JONÁS: ir más allá
El libro de Jonás se abre con un mandato de desplazamiento dirigido por Dios a su
profeta: «'Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y proclama en ella que su maldad ha
llegado hasta mí'. Se levantó Jonás para huir a Tarsis, lejos del Señor; bajó a Jaffa y
encontró un barco que zarpaba para Tarsis, pagó el precio y embarcó para navegar con
ellos a Tarsis, lejos del Señor» (Jon 1,1-3).
Jonás vivía tranquilo y ordenado y tenía, como el hijo mayor de la parábola de Jesús,
las fronteras muy claras sobre los que son buenos y los que son malos; los que tienen
derecho a la alianza y a la bendición del Señor y los que no. Y sobre los sitios en los que
hay que ejercer el ministerio profético y aquellos a los que no hay ni que asomarse, porque
no se lo merecen, o porque no son rentables, o porque allí no se le ha perdido nada a un
israelita como Dios manda.
Jonás también tenía, gracias a Dios, muy claras las ideas y muy aprendidos los
dogmas y muy bien formadas las imágenes sobre Dios. Y sabía estupendamente en qué
consistía su voluntad y cuáles eran sus designios inmutables y cómo tenía que ser el
contenido doctrinal de una buena predicación.
En definitiva, Jonás estaba preparadísimo para ser un buen profeta, un profeta
voluntarioso y cumplidor, y estaba decidido a continuar la tradición profética más segura,
más acreditada y más en la línea de lo que siempre se había hecho.
Y, de pronto, Dios irrumpió en su vida como un vendaval y le desbarató las fronteras
y los límites: «Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad, y proclama lo que yo te diga». Era
una invitación a asomarse al borde de ese abismo que es el apasionamiento de Dios por su
mundo, su deseo de acogerle y hacerle llegar su misericordia entrañable.
Nínive, «la gran ciudad», era símbolo de todos los alejados, de todos los separados.
Jonás sintió que se le confiaba la misión de llamarlos a la conversión, de recordar a toda
aquella gente, tan perdida que las puertas del gran hogar paterno estaban abiertas de par
en par, que a Dios le corría prisa que volvieran, porque su perdón estaba impaciente, y el
pan de su ternura les estaba esperando.
Jonás se asomó a aquel abismo y le entró vértigo. Salió huyendo. Dios le mandaba a
Nínive, y él se embarcó rumbo a Tarsis: exactamente en dirección contraria.
Pero en su huida todo se vuelve obstáculos: hay una tempestad, los marineros le
echan la culpa y le tiran por la borda, un pez se lo traga. Y es que a Jonás, que se sabía de
memoria toda la suma teológica, se le había olvidado lo insistente que puede ser Dios. Y
es que allí donde a nosotros se nos acaba, le empieza a él la paciencia; y, cuando a
nosotros nos invade el escándalo ante la dureza del corazón del profeta rebelde, la voz de
Dios resuena tranquila, nacida de unas entrañas que, a pesar de todo, siguen esperando.
«Por segunda vez fue dirigida la palabra del Señor a Jonás en estos términos: 'Vete a
Nínive, la gran ciudad, y proclama lo que yo te diga'» (4,1). Como si no hubiera pasado
nada, como si fuera la primera vez...
Y Jonás se fue a Nínive y predicó allí. Y cuando Nínive se convirtió, Jonás se disgustó
mucho y se quejó a Dios, cosa que a nosotros, tan deseosos de éxitos apostólicos, nos
parece extrañísimo:
«¡Ay, Yahvé! ¿No es esto lo que yo decía cuando estaba todavía en mi tierra? Por eso me
apresuré a huir a Tarsis. Porque bien sabía yo que tú eres un Dios entrañable y
misericordioso, tardo a la cólera y rico en amor, que se arrepiente del mal...»
Esas palabras son el nudo que revela todo el secreto del relato y cuál fue la ruptura
que se le pidió a Jonás: tenía que dejar atrás todas sus ideas sobre Dios y vincularse a
alguien que le llevaba más allá de sus fronteras y le dejaba en una intemperie
amenazadora y vacía de seguridades.
A eso se resistía Jonás, porque no era a Nínive a quien temía, sino a Dios; y no era su
cólera lo que le atemorizaba, sino su amor incontrolable y desmesurado. Pobre Jonás, o
dichoso Jonás, a quien Dios quiso elegir como compañero de juego y le fue ganando, una a
una, todas las partidas, hasta darle un jaque mate en el que, misteriosamente, fue el
vencido quien salió ganando...!
De Tarsis a Nínive
Seguramente no nos resulta difícil indentificarnos con Jonás en mucho de lo que
hemos vivido (…)Se nos pidió una ruptura difícil, realizamos un enorme esfuerzo, supimos
de crisis y de sacudidas, y mucha gente se nos quedó por el camino. Y, a lo mejor, después
de la tormenta, creímos que al fin estábamos seguros en el vientre de la ballena…Pero, de
pronto, puede sorprendernos la evidencia de que aquello no había sido más que una etapa,
y que ahora la ballena nos ha vomitado en la Nínive de un mundo secularizado en el que
Dios parece estar ausente y al que las palabras que nosotros pronunciamos le son
prácticamente indescifrables y los valores que tratamos de anunciar le resultan arcaicos e
irrelevantes.
Nuestros hábitos culturales se sienten amenazados; no ejercemos como antes el liderazgo
moral; tenemos delante problemas para los que desconocemos la respuesta…
Por eso nos acomete la tentación de huir a una «Tarsis» que puede tener muchos
nombres y llamarse refugio en nuevas sacralizaciones, restauracionismo, individualismo,
fuga hacia el espiritualismo, encerramiento en pequeños mundos, dependencia,
instalación, repetición de esquemas ya fijados, dogmatismo, nostalgia, pesimismo, vuelta a
las normas...
Pero, lo mismo que Jonás, podemos escuchar una llamada persistente que vuelve a
invitarnos a correr la aventura de Nínive, a aceptar el riesgo de una vinculación nueva a un
Dios desconcertante que nos empuja a ir más allá de lo conocido, que está queriendo
desplazarnos más allá, hacia los desiertos, las periferias y las fronteras, allí donde está su
humanidad más herida y donde sus hijos, por debajo de la apariencia de la intrascendencia
y del divertimento, viven la brecha abierta de la pregunta por el sentido y el silencio vacío
que espera una Palabra.
Son ninivitas bastante reacios a convertirse en objeto de nuestro apostolado y no
parecen necesitar mucho de nuestras instituciones,nuestras enseñanzas, nuestra
predicación o nuestras respuestas; pero con ellos podemos hablar el lenguaje del servicio,
de la presencia, del diálogo, del testimonio, del anuncio gratuito, de la disponibilidad para
hacer camino con ellos y aguantar juntos la incertidumbre y la dureza de la vida.
Quizá nos estamos resistiendo a todo eso que nos aleja de un territorio que nos era
familiar; pero muchas de las insatisfacciones que sentimos y de los problemas de los que
nos quejamos («estamos tan mayores, no tenemos vocaciones, hay muchas dificultades
comunitarias...») pueden ser como la tormenta, la ballena, el gusano que secó el ricino de
Jonás o el viento solano que le abrasó la cabeza. Y, lo mismo que para él, pueden tener la
función pedagógica de forzarnos a dar la vuelta de nuestros Tarsis, decidirnos a entablar
diálogo con Nínive y, sobre todo, perderle el miedo a ese Dios que asedia nuestra vida a
través de los extraños caminos de su gracia.