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Una Pésima Idea

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XLSEMANAL
P R E S E N TA

'UNA
PÉSIMA
IDEA'

U N RE LATO ORI G I NA L
D E L O R E N Z O S I L VA

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LORENZO S I LVA | ‘ U NA PÉ S I MA I DEA’

C A P Í T U LO I

EL PUTO MÓVIL

e hallaba en el más pro- pronto se acabó convirtiendo en una expresión


fundo y plácido de los sueños cuando la voz de manifiesta de deseo de pasar a otro tipo de inter-
Nada, con su aterciopelada dulzura, atacó aquel cambio. Quizá por curiosidad, quizá por aburri-
estribillo: miento, quizá por coleccionismo. A esas alturas
—E tutta la vita gira infinita senza un perché… de mi vida, no me engañaba, podía no estar toda-
Me costó recordar dónde estaba. Cuando abrí vía en esa fase del envejecimiento masculino que
los ojos, no reconocí los volúmenes en la semi- según Leonard Cohen, en su magistral teoría al
penumbra de la habitación. Aquel cuarto era más respecto, vuelve al hombre repulsivo a los ojos de
grande que mi dormitorio, también más que el una mujer, pero transitaba ya por la etapa inme-
promedio de las muchas habitaciones de hotel diatamente precedente, esa en la que uno se con-
en las que la vida me ha llevado a despertarme. vierte en invisible a la mirada femenina común.
Tampoco reconocí enseguida la voz que rezongó: Por eso no me apresuré a captar el mensaje. Por
—No me digas que olvidaste silenciar el puto eso no tuvo ella más remedio que hacérmelo más
móvil. explícito, tomando mi mano entre las suyas, y
Volví la cabeza y la vi, desnuda, con la sábana a partir de ahí un hombre solo, sin ataduras ni
por la cintura y tumbada bocabajo junto a mí. esperanza, mal podía resistirse.
Parecía que aquella noche, pese al pronóstico Si acaso, perdí unos minutos en cerciorarme de
cada vez más rotundo en contra, había ligado. Y que aquella mujer a la que le sacaba cómodamen-
era una mujer bella, seguramente más de lo que te quince años no era una femme fatale enviada
le correspondía al individuo en declive que la por algún enemigo para drogarme, secuestrarme
miraba con la mente aún aturdida. Solo entonces y luego asesinarme tras una prolongada sesión de
comencé a recordar jirones de la noche anterior, tortura. Mi instinto me certificó que no era más
el paseo solitario por la playa que había acabado que alguien que como yo ya había dejado atrás
en una terraza, junto con una copa de vino blanco las aspiraciones inflamadas de la juventud, y a
y luego junto con una mujer igualmente solita- quien la suma y el peso de sus tropiezos vitales
ria, la que ahora tenía al lado, que sin esperarlo autorizaba a darse una alegría, sin mayor tras-
había tomado la iniciativa de trabar conversación. cendencia, en sana complicidad con otro adulto
Incluso se había avenido a reírse de mis chistes y proclive a concederse una licencia semejante. Por
a observarme con una aprobación creciente, que si acaso, no le había dado cuenta precisa de lo que
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hacía para ganarme la vida y, lo que es aún más —Lo sé, pero yo estaba de vacaciones.
perentorio, gastarla y en suma irla perdiendo con —Le consta, y me pide que te transmita sus
una mínima dignidad. No sabía ella, por tanto, que excusas. Pero estamos en cuadro, tenemos a
acababa de pasar la noche con un investigador toda la gente disponible en Valencia, con lo de la
de homicidios, es decir, alguien que nunca puede chica desaparecida, y nos ruega que tengamos la
silenciar ni apagar el móvil y a quien puede sonar- bondad.
le incluso cuando en teoría está de vacaciones y —¿Ofrece recompensa? ¿Una medalla, un ascen-
ha tenido la suerte de ligar. so, un jamón?
—Perdona, tengo que cogerlo —me excusé, con —Más días libres en agosto. Te recuerdo que yo
voz pastosa. también estaba de permiso la semana que entra.
Sin desenterrar la cara de la almohada, la mujer, Menos mal que no tenía plan de irme fuera. En
cuyo nombre no terminaba de venirme a la todo caso, no me ha pedido que te exija venir.
memoria, lanzó entonces su mano hacia la mesi- —Ya, solo que me hagas sentir culpable por
lla, donde buscó a tientas mi teléfono móvil, que dejar que te fastidies tú sola, en caso de resistir-
en el fragor de la batalla erótica había quedado me a atender su amable petición.
en su lado. Cuando lo tuvo en su poder, levantó la —Te conoce. Estás perdido, mi subteniente.
cabeza, abrió los ojos y lo fisgó sin disimulo. —Dime por lo menos que podré sentir empatía
—Virginia —leyó—. Tu mujer, ¿no? hacia la víctima.
—Ninguna mujer es la mía, que yo sepa —Me da que sí. Se trata de una anciana de
—respondí. ochenta y seis años. Murió anoche en el hospital
—Eso dicen todos. de Plasencia. No consiguió superar las lesiones
—En serio. Es mi compañera de trabajo. ¿Me lo por el golpe en la cabeza que le provocaron sus
vas a dar? agresores.
—Claro. Y luego esperaré a que venga un uni- —Qué hijos de perra. ¿Es que eran varios?
cornio. —Dos, según los testigos. La asaltaron para
Me puso el teléfono en la mano justamente robarle el bolso y las joyas, y lo consiguieron. El
cuando dejó de sonar la canción y en la panta- problema es que a la pobre mujer le dio por resis-
lla apareció el mensaje de llamada perdida. La tirse a que le quitaran la cadena que llevaba al
recuperé y marqué enseguida para responderla. cuello y en el forcejeo cayó hacia atrás y se golpeó
Azucena, ese recordé que me había dicho que era con la cabeza en el suelo.
su nombre, volvió a estampar su rostro contra el —¿Cuándo ocurrió?
suave tejido de la funda de su almohada. —Anteayer. Ha pasado treinta horas entre la
—Hola, te he pillado durmiendo —dedujo la bri- vida y la muerte.
gada Chamorro, mi compañera de fatigas, cuando —¿Y cómo es que los de Cáceres piden apoyo?
por fin logré comunicar con ella. Serán sospechosos habituales, ¿no tienen ya una
—Más o menos —murmuré—. ¿Qué pasa? idea de quién pudo hacerlo?
—Oh, oh, me parece que estoy arruinando algo. —No hasta donde quisieran. En los últimos
—No, tranquila. ¿Qué hay? meses ha habido una oleada de robos semejantes,
—Ya me disculparás. Nos han llamado de Cáce- siempre con ancianas como víctimas. Resolutivos
res, para un apoyo urgente. Y ya sabes que nues- y violentos. La sensación de inseguridad ha gene-
tro coronel no sabe decir que no. rado un descontento hacia nuestra labor que con
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esta muerte ha subido de tono. La prensa local


nos despelleja vivos esta mañana.
—Vale, ya veo lo que hay. No podré llegar antes
de mediodía.
—Aquí me tendrás, con el depósito lleno y un
sándwich.
—Qué haría sin ti, Virgi.
—Descarrilar, una y otra vez.
—Te llamo cuando esté cerca de la unidad. Iré
directamente, no me ha dado tiempo a ensuciar
toda la ropa que tengo en la maleta.
—Voy recabando antecedentes mientras tanto.
Ya estoy al habla con la capitana de la unidad de
policía judicial de Cáceres.
—¿Capitana? —se me escapó.
—Sí. Es lo que hay. Ve afinando tu poder de
seducción.
—De eso cada vez ando más corto. En un rato
te veo.
Azucena se había incorporado en la cama.
Cubierta con la sábana hasta las axilas, me con-
templaba con una especie de espanto.
—¿A qué diablos te dedicas? —me preguntó.
—Colecciono muertes. Si puedo, después de
resolverlas. Así me pesan menos en la memoria.
Siento tener que irme pitando.
—No pasa nada —dijo—. Así te ahorras la mentira
piadosa.
—Gracias por acogerme en tu habitación.
—Era demasiado grande para mí sola. Gracias a
ti por ayudarme a deshacer la cama. Anda, vete,
que Virgi te está esperando.
Aquello, en fin, era una certidumbre. No estaba
mal tener alguna.

(Continuará...).

EL SEGUNDO CAPÍTULO D E L R E L A T O D E L O R E N Z O S I L VA ,
EL PRÓXIMO DOMINGO EN XLSEMANAL
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CA P Í T U LO I I

POR UNOS GRAMOS


D E O RO

a capitán Azpeitia, con el grado así, a una persona y han entrado en la liga de los
en masculino, como solían preferirlo el protocolo homicidas. Dirán que no querían, que la culpa fue
del Cuerpo y la mayoría de las interesadas, remo- de ella por resistirse y demás gaitas, pero lo que
vió meticulosamente el café cortado en el que ahora se nos pide es que demos con ellos igual
acababa de dejar caer una fracción homeopática que con cualquier asesino. Eso sí, con la circuns-
del sobrecito de edulcorante. A esas horas, alrede- tancia agravante de que aquí se veía venir. Por eso
dor de las seis de la tarde, yo ya no solía autorizar- mi jefe, después de meses sin hacerme caso, ha
me la ingesta de cafeína, a fin de evitar las dificul- pedido vuestro apoyo.
tades para conciliar el sueño que, a un hombre Se la veía algo dolida. Y también recelosa. Cole-
con mis trienios, siempre le pueden llevar a acor- gí que podía ser la primera vez que trabajaba con
darse sin querer de alguna de las muchas cosas en respaldo de la unidad central en una investiga-
las que a esas alturas del camino no estuvo justa- ción como aquella. Me pareció que podía no
mente a la altura. Ella pasaba por poco de los sobrar darle una indicación de cómo entendía-
treinta, así que debía de tener mucho menos que mos nuestra tarea en casos así.
temer a ese respecto. Por no mencionar el detalle —La investigación es suya, mi capitán —le dije—.
de que parecía bastante más puntual y escrupulo- Aquí nos han pedido que ayudemos en lo que
sa que yo en el cumplimiento del deber. podamos, y a eso venimos.
—De nada sirve decirlo ahora —observó—, pero Azpeitia torció la boca en una sonrisa amarga.
lo que al final ha pasado es lo que nos temíamos —Desde que se ha sabido que viene la UCO a
que acabaría por pasar. Y no será porque no le ayudarnos, y se ha sabido casi antes de que yo
pidiera al jefe refuerzos para tratar de impedirlo. misma lo supiera, ya les he oído decir al menos a
Su segundo, el teniente Ribeiro, que le sacaba a un par de paisanos que había que haberla llamado
la capitán algo más de una década y varias dece- desde el al principio, y que si lo hubieran hecho la
nas de decepciones, la miró con una expresión difunta seguiría viva.
acaso impenetrable para otros, pero no para mí. —Nos sobrevaloran —dije—. Lo que no nos con-
Venía a decir algo así como que bastante tenía el viene. Cuando metemos la pata, que la metemos
jefe con lo que tenía. como todos, nos crucifican.
—En todo caso —continuó la capitán—, esto es lo A la capitán no pareció consolarle mucho mi
que hay. Esos animales se han llevado por delante confesión.
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—En fin, vamos a lo que importa. Le mandé a la posar la mujer con su mejor disposición. Aparen-
brigada toda la información que logramos recoger taba en ella poco más de setenta años.
hasta esta mañana. Me gustaría poder decir que Fue la primera vez que me encontré con su mira-
tenemos algún avance sustancial, pero no es así. da. Esa mirada que llevaba dos días extinguida, y
—Recapitulando —dijo Chamorro, por alusio- nunca más se iba a encender, porque alguien la
nes—, solo hay un testigo del hecho, que además había tasado en menos que los euros que pudie-
lo vio a cierta distancia. A doña Luisa la asaltaron ran darle al peso por unos gramos de oro. En
dos individuos, encapuchados, uno de ellos for- cuanto al crucifijo en sí, era en efecto bastante
cejeó con ella mientras el otro se mantenía un grande, y se veía en su factura que era antiguo. En
paso por detrás. El bolso se lo quitaron sin dificul- lugar de las líneas estilizadas de los que hoy se
tad, pero el problema vino cuando le quisieron venden, el orfebre que había hecho aquel le había
robar la cadena de oro con un crucifijo que lleva- dado una forma tosca y artesanal que llamaba
ba al cuello. Ella primero les rogó que no se lo mucho la atención.
llevaran, que era el único recuerdo que tenía de —La cruz no pasa inadvertida, desde luego
su padre, pero el sujeto que la abordó no cejó en —juzgó Chamorro.
su empeño. No logró arrancarlo con el primer —Y lo malo es que la mujer, por lo visto, nunca se
tirón, por lo que volvió a tirar una segunda vez separaba de ella —dijo el teniente—. No se trata
mientras la mujer se echaba hacia atrás. Y cuando solo de que fuera un recuerdo de su padre. La hija
se rompió al fin la cadena, ella perdió el equilibrio de la víctima nos ha contado las circunstancias en
y se fue de espaldas contra el suelo, donde se dio las que murió su abuelo: fusilado en el 36, por
el golpe que le provocó la muerte. oponerse al golpe. Por lo visto era concejal repu-
—Lo has resumido con bastante exactitud blicano en un pueblo de Badajoz, y aunque se
—opinó el teniente. ocupó de proteger a la gente de derechas para
—Y poco más es lo que tenemos, de momento, que no la lincharan en los primeros días, cuando
en lo que a este particular robo se refiere —dijo llegó el ejército nacional lo denunciaron y le liaron
Azpeitia—. Ahora os contamos lo que puede inte- el petate igualmente. Como el hombre era muy
resar de otros, posiblemente de la misma autoría. creyente y pidió que le dejaran morir con el cru-
—Con tu permiso, mi capitán —terció Ribeiro—. cifijo, tuvieron el detalle de devolvérselo a la viuda.
Algo más sí que tenemos. Le pedimos a la familia La hija era entonces pequeña, así que doña Luisa
que nos buscara fotografías. casi no tenía ningún otro recuerdo del padre.
—Ah, sí —recordó la capitán. —Vaya destino trágico, el de esa cruz —juzgó mi
—Y han dado con una en la que se puede ver compañera.
bastante bien la joya que le quitaron —nos explicó —Como el del país de quienes la lucieron —me
el teniente mientras trasteaba en su teléfono permití sugerir.
móvil—. Es un crucifijo de cierto tamaño, un buen —Así se entiende que la mujer la defendiera como
pellizco de oro, y la cadena se ve también bastan- lo hizo —dijo la capitán—. Lo que no supo fue darse
te consistente. Por eso se empeñaron en arreba- cuenta del par de bestias con los que se estaba
társelo, aunque tuvieran que lastimarla. disputando poder seguir llevándola al cuello.
Nos mostró la fotografía. En ella se veía a una —Si nuestras conjeturas no fallan, son autores
anciana sonriente, bien vestida y peinada: era una de al menos una docena de robos con el mismo
imagen de estudio, para la que había debido de modus operandi —explicó Ribeiro—. Siempre dos
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C A P Í T U LO I I : ‘ P OR U NO S G RA M O S DE ORO ’ 3

hombres, uno que le echa mano al anciano o


anciana y otro que dependiendo del caso se lo
sujeta o le corta la retirada. Siempre encapucha-
dos, y siempre a pie. Así los pueden sorprender
incluso en las calles más estrechas del pueblo en
cuestión, y luego se dan a la fuga corriendo como
alma que lleva el diablo hasta que desaparecen de
la vista de los testigos, donde suponemos que
tienen esperando el vehículo en el que luego, ya
sin capucha, se largan del pueblo. Hemos tratado
de identificarlo a través de las cámaras que hay
donde actúan, pero estos pueblos no son como
Madrid, que es un plató de televisión. Las pocas
imágenes que hemos encontrado no nos han per-
mitido identificar ningún vehículo que se repita.
—Si es que no roban para la ocasión el coche o
la moto con los que van a dar el palo —dijo la capi-
tán—. De eso, robos de vehículos, también tene-
mos tela últimamente. Aquí la gente es descuida-
da y los malos, sobre todo los foráneos, lo saben y
lo aprovechan.
—¿Alguna pista sobre el origen de los atracadores?
—Contradictorias —respondió Ribeiro—. Hablan
poco, como es de rigor entre malhechores, pero
sobre lo que les han escuchado las víctimas no se
ponen de acuerdo: en lengua ininteligible, en
español sin acento, en español con acentos varios.
Me gustaría poder ser más concluyente sobre el
particular, pero esto es lo que tenemos.
Nada y menos, pensé, tratando de sostenerle al
teniente la mirada. Decididamente, no empezá-
bamos bajo los mejores auspicios.

[Continuará...].

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C A P Í T U LO I I I

EL MEJ OR REGALO

EN CAPÍTULOS ANTERIORES... compañeros, consideré oportuno y aun necesario


Una llamada de su compañera interrumpe acercarme a la casa de la familia para hacerles saber
las vacaciones del subteniente de la
que estábamos allí y que a su caso se le estaba
Guardia Civil Rubén Bevilacqua: les piden
ayuda desde Cáceres; hay una oleada de prestando toda la atención posible, sin escatimar
asaltos a ancianos y acaban de matar a una el envío de recursos desde la unidad central. De
mujer de 86 años. Bevilacqua y Chamorro paso, trataría de completar las informaciones que
se ponen en marcha. ya teníamos sobre los hábitos y costumbres de la
víctima y las pertenencias que los ladrones habían
podido sustraerle, por si aparecía alguna.
La familia de Luisa González no podía ser más
escueta. Se reducía a su hija, Carmen, una mujer de
cincuenta y tantos años a la que el tiempo no había
tratado con excesiva indulgencia, o quizá era que el
dolor de la pérdida la avejentaba transitoriamente, y
su nieto, de nombre Anastasio, que andaba al filo de
los treinta y al que tampoco se le veía en la plenitud
na d e l a s rut i na s de sus facultades. Según nos informaron, había
b á s i c a s de la investigación de homicidios es la otra nieta más joven, que se llamaba Luisa, como la
reconstrucción de la vida de la víctima, que inclu- abuela, pero que vivía fuera de España, como tantos
ye la entrevista con sus familiares y allegados para veinteañeros españoles a aquellas alturas del verano
tratar de averiguar en qué recoveco de su existen- de 2019, en el que todavía el país no había recuperado
cia la persona a la que acaban matando se cruzó el vigor económico suficiente para ofrecerles las
con el hombre o la mujer que precipitó ese fatídi- oportunidades de vida que deseaban en su propia
co desenlace. En este caso, la diligencia parecía tierra. La joven Luisa, al parecer, era una brillante
poco prometedora, porque la muerte de doña Luisa bióloga y, entre la precariedad miserable a que la
González Matellanes, que tal era el nombre com- abocaba la investigación en España y las óptimas
pleto de la ciudadana a la que en esta ocasión nos posibilidades que le ofrecía el postdoctorado en
incumbía hacer justicia, tenía toda la traza de un una universidad de Massachusetts, no había sido
accidente desdichado, como fruto del encuentro capaz de declinar la invitación. Lo que a todos
con dos individuos a los que muy probablemente iba a caernos encima unos meses después, y que
veía por primera vez en el trance de aquel atraco entonces nadie podía imaginarse aún, corroboraría
que acabaría costándole la vida. su acierto al emigrar.
Sin embargo, los protocolos están para cumplirse Suelo fijarme en el aspecto y los gestos de
y, aunque ya habían hablado con ellos los las personas. Al ver la ropa, los ademanes y la
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CAPÍTULO III: ‘EL MEJ OR REGALO’ 2

expresión de Carmen, más allá del duelo por la la proporcionara. La madre nos ofreció un café,
repentina muerte de su madre, advertí el rastro de que ambos rechazamos, y antes de sentarse con
una vida en la que la suerte no debía de haberla nosotros, en torno a una pequeña mesa camilla, se
acompañado en exceso. Por lo visto, se había dirigió a su hijo:
quedado muy joven sola con los dos hijos, después —¿Qué le digo a tu hermana?
de la espantada del padre, un tipo de quien no se El aludido no salió de su ensimismamiento. La
hablaba bien en el pueblo, según el testimonio de mujer insistió:
los compañeros del puesto local, y que nunca se —Si no te pones en pie ya y te lavas y te
había vuelto a preocupar de la sangre de su sangre. cambias, no vas a llegar.
En cuanto a Anastasio, así llamado en honor del Entonces se volvió para explicárnoslo:
bisabuelo asesinado, era un joven –si es que uno —Mi hija llega a Barajas esta noche. Al final la
lo sigue siendo con casi tres décadas a las espaldas, pobre ha tenido que buscarse una combinación
como pretende la inmadurez contemporánea– de horrible para venir, vía Londres, no había billetes
aire lúgubre e incompetente. También según la para el vuelo directo. Y el hermano va a buscarla.
información del sargento jefe de puesto, después Pero Anastasio seguía como inerte. Carmen se
de no haber descollado ni mucho ni poco en los puso firme:
estudios, al contrario que su hermana, malvivía —Dime si vas a ir a buscarla o si me vas a
empalmando trabajos eventuales en el campo, dar el disgusto de tener que ponerle un mensaje
lo que le había impedido con toda probabilidad diciéndole que se alquile un coche.
emanciparse y por eso seguía en la casa materna. Creí llegada la oportunidad de intervenir.
No iba mejor vestido que su progenitora, con —Quizá no esté en condiciones, si está tan
unos vaqueros más bien sucios y un polo viejo, afectado. Si nos dice en qué vuelo llega y a qué hora,
arrugado y de color ya indefinido. Cuando su tal vez podamos arreglar que uno de los nuestros la
madre nos hizo pasar a la sala de estar de la casa, traiga. No se lo prometo, pero lo puedo consultar.
lo encontramos hundido en el sillón, la espalda En ese momento, el hijo pareció despertar de su
doblada, la cabeza gacha y mirando al infinito, con letargo.
los ojos enrojecidos por el llanto y cara de sonado. —No, no hace falta —murmuró—. Ya me ocupo
No respondió a nuestro saludo, no se levantó, ni yo, mamá.
se movió siquiera. Se me ocurrió, de pronto, que Se levantó y se deslizó como un alma en pena
su hermana no había preferido cruzar el océano hasta desaparecer por la puerta del fondo. Su
solo para recibir un salario acorde a su currículum. madre, sombría, meneó la cabeza.
—Discúlpenlo ustedes —nos dijo la madre—. —Ya podía estar el mundo mejor repartido.
Está hecho polvo, para él no había nada más grande Tengo una hija que es un fenómeno y a este pobre
que su abuela. Y encima anteayer por la mañana que… En fin, que no es malo, no puedo decir que
habían discutido por una tontería y no para de lo sea, pero no consigo que acabe de salir adelante.
decir que no puede soportar haber salido de casa A continuación, repasamos con Carmen las
sin darle un beso. rutinas de la vida de su madre. Una anciana aún
Anastasio reaccionó como si su madre estuviera activa y muy sociable, que no solo la ayudaba en la
hablando de otra persona: de ninguna manera en casa, sino que insistía en ocuparse de otras tareas
absoluto. Crucé una mirada con mi compañera: que le exigían salir a la calle y darse una buena
estaba claro que si alguna información útil caminata. Aunque la compra, según nos dijo, la
deparaba aquella visita no iba a ser él quien nos hacía ella con su hijo en el supermercado de un
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CAPÍTULO III: ‘EL MEJ OR REGALO’ 3

pueblo vecino, era la abuela la que cada día se iba a


pie hasta la panadería que estaba en la otra punta
del pueblo para traer el pan. De paso, ya fuera a la
ida o a la vuelta, paraba para tomarse un café en el
bar de la plaza donde también a veces hacía tertulia.
—Mi madre era un personaje, todo el mundo la
conocía, con todos pegaba la hebra. Pregúntenles
por sus historias, o por las coplas que aprendió de
niña y que le cantaba a quien la escuchara. Hasta
vino una vez uno de esos que estudian la música
tradicional y le grabó no sé cuántas. Cuando nos
dejen enterrarla, va a ir el pueblo entero.
Esta era una circunstancia que nos ponía una
presión añadida: no es lo mismo ocuparse de
esclarecer la muerte de un ser antisocial que la
de una mujer como aquella, tan popular y tan
carismática.
—¿Y su madre era de horarios fijos? —inquirió
Chamorro.
—No, eso no tanto. Antes sí, pero cuando se fue
haciendo mayor se relajó un poco. Solía decir que
ya empezaba a vivir más de la cuenta y que quería
ir a su aire, según anduviera de fuerzas. Unos días
salía a las once y otros no se ponía en marcha
hasta la una.
En ese momento, me vibró el teléfono móvil.
Lo miré y vi que era un mensaje del teniente
Ribeiro: «Testigo que parece fiable. Dice que vio a
dos sujetos en un coche rojo, utilitario deportivo
sin concretar modelo, saliendo del pueblo en hora
próxima a la del crimen».
Un coche. El mejor regalo que puede recibir un
investigador. Un coche, antes o después, te acaba
llevando hasta quien lo conduce.

[Continuará...].

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E S T E A TA R D E C E R
QU E NO M I RA NA D I E

EN CAPÍTULOS ANTERIORES... Tampoco parecía que hubiera mucho más que


Una anciana ha sido asesinada en Plasencia rascar de aquella entrevista, pero entonces a
por dos ladrones. Los investigadores inician
Chamorro se le encendió una luz:
una caza en la que escasean las pistas.
Siguiendo el rastro de un coche rojo surge, —¿No tendrá usted más fotos de ella? Aparte
sin embargo, un nuevo hilo del que tirar. de la que les envió a nuestros compañeros. Estaría
bien contar con alguna más reciente.
Carmen sacudió la cabeza con expresión
contristada.
—Últimamente costaba mucho que se dejara
hacer fotos. Decía que ya estaba muy vieja, que
sacáramos mejor cosas bonitas.
—Las que tenga.
—Guardaba todos sus recuerdos personales en
una caja, en su cuarto, de ahí saqué la foto con el
dichoso crucifijo. Quizá haya algo más, tampoco
la miré muy a fondo. Si quiere usted, se la traigo.
o informé a carmen —Le estaría muy agradecida.
d e l o d e l c o c h e . La familia de la víctima Carmen se puso en pie y salió con paso ligero.
es lo primero, y a ella antes que a nadie, porque Cuando se hubo ido, le mostré a mi compañera
es su derecho, solemos comunicar los movimien- la pantalla de mi teléfono móvil. Con los ojos
tos importantes en la investigación; pero no con- levemente guiñados —empezaba a necesitar gafas,
viene hacerlo hasta que ya te has puesto en mar- pero no se decidía a ponérselas— leyó rauda el
cha y tampoco es aconsejable facilitarle informa- wasap del teniente Ribeiro.
ciones incompletas o sobre las que aún estás tú —Coches rojos hay muchos —enfrió mi
mismo haciendo conjeturas o tratando de atar entusiasmo.
cabos. Así que seguí preguntándole por su madre, —Menos que blancos o plateados.
y en su testimonio nos trazó el perfil de una —Bueno, sí, menos es nada —admitió.
mujer con carácter, además de don de gentes, que Carmen regresó con una caja de cartón azul,
había salido adelante desde la orfandad y la grande como dos de zapatos puestas la una al lado
pobreza sin aceptar nunca el estigma ni la conmi- de la otra. Se la tendió a Chamorro.
seración por su origen. Por eso no podía resignar- —Ahí la tiene —dijo—. Si quiere llevársela…
se a ser un trasto viejo y se empeñaba en mante- —¿Puedo? —consultó mi compañera.
nerse activa, un empeño que había acabado —Solo cuide de no perder nada. A lo mejor
saliéndole tan injustamente caro. algún día, aunque no va a ser mañana, me da por
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atreverme a abrirla y mirar lo que hay. menos se lo espera uno —observé, sin poder
En la puerta, cuando nos despedíamos de reprimir mi admiración ante el paisaje.
Carmen, coincidimos de nuevo con Anastasio, el —¿Y ese arrebato? —se extrañó Chamorro.
hijo. Se había duchado y afeitado y se había puesto —No sé, andaba pensando en toda la gente
ropa limpia. No diré que gracias a ello pareciera el apiñada en la playa junto a la que me he despertado
príncipe de Gales, pero al menos dejaba de parecer esta mañana. No es que esté mal, pero el atardecer
un indigente. Se despidió con dos besos de su allí no es más impresionante que este que no
madre, que le pidió que tuviera mucho cuidado en mira nadie, salvo tú y yo. Con todas sus miserias,
la carretera y le dijo que parara si le entraba sueño. hay que dar gracias al oficio que tenemos por
—Es lo mejor —la respaldé, con la autoridad permitirnos hacer estos descubrimientos.
que me daba mi condición de miembro de la Chamorro asintió, pensativa.
Benemérita, ante un ciudadano que no tenía —El castillo es imponente, no te lo niego
por qué saber que jamás había estado destinado —reconoció—. Y la vista, formidable. Pero yo
en Tráfico. estaba pensando en que la jornada se nos va
—Siento mucho lo de su abuela —le dijo acabando y no veo mucho hilo de donde tirar. Los
Chamorro—. No tenga usted duda de que quienes compañeros no tienen pistas sobre los autores de
lo hicieron lo van a acabar pagando. los robos, ni siquiera sabemos de forma aproximada
—Gracias —murmuró él, con la mirada su edad, más allá de que no parece que lo hiciera un
empañada, y se fue hacia el coche, un Toyota dúo de octogenarios, y estamos perdidos en lo que
blanco aparcado en la acera de enfrente. Ocupó se refiere a su procedencia. Parece que alguien vio
el asiento del conductor, arrancó y enfiló la calle. un coche rojo poco después del asalto a doña Luisa
Por el modo en que le vi conducir, no temí que saliendo del pueblo con dos sujetos a bordo. Ni
estuviera abocado a estrellarse. matrícula, ni modelo, ni nada de nada. A partir de
Antes de reunirnos con nuestros compañeros en aquí, y salvo que aparezca algún otro testigo, apenas
el puesto local, donde teníamos nuestro centro de se me ocurre una posible vía.
operaciones, Chamorro y yo nos dimos una vuelta —¿Cuál?
por el pueblo para reconocer el terreno. Fuimos al —La más rudimentaria de todas. Confío en que
lugar donde se había producido el robo, una calle los compañeros les habrán pedido a las compañías
estrecha y lateral por la que se atajaba, viniendo telefónicas los datos de tráfico de las antenas de
de casa de Luisa, hacia la parte del pueblo donde la zona en las horas próximas a la de los hechos.
estaba la panadería. También llegamos hasta allí y —No les he preguntado, pero supongo. Es el
luego volvimos caminando hasta la plaza, donde protocolo, en caso de delitos graves, y me imagino
dimos con varios parroquianos que confirmaron que el juez se lo habrá autorizado.
el testimonio de Carmen. Finalmente subimos al —Si supones bien, y si alguno de los dos no se
castillo, en bastante buen estado, que coronaba el acordó de apagar el móvil antes de ir a dar el palo,
lugar. Desde él se dominaba una amplia porción habrá que mirar todos los números uno por uno,
de la llanura sobre la que se elevaba el altozano descartar a los paisanos honrados y comprobar a
en el que se asentaba el pueblo. Más allá de las quién llevan los demás. Y rezar para que tengan la
montañas que cerraban la planicie por el oeste se línea a su nombre.
incendiaba ya el cielo, anunciando el final del día Era una idea. Nos había dado frutos en el pasado.
y la inminencia de la noche. Pero tenía un inconveniente, que no me quedaba
—Qué sitios más bonitos tenemos, ahí donde más remedio que señalarle:
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—Eso va a llevar tiempo. Tengo otra idea. Antes de


que oscurezca más, vamos a preguntarle al teniente
por dónde vio ese testigo pasar el coche rojo con los
dos individuos. Y vamos a echar un vistazo.
—¿Para?
—Nunca se sabe. Pueden haber dejado algún
rastro.
Ribeiro me indicó la carretera en cuestión. Le
pedí a Chamorro que condujera hasta la salida
correspondiente y, cuando dejamos atrás las
últimas casas, le dije que parara y me bajé. Eché
a andar por la cuneta, barriéndola con la mirada.
Todavía quedaba algo de luz, así que no necesité
encender la linterna que llevaba conmigo.
—¿Y yo qué se supone que hago? —preguntó
Chamorro.
—Pon las luces de emergencia, arrímate al arcén
y vas detrás de mí con el coche. Y si puedes, mira
tú también, por si ves algo.
Como era de esperar, y no porque mi vista fuera
mucho mejor que la suya, sino porque yo no tenía
que ir atento a la carretera, fui yo el que lo vio. A
unos siete metros de la calzada y a apenas medio
kilómetro del pueblo. Entre unos matojos secos,
un bolso de mujer, no demasiado grande, de cuero
negro algo desgastado. Fui a por él. Por suerte,
estaba cerrado. Me enfundé unos guantes de látex,
lo abrí y encontré en su interior una cartera de
mujer con billetero y portadocumentos. Habían
vaciado el billetero. Los documentos, en cambio,
estaban todos. Desde la foto de su DNI perpetuo,
la mirada de Luisa González, franca y cálida, me
recordaba mi obligación.

[Continuará...].

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CA P Í T U LO V

SABER MEJ OR
CÓMO ERA

EN CAPÍTULOS ANTERIORES... dejarlas, a excepción de los muy descuidados,


Bevilacqua y Chamorro saben ya por dónde lo que en aquel caso también era una pista en
huyeron los delincuentes gracias al bolso
sí misma. No coincidían aquellas huellas con
de la víctima hallado en la cuneta de una de
las carreteras de salida del pueblo. Cuentan, ninguna registrada en nuestra base de datos, pero
a su vez, con una caja con pertenencias de la al menos teníamos ya algo sólido e indubitado para
víctima que les ha dado su hija. contrastar la identidad de los autores.
También habían hecho algún avance los
compañeros de Cáceres en relación con el coche
sospechoso. Trabajándose con paciencia y cuidado
al testigo, habían logrado que les acotara cuatro
modelos a los que podía pertenecer. Era demasiado
para hacer una búsqueda en la base de datos, pero
de nuevo nos ofrecía una referencia por si dábamos
con alguien a quien nos interesara comprobar.
En cuanto a los datos de tráfico de las antenas
móviles de la zona, también se habían puesto las
quella noche celebramos pilas y disponíamos ya de ellos. Era información
conciliábulo de todo el equipo en una sala que nos muy cruda, pero allí no era tan laborioso cocinarla
habían habilitado en el puesto local y en torno a una como cuando la pedíamos de una gran ciudad o de
cena improvisada con sándwiches de gasolinera. un lugar muy concurrido por otras razones, por
No descarto que haya maneras menos saludables ejemplo, un pueblo en fiestas patronales. Tampoco
de cenar, pero difícilmente puede concebirse una eran muchas las líneas que había que cribar, ni
más tétrica. En todo caso, había una buena razón. iba a ser ingente la tarea de localizar y descartar
De pronto, y tras un arranque decepcionante, la a los vecinos del pueblo. Enviamos los listados
investigación cobraba ritmo y en ella comenzaban a a nuestros expertos de Madrid, que entre otras
acumularse indicios prometedores. Uno lo era por cosas tenían herramientas informáticas ad hoc para
encima de los demás: de aquel bolso encontrado avanzar rápido en la tarea. También la cartera y el
en la cuneta, y de la cartera que guardaba en bolso, por si era factible extraer de ellos el más
su interior, pudimos sacar un par de huellas ínfimo rastro biológico. Tras un forcejeo, y sin
dactilares bastante completas que correspondían a haber utilizado guantes, no era descartable que
una persona distinta de la propietaria. Las huellas algo hubiera podido quedar.
dactilares, tan agradecidas en la investigación Después de poner en común toda la información,
antigua, cada vez eran más difíciles de encontrar. venía la labor por la que se suponía que nos
Todos los malos sabían cómo borrarlas o no pagaban: interpretarla y hacer con ella algo
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que pudiera servir para arrojar alguna luz sobre ahora toca es ver qué hacemos mañana con lo que
el crimen. tenemos entre las manos. Si no se os ocurre a
—Es la primera vez que encontramos el bolso vosotros nada mejor, y en tanto termina de darnos
o la cartera de la víctima —subrayó la capitán algún resultado lo que hemos mandado a Madrid,
Azpeitia—. En todos los atracos que hemos propongo una batida por el pueblo en busca de
investigado en estos meses, lo que los ladrones se testigos, gente que se pudiera cruzar con estos
llevaron no ha vuelto a aparecer. Me parece que es dos individuos antes o después del robo, a pie o
un hecho significativo. en vehículo, y examinar las cámaras de la autovía,
—Quizá no se trate de los mismos —sugirió el para tener la referencia de todos los coches rojos
teniente Ribeiro. que registraron a lo largo del día del incidente.
—Esa es una posibilidad —dije yo—. La otra, —Me parece un buen plan de acción —respaldé
que en este caso se pusieran más nerviosos que en su propuesta—. Tampoco estaría de más tratar
las ocasiones anteriores. de hacer el censo de coches rojos de modelo
Chamorro aportó su habitual dosis de sentido compatible del pueblo y de la comarca, por si las
común: moscas. La brigada y yo pensaremos a ver si se nos
—Motivos tenían, acababan de desnucar a su ocurre alguna otra cosa.
víctima, o eso es lo que podían creer. Doña Chamorro se había encargado de buscarnos
Luisa quedó inconsciente e inmóvil después del alojamiento, no muy lejos de allí, en Navalmoral,
golpe. El bolso que otras veces podían llevarse donde había encontrado un motel de carretera
tranquilamente en esta ocasión les quemaba como razonablemente habitable. Se oía de fondo el rumor
nunca. Si se daba la mala suerte de que alguien los de la autovía, que quizá otro no juzgara el más
parara y se lo encontrara, estaban listos. indicado para conciliar el sueño, pero que a mí me
—Eso está puesto en razón —observó la capitán. transmitía una extraña paz. Me resultaba agradable
—Lo que me pregunto yo —dije— es por qué, constatar, gracias al ruido de los camiones que
tras darse cuenta, como tuvieron que dársela, de circulaban en dirección a Portugal o de allí venían,
que el bolso y la cartera podían tener sus huellas, que en el mundo continuaba habiendo gente
no trataron de recuperarlos. Estaban bien a la vista. dispuesta a hacerlo funcionar a todas horas para sus
—No cuesta mucho entender que dos tipos que semejantes, y no solo sujetos de corazón desviado
se han cargado a una anciana para atracarla no que únicamente habían aprendido a salir adelante
tengan muchas ganas de regresar al lugar de los aprovechándose o abusando del prójimo. El motel
hechos, cuando, además, está infestado de guardias. tenía delante de las habitaciones una especie de
La capitán Azpeitia dijo aquello como tratando terracita y en cada una de ellas había una mesita
de hacer patente el poco discernimiento que con una silla. Chamorro y yo juntamos las nuestras
yo acababa de exhibir, lo que le servía para y antes de irnos a dormir nos sentamos allí un
contrarrestar mi golpe de efecto de localizar rato a disfrutar del frescor de la noche y recapitular
el bolso. No tuve más remedio que darle la la jornada.
razón. Dejaba así por los suelos el pabellón de la Mi compañera sacó a la terraza la caja con los
unidad central y de paso cualquier esperanza de recuerdos de doña Luisa. Levantó la tapa, la depositó
impresionarla. Era tarde, no había dormido mucho, cuidadosamente sobre la mesa y empezó a examinar
pensé, para consolarme. su contenido. No solo había en ella fotografías.
—También es verdad —le concedí. También guardaba cartas, postales y toda clase
—En todo caso —retomó su discurso—, lo que de documentos, con ese prurito de las personas
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mayores, educadas en otra época, de no deshacerse


de nada que pudiera tener algún valor, tan alejado
del despego y la eventualidad de los que se habían
forjado a imagen y semejanza del mundo líquido
donde vivimos desde que a todos los seres humanos
nos adosaron un dispositivo conectado a la Red.
Entre aquellos papeles, Chamorro encontró
una postal en la que se veía la playa de Palma
de Mallorca. Estaba fechada quince años atrás.
La firmaban Carmen y sus dos hijos, Luisa y
Anastasio, con letra todavía infantil. «Te queremos
muchísimo, abuela», decía antes de sus firmas un
renglón trazado con letra de niña aplicada.
—Solo hay una forma de llevarse por delante
todo esto, una vida entera, por tan poco, o por lo
que fuere —constaté—. No saber ni sentir que
está ahí, no ser consciente de todo lo que uno
destruye.
—Y, sin embargo, lo consiguen, una y otra vez
—dijo Virginia.
—¿Por qué abres esa caja de Pandora? ¿Para
torturarte?
—Por lo que le dije a Carmen. Quiero encontrar
alguna foto más reciente de doña Luisa. Saber mejor
cómo era cuando esos dos tipos se permitieron
zarandearla hasta tirarla al suelo. Y que conste.
—¿Para?
—Te veo bajo de forma, mi subteniente
—observó—. A lo mejor algún día hay un juicio, y
me gustaría que quien tenga que decidir la vea. No
a la mujer de esa foto de hace quince años, sino a
quien se trata de hacer hoy justicia. Y a lo mejor
nos sirve también antes.
—Tienes razón —admití—. Ha sido un día
cargado de emociones inesperadas. Va siendo hora
de que este viejo caimán se acueste.

[Continuará...].

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C A P Í T U LO VI

CÉNTIMO A CÉNTIMO

EN CAPÍTULOS ANTERIORES... que llamaba y dejé que Nada cantara hasta llegar a
Bevilacqua y Chamorro cuentan con aquellos versos, tan apropiados a la circunstancia:
una caja con pertenencias de la víctima que
—E tutto viene dal niente e niente rimane senza di te.
les dio su hija. Dentro de la caja, Chamorro
encuentra un documento que hará valer como —No está mal esa canción que le has puesto —
quien lleva un as en la manga. dijo Chamorro—. Ya me pasarás luego el título. ¿Es
que no lo piensas coger?
—Estaba pensando qué diré cuando lo coja.
—Sé tú mismo. Hoy te veo bien.
—A la orden de usía, mi coronel —dije,
atendiendo la llamada, un segundo antes de que se
perdiera—. ¿Cómo lleva el verano?
—Bien, Vila, no me quejo. Gracias por interrumpir
el tuyo.
—No iba a dejar sola a la brigada.
—¿Tenemos algún avance?
El coronel Hermoso era así: directo y expeditivo,
o h ay s e n t i m i e n t o no solía perder demasiado tiempo en cortesías.
de derrota e inutilidad que no se cure, o al menos se También yo sabía a esas alturas que lo que quería
amortigüe, durmiendo siete horas a pierna suelta, era algo que él, a su vez, pudiera ofrecerles a
dándose luego una buena ducha y administrándose quienes le llamaban de manera no menos acuciante.
un café bien cargado. A la mañana siguiente, cuando Me apliqué a ello:
me reencontré con Chamorro, notaba mis capacidades —Más de los que parecían probables ayer a mediodía.
bastante restauradas, tras el penoso derrumbe que El bolso de la víctima, con huellas que podrían ser de
había protagonizado la noche anterior. Mi compañera, uno de los agresores. Una identificación aproximada
que después de tantos años de soportarme me del vehículo en que pudieron huir. Y lo mejor de todo,
conocía de una manera que tal vez no nos conviniera la sensación de que se atropellaron después de que
a ninguno de los dos, no tardó en advertirlo: el robo se torciera. Por lo que tal vez hayan cometido
—Hombre, ya estás de vuelta. Un día, si quieres, más errores.
me cuentas qué estabas haciendo en esa playa. Me —¿Puedo esperar que lo encajéis rápido entonces?
está picando la curiosidad. —Puede, sin confiarse ni invitar a que nadie se
—No te lo ibas a creer. Tampoco me lo termino confíe.
de creer yo. —Entendido. Te agradezco el consejo.
Inoportuno por naturaleza y diseño, mi móvil —Solo le expongo mi opinión, mi coronel.
empezó a sonar. Leí en la pantalla el nombre del —Me sirve. Que os vaya bien el día.
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CAPÍTULO VI: ‘CÉNTIMO A CÉNTIMO’ 2

Y colgó. Chamorro no se privó de comentar la no pasaba inadvertida: DDT.


jugada: —A más de un coche como ese, y del mismo
—Un día, tu desparpajo te va a provocar un tiempo, le he quitado yo la aleta —evocó—. Como
contratiempo. para no acordarme al ver uno.
—A lo mejor es lo que busco. Fastidiarme el —No sabe usted cuánto nos ayuda que se
único ascenso para el que me pueden proponer ya, acuerde —le dije.
y que me quitaría de trabajar contigo. —Pues encantao, oiga. A ver si cogen a esos
—Ya, seguro que lo haces por eso —dijo, escéptica. cabrones.
Dedicamos la mañana a echar una mano a —¿Le importará pasarse por el cuartel a tomarle
los compañeros yendo puerta por puerta y manifestación?
entrevistando a los paisanos. Ahora teníamos —Qué me va importar. Cuando me digan.
para sondearlos un dato del que carecíamos en A partir de aquí, los acontecimientos se
las primeras horas: ese coche rojo que el hallazgo precipitaron. Un coche con matrícula terminada en
del bolso en la cuneta de la carretera por la DDT apareció en las grabaciones de las cámaras de
que lo habían visto irse señalaba con muy alta la autopista, al comprobar la matrícula completa en
probabilidad como el utilizado por los responsables la base de datos el coche resultó estar a nombre de
de la muerte de doña Luisa. Fue en esa búsqueda, un ciudadano de origen magrebí de veintisiete años
porque lo que hace falta para que todo fluya es un con antecedentes por tráfico de drogas y por delitos
hilo anudado a otros, donde se nos encendió al fin contra la propiedad y cuando fuimos a buscar el
la luz que alumbraba el camino. Como no podía ser vehículo en Navalmoral, donde vivía, encontramos
de otra manera, el coche lo habían dejado aparcado que tenía una abolladura en la aleta delantera
en un lugar no muy alejado y, como suele suceder derecha. Uniendo todo, no le costó nada a la capitán
en los lugares pequeños, un detalle que quienes Azpeitia que el juez del caso acordara intervenirle el
se atreven a operar en ellos no tienen nunca teléfono y obtener el histórico de sus llamadas. Era,
suficientemente presente, no solo había llamado dicho sea de paso, uno de los números que poco
la atención de alguien, sino que ese alguien era antes y poco después de la hora del crimen habían
una persona con tiempo para fijarse en las cosas registrado las antenas de telefonía del pueblo.
y retener de ellas algo más de lo que suele el Le mantuvimos la escucha un par de días, por
ajetreado habitante de la jungla urbana. si nos daba alguna pista de su cómplice, el que
Nuestro testigo resultó ser un jubilado llamado presumimos que había dejado sobre el bolso de la
Casimiro López, que antes de retirarse al pueblo víctima unas huellas que no correspondían con las
de sus antepasados había trabajado como chapista que guardábamos del sospechoso en nuestra base de
en un taller de Plasencia. Nos dio una descripción datos. Pero no se relajó y no pudimos oírle ninguna
nada imprecisa del vehículo. Y es que también la conversación reveladora. En tales circunstancias,
fatalidad juega, circunstancia con la que tampoco yo habría sido partidario de aguardar un poco
acostumbran a contar aquellos que deciden más, por si cometía un error más adelante, pero la
buscarse la vida al otro lado de la ley. No solo nos capitán insistió en ir ya a por él y encontró para
dijo el modelo a Chamorro y a mí, a quienes nos ello el respaldo del juez y de los jefes. Tan solo una
tocó en suerte trabajarnos su calle, sino que nos semana después del crimen irrumpíamos con una
hizo saber que el vehículo tenía un golpe en la orden judicial en su casa, donde aparecieron objetos
aleta delantera derecha. Se había quedado, además, relacionados con otros robos, pero ninguno que
con las letras de la matrícula, una secuencia que permitiera unirlo con nuestra víctima.
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CAPÍTULO VI: ‘CÉNTIMO A CÉNTIMO’ 3

Y ahora teníamos setenta y dos horas, ni una


más, con el tipo duro y sin muchos escrúpulos que
parecía Abdeslam Mustafa, nuestro sospechoso,
para tratar de sacarle junto con quién había
perpetrado el robo que había acabado con la
vida de Luisa Gutiérrez. Por el modo en que nos
miraba, entre iracundo y desdeñoso, pensé que
teníamos tantas opciones de lograrlo como de
llegar a Marte en patinete.
Convinimos en ocuparnos de la tarea Ribeiro,
Chamorro y yo, con reparto de papeles. Yo, de poli
majo; Ribeiro, de poli tranquilo; y mi compañera,
de poli concienzuda. Con un individuo así, saltaba
a la vista, el poli malo no tenía la más remota
posibilidad. Ni el teniente ni yo, pese a toda la
paciencia que le echamos, conseguimos sacar al
detenido del silencio pétreo en que permanecía
desde que él y su abogado habían entrado en
la sala de interrogatorios. Chamorro, sin decir
nada, puso sobre la mesa dos de los hallazgos que
había hecho en la caja de Luisa: una foto algo más
reciente de la víctima y una vieja cartilla de la Caja
Postal de Ahorros. Le señaló la cartilla.
—Mírala, por favor. Ahí puedes ver cómo
ahorró esa pobre mujer lo poco que tenía: mes a
mes, céntimo a céntimo. ¿De verdad quieres que
terminemos nosotros de averiguar lo que nos
falta? Porque lo averiguaremos. ¿No te remuerde
la conciencia? ¿No vas a asumir lo que ha pasado,
echarle valor y dejarte de jugar al escondite?
Abdeslam, la mandíbula tensa, procesó en
silencio su alegato.
—A la mierda —dijo al fin—. Voy a darte el
nombre. Pero porque me da a mí la gana. Porque
no voy a comerme solo este marrón.
Entonces nos lo dijo. Y nos dejó a los tres
boquiabiertos.

[Continuará...].

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C A P Í T U LO VI I

UNA PÉSIMA IDEA

EN CAPÍTULOS ANTERIORES... nos decía si buscábamos el bolso, que su socio


Tras una acción bien jugada por la agente había tirado a la cuneta durante la huida. O mucho
Chamorro en el interrogatorio a Abdeslam
se equivocaba, nos aseguró, o allí encontraríamos
Mustafa, este se confiesa autor del robo da a los
investigadores el nombre de su cómplice. huellas dactilares: las del otro, no las suyas.
Los deja boquiabiertos... Como Abdeslam era un delincuente avezado,
él mismo sabía que lo tenía muy difícil para
librarse de la pena, tanto por el robo del que
había sido cooperador necesario como por la
muerte producida de resultas de la violencia
ejercida sobre la víctima. Pero era la única baza
que tenía para enredar en el juicio y procurar
que, de los dos, fuera al otro a quien le cayera la
condena más larga. No le falló lo del bolso: según
pudimos comprobar, las huellas dactilares que en
él habían quedado grabadas correspondían a la
persona cuyo nombre nos había facilitado. Como
u p e q u e A b d e s l a m M usta fa no las teníamos en nuestra base de datos, hubo
era un profesional cuando después de darnos el que tomárselas, a lo que no se resistió. Antes al
nombre de su cómplice se recreó en su versión de contrario: su actitud, desde que aparecimos en
los hechos, por descontado exculpatoria al máximo su casa a buscarlo, era la de quien esperaba aquel
para sí mismo. No le quedaba otra que reconocer su desenlace. Quizá porque se temía que el cuerpo del
papel activo en los demás robos, ya que guardaba delito que no había tenido la presencia de ánimo
en su domicilio algunos de los efectos sustraídos, de ir a recuperar estaba o acabaría en nuestras
pero en relación con el de doña Luisa, que era manos. Quizá porque sabía cómo se las gastaba
el que llevaba consigo un homicidio y la pena el tipo al que había unido su suerte, buscándola
correspondiente, sostuvo que tanto la idea como la en el cuello frágil y el brazo tembloroso de esas
iniciativa habían sido del otro, que había elegido el ancianas a las que sin apiadarse desvalijaban de
objetivo y había abordado a la anciana y sostenido las joyas que colgaban del uno y del bolso que
el forcejeo que conduciría al fatal desenlace. sujetaban con el otro. Cuando lo abordamos
Abdeslam solo se había dejado llevar, sin tomar en a la puerta de su casa, de la que salía con uno
ningún momento parte activa en el robo, y luego de esos caros auriculares inalámbricos típicos
había puesto su coche para darse a la fuga: el error, de los futbolistas, y le dijimos que tenía que
nos dijo con aire compungido, que le cargaba ahora acompañarnos al cuartel, solo bajó la mirada y se
con aquella desgracia. Podíamos comprobar lo que dejó conducir como un cordero.
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C A P Í T U L O V I I : ‘ U N A P É S I M A I D E A’ 2

Y ahora allí lo teníamos, en la sala de como en la cartera están sus huellas dactilares:
interrogatorios. A su lado había una joven abogada las de usted. ¿Quiere decirnos que no se apoderó
de oficio que a duras penas disimulaba el horror usted de ese bolso, no lo abrió, no vació la cartera y
que la sobrecogía. Enfrente de él nos sentamos luego no lo arrojó, usted mismo, a la cuneta donde
los tres que habíamos interrogado a Abdeslam: el lo encontramos?
teniente Ribeiro, Chamorro y yo. Se me reservó, —No, eso no puedo negarlo —admitió,
por consenso de mis compañeros, el privilegio avergonzado.
de recordarle sus derechos, informarle de la —Tampoco ha negado que la idea de robarle a
imputación y hacerle, tanto a él como a su letrada, doña Luisa fuera suya. ¿Quizá porque tampoco en
una relación genérica de los medios de prueba esto Abdeslam nos ha mentido?
que había contra él. Esa era la parte fácil, por Aquel hombre llegó entonces al límite de su
formularia. Lo difícil era iniciar la conversación. resistencia. Sin poder aguantar más, se derrumbó
Tardé en decidir por dónde hacerlo. y empezó a llorar como un niño, con los hombros
—Este es un mal trago para todos —hablé al sacudidos por breves convulsiones y con hipidos y
fin—. Lo hecho no se puede deshacer y, como todo. No hay experiencia que le prepare a uno para
acabo de decirle, hemos podido reunir una buena asistir impasible a una tragedia como la que en ese
batería de pruebas incriminatorias. Sabe que tiene momento se desarrollaba ante nuestros ojos. Fue
derecho a no declarar, como le recordará su letrada, entonces Chamorro quien tomó la palabra, para
y que lo que diga puede ser utilizado en su contra, reconducir aquello a donde debía llevarnos, que no
pero también esta es la ocasión para que trate de era la demolición emocional del sospechoso, sino
decir algo en su favor. Su compañero le atribuye su colaboración para poder trasladarle al juez del
a usted la iniciativa y el ejercicio directo de la caso un relato lo más claro y fundado posible sobre
violencia sobre la difunta. la secuencia de los hechos delictivos. Con su voz
Al oír esto, algo se encendió dentro de aquel más cálida, le hizo notar:
hombre. —Tuviste una pésima idea, y todo salió de la peor
—Eso es mentira —saltó, con una energía de la manera posible, pero como te ha dicho el subteniente
que apenas unos segundos antes parecía totalmente eso ya no tiene vuelta de hoja. En el tiempo que
desprovisto—. Fue él el que le quitó la cadena y tienes por delante, te vendrá bien haber afrontado
tiró con esa fuerza exagerada que le hizo perder la verdad, haber colaborado para que se sepa y haber
el equilibrio a la pobre. Cuando no se rompió a la reconocido lo que tengas que reconocer. Quizá tu
primera, yo traté de tirar de él para que lo dejara, abogada te lo desaconseje, a efectos legales, y en ese
pero él estaba cegado con llevarse el crucifijo. Era sentido antes que a mí debes hacerle caso a ella. Pero
un buen pedazo de oro y se lo iban a pagar bien. ahora no te está hablando una guardia civil; quien
Le escuché con toda atención, sin dejar que te habla es una mujer que intenta comprender el
ningún gesto asomara a mi semblante. Luego crucé destrozo que llevas dentro y no tiene, tampoco lo
una mirada con mis compañeros. Nos entendimos tienen mis compañeros, el menor afán de que ese
sin palabras. Los dos me invitaron a que procediera. destrozo se te acabe haciendo insoportable. Por
—Son dos cosas las que dice su amigo Abdeslam eso, te invito a que no te mientas ni nos mientas.
—puntualicé—. Que usted fue el ejecutor material Quizá sea mejor que nos expliques por qué llegaste
del robo y que fue usted quien tuvo la idea de ir a proponerle a Abdeslam lo que le propusiste.
precisamente a por doña Luisa. Usted niega ahora El detenido tardó en aceptar aquel capote que le
haberle quitado la cadena. Pero tanto en el bolso echaban.
LORENZO S I LVA | ‘ U NA PÉ S I MA I DEA’

C A P Í T U L O V I I : ‘ U N A P É S I M A I D E A’ 3

—Yo… —sollozó—. No sé… No sé cómo pude…


Llevo un tiempo muy malo, apenas hay trabajo,
se me acaba el paro una y otra vez, siempre
estoy al límite. Él… Abdeslam… Le compraba el
chocolate desde siempre, nos hicimos amigos y
un día… Bueno, me dijo que había una solución
fácil para mis apuros económicos, que lo tenía
muy estudiado y solo le hacía falta un socio para
asegurar la jugada. Que era pan comido, que nadie
tenía que salir con más mal que un poco de oro y
unos euros menos. Y yo… no supe decir que no.
—Me refería a lo otro, Anastasio —insistió
Chamorro—. Por qué le contaste lo de la cruz que
siempre llevaba tu abuela. Por qué la pusiste en su
punto de mira. Algo muy gordo tuvo que pasarte.
Cada vez le costaba más hablar, pero trató de
explicarlo:
—Le debía mucho dinero, por la droga que me
fiaba. Me apretaba para que diéramos un palo
bueno. Y esa mañana yo… acababa de discutir
con ella, no sé qué me pasó, se me confundió la
cabeza…
No pudo decir más. Tampoco lo necesitábamos,
y a ninguno de los tres que estábamos allí, ni a la
capitán Azpeitia, que observaba discretamente la
diligencia, nos gustaba ensañarnos con nadie.
Lo peor de aquel trabajo fue contárselo a Carmen
y a Luisa, la hija y la nieta de la víctima, la madre
y la hermana del malhechor. Fue Luisa la que,
después de decirle por qué habíamos detenido a su
hermano y lo íbamos a poner en breve a disposición
judicial, dio con el resumen más demoledor que
puedo hacer de esta historia:
—Qué pena que quien de ella tuvo más amor no
supiera tener más seso. Que lo que fue tu ilusión
termine siendo tu castigo.
Y como el título de la canción: Senza un perché.
En cuanto tuviera un rato, pensé entonces, le
cambiaría el tono a mi teléfono móvil.

Illescas-Getafe-Madrid-El Sauzal-Zaragoza-
Archena, verano de 2021

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