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Williamson, Marianne - El Perdon

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El Perdón

Por MARIANNE WILLIAMSON

«Ante el glorioso Resplandor del Reino, la culpabilidad se desvanece, y habiéndose


transformado en bondad, ya nunca volverá a ser lo que antes fue».
(T.13.X.14.3, pág. 294)

«Los milagros ocurren naturalmente como expresiones de amor».


(T.1.I.3.1, pág. 3)

Reflejan un cambio en nuestra manera de pensar, un cambio que libera el poder de la


mente hacia los procesos de sanación y rectificación.

Esta sanación asume muchas formas. A veces, un milagro es un cambio en las


condiciones materiales, como puede ser una curación física. Otras veces es un cambio
psicológico o emocional. Y no tanto un cambio en una situación objetiva -aunque con
frecuencia también eso ocurra- como en la forma en que nosotros la percibimos. Lo
que cambia es, principalmente, la manera como se nos aparece en la mente una
experiencia, es decir, la vivencia que tenemos de ella.

El mundo humano, con nuestra absoluta concentración en el comportamiento y en todo


lo que acontece fuera de nosotros, es un mundo engañoso. Es un velo que nos separa
de un mundo más real, un sueño colectivo. El milagro no consiste en disponer de otra
manera las imágenes del sueño. El milagro es despertarnos.

Al pedir milagros, lo que buscamos es un objetivo práctico: un retorno a la paz


interior. No pedimos que cambie nada externo a nosotros, sino algo que está en nuestro
interior. Vamos en busca de una perspectiva vital más suave, más tierna.

La vieja física newtoniana sostenía que las cosas tienen una realidad objetiva
independiente de cómo las percibimos. La física cuántica, y más especialmente el
principio de incertidumbre de Heisenberg, nos revela que a medida que nuestra
percepción de un objeto cambia, el objeto mismo, literalmente, también cambia. La
ciencia de la religión es la ciencia de la conciencia, porque en última instancia toda
creación se expresa por mediación de la mente. Así pues, tal como se afirma en Un
curso de milagros, nuestra herramienta más eficaz para cambiar el mundo es nuestra
capacidad para «cambiar de mentalidad con respecto al mundo.»

Como el pensamiento es el nivel creativo de las cosas, cambiar la mente es la


potenciación personal fundamental. Aunque escoger el amor en vez del miedo sea una
decisión humana, el cambio radical que ésta produce en todas las dimensiones de
nuestra vida es un regalo de Dios. Los milagros son unas "intercesiones en nombre de
nuestra santidad", procedentes de un sistema de pensamiento que se encuentra más allá
del nuestro. En la presencia del amor, las leyes que rigen el estado normal de las cosas
quedan superadas. El pensamiento que ya no tiene ningún límite nos aporta una
experiencia que ya no tiene ningún límite.

Nuestra herencia son las leyes que rigen el mundo en que creemos. Si nos
consideramos seres de este mundo, entonces nos regirán las leyes que lo rigen: las de
la escasez y la muerte. Si nos consideramos hijos de Dios, cuyo verdadero hogar se
encuentra en un nivel de conciencia allende este mundo, nos percataremos entonces de
que «no nos gobiernan otras leyes que las de Dios».

Nuestra percepción de nosotros mismos determina nuestro comportamiento. Si


creemos que somos criaturas pequeñas, limitadas, inadecuadas, tenderemos a
comportarnos de esa manera, y la energía que irradiemos reflejará esa creencia, no
importa lo que hagamos. Si pensamos que somos criaturas magníficas, con una
abundancia infinita de amor y de capacidad de dar, entonces tenderemos a conducirnos
de esa manera, y la energía que nos rodee reflejará nuestro estado de conciencia.

"Los milagros, como tales, no se han de dirigir conscientemente." Se producen como


efectos involuntarios de una personalidad amorosa, de una fuerza invisible que emana
de alguien cuya intención consciente es dar y recibir amor. A medida que nos
liberamos de los miedos que bloquean el amor que llevamos dentro, nos convertimos
en instrumentos de Dios, en Sus obradores de milagros.

Dios, en cuanto amor, se expande constantemente, floreciendo y creando nuevas


pautas para la expresión y el logro del júbilo. Cuando a nuestra mente, centrada en el
amor, se le permite que sea un canal abierto por el que Dios se expresa, nuestra vida se
convierte en el medio de expresión de ese júbilo. Este es el significado de nuestra vida.
Estamos aquí como representaciones físicas de un principio divino. Decir que estamos
en la tierra para servir a Dios significa que estamos en la tierra para amar. No fuimos,
sin más, arrojados al azar sobre un mar de rocas. Tenemos una misión, que es salvar al
mundo mediante el poder del amor. El mundo tiene una desesperada necesidad de
sanar, como un pájaro con un ala rota. La gente lo sabe, y los que han rezado son
millones.

Dios nos ha oído. Y envió ayuda. Te envió a ti. Convertirse en un obrador de milagros
significa tomar parte en un movimiento espiritual clandestino que está revitalizando el
mundo, participando en una revolución de sus valores en el nivel más profundo
posible. Esto no quiere decir que hayas de anunciárselo a nadie. Un miembro de la
resistencia francesa no iba a enfrentarse con un oficial del ejército alemán que había
ocupado París para decirle: «Hola, soy Jacques, de la Resistencia francesa». De la
misma manera, tú no le cuentas a gente que no tiene la menor idea de lo que estás
diciendo que has cambiado, que ahora trabajas para Dios, que Él te ha enviado con una
misión de sanador y que el mundo ha de prepararse para grandes cambios. Los
obradores de milagros aprenden a guardar silencio. Es importante saber que cuando se
habla de la sabiduría espiritual en un momento o lugar inadecuado, o con una persona
inadecuada, el que habla más parece un necio que un sabio.

El Curso, cuando habla del plan de Dios para la salvación del mundo, lo llama "el plan
de los maestros de Dios". El plan llama a los maestros de Dios a sanar el mundo
valiéndose del poder del amor. Esta enseñanza tiene muy poco que ver con la
comunicación verbal, y todo que ver con una cualidad de la energía humana. «Enseñar
es demostrar.» Un maestro de Dios es cualquiera que opte por serlo. «Los maestros de
Dios proceden de todas partes del mundo y de todas las religiones, aunque algunos no
pertenecen a ninguna religión. Los maestros de Dios son los que han respondido.» La
frase «Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos» significa que "a todos se
los llama, pero pocos se preocupan por escuchar". La llamada de Dios es universal, se
emite para todas las mentes en todo momento. Sin embargo, no todos optan por
atender a la llamada de su propio corazón. Como demasiado bien lo sabemos todos,
poco les cuesta a las voces chillonas y frenéticas del mundo exterior sofocar la tímida
vocecita interior del amor.

Nuestro trabajo como maestros de Dios, si decidimos aceptarlo, consiste en buscar


constantemente, en nuestro interior, una mayor capacidad de amor y de perdón.
Hacemos esto mediante una «forma selectiva de recordar», mediante una decisión
consciente de recordar únicamente los pensamientos amorosos y de desaferrarnos de
cualesquiera pensamientos atemorizantes. Este es el significado del perdón, una
importante piedra angular de la filosofía de Un curso de milagros. Como muchos de
los términos tradicionales usados en el Curso, también éste se utiliza de una manera
nada tradicional.

Tradicionalmente, pensamos que perdonar es algo que debemos hacer cuando creemos
que alguien es culpable de algo. En el Curso, sin embargo, se nos enseña que nadie es
culpable, que no hay culpa, porque sólo el amor es real. Nuestra función consiste en
ver, a través de la falsa idea de la culpa, la inocencia que está más allá. «Perdonar no
es otra cosa que recordar únicamente los pensamientos amorosos que diste en el
pasado, y aquellos que se te dieron a ti. Todo lo demás debe olvidarse.» Lo que se nos
pide es que extendamos nuestra percepción más allá de los errores que nuestras
percepciones físicas nos revelan -lo que alguien hizo, lo que alguien dijo-, para captar
la santidad en ellos que sólo el corazón nos revela. Entonces, de hecho, no hay nada
que perdonar. Lo que tradicionalmente se ha entendido por perdón -lo que en el Canto
de la oración se llama «perdón para destruir» es, por lo tanto, un acto de
enjuiciamiento. Es la arrogancia de alguien que se ve a sí mismo como mejor que otra
persona, o quizá como igualmente pecador, lo que sigue siendo una percepción errónea
y una expresión de la arrogancia del ego.

Como todas las mentes están conectadas, que alguien rectifique su percepción es, en
algún nivel, una sanación de la mente de la raza humana como tal. La práctica del
perdón es la contribución más importante que podemos hacer a la sanación del mundo.
De personas enfadadas no se puede esperar que creen un planeta pacífico. A mí me
divierte recordar cómo me enojaba cuando la gente no quería firmar mis escritos en
petición de la paz.

El perdón es un trabajo de dedicación completa, y a veces muy difícil. No


conseguimos perdonar siempre, pero hacer el esfuerzo es nuestra vocación más noble.
Es la única probabilidad real que podemos ofrecer al mundo de volver a empezar. Un
perdón radical es una liberación completa del pasado, tanto respecto a las relaciones
personales como respecto a las tragedias colectivas.

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