¿Qué te digo amigo mío, ahora que estás de nuevo en casa?
Las cosas no han cambiado, mas sí las personas,
son estas, entes errantes y diferentes que no comparten ninguna similitud con su anterior identidad, han
dejado atrás todo lo que fueron y han adoptado nuevos intereses, pasiones y obsesiones, son espíritus
cautivados por recientes sueños y esperanzas, pero cómo antes mencioné, con las mismas cosas, situaciones y
relaciones. Cada mañana visito a mi madre ya envejecida por el paso de la vida y el reloj roto sobre la
cabecera de mi antigua cama me recuerda a los días de infancia en los que veía a este como a un simple
adorno, y pensaba que el tiempo era ilimitado, que jamás tendría que aprender a utilizarlo pues mis días serían
eternos y mis noches arrulladas por el canto de mi madre, fáciles de sobrepasar como un simple descanso para
el siguiente amanecer. Me veo a mí, hermano, y me doy cuenta de que ni a mí mismo puedo reconocerme,
cuando te fuiste, aún guardaba mi primera inocencia, aún pensaba en la castidad de mi alma como algo
positivo, puro y necesario, pero hermano mío, cuanta falta hiciste, para recordarme lo que en esta vida es
correcto e incorrecto, para enseñarme a diferenciar entre el negro y el blanco y también, el hecho de que hay
una completa gama de colores fuera de estos, me veo ahora envuelto en mil adicciones que poco o nada tienen
que ver con las que podrías llegar a pensar. Los vecinos que viven en el segundo piso de mi casa viven
ahogados, no por el olor del cigarrillo que es una pequeña molestia en algunas solitarias madrugadas, sino
más bien por el humo que brota de mis pensamientos cuando se tornan en recuerdos llenos de anhelo y
frustración. Mi hermana constantemente me molesta por el hedor que desprendo en las cenas familiares, que
no es ni a alcohol ni a tabaco, es hedor a viejo, a guardado, a putrefacción, un olor que refleja el estado de mi
moral anticuada pero ya corrompida por las modas, vicios y pensamientos populares, me disculpo contigo
viejo amigo por haber cambiado tanto en tu ausencia y te prometo, que no fue la misma la que nos cambió,
hiciste lo correcto al desprenderte de nosotros, pues somos nosotros quienes hemos corrompido a cada
persona que se ha quedado, con esos vicios, esos pensamientos, con esas modas, somos nosotros quienes nos
hemos ganado nuestro destino, un camino que no nos lleva a ningún otro lado que la desgracia, por último, te
quiero pedir un gran favor, y es que en cuanto completes tus deberes sociales en este lugar, te vayas, esta vez
para siempre, y no guardes rencor por lo que dejas atrás, ya ninguno de nosotros tiene salvación, estamos tan
hundidos en el fango mental que nos mantiene ligados a nuestro antiguo hogar que, aunque quisiéramos, no
podríamos alejarnos lo suficiente del mismo como para empezar a superar los actuales vicios y costumbres en
una nueva vida. Tú has sido de los pocos afortunados que logró salvarse de quedar atrapado, no guardes culpa
por ello, pues todos aquí admiramos tu valentía, y los que quisieran que quedaras aquí atrapado con nosotros,
los puedo contar con una sola mano y ni siquiera así podría representar lo poco que valen. Te pido que
comprendas hermano, pues sé que, si en tus manos estuviera, salvarías a todos los presentes, pero a veces,
para no hundirse en el fango, hay que dejar atrás lo que ya no se puede siquiera ver y seguir adelante para salir
de él, te lo ruego amigo del alma, vete lejos y jamás vuelvas, pues tu presencia suele brindarnos la sustancia
más peligrosa para el ser humano, esperanza.