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Copyright
Próximamente
Último lanzamiento
Libros de la autora
Novedad
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Un camino marcado
Nota de la autora
Sobre la autora
Agradecimientos
Otras obras publicadas
Un camino marcado (extracto)
LA HIJA DEL ANOCHECER
Crónicas de la espada viviente
Libro I
Lorena A. Falcón
Copyright © 2021 Lorena A. Falcón
Primera edición.
Todos los derechos reservados.
Diseño de tapa: Alexia Jorques
Próximamente
Los tres ciclos
Tres razas, dos soles, un planeta.
Ella despertó y descubrió un secreto.
Él vio su camino torcerse a la mitad.
Ello se negó a dormir y olvidar.
Todos buscaban sobrevivir.
Preventa ya disponible en Amazon.
Premio literario Amazon 2021
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Último lanzamiento
Monstruos al acecho
Cuentos para desafiar los miedos.
Te hago una pregunta: cuando te acurrucas entre las
mantas por la noche con tu libro de terror preferido, ¿revisas
debajo de la cama antes?
Tal vez, deberías…
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Libros de la autora
Brujas anónimas
Brujas anónimas - Libro I - El comienzo
Brujas anónimas - Libro II - La búsqueda
Brujas anónimas - Libro III - La pérdida
Brujas anónimas - Libro IV - El regreso
Conflictos universales
Libro I - Un último conflicto
Libro II - Un conflicto sin fin
Libro III - Todos los conflictos
El reino entre las nieblas
Libro I - Un camino marcado
Libro II - Un bosque confuso
Libro III - Un reino olvidado
Novelas - Tomos únicos
La torre hundida
Antifaces
Dejemos la historia clara
El despertar de las gárgolas
La hermandad permanente
Todas mis partes
Intercambios
Vidas paralelas, destinos cruzados
Decisiones
Número privado
Matices de la magia
La invasión
Transformación
Cuentos
Por un par de alas
Todo o nada
Una idea simple - A simple idea
Alrededor del reloj
Monstruos al acecho
No ficción
¿Quieres escribir una novela?
¿Quieres escribir un cuento?
Mi primera novela cumple diez años
Visita la página de Lorena A. Falcón
Novedad
Boxset - El reino entre las nieblas
Trilogía completa
Todas las novelas de la trilogía (Libros I a III) en un solo
ebook, más listado de personajes y FAQs.
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Capítulo I
NUNCA SE LE OCURRIÓ que la sangre pudiera ser tan
pegajosa. Trató de limpiarse con la ropa, pero imposible
quitársela por completo; sobre todo, los restos debajo de las
uñas. Sin embargo, no era lo más importante en ese
momento.
Miró hacia abajo. El cuerpo de él yacía en una postura
extraña, tal vez, porque la cabeza estaba casi por completo
separada del tronco.
Ella inclinó la suya para ver el rostro de él de frente. Lucía
tan tranquilo que parecía estar pensando o descansando.
Eso era, justamente, lo que había estado haciendo cuando
ella llegó.
Quería hablar con él y le cortó la garganta.
Ahora la espada estaba tirada en el suelo, lejos de ella…
y, sin embargo, la llamaba. Apretó el puño.
—No debería haber sucedido así —susurró todavía
contemplando el cadáver a sus pies y sin dejar de frotarse
las manos.
Se agachó y estiró el brazo hacia uno de sus bolsillos.
Escuchó un golpe en la puerta. Era la señal de que la cena
estaba lista. Estaban esperándolo en el comedor. Eso le
daba muy poco tiempo para huir.
Se guardó lo que había ido a buscar y se irguió. Echó un
vistazo hacia la ventana. Tendría que salir por el balcón.
Avanzó dos pasos, pero luego lanzó una mirada hacia atrás,
hacia la espada, que refulgía en un suave murmullo.
—Maldición —murmuró mientras corría hacia ella, la
recogía con una mano y se apresuraba hacia el palco, justo
cuando la puerta se abría a sus espaldas.
—¡Eh, tú!
Ella hizo caso omiso al grito y saltó sobre la baranda para
caer tres metros abajo. Sabía que no lo había hecho con la
misma gracia que su abuela, aun en sus peores días, pero lo
había hecho mejor que cualquier humano.
Su primer impulso fue atravesar el jardín y abandonar la
propiedad del duque, pero se contuvo y se pegó contra la
pared. La humedad congelada de la enredadera le traspasó
la ropa y le impregnó la espalda. Oía más gritos que se
acercaban. Tomó la espada con ambas manos y murmuró
por lo bajo las mismas palabras que su abuela le había
cantado de niña. Sintió el frío que la recorría y sabía que ya
no era visible para los demás.
Debía mantenerse quieta y no hacer ningún ruido hasta
que pasaran de largo, hasta que despejaran un camino por
el cual ella pudiera salir. Eso le daría tiempo para cavilar
sobre su siguiente paso: ¿a dónde podía ir? Ya no tenía casa.
Si bien aquel nunca había sido su hogar, al menos era su
refugio, ahora no tenía nada. Solo la espada en sus manos,
la magia que llevaba con ella y el conocimiento que podría
salvar a su pueblo o hundirlo.
RECORDABA OTRO DÍA COMO ESE, uno en el que había
estado bajo la lluvia intentando pasar desapercibida. Su
abuela siempre la encontraba. A veces, le hacía creer que
no la había visto y, en el instante en el que ella se relajaba,
la aferraba del brazo. Tienes que mejorar esa magia, le
decía, tienes que hacerte fuerte.
Sin embargo, no era fácil para ella, no como lo era para su
abuela, una elfa pura. La sangre de ella, por otro lado, tenía
demasiado de la humana. Si bien sus orejas llegaban hasta
la parte posterior de su cabeza y sus ojos almendrados
estaban enmarcados por un doble párpado, sus habilidades
dejaban mucho que desear. Su abuela estaba decepcionada.
Tampoco podía cambiar su apariencia, que motivaba que
la gente la mirara con desconfianza, al principio, y le
rehuyera ahora que la magia se estaba acabando en el
mundo. Aquellos como ella ya no solo eran raros, sino
también temidos. La abuela le había anticipado que eso
sucedería, que por eso intentaba fortalecerla.
Mientras notaba que se adormilaba bajo la magia y el
agua, sintió que la agarraban de la muñeca, justo como
solía hacer su abuela. Y casi sintió esperanzas, pero la
abuela hacía años que no la tocaba. Abrió los ojos, a la vez
que intentaba mantener la calma. Encontró frente a ella un
hombre que le sonreía.
Ella se echó hacia atrás, pero él la asió con más fuerza.
—No te alarmes —susurró con una voz que le llegó a
través del viento—, estoy de tu parte.
Entonces, ella notó sus orejas, similares a las suyas,
aunque incompletas. Ese hombre era más humano que ella,
pero compartían herencia. En otros tiempos, hubiera
confiado en eso. Ahora no.
—Ven conmigo —le dijo él y tiró de su brazo, ella opuso
resistencia—, te diré cómo escapar, ¿no es eso lo que
quieres?
—¿Por qué me ayudarías?
—Porque soy como tú, porque sé lo que él ha estado
haciendo. —Señaló con la cabeza el balcón por el cual ella
había saltado.
Ella echó un vistazo alrededor, contuvo un suspiro y lo
siguió.
Capítulo II
EL HOMBRE LA LLEVÓ hasta un pequeño sótano no muy
lejos, en una zona apartada del jardín.
—Nos quedaremos aquí hasta que terminen de buscar en
el castillo y sus periferias. Luego, te mostraré una salida que
lleva hacia el camino a las montañas. Muchos de los
nuestros huyeron en esa dirección. Al menos, los que
lograron sobrevivir.
—Él nos está…, estaba cazando —murmuró ella y el rostro
se le ensombreció mientras observaba la espada manchada
en sus manos—, no quise hacerlo, pero…
—Hiciste bien —asintió el hombre—, se lo merecía. Los
humanos están diezmando lo que queda de nuestro pueblo.
Aquellos que se negaban a abandonar los bosques, los
rezagados que aún pensaban que tenían tiempo.
Ella levantó la vista hacia él.
—¿Entonces es cierto? ¿Los elfos abandonan estas tierras?
Siempre hay rumores…, pensé que solo se escondían
porque él los estaba persiguiendo… Los humanos siempre
han querido tener magia, aunque le teman.
—Nuestro pueblo está en retirada —confirmó el hombre—.
Ha llegado el momento.
Ella frunció el ceño.
—¿El momento?
—Sí.
—No, no puede ser. Mi abuela me dijo que faltaban
milenios para eso.
—Te mintió; quizás para hacerte sentir mejor, o se engañó
a sí misma, como los que demoraron su partida. —El
hombre se encogió de hombros y se acercó a la puerta por
la que habían entrado, miró a través de una rendija
diminuta—. Muchos lo hicieron para mantener su poder y
que no se supiera que se volvían débiles, pero algunos
hombres lo descubrieron. —Hizo una pausa—. Creo que ya
podemos salir. —Ella vaciló—. No lo pienses demasiado.
Ella frunció el ceño con decisión y empuñó la espada.
—Sé lo que tengo que hacer.
—¿Irás tras ellos?
—¿Por qué quieres saber?
—Porque yo también me lo planteé. ¿Qué soy? ¿Humano o
elfo? Ninguno. No me dejan estar con ellos y aquí se nota
que soy… diferente. No puedo evitar sentir mi herencia,
pero debo encontrar mi propio lugar. —Se arrimó a ella—.
No hace falta que nos ajustemos a lo que cualquiera de las
razas quiera. —Sonrió—. Claro que yo no tengo familia.
—Mi abuela ya no está —murmuró ella sin apenas
pensarlo.
—Entonces, no les debes nada a ellos. Van hacia su
muerte, déjalos. Mejor quedarse aquí y vivir.
Ella se giró hacia él.
—Pero… si ya están muriendo, ¿por qué él está
obsesionado con matarlos?
El hombre sonrió.
—Creí que no lo preguntarías, no muchos notan ese
detalle. —Ladeó la cabeza—. Me parece que los rumores
que escuchaste no son… completos. Hay más monstruos allí
fuera, ¿sabes? Aunque no como el que mataste —se inclinó
hacia delante, estaba lo bastante próximo como para que su
aliento dulzón cayera sobre el rostro de ella—; en realidad,
él solo estaba protegiendo a los humanos. —Se echó hacia
atrás—. Pero también era un asesino, masacraba elfos.
Quédate con la versión que te convenga.
LAS PALABRAS DE AQUEL HOMBRE resonaban una y otra
vez en su cabeza mientras corría de regreso al pueblo.
Había cumplido con su palabra y la había ayudado a huir,
pero le había creado un problema todavía mayor. Siempre
supo que su abuela le mentía cuando afirmaba que todo
estaba bien, que todo mejoraría…
Se llevó las manos a la cara y se limpió las mejillas. No
pudo evitar mirarse las palmas como hacía de niña, sus
lágrimas eran plateadas. Los chicos de la aldea siempre se
habían reído de eso, la forzaban a llorar a propósito solo
para burlarse.
Después de unas horas, comenzó a cansarse. Aguantaba
más que un humano, pero no tanto como un elfo puro. Si
tan solo…
«Si tan solo me hubiera llevado con ella. ¿Qué voy a hacer
aquí sola?».
Sin embargo, había otros como ella. Aunque era difícil
encontrarlos, rehuían el contacto con los demás, se
mantenían en las sombras. Y ella no había nacido para vivir
de esa manera.
Sintió que la espada estaba de acuerdo, la percibía vibrar
como si estuviera viva. La magia la fortaleció y le ayudó a
superar los kilómetros que le restaban para llegar a la casa
donde había vivido los últimos años.
Cuando arribó, encontró las puertas cerradas. Sin luces.
Recorrió el perímetro de la morada, las ventanas no
permitían vislumbrar el interior. Se acercó a la entrada
principal con la espada en la mano. La puerta se abrió con
demasiada docilidad. Examinó el picaporte, estaba
destrozado.
El lugar estaba por completo vacío. Revisó cada una de las
habitaciones. No había nadie. Salió. Todavía era de noche,
pero flotaba el aroma de la mañana que se acercaba. Inspiró
con fuerza y notó también el olor a quemado, había fuego
en las inmediaciones. Escudriñó el horizonte, unas llamas
avanzaban desde el este.
—¡Allí!
—¡Ahí está!
—¡No la dejen escapar!
—¡Asesina!
Ella vaciló. ¿Acaso los hombres del duque la habían
encontrado tan pronto? No, ella conocía esas voces, eran las
mismas que la perseguían desde niña.
—¡Monstruo!
—¡Es una de ellos, siempre lo fue!
—¿Cómo pudiste? ¿A la familia que te dio abrigo?
Cada vez estaban más cerca y ella vaciló sobre si debía
huir o no.
No estaba al tanto de lo que había sucedido en su
morada, pero, probablemente, la turba que se aproximaba
sí. El problema consistía en que dudaba que quisieran
contestar sus preguntas.
Capítulo III
CORRIÓ HACIA EL ÚNICO LUGAR donde pensaba que
podría ocultarse en ese momento: aquel desde el cual había
escapado. Sin duda, no la buscarían allí.
La puerta se abrió antes de que ella siquiera intentara
tocarla. Él sonrió cuando la vio y ella supo que había estado
esperando su regreso, que ya sabía lo que iba a suceder.
Eso solo acrecentaba la desconfianza. Sin embargo, no
podía evitarlo, precisaba hablar con él. ¿O acaso necesitaba
acercarse a alguien que fuera como ella? Ahora que los
últimos vínculos con los humanos, a través de su familia
adoptada, se habían disuelto, no le quedaba más que su
abuela. Y a esta la encontraría solo si ella quería ser
hallada.
—Ven junto al fuego —dijo él y le hizo lugar, lo justo para
que ella pasara a su lado rozándolo. No había visto la
chimenea antes, pero ahora ansiaba el calor y se dejó
calentar por las llamas mientras observaba en estas las
imágenes que pintaba su mente.
—Te esperaban.
Ella se volvió hacia él, las flamas se reflejaban en sus ojos
violeta oscuro. ¿Sería capaz de ver lo que ella proyectaba?
Sabía que algunos de la antigua raza tenían esa capacidad:
acceder a lo que otro emitía sin que este lo compartiera.
Aunque esos dones eran extraños en los mestizos. Por las
dudas, dejó de hacerlo y desvió la mirada.
—Nada que no haya pasado antes.
—Pero entonces tenías a dónde ir.
—¿Por qué crees que ahora no?
—Estás aquí.
Ella se encogió de hombros, con más rigidez de la que
hubiera deseado mostrar.
—Era lo más rápido; además, no me buscarán en este
lugar y…
—¿Y…?
—Tengo asuntos pendientes aquí…
NO NOTÓ EL INSTANTE en que se quedó dormida. Solo
cuando se despertó. Lo hizo de un salto y echó un vistazo
alrededor. El fuego estaba apagado y el cuarto, bastante
frío. Lo primero que hizo fue tantearse. Estaba vestida.
—No necesito violar a nadie —dijo el mestizo desde las
sombras, seguía sentado en el mismo lugar que ella
recordaba—, las mujeres siempre me desean.
Ella hizo una mueca y se incorporó. Se masajeó el cuello,
le dolía tanto como los brazos y las piernas.
—Nunca se puede confiar demasiado en un hombre… —Se
puso de pie y miró hacia la puerta—. ¿Qué hora es?
—Acaba de amanecer —contestó él, todavía sin moverse
—. ¿Qué vas a hacer?
—Tengo que averiguar qué pasó con mi familia.
—No era tuya.
—Sí, lo era, aunque fuera adoptada; y luego, descubrir a
dónde fue mi abuela, creo que…
—No regresará.
—No lo sabes.
Se oyó un rumor de la tela como si él estuviera
encogiéndose de hombros.
—Como ya te expliqué, todos los de la raza antigua se
están yendo, desaparecen. Incluso los que solo tienen una
gota de su sangre se van, aunque no al mismo lugar.
—No, si no fuera a volver, ella…
—¿Te hubiera llevado consigo? No. Nunca rompen esa
regla. No les importa lo que suceda a gente como nosotros.
—Ella vivía cerca del pueblo por mí.
—Tal vez consideraba su obligación evitar que lo
destruyeras con tu magia; ciertamente, debes de tener más
que yo. Pero no te imagines mucho más… Y no pierdas el
tiempo en ello, hay asuntos más importantes que definir.
—¿Como qué?
—¿Cómo vamos a sobrevivir ahora? Los humanos no nos
quieren tampoco, a menos que puedan usarnos, claro.
—Entonces, ¿te irás?
—¿A dónde? ¿A pudrirme en algún monte lejano? Para
morir allí, puedo hacerlo aquí.
Ella se mordió el labio.
—No puedes asegurar si eso es lo que está sucediendo.
—Por supuesto que sí, y tú también, pero no quieres
aceptarlo; quizás por eso tu abuela te dejó sin avisarte. —Se
levantó de golpe, se aproximó a ella en dos zancadas y la
asió del cuello para inclinarla sobre las cenizas de la fogata.
Ella se resistió, pero él era más fuerte y la había tomado por
sorpresa—. Mira —le ordenó mientras arrimaba su cara a los
restos del fuego, los ojos le lloraban, pero una imagen se
formó en su mente.
Era lo que le había mostrado su abuela: el ocaso de su
especie.
—Dice qué, pero no cuándo. —Cerró los párpados—. No es
cierto, los elfos pueden morir, pero la raza es inmortal.
—Eso no quiere decir que no cambien. Uno puede ser
eterno como el viento o el mar o, tal vez, una montaña.
Ella se liberó y se puso de pie. Se acercó a la puerta.
—¿A dónde vas?
—Tengo que conocer lo que está pasando.
—¿No acabamos de discutirlo?
—No, tengo que saberlo con exactitud, tengo que
detenerlo…
Él rio a carcajadas, eran tan largas que ella pensó que
nunca acabarían, que su cabeza estallaría o, peor, que
alguien lo escucharía. Cesaron con la misma brusquedad
con la que habían empezado.
—¿Evitar el fin de una raza? ¡Vaya que eres ambiciosa,
mujer! No lo lograrás, ¿para qué intentarlo? Lo mejor que
puedes hacer es encontrar una forma de sobrevivir, eso es
todo lo que nos queda.
Ella inspiró y bajó la vista hacia sus manos, duras por el
manejo de la espada. No como las de su abuela. No le
hubiera dejado la reliquia familiar si no planeaba volver, no
le hubiera enseñado a usarla si…
A ella no le alcanzaba con sobrevivir, eso nunca había sido
suficiente. Necesitaba entender lo que sucedía y encontrar
una manera de pararlo. Después de todo, los elfos habían
durado milenios. No tenía sentido que desaparecieran con
tanta rapidez. ¡Por qué debía ser justo en su tiempo! Ella
aún era muy joven para los estándares de cualquiera de las
razas.
Apretó los puños.
—No, no puedo desaparecer, no puedo dejar que los otros
lo hagan. Además, quiero ver a mi abuela de nuevo, saber
que está bien, que fue su decisión trasladarse.
—Y abandonarte.
Ella levantó la mirada.
—Debo irme.
—La salida está ahí. —Hizo un gesto él.
Ella abrió la puerta. Fuera estaba amaneciendo y el patio
se encontraba lleno de soldados, que se volvieron hacia ella
como uno.
Capítulo IV
LA ARRASTRARON fuera de la habitación. Ella alcanzó a
mirar detrás, pero no había nadie allí. Él la había
abandonado también. No importaba. Toda su vida había
estado sola, excepto por su abuela, que ahora…
Irguió la barbilla y sintió un dolor punzante en el
estómago. No le quedó más opción que inclinarse hacia
delante y toser con violencia.
La llevaron hasta el dormitorio, que aún hedía a sangre,
aunque el cuerpo ya no estaba allí. Solo había una mujer
mirando por el balcón. Cuando se dio la vuelta, notó que era
vieja. Debía de ser la madre del duque, no su esposa.
—¿Es ella? —preguntó con voz ronca.
—Sí, mi señora —los soldados la obligaron a arrodillarse—,
se escondía en estos mismos edificios.
La mujer se acercó y la miró desde arriba. Arrugó la nariz,
como si el mal olor proviniera de ella.
—No me sorprende que hayas venido, niña; mi hijo… creó
su propio destino. —Suspiró y negó con la cabeza—. Le
previne tantas veces de que mezclarse con tu raza le traería
desgracias. Ayudarles… era un suicidio, pero él no quiso
hacerme caso.
—Él nos estaba masacrando —gruñó ella y bloqueó la voz
del mestizo en su cabeza.
Recibió un golpe en la sien y sintió la espada brillar a su
lado. Nadie más podría asirla, pero no la hacía invencible. Y
aunque allí había solo dos soldados, fuera había
demasiados.
Sin embargo, ¿qué más podía hacer?
La mujer esbozó una pequeña sonrisa.
—Los estaba salvando, niña, pero yo le advertí que
ustedes no notarían la diferencia y mucho menos se lo
agradecerían… Le dije que no… —Apretó los labios y volvió
a suspirar antes de chasquear los dedos—. Dispongan de
todo, quiero que esto se termine.
Los soldados la levantaron por los brazos y ella dejó que
su peso se desplomara. Ellos gruñeron y, cuando uno de
ellos tropezó, ella aprovechó para girarse y desenfundar la
espada. Cortó el pecho del hombre caído y le cercenó la
mano al otro.
La madre del duque inspiró y retrocedió un paso, pero no
gritó. Si bien aquello le pareció raro, no podía pararse a
meditar. Dio otro golpe al hombre que lamentaba su mano
perdida y tocó la frente del que había caído para que no
despertara pronto. Ese pequeño hechizo le quitó casi toda la
magia que le quedaba. Se alimentó de la espada, que
también la consumía a ella, en una relación simbiótica.
Se acercó a la madre.
—Explícate —le ordenó y la mujer inclinó la cabeza a un
lado—. Tu hijo estaba asesinando a los nuestros, esa es la
razón por la que tantos han tenido que huir. —Se palpó el
bolsillo en busca de la misiva que ordenaba más tropas—.
No le alcanzaba con todos los que estaban despareciendo…
La madre negaba con la cabeza, los labios apretados. No
había llamado a los soldados que esperaban en el pasillo y
estos no parecían haber reaccionado a lo que ocurría
dentro, si habían escuchado.
—¡Dime! —le exigió ella.
La madre la miró con una mezcla de pena y furia.
—La respuesta está con los tuyos. ¡Ve a preguntarles a
ellos! ¡Guardias!
—Ya casi no queda ninguno. —La voz se le quebró.
—Todavía hay algunos —la mujer siseó—, aún permanece
el más peligroso… —le mostró brevemente los dientes—,
¿conoces al Hechicero?
En ese momento, los demás soldados irrumpieron en la
habitación.
Capítulo V
POR SUPUESTO QUE LO HACÍA, ¿quién no? Todo el mundo
estaba al tanto de él y, sin embargo, nadie sabía nada cierto
sobre él.
Algunos decían que llevaba milenios caminando por la
tierra, pero ella sabía que, aunque la raza élfica era longeva,
ningún individuo duraba miles de años. Los humanos los
confundían entre sí, sobre todo, porque tenían nombres muy
similares, progenitores y descendencia; era una forma de
dar continuidad a la familia, como si todos fueran uno.
Ella no tenía esa historia, su nombre no estaba
entrelazado; no podía integrarse en su sociedad por
completo. Ni tampoco con los humanos, ni siquiera conocía
a sus ancestros por ese lado.
Por eso entendía por qué el Hechicero elegía la soledad. Si
los rumores eran verdaderos, él también pertenecía a
ambos mundos. Quizás todo lo malo que se cuchicheaba
sobre él nacía de ese problema. Era imposible saberlo, pero
recordaba haberlo visto una vez y no era un monstruo.
Tenía diez años, un bebé para la raza élfica, y su abuela
había aceptado llevarla de paseo. En el pueblo, todavía la
miraban con buenos ojos y los humanos aún eran amables.
Su abuela sonreía más entonces.
Ella había esperado que no la aceptara después de haber
echado a su hija por acostarse con un humano, por
rebajarse a tener su hijo, pero la había admitido. Y la había
cuidado, al principio, con más amor que su propia madre, a
quien no había vuelto a ver. La continuidad de la raza era
más fuerte.
Habían estado caminando por el bosque, donde la abuela
le enseñaba a utilizar la espada. Era una experta en armas.
Lo vieron de lejos, ella había sentido un escalofrío cuando él
la miró por un breve momento. Su abuela había levantado la
espada, la misma que ahora era suya, y él se había retirado
con una sonrisa en los ojos.
Su abuela nunca le había querido explicar lo sucedido o
hablar de ello siquiera.
Poco después, la había llevado con su familia adoptiva.
Capítulo VI
LA ARROJARON dentro de un calabozo. Estaba frío, húmedo
y suponía que bastante oscuro, pero ella tenía mejor visión
que cualquier humano. No obstante, cuando miró alrededor,
prefirió no haber visto nada.
Se acercó a la diminuta ventana al fondo. No le cabía ni la
mano entre las apretadas rejas.
—La decapitación será por la mañana —le informaron
antes de cerrar la puerta con un fuerte golpe.
—Por la mañana… —murmuró ella y se abrazó a sí misma.
Eso debía de darle un día completo para huir. Aunque
tampoco tenía mucho que la ayudara a hacerlo. Ellos se
habían quedado con su arma, después de que ella simulara
oponerse a dejársela, y con su bolsa de pócimas, como
llamaban a su provisión de raíces. No podrían usar la
espada y no sabían que ella podía llamarla. Ni que esta
podía atravesar la puerta de madera que la separaba de la
libertad, pero… ¿y luego? Tendría que abrirse paso a través
de todo el castillo.
En su camino hacia la celda, había notado que no solo
había soldados en todos los pasillos, sino también civiles de
cara malhumorada, algunos de los cuales conocía del
pueblo. ¿Acaso era posible que su abuela…? ¿Podría estar
ella en otra de las celdas?
Esperaba que no, que hubiera logrado escapar con su
pueblo. Su abuela siempre había sido sensata, mucho más
que su hija y su nieta.
Estaba cansada y no pudo evitar recostarse contra la
pared. Trató de no pensar en lo que podría estar caminando
por allí.
No quería morir, pero se le estaban terminando las
razones para vivir. Si su abuela hubiera querido, se la habría
llevado. Solo bastaba que uno de los elfos rompiera la
tradición…, pero su abuela no lo hizo.
Suspiró.
Aunque no pertenecía a ninguna raza, y ninguna la
aceptara, no podía dejar que ninguna de ellas sufriera. Si el
mestizo no mentía, los humanos estaban en peligro y creían
que era culpa de los elfos. Pero ella estaba segura de que
estos no estarían detrás de lo que fuera que estuviera
sucediendo y no se merecían que los masacraran.
Sin embargo, no podía saber si lo que le dijo el mestizo
era real.
¿Y qué habría querido decir la mujer al mencionar que su
hijo los estaba salvando? ¿Cómo se podía proteger a alguien
asesinándolo?
—A menos que… —musitó.
Si el Hechicero estaba involucrado…, si lo que se decía de
él era cierto… Todo era posible, cualquier opción
innombrable.
Sacudió la cabeza. No podía creer eso tampoco. Lo había
visto y no era un monstruo…, pero la había hecho temblar.
Se mesó los cabellos.
Debía averiguarlo. Si había matado al hombre
equivocado…
Si bien no podía cambiar el pasado, podía reconocer su
error y hacer lo posible por enmendarlo. Si así fuera, y solo
en ese momento, podrían decapitarla, los dejaría hacerlo.
Pero no antes. No sin conocer la verdad.
Se acercó a la puerta y cerró los ojos para percibir la
espada, por la cual corría su misma sangre. Compartían la
magia y estaban atadas en vida, siempre iría a su lado si la
llamaba.
Estiró el brazo y esperó.
No tuvo que aguardar mucho.
EN MENOS DE UN MINUTO, estaba en los pasillos
superiores. Sentía la magia fluir por su cuerpo hacia la
espada y de regreso. En el arma, sobrevivían los espíritus de
sus antepasados, latía su misma sangre. Cada golpe era
certero, pero se cuidaba de que no fuera mortal. Si buscaba
la supervivencia de su raza materna y que no fuera
perseguida, no podía dejar un reguero de muertos tras ella.
En la planta superior no había soldados, no habían tenido
tiempo de dar la alarma. Tenía la vía libre. Solo debía
cuidarse de no cruzarse con nadie.
Apoyó la hoja contra su frente y murmuró un hechizo de
sombras. La espada se resistió un poco, pero cedió. Los
encantamientos oscuros no eran bienvenidos por la sangre;
sin embargo, a veces, no quedaba opción. En ocasiones, le
parecía escuchar murmullos dentro del arma; no obstante,
nunca había detectado una presencia definida. La abuela no
había llegado a explicarle toda su historia, ¿cuántos de sus
antepasados habrían dejado su esencia en la reliquia?
Nunca lo sabría.
Caminó pegada a las paredes, con lentitud, no quería
hacer ningún ruido y necesitaba escuchar los sonidos
alrededor. No oía pasos corriendo, así que no debían de
estar buscándola todavía. No sabía con qué frecuencia
revisaban las celdas.
Se asomó con cautela, la sala siguiente estaba llena de
gente. Tendría que encontrar una vía alternativa. Hubiera
preferido no retroceder, pero no veía otro camino. Recorrió
varios pasillos hacia atrás y, en un par de ocasiones, tuvo
que esquivar criados. En uno de los pasajes, encontró un
grupo de soldados hablando. Intentó acercarse lo suficiente,
lo que permitía su magia, para distinguir lo que decían.
—Se comenta que es lo mismo en todo el reino, ya no
queda ninguno de esos.
—Es lo que queríamos, ¿no?
—Supongo, pero si no se fueron por nuestra mano,
¿cuánto tardarán en volver? Deberíamos haberlos
exterminado.
Uno de ellos escupió al piso.
—No hace falta, se matarán entre ellos, así sucede con los
animales.
Ella apretó los dientes y se pegó a la pared. La magia de
la espada vibraba en sus manos, la urgía a actuar. Nunca
había entendido ese odio hacia los elfos, no les habían
hecho nada a los humanos, vivían en paz en sus propias
tierras. Sí, era cierto que algunos eran poderosos, pero
nunca se inmiscuían en asuntos ajenos…, bueno, casi
nunca.
—Se llevaron a varios de los nuestros. En el sur todavía
sigue el enfrentamiento, dicen que vieron al Hechicero por
allí.
Otro escupitajo.
—A ese tendrían que haberle cortado la cabeza, en vez de
a nuestro duque.
—¿Es cierto que tenemos a quien lo hizo?
—Sí —se percibía el regocijo en la voz de quien contestaba
—, a esa sí le cortarán la cabeza, al amanecer.
—Entonces, ¿esta noche es nuestra?
Esta vez el salivazo fue más violento.
—Ese no es el comportamiento de un buen soldado,
pero… ella no es humana, al fin y al cabo. No permitan que
se entere nadie.
Oyó algunos murmullos de risas y luego el roce agitado de
pies sobre el piso.
Estuvo tentada de hacerles frente, pero debía aprovechar
los escasos minutos que le quedaban para huir. Pronto,
aquellos guardias que habían ido a buscarla para divertirse
con ella darían la voz de alarma.
Se quedó quieta, sabía que no todos se habían ido,
restaba uno. Podría pasar junto a él sin que la detectara, si
este no se movía. Amagó con moverse y el soldado cambió
de posición. Ella contuvo la respiración y, poco después, lo
vio alejarse por otro pasillo.
—No tienes mucho tiempo —susurró una voz en su oído.
Capítulo VII
ERA ÉL. PERCIBÍA SU ESENCIA, aunque no lo viera. No
sabía que era capaz de esa magia, pero, en realidad, no lo
conocía.
—Me entregaste —masculló ella.
—¿En serio quieres discutir eso ahora? —El tono de él
sonaba divertido—. No tienes mucho tiempo —repitió—,
puedo guiarte…
—¿Por qué debería confiar en ti?
—Porque no tienes a nadie más.
—En eso te equivocas —dijo ella con fiereza y levantó la
espada, que brilló con violencia un instante y luego se
apagó.
Ella arribó a la intersección donde habían estado los
soldados y miró alrededor. Tres salidas se desprendían de
allí, ¿cuál sería la correcta?
Murmuró un hechizo por lo bajo y sintió un tirón hacia la
izquierda; si ese era el norte, entonces…
—El pasillo de la derecha —indicó la voz de él, se oía más
lejano.
Si bien no debería escucharlo para nada, no después de…
Sacudió la cabeza e intentó ignorarlo, aunque su
instrucción tenía sentido. Debía ir hacia el oeste, en esa
dirección estaba la parte trasera del castillo.
Probablemente, terminaría en los jardines posteriores, ya
conocía los accesos externos de esa zona. Si él no volvía a
delatarla, tendría que ser capaz de alcanzar la salida en
unos cuantos minutos.
Se movió con rapidez, siempre atenta a los ruidos
alrededor, tensa. En cualquier momento, sonaría la alarma.
Esperaba antes llegar, al menos, al patio.
Cuando abrió la puerta, él estaba del otro lado.
—¿Por qué me deseas la muerte? —preguntó ella—.
Somos iguales.
—Tanto que somos diferentes —contestó él.
Ella frunció el ceño.
—Ahora no tengo tiempo para adivinanzas.
Lo esquivó y examinó el jardín. El muro más lejano tenía
un pequeño pasaje que se abría al presionar los ladrillos
precisos en el orden correcto. Él se lo había enseñado. Sin
embargo, tendría que recorrer varios metros al aire libre. Si
había soldados en los adarves, la verían. Su camuflaje no
era perfecto y dependía mucho de las sombras alrededor,
ese patio estaba demasiado iluminado, sobre todo con el
enorme sol que aún brillaba en el cielo.
Además, quedaría al descubierto mientras revisaba la
pared donde estaba la salida.
—Podría ayudarte, como la otra vez —susurró él, de nuevo
invisible a su lado; aunque esa vez, de otra manera.
Ella no le contestó.
Calculó una y otra vez el trecho, la distancia no era mucha
y ella era más veloz que cualquier humano; aun así, nunca
le ganaría a una flecha. Los arqueros tendrían que ser muy
malos para fallar.
Quizás, si lograba distinguir desde allí cuáles eran las
piedras que debía… No, debía sentirlas para saber cuáles
respondían a la magia y cuáles no.
—Yo podría decirte. —Sus palabras casi estaba dentro de
ella.
—¿Qué quieres? —gruñó.
—Que vengas conmigo.
—¿A dónde?
—No te preocupes, te gustará.
Ella inspiró.
Estaba segura de que no sería así. Sobre todo, por la gran
atracción que sentía por esa voz en su oído, en su cuello,
recorriendo toda la piel de su cuerpo. Se mordió los labios.
Deseaba tocarlo, aun cuando la había traicionado y,
probablemente, lo haría de nuevo. Esos sentimientos no
tenían sentido y no podían ser suyos. Ya no le gustaba lo
que le hacía y…
Y, aun así, era su mejor oportunidad. Si no, tendría que
enfrentarse a decenas de soldados y si bien era una buena
luchadora, su magia no era tan fuerte como la de un elfo
puro y estaba cansada. No podría resistir a tantos humanos.
Su hechizo de camuflaje ya estaba fallando.
—Dime —murmuró.
A lo lejos, unas piedras se iluminaron en secuencia. Duró
solo unos segundos, pero fue suficiente. Ella tomó impulso y
corrió.
A los pocos metros, oyó los gritos, pero no se desvió de su
objetivo. Tocó los ladrillos en el orden indicado y la puerta se
abrió. La atravesó sin preocuparse por verificar si se había
cerrado o no.
Él la guio a través de los pasajes estrechos y oscuros. Y
pronto estuvo fuera, de cara al riacho que atravesaba la
parte exterior, detrás del castillo.
Él estaba allí. Esta vez era corpóreo. Ningún elfo impuro
podía hacer ese tipo de magia.
—Ven —dijo y comenzó a caminar contra la corriente.
Ella lo siguió.
Capítulo VIII
VIAJARON DURANTE DOS DÍAS. Él no habló y ella no hizo
preguntas. No durmieron ni pararon para descansar, podrían
pasar una semana de esa manera. Aunque la espada
necesitaba recargarse y, para eso, tenía que guardarla. La
había mantenido desenvainada, pero ningún soldado los
había alcanzado. No estaba segura de si se debía a que no
los habían seguido o a que él había los mantenía ocultos.
Podía percibir que su magia era más fuerte que la de ella
y no entendía por qué. Por sus rasgos, era solo un cuarto
elfo. Sin embargo, no quería indagar ni hacer nada que
demostrara su interés, más allá de seguir con él. Si bien
podría haber escapado en varias ocasiones, deseaba saber
a dónde la conducía. Tenía la esperanza de que la llevara a
algún campamento élfico o mestizo.
A la tercera noche, arribaron a una pequeña colina. Él se
quedó junto a la base y, con una sonrisa, le señaló una
cabaña que estaba en la cima.
—Te está esperando.
—¿Quién?
Él ensanchó su mueca.
Ella miró hacia arriba y sintió un escalofrío. El cielo era
más oscuro en esa zona, aunque la cabaña lucía simple,
ordinaria.
—¿Qué quieren de mí?
—Solo charlar, conocerte. Él no aguardará por mucho
tiempo y, créeme, no querrás que venga a buscarte. Luego
podrás agradecerme por seguir viva.
—Fuiste tú quien me puso en peligro.
—Yo no le corté la cabeza a nadie. —Ella apretó los labios
y volvió a echar un vistazo a la cima—. Las respuestas están
ahí, vayas en busca de ellas o no.
Ella suspiró y emprendió el camino de subida.
Le había parecido que el cerro era bastante bajo; sin
embargo, le llevó varias horas alcanzar la cumbre. Cuando
lo hizo, era medianoche. Tuvo la sensación de que siempre
era de noche en aquel lugar.
La puerta estaba entornada y se percibía una luz en el
interior. Todavía con la espada en la mano, entró.
—No te servirá de nada aquí —anunció un hombre que
estaba sentado en uno de los rincones de la habitación,
envuelto en sombras.
Ella no la guardó.
—¿Quién eres?
—Ya lo sabes.
—¿Por qué querría el Hechicero hablar conmigo?
—¿Por qué no? —Se inclinó hacia delante y la luz, de
origen indeterminado, le cayó sobre el semblante. Lucía
muy joven, menor que ella; no obstante, las apariencias
engañaban con los elfos. Era en los ojos donde estaba la
verdadera edad de uno, y este tenía una mirada milenaria.
«No puede ser».
—Después de todo, eres mi hermana.
Ella escudriñó el recinto. La cabaña estaba vacía excepto
por la silla que él ocupaba.
—No tengo familia —declaró ella y le tembló la voz. Sabía
que era cierto; si no, no la hubieran dejado atrás, su abuela
no lo hubiera hecho.
Él permanecía impasible; ella le escudriñó el rostro.
—Es cierto lo que dicen —confirmó él con calma—, hay un
antepasado humano en mi linaje, pero ninguno de mis
padres, ni mis abuelos ni los progenitores de estos. —Ladeó
la cabeza—. No creo que eso corrompa la sangre.
Ella relajó el agarre de la espada.
—¿Qué quieres?
—Creo que ambos deseamos lo mismo: la supervivencia
de nuestra especie.
—No puede ser ya… ¿Acaso los humanos hicie…?
Él rio con suavidad.
—No podrían, aunque quisieran. No, nuestro enemigo es
mayor, temible, inefable. —Abrió los brazos—. Vivimos
inmersos en él… El tiempo. —Ella vaciló—. El de nuestra
raza se acaba.
—La abuela me habló…, me habló de eso, pero aún no es
hora…, no puede ser… Además, ella dijo que, en realidad,
no morirían.
—Dejaremos de existir. —La mirada de él se volvió
implacable—. No lo permitiré. Y tú vas a ayudarme.
Ella tragó saliva.
CUANDO BAJÓ DE LA COLINA, estaba amaneciendo,
aunque ignoraba qué día era. ¿Había pasado una velada o
más? La conversación con el Hechicero estaba envuelta en
nieblas dentro de su cabeza y solo recordaba retazos.
El mestizo la estaba esperando.
Se veía diferente. En el castillo lucía descuidado, aquí
estaba arreglado como un señor. Por un segundo, cuando
apenas vio su perfil, creyó que se trataba de un elfo puro.
Llevaba el largo pelo medio recogido y varios mechones le
perfilaban el rostro gris y sutilmente iluminado. Se volvió
hacia ella y le sonrió.
Ella sintió que el corazón se le aceleraba, pero luego
rememoró la traición de él.
—Debes regresar esta noche.
Ella frunció el ceño.
—¿A dónde?
Él hizo un gesto hacia la cima de la colina.
—No ha terminado aún, una vez más y luego…
—¿Cómo lo sabes? ¿Acaso te comunicas con él? ¿Qué
clase de magia…?
Él rio.
—¿Siempre haces tantas preguntas? Debe de ser tu parte
humana, con razón los elfos te dejaron atrás. Ni siquiera tu
abuela quiso…
Se calló cuando el filo de la espada de ella se apoyó sobre
su garganta. Se quedó inmóvil. No podía retirarse, ella lo
mantenía en el lugar con su magia y presionaba con la hoja.
La sangre comenzó a caer, con lentitud, por su cuello. Era
roja, así que no había dudas de que era bastante humano.
—¿Quién eres y qué quieres tú de mí?
—Nada en especial —se encogió de hombros—, eres solo
una más.
—No hay tantos mestizos.
—¿Y crees que eso te vuelve especial? —Era la primera
vez que lo veía expresar rabia, aunque se contuvo al
instante y volvió a sonreír—. No le importa a nadie y, a la
vez, les importa demasiado, tanto a elfos como a humanos.
Es gracioso, ni siquiera notan que, en algunos temas, están
de acuerdo. —La miró de arriba abajo—. No necesito la
compasión o el refugio de otro mestizo, no siento lástima
por mí mismo. ¿Quién soy? Solo alguien que trata de
sobrevivir, ¿no es lo que todos buscamos? Y, a veces, me
gusta tener un poco de compañía.
Sus palabras le hicieron recordar al Hechicero, aunque no
sabía por qué, y, de repente, se sintió triste.
Bajó la espada.
—Debes comer —dijo él—. Si te desmayas la próxima vez
que subas la colina, él no estará feliz. Y a mí no me gustará
que él esté de mal humor.
Capítulo IX
ÉL LA DESPERTÓ cuando el sol comenzaba a ocultarse y,
después de darle una taza de café caliente, bastante
quemado, le señaló la cima de la colina.
A medida que ascendía, ella comenzó a recordar el
encuentro anterior, como si el Hechicero quisiera estar
seguro de que podrían retomar la conversación en el mismo
punto donde la habían dejado.
Lo que le había contado tenía sentido solo a medias. Su
abuela le había anticipado que los videntes de su raza ya
habían predestinado el fin, el ocaso de los elfos: otro ciclo
más de las especies en el mundo. Aunque nadie sabía
cuándo sucedería ni cómo se desarrollaría. Muchos creían
que se retirarían a vivir a un lugar remoto; aislados de todos
hasta que el tiempo se olvidara de ellos. Sin embargo, el
Hechicero le había dicho que él sí había visto los detalles de
ese futuro y los elfos morirían, desaparecerían para
siempre. No serían más que un recuerdo en las leyendas
humanas. Y no era en una época lejana, sino que ocurriría
en la próxima década.
Si bien no quería creer esa acepción, no dejaba de
preguntarse: ¿por qué todos los elfos habían huido? ¿Por
qué su abuela se había ido sin decirle nada? ¿Sería cierto lo
que le había dicho la madre del duque? ¿Habría este
intentado salvarlos? A lo mejor, los elfos estaban muriendo
por otras causas y ella había malinterpretado los hechos.
Las preguntas abundaban en su mente y, cuando abrió la
puerta de la cabaña, estaba dispuesta a dejarlas fluir, pero
encontró al Hechicero inclinado sobre una mesa de trabajo.
No había una la noche anterior. La magia de él debía de ser
en verdad fuerte, tendría que tener muy poca sangre
humana para lograr ese tipo de invocación.
Él no se movió ni dio señales de haberla oído, así que ella
se acercó.
—Oh —jadeó y corrió hasta el mostrador. Allí había un elfo
atado de brazos y piernas. Parecía estar durmiendo.
Ella le rozó la frente con suavidad. Estaba vivo, pero la
magia se movía agitada; estaba… mal. ¿Estaría enfermo?
—¿Qué le sucede? —musitó ella.
—Lo mismo que a todos: está muriendo.
—¿No lo puedes ayudar?
—Es lo que estoy haciendo —murmuró el Hechicero y le
tendió un puñal—. Necesito un poco de tu sangre.
—¿Por qué?
—Porque si el problema está en la parte élfica, entonces la
parte humana podría ser la solución. Y tú tienes la unión de
ambas.
Ella vaciló solo un momento. Luego se cortó la palma y
dejó caer varias gotas en una copa que él le pasó. Después
el Hechicero agregó unas cuantas hierbas y cubrió la
abertura con ambas manos antes de recitar una invocación.
Ella sintió su poder como una oleada, era muy poderoso y
antiguo.
Oyó los gemidos del elfo, seguía con los ojos cerrados. El
Hechicero le dio a beber del cáliz.
Segundos después, el hermoso rostro se convulsionó. El
elfo dio un alarido y su piel comenzó a cambiar de color y a
tensarse. Los labios se retrajeron para mostrar unos dientes
que crecieron hasta convertirse en colmillos.
—¿Qué…, qué está pasando? —preguntó ella a la vez que
daba un paso atrás.
El Hechicero sonrió.
—Creo que esta vez funcionó.
Ella retrocedió de nuevo.
El elfo se agitó sobre la mesa, con más fuerza. El
semblante había perdido toda su belleza y cualidad etérea.
Se le habían estirado todos los rasgos, incluidos los ojos,
que miraban hacia todos lados llenos de locura.
—¿Qué…? —Ella se giró hacia el Hechicero. Este lucía
complacido.
—Sí, creo que anduvo bastante bien. Estamos más cerca.
—Cortó las restricciones que mantenían al elfo inmovilizado
—. Debemos saber cómo sobrevive a la noche. Así
estaremos en condiciones de pasar a la siguiente etapa.
El elfo se soltó con violencia al sentirse libre y se embaló
hacia el Hechicero, pero este ya no estaba ahí. Entonces, se
volvió hacia ella. Estaba en el suelo, en cuatro patas y la
observaba mientras movía las mandíbulas con tanto frenesí
que los dientes no dejaban de crujir.
Ella llevó la mano a la espada con lentitud. Estaba segura
de que se estaba preparando para saltar otra vez, como
haría cualquier animal. Contuvo la respiración a medida que
cerraba los dedos en torno a la empuñadura. Sin embargo,
cuando la quiso desenfundar, su brazo no respondió.
—No puedes matarlo aún; si no, este experimento no
estaría completo y no serviría de mucho.
Ella lo intentó con más ahínco e invocó su magia. El
Hechicero rio.
—¿En serio, niña? No podrás vencerme en ese juego, lo
practico desde hace siglos. Ni siquiera con todos los
familiares que habitan en esa espada maldita tendrías una
oportunidad.
—No está maldita —gruñó ella—, es sagrada.
El Hechicero sonrió con suavidad y a ella le dio un
escalofrío.
El elfo se abalanzó sobre ella y ambos cayeron al piso.
Sintió que los dientes se le clavaban en el cuello y le
desgarraban la carne. Trató de resistirse, pero tenía todo el
cuerpo inmovilizado. El elfo sobre ella sorbía con frenesí y
ella notó que todavía poseía magia. Poco después, quedó
inconsciente.
Cuando despertó, seguía en la cabaña, pero estaba sola…
No.
Buscó su espada y se apoyó en ella para incorporarse.
Estaba demasiado débil. Las náuseas la llenaron apenas
amagó con levantarse y le costó varios intentos lograrlo.
El Hechicero estaba junto a la puerta, de espaldas a ella,
mirando hacia la eterna noche que rodeaba la cima.
—¿Sabes por qué llaman a nuestra raza los hijos de la luz?
—preguntó él, pero no esperó a que contestara—. Porque
nuestra magia, en parte, proviene del sol, no podríamos
vivir sin él. Por eso, cuando los días se hacen más cortos,
nuestro poder mengua.
—Aun en esos momentos —murmuró ella, ya casi de pie
—, alcanza para sobrevivir.
Si pudiera acercarse a él…
—Sobrevivir… —murmuró el Hechicero—, ¿por qué
algunos creen que eso es suficiente? —Se volvió hacia ella
con furia en su mirada—. ¿Por qué deberíamos contentarnos
con tan poco? No, somos poderosos; podemos adaptarnos al
mundo tanto como los humanos. Además de hijos de la luz,
seremos hijos de la oscuridad y que la luna alimente
también nuestra magia. Después de todo, su luminiscencia
es el reflejo solar.
—Uno distorsionado…, sucio…, ¿es eso lo que le hiciste a
ese elfo?
—Le hicimos. Tú y tu sangre corrupta, la de la humanidad
que camina en la noche; con ella, podremos acceder a la
próxima etapa en nuestra evolución.
—¿Dónde está?
—Luego de unas generaciones, la sangre se limpiará. Lo
tengo todo planeado. Si ellos me hubieran escuchado, hace
años que podría haber empezado el plan y ahora…
—¡¿Dónde está?!
—Libre. —El Hechicero se encogió de hombros—. Hay un
pueblo humano no muy lejos de aquí, necesitará
alimentarse. Lo controlaré en unos días. Mientras tanto…
Ella alzó su espada, pero se clavó en el vacío.
Corrió fuera de la cabaña y trató de bajar la colina con
rapidez, pero aún estaba débil y cayó rodando hasta que
volvió a quedar inconsciente.
Capítulo X
LA SIGUIENTE VEZ QUE SE DESPABILÓ, se encontraba en
el pequeño campamento que el mestizo había armado. Él
estaba sentado al lado del fuego, cocinando. Ella intentó
levantarse y la cabeza le giró tanto que tuvo que volver a
recostarse.
—¿Cómo piensas retribuirme por todo este cuidado que te
estoy dando? —preguntó él a la vez que se acercaba con un
bol humeante.
—No pedí que velaras por mí —respondió ella mirando con
recelo sus manos; él nunca le había explicado de donde
había sacado esas provisiones.
—De todas formas, tendrás que pagar.
Le tendió el plato y ella lo rechazó de un golpe, pero los
reflejos de él fueron más rápidos y muy poco de su
contenido cayó al piso. Lo apoyó cerca de ella.
—Te recomiendo que te alimentas mientras puedas,
necesitas recuperar tus fuerzas. Hay varios nuevos elfos
sueltos por aquí.
—Esos ya no son elfos —musitó ella.
—Y yo ya terminé con mi parte, por el momento.
Apagó el fuego y comenzó a arreglar sus misteriosas
pertenencias. Ella estaba segura de que estaba por irse. Se
sintió extraña frente a esa posibilidad. Por un lado, quería
que se fuera; por otro, no quería quedarse sola allí. Ni
siquiera sabía dónde estaba.
—Me trajiste aquí para que él me usara.
—Todos usamos a todos —murmuró él, ya casi listo para
partir. Se dio la vuelta hacia ella y le recorrió el cuero con la
mirada. Ella sintió, a la vez, deseo y la necesidad de
cubrirse. Optó por recoger el bol y comer unos bocados—.
Sabía que no eras tan tonta. Mantente alejada de los
humanos, te matarán apenas te vean; están asesinando a
cualquier elfo que avistan.
—Se están protegiendo de esas abominaciones. Ahora
entiendo por qué…
—¿Entiendes? No comprendes nada. Eres demasiado
joven, demasiado humana.
—¡Tú también eres un mestizo!
—Me esforcé por borrar esa parte de mí; no como tú, que
sigues abrazándola.
—¿Por qué estabas en el castillo del duque si no te
interesan los humanos?
—¿Quién dijo que estaba ahí por esa razón? Todo forma
parte de un plan más amplio, tu vida no significa nada; tal
vez, ni siquiera la mía. Aun así, no me quedaré fuera de
esto. Además, él me prometió…
—¿Convertirte en un monstruo?
—No nos abandonará como hicieron los otros, como lo
hizo tu propia abuela —señaló la espada con el mentón—, ni
siquiera le importó dejar parte de sí detrás.
Ella acarició la empuñadura y sintió la magia que
contenía. Había un rastro de su abuela allí, aunque no
pudiera definirlo. Era débil en ese momento. Él tenía razón:
debía comer. Si ella no tenía fuerzas, su arma tampoco.
Cuando levantó la vista, él se había ido.
TARDÓ DOS NOCHES en llegar al pueblo más cercano, dos
noches en las que tuvo que luchar contra elfos deformes.
¿Cuántos había creado? ¿Serían ellos la razón por la cual los
humanos se habían vuelto en contra de su raza y la
obligaron a huir? Tal vez, el duque mataba elfos para evitar
que se convirtieran en estas pesadillas.
No era todo culpa suya, solo le había sacado sangre para
el último, solo uno… Trató de consolarse con ese
pensamiento. Aunque eso no cambiaba nada. Con bastante
probabilidad, el mestizo habría dado de la suya, ¡quién
podía saber cuántas veces! El Hechicero podría haber,
incluso, usado la suya o la de cualquier otro mestizo.
No podía saberlo, ni tampoco importaba. Lo que debía
hacer era destruir esas aberraciones y limpiar el nombre de
su especie, por más que le dieran la espalda. Porque la
existencia de esos monstruos también hablaba de ella y
porque los humanos, asimismo, eran su raza.
Cuando arribó al poblado, estaba amaneciendo. Esperaba
encontrar a los habitantes ya en las calles. En esas
regiones, las personas vivían temprano; sobre todo,
aquellas que tenían granjas o debían vender sus productos
en otras aldeas para ganarse la vida.
Sin embargo, a medida que avanzaba por los caminos de
piedra, los encontraba vacíos. Incluso vio algunas casas con
sus puertas abiertas. El corazón se le congeló, pero la mano
fue directo a la espada. Podía sentir la inquietud en la
esencia de sus antepasados. Deseó haber aprendido a
comunicarse con esta, como le había dicho su abuela que
era posible, pero esa había sido otra de las decepciones que
ella había dado a su familia. Le dolía pensar en esta. Tal vez,
porque le había sorprendido, siempre había creído que su
abuela era mejor que su madre.
Quizás el problema era que ella nunca fue suficiente o, a
lo mejor, la culpaba por haber perdido a su hija. Porque
ahora toda su descendencia estaría corrupta; no importaba
cuántas generaciones pasaran, la línea familiar siempre
recordaría que hubo un humano.
Inspiró y empuñó la espada con ambas manos antes de
entrar en una de las casas.
No importaba nada de lo que hicieran los demás. Su
abuela la había criado con un sentido de moralidad y ella
había jurado que nunca sería como su madre o su padre:
ambos habían abandonado sus responsabilidades. Ella era
mejor que eso. Su mestizaje no era una desventaja, sino
que unía lo mejor de cada mundo y ella lo demostraría.
Liberaría a todos de esas abominaciones y luego iría en
busca de su raza y los traería de regreso. Porque su era aún
no había terminado, estaba segura; había suficiente luz…
La primera habitación, una pequeña sala, estaba vacía y
aparentaba normalidad. Ingresó a otro pequeño cuarto, un
dormitorio. Apenas dio un paso sobre el umbral, una sombra
le saltó encima. Ella se tambaleó al retroceder. No lo había
presentido…, no había percibido… ¿Había perdido tanta de
su magia?
No tenía tiempo de meditar. Dio un tajo a la izquierda y
oyó el chillido animal, pero no aminoró su embestida. Volvió
a lanzarse hacia delante y ella tuvo que invocar la magia de
la espada. Esa vez, el corte fue más profundo y sangró en
abundancia, pero no le importó. Se abalanzó una vez más
sobre ella y otro ser la atacó por el costado.
Se dio la vuelta. Otro monstruo estaba entrando por la
puerta y había varios en la calle, corriendo hacia la casa.
No tenía las fuerzas suficientes para luchar contra tantos.
Llamó a su magia y la focalizó en la hoja, que emitió una luz
potente. Las bestias aullaron a la vez y se paralizaron un
segundo.
Ella corrió.
Capítulo XI
SENTÍA LA ESPADA PALPITAR en su mano.
Estaba drenando todo su poder y, sin embargo, se sentía
más unida a ella que nunca, como si estuvieran en
comunión. Y percibía a su abuela. Sentía como si toda su
familia estuviera ahí, dándole fuerzas, mientras cortaba lo
que aparecía en su paso. No sabía cuántos monstruos eran,
tal vez algunos volvían luego del primer golpe. Le costaba
ver con las salpicaduras de sangre en la cara y solo
escuchaba los chillidos de aquellos desgraciados. Aun así,
no cejó. Continuó hacia delante, blandiendo el filo, hasta
que por fin dejó el pueblo atrás.
Después de pensarlo, decidió regresar a la colina. Era
improbable que el Hechicero aún estuviera en la cabaña,
aunque tal vez sí.
No llegó ni a la mitad del ascenso antes de encontrarse
rodeada de elfos deformes y enfurecidos. Le costó el resto
de sus fuerzas bajar la ladera de aquella maldita montaña.
La niebla que rodeaba el acceso a la cima había
comenzado a desaparecer, pero, de pronto, volvió a
espesarse. Era fría y húmeda, se le pegaba a los huesos.
Empuñó la espada y giró sobre sí misma hasta que quedó
mareada. No veía ni oía a nadie.
Le dolía el cuerpo y sentía que, en cualquier momento,
desfallecería, pero era preciso que continuara moviéndose.
Debía huir de ese lugar y regresar al castillo del duque.
Debía dar aviso de lo que estaba sucediendo, pero ¿a
quién? ¿Quién le creería? ¿Quién la ayudaría a acabar con
esa locura?
Por fin, terminó de bajar el cerro. Aunque estaba agotada,
debía alejarse, no podía quedarse en la zona. No veía el
campamento, estaba segura de que la ubicación era
correcta…
Pero él ya no está aquí, le recordó su mente.
Y era cierto, estaba sola.
Se desplomó en el suelo, no podía caminar más. Se le
cerraron los ojos o, quizás, era la niebla que volvía a
juntarse a su alrededor, porque cada vez distinguía menos
su entorno.
«No, no puedo desmayarme aún».
Aferró la espada y clamó por toda su magia. Si bien eso la
despabiló, de todas formas, no pudo levantarse. Permaneció
de rodillas, con el filo clavado en el suelo y sosteniéndose
del arma.
No podía quedarse ahí, no podía darse por vencida. Se
irguió poco a poco y volvió a caer. Y, entonces, unas manos
la ayudaron.
—Gracias —susurró y se dejó llevar.
Tal vez, él no la había abandonado en verdad. Se había
quedado cerca para cuidarla, como antes. Después de todo,
eran más similares de lo que a él le gustaba admitir. Intentó
hablar, pero su cuerpo quería dejarse ir.
—Debemos alejarnos —se mojó los labios—, debemos
avisar a los demás.
—Eso no importa ahora. —Oyó la voz demasiado cerca,
casi como si le estuviera hablando al oído.
Ese calor que resultaba tan reconfortante hacía unos
minutos ahora era opresivo. El peso que sentía sobre su
cuerpo, que la mantenía en el piso, no era solo su propio
cansancio.
—No —dijo y trató de empujarlo lejos de sí.
—Shh. Sabías que esto iba a pasar —sintió que le
acariciaba el pelo, como si no le importara que estuviera
endurecido por la sangre de los elfos que había matado y,
tal vez, un poco de la suya—, deseabas que lo hiciera desde
la primera vez que nos vimos.
—Sí —musitó ella—, no.
Nunca podía decidirse con él, como si sintiera dos
emociones diferentes y opuestas a la vez. Sin embargo,
estaba segura de que debía mantenerse despierta. Intentó
llegar a la espada. La sentía cerca, en el suelo, a solo unos
centímetros, y no lograba alcanzarla. La magia se había
agotado en su interior y ya no sentía la conexión.
Estiró los dedos y rozó la empuñadura. El poder regresó y
se le despejó la mente un poco.
—No —repitió y trató de empujarlo, pero ya sentía su
aliento en el cuello y sus manos estaban en todo su cuerpo
—, no, no.
—Mmm, ¿qué tenemos aquí? —murmuró él y ella dio un
respingo, aunque ya no tenía fuerzas ni para gritar—, no has
estado con muchos hombres, ¿no? No me asombra, nadie
quiere a los de nuestro tipo, por eso debemos mantenernos
juntos.
Sintió frío en las piernas y luego, un dolor nuevo. Trató de
llamar su magia, la de familia, lo que fuera, pero ya no
empuñaba la espada y se estaba hundiendo en la oscuridad.
Capítulo XII
SE ALEJÓ POCO A POCO del sufrimiento hasta que casi no
sentía su propio cuerpo, solo el frío y la oscuridad y una
pequeña llama de vida a unos pocos centímetros de su
mano. Todo su ser le pedía que se acercara a esa flama y lo
hizo con su último esfuerzo. Cuando tocó el pomo de la
espada, volvió a respirar y, por fin, pudo sumirse en un
sueño real.
Recobró la consciencia en varias breves ocasiones. Las
primeras, estaba sola. Le pareció oír chillidos a la distancia,
pero nadie alrededor. En una de esas oportunidades, notó
que la movían a otro lado. No pudo resistirse.
Se despertó un par de veces más. Si bien no sabía dónde
se encontraba, estaba más caliente, aunque el dolor
también había ido en aumento. Se esforzó por olvidarlo. Lo
único seguro era la espada en su mano. Tenía los dedos tan
agarrotados que creía que nunca más podría soltarla.
—No pudimos sacársela. —Oyó que decía una voz
masculina y luchó por mover los párpados.
Alcanzó a distinguir que se encontraba en una tienda de
campaña, rodeada de pocas camas precarias. Unos
hombres estaban hablando cerca. Suponía que de ella. ¿De
dónde habían salido? ¿Quiénes eran?
Volvió a quedarse dormida.
La siguiente vez que se despabiló, pudo mantener los ojos
abiertos.
—Por fin —dijo un soldado que entró por la puerta. Se
volvió hacia atrás y ladró una orden—. Avísale que ya puede
empezar el interrogatorio.
«¿Interrogatorio?».
Ella intentó erguirse.
El hombre no hizo ningún movimiento ni comentario
mientras ella fallaba una y otra vez.
—¿Qué tiene esa espada? —preguntó de repente.
Y ella vio que aún la aferraba con la mano. No se había
dado cuenta, pero era de allí de donde estaba obteniendo
su energía y también esa era la razón por la cual el hombre
se mantenía alejado y miraba con desconfianza el brillo de
la hoja.
Antes de que pudiera contestar, otro soldado entró en la
carpa, un general.
—Sabía que nos guiarías a él —dijo la mujer que apareció
detrás de este. Era la madre del duque.
Ella se mantuvo sentada a duras penas. Estaba agotada y
no le quedaba ni un ápice de magia.
—¿A quién?
—Al Hechicero, ¿quién más?
Ella intentó salir del catre y se desplomó sobre el suelo,
nadie se acercó a ayudarla. Con la respiración pesada, logró
sentarse y recostarse contra la cama.
—Todavía estás débil —explicó la madre y, por un
momento, se oyó un poco de suavidad en su tono y, tal vez,
algo de lástima—, debes tener más cuidado en tu condición;
si es que quieres conservar al bebé, ¿no?
—¿El bebé? —Ella frunció el ceño—. No, yo no…
—Es muy reciente, pero estamos seguros, te hemos
revisado a conciencia. —La mujer vaciló un momento y
luego su rostro se endureció—. Necesitábamos saber que
estabas en condiciones para lo que es necesario hacer.
Ella la miró, aún con el entrecejo arrugado.
—Enfrentar al Hechicero —aclaró la mujer— y acabar con
él de una vez por todas. Debes decirnos cómo destruir a
esas… bestias.
—No, yo no… —Sus pensamientos aún eran confusos y no
podía dejar de pensar en lo que le había dicho momentos
antes. Ella no podía estar embarazada, nunca había estado
con nadie—. No puede ser.
—¡Escucha! —clamó la madre del duque—. Hay muchas
vidas en juego, dinos cómo matar a esos monstruos.
—No es posible —susurró y sacudió la cabeza—, no lo sé.
—¿Te niegas a ayudarnos?
—¡No! —Se levantó y, aunque se balanceó otra vez, pudo
mantenerse en pie, asistida por la espada, que ya casi no
tenía poder.
Necesitaba descansar y dejarla recargar, pero no podía
hacerlo ahora. Debía ir tras del Hechicero y los engendros
que había creado, y también debía encontrar al mestizo,
porque si él…
—Esos son…, fueron… Esa magia me supera. —Suspiró—.
Creo que está por encima de todos.
—Debe de haber una forma de eliminarlos.
Ella vaciló.
—No estoy segura, pero lo intentaré —se irguió—, haré lo
que sea preciso.
Capítulo XIII
EL EJÉRCITO DEL DUQUE AVANZABA a un paso vertiginoso.
Ella todavía no se había recuperado del todo. Aun así, no
podía depender más de la espada, tardaría unos días en
recargarse de magia.
Se acarició la panza. Ya sabía que era cierto lo que le
habían dicho, podía sentirlo. Y no sabía qué pensar al
respecto. No recordaba…, no estaba segura…, no quería
saberlo…, no podía enfrentarlo… Solo esperaba que el
Hechicero no hubiera hecho nada más que sacarle sangre
mientras estuvo inconsciente en su cabaña. Tembló con un
escalofrío.
—Hay un campamento a menos de un kilómetro —informó
uno de los rastreadores que había regresado corriendo de la
avanzada.
—¿De qué? —preguntó el general.
—De elfos, señor, los de verdad.
Automáticamente, muchas caras se giraron hacia ella, que
trataba de mantener la mayor distancia posible de los
demás. Sin embargo, cuando escuchó al soldado, no pudo
evitar acercarse. El general la miró de arriba abajo con un
gesto de asco.
—Vendrás conmigo, pero no hablarás a menos que me
dirija a ti, ¿entiendes?
Ella asintió.
El asentamiento era bastante pequeño y pobre, y se
notaba transitorio. Los elfos que estaban allí no tenían nada
más que su odio por el mundo que se veían forzados a
abandonar. No recibieron bien a los humanos, aunque
mucho peor a ella.
—No la queremos aquí —anunció uno.
—Yo tampoco —contestó el general—; sin embargo, la
necesitamos.
—Al menos, tu linaje se arrepintió —afirmó el elfo,
hablándole a ella sin mirarla.
—No sabes nada de mi familia.
—¿No? Sé que tu madre prefirió morir a vivir sabiendo lo
que había hecho y tu abuela lo intentó durante años hasta
que no lo soportó más y huyó apenas pudo.
—¡Basta! —exclamó ella y sacó la espada, que brilló con
débil magia.
El elfo entornó los ojos.
—No te la mereces. Si tuvieras algo de conciencia, la
devolverías al pueblo al que le han quitado todo.
—Por culpa de uno de los suyos —acotó el general.
El elfo miró al soldado con furia.
—Él solo está defendiendo a nuestra raza —torció el gesto
—, aunque lo haga mal.
—Él también es mestizo —dijo ella.
—Esos rumores no son ciertos. —El elfo giró el rostro lejos
de ella.
—Debemos encontrarlo —intervino el general—, antes de
que lo destruya todo. No solo tu mundo está en juego.
El elfo lo observó con la mirada torcida. Al final, hizo una
seña y se alejó hacia el campamento.
—¡Espera! —lo llamó ella y el elfo se paró, aunque no se
dio la vuelta—, solo quiero saber si mi abuela está bien.
—Ahora que está con los suyos —dijo y siguió caminando.
Los soldados ya se marchaban. Ella se rezagó unos
minutos y enfundó. Ni siquiera entendía para qué la habían
llevado. Hasta que, en el camino de regreso, un grupo de
elfos les cortó el paso.
—Hablaremos con ella —informaron al general.
Los soldados les dieron un poco de espacio después de
que su comandante se los ordenara. Este no se corrió
mucho.
Ella, cuando se quedó sola con los elfos, llevó la mano a la
empuñadura de la espada.
—No la necesitarás —dijo el elfo que se acercó a ella. Era
similar a su abuela, en el sentido de que parecía tener
muchos años encima.
—¿Mi abuela? —preguntó ella y se molestó por lo
lastimosa que le sonó la voz.
—Se fue con otra de las colonias, no puedo decir a dónde
a nadie que no sea un elfo puro; sobre todo, si ella no lo
hizo.
Ella apretó los labios, pero se irguió.
—¿Dónde está?
—No podemos decírtelo.
—No, no ella, sino el Hechicero: ¿dónde está? Es por él
que querían hablar conmigo, ¿no? —Echó un vistazo al
general, sentía su mirada sobre ella.
—No te preocupes, no nos pueden escuchar —dijo el elfo y
ella notó una luz alrededor de su muñeca. Hubiera querido
aprender más encantamientos, si su abuela…—. Lo
encontrarán a dos días de viaje, está en una de las cuevas
de aquella montaña. —Señaló en la misma dirección que el
elfo anterior—. Creemos que está planeando algo más, pero
no sabemos qué, como si lo que hizo no fuera suficiente…
Los otros compartieron su gesto de desagrado y ella se
llevó la mano al estómago.
—Los humanos no podrán hacer nada, pero puedes
usarlos como distracción. Tú, tal vez, tampoco sobrevivas;
sin embargo, ¿quieres hacerlo? No tienes un lugar en ningún
lado. —Ella se mordió el labio—. Podrías hacer que tu vida
sirva de algo —hizo un ademán a los otros elfos y estos
rodearon el caballo de ella—; recargaremos de magia la
espada y rogaremos para que, aun con tu parte humana,
tomes la decisión correcta.
Capítulo XIV
AL PASO QUE LOS GUIO EL GENERAL, alcanzaron el pie de
la montaña al día siguiente.
Ella se sentía mejor, aunque no del todo recuperada. Aun
así, evitaba consumir la magia de la espada que habían
recargado los elfos. Necesitaría todas sus fuerzas para
enfrentar al Hechicero.
Se llevó la mano al estómago, las molestias continuaban.
Ese embarazo no era bueno, lo sabía. No obstante, no
decidía qué hacer con él; en parte, quería… Precisaba
hablar con el Hechicero, determinar si este… Aunque
también estaba la posibilidad de que el mestizo hubiera…
Había perdido tantos recuerdos y no se animaba a…
—¡Monstruos! —regresó a los gritos solo uno de los dos
soldados de avanzada.
Ella sacó la espada, junto con los demás, un segundo
antes de que las bestias cayeran sobre el regimiento. Le
costó eludir a los primeros, que le hicieron varios rasguños
en los brazos y le hicieron perder el caballo. Su primera
reacción fue proteger su vientre. Entonces, lo supo.
No debía permitirles que le hicieran perder el tiempo,
tenía que llegar hasta el Hechicero. Ya no solo para salvar al
mundo, sino para preservar al bebé con el cual jamás había
soñado. No importaba cómo había sido concebido, tal vez
era lo único en verdad suyo en el universo. Y no iba a dejar
que ninguna de las razas que lo habían creado se
desvaneciera.
La espada refulgía mientras ella avanzaba a través de la
confusión de soldados y bestias, las cuales no dejaban de
aparecer.
Estaba a punto de liberarse de la turba cuando vio caer a
dos hombres. Ella corrió a ayudarlos y se enfrentó a los
monstruos por su cuenta; luego, se dio la vuelta hacia los
soldados para determinar si estaban heridos, pero estos ya
no estaban allí. Sus compañeros se los habían llevado y, de
repente, ella estaba sola. La lucha continuaba a su
alrededor y…
Más bestias se interpusieron en su camino a la vez que oía
cómo los soldados se llamaban entre sí en retirada.
—Sola —susurró—, siempre sola.
Aunque no… Podía sentirlo.
No era necesario que fuera hasta el Hechicero, él estaba
allí.
—Sabía que vendrías a mí —dijo mientras se acercaba
entre tinieblas.
Los monstruos habían retrocedido, aunque ella percibía
que permanecían cerca. ¿Acaso él podía darles órdenes?
El Hechicero se aproximó poco a poco. Cuando ella lo vio
con claridad, emitió un grito ahogado.
—¿Qué has hecho?
—Lo necesario. Soy el único que está dispuesto a hacer lo
que se requiere para que nuestra raza perdure.
—¿Qué me hiciste a mí?
—¿A ti? Nada, usé lo que precisaba. Vivirás unos meses
más, tal vez un año. —Hizo un gesto con la mano—. Es
irrelevante lo que te suceda a ti o a mí, al fin y al cabo.
—No creo que seas tan generoso con tu vida —gruñó ella
y blandió la espada.
El Hechicero sonrió.
—Si no pudiste hacerlo cuando… —Ladeó la cabeza—. Ah,
hay algo diferente ahora, en ti y en la espada… Tal vez… —
Ella avanzó un paso—. Tienes razón. ¿Para qué haría todo
esto si no es para sobrevivir?
Ella empuñó su arma con ambos manos.
—No podrás derrotarme y lo sabes.
—Quizás no, pero…
—¿Qué? ¿Crees que así alguien te aceptará? Ninguna de
las razas te quiere. En cambio, yo te di un propósito, eres
parte de la evolución hacia una nueva era para nuestra
especie.
Ella se llevó una mano al vientre por un instante y luego
llamó a la magia de la espada, que casi la noquea.
—¡No! —gritó y saltó sobre el Hechicero.
El enfrentamiento duró solo unos segundos. Él debía de
estar más débil de lo que parecía porque prefirió huir. Sus
bestias se lo llevaron y ella quedó sola y magullada. Apenas
hebras de magia quedaban en la hoja, pero había lesionado
al Hechicero y sabía que esa herida no sanaría jamás.
Se arrastró para alejarse y, a los pocos metros, tuvo que
desistir.
Sintió que unos brazos la recogían y la llevaban hasta una
cueva. En los pocos minutos de consciencia que arañó, vio
que se trataba del mestizo. Él estaba acariciando su espada.
No podía permitir eso.
En un esfuerzo que acortaría el poco tiempo que le
quedaba, se levantó y, sosteniéndose de la pared, se acercó
a él.
El mestizo alzó la vista y empuñó la hoja, pero esta solo
respondía a ella. Fue la última vez que la esgrimió.
YACIÓ SOLA EN ESA CAVERNA durante semanas, subsistió
a costa de agotar su magia hasta que fue capaz de moverse
lo suficiente como para buscar comida.
Cada día que pasaba, sabía que la vida se le escurría
entre los dedos. Sin embargo, estaba empecinada en durar
hasta que naciera el bebé. Su intuición, o tal vez había sido
la espada antes de apagarse, le había dicho que este era el
único que podría vencer por completo al Hechicero.
Después de todo, solo ella había logrado dañarlo.
Cuando percibió la proximidad de las labores de parto,
escondió la espada en la cueva y caminó hasta que
encontró un asentamiento humano.
Estaba cercado.
Ella había esperado que las bestias hubieran desaparecido
junto al Hechicero, pero las oía rugir por las noches. Y no
había nada que pudiera hacer al respecto. Solo rogar que no
fueran tantas y que el mundo aguantara unos años más.
Llegó a una de las primeras granjas y cayó a varios
metros de la puerta. Sus gritos alertaron a los habitantes.
Ella solo tuvo fuerzas para decir su nombre: Medb.
No llegó a contemplar el rostro del bebé, pero la
tranquilizó ver que los humanos lo recogían y se
apresuraban a llevárselo dentro de la casa, incentivados por
los aullidos a lo lejos.
Entonces, ella suspiró y cerró los ojos mientras la noche
descendía del cielo.
¿Te gustan las sagas de fantasía?
Un camino marcado
El reino entre las nieblas I
El despertar del reino entre las nieblas se acerca.
Ema sabía que estaba destinada a una vida de grandeza...
Cuando la oportunidad se cruza en su camino, no lo duda y
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Sobre la autora
Lorena A. Falcón es una escritora argentina, nacida y
radicada en Buenos Aires. Su carrera inició con la inclusión
de un cuento en una de las selecciones de una conocida
editorial de autor. Publicó su primera novela poco después e
inició un blog de cuentos que mantuvo durante varios años.
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Un camino marcado (extracto)
Capítulo I
EMA FUE A BUSCAR AGUA para lavar los pies de su ama.
La señora había llegado cansada de una fiesta y con los pies
adoloridos. Nadie pareció notar que Ema tuvo que dejar su
cena, una de las dos únicas comidas de su día, para ir a
buscar agua y calentarla. Cuando volvió a la cocina, su plato
a medio comer ya había sido retirado.
Suspiró y puso el agua al fuego. Luego se sentó a
contemplar cómo se calentaba. El resto del personal se
había ido, ya fuera a terminar con sus tareas o a descansar.
Los hijos de la cocinera irrumpieron a los gritos, se corrieron
unos a otros y empujaron a Ema un par de veces.
Abandonaron la cocina con la misma indiferencia. Ema salió
poco después, con el agua caliente. Sus pies caminaban
sobre la piedra fría de la mansión. Los zapatos se habían
roto hacía semanas y todavía no habían conseguido unos de
reposición. Tal vez por culpa de sus pies tan pequeños, aun
con los callos y juanetes.
A medida que avanzaba por el pasillo, el agua caliente le
salpicaba los pies sucios. Subió los escalones hasta la planta
alta con cuidado, sin quitar la mirada del piso. El cuarto de
la señora estaba en el segundo piso y Ema había logrado
atravesar las escaleras sin volcar más que unas cuantas
gotas. Llamó a la puerta de la habitación del ama Raquel y
esperó pacientemente a que la doncella le abriera. Cuando
la puerta se abrió, entró con la cabeza gacha, colocó la
cubeta al lado de los pies de su ama, que estaba sentada al
tocador, y buscó las sales, que se guardaban en un armario.
—Ana —dijo Raquel dirigiéndose a la doncella—, ten listo
para mañana el vestido índigo y el collar de topacio azul.
Ema levantó los pies de su ama con cuidado y los puso
dentro de la cubeta. Raquel hizo una mueca, pero siguió
hablando sin mirar hacia abajo.
—También quiero un peinado alto, que deje todo mi cuello
al descubierto.
—Sí, señora.
—Y ten en cuenta que todo tiene que estar listo para
recibirlos a media mañana. Así que ocúpate de levantarme
a la hora apropiada.
—Sí, señora.
Raquel suspiró mirando su imagen en el espejo.
—A veces creo que nadie aprecia el trabajo que hago para
mantener esta casa.
La doncella se esmeró en seguir cepillando el cabello de
su señora, pero no contestó. Ema masajeó los pies,
encorvada sobre la cubeta y de rodillas sobre la dura piedra.
Dedo por dedo, liberaba la tensión de aquellos pies que
habían bailado en zapatos apretados, zapatos
probablemente nuevos.
Raquel se levantó poco después y despidió a la doncella
para ir a acostarse. Ema se limpió el agua que le había
salpicado en la cara y se llevó la cubeta de la habitación.
Fue primero al patio para descartar el agua sucia y después
volvió a la cocina. Allí se encontró con Gaspar, el joven
ayudante de panadero. El muchacho siempre se las
arreglaba para entrar, en cualquier horario.
—Hola, Ema, ¿cómo estás?
—Bien —asintió Ema, dejó la cubeta en el piso y se sentó
en una silla.
—Mira —dijo Gaspar mientras abría un paquete—, te traje
un poco de pan que sobró de esta mañana.
—Gracias —replicó Ema y se abalanzó sobre un trozo, el
cual trató de comer con lentitud.
Gaspar le sonreía. Se había quedado parado junto al
fuego, que se mantenía encendido toda la noche.
—¿Y… —dijo Ema entre bocado y bocado— para qué
viniste?
El muchacho cambió el peso de una pierna a la otra y se
masajeó la nuca.
—Andaba cerca.
—¿Con el pan a cuestas? —Ema frunció el ceño.
Gaspar sonrió, con los hoyuelos que siempre se le
formaban en la mejilla.
—Sí, me lo dieron justo antes de salir y, como la noche era
linda, decidí caminar un poco. ¿No crees que sea una noche
bonita?
—No lo sé, no la vi.
—Pero si recién viniste del patio. —Gaspar rio.
—Fui a tirar el agua con el que lavé los pies de la señora
Raquel —murmuró Ema, sin levantar la vista.
Gaspar se movió otra vez, como si no encontrara una pose
que le quedara cómoda. Se apoyó contra la pared.
—Ya…, pero tuviste que haber visto las estrellas.
—No me fijé. —Ema se puso de pie e hizo una mueca—.
Me voy a acostar, mañana hay invitados en la casa.
—Ah, claro. —Se incorporó Gaspar.
—Buenas noches —sonrió levemente— y gracias por el
pan.
—No es nada, buenas noches, Ema.
Gaspar vio a la muchacha abandonar la cocina y suspiró.
Poco después, otra joven ingresó y se apresuró a llegar a su
lado. Transmitía una energía que era difícil igualar a esa
hora de la noche. Gaspar retrocedió imperceptiblemente.
—¿Y? ¿Cómo fue?
—Bien.
Ella lo miró de arriba abajo y puso los brazos en jarra.
—No pasó nada. —Apretó los labios—. Así esto no avanza.
—No quiero presionarla, Mayra.
—¿Presionarla? —Ella alzó ambos brazos hacia el techo—.
Esa muchacha necesita una sacudida para despertarse.
—No hables así, Ema ve lo que pasa a su alrededor, es
muy inteligente. Son los demás los que la hacen a un lado,
pero ella quiere cambiar, quiere mejorar.
—Creo que tú lo tienes más claro que ella.
—En serio, Mayra, créeme, hablé muchas veces con ella,
sé cómo piensa.
Mayra le clavó la mirada.
—Pues te puedo asegurar que no ve todo lo que sucede a
su alrededor.
Gaspar sonrió.
—Le llevará un tiempo.
—¿Y estás dispuesto a esperar?
La sonrisa del muchacho se ensanchó.
—Creo que yo también voy a dormir.
Mayra bufó y negó con la cabeza. Luego de que Gaspar se
fuera, se quedó sola en la cocina. Esa noche le tocaba hacer
guardia para atender las solicitudes nocturnas de Raquel
por algo dulce. Removió el fuego y se quedó mirando las
llamas, pensativa. Solo echó una breve mirada al cuarto de
servicio junto a la cocina, donde dormía Ema.
Era una pieza pequeña, más bien un armario grande,
donde se guardaban los productos de limpieza. Ema dormía
en un camastro dispuesto en una de las esquinas. Hacía
tanto tiempo que vivía allí que se había acostumbrado al
olor a amoníaco, el cual impregnaba toda su vida. Se había
quedado dormida casi al instante, acurrucada contra la
pared para palear el frío.
No había pasado mucho tiempo cuando la cocinera fue a
despertarla para decirle que fuera a recoger los huevos
frescos. Esa tarea era un suplicio cuando se iba descalzo,
los granos que se utilizaban para alimentar a las gallinas
estaban dispersos por todos lados. Ema se apresuró a
terminar lo antes posible.
Cuando regresó a la cocina, estaban organizando las
tareas del día. Todo el personal se apiñaba para escuchar a
una mujer que vestía de negro y tenía una expresión
sombría en el rostro. Hablaba con bastante desánimo, como
si solo conociera la resignación.
—Bien, hoy somos catorce —dijo el ama de llaves—, así
que... Sí, Mayra, ¿ya tienes una consulta?
—Sí, señora, es que creo que no contó a Ema, que estaba
con las gallinas.
La mujer volvió su aburrido rostro hacia Ema, fue un
movimiento lento y tirante. Sus ojos no demostraban
ninguna emoción.
—Ah, claro, sí, me había olvidado —se acomodó las gafas
—, como les decía antes de la interrupción, estos invitados
son muy importantes para la señora. Así que redoblaremos
la limpieza. —Se volvió hacia la cocinera—. Beatriz, la
señora quiere contar con tres opciones de platos principales
para sus invitados.
La cocinera rezongó por lo bajo.
—Bien —aplaudió el ama de llaves—, a sus tareas. —Se
acercó a Ema—. Primero ocúpate del agua derramada en la
habitación de la señora, no sé quién fue tan descuidado,
pero los olores están molestando a la señora.
—Sí, señora. —Ema bajó la cabeza.
Pasó por el cuarto de servicio por los utensilios de
limpieza y se dirigió al segundo piso con un andar pausado.
—No sabemos quién fue —murmuró—, si ella me pidió
ayer que lavara los pies de la señora. Y ya sabemos quién
es la descuidada.
Cuando llegó a la habitación, de nuevo la recibió la
doncella. Raquel volvía a estar frente al tocador, esta vez
vestida, y fruncía el ceño mientras giraba la cabeza de un
lado a otro y se miraba en el espejo.
—No es esto lo que estoy buscando, Ana, hazlo de nuevo.
—Sí, señora.
Ema se agachó junto al tocador, apenas unas gotas
habían humedecido el piso. Sin embargo, las fregó con
esmero y luego dejó cerca un recipiente con un poco de
incienso para aromatizar la habitación. Cuando se retiró, la
doncella todavía no había logrado crear un peinado que
convenciera a la señora.
En el pasillo, la esperaba el ama de llaves.
—¿Qué haces paseando por aquí? Hay mucho trabajo que
hacer, ve a la cocina a ayudar con la comida.
—Sí, señora —murmuró Ema y evitó mirarla de frente,
pero los músculos de sus mandíbulas sobresalían y llevaba
las manos en puños mientras bajaba las escaleras.
[…]
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