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FRAN

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La primera vez que vi el mar, sentí un llamado, como si las olas me susurraran secretos que

mi alma debía descubrir. Nací en Velaníth, una ciudad portuaria donde el comercio y las
leyendas se entrelazan como las cuerdas de los barcos en el muelle. Nunca conocí a mis
padres; crecí como un huérfano más, pero mi destino cambió el día en que los monjes del
Loto Errante me encontraron robando fruta en el mercado. No me castigaron; en su lugar,
me ofrecieron un propósito.

El Loto Errante no era solo un barco. Era un monasterio flotante, donde aprendí a escuchar
el silencio entre las olas, a meditar con el viento y a luchar con la fuerza de un océano en
calma. Los monjes me enseñaron a venerar a Serhadel, el guardián del equilibrio, quien
gobierna tanto la tempestad como la brisa. Vivíamos para purgar las corrupciones del
mundo, eliminando aquello que rompía la armonía natural. Pero también aprendí que el
equilibrio no siempre significa bondad... a veces, requiere sacrificios.

Mi atuendo, este que ves, lo adopté al llegar a la mayoría de edad. La máscara de pico y las
túnicas oscuras me fueron entregadas como símbolo de mi deber: proteger y purificar. La
gente nos veía como espectros; algunos nos temían, otros nos veneraban. Aprendí a no
temer los juicios de los demás, porque mi misión estaba clara: servir al equilibrio, cueste lo
que cueste.

Todo cambió el día de la tormenta. Estábamos en alta mar, transportando reliquias antiguas
que habíamos encontrado en una isla olvidada. El cielo se oscureció de repente, y las olas
comenzaron a rugir con una furia que nunca antes había sentido. Mientras el resto de la
tripulación luchaba por mantener el barco a flote, caí de rodillas, paralizado por una visión.
Una figura envuelta en llamas azules emergió del corazón de la tormenta. Sus palabras aún
resuenan en mi mente:

"El equilibrio ha sido roto. Los Pilares de la Tierra, la clave para restaurarlo, están en
peligro. Tú eres el elegido para encontrarlos y protegerlos. Pero recuerda, no todos los
caminos llevan a la salvación..."

Cuando desperté, el Loto Errante estaba en ruinas, varado en una isla desconocida. Solo
unos pocos sobrevivimos. Fue entonces cuando vi la marca en mi palma: un loto azul,
ardiente y eterno. Su calor era un recordatorio constante de mi nuevo propósito, aunque no
sabía cómo cumplirlo.

La verdad detrás del naufragio no tardó en revelarse. Mi maestro, un hombre al que había
seguido con devoción, confesó con sus últimas palabras que había roto un pacto con una
criatura del abismo, un antiguo guardián de los mares. Ese pacto había protegido al Loto
Errante durante años, pero su traición desató la tormenta que lo destruyó. Antes de morir,
me dijo algo más: "El Cristal de los Vientos... está bajo las olas. Pero ten cuidado,
muchacho. Lo que yace en las profundidades no siempre quiere ser encontrado."

Con esa advertencia grabada en mi mente, reuní a los pocos supervivientes y encontré un
nuevo barco, al que llamé el Ecos de Serhadel. Tomé el mando, porque alguien debía
hacerlo, y me rodeé de una tripulación tan rota como yo. Mercenarios, monjes errantes, y
algunos que simplemente no tenían otro lugar al que ir. Ahora navegamos en busca de los
Pilares de la Tierra, siguiendo las pistas que encuentro en mis visiones y en los secretos
que el mar deja tras de sí.

Sin embargo, no todo es claro. A veces, siento el peso de la máscara que llevo. Mi
tripulación me respeta, pero también me teme. Mi apariencia de médico de la peste no es
solo un símbolo de purificación; es un escudo, una barrera que me separa de los demás. Si
vieran mis dudas, mi cansancio, ¿seguirían confiando en mí?

Y entonces están los sueños. La criatura del abismo me observa desde las sombras de mi
mente. En mis sueños, la veo envuelta en tentáculos oscuros, sus ojos brillando con una luz
que perfora mi alma. Me susurra promesas y amenazas a partes iguales. Sé que en algún
momento tendré que enfrentarla, y no estoy seguro de estar listo.

El mar es un espejo de mi misión: vasto, incierto, y lleno de peligros ocultos. Pero no tengo
otra opción. El equilibrio debe ser restaurado, y aunque no sé si soy digno de la tarea, el
loto en mi palma me recuerda que no estoy solo. Mi fe en Serhadel me guía, y mientras las
velas del Ecos de Serhadel se mantengan erguidas, seguiré navegando hacia lo
desconocido.

Porque si yo no lo hago, ¿quién lo hará?

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