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Curso Acompañante Terapéutico

Titular: Lic. Pinto Belen


Instituto MAS

Resiliencia

Seminario 5 – AT

La resiliencia es entendida como el proceso que permite a ciertos individuos desarrollarse


con normalidad y en armonía con su medio a pesar de vivir en un contexto desfavorecido y
deprivado socioculturalmente y a pesar de haber experimentado situaciones conflictivas
desde su niñez. No se trata solamente de un concepto que se añade a los ya conocidos sino
que supone la confirmación de una perspectiva más dinámica, interactiva y global del
desarrollo humano y de los procesos relativos a la salud mental y la adaptación social.

La resiliencia ha introducido una perspectiva diferente tanto en el ámbito de la psicopatología


como en el de la educación al confiar más en la fortaleza de las personas y en sus
posibilidades de realizar cambios positivos. Este enfoque está más próximo a modelos
dinámicos e interactivos del desarrollo que a modelos unidireccionales. Desde esta
perspectiva, la resiliencia abre además una ventana al optimismo y a la confianza en las
posibilidades de adaptación y de mejora constante del ser humano. No obstante, las nuevas
investigaciones irán perfilando mejor los ámbitos de aplicación y los límites de este
interesante concepto.

INTRODUCCION

En las últimas décadas, la resiliencia está suscitando un gran interés en profesionales de


distintos ámbitos de la salud y la educación. Posiblemente más que un nuevo concepto se
trata de un dominio del conocimiento en el que confluyen observaciones, investigaciones y
prácticas psicosociales, las cuales evidencian la capacidad del ser humano para resistir y
superar las adversidades y para construirse con integridad, a pesar de haber sufrido
experiencias traumáticas.

La idea de la resiliencia ha reforzado una perspectiva más actual, contextual y sistémica del
desarrollo humano. Afirma que una infancia infeliz, precaria y conflictiva no determina
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necesariamente ni conduce de forma inevitable hacia la desadaptación y los trastornos


psicológicos futuros. Frente a los determinismos biológicos y medioambientales, la
perspectiva de la resiliencia destaca la complejidad de la interacción humana y el papel activo
del individuo en su desarrollo. Del mismo modo, insiste en que los contextos desfavorables
no afectan a todas las personas por igual y el cambio que caracteriza al ser humano también
influye en la evolución de sus conflictos y trastornos.

No parece imaginable una vida sin dificultades ni problemas, en un contexto perfecto. La


mayoría de los individuos evolucionan con normalidad y buscan el bienestar, dadas unas
condiciones sociales de vida, no exentas de dificultades. El desarrollo de las sociedades
evidencia que la mejora en las condiciones sociales de vida no conduce necesariamente a la
salud mental de toda la población. Tampoco se sabe con certeza qué circunstancias son las
que afectarán negativamente a un niño. Por ejemplo no se podría concluir que la víctima de
un abuso sexual evolucionará inexorablemente hacia la prostitución, que el hijo de un
esquizofrénico sufrirá una enfermedad mental, ni un menor agredido será un agresor en la
vida adulta. Por consiguiente, en el desarrollo humano es difícil que se produzcan relaciones
causales constantes entre factores medioambientales y características individuales.

El enfoque de la resiliencia se ha enriquecido de las investigaciones evolutivas que han


utilizado modelos longitudinales y estructurales para explicar el cambio intraindividual e
interindividual. También la investigación en psicopatología del niño y del adolescente ha
sido relevante al detectar los factores de riesgo para el desarrollo normal y el modelo de la
vulnerabilidad. Sin embargo, la psicopatología ha priorizado los diseños cuantitativos,
“retrospectivos” y lineales para relacionar factores antecedentes con ciertos trastornos, sin
explicar suficientemente los mecanismos de relación entre las variables del sujeto y del
medio, ni los procesos del cambio normal o patológico. La constatación de que existen niños
que se desarrollan con normalidad en un contexto patógeno ha abierto el camino a los
estudios de la invulnerabilidad, los factores de protección y la perspectiva de la resiliencia.

La psicología humanista hace tiempo que ha defendido la existencia en el ser humano de una
“fuerza” que le lleva hacia la autorrealización, de un mecanismo interno, llámese actitud
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positiva o biófila, que favorece la salud y la normalidad, que alienta a crecer y ser mejores,
aún en condiciones adversas. La investigación sobre la resiliencia incide sobre esa dualidad
característica de los niños: son inmaduros y vulnerables, al tiempo que buscan el equilibrio,
el bienestar, desean adaptarse y crecer. Mientras que la psicopatología y la psicología clínica
se ocupan prioritariamente del desarrollo anormal y los trastornos, la perspectiva de la
resiliencia va un poco más allá al estudiar cómo se produce un desarrollo físico y psicológico
normal cuando las condiciones son peculiarmente desfavorables, cuáles son los mecanismos
de compensación intervinientes y las diferencias de los individuos en las respuestas a los
conflictos y al estrés.

Aunque existen factores constitucionales que favorezcan la personalidad resiliente como el


temperamento, la salud, el sexo, la apariencia física o la inteligencia potencial, la resiliencia
es una cualidad que se puede aprender y perfeccionar. Por eso, la Optimización Evolutiva
que busca la manera de prevenir los riesgos y promover un desarrollo óptimo de los sujetos,
se relaciona con el proceso de la resiliencia. La optimización del desarrollo humano va vas
allá que la capacidad de resistencia a la adversidad, implica el enriquecimiento al mayor nivel
posible y todo lo que contribuye a su logro.

No existen recetas sencillas en el trabajo social o en la educación con personas desfavorecidas


para favorecer la resiliencia, pero se comprueba que cuando se fundamenta la intervención
en los aspectos sanos y normales, en los puntos fuertes más que en las deficiencias y
debilidades, se deposita en los afectados una mirada positiva que les hace creer en sus
posibilidad.

EL CONCEPTO DE RESILIENCIA

El término resiliencia procede del latín, de resilio (re salio), que significa volver a saltar,
rebotar, reanimarse. Se utiliza en la ingeniería civil y en la metalurgia para calcular la
capacidad de ciertos materiales para recuperarse o volver a su posición original cuando han
soportado ciertas cargas o impactos. Por extensión, la resiliencia podría representarse como
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la deformación que sufre una pelota lanzada contra una pared y la capacidad para salir
rebotada.

El término fue incorporado en las ciencias sociales a partir de los años 60 y caracteriza la
capacidad que tienen las personas para desarrollarse psicológicamente sanos y exitosos a
pesa de vivir en contextos de alto riesgo, como entornos de pobreza y familias
multiproblemáticas, situaciones de estrés prolongado, centros de internamiento, etc. Se
refiere tanto a los individuos en particular como a los grupos familiares o colectivos que son
capaces de minimizar y sobreponerse a los efectos nocivos de las adversidades y los
contextos desfavorecidos y deprivados socioculturalmente, de recuperarse tras haber sufrido
experiencias notablemente traumáticas, en especial guerras civiles, campos de concentración.

La resiliencia no está en los seres excepcionales sino en las personas normales y en las
variables naturales del entorno inmediato. Por eso se entiende que es una cualidad humana
universal presente en todo tipo de situaciones difíciles y contextos desfavorecidos, guerra,
violencia, desastres, maltratos, explotaciones, abusos, y sirve para hacerlos frente y salir
fortalecido e incluso transformado de la experiencia.

Se puede aceptar que la resiliencia forma parte del proceso evolutivo de los individuos, pero
no está claro que sea una cualidad innata ni tampoco estrictamente adquirida. Se entiende
mejor como una capacidad que se construye en el proceso de interacción sujeto-contexto que
incluye tanto las relaciones sociales como los procesos intrapsíquicos (motivos,
representaciones, ajuste), y que en conjunto permiten tener una vida “normal” en un contexto
patógeno. La idea de proceso e interacción nos remite a la dimensión temporal y al cambio
evolutivo, por un lado, y, por el otro, a las distintas combinaciones entre las características
del niño y las características del entorno familiar, escolar, social o cultural, a la dialéctica
entre lo que el niño necesita, hace y siente y la cantidad y calidad con que el medio le atiende.
Según B. Cyrulnick (2004) todos estamos modelados por la mirada de los demás y depende
de esas miradas que uno se construya como resiliente o derive en un inadaptado psicosocial.
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La resiliencia comprende al menos dos niveles. En primer lugar está la resistencia o la


capacidad de permanecer integro frente al “golpe”; además, la resiliencia comprende la
capacidad de construir o de realizarse positivamente pese a las dificultades. Según este autor,
el concepto incluye necesariamente la capacidad de la persona o grupo de enfrentar
adecuadamente las dificultades de una forma socialmente aceptable y correcta. Este último
aspecto difiere de otras concepciones del comportamiento resiliente según las cuales la
persona resiliente se reserva la posibilidad de comportarse de forma “excepcional” cuando
las circunstancias son excepcionales. Algunos comportamientos de niños y adolescentes
como robos, agresiones, mentiras, consumo de drogas, actividades sexuales, etc., que en
condiciones sociales normales serían inadecuadas, desviadas o antisociales pueden servir
temporalmente como conductas resilientes y de supervivencia para los niños de la calle, los
excluidos sociales o los sometidos a centros de exterminio. Hay personas resilientes no sólo
son socialmente correctos sino que además sobresalen de la media por sus cualidades y su
éxito: dirigentes políticos, escritores, científicos, empresarios, etc.

Pierre-André Michuad describe 4 ámbitos de aplicación de la resiliencia:

Ámbito biológico: Cuando a pesar de las desventajas somáticas congénitas o adquiridas como
consecuencia de accidentes o enfermedades, los sujetos han sido capaces de llevar una vida
digna y creativa.

Ámbito familiar: Desarrollo exitoso de niños procedentes de familias desestructuradas,


conflictivas, victimas de abandonos, maltratos y abusos.

Ámbito microsocial: Cuando los supervivientes se desenvuelven en barrios o pueblos


determinados por la miseria, el paro, el chabolismo, la ausencia de servicios, la peligrosidad
social y todas aquellas carencias y circunstancias que obligan a los individuos a vivir en
estado “agresión social” continuada.

Ámbito macrosocial, histórico o público. La supervivencia a situaciones de catástrofes


naturales, guerras, terrorismo, deportaciones, etc.
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En las sociedades desarrolladas el microcontexto escolar es de gran relevancia en el


desarrollo del niño y del adolescente. La vida escolar está muy determinada por el contexto
familiar y social, pero posee también un alto grado de autonomía y es un entorno de
socialización muy importante para el niño. La escuela se convierte en un ámbito de resiliencia
cuando sobrepasa la mera función cognoscitiva, de enseñar y aprender, y se convierte en un
espacio de comunicación, dando oportunidades a todos los niños para tener vínculos
positivos que en algunos casos compensen experiencias negativas de otros ámbitos.

Existen varias definiciones de la resiliencia según el medio sociocultural y el ámbito desde


el cual se trabaja. Una síntesis de las diferentes aportaciones llevaría a concluir que la
resiliencia incluye la capacidad de establecer vínculos interpersonales adecuados, la
capacidad de trabajar, la capacidad de disfrutar y mantener un nivel subjetivo de bienestar
psicológico así como la capacidad de tener metas de realización personal y social, todo ello
a pesar de los inevitables problemas y dificultades pasados o futuros. Desde este punto de
vista, ser resiliente equivale a ser una persona normal y a poseer una buena salud mental, por
oposición a los que no siendo resilientes padecen de diferentes trastornos psicológicos.

CONCEPTOS RELACIONADOS CON LA RESILIENCIA

Algunos autores emplean el concepto de la resiliencia como sinónimo de adaptabilidad a


situaciones ambientales de riesgo, resistencia al estrés, fortaleza de carácter e
invulnerabilidad (Lemos, 2005). Otros autores, en cambio, entienden que es necesario
establecer las diferencias.

Resiliencia e invulnerabilidad

A diferencia del concepto de invulnerabilidad, la resiliencia nunca es una cualidad


permanente y absoluta de las personas puesto que puede variar según sea la agresión, la edad
o la situación en la que se encuentre el individuo. Un mismo niño puede resistir a ciertos
conflictos pero no a otros, de igual modo que en algún momento de su vida pudo ser resiliente
y pasado el tiempo tal vez no. Es improbable que alguien sea resistente a cualquier problema.
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La invulnerabilidad es una característica fundamentalmente intrínseca, constitucional, algo


que se tiene desde nacimiento y que permanece en la personalidad y en el comportamiento.
Los estudios sobre las diferencias temperamentales apoyaban esta idea, aunque
posteriormente, el influjo del temperamento en los trastornos psicológicos y en la
vulnerabilidad e invulnerabilidad está siendo relativizado. Las razones de este cambio está
en las dificultades de medida que tiene el temperamento y las variaciones que se producen
en el carácter y la personalidad en el transcurso de la vida. No obstante, aún admitiendo que
los rasgos temperamentales pueden ser importante en las interacciones tempranas del niño,
la resiliencia es en gran medida adquirida y variable según continúa la vida y difieren los
tipos de conflictos posibles.

La invulnerabilidad se entiende como una cualidad estable de la persona que facilita la


resistencia a la adversidad y le capacita para responder inmediatamente. La resiliencia, por
su parte, implica una cualidad inestable, dinámica, que se crea y se mantiene en la dialéctica
persona-situación, una variable que determina el proyecto de vida de cada uno.

Por último, el enfoque de la vulnerabilidad-invulnerabilidad permanece en el ámbito de la


psicopatología y lleva a una intervención de tipo compensatoria de las situaciones y factores
negativos, mientras que la resiliencia ha entrado con fuerza en otras áreas como la psicología
comunitaria, la educación y el trabajo social con la perspectiva de la optimización del
desarrollo individual y social.

Resiliencia y competencias personales

La persona resiliente se caracteriza por ser competente y tener habilidades positivas para
afrontar algunas situaciones adversas, aunque quizás no los sea para todas. Se podría decir
que la resiliencia es una disposición global y general que incluye otras competencias y
habilidades más específicas. Según Luthar, la competencia social es una de las características
más importantes de las personas resilientes porque les permite interactuar de manera positiva
y eficaz en contextos diferentes. Las personas con buenas relaciones sociales obtienen
refuerzos que elevan su autoestima y su bienestar, así como el apoyo para emprender nuevos
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retos. La competencia en habilidades cognitivas para evaluar los acontecimientos de manera


que faciliten un afrontamiento eficaz (coping) están también implícitas en los procesos de
protección a la adversidad y, en su defecto, en el mantenimiento de diversos trastornos
psicológicos y en lo que algunos han denominado “vulnerabilidad psicológica”.

Resiliencia y dureza

La dureza, resistencia o fortaleza de carácter (hardiness) son también constructos


multifactoriales usados para explicar las diferentes reacciones de los sujetos ante las
situaciones conflictivas y experiencias traumáticas. La dureza sería un factor mediador que
actuaría junto a otros mediadores de tipo biológico, psicológico o socioambiental cuando el
sujeto se enfrenta a una circunstancia de alto estrés. Lemos (2005) entiende que la dureza
incluye variables cognitivas identificadas como sentido de compromiso e implicación en la
situación, sentido de control sobre sí mismo y la situación, mecanismos eficaces de
afrontamiento, y por último, sentido de desafío, que implica sentir las dificultades como
oportunidades para el crecimiento personal. Un constructo muy parecido al de Kobasa fue
propuesto por Antonovsky bajo la denominación de “sentido de coherencia”, que incluye
comprensibilidad de las situaciones, manejabilidad, o capacidad para hacer frente a los
problemas, y significado, entendiéndolo como la creencia de que merece la pena la vida y
tiene sentido implicarse en ella, en los problemas, las situaciones difíciles y las adversidades.

Resiliencia y el proceso de protección

Los factores de protección son aquellas circunstancias que modifican o neutralizan los
factores de riesgo de modo que se minimizan los posibles daños psicológicos y se facilita una
adaptación exitosa al medio. Mientras que el concepto de factor de riesgo se asocia a
trastornos, los factores de protección están presenten en el proceso de la resiliencia.

Es difícil establecer la línea causal de factores de protección que contribuyen a la resiliencia


por cuanto que nos referimos a fenómenos complejos, multirrelacionados e interactivos de
variables individuales y sociales. En algunos casos, la presencia de ciertas cualidades
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individuales, ser chica, tener un nivel intelectual alto o aficiones absorbente, es un factor de
protección. En otros casos, es un factor de protección la ausencia de enfermedades,
anomalías o lesiones. Igualmente los factores de protección no equivalen a experiencias
positivas, pues ciertas experiencias conflictivas pueden preparan al sujeto para
afrontamientos eficaces en posteriores circunstancias adversas. Al mismo tiempo, las
experiencias positivas, especialmente si están asociadas al apego seguro, ayudan a reducir el
impacto de los traumas infantiles y a recuperarse mejor tras su ocurrencia ( p.e. la muerte de
los padres).

Los mecanismos de protección y la formación de la resiliencia apuntan a procesos


interactivos donde las variables intervinientes pueden modificar su importancia y significado.
Rutter (1990) señaló que a veces un mecanismo de protección se puede invertir de sentido y
convertirse en un factor de riesgo y viceversa. Por ejemplo, separar a un niño de una familia
que lo maltrata puede ser una acción protectora, pero si no se ofrecen otras soluciones
positivas, tal separación puede desencadenar nuevos problemas para el niño. Cuando un
menor huye del hogar suele ser el inicio de una serie de conductas de riesgo, pero si el hogar
es conflictivo puede inicialmente ser una acción protectora. El poder contar una experiencia
traumática (violencia de género) puede ser un factor de agravamiento o de resiliencia según
a quién y cómo se cuente: en la comisaría de policía, en el grupo terapéutico, etc.

LA CONSTRUCCIÓN DE LA RESILIENCIA

Desde el punto de vista del desarrollo individual, el concepto de la resiliencia forma parte de
las interacciones del niño con su entorno, en el ecosistema formado por el individuo, su
familia y otros ámbitos sociales más o menos próximos: la escuela, la comunidad amplia y
otros factores socioculturales vigentes en cada momento histórico. La construcción de la
resiliencia depende del funcionamiento de los factores individuales, familiares y
socioculturales y sus continuas interdependencias.

La globalización, como fenómeno social actual, tiene sus influencia no sólo en las economías
y las comunicaciones sino que afecta incluso a nuestro modo de vida privado, vivamos donde
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vivamos y seamos más bien privilegiados o marginados sociales. En los países desarrollados
hay una mayor atención a las necesidades sociales y educativas de la población, mejora el
respeto de los derechos individuales, y se tiende la resolución de los conflictos por medio del
diálogo y la negociación. Los valores asociados al progreso socioeconómico y la cultura
democrática penetran en la vida de las familias y en los entornos sociales inmediatos: la
escuela, los servicios comunitarios, la convivencia social. Estos valores influyen en la
relaciones interpersonales y favorecen los procesos de resiliencia individual y de los grupos
sociales, pero no evitan todo tipo de trastornos psicológicos.

Pero el bienestar psicológico no se deduce necesariamente de “la riqueza bruta” sino de la


calidad y la manera en se estructuran las interacciones, aspectos en parte autónomos respectos
de las condiciones sociales y materiales de vida Hay que tener en cuenta que el desarrollo
económico de un país no es uniforme para todos sus habitantes y que en las sociedades más
desarrolladas coexisten la pobreza y la riqueza. Las familias que cuentan con medios
materiales y culturales propios y en su entorno para atender adecuadamente a las necesidades
de sus miembros reducen las fuentes de conflicto y, en consecuencia, se reducen los índices
de trastornos. La familia resiliente es la que se desenvuelve en una dinámica de interacción
positiva, basada en el afecto y el apoyo mutuos, protege a sus miembros de circunstancias
negativas del entorno social y estimula la formación y la autonomía de los hijos. De esta
manera, ayudándoles a ser competentes como futuros adultos, las familias contribuyen al
desarrollo de la resiliencia.

Los factores internos del individuo y los factores del entorno inmediato que favorecen la
resiliencia son difíciles de diferenciar, pues están íntimamente relacionados. Se sabe que se
reducen las fuentes de estrés infantil al poseer una buena constitución física y un sistema
inmunitario adecuado, en la ausencia de contagios y enfermedades importantes, cuando las
intervenciones médicas son puntuales y de carácter preventivo. Un niño fundamentalmente
sano y de apariencia agradable tiene más posibilidades de evolucionar sin trastornos
psicológicos que un niño con anomalías físicas, discapacidades y necesitado de cuidados
socio-sanitarios. Tanto el desarrollo prenatal como las maneras de realizar la crianza en las
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primeras edades remiten a las características de los padres, su formación y equilibrio mental.
Incluso las actitudes positivas de los padres pueden contribuir a hacer más llevaderas las
dificultades derivadas de ciertas limitaciones físicas, discapacidades o enfermedades de los
hijos.

El temperamento ha sido destacado como uno de los factores constitucionales no inmediatos


que favorecen la resiliencia. Los niños de temperamento fácil, los que sonríen, los que
agradan a primera vista, los que olvidan con prontitud las pequeñas frustraciones de cada día,
son fáciles de educar y atender, y vinculándose socialmente de manera adecuada construyen
un recurso protector que les puede llevar a ser resilientes. En cambio, el temperamento difícil,
asociado a la actividad excesiva o muy escasa, la distractibilidad, el negativismo, altos
niveles de reactividad e irritabilidad supone un riesgo de alteraciones psicológicas
posteriores. Habría que pensar si lo que llamamos temperamento no está a su vez influido
por las condiciones de desarrollo prenatal, las cuales remiten a la salud física y emocional de
la madre y a sus condiciones de vida. El temperamento del recién nacido influye en las
primeras cadenas de interacción con los padres, pero el inicio de las relaciones no determina
toda la personalidad del niño. Si coinciden un temperamento difícil, unos padres
problemáticos y en unas condiciones sociales desfavorables, las relaciones se pueden volver
muy conflictivas desde el principio.

Incluso desde antes de nacer, la vida del niño está asociada a las personalidades, historias,
condiciones, expectativas y valores de los padres. La confluencia positiva de estos factores
puede favorecer la creación de un nicho ecológico estable y favorable a la vinculación
afectiva segura. El niño pequeño es capaz de adaptarse positivamente a distintos escenarios
o climas familiares. La formación del apego seguro en un entorno familiar afectuoso y estable
es uno de los mejores factores de protección y de desarrollo de la resiliencia para el niño. La
estabilidad o inestabilidad temprana del medio permite poner en marcha ciertos aspectos del
temperamento como la reactividad a la frustración y crear estilos de afrontamiento más
tendentes a la resistencia o a la vulnerabilidad. El apego seguro y el clima familiar positivo
y protector proporcionan seguridad y establecen las condiciones para la exploración y el
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conocimiento del medio, para ampliar el marco de relaciones sociales y en definitiva para
progresar en la autonomía, competencias de la infancia todas ellas protectoras frente a las
adversidades futuras.

La mayoría de las características individuales asociadas a la resiliencia proceden de la


educación y por lo tanto pueden aprenderse. En los distintos contextos socioeducativos las
relaciones protectoras que contribuyen a la resiliencia son aquellas en las que se acepta al
niño tal cual es, le transmiten un sentimiento de persona digna, valiosa, merecedora de afectos
y atenciones, las que permiten trabar una relación constructiva. Un niño puede creer que la
vida tienen sentido positivo y puede superar o sobrellevar una situación difícil cuando siente
que es aceptado por alguien significativo para él y, al mismo tiempo, es alguien en quien
poder focalizar sus necesidades de afecto de forma estable. La relación que confiere al niño
sentimientos de seguridad afectiva, altos niveles de autoestima y autoeficacia, promueve la
autonomía, establece metas adecuadas a sus características y posibilidades, facilita las
relaciones extrafamiliares y la formación de amistades, que es proporcionada por padres de
todo tipo de contextos sociales, posibilita superar las adversidades y evitar los trastornos
psicológicos.

Cualquiera que sea la forma de estructuración, la familia sigue siendo el espacio de refugio
en las dificultades personales y el punto de apoyo para los nuevos proyectos, en todas las
etapas de la vida. No obstante, la construcción de la resiliencia trasciende el ámbito familiar
hasta la comunidad. Los individuo y las familias pueden encontrar apoyos sociales entre sus
parientes, vecinos, grupos y asociaciones. Se debería profundizar en el estudio de las
características de las comunidades que pueden cumplir esa función de resiliencia para los
individuos y familias en riesgo de descompensación. Al mismo tiempo, la dimensión
comunitaria de la resiliencia nos orienta hacia la existencia de pueblos y comunidades
resilientes que han salido fortalecidos tras haber sufrido desastres y desgracias colectivas. La
tendencia al agrupamiento de los inmigrantes con sus semejantes de origen y cultura destaca
el apoyo psicosocial de la comunidad sobre el individuo en una situación generalmente de
extrema dificultad.
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Henderson y Milstein señalan “seis pasos para fortalecer la resiliencia” fomentados desde la
familia, la escuela y la comunidad. Tres de ellos tienen por objetivo mitigar los factores de
riesgo procedentes del ambiente: enriquecer los vínculos prosociales, fijar límites claros y
firmes en la acción educativa y enseñar habilidades para la vida. Los pasos 4 al 6 son los que
propician la resiliencia en el menor: brindar afecto y apoyo, establecer y transmitir
expectativas moderadamente difíciles, realistas pero alcanzables, y, por último, brindar
oportunidades de participación significativa. De estos seis pasos el primero, el más
importante y permanente es el afecto, pues parece imposible superar las dificultades y crecer
humanamente sin el alimento del afecto. Los resultados de estos seis pasos generan personas
optimistas, responsables, con alto grado de autoestima y autoeficacia.

En los contextos desfavorecidos la acción social debe orientarse hacia el fortalecimiento de


las partes más sanas de las relaciones familiares. Pero hay que tener en cuenta que también
en la escuela y en otros ámbitos se producen experiencias educativas relevantes que se han
de cuidar y estimular. Las oportunidades de tener rendimientos escolares adecuados, la
integración social y laboral, la participación en grupos y acciones prosociales son algunas de
las medidas que promueven la resiliencia y evitan el riesgo de conductas que conducen al
fracaso, la marginación y la conflictividad social.

Cuando el menor ha sido víctima de experiencias traumáticas, se hace necesaria la


construcción de la resiliencia tanto para superar los posibles trastornos asociados como para
prevenir posteriores fracturas. Más que de un suceso negativo concreto el daño psicológico
proviene en mayor medida del sentido que le da el niño y del que le transmite su entorno. Por
consiguiente, la orientación de la resiliencia debe estar enfocada no a olvidar el pasado sino
a comprenderlo y darle un sentido que reduzca la posibilidad de reproducirlo, evitando la
victimización continua y la sobreprotección. Todos los que trabajan con menores víctimas de
experiencias traumáticas pueden contribuir a la resiliencia con actitudes que les ayuden a
valorar la vida, proyectarse en el futuro, sentirse responsables de sí mismos, perdonar y
comprometerse en ayudar a otros que siguen sufriendo. También el desarrollo del sentido del
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humor, poner risas a las desgracias e implicarse en actividades culturales son medios para
superar los traumas y mirar el futuro con optimismo.

Todas las personas tienen algo de resiliencia y todas pueden promover la resiliencia en cuanto
que son responsables de otros y pertenecen al entorno de los demás. Todo lo que contribuye
a mejorar las relaciones de calidad con los demás, a comprenderles y aceptarles a pesar de
las diferencias, favorece la resiliencia propia y la de los demás.

Aunque la perspectiva de la resiliencia es novedosa en la literatura científica, los niños y


adultos de todas las épocas han contribuido a la resiliencia de los grupos y de los individuos,
a menudo sin pretenderlo. Una determinada frase, una mirada, el cogerse de la mano, actos
que para algunos son naturales e incluso triviales pueden ser de una gran repercusión
emocional. Imaginarse un futuro mejor proporciona un enorme poder protector y
transformador para alguien que ha sufrido.

CONCLUSIÓN

La resiliencia es un enfoque positivo y lleno de esperanza sobre las posibilidades de llevar


una vida normal en un medio desfavorecido así como la capacidad de afrontamiento, de
recuperación e incluso de transformación positiva y de enriquecimiento del ser humano tras
haber sufrido las experiencias traumáticas. Aunque está en todas las personas, no se puede
decir que sea una característica permanente sino un mecanismo interactivo entre las
cualidades psicológicas del sujeto y los factores de riesgo y de protección del entorno
familiar, social y cultural. En unos casos será más bien una cualidad estructural mientras que
en otros casos será una respuesta coyuntural. De todas formas el concepto de la resiliencia
ha sobrepasado el concepto clásico de vulnerabilidad.

Se sabe que los daños psicológicos más importantes que sufren los menores están producidos
por las personas significativas con las que se relacionan, de quienes cabría esperar afecto y
atenciones adecuadas. En contraposición, la resiliencia viene comprobando que las prácticas
educativas basadas en el afecto “fundamental” pueden cambiar el curso del desarrollo y
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transformar la desdicha en optimismo y confianza en la vida y en los demás. No obstante,


construir la resiliencia y ser resiliente no es un certificado de felicidad sino un medio para el
bienestar personal y el ajuste social.

Aunque existen factores constitucionales que favorezcan la personalidad resiliente como el


temperamento, la salud, el sexo, la apariencia física o la inteligencia potencial, la resiliencia
es una cualidad que se puede aprender y perfeccionar. Por eso, la Optimización Evolutiva
que busca la manera de prevenir los riesgos y promover un desarrollo óptimo de los sujetos,
se relaciona con el proceso de la resiliencia. La optimización del desarrollo humano va mas
allá que la capacidad de resistencia a la adversidad, implica el enriquecimiento al mayor nivel
posible y todo lo que contribuye a su logro.

En definitiva, la resiliencia está en contra de la fatalidad, en contra de la idea de que quienes


han sido maltratados o han vivido en un ambiente insano se convertirán en maltratadores y
conflictivos, o que quienes una vez fueron inadaptados no pueden ya cambiar. La resiliencia
sorprende a los médicos cuando algunos pacientes sobrepasan los límites de recuperación de
sus enfermedades y prolongan sus vidas más allá de lo estimado. También motiva a los
educadores, trabajadores sociales y terapeutas al comprobar que el destino humano no está
exclusivamente en los genes ni en las experiencias de la primera infancia, sino que se
construye día a día cuando el entorno cree en uno y ofrecer posibilidades de recuperación a
quienes sufren y están excluidos de la sociedad. Favorecer la resiliencia es buscar el bienestar
psicológico y promocionar la educación de calidad, la autoestima personal y las habilidades
comunicativas, y pensar que en todas las etapas de la vida se puede cambiar y mejorar,
contando con la decisión de los implicados y el apoyo sincero de los de su entorno.

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