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La Felicidad Estaba Aquí Edurne Cadelo

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La felicidad estaba aquí (a la distancia exacta)


Diciembre de 2024
© de la obra Edurne Cadelo
[Link]
edurnecadelo@[Link]
Instagram: @lacadelo
Facebook: Edurne Lacadelo
Corrección: Gemma Iglesias | gemma.iglesias222@[Link]
Diseño de cubierta, diseño interior y maquetación:
Nerea Pérez Expósito | [Link]
No se permitirá la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema
informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico,
mecánico, por fotocopia, por grabación o por otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de su
autor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad
intelectual (art. 270 y siguientes del Código Penal).
.
Para mi yaya.
Siempre recordaré aquellos veranos entre montañas contigo.
.
«Lo que uno ama en la infancia
se queda en el corazón para siempre».
Jean-Jacques Rousseau
PRÓLOGO

Me quito las sandalias y huyo por la parte de atrás.


La bisagra del portón de la consulta está tan oxidada que chirría más de la
cuenta. Me encojo de hombros como si así fuera a envolverme una cortina
de humo y pudiera pasar desapercibida a los ojos de cualquiera, en especial
a los de mi madre, que no tardará en echarme en falta en el salón. Solicitará
mi ayuda para servir la segunda ronda de cafés y me obligará a volver a
sonreír a los invitados. No a todos por igual. En particular solo quiere que
sonría a uno. «Hasta que la mandíbula te duela». Esas han sido las palabras
que no ha parado de repetirme mi progenitora los últimos días. Como si
mostrarle mis dientes a ese señor, aunque nada de lo que pronuncie tenga
ninguna gracia, me fuera a garantizar una vida llena de dicha y prosperidad
en este país que agoniza de precariedad, rencores y hambre. «Las mujeres
no hablan de política, solo escuchan». Esa es otra de sus advertencias. Dios
no quiera que sea capaz de compartir mi humilde opinión, porque una cosa
es que no se pueda tocar un tema vetado para mí y otra muy distinta, que mi
mente esté vacía de criterio propio. Parece ser que en esta época está feo
que los privilegiados mentemos la situación de los que no gozan de nuestros
privilegios.
Mis pies pisan la hierba recién segada. La tierra, más seca de lo habitual
para estos primeros días de verano, se me adhiere a los dedos. Los
pulmones se me van llenando de aire y el espíritu de paz. Respiro. Cierro
los ojos. Sonrío. Ahora sí. Sin fingir que disfruto escuchando las tediosas
conversaciones que tiene el doctor Tomás Díaz de Villegas con mi padre
sobre enfermedades respiratorias crónicas, vacunas, tuberculosis y el
Régimen.
Atravieso nuestra finca por el lado derecho, alejándome de la pared de
piedra que separa nuestra propiedad de la de los Martín. Desde el ventanuco
de nuestra cocina, si te colocas en el ángulo correcto, divisas casi toda la
extensión de la linde. Y si mi madre me ve escapando, se la llevarán los
demonios.
Cuando llego a mi refugio, donde muere la tapia de piedra a los pies del
monte, me agacho y paso las manos por la hierba. Una suave ráfaga de
cosquillas, como la brisa que se abre paso en el valle las tardes estivales, me
surca las palmas. Enredo las briznas sueltas que el rastrillo no consiguió
atropar ayer, las recojo y las esparzo de nuevo como si estuviera echando
sal al cocido.
Sin pensarlo, me tumbo boca arriba debajo del cerezo que vino de Japón
o, al menos, eso es lo que cuenta la leyenda. Nadie puede asegurarnos su
verdadero origen, sin embargo, a la vista de todos está su mayor
particularidad, ya que es el único de la zona que tiene las flores rosas y no
blancas. Me encanta cuando empieza a florecer por mi cumpleaños, ese
cambio de tonalidad, dejando atrás los colores del invierno, me insufla
energía. A rebosar de cerezas en pleno verano, como luce en este instante,
también me gusta.
—Te vas a manchar el vestido, niña.
No necesito girarme para saber a quién pertenece esa voz.
—¿Qué haces aquí? ¿No estabas ayudando a tu padre con el tejado?
Sigo tumbada, sin moverme ni un ápice, porque él y yo hace tiempo que
dejamos de disfrazarnos de lo que no somos, aunque sigamos guardando las
formas delante de los demás.
—Sí. He bajado para rellenar el botijo. Ahí arriba podemos morir de una
insolación. ¿Quieres un poco? Está fresca —me ofrece y me incorporo para
dar un trago.
—Gracias.
—Las tuyas.
—No seas tonto. —Me fijo en sus brazos fuertes y en el recorrido de sus
venas—. Se te va a quedar la marca de la camiseta —le advierto por el tono
rosáceo que luce su piel.
Se los he visto así otras veces. Y los he sentido alrededor del cuerpo en
alguna ocasión. Si mi madre conociera esa información, me mandaba de un
puntapié a ver a don Herminio para confesarme. Le devuelvo el botijo y lo
coloca contra la tapia. Sin mediar palabra, se sienta a mi lado y nos dejamos
caer de espaldas.
—A ti se te quedará la marca de los tirantes del vestido. Por cierto, tu
madre va a montar en cólera como te vea aquí tumbada.
—Me da igual. —Me aliso la zona de la falda desde debajo del vientre.
Tiene una largura ridícula para estar a mediados de siglo XX. Mi padre me
trajo de su último viaje una revista francesa y allí las mujeres no visten así.
Además, la tela es tiesa y encima está almidonada—. He cogido manía a
este vestido.
—Estás guapa con él.
—¿De verdad te gusta?
—Sí, aunque a esta hora del día tiene poca o ninguna relevancia cómo te
veo yo. No obstante, si quieres que sea sincero, el vestido me gusta bastante
menos que tú. ¿Y tus sandalias?
—Me las he quitado antes de salir. Ya sabes que me gusta estar descalza.
Además, son de vieja.
El sonido de su risa es uno de los mejores de este mundo, al menos, de
este ínfimo rincón del mundo, que, por suerte o por desgracia, es el único
que conozco.
—Viejo soy yo. Todavía me cuesta asimilar que el lunes cumpliré
dieciocho. Y más pensar en las consecuencias que conllevará…
—Bonita manera de recordármelo —lo interrumpo. Llevamos meses
hablando de deberes, obligaciones y de sueños que no se van a cumplir—.
Aunque no hacía falta. Jamás podré olvidarme de esa fecha. —Me pellizco
el muslo que él no ve para mitigar la pena que, ineludiblemente, me
empieza a anidar en las entrañas.
Durante unos cuantos segundos, nos quedamos atrapados en un denso
silencio que sobrevuela nuestras cabezas y se arremolina entre las ramas
que nos resguardan. Ahora solo somos dos mudos presos de las
circunstancias.
—Espero que no lo hagas.
No lo haré. Estoy segura. Como sé que tampoco podré olvidarme de él,
aunque deje de verlo cada día.
—¿Dónde crees que caerá la felicidad este año?
—Aún quedan muchas semanas para que caiga la última cereza. Y aunque
a simple vista parece que está más cargado por este lado, no deberías
preocuparte, niña, sé que este año la felicidad no será para los Martín.
Estiro la mano y consigo rozar los dedos de la suya. Una caricia ligera.
Una respiración profunda. Un soplido fuerte, mitad forzado mitad aliviado.
Cuando pienso que va a aferrarse a mí para hacerme promesas bonitas, se
despega.
—¿Por qué estás tan seguro de eso?
—Porque he visto la cara de tus padres al darle la bienvenida.
—¿Y la mía? ¿Has visto la mía?
—Solo un segundo. Parecías contenta cuando te ha entregado esa caja.
—Eran bombones. A mi padre le ha regalado un libro, uno más para su
biblioteca. Por quién doblan las campanas, de Hemingway. Pensé que a mí
me traería el último de Corín Tellado o alguno de poesía, pero no he tenido
esa suerte.
—También he visto su cara, muy a mi pesar. Se me ha grabado a hierro su
semblante de triunfador. Con total franqueza, niña, creo que ya perdí. —
Modula la voz a un tono más grave.
—No digas eso. Sabes que yo no quiero…
—¿Qué estás haciendo ahí? —La voz aguda de mi madre nos hace
incorporarnos de golpe—. ¿Así te he educado? Qué poca vergüenza.
Tumbarte ahí con él, como si fueras una descocada. Solo lo haces para
enervarme.
—Necesitaba tomar el aire.
—Lo siento, señora María, he sido yo, que la he entretenido.
—Estoy hablando con mi hija, no contigo. Haz el favor de entrar en casa.
No te das cuenta de que estás faltándoles el respeto a él y a tu padre.
Y así es como mi señora madre impone la palabra fin a nuestra historia,
antes de que nosotros podamos seguir escribiéndola.
1. PARTIDA
Candela

Seguro que me dejo algo. Algo material.


Aparte de lo que se niega a entregarme.
Lo inmaterial, lo intangible, lo inmensurable, hace meses que lo perdí por
el camino.
Abro el bolso. Es el más grande que tengo, como un pozo sin fondo, y
compruebo que no me he olvidado de lo más importante. La cartera, el
móvil, el e-book, las gafas de sol, el inhalador y las llaves del coche.
Mon es el encargado de guardar mi última bolsa en el maletero y Bruna es
la que cierra con vigor la puerta.
El minuto del llanto se acerca.
—¿Quieres volver a subir a echar un último vistazo? —Mi amigo se
ajusta las gafas al puente de la nariz y pestañea.
—No, creo que está todo.
—No pasa nada por comprobarlo.
—Ponédmelo fácil, por favor —imploro.
—Es que… —Las palabras se quedan atascadas en la garganta de mi
amiga.
—Un minuto —les advierto con el índice levantado.
Las tres últimas noches en el salón de su casa han sido lo suficientemente
lacrimógenas. Por eso, ayer les hice prometerme que, cuando llegara el
momento de mi partida, solo podríamos lloriquear durante sesenta
segundos. No más. Porque tampoco es que me vaya a vivir a Australia y no
volvamos a vernos en años.
—Un minuto que empieza a partir de ya. —Bruna me estrecha entre sus
brazos y siento la humedad de sus ojos posarse sobre mi hombro
descubierto. Es menuda, pero hace meses que le ha dado por el crossfit y ya
levanta ruedas de camión.
—No quiero llorar —protesto—. No quiero volver a hacerlo. ¿Veis?
Tendría que haberme ido cuando todavía estabais roncando.
—Eso lo dirás por ella, no por mí. Yo no ronco —se indigna Mon.
Con razón. Es nuestra amiga la que parece una locomotora en cuanto
cierra los párpados. Y si es después de salir de fiesta, peor. Fiesta, una
palabra que dejó de formar parte de mi vocabulario hace meses.
El abrazo se vuelve grupal y, entonces, en mitad de la calle, hasta mi
impertérrito corazón se transforma en un músculo más endeble y blandito.
—Os echaré de menos. Mucho. Muchísimo. No sé qué hubiera sido de mí
estos seis meses sin vosotros y sin vuestro techo. De verdad, gracias por
dejarme ocupar el cuarto de la plancha. Y por acogerme en vuestro seno.
—Ni gracias ni nada. Y cambia ese tono de beatilla que no te pega en
absoluto. A tu abuela podrás camelarla, pero a nosotros no. —Bruna es la
primera que rompe el abrazo y me limpia las lágrimas. Nuestro amigo se ha
tenido que quitar las gafas porque se le empañaban los cristales.
—Inexplicablemente, esa habitación tenía tu nombre. —Mon me da un
toque con el codo y se ríe.
Cuando les dije que planchar era una de las tareas del hogar que más me
gustaban, se miraron cómplices y dieron palmas. Y como no me han dejado
contribuir con una parte del alquiler, les he agradecido su hospitalidad con
un sinfín de prendas sin arrugas.
—Menos mal que en ese viaje no necesitaréis lucir grandes outfits, porque
tiene tela lo vuestro.
Abro la puerta del coche. Debería salir ya si quiero llegar antes de comer.
El pueblo está a menos de dos horas, pero atravesar el desfiladero siempre
me ralentiza.
—Mándanos un mensaje cuando llegues —me pide Bruna.
—Sí, tranquilos. Aunque ya sabéis que allí la cobertura viene y va.
Vosotros, por favor, mandadme correos electrónicos con las fotografías de
todos esos lugares increíbles que visitéis, que será más fácil que me lleguen
así. Y disfrutad mucho. Hasta de pasear entre las ratas, que, oye, igual
también tiene su encanto.
Es lo que más me impactó cuando me obligaron a ver un reportaje de la
India. Parecían conejos. Esa noche tuve hasta mal cuerpo y me costó
dormirme. Es más, ahora se me pone la piel de gallina al recordarlo. Es su
viaje soñado, y nadie debe ni puede juzgar nuestros sueños.
—No puede ser una despedida —musita mi amiga, y le recuerdo que el
minuto drama ya ha acabado.
—A ver, petardas, no vamos a ponernos en lo peor. La Consejería todavía
no te ha confirmado la excedencia, ¿verdad?
Me encojo de hombros y arrugo la nariz. Mis amigos no necesitan
preguntar más. Sí, esto tiene toda la pinta de que va a ser una despedida,
temporal, eso sí, aunque también larga.
—¿Estás segura, Cande?
Cande soy yo. Candela sin ahorrar sílaba. Y puede decirse que casi estoy
segura al cien por cien. El pequeño margen de duda es lo habitual cuando
tomas una decisión tan drástica como la mía, ¿no? O eso quiero creer, que
las certezas no tienen cabida cuando, después de haber varado, decides
retomar las riendas de tu vida y reiniciarte, porque nadie sabe lo que está
por venir. Si lo supiéramos a ciencia cierta, nuestra existencia sería muy
aburrida.
—Lo estoy —confirmo—. Yo necesito un cambio y ella me necesita. Me
costará adaptarme. El pueblo es duro, frío y solitario. Pero, después de todo
lo que ha pasado, tengo que salir de aquí. —Si pienso en casa como refugio,
mi mente va directa a esa—. Tengo la necesidad de sentirme a salvo y
recuperar el control de mi vida.
—También necesitas dejar de cagarla a lo grande —añade Mon y nuestra
amiga lo riñe por su extrema sinceridad, aunque a mí no me molesta.
—Exacto. Sobre todo, tengo que dejar de hacer daño a los demás.
—A los demás y a ti —apuntilla ella.
—¿A mí?
—Sí, Candela. No puedes machacarte por todo y por todos. Esa no es la
manera de seguir adelante.
—Tiene razón, amiga. Errores cometemos todos, lo importante es
aprender y no repetirlos. No te hagas la tonta y te protejas bajo ese pelazo
rubio platino —suelta Mon con sorna—. Nosotros sabemos que tu color es
natural, por lo tanto, ahí debajo hay simiente.
—Cómo se nota que eres profesor de Lengua, Ramón Alcaide —lo pico
con su nombre completo.
—Aprovecha este descanso laboral para cuidarte, Cande. Lo necesitas —
afirma Bruna—. El cerebro puede mentir, pero el cuerpo no. Tienes que
tomar perspectiva. A veces nos empecinamos en habitar lugares que no son
nuestros y perdemos nuestra esencia en el empeño. Reiniciarse no es
fracasar.
—Mira esta, ya sacó a la filósofa que lleva en su interior —se mofa Mon.
—Je vous aime —les digo que los quiero.
Sí, yo soy, o era, la profesora de Francés. Supongo que ser los tres de
letras nos unió desde el primer día que coincidimos en la sala de profesores
del instituto. Primero solo fueron mis compañeros, pero enseguida se
convirtieron en mis amigos.
—No sé cómo vamos a soportar a la generación más apática del mundo
sin ti soltando chorradas para animarnos el próximo curso —comenta
nuestro amigo.
—Confío en vuestra paciencia infinita, en vuestra vocación y en las ganas
de aprender de esa pequeña minoría.
Les doy un último abrazo rápido y me meto en el coche. Arranco el motor
y bajo la ventanilla.
—¡Buen viaje! Y no corras, que esa carretera es peligrosa.
—Buen viaje para vosotros también.
Antes de incorporarme al tráfico, alzo la mirada por encima de las cabezas
de mis amigos para observar, por última vez, el edificio donde he vivido los
cuatro últimos años. La ventana del salón en el cuarto piso de donde acabo
de salir hace un rato. Y la misma ventana, a la que tantas veces me asomé,
en el segundo. No quería mirar a esa. Sin embargo, lo hago, no puedo
evitarlo. Tampoco pensé que fuera a estar parapetado detrás del cristal. Pero
ahí está. Querrá comprobar que el mensaje que le envié hace tres días
informándolo de mi marcha era verídico. Así dejará de cruzarse conmigo,
por fin, aunque solo lo hiciéramos en el portal.
2. HOGAR
Candela

Todo huele igual.


Es como si las gruesas paredes de piedra de la casa de mi abuela
conservaran los aromas intactos. El de la humedad, el del café recién hecho,
el de la madera de castaño de suelos, puertas y vigas, el de la lavanda de las
colchas y cortinas, el de la cocina de leña y el de las primeras cerezas que
reposan ahora sobre el frutero.
Si cierro los ojos y lleno de aire los pulmones, puedo verme aquí en una
versión algo diferente. Con la melena mucho más larga, con las piernas
mucho más cortas, llenas de arañazos, y con las manos más pequeñas. Me
veo con una sonrisa gamberra mal disimulada en la boca, estirándome sobre
el fogón para coger un puñado de cerezas y darme un buen atracón a
escondidas. O sentada a la mesa, observando a mi yaya hacer su famosa
tarta de manzana, robándole algún gajo ya cortado cuando ella no miraba.
También me veo subida en ese banquito de roble, que sigue al lado de la
fresquera, intentando llegar al grifo para beber agua sin usar vaso cuando
nadie estaba cerca. Incluso también me veo tirada sobre este suelo
hidráulico, jugando con Bollo, aquel pastor alemán, viejo e inquieto que tan
buena compañía nos hizo durante muchos años. Después de ese perro
tuvimos uno más, pero enfermó muy pronto y mi abuela no quiso tener otra
mascota y sufrir de nuevo. Ahora solo da de comer a cuatro o cinco gatos
que le tienen tomada la medida, aunque no deja que ninguno duerma por la
noche dentro de casa.
—Niña, ¿y ese café? —me grita desde el salón y abro los ojos, regresando
de porrazo al presente.
He llegado justo cuando había empezado a comer. La señora Gracia
González de Ceballos es una mujer de costumbres férreas, y más si se trata
de la ingesta de alimentos.
—Ya está a punto, ahora voy. —Retiro la vieja cafetera del fuego y la
poso sobre el fogón.
—¿Qué dices? Habla más alto que este cacharro se ha debido de quedar
sin pilas.
—Que ya voy, yaya. No te impacientes. —Subo los decibelios y sonrío
mientras cojo dos tazas de la alacena.
A mi abuela le empieza a costar mover las piernas y también le falla el
oído. Lo gracioso es que se niega a que le revisen el audífono, porque,
como no deja de repetir, para lo que hay que oír con ese tiene más que
suficiente. Así que no, no son las pilas las que están agotadas.
Sirvo el café en sus emblemáticas tazas de loza de La Cartuja, color negro
y crema, que resisten al paso de los años. Sé que me regañará, porque ella
no las usa nunca. Son para las visitas, aunque no sé para cuáles; yo hacía
meses que no ponía un pie aquí y, además, soy de la familia, eso no cuenta.
Las utilizo siempre que puedo, porque me encantan. Y me da igual lo que
me diga, mientras esté aquí, lo seguiré haciendo. Puede parecer una
nimiedad, pero los que dicen que el contenido tiene el mismo sabor sin
importar el recipiente mienten. El envoltorio también es relevante, sin duda.
Y los que no dejan de repetir que lo único fundamental es el interior
mienten también. De cínicos está lleno el mundo. Por supuesto que hay que
fijarse en lo de dentro, pero no seré yo quien menosprecie una buena capa
exterior gratificante para la vista. Inevitablemente me acuerdo de mi madre,
que hasta en las peores horas de su enfermedad sacaba fuerzas de donde no
las tenía para ponerse bonita delante del espejo.
Un dedo de leche fría para ella. Solo para mí. Ambos con dos de azúcar.
Este olor tan peculiar es difícil de comparar con los otros que se grabaron
tan a fuego en mi subconsciente. Quizá porque aquí me hice adicta a la
cafeína con apenas diez años y ya han pasado casi veinticinco desde
entonces. Recuerdo que mi abuela me echaba un pequeño chorrete para
teñir el vaso de leche cuando desayunaba con ella, y así empezaban mis
días, rebosantes de energía y sin más preocupaciones que salir a jugar y
divertirme. En los últimos años, me ha resultado imposible asociar el aroma
y el ritual de tomarme un café a primera hora de la mañana con la diversión
que tendría que venir a continuación. Problemas típicos de la adultez,
imagino. O de mis propios claroscuros que han ido creciendo conmigo.
Aquí he sido niña. Aquí he sido adolescente. Aquí he sido núcleo y no
diana. Aquí he quemado mis etapas tempranas y he sido feliz. Por ese
motivo y por muchos otros, los tres meses de verano que pasaba en esta
casona con ella eran HOGAR, en mayúsculas.
—¿Seguro que no quieres uno, Yasmina? —le pregunto a su cuidadora,
que está sentada en el sofá verde oliva que preside el salón, con el mando
de la televisión en una mano y el móvil en la otra.
Las horas pasan lentas al lado de la señora Gracia, soy consciente. Aun
así, si me concedieran un superpoder, me gustaría que fuera ralentizar los
días en los que mi abuela está bien, sin dolores y con buen humor, para que
continúe mucho más tiempo a mi lado, a pesar de que suene egoísta. Ella
está aposentada en su butaca, de la que a veces nos cuesta levantarla, pero
se niega a usar silla de ruedas y hay días que ni tan siquiera quiere ayudarse
con el bastón. Habrá perdido el oído, pero el apetito lo tiene intacto, solo
hay que ver las carnes que recubren sus huesos. Si le preguntas a ella, te
dirá que siempre ha sido de buen comer y que no piensa dejar de hacerlo
hasta que Dios se la lleve. Y no seré yo quien la contradiga, porque el
cuerpo mostrará síntomas de su vejez, pero su carácter y su mente siguen
íntegros.
—¿Por qué lo has servido ahí? Hay tazas de diario.
De diario. Una expresión peculiar. Sonrío sin que me vea.
—Porque son bonitas y las guapas no nos merecemos menos.
—No seas lela. ¿Y dónde están las pastas? —me pregunta tras el primer
sorbo.
—No son ni las cuatro. ¿Ya tienes hambre?
—No. Pero ¿acaso solo se puede comer cuando se tiene hambre? Menuda
tontería. ¿Tú no tienes vicios, niña?
Yasmina sube un punto el volumen de la televisión con disimulo. Si
nosotras hablamos, ella se pierde el diálogo del turco. Echo un vistazo
rápido a la pantalla, después de saborear los dos primeros tragos de café, y
sonrío. Vaya, me esperaba otra cosa. Ese actor es delgado y algo mayor.
Nada que ver con el famoso Can Yaman que causó tantos estragos. No es
que sea acérrima seguidora de las telenovelas, sin embargo, cuando él
aterrizó en nuestro país, algunas de mis compañeras del instituto no paraban
de mencionarlo. Quizá te extrañe, pero el gusto por determinados géneros
televisivos, así como ocurre con los géneros literarios, al contrario de lo que
se puede pensar, poco o nada tiene que ver con el nivel intelectual. Aunque,
en determinados círculos, nadie se atreva a reconocerlo. Como estaba
causando tanto furor, no me quedó más remedio que buscarlo en las redes
para darles mi opinión al respecto. Un poco grande para mi gusto, sobre
todo, porque yo no paso del uno sesenta. No obstante, terminé reconociendo
que el conjunto, cuerpazo y pelazo, tenía su puntillo.
—¿Vicios? Alguno que otro, yaya. Pero no me hagas confesártelos, que
no eres el padre Avelino —cito a su cura, el último que ha llegado al pueblo
después de la pandemia, y ella me muestra una sonrisa perniciosa.
Solo hay dos cosas que Gracia no se salta, a no ser que esté muy
pachucha, las comidas y la misa de los domingos, a la que tendré que
llevarla yo a partir de hoy. Bueno, se me olvidaba, hay una tercera
impepinable también, la partida de dominó de los sábados con sus amigas.
—Te daré solo una, que enseguida me pedirás la merienda.
Voy a la cocina y saco una pasta de mantequilla de la caja que he traído
antes. Ya que me he levantado del sofá, me llevo a la boca otra, para no
perder el viaje.
—Mira que eres tacaña —se queja cuando se la doy.
—¿Quieres una, Yasmina? Están muy ricas.
—No. Muchas gracias, señora —responde aferrándose al mando.
Veo su intención, pero la detengo antes de que el sonido haga retumbar las
paredes.
—Llámame Candela mejor. —De señora tengo bien poco. Y me repatea
cómo suena, para qué negarlo—. No hace falta que toques el volumen más.
Puedes irte a tu habitación si quieres terminar de verla tranquila. Yo me
quedo con ella. O si prefieres marcharte ya, por mí no hay problema.
—¿Está segura? —duda.
—Sí, podré apañármelas. Más tarde subiré a deshacer mis maletas y a
colocar mis cosas, pero ella puede quedarse un rato sola.
Su cuidadora se levanta y se va a su habitación a recoger sus cosas. Como
ya estoy aquí y no pienso ir a ningún sitio, no es necesario que se quede las
cuatro horas que faltan hasta que termine su jornada.
Hace dos semanas ya le comuniqué que, a partir de hoy, solo la
necesitaríamos tres días a la semana por las mañanas. Pensé que igual la
estaba fastidiando al reducirle las horas y dejándole sin sitio para dormir,
pero me dijo que su prima vive en el siguiente pueblo y que así podía
aceptar otro trabajo que le había salido. Los fines de semana ha sido
Milagros, la sobrina de Agripina, la mejor amiga de mi abuela, la encargada
de cuidarla, de manera completamente altruista, así que ella también
agradecerá tener más tiempo libre.
Mi abuela pasó la pandemia sola en su casa, muy a mi pesar, aunque sé
que estuvo mucho mejor que millones de ancianos en este país. Durante
esos meses de encierro, fue precisamente Mila la encargada de que a los
mayores del pueblo, que no son muchos, no les faltara nada, por eso
siempre le estaremos agradecidos.
—Faltaría más —protesta mi abuela—. Claro que puedo estar sola. No
estoy inútil.
—Lo sé.
—¿De verdad que te vas a quedar todo el verano? —Y el otoño, y el
invierno…—. El pueblo es muy aburrido. Aquí no hay nada, solo viejos.
Esto es como la antesala de un cementerio. Además, tú estás acostumbrada
al ajetreo de la ciudad. A ver gente, a las luces, a esos amigos raros que
tienes, a salir por ahí a bailar. —¿A bailar? El último baile fue hace seis
meses y acabó… Acabó con todo, en más de un sentido. Después de eso, mi
cuerpo solo se ha balanceado al ritmo de la música mientras planchaba. —
¿Qué vas a hacer aquí conmigo? ¿Y tu novio?
—Yaya, ¿no te acuerdas? Ya te conté que él y yo no…
—Que sí, que lo dejasteis. No se me ha olvidado. Era bueno. Y te trataba
bien. —Razones suficientes para ella—. Pero te lo digo porque, como ahora
lo cogéis y lo dejáis, igual estabais juntos otra vez.
—No. No hemos vuelto. —Ni vamos a hacerlo.
—Entonces, ¿cómo vas a encontrar a otro? Aquí metida va a ser
imposible.
—Es que no necesito otro.
—Tonterías —me corta—. No quiero que, por mi culpa, te quedes para
vestir santos.
—No te preocupes por mí. Y Gracia —siempre que la llamo por su
nombre de pila se pone en alerta—, esas cosas ya no se dicen, suenan feas.
Ni nos quedamos para vestir santos ni se nos pasa el arroz. Las mujeres
ahora tenemos infinidad de posibilidades. Nuestra única opción no es
atarnos a un hombre como ocurría antes. —Y menos cuando sientes que
estás engañándote a ti misma. Porque no late tan dentro como debería.
Porque él, a pesar de ser bueno, no se sumergirá nunca en tus profundidades
y tú tampoco sabrás flotar en su mar—. Ya no les hacemos la comida por
obligación ni les escogemos la ropa que se tienen que poner.
—Tu abuelo se vestía solo —espeta indignada. Lo tenía fácil, encima del
traje se ponía la bata—. Y a mí no me importó hacerle la comida y cuidarlo.
Fue un buen marido y un buen padre —musita bajando el tono, como si
estuviera haciendo un balance de toda su vida.
—¿Lo dices con pena?
—No, lo digo convencida, porque es verdad. Antes no podías elegir, en
cambio, ahora tenéis tantas posibilidades como bien alardeas que os ahogáis
en ellas. Quizá por eso la mayoría estáis así.
—¿Así cómo?
—Atontás. Y solas.
—Yo no estoy sola. —Me acerco a ella, que acaba de posar la taza en la
mesita baja que tiene a la derecha, y la achucho—. Estoy aquí contigo.
—Ya veo ya. —Intenta deshacerse de mis brazos, pero se le escapa la risa.
—¿Dónde están las sábanas buenas? ¿En el armario de siempre?
—¿Las de las visitas?
Y dale. Esa manía, o costumbre, de guardar lo mejor para que lo disfruten
los demás es intrínseca a su generación. Da igual que hablemos de vajillas,
de sábanas o de vinos. Y a mí me resulta muy cómico, y algo desesperante,
que quiera seguir guardándolo todo. Lo bueno y lo bonito hay que usarlo
hasta desgastarlo, no lo concibo de otra manera.
—Pero, yaya, ¿qué visitas? Soy tu única nieta. Y tu único hijo, o sea, mi
padre, está viviendo en Sudáfrica. ¿Esperas a alguien más? ¿Un turco con
coleta? ¿Otro apuesto almirante que regresa de Japón? ¿Un buen mozo del
pueblo con tierras? —la vacilo y me encanta ver que, al aguantarse la risa,
se le cierran esos ojillos cansados y grises.
—Igual tienes razón —se recompone— y hay que empezar a usarlo,
porque en mi caja no va a entrar.
Otro rasgo de su avanzada edad es la naturalidad con la que habla de su
propia muerte. Todavía no sé si eso me maravilla o me entristece.
—Pues eso haremos. Usarlo todo.
—Aunque, a ver, nunca se sabe quién puede aparecer. El verano solo
acaba de empezar y es muy largo. Y ya sabes lo que dicen: cuando el grillo
canta cerca de casa, la suerte entra por la ventana.
—Por la ventana, ya…
—Sí. Así que tú, por si acaso, deja abierta la tuya.
3. EL VIAJE
Rodrigo

Había olvidado lo que me gustan estas curvas. Algo más de veinte


kilómetros de carretera sinuosa flaqueada por paredones de roca con una
belleza paisajística sin igual. El desfiladero más largo del país.
Cada verano desde que tengo uso de razón, mi padre conducía y lo
recorríamos con canciones montañesas de fondo para llegar al pueblo.
Jamás me mareé, y eso que antes los niños no llevábamos sillas adaptadas,
ni tan siquiera los cinturones de seguridad puestos durante el trayecto,
aunque ahora eso suene a negligencia. En cambio, mi hermana siempre
terminaba obligándonos a parar en alguno de los pocos espacios donde esta
carretera te permite hacerlo para vomitar lo poco que le dejaban ingerir
nuestros padres antes de salir de Madrid. Yo no dejaba de vacilarla por el
tono amarillo y la cara de mustia que se le quedaba. Su pota formaba parte
de la tradición estival, era como el pistoletazo de salida al verano.
Suena La casa por el tejado, de Fito y Fitipaldis, y algo dentro de mí se
remueve. ¿Quién puede escuchar este tema y no desgañitarse? Subo el
volumen y doy toques con los dedos sobre el volante al ritmo de la canción.
Gloria, que va sentada a mi lado, abre mucho los ojos. Imagino que,
después del humor de perros que he tenido durante los últimos meses (por
cierto, bastante parecido al suyo), no concibe que de pronto esté así de feliz.
Telmo, que va en el asiento de atrás, se tapa los oídos con las manos y me
saca la lengua.
—¿Cuánto falta? —nos pregunta cuando termina la canción.
—¿Cuántas veces vas a preguntarlo? —se queja mi hermana—. Eres muy
pesado. Igualito que…
—Todavía falta un rato —intervengo para interrumpirla y que no termine
la frase.
Su irascibilidad y su falta de empatía rozan lo tolerable. Y soy el único
miembro de la familia que tiene el valor de cortarla cuando entra en
barrena. Mis padres solo son capaces de compadecerse de ella, como si
tuviera una enfermedad grave incurable, que no es el caso. Entiendo que su
separación le esté pasando factura, que esté dolida, triste y rabiosa, pero
casi un año después no puede estar echando pestes de su ex delante de su
hijo constantemente. Y mucho menos comparar al niño todo el tiempo con
su padre, como si fuera el fiel reflejo de él y el causante de su ruptura.
Telmo acaba de cumplir nueve años y, por mucho que a mi hermana le
duela, es hijo de su padre. El susodicho se ha buscado una excusa bastante
inverosímil para pasar con él solo una semana en todo el verano, así que lo
de que él es un capullo integral lo tenemos todos claro, pero no va a dejar
de ser su padre por mucho que mi hermana lo pretenda. Entiendo que todo
tiene unos plazos y que el tiempo pone en su sitio los sentimientos, sin
embargo, seguir anclada en la fase de odio hacia todos, en especial hacia su
ex, no va a ayudarla.
Si he salido de Madrid con demasiado trabajo todavía pendiente, de ahí
que mi portátil esté en el maletero, ha sido para echarle una mano con el
niño durante las vacaciones. También porque los últimos meses solo han
sido caos y estrés para mí. Decisiones meditadas. Consecuencias dañinas. Y
la maldita presión asomando por todas partes. Incesante y desde cualquier
flanco. Con días muy malos y otros peores. Con conversaciones que no
quería tener. Con reuniones a las que no quería asistir. Y con un colapso
descrito como «nivel preocupante». Soy un tío sensato, siempre lo he sido,
y, por lo tanto, asumo las consecuencias de mis actos, pero eso no significa
que pueda ser el saco de boxeo de todos al que poder dar golpes y golpes.
Sinceramente, regresar al pueblo donde pasé los mejores veranos de mi
vida me parece un plan perfecto para reconectar con aquel Rodrigo que fue
tan feliz. Y espero que, aunque esté escondido ahora, siga habitando en mí,
porque, puede sonar a tópico, pero, en este instante, me cuesta un mundo
reconocerme. Además, mañana mi abuelo cumplirá noventa años y, aunque
sabe que venimos, no tiene ni idea de la sorpresa que le hemos preparado
para celebrarlo. Los dos últimos años no he podido venir a verlo en esa
fecha y esta vez no quería perdérmelo.
Nos detenemos en un semáforo que hay por las obras, que están sin
terminar aún, y lo primero que se me viene a la cabeza es lo distinta que
estaba la carretera cuando me salté las restricciones durante la pandemia y
viajé hasta aquí.
Me escapé de Madrid solo para ver durante unas horas a mi abuelo a
través de la ventana de la habitación de su residencia. Saltarse la ley está
mal, lo sé, y tuve suerte de que no me pillaran. Pero es que, de repente,
empecé a agobiarme mucho con las noticias tan desoladoras que llegaban
sobre los ancianos que estaban ingresados en los centros de mayores; la
desinformación, el veto a trasladarlos a los hospitales, el desconocimiento
de los fallecidos reales…, todo me ponía los pelos de punta. El panorama
invitaba a pensar lo peor, como después se comprobó, sobre todo en mi
comunidad. Así que, sin pensar en las consecuencias, hui de mi casa para
comprobar que estaba bien y que seguía con vida. Vine casi con lo puesto,
pero me traje el ordenador, como ahora, por si me quedaba y podía
teletrabajar. Sin embargo, el infortunio quiso que mi padre, que ya llevaba
días pachucho, empeorara. No le bajaba la fiebre con nada y esa misma
noche lo tuvieron que ingresar en la UCI. No me quedó más remedio que
regresar a casa y hacerme cargo de la empresa mientras se recuperaba.
Afortunadamente, todo quedó en un susto y salió tres semanas después.
—¿Cuántos minutos faltan? —Vuelve a la carga mi sobrino.
—Treinta o quizás menos si puedo adelantar en el siguiente tramo, arañaré
alguno.
—Ni se te ocurra, Rodrigo, esta carretera es muy estrecha y no quiero
acabar ahogándome en el río.
—¿Tantas ganas tienes de llegar, nano?
Miro por el espejo retrovisor a ver si muestra tanto entusiasmo como
parece, pero él niega con la cabeza y aprieta los labios. Ahora tiene la
misma cara de descomposición que tenía su madre en aquella otra vida,
vamos, que está a punto de vomitar. En mi coche. En mi recién estrenado
coche.
—Me mare… Me mareo. Tengo ganas… de… —Los glups son el
presagio de las primeras arcadas.
—Aguanta, Telmo. Aguanta, que ahora paro.
—¿No tienes una bolsa en la guantera?
—Una no. Tres o cuatro, no te jode. Te recuerdo que me dieron el coche el
lunes y suelo viajar solo.
—Ma… Mamá…
—Vomita, Telmo. A ver si te vas a ahogar por culpa del idiota de tu tío y
su fantasmada de coche.
Me callo, porque no quiero poner al niño más nervioso de lo que ya está.
Que es justo lo que hace mi hermana soltándose el cinturón y saltando por
encima del reposabrazos que separa nuestros asientos para irse atrás a
socorrerlo.
—Pero ¿qué haces? Que ahora paro.
Nada más terminar la curva vislumbro el cartel que anuncia la entrada al
pueblo de La Hermida, uno de los más grandes por los que hay que pasar.
Pongo el intermitente a la derecha y me detengo en la cuneta. Las arcadas
de Telmo ya son imparables, no sé si quiero mirar y comprobar el desastre.
—Ya está. Échalo todo.
Me giro y confirmo que mi hermana ha estado rápida y ha abierto la
puerta en el último instante. Aunque me temo que el contenido de su
estómago se ha quedado a medio camino entre la carrocería y el asfalto. A
ver, que marearse es jodido, y más cuando eres un niño, pero es que soy
algo maniático con mis coches. Este es el tercero que tengo desde que me
saqué el carné de conducir en cuanto cumplí la mayoría de edad, y me gusta
cuidarlos, mucho. Como si fueran mi segunda vivienda.
Me bajo del vehículo para comprobar los daños a la vez que ellos. Podría
haber sido peor. Del maletero saco unas toallitas, esas sí que siempre viajan
conmigo, no las bolsas para el mareo, como en los aviones. Mi hermana me
las quita de las manos para limpiar los restos.
—¿Estás bien? —Aprieto el hombro de mi sobrino y le digo que no pasa
nada.
—¿Te has enfadado porque te he manchado el coche, tío?
—Qué va. No ha sido para tanto. Además, mejor unas salpicaduras con
restos de Chocapic —lo vacilo porque es lo único que desayuna— que unas
de leche de avena, semillas de chía y arándanos, que es lo que hubiera
potado tu madre.
—¿A que lo limpias tú, gracioso? —se mosquea mi hermana—. Que para
eso es tu coche.
Telmo sonríe y le guiño un ojo con aprobación. Poco a poco recupera su
color natural. Es paliducho de por sí, así que tampoco se le nota mucho.
Parece ser que lo de jugar en la calle ya está pasado de moda. Y él, que es
bastante retraído, adora estar refugiado dentro de casa con su tableta.
Estoy seguro de que el pueblo le va a sentar bien. La luz, la montaña, la
brisa que se levanta por las tardes en el valle… Pero, sobre todo, le va a
venir muy bien dejar atrás la rutina y el constante enfrentamiento entre sus
padres.
El pueblo nos va a sentar bien a todos. Tengo ese presentimiento.
4. REAJUSTE
Candela

Cuando paso por el salón, compruebo que mi abuela ya se ha quedado


dormida. Le tapo el estómago con la toquilla de ganchillo rosa pastel que
siempre tiene cerca y sonrío al verla tan relajada.
Parece ser que el comistrajo, según su definición, que le he preparado hoy
para comer, una nutritiva ensalada de lentejas, le ha sentado bien. Hemos
comido pronto, porque quería echarse una siesta antes de que lleguen sus
amigas para la esperada partida de dominó de los sábados.
Me ha comentado que anoche apenas durmió, aunque se tomó la pastilla
que le recetó su doctora para descansar mejor. Según me dice, no siempre le
hace efecto. De todas maneras, yo no le escuché protestar ni moverse a
través del vigilabebés. Como esta casa es inmensa, cuando me voy a la
cama, lo conecto, y así puedo oírla si me necesita, porque mi habitación
está en la primera planta. También tiene un móvil que le regalé hace unos
años para que pudiera comunicarse sin tener que ir hasta el fijo, de esos con
tapa y números gigantes, adaptados para mayores. Sin embargo, la mayoría
de los días lo deja olvidado en cualquier rincón y se queda sin batería, por
lo que nos cuesta mucho encontrarlo.
Justo antes de la pandemia, cuando su movilidad empezó a ser un
impedimento para su autonomía, acondicionamos la sala de espera de la que
fue la consulta de mi abuelo, en la planta baja, y la convertimos en su
habitación para evitar que tuviera que subir y bajar las escaleras. Además,
también reformamos el baño, que está justo al lado, para que fuera cómodo
y estuviera adaptado para ella.
Esta casona típica montañesa data del siglo XVII. Desde su construcción ha
pertenecido a la familia paterna de mi abuela, los González de Ceballos,
como constata el escudo de armas centrado en la fachada principal. Es
preciosa, eso es innegable, pero tiene demasiados metros cuadrados para
una persona sola. Está hecha de piedra de sillería y tiene más madera que
otras casas de la época para combatir las temperaturas del valle. El portón
de la entrada, robusto y grande, ubicado en medio de los dos muros, da
acceso a la corralada, que es el espacio que antecede a la vivienda, donde
ahora está aparcado mi coche. La casona no es solo enorme, sino que
también es muy antigua, por lo que necesita algunas reformas. Como es
habitual, las antigüedades (las que tienen calidad y encanto) necesitan
grandes dosis de buen gusto y dinero para conservarlas y que no pierdan un
ápice de valor.
Todos estamos hartos de ver cómo se destruye el patrimonio histórico de
algunos rincones solo por falta de fondos. Sin olvidarnos también de que los
nuevos materiales de construcción, más asequibles pero menos nobles que
los de otras épocas, consiguen crear verdaderas aberraciones urbanísticas.
Esa falta de capacidad de inversión es una de las principales razones por las
que muchos herederos terminan vendiendo las propiedades o
convirtiéndolas en posadas u hoteles rurales para sacarles rendimiento.
Mi padre no tiene ningún arraigo a esta casa, o, al menos, nunca me lo ha
demostrado. En cambio, mi abuela no concibe su vida lejos de aquí. Ella
nació en este lugar, como su padre, y como el padre de su padre, así que su
única obsesión es morirse dentro de estos muros que tanta historia albergan,
la suya, y no en la cama de una residencia o de un hospital. Así que,
mientras pueda, haré todo lo que esté en mis manos para que se cumpla su
deseo.
La finca que la rodea, Cerezalín, que también da el nombre al barrio, es
bastante extensa. Y eso que mi tatarabuelo perdió una pequeña parte
apostándosela en una partida de bolos. De bolo palma, deporte típico en
esta región, no vayas a pensar en los americanos. Unos cuantos años más
tarde, en esas hectáreas contiguas que perdió, construyeron una casa de
piedra de estilo provenzal, imitando a aquella de la que se enamoró el señor
Martín, el padre de Lorenzo, en su único viaje a Francia.
Así que, si el pueblo ya es tranquilo de por sí, imagínate la paz y el
silencio que se respiran aquí con tan solo dos casas.
Subo las escaleras y voy directa hasta mi habitación. Cierro la ventana que
da a la fachada trasera para no estar entre corrientes. Mi cuarto es el único
que tiene dos ventanas. La que da a la parte de atrás, desde donde diviso la
finca y el monte a solo unos metros. Y la otra, que da al lateral, desde donde
puedo ver la casa vacía de los Martín y el cerezo que vino de Japón
plantado al final de la tapia de piedra.
Compruebo mi móvil y veo que tengo un mensaje. Es un vídeo de Bruna.
Se ve a Mon planchando unas camisetas, de fondo suena Home, de Morgan.
Respondo.
Yo:
Se la ve feliz en otras manos. Digo a la plancha.
Bruna:
¿Qué tal, mi ciela? ¿Ya has deshecho la maleta?
Yo:
Estoy en ello.
Mi intención es ordenar lo poco que he traído enseguida, ropa y algunos
libros. Todavía tengo tres cajas con demasiados recuerdos en su casa que no
he podido recoger porque es incapaz de acceder a que lo haga. Ayer solo
abrí las maletas y dejé todo en montones encima del banco tapizado. Soy de
las ilusas que creen que limpiar y colocar todo en perfecto estado calma mi
ansiedad crónica, así que no descartes que haga esta misma tarea
millonésimas veces más las próximas semanas. Y no solo con mi armario,
porque me he propuesto dar un buen meneo a toda la casa, incluido el
desván, que ocupa la última planta. Hacer limpieza, desechar lo inutilizable
y recuperar lo que se pueda salvar, en definitiva, matar el tiempo para tener
la mente y el cuerpo ocupados.
Bruna:
Nosotros vamos a hacerla mañana por la mañana, mientras
nos tomamos unos vermús y escuchamos a la Callas.
Sí, los vermús en ese piso son así de eclécticos: unas gildas, unas anchoas
de Santoña, unas sardinillas en aceite y unos cuantos Aperol Spritz, tan de
moda en los últimos tiempos, amenizados con unas arias a todo trapo.
Yo:
Pues hacedme videollamada, que mi abuela estará en misa,
pero yo no entraré con ella.
Bruna:
¿De qué tienes miedo, pecadora?
Yo:
De que pite el arco cuando traspase el umbral, flor silvestre.
Bruna:
¿Te imaginas? Como en el aeropuerto. Estaría gracioso, ¿eh?
Y todas las beatillas del pueblo girándose a mirarte. Y el cura
santiguándose desde el púlpito y, a la vez, dándote la
bienvenida.
Yo:
Ese curso de guion te está sobreincentivando la imaginación.
Venga, nos vemos mañana, aunque sea a través de la pantalla.
Un besuco para ti y otro para el planchador.
Me envía seis o siete corazones y, como me he quedado con el gusanillo
de escuchar el tema de Morgan entero, lo busco en mi Spotify y lo pongo en
el móvil.
Mientras cuelgo algunas prendas en las perchas, me anoto mentalmente
que más tarde tengo que cerrar el resto de ventanas de las otras
habitaciones, porque en cuanto me he levantado esta mañana las he abierto
de par en par; a ver si logro que el olor a humedad y a cerrado deje de ser
tan persistente. La habitación que Yasmina ha ocupado estos meses huele
diferente, a una mezcla de pachuli y alcanfor, así que, además de abrir el
ventanal que da al balcón corrido de la fachada principal, o solana, como
decimos aquí, he retirado las cortinas y la colcha para meterlas en la
lavadora. Durante un segundo he pensado en traerme la televisión a mi
habitación, ahora que ella no la va a utilizar, pero no es que sea yo muy
adicta a la caja tonta, así que la he dejado allí.
En esta planta hay un total de cuatro habitaciones, todas con un buen
tamaño, y dos baños, situados en cada extremo del pasillo. Además, en el
centro, pegada a la fachada principal, hay una sala doble, que alberga la
biblioteca, a la que también estoy deseando dedicar atenciones. Me
encantaría darle un nuevo aire para hacerla más acogedora. Evaluar la
madera para conservar la que esté menos apolillada y deshacerme de la que
no tenga salvación. Crear un nuevo rincón de lectura, con una butaca
cómoda y confortable, cerca de la chimenea. Pero, sobre todo, me apetece
ordenar todos los libros; separar los manuales de medicina de mi abuelo y
de mi bisabuelo, las novelas históricas y los ensayos. Además, me gustaría
anotar todo para llevar un registro. Y, cómo no, seguir descubriendo joyas
literarias, porque, aunque suene ridículo, cada vez que me pongo a hurgar
entre sus estanterías, descubro algún tesoro nuevo.
No tengo prisa. En este nuevo reajuste que quiero llevar a cabo en mi
vida, quiero disfrutar de cada momento, sin verme atropellada por la rutina
ni las circunstancias. Después del caos y la oscuridad de los últimos meses,
estoy convencida de que la paz está dentro de uno mismo, y yo voy a poner
todo de mi parte para hallarla dentro de mí.
Ocho canciones después, ya he llenado el armario. Es pequeño, de los de
un solo cuerpo, así que tampoco ha sido tan difícil. Me hace gracia ver la
manera tan diferente que tenemos de percibir los espacios cuando somos
unos críos. Este armario, que guardaba toda mi ropa de verano desde que
era una niña, me parecía inmenso. Y ahora, ahora me doy cuenta de que
necesitaría otro al lado, porque los jerséis y la ropa de invierno, que es la
que más abulta junto con el calzado, no van a caber, así que tendré que
guardarlos en otra habitación hasta que cambiemos de estación. La ropa
interior, los pijamas y las prendas más pequeñas las voy a meter en los
cajones de la cómoda, pero antes coloco unos sacos de lavanda que me ha
dado mi abuela para que huela mejor.
El sonido de unas ruedas de coche sobre el único camino de grija que sube
hasta aquí se cuela por mis tímpanos. Puede que sean Mila y las chicas
(entiéndase el guiño a su lejana juventud), aunque es temprano para la
partida. De cualquier modo, ella tiene llave del portón y de casa, así que me
despreocupo y sigo a lo mío.
5. LLEGAMOS
Rodrigo

Telmo suspira cuando por fin, a unos metros, lee el nombre del pueblo en la
señal. Su madre baja la ventanilla y hace una fotografía con el móvil. Acto
seguido, suena el mío. Imagino que la habrá enviado al grupo que tenemos
con nuestros padres para comunicarles que ya estamos aquí.
Aminoro la velocidad mientras atravesamos la carretera general. A la
derecha, la casa de los belgas. Unos metros después, la entrada a la calleja
para ir al otro barrio, con sus minúsculas casas pegadas unas a otras. Al
final del empedrado, te topas con el puente que cruza el río y que te lleva
hasta la iglesia. A la izquierda, las viejas escuelas, sin actividad docente
desde hace años; solo albergan las reuniones de la junta de vecinos y algún
que otro acto lúdico. Casi enfrente, La Serranita, el único bar-tienda del
pueblo que resiste al paso de los años. Su propietaria, Eva María, se jubiló
hace meses, pero su hijo Moisés y su nuera han querido continuar con el
negocio. Abren de jueves a domingo, porque él lo compagina con el trabajo
en la bodega y destilería de mi primo, ubicada en el siguiente pueblo, a
pocos kilómetros de aquí. En el banco de piedra de sillería adosado a la
fachada del bar están sentados los mismos parroquianos de siempre,
Chuchón y Prudencio, con su puro apagado entre los dientes, que, aunque
parezca mentira, no siempre es el mismo.
Quinientos metros después, tomo el desvío a la izquierda para subir a
Cerezalín, el barrio más alto del pueblo, el más bonito y el que tiene las
mejores vistas del macizo occidental de los Picos de Europa. Me viene
ahora a la mente el viejo Seat de mi padre cargado de maletas, comida y
demás enseres, la mayoría para abandonar en el desván. Recuerdo cómo
subía por esta pista sin asfaltar hasta la casa de mis abuelos cada verano. El
primer tramo lo alquitranaron cuando arreglaron la carretera, pero el
presupuesto no dio para todo y el último kilómetro sigue siendo un camino
de grava y grija estrecho y empinado.
—¿Es esa? —pregunta Telmo cuando llegamos a la bifurcación.
La entrada de la casona es lo primero que divisamos.
—No, esa no. ¿De verdad que ya no te acuerdas? —le pregunta su madre.
—Pues no, mamá. Era muy pequeño cuando vinimos.
Apenas unos centímetros menos que ahora. La fragilidad de la memoria a
edades tempranas. Nada que ver con lo que me ocurre a mí en este instante,
que mi cerebro no deja de procesar ráfagas y ráfagas de recuerdos con olor
a verano. De aquellos días infinitos, de los retos absurdos, de los baños en
el río, de los paseos en bicicleta, de los miedos teñidos de vergüenza, de las
huellas, de las piedras, de las cosquillas bajo el cerezo, de mi nombre
silbado en sus labios y de algunas primeras veces, unas inevitables, que
llegaron. Y otras inalcanzables que se esfumaron.
—Esa es la casona de Gracia —le aclaro y sin poder evitarlo sonrío.
Me fijo en que están todas las ventanas abiertas de par en par. Y entonces,
otra cascada de imágenes y de sonidos me invade: las risas, los escondites y
las noches de tormenta, incluida la última.
—Gracia es la vecina del abuelo, cariño —le explica mi hermana—. La
nuestra es esa, la de la buganvilla púrpura.
Frondosa, en flor e increíblemente vistosa, me quedo con ganas de añadir.
Doy el intermitente solo por inercia, a este rincón apartado del pueblo no
sube nadie, a no ser que vayas a una de las dos propiedades, porque la pista
termina aquí. Detrás solo está el monte y, en su punto más alto,
encontramos lo que se conoce como La Loma.
Mi sobrino baja la ventanilla para observar todo.
—Es más pequeña —apuntilla y su madre, sin dejar de asentir, se ríe.
Yo solo resoplo.
—¿Qué quieres? El tamaño sigue importando —afirma mi hermana.
—Sí, sobre todo el del cerebro —contraataco—. La nuestra es más
acogedora y más especial porque la construyeron el abuelo y su padre.
—¿Con sus propias manos? —pregunta mi sobrino.
—Exacto, nano. Es que los dedos sirven para hacer un montón de cosas
además de toquetear pantallas, ¿sabes?
—¿Hueles eso? —Gloria husmea el aire—. Es tu tío, el rústico, destilando
olor a caca de vaca.
Mi sobrino se parte de risa.
—¿Rústico? ¿Caca de vaca? Se dice boñiga. Por favor…, ¿no se te ha
ocurrido nada mejor?
—Rural, viejuno, pueblerino, cromañón… Anda, no seas abuelo cebolleta
—se mofa mi hermana—. Tu tatarabuelo viajó a Francia de joven, a la
Provenza —le explica a Telmo—, y, en lugar de enamorarse de una francesa
rubia y caprichosa, se enamoró de una casa. Después, regresó al pueblo y se
empeñó en construir esta réplica para vivir aquí con su familia. No sabemos
si es exacta a la otra, porque nunca nos han llevado a ver la original.
Nuestro abuelo Lorenzo, que era un crío en aquella época, lo ayudó a
construirla.
—Y luego el abuelo cebolleta soy yo, ¿no? —Me lo ha puesto muy fácil
—. ¿También le vas a contar tus historias de juventud, Gloria? Como
cuando te caíste en aquella pila de abono mientras jugábamos al escondite.
O aquel mes de julio que no quisiste salir de casa porque tenías granos en la
frente. Espera, o aquel otro día que te pillaron mangando la botella de orujo
del abuelo para tomártela con ese inglés que se hospedaba en casa de doña
Remigia…
—Mejor te callas.
Paro el motor y me bajo del coche para abrir el candado que blinda la
verja de forja. Necesita una mano de lija y, de paso, darle un tratamiento
antes de volver a pintarla. Se me acaba de ocurrir que es una tarea perfecta
para que mi sobrino aprenda a usar las manos. A ver si soy capaz de
conseguir que haga actividades diferentes. En cuanto entremos en casa, me
encontraré con un montón de cosas más que necesitan un arreglo. Y eso que
la última vez que estuve ya hice algunos de los más urgentes, como el
canalón del tejado. Al menos, espero que esté limpia. Hace unos días le
pedí a mi primo Elías, que es el único que sigue viviendo cerca, que
mandara a alguien a ventilarla y a adecentarla antes de nuestra llegada;
confío en que no se le haya olvidado.
Mientras intento meter la llave en el candado, está algo oxidado y no lo
logro a la primera, oigo una canción conocida y una voz entonando la
misma. Cerca. Tan cerca como que el sonido proviene de la propiedad de
los vecinos. Me muevo un paso y alzo la mirada hacia la ventana lateral de
la casona. No veo nada, porque las vistas, las buenas, las frontales, son las
que tengo desde mi habitación, en la primera planta.
Creo recordar que mi abuelo me dijo que ahora con Gracia vivía su
cuidadora. Me comentó, como dato adicional, que era de un país de esos
lejos, al otro lado del charco. El volumen de la música sube y, con él, el de
esa voz carente de acento latino y desafinada. Dudaría, porque podría ser de
cualquiera, pero que esté cantando como si la vida le fuera en ello su propia
canción, Niña Candela, de Manolo García, es altamente sospechoso.
—¿No puedes abrir? —Mi hermana se ha bajado del coche y mi sobrino
con ella. Me sobresalto como un idiota, porque es como si me hubieran
pillado in fraganti robando algo a hurtadillas. Cuando lo único que hacía
era disfrutar de un viaje al pasado. Uno más y voy a empezar a perder la
cuenta—. Es que Telmo no aguanta más, necesita ir al baño.
—Que lo haga contra la tapia —propongo.
—No seas ordinario.
—¿Sí? ¿Puedo? ¿Puedo, mamá? —pregunta él entusiasmado.
—Claro que…
—Sí, claro que puedes —la interrumpo—. Apunta a esas piedras, a las del
medio, no a las de abajo porque te salpicarás.
—¡Ya te vale, Rodrigo! Ya te vale —se queja mi hermana voceando, justo
cuando la canción ha terminado y, por consiguiente, la interpretación de la
cantante.
La ha tenido que oír hasta Gracia, que tiene pérdida auditiva desde hace
algunos años y no es muy partidaria de revisar su audífono.
—¡¿Tontodrigo?! —¿Cómo? ¿He oído bien?—. ¿Eres tú?
La cabrona de Candela se acaba de asomar a la ventana para comprobar
que está en lo cierto. Y cabrona se lo digo con cariño, la mayoría de las
veces. Porque usar el mote que me puso cuando la cabeza de ninguno de los
dos llegaba a la altura de la tapia es de primero de maldad. De esa maldad
infantil que odiaba y adoraba a partes iguales y que, durante muchos
veranos, alimenté.
Tres pares de ojos se posan en su figura. Aunque solo un par está atrapado
en sus iris azules y en sus labios. Para mayor ridículo, lo hago con la
maldita boca abierta, mientras ella se inclina sobre el alféizar. Tan rubia.
Tan bonita. Tan natural. Tan… condenadamente turbadora.
—¡Niña Candela! —la saludo.
Si hay que retroceder alguna década, podemos hacerlo los dos.
—No es una niña —musita Telmo con pena, que no ha sido capaz de
hacer pis todavía, aunque ya se ha bajado parte del pantalón.
—Bueno, eso es algo relativo —mascullo, pero ella tiene un oído finísimo
y cabecea desde su posición porque me ha oído.
—Hola —saluda con sequedad mi hermana.
—Hola, Gloria. Y tú debes de ser ¿Olmo? ¿Olfo?
—Telmo. Me llamo Telmo.
—Perdón, es que no me acordaba, Telmo. Telmómetro entonces.
Adjudicado.
La carcajada me brota sola y es estruendosa. Lo que empeora la situación,
porque ahora mi sobrino pone cara de compungido. No, no le ha pillado el
punto al juego con su nombre. Además, me mira mal. Igual que lo hace mi
hermana, que se ha metido en su papel de madre sobreprotectora y
ofendida. Me arranca las llaves de la mano y se gira arrastrando al niño para
abrir ella misma la verja. Lo consigue a la primera y no tarda ni tres
segundos en abrir también la puerta de casa.
—Vaya. ¿Se han enfadado? Solo era una broma. He pensado que como su
tío tenía un mote a él también le gustaría. ¿Puedes dejar de reírte?
—No puedo. —Trato de controlarme—. Es que sigues teniendo un humor
muy particular, niña. Y muy grande.
Cuidado con esa entonación, Rodrigo.
Cuidado con esas dos sílabas saliendo de tu garganta.
Cuidado con el recuerdo de aquella última vez que no fuiste capaz de
despedirte.
—Como tu coche, ¿no? Ese monstruo no te cabe ahí dentro.
—Lo sé, pero pensaba dejarlo fuera. Total, por aquí no pasa nadie.
—Pasa Tino con las ovejas. Hay días que baja de La Loma con alguna que
se ha puesto enferma y luego vuelve a subirla. Le gusta el trajín.
—¿Tino sigue vivo? Pero ¿cuántos años tiene?
—Unos ciento cuarenta y cinco más o menos, como Chuchón y
Prudencio, a los que darán santa sepultura en el banco de La Serranita. ¿A
que estaban ahora ahí?
Vuelvo a reírme, es inevitable. Y a fijarme en que se ha erguido y solo
lleva puesta una camiseta de tirantes, muy corta. Ahora veo más piel blanca
de la deseada.
—Estaban —confirmo.
—¿Qué haces aquí, Tontodrigo?
—He venido a pasar el verano, niña Candela. Y me he traído a Gloria y a
Telmo para que me acompañen.
—¿Todo el verano?
—Esa es mi intención.
—Ah. —Asiente, como si estuviera procesando la información.
Luego, se recoge el pelo en un moño, por lo que la camiseta se le sube
todavía más y mis párpados pestañean menos. No estamos lo que se dice
cerca y hace años que no nos vemos, sin embargo, puedo distinguir, o
recordar, porque la tengo memorizada, la marca de su ceja izquierda desde
aquí. No es la única cicatriz que tiene sobre la piel, y si no se ha hecho
ninguna nueva, te prometo que puedo enumerarlas todas.
—Y tú ¿qué haces aquí?
—He venido a pasar —hace una pausa larga— la vida.
Esa afirmación tan lacónica necesita una explicación más exhaustiva, pero
imagino que no va a dármela. Y menos ahora, cuando acabamos de volver a
vernos sin que ninguno lo esperara.
Candela fue mi mejor amiga durante mi infancia y mi adolescencia, y
también algo más. Algo más que ninguno quiso catalogar, porque, con
diecisiete años, no eres del todo consciente de lo que sientes. O sí. Quizá
por eso nuestros caminos se separaron aquella noche en la que yo estaba a
punto de cumplir la mayoría de edad. Nos perdimos la pista algo más de
una década y, aunque gracias a nuestros abuelos estuvimos, más o menos, al
tanto de los logros del otro, no nos volvimos a ver hasta hace cinco años,
que coincidimos aquí, antes de la pandemia. Lo que me sigue pareciendo
increíblemente curioso es que da igual el tiempo que pasemos sin contacto,
porque, cuando ella y yo estamos frente a frente, es como si nada hubiera
cambiado. Siempre hemos sabido leernos, eso es así.
—Descarga rápido lo que tengas en el maletero y trae el coche hasta aquí.
Enseguida bajo y te abro para que lo dejes al lado del mío. Si ya no lo vas a
mover, claro.
—No, no voy a moverlo hoy. Así aprovecho y saludo a tu abuela. Quiero
contarle la sorpresa que vamos a darle a mi abuelo mañana, que es su
cumpleaños.
Como estás comprobando, acato su orden sin rechistar, igual que hice a
los quince minutos de conocerla, durante aquel primer verano que fuimos
conscientes de la presencia de otro niño en la casa de al lado. Después de
aquel, fuimos alternando el poder año tras año, aunque a mí me divertía
mucho hacerle creer que lo tenía yo cuando siempre lo tuvo ella.
6. EL NIÑO
Candela

Rodrigo. Rodrigo está aquí. En el pueblo.


Está aquí, en la casa de su abuelo, al otro lado de la tapia.
Justo ahí. A unos metros. Más fuerte. Más melenudo. ¿Más guapo?
Para afirmar esto último, tendré que verlo más de cerca. Comprobar si
sigue teniendo esas cuatro pecas detrás de la oreja izquierda, que si las unes
con una línea imaginaria forman un rombo. Identificar el tono exacto de las
motas que salpican sus ojos verdes, parduzcas, ambarinas o chocolateadas,
dependiendo de la intensidad de la luz que incida sobre sus iris. Y constatar
si sigue conservando la sutil y bonita forma de sus labios.
En realidad, tantearnos y medirnos durante los primeros días de aquellos
veranos que pasábamos aquí era nuestro ritual. Sobre todo, porque para
admirar al verdadero Rodrigo Martín había que dejar que pasaran unos
cuantos días. Los necesarios para que él se desprendiera de ese tufillo a
madrileño enjaulado. El problema es que hoy, pese a la sorpresa y a la
distancia, lo he visto muy diferente.
¿Habrá cambiado?
¿Es una pregunta trampa, Candela?
Porque han pasado algunos años desde la última vez que os visteis y una
pandemia de por medio. Tu abuela, tu padre, tú, todo el mundo ha
cambiado, excepto Chuchón y Prudencio, claro.
Ha dicho que va a quedarse, ¿verdad?
Sí. Todo el verano.
Eso es mucho tiempo.
Depende de con qué lo compares.
También es extraño que haya venido con su hermana y su sobrino, ¿no?
Por cierto, Telmo, no Telmómetro. Reconozco que el juego de palabras ha
sido tonto e infantil, pero es lo primero que se me ha ocurrido y así lo he
soltado. Me he precipitado. El crío no me conoce de nada y habrá
alucinado. Tendría que haber esperado a mantener algún tipo de
conversación con él para romper el hielo antes de hacerme la simpática. Ni
él ni su madre se han reído, en cambio, a mí sí que me ha hecho gracia. Y a
su tío también, supongo que, como ya me conoce, no le ha extrañado mi
metedura de pata; sus carcajadas han compensado con creces la ausencia de
las de los otros dos.
Me llevo la mano al muslo para espantar a una mosca pegajosa que no
deja de incordiarme. De repente, soy consciente de que me he asomado a la
ventana solo con la camiseta. Antes me he quitado el short vaquero para
probarme una falda, que creí haber perdido y que milagrosamente ha
aparecido en el fondo de este armario, y después no he vuelto a ponérmelo.
En mi defensa diré que junto a la falda había una caja con decenas de cedés
y, en cuanto la he destapado, es como si hubiera abierto el baúl de los
recuerdos de golpe y me hubiera abducido totalmente.
Podría haber elegido cualquiera, sin embargo, en cuanto he tenido en mis
manos el álbum de Manolo García, Para que no se duerman mis sentidos,
se han despertado los míos. Como la minicadena no funciona, he buscado
mi canción en Spotify. Uf, hacía siglos que no la escuchaba, por eso,
cantarla a pleno pulmón ha sido bastante catártico. Lo que no imaginaba es
que podría tener espectadores.
Ahora que lo pienso, ¿está el maldito cosmos jugando conmigo? ¿O solo
ha sido una simple casualidad? Porque, en cuanto la canción ha terminado,
he empezado a oír unas voces. Hasta aquí puede parecer que todo sigue su
curso normal, pero es que, precisamente, el dueño de ese disco era el que
hablaba, como si lo hubiera invocado.
Ese CD no es mío. Yo se lo regalé a él en el 2005, un año después de que
saliera. A partir de ese día, solía prestármelo cuando se lo pedía. Es obvio
que la última vez que lo hizo no se lo devolví. Así que, sin darme cuenta,
me he acercado a la ventana para echar un vistazo en bragas, una manera
tan válida como cualquier otra de reencontrarte con tu mejor amigo de la
infancia después de… ¿cuánto? ¿Seis años? No, seis no. Cinco. Cinco años.
Nos vimos el verano antes de la pandemia y, aunque apenas coincidimos
veinticuatro horas aquí, porque él llegó con sus amigos el día antes de que
yo me marchara, tengo bastante presente el recuerdo de aquella última
noche. Casi tan vívido como el primero.
Me aburro y no llevo aquí ni un día. Mi yaya está dando una cabezada en
el sofá y mis padres han regresado a Santander esta mañana. Me han
dejado aquí para que pase todo el verano con ella. Será la primera vez que
estemos tanto tiempo juntas y solas. Tengo ganas, la verdad, porque así no
tendré que escuchar todo el rato sus discusiones. Antes de subirse al coche
esta mañana, ya habían empezado con la siguiente. He preferido hacerme
la tonta o, mejor dicho, la sorda. A veces yo también me enfado, pero con
ellos, parece que no se enteran de que ya tengo ocho años. Los veranos
anteriores los he pasado con mis otros abuelos y mi madre en Lille, su
ciudad natal, y no puedo decir que hayan sido muy divertidos.
Saco mi pequeña pelota de goma del bolsillo de mi falda, es de esas que
caben en un puño y botan muchísimo, y decido salir al jardín. Lo hago por
la puerta de atrás, la que era la entrada a la consulta de mi abuelo. Él era
médico, como mi padre.
La lanzo contra el césped, pero no rebota, más bien se frena. Echo un
vistazo a mi alrededor y pruebo a estamparla contra la tapia de piedra que
separa nuestra finca de la del vecino. Ayer, cuando llegué, oí algunas risas
de niños, pero estaba a punto de anochecer y mis padres me obligaron a
deshacer mi maleta y a guardar mis cosas en el armario antes de cenar
todos juntos. Hoy, de momento, no los he oído. La pelota choca con una de
las piedras de la parte de arriba y sale disparada hacia el otro lado.
Vaya. Tendré que ir a buscarla, porque no pienso quedarme sin ella.
Como soy una de las más bajitas de mi clase, siempre me esfuerzo en
destacar de alguna otra manera, como, por ejemplo, corriendo mucho más
rápido que las de las piernas largas, saltando con más ímpetu o jugando a
cualquier tontería con los niños que incluya la fuerza. No suelo ganar, aun
así, nadie se burla de mí, porque saben que nunca me acobardo, y eso me
ha servido para que me tengan respeto en el patio. Por eso escalar esta
tapia me resulta lo más fácil del mundo, no es tan alta. Y lo cierto es que
con un pelín de esfuerzo consigo llegar al borde. Donde la lío es en el salto,
no mido muy bien y a punto estoy de abrirme la cabeza en la caída.
—Pero ¿qué haces colándote aquí, niña?
—Eh… Yo… —Me levanto y compruebo que siguen en su sitio los brazos
y las piernas. Noto una gota de sangre resbalando por la sien. La coleta se
me ha torcido hacia un lado. Y, además, siento un ligero dolor en la muñeca
derecha. Me habré hecho daño al apoyarme—. Vengo a recuperar mi
pelota, niño.
—No soy un niño. —Ruedo los ojos en un gesto que también hace mi
madre algunas veces, se lo he copiado.
—Claro, eres un hombre, pero sufres acondroplasia, ¿no? —No va a
saber lo que es porque yo lo leí en un libro de mi padre—. Si no pesas ni
treinta kilos, anda.
El niño, porque lo es, me señala con el dedo y entrecierra los ojos.
—Voy a cumplir nueve a finales de agosto.
—Enhorabuena, yo ya he cumplido ocho. Por cierto, me llamo Candela,
no niña, y voy a pasar el verano aquí con mi abuela.
—Y yo soy Rodrigo, no niño. Y pasaré el verano aquí con mi abuelo y la
pesada de mi hermana. Estás sangrando un poco.
—¿Por dónde?
—Ahí. —Me señala la ceja y llevo el dedo índice a la zona para
comprobar el alcance.
—Esto no es nada. Ayúdame a encontrar mi pelota, es roja, y tendría que
estar por aquí.
—Pues vale. Si la encuentro, ¿me la quedo?
—No. Si la encuentras, juegas conmigo, Tontodrigo.
El claxon me devuelve al presente. Cabeceo y me coloco a toda velocidad
el pantalón, porque bajar en bragas a abrirle no procede.
Cuando paso por el salón, veo a mi abuela ya despierta.
—¿Dónde vas con tanta prisa? Mila tiene llaves.
—A abrir a Rodrigo para que meta aquí el coche.
—Anda, así que ya han llegado.
—Yaya —la miro suspicaz—, tú sabías que él iba a…
Otro pitido.
—No solo acumulo años, también sabiduría. —Sonrío y a ella se le
curvan los labios ligeramente. Muy bonito, entonces por eso era lo de «deja
la ventana abierta, que no sabes quién puede aparecer», ¿eh? Vaya con mi
abuela, no da puntada sin hilo—. Vete a abrir.
Y eso hago. Rodrigo maniobra para dejar su coche al lado del mío y
cuando termina se baja.
—Mira, papá y su bebé —bromea cuando ve mi Mini al lado de su tanque
—. Bueno, no llega a bebé, más bien cigoto.
No le rebato. Simplemente, me quedo parada en mitad de la corralada,
como si los pies se me hubieran pegado a las losas, observando cómo se
acerca a mí. Todo él.
—Anda, ven aquí. —Salva la distancia que nos separa y me da un abrazo
de intensidad alta.
Sentirme entre sus brazos es extraño y a la vez familiar. El abrazo es
largo, demasiado largo, y me sirve para confirmar no solo las afirmaciones
de antes en relación a su físico, sino también las cavilaciones. Rodrigo está
más fuerte. Tiene el pelo más largo. Y está mucho más guapo. Mucho más.
Motas ambarinas salpicando sus iris verdes. Y la misma sonrisa sincera y
descarada de siempre. Como no podía ser de otra manera, huele
repugnantemente bien, a fresco, como si acabara de salir de la ducha y no
de un coche después de haber conducido cinco horas para llegar aquí.
—Así que… —decimos al unísono cuando nos despegamos.
Yo ruedo los ojos por la coincidencia y él se ríe sin cortarse. Hay gestos y
manías del otro que tenemos muy interiorizadas. Supongo que forman parte
de nuestro propio diccionario y que nunca se nos van a olvidar.
—Vamos a pasar los dos el verano aquí, menuda sorpresa, ¿no? —termina
la frase por mí.
—Eso parece. Estás…
—¿Guapo? ¿Fuerte? ¿Irresistible?
—Greñudo —afirmo. Paso de admitir todo lo demás en este instante.
Rodrigo se pasa las manos por los mechones castaños y me mira con aire
divertido—. No sé, estás diferente. Menos encorsetado que otras veces.
—Si eso pretendía ser un cumplido, gracias. Para mimetizarme con esta
paz y esta tranquilidad necesitaré unos días más. Arrastro demasiado
cansancio —me confiesa y por su tono sé que no me miente—. Tú estás
muy guapa también.
—¿También? Yo no he admitido que tú…
—Ya, no lo has admitido en voz alta. Tú estás más rubia. Y bastante más
comedida que otras veces. Excepto por lo de Telmómetro.
—Por favor, no me lo recuerdes.
—Ha sido gracioso. Al menos para la mitad de los presentes. ¿Qué tal
estás? ¿Todo bien? No sé, te noto… diferente.
—Será porque he crecido desde la última vez.
—Improbable, pero si te hace ilusión pensar que sí… —me pica—. Y
ahora en serio, ¿estás bien?
—Estoy, Rodrigo. Suficiente —respondo escueta—. Por cierto, ¿tú sabías
que iba a estar aquí?
Mi abuela y su abuelo hablan a menudo y sé que, en ocasiones, nos
colamos en sus conversaciones. Siempre ha sido así. Aunque no es que
compartan información muy relevante, porque ellos no conocen todos los
detalles de nuestras vidas. Solo fardan de nosotros de vez en cuando, como
les gusta hacer a la mayoría de los abuelos.
—¿Por qué tendría que saberlo? —me devuelve la pregunta.
—No sé. Igual tu abuelo te lo había comentado.
—No, él no me ha dicho nada. Además, se piensa que he venido a pasar
solo unos días. Tampoco sospecha nada de la sorpresa que le daremos
mañana por sus noventa veranos. ¿Y tú? ¿Sabías que iba a venir?
—Qué va. Aunque está claro que la señora Gracia sí.
Rodrigo no puede disimular la sonrisa cuando menciono a mi abuela.
Ellos siempre han congeniado muy bien. Él es afable y cariñoso, sobre todo
con las personas mayores. Además, es muy zalamero con ella. Su carácter
amable y paciente hace prácticamente imposible que te enfades con él. Y
con esto no quiero decir que sea dócil como una balsa de aceite, porque es
de los que defiende sus ideas y su verdad hasta la muerte.
—Candela…
—¿Qué? —Después de deshacer el abrazo, apenas se ha alejado de mí.
—Nada, es que estoy un poco alucinado. Todavía no me puedo creer que
vayamos a estar los dos aquí todo el verano.
—¿Y por eso me miras así?
Rodrigo no aparta la mirada de mis ojos.
—¿Así cómo? ¿Sorprendido? —miente.
Miente solo para complacerme. Rodrigo tiene un millón de preguntas
revoloteando en la cabeza que sabe que no voy a responder. Por eso sé que
no me mira sorprendido, así lo ha hecho antes, cuando me he asomado a la
ventana y me ha visto por primera vez. Ahora me mira interrogante. Lo
conozco. Solo hay que ver cómo me observa, como si ya estuviera dentro
de mi cerebro.
—Sorprendido, sí, será eso —miento yo también.
Para mí sí que ha sido una sorpresa. Una enorme.
Rodrigo me escruta con esa mirada limpia y a la vez condescendiente,
como si ya supiera que, en este instante, soy incapaz de ver el gris. Como si
se ofreciera a localizar cada herida abierta para luego limpiarla y seguir el
proceso de cura. Como si yo exudara la necesidad de soltar todas mis cargas
y él se presentara voluntario para aminorarlas. Como si tuviera la certeza de
que he vuelto aquí, al origen, porque es lo único que me salvará, estar en el
lugar donde fui feliz. ¿Cómo coño me lee siempre a la primera?
—Tranquila, tenemos todo el verano por delante, ya me lo contarás. —
¿Ves? Tenía razón, con él pocas veces me equivoco—. Yo también tengo
algunas cosas que contarte. Pero ahora será mejor que entre a saludar a tu
abuela.
Me pasa el pulgar por la marca de la ceja, la que me hice ese primer día
que lo conocí. Ese simple roce activa la circulación por el resto de los
centímetros de mi piel. Supongo que esta hipersensibilidad es fruto de los
meses de ausencia de caricias, o eso quiero creer.
—Está en el salón.
—¿Echando la siesta?
—No, ya se ha despertado.
—Está bien. Quiero contarle mi plan para mañana, que, indudablemente,
requiere de su presencia y de la de su exquisita tarta de manzana.
Rodrigo camina hacia la puerta y se aleja de mí. Cuando lo veo entrar en
mi casa, el último recuerdo que tengo con él irrumpe con fuerza en mi
cabeza. No tiene ningún sentido, porque ese día ni tan siquiera lo vi entrar
por aquí, lo hizo por la ventana, como casi siempre. Y, en realidad, aquella
madrugada tampoco lo vi marcharse. De ahí que todavía sea más absurdo.
Qué puñetera y caprichosa es la memoria cuando quiere, ¿verdad?
Consigo salir del bucle cuando oigo el coche de Mila llegar. Me acerco
para ayudar a las chicas a bajarse. Es una pena, pero es que los años pesan
más en las piernas que en la cabeza, según dicen ellas. Yo añadiría que
también pesan en el corazón.
7. NOVENTA VERANOS
Rodrigo

La cara de emoción de mi abuelo cuando lo he bajado del coche y ha visto a


todos sentados alrededor de la improvisada mesa debajo de la buganvilla no
se me va a olvidar nunca. El brillo especial en sus ojos, la sonrisa incrédula
y el aumento del tembleque de su mano derecha han sido signos
inequívocos de que la sorpresa le ha encantado. Y lo mejor de todo es que
no se la esperaba.
Aunque, si tengo que hacer honor a la verdad, tendré que aclarar que toda
esa emoción no ha podido compararse al estado de felicidad absoluta que ha
experimentado al probar la famosa tarta de manzana de Gracia. Ella, que
está sentada a su derecha, al verle y, sobre todo, al escucharle hacer ese
ruido característico cuando degustas algo que te encanta también se ha
emocionado, juraría que tanto como él. No sé a qué época ha retrocedido la
mente de mi abuelo, ni qué recuerdos ha evocado con cada pedazo del
postre, pero, sin duda, ha regresado a un rincón bonito, a uno donde fue
feliz. Solo Candela y yo hemos percibido esas pequeñas lágrimas que se le
escapaban de los ojos y que intentaba contener por todos los medios.
Me gusta verlo así de contento, en su casa, disfrutando, riendo y charlando
con sus amigos; hasta Prudencio y Chuchón han subido a soplar las velas
con él. También están Mila, Agripina, Mercedes, Piedad, Gracia y Candela.
Además, han venido mi tía Reyes y mi primo Elías, así que tiene a su lado a
sus tres nietos y a su único bisnieto. Mis padres son los únicos que faltan,
están de crucero por el Mediterráneo y le han felicitado antes desde Venecia
por videollamada.
Viéndolo ahí sonriente con Telmo sentado en su regazo, y rodeado de los
suyos, comprendo por qué mi abuelo no quiso marcharse de su casa hasta
que las circunstancias lo obligaron cuando la última operación de cadera no
salió como todos esperábamos y le condenó a tener que usar esa silla de
ruedas para moverse. En aquel tiempo, traté de buscar alternativas, pero mi
padre y mi tía decidieron que lo mejor para él, para que estuviera atendido y
cuidado, era ingresarle en una residencia.
Es cierto que la casa no reunía las comodidades necesarias para que él
pudiera quedarse, ni tan siquiera para que alguien viniera a vivir con él y
cuidarle, como ha pasado con la abuela de Candela. Aquí no existe la
posibilidad de acondicionar una habitación en la planta baja. Además, se
necesitarían al menos dos cuidadores 24/7 con buen tono físico para que
pudieran subirle y bajarle por las estrechas escaleras. Era inviable. Pensé en
llevármelo a mi casa a Madrid a vivir conmigo, pero cuando lo dejé caer fue
él el que se negó rotundamente. Una cosa es dejar tu casa y otra muy
diferente también dejar el valle. Al fin y al cabo, en la residencia puede
seguir hablando con sus paisanos, estar al día de lo que ocurre en la
comarca y respirar la misma brisa de siempre.
—¿Quieres que te eche una mano? —me pregunta Candela, que acaba de
entrar en la cocina.
Ay, si ella supiera. Me gustaría que me echase las dos. Al cuello. O a la
espalda. Para sentir su cuerpo pegado al mío como la última noche que
estuvimos juntos. Sonrío por dentro, porque, si lo hago por fuera, ella se
esconderá en su madriguera otra vez, y es lo último que quiero. Sigo
cansado, con el sueño alterado y con la misma presión sobre los hombros
que cuando abandoné ayer Madrid. Sin embargo, no puedo negar que, desde
que la vi asomada en esa ventana, mi cerebro va un par de pasos por delante
de mi voz y no dejo de pensar en que quizá nada hubiera sido igual si
aquella última noche ella y yo…
—Le he dicho a mi hermana que viniera a ayudarme con el café.
—Igual no te ha oído, está con el teléfono —me informa.
Echo un vistazo a través de la ventana y compruebo que, efectivamente,
está enredada con su móvil.
—Sí, su adicción al teléfono empieza a ser preocupante. Ella no se da
cuenta, pero es que está todo el tiempo así, abducida. Lo que más rabia me
da es que le está dando un pésimo ejemplo a su hijo, pero, claro, yo no soy
padre y mi opinión no cuenta. Estará insultando a su ex por mensaje, que es
otro de sus pasatiempos favoritos, entre match y match de Tinder.
Mientras se hace el café voy recopilando todos los vasos y tazas de los
armarios, algunos tienen hasta telas de araña. Candela, que también se da
cuenta, los lleva hasta el fregadero para limpiarlos.
—A ver, es que las rupturas siempre son duras —comenta de soslayo.
—Soy consciente —siseo y noto cómo sigue aclarando la taza blanca a
conciencia, como si no se atreviera a mirarme. Al juego de dejar caer
pensamientos sin abrirnos del todo también sé jugar yo—. El problema es
que ella no ha pasado al siguiente nivel y sigue anclada en la fase de
negación e insulto. Parece que es feliz en ese espacio, solo aparentemente.
Y Telmo es como una esponja, se da cuenta de todo ya.
—No es fácil. Dale tiempo.
—Claro, como el que te voy a dar a ti.
—Rodrigo…
—Supongo que, si te has mudado aquí, tú y él ya no…
—Y yo supongo que, si tú vas a estar todo el verano aquí con tu familia,
será porque ella y tú ya no…
—Igual deberíamos hablar sin tapujos, ¿no crees? Y dejar las suposiciones
—afirmo con los ojos clavados en los suyos—. Porque es obvio que nuestra
situación es bastante diferente a la que teníamos la última vez que nos
vimos.
—Por favor, solo hace veinticuatro horas que nos hemos reencontrado,
dame una tregua. Además, hoy estamos de celebración. No todo el mundo
llega a cumplir noventa años. Hoy solo hay un protagonista y es Lorenzo.
—Está bien —claudico. Ella cierra el grifo y busca un trapo para secarlos.
Le doy el que está a mi derecha y, al girarse, vuelve a mirarme de frente—.
¿Sabes a lo que me recuerda todo esto?
—¿A qué? —inquiere.
—A los primeros días de aquellos veranos cuando nos reencontrábamos.
Recordarás que cuando llegábamos, después de estar todo el año sin vernos,
nos costaba romper el hielo un par de días. Era como si nos estuviéramos…
—Tanteando —responde ella por mí.
Los ojos se me quedan atrapados en la intensidad del azul de los suyos.
Sin pensar en su reacción, mi mirada desciende por su nariz y llega hasta su
boca, igual de apetecible que hace veinte años. Para colmo, no ha parado de
comer cerezas desde que se ha terminado la paella, así que, además de tener
ese color más rosado de lo habitual, sabrá de vicio.
—Exacto —afirmo y regreso aquí, al presente.
—Eso era porque tú venías de la capital con aires de tío guay y con pintas
de cayetano.
—Cabrona. Pero menos mal que ya estabas tú aquí para recordarme mis
raíces y sacar al salvaje que llevaba dentro, ¿no?
—Exacto —me parafrasea y sin ser consciente, mi mano viaja hasta su
brazo derecho, donde reposa el tirante de su vestido verde, que se le ha
resbalado del hombro. Mientras se lo subo, las yemas de mis dedos le rozan
ligeramente la piel.
—¿Ya está el café? —Elías entra en la cocina y no puede ocultar su
sonrisa de gilipollas al pillarnos así—. ¿Qué hacéis los dos aquí? Vale,
prefiero no saberlo. Aunque me flipa que os sigáis escondiendo como
cuando teníais quince años.
—También me flipa a mí que tú sigas encontrándonos. Vete sacando esto
—le espeto y señalo los vasos.
—Enseguida. Pero, ahora que estáis los dos solos aquí, quería comentaros
un tema sobre las viñas.
—Es el cumpleaños del abuelo, Elías. No es un buen momento.
—Míralo, está feliz y muy ocupado. Acaba de empezar a cantar Pena
mora, de Juanito Valderrama, con tu abuela haciéndole los coros —nos
informa—. Después de recordar cómo la cantaron juntos en una romería.
Según Prudencio, lo hicieron tan bien que los querían llevar a las fiestas de
otros pueblos.
Candela se asoma por la ventana para no perderse el espectáculo y yo
hago lo mismo. No sé quién está más exultante, si mi abuelo dando el do de
pecho o la vecina con una sonrisa de oreja a oreja contemplándolo.
—Solo serán dos minutos —insiste mi primo—. En cuanto esté el café,
salimos.
—¿De qué viñas hablas? —pregunta ella.
Yo tengo algo más de información. No es la primera vez que mi primo
saca el tema, aunque nunca le he hecho demasiado caso. Nos comenta que
ha sido un año muy bueno para la bodega y que él y su socio han pensado
en hacerse con más vides antes del invierno.
—El abuelo y tu abuela tienen unas vides en El Hoyo, una pegada a la
otra. Queremos comprarlas y recuperarlas lo antes posible. A ver si sois
capaces de convencerlos de que nos las vendan. Cuando yo se lo he
insinuado en alguna ocasión, no me han tomado muy en serio. Están en
estado de abandono, así que lo mejor sería que se deshicieran de ellas.
—Si ellos te han dicho que no… —dice Candela.
—Tampoco les hice una oferta en firme. He pensado que podíais venir un
día a la bodega, os enseño todo el proceso de producción, terminamos la
visita guiada con una buena cata, jamón, lomo, queso…, y os informo de
cómo sería todo. Confío en que luego seáis mi enlace con ellos.
—Lo de la cata suena bien —sisea Candela.
—Suena arriesgado, me apunto —confirmo.
—Está bien. De lo demás no puedo prometerte nada —afirma ella—. Si
Gracia dice que no, es que no.
—Me conformo con que lo intentéis.
El sonido de la cafetera se mezcla con los aplausos que vienen del
exterior, la actuación ha terminado, así que ha llegado la hora del café.
8. LO QUE MENOS ME ESPERABA
Candela

Aprovecharé que Yasmina está haciendo compañía a mi abuela en el jardín,


a la sombra de la higuera, para subir a la biblioteca y empezar con la tarea
que me he propuesto. Hoy me ha confirmado que solo podrá venir los lunes,
los martes y algunos viernes, no todos, y que tampoco podrá llegar muy
temprano, aunque lo compensará yéndose algo más tarde. Mi abuela dice
que se habrá echado un novio y se le pegarán las sábanas, pero yo sé que es
porque lo compagina con otro trabajo.
Solo llevo aquí cinco días, pero han sido suficientes para darme cuenta de
lo exigentes, y a la vez intransigentes, que se vuelven las personas mayores,
sobre todo con los que están más cerca de ellos. Y tengo la firme
convicción de que no depende del carácter que cada uno tenga, sino que, de
manera generalizada, le sucede a la mayoría. A medida que cumplen años,
se vuelven más demandantes de atención, de cariño y de protagonismo,
como si atenderlos a ellos ocupara el número uno en la lista de quehaceres
de los que los cuidan. Son como bebés, pero con canas y arrugas. Requieren
atención constante.
Me hace gracia porque, cuando llegué el viernes pasado, mi abuela me dio
a entender que no pintaba nada aquí, que el pueblo era muy aburrido y que
no tenía que sacrificarme por estar con ella este verano. Sin embargo, ahora
que ya hemos empezado a establecer nuevas rutinas entre nosotras, y a
pesar del poco tiempo que ha pasado desde mi llegada, me apuesto lo que
quieras a que ya no me animaría a irme y dejarla sola con Yasmina otra vez.
Ella no lo sabe, pero la suerte de encontrarnos en este instante y en este
lugar las dos es mutua. En este momento vital que estoy atravesando, solo
tengo dos prioridades en la vida. La primera, cuidar todo lo que pueda de
ella. Y la segunda, cuidarme yo.
Busco un trapo en la despensa para limpiar el polvo. Cuando subo las
escaleras, me paso primero por mi habitación para coger un bolígrafo y un
cuaderno. Como tengo la ventana abierta enseguida oigo la voz de Rodrigo.
—¿Ya te vas, nano? Si todavía te quedan esos barrotes de ahí.
—¿Qué quieres? ¿Que le dé una insolación al niño? —protesta su
hermana.
—Pero si tiene la visera puesta —contraataca él.
—Hace mucho calor, déjalo para cuando caiga el sol esta tarde, pesado —
comenta Gloria—. Vamos a estar aquí dos meses, no sé por qué ese afán de
arreglar todo en una semana.
—Déjalo, nunca lo entenderías —rebate él.
Su voz es como un imán, no puedo evitarlo, así que me acerco a la
ventana para espiarlo desde aquí y enseguida me doy cuenta de mi error.
Está bebiendo agua del botijo. Lleva un pantalón corto verde caqui y no se
ha puesto camiseta. Eso sí, en la cabeza luce uno de los sombreros de paja
de su abuelo y por la nuca asoman los mechones largos de su pelo. Vamos,
que es la versión rural de aquel anuncio de refresco tan ridículo.
¿Seguro que es ridículo, Candela?
A ver, el anuncio lo era. La imagen de Rodrigo así da un poco de risa,
pero, siendo sincera, ridícula no es como la definiría. Lo cierto es que es
bastante motivadora. Y sofocante, eso también, que con la temperatura que
hace hoy no es lo que necesito. Y sí, está más fuerte. Aunque me repita
diciéndolo. ¿Dónde quedó aquel niño atlético y flacucho que me metía la
lengua hasta la…?
Stop. Fin. Que te embalas.
—Pues que te quede claro que, si te da un jamacuco, yo no voy a conducir
tu coche para llevarte al médico.
—Tranquila, ya me lleva la vecina en su llavero, si quepo, que esa es otra.
¿Verdad, Candela?
Igual lo del imán es mutuo, ¿no? ¿Por qué sabe que estoy aquí agazapada?
Sí, como la vieja del visillo, pero sin visillo, que aquí hay contraventana.
—¿Te va a durar mucho la coña? —Me asomo por completo, total, ya
sabe que estoy aquí. No hay ni rastro de su sobrino ni de su hermana, se
habrán metido en casa—. Porque no eres gracioso.
—Un poco sí. ¿Qué? ¿Vas a seguir mirándome desde ahí arriba? ¿No
prefieres admirar todo esto más de cerca y comprobar si tengo las pecas con
forma de rombo todavía?
—Eres muy lerdo.
—Me gusta más zalamero, como me dice tu abuela. Y con buen corazón.
—Se lleva una mano al pecho y finge ser un corderito, además, utiliza las
palabras más trilladas de mi yaya cuando se refiere a él—. ¿Vienes a
ayudarme a pintar, niña? Espera, que se me había olvidado que tu tono
blanco nuclear no combina bien con el sol.
—Ya te ha dado una insolación, ¿no? Pues como sigas así sufrirás
quemaduras de tercer grado, que lo sepas. Deberías ponerte algo por
encima, que no estás en tu gimnasio de esnobs pavoneándote delante de las
nenas en esa urbanización ultrapija tuya de Madrid.
La carcajada que sale de su jodida boca retumba contra el monte y se
cuela por mis tímpanos multiplicada por mil.
—Tino ha pasado antes con las ovejas y no ha hecho ninguna alusión a mi
outfit. Igual es solo cosa tuya, que te fijas demasiado.
—Paso de seguir insultándote. Me retiro. —Me pongo ceremoniosa—. Yo
también tengo mucho que hacer, pero dentro de casa.
—¿Vas a estrenar tu cuaderno?
—Sí.
—Pues por la tarde me lo enseñas.
—Ya veré.
—Que me pongo una camiseta, te lo prometo. La de los Lakers falsa que
compré ayer.
Cabeceo y me alejo de la ventana, ese elemento de mi habitación que fue,
y por lo que parece será, un nudo que impide que la cuerda se rompa por los
extremos y termine alejándonos a nosotros, no sé si me he explicado bien.
La camiseta de la que habla la compró ayer en el mercadillo que ponen
todos los lunes, a tres kilómetros de aquí, en la capital del valle, la zona más
urbana por decirlo de alguna manera. Hay puestos de comida, de ropa, de
calzado y, en general, puedes encontrar casi de todo. Yo solo cogí el
cuaderno para anotar los libros que tenemos en la biblioteca y mi abuela se
compró unas zapatillas nuevas para casa. Sí, la señora Gracia me
acompañó. Hacía mucho tiempo que no iba y, aunque al principio estaba
bastante reticente, porque se había levantado quejándose de las piernas, la
animé a que se vistiera, cogiera su bastón y viniera conmigo, porque
todavía no había llegado Yasmina. Sabía que le gustaría dar un pequeño
paseo y salir, aunque solo fuera un rato. Justo cuando iba a meterse en mi
coche, apareció Rodrigo, que también iba a bajar de compras; llevaba una
lista interminable de cosas para encargar en la ferretería. Y el zalamero,
como ella lo llama, tardó menos de dos segundos en convencerla de que iba
a ir mucho más cómoda en su nave espacial que en mi llavero, de ahí la
bromita. Lo que supuso que no solo la llevara a ella, sino también a mí.
Podría haber bajado sola, pero me parecía un poco absurdo contaminar más
moviendo también mi coche. Su sobrino se dio un atracón de dulce el
domingo en la fiesta de cumpleaños de Lorenzo y estaba todavía pachucho,
así que Gloria, que también quería ir, se tuvo que quedar con él.
La experiencia fue curiosa y divertida. Mi abuela, a pesar de volver
cansada, disfrutó del paseo. Y también fue un poco intrusiva, al menos
durante el trayecto de vuelta, porque Cayetana (y no es un sobrenombre, la
chica se llama así), su novia, o su ex, ese punto todavía sigue siendo una
incógnita, lo llamó cuatro veces, las mismas que él rechazó su llamada.
Desde que nos dejó en la corralada casi a mediodía, no lo había vuelto a ver,
hasta ahora.
Antes de entrar en la biblioteca, echo un vistazo a mi móvil, no voy a
mentir, a mí también me gustaría recibir una llamada de Isaac, solo una.
Cada día que pasa es un día más que se niega a hablar conmigo. Un día más
en el que mis tres cajas siguen en su poder, y si fuera solo ropa u otras
chorradas, no estaría así, pero él sabe que lo que guardan tiene mucho valor
para mí. Y un día más en el que, por su culpa, no puedo dar carpetazo de
manera definitiva a lo nuestro. En fin, será mejor que me encierre en la
biblioteca y me concentre en algo más productivo.
Dedico más de una hora a sacar y limpiar los libros de medicina de mi
abuelo. Me encuentro algunos muy antiguos, que trato con sumo cuidado;
muchos están en latín y por la fecha de las ediciones caigo en la cuenta de
que pueden ser de mi bisabuelo más bien, el padre de la yaya, que también
era médico. Los he dejado apilados sobre el escritorio y algunos en el suelo.
La madera de la estantería tiene algo de polilla, así que quizá le pida a
Rodrigo consejo para intentar tratarla antes de volver a colocarlos. No voy a
reconocérselo, pero siempre ha sido un manitas. Igual que su abuelo.
Cuando era un crío le encantaba echarle una mano cada vez que estaba
arreglando algo. Por lo visto, le sigue gustando.
Empiezo a anotar todos los títulos en el cuaderno y me doy cuenta de que
son muchísimos. Tantos que no sé si necesitaré comprar otra libreta. Lo
bueno es que La Serranita abre el jueves y seguro que en la tienda puedo
encontrarla.
No miro el reloj hasta que ha pasado más de una hora. El tiempo ha
volado. Seguro que mi abuela ya estará sentada a la mesa para comer. Antes
de bajar, vacío una columna que alberga solo novelas, para ponerme con
ellas luego. Aquí hay de todo, policiacas, de política, algunos clásicos, que,
por lo que sé, le entusiasmaban a mi abuelo. Me tengo que poner de rodillas
para poder sacar las que están en la última estantería. Son las de Corín
Tellado, que, sorprendentemente, le encantaban a mi abuela. Esas las voy
dejando encima de la butaca, porque son más ligeras.
Cuando saco la que estaba en el fondo, La última noche, un folio se cae al
suelo, quizá estaba entre sus páginas. Tiene un tono bastante amarillento y
está salpicado por algunas manchitas marrones. Lo desdoblo y, a
continuación, estornudo, menos mal que tengo el inhalador en mi
habitación para luego.
A pesar de la visible huella del tiempo, la caligrafía es legible. No lo dudo
y empiezo a leer.
Cádiz, 1 de septiembre de 1952
Querida Gracia:
Como te prometí, te escribo esta carta para informarte de que ya he
llegado a mi destino. Atravesar el país para llegar aquí ha sido toda una
odisea, pero no quiero gastar tinta en contarte las vicisitudes de la
travesía, solo te diré que si se me hizo más soportable fue gracias a que
Cobo ha venido conmigo; los montañeses ya nos llaman por aquí.
Esto está tan lejos de casa que me ronda por la cabeza la idea de que
tu madre usara sus influencias para alejarme lo más posible de ti.
Nunca subestimes el poder de la señora de González de Ceballos,
aunque, si ella hubiera metido mano en este asunto, supongo que mis
pies estarían llegando a Melilla.
A ratos hace calor y a otros sopla un viento muy fuerte, los que son de
esta zona dicen que es levante y que cuando se mete dura varios días. Te
aseguro que te vuelve mucho más tarumba que nuestro viento sur, así
que no descartes que me licencien antes de tiempo por loco.
Los días son largos y duros. Sinceramente, no quiero estar aquí. Pero
sé que cada día que pasa es un día menos. El aliciente de regresar al
pueblo cuanto antes para verte sigue dándome fuerzas, pero sé que mi
esperanza se irá diluyendo con cada carta que me escribas, porque eso
significará que estarás más cerca de ese destino que los demás
escogieron para ti. Si pudiera pedir un deseo, sería que él nunca
volviera a pisar Cerezalín.
Las noches no son tan eternas como me gustaría. La oscuridad y el
silencio, igual que el que reinaba en tu habitación la noche de nuestra
despedida, son propicios para no dejar de pensarte y de sentirte, niña.
Gracias por permitirme entrar de forma furtiva aquella última noche.
Gracias por dejar que mis besos se recrearan en tu boca. Y gracias por
convertir un día triste en el mejor recuerdo de mi vida.
Te envío la carta escondida entre las páginas del libro, a ver si así no la
intercepta tu madre. De pura casualidad lo encontré en Madrid antes de
continuar con el viaje. Fue como una señal del destino. La última noche.
Lo vi en el escaparate y supe que era para ti. Ese título fue escrito para
nosotros.
Cuídate mucho, Gracia. Y mándame alguna carta si quieres. Te pediría
una tarta de manzana, pero puedes hacerte una idea de cómo llegaría
aquí.
Siempre fiel y tuyo, L.
P.D.: Cómete la última cereza, si todavía sigue habiendo alguna. Y, por
favor, no me olvides, niña.
Niña. Pronuncio en voz alta con el corazón encogido. Me falta el aire y no
porque me haya dado un ataque de alergia. ¿Esto es…? ¿Es lo que me estoy
imaginando? ¿Una carta de amor? ¿De Lorenzo a mi abuela? Porque firma
con una L, pero no hay que ser muy avispado para atar cabos. ¿Eso
significa que ellos dos…?
Me va a explotar la cabeza, no solo el pecho. Además de que ahora mismo
me siento como si hubiera abierto una puerta de un sótano lleno de secretos
y me hubieran saltado todos sobre la cara. Me sudan las manos, pero los
ojos no son capaces de apartarse de esas líneas que, sin decir gran cosa,
dejan entrever tanto. «Regresar al pueblo cuanto antes para verte. Destino
que los demás escogieron para ti. Que él nunca vuelva a pisar Cerezalín.
Gracias por permitirme entrar…».
Doblo la carta como si fuera a deshacérseme entre las manos cuando oigo
pisadas por el pasillo y la vuelvo a esconder entre las páginas del libro.
Lo que menos me esperaba yo encontrar aquí.
—Señora Candela. —La voz de Yasmina me hace ponerme en pie de un
salto. Se le ha olvidado que no hace falta lo de señora—. Señora Candela.
—Sí. —Voy hacia la puerta y abro—. Estoy aquí.
—Su abuela dice que tiene hambre, que o baja ya o come sin usted.
—Bajo. Bajo ya.
Cierro la puerta con más fuerza de la necesaria, como si así sepultara a cal
y canto ese pasado que acabo de descubrir. Bajo las escaleras detrás de
Yasmina con un ligero tembleque en las piernas. En el último escalón, cojo
aire y trato de controlar el nivel de mi ansiedad, que empieza a aumentar
por momentos.
Respira, Candela, y cuidado con las caras. Eso es. A ver cómo miro yo
ahora a mi yaya.
9. FITO, DOS BOTELLINES Y ELLA
Rodrigo

Me bajo de la bicicleta y la apoyo contra el seto de pinos de la entrada.


—Vigiládmela, que es nueva, la estreno hoy —les digo a Chuchón y a
Prudencio que, a estas alturas, no hace falta que te diga dónde están
sentados.
—Sí, es igual de nueva que la de este —comenta Chuchón socarrón y
señala a su amigo—. Tu abuelo y él las compraron a la vez, no ha llovido
nada desde entonces.
—Recuerdo que bajamos andando a por ellas. Luego subimos dando
pedales por el camino viejo para probarlas. Eran las mejores del almacén de
Fidelín. Nuestras buenas perras nos costaron —recuerda Prudencio—. Por
cierto, ahora que estás aquí, ¿cuándo vuelves a subir a Lorenzo?
—El domingo —les informo—. No os preocupéis, que sabe dónde
encontraros.
Como vamos a estar aquí estos meses, hecho que agradó muchísimo a mi
abuelo cuando se lo conté, y aunque voy a verlo a la residencia la mayoría
de los días, he quedado en que bajaré pronto todos los domingos a buscarlo
y pasará el día en casa con nosotros. Espero que así el verano se le haga
más ameno.
—Nos ha jodido —se mofa Chuchón—. Como nosotros a él.
—Y sin móviles ni cacharros de esos —añade el otro con el puro apagado
entre los labios.
Vaya par.
Con la sonrisa en la cara entro en el bar. Saludo al parroquiano que está
sentado en la primera mesa y, en cuanto llevo mi mirada hacia la barra, la
sonrisa se me ensancha. Avanzo pisando el suelo hidráulico en tonos grises
y negros, que se conserva igual que siempre, y llego hasta ella. Esa melena
larga y rubia es inconfundible.
—¿Necesitas que te aúpe? —le siseo cerca del oído.
Candela da un pequeño brinco y se baja del peldaño que bordea la barra.
—Mierda, casi me matas del susto.
—¿Qué pasa? ¿No te ven? Es que siempre has sido mínima. —
Arriesgando mi vida, le poso la mano sobre la coronilla, en un gesto que
siempre la ha exasperado. El tacto suave de su pelo activa algunas de mis
terminaciones nerviosas, por no decir todas.
—Esta barra es de las antiguas, lerdo. —Candela me mira todo lo mal que
puede, que es mucho. Aunque termina ignorándome, señal inequívoca de
que el enfado es pasajero—. Es mucho más alta que las de ahora.
—Excusas.
Lleva razón. No sé por qué las hacían de esa altura, si todos sabemos que,
de media, la generación de nuestros abuelos tenía algunos centímetros
menos que la de nuestros padres o la nuestra.
Ella vuelve a subir el pie al escalón y encima se pone de puntillas alzando
la mano para tratar de llamar la atención de Moisés, que está charlando con
una señora en la zona de la izquierda, que es la de la tienda.
—¿Qué ibas a pedir? —pregunto.
—Puedo hacerlo sola —se enfurruña.
—Hasta ahí llego, Candela.
—No necesito tu ayuda. En realidad, la de nadie —masculla con un hilo
de voz.
—Vaya, a alguien no le sientan bien los jueves.
—Lo siento, es que… —Resopla y se revuelve la melena desde arriba con
los dedos.
El olor a camomila de su champú, sí, confirmo que utiliza el mismo de
siempre, aviva cientos de recuerdos. Sin pensarlo, mi mano viaja hasta su
mejilla. Con los nudillos la acaricio unos segundos, tratando de calmarla.
—¿Por qué no te pones en esa mesa? —Señalo la de la esquina, que está
vacía—. Ahora me siento contigo y me cuentas por qué estás así. Tengo que
preguntarle a Moisés si tiene una bomba para inflar las ruedas de la
bicicleta y más lijas. Así aprovecho y le pido lo que vamos a tomar.
—¿Más lijas? ¿No compraste el otro día todas las que tenían en la
ferretería?
—Sí, pero tengo mucho trabajo. Después de lo divina que me ha quedado
la verja, me voy a meter con todas las ventanas.
—¿Divina? ¿Así habláis tú y tus amiguitos mientras jugáis al pádel en la
urba?
—No juego al pádel, me parece un quiero y no puedo, lista de los cojones.
—Cambia el gesto de sabelotodo por una carcajada. Sí, he caído en su
trampa; me pico con cierta facilidad—. Y sí, me ha quedado divina.
Preciosa, como la rubia que tengo delante. —Mira, ya no se ríe tanto—.
¿Qué quieres tomar?
Sus ojos azules no me sostienen la mirada más de tres segundos y, por
supuesto, ignora el piropo. Sin duda, hay algo que le preocupa, porque, de
otro modo, me hubiera rebatido. Mira su reloj.
—Ya estamos en un horario óptimo. Una cerveza.
—Anda, siéntate. Ahora te la llevo.
Me acerco hasta la tienda y le pido a Moisés lo que necesito. Y también
dos botellines de cerveza. Me pone primero las bebidas y un platillo de
chorizo con pan de tapa.
—Enseguida te preparo el pedido.
—Vale. Y luego me cobras todo.
En una mano llevo las cervezas y en la otra la tapa. Lo dejo encima de la
mesa y en vez de sentarme en la silla enfrente de Candela lo hago en la que
está a su derecha. Mis rodillas rozan las suyas cuando me echo hacia
adelante. Ella no se aparta, pero me mira dándome a entender que había
más sitios.
Cuando cogemos los botellines, empieza a sonar Las nubes de tu pelo, de
Fito. El ritmo de la canción se acompasa con lo que me vibra ahora por
dentro. Si tuviera mi smartwatch puesto, comprobaría que, a pesar de lo
insultantemente feliz que soy en este instante, tendría bajas las pulsaciones.
Este lugar me aporta grandes dosis de felicidad, pero también de paz.
Antes de dar el primer trago, alzo el botellín para brindar.
—¡Salud! —Se adelanta ella.
—¡Salud! —repito, pero no bebo todavía—. Por coincidir.
—Por las coincidencias —asevera Candela y choca su botellín contra el
mío. Es la primera que bebe.
—No sabes hasta qué punto necesitaba esto.
—¿La tapa de La Serranita? —me vacila cuando ve que cojo una rodaja
de chorizo y un trozo de pan y me lo llevo a la boca.
—No. Esta tranquilidad, el silencio, el olor agradable, respirar sin
ahogarme… Uf. —Ella espera a que siga hablando—. El sumun de la
combinación perfecta. —Todo lo anterior, más Fito, dos botellines y ella.
Esto último me lo guardo—. Coño, nunca me acuerdo que pica. —Bebo
otro trago más largo—. Me da que con una cerveza no va a ser suficiente.
—Yo hoy necesito cuatro o cinco, pero va a ser que no. He dejado a mi
abuela en casa de Agripina, que ayer se cayó.
—¿Y está bien?
—Sí, el médico ha dicho que solo fue un mareo sin importancia. Aun así,
mi abuela ha querido venir a verla. Luego tengo que ir a buscarla.
—No tengas prisa, todavía es pronto.
—¿Cómo lo sabes si no llevas reloj?
—Porque he mirado antes el móvil. Creo que va a ser de lo siguiente que
me desprenda. Aunque este mes todavía tengo que cerrar varias cosas del
trabajo.
—¿Por eso tienes la luz encendida a las seis de la mañana?
—¿Sigues espiándome desde la ventana?
—Ya te gustaría. Lo que pasa es que a veces tengo el sueño ligero.
—A las seis me levanto habitualmente y mi cuerpo todavía no está en
modo vacaciones.
—Madrugar tanto es un crimen.
—Claro, sobre todo para los profesores, ¿no? Esos funcionarios
privilegiados con tres meses de vacaciones.
—Por favor, eso es una mentira tan extendida que ni la voy a rebatir. Ha
sonado tan a cuñado… Además, si los tuviéramos, serían merecidísimos,
porque lidiar con los adolescentes hoy en día tendría que llevar un plus.
—Yo habré sonado a cuñado, pero tú a boomer.
—En serio, se piensan que lo saben todo y su capacidad de atención dura
lo que dura un reel. Es bastante complicado enseñarles algo. A mí me salva
que mi asignatura es optativa, pero, a veces, ni con esas. Hay críos que no
quieren estar ahí y eso se nota a la legua.
—Los niños pasan de esforzarse porque tienen de todo, hasta los más
pequeños. Mira mi sobrino, sobreprotegido por su madre, tiene todo lo que
pide, pero le falta calle. Tú conseguiste la plaza, ¿verdad?
—Sí, por fin. Aunque me acaban de conceder una excedencia. —Apura lo
que le queda en el botellín y me levanto para ir a por otra—. ¿Qué haces?
—Ir a por dos más.
—En serio, tengo que…
Saco el móvil del bolsillo y marco.
—Mila, soy Rodrigo. ¿Qué tal está tu tía?
Candela, que me oye desde la mesa, niega con la cabeza.
—Bien. No ha sido nada —me responde ella—. ¿Le ha pasado algo a tu
abuelo?
—No, tranquila. Es que estoy en el bar con Candela, poniéndonos al día,
por fin. Y ya sabes lo que le cuesta arrancar, así que, si puedes acompañar
tú a Gracia a casa luego, te lo agradecería.
—Sin problema. No os preocupéis, yo me encargo de devolverla sana y
salva. —Mila se ríe y antes de colgar oigo cómo las otras le preguntan por
el chiste.
Regreso a la mesa con otras dos cervezas y un cuenco con aceitunas.
—Las tienes a todas locas, ¿no?
—¿A todas?
No entra al trapo y se mete una aceituna en la boca. Y esos labios y la
punta de su lengua y su rodilla desnuda rozándome la pierna… Me quedo
unos cuantos segundos ido, perdido en los recuerdos.
—¿Eh? —Mueve su mano delante de mi cara—. Vuelve.
—Pues deja de distraerme. Entonces, ¿vas a quedarte aquí un tiempo
porque has conseguido esa excedencia?
—En parte sí. —Da un nuevo trago a la cerveza—. En parte no.
—Hay más, obviamente.
—Sí. Hay más. En la ciudad ahora tampoco tengo dónde vivir. El piso de
mi padre está alquilado y yo he estado viviendo los últimos seis meses en el
cuarto de la plancha de la casa de mis amigos.
—¿Puedo preguntar por qué?
—Puedes. Pero no me apetece hablar de eso ahora.
—Está bien. Aunque hoy no estás así solo por eso, ¿me equivoco?
—No. No te equivocas.
—¿Tampoco vas a contármelo?
—Creo que no. Para eso necesitaría unas cuantas cervezas más. Y todavía
no me he acabado esta. —Levanta su botellín.
El sonido del llanto de un bebé nos hace salir de esta burbuja que
habíamos creado. Los dos miramos hacia la barra y vemos a Eva María con
su nieto en brazos. Candela emite un pequeño suspiro, casi inaudible. La
recién jubilada se acerca a saludarnos con el niño, que ya se ha calmado. Mi
acompañante les muestra una tímida sonrisa a ella y al bebé, aunque no me
pasa desapercibida su desconexión al tercer segundo de conversación. Está
aquí sentada, pero su mente se encuentra en otro sitio. Moisés me entrega la
bolsa con lo que le he pedido y la dejo encima de la silla libre.
—A las siguientes invito yo. —Candela se pone de pie y se va a la barra a
pedir.
Sigue escondiéndose hasta de ella misma, igual que hace veinte años.
Quizá se haya olvidado de que yo siempre la encontraba. Siempre. Y
seguiré haciéndolo.
Viene con la tercera ronda de cervezas. Pantalón vaquero corto, blusa sin
mangas, de rayas azules y blancas, anudada en la cintura, y zapatillas
blancas. Está guapa. Muy guapa. Deja encima de la mesa la tapa, queso y
unos palillos. A este paso, saldremos cenados de aquí. En vez de sentarse en
la misma silla, lo hace en la que está enfrente de mí, para estar de espaldas a
la barra.
—Siento mucho lo de tu madre.
Y se lo digo de corazón, aunque su progenitora no me cayera demasiado
bien. Sobre todo, porque desde que era un crío tuve la sensación de que ella
no era consciente del daño que le hacía a su hija con sus idas y venidas y
sus estridencias. Su padre tampoco es que fuera el más cariñoso del mundo,
pero siempre trató de apaciguar las aguas para que su hija no sufriera tanto
como él. Candela y su madre nunca tuvieron una relación fácil, pero me
consta que desde que le diagnosticaron la enfermedad ambas trataron de
enmendarlo.
—Joder, Tontodrigo. Tú siempre tan listo.
—No te creas. —Solo un tonto no se hubiera dado cuenta de que, en
cuanto ha visto a Eva María con su nieto, la nostalgia y la pena la han
invadido. Lo más seguro es que la imagen de su madre se haya dibujado en
su cabeza. No sé si Candela querrá tener hijos o no, pero estoy seguro de
que es lo que ha pensado al observarlos, que su madre ya no podrá cogerlos
en brazos de ningún modo—. Te mandé un mensaje cuando me enteré de su
fallecimiento —comento, porque nunca me respondió.
—¿Y cómo conseguiste mi móvil? La última vez que nos vimos no te lo
di. —Me encojo de hombros en un pobre intento de parecer inocente—.
Claro, Lorenzo y Gracia, ¿no? Parezco tonta. Menudo par —sisea y bebe
otro trago.
Como sigamos a este ritmo, se nos va a complicar la tarde.
—Sí. Me avisó mi abuelo y conseguí que tu abuela me lo diera. Me
hubiera gustado ir al funeral y haberte acompañado en un momento así,
pero me pilló regresando de México.
—No pasa nada. Fue íntimo y rápido. Ella lo dejó estipulado así. Además,
mi padre pudo llegar a tiempo a Lille y me sentí algo más arropada, aquella
ciudad sigue sin entusiasmarme. Vi el mensaje. Gracias. Pero estaba muy
saturada. Fueron días muy duros. Nunca te preparas para algo así, a pesar
de haber convivido con la enfermedad. Pensé que más tarde podría revisar
todos y contestarlos, pero eran demasiados y no tuve fuerzas. Después, pasó
el tiempo y preferí no volver a leerlos.
—¿Guardaste mi número?
—No me acuerdo.
Saco mi móvil del bolsillo y debajo de la mesa busco su contacto para
marcarlo. Acto seguido, empieza a sonar el suyo. Como las cervezas le
están empezando a hacer efecto, lo saca de su bolso para cogerlo sin
enterarse de nada. Desde mi posición puedo leer en la pantalla mi nombre.
Tontodrigo.
—Sí que lo guardaste.
—Ah, pues sí. —Se hace la loca de nuevo.
—También estuve tentado de llamarte. Pero no quería agobiarte.
—No pasa nada, tranquilo. Tampoco hubiera sabido qué decirte. Ya sabes
que soy más de rumiar mis emociones que de compartirlas. Fueron días
extraños, en los que ni yo misma sabía cómo comportarme. Nuestra
relación nunca fue idílica, pero me hubiera gustado seguir teniéndola aquí,
aunque la viera tres veces al año. —Abrirse no es lo suyo, así que se
revuelve en la silla incómoda y mira su reloj otra vez—. Es tarde, será
mejor que acabe esta y regrese a casa.
—Una más. Que estás muy habladora, tengo que aprovechar.
—No. No es buena idea.
—La última. Venga, que luego te subo en bicicleta. La tengo ahí fuera.
—Ya. Y así te vengas de mí por fin, ¿no?
Sonríe con malicia y se inclina para rozarme la cicatriz del brazo derecho.
Pasea la yema del dedo por toda la longitud y el recuerdo de aquella caída,
en la que me rompí el cúbito y el radio, se cuela en mi mente.
—Yo bajo con Rodrigo, a ver quién llega antes —suelta Candela
convencida.
—Pero ¿qué dices? Tú no vas a llevarme a mí. En todo caso será al revés.
Yo soy el más fuerte.
—Y el más cagón. Venga, sube y deja de quejarte. Elías y Margarite no
tienen nada que hacer contra nosotros. Mi bici es más grande.
—¿Y cómo piensas llevarme, lista? —pregunto incrédulo.
—Pon tu culo en el sillín y abre las piernas solo un poco, para que no
hagas mucha resistencia.
—¿Qué? ¿Preparados para perder? —nos pica mi primo.
—En tus sueños, Elías —rebate ella.
—Mauro, da la salida —le pide Elías a nuestro amigo—. El que pierda
paga las pipas del domingo. ¿Trato? —Mi primo se escupe en la mano
antes de acercársela a Candela. Ella pone cara de asco, pero repite el gesto
y cierra la apuesta estrechándole la suya.
Cuando me subo en su bicicleta ya me estoy arrepintiendo. Candela, en
cambio, parece feliz. Nada que ver con la cara que tenía anoche cuando
subimos a casa y vimos a su padre gritando por teléfono a su madre, que
este verano no ha venido con ellos. Prefiero verla así, por eso no soy capaz
de decirle que no, aunque echar una carrera bajando la cuesta hasta la
iglesia sea la idea más estúpida del mundo.
—Preparados, listos, ya.
En la primera curva Elías invade nuestro carril y Candela comete el error
de frenar donde más grija hay. La caída es aparatosa y dolorosa. Su cara
de horror al ver mi brazo colgando me hace ser consciente del alcance de
la lesión.
—Mierda, Rodrigo. Yo… Yo…
—Voy a tener que aprender a decirte no, niña.
Candela me dedica una última caricia antes de apartarse, ese sencillo
gesto ha activado otro tipo de recuerdo que desecho al instante.
Empalmarme en La Serranita con medio pueblo aquí reunido (a esta hora ya
hay más clientes) no entra en mis planes.
—¿Te crees que si hubiera querido vengarme no lo habría hecho ya?
Teníamos nueve años, Candela. No te guardo rencor.
—Pues deberías, porque fue una insensatez y te tuvieron que operar por
mi culpa. Después, estuviste muchos días enfadado conmigo.
Quiere poner cara de compungida, pero se le escapa una sonrisa al
recordarlo. Sí, es que el guantazo fue tremendo. Ella solo se clavó unas
cuantas piedras en la rodilla que hincó en el suelo. Yo, en cambio, me caí
sobre el brazo y me hice una buena avería.
—Por muchos te refieres a tres, ¿no? Fue un accidente. Además, Elías
jugó sucio y esa curva es muy traicionera.
—Y frenar en pleno derrape no ayudó.
Tomamos la última y salimos en medio de las risas, de los recuerdos y de
los saludos. Como ha empezado julio, se nota que el pueblo empieza a
llenarse. En la puerta, nos cruzamos con Elías, que nos mira suspicaz, igual
que hizo el domingo cuando nos pilló en la cocina. Nos recuerda que el
sábado nos vemos en la bodega para la cata.
Cuando Candela ve la bicicleta de mi abuelo, se tapa los ojos alucinando.
Meto la bolsa con la compra en el cestillo trasero y la saco a la carretera.
—Sube.
—Ni de coña. Empieza a anochecer y te has tomado cuatro cervezas.
—Cuatro cervezas no son nada para mí.
—Claro, y para mí sí, porque soy tía, ¿no?
—Porque eres tía no, porque eres un tapón y pesas menos. —Le vuelvo a
tocar la cabeza y ella me quita la mano de un manotazo—. Sube, que lo
estás deseando.
—¿Delante o detrás?
Sabía que la intrépida que habita en ella no se resistiría.
Me paso la lengua por el labio, porque, hostias, qué difícil elección. Me
gusta cualquiera de las dos opciones si es con ella.
—Chon —me insulta.
Traduzco para los forasteros. Me acaba de llamar guarro. Cerdo.
—Ponte tú en el sillín —le ordeno.
Para llevar cuatro cervezas atinamos a enfilar la carretera con bastante
maña. Cuando llegamos a la pista y empieza la dificultad, por la pendiente,
Candela suelta las manos y los pies y se hace la equilibrista.
—¿Te quieres estar quieta? Nos vamos a caer.
—Ya, tú lo que quieres es que te agarre, ¿no?
—Ay, Candela, si tú supieras lo que yo quiero…
El último repecho es el que más me cuesta. Sin duda, he bajado las
cervezas con el esfuerzo, por lo menos las he sudado mientras veníamos
hacia aquí.
—Stop. Hemos llegado —espeta cuando estamos enfrente del portón.
Poso los pies en el suelo y sujeto la bici para que se baje. Ella se apoya en
mi hombro y aprovecho ese contacto para sujetarle la cintura y acercarla a
mí. Aquí hay poca luz, pero como todavía no es de noche cerrada, me veo
reflejado en sus ojos. Candela entreabre los labios y yo no sé si es una
invitación, si va a mandarme a la cama o si va a ser ella la que cuele la
lengua dentro de mi boca. Lo único que tengo claro es que me muero de
ganas de acortar el par de centímetros que nos separan y sucumbir a lo que
desee.
Mi respiración es errática, y no por el desgaste físico de subir con ella
hasta aquí. La de ella tampoco es que sea muy rítmica. Nos miramos con
descaro e incertidumbre. Nuestras narices se rozan. Nuestros alientos se
mezclan y, entonces, estoy a punto de…
—Hasta mañana, Rodrigo.
Separa nuestras caras y recupera su espacio vital.
—Hasta mañana, niña.
Voy a darle un beso en la mejilla, mejor eso que nada, pero, en el último
segundo, como si acabara de recordar algo desagradable, cierra los ojos y se
aparta.
—Por Dios… Niña no —masculla mientras desaparece y cierra con la
llave el portón.
¿Qué ha pasado? Ese cambio de humor ha sido un poco brusco, ¿no?
¿Será por mi culpa?
10. NIÑA
Candela

—Niña… —La voz de mi abuela me llega a través del vigilabebés. Bufo,


pero no puedo evitar reírme.
Cuando está despierta y yo en la planta de arriba, lo usa como si fuera un
walkie-talkie. A veces me habla de lo que está viendo en la televisión, de
algo que ha escuchado en la radio, que yo también he oído de fondo, o
incluso, cuando está aburrida, me empieza a bombardear con preguntas, que
solo puedo responder si bajo a verla, porque se le olvida que la
comunicación a través de ese aparato es unidireccional.
—Niña, ¿a qué esperas? Rodrigo ya está aquí —insiste.
Ay, ese niña…
Cómo suenan de diferentes esas dos sílabas dependiendo de quién las
pronuncie. Lo cierto es que mi abuela, desde que tengo uso de razón, me ha
llamado siempre así, a pesar de que he ido cumpliendo años. Supongo que
para ella nunca dejaré de ser su niña. Recuerdo que, de cría, cuando se daba
cuenta de que estaba triste, por el motivo que fuera, también solía llamarme
Candelaria para sacarme una sonrisa.
Las mismas sílabas también suenan distintas dependiendo de quién las lea.
Porque, desde que descubrí la carta en la biblioteca el martes, no consigo
dejar de repetirlas en mi cabeza. Todavía estoy en shock. Muy en shock. Sé
que es algo privado y que pertenece a su intimidad, pero ya es demasiado
tarde para hacer como si nada e ignorarla. Desde que la leí, no puedo dejar
de pensar en ella. Bueno, en ellos. En los dos. En Gracia y en Lorenzo; esa
L solo puede ser suya. Tampoco puedo dejar de elucubrar sobre lo que pudo
haber ocurrido. Necesito información. Necesito saciar mi curiosidad. Y,
sobre todo, necesito compartirlo con Rodrigo, aunque todavía no me haya
atrevido. Ayer por la mañana, cuando recuperé la carta y la releí, no una ni
dos veces, sino más de tres, estuve a punto de ir a su casa para enseñársela.
Sin embargo, después de mi estampida el jueves por la noche cuando
subimos del bar, preferí quedarme quieta y dejar reposar las cosas.
¿Con las cosas te refieres también al tonteo con Rodrigo?
Sí. Especialmente al tonteo con Rodrigo.
No me gustaría, por nada en el mundo, cagarla también aquí, en mi lugar
seguro. Y menos fastidiar la relación que tengo con él. Llevo muchos meses
esforzándome por perdonarme. Aceptando mis errores y gestionando mi
ansiedad como buenamente puedo. Lo último que necesito es perderme por
el camino otra vez. Porque, si lo hago, ya no me quedarán más refugios.
Además, no me merezco la atención de nadie.
El problema que tengo es que relacionarme con él me sale de manera tan
natural…; reír, tocarlo, hablar, picarlo, mirarlo y hasta desearlo, que me
resulta muy difícil identificar cuándo hemos dejado de jugar. Por eso
mismo, cuando es el tonto de Rodrigo el que pronuncia las dos sílabas, con
ese tonito grave y cantarín, que está a medio camino de enrabietarme y
excitarme, aunque esto último jamás se lo confesaré (sí, soy consciente de
que, a estas alturas, igual ya lo sabe), adquieren otro cariz. Uno más íntimo.
Más personal. Más intrínseco a lo que él y yo somos. Dos amigos de la
infancia que, durante los meses de verano, año tras año, forjaron una
conexión tan estrecha e incondicional que, sin ninguno pretenderlo, se
volvió inquebrantable hasta que nuestros caminos se separaron. A la vista
está que nos seguimos conociendo como si no nos hubiéramos dejado de
ver nunca. Como si todos esos años que no hemos tenido ni tan siquiera
contacto no hubieran alterado ni un solo gramo de nuestra complicidad.
Como si nuestros cuerpos no hubieran sido permeables a los fracasos, las
caídas y los golpes, propios de cualquier vida adulta. Como si los cuatro
pilares básicos de nuestro templo interior, de nuestra base, se hubieran
mantenido a salvo, imperturbables. Como si aquella última noche hace
cinco años no hubiéramos estado a punto de quemarnos.
—¿Necesitas ayuda? —Él siempre tan solícito.
—¡No! Ahora bajo —respondo rápido, aunque sé que ya está subiendo las
escaleras.
Hemos quedado con Elías a las ocho y media en la bodega para la visita
guiada y la cata posterior. No tengo ni idea de si solo estaremos nosotros o
habrá aprovechado para invitar a más gente, así que, aunque en coche solo
tardemos unos diez minutos en llegar, ya vamos tarde.
Justo cuando me iba a meter en la ducha, he recibido el primer correo de
Mon y Bruna desde Bombay y no me he podido resistir a abrirlo y echar un
vistazo a sus fotografías. Están exultantes. La paleta de colores y el
contraste de las imágenes son increíbles. Aunque yo jamás elegiría como
destino la India entiendo que ellos sí. En el e-mail también me han escrito
un pequeño diario de abordo, escueto e ingenioso, de sus primeros días allí.
A ver si mañana tengo un rato y les respondo.
—¿Te falta mucho? Odio llegar tarde. —Rodrigo se apoya en el marco de
la puerta de mi habitación y me repasa de arriba abajo.
¿Ha sido muy descarado? Francamente sí. ¿Me ha molestado? Nada en
absoluto. Ojos también tengo yo. Pantalón chino claro y camisa de lino
negra. Podría atarse otro botón, ¿no? Podría. Pero me privaría de ver ese
trocito de piel canela del principio de su pecho. Después de haberlo visto
durante toda la semana con ropa cómoda, ensuciándose y trajinando en el
jardín y en la casa, me sorprende verlo así de arreglado. En los pies, unas
alpargatas negras. Podría soltar la pulla sobre si acaba de bajar del yate o si
va a cenar en el club de golf, pero el muy cabrón ha debido de vaciar medio
frasco de Agua Salvaje de Dior sobre su cuerpo y ahora no soy capaz de
coordinar la boca con el cerebro. Solo puedo deleitarme en esa barbita
recién arreglada, en las motas chocolateadas de sus ojos y en la sonrisa que
se le dibuja en los labios al darse cuenta del escrutinio al que lo estoy
sometiendo.
—A mí tampoco me gusta llegar tarde —afirmo.
—Está feo quedarse con los regalos que le haces a la gente, Candela. —
Señala el CD de Manolo García que tengo encima de mi mesita. No sé por
qué no lo he vuelto a guardar en la caja con los demás.
—No si es el dueño el que te lo presta. Si mal no recuerdo, te encantaba
escucharlo conmigo aquí.
—Tirados en la alfombra. Espero que recuerdes todo lo demás que me
gustaba hacer aquí. —Da un paso y se acerca a mí—. ¿Puedo? —me
pregunta cuando ve que tengo el vestido medio caído por un hombro,
porque no me he subido la cremallera todavía.
—¿Desde cuándo preguntas?
—Desde que te largas como si hubiera metido la pata hasta el fondo y te
encierras veinticuatro horas en tu castillo.
Lo dice por mi estampida, porque Rodrigo nunca se esconde, a diferencia
de mí. Me doy la vuelta para que me ayude. Como me he recogido el pelo
en un moño bajo, mi melena no es un estorbo. Es un vestido de tela
vaporosa, negro y sencillo. El escote de la espalda es algo pronunciado y
deja bastante piel a la vista, por eso no llevo sujetador.
—¿Has contado las horas?
—Hasta hace cinco minutos.
—No tenía un buen día, fuiste testigo. Además, mi huida tiene una
explicación.
—Que me tendrás que dar luego, porque Elías nos va a matar.
Se pega con la cremallera para cerrarla, es pequeña, corta y está justo en
la curva de mi espalda, encima de mi trasero. Puede que todos esos factores
le hayan dificultado la tarea. No soy una creída, ni mucho menos, pero me
sé de memoria sus reacciones y lo he oído exhalar en plan cavernícola
mientras lo intentaba.
—Sí, la explicación… —hago una pausa y él me mira expectante— puede
esperar, tranquilo. Baja anda, que solo me falta pintarme los labios.
Voy al baño, saco mi barra roja de Chanel del neceser y me los pinto. Este
era el carmín favorito de mi madre, nunca salía de casa sin él en el bolso.
Cuando me miro en el espejo, yo misma sonrío. A ver, como llevo el pelo
recogido, el primer golpe de vista es a mi boca, obvio, y este tono es muy
llamativo. Cojo el bolso y compruebo que la carta está dentro; no soy capaz
de separarme de ella. Mientras bajo las escaleras con las sandalias en la
mano, oigo todos los piropos que le dedica mi abuela a Rodrigo.
—Menudo mozo estás hecho. Te pareces algo a tu madre, pero esos ojos y
esa nariz son de tu padre. Vamos, igualitos que los de tu abuelo.
Fantástico.
Ay, yaya, todavía no me lo puedo creer.
—Ya estoy —anuncio cuando llego al salón ya calzada.
—A ver, dejadme que os vea juntos —nos pide mi abuela.
Rodrigo está de espaldas al lado de ella. Cuando se gira y me ve, pestañea
varias veces seguidas. Solo me he pintado los labios, no será para tanto. Me
acerco hasta ellos y me paso las manos por la falda del vestido,
alisándomelo.
—Yaya, que llegamos tarde…
—¿No tenías un vestido de un color más alegre, niña?
—No hay necesidad, si ya lleva toda la alegría en la boca —sisea él para
que lo oiga solo yo.
—Estás guapísima —me dice Mila, que está sentada en el sofá.
Es la que va a quedarse con ella hasta que yo vuelva. Con ella y con
Telmo, porque Gloria también viene con nosotros, estará esperándonos en el
coche. El niño ni tan siquiera nos mira, porque no despega la mirada de su
tableta.
—Nos vamos —me despido de ellos—. Si pasa cualquier cosa, me
llamáis.
Rodrigo se acerca a decirle algo a su sobrino y mi abuela aprovecha para
cogerme de la muñeca y tirar de mí para hablarme al oído.
—Disfruta, niña. Todo lo que puedas. Porque en esta vida hay pecados
que deberíamos estar obligados a cometer. —Y se queda tan pancha.
Incluye un guiño final bastante cómico.
—Pero, señora Gracia —me cachondeo—, no estará usted insinuando
que…
—Sí —alza la voz para hacer a todos partícipes—, que la vida pasa muy
rápido y no quiero que te la pierdas. Además, mañana es domingo, vienes
conmigo a ver al padre Avelino y todo solucionado —añade jocosa.
—Eso no cuela —rebato.
—Cuídamela. Y de paso dale una buena alegría, Rodrigo. —¿En serio?—.
A ver si le quitas esa cara de mustia con la que ha venido.
A Rodrigo se le escapa una carcajada estruendosa y Mila se empieza a reír
con él. Yo sigo alucinando.
—Yaya, por favor.
—Lo intentaré —afirma él y también le guiña un ojo. ¿Pero qué les pasa
hoy a todos?—. Con todas mis fuerzas —añade y se gana un pequeño
guantazo, aunque no consigo borrarle la sonrisa.
Les prometemos que no volveremos muy tarde y salimos de casa para
subirnos al coche.
—¿Vas a dejar de reírte? —pregunto.
—Va a ser difícil. Ese momento de ahí…
—Oh, cállate. Por favor.
—Gracia González de Ceballos, una mujer sabia.
—Para ya. Ahora vamos a hacer como que los dos últimos minutos de
nuestras vidas no han sucedido. ¿Te queda claro?
—O sea, que hago como que tu abuela no ha insinuado que para quitarte
la tristeza de encima lo mejor sería que nos diéramos al fornicio, ¿no?
—Eso es.
—Pues es una auténtica pena, porque ya lo estaba visualizando. Quitarte
el carmín a lengüetazos mientras me pierdo en tu boca. Subirte el vestido
hasta la cintura y colar la mano dentro de tus bragas. Y luego, darte la
vuelta para terminar de desnudarte antes de colarme en ti hasta el fondo.
Todo esto sin dejar de susurrarte las ganas que he seguido acumulando estos
años sobre la piel de tu nuca.
Enmudezco y me humedezco. ¿De verdad que me acaba de soltar toda esa
ristra de intenciones sexuales en el oído?
—Pero qué narices estás diciendo…
—Lo que pienso. Lo que deseo. Ni más ni menos. No es nada nuevo.
¿Qué pasa? ¿No quieres pecar, Candela? —susurra con voz más grave—.
¿Cuál es el problema? ¿Hacerlo en este momento de tu vida? ¿O es que solo
te acojona si pecas conmigo?
—¿Queréis meteros en el coche de una vez? Elías ya me ha llamado y está
cabreadísimo.
Gracias, Gloria, por sacarme airosa de este trance.
—Tu hermano, que es muy pesado.
—A mí me lo vas a decir.
—Salvada. —Me abre la puerta de atrás como un caballero y lo miro mal,
me pone enferma tanta parafernalia—. Pero solo de momento. Ten cuidado,
porque se te acumulan las explicaciones, niña.
11. LA CATA Y LA CARTA
Rodrigo

Cuando mi primo Elías le dijo a mi tía, después de haber terminado el


instituto, que quería dejar el pueblo y estudiar Ingeniería Agrónoma en
Madrid, ella no se lo tomó muy en serio. En realidad, nadie de la familia lo
hizo. A él nunca le entusiasmó estudiar y solía aprobar siempre por los
pelos. Además, no solo estaba muy arraigado al pueblo, sino que también,
como siempre comentaba mi abuelo, estaba muy enmadrado. Su padre
murió en un accidente de tráfico cuando él acababa de cumplir tres años y
se crio solo con mi tía, de ahí que su vínculo fuera muy fuerte. Por eso
nadie creyó que fuera capaz de dejar atrás todo esto.
Ahora, viendo el entusiasmo con el que nos acaba de mostrar la bodega y
la destilería, me doy cuenta de que, después de dar muchos tumbos, y
aunque siempre haya dado la impresión de que todo le importaba bastante
poco (eso incluye a las personas), por fin ha encontrado de nuevo el arraigo
en el valle, en su hogar, poniendo en marcha su sueño entre estas montañas.
Me consta que mi tía Reyes está muy orgullosa de él.
Mientras nos acercamos a la sala de catas, que está en el edificio anexo,
donde también se encuentran la tienda y las oficinas, Elías le explica a
Candela por qué necesitan más viñas:
—En la región hay muy pocas hectáreas cultivadas y la mayor
concentración de las que todavía se pueden recuperar está aquí. Se trata de
cepas centenarias, que son menos productivas pero de calidad superior.
Continúa hablándole del aumento de la producción que han
experimentado los últimos años. La expansión. Y la excelencia del
producto. De ahí la necesidad de intentar hacerse con todas las viñas que
puedan en la comarca. Sobre todo de uva mencía (como las que tienen
Gracia y mi abuelo en El Hoyo), que solo se encuentra aquí, en Galicia y en
León. Yo ignoro esta parte porque ya me la sé, y solo puedo pensar en que
el imbécil que sigo siendo veinte años después no soporta verlos tan
pegados. Lo que más me fastidia es que mi primo, que es el mismo capullo
que entonces, disfruta sabiendo que me toca las narices igual. Por eso,
cuando le cede el paso a Candela en la puerta de cristal de la entrada y le
coloca la mano en la espalda desnuda, el escote de ese vestido negro así lo
habilita, me mira sonriendo antes de guiñarme un ojo.
—¿Todo bien, primo? —masculla cuando ve mi careto.
—Todo igual —espeto y me coloco a la derecha de Candela para atravesar
el pasillo a su lado y dejar de ir detrás.
Después de subirle la cremallera del vestido y de las insinuaciones de
Gracia, mi mente no deja de reproducir situaciones en las que ella me
muestra mucha más piel y mis manos la colman entera. Ya se lo he
confesado antes a ella, las ganas solo han aumentado.
—¿Y por qué tu abuelo no te la quiere vender? No lo entiendo —se
interesa Candela antes de llegar a la sala.
Allí nos espera el resto del grupo. Mi hermana, el socio de Elías y algunos
conocidos de mi primo que están por la zona de vacaciones y han
aprovechado este plan de sábado. Entre ellos, Mauro, el nieto de doña
Remigia, que ya ha llegado con su familia al pueblo como cada verano.
—Alega que cuando él muera serán nuestras. A ver, primero de nuestros
padres, claro. Pero que mientras él esté vivo no se deshará de ellas. No sé
por qué ese apego.
—Quizá tengan algún valor sentimental para él, ¿no crees? —inquiere
Candela.
—Elías, ¿puedes acompañarme un segundo? —Melisa lo intercepta.
—¿Es muy urgente? Va a empezar la cata y nos están esperando. —El
tono de mi primo le delata entre nervioso y ansioso. El tono de él y la caída
de pestañas de su secretaria, que es bastante esclarecedora.
—Se ha quedado mi móvil en tu despacho y has cerrado con llave —
masculla ella cohibida.
—Tranquilo, primo, vete a solucionarlo. —Llevo la mano a la espalda de
Candela, colocándola unos centímetros más abajo de donde ha estado antes
la suya—. Nosotros ya vamos entrando.
—Qué tonto eres —comenta Elías y reanuda el paso.
—¿Cuántos años dices que cumplirás tú en agosto? ¿Quince? —ironiza
Candela.
—Trece. —Me inclino y se lo susurro en el oído—. Prefiero trece.
Conocedora de por qué he escogido esa edad en concreto, y no otra, niega
con la cabeza y se muerde la lengua, enseñándome la punta.
Para, Rodrigo. No es el momento de activar ese recuerdo todavía. Porque,
antes de que te pidiera que le metieras la lengua por primera vez en la boca,
hay algunos otros.
—Flipo con vosotros —se queja ella—. Seguís igual, como si no hubieran
pasado los años.
—Igual no seguimos. Y debería estar eternamente agradecido de que
tardara doce putos años en enterarme de lo que hizo.
Mi primo siempre ha tenido cierta fijación por todo lo que me gustaba a
mí. Como si no fuera capaz de tener sus propios gustos. Y sí, eso incluye a
Candela. A Candela de adolescente, no de niña. Reconozco que ella nunca
tuvo la misma complicidad con él que conmigo, al menos durante los
primeros veranos. Aun así, a Elías le encantaba revolotear a su alrededor
solo para fastidiarme. Con las hormonas en ebullición, muchas veces lo
conseguía. La guinda del pastel fue aquella última noche del verano del
2007.
—Teníamos diecisiete años, Rodrigo.
—Lo sé. Aun así, fue un gilipollas.
—Sí que lo fue —afirma dándome la razón—. ¿Entramos ya? —Candela
sujeta el asa de su bolso y titubea antes de avanzar, no sé si se ha quedado
atrapada en algunos retazos de aquella noche, como me ha sucedido a mí, o
es otra cosa lo que le preocupa.
—Como quieras, ¿estás bien?
—Sí, sí. Estoy bien.
—¿Quieres que salgamos un rato? Total, Elías tardará —hago como que
me lo pienso y miro mi reloj— seis minutos si Melisa tiene buen juego de
muñeca. Cuatro si se dejan de preliminares y se la mete.
—No es necesario que seas tan gráfico.
—¿Todavía estáis ahí parados? —Elías sale de su despacho y viene hacia
nosotros.
—Sí, pero ya entramos —apunta Candela—. Me vendrá genial pimplarme
una botella de vino.
—¿Tengo que preocuparme? —pregunto.
—No, todavía no.
—Genial, pero permíteme que te recuerde que esto es una cata. —Pongo
voz solemne—. Y la dinámica consiste en degustar tragos cortos de
diferentes caldos.
—Y de bebidas espirituosas —interviene mi primo que ya nos ha
alcanzado—. Ya sabéis que no solo producimos vinos. Y hoy quiero que
probéis todo.
—Tranquilo, todo será bienvenido —sentencia ella.
Ahora sí que me preocupo. El jueves dejó caer que necesitaba muchas
cervezas para superar el día. Luego huyó de mí como si tuviera que ir a
apagar un incendio. Después, no dio más señales de vida. Y esta noche
quiere beberse todo lo que le pongan delante. Sin duda le pasa algo.
Nos sentamos en las sillas que están libres, al lado de mi hermana y de
Ander, el socio de Elías, del que Gloria no se ha despegado desde que se ha
bajado de mi coche. No hay que ser muy avispado para darse cuenta del
tonteo que se trae con él, ignoro si también él con ella. Sé que se conocieron
en Madrid, en una feria, hace unos meses. Él acompañó a mi primo a
presentar un vino y después cenaron con mi hermana. Sin embargo,
ignoraba que tuvieran tanta confianza.
Elías pronuncia unas palabras de bienvenida y empezamos con la cata.
Abrimos con el blanco. Solo uno, porque su producción se concentra en
diferentes variedades de tinto. El sumiller nos sirve y nos explica su origen.
Este primero a base de uva palomino. Después, cada uno intenta sacar los
diferentes matices. Notas a fruta blanca y cítricos en segundo plano.
Continuamos con los tintos. En la actualidad comercializan tres. Aromas,
matices, sabor en boca, en nariz… Doce meses en barrica de roble francés.
Observo cómo Candela escucha con atención y saborea con calma, me
alegra comprobar que está más relajada.
La advertencia sobre el objetivo de la cata se la tenía que haber
comentado a mi hermana. Porque, antes de que nos den a probar el tercer
tinto, el top, la joya de la bodega, ella ya se ha bebido tres copas más del
blanco. Si a eso le añadimos que el picoteo es minimalista y algo escaso,
quesos, picos de pan y embutido, estoy casi seguro de que cuando llegue el
orujo ya estará bailando sobre la mesa, si no lo hace antes sobre el regazo
de Ander. Por cómo sonríe él mirándola, no parece preocuparle demasiado.
Después de probar todos los vinos e intercambiar opiniones, algunas
objetivas y otras no tanto, de los que más nos han gustado y por qué, la
charla continúa de manera distendida. Hablamos de este lugar especial entre
las montañas, que enamora a cualquier turista que pone un pie aquí. De la
paz y de la tranquilidad que todavía se respiran en las zonas menos
concurridas. Y de los buenos recuerdos de la infancia que atesoramos los
que hemos tenido la suerte de veranear aquí. Imposible no mirar a Candela
en este instante. A sus labios rojos, que no han perdido tono después de
beber, a sus mejillas algo más encendidas y, por último, a ese par de ojazos
azules que ahora mismo también me miran a mí.
Si las miradas hablasen…
Su mano distraída sobre mi muslo también forma parte de nuestro
lenguaje. Sí, ella también está pensando en todo lo que vivimos juntos
aquellos veranos.
Mi primo aprovecha este buen ambiente, después de terminar de picar,
para sacar las bebidas de más graduación. Whisky, ginebra, brandy, que solo
prueban o huelen los que quieren. Para el final de la velada ha dejado el
producto estrella de la destilería: el orujo blanco. Aunque también
comercializan otras variedades más de moda como el de hierbas o la crema.
Sin embargo, el genuino, el auténtico, el de toda la vida, es su mejor carta
de presentación.
—Como sabéis, el orujo es una bebida para disfrutarla sin prisa —nos
explica Elías—. Para una sobremesa larga con amigos o familia. —Levanta
su vaso hacia mí. A ver si ahora se va a poner sentimental—. Es un trago
pausado, así que no lo confundáis con ese chupito que te bebes de sopetón.
Como habéis visto antes, el nuestro se hace de manera artesanal en
alquitaras de cobre. Es fino, aterciopelado, perfumado en nariz y en boca
lleno de matices: musgo, prados verticales, bosque… Refleja el paisaje
igual que hace el vino.
—¿Es como el gallego? —pregunta un señor de mediana edad que está en
la otra punta de la mesa.
—No. La uva cántabra que le da personalidad es la mencía, que es tinta.
En Galicia, la mayoría se destila con uva blanca. Ahí reside una de las
grandes diferencias. Y ahora, sin más preámbulos, disfrutadlo.
—¿Quieres? —le pregunto a Candela.
Mi primo me ha dejado una botella delante para que sirva a los que tengo
a mi alrededor.
—Yo sí —responde mi hermana y me la quita de la mano.
—Gloria, ¿no crees que ya has be…?
—Corrígeme si me equivoco, la hermana mayor soy yo, ¿no? —me corta.
—Dale una tregua —sisea Candela cerca de mi oído—. Mira cómo está
disfrutando.
—Ya, pero Telmo está en tu casa con Mila y tu abuela. Parece que se haya
olvidado.
Recupero la botella y sirvo a Candela, aunque me dice que no llene del
todo su vaso. Yo paso, estamos a poca distancia de casa, pero tengo que
conducir. Y aunque el orujo ahora tiene menos graduación (en gran parte
por la carga fiscal tan alta que imponen a las bebidas alcohólicas) que
aquellas botellas que robábamos a mi abuelo, sigue siendo una bomba.
—Gracias por haber venido —nos dice Elías—. Espero que cuando
regreséis a vuestras casas después del verano, os llevéis un trocito de estas
montañas en el corazón y unas cuantas botellas de estos caldos en vuestros
maleteros. —Levanta su vaso de nuevo—. ¡Salud!
—¡Salud! —repetimos.
—¡Dios! Me arde todo. —Candela se lleva una mano a la garganta y eso
que apenas se ha mojado los labios.
—Define todo. —La miro como si fuera un helado de chocolate, nuestro
preferido. Ella me da un toque por debajo de la mesa con disimulo.
—A la segunda ronda también invita la casa —anuncia Ander y mi
hermana aplaude ridículamente antes de servirse el segundo vaso. ¿Ya se ha
bebido el primero?
Cierro los ojos y bufo. Sé perfectamente cómo va a acabar la noche y la
resaca que tendrá mañana.
—Vamos, Rodrigo. Es sábado y estoy de vacaciones —se excusa Gloria
—. Ya sabes la porquería de año que he pasado. No me mires así. A mí me
ha afectado mi fracaso sentimental, no como a ti.
—Gloria…
No es el momento ni el lugar para sacar ese tema. Candela nos está
escuchando, aunque acaba de entablar conversación con Astrid, la mujer de
Mauro, que está sentada a su derecha, en un intento vago por darnos
intimidad.
—¿Qué? Tengo razón —insiste mi hermana—. Caye no para de llamarte,
ha tenido que hablar conmigo antes para saber cómo estabas. Eres el
hombre de hielo, aunque está claro que no eres así con todas, ¿verdad?
Gloria hace un gesto señalando a Candela, que se acaba de girar hacia
nosotros, porque mi hermana, además de reírse histriónicamente, también
ha alzado la voz.
—Cuando queráis nos vamos —comenta Candela con prudencia viendo
cómo se está cargando el ambiente.
—Será lo mejor. Os espero en el coche. —Me levanto, me despido de
todos educadamente, ante la mirada atenta de Elías, que no entiende mis
prisas, y salgo para ir hasta el aparcamiento.
Cuando me siento en el coche, por inercia, coloco el móvil en el soporte.
Como si la hubiera mentado, la pantalla se enciende y veo las dos llamadas
perdidas de Cayetana y su mensaje.
Caye:
¿No piensas dar señales de vida? Cari, por favor, ¿tanto te
cuesta cogerme el teléfono?
Voy a teclear una respuesta cuando la puerta del copiloto se abre. Es
Candela.
—¿Y mi hermana?
—Se queda con Elías y Ander un rato más. Luego la dejarán en casa.
—¿Y su hijo? —Alucino mientras arranco el motor.
—Me ha dicho que, por favor, lo recojas y lo acuestes, que ella no tardará.
La pantalla se ilumina de nuevo y recibo otro mensaje.
Gloria:
Te debo una, hermanito.
Me muerdo la lengua, porque como hable… Maniobro para salir de aquí
cuanto antes.
—No soporto el silencio —suelta Candela al minuto dos.
Ya. Es raro. No sé por qué la radio tampoco está encendida. Se inclina
hacia delante, regalándome de nuevo la vista de su espalda, y empieza a
toquetear la pantalla en busca de algo que suene y cambie la atmósfera que
respiramos. Se conecta mi Spotify y la voz de Silvana Estrada junto a
Leiva, en Peligrosamente dark, empieza a sonar.
—Mientes. Sí aguantas los silencios.
—No los nuestros.
—Ya. —Sonrío satisfecho. Me encanta ser consciente de que seguimos
sabiendo casi todo del otro—. Y cualquiera lo diría, ¿verdad? Porque el
primero duró doce años y el último, ¿cuánto?, ¿cinco?
—No soporto el silencio cuando estamos en el mismo metro cuadrado.
¿Te vale así?
—Me vale así.
Pongo toda mi atención en el asfalto, obviando cómo tararea Candela la
canción con un deje melancólico en la voz o cómo se lleva la mano a la
rodilla izquierda nerviosa. Vale, igual sí que estoy desviando mi atención.
Doy el intermitente y cojo el camino para subir a casa. El portón está
abierto, así que aparco mi coche al lado del suyo. Candela se apea con
premura y se descalza antes de llegar a la puerta. Empuja la madera con la
cadera y entra. Yo la sigo.
—¿Ya estáis aquí? —nos pregunta Mila.
Telmo se ha quedado dormido con la cabeza encima de sus piernas y no
hay ni rastro de Gracia, así que supongo que se habrá acostado ya.
—Sí, tampoco queríamos abusar —se disculpa Candela.
—Tonterías. Ya sabes que duermo a deshoras, no me importa trasnochar.
Tu abuela se ha tomado la pastilla y se ha acostado hace un buen rato. Este
pobre ha preguntado mucho por su madre. Le he enseñado a jugar al
cinquillo para que dejara de mirar ese cacharro —señala la tableta— y
parece que le ha gustado. Luego, ha caído rendido.
—Muchas gracias, Mila. Que Dios te lo pague con un buen hombre —
repito de coña lo que siempre le dice su tía.
—Pues si no me lo ha pagado ya…
Cojo a Telmo, que ni se inmuta, y me dirijo a la salida. Candela va a echar
un vistazo a la habitación de su abuela y vuelve a la corralada para despedir
a Mila y acompañarme a mí.
—¿Dónde tienes las llaves de casa?
—Donde siempre.
En el macetero blanco de la entrada. Sonríe, porque es increíble que todo
sea igual. Me hace gracia verla así, descalza, pero con el bolso colgado de
su brazo derecho, no se ha separado de él en toda la noche. Mete la llave en
la cerradura y me cede el paso. Subo a Telmo a su habitación, que es la que
usaba mi hermana. Ella se ha instalado en la de mi abuelo.
—¿Necesitas que te ayude? —Se asoma por la puerta.
—Abre la cama.
Le quito las zapatillas y el pantalón corto y le dejo la camiseta y el
calzoncillo. Lo meto dentro de la cama y lo tapo. Al posar la cabeza en la
almohada, se revuelve.
—¿Y mi mamá?
—Shhh. Duerme, nano, que luego sube a darte un beso.
Mi sobrino se gira hacia la pared contraria y vuelve a caer en un sueño
profundo. Candela y yo salimos de la habitación sin hacer ruido.
—Está todo igual —afirma y me fijo en que está mirando la fotografía de
la boda de mis abuelos y el espejo ovalado de al lado. Después, desvía la
vista a la puerta de mi habitación, que está entreabierta.
—Sí, solo estoy arreglando algunas cosas, pero no soy capaz de
deshacerme de nada. Mi abuelo me mataría. Ven. —Le cojo la mano y tiro
de ella hacia mi cuarto. Enciendo la luz del techo, que parece un candil, y
cierro la puerta con suavidad, todo sin soltarla.
—Mi abuela está sola, es tarde y debería irme.
—Cinco minutos más —le pido, igual que hice un millón de veces cuando
ella se colaba en mi habitación por la ventana, que era muy habitual, y yo
no quería que se fuera.
—Suenas igual.
—Porque sigo siendo el mismo, pero con más ganas, ya te lo he dicho.
Candela se da la vuelta y se asoma a la ventana que está abierta,
observando la suya desde aquí. Sí, esta habitación tiene las mejores vistas,
ya te lo dije. Luego, hace una cosa que siempre me ha puesto de los nervios,
dar un pequeño salto y sentarse en el borde.
—Cinco minutos —me concede.
Se quita el bolso, resopla con fuerza y lo tira encima de la silla que está a
su izquierda.
—Bájate de ahí.
—No me da la gana.
—Pues a mí sí. No me toques más la moral, niña.
Me acerco a ella y llevo las manos a sus muslos desnudos, gracias a que
se le ha subido el vestido. Aprieto las yemas de los dedos contra su piel.
Noto cómo respira más agitada al sentir mi contacto. A continuación, le
sujeto el culo, la alzo para quitarla de ahí y la siento sobre el escritorio.
—¿Me vas a contar ya por qué te has mosqueado así con tu hermana? —
No protesta por el cambio de ubicación verbalmente, porque ese
movimiento de ojos y el resoplido dicen otra cosa.
—¿Y tú? ¿No ibas a darme una explicación por tu huida del jueves? ¿Qué
te pasa? ¿Por qué estabas así? —Acorto el paso que había retrocedido y la
miro a los ojos.
—¿Por qué no le coges el teléfono? —inquiere eludiendo mi pregunta.
—¿A quién?
—A tu vecina del quinto —replica exasperada—. A tu novia, Rodrigo. A
Cayetana.
—No es mi novia ya. Pensaba que eso lo tenías claro. Gloria está más
guapa callada. ¿Por qué te importa?
—Porque sé lo que jode que no respondan ni a tus mensajes ni a tus
llamadas. Lo mejor es siempre dar la cara. Hablar. Hablar y escuchar, eso
también es importante. Hacer ghosting a estas alturas es ridículo.
—No le cojo el móvil porque ya se lo dije todo. Además, sabe que he
venido al pueblo a desconectar. No tengo nada más que añadir. La cagué,
Candela. Tendría que haberlo solucionado antes, pero cuando puse remedio
fue algo tarde. ¿Quién no te coge el teléfono a ti? ¿Isaac? ¿Él también lo
fastidió? ¿Por eso estás aquí?
—No. Fui yo. La cagué muy a lo grande. No está bonito competir con
nuestras miserias, pero te gano, te lo aseguro.
—Necesitaría más datos, pero ahora mismo no me apetece indagar en ese
tema. Francamente, me apetece otra cosa.
Llevo las manos a su cara y la enmarco. Puedo oler la camomila de su
pelo desde aquí. Puedo rozar la punta de mi nariz con la suya. Puedo intuir
cómo se sujeta con fuerza al borde de la mesa. Y puedo ver la profundidad
del azul en sus iris. Transparente, nítido, cristalino para mí. También puedo
besarla. Ahora sí.
No sé si Candela entreabre la boca para recibirme o son mis ganas las que
se abren paso hasta encontrar su lengua. Su humedad, su precisión, su
sabor… La memoria aletargada cobra vida igual que lo hace cada una de
mis terminaciones nerviosas. El deseo se vuelve tangible, corpóreo e
intrépido, porque, sin dejar que el contacto de nuestros labios se pierda, son
nuestras manos las que toman las riendas en busca de piel. Las suyas
colándose por debajo de mi camisa, aferrándose a mis costados. Las mías a
punto de alcanzar el elástico lateral de sus bragas y adentrarse ahí.
El ruido de un coche subiendo por la pista con la música altísima nos
devuelve a la realidad.
—Joder. Esto… Tú y yo… No es buena idea, Rodrigo. Yo… yo estoy bien
así, tranquilita. Sin meterme en más líos. Acabamos de decir que los dos la
hemos cagado, así que no podemos volver a hacer lo mismo. Yo no me
perdonaría hacerlo contigo. No sé en qué coño estábamos pensando.
—Candela, mírame. —Me aparta para bajarse de la mesa—. Lo que
hayamos hecho con otras personas es el pasado. ¿No te das cuenta de que,
después de millones de años, estamos aquí solos los dos? Piénsalo.
—No, no puede ser —repite como un mantra y coge su bolso.
—Quizá todo esto tenga sentido por fin, ¿no crees? Quizá ha llegado
nuestro momento de una puta vez —confieso, porque, desde que la vi hace
una semana asomada a su ventana, no he dejado de pensar en que el destino
quiere compensarnos.
—Buenas noches, Rodrigo. —Se acerca a darme un beso en la mejilla y
va hacia la puerta. La carcajada que me brota de la garganta la hace girarse
—. ¿De qué narices te ríes?
—Acabo de tocarte la campanilla con la lengua, Candela. Ese beso en la
mejilla ha sido más falso que Judas.
—Oh, cállate.
—Está bien. Vete a dormir si es lo que necesitas. Pero quiero que sepas
que esto que acabamos de empezar no se va a acabar aquí. Ni de coña se va
a acabar aquí.
Las risas de mi hermana y su acompañante, que no es mi primo, cada vez
se escuchan más cerca. ¿A ella también la van a meter en la cama?
—Vaya, qué contenta viene tu hermana, ¿no? —comenta Candela
ignorando mis palabras—. Y acompañada.
—Eso parece. No querrás encontrártelos haciendo el paseíllo de la
vergüenza, ¿verdad?
—Pero qué dices, si tú y yo no…
—Eso ellos no lo saben. Y llevar la boca como Drácula no va a ser de
mucha ayuda a la hora de darles una explicación. —Candela se toca los
labios y sonrío con malicia, apenas se le ha movido el carmín—. Dame esa
explicación que me debes y dejo que te marches.
Candela inhala, se pone rígida y saca algo de su bolso.
—Principalmente estoy así por esto. —Exhala mientras me estampa un
folio viejo contra el pecho—. Lo encontré entre los libros de mi abuela —
musita y, como hemos dejado de oír ruidos, abre la puerta y se asoma para
comprobar que no hay nadie—. Es muy fuerte. Todavía no me lo puedo
creer.
—¿Quieres que lo lea?
—Sí, pero cuando me vaya. Es tarde y no quiero dejar a mi abuela sola
más tiempo. Que no la vea nadie, por favor. Mañana me la devuelves. —
Sus nervios son palpables.
—Está bien, tranquila. —Le doy un pico suave en los labios—. Buenas
noches, niña.
No espero a oír la puerta de la calle, la impaciencia me puede. Me quito la
ropa, me pongo el pantalón que uso para dormir y me siento en el borde del
colchón mientras desdoblo la hoja. Esta es la letra de mi abuelo. La
reconozco. Es inconfundible.
Cádiz, 1 de septiembre de 1952...
12. ALGO PENDIENTE
Candela

Antes de subir a mi habitación entro en el cuarto de mi abuela para


comprobar que el vigilabebés está encendido. La cubro con la sábana,
porque el brazo se le está quedando frío, y le doy un beso suave en la
cabeza. Cuando me dispongo a salir me parece escuchar que murmura algo,
pero, como está grogui, imagino que es un sueño.
Lo primero que hago es ir al baño para hacer pis, no sé cómo después de
la cata he aguantado tanto tiempo. Cuando termino, saco una toallita
desmaquillante del armario para quitarme los restos de pintalabios. La cara
de idiota que me devuelve el espejo es esclarecedora.
¿Qué tienes, Candela? ¿Trece años?
Será capullo. En realidad, él cumplía trece ese día. Yo tenía doce.
Mientras todos se sirven más tarta, yo me escapo a tumbarme debajo del
cerezo que vino de Japón en busca de soledad. Estoy triste y no quiero
estropearle el cumpleaños a Rodrigo. Agosto está llegando a su fin y eso
significa que tendré que dejar a mi abuela aquí sola otra vez y regresar a la
ciudad para empezar las clases. No me apetece nada, porque, además, soy
la única de todas mis amigas que no ha besado con lengua a nadie todavía.
Y odio tener que aguantar las descripciones detalladas de todos sus
morreos. Es un asco y seguro que no es para tanto, pero odio sentirme así,
como la rarita otra vez. Bastantes tonterías tengo que aguantar por ser
medio francesa.
—¿Qué haces aquí? —me pregunta Rodrigo tumbándose a mi lado. Él
siempre me encuentra.
—Contar cerezas —miento.
—Apenas quedan, la felicidad está a punto de caer. ¿Por qué tienes esa
cara? ¿Te da pena tener que marcharte?
—Un poco. ¿A ti no?
—Claro que sí. Pero dejo lo de ponerme triste para mañana, que hoy es
mi cumpleaños.
—Ya, por eso me he escapado. No quiero ser la triste del grupo.
—Anda, ven aquí. —Rodrigo se mueve y me pasa el brazo por detrás del
cuello.
—¿Te han gustado tus regalos?
—Sí. El balón de la Liga lo que más. Muchas gracias.
—Lo tengo escondido desde que llegué. Casi te lo doy en junio, porque no
sé guardar nada.
Sonríe y cuela las manos entre los mechones de mi pelo para
revolvérmelo.
—Si no vamos con todos, nos van a pillar aquí. Y paso de que nos vacilen
con lo mismo de siempre.
Lo de que somos novios y eso. Cada verano es lo mismo. Son muy
aburridos.
—Vale, pero espera un segundo.
—¿Qué te preocupa?
—Pues que, cuando vuelva a clase, todas mis amigas ya han…
—¿Ya han qué?
—Nada, déjalo.
—Vamos, Candela, ¿qué quieres? Dímelo.
—Quiero que me beses. Pero no el pico que me diste el verano pasado
cuando nos despedimos. Quiero que me metas la lengua ya, Tontodrigo.
Bésame. Bésame antes de que nos encuentren aquí.
¿Y Rodrigo qué hace? Obedecerme sin dudar ni un segundo. Se gira, me
agarra del cuello con delicadeza y se acerca a mis labios para colar la
lengua en mi boca. Al principio, con bastante precipitación, nervios y
exceso de saliva. Luego, el ritmo disminuye y conseguimos mejorar
bastante la técnica. Me jura que nunca había besado a nadie así, aunque lo
cierto es que a mí me parece que lo tiene más que controlado, sobre todo,
porque estamos un buen rato con las lenguas enredadas, hasta que llega su
madre y nos pilla.
Así que sí, ese día le pedí que me metiera la lengua en la boca por primera
vez. Nada mejor que hacerlo con alguien de confianza, ¿no? Lo que me
resulta increíble es que, más de veinte años después, todavía se acuerde de
aquello. No, a mí tampoco se me ha olvidado, como los millones de
aventuras que vivimos juntos durante aquellos veranos.
Me paso la toallita con fuerza y maldigo para mis adentros; esta barra es
de esas permanentes y cuesta un triunfo quitarla. Ahora sí que parezco un
poco Drácula y no antes. Dejaré una reseña en la web asegurando que el
labial está a prueba de morreos, por si a alguna chica le interesa. Mientras
me paso un algodón con agua micelar dándome toques más suaves, soy
consciente de cómo me hormiguean los labios todavía. Es bastante absurdo,
pero es que no sé quién de los dos tenía más ganas. Ni tampoco quién de los
dos es el que ha empezado. Aunque ese es un dato irrelevante. Rodrigo
llevaba mirándome la boca desde que he entrado en el salón antes de
marcharnos. Y yo he fantaseado toda la noche recordando lo mucho que me
gustaban sus besos. Supongo que ahí, en la misma dimensión de nuestra
memoria, hemos vuelto a colisionar, y es cuando nuestras manos han
tomado las riendas. O, mejor dicho, es cuando nuestras manos han perdido
el control. Su tacto. Mi piel. Sus caricias.
Un latigazo de placer vuelve a atravesarme e, instintivamente, cierro los
muslos. Hemos estado tan cerca… Menos mal que la llegada de su hermana
ha logrado que el oxígeno ascendiera hasta mi cerebro de nuevo. No
obstante, no sé si se quedará mucho tiempo ahí arriba. Porque no, no he
querido darle la razón, sin embargo, puede que en parte la tenga. Los dos
estamos aquí solos después de mucho tiempo y, como se aprecia, ninguno
esconde la atracción que siente por el otro. Aparte del hecho de que ambos
convivimos con la sensación de tener algo pendiente desde hace muchos
años.
Mientras camino hacia mi habitación, me llevo la mano a la espalda, a ver
si consigo bajar la cremallera del vestido para quitármelo. Entro a oscuras,
como hago siempre. La ventana lateral está abierta y, si enciendo la
lámpara, me invaden los mosquitos. Del farol del jardín entra un ápice de
luz y con eso es más que suficiente. Por el rabillo del ojo veo una sombra
traspasando el marco.
—Me cago en tu madre, Rodrigo. ¿Quieres matarme?
Solo él puede seguir colándose por la ventana.
—¿Y tú a mí? ¿Qué pensabas? ¿Que podías soltarme esta bomba y
después de leerla me metería en la cama y me dormiría hasta mañana? No
soy el hombre de hielo como ha insinuado mi hermana antes, Candela.
Ni él es el hombre de hielo ni yo soy la mujer de piedra. ¿Por qué viene
sin camiseta? Solo lleva puesto un pantalón corto de algodón azul marino.
Nada más. Así que amparada por la penumbra vuelvo a estudiar su cuerpo.
Los costados donde me he anclado antes. El pectoral cubierto de una fina
capa de vello castaño. Y los bultos con forma de onza que surcan su
estómago. Qué bien le han sentado los gramos y los años al jodido.
—Me he cambiado de ropa antes de leerla —me anuncia como si
conociera las preguntas que se está haciendo mi cerebro.
—Yo estoy en ello. —Me giro para que vea que sigo peleándome con la
cremallera.
Rodrigo se acerca a mí, deja la carta sobre mi cama, y, con las manos ya
libres, vuelve a ayudarme. Esta vez, cuando me roza la espalda, se me pone
toda la piel de gallina.
—Candela, es la letra de mi abuelo. No tengo dudas. Esa caligrafía es
inconfundible. Tiene una forma muy particular de escribir la s. Además, él
hizo la mili en Cádiz. De vez en cuando nos sigue contando batallitas a
Elías y a mí de aquella época.
Después de bajar la cremallera, me echa una mano con los tirantes,
dejando sus grandes manos sobre mis bíceps durante varios segundos. La
carga eléctrica que me transmite se dispara. Me sujeto la tela del vestido
contra el pecho, para que no se arremoline en la cintura, y siento su
respiración sobre la nuca, cada vez más profunda.
—Imaginaba que esa L era de Lorenzo. Yo tampoco tenía dudas. —Me
separo de él para coger la camiseta que uso para dormir, que está debajo de
mi almohada—. No me lo puedo creer, tu abuelo y mi abuela… Es muy
fuerte. ¿Crees que tuvieron una historia? ¿Una historia de amor?
De espaldas a él me deshago del vestido y me pongo la camiseta rauda y
veloz.
—No lo sé. Estoy procesándolo todavía. —Vuelvo a mirarlo de frente—.
¿Cuándo encontraste la carta?
—El martes. Estaba limpiando y organizando la biblioteca cuando se cayó
de un libro. Un libro que le regaló tu abuelo, por cierto.
—¿El martes? ¿Y por qué no me lo has contado antes?
—Porque quería y a la vez me daba miedo. A ver, es que no es de nuestra
incumbencia. Pero ahora que ya lo sabemos…
—¿Por eso estabas así de irascible el jueves?
—Más o menos. Me he sentido como si tuviera una granada en la mano
todo este tiempo. Con las cervezas me olvidé un poco de ello, pero luego
llegamos y tú me llamaste niña, como le llama Lorenzo a mi abuela, y
entonces me explotó la cabeza de nuevo.
Rodrigo sonríe recordando mi huida.
—Te he llamado niña un montón de veces, Candela.
—Lo sé. Pero supongo que también estaba enfadada porque Isaac sigue
sin responder a mis llamadas, ya te lo he dicho antes. Se me juntó todo.
—¿Puedo preguntarte por qué te urge tanto hablar con él? ¿Estás
pensando en volver?
—¿Volver con él? No —respondo categórica. Desde que lo nuestro saltó
por los aires es lo único que he tenido claro—. Solo quiero que me dé lo
que es mío y cerrar de una vez por todas esa etapa.
—Está bien. Entonces tendrás que seguir insistiendo hasta que te
responda. No te queda otra.
—Eso parece.
Me da rabia que Isaac quiera seguir martirizándome con lo único que sabe
que quiero. Su comportamiento es demasiado infantil, y aunque el mío
dejara mucho que desear, no eludo mi responsabilidad. Lo que me cuesta
entender es por qué se empeña en no desvincularse de mí de una vez por
todas.
—Me apuesto lo que quieras a que tiene que haber más cartas.
—¿Por qué estás tan seguro?
—Porque, en aquella época, el servicio militar duraba dos años. Seguro
que le escribió muchas más mientras estaba lejos de casa.
—No lo sé. Había pensado buscar otra vez mañana, cuando la deje en
misa.
—Puedo ayudarte.
—No, gracias.
—¿Por qué? Si buscamos los dos iremos más rápido. Y esa biblioteca es
grande.
—¿No vas a ir a recoger a tu abuelo mañana?
—Sí, pero voy a dejarlo un rato en La Serranita con Prudencio y Chuchón
antes de la hora de la comida; tienen ganas de verlo y así se distraerá un
poco. De todas maneras, puedo intentar sonsacarle algo durante el trayecto.
—No. Ni se te ocurra.
—¿Por qué no quieres que hable con él?
—Porque nos faltan datos. Además, me siento como si estuviera
colándome en su intimidad. Esa carta tiene más de setenta años. Los dos se
casaron después y formaron sus propias familias. No sabemos qué pasó, ni
si tuvieron algo importante o solo eran amigos, como siempre hemos
creído. No podemos preguntarles así sin más. Tenemos que ir con cuidado.
—¿Qué te asusta, Candela? ¿Descubrir secretos oscuros? ¿Te imaginas
que somos medio primos? —Me acecha contra el borde del colchón y lleva
las manos a mi cintura para que no me escape. Sentirlo tan cerca despierta
sensaciones adormecidas. Siempre ha tenido ese don y ni tan siquiera tiene
que esforzarse. En mi defensa diré que yo puedo provocar lo mismo en él
—. ¿Te imaginas que Lorenzo es el padre de nuestros padres? De los dos —
suelta y se empieza a reír al ver mi cara de espanto.
—¿Pero qué mierdas de telenovelas ves?
—La mayoría de los días salgo del despacho a las nueve de la noche. En
todo caso, sería la película cutre del sábado por la tarde.
—Deja de decir chorradas. ¿Crees que mi abuela te hubiera animado a
metérmela con tanto ahínco si fuéramos familia? Tu padre y el mío no se
parecen en nada. Mi padre es igual que mi abuelo Tomás, mismos ojos,
misma nariz, mismo carácter, hasta lleva su nombre.
—Estaría gracioso, ¿verdad? A ver, no seríamos los primeros primos del
mundo que se enrollan. Cuanto más primo, más me arrimo.
Sus manos viajan hasta mi trasero, que mi braga solo cubre mínimamente,
y me atrae hacia él, clavando las yemas de los dedos en mi piel y
pegándome el paquete a la pelvis. Noto cómo empieza a endurecerse
mientras sonríe canalla.
No puedo lidiar con esto, todavía no.
—¿A qué has venido, Rodrigo? —Tengo que mantener la cabeza fría—.
Porque no me parece que la bomba te haya afectado mucho.
El pequeño balanceo que hace con la cadera es una señal. Le costaría muy
poco empujarme levemente sobre el colchón, colocarse encima de mí,
quitarme las bragas, abrirme las piernas y colarse dentro. Pero lo que hace
es inclinarse y pegar la boca a mi oreja.
—La he tenido que leer tres veces, Candela. Ya te he dicho que todavía
estoy procesándola. Podemos hacer mil cábalas sobre lo que pudieron tener
o no, pero eso solo lo saben ellos. Y estoy aquí porque sé lo que te ha
afectado a ti. Espero que no hayas olvidado que todo lo que te importa a ti
también me importa a mí. Siempre. Lo que piensas, lo que te callas, lo que
te duele, en definitiva, todo lo que sientes. Desde que te vi por primera vez
es así, niña.
—Rodrigo…
—Quiero que lo recuerdes —susurra y me da un suave beso detrás del
lóbulo.
Lo abrazo y encajo la boca en su cuello. Necesito este abrazo como el
comer, aunque él no lo sepa. Mis pezones se clavan en su pecho. Mi aliento
se libera sobre su clavícula. Y mis manos se aferran a su espalda.
—Yo… —El riego sanguíneo se vuelve a concentrar en determinadas
partes de mi cuerpo, él lo nota y se frota deseoso contra mí.
—Vamos a follar, Candela. Hoy, mañana, la semana que viene… Cuando
tú quieras. Solo cuando tú quieras. Pero vamos a hacerlo. Porque los dos
nos morimos de ganas y es humanamente imposible que acumulemos más.
Míranos. Estamos aquí solos, sin tener que rendir cuentas a nadie. No tiene
sentido seguir reprimiéndonos. Te lo repito, los putos astros se han alineado,
por fin, para que dejemos de tener algo pendiente, ¿no crees?
Siempre ha sido muy bueno escogiendo palabras. Sé que estamos solos
aquí los dos, con unas circunstancias mucho más favorables que nunca. Lo
más fácil sería dejarnos llevar de una maldita vez y disfrutarnos. Sin
embargo, no estoy preparada todavía. Y no se trata de él, Rodrigo es el
candidato perfecto para dejar atrás mi periodo de abstinencia voluntaria,
que ya dura siete meses. Se trata de mí, del miedo que tengo a volver a
perderme.
Mis pulmones retienen el aire y mi cerebro ordena que lo expulsen.
—Quizás. Pero no hoy, Rodrigo. No puedo.
Él retrocede un paso y suspira resignado. Me enmarca la cara con las
manos y pega nuestras frentes.
—Cuando tú quieras, Candela, ya te lo he dicho. Descansa. Y piensa en la
puta suerte que tenemos de que el destino nos esté dando una nueva
oportunidad cinco años después de haber desperdiciado la última.
El último beso que deja sobre mis labios me llena la garganta de recuerdos
y deseos. Aunque mi pecho sigue repleto de dudas.
13. LABOR DE INVESTIGACIÓN
Rodrigo

Gloria me ayuda a recoger los platos de la comida y me pide disculpas por


enésima vez.
—Lo siento. Tenías razón, ayer me pasé, no tenía que haber bebido tanto.
—Deja el último plato en el fregadero y bosteza—. No recordaba una
resaca de este calibre.
—Suele pasar cuando no mides, hermana mayor. Quizá para la próxima
me hagas caso. Y cuando te traigas a un invitado, procura hacer menos
ruido.
—Vale, lo capto. —Me levanta la mano para que no siga con ese tema.
—Lo digo por Telmo.
—¿Por Telmo? ¿O por tu doble rasero?
—¿A qué viene eso?
—A que oí a Candela marcharse anoche. O sea, que tú puedes meter en tu
habitación a cualquiera, pero yo no, ¿verdad? Ese es el doble rasero al que
me refiero. Los tíos seguís siendo así de machirulos.
—Para el carro, Gloria. Entiendo que tienes resaca y que estás cansada,
así que voy a obviar todas esas gilipolleces que acabas de soltar. Porque ni
Candela es cualquiera ni yo tengo un hijo de nueve años durmiendo en la
habitación de al lado. Tómate un ibuprofeno y súbete a echar la siesta. Te
vendrá bien. Ya me quedo yo con el niño y con el abuelo.
Como he hecho desde que me he despertado, además de encargarme de
hacer la comida y poner la mesa debajo de la buganvilla. Mi hermana es
como un cadáver andante; solo se ha levantado de la cama para ir al baño y
después para sentarse a comer.
Me da igual si he sonado muy borde, pero es que hace días que parece que
ha tenido una regresión a los dieciséis; en aquella época también era
insufrible. Ahora es peor, porque parece que se ha olvidado de que ha
venido al pueblo con su hijo, no sola.
—Gracias —musita seria.
—De nada.
Echo un vistazo por la ventana al oír las risas de mi sobrino. No sé lo que
le habrá contado mi abuelo, pero está feliz. Y yo más viéndolos así a los
dos. De la residencia a aquí ha venido quejándose todo el camino de los
dolores y de la mala noche que había pasado, por eso no he creído
conveniente sacar el tema de Gracia y me he comportado, como me pidió
Candela. Lo que pasa es que cuando lo he recogido en La Serranita para
subir a comer he notado que le había cambiado el humor ostensiblemente;
gracias a todas las rondas de blancos que ha compartido con sus amigos.
Así que ahora que tiene la lengua más suelta quizá sea el momento idóneo
para comenzar con mi labor de investigación.
Mientras se hace el café, le mando un mensaje a Candela, espero que no
falle la cobertura ahora.
Yo:
Estoy preparando el café y Lorenzo tiene ganas de hablar. He
pensado que, si venís tú y Gracia ahora, igual podemos
sonsacarles algo.
Niña Candela:
¿Quién eres?
Yo:
No cuela, lista. ¿O ya no te acuerdas de que sé que tienes mi
número en tus contactos?
Niña Candela:
Voy a cambiarlo ahora mismo por Rodrigo Martín,
investigador privado.
Yo:
Muy bien. Pero venid. No te hagas de rogar ahora, que lo
estás deseando.
Niña Candela:
¿Qué se supone que deseo exactamente?
Yo:
A mí. Desde hace años. Igual que yo a ti. Pero no me
despistes, que eso, de momento, lo hemos aparcado. Hasta
que tú quieras, ya lo sabes. Ahora lo que más te intriga es
conocer lo que ocurrió entre ellos, ¿no? Pues venid a tomar el
café con nosotros e intentamos averiguar algo.
Niña Candela:
La cosa es que mi abuela se ha quedado traspuesta en su
butaca, no me ha dado tiempo ni a servirle el café.
Yo:
Está bien, entonces tendrás que dejarlo en mis manos.
Niña Candela:
Vale, pero hazlo con tiento. No quiero que sepan que
sospechamos algo.
Yo:
Vaya, y yo que pensaba preguntarle directamente mientras le
sirvo el café si Gracia fue el único y verdadero amor de su
vida y mi abuela solo su segundo plato.
Niña Candela:
No me hace gracia.
Yo:
¿Seguro? Porque me parece oír tu risa desde aquí. No te
preocupes, iré con cuidado. Por cierto, he pensado que sería
buena idea pasarnos esta tarde por casa de Mauro, sus hijos
tienen edades similares a la de Telmo y quizá puedan pasar un
buen rato juntos. También podríamos ir a darnos un baño al
río. ¿Te apuntas?
Me encantaría que nos acompañara.
Niña Candela:
Depende de cómo se despierte mi abuela. ¿Tu hermana está
de acuerdo con ese plan del río?
Yo:
Mi hermana tiene una resaca de manual, no está para opinar.
¿Por qué lo preguntas? ¿Crees que es peligroso?
Niña Candela:
Para nada. ¿O ya no recuerdas que fuiste tú el que tardó dos
veranos en volver a meterse en la poza?
Cabrona. Sonrío y mi mente se traslada justo allí.
—Me ha dicho mi abuelo que este año la poza no cubre tanto, que no nos
tiremos desde la piedra grande —advierto a Mauro y a Elías, que no dejan
de hacerse los machotes delante de las niñas.
Siguen siendo dos mocosos, pero se piensan que, por tener once años ya
cumplidos (a mí me falta un mes), pueden ir de gallitos. Será porque hoy ha
llegado una prima de Bélgica de Margarite y quieren fardar delante de ella.
—Sí cubre, solo hay que saber tirarse, primito.
—Pues yo sí que me voy a tirar. Aparta, que me toca. —Ya está Candela
demostrando que nadie le dice lo que tiene que hacer.
Es el tercer verano que coincidimos en el pueblo y, sin duda, se ha
convertido en mi mejor amiga aquí. Siempre me propone planes chulos o se
anima a seguir los míos. Nunca tiene miedo a nada, excepto a las
tormentas, así que se me hacen muy cortos los días con ella. Por las
mañanas estamos juntos en Cerezalín; jugando a cualquier cosa que se nos
ocurra, tirados bajo el cerezo que vino de Japón, contándonos lo que
hemos hecho durante el curso o ayudando a mi abuelo en la huerta o con
los árboles frutales. Mi hermana está todo el día encerrada en su
habitación suspirando por un guaperas de su clase que no verá hasta
septiembre, así que no paso tiempo con ella. Está muy tonta, y no lo digo
yo, lo dice también mi madre. Por las tardes es cuando bajamos al río,
como hoy, o vamos en bici desde la Fragua hasta el otro barrio echando
carreras cada uno en su bicicleta, que lo del año pasado no lo quiero
repetir. Quedamos con los demás niños que están en el pueblo, jugamos al
escondite, al balón prisionero o a polis y cacos. Algunas tardes nos cuesta
hacer los equipos porque nos juntamos más de diez.
—Candela, no deberías… —No termino la frase, porque ella ya se ha
zambullido en el río.
Cuando veo su risa asomar por encima del agua, vuelvo a respirar.
Aunque la sensación de alivio me dura muy poco, porque el chillido de
dolor que suelta un par de segundos después casi me para el corazón.
—¿Qué te pasa? ¿Te has dado con una roca? —grito mientras piso con
las cangrejeras las piedras menos lisas para llegar al agua sin partirme la
cabeza.
—¡Ay! ¡Ay!
—Candela —la llamo.
—Voy. —Elías salta desde la piedra y casi cae encima de ella. A mí el
agua ya me llega por la cintura y avanzo con los brazos porque en el
siguiente paso ya no haré pie.
—Me ha picado algo.
—¡Mierda! —chilla Mauro desde la piedra—. Mirad. —Señala una
culebra que nada en círculos a unos metros.
—Me ha mordido una culebra —afirma Candela—. En la pierna. Me
duele mucho. No la puedo mover.
Es la primera vez que veo las lágrimas a punto de brotar de sus ojos. Así
que le tiene que doler mucho, de lo contrario, no se quejaría. Entre Elías y
yo conseguimos sacarla, estamos a punto de darnos de bruces contra las
piedras, pero la apoyamos en la zona de tierra más seca.
—Jooo. Duele —se queja de nuevo.
—Sube a caballito. Te llevo a casa.
—Pero qué dices —se mofa mi primo—. No puedes subirla tú solo hasta
casa.
—Claro que sí. Tiene que vérselo su padre —le digo a mi primo y me
agacho para que Candela se suba a la espalda.
—Mi camiseta —me pide ella—. Tengo que ponérmela aquí, como un
torniquete.
—Candela, tiene que verte eso un médico. —Margarite se acerca a
nosotros y le tiende su camiseta. Candela se la ata en la pantorrilla y me
pide que se la apriete, su gesto de dolor es cada vez más preocupante—.
Mauro, dile a tu abuela que llame a Tomás y baje con el coche a buscarla.
Parece que Margarite tiene la templanza que a mí me falta, pero antes de
que Mauro suba por la finca hasta su casa, que colinda con el río, yo ya
estoy atravesando el puente con Candela a caballito.
—No sé si mi padre ya se habrá ido.
—Tranquila, te vas a poner bien. Te vas a poner bien.
Nos cruzamos con su padre a cien metros de la casona. En cuanto le echa
un vistazo, nos dice que está casi seguro de que no es venenosa y que se
pondrá bien. En ese instante me doy cuenta de dos cosas: la primera, que
estaba a punto de desmayarme, y la segunda, que jamás había sentido tanto
pánico por perder a alguien.
El sonido de la cafetera me hace aterrizar de nuevo. Lo sirvo en dos tazas
y salgo al jardín con ellos. La escena que me encuentro es más que curiosa.
Mi sobrino se ha tumbado en el sofá de mimbre y tiene los ojos cerrados y
la mano entrelazada con la de mi abuelo, que se ha quedado dormido en su
silla, a la sombra de la buganvilla con su gorro de paja puesto. Lo que no
esperaba para nada es ver a Candela sentada en otra de las sillas apoyando
los codos en el respaldo contemplando la estampa.
—¿Qué haces aquí? ¿Acaso no te fiabas de mis cualidades como
investigador? —susurro para no despertarlos.
—Puede ser. Solo he venido a comprobar si sigue en pie el plan de bajar
al río luego, o si después de recordar el incidente de mi picadura te has
echado para atrás.
—Bebe, lista de los cojones. —Sonrío, porque sí, ha acertado. Me gusta
comprobar que ninguno ha perdido la intuición sobre los pensamientos del
otro. Le acerco la taza de café que era para mi abuelo, ella lo bebe solo con
dos de azúcar, como él—. Que te he preparado la cicuta con todo mi amor.
14. TENÍA RAZÓN
Candela

Con el trapo de la cocina espanto a un par de moscas pegajosas que no


dejan de incordiarme mientras oigo el borboteo de la cafetera. El ritual de
hacer el café justo después de comer y tomarlo recién hecho solo lo practico
aquí, con mi abuela, desde que era una cría. Parecerá una tontería, pero
hacerlo a diario me da serenidad, es como si llegado a este punto entrara en
el ecuador de un día más disfrutando de ella. Y me tomo unos minutos para
agradecerlo.
—Déjame ver esa herida —le digo cuando entro en el salón.
—Qué herida ni qué patochadas.
—Venga, yaya, no seas cabezota. Solo quiero ver cómo está.
A pesar de las protestas, le cojo la mano y despego el apósito con sumo
cuidado, tiene la piel tan fina como el papel de fumar y no quiero irritársela
más.
—¿Ves? Esto no es nada. En unos días se cura y listo.
—No tiene tan mal aspecto como ayer, pero sigo pensando que tenía que
haberte bajado al consultorio. Quizá te hubieran dado un punto o dos.
El grito de Yasmina cuando mi abuela se cortó con el cuchillo del pan
hace dos días presagiaba que se había quedado sin dedo. Salí de la ducha y
bajé las escaleras de tres en tres, a punto estuve de matarme. Llegué a la
cocina con la lengua fuera, y la teta. Y con el corazón en un puño. Traté de
calmarme cuando vi que no era tan grave. Aunque no fui tan moderada
cuando le eché la bronca a su cuidadora. Después, le pedí perdón, pero
supongo que lo hice tarde, porque me ha llamado antes para comunicarme
que mañana será el último día que trabajará aquí. Lo que, a priori, tampoco
me parece un problema. De momento, me puedo apañar sola.
—¿Puntos por esto? No seas exagerada, niña. Anda que no he cosido yo
averías mucho más graves. Recuerdo una vez que se cayó Lorenzo de la
escalera cuando bajaba del tejado de arreglar una gotera, se le veía hasta el
hueso. Como estaba sola, tuve que cerrarle ese agujero. Ahora lo grapan
todo y listo. Esto es un rasguño de nada.
—¿Y le cosiste tú?
—Claro, mi padre todavía no había llegado, estaba atendiendo el parto de
Juani y no sabíamos cuándo terminaría. Esa mujer se pasó media vida
pariendo.
—¿Y cuántos años tenías?
—No sé. Dieciséis o diecisiete. Era cuando Lorenzo y su padre estaban
terminando de construir su casa.
—Ajá.
Vamos, Candela. Seguro que puedes preguntar algo más elocuente y dejar
de hacer conjeturas. El domingo pasado la labor de investigación fue
infructuosa. Lorenzo se despertó de la siesta con dolor de cabeza,
probablemente de haberse pasado con los blancos, y Rodrigo lo bajó a la
residencia sin que pudiera preguntarle nada. Yo me quedé con mi abuela y
con Telmo, que se negó a ir al río, aunque sí que aceptó bajar a conocer a
los hijos de Mauro cuando regresó su tío. Bajamos los tres a su casa y
estuvimos un buen rato charlando mientras los niños jugaban, parece que
han hecho buenas migas, aunque no salieran de casa, que es lo que
pretendíamos. Así que no, nada salió como Rodrigo tenía previsto.
—¿Después también ayudabas al abuelo con sus pacientes? —le pregunto
mientras me acerco a por el botiquín para limpiárselo y ya dejárselo al aire.
—Ayudaba a mi padre cuando mi madre no estaba o cuando estaba
ocupada con otro asunto. Le sujetaba la sutura y me fijaba en cómo lo hacía
él. Cuando era algo leve, me dejaba a mí intentarlo. También sabía dónde
estaba todo el material que él tenía, porque era la encargada de ordenarlo.
Cuando vino Lorenzo sangrando, me puse manos a la obra y ni lo pensé,
solo quería aliviar su dolor. Todavía recuerdo la cara de asombro de mi
padre cuando vio lo que había hecho. —Sonríe orgullosa—. Cuando se hizo
cargo de la consulta tu abuelo, no me dejaba acercarme demasiado, al
menos al principio.
—¿Por qué?
—Porque no confiaba en mí, supongo. Todavía me veía como una niña.
—Pero, yaya, cómo te iba a ver cómo una niña si ya estabais casados,
¿no? ¿A qué edad te casaste con el abuelo?
—A los dieciocho —sisea y se queda pensativa, como si acabara de viajar
en el tiempo a aquellos días.
Quiero seguir preguntándole. Quiero seguir indagando. Quiero resolver
los millones de dudas que tengo con respecto a su vida o, al menos, a una
parte. Pero me parece entrever una sonrisa dibujada en sus labios, como si
el recuerdo fuera bonito y bueno. Así que no es el momento de sacarla de
allí.
—Eras muy joven.
—Lo era, pero nuestros dieciocho no tenían nada que ver con los de
ahora. Eran otros tiempos. Anda, vete a por el café.
Y eso hago, ir a la cocina.
Lamentablemente, el domingo no encontré ninguna carta, y eso que
removí cielo y tierra en la biblioteca para dar con ella, o con ellas, mientras
mi abuela estaba en misa. Rodrigo sigue convencido de que tiene que haber
más.
Ro. Dri. Go. Madre del amor hermoso con Rodrigo. Todavía pongo cara
de idiota cuando pienso en cómo nos restregamos el sábado y en que
estuvimos a punto de no parar. Menos mal que, en el último segundo,
recapacité y dije que no. No mentiré, después de que se marchara de mi
habitación, me costó dormirme. No me podía sacar de la cabeza las
insinuaciones que me hizo en la corralada antes de ir a la cata. Ni el
maravilloso tacto de sus manos sobre mi piel a la vuelta. Ni la intensidad de
sus besos en mi boca. Lo peor de todo, lo que más descolocada me dejó, fue
esa rotundidad al afirmar que vamos a follar sí o sí, porque es ridículo negar
lo evidente. Me ha quedado muy claro que ahora solo depende de mí.
Si hablara con Bruna de esto, me soltaría una de sus charlas sobre cómo el
coitocentrismo sigue muy presente en la sociedad actual abocándonos a
relaciones sexuales insatisfactorias y obsoletas en las que seguimos
arraigando la desigualdad entre mujeres y hombres por centrarnos solo en el
mete-saca. Yo le rebatiría explicándole que para nosotros realmente solo es
un deseo adolescente pendiente que se ha ido mitificando con el paso del
tiempo, avivado porque la última vez que nos vimos hace cinco años nos
volvimos a quedar con las ganas, ya que tampoco ocurrió. Podría decirse
que, a día de hoy, está a medio camino entre una maldición que nos
persigue y una coña marinera entre los dos.
Y aunque él esté convencidísimo de que ha llegado nuestro momento por
fin, yo sigo creyendo que estamos bien así, sin complicarnos. El problema
es que el mismo domingo, después de intercambiar esos wasaps e ir a su
casa a tomar el café, volví a tener la sensación de que poner freno a lo que
nos provocamos es como querer poner ventanas al cielo. Porque, como él
vaticinó, esto solo acaba de empezar y no vamos a detenernos. Nos
besamos en la cocina. Nos besamos en el jardín. Incluso nos besamos
pegados a la tapia cuando nos despedimos después de que Telmo hubiera
entrado en su casa, como hacíamos de niños. Aun así, yo sigo lidiando con
mis propias cicatrices. Y él, por lo poco que se ha atrevido a contarme,
también convive con las suyas. Aun con todo lo que arrastramos, va a ser
complicado controlar nuestros instintos, lo sé. Además, Rodrigo insiste en
que, cuando lo hagamos, no será para tacharlo solo de la lista de pendientes,
con lo que me deja clara su intención de que no se conformará con una sola
vez.
—¿Cómo está mi chica favorita? —pregunta el susodicho en la entrada
mirando hacia el salón.
Voy a empezar a creer que el capullo tiene un sexto sentido y aparece
cuando estoy pensando en él. Y no, por supuesto que no lo ha dicho por mí.
—Está mejor —responde mi abuela—. Tiene mejor cara desde el
domingo, pero no la acabo de ver llena de luz. —Por Dios, ni que fuera una
aparición—. ¿Anoche también te colaste en su habitación? No os oí. —Y se
ríe, la sinvergüenza de ella se ríe.
—Yaya, por favor…
A ver, que mi abuela no oye muy bien ya lo sabemos, y menos por la
noche, pero no tiene ni un pelo de tonta y es muy observadora. Cuando el
domingo volví de casa de los Martín, algo intuyó.
—No, anoche no —responde él encantado de contar con su bendición—.
Pero mi favorita siempre serás tú, Gracia.
—Quita, zalamero. Vete a la cocina a ayudarla y de paso…
No oigo el resto de la frase que dice mi abuela, solo la respuesta de él, que
me pone nerviosa.
—Te lo prometo.
Rodrigo tarda treinta segundos en colocarse a mi espalda y estrujarme
entre sus brazos. Primero me huele el pelo. Después, se inclina para
dejarme un beso suave en el cuello. No necesitas que te confirme las partes
del cuerpo que se me acaban de alterar, ¿verdad?
—¿Qué se supone que estás haciendo? —Me remuevo cuando cuela las
manos por debajo de mi camiseta y me acaricia la piel del estómago. Tengo
que posar la cafetera en la encimera antes de que se me escurra entre los
dedos.
—Darte las buenas tardes. Siento no haber podido venir esta mañana, pero
es que ya no podía posponer más esas reuniones por Zoom, o al final iba a
tener que irme a Madrid —resopla con tono de agobio.
Rodrigo me ha contado que su padre hace unos meses delegó en él todas
las decisiones empresariales, para dejarle al mando de cara a su próxima
jubilación, sin ni tan siquiera preguntarle si quería asumir toda esa
responsabilidad. Su hermana, en cambio, solo es una comercial más de una
de las cuatro agencias inmobiliarias que tienen, cumple con su jornada de
trabajo y se marcha a su casa sin preocuparse de nada. Él es el único que
carga con la presión de gestionar la empresa familiar. Para complicarlo más,
el volumen de negocio ha crecido ostensiblemente desde hace algunos años,
cuando su padre se asoció con un constructor potente e invirtió parte de su
capital en promociones de obra nueva. Así que el estrés, las preocupaciones
y la ansiedad conviven con él la mayor parte del año.
—No pasa nada. La casa va a seguir en pie un día más. ¿Has traído las
herramientas?
—La duda ofende, yo siempre llevo la herramienta encima. —Balancea la
cadera contra mi trasero. Él no me ve, pero, por supuesto, estoy rodando los
ojos. Aunque también se me escapa una sonrisa, el chiste es pésimo.
—No voy a hacer ningún tipo de comentario al respecto.
—¿Sobre mi herramienta? Dale cinco segundos más —ronronea sobre mi
oído—. Ni ella ni yo dejamos de pensar en ti. Ni mi lengua, ni mis dedos…
Estoy empezando a creer que lo que quieres es revivir todos los pasos que
fuimos dando, a modo de déjà vu.
—Pero ¿tú te oyes?
—Piénsalo. Tiene sentido. Ya hemos pasado la fase de los morreos. ¿Qué
fue lo siguiente? Ah sí, cuando te toqué las tetas por encima de la ropa
interior. Y luego bajé a la zona inferior… —Lleva la mano a mi vientre y
cuela el índice por la cinturilla de mi falda un par de centímetros, rozando la
tela de mi tanga—. Por cierto, ¿dónde quedaron aquellas bragas de punto
que te hacía tu abuela? —masculla mientras me acaricia con suavidad la
piel, aunque ha regresado a la zona del ombligo.
—No eran de punto, eran de perlé. Y cuando tú me tocaste ya no las
usaba, lerdo. ¿Quieres uno? —Señalo la cafetera y me escabullo de su
cuerpo.
—Sí, quiero. Y no solo café, ya lo sabes. Quiero que me cuentes por qué
sigues poniéndote el freno, porque aquí las ganas son de los dos, no nos
engañemos. Deja de comerte el coco con lo que sea que te preocupa,
Candela. Es verano, estamos solos en el rincón más maravilloso del mundo,
podría comerte entera. Otra vez. Porque eso fue lo siguiente que ocurrió
después, ¿me equivoco?
Boqueo como un pez. ¿En serio esta va a ser la dinámica? ¿Recordar cada
avance a nivel sexual que dimos hasta aquel último paso que jamás llegó?
Lo aparto del fogón para servir el café, a este ritmo mi abuela ya estará
echando la siesta.
—Parece mentira que las tengas tan engañadas —me salgo por la
tangente.
—¿A quiénes?
—A todas. Sobre todo a mi abuela. Con esa cara de niño bueno,
trabajador y responsable. Y luego… luego eres…
—Soy todo eso y más, Candela. Un adicto a ti cuando compartimos
espacio y tiempo, y sí, puede que algo pervertido cuando te tengo tan cerca.
—Sus manos me enmarcan la cara y me planta un beso largo y profundo
que me desequilibra.
Como era de esperar, cuando vamos al salón con los cafés, mi yaya se ha
quedado traspuesta en su butaca, con la tele encendida. Le dejo su taza
encima de la mesa, por si se despierta antes de que esté helado.
Yo subo los cafés y Rodrigo, su caja con las herramientas, las que no son
apéndices de su anatomía.
—¿Ya has colocado esas tres estanterías?
—Sí. Ayer se secó bien el producto que le di. Por la noche las llené de
nuevo. Pero la última hay que atornillarla, casi se me cae encima. La he
conseguido equilibrar con los libros —le explico.
La bisagra de una de las ventanas también está rota y no cierra. El cajón
del escritorio se ha hinchado por la humedad y no puedo abrirlo. Hay tres
tablas del suelo que se levantan…
El pobre Rodrigo no para de arreglar cosas en su casa y ahora se ha
empeñado en ayudarme a mí con la mía. Vale, que sé que lo hace para pasar
tiempo conmigo, no soy gilipollas, y porque se muere de ganas de dar con
otra carta, eso también.
Antes de ponernos manos a la obra, nos tomamos el café en la solana
admirando las vistas de los Picos en silencio, uno cómodo, mientras
estamos sumidos en nuestros propios mundos. Unos mundos que han
discurrido lejos el uno del otro y que poco han tenido que ver. Sin embargo,
siempre han confluido de alguna manera aquí, en el origen, en la raíz. Por
eso es tan extraño admitir que, a pesar de los años sin contacto, Rodrigo y
Candela siempre reconectarán en Cerezalín.
—¿Puedes empezar por el cajón? Me gustaría saber lo que hay dentro —
le pido cuando entra y deja su taza encima del escritorio.
—¿Crees que la carta puede estar ahí?
—No sé, sería muy obvio, ¿no?
Primero lo intenta agarrando con fuerza del tirador, pero solo consigue
que ceda un par de centímetros. Así que saca un cepillo, que en realidad es
una lija, y lo pasa por los laterales. Cede otro poco. Se va al suelo con un
destornillador y se cuela debajo del mueble. Lo oigo forcejear y observo
cómo el cajón avanza otro poco.
—Este cajón tiene doble fondo.
—¿En serio? —Se nota la emoción en mi voz—. Eso puede significar que
esconde algo importante.
Rodrigo sigue forzándolo y, por fin, el cajón cede lo suficiente como para
meter la mano en él. Hay papeles, una libreta, un rosario y dos plumas
estilográficas.
—A ver qué encontramos aquí… —canturrea sin salir de debajo. La tapa
trasera de madera se cae y a punto está de darle en la cabeza—. Candela…
—¿Las has encontrado?
Me tiro al suelo, a su lado, cabeza con cabeza. La impaciencia me puede.
Le quito el sobre de la mano y saco el contenido. Un folio, del mismo color
que el otro, y una medalla chapada en oro que parece un sol. La misma
letra.
—Léela tú —le pido.
Cádiz, 1 de abril de 1953
Querida Gracia:
No sé si estarás leyendo estas letras con la mayoría de edad ya
cumplida o a punto de hacerlo, porque resulta complicado calcular lo
que puede tardar en llegar el correo.
Lo primero de todo, quería darte las gracias por el regalo que me
enviaste en Navidad. Todavía se me saltan las lágrimas si pienso en el
sabor de aquel chorizo y de aquel queso. Y qué voy a decirte del libro de
tu adorado Miguel, que sé que es uno de tus favoritos. Espero que Cobo
te entregara la medalla que compré para ti. Me hubiera encantado
dártela yo mismo en mano, pero, como ya te habrá contado él, las cosas
por aquí no siempre están tan tranquilas como quiere hacer creer el
Régimen.
Al capitán le he caído en gracia y, desde que me saqué el permiso de
conducir, me ha convertido en su chófer, por lo que apenas me deja
separarme de él; su mujer y su hijo, que debía de tener mi edad,
murieron de tuberculosis el año pasado, así que su única vida es el
ejército y el cuartel. Es un hombre serio y bastante justo, algo insólito
por aquí. Espero que mi buen comportamiento se vea recompensado con
un permiso más largo cuando comience el verano y así, por fin, poder
verte.
Sigo pensado en ti cada día, niña. Y cada noche, cuando espero a que
todos se duerman para leer alguno de los poemas de El rayo que no
cesa. Es entonces cuando mi mente viaja de nuevo hasta ti. A tus manos
peinando la hierba debajo del cerezo, a tu pelo trenzado, a tus ojos
curiosos posados en mi boca y a tu olor a lavanda, a tierra y a fresco,
que has dejado impregnado en cada una de las páginas.
Me llegó una carta de mi madre, sé por ella y por mi hermana Victoria
que en tu casa cada vez hay más movimiento, que el doctor ese de la
capital ha vuelto a comer algún día, que tu padre sigue empeorando y
que hay días que ya no puede pasar consulta. También sé que tu madre
no para de repetir por ahí que lo tuyo y lo del matasanos ya es un
compromiso serio.
Solo le pido a Dios que pase rápido el tiempo y que me den el permiso
que tanto anhelo para llegar antes de que él te ponga una maldita y
cara alianza en el dedo.
Escríbeme, por favor, porque me gustaría tener la certeza de que, a
pesar de las circunstancias adversas y de la distancia, me sigues
queriendo tanto como yo a ti.
Siempre y para siempre tuyo, L.
—Joder —silba Rodrigo cuando termina de leer y nos miramos con un
brillo especial en los ojos. Es complicado ser inmune a las palabras de
Lorenzo—. ¿Ves como tenía razón? Te dije que tenía que haber alguna más.
—Puede que esta fuera la última y solo le escribiera dos. Mi abuela se
casó con mi abuelo con dieciocho años. Ahora no recuerdo si lo hizo en
septiembre u octubre.
Respiro y dejo caer la cabeza sobre el hombro de Rodrigo, que me pasa el
brazo por el cuello para acurrucarme contra él.
Nos quedamos así, sin movernos ni un ápice. Seguimos tumbados debajo
del escritorio, con nuestras espaldas sobre el suelo, respirando el mismo aire
durante varios minutos más. Como si aquí, escondidos y juntos, el secreto
de aquel amor que ellos se profesaron estuviera a salvo todavía.
—Dios, se querían mucho. Mucho más de lo que imaginé —articulo con
la voz entrecortada debido a la acumulación de tantos sentimientos.
No sé por qué una lágrima furtiva me desciende por la mejilla,
impactando sobre la camiseta de Rodrigo.
—Eh… No llores. Todavía no conocemos toda su historia, pero lo que sí
sabemos es que los dos han sido felices después.
—¿Tú crees?
—Claro que sí. ¿No te fijas en las miradas bonitas que se dedican cuando
se ven? Esa conexión que mantienen, la fuerza y el valor de su amistad y,
sobre todo, cómo siguen riéndose juntos con noventa años, Candela. Ahí no
hay atisbo de tristeza ni de rencor. ¿No te parecen suficientes indicios para
creer que han tenido una vida plena y colmada de felicidad?
Medito las palabras de Rodrigo mientras él me ayuda a salir del escondite.
Puede que haya sido así, pero ¿renunciando a qué?
¿A su amor?
15. DESEMPOLVANDO LA MEMORIA
Rodrigo

Antes de que el chico del almacén me ayude a meter todos los materiales en
el maletero de mi coche, extiendo un par de sábanas viejas para que no se
manche.
—¿Entrará todo ahí? Si no, mañana podremos subírtelo nosotros con la
furgoneta —me dice el encargado que está charlando con mi abuelo en la
puerta.
He pasado a recogerle hace un rato por la residencia y le he pedido que
me acompañara a comprar algunas cosas que necesitaba. Ahora también
tengo que arreglar la chimenea de la cocina de carbón. Intenté encenderla
hace dos días y se llenó todo de humo negro. Mi abuelo dice que quizá el
tiro esté obstruido, según su experiencia, cree que puede haber algún pájaro
muerto en el conducto. El tema es que subí al tejado a ver si veía algo y me
fijé en que el sombrerete estaba caído y parte del tramo final muy oxidado.
Y ya que estoy, pues me llevo un saco de masilla, dos botes de pintura y
una cepilladora eléctrica para lijar la madera más rápido.
—Seguro que cabe, así me pongo manos a la obra esta misma tarde.
—No tengas tanta prisa —me riñe mi abuelo—-. Estás aquí de
vacaciones, ¿no?
—Sí, abuelo. Pero mi trabajo en Madrid es más mental que físico. Me
viene bien para liberar estrés tener las manos ocupadas.
—Anda que no hay cosas mejores en las que ocuparlas —comenta ufano.
Vaya, por un momento he pensado que iba a dar el nombre y los apellidos
de mi ocupación favorita.
—Deja al muchacho, Lorenzo —le dice el encargado—, que se ve que es
un trabajador incansable, igual que tú. De raza le viene al galgo.
Mi abuelo asiente.
Cierro el maletero cuando está cargado hasta arriba y dejo el coche
aparcado allí para regresar dando un paseo con él hasta la residencia.
Tirar de su silla de ruedas se me hace bastante raro. La mayoría de las
imágenes que tengo con él son, efectivamente, como ha dicho el del
almacén, trajinando sin parar. En la finca, en casa, en la casona de Gracia o
ayudando a cualquier vecino que lo necesitara, y no solo con las chapuzas,
sino también con la huerta o el ganado. El pueblo es un lugar donde la
solidaridad está más presente, o más visible. Aunque cada vez queden
menos habitantes a los que echar una mano, siempre recuerdo a mi abuelo
prestando su ayuda a los vecinos que lo necesitaban. Como cuando a
Prudencio se le quemó la cuadra y hubo que repartir a los animales entre las
de los demás. O como cuando a Agripina se le cayó parte del tejado después
de una gran nevada un noviembre y todos fueron a intentar tapar aquel
agujero antes de que se murieran de frío. O como cuando un jabalí hizo
estragos en la finca de Mercedes aquel verano y los demás le repartieron
parte de lo que cultivaron en sus huertas.
En el corto paseo que damos de vuelta, mi abuelo saluda a cinco o seis
personas. Algunas le preguntan cómo está e intercambian cuatro frases con
él. Otras solo le dan los buenos días. La última, Natividad, una de las
cocineras de la residencia, que se jubiló el año pasado, le dice que vaya
buen mozo de nieto que tiene, lo que lo anima no solo a alabarme
físicamente, que tampoco es que lo mío sea para tanto, sino a ponerme por
las nubes. Trabajador, buena persona, siempre dispuesto a ayudar… Y, por
alguna razón, pienso de inmediato en Candela y en cómo me dijo ayer lo
engañados que los tengo a todos con mi cara de niño bueno. Se me escapa
una sonrisa. Justo me lo va a recriminar ella a mí, que con ese tono de piel
blanco y esa melena rubia parece un angelito, aunque luego esté más cerca
de ser un animal salvaje e indomable.
A ver, que tampoco me considero una mala persona, ni mucho menos, sin
embargo, no soy perfecto. Y todo lo que ha ocurrido durante los últimos
meses es buena prueba de ello. Por eso tampoco me entusiasma esa imagen
tan idílica que tienen de mí.
—Ahora lo entiendo, abuelo.
—¿El qué?
—Que no quisieras marcharte de aquí. Sé que estar en la residencia no es
lo que más te apetecía y que serías más feliz en casa, pero aquí sigues
estando entre tus montañas y rodeado de tus paisanos. Aquí respiras. Y en
mi casa no podrías haberlo hecho. Aquello cada día es más irrespirable.
Madrid me ahoga hasta mí —susurro al aire.
—A mí lo que me fastidia es no poder ser independiente y tener que vivir
así. —Se agarra a su silla con un poco más de fuerza—. Pero no podría
dejar el valle nunca. Nací aquí, viví aquí y moriré aquí. A tu padre se le
quedó esto pequeño a los veinte y por eso se fue a la capital, luego conoció
a tu madre y ya sabes lo que vino después. Yo respeto a los mozos que
quieren marcharse, en este rincón las oportunidades son más escasas, eso es
así. No obstante, también te diré que conozco a jóvenes que viven y
trabajan aquí. Probablemente no tengan perras para comprar ese tanque
tuyo, que no cabe ni en casa, ni para viajar por el mundo, pero yo siempre
he pensado que se puede ser feliz con menos. Mi padre fue un obrero
honesto y trabajador, que se dejaba la piel de sol a sol para que no le faltara
nada a su familia, y a mis ojos nunca fue un hombre triste o infeliz.
—Entonces tú también te pareces a tu padre.
—Eso dicen. En casa nunca hubo para lujos ni caprichos, pero jamás
pasamos hambre. Ni cuando el país atravesaba sus peores años. Siempre
hubo algo que echarse a la boca y créeme, muchos señoritos en las ciudades
pasaron buena gazuza, eso te lo aseguro yo.
—Sí, pero tú me has contado que con él trabajaba más gente, vamos, que
se puede decir que no solo era un obrero, que era un constructor.
Mi abuelo niega con la cabeza y se ríe.
—Constructor, dice. Antes se era obrero y punto, niño. Dependiendo del
tamaño de la obra él tenía una cuadrilla de trabajo de confianza que le
ayudaba, les pagaba sus jornales al terminar y listo. Como hacía conmigo
cuando regresé y me puse a trabajar con él. Los que ahora se hacen llamar
constructores solo son empresarios que ponen los billetes y que no han
puesto un ladrillo en su vida.
Entramos en la residencia y, como todavía falta un rato para la comida, lo
llevo hasta el jardín para ponernos a la sombra, debajo del platanero; ahí
hay un banco para que yo pueda sentarme. Como está hablador, quizá sea el
momento idóneo para desempolvar sus recuerdos. En especial los que
incluyen a Gracia. Aunque después de encontrar la segunda carta ayer,
Candela está mucho más susceptible con este tema.
—Entonces, ¿terminaste la mili en Cádiz y regresaste al pueblo?
—Qué va. Me quedé un año más allí trabajando como capataz en la finca
de mi antiguo capitán. Después pensaba regresar, pero en el último
momento decidí que era mejor no hacerlo y tardé un tiempo en venir.
Me quedo con ese dato que desconocía. Entonces, cuando regresó, Gracia
ya estaba casada. Me aventuro a seguir tirando de ese hilo.
—Vaya, y eso ¿por qué?
Mi abuelo no me responde, desvía la vista hacia el rosal que está a su
derecha y veo cómo se sujeta una mano con la otra para detener el
tembleque. ¿Estará recordando?
Mierda. Igual tiene razón Candela y es mejor no inmiscuirnos en su
pasado, porque, cuando se vuelve hacia mí para mirarme y seguir hablando,
veo una ligera capa de pena o nostalgia cubriendo sus rasgados ojos.
—Mientras estuve haciendo la mili, eché mucho en falta esto. Fueron
meses duros estando tan lejos. Siempre estaba esperando que me dieran
algún permiso largo para volver. Lo que pasa es que justo cuando me
licencié todo había cambiado.
—¿Aquí? —Debería dejarlo estar, pero, llegados a este punto, es superior
a mí no querer saciar esta curiosidad.
—Había cambiado el mundo. Aquí y allí —comenta de manera ambigua y
distraída—. Decían que el país también estaba cambiando, pero lo hacía de
manera muy lenta y solo para unos pocos, aun así, todo era diferente. Yo
tampoco era el mismo que salió de aquí con dieciocho recién cumplidos. —
Vuelve a sujetarse las manos—. Pensé que lo mejor era alejarme de casa,
buscar mi suerte y encontrar mi propio sitio lejos de…
—Lorenzo, ¿todavía está ahí? —Una de las auxiliares se acerca a nosotros
—. Es la hora de comer. ¿No tiene hambre?
No podía haber sido más inoportuna. Ahora me quedo con la duda, ¿iría a
decirme lejos de ella? ¿O simplemente lejos de aquí?
—Sí, hambre sí tengo. A ver si con un poco de suerte hoy, por fin, se le ha
ido a Ester la mano con la sal —se queja.
Una de las cosas que no deja de repetirnos es que la comida no es tan
mala, pero que siempre peca de sosa.
—Entonces me voy —me despido de él y le doy un beso—. El domingo
vengo a buscarte.
—Está bien. ¿Y me vas a dejar un rato en La Serranita?
—¿Para qué? ¿Para volver a blanquear con tus amigos? —Mi abuelo se
ríe por lo bajo, como si fuera un niño pequeño que la ha liado—. Me lo
pensaré.
—Saluda a Candela de mi parte —me dice cuando llegamos a la puerta
con cara de pillo.
—¿Y a Gracia? —suelto. Es que me lo ha puesto a huevo—. ¿También la
saludo?
—¿Qué nos toca hoy, Nuria? ¿Alubias con chorizo? —Ella empuja su
silla y desaparece tras el cristal diciéndome adiós con la mano.
Vaya, vaya con Lorenzo, acaba de hacerse el sueco conmigo. Ver para
creer.
16. QUIÉN CUIDA A QUIÉN
Candela

Dejo a mi abuela desayunando en la cocina mientras habla con mi padre.


Hoy los astros se han alineado y ha conseguido contactar con nosotras, a
pesar de la diferencia horaria. Lo gracioso es que ha llamado al móvil de mi
abuela, que, milagrosamente, estaba encima de la mesa encendido y con la
batería cargada, así que sin duda es su día de suerte.
Tampoco es que nos haya contado muchas novedades, aparte de que
intentará venir una semana en octubre y aprovechará para presentarnos a su
nueva novia, una alemana más cercana a mi edad que a la suya. Hasta mi
abuela ha ignorado esa parte, porque las dos somos conocedoras de que sus
escarceos amorosos nunca terminan de cuajar. También nos ha mencionado
que hay un nuevo brote de sarampión en el campamento y que esperan
tenerlo pronto controlado.
—Me subo a mi habitación para responder un correo, papá. Te dejo con la
abuela. Ya hablamos.
—Adiós, hija, disfruta del verano.
Iba a contestarle que y tú, pero él solo disfruta de su trabajo, sin distinguir
la estación del año.
El correo es de Bruna y lo recibí anoche, pero aún estaba en shock tras
leer la segunda carta de Lorenzo y no me vi con ganas de responder. Gracia
se ha dado cuenta de que desde el jueves estoy algo dispersa, aunque lo
habrá achacado al cansancio por haber estado encerrada en la biblioteca
ayudando con las chapuzas a Rodrigo.
Bruna y Mon me cuentan que están en la recta final del viaje, que está
siendo una experiencia increíble y que, como están agotados, ya solo
piensan en llegar pronto a Goa, su último destino, y tirarse a la bartola en
sus playas, si las lluvias monzónicas, propias de esta época del año, se lo
permiten. De todas las fotos que me adjuntan me quedo con la que están
delante del Taj Mahal. Ella con una sonrisa de oreja a oreja y él con su cara
de rey del mundo y abanico de lunares en mano. Todo muy ellos. Me
preguntan por Isaac y también por mi amigo de la infancia, porque sí,
cometí el error de contarles que estaba aquí en el anterior correo y que nos
estamos enrollando medio a hurtadillas, como cuando teníamos trece años.
Del primero les explico que sigue sin dar señales de vida y que, aunque no
quiero meterlos en medio, si la semana que viene sigue sin cogerme el
teléfono, quizá tengan que interceder por mí. Yo solo quiero recuperar lo
que es mío y zanjar de una vez este asunto.
Del segundo no puedo contarles muchas novedades. Solo les confirmo
que los ratos que paso con él estoy igual de cómoda y de a gusto que
cuando comparto tiempo con ellos. Simplemente porque puedo ser yo. Sin
fingir. Sin guardar las formas. Con la única diferencia de que a Rodrigo no
me importaría tenerlo desnudo encima o debajo de mí, para qué voy a
engañarlos.
Ya está. Ya lo he dicho. Asumido.
Me despido con muchos besos y buenas vibras para que tengan suerte con
el tiempo y les pido que me hagan una videollamada cuando estén
tumbados al sol. Doy a enviar y cierro el ordenador.
—Candela —me llama mi abuela, que ya habrá terminado de desayunar.
Antes de responderle, intento contactar con Isaac por enésima vez. Igual
es demasiado temprano porque es sábado, pero, si sigue con su rutina, le
gusta madrugar para ir a correr. Un tono. Dos. Tres. Salta el buzón. En otras
ocasiones le he dejado un mensaje, pero ya no sé ni qué decirle.
—Ya bajo.
—Vale.
Cuando llego a la cocina, me la encuentro aclarando su taza y su plato en
el fregadero. Me gusta ver que se ha levantado con la energía suficiente
para hacer alguna tarea.
—¿Qué haces? Deja eso, que luego lo recojo yo mientras hago la comida.
—Garbanzos, ¿no? —me pregunta—. ¿Y dónde están? —Echa un vistazo
al fogón—. ¿No los pusiste anoche a remojo?
—Uy. —Me llevo la mano a la frente—. No pasa nada, puedo hacer arroz.
¿En ensalada?
—Nada de experimentos. Lo hacemos a la cubana, que está mucho más
rico. Ay, niña, no sé en qué tienes la cabeza.
En tu historia con Lorenzo. En dar carpetazo a lo mío con Isaac de una
vez. En los besos de Rodrigo y en el torrente de recuerdos maravillosos que
siempre vienen asociados a ellos. En controlar mi deseo. En obligarme a
pensar en mí un rato y en mis necesidades. En recordar los buenos
momentos que pasé con mi madre sin ponerme triste. En tratar de no juzgar
a mi padre. En perdonar la falta de empatía que tuve. En perdonarme. Y en
gestionar que ahora solo me tienes a mí para cuidarte.
—En nada importante —miento—. No tienes de qué preocuparte.
—A mí no me engañas, Candelaria. —Genial, ahora tira de humor para
sacarme una sonrisa. Sí, ella a mí—. Rodrigo me prometió que iba a
devolverte la luz, pero yo solo te la veo a ratos, cual luciérnaga.
—Qué poética. Como tu amado Miguel Hernández, ¿no?
Mi abuela me escudriña con la mirada, como si mi afirmación la hubiera
cogido por sorpresa.
—Miguel me encantaba, sí. Pero cuando me casé, dejé de leer poesía. —
Noto un deje de tristeza en su voz—. Y de eso hace más de setenta años.
¿Tú cómo sabes que me gustaba?
Hola, soy Candela, la metepatas.
—Porque tú me lo contaste cuando te hablé de un trabajo que tuve que
hacer de él en el instituto, quizá no te acuerdes. —Intento salir del
atolladero.
—Pues es raro que lo haya olvidado, porque lo único que tengo intacto es
la memoria. En mi caso, la vejez solo ha ido limando algunas áreas de mi
cuerpo respetando mi cerebro.
—Por cierto —cambio de tema o al final confesaré—, tú y Rodrigo y
Rodrigo y tú. Está feo que confabuléis a mis espaldas, yaya.
—Solo queremos verte feliz.
—No es tan sencillo, abuela. Pero voy por buen camino, tranquila. Estoy
segura de que lo voy a conseguir.
—Me alegra oír eso. Además, nosotros siempre nos preocuparemos por ti.
Que ella siempre se ha preocupado por mí me queda claro. Mi abuela fue
la mujer que me enseñó que el amor no es necesariamente una moneda de
cambio. Que se puede amar sin esperar contraprestación. Y que los abrazos
espontáneos sanan más que cualquier medicina. Se obsesionó por hacerme
entender, por mucho que a mí me costara, que dos personas que se quieren
de verdad nunca se tratarían como lo hacían mis padres. Ella fue mi único
hogar cuando mi madre decidió anteponerse a todos y huir, aunque luego
regresara a buscarme.
Sin embargo, en este instante, después de los últimos descubrimientos, me
asaltan algunas dudas, como no saber si mi abuela fabricó aquel concepto
bonito del amor desde el mismo o, por el contrario, lo hizo desde el
desamor. En cualquiera de los casos, todo lo que he aprendido, aunque no
haya sido capaz de llevarlo a la práctica, se lo debo a ella.
Y la preocupación de Rodrigo me cuesta algo más asimilarla. Y no por él,
que no deja de recordármelo, sino por mí. No me puedo creer que haya
alguien tan especial en mi vida que, a pesar de la falta de contacto durante
algunos años, siga queriendo cuidar de mí, sobre todo cuando coincidimos
en este rincón minúsculo del planeta.
—Pues ya soy mayorcita, abuela. Y ahora es mi turno. Estoy aquí para
cuidarte a ti. Y lo mejor será empezar por quitarte ese camisón tan sexi con
el que duermes y meterte en la ducha —bromeo porque sé que todavía es
reticente a quedarse desnuda delante de mí para que la ayude, al igual que
hizo con Yasmina las primeras semanas hasta que se acostumbró a su
presencia. El pudor es otra de las cosas que no ha perdido.
—No hace falta, niña. Tendrás mejores cosas que hacer que frotarle la
espalda a una vieja. Puedo ducharme sola.
—Lo sé. —Asiento para darle la razón, aunque no la tenga del todo. Sus
movimientos no son muy ágiles y el baño puede ser un lugar peligroso, pero
a Gracia González de Ceballos no puedes insinuarle que ya no es autónoma
e independiente al cien por cien—. Pero, te lo repito, estoy aquí para
cuidarte y no quiero que te caigas en la ducha y te pierdas la partida de
dominó de esta tarde.
—Ah no, por nada en el mundo me perdería esa partida. Es mi momento
favorito del fin de semana —me informa.
—Pensé que tu favorito era el día del señor… —la vacilo.
—Los domingos tampoco están mal, sobre todo desde que está Rodrigo
en el pueblo.
¿Cómo? ¿Eso lo dice porque ve a Lorenzo aquí? Mira que puedo empezar
a ver los leones de la Metro y a montarme una película en la cabeza con
mucha facilidad.
—¿Lo echas de menos? —me aventuro a preguntar sin mencionar su
nombre.
—¿A quién? ¿A tu abuelo?
—No. Me refería a…
Sonríe con malicia, porque, sin duda, me ha vacilado.
—Ay, niña, sabe más el diablo por viejo que por diablo. ¿Qué pregunta es
esa? Claro que echo de menos a Lorenzo. Ver la casa cerrada es muy triste.
La soledad compartida es menos amarga. Y él ha sido un gran vecino,
siempre dispuesto a ayudar.
—Y un gran amigo —añado.
—El mejor —afirma ella y se queda pensativa durante unos segundos—.
Como lo es Rodrigo para ti. Un gran amigo. De momento —apuntilla.
—Yaya…
—Anda, ven aquí. —Mi abuela abre los brazos y me cobija contra su
pecho, calentándome el cuerpo y el alma, todo a la vez.
Mientras escucho su respiración acompasada con la mía, pienso en que no
tengo ni idea de quién cuida a quién.
17. TARDE DE DOMINÓ
Rodrigo

Como mi hermana lleva más de media hora discutiendo con su ex y no me


apetecía que el niño se quedara escuchando cómo sus padres son incapaces
de hablarse sin gritar, me he traído a mi sobrino a ocupar conmigo el lugar
de Mercedes en la partida de dominó. Ella no ha podido subir porque
anoche llegaron sus dos hijos con sus nietos y tiene la casa llena.
Un fiel reflejo de cómo está el pueblo y eso que todavía estamos a
mediados de julio. La única posada que hay está completa y hasta Moisés
ha decidido abrir todos los días, aunque de lunes a miércoles lo haga solo
por las tardes.
Las chicas coinciden en que les gusta ver el pueblo con vida; turistas,
niños, ruido. Me comentan que, en invierno, con el cambio de clima y la
pérdida de paisanos, los días no son solo más largos, sino también más
tristes. Todos sabemos que el abandono de la población de las zonas rurales,
que migra hacia grandes ciudades en busca de trabajo y prosperidad, es un
mal que arrastra el país desde hace muchos años y que ha dado lugar a esa
España vacía de la que tanto oímos hablar.
—Cuando los pueblos se quedan sin gente, se abandonan las tierras y el
ecosistema se resiente —comenta Mila que hace una década tuvo
oportunidad de irse a trabajar a Francia, pero al final no se animó.
—Es una pena. Cuando nosotros faltemos, esto será como un pueblo
fantasma de esos —añade su tía.
A mí, que he vivido aquí, aunque solo fuera de manera intermitente
verano tras verano, me da bastante pena, así que imagino cómo se tienen
que sentir ellas.
—¿Ahora que tenemos que hacer, Telmo?
—Robar, tío. No tenemos blancas.
—Shhh. No destapes nuestro juego. ¿No ves que, si despisto a las chicas
con mis encantos, todavía podemos ganar? —argumento y espero con ansia
la réplica.
—Vale, despístalas, tío —suelta mi sobrino mientras coge una ficha y
volvemos a la partida.
—A ver, eres guapo, Rodrigo —comenta Piedad dándome la réplica—,
aunque un poco joven para nosotras.
—Pero solo un poco. —Le guiño un ojo—. Tú estás guapísima todavía.
En la flor de la vida.
—Ay, qué lisonjero eres…
—Para nosotras eres joven, sí —masculla Gracia—. Pero eres perfecto
para la niña, ¿a que sí?
—Claro que sí. Hacen muy buena pareja —ratifica Piedad—. Muy buena.
—Queréis dejarlos tranquilos… —resopla Mila.
Ella es la única que no se ha unido al complot de Gracia. A ver, que a mí
motivación para ir detrás de Candela todo el día no me falta. No pasa nada
por reconocerlo. Se podría decir que estamos atravesando esa fase en la que
yo quiero compartir con ella cada minuto y la busco a todas horas con
cualquier excusa. Ayudarla con las reformas, charlar de nada, invitarla a
acompañarnos a Telmo y a mí a dar un paseo por el pueblo. O ir a la compra
en un solo coche para contaminar menos. Y ella pues termina cediendo.
Aun así, los cinco primeros minutos lo hace a regañadientes. Luego, como
si su mente aterrizara de nuevo, disfruta de mi compañía. Y de la de mi
sobrino, porque ha cogido la costumbre de contarle hechos bochornosos de
mi niñez para que él se destornille, como si yo no pudiera jugar esa baza
con ella también.
Todavía no sé qué es lo que le ha sucedido para que ahora se contenga
tanto. Ella sola se pone límites y se frena. Es obvio que hay algo en su
interior que la detiene. ¿Que si me molesta que no quiera contármelo? Un
poco. Aunque sé que tarde o temprano lo hará. Ella y yo siempre hemos
tenido la confianza necesaria para hablar de cualquier tema, de frente, sobre
todo antes de aquel malentendido que terminó con nosotros escogiendo
diferentes caminos. Aunque nunca dejamos de pensarnos del todo, como ya
hemos reconocido. Lo único que me queda es seguir respetando sus
tiempos, porque solo quiero verla bien, y con luz, como me pidió su abuela.
Aun así, hago mis cábalas, por supuesto. Imagino que su ruptura no habrá
sido fácil, pocas lo son. El problema es que ella siempre ha preferido
hacerse la fuerte, sacar su carácter y no replegarse ante nada ni nadie antes
que mostrar sus carencias y sus signos de debilidad, que solo lo son a sus
ojos la mayoría de las veces, no a los míos. Candela es humana y, por lo
tanto, vulnerable, aunque ella se empeñe en protegerse con cientos de capas
impermeables.
—¡Haced caso a Mila! —chilla ella desde la cocina. Está preparando la
merienda con la ventana abierta y nos ha escuchado—. Y terminad esa
partida, que esto ya está a punto.
El olor a bizcocho de limón llega hasta aquí. Como hace una tarde
bastante calurosa, hemos sacado una mesa y las sillas a la corralada para
jugar al dominó a la sombra. Esta partida la gana Gracia, vanagloriándose,
porque es la segunda de hoy.
Mila, que es solo una mera observadora (nunca suele jugar), retira
conmigo las piezas para hacer hueco a la merienda.
—En cuanto pare el viento sur va a llover —anuncia Agripina mirando al
cielo.
—Y habrá tormenta —asevera Piedad justo cuando Candela sale con una
bandeja en las manos.
Inevitablemente, mi mirada busca la suya. Sonrío al ver cómo tuerce los
labios. Ya había comentado con anterioridad que Candela no tiene miedo a
nada, excepto a las tormentas. Y, aunque hace años que no comparto una
con ella, por el gesto que acaba de poner, sé que ese temor sigue existiendo.
—Ya están las chicas del tiempo —sisea con desgana.
—Tú haz caso a estas viejas, que sabemos de lo que hablamos.
—Vieja lo serás tú —espeta Agripina a su amiga Gracia y la otra
refunfuña por lo bajo.
—Sí, soy la más vieja, lo sé. Pero tú tampoco te quedas atrás, que solo
tienes un año menos que yo.
—Casi dos, que soy de diciembre —replica la susodicha.
Agripina se quedó sin padres a una edad muy temprana, primero su padre
y después su madre, así que con apenas dieciséis años tuvo que hacerse
cargo de sus tres hermanos pequeños y ponerse a trabajar como una mula
para sacarlos adelante. Cuando eso ocurrió, Gracia bajaba a su casa cada día
con comida y, después de asegurarse de que se alimentaba, le curaba las
heridas de las manos, que solía tener en carne viva.
—A mí no me metáis en vuestro saco. —Mila se hace la ofendida sin
ocultar su sonrisa.
—No, tú no lo eres, cariño —afirma Piedad—. Por eso vamos a mandar
una carta de esas por ordenador para que vayas al Firdeis con Sobera y te
eches un buen novio, que todavía estás en edad de merecer.
Estallamos en carcajadas todos, menos Telmo, que nos mira sin entender
nada. Gracia se lleva la mano al estómago del ataque de risa.
Cuando Candela sirve el café y empieza a repartir el bizcocho, oímos la
voz de mi hermana.
—¡Telmo! —lo llama desde el otro lado de la tapia—. Ven a hablar con tu
padre, rápido.
—¡Voy! —Mi sobrino sale disparado hacia su casa.
—Llévate un trozo de bizcocho —le dice Candela, que se acaba de sentar
a mi lado en el banco, pero él ya se ha marchado.
Los niños tienen esa capacidad enorme de amar de manera incondicional,
aunque sus padres no sean capaces de dejarlos al margen de sus malos
rollos.
—Ese crío bebe los vientos por su padre —comenta Gracia—. Por las
tardes, cuando viene a jugar conmigo al cinquillo, no para de hablarme de
él. De su trabajo, de su coche, de su casa nueva…
—Lo sé —afirmo—. Aunque me temo que no es del todo recíproco. Y no
digo que no le quiera, sino que, ahora mismo, no sabe quererle bien.
Alabamos a la repostera por lo bien que le ha quedado la merienda. Ella se
limita a sonreír con ternura, pero con la mirada ausente. La conversación
continúa, pero Candela no participa. Un par de minutos después, se levanta
para llevar su taza de café a la cocina. La sigo. Mete todo en el fregadero y,
cuando se da la vuelta, me planto delante de ella.
—¿Qué te pasa? —Poso las manos en sus caderas.
—Nada —responde y desvía la mirada.
—Ey, mírame. —Con los nudillos le levanto la barbilla y después le
acaricio la mejilla—. ¿Por qué te has puesto así? ¿Por mi sobrino?
—Joder, a veces me asusta que…
—¿Que te conozca?
—Tan bien —apuntilla.
—Tengo suerte, es un privilegio que no está al alcance de cualquiera.
Todavía pinchas, niña Candela, como el erizo que veranea cerca de la
higuera.
—Eres muy lerdo.
—Anda, ven aquí.
—¿Qué haces?
—Abrazarte. Yo soy inmune a tus púas. —La estrecho entre los brazos y
la aprieto contra el pecho.
—Es que, si los padres supieran que en la infancia se define la salud
mental que tendrás de adulto, tratarían con más amor a sus hijos. Dios,
olvídalo. No sé por qué me he puesto ahora así. —Me esconde la cara en el
cuello antes de apartarse—. A ver si me baja la maldita regla ya.
Me río, porque a mí no puede engañarme. Su sensibilidad no depende de
cuándo esté a punto de venirle el periodo. A Candela le afecta todo lo que
ocurre a su alrededor, aunque se empeñe en disimularlo. Y ahora le duele
ver a mi sobrino en medio de la guerra de sus padres, porque ella estuvo en
esa misma posición, solo que los suyos, durante algunos años, tuvieron una
relación mucho más tóxica; no se querían bien y, aun así, no eran capaces
de alejarse el uno del otro, retrasando lo inevitable.
—Tienes razón. A mí también me molesta ver cómo lo están haciendo con
él. He hablado con Gloria, pero no deja de reprocharme que yo no soy
padre y que no tengo ni idea. Dice que los niños son más fuertes de lo que
parecen. Y yo sé que algunas veces lo son y que otras solo lo aparentan. —
Llevo las manos a su cara y acerco nuestras frentes antes de abrirme paso
entre sus labios.
El azul de los ojos de Candela es hipnótico, aun así, cierro los míos
mientras nos besamos de manera lánguida. Disfruto de la calidez de su
cuerpo abandonado sobre el mío, voy a tener que creer que sí está más
sensible. Pasamos unos cuantos segundos así hasta que el sonido del
engranaje de su cerebro se cuela entre ambos.
—Nos van a ver las chicas —argumenta mientras se aparta de mi boca,
dejándome con sed—. Y no necesitan que les demos más material.
—A mí me da igual, mientras no escriban en tu nombre a Firdeis…
—Menudas brujas. Y pobre Mila, no sé cómo las aguanta a todas juntas.
Voy a recoger la merienda.
—Está bien. Te ayudo y luego me marcho a casa. Mi hermana ha quedado
con Ander y me ha pedido que me quede con Telmo hasta que vuelva.
—Vale.
Después de hablar ayer con mi abuelo, regresé a casa y no pude resistirme
a contárselo. A ver, que tampoco es que me haya esclarecido nada,
simplemente me ha dejado entrever que no quiso regresar al pueblo por las
circunstancias y que tardó en volver. Candela también estuvo tirando de la
lengua a su abuela, pero todo lo que dice suena bastante ambiguo. Y esta
dinámica es habitual en los dos. Sabemos que son muy amigos y que
siempre, o casi siempre, han estado el uno para el otro, porque vivían a
escasos metros de distancia. Con los datos reales que tenemos hasta ahora,
suponemos que a mi abuelo no le apeteció regresar a su casa en 1955,
porque Gracia ya estaba casada con Tomás en esa fecha. Hemos decidido
seguir indagando, sin prisa, a ver si antes de que termine el verano somos
capaces de conocer su verdadera historia.
Cuando está todo recogido, le doy otro beso a Candela en la mejilla, esta
vez casto, delante de ellas, con la promesa de verla más tarde, y me despido
de las chicas.
Mi hermana ya está en la entrada lista para irse. Me comenta que Telmo
tiene que ducharse, que está de buen humor, porque su padre le ha
prometido venir a recogerlo y pasar unos días con él, y que podemos hacer
pizza para cenar. En cuanto oye el ruido del motor del coche de su nuevo
mejor amigo, sale corriendo, dejándome con la palabra en la boca.
Telmo y yo estamos bien juntos. Sé que le gusta pasar tiempo con su
madre, aunque mi hermana no sea muy consciente. Aun así, las tres horas
que estamos solos en casa se nos pasan rápido. Al menos yo no paro de
hablarle para tratar de que no se encierre en su propia burbuja. Solo espero
que sea verdad que vaya a venir su padre y compartan unos días. Mi sobrino
está muy emocionado y, si por cualquier motivo no cumpliera con su
palabra, la decepción sería enorme.
Después de acostarlo, me pongo el pantalón corto del pijama y bajo al
salón. El primer rayo ilumina la estancia más que si hubiera encendido la
luz del techo. Unos segundos más tarde, suena el primer trueno. Potente, de
los que retumba entre las paredes. Menos mal que Telmo tiene un sueño
profundo.
Las chicas del tiempo no fallan. Ya está aquí la tormenta.
Mierda. Candela.
Cojo mi móvil para mandar unos mensajes. El primero a mi hermana.
Yo:
¿Ya vienes?
Tarda en responderme dos minutos.
Gloria:
Sí. Ya estamos subiendo.
El otro es para Candela.
Yo:
Las chicas solo dicen verdades como puños. Hacemos muy
buena pareja. Y sí, la tormenta ya está aquí.
Niña Candela:
No todo es tan obvio.
Yo:
¿Estás segura?
Niña Candela:
Dios. ¿Has oído eso?
Yo:
Ponte los auriculares y escucha esta canción hasta que vaya.
No tardo. Te lo prometo.
Adjunto el enlace de Spotify de A Storm On A Summers Day, de Full
Crate y Gaidaa, y me voy a la cocina a beber un vaso de agua. Jamás
confesaré que tengo una playlist con las canciones que descubro y que me
llevan a ella.
Mi hermana entra riéndose con su acompañante de manera escandalosa.
Las primeras gotas de lluvia ya han empezado a caer por lo que traen la
ropa mojada.
—Hola —saludo.
—Hola —responden ellos.
—Sube, que ahora voy —le dice a Ander y él me hace un gesto con la
cabeza a modo de despedida—. ¿Telmo ya está dormido?
—Como un tronco. ¿Va a quedarse a dormir? ¿Crees que es lo mejor para
el enano? —le pregunto y no quiero sonar paternalista, pero es que no
termino de pillarle el punto a mi hermana en este instante.
—Va a quedarse un rato, no sé si también a dormir, ¿algún problema? ¿O
es que aquí solo puedes follar tú?
—Que te den, Gloria. Pero que te den bien.
Paso de tener esta conversación otra vez. Y menos cuando el siguiente
trueno nos hace dar un bote a los dos. Me pongo las zapatillas en la entrada
y el chubasquero que está colgado en el perchero y salgo sin decir ni adiós.
18. NOCHE DE TORMENTA
Candela

Escucho por tercera vez la canción que me ha enviado Rodrigo, es bonita y


no la conocía. Habla de una tormenta de verano y de un amor que nunca le
hizo sentirse así. Me da un vuelco el estómago cundo imagino que, igual, la
ha buscado en Spotify solo para mí.
El runrún desaparece cuando la luz del rayo traspasa la fina tela de la
sábana e ilumina toda la habitación. Me acojono tanto que ya ni canción ni
nada. Me quito los auriculares y me abrazo las rodillas mientras empiezo a
contar en voz baja los segundos que faltan hasta que llegue él. Porque va a
venir, ¿no?
Soy muy tonta, lo sé. Solo tendría que haber cerrado la ventana antes y
punto. Pero es superior a mis fuerzas. Otro trauma más de los míos. Desde
que tengo uso de razón, duermo con esa ventana abierta, sin importar la
temperatura exterior. Normalmente, la cerraba el último día que dormía
aquí, cuando quedaban unas horas para regresar a casa a finales de agosto, o
en los veranos que tenía más suerte lo hacía a primeros de septiembre.
Hubo una excepción.
He pensado muchas veces por qué precisamente esa ventana y no la otra
que tiene la habitación. Y no sabría decir el motivo. Quizá tenga algo que
ver que justo enfrente está la ventana de Rodrigo y que él también solía
dejarla abierta la mayoría de las noches. Era habitual que yo también me
colara por ella cuando no podía dormir o necesitaba refugio. Quizá era
porque, cuando me metía en la cama, me calmaba saber que si lo llamaba
podía oírme. O quizá simplemente lo hacía porque la brisa que se colaba
por ella me ayudaba a respirar cuando mi pequeño mundo me asfixiaba.
Supongo que fue una válvula de escape, literal y figurada.
En este instante también oigo la lluvia, que empieza a ser más intensa. Me
arrebujo dentro de las sábanas y toco la pantalla del móvil para no
quedarme completamente a oscuras. Cuando intuyo su sombra, asomo
ligeramente la cabeza para comprobar que es él.
Es él. Las pintas que trae son curiosas. A pesar de que estoy atenazada por
los relámpagos que no cesan, me parto de risa al verlo.
Rodrigo se abre el chubasquero de manera teatral y descubro que no lleva
camiseta, solo un pantalón corto debajo, el azul marino con el que duerme.
Resoplo y vuelvo a esconderme. Él también se ríe de mi reacción.
Tarda menos de dos segundos en apartar la sábana y meterse en mi cama.
—Ya estoy aquí. —Nos cubre a los dos y me rodea con piernas y brazos,
como si así no fuera a escaparme—. Siento no haber venido antes.
El sonido del trueno retumba contra la pared.
—Dios. —Me pego más a él y me aferro a su espalda.
Rodrigo aprovecha ese momento para colar las manos debajo de las capas
de ropa que llevo puestas, que son muchas.
—¿Por qué tienes tanta ropa?
Se sorprende al comprobar que no llevo puesta una camiseta, sino dos.
Una de tirantes y otra de manga corta. Además de un pantalón de pijama de
algodón largo. Después de acostar a mi abuela, he subido con una sensación
rara en el cuerpo.
Cada vez que estamos a solas, me quedo con unas ganas tremendas de
preguntarle qué sucedió entre ellos. Luego, la veo cansada, quejándose de
sus dolores, y me doy cuenta de que tampoco tengo ningún derecho a
interrogarla sobre ese asunto. Me odiaría si también se le debilitara el
corazón por mi culpa.
—No lo sé. Tenía frío. Luego, calor. Luego, frío otra vez. Y ahora…
—¿Sigues teniendo frío?
—Menos. Con esa entrada triunfal que has hecho de exhibicionista
pervertido he entrado algo en calor, no te lo voy a negar —reconozco y me
río—. Cualquier día saltas la ventana en pelotas.
—Y empalmado —susurra y le meto un guantazo—. Ese será el siguiente
paso. Así que no lo descartes. Ven, pégate a mí, que yo te quito el frío del
todo.
—Sí, claro. Sepárate un poco. —Le pongo las manos en el pecho y yo
misma me muevo dentro de la cama para dejar un hueco y que corra el aire
entre los dos.
Rodrigo ve que la pantalla de mi móvil sigue encendida y que tengo los
auriculares al lado de la almohada.
—¿Te ha gustado la canción?
—Me ha encantado, pero solo me ha distraído las dos primeras veces.
—¿Quieres que te distraiga yo? —Acerca la mano a mi melena y empieza
a enredar con algunos mechones de mi pelo. Sus caricias siempre me
calman—. ¿Te acuerdas de cuando aprendí a hacerte la trenza?
—Sííí —ronroneo de gusto.
Que me toque el pelo de ese modo me hipnotiza. El problema es que mi
cuerpo va por libre últimamente y despierta sin demasiado control a sus
atenciones. El hormigueo entre las piernas solo es el principio de lo que
podría conseguir.
—También recuerdo que Gloria te amenazaba con contárselo a tus
compañeros de clase cuando volvierais a Madrid.
—Gloria ya era idiota entonces. Y lo sigue siendo ahora. No me apetece
hablar de ella.
—Está bien.
Me doy la vuelta y me deshago de una de las camisetas y del pantalón
largo, porque ahora sí que tengo calor. Después, me acomodo pegando la
espalda a su pecho.
—¿Vas a seguir quitándote capas? Es para ir mentalizándome. —Rodrigo
cuela la mano por debajo de la camiseta de tirantes y la deja quieta sobre el
ombligo. Noto su respiración por encima de la melena y cómo busca con
sus pies los míos. Las imágenes de los dos así en otras noches de tormenta
sobrevuelan mi cabeza.
—No tengo intención. Y espero que tú no quieras dormir desnudo como la
última vez.
—No me lo recuerdes, cabrona.
El sonido de las risas de los dos sustituye al de los truenos, que se han
alejado en busca de otro destino. También se mezclan con el murmullo
incesante de las gotas de lluvia que siguen cayendo con la misma
intensidad. Sin duda, desde que nos encontramos aquí, los dos tenemos muy
presente aquella última vez, aunque hayamos preferido hacer alusiones
bastante vagas a ella.
Los siguientes minutos mientras la tormenta se aleja son una dulce tregua.
El miedo a su lado se esfuma.
—La tormenta ha terminado, Tontodrigo —susurro con pesadez.
Inexplicablemente, el cuerpo de Rodrigo custodiándome, el calor agradable
y el olor a tierra mojada y a verde monte han derivado en un estado de
excitación agradable que me acerca a los brazos de Morfeo—. Ya puedes
irte.
—Duérmete, niña Candela, que no pienso moverme de aquí.
19. LA LOMA
Candela

La humedad de unos labios sobre mi boca es hoy mi despertador. Trato de


abrir los ojos, pero me cuesta un triunfo. Cuando consigo levantar un
párpado, compruebo que no ha amanecido.
—Despierta. Vamos, despierta.
—¿Por qué? ¿Has oído a mi abuela llamarme? —Me incorporo nerviosa
—. ¿Ha pasado algo?
—No, todo está bien. —Rodrigo me tranquiliza y vuelvo a tumbarme—.
Pero tienes que despertarte. Tengo una sorpresa preparada para ti.
—¿Sorpresa? Estoy empezando a odiarlas. ¿En serio has dormido aquí?
¿Toda la noche?
Hacía mucho tiempo que no descansaba de manera tan plácida.
—Sí. Y todavía estoy decidiendo si ha sido una idea buena o una pésima.
—Noto que se recoloca el pantalón, pero me abstengo de hacer alusiones a
su empalmada—. Vamos. Muévete. —Me destapa y me entran ganas de
matarlo.
—Por favor. Pero si todavía es de noche. —Me cubro y le tiro del brazo
para pegarlo a mí. Vuelvo a cerrar los ojos.
Si hemos dormido juntos toda la noche, puede abrazarme un ratito más,
¿no? El sonido de la risa de Rodrigo en mi oreja es igual de excitante que la
fuerza de sus brazos rodeándome, pero yo solo quiero alargar esta ansiada
paz un rato más.
—Ay, Candela. Ten cuidado, a ver si vas a acostumbrarte —me pica.
—Shhh.
Rodrigo tiene ese don, el de saber cuándo y cómo acercarse a mí. Siempre
ha sido un experto en esa materia. Sabe cuándo saco los pinchos y es mejor
darme espacio. Y también cuándo necesito cobijarme entre los brazos de
alguien, en especial entre los de él, porque también sabe de sobra que no lo
hago entre los de cualquiera. Todavía me alucina comprobar que sigue
siendo aquel niño paciente, empático y protector que conocí, a pesar de los
años que han pasado. Y supongo que él también se habrá dado cuenta de
que sigo siendo la misma ansiosa, veleta y terca.
—Podría pegarme a ti y a tus sábanas seis días más, Candela, pero tengo
todo preparado, así que ponte ropa cómoda y las zapatillas, en quince
minutos te quiero ver abajo. —Se levanta dejándome un beso, esta vez en la
punta de la nariz.
—Dime dónde vamos o no me muevo de aquí.
—Está bien. Quiero subir a ver el amanecer a La Loma, pero, como sigas
ahí, no nos va a dar tiempo.
Sonrío, porque la cara que ha puesto Rodrigo es la misma que pone
cuando le tocan las pelotas, en sentido figurado, y recuerdo habérselas
tocado mucho durante años. Lo cierto es que lo he hecho en los dos
sentidos, aunque más en uno que en otro, claro.
—En quince minutos estoy abajo. Pero hay que regresar enseguida, antes
de que se despierte mi abuela.
—No te preocupes, ella conoce el plan y sabe que tiene que esperarte por
si acaso. Además, le pedí que tuviera su móvil a mano.
—¿En serio?
—Sí, en serio. Mueve, que cada minuto cuenta.
Rodrigo se calza y se pone a modo de capa el chubasquero. Me dice adiós
con la mano y sale por el mismo sitio que entró anoche.
Trece minutos más tarde, con ropa deportiva y una pequeña mochila, que
lleva él, dejamos atrás Cerezalín, todavía sumidos en la negrura de la noche,
para coger la senda que nos llevará hasta La Loma.
El olor a hierba mojada y el aire, más fresco a estas horas, nos acompañan
en nuestros primeros pasos, que hacemos en completo silencio. No sé lo
que estará pensando él, pero yo acabo de recordar aquella vez que
decidimos hacer esta misma ruta sin avisar a nadie. Bueno, que decidí
emprenderla yo y él, sabiamente, optó por acompañarme.
—Adiós, Tontodrigo —digo cuando paso por delante de su casa en
dirección este. Está sentado en la hamaca que suele usar su madre para
leer.
—¿Dónde vas? —me pregunta.
—A vivir aventuras.
—¿Sola? No puedes subir a La Loma sola, niña.
—¿Por qué sabes que voy allí, listo?
—Porque llevas tu mochila de supervivencia, la brújula de tu abuelo en
la mano y esa gorra rosa tan fea para que no te achicharre el sol, medio
francesita. Además, por este camino hay pocos lugares a los que puedas
llegar. O a La Loma o a aquel zarzal. No deberías subir tú sola. ¿Lo saben
tus padres?
—Mi madre se marchó anoche. Y mi padre lleva encerrado en la
biblioteca desde que se fue. Mi abuela ha bajado unas tartas a casa de
Agripina, así que tampoco se lo he podido decir.
—Ya… O sea que estás huyendo, ¿no?
—Puede ser.
—Espera, voy contigo. —Rodrigo se pone de pie—. ¡Abuelo! Me voy a
dar una vuelta con Candela, ahora volvemos.
—Vale. Pero tened cuidado, que hace mucho calor hoy.
—Sí, tranquilo —responde Rodrigo y se pone su gorra negra de Adidas.
—Volverás tú, yo no tengo intención de regresar —le digo enfurruñada.
No tiene ni idea de que en la mochila llevo comida y agua.
—Sí que lo harás. Volverás conmigo.
Y es justo lo que hice. Volví con él, sí. Como vaticinó. Le costó
convencerme, porque además de ser más terca que una mula, también soy
muy orgullosa. Y esa mañana me había levantado como un animal herido y
solo quería alejarme de casa. Rodrigo me explicó que nos congelaríamos si
pasábamos la noche al raso con la ropa que llevábamos puesta y a esa
altitud. Así que me tragué mi orgullo por el fracaso de mi aventura y
bajamos juntos. Se nos hizo de noche por el camino, además, ya no
teníamos agua; me quedé escasa con las provisiones. Fueron momentos
complicados, pero Rodrigo me dio la mano y conseguimos regresar sanos y
salvos. No recuerdo haber visto a mi abuela y a Lorenzo tan enfadados en la
vida. Nos castigaron sin salir de casa dos días. Y nos contaron que estaban a
punto de organizar cuadrillas para irnos a buscar al monte. Las imágenes de
los dos abrazados cuando nos vieron enfilar la pista llana hacia casa acaban
de regresar a mi mente.
—¿Sabes de lo que me acabo de acordar? —le pregunto.
—Del abrazo de Lorenzo y Gracia cuando nos vieron en la pista, ¿no?
—Es que estuvieron muchos segundos pegados consolándose.
—Ya, pero a nadie le pareció raro.
—¿Crees que habrán sido algo más que amigos los últimos años?
—Antes habría puesto la mano en el fuego por él, siempre ha hablado
maravillas de mi abuela y se veía que lo hacía con devoción. Ahora ya no
estoy tan seguro. Durante los veranos que estábamos aquí, nunca vimos
nada extraño, así que pienso que solo tuvieron y tienen una amistad. Sin
embargo, lleva viudo más de veinticinco años, Candela. Mi abuela se murió
cuando yo tenía siete.
—Lo sé. —A ella no la conocí. Tampoco a mi abuelo, que se murió
cuando yo apenas comenzaba a caminar, así que no tengo recuerdos de él.
—Quizá Gracia y Lorenzo solo se daban calor durante los inviernos,
cuando nosotros no estábamos.
—Oh, cállate. No, ahora en serio. No sé qué quieres que te diga, a mí me
cuesta imaginarlo.
—Tampoco sería tan descabellado, sin embargo, con la naturalidad y la
calma que se tratan desde que los conozco, no los imagino disfrutando de
años de amor a escondidas. Les hubiera resultado muy difícil disimular
delante de sus amigos y su familia, ¿no crees?
—Y sobre todo delante de nosotros —sentencio.
El silencio se instaura entre ambos de nuevo, como si los dos nos
fuéramos montando nuestra propia película en la cabeza, una de amor
frustrado, sin duda. ¿Podría también ser la nuestra?
Por favor, Candela, respirar el rocío de la mañana te está embotando el
cerebro.
A estas alturas, no voy a negar que yo a Rodrigo lo quiero, porque
mentiría si dijera que no. Sin embargo, a pesar de todo lo que he leído y de
todo lo que me enseñó mi abuela, sigo sin tener definido mi propio
concepto del amor. En cambio, a base de joderlo todo, lo que sí tengo
interiorizado es justo lo contrario. Sé que lo que sentí por Isaac no lo era y
tampoco lo que sentí por mi anterior novio en Lille.
Cuando empieza la parte del ascenso más empinada, rompemos el
silencio.
—¿Vas bien? —me pregunta Rodrigo y me tiende la mano, por si quiero
cogerla.
—Voy bien.
—Pues acelera un poco o saldrá el sol antes de llegar a la cumbre.
Lo adelanto e intento ir más rápido que antes. El sonido de su risa se
mezcla con el de los pájaros que también se empiezan a despertar.
—Vamos —lo azuzo—. Te tenía por un vigoréxico de manual. Golf,
escalada, running… ¿Qué es lo siguiente? ¿Un Ironman?
—Deja de suponer cosas de mí. Y sigue con ese ritmo y a esa distancia,
que tu culo dentro de esas mallas es la motivación perfecta para continuar.
—Eres muy ler… —Me doy la vuelta indignada y Rodrigo se abalanza
sobre mi boca casi de un salto para evitar que lo insulte.
Recorremos los últimos metros hasta la cima entre empujones, abrazos y
besos. Cuando llegamos arriba, nos topamos con las ovejas y las cabras de
Tino, que están durmiendo al raso. El pequeño refugio de piedra y madera,
donde él guarda sus aperos de labranza e incluso algunas provisiones, sigue
en pie, aunque está más maltrecho. Levanto la vista y respiro profundo,
había olvidado la increíble belleza de este paisaje.
Rodrigo se quita la mochila de la espalda y saca una manta de cuadros
roja y negra que extiende a continuación en una zona más llana. Me da la
mano para que me tumbe a su lado y es lo que hago, hombro con hombro.
Nuestras respiraciones, aún agitadas por las risas y el esfuerzo del último
repecho, empiezan a calmarse. Admiramos cómo el cielo empieza a
cambiar de tonalidad, abandonando el azul añil y dejando espacio a un azul
violeta primero para luego tornar a anaranjado. Es precioso el contraste de
los malvas con los ocres que se abren paso por el horizonte. Es entonces
cuando nos sentamos, para no perdernos este maravilloso espectáculo.
De su mochila saca un termo metálico con más años que nuestros abuelos
y dos tazas bastante deterioradas para servirnos dos cafés. Imposible
esconder mi sonrisa al oler el aroma característico cuando está recién
hecho. Además, ha traído dos sobaos pasiegos a los que es imposible
resistirse.
—Lo tenías todo estudiado, ¿eh? —Le doy un pequeño mordisco a uno y
canturreo del gusto. Este sabor es inigualable.
—Desde el domingo pasado. Ven aquí. —Rodrigo abre las piernas y me
invita a que me coloque delante de él. Pego la espalda a su pecho, sin soltar
mi taza, y miramos ambos hacia el horizonte—. Parece que te gusta el
desayuno, ¿no?
—¿A mí solo? —Le meto un trozo en la boca y casi le hago atragantarse.
—Había olvidado lo jodidamente bonito que es esto. Y lo bien que respiro
aquí, a pesar de la altura —susurra contra mi cuello y me deja un ligero
beso sobre la piel.
—Es imposible comparar otros lugares con este trocito de mundo,
¿verdad?
—Así es. En Madrid cada día me cuesta más respirar. Y cuando consigo
hacerlo, siento como si el aire no penetrara del todo en mis pulmones, como
si el filtro estuviera obstruido e impidiera su entrada.
—Porque allí solo respiráis humo. Y del peor.
—La pésima calidad del aire seguro que influye, pero creer que tienes la
obligación de resolver todo al mismo tiempo, sin poder sentirte culpable y
sin hacer daño a nadie, también te roba el oxígeno. Allí todo ocurre a una
velocidad superior. Hace unos meses colapsé —me confiesa con la barbilla
apoyada en mi hombro—. Taquicardia, presión en la cabeza y en el cuello.
Dolor agudo en el pecho. Falta de aire. Fue horrible. Pensé que había
llegado mi final. Terminé en el hospital y estuve cinco días ingresado.
—Vaya, lo siento. Yo nunca he llegado a ese extremo, pero después de lo
de mi madre, y de algunos sucesos más —prefiero no entrar ahora en
detalles—, sufro épocas de ansiedad. No crónica, pero casi, que controlo
con métodos bastante irregulares que, de momento, me funcionan. Así que,
si aceptas un consejo…
—¿Ordenar mi armario por colores?
—Bueno, en tu caso, será más bien el vestidor, porque en tu chalé de la
urba todo será tamaño XL. —Rodrigo resopla y me pellizca las costillas, yo
me doblo y sonrío—. No, ahora sin bromas. Lo que te quería decir es que
en los últimos meses he aprendido a la fuerza que no puedes estar todo el
día luchando contra ti mismo y que tu mente no puede pudrir tu alma. Y,
para que eso no suceda, escuchar las señales que emite nuestro cuerpo es
fundamental, porque él mejor que nadie sabe dónde sí y dónde no.
—Dios, Candela. También había olvidado lo condenadamente sabia y
bonita que eres. —Me sujeta del cuello y me acerca a su boca.
El beso es invasivo y rotundo, como si las palabras hubieran dejado de
tener sentido para sentenciarnos con los actos. A ratos se ralentiza y,
segundos después, su lengua vuelve a enredarse con la mía con furia, como
el poderoso naranja fuego que tiñe ahora este cielo sin nubes. Desde aquí
arriba, casi podemos alcanzarlo con las puntas de los dedos. La fuerza del
amanecer. La esperanza de un nuevo día.
El sonido del WhatsApp de mi móvil, que está en el bolsillo de mi
sudadera, nos hace dar un bote a los dos.
—Vaya, yo sí que había olvidado que aquí hay buena cobertura.
Aunque parezca mentira.
—¿No es un poco pronto para mandar mensajes? —me pregunta.
Lo saco del bolsillo y me quedo de piedra cuando veo de quién es.
Isaac:
Esta semana te llevaré las cajas. Deja de llamarme de una puta
vez.
¿Así? ¿Sin más?
Bufo y me pongo de pie. No sé si a Rodrigo le ha dado tiempo a leer el
mensaje, pero seguro que se ha imaginado de quién es al ver mi cambio de
actitud. No necesito decirle nada más, porque sabe que nuestro momento de
paz aquí ha llegado a su fin. Se levanta y lo ayudo a recoger todo sin mediar
palabra.
El descenso hasta casa, en el más absoluto de los silencios, lo hacemos
bastante más rápido que la última vez.
20. AQUELLA NOCHE
Rodrigo

Jugueteo con el euro que me acaba de entregar Moisés de vuelta. Como si


se tratara de una moneda de la suerte. Divago observando el corrillo que se
ha formado en la esquina de La Serranita, al lado de la ventana grande.
Si hago un recuento rápido y paso lista, me parece que estamos todos,
como hacía años que no sucedía. Mauro, Elías, Gloria, Margarite, su
hermano Gastón, su prima Ellie, Muriel, la nieta de Prudencio, Ángel y su
hermano Juan. Y Candela, a la que me ha costado convencer para que
bajara a tomarse algo con nosotros.
Desde que regresamos el domingo de La Loma ha estado apática y
distante. Ha estado evitándome, o intentándolo, porque cuando quiero
puedo ser muy perseverante y no la he dejado encerrarse en su castillo a cal
y canto como pretendía, aunque me haya costado arrancarle más de tres
frases seguidas.
Esta semana ha matado el tiempo poniendo patas arriba el desván. Con la
biblioteca ya casi terminada, ha intentado canalizar su frustración en otro
rincón de la casa. Al menos, ha aceptado mi ayuda, aunque solo como mulo
de carga.
Imagino que está así por lo que ocurrió con Isaac. Deduzco que lo que
sucedió entre ellos tuvo que ser bastante heavy y por eso no deja de
martirizarse. Aunque solo son suposiciones mías, porque ella no ha soltado
prenda todavía. Sé que quiere cerrar esa etapa de manera definitiva para
poder seguir adelante y confío en que, cuando lo haga, le apetezca
compartirlo conmigo. Después de estas semanas juntos ya no llevo tan bien
su hermetismo. Y sí, ya sé que yo tampoco le he contado lo de Cayetana,
pero ella no me lo ha preguntado.
La imagen de todos charlando y bebiendo cervezas me trae cientos de
recuerdos de noches parecidas a esta, pero en un escenario diferente. La
mayoría de los viernes y los sábados, después de que todos hubiéramos
pasado la barrera de los quince, terminábamos en la cochera de la casa de la
abuela de Mauro, bebiendo, fumando y… haciendo un montón de cosas
más. Sonrío al recordar cómo convertimos aquellos veinte metros
cuadrados, con dos sofás marrones destartalados, una televisión, una cadena
musical y una nevera, que hacía un ruido horrible, en nuestro club social.
—¿Y esa sonrisa? —Mauro se acerca a mí con su botellín de Mahou.
—Es que me estaba acordando de la cochera de tu abuela y de aquellas
noches.
—Ya… Pero no lo digas en alto que Astrid anda cerca y no quiero perder
mi reputación de hombre respetable.
Mauro se contagia de mi buen humor y sonríe con disimulo.
—¿De qué os reís? —pregunta su mujer.
—De cuando le robábamos las jaulas de cerveza a mi abuelo y
terminábamos como cubas —responde su marido con una verdad a medias
y le da un pico antes de arrastrarla con los demás.
—Me voy —mi hermana se despide de mí antes de irse a buscar a Telmo,
que está jugando con los hijos de Mauro en su casa—. Luego deja la llave
fuera, que no sé dónde he puesto la mía.
Dentro de un rato les recogerá Ander y se irán a cenar unas hamburguesas
los tres juntos. Mi sobrino no quería ir con ellos, pero, como cada día está
más nervioso pendiente de la llegada de su padre, su madre lo ha obligado a
acompañarlos hoy.
Yo sigo acodado en la barra observando cómo Candela habla con la mujer
de Margarite y con Gastón en un francés imposible para mí. Sonríe
enseñando sus paletos milimétricamente separados. Y, qué quieres que te
diga, verla relajada y disfrutando, después de los últimos días, también me
pone feliz.
—¿Qué, primo, un cara o cruz? —me pregunta Elías y señala la moneda
que, sin ser consciente, sigue estando entre mis dedos. Acto seguido, se gira
y desvía la mirada hacia Candela—. Quizá tengas más suerte que la última
vez. —Me da un pequeño codazo.
Respira, Rodrigo. Y eso hago, dos respiraciones profundas delante de la
cara de gilipollas de Elías. Si no estuviéramos en el bar, le pegaría la hostia
que me quedé con ganas de darle hace cinco años cuando me enteré de lo
que hizo aquella noche de agosto de 2007 y le borraría esa sonrisa.
—Dame otro beso —le pido a Candela antes de que se marche a
acompañar a Margarite a su casa. La belga quiere coger una chaqueta
porque se está quedando helada. Las noches de los últimos días de agosto
son mucho más frescas y el aire que baja de las montañas es más frío.
Parece mentira, pero es como si cada verano se le olvidara.
La orquesta toca la última canción antes de hacer un pequeño descanso.
El bar de la comisión de las fiestas está atestado de gente, pero se ha
fundido la luz de una de las farolas de la plaza y desde aquí tampoco
pueden vernos con mucha nitidez.
—¿Aquí? ¿Qué quieres? ¿Que vayan con el cuento a nuestros abuelos
mañana?
—Como si fueran idiotas, Candela. Además, me has dicho que esta noche
quieres más que besos. ¿O ya has cambiado de opinión? —le susurro en el
oído después de pasar la punta de la lengua por su lóbulo. Ese gesto le
provoca un escalofrío, pero ella adora hacerse la dura y solo bufa con
desaprobación.
—Por supuesto que no he cambiado de opinión. Te he dicho que este
verano dejaba de ser virgen. Como que me llamo Candela. ¿Y tú? ¿Estás
seguro? Porque no dejas de preguntármelo. Y vamos, que si tú no quieres
alguno encontraré que…
Le doy un pico rápido para que no termine la frase. Candela sigue
empeñada en fingir que para ella esto solo es un trámite, que quiere
quitárselo de encima y listo. La conozco demasiado bien, a mí no puede
engañarme, y teñir todo de indiferencia es una forma como cualquier otra
de las que emplea para protegerse. Hace semanas me confesó que este
invierno pudo haberlo hecho con un compañero de su clase y al final pasó.
Eso dice mucho de ella, ¿no?
—No tardes —le digo. Margarite tira de su mano para llevársela.
Cuando me giro, me encuentro con la sonrisa de imbécil de mi primo, que
me espera al final de la barra—. ¿De qué coño te ríes?
—De lo arrastrado que puedes llegar a ser. Y solo para tirártela.
—No tienes ni la más mínima idea de lo que dices, así que cállate.
—Ya. A mí no me engañas.
Me quedo con las ganas de cerrarle esa bocaza, pero se acerca a nosotros
Muriel, la nieta de Prudencio.
—Me quiero ir a casa —nos dice con cara de cansada.
Parece ser que el niño con el que estaba tonteando esta noche ha
desaparecido. Como es la más pequeña del grupo, su abuelo nos ha hecho
prometerle que luego alguno de nosotros dos la acompañaremos hasta su
casa.
—¿Vas tú? —le pregunto a mi primo.
—¿Por qué yo? Ve tú.
—Candela está a punto de volver…
—Y a mí qué me importa. Yo no quiero moverme ahora.
—No seas capullo. No puede irse sola.
—Vale, pues entonces lo echamos a suertes.
—¿Hablas en serio? —me indigno.
Asiente y yo mismo saco la moneda. Si no queda otro remedio… Elijo que
si sale cara gano yo y él la acompaña. Sale cruz. Palmo yo.
—Vaya. Puede que no sea tu día de suerte, primo —se mofa.
Antes de comenzar a caminar para coger el camino de la Fragua, le digo
que avise a Candela de que vuelvo enseguida, pero él ya está pidiéndose
otro botellín con Mauro e ignorándome.
Prudencio vive a la salida del pueblo, en una finca un poco apartada, por
lo que es normal que no quiera que su nieta vaya a estas horas sola. Vamos
en silencio, se nota que ella está agotada y yo disimulo como puedo, pero
estoy nervioso. Aunque no quiera darle muchas vueltas al tema de
acostarme con Candela por primera vez, es inevitable no hacerlo.
Llevamos tantos veranos acumulando momentos y ganas que esto será
como alcanzar la cumbre. Además, en unos días, me iré a estudiar a
Londres y quiero llevarme el mejor recuerdo de ella.
Tardo dieciséis minutos en regresar, sí, los he contado. Hace un rato que
ha empezado a lloviznar, así que la plaza, sobre todo la zona pegada al
templete, se ha despejado de gente, aunque la orquesta Milagros sigue
tocando, ahora un pasodoble.
Busco a los chicos, pero no doy con ninguno, la mayoría de los que
quedan se ha metido debajo del toldo del bar a refugiarse. ¿Habrá vuelto
Candela ya? Porque no la veo por ningún lado y supongo que sería el
momento ideal para escaparnos juntos. Me cruzo con Gastón y le pregunto
por los demás. Señala con la cabeza hacia el final de la barra y se aleja
para ir a mear detrás de la antigua fuente. Cuando consigo llegar, solo
están Mauro, Margarite y Ángel.
—¿Y Candela?
—¿Dónde quieres que esté? En su casa. ¿O esperabas que estuviera aquí
para darte unas palmaditas en la espalda? Ya te vale, Rodrigo —me
responde la belga con cara de pocos amigos.
¿Cómo? No entiendo nada.
—¿Qué dices? Solo he ido a acompañar a Muriel a su casa. No he
tardado tanto.
—Sí, ya. —Margarite me da la espalda y se pone a hablar con una
señora que está a su lado.
—¿Elías no le ha dicho que volvía ahora? —le pregunto a Mauro.
—Ni idea. Lo único que sé es que tu primo se ha ido con ella.
¿Con ella? ¿A su casa?
No, Rodrigo. No puede ser. No me jodas.
—Me piro.
Tardo menos que nunca en llegar a Cerezalín desde la plaza. Mientras
recupero el aliento, me llevo la mano al costado para apaciguar el flato. La
farola del jardín de la casona está a punto de fundirse, así que titila
provocando periodos de claridad y penumbra. La luz de la bombilla de la
entrada de mi casa apenas llega hasta aquí, sin embargo, en mitad de la
oscuridad, soy capaz de discernir la silueta de mi primo saliendo por la
ventana de la habitación de Candela.
Me quedo inmóvil. Como si las suelas de mis zapatillas se hubieran
adherido a la grija. La sangre me bombea tan fuerte que el riego me sube y
baja de los pies a la cabeza, pero sobre todo me retumba en el pecho.
Cuando salta la tapia, estoy a punto de abalanzarme sobre él y estamparlo
contra la piedra. Sin embargo, el asco y la rabia se me han quedado
atravesados en la garganta y me atenazan, así que no digo nada.
—Primo. ¿Qué? ¿Has venido corriendo? Menuda mala cara que tienes.
—Elías… —mascullo con un hilo de voz.
—Lo siento, parece que has vuelto a llegar tarde. Ya te dije que hoy no
era tu día de suerte. Candela está agotada y no quiere verte, será mejor que
la dejes descansar y no la molestes.
Durante los siguientes segundos se me pasan tantas cosas por la cabeza
que empiezo a ver borroso. La risa socarrona de Elías y el sonido de la
ventana de la habitación de Candela cerrándose, por primera vez en todo
el verano, son lo único que me hacen reaccionar. Le empujo con la mano
izquierda con toda la fuerza que puedo sacar en este instante y me doy la
vuelta para irme a mi casa.
Agradezco no cruzarme con nadie. Cuando entro en mi habitación yo
también cierro la ventana. Lo hago con tanta saña que no sé si se quedará
encajada durante varios días. No me permito mirar enfrente.
Dentro de cinco días me marcho a estudiar a Londres, y aunque tenía
pensado quedarme aquí tres días más, hasta que se fuera ella, para apurar
al máximo, mañana mismo cogeré un autobús para ir a Santander y de ahí
me iré a Madrid. Ya no tiene ningún sentido quedarse y menos escuchar los
detalles.
—¿Te ha dado un chungo? —Candela agita la mano delante de mi cara.
Me ha debido de ver tan abstraído que ha venido a rescatarme—. No habrás
fumado nada que haya salido de la pitillera de Gastón, ¿verdad? Porque ya
habrás comprobado que el belga no ha cambiado tanto durante estos años.
—Yo… estaba…
—Pensando en aquella noche —apuntilla mi primo que ahora parece la
sombra de Candela y lo vuelvo a tener pegado a mí—. Pobrecito, fuiste tan
incauto…
—Por favor, ¿otra vez con lo mismo? —Candela niega con la cabeza—.
¿Queréis madurar un poquito? Gracias.
—El día que te dé todas las hostias que has ido acumulando… —lo
amenazo cerca del oído.
Candela ve mi cara de enfado y me da la mano para arrastrarme con el
grupo.
—Ya vale.
—Parece que a ti no te jodiera.
—Teníamos diecisiete años, Rodrigo, hay que saber relativizar las cosas.
—Ahora es fácil decirlo, pero precisamente por la edad que teníamos en
aquel instante no lo hicimos. Me largué sin despedirme, creyendo que tú y
él habíais follado, Candela. Y estuve muy jodido. Luego se me pasó, pero
no se me ha olvidado que estuvimos doce años sin saber la verdad.
—Y yo pensé que te habías liado con Muriel. ¿Y qué? Fuimos idiotas. Y
unos desconfiados.
—Nosotros quizá fuimos tontos, pero Elías fue un hijo de puta.
—Nos cegaron las hormonas, ya está, no le des más vueltas. ¿De verdad
no vas a superarlo?
—Lo dudo. Además, a él le encanta recordármelo.
—Pues ignóralo. Sabes que solo lo hace para picarte. Venga, cambia esa
cara, que hacía mil años que no estábamos todos juntos.
Candela choca su botellín con el mío y me arrastra hasta donde están
nuestros amigos. Por los altavoces empieza a sonar Vacaciones, de Estopa,
y todos aplaudimos a Mauro, que ha sido el que se ha colado detrás de la
barra para pedírsela a Moisés.
—«Y si la cosa se tuerce, pues nos cogemos y nos vamos pal pueblo» —
cantamos a pleno pulmón y retrocedemos casi un par de décadas.
Los recuerdos y las carcajadas nos acompañan en las otras tres rondas de
cervezas. Y la nostalgia, la puta nostalgia, esa también. Fue una etapa feliz,
aunque en aquellos años no pensáramos en otra cosa nada más que en
quemarla. Menudos ilusos. Más canciones. Pereza. El Canto del Loco.
Amaral. Pillo a Candela hablando con Margarite de mí. Y estudiándome
como hace días que no hacía. No sé si será la cerveza o la emoción por estar
todos juntos, pero esos ojillos hoy están llenos de luz. Sonríe y me guiña un
ojo. El vestido que lleva puesto, blanco y ceñido de cintura para arriba,
también se gana mi atención. Yo también sonrío. Ese escote cuadrado le
sienta muy bien. Y cada vez que se atusa el pelo, solo pienso en las ganas
que tienen mis manos de sujetarse a él. Sin embargo, después de los últimos
días, he decidido que ya no puedo seguir encima de ella todo el tiempo y
que necesito que sea ella la que acorte la distancia entre los dos cuando
quiera, no yo.
Una hora más tarde, enfilamos el camino para regresar a casa algo
achispados. Y es entonces cuando caigo de nuevo en mis propios
pensamientos. La idea de haber estado sin ver a Candela tanto tiempo
vuelve a perturbarme. ¿Hubiera sido todo diferente? ¿Hubiéramos quemado
otras etapas juntos? ¿O seguiríamos igual que entonces? ¿Y si…? Divago
sobre las vueltas que da la vida. O sobre las vidas de todos nosotros, que
han dado tantas vueltas. Y pienso en la magia de volvernos a encontrar en el
mismo lugar y en distintas circunstancias.
Candela, sin duda, está de mejor humor que estos días. Aunque yo apenas
hablo mientras subimos a casa, ella me cuenta cómo es la nueva vida de
Gastón viviendo en una casa flotante en Ámsterdam. El episodio en el que
su última novia le tiró sus mejores dibujos al canal y la consiguiente pérdida
de pasta que supuso para él, que es un artista bastante consagrado en su
país. Se ríe recordando lo divertido que es escucharle mezclar el español
con su francés y lo atropelladamente que habla cuando algo le entusiasma.
También me menciona a Margarite y a su mujer y la pareja tan bonita que
hacen. De soslayo, me deja caer que hace años tiene pendiente viajar a
Países Bajos y que ojalá pueda hacerlo antes de cumplir los cuarenta.
—Me alegro de que estés mejor.
—¿Y tú? ¿Por qué sigues con esa cara?
—¿Qué cara?
—Esa. Esa tan rara. ¿Has mezclado las cervezas con Lexatin?
Nos detenemos delante del portón de su casa.
—No, no las he mezclado. Descansa, Candela. —Me inclino y le dejo un
beso distraído en la frente—. Mañana nos vemos.
—¿Perdona? ¿Te despides así? ¿Sin más? No sé a qué le estás dando
tantas vueltas, pero deberías parar. Te noto tocado, Rodrigo. Y raro. Y sí, ya
sé que no ha sido mi mejor semana, lo siento, pero no me gusta verte así.
—¿Así cómo?
—Pensativo. Indiferente. No has intentado meterme mano en toda la
noche. Ni tan siquiera me has vuelto a recordar todo lo que sabes hacer con
la lengua. ¿Tampoco vas a decirme que tienes algo muy duro y muy bonito
que quieres enseñarme? ¿Qué te pasa? ¿Ya no tienes ganas de mí?
Vaya, niña Candela, qué grata sorpresa ver cómo hemos cambiado los
papeles por fin. Resulta bastante cómico verla así. Como hoy estoy
comportándome sin insistir sobre nosotros es ella la que estrena ganas de
mí. Me parece maravilloso.
Lo más gracioso es que se ha puesto de puntillas para decirme esto último
a un palmo de mi boca, provocándome. Me muerdo el labio inferior, en un
triste amago de contención, porque ese simple roce ya me la ha puesto
como una piedra. Hago acopio de todo mi autocontrol, aunque Candela no
es tonta y sabe de sobra que estoy a su merced.
Quizá estos días también le hayan servido para eso, para darse cuenta de
que resistirse a los deseos va contra natura.
—Ay, Candela… —Acaricio con los nudillos la cicatriz de su ceja y luego
sigo por el pómulo. Dos segundos después, me alejo un paso para comenzar
a caminar hacia mi casa.
—¿Se puede saber adónde vas?
A tragarme las ganas, cabrona, porque sigo queriendo que seas tú la que
vengas a mí.
—A dormir.
—¿Y vas a dejarme así?
—¿Con los pezones apuntándome? Sí. Pero no sufras, entiendo que es
consecuencia de la bajada de temperatura, será mejor que entres en casa
cuanto antes.
—¿Tu polla también se ha puesto así por el frío?
¿Ves? Lo que he dicho antes, a su putísima merced.
—No, eso ha sido por el shock de este cambio de rumbo, que se me ha
puesto tontorrona. No me llega el riego sanguíneo al cerebro y, claro, se me
ha acumulado aquí. —Me llevo la mano al paquete mientras camino de
espaldas hacia la verja, sin dejar de observarla. Su mirada reprobatoria me
hace reír y el increíble tono azul de sus ojos me parece más intenso que
nunca—. Ya te lo dije hace días, cuando tú quieras. ¿Ves aquella ventana?
Siempre está abierta para ti.
—Es la mía la que siempre está abierta, listo.
—Buenas noches, Candela.
—Buenas noches, Rodrigo.
21. QUIERO
Candela

Entro en casa con la frase de Rodrigo revoloteando no solo en la cabeza,


sino también en las tripas.
Cuando tú quieras.
¿Quiero? ¿Sinceramente?
La verdad nos hará libres. O al menos eso dicen, ¿no?
Pues sí. Sí quiero.
Y quiero ya.
Esta noche he recordado tantos buenos momentos con mis amigos que el
nivel de dopamina ha alcanzado un récord máximo. Y sí, voy a pasar por
alto las tres cervezas que me he tomado, que también han podido influir.
Pero, en serio, es que estoy feliz; después de estos últimos días es justo lo
que necesitaba. Reírme, desconectar y disfrutar.
El mensaje tan desagradable que me envió Isaac el domingo me afectó
demasiado. No solo lo hicieron sus escuetas palabras, sino la inquina que
destilaban y el tono despectivo que estaba latente, aunque fuera por escrito.
No me ha dicho cuándo va a venir, pero sé que lo hará pronto, de otro
modo, no hubiera dado ese primer paso para comunicármelo. Así que ahora
solo cuento las horas para que me devuelva las cajas y finiquitar nuestra
relación de una vez por todas, porque ya me ha quedado claro que no quiere
saber nada de mí.
Con la biblioteca casi a punto, a falta de encontrar a alguien que pueda
tapizar la butaca para el rincón de lectura, me he lanzado a ordenar y
limpiar el desván. Ese lugar es como un pozo sin fondo, así que me estoy
dando la paliza del siglo. Aun así, el esfuerzo merece la pena, porque ha
sido la mejor manera de canalizar mi frustración. Como era de esperar, he
contado con la inestimable ayuda de Rodrigo, que, una vez más, no ha
dejado que me esconda del mundo.
No soy tonta y sé que le está empezando a desesperar mi actitud, aunque
sigue respetando mis tiempos. Esta despedida tibia hace un instante,
dejando la pelota en mi tejado, una vez más, es una buena muestra de ello.
Llevo días pensando en que quiero zanjar lo de Isaac antes de dejar de
ignorar lo que Rodrigo y yo estamos sintiendo estas semanas y así lanzarme
a lo que nos depare el verano sin mirar atrás. Sin embargo, su pulso de hoy,
porque para mí es justo eso, un pulso, me ha dado un punto de motivación
extra y, no sé, debería ponerle fin a este elefante rosa que sigue paseándose
entre nosotros tantos años después y olvidarme de todo lo demás.
Como has podido comprobar, he intentado controlar las ganas, o al menos
disimularlas. Pero en este instante, con mi piel hambrienta de atenciones
después de tantos meses sin ellas, ha dejado de ser una opción. No soy
ninguna ingenua y Rodrigo tampoco. Nos tenemos ganas. Demasiadas. Y
solo el miedo a volver a cagarla tanto (sobre todo si lo hago con él) me ha
tenido tan anestesiada. Sin embargo, ocultar los síntomas que el cuerpo no
deja de mostrarme es un sinsentido. Y seguir negando lo evidente tampoco
sirve de nada. Si algo he aprendido durante los últimos meses es que no hay
nada más triste en este mundo que engañarse a una misma.
Una pequeña luz se cuela por la rendija de la habitación de mi abuela. Me
acerco a ver cómo está antes de subir a mi habitación.
—Yaya —susurro mientras abro la puerta—, ¿estás bien?
—Sí. —Está sentada en la cama, con los pies sobre la alfombra—. Es que
acabo de volver del baño.
La ayudo a subir las piernas al colchón y a tumbarse.
—¿No has ido antes de acostarte?
—Sí, pero, como no me dormía, he vuelto a ir ahora.
—Podías haber esperado a que llegara yo, a ver si te vas a caer.
—No soy una inválida, niña. Y gracias al señor todavía puedo hacer
algunas cosas sola —protesta.
—Lo sé, lo sé. —Le acomodo la almohada en la cabeza y la tapo con la
colcha.
—¿Y esa cara que traes? ¿No has estado con Rodrigo?
—Sí, yaya, he estado con él y con todos mis amigos. Lo hemos pasado
muy bien.
—¿Entonces? Ya veo, sigues dándole largas al pobre. —Arruga el ceño
como cuando me reñía de pequeña—. Es un buen mozo, Candela, pero en
algún momento se le agotará la paciencia. Deja de preocuparte tanto por
una vieja como yo y piensa en ti. Disfruta de la vida, que, cuando te quieras
dar cuenta, estará llegando a su fin. Hazme caso.
—No es tan sencillo.
—¿Estás segura? Mira que ahora os ahogáis en un vaso de agua.
Complicado era antes, muchísimo más complicado, cuando las decisiones
que tenías que tomar, y que condicionarían tu vida, no solo dependían de ti.
—Yaya, ¿quieres contarme algo?
—¿Ahora? Ahora solo quiero dormir. Anda, quita esa cara de funeral y
vete a darle las buenas noches a Rodrigo como Dios manda.
—Pero vamos a ver, señora Gracia, no creo que Dios mande…
—Pues te lo manda tu abuela —espeta y me guiña un ojo—. Y haz el
favor de salir por la puerta, que un día de estos te vas a romper la crisma
bajando por la ventana.
—¿Vas a estar bien?
—Claro que sí. Venga, deja de darle tantas vueltas y cierra al salir.
Le doy un beso sonoro en la frente y me río al ver su sonrisa de granuja.
Mientras subo por las escaleras hacia mi cuarto, le doy una vuelta más, la
definitiva.
Me quito las sandalias, el vestido y la ropa interior. Es como si de repente
me sobrara todo. Como si necesitara ser solo piel. Menudo mentiroso está
hecho el capullo, no ha refrescado nada hoy. ¿Qué hago? Porque meterme
en la cama con este desasosiego encima tiene que ser perjudicial para la
salud. Abro el cajón de la cómoda y saco una camiseta limpia. La primera
del montón es la que me regaló Bruna por el amigo invisible. Negra, sin
mangas y con una acertada frase estampada sobre el pecho: HUG ME
AFTER SEX, adecuadísima para el momento. Igual estoy anticipándome al
hecho en cuestión, ¿no? Venga, que me voy por las ramas. Me la pongo y
me echo un vistazo en el espejo. Soy consciente de que dejo muy claras mis
intenciones; este trozo de tela apenas me tapa el culo, que llevo al aire, por
si lo habías olvidado. Me calzo las Vans negras y vuelvo a comprobar mi
aspecto una última vez. Todo bien. A estas alturas, ¿de qué sirven las capas?
Dudo si llevarme el móvil conmigo, al final opto por el vigilabebés, por si
acaso. Aunque lo más probable es que no funcione a esa distancia. Salgo sin
hacer ruido por la puerta de casa, como me ha indicado mi abuela. Escondo
la llave donde siempre, detrás de la contraventana del salón, y avanzo por la
corralada. Colarme en la finca de los Martín está chupado. Ahora solo
espero que Rodrigo siga despierto y que ni Gloria ni Telmo me vean de esta
guisa entrando por la ventana, aunque no sé si habrán regresado ya de su
cena.
En la fachada trasera está apoyada la escalera, la cojo y la coloco contra la
pared para empezar a subir. Solo distingo una luz tenue, supongo que la de
la lámpara de su mesilla. Suficiente para tener algo más de visibilidad y
llegar hasta la ventana. Cuando trepo el último tramo y paso la pierna por el
marco de madera, me hago un pequeño rasponazo en la rodilla con el canto
de una piedra.
—Auch. —Me siento en la ventana, como de costumbre, y me limpio la
gota de sangre que brota de la herida antes de estirarme y dejar el
vigilabebés encima del escritorio—. ¿Desde cuándo follar se ha convertido
en un deporte de riesgo? —mascullo y levanto la mirada para ver a
Rodrigo.
Está con la espalda apoyada en unos almohadones, recostado contra el
cabecero y parapetado detrás de un libro. Un animal salvaje, de Dicker. El
muy capullo debía estar tan convencido de que iba a presentarme aquí que
ni se inmuta.
—Hola, Candela. —Baja el libro un par de centímetros y me muestra ese
par de ojos tan expresivos, con esta iluminación débil las motas, ahora
verdosas, se oscurecen—. ¡Qué sorpresa! —miente como un bellaco.
—Hola, Rodrigo. —Me balanceo un poco sobre la ventana a ver si así
reacciona.
—Bájate de ahí.
—Bájame tú.
—¿Qué estás haciendo aquí? —Cierra el libro y lo deja encima de la
mesilla.
Recoloca las almohadas en la espalda y adopta esa postura tan masculina,
doblando un brazo bajo su cabeza, para seguir observándome desde su
posición. Su pelo desordenado, sus labios dibujando una curva sutil y esa
mandíbula cubierta de una barbita de dos días… Mi cuerpo se anticipa al
placer que obtendrá dentro de un rato, cuando lo tenga pegado a mí y lo
manifiesta con un pinchazo en el vientre, justo debajo del ombligo. Sé que
no tiene dudas, aun así, me abro de piernas ligeramente y le doy la
respuesta de manera explícita.
—Sabes que cabrona ya no te hace honor, ¿verdad? —masculla con una
sonrisa enorme en los labios—. Qué putas vistas.
Me río en alto y me llevo la mano a la boca, porque no sé si estamos
solos.
—Siguiendo el consejo de mi abuela, he venido a darte las buenas noches
como Dios manda.
—Sabes que con cuarenta años más estaría pidiéndote la mano de Gracia,
¿no? Aunque no sé cómo se lo tomaría mi abuelo.
—Eres muy lerdo. Así que Dicker, ¿eh?
—Sí. El superventas. ¿Sorprendida?
—¿Yo? ¿Porque estás leyendo al suizo? Qué va. Lo que pasa es que
pensaba que estarías…
—¿Pelándomela como un mono pensando en mi vecina medio francesita?
—Aparta la sábana con extremada delicadeza y va descubriéndome su
cuerpo desnudo, centímetro a centímetro, incluida su todopoderosa
erección.
Madre. Mía. ¿Todo eso es para mí?
—Sí, más o menos mi línea de pensamiento era esa. Aunque ahora que ya
estoy aquí…
—Sin bragas y con una camiseta lo contrario a sutil —afirma
conteniéndose—. ¿Quieres que me levante y vaya a por ti?
—No hace falta, si he llegado hasta aquí solita, podré bajarme. —Doy un
pequeño salto y pongo los pies en el suelo—. Y llegar hasta ti. —Mientras
avanzo hacia el colchón donde él sigue tumbado, me quito la camiseta con
premura y lo veo relamerse.
—Joder, Candela, si te vieras con mis ojos desde aquí. Eres preciosa.
Cómo voy a cansarme de mirarte algún día, es imposible. Deberías venir a
verme siempre desnuda. ¡Qué coño! Deberías pasearte por la vida así. Ven
aquí. —Se incorpora y me tiende la mano.
Niego con la cabeza, porque mi intención es empezar a lamerlo desde los
pies.
—¿Tienes prisa?
—¿A ti qué te parece? Después de haber esperado diecisiete putos años.
Se muerde el labio con saña cuando empiezo a pasear la lengua por sus
tobillos, se los separo con las manos y continúo acariciando y lamiendo en
sentido ascendente, despacio, con suavidad. Los gemelos, los muslos, hasta
que me topo con la polla. Me coloco entre sus piernas, me inclino y, antes
de engullirla, los dedos de Rodrigo ya están enterrados en mi melena. Me la
meto entera sin usar las manos, hasta la garganta, sin decoro ni remilgos.
Rodrigo maldice del gusto, susurra mi nombre y se aferra a mi nuca, pero
sin ejercer presión. Me recreo en toda su extensión. Dentro. Fuera. Dentro.
Juego con la lengua en su hendidura y saboreo esas primeras gotas que no
me saben ni dulces ni amargas.
—Candela… —Mi nombre suena a lujuria cuando sale de su garganta.
Cuelo la punta de la lengua en la abertura. Beso el capullo, restriego mis
dientes con suavidad por su fina piel, recorro sus venas y lo pongo al límite.
La batalla por el control empieza a ser épica cuando abandono el tronco
para centrarme en sus pelotas. Enmudece mientras disfruta de mis
provocaciones.
—No quieres hacer eso, niña. Créeme. —Rodrigo me detiene cuando me
la llevo a la boca de nuevo y aumento el ritmo.
—Sí, sí quiero. ¿No te gusta?
—Cómo no va a gustarme. ¿No ves cómo me tienes? Me encanta,
Candela. Tú, tu boca, tu pelo, tus manos… Me gustas desde que saltaste esa
puta tapia, aunque en ese instante no lo sabía. —Rodrigo se sujeta a la
sábana bajera con una mano y con la otra me levanta la barbilla para que lo
mire a los ojos. Está muy guapo hiperexcitado—. Pero si me la chupas otra
vez así voy a correrme en tu boca.
—Pues hazlo, ¿dónde está el problema? Los tíos estáis un poco
obsesionados con aguantar y aguantar. Hay orgasmos lentos y otros más
rápidos. A mí me gustan los dos, depende del momento.
—Exacto, depende del momento. Y este llevo esperándolo demasiado
tiempo. Y aunque no va a tener nada que ver a cómo hubiera sido aquella
primera vez para ambos, quiero disfrutarlo como si lo fuera.
—O como si no se fuera a repetir —añado.
—Se va repetir, dalo por hecho. Probablemente esta misma noche y
mañana y…
—Vale, lo he captado —lo interrumpo y a los dos se nos escapa la risa.
Yo también he fantaseado algunas veces con cómo hubiera sido aquella
primera vez y no, no se parece en nada a esta.
—Además, quiero abrazarte después, como dicta tu camiseta. Así que
sigue subiendo, por favor.
—¿Así? —Trepo por su cuerpo sin dejar de pasear la lengua y las manos
por su piel. Muslos. Pubis. Abdomen. Su dureza me provoca más.
—Sííí… Así —responde y me atrae hacia su pecho, para colocarme
encima de él.
Siento cómo nuestros pulsos se aceleran, porque, de repente, sus manos
están por todas partes, hambrientas y necesitadas de mí. Deja la boca sobre
mi cuello, aspira mi olor como si le faltara el aire y luego nos besamos. O
más bien nos devoramos. Su erección aplastada contra mi pubis. Las yemas
de sus dedos en mi trasero. Su lengua zigzagueando con la mía. Buscando
una calma que no llegará pronto.
Con mi abstinencia sexual voluntaria había olvidado la sensación tan
placentera que supone sentir así, sin barreras, con todas las terminaciones
nerviosas expuestas y dispuestas.
—Esta es una versión 2.0 de lo que podría haber sido aquella vez, ¿no? —
pregunto.
—Más bien 3.0. Por aquel entonces te tenía muchas ganas, Candela, pero
es que ahora se han desbordado. Y soy mucho más guarro que entonces, no
voy a engañarte. Ven. Sigue subiendo —implora con la voz grave.
—¿Más? ¿Hasta dónde?
—Hasta que te sientes en mi cara y pueda enterrar la lengua en tu coño.
Voy a intentar que te corras de gusto.
—Por favor, Rodrigo. ¿Solo intentar?
—Ya sabes lo puñeteras que son las expectativas y he deseado tanto
tenerte así que estoy de los nervios. Pero prometo que pondré todo mi
empeño. Ven aquí. —Saca la lengua y la mueve, volviéndome loca.
Obedezco, la determinación de su tono de voz, acompañando a sus
palabras, ya le ha facilitado medio camino al orgasmo. Al mío, digo. No
recuerdo la última vez que estuve tan excitada. Cuando llego a la cima y
corono su cara, me tengo que sujetar al cabecero de la cama para no
desfallecer encima de él. Se afana con… ¿sabiduría? Oh, sí, rozando la
matrícula de honor y eso que solo lleva diez segundos lamiéndome. De
labios a labios, sin ir al clítoris directamente, demostrándome que no solo es
hábil con las manos, como yo ya sabía, sino que con la lengua también.
Esa sensación previa es tan alucinante…
—Rodrigo… —mascullo lastimera, porque sí, estoy a punto de sucumbir
ante él.
—Dime… ¿Voy bien?
—Vas mejor que bien, pero es que si sigues haciendo eso… —Suelto una
mano del cabecero y la llevo a los mechones más largos de su pelo. Tiro de
él con ímpetu para separarlo, pero su aliento, tan cerca de mi coño, me
provoca casi el mismo placer. Él aprovecha para sacar la lengua y volver a
chuparme, esta vez despacio. Una última vez.
—Te correrás, lo sé. Decide cómo quieres hacerlo, Candela. Porque yo
estoy a punto de hacerlo sin tan siquiera tocármela.
—Coge un condón.
—Espera, espera… Joder…
—No me digas que no tienes.
—En el coche creo.
—¿Esa tontería de excusa te suele funcionar con otras?
—¿Qué otras? Venga, déjame bajar a por él.
—Ni de coña.
Y aquí estoy, perdiendo la maldita cabeza otra vez. Yo misma se la agarro
y me la acerco a la entrada, estoy tan mojada que, en cuanto me dejo caer
unos centímetros, entra sola. Cierro los ojos y me habitúo a su grosor, hacia
tanto tiempo que no follaba que los tres primeros segundos son de
adaptación. Luego, Rodrigo se incorpora para pegar su pecho al mío y
rodearme con sus fuertes brazos y, entonces, todo encaja. Todo.
—¿Eres consciente de este puto momento, niña Candela? De nosotros.
Aquí. Así. —Pega su frente a la mía, sin apartar los ojos de mi cara y llena
de aire los pulmones, controlando todas las emociones que se nos escapan.
Sí, es sexo, pero la diferencia es que por fin es con él, después de este viaje
tan largo por otros rincones.
Le rodeo la cintura con las piernas mientras él me sujeta por la nuca y por
el culo. Así nos empezamos a mover, acompasando las embestidas para
repartirnos el trabajo. En unas empuja él desde abajo, en otras yo me
balanceo sobre su cuerpo. Los gemidos en el oído, las pequeñas descargas
eléctricas en cada paso y las caricias saltando de lado a lado. De los brazos
a la espalda. Del pecho al pubis. De la cara al pelo. Y las bocas. Joder, con
las bocas.
—Soy muy consciente, Tontodrigo. —Echo la cabeza hacia atrás para
absorber el ritmo lento y matador que han adoptado sus envites y, antes de
que mi mano llegue al clítoris para correrme con él, ya está ahí la suya.
—Puedo sacarla.
—No, no puedes, a no ser que quieras morir. Estamos tan cerca que ya no
podemos retroceder.
Y es justo lo que hacemos, dejarnos llevar sin retroceder, clavándonos
más el uno en el otro, con uñas y dientes. Como si el orgasmo hubiera
mutado a rabia, a ganas desbocadas, a una intensidad difícil de embeber. A
enterrar el pasado. A hacerlo eterno. Y nos alabamos. Y nos reímos. Y nos
insultamos desde el cariño. Y nos silenciamos con más besos. Y nos
miramos con la certeza de saber que este polvo solo podía darse en este
marco incomparable, en este rincón del planeta condenado a ser solo
nuestro.
El nudo que han formado nuestros cuerpos desnudos lo deshacemos
muchos minutos después.
22. TODO A SU DEBIDO TIEMPO
Rodrigo

—Tengo que volver a casa, está amaneciendo. —Candela hace amago de


levantarse de la cama, pero se lo impido colocándole la mano en el vientre y
acercándola de nuevo a mí.
No sé las horas que llevamos así, a ratos cachondos, a ratos inconscientes,
buscando el equilibrio entre lo suave y lo salvaje. No todo ha sido sexo.
También hemos mezclado silencios con palabras, algunas nuevas y otras
habituales entre nosotros.
Desde el momento en que la dejé en la puerta de su casa, supe que iba a
venir. Podría llamarlo intuición, aunque supongo que solo era conocimiento
de causa. Desde fuera puede dar la sensación de que ha tardado mucho en
dar el paso, sin embargo, desde mi perspectiva, y tal y como ha transcurrido
mi vida estos últimos meses, quiero pensar que ha sucedido en el instante
adecuado. Todo a su debido tiempo.
—Cinco minutos más —imploro y dejo otro beso húmedo sobre su
hombro, soy incapaz de parar de besarla.
—Vale —cede—. Pero si vuelves a empalmarte, empezaré a pensar que
antes no solo has ido a la cocina a por agua.
—No necesito la pastillita azul, Candela, aunque tampoco lo descartes. Y
no solo he ido a por agua porque estábamos empezando a deshidratarnos,
también he subido los condones del coche, aunque te hayas negado a
usarlos.
—¿Quieres presentar una queja formal por eso? —Se da la vuelta y nos
quedamos de frente.
Está tan guapa desmelenada con las pecas encendidas, que resaltan sobre
el tono de las mejillas, y con esos labios mostrando los primeros síntomas
de desgaste. Sin hablar de lo que opinan mis hormonas de lo agradable que
me resulta su olor impregnado por la piel.
—¿Me has oído quejarme?
—No sé. Como sigues dándole vueltas. Ya te he dicho que…
—Que tomas anticonceptivos, sí. Y que hacía siete meses que no tenías
relaciones sexuales con nadie. —Desconozco los motivos de su abstinencia,
pero habrá un momento más propicio para que me los cuente.
—La que debería estar preocupada soy yo, tú has tenido relaciones
recientemente.
—Fue hace más de dos meses, ya te lo he dicho. Con Cayetana y una
noche.
—El típico polvo de despedida, ¿eh?
—Más o menos —siseo y me encojo de hombros.
—Vale. Para ella fue uno de intento de reconciliación, ¿me equivoco?
Niego con la cabeza. Sí, ha acertado. Vuelvo a besarla, esta vez con picos
cortos y rápidos. No me apetece hablar de nuestros ex en este instante.
Capta el mensaje porque no insiste. Solo pone las manos sobre mi pecho y
guarda silencio.
—¿Sabes lo que no me saco de la cabeza desde el primer orgasmo? —
pregunto.
—¿Tienes que darle ese tono de chulo gilipollas al ordinal?
—No te piques, anda. Solo estaba situándote. Porque ha sido justo en ese
momento, no después del segundo, ni del tercero… —Me gano un guantazo
con la mano abierta.
—Déjame adivinar. Pensabas en el último día que estuvimos juntos hace
cinco años. ¿He acertado?
—Sí, has acertado. Pensaba en el día, pero sobre todo en su
correspondiente noche. —Sonrío porque ha dado en el clavo—. Así que tú
también te has acordado, ¿no?
—Levemente…
Soy el último en llegar a Cerezalín. Mis amigos han salido de Madrid
unas horas antes y ya están aquí, atrincherados en el jardín. Yo, en cambio,
he esperado a que saliera mi abuelo de la consulta del traumatólogo y me
he puesto en carretera más tarde. Mis padres han querido consultar con
otro especialista si sería conveniente operarlo de la cadera de nuevo. El
martes les darán los resultados y lo traerán de vuelta. Cayetana ha querido
venir conmigo para no dejarme solo. Llevamos saliendo casi un año, pero
lo cierto es que lo hemos cogido con ganas, ella apenas se separa de mí.
Como teníamos la casa libre este fin de semana, mis colegas han decidido
apuntarse y acompañarnos. De aquí nos iremos todos a Asturias, a la casa
que tienen los padres de Cosme en Luarca.
Dejo el coche al lado del de mi amigo y me bajo. Mis amigos han sacado
algunas sillas del salón al jardín y, por lo que veo, han encontrado la vieja
barbacoa también. Le pedí a mi primo Elías que les abriera, pero a él no lo
veo.
—Vosotros como en vuestra casa, no os cortéis. —Empujo la verja y los
saludo.
—Hombre, ya estás aquí —vocifera Alfonso.
—Menudo anfitrión de mierda —apuntilla Cosme—, mira que llegar el
último.
—Hola. —Cayetana saluda a todos mientras se queja de que sus
alpargatas de cuña no son las más adecuadas para este terreno
desnivelado.
La conocí en la cena de Navidad del club de golf del que es socio mi
padre. Aunque Cosme ya me había hablado de ella en alguna ocasión,
porque sus padres son amigos de los de ella desde la infancia. Ese día, mi
padre se puso muy pesado para que acudiera y así poder presentármela,
como mi amigo también iba a estar allí, accedí. Podría decirse que fue una
pequeña encerrona, sobre todo porque, semanas después, cuando quedé a
solas con ella para ir a cenar, me confesó que su padre y el mío estaban
estudiando la posibilidad de ser socios en un negocio, algo que desconocía.
Su familia tiene una constructora importante y mi padre llevaba un tiempo
obcecado en invertir parte de su capital en el ladrillo, pero yendo más allá
de su simple venta, como había hecho toda la vida. Quería ampliar la cuota
de mercado con la construcción y la promoción de viviendas nuevas. Lo
cierto es que ella me gustó en cuanto la vi. Morena, pelo largo y ondulado y
buen cuerpo. Le gusta cuidarse y eso se nota. Es algo tímida, pero solo
cuando está rodeada de gente, en la intimidad es mucho más extrovertida.
Es abogada y trabaja llevando los asuntos legales de su padre, aunque lo
hace desde un bufete de prestigio en la capital. Pertenecemos más o menos
al mismo círculo, porque conoce a la mayoría de mis amigos, y enseguida
congeniamos. Es la primera vez que salgo con una chica tanto tiempo. Los
tres años que estuve liado con aquellas dos primas en la universidad no
contaron como relación.
—Menos quejas, que os he mandado a Elías para que os abriera.
—Ya, pues Elías no ha venido.
—¿No? Entonces, ¿cómo habéis entrado?
—Les he abierto yo. —Cargando con un saco de carbón y un hatillo de
palucos entra en el jardín Candela. ¿Es real? El vuelco que acabo de sentir
en el pecho es directamente proporcional a la cantidad de años que hace
que no la veía. 2007. 2019. Doce. Doce putos años.
—Candela…
—Hola, Rodrigo.
Esos ojos azules que jamás he podido olvidar se posan en los míos. Esa
melena rubia, que le cae ahora más larga por los hombros, y ese par de
pequeñas cicatrices, la de la sien y la de la rodilla, a la vista gracias a la
largura de su vestido, que siento un poco nuestras.
Los dos nos quedamos haciendo la estatua. Ella cargando con todo. Yo
solo cargado de recuerdos.
—Elías me dijo que no podía venir a esa hora y me pidió que les abriera
yo. Subirá luego. Ya sabes que mi abuela tiene una copia de la llave.
Además, os he traído esto para la barbacoa, me sobró de la última que
hice.
—Oh, sí. Perdona. —Reacciono y me acerco para quitarle el saco y los
palos de las manos. Cuando me lo entrega, nos rozamos con miedo, como si
al tocarnos después de tanto tiempo se rompiera el hechizo.
¿Debería haberle dado dos besos? ¿Un abrazo? ¿Un zarandeo por haber
estado tantos años sin vernos?
Me he imaginado demasiadas veces este reencuentro, pero nunca así.
Rodeados de tanta gente. Gracias a nuestros abuelos, sé algunas cosas
sobre lo que ha sido de su vida durante estos años, sin embargo, tenerla
ahora aquí es como estar delante de una niña completamente desconocida
para mí. Aunque tengo la esperanza de que, después de los primeros quince
minutos, Candela y yo volvamos a ser como libros abiertos, como nos ha
ocurrido siempre.
Hace un calor soporífero. O al menos a mí me suda todo. Su inolvidable
olor a camomila contribuye a que siga un poco aturdido. En shock. Así que
sigo paralizado. Sin hacer nada.
—Con esto tendréis suficiente —afirma—. Haced un buen fuego con los
palos primero e id echando el carbón poco a poco, que igual está algo
húmedo. Pasadlo bien.
—Quédate —espeto en un tono alto, como si escupiera la petición con
desesperación, acojonado por la posibilidad de que rechace la invitación.
—No, yo…
—¿Está tu abuela en casa?
—No, se ha ido de excursión a Lourdes con los de la parroquia. Volverá
el domingo.
—Entonces, si estás sola, quédate conmigo. Esto… con nosotros.
—Sí, quédate. Mira, hay mucha cerveza —interviene Cosme, desde que
ha llegado ella no nos quita el ojo de encima—. Y ya de paso…, ¿cómo has
dicho que tenemos que encender esto? Porque en mi casa la barbacoa es de
gas.
—Y te la enciende Luis Alfredo —mascullo para picarlo—. Ignóralo. Ya
la enciendo yo ahora, no te preocupes. Pero quédate y tómate algo con
nosotros.
—Está bien —accede.
—Cariño, ¿me sacas la maleta del coche? Porfa. Tengo que cambiarme
de ropa. ¿Hay baño en la habitación? —Cayetana se acerca a mí y se
cuelga del brazo ignorando que llevo todo encima y, por supuesto, pasando
de Candela, que acaba de morderse el labio para no partirse de risa.
No, no hay baño en la habitación. En realidad, hay un solo baño en toda
la casa. Los segundos de más que me quedo mirando la boca de mi vecina y
ella la mía, porque también he sonreído un poco, nos trasportan a otras
tardes de verano. Otras en las que matar el tiempo a besos fue un
pasatiempo más para los dos.
—Saca su maleta, ya me pongo yo con esto. Por cierto, soy Candela. —
Le tiende la mano tiznada por el carbón—. La vecina.
—Encantada, yo, su novia, Caye. Te daría la mano, pero es que llevo un
vestido blanco.
—Tranquila. —Recupera la carga y se la lleva hasta el rincón pegado a
la tapia, donde han colocado la barbacoa.
Ayudo a Cayetana con su maleta y aprovecho para sacar también la mía.
Las de nuestros amigos están en el salón, porque no se han atrevido a
repartirse las habitaciones. Cuando mi novia ve la casa y dónde vamos a
dormir, se le contrae un poco el ceño.
—Solo son dos días. Podré adaptarme —musita.
Llamo a los chicos por la ventana y les digo que suban para acomodar
sus cosas. Con un poco de organización y un colchón hinchable que traje el
verano pasado y que guardé en el desván, todos tienen una cama. Cosme y
Alfonso dormirán en una de las habitaciones. Y Virginia, Merche y Celeste
en la de mis abuelos, que es la más grande. Caye y yo en la mía.
Cuando todos regresamos al jardín, de la barbacoa ya sale humo. No
tenía ninguna duda de que Candela iba a poder encenderla. No está sola, a
su lado está mi primo. Justo los pillamos chocando sus botellines de
cerveza.
Ha pasado muchísimo tiempo, Rodrigo.
Lo sé.
No obstante, hay imágenes que escuecen igual, aunque haya pasado más
de una década. De repente, desvío la mirada de ellos hacia la ventana de
Candela, que está abierta, como siempre, excepto aquella puta noche que
la cerró. Imágenes que jamás vi, pero que mi mente generó, se pasean una
y otra vez por mi cabeza, hasta que Elías no viene a darme un abrazo no
salgo del bucle.
—Primo, ¿qué tal?
—Antes mejor que ahora —suelto y él se descojona. No puedo mirar a
Candela, todavía no—. ¿No me presentas a tus amigos? ¿Y a tu novia?
Porque alguna de estas lo será, ¿no?
—Chicos, este es Elías, mi primo.
—Espera… —Cosme ata cabos y eso es peligroso porque suele ser un
bocachancla. Pensaba que las probabilidades de que hubiera olvidado esa
historia eran altas—. Entonces, si este es tu primo y ella es tu vecina…
—Cosme, cállate y saca la carne de la nevera. Rápido.
—Vaya cabronazos, mira que hacerle eso a mi amigo.
—Cosme, ya —trato de zanjar.
—¿A Rodri? ¿Qué le hicieron? —pregunta Alfonso desubicado.
—Nada —respondo yo.
—A ver, nada nada… —insiste Cosme.
—¿Elías y yo? ¿Se puede saber qué te hicimos? —pregunta Candela, que
nos mira a mi primo y a mí como si estuviera en un partido de tenis.
Cayetana está colocando el sillón de mimbre de cara al sol para
aprovechar los últimos rayos de la tarde y las chicas se unen a ella, al otro
lado del jardín. Alfonso es el que se ha ido a por la carne, porque Cosme
sigue plantado aquí.
—Bueno, yo ya me voy —anuncia mi primo y es Candela la que lo
detiene.
—Tú ahora no te vas. ¿De qué está hablando? ¿Me lo vais a explicar? —
Ella nos mira con curiosidad.
—Ni idea —se reafirma mi primo.
—Déjalo —suelto.
—A ver, no me puedo creer que se te haya olvidado, colega. —Cosme
sonríe vacilón a mi primo, incluso le da un pequeño toque con el codo—.
Te la tiraste justo la noche que lo iba a hacer él por primera vez. Eso
estuvo muy feo.
—De puta madre, Cosme —espeto con resignación, porque tampoco es
que haya escogido las mejores palabras—. ¿No te he dicho que cerraras la
boca?
—Vale, vale. Ya me voy. —Mi amigo desaparece, demasiado tarde.
—¿Cómo? ¿Tú y yo? ¿Aquella noche? ¿En qué universo paralelo? —
Candela mira a mi primo ofendida, o al menos eso parece. Él sonríe con
esa cara de gilipollas que me encantaría partir—. Espera un momento —
continúa ella encajando piezas—. Entonces —su mirada se dirige
directamente a mí y es tan transparente que me veo en ella—, creíste que él
y yo… aquella noche… Bua, no puede ser. Estoy flipando.
Repito. Ha pasado mucho tiempo, pero me da absolutamente igual,
porque para mí no fue ninguna tontería.
—A ver, ¿todavía estáis así? —dice Elías—. Pues no ha llovido ni nada
desde entonces. Aquello solo fue una chorrada. Una broma de críos. —La
sangre se me agolpa en los puños con cada palabra que suelta por su boca.
¿Una broma?—. Pensé que, con lo bien que os llevabais, ya sabríais la
verdad. Sí, fue una trola. Mentí. Él no se tiró a Muriel, solo la acompañó a
casa. Y yo tampoco acabé contigo, tristemente.
—Serás bastardo… —Me lanzo a agarrarle del cuello, pero en el último
segundo solo lo empujo con fuerza, tanto que está a punto de darse contra
la tapia.
Candela se cuela entre los dos, como tantas otras veces ha hecho, y se
empieza a descojonar. ¿Le parece gracioso? Porque a mí no me hace ni una
pizca de gracia.
—Parad, anda. Que ya no somos unos niños. Han pasado tres vidas
desde aquello. No tiene sentido removerlo ahora. —Se calma y trata de
hacer lo mismo con nosotros.
—A ver, es que tampoco pensé que fuerais a creéroslo así sin más.
—¿Sin más? Payaso —escupo con inquina—. Sin más te partiría la cara.
—¿Tú no te tenías que ir, Elías? —le pregunta ella—. Pues arranca.
—Sí, lárgate. Ya te pillaré en otro momento —lo amenazo.
Las chicas, desde su posición, han sido testigos de nuestro rifirrafe, pero
supondrán que es algún tema familiar y no han hecho amago de acercarse.
—¡Aquí está la carne! —vocifera Cosme con cara de inocente. Alfonso
ya debe estar al corriente de todo también porque se encoge de hombros
cuando me ve.
Elías ya está despidiéndose de las chicas al otro lado del jardín.
—¿No se queda? —pregunta Cosme.
—¡No! —respondo—. Y a ti ya te vale, capullo. Necesito una cerveza.
Una tras otra. —Me paso las manos por el pelo y tiro de él. Candela es la
que me acerca una.
—Vaya, qué fuerte. —Nos movemos unos metros hasta el rosal.
—¿Fuerte? Menudo hijo de puta y eso que mi tía es una santa.
—Cálmate, fiera, que tienes invitados. Será mejor que me vaya yo
también.
—¿Ahora? ¿Por qué?
Cayetana ya se ha levantado de la silla y se ha acercado a la barbacoa,
como nos ve solos aquí apartados, no nos quita el ojo de encima.
—Porque tienes que atender a tu novia y a tus amigos, Tontodrigo. —
Candela se pone de puntillas para depositar un suave beso en mi mejilla
que me pilla completamente desprevenido. Que me llame como hacía
siempre y que sus labios hayan estado en contacto con mi piel después de
tanto tiempo no contribuye a que pueda recuperar la cordura.
—Luego voy a verte —mascullo más para mí que para ella, que está
llegando a la verja.
—Así que tú también te has acordado, ¿levemente solo? —pregunto y
aterrizo en el presente, pensar en ello me sigue produciendo quemazón, aun
así, soy algo masoquista—. Me cuesta creerlo. Porque yo soy incapaz de
olvidarme de todo lo que ocurrió aquella noche.
—Fue todo muy loco, Rodrigo. Enterarnos nos descolocó, hasta ahí lo
entiendo. Tú te colaste en mi habitación más tarde. Nos pusimos al día con
un interrogatorio exprés. Y después, sin más, te desnudaste, te metiste en mi
cama y me dijiste que querías follar conmigo.
—No fue así, no seas mala. Te dije que quería sentirte debajo de mí.
—Claro, la versión poética de follar. Solo te movía la rabia. Querías
metérmela solo para resarcirte.
—Eso no es cierto —rebato y Candela me escruta con gesto de
incredulidad—. A ver, puede que al principio sí. Pero luego solo me movía
la necesidad. Necesitaba entender por qué nos había hecho eso Elías.
Necesitaba oír tu versión de los hechos, cómo creíste que yo me había
enrollado con Muriel y por qué cerraste la puta ventana.
—Porque estaba dolida, ya te lo dije, por mucho que fuera pregonando
que quería perder la virginidad a toda costa, no me imaginaba haciéndolo
con alguien que no fueras tú. No me tenías en tan buena estima cuando
creíste a Elías y preferiste no preguntarme directamente a mí. De cualquier
modo, da igual, por muy mayores que nos creyéramos éramos unos
mocosos. Así que tampoco es necesario regodearnos siempre en lo mismo,
¿no crees?
—Ya, pero cuando me enteré, lo reviví todo, paso a paso. Y me perforó el
pecho de nuevo. Por eso necesitaba tenerte de una maldita vez. Aunque solo
fuera entre mis brazos una noche. Te prometo que iba a esperar a que todos
estuvieran dormidos para ir a verte, pero entonces llegó la tormenta y no
pude contenerme más. Solo quería estar en tu cama, como había estado
cientos de veces antes. Dime que nunca has pensado que, si aquella noche
hubiéramos terminado haciéndolo, todo habría sido diferente.
—Pues no, Rodrigo. ¿De qué hubiera servido un polvo? Tus manos
acababan de estar dentro de las bragas de tu novia. ¿O ya no recuerdas que
te vi por la ventana? No tenía ningún sentido que te colaras en mi
habitación y quisieras follar conmigo. Sucumbir a un calentón no nos iba a
llevar a ningún sitio.
—Entonces reconoces que a ti también te apetecía.
—Por supuesto que sí. No suelo negar lo evidente, ¿o acaso no estoy
aquí? Pero yo salía con Isaac y tú con ella. Éramos felices.
—¿Lo éramos?
—En ese instante sí.
—Eso es lo que me reconcome, porque yo creo que no, Candela, pero me
faltó valentía para reconocerlo.
—Por favor, hacía doce años que no nos veíamos. En ese instante éramos
dos conocidos que no tenían ni idea de quién era el otro.
—Discrepo. Porque si eso fuera así, ahora estaríamos casi en la misma
situación, y míranos. No somos dos desconocidos ni de coña. Sé que eres
un animal herido, que ha ocurrido algo gordo que no te perdonas, que has
intentado por todos los medios que el deseo no te domine, pero que, en el
fondo, no puedes ir contra tu propia naturaleza. También sé que tienes un
corazón enorme y que no hieres conscientemente. Que echas en falta a tu
madre cada día, a pesar de que vuestra relación nunca fue un camino de
rosas. Y que te acuerdas de tu padre más de lo que te gustaría. Sé que
Gracia siempre estará por encima de todos y adoro eso de ti.
—Gracias —sonríe.
—Tú también me conoces a la perfección. Sabes que siempre he estado
loco por ti y que ahora no va a ser menos. Sabes que solo necesito quince
minutos a tu lado para abrazar todos los miedos que dices no tener. Tus
púas a mí no me pinchan. Sabes que tiendo a cuidar en exceso a todo el que
me rodea y especialmente a ti. Y que mi abuelo es mi mayor referente, pero
que siempre miraré por el bien de toda mi familia.
—Yo también admiro eso de ti, porque yo no…
—Tú quizá no lo demuestres, pero yo sé que, a pesar de todo, ellos
siempre te han tenido ahí. También sabes que soy paciente, pero no
gilipollas. Que me alucina que por fin estemos aquí, porque nos debíamos
esto. Igual que los dos sabemos que esto solo acaba de empezar.
—Rodrigo…
—¿Qué? ¿Alguna objeción? Porque yo te acabo de dejar muy claro que tú
y yo sí que nos conocemos, antes, hace cinco años y ahora. Por favor, si por
saber sabemos hasta la cantidad de aire que necesitan los pulmones del otro,
Candela.
Ella niega con la cabeza, parpadea y me acaricia la mejilla en un gesto
algo condescendiente.
—Deja de pensar en lo que pudo haber sido y no fue, Rodrigo. Porque, te
lo repito, éramos felices. O al menos todo lo felices que en ese instante
podíamos ser. Yo me iba al día siguiente a Francia para acompañar a mi
madre a sus pruebas y tú volvías a tu vida de Madrid. Además, aparte de las
cervezas que te habías tomado, estábamos bajo los efectos de la serotonina
que segregaron nuestros cuerpos al habernos reencontrado. No era ni
nuestro momento ni nuestras circunstancias. Lo único que estaba a nuestro
favor aquella noche era el lugar, pero no fue suficiente. Tú solo querías
agarrarte a aquel recuerdo adolescente.
—Aun así, me dejaste dormir contigo.
—Sí, porque estaba loca, casi tanto como tú. Supongo que, después de
habernos enterado de la jugarreta de Elías, era lo mínimo que nos
merecíamos, un recuerdo más bonito que el último. Aunque tú estuvieras
desnudo y a mí me hirviera la sangre. Por no mencionar que tu novia seguía
en tu habitación y que te fuiste a hurtadillas de mi cama al amanecer y no te
vi marcharte.
—Fui un cobarde de mierda, lo reconozco, pero no pude despedirme de ti.
—Pues ya está, olvídalo. Y deja de lamentarte, porque ¿quién te dice que
lo que no pasó nos salvó de algo peor?
—Lo dudo. Aunque la espera ha merecido muchísimo la pena. —La
estrecho entre mis brazos con toda la fuerza que puedo y la beso.
—Rodrigo. —Pone fin al beso con una sonrisa preciosa en los labios—.
Ahora sí que me voy, es muy tarde y mi abuela se va a despertar. —Se
escabulle de la cama y se pone la camiseta que sigue tirada en el suelo—.
Pero, a diferencia de ti, yo sí me despido. Adiós.
—Muy graciosa. Espera, que te acompaño.
—¿A dónde?
—A casa. Soy un caballero. No puedo dejarte ir sin bragas por ahí sola.
—No vaya a ser que me cruce con Tino, ¿no?
—A ver si va a morir de un infarto por ver a una moza medio desnuda por
primera vez en su vida a la friolera de ciento sesenta años. No queremos
eso, Candela.
—Tino estuvo casado, lerdo. Ya ha visto más ganado.
—¿Ganado? El pueblo te está embruteciendo, niña.
Me pongo el primer pantalón corto que pillo y la beso de nuevo antes de
salir. Por la puerta esta vez. No son ni las ocho así que todos duermen. Le
doy la mano para atravesar el jardín y ella hace una mueca descojonándose.
En la otra mano lleva el vigilabebés, que a medida que nos acercamos a su
casa emite alguna interferencia.
Antes de que abra el portón, tiro de ella y nos apretamos contra la tapia de
piedra, recordando aquellos morreos interminables que nos dábamos aquí.
El problema es que con quince llevábamos más ropa, así que ahora mi
mano está trincada a su nalga derecha y mi erección roza su pelvis.
El sonido de las ruedas de un coche subiendo por el camino de grava nos
pone en alerta.
—¿Oyes eso? ¿Es un coche? —me pregunta.
—Eso parece. Igual es el padre de Telmo, aunque no creí que fuera a
madrugar tanto.
Sentimos el sonido más cerca hasta que se detiene.
—Para, anda. —Candela me golpea para que me aleje—. Que me van a
ver el culo.
Cuando se da la vuelta, tirando del dobladillo de su camiseta, enmudece y
se le cae hasta el vigilabebés, que recojo yo.
—Mi excuñado no es. ¿Quién coño viene a estas horas?
No sé por qué me pongo delante de ella a modo de escudo.
Del coche se baja un tío moreno y alto. Va vestido con ropa técnica y
botas de montaña, preparado para hacer alguna ruta de las decenas que hay
por los Picos, seguro que se ha perdido y quiere preguntarnos. Aunque nos
mira con demasiado desprecio como para pedirnos ayuda.
—Qué puto asco —escupe con saña mientras Candela se hace a un lado
para dejar de estar detrás de mí.
—¿Perdona? ¿Qué has dicho? —¿Quién cojones es este tío?
—Isaac…
23. LA MISMA DE SIEMPRE
Candela

—¿Isaac? —repite Rodrigo y vuelve a colocarse más cerca de mí.


—El mismo. Y tú debes de ser el nuevo gilipollas al que se tira esta. Que
no te engañe, que va de mosquita muerta, pero es una zorra.
—¿A ti qué coño te pasa, imbécil?
—Rodrigo, no. Déjame a mí. —Tiro de su muñeca con fuerza e impido
que vaya a encararle—. Por favor.
Entiendo que la imagen que hemos proyectado, Rodrigo sin camiseta y yo
sin la parte de abajo restregándonos contra la tapia, no es la que se esperaba
encontrar mi ex. También podría haberme avisado del día y la hora a la que
iba a venir para estar preparada. Aun así, no tiene ningún derecho a
insultarme otra vez.
—¿Rodrigo? Tu amiguito de la infancia. Qué bonito, se me van a saltar
las lágrimas. Así que cambias la ciudad por el pueblo solo para tirártelo,
qué bien. Ya veo que lo de tu abuela solo es una excusa. —Aplaude y no
solo se tensiona Rodrigo, sino también yo—. Tú en tu vida vas a saber
cuidar de alguien.
—Candela, o se larga o… —sisea Rodrigo y noto cómo se le hincha la
vena del cuello.
Le aprieto el brazo para que se calme. Soy yo la que avanzo y me acerco a
Isaac, él está apoyado contra la puerta, en el lado del conductor, en actitud
desafiante. Solo quiero que me dé lo que es mío y se largue. Sé que es capaz
de volver a meterse en el coche, pirarse con las cajas y seguir alargando esta
agonía, así que voy con pies de plomo.
—Isaac, basta, por favor. ¿Puedes darme las cajas?
—Claro, las putas cajas.
El vigilabebés, que está en la mano de Rodrigo, emite un sonido fuerte,
como el de un golpe seco, aunque con las interferencias también parecen
cristales.
—¡Mi abuela! —Me sobresalto.
—Tranquila, ya voy yo —anuncia Rodrigo—. Que te dé lo que te ha
traído y se marche. —Abre y se va directo a casa.
—¿Este también tiene hermanos? —inquiere a todo volumen para que
Rodrigo, que está atravesando la corralada, le oiga.
—¿Puedes parar, Isaac?
—¿Por qué? ¿Tienes miedo de que lo sepa y le des asco? Es por su bien,
solo le estoy advirtiendo. Luego podemos montar una asociación de
damnificados por la guarra de Candela.
Rodrigo ya no está, no sé qué parte ha oído y qué parte se ha perdido, pero
las palabras de Isaac siguen siendo dardos envenenados. Lo que más me
molesta es que no se conforma con recriminarme mi conducta, sino que le
encanta airearla delante de cualquiera, como si así quedara señalada para
siempre. Ya no me afectan sus frases llenas de desprecio como antes. Ya no,
aunque, durante mucho tiempo, estuve convencida de que me merecía cada
insulto. Es triste, pero es así. Hemos estado más de cinco años juntos y sí,
en algún momento creí que era feliz con él, hasta que me di cuenta de que
no y se lo comuniqué. Él no aceptó mi decisión, y lo que es peor, la
interpretó como una señal para dar un paso mucho más grande en nuestra
relación. Fue un error, porque yo me vi acorralada y decidí salir por la
tangente y liarla a lo grande. Sí, yo también me equivoqué, cometí un error,
uno grave, incluso deplorable, y lo hice de manera consciente, pero lo
asumí, con la poca dignidad que me quedaba, acatando las consecuencias.
Ya está, entiendo su rencor, pero no tiene por qué seguir estigmatizándome.
Tampoco tiene sentido que haya retenido las cajas con las pertenencias de
mi madre tantos meses con el único objetivo de vengarse.
Me ha costado muchos meses darme cuenta de que lo que yo necesitaba
no era su perdón (uno que jamás llegará, visto lo visto). Lo que realmente
necesitaba era saber perdonarme a mí misma, y en ese camino estoy, así que
no voy a dar ni un solo paso hacia atrás.
—Las cajas, Isaac. —NO. LLORES. CANDELA. Mantengo un tono
neutro porque temo su reacción—. Vamos a ahorrarnos más numeritos y
reproches. ¿Están en el maletero? —Rodeo el coche con los nervios a flor
de piel para llegar a la parte trasera y él se apresura para interponerse.
—No toques mi coche.
—¿Por qué no me has dicho que venías ahora? Te habría preparado un
café y podríamos haber hecho esto de manera más civilizada.
—¿Civilizada? No soy un puto animal al que tengas que domar. Solo soy
un gilipollas que cayó en tus redes, me usaste y, cuando te aburriste, me
tiraste.
—Eso no es verdad.
—Distorsionas la realidad a tu antojo.
—Fui sincera contigo.
—Diez putos días antes de montártelo con él. Me comí toda la oposición,
todos tus traumitas y después, para rematar, la enfermedad de tu madre.
Me pellizco con fuerza el muslo para apaciguar los nervios y el dolor. Lo
dice como si yo no hubiera hecho malabares para estar con ella y con él y
no desatender nuestra relación. Es injusto y lo sabe. Después del
fallecimiento de mi madre, no atravesé mi mejor momento, pero luché con
fuerza por estar bien para todos.
—Además, te he mandado un mensaje antes de salir de casa, pero, claro,
estarías a cuatro patas y no lo has visto. Porque así es como te gusta, ¿no?
Tantos años contigo y tuve que enterarme de tus gustos por otro.
—Isaac, abre el coche y termina con esto. —Me impaciento. Como estoy
desesperada por tenerlas conmigo, sé que estaría dispuesta hasta a
arrodillarme—. Por favor, terminemos con esto.
Rodrigo no ha vuelto a salir, así que espero que el ruido no haya sido nada
y que mi abuela esté bien. No quiero ni pensar en cómo me sentiría si se ha
caído estando sola mientras yo hacía el cerdo con Rodrigo.
¿He dicho cerdo? No. Ni un paso para atrás, Candela. He estado
disfrutando de lo que me apetecía con quien me apetecía. ¿Por qué la
mayoría de mujeres siempre tendemos a condenar nuestros deseos? Isaac no
lleva ni quince minutos aquí y ya ha conseguido que sus pensamientos
aniden en mi mente.
Mi ex se da la vuelta con lentitud y abre el maletero. Saca una caja y la
tira al suelo, a mis pies.
—¿Qué haces?
—Darte lo tuyo. —Se carcajea con malicia, como si fuera el Joker. No me
da tiempo a decirle que ya las saco yo, que no se moleste, porque tira las
otras dos con desprecio.
Mi tía empaquetó con esmero las cosas importantes de mi madre cuando
vació el piso para venderlo y me las envió. Como yo no había comentado
nada a nadie de mi ruptura con Isaac, las mandó a la dirección de él, donde
yo vivía. Él las ha tenido secuestradas todos estos meses.
—Gracias, Isaac. —Tiro de ironía, una que no le pasa desapercibida
porque perpetúa la misma sonrisa falsa en los labios que antes—. Y adiós.
—Que te den por el culo, Candela. Ah no, que seguro que eso también te
gusta. Hasta nunca.
Se mete en el coche y maniobra para dar la vuelta quemando rueda. Tengo
que estar rápida para apartarme, porque casi me lleva por delante. Veo
cómo baja la cuesta a una velocidad poco recomendable para ese tramo y
me quedo quieta hasta que desaparece de mi vista.
No le deseo a nadie terminar una relación así, ni tan siquiera esas que no
duran demasiado y que no cuajan del todo. Tampoco le deseo ningún mal a
Isaac, aunque hayamos terminado de esta manera tan desastrosa con él sin
dejar de insultarme. Además, tampoco deseo que le vuelva a hacer daño
nadie. Eso no significa que quiera volver a pensar en él, ni tan siquiera
volver a tenerlo delante.
Respiro profundo intentando controlar mis lágrimas. Ya sé que he dicho
que no iba a llorar, pero en este instante dejar de contenerme es una
liberación. Se acabó, para siempre. Ahora sí.
Cargo con las cajas hasta casa en dos viajes, porque hay una que pesa
mucho, y así voy recuperando la compostura. Solo espero que no se haya
roto nada valioso, y con eso no me refiero a algo que tenga valor monetario,
sino a esos otros objetos que siempre permanecerán a mi lado como un
reflejo de ella. Si ansiaba tener todo esto conmigo solo era por poder sentir
que parte de ella seguirá a mi lado.
Entro en casa como un ciclón y voy directa a la habitación de mi abuela.
—Yaya, ¿qué ha pasado? ¿Estás bien? —pregunto, pero aquí no hay
nadie.
—Estoy bien, niña. —Su voz me llega desde la cocina. Desando mis
pasos y ahí los veo a los dos—. Solo se ha caído el vaso del agua y se ha
roto. Rodrigo ya ha recogido los cristales.
Él está de espaldas junto al fuego, sin camiseta, poniendo la cafetera. Ella
está sentada a la mesa con sus tostadas ya en el plato, esperando el café.
—¿Cómo estás tú? —se interesa.
—Bien, bien.
—¿Seguro? —Rodrigo se da la vuelta y me escruta con la mirada—.
¿Todo solucionado?
—Sí, todo bien. No os preocupéis.
Inevitablemente lo hacen, porque las emociones al verlos aquí, juntos,
esperándome, me golpean en el pecho como si una manada de jabalíes
trotara por encima de mi caja torácica. Y entonces, vuelven las lágrimas.
Me he repetido tantas veces que no me merezco el cariño de nadie que me
lo he terminado creyendo. Y ahora las dos personas que más me conocen
del mundo me miran como si fueran a sostenerme siempre. Como si
supieran qué hacer conmigo para evitar que me caiga de nuevo y no vuelva
a romperme.
—Perdonadme un segundo.
Salgo de la cocina. Huyo escaleras arriba, sin saber por qué. Podría
esconderme en el baño y acabar con el agua de la comarca con una ducha
de horas. U ocultarme debajo de la colcha en mi habitación hasta que se
haga de noche. O incluso podría encerrarme en el desván y seguir con mi
purga particular manteniendo las manos ocupadas.
En el fondo, solo quiero hacerme bola y desaparecer, porque soy la misma
de siempre.
24. NO PUEDE SER TAN MALO
Rodrigo

Un día. Un día es lo que me aconsejó Gracia que dejara pasar antes de venir
a ver a Candela después de lo que sucedió ayer y lo he cumplido a rajatabla.
Bueno, en realidad, han sido algo más de treinta horas.
No tengo ni idea de dónde se ha escondido en esta ocasión. No ha dado
señales de vida, ni tan siquiera he vislumbrado su silueta a través de la
ventana. Así que aquí estoy, a punto de entrar en su casa para sacarla de su
escondite.
Definitivamente, no tuvimos la despedida que nos merecíamos. Después
de todo lo que había ocurrido en mi casa unas horas antes, y no me refiero
solo a las veces que estuve dentro de ella, sino también a las risas, a las
conversaciones sin tapujos y a esa conexión latente que solo se ha visto
interrumpida cuando las distancias kilométricas se habían impuesto entre
nuestros cuerpos, no imaginaba que todo se fuera a torcer tanto.
Si Gracia no llega a necesitar ayuda, no me hubiera movido ni un palmo
de la vera de Candela, dejándola sola con ese imbécil. Y sé que ellos tenían
un asunto delicado pendiente y que ella es mayorcita y no necesita príncipes
de brillante armadura que vayan a salvarla, sin embargo, la actitud pasivo-
agresiva de Isaac frente a ella y la inquina con la que le hablaba me estaban
poniendo de los putos nervios. Sin pasar por alto que los insultos son
palabras hirientes y vacuas en cualquier discusión, porque lo único que
consiguen es quedar por encima de los argumentos.
Cuando entré y vi todos los cristales esparcidos por el suelo y a Gracia
con los pies muy cerca de clavarse uno, intenté evitar un desastre mayor y
me concentré en lo que tenía delante, aun así, no podía dejar de intentar
escuchar los murmullos que me llegaban desde el exterior.
Recogí todo y ayudé a Gracia a levantarse. Una vez en la cocina, con la
ventana sin cerrar del todo, nos llegaron sus voces con más nitidez. Su
abuela me preguntó si yo sabía por qué le gritaba así a la niña y yo solo
pude negar con la cabeza.
—Siempre he pensado que era un buen chico y que la trataba bien —
masculló Gracia sorprendida—. Y ahora resulta que es el típico lobo con
piel de cordero. No lo vi venir. Si vuelve a levantarle la voz así, salimos a
buscarla.
No hizo falta, porque su nieta entró en casa dos minutos después haciendo
acopio de todas sus fuerzas para no derrumbarse delante de nosotros. Gracia
y yo compartimos una mirada triste al verla. Los dos somos conocedores de
lo que le cuesta a Candela expresar sus sentimientos, sobre todo los que le
producen dolor. En esta ocasión, el disfraz de princesa de hielo no le duró
mucho. Unos segundos después, abrumada por la escena que acababa de
vivir, dejó de contenerse y desapareció.
Durante las últimas horas he divagado sobre lo que habrá ocurrido entre
ellos para que Isaac esté así de indignado. Ella ya me ha dado alguna pista
en relación a la magnitud de los hechos, como la competidora nata que es,
sin embargo, sigo creyendo que él ayer perdió los papeles completamente.
No. No puede ser tan malo.
—Hola, Gracia —saludo al entrar al salón, está sentada en su butaca con
la toquilla de ganchillo rosa sobre las rodillas.
—Hola, Rodrigo. Menos mal que has venido.
—¿Sigue igual?
—No, hoy está algo mejor. Desde el desayuno hasta hace un rato ha
estado conmigo. Pero ha vuelto a subir.
—¿A su habitación?
—No. Allí se encerró ayer, después de una ducha larguísima. Le pidió a
Mila que subiera a hacerme compañía un rato y, por supuesto, no soltó
prenda. Pero derramaba tristeza por los ojos. Hoy está arriba del todo, otra
vez en el desván. Como siga escarbando en ese lugar va a sacar petróleo.
Anda, niño, sube y oblígala a bajar si hace falta. Llévatela a dar una vuelta
o un paseo en bicicleta, que eso siempre le sentaba bien de cría, ¿te
acuerdas? —Sonrío levemente—. O bajad a La Serranita a tomaros algo.
Por mí no os preocupéis, en un rato llegarán las chicas para jugar la partida
de dominó y estaré acompañada.
—Tranquila, yo me ocupo.
—Y Telmo ¿no viene hoy a verme?
—Se marchó ayer con su padre, van a pasar juntos toda la semana.
El ex de mi hermana llegó más de una hora tarde y fue otro de los motivos
por los que no me moví de casa. Mi hermana ya había decidido pasar unos
días con Ander, aprovechando que su hijo no iba a estar, y él vino a
recogerla antes. Tuve que ser yo el que esperara a que mi excuñado viniera
a por Telmo. Intercambiamos algunas palabras porque le pareció fatal que
ella ya no estuviera y me lo hubiera dejado a mí, como si yo fuera un
extraño y no su tío. Que mi hermana podía haber esperado, pues también,
pero tampoco era necesario que su ex se pusiera tan borde.
—Es verdad, no sé en qué tengo la cabeza, si me lo había contado mil
veces.
—Voy a subir —anuncio.
—Rodrigo…
—Dime.
—Haz lo que sea necesario para que la sonrisa vuelva a sus labios. Confío
en ti. Tú siempre supiste cómo llegar a ella cuando nadie lo conseguía. Y ya
sé que han pasado muchos años, pero, si aceptas un consejo de esta vieja, te
diré que jamás dejes escapar a una persona que siempre tiene un espacio en
su corazón guardado para ti.
El tono melancólico con el que pronuncia la frase y la forma en la que
pierde la mirada hacia la derecha, donde está la casa de mi abuelo, me
encogen un poco el corazón. Está hablando de él, sin duda.
Antes de subir en busca de su nieta, me acerco a ella y le doy un beso en
la mejilla.
—El mismo zalamero de siempre —masculla con más cariño que nunca.
La trampilla para acceder al desván está abierta, así que subo
directamente. Candela está de rodillas sentada sobre los talones y de
espaldas a mí en la parte más abuhardillada. Camiseta blanca de tirantes y
short vaquero deshilachado. El pelo recogido en un moño en lo alto de la
cabeza. La madera cruje bajo mis pies en cuanto avanzo hacia ella, que no
se inmuta, por lo que deduzco que debe estar con los auriculares puestos
escuchando música a todo volumen.
—Candela… —Nada—. Candela…
Me inclino y le toco el hombro con suavidad. Ella, rápida de reflejos,
cruza el brazo y se palmea el hombro derecho, como si mi caricia hubiese
sido un bicho molesto que perturba su paz. Vamos, como si fuera una mosca
cojonera y quisiera espantarla. No me queda más remedio que agacharme a
su lado para que sienta mi presencia, aunque sea por el rabillo del ojo.
—¡Hostias! ¿Quieres matarme de un infarto? —Se quita uno de los
auriculares y sacude el cuerpo deshaciéndose del susto.
—¿Te he asustado? —Poso la mano en su pecho para comprobar el ritmo
de los latidos de su corazón. Candela desvía la mirada hacia mi mano,
situada en su canalillo, y acto seguido la despego—. Lo siento, no era mi
intención. Si no tuvieras la música a todo trapo… A ver. —Le quito el
auricular de la mano y me lo coloco en la oreja. Si te quiebras, de Vetusta
Morla, suena a un volumen excesivamente elevado. Sopeso su elección y
mi cara debe de reflejarlo.
—¿Algún problema?
—No, qué va. Es bonita, pero un poco triste. Un poco como…
—¿Como yo?
—Tú eres más bonita que triste, Candela.
No aguanto las ganas ni un segundo más, la sujeto con fuerza por la nuca
y la acerco a mí para besarla. He echado en falta sentir el sabor de sus
besos.
—¿A qué has venido, Rodrigo? Y espero que no haya sido a rescatarme,
porque no soy un animalillo atrapado, solo soy un puñetero desastre.
—Solo he venido a sacarte de la cueva —le acaricio la mejilla— por
orden de Gracia. Venga, deja de regodearte en el fango. No puede ser tan
malo, Candela. Y, respecto a lo que ocurrió ayer, no tengo ni idea de lo que
habrá pasado entre vosotros, pero tienes que dejar de culpabilizarte, porque
no reconocí a esa Candela que recibía todos sus insultos y sus gritos sin
inmutarse, como si solo pudieras ser su saco de boxeo.
—¿Te crees que yo me reconocí? Me sentí estúpida y rabiosa. Pero no
podía hacer nada. Solo quería recuperar lo que me había traído. Conozco a
Isaac, si me hubiera puesto a su altura con los gritos y la discusión, se
habría metido en su coche y se habría pirado. No podía arriesgarme a pasar
por eso de nuevo. No después de lo que me costó que accediera a dármelas.
Cambia de postura y se sienta en el suelo con las piernas cruzadas, a lo
indio. Tengo la intuición de que va a contármelo, así que me siento en la
misma posición frente a ella.
—¿Las has abierto?
—No. Ayer, como pudiste comprobar, no estaba en mi mejor momento
para hacerlo.
—¿Vas a contármelo?
—No creo que quieras saberlo.
—Me interesa todo lo que tenga que ver contigo. Lo que te provoca una
sonrisa y lo que te pone triste. Siempre ha sido así.
—Está bien —claudica—. No sé por dónde empezar…
—Por el principio.
—Llevaba meses lidiando con la pena y la ansiedad. El primer trimestre
del curso había sido duro y empecé a plantearme mi vida, así, a grandes
rasgos. Justo antes de las vacaciones de Navidad, hablé con Isaac, le conté
que tenía muchas dudas sobre nosotros, que nuestra relación estaba
estancada hacía meses y que no era del todo feliz. Él hizo caso omiso a todo
lo que le dije y achacó mi apatía a todos los factores externos, como si
nuestra relación no tuviera fisuras. En Nochebuena, cenamos en casa de sus
padres, porque ya lo habíamos organizado así y no tuve valor para decirle
que no quería ir. Le pillé hablando a escondidas con su madre, le estaba
pidiendo el anillo de su abuela para pedirme que me casara con él. Por no
montar allí el numerito, me callé. Fingí como pude durante toda la semana.
Vine unos días aquí a estar con mi abuela y volví a casa decidida a ponerle
fin, porque sabía que tenía que hablar con él antes de que decidiera hincar la
rodilla y ponerme en el dedo ese pedrusco. Al llegar, me encontré en casa a
su mejor amigo y a su mujer, que viven en Londres, así que lo pospuse de
nuevo. Me costaba entender que él creyera que ese golpe de efecto, sacado
de la manga y sin consensuar, fuera a salvarnos del naufragio.
—La vieja creencia de pensar que un matrimonio solucionará los
problemas de una pareja está más extendida de lo que crees.
—Pues qué lástima, porque eso demuestra que apenas hemos avanzado
como sociedad. El caso es que llegó el último día del año y, como es
tradición, Isaac organizó una fiesta en su empresa al mediodía. Invitó a sus
empleados, a la vieja junta de accionistas, entre los que se encuentran su
padre y algunos de los mejores amigos de este, y dio un pequeño discurso
en el que agradeció el esfuerzo y la dedicación y clausuró el año antes de
darla por terminada. Esa mañana, le palpé el bolsillo de la americana y noté
que llevaba la cajita con el anillo. Mi intuición me llevó a pensar que,
después de dar la charla, iba a llegar la proposición, allí, delante de todo el
mundo.
—¿Y llegó?
—Nunca lo sabré. —Candela se frota la cara, como si al contármelo
estuviera volviendo a revivir cada paso—. Bebí todo lo que cayó en mis
manos desde que llegué a la fiesta, pero estaba bien, el alcohol no fue un
atenuante, solo me dio la cantidad justa de valentía o de cobardía, según se
mire, para actuar como lo hice. Cuando Isaac fue a buscarme antes de
pronunciar su discurso, me encontró inclinada sobre su escritorio, mientras
su hermano pequeño, recién aterrizado de Canadá, con el que se lleva
regular, me follaba por detrás. Lo que ocurrió a continuación no hace falta
que te lo cuente.
Deja salir el aire mientras mantiene sus ojos azules sobre los míos. Está
estudiando mi reacción. Y ¿qué quieres que te diga? No me veo capaz de
decidir la cuantía de maldad que tiene su acción, porque con ella la
objetividad me esquiva. Además, ha sido tan gráfica y tan brutalmente
sincera que me está costando la vida no imaginármela en la misma posición,
sobre el escritorio de la biblioteca, pero conmigo detrás. Entre las hipótesis
que barajaba para lo que les había ocurrido estaba la infidelidad, pero no
pensé que fuera de manera tan explícita y evidente. Coge aire y vuelve a
expulsarlo, esta vez más despacio. Me está recordando a cómo respiro
cuando siento esa presión aguda en el pecho. Le agarro las muñecas y hago
círculos con los pulgares para rebajar su tensión.
—¿Qué? ¿No vas a decir nada? —Se impacienta. Sobre todo cuando la
comisura de mis labios se curva ligeramente hacia arriba.
Entiendo que su intención fue cortar por lo sano y abrirle los ojos a Isaac
para que supiera que ellos ya no tenían futuro, sin pararse a pensar en la
magnitud del daño.
—¿Qué quieres que te diga? Quizá no escogiste la mejor manera de
hacérselo ver, pero jamás voy a juzgarte. —Mi sonrisa se vuelve más
amplia cuando me mira como si me hubiera salido un tercer ojo.
—No me fastidies, no puede hacerte gracia —se enfurruña.
No sé qué esperaba, ¿que yo también la machacara? Pues no.
—A ver, un poco sí que me lo hace. Efectiva fue, eso es innegable.
—Joder, Rodrigo.
—Además, has sido tan gráfica que te imagino allí, esperando a que él te
pillara. —Me mete un manotazo—. No te mosquees ahora conmigo, anda.
Han pasado muchos meses, has reconocido que la cagaste, ya está, todos
cometemos errores, somos humanos.
Yo el primero.
—Fue una ida de olla, pero es que estaba cansada de que nunca me
escuchara. Le hice una gran putada delante de todo su círculo, Rodrigo. Los
siguientes minutos fueron muy desagradables, pero esos voy a ahorrártelos.
—Ven aquí. —La sujeto de la cintura y la siento en mi regazo—. Gracias
por contármelo, espero que te haya servido para dejarlo atrás. Ya está, se
acabó. Tienes tus cajas y has cerrado ese capítulo. Ahora hazme un favor y
deja de flagelarte, ¿de acuerdo? Mírame. —Le levanto la barbilla y junto mi
frente a la suya. La beso con intensidad, ella protesta los tres primeros
segundos, pero después sucumbe.
En la competición de cagadas supongo que gana ella. No se lo digo,
porque no es el momento de ponernos a competir con el y tú más. Yo fui
sincero con mi ex, y mis palabras sí que fueron suficientes, aunque quizá no
del todo contundentes. Y no, tampoco lo hice bien, porque lo retrasé
demasiado, sé que tenía que habérselo dicho mucho antes y así ahorrarle el
daño. Candela no sabe que la entiendo más de lo que imagina, aunque
contárselo ahora tampoco lo veo necesario, prefiero sacarla de aquí, irnos a
dar una vuelta y despejarnos.
—Levanta y vamos a dar una vuelta, que tenemos el permiso de tu abuela
y necesitas tomar el aire.
—Sí, pero antes quiero abrir este arcón.
—¿No tienes la llave?
—No. No la encuentro.
—Déjame a ver si puedo romper el candado…
25. CARNAVAL EN JULIO
Candela

Me miro una última vez en el espejo y me recoloco el colgante. Es el que


encontré junto a una de las cartas de Lorenzo; el pequeño sol dorado brilla
sobre la piel de mi escote.
—¿Te falta mucho? —me pregunta Rodrigo asomándose a la puerta—.
Porque se nos impacientan los niños.
Cuando me ve vestida de esta guisa, abre tanto los ojos que las cejas se
pierden entre los mechones de pelo que le caen por la frente.
—Ya estoy. —Dejo de mirarme y camino hacia la puerta.
—Pero vamos a ver Candela… —se aguanta la risa—, no sabía que este
año carnaval caía en julio.
—Ya ves.
Me aliso la falda del vestido, que me queda holgado en la cintura. Lo que
me lleva a pensar en que mi abuela ya lucía unas buenas curvas en su
juventud. Porque esta reliquia de tirantes anchos, que está
sorprendentemente bien conservada, calculo que tendrá más de setenta
años.
Ayer, después de que me sincerara con Rodrigo y le contara todo lo que
ocurrió entre Isaac y yo, le pedí que me abriera un arcón que estaba en el
desván. Le costó más de lo esperado, pero, al final, el candado roñoso
terminó cediendo y voilà, me encontré otro de los tesoros ocultos de mi
abuela. Este vestido, que tuve que lavar anoche a mano y ponerlo a secar
sin que lo viera ella. Un bolso de paja completamente raído. Una pamela de
tela en bastante buen estado. Un diccionario de francés con flores del cerezo
secas dentro de sus páginas. Un juego de sábanas, que originariamente
serían blancas, con las iniciales L y G bordadas a mano, lo más seguro que
por ella. Una pipa, que ya no conservaba el olor a tabaco. Un billete de tren
que ha perdido toda la tinta. Un saquito de lavanda. La escritura del viñedo
enrollada con un lazo rojo. Un cuaderno con la caligrafía de mi abuela lleno
de deseos, que no tengo ni idea de si llegó a cumplir. Y ahí, oculta, entra la
última hoja y la cubierta, otra carta. La tercera.
Cádiz, 15 de septiembre de 1953
Querida Gracia:
Acabo de llegar y antes de deshacer el petate y meterme en la cama, he
sentido la necesidad de escribirte unas palabras, aunque lo haga con un
agujero en el pecho del tamaño de Gibraltar, como dirían los de por
aquí.
Todavía siento el dulce sabor de tus labios, el tacto de tus manos y el
calor abrasador de ese último abrazo que consiguió derretirme primero
y congelarme después. Porque ambos sabemos que no se va a repetir en
esas mismas circunstancias. Me alegro de que la señora de González de
Ceballos no me viera salir de tu habitación la última noche. De haberlo
hecho, estoy seguro de que hubiera llamado a la benemérita y mis
huesos habrían pasado la noche en el cuartelillo. Aunque, tampoco te
voy a mentir, quizá no hubiera estado tan mal verle perder los estribos
conmigo de frente. Estoy cansado de que ella siempre te riña a ti en la
intimidad y de que lo único que le preocupe sea mantener las
apariencias. Alguien tendría que abrirle los ojos de una vez y a mí no
me importaría ser ese alguien.
Quiero que sepas dos cosas. La primera, que jamás podré olvidar este
verano que está a punto de terminar. Conservaré cada momento que he
pasado a tu lado, que no han sido todos los que nos hubieran gustado,
pero que han sido nuestros, un año más. Y la segunda, que lo intenté,
niña, lo intenté con todo mi empeño, aunque sin resultado. A pesar de
las reticencias de tu madre a dejarme hablar con tu padre, a pesar de
todas las trabas que me puso durante días y a pesar de todos esos
prejuicios que le llenan la boca, lo intenté. Le mostré mis credenciales,
le hablé de cómo se dibujaría nuestro futuro, le rogué que pensaran en
tu felicidad. Pero tú sigues siendo la hija del médico y yo, un simple
peón que no ha terminado el servicio militar todavía. Los dos sabemos
que tenía muy pocas posibilidades o ninguna. Como sé que ellos jamás
te lo dirán, quería contártelo yo, que supieras que lo intenté con todas
mis ganas, aunque sin el resultado que a ambos nos habría gustado.
Lo siento, Gracia. Te fallé.
Me gustaría que esta carta no fuera la última, pero tampoco puedo
asegurarte que no vaya a serlo. Para mí ya ha empezado el duelo y me
entristece no saber el tiempo que conviviré con él.
Todo ha cambiado, niña, menos el amor que siento por ti.
Cuídate, Gracia. Y ojalá tú sí puedas ser feliz, aunque no sea conmigo.
Siempre fiel y tuyo, L.
Todavía se me empañan los ojos y se me cierra la garganta recordando sus
demoledoras frases. Me las sé de memoria, porque he leído la carta más de
lo recomendable. Menos mal que ayer Rodrigo seguía a mi lado cuando la
descubrí para seguir sosteniéndome. Nos costó un poco recomponernos y
poder salir del desván. Después de todo lo que le había contado, de mostrar
ante él toda mi vulnerabilidad y de la conversación que mantuvimos sobre
mi percepción del amor y la suya, tan alejadas en algunos puntos y tan
conectadas en otros, el ambiente se densificó, y no solo por las motas de
polvo que pululaban en ese espacio y que casi me provocan un ataque de
asma, sino por la fragilidad, la melancolía y el mal sabor de boca que nos
dejó leer una declaración tan bonita. Cuando pudimos bajar las escaleras,
solo nos despedimos de las chicas sin mucha explicación, las dejamos con
su partida de dominó y nos subimos al coche. Rodrigo condujo sin rumbo
fijo, aunque quizá no fuera casualidad que los kilómetros en silencio por el
desfiladero nos terminaran llevando hasta la costa, para terminar la tarde
contemplando el mar Cantábrico en su máximo esplendor. Supongo que
alargar la huida fue necesario para procesar la pena y mitigar el dolor de
una historia de amor frustrada que, aunque pueda parecer tan lejana en el
tiempo, a ambos nos sigue encogiendo el corazón.
—¿Estás segura de que quieres bajar así?
—¿Así cómo? ¿Disfrazada de mi abuela versión 3.0? Vamos a comer los
cuatro solos. ¿No crees que es la ocasión perfecta para que nos cuenten qué
sucedió?
—Si no nos lo han contado ya, ¿tú crees que lo harán hoy?
—No lo sé. Al menos veremos su reacción, Rodrigo. Tengo un comecome
por dentro que no me deja dormir.
—Tú sabrás, pero son mayores, Candela, y sus corazones también.
—¿Tienes miedo de que no resistan?
—Un poco. Yo tampoco dejo de pensar en ellos, en lo duro que tuvo que
ser vivir tan cerca y a la vez tan lejos. En lo difícil que les resultaría aceptar
que el amor de su vida, en realidad, lo fue de otro, porque la diferencia de
clases fue un obstáculo insalvable.
—Eso es lo que más me molesta, que mi abuela no tuviera ni voz ni voto,
que no pudiera decidir cómo quería vivir —gruño y Rodrigo me estrecha
entre sus brazos, deposita un pequeño beso en mi cuello y me da la mano
para bajar las escaleras—. Espera.
—¿Qué pasa? —me pregunta.
—Nada de muestras de cariño delante de ellos, ¿vale? Así que deja esas
manos largas tuyas donde puedan verlas.
La risa de Rodrigo retumba contra la pared.
—No son tontos, Candela. ¿Te crees que no saben lo que hacemos? No
puedes estar hablando en serio.
—Sí que hablo en serio. No son tan inocentes y se imaginarán cosas, pero
no quiero que se hagan ilusiones, ni que crean que tú y yo tenemos algo
más de lo que es esto.
Rodrigo me tira de la mano y me lanza contra su cuerpo, lo hace con tanto
ímpetu que a punto estamos de rodar por las escaleras.
—Esto —masculla contra mis labios y me muerde el inferior—, medio
francesita, es más que algo. Así que cierra esa bocaza y bésame.
Y es lo que hago, besarlo. Durante más segundos de los que dura un beso
casto. Los murmullos de la conversación de nuestros abuelos nos llegan
desde el comedor. Cuando pongo fin al beso, lo animo a que pase él delante
y baje primero.
—Venga, que si se queda frío no sabe igual —nos apremia mi abuela, que
ya está sentada a la derecha de Lorenzo—. Jesús, María y José —espeta
cuando llego a la mesa y ve mi outfit.
Intento mantener la calma y observarlos, pero los nervios también se
apoderan de mí cuando Lorenzo se agita en su silla y agarra con fuerza la
servilleta.
—¿Ese vestido? Me quiere sonar —carraspea el abuelo de Rodrigo y, acto
seguido, clava la mirada en el sol que llevo en el cuello.
—Abuelo, ¿estás bien? —pregunta su nieto.
—Sí, tranquilo. Estoy bien. La memoria, que es muy puñetera —apuntilla
y, entonces, es Rodrigo el que me mira con decepción.
La cara de enfado de mi abuela es visible para todos.
—¿De dónde has sacado eso, niña? —Ella también me fulmina con la
mirada. Había cogido el cucharón para servirnos, pero lo posa de nuevo
sobre el mantel, el tembleque de su mano se ha agudizado.
—¿Esto? —Me hago la loca, o lo intento.
Me toqueteo la falda del vestido restándole importancia. Rodrigo cabecea
ligeramente y casi oigo su bufido interior. Vale, estoy empezando a
arrepentirme de haber bajado así. ¿Y si recordar les duele? ¿Y si forzarlos a
contarnos su historia es peor que dejar que la olviden? ¿Y si estoy metiendo
la pata de nuevo?
—Sí, eso. El vestido, ese colgante… —Se le entrecorta la voz y ahora sí
que soy consciente de mi error.
—Lo encontré ayer en un arcón en el desván. Pensé que te gustaría
rescatarlo. Es muy bonito, yaya.
—Solo es un trapo viejo. Y ese collar… si estaba ahí sería por algo. No sé
a qué viene ese afán tuyo de revolverlo todo.
—Es bueno hacer limpieza y optimizar el espacio —rebato—. Además,
me encantó el tejido —miento— y los colores. No sé, me pareció divertido
ponerme tu ropa un día.
—¿Divertido? Ya… —masculla y deja de mirarme. ¿Avergonzada? ¿O
simplemente enfadada por mi intromisión?—. Que yo sepa, carnaval es en
febrero, no en julio.
Mira, lo mismo que ha dicho Rodrigo antes. Muestro una sonrisa tibia,
pero ella no me la devuelve.
—Estás guapa, Candela. Pero lo estaba mucho más tu abuela —suelta
Lorenzo y le dedica una mirada de admiración que me encoge las tripas.
Ella se la devuelve, con los ojos rasgados y con un velo de algo que podría
identificar como amor.
Cuando Lorenzo lleva su mano hasta la de ella, Rodrigo y yo dejamos de
respirar unos instantes. Sobramos. Pero ¿quién tiene el valor suficiente para
marcharse ahora de aquí y dejarlos a solas?
—¿Comemos? —pregunta Rodrigo para romper la burbuja en la que están
sumidos nuestros abuelos.
Me hace un gesto con la cabeza para que me siente de una maldita vez.
Obedezco.
—Sí, que huele de maravilla —comenta Lorenzo más repuesto, aunque no
me pasa desapercibida la fijación que tiene con el colgante que sigue en mi
pecho—. Se me está haciendo la boca agua.
—Comemos, sí, que para eso han venido —sentencia mi abuela
dirigiéndose solamente a mí.
Asiento y miro mi plato, que empieza a llenarse de cocido. Ahora me
sobra el vestido, el colgante y todo. Aunque excusarme y subir a cambiarme
ahora solo la enfadaría más. Gracia sirve una cantidad generosa a Lorenzo,
que sigue abstraído por el olor del puchero, y luego a Rodrigo, que tampoco
se atreve a mirarla. Ella es la última en servirse.
Cuando ya estamos todos a punto de llevarnos la cuchara a la boca para
degustarlo, mi abuela vuelve a tomar la palabra.
—Añorar el pasado es como correr tras el viento, niños. Para la próxima,
no lo olvidéis.
26. LAS BARRERAS
Rodrigo

Enciendo la nueva guirnalda de luces que he colocado debajo de la


buganvilla y regreso a la cocina a buscar a Candela. Está de espaldas
aclarando las copas en el fregadero. Me acerco sigiloso y la abrazo por
detrás. Entierro la nariz en su melena y aspiro su olor, ese que me transporta
de inmediato a momentos felices. Sentir su calor se ha convertido en un
auténtico vicio. Y notar cómo su cuerpo pasa de la tensión a la placidez en
mis brazos me pone mucho.
—Deja eso, ya lo recogeré mañana.
—Tú has hecho la cena, Tontodrigo. Demasiado elaborada para mi gusto,
pero no pienso quejarme. Qué menos que limpie los platos, ¿no crees?
¿Elaborada? Solo he seguido una receta fácil que el algoritmo de
Instagram tuvo a bien enseñarme ayer. Tomate, burrata, rúcula, pistachos,
pechugas de pollo, un toque de horno y magia.
—Soy perfectamente capaz de hacer las dos cosas. Cocinar y fregar. A
diferencia de otros tíos, a mí no se me van a caer los anillos. —Despego las
manos de su estómago y se las muestro, después, cierro el grifo y cojo el
trapo para secarle las suyas—. He vivido solo mucho tiempo y, los últimos
meses, a pesar de que apenas he cocinado, porque llegaba a casa tan
agotado que cenar era lo menos importante, me las he apañado muy bien.
Además, paso la aspiradora los sábados y limpio, así los domingos solo
pongo la lavadora. —Dejo un beso distraído en su nuca y siento la
vibración de su risa—. Soy todo un partidazo. ¿Y tú?
—Yo tengo un máster en planchado —suelta con aire despistado y se gira
para mirarme—. Y hace mucho tiempo que no vivo sola, así que cocinar, a
pesar de que no es una tarea que me disguste, quedó relegado a un segundo
plano. Cierto es que el hábito lo estoy recuperando ahora, siendo la chef
privada de Gracia, que, como sabes, tiene un paladar muy exigente. ¿Te
vale?
—Me vale, claro que me vale —afirmo y llevo las manos a su cadera. Mis
orejas dan palmas, aunque ella no se dé cuenta.
Candela lo ha dicho como una tontería sin importancia, sin embargo, el
imbécil que está loco por ella y que viste mi piel se lo toma como la
confirmación de lo bien que nos compenetraríamos en un futuro. Igual que
lo hacemos en este presente estival.
Sigo solo en casa. Gloria ha alargado su escapada con Ander y no volverá
hasta mañana. Anoche me envió una foto cenando con mis padres en
Madrid. Se me pusieron los pelos de punta al verla. Y no porque les haya
presentado a su amigo especial, sino porque pensar en que dentro de un mes
tendré que regresar a aquella rutina que me consume me agobia. Para
mejorarlo, mi padre me envió un mensaje después de esa cena,
recriminándome que no hubiera ido yo también para arreglar todo lo que
está pendiente con Cayetana, como si no le hubiera repetido cien veces que
lo nuestro se solucionó el día que tuve la valentía suficiente para ponerle
fin. Telmo no llegará hasta el sábado; su padre ha pedido estar con él un día
más para sorpresa de todos. Por todo eso he creído que era un buen plan
hacerle la cena a Candela y estar un rato a solas para concentrarnos en el
ahora. Después de la metedura de pata del domingo con nuestros abuelos,
cuando confirmamos que someterlos a esa presión para que compartieran
con nosotros su historia no fue la mejor idea del mundo, Candela ha estado
machacándose día y noche. Y ayer, encima, su abuela tuvo una bajada de
tensión considerable y tuvimos que llevarla al centro de salud. No fue nada
importante y la doctora le dijo que era normal a su edad que a veces se le
descompensara, aun así, ella se siente culpable por haberla disgustado tanto.
Lo cierto es que Gracia tiene un fuerte carácter y, desde que nos fuimos de
su casa el domingo, ha estado algo cortante y seca con su nieta, que le ha
pedido perdón mil quinientas veces.
—¿Has encendido la guirnalda? —Mira por encima de mi hombro y el
azul de sus iris se intensifica.
—Sí. Para tomar el postre fuera, hace una noche increíble. ¿Chocolate o
nata? —le pregunto por el helado.
—¿Es obligatorio elegir?
—No. No es obligatorio. Tú sal y siéntate, ahora te lo llevo.
Lleno un cuenco con los dos sabores y salgo a sentarme en el sofá de
mimbre con ella. Se ha colocado mirando a la luna, con los pies sobre el
cojín. Me sitúo a su lado y le paso el brazo por la espalda para que se apoye
en mi hombro. El vestido de lunares blanco y negro que lleva puesto es de
los que se cruza en el pecho y en la cintura, cuando se mueve, se le abre y
expone más piel. Mis ojos golosos se recrean en cada trocito que queda a la
vista. Cargo la primera cucharada con un poco de nata y se lo acerco a la
boca, protesta entre gemidos porque quiere más cantidad, así que
impaciente toma el mando y se hace con el helado para repartirlo ella, de
manera poco equitativa, he de decir, cada tres cucharadas que degusta ella
solo una es para mí.
—¿Qué tal Gracia? ¿Está mejor? —pregunto.
Hoy he estado bastante ocupado con la finca. Algunos frutales estaban
dañados y otros a punto de secarse. Me he tenido que acercar al pueblo a
comprar otra tijera de podar; la de mi abuelo ya no cumplía su función. He
aprovechado para estar con él un buen rato, no ha mencionado nada sobre el
domingo, pero el shock por ver a Candela con la ropa y el colgante de
Gracia fue palpable. A mí me encantaría escuchar su versión, pero entiendo
que, como insinuó la abuela de Candela, pensar más en el pasado que en el
presente no tiene mucho sentido. Y si los recuerdos le van a doler, prefiero
que no regrese a ellos. Después, me he acercado con él al ayuntamiento.
Hemos pedido un permiso especial para poder vender el excedente de
cerezas el lunes en el mercadillo; es la única manera de darles salida,
porque, a estas alturas de mes, los cerezos siguen cargados.
—Sí, hoy tenía un poco más de energía. Estaba más animada. Si le
hubiera pasado algo, yo…
—Basta, deja de castigarte, Candela. Ya está. Tiene casi noventa años. Es
normal que tenga días mejores y otros peores. Mira, a mi abuelo le han
tenido que cambiar la medicación unas cuantas veces para ajustársela a sus
necesidades. Así que, a partir de ahora, cuenta con que siempre será así.
—Lo sé, pero me asusté tanto…
—Ya ha pasado.
Le quito el cuenco de las manos y lo poso sobre la mesa. Me inclino y
pego los labios a los suyos. Probamos el chocolate y la nata en la lengua del
otro y mezclamos los sabores con los nuestros. Obviamente, Candela no
necesita aditivos, a mí siempre me ha sabido de vicio. Nuestras manos
también quieren entrar a formar parte del baile. Las de ellas se cuelan por el
bajo de mi camiseta, las mías se reparten entre melena y muslo.
Cuando el beso se ralentiza y nuestras respiraciones hacen lo mismo,
Candela se recoloca, esta vez apoyando la cabeza sobre mi estómago, con
las piernas semiflexionadas sobre el sillón y mirando al cielo claro que nos
regala esta noche cálida de julio. Mis dedos juegan con su pelo, suave y
abundante, mientras mis caricias sobre su pierna se vuelven más lentas.
—¿En qué piensas? —Rompo el silencio.
—En que las clases terminaron hace un mes. Es increíble cómo ha pasado
el tiempo.
—¿Echas de menos a tus alumnos?
—Qué va. Este año he tenido suerte con ellos, no eran los típicos que me
quitaban las ganas de levantarme por las mañanas e ir al instituto. Sin
embargo, tampoco me traumatizó decirles adiós, no sé si me explico. Pienso
más bien en la facilidad con la que me he deshecho de esa rutina en estas
semanas, eso es lo que me asombra.
—Debe de ser este aire. Contiene partículas beneficiosas para nosotros,
seguro. O quizá sean estas montañas que nos rodean, que hacen de cortapisa
para protegernos de lo nocivo cuando estamos aquí. Es raro, pero esta
semana no me he levantado ni un día antes de las ocho. Y eso significa que
por fin estoy dejando atrás el estrés con el que llegué.
—Aunque no del todo —apunta con tonito, sabedora de las llamadas casi
diarias de mi padre.
—No del todo. Pero he procurado estar solo una hora delante del
ordenador y he reducido las horas de móvil. Duermo mejor, descanso mejor
y respiro infinitamente mejor. No quiero pensar en que dentro de algo más
de un mes tendré que regresar a la misma vorágine que me consume la vida
y volver a la rueda del hámster.
—Sencillo, no lo pienses. —Candela se mueve para estudiar mi mirada,
que acaba de perder el brillo. Se incorpora y se sienta a horcajadas encima
de mí, llevando las manos a mi nuca—. Disfruta de todos los días que te
quedan aquí.
—Esa es mi intención. Disfrutar de cada día sin pensar en el siguiente.
Y disfrutar de ti cada minuto que me dejes.
Candela se balancea sobre mi entrepierna con un vaivén un tanto
provocador. Mis manos viajan hasta su culo.
—Mi mente también se ha adaptado sin problemas a esta nueva vida —
sisea. Como siga moviéndose así…—. A que las horas pasen más lentas. A
cuidar de Gracia. A quemar la energía extra dentro de casa con mis propias
manos, manteniendo la ansiedad a niveles mínimos. A atiborrarme de
cerezas a cualquier hora. A estar descalza la mayor parte del tiempo. A
procurar deshacerme de los pensamientos negativos. Al frescor tan
agradable que se cuela en mi habitación de madrugada. Y a… —otro
movimiento circular sobre mi paquete—, a…
—¿A mí? —Sonrío porque hasta cuando lo tiene en la punta de la lengua,
lo medita un par de veces más antes de soltarlo.
Parece mentira que no recuerde que su cuerpo es otro lenguaje universal
para mí.
—A esto —responde ambigua con tal de no darme la razón y, por
supuesto, omite cualquier muestra que me haga creer que ha bajado las
barreras.
—Esto. Ya veo. ¿Podrías ser algo más específica? Aunque ya te dije que
esto —nos señalo— es más que algo. —Aproximo la nariz a la suya y le
hago una caricia en la punta, nuestras bocas casi se enzarzan en otra batalla
—. Venga, seguro que puedes explicármelo mejor. Inténtalo.
—Ya sabes lo que quiero decir.
—Quizá lo sepa, pero eso no significa que no quiera escucharlo de tu
boca, Candela. De esa barbaridad de boca que tienes que me vuelve tan
loco.
—Me he habituado a esto. A esta cercanía. A nuestros días compartidos.
A ver a Telmo entrar y salir de mi casa como hacías tú. A la masterclass
diaria sobre reformas. A que da igual lo imbécil que me levante y que mi
humor sea cambiante, porque tú siempre estás ahí para lidiar conmigo y
sostenerme. Es muy extraño, pero me he acostumbrado muy rápido a este
nosotros.
—Nosotros. Repítelo otra vez.
—No te pases.
—Me encanta. —Me empiezo a reír al ver la mueca que pone.
—¿Te estás descojonando de mí? —Intenta apartarse, pero se lo impido.
—Quizá un poco.
—Que te den.
—No te piques, medio francesita, que también me pones bruto así,
indignada. Y no me gustaría que se perdiera este hilo de sinceridad que nos
cose a este instante. Eres la hostia, solo tú puedes pasar de decirme cómo te
sientes con respecto a nosotros, bajando la barrera y, al segundo, cambiar el
semblante, no vaya a ser que te vuelvas una empalagosa y, entonces, volver
a subirla. En vez de profesora pareces encargada de la recepción de un
camping.
—No eres gracioso. —Me saca la lengua y tardo un segundo en
atrapársela con los labios.
—Sí que lo soy, te acabas de reír. Venga, repítemelo, aunque solo sea el
pronombre, que me muero de ganas de volver a escuchártelo.
—Nosotros —farfulla sobre mis labios, cediendo.
Y entonces paladeo cada sílaba como si fuese un manjar.
—Primera persona del plural que nunca sonó tan bonita saliendo de otras
bocas.
—¿Quién es el empalagoso ahora?
—Ninguno de los dos, no sufras. Solo estoy siendo sincero. Te has
habituado a mí, pero eso no es nuevo. Desde la primera vez que nos vimos
supimos cómo acoplarnos. —Hubo veranos que nos costó más y otros
menos, sin embargo, siempre conseguimos que los meses que no habíamos
compartido durante el año se difuminaran hasta olvidarlos—. Supongo que
solo era cuestión de tiempo que volviera a ocurrir. Aunque, en esta ocasión,
arrastremos dos periodos de tiempo sin vernos demasiado extensos. Ya te lo
dije, niña Candela, en el fondo, ninguno de los dos ha cambiado
drásticamente. La esencia de aquellos críos está aquí y dudo que vayamos a
perderla. Solo hemos crecido, nada más.
—Puede ser. Había olvidado lo bien que me siento cuando puedo ser yo,
sin disfraces, y eso es lo que me sucede cuando estoy contigo, que da igual
las veces que me esconda, porque tú siempre sabes dónde encontrarme.
—Encontrarte nunca me ha supuesto un problema, porque sé dónde
buscarte.
—Debería asustarme esa capacidad tuya, pero no lo hace. En cambio, lo
que sí me da miedo es lo que seremos cuando termine el verano. Mierda,
debería callarme. ¿Qué llevaba el puto helado? ¿Suero de la verdad?
—Quizá en pequeñas dosis. Candela, de verdad, no tienes de qué
preocuparte, eso no va a pasar —la tranquilizo—. Somos adultos, más
adultos que nunca. Y hemos aprendido de los errores. Ahora estamos.
Centrémonos en el presente.
—El presente —repite como un mantra.
—Tú también la has escuchado en bucle, ¿verdad?
Asiente y me sonríe con timidez. Tenemos gustos musicales muy
similares y hay partes de esa canción de Mikel Izal que podríamos hacer
nuestras.
—Entiendo tu temor. Sé que te preocupa por si se nos va de las manos y lo
último que quieres es que nos arriesguemos y luego nos quedemos sin nada.
Pero no tengas miedo. Te prometo que sabremos ponernos a salvo. Siempre.
—Le sujeto la cintura y nos ponemos de pie—. Y ahora, vámonos a la
cama. Porque, si sigues moviéndote así, no voy a poder controlarme. Y te
quiero en posición horizontal, desnuda y debajo de mí. —Consigo ponernos
de pie, pero cuando voy a darle la mano para entrar en casa se detiene.
—Si tu amenaza pretendía asustarme, que sepas que no lo has conseguido.
Ahora bien, humedecerme un poco más sí. Pero vamos a mi cama, que no
quiero que mi abuela esté más tiempo sola.
—Está bien, déjame apagar la luz y cerrar aquí.
En tres minutos estamos asomados viendo a Gracia dormir plácidamente.
En uno más estamos morreándonos en el último escalón. Y en los noventa
segundos siguientes, nuestra ropa queda esparcida por el suelo de su
habitación. Ahí siguen las cajas, sin abrir. Imagino que buscando el
momento oportuno para afrontar de nuevo el recuerdo de la pérdida de su
madre.
—Nunca me canso de mirarte, Candela. Pero cuando te veo desnuda,
empiezas a convertirte en obsesión. Estás preciosa. Tu piel, tus ojos, tu
pelo…
—Puedes saltarte esa parte, Tontodrigo. Ya me tienes a punto.
—No quiero saltarme nada. Ni un ápice. Túmbate.
Candela atiende a mi petición y se acuesta sobre la colcha apoyando la
cabeza en el cojín que está sobre la almohada para no perderse detalle. Abre
las piernas ligeramente, con toda la intención. A pesar de la tenue luz que
entra por la ventana del farol exterior, veo sus curvas y hasta sus pliegues.
Me acerco despacio, como un lobo a su presa. Le sujeto los tobillos con
fuerza y después los acaricio. Me agacho para lamer y besar en sentido
ascendente. Cuando llego a su coño, su pecho sube y baja aceleradamente.
En lugar de abrirlo, lo cierro con mi índice y con mi pulgar y le doy un
mordisco suave. Ella eleva las caderas de la impresión.
—Vaya, así que quieres que haga la estrellita de mar, ¿eh? ¿Qué pasa?
¿Esto te pone, Rodrigo?
Sigo dedicándole atenciones y caricias a su piel hasta que mi boca llega a
la suya. Le muerdo los labios antes de meterle la lengua hasta el fondo. Sus
manos se aferran a mi trasero, pero se las retiro y se las sujeto juntas, por
encima de su cabeza.
—Qué perdida te veo, Candela. —Hago el amago de besarla de nuevo,
pero desvío los labios a su oreja en el último segundo—. Date la vuelta. —
Mi voz grave la coge por sorpresa.
—Pensaba que habías dicho que me querías debajo de ti, en horizontal y
desnuda.
—Y así es como te quiero, pero no he especificado que fuera tu espalda la
que se pegara al colchón. ¿Alguna queja?
Con una destreza impropia para lo cachondo que estoy, la giro. Oigo su
risa, quizá porque no se esperaba que fuera a llevar así el control, quizá solo
porque está anticipándose a lo que va a pasar.
—Queja ninguna, no se me ocurriría. Solo una advertencia, si antes ya
estaba húmeda, ahora estoy empapada.
—Gracias por la obviedad. Y, para que me quede claro, el condón sigue
sin ser nuestra opción, ¿verdad?
—Verdad.
Cuando la tengo a mi merced, debajo de mí, con la cabeza ladeada encima
de la almohada, dejo un pequeño beso en sus labios. Después, recojo su
melena con mi mano y le doy un pequeño tirón cuando mordisqueo su nuca.
Su jadeo se hace audible.
—Si me paso, párame.
—No tengo ninguna intención de pararte.
Y no lo hace. No me detiene cuando anclo la mano izquierda a su cadera,
clavándole las yemas de los dedos para tirar de ella y que levante el culo.
No me detiene cuando paseo la polla entre sus nalgas una y otra vez,
acercándola cada vez más a su entrada, sin dejar de sujetarle del pelo. Se
excita. Maldice. Se revuelve impaciente deseando que deje este suplicio y
se la meta de una vez. Y yo me crezco viéndola así de desesperada. Tengo
que hacer acopio de todo mi autocontrol, porque el juego está a punto de
írseme de las manos y terminaré corriéndome entre sus nalgas. Así que,
después de besarla con algo de brusquedad, la penetro. La primera estocada
es tan fuerte que sus rodillas no lo resisten y termina pegándose a la colcha.
Tenemos que controlar el volumen de las risas, porque no queremos
despertar a Gracia. Candela se recompone y vuelve a ponerse a cuatro
patas, esta vez echándose más para atrás, en una búsqueda desesperada de
mi polla.
—¿Qué quieres, Candela?
—Que me folles.
—¿Así? —Otra estocada fuerte, aunque menos que la primera. La saco y
vuelvo a hundirme en ella. Ella me aprieta para retenerme y gime cuando la
saco otra vez.
—Así o más fuerte, o más suave, o como quieras —suplica.
—Estamos bajo mínimos de coherencia, ¿eh?
—Me la has consumido tú.
—Desnuda y así de excitada también has consumido tú la mía. Quiero
llevar el control y a la vez perderlo. No hay quien coño lo entienda.
Volvemos a reírnos.
Le suelto el pelo, que ahora le cae por los hombros y los pechos. Candela
se yergue, lleva la cabeza a mi pecho, se sujeta en mi cuello y busca mi
boca. Nos besamos entre jadeos y tacos. Mi mano encuentra su clítoris
mientras sigo embistiéndola desde atrás. Una embestida fuerte, una más
lenta. Una embestida fuerte y, como me temía, en la siguiente lenta me
vacío dentro de ella. Candela posa la mano encima de la mía, porque al
correrme me he debido desviar de su placer y me ayuda a reencontrarlo.
Con la maraña que forman nuestros dedos entre sus pliegues y la
estimulación de su clítoris ella también explota.
Y de esa explosión solo quedan dos cuerpos laxos muertos de gusto y de
risa sobre el colchón.
27. ORUJO Y SOL
Candela

—¿Necesitáis ayuda por aquí? —pregunto a mi abuela y a Lorenzo, que


están quitándoles el rabo a las cerezas debajo de la buganvilla.
—No, tranquila. Para algo que todavía pueden hacer nuestras manos… —
responde él y mi abuela le sonríe.
Hoy hemos comido aquí con ellos. Rodrigo llevaba días diciendo que
quería preparar marmita con la receta especial de su madre y, como si los
astros se hubieran alineado, el viernes el pescadero llegó cargado de bonito,
porque había entrado una costera a la lonja de San Vicente. Así que no dudó
en comprarlo e invitarnos a comer hoy. Pensaba que, cuando se lo dijera a
mi abuela, declinaría la invitación, después de cómo la puse entre las
cuerdas la semana pasada. Sin embargo, me equivoqué, porque Gracia no le
niega nada al más zalamero de los Martín, y menos si se trata de una buena
comida en la mejor compañía.
—Entonces, enseguida vuelvo y las lavo. Primero voy a ir a llevar el
botijo con agua fresca a Rodrigo, que debe de estar a punto de
deshidratarse.
—¿Y mi hijo? ¿Está con él? —me pregunta Gloria.
—Supongo que sí, hace un rato que no lo veo por aquí.
—Habrá ido detrás de su tío —apuntilla Lorenzo—, como hace siempre.
—Ya, es que mi hermano es muy pesadito. No había mejor momento para
ponerse con la tontería de las cerezas, ¿no? Justo se empeña en recogerlas
cuando hace más calor —se queja Gloria.
—Tu hermano es el único que se preocupa por la casa y la finca, Gloria —
asevera su abuelo con tono seco—. Este año los cerezos están que rebosan,
sería un desperdicio dejar que se pudriera toda la cosecha. No te das cuenta
de que, sin él, todo esto estaría abandonado, en ruinas, y nadie lo podría
disfrutar. Además, tu hijo no es un bebé de teta, tiene que curtirse. Necesita
más horas de calle y de sol y menos de maquinitas de esas que solo lo
vuelven tonto.
—Los niños ya no se crían como los de antes, abuelo —se ofende ella—.
Así que no me digas qué es lo mejor para él porque yo soy su madre. —
Eleva el tono un decibelio y mi abuela y yo intercambiamos un par de
miradas.
—No te preocupes —le resta importancia mi yaya—. El sol ya no está tan
alto y no hace tanto calor como antes. Además, Telmo llevaba la gorra
puesta, seguro que está disfrutando de echar una mano a su tío.
—Claro, además está muy contento porque mañana irá a venderlas al
mercado —añade Lorenzo.
—Otra idea absurda de mi hermano. Como si fuera a hacerse millonario
con la fruta. Seguro que mi padre está encantado de que pierda el tiempo
con esto en vez de encender el ordenador más a menudo —espeta Gloria y
se saca el móvil del bolsillo de su pantalón, que empieza a sonar, mientras
se da la vuelta y entra de nuevo en casa.
Me tengo que morder la lengua, porque nadie me ha dado vela en este
entierro, como diría mi abuela, pero el comentario sobre su hermano me
parece muy injusto.
—En fin —masculla Lorenzo con deje solemne—, son como la noche y el
día. —Asiento—. Lo malo es que cuando esta niña se dé cuenta del
verdadero valor de las cosas importantes, que no tiene nada que ver con el
parné, será demasiado tarde. A diferencia de su hermano, que ya empieza a
comprenderlo. Lo único que le falta a mi niño es pensar más en él y menos
en los demás —sisea como si estuviera hablando más para él que para
nosotras—. Y aprender a decir no, que ya es mayorcito. Porque de bueno a
tonto solo hay un paso y no quiero que él termine de darlo.
Lo más probable es que, en mayor o menor medida, Lorenzo esté al
corriente de la presión y de las obligaciones que conllevan para Rodrigo
estar al frente de la empresa familiar y lo que le cuesta negarle nada a su
padre.
—Voy a llevarles el agua. Y, os aviso, he hecho una marca a esa botella.
—La señalo—. Así que el orujo ni tocarlo, que sois muy peligrosos
vosotros dos los domingos —les advierto con una sonrisa en los labios.
Lo último que me faltaba es verlos juntos y piripis. Aunque utilizan esos
vasitos de tamaño dedal, lo cierto es que no han parado de rellenárselo el
uno al otro desde que han tomado el postre. También he de decir que sus
estómagos están bastante más acostumbrados a ingerirlo que los de
cualquiera. Aquí, en el valle, el orujo es como un jarabe milagroso que cura
cualquier dolencia. Y ellos lo ingieren desde muy niños.
Cuando el frío del invierno era helador, todos los miembros de la familia,
salvo contadas excepciones, tomaban lo comúnmente conocido como la
parva en el desayuno (gracias a esa alta graduación entraban en calor con
mayor facilidad). Yo, desde que era una niña, he oído a mi abuela recetarlo
para todo. Para el dolor menstrual. Para las indigestiones. Para curar los
refriados junto con leche muy caliente. Para calmar los nervios… Todo muy
científicamente probado como imaginarás. Parece mentira que haya sido
hija y esposa de médicos.
También hay que tener en cuenta los dos platazos de marmita que se han
comido, que, sin duda, han sido una buena base para la posterior ingesta del
alcohol. Además, gracias a esa combinación de comida y bebida, se han
quedado traspuestos a la sombra un buen rato, hecho que su hígado habrá
agradecido, seguro. Verlos dormitar tan juntos me ha resultado muy tierno.
Por cierto, la marmita estaba buenísima, así que mis respetos para el
cocinero, que se lo ha currado mucho. A los gatos también les ha
encantado, solo hay que ver lo limpísimos que han dejado los platos de las
sobras. Parece ser que, desde que esta casa también está habitada, se
alimentan en las dos, de ahí que el tamaño del negro y blanco esté más
cerca ya de ser pantera.
Más tarde, cuando se han despertado, mi abuela ha tenido la brillante idea,
para no desperdiciar más cerezas, aparte de las que bajaremos mañana al
mercado, de meterlas con aguardiente, azúcar y canela en unos tarros y
regalárselas a las chicas. Después de un periodo de maceración de unos tres
meses, son perfectas para usar en repostería, aunque también hay gente que
se las come directamente. A Mila le ha reservado unos cuantos kilos
también para que haga su famosa mermelada.
Rodrigo se ha ofrecido a hacerme un montón de arreglillos más en la casa
si los acompañaba al mercado. Chantajista profesional es. Y sí, también me
ha hecho otras promesas más guarras para animarme a ir con ellos que no
debería reproducir. Aunque, después de la versión no limits que me ha
mostrado estos últimos días, en las que he empezado a disfrutar de una
faceta de él completamente desconocida, no sé con qué más podría
sorprenderme. No te voy a engañar, todavía me tiembla el cuerpo de la
magnitud del seísmo orgásmico de la última vez en mi cama.
—Telmómetro —sí, ahora sí que estamos en ese punto y no el día que lo
conocí—, ¿qué haces ahí subido?
Como lo vea su madre en esa escalera nos matará.
—Recoger estas últimas. Tú coge el cesto.
—¿Y tu tío?
—Tontodrigo está hablando por teléfono. Allí. —Me señala la otra punta
de la finca, donde están los perales y el níspero—. Le ha llamado su novia.
—¿Su novia?
—Sí, Cayetana. Aunque yo pensaba que ahora su novia eras tú. Ayer me
asomé a su ventana y os vi en tu habitación. Él te besaba y tú le tocabas la
espalda por debajo de la camiseta. ¿Se pueden tener dos novias? Qué rollo,
¿no? Eso tiene que dar cansancio.
—A ver, por poder… —No, no voy a meterme en este berenjenal, que
Telmo tiene ¿qué?, ¿nueve años? Ya tendrá tiempo de saber que, si todos los
implicados están de acuerdo, poder se puede. El caso es que yo no soy la
novia de Rodrigo y, por lo que él me ha contado, Cayetana ya tampoco.
Porque habrá sido sincero conmigo, ¿no? Siempre lo ha sido, no tengo por
qué dudar ahora. Veo cómo Rodrigo se da la vuelta, mostrándome su
espalda sin camiseta. Voy a intentar no relamerme, ¿vale? Coño, qué calor
más tonto y eso que el sol ya está cayendo. Apenas escucho lo que dice
desde aquí. Solo capto frases sueltas, aunque casi siempre repite la misma.
Lo sé. Lo sé. No se me ha olvidado. Lo sé.
—Baja de ahí y bebe un poco de agua —le pido al niño.
—Espera, que pillo esta última.
Telmo se estira y noto cómo la escalera se tambalea, menos mal que estoy
cerca y soy rápida de reflejos. La inmovilizo antes de que vuelque.
—Casi… —Le acerco el botijo, pero él me dice que se hace pis y se
marcha corriendo.
Justo cuando empieza su estampida, Rodrigo se gira, se guarda el móvil
en el pantalón y viene hacia mí.
—Te he traído agua —le anuncio.
—Gracias.
¿Y ese tono? Me ha sonado más a respuesta mecánica que a otra cosa.
—¿Estás bien?
—¿Y Telmo?
Evasivo. ¿Por qué no me responde? Lo que hace, además de ignorar mi
pregunta, es elevar el botijo por encima de su cabeza e inclinarlo sobre su
boca para beber. Y mis ojos aprovechan para recrearse en sus bíceps
sujetándolo, en ese pecho dorado, con la cantidad de vello justa, tan
apetecible, y en cada surco de su estómago, aunque mi cerebro esté dándole
vueltas a su mutismo.
—Se ha ido al baño —respondo y él me devuelve el botijo.
Sus ojos, más achinados que nunca, observan mi rostro. Los míos intentan
descifrar qué es lo que me quiere decir el suyo, pero, en este instante, me
resulta complicado. Rodrigo rehúye mi mirada. El silencio es raro, él se
agacha a coger otro cesto a medio llenar y yo me quedo plantada.
—Eh… será mejor que me vaya a ayudar a estos con los tarros. Cuando
termine me iré a casa. —Me doy la vuelta.
—Candela —me coge de la muñeca antes de que me aleje—, ¿no vas a
darme un beso?
¿Qué me estoy perdiendo?
—Dámelo tú.
Rodrigo deja escapar un suspiro y se acerca a mí. Lo primero que hace es
pegar nuestras frentes. Después, acaricia con la punta de su nariz la mía. Y,
por último, con algo de parsimonia, me da un beso en los labios, suave y
pausado, antes de exhalar de nuevo. Estaría bien que me contara lo que le
ocurre, pero igual que él siempre ha respetado mis tiempos, yo tendré que
respetar los suyos.
Los aplausos vienen de la ventana de arriba. Es Gloria, que está asomada
en la de su habitación, con los codos sobre el alfeizar.
—Qué bonito, Rodrigo. Qué bonito. Y mira que Telmo me había dicho
algo, pero no me lo terminaba de creer. No te cortes, hermanito. Total, como
luego eres tan bueno y cuidas tanto de todos…
—¿Qué tal si te vas un poco a la mierda, Gloria?
—No, gracias, aquí estoy bien. ¿Y tú? —Su hermana me mira a mí—.
¿No te cansas de interpretar el mismo papel siempre con él?
—¿Papel? —pregunto.
Cuando estoy con Rodrigo soy más real que nunca, así que, si lo ha dicho
para ofenderme, no va a conseguirlo.
—Sí, papel. Porque lo vuestro nunca termina de ser real.
—Gloria…
—Déjala —intervengo.
Si a estas alturas no lo entiende, no lo hará nunca. Además, conmigo
pincha en hueso, porque hace tiempo que solo yo tengo potestad para
validar mi comportamiento. Aun así, este era uno de los motivos por los que
me sentía más cómoda guardando las formas delante de los demás, para no
involucrarlos. El verano terminará, él se marchará a Madrid y yo me
quedaré aquí con mi abuela. Si lo que somos en este instante es solo
nuestro, mucho mejor.
—No, no la dejo. Está metiéndose donde nadie la llama.
—No pasa nada. Será mejor que me vaya.
Reanudo la marcha y oigo cómo Rodrigo le recrimina a su hermana su
actitud y ella a él su cinismo. Por segunda vez en el día, no voy a decirle lo
que pienso.
Aguanto media hora más allí, hasta que cerramos todos los tarros. Rodrigo
no aparece, Gloria tampoco, así que solo he sido testigo de la complicidad
que siguen teniendo Gracia y Lorenzo. De las anécdotas divertidas que
recuerdan. De las caricias tímidas que a veces se les escapan. Y del abrazo
rebosante de cariño que le da mi abuela para despedirse.
¿Soy yo? ¿O ha sido un domingo bastante raro?
Orujo y sol, Candela. Quizá no ha sido una buena combinación al final.
—Estás muy callada, niña. ¿Te ha pasado algo con Rodrigo? —me
pregunta mi abuela cuando entramos en casa como si tuviera un radar
especial.
—No. —Soy sincera, aunque solo a medias. En realidad, tampoco sé si
me ha pasado algo con él o no—. Nada en concreto, que yo sepa.
—Bueno, por la noche, cuando se cuele en tu habitación, ya lo
solucionaréis.
—Señora González de Ceballos, ¿se puede saber por qué usted tiene la
libertad para hablar de mi vida privada —le doy un tonillo especial— y yo
no puedo hablar de la suya?
—Hablar no hablas, pero buscar tesoros e inmiscuirte en mi pasado sí que
lo haces.
Me alegro de que empiece a tomarse con humor mi labor de investigación,
es como si ya la diera por hecho. Es lista y, después de lo poco sutil que he
sido con ella las últimas semanas, sabe de sobra que he encontrado algunas
pruebas de su no relación con Lorenzo, aunque sin duda faltan muchas
lagunas que rellenar.
—Además, yo peino canas, niña —insiste—. O, como suele decirse,
cuando seas padre, comerás huevos.
—Uy, ese refrán está algo desfasado, yaya. Deberíamos hacer la versión
femenina, ¿no crees?
—Déjate de liladas, Candelaria, que ya me has entendido.
—Por supuesto que lo he entendido. Pero quiero que tú también entiendas
que me encantaría conocer tu historia, la auténtica, narrada por ti a viva voz
y no a través de unas cuantas letras en unas páginas.
—Todavía no estoy preparada. Ten paciencia.
—La tendré. —Me inclino hacia ella y le doy un beso en la cabeza.
—Pero recuerda que la paciencia no consiste solo en esperar, sino en tener
buena actitud mientras se espera.
Será jodida mi yaya. No deja de darme lecciones, de vida y de las otras.
28. ALLANAMIENTO DE PISCINA
Rodrigo

—Espera —le digo a Candela para que no avance más.


—¿Este es tu plan? ¿Subir por aquí?
—Sí, así podemos apoyarnos en la tapia y en las crucetas de la verja.
Venga, pon un pie ahí y yo te ayudo.
—No lo veo. Sube tú primero. —Candela entrecierra los ojos a modo de
concentración y estudia la situación.
Niego con la cabeza y pongo el pie en la primera piedra que sobresale.
Escalo con cuidado y, aunque la última zancada es más grande, consigo
llegar al borde de la tapia.
—Venga, dame la mano. —Me cuelgo en una postura circense y estiro el
brazo para que Candela se agarre a mí.
—¿Me puedes volver a explicar por qué estamos haciendo esta estupidez?
—¿Quieres la respuesta corta o la larga?
La corta sería por pura adrenalina. La larga, porque llevo días con un caos
mental del copón y cualquier acción que se escape a mi continuo raciocinio
me parece la mejor manera de evadirme.
—Me da igual. Solo quiero entenderlo, porque me cuesta un poco, todo
hay que decirlo. Ya no tengo quince años, Tontodrigo, y mis rodillas
tampoco.
—Por favor, trepas a mi ventana la mayoría de los días.
—Y tú a la mía, pero tenemos la escalera como elemento auxiliar.
—¿Dónde está la fierecilla indomable de Candela? Aquella que se
apuntaba a un bombardeo y más cuando se trataba de pasarse las reglas por
el forro. No me puedo creer que estés preocupada por colarte en una
propiedad privada.
—¿Me ves preocupada?
—Pues déjate de charlas y venga. Pon el pie en ese saliente y prepárate
para el último esfuerzo.
—¿Se puede saber qué bicho te ha picado a ti? Y hablo en serio, Rodrigo,
llevas unos días raro.
Raro quizá no sea la palabra que mejor defina mi estado, aunque a ratos
me esté comportando así. Digamos que, desde el domingo, estoy espeso,
distraído y bastante descentrado. También estoy agotado de tener que lidiar
con todo por inercia, porque es mi obligación. Porque es lo que se
presupone que debo hacer. Y lo que más me duele es que nadie se para a
pensar en que yo también tengo mis límites.
No, no siempre puedo con todo. Cayetana y la fecha de los cojones
marcada a fuego en el calendario. Gloria y su prepotencia creyéndose un ser
superior. Mi padre y su manía de dar mi vida por sentada. Y mi madre, que
siempre toma partido por el mismo miembro de la familia, que
evidentemente no soy yo. No quiero preocuparme en exceso, pero he
empezado a notar que, cada día que pasa, me acerco un poco más al borde
del precipicio, ese del que había conseguido alejarme. No quiero retroceder
ni un milímetro, ni uno.
Y, en medio de ese devenir de pensamientos, cada vez soy más consciente
de que, por lo menos, tengo la suerte de contar con un lugar seguro, donde
respiro el aire con la cantidad de oxígeno necesaria. Ese cuerpo menudo y
liviano que me da calor y escalofríos en igual medida. Esos ojos que me ven
siempre que me miran. Esos dedos que siempre saben en qué punto de mi
espalda tienen que colocarse. Y esos labios que no solo sirven para
callarme. Sí, es Candela la dueña de tremendo espacio, y esto, lejos de
aligerar mi malestar, me acojona, por eso el miedo no termina de
evaporarse.
Así llevo varios días, replanteándome miles de incógnitas que han
convivido conmigo desde que sufrí aquella crisis y que, si tuviera lo que
hay que tener, y a punto de cumplir treinta y cinco, debería dejar de
esquivar y empezar a atajar. Sin embargo, queda comprobado que todavía
no estoy preparado para afrontar nada en este instante. Y menos hoy, que
empieza agosto y con él arranca la terrible cuenta atrás para volver a
Madrid.
Por eso, y aunque a Candela le suene raro viniendo de mí, he pensado que
lo mejor sería revivir aquel allanamiento de piscina que ella y yo, junto a
nuestros amigos, perpetramos aquella noche en esta misma casa, la de Sofi,
hace unos veinte años, porque ella fue la primera vecina del pueblo que se
animó a instalar una en su finca.
—Eso es, niña Candela. —Se sujeta a mi muñeca y yo tiro de ella para
que llegue hasta lo alto de la tapia. No es que estemos completamente a
oscuras, pero es la zona menos alumbrada de la calleja.
—Ay madre, no me estarás ocultando algo grave, ¿no?
—¿Grave?
—Sí, del tipo «me quedan dos meses de vida y quiero vivir al límite cada
segundo».
—Deja de divagar, por favor. Y que yo sepa no tengo nada tan malo como
para estar en las últimas. Mi médico de confianza me ha dicho que las
múltiples erecciones diarias que me provocas son un síntoma de buena
salud, así que…
—Eres muy lerdo.
Suelto todo el aire en una carcajada y ella me atiza un puñetazo suave.
—Pero te gusto.
Silencio, aunque la medio sonrisa que dibujan sus labios y el destello de
sus ojos azules al escucharme la delatan.
—Y yo a ti también. ¿Cuál es la novedad?
—La novedad es que, por fin, estamos los dos en el mismo punto. Esa es
la jodida novedad. —Me inclino y le doy un beso con sabor a peligro—.
Venga, no lo niegues, estás disfrutando de este momento igual que hace
veinte años. ¿A que sientes la adrenalina correr por tus venas? Ese
hormigueo, esos nervios…
—Estás fatal.
—No sabes cuánto necesitaba esto. —Vuelvo a besarla y esta vez me
deleito en sus labios un poco más. Sé que Candela está esperando a que le
cuente realmente qué es lo que me tiene así, pero, en este instante, prefiero
disfrutar de la noche y de ella—. La otra opción era bañarnos en el río de
noche con las culebras.
—Y con las ratas, que serán como nutrias. No, gracias. No sé, si querías
sentir el peligro, podríamos haber entrado a robar en algún granero, o haber
rondado por la huerta de Prudencio, que tengo entendido que desde hace
dos noches duerme al raso con el rifle en la mano, por si aparece el jabalí
ese que baja del monte y se acerca a sus tomates. Porque aquí ni adrenalina
ni nada. Lo único que siento es que me voy a clavar alguna barda en el culo.
¿Bajamos? ¿O piensas esperar a que pase alguna patrulla de la Guardia
Civil y nos pille aquí? ¿Tú estás seguro de esto?
—Segurísimo. Y mejor salto yo y luego tú, a ver si te vas a hacer daño.
No me da tiempo a terminar la frase porque ella ya se ha precipitado al
hormigón. Cuando se pone de pie y se recoloca el vestido, me saca la
lengua con orgullo.
Adoro esa mezcla de niña picona y adulta erizo. Sí, ya sé que no hay que
ser muy listo para darse cuenta de que abrazo y quiero todo lo suyo, hasta lo
que me saca de quicio, incluso lo que ella cree que la hace ser tan
imperfecta a mí me vuelve loco, para bien.
—¿De verdad que no hay nadie? —pregunta y camina hacia la parte de
atrás de la casa donde está la piscina—. Es muy raro que a 1 de agosto no
esté alquilada, ¿no crees?
Sofi, su dueña, también fue pionera en el pueblo cuando convirtió su casa
en una vivienda vacacional. Mientras nos aproximamos, las luces del jardín,
que tienen sensor de movimiento, se van encendiendo. Candela se saca las
zapatillas ayudándose de los pies y se quita el vestido en un acto de
valentía. La preciosa panorámica de su culo a contraluz me hace salivar.
—No hay nadie, confía en mí. Llegan mañana.
—Como Bruna y Mon —canturrea entusiasmada. Está deseando ver a sus
amigos.
—¿Y se quedan hasta el domingo?
—Sí.
—Las entradas aquí las hacen los viernes, tranquila. Me lo ha contado
Mauro. También me ha dicho que los ingleses que han estado esta semana
eran amigos de Gastón y se han ido hoy.
—Entonces todavía lo entiendo menos. ¿Dónde está el riesgo?
—Aparte de que andes por el pueblo sin bragas, que ya es una iniciativa
arriesgada, el peligro está en que Sofi suele venir la noche anterior a revisar
que todo esté en orden. Así que no tardará en aparecer con su Land Rover
destartalado, porque mucha pasta gana con el alquiler, pero es de la virgen
del puño cerrado. Y tendremos que salir huyendo. O darle una explicación
coherente a nuestra invasión.
—No estás hablando en serio.
—Completamente. Así que tendrá que ser uno rapidito. Un mete y saca
con el chapoteo como banda sonora mientras nos hacen coro los grillos.
—Solo hemos venido a bañarnos, que ya es bastante absurdo. No pienso
follar aquí, Rodrigo. ¿Esto no es un remake? Porque yo no veo a nuestros
amigos de risas tirándose en bomba, ¿no recuerdas que casi vaciamos la
piscina? Y, por si se te ha olvidado, te lo voy a refrescar, con quince años no
lo hicimos.
—Ni con diecisiete —siseo con sorna y me quito el pantalón y la
camiseta. Yo tampoco traía calzoncillos debajo, así no corremos el riesgo de
dejarnos pruebas—. Pero con treinta y cuatro sí que lo hacemos.
—Sí, nos ha costado empezar, eso es así, pero se nos está dando el tema
muy bien. Francamente bien.
—¿Cómo has dicho?
—No voy a repetirlo y, si me lo preguntas de nuevo, lo negaré todo —me
advierte con el dedo—. Pero es que me parece una tontería teniendo una
cama, una alfombra, un sofá…
—Un escritorio.
—¿Eso ha sido una pulla?
—No, Candela. Solo un recordatorio. Fuiste tú la que me lo pediste ayer
en la biblioteca. Solo cumplí tus ordenes, niña.
—Gracias, de corazón —sobreactúa—. Es que necesitaba renovar los
recuerdos por unos menos traumáticos, con menos público y eso.
—Cabrona. Mi cabrona. ¿Ves? Siempre has sabido divertirte, por eso no
me creo que ahora te estés aburguesando y necesites follar a resguardo.
—Ya ves, estaré madurando. —Candela baja con cuidado por la
escalerilla y protesta porque el agua está más fría de lo que esperaba—. Me
cago en todo lo que se menea, está helada. Esto es de locos. Me piro.
—Ni de coña. —Le impido subir por la escalera porque la estoy ocupando
yo. La estrecho entre mis brazos y juego con la trenza que cae por su
espalda con los dedos—. Ven, yo te doy calor. Calor y lo que quieras. Y, por
favor, sonríe un poco, que tienes la misma cara de estirada que el lunes
cuando todas las señoras solo me pedían cerezas a mí en el mercadillo.
—Porque yo era la que cobraba, imbécil. Y no tenía ninguna cara, solo la
mía. Lo que pasa es que las engatusas a todas. Da igual que vendas cerezas
o arsénico, te lo van a comprar igual. Pobres incautas. Todas menos yo.
—Menos tú, Dios te libre —mascullo antes de atrapar sus labios.
Las puntas de sus pezones se me incrustan en el pecho y nuestros sexos
buscan más fricción.
El broche de oro a este allanamiento sería un polvo acuático, pero, te lo
adelanto, no se lleva a cabo. El sonido de la apertura automática de la verja
de entrada, que, por cierto, necesita tres en uno, nos hace salir como dos
fugitivos de la piscina. Recogemos nuestra ropa y nuestro calzado y nos
agazapamos detrás de un seto con forma de cesta hasta que vemos a la
dueña meterse en el garaje. Momento que aprovechamos para largarnos de
allí medio en bolas.
La vuelta a casa es memorable.
29. SON MIS AMIGOS Y LOS QUIERO ASÍ
Candela

¿Que dudé de la capacidad de mis amigos de ser unos paisanos más aquí?
Sí. ¿Que llevan apenas tres horas en este lugar y ya se han quedado con
todo el pueblo? También. Y ahí incluyo a mi abuela, que, aunque no deja de
decir que son demasiado modernos para ella, no ha parado de reírse con
todas las anécdotas que nos han contado de su periplo por Asia. ¿Que son
mis amigos y los quiero así? Evidentemente.
—Y entonces, ¿estás segura de que Margarite y su mujer no tienen una
relación abierta?
—Bruna, ¿pero no me acabas de decir que Iniya, vuestra dulce guía en
Indonesia, se ha quedado con todo tu corazoncito y no dejas de pensar en
ella?
—Sí, pero justo por eso, mi ciela. Una cosa son los asuntos del corazón y
otra muy diferente son los deseos carnales, tan necesarios para aplacar
placeres primitivos.
—¿Tú eres consciente de lo rimbombante que ha sonado eso? —
contraataco.
—¿Y tú eres consciente de lo que esas dos rubias de piernas kilométricas
pueden hacer con una ibérica bajita como yo?
—¿He oído ibérico? Pues quiero. A mí el producto nacional me pierde.
Voy a pedir otra ronda, a ver si ahora nos pone de tapa un buen salchichón
—interviene Mon y a punto estoy de atragantarme con el trago de cerveza.
—Ibérico —apuntilla Bruna y se descojona.
—Destiláis necesidad, amigos —los vacilo.
—Mira esta qué maja —espeta Bruna sobreactuando—, como ya ha
abandonado la abstinencia sexual que se había autoimpuesto y ahora se tira
a su tierno amor de la infancia, se compadece de nosotros. Vamos, que le
damos lástima.
—No seas idiota —la riño.
—Tranquila, que la sequía regresará —apuntilla Mon—. Y más pronto
que tarde. En cuanto el triatleta se largue a los Madriles y la deje sola con
los gatitos. No tiene pinta esto de tener buen mercado invernal. —Echa un
vistazo al resto de clientes de La Serranita—. Aunque quizá tenga suerte y
pille un sugar daddy, mirad ese abuelete de ahí. Qué porte y menuda
pelambrera. De joven tuvo que darse un aire a Cary Grant.
—Aire el que te ha dado a ti —contraataca Bruna.
—¿Chuchón? La madre que te parió, Mon. Tú y tus parecidos razonables.
¿No habíamos quedado en que siempre ibas a usar las lentillas?
—Y las uso. Casi siempre. Moisés —lo llama por su nombre como si lo
conociera de toda la vida—, ponme tres más.
—Que sean cuatro.
Rodrigo hace acto de presencia por tercera vez en la última media hora y
se apunta a la ronda.
—Se te calentará —musito. A continuación, me doy un golpe en la frente
mentalmente.
¿Y ese tono, Candela? ¿Qué problema tienes?
Ninguno. Pero estoy algo tontorrona hoy. Ya sé que no deberían
importarme esas interrupciones, pero un poquito sí que lo hacen. Al menos
dos de ellas. La primera ha sido una llamada de Cayetana, nada más poner
un pie aquí, como si estuviera esperando a ser lo más inoportuna posible. La
segunda no tengo ni idea, aunque por cómo ha respondido él apostaría que
era de su padre. Y esta última, hace más de cinco minutos, ha sido de nuevo
su ex. Rodrigo ha salido bufando del bar mientras respondía de nuevo.
—¿Por? —me pregunta él descolocado. ¿Tan espeso está? Tarda en
reaccionar, pero al tercer segundo ya se le escapa una sonrisa. Lo ha pillado
—. Lo siento. Ya soy todo tuyo —murmura en mi oreja y posa la mano en
mi cadera. Antes de soltarme, me da un beso en los labios. Aquí. En el
epicentro del pueblo. En la cuna del noticiero.
—Claro que sí, Iron man, marcando territorio. Pero que no se te olvide
que ella este fin de semana es nuestra —afirma Mon—, así que deja que
corra un poco el aire.
Rodrigo levanta las manos en son de paz.
—O un mucho —añade Bruna—. Si no quieres jugártela, amigo. No sé,
tenía entendido que la conocías.
—¿Yo a Candela?
—Sí. O ha cambiado mucho en estas últimas semanas o es evidente que
no tienes ni idea de que ella aborrece las demostraciones de…
—Bruna —la corto.
El concepto que tienen ellos de mí en una relación no tiene nada que ver a
cómo me comporto cuando se trata de Rodrigo. Entiendo que estén
sorprendidos, pero entrar en este debate de quién me conoce mejor no tiene
ningún sentido.
—Yo también creía que la conocíais —apunta Rodrigo parafraseándola
con un tonito de superioridad que me deja descolocada. Luego, me agarra
otra vez por la cintura, sabedor de que su tacto siempre es bienvenido sobre
mi piel. Me giro para encontrarme con sus ojos vivos y expresivos.
—Es evidente que menos que tú —claudica Mon al verme entre sus
brazos—. Pero, vamos, que tampoco estamos aquí para competir. Tú,
además, nos sacas años de ventaja.
—Aunque hayas estado muchos de ellos desaparecido —apuntilla Bruna y
Rodrigo aguanta el golpe con una sonrisa sincera—. Imaginarás que
estamos al tanto de vuestro romance infantil y juvenil —le aclara—. Y de
ese ghosting mutuo que os hicisteis. —Ella sola se ríe por su intento de
broma—. Ahora, vamos a brindar.
—Sí, pero esta es la última cerveza, que tenemos que subir a cenar a casa
—les recuerdo.
—Por supuesto, le he prometido a la señora Gracia probar su revuelto de
bacalao —confirma Mon.
Cogemos los botellines de cerveza y los chocamos en el aire.
—Salud para todos —me adelanto antes de que mis amigos se pongan a
brindar por otras cosas y termine muerta de vergüenza. O queriendo coger
un cuchillo de detrás de la barra.
—Salud —repiten al unísono.
—Uy, ¿eso que suena es lo que creo? Sube esa fantasía, Moisés, hazme el
favor —le pide Mon.
Exprimir la vida, de Manolo García, suena en La Serranita a un volumen
más elevado que otras veces. A pesar de la amenaza de Mon, Rodrigo no se
separa de mí, es más, hace justo lo contrario, se pega a mi espalda y me
encaja entre sus piernas. Me canturrea parte del estribillo en el oído y
termina dejando un beso, de todo menos inocente, sobre el cuello.
Nuestros amigos, los de aquí, no parecen nada sorprendidos por esta otra
muestra de cariño, o lo que sea. Así que nos empiezan a vitorear, a decir
que ya era hora y a vacilarnos más de lo que hacían hace veinte años. O al
menos a intentarlo. Rodrigo directamente les hace una peineta y se pavonea
delante de ellos. Me da la vuelta, me pega a la barra, rodeándome con los
brazos, sin dejar de ensanchar su sonrisa.
—¿A qué viene esto? ¿Era necesario? —pregunto.
—¿Tú qué crees? Somos mayorcitos, Candela. Y estoy hasta las narices
de hacer siempre lo que el mundo quiere. Necesito encontrar mi propia paz
interior. Y dejar de esconderme es parte del proceso. Necesito ser yo de una
putísima vez. Además, ¿qué te preocupa? Ellos son nuestros amigos y nos
han visto miles de veces así, no se han vuelto tontos de repente, aunque se
quedaran al margen. Y ya sé que prefieres que nuestros abuelos no se
enteren, porque según tú así los proteges, pero siento contradecirte, ya lo
saben.
—Hasta ahí llego.
Sí, era reticente, lo sé. Pero ya se ha encargado mi abuela, cada dos por
tres, de soltarme frases a medio camino entre consejo y moraleja para
dejarme claro que sabe lo que nos traemos entre manos. Es bastante
gracioso que todos lo vean tan nítido excepto yo, que, desde que ha
comenzado agosto, no dejo de pensar en los días que le quedan al mes para
separarnos.
—Qué estampa más preciosa. —Elías acaba de entrar en el bar y, al
vernos aquí juntos y tan pegados, empieza a aplaudirnos. Nuestros amigos
lo saludan mientras se acerca—. ¿Tenéis un pañuelo? Es que estoy a punto
de llorar de la emoción.
—Eres muy imbécil —afirma Rodrigo y se gira para tenerlo de frente.
—Y tú, muy previsible —contraataca él—. El anillo ya lo tienes, ¿no?
—Cierra esa boca o te la cierro yo.
Desconecto un poco de ellos, porque esta dinámica me la conozco de
sobra.
—Vaya, vaya… —intercede Bruna mientras le hace un buen repaso al
recién llegado. ¿Desde cuando mi amiga está así de deseosa?—. Soy Bruna,
amiga de Candela. Encantada. —Se lanza a darle dos besos muy efusivos.
Mon y yo intercambiamos un cruce de miradas anonadados.
—Soy Elías, amigo de Candela —dice con un tono exagerado provocando
a Rodrigo—. Encantado igualmente.
—¿Tú también tienes en el pueblo un amor de la infancia por el que deba
preocuparme?
—Pero ¿qué clase de desajuste hormonal tiene esta folclórica? —masculla
Mon y me mira perplejo.
Sí, es todo muy raro. Hasta ahora tenía épocas en las que le interesan las
chicas y otras los chicos, pero nunca la había visto saltar de género en
género indistintamente y a esta velocidad.
—No, qué va. Lo cierto es que estuve a punto, pero el capullo de mi
primo de Madrid se adelantó y me quedé sin la chica —deja caer Elías en su
línea de vacile.
—Te voy a dar una hostia…
—Qué fuerte, mi ciela, menos mal que no compartimos pueblo. Menuda
acaparadora.
—No seas capulla.
—¿Queréis otra? —nos pregunta Elías.
—Sí —responde veloz Bruna.
—No —intervengo—. Tenemos que subir enseguida, vamos a cenar con
mi abuela y se nos hace tarde. ¿Quieres cenar con nosotros? —le pregunto a
Elías.
—No quiere —responde Rodrigo y su primo se empieza a partir de risa en
su cara.
Bruna y Mon solo contemplan la escena flipando.
—Sí quiero, primito. Pero si tú prefieres cenar con tu sobrino y tu
hermana, por mí no hay problema.
—Parad. Los dos. —Me meto en medio y los empujo para que se separen
—. Yo me voy para ir preparando todo, si queréis acabad esta y luego subís.
—Me sujeto del brazo de Mon y me despido de los demás antes de salir del
bar.
—Qué gusto este aire fresco, Cande —dice mi amigo—. Porque toda esa
testosterona y la medición de las pértigas estaban empezando a marearme.
¿Han sido siempre así?
—Desde que los conozco.
—Pues qué cansinos, chica.
—Esperadme. —Rodrigo en dos zancadas nos alcanza—. Prefiero subir
con vosotros y dejar a esos dos.
—Mientras tu meada no me salpique… —suelta mi amigo y yo miro a
Rodrigo para que sea consciente de la magnitud de su numerito. Él se limita
a guiñarme un ojo y a ponerme esa cara de no haber roto un plato nunca—.
Porque no tengo intención de soltarme de mi Cande.
—Ni yo.
—¿En serio? ¿Ahora vais a volver a empezar vosotros? —me quejo, no
sabía que hoy iba a ser agraciada con tantas atenciones—. Porque hay
Candela para todos, ¿queda claro?
Los dos asienten. Menos mal que los quiero así.
30. LABERINTO
Rodrigo

Me despierto cubierto de una pátina de sudor frío. Me llevo la mano al


pecho de forma involuntaria, como si tuviera que sujetarme la caja torácica
antes de levantarme o de lo contrario fuera a salírseme el corazón por la
boca. Me deshago de la pierna de Candela, que reposa encima de mi muslo,
y salgo con sigilo de la cama para no despertarla. Ella nota el vacío que
dejo en su colchón y yo, ante el peligro inminente que me acecha, que no es
otro que ella se despierte del todo y me acribille a preguntas que no puedo
responder, cojo mi móvil de la mesilla, la ropa que está sobre la alfombra y,
sin vestirme, me acerco a su lado para despedirme.
—¿Qué haces? —me pregunta somnolienta cuando siente mi aliento cerca
de la oreja. Me alivia que no haya abierto los párpados—. ¿Te vas ya?
—Sí. No te despiertes. Luego te veo.
—¿Qué hora es? —farfulla.
Miro el teléfono para comprobar la hora, pero mi mente se distrae al ver
que tengo tres wasaps de Cayetana. Anoche, antes de colarme por la
ventana de Candela para dormir con ella, puse el móvil en silencio, así que
no los había visto. No me hace falta leerlos para saber lo que me pide. Su
insistencia y sus súplicas han sido la tónica de estos últimos días. Más de lo
mismo. A pesar de que ayer estuvimos más de una hora hablando, o más
bien forzándonos a juntar palabras sin perder la coherencia, como si escupir
frases trilladas fuera a servirnos para conseguir abandonar este laberinto en
el que estamos atrapados hace meses.
Quiero salir. Quiero encontrar la maldita salida de una vez por y para
siempre. Porque lo que no existe no puede seguir alimentándose, al menos
no por mi parte.
Sé que le hice una promesa para este día. Y lo hice convencido, porque
imaginé que no me supondría ningún esfuerzo pasar una fecha tan señalada
con ella. Una vez más, me equivoqué. Erré. Quizá preso de la dicha
poscoital de aquel último polvo de despedida, que, a la vista está, no
cumplió su cometido. O quizá guiado por esa responsabilidad afectiva que
se presupone en estos casos. De cualquier modo, y en el punto y aparte que
nos encontramos en este instante, no tiene ni pies ni cabeza cumplirla.
Hay despedidas que deberían ser definitivas, con o sin ruido, pero
definitivas.
El problema es que ella sigue agarrándose a un clavo ardiendo y no quiere
aceptarlo. Me hace creer que sí, que controla la situación, que es consciente
de que se acabó y que lo tiene asimilado, pero siempre termina
enredándome en su tela de araña, ya sea bajo amenazas veladas o jugando
el papel de única víctima aquí. Y todos los intentos le salen mal, aun así,
ella nunca tiene suficiente.
Lo he meditado mucho. Lo he sobrepensado más bien. Y hasta me ha
dado tiempo a dejarlo reposar. Pero el ruido interior tiene un volumen
jodidamente alto, así que no he dejado de escucharlo. Y aquí estoy, a punto
de subirme en el coche y conducir más de cuatro horas para seguir siendo el
mismo gilipollas de siempre.
—Es muy pronto. No te muevas. —Le cubro la espalda y le doy un beso
suave en los labios que me sabe a muy poco. Me detengo un par de
segundos a admirarla y vuelvo a inclinarme—. Eres tú, Candela. Siempre
has sido tú —susurro de manera inaudible con la esperanza de que mis
palabras se hayan grabado en su subconsciente y que cuando se despierte no
sepa si son sueño o realidad.
Es ella. Una de las únicas certezas de mi vida a día de hoy. Siempre lo fue,
hasta cuando la distancia no solo nos lo ponía difícil, sino que nos
condenaba a ser imposibles. Candela. Ella.
Le doy un último beso y me marcho.
Cuando entro en mi casa, me voy a dar una ducha, a ver si cinco minutos
debajo del chorro de agua templada me regalan una pizca de lucidez. O de
valentía. Sopeso de nuevo mis posibilidades. Mido las agallas que tengo y
las que me faltan. Pienso en Cayetana, no de la manera que a ella le
gustaría. Pienso en mis padres, en sus expectativas, no en las mías. Y luego,
pienso en mí, aunque me haya colocado en último lugar como de
costumbre. Pienso en que estoy a punto de cumplir treinta y cinco. En que
desde que sufrí aquel ataque de ansiedad me he estado engañando a mí
mismo, haciéndome trampas al solitario. Y pienso en que, si solo tenemos
una vida, y al final solo importa la intensidad con la que vives cada
momento, debería empezar a dar el valor que merecen a mis instantes y
dejar de correr intentando alcanzar deseos ajenos. Y así, mientras me pongo
un pantalón corto y una camiseta blanca sin planchar, termino por
desenredar el nudo que hace horas me ha cerrado el estómago.
Cojo la llave del coche, el móvil, la cartera y un plátano para el camino.
Durante los cien primeros kilómetros estoy a punto de darme la vuelta dos
veces. La primera hasta hago el cambio de sentido. Sin embargo, me
recoloco en el asiento, me agarro con fuerza al volante, respiro con toda la
calma que puedo y tomo la siguiente salida para girar de nuevo y retomar el
rumbo.
En la segunda, paro en un área de servicio, activo el modo avión del móvil
y, cuando voy a pagar la gasolina, me acuerdo de que es su cumpleaños y
no debería presentarme con las manos vacías, así que compro un paquete de
Mentos, que le encantan, porque las gafas negras con cristales verde flúor,
que usas cuando vas a una rave, no terminan de encajar en sus sofisticados
gustos. Podría llevar también una botella de vino, pero no se habrá bebido
todas las que dejé en la vinoteca.
Durante el resto del trayecto, alterno ratos de escuchar la radio y otros de
apagarla a manotazos. Porque el ruido interior es amortiguador del silencio.
Y la banda sonora de mi vida solo me precipita hacia Candela; a sus púas, a
sus salidas de tono, a su corazón enorme e indomable, a su escudo, a
nuestro lugar seguro y a su melena entre mis dedos. Y a pesar del pánico
que me invade, de las incógnitas y de la sensación de seguir defraudando a
todo el mundo, sé que tendré que luchar por mi felicidad. ¿Cuándo? Pues
espero ser capaz de empezar cuanto antes, aunque ahora mismo me dirija
justo al punto contrario.
Pongo el intermitente y tomo la salida. Bajo los grados del climatizador
porque el calor al mediodía en esta ciudad es asfixiante. Menos mal que me
gusta conducir, porque la paliza de hoy va a ser tremenda. Se me pasa por la
cabeza, y ya es la tercera vez, frenar en seco y darme la vuelta, pero ahora
que ya estoy aquí carecería de sentido. Así que doy el intermitente a la
derecha de nuevo y enfilo la carretera rodeada de pinos hasta la garita del
vigilante para entrar en su urbanización, que hasta hace unos meses también
era la mía.
—¿Señor Martín? —se interesa Francisco cuando me detengo antes de la
barrera—. ¿Es usted?
—El mismo. Ya veo que este año te ha tocado agosto.
—Sí, pero no puedo quejarme, está todo más calmado y muy vacío.
Espere que registre la matrícula. Este carro no lo tenía controlado. Muy
bonito, por cierto.
Francisco hace su trabajo registrando mi entrada, me abre la barrera y me
desea un buen día.
—Buen día para ti también.
Llego hasta el chalé número once. Me encuentro con la verja metálica
abierta, así que meto el coche dentro de la parcela y lo dejo enfrente de la
puerta del garaje. Cuando salgo, me atiza un golpe de calor seco que me
dificulta la respiración.
¿Seguro que solo es el aire? Es el aire, es esta casa y es este día.
Me quito las gafas de sol y llamo al timbre de la puerta principal. Una vez.
Dos. Cuando voy a hacerlo una tercera, la puerta se abre, el golpe que
recibo en este instante es visual. Boom. Un azote en forma de imagen que se
abre paso en mi mente y a la vez en mi pecho.
¿Por qué se hace esto? ¿Por qué no quiere salir de este laberinto?
Ya me arrepiento de estar aquí.
—Rodrigo, por fin. —Cayetana se lanza a mi cuello y se pega a mí como
si fuera el imán de mi nevera—. Tenía tantas ganas de verte, cariño.
—Cayetana, yo… ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué sales a recibirme así?
31. ECHAR DE MENOS
Candela

—Te toca, niña. Hoy estás en las nubes —me riñe mi abuela.
Estoy ocupando el sitio de Piedad en la partida. O, mejor dicho, el de
Rodrigo, porque, cuando alguna de las chicas falla, él suele ser el suplente,
no yo. Sin embargo, como anda en paradero desconocido desde que se ha
ido esta mañana temprano de mi cama, me ha tocado ser la cuarta jugadora
hoy. Mercedes, Agripina y mi abuela son las otras tres.
—No. Estoy aquí. —Pongo el dos doble y jugueteo con la última ficha
que me falta por colocar.
—Sí, de cuerpo presente, pero no de espíritu —apunta Mercedes.
—¿Dónde se ha ido el pequeño de los Martín? —pregunta Agripina.
Si lo supiera, se lo diría. El caso es que no tengo ni idea de dónde está
Rodrigo. Y lo peor de todo es que estoy empezando a preocuparme. Ni su
hermana ni Telmo, que se han ido antes de comer con Ander para visitar el
Parque de la Naturaleza de Cabárceno, ni Elías, que ha subido hace una
hora a buscarlo, porque necesitaba hablar con él, saben dónde está. Como
bien imaginas, lo he llamado en repetidas ocasiones y le he mandado
mensajes, pero nada. No he conseguido comunicarme con él. Su móvil está
apagado o fuera de cobertura y eso me resulta más extraño todavía. Así que,
a medida que pasan las horas y sigue sin aparecer, los nervios van
alcanzando otros niveles.
Escucho el sonido de un motor acercarse. Desconecto de la partida por
enésima vez y eso que me vuelve a tocar. Miro por encima del hombro de
mi abuela a ver de quién se trata, aunque ahora que suena más cerca,
albergo pocas esperanzas de que sea él, porque la tanqueta que tiene por
coche, a pesar de las dimensiones, apenas hace ruido.
—Ahí lo tienes —comenta mi abuela que está de espaldas a la entrada.
—Es Mila, que ya viene a recogeros —mascullo y coloco la última ficha
sobre la mesa. Mi tercera victoria de la tarde y eso que estoy espesa.
—¿Qué tal? ¿Quién ha sido la afortunada hoy? —pregunta Mila cuando se
baja del coche.
—La niña —apunta mi abuela—, aunque preferiría que hubiéramos
ganado cualquiera de nosotras antes.
—Pero yaya… —me indigno.
—No te enfades, Candelita, si tu abuela lo dice por el dicho.
—¿Qué dicho? —me intereso.
—Tía, por favor —se queja Mila mientras la ayuda a levantarse de la silla.
—Afortunada en el juego, desafortunada en amores —canturrea Mercedes
y me mira.
Mi abuela asiente con la cabeza.
—Pero ¿qué os preocupa? —interviene Agripina—. Si ya son novios, que
el pasado día en La Serranita estuvieron muy acaramelados. Me lo han
contado a mí.
Mira que se lo advertí a Rodrigo.
—No seáis cotillas. —Mila otra vez a mi rescate.
—Lo que tenéis que hacer es dejar de ver Firdeis —las vacilo—. Que
luego os montáis películas. Además, decidme lo que queráis, pero yo que
nunca juego os he dado un buen repaso esta tarde.
—La suerte del principiante —replica Mercedes.
—Y eso que estaba distraída —rebato.
—¿Distraída ahora es sinónimo de enamorada? Porque entonces sí —
insiste mi abuela.
—Por favor, ¿queréis dejar a Candela en paz? —intercede Mila—.
Vosotras dos, al coche. Y tú —señala a mi abuela—, a cenar, que ya es tu
hora y luego descansas peor.
Entre protestas y risas, las despedimos y nos quedamos a solas.
Lo primero que hago al entrar en casa es preparar la cena de mi abuela.
Me intenta convencer para que cene algo con ella, pero no me apetece nada
en este momento.
Después, la ayudo a ponerse el camisón y la dejo sentada un rato en su
butaca mientras termino de recoger la cocina. Desde la ventana, veo el
portón abierto y vuelvo a coger el móvil para intentar localizar a Rodrigo.
Si no va a venir esta noche, es una tontería dejarlo abierto de par en par.
Llamo. Nada. No da tono. Pruebo con un mensaje.
Yo:
¿Vas a venir a dormir?
Así, sin rodeos.
Misma respuesta. Ninguna.
Aprovecho y leo dos mensajes de mi amiga que no había visto en toda la
tarde.
Bruna:
Mi ciela, Elías no deja de escribirme. ¿Te parece mal que
quede con él este miércoles? Me ha dicho que iba a venir a
Santander a ver a su abogado, que tiene que arreglar unos
asuntos.
¿Asuntos? Puede que fuera eso lo que necesitaba hablar con Rodrigo.
Aunque la mayor parte del tiempo sean como dos críos que no pueden dejar
de picarse, siguen siendo primos. Y me consta, además, que Elías no tiene
más familia en la que apoyarse.
Bruna:
Eo… Eo… Civilización llamando a pueblito perdido entre las
montañas. ¿Me recibe?
Vale. Todavía no sé cómo tomarme la extraña conexión que tuvieron Elías
y Bruna el fin de semana pasado cuando se conocieron aquí. Sí, se tiraron la
caña mutuamente y, para mi sorpresa, el tonteo no fue solo un tonteo, les
duró hasta que se despidieron el domingo. Pero es que… ¿Elías el viticultor
y la profesora de Filosofía? ¿La persona más urbanita que conozco con el
que adora perderse entre sus vides a ser posible solo? ¿Lo ves factible?
Porque a Mon y a mí nos parece que esa atracción es fruto de algún virus
que ha pillado durante el viaje nuestra amiga y del que no se ha deshecho.
No sé. Demasiado inconsistente. A ver, que tampoco es algo que deba
preocuparme. Si quiere quedar con él en la ciudad y darse una alegría para
el cuerpo, adelante. No necesita mi permiso.
Yo:
A mí no me tiene que parecer nada, flor silvestre. Si tú quieres
quedar con él, adelante. Sois mayorcitos.
Me guardo el móvil en el bolsillo del vaquero y me acerco al salón para
encontrarme a mi abuela con los párpados cerrados.
—Yaya. Yaya —susurro para no asustarla—, ¿no será mejor que te
acuestes ya?
—Sí, a ver si duermo mejor que anoche. ¿Y tú? —Se agarra de mi brazo y
caminamos despacio hasta su habitación—. ¿Vas a esperarle despierta?
—No, abuela. No voy a esperarle. Lo que pasa es que me preocupa que no
haya dado señales de vida todavía.
—Es raro sí.
—Un poco.
En realidad, es un mucho. Sobre todo, porque no me ha mandado ni un
triste mensaje en todo el día. Sin hablar de la intensidad de su despedida,
porque no, no estaba tan dormida como él creía, más bien estaba en un
estado plácido de duermevela, así que he escuchado con total nitidez sus
palabras. «Eres tú». Me ha dicho. «Siempre has sido tú». Y si el
subconsciente ha querido traicionarme haciéndome creer que era un sueño,
no lo ha conseguido.
—No le habrá pasado nada a Lorenzo, ¿verdad?
—No, yaya. Si le hubiera pasado algo a su abuelo, ya nos habríamos
enterado, ¿no crees? Aquí las noticias vuelan. Seguro que Mila, que ha
estado tomando un café esta tarde con su antiguo jefe, que también está en
la residencia, se habría enterado.
—Las campanas no han sonado.
Tocando a muerto, quiere decir. En el pueblo solo suenan antes de la misa
del domingo, el día de San Bartolo y para anunciar el fallecimiento de algún
vecino. Es un primo de Prudencio, que vive al lado de la iglesia, el
encargado de ir al campanario, porque el cura no reside aquí.
—No, no han sonado. Tú no te preocupes.
—Es inevitable. Tenemos una edad, niña, en la que cada hora es un
regalo.
—Por favor, no empieces… —me cabreo con ella, sabe que no me gusta
oírla hablar así de la cercanía de la muerte, aunque hable con conocimiento
de causa.
—No te enfurrusques, Candelaria, que ya sabes que no le tengo miedo.
Como dijo Machado, «no debemos temer a la muerte porque, mientras
somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos». Así que
no sufras por mí antes de tiempo, niña. El día que tenga que ser será. Y aquí
paz y después gloria.
—Muy poético todo, yaya, pero prefiero cambiar de tema.
Le quito las zapatillas y le subo las piernas para que se tumbe. Cuando le
estoy acomodando la almohada debajo de la cabeza, lleva la mano con un
movimiento lento y frágil a mi mejilla.
—Estás así porque lo echas de menos. Y no es una pregunta.
—Yaya…
—Y quiero que sepas que está bien, niña. No hay nada de malo en dejar
entrar a alguien ahí. —Abandona mi mejilla y me toca el pecho—. No eres
más débil por ello.
—No es eso. Por primera vez en la vida lo que menos me asusta es ser
vulnerable. Me da miedo que nos quememos en nuestras propias llamas y
perdamos lo más grande que tenemos, que es nuestra amistad. Quedan solo
unas semanas de agosto, Rodrigo volverá a su vida y yo me voy a quedar
aquí contigo, los dos sabemos lo que nos toca.
—Estás empeñada en quedarte aquí conmigo, pero no es tu obligación.
Tienes que vivir tu vida, Candela.
—Y mi vida ahora está a tu lado. Es mi decisión, abuela, no mi
obligación.
—Está bien, pero no dictes sentencia tan pronto. Por suerte, vosotros
todavía tenéis muchas oportunidades.
—¿Y vosotros?
—¿Lorenzo y yo? Nosotros no tuvimos ni media oportunidad, solo fuimos
un sueño. Y en aquella época no estaba permitido soñar.
—Yaya… —Me inclino y le doy un beso en la cabeza.
—Apágame la luz y vete a descansar, que tú también lo necesitas.
Me aseguro de que está encendido el vigilabebés y me despido.
Antes de subirme a mi habitación, apago las luces que han quedado
encendidas en la planta baja y salgo a la corralada para comprobar que mi
coche está cerrado. Dudo unos segundos si cerrar el portón o no. Al final,
me decanto por dejarlo abierto, por…
Por si acaso regresa, sí. Es una obviedad.
Compruebo que hay una copia de la llave de casa donde siempre, aunque
él la mayoría de las noches siga prefiriendo la ventana.
Subo las escaleras despacio, como si inconscientemente mi cuerpo
estuviera ralentizando sus movimientos para esperarlo despierta. Primero
paso por el baño. Me suelto el pelo y me paso el cepillo con más deleite que
nunca. Me lavo los dientes. Y me desnudo para ponerme la camiseta
piojosa que está colgada en la percha detrás de la puerta.
Cuando entro en mi habitación, vuelvo a revisar el móvil antes de soltarlo
sobre la mesita. Nada. Ningún mensaje. Ni de él ni de Bruna. Mis pies se
topan con las cajas con las pertenencias de mi madre, que siguen al lado del
armario, esperando a que sea capaz de ponerme con ellas. Sé que han
pasado bastantes días desde que las tengo en mi poder, sin embargo, hasta
esta mañana no he sido capaz de abrirlas. Abrirlas en sentido literal, no
vaciarlas, porque solo me he atrevido a quitarles el precinto.
Todavía no me veo con fuerzas para adentrarme en ese mar de recuerdos,
porque no sé si sabré nadar y salir indemne de él. Una solapa de la caja está
levantada, de refilón, veo parte de la portada de una revista, intuyo que será
la que protagonizó mi madre para Vogue Francia con solo diecinueve años.
Ahora comprendo mejor las palabras de mi abuela y cómo encara su recta
final después de haber tenido una vida larga y plena. No es lo mismo verlo
desde su perspectiva que afrontar el fin sin haber quemado todas las etapas.
Nadie debería morir joven, tendría que estar prohibido por ley.
Antes de meterme en la cama echo un último vistazo por la ventana en
dirección a la suya, pero solo entra un pequeño haz de luz del farol. ¿Dónde
se habrá metido? Echo la colcha hacia atrás y el olor de Rodrigo,
impregnado en las sábanas aún, me azota las fosas nasales, así que me
tumbo, me hago un ovillo, dándole la espalda a la ventana, y cierro los ojos,
aunque conciliar el sueño sea tarea imposible.
No tardo mucho en oír la puerta de un coche. Supongo que serán Gloria y
Telmo, que acaban de regresar, aunque no oigo sus voces. Al cabo de unos
segundos, escucho el ruido característico del portón al cerrarse. Tiene que
ser él.
Respiro aliviada porque está de vuelta. Sin embargo, algo dentro de mí me
impide levantarme de la cama e ir a buscarlo. Es como si mi cerebro
hubiera decidido que es mejor dejar las cosas así. Me lo tomo como un
simulacro de lo que ocurrirá dentro de unos días. Rodrigo se irá y yo me
quedaré en estas montañas. Y sí, quizá volvamos a vernos el verano que
viene, o no. Quizá lo hagamos dentro de dos o tres, quién sabe.
Cinco minutos más tarde, intuyo su sombra colarse por la ventana. Su
respiración profunda se abre paso por mis tímpanos a la vez que el sonido
ligero de sus pies descalzos sobre el suelo. No me giro. No me muevo.
Siento frío cuando echa hacia atrás la colcha. Y, al segundo, un calor
sofocante cuando se tumba y se aferra a mi cuerpo.
—Candela… —me llama. Y mi nombre en sus labios ha sonado como un
quejido—. Yo…
Voz grave y quebrada. No ha sido un buen día. Para ninguno de los dos. Y
eso me acojona. Me doy la vuelta y nos miramos de frente.
Podría acribillarlo a preguntas. Someterlo a un tercer grado por haber
desaparecido. O, mejor dicho, por haber desaparecido de esta forma tan
rara, además, sin dar señales de vida en todo el día. Podría recriminarle que
su comportamiento ha estado fuera de lugar, porque nuestras despedidas ya
no son así. Sin embargo, lo único que hago es llevar las manos a su nuca y
acariciarle mientras observo, bajo esta capa de penumbra, su agotamiento.
Párpados caídos, labios secos y los ojos faltos de brillo.
—¿Estás bien? —pregunto a dos centímetros de su boca.
—Ahora sí. ¿Eso es todo lo que te preocupa? —Otra vez un hilo de voz.
—Ahora sí —le parafraseo y trata de devolverme una sonrisa—. Si lo que
quieres es que me trague este numerito de escapismo y que haga como que
ha sido un sueño, olvidándome de que han pasado casi veinticuatro horas
desde que te has ido esta mañana, tendrás que desnudarte para volver a la
misma escena, porque no llevabas ese pijama puesto.
Rodrigo acata mi seudoorden y se quita las prendas que le cubren,
también aprovecha y me quita la camiseta a mí.
—¿Mejor así?
—Mucho mejor.
—Candela, yo…, esto tiene una explicación. Hoy tenía que irme. Yo…
—Shhh —lo silencio poniéndole el índice sobre la boca—. No necesito
que me lo cuentes ahora. No te lo he preguntado. —Sustituyo el dedo por
mis labios y atrapo los suyos, todavía sabe a pasta de dientes—. Solo
necesitaba saber que estabas bien. Te he echado de menos. Mucho. Y ahora
ya estás aquí. Es lo único que me interesa.
Eso y sentirte en cada gramo de mi cuerpo.
32. INSUFICIENTE
Rodrigo

—Tienes que probar esto —acerco un trozo de empanada a la boca de


Candela—, está increíble.
—¿De qué es?
—De bacalao. La ha hecho la mujer de Mauro, que es gallega.
—¿Astrid es gallega?
—Sí. ¿No le has notado el acento?
—Qué va. ¿Tú sí? —Asiento y ella me mira escéptica—. Pero si habla
como si fuera una institutriz inglesa criada en el mejor internado del mundo.
Me descojono porque no ha pillado mi ironía y eso es raro en ella. Cuando
me ve reírme, me mete un codazo.
—Eres muy lerdo.
—Sí, pero de verdad que es gallega, te lo prometo. Criada en dos
internados, no en uno. Londres y Suiza.
—Me alegro por ella y por su buen hacer en la cocina, que dudo que se lo
enseñaran allí. Mmm… —Candela se limpia los restos que le han quedado
en la comisura de la boca con la punta de la lengua y me quita de la mano el
otro pedazo que tenía para mí.
—Avariciosa.
—Solo de lo que me gusta mucho —susurra junto a mi cuello y a mí se
me contraen hasta los dedos de los pies.
—Avariciosa e insaciable —replico. Candela asiente orgullosa y, con la
misma, se va hacia el sofá para estar con Margarite.
Me resulta rara hasta esta mínima distancia, porque esta semana apenas
nos hemos separado. Es como si los dos supiéramos que el final del verano
está acechándonos y quisiéramos exprimir cada día al máximo, por eso
hemos aprovechado cada minuto.
El otro día hicimos una ruta fácil por los Picos, que nos llevó más tiempo
del estipulado, pero nos permitió disfrutar de unas vistas únicas desde una
zona que no habíamos visitado nunca. El martes, pudimos bajar a cenar
solos, como una pareja cualquiera, incluso nos tomamos una copa después
en un pub atestado de turistas. Telmo llevaba días emperrado en subir en el
teleférico hasta Fuente Dé, así que fuimos con él el miércoles. Por supuesto,
los tres nos asomamos a ese mirador vertiginoso, para estupor y cabreo de
Gloria, que se mosqueó cuando le enseñamos la fotografía que lo
confirmaba. También nos animamos a llevar a su abuela y a mi abuelo a
visitar la bodega de Elías. Nos gustó mucho ver lo entusiasmados que
estaban por compartir un rato diferente, lejos de sus rutinas. Su complicidad
cada vez es más latente, aunque supongo que solo lo es para nosotros, que
somos los únicos que sabemos lo que se guardan. Y ayer volvimos a
escaparnos con la ayuda de Mila para ver la puesta de sol frente al
Cantábrico, aunque, al ser agosto, nos costó encontrar un rincón tranquilo.
Durante todo este tiempo que hemos compartido, hemos hablado de
muchos temas. Sin embargo, hay dos en concreto que no hemos tocado. El
primero, por qué me fui y lo que hice aquel día. Y el segundo, qué sucederá
con nosotros cuando termine el verano.
Cuando regresé de mi viaje exprés a Madrid, pensé que Candela estaría
enfadada conmigo. En cuanto desactivé el modo avión de mi teléfono y vi
todas sus llamadas y sus mensajes, me arrepentí de haberme ido así y
haberla preocupado tanto. En mi defensa diré que, si lo hice, fue porque
estaba convencido de que, si hubiera hablado con ella a lo largo del día, me
habría venido completamente abajo.
He intentado no pensar en Cayetana demasiado, ni en el error que cometí
al presentarme allí. Porque, visto ahora, con perspectiva, me doy cuenta de
que tenía que haber roto mi promesa y punto. En el mismo instante en que
me abrió la puerta vestida así, supe que su numerito de bienvenida no
acabaría ahí. Y no me equivoqué. Primero llegó una euforia desmedida.
Después la melancolía. Más tarde el bajón y los llantos. Y luego, las
súplicas, que dieron paso a las amenazas, altas y claras. Supongo que la
niña de papá que yo no siempre fui capaz de ver seguía estando muy
presente en ella. Familia. Honor. Futuro. Estabilidad. No se guardó nada.
No voy a mentir, estoy algo preocupado por ella, necesita ayuda y no tiene
intención de pedirla. También lo estoy por mi padre y por su socio, porque
Cayetana no tardará en manipularlos para salirse con la suya. Sé que estarán
a punto de convocarme con urgencia a una reunión y, definitivamente, creo
que ahora sí que estoy preparado y que además tengo muy claros mis
argumentos.
Estos meses aquí me han servido para relativizar todo lo que ocurre en mi
vida y darle prioridad solo a lo verdaderamente importante. He conseguido
bajar el ritmo y, con él, la cantidad de autoexigencia que me impongo. He
logrado controlar mi ansiedad, en gran medida porque ahora sé que puedo
liberarme de cargas impuestas por otros. No, no abarco todo. Soy humano y
no llego a todo. Y no, no me siento menos bueno por ello, ni peor persona.
Dejo de pensar en lo que no es hoy y busco a Candela, que ahora tiene en
brazos al bebé de Margarite. Nuestras miradas se cruzan durante, no sé,
¿dos décimas de segundo? Suficientes para que ambos apartemos la mirada
del otro con rapidez. Sí, lo de disimular no se nos da del todo bien. Ha
tenido que pensar lo mismo que yo. Porque, a ver, la imagen de mi medio
francesita con ese bebé en brazos es lo menos anticonceptivo que veré hoy.
Es viernes y estamos de fiesta en la cochera de doña Remigia para
despedirnos de nuestro amigo, que se irá el domingo a Londres con su
familia. En realidad, todo esto ya es propiedad de Mauro, después de que
consiguiera comprar las demás partes al resto de herederos hace unos días.
Aun así, nos costará algún tiempo cambiarle el nombre que ya tenemos tan
interiorizado a este sitio.
No está igual que cuando nos reuníamos aquí, pero sí que hay algunos
objetos que no han desaparecido, lo que nos lleva a inundarnos de nostalgia.
Como la cadena de música y los dos altavoces, por donde ahora mismo
suena Qué alegría más tonta, de Pereza. O la bola plateada de discoteca que
Gastón trajo un verano y colgamos del techo. Las paredes ya no tienen
pósteres ni aquel cartel de San Miguel que tomamos prestado de La
Serranita una noche, pero en su detrimento Mauro ha colgado un corcho
con decenas de fotografías de cuando éramos mucho más jóvenes. Es
increíble que las haya conservado. Mauro, Elías y yo tirándonos en la poza.
Todos sentados en el puente con los pies hacia fuera. Gastón y Margarite
disfrazados de curas en aquel concurso de disfraces que nos inventamos.
Candela subida en los hombros de Elías. Todos sentados en aquel sofá
cochambroso, en este mismo lugar, imitando la mítica cabecera de
Friends…
—¿Has pensado lo que te dije? —me pregunta mi primo.
Si por pensar se refiere a darle algunas vueltas, hacer una hoja Excel con
una previsión de ingresos y gastos de aquí a los próximos tres años, una
lista con todas las cláusulas que no admiten negociación y replantearme
toda mi vida, quizá la respuesta sea sí. Pero… ¿Elías y yo juntos en el
mismo barco? Si llevamos toda la vida tirándonos los trastos a la cabeza. Y
su carácter y el mío…
Me ha pillado tan desprevenido su propuesta que he sido incapaz de
verbalizarla y no la he compartido con nadie, ni con Candela. De momento,
estoy tan impactado y sorprendido que tengo que procesarla primero.
—Calma —le pido—. No es tan sencillo, Elías.
—Lo sé, pero recuerda que me gustaría hacerlo antes del último trimestre.
Necesito resolver esto rápido y Ander no quiere dilatarlo más. Tiene
decidido empezar otro proyecto en Madrid y quiere desvincularse de mí y
de la bodega.
—¿Y mi hermana tendrá algo que ver en ese cambio de rumbo?
—No lo sé, Rodrigo. Es un buen tío, hemos sido socios varios años y la
relación ha sido fluida, pero nunca me ha hablado de su vida privada, lo
nuestro solo han sido negocios. Aunque, si te interesa mi opinión, se les ve
bien juntos.
—Eso parece.
—Abran paso —Mauro se abre hueco entre los dos y coge una chincheta
—, que también encontré esto y se me había olvidado en mi habitación. —
Clava una servilleta de papel pintarrajeada en el corcho.
—No me jodas, ¿tenías eso guardado? —Elías se apoya en mi hombro y
se acerca a mirar lo que pone en el papel.
Es una maldita porra que hicieron nuestro amigo y él. Año 2004. Parejas
dentro de veinte años. No hace falta que te diga todos los nombres,
¿verdad?
Ahí están, aun con la tinta medio corrida pueden leerse los nuestros.
Candela y Rodrigo.
—¿Te acuerdas de aquella tarde, primo?
—Imposible olvidarla.
Las chicas querían ver una película romántica, si no recuerdo mal era
Cómo perder a un chico en 10 días, y nosotros pasábamos, así que ellas se
fueron a la casa de los belgas a verla. Mauro, Elías, Gastón y yo nos
quedamos aquí jugando a la pocha y bebiendo orujo, que actuó como suero
de la verdad, al menos en mi caso. A Mauro le dio por preguntar cómo nos
imaginábamos dentro de veinte años y dónde. Fue Elías el que metió una
pregunta más interesándose por con quién nos veíamos. Ahí es cuando lo
elevó a apuesta, por eso anotaron sus predicciones en ese trozo de papel.
Gastón, por aquella época, estaba colado por Muriel, aunque era un secreto
a voces no se atrevía a nada porque ella era la más pequeña del grupo, así
que nos habló de vivir en Menorca, siendo pintor (no anduvo muy
desencaminado) y de su profesora de español, que estaba como una tortilla
de patata, palabras textuales, y que, por supuesto, era la protagonista de
todas sus pajas.
Yo tendría que haberme ido con las chicas, porque lo que quería era pasar
todo el tiempo posible con Candela (mira, igual que ahora). Pero me quedé
con ellos y entré en su juego. Les confesé que no tenía predilección por
ningún lugar del mundo, sin embargo, me ofendía mucho que no supieran
con quién me imaginaba dentro de tantos años. Sí, fue un suicidio.
Después de los abucheos, las coñas y las divagaciones sobre sus vidas
futuras, donde mi primo y Mauro se veían solos y libres, rodeados de
mujeres sin ningún compromiso y en países exóticos (los dos tenían ganas
de explorar y descubrir), y aunque Elías lo haya hecho a menor escala que
Mauro, los dos se han acercado bastante a aquellos sueños, excepto por la
familia numerosa de nuestro amigo, ambos escribieron los nombres de las
posibles parejas para dejar constancia. Elías plantó su nombre al lado del de
Candela, solo para joderme, como era habitual. Mauro, en cambio, colocó
el mío.
La sonrisilla de imbécil que pongo al leerlo roza el ridículo.
—He tenido que esperar veinte años para ganar —comenta con sorna
Mauro—, sin embargo, me alegro la hostia de haberlo conseguido. Elías,
me debes una botella de orujo.
—¿Estás seguro? Ya no recuerdo lo que nos apostamos, amigo. —Mi
primo se hace el loco.
—Esperad un segundo —los interrumpo—, ¿quién dice que esa
predicción se ha cumplido?
—¿Qué predicción? —pregunta Candela acercándose a nosotros al ver el
corrillo que hemos montado delante del corcho.
Me aparta con la mano y se pega para leer la servilleta.
—Muriel y Gastón —chilla para que la oigan los susodichos—. ¿Qué me
he perdido?
—Solo fueron sueños —sisea el belga y ella le sonríe con timidez, como
si hubieran retrocedido dos décadas.
—No desvíes la atención, Candelita, que lo importante es esto. —Mauro
señala la fila donde pone su nombre y el mío.
—¿Quién dice que esa predicción se ha cumplido? —pregunta ella con
fingida inocencia.
—Qué pena, si hasta utilizan las mismas frases —replica Elías—. Si no
estáis juntos, deberías dejárnoslo claro, porque, si me pongo tiquismiquis
con lo de la apuesta, lo vuestro es solo un amor de verano, que está a punto
de terminarse, e igual así me ahorro una botella de orujo, que no están los
tiempos como para tirarlas.
—Tacaño —masculla Gastón que acaba de unirse a nosotros.
—A ver, no es por darle la razón a Elías, pero ya tenéis una edad —
argumenta Mauro—. ¿Qué? Entonces, ¿he ganado la porra o no?
Candela me mira con los ojos casi cristalinos. A veces, las miradas llegan
más lejos que las palabras, en especial las nuestras, que han sido las
protagonistas de nuestras conversaciones desde que nos conocimos. Mis
ojos ahora no pueden apartarse de sus iris.
Sí, estamos juntos. Pero esa afirmación solo nos sirve para hoy.
—Hoy sí, si con eso os vale —sentencia ella y se cuelga de mí para darme
un beso demandante delante de nuestros amigos.
A ellos no sé si les valdrá, pero para mí este presente empieza a ser
insuficiente. Quiero más. Mucho más. Y para esto no necesito hacer
ninguna hoja de cálculo.
33. SAN BARTOLO
Candela

Telmo me abraza de nuevo, esta vez ejerciendo más presión con sus
minibrazos sobre mis caderas. El enano y yo nos hemos cogido cariño.
Quién nos lo iba a decir después del mal pie con el que empezamos.
—Adiós, Candelaria. —Me intenta guiñar un ojo, aunque la técnica no la
tiene dominada todavía.
Las horas que ha pasado con mi abuela, de la que se ha despedido hace un
rato, antes de que viniera Mila a recogerla, le han servido para terminar de
soltarse. Gracia y él han creado un bonito vínculo, casi como el que tiene
con su bisabuelo, al que adora. Mila le enseñó a jugar al cinquillo y mi
abuela, a la brisca y a los ceros. También se ha encargado de que aprenda
algunas palabras cántabras que ha añadido a su diccionario, como pindio,
que hace referencia a algo muy empinado, o a cuchus, que significa llevar a
hombros. Telmo a ella le ha mostrado cómo buscar cosas en Google con la
tableta, cómo hacer operaciones matemáticas con la calculadora del móvil y
cómo se pueden poner emoticonos a las fotografías, un claro quid pro quo.
En general, el niño no solo se ha soltado con nosotras, sino que se ha
abierto un poco con todas las personas con las que ha compartido
momentos estos meses, así que se vuelve a su casa con un centímetro más
de estatura y unos gramos menos de timidez.
—Adiós, Telmómetro. —Le revuelvo el pelo, que su madre se empeña en
acaldar cada dos segundos detrás de sus orejas—. Hasta el próximo verano.
—Igual vienes a verme algún día a Madrid.
—¿A Madrid? Lo veo complicado. Ya sabes que tengo que quedarme con
Gracia.
—Pero, si ahora eres la novia de mi tío, tendrás que estar con él. ¿Cómo
vais a besaros todo el rato si no estáis en la misma ciudad?
Buena pregunta. Aunque con matices. ¿Novia de su tío? Demasiada
etiqueta. Pero he de reconocer que sí que ha espabilado este crío.
—Vamos, Telmo, deja de hablar y sube, que se nos hace tarde. —Se
impacienta su padre que está apoyado fuera de su coche.
Me consta que Gloria ha hecho todo lo posible para que su ex recogiera al
niño el domingo y no hoy, y así dejarle disfrutar de la fiesta del pueblo
antes de dar por finalizado el verano. Porque, aunque ya no se celebre como
hace años, la población haya envejecido y no existan vecinos jóvenes que
quieran coger el mando y organizarlas (las instituciones tampoco tienen
demasiado interés), sí que se intenta mantener la tradición de ir a misa,
sacar a pasear a San Bartolo hasta el otro lado del puente, para airearlo, y
después, tomar un aperitivo largo todos juntos, con la comida que cada uno
aporta, de modo que se pueda seguir manteniendo el ambiente festivo en un
día tan señalado. Sin embargo, su padre, que en otras ocasiones ha
cambiado a su antojo las fechas estipuladas para estar con el niño, en esta
ocasión se ha cerrado en banda y no ha aceptado el cambio.
Si en la escena echas en falta a Rodrigo o a Gloria es porque están
discutiendo de manera bastante descontrolada en la cocina de su casa. Sus
voces y sus reproches se oyen desde aquí. Me ha recordado a su
adolescencia, cuando se tiraban los trastos a la cabeza, lanzándose toda
clase de pullas acumuladas durante el año, como si llevaran un registro de
sus cagadas y las expulsaran aquí. En aquel momento, hasta me daban
envidia, sí, el síndrome de hija única a veces tiene adheridas esas taritas,
porque yo no tenía hermanos con los que engancharme en una discusión tan
acalorada y febril. Ahora, en cambio, lo que me están dando es algo de
vergüenza ajena, porque son adultos y Telmo está siendo testigo de su
enfrentamiento. Empresa. Trabajo. Madrid. Familia. Egoísta. El mismo
runrún que carcome a Rodrigo un día sí y otro también.
—Espera, papá, voy a decirle a mamá que ya me voy.
El padre resopla y el niño se da la vuelta, aunque no avanza ni dos pasos
porque su tío y su madre ya vienen hacia aquí.
—Perdónanos, nano. —Rodrigo se agacha y lo coge en brazos para
abrazarlo.
—No os enfadéis —interpela el niño—, que, además, esta mañana cuando
me he levantado, me he tumbado debajo del cerezo que vino de Japón y este
año la felicidad es para los Martín.
Todos reímos, por fin, excepto su padre, claro, porque le suena a chino lo
que acaba de decir su hijo.
Me despido de todos y entro en casa.
He dejado la tarta de manzana en el horno para salir a decirle adiós y no
quiero que se me queme. Compruebo cómo va sin abrir la puerta. Un par de
minutos más y estará lista. Me gustaría poder llevarla a la zona que han
habilitado para el aperitivo antes de que salgan de misa, además, Rodrigo se
ha comprometido a ayudar a sacar al santo con Moisés, Julián y Elías.
Tenemos preparada una sorpresa para nuestros abuelos, por eso he sacado
a mi abuela de casa tan temprano hoy, para que no nos pillara. Les
dejaremos que disfruten del aperitivo con sus paisanos y después los
subiremos para que puedan estar un rato a solas aquí.
Rodrigo se acerca con sigilo y se pega a mi espalda. Deja caer su peso
contra mi cuerpo y me abraza.
—Tengo la impresión de que él también nos va a echar de menos. Aunque
os podíais haber reprimido un poco hasta que se fuera —le riño.
—Es que mi padre ha llamado a mi hermana para quejarse de mí, ella ha
puesto el altavoz para que fuera consciente de lo que supone mi actitud y,
cuando ha colgado, no he podido reprimirme. La misma película de
siempre. Tienes razón, pero no he podido quedarme callado.
—¿Estás bien?
—Ahora sí. Además, tengo algo que contarte. Estaba esperando a poder
hablar con mi padre a solas y en persona, pero eso no sé cuándo ocurrirá.
Elías me ha hecho una proposición de negocio, llevo varias semanas
sopesándolo y…
—¿Elías te ha contado detalles de su cita con Bruna? —lo interrumpo,
porque, como él ya sabe, no me atraen especialmente los números—.
Porque ella no ha querido profundizar y eso es raro. A mí me lo cuenta
todo.
—¿Cita? Tienes que dejar de ver Firdeis, Candela. Elías solo se tomó una
caña con tu amiga, que yo sepa, ni tan siquiera cenaron juntos, creo. No es
que mi primo me tenga al día de su vida sentimental, pero es que me llamó
mientras regresaba ese día y no eran ni las diez de la noche.
Miro el reloj y me doy cuenta de que es tarde y no podemos entretenernos
más.
—Será que no pasó nada. Lo siento, te he cortado, me estabas hablando de
lo de Elías y…
—No te preocupes. Ya te lo contaré luego, con más calma. —Me aparta la
melena hacia un lado y aspira el olor de mi nuca. Siento la calidez de sus
labios y su respiración profunda—. Hostias, hoy hueles… —hace una pausa
para acariciarme el cuello con la nariz como si hubiera perdido el hilo de la
conversación— tortuosamente bien. Lavanda, camomila y ¿manzana?
—Es la tarta, que está en el horno.
—Eres tú —me sujeta de los costados y me da la vuelta—, que estás en
todas mis partes. —Me coge la mano y me besa los nudillos, luego, la lleva
hasta su entrepierna y me dedica su mirada de depredador.
Está duro y apenas me ha rozado.
—Ni de coña.
—Uno rápido.
—Rodrigo, estamos ya duchados y vestidos.
Él lleva un chino azul marino que le hace un culazo y una camisa azul y
blanca de rayas anchas, remangada. ¿Entiendes lo que te quiero transmitir?
Yo estreno un vestido blanco, estilo boho chic, con el ribete negro en la uve
del escote y en las mangas, que hacen efecto campana. Es bonito, aunque
quizá algo excesivo para la fiesta patronal. Si me plantara una pamela,
podría pasar por invitada de una boda de postín, como diría Gracia.
—Nimiedades.
—¿Ya te has olvidado? Tienes que sacar a Bartolo de la iglesia, para que
reciba su dosis de vitamina D anual.
—Seré rápido. —Ataca mi boca como hace cuando me quiere dejar claro
que es el preludio de algo excitante y guarro—. Y no hace falta que nos
quitemos la ropa del todo.
Rodrigo cuela las manos por debajo de los kilómetros de tela de mi
vestido y gruñe contra mis labios cuando por fin llega hasta mi tanga. Lo
aparta con precisión y me acaricia con suavidad. Cuando la humedad le
facilita el acceso a mi entrada, cambia el gruñido por un improperio.
—Rodrigo, tengo que sacar…
—Y yo meter… Metértela. —Se arrodilla para colarse dentro de mi
vestido—. Ya.
—Rodrigo, vamos a llegar tar… —Los jadeos salen de mi boca en cuanto
su lengua me saborea con deleite. Se da un festín, con su técnica habitual
que consiste en no centrarse solo en el clítoris. Me tengo que sujetar a la
encimera.
—Dios, tu coño sabe a manzana también, niña.
—Eres muy lerdo.
—Lo digo completamente en serio. —Me mete dos dedos de golpe, los
arquea y pierdo parte de la consciencia. Cinco segundos después, se pega
con la tela para salir de ahí abajo y los lleva a mi boca. No se conforma con
que yo los lama, sino que él también acerca su lengua a la mía y prueba
nuestra mezcla de sabores—. Delicioso.
Imaginarás cómo me ha puesto ese simple gesto, ¿no? Así que solo se me
ocurre empujarlo para que se aparte, darme la vuelta para apagar el horno y
abrir la puerta antes de que quememos también la casa. Cuando está
convencido de que este entreacto ha terminado y que nos bajaremos a la
iglesia, lo esquivo, me levanto la falda hasta la cintura para deshacerme del
tanga y me voy hacia la mesa. Apoyo mi pecho contra la madera, pongo el
culo en pompa y espero a que acepte la invitación y me folle. Sí, a estas
alturas y con los pocos días que quedan de agosto, no estamos para
sutilezas.
—Hostia puta, Candela. ¿En serio vamos a profanar esa mesa?
—¿No quieres?
—Por supuesto que sí, pero ven. —Me mueve hacia la derecha para que
no me quede en la cabecera—. Mejor aquí, que ahí desayuna tu abuela.
Me río y saco el brazo para golpearlo por idiota, pero él es más rápido y
me inmoviliza la muñeca en el final de la espalda. No sé cómo lo hace, pero
con una sola mano se desabrocha el botón del pantalón y se lo baja lo
mínimo necesario para sacársela del bóxer. Me pide que me agarre con la
otra mano a la mesa, por lo que pueda venir.
El polvo es rápido, como vaticinó. Y sucio. Sumamente placentero. Se
aferra a mis caderas, a mi pelo y a mis hombros, en ese orden. Y luego, me
masturba, para que no me quede a medias, aunque con la intensidad y la
profundidad de sus embestidas estaba llegando al punto exacto para no
necesitar estimulación extra.
—Uf, Tontodrigo, ha sido… —trato de encontrar las palabras apropiadas,
pero estoy exhausta.
Se aparta de mí. Sin perder un segundo, coge rollo de cocina, me limpia
entre las piernas y, de paso, me entrega el tanga.
—Me encantaría escuchar tus halagos, pero Bartolo me está esperando.
Me da un beso rápido y se viste. Su móvil empieza a sonar. Es Elías,
preguntándole dónde está porque la misa ha terminado.
—Bartolo va a saber que has profanado la mesa de Gracia y que has
pecado.
—Qué va, si me voy a lavar las manos.
Ahora sí que le arreo un guantazo y sí, yo también me las lavo antes de
coger la tarta.
34. LORENZO Y GRACIA
El cerezo

Míralos. Ahí están otra vez, al cobijo de mis ramas, después de tantas y
tantas décadas. Como dos chiquillos que se divierten en compañía del otro.
Con la misma sonrisa traviesa y transparente que siempre, pero con las
pieles más arrugadas, las cabezas con más canas y demasiada sabiduría
acumulada.
Lorenzo Martín y Gracia González de Ceballos. Qué bonita pareja hacen.
Y hacían.
Porque sí, hubo un tiempo en el que albergué una pequeña esperanza para
lo suyo. Creí que tendrían una oportunidad, aunque fuera mínima. Erré,
como les pasó a ellos, que subestimaron el poder de un apellido y las
pretensiones de una madre, cuyo único objetivo era no dejar morir un
legado casi extinto y, de ese modo, conservar el nivel de vida que le había
otorgado su clase social. Aunque actuar así significara ir en detrimento del
deseo de su propia hija.
Eran otros tiempos, en los que las diferencias entre clases cobraban
demasiada importancia. El padre de Gracia, aunque era más cariñoso y
empático que su mujer, se dejó influenciar por el empeño de esta y
contribuyó a la unión de su hija con aquel compañero de profesión que con
tanto ahínco buscaron. De ese modo, él podría continuar con la consulta y
mantener a su viuda y a su hija cuando él falleciera.
Así se orquestó todo. Y así fue.
Deber antes que querer.
Acatar órdenes sin tener derecho a contradecirlas.
Compromiso y responsabilidad hacia los tuyos por encima de cualquier
otra cosa.
Antes de que eso ocurriera, yo fui el principal testigo del florecer de ese
amor juvenil que se procesaron Gracia y Lorenzo. De sus ilusiones. De
aquellas conversaciones murmuradas al albor del atardecer cuando llegaba
la primavera y me llenaba de flores. De aquellos primeros roces inocentes
convertidos en caricias que atesorar. De sus miedos. De sus deseos. De la
incertidumbre propia de su generación en la posguerra. De las barreras que
otros levantaron por ellos. De los anhelos. De las miradas mal disimuladas.
Y de aquellos primeros besos secretos que los enraizaron a este lugar y a
mí.
—¿Qué miras?
—¿Tú que crees? A ti, Gracia. Te miro a ti, como hice tantas tardes. Bajo
esta luz, tienes el mismo gesto que cuando eras una niña. Estás muy guapa.
—No digas tonterías, Lorenzo. ¿Has perdido la chaveta?
—Bien sabes que no. —Ambos sonríen y es Lorenzo el que busca con
premura la mano de Gracia para acariciársela—. Anda que no me he pasado
años y años admirándote desde aquí.
Lorenzo y Gracia se anclaron a esta tierra, como hice yo cuando llegué.
Como bien cuenta la leyenda, soy el cerezo que vino de Japón. Y se me
distingue a la legua del resto porque mis flores son rosas y no blancas. En
cambio, mis frutos, a diferencia de los de mis compatriotas, sí que tienen un
sabor casi idéntico a los de aquí, cuestión del clima y de la tierra que me
sustentan, supongo. Podría mencionar más particularidades dignas de
estudio, como mi inusual longevidad, que desafía las propias leyes de mi
naturaleza. O las diferentes versiones que he ido escuchando a lo largo de
las décadas sobre mí, que distan en alguna medida de la verdadera. Pero no
seré yo quien rompa la magia desacreditando la credibilidad de los
diferentes narradores que ha tenido mi historia a lo largo del tiempo.
Además, me divierte la grandiosidad y la inclusión de nuevos detalles en
cada una de ellas, porque la mayoría de las veces la imaginación es más
importante que el conocimiento.
Lo cierto es que llegué a este valle en manos de aquel supuesto almirante,
amigo de un familiar del doctor. Aunque realmente solo era un cabo mayor.
Un buscavidas, gañán y embaucador, que no sabía mantener los pantalones
puestos cuando tenía una mujer delante, sin importarle si esta tenía marido.
La necesidad imperiosa de abandonar Asia antes de que le rebanaran el
cuello con una espada lo llevó a embarcarse como polizón en aquel
carguero con destino Barcelona, con un petate pequeño y un injerto de
cerezo, regalo de su última conquista nipona, como muestra de gratitud por
la felicidad que le había proporcionado en aquellas tardes estivales.
Después de una travesía dura, a la que no sé cómo sobrevivimos, llegamos
al puerto. Tras una larga cadena de favores y varias casualidades,
terminamos subidos en una camioneta que nos trajo hasta este pueblo del
norte.
Las vicisitudes de su carácter, y que, como tantas veces he oído por aquí,
el monje pierde el hábito, pero no las costumbres, llevaron al cabo, después
de recuperarse en casa del doctor de su insuficiencia respiratoria, tras relatar
una versión apta para las mentalidades de aquella España sobre su aventura
asiática, a volver a las andadas. En aquella ocasión, engatusó a dos
muchachas que, como siempre, quedaron prendadas de su grandilocuencia
verbal y su buen aspecto físico. Una era la tía del médico, que pasaba largas
temporadas en su casa. La otra era la hermana pequeña del nuevo dueño de
la finca colindante. Como lo único exótico que conservaba de su aventura
asiática era yo, serví como regalo para ambas, de ahí mi ubicación.
Cuando las mozas se enteraron y se enfrentaron por su falso amor, el cabo
salió huyendo una vez más, en esta ocasión, sin nada en las manos.
Las habladurías y los bulos de los vecinos no tardaron en llegar; unos
hablaban de una profecía oriental, otros de una maldición y algunos de unas
cartas de despedida que dejó a cada una de ellas, en las que les explicaba
cómo amaba a las dos y cómo se marchaba para no hacerlas infelices.
Misivas que jamás nadie leyó, pero que sirvieron para forjar la leyenda
sobre el reparto de la felicidad que podían llevar a cabo mis frutos. Quizá
ignorancia, quizá diferencia cultural, quizá vestigios de misterios exóticos
escuchados o leídos en los libros, la cuestión es ¿quién soy yo para
contradecirlos?
—¿Tú estabas al corriente de esta encerrona? —le pregunta Gracia antes
de llevarse la taza de café a la boca.
Lorenzo, postrado en su silla de ruedas, hace pequeños círculos sobre la
mano de Gracia, que todavía no ha soltado. Qué tan diferente será el
recuerdo del tacto de sus pieles. Qué tan distinta, o no, será la intensidad del
calor que emanan al tocarse. Qué tan mágico será sentir la misma emoción
que cuando se quedaban tumbados a solas bajo mis ramas.
—Solo a medias. Pedí un deseo por el santo del pueblo y me ha sido
concedido.
—Vaya. Y yo que me había imaginado a nuestros nietos confabulando —
ironiza—. Entonces, me estás diciendo que esta sobremesa a solas, debajo
del cerezo, solo ha sido una concesión divina, ¿no?
—Divina y terrenal, que ya sabes que mi fe no alcanza las cotas de la
tuya. Pero ¿qué quieres? ¿Que te mienta? Porque sabes que solo lo hice una
vez en mi vida y me he arrepentido innumerables veces desde entonces.
Recuerdo ese día como si fuera ayer, y mira que tengo años, avalados
científicamente por los anillos que surcan mi tronco.
Lorenzo vino al pueblo para el entierro del padre de Gracia. Dudó hasta el
último momento, pero, al final, creyó que debería acompañarla en ese día.
Desde que había terminado el servicio militar, hacía ya más de un año largo,
no había regresado a su casa. El dolor de reencontrarse con Gracia, que ya
estaba casada con Tomás, era palpable a los ojos de cualquiera, sobre todo a
los míos. Alicaído y triste trató de mantener la compostura cuando vio a su
marido sostenerla en el funeral.
Una hora después, volvieron a coincidir, solo que lo hicieron a solas, bajo
mi sombra. Primero guardaron un silencio sepulcral. Después, se miraron
como hacía tiempo que no se permitían. Y, por último, se mintieron a la
cara, como jamás habían hecho.
—¿Por qué no viniste a mi boda? Me hubiera encantado tenerte aquí —
mintió ella primero.
Gracia rezó muchas noches para que Lorenzo no apareciera, si lo veía,
sabía que estaría tentada de marcharse con él, aunque su familia la
repudiara de por vida. Estaba dispuesta a asumir esa penitencia, aunque
también sabía que su conciencia la perseguiría siempre.
—Me hubiera encantado acompañarte en ese día —mintió él—. Pero
estuve bajo arresto una semana y fue imposible. —Otra mentira más.
En verdad sí que se ganó ese arresto, porque esa semana solo se dedicó a
estar de muy mal humor, discutir con cualquiera que se interpusiera en su
camino y acabar con las garrafas de vino peleón del cuartel. Por suerte, su
capitán lo libró del mismo.
Su encuentro aquella tarde no se pudo dilatar más, porque Tomás salió a
buscar a su esposa y le pidió que entrara en casa de nuevo. Lorenzo esa
noche no pegó ojo, el mero hecho de saber que en la casa de enfrente ella
estaba acostada al lado de él lo aniquilaba. Así que escribió una carta, la
última para ella, en la que le confesaba que le había mentido aquella tarde,
que no vino a su boda porque, si la hubiera tenido delante, se la habría
llevado lejos para siempre, que no podía seguir tan cerca de ella ni un
segundo más, porque la amaba con locura, y que solo regresaría al pueblo
cuando se sintiera capaz de soportar su presencia. La carta la recibió Gracia
durante el desayuno, la leyó a solas, y si Candela y Rodrigo no la han
encontrado es porque es la única que destruyó. La hizo pedazos, muchos,
igual que los que le habían hecho a su corazón.
—Yo también me arrepentí de no haber sido más valiente. Y me pasaba el
día cerrando los ojos y recordando aquella última noche de verano que
estuvimos juntos en mi habitación —afirma ella y se inclina para pegar su
frente a la de él. Las lágrimas se les agolpan en los ojos. Y se aferran a un
abrazo largo y sentido que les cuesta deshacer.
Gracia no olvidó el amor que sentía por Lorenzo de la noche a la mañana,
pero sí es cierto que, cuando pasaron los meses después del entierro de su
padre, y apenas tuvo noticias de él, se obligó a buscar la felicidad junto a
Tomás, su marido. Él era una buena persona y ya había empezado a mostrar
estar muy enamorado de ella. Si alguna vez sospechó algo de la relación
especial que mantenía su esposa con su vecino, no lo mencionó.
Lorenzo tampoco olvidó a Gracia y se arrepintió de no haber sido
valiente, haber regresado a casa antes de que se casara y habérsela llevado
con él para siempre. También vivió anclado al recuerdo de aquella noche en
la que se atrevieron a traspasar algunos límites, aunque no todos. Así que
dedicó sus días a trabajar mucho, a agotarse física y mentalmente y a buscar
una mujer que pudiera darle una familia. Fue en ese periplo lejos de su
amado pueblo cuando se topó con Soledad.
Gracia y Lorenzo se vuelven a sentar de frente, recompuestos y a la vez
profundamente conmovidos. Su amor fue tan efímero que no tuvo tiempo
de ser, aun así, los dos reconocen que fue el más intenso y el más puro.
—¿Necesitáis algo más? ¿Más tarta? —les pregunta Candela asomándose
por la puerta trasera.
Candela y Rodrigo. Rodrigo y Candela. De este par también podría
explayarme.
—¿Más orujo? Porque de tarta solo queda un trozo y sin duda tiene mi
nombre —comenta Rodrigo.
—Tranquilos, estamos bien —responde Gracia y sonríe al verlos.
—Mejor que bien —apunta Lorenzo.
—Estáis muy guapos —suspira Candela mientras los mira embelesada sin
atreverse a acercarse a ellos.
—Y hacéis una bonita pareja —añade Rodrigo.
—No más que vosotros —asevera Gracia y Lorenzo asiente sin soltar la
mano de su vecina.
—Si necesitáis algo, gritad. Estaremos en mi habitación, pero la ventana
está abierta.
Candela y Rodrigo sonríen una vez más, pero no entran al trapo con las
insinuaciones de sus abuelos, bastante tienen ahora mismo con gestionar lo
que les genera verlos así, después de las cuatro pinceladas que saben sobre
su historia.
—¿Crees que ellos sí tendrán una oportunidad? —le susurra Gracia
cuando sus nietos desaparecen.
—Creo que ya la tienen, es más, diría que están ante la mejor oportunidad
desde que se conocen, pero todavía no son conscientes. Ojalá no tarden en
darse cuenta de que es muy difícil que el mismo tren pase dos veces.
Y después de las palabras sabias de Lorenzo, ambos se ríen y se miran
como si de repente recordaran todo lo bueno y lo malo que han vivido
juntos y, aun así, el balance les hiciera felices. Y por qué no, también se
toman unos segundos para visualizar lo que no llegaron a hacer. Como si de
una ilusión óptica se tratara. Se recrean en la nostalgia del pasado y en lo
que pudo haber sido y no fue. Porque los dos tienen muy presente que,
irremediablemente, también somos aquello a lo que renunciamos.
—Voy a quererte siempre, Lorenzo. Espero que nunca lo olvides.
—Y yo a ti, Gracia. Hemos tenido la suerte de tenernos. No como en un
principio nos hubiera gustado, pero me enorgullece que de otra manera
siempre hayas estado aquí para mí. —Gracia le limpia otra lágrima que se
resbala por su mejilla.
—Tú también siempre has estado aquí para mí. Y eso no nos lo puede
quitar nadie. Hemos sido muy afortunados, hemos formado nuestras propias
familias y hemos sabido disfrutar de todo lo que nos ha tocado vivir. No
todo el mundo puede decir lo mismo. Y ahora vamos a disfrutar de este día
de fiesta y de poder brindar y reír. Así que ¿cuál es tu predilección? ¿Dónde
crees que caerá la felicidad este año? —le pregunta ella guiñándole un ojo.
—Sin duda en Cerezalín —sentencia él y se lleva la mano de Gracia a los
labios para depositar un suave beso sobre los nudillos—. Da igual dónde
caiga esa última cereza, niña, porque los dos sabemos que la felicidad
estaba aquí, año tras año, por eso nunca hemos tenido la necesidad de ir a
buscarla a otro sitio.
Y si yo pudiera sonreír, también lo haría, igual que lo hacen ellos en este
instante.
35. LA LLAMADA
Rodrigo

Recibir una llamada a las seis de la mañana no puede augurar nada bueno.
Y, si es desde el teléfono de la residencia de mi abuelo, me pongo en lo
peor. El miedo se apodera de mí y me paraliza, asciende y desciende por mi
sistema nervioso, entorpeciendo mis movimientos. Sigue sonando, pero no
me atrevo a cogerlo.
—Rodrigo, es tu móvil. —Candela se remueve en la cama en busca del
causante de ese zumbido, como lo tengo en modo vibración encima de la
mesita emite un soniquete difícil de ignorar.
—Es… es de la residencia. Algo le ha pasado a mi abuelo.
—Quizás…
—Mierda. Yo no… no puedo cogerlo, Candela.
—Tranquilo, no tiene por qué ser nada grave. —Se incorpora y se estira
por encima de mi cuerpo. Se aparta de un manotazo los mechones de pelo
que le caen por la cara para encontrar mi teléfono—. Seguro que está bien.
—¿Has visto qué hora es? Tiene que haber ocurrido algo malo.
Candela no mira la hora, pero se da cuenta de que no entra ni un ápice de
claridad por la ventana de su habitación, que, como siempre, está abierta. Y
eso que anoche entré por la puerta, con toda la normalidad del mundo,
después de dejar a mi abuelo en la residencia. Joder, estaba exultante y
feliz. Antes de bajarse del coche, me dio las gracias, porque había pasado
uno de los mejores días de su vida. Aunque ahora recuerdo que siseó un «he
sido un hombre muy afortunado» que me inquietó un poco. Y es cierto que
estaba cansado, sobre todo por el cúmulo de emociones, pero no se quejó ni
se sintió mal en ningún momento, a no ser que me lo ocultara para no
preocuparme.
—No ha amanecido todavía —afirma Candela.
—No, no lo ha hecho.
El móvil deja de vibrar durante unos segundos, pero enseguida vuelve a la
carga.
—No te preocupes. Lo cojo yo. ¿Diga? —responde—. Sí, es el teléfono
de Rodrigo Martín. No pasa nada, puede decírmelo a mí. Soy su… —no
termina la frase, pero al otro lado una voz femenina sigue hablando.
En medio del pánico se me escapa una leve sonrisa. Candela no se atreve
todavía a definirnos, como si al no hacerlo no fuéramos todo lo que somos.
—Sí, lo entiendo —responde y busca mi mano—. Está bien, deme un
segundo. Ahora se pone él.
Los ojos de Candela se cubren con un velo de tristeza que no puede
disimular. Su mirada cargada de compasión y pena solo me confirma que lo
que me van a contar dolerá. Me tiende el teléfono y, mientras me lo acerco a
la oreja, un fuerte pinchazo se abre paso entre mis costillas. Inhalo llenando
de aire los pulmones antes de responder. Candela se abraza a mi cuerpo y
deja la mejilla sobre mi pecho.
—¿Rodrigo Martín?
—Sí. Soy yo.
—Soy Carmen, la supervisora de la residencia. Lamento comunicarle que
su abuelo Lorenzo ha fallecido esta madrugada.
Las lágrimas de Candela resbalan sobre mi pecho mientras las mías lo
hacen sobre su cabeza.
—¿Cómo…? ¿Cómo ha sido? ¿Por qué no me han llamado antes?
—Lo ha encontrado la enfermera de su planta hace un rato, cuando ha
empezado su ronda. Estamos esperando a que venga el médico y certifique
su muerte, pero todo apunta a que ha sido un infarto.
—Su corazón…
—Sí, su corazón se ha apagado, pero no hay signos de que haya sufrido.
Quédese con eso.
No me quedo con nada. No quiero. No me valen sus argumentos. Mi
abuelo ha muerto. Eso es lo único que ahora mismo procesa cada neurona
de mi cerebro. Se acabó. Ya no habrá más conversaciones. Ni más abrazos.
Ni más risas. Ni más riñas. Se acabaron las narraciones de sus anécdotas
con su voz.
Antes de colgar, me comenta los pasos que darán a continuación, pero yo
ya no escucho, así que me despido seco y lanzo el móvil contra el colchón.
Me echo hacia delante, obligando a Candela a despegarse de mí, y me llevo
las manos a la cabeza para sujetármela. Las lágrimas brotan de mis ojos y el
dolor en el pecho se agudiza. Ella se coloca a mi espalda y me abraza desde
atrás, con piernas y brazos. Con lo diminuta que es, hace el doble de presión
sobre mí para que la sienta.
—Lo siento mucho, Rodrigo. Lo siento.
—¿Por qué ahora? ¿Por qué así? —me lamento—. Anoche cuando lo dejé
estaba bien, animado y muy feliz.
—Quédate con eso, Rodrigo, aunque en este momento te suene como una
tontería o un consuelo absurdo. El corazón de Lorenzo se ha parado estando
pleno y feliz.
—Quizá dentro de unos días yo también pueda verlo así. Ahora no.
Me limpio las lágrimas, que he seguido derramando y termino de
espabilar.
—Tengo que irme. —Me levanto de la cama y busco mi ropa—. Tengo
que avisar a Gloria y a Elías. Y llamar a mis padres y a mi tía. Además,
tengo que bajar a la residencia, no sé qué me han contado que hay que hacer
ahora y quiero verlo antes de que lo metan en una caja. Necesito verlo una
vez más.
—Me gustaría ir contigo, pero es muy pronto. Tengo que esperar a que se
despierte mi abuela y…
En cuanto nos acordamos de Gracia, los dos somos conscientes de que a
ella también hay que contárselo con mimo, pero más tarde. Abrazo a
Candela y nos escuchamos respirar, como si el calor que emana el cuerpo
del otro nos calmara las pulsaciones. Me da rabia no acompañarla mientras
se lo cuenta, porque solo ella y yo sabemos lo importante que fueron el uno
para el otro. Y más después de que ayer los viéramos confesarse y
profesarse ese amor eterno que les fue escurridizo. Lo más probable es que
ella nos sorprenda; los mayores ven la muerte con una perspectiva diferente
a la nuestra. Y esto no quiere decir que no les afecte perder a sus seres
queridos, simplemente gestionan mejor el adiós.
—Luego te llamo. —Le doy un último beso, que ambos alargamos, como
si al estar fundidos pudiéramos salvaguardarnos de cualquier mal.
—Estoy aquí. Estoy aquí para ti.
—Lo sé. Lo sé. Yo también estoy aquí para ti y para Gracia. Díselo con
calma, ¿vale?
—Claro, no te preocupes por ella. —Me acompaña hasta la puerta, en mi
estado, no me veo capacitado para salir por la ventana—. Luego hablamos.
—Te quiero, niña Candela —lo pronuncio desde el corazón, sin ambages
y sin anestesia. Y le doy otro beso, esta vez más breve.
Candela no me responde, pero me mira condescendiente, como si diera
por hecho que solo lo he dicho porque estoy atravesando un momento de
gran vulnerabilidad. Me encantaría quedarme y explicarle que está
equivocada, que se lo he dicho porque lo siento. Porque nunca he dejado de
quererla, aunque ni yo mismo supiera que ella siempre ha estado ahí, latente
en ese hueco que es de su propiedad. Pero debo irme y afrontar la despedida
definitiva de mi abuelo para la que he sido incapaz de prepararme.
Cuando entro en casa, me detengo en el umbral y observo cada metro
cuadrado hasta donde me alcanza la vista. Las fotografías que cuelgan de
las paredes. Él con su mujer. Sus hijos. Sus nietos. Su familia. Los muebles,
muchos hechos, o restaurados, por sus propias manos. Los surcos en el
suelo de madera desgastado por sus pies. Las ventanas, orientadas al sur,
que a punto están de dejar pasar los primeros rayos del día. Hasta la
escalera, perfectamente encajada en ese pequeño hueco para subir a la
planta superior. Cada rincón de esta casa lleva grabado su nombre y su
apellido. Y por eso no sé si seré capaz de moverme de aquí. Avanzo dos
pasos y cierro la puerta, mi intención es ir directamente al baño para darme
una ducha y estar lo más espabilado posible para soportar las horas que me
quedan por delante, después, cuando ya esté vestido, avisaré al resto de la
familia, pero los escalones crujen y me hacen cambiar de planes. Es Gloria
la que baja.
—¿Qué haces ahí parado como una estatua?
—Yo…
¿Cómo se da una noticia así?
—¿Tú qué? ¿Vienes o te vas? Rodrigo, ¿estás bien? No tienes muy buena
cara.
—Gloria…
—Que sí, que ya sé lo que me vas a decir. Sí, Ander ha dormido aquí. Al
final no nos hemos ido, porque él tenía que arreglar algo con Elías. Pero no
te pongas pesado, que Telmo no está en casa.
—No es eso, Gloria. Es el abuelo. Me han llamado de la residencia hace
un rato. El abuelo…
Gloria se acerca a mí y me da un abrazo, como si el consuelo solo lo
necesitara yo y ella no. Es cierto que él y yo estábamos mucho más unidos,
pero ella ha pasado casi la misma cantidad de veranos con él que yo.
Supongo que ella sí que se había hecho a la idea de que en cualquier
momento esto podría ocurrir.
—Tranquilo. Ya está. Piensa en que, por fin, descansará en paz. Lo de la
silla fue una putada para él, hermano. Y ha vivido feliz un montón de años.
—Sollozo sobre su hombro—. No pasa nada, venga. Cálmate. ¿Has
llamado a papá?
—No, iba a ducharme primero. Y hay que llamar a Elías y a la tía Reyes
también.
—Está bien. Vete al baño y yo me encargo de avisarlos. En realidad, los
dos apestamos a lo mismo, pero tú te lo has pedido antes. —Me guiña un
ojo, intentando tirar de una complicidad que nunca supimos cultivar, ya sea
porque nuestros caracteres son completamente distintos, por la pequeña
diferencia de edad o porque ella y yo nunca hemos visto la vida de la misma
manera, aun así, me alegra que esté aquí conmigo y, a su manera, me
sostenga.
—Después de ducharme voy a bajar a la residencia, quiero verlo una
última vez.
—Yo esperaré a que se despierte Ander. Luego puede bajarme él, si no te
importa.
—¿Y Telmo? ¿Vas a contárselo?
—Sí, se lo contaré, pero no por teléfono. Mejor se lo cuento cuando esté
con él en casa. Egoístamente, me alegro de que esté con su padre estos días
y no tenga que pasar por esto.
—Está bien. Te veo más tarde.
Le doy un beso en la mejilla y me voy al baño, a ver si soy capaz de
deshacerme de la primera capa de esta tristeza, porque sé que, en cuanto vea
a mi abuelo inerte, me cubriré con unas cuantas más.
36. EL CIRCO DE LAS ALMAS
Candela

¿Alguien conoce el sentido de velar a un muerto? Yo no.


Y en pleno siglo XXI me parece una absoluta pérdida de tiempo. Puedo
llegar a entender que haya que esperar las veinticuatro horas que dicta la ley
para dar santa sepultura al fallecido. Sin embargo, hacerlo delante del
cuerpo inerte es solo una manera retorcida de alargar el dolor de sus seres
queridos. Los entendidos opinan que así se ayuda a garantizar un proceso de
duelo más tranquilo, interiorizando la pérdida durante esas horas anteriores
a la despedida definitiva. Para mí solo es una cuestión cultural y religiosa
que, si no se ha erradicado ya, dudo mucho de que algún día se consiga.
Es una manera de alimentar el circo de las almas que se monta alrededor
del difunto. Y que, lejos de consolar a los que sufren la pérdida, solo les
agobia más. Besar, abrazar, fingir sonrisas, sacar temas banales sin ton ni
son solo para rellenar la lentitud de las horas, que parecen que corren del
revés, es poco elocuente. Porque, seamos objetivos, la mayoría de las veces
la gente solo acude a estos sitios por compromiso y, además, algunos ni tan
siquiera tenían contacto con el muerto desde hacía tiempo.
Quizá por eso llevo abstraída más de tres cuartos de hora, coincidiendo
con la mayor afluencia de gente en esta sala habilitada como velatorio en la
residencia donde ha muerto de madrugada Lorenzo.
Todos los recuerdos de la muerte de mi madre y de los días posteriores
han irrumpido con fuerza, como si los hubiera recuperado del olvido.
Muerte llamando a muerte. Aunque también ha contribuido a esta regresión
haber vaciado el contenido de sus cajas mientras esperaba a que se
levantara mi abuela esta mañana. Como no iba a volver a dormirme y no
dejaba de pensar en la dimensión de la ausencia, he terminado sobre la
alfombra, dándome de bruces con ellas.
Sus revistas de moda. Sus diarios; dos de su juventud, de cuando empezó
a trabajar para algunos de los diseñadores más cotizados del mundo. Y uno
de la época en la que empezó a salir con mi padre, este solo lo he hojeado
por encima, porque, en dos o tres frases, ya se intuye la dicotomía de aquel
amor que no supieron manejar. Una caja dorada de espejos, que contiene
algunas de sus mejores joyas. Dos discos de Édith Piaf y otro de Joséphine
Baker, una joya que le regaló un coleccionista americano con el que estuvo
saliendo unos meses antes de que le detectaran la enfermedad. Una pequeña
réplica de la impresionante Notre Dame de la Treille, a pesar de que ella no
era nada religiosa. Supongo que era una forma de no olvidarse nunca de su
ciudad. Tres o cuatro pañuelos de seda; Fendi, Givenchy, Channel… El rojo
y marrón era su favorito. Dos frascos del exclusivo perfume que le hacían
en una perfumería de París, que, sin necesidad de abrir el recipiente, ya me
transporta a su abrazo. Y muchas fotografías, ordenadas por décadas, desde
que ella era solo un bebé hasta la última que nos hicimos juntas, sentadas en
la terraza de su bistró favorito, con un café enorme en las manos y las
mantas sobre nuestras piernas.
Salgo de mi propio bucle y le aprieto la mano a mi abuela, que está
sentada a mi derecha. Entera. Pensativa. Cansada. Le he dado la noticia en
cuanto se ha despertado esta mañana. Me he sentado en el borde del
colchón y le he pasado la mano por la mejilla, en un gesto de anticipación a
su dolor que me ha delatado. Por eso, antes de que pudiera abrir la boca
para contárselo, ella, como si tuviera un sexto sentido, me ha preguntado
que quién se había muerto.
—Lorenzo, yaya. Se ha parado su corazón.
En cuanto he pronunciado su nombre, han tocado a muerto, como si
hubieran estado esperando a que yo se lo dijera para confirmarlo. En ese
instante, una ráfaga de escalofríos me ha atravesado el cuerpo.
—Como debería pararse el mío —ha afirmado.
—No digas eso, yaya. Tú estás bien, estás en casa, conmigo. —Me he
inclinado sobre su cuerpo, buscando calor para el mío, y la he abrazado.
—El mundo ha perdido una bellísima persona. Descasa en paz, niño —ha
murmurado esta última parte solo para ella. Y a mí se me ha hecho más
grande el nudo en la garganta—. ¿Puedes darme unos minutos? —La he
ayudado a incorporarse en la cama y le he puesto los almohadones en la
espalda para que se apoyara en el cabecero.
—Por supuesto. ¿Vas a estar bien? ¿Quieres que te traiga el desayuno
aquí?
—No, niña. Estoy bien. Déjame un rato sola.
Y la he dejado.
Antes de salir de su habitación, he visto que abría el cajón de su mesilla y
sacaba un papel doblado, solo el folio, sin sobre. No he querido preguntarle
de qué se trataba, pero, en cuanto hemos llegado aquí, he visto que se lo ha
entregado a Rodrigo, como si le estuviera pasando droga, así que me
imagino que sería de Lorenzo para él.
Rodrigo que, después de recibir la dolorosa llamada, ha bajado lo más
rápido que ha podido y aquí sigue, ni tan siquiera ha comido. Está ahí, a dos
metros de mí, de pie, exhausto, con ojeras pronunciadas, el pelo alborotado
y visiblemente triste, aun así, se esfuerza por dedicar una sonrisa amable a
todos los que se le acercan. Sí, los recibe él, como si fuera el anfitrión de
este evento. Como si fuera el único afectado. Ni Gloria, ni Elías, ni su tía
Reyes, nadie ha tomado el control de la situación, solo él. Ni tan siquiera su
padre Bernardo, que acaba de entrar por la puerta. Detrás de él, su mujer
Paz, cogida del brazo de Cayetana, que parece una viuda de los años veinte
en una película de Hollywood, hasta el coletero con el que se recoge su
melena es del mismo color. Lo de venir vestida de negro de arriba abajo
pensaba que también había caído en el ostracismo, pero debe ser que no.
—Ven aquí, hijo.
Bernardo abraza a Rodrigo y su madre se une a ellos. Gloria es la
siguiente en imitarlos. Elías y Reyes están a cierta distancia, charlando con
Prudencio, así que no los han visto llegar. En cuanto los Martín Casado
deshacen el abrazo, es Cayetana la que se cuelga del cuello de Rodrigo.
No escucho su conversación desde aquí. Ella casi se funde con él y le
habla al oído. Lo que sí consigo descifrar es la reacción de Rodrigo.
Sorpresa (esos iris oscuros no mienten). Incomodidad (esos dedos tirando
hacia atrás de los mechones de su pelo dos veces seguidas a modo de tic). Y
ganas de despegarse de ella (la pierna derecha un paso por detrás de la
izquierda y los brazos caídos a ambos lados para iniciar la marcha). Cuando
ella termina de hablar, su mirada busca la mía por encima del hombro. Sí,
sigo aquí. Aunque no por mucho tiempo, porque necesito respirar.
Me pongo de pie cuando llegan Mila y las chicas, así le cedo mi silla a
una de ellas. Aprovecho ahora, que mi abuela está acompañada, para
escabullirme por una de las puertas laterales y salir a tomar un poco el aire
al jardín. Un aire menos viciado.
Camino entre dos hileras de setos recién podados. La residencia es bonita.
Piedra, madera, una construcción típica de la zona. Además, tiene una
buena ubicación en el núcleo más urbano del valle y sus instalaciones no
son demasiado antiguas. El jardín es grande y lo tienen muy cuidado;
bancos a la sombra de los árboles, mesas y sillas debajo de una gran pérgola
y una pequeña zona con aparatos de gimnasia adaptados para los mayores.
Según me ha contado Rodrigo, el personal es amable y la comida más que
aceptable. Aun así, en cuanto he puesto un pie aquí, he sentido un aura de
desconsuelo innegable, como si la esperanza de un nuevo día se quedara al
otro lado de la puerta de acceso.
Entiendo que terminar tus días aquí sea la única opción para muchos
mayores, quizá hasta la mejor, no solo porque aquí van a estar bien
cuidados, sino también porque de esta manera pueden combatir la soledad
que sufren muchos, ese otro mal que arrastra nuestra sociedad. Sin
embargo, entrar aquí es estar en la antesala de la muerte. Por eso mismo,
comprendo que mi abuela se aferre con uñas y dientes a su casa y a morir
dentro de aquellas cuatro paredes que han sido el único hogar que ha
conocido. Aunque ella también sea consciente de que cada día que se
levanta es un día más de regalo, y así lo menciona a menudo, pese a mis
quejas, despertarse en su casa, en la que se siente tan cómoda y feliz, no
tiene nada que ver a hacerlo en un sitio como este.
En cierto modo, me siento orgullosa de contribuir a que termine su vida
como ella ha elegido y a respetar su último deseo. Y es loable mencionar
que mi padre, con el que la mayoría de las veces discrepo, coincidió
conmigo en esto. Y a pesar de que él no tiene casi apego por el pueblo ni
por la casa, como buen trotamundos que es, sí que siempre ha estado a
favor de respetar la voluntad de su madre.
—¿Es aquí donde uno se puede esconder? —Rodrigo me ha alcanzado.
—Sí, pero tiene aforo limitado. ¿Vienes solo?
—Eso parece. —Mira hacia atrás para asegurarse—. No tenía ni idea de
que iba a venir, Candela.
—No te he preguntado.
—Pero me has visto con ella y yo quería dejártelo claro.
—Era difícil no veros. Ella colgada de tu cuello como un buen
complemento de temporada primavera/verano.
Mierda. ¿En qué momento he perdido el norte? No me reconozco.
—Ha sido mi hermana la que la ha avisado. Ya le he dicho a Caye que no
hacía falta que se hubiera molestado.
—Olvídalo. Este sitio es muy deprimente y he caído en el pozo de los
recuerdos. No estoy muy lúcida.
—Pues yo creo que sí lo estás. Y, además —se inclina para hablarme
cerca del oído—, que te mosquees tú porque ella se acerque a mí me pone
un poquito.
—Eres muy…
—¿Estáis ahí? —Elías nos pilla y cabecea al vernos tan juntos, por lo que
no termino mi frase—. Te está buscando tu padre. —Señala a Rodrigo
mientras se acerca a nosotros—. Ha reservado en el restaurante de su hotel
para cenar luego todos juntos.
—¿Tus padres no se quedan a dormir en casa de tu abuelo? —pregunto
extrañada.
—No. Han reservado una habitación aquí.
De Cayetana no dice nada, así que me imagino que dormirá en la
habitación que ha ocupado Telmo, porque sé lo amiga que es de Gloria.
—Mi madre duerme en mi casa y me sobra otra habitación. —Elías mira a
su primo con una sonrisa cuestionable—. Lo digo por si se te siguen
acumulando las tías y ya no sabes dónde ubicarlas.
—A quien voy a ubicar es a ti, con una buena hostia te voy a poner en tu
sitio.
—Parad ya, no seáis críos.
Rodrigo cierra los ojos y expulsa el aire que había acumulado los últimos
segundos. Elías siempre sabe cómo dispararle el pulso.
—¿Así piensas tratar a tu socio? Porque si vamos a trabajar codo con
codo…
—Por favor, no es el momento.
Los miro sin entender nada. ¿Socio? ¿De Elías?
—¿Qué pasa? ¿No se lo has contado todavía? —Elías desvía la mirada a
mí y niego con la cabeza.
Recuerdo que me habló de que su primo le había hecho una propuesta de
negocio. Entendí que era a modo de inversión solo. No entró en detalles.
Me dijo que me lo explicaría con calma, pero estábamos concentrados en la
cita de nuestros abuelos y, después, con la triste noticia de la muerte de
Lorenzo, no hemos tenido tiempo de retomar la conversación. ¿Significará
que está pensando en quedarse? A ver, el final del verano está más cerca
que nunca y, sin Lorenzo, no hay muchos más motivos para que no se
marche, ¿no?
—Iba a contárselo, pero todavía no he tomado una decisión definitiva.
Además, tengo que hablar con mi padre antes. Así que, por favor, ni se te
ocurra sacar el tema con él luego, ¿entendido?
—Está bien. Tranquilo.
—Lo siento, Candela. Sabes que iba a explicártelo, pero con lo de mi
abuelo y…
—No pasa nada —le corto, no quiero que mencione a mi abuela con Elías
delante. Quiero preservar su historia—. Ya habrá tiempo.
—Rodrigo, ¿puedes venir un momento? —El padre lo llama desde la
escalera.
—Voy —bufa y cuando pienso que me va a besar, solo me abraza y me
vuelve a hablar cerca de la oreja—. Eres tú, Candela. Siempre has sido tú,
que no se te olvide —repite igual que aquella mañana que desapareció
durante casi un día.
¿Será un presagio?
Elías mira su reloj.
—Menos mal que esto dentro de media hora cierra, porque no hay
humano que lo aguante. ¿Entras?
—Todavía no, voy a quedarme unos minutos más aquí.
Encuentro un banco a salvo de miradas, detrás de un agapanto frondoso, y
me siento un rato a seguir rumiando mis pensamientos. El malestar por la
cercanía del adiós vuelve a anidar en mi cuerpo, el anhelo y la sensación de
que, a pesar de no haber terminado agosto, yo casi rozo la melancolía del
otoño con la punta de los dedos. Así que, cuando escucho las voces de
Gloria y Cayetana a la espalda, me hundo un poco más en el asiento para
seguir en mi escondite y no tener que cruzarme con ellas.
—Igual estoy a tiempo de reservar una habitación en el hotel donde se van
a quedar tus padres.
—No digas tonterías, Caye. Te puedes quedar en la habitación de Telmo
sin ningún problema. Además, Rodrigo no va a dejar que vayas a dormir
sola a un hotel.
—¿Tú crees? Yo no lo tengo tan claro. Tu hermano no soporta estar a mi
lado. Cuando nos vimos en Madrid hace quince días, nada salió como tenía
planeado.
¿En Madrid? Si no hago mal el cálculo coincide con su desaparición. Así
que se fue a estar con ella. Llegados a este punto, debería moverme de aquí,
para que se dieran cuenta de que no están solas como creen, pero soy
incapaz.
—Pero fue a estar contigo. Algo es algo, ¿no? Seguro que le recordaste
todo lo que se estaba perdiendo por ese arrebato tan estúpido.
—Lo intenté con todos mis argumentos. Si hasta salí a recibirlo con el
vestido de novia puesto.
¿Vestido de novia? Ha dicho eso, ¿verdad? Entonces, ¿van a casarse? ¿Se
han casado ya? No entiendo nada. Él me dijo que fue claro con ella, que
habían cortado unos meses antes de venirse al pueblo. ¿Entonces? Soy
tonta, ¿por qué sigo empecinada en quedarme aquí?
—Ese vestido se merecía ser lucido delante de todo el mundo. Mi
hermano es un idiota, espero que, en cuanto regrese a Madrid, se dé cuenta
de que su futuro está a tu lado y que eres su mejor opción.
Vale, entonces, puede que no se haya casado, pero sí que iba a hacerlo.
¿Lo he entendido bien? A ver, que fui yo la primera que le dije que no
necesitaba saber dónde había estado y tampoco tuve interés en conocer los
detalles de su ruptura, aunque, no sé, quizá ciertos matices…
—Lo dudo. Lo noté distinto. Más tranquilo, más feliz, incluso más guapo.
Pensé que, al ser mi cumpleaños, se ablandaría un poco y me dejaría una
pequeña puerta abierta, porque además estaba cumpliendo la promesa que
me hizo de pasar conmigo ese día a pesar de haber roto. Dios, Gloria, era
nuestro gran día, con el que tanto había soñado desde que era una niña.
Había visualizado tantas veces entrar en la catedral de la Almudena cogida
del brazo de mi padre, siendo el centro de atención de todos los invitados,
que, en cuanto conocí a tu hermano, supe que él tenía que ser el que me
estuviera esperando en ese altar. Me costó mucho asimilar que a esas horas
ya hubiera sido mi marido y no un amigo con el que había quedado a
comer.
Cayetana enfatiza el posesivo y yo me empiezo a encontrar peor, no solo
por estar escuchando una conversación privada, sino porque su tono solo
destila posesión y egocentrismo.
—Mi hermano es idiota, ya te lo he dicho.
El murmullo de más voces las hace dejar de hablar y caminar hacia la
residencia. Mierda. Deben de estar a punto de salir todos porque van a
cerrar. Tengo que ir a buscar a mi abuela.
Espero a que se alejen para dar un rodeo y entrar por la puerta principal
hasta el velatorio. Cuando llego, le pregunto a Mila por ella. Me dice que
está con Agripina, Mercedes y Piedad dentro de la cristalera, al lado del
féretro. No hay rastro de Rodrigo ni de su familia ya. Mi yaya, custodiada
por sus amigas del alma, pronuncia una oración y las cuatro se persignan,
después, salen de la estancia a paso lento.
Subimos a casa en silencio. La ayudo a ponerse el camisón y se sienta en
el sillón sin tan siquiera encender la tele. La profesión va por dentro, dicen.
Le preparo la cena sin preguntarle qué le apetece, como hago otras veces, y
en cuanto se lo sirvo en el plato me comenta que no tiene mucha hambre.
—Solo quiero irme a la cama —afirma y lleva su plato hasta el fogón.
—Yo también. Ha sido un día largo y todavía queda mañana.
—¿Estás así porque ha venido esa muchacha?
—¿Qué muchacha, yaya?
—La que fue novia de Rodrigo, la estirada esa. Nunca me gustó y a
Lorenzo tampoco. No sé qué pinta aquí.
—Yaya, es amiga de Rodrigo y además…
—Así que ya te has enterado.
—¿Tú sabías que iban a casarse?
—Pues claro, Lorenzo me enseñó la invitación de la boda en cuanto la
recibió, a él se la dieron de los primeros. Ahora igual no me crees, pero te
prometo por San Bartolo que ese mismo día me dijo que tenía la corazonada
de que no iba a celebrarse.
—Ajá —asiento y se me escapa media sonrisa mientras la acompaño hasta
la cama—, así que resulta que Lorenzo también era adivino. Ya veo ya.
—Sabía que no me ibas a creer.
—Y, entonces, para que me quede claro, entre todas las cosas que me
contabas de Rodrigo, decidiste que esta no la necesitaba saber, ¿no?
—La información es poder y es muy importante elegir el momento y el
lugar para comunicarla.
—Descansa, yaya.
Sonrío de nuevo, con ella es inevitable.
—Y tú, niña. Te quiero.
—Yo también te quiero.
Estoy agotada casi tanto como ella, sobre todo mentalmente. Así que
cierro la puerta con llave y me subo a mi habitación. El móvil apenas tiene
batería, así que lo pongo a cargar en silencio. Me tumbo mirando a la
ventana, de la suya hoy solo sale oscuridad.
El batiburrillo de pensamientos sin conexión se adueña de mi cerebro. Y
la ansiedad regresa sin avisar. Rodrigo. Su calor. Su olor. Su compañía. El
fin del verano. Su regreso a Madrid. La despedida que no quiero darle.
Reubicarme y salir de esta fantasía estival. Mi primer curso sin dar clases.
Adiós a los debates encarnizados en la sala de profesores. El otoño en el
pueblo. Los días más cortos. El tejado que no sé si aguantará el mal tiempo.
Las horas muertas. La incertidumbre. La salud de mi abuela. Los latidos del
corazón de las dos.
Necesito descansar y desconectar. Estoy sobrepasada y me prometí a mí
misma, hace ya un tiempo, que la primera en abrazarme sería yo. Así que
me levanto y hago algo que hice en otra ocasión. Cerrar la ventana de mi
habitación.
37. DESPEDIDA SIN ADIÓS
Rodrigo

Acaba de terminar la misa y soy el último en salir de la iglesia.


Los pocos vecinos y amigos de mi abuelo se han agolpado en la salida
para acompañarlo hasta el final. Hoy corre un viento sur que augura lluvia,
quizá tormenta, como la interior con la que convivo yo. Alguien a mi
derecha me pregunta algo, no puedo responder, porque llevo un rato
desconectado del mundo exterior. Elevo la cabeza y la busco.
Localizo a Candela cerca del puente, despidiendo a Margarite, que regresa
a Bélgica hoy mismo. Se iba a marchar a primera hora de esta mañana, pero
lo ha retrasado solo para asistir a la misa, a pesar de que le dije que no era
necesario.
Comienzo a caminar y mi madre me intercepta.
—Rodrigo, por favor, entra en razón. No puedes hacerle ese desplante a
Cayetana.
¿Desplante? El plan no ha salido de mi boca.
—Mamá, no es ningún desplante. Ella ha venido de manera voluntaria con
vosotros y con vosotros tendrá que regresar a Madrid. No tiene ningún
sentido que se quede conmigo aquí —zanjo.
Llevan con la misma cantinela desde anoche, cuando cenamos todos
juntos. Solo Elías y mi tía se mantuvieron al margen de la operación acoso
y derribo, aunque mi primo claramente estaba disfrutando al verme
acorralado. Mi ex, lejos de ofenderse, parecía encantada con la idea de que
mi familia insistiera en que nos vendría de maravilla pasar unos días aquí
juntos. Tuve en la punta de la lengua un millón de veces a Candela. Sí,
estuve a punto de decirles que ella y yo tenemos una relación, sin embargo,
no me pareció justo tener que escudarme en ella para rechazar a Cayetana.
Porque, como adulto responsable que soy, le he dicho por activa y por
pasiva que ella y yo nunca seremos nada más que amigos. Y la verdad, con
su actitud, estoy empezando a replantearme hasta eso.
Es Candela la que empieza a caminar hacia aquí, aunque se queda al lado
de su abuela y sus amigas. Me zafo de mi madre, pero ahora es mi padre el
que me aparta del resto para comunicarme que mañana a las doce de la
mañana tenemos una reunión urgente en Madrid con la junta y con el padre
de mi ex.
Perfecto, no respeta ni el día del entierro de su padre.
—¿Tiene que ser mañana? ¿No puedes esperar a que termine agosto? —le
pregunto.
Cada día tengo más clara mi decisión. Las pocas dudas que albergaba se
están esfumando a la velocidad de la luz. Es triste, pero son precisamente
mis padres y mi hermana los que no dejan de empujarme en el sentido
contrario hacia donde quieren que vaya. Mi salud ya se resquebrajó una
vez, y es un precio demasiado alto que no estoy dispuesto a pagar de nuevo.
Mi abuelo tenía razón y uno de los últimos consejos que me dio fue
precisamente ese, la importancia de levantarse por la mañana y sentirse
bien, algo que hacía tiempo que no le ocurría a él.
—Ya has tenido suficientes vacaciones, ¿no crees?
Ignoro su dardo. Necesito terminar con esto. Necesito salir de aquí.
Gracia le da un abrazo a Candela que probablemente necesitarían ambas.
Yo también necesito uno de esos. Uno largo, como esos que me da ella
mientras me quedo pegado a su melena, oliéndola.
La echo de menos. Mucho. Desde que ayer tarde abandonáramos el
velatorio, no hemos estado juntos.
Cuando llegué a Cerezalín sobre la medianoche, después de la cena,
estaba exhausto y cabreado con todos. A eso había que sumarle el esfuerzo
que estaba haciendo por asimilar la pérdida inesperada de mi abuelo, y que
todavía hago. No será nada fácil. Además, la nota de su puño y letra que me
entregó Gracia nada más verme me seguía quemando entre los dedos.
Todavía no me creo que haya confiado en mí hasta tal punto. Haciéndolo ha
acrecentado su huella en mí, y era difícil, porque él ya era mi mayor
referente.
Aun con todo eso, lo único que me apetecía era llegar a casa, subir a la
habitación de Candela y dormirme pegado a ella; imaginé que ella también
estaría vulnerable y necesitaría mi calor. El problema es que, cuando subí a
mi habitación, para cambiarme de ropa, y miré hacia su casa, me encontré
con que había cerrado su ventana. No me lo esperaba y, para qué mentir, me
quedé bastante descolocado. Ella jamás la cierra. Solo lo hizo una vez y ya
sabemos todos lo que ocurrió entonces. Como estaba tan cansado y sabía
que hoy tendría que volver a madrugar para cumplir la voluntad de mi
abuelo, no tuve fuerzas para salir de casa, coger la llave de repuesto que
guardan en la corralada y entrar por la puerta como una persona civilizada.
Así que opté por meterme en la cama e intentar dormir, mientras seguía
escuchando los cuchicheos de mi hermana y mi ex en la habitación de al
lado. También imaginé que Gracia habría pasado un día duro y que ya
estaría dormida, por lo que la mejor opción era dejarlas descansar a las dos.
A lo que no pude resistirme fue a enviarle un mensaje. Varios, en realidad.
Yo:
Si no llega a ser porque Elías se acaba de marchar con mi tía a
su casa, pensaría que está contigo en tu habitación.
Sin respuesta.
Yo:
¿Por qué has cerrado la ventana? ¿Es porque ha venido
Cayetana? No pienso meter la mano en sus bragas, niña
Candela. Eso no será nunca más una opción.
Ni aun tirando de sarcasmo conseguí una respuesta.
Yo:
Descansa. Y mañana me das todos los abrazos que hoy me
has robado.
Otra bomba de humo.
Esta mañana, cuando he salido de casa para bajar a la residencia, su
ventana seguía cerrada.
—Cuando quiera, señor Martín. —Uno de los empleados de la funeraria,
que está custodiando el ataúd, me espera para continuar con el funeral.
—Ya estoy —respondo.
No vamos a dilatarlo más. Hago un gesto a Elías para que nos ayude a
llevar el féretro.
El cementerio del pueblo está en una zona muy alta de difícil acceso.
Imposible para el coche de la funeraria. Por ese motivo, subir el ataúd hasta
el campo santo se convierte en un acto de fe en sí mismo.
No miro para atrás mientras cargo con la caja, que pesa demasiado, pero
menos de lo que debería. Mantengo la vista al frente, al cura, que va justo
por delante de nosotros. Sé que la comitiva se ha reducido; solo los que
están mejor físicamente pueden subir hasta aquí. Gracia no es una de ellas
y, por consiguiente, Candela, que nunca la dejaría sola en un momento así.
El nicho familiar, donde hace muchos años enterraron a mi abuela, ya está
abierto cuando llegamos. Hemos tenido que parar dos veces en mitad de la
cuesta para equilibrar el peso entre los cuatro, los dos empleados de la
funeraria, Elías y yo.
Son ellos los que introducen la caja en ese hueco frío y desolador mientras
el cura da el último responso. No soy capaz de mirar, ni aun sabiéndolo soy
capaz, así que agacho la cabeza y me miro los pies. Vale, también tengo que
hacer un ejercicio sobrehumano de contención. Vaya con mi abuelo, mira
que ponerme en esta tesitura. Mi tía se apoya en el hombro de mi padre y él
la abraza. Sollozan comedidos. Mi madre está más entera, como Gloria, que
está custodiada por Cayetana y Ander, que se han quedado un paso por
detrás. Elías sigue a mi lado, desviando la mirada hacia la segunda lápida a
la derecha, donde figura el nombre de su padre, del que apenas recuerda
nada.
El momento en el que el operario tabica con los ladrillos es el peor. El fin.
La nada más absoluta. A partir de ese instante, solo sobreviven los
recuerdos.
—Adiós, Lorenzo —se despide Chuchón en voz alta—. Fuiste un gran
amigo.
—El mejor —añade Prudencio, que ha conseguido llegar aquí con la
ayuda de Muriel.
Mis padres terminan de charlar con todos y le dan las gracias al cura con
un apretón de manos. Yo solo quiero volver a casa y hablar con Candela.
Bajamos la cuesta en silencio y juraría que más despacio de como la hemos
subido. Tenemos los coches en la iglesia, pero, como ya es mediodía, oigo a
mi padre decir que ya ha reservado para que comamos juntos, como le
hubiera gustado al abuelo.
—Al abuelo le hubiera gustado que comiéramos todos juntos en casa,
como ha estado haciendo todos los domingos desde que vinimos —espeto,
porque me da rabia que mis padres todavía no se hayan dignado a poner un
pie allí.
—Ya, pero a no ser que hayas hecho tú la comida, allí no hay nada —
tercia Gloria.
—Claro, qué tonto, tenía que haber hecho eso también, como he tenido
tanto tiempo libre…
—Basta —pone orden mi madre.
—Dejad de discutir. Vamos a comer, que después tenemos que regresar
todos a Madrid.
El énfasis en ese todos va por mí.
—Yo no puedo, tío. He quedado a primera hora de esta tarde en Santander
y tengo que salir ya —se excusa mi primo.
Lo miro sorprendido, no sé si porque me ha sonado a excusa barata o
porque quizá conozca a la persona con la que se ha citado. Se acerca a
darme un abrazo, que también me pilla de sorpresa.
—Suerte, primo —sisea en mi oído—. Y dame una respuesta cuanto
antes. Si quieres mi opinión, las rubias siempre te han motivado mucho más
que las morenas.
—Capullo.
La comida es más liviana que la cena de anoche. Como tenemos que irnos
todos a Madrid, Cayetana ha aceptado que ese ridículo plan de quedarse
conmigo unos días no va a llevarse a cabo. Aunque me ha pedido ir
conmigo en el coche. Mi hermana ha aprovechado la ocasión para decir que
entonces ella se va con mi padre, que conduce mejor que yo.
Subo a casa con mi hermana y mi ex para hacer la maleta. Yo obligado.
Aunque si lo analizo, quizá sea lo mejor para dejar de dilatar mi decisión y
empezar a coger las riendas de mi vida de una vez por todas. A veces, es
mejor que te pongan entre la espada y la pared para abandonar la
inactividad. Pero antes de marcharme tengo que hablar con Candela.
Aparco mi coche delante de la verja de casa, igual que hice cuando llegué
el primer día, para que podamos meter nuestras cosas en el maletero. Aun
así, me olvido de mi hermana y de Cayetana y voy a ver a mis vecinas. En
cuanto pongo un pie en la corralada, me doy cuenta de que el coche de
Candela no está. Se ha ido.
—Hola —digo bajito al entrar en casa, por si Gracia se está echando la
siesta.
—Hola —me responde Mila desde la cocina—. ¿Qué tal estás?
—Bien. Bueno, todo lo bien que puedo. ¿Y Gracia?
—Está acostada en su cama. Se ha tomado una pastilla después de comer
y se ha quedado dormida. ¿Quieres un café?
—No. Ya me lo he tomado. ¿Y Candela? Necesito hablar con ella.
—Candela se ha marchado a Santander.
¿A Santander? ¿Como Elías? Ya te vale, Rodrigo. Sí, lo sé, es una
gilipollez que sea lo primero que haya pensado. Ya no tenemos diecisiete
años y, además, son Candela y mi primo, ni de coña.
—Había quedado con sus amigos, esos que vinieron hace poco —añade
Mila, supongo que preocupada al ver mi cara de culo—. Por eso me pidió
que viniera a hacer compañía a su abuela.
—Vale. La llamaré por teléfono entonces.
—Rodrigo… —La voz de Gracia nos llega atenuada desde su habitación.
Me acerco a su cuarto, tiene la contraventana sin cerrar, por lo que entra la
luz de la tarde.
—¿Te he despertado? Lo siento.
—Qué va, esas pastillas me dejan grogui un rato, pero enseguida me
espabilo. ¿Ya se ha ido la estirada esa de Madrid?
Sonrío, Gracia es la sinceridad personificada.
—No, se va ahora. En realidad, me voy con ella yo también.
—¿Tú? ¿Hoy? No me digas que volvéis a estar juntos. Porque entonces
voy a pensar que sí que haces honor a lo de Tontodrigo. —Hace el amago
de levantarse, pero me siento en el borde del colchón y se queda recostada.
—No, Gracia. No he vuelto con ella ni lo haré. No tienes de qué
preocuparte. Y solo me voy a arreglar unos asuntos pendientes. Porque ya
sabes que aquí también nos han quedado cosas sin hacer. —Le guiño un ojo
—. ¿Por qué se ha ido Candela sin despedirse? ¿Está enfadada conmigo?
—Enfadada, bueno, tampoco creo que lo esté. Ya sabes cómo es. Está
escondiéndose, como hace siempre. Se ha ido a ver a sus amigos, los
modernos esos. Me imagino que para desconectar un rato de todo esto.
Prefiere desaparecer a mostrar que siente y padece, como si a nosotros
pudiera engañarnos. Lo de las muertes no lo lleva bien, niño. Y verte con
esa niñata caprichosa tampoco le habrá gustado mucho.
—Así la llamaba mi abuelo.
—Porque la tenía calada. Tu abuelo era… —Se le entrecorta la voz.
—Era muy listo y el mejor. Yo también voy a echarlo muchísimo de
menos.
—Y yo, pero a él le prometí recordarlo con una sonrisa en los labios
siempre, y es lo que pienso hacer, porque soy una mujer de palabra.
—Pues así lo haremos.
—Y respecto a mi niña, piensa que agosto está a punto de terminarse, eso
siempre la ha puesto triste, así que se le ha juntado todo.
—A agosto le quedan días. Y me aseguraré de que siga siendo feliz en
septiembre.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
—La cara de mustia se la quitaste, y por nada en el mundo me gustaría
verla con ella de nuevo.
—Te doy mi palabra. Ahora, sintiéndolo mucho, porque después de
Candela eres la mujer más guapa que conozco, tengo que irme. —Me
inclino y le dejo un beso en la frente.
—Ay, mi zalamero favorito. Si quieres puedes llamarla.
—Es que lo que tengo que decirle es mejor hacerlo en persona y,
conociéndola, no me lo va a coger a la primera ni a la segunda.
—Tienes razón y, aunque sea mi nieta y la quiera con locura, me gustaría
que tú te hicieras desear un poquito y fuera ella la que por fin se sincerara
contigo.
—No sé si eso será tan fácil.
—Tú déjame a mí. —Me guiña el ojo como he hecho yo antes y se gana el
último beso.
Salgo de esa casa después de despedirme de Mila, sin haber abrazado a
Candela, pero con el corazón más cargado de amor que antes.
38. PUTOS MONSTRUOS
Candela

—Entonces ¿dónde está el problema? Porque no termino de pillarlo, Cande.


—Vale, Mon —respondo ofuscada—, es que tú lo ves siempre todo muy
fácil.
—Tampoco siempre —me rebate y remueve el vaso de su café con hielo.
Me he escapado del pueblo en cuanto Mila me ha dado el relevo. Hoy no
era el mejor día para dejar a mi abuela muchas horas sola, aunque sé que
dormitará durante la mayor parte del tiempo porque también está cansada.
Por eso, nada más comer, he llamado a mis amigos y les he comunicado que
iba a bajar a verlos.
Sopla el sur con fuerza, así que he conducido con más cuidado hasta
llegar aquí. He quedado con ellos directamente en la cafetería del faro, que
es donde estamos, porque no me apetecía arriesgarme a ir a su casa y
cruzarme con Isaac. No he vuelto a saber de él desde que se largó del
pueblo y quiero que así siga siendo.
Necesitaba alejarme de las montañas y no solo en sentido literal. Desde
hace días mi corazón arrastra subidas y bajadas como si se hubiera quedado
a vivir en un parque de atracciones. Y lo peor es que estoy tan poco
acostumbrada, porque en mis anteriores años de vida no había
experimentado nada semejante, que me está costando un triunfo controlarlo.
He hecho lo que mejor se me da, distanciarme del problema. ¿Rodrigo es el
problema? En esencia, sí. Imagino que estás pensando que lo que he hecho
realmente es huir, ¿no? Si quieres decirlo así, no te lo voy a rebatir. Aunque
se trata de una huida temporal. Antes de la hora de la cena ya habré
regresado a casa y no me quedará más remedio que afrontarlo.
Igual que debería hacer con los mensajes que me mandó anoche y que no
he respondido aún. Estoy segura de que me los envió en cuanto se dio
cuenta de que mi ventana estaba cerrada. Yo apagué el móvil y lo puse a
cargar, y esta mañana no tenía demasiadas ganas de hablar con nadie.
Estaba triste por mi abuela y también por él, porque sé lo que cuesta
despedir a alguien de manera definitiva, y más cuando esa persona era
importante para ti. Además, los wasaps desprendían un tono sarcástico con
el que solo intentaba provocarme, así que me siento orgullosa de no haber
sucumbido.
¿Qué pretendía? ¿Dormir conmigo como ha hecho casi todas las noches?
¿Así? ¿Sin más? Porque tenía a la que iba a ser su mujer en su casa, lo más
probable es que colgada de su cuello. Quizá quería pasar un rato con su ex y
otro conmigo, como debió de hacer cuando se fue a Madrid hace unas
semanas, ¿no?
—A ver, Cande, no es por ponerme de parte de Mon, el hombre feliz 24/7,
pero que ahora tengas miedo de tus sentimientos, con lo kamikaze que tú
eres —apunta Bruna y yo me indigno más—, es una soberana estupidez.
—Muchas gracias.
¿Y si el problema es justo eso? Mis amigos no se dan cuenta de que quizá
estoy tan asustada precisamente porque nunca he sentido nada similar. Isaac
me gustaba (mucho al principio), pero sé, a ciencia cierta, que nunca estuve
así de entregada con él. ¿Entregada o enamorada? No voy a explicártelo
porque me has entendido.
—No te lo tomes como un ataque personal, solo te estamos diciendo que
has lidiado con situaciones mucho más bizarras que esta —apuntilla Bruna.
—Sí, pero nunca se había expuesto tanto con nadie —afirma Mon—. Por
eso mismo, se caga por las patillas, ¿no la ves? Es como una primeriza en
un parto.
No sé en qué momento me ha parecido buena idea contarles cómo estoy y
lo que siento por Rodrigo. Ellos, tan listos y tan sabios, me han dicho que
ya lo sabían, que la única ciega era yo. Según ellos, aquel fin de semana que
pasaron en el pueblo ya notaron que estábamos mucho más locos el uno por
el otro de lo que nos atrevíamos a reconocer. Y que la excusa del amor de
verano no se la creía nadie.
—Tienes que dejar de boicotearte, Cande. ¿Qué puede salir mal? —se
interesa Bruna.
—Exacto —reafirma nuestro amigo—. No seas ceniza. Lo tuyo con
Rodrigo viene de largo, es como si todos estos años hubiera estado ahí,
latente, esperando el momento adecuado. Es obvio que esta oportunidad es
la buena: por vuestras situaciones, por vuestro momento vital, por lo que
sea. Tenéis que intentarlo. Yo no veo que sea tanto problema. Dile lo que
sientes, que es lo mismo que siente él. Y luego, buscad un punto de unión
entre lo que quiere uno y lo que quiere el otro, no será tan complicado
salvar la distancia.
—No sé, me cuesta verlo. Los dos meses de verano no son un buen
medidor. Hemos estado muy bien, pero agosto ya se acaba y cada uno tiene
su vida. Él en Madrid y yo aquí.
—Ya, pero estás dando por hecho que él quiere volver a eso. ¿Has
hablado con él? —me pregunta Mon.
—Hemos hablado, sí. Pero tampoco en profundidad. No he querido
decirle nada y que me malinterpretara. He preferido guardármelo para mí.
Bueno, hasta hoy, que os lo he contado a vosotros. No quiero que piense
que lo estoy forzando a cambiar su rumbo por mí. Sé lo responsable que es
con su familia, lo difícil que le resulta decirles que no y lo entregado que
está a su empresa.
—¿Está o estaba? Porque él tiene sobre la mesa una posibilidad real de
dejar su vida en Madrid, Cande —suelta Bruna y me mira esperando mi
reacción.
¿Perdona? ¿Por qué Bruna parece tener más datos que yo? Ayer Elías y él
me dejaron entrever que la propuesta de formar parte de la bodega no era
solo una mera inversión, pero desconozco los detalles, porque no era ni el
momento ni el lugar.
—Y tú manejas información de primera mano ¿por…? —me intereso.
—Porque yació en una cama con su primo y le sacó todo, no solo la leche.
Hala, ya lo he soltado yo y así podemos avanzar, que veo que nos
estancamos y tú tienes que atravesar el desfiladero, y si es de día mucho
mejor.
—Ya te vale, Mon —protesta ella, pero no puede evitar reírse.
Alucino. Sobre todo, porque Bruna no me lo haya contado. Además, una
cosa es tener sexo con Elías y otra muy diferente que manejen ese nivel de
confianza, ¿no? Tanta como para hablar de su empresa, de su primo y hasta
de nosotros, porque, en esa conversación posfornicio, seguro que hemos
salido a colación.
—Elías y tú… ¿Yacer? Qué pedante puedes llegar a ser, Mon. Y cabrón,
eso también.
—Sí, Elías y yo. Ya lo sé, no pegamos ni con cola, pero ¿qué quieres que
te diga? Tomamos un par de cervezas, no nos quedamos sin temas de
conversación, que eso es un factor determinante para mí, ya lo sabes, y
luego pues seguimos con el tonteo que comenzamos en el pueblo y se nos
fue un poco de las manos. Fue divertido. Y ahí, donde lo ves, sabe lo que
hace. Lo sabe muy muy bien…
—Por favor, no necesito detalles sobre lo bien que folla Elías —me quejo.
—No te preocupes, esos también puedo dártelos yo, si quieres —
interviene Mon y se lleva un manotazo de Bruna, que le tenía ganas desde
hace un rato.
—No, gracias. No quiero.
—Es más —mi amiga mira su reloj—, ahora que ya estás al tanto, te diré
que me tengo que largar. He quedado con él en el centro dentro de quince
minutos.
—Es broma.
—No, no lo es, mi ciela. —Sonríe y se levanta de la silla, no sin antes
darme un abrazo apretado. La quiero y sí, se lo devuelvo con una sonrisa
bastante más amplia de lo que esperaba—. Tengo ahí la moto. ¿Te importa
dejar a Mon en casa?
—No soy un puto cachorrillo abandonado.
—Cachorrillo, dice. Con ese tamaño —lo vacilo.
—No, eres nuestro osito de peluche al que siempre achucharemos. Y tú,
no sufras por Isaac, no vas a encontrártelo.
—¿Cómo lo sabes?
—He visto cómo metía una maleta de las grandes en un taxi esta mañana,
se ha marchado de vacaciones.
—Está bien. Lárgate y no le menciones a Elías nada de lo que os he
contado ahora, ¿entendido? Si después de que te la meta, no tenéis temas de
conversación, que te hable del proceso de la vendimia, pero no de mí ni de
su primo, que cuando quiere se pone muy pesado también.
—Tranquila, mis labios están sellados.
—Serán los de arriba, porque los de abajo…
Soy yo la que atizo a Mon esta vez.
Bruna se marcha la mar de risueña y yo llevo a nuestro amigo a casa. Lo
dejo enfrente del portal.
—Dale un beso a tu abuela de mi parte. Y dile que nos vemos pronto en la
boda.
—Sal de mi coche, capullo.
—¿Qué pasa? ¿No nos has dicho que el triatleta ya se quedó a las puertas
del altar? Pues seguro que, en cuanto le digas que no puedes vivir sin que se
cuele por tu ventana cada noche, te organiza otra en un abrir y cerrar de
ojos, que ya tiene experiencia.
Le hago una peineta, desde el cariño, y lo pierdo de vista.
Tengo que reconocer que, al final, no ha estado tan mal venir a verlos.
Ellos siempre terminan dándole la vuelta a la tortilla y sacándome una
sonrisa, como si tuvieran el superpoder de convertir mis peores días en algo
mejores.
Con el batiburrillo de pensamientos emprendo el camino de vuelta a casa.
En mi coche suena un tema tras otro durante todo el trayecto. Cuando le
toca el turno a Loto, de Bruno Alves y Chica Sobresalto, leo el cartel que
indica que ya he entrado en el pueblo. Subo el volumen y hago la letra un
poco mía. Quizá haya llegado la hora de abandonar mis putos monstruos.
Cuando meto el coche en la corralada solo está el de Mila. ¿Y el tanque de
Rodrigo? Podría asomarme por la tapia, pero prefiero entrar en casa
primero.
En cuanto pongo un pie dentro, las risas me llegan desde el salón. Han
venido las chicas, aunque hoy no es sábado. Están todas sentadas en el sofá,
con una copa de vino clarete en la mano. También hay queso, jamón y dos
tortas de aceite cortadas.
—Hola, chicas, ¿qué es esto? ¿Una fiesta de pijamas?
—Sírvete una copa de vino y siéntate con nosotras —me dice Piedad—,
que hoy vamos a ver juntas Firdeis.
—Mejor trae otra botella, porque esta se está acabando y tú con una copa
no vas a tener suficiente —sisea mi abuela.
La mirada que me dedica responde a la única pregunta que da vueltas en
mi cabeza desde que he aparcado el coche.
Rodrigo se ha marchado a Madrid.
39. NUESTRA HISTORIA NO TIENE QUE SER
LA VUESTRA
Gracia

—Buenos días, Gracia González de Ceballos, ¿qué tal has dormido?


Esa soy yo. Y esa es la primera pregunta que me hace mi nieta todas las
mañanas cuando entra en mi habitación y me ayuda a levantarme.
—A tenor de tu cara, mejor que tú, niña.
Antes de ponerme de pie, me deja unos minutos recostada sobre los
almohadones, porque, si me incorporo muy rápido, suelo marearme. Llegar
a viejo no es ningún regalo de Dios, y mira que la que suscribe estas
palabras sigue siendo creyente.
Es evidente que la esperanza de vida en nuestro país ha aumentado de un
tiempo a esta parte, como recalcan cada dos por tres en el telediario, sin
embargo, de lo que no hablan tanto es de lo difícil que nos resulta la
mayoría de las veces lidiar con ese envejecimiento. Cumplir años, y más
cuando ya son demasiados, va relacionado con la pérdida de calidad de
vida.
Yo, por ejemplo, tengo algunos días buenos y otros no tanto, aunque no
puedo quejarme, porque, de momento, todo es soportable. Por suerte, sigo
viviendo en mi casa, respirando calma y rodeada de todos mis recuerdos.
Cada vez que pienso en que Lorenzo se murió hace dos días solo, en una
habitación inhóspita y deslavada, se me encoge el corazón, tanto que podría
esconderlo en mi propio puño.
Espero que al menos no sufriera nada en absoluto y que su último
pensamiento antes de dejarnos aquí fuera algo bonito, algo que le hiciera
inmensamente feliz.
Ojalá muriera con esa sonrisa contagiosa que tanto me gustaba. Esa
misma con la que se metió en el coche de su nieto el sábado cuando se fue
de aquí. Esa es la última imagen que tengo de él, sonriente y feliz, y que
conservaré junto con todos los recuerdos que enumeramos aquella tarde
bajo el cerezo que vino de Japón y que conforman toda una vida, la nuestra,
repleta de amor, amistad y respeto.
—Espera aquí, que voy poniendo la cafetera al fuego.
—Espera un minuto —le digo y saco el pañuelo blanco con la G bordada
en gris perla que tengo debajo de la almohada para limpiarme un par de
lágrimas furtivas.
—Yaya, ¿qué ocurre? ¿Estás bien? Te duele la cabeza, ¿no?
—No, no es eso.
—A ver, señora Gracia, que es lo más normal del mundo después de que
usted y sus amigas se pimplaran las dos botellas de clarete viendo a Sobera.
Eso es una resaca en toda regla, ahora que, para ser martes, has empezado
fuerte esta semana.
Niego con la cabeza y ella se sienta en el borde del colchón. Busco sus
manos con las mías y se las sujeto. Mi niña rubia y nerviosa se ha
convertido en una mujer preciosa. Y aunque ella disimule constantemente,
tiene un corazón enorme que alberga espacio para dar y recibir mucho
amor. No me extraña que el pequeño de los Martín siga prendado de ella
tantos años después.
—Que no, que te he dicho que estoy bien, niña. Pero tú no. ¿Te has
mirado en el espejo antes de bajar? Porque tienes que darte cuenta. Mira, si
me apuras, tienes peor cara que cuando llegaste en junio. Y es lógico —la
parafraseo para que me preste más atención—, porque esta vez sí que te
duele. Porque nadie te ha importado nunca tanto como Rodrigo. ¿Ya has
hablado con él?
—Todavía no.
—¿Y a qué esperas?
—Rodrigo se ha marchado a seguir con su vida en Madrid. Y yo me he
quedado para seguir con la mía aquí. No te preocupes por mí, en unos días
se me habrá pasado, seguro. Ya sabes que el final de agosto nunca ha sido
mi mejor época. Además, él tampoco me ha llamado para decirme que se
marchaba, ni me ha mandado más mensajes.
—Vino a decírtelo en persona, pero tú ya habías huido.
—Huir, lo que se dice huir…
—Sí, no lo disfraces. Y deja de ser tan cabezona, por favor, que cuando te
comportas así eres un calco de tu padre. Rodrigo habrá llegado tarde a su
casa y agotado. ¿O ya se te ha olvidado que ha estado más de cuarenta y
ocho horas sin pegar ojo atendiendo a todo el mundo y haciéndose cargo de
todo?
—Claro que no se me ha olvidado.
—Pues entonces deberías preguntarle si está bien por lo menos. Y, de
paso, cuéntale cómo te sientes. Guardarte los sentimientos para ti misma no
te hace más fuerte, Candela, solo te debilita por dentro. Como si estuvieras
ingiriendo un veneno en pequeñas dosis sin saberlo, pero, poco a poco, te
empiezas a encontrar peor y peor.
—¿Eso es lo que te ocurrió a ti? Porque tú nunca me has parecido débil,
yaya.
—Podría haber sido mucho más fuerte. Más decidida. Más valiente. Y, por
supuesto, más sincera. No solo conmigo.
—No puedo opinar al respecto, sigo sin conocer la historia contada por ti.
—Mi nieta me pone esa carita de animalillo herido y claudico.
—Venga, vamos a desayunar y te la cuento. Quizá una cafetera no sea
suficiente.
Y mientras nos tomamos el café con las tostadas recién hechas, le cuento
cómo fue nuestra historia.
—Conocí a Lorenzo cuando éramos unos mocosos, más o menos desde
que tengo uso de razón él siempre ha estado ahí. Primero nos veíamos en la
escuela, aunque íbamos a clases separadas, no por la diferencia de edad, él
solo me sacaba un año, sino porque segregaban a las niñas de los niños.
También coincidíamos los domingos en la iglesia, que era un lugar común,
casi como un centro social. Yo lo veía a la salida, porque él y sus amigos
solían subirse a la parte alta, donde estaba el coro, y, en cuanto podían, se
escapaban por el ventanuco de atrás antes de que llegara el padrenuestro. Lo
cierto es que todos los niños en aquella época nos llevábamos muy bien,
aunque nosotras tuviéramos intereses diferentes a los de ellos. La guerra
había acabado hace años, pero la incertidumbre sobrevolaba cada día
nuestras cabezas y más después de ver cómo había terminado Europa.
Cuando cumplió los doce, ya lo veía a menudo ayudando a su padre en la
construcción de la casa y muchas veces también en la casona, porque aquí
siempre había cosas que arreglar. ¿Te suena?
—Sí, claro que me suena. Continúa, por favor.
—Lorenzo se convirtió pronto en un muchacho muy trabajador, siempre
dispuesto a echar una mano. Era inquieto, alegre y muy atlético. Tenía un
físico envidiable. Y todas las jóvenes empezamos a fijarnos en él. Piedad
rozaba la obsesión, sin embargo, ella siempre me dijo que, si yo estaba a
dos metros a la redonda, Lorenzo solo tenía ojos para mí y que no fuera tan
tonta como para ignorar ese hecho. Supongo que fue ella la que me incitó a
prestarle mucha más atención. Y es lo que hice. Acercarme a él sin
remilgos, algo insólito en aquellos años. Ser recatada era una característica
de obligado cumplimiento, no fueran a pensar que…
—Sí, que eras una cualquiera. A ver, todavía quedan algunos retrógrados
con el mismo pensamiento.
—Los menos, afortunadamente. Mi madre era la reina en guardar las
apariencias, así que mi conducta natural y sincera cuando Lorenzo estaba
cerca la sacaba de quicio. Fui una pésima alumna para ella.
—Y entonces, ¿cómo lo hacíais? ¿Os veías a escondidas o no?
—A pesar de que a Lorenzo se le daba bien estudiar y le gustaba, en
aquella época casi nadie del pueblo pensaba en alejarse de aquí para seguir
formándose. Así que dejó la escuela y se puso a trabajar a jornada completa
con su padre. Pero todos los viernes venía a mi casa y le pedía un libro
prestado a mi padre; le daba igual el género, él solo quería seguir nutriendo
su mente. A mí me encantaban esos ratos a solas con él en la biblioteca,
aunque no nos dejaran cerrar la puerta. Aprovechábamos para ponernos al
día, compartir cotilleos del pueblo, fantasear con lugares lejanos del mundo
que nos gustaría visitar. Y también para dejar caer otros sueños más
cercanos y más pequeños, que cumpliríamos juntos. Él, en ese instante, solo
quería terminar la réplica de la casa estilo provenzal e instalarse con su
familia en Cerezalín cuanto antes, para estar más cerca de mí. Su amistad
era fundamental para mí y el nivel de confianza que alcanzamos jamás lo
tuve con nadie, ni con mis amigas. Con él hablaba sin tapujos de todo lo
que me preocupaba, de lo que me dolía. Lorenzo era amable, cariñoso y un
gran conversador. Entonces, despertó en mí algo de lo que nadie me había
hablado nunca, porque sí, todo aquello relacionado con lo puramente carnal
en mi casa era pecado. Y aun con todo ese miedo que desde pequeña mi
madre me había inculcado, mis sentimientos hacia Lorenzo crecían a la
misma velocidad que mi curiosidad y a él le ocurrió lo mismo, porque era
muy difícil detenerlos.
—Uy, yaya, esto se pone muy interesante, espera que me sirvo otro café.
Mi nieta se sienta a mi derecha, con el pelo recogido en un moño alto, los
ojos más vivos que hace un rato y la taza de La Cartuja en las manos, más
expectante que nunca.
—No pienso darte detalles cochinos, niña. Pero aquellos dos años fueron
con diferencia los más divertidos de mi vida.
—Vaya, vaya, señora Gracia. Entonces, ¿fueron más divertidos que
cochinos o al revés?
—¿Quieres que siga? —espeto seria, aunque en mi boca se haya dibujado
una sonrisa picarona.
Las piernas no me funcionarán igual que antes, sin embargo, la memoria
la tengo intacta. Trato de mantener la calma, pero puede que hasta me esté
sonrojando al recordarlo. Aquellos días probé la miel, aunque solo me
quedara con ella en los labios.
—Por supuesto. ¿Y qué ocurrió después?
—Pues que mi padre, que padecía una enfermedad pulmonar, empeoró de
forma repentina. Su familia siempre había tenido dinero, pero también
habían invertido parte del capital y habían perdido mucho. Los ingresos por
la consulta nos seguían llegando, pero eran casi los únicos. Yo sabía que
éramos unos privilegiados, pero odiaba cuando mi madre se jactaba de ello.
Ella solo quería seguir perteneciendo a su pequeño círculo, con el que se
reunía en la capital del valle los martes para merendar: la mujer del
banquero, del notario, del abogado y la del alcalde, además de la del
comandante de la Guardia Civil. El círculo de mi padre era mucho más
amplio, ejercer la medicina le había servido para no pertenecer nunca a
ningún bando, ni durante la guerra ni después de ella, aunque, en casa, en la
intimidad, dejaba vislumbrar su ideología política algunas veces, sobre todo
ante las injusticias. De cara a los demás, siempre fue neutral y jamás nadie
se quedó sin atención médica. Tenía amigos en todas partes.
—Lo dices como si fuera algo malo.
—No fue del todo bueno. Algunas amistades solo querían sacar beneficio
de él. Prestaba dinero que no recuperaba. Era muy buena persona y nunca le
negaba nada a nadie. Le debían muchos favores que no llegó a cobrar. Y
nuestra economía se resintió más. Entre esas amistades que hizo en sus
últimos años estaba tu abuelo Tomás. Cuando mi padre lo conoció, apenas
había terminado la carrera de Medicina. No sé, congeniaron enseguida.
Cuando mi madre fue consciente de que la enfermedad de mi padre no tenía
remisión ni cura, se obsesionó con la manera de que nuestra vida no se viera
afectada cuando él faltara. Sufrió más por ese futuro que se quería asegurar
que por la pérdida de su marido.
—Eso es muy triste, yaya.
—Que Dios me perdone por hablar así de ella setenta años después, pero
así fue. Mi madre presionó a mi padre para que trajera a Tomás a casa y nos
presentaran. Aquella primera vez, lo hicieron a mis espaldas, así que no
supe cómo reaccionar. Cuando se marchó fui corriendo a buscar a Lorenzo
y se lo conté. Todavía me duele aquella triste mirada. Lo nuestro se
complicaba. Él estaba a punto de cumplir dieciocho y se tenía que ir a hacer
el servicio militar, yo todavía tenía diecisiete. Por mucho que los dos
estuviéramos enamorados, no teníamos una salida factible a corto plazo.
Así que decidimos seguir en secreto hasta que él se marchara y confiar en
que Tomás no volviera a aparecer por mi casa, porque no quisiera quedarse
con la consulta en el pueblo o porque yo no le hubiera gustado nada.
—Pero eso no ocurrió…
—No. Volvió a comer un domingo a la casona y oí después del café que
mi padre hablaba con él de lo mucho que me había gustado su anterior
visita. Cuando iba a irrumpir en su consulta, para decirle que yo solo quería
estar con Lorenzo, mi madre me interceptó, me llevó hasta la cocina y me
contó sus verdaderos planes. Después de que me casara con él al cumplir
los dieciocho, le cedería la consulta y a todos sus pacientes, con la
condición de que mi madre siguiera viviendo con nosotros aquí al enviudar,
ya que yo heredaría la propiedad tras la muerte de mi padre.
—Qué fuerte. Y qué feo, yaya.
—Pues sí. Lo que pasó a continuación más o menos lo sabes por las
cartas. Lorenzo se fue a Cádiz a cumplir con su obligación y yo me quedé
aquí sumida en una profunda tristeza y poniendo buena cara cuando Tomás
aparecía. A veces nos dejaban a solas, para que nos conociéramos mejor, y
aunque era lo último que me apetecía, resulta que tu abuelo también tenía
temas de conversación interesantes, era respetuoso conmigo y agradable,
pero yo solo podía pensar en mi amor. Cuando Lorenzo tuvo un permiso y
regresó a casa, volví a sonreír. Me consta que tuvo una reunión con mi
padre, le dijo que era muy buen trabajador, que solo tenía que esperar a que
acabara el servicio militar y después regresaría, se casaría conmigo y nos
mantendría, que podría cuidar de su familia. Incluso compró unas vides en
El Hoyo y hasta le enseñó la escritura.
—Las famosas vides que quiere Elías.
—Esas mismas, las compró para los dos con sus ahorros, para que
tuviéramos algo juntos. Pero no pudo ponerlas a mi nombre hasta muchos
años después, cuando tu abuelo ya había muerto. En ese instante ya no tenía
importancia, pero era una espinita que Lorenzo tenía clavada y que quiso
quitarse. Porque, aunque te parezca extraño, en este país, en aquellos años
necesitabas la firma de tu marido hasta para abrir una cuenta en el banco.
Lorenzo esperó el tiempo necesario hasta que por fin pudo darme la mitad
que, según él, me pertenecía.
Candela me coge la mano y me la aprieta. Recordar todo me está sentando
bien. Contárselo a mi nieta es una bonita manera de honrar ese amor puro y
maravilloso que sentimos.
—¿Quieres parar un rato? Te duchas, te vistes y luego seguimos.
—Sí, el agua me sentará bien.
Después de asearme y vestirme, salimos a dar un pequeño paseo por la
finca, yo sujetándome a su brazo y ayudada por un bastón que no me gusta
nada usar. Vamos hasta el cerezo y nos detenemos, las dos miramos hacia su
copa y sonreímos.
—¿Dónde crees que caerá la felicidad este año? —me pregunta—. ¿En
nuestro lado?
—Ay, Candela, con lo lista que eres para algunas cosas… —No me puedo
creer que todavía no se haya dado cuenta de que no hace falta esperar a que
caiga la última cereza para palparla.
Le pido seguir avanzando hasta la higuera, que está en el otro extremo de
la finca. La última vez que estuve debajo del cerezo lo hice con Lorenzo y
me gustaría conservar ese recuerdo.
Sentadas en ese otro banco, recién pintado, le hago un resumen de todo lo
que vino después.
Mi boda en octubre de 1953, a la que no asistió Lorenzo. La muerte de mi
padre un tiempo después. Cómo nos encontramos debajo del cerezo a solas
aquella tarde del funeral y cómo me mintió al decirme que era feliz, igual
que le mentí yo. Su marcha de nuevo, esta vez sin saber su paradero
definitivo y sin volver a tener muchas noticias de él. Mis intentos de volver
a sonreír al lado de Tomás, que fue muy paciente conmigo. Mi relación con
mi madre, cada día más distante, hasta que una prima de ella que vivía en
Palencia se puso enferma y se marchó un tiempo a cuidarla, ahí fue cuando
recuperé la fuerza y pude volver a ser yo. Mis ganas de seguir aprendiendo.
Lo que me gustaba ayudar a mi marido en la consulta, aunque al principio
él fuera reticente. La lectura, que siempre me hizo viajar. Echar una mano a
Agripina, Piedad y Mercedes siempre que me lo pedían. Acostumbrarnos a
los pequeños cambios. Aprender a entregarme a mi marido igual que se
entregaba él a mí. Lo que me costó quedarme embarazada. La esperada
vuelta de Lorenzo a casa, de la que me informó su hermana una tarde de
sur. Aunque no vendría solo, sino con su futura mujer. Soledad. Morena y
guapa, bastante reservada.
Ese reencuentro años después, con las miradas cambiadas. Lo poco que
nos costó recuperar la confianza, aunque jamás recortáramos la distancia
que nuestros matrimonios habían impuesto para nosotros. Mi embarazo. El
de Soledad, que fue complicado y solo gracias a la intervención de mi
marido llegó a buen puerto. La ilusión por aumentar nuestras propias
familias. Las tertulias de los domingos, a la hora del café. Lorenzo y Tomás
se hicieron amigos, no íntimos, pero sí que fueron más que vecinos. Y a mí
me gustaba saber que de una manera u otra había tenido la suerte de haber
conocido a dos buenos hombres, que no todo el mundo puede decir lo
mismo. Vimos crecer a nuestros hijos juntos. Vimos cómo sus sueños eran
alejarse de aquí, nada que ver con los nuestros. Vimos cómo moría Franco.
Esa noche brindamos los cuatro con un orujo recién destilado en una
alquitara que tuvimos aquí, aunque seguíamos sin hablar abiertamente de
política, todos estábamos en el mismo bando. Y seguimos siendo muy
buenos amigos, los mejores. Cuando me quedé viuda, él y Soledad se
encargaron de todo, para que yo no tuviera que preocuparme. Y cuando él
se quedó viudo, yo me encargué de que las primeras semanas jamás le
faltara un plato de comida en la mesa.
—Yaya, lo siento. Tuvo que ser muy duro tener al amor de tu vida tan
cerca y a la vez tan lejos. No me puedo imaginar lo que tuviste que sufrir. Y
después, cuando ya estabais viudos los dos, ¿nunca pensasteis en estar
juntos por fin?
—No, porque nuestro amor ya había mutado. Y estábamos muy bien así.
Fue mi primer amor, niña. Pero no el único. A tu abuelo lo quise mucho. Y
me consta que Lorenzo a Soledad también. Hemos sido muy muy
afortunados.
—Sí tú lo dices…
—Lo digo, sí. Formamos nuestras familias y seguimos disfrutando de
nuestra amistad. Luego, nuestros hijos volaron del nido, pero llegasteis
vosotros. Primero Gloria, luego Elías y Rodrigo y, por último, tú. Y nada
nos gustaba más en este mundo a Lorenzo y a mí que veros a ti y a su nieto
juntos.
—Yaya…
—Te lo digo en serio, niña. Nosotros siempre sentimos que estabais
destinados a estar juntos, desde que erais dos micos que solo se buscaban
para jugar. Ahora solo hace falta que seáis capaces de visualizaros juntos en
este presente y perteneceros.
—No es tan sencillo —me rebate, porque sigue siendo una terca.
—Sí que lo es. Somos los humanos los que nos empeñamos en
complicarlo todo. Y eso que en la era de la tecnología todo tendría que ser
más fácil. Venga, corre a casa y llama a Rodrigo de una maldita vez. Dile la
verdad, porque solo con ella por bandera serás del todo libre, niña. Hay
oportunidades en la vida que, si las dejas pasar, jamás vuelven.
—Lo dices por vuestra historia.
—En parte sí.
—Un amor como el vuestro se merecía un final feliz.
—¿Y quién dice que no lo tuvimos aun así? Nuestro amor no desapareció
nunca, siempre estuvo ahí. Además, ¿no te has parado a pensar que, si
Lorenzo y yo hubiéramos estado juntos, ni tú ni Rodrigo habríais existido?
—Tienes razón, pero…
—Pero nada, niña. Espabila y no os perdáis, porque nuestra historia no
tiene que ser la vuestra.
40. LO URGENTE Y LO IMPORTANTE
Rodrigo

Levanto la vista y echo un último vistazo al que, hasta hoy, ha sido mi


despacho. No, no voy a echar de menos estas cuatro paredes y esa ventana
con vistas a los tejados de Madrid.
Abro el último cajón de mi escritorio y compruebo que no me dejo nada
importante. Solo papeles acumulados, una pluma estilográfica con mi
nombre, que me regaló mi padre cuando empecé a trabajar con él, y un
pisapapeles con la torre de Londres que se vino conmigo al terminar mi
etapa universitaria.
Meto la mano en el bolsillo y aprieto la pelota de goma que Candela coló
en nuestra finca el primer día que nos conocimos y, entonces, sonrío como
un auténtico gilipollas. Todo son señales. Desde que me la quedé aquel
verano, ha sido un amuleto para mí. Y aunque esta mañana desbordaba
seguridad en mí mismo, porque he tomado esta decisión tan importante
pensando en lo que quiero hacer con mi vida, dejando a un lado la urgencia
y centrándome solo en mí, convencido de que nada ni nadie iban a hacerme
cambiar de opinión, no me he resistido a dejarla en casa. Lo cierto es que,
en la mayoría de los momentos importantes en mi trabajo, sobre todo en
esas épocas de máximo estrés, siempre la he llevado en el bolsillo. Como si
juguetear con ella me ayudara a recordar que, en el fondo, seguía siendo
aquel niño libre de preocupaciones y feliz. Este verano, he reconectado
tanto con aquel crío que reía y soñaba sin complejos que no la había echado
de menos hasta que he regresado a Madrid.
Mi padre se apoya en el marco de la puerta de mi despacho y me mira
desde ahí.
—No tienes por qué vaciarlo hoy mismo, hijo.
—Lo sé, pero cuanto antes empecéis con esta nueva etapa, mejor.
La reunión que hemos mantenido ha sido tensa. Mi padre sigue al frente
de la empresa y así seguirá, aunque se jubile en breve, porque ha rechazado
mi propuesta de que fuera Gloria la que lo sustituyera llegado el momento.
A mi hermana no le interesa esa responsabilidad, pero sí que me ha
recriminado, por activa y por pasiva, que yo la rechace. No, no quiero estar
al frente de un negocio que consume mis días y que ha dejado de
motivarme, y aunque me he estado machacando durante muchos meses con
esto, por fin he llegado a la conclusión de que mi decisión es legítima y
tendrán que respetarla, aun sin entenderla. Además, mi padre sabe que, si
necesita mi ayuda para buscar la mejor solución para su salida de la
empresa, lo haré encantado. El problema es que no quiere pensar en
alternativas que no lleven el apellido Martín y está completamente
obcecado.
Mi puesto como director financiero será para Felicia, que lleva trabajando
con nosotros más de seis años y está perfectamente cualificada para
sustituirme. Lo más desagradable ha sido cuando ha intervenido el padre de
Cayetana, que me la tiene jurada, y ha exigido liquidar la sociedad que tiene
con mi padre y dejar de trabajar con nosotros. Ahí solo me he limitado a
observar cómo echaba espuma por la boca, cómo mi padre le rendía
pleitesía y cómo mi hermana asentía dándole la razón por mi supuesto
comportamiento. He preferido callarme e irme en paz. Es obvio que fui un
ingenuo al pensar que sabría separar los negocios de mi relación con su
hija.
—Supongo que ya no hay nada que pueda decirte, que tu decisión es
inamovible —insiste.
—Así es. Pero sabes que puedes consultarme cualquier tema que os
preocupe y Felicia puede llamarme cuando quiera, ya se lo he dicho. Sigo
siendo tu hijo, no voy a desaparecer del mapa.
—A mí me parece que sí.
—No seas exagerado.
Cojo la caja con mis pertenencias y me acerco hasta él. Me la pongo en la
cadera para darle un abrazo antes de marcharme. Él me lo devuelve, pero
sigue mascullando que ojalá no me arrepienta de cometer este error
mientras me acompaña hasta el ascensor.
Gloria se cruza con nosotros en la entrada y me dice que Telmo está en
casa de mis padres y que no deja de preguntar por mí. Le confirmo que
luego voy a verlo y así me despido de mi madre también.
—¿Tú no vas a despedirte? —le pregunto a mi hermana.
—Ni que te fueras a China —protesta, pero tomo la iniciativa y acorto la
distancia para darle un beso en la mejilla.
—Casi… —murmura mi padre de nuevo.
Abandono el edificio sin dilatarlo más. En cuanto me meto en el coche,
recuerdo que no he quitado el modo avión al móvil que he activado al entrar
en la reunión. Así que hago eso lo primero, lo coloco en el soporte del
salpicadero y arranco el motor. Nada más salir del garaje, me empiezan a
llegar las notificaciones.
Dos llamadas de mi madre. Otra de Cosme. Y una última de Candela hace
algo más de media hora. Me alegro de que haya dado el primer paso
veinticuatro horas después de habernos visto por última vez, porque,
conociéndola, podría haber seguido ignorándome, aunque no se lo iba a
consentir. Y sí, como imaginas, anoche, cuando llegué a mi casa reventado,
estuve a punto de mandarle otro mensaje, ya que los anteriores se habían
quedado sin respuesta, pero estuve repasando los puntos de la reunión y
terminé quedándome frito con todos los papeles encima de la cama. Esta
mañana solo he comprobado mis wasaps, ninguno era de ella, y me he
focalizado en la reunión.
A mi madre la llamaré más tarde, cuando vaya a pasarme para ver a
Telmo. Devuelvo la llamada a Cosme, por seguir un orden.
—Hola, pueblerino —me responde socarrón—. Ya sé que estás en
Madrid. Ya era hora, tío, porque me debes un montón de salidas. Regresé
hace cuatro días de Ibiza y no sé qué hacer con mi vida social sin ti. ¿Qué
tal si empezamos a recuperar el tiempo perdido esta misma noche?
—Cosme, yo…
—¿Qué? ¿No tienes ganas de salir? Ya sé que estás jodido por lo de tu
abuelo, pero piensa que airearte te sentará bien. Además, no te he visto en
todo el verano, tío.
—Ya, pero es que esta noche no voy a poder.
—Mañana entonces.
—Mira, mejor quedamos para comer y te pongo al día, ¿vale?
—Por favor, cuánto misterio. Te veo en el club dentro de un rato, que me
has pillado yendo para allá.
—Está bien. Ahora nos vemos.
Sonrío al imaginar la reacción de mi amigo cuando le cuente mis planes
de futuro. Y también lo pesado que se pondrá para hacerme cambiar de
opinión, como todo mi círculo.
Cojo el segundo desvío a la derecha y busco el contacto de Candela.
Preferiría llamarla desde un sitio más tranquilo y no desde mi coche, pero
me queda casi media hora de camino hasta el club y me he topado con el
primer atasco. Otra cosa que jamás echaré de menos.
Un tono. Dos. Tres. Nada. Vuelvo a intentarlo, sin éxito.
Debería mandarle un wasap, pero, en el fondo, estoy disfrutando un poco
de todo esto. Abro el chat y releo el último que le envié.
Yo:
Descansa. Y mañana me das todos los abrazos que hoy me
has robado.
Abrazos que no llegaron. Ayer lunes, en la iglesia, no se acercó a menos
de tres metros de mí. Quizá porque Cayetana seguía como una lapa a mi
lado o porque mis padres también me tenían escoltado. El caso es que,
cuando me presenté en su casa por la tarde para verla, ella ya se había
marchado sin decirme adiós, como parece ser nuestro sino.
Yo:
¿No me lo coges porque no te he respondido? Muy mal, niña
Candela. Podría aplicarte la misma medida por ignorar mis
mensajes desde el domingo. Si solo estás jugando al gato y al
ratón, me parece bien, cualquier juego es mucho más
divertido contigo.
Yo:
Ahora en serio. Día muy complicado. A ver si por la noche
con más calma hablamos. O mañana.
Mentira a medias.
Cosme está acodado en la barra del bar antes de pasar al restaurante. Me
abraza como si hubiera regresado de una travesía por el desierto y hubiera
estado al borde de la muerte.
—Alguien me ha echado de menos, ¿no?
—Ese alguien no soy yo.
—Ya.
—Vamos a sentarnos, que me muero de hambre. —Entramos en el
restaurante y buscamos una mesa—. Mira, ahí está Caye con su prima
Federica. Vamos a saludarlas, ¿no?
—Cosme…
Antes de que pueda impedírselo, ya está dándoles dos besos. Cayetana
dice un hola apenas audible y se pone de pie, para encararse conmigo,
ignorando a mi amigo.
—¿Qué narices haces aquí?
—Cayetana…
—Te odio, Rodrigo. Con todas mis fuerzas. —Me da un golpe en el pecho
—. Y este es mi lugar, donde están mis familiares y mis amigos, así que no
tendrías que estar aquí. Lárgate, no quiero volver a verte en mi vida. ¿No te
parece suficiente el daño que me has hecho? Ya me ha contado mi padre lo
de la reunión. Y también he hablado con Gloria. ¿Desde cuándo me
engañas con ella?
—¿Perdón?
—Sí, no te hagas el tonto ahora. ¿Desde siempre? ¿Dónde quedabais? ¿En
Madrid? ¿En Santander?
—Cayetana, no te montes películas en la cabeza. Las cosas no han sido
así.
—No me lo creo. Por eso anulaste nuestra boda —me interrumpe y vuelve
a golpearme en el pecho—, ¿verdad? Porque siempre has estado
encaprichado de ella. Y yo he sido idiota por no haberlo visto antes. A los
demás podrás engañarlos con tus argumentos, pero yo sé por qué dejas todo
atrás, y no, no es por ti, esto solo lo haces por la puta francesa esa.
—Mide tus palabras —mascullo. No voy a tolerar que insulte a Candela
de manera gratuita.
—No me da la gana. Estoy harta de ser la niña buena que todo se lo calla.
No tienes ni idea del error que has cometido. Sin mi padre el tuyo está
perdido. Se le van a cerrar muchas puertas y todo gracias a ti.
Eso no es cierto y lo sabe. La empresa de mi padre tiene solvencia y
mercado suficiente para seguir activa si la gestionan bien. La sociedad con
su padre solo era una inversión más de muchas otras. Sin embargo, no voy a
darle una clase de economía aquí ni tampoco voy a hablarle de nuestra
situación financiera. No pienso caer en sus pobres amenazas.
—Prima, deberías bajar la voz, nos está mirando todo el mundo.
—¡Lárgate, Rodrigo! —escupe airada.
—Caye, cálmate —le pide mi amigo.
—No pasa nada, ya me voy, Cosme.
—Pero si íbamos a sentarnos a comer.
Le doy un abrazo a mi amigo y le digo que más tarde hablamos. Me giro y
me marcho de aquí.
Cuando me meto en el coche, aviso a mi madre de que voy a comer con
ella y con Telmo y subo el volumen de la radio para sacarme el timbre de
voz de mi ex de la cabeza.
No negaré que su actitud me ha sorprendido. Ella siempre ha dado más
valor a guardar las formas que a mostrar su verdadera cara. Aunque, en el
fondo, me alegra que por fin se haya quitado la máscara y haya sacado su
verdadero yo a relucir y más con su propio público.
Entro en casa de mis padres con mi propia llave y, antes de que llegue al
recibidor, ya tengo a Telmo colgando de mi cuello.
—Nano, pero ¿cuánto has crecido?
—Si solo hace tres días que no me ves, tío.
Al final su padre tuvo que reincorporarse al trabajo antes de tiempo y no
pudieron disfrutar de más días juntos, aunque le ha prometido compensarle
pronto, a ver si es verdad. Así que esta mañana temprano lo ha dejado en
casa de mi madre. Todavía no le hemos dado la noticia de la muerte de
Lorenzo, pero es mejor que se lo cuente esta noche su madre.
—Entonces será que has engordado.
—Tampoco. Estoy igual. ¿Ha venido Candela contigo?
—Hola, hijo. —Mi madre se acerca a darme un beso en la mejilla y me
mira suspicaz, como si le extrañara que mi sobrino me preguntara por ella.
—Hola, mamá.
—¿Vienes solo? ¿O tienes a Candela escondida en el coche?
—No, vengo solo.
—Está bien. He hablado con tu padre antes y ya me ha informado de tu
decisión. Pero me da que con quien tengo que hablar en realidad es contigo.
¿Nos sentamos a comer y me cuentas todo?
—Sí. Te lo cuento todo.
Y es lo que hago. Contárselo, serle completamente sincero con respecto a
lo que quiero, a quien quiero y a lo que siento, eligiendo de nuevo lo
importante y desechando lo urgente.
41. OTRA NOCHE EN VELA
Candela

Hace más de una hora que me he metido en la cama con la intención de


dormirme. Aquí sigo, despierta, enfadada conmigo misma por ilusa y
contando las vigas del techo. Como si fueran ovejitas, solo que estas son
siempre las mismas, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda.
He probado otros métodos. Como leer la última novela que descargué en
mi Kindle, a ver si conseguía que Morfeo viniera a visitarme, a la vista está
que no ha sucedido. También he escuchado música; un mix en modo
aleatorio sugerido por Spotify. Nada, mismo resultado. Ni sumergida en
algunos de mis temas preferidos he dejado de pensar. Y, para más coña, el
que suena en este instante me lo ha debido de mandar el karma. Noche en
vela, de Guaraná y Alba Reche.
Si no quieres taza, Candela, pues taza y media, como diría mi abuela.
Maldito Rodrigo. ¿Por qué me has calado tanto?
Releo su último wasap de nuevo, por si hubiera malinterpretado el
significado de sus palabras.
Tontodrigo:
Ahora en serio. Día muy complicado. A ver si por la noche
con más calma hablamos. O mañana.
Por la noche o mañana. Ambiguo. Y lo del día complicado también podría
haberlo matizado un poco más, ¿no crees?
Que sí, que la distancia es el olvido, como dice la canción. Está claro que
a él se le debe de haber olvidado todo, porque no ha vuelto a dar señales de
vida. Ni llamada. Ni mensaje. Ni un triste gif. He estado a punto de
sucumbir y volver a llamarlo. Además, casi lo hago delante de mi abuela,
solo para que se diera cuenta de que es él el que me está ignorando y se
durmiera tranquila. Sin embargo, en el último segundo, mi orgullo ha
ganado el pulso y he pasado.
Me doy la vuelta y miro hacia la ventana, que he vuelto a dejar abierta, a
pesar de que han anunciado tormenta. Sí, es justo lo que necesito, una
buena dosis de relámpagos y truenos para terminar de hacerme un ovillo.
El sonido del primer trueno me pilla desprevenida y me arrebujo en el
colchón. Subo el volumen de la música para amortiguar el estruendo. Medio
minuto después, llegan el resplandor y las primeras gotas de lluvia. Me
cubro con la sábana hasta las cejas mientras la pantalla de mi móvil se
ilumina.
Vaya, es un mensaje de Rodrigo. Qué oportuno. Lo abro y me encuentro
con la captura de pantalla de su móvil, con la información del tiempo,
donde se ve el aviso de la alerta por tormenta. Muy bonito, encima de que
lleva todo el día pasando de mí, ahora me vacila. Después ha añadido el
texto:
Cuídate, niña, que parece que se avecina tormenta.
Al menos uno está de buen humor.
Paso de comerme el tarro buscando una respuesta ingeniosa que teclear.
Voy directamente a ver la última llamada que le hice y pulso. Un tono. Dos
tonos. Tres. Otro trueno. Otro relámpago. Me cubro con la almohada para
tener un amortiguador extra y, con el movimiento, se me sale uno de los
auriculares. Me agarro las rodillas y aprieto. Quizá debería levantarme y
cerrar la ventana. Quizá sea lo más lógico. Quizá tenga que superarlo de
una maldita vez.
Llamo de nuevo. Entonces escucho el tono de la llamada y… ¿ese otro
tono? ¿Aquí? Ese beep persistente es el sonido que anuncia una llamada
entrante en su móvil, es inconfundible. Me he reído de él todo el verano,
porque es estridente y anticuado y parece de señor mayor. Me he ofrecido
cien veces a cambiárselo por alguna canción, pero es muy suyo para lo que
quiere.
Me deshago de la almohada, me retiro el otro auricular y asomo la cabeza
por encima de la sábana para comprobar que no estoy loca. ¡Y sorpresa! No
lo estoy. Rodrigo acaba de entrar por la ventana y se está quitando la
capucha del chubasquero, que lleva sin atar. No. No puede ser. Se sacude
las gotas de lluvia del torso y se quita las zapatillas negras de correr con los
pies antes de retirárselo del todo. Y… ya está. No esperes que se quite
muchas más prendas porque ese era todo su outfit.
No sé si a esta distancia verá cómo se me salen los ojos de las órbitas.
—¿Asustada, niña Candela?
—Ahora sí. ¿Eres consciente de que vienes en pelotas?
—Sí, dijiste que cualquier día lo haría y ¡tachán! —extiende las manos y
se quita el chubasquero de manera teatral— este es el día. Aunque no ha
sido mi idea más brillante, no te voy a mentir, quería hacer una entrada
triunfal y ahora la tengo como un guisante.
—Se te ha ido la olla del todo.
—Del todo todavía no. Hazme hueco.
Abro la sábana y antes de que él se tumbe a mi lado un rayo descarga
cerca de la tapia e ilumina su silueta. El cuerpo de Rodrigo desnudo es una
clara invitación a pensar en sucumbir al placer absoluto. Adiós, sensatez. El
miedo y el principio de mosqueo por no saber nada de él se esfuman en
cuanto su piel húmeda se pega a la mía.
—Estás mojado. —Nos tapamos a la vez y nos juntamos más para
ayudarle a entrar en calor.
—Espero que tú también.
—Eres muy ler…
—Shhh. —Me calla con un beso lánguido y contenido.
Como si quisiera trasmitirme calma. Una serenidad que se contrapone al
burbujeo incipiente de mi vientre. Su calor. Su humedad. El deseo. Su
lengua enroscada con la mía. Sus manos en mi pelo. Mis dedos
entrecruzados detrás de su nuca. El olor a tierra mojada, a monte, a su
cuerpo y al mío aromatizando esta madrugada de agosto. Lo he echado
tanto de menos, más de lo que pienso confesar.
El sonido infernal de un trueno me hace dar un bote sobre el colchón,
entre sus brazos. Hundo mi boca en su clavícula y cierro los ojos.
—Ya está, tranquila, no tengas miedo. —Me acaricia la espalda haciendo
pequeños círculos—. Estoy aquí. Y no pienso irme a ninguna parte.
—¿Por qué no me has llamado en todo el día? —le pregunto con la voz
más firme y me despego para mirarlo de frente, aunque sea en la penumbra.
Estoy encantada de tenerlo aquí, pero eso no significa que me haya
olvidado de todas nuestras conversaciones pendientes.
—¿Por qué no respondiste a mis mensajes el domingo?
—He preguntado yo primero.
—Quería darte una sorpresa. ¿Lo he conseguido? —Frota su nariz contra
la mía en un intento vano de distracción.
—Sabes que sí. Pero pensaba que ibas a llamarme para hablar, Rodrigo.
Me costó…
—Un puto mundo marcar mi número, me imagino —arguye—. No te
enfades conmigo. El domingo cerraste la ventana y no me contestaste a los
wasaps. Estabas poniéndote la venda antes de tener la herida, y no lo
entiendo. Confía en mí, sabes que yo no soy tu enemigo. Después del
funeral, vine a verte y te habías ido sin decir un maldito adiós. ¿Cómo crees
que me sentó que me dejaras solo?
—Estabas muy bien acompañado. Y yo… yo necesitaba cambiar de aires
y despejarme, el ambiente aquí era raro y me estaba empezando a consumir.
Me fui a Santander a ver a mis amigos.
—Huiste.
La tormenta arrecia y soy la primera que sale de nuestra burbuja y
enciendo la lámpara de la mesita. Me apoyo en el cabecero, si vamos a
seguir hablando, mejor así. Él se cubre con la sábana de cintura para abajo y
se sienta enfrente de mí, sujetándome las manos. Ahora, con luz, distingo
cada mota verde de sus ojos y la intensidad con la que me mira. Imposible
ocultarle cuánto me gusta lo que veo.
—No hui. No de manera permanente al menos. Tampoco imaginé que al
regresar tú ya no estarías.
—Me convocaron a una reunión urgente en Madrid, así que metí cuatro
cosas en la maleta y me fui. Llegué a casa reventado y caí rendido. Por la
mañana me he levantado temprano y no he querido despertarte. Luego, he
apagado el móvil para no descentrarme.
—¿Yo te descentro?
—Tú me vuelves del revés y a la vez me anclas, Candela. Y como te
adueñas de todos mis sentidos y necesitaba zanjar un asunto importante, no
he quitado el modo avión hasta que he abandonado la oficina. No te mentí
del todo cuando te dije que tenía un día complicado.
—¿Anulando otra boda?
—No, lista de los cojones. —Niega con la cabeza y encaja el golpe
sonriendo—. ¿Cómo te has enterado? ¿Gracia?
—Escuché a tu hermana y a Cayetana en el jardín de la residencia. ¿Por
qué no me lo contaste tú?
—Porque lo de competir con nuestras cagadas dejó de entusiasmarme
cuando me contaste lo que pasó con Isaac después de que se fuera.
—Normal, yo me pasé el juego, ¿eh? —Le guiño un ojo y él sisea un
«cabrona» que me sabe a gloria—. Tú no tenías nada que rascar, no eras
competencia.
—Estábamos tan centrados en nuestro presente que tampoco me apeteció
regresar al pasado. Y ya te dije que yo fui sincero con ella. Aunque
tampoco lo hice bien del todo. Cuando estuve ingresado en el hospital,
reflexioné mucho sobre mi vida. Sobre los errores y los aciertos. Sobre lo
que me preocupaba, lo que me llenaba y lo que me lastraba. Busqué en mi
interior y me di cuenta de que había muchas cosas que me habían llevado a
estar así. Y como las pasé canutas, tomé conciencia y supe que debía
empezar a priorizarme y a soltar lo que me arrastraba hacia el precipicio.
—¿Y era ella?
—En gran medida sí. Era nuestra relación, que ya no funcionaba, no para
mí. Cayetana y yo hacía tiempo que no estábamos bien, yo no sentía por
ella nada más que cariño y la inercia hacía el resto. La idea de hacer el
paripé en la boda para después ser infeliz me empezaba a asfixiar. Fui
sincero y le dije que no podíamos seguir juntos, que ya no sentía lo mismo
por ella y que si continuábamos así iba a ser peor. El problema es que lo
retrasé tanto que ya habíamos empezado a entregar las invitaciones de boda
y todo se complicó. Ella se negaba a aceptarlo, porque nunca vio las
señales. Mis padres no entendían cómo había llegado a ese punto. Mi
hermana me criminalizaba cada vez que tenía ocasión. Nuestros amigos
tampoco aliviaban la presión, querían mediar y lo empeoraban. Y, por
último, sus padres empezaron a hacer funcionar toda su maquinaria de
influencias contra mí. Me sentía fatal, pero eso a nadie parecía importarle,
porque solo se preocupaban por ella. Incluido yo.
—Sé lo que es eso, y sí, lo hicimos de maneras diferentes, pero
comprendo cómo te sentiste, antes y después. La condena más dura solemos
imponérnosla nosotros mismos.
—Así es. Ella se lo tomó como si fuera una ventolera y nos hubiéramos
dado un tiempo, hasta que le hice ver que era definitivo. Aun así, le prometí
pasar el día de nuestra no boda juntos, porque, para más coña, coincidía con
su cumpleaños. Por eso desaparecí el otro día y me fui a Madrid. Fue un
error. Ella me montó un nuevo numerito, hasta me recibió vestida de novia.
Me sometió a un acoso y derribo bastante patético. Pero no cedí, Candela.
Te prometo que no le toqué ni un pelo.
—No te lo he preguntado, Rodrigo.
—Pero quiero dejártelo claro. Y después de su intento frustrado llegaron
las amenazas. Así que, cuando salí de allí, supe que me había equivocado
de nuevo. Porque mi responsabilidad afectiva no estaba funcionando y solo
le estaba haciendo más daño. Así que ahora pienso que la mayoría de las
veces es mejor cortar por lo sano y no volver a tener ningún contacto.
—Como hice yo, ¿no?
—Bueno, con matices. Digamos que tampoco hace falta ponerse sobre su
escritorio y…
Le meto un manotazo suave, con tan mala suerte que se mueve la sábana y
queda al descubierto su entrepierna. Te aseguro que ya no tiene aspecto de
gusano. Rodrigo se ríe al ver el repaso que le estoy dando a su anatomía y
se inclina sobre mí. Primero me besa. Después, me quita la camiseta. Y, por
último, me tumba debajo de su cuerpo mientras se deshace de mis bragas.
—Mucho mejor así —afirma y mis manos se anclan a su trasero—. En
igualdad de condiciones para lo que te voy a decir.
Otro beso. Otra caricia de su nariz en mi cuello.
—Rodrigo, ya está, no necesito saber más. Solo quiero disfrutar de ti otra
vez. ¿No crees que ya hemos hablado suficiente? —me impaciento.
—Disfrutar es un verbo que me encanta conjugar contigo. Pero, Candela,
escúchame. Quiero que sepas que venir a pasar el verano aquí con Telmo y
Gloria ha sido la mejor decisión que he tomado en los últimos meses, hasta
hoy.
—¿Cuándo vuelves a Madrid?
Porque es eso lo que quiere decirme, ¿no? Que agosto se acaba en tres
días y tiene que volver, que no se arrepiente de haber estado conmigo estos
meses, pero que el verano llega a su fin.
—Ni idea. Y cuando lo haga, será cuestión de dos o tres días para
finiquitar todo lo que está pendiente. Además, me encantaría que pudieras ir
conmigo.
—Espera, que me he perdido. Entonces quieres decir que…
—Que hace unas horas he vuelto a tomar una decisión importante, la más
importante de toda mi vida. Llevaba tiempo meditándola, sin embargo, no
me había atrevido a contártela, por si al final no era viable.
—¿Qué dices, loco?
—Digo que hoy he cerrado una etapa que no me llenaba en absoluto para
empezar otra acojonante en este bendito lugar, contigo.
—Rodrigo, ¿cómo que con…? ¿Conmigo? —Se me entrecorta la voz.
—Sí, contigo. Y con Gracia, que sé que venís en pack indivisible, como
los yogures. He aceptado la oferta de Elías y seré su socio en la bodega. He
dejado la empresa familiar y, por consiguiente, Madrid.
—¿Estás seguro? ¿Es eso lo que quieres?
—Sí. ¿Y tú? Porque sé que al menos durante un año vas a estar aquí. Así
que dime, ¿qué quieres tú, niña Candela?
Y aquí está. Mi oportunidad. De la que tanto me ha hablado mi abuela.
Tengo que ser sincera y no perdernos.
—Lo que quiero es lo mismo que me asusta. Es seguir teniendo esto sin
importar las hojas que vayamos arrancando del calendario. Solo pensando
en presente. Quiero las risas. Los abrazos apretados. Los cafés recién
hechos a tu lado. Tus marmitas. Tus ojos mirándome desde el otro lado.
Quiero tus manos. Y las canciones que te recuerdan a mí. Quiero nuestros
besos, sin importar la parte del cuerpo donde nos los damos. Eso es lo que
quiero. A ti a nuestro lado, por eso de que somos un pack. Y te quiero más
meses de los que nos ha concedido cada año el verano. Sin embargo, estoy
acojonada, porque no puedo dejarme querer y arriesgarme a quedarme sin
nada, Tontodrigo. No puedo permitirme perder lo que ya somos.
—No lo perderás, te lo prometo. No nos perderemos. Y a mí también me
asusta desearte tanto, pero vamos a hacerlo bien, mejor que nunca. Nos ha
costado mucho conseguir este nosotros, así que ha llegado el momento de
no dejarlo pasar.
—Te quiero. Ya sé que no es nada nuevo, pero empezaré a deshacerme de
los fantasmas gritándolo a los cuatro vientos. ¡Te quiero, Rodrigo!
—Joder, yo te quiero a ti, Candela. Aunque tampoco sea novedad. Lo
sorprendente es que hayas metido ese chillido. ¿Qué quieres? ¿Despertar a
tu abuela? Porque ni mi polla ni yo queremos que eso suceda precisamente
ahora.
Se come mi sonrisa asaltando mis labios en un beso profundo.
Rubricamos con saliva nuestra declaración de amor. De amor del bueno en
su versión suave. Al menos hasta que ha hecho alusión a su miembro y ha
decidido deslizarse dentro de mí. Su gesto de placer cuando llega hasta el
fondo me pone más tonta.
—Había echado de menos esto también —susurro en su oreja y absorbo
cada embestida, reteniéndolo en mi interior.
—Ya somos dos. También necesitaba verte sonreír, sobre todo después de
estos últimos días. No te lo creerás, pero es una de las cosas que más me
gustan, esa curva sincera que asoma en tus labios.
—¿Esta? —Sonrío con el corazón en la boca.
—Esa misma. Feliz estás más guapa. Dios, he ansiado tanto este
momento… Y hemos sido tan idiotas…
—¿Nosotros? ¿Por qué?
—Porque la felicidad estaba aquí.
—Aquí —jadeo y me predispongo a asumir todas las consecuencias.
—Sí, Candela, la hemos estado buscando en los lugares equivocados, pero
menos mal que nos hemos dado cuenta.
—La felicidad estaba aquí —repito y hundo las yemas de los dedos en su
piel sin dejar de mirarlo.
Él me regala una embestida lenta. Y otra más rápida. Y otra a medio
camino entro lo suave y lo salvaje que me hace enmudecer. Entonces el
placer se desborda junto con el deseo y con las ganas.
—Aquí —repite ahora él paladeando las dos sílabas como si no quisiera
terminar de consumirlas—. A la distancia exacta.
42. ÚLTIMA VOLUNTAD
Rodrigo

Los primeros rayos de luz se cuelan con timidez por la ventana, pero no me
atrevo a terminar de abrir los párpados. Aun así, sé que un nuevo día se abre
paso. No solo por la claridad, sino también por este frescor matutino, típico
de los últimos días de agosto. Y por el jolgorio de los miruellos, que
anidaron en el roble hace unas semanas y que, sin duda, ya se han
despertado.
El problema es que estoy tan a gusto aquí, aprisionado entre las piernas de
Candela, disfrutando del calor que emana su cuerpo y de las cosquillas que
su melena provoca en mi pecho, mientras aspiro su olor, ese que me evade y
que a la vez es mi cable a tierra, que me quedaría tumbado a su lado dos o
tres siglos más.
Todavía no soy capaz de mirarla sin sonreír como un imbécil. Y, con
sinceridad, veo difícil dejar de hacerlo a corto o medio plazo. Porque sí,
sigo medio abrumado medio hipnotizado. No solo por estar aquí expectante
por saber qué me deparará este giro inesperado de guion que acaba de dar
mi vida, sino también porque este nuevo comienzo será junto a ella, por fin.
Creo fielmente en nuestra capacidad para salir ilesos de esta aventura,
como le prometí ayer. Respeto y conozco a Candela, por eso entiendo sus
reticencias a esta apertura en canal, a perder lo más importante y a dejar de
tenernos a nosotros, porque, al fin y al cabo, la pérdida será mucho mayor si
llega a producirse. Es cierto que la posibilidad de que lo jodamos todo está
ahí, pero es ínfima. Y si tengo que poner la mano en el fuego por alguien,
solo lo haré por nosotros.
Ojalá ella también comprenda que, después de visitar muchos lugares
equivocados, es una auténtica suerte que hayamos terminado
encontrándonos aquí. Y que la oportunidad para ser felices es real.
—¿Ya es de día? —me pregunta desperezándose.
—Eso parece. Pero no quiero abrir los ojos todavía.
—Yo tampoco —musita y se frota con suavidad contra mi cadera—. Y
mucho menos levantarme.
Lo cierto es que en innumerables ocasiones fantaseé con despertarme en
su cama día tras día, alargando el verano hasta el infinito. Por favor, que
nadie me pellizque todavía.
—Pero cambiar de posición sí quieres, por lo que parece —susurro en su
sien; en esta postura no llego a su oído.
Mi mano tira de su cadera y la animo a colocarse encima de mí. Después
de la noche tan increíble que hemos pasado, aquí seguimos, desnudos y, por
lo que se puede apreciar, insaciables.
—¿Crees que saldremos algún día de este bucle de sexo y perversión?
—Sí, en cuanto Gracia se despierte —afirmo—. Pero volveremos a caer
esta noche. Y mañana. Y al día siguiente. Como forma de empezar una
nueva vida, me parece acertadísima.
—Ay, Gracia, ya verás cuando se entere…
Se tapa la cara con las manos y ya echo de menos que estén sobre mis
hombros.
—¿Cuando se entere de qué? ¿De que estoy aquí? Qué poco nos conoces,
niña Candela. Ella ya sabía que iba a venir.
—Es coña, ¿no?
—No. Antes de marcharme, la informé de mis planes. Además, ella y yo
tenemos un asunto pendiente entre manos.
Uno que me provoca sentimientos encontrados.
—¡Qué bonito! Encima con secretitos.
—No te piques, anda. Y ahora, en serio, anoche cuando te dije que estoy
aquí para ocuparme de las dos no te mentí.
—Ajá. —Asiente y repite un movimiento estudiado para restregarse sobre
mi polla que me pone al límite—. ¿De las dos entonces?
—Eso es. Sin distinción —admito excitado con la voz áspera—. A cada
una le daré lo suyo, no sufras.
Y antes de que pueda meterme el guantazo que me estoy ganando, doy la
vuelta con ella y la aprisiono bajo mi cuerpo. Candela forcejea para seguir
encaramada a mí, pero terminamos rodando sobre el colchón haciendo la
croqueta. La sábana bajera se sale por su lado, la almohada se queda
colgando y su móvil, que debía de estar debajo, termina en el suelo. Los
insultos, pronunciados desde el cariño, se entremezclan con las carcajadas.
No sé cómo lo consigue, quizá porque soy mucho más débil de lo que
aparento, pero termino debajo de ella, atravesado sobre la cama a lo ancho y
con mi polla deslizándose en su interior. Si te estás preguntado cómo lo he
conseguido de repente, te diré que estar en pelotas mientras nos
magreábamos hace unos segundos me la ha puesto más que dura.
—Demasiado grande.
—¿Tú te drogas, Tontodrigo? La tienes igual que ayer. Por si albergabas
alguna esperanza, te diré que ya no estás en fase de crecimiento, ¿o se te ha
olvidado que dentro de cuarenta y ocho horas cumplirás treinta y cinco?
Me vuelvo a reír, porque cuando saca esa vena venenosa es más auténtica
que nunca. Cuando me calmo, me yergo para abrazarla.
—No se me ha olvidado, cabrona. Y Demasiado grande —susurro en su
oído— es por la canción de Merino e Iván Ferreiro. Escucha.
Candela agudiza el oído y sonríe al percatarse de que sí que está sonando.
—Se habrá conectado Spotify al caerse el móvil.
—Probablemente. Y —vuelvo a pegar la boca a su oído— por dejar las
cosas claras, jamás me referiría a mi polla con semejantes adjetivos. Ahora
bien, si me preguntas cómo describiría esto —me arqueo para que vea la
imagen de los dos ensartados, con nuestras pieles brillantes y los latidos
acompasados con el deseo— demasiado grande me parece una manera
perfecta de hacerlo. La nuestro es demasiado grande, Candela.
—Lo es —musita.
—Pero no quiero que te preocupes, porque vamos a dominarlo, juntos.
Muerdo sus labios. Me aferro a su espalda. Y entonces volvemos a caer en
nuestro propio abismo de placer.
De ese lugar mágico solo salimos cuando el vigilabebés emite un ruido
continuo, como un carraspeo. Al final, voy a creer que Gracia es un poco
bruja como dicen las chicas.
—Es mi abuela —jadea Candela contra mi clavícula y se mueve para que
salga de ella—. Puedes terminar tú solo.
Busca algo que ponerse en la cómoda y yo me acomodo contra el
cabecero.
—No es lo mismo sin ti. Bajaría a ayudarte, pero necesito unos minutos.
—Tranquilo. Tómate tu tiempo. No es necesario que bajes con esa cara de
salido.
—Claro, como tú tienes un aspecto impecable, de haber dormido como un
angelito…
Automáticamente se mira en el espejo. Observa su melena enredada, sus
mejillas todavía ardiendo y esa pequeña marca que mis labios han dejado en
su hombro. Me hace una peineta desde la puerta y desaparece.
Antes de descojonarme solo, recojo su móvil del suelo y vuelvo a poner la
canción, que, mira por dónde, acaba de entrar a formar parte de nuestra
banda sonora. Cuando termina, cierro la aplicación y decido que es hora de
levantarme.
Desde fuera puede parecer que la euforia por haber regresado ha eclipsado
el hecho de que mi abuelo se murió hace solo tres días. Sin embargo, nada
más lejos de la realidad. Lorenzo y todas las conversaciones que hemos
mantenido este verano, llenas de sabiduría y cariño, siguen resonando en
mis oídos. Con mucho conocimiento de causa, mi abuelo me ha ayudado y
alentado a visualizar la vida que quería vivir, pero, sobre todo, me ha
animado a ser valiente y perseguir mi felicidad, no la del resto. Ahora, con
la decisión en firme ya tomada, me encantaría sentarme enfrente de él y
contárselo yo mismo.
Me froto los ojos y pienso en que, seguramente, donde quiera que esté en
este instante, me mirará con orgullo y sonreirá. Porque, por fin, estoy en el
lugar donde estaba la felicidad y no en ningún otro sitio.
No solo no puedo dejar de pensar en él, en todos los buenos momentos
que hemos compartido y en cada enseñanza que ha dejado grabada en mí,
verano tras verano, sino que ahora también medito sobre las palabras que
me dejó por escrito en aquella carta que le pidió a Gracia que me entregara,
como si un sexto sentido le hubiera advertido del escaso tiempo que le
quedaba. En ellas quedan plasmadas su inteligencia y su franqueza, fiel
reflejo de la enormidad de su corazón hasta ese último aliento.
Por eso, no dudé en ningún momento en poner todo de mi parte para
cumplir su último deseo. Qué menos que hacer eso por él cuando él lo dio
todo por nosotros.
Decido irme directo a la ducha para terminar de espabilarme. Después de
estar cinco minutos debajo del chorro de agua templada, caigo en la cuenta
de que no tengo ropa para ponerme. Lo mejor será tomármelo con humor.
Me seco y regreso a la habitación. Me calzo y me pongo el chubasquero,
esta vez sí que me lo ato hasta arriba. Podría salir por la ventana, como
otras veces, ir a mi casa y vestirme, para después entrar civilizadamente por
la puerta, pero… ir de frente siempre es lo mejor.
Los cuchicheos de Gracia y Candela llegan a mis oídos cuando pongo un
pie en el último escalón. Allá voy.
—Buenos días, bella durmiente. Pero qué guapísima estás recién
levantada, Gracia. Qué cutis, qué pelo, qué piel…
Candela, que está agachada poniéndole las zapatillas a su abuela, se gira
para verme y alucina en colores. Igual no ha sido tan buena idea
presentarme así, básicamente porque el chubasquero no es muy largo y
llevo medio muslo al aire, o casi entero.
—Pero ¿qué coño, Tontodrigo?
Candela se empieza a partir el culo.
—Niña, esa boca —la riñe su abuela—. Y tú, señorito, menos zalamerías,
que soy vieja, pero de tonta no tengo ni un pelo. —Gracia se lleva la mano
a la mata de pelo que aún conserva y, acto seguido, me hace un nuevo
repaso—. Anda, ve a cambiarte de ropa, que la tormenta ya ha pasado. Y
después, ya sabes.
—¿Qué sabe? —se interesa Candela.
—Lo que tiene que hacer —zanja Gracia.
—Está bien. Enseguida vuelvo.
Me acerco y dejo un beso en la coronilla de cada una. Salgo caminando
marcha atrás, mientras las oigo reírse.
Una vez en casa, me visto todo lo rápido que puedo y regreso a la casona
después de desayunar. Como Candela está duchándose, solo lidio con
Gracia.
—Está feliz, niño. Tenía tantas ganas de verla así. Ahora bien, tienes que
prometerme que nunca os perderéis, porque la niña no se merece quedarse
también sin ti —me pide.
—Te prometo que no nos perderemos, Gracia. Te aseguro que
trabajaremos para que la felicidad no nos sea esquiva nunca más, que
bastante nos ha costado llegar a alcanzarla. Sé que mi abuelo y tú fuisteis
felices aquí, a pesar de que vuestras vidas discurrieron paralelas. Nosotros,
en cambio, queremos que, desde hoy, las nuestras no vuelvan a separarse.
—Que así sea.
—Me marcho antes de que baje Candela y me distraiga. Enseguida
regreso.
Casi una hora después, llego de nuevo a Cerezalín. Meto el coche en la
corralada y le quito el cinturón con toda la delicadeza del mundo a la urna
que traigo en el asiento del copiloto.
Cuando entro en casa con ella en las manos, Candela se queda perpleja
mirándome.
—¿Eso es…? ¿Lo que creo que es?
—Sí. Es él —afirma Gracia y se adelanta para posar una mano sobre la
urna y otra sobre mí.
—Y entonces, ¿lo del funeral del lunes?
Entiendo su desconcierto, el mismo que tuve yo la primera vez que leí las
palabras de mi abuelo. Después de hacerlo una segunda vez e incluso una
tercera, comprendí su decisión. Seré honesto, probablemente lo que he
conseguido hacer roce la ilegalidad, pero no tiene que enterarse nadie más.
Será un secreto que Gracia, Candela y yo nos llevaremos a la tumba.
—Una pantomima —sentencia Gracia—. Pero no somos nadie para juzgar
su última voluntad.
En la carta mi abuelo me decía que, sintiéndolo mucho, y después de
haberle dado muchas vueltas, no quería terminar con sus huesos reposando
en un ataúd, que a su vez quedaría olvidado en un hueco inhóspito del
cementerio mientras lo comían los gusanos. Pedía perdón a mi abuela por
no acompañarla en aquel nicho cuando le llegara su hora. Y me rogaba que,
por respeto a ella, a mi padre y a mi tía, no se lo contara a nadie. De ahí mi
actuación el día de su entierro. No ha sido fácil cada paso que he tenido que
dar hasta este, pero, en el fondo, estoy muy contento por haber logrado que
se cumpla su deseo. Mi abuelo le confió la carta con sus últimas voluntades
a Gracia, porque sabía que ella velaría para que se llevaran a cabo. Y
porque nadie mejor que ella entendería su decisión.
Así que lo incineraron y sus cenizas, que ahora reposan en una urna
biodegradable, las enterraré debajo del cerezo que vino de Japón, entre su
casa y la de su gran amor, para que la felicidad, aunque ya no sea terrenal,
se perpetúe en su espíritu en su lugar favorito del mundo.
Candela, visiblemente emocionada al ver la cara de nostalgia de su abuela,
se acerca a ella y le pasa un brazo por los hombros, achuchándola.
—¿Estás preparada? Si quieres te dejamos unos minutos con él y Candela
y yo buscamos el mejor sitio para cavar el hoyo.
—Está bien, dadme unos minutos. —Sujeta la urna con fuerza, una que no
sabemos de dónde ha sacado—. Ya estás en casa, Lorenzo. Ya estás
conmigo —musita.
Candela la ayuda a sentarse en la butaca con él y salimos a la corralada.
—Así que este era vuestro secreto, ¿no?
—Sí, ahora es de los tres. Iba a contártelo cuando vine después del
entierro, pero ya te habías ido.
—Lo siento. Tenía que haberme quedado y estar contigo.
Me da la mano y nos detenemos al lado de nuestros coches.
—Ahora estás conmigo. Y los dos estamos con ella. —Señalo la casona
—. Y eso es lo único que me importa, niña Candela.
La cobijo entre mis brazos, sintiéndola menos diminuta que otras veces.
Candela se aferra a mi cuerpo y yo me anclo al de ella.
—Me parece increíble todo lo que ha pasado desde aquel primer abrazo
que nos dimos aquí mismo este verano.
—El día que llegué con Telmómetro y con mi hermana. Joder, me hubiera
quedado a vivir en aquel abrazo. Me hormiguearon los brazos durante
horas.
—¿Sabes lo que más me alucina? Ser consciente de que este año no
terminarán en dos días, sino que serán ilimitados. Te quiero, Tontodrigo. Y
te quiero a mi lado.
—Como me has tenido siempre, a tu lado. Aun cuando los kilómetros nos
situaban más lejos que cerca. Te quiero, niña Candela. Y te quiero así, a la
distancia exacta.
Y ahí, en ese minúsculo espacio que queda entre nuestros cuerpos cuando
nos abrazamos, es de donde jamás querremos salir.

Fin
EPÍLOGO
Candela

Casi dos años después…

Rodrigo extiende la manta de cuadros bajo el cerezo que vino de Japón y yo


poso el plato de La Cartuja con los dos trozos de tarta de manzana que
vamos a comernos. Luego, me da la mano para tumbarnos a la sombra.
Preferimos hacerlo directamente sobre la hierba, pero anoche no paró de
llover y, a pesar de que ahora luce un sol espléndido, al terreno no le ha
dado tiempo a secarse.
Hoy no podemos divagar sobre dónde caerá la felicidad este año, porque
el árbol no tiene frutos todavía. En este instante está en su máximo
esplendor, repleto de llamativas flores rosas, como más le gustaba a mi
abuela.
Gustaba, sí. En pasado, ese que aún me conmociona cuando lo dejo salir
de mi boca. Porque ella sigue y seguirá presente aquí con nosotros de por
vida. Muy presente. En nuestros corazones. En su casona. En su Cerezalín.
Gracia nos dejó hace apenas dos meses. Lo hizo sin hacer ruido, en calma
y sin sufrir demasiado. Su corazón se paró una mañana bonita, de las de
cielo despejado y brisa apacible, esa que baja del monte liviana y que invita
a cerner fuera de casa hasta que se pone el sol. Hoy cumpliría noventa y
uno. Y por eso esta tarta es más suya que nuestra.
—¿Crees que te sentará bien?
—Sí, el estómago solo se me revuelve por las mañanas. ¿Y a ti? Porque,
desde que Gloria te llamó anoche, apenas has probado bocado.
No ha querido contarme demasiado, pero tiene algo que ver con la
jubilación definitiva de su padre y la venta de la empresa familiar a una
multinacional. Rodrigo no puede evitar seguir preocupándose por todos.
A nadie le extrañó que le costara encontrarle el punto a ser socio de su
primo en la bodega. Además, es un buen profesional y no solo se encargó
de las cuentas, sino que quiso empaparse a conciencia del funcionamiento
del sector, tan diferente al anterior en el que había trabajado. Hubo algunas
discrepancias entre ellos y necesitaron un periodo de adaptación. Lo más
importante es que se enfrentaron a sus diferencias desde el minuto uno y
sentaron unas nuevas bases para que todo rodara mejor. Y así lo ha hecho.
Su expansión cada vez es más internacional. Incluso tuve que acompañarlos
un par de semanas a Francia en enero en calidad de traductora. Ahora ni él
ni yo olvidaremos jamás ese viaje.
—La tarta de manzana de tu abuela no le puede sentar mal a nadie.
—Pero está hecha con mis manos.
—Tus manos hace casi dos años que solo hacen el bien, niña Candela. A
ver si te lo metes en esa cabezota tuya. Han cuidado, mimado y curado a tu
abuela como nadie había hecho antes. Y me han dado calor y calma a mí.
Rodrigo me las sujeta y se las lleva a los labios para dejar una ristra de
besos sobre los nudillos.
Es cierto que, a pesar de echar muchísimo de menos a la señora González
de Ceballos, me siento en paz conmigo misma. Estos casi dos años que el
tiempo nos concedió han sido un auténtico regalo. He podido cuidarla cada
día y disfrutarla. Un tesoro que me guardaré siempre. Conocer su verdadera
historia, empatizar con la vida que decidieron para ella, entender que, por
encima de todo, se sintió una privilegiada y fue una mujer feliz. Que amó,
que rio, que ayudó a sus amigos en todo lo que pudo y que, hasta ese último
suspiro, no perdió ni su esencia ni su carácter.
—¿Crees que Lorenzo le habrá cantado ya el cumpleaños feliz? —divago
y me llevo un trozo generoso de tarta a la boca.
—Por supuesto, de urna a urna. Para eso nos pidió que la dejáramos justo
aquí, a su vera.
Mi abuela no necesitó dejárnoslo por escrito como hizo él. Ella nos lo
pidió a viva voz. Y cada cierto tiempo nos hacía prometérselo. Como ya
sabes, Gracia no le tenía ningún miedo a la muerte y hablar sin tapujos era
uno de sus dones.
La incineramos e hicimos una misa en su adorada iglesia, para que
pudieran acudir sus vecinos y amigos, los que seguían estando vivos,
porque, lamentablemente, Mercedes nos había dejado solo tres semanas
antes. Después, les dijimos a todos que el resto lo haríamos en la más
estricta intimidad. Y así es como lo hicimos. Rodrigo, Mila, Piedad,
Agripina y yo. Mi padre no pudo llegar a tiempo y, cuando apareció, dos
días después de que las cenizas de Gracia ya reposaran debajo del cerezo, le
conté cuál había sido su última voluntad, ahorrándome el dato de que lo que
deseaba su madre era compartir metro cuadrado con Lorenzo eternamente.
—Ven, vamos a tumbarnos un ratito —me pide Rodrigo.
Me rodea con el brazo y nos tumbamos sobre la manta. Los rayos de sol
más traicioneros se cuelan entre algunas ramas, así que me pongo de lado y
apoyo la cabeza en su pecho, mirando hacia su ventana, que está cerrada
por obras.
No estamos seguros de si Lorenzo cambió su testamento o siempre lo tuvo
claro, pero la casa estilo provenzal se la dejó solo a Rodrigo, junto con la
finca, así que ahora invierte cada euro y cada rato libre en reformarla,
aunque todavía no tengamos nada claro si al final nos mudaremos allí.
Cuando su padre y su tía se enteraron de que no era para ellos, no se
sorprendieron demasiado. A ellos les dejó su parte legítima, como manda la
ley; unos locales que tenía en unos de los barrios periféricos de Madrid y
que compró hace años como inversión, dos fincas pequeñas a la salida del
pueblo y parte del dinero que tenía ahorrado. Gloria solo recibió una
cantidad pequeña de dinero, en cambio, Telmo heredó la casa de Chuchón,
y este conservará el usufructo hasta que se muera. Nadie sabía que esa
vivienda era de Lorenzo. Al parecer, su amigo del alma tuvo un problema
con el banco y estuvo a punto de quedarse sin ella, Lorenzo intervino para
ayudarlo y él le dijo que lo más coherente es que se quedara con la
propiedad y así fue. A Elías le dejó un cobertizo medio derruido al lado del
río, en un rincón muy bonito del pueblo, y la vid por la que tanto suspiraba.
Lo que Elías todavía no sabe es que cuando arreglemos la herencia de mi
abuela le donaremos la otra mitad que le falta, porque queremos que sean
de él y que pueda darles buen uso. He preferido esperar a que venga mi
padre el mes que viene y hacer todo el papeleo juntos. Lo lógico es que la
casona y la finca sean para mi padre, porque es su único hijo y único
heredero, así que tendré que hacerme a la idea de que quizá las cosas tengan
que cambiar, aunque solo espero que él no quiera deshacerse de ella jamás.
—¿Crees que habrás terminado de arreglarla antes de que llegue...?
—Nuestro bebé. Joder, no me canso de repetirlo, niña Candela. —Rodrigo
me aparta de su pecho para inclinarse y besarme el vientre.
Apenas se me nota todavía, pero los dos sabemos que algo nuestro está
creciendo dentro de mí. Y el amor se nos desborda, como el río en
diciembre, que tuvo la mayor crecida de la última década.
—Nuestro bebé, sí, Tontodrigo.
—Eso espero, porque me gustaría que los tres podamos vivir ya ahí desde
el principio.
Para sorpresa de todos, sobre todo nuestra, estoy embarazada. Y podría
decirse que casi ha sido un milagro, aunque nunca he tenido tanta fe como
mi yaya. Antes de que terminara el año, empecé con algunos desajustes con
la regla. Fui a ver a mi ginecólogo y me comentó que uno de mis ovarios
mostraba insuficiencia ovárica primaria. Vamos, que estaba dejando de
funcionar de manera normal, a pesar de que sigo en la treintena. Me
comentó que, si estaba planteándome ser madre, no podría retrasarlo mucho
tiempo o cada vez me costaría más. Salí de allí algo descolocada, pero de la
mano de Rodrigo, que siempre sabe cómo reubicarme. Recuerdo que
ninguno quiso ahondar en el tema y empezar a divagar con las
posibilidades, así que apenas hablamos durante el camino de regreso. Sin
embargo, en ese silencio comedido, Rodrigo y yo nos dijimos y nos
prometimos miles de cosas, con gestos y canciones, como si los dos
hubiéramos firmado un pacto tácito sin necesidad de usar papel y tinta. Los
meses siguientes nos dedicamos a hacer el amor con más asiduidad que
nunca y con muchas más risas, divirtiéndonos sin presión ni límites, porque
ninguno quiso pensar en el dato que nos habían dado como si fuera un
lastre. Volví embarazada del viaje a Francia, pero no me di cuenta hasta el
mes siguiente, justo dos días después de despedir a mi abuela. Me dio
mucha rabia no haberlo podido compartir con ella, así que esa semana me
tiré horas y horas debajo de este cerezo hablando y llorando con ella.
Ahora es todo nuevo y desconcertante. Nunca me imaginé siendo madre,
la verdad. Pero tampoco me imaginé no siéndolo. No sé si me explico. Así
que aquí estoy, disfrutando del momento, de los cambios de mi cuerpo, que
a veces me espantan y otras me entusiasman, y de todo el amor del bueno
que me brinda Rodrigo, multiplicado por mil desde que recogió la prueba
con el positivo del suelo del baño, porque sí, cuando lo vi se me cayó de las
manos.
Amplié mi excedencia un año, por lo que acabará en junio. Eso significa
que tendré que incorporarme en septiembre a las clases, hecho que alegrará
sobremanera a mis amigos, que, aunque suben a verme al menos un fin de
semana al mes (Mon viene a verme a mí y Bruna a darse al fornicio con
Elías, lo sé, nadie lo entiende, ni tan siquiera ellos), me siguen echando de
menos en los descansos. Según me cuentan, mis sustitutos no me llegan ni a
la suela del zapato. Pero, si nada se tuerce, mi embarazo estará bastante
avanzado y podré pedir la baja antes de reincorporarme. Porque los casi
cien kilómetros diarios en coche no son muy aconsejables. Lo que venga
después de dar a luz y agotar mi baja por maternidad lo gestionaré a su
debido tiempo. Rodrigo y yo buscaremos soluciones, juntos. Porque ambos
tenemos bastante claro que todavía no ha llegado el momento de
marcharnos de aquí.
Aquí vivimos bien. En armonía con la naturaleza. En un rincón
privilegiado del planeta. Sin grandes lujos, pero con todas las comodidades.
Cuando necesitamos algo más de actividad, nos escapamos algún fin de
semana a la ciudad, pero los dos sonreímos como imbéciles cuando
regresamos a casa el domingo y nos metemos en la cama con el olor a
lavanda de las sábanas.
—¿Entramos ya? No quiero que te quedes fría y seguro que Gracia
tampoco.
—Un rato más, por favor. Lo que dure la última canción que has
escuchado en tu Spotify. Sorpréndeme.
Rodrigo enreda con su móvil y suena All My Love, de Coldplay, la sonrisa
es inevitable, porque es otro tema que ha ido directamente a nuestra banda
sonora, cada vez más extensa.
—Tres minutos y cuarenta y dos segundos.
—Vaya, igual hay que escucharla dos veces. Ya te he dicho que estoy
bien, las náuseas son normales, por eso he estado destemplada esta mañana.
Estoy preñada, no enferma. Todo va bien. —Cojo sus manos y las entrelazo
con las mías para posarlas en mi barriga de nuevo—. Y sé que así seguirá
siendo, tengo ese presentimiento.
—Mi respuesta sigue siendo no.
—Pero si no te he preguntado nada.
—No hace falta, te conozco mejor que tú misma.
—Eres muy ler…
—Sí, lo que quieras —me corta—, pero no vas a dar a luz en casa, por
mucho presentimiento que tengas de que todo va a salir perfecto. No me vas
a hacer vivir el momento más alucinante de mi vida doblemente acojonado,
¿vale?
—Ya lo discutiremos.
—No, no lo haremos. Así que deja de comerme la oreja, niña Candela.
—Y entonces, ¿qué te como, Tontodrigo? ¿Alguna sugerencia?
—Cabrona.
—Esa soy yo, pero te quiero.
—Yo soy el lerdo, pero te quiero también. Y lo cierto es que sugerencias
tengo muchas y fantasías más, pero desde que Lorenzo y Gracia
convirtieron esta hectárea en su camposanto prefiero contártelas dentro de
casa.
—No te tenía por remilgado. Pijo de la capital sí, pero pensé que el pueblo
ya te había quitado ese tufillo con el que venías cada verano. Venga, vamos
para dentro.
Me levanto con brío y Rodrigo me imita. Recoge la manta y yo, los platos
vacíos. Antes de que empiece a caminar hacia casa, me envuelve entre sus
brazos y me besa con cadencia debajo del cerezo cuajado de flores.
Desde fuera podríamos ser la imagen idílica de una postal, pero eso sería
solo postureo. Desde dentro, somos dos personas que se quieren y se
respetan y que, como él le prometió a mi abuela, trabajamos cada día para
seguir mereciéndonos. Porque el amor no se fuerza ni se impone, solo se
siente y se vive con ilusión de imaginar el siguiente capítulo, pero sin dar
por supuesto el desenlace.
La vida real requiere esfuerzo, y quien te diga lo contrario miente.
—Besarnos aquí sí que podemos. —Otro beso. Y otro. Y otro más
profundo—. Para que nuestros abuelos sigan siendo testigos mudos de
nuestra felicidad.
—¿Y crees que les habrá quedado lo suficientemente claro? —Ahora soy
yo la que se pone de puntillas y alcanza su boca, como si una fuerza mayor
tirara de mis labios hacia los suyos. Los besos de Rodrigo saben igual que
hace veinte años, a fresco, a diversión, a libertad salvaje, pero ahora dejan
en mi paladar un regusto mucho más adictivo que antes—. ¿O seguimos?
—Mejor seguimos, por si acaso.
Rodrigo
Seis canciones. Ese es el tiempo que nos ha costado entrar en casa. No me
preguntes por la última, porque no tengo ni idea del artista ni del título. La
lengua de Candela siempre tiene el poder de nublarme el juicio.
Y ahora estamos aquí, deshaciéndonos de la ropa, con más prisa que
tiento, en la consulta de su abuelo, cumpliendo una de mis fantasías.
Exacto, jugando a los médicos. Pero Candela está tan desatada, supongo
que por culpa de las hormonas, que me cuesta reconocer quién ha asumido
el rol de paciente.
—Doctor Martín, creo que me ha subido mucho la fiebre. Debería
ponerme el termómetro —insinúa mientras se pone de rodillas y termina de
bajarme el bóxer.
—¿En la boca?
—Sí, es lo más eficaz. —Candela engulle mi polla y luego me provoca
paseando con suavidad los dientes por la punta. Me sujeto al borde de la
camilla con una mano y con la otra a su cabeza.
—Hostias, Candela. Para estar enferma lo haces muy bien…
—¿Qué temperatura tengo, doctor? ¿Qué dice el pollómetro?
Me parto el culo y se me baja la erección de las carcajadas. La cara de
espanto que ha puesto al escucharse también contribuye a que no deje de
reírme. Aquí está la reina de los apodos. Nada más decirlo, ha sido
consciente de que se parecía bastante al que le puso a mi sobrino.
—El pollómetro no sé, pero tu cara es un poema.
—Joder, sí. Olvídalo.
Candela me mete un guantazo y la ayudo a ponerse de pie. Me giro para
que sea su trasero el que se apoye en el borde de la camilla.
—Deje de reírse de esta pobre enferma, doctor. —A ella también se le
escapa la risa, pero trata de disimularla. Es todo muy loco—. Y póngame de
una maldita vez esa inyección. —Desvía la vista hacia mi entrepierna, que
ha recuperado el estado anterior, y se muerde el labio con saña,
anticipándose.
—Pero las inyecciones se ponen en el culo, niña Candela.
—Las fantasías de una en una, Tontodrigo.
Enfermo me pongo yo cuando separa sus piernas y me invita a acercarme
más. Me cuelo en su interior de una estocada directa. Jadeo contra su boca y
cierro los ojos abrumado por todo lo que se expande en mi pecho.
Candela es tormenta y caos, pero también es sol radiante y calma. Candela
es raíz, hogar y arrullo. Es amanecer desnudos y café ardiendo para mitigar
el frío. Es compartir lectura en la biblioteca. Candela es dulce y venenosa.
Paciente y nerviosa. Erizo y animalillo herido. Candela es una compañera
de viaje increíble, inteligente, preciosa y cariñosa con los suyos. Y, aunque
ella tenga millones de dudas, sé que será la mejor madre para nuestro bebé.
—Más —me pide.
Y más le doy.
Me tiene donde quiere.
Estoy donde quiero.
—Te tengo donde quiero —musito convencido de que ella se siente igual
que yo.
—Estoy donde quiero —afirma estremeciéndose con la última embestida
—. Y eso que estamos todavía en primero de felicidad, Rodrigo.
—En realidad, estamos a punto de terminar segundo.
AGRADECIMIENTOS

De nuevo he llegado hasta aquí y, como me ocurre siempre que me siento


delante de esta página, temo olvidarme de alguien.
En primer lugar, gracias eterno a mis tres corazones. Sois mi motor y
seguiréis siéndolo.
En esta ocasión, me gustaría dar un gracias infinito a Triana. Porque ha
sido mi mayor apoyo desde que comencé a escribir esta historia. No me ha
soltado la mano ni me ha dejado flaquear en los momentos más bajos, que
he tenido unos cuantos. Gracias porque has tirado de mí cuando más lo
necesitaba. Eres tan bonita por dentro como por fuera, amiga. Muchas
gracias por acompañarme en Madrid en la FLM, ojalá que ninguna de las
dos olvide nunca ese día. Gracias por ilusionarte y emocionarte conmigo, en
definitiva, gracias por estar siempre a mi vera, a pesar de la distancia.
Deseo que la vida te dé todo lo bueno, porque te lo mereces.
Gracias también a mis otras cero. Gracias, Helena, por seguir leyéndome
y por entender que esta historia llevaba otro tempo y aun así disfrutarla. Y
gracias también a Anaís, por seguir a mi lado después de tantas novelas, por
tus ánimos y por tus amenazas, que casi siempre surten efecto. Gracias por
soportar mis neuras y por darme tu opinión objetiva. Muchas gracias,
chicas, por seguir dedicando vuestros ratos libres a la lectura de mis
capítulos, que sé lo complicado que es a veces.
Gracias también a todas las bookstagrammers que dais visibilidad a mi
trabajo. Gracias por compartir mis publicaciones y por reseñar mis novelas.
Y, por último, quiero darte las gracias a ti, que estás sosteniendo en tus
manos esta historia. Gracias por leerme una vez más. Gracias por esperar
con ganas cada publicación. Y gracias por todo el cariño y respeto con el
que tratas mis novelas. Espero que la hayas disfrutado y que te haya hecho
sentir.
Si acabas de conocerme con esta última, te animo a que sigas leyendo mi
universo de #amordelbueno, que cada vez es mayor.
Recuerda que me puedes encontrar en las redes sociales como @lacadelo
y que me encantará conocer tu opinión sobre mis libros.
Mil millones de gracias, de corazón.

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