuerzo!

ÁLVARO. — Imposible. Sal tú y dales conversación. (Ella le ayuda a apoyarse en la nevera.)

MARUJA. — Sí... Mejor... Mejor...

MARUJA. — Así estarás más fresquito. (Va a salir MARUJA.)

ÁLVARO. — ¡Pero no se te ocurra salir así...! ¡Los rulos, Maruja...!

MARUJA. — Es verdad. (Se los quita.) No me había dado cuenta. (Entra VÍCTOR.)

VÍCTOR. — (Con un gran paquete de mantequería. Va todo de negro.) Buenas noches.


26
¡Anda mi madre!

MARUJA. — Señor Parrondo... ¡Qué sorpresa!... ¡Mira, Álvaro, quién ha llegado!

VÍCTOR. — La criada nos ha dicho que pasáramos aquí.

ÁLVARO. — (Sin moverse.) ¡Qué alegría...!

VÍCTOR. — ¿Le ocurre algo, Gutiérrez?

MARUJA. — Nada, que está buscando el queso rallado. Tenemos macarrones de cena... ¿Qué le
parece?

VÍCTOR. — Mal. Detesto la pasta. Como estamos de luto les hemos traído chipirones en su tinta, de
segundo plato.

MARUJA. — ¡Ay! Es verdad. Le acompaño en el sentimiento.

VÍCTOR. — Tenga, Maruja; no hay más que calentarlos. (Le da el paquete.) Lo que sí me tomaría es
un whisky.

MARUJA. — ¡Muy buena idea! Disculpe que me haya encontrado de esta forma, pero llevo metida en
la cocina desde las cuatro. ¡Álvaro, saca el hielo para D. Víctor!

VÍCTOR. — ¿Desde las cuatro para unos macarrones?

MARUJA. — Bueno. Es que mientras rezamos el rosario y un Vía Crucis...

VÍCTOR. — Eso está muy bien.

MARUJA. — Pero... Por favor, pase al salón y le llevaré el whisky.

VÍCTOR. — Es que mi mujer no sabe que bebo. ¡Qué! ¿No encuentra el hielo?

ÁLVARO. — Ni el hielo ni el queso rayado.

(Se escucha un grito. Es de SOFÍA, la mujer de VÍCTOR.)

SOFÍA. — (Off.) ¡Aaaaahhhhh!... ¡Víctor!... ¡Corre, ven!... ¡Víctor!...

ÁLVARO. — Es su señora, D. Víctor.

MARUJA. — Le está llamando; algo la pasa... Eso es que no puede vivir sin usted.

VÍCTOR. — ¡Qué raro! Nunca me había llamado con tanto ardor. (Inicia el mutis.)

MARUJA. — ¡Anda, vaya con ella! No pueden negar que son una pareja unida. (Mutis.) ¿Cómo va
eso, Álvaro?

ÁLVARO. — Igual...

MARUJA. — Es imposible que te duela.

27
¡Anda mi madre!

ÁLVARO. — ¿Se habrá dado cuenta?

MARUJA. — El problema es que quiere whisky. Y no se lo vamos a dar a cucharadas. Álvaro, tienes,
que ir a por vasos.

ÁLVARO. — ¿Dónde? Todo está cerrado.

MARUJA. — Vital, el vecino. Dile que te deje por lo menos media docena. (Empuja a ÁLVARO, que
sigue estando doblado.) Sal sin que te vean, arrástrate y cuando veas al vecino procura ponerte
derecho; ya sabes cómo es el perro de Vital. No le ladres ni le hagas tonterías. (Doblado ÁLVARO,
sale de la cocina. ÁLVARO mutis doblado. MARUJA mete en el horno los chipirones después de
quitarles el papel.) ¡Los chipirones! Lleva de luto diez años, y claro, encuentra a los macarrones
alegres. (Entra NAZARIA con la aspiradora, el cubo, la escoba, etc.)

NAZARIA. — ¡Vaya una asistenta más torpe! Y como no mira donde pone la cabeza...

MARUJA. — ¿Por qué gritaba esa mujer?

NAZARIA. — Nada, que yo iba tal que a dar la vuelta así, cuando la mujer va y me pone la cabeza.
¡Que no veas el tamaño de la cabeza...!

MARUJA. — ¿Y qué ha pasado?

NAZARIA. — Que hay gente muy torpe y no se fija. (Entra SOFÍA con el pañuelo de VÍCTOR tapándose
la frente. Tiene un gran chichón. Con ella va VÍCTOR atendiéndola.)

SOFÍA. — ¡Qué barbaridad! ¡Qué golpe...!

VÍCTOR. — Y que tú eres muy propensa a los chichones, Sofía.

MARUJA. — Pase, pase, está usted en su cocina.

VÍCTOR. — Un accidente. Sofía ha sufrido un accidente, al lado del televisor.

MARUJA. — Si hubiera sido en carretera, la haríamos el boca a boca. Déjeme ver; eso no es nada.
Contra los chichones, no hay nada como una moneda y un pañuelo en la frente; claro, que las monedas
de ahora no quitan ni un padrastro.

VÍCTOR. — No es mala idea. Un remedio antiguo, pero eficaz. (Saca una moneda.)

NAZARIA. — ¡Pobre mujer! ¿Tú sabes lo que le ha pasado? Siéntese.

MARUJA. — (Coloca la moneda y el pañuelo.) ¡Mamá! ¡Esto es mano de santo!

SOFÍA. — No es para tanto. Ya me encuentro mucho mejor.

MARUJA. — Fue un palo, ¿verdad?

SOFÍA. — Fue una cosa contundente, que me vino así. Lo que sí me tomaría es un vaso de agua.

28
¡Anda mi madre!

MARUJA. — ¿Un vaso de agua...? ¿No le daría lo mismo un tazón de agua? Los tenemos muy finos,
blancos, de loza...

NAZARIA. — (Le da un botijo.) Tenga. Verá qué cosa más fresquita.

SOFÍA. — ¡Mira, Víctor, un botijo!... Hacía tanto tiempo... La verdad es que ya se me ha olvidado.
(NAZARIA coge el botijo.)

MARUJA. — Mejor que el tazón; dónde va a parar.

NAZARIA. — Traiga, yo la ayudo. (SOFÍA se sienta.) Y cierre los ojos. Abra la boca. (Le echa toda el
agua encima.)

SOFÍA. — ¡Aaaahhhh! ¡Qué fría!

MARUJA. — ¡Nazaria!... ¡No te fijas!...

NAZARIA. — ¿A que era por el pitorro?

SOFÍA. — ¡Mí vestido! ¡Me he puesto perdida...! Mira, Víctor.

VÍCTOR. — (Que no cesa de buscar el vaso para el whisky.) No es para tanto. Se seca enseguida.

MARUJA. — ¡Cuánto lo siento! Quítese el vestido. En cuanto se seque se lo plancho. (SOFÍA se quita
el vestido.)

SOFÍA. — Desde que he llegado a esta casa, me están ocurriendo cosas terribles.

VÍCTOR. — Me gustaría tomar un whisky como aperitivo.

MARUJA. — Claro que sí. Muy buena idea.

VÍCTOR. — Es una vieja manía. Solo uno, antes de la cena.

SOFÍA. — Sabes que no puedes tomar whisky. Te sienta fatal.

MARUJA. — ¡Claro que sí...!

VÍCTOR. — Pero..., ¿cómo?

MARUJA. — A morro, de la botella. Es lo último en Marbella. La “jet” se mete un trozo de hielo en


la boca y un trago de whisky.

VÍCTOR. — Eso es la “jet”. Víctor Parrondo lo toma en vaso. Si me hace el favor...

MARUJA. — ¿Y en tazón...?

VÍCTOR. — No; qué manía con el tazón. Un vaso. No me acostumbro de otra manera.

MARUJA. — Es que los vasos... están en la repisa de arriba, y no llegamos...

29
¡Anda mi madre!

VÍCTOR. — ¿Ahí arriba? Qué sitio tan absurdo para poner los vasos. (Coge una escalera y se sube
encima. NAZARIA se acerca a la escalera y la mueve.)

MARUJA. — Nazaria, no insista con la escalera, que no tenemos confianza con Don Víctor.

NAZARIA. — No se preocupe; súbase en la escalera, que yo le ayudo.

VÍCTOR. — No está mal de cuando en cuando hacer un poco de ejercicio. (VÍCTOR lo hace y se cae
para atrás.)

NAZARIA. — Mire usted, señora, que bien conduce. ¡Cuidado! ¡Vaya por Dios...! ¡Qué golpe se ha
dado...!

VÍCTOR. — No es nada, nada.

SOFÍA. — ¿Qué haces, Víctor? Siempre te estás cayendo de las escaleras.

MARUJA. — ¿Le pasa algo, Don Víctor?... ¡No se toque...! No se toque...

VÍCTOR. — ¡Mi rodilla! ¡Ay..., ay!

MARUJA. — (Se sienta VÍCTOR.) Voy a darle una friega de árnica, alcohol y tintura de yodo.

SOFÍA. — La rodilla mala, ¿verdad? Víctor padece de la rodilla. Cuando va a haber tormenta, le dan
calambres.

VÍCTOR. — La del embrague, Sofía. (MARUJA ha cogido el botiquín.)

MARUJA. — No pasa nada. No se preocupe. Mejor le pongo un poco de Réflex; es lo que le dan a los
jugadores de fútbol. Vamos a ver esa rodilla, Don Víctor.

VÍCTOR. — No es fácil subirme el pantalón, y no me lo pienso quitar.

NAZARIA. — Ni falta que hace. (Con unas tijeras grandes que ha cogido corta el pantalón de VÍCTOR
a la altura del muslo.) Así está muy bien. ¡No se mueva...!

VÍCTOR. — ¿Qué hace esta mujer...? ¿Está usted loca...?

MARUJA. — Así está muy bien. Dentro de un momento no sentirá dolor. (Le cura.)

VÍCTOR. — Es el traje de los primeros viernes de mes... Lo estrené en la procesión del Corpus.

SOFÍA. — Y mi vestido es de lino, legítimo de Harmani.

MARUJA. — (Le echa el spray.) ¿Qué tal?... ¿A que ya no duele? Intente ponerse en pie... (VÍCTOR lo
hace y se viene abajo.)

VÍCTOR. — ¡Ay, mi rodilla!

NAZARIA. — ¡Exagerado!

30
¡Anda mi madre!

VÍCTOR. — ¡Yo a usted la mato...! (Va hacia ella; pero no puede.)

(Entra ÁLVARO con los vasos, totalmente doblado.)

ÁLVARO. — ¡Los vasos...!

SOFÍA. — (Grita.) ¡Un hombre, Víctor!... ¡Mírale!

MARUJA. — No es un hombre; es mi marido.

VÍCTOR. — ¡Álvaro!... ¡No se le ocurra levantar la vista del suelo mientras mi mujer esté desnuda.
¿Me oye?

ÁLVARO. — Sí, señor. Yo en esta posición, siempre. ¿Un whisky, Don Víctor?

MARUJA. — (Le coge los vasos.) Deja, yo serviré. Tú, Álvaro, tráeme la tabla de planchar, que está
en el cuarto de Nazaria.

ÁLVARO. — Ahora mismo. (Sale de la cocina.)

NAZARIA. — (Le pone un taburete en la pierna a VÍCTOR.) Ponga la pierna aquí... Traiga, así... (Le
tira de la pierna y le hace daño en la rodilla.)

VÍCTOR. — ¡Ay!... ¿Qué hace? ¡Bruja!...

MARUJA. — (Dándole un whisky.) Tenga, señor Parrando, su whisky.

SOFÍA. — Ella fue la que me dio con el palo.

VÍCTOR. — Esa mujer, que esté lejos de mí. (Bebe.)

NAZARIA. — Todo el mundo la ha tomado conmigo esta noche.

VÍCTOR. — Bien. Antes de la cena quiero comunicarles mi propósito. Voy a hacer cambios en la
Auto-Escuela, y quiero que sean ustedes los primeros en saberlo.

MARUJA. — ¡Bravo!... ¡Y no ha podido elegir mejor día que el de mi cumpleaños! Pero primero la
cena, el buen vino, el champán, y después, en la sobremesa...

VÍCTOR. — Yo así no puedo cenar.

MARUJA. — Voy a traerle un pantalón de Álvaro. Y usted, Sofía, acompáñeme; se va a poner un


vestido mío, no tan elegante como el suyo, pero...

SOFÍA. — No, gracias; prefiero esperar el mío.

VÍCTOR. — ¡Sofía!... ¡Así no puedes estar! Acompaña a la señora y elige uno discreto.

MARUJA. — Venga por aquí. (La cede el paso mientras abre la puerta. Cuando va a salir, entra
ÁLVARO con la tabla de planchar. Como no ve, le da en la cara a SOFÍA.)

31
¡Anda mi madre!

SOFÍA. — Si le advierto que estoy como en mi casa. (Grito.) ¡Ay, mi cabeza!... (Cae en los brazos de
maruja.)

MARUJA. — ¡Álvaro!... ¿Es que no miras...?

ÁLVARO. — Claro que no.

MARUJA. — Pero..., ¿dónde tienes los ojos?

VÍCTOR. — No le regañe; yo le prohibí mirar a Sofía. Bien hecho, Álvaro.

NAZARIA. — (Va con otro pañuelo.) ¡Esto se arregla con otro pañuelo!

MARUJA. — (Poniéndole otro trapo.) Nada, no es nada.

SOFÍA. — ¡Qué golpe!... Otro chichón, ¿verdad?

MARUJA. — Haciendo juego con el anterior, sí señora. ¿Quiere echarse un rato en mi cama?

SOFÍA. — No sé..., me encuentro muy mal... y algo mareada. (La sientan.)

MARUJA. — Nazaria, una aspirina. (Llena un vaso con agua.)

SOFÍA. — Víctor... ¿Por qué no nos vamos a casa? (VÍCTOR se está poniendo alegre.)

VÍCTOR. — Cuando me tome otro whisky... ¡Álvaro, sírveme otro pelotazo!

ÁLVARO. — Sí, señor. (Le sirve.) ¿Le gusta?

VÍCTOR. — Está riquísimo. Venga, le levanto el castigo. Puede mirar donde quiera, hombre. Póngase
derecho. Vamos a hacer una tanda de ejercicios... (Se levanta y se apoya en ÁLVARO.) Un, dos..., un,
dos... ¿Qué tal?

ÁLVARO. — Yo, fatal... Me he acostumbrado a mirar al suelo... y...

VÍCTOR. — Yo, mucho mejor... (Siguen los ejercicios. Mientras, maruja ha dado una aspirina
efervescente a SOFÍA, que se la toma.)

SOFÍA. — ¡Aaahhh...! ¿Qué es esto?

MARUJA. — Una aspirina efervescente.

SOFÍA. — ¿Qué me ha dado? ¡Qué asco!

NAZARIA. — Se me olvidó decirte, Maruja, que cambié de caja, y lo que le has dado es una pastilla
para limpiar la dentadura...

SOFÍA. — (Echa la pastilla en el lavadero.) ¡Agua...! ¡Agua...!

MARUJA. — ¡Quítate de mi vista...! (Le echa agua.) Tenga, doña Sofía...

32
¡Anda mi madre!

NAZARIA. — Bueno, tampoco es para tanto.

MARUJA. — (Quitándose los guantes.) Bueno, la cena ya está... Bueno, ¿qué les parece si pasamos
al comedor y vamos tomando los aperitivos mientras viene el resto de los invitados...?

NAZARIA. — Yo serviré la cena. (Coge la fuente.)

MARUJA. — ¡No!... ¡Tú no tocas nada más esta noche...! ¿Va ese sabor mejor, señora?

SOFÍA. — ¡Qué asco! ¡Un whisky!... (Le sirve.) Es lo mejor, y además anima horrores. (SOFÍA bebe,
VÍCTOR y ÁLVARO siguen con los ejercicios.)

VÍCTOR. — ¡Vamos..., arriba...! (Tira de él hacia arriba. ÁLVARO se apoya en VÍCTOR y le rompe la
chaqueta por la solapa.) ¡Así, fuerte!

ÁLVARO. — ¡Aaaayyyy! (Le hace mucho daño.)

VÍCTOR. — ¡Oiga!... ¡Mire cómo me ha dejado la chaqueta...!

MARUJA. — (Llena el vaso a VÍCTOR.) Vamos, otra copita... ¡La noche es joven!

VÍCTOR. — Va a tener que prestarme un traje de su marido.

MARUJA. — Naturalmente; los tiene divinos.

SOFÍA. — ¡Vámonos de esta casa, Víctor! ¡Van por nosotros! ¡No pararán hasta destruirnos!

MARUJA. — Usted, venga conmigo. Tengo un vestido de noche que es un sueño.

SOFÍA. — No. (Salen MARUJA, VÍCTOR y SOFÍA.)

VÍCTOR. — No pasa nada. No estás acostumbrada a salir. Eso es todo. (Mutis.)

SOFÍA. — ¡Son unos monstruos...! ¡Y la vieja es la peor! (Mutis.)

(Suena el timbre de la puerta y entran SOFÍA, VÍCTOR y MARUJA.)

MARUJA. — ¡Llaman, Álvaro!... ¿No oyes? ¡La puerta!

ÁLVARO. — No puedo moverme.

MARUJA. — Será el matrimonio Ortiz. Voy a abrir. (Va a salir, cuando se lo impide SOFÍA.)

SOFÍA. — Mí vestido. No, usted no se va sin planchar mi vestido.

MARUJA. — Está bien. Lo hago en un periquete. ¡Álvaro, abre! (Prepara la tabla y la plancha.)

ÁLVARO. — ¡Qué más quisiera yo!... Ahora mismo estoy que me parto.

NAZARIA. — ¡Tranquilos!... Yo abro. (Mutis para abrir la puerta de la calle.) Debe de ser mi hijo
Álvaro.
33
¡Anda mi madre!

SOFÍA. — Tiene usted que dejarme el vestido como estaba.

MARUJA. — (Que plancha con una plancha eléctrica.) No se preocupe. Mejor, le va a quedar mucho
mejor. ¡Usted no sabe cómo plancho yo! ¡Álvaro, sirve un whisky a Don Víctor!

VÍCTOR. — Deje, ya lo hago yo. (Se sirva él y el hielo lo saca ÁLVARO.)

ÁLVARO. — Esperémoslo, Álvaro. Y si todo resulta, posiblemente ustedes recibirán una sorpresa.
Pero... ya no me importa que mire usted a mi mujer. (Entra NAZARIA.)

NAZARIA. — Acaba de llegar una tarta. (Va al horno y mira la cena.)

MARUJA. — ¿Cómo una tarta? ¿Con velas...?

NAZARIA. — La traen un hombre y una mujer.

ÁLVARO. — ¿Con bigote?

NAZARIA. — El hombre, sí. La mujer, no me he fijado. Dicen que están aquí para cenar. Y la cena
debe estar ya. (Hace algo en el horno.)

VÍCTOR. — No pueden verme de esta facha. Pueden sacar una idea equivocada de mí. Como sea,
tengo que ponerme un traje suyo, Álvaro.

ÁLVARO. — No se lo puedo traer sin que me vean.

MARUJA. — (Que plancha.) Nazaria, ve a dónde están esos señores y sácalos a la terraza.

NAZARIA. — Y los tiro a la calle.

MARUJA. — Entretenlos. Les enseñas el barrio, les distraes, para que mientras Álvaro pueda pasar al
dormitorio y coger un traje sin ser visto. ¿Has entendido?

NAZARIA. — Clarísimo. Voy para allá. A la terraza, y que sea lo que Dios quiera. (NAZARIA hace
mutis. Sale humo del horno.)

ÁLVARO. — ¿Por qué no vas tú, Maruja?...

MARUJA. — Tengo que acabar de planchar esto.

VÍCTOR. — ¡Los chipirones...!

SOFÍA. — (MARUJA corre al horno, dejando la plancha encima del vestido.) ¡Esto ha sido tu madre,
Álvaro! En lugar de dar al extractor de humos, ha dado al límite las calorías del horno. (Saca los
chipirones.) Mira... ¡Están quemadísimos...! ¡Así huele a quemado...! (SOFÍA da un grito.)

SOFÍA. — ¡Lo que huele es mi vestido...! ¡Se está quemando y echa humo!

MARUJA. — Es verdad. ¡Cuánto lo siento! (Retira la plancha. Hay un agujero.) Nada, no es nada...
(ÁLVARO echa agua para apagar el humo del vestido, en el que hay un agujero.) Pero, ¿qué haces,
animal?...
34
¡Anda mi madre!

SOFÍA. — ¡Mira, Víctor, lo que han hecho con mi vestido...!

VÍCTOR. — Y no es lo malo eso, sino lo que vamos a cenar. Los chipirones dan asco.

(Entra DIANA con una tarta encima del vestido.)

DIANA. — (Muy simpática.) ¿Cuál de ustedes es la del cumpleaños...?

MARUJA. — Servidora. Pero..., ¿por qué se ha molestado...?

DIANA. — (Mostrándole el vestido.) “Cumpleaños feliz..., cumpleaños feliz...” (Canta.)

MARUJA. — ¡Huy, qué detalle, con la tarta puesta...! ¡Y hasta le han puesto velas...!

DIANA. — Sí, claro. Lo mejor es que se quite el vestido y se lo dejo como nuevo en un periquete.

DIANA. — ¡Me encanta tener el menor motivo para enseñar la lencería! (Se quita el vestido.) Me
llamo Diana.

MARUJA. — Encantada.

DIANA. — Y no tengo nada que ver con mi marido. Bueno; quiero decir que él es una persona muy
seria y siempre me lleva a cenas de lo más rollo. En cambio, yo hago lo que sea, y eso de quedarnos
todos en pelotas me encanta.

VÍCTOR. — ¿Quiere un whisky?... (Le sirve.)

DIANA. — ¡Me chifla...! El whisky, el cambio de parejas, el striptease... ¡Por fin una fiesta divertida...!
¡Quién me lo iba a decir que Móstoles iba a estar más avanzado que París!

VÍCTOR. — (Dándole la copa.) ¡Salud!... ¡Soy el señor Parrondo, el dueño de Auto-Escuela Parrondo,
y ésta es mi señora, Sofía!

SOFÍA. — ¡Es un verdadero placer!

DIANA. — ¡Vale!... ¡Oye! Y no estáis nada mal... Después de la cena jugamos al desnudo integral...
¡Félix, ven...! ¡No te puedes imaginar el vicio que hay aquí...! (ÁLVARO busca las inyecciones.) ¡Son
bárbaros! (Cuando va a salir, entra NAZARIA.)

NAZARIA. — A Don Félix, que es muy amable conmigo, le apetece tomar un zumo de tomate, con
toda clase de excitantes. (Lo busca, la sal y pimienta.)

DIANA. — A mi marido le cuesta ponerse, pero en cuanto entra resiste más que nadie. ¿Cómo están
ustedes de coca...?

MARUJA. — (Que limpia el vestido.) Coca-Cola hay las que quiera, en la nevera.

DIANA. — (A SOFÍA, muerta de risa.) ¡Sí, “Coca-Cola”! Usted esnifa, ¿verdad?

SOFÍA. — No, soy de Ávila, como la Santa. No sé si me explico...

35
¡Anda mi madre!

NAZARIA. — (Busca en cajones.) La sal está aquí, no encuentro la pimienta, ni el tabasco... (Buscando
entre frascos y botes.)

ÁLVARO. — (Con la caja de la inyección y la jeringuilla en la mano.) Otra inyección, Maruja.

MARUJA. — ¡Por Dios, Álvaro!... Es demasiado; en media hora dos. Es pasarse.

DIANA. — Oiga, señora. ¿Caballo, verdad?

MARUJA. — No; chipirones y macarrones.

DIANA. — ¿Desde cuándo se pica el pobre?

MARUJA. — No es que le pique; es que le duele.

ÁLVARO. — ¡Vamos, Maruja!... (Dándole la jeringuilla.)

MARUJA. — Espera un momento. (NAZARIA va a salir con un frasco.)

NAZARIA. — Esto es pimienta blanca, ¿verdad?

MARUJA. — ¡No! ¡Matarratas! Pero, ¿qué haces?

NAZARIA. — Huélelo, no lo haya cambiado de caja sin darme cuenta.

MARUJA. — (Lo huele.) ¡Atchist...! ¡Atchist...!

VÍCTOR. — Salud... (MARUJA se lanza al suelo.)

MARUJA. — Álvaro, ¡mis lentillas!... (NAZARIA sale de la cocina con los frascos.)

VÍCTOR. — ¿Puedo ayudarla?

MARUJA. — No, nada, no es nada... (No ve bien por haber perdido las lentillas.) ¡Álvaro!...
¡Álvaro!... (Se acerca a ella en el suelo.) ¡Busca mis lentillas...! No veo apenas... (Los dos, en el
suelo, buscan las lentillas.)

ÁLVARO. — No puedo más... Tiene que ser ahora... (Se baja los pantalones enseñando el culo.)
¡Vamos, ponme la inyección y luego lo que quieras!

MARUJA. — ¡Qué pesado eres, Álvaro! (Trata de ponerle la inyección.)

SOFÍA. — Aquello es un culo, ¿verdad, Víctor?...

VÍCTOR. — (Animadísimo por el whisky.) Tómate un trago y déjate de tonterías.

DIANA. — ¡Me encanta!... Estas reuniones me encantan. ¡Félix, déjate de excitantes y ven para acá...!
¡No te olvides y ven sin ropa! (A la puerta, VÍCTOR se ha acercado a ÁLVARO y MARUJA trata de
poner la inyección.)

VÍCTOR. — ¡Aaaahhhh!... Pero..., ¿qué hace usted, señora?


36
¡Anda mi madre!

MARUJA. — Usted perdone, Don Víctor... No sé cómo ha podido ocurrir. Sólo son vitaminas, que le
irán muy bien a su rodilla.

VÍCTOR. — ¡No puedo moverla!

ÁLVARO. — ¡Que la inyección es para mí, Maruja!

MARUJA. — Ya lo sé, pesado. (Saca la inyección a VÍCTOR.) Tranquilo, Don Víctor.

VÍCTOR. — Oiga... Ahora es la pierna entera la que no puedo mover.

MARUJA. — Aprehensiones. (VÍCTOR lo intenta.) ¿Has encontrado mis lentillas...?

ÁLVARO. — ¡No! (Entra NAZARIA asustadísima.)

NAZARIA. — ¡Tenéis razón! ¡Era un raticida!...

ÁLVARO. — ¿Qué has hecho?

NAZARIA. — Don Félix, el pobre, fue probar el tomate y tirarse al suelo dando gritos.

DIANA. — ¡Siempre igual!... No sabe qué hacer para llamar la atención. Vamos a ver qué le ha
pasado... (Inicia el mutis.)

VÍCTOR. — ¡Pobre hombre! ¿Así vas a ir?... Tápate. (La sujeta.)

SOFÍA. — Es el crédito, Víctor.

VÍCTOR. — Está bien; vamos... (Sale VÍCTOR apoyándose en las dos mujeres.)

DIANA. — Verán cómo se alegra cuando nos vea desnudos... (Salen los tres de la cocina. MARUJA va
a poner una inyección a ÁLVARO.)

NAZARIA. — Esas no son las inyecciones de la columna.

MARUJA. — SÍ que son.

NAZARIA. — Yo cambié el estuche ayer. Esas son las que tienen cloroformo.

ÁLVARO. — ¡Mamá!... ¡Es la última noche que pasas en esta casa!

NAZARIA. — ¿Por qué, hijo...? (MARUJA prepara otra inyección.)

ÁLVARO. — Nos estás buscando la ruina. Mira cómo estoy por tu culpa.

MARUJA. — Tranquilo, cariño. Ya me parecía a mí muy raro... (ÁLVARO se prepara.) Así..., muy
bien... (Le pone la inyección.) ¿Qué tal?

ÁLVARO. — Mucho mejor... Esto ya es otra cosa.

(NAZARIA ha cogido la bandeja con emparedados.)


37
¡Anda mi madre!

NAZARIA. — Ya va siendo hora de cenar.

ÁLVARO. — (Qué ya está perfectamente.) No, mamá. Tú ya no haces nada más esta noche. (Deja la
bandeja y la conduce de la mano.)

NAZARIA. — ¡Hola, hijo! ¿Cómo tú por aquí?

ÁLVARO. — Ven conmigo, mamá.

NAZARIA. — ¿Dónde vamos?... (Abre ÁLVARO el armario y la mete dentro.) ¡No, al armario no...!
¡Hijo! ¿Qué vas a hacer? Recuerda que madre no hay más que una. (Cierra la puerta del armario,
quedando dentro NAZARIA.)

ÁLVARO. — El peligro está controlado. Vamos a ver qué le ha pasado a Don Félix.

MARUJA. — Toma, Álvaro, tú llevas los canapés. (Le da la fuente.) Mientras, yo sacaré las bebidas.

ÁLVARO. — ¡Nos suben el sueldo, siempre que no se te ocurra abrir a mamá!

(Sale con la fuente de canapés. MARUJA busca las botellas. Ve muy poco y se da continuamente golpes
con todo. Saca una botella de lejía y otra de detergente.)

MARUJA. — ¡Estaría yo loca!... ¡De soltar a tu madre, nada!... Aquí están las bebidas, coñac, ginebra,
champán... (Las recoge en una bandeja y se dispone a salir.) El hielo, sólo falta el hielo. Mejor saco
las bebidas y vuelvo por el hielo. (Se da un golpe con la mesa.) ¿Quién habrá cambiado la mesa de
sitio? Seguro que habrá sido Nazaria. (Se equivoca y en vez de abrir la puerta del salón, abre la
puerta del armario. Se mete dentro, momento que aprovecha NAZARIA para salir de allí.) ¿Quién
quiere un whisky...? (Queda dentro MARUJA.)

NAZARIA. — (Que ha cogido la bandeja.) Deja, yo sirvo, Maruja. ¡Atención a la bebida estimulante!
(Hace mutis con la bandeja.)

MARUJA. — ¿Por qué no empezamos con los canapés, Álvaro? Sirve un aperitivo a los invitados.
¿Cómo está usted, Don Félix? ¡Qué buena cara tiene! ¡Esto es la leche!... ¿Dónde estoy?... (Entra
ÁLVARO.)

ÁLVARO. — ¿Cómo va eso, Don Félix?

FÉLIX. — Estoy mucho mejor. Enhorabuena por la cocina.

ÁLVARO. — Pero, ¿qué pasa? ¡Mamá se te escapó!

MARUJA. — Un fallo visual.

ÁLVARO. — Está aquí, Don Félix.

MARUJA. — Encantada. ¡Cuánto me alegro que no haya sido nada! (A ÁLVARO.)

ÁLVARO. — Yo no soy Félix. Es aquí. (Señala a FÉLIX.)

38
¡Anda mi madre!

FÉLIX. — Mi mujer me ha dicho que esta noche se va a tocar el desnudo integral, sin inhibiciones y
todos revueltos.

MARUJA. — Todo depende de usted, si es generoso con el crédito. Álvaro, ¿dónde vas con eso?

ÁLVARO. — Mamá ha vuelto a romper los vasos; no puedo dejar los cristales...

NAZARIA. — (Entrando.) Ya he servido las bebidas. No sé qué es lo que ha pasado con los vasos.

ÁLVARO. — (Al mutis.) Mamá, si sales de la cocina no vuelves á pisar esta casa. Nunca.

MARUJA. — ¿De manera que ustedes se desnudan en cuanto les invitan a cenar a una casa? Lo digo
por los vecinos y el servicio.

FÉLIX. — Nos encanta; pero por desgracia no abunda la gente civilizada.

MARUJA. — Su mujer es muy lanzada, pero yo creía que a usted se le había cortado el cuerpo.

FÉLIX. — Es que la idea de doña Nazaria, de meterme la cabeza debajo del grifo del cuarto de baño,
me ha puesto enorme.

MARUJA. — Tengo entendido que tenía que darle algo a Nazaria, ¿verdad?

FÉLIX. — Exacto. Primero la obligación y luego la lujuria. Nazaria, se trata de su pensión. Ha habido
una pequeña subida. Vamos a arreglarlo ahora aquí, y así se evita pasar por la Caja de Ahorros. (Le
da un papel.)

NAZARIA. — Yo no sé nada. No quiero líos. No sé leer ni escribir.

MARUJA. — Dígame a mí lo que sea.

FÉLIX. — Como no ignora, la pensión de Nazaria se ingresa directamente en la cuenta de su marido.


(Grito de ÁLVARO dentro.) ¿Qué pasa?

MARUJA. — ¡Dios mío! Otra vez... Nada, es Álvaro.

FÉLIX. — ¡Oiga! ¿No empezarán sin nosotros?...

NAZARIA. — Joven, ¿quiere hacer el favor de subirse a esa escalera y darme unas galletas que...?

MARUJA. — ¡Mamá! ¡No haga caso! Quiere que se suba para que se caiga. Es una escalera muy
peligrosa que no se puede subir sin carnet de conducir.

FÉLIX. — Como ha habido una subida en la pensión, doña Nazaria tiene que firmar aquí, autorizando
a su hijo.

MARUJA. — Como no sabe escribir, puede poner una cruz.

FÉLIX. — No, la cruz no vale. La huella es lo más fiable.

MARUJA. — Trae el dedo, mamá. Es para que cobres tu pensión.


39
¡Anda mi madre!

NAZARIA. — ¡Qué modernismo! (Pone el dedo en el papel.)

FÉLIX. — Esta sencilla operación la deberán hacer todos los meses, al recibir el conforme de la Caja.
Guárdese el tampón.

MARUJA. — Comprendo. Y nosotros le devolvemos el recibo con la huella de mamá.

FÉLIX. — Si no es así, no podrán cobrar la pensión. (Teléfono.)

NAZARIA. — ¿Y cuánto lleva usted de sacerdote, padre?...

MARUJA. — ¡Ay, mamá! ¡No es ningún cura! ¿Sí?... ¿Qué tal, Aniceto?... ¿Cómo?... ¿Que en su piso
está cayendo el agua?... ¿Y qué quiere, que yo...? Del mío, imposible... El agua de mi cuarto de baño...
¡Espere! No llame a los bomberos... Paciencia; voy a ver qué puedo hacer. ¡Mamá!

NAZARIA. — ¿Van a venir los bomberos? Entonces hay que poner más platos.

MARUJA. — Cuando llevaste a D. Félix al baño, ¿no cerraste los grifos?

NAZARIA. — ¡Ah, no! Fue igual.

MARUJA. — ¡Nos van a denunciar! ¡Mamá, no hagas nada más esta noche! ¡No te muevas de ahí!
¡No hables! ¡No respires!... ¡Qué ruina! (Mutis.)

NAZARIA. — Ya lo está usted viendo. Me tratan fatal. No me dejan hacer nada. Quieren que sea como
un perchero. ¿Y qué sería esta casa sin mí?

FÉLIX. — No quieren que trabaje.

NAZARIA. — Ni que esté en casa. Por eso, cuando ellos no están a mí me mandan al hogar.

FÉLIX. — Lógico.

NAZARIA. — Mis hijos se van a trabajar a las ocho y el hogar no lo abren hasta las diez, y lo mismo
por la tarde. Tengo dos horas muerta de risa. Y nada, no me quieren dar la llave de casa. Y eso es
porque me odian.

FÉLIX. — No diga usted eso.

NAZARIA. — ¿Por qué si no, cuando llega un puente o las vacaciones me abandonan en la puerta del
hogar con una bolsa? Menos mal que ya me conocen de todos los puente, y es como si me estuvieran
esperando.

FÉLIX. — Seguro que en el hogar la tratan como de la familia.

NAZARIA. — Si me trataran como de la familia, iba a ir su padre. ¡Pero éstos son más listos para
quedarse con el pago de la Seguridad Social! Mucha huella, pero yo no veo un duro. Porque éstos
tienen una cara...

(Dichos, SOFÍA, DIANA y VÍCTOR.)

40
¡Anda mi madre!

SOFÍA. — ¡Pobre hombre! Se ha quedado doblado.

DIANA. — ¡Qué noche, Félix! El asunto va de sado-masoquismo a tope. ¡Qué gritos!

VÍCTOR. — Está empeñado en ponerse otra inyección, y lo mejor es un whisky.

SOFÍA. — ¡Un empleado modelo! ¡Un profesor de auto-escuela único!

NAZARIA. — Esto de la columna le da cada dos por tres.

VÍCTOR. — Imposible. Tiene una salud envidiable.

NAZARIA. — Y Maruja no ve tres en un burro sin sus lentillas.

SOFÍA. — A los dos les vamos a dar la medalla de Auto-Escuela Parrondo. Me muero de hambre.
¡Vamos a cenar!

VÍCTOR. — Yo llevo las inyecciones.

DIANA. — Permítame que se la ponga yo. ¡Me encanta!

SOFÍA. — Diana, amor, ayúdame con los chipirones. Yo me encargo de la pasta.

NAZARIA. — ¿Quiere esto decir que ustedes tampoco me hacen caso?

DIANA. — Es usted una mujer maravillosa.

SOFÍA. — Con un espíritu envidiable.

NAZARIA. — Pero… yo quiero ser útil. Aquí, en esta casa. Con mi familia. Hacer la comida, servir la
mesa, dar los aperitivos, luego limpiar los cacharros, y que me aguanten cuando esté de malhumor...
Y además, ver el mar por los veranos... ¿Es esto un delito?

VÍCTOR. — ¡Claro que no!

SOFÍA. — ¡Venga, usted se viene a cenar con nosotros! ¡Andando, y no se arrugue!

NAZARIA. — ¡Muy bien! Yo llevo el postre y le sirvo el café. (Salen todos.) Iremos cenando nosotros,
porque mi hijo Álvaro está en Larache haciendo el servicio militar y aún no ha conocido a la pesada
de su mujer.

OSCURO

(MARUJA de luto.)

MARUJA. — A pesar de todo esto, seguimos en la Auto-Escuela Parrondo. Todo el lío de aquella
noche sirvió para que Don Félix y el matrimonio Parrondo congeniaran y se hicieran muy amigos.
Les concedieron el crédito, se ven todos los sábados. Yo encontré mi lentilla y Álvaro sigue con sus
dolores de espalda, pero no se da ni cuenta. ¡Ah! La pobre Nazaria acabó siendo víctima del Puente
de Mayo. Se quedó en casa, se empeñó en hacerse una tortilla a la paisana; fue el gas. (Entra ÁLVARO
de luto.) ¿Cómo estás?
41
¡Anda mi madre!

ÁLVARO. — Mal..., muy mal…

MARUJA. — (Al público.) Lo recordaré siempre, porque fue cuando Gumilla nos firmaba un
autógrafo. (A ÁLVARO.) Y ahora, ¿cómo vamos a poder pagar el apartamento, sin la pensión de
mamá?...

ÁLVARO. — Hay que tener resignación cristiana. Nos quedamos sin apartamento y sin la “jet”. Es la
vida, Maruja.

MARUJA. — (Al público.) Menos mal que yo tuve una idea genial. Y así se lo expuse a Álvaro. (A
ÁLVARO.) Álvaro, saca de ahí el tampón, la cartilla y el impreso de la Caja que firmaba mamá.

ÁLVARO. — (Saca los papeles.) Sí..., la pobre..., pero no entiendo; ya no está ella para...

MARUJA. — No hay que dar cuenta a la Caja, ni a nadie del fallecimiento de tu madre. Porque
seguiremos cobrando la pensión.

ÁLVARO. — No entiendo. ¿Cómo?... ¿Qué se te ha ocurrido, Maruja?...

MARUJA. — Ve rellenando los papeles. (Va a la nevera y saca un frasco.) Sólo falta la huella de
Nazaria... ¿No es así?... ¡Pues toma! (Le da el frasco.)

ÁLVARO. — El dedo de Nazaria. Mujer precavida, vale por dos. No hay más que mojarlo en el
tampón; donde pone la equis... (Lo hace.) Con esto tenemos resueltas las letras del apartamento.

ÁLVARO. — ¡Bien..., muy bien...! Y así todos los meses. (Sentados los dos.)

MARUJA. — ¿Qué te parece la idea? (Ríe.) Genial, ¿verdad?

ÁLVARO. — ¡Ya lo creo! (Ríe también mientras manipulan la cartilla.)

MARUJA. — ¡Pues no veas lo que se me ha ocurrido para cuando me quede viuda!

(Ella ríe mucho. ÁLVARO deja de reír mirándola. Rápidamente cae el

Telón

42
¡Anda mi madre!

Acto Tercero
HISTORIA DE RICOS

Personajes (Por orden de aparición.)

Maria Rosario Señora de aspecto fino y distinguido. A pesar de los


años, aún se conserva atractiva. Cerca de setenta.
Chicha Nieta de María Rosario. La clásica niña estúpida, mal
criada y caprichosa. Mona.
Rosa Doncella de la casa. Es preferible que esté muy buena.

Pochola Clavijo de los Morales. Rica. Golfa de la jet, soltera,


muy bella. Asidua en la prensa del corazón.
José Chófer de la casa. Traje gris u oscuro.

Fermín Criado de la casa. Chaleco y guantes.

Rufino A. T. S. Limpio y pulcro. Es un hombre lleno de detalles


y amabilidad.

43
¡Anda mi madre!

Decorado

El Decorado representa el salón o cuarto de estar de la casa de unos ricos de siempre, unos ricos de
toda la vida. Esto se debe notar en cada uno de los detalles de la decoración y el atrezzo.

Como en las historias anteriores, habrá una puerta de entrada, que es la que comunica con las
dependencias interiores. El piso, situado en la calle Zurbano, de Madrid, una de las zonas más
residenciales de la capital, tiene más de cuatrocientos metros y en todo momento se debe notar el
lujo y el boato de quienes lo habitan. El atrezzo, que marque la acción de la historia.

Primer cuadro: Primavera de 1989.

(Al levantarse el telón en escena, MARIA ROSARIO sentada delante de una gran tarta puesta encima
de la mesa. En una heladera hay una botella de champán Don Perignon y copas. MARIA ROSARIO
enciende un cigarrillo. Entra CHICHA llevando varios paquetes envueltos de regalo. En la habitación
hay algunos paquetes sin abrir, también de regalo.)

ROSARIO. — ¿Más regalos? (Está haciendo un solitario con cartas.)

CHICHA. — Son de la servidumbre, María Rosario. ¿Los abro?

ROSARIO. — No. (Sigue con las cartas, sin hacer caso a nadie, aparentemente.)

CHICHA. — ¿Tampoco tienes curiosidad por el mío?

ROSARIO. — Chicha, ¿a qué se debe toda esta lisonja? Que yo sepa, no es mi cumpleaños, ni mi
onomástica... Si es una estratagema de tu madre...

CHICHA. — ¿Te parto un trozo de tarta, abuela?

ROSARIO. — Pareces tonta, Chicha. ¿Cuándo me has visto comer dulces?

(Entra ROSA con otro paquete. CHICHA marca un número de teléfono.)

ROSA. — Perdón, señora; lo de la tarta fue idea mía. Como soy nueva, desconocía sus gustos. Pensé
que una tarta quedaría fino.

ROSARIO. — Retírela, lejos de mi vista. Y póngase guantes.

ROSA. — Sí, señora. (Dándola el paquete.) Este es mi regalo.

ROSARIO. — Allí, con los otros. Detesto que la gente me haga regalos. Sírvame el champán.
Compruebe antes que está a temperatura y luego lo agita levemente. Es lo único que consigue hacerme
cosquillas en la nariz. (ROSA abre la botella y luego la sirve.)

CHICHA. — (Al teléfono.) Chiti, soy Chicha... Por favor, te pasas el día comunicando, qué fuerte...
¿Sabes lo de María Rosario?... Sí, en casa... ¿En el Tiro de Pichón? Qué fuerte...

ROSARIO. — Cuando termine mi nieta con el teléfono, se lo lleva de esta habitación. No lo puedo
soportar.

44
¡Anda mi madre!

ROSA. — (Sirve el champán.) ¿Está bueno?

ROSARIO. — EI champán no está bueno, sino frappé. Y no pregunte; limítese a contestar. (Se escucha
la voz de POCHOLA, que llega.)

ROSA. — Ahí está la señora. (A CHICHA.) Señorita; la señora.

CHICHA. — (Al teléfono.) Te cuelgo; acaba de llegar Pochola. (Cuelga.)

(Entra POCHOLA. elegantísima. La sigue JOSÉ, el mecánico, con paquetes. Detrás, FERMÍN, el criado,
con más paquetes. Se escucha ladrar a un perro.)

POCHOLA. — ¡Má, por favor, por favor! ¡Qué alegría más salvaje! Cuando me ha dicho el portero
que estabas en casa, no lo podía creer.

ROSARIO. — ¿No has sido tú la que ha mandado el coche a recogerme?

POCHOLA. — Hubiera ido yo, pero tienes que comprenderme: encargué para ti estos regalos y tenía
que ir personalmente a por ellos. No sabes cómo está la circulación por Serrano; deberían prohibir
circular a todos los coches que no llevaran mecánico. Yo me he llevado el Porsche, que aparca en
cualquier sitio, para que tú tuvieras a José y el Mercedes. (A CHICHA.) ¡Hola, Chicha, amor! ¿Ya
levantada? ¿Cómo tan pronto? Sólo son las seis de la tarde.

CHICHA. — No podía dormir, por favor. Fíjate que soñaba que me hacían la lobotomía. Qué fuerte,
¿no?

POCHOLA. — Eso no es un sueño, sino una premonición, nena. Ustedes coloquen los regalos aquí
para que la señora los pueda abrir y gozar enormemente con la sorpresa. (A JOSÉ y a FERMÍN.)

ROSARIO. — No me interesan. Póngalos allí, con los demás. (Lo hacen.)

POCHOLA. — Nunca se le olvide, Rosa; cuando esté la señora en casa, deberá haber champán bien
frío, cigarrillos egipcios y una baraja de cartas marcadas.

ROSARIO. — Esta mujer me ha traído esta tarta. Dila algo.

POCHOLA. — Por favor, ¡qué horterada! ¡Llévesela ahora mismo y que se la coma el servicio! (JOSÉ
y FERMÍN hacen mutis discretamente.) ¡Nunca más!

ROSA. — Perdón, señora. Como la señora nos dijo que teníamos que hacer un regalo a la señora... Lo
siento; no volverá a suceder. (Mutis con la tarta.)

ROSARIO. — Dale la cuenta y que se vaya. No usa guantes blancos.

POCHOLA. — Lo siento, má, pero hoy día ya no se lleva. La agencia que nos mandó a Rosa se ha
cobrado tres meses de garantía, y Rosa sólo lleva en casa una semana.

ROSARIO. — ¿Qué le das?

POCHOLA. — Ciento veinte, más la seguridad social; ponerse el uniforme y tratarnos de usted. Con
vaqueros, título universitario y tratarnos de tú, están en cincuenta.
45
¡Anda mi madre!

ROSARIO. — Por el precio que la das, debe llevar la cofia almidonada.

POCHOLA. — Eso es verdad. Mamá, estás haciendo trampa. ¡Ya está en casa María Rosario...! ¡Qué
felicidad!... ¡Chicha, tu nieta, tiene una desazón que no le cabe en el cuerpo...!

CHICHA. — (Leyendo “Hola”.) Eso. ¡Qué horror, má!... ¡Qué foto tan horripilante te han sacado al
lado de Pitita...! ¡Se te ve gordísima!

POCHOLA. — Es el vestido de Moshino, que no me lo vuelvo a poner, pero déjame ahora de


frivolidades. María Rosario, ¡No sabes cuánto te echamos de menos en esta casa...! (CHICHA tira
“Hola” y coge “Semana”.)

ROSARIO. — ¡Mentira!

POCHOLA. — ¿Por qué eres así, má? Somos tu única familia. Yo soy tu hija y Chicha tu nieta. Somos
una gran familia, católica y de derechas, y la familia como Dios manda debe estar unida... y
permanecer unida.

ROSARIO. — ¿A qué viene ahora eso? Tú no has querido a nadie en tu vida.

CHICHA. — ¡Ahí va! ¿Me queréis ver en “Pachá”, al lado de Ramsés y Trujillo?

ROSARIO. — Y de esa... es mejor no hablar. Es un caso perdido.

CHICHA. — ¡Y mira qué guay, a tope!... Aquí bailando con el hijo de Sarasola. Voy a llamarle por
teléfono para que compre el “Semana” y vea que, mola cantidad.

ROSARIO. — ¡Telefonea, niña, desde otra habitación! ¡Me pones enferma!

CHICHA. — Está bien. (Inicia el mutis con las revistas.)

POCHOLA. — Ven pronto, recuerda que tenemos que hablar con María Rosario.

CHICHA. — Vale... (Hace mutis.)

ROSARIO. — Es una enferma. Claro, que viviendo a tu lado no se podía esperar otra cosa. Yo también
leo la literatura esa que lee Chicha, y por ahí me entero que te pasas el día golfeando. Eres una figura
de la inmoralidad y la desfachatez. (Deja las cartas y no vuelve a tocarlas.) Y bien, Pochola, ¿para
qué me has traído a casa?...

POCHOLA. — Es lo más lógico, má... Hace un año que no vives aquí, con nosotros, y al fin y al cabo
ésta es tu casa.

ROSARIO. — Gracias, pero estoy muy bien.

POCHOLA. — ¡No me extraña! El geriátrico de La Moraleja es uno de los sanatorios más caros de
Europa.

ROSARIO. — Lo pago yo, con mi dinero.

46
¡Anda mi madre!

POCHOLA. — Todo es tuyo, má, ya lo sé... Y también sé que todos nosotros vivimos gracias a tu
generosidad. Má, quiero que vuelvas a vivir en esta casa, si no definitivamente, sí por unos días...

ROSARIO. — ¿Unos días? (Se ríe.) ¡Vamos, Pochola! Sabes que nunca me has podido engañar.

POCHOLA. — Está bien. (Pausa.) Es que... van a contar mi vida en la revista “Diez Minutos”.

ROSARIO. — (Se ríe mucho.) ¿Y qué tiene tu vida... para que cuentes algo interesante...?

POCHOLA. — Seis capítulos, con fotografías. Desde que de pequeña veraneaba en Biarritz, a esto de
la socialdemocracia.

ROSARIO. — Si cuentas algo de tu vida privada, cierran la revista por obscena.

POCHOLA. — Contaré las cosas que vayan mejor con mi imagen.

ROSARIO. — ¿Y cuál es tu imagen?

POCHOLA. — Lo que se espera de mí. Aunque no te lo creas, soy gente en el mundo de la moda, doy
color a las fiestas, la noche sin mí no se entiende, incluso asisto a reuniones políticas.

ROSARIO. — De Don Blas Piñar, supongo.

POCHOLA. — Y del Partido Socialista Obrero Español.

ROSARIO. — ¿Tu con obreros? ¡Si tu padre levantara la cabeza...!

POCHOLA. — Saben que invitándome a una fiesta está asegurado el reportaje. Yo vendo, má. Marco
lo que se va a llevar e incluso con quién.

ROSARIO. — Si el mundo se ha vuelto loco, me trae sin cuidado. Bien. ¿Qué quieres de mí?

POCHOLA. — Nada, realmente no quiero nada. El caso es que... nadie sabe que tú no vives en casa.
Que estás en un sanatorio geriátrico. No lo saben ni el portero, ni los vecinos, ni la servidumbre.
(Entra ROSA.)

ROSA. — Perdón, señora. Acaban de llegar unos señores de “Diez Minutos”.

POCHOLA. — Hágalos pasar al salón malva, y que vayan preparándolo todo.

ROSA. — Muy bien, señora. (Hace mutis.)

ROSARIO. — ¿De manera que tú no le has dicho a nadie que estoy viviendo en un sanatorio de la
tercera edad?

POCHOLA. — No quedaría bien. ¿Quién va a pensar que es por tu gusto?

ROSARIO. — Y porque no os aguantaba. La convivencia acabó cuando apareció el mando a distancia


del televisor. El televisor destrozó las familias, pero el mando a distancia sembró odios y rencores,
que es peor. En el geriátrico me encuentro divinamente. Hay paz y pájaros.

47
¡Anda mi madre!

POCHOLA. — Má, te necesito para que te fotografíen conmigo, aquí en casa, para la revista.

ROSARIO. — ¿Era eso...? Somos una familia modélica y ensamblada.

POCHOLA. — Tres fotos nada más. Una con la perra y Chicha, y las demás conmigo. Bueno, la familia
y la servidumbre, sin olvidar la perra.

ROSARIO. — Acepto todo lo que me pidas, y no hacía falta esos absurdos regalos. Estoy dispuesta a
complacerte en todo; ya lo sabes.

POCHOLA. — También me gustaría que cenaras esta noche en casa. He invitado a los del segundo,
los marqueses de Aranda de Lerma; la marquesa lo contará a todo Madrid.

ROSARIO. — Para que vean que estoy aquí.

POCHOLA. — Diremos que has estado en Suiza, tomando las aguas. Y mañana, que no sea Fermín
quien saque la perra, sino tú y yo.

ROSARIO. — Por los del barrio, supongo. (Entra ROSA.)

ROSA. — Señora, a los señores periodistas les gustaría poner, como fondo de las fotografías, el árbol
de Navidad.

POCHOLA. — ¡Ay, por favor! Que hagan lo que quieran, pero no me interrumpan con tonterías.

ROSA. — Sí, señora. (Mutis. Retira el champán.)

POCHOLA. — ¿Has dicho que aceptas todo..., todo lo que te estoy pidiendo?

ROSARIO. — Sí, eso. Es que yo también tengo que decirte algo.

POCHOLA. — La cuenta de Banesto está en rojos, y hay que arreglar las casas de la calle Velázquez
y el chalet de Punta Umbría.

ROSARIO. — No quiero oír hablar de dinero. Manda al administrador mañana y que me diga lo que
tengo que hacer. Lo único que me sobra es el dinero, y no quiero tener problemas con el.

(Entran ROSA, FERMÍN y JOSÉ.)

ROSA. — Perdón, señora. Venimos a por los regalos para colocarlos al lado del árbol de Navidad.
(FERMÍN y JOSÉ cogen los regalos.)

POCHOLA. — ¿Qué árbol de Navidad...?

ROSA. — No sé, señora. Lo han traído los periodistas.

POCHOLA. — No puede ser. La ropa es primavera-verano del 90. Rosa, entérese.

ROSA. — Descuide, señora. Pregunto lo del árbol y vuelvo.

(Mutis de ROSA. FERMÍN y JOSÉ con paquetes.)


48
¡Anda mi madre!

POCHOLA. — No entiendo qué pinta un árbol de Navidad...

ROSARIO. — (Se pone en pie.) ¡Qué! ¿Cómo me encuentras?

POCHOLA. — ¡Bárbara!, ¡Bárbara! Y si lo que pretenden es que yo pregunte qué hace un árbol de
Navidad en mi casa en el mes de junio, están listos.

ROSARIO. — ¡Me siento inmensamente feliz!

POCHOLA. — Y me prometieron la portada contigo y la perra. Al lado del piano, nada de árbol de
Navidad.

ROSARIO. — ¿No te has preguntado por qué no quiero marcharme del geriátrico?

POCHOLA. — ¡Ay, má, tú lo acabas de razonar! No nos aguantas por el chisme ese del televisor; y en
cambio, nosotras queremos que estés aquí con la perra, que te echa mucho de menos. Chicha y yo
tenemos, aparte de nuestras manías, una abuela y una madre y queremos que viva aquí en este piso
de cuatrocientos metros, con terraza y dos plazas de garaje.

ROSARIO. — Te conozco. Sólo por el qué dirán.

POCHOLA. — Eso también. No es de recibo que no vivas aquí. Si en el geriátrico te atienden de


maravilla, también lo podemos hacer nosotras. ¿De acuerdo? ¿Quiere eso decir que te vienes aquí?
¡Oh, má! ¡No sabes lo feliz que me siento...!

(Entra ROSA, seguida de JOSÉ y FERMÍN con los paquetes.)

ROSA. — Que se han equivocado de reportaje. Lo del árbol de Navidad es a las ocho, y en casa de
Rocío Jurado.

POCHOLA. — Menos mal. Ya me veía vestida de Papá Noel, con barba y una tripa. Pero..., ¿Qué
hacen con los paquetes?... Llévenselos de aquí. Y guárdenlos para el Rastrillo.

ROSA. — También ha llegado la peluquera de la señora, Ardy, el masajista, y una de no sé qué radio.

POCHOLA. — Ahora mismo voy. ¡No quiero volver a ver esos regalos!

(Salen ROSA, JOSÉ y FERMÍN con los paquetes.)

ROSARIO. — Por lo que veo, esta casa sigue igual de tranquila.

POCHOLA. — Una es popularísima. Conmigo venden ejemplares y levanto el nivel cultural del país.
(Pausa.) Mañana va José al geriátrico y se trae todas tus cosas, y así no tienes ni que volver.

ROSARIO. — ¿Sabes, Pochola? Me he enamorado.

POCHOLA. — Ahora, que si tú quieres, yo... (Pausa.) ¿Perdón...!

ROSARIO. — Ni con tu padre, que era un ordinario, borracho, y que sólo sabía montar a caballo, me
había sucedido. Sí, Pochola, me he enamorado como una bestia.

49
¡Anda mi madre!

POCHOLA. — ¿Como una bestia?

ROSARIO. — Y me lo paso como un enano; para que me entiendas.

POCHOLA. — ¿De uno de la tercera edad? ¿Un residente como tú...?

ROSARIO. — Es un artista. Es el que pone las inyecciones. El practicante. ¡Único!

POCHOLA. — Me figuro que las pondrá bailando “El lago de los cisnes”.

ROSARIO. — Las pone, así, despacito. Apenas las siento. Y cuando está a mi lado y me fricciona con
alcohol, vibro.

POCHOLA. — Por favor, por favor, ahora vibras con el alcohol. ¿Cuánto tiempo hace que está el
A.T.S. en el sanatorio?

ROSARIO. — Unos seis meses. Pero parece como si lo conociera de siete. Hablamos mucho del cine
de antes. Tiene un oído bárbaro para las películas musicales. Para mí las canta y las baila.

POCHOLA. — ¡Maravilloso, má! (Cabreada.) ¡Estoy que voy a reventar de alegría!... ¿Qué edad tiene
ese… ese? ¡No sé cómo llamarle!

ROSARIO. — Es más joven que yo.

POCHOLA. — ¡Menos mal!

ROSARIO. — Le llevo unos veinte o treinta años, pero eso no importa.

(Entra ROSA con los paquetes, seguida de JOSÉ y FERMÍN.)

ROSA. — Señora, dice el de la radio que se la hará por teléfono, y como no hay sitio para los paquetes,
habíamos pensado que...

POCHOLA. — ¡Fuera!...

ROSA. — ¿Con los paquetes?

POCHOLA. — ¡Con los paquetes!... ¡No me moleste más!... (Salen todos.)

POCHOLA. — (Se sirve un whisky.) Este romance..., o idilio..., o como se llame, ¿está muy
adelantado...?

ROSARIO. — Apenas hay dos o tres películas, pero nos vamos a casar.

POCHOLA. — ¡Vamos, má, no me hagas reír! ¿Te imaginas qué dirán en el barrio? ¿Y qué cuento en
las revistas?

ROSARIO. — Volveré a esta casa, pero con mi marido.

POCHOLA. — ¿Está soltero?

50
¡Anda mi madre!

ROSARIO. — Como está mandado. Trabajador, limpio y desinteresado.

POCHOLA. — ¿No encuentras raro que uno que es todo eso, y que además canta y baila musicales,
haya permanecido soltero...?

ROSARIO. — Bueno, se llama Rufino, pero eso él... (Entra CHICHA con las revistas y un radiocasete.)

CHICHA. — Chiti con la panda vienen a buscarme a las siete. Y van a subir a ver a María Rosario.
Por cierto, está esperando a la abuela un señor ahí fuera que dice llamarse Rufino. (Se pone a leer
revistas.)

POCHOLA. — Má, ¿qué hace aquí...?

ROSARIO. — EI no quería... Yo insistí para que me viniera a buscar.

POCHOLA. — ¡Eres una imprudente...! ¡Estando los del reportaje...!

ROSARIO. — Es una decisión que he tomado con todas sus consecuencias. Comunicároslo es un
simple trámite.

POCHOLA. — ¡Ya me extrañaba tu generosidad con todo lo que te pedía...! ¡Lo mío es un capricho y
lo tuyo es la bomba!

ROSARIO. — No nos entendemos; por eso me marché al geriátrico. Cortemos el tema. (Entra ROSA.)

ROSA. — Señora, que dice Don Rufino que prefiere esperarla en un café. Esta casa le marea, y que
ya volverá otro día. (Se va a retirar.)

ROSARIO. — Espere, Rosa. Conduzca al señor Don Rufino a la biblioteca y dígale que voy enseguida.

ROSA. — ¿Le parece que mande a Fermín a vigilar, por si se lleva algún libro?

ROSARIO. — ¡Qué disparate!

POCHOLA. — ¿Qué pinta tiene...?

ROSA. — De los que se llevan libros.

POCHOLA. — Sírvale un café, y estén todos amabilísimos con él.

ROSARIO. — Y algo para mojar con el café. Le gustan los churros.

ROSA. — Sí, señora. (Sale ROSA.)

POCHOLA. — ¡Este portero es un mamarracho! ¡Deja entrar a todo el mundo! ¡Habría que cambiarlo
por un portero automático, y nos evitaríamos la Seguridad Social! Y no lo digo por tu novio, má.

ROSARIO. — ¡Sin cachondeo! Y no es mi novio. Es mucho más.

CHICHA. — ¿Qué pasa?... ¡No me aclaro!

51
¡Anda mi madre!

ROSARIO. — Tu madre te lo explicará en un momento. Yo prefiero merendar con Rufino, que


aguantaros a las dos.

POCHOLA. — ¡Por favor, por favor...! ¡Chicha, qué desastre...!

CHICHA. — ¿Qué pasa...? (Pasa las hojas de las revistas inmutable.)

POCHOLA. — La abuela, que se le han cruzado los cables y se casa. ¡Se casa! ¡Lo que no he hecho
yo en mi vida!...

CHICHA. — ¡Qué racha! Es el amor que viene como un siroco. Todo el mundo está igual; es que es
muy fuerte. (Sigue leyendo.)

POCHOLA. — (Le quita la revista.) ¡Sí, María Rosario se casa; se nos queda la herencia en nada! Con
un marido, no veo fácil tener las cuentas corrientes a nuestros nombres y darle al dinero el aire que le
estamos dando.

CHICHA. — ¿Pero nosotras no somos multimillonarias?

POCHOLA. — ¡Tú eres idiota!

CHICHA. — Eso es lo que leo en la prensa del corazón.

POCHOLA. — Por si no lo sabes, estoy metida en créditos hasta aquí. ¿O te crees que todas las noches
en el casino me lo regalan? No me niegan crédito porque saben que está María Rosario detrás. Pero
a Pochola Clavijo de los Morales no la dan ni un duro.

CHICHA. — Pero si tú nunca pierdes. Bueno, eso es lo que cuentas siempre.

POCHOLA. — ¡Eres subnormal profunda, hija...! ¿No te das cuenta lo que se nos viene encima...?

CHICHA. — ¿Crees que así, de pronto, nos podemos quedar como... de clase media alta? Que es una
cosa horrible y sin clase.

POCHOLA. — Me quedaría la legítima; pero entre los Derechos Reales, las deudas, los créditos, las
hipotecas y la pareja siniestra de Solchaga-Borrell, me quedo sin un duro.

CHICHA. — Yo creí que Hacienda no se metía con los ricos. Por eso éramos ricos.

POCHOLA. — Tienes el cerebro plano del todo.

CHICHA. — Lo malo es lo mío.

POCHOLA. — ¿Qué gilipollez es lo tuyo?

CHICHA. — Que estoy embarazada de Chiti. Y estoy segura que si Chiti me ha embarazado, es por el
dinero de María Rosario.

POCHOLA. — ¡Lo que faltaba! ¡O sea que tú, animal, además de leer revistas, tienes otra diversión!
¡Qué descubrimiento! ¿Y de cuánto estás?

52
¡Anda mi madre!

CHICHA. — De día y medio, por eso no nos podemos permitir el lujo de no ser multimillonarios.
¡Vaya un corte que se iba a llevar Chiti!

POCHOLA. — Esto es lo que hay. Ya me explicarás qué coño hacemos.

CHICHA. — Matar a ese señor que nos quiere hacer tanto daño.

POCHOLA. — Mataríamos a ese señor y vendría otro; ya lo había pensado. A má no hay quien la pare;
ha hecho presa en ella la libido y la lujuria. Bien; no hay más que coger al toro por los cuernos.

CHICHA. — ¿El toro es Don Rufino?

POCHOLA. — Mí herencia. El dinero que legítimamente me pertenece por haber nacido en la calle
Zurbano, y que no se hizo una guerra para esto.

CHICHA. — ¿Qué guerra?

POCHOLA. — ¡A ti qué te importa! Lo que no voy a consentir es que venga un comunista...

CHICHA. — Má, pero si ya no hay comunistas.

POCHOLA. — ¡Basta! Una hija no contesta a su madre. (Entra ROSARIO, detrás RUFINO. ROSARIO
lleva una taza de café en una bandeja. RUFINO va con muchos regalos, los que estaban en el salón
anteriormente.)

ROSARIO. — ¡Pochola! Tienes que tomar una determinación. Los hombres del reportaje no dejan
merendar tranquilamente a Rufino. Rufino, pasa.

RUFINO. — Buenas tardes.

POCHOLA. — ¡Mi querido Rufino...! (Muy amable y simpática.) ¡María Rosario me ha hablado tanto
de usted...! En esta casa no se habla de otra cosa. Me han contado que es usted un verdadera delicia.
Todo un caballero y un artista con la aguja. ¡El Christian Dior de las intravenosas!

ROSARIO. — Le he contado a mi hija lo de las inyecciones.

RUFINO. — Usted me abruma. Y no haga caso a su madre, que exagera.

POCHOLA. — (Quita de un manotazo la revista que lee CHICHA.) ¡Deja la revista o te parto la cara!
Esta es Chicha, que no es porque sea mi hija, pero llegará muy lejos en el mundo de la “jet-set”.

RUFINO. — Mucho gusto, señorita. Es usted más bonita al natural que en las revistas del corazón.

CHICHA. — Cursi..., ¿eh, abuela? Y hortera puro.

POCHOLA. — ¡Anda, vete a estudiar! Se pasa el día estudiando para cuando sea mayor ser Lady
Europa. Quiere licenciarse por las Universidades de “Hola”, “Semana” y “Diez Minutos”.

RUFINO. — Muchas gracias por los regalos. Su madre me ha dicho que los había comprado para mí.

53
¡Anda mi madre!

POCHOLA. — ¡Bueno, que yo he...! ¡Es verdad!... Si encuentra una faja de señora, tómelo como una
broma. ¡Póngalos ahí! (Los deja.)

ROSARIO. — La merienda, Rufino, que se te va a enfriar el café.

RUFINO. — ¡Hay que ver qué amables son ustedes...! (Toma el café.)

ROSARIO. — ¿Sabes, Pochola? Rufino es una persona espiritual. Le gusta la poesía de Machado.

POCHOLA. — Y los churros.

ROSARIO. — La música de Mahler...

POCHOLA. — ¡Igual que Alfonso Guerra! A que tiene un hermano que se llama Juan...

RUFINO. — No; soy hijo único.

POCHOLA. — Hijo único. ¡Qué bien! A ver, Rufino: usted que sabe tanto de películas musicales...
Puede seguir comiendo. ¿Recuerda la película, cuando baja la escalera Bárbara Streisand... (POCHOLA
canta y baila “Hello Dolly”.)

RUFINO. — ¡”Cantando bajo la lluvia”! (Deja de cantar y bailar.)

POCHOLA. — No, “Hello Dolly”, pero no importa.

ROSARIO. — ¡Es que lo cantas de un modo tan espantoso...! ¡No te vengas abajo, Rufino!...

POCHOLA. — ¿Ya terminó el café? ¿Un trozo de tarta? ¿Un whisky? A propósito..., ¿por qué quiere
casarse con mi madre?

RUFINO. — ¿Yo? La verdad... (Deja la taza y se pone en pie.) No sé qué decir.

ROSARIO. — Es culpa mía. Les dije que venías a pedir mi mano. Perdona.

POCHOLA. — Bueno. Entonces... ¿qué me contesta?

RUFINO. — Bueno. Pues ya que estoy aquí y que me han regalado tantas cosas, debo decirles que en
ningún momento se me ha pasado por la cabeza salir con su madre por pasar el tiempo o por reírme.

ROSARIO. — Ya está dicho. Nos casaremos la semana que viene y nos iremos de viaje de novios a
Florencia, a visitar la tumba de los Medicis, que es como mejor se pasa.

RUFINO. — Lo que tú digas, Charito.

CHICHA. — ¡Huy! ¡Charito! ¡Qué fuerte, tío! (Ríe.)

POCHOLA. — ¿Y el dinero? (Pausa.) Sí, Rufino; no ponga esa cara. Me estoy refiriendo al dinero de
mi madre.

RUFINO. — No sé qué quiere decir. Nunca lo había pensado.

54
¡Anda mi madre!

POCHOLA. — Mi madre tiene una gran fortuna. ¿Me va a decir que no sabía nada...?

RUFINO. — Yo tengo una buena clientela, y estoy fijo en el sanatorio. Con eso, para Charito y para
mí nos sobra. Aparte, tengo una cartilla...

ROSARIO. — No sigas, Rufino. Sé lo que piensa mi hija antes de que abra la boca.

CHICHA. — Abuela, es que tú eres un chollo.

ROSARIO. — No tenéis ni idea de la vida. Llama mañana al administrador y que prepare todo para el
notario. Mis bienes, las tierras, las casas... En fin, todo se pondrá a nombre de Pochola. ¿Estáis más
tranquilas?

POCHOLA. — Pero má... ¿Qué va a pensar este señor que yo, tu hija, estaba preocupada por una cosa
así? Es ridículo. Pensándolo bien, tiene sus ventajas de cara a Hacienda. Tú no sabes lo que nos vamos
a ahorrar si a ti te pasara algo. Rufino, venga conmigo (Lo coge de la mano.) de mi brazo. Tú, Chicha,
lleva los regalos. Usted también saldré en la foto. Má, cerca de mí... ¡Ay, que gozada! Encontrar hoy
día una persona que, al igual que nosotros, pasa de dinero. ¡Vamos! (Van saliendo, cuando
rápidamente se hace el

Oscuro

55
¡Anda mi madre!

Segundo cuadro: Un año más tarde, en el mismo sitio.

(Se trata de un brevísimo apagón, sólo para dar idea del paso del tiempo. Al volver la luz, es media
tarde de primavera, un año más tarde. Suena el timbre del teléfono. Sale ROSA y levanta el auricular.)

ROSA. — (Al teléfono.) Casa de la señora Clavijo de los Morales... La señora está reunida y no se
puede poner... Para las invitaciones de la cena de mañana, póngase en contacto con el señor Lozano...
Sí, es el que lleva lo de Lady España... No hay de qué. (Cuelga. Va a hacer mutis cuando vuelve a
sonar el teléfono. Lo coge.) Casa de la señora... Sí, mañana en Palma de Mallorca. (Entra chicha,
relativamente elegante.)

CHICHA. — Rosa... ¿Tú sabes si má...?

ROSA. — (Al teléfono.) De etiqueta, sí señor... ¡Ah, que es del Vaticano!... Pues no sé, la verdad...
Como tengan costumbre... De nada. Lo mismo piensa asistir el Papa.

CHICHA. — Dependerá de dónde le pille. Óyeme, Rosa: necesito hablar con Pochola, y no hay
manera. No se pone al teléfono.

ROSA. — Espere que recuerde... Esta noche tiene una cena en la embajada de Cuba, y mañana sale a
primera hora para Palma de Mallorca.

CHICHA. — Es que Pochola no puede estarse quieta. Mira que ahora la pasada de Lady España...

ROSA. — ¡Ay, sí! Estamos todos contentísimos. Y el niño, ¿dónde lo ha dejado?...

CHICHA. — En mi cuarto; se ha quedado dormido. Mejor. Mamá odia los niños, y tiene razón; son
una pasada inaguantable.

ROSA. — No diga eso. Su niño es muy rico. Tiene que traerlo más por aquí. ¿Y qué? ¿Para cuándo el
divorcio?...

CHICHA. — Cuando el nene cumpla un añito. Así celebramos todo al mismo tiempo.

ROSA. — Me alegro que la señorita se divorcie...

CHICHA. — ¡Sí, hija!... ¡Calla, por Dios!... Que así, a lo tonto, llevamos ya seis meses de matrimonio,
y eso corta a tope.

(Entra POCHOLA con un vestido muy elegante, preparándose para salir.)

POCHOLA. — Rosa..., ¿qué hora es? (Pone en hora su reloj.)

ROSA. — Falta un cuarto de hora para las diez, señora.

POCHOLA. — Que José esté preparado con el Mercedes a menos cinco.

ROSA. — Ya lo sabe, señora.

CHICHA. — Má te he llamado por teléfono no sé las veces.

56
¡Anda mi madre!

POCHOLA. — Sírveme un whisky, Rosa. (Suena el teléfono.) Puedo dedicarte el tiempo de un whisky;
más no. Pasa el teléfono. No estoy para nadie. Deja, yo me serviré. (Se sirve el whisky.)

ROSA. — Sí, señora. (Sale, y al momento deja de sonar el teléfono.) Toma el mío; no lo he probado.

CHICHA. — Gracias.

POCHOLA. — Vienes por lo de “Hola”, supongo...

CHICHA. — No sé de qué me hablas. (POCHOLA coge la revista y se la da.)

POCHOLA. — ¡Aquí, donde las bodas...!

CHICHA. — (Lee.) Me lo sé de memoria y no he visto nada...

POCHOLA. — Donde la boda de la Baronesa de las Altas Torres. ¿Lo ves? Fíjate en la cara del novio...

CHICHA. — ¡Rufino!... ¡Si es Rufino el novio! ¡Ahí va, qué corte!

POCHOLA. — EI pretendiente de la abuela. Y para que lo sepas, la Baronesa de las Altas Torres era
la vecina de habitación de María Rosario en el geriátrico. Estaba clarísimo que el tío sinvergüenza
iba por el dinero de las que ponía inyecciones. ¡Un año ha tardado el tiempo en darme la razón! ¡Sino
convenzo a María Rosario de dejar toda la fortuna a mi nombre, a estas horas estamos tu y yo pidiendo
limosna!

CHICHA. — Conocido A.T.S., dice aquí, y ni pizca de play-boy...

POCHOLA. — Yo me lo olí nada más verle. ¡Pero como tu abuela es tan lista y nosotras tan malas...!
¡Confundir “Hello Dolly” con “Cantando bajo la lluvia”... no tiene pase...! ¿Dónde has estado todo
este invierno?

CHICHA. — Buscando sitio donde esquiar... ¡Qué fuerte!... Nada de nada.

POCHOLA. — ¿Lo de tu divorcio va en serio? Supongo. Se lo he encargado a mi abogado.

CHICHA. — Sí, claro... qué lata tú...

POCHOLA. — Va a costar un dinero. Chiti pide indemnización por malos tratos y se querella por
acoso sexual.

CHICHA. — ¿Acoso sexual? ¡Tendrá morro el tío...!

POCHOLA. — ¿Sabes que si al hombre no le apetece, aunque sea tu marido, no se le puede obligar?

CHICHA. — ¡Eso es machismo!

POCHOLA. — Es la ley. En fin, se pagará, y punto. ¿Qué haces en esta casa? Si es para enseñarme el
niño, pierdes el tiempo. Te ha salido con la misma cara del padre. De manera que tráemelo cuando
haga la Primera Comunión, a ver si le ha cambiado el “look” y es ya un Clavijo de los Morales,

57
¡Anda mi madre!

CHICHA. — Pochola... ¿Tú has dado orden de que no atienda mi American Express, ni la Visa, y me
has cortado los créditos y los Travel-cheques... y...

POCHOLA. — ¿Sabes lo que has gastado en un año? Desde que te fuiste de esta casa y te casaste, te
has vuelto loca con el consumo.

CHICHA. — Pochola... Tú has empezado a preocuparte del dinero desde que lo tienes. No es mi caso.

POCHOLA. — A partir de mañana tendrás una asignación fija mensual. Se acabó el tirar de la Visa
Oro como si fueras un socialista.

(Se escucha la voz de ROSARIO.)

ROSARIO. — (Off.) ¡Pochola...! ¡Pochola...! ¿Dónde estás?

CHICHA. — ¡Joder, la abuela...!

POCHOLA. — ¡La que faltaba...!

(Entra en escena ROSARIO. Va absolutamente estrafalaria: una gran pamela en la cabeza, calcetines
blancos y zapatillas deportivas. Y toda una ropa muy juvenil y llamativa, collares, pendientes,
pulseras, etc. También sostiene un enorme radiocasete, por donde sale la música.)

ROSARIO. — (Cantando.) “Devórame otra vez...”

POCHOLA. — ¡Má...!

ROSARIO. — ¿Se puede saber qué tengo que hacer para que te pongas al teléfono?

POCHOLA. — ¡Má! ¿Quién te ha visto entrar?

ROSARIO. — (Lleva el compás y baila y canta.) “Devórame otra vez..., devórame...”

POCHOLA. — (Apaga el radiocasete.) ¿No te da vergüenza ir con esa pinta...?

CHICHA. — Abuela... ¿De qué vas por el mundo...?

ROSARIO. — ¡De protesta! Porque mi hija, que es tu madre, no se pone al teléfono cuando llamo...
(Canta.)

POCHOLA. — ¿Quién te ha traído?

ROSARIO. — Voy en el metro, para que lo sepas.

POCHOLA. — ¡No! ¡Qué vergüenza!

ROSARIO. — Y le cuento a todo el mundo quién es mi hija. Enseño revistas donde sales haciendo el
indio. ¡Como el mecánico nunca estaba disponible para mí...!

POCHOLA. — Pues ahora no te puedo atender. Eres de lo más inoportuna, má. Tengo una cena y
mañana me voy de viaje.
58
¡Anda mi madre!

ROSARIO. — Ya lo sé. A Marbella.

POCHOLA. — Ya no se va a Marbella, má. ¿En qué mundo vives? Ahora lo más es Palma de Mallorca
desde que van los Reyes.

ROSARIO. — ¡No digas más tonterías...! Que me aburres. ¡Hola, Chicha!, desde tu boda no te había
visto... ¡Antes os veía más a las dos...! ¡Qué jodia...!

POCHOLA. — ¿No te habrá visto el portero con esa pinta...?

ROSARIO. — Y el hombre ha estado muy amable. Le va la salsa y el merengue. Tranquila, me ha


hecho subir por la escalera de servicio. (Pone la música y baila y canta.)

POCHOLA. — Má, por favor...

CHICHA. — Bueno... ¿Qué hay de lo mío, má? Soy una mujer divorciada que ha empezado a
frecuentar el casino... ¿Cómo lo ves?

POCHOLA. — ¡Eso sí que no te lo consiento! (Apaga la música.) Por favor, má me vas a volver loca...
(A CHICHA.) ¡Tú, de casino ni hablar!

CHICHA. — O sea, que tú puedes jugarte las pestañas y yo... ¡No es justo!

ROSARIO. — ¡Tengo que hablar contigo, Pochola...!

POCHOLA. — No, lo siento... Y tú, Chicha, ya hablaremos... (Entra ROSA.)

ROSA. — José ya está esperando, señora. Señorita Chicha, el niño se ha despertado y berrea...

CHICHA. — ¡Pesadez de criatura...! ¿A quién sale...? No te vayas, mamá, sin aclarar esta situación...
(Hace mutis.)

ROSA. — No debería salir en estos momentos. El portal está tomado por la prensa, y le van a marear.

POCHOLA. — Llegaré tarde. ¡Qué va a decir Fidel! Que José se marche y dé una vuelta y venga a
buscarme dentro de cinco minutos. Creerán que no salgo.

ROSA. — Eso es lo mejor; cinco minutos, señora. (Hace mutis.)

ROSARIO. — Te sigue preocupando la imagen, ¿verdad, Pochola?

POCHOLA. — No es conveniente que te vean así, tan estrafalaria, má. Además, sabes que no tienes
buena prensa; que estás en un sanatorio geriátrico...

ROSARIO. — Yo también. No aguanto ni un minuto más.

POCHOLA. — Muy bien, mamá; buscaremos otro sitio.

ROSARIO. — No hay que buscar ninguno. Tengo mi casa y me vengo aquí.

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¡Anda mi madre!

POCHOLA. — ¡Ah, no! Eso sí que no, mamá. El caso es llevar siempre la contraria. Antes, que es
cuando tenías que haber venido, no quisiste; y ahora...

ROSARIO. — Quiero ahora. Porque voy a dedicar los días que me quedan de vida a hacerte la puñeta.

POCHOLA. — No es ninguna novedad. Es lo que has hecho toda tu vida.

ROSARIO. — Me engañaste. (Tristemente.) Me hablaste de impuestos. De codicia, de lo que es bueno


y lo que es malo. Y me sacaste todo el dinero sin darme cuenta; que lo que Rufino, quería, el pobre,
era mi dinero...

POCHOLA. — ¿Y no te da vergüenza reconocer que era un chulo?

ROSARIO. — Quería lo que tú; y como el hombre era muy bueno, le faltó valor para pedírmelo. Y
piqué contigo, por la cosa familiar. Porque ya comprenderás que entre darte a ti toda mi fortuna o
dársela a Rufino, no hay color.

POCHOLA. — No estás bien de la cabeza.

ROSARIO. — ¡Cómo has cambiado! Desde que todo es tuyo, no quieres ni verme. En cambio, Rufino,
multimillonario, estaría todo el día a mi lado bailándome “Cantando bajo la lluvia”.

POCHOLA. — ¿Le has visto retratado en “Hola”? Es un canto el hortera; genial.

ROSARIO. — Es que ahora es barón, el pobre, y le hacen ponerse una gorra de capitán de yate. En
cambio, la que ha cambiado ha sido la baronesa. Estaba a mi lado hecha un vegetal, viviendo gracias
al “gerovital”; pues si la ves ahora, no te lo crees. Porque es feliz con Rufino. Tanto es así que se va
a hacer la estética en los párpados y rebajar los glúteos. (Pausa.) Cada vez que me ponen una
inyección, no sabes lo mal que lo paso.

POCHOLA. — Te irás a la casa de Marbella, con servidumbre y...

ROSARIO. — ¡Que no lo has entendido, Pochola...! ¡Que esto me lo tienes que pagar...! ¡Voy a vivir
aquí, contigo! Y si me lo impides, me pasaré el día en el portal bailando merengue e insultando a los
vecinos.

POCHOLA. — Te ha dado algo senil, que espero que sea pasajero. Si no te gusta Marbella, irás a
Canarias; el clima es ideal y hay camellos, no como los de Madrid, sino con joroba. En esta casa no
puedes estar, lo siento; precisamente me espera un próximo año socialmente muy ajetreado.

ROSARIO. — ¿De manera que de vivir en esta casa, nada?

POCHOLA. — Má, me cargas. (POCHOLA coge el radiocasete.)

ROSARIO. — No insisto. Voy a ver a mi nieto. Le voy a bailar una lambada, que se va a morir de risa.
(Pone la música.) “¡Devórame otra vez...!” (Mutis cantando y bailando. POCHOLA va al teléfono y
marca.)

POCHOLA. — ¡Qué paliza! ¡No la soporto! (Al auricular.) ¿El doctor Meras?... Hola, Tomás; hay que
ingresar a mamá..., sí, urgentemente... Demencia senil o peor... Lo que sea, pero no puede estar a su
aire... Está loca perdida... Manda una ambulancia y que la encierren... Oye, te estoy hablando de mi
60
¡Anda mi madre!

madre. Sé muy bien que para ti con tus influencias... Vale. Gracias, amor. Te veo mañana en Palma...
Un beso... (Cuelga.)

(Entran ROSA y CHICHA. ROSA lleva un bote.)

ROSA. — ¡Señora! ¡No sabe usted lo que ha hecho la señorita Chicha!

CHICHA. — Esta sirvienta se está pasando cantidad.

ROSA. — EI compuesto de cianuro, para las plantas de la terraza, se lo ha echado a la señora en el


whisky.

POCHOLA. — ¿A mí...? (Huele el vaso.) Ya me parecía que sabía un poco raro. Pero como una está
acostumbrada a lo que la dan por ahí, por las noches, ya no nota la diferencia. ¿De manera que has
querido envenenarme, cretina?

CHICHA. — ¡Hala!... ¡Qué exageración!... Me pensabas tener a sueldo como a una criada. ¿Qué
querías que hiciese?

POCHOLA. — Déjenos, Rosa.

ROSA. — Sí, señora. Si la señorita Chicha vuelve a intentar asesinarla, me avisa. (Mutis.)

POCHOLA. — ¿Sabes que envenenar a una madre no es de recibo?

CHICHA. — No me des la paliza, má.

POCHOLA. — Bien. Te entenderás con mi administrador.

CHICHA. — ¿Y mis deudas del casino? ¿Quién las paga?

POCHOLA. — Yo, desde luego no. Así te prohibirán la entrada y se te pasará el vicio. Ahórrate lo que
estás pensando. Yo no seré tan boba como tu abuela, ni te admitiré más en esta casa. Para heredar
tendrás que esperar, porque a mí aún me queda cuerda para rato.

CHICHA. — Te llevaré a un asilo.

POCHOLA. — ¡Qué borde eres, rica! No puedes negar que eres de la familia. Mira que intentar
envenenarme... ¡Qué poca clase! (Entra ROSA.)

ROSA. — ¡Señora...! ¡Usted no sabe qué escándalo...! ¡Doña Rosario ha contado desde el balcón a los
periodistas, que no quiere usted que viva en esta casa! (Entra ROSARIO.)

POCHOLA. — ¡Má...! ¿Qué has hecho? ¿Cómo se te ha ocurrido...? Rosa, convoque a los periodistas
para ahora mismo.

ROSA. — Una rueda de prensa; sí, señora. (Mutis.)

ROSARIO. — De momento te he jodido lo de Lady España. ¡No sabes las fotos que me han sacado!

POCHOLA. — Estás loca perdida.


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¡Anda mi madre!

ROSARIO. — ¡Y me ha visto todo el barrio! ¡Pochola, te tienes que mudar!

POCHOLA. — Por favor, por favor. ¡Qué familia! ¿Sabes que tu nieta me ha puesto cianuro en el
whisky?

ROSARIO. — ¿Y te lo has tomado?

POCHOLA. — No.

ROSARIO. — ¡Qué pena! (Entra ROSA.)

ROSA. — ¡Señora...! ¡Los fotógrafos están aquí...!

POCHOLA. — Bien. Má aquí, a mi lado, a mi lado. Tú, Chicha, pon la sonrisa más estúpida que tengas.
Bueno, la que tienes siempre. Que se os note aire de felicidad y no se os ocurra contestar. Yo soy el
portavoz oficial de la familia.

(Todos se colocan en actitud de fotografía.)

POCHOLA. — Rosa, hágales pasar. (ROSA va hacia la puerta.) La familia que se fotografía unida,
permanece unida.

(Lentamente cae el

Telón

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