Teoría de las Ideas de Platón
Teoría de las Ideas de Platón
El filósofo ateniense Platón hizo del encuentro de la realidad ideal, que permitía ver el mundo
«a la luz de la verdad», el núcleo de su filosofía. Su pensamiento es idealista porque no se
conforma con percibir las cosas tal y como las vemos en su forma habitual, tal y como las
percibimos a la sombra de nuestros prejuicios, sino que intenta encontrar aquello que explica lo
que realmente son. Conocer el verdadero significado de la belleza, de la bondad y de la
justicia, presentes en una obra bella, en una persona bondadosa o en gobernantes que
ostentan el poder de forma justa, es la única posibilidad de realizar lo bello, lo bueno, lo justo;
ese es el objetivo final de la filosofía platónica.
Platón contempló el desmoronamiento del proyecto democrático ateniense. Su niñez estuvo
marcada por la guerra del Peloponeso (431 a.C.-404 a.C.), en la que Atenas fue derrotada por
Esparta. Vio cómo algunos de sus amigos y familiares ejercían un poder tiránico en el gobierno
de los Treinta tiranos (403 a.C.), y, ya durante la nueva democracia ateniense, vivió el juicio
injusto y la condena a muerte de su amado maestro
Sócrates (399 a.C.). Platón confesó que el motivo de toda su filosofía era conseguir que
gobernasen los filósofos o enseñar filosofía a los gobernantes. Trató de poner en marcha sus
ideales de justicia en Siracusa, bajo el gobierno del tirano Dionisio I, y terminó siendo vendido
como esclavo.
Cuentan que Anníceris pagó un rescate por él y luego no aceptó la devolución del dinero, con
el que finalmente Platón compró los terrenos para su Academia, el primer gran centro de saber
de la Antigüedad, en el que desarrolló y sometió a discusión las partes más importantes de su
obra.
Platón eligió la forma literaria del diálogo para divulgar su pensamiento.
Con ello rendía homenaje a su maestro Sócrates, que había hecho del diálogo el método de la
filosofía. En sus obras, los personajes suelen ser históricos, como Sócrates, Parménides,
Protágoras o Gorgias, mientras que el propio Platón no aparece nunca. Sabemos que es autor,
al menos, de cuarenta y dos diálogos, junto con algunas cartas escritas en su vejez, que son
fundamentales para reconstruir su vida y pensamiento, como la
Carta VII. Sus obras se suelen clasificar en cuatro etapas:
Diálogos de Platón
De Critón, Protágoras y Apología de Sócrates. Tratan temas éticos.
juventud:
De Gorgias, Crátilo y Menón. Abordan el conocimiento, la ética, cuestiones políticas...
transición
De El banquete, Fedón, República y Fedro. En esta epoca aparece la teoría de las
madurez: ideas y el dualismo antropológico, con sus mitos más representativos.
De vejez Teeteto, Parménides, Sofista, Timeo, Político y Leyes. Platón revisa críticamente su
obra.
El núcleo central del pensamiento de Platón es la teoría de las ideas o de las formas, según la
cual existen dos tipos diferentes de realidades o mundos; por un lado, la realidad de las
múltiples cosas que captamos de manera subjetiva con los sentidos y, por otro, el verdadero
ser de estas cosas, la realidad que solo puede ser captada con la razón. El verdadero ser son
las ideas, lo que encontramos en el mundo al que se accede racionalmente. Según Platón,
estas ideas no son subjetivas, no son «mis ideas», sino que existen objetivamente.
No pueden verse con los ojos, porque no son parte del mundo sensible o visible (kósmos
horatos), pero pueden captarse mediante la inteligencia, pues forman parte de la realidad
inteligible, del mundo pensable (kósmos noetos), del mundo de las ideas.
Según Platón, existe, por una parte, la realidad visible, empírica y sujeta a cambio, conocida
por todos, llamada mundo sensible, donde están, por ejemplo, las cosas que llamamos bellas.
Por otra parte, hay una realidad invisible, abstracta, racional e inmutable, conocida por los
sabios, denominada mundo inteligible o mundo de las ideas, donde existe «la belleza en sí», la
idea o modelo de belleza: lo que hace bellas a las cosas que lo son. Debemos entender estos
dos mundos como una metáfora.
Conocer la esencia de las cosas pasa necesariamente por entender las ideas.
En este proceso son cruciales las matemáticas (en especial, la geometría y las relaciones
numéricas), que tienen como objeto de estudio realidades abstractas, universales e inmutables,
y que ayudan a comprender el mundo inteligible. El teorema de Pitágoras, por ejemplo,
muestra una verdad anterior a cualquier triángulo. Para saber qué es un triángulo, debemos
conocer «el triángulo en sí», es decir, el ser del triángulo, una figura geométrica cuyos ángulos
interiores suman 180°; aquello presente en todos los triángulos, pero que no es ninguno de
ellos: un triángulo inmaterial, a la vez isósceles, escaleno y equilátero.
Del mismo modo, respecto a la justicia, lo normal es que analicemos lo que tienen en común
todas las acciones que consideramos justas: todas ellas deben compartir una esencia común
que será la justicia misma (al igual que ocurre con la belleza, la blancura, el bien...). Aunque
todas las cosas justas participan de la idea de justicia, la «idea» justicia no es idéntica a nada
que sea justo, y, al no ser particular, no puede percibirse con los sentidos. Pues bien, para
Platón, el verdadero mundo real es el mundo de las ideas; las acciones justas son una
concreción de la idea de justicia.
Las ideas poseen las siguientes cualidades propias, que las distinguen del mundo sensible:
• Son eternas, inmutables, objetivas, únicas y solo captables por la razón.
Las ideas no nacen ni mueren; no crecen ni disminuyen ni cambian; son siempre idénticas a sí
mismas, simples, incondicionadas y absolutas; ade-más, solo pueden ser percibidas por el
intelecto, nunca por los sentidos. Por todo ello, solo las ideas existen verdaderamente; los
objetos sensibles, engendrados y corruptibles, mutables y diversos, son mera apariencia,
sombra de la auténtica realidad.
• Son causa de las cosas sensibles.
Para Platón, las cosas sensibles no se definen por la materia, sino por el modelo, forma o
arquetipo que copian. Así, por ejemplo, la causa de que este ser material sea un árbol y no un
arbusto es que imita la idea de árbol.
Existen dos formas en las que las cosas materiales del mundo sensible se relacionan con sus
correspondientes ideas y explican en qué sentido las ideas son causa de las cosas:
participación e imitación.
Participación (méthexis):
Las cosas son bellas porque participan de la idea de belleza; serán tanto más bellas cuanto
más participan de esta idea.
Lo mismo ocurre con las cosas buenas, justas o blancas.
Imitación (mimesis):
Las cosas son lo que son porque imitan un modelo; por ejemplo, tu profesora y tú sois seres
humanos porque imitáis un mismo modelo: la idea de ser humano. Por ello, dos seres
diferentes pueden tener la misma esencia, porque los dos son copias de un mismo modelo.
• Están jerarquizadas, Para Platón, existen tantas ideas como conceptos universales hay.
Ahora bien, este mundo ideal no es caótico, tiene una estructura jerárquica rigurosa. Esa
jerarquía está establecida por la idea suprema de bien, causa de toda belleza, verdad y justicia
o armonía, porque el bien es para Platón lo verdadero y lo bello. Así, las ideas son más
perfectas y tienen un mayor grado de realidad cuanto más se acercan a la idea de bien, siendo
así también más bellas y más verdaderas. A continuación del bien, están las ideas de los
objetos éticos y estéticos, seguidas de las ideas de los objetos matemáticos y, finalmente, las
esencias de las cosas, los prototipos de los distintos objetos sensibles.
A diferencia del mundo eterno e inmutable de las ideas, el mundo de las cosas tiene un origen
y se encuentra en un continuo proceso de cambio. En su diálogo de vejez Timeo, Platón trata
de explicar el origen de este mundo distinguiendo, por un lado, la materia originaria, caótica e
informe, y, por otro, las ideas, que actúan como modelos. El primer elemento explica la
imperfección y la corrupción del mundo sensible, y el segundo, el orden, la razón y la belleza
que coexisten en este mismo mundo. Platón explica el ordenamiento de la materia con un mito,
según el cual el origen del mundo sensible se debe a la intervención de un ser divino, el
demiurgo, inferior en perfección a las ideas, pero eterno, inmutable, inteligente y bueno. El
demiurgo es la personificación de un principio ordenador de la realidad; no es un creador, ya
que en la Grecia clásica el mundo se concebía como algo eterno, no con el concepto
judeocristiano de creación a partir de la nada. El demiurgo solo da forma a la materia
primigenia tomando como modelo las ideas y organizando las cosas sensibles de acuerdo con
la misma jerarquía del mundo inteligible.
Si la realidad es una copia del mundo de las ideas, también en el plano del conocimiento lo
fundamental será conocer la realidad ideal, pues solo ella explica por qué las cosas son como
son. En el pensamiento de Platón, el estudio de la realidad (ontología) está íntimamente
relacionado con el estudio del conocimiento (epistemología). Indagar cuáles son los diferentes
tipos de realidades conduce a explicar cómo se conocen estas; y, a la inversa, clasificar los
diversos grados de conocimiento implica analizar las clases de realidades.
Si todos los objetos fueran particulares y estuvieran sometidos a constante cambio, todo
conocimiento sería subjetivo, es decir, no importaría tanto cómo son los objetos, sino cómo los
percibe el sujeto. Platón está de acuerdo con los sofistas en que es imposible alcanzar un
conocimiento universal y necesario de los objetos sensibles, pues lo que para mí es frío para
otro puede ser cálido, según el subjetivismo de Protágoras. Sin embargo, esto no significa que
no exista una verdad universal y objetiva, ya que la esencia de las cosas no cambia, a pesar de
que las cosas cambien. Las cosas son particulares, pero su esencia es universal. El
conocimiento sensible de las cosas es un conocimiento particular y subjetivo, mientras que el
conocimiento de las esencias es objetivo y universal. Por tanto, solo de las esencias o ideas
puede haber auténtica ciencia, ya que solo ellas son estables y susceptibles de una definición
universal.
Para Platón, no todos los tipos de conocimiento tienen el mismo valor y, así, establece grados
o niveles en función de su aproximación a la verdad:
Opinión (dóxa):
Tiene como objeto las cosas sensibles particulares. Es una creencia que puede sostenerse,
pero que no ofrece pruebas de su validez y puede estar sometida a discusión y a duda. Por
ejemplo, si alguien solo es capaz de identificar cosas bellas, diremos que su conocimiento de la
belleza no alcanza más que el grado de opinión.
Ciencia (episteme)
Tiene como objeto las ideas o esencias universales de las cosas.
Siguiendo con el ejemplo anterior, si una persona es capaz de definir la idea de belleza y de
entender por qué las cosas bellas lo son, su conocimiento de la belleza habrá alcanzado el
nivel de ciencia.
Esta alegoría plasma en una línea recta los dos mundos que distingue Platón: el de las cosas
sensibles y el mundo de lo inteligible, así como los distintos tipos de conocimiento que les
corresponden: dóxa y epistéme, respectivamen-te. La parte de la línea que representa el
mundo sensible se subdivide en dos: las imágenes o copias de las cosas y las cosas sensibles.
En la parte del mundo inteligible, la primera división corresponde a las imágenes de las ideas
(las entidades matemáticas), y la segunda, a las ideas mismas. Cada uno de estos segmentos
representa un camino de conocimiento cuyo objetivo es alcanzar las ideas en el mundo
inteligible. El mundo sensible aporta tan solo opiniones a partir de imágenes (imaginación) y del
conocimiento directo de las cosas (creencia); el mundo inteligible nos da acceso al verdadero
conocimiento mediante el razonamiento de tipo matemático (razón discursiva) y, al final,
ascendiendo en la abstracción, a la contemplación de las ideas en sí (intelección).
Platón propone varias vías para ascender desde el conocimiento de las cosas hasta sus
esencias:
-Reminiscencia. Según esta teoría, conocer es recordar, pues nuestra alma, antes de unirse al
cuerpo, contempló las ideas; pero al nacer cae en el olvido.
Es una alegoría para ilustrar que existen conocimientos anteriores al aprendizaje e
independientes de la experiencia. En el diálogo Menón, Sócrates interroga sobre un problema
geométrico a un esclavo que desconoce las ma-temáticas. Tras lanzar respuestas tentadoras
pero falsas, el muchacho da con la respuesta correcta. Sin embargo, Sócrates no le ha
enseñado nada:
solo ha formulado las preguntas adecuadas para que el muchacho halle reflexivamente la
verdad matemática. Mediante el razonamiento deductivo, el ser humano puede alcanzar
verdades universales y necesarias, cuestión que se explica con la reminiscencia: la verdad
tiene que «haber estado» latente al nacer; es decir, es innata.
-Amor. En su diálogo El banquete, Platón propone dejarnos llevar por el amor para ascender
progresivamente hasta la idea de bien, pues lo que realmente se ama es la forma de bien
presente en el objeto o ser amado; en el amor sexual, no es un cuerpo, sino el bien que ese
cuerpo encarna en forma de belleza. En un peldaño superior está la atracción por las almas
bellas, a las que hacen bellas las buenas acciones que llevan a cabo. Los individuos cultivados,
atraídos por esta belleza superior, transcienden el mundo material e intentan que el fruto de su
amor no sea físico, sino espiritual: la justicia, la verdad o el mismo bien. Así, para Platón, el
más alto grado de amor es de naturaleza espiritual, en el que no se ama nada corporal, sino
una idea, la idea de bien.
El conocimiento culmina cuando se aprehende la idea suprema, la esencia del bien. Pocas
personas son capaces de concluir este camino: estas serán precisamente las destinadas a
gobernar, como ilustra una de las páginas fundamentales de la filosofía: el mito de la caverna
de Platón.
El Libro VII del diálogo de madurez República comienza con el conién del ser de la caverna, un
recurso madure r Platin para explicar la relación del ser humano con la verdad. El relato está
estructurado en tres partes:
o La situación de los prisioneros. Platón nos pide que imaginemos a unos prisioneros
encadenados de por vida en una cueva de forma que solo pueden contemplar en la
pared de enfrente las sombras de unos individuos que pasan por delante de un fuego
que hay detrás de ellos, como en un teatro de sombras, y oír sus voces. Puesto que
siempre han estado allí, las sombras que contemplan y los ecos que escuchan son
para ellos la realidad.
o La liberación de un prisionero. Uno de los prisioneros se libera y puede mirar hacia
el otro lado en la caverna: se encuentra confuso y cree que las sombras son más
reales que los objetos. Sus ojos se van acostumbrando a la luz y, al salir al exterior, va
mirando primero los reflejos de las cosas, hasta contemplar los objetos mismos y a los
seres humanos. El prisionero termina siendo capaz de mirar al Sol y deduce por sí
mismo que gracias a él ha podido ver todas aquellas cosas y que es el astro que rige
ese mundo.
o El regreso a la caverna. El prisionero se siente feliz de entender el mundo y
compadece a sus antiguos compañeros de la caverna. Cuando decide volver allí, ya no
sabe desenvolverse entre las sombras; los demás se ríen de él y piensan que, por
haber salido al exterior, se le han estropeado los ojos y que no vale la pena abandonar
la cueva. Es más, si intentase desatar y conducir hacia la luz a los otros prisioneros, se
burlarían de él y sería perseguido.
El relato platónico tiene implicaciones filosóficas de todo tipo. Precisamente por ello suele
usarse para ilustrar las ideas fundamentales del sistema de pensamiento de Platón:
Ontología:
La realidad material es solo apariencia o copia de la realidad ideal.
Epistemología:
El conocimiento de la verdad es un ascenso que pasa por diferentes fases. El final del proceso
es la idea de bien -representada en el Sol-, la causa de todas las cosas justas y bellas tanto del
mundo de las ideas como del mundo sensible.
Ética:
El conocimiento de las ideas es necesario para poder obrar con sabiduría tanto en lo privado
como en lo público. El filósofo no puede limitarse a la mera contemplación de las ideas, tiene la
obligación moral de ayudar a los demás seres humanos a descubrir la verdad e indicarles qué
es el bien.
Política:
Solo las personas que conocen realmente lo que es el bien deben ostentar el poder; solo los
más sabios deben gobernar.
• El cuerpo. En el diálogo Fedón, Platón afirma que el cuerpo es una «cárcel para el alma»;
con ello pone de manifiesto que el cuerpo y el alma son dos realidades heterogéneas tanto por
su naturaleza como por su origen: el cuerpo es de naturaleza material y procede del mundo
sensible ; por su parte, el alma es de naturaleza espiritual y, en cuanto tal, procede del mundo
inteligible. Lo propio del alma no es estar junto al cuerpo, ya que su lugar natural es el mundo
de las ideas. Anhela liberarse de los lazos que la atan a lo sensible y la obligan a considerar la
realidad a través del cuerpo, como a través de una prisión oscura, para retornar a su origen
primitivo. La unión entre el alma y el cuerpo es una unión accidental, semejante a la que se
establece entre el timonel y su barco, o entre un jinete y su caballo. Según Platón, la liberación
y la separación del alma y del cuerpo es empeño característico de los filósofos.
Platón estaba influido por la religión órfica, según la cual en todo ser humano existe un
elemento inmortal y divino, el alma, y un elemento mortal y fuente de corrupción, el cuerpo. Los
seguidores de esta religión pretendían liberar el alma de la cárcel del cuerpo mediante una
catarsis o purificación: eliminar o moderar los apetitos y deseos, dominar las pasiones y llevar
una vida dedicada a tareas intelectuales y espirituales.
• El alma. La palabra griega psyché se refiere a nuestro mundo interior, al espíritu pensante, a
la parte racional de nuestro ser, al yo que examina la vida e indaga qué es lo que se debe
querer, por qué se debe querer y cómo se debe querer. Platón, igual que la tradición griega,
define el alma como principio de movimiento, que se mueve a sí mismo y que causa
movimiento en el cuerpo; es decir, al alma le viene el movimiento «de dentro, desde sí mismo y
para sí mismo», es animada y es la causa que mueve y da vida al cuerpo, que por sí solo es
inanimado. Lo que se mueve a sí mismo es ingénito (no engendrado) e inmortal, por lo que la
muerte implica solo la separación de alma y cuerpo.
Además de dar vida y movimiento, el alma es principio de racionalidad. siendo por ello la parte
más excelente y divina del ser humano, gracias a la cual podemos conocer la verdad y realizar
acciones virtuosas dignas de alabanza. Pero, junto a la parte racional, Platón da cabida en su
visión del alma humana a una parte irracional, irascible y concupiscible, que explica a través de
la alegoría del carro alado.
3.1. El mito del carro alado
En el diálogo Fedro aparece la comparación del ser humano con un carro ala-do. La
inteligencia sería su conductor, el «hombre dentro del hombre», y las otras dos fuerzas de la
psique son los caballos que tiran de él: el temperamento o ánimo es simbolizado por un corcel
blanco de noble casta y bien domado, aliado de la razón por acatar dócilmente las órdenes del
auriga; las pulsiones, los instintos y los deseos irracionales son representados por un caballo
negro, impetuoso, tozudo, incapaz de atender las directrices del conductor. Las alas deben
empujar el carro con fuerza para elevarlo hacia el lugar en donde habitan los dioses, el mundo
de las ideas. Todo lo que es hermoso, sabio y bueno hace crecer las alas del carro; en cambio,
todo lo que es contrario a las ideas arrastra el carro al mundo sensible.
En nuestro fuero interno cohabitan fuerzas que rivalizan entre sí y que tienden por naturaleza a
la discordia. El objetivo último de la filosofía es constituir un estado de concordia y armonía con
nosotros mismos, al que Platón llama justicia. En este sentido, la educación puede ser
entendida como una política del alma, el arte del gobierno en uno mismo. Platón identifica tres
funciones anímicas, tres tipos de psique, que son, al mismo tiempo, tres principios o motivos de
nuestra acción. Lo que llamamos ser humano alberga tres seres distintos, independientes y en
eterno conflicto:
Para Platón, el bien supremo es la felicidad, la «salud del alma», que se consigue mediante el
ejercicio de la virtud. El término virtud designa aquello que es «excelente en algún sentido».
Este término se aplica a cualquier cosa perfecta -desde un caballo a un escudo-, pues es el
modo de ser más excelso al que algo o alguien puede aspirar. En sentido ético, la virtud se
refiere a las perfecciones propias del ser humano. Así, cada parte del alma debe
perfeccionarse acorde con la función que le es propia:
-La virtud de la prudencia en el auriga (alma racional). La razón necesita alcanzar la virtud
en el arte de la conducción para que la carrera no acabe en un estrepitoso accidente. De poco
sirve tener unos buenos caballos y un excelente carro si el conductor es inexperto o si no sabe
adónde tiene que ir. Para ello la razón necesita disponer de la sabiduría y la prudencia
(phrónesis) que distinguen al buen gobernante.
Platón se plantea si la virtud se da por naturaleza o es fruto del aprendizaje.
En el caso de la prudencia, reconoce que no puede ser enseñada; nace del conocimiento de
uno mismo, cuando el alma se examina y busca aquello que es su bien. La esencia de la
filosofía es una conversión, en su sentido literal, que hace girar toda el alma hacia el bien. Este
conocimiento solo prende en quien ha dedicado largos años a contemplar el principio eterno
del bien, identificándose con él y entendiendo por qué las cosas son buenas.
-La virtud de la valentía en el caballo blanco (alma irascible). El caballo blanco desarrolla la
virtud de la valentía (andreia) cuando el alma irascible persigue los objetivos marcados por la
razón. La valentía se define en relación con los diferentes temores que podemos albergar los
seres humanos, pero especialmente con el más humano de todos: el miedo a la muerte.
La andreia es la que permite controlar el miedo y supeditarlo a un noble objetivo identificado
por la razón. El valiente platónico domina su temperamento y lo usa como viento favorable para
llevar a buen puerto su deber.
La valentía, como el resto de las virtudes, tiene que estar al servicio de la comunidad y no de la
autosatisfacción personal. No se trata de actuar movidos por la emoción, sino de usar esta
como empuje para movernos adonde la reflexión determine.
De acuerdo con esta alegoría del carro alado, puede decirse que la justicia es la armonía
generada entre los distintos elementos que componen el alma.
La justicia es el correcto gobierno de las tres partes del alma y de sus correspondientes
virtudes. La virtud de la justicia, que Platón considera como la esencial por contener a todas las
demás, es un estado de salud y equilibrio que se alcanza cuando los principios del alma
realizan la función que les es propia y no interfieren en las tareas de los otros. Ajustar el alma
es como poner la casa en orden, organizando y armonizando las tres fuerzas para que,
cooperando entre sí, el ser humano llegue a hacerse amigo de sí mismo.
En cuanto al mejor sistema de gobierno, Platón propone en la República una aristocracia del
saber, un gobierno de unos pocos sabios que pueden poner en marcha las ideas. La historia
del Estado muestra cómo la aristocracia
-primitivo y mejor sistema de gobierno para Platón- fue degenerando. Cuando la ciudad
comienza a expandirse, entra en guerra, con lo que el Estado deriva hacia un gobierno militar,
la timocracia. Las conquistas traen consigo riqueza y el gobierno se ejerce en favor de los más
ricos, derivando en una oligarquía, un gobierno de los económicamente poderosos. Ello origina
un enfrentamiento entre ricos y pobres, surgiendo la democracia, que desatiende el interés
común en favor de las clases menos pudientes y que, además, está lastrada por la falta de
preparación del pueblo para gobernar. Esto produce desorden, que aprovecha la tiranía, el
peor sistema de gobierno posible, para hacerse pasar por la salvadora del Estado e imponer
los deseos caprichosos del tirano.
Las propuestas políticas de Platón completan su filosofía y dejan claro el objetivo final del
saber: quien conoce las ideas es capaz de realizarlas, de ahí que quien gobierna deba ser
sabio. Su pensamiento ha tenido todo tipo de repercusiones y a él contestó de forma realista el
más importante de sus discípulos:
Aristóteles.