Martes
a la
“El que me ha abierto a mí los ojos” (Jn 9,30)
tarde
Oración
Heme aquí
Tú me hablas, Señor, en cada persona.
Heme aquí. Abre mis oídos para imaginarte en cada rostro.
Tú me hablas, Señor, a través de la creación.
Heme aquí. Afina mi mirada para contemplar tu presencia
en tanta belleza nacida de tus manos.
Tú me hablas, Señor, en cada acontecimiento.
Heme aquí. Enséñame a discernir qué me quieres decir
a través de las cosas que me pasan cada día.
Tú me hablas, Señor, en cada historia herida.
Heme aquí. Sáname y lánzame a cuidar dolores ajenos.
Tú me hablas, Señor, en las Escrituras.
Como el pequeño Samuel, te respondo:
«Heme aquí, que tu siervo escucha».
(Fermín Negre)
La expresión aparece, en el Evangelio de Juan, en boca del ciego de nacimiento. «Abrir los
ojos» tiene una fuerte carga de contenido iniciático que nos pone inmediatamente en relación
con conceptos muy próximos a la experiencia de Oriente, como «iluminación» o «despertar»,
y con ese otro—«contemplación»— que nos es tan familiar en nuestra tradición occidental.
Si es cierto que es a Jesús a quien debemos el que nuestros ojos se abran, que salgamos de
la ceguera y que podamos empezar a ver o a «contemplar», vale la pena que nos paremos a
aclarar a qué contemplación nos referimos, porque la palabra es peligrosa. Es cierto que hay
en ella una invitación a mirar en profundidad y a admirar gozosamente la vida y el mundo;
pero también es cierto que, sea por sus resonancias platónicas o por nuestra propia tendencia
a escapar del esfuerzo y a pasar de largo ante las llamadas de lo concreto, el caso es que con
demasiada frecuencia asociamos la contemplación con algo puramente pasivo o estético, o la
reducimos a una experiencia sectorial de nuestro vivir. El concepto corre el riesgo de volverse
esclerótico o de quedarse encerrado junto a palabras como «quietud», «serenidad»,
«silencio», etc., y llegamos a considerarla como privilegio de unos pocos y a reconocer
nostálgicamente que está muy bien para los que han sido llamados a esa vida que
denominamos «contemplativa», pero que queda fuera del alcance de la nuestra, tan ajetreada
y cargada de problemas.
Y si no renunciamos totalmente a ella, tratamos de introducirla como con calzador en
nuestro ritmo diario o semanal: le reservamos espacios que unas veces son verdaderamente
experiencia contemplativa, pero que otras muchas veces resultan sencillamente ser rato de
descanso que exige nuestra psicología o el rincón estético que reclaman nuestros sentidos,
hartos de ruido y de luces de neón.
Algo de eso se nos mezcla, a veces, en esos días anuales de retiro en los que cargamos
nuestra mochila de experiencias monásticas y volvemos a la ciudad con la esperanza de que
ese conjunto de vivencias —gregoriano, naturaleza, pájaros y surtidores en el claustro— sean
la despensa de la que ir tirando a lo largo del año.
No estoy ridiculizando todo eso (admiro incondicionalmente la vida monástica y agradezco
siempre poder pasar cada año unos días en algún monasterio); solamente pretendo ser lúcida
y poner el nombre a cada cosa, sencillamente para no vivir en el engaño. Eso, por sí solo, no es
más que un aspecto de la contemplación, y a lo mejor es necesario, pero, desde luego, parcial.
Resulta un poco la versión religiosa de esa fuga hacia adelante que se da en nuestras
grandes ciudades las vísperas de puente o los viernes por la tarde: unos salen huyendo para
sentarse a la sombra del pino de su parcela, y otros nos vamos en busca de la sombra del
ciprés de Silos. Y es conveniente, justo y saludable, pero solamente si no nos olvidamos de que
lo que nos va a dar sombra cuando arrecie el calor no es el ciprés, sino el Espíritu, porque lo
suyo es ser precisamente eso: «in aestu temperies».
Así lo vivió Israel en su largo éxodo: experimentaron la presencia de Yahvé en aquella nube
que les protegía en su caminar por el desierto: «cuando la nube se paraba, acampaban los
hijos de Israel». (Núm 9,17). Yahvé era para ellos un Dios nómada a quien encontraban
haciendo camino y que se mezclaba con su historia. Por eso, donde otros veían sólo cosas,
Israel veía signos: el agua, el fuego, la luz, la roca, la tormenta, el alimento, estaban marcados
con la huella de la presencia de aquel que actuaba en su vida, que escuchaba su clamor y
bajaba a liberarlos (Cf. Ex 3,7-8).
Más adelante, al entrar en la tierra y construir el templo, Israel sufre la gran tentación de
encerrar a Dios en un espacio y un tiempo sagrados a los que acude con el culto y de los que
sale tranquilizado hacia un mundo que ha quedado libre de la presencia inquietante de Dios y
de sus preguntas: «¿Dónde estás?» (Gen 3,9), «¿Dónde está tu hermano?» (Gen 4,9).
Los profetas clamarán contra esta conducta, cuya gravedad más honda consiste en sustituir
al Dios vivo por un ídolo inerte que «tiene ojos y no ve, oídos y no oye» (Sal 115,5-7).
Las equivocaciones de Israel las entendemos fácilmente; lo que, en cambio, nos cuesta es
abrirnos a la posibilidad de oír después de ellas: «Tú eres ese hombre» (2 Sam 12,7), y caer en
la cuenta de que tenemos una tendencia alarmante a reproducir el mismo esquema de aquel
pueblo: nuestra vida toma fácilmente un tono de profanidad satisfecha, y Dios se queda al
margen de nuestras relaciones, de nuestros pequeños mercadillos y tráficos diarios; y cuando
eso nos cansa, emprendemos el retorno hacia el templo con inciensos y novilunios, repitiendo
incansablemente el ciclo.
Quizá es que nos faltan modelos de identificación. Tenemos demasiada fijación en la figura
de María, por oposición a la de su hermana Marta; y cuando pensamos en la veta
contemplativa de Jesús, la asociamos sólo con sus escapadas de noche al monte para orar o
con aquellos momentos en los que, en medio de la vida, levantaba los ojos al Padre para darle
gracias o para hablarle familiarmente.
En cambio, estamos menos acostumbrados a considerar como contemplativo su gesto de
echar del templo a los mercaderes o su costumbre de contar aquellos cuentos con final
inesperado que muchos no acababan de entender.
Y es que el ser contemplativo de Jesús consistía, sobre todo, en saber ver la vida como la
veía Dios y en descifrar su misterio desde la sabiduría que le comunicaba Alguien mayor a
quien llamaba Padre. Eso nos ensancha el concepto de contemplación, nos rompe las tapias de
la huerta conventual en que la habíamos encerrado y nos la convierte en un parque público en
el que todos estamos invitados a entrar. Entonces empezamos a entender que ser
contemplativo es entrar en contacto con la realidad como lo hacía Jesús, y que eso tiene que
ver, no sólo con el mirar, sino también con el escuchar, con el sentir, con el tocar, con el decir,
con el callar...
Por eso llegan a convertirse en modelos de identificación el samaritano, que miró de una
manera tan auténticamente contemplativa al hombre caído en la cuneta que su corazón se
conmovió, sus pies se acercaron al herido y sus manos se pusieron a curarlo; o aquel hombre
entendido en perlas, que supo reconocer entre sus manos la que de verdad valía y vendió todo
lo demás para comprarla.
Un universo de nuevas significaciones
A lo largo de todo el evangelio asistimos a una paciente relación educativa de Jesús con sus
discípulos en la que trata de comunicarles su experiencia del Reino. Conmueve ver la
«pedagogía experimental» con la que tantea, ensaya, provoca, busca comparaciones y
ejemplos, echa mano de un sinfín de recursos para contagiarles su manera de ver la vida. Y es
que sabía que ellos y nosotros necesitamos de todo eso, como necesitan los niños los hombros
de su padre para ver desde ahí la cabalgata de Reyes o el paso de alguien importante que
desde abajo no consiguen divisar.
Si aceptamos mirar desde ahí, desde esa sabiduría nueva, lo que vemos no es un plus de
misticismo que se añade a la vida, sino la vida tal como es vista desde el Padre. Por eso, ser
contemplativo no es un lujo espiritual, sino la única manera posible de vivir en la verdad. Lo
contrario de la contemplación no es eso que en la ascética tradicional llamábamos
«activismo», sino algo mucho más grave: el engaño. Por eso, cuando Jesús devolvía la vista a
los ciegos, el evangelio de Juan habla de «signos», porque, más allá de la curación física, lo que
ocurría era que alguien salía de la oscuridad y de la mentira y empezaba a ver la realidad desde
la verdadera luz.
Bautizarse en Jesús es sumergirse en esa luz y entrar en un universo de nuevas
significaciones. La comunidad cristiana nos va iniciando poco a poco en ese código secreto que
nos permite contemplar la vida de otra manera. Lo que ocurre es que, a veces, pasan los años,
nos hacemos peritos, escribas o doctores en teología y hasta en lenguas bíblicas y, a pesar de
ello, la lengua de Jesús sigue siéndonos desconocida. Y, en especial, seguimos resistiéndonos a
usar como él los adverbios y los adjetivos:
— Nosotros llamamos estar arriba a ese prestigio que nos da el haber atrapado cualquier
tarima, escalafón, podio o taburete que nos haga sobresalir por encima de los demás.
En cambio, para Jesús, arriba está el publicano que no se atrevía a levantar los ojos
del suelo (Lc 18,3); o la cananea que se contentaba, como los perrillos, con las migajas
que caían debajo de la mesa de los señores (Mc 7,28); o Zaqueo, a quien todos
miraban por encima del hombro (Lc 19,3).
— Nosotros nos sentimos grandes cuando infundimos respeto por nuestros
conocimientos, nuestra categoría personal o nuestra cuenta corriente; pero Jesús
parece reírse de ese tipo de grandeza, como se ríen los niños de los gigantones de
cartón de las fiestas callejeras. Y se admira, en cambio, de la grandeza oculta de toda
esa gente «inferior» y «subalterna» que vive prestando servicio (cf. Mc 10,43) tan
naturalmente como camareros que ignoran ser los verdaderos invitados de honor de
la fiesta.
— También con el más y el menos nos hacemos un lío, porque es difícil entender esas
peculiares matemáticas suyas según las cuales valían más los dos céntimos que echó
en el cepillo del templo aquella viuda pobre que las grandes cantidades que echaban
otros de lo que les sobraba (cf. Lc 21,1-4).
— Tampoco nos coinciden el cerca/lejos y el dentro/fuera: los fariseos (y fácilmente
nosotros) se sentían dentro de la ley y, por lo tanto, cerca de Dios; pero resulta que
los llamados al convite eran los que estaban fuera, perdidos por los caminos (cf. Mt
22,9), y el que terminó gozando en el seno de Abraham fue Lázaro, el mendigo que
había estado siempre a la intemperie, a la puerta del rico (cf. Lc 16, 19-31). También
María Magdalena, el centurión o la samaritana y todo aquel gentío que le seguía
estaban/Mera, como ovejas sin pastor, al margen de la salvación de Israel. Y son
precisamente ésos, los últimos de entonces y de ahora, los que para Jesús son los
primeros.
Por eso nos quedamos con la versión «light» de la contemplación y preferimos que no nos
lleve más allá de aprender o enseñar a relajarse, crear ambientes apropiados y encender velas
delante de un icono. Y por eso todas las distintas pedagogías de oración, aunque sean
necesarias, sólo son cristianas cuando están integradas en lo otro, cuando son los espacios en
los que nuestra ceguera congénita se hace súplica de una luz que no nos pertenece o acción de
gracias exultante cuando, como a Jesús, se nos revela algo de cómo es el mundo desde la
mirada del Padre.
Tres verbos para conjugar
Aprender a contemplar ha sido una meta deseada por generaciones enteras de cristianos, y
nuestras bibliotecas están llenas de diccionarios, libros y revistas que nos hablan de ello.
Sabemos lo importante que es la humildad, el recogimiento, el silencio interior, la purificación
del corazón y la atención a la presencia de Dios. A todo eso me atrevo a añadir aquí tres
verbos que aparecen entre líneas en el evangelio como condiciones de posibilidad para la
contemplación: sospechar, asombrarse y arriesgarse.
SOSPECHAR puede resultarnos un verbo incómodo y tener para nosotros un contenido
tirando a negativo. Sobre todo, si somos nosotros mismos y nuestras actitudes el objeto de la
sospecha. Y, sin embargo, a Jesús, que siempre está animando y quitando miedos («¿Por qué
teméis?» [Mt 6,50]; «No andéis preocupados» [Lc 21,22]; «¡Ánimo, hijo!» [Mt 9,2]), no parece
preocuparle demasiado abrir los ojos de los suyos y espabilar su vigilancia para que no se
fabriquen una imagen falsa de sí mismos. No los trata como a «ciudadanos libres de toda
sospecha», y se ve que le parece bastante probable que ellos y nosotros vayamos por ahí
tocando la trompeta cada vez que hacemos algo bueno (cf. Mt 6,2); o que, haciéndonos los
distraídos, intentemos sentarnos en el mejor sitio del banquete (cf. Lc 14,7); o que sigamos
empeñados en encontrar, por fin, esa aguja de ojo suficientemente grande como para que se
cuele por él el camello de nuestras posesiones (cf. Lc 18,25).
Aquello de que «Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía... y sabía lo que hay en el
hombre» (Jn 2,25) podrá gustarnos más o menos, pero la afirmación no puede ser más clara.
Lo que ocurre es que esa desconfianza suya estaba unida a una apuesta incondicional por cada
uno de esos hombres y mujeres en su situación concreta, por más cascada y apagada que
estuviera. Por eso, a la vez que llamaba al reconocimiento abatido de su propia debilidad, les
transmitía la seguridad de ser aceptados y queridos precisamente así, tal como eran.
Educar para la contemplación es ayudar, desde niños, a perder el miedo a reconocer los
propios fallos, a dejarse preguntar, a relativizar las propias opiniones, a dejar que otros borren
lo que hemos escrito o descosan nuestros pespuntes. Y a consentir también que donde
nosotros decimos «arriba, grande, más», Jesús corrija: «abajo, pequeño, menos». Sin esta
actitud de dejarse descentrar de la propia percepción, nuestra contemplación no irá más allá
del azogue del espejo en el que admiramos a nuestro propio personaje.
Y esto no es ascética moralista, sino camino único de posibilidad para hacernos dóciles al
Espíritu, que está siempre empujándonos fuera de nuestro patio, tan estrecho, y queriendo
sacarnos al espacio abierto, donde hay viento y sol. El aprendiz de contemplativo tendrá que
irse acostumbrando a desdramatizar sus equivocaciones, sus pequeños fracasos y ridículos, y a
aceptar no ser mucho más que un puñado de polvo, como nos repetía antes machaconamente
cada cuaresma. Y saber también que un poco de agua y las pacientes manos del alfarero
pueden convertir ese polvo en una vasija preciosa (pero no cerrarse a la sospecha de que,
según se mire, a veces casi se parece más a un botijo de verbena...).
ASOMBRARSE es algo característico del discípulo: sólo puede aprender el que tiene viva la
receptividad y la capacidad de sorpresa, el que está dispuesto a dejarse des-concertar y
desquiciar, es decir, a poner en entredicho los propios conciertos y quicios. Hay que aceptar
que aquel de quien se pensaba que había perdido el juicio (Mc 3,21) nos rompa el equilibrio.
Hay que consentirle que irrumpa en el casillero polvoriento donde intentamos archivar su
palabra entre sentencias de juiciosa prudencia y de sensatas componendas.
El asombro nos vacuna contra el virus que hace inofensivo el evangelio y que nos lleva a
convertirlo en un conjunto de conocimientos bellos y pacíficos que se van acumulando en la
memoria mientras la vida se queda a salvo.
«La belleza del desierto consiste en que esconde un pozo en algún lugar» decía A. de Saint-
Exupéry; y el asombro es eso, andar por la vida como por un campo que oculta un tesoro, o
como por un camino en el que un desconocido puede juntarse con nosotros en cualquier
momento y darse a conocer al partir el pan.
Ojo al día en que no nos sorprenda que alguien haya dicho: «¡Qué suerte tienen los
perseguidos!» (Lc 6,22), o que la riqueza es, de por sí, injusta, y lo único decente que se puede
hacer con ella es hacerse amigos de aquellos que tienen asegurado el Reino (Lc16,9). Si todo
eso nos suena a sabido, mejor es que pidamos la excedencia como educadores de la fe y nos
dediquemos a llevar la contabilidad de la parroquia. Por lo menos, hasta que se nos cure la
memoria de esos «saberes».
Si importa tanto cuidar la capacidad de asombro como a la niña de nuestros ojos, es
porque, gracias a ella, puede nuestra mirada parecerse a la de los niños. Y sólo entonces
podemos entrar en relación con los demás de esa manera desprotegida y descalza que
presiente siempre en los otros algo que está más allá de la imagen que nos hemos formado de
ellos.
Por eso, cuando la niña de los ojos se nos enturbia, tenemos que ponernos, como
Bartimeo, al borde del camino, dando voces para ser curados. Y la curación consiste en que se
nos caen de los ojos las escamas del aburrimiento y la costumbre y empezamos a creernos,
con sorpresa, que somos increíblemente queridos.
ARRIESGARSE a algo supone entrar en una relación especial con el tiempo: los minutos que
dura la carrera de caballos, los segundos que tarda en pararse la bolita de la ruleta, el período
más o menos largo que necesita para salir adelante o fracasar el proyecto en que hemos
invertido nuestro esfuerzo, son medidas de tiempo intenso. Un tiempo al que hemos confiado
algo que nos importa mucho.
En esa relación especial juega un papel importante la categoría de aplazamiento, y el
riesgo consiste precisamente en eso, en apostar ya en el presente por un futuro que tiene toda
la fragilidad de lo que aún no existe, de lo que no es demostrable ni manipulable. Las palabras
de Jesús nos introducen en este extraño juego: por un lado, se refieren a un ahora concreto e
inmediato: «Vende lo que tienes» (Mc 10,21), «Dichosos los no violentos» (Mt 5,4), «Tú eres
Simón, hijo de Juan» (Mt 16,17), «Perdonad» (Lc 6,37); y suponen con toda naturalidad que
aquellos a quienes van dirigidas se arriesgarán a cumplirlas, sin más garantía que la que esa
misma palabra les ofrece para el futuro: «Tendrás un tesoro en el cielo»; «ellos poseerán la
tierra»; «Tú te llamarás Pedro»; «seréis perdonados».
Ser contemplativo es familiarizarse con esta «ley de período largo» del evangelio, que
cuenta con la lentitud con que la levadura va fermentando la masa o con la incomodidad de
esperar hasta la siega para arrancar la cizaña. Y con el riesgo que supone ponerse a caminar
sin bastón ni alforja, porque sólo al final se revela que ahí estaba el secreto de la libertad.
El contemplativo acepta entrar en esa otra medida que Dios tiene del tiempo, y se deja
convencer de que no hay que andar agobiado por el mañana, de que lo que se siembra crece
por su propio impulso, sin que uno ande levantándose a vigilarlo; y que, en cambio, es por la
llegada siempre imprevista del Hijo del hombre por lo que hay que estar alerta.
Aprender ese ritmo de Dios supone gastar tiempo en eso, aparentemente tan poco eficaz,
que llamamos oración, porque sólo ahí aprendemos a acomodar nuestro paso al suyo. Y es
que, desde que Adán se escondió porque tenía miedo de su presencia, parece que anda Dios
buscando a alguien que se arriesgue a caminar con él por el jardín, al este, en Edén. Y, por si lo
que nos asusta es el bochorno, suele esperar a que refresque con el relente de la tarde...
Todo esto de sospechar, asombrarse y arriesgarse, es Jesús quien puede enseñarlo; pero es
que él tuvo buena escuela: cuando empezó a hacerlo, llevaba treinta años viviendo junto a una
mujer contemplativa, y también él supo guardar en su corazón el eco y el talante de lo que
cantaba su madre. Por eso, cuando dice cómo hay que orar, pone como modelo a alguien que,
como María, se ponía en el último lugar, y Dios miró su humillación como había mirado la de
ella. Y enseña, en cambio, a sospechar de la falsa imagen de hombre intachable que tenía el
fariseo.
Su exclamación más explícitamente contemplativa, «Te doy gracias, Padre, porque has
ocultado estas cosas a los entendidos y se las has revelado a la gente sencilla» (Mt 11,25), o la
proclamación de las bienaventuranzas, resuenan ya en el asombro con que María canta las
maravillas que Dios ha hecho con ella, tan pequeña y que, precisamente por ser mujer,
representa el no-poder, el no-saber, el estar en el margen. Por eso la llamarán dichosa todas
las generaciones, y también porque ella es la gran creyente que se arriesgó a descubrir, ya en
la opacidad de una historia dominada por los poderosos, el germen de algo nuevo que estaba
a punto de estallar. María se decidió a poner su fe en Aquel que levanta a los humildes e invita
a los hambrientos a saciarse en su banquete y a creer que los otros, los engreídos, los
saciados, los de arriba («¡ay de vosotros!», les dirá Jesús), resultan ser los de abajo y los de
fuera.
Nadie en Israel se había atrevido a ir tan lejos en la «revolución de los adverbios» como
esta mujer de Galilea. De Nazaret había empezado a salir algo bueno.
Ayudas para abrir los ojos
Posiblemente nos surgirá la pregunta: ¿dónde aprender a ser contemplativos?
Pues depende de cómo ande nuestra fe en aquello de que no hay que llamar a nadie
«maestro ni director, porque el Maestro es uno solo» (Mt 23,8-10). Si nos lo creemos a
medias, acudiendo más que nada al director(a) espiritual o a cursillos, conferencias y libros.
Si nos lo vamos creyendo un poco más, a lo mejor también lo de arriba, pero además
buscando al Maestro allí donde dijo que estaba: en medio de la gente que se reúne en su
nombre. Por eso, donde hay una comunidad, un grupo de oración, una reunión de creyentes,
hay posibilidad de aprender a ser contemplativos. Porque ahí podemos recibir y darnos
mutuamente el valor y la fuerza que necesitamos para mirar y afrontar la vida como lo hacía
Jesús y ayudarnos unos a otros a erguirnos y a mirar hacia arriba, como hizo él con aquella
mujer encorvada (Lc 13,10-17).
Esos espacios de encuentro, como también las instituciones educativas cristianas, tendrían
que ser como el gancho del que se puede colgar el candil que alumbra a toda la casa y que
permite contemplar, desde esa luz, todo lo que en nuestra sociedad es contrario al proyecto
del Reino. Pero, para eso, es urgente que esos espacios de encuentro y esas instituciones
emprendan la tarea de ser «fermento» y no «cemento», que sean «palabra crítica» y no sólo
«plataforma repetidora», y que se vayan haciendo capaces de acompañar el compromiso
efectivo por la transformación de esa realidad, que es la consecuencia de la contemplación.
Pero, para hacer todo eso con otros, tenemos nosotros mismos que dejarnos quitar la
venda que impide a nuestros ojos contemplar al Dios vivo y entregarnos a su causa en el
mundo. Y eso sólo se consigue estando cerca de aquellos que son la mejor custodia de su
presencia real: los que entre nosotros están desposeídos y dejados al margen, porque es en
ellos donde se nos revela el rostro del Siervo. Y cuando él venga como Señor a enjugar todas
las lágrimas, se nos revelarán en plenitud los dos adverbios que esconden el secreto más
estremecedor de la vida: que nuestros ojos, ya aquí, habían podido empezar a contemplarlo
cara a cara.
Preguntas para la Oración:
SOSPECHAR: ¿De qué cosas de mi vida me animo a sospechar? ¿me animo a sospechar de mis
intenciones, cuándo? ¿me animo a sospechar de mis certezas: hay cosas que afirmo, de las que
estoy seguro, pero que en el fondo de mi corazón pueden no ser tan estables como yo quisiera
y afirmo?
ASOMBRARSE: ¿Sé asombrarme frente a la realidad? ¿puedo mencionar cosas y personas ques
me han asombrado en este último tiempo?
ARRIESGARSE: ¿Qué riesgos me cuesta correr? ¿En qué cosas de la vida busco asegurar,
minimizar los riesgos, para estar más seguro?
Pedir a María un corazón contemplativo, capaz de sospechar, de asombrarse, de arriesgarse.
Vengo aquí (Canción)
Vengo aquí, el corazón abierto, libre frente a ti,
a contarte de mis viajes, de lo vivido.
Aquí estoy, hay tan solo una silla y un instante que
se enciende en el calor de tu mirada, escúchame.
Ya sin más distancias ni límites necesito hablarte, abrázame.
Con la vida entre mis manos me abandono hoy a las tuyas,
Estas lágrimas te cantan lo que soy. Te sonrío y siento calma.
Te miro y digo:
Gracias, gracias porque me haces vivir.
Gracias, gracias porque tú eres amor.
Veo con mayor claridad
Lo que puedo llegar a ser
Si de la mano contigo voy.
Vengo aquí, las manos manchadas, huesos frágiles.
para conversar de mis errores, que te he perdido.
Aquí estoy, lleno de victorias que no dejan paz,
atado a nuevos éxitos que atrapan, perdóname.
Sin más armaduras inútiles
traigo aquí mi vida entera, ayúdame.
Y no busco soluciones
solo pasos más humanos
que caminen a mi lado otra vez.
Es tu amor que necesito.