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Profesor: Esteban Rodríguez Alzueta

Estudiante: Mariel Alejandra Ledesma

ESPECIALIZACION EN CRIMINOLOGIA

SOCIOLOGIAS DEL DELITO

TRABAJO FINAL 2024.


Para realizar el presente trabajo se escogió la película “PIZZA, BIRRA Y FASO” (1997)
dirigida por Adrián Caetano y Bruno Stagnaro.

Con el análisis de ésta, se pretende identificar y deconstruir los lugares comunes en


torno al universo del delito vinculado a los jóvenes pobres.

Identificar las distintas formas que asume el delito y sus múltiples factores, analizar las
vivencias del delito desde las perspectivas de los actores involucrados y analizar el
papel de los procesos de estigmatización social en contextos de fragmentación social
y desconfianza institucional en el microdelito.

La película transcurre en el contexto del desarrollo de políticas neoliberales, donde el


Estado de bienestar pasa a percibirse como Estado de Malestar; un estado que
redefine sus funciones en nuevos intereses en torno al mercado, como consecuencia
de ello se observa un déficit de capital social, quiebra las identidades colectivas y la
solidaridad social, la creciente desocupación trae aparejado la desindicalización y
desproletarización. Los desocupados quedan desenganchados de sus redes de
contención. Las desigualdades sociales se agravan, constituyéndose un “universo
social en que somos más o menos desiguales en función de los bienes económicos y
culturales de los que disponemos de las diversas esferas a las cuales pertenecemos
“(Dubbet, F. 2003).

Es en el contexto de fragmentación social, de desdibujamiento de lazos y disgregación


valorativa donde se producen los procesos de estigmatización que asociados al
territorio se busca separar y discriminar a determinados sectores de la sociedad, estos
espacios se observan en el filme en los distintos escenarios: recorridos por barrios
pobres, villas, monoblocks, lugares que se muestran como separados del resto de la
cuidad o como mundos paralelos.

En la película esas múltiples desigualdades son vividas y percibidas por los jóvenes
protagonistas como una experiencia que pone en entredicho su valor propio, sienten
desprecio y humillación ante tales desigualdades. “La distancia entre las pruebas
individuales y las apuestas colectivas abre las puertas al resentimiento, las
frustraciones a veces el odio a los demás para evitar el desprecio de uno mismo”
(Dubbet, F. 2003).
La estigmatización crea las condiciones para que determinados conflictos tengan
lugar, dado que el estigma atribuido a determinados individuos o grupos de individuos
puede empujarlos a desarrollar condutas que se les atribuyeron de antemano, es a
través de la “cultura de la dureza”, de los procesos de contra estigmatización éstos
jóvenes ensayan diferentes respuestas para hacerle frente a esas etiquetas, que les
adjudicaron, aquellos actores que tienen la capacidad y el poder de estigmatizar a los
“otros ” Muchas veces estas situaciones crean condiciones para que en este caso los
jóvenes pobres acudan al delito , pues éste se transforma en una oportunidad para
encarar los problemas sociales como una estrategia de supervivencia, en un contexto
de pobreza, marginalidad y de desorganización social (familiar y comunitaria), allí
donde los mecanismos de control social fallan porque la sociedad se ha
desorganizado.

Los lugares en el que transcurre la película pone en escena un mundo urbano en el


que permite dar cuenta en los modos de ver la cuidad, en este caso la provincia de
Buenos Aires, la relación entre los espacios urbanos y suburbanos, donde desde el
inicio realizan un paneo con los vehículos en movimiento que nos invita a un recorrido
que contrapone las zona marginales con otras de mayor poderío económico, por
ejemplo la villa miseria de Retiro y lujosos edificios por detrás, el basural aledaño al
Río de la Plata a la altura de la autopista Panamericana con el mismo rio pero a la
altura del Aeroparque .

Desde la perspectiva espacial se presenta una ciudad demarcada por fronteras que
separan las zonas de posible acción para los jóvenes protagonistas, cuyo acceso no
les es permitido; como contraparte el barrio marginal donde los espacios que habitan y
recorren, evidencian la creciente pobreza, precariedad de un lado de la sociedad, que
es vivido como una “zona de no derecho, como una zona sin ley”, un espacio de
penalidades en el que las distintas formas de violencia constituyen las maneras de
estar y circular por la ciudad, poniendo de manifiesto una polarización vinculada a la
capacidad de consumo de sus habitantes.

El neoliberalismo, modificó las subjetividades, esto tiene que ver con la conversión de
los ciudadanos en consumidores. Allí donde hay capacidad de consumo hay
sustentabilidad, pero allí donde no existe capacidad de consumo, no habrá
sustentabilidad y sus habitantes serán considerados inviables.

Bataille (2009) afirma que no es la necesidad sino el lujo lo que funda el lazo social y
lo que plantea los problemas fundamentales; “…la riqueza debe gastarse sin cuidado,
su derroche funda la sociedad, crea y reproduce los vínculos”. Agrega que las obras
improductivas encauzaban la producción de excedente, aportando sociabilidad a sus
integrantes, inclusos los miserables necesitan del despilfarro. El autor llama gasto
improductivo al gasto inútil; un gasto que no persigue como fin la producción ni la
reproducción del individuo o la sociedad. El derroche no es una práctica
exclusivamente reservada a las clases altas, sino una experiencia que define también
a los sectores populares.

El autor explica que existen diferentes formas de gasto improductivo, muy


heterogéneas. Se trata de una práctica irracional, afectiva. En el gasto improductivo u
ocioso está en juego la búsqueda de prestigio, reconocimiento, respeto, la
construcción de grupalidad. “Darse un gusto” es darse una identidad, adquirir prestigio,
sentirse reconocido. Salir a consumir es salir a llenarse de otra energía. Esto se
observa en la película en la relación compartida entre los protagonistas, exploran
lugares de la ciudad como por ejemplo el interior del obelisco, cuando comparten lo
material (dinero, bebidas, comidas, salidas) es lo que los identifica y los acerca como
grupo de pertenencia. Aquí el consumo está orientado a la satisfacción de lo cotidiano:
“El gusto hay que dárselo hoy”, (comer otra cosa que no sea pizza, tomar una cerveza,
fumarse un cigarrillo); a la plata hay que salir a gastarla, “el momento del gasto
constituye una manera de reapropiarse de la propia vida”, el dinero al que se accede
se orienta a la satisfacción de necesidades inmediatas. Los jóvenes que pendulan
entre el trabajo precario y el delito amateur (Kessler, 2004), o entre el ocio forzado y el
delito bardero (Tonkonoff, 2007), están muy lejos de formar parte de un submundo o
habitar una realidad paralela. Estos jóvenes que suelen transitar el mundo del
microdelito lo hacen, para pertenecer al mundo que los aparta, el medio para hacerlo
es quebrantando la ley, sus actos podrán tener otros matices, pero la búsqueda de
emociones, el consumismo, la atracción por la violencia, o el ocio, no son valores que
definen exclusivamente a los jóvenes, los encontrarnos también en los sectores
medios de la sociedad y en las personas adultas.

Salir a consumir es activar la grupalidad, fundar vínculos y sostenerlos en el tiempo. La


amistad necesita insumos diarios.

Figueiro (2013) expresa que “un gasto improductivo puede ser más productivo que uno
propiamente orientado a la reproducción inmediata de la vida, puesto que la situación
muchas veces estigmatizante de la exclusión, es tratada de conjurar a través de los
objetos.” El celular, las zapatillas y la ropa deportiva cara son objetos que se disponen
para la mirada del otro, sea para desafiarla o para ganarse su reconocimiento o
admiración, lo mismo sucede con las drogas, cuando se usan públicamente. Son
objetos de diferenciación y distinción que a través de su uso se comunican
identidades, pero también se expresa y valoriza la situación con la que se miden
cotidianamente; el consumo es activo, los jóvenes les agregan sus propios valores,
problemas y expectativas a los objetos.

Los pibes chorros y barderos son expertos despilfarradores. El botín se distribuye


según los rituales del don. Todos lo saben: “Hoy por vos, mañana por mí”. Esto se
observa cuando el “cordobés” le entrega el dinero a su novia para que saque los
pasajes para viajar a Uruguay y cuando otro de los pibes le ofrece el botín robado al
cordobés para que se escape con su novia en barco.

Si bien los protagonistas circulan libremente por las calles, cada vez que ingresan a
las “zonas de transición” (M. Sozzo, 2008) las imágenes hacen más visible cierto
desfasaje evidenciando la “no” pertenencia de los jóvenes a ese lugar. Sin embargo, al
transitar por espacios marginales en los que cotidianamente éstos habitan se produce
cierto ensamblaje con el paisaje. Esta polarización pone en tela de juicio la
naturalización de la mirada indiferente cuando la miseria (de los espacios y los
personajes), se introduce en un determinado ámbito e incomoda si esa miseria,
traspasa las fronteras de lo negado para introducirse en ese otro espacio del que son
expulsados.

En la película la ciudad aparece cruzada y demarcada por dos elementos que


establecen la división en la afuera y adentro, por un lado, la autopista Panamericana y
por otro el Río de la Plata, el primero une y separa la capital de la provincia
representada esta última como una fuera deshabitado, la Panamericana junto a la
montaña de basura. El Río de la Plata por su parte funciona como el límite detrás del
cual se extiende la esperanza de una nueva vida, (esto hace alusión cuando el
Cordobés invita a su pareja irse del país en barco a Uruguay) a buscar opciones de
una vida mejor, ya que del lado de Buenos Aires no parece haber ninguna posibilidad
para el futuro

Esta tensión entre afuera -adentro se produce con el acorralamiento de los marginales
hacia el margen de la cuidad. La primera se visualiza al inicio de la película
observando a niños en la calle pidiendo limosna, los lisados, los que limpian
parabrisas de los autos, etc. Los que están adentro son los ricos, los famosos, los que
van a comer al restaurante, los pasajeros que suben a los taxis, los que viven en las
lujosas casas y mansiones. Esta dicotomía se observa en la escena donde uno de los
protagonistas frena el auto justo antes de que se estrelle contra la vereda y el ruido
alerta a los habitantes de una de las mansiones de la cuadra, quienes descorren las
cortinas para observar lo sucedido, el joven dirige a su vez la mirada hacia las
ventanas, enmarcando por la ventanilla del taxi el plano que une ambas miradas que
evidencia la contraposición de dos mundos diametralmente opuestos, a la vez que la
insatisfacción de ese estado de las cosas provoca en ellos. Esta escena muestra la
separación que existe entre ambos mundos, los otros los que detentan todo lo que los
jóvenes anhelan y son representados - ellos y sus posesiones- como algo inaccesible.
Otro ejemplo es el del nombre de dos pizzerías conocidas, ligadas al consumo de los
sectores populares, que delimita el espacio por el que circulan los protagonistas,
evidenciando la existencia del consumo para pobres y otro para ricos, reforzando la
idea de ciudad polarizada que incluye en una misma zona espacios de consumo para
diferentes poblaciones. Ocurre lo mismo con la música procedente de la bailanta; la
cumbia y la música suave del restaurante.

Para vincular estos espacios con el delito es necesario tener en cuenta que delito no
es un concepto abstracto, sino una construcción social cultural, una definición política
consensuada, una problemática que hay que abordar sin perder de vista las
condiciones históricas y contingencias concretas.

La noción de delito está impregnada de prejuicios es una categoría moral; delito,


violencia o desviación son categorías de acusación social cargadas de ideología, los
actores suelen usar estas palabras para repudiar al otro, para descalificar a una
persona, grupo o institución.

El delito suele asociarse a determinadas conflictividades sociales que involucran a


determinados actores, “el delito es el de los pobres” aquellos que tienen un impacto en
la integridad y la subjetividad de las personas (delitos contra la propiedad, predatorios
o callejeros).

Louk Hulsman (1984) y Nils Christie (2004) utilizan la noción de “situación


problemática” en vez de delito para hablar de esas conflictividades, estos son el
resultado de procesos de definiciones colectivas, de las situaciones etiquetadas o
definidas por actores involucrados en un universo social determinado por otros actores
políticos (Estado, mass media, etc.) como problemáticas para activar estrategias
(individuales o colectivas) securitaria o habilitar a la fuerza pública para perseguir
determinados eventos.

La conducta criminal se puede explicar a través de la adscripción de los protagonistas


a determinados grupos afines “la mala yuntas”, la criminalidad transforma a “las zonas
de transición” en zonas inseguras, donde los jóvenes económicamente desplazados,
moralmente sin contención improvisan nuevos estilos de vida, con otra moral, como
respuesta a la exclusión y a la impotencia. Es en el contexto de desorganización social
que para hacer frente a las situaciones problemáticas practican otras formas de
organización social.

En este caso los jóvenes residentes en las zonas suburbanas llevan una intensa vida
pública, se la pasan gran parte del día en la calle, sin la mirada y cuidado de los
adultos, formando pequeños grupos de pertenencia: bandas. Así la banda pasa a
ocupar el lugar de una nueva familia, una que aporta contención y fraternidad. Pero no
todas las bandas perduran en el tiempo, a veces la autoridad de sus lideres es
provisoria tiene que ver con adscripciones a determinados valores, motivaciones e
impulsos al interior del grupo. Aquí se observa que la banda de jóvenes suele
incorporar a otros personajes a la hora de cometer delitos, por ejemplo, a quien les
provee información de un lugar para cometer un asalto, movilidad para llegar al
restaurante y armas para ejecutar el hecho.

Matza (2014) refiere que “existe una subcultura de quienes cometen delitos, pero no
es una cultura delictiva …una subcultura que en determinados momentos permite o
habita a sus integrantes comportarse ilegalmente y así obtener prestigio”.

Una subcultura […] “…es un conjunto en delicado equilibrio de preceptos y


costumbres doblemente dependiente de circunstancias atenuantes. Tanto cometer
actos delictivos como abstenerse de cometerlos está permitido sólo bajo ciertas
condiciones” (Matza; 2014).

El delincuente subcultural crea y se adhiere a las normas dominantes, pero en la


práctica falla al adoptarlas. El joven que delinque no se aparta de la sociedad ni
siquiera cuando delinque, sino que se adecúa a sus propios valores, aunque los
medios que utiliza tampoco son muy distintos al resto de la sociedad, quebranta la ley,
pero sus actos están hechos de la misma materia prima. Podrán tener matices, pero la
búsqueda de emociones, el consumismo, la atracción por la violencia, o el ocio, no son
valores que definen a los jóvenes. También los encontramos en los sectores medios
de la sociedad y en las personas adultas.

Para Matza y Sykes, el delincuente quiere dinero, necesita el dinero para poder
derrocharlo. No es tanto el dinero cuanto el derroche lo que hay que explorar. El dinero
activa el consumismo. La grupalidad se activa con el consumo. Y a ese consumo hay
que sostenerlo.

Para Matza la subcultura se trasmite mediante pistas o claves, cada integrante del
grupo infiere una subcultura a partir de las pistas que dan otros.
Se visualiza en estas prácticas cierta inscripción en el marco laboral, incorporan
ciertas dinámicas del empleo y algunas de sus variables, relación patrón- empleado
(por ejemplo cuando acuerdan con el taxista un asalto a los pasajeros del taxi), así el
dinero obtenido de los robos suele ser utilizado para la alimentación y el ocio (comprar
comida, cervezas, pagar entradas a la bailanta) los mismo fines que suele destinar su
dinero la población empleada.

Los protagonistas suelen ver al delito como si ese “trabajo único posible” en una
sociedad que no les ofrece otras opciones. Esto pone en evidencia que cada franja
delictiva requiere para su implementación de un determinado tipo de población y el de
los robos menores parece ser el único espacio que la sociedad destina para este tipo
de jóvenes.

Situaciones como el narcomenudeo, se observan cuando dos de los protagonistas


concurren a la puerta de un local donde un hombre invalido toca la guitarra por
limosnas y es robado con el solo objetivo de conseguir dinero para compartir en
alimentos; otra situación que marca la impotencia de los protagonistas, es cuando
deciden vengarse del taxista que se aprovecha de los asaltos en los que los hace
participar, llevando al taxista a un camino de tierra paralelo a un basural en donde lo
golpean y le quitan las armas para poder realizar robos sin tener que rendirle cuentas
a este. Es en ese momento donde se realizó un pase de robos menores y de
narcomenudeo, a una instancia de mayor complejidad que supone el asalto de un local
bailable para en este caso respecto al Cordobés y su pareja poder irse del país y tener
una vida mejor.

Asimismo, se observa que la situación de Sandra, la única mujer protagonista de esta


película, no es la misma que la de los jóvenes ya que ésta posee una casa familiar
donde si bien es maltratada por su padre violento, le otorga un estatus social diferente.
Esto también se observa en los relatos entre la joven y el cordobés, cuando Sandra
anhela una relación familiar haciendo alusión a su embarazo y le pide a su novio que
deje de robar y busque trabajo.

Se observa que Sandra no aprueba los actos delictivos del grupo con el que se
relaciona. Los jóvenes reconocen la maldad de su comportamiento delictivo, saben
que lo que están haciendo está mal, ante ello elaboran técnicas de neutralización para
justificar su desviación, esto se percibe en el cordobés ante los rodeos que da para no
confesarle a Sandra, que no ha cumplido con la promesa de no robar mas .
Las organizaciones criminales están enredadas a la vida cotidiana, conviven con otras
organizaciones, por ello sus miembros pueden entablar relaciones entre otros
criminales, con pibes de las esquinas, con la policía o con políticos locales. Esas
organizaciones no son mundos cerrados, son mundos conectados entre y con otros
mundos: el de la política, el policial, y de las bandas. Pero también con otros espacios
de la vida cotidiana como las cafeterías, las barberías, etc., sus vínculos están
basados en un sistema de favores u obligaciones mutuas. Quien hace un favor genera
una obligación que tarde o temprano deberá ser pagada.

Este sistema de corrupción se ve reflejado en la película, cuando el policía se acerca


al automóvil descompuesto en el que se escapa la banda luego de cometer el asalto al
restaurante; el policía ayuda a uno de los delincuentes a arrancar el auto y luego, al
pedirle la documentación para circular al conductor, ante la falta de ella les pide coima
para dejarlos continuar el viaje.

El delito está hecho de libertad, pero también necesidad, está hecho de conciencia y
pasiones. La búsqueda de alegría o la necesidad de inspirar temor para luego
controlarlo son datos que no hay que perder de vista a la hora de comprender el
crimen desde el punto de vista de sus actores. La película refleja como ante los
asaltos realizados a los pasajeros del taxi, los jóvenes sienten rebajados en su orgullo,
su autoestima. En esas condiciones, la transgresión, a veces violenta, es la estrategia
subjetiva para levantar la autoestima, para invertir, aunque solo sea por un momento
(mientras dure el delito), la situación de dominación y humillación. Ahora es el joven el
que humilla al adulto, al pasajero, el pobre el que doblega al rico.

La víctima no se da cuenta que le ha tocado “pagar cuentas ajenas”; el delito, es


vivido como un momento violento, la víctima se convierte en objeto, el victimario
también se da cuenta que él mismo, es objeto de discriminación, descalificación; pero
se convierte en sujeto y empieza a existir, se impone. El humillado (objeto) empieza a
humillar (sujeto). El resentido (sujeto) empieza a humillarse (objeto). Se produce una
suerte de enroque entre los términos. En el acto de violentar al otro, de agredirlo o
“bardearlo” se invierten los papeles. Y aunque esa inversión sea más aparente que
real, dura lo que lleva el acto consumarse, le alcanza para elevar la moral, levantar la
autoestima. Esto se observa en el trato que los jóvenes tienen hacia los pasajeros
asaltados en el taxi, a los que roban en el restaurante y en la bailanta. A través del
delito desarrollan masculinidades se obtiene respeto, se va componiendo “una cultura
de la dureza” para protegerse de la humillación que genera el resentimiento y la
estigmatización social.
Como reflexión final podemos observar que cuando las clases dirigentes no pueden
dirigir y encuentran dificultades para ganarse la adhesión de los sectores subalternos,
suelen construir chivos expiatorios tratando de desplazar la cuestión social por la
cuestión policial, haciendo derivar la atención hacia otros problemas menores que
tienen la capacidad de ganarse la atención y la adhesión de aquellos sectores más
acomodados debido a que se trata de problemas que involucran valores que no están
dispuestos a resignar, entonces se crea la atmósfera perfecta para el control social,
habilitando y justificando las respuestas punitivas .

Son los sectores que detentan el poder los que contribuyen a generar un contexto en
el que se considera que el asalto callejero es el creciente malestar social, donde son
los jóvenes pobres en este caso los autores del “asalto callejero”. Esta situación cobra
sentido ante la intervención de los medios de comunicación, adquiriendo mayor
protagonismo en la definición de los problemas públicos y en la construcción de la
sensación de inseguridad en la agenda pública y habitando al sistema punitivo.

Esto se evidencia al final de la película cuando dos de los protagonistas son


asesinados por la policía.

La criminología nos invita a reflexionar críticamente sobre la relación juventud y delito,


una relación que no es lineal, que hay que mirarla en un contexto determinado desde
las profundas transformaciones sociales, culturales, económicas y políticas, mirarla
desde la perspectiva de los propios actores, desde sus múltiples vivencias.

Es sabido que el delito no se resuelve con más policías en las calles, con más
cárceles, hay que ensayar otras estrategias que involucre a los jóvenes, a la
comunidad y a las instituciones sociales teniendo en cuenta el contexto donde se
desarrollan estos conflictos, leyendo las diferentes miradas y sentires de los actores
involucrados.
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