Brigitte: Espionaje y Peligro en Venecia
Brigitte: Espionaje y Peligro en Venecia
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Lou Carrigan
ePub r1.1
Titivillus 10.06.2019
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Lou Carrigan, 1980
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Capítulo primero
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Solo que la CIA no disponía en exclusiva de los servicios de Baby, ni mucho menos.
Si otras personas la necesitaban, ella acudía. Por eso, aquel telegrama que…
La puerta del cuarto de baño se abrió de pronto, y Frank Minello apareció,
sonriente, abierta la boca para decir algo. Al ver a Brigitte desnuda ante el espejo,
Minello palideció, se quedó con la boca abierta, y sus ojos parecieron saltar hacia
delante.
—¡Frankie! —exclamó Brigitte—. ¿Qué haces aquí?
—Egú… Ta… Ta-ta… Da… Ña…
—¿Qué tonterías estás diciendo? —Brigitte agarró una toalla se la colocó delante
del cuerpo—. ¡Haz el favor de salir inmediatamente de mi cuarto de baño!
—Ña… ña-ña… Agú… Ta…
—¡Pero… ¿qué estás diciendo?! ¡Estás hablando como un niño de pecho!
—De eso se trata precisamente —dijo rápidamente Minello—… ¡Tengo hambre!
—¿Tienes hambre? Bueno, Peggy te preparará algo de…
—No, no… El nene no puede comer cosas sólidas. El nene, lo que quiere, es teta.
Agú Ta… Ta…
Brigitte enrojeció de ira, su ceño su frunció, en sus hermosísimos y grandiosos
ojos azules apareció un destello furioso, su boquita sonrosada se crispó en una mueca
que no presagiaba nada bueno… Pero de pronto, se echó a reír.
—¡Eres un sinvergüenza!
—Nene tiene ganita. ¡Mucha ganita!
—Pues búscate un ama de cría —rio de nuevo Brigitte—. Como bien sabes, yo no
estoy criando, de modo que no podría saciar tu apetito. ¡Y haz el favor de salir de
aquí de una vez! ¿Acaso no te ha dicho Peggy que yo me estaba bañando?
—Claro que me lo ha dicho. ¡Por eso he venido a verte!
—Oh, Dios mío —hizo Brigitte un gesto de impotencia—… ¡Es inútil discutir
contigo! Vamos, sé amable y ve a esperarme en el salón, por favor.
—De ninguna manera —masculló Minello—. ¡No iré al salón!
—¿Por qué no?
—Porque no quiero estar con ese viejo buitre comedor de carroña.
—Ah… ¿Está tío Charlie en casa? No sabía que hubiese llegado. Ni sabía que
hubieses venido tú.
—Pues hemos llegado juntos hace un minuto. ¡También es desgracia la mía…!
Me meto en el ascensor, y cuando ya me disponía a subir aparece el viejo buitre
carroñero volando en círculos y se mete en el ascensor conmigo, ignorando los otros
tres ascensores. ¡He tenido que soportar su presencia y su tufo a muerto durante
veintisiete pisos de subida!
—¿Habéis vuelto a pelear? —rio Brigitte.
—Cualquier día le hundiré su calva cabezota de un puñetazo. ¿Quieres que te
ayude a ponerte los sujetadores?
—No. Pero alcánzame el albornoz, ¿quieres?
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—¿Y por qué no los sujetadores?
—Porque están en el dormitorio. Aquí solo tengo el albornoz.
—¡Ah! Bueno, algo es algo.
Brigitte se desprendió de la toalla, se colocó de espaldas a Minello, y este le
ayudó a ponerse el albornoz. Luego, ella terminó de secarse el cabello, como ajena a
la presencia del querido amigo, que la contemplaba ahora en silencio, como absorto.
Pero, de pronto, Minello, murmuró:
—Me ha dicho Peggy que te vas de viaje.
—Así es.
—Por eso está aquí el buitre carroñero, ¿verdad? Te envía a alguna parte a jugarte
la vida otra vez…
—No, no. Esta vez, mi viaje no tiene nada que ver con la CIA, Frankie.
—Entonces, ¿qué hace el buitre revoloteando en tu casa?
—No sé.
—¿Adónde vas?
—A Ven… A Europa.
—¿A Venecia? —Adivinó Minello—. ¡Estupendo! Precisamente hace tiempo que
tengo ganas de ir a Venecia, ¡puedo prestarte excelentes servicios como gondolero!
—Gracias, pero no.
—Maldita sea mi suerte… ¿Y a qué vas a Venecia?
—Aún no lo sé. He recibido un telegrama solicitando mi presencia allí, eso es
todo. ¡Y no me hagas más preguntas, porque no tengo las respuestas! Puedes ver el
telegrama sobre la chimenea, y lo que leerás en él es todo lo que yo sé. Bueno, vamos
a ver qué quiere tío Charlie. ¿O prefieres quedarte en el cuarto de baño?
—¿Para qué, si tú sales de él? ¿Quieres que te lleve en brazos?
—Afortunadamente, Frankie, mis piernas todavía pueden sostener mi cuerpo.
—¡Y qué cuerpo…!
Salieron los dos del cuarto de baño, y Minello le pasó un brazo por los hombros a
Brigitte y la besó en una orejita. Ella sonrió, le pasó un brazo por la cintura, y, así
enlazados, aparecieron en el salón, donde, efectivamente, Charles Alan Pitzer, el jefe
del Sector New York de la CIA, tío Charlie para la agente Baby, y… «Buitre comedor
de carroña» para Minello, estaba allí, hundido en un confortable sillón. Se puso en pie
al oírlos llegar, y frunció el ceño al verlos tan cariñosamente abrazados.
—Buenos días, Brigitte —saludó.
—Hola, tío Charlie. ¿Qué le trae por aquí?
—Pues nada especial… Simplemente, he subido a saludarla.
—¡Y un cuerno! —farfulló Minello—. ¡Buitre repugnante!
Soltó a Brigitte, y fue hacia la chimenea, seguido por la furiosa mirada del
veterano espía, jefe directo de Brigitte, la cual se sentó en el centro del sofá, y le hizo
señas a Pitzer para que la atendiese a ella.
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—¿De verdad no ha venido a encargarme alguna misión? —preguntó, tan
incrédula como Minello, pero, ciertamente, mucho más cortés—. Es bastante
sorprendente, reconózcalo.
—Pues sí, pero es la verdad. No pasa nada.
—Estupendo. Eso quiere decir que puedo marcharme tranquilamente.
—¿Se marcha? ¿Adónde?
—¿Y a usted qué le importa? —Bramó Minello—. ¿Acaso cree que Brigitte tiene
que contarle todo lo que hace?
—Trae el telegrama, Frankie, por favor —pidió Brigitte.
Minello trotó hacia ella, y le entregó el telegrama haciendo una cómica
reverencia. Brigitte se lo tendió a su vez a Pitzer, que, ante el disgusto de Minello,
leyó el texto:
—Venecia —murmuró Pitzer—… Un momento: ¿Jarif? ¿No será aquel árabe que
hace años…?
—Sí, el mismo. Jarif Iben Maula —murmuró Brigitte—… Un viejo y casi
olvidado amigo[1].
—Evidentemente, él no la ha olvidado a usted.
—¡Ya dijo una de sus tonterías! —Saltó Minello—. ¿Quién podría olvidar a
Brigitte? ¿Eh? ¿Quién podría, viejo buitre?
—Eso es cierto —admitió Pitzer.
Ante el acontecimiento de que Pitzer aceptase algo dicho por él, Minello se quedó
mudo del pasmo. Brigitte rio quedamente, recuperó el telegrama, y lo dejó sobre la
mesita, junto al sofá.
—Mi avión sale dentro de un par de horas —dijo la divina espía—. De modo que,
si realmente no ha venido a encargarme nada, tío Charlie, le ruego que me disculpe.
¿Seguro que no ocurre nada especial?
—No, no. Bueno, una pequeña tontería… ¡Pero no he venido por eso! ¡Sé que
usted detesta el frío!
—¿El frío? ¿Qué tiene que ver el frío con esa «pequeña tontería»?
—No es nada importante. Ni se nos ha ocurrido pensar en usted para el asunto.
—Pero… ¿qué asunto?
—Al parecer, hay en Groenlandia un grupo de hombres.
Brigitte quedó tan boquiabierta como todavía lo estaba Minello. Se miraron uno
al otro, y luego miraron ambos a Pitzer, estupefactos.
—¿Un grupo de hombres en Groenlandia? Bueno, supongo que en Groenlandia
hay bastante gente… ¿No? Pero espere… ¿Qué hace en Groenlandia ese grupo de
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hombres que, al parecer, ha llamado la atención de la todopoderosa y omnipresente
CIA?
—Alpinismo. Bueno, están allá, y se dedican a bajar y subir montañas de hielo,
eso es todo.
—¡Qué tontería! —exclamó Brigitte.
—Sin duda. Ya le he dicho que no es nada importante. ¿Puedo llevarla al
aeropuerto?
—¡No señor, no puede! —gritó Minello—. ¡Yo la llevaré!
Peggy, el ama de llaves de Brigitte, apareció en aquel momento, mirando
hoscamente a Frank Minello un instante. Luego, miró a Brigitte.
—Todo está preparado, señorita.
—Gracias, querida. ¿Quieres servir café a tío Charlie y a Frankie mientras me
visto? Yo también tomaré, cuando esté lista. ¡Santo cielo, otra vez al avión…!
Empiezo a estar tan cansada de viajar…
El avión de Alitalia procedente de París tomó tierra en una de las pistas del veneciano
aeropuerto de Marco Polo. Desde este, la señorita Montfort se dirigió en taxi hacia
Venecia, después de cumplidas las formalidades aduaneras. Hacía treinta y dos horas
que había abandonado su apartamento en el piso veintisiete del Crystal Building, en
Nueva York, cuando pasaba, en taxi, por el Ponte della Libertá, que une Venecia con
tierra firme. Ya ni se acordaba de Minello, ni de su enfurruñamiento cuando Pitzer
consiguió acompañarla también al aeropuerto Kennedy, en el coche de aquel.
Siempre se estaban peleando verbalmente pero sabía que, en el fondo, se estimaban, y
que se sentían unidos por algo que ninguno de los dos discutía nunca: su gran cariño
hacia ella, su preocupación cada vez que la agente Baby partía de viaje, con su
maletín rojo con florecillas azules estampadas, dentro del cual la espía más audaz del
mundo portaba mil y un trucos a cuál más sorprendente.
No, no se acordaba de ellos.
Estaba pensando en Jarif Iben Maula, aquel hombre que había conocido años
atrás, precisamente en Venecia, y al cual había prestado un gran servicio. ¿Qué podía
querer ahora Jarif de ella? Por supuesto, no había llamado a Brigitte Montfort, sino a
Baby… ¿Quizá Jarif se había enterado de algún nuevo conflicto subterráneo entre
israelitas y árabes?
«—No vale la pena hacer cábalas —se dijo—. Jarif me lo dirá muy pronto.
Habían recorrido ya todo el Ponte della Libertá, y estaban llegando a Piazzale Roma.
A la izquierda, al otro lado del Gran Canal, la estación del ferrocarril… ¿Cómo se
llamaba? Ah, sí: Santa Lucia. Había estado en tantos sitios que ya se hacía un lío con
los nombres, y con los lugares…, aunque solo fuese momentáneamente. ¿Cómo se
pondría Jarif en contacto con ella? La cosa parecía simple: él debía de saber que ella
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se alojaría en el mismo hotel de la otra vez: el Gritti Palace. Seguramente, le habría
dejado algún recado…».
—Hemos llegado, señorita —se volvió el taxista.
—Gracias.
Pagó espléndidamente al taxista, sonrió al botones que salió del hotel a hacerse
cargo de su equipaje, y, ocupándose personalmente del maletín, como siempre, entró
en el hotel y fue a recepción. El conserje, hombre acostumbrado a tratar con personas
de todas las nacionalidades, la valoró de un experto vistazo, y como conclusión la
recibió hablando en francés. Chasco. La pasajera habló entonces en perfecto italiano,
y el hombre se quedó sin saber a qué atenerse sobre la nacionalidad de la
hermosísima viajera hasta que esta depositó sobre el mostrador su pasaporte
norteamericano. Pasmoso.
¿Una norteamericana, hablando el italiano con aquella soltura?
—Ah, sí —exclamó entonces—… Tenemos reservada una suite para usted,
señorita Montfort: la 17.
—Espléndido —sonrió ella—. ¿Tengo algún recado?
—No por ahora, lo siento.
—¿No? ¿Está seguro?
El conserje estaba seguro, pero, muy servicial, se aseguró todavía más. No, no
había ningún recado para la señorita Montfort: solo, una suite reservada. Brigitte tuvo
que aceptarlo, agradeció los buenos deseos de una feliz estancia en Venecia, y se fue
en pos del botones que llevaba la llave de la suite. La 17, naturalmente: no podía ser
otra. Ella había estado en aquella suite la otra vez… Todo parecía igual en la suite, al
menos al primer golpe de vista. Dio una propina al botones, y, una vez estuvo a solas,
procedió a un sistemático y habilísimo registro. No había micrófonos, ni ningún otro
aparato más o menos sofisticado de espionaje.
Una mirada a su relojito de pulsera la advirtió de que se aproximaba la hora de la
cena. ¿Quizá la esperaba Jarif Iben Maula en el restaurante Quadri, donde se habían
visto por primera vez…? No. No era propio de él. Su comportamiento tenía que ser
más cortés y atento. Muchísimo más. A fin de cuentas, él la había llamado… Bueno,
no tenía por qué impacientarse.
Fue a donde el botones había dejado la maleta, la abrió…, y fue justo entonces
cuando sonó la llamada a la puerta de la suite. Ajá, esto sí tenía sentido.
Llegó ante la puerta, y la abrió, sin preocupación alguna. Si Jarif Iben Mula
hubiese querido hacerle algún mal, disponía de recursos más que suficientes para
enviar a alguien a Nueva York a asesinarla, secuestrarla, o lo que fuese…
Delante de la puerta vio a los dos hermosos jóvenes de raza árabe, vestidos muy
correctamente a la europea. Eran tan hermosos, de aspecto tan agradable, dulce y
simpático, que Brigitte sonrió.
—¿Sí? —preguntó.
—¿Señorita Montfort? —preguntó uno, en buen inglés.
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—En efecto. Pasen, por favor.
Se apartó, los dos hombres entraron, ella cerró la puerta…, y cuando se volvió, se
encontró con dos relucientes cuchillos cuyas puntas se apoyaron en su garganta.
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Capítulo II
No se movió.
Ni siquiera respingó.
Su mirada fue vivamente de uno a otro par de ojos oscuros que la contemplaban
ahora sin ninguna simpatía. Y su primer pensamiento, como tantas otras veces, fue de
recriminación hacia sí misma… ¿Cuándo aprendería que nunca hay nada seguro en
espionaje, que nunca se debe volver la espalda, que lo que parece evidente casi nunca
lo es…?
—¿Qué significa esto? —murmuró—. ¿No los envía Jarif Iben Maula?
—Sí —masculló uno de los hermosos muchachos árabes—… ¡Precisamente por
eso vas a morir, perra!
Efectivamente.
De muñequita, la señorita Montfort solo tenía el aspecto. Por lo demás, y cuando
la situación lo requería, era una especie de pantera agilísima que reacciona
velocísimamente al menor atisbo de peligro.
Y eso fue lo que hizo Brigitte, del único modo que podía hacerlo en aquella
situación. Pasar al contraataque en aquellas circunstancias era una locura: solo
conseguiría clavarse ella misma los cuchillos en la garganta. Así que hizo lo que
lógicamente tenía que hacer la superentrenada agente Baby: saltó con toda su fuerza
hacia atrás, poniéndose fuera del alcance de los cuchillos.
Con tanta fuerza saltó, que cayó sentada, y acto seguido de espaldas…
Los dos árabes ya estaban saltando hacia ella, en alto los cuchillos. Cayeron
juntos, lanzando sendas cuchilladas hacia el cuerpo de la espía, que había girado ya
hacia un lado, de nuevo tan velozmente que los árabes ni siquiera llegaron a rozarla.
Cuando ella se puso en pie de un salto, los dos hombres estaban todavía tendidos de
bruces en el suelo, donde habían golpeado con sus cuchillos, arrancando algunas
chispas. Golpearon con tal fuerza que uno de ellos deslizó la mano hacia abajo, por la
hoja, cortándose.
Y aún estaba el árabe lanzando una ahogada exclamación de dolor cuando el pie
derecho de Brigitte fue hacia él, acertándole en un lado del cuello, de punta. El
hombre lanzó un ronquido profundo, sus ojos giraron en las órbitas, y acabó de
desplomarse, boca abajo, quedando inmóvil.
Pero su compañero no estaba inmóvil. Se había puesto en pie rápidamente, y
cargaba ya contra la espía internacional, con más cautela ahora, pero evidentemente
enfurecido, demudado el rostro… El cuchillo lanzó un largo reflejo en su camino
veloz hacia el pecho de Baby, que volvió a saltar hacia atrás, pero ahora sin caer. El
árabe, llevado por su impulso, se acercó más a ella, vio las delicadas manos tendidas
hacia él, y se irguió vivamente, alzando de nuevo la mano armada…, mientras, para
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su pasmo y espanto, la bella señorita Montfort no retrocedía de nuevo, sino que se
adelantaba hacia él, y disparaba su puño derecho hacia el centro del pecho masculino,
en tremendo tsuki.
El árabe sintió dentro de su cuerpo algo parecido al estallido de una bomba
cuando aquel pequeño puño le acertó de lleno. Ante sus ojos aparecieron,
brevísimamente, miríadas de estrellas, que le impidieron ver nada más… Cuando de
nuevo vio la realidad, la señorita Montfort estaba ante él, asiéndole la muñeca armada
con sus dos manos, comenzando ya a pasar bajo su brazo, retorciéndoselo. El
muchacho árabe lanzó un alarido de espanto al comprender lo que iba a ocurrir si él
no seguía con todo el cuerpo aquella torsión, de modo que olvidó el cuchillo
completamente, para concentrarse en su cuerpo, efectuando un salto completo en el
aire, de modo que, si bien se dio un formidable batacazo de espaldas contra el suelo,
no sufrió la temida rotura del hombro y del brazo por varios puntos…
Y todavía estaba viendo de nuevo las estrellas cuando la pantera cayó sobre él, a
horcajadas sobre su pecho. El árabe sacudió la cabeza, vio el par de grandiosos ojos
azules como pequeños lagos helados, y se dispuso a continuar luchando…
¡Fssss!, silbó la mano derecha de Brigitte, en su descenso hacia la frente del
árabe. Se oyó el seco chasquido, la cabeza del árabe golpeó de nuevo contra el suelo,
y eso fue todo. El muchacho quedó desvanecido, crispado todavía el rostro,
desencajada la boca… Brigitte estuvo contemplándolo unos segundos, con la mano
izquierda lista para apoyar el golpe de la derecha, pero no hacía falta.
Lo que hizo fue poner dos deditos en una carótida del árabe, en busca del latido
vital. Estaba vivo. Se incorporó, fue hacia el otro, le dio la vuelta, y lo examinó
también, brevemente. Seguía con vida. Perfecto.
Registró a uno y otro hombre, en busca de más armas, pero no llevaban ninguna.
Recogió los cuchillos, los escondió debajo de un sillón, y fue hacia su maletín. Tres
minutos más tarde, los dos árabes tenían las manos sólidamente atadas a la espalda
por medio de anchas tiras de esparadrapo de color carne. La espía se sentó en un
sillón, encendió un cigarrillo, y se dispuso a esperar. Ya no sentía el menor interés por
la cena.
¿Jarif Iben Maula había enviado a aquellos dos desdichados a matarla a ella?
¿A Brigitte Monrtfort…, a la agente Baby?
No solo era imposible, sino absurdo. Jarif había llegado a conocerla bien la otra
vez, sabía que dos jovencitos armados de cuchillos no eran suficientes para ella. Y sin
embargo, ellos habían dicho que sí les enviaba él y que precisamente por eso iba a
morir…
Estaba a la mitad del cigarrillo cuando uno de los árabes recuperó el
conocimiento. Se quedó mirando el techo, desorientado… De pronto se sentó en el
suelo, con vivo movimiento. Vio a Brigitte sentada frente a él, cruzadas las hermosas
piernas, fumando. Luego, el árabe buscó con la mirada a su compañero, que yacía a
su lado. Volvió a mirar a Brigitte, que sonrió ceñudamente y continuó fumando.
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El otro despertó un par de minutos más tarde. Reaccionó más o menos como su
compañero, y, ya sentado, se quedó también mirando a la silenciosa espía de los ojos
color cielo. Brigitte apagó el cigarrillo en un grueso cenicero, y miró con indiferencia
a sus prisioneros.
—Evidentemente —dijo, con toda calma—, no es cierto que les haya enviado
Jarif. ¿Quién les ha enviado?
Los dos árabes permanecieron silenciosos. La espía sonrió como divertida, pero
fríamente.
—No sean tontos —se mostró casi amable—: puedo conseguir que me digan todo
lo que yo quiera, si recurrimos a las malas. ¿Les gustaría que les cortase los
testículos, por ejemplo?
Los dos bellos muchachos tragaron saliva, se miraron, y volvieron a mirarla a
ella, que insistió:
—¿Quién les ha enviado?
—Jarif… Jarif Iben Maula.
Baby miró a uno, miró a otro. Luego, inquirió:
—¿Cuáles son sus nombres?
—Ahmed.
—Nader.
—Muy bien, Ahmed y Nader: ¿cuál de los dos quiere ser el primero en quedarse
sin testículos? ¿O prefieren que lo decida por mi cuenta?
—¡Venimos de parte de nuestro sheik Jarif Iben Maula!
—Mentira. Jarif jamás les habría dado esa orden. ¿Quién se la ha dado?
—Bueno… Es lo mismo. Nos la ha dado Omar Gafer, su gran amigo y secretario,
su hombre de total confianza. Después de nuestro sheik, es Omar quien da las
órdenes.
—Ya. ¿Conoce Jarif esas órdenes de Omar Gafer?
—No. Nuestro sheik está a punto de morir, no sabe nada de todo esto.
—¿Jarif está a punto de morir? —murmuró Brigitte—. ¿Qué le ha ocurrido?
—Sufrió un atentado a poco de llegar a Venecia… ¡Y usted tiene que saberlo muy
bien!
—¿Por qué suponen eso?
—Porque usted es la única persona que sabía que nuestro sheik iba a venir a
Venecia.
—Entiendo. Y puesto que, a poco de llegar a Venecia, intentan matarlo, solo yo
puedo ser la culpable, o, al menos, la instigadora de ese atentado. ¿Está muy
malherido Jarif?
—Sí. Seguramente, morirá. ¡Pero aunque usted nos haya vencido a nosotros,
tampoco saldrá con vida de Venecia, porque…!
—Cállese. Ya he oído suficientes tonterías. ¿De modo que intentan matar a Jarif
Iben Maula, y todo lo que se le ocurre al inteligentísimo Omar Gafer es esperar mi
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llegada a Venecia y enviar a dos jovencitos a matarme, creyendo vengar así a su
señor…? Los circuitos mentales del señor Gafer deben de estar bastante atrofiados,
sin duda. Pero de todo esto, deduzco que ustedes no tienen ni idea de quién realizó u
ordenó el atentado contra Jarif. ¿Cierto?
—Sabemos que fue usted…
—No. ¿Esa es toda la pista que tienen?
—Para Omar todo estaba muy claro.
—Intentaré acordarme de regalarle unos lentes al señor Gafer, para que vea
todavía más claro. ¿Está Jarif en la misma villa de la otra vez? Supongo que todos
estos años la ha tenido alquilada… Me refiero a la villa de Treporti. ¿Está ahí?
—Sí.
—¿Ustedes también están alojados en la villa?
—No. Nosotros formamos parte del grupo exterior de protección. Somos unos
cuantos hombres… ¡Los demás la matarán!
—Si entiendo bien, ustedes no están en la villa porque, junto con otros tontos,
vigilan fuera de esta, a la que nunca van. Digamos que forman un doble cinturón de
seguridad…, que por cierto ha demostrado ser muy poco eficaz, ya que primero no
pueden impedir que atenten contra Jarif, y luego ni siquiera saben matar a una
mujer… ¿Cómo se ponen en contacto con el «inteligente» Omar Gafer?
—Tenemos transmisores en el coche.
—Fantástico… ¡Qué modernos! Seguramente se sienten tremendamente
importantes e interesantes. Si estuviese de humor les regalaría un disco con la música
de las películas de James Bond. Dan mucho ambiente. Pero, como no estoy de
humor…
Recogió los cuchillos de debajo del sillón, se acercó a los dos árabes, que la
miraron con los ojos muy abiertos, y pasó tras ellos. Sonriendo al notar la crispación
en sus cuerpos, Brigitte cortó con dos hábiles tajos las tiras de esparadrapo. Nader y
Ahmed estuvieron un instante inmóviles. Luego, velozmente, se pusieron en pie,
volviéndose hacia ella, a la defensiva, pero lógicamente desconcertados. Y aún se
desconcertaron más cuando Brigitte les devolvió sus cuchillos, sosteniéndolos por las
puntas.
—Guarden esto, llamen a Omar Gafer, y díganle que muy pronto iré a la villa.
Mejor dicho: adviértanle de que irá a visitarlo una muchacha rubia, de ojos verdes,
cuyo nombre será Erika Schenk. Quiero que la reciba en el acto, y sin dificultades.
¿Está claro?
Con los cuchillos de nuevo en sus manos, Nader y Ahmed continuaban mirando
estupefactos a la «delicada» mujer que los había vencido a ambos en cuestión de
segundos.
—Erika Schenk… Se lo diremos.
—Bien. Supongo que Jarif dispone de médico.
—Sí, claro. Su médico viaja siempre con él…
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—De acuerdo. Pase lo que pase, que nadie salga de la villa de Treporti hasta que
Erika Schenk haya hablado con Omar Gafer. Adiós, jovencitos.
Nader y Ahmed habían guardado sus cuchillos. Se miraron. El primero tomó la
mano herida del segundo, y murmuró algo en su idioma, que Brigitte no entendió.
—¿Quieren que yo misma le haga una pequeña cura? —se ofreció.
—No… Lo haremos nosotros mismos, en el coche. Brigitte pensó un instante, y
negó con la cabeza.
—No. Lo haré yo. No quiero que salgan dejando un rastro de sangre por todo el
hotel. Esperen un momento.
De su maletín sacó lo necesario para la sencilla cura, que efectuó hábil y
rápidamente. Cuando terminó, Ahmed estaba muy pálido… Nader le tomó de un
brazo para ayudarlo a ponerse en pie, y acto seguido, tras murmurar algo de nuevo en
su idioma, besó a Ahmed en la boca, para asombro de Brigitte…, que tardó solo un
par de segundos en comprender.
—Santo cielo —se lamentó—… ¡Pues sí que se busca una buena protección el
pobre Jarif! ¡Vaya un par de mariposas!
Los dos la miraron, con cierta hostilidad. Nader volvió a acariciar a Ahmed, y se
dirigieron ambos hacia la puerta. Segundos después, Brigitte Baby Montfort estaba de
nuevo sola en su suite. Miró el relojito, y asintió: desde luego, había recordado la
cena.
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se quedó mirándola con no poco interés.
—Soy Erika Schenk —dijo la rubia, en inglés—… Como usted debe de saber,
Omar Gafer me está esperando.
El hombre abrió las verjas, en silencio. Esperó a que la rubia entrase, las cerró, y
señaló hacia la casa. Fueron hacia allá, en silencio, por entre árboles y enormes matas
de petunias de todos los colores. Segundos más tarde, entraban en la casa, donde, en
el vestíbulo, esperaba otro hombre, que miró igualmente con curiosidad a Erika.
—¿Señor Gafer? —preguntó esta.
—No. Venga, por favor.
La llevó hacia una gran doble puerta, la abrió, y Erika entró en un amplio salón
con ventanas que daban al jardín, en la parte derecha de la casa. Un hombre se alzó
de un sillón, y se quedó mirándola, también en silencio. Un hombre casi tan alto
como ella recordaba a Jarif Iben Maula, pero más grueso, incluso barrigudo, cosa que
ni siquiera el excelente sastre londinense había podido disimular. Sus manos eran
grandes, rechonchas y finas. Su cabeza, muy redonda, estaba completamente calva;
no se podía ser más calvo. Llevaba un pequeño bigote, una barbita canosa, como el
bigote, y sus oscuros ojos se empequeñecían detrás de los gruesos cristales de unos
lentes de miope…
Brigitte sonrió ante este detalle: al parecer, Omar Gafer ya tenía lentes…, pero de
todos modos le convendría una visita al oculista para un reajuste de las dioptrías…
—Sea bien venida, señorita Montfort —dijo Gafer—… Por favor, venga a
sentarse. ¿Gustaría tomar café?
—Sí, gracias. —Erika se acercó, se sentó en un sillón, esperó a que el miope
volviese a hacerlo, y añadió—: Mi nombre es Erika Schenk, señor Gafer.
—Ah, sí. Lamento mi equivocación, pero Jarif me habló tantas veces de usted que
me pareció que no me equivocaba al hacer ciertas suposiciones sobre sus…
habilidades.
—Erika Schenk —insistió ella—: eso es todo.
—De acuerdo. —Omar Gafer hizo una seña al hombre que había introducido en
el salón a Brigitte, y el hombre abandonó la estancia—. Enseguida nos servirán el
café. Y hablando del café: ¿no le parece a usted que debería merecer muchos más
honores que la gasolina, quiero decir, que el petróleo? A fin de cuentas, por lo menos
en mi caso, yo podría pasar sin petróleo, pero le aseguro que me moriría sin café.
—El café, considerando los nuevos precios en que ha sido… valorado, ya ha
merecido suficientes honores. En cuanto a mí, no solo podría pasarme sin petróleo,
sino también sin café.
—Admirable. ¿Conoce usted lo ocurrido anoche entre la señorita Montfort y dos
de mis hombres de la guardia especial?
Había no poca ironía en la pregunta, pues, obviamente, Gafer sabía que estaba
ante la propia señorita Montfort; pero se limitaba a seguir el juego. La rubia hizo lo
mismo.
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—Así es. Brigitte me explicó que envió usted a dos maricas a ejecutarla. Fue una
gran tontería.
—Le aseguro que aunque Ahmed y Nader se amen, son muy eficaces en su
trabajo.
—Pese a lo cual, no pudieron impedir que Jarif sufriese un serio atentado. ¿Cuál
es su estado esta mañana?
—Parece que todavía quedan posibilidades de salvar su vida.
—Me alegro mucho. ¿Podría verlo?
—Luego, quizás. Dígame, señorita Schenk: ¿cuáles son sus propósitos al venir
aquí?
—Dígame primero cómo ocurrió el atentado.
—¿Conoce usted el proyecto árabe llamado «Los Jardines de Alá»?
—No. Al menos, por ese nombre. ¿En qué consiste ese proyecto?
—Agua para el mundo árabe. Agua potable, baratísima y en enormes cantidades.
Tanta agua, que en poco tiempo las yermas, áridas, pobres, sedientas tierras de Arabia
y otros países hermanos quedarían convertidas en hermosos jardines…, que
naturalmente, se ofrecerían a Alá, en acción de gracias. Por eso, el proyecto ha sido
denominado Los Jardines de Alá. Y serían de Alá, puesto que las tierras que se
convertirían en jardines son las que están ocupadas por los fieles creyentes.
—Entiendo. Y sé que el mundo árabe necesita agua potable. La que consumen en
la actualidad yo diría que les sale proporcionalmente más cara que el petróleo a los
europeos.
—Ah, usted ha comprendido, entonces… Jarif tenía razón, por lo tanto: es usted
inteligente. ¿También es… generosa, justa y sincera?
—Yo, no —sonrió Erika Schenk—, pero sí lo es mi amiga Brigitte Montfort.
—Claro, sí… Perdone. A ella me refería, por supuesto. Bien, ¿le sorprendería a su
amiga Brigitte saber que alguien está tramando impedir que el mundo árabe consiga
llevara buen término el proyecto Los Jardines de Alá?
—No —murmuró Erika, sombríamente—, no me sorprendería, señor Gafer.
¿Quién está tratando de impedir eso?
—Yo solo conozco a dos personas que lo sepan. Una de esas personas es mi señor
y amigo Jarif Iben Maula, pero desdichadamente, él no está en condiciones de
decírmelo. La otra persona es un hombre llamado Peter Muynck, un holandés que
fue, precisamente, quien advirtió a Jarif del peligro que corría el proyecto Los
Jardines de Alá. ¿Conoce usted a Peter Muynck?
—No.
—Es una lástima. En la imposibilidad de que Jarif pueda hablar por el momento,
Peter Muynck nos podría decir quién o quiénes están tramando algo contra el
proyecto.
—¿Está Muynck en Venecia, quizás?
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—Lo ignoro. Sé que Muynck estuvo hace unos días a visitar a Jarif en su
residencia cerca del mar Rojo, y que, a cambio de una considerable cantidad de
dinero en dólares, informó a Jarif del peligro que se cierne sobre Los Jardines de Alá.
Luego, Muynck se fue, según parece, y Jarif decidió venir a Venecia. Antes de partir,
me envió a imponer, personalmente y con gran discreción, un telegrama cuyo
destinatario era la señorita Montfort, en Nueva York.
—Es evidente, señor Gafer, que Jarif confiaba en mí, y que vino expresamente
desde su país a Venecia para pedirme ayuda…, quiero decir, pedir ayuda a Brigitte
Montfort. Pero, puesto que Jarif sufrió el atentado, parece que usted obtuvo la
conclusión de que fue Brigitte Montfort quien lo efectuó o dirigió.
—Solamente ella sabía que Jarif estaría en Venecia. ¿No es lógico que
desconfiase de la señorita Montfort? Y puesto que amo mucho a Jarif, y no me gustó
lo que yo creía había sido hecho o dirigido por la señorita Montfort, envié a matarla.
Quizá le parezca demasiado… expeditivo, pero me disgustó mucho el atentado.
—Lo comprendo. ¿Y no se le ha ocurrido que podría haber sido cosa de Peter
Muynck?
—Absurdo. Para perpetrar un atentado contra Jarif, Muynck no tenía ninguna
necesidad de hacerlo venir a Venecia. Además, Muynck no sabía, no podía saber, que
Jarif vendría a Venecia. Solo usted lo sabía… Quiero decir, la señorita Montfort. En
mi opinión, ella se enteró de la estancia aquí de Jarif con tiempo suficiente para
ordenar el atentado.
—Señor Gafer, no quiero discutir más ese punto. Brigitte no tuvo nada que ver
con eso, ella, simplemente, recibió el telegrama y se puso en camino hacia Venecia…,
donde apenas llegar, dos preciosos homosexuales árabes, intentaron matarla. Pero,
vamos a dejar ya eso. En mi opinión, tenemos dos posibles caminos. Uno, encontrar a
Peter Muynck. El otro, encontrar a quien realizó o dirigió el atentado…, suponiendo
que no fuese el propio Muynck. Como no sabemos dónde está Muynck, nos
dedicaremos a hacer contacto con los otros posibles personajes, es decir, los que
realizaron el atentado.
—Eso no va a ser fácil —frunció el ceño Omar Gafer.
—Facilísimo —sonrió Erika—: en realidad, tengo la esperanza de que ese
contacto ya esté prácticamente realizado.
—¿Qué? —Respingó Gafer—. ¿Sabe usted quiénes atentaron…?
—Todavía no, pero lo sabré muy pronto. Ah, el café…
Omar Gafer tenía evidentes deseos de seguir haciendo preguntas, pero, en efecto,
llegaba el café. Esperaron a que les sirviesen. Gafer señaló una mesita para que la
cafetera fuese depositada allí, y esperó a que el servidor abandonase el salón.
—¿Cómo va usted a conseguir…? —empezó inmediatamente.
—No se lo diré. En cambio, usted tiene que decirme, por fin, cómo se realizó el
atentado.
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—Alguien disparó desde no sabemos dónde con un rifle de alta precisión. Jarif
estaba en el jardín, conmigo. Estábamos paseando y conversando… Yo no oí nada.
De pronto, él gimió, se llevó las manos al pecho, y cayó de bruces. Cuando
reaccionamos, fue para llevar a Jarif al interior de la casa… Del tirador, ni rastro en
parte alguna.
—¿Pasó algún helicóptero por encima de ustedes, o cerca?
—No.
—¿Había guardias en el jardín?
—Sí. Y no vieron nada.
—¿Conservan la bala que hirió a Jarif?
—Sí, sí. ¿Quiere verla?
—Me la llevaré, si no le importa. ¿Eso es todo lo que sabe?
—Eso es todo.
—En lo sucesivo, espero que tenga usted más paciencia antes de ordenar una
ejecución de represalia, señor Gafer.
—Preséntele mis disculpas a la señorita Montfort.
—Si ella hubiese sido asesinada, ya nadie podría presentarle disculpas.
—Lo siento. ¡Parecía todo tan claro…! Ya le digo que solo Brigitte Montfort
sabía que Jarif estaba en Venecia.
—Teóricamente. Pero también puede saberlo Muynck, quien quizá vigiló a Jarif
después de venderle esa información, supo que había venido a Venecia, y preparó
algún extraño juego.
—Yo no lo veo así. ¿Por qué había de suponer Muynck que Jarif abandonaría su
residencia después de recibir su información? ¿Cómo había de saber Peter Muynck
que Jarif vendría a Venecia para ponerse en contacto con una espía americana? Eso es
imposible, señorita… Schenk.
—Tiene razón —tuvo que admitir Erika, fruncido el ceño—… Bueno, ya verá
como solucionaremos este problema, señor Gafer. ¿Sabe lo que me tiene
verdaderamente sorprendida y desconcertada?
—¿Qué?
—Esto: ¿por qué Jarif decidió recurrir a mí? ¿Por qué precisamente a mí? ¿Acaso
ustedes no tienen personal adecuado para afrontar cualquier dificultad?
—Por supuesto que lo tenemos —gruñó Gafer.
—Entonces… ¿por qué recurrir a mí? ¿Qué esperaba Jarif que yo hiciese que no
pudiese ser hecho por ese personal árabe sin duda altamente capacitado para afrontar
dificultades de todo tipo?
—No lo sé. Jarif no me dijo eso, lo siento. Pero, es cierto ¿por qué recurrir a
usted, si nosotros disponemos de personal apto para cualquier servicio, por arriesgado
que sea?
Erika Schenk permaneció en silencio, pensativa, mientras tomaba el café.
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¿Por qué llamarla a ella? Jarif Iben Maula no estaba introducido en los círculos
políticos, ni militares, ni de espionaje de su país, pero, sin la menor duda, tenía
contactos personales que podían movilizar cualquiera de estos círculos. Le habría
bastado pasar a quien correspondiese la información sobre el inminente sabotaje
contra el proyecto Los Jardines de Alá. Así pues, ¿por qué había recurrido a ella?
—¿Debo entender, entonces, que Jarif no ha pasado esa información a ningún
servicio secreto árabe, que solo usted y él saben lo que puede ocurrir…, y que él
decidió recurrir únicamente a mí? —insistió todavía.
—Así es.
De nuevo quedó silenciosa Erika Schenk durante casi un par de minutos. Y otra
vez, de pronto, preguntó:
—¿En qué consiste el proyecto? ¿De dónde y cómo piensan conseguir agua
baratísima, potable y abundante para el mundo árabe?
—Del casquete polar antártico.
Erika se llevó una mano a la frente, en gesto de reproche hacia sí misma.
—Cielo santo, ¡claro! ¿Se refiere a eso? ¿A remolcar témpanos de hielo desde el
Polo Sur hasta África? ¡Pero si lo he estado leyendo en los periódicos…!
—¿Le parece mala idea?
—No. En estos tiempos, todo es posible. Pero ¿qué tiene que ver Jarif con ese
proyecto?
—Él fue el inventor y promotor de la idea, y todo el mundo árabe le escuchó. Por
si le interesa, algunos enormes icebergs están siendo ya remolcados desde el antártico
hacia el mar Rojo.
—¿Ya? —exclamó Erika—. ¡Pero…! Bueno, realmente, me parece bien… Pero
está claro que van a tener ustedes no pocas dificultades para convertir en agua esos
icebergs…, en el supuesto de que crucen la zona tórrida del planeta sin derretirse.
—Todos los problemas técnicos que usted pueda plantear, señorita Schenk, han
sido ya resueltos por personal capacitado, se lo aseguro —sonrió Gafer.
—¿De qué modo?
—Lo ignoro. Yo no entiendo de esas cosas.
—Ya. Pero ¿qué clase de sabotaje puede realizarse contra unos témpanos de hielo
que sin duda deben de ser enormes? ¿Cortar los cables de arrastre? Eso es muy
arriesgado… y estúpido, ya que los hielos nunca se terminarán en el Polo Sur. ¿Se le
ocurre algo?
—No, francamente.
Erika Schenk abrió la boca para decir algo más, pero no llegó a hacerlo. De
pronto, la conversación sostenida apenas tres días antes con Charles Alan Pitzer
pareció explotar en su mente. ¿Qué había dicho tío Charlie?: que había unos hombres
en Groenlandia dedicados al alpinismo, a subir y bajar de montañas de hielo…
—¿Le ocurre algo?
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La rubia miró a Omar Gafer, todavía aturdida por sus propios pensamientos, por
el giro que habían tomado estos.
—No —musitó—… No, nada. ¿Podemos ver a Jarif ahora?
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Capítulo III
Jarif Iben Maula yacía en una amplia cama en una de las habitaciones del piso alto.
En el pasillo, Erika había visto a dos guardaespaldas. Dentro de la habitación, había
otros dos, cerca de las ventanas, mirando siempre hacia el exterior, apoyando la
vigilancia de los demás hombres que, sin duda, vigilaban ocultos en el jardín.
También había otro hombre, igualmente árabe, menudo, elegante, de aspecto
marcadamente intelectual, y que fue presentado por Gafer como el doctor Abdel,
simplemente.
Tras un breve saludo a este menudo personaje que vigilaba celosamente el estado
de Jarif Iben Maula, Erika Schenk se acercó a la cama en la que yacía el herido sheik,
y se quedó mirándolo, en silencio. Yacía desnudo; cubierto por una sábana desde las
caderas hacia abajo. Su torso estaba vendado. La cabeza colgaba flojamente hacia la
derecha y Erika Schenk pudo contemplar las viriles y atractivas facciones de su
antiguo amigo. En contraste con la negrísima barba y bigote ya con algunas canas,
destacaba la lividez casi cadavérica del rostro. Respiraba lenta y débilmente.
Siempre en silencio, y con suma delicadeza, Erika tomó una mano de Jarif Iben
Maula, y puso la yema de un dedo en el pulso, cerca de la muñeca, en la base del
pulgar. Estuvo así más de tres minutos, bajo la expectante y un tanto desconcertada
mirada del doctor Abdel. Por su parte, Omar Gafer la contemplaba con cierta
hostilidad, fruncido el ceño.
Erika dejó la mano de Iben Maula, se inclinó, y puso sus labios muy cerca de los
del árabe, percibiendo el flojo aliento Luego, le alzó primero un párpado y después el
otro. Lo último que hizo fue poner una mano en la frente del herido.
Hecho esto, y sin haber pronunciado una sola palabra, Erika Schenk salió del
dormitorio, seguida del muy irritado Omar Gafer, que apenas estuvieron en el pasillo,
masculló:
—¿Qué ha significado todo ese reconocimiento? ¿Acaso dudaba usted de que
Jarif estuviese herido?
—Así es —replicó apaciblemente Erika.
—¡Oiga usted, señorita Schenk…!
—Cálmese —sonrió ella—. Y póngase en mi lugar, señor Gafer. Me cita un
amigo en Venecia, intentan matarme nada más llegar, y luego se me recibe con
buenos modales… ¿Qué habría pensado usted?
—¿Yo? No lo sé.
—Entonces, es más ingenuo que yo. Mire, señor Gafer, estoy cansada de que se
me engañe… O de que se intente engañarme, que es muy diferente. Comprenda que
yo tenía que ver a Jarif, asegurarme de que estaba aquí, vivo y bien atendido. Y de
que estaba herido de bala, no sometido por cualquier otro procedimiento.
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—¿Otro procedimiento? ¿A qué se refiere?
—Por ejemplo, a drogas. ¿Por qué se sorprende? —Erika casi rio, al ver el gesto
de pasmo de Gafer—. Muchas veces han intentado utilizarme recurriendo a trucos
que aún le sorprenderían más. Compréndalo: Jarif podría estar drogado, colocado
ante mis ojos solo como pieza de convicción, para que yo siguiese un juego en el que
sería engañada.
—¡Por Alá…! ¡Verdaderamente, es usted desconfiada, señorita Montfort!
—Schenk —corrigió Erika—. Y ahora, señor Gafer, vamos a hablar
verdaderamente en serio…
La preciosa rubia abandonó la villa, volviéndose para saludar con simpático gesto al
árabe que la acompañó hasta las verjas, las abrió, y luego las cerró. Con mucha más
decisión que a su llegada, la rubia caminó presurosa, llegando en pocos minutos al
embarcadero. Saltó a su lancha tras soltar la amarra, la puso en marcha, y zarpó
rumbo a la cercana Venecia.
No debía de estar ni a un cuarto de milla de Treporti cuando dos hombres
llegaban apresuradamente a otra lancha amarrada algo alejada del lugar donde había
dejado la rubia la suya. Rápidamente, saltaron a bordo, y partieron en pos de Erika
Schenk, dando toda la velocidad al motor.
Desde su lancha, navegando a mediana velocidad, y mientras simulaba mirar a los
lados, Erika vio con el rabillo del ojo la lancha que se iba acercando, alzando una alta
ola de espuma. Una seca sonrisita pasó, fugaz, por los labios de Erika. Pasmoso.
¿Quizá con el tiempo y la experiencia ella se estaba convirtiendo en una adivina?
Simulando ignorar la otra lancha, continuó navegando, como a placer, al aire los
rubios cabellos, fija la mirada en los edificios de Venecia… De pronto, y «muy
sorprendida», volvió la cabeza hacia su izquierda, y miró con los ojos muy abiertos la
otra lancha, que navegaba ahora paralela a la suya. Uno de los hombres estaba a los
mandos. El otro, apoyado en la borda, la apuntaba con una pistola provista de tubo
silenciador.
—¡Deténgase! —Le gritó este hombre—. ¡Pare la lancha!
Pese al rugido de ambos motores, la rubia oyó perfectamente la orden, y tras una
vacilación que parecía fruto de lógico desconcierto, paró el motor. La lancha
comenzó a perder velocidad inmediatamente, y lo mismo sucedió con la otra cuando
la velocidad fue controlada. El hombre que la tripulaba solo paró el motor cuando
estuvo seguro de que ambas lanchas, tras inofensivo choque, quedarían juntas.
Y, apenas sucedió esto, el de la pistola saltó a bordo de la lancha de Erika Schenk,
que todavía navegaba muy suavemente.
—Coloque sus manos sobre la cabeza —ordenó el hombre—… ¡Vamos, hágalo!
Erika obedeció, al parecer muda de miedo. El hombre le pasó la mano libre por
todo el cuerpo, desdeñando el placer de manosear tan espléndidas y turgentes formas
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para concentrarse en la búsqueda de un arma.
—¿Qué… qué hace usted…? —tartamudeó Erika.
—Súbase la falda.
—Pero…
—¡Haga lo que le digo!
Erika Schenk lo hizo. Se subió la falda, mostrando sus sensacionales piernas, y
las caderas. El hombre asió las braguitas, las bajó, echó un vistazo al rizado triángulo
donde podía haber oculta un arma, y luego, siempre sin empacho alguno, metió la
mano entre los senos de Erika.
—Está bien, señorita Montfort —dijo—. Parece que no lleva usted ningún arma.
Va a venir con nosotros, de todos modos.
—Pe… pero yo… ¡yo no me llamo Montfort! —exclamó Erika.
—¿Ah, no? —La miró entre irritado y sorprendido el hombre.
—¡Claro que no! Me llamo Erika… Erika Schenk, y no soy francesa, sino
alemana… ¡Ustedes me han confundido con otra persona!
El hombre de la pistola parpadeó, cada vez más desconcertado, pero todavía
desconfiado. Miró a su compañero, que permanecía en la otra lancha, ambas flotando
ahora mansamente. El otro encogió los hombros, evidenciando también su
desconcierto.
—¿No es usted Brigitte Montfort, de Nueva York? —masculló el sujeto.
—¡Ya le he dicho que no! ¡Y ustedes no tienen…!
—¿Puede demostrar que es usted Erika Schenk?
—¿Demostrar…? Bueno, tengo mi pasaporte en el maletín, si eso le sirve.
¡Escuche, esto…!
—¡Cierre la boca de una maldita vez!
El de la pistola le hizo una seña al otro, que apuntó con su pistola a Erika. El que
estaba en la lancha de esta, guardó la suya, asió el maletín que Erika le había
señalado, lo abrió, y lo primero que vio fue un fajo de billetes americanos. No les
hizo el menor caso; ni hizo caso a aquellas cosas que contenía el maletín, todas ellas
normales dentro de un maletín de señora. Encontró enseguida el pasaporte, lo abrió, y
contempló la fotografía, leyó el nombre, frotó el papel.
Luego miró el sello de entrada en Italia, que databa de más de cinco meses…
—La madre que te parió —masculló—… Está bien, eres una alemana llamada
Erika Schenk, que habla inglés, italiano, y que acabas de salir de la villa del jeque
Iben Maula. ¿De acuerdo?
—Sí… Eso sí…
—¿Y qué has ido a hacer en esa villa?
—¡No tengo por qué explicarles a ustedes lo que…!
—Erika —sonrió de pronto ceñudamente el hombre, sacando de nuevo la pistola
—, estás muy buena, y me parece que contigo se ha de pasar muy bien en la cama…,
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pero adonde vas a ir si no contestas a mis preguntas será al fondo del mar, con una
bala en la cabecita. ¿Está esto bien claro?
Erika Schenk tragó saliva con dificultad, y sus labios temblaron un instante antes
de que pudiera pronunciar un «sí», al mismo tiempo que asentía con la cabeza.
—Estupendo. Ahora, dime qué has ido a hacer a la villa de ese jeque.
—Bueno, él… él y yo nos conocimos hace tiempo, precisamente aquí, en
Venecia… Fue… muy amable y generoso conmigo, me hizo algunos regalos…
—O sea, que te acostaste con él.
—Sí… Sí, sí.
—Me parece bien, si eso te dio resultado. Y supongo que así debió de ser, ya que
has ido a visitarlo… ¿Querías repetir la experiencia?
—Sí… Un amigo me dijo que había observado movimiento en la villa que Jarif
tiene alquilada, y pensé que valía la pena visitarle por si quería… repetir nuestras
relaciones por unos días. Así que le pedí la lancha prestada a mi amigo Salvatore, y…
Bueno, pues eso: he ido a ver a Jarif.
—¿Y qué te ha dicho?
Erika parpadeó, como desconcertada.
—No he podido verlo. Me ha recibido un árabe gordo y calvo, miope perdido, y
me ha dicho que Jarif no podía recibirme. Le he dicho que somos amigos, le he
contado lo de la otra vez, pensando que si le decía a Jarif que Erika estaba allí, me
recibiría. Pero el otro ha seguido negándose a anunciarme. Le he dicho que Jarif me
recibiría, que me ayudaría a salir de un pequeño apuro…, y entonces me ha dado mil
dólares, y me ha… rogado que me fuese.
—O sea, que no has visto al jeque.
—No… ¡Ese gordo idiota…! ¡Estoy segura de que Jarif se habría alegrado de
verme, porque la otra vez quedó muy satisfecho! La otra vez me dijo que las rubias
de carnes…
—Cierra la boca —gruñó el sujeto—. Y quédate aquí quieta, ¿de acuerdo?
Saltó a la otra lancha, y estuvo un par de minutos conferenciando con su
compañero. Luego, regresó a la lancha de Erika.
—Ese amigo tuyo, el tal Salvatore… ¿te está esperando con la lancha?
—No. Él debe de creer que voy a quedarme unos cuantos días con Jarif en la
villa, como la otra vez.
—¿Y no le importa? —sonrió secamente el hombre.
—Oh, él sabe que Jarif es muy generoso…
—Ya. Y cuando el jeque se fuese, vosotros disfrutaríais del dinero que te habría
dado, ¿no es eso?
—Pues… sí, eso es, claro… Bueno, Salvatore y yo nos entendemos muy bien…
—Ya, ya. Es todo un gigoló, ¿no?
—¡A veces, él también aporta dinero!
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—A eso le llamo yo un hombre de pelo en pecho —gruñó el sujeto—. Bueno,
Erika, continuemos la navegación. Pero ya no vas a ir sola. Yo iré contigo. Y todo lo
que tienes que hacer es seguir a mi amigo.
—Pero…
—¿Te gustaría quedarte sin dientes? —Alzó la pistola el sujeto.
—No.
—Pues haz lo que te he dicho.
Las dos lanchas reanudaron su corta singladura, rumbo a Venecia. No tardaron en
enfilar el amplio Canal de San Marco. A la derecha se veían los jardines de Viale
Vittorio Veneto, y luego los Jardines Públicos de Viale Trieste. Un vaporetto se
apartaba de la parada reglamentaria de Giardini Esposizione… La navegación
comenzó a ser más densa ya frente al Palazzo Ducale, junto al cual se extendía la
grandiosa Piazza San Marco. En Il Molo, docenas de góndolas iban y venían… Una
gran motonave atestada de turistas salía por el Gran Canal, emitiendo toques de
sirena…
—¿Adónde vamos? —se atrevió a preguntar Erika.
—Sigue por el Gran Canal, y calla.
Continuaron navegando por el Gran Canal hasta el Palazzo Bernardo. Aquí se
desviaron hacia la izquierda, pasando junto al Palacio adentrándose en uno de los
estrechos canales. Poco después, la lancha que los precedía se detenía junto a un
alargado embarcadero, estrechísimo, paralelo a unas húmedas escaleras de piedra que
ascendían. Erika también paró allí, las dos lanchas fueron amarradas, y la rubia y los
dos sujetos subieron la escalinata, hasta la no menos estrechísima acera que daba
directamente al angosto canal. El tipo que había pilotado la otra lancha llamó a una
puerta, esta se abrió a los pocos segundos, y entraron los tres. El hombre que había
abierto la puerta se sorprendió al ver a Erika, pero uno de los otros le cuchicheó algo,
y luego los cuatro se adentraron en la gran casa destartalada, oscura, sombría…
Una vez allí dentro, parecía que el sol jamás hubiese existido. Amortiguados
llegaban zumbidos de motores, alegres gritos en italiano…
Fue abierta una puerta, Erika fue empujada hacia una oscuridad aún más
impenetrable, y la puerta se cerró. Se oyó el crujir de la cerradura al girar. Luego,
nada. Erika caminó con los brazos extendido hasta tocar una pared, que fue
siguiendo, hasta dar la vuelta completa a la habitación, en la que no parecía haber
muebles. Era fría, húmeda siniestra. ¡Y pensar que afuera lucía el sol…!
Caminó de un lado a otro hasta convencerse definitivamente de que no había
mueble alguno. Ni siquiera había ventana, o si la había, había sido tapiada. Se sentó
en el suelo, cruzó las piernas y se dispuso a esperar. Ni siquiera tenía su maletín, en el
que entre otras cosas, llevaba la linterna-bolígrafo, las ganzúas… Lo que no llevaba
era la pistolita, pues aquella situación había estado prevista por la agente Baby. Mejor
dicho: provocada, no prevista. Era lógico que quienes habían atentado contra la vida
de Jarif Iben Maula estuviesen vigilando la villa, para saber qué había sucedido como
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consecuencia de su disparo contra el jeque: ¿lo habían matado y retenían allí el
cadáver, o estaba herido? Tenían que interesarse por ello, y era muy lógico que
vigilasen la villa, y que se interesasen por la chica rubia que la había visitado…
Ahora bien: ¿de dónde habían sacado aquellos hombres el nombre de Brigitte
Montfort? ¿Por qué la habían llamado así? Evidentemente ello significaba que sabían
que Jarif Iben Maula se había citado con la mujer llamada Brigitte Montfort, pero…
¿cómo lo sabían? Por supuesto Erika Schenk no se hacía muchas ilusiones respecto a
la fidelidad de la personas, así que admitía sin dificultad que cualquiera de los
hombres que rodeaban a Jarif hubiese podido traicionar a este; empezando por Omar
Gafer y terminando por los dos maricas Ahmed y Nader…, y pasando por el propio
doctor Abdel. Pero, todo tiene un límite lógico, así que cabía pensar que, puesto que
Jarif Iben Maula continuaba con vida, era porque las personas que estaban con él le
eran fieles…, quizá menos uno, que era el traidor, y que estaba esperando su
momento, aunque esto era muy difícil, pues Jarif nunca estaba solo.
Erika Schenk se sumió en sus pensamientos, buscando el resultado lógico a las
preguntas. Pero no tuvo tiempo de pensar demasiado. La cerradura chirrió, la puerta
se abrió, y enseguida le llegó la voz de uno de sus captores:
—Tú, Erika, sal de ahí.
Ella salió, protegiéndose los ojos con una mano, ya que, en contraste con la
oscuridad del cuarto en el que había permanecido, en el pasillo había incluso
demasiada luz. Pero pronto todo volvió a la normalidad.
Subieron unas escaleras, ella entre los dos hombres. Llegaron a un amplio
distribuidor que tenía una puerta en cada uno de los cuatro lados. Uno de los sujetos
fue hacia una de esas puertas, grandes, y la empujó… Una claridad cenadora, un
raudal de sol, cegó nuevamente a Eric Schenk por unos segundos. La agarraron de un
brazo, y tiraron de ella. Oyó cerrarse la puerta a su espalda, y abrió los ojos. Estaba
en una grandiosa habitación llena de sol, que entraba por las ventanas de formas
moriscas que había a un lado. Afuera, muy audible, todo el bullicio de la vida de los
canales.
Pero lo interesante no estaba fuera de aquella habitación, sino dentro, allí, ante
sus ojos.
Frente a la puerta había un enorme lecho, en el cual yacían dos mujeres y un
hombre, los tres completamente desnudos. El hombre estaba en medio, apoyado en
unos almohadones, y se dedicaba a acariciar íntimamente a las dos mujeres, que
parecían al borde del éxtasis, ronroneantes como gatitas en celo. Eran dos hermosas y
jóvenes muchachas, de largos cabellos, cuerpos espléndidos, tersos.
Pero, sí, lo más interesante de todo era el hombre. Era un sujeto de corta estatura,
que parecía cuadrado, muy ancho… Sí, parecía un gorila, exactamente. Y su rostro
estaba muy acorde con su cuerpo. Boca grande, ojos pequeños y juntos, de
movimientos vivos. Era increíblemente velludo, de miembros largos y fortísimos. En
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su estrecha frente había unas arrugas mientras los ojillos contemplaban con viveza a
la recién llegada. Su bocaza que parecía no tener labios, enorme, se movió.
—¿De modo que fuiste un caprichito del jeque? —preguntó, en alemán.
Erika Schenk, impresionada, asintió con la cabeza. Junto al gorila, que parecía
bañado en sol, las dos muchachas gemían su cercano placer, ajenas a la entrevista que
sostenía su manipulador con Erika.
—¿No tienes lengua? —preguntó el gorila.
—Sí —musitó Erika.
—Pues dime más cosas… ¡Y quiero que hables en alemán!
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Capítulo IV
Erika volvió a asentir con la cabeza, como asustada. Magistralmente fingido, ya que
no lo estaba en absoluto. Y con las pocas palabras que había pronunciado el simiesco
personaje, sabía ya que él no era alemán; hablaba este idioma casi tan bien como ella,
pero no era alemán…
Miró de reojo al hombre que había entrado con ella, y que permanecía impávido a
su lado, y volvió a mirar al gorila.
—No sé qué decir —musitó en alemán, con voz tensa, y señaló al hombre que
tenía al lado—… Ya se lo he dicho todo a él.
—Está bien —sonrió de pronto el gorila—. Solo quería oírte hablar, para estar
segura de que eres alemana. Desnúdate y ponte en la cama con nosotros.
Erika retrocedió un paso, y sus ojos se abrieron mucho. El gorila lanzó una
risotada.
—¿Qué te pasa? ¡Te aseguro que lo pasarás mejor conmigo que con ese jeque!
¡Te voy a hacer una demostración!
Dejó de acariciar a las dos muchachas, y saltó sobre una, como una fiera. La
muchacha comenzó a dar grititos de placer, y gemidos. Erika Schenk cerró los ojos.
Lamentó no poder hacer lo mismo con los oídos, y no se atrevió a taparse las orejas
con las manos. Rápidamente, estaba comprendiendo que aquel sujeto era un ser
extraño, capaz de cambiar del mejor humor a los más negros instintos.
La muchacha dejó de dar grititos, y se quedó suspirando. Erika abrió los ojos, y
entonces vio al gorila sobre la otra muchacha, que tomó su turno de viaje por el reino
del placer, gritando aún más que su compañera… Erika miró de reojo al hombre que
tenía al lado, y que estaba lívido, contemplando la escena fascinado, alteradísimo…
De la boca de la segunda muchacha comenzó a brotar un agudo sonido que parecía un
gemido interminable. Con ella, el gorila rugía furiosamente… Y de pronto, todo
terminó. Erika así lo comprendió, y abrió los ojos. El gorila se dejó caer a un lado,
miró a la prisionera, y lanzó un resoplido.
—¿Podría hacer esto tu jeque? —Gruñó.
—No —tragó saliva Erika—… Creo que no.
—¡Pues a mí todavía me quedan energías para seguir! ¡Ven aquí!
—No… No, no…
—¿Por qué no? —bramó el simio.
—Estoy… estoy demasiado… impresionada.
—¡Eso me gusta! —rio él—. Está bien, espérame afuera. Campbell, llévala al
salón y que me espere allí.
El sujeto tomó de un brazo a Erika, y con la otra mano abrió la puerta. Salieron
del amplísimo dormitorio soleado, y Campbell masculló algo, miró fijamente a Erika,
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y dijo, claramente:
—Si no fuese porque no sé lo que va a tardar él, te iba a dar tu ración… ¡Maldita
sea, no debería hacer eso!
Erika prefirió no contestar. Campbell la llevó al salón, también muy grande, de
techo muy alto, y provisto de ventanales idénticos a los del dormitorio, que daban
asimismo al estrecho canal. En el salón esperaba el otro hombre de la lancha, y el que
les había abierto la puerta de la casa poco antes.
—Giorgio —miró Campbell a este último—, tráenos algo de beber. Supongo que
tú también quieres, Fickman.
—Claro —asintió su compañero.
De un empujón, Campbell sentó a Erika en un viejo sillón, en el que se hundió
incómodamente. Campbell encendió un cigarrillo, la miró, y sonrió, torcidamente.
—¿Quieres uno? —ofreció.
Erika asintió, pero a la expectativa, esperando alguna «genial» salida de
Campbell, pero este se limitó a ofrecerle el que acababa de encender, y encendió otro.
Se sentó también, y se dedicó a fumar, en silencio, sombría la mirada. Por el ventanal
llegaba el rumor de la ciudad, como envuelto en el resplandor de sol que inundaba el
salón.
El llamado Giorgio regresó pronto, con una botella de vino, y los tres comenzaron
a beber. Campbell miró a Erika, con gesto interrogante, pero ella negó.
Campbell encogió los hombros, y miró a Fickman.
—En un minuto se las ha cargado a las dos —gruñó.
—A mí esas cosas no me preocupan —desdeñó Fickman—. Cuando tengo ganas
de jaleo sé también cómo pasarlo en grande… He estado pensando que deberíamos
avisar a Mikoulos para que abandone su puesto. Si el jeque está herido, no saldrá a
pasear. Y menos, después de lo que le ocurrió la vez anterior —rio secamente.
—Que lo decida Helios.
—¿Quién es Helios? —preguntó Erika.
—Ya lo has visto: el jefe, el que estaba en la cama.
—Ah… ¿De qué es jefe?
Campbell abrió la boca, estuvo así unos segundos, y luego masculló:
—Cierra la boca.
Erika la cerró, salvo para continuar fumando. Campbell, Fickman y Georgio
bebían de aquel vino que no parecía de buena calidad, cosa que, evidentemente, les
tenía sin cuidado. Erika buscó con la mirada un cenicero, y al no encontrarlo, miró
interrogante a Campbell, que señaló hacia el ventanal.
—No seas tan fina, tíralo al canal… ¡No le va a pasar nada a Venecia por un poco
más de mierda!
Erika se acercó al ventanal, miró hacia abajo, y tiró la colilla a las sucias,
grasientas aguas. Todo era una lástima: el Hombre lo destruía todo, destrozaba la
belleza allá donde la encontrase. ¿A cambio de qué? Eso no parecía fácil definirlo,
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desde luego… ¿Qué tenía el Hombre a cambio de la destrucción sistemática de todo
lo bello que había en el mundo? Pues, indudablemente, cosas menos bellas: cortaban
un pino, y hacían una silla; cortaban miles de flores y las machacaban, fabricando
perfumes que, sin la menor duda, no tenían la fragancia natural de las propias flores
que habían cortado.
¿Qué costaba tener un cenicero? Era más cómodo y más limpio…
Estaba mirando las aguas y pensando esto, calculando que la distancia desde el
ventanal al agua era de unos cinco metros, cuando oyó la llegada del llamado Helios,
el ser simiesco. Se volvió. Helios iba descalzo, y llevaba solamente una bata de color
negro, de seda. Era evidente que acababa de ducharse, pero no se había molestado en
secarse bien; ni siquiera se había peinado. Se sentó en un sillón, y le hizo señas a
Erika, que se acercó. Cuando estuvo ante él, Helios la agarró de una muñeca, tiró de
ella y obligó a Erika a sentarse en sus rodillas. Inmediatamente, deslizó su mano
hacia los senos de la rubia alemana.
—Me gustas —aseguró—… Estás fresca y dura. Luego haremos tú y yo cosas
hermosas, pero ahora vamos a hablar de tu amigo el jeque. Me ha dicho Campbell
que sus amigos te han dado mil dólares… ¿Es eso todo lo que esperabas que te diese
el jeque por acostarte con él?
—No… No sé. Bueno, él fue mucho más generoso la otra vez.
—Ya. ¿Cuánto te dio? O mejor dicho: ¿cuánto esperabas sacarle esta vez?
—La otra vez, por tres días de compañía me dio… diez mil dólares americanos.
—¡Diez mil dólares! —bufó Helios, despectivamente—. ¿Te gustaría ganarte
cincuenta mil?
Erika quedó pasmada un instante.
—¿Por acostarme con usted? —murmuró.
—Claro que no… Eso lo harías gratis en cuanto supieses lo bien que se pasa
conmigo. Ya has visto a esas dos. ¡Estaban que se morían de gusto, ¿no es cierto?! Y
lo mismo te pasaría a ti, así que si te portas bien, te haré gozar. Pero ahora estoy
hablando de negocios. ¿Qué contestas?
—Bueno —sonrió Erika—, la perspectiva de ganar cincuenta mil dólares no me
disgusta, se lo aseguro. Pero si no se trata de nada sexual, no sé cómo podría…
—Yo te lo diré. Tendrías que hacer un pequeño trabajo de… espionaje.
—¡Oh! ¡Yo nunca…!
—Tranquila —gruñó Helios—. Todo sería muy sencillo. Pero no podrías hacer
nada si no consiguieses que el jeque te recibiese. ¿Podrías conseguir eso?
—No sé… Puedo intentarlo. ¡Por cincuenta mil dólares creo que sería capaz de
convencer a sus criados para que me dejasen verle! No sé cómo lo haría, pero lo
conseguiría.
—Vamos a dar por sentado que consigues llegar hasta el jeque. Él tiene que estar
herido, o sea, que debe de estar en cama. Todo lo que tendrías que hacer sería colocar
un pequeño aparato de escucha en la cama. ¿Comprendes?
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—Me parece que sí… Lo que usted quiere es escuchar todo lo que el jeque hable
con sus criados.
—Exactamente. ¿Crees que podrías hacerlo?
—No sé… ¿Qué pasaría si se diesen cuenta?
—Ah, no… ¡Nada de eso! Si no puedes hacerlo, no lo hagas. Tienes que hacerlo
con seguridad. Si ves que es imposible, te comportas como si solo te interesase la
salud de tu amigo, y sales de la villa… Entonces, pensaríamos otra cosa, pero de
momento sería una estupidez arriesgar a una persona como tú, que puede ser recibida
por Iben Maula.
—Comprendo. Intentaré hacerlo, sí.
—Estupendo. Y otra cosa… El jeque citó en Venecia a una mujer americana, una
tal Brigitte Montfort, con la cual te confundieron mis hombres. Que yo sepa, esa
Montfort es una periodista, muy conocida, por cierto. Que nosotros sepamos, no está
en la villa; la hemos vigilado muy bien, y no hemos visto que llegase ninguna mujer
más que tú… Sin embargo, ella fue citada en Venecia por Iben Maula, y yo quiero
saber qué espera el jeque de ella, de la Montfort. ¿Qué papel puede jugar una
periodista americana en este asunto? ¿Dónde está? ¿Ha llegado o no ha llegado a
Venecia? Eso es lo que tienes que averiguar.
—¡Pero eso ya no va a ser tan fácil! —protestó Erika.
—Nadie dice que sea fácil. Y te repetiré lo de antes: nada de arriesgarte a fallar.
Si hay algo que te parece que no puedes hacer, no lo hagas, y, como te he dicho, ya
pensaríamos otra cosa… Cuidado con el sujeto calvo de los lentes: se llama Omar
Gafer, y es muy listo, así que no intentes engañarlo a él. Prueba con otros.
—¿Cómo sabe usted todas esas cosas de ellos, de Jarif y de sus amigos? ¿Acaso
ya tiene en la casa otros aparatos de escucha?
—Si los tuviese no recurriría a ti.
—Entonces, ¿cómo sabe todas esas cosas?
Helios frunció el ceño, vaciló, y por fin dijo:
—Cuando hayamos terminado con todo este asunto, te lo explicaré, y te daré el
dinero, para que lo disfrutes con tu amigo Salvatore. ¿De acuerdo?
—Sí… De acuerdo.
—Aunque —sonrió Helios—, no creo que te guste volver con él después de
haberla gozado conmigo.
—En ese caso —sonrió Erika—, me bastaría quedarme contigo. ¿O eso no sería
posible?
—Ya veríamos. —Helios manoseó groseramente el espléndido cuerpo que tenía
sentado en sus rodillas—… Desde luego, me gustas mucho.
—Tú también me gustas a mí —aseguró Erika.
—¿De veras? —exclamó el gorila.
—Al principio, no, la verdad… Pero… me vas gustando. Noto en ti una… fuerza
extraña, que no había sentido en ningún otro hombre.
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—Eres inteligente —murmuró Helios—. Quizá te deje quedarte conmigo, si sabes
hacer bien las cosas que te ordene.
—Haré lo mejor que pueda… ¿Qué nombre es Helios?
—¿No lo sabes? —rio él—. ¡Helios es el dios griego del sol! Es hijo del titán
Hiparión, y cada mañana asciende desde el horizonte del mar oriental montado en un
carro tirado por cuatro caballos blancos para proporcionar luz a los hombres y a los
otros dioses… Por la tarde ya cumplida su misión, se sumerge con su carro y sus
caballos en el mar oriental. ¡Y yo soy Helios!
—¿Quieres decir… que eres un dios? —Se pasmó Erika.
Helios se echó a reír ruidosamente.
—¡No, no lo soy, pero me gusta ese nombre, y me gusta mucho el sol…! Cuando
esto termine, si te llevo conmigo, lo comprenderás. Estaremos en un sitio donde el sol
brilla intensamente, y podrás gozar de él, como hago yo siempre que no tengo que
trabajar.
—No entiendo nada de nada —dijo Erika—, pero a mí también me gusta mucho
el sol.
—Ya me he dado cuenta —dijo Helios, dejando casi al descubierto los serios de
Erika—… Tienes los pechos dorados como el mismísimo sol. Como a mí me
gustan… ¡Sí, seguramente, te llevaré conmigo! A menos que prefieras volver con tu
amigo Salvatore.
—Me parece —musitó Erika— que mi vida será mucho más intensa y
emocionante contigo que con Salvatore… ¡Y eso es lo que me gusta a mí!
—Sí, eres inteligente —repitió Helios—. De modo que estoy seguro de que
entenderás todo muy bien cuando te lo explique. Ahora, yo voy a marcharme, pero
volveré dentro de unas horas, con el material para que lo coloques en la cama de Iben
Maula. No temas, ninguno de mis hombres te molestará en ningún sentido… ¿Está
claro, Campbell?
—Sí —murmuró este.
—Bien. —Helios besó los senos de Erika, y se puso en pie, alzándola en brazos,
para depositarla enseguida en el suelo—… Acomódate en la casa a tu gusto. Yo
volveré cuanto antes pueda.
Helios regresó hacia las tres de la tarde, cuando Erika, que había almorzado
tranquilamente, aceptando entonces el vino que bebían Camphell, Georgio y
Fickman, estaba durmiendo no menos tranquilamente una siesta, tendida en el sofá.
Despertó «sobresaltada» cuando una mano apretó uno de sus pechos, y sus muy
abiertos ojos quedaron fijos en Helios, que se había sentado en el borde del sofá.
—Aquí estoy —sonrió el gorila.
—¡Qué susto me has dado…! Estaba dormida como un tronco.
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—Ya me he dado cuenta. Cuando te hayas despertado del todo hablaremos de
esto.
Mostró en alto una pequeña caja de bakelita, del tamaño aproximado de una
cajetilla de cigarrillos. En una de las caras amplias se veía una rejilla, ocupando la
mitad del espacio; en la otra mitad, había dos pequeños botones negros.
—¿Qué es esto? —exclamó Erika, sentándose rápidamente.
—¿Estás bien despierta?
—Sí, sí.
—Bien. Esto es un aparato emisor, que funciona con baterías. Mientras estos dos
botoncitos estén hacia arriba, no funciona, de modo que no se descargan las baterías.
Por eso, no debes apretarlos hasta el momento justo en que vayas a colocarlo en la
cama del jeque Iben Maula. ¿Ves? Primero aprietas uno, luego el otro… Quedan
empotrados en la caja. Si uno de los dos botones no quedase empotrado en su hueco,
sería inútil que dejases el emisor, pues no funcionaría. ¿Lo has comprendido todo?
—Sí, estoy segura.
—Prueba a hacerlo tú.
Helios presionó los botones, soltándolos seguidamente, con suavidad, y entregó la
caja a Erika. Esta apretó los botones, que quedaron hundidos, fijos en su hueco.
Luego, imitando a Helios, volvió a presionarlos, retirando rápidamente el dedo, y los
dos botones quedaron en posición alta. Helios asintió, satisfecho.
—El único inconveniente de este emisor es que resulta un tanto grande, pero no
disponemos de otro, así que tendrás el problema de tenerlo oculto hasta el momento
de colocarlo en la cama del jeque. Entre los pechos, se notaría. En la mano, no cabe
tan holgadamente que no pueda ser visto en algún momento… ¿Se te ocurre algo?
Erika Schenk frunció graciosamente el ceño, y estuvo pensativa unos segundos.
—Mi maletín —pidió de pronto.
Helios se volvió, haciendo una seña a Campbell, que salió en busca del maletín.
Una vez en poder de Erika, esta sacó el rollo de ancha tira de esparadrapo, cortó un
trozo, y sujetó con él la caja de bakelita en la cara interna de su muslo izquierdo. Lo
aseguró con otra tira, y miró con gesto triunfal a Helios.
—¿Lo ves? —preguntó.
—Lo veo —murmuró el gorila.
—¡Pues ya no lo ves! —rio ella, bajando la falda.
—Es un buen escondite —admitió Helios—, pero no se puede decir que lo tengas
muy a la mano con la suficiente discreción.
—Si consigo llegar hasta Jarif, podré sentarme junto a la cama, si es que está en
la cama, como tú dices… Y una vez sentada, puedo arreglármelas para despegar el
emisor y colocarlo bajo el colchón… ¡Oh, estoy segura de que podré hacerlo, Helios!
—Parece factible, en efecto —gruñó Campbell.
Helios vaciló, pero acabó por aceptar.
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—De acuerdo. Dentro de un rato, irás a la villa de Iben Maula, y lo intentarás. Si
pese a todas las precauciones, te atrapasen en el momento de colocar el emisor,
aprieta de todos modos los botones, y da un grito. Campbell y Fickman estarán cerca,
con el receptor, y sabrán lo ocurrido, y si es posible, te sacarán del apuro. Aunque
voy a insistir una vez más en que si crees que no puedes hacerlo con las máximas
garantías de seguridad, desistas de ello.
—¡Pero si tiene que ser muy fácil, Helios! —exclamó impetuosamente Erika
Schenk.
—Eso ya lo veremos. Bien, el emisor es tuyo: a ver qué consigues hacer con él.
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Capítulo V
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alguien puede meter en cintura a la CIA soy precisamente yo, la agente que más
privilegios y atribuciones tiene dentro de la propia CIA.
—¡No entiendo nada!
—Peter Muynck estaba trabajando para Helios, evidentemente. Por eso, sabía que
este preparaba algo contra el proyecto Los Jardines de Alá. Por lo que fuese, Muynck
decidió traicionar a Helios, y fue a venderle la información a Jarif. Pero Helios y sus
demás hombres se dieron cuenta de la traición de Muynck, y le obligaron a confesar
lo que había ido a decirle a Jarif. Supieron así que Muynck había informado a Jarif de
que un grupo pretendía sabotear el proyecto, y de que ese grupo estaba dirigido por
un norteamericano, cuyo nombre quizá Jarif sepa, ya que Muynck debió de decírselo.
Pero nosotros solo sabemos que se hace llamar Helios, el dios del sol. Evidentemente,
Helios mató a Muynck, y se dedicó a vigilar a Jarif. Así, le vieron a usted cuando fue
a imponer personalmente el telegrama a Brigitte Montfort, y consiguieron enterarse
de su contenido, sobornando a algún empleado de telégrafos. Por eso, supieron que
Jarif vendría a Venecia, y también la señorita Montfort. Así que vinieron aquí,
esperaron a Jarif, y atentaron contra él. Helios no es tonto, no… Sabía que si Jarif
hacía eso era por algo concreto. Y pronto comprendió la verdad: Jarif venía a Venecia
a entrevistarse con Brigitte Montfort para explicarle lo que sabía sobre el inminente
sabotaje a Los Jardines de Alá. Y esto hizo comprender a Helios que Jarif no había
comunicado a nadie más lo que Muynck le había dicho. Esto le sorprendió, así que,
además de matar a Jarif, quería cazar a Brigitte Montfort, para saber por qué Jarif
había preferido entrevistarse con ella a comunicar a sus servicios árabes de seguridad
lo que sabía. Seguramente, Helios continúa ignorando esto, pero yo lo he
comprendido: antes de denunciar a un norteamericano que lógicamente «podía» estar
trabajando para la CIA en un sabotaje contra Los Jardines de Alá; Jarif prefirió avisar
a Brigitte Montfort, para que ella solucionase con discreción y habilidad la
desagradable situación. Por eso, estoy segura de que Jarif no confió ni siquiera a
usted que sabía que quien pretendía el sabotaje era un norteamericano. ¿Cierto?
—Sí… Jarif no me informó de eso… Dijo que solo me pondría al corriente de
todo después de haber hablado con Brigitte Montfort.
—Lo que confirma toda mi teoría. Ahora, con lo que sabemos, nosotros, en
efecto, podríamos ir a cazar a Helios, y asunto terminado. Pero no me gusta esa
solución.
—¿Por qué no? ¡Es la más simple!
—Precisamente. Yo le aseguro a usted que la CIA no tiene nada que ver con ese
proyectado sabotaje. Sin embargo, Helios es norteamericano. Muy bien: ¿para quién
está trabajando?
—Podemos obligarle a decírnoslo.
—Ya sé. Pero… ¿y si no lo sabe?
—¡Cómo no habría de saberlo…!
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—Puede que no. Helios es un aventurero, Gafer. Solo eso. Un tipo audaz, duro,
un vividor espabilado, seguro de sí mismo. Recibió el encargo de preparar el sabotaje
contra Los Jardines de Alá, pero ese encargo pudo haberle llegado de forma tan bien
pensada, tan indirecta, que apostaría mi cabeza a que Helios no sabe quién le ha
contratado. Lo que sí supo fue que Muynck le había traicionado con Jarif, y eso le
puso en peligro personalmente. Por lo tanto, antes de seguir adelante con el proyecto
del sabotaje, quería asegurarse de que Jarif, y cualquier otra persona que supiese lo
que había dicho Peter Muynck, morían. Y esto, por dos motivos. Uno, por su propia
seguridad frente a un ataque por parte de la CIA o de los servicios secretos árabes.
Dos, porque si quienes le habían pagado sabían que él estaba delatado, también
querrían eliminarlo. Por eso, antes de proceder al sabotaje, Helios ha querido eliminar
a Jarif Iben Maula, y, comprendiendo que la llamada de este a Brigitte Montfort
implicaba que Jarif quería hablar con ella antes que con nadie sobre el sabotaje,
también quiere capturar a Brigitte Montfort, de quien espera que le aclarará la extraña
actitud de Jarif Iben Maula de no poner a los árabes al corriente del proyectado
sabotaje a Los Jardines de Alá. O sea, que él quiere matar de una vez a Jarif y
capturar a Brigitte Montfort. Luego, decidirá lo que hace. Ese es su juego… El mío
va a consistir en seguirlo, en darle cuerda larga a Helios, y permitir así que me lleve
hasta las personas que lo están dirigiendo. Esas son las que interesan, no un simple
aventurero como Helios. Y yo sé que si Helios cree que las cosas le están saliendo
bien me conducirá hasta esas personas. ¿Lo ha comprendido?
Omar Gafer asintió, se pasó una mano por la frente, y, por fin, murmuró, no poco
impresionado:
—¿Cómo ha podido usted llegar… a todas esas conclusiones?
—Pensando. Estoy acostumbrada a estos juegos.
—¡Por Alá! ¡Usted llama juegos a estas cosas…!
—Para mí lo son. Es algo así como esos problemas que ponen a los niños en el
colegio: si Fulanito tiene tres manzanas, se come una, y regala otra a Menganito…,
¿cuántas manzanas le quedan?
Un blanquísimo pañuelo apareció en la mano de Omar Gafer, que se lo pasó por
la frente, perlada de finas gotitas de sudor.
—¿Qué sugiere usted que hagamos? —susurró.
—Ya se lo he dicho: seguir el juego.
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—Claro. No me he movido en todo el tiempo del observatorio. Podría haberla
cazado a balazos, como hice con el jeque…
—Ya te dije antes que no se trata de nada de eso. Tú sigue ahí esperando
instrucciones, por el momento. ¿Ha salido alguien detrás de Erika, o alguien la
esperaba fuera, o la han seguido…?
—No. En todo el tiempo que yo la he estado viendo, y que no ha sido poco, nadie
se ha acercado a ella, ni parece que la vigilen, ni nada parecido.
—De acuerdo. Sigue ahí, vigilando la villa. Es todo, por ahora.
—Bien.
Helios guardó la radio, tras cortar la comunicación. Tocó en un hombro a
Campbell, que estaba ante el volante.
—Llámala.
Campbell apretó el claxon, pero Erika, que pasaba relativamente cerca de ellos,
no reaccionó. Continuó caminando, un tanto altivamente. Fickman, que estaba
sentado junto a Campbell, soltó una risita.
—Debe de creer que es algún tipo cachondo que quiere invitarla a la cama —dijo.
—Alcánzala —dijo Helios.
Campbell puso en marcha el coche, y se acercó a Erika, volviendo a hacer sonar
el claxon cuando estuvo a su altura. La espléndida rubia volvió la cabeza hacia el
coche, fruncido el ceño. Al ver a Campbell, quedó estupefacta, e inmediatamente se
acercó al coche, que se había detenido. Helios abrió la portezuela izquierda de atrás, y
Erika entró, sentándose a su lado, exclamando:
—Creía que me esperabais en la lancha… ¡No sabía que tuvieseis un coche aquí!
—No tiene nada de extraordinario —sonrió Helios—. Nosotros trabajamos bien.
¿Has colocado el emisor en la cama de Jarif Iben Maula?
—Sí —se iluminó el rostro de Erika—… ¡He podido hacerlo, sin ninguna
dificultad, además!
—¿Seguro que nadie se ha dado cuenta?
—¡Estoy segura de que no!
—¿Cómo convenciste a Gafer?
—Bueno —sonrió maliciosamente Erika—…, una chica bonita puede conseguir
muchas cosas cuando emplea toda su persuasión. Pero no creo que ese emisor sirva
de gran cosa, Helios.
—¿No? ¿Por qué?
—Pues… a mí me parece que Jarif está muy mal. Yo diría que va a morir. Y
suponiendo que pudiesen salvarle la vida, desde luego tardará muchos días en poder
hablar. Está muy demacrado, delgado… ¡Ya parece muerto!
—Pero no lo está.
—No… Vi claramente que respiraba.
—De acuerdo. Ve hacia la villa, Campbell.
—Vale.
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—¿Hacia la villa? —Respingó Erika—. ¿Para qué?
—¿Sabrías decirme en qué habitación está Iben Maula? —preguntó a su vez
Helios.
Erika estuvo unos segundos pensando, antes de asentir.
—Sí… Creo que sí. Bueno, la escalera está en el centro del vestíbulo y al fondo.
Sube describiendo un arco… Luego, el pasillo. La habitación de Jarif está a la
derecha del pasillo, o sea, que vista desde fuera de la villa, su habitación corresponde
a dos de las ventanas de la izquierda. Pero no podría decirte cuáles.
—Eso no importa.
—Ah. Bueno, pero ¿qué tiene qué ver dónde está la habitación de Jarif para
escuchar lo que se hable allí?
—Solo se trata de una prueba.
—No comprendo…
—Ya comprenderás.
Llegaron muy pronto a un punto de la avenida desde el que se veía la parte
izquierda de la casa, por entre árboles y flores. Pronto anochecería. Por entre la ligera
bruma, a lo lejos, se veían ya las luces de Venecia, recién encendidas. En Treporti el
aire era más transparente, todavía se podía aprovechar la última luz del día. Fickman,
que había ido mirando hacia atrás y a los lados, miró finalmente a Helios, y dijo:
—No veo a nadie que haya podido seguirla. Yo creo que todo está bien, Helios.
—Seguir, ¿a quién? —preguntó Erika—. ¿A mí? ¿Por qué habrían de seguirme?
Helios había sacado un pequeño aparato, parecido a la caja de bakelita, también
con dos botones.
—¿Apretaste los botones del emisor? —preguntó.
—Claro. ¿Vamos a escuchar algo ahora?
—Yo diría que sí —rio Fickman, volviéndose hacia la villa.
Helios apretó los dos botones. En el acto, apareció un rojo resplandor en la villa,
y en menos de un segundo, el tremendo estampido llegó hasta el coche… Erika
Schenk volvió la cabeza hacia la villa todavía a tiempo de ver el resplandor, y cómo
dos ventanas del lado izquierdo de la casa reventaban envueltas en fuego, cristales,
polvo y humo… Un suave golpe de viento llegó hasta el coche, y penetró por las
abiertas ventanillas.
—Dios mío —jadeó Erika—… ¡Dios mío! ¿Qué… qué es eso…?
—Vamos al embarcadero, Campbell. Sin prisas.
—Okay.
El coche maniobró, dio la vuelta, y se alejó de la villa, hacia la cual corrían
algunas personas a pie. Erika volvía la cabeza, y sus ojos parecían a punto de saltar
de las órbitas. Miró a Helios cuando oyó su voz diciendo:
—¿Lo has visto, Mikoulos?
—Naturalmente —sonó la voz en la radio que tenía Helios en las manos—… ¡No
deben de haber quedado de ese árabe ni los huesos! ¿Qué hago ahora? ¿Me reúno con
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vosotros?
—No. Sigue ahí.
—Pero…
—Sigue ahí. —Helios cortó la comunicación, guardó la radio, y miró a la cada
vez más estupefacta Erika, sonriente—… Mikoulos es mi tirador especial. Como
suele decirse, donde pone el ojo pone la bala aunque dispare desde más de quinientos
metros, como es el caso. Está en la terracita de una insignificante casita, construida en
un pequeño promontorio, a quinientos y pico de metros de la villa. No fue fácil
encontrar el lugar, y, sobre todo, ocuparlo. Tuvimos que recurrir a procedimientos
poco… amables. Naturalmente, Mikoulos es quien hirió a Jarif Iben Maula la primera
vez.
—¿Quieres decir… que fuisteis vosotros quienes heristeis a Jarif…?
—Exacto. ¿No se te había ocurrido?
—No… Bueno, no sé, no… no había pensado en ello…
—Pues si es tan tonta, no comprendo por qué quería el jeque Iben Maula
entrevistarse con usted en Venecia, señorita Montfort. ¡De verdad, no lo comprendo!
Erika abrió la boca…, y se quedó así, mirando la pistola provista de silenciador
con la que Fickman, vuelto hacia ella, le apuntaba al pecho. Cerró la boca, miró al
sonriente Helios, y también sonrió.
—Otra vez vuelves a confundirme, Helios. Yo soy…
—Vamos a dejarnos de tonterías, ¿le parece bien? —cortó ahora secamente el
gorila—. Sé perfectamente que usted es Brigitte Montfort. ¡Vamos…! ¡Todo ese
cuento de la cachonda putita elegante que va a visitar a uno de sus antiguos
clientes…! ¡Tonterías! Mire, señorita Montfort, nosotros, por medio de cierto
telegrama cuyo contenido pudimos conocer, sabemos que usted fue citada en Venecia
por Iben Maula. Solo Brigitte Montfort podía ser la mujer que fuese a esa villa. Así
que vamos a dejarnos de tonterías de una puerca vez. Y otra cosa: estoy muy molesto
con usted.
—¿Por qué razón? —Alzó las cejas Erika.
—Porque ha debido de creer que soy el tonto más tonto de todos los tontos del
mundo. Seguramente, es usted una espía…, y de no poca importancia, considerando
que el jeque prefirió recurrir a usted antes que a los servicios especiales árabes, o a la
propia CIA, al saber que un norteamericano se proponía sabotear Los Jardines de Alá.
Sí, tiene que ser usted muy, muy importante… Pero eso no la autoriza a tratar a los
demás como si fuésemos tontos.
—Vaya… Me parecía que así era. Pero, evidentemente, has sido tú quien ha
estado jugando conmigo, Helios.
—Así es. Pero el juego aún no ha terminado, ni por su parte ni por la mía.
—No comprendo.
—Comprende usted perfectamente, querida. Usted simuló ignorar que el emisor
era una bomba. Yo simulé estar convencido de que la engañaba, y de que así, Iben
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Maula moriría. Pero esa explosión no ha matado al jeque. La habitación estaba vacía,
y todos a salvo; como la casa, además, no tiene otras casas cerca, no había peligro en
hacer explotar la carga… De este modo, yo tengo ahora que creer que Iben Maula ha
muerto, cuando no es así. Está vivo, en otra habitación. Ahora, durante toda la noche,
habrá mucho movimiento en esa villa: llegará la policía italiana, agentes del SID, esto
es, del Servizio de Informazione e Difensa italiano, y, seguramente, algún
diplomático árabe que será urgentemente llamado. Como consecuencia de todo eso,
las cosas se arreglarán muy discretamente: mañana por la mañana, un ataúd será
sacado de la casa, y yo tendría que creer que en él va, despedazado, el cadáver de
Iben Maula. Pero no será así… Es decir, Iben Maula irá dentro de ese ataúd, pero
vivo, debidamente instalado, para ser trasladado al avión que le estará esperando en el
aeropuerto Marco Polo, con el fin de trasladar sus restos mortales a su país. Y así, ya
sin más peligros, yo debería creer que Iben Maula ha muerto, cuando la realidad sería
que era escamoteado ante mis narices sin peligro alguno, y llevado con todas las
medidas de seguridad a su país, donde quedaría mucho mejor instalado y protegido.
Sin embargo, señorita Montfort, no sucederán así las cosas: mañana por la mañana,
cuando el ataúd sea colocado en el coche fúnebre, o en la discreta camioneta que
habrá de conducirlo al Marco Polo, Mikoulos volverá a disparar desde su… atalaya
privilegiada. Y esta vez no disparará con balas, sino que lanzará una granada especial
contra el ataúd… ¿Lo comprende usted bien?
—Dios mío —gimió Erika.
—Así están las cosas. Están como usted las ha puesto, al pasarse de lista
tratándome a mí como si fuese un pobre tonto. Los dos hemos jugado, usted ha
perdido, yo he ganado. ¿De acuerdo?
—Helios… Escucha, todavía podemos… llegar a un acuerdo en todo este
asunto…
—Quizás. Pero tendremos que partir de una base de seguridad para mí: quiero
saber por qué Iben Maula te llamó precisamente a ti.
—Sí… Bien, Jarif y yo nos conocimos hace algunos años. Él supo entonces que,
ocasionalmente, yo hacía algunos pequeños trabajos para la CIA, en la que tengo
buenos amigos. Según Omar Gafer, Jarif dijo que antes de tomar ninguna decisión
quería hablar conmigo a fin de que presentase a la CIA un informe sobre lo que sabía,
por si esto podía evitar serias complicaciones.
—¿Qué informe?
—No lo sé. Te aseguro que es cierto que Jarif no puede hablar, está muy mal… Ni
siquiera Gafer sabe lo que Jarif quería decirme exactamente. Me habló de un tal
Muynck, que había facilitado cierta información a Jarif, pero no sabe de qué se trata,
pues Jarif solo quería hablar, ante todo, conmigo.
—Es decir —se animó el rostro de Helios—, que lo que Muynck le dijo a Iben
Maula, solo Iben Maula lo sabe.
—Sí, solo él.
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—Muy bien. En ese caso, es como si nadie lo supiese, porque mañana por la
mañana, ese jeque morirá de verdad. Y podré considerarme por fin a salvo. ¡Maldito
Muynck…! Por su culpa hemos perdido muchos días, y he pasado muy malos
momentos. Pero, en fin, ya está todo solucionado. Hablemos ahora de ti… ¿Hasta qué
punto eres importante para la CIA?
—¿Importante…? Bueno, yo no diría tanto. Ya te he dicho que solo he hecho
ocasionalmente algunas pequeñas cosas para ellos. Algunos contactos, entregar
extraños mensajes…
—¿Sabe la CIA que has venido a Venecia a ver al jeque?
—Claro que no. La verdad es que creí que era una cita particular, de simples
amigos. Solo cuando hablé con Omar Gafer comprendí que estaba ocurriendo algo
extraño…
—¿Y no has avisado a la CIA después de eso?
—¿Cómo habría podido hacerlo? —Se pasmó Erika Schenk—. Cuando salí de la
villa, Campbell y Fickman me capturaron, y hasta entonces he estado contigo todo el
tiempo… Bueno, menos en la casa de Jarif, pero todo lo que hemos hecho ha sido
preparar esa mentira. Luego, cuando Jarif hubiese estado a salvo, o sea, a partir de
mañana, yo sí que habría… avisado a la CIA, como hubiese podido.
—Otra cochinada de las tuyas. Bueno… ¿qué se te ocurre que puedo hacer
contigo?
—Quizá deberías escuchar mi proposición.
—¿Qué proposición?
—Antes has mencionado a un norteamericano que se propone sabotear Los
Jardines de Alá… Debo interpretar que estás trabajando para ese norteamericano, así
que ponme en contacto con él y quizá pudiésemos llegar…
—Ese norteamericano, soy yo —sonrió Helios, fríamente—. En cuanto a Los
Jardines de Alá, supongo que sabes de qué se trata.
—Pues… no. No recuerdo, al menos.
—Es el proyecto árabe para conseguir agua potable en cantidades ilimitadas y
baratísima para todos los países árabes.
—Ah, sí, es cierto, he leído algo sobre eso… ¿Y tú piensas sabotear ese proyecto?
¿Por qué?
—No he hecho demasiadas preguntas a quienes me han proporcionado el trabajo.
Pero, evidentemente, a alguien no le interesa que el mundo árabe, además de petróleo
y otras riquezas, se… independice en sus necesidades de agua.
—Entiendo. ¿Y quiénes son esas personas?
—¡Ni yo mismo lo sé! —Rio Helios—. Pero ya lo sabré, cuando todo haya
terminado, y nos reunamos en las Seychelles.
—Si cuando dices «terminado», te refieres al sabotaje, creo que estás perdiendo el
tiempo. ¿Cómo se pueden sabotear unos cuantos icebergs? Es absurdo intentar algo
en ese sentido, pues los icebergs jamás se terminarán… ¿Qué clase de sabotaje
[Link] - Página 45
puedes hacer contra esa cantidad de hielo inacabable? Sé que los árabes pretenden
remolcar témpanos hasta el mar Rojo, y nada más. ¿Qué podrías hacer tú? ¿Atacar los
remolcadores que arrastrasen los icebergs? Muy bien: ¿cuántas veces podrías
hacerlo? ¿Una, dos, diez…? Al final, las fuerzas navales árabes te destrozarían…, y
en el Antártico seguirían habiendo miles y miles de icebergs. ¿No es así?
—Las cosas nunca son tan simples —sonrió Helios—. ¿Sabes lo que piensan
hacer los árabes con esos témpanos?
—Convertirlos en agua, claro…
—Sí, sí, pero… ¿cómo?
—Pues no sé… No me he interesado mucho por ello. Pero quizá podría incluso
aportar ideas al respecto.
—¿De veras? —Se pasmó Helios—. ¿Qué ideas, por ejemplo?
—Helios, hemos llegado ya —dijo Campbell.
—Sí, sí, está bien —hizo un gesto Helios, dirigiendo una mirada hacia el
embarcadero—… Pero quiero escuchar las ideas de la señorita Montfort. ¿Qué ideas
son esas?
—Bueno, considerando que los árabes disponen de combustible al precio más
barato del mercado, no sería para ellos ningún trastorno económico organizar una
gran flota dedicada única y exclusivamente al transporte de témpanos desde el
Antártico hasta el mar Rojo…
—Eso ya lo están haciendo. Pero ¿qué más? ¿Qué harían con esos icebergs?
—Convertirlos en agua.
—¿Te parece que es sencillo manejar icebergs tan enormes que pueden parecer
islas, verdaderas montañas de hielo?
—Veamos… Supongamos que los árabes «cazasen» los icebergs más o menos en
la línea del meridiano 60 Este, o sea, por las proximidades de Tierra, de Kemp, o de
McRobertson, o de Lars Christensen…, sin perjuicio de que pudiesen desviarse hacia
el este o el oeste, es decir, hacia la Costa del Príncipe Olav, o la Tierra de Guillermo
II… Lo cierto es que, sin duda, no habría de faltarles hielo. Una vez «capturadas» las
grandes piezas de hielo, podrían subir por el meridiano 60 Este en una línea de
navegación prácticamente recta, hasta el cabo africano Guardafuí, evitando, claro, la
isla Socotra. Desde este punto, los remolcadores podrían dirigirse hacia el Este de
Arabia y el Sur del Irán y, posteriormente, penetrar en el Golfo Arábigo. O bien,
desde Socotra, desviarse hacia Adén y penetrar en el mar Rojo. Si se conseguía esto,
es decir, si los témpanos llegaban allí tras haber resistido los calores ecuatoriales,
todo sería muy sencillo.
—No me digas —gruñó Helios—… ¿Cómo lo harías tú?
—Supongo que los árabes ya deben de tener pensado su sistema, pero a mí se me
ocurre que podría hacerse por medio de esclusas con diques secos. Se introducía el o
los icebergs en un dique seco, como si fuese un barco, y se esperaba a que el sol, que
no les falta tampoco a los árabes, derritiera los hielos, naturalmente, tras cerrar todas
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las compuertas de esos diques secos, de modo que estos se convirtieran en enormes…
piscinas que se llenarían de agua potable. ¿Te imaginas la cantidad, de agua que
puede proporcionar un iceberg que antes de ser troceado midiese, por ejemplo…
cuatro kilómetros de largo, dos de ancho, y medio kilómetro de altura, entre la parte
visible y la sumergida? Calculando por encima, y rápidamente, eso significa algo así
como cinco mil millones de metros cúbicos de agua. No sé si puedes imaginarte esa
cantidad de agua, querido Helios.
—Más o menos. Pero ¿qué harían con esa agua en las… «piscinas»?
—¿Qué habrían de hacer, sino bombearla a los lugares donde era esperada para su
definitiva distribución por medio de canales adecuados? Supongo que sabes lo que es
un oleoducto, Helios.
—Claro… Esas enormes tuberías por las que se envía petróleo de un lado a otro.
—Claro. Y si existen oleoductos… ¿por qué los árabes no habían de construir
acueductos? Solo tienen que instalar tubos en los lugares adecuados, construir unos
cuantos canales y unas cuantas instalaciones de bombeo, y asunto terminado. El agua
podría llegar de La Ceca a La Meca —sonrió divertida Erika Schenk—… En poco
tiempo, los árabes tendrían más agua de la que necesitasen. ¿Que todo esto sería muy
caro? Sí, pero solo al principio. Luego, todo sería baratísimo… Y los árabes no son
pobres en estos tiempos, me parece a mí. Esta es su ocasión de conseguir Los
Jardines de Alá… para siempre, mientras existan hielos en el Antártico. Ahora… o
nunca. Ellos lo saben. ¿Y tú te consideras capaz de impedir un proyecto semejante?
¡Vamos, Helios, sé razonable!
Campbell había parado el motor, así que cuando Erika Schenk dejó de hablar, el
silencio fue total dentro del automóvil. Los tres hombres la miraban fijamente, como
fascinados.
Por fin, Helios murmuró:
—¿Qué clase de oferta podrías hacerme a mí si yo decidía… escucharla?
—Cualquier oferta. ¿Qué es lo que buscas? ¿Dinero? Pues bien podemos hablar
de dinero. ¿Es dinero la que quieres?
—¿Qué otra cosa, si no?
—De acuerdo: dinero. ¿Cuánto quieres? ¿Un millón de dólares? ¿Cinco millones?
¿Cincuenta?
—¡¿Podrías pagarme cincuenta millones de dólares?! —Casi gritó Helios.
—Yo, no. Pero sí lo haría Jarif Iben Maula, una vez repuesto de esa herida. A
menos que la CIA tuviera algo que decir, y de eso me encargaría yo. A fin de cuentas,
esta puede ser una cuestión entre tú y los árabes.
—Pero eso… significaría traicionar a quienes me contrataron para el sabotaje a
Los Jardines de Alá.
—¿Te pagan ellos cincuenta millones de dólares?
Helios se pasó las manos por la cara. Estuvo pensativo uno segundos, y par fin,
masculló:
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—Vamos a la casa de Venecia. Quiero discutir esto tranquilamente contigo… ¿Te
parece bien?
—Por supuesto —aceptó Erika Schenk.
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Capítulo VI
Entraron en la casa, y Fickman encendió la luz. Una pequeña lámpara pendiente del
techo, que emitía una débil claridad amarillenta, bajo la cual todo parecía más sucio y
sórdido.
Helios captó el gesto de Erika Schenk, y sonrió.
—No necesitaba un palacio para esto —explicó—. Llegamos a Venecia
precipitadamente, y tuvimos que conformarnos con lo que encontramos, por medio de
Giorgio, un viejo conocido mío de mis anteriores andanzas por Europa.
—Está bien —sonrió Erika—. Lo comprendo. ¿Quizá tenéis instalada en la casa
alguna emisora que te comunica con tus jefes?
—Desde luego que no —exclamó Helios—… Ellos no saben que estoy en
Venecia. Me preguntarían qué hago aquí, cuando volviese a mi base, y la explicación
no les gustaría: son gente que quieren las cosas bien hechas, con el máximo de
seguridad. Por eso me contrataron a mí… ¡Y todo estaría ya en marcha perfectamente
si no hubiese sido por ese cochino de Muynck!
Erika Schenk fue a decir que, en aquellos momentos, él mismo, el propio Helios,
se disponía a ser tan cochino como Peter Muynck, vendiendo a la señorita Montfort
determinada información a cambio de cincuenta millones de dólares, y que, por tanto,
la única diferencia consistía en que Helios era un cerdo que se vendía más caro…
Pero optó por callar. No convenía irritar en modo alguno a Helios con frases que
podrían hacerle tomar decisiones poco convenientes para ella. Así que asintió,
plácidamente.
—Debes de haber pasado malos momentos por su culpa, evidentemente. Bien:
¿hablamos en serio del asunto?
—Vamos al dormitorio.
—¿Al dormitorio? —Lo miró ella vivamente.
—Claro. Es el lugar más confortable de esta casa.
Pasillos oscuros, escaleras… Llegaron ante la puerta del dormitorio, Helios la
empujó, y se apartó. Erika Schenk entró, y vio a las dos muchachas tendidas
aburridamente en la cama, casi desnudas. Sobre una mesita había una pequeña radio a
transistores que en aquellos momentos emitía música… Las dos se animaron
visiblemente al ver a Helios. Saltaron de la cama, y corrieron hacia él, dando grititos,
y comenzaron a besuquearlo y acariciarlo.
—Ya ves —sonrió el simiesco personaje—: ¡están locas por mí! ¿No es cierto,
pequeñas?
Ellas rieron, y continuaron acariciándolo. Helios procedió a desvestirlas, con gran
facilidad, sin que ellas dejasen de reír. Luego, dándoles unas palmadas, las empujó
hacia la cama. Se volvió a mirar a la espléndida rubia, que había fruncido el ceño.
[Link] - Página 49
—Desnúdate tú también —dijo.
—¿Crees que es momento para estas cosas? —preguntó Erika.
—Me encanta estar en la cama bien acompañado —rio él.
—Mira, no quisiera… desilusionarte, pero en estos momentos estoy pensando en
otras cosas. Creo que sería mejor que nos ocupásemos del otro asunto, en primer
lugar.
—Hablaremos de eso en la cama, entre goce y goce. Desnúdate.
Erika Schenk vaciló pero tan brevemente que Helios ni se dio cuenta. Procedió a
desvestirse, despacio… A medida que su cuerpo iba apareciendo, los ojos de Helios
iban adquiriendo más y más brillo. Junto a la puerta, Campbell y Fickman parecían
de un humor de cien mil demonios, fijas también sus miradas en aquel cuerpo dorado
de formas esculturales.
—Esperad afuera —dijo Helios.
Campbell fue a decir algo, pero Fickman lo tomó de un brazo y tiró de él.
Salieron los dos, y Campbell cerró dando un portazo. Helios se echó a reír.
—Se han puesto nerviosos… Pero a mí me cuesta un poco más ponerme en
órbita. Luego, soy insaciable, pero al principio todo va muy lentamente… ¿Por qué
no terminas de desnudarte?
Erika se quitó la última prenda que le quedaba, la tiró a un lado, y se quedó
mirando a Helios, que se acercó y la abrazó por la cintura, inclinándose apenas para
poder besar los senos; su estatura era ligeramente inferior a la de Erika, que
permaneció impávida cuando las grandes manos masculinas comenzaron a deslizarse
por sus turgentes formas, iniciando rápidamente la búsqueda de la intimidad.
Pero algo no iba bien.
Sí, algo iba muy mal. La agente Baby llevaba demasiados años de lucha y
sinsabores para que no captase aquella sensación de que las cosas no estaban
desarrollándose convenientemente. Simuló corresponder al abrazo de Helios, y una
de sus manos palpó el bulto del revólver que este llevaba en la axila derecha. Era
zurdo…
De pronto, Helios se separó. Sus ojos relucían como los de un auténtico gorila en
celo.
—Lo vamos a pasar muy bien —jadeó—… ¡Lo vamos a pasar maravillosamente
los cuatro! Y para entrar nosotros en calor, será mejor que ellas nos ofrezcan su
espectáculo.
—¿Qué espectáculo?
—Ahora verás. —Helios miró a las dos muchachas—… ¡Empezad con una de
vuestras sesiones!
Ellas sonrieron dulcemente, y se abrazaron.
Comenzaron a besarse una a la otra, a acariciarse… Erika Schenk cerró un
instante los ojos, pero continuó oyendo los suspiros y los chasquidos de los besos de
las dos jovencitas de hermosos cuerpos, que se iban enardeciendo… Oyó junto a ella
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la pesada respiración de Helios, y lo miró. Él tenía los ojos desorbitados, fijos en la
escena sexual inesperada. El rostro de Helios iba tornándose rojo, sus pupilas se
dilataban… En la cama, las jovencitas proseguían con sus caricias que no solo
estaban excitando al gorila, sino, ciertamente, a ellas mismas…
—Vamos nosotros a la cama —oyó Erika—… ¡Vamos con ellas a tomar parte!
Se acercó a Erika rodeándola, y la abrazó por detrás, apretándola con fuerza,
clavando sus manos en las ingles de ella con un salvajismo atroz.
Pero no fue esto lo que asustó a Erika Schenk, ni mucho menos. Fue la
comprensión de la verdad de lo que estaba tramando Helios.
Y de pronto, su codo derecho salió disparado fuertemente hacia atrás. Oyó el grito
gutural de Helios, que aflojó la presión de su abrazo, de su brutal contacto posterior.
Erika se volvió velocísimamente, desprendiéndose del todo de los fuertes brazos del
gorila, y su mano derecha se alzó y descendió, silbando en el aire. Helios lanzó otro
grito, intentó esquivar el golpe mortal de karate, y lo consiguió parcialmente: la mano
que habría hendido su cráneo le golpeó, de canto, en el hombro derecho: fue como un
tremendo hachazo, que hizo crujir el hueso, que estuvo a punto de partir la clavícula
como si fuese un simple palillo.
Rugiendo, Helios cayó hacia atrás, impulsándose al mismo tiempo con sus cortas
y robustas piernas, de modo que se puso fuera del inmediato alcance de Baby, que
pretendía quitarle la pistola. Pero Helios metió bajo la axila derecha su mano
izquierda, y la pistola apareció, centelleante. Los ojos de Helios giraban enloquecidos
de furia y dolor en las pequeñas órbitas.
—¡Cerda maldita…! —rugió.
Plop, disparó.
Pero al mismo tiempo, lanzaba otro grito, ahora de incredulidad, viendo cómo el
cuerpo desnudo de Erika Schenk, vibrante, saltaba hacia arriba con tal impulso que
no solo la bala pasó por debajo, sino que Erika llegó con la cabeza casi hasta el techo,
pese a la altura de este, y disparó su puño derecho. La sucia lámpara estalló con un
fulgor azulado, de relámpago, y una lluvia de cristales cayó con finos crujidos al
suelo, algunos sobre Helios, que gritó una vez más, retrocedió en el suelo, y disparó
de nuevo, pero cegado, sin saber hacia dónde lo hacía.
Plop.
En la cama, oyó los gritos asustados de las dos muchachas, pero no miró hacia
allí, porque en aquel momento, al resplandor que entraba por las moriscas ventanas,
vio el desnudo cuerpo desplazándose con la ligereza de una gata.
Desvió la pistola hacia aquel cuerpo, y apretó de nuevo el gatillo, en el momento
en que la gata rubia saltaba hacia uno de los huecos.
Como en una fantástica película, Helios vio el hermoso cuerpo en el aire, girando
de pronto como descontrolándose, y oyó el grito de dolor y de miedo…, que se
perdió hacia las aguas del canal.
—¡Campbell, Fickman! —rugió Helios, poniéndose en pie.
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Corrió hacia las ventanas, mientras la puerta se abría, y los dos hombres entraban
en la habitación, pistola en mano, tan bruscamente que casi cayeron de rodillas,
tropezando uno con otro en la semioscuridad.
—¡Helios! ¿Qué…?
—¡Ha saltado al canal! —rugió el gorila.
Guiados por la luz de los canales de Venecia, los dos corrieron junto a Helios, que
estaba asomado, apuntando su pistola hacia las negras, sucias, polucionadas aguas del
canal. Todavía pudieron ver el brillo de las ondas que se separaban concéntricamente
desde un punto contra el que disparaba entonces Helios. Los dos le imitaron,
apuntando sus silenciosas pistolas hacia aquel mismo punto donde, indudablemente,
había caído el cuerpo de la espía internacional. En el agua aparecieron los pequeños
surtidores ocasionados por las balas…
—Ya basta —jadeó Helios—… Creo que la acerté, pero vamos a esperar, por si
sale.
En aquellos momentos no había nadie en el canal angosto y sucio. Llegaban
rumores cercanos, pero nadie había allí, ni pasaba embarcación alguna. Las ondas
aceitosas fueron alejándose, desapareciendo, y las aguas quedaron de nuevo quietas,
como si fuesen de plomo fundido.
—No sale —susurró Fickman.
—Ya os he dicho que le acerté… Pero quiero asegurarme. Mirad bien.
Estuvieron más de tres minutos mirando arriba y abajo del canal. Las dos
muchachas habían quedado silenciosas, parecía que ni siquiera existiesen.
Nada. Ni un chapoteo, ni la más leve señal en el agua.
—Está en el fondo —dijo por fin Helios, convencido—. Preparadlo todo. Nos
vamos enseguida.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Campbell.
—Era demasiado lista… Se dio cuenta de que yo solo quería pasarlo bien con ella
y matarla luego, que no iba a aceptar de ninguna manera un arreglo con ella, y me
atacó.
—¿No ibas a aceptar? —Respingó Fickman—. ¡Eran cincuenta millones de
dólares…!
—Eres un imbécil —barbotó Helios—. ¿Crees que el jeque habría llamado a
alguien que solo sabía arreglar las cosas con dinero? ¡Eso podía haberlo hecho él
mismo! Si le hubiésemos seguido el juego a la Montfort, habríamos terminado muy
mal. ¡No era de fiar!
—Está bien. Le diremos a Giorgio que nos vamos ahora mismo. Querrá su dinero.
—Yo se lo daré.
—¿Y las chicas?
Helios se volvió hacia la cama. Ahora, más acostumbrados sus ojos al resplandor
de la luz del exterior, podía ver perfectamente las formas de los dos desnudos cuerpos
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sentados en la cama. Se acercó a esta, deteniéndose a los pies. Destacaba el brillo de
los ojos de las muchachas, muy abiertos.
—¿Lo habéis pasado bien conmigo? —preguntó.
—Sí… Sí, Helios, sí.
—¡Mentira, puercas! Solo sois carne de alquiler, que sabéis vuestro trabajo… Os
contraté para divertirme mientras estuviese aquí, por medio de Giorgio, y él debió de
deciros que a mí me encanta que las mujeres gocen conmigo, que me hace sentirme
importante y poderoso. Por eso en todo momento habéis estado fingiendo placer en
nuestros contactos… ¡Pero sé bien que es mentira, que os repugno, como a todas las
mujeres a las que me he acercado!
—No, no…
—Pero no me importa. Lo sé, y me limito a comprar lo que necesito para
divertirme. Y cuando ya no lo necesito…
Plop, plop, plop, plop.
Relucientes gotas de sangre que parecían negras salpicaron a todos lados,
brotando de los cuerpos de las muchachas, de los tremendos orificios producidos por
las balas. Apenas gimieron mientras parecían aplastadas, zarandeadas por los
impactos. Quedaron inmóviles, medio abrazadas, una de ellas de lado, de modo que
todavía se pudo ver el brillo de sus desorbitados ojos.
—Eran solamente dos putas —dijo Helios—… Bien, nos vamos inmediatamente.
Id a buscar a Giorgio.
—Debe de estar en el salón —musitó Fickman—… Parece que no ha oído nada.
—Más bien, no ha querido oírlo —rio Helios, con tono agudo—. Es muy
discreto, lo conozco hace años.
Abandonaron el dormitorio, y fueron al salón, donde, en efecto, estaba Giorgio,
con un vaso de vino en una mano. Mano que no parecía demasiado firme, desde
luego. Al verlos, bebió un trago de vino, dejó el vaso, y preguntó:
—¿Qué ha pasado?
—Nos vamos —dijo Helios—. Ya no necesito la casa, ni a tus putas
contratadas…, ni a ti.
—¡No, Homer, esper…! Plop.
Una diminuta flor roja apareció en el centro de la frente de Giorgio, que saltó
hacia atrás, cayó de cabeza y de espaldas, y quedó inmóvil, muerto en el acto.
Helios guardó la pistola, en silencio, fruncido el ceño en lo que parecía una
sonrisa, por demás siniestra. Fickman y Campbell se pasaron la lengua por los labios,
y no dijeron nada.
—Vámonos —gruñó Helios.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —murmuró Campbell—. Si la Montfort no ha
muerto, las cosas se nos van a complicar mucho. Tiene amigos en la CIA, y si se
comunica con ellos, no nos será fácil marcharnos de Venecia.
—Ya sé. Pero esa cuestión la tengo resuelta.
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—¿Cómo? —preguntó Fickman vivamente.
—De momento, no vamos a intentar abandonar Venecia, ni ninguna de nuestras
posiciones, salvo esta casa, que ella sí conoce. Si ha muerto, todo seguirá normal, y
nosotros lo sabremos. Si no ha muerto, ya nos las arreglaremos.
—La cuestión es saber si ha muerto o no —insistió Campbell.
—Ya te he dicho que no hay problemas en eso. Si ella no ha muerto, no solo se
pondrá en contacto con la CIA, sino que se apresurará a cambiar todas las
disposiciones respecto al traslado de Jarif Iben Maula. Nosotros vigilaremos esta
noche la villa, y si vemos que las cosas se hacen diferentes a como ella las había
planeado, es que está viva y nos hallamos en peligro. Pero si vemos que todo sigue
igual es que ella ha muerto, que los hombres del jeque no lo saben, y que continúan
con el plan inicial.
—Entiendo —asintió Campbell—… Podríamos vigilar la villa desde la terraza en
la que está Mikoulos, pero si ella no ha muerto, la CIA buscará esa villa en un
kilómetro a la redonda, y tú sabes que la encontrarán.
—Avisaremos a Mikoulos, lo sacaremos de allí, y esperaremos los cuatro en otro
sitio, durante la noche. Si vemos que hay movimiento en la villa, que llega un ataúd,
que llegan italianos y más árabes, es que todo sigue normal, que ella ha muerto. Pero,
de todos modos, ya no volveremos a la terraza de Mikoulos: antes del amanecer, nos
apostaríamos en el aeropuerto. Tendrán que seguir la farsa hasta allí… Y si aparece el
ataúd, sabremos que Iben Maula está dentro, vivo, y que todo el plan sigue como ella
lo dispuso. Entonces, dispararemos. Es decir, lo hará Mikoulos, con una granada.
—Eso no va a ser tan fácil, Helios —masculló Fickman—. Habrá no solo árabes
de seguridad, sino agentes del servicio secreto italiano, ya que la farsa significaría
que las autoridades italianas y los hombres de Iben Maula habrían llegado a un
acuerdo.
—No importa eso. Si ella ha muerto, y el plan sigue con todo el asunto del ataúd,
mataremos al jeque… ¡Maldita sea, es el único que podría comprometerme, así que
hay que matarlo! Si no lo matamos, el plan de sabotaje contra Los Jardines de Alá no
serviría de nada, ya que Muynck debió de decirle en qué consistía. ¡Y si los árabes
saben en qué consiste el plan, será inútil que nosotros sigamos adelante! ¡Tenemos
que cargarnos a ese jeque!
—Está bien. Pero no va a ser fácil.
—Puede ser fácil —sonrió de pronto Helios—… ¡Si ella ha muerto, y todo sigue
como lo planeó, puede ser muy fácil! Vámonos de aquí: os explicaré por el camino lo
que se me ha ocurrido… Si nada ha cambiado, solo dependerá de Mikoulos que lo
consigamos…
Hacía apenas quince minutos que había amanecido cuando sonó la pequeña radio que
Mikoulos guardaba en un bolsillo. La sacó, y admitió la llamada, sin dejar de mirar
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hacia el neblinoso exterior por la rendija entre las dos puertas de atrás de la camioneta
de Alitalia.
—¿Sí?
—Mikoulos —sonó la voz de Helios—: ¿todo sigue bien ahí?
Mikoulos miró al empleado de Alitalia que yacía amordazado y solidísimamente
atado, convertido en un fardo, en el piso de la camioneta; y por si esto fuera poco,
había sido narcotizado, de modo que dormía profundamente.
—Todo perfecto, Helios. Sigo en la camioneta, el tipo continúa durmiendo…, y a
menos de trescientos metros tengo el avión particular de Iben Maula…, que ya está
calentando los motores.
—¡Todo concuerda! ¿Seguro que todo está tranquilo y normal a tu alrededor?
—Seguro.
—¡Bien! Por aquí, también todo ha seguido su curso. Hace unos minutos que han
sacado los ataúdes de la casa. Parece que con Iben Maula murió alguien más, porque
hay dos ataúdes en marcha.
—Con el juguete que les tenemos preparado, eso no es problema.
—Espero que no. Apunta bien… Y luego, ya sabes: te largas con la camioneta
hasta el límite del campo donde convinimos, allí te recogemos, y cuando quieran
reaccionar ya nos habremos esfumado. Ahora estamos rodando hacia ahí, para
apostarnos en el lugar convenido a esperarte. No creo que la camioneta tarde mucho,
así que vigila. Y, Mikoulos, ¡no falles!
—No fallaré. Le tengo verdaderas ganas a ese jeque de piel tan dura. ¡Maldito
sea, ya debió morir cuando le acerté la otra vez!
—Pues ya has visto que no murió. Acierta los dos ataúdes, Mikoulos. Hasta
luego.
—Hasta luego.
Mikoulos cerró la radio, la guardó, y echó una mirada al rifle de alta precisión y
mira telescópica que tenía al lado, en el piso de la camioneta; la granada estaba ya
colocada. Una granada que podía convertir en astillas dos ataúdes, aunque fuesen
blindados… Estuvo a punto de tomar ya el arma, pero prefirió no «calentarse»
demasiado las manos. Sabía que a él le iba siempre mejor tomar el rifle, apuntar y
disparar, sin más; al contrario que otros tiradores. Y sabía que su puntería era
excelente. Lo había demostrado, acertando a Iben Maula la otra vez en pleno pecho.
Lo único que no había estado previsto era que aquel árabe tuviese la piel tan dura…
—No resistirá esta vez —masculló Mikoulos.
Encendió un cigarrillo, pero lo apagó enseguida, y continuó mirando hacia el jet
de Jarif Iben Maula. Un sujeto muy rico, sin duda alguna. Como todos los árabes, a
juicio de Mikoulos. Se estaban haciendo los amos del mundo. Lentamente, pero
sabían lo que hacían: compraban grandes empresas multinacionales, bancos, líneas
aéreas y de navegación… Por poco listos que fuesen, no tardarían en conseguir
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posiciones mundiales que obligarían a las grandes potencias a tenerlos siempre muy
en cuenta. Que se fuesen al demonio, pensó.
La camioneta tardó casi una hora, y Mikoulos comprendió que había dado la
vuelta en lugar de pasar por Venecia, lo cual habría sido aún más complicado.
Habrían tenido que utilizar un transbordador para la camioneta, con lo que el tiempo
invertido habría sido el mismo, y en cambio se habrían complicado la vida. La
camioneta debía de haber retrocedido desde Treporti hacia Jesolo, luego había subido
hacia Caposile, luego a la izquierda hacia Portegrandi…, y allá llegaba, rodando
suavemente hacia el jet de Iben Maula.
Era una camioneta vulgar, y, por un momento, Mikoulos pensó que quizás era
otra, que no tenía nada que ver con el asunto. Pero no… La camioneta iba directa
hacia el jet, y, finalmente, se detuvo, a unos treinta metros de este. Quedó apuntando
hacia el avión, de modo que la parte de atrás quedaba frente a Mikoulos. La doble
puerta se abrió, dos hombres saltaron al suelo, y fueron hacia la cabina del conductor,
que también había saltado. Uno de ellos señaló hacia el jet, del cual comenzaban a
descender otros tres hombres. Los de la camioneta fueron hacia el jet rápidamente,
haciendo señas a los otros, sin duda pidiendo su ayuda para cargar los ataúdes…, que
Mikoulos todavía no veía bien.
Pero sí.
Sí, allí estaban. Tardó algunos segundos en distinguirlos en la penumbra de la caja
de la camioneta… Un coche particular llegaba ahora, y fue a detenerse junto al jet. Se
apearon varios hombres, que comenzaron a hablar con los otros seis. Los motores del
avión seguían emitiendo su zumbido, calentándose.
—¿A qué estoy esperando? —masculló Mikoulos.
Agarró el rifle, abrió un poco más las puertas de la camioneta requisada de Alalia,
y sacó la granada por la abertura. Apuntó solamente durante dos segundos.
Luego, apretó el gatillo.
Se oyó un seco estampido, y un instante más tarde, casi simultáneamente, la caja
de la otra camioneta reventaba envuelta en fuego y en un estruendo ensordecedor, que
superó el zumbido de los motores del jet. Mikoulos no esperó a ver cómo caían los
restos de la camioneta reventada. Dejó el rifle, cerró las puertas de la camioneta,
corrió hacia la parte delantera, y saltó por la ventanilla hacia la cabina. Puso el motor
en marcha, y partió.
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Capítulo VII
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—Ya no acude a nuestro encuentro —replicó el radarista.
Erika Schenk parpadeó. Luego, dio media vuelta, y se dirigió a la salida de la sala
de controles. Razin, Ahmed y Nader fueron rápidamente tras ella. En pocos
segundos, estuvieron en cubierta. Sobre ellos, la estrellada noche. Detrás, el convoy
que remolcaba los grandes hielos flotantes. No había luna, pero a la luz de las
estrellas se veían las enormes masas de hielo, refulgentes en un tono azul lívido. El
ruido de los motores de los remolcadores y de las otras tres naves de escolta que
rodeaban los icebergs como medida de seguridad para la navegación de otros navíos,
era monótono, como acolchado. El mar se veía negro, pero salpicado de millones de
puntos luminosos al reflejar las estrellas. Posición del convoy: 55 grados longitud
este, 35 grados latitud sur, aproximadamente. Tres mil kilómetros hacia el oeste, el
continente africano. Menos de mil hacia el noroeste, Madagascar.
El oficial que había recibido instrucciones de Razin se acercó, saludó, y dijo algo
en árabe. Razin le contestó. Luego, explicó a Erika Schenk:
—Todo parece estar en orden… si no fuese por ese submarino. Esperemos que, en
efecto, no nos ataque.
Erika Schenk no contestó. Estaba mirando hacia la proa de la nave comandante.
Detrás de ella quedaban los icebergs, los barcos y sus luces de navegación. El
ambiente era frío. Hora: las dos de la madrugada.
El submarino no aparecía.
El ayudante del radarista apareció de pronto junto a ellos.
—Mi comandante: el submarino sigue su ruta.
Erika y Razin se miraron, una vez más. Los dos regresaron a la sala de controles,
a toda prisa. El radarista los vio llegar, y señaló la pantalla.
—Distancia: milla y media…, y alejándose.
—¿Cómo explicaría usted eso? —preguntó Erika.
—Yo diría que el submarino navegaba hacia el sur, esto es, directo hacia nosotros,
pero nos han detectado, y han desviado su ruta, después de parar los motores menos
de medio minuto.
Erika se volvió hacia el operador de radio.
—¿Alguna llamada?
—No, señorita.
—¿Ningún intento de contacto?
—No, no.
—Eso sí es extraño —murmuró Razin—… Hasta puedo admitir que el submarino
haya parado sus motores al recibir en sus pantallas de radar nuestra presencia.
Podrían incluso haberse asustado debido a la masa de los icebergs…, pero tienen que
saber que hay navíos aquí. ¿Por qué no han preguntado nada por la radio?
—Dos millas —cantó el radarista—… Y alejándose.
El submarino continuó alejándose… Dos millas y media. Tres millas. Cuatro…
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—Definitivamente, lo hemos dejado atrás y a babor. Erika Schenk asintió ante la
explicación. Y preguntó:
—El comportamiento de ese submarino no es normal, ¿verdad?
—No.
—Entonces, son ellos.
—Pero no nos han atacado, ni…
—¿Cómo puede estar seguro de eso?
El comandante Razin quedó atónito. ¿Que cómo podía estar seguro de que no los
habían atacado? ¡Pues, sencillamente, porque nada había ocurrido, todo seguía igual,
en calma, navegación normal…! Erika estaba mirando a Nader y Ahmed.
—Prepárense: vamos a trasladarnos al primer remolcador.
Cinco minutos más tarde, la lancha era botada al agua desde la nave comandante,
por supuesto sin que la marcha de esta fuese detenida, y ni siquiera aminorada.
Ahmed y Nader, aterrados, se aferraban a la lancha desesperadamente, de modo que
resistieron el fuerte impacto. Una ola de agua fría pasó por encima de ellos. Durante
unos segundos, estuvieron flotando, en verdad insignificantes, sobre el fuerte oleaje
que dejaba atrás la nave comandante, y mirando por entre espuma azulada los
enormes icebergs que se iban acercando a ellos… En la proa del primer remolcador
aparecieron las luces de dos potentes focos. Erika Schenk puso la lancha en marcha, y
acudió a su encuentro, maniobrando para finalmente, navegar paralelamente al
remolcador, del que descendieron los dos ganchos de hierro. Nader y Ahmed
engancharon la lancha, y esta fue izada. Poco después, Erika y los dos árabes saltaban
a bordo del remolcador, y descargaban el gran paquete que ya estaba preparado…
—¿Está preparada la silla? —preguntó Erika.
—Sí, señorita —asintió el capitán del remolcador.
—Vamos allá.
Ahmed y Nader cargaron con el gran paquete. Admiraban ya sin reservas a la
rubia espía americana, pero cada vez estaban más convencidos de que estaba loca.
Cierto que las cosas habían ido saliendo como ella había previsto en todo momento,
pero…
—Ayúdenme.
Habían llegado a popa. Los dos árabes abrieron el paquete, y sacaron el equipo:
un gran «mono» blanco de material aislante, guantes del mismo material, botas con
suelas provistas de largos clavos, piquetas… La señorita Schenk se puso el «mono»,
colgó el material de escalada, se puso las botas… Un pequeño macuto, también
blanco, quedó colgando de su cuello. Tap-taptap-tap-tap sonaban los motores. No
muy lejos, el enorme iceberg seguía dócilmente al remolcador, bien sujeto por los
amarres especiales. Su resplandor lívido, con pequeños puntos rojizos y verdes
procedentes de los barcos, teñía de extraño color los rostros de Erika y sus
acompañantes.
—Preparada.
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Fue alzada en brazos por Ahmed, Nader, el capitán del remolcador, y uno de los
tripulantes, que la colocaron en la «silla», que era simplemente una especie de nido
construido con cables, y que colgaba de uno de los cables que arrastraba al iceberg.
Erika Schenk se acomodó bien, asió el trozo de cable doblado, con el que haría
presión en el de remolque, para ir desplazándose hacia el iceberg con repetidos
tirones, y volvió la cabeza. A los árabes les pareció que la muchacha sonreía, pero
decidieron que no, que eran solo imaginaciones de ellos. ¿Cómo podía sonreír una
persona que se disponía a hacer aquello?
—Hasta luego —dijo Erika. Se soltó.
Primero, debido a la leve caída del cable, se deslizó en dirección al iceberg sin
esfuerzo alguno por su parte. Luego, casi tocando el agua, comenzó a utilizar el
sistema de tracción. Poco a poco, se fue acercando a la gran masa blancoazulada, y
comenzó a sentir el frío. Bajo ella, el negro mar rugía sordamente. El entorno era
sencillamente pavoroso. La cercanía congelante del iceberg no podía ser más
escalofriante, más terrible. Muy poco después, Erika Schenk solamente podía ver,
ante ella, aquella enorme masa que surcaba las aguas… Y finalmente, sus pies
detuvieron el último impulso de su cuerpo hacia el iceberg.
Rápidamente, golpeó con la piqueta que ya llevaba preparado en la mano derecha,
con el fin de hundirla en el hielo y quedar fijada allí… La piqueta rebotó como si
hubiese golpeado sobre acero, y casi escapó de su mano, produciéndole un terrible
dolor en la muñeca. A unos tres metros bajo ella, el mar espumeaba al ser hendido
por el iceberg. Si caía allí, sería arrollada, aplastada, machacada…
Volvió a golpear, con mejor conocimiento de causa. De nuevo rebotó la piqueta.
Solo al cuarto intento consiguió que quedase la punta algo hundida en el hielo. Casi
medio minuto más tarde, conseguía clavar la segunda piqueta. El frío era terrible,
pero el duro ejercicio conservaba todavía el calor de su cuerpo… ¿Durante cuánto
tiempo? Miró hacia arriba. El lugar era bueno para la escalada, pues apenas a metro y
medio había una depresión. Si conseguía llegar allí, ya estaría en el iceberg, y todo
sería más fácil entonces. La tercera piqueta fue más fácil de clavar. Y todavía más la
cuarta, pues iba aprendiendo rápidamente cómo debía hacerlo. Cuando se aprendía
esto, la cosa no resultaba tan difícil, ni mucho menos. La imagen de unos hombres
ascendiendo montañas de hielo en Groenlandia pasó por la mente de Erika Schenk.
Habían pasado apenas seis minutos desde que sus pies frenaran el golpe contra el
iceberg cuando Erika Schenk ascendía por este sujetándose en las piquetas. Clavó
otra en el borde de la depresión, se izó lentamente, y luego, con un último impulso, se
lanzó hacia delante, deslizándose por el leve declive hacia el centro del iceberg.
Cuando se puso en pie, los agudos clavos impidieron que resbalase. Un aliento frío la
envolvía. Ante ella, la gran masa, una auténtica montaña deforme, con huecos,
alturas, laderas.
Solamente pudo recoger tres piquetas, pero tuvo suficiente para ir desplazándose,
siempre hacia el centro de la montaña de hielo. Sus pies se movían despacio,
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asegurándose siempre uno antes de mover el otro.
Y de pronto, al coronar una pequeña elevación, apareció ante ella la ancha cima
del iceberg, ondulada, como rota en varios puntos refulgentes. Se tendió boca abajo, y
fue mirando atentamente ante ella, por toda la desigual explanada.
Solo tuvo que ver algo más blanco que el hielo, moviéndose a unos setenta u
ochenta metros de ella para comprender que había acertado también en aquello. Por
un instante, le pareció que había sido una ilusión óptica…, pero no. La cosa blanca
volvió a moverse. Junto a ella, otra cosa blanca se movió. Casi enseguida, otra…
Eran como pequeñas manchas albas en el frío tono azulado del hielo.
Erika Schenk se puso en pie, metió la mano en el blanco macuto que colgaba de
su cuello, y sacó una enorme pistola, que empuñó con fuerza, metiendo el dedo índice
en el gatillo, no sin cierta dificultad debido al guante especial. Ya bien armada,
comenzó a caminar hacia el grupo de blancos bultos que se movían en el centro del
iceberg. Cuando estuvo a unos treinta metros, se tendió boca abajo, y todavía se
arrastró otros quince metros.
A quince metros ahora, vio el vaho que brotaba de las bocas de los tres hombres.
Sobre el hielo se oían golpes, como martillazos sobre metal… Estaban fijando un
paquete pintado de blanco en el iceberg.
—¡Apártense de eso! —gritó Erika Schenk—. ¡Aléjense varios metros, y pongan
sus manos sobre las cabezas!
Los tres hombres quedaron inmóviles, como súbitamente petrificados por el frío
que estaban soportando. Era todo como una imagen irreal, como algo que no pudiese
estar ocurriendo en realidad.
—¡Apártense de ahí o disparo!
Los tres hombres se irguieron. De pronto, uno de ellos se movió, iniciando el
salto hacia detrás del aquel bulto blanco… El dedo de Erika se crispó en el gatillo de
la pistola, brotó el fogonazo, el estampido fue absorbido por el rugir de mar y de
motores… La parte superior derecha de la cabeza del hombre saltó en pedazos. El
hombre cayó sobre el paquete blanco, rebotó, y rodó hacia un lado…
De la mano de otro de los hombres brotó también un fogonazo. Por encima de la
cabeza de Erika chascó una bala, al tiempo que ella disparaba por segunda vez. El
hombre lanzó un grito, dio un extraño salto, y cayó de espaldas… El tercero corría
pesadamente, alejándose, clavando las puntas de su calzado en el hielo. Erika le
apuntó a la espalda, pero, antes de que apretase el gatillo, el hombre resbaló, a pesar
de los clavos de su calzado, y cayó de vientre, durísimamente…, y continuó
desplazándose sobre el hielo, en dirección opuesta a la posición de Erika, que oyó sus
gritos de terror apenas un par de segundos. Casi enseguida, el hombre desapareció,
deslizándose velozmente sobre la helada superficie, igual que si fuese un trineo.
Otro de los hombres, el que había rebotado sobre el bulto blanco, comenzó a
desplazarse, lentamente, alejándose. Erika le apuntó, pese a saber que ya de un
disparo le había volado la cabeza. No llegó a disparar de nuevo, porque comprendió:
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el hombre fue ganando velocidad, como el otro, deslizándose, ya cadáver, en la
misma dirección. Era como un divertido juego sobre hielo…, solo que aquel juego
consistía en que dos hombres muertos se deslizaban, por una pista natural, hacia el
mar.
Erika permaneció inmóvil, mirando al hombre que yacía de espaldas, asimismo
inmóvil. Se puso en pie, lentamente, y se fue acercando sin dejar de apuntarlo con la
pistola… Cuando, por fin, se detuvo junto a él, vio los abiertos ojos del hombre,
reflejando las estrellas. En su enguantada mano agarrotada todavía estaba la pistola.
Erika guardó la suya, y se acercó, siempre pisando cautamente, al bulto, que estaba
cubierto por una lona blanca. De los bordes de la lona partían cuerdas también
blancas, unidas a agudas estacas de acero que habían sido hundidas en el hielo,
sujetando el bulto a este. Pero, además, había sido colocado en una pequeña cavidad
que previamente habían cavado los tres hombres, de modo que no parecía probable
que pudiese desplazarse hacia ningún lado. Todavía quedaban tres o cuatro estacas de
acero por clavar. Si Erika hubiese llegado un par de minutos más tarde, ya no habría
visto a aquellos hombres moverse sobre el hielo, y ellos se habrían marchado.
¿Marchado?
¿Adónde?
¿Al submarino, quizá?
Sí, al submarino… Seguramente, después de colocar allí aquel bulto se habrían
deslizado hacia el mar, y habrían quedado flotando hasta que, ya lejos el convoy
árabe, el submarino hubiese vuelto a por ellos.
Pero… ¿qué habían colocado aquellos hombres sobre el iceberg?
Erika Schenk alzó la lona, y se quedó mirando el gran bloque de piezas metálicas.
Seguramente, lo habían subido entre los tres hombres, desmontado. Luego, había
montado el artefacto, y se habían dedicado a fijarlo en el hielo. Y en los otros
icebergs, por supuesto, otros hombres estaban haciendo lo mismo, o habían
terminado ya, y se habían deslizado hacia el mar, para esperar al submarino, dejando
en cada iceberg uno de aquellos artefactos.
¿Una bomba?
La rubia Erika movió la cabeza negativamente. Absurdo. Le parecía
sencillamente absurdo tanto preparativo para colocar unas bombas en unos témpanos
de hielo. Hombres entrenándose en Groenlandia, hombres instalando una base de
operaciones en las Seychelles, un submarino, intentos de asesinato, un gasto
enorme…
No.
No podían ser bombas. Entonces… ¿qué eran?
Y de pronto, Erika Schenk se dio cuenta de que comenzaba a tener calor.
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Capítulo VIII
Hacía un terrible calor en aquella choza cerca de la playa, ubicada a poca distancia de
Victoria, la capital de las Islas Seychelles. Un radiante sol de media tarde parecía
quemarlo todo, envolverlo todo. Por una de las ventanas, se veía el azul del mar,
transparente como el más puro cristal.
Pero el calor no importaba en absoluto a Helios. Cuando, tras cortar la
comunicación por la radio, se apartó de esta y se puso en pie, su rostro estaba radiante
de satisfacción y codicia. Se volvió hacia Mikoulos, Fickman y Campbell, que le
contemplaban expectantes.
—Lo hemos conseguido —murmuró Helios—… ¡Lo hemos conseguido!
—¿Cuándo nos van a pagar? —exclamó Fickman.
—Esta misma tarde. Tengo que volver al hotel, y esperar en la terraza, junto a la
piscina… ¡El yate llegará pronto, y enviarán a alguien procedente de él para
entregarme el dinero y darme instrucciones para que nos preparemos para otro
trabajo!
Mikoulos se frotó las manos.
—¡Estupendo! ¡Ha costado mucho, por culpa del maldito Muynck pero todo
habrá valido la pena!
—Bueno —sonrió Campbell—, ¿qué esperamos para ir al hotel? ¡Estoy harto de
esta infecta choza!
—Pues todavía tendrás que estar un rato más —rio Helios, que no podía estar más
satisfecho—: Mikoulos y yo nos vamos ya al hotel, pero vosotros os tenéis que
quedar, para enterrar la emisora. Si más adelante conviene, vendremos a buscarla,
pero si no la necesitamos, es mejor que quede muy bien oculta.
—Maldita sea —farfulló Fickman.
—No te quejes, hombre —rio Campbell—… Luego nos damos un buen baño en
la playa, y asunto terminado. ¡Además, es saludable sudar de cuando en cuando!
—Está bien —encogió los hombros Fickman—… Bueno, cuanto antes
empecemos, antes terminaremos.
—Hacedlo bien —dijo Helios—. Nos veremos luego en el hotel.
Helios y Mikoulos salieron de la choza, montaron en las bicicletas, y
emprendieron el regreso a la cercana Victoria, en la isla Mahé, de las Seychelles.
Dentro de la choza, Campbell apartó la densa cortina que ocultaba la ventana, y que
no solo impedía la entrada de insectos, sino que les protegía de la posible curiosidad
de alguien que pasase por la playa. Estuvo mirando alejarse a Helios y Mikoulos
hasta que oyó la voz de Fickman:
—Todavía no hemos empezado, y ya estoy sudando, solo de pensarlo.
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Campbell no contestó. Fue a donde estaban las herramientas para cavar el
agujero. Todo estaba previsto. En silencio, comenzó a clavar el pico en el blando
suelo arenoso sobre el que estaba construida la sencilla choza. Junto a él, Fickman
comenzó a utilizar la pala, para ir apartando la tierra. En menos de un minuto, los dos
estaban ya sudando.
Las islas Seychelles estaban de moda, turísticamente hablando. En algunas viejas
descripciones geográficas, se aseguraba que las Seychelles tenían un clima ardiente y
malsano. Lo de malsano era exagerado, sin duda, pero no lo de ardiente. Situadas
apenas a cinco o seis grados al sur del ecuador, el sol caía sobre ellas con terrible
intensidad, cegador, ardiente sin duda alguna. Muy cerca de allí, en Victoria, lujosos
y confortables hoteles acogían turistas de todo el mundo, que acudían en busca de
uno de los pocos lugares que todavía podían considerarse paradisíacos. Cada día,
cientos de turistas llegaban al aeropuerto Mahé, o partían de este. ¿Quiere usted
descansar, vivir en silencio, ver hermosos mares de cristal azul, verde, blanco…?
Vaya a las Seychelles. ¿Le gusta la buena comida internacional, le gusta el aire libre,
le gusta la música suave bajo una luna de color naranja…? Las Seychelles le están
esperando: ¡visite las Seychelles!
—Después de esto —jadeó Campbell—, voy a estar todo un mes viviendo como
un rey, sin hacer absolutamente nada.
—Y yo. Pero eso sí: rodeado de chicas. ¡Tengo unas ganas de darle gusto al
cuerpo…!
La tierra arenosa cedía blandamente bajo los golpes de pico de Campbell, y crujía
al introducir Fickman la pala bajo ella, para desplazarla… De pronto, los dos
quedaron inmóviles. Luego, muy despacio, fueron alzando la cabeza…, y se
quedaron mirando a la hermosísima mujer de ojos más bellos y azules que el mar,
que, sonriendo fríamente, les estaba apuntando con una pistolita.
—¿Qué tal, Campbell, Fickman? —saludó la divina criatura.
Los dos hombres palidecieron. El sudor se les enfrió de pronto sobre el cuerpo.
Campbell movió negativamente la cabeza.
—No —susurró—… No, no…
—Sí —dijo ella—… Aunque mi aspecto sea otro, soy yo: Erika Schenk.
—Pero… ¡está muerta!
Ella sonrió, y fue a sentarse en una vieja silla de juncos. Cruzó las piernas,
mostrándolas en casi toda su belleza. Llevaba un brevísimo conjunto de tono azul
pálido, muy escotado, de falda corta y sujeto a los hombros por unos finos tirantes
transparentes. Movió la cabeza con gesto muy femenino, echando hacia atrás sus
largos cabellos tan negros que parecían azulados, de suaves ondas. Su boquita
sonrosada se movió de nuevo.
—Espero que les resulte fácil comprender que estoy viva. Es cierto que caí al
canal, pero no fue porque Helios me acertase con sus disparos, sino porque yo no
estaba en condiciones de hacerle frente a él, y a ustedes, que esperaban afuera, así
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que opté por saltar. Soy una nadadora excelente, así que no tuve ninguna dificultad en
nadar hacia donde me esperaban dos amiguitos con su lancha, cerca de allí. Ustedes
no los conocen, porque yo exigí que se mantuvieran al margen hasta el momento
oportuno. Y aquel fue el momento oportuno. Se llaman Nader y Ahmed, y les
aconsejo que se guarden de ellos, pues aunque son homosexuales, tienen muy mala
uva, y además están enfadados con ustedes, con Mikoulos y con Helios, por haber
querido asesinar a Jarif Iben Maula. ¿Comprendido todo?
—¿De dónde sale usted?
—Oh, pues… Bueno, es un poco largo de explicar, amigo Campbell. Verá, yo
podía haber vuelto a por ustedes enseguida, y quizá con eso habría evitado los
asesinatos del pobre Giorgio, y de aquellas dos tontas sexuales criaturas, pero…
¿cómo podía adivinar que Helios les iba a dar aquel pago por los servicios prestados?
De modo que, como estaba segura de que Helios no sabía quién le pagaba sus
servicios, me reafirmé en mi plan: darle cuerda larga. Así, él se vino a las Seychelles,
tranquilamente, convencido de que Jarif Iben Maula había muerto.
—¿Qué quiere decir? —exclamó Fickman.
—¿Está sugiriendo que Iben Maula no murió? —farfulló Campbell.
—Lo estoy afirmando rotundamente. Mire, Campbell, hace ya mucho tiempo que
he aprendido a respetar la inteligencia de mis adversarios, así que comprendí que
Helios no podía ser tan tonto como para confiar en mí tan plenamente. ¿Qué es lo que
pretendía él? Pues que yo le hiciese el juego. Helios sabía que la pequeña bomba que
debía explotar en la cama de Iben Maula, explotaría, pero en una habitación vacía.
Sabía que yo planearía esto, y que aprovecharía para convencerle de mi… fidelidad, y
al mismo tiempo para enviar a lugar seguro definitivamente a mi amigo Jarif Iben
Maula. Comprendió eso desde el primer momento, así que comenzó a preparar el
ataque contra el ataúd…, lo cual, ciertamente, ya estaba previsto por mí, que como
sabía que él no era tonto, tuve que comprender lo que realmente pretendía…, del
mismo modo que comprendí que, después de haberme utilizado para conseguir que
Iben Maula saliese de la villa aunque fuese en un ataúd, querría divertirse conmigo y
luego matarme. Luego, después de ofrecerle los cincuenta millones de dólares, creí
que lo había puesto de mi lado, pero no… Lo comprendí cuando estuve desnuda ante
él, en la habitación, con aquellas dos desdichadas. Y entonces, escapé. Pero, para que
él creyese que había muerto, organicé lo de los ataúdes a mi manera.
—¿Los ataúdes que iban en la camioneta estaban vacíos?
—Bueno, pusimos un poco de peso dentro, eso fue todo. Y claro está, me
encargué de montarlo todo de modo que el jet de Iben Maula estuviese en una pista
adecuada, y bien lejos de otros aparatos, edificios, personas… Sabía que dispararían
contra los ataúdes en cuanto los vieran. De modo que el personal de Jarif llegó con la
camioneta, la abrió, y corrió hacia el jet, aparentemente para pedir ayuda, pero en
realidad, siguiendo mis instrucciones de alejarse inmediatamente. Y sucedió todo tal
como yo había previsto. ¿Sabe lo que me costó esa operación?: simplemente, una
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vieja camioneta, y dos ataúdes. Barata, ¿verdad? Sobre todo considerando que de este
modo, Helios iría a reunirse con las personas que le habían contratado. Y como él
había mencionado de modo harto imprudente las Seychelles, y había dicho que le
gustaba mucho el sol, saqué conclusiones. Le pedí a Omar Gafer que enviase aquí a
unos cuantos… amigos de Iben Maula, y que buscasen por Victoria a Helios, cuya
descripción facilité minuciosamente, claro está. Lo localizaron enseguida,
prácticamente: con el nombre de Homer Hightower, está alojado en el Turtle Hotel. Y
ustedes también, aunque han estado en esta choza casi todo el tiempo.
—¿Y usted nos ha estado vigilando?
—No, no. De eso se han encargado unos amigos, que tenían órdenes severísimas
de no intervenir, de dejar que Helios hiciese contactos… Pero no ha sucedido nada
importante… hasta ahora. ¿Verdad?
—Usted que lo sabe todo, adivínelo.
—No tengo por qué esforzarme. Ustedes me lo dirán.
—Divertido —sonrió Fickman.
—Muy divertido —sonrió también Brigitte Montfort—… Casi tan divertido
como mi pequeña aventura en el iceberg.
—¿En qué iceberg? —exclamó Campbell.
—Ah, no les he contado esa parte, es cierto. Bueno, mientras Helios venía hacia
aquí, yo estaba ya volando al encuentro del convoy árabe que remolcaba los
témpanos de hielo. Llegamos hasta el convoy en un hidroavión, que fue recogido por
uno de los remolcadores. Una vez allí, y ya con el equipo que me había procurado
antes, me ocupé del asunto del sabotaje en sí. ¿Ustedes saben en qué consistía?
—¿Consistía? ¿Quiere decir que no ha… funcionado?
—¡Claro que no! Desconfié de cierto submarino, que, en efecto, dejó un grupo de
hombres bien entrenados flotando en el mar. Cuando los icebergs pasaron cerca de
ellos, pudieron agarrarse y escalarlos. Estaba todo previsto, entrenado a la perfección.
Cada hombre llevaba una parte de un extraño artefacto, y cada grupo de tres hombres
subió a un iceberg, instaló su artefacto, y volvió al mar para ser recogidos de nuevo
por el submarino. Pero tres hombres no volvieron al submarino. Y los que
volvieron…
—¿Qué?
Brigitte movió la cabeza con gesto de lástima.
—Aquellos hombres del grupo de Helios, jamás volverán.
—¿Qué dice? —jadeó Fickman.
—Helios ha sido utilizado, sus hombres lo han hecho bien… Pero los del
submarino sabían demasiado. Así que… quizá ni siquiera fueron recogidos. No me
ocupé de eso, porque el convoy no podía perder tiempo, y siguió siempre adelante: no
deben entretenerse lo más mínimo, ya que cuanto antes lleguen los témpanos a su
destino, más grandes serán, y por tanto, más agua proporcionarán. Hay que cruzar la
zona ecuatorial a toda prisa. De todos modos, perderán mucha agua, pero ya está
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prevista la cantidad, y lo que quede es rentable de ser remolcado. Ningún problema,
en ese sentido.
—¿Usted está diciendo que esos icebergs todavía están… enteros y viajando?
—Efectivamente. Y comprendo su sorpresa, porque la idea era muy buena: cada
uno de aquellos artefactos colocados en los icebergs, era una bomba…, pero no
explosiva, sino de calor. Una vez colocadas en los icebergs, fueron activadas, y muy
lentamente comenzaron a irradiar calor… Un calor tremendo, que por supuesto era
superior al del sol al llegar a la Tierra. Seguramente, el calor debía rebasar, en un
momento determinado, los mil grados. Y con semejante calor añadido al del sol, los
icebergs se habrían ido derritiendo rápidamente. A medida que se hubiesen ido
derritiendo, la bomba de calor habría ido atravesando el iceberg hacia abajo,
lógicamente, de modo que lo habría recorrido desde la cima hasta la base, y luego, se
habría ido al fondo del mar. Para entonces, de cada iceberg quedarían apenas unos
cuantos pequeños témpanos flotando a la deriva. Lo demás, se habría convertido en
agua… ¿Consecuencia de este ingeniosísimo plan?
—Dígalo usted.
—Encantada. Las consecuencias serían que, como nadie habría sospechado
semejante cosa, se habría llegado a la conclusión de que los icebergs se habrían
derretido por medios naturales, es decir, por el simple y natural calor del sol durante
el largo camino desde el Antártico hasta los mares arábigos. De este modo, el
proyecto Los Jardines de Alá habría resultado un fracaso, y pronto sería olvidado.
¿Para qué insistir en remolcar icebergs, si todos se derretían al cruzar la zona tórrida
del planeta Tierra? El proyecto, simplemente, sería olvidado… y el mundo árabe
tendría que buscar otra solución para conseguir agua en la abundancia que sería
necesaria para conseguir Los Jardines de Alá. Debo admitir que el plan era
magnífico. Nada de violencias, ni de ataque a los remolcadores, lo que, sinceramente,
desde el principio me pareció absurdo… Tenía que ser algo mucho más práctico, más
sencillo, más convincente. Si hubiesen atacado ese convoy, los árabes habrían
enviado otro, y otro, y otro y finalmente, habrían conseguido sus propósitos. En
cambio, derritiendo los icebergs, impelían a los árabes a desistir de esa solución,
simplemente, por considerarla impracticable. ¡Mucho mejor que un ataque, que
cualquier sabotaje directo por la violencia! Pero el plan no ha funcionado, debido a
mi intervención. Las bombas de calor fueron rápidamente empujadas hacia el mar…,
en cuyo fondo quizá ya estén frías, perdidas para siempre. Y mientras tanto, el
convoy árabe sigue navegando, meridiano 55 Este arriba, hacia los mares árabes,
arrastrando millones de metros cúbicos de hielo… que muy pronto serán agua para
Los Jardines de Alá…, en los que vive una masa de seres humanos que hasta ahora ha
estado sedienta, como la tierra que aman y que no quieren abandonar. ¿Qué opinan de
esto?
—Que está mintiendo.
—¿Sí? ¿Por qué creen eso?
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—Porque no hace mucho, desde un yate, y conforme a lo convenido, nos han
llamado para comunicarnos que todo había salido bien, y que nos iban a pagar hoy
mismo. Helios quedó de acuerdo con las personas que han organizado esto utilizando
nuestra organización, y esta misma tarde le pagarán. Así que usted ha mentido.
—¿Cómo se llama ese yate?
—No lo sabemos.
—¿Conocen quizá su nacionalidad, el nombre de alguno de sus ocupantes…?
¿Qué idioma hablan?
—Inglés. Y eso es todo lo que sabemos.
—Lo que es lo mismo que no saber nada —musitó Brigitte—… Y por supuesto,
les han mentido. Los del yate saben que el proyecto de sabotaje ha fracasado. Y
ahora, matarán a Helios.
—No diga tonterías. ¡Estamos contratados para otros trabajos, así que…!
—Campbell, entiéndalo. El hecho de que el plan haya fracasado ha hecho
comprender a esa gente que ustedes están bajo control. Usted y los demás quizá no
estén en peligro, pero Helios sí, porque quizá sabe algo que no les conviene a los
otros. ¿Lo entienden? Esas personas pueden ser rusos, israelitas, americanos,
británicos… ¡Incluso podrían ser árabes que no deseen que el agua inunde las tierras
de Alá! Y esas personas, han condenado a muerte a Helios, al enterarse de que el plan
ha fracasado.
—Tonterías… En cuanto a usted… ¡tome esto!
La pala salió lanzada con fuerza hacia Brigitte, que lanzó una exclamación, y
disparó, al mismo tiempo que se impulsaba hacia atrás para esquivar el peligroso
proyectil. Cayó de espaldas, rebotando duramente, y la pistolita escapó de su mano.
Saltó hacia ella, mientras Fickman y Campbell corrían hacia la puerta.
—¡No salgan! —les gritó—. ¡Si escapan de mí les va a ir mucho peor…!
Pero los dos hombres ya habían salido de la choza. Brigitte oyó el doble alarido
de dolor, de espanto, y por un instante, permaneció inmóvil, inclinada. Terminó de
recoger la pistolita, y salió de la choza.
Afuera, estaban Campbell y Fickman, vueltos de cara hacia la choza. Detrás de
Campbell estaba Ahmed, y detrás de Fickman, Nader. Parecían sujetarlos. Campbell
y Fickman tenían los ojos muy abiertos, el rostro desencajado, todo el cuerpo
crispado…
—Debieron escucharme —murmuró Brigitte.
Ahmed y Nader retiraron la mano derecha, con seco gesto, de la espalda de los
dos hombres, sacando así el cuchillo que los había atravesado como si fuesen de
manteca. Casi al mismo tiempo, cayeron hacía delante, muertos.
—Métanlos en la choza —murmuró Baby—… Todavía tenemos cosas que hacer
en el The Turtle Hotel…
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Capítulo IX
Sí señor, aquello era vida. Estaban los dos sentados ante una mesita sombreada
colocada junto a la piscina, cuyas aguas eran tan transparentes que de no haber sido
por el tono azul, habría parecido que ni siquiera existían. En el agua nadaban
muchachas preciosas, de espléndidos cuerpos ofrecidos a la vista por la generosidad
de los reducidísimos bikinis. Camareros nativos iban de un lado a otro sirviendo los
últimos tragos de la tarde antes de la cena: refrescantes cócteles de frutas, whiskies
con hielo, diversos combinados, refrescos de los más variados… De cuando en
cuando, alguna risa, un chapuzón… Llegaba una discreta música paradisíaca.
—Les tengo echado el ojo a tres —dijo Mikoulos, relucientes los ojos—… ¡Me
las llevaré a la cama en cuanto pueda!
—¿Solo tres? —Sonrió despectivamente Helios—. ¡Yo me las revolcaría a todas!
—Bueno, cada cual conoce sus límites —rio Mikoulos—… ¿Qué hora es?
—Tranquilo, tranquilo… Ya vendrán, hombre. Pide otro trago, y deja esos
asuntos de mi cuenta. ¿Acaso no los llevo bien? ¿No lo he dirigido todo bien desde
que formamos el grupo? Puedo preparar cualquier asunto… ¿Que hay que entrenar
hombres en el hielo? ¡Pues se entrenan! ¿Qué hay qué…? ¿Qué pasa?
La pregunta iba dirigida al camarero negro, que sonreía mostrando una
deslumbrante dentadura.
—Un caballero pregunta por el señor Mikoulos, señor.
—¿Por mí? —Se pasmó Mikoulos.
—Sí señor. Me ha dicho que hace tiempo que no se ven, pero que no le diga quién
es, porque quiere darle una sorpresa. Le está esperando en el jardín de atrás, señor.
Mikoulos frunció el ceño, pensativo, pero Helios le dio una palmada en una
rodilla, riendo.
—Ve allá, hombre. Así me dejarás en paz. Y si cuando vuelves estoy acompañado
por esa gente, será mejor que no te acerques.
—Está bien.
Mikoulos se puso en pie, y se alejó. Cruzó el hotel, y salió al jardín de atrás,
verdaderamente tropical, silencioso, mucho más tranquilo que la parte que daba a la
playa, con la piscina, el bar y el bullicio lógico. Allí se estaba mucho mejor, incluso
más fresco… Unos altísimos cocoteros parecían tener la copa teñida del rojo sol de
ocaso que desaparecería rápidamente, como corresponde al trópico… Pero, al
parecer, no había nadie esperando a Mikoulos. Este frunció el ceño. ¿Era alguna
broma de Helios, quizás…?
De pronto, de entre un arbusto de rojas flores, vio aparecer a la mujer. Se quedó
inmóvil de asombro ante la belleza de aquella criatura de grandes ojos azules, y que
llevaba por toda indumentaria un bikini diminuto, de color azul pálido… Del
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asombro, Mikoulos pasó al desconcierto cuando, también de pronto, aparecieron dos
hombres portando una cesta de juncos, y se quedaron mirándolo. El asesino
profesional Mikoulos volvió a mirar a la hermosísima muchacha…, y vio la pistolita
con que esta le apuntaba.
La boca de Mikoulos se abrió en la preparación para la pregunta, quizá para el
grito, o para la protesta…
Plof, chascó apagadamente la pistolita.
La bala se clavó en la frente de Mikoulos, el asesino profesional…, que ni
siquiera llegó a caer al suelo. Ahmed y Nader se habían acercado rápidamente, lo
sujetaron un instante, y luego lo dejaron caer dentro de la cesta, la cerraron, y se
fueron. Y aquí no ha pasado nada.
La bellísima muchacha de los ojos azules sacó de detrás de los arbustos un
gracioso capazo de paja, tiró dentro la pistolita, se lo colgó de un hombro, y fue hacia
el hotel, lo cruzó, salió a la parte de la piscina, y enseguida localizó a Helios.
Perfecto. Buscó alrededor, eligió una mesa que le pareció adecuada, y fue a sentarse
allí. Un camarero acudió prestamente, encantadísimo de la vida por poder servir a tan
divina criatura.
—Champaña —pidió Brigitte Montfort—. Frío, por favor.
—Yes, Miss —rio el muchacho—… Very cold, yes.
De su pequeño capazo playero, Brigitte sacó cigarrillos, echando un vistazo a la
pistolita, que ocultó de nuevo con el paquete, mientras miraba de reojo a Helios, que
continuaba apaciblemente sentado, con las manos cruzadas sobre el vientre, como
amodorrado.
Desvió la mirada enseguida, contemplando las imágenes felices que la
rodeaban… ¡Lo que se sorprendería tío Charlie cuando una vez más ella le diese la
solución a un pequeño problema de la CIA! Antes de que se tomasen más interés por
el asunto, ella ya les habría dicho qué hacían aquellos hombres en Groenlandia…
Sonrió al imaginarse el pitorreo que haría Minello con el «viejo buitre carroñero»,
cuando ella le diese la información. ¡El bueno de Frankie…! Se prometió a sí misma
invitarlo otra vez unos cuantos días a Villa Tartaruga, con Número Uno… Al pensar
en Número Uno, Brigitte notó como un cálido impacto en el corazón. ¿Y si fuese a
verlo antes de regresar a Estados Unidos?
Llegó el champaña, que, en efecto, estaba frío. Brigitte agradeció el servicio con
una sonrisa que era mejor que cualquier propina, y bebió un sorbito, mirando de
nuevo de reojo a Helios… Seguramente, sus contactos, las personas que habían
ideado todo aquel asunto, estaban esperando a la noche.
De pronto, volvió a mirar a Helios, que continuaba en la misma postura.
Se quedó mirándolo fijamente, fijamente… Bebió otro sorbito de champaña, se
puso en pie, y se acercó al borde de la piscina, como distraída, como queriendo ver
más de cerca a los bañistas.
Otra mirada de reojo.
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Entonces, vio los ojos cerrados de Helios, de Homer Hightower. Tan cerrados,
que no podían ver la pequeña flor roja que tenía en el pecho, sobre el corazón. Una
pequeña flor de sangre, que se estaba secando ya…, y que Helios no habría podido
ver aunque hubiese tenido los ojos abiertos de par en par, porque los muertos no ven
nada… Al menos, nada de este mundo.
Ni un solo músculo se alteró en el hermoso rostro de la espía internacional.
Terminó su corto paseo, volvió a su mesa, y tomó la copa de champaña, bebiendo
otro sorbito.
«—Tú te lo has buscado», pensó, mirando de nuevo de reojo a Helios.
En cuanto al invisible y magnífico tirador que había efectuado el disparo, le iba a
salir barba si esperaba que ella se acercase al cadáver de Homer Hightower.
Indiscutiblemente, es mejor una copa de champaña frío que un balazo al corazón.
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Este es el final
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FIN
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Notas
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[1]El personaje Jarif Iben Maula apareció en la aventura de Baby titulada Un collar
de estrellas. <<
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