Literatura Segundo Parcial
Literatura Segundo Parcial
literatura
clásica a
la
renacenti
sta
UNIDAD II
competencia de
la unidad:
“Desciende a las
profundidades de ti mismo,
y logra ver tu alma buena.
La felicidad la hace
solamente uno mismo con
la buena conducta”.
sócrates
Muerte
de Sócrates
(1787), Jacques
Louis David.
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Contexto socio histórico
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LITERATURA
tervenían constantemente en los asuntos humanos. Nacidos unos de los otros y muy numerosos,
los dioses formaban una familia, una sociedad, fuertemente
jerarquizada.
Así, la mitología griega se compone de historias conta-
das por los griegos antiguos sobre sus dioses y héroes, la
naturaleza del mundo, y los orígenes y la importancia de
sus prácticas religiosas. Los mayores dioses griegos eran
los doce olímpicos, que aparecen a continuación:
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LITERATURA
Los padres de Zeus eran Crono y Rea que también eran los padres
de Poseidón, Hades, Hera, Hestia y Deméter.
Contexto cultural
Los griegos desarrollaron toda una gran cultura. De cualquier tema que se hable, ya sea cultura,
po- lítica, arte, construcciones, teatro, historia, ideas sobre el porqué de la vida, ciencias, etc.
podemos referirnos a Grecia ya que nuestra cultura, en gran parte, deriva de ella.
Dedicados a la producción artística y seguros de la protección que significaba su ubicación
geo- gráfica, los griegos mostraban más interés al entrenamiento intelectual que al entrenamiento
físico, causa de la inminente victoria de Roma ante la débil resistencia ofrecida por un pueblo
dedicado a la belleza. De esta manera, una vez prisioneros, los griegos mostraron la grandeza de
su cultura a un pueblo ávido de entrenamiento intelectual, cuya producción artística fue moldeada
a la cultura romana.
Al respecto, la civilización latina merece reconocimiento a la conquista política que los romanos
realizaron sobre los griegos, porque supieron reconocer la importancia cultural del pueblo
sometido al imitar sus principios artísticos y llevarlos por todo el mundo a través de la lengua
latina. Sobre todo una de las facetas más importante de aquel desarrollo se da en el campo de las
letras, espe- cíficamente en la literatura.
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suerte en momentos adversos, lo teme en los
propicios, si Júpiter es quien vuelve a traer los
Quinto Horacio Flaco.
ingratos inviernos, él mismo
hace que se alejen. No porque hoy vaya mal, en el
futuro también habrá de pasar lo mismo: de vez en
cuando despierta a la musa silenciosa con su cítara,
que no sólo el arco sabe templar Apolo.
En las dificultades muéstrate decidido y
valiente. Igualmente, ten la sensatez de
replegar velas cuando las hinche un
viento demasiado favorable.
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LITERATURA
búsqueda filosófica, literaria, y científica. Mientras Platón introducía el término literatura, con los
diálogos de Platón, Aristóteles, en su obra Poética, formulaba el primer criterio del criticismo
literario. Ambas figuras, en el contexto de las contribuciones de la filosofía griega en las épocas
clásica y helenística, dieron nacimiento al concepto de ciencia política, al estudio de la evolu- ción
política y la crítica de los sistemas de gobierno.
La cultura romana, por lo anterior, se muestra como seguidora de la cultura griega por su
marcado carácter utilitario. No brilla por sus creaciones originales, sino por las inteligentes
recreaciones, claridad, precisión y orden, de la literatura griega. Sin embargo, lo griego es
patrimonio occidental gracias al latinismo.
Con Tito Livio comienza propiamente la literatura la- tina, vivo reflejo de la griega.
La orestíada, Orestes perseguido por las Virgilio, Horacio y Ovidio representan lo mejor de la
Erinias. producción lírica y épica. El
primer auténtico historiador romano, indiferente al
clasicismo griego, es Julio Cesar, guerrero, políti- co, aristócrata universalista, casi un hombre del
Renacimiento. Ya que algunos de sus comentarios sobre la Guerra civil, o las Guerras de las
Galias son parte del mejor periodismo.
La aparición de la poesía en Roma es tardía. Los primeros poetas de quien se puede afirmar
que su obra es romana son Lucrecio y Cátulo, estrechamente relacionados al materialismo
epicúreo griego, como lo reflejan De rerum natura, del primero, y los Epitalamios, del segundo.
LA ILIADA
(Canto XXII, Muerte de Héctor)
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una deidad, y no cesa tu deseo de alcanzarme. Ya no te cuidas de pelear con los troyanos,
a quienes pusiste en fuga; y éstos han entrado en la población, mientras te extra- viabas
viniendo aquí. Pero no me matarás, porque el hado no me condenó a morir.
Muy indignado le respondió Aquiles, el de los pies ligeros:
¡Oh tú, que hieres de lejos, el más funesto de todos los dioses! Me engañaste,
trayéndome acá desde la muralla, cuando todavía hubieran mordido muchos la tierra antes
de llegar a Ilio. Me has privado de alcanzar una gloria no pe- queña, y has salvado con
facilidad a los troyanos, porque no temías que luego me vengara. Y ciertamente me
vengaría de ti, si mis fuerzas lo permitieran.
Dijo y, muy alentado, se encaminó apresuradamente a la ciudad; como el corcel
vencedor en la carrera de carros trota veloz por el campo, tan ligera- mente movía Aquiles
pies y rodillas.
EI anciano Príamo fue el primero que con sus propios ojos le vio venir por la llanura, tan
resplandeciente como el astro que en el otoño se distingue por sus vivos rayos entre
muchas estrellas durante la noche obscura y recibe el nombre de “perro de Orión”, el cual
con ser brillantísimo constituye una señal funesta porque trae excesivo calor a los míseros
mortales; de igual manera centelleaba el bronce sobre el pecho del héroe, mientras éste
corría. Gimió el viejo, golpeóse la cabeza con las manos levantadas y profirió grandes voces
y lamentos, dirigiendo súplicas a su hijo. Héctor continuaba inmóvil ante las puertas y sentía
vehemente el deseo de combatir con Aquiles. Y el anciano, tendiéndole los brazos, le decía
en tono las- timero:
¡Héctor, hijo querido! No aguardes, solo y lejos de los amigos, a ese hombre, para que no
mueras presto a manos del Pelión, que es mucho más vigoroso. ¡Cruel! Así fuera tan caro a
los dioses, como a mí: pronto se lo comerían, tendido en el suelo, los perros y los buitres, y
mi corazón se libraría del terrible pesar. Me ha privado de muchos y valientes hijos, matando
a unos y vendiendo a otros en remotas islas. Y ahora que los troyanos se han encerrado en
la ciudad, no acierto a ver a mis dos hijos Licaón y Polidoro, que parió Laótoe, ilustre entre
las mujeres. Si están vivos en el ejército, los rescataremos con bronce y oro, que todavía lo
hay en el palacio; pues a Laótoe la dotó espléndidamente su anciano padre, el ínclito Altes.
Pero, si han muerto y se hallan en la morada de Hades, el mayor dolor será para su madre y
para mí que los engendramos; porque el del pueblo durará menos, si no mueres tú, vencido
por Aquiles. Ven adentro del muro, hijo querido, para que salves a los troyanos y a las
troyanas; y no quieras procurar inmensa gloria al Pelida y perder tú mismo la existencia.
Compadécete también de mí, de este infeliz y desgraciado que aún conserva la razón; pues
el padre Cro- nida me quitará la vida en la senectud y con aciaga suerte, después de
presenciar muchas desventuras: muertos mis hijos, esclavizadas mis hijas, destruidos los
tálamos, arrojados los niños por el suelo en el terrible combate y las nueras arrastradas por
las funestas manos de los aqueos. Y cuando, por fin, alguien me deje sin vida los miembros,
hiriéndome con el agudo bronce o con arma arrojadiza, los voraces perros que con comida
de mi mesa crié en el pala- cio para que lo guardasen despedazarán mi cuerpo en la puerta
exterior, beberán mi sangre, y, saciado el apetito, se tenderán en el pórtico. Yacer en el
suelo, habiendo sido atravesado en la lid por el agudo bronce, es decoroso para un joven, y
cuanto de él pueda verse todo es bello, a pesar de la muerte; pero que los perros destrocen
la cabeza y la barba encanecidas y las partes verendas de un anciano muerto en la guerra
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LITERATURA
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su consejo, y ahora que he causado la ruina del ejército con mi imprudencia temo a los tro-
yanos y a las troyanas, de rozagantes peplos, y que alguien menos valiente que yo exclame:
«Héctor, fiado en su pujanza, perdió las tropas». Así hablarán; y preferible fuera volver a la
población después de matar a Aquiles, o morir gloriosamente delante de ella. ¿Y si ahora,
dejando en el suelo el abollonado escudo y el fuerte casco y apoyando la pica contra el
muro, saliera al encuentro del irreprensible Aquiles, le dijera que permitía a los Atridas
llevarse a Helena y las riquezas que Alejandro trajo a Ilio en las cóncavas naves, que esto
fue lo que originó la guerra, y le ofreciera repartir a los aqueos la mitad de lo que la ciudad
contiene; y más tarde tomara juramento a los troyanos de que, sin ocultar nada, formarían
dos lotes con cuantos bienes existen dentro de esta hermosa ciudad?... Mas ¿por qué en
tales cosas me hace pensar el corazón?
No, no iré a suplicarle; que, sin tenerme
compasión ni respeto, me mataría
inerme, como a una mujer, tan pronto
como dejara las armas. Imposible es
mantener con él, desde una encina o
desde una roca, un coloquio, como un
mancebo y una doncella; como un
mancebo y una doncella suelen mante-
ner. Mejor será empezar el combate
cuan- to antes, para que veamos pronto
a quién el Olímpico concede la victoria.
Tales pensamientos revolvían en su
mente, sin moverse de aquel sitio, cuando se le acercó Aquiles, igual a Enialio, el impetuoso
luchador, con el terrible fresno del Pelión sobre el hombro derecho y el cuerpo protegido por
el bronce que brillaba como el resplandor del encendido fuego o del sol naciente. Héctor, al
verlo, se puso a temblar y ya no pudo per- manecer allí; sino que dejó las puertas y huyó
espantado. Y el Pelida, confiando en sus pies ligeros, corrió en seguimiento del mismo.
Como en el monte el gavilán, que es el ave más ligera, se lanza con fácil vuelo tras la tímida
paloma, ésta huye con tortuosos giros y aquél la sigue de cerca, dando agudos graznidos y
acometiéndola repetidas veces, porque su ánimo le incita a cogerla, así Aquiles volaba
enardecido y Héctor movía las ligeras rodillas huyendo azorado en torno de la muralla de
Troya. Corrían siempre por la carretera, fuera del muro, dejando a sus espaldas la atalaya y
el lugar ventoso donde estaba el cabrahígo; y llegaron a los dos cristalinos manantiales, que
son las fuentes del Escamandro voraginoso.
El primero tiene el agua caliente y lo cubre el humo como si hubiera allí un fuego abrasa-
dor; el agua que del segundo brota es en el verano como el granizo, la fría nieve o el hielo.
Cerca de ambos hay unos lavaderos de piedra, grandes y hermosos, donde las esposas y
las bellas hijas de los troyanos solían lavar sus magníficos vestidos en tiempo de paz, antes
que llegaran los aqueos. Por allí pasaron, el uno huyendo y el otro persiguiéndolo: delante,
un valiente huía, pero otro más fuerte le perseguía con ligereza; porque la contienda no era
por una víctima o una piel de buey, premios que suelen darse a los vencedores en la
carrera, sino por la vida de Héctor, domador de caballos. Como los solípedos corceles que
toman par- te en los juegos en honor de un difunto corren velozmente en torno de la meta
donde se ha colocado como premio importante un trípode o una mujer, de semejante modo
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LITERATURA
aquéllos dieron
tres veces la vuelta a la ciudad de Príamo, corriendo con ligera planta. Todas las deidades los
contemplaban. Y Zeus, padre de los hombres y de los dioses, comenzó a decir:
¡Oh dioses! Con mis ojos veo a un caro varón perseguido en torno del muro. Mi corazón
se compadece de Héctor, que tantos muslos de buey ha quemado en mi obsequio en las
cumbres del Ida, en valles abundoso, y en la ciudadela de Troya; y ahora el divino Aquiles le
persigue con sus ligeros pies en derredor de la ciudad de Príamo. Deliberad, oh dioses, y
decidid si lo salvaremos de la muerte ó dejaremos que, a pesar de ser esforzado, sucumba a
manos de Aquiles.
Respondióle Atenea, la diosa de ojos de lechuza:
¡Oh padre, que lanzas el ardiente rayo y amontonas las nubes! ¿Qué dijiste? ¿De nuevo
quieres librar de la muerte horrísona a ese hombre mortal, a quien tiempo a que el hado con-
denó a morir? Hazlo, pero no todos los dioses te lo aprobaremos.
Contestó Zeus, que amontona las nubes:
Tranquilízate, Tritogenia, hija querida. No hablo con ánimo benigno, pero contigo quiero
ser complaciente. Obra conforme a tus deseos y no desistas.
Con tales voces instigóle a hacer lo que ella misma deseaba, y Atenea bajó en raudo vuelo
de las cumbres del Olimpo.
Entre canto; el veloz Aquiles perseguía y estrechaba sin cesar a Héctor. Como el perro va
en el monte por valles y cuestas tras el cervatillo que levantó de la cama, y, si éste se
esconde, azorado, debajo de los arbustos, corre aquél rastreando hasta que nuevamente lo
descubre; de la misma manera, el Pelión, de pies ligeros, no perdía de vista a Héctor.
Cuantas veces el troyano intentaba encaminarse a las puertas Dardanias, al pie de las torres
bien construidas, por si desde arriba le socorrían disparando flechas; otro tanto Aquiles,
adelantándosele, lo apartaba hacia la llanura, y aquél volaba sin descanso cerca de la
ciudad. Como en sueños ni el que persigue puede alcanzar al perseguido, ni éste huir de
aquél; de igual manera, ni Aquiles con sus pies podía dar alcance a Héctor, ni Héctor
escapar de Aquiles. ¿Y cómo Héc- tor se hubiera librado entonces de las Parcas de la
muerte que le estaba destinada, si Apolo,
acercándosele por la postrera y última vez, no
le hubiese dado fuerzas y agilizado sus
rodillas?
El divino Aquiles hacía con la cabeza
señales negativas a los guerreros, no per-
mitiéndoles disparar amargas flechas contra
Héctor: no fuera que alguien alcanzara la gloria
de herir al caudillo y él llegase el se- gundo.
Mas cuando en la cuarta vuelta llega-
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ron a los manantiales, el padre Zeus tomó la balanza de oro, puso en la misma dos suertes
de la muerte que tiende a lo largo la de Aquiles y la de Héctor, domador de caballos, cogió
por el medio la balanza, la desplegó, y tuvo más peso el día fatal de Héctor, que descendió
hasta el Hades. Al instante Febo Apolo desamparó al troyano. Atenea, la diosa de ojos de
lechuza, se acercó al Pelión, y le dijo estas aladas palabras:
Espero, oh esclarecido Aquiles, caro a Zeus, que nosotros dos procuraremos a los
aqueos inmensa gloria, pues al volver a las naves habremos muerto a Héctor, aunque sea
infatigable en la batalla. Ya no se nos puede escapar, por más cosas que haga Apolo, el que
hiere de
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LITERATURA
Así diciendo, Atenea, para engañarlo, empezó a caminar. Cuando ambos guerreros se
ha- llaron frente a frente, dijo el primero el gran Héctor, el de
tremolante casco:
No huiré más de ti, oh hijo de Peleo, como hasta ahora. Tres
veces di la vuelta, huyendo, en torno de la gran ciudad de Príamo,
sin atreverme nunca a esperar tu acometida. Mas ya mi ánimo me
impele a afrontarte, ora te mate, ora me mates tú. Pongamos a los
dioses por testigos, que serán los mejores y los que más cuidarán de
que se cumplan nuestros pactos: Yo no te insultaré cruelmente, si
Zeus me concede la victoria y logro quitarte la vida; pues tan lue- go
como te haya despojado de las magníficas armas, oh Aquiles,
entregaré el cadáver a los aqueos. Pórtate tú conmigo de la misma
manera.
Mirándole con torva faz, respondió Aquiles, el de los pies ligeros:
¡Héctor, a quien no puedo olvidar! No me hables de convenios. Como
no es posible que haya fieles alianzas entre los leones y los
hombres, ni que estén de acuerdo los lobos y los corderos, sino que
piensan continuamente en causarse daño unos a otros, tampoco
puede haber entre nosotros ni amistad ni pactos, hasta que caiga
uno de los dos y sacie de sangre a Ares, infatigable combatiente.
Revístete de toda clase de valor, porque ahora te es muy preciso obrar como belicoso y
esforzado campeón. Ya no te
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puedes escapar. Palas Atenea te hará sucumbir pronto, herido por mi lanza, y pagarás todos
juntos los dolores de mis amigos, a quienes mataste cuando manejabas furiosamente la pica.
En diciendo esto, blandió y arrojó la fornida lanza. El esclarecido Héctor, al verla venir, se
inclinó para evitar el golpe: clavóse la broncínea lanza en el suelo, y Palas Atenea la arrancó
y devolvió a Aquiles, sin que Héctor, pastor de hombres, lo advirtiese. Y Héctor dijo al eximio
Pelión:
¡Erraste el golpe, oh Aquiles, semejante a los dioses! Nada te había revelado Zeus
acerca de mi destino, como afirmabas; has sido un hábil forjador de engañosas palabras,
para que, temiéndote, me olvidara de mi valor y de mi fuerza. Pero no me clavarás la pica en
la espalda, huyendo de ti: atraviésame el pecho cuando animoso y frente a frente te
acometa, si un dios te lo permite. Y ahora guárdate de mi broncínea lanza. ¡Ojalá que toda
ella penetrara en tu cuer- po! La guerra sería más liviana para los troyanos, si tú murieses;
porque eres su mayor azote.
Así habló; y, blandiendo la ingente lanza, despidióla sin errar el tiro, pues dio un bote en
medio del escudo del Pelida. Pero la lanza fue rechazada por la rodela, y Héctor se irritó al
ver que aquélla había sido arrojada inútilmente por su brazo; paróse, bajando la cabeza,
pues no tenía otra lanza de fresno; y con recia voz llamó a Deífobo, el de luciente escudo, y
le pidió una
larga pica. Deífobo ya no estaba a su lado. Entonces Héctor comprendiólo todo, y exclamó:
¡Oh! Ya los dioses me llaman a la muerte. Creía que el héroe Deífobo se hallaba conmi-
go, pero está dentro del muro, y fue Atenea quien me engañó. Cercana tengo la perniciosa
muerte, que ni tardará, ni puedo evitarla. Así les habrá placido que sea, desde hace tiempo,
a Zeus y a su hijo, el que hiere de lejos; los cuales, benévolos para conmigo, me salvaban
de los peligros. Ya la Parca me ha cogido. Pero no quisiera morir cobardemente y sin gloria,
sino realizando algo grande que llegara a conocimiento de los venideros.
Esto dicho, desenvainó la aguda espada, grande y fuerte, que llevaba en el costado. Y
encogiéndose, se arrojó como el águila de alto vuelo se lanza a la llanura, atravesando las
pardas nubes, para arrebatar la tierna corderilla o la tímida liebre; de igual manera arremetió
Héctor, blandiendo la aguda espada. Aquiles embistióle, a su vez, con el corazón rebosante
de feroz cólera: defendía su pecho con el magnífico escudo labrado, y movía el luciente
casco de cuatro abolladuras, haciendo ondear las bellas y abundantes crines de oro que
Hefesto había colocado en la cimera. Como el Véspero, que es el lucero más hermoso de
cuantos hay en el cielo, se presenta rodeado de estrellas en la obscuridad de la noche, de
tal modo brillaba la pica de larga punta que en su diestra blandía Aquiles, mientras pensaba
en causar daño al divino Héctor y miraba cuál parte del hermoso cuerpo del héroe ofrecería
menos resistencia. Éste lo tenía protegido por la excelente armadura de bronce que quitó a
Patroclo después de matarlo, y sólo quedaba descubierto el lugar en que las clavículas
separan el cuello de los hombros, la garganta que es el sitio por donde más pronto sale el
alma: por allí el divino Aqui- les envasóle la pica a Héctor, que ya lo atacaba, y la punta,
atravesando el delicado cuello, asomó por la nuca. Pero no le cortó el garguero con la pica
de fresno que el bronce hacía ponderosa, para que pudiera hablar algo y responderle. Héctor
cayó en el polvo, y el divino Aquiles se jactó del triunfo, diciendo:
¡Héctor! Cuando despojabas el cadáver de Patroclo, sin duda te creíste salvado y no me
temiste a mí porque me hallaba ausente. ¡Necio! Quedaba yo como vengador, mucho más
fuerte que él, en las cóncavas naves, y te he quebrado las rodillas. A ti los perros y las aves
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LITERATURA
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Con lánguida voz respondióle Héctor, el de tremolante casco:
Te lo ruego por tu alma, por tus rodillas y por tus padres: ¡No permitas que los perros me
despedacen y devoren junto a las naves aqueas! Acepta el bronce y el oro que en
abundancia te darán mi padre y mi veneranda madre, y entrega a los míos el cadáver para
que lo lleve a mi casa, y los troyanos y sus esposas lo entreguen al fuego.
Mirándole con torva faz, le contestó Aquiles, el de los pies ligeros:
No me supliques, ¡perro!, por mis rodillas ni por mis padres. Ojalá el furor y el coraje me
incitaran a cortar tus carnes y a comérmelas crudas. ¡Tales agravios me has inferido! Nadie
podrá apartar de tu cabeza a los perros, aunque me traigan diez o veinte veces el debido
rescate y me prometan más, aunque Príamo Dardánida ordene redimirte a peso de oro; ni,
aun así, la veneranda madre que te dio a luz te pondrá en un lecho para llorarte, sino que los
perros y las aves de rapiña destrozarán tu cuerpo.
Contestó, ya moribundo, Héctor, el de tremolante casco:
Bien lo conozco, y no era posible que te persuadiese, porque tienes en el pecho un
corazón de hierro. Guárdate de que atraiga sobre ti la cólera de los dioses, el día en que
Paris y Febo Apolo te darán la muerte, no obstante, tu valor, en las puertas Esceas.
Apenas acabó de hablar, la muerte le cubrió con su manto: el alma voló de los miembros
y descendió al Hades, llorando su suerte, porque dejaba un cuerpo vigoroso y joven. Y el
divino Aquiles le dijo, aunque muerto lo viera:
¡Muere! Y yo recibiré la Parca cuando Zeus y los demás dioses inmortales dispongan que
se cumpla mi destino.
Dijo; arrancó del cadáver la broncínea lanza y, dejándola a un lado, quitóle de los
hombros las ensangrentadas armas. Acudieron presurosos los demás aqueos, admiraron
todos el con- tinente y la arrogante figura de Héctor y ninguno dejó de herirlo. Y hubo quien,
contemplándo- le, habló así a su vecino:
¡Oh dioses! Héctor es ahora mucho más blando en dejarse palpar que cuando incendió
las naves con el ardiente fuego.
Así algunos hablaban, y acercándose lo herían. El divino Aquiles, ligero de pies, tan
pronto como hubo despojado el cadáver, se puso en medio de los aqueos y pronunció estas
aladas palabras:
¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos! Ya que los dioses nos concedieron ven-
cer a ese guerrero que causó mucho más daño que todos los otros juntos, sin dejar las
armas cerquemos la ciudad para conocer cuál es el propósito de los troyanos: si
abandonarán la ciudadela por haber sucumbido Héctor, o se atreverán a quedarse todavía a
pesar de que éste ya no existe. Mas ¿por qué en tales cosas me hace pensar el corazón?
En las naves yace Patroclo muerto, insepulto y no llorado; y no lo olvidaré, mientras me halle
entre los vivos y mis rodillas se muevan; y si en el Hades se olvida a los muertos, aun allí me
acordaré del compañero amado. Ahora, volvamos cantando el peán a las cóncavas naves, y
llevémonos este cadáver. Hemos ganado una gran victoria: matamos al divino Héctor, a
quien dentro de la ciudad los troyanos dirigían votos cual si fuese un dios.
Dijo; y, para tratar ignominiosamente al divino Héctor, le horadó los tendones de detrás de
ambos pies desde el tobillo hasta el talón; introdujo correas de piel de buey, y lo ató al carro,
de modo que la cabeza fuese arrastrando; luego, recogiendo la magnífica armadura, subió y
picó a los caballos para que arrancaran, y éstos volaron gozosos. Gran polvareda levantaba
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LITERATURA
el cadáver mientras era arrastrado; la negra cabellera se esparcía por el suelo, y la cabeza,
antes tan graciosa, se hundía toda en el polvo; porque Zeus la entregó entonces a los
enemi- gos, para que allí, en su misma patria, la ultrajaran.
Así toda la cabeza de Héctor se manchaba de polvo. La madre, al verlo, se arrancaba los
cabellos; y, arrojando de sí el blanco velo, prorrumpió en tristísimos sollozos. El padre suspi-
raba lastimeramente, y alrededor de él y por la ciudad el pueblo gemía y se lamentaba. No
parecía, sino que toda la excelsa Ilio fuese desde su cumbre devorada por el fuego. Los
gue- rreros apenas podían contener al
anciano, que, excitado por el pesar, quería
salir por las puertas Dardanias; y,
revolcándose en el estiércol, les suplicaba a
todos llamando a cada varón por sus
respectivos nombres:
Dejadme, amigos, por más intranquilos que
estéis; permitid que, saliendo solo de la
ciudad, vaya a las naves aqueas y ruegue a
ese hombre pernicioso y violento: acaso respete mi edad y se apiade de mi vejez. Tiene un
padre como yo, Peleo, el cual le engendró y crió para que fuese una plaga de los troyanos;
pero es a mí a quien ha causado más pesa- res. ¡A cuántos hijos míos mató, que se
hallaban en la flor de la juventud! Pero no me lamento tanto por ellos, aunque su suerte me
haya afligido, como por uno cuya pérdida me causa el vivo dolor que me precipitará en el
Hades: por Héctor, que hubiera debido morir en mis brazos, y entonces nos hubiésemos
saciado de llorarle y plañirle la infortunada madre que le dio a luz y yo mismo.
Así habló llorando, y los ciudadanos suspiraron. Y Hécuba comenzó entre las troyanas el
funeral lamento:
¡Oh hijo! ¡Ay de mí, desgraciada! ¿Por qué, después de haber padecido terribles penas,
seguiré viviendo ahora que has muerto tú? Día y noche eras en la ciudad motivo de orgullo
para mí y el baluarte de todos, de los troyanos y de las troyanas, que todo saludaban como
a un dios. Vivo, constituías una excelsa gloria para ellos; pero ya la muerte y la Parca todo
alcanzaron.
Así dijo llorando. La esposa de Héctor nada sabía, pues ningún veraz mensajero le llevó
la noticia de que su marido se quedara fuera de las puertas; y en lo más hondo del alto
palacio tejía una tela doble y purpúrea, que adornaba con labores de variado color. Había
mandado en su casa a las esclavas de hermosas trenzas que pusieran al fuego un trípode
grande, para que Héctor se bañase en agua caliente al volver de la batalla. ¡Insensata!
Ignoraba que Ate- nea, la de ojos de lechuza, le había hecho sucumbir muy lejos del baño a
manos de Aquiles. Pero oyó gemidos y lamentaciones que venían de la torre,
estremeciéronse sus miembros, y la lanzadera le cayó al suelo. Y al instante dijo a las
esclavas de hermosas trenzas:
Venid, seguidme dos; voy a ver qué ocurre. Oí la voz de mi venerable suegra; el corazón
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me salta en el pecho hacia la boca y mis rodillas se entumecen: algún infortunio amenaza a
los hijos de Príamo. ¡Ojalá que tal noticia nunca llegue a mis oídos! Pero mucho temo que el
divino Aquiles haya separado de la ciudad a mi Héctor audaz, le persiga a él solo por la
llanura y acabe con el funesto valor que siempre tuvo; porque jamás en la batalla se quedó
entre la turba de los combatientes, sino que se adelantaba mucho y en bravura a nadie
cedía.
Dicho esto, salió apresuradamente del palacio como una loca, palpitándole el corazón, y
dos esclavas la acompañaron. Mas, cuando llegó a la torre y a la multitud de gente que allí
se encontraba, se detuvo, y desde el muro registró el campo; en seguida vio a Héctor
arrastra- do delante de la ciudad, pues
los veloces caballos lo arrastraban
despiadadamente hacia las cóncavas
naves de los aqueos; las tinieblas de la
noche velaron sus ojos, cayó de
espaldas y se le desmayó el alma.
Arrancóse de su cabeza los visto- sos
lazos, la diadema, la redecilla, la tren-
zada cinta y el velo que la áurea
Afrodita le había dado el día en que
Héctor se la llevó del palacio de
Eetión, constituyén- dole una gran
dote. A su alrededor ha- llábanse
muchas cuñadas y concuñadas suyas,
las cuales la sostenían aturdida como
si fuera a perecer. Cuando volvió en sí y recobró el aliento, lamentándose con desconsuelo
dijo entre las troyanas:
¡Héctor! ¡Ay de mí, infeliz! Ambos nacimos con la misma
suerte, tú en Troya, en el pala- cio de Príamo; yo en Teba,
al pie del selvoso Placo, en el alcázar de Eetión, el cual me
crió cuando niña para que fuese desventurada como él.
¡Ojalá no me hubiera engendrado! Ahora tú desciendes a la
mansión de Hades, en el seno de la tierra, y me dejas en el
palacio viuda y sumida en triste duelo. Y el hijo, aún infante,
que engendramos tú y yo, infortunados... Ni tú serás su
amparo, oh Héctor, pues has fallecido; ni él el tuyo. Si
escapa con vida de la luctuosa guerra de los aqueos,
tendrá siempre fatigas y pesares; y los demás se
apoderarán de sus campos, cambiando de sitio los
mojones. El mismo día en que un niño que- da huérfano,
pierde todos los amigos; y en adelante va cabizbajo y con
las mejillas bañadas en lágrimas. Obliga- do por la
necesidad, dirígese a los amigos de su padre, tirándoles ya
del manto, ya de la túnica; y alguno, com- padecido, le
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LITERATURA
alarga un vaso pequeño con el cual mojará los labios, pero no llegará a humedecer la
garganta. El niño que tiene los padres vivos le echa del festín, dándole puñadas a
increpándole con injuriosas voces: “¡Vete, en- horamala!, le dice, que tu padre no come a
escote con no- sotros”. Y volverá a su madre viuda, llorando, el huérfano Astianacte, que en
otro tiempo, sentado en las rodillas de su padre, sólo comía medula y grasa pingüe de
ovejas, y, cuando se cansaba de jugar y se entregaba al sueño, dormía en blanda cama, en
brazos de la nodriza, con el
corazón lleno de gozo; mas ahora que ha muerto su padre, mucho tendrá que padecer Astia-
nacte, a quien los troyanos llamaban así porque sólo tú, oh Héctor, defendías las puertas y
los
altos muros. Y a ti, cuando los perros se hayan saciado con tu carne, los movedizos gusanos
ACTIVIDAD
te comerán desnudo, INDIVIDUAL 2.1naves, lejos de tus padres; habiendo en el palacio
junto a las corvas
vestiduras finas y hermosas, que las esclavas hicieron con sus manos. Arrojaré todas estas
• Redacta
vestiduras un textofuego;
al ardiente expositivo
y yade que
500 palabras en Word, donde
no te aprovechen, puesjustifiques las en ellas,
no yacerás
razones
constituirán paraque
ti untuvo Aquiles
motivo para dar
de gloria muerte
a los a Héctor.
ojos de los troyanos y de las troyanas.
Así dijo llorando, y las mujeres gimieron.
•
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• http://mithweb.com/odyssey/ (Odysseus, un resumen ilustrado).
• http://www.pantheon.org/mythica/areas/greek (Mitología).
39
LITERATURA MEDIEVAL
1490).
hacia
(
Gallego
Fernando
por
Católicos,
Reyes
Los
Se denomina literatura medieval a todos aquellos trabajos escritos principalmente en Europa du-
rante la Edad Media, desde la caída del Imperio Romano de Occidente hasta los inicios del Rena-
cimiento a finales del siglo XV.
Esta época requiere de una periodización, pues a lo largo de ella el hombre y sus
circunstancias experimentan importantes cambios que definen y determinan la historia de la
humanidad. Por ello, se distinguen en la Edad Media tres períodos fundamentales:
• Alta Edad Media (del siglo V al X). Desde el punto de vista literario, es una época en la que
las obras se escriben aún en latín.
• Plena Edad Media (del siglo XI al XIII). En este periodo predomina el feudalismo, sistema
social basado en la dependencia de los vasallos hacia un señor. Los reinos cristianos
tenían una organización política y social muy jerarquizada en sus tres estamentos: nobleza,
clero y pueblo llano.
• Baja Edad Media (siglos XIV y XV). Durante este período final de la Edad Media, la
sociedad sufre cambios fundamentales. El sistema feudal desaparece y nace una nueva
clase social, la burguesía. Sus ideas daban mayor valor a lo terrenal, a los placeres y a las
cuestiones prácticas. La sociedad evoluciona hacia un mayor vitalismo y lo individual
empieza a cobrar importancia: el ser humano mira más hacia sí mismo. Las ciudades son
ahora el centro de
40
la cultura. Este periodo se considera como de transición y se denomina Prerrenacimiento porque
rasgos comunes con el siglo anterior y presenta nuevos valores que se relacionan
estrechamente con el Renacimiento.
Contexto cultural
EL CUENTO DE LA PRIORA
Había en Asia una gran ciudad cristiana en la que existía un ghetto. Estaba
protegido por el gobernante del país gracias al asqueroso lucro obtenido por la
usura de los judíos, aborrecida por Jesucristo y por los que le siguen; la gente podía
circular libremente por él, pues la calle no tenía barricadas y estaba abierta por
ambos extremos. Abajo, en el extremo más lejano, se levantaba una pequeña
escuela cris- tiana en la que una gran multitud de niños recibían instrucción año
tras año. Se les enseñaban las cosas acostumbradas a los niños pequeños durante
la infancia, es decir, leer y cantar. Entre ellos se hallaba el hijo de una viuda, un
muchachito de siete años, un chico del coro que acostumbraba ir diariamente a la
escuela; también solía arrodillarse y rezar una Avemaría como se le había
enseñado, siempre que viese la imagen de la Madre de Jesucristo por la calle. Pues
la viuda había educado a su hijo a venerar siempre a Nuestra Señora de este
41
LITERATURA
modo, y él no lo olvidaba, pues un niño inocente siempre aprende con rapidez. Por
cierto, que cada vez que pienso en ello, me acuerdo de San Nicolás, que también
había reverenciado a Jesucristo en la misma tierna edad.
42
escondite secreto en una callejue- la. Cuando el
muchachito pasó, este infame judío le agarró con
fuerza, le cortó el cuello y lo arrojó dentro de un pozo
seco. Sí, lo echó en un pozo negro en el que los judíos
vacían sus intestinos. Pero ¿de qué puede
aprovecharos vuestra malicia, oh condenada raza de
nuevos Herodes? El crimen se descubrirá, esto es
cierto, y precisamente en el lugar que servirá para
aumentar la gloria de Dios. La sangre clama contra
vuestro perverso crimen.
—¡Oh, mártir perpetuamente virgen! —exclamó la
priora—, que sigas eternamente cantando al blanco
Cordero celestial del que escribiera en Patmos San
Juan Evangelista diciendo que los que preceden al
Cordero cantando una nueva canción, jamás han
conocido cuerpo de mujer.
43
LITERATURA
Toda la noche
estuvo la viuda
esperando el
regreso del niño,
pero en vano. Tan
pronto clareó, salió
a buscarlo a la
escuela y por todas
partes, con el
corazón encogido y
el rostro lívido de
temor, hasta que, al
fin, averiguó que la
última vez que
había sido visto se hallaba en el ghetto. Con su
corazón estallando de piedad maternal, medio
enloquecida, fue a todos los sitios a los que su
imaginación febril pensaba probablemente
encontrar a su hijo, mientras invocaba a la dulce
Madre de Jesucristo. Por fin se de- cidió a buscarle
entre los judíos. De forma lastimera pidió y rogó a
todos y a cada uno de los judíos que vivían en el
ghetto que le dijeran si el niño había pasado por
allí, pero le respondieron que no. Luego, Jesús en su
misericordia quiso inspirar a la madre a que
llamase a su hijo en voz alta cuando se hallaba
junto al pozo en el que había sido arrojado.
¡Dios Todopoderoso, cuyo elogio cantan las bocas de los inocentes, contempla
aquí tu poder magní- fico! Con el cuello cortado, esta gema y esmeralda de
castidad, este brillante rubí de entre los mártires, empezó a cantar Alma
Redemptoris con voz tan fuerte, que todo el lugar resonó.
Los cristianos que pasaban por la calle se agolparon a mirar maravillados. A
toda prisa mandaron a buscar al preboste. Éste vino de inmediato, y después de
haber alabado a Jesucristo, rey de los cielos, y a su Madre, gloria de la especie
humana, ordenó que se atase a los judíos. Con lamentaciones que acongojaban,
subieron al niño, que seguía cantando su canción, y le llevaron en solemne
procesión a una abadía cercana. Su madre se hallaba caída junto al féretro, sin
fuerzas, como una segunda Raquel, y la gente trataba en vano de apartarla de él.
Después, el preboste dispuso que cada uno de los judíos que habían
intervenido en el crimen fuese torturado y ejecutado de forma vergonzosa, pues
no quería tolerar una semejante maldad de índole tan abominable en su
jurisdicción. «El mal debe recibir su pago debido.» Por eso los hizo descuartizar
con caballos salvajes y luego ser colgados de acuerdo con la ley.
44
Durante todo este tiempo el niño inocente yacía en su féretro ante el altar
mayor mientras se can-
taba la misa. Luego, el
abad y sus monjes se
apresuraron a darle
sepultura, pero cuando le
rociaron con agua bendita
y ésta cayó sobre el niño,
éste cantó nuevamente
Alma Redemptons Mater.
Ahora bien, el abad, que
era un santo varón, como
lo son o de- berían serlo
siempre los monjes,
empezó a preguntar al
niño y le dijo:
—Querido niño, te conjuro por la Santísima Trinidad
que me digas: ¿cómo puedes cantar, cuando todos podemos ver que tienes el
cuello completamente cercenado?
—Mi cuello está cortado hasta el hueso del pescuezo —respon- dió el niño—,
y, según todas las leyes de la Naturaleza, debería haber muerto hace mucho
tiempo, si no fuera porque Jesucristo ha querido, como podéis leer en las
Sagradas Escrituras, que su gloria sea recordada y perdure. Por ello, en honor de
su Santa Ma- dre, puedo todavía cantar Alma con voz clara y fuerte. En lo que a
mí concierne, siempre he amado este manantial de gracia, la dulce Madre de
Jesucristo, por lo que cuando tuve que entregar mi vida, ella vino y me pidió que
cantase este himno, incluso en mi muerte, como acabáis de oír. Y mientras yo
cantaba, me pareció que Ella colocaba
una perla sobre mi lengua. Por consiguiente, canto, como siempre debo cantar,
en honor de esta bendi- ta Virgen, hasta que me quiten la perla, pues ella me
dijo: «Mi niño, vendré a buscarte cuando te quiten la perla de la lengua. No
temas, que no te abandonaré.»
Entonces, aquel santo varón —el abad—, cuando el niño suavemente entregó
su espíritu, le extrajo con cuidado la lengua y tomó la perla. Al ver este milagro,
el abad derramó abundantes lágrimas y se echó de bruces a tierra,
permaneciendo inmóvil y como encadenado al suelo, mientras los demás monjes
se postraban también sobre el pavimento, llorando y proclamando las alabanzas
de la Madre de Jesucristo. Entonces se levantaron y sacaron al mártir del féretro y
encerraron su tierno cuerpecito en una tumba de mármol claro. ¡Que Dios nos
conceda el privilegio de reunimos con él!
¡Oh, joven Hugo de Lincoln, muerto por los viles judíos, como es muy bien
sabido (pues hace poco tiempo que ocurrió el suceso), ruega por nosotros, gente
débil y pecadora! ¡Que Dios en su misericordia multiplique sus bendiciones sobre
nosotros, por causa de su Santa Madre María! Así sea.
45
LITERATURA
46
Canterbury, colección de relatos al estilo de las novelas del Decamerón, pero en verso e
incompleta.
Las primeras obras literarias conocidas en Alemania son latinas, con la aportación de la monja
Rosvita, autora de leyendas en que predominan las notas elegiacas sobre lo épico. Exaltar la
virtud de la virginidad es su tema favorito. No obstante, su obra más importante
son las Comedias, relatos al estilo de Terencio.
En el Libro de los Evangelios, el sentimiento patriótico se mezcla con el religioso y el
escolástico. El poema épico germano es Los Nibelungos, compuesto hacia 1205 por un poeta
desconocido, basándose con toda seguridad en relatos épicos anteriores. Sobresalen las notas
crueles y las escenas de horror y venganza. Otro poema, Gudruna, es un canto a la aristocracia
marinera y a la admirable mujer germana. La lealtad, el valor y la tristeza son los sentimientos
que prevalecen en esta primera épica alemana. Más tarde sustituyen el gusto por lo caballeresco
y lo cortesano- amoroso, visible en Parsifal de Wolfram de Eschenbach. En los orígenes del teatro
popular, será la religión, con los milagros y los
misterios como tema de la literatura.
En la literatura medieval francesa se observa una
dualidad idiomática que genera dos ciclos épicos: el
primero gira alrededor de Carlomagno y los Doce Pa-
res; el otro tiene como protagonista a Guillermo de
Toulose, noble francés del siglo VIII, que aparece en
los cantares de gesta con el nombre de Guillermo de
Orange. La Chanson de Roland es el poema épico
más bello perteneciente al ciclo de Carlomagno.
Redactado en versos endecasílabos de gran
regularidad. Aunque basado en sucesos históricos, la
realidad de los he- chos está modificada porque antes
de esta versión se dieron otras más cercanas a los
sucesos cantados, y, por tanto, con mayor
historicidad. La poesía goliardes- ca canta el placer
del vino o satiriza la vida e institu- ciones
eclesiásticas, pues su extensión e influjo fueron muy
grandes.
La novela francesa, al principio está escrita en verso y su
El anillo de los Nibelungos, antecede a temática se desprende de las aventuras del legen- dario
la Saga del Señor de los anillos. Rey Arturo y sus Caballeros de la Tabla Redonda.
47
LITERATURA
del como el cantor del amor lejano; Bernat de Ventadorn, el poeta melancólico; y Arnaut Daniel,
inventor de la sextina.
El mejor poeta medieval francés es Francois Villon, cuya vida, difícil, desarrollaba muy a
menudo al margen de la ley e incluso fue sentenciado a muerte dos veces. En 1456 es- cribe su
Petit Testament, autobiográfico, que dedica a sus compañeros de correrías. Posteriormente su
idea de la fu- gacidad de las cosas humanas queda plasmada en su Gran Testament.
BALADA A SU DAMA
(Traducción de Rubén Abel Reches
)
Falsabeldadquemecostáistancaro,
Rudaenverdad,hipócritadulzura,
Amor muy duro de roer y avaro,
Nombraros puedo,muerteyaessegura,
Cobardeflorquepinchacondelicia,
Orgullolocoqueseafirmaahorcando
Y ojos helados. ¿No podrá Justicia
a un pobre socorrer que están matando?
Mejorqueyobuscarahubiesesido
Algúnjardíndeamorenotrolado,
Rivalno hubieraesamujertenido;
Tengoquehuirahora,y humillado.
¡Auxilio!
¡Auxilio!
¡Quemeayudealguna!
Si hayquemorir,hedemorirpeleando.
QuieraPiedad,quemefaltóenlacuna,
a un pobre socorrer que están matando.
48
Ya vendrá el día en que se
encuentre seca, mustia y ajada
vuestra flor fragante. Y aunque
mi risa ahí parezca mueca, mi
risa en la vejez será triunfante.
Viejo seré, vos fea y con arrugas.
¡Bebed ahora que el arroyo es
blando! Ya se helará, y no pueden
las verrugas a un pobre socorrer que
están matando.
49
LITERATURA
noble, puro, etéreo, filosófico en la obra de Guido Caval- canti y de Dante de Alighieri, apasionado,
matemático, meditativo en Canzonieri, Vita Nuova y, sobre Dante y Virgilio en el Inßerno,
todo en la Divina Comedia, viaje del clasicismo aBouguereau.
ultratumba.
DIVINA COMEDIA
(Canto I, Infierno)
50
con tanta angustia.
51
LITERATURA
y de delante no se me
apartaba, mas de tal modo
me cortaba el paso, que
muchas veces quise dar la
vuelta.
Me pareció que contra mí venía, con la cabeza erguida y hambre fiera, y hasta
temerle parecía el aire.
“Dejad por siempre la esperanza” es la
Y una loba que todo el apetito leyenda que ßgura a las puertas del
inßerno de La Divina Comedia.
parecía cargar en su flaqueza, que
ha hecho vivir a muchos en
desgracia.
52
muy lentamente, me empujaba
hacia allí donde el sol calla.
53
LITERATURA
54
55
LITERATURA
Ha de salvar a aquella
humilde Italia por quien
murió Camila, la doncella,
Turno, Euríalo y Niso con
heridas.
56
sus leyes fui rebelde, no
quiere que por mí a su reino
subas.
Yo contesté: «Poeta, te
requiero por aquel Dios que
tú no conociste,
para huir de éste o de otro mal más grande,
57
LITERATURA
58
ACTIVIDAD INDIVIDUAL 2.3
• Redacta en media cuartilla tu nivel de impresión respecto a la lectura de la Obra
de Dante Alighieri.
59
LITERATURA
60
LITERATURA DEL RENACIMIENTO
“—Parece, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos
Ángel.
son sentencias sacadas de la misma experiencia, madre de las ciencias to- das”.
Miguel
migueL de cervantes saavedra ,
(1512)
Sixtina
Capilla
la
Contexto socio histórico de
Bóveda
El término renacimiento lo utilizó por vez primera en 1855 el historiador francés Jules Michelet
para referirse al descubrimiento del mundo y del hombre en el siglo XVI. El historiador suizo
Jakob Burckhardt amplió este concepto en su obra La civilización del renacimiento italiano,
publicada en 1860, en la que delimitó el renacimiento al situarlo en el periodo comprendido entre
el respectivo desarrollo artístico de los pintores Giotto y Miguel Ángel, y definió a esta época como
el nacimiento de la humanidad y de la conciencia moderna tras un largo periodo de decadencia.
61
LITERATURA
62
A UNA ROSA
XXXVII
¡Conquéartificiotandivinosales
deesacamisadeesmeralda fina,
oh rosa celestial alejandrina,
coronadadegranosorientales!
Ya enrubíesteenciendes,
yaencorales,
yatu colora púrpuraseinclina
sentada en esa basa peregrina
que forman cinco puntas desiguales.
Bienhayatu divinoautor,puesmueves
a su contemplaciónelpensamiento,
a aun a pensar en nuestros años breves.
Asílaverdeedadseesparce alviento,
y así las esperanzassonaleves
que tienen en la tierra el fundamento…
FélixLopedeVegayCarpio
(1562
- 1635)
Contexto cultural
La cultura renacentista está marcada por los Descubrimientos y las conquistas ultramarinas que
permite la expansión mundial de la cultura europea, con los viajes portugueses y el
descubrimiento de América por parte de los españoles, lo cual rompe la concepción medieval del
mundo, funda- mentalmente teocéntrica.
El desmembramiento de la cristiandad con el surgimiento de la Reforma protestante, la intro-
ducción de la imprenta, entre 1460 y 1480, y la consiguiente difusión de la cultura fueron uno de
los motores del cambio social y cultural que permitió el desarrollo económico europeo, dando los
primeros atisbos del capitalismo mercantil.
Ante esta situación, el artista tomó conciencia de individuo con
valor y personalidad propios, además, se vio atraído por el
saber y comenzó a estudiar los modelos de la antigüedad
clásica a la vez que investigaba y experimentaba nuevas
técnicas artísticas, como el claroscuro en pintura. De esta
manera se desarrollaron enormemente las formas de
representar la perspectiva y el mundo natural con fidelidad;
especialmente la anatomía humana y las técnicas de
construcción arquitectónica.
Es de destacar, en el paradigma de esta nueva actitud a
Leonardo da Vinci, personalidad eminentemente renacentista,
quien dominó distintas ramas del saber, pero del mismo modo
63
LITERATURA
a Miguel Ángel Buonarroti, Rafael Sanzio, Sandro Botticelli y Bramante quienes fueron artistas
conmovidos por la imagen de la Antigüedad y preocupados por desarrollar nuevas técni- cas
escultóricas, pictóricas y arquitectónicas, así como por la música, la poesía y la nueva sensibilidad
humanística. Todo esto formó parte del renacimiento en las artes.
64
65
LITERATURA
BENVOLIO
Vino corriendo por aquí y saltó la tapia
de este huerto. Llámale, Mercucio.
MERCUCIO
Haré una invocación.
¡Antojos! ¡Locuelo! ¡Delirios!
¡Prendado! Aparece en forma de
suspiro.
Di un verso y me quedo satisfecho.
Exclama «¡Ay de mí!», rima « amor »
con « flor », di una bella palabra a la
comadre Venus
y ponle un mote al ciego de su
hijo, Cupido el golfillo, cuyo
dardo certero hizo al rey
Cofetua amar a la mendiga.
Ni oye, ni bulle, ni se mueve:
el mono se ha muerto; haré un conjuro
Conjúrote por los ojos claros de tu
Rosalina, por su alta frente y su labio
carmesí, su lindo pie, frme pierna,
trémulo muslo y todas las comarcas
adyacentes, que ante nosotros
aparezcas en persona.
BENVOLIO
Como te oiga, se enfadará.
MERCUCIO
Imposible. Se enfadaría si yo
hiciese penetrar un espíritu
extraño en el cerco de su amada,
dejándolo erecto hasta que se
escurriese y esfumase. Eso sí le
irritaría. Mi invocación es noble y
decente: en nombre de su amada
yo sólo le conjuro que aparezca.
BENVOLIO
Ven, que se ha escondido entre estos árboles, en alianza con la
noche melancólica. Ciego es su amor, y lo oscuro, su lugar.
66
MERCUCIO
Si el amor es ciego, no puede
atinar. Romeo está sentado al
pie de una higuera deseando
que su amada fuese el fruto que
las mozas, entre risas, llaman
higo. ¡Ah, Romeo, si ella fuese,
ah, si fuese un higo abierto y tú
una pera!
BENVOLIO
Sí, pues es inútil buscar a quien
no quiere ser hallado.
Salen.
ROMEO [adelantándose]
Se ríe de las heridas quien no las ha sufrido.
Pero, alto. ¿Qué luz alumbra esa ventana?
Es el oriente, y Julieta, el sol.
Sal, bello sol, y mata a la luna
envidiosa, que está enferma y
pálida de pena porque tú, que la
sirves, eres más hermoso. Si es
tan envidiosa, no seas su
sirviente. Su ropa de vestal es de
un verde apagado que sólo llevan
los bobos ¡Tírala!
67
LITERATURA
JULIETA
¡Ay de mí!
ROMEO
Ha hablado. ¡Ah, sigue
hablando, ángel radiante,
pues, en tu altura, a la
noche le das tanto
esplendor
JULIETA
Ojalá lo fueras, mi
amor, pero te mataría
de cariño.
¡Ah, buenas noches! Partir es tan
dulce pena que diré « buenas noches
» hasta que amanezca. [Sale.]
ROMEO
¡Quede el sueño en tus ojos, la paz en tu
ánimo! ¡Quién fuera sueño y paz, para tal
descanso! A mi buen confesor en su celda
he de verle por pedirle su ayuda y contarle
mi suerte. [Sale.]
68
estróficas. En igual modo, los autores renacentistas perseguían la sencillez y la claridad
expresiva, el equilibrio de formas y la naturalidad.
En la literatura renacentista se pueden identificar dos tenden- cias contrapuestas: por un lado,
la idealización de la realidad, que se observa en la lírica italianizante o en la novela de caballerías;
por otro, el realismo crítico, que se plasma, por ejemplo, en la pro- sa de pensamiento y en la
novela picaresca. En la primera, prosa de pensamiento, se aprecia la difusión del humanismo y se
siente una predilección por el diálogo, aquí es importante destacar, la prosa histórica, sobre la
conquista de América, y los estudios so- bre la lengua y la literatura.
L a novela pastoril, la novela corta y la novela bizantina o de aventuras, dan vida a la novela de
esta época. Destacando entre éstas, dos hitos que determinan el nacimiento de la novela
moderna: la publicación a mediados del siglo XVI del Lazarillo de Tormes, obra con la que surge
la novela picaresca, y aparece El ingenioso hidalgo don Quijote de la Man- cha, de Miguel de
Cervantes, en los primeros años del siglo XVII.
La épica renacentista italiana advierte un gusto por lo clásico, visible, por ejemplo, en el
Orlando enamorado, de Matteo Maria Boiardo. El amor como tema, con mezcla de fantasía y
heroísmo, en el Orlando furioso de su continuador, Ludovico Ariosto, en el que se equilibran la
ironía, el amor a la naturaleza y la alegría de vivir en la corte de Ferrara. En el mismo estilo
escribe Torcuato Tasso en su Jerusalén libertada, en octavas,
con una acción intensísima, y los magos y hadas como
protagonistas. El idealismo bucólico también es cultivo por
Tasso en su Aminta. Aunque el mejor de este género es sin
duda el napolitano Jacopo Sannazaro con su Arcadia. No
obstante, en la novelística sobresale por lo movido de la acción
y el enfoque social que da a los temas, Mateo Bandella, cuyas
Novelle reflejan su vida aventurera
Pero el más grande dramaturgo de todos los tiempos es Wi-
lliam Shakespeare, también autor-actor de calidad asombrosa,
creador de personajes, cuyas pasiones han quedado como mo-
delo. Escribió diez obras teatrales de tipo histórico, casi
crónicas nacionales, así, Ricardo III, Enrique IV. Diez tragedias
romanas, medievales o italianas, Julio Cesar, Romeo y Julieta,
Hamlet, Otelo, dieciséis comedias, como Las alegres comadres
de Wind- sor, El sueño de una noche de verano, la mayoría de
las veces
con un influjo italiano, mezcla de fantasía y realismo. Y su mérito se debe al logro de hacer de sus
personajes modelos de valor universal.
Michel de Montaigne, caballero renacentista, equilibrado, uno de los primeros escritores de
todos los tiempos por su sensibilidad e inteligencia, defensor de la paz y la justicia. La riqueza y
originalidad de sus Ensayos es una especie de examen de conciencia del Renacimiento y no ha
dejado de ser actual, pues presenta el pensamiento de un
hombre de diálogo con la antigüedad griega y latina, diálogo con
ese nuevo mundo recién descubierto y que puso al hombre del
siglo XVI a cuestionar los valores sobre los cuales se había
construido la oscura Edad Media
En España se inicia el movimiento renacentista poético con
Garcilazo de la Vega, cuya obra lleva a la perfección, con
delicado sentimiento, en sonetos, canciones y églogas. Desde
muy joven comienza a actuar en la vida política y cortesana de
su época. En su obra literaria introduce las novedosas
69
LITERATURA
70
Quija- da, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste
caso escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se
llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la
narración dél no se salga un punto de la verdad.
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso,
que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y
gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la
administración de su hacienda. Y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto,
que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para com- prar libros de
caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y
de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso
Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones
suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y
cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: La razón de la
sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con
razón me quejo de la vuestra fermosura. Y también cuando leía: [...] los altos
cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortißcan, y os
hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza.
Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por
entenderlas y desentra- ñarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el
mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo
71
LITERATURA
72
el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero
andante, y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras
y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se
ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y
peligros donde, acabán- dolos, cobrase eterno nombre y fama. Imaginábase el
pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos, del imperio de
Trapisonda; y así, con estos tan agradables pensamientos, llevado del estraño
gusto que en ellos sentía, se dio priesa a poner en efeto lo que deseaba.
Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus
bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que
estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor que
pudo, pero vio que tenían una gran falta, y era que no tenían celada de encaje,
sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un
modo de media celada, que, encajada con el morrión, hacían una apariencia de
celada entera.
Es verdad que para probar si era fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada,
sacó su espada y le
73
LITERATURA
Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín
y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino
buscar una dama de quien enamorarse; porque el caballero andante sin amores
era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Decíase él así:
–Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por
ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes,
y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuer- po, o, finalmente, le
venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quien enviarle presentado y que entre y se
hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendido: ‘‘Yo,
señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, a quien
venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero don Quijote
de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante vuestra merced, para
que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante’’? ¡Oh, cómo se holgó
nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a
quien dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del
suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo
anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo, ni le dio cata
dello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció ser bien darle título de
señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del
suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla
Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso; nombre, a su parecer,
músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas
había puesto.
Universidad de Alcalá
1997 Miguel de Cervantes
Saavedra (1547-1616)
74
ACTIVIDAD INDIVIDUAL 2.4
• Extrae del texto las palabras que te ubican en la época renacentista.
• ¿Qué motivó a Don Quijote armarse caballero?
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LITERATURA