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Pregunta 3

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PREGUNTA 5

¿PUEDES CUMPLIR TODO ESTO PERFECTAMENTE?

RESPUESTA

No, porque por naturaleza estoy inclinado a aborrecer a Dios y a mi prójimo.

VERSÍCULOS DE APOYO
Romanos 3:10, 7:23, 8:7, 20, 23; 1 Juan 1:8, 10; Efesios 2:3; Tito 3:3; Génesis 6:5, 8:21; Jeremías 17:9.
E n t E n dI E n do n u E St ro PEca do

H oy en día el tema del pecado se ha vuelto completamente obsoleto en las conversaciones. Es seguro que,
quien hable de ello, no será aceptado por su grupo de amigos. Este mundo que ama la relatividad ha preferido
cambiarle el nombre y significado al pecado. Ahora ha tomado una definición médica llamada autoestima en
donde todos somos víctimas del sistema y espectadores sin responsabilidad alguna.
El mundo cree que no necesitas un salvador, que tu vida no depende de Jesús. El mundo nos está convenciendo de
que solo requerimos medicina. Aclaro, no estoy diciendo que la salud mental sea ficticia, sino que muchas veces
buscamos la forma de evitar confrontar el pecado y elegimos afirmar ser víctimas de una enfermedad. Un ejemplo
evidente son los tribunales de justicia, en donde es común que un asesino se declare enfermo mental y su castigo sea
abolido. Sea como sea, aunque el pecado no es un tema popular, la Biblia es clara al respecto. El pecado o la
hamartología es una doctrina que está presente a lo largo de las Escrituras. Es por eso que es de suma importancia que
lo estudiemos con detenimiento y lo entendamos porque, si no lo hacemos rechazaremos la necesidad que tenemos de
la gracia de Dios en Jesús.
La Biblia es tan clara en cuanto a la existencia del pecado en nuestras vidas, que usa al menos ocho términos
diferentes para señalar esta realidad en el Antiguo Testamento: ra, mal (Gn. 38:7); rasha, maldad (Éx. 2:13); asham,
culpa (Os. 4:15); jatá, pecado (Éx. 20:20); avon, iniquidad (1 S. 3:13); shagag, error o falta (Is. 28:7); taah, vaga (Ez.
48:11); y pashá, rebelde (1 Reyes 8:50). El Nuevo Testamento no se queda atrás, y ahí encontramos doce palabras que
hacen referencia al pecado: kakos, malo (Ro. 13:3); poneros, mal (Mt. 5:45); asebes, impíos (Ro. 1:18); enochos, culpa
(Mt. 5:21); hamartia, pecado (1 Co. 6:18); adikia, injusticia (1 Co. 6:9); anomos, desobediencia (1 Ti. 1:9); parabates,
transgresión (Ro. 5:14); agnoein, ser ignorante (Ro. 1:13); planan, estar extraviados (1 Co. 6:9); paraptomai, alejarse (Gá.
6:1); y, por último, hupocritos, hipócritas (1 Ti. 4:2). Cada uno de estos términos se repite una y otra vez en la Palabra de
Dios y, en consecuencia, debemos prestar gran atención al pecado pues es grave.
Pero, ¿qué significa el pecado? Pecado es un vocablo que se usa en tiro con arco y significa «fallarle a la marca,
fallarle al centro». Pecado, pues, en el contexto bíblico, significa «fallarle o no darle al centro de la norma de santidad
que Dios ha establecido para nuestras vidas».
Recordemos que Dios es santo, y él requiere que nosotros también lo seamos. Para que lo logremos, Él nos dio la ley.
Tal vez puedas pensar que no es necesaria, pero imagínate si todos hiciéramos lo que el mundo dice, lo que parece
bueno E L CAT EC I SMO DE H E I DE L BE RG

para mí aunque no lo sea para ti, ¡viviríamos en el caos! ¿Qué pasaría si te dijera que pienso que robar está bien? Quiero
tu propiedad y porque la quiero me la voy a quedar. ¿Estarías de acuerdo? O, ¿qué opinarías si decidiéramos basar
nuestra vida en la moral normativa de alguien más, alguien como Hitler, o tal vez como Teresa de Calcuta? No. La base de
nuestra existencia debe fundamentarse únicamente en el estándar de Dios, no nada más porque somos Su creación, sino
porque Él es santo e inmutable; Él nunca cambia.
De acuerdo con la ley de Dios, cada pecado tiene una consecuencia. Todos, sin excepción, nos alejan de Dios. Hay
quienes dirán: «¡Pero yo no he pecado! ¡Yo no soy una pecadora!». Leamos los 10 mandamientos y pongamos atención
en el noveno: No darás falso testimonio contra tu prójimo (Éx. 20:16). ¿Alguna vez has dicho una mentira? Piénsalo bien.
No importa si haya sido una mentira pequeña o una mentira «piadosa». ¿Alguna vez lo has hecho? Bueno, según Dios,
mereces un castigo: la muerte. Porque la paga del pecado es muerte... (Ro. 6:23). No pudiste cumplir con el mandato de
Dios. Fallaste. No le diste al blanco. Has pecado y lo seguirás haciendo porque esa es tu naturaleza. ¿Lo ves?, ¿entiendes
cómo es que sencillamente pecas y vuelves a pecar?
Me gustaría dejar este tema hasta aquí para que puedas pensar al respecto, pues en los próximos capítulos
estudiaremos la gracia de Dios. Sin embargo, prefiero que desde ahora te quede claro que, cuando entiendas tu pecado
y sus consecuencias, comprenderás la necesidad tan grande que tienes de encontrar una salida… y la hay. Tenemos un
Dios misericordioso y veremos esta realidad a medida que avancemos en nuestro recorrido por el Catecismo de
Heidelberg.
Dios, en su asombrosa gracia, no nos dio únicamente la ley y las consecuencias de desobedecerla. Dentro de la ley
incluyó la gracia. En el Antiguo Testamento, la gracia se hallaba a través de sacrificios de animales o de ofrendas
quemadas que permitían al pecador restaurar su relación con Dios temporalmente (hasta que pecara de nuevo). Si
alguien tomó la ley de Dios y su pecado en serio, seguramente pasó su vida haciendo estas ofrendas. Dios permitió que
ellos pudieran hacer estos sacrificios con el propósito de mostrarles y recordarles una gran promesa que Dios hizo en
cuanto el pecado entró al mundo: Jesús, el sacrificio perfecto. Jesús vino a demostrar que Dios nos amó tanto que nos
dio el perdón permanente a través de la fe en Cristo. También, Dios nos permite detestar el pecado para que podamos
ser transformadas a través del Espíritu Santo que vive en nosotras.
Al entender la santidad de Dios, nuestro pecado y sus consecuencias a través de la revelación de Dios en la Biblia,
somos conscientes de la miseria que nos E n t E n dI E n do n u E St ro PEca do

espera. Afortunadamente, también entendemos que, por la gracia de Dios, por medio de la fe en Jesucristo, obtenemos
el perdón y la transformación para que nuestra inclinación se convierta en esperanza para gloria de Dios.
Ya que hayas entendido en qué consiste el pecado, me gustaría que tomaras un papel y lápiz y escribieras tus
pecados, ¡haz una lista! Todos y cada uno de ellos. Cuando hayas terminado, quiero que ores y, en arrepentimiento,
busques el perdón de Dios. Recibe el gozo y la seguridad de que tus pecados han sido perdonados por la sangre de Jesús.
Vive sabiendo que eres deseada, amada y perdonada. Jesús es nuestra única esperanza cuando nos enfrentamos al
pecado. Espero que estas verdades refresquen tu alma.
NUESTRA DECISIÓN: LO MALO

PREGUNTA 6

¿CREÓ, PUES, DIOS AL HOMBRE TAN MALO Y PERVERSO?

RESPUESTA

No. Al contrario, Dios creó al hombre bueno haciéndolo a Su imagen y semejanza, es decir, en verdadera justicia y
santidad, para que rectamente conociera a Dios su Creador, le amase de todo corazón y bienaventurado viviese con Él
eternamente, para alabarle y glorificarle.

VERSÍCULOS DE APOYO
Génesis 1:26, 27, 31; Efesios 4:24; Colosenses 3:10; 2 Corintios 3:18.
n u E St r a dEc I SIón: l o m a l o

E l mal existe. No hay duda. No hay necesidad de ir muy lejos: constantemente mentimos, codiciamos, hacemos
mal a nuestro prójimo. La historia también muestra que la humanidad es capaz de maldad severa. La
Inquisición, Auschwitz, las Torres Gemelas, ISIS, la Venezuela de Maduro. El mal existe. Sin embargo, Dios no
creó a la gente mala y perversa. La sexta pregunta del Catecismo de Heidelberg nos permite explorar la creación de
acuerdo a la bondad de Dios. (En el siguiente capítulo explicaremos el mal, pero aquí nos concentrarmos en cómo Dios
nos creó).
Dios es bueno. Él creó todo y, una vez terminó, lo contempló y dijo que era «muy bueno» (Gn. 1:31). Él nos creó a Su
propia imagen, y Su imagen es buena. Dios nos creó para amarlo y glorificarlo. Pero amar implica una decisión y por
tanto, Él también tuvo que darnos libre albedrío. El amor pagado no es amor verdadero, y Él lo sabe. Así que, aunque nos
creó con una naturaleza buena, Él nos dio la opción —la libertad— de decidir amarlo o no. Él quiere que lo amemos por
elección, por lo que Él es, nuestro buen Creador. Así que ves claramente, hermana, que Dios nos creó fundamentalmente
buenas.
Es claro, también, que necesitamos entender el mal. El mal no es algo que se crea, sino algo que se elige. Romanos
5:12 nos dice que las consecuencias de nuestras elecciones (dolor, tristeza, desastre, lágrimas) entraron al mundo debido
a nuestra decisión, a causa de nuestro pecado. Nuestra elección es lo que produjo el estado de maldad en el que
vivimos. El mal entró como consecuencia de nuestras decisiones. El mal no fue una cosa creada. El mal vino porque
elegimos no hacer aquello para lo que Dios nos creó. Nosotras, hermana, permitimos que el mal entrara al mundo
porque nuestra decisión fue hacer cosas fuera del diseño de Dios para nosotras. Al igual que un pez que está diseñado
para glorificar a Dios dentro del agua y muere si intenta vivir fuera de los límites dados por Dios, cuando elegimos no
glorificar y amar a Dios sino la independencia, elegimos que entre la maldad.
Dios nos creó esencialmente buenas. Dios nos creó para amarlo. Dios nos creó para estar en comunión con Él. Sin
embargo, elegimos vivir independientes de Él. Elegimos nuestra propia sabiduría. Escogimos la desobediencia y el mal, el
dolor y la muerte.
Hermana, como ves, Dios, nuestro Padre bueno, nos creó buenas en esencia para amarlo plenamente, pero nosotras
escogimos el mal. Así que no podemos culparlo por la maldad en el mundo. Aunque Dios es soberano sobre el mal, no
nos creó malas, sino que nosotras dejamos que el mal entrara a causa de nuestra elección. Pero como es bueno, Él
utilizará nuestra elección de lo malo para E L CAT EC I SMO DE H E I DE L BE RG

cumplir Su deseo (Isaías 46:9-10) hasta el día en que regrese y restaure todo a su bien original. Y, hermana, si hoy
estás en Cristo, esto deberá darte esperanza y hacerte mirar con expectación al buen futuro que pronto vendrá. Espero
que esto te anime a ver que Dios, tu Padre, es bueno; muy, muy bueno.

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