Buster “El Tractor” Douglas (1965-¿?
Decía Norman Mailer que el campeón mundial de los pesos pesados era el dedo meñique
del puño de Dios. El 3 de junio de 1990, cuando Mike Tyson pegaba tan duro que la
afirmación de Mailer parecía precisa, un desconocido Buster Douglas lo noqueó en el
décimo asalto y obtuvo el campeonato mundial de los pesados, para perderlo cuatro meses
después contra Holyfield. Un campeonato tan efímero que no alcanza para un lugar en el
puño de Dios, a lo sumo para el título de el hombre que rompió su dedo más débil, un título
que parece excesivo cuando me recibe en uno de los descansos del reality show Pounds for
Money, un programa en el que ex famosos caídos en la obesidad y la ruina económica se
someten a ejercicios y dietas humillantes a cambio de 10.000 dólares por cada libra de peso
perdido.
Douglas pesa 417 libras, una obesidad casi mórbida que no le impide disfrutar de una
alegría sencilla: en la báscula del programa ganó 20.000 dólares que le permitirán pagar un
seguro médico. En este sobrepeso y en la celebración de unos miles de dólares han
terminado los 25 millones que recibió para enfrentar a Hollyfield y que se esfumaron en
medio de negocios fracasados, maniobras contables de sus apoderados y un divorcio.
Cuando le pregunto por las razones de esta caída desde la cima del boxeo al sótano de los
formatos televisivos (Pounds for Money es el reality que menos paga a sus participantes, es
decir la ratonera del sótano de la televisión norteamericana) no hay en su respuesta drogas,
estadías en la cárcel, o indemnizaciones para evitar denuncias por violación: “Me casé
enamorado y sin un centavo. Jamás pensé ganarle a Tyson, ser millonario y entregar todo
a mi esposa”. Una respuesta que revela un lado inesperado en la personalidad del hombre
que rompió el dedo meñique del puño de Dios: su trivialidad moral.
Douglas no participa de los extremos morales de la historia del boxeo, un deporte en el que
las ejecuciones sublimes conviven muy de cerca con los fangos morales. Como su
campeonato, su moralidad es fácilmente olvidable. No tiene la nobleza de tipos como Floyd
Patterson, incapaz de odiar y transmitirlo con la mirada agachaba la cabeza frente a sus
rivales mientras el juez le daba las recomendaciones segundos antes del combate, o la de un
Larry Holmes cuando derrotó a Alí y dejó para el mundo la imagen de un campeón
mundial de pesos pesados capaz de llorar de tristeza al final de una pelea que ha ganado al
hombre que era su ídolo y del que incluso fue su sparring.
Tampoco tuvo tiempo de caer hasta el fondo que tocaron otros campeones, como Liston,
con una pegada capaz de dejar los dientes de su rival pegados al protector bucal y luego
consumido por la heroína y reportado por el forense como muerto a una edad de 50 años
cuando murió de apenas 35; o Joe Louis, enganchado la cocaína cuando años antes había
derrotado a todos los pesos pesados de cierto peligro para su reinado y tuvo que contentarse
con peleas mensuales con verdaderos perdedores con la única intención de mantenerse en
forma; o Muhammad Alí capaz de construir frases geniales en un segundo para responder a
sus críticos y humillar a sus rivales, convertido en un monigote que recita a pie juntillas los
libretos que le escriben los jefes de la Nación del Islam; o Mike Tyson, a los 20 años el
dedo meñique del puño de Dios, incapaz de entender el rechazo de una jovencita,
encarcelado por violación, luego de vuelta al boxeo para abandonarlo como un perro con un
pedazo de la oreja de Holyfield entre los dientes; o Monzón, que no conocía la diferencia
entre el boxeo y la vida y que arriba del ring repartía las mismas golpizas que les daba a sus
mujeres.
las dosis exactas de bondad y violencia que encontraríamos en un empleado público, en un
ama de casa o en un profesor de matemáticas que se casan enamorados y que no esperan
firmar un contrato de 25 millones de dólares después de romper el dedo meñique del puño
de Dios… y mucho menos ni tan siquiera sueñan tocarlo.
Esta trivialidad moral de Douglas no cabe en la historia del boxeo, hecha de cumbres y
caídas. Los cuatro golpes con los que noqueó a Tyson en el décimo asalto lo hicieron
campeón mundial por cuatro meses, en el tiempo de los mortales. En el tiempo de boxeo,
hecho de rounds, de títulos, de defensas, de derrotas, de retiradas y retornos a la gloria,
apenas fue campeón mundial por dos asaltos y medio hasta que Holyfield demostró que
esos cuatro golpes habían sido apenas un lapso insignificante en el que la gran historia del
boxeo, la gran historia de su moral, se suspendió por 8 minutos y medio, para dar lugar a un
tipo con las dosis exactas de bondad y violencia que encontraríamos en un empleado
público, en un ama de casa o en un profesor de matemáticas que se casan enamorados y que
no esperan firmar un contrato de 25 millones de dólares después de romper el dedo
meñique del puño de Dios… y mucho menos ni tan siquiera sueñan tocarlo.
Entonces, sin altura tampoco hay caída dolorosa: cuando estaba demasiado obeso
para que el retorno del primer verdugo de Tyson fuera creíble para el público y los
empresarios, se convirtió en conferencista en las escuelas secundarias como parte del
agresivo programa contra la obesidad infantil que lanzó el gobierno de Clinton.
Cuando habla de este paso por las escuelas secundarias como conferencista, el primer
escalón de un descenso hasta el sótano de Pounds for Money, Douglas no puede evitar
unirlo a la efímera gloria de 8 minutos y medio que conquistó en el boxeo: “Fui el primero
en ganarle a Tyson, y también el primero que no sintió vergüenza de mostrarse como un
gordo”, me dice y suelta una carcajada que anuncia una canción de las que cantan los
negros en las calles de Nueva Orleans, pues en él los dotes naturales del negro para el canto
se unen a la caja torácica de un hombre de 1,90 con problemas de obesidad, lo que produce
una particular amplificación su risa. Aunque si miramos el paso de Douglas por el
programa contra la obesidad, esta risotada que tomada sin más sugeriría que fue un paso
divertido parecería más bien la de un hombre que ha acabado por aceptar el ridículo al que
fue sometido.
Entre 1995 y 2000 Douglas fue sometido a dos ridículos inaceptables para un
hombre que ha roto el dedo meñique del puño de Dios. Primero, cuando fue presentando
como un auténtico desconocido que sólo tenía valor por medir 1, 90 y pesar trescientas
cincuenta libras (en muchas escuelas Tyson era una leyenda y presentarse con esa
apariencia como el primer hombre que lo derrotó era tomado como el invento de un
timador), lo que fue rápidamente superado por Douglas con ayuda de la tecnología:
“Primero presentaba el video de los grandes momentos de la pelea con Tyson y así me
aseguraba la atención del público que no entendía cómo en menos de cinco años ese atleta
que había convertido en el hombre de trescientas cincuenta libras que les recomendaba no
tomar refrescos y tener cuidado con las hamburguesas”.
El segundo ridículo llegó cuando el gobierno republicano de Bush consideró que el
programa contra la obesidad juvenil de Clinton era una intromisión inaceptable del Estado
en la libertad de los ciudadanos para atiborrarse con hamburguesas, pizzas y perros
calientes, y lo sustituyó por otro en el que los conferencistas en las escuelas eran ex
presidiarios, drogadictos, protagonistas de quiebras financieras, y, cómo no, un Mike Tyson
rehabilitado, todos con la única finalidad de moralizar la vida de los jóvenes y obesos
estudiantes advirtiéndoles, con testimonios que incluían la exposición de las heridas
recibidas con toda clase de armas artesanales, sobre los peligros que les esperaban en las
cárceles. De nuevo la trivialidad moral de Douglas, incapaz de alcanzar las más altas
cumbres del vicio o de la virtud, lo había dejado por fuera de la historia. Sin embargo,
Douglas no se conforma con esta explicación filosófico-ético-política, y revela una lúcida
conciencia ciudadana que combina con el anhelo por significar algo de nuevo, como en
esos dos meses ( u ocho minutos y medio, depende cómo se mire) en los que fue campeón
mundial de los pesos pesados: “Para nadie es un secreto; sin gordos nadie votaría por los
republicanos y tampoco serian ricos; los republicanos son dueños de esas compañías que
venden las porquerías que tienen a la gente así, de las empresas de seguros que nos
cobran fortunas por los tratamientos médicos, y de los canales de televisión que pagan
contratos miserables a los gordos para que otros gordos se burlen de nosotros. Cortaron
el programa porque yo me había vuelto peligroso para ellos con mis conferencias”.
Douglas recibió el siglo XXI con un balance financiero negativo: entre 1990 y el
año 2000 había perdido dinero a razón de 2.5 millones de dólares por año. Se mantenía con
las pocas ganancias que le dejaban las ventas de su video How to beat to Myke Tyson, que
se promocionaba como los 25 pasos para convertir a un pobre diablo en el hombre capaz de
fracturar el dedo meñique del puño de Dios, y que cuando a finales de los 90 Tyson empezó
a perder peleas contra desconocidos disparó su ventas. Este éxito comercial que lo mantuvo
a flote durante algunos años no se desliga en la mitología personal de Douglas del hecho de
haber significado algo para una multitud: “Nadie me lo reconoce. Pero gracias a mí los
flacuchentos y obesos creyeron que podían vencer a Tyson. Yo le di esperanza al hombre
de la calle; esto es América profesor: un tipo como yo trabajó años para conseguir esa
pelea, conecté cuatro golpes, y luego millones pensaron que podía conseguirlo con un
video que hice”, me dice con un gesto de solemnidad académica propio de los sociólogos
que disertan sobre las contradicciones del sueño americano.
Luego del pleito del segundo divorcio, los abogados se quedaron con la mitad de los
derechos por las ventas del video y de paso uno de ellos también con su esposa, por lo que
Douglas se entregó definitivamente a la quiebra financiera y a la depresión, una
combinación que, para los medios, culminó en un intento de suicidio: en el 2003 Douglas
fue encontrado inconsciente en su casa por una de sus hijas, y de acuerdo al reporte médico
había consumido una mezcla de ansiolíticos y alcohol en una cantidad tal que apenas el
cinco por ciento de los casos ingresados a las unidades de urgencias consiguen salvar sus
vidas. La versión del intento de suicidio Douglas la niega en privado (sabe que la capacidad
de incidencia de un profesor de una universidad privada latinoamericana en las versiones
elaboradas por los medios norteamericanos es nula, y me da su versión
desprevenidamente): “Es verdad que estaba deprimido, también es verdad que tomaba
ansiolíticos, y que bebía como un loco; todo es cierto, pero jamás pensé en suicidarme;
sólo bebí una noche demasiado, y recuerdo quedarme dormido con una sensación de
placer muy extraña; luego el médico de urgencias, que tal vez estaba por finalizar su turno
y sólo pensaba en llegar a su casa a dormir y cogerse a su esposa y no tenía demasiado
tiempo para investigar, dijo intento de suicido”.
Es entendible que Douglas no se haya molestado en negar las versiones que circularon en
los medios sobre un intento de suicidio. El suicido es un extremo moral, de hastío,
cobardía, o valentía, según el observador, pero en todo caso un extremo, que rompió con la
trivialidad moral que había expulsado a Douglas de la gran historia del boxeo y de la de los
conferencistas en las escuelas secundarias. Luego de la noticia, recibió un cheque del
Consejo Mundial de Boxeo para los campeones caídos en desgracia, Tyson y Holyfield se
reencontraron para una cena benéfica en honor a Douglas, lo que llenó la cena de invitados
interesados en una foto con los dos supercampeones y no tanto en compartir con Douglas, y
en un arranque de culpa una de sus ex mujeres le devolvió el pequeño gimnasio en
Filadelfia en el que se había iniciado como boxeador amateur y que fue de su propiedad
antes de perderlo en un pleito de divorcio.
La pequeña visibilidad que le dio la industria del escándalo y la caridad que mueve a
Norteamérica le sirvió a Douglas para asegurar la educación universitaria de sus cuatro
hijas (¿se necesita otra prueba de la trivialidad moral de nuestro héroe que esta aspiración
tan de la clase media?) y para entrar al negocio de la internet con un primo al que ayudó a
pagar un préstamo universitario cuando disfrutaba de sus ochos minutos de gloria. Crearon
una página de internet en la que daban concejos sobre cómo prevenir lo que llamaron las
tres plagas de Estados Unidos: la diabetes, el suicidio y la obesidad. “La página me deja
30.000 dólares libres el año, lo que es poco cuando piensas que cada uno de los cuatro
golpes con los que tumbé a Tyson me fueron pagados a 6.250.000 dólares cada uno; pero
no tengo Parkinson, mis palabras se entienden todas y recuerdo mi infancia, lo que
muchos boxeadores pobres o multimillonarios no pueden decir una vez se retiran del
boxeo y tienen apenas 40 años”, es el balance que Douglas hace de este resurgir, con la
alegría propia de la clase media de los suburbios que sospecha que arriba o abajo, y por
razones muy distintas, hay gente que la pasa mucho peor.
Han terminado las dos horas de descanso y debe empezar grabaciones de nuevo, y al tráiler
entra a recordárnoslo Osmin, un entrenador físico de las tropas elite de la marina de los
Estados Unidos que es famoso en la televisión porque antecede todos los insultos posibles
con la palabra gordo. Contrario a lo que se ve en el programa Osmin es amigable para
invitarlo a reiniciar las grabaciones: –Gordo, dale un beso a tu amigo y muévete, no quiero
que pierdas esos 20.000 la otra semana- a lo que Douglas responde con una manoteo y una
sonrisa que me recuerda a los niños cuando los invitas a leer un libro.
Douglas me regala tres autógrafos (un o en la edición de la revista The Ring en la que
aparece en portada, otro en mi copia de How to beat to Myke Tyson y el tercero en unos
guantes de boxeo que compré cuando supe que lo entrevistaría) y salimos juntos del tráiler.
Cuando lo veo estirando al aire libre para iniciar los ejercicios con Osmin pienso en que
hay muchas cosas que no le he dicho en esta entrevista pero que Douglas sabe: que se dice
que Tyson no se había entrenado en absoluto pues era tan poco el respeto por Douglas que
para esa pelea pasó más tiempo con prostitutas y en casinos que un gimnasio, que se
sospecha que Tyson ganó en apuestas más dinero perdiendo (las apuestas estaban 42 a 1 en
contra de Douglas y se dice que Tyson y sus apoderados habían apostado varios millones
en contra del propio Tyson), que los periodistas especializados explicaron la derrota
argumentando que Tyson se entrenaba para acabar los combates en los primero asaltos y
que él único mérito de Douglas fue llevarlo hasta el décimo y apenas darle cuatro
empujones a un Tyson físicamente acabado que igual no hubiera salido a combatir en el
onceavo asalto, que dicen los historiadores del boxeo que esa noche en Tokio fue la peor
versión de Tyson….He callado porque son todas conjeturas que en nada cambian el
resultado que esa noche millones vimos por la televisión, tampoco lo que luego fue la vida
de Douglas; además porque soy inglés, católico hijo de irlandeses, y no hay nada que tema
más que el puño de Dios sobre mi cabeza y cuando un sencillo hombre ha roto uno de sus
dedos merece toda nuestra admiración.