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Argentina: entre la reglamentación y el abolicionismo
EL PATCH-
WORK
LEGAL
SOBRE LA
PROSTITUC
IÓN
Por Marisa Tarantino
Agustina Iglesias Skulj
La pregunta por el estatuto de la prostitución es un parteaguas
en los feminismos. La “sex war” se reavivó en la Argentina
ante la fallida posibilidad de que las trabajadoras sexuales
pudieran registrarse como miembras de la economía popular.
Las abogadas Marisa Tarantino y Agustina Iglesias Skulj
historizan la discrepancia. Desde una perspectiva de derechos
humanos, sexualidad y poder repasan nuestras leyes y tratados
con sus contradicciones. Se paran en el lugar incómodo (“con
las abolicionistas nunca nos pondremos de acuerdo”) y
argumentan por qué es urgente desarmar el fetichismo legal.
Fotos Alexandra Sánchez Hernández
Hace unas semanas el gobierno nacional abrió la posibilidad de que lxs
trabajadorxs de la economía popular pudieran ser registradxs. Esta medida
implicaba la posibilidad de conocer con mayor certeza cuántas personas
forman parte de este colectivo y poder diseñar sobre base firme una política
que contemple las situaciones particulares en cuanto a la informalización de
sus economías. A quienes ven precarizarse su vida y sus ingresos, el
registro les permite acceder a las herramientas creadas desde el Estado
para mitigar su situación actual en el contexto de la pandemia.
El formulario diseñado tenía un casillero para completar qué tipo de
actividad laboral realizaba la persona a registrarse. Entre las 200 opciones
posibles incluía la de “trabajador/a sexual (cuentapropista)”. Apenas
habilitado se registraron más de 800 personas como trabajadorxs sexuales.
Mientras tanto, las redes estallaron: la militancia abolicionista salió a
denunciar la existencia de ese casillero y este hecho no tardó en llegar a las
esferas políticas comprometidas en la decisión. Unas horas después, el
formulario completo se había caído de la red y no volvió a restablecerse.
Todo el colectivo de trabajadorxs de la economía popular perdió la
posibilidad de visibilizarse y de ser reconocidxs como parte del tejido
productivo de este país.
Entre las denuncias de lxs abolicionistas, se destacó la intervención del
Presidente del Comité Ejecutivo para la lucha contra la trata de personas
que tuitió “Con el Ministro @LicDanielArroyo coincidimos: de acuerdo a
nuestra legislación y convenios internacionales, la prostitución no es trabajo.
El formulario ya fue bajado”.
¿Qué significa que Argentina, de acuerdo a sus leyes, no puede considerar
la prostitución como un trabajo? ¿Qué significa que este país sea
abolicionista?
El debate de los feminismos
La pregunta por el estatuto de la prostitución es un parteaguas en los
feminismos, tanto en nuestro país como en otras latitudes. El origen de este
antagonismo data de fin del siglo XIX, pero recién en los años 70 logró
visibilidad. En esos años, la sexualidad de las cismujeres había tomado un
lugar central en la reflexión feminista, y las diferentes posiciones en ese
debate dieron lugar a lo que se conoce como sex wars. La polémica se dio
especialmente en los Estados Unidos, pero su influencia teórica y política,
como señala Marta Lamas, enmarcó la disputa feminista en todo el mundo.
La discusión enfrentaba dos paradigmas teórico/políticos: por un lado, se
encontraban las teorizaciones del feminismo radical (en su
vertiente cultural), que concibe la sexualidad de las mujeres como un ámbito
que refuerza, a la vez que constituye, las jerarquías de género. La
sexualidad se describe como el ámbito donde se expresan todas las
desigualdades y explotaciones de las que son víctimas las mujeres, de allí
que la prostitución y la pornografía se consideren como expresiones
violentas de dominación masculina, donde el consentimiento no puede tener
lugar.
Frente a este paradigma se alzó la crítica del feminismo prosexo y del
movimiento de trabajadorxs sexuales y otrxs feminismos que discutían la
pretensión de universalidad de la experiencia del feminismo radical y su
concepción de un patriarcado histórico, liso y homogéneo.
Estos otros sujetos del feminismo incorporan diversos ejes de opresión
(clase, racialización, edad, religión, su relación con el poder punitivo) y
visibilizan los privilegios desde los cuales el feminismo institucionalizado
diseña las intervenciones. Lxs trabajadorxs sexuales se organizaron para
resistir a la criminalización y estigmatización de sus economías y de sus
formas de vida.
Desde las sex wars hasta la actualidad se pueden reconocer muchos
avances. Pero los feminismos no han alcanzado consensos acerca de cómo
conceptualizar la prostitución, y es probable que nunca nos pongamos de
acuerdo. La razón es sencilla: las discrepancias feministas en torno al
problema de la prostitución son una consecuencia directa del
enfrentamiento de dos paradigmas irreconciliables; no solo respecto a la
forma de concebir la sexualidad, sino también el poder.
¿Qué tienen que ver las leyes con ésto?
Como argumento de peso para invalidar el reconocimiento del trabajo
sexual, el abolicionismo apela al argumento de que nuestro país ya
tomó una decisión al momento de la ratificación de diversos instrumentos
internacionales. Entre los más citados para respaldar esa afirmación, está
el Convenio para la represión de la trata de personas y de la prostitución
ajena (del año 1949) firmado por menos de diez países y ratificado por
Argentina en 1957 durante un gobierno de facto y sin representación de las
mujeres.
Este instrumento parte del postulado abolicionista que pretende acabar con
las normas que reglamentan la prostitución al considerar que la intervención
estatal legitima la explotación sexual de las mujeres. El Convenio obliga a
los Estados a derogar el “modelo reglamentarista” (normas que habilitan
controles sanitarios, policiales y administrativos sobre esta actividad) y a
dictar leyes penales que sancionen a quienes obtienen beneficios del
ejercicio de la prostitución ajena. Este último objetivo, al momento de la
ratificación del Convenio ya se encontraba cumplido, puesto que nuestras
leyes penales contemplaban las conductas de proxenetismo desde 1921.
Sin embargo, el primero de los compromisos -el más esgrimido por el
abolicionismo- nunca logró concretarse en Argentina, ya que todavía están
vigentes a nivel nacional y local diversas normas que reglamentan y
prohiben la prostitución.
Es recurrente situar esta discusión en lo que se conoce como los “modelos
legales”. Ellos son: el prohibicionismo –que propone sancionar a la persona
que ofrece los servicios sexuales y abarca todos los intercambios–,
el reglamentarismo o regulacionismo –un régimen disciplinario que
establece controles médicos y administrativos a las prostitutas para evitar,
por ejemplo, la transmisión de enfermedades venéreas–, el abolicionismo –
que considera que la prostitución es degradante en sí misma, pero propone
sancionar solo a quienes se benefician del ejercicio de la prostitución ajena–
y la legalización –estrategias de descriminalización y reconocimiento de
derechos laborales para las trabajadoras sexuales–.
Estos modelos suelen ser citados para ilustrar las intervenciones estatales
dadas en distintos momento de la historia y en diferentes países. Pero
cuando se argumenta que Argentina es abolicionista en virtud de
una obligación legal, se esconde que hay legislaciones vigentes que
conforman un patch-work de elementos reglamentaristas, prohibicionistas y
abolicionistas que criminalizan el ejercicio autónomo de la prostitución.
En el caso de la prostitución, a diferencia de lo que ocurre con otros delitos,
la intersección de estas normativas hace que se considere que hay
explotación aun cuando exista consentimiento y
no se presenten situaciones de violencia. ¿Esta interpretación supone que
en el ámbito de la sexualidad la mujer no tiene capacidad jurídica de
consentir? ¿El abolicionismo busca perseguir a lxs tercerxs que explotan el
trabajo sexual o impedir el ejercicio del trabajo sexual en sí? Estas no son
preguntas retóricas. Al contrario: generar las respuestas es urgente.
Si nos enfocamos en lo que dice la ley, el ejercicio autónomo de la
prostitución no está tipificado como delito pero sí el proxenetismo. Sin
embargo, existen normas que criminalizan el trabajo sexual autónomo. Por
ejemplo, la prohicibición de la publicidad de la oferta sexual (Decreto
936/2011). Y a nivel provincial, están los códigos contravencionales que en
21 de las 24 provincias argentinas la persiguen, con penas de arresto o de
multa.
CABA reglamenta y prohibe al mismo tiempo: persigue la prostitución
cuando la oferta o la demanda sea “ostensible” y se realice fuera de los
espacios habilitados por el artículo 81. Estas normas de carácter local
utilizan categorías tales como “vicio sexual”, “moral pública”, “escándalo” u
“orden público”, lo que da lugar a la arbitrariedad policial, la discriminación y
la informalidad de los procedimientos; en suma, al aumento de la violencia
institucional. Esto también se manifiesta al momento de aplicación de las
normas dictadas por algunos municipios dirigidas a la clausura de las
llamadas “whiskerías”. Esta medida puede interpretarse como
antireglamentarista, pero en la práctica funcionó no sólo para acabar con
esos establecimientos, sino para allanar y cerrar departamentos donde se
ejercía el trabajo sexual independiente.
La vigencia de dichas normativas junto a las manifestaciones del
abolicionismo que afirma que su acción está orientada a la derogación de
aquellas y por lo tanto, no buscan criminalizar a lxs trabajadorxs sexuales,
¿por qué siguen invocando el Convenio de 1949 para negar el
reconocimiento del trabajo sexual autónomo?
Esa Convención no tiene por finalidad proteger los derechos humanos de
las mujeres que se dedican a la prostitución. En cambio, los instrumentos
que fueron sancionados después, como la Convención Americana sobre
Derechos Humanos, el Pacto Internacional de Derechos Económicos,
Sociales y Culturales, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos
o la Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación
contra la Mujer (enumerados en el Artículo 75 inc.22 de nuestra
Constitución) sí contemplan sus derechos (a no ser discriminadxs, a la
salud, a la vivienda, al trabajo, a la integridad física, a no ser arbitrariamente
detenidxs, a la identidad de género, a los derechos sexuales y
(no)reproductivos, a la igualdad ante la ley, al acceso a la justicia y a una
vida libre de violencias).
El fetichismo legal y sus métodos
¿Argentina es un país abolicionista? La pregunta no puede responderse con
la mera invocación de las leyes vigentes o con modelos idealizados. En el
ámbito de la prostitución, es necesario ampliar la mirada para visibilizar qué
efectos concretos tiene ese conjunto de normas en la vida de las mujeres
(cis, trans y travestis) que reclaman para sí el reconocimiento de esta
actividad como trabajo.
Los argumentos que se construyen sobre la base de los modelos no
permiten dar cuenta de lo que sucede más allá de la rigidez del
pensamiento jurídico, que organiza la realidad entre lo “legal” y lo “ilegal”.
Así, la mera invocación de la posición abolicionista asumida por nuestro
país en tratados internacionales, no es más que un dogma que impide el
análisis de los efectos materiales de la aplicación de ese patch-
work normativo que clandestiniza la vida cotidiana de lxs trabajadores
sexuales.
Tal como denuncian lxs trabajadorxs sexuales, durante los últimos 12 años
se pudo constatar la capilarización de los procesos de criminalización de
esta actividad, a partir de las políticas contra la trata. Así, frente a la
invocada adhesión de nuestro país al “modelo abolicionista” y en particular,
el Convenio de 1949, esas denuncias apuntan al aumento de la
estigmatización y de la precarización que ya pedecían mujeres cis, trans y
travestis. Las políticas anti-trata poco o nada han tenido que ver con la
posibilidad de ampliar el acceso a derechos o de obtener otras opciones
laborales para quienes así lo reclaman. Esas políticas están planteadas
como un juego de suma cero y son incompatibles con la reivindicación del
trabajo sexual autónomo y los derechos de las mujeres en situación de
prostitución.
Quienes incluso frente a estas evidencias siguen sosteniendo que el trabajo
sexual no puede ser reconocido como trabajo porque “Argentina es
abolicionista”, desconocen que las características asignadas a la
prostitución operan, en realidad, como regímenes específicos de
criminalización y estigmatización que marginan y oprimen a lxs trabajadorxs
sexuales. Dicho de otro modo: en la prostitución, como en cualquier otro
trabajo, pueden darse situaciones de explotación; sin embargo, nadie
discutiría que reconocer derechos laborales le quitaría impunidad a esa
explotación.
Hay que desarmar ese fetichismo legal. Entre sus efectos está el
silenciamiento de las voces involucradxs, la inhabilitación de las
experiencias vitales que se producen en ese ámbito y la negación de las
contradicciones que existen detrás de las normas que se proclaman
abolicionistas. El abolicionismo nunca cumplió con sus objetivos y perpetúa
su gobierno negando los derechos humanos de quienes se dedican a esta
actividad.