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Barrabín

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«¡Barrabín, Barrabel, el espejo será cruel, y no verás ya tu rostro, sino tu alma negra en él!

Y dicho eso, la envolvió una gran nube de color violeta y desapareció.

–¡No me dan ningún miedo tus conjuros! –gritó Filiberto, fingiendo indiferencia.

Pero, de reojo, espío su reflejo en el espejo para tranquilizarse. –¡Aaah!

–aulló apenas se vio–. ¡Estoy horrible!

Efectivamente, la imagen que le devolvía el espejo no era la del joven apuesto de siempre, sino
la de un ser monstruoso, de piel verde y lleno de verrugas.

–¡No puede ser! –gritaba mientras regresaba galopando al castillo, presa del pánico.

Nada más llegar, Filiberto, angustiado, se encerró en su habitación, y no quiso salir ni para
comer, ni para merendar, ni para cenar.

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Pasaron los días y el hechizo lejos de mejorar, empeoraba. Todas las mañanas, Filiberto se
miraba con miedo en el espejo, y todas las mañanas descubría la imagen de un monstruo cada
vez más monstruoso.

Empezó entonces a ausentarse de las reuniones con sus ministros y desatendió por completo
los asuntos de su pueblo. Sus súbditos cada vez estaban más descontento con él.

–Nuestro rey es un holgazán –se decían los unos a los otros–.

No sirve para nada, ni siquiera sale de su habitación.

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