No se detiene el progreso
Luisa Valenzuela
A sus espaldas, suponiendo che las tuviera, le decían Brhada: combinación de bruja y
hada, porque no se animaban a pronunciarse del todo lo primero. Era sin embargo el hada
más sensata de la comarca, cualidad no demasiado bien vista en aquellos tiempos por
demás atrabiliarios. Nadie parecía apreciarla, a pesar de no ser competencia para hembra
alguna. Era desdentada, desgreñada, desfachatada y, peor aún, vieja, cualidad esta ultima
también poco apreciada en tiempos cuando casi todos tenían la suprema cortesía de morir
en la flor de la edad. Medio marchita, la flor, a veces, pero flor al fin. Sin trucos.
Por todo esto y más también, el Rey y la Reina omitieron invitarla al supremo banquete
de bautismo alegando más tarde olvido por falta de visibilidad de parte de la Brhada. Pero
en toda la comarca corrieron rumores de omisión culposa: por razones estéticas, por
miedo al papelón, por prejuicios raciales ya que ella era bastante oscura, por temor
supersticioso, lo que fuera. El hecho concreto es que no la invitaron. Ningún heraldo
montado en brioso corcel se tomó la molestia de cabalgar las leguas y leguas hasta su
puerta para entregarle el bando. Cierto es que no podía llamarse puerta a ese amasijo de
tablas mal clavadas que obturaba con escaso éxito la entrada a su covacha. Si es por eso,
tampoco podía llamarse bando a la participación que portaban los heraldos, inscripta en
letras de oro anunciando el nacimiento de la tan anhelada princesita y conminando sobre
todo a las hadas a asistir al banquete de bautismo.
Como quiera que fuese la mal llamada Brhada perdida entre las grutas más allá del bosque
de retorcidos cedros supo del nacimiento y del bautismo y también de la omisión culposa.
Mucho había vivido y aprendido y entendido sobre seres humanos como para sentirse
ofendida. No tenía razón para condenar a los monarcas, pero tampoco tenía razón para
privarlos de su siempre saludable presencia. Con su peine hecho de ramitas secas intentó
arreglarse las mechas y con un manojo de plumas de ganso intentó desempolvar sus
harapos de gala.
Al verla en tan desusada actividad, el entenado a su cargo quiso desalentarla rogándole
que no fuera. “Abuela, abuela”, suplicó Buerdagundo, que así se llamaba el adolescente,
“por favor, abuela, no vaya donde no la quieren.”
“Buerdagundo”, contestóle ella medio indignada. “Buerdagundo, ya eres grande y es hora
de saber que no debes meterte en las cosas de los grandes. Ni debes pensar que hay parte
alguna en todo este vastísimo universo donde no se me quiera. Además, te he dicho una
y mil veces que no me llames abuela, no soy tu abuela, y el apelativo me envejece.”
“Perdón, madrina, mi hada madrina, ¿pero que haré, pobrecito de mí, mientras su merced
esta ausente?”
“Puedes entretenerte con tu nuevo invento, niño.”
“No es mi invento, no es mi invento, usted me lo dibujó tan bonito en la tierra ¿y ahora
qué hago con eso? Yo solo lo fabriqué en madera como usted lo dibujó”, lloriqueó
Buerdagundo, “lo hice porque se parecía al sol, bien redondo con rayos hacia el centro.
Es lindo verlo girar. ¿De que sirve? ¿Y como se llama?”
“Qué sé yo. Se trata de algo totalmente nuevo. Por lo pronto puedes entretenerte
poniéndole nombre”, le sugirió la Brhada para calmarlo.
Al bueno de Buerdaguno entusiasmóle la idea, por lo cual empezó a saltunguear y a batir
palmas. Y de golpe se le iluminó la sonrisa:
“¡Ruda, ruda!” exclamó para bautizar el innominado objeto.
“No seas grosero”, indignóse la Brhada. “A un hada de mi categoría no se le menciona
esa planta maloliente y propensa a los hechizos. Rueda, querrás decir, rueda ¿no te parece
un nombre bien bonito?”
Y con estas palabras de despedida, la mayor o mejor dicho la de aspecto más vetusto de
las hadas del reino se dispuso a trasladarse de un soplo hasta el castillo.
Se decía por ahí que sus poderes estaban herrumbrados, pero eso no era en absoluto cierto.
Ella se había dejado, eso sí, marcar por las experiencias y había asumido su vida hasta el
punto de permitirse envejecer despreocupándose de su aspecto de hada. De las doce hadas
del reino, fue única en no usar sus poderes para combatir arrugas y achaques, por eso al
caminar se doblaba en dos pero cuando de volar se trataba, volaba como la más grácil de
entre ellas. Y cuando se trataba de crear cosas nuevas era la más creativa. Por lo cual le
resultaba imposible sospechar que ya tenía reemplazante en el centro del reino.
Se volatilizó con el corazón liviano, para materializarse casi en ese mismo instante a las
puertas del castillo más allá del puente levadizo sobre el foso de los cocodrilos, donde los
lacayos desconcertados pretendieron impedirle el paso. La Brhada ni tiempo tuvo de
apelar a sus artes de magia cuando los monarcas dieron la orden de hacerla pasar. Y
tratando de remediar el gran error de no haberla invitado –negligencia que podía costarles
caro- la sentaron a la mesa de las hadas.
Éstas al verla se apuraron a deglutir los manjares para lograr brindarle a la princesita todos
los dones, antes de que fuera demasiado tarde, antes de que la Brhada hiciera una de las
suyas. Y así nimbaron a la recién nacida de cuanta femenina cualidad podía ocurrírseles,
y la hicieron la más bella, la más tierna, virtuosa, rica, refinada, resplandeciente,
hacendosa, encantadora, grácil, espiritual y misteriosa de las futuras damas.
Presenciando la escena nuestra hada rió entre diente –le quedaba uno solo- y decidió hacer
algo para evitar el total empalago. No adivinó la presencia del hada nueva que se había
escondido tras los cortinados decidida a cederle el turno para tratar después de mitigar su
probable maleficio. Tampoco previó que por los siglos de los siglos se hablaría de
maleficio en relación con ella al narrar la historia de los dones. Se ve que los poderes
empezaban a mermarle, a la Brhada. O quizá digo mal: los poderes no merman con la
edad, se acrecientan, así como había ido acrecentándose su inocencia. Se creyó la ultima
hada, y se sintió sagaz, frente a la esplendorosa cuna de la princesita ya bañada en el
radiante almíbar de los dones, decretó que al llegar de la pubertad la más bella y tierna y
grácil y simpática de todas las princesas moriría pinchada. Por un huso.
La Brhada logró así abolir de manera elegante, y nada menos que por prohibición real, el
uso del huso. Al menos en ese vasto reino y sus alrededores.
Las hilanderas debieron de estarle agradecidas: ya no se llagarían más las yemas de los
dedos hilando penosamente. El artefacto de Buerdagundo encontró verdadera aplicación
y para el caso no se llamó más rueda, sino rueca.
El plan de la Brhada se habría cumplido a las mil maravillas de no haber sido, como todos
sabemos, por cierta hadita entrometida y cierta remota vieja sorda que ignoró con sincera
ignorancia la prohibición del rey. Al cumplir los quince anos la radiante princesa se
encontró con la vieja hilandera y
como consecuencia de estos oficios poco lúcidos
CIEN AÑOS DESPUÉS
empiezan a abrirse las malezas que protegen y a la vez aprisionan a la bella durmiente y
su cortejo.
Esas matas espinosas y esas zarzas, las gigantescas plantas carnívoras y las más urticantes
de las ortigas se hacen benignas. Todo lo que era maraña impenetrable se alacia, donde
había ciénagas empiezan a fluir arroyos cristalinos. Hasta las alimañas van perdiendo
ponzoña, la tarántula se torna lampiña y rubia y se le borran los colmillos de los que
manaba un veneno verduzco. Las serpientes son ahora meras culebras. El sol va poco a
poco penetrando la fronda y secando las miasmas, va poniendo color allí donde todo era
humedad y moho y emanaciones toxicas.
Al avanzar, el príncipe azul cree ir restableciendo el orden. En realidad el orden va
encontrando solito su propio diapasón interno. Y a lo lejos se oyen suspiros, una como
respiración humana que le va borrando a las tinieblas su condición de espanto.
Los vapores ascendiendo del suelo son ahora perfumados, no ya fétidos, la
descomposición a ras de tierra parece haberse revertido y la caverna profunda
profundísima que se fue tragando a todos los demás príncipes azules se ha cerrado.
Ha transcurrido un siglo.
La princesa de los dones está come entonces, como en el momento de dormirse: bella,
resplandeciente, refinada, hacendosa, más misteriosa que nunca. Y bastante atrasada de
noticias. Sus ropajes son de otras épocas, y no solo sus ropajes.
El príncipe azul solo atina a cambiarle el ajuar. Es así como la quiere, con ideas de antes
y la moda de su tiempo. Ella se deja hacer, sacude a sus doncellas y lacayos para
despertarlos largo rato después de haber sido despertada, ella misma, por el príncipe, con
un beso.
Princesa y príncipe, enamorados, cabalgan el brioso corcel blanco para dejar atrás el
castillo demasiado carcomido por la fronda.
Lo que el príncipe nunca llegará a saber es que su amada princesa cien años atrás se
durmió de un pinchazo. Y tampoco le importa.
¿Que es un siglo de sueño en la vida de una dama de alcurnia? Apenas un destello.
El mundo no le ha pasado por encima porque el mundo, con todo su horror y
destemplanza, no concierne a las damas. Ella toca el laúd como un ángel, sabe cantar y
bordar y hacer bolillo, es a no más poder hermosa, y si de vez en cuando su cuerpo
desprende un cierto olor a moho y su vello púbico se hace como de liquen, al príncipe no
le importa. Ella no se preocupa por esas nimiedades y el príncipe la quiere tal cual,
inocente de todo cuestionamiento vano.
La ama así y no le importa mientras ella no intente abandonar sus aposentos o enterarse
de las cosas de la corte. La ama con pasión creciente mientras ella se sumerge cada vez
en sueños más profundos donde cabalga víboras y la sangre se le hace clorofila y todo el
cuerpo ruge como rugen las ramas a merced de tormentas. La ama mientras de sus gráciles
brazos van creciendo poco a poco unos zarcillos viscosos que lo atrapan.