Manual MOD2
Manual MOD2
CIBERDELINCUENCIA
LEGISLACIÓN APLICABLE EN CASOS DE CIBERACOSO Y
CIBERDELINCUENCIA
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INDICE
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LEGISLACIÓN APLICABLE EN CASOS DE CIBERACOSO Y
CIBERDELINCUENCIA
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MÓDULO 2. LEGISLACIÓN APLICABLE EN CASOS DE
CIBERACOSO Y CIBERDELINCUENCIA
1. LEGISLACIÓN ESPAÑOLA SOBRE CIBERACOSO
Comenzamos este nuevo módulo, poniendo el acento sobre la realizad jurídica existente en nuestro
país, teniendo en especial consideración la complejidad de la materia, ya que estamos en un tablero
internacional y globalizado, así como la facilidad de operar
desde el anonimato por parte de los infractores de este
tipo de delitos. Cada año, las cifras de personas que se
quitan la vida o bien son asesinadas por su pareja, son del
todo inadmisibles, si bien el sistema ofrece importantes
mecanismos de protección y asesoramiento a las víctimas
de violencia de género, es decir, nuestro sistema está más
preparado policial y judicialmente para afrontar esta
problemática en comparación con los intentos de autolisis
que desgraciadamente acaban en un fatal desenlace por
haber sido víctima del ciberacoso o ciberbullying.
Pues bien, centrándonos en lo que nos interesa como es el ciberacoso o ciberbullying que en muchas
ocasiones termina con el suicidio de quien lo padece, como es el caso de la joven de un pueblo de
Jaén que se suicidio tras interponer 4 denuncias ante las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado,
sin que se haya hecho nada para impedirlo y cuyos familiares están llevando a cabo una ardua lucha
para conseguir el castigo del presunto culpable consiguiendo que su caso tenga una considerable
repercusión mediática o el caso de un menor de Castellón que vivió un auténtico calvario, lo que
aparentemente parece ser un simple ciberacoso o ciberbullying, pudiera ser que fuera calificado
como otro delito mucho más grave.
Recordemos que el ciberacoso o ciberbullying puede ser definido como la intimidación psicológica u
hostigamiento que se produce entre pares mantenida en el tiempo y cometida con cierta regularidad,
utilizando como medio las tecnologías de la información y comunicación. Sin duda alguna estas
situaciones ocasionan en las víctimas un efecto psicológico devastador llegando a ocasionar la muerte
de quien lo sufre.
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Estas conductas pueden darse en diferentes ámbitos como el sexual, escolar o laboral. Respecto al
ciberacoso o ciberbullying sexual se recoge en el artículo 183.1 ter del Código Penal el cual castiga a:
“El que a través de Internet, del teléfono o de cualquier otra tecnología de la información y la
comunicación contacte con un menor de dieciséis años y proponga concertar un encuentro con el
mismo a fin de cometer cualquiera de los delitos descritos en los artículos 183 y 189, siempre que la
propuesta se acompañe de actos materiales encaminados al acercamiento, será castigado con la pena
de uno a tres años de prisión o multa de doce a veinticuatro meses, sin perjuicio de las penas
correspondientes a los delitos en su caso cometidos” .
“Las penas se impondrán en su mitad superior cuando el acercamiento se obtenga mediante coacción,
intimidación o engaño”
De igual modo, el Código Penal contiene otras conductas que hacen referencia al delito de acoso de
forma insistente y reiterada en el artículo 172 ter del mismo texto legal el cual dispone que:
“1. Será castigado con la pena de prisión de tres meses a dos años o multa de seis a veinticuatro
meses el que acose a una persona llevando a cabo de forma insistente y reiterada, y sin estar
legítimamente autorizado, alguna de las conductas siguientes y, de esta forma, altere el normal
desarrollo de su vida cotidiana:
2. Cuando el ofendido fuere alguna de las personas a las que se refiere el apartado 2 del artículo 173,
se impondrá una pena de prisión de uno a dos años, o trabajos en beneficio de la comunidad de
sesenta a ciento veinte días. En este caso no será necesaria la denuncia a que se refiere el apartado 4
de este artículo.
3. Las penas previstas en este artículo se impondrán sin perjuicio de las que pudieran corresponder a
los delitos en que se hubieran concretado los actos de acoso.
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4. Los hechos descritos en este artículo sólo serán perseguibles mediante denuncia de la persona
agraviada o de su representante legal.
5. El que, sin consentimiento de su titular, utilice la imagen de una persona para realizar anuncios o
abrir perfiles falsos en redes sociales, páginas de contacto o cualquier medio de difusión pública,
ocasionándole a la misma situación de acoso, hostigamiento o humillación, será castigado con pena
de prisión de tres meses a un año o multa de seis a doce meses. Si la víctima del delito es un menor o
una persona con discapacidad, se aplicará la mitad superior de la condena.”
Pues bien, como ya hemos reseñado con anterioridad, no siempre las conductas descritas en estos
preceptos pueden dar como resultado la condena que se contempla en los mismos, pues puede
ocurrir que sean calificadas por otros delitos mucho más graves que contemplan una mayor pena
como un delito de homicidio del artículo 138.1 del Código Penal el cual dispone que:
“El que matare a otro será castigado, como reo de homicidio con la pena de prisión de diez a quince
años”.
O un delito del artículo 143 del Código Penal el cual establece que:
1. El que induzca al suicidio de otro será castigado con la pena de prisión de cuatro a ocho años.
2. Se impondrá la pena de prisión de dos a cinco años al que coopere con actos necesarios al suicidio
de una persona.
3. Será castigado con la pena de prisión de seis a diez años si la cooperación llegara hasta el punto de
ejecutar la muerte.
4. El que causare o cooperare activamente con actos necesarios y directos a la muerte de una persona
que sufriera un padecimiento grave, crónico e imposibilitarte o una enfermedad grave e incurable, con
sufrimientos físicos o psíquicos constantes e insoportables, por la petición expresa, seria e inequívoca
de esta, será castigado con la pena inferior en uno o dos grados a las señaladas en los apartados 2 y
3.
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La sentencia a la que acabamos de aludir analiza los siguientes hechos:
“el acusado contactó a través de WhatsApp con el menor de 17 años enviándole 119 mensajes en
menos de 3 horas con ánimo de amedrentarlo con expresiones descalificables y obscenas,
comunicándole reiteradamente el menor al acusado que si continuaba así se iba a suicidar. Pero el
acusado, sabedor de la angustia y desasosiego que estaba produciendo al menor, hasta el extremo de
querer quitarse la vida, y aceptando conscientemente que el menor acabara suicidándose como le
había anunciado, continuó mandándole mensajes hostigadores y humillantes. Esta situación de
permanente hostigamiento y chantaje emocional provocó que el menor se suicidara arrojándose al
vacío en el patio interior del edificio de su domicilio. Incluso después de haberse suicidado el menor,
el acusado tuvo la desfachatez de seguir enviándole mensajes similares e incluso fotos simulando
haberle denunciado en la Ciudad de la Justicia de Valencia”.
En resumen, los fundamentos de la sentencia son que el acusado, creó un peligro jurídicamente
desaprobado, y que llevó a la realización del resultado típico. Su acción, es la que hace del todo
peligrosa la situación en la que se encontraba el menor, y fue la que provocó el fatal resultado. Esto
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es lo que constituye lo verdaderamente fundamental para calificar los hechos como un delito de
homicidio.
En este supuesto el acusado ha sido condenado por un delito de homicidio, pero, por hechos
similares en materia de ciberacoso o ciberbulling, debemos preguntarnos ¿podría tener encaje la
conducta que describe en el artículo 143.1 del Código Penal cuando castiga al que induzca al suicidio
de otro? La respuesta sería afirmativa puesto que el sujeto activo realiza una actividad con la
intención de causar la muerte de otro y como instrumento del delito utiliza las redes sociales.
Es importante no perder de vista que, lo que un principio pudiera catalogarse como una situación leve
o casi sin importancia, pueda acabar con un resultado irreparable, como ha ocurrido en los casos a los
que hemos hecho referencia. De ahí la importancia de buscar ayuda y apoyo ante las Fuerzas y
Cuerpos de Seguridad del Estado o ante los Tribunales competentes, con la mayor celeridad, y que
estos traten de evitar con todos sus medios situaciones tan dolorosas, desagradables, irreparables y
difíciles de olvidar.
Entendemos por Violencia Digital a toda aquella acción que mediante medios digitales acose,
amenace o extorsione a cualquier individuo.
La Violencia Digital, es una manifestación indiscriminada, magnificada por el uso de las nuevas
tecnologías e internet, que impide gravemente el goce de derechos y libertades, en donde se
vulneran los derechos básicos en cuanto a telecomunicaciones y que llegan a aislar a la víctima
apartándola de su entorno laboral, profesional, social y personal; ya que todos dependemos del
teléfono o del correo electrónico, con lo que la sociedad tiene que entender que una persona
ciberacosada, sin conocer al ciberagresor, le lleva a vivir situaciones traumáticas que le aíslan de la
sociedad y que bien por vergüenza o necesidad, tanto emocional como económica, no saben cómo
reaccionar ante estos incidentes.
1. Será castigado con la pena de prisión de tres meses a dos años o multa de seis a veinticuatro meses
el que acose a una persona llevando a cabo de forma insistente y reiterada, y sin estar legítimamente
autorizado, alguna de las conductas siguientes y, de este modo, altere gravemente el desarrollo de su
vida cotidiana:
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1.ª La vigile, la persiga o busque su cercanía física.
2.ª Establezca o intente establecer contacto con ella a través de cualquier medio de comunicación, o
por medio de terceras personas.
3.ª Mediante el uso indebido de sus datos personales, adquiera productos o mercancías, o contrate
servicios, o haga que terceras personas se pongan en contacto con ella.
4.ª Atente contra su libertad o contra su patrimonio, o contra la libertad o patrimonio de otra persona
próxima a ella. Si se trata de una persona especialmente vulnerable por razón de su edad,
enfermedad.”
¿Qué es el ciberacoso/Stalking?
2. Acoso sexual. El que tiene por objeto obtener los favores sexuales de una persona, cuando quien lo
realiza se halla en posición de superioridad respecto a quien lo sufre. El ciberacoso podemos definirlo
como la acción de llevar a cabo “amenazas, hostigamiento, humillación y otro tipo de molestias
realizadas por un adulto contra otro adulto por medio de las nuevas tecnologías como internet,
dispositivos móviles, correo electrónico, redes sociales, etc. Definimos Violencia de Género Digital
como toda aquella agresión psicológica que realiza una persona través de las nuevas tecnologías
como el correo electrónico, sistemas de mensajería como WhatsApp o redes sociales, contra su
pareja o ex pareja de forma sostenida y repetida en el tiempo, con la única finalidad de
discriminación, dominación e intromisión sin consentimiento a la privacidad de la víctima.
Hay que destacar que para que una acción sea catalogada como “ciberacoso o violencia de género
digital” deben existir agresiones (amenazas, insultos, extorsiones, robos de contraseñas, suplantación
de identidad, etc.) a través de las nuevas tecnologías y de forma reiterada, con la única finalidad de
socavar la autoestima y la dignidad personal de la víctima, provocándole así una victimización
psicológica, estrés emocional y rechazo social.
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El Ciberacoso puede ser especialmente doloroso y ofensivo incluso más que el físico, ya que suele ser
de carácter anónimo y es muy difícil identificar al acosador. La gente puede ser atormentada durante
las 24 horas del día y los siete días de la semana, cada vez que mire el teléfono o el ordenador. A
veces, puede no ser consciente de lo que se dice a sus espaldas o de dónde procede el ciberacoso.
El ciberacoso resulta más fácil de cometer que otros tipos de acoso, puesto que el acosador no tiene
que enfrentarse cara a cara a su víctima.
1. Ciberacoso
Publican información falsa sobre las víctimas en diferentes sitios web y redes sociales
Los ciberacosadores pueden espiar el entorno social y afectivo de la víctima para obtener información
personal de ella. De esta forma, conocen el resultado de sus agresiones y cuáles son los rumores que
más efecto están teniendo en la víctima. A menudo monitorizarán las actividades de la víctima e
intentarán rastrear su dirección de IP, móviles y ordenadores en un intento de obtener más
información sobre ésta.
Manipulan a otros para que acosen a la víctima. La mayoría de ciberacosadores tratan de implicar a
terceros en el hostigamiento. Si consigue este propósito, y consigue que otros hagan el trabajo sucio
hostigándole, haciéndole fotos o vídeos comprometidos, es posible que use la identidad de éstos en
las siguientes difamaciones, incrementando así la credibilidad de las falsas acusaciones, y
manipulando al entorno para que crean que se lo merece.
Falsa victimización. El ciberacosador puede alegar que la víctima le está acosando a él.
Ataques sobre datos y equipos informáticos. Ellos buscan infiltrarse en los dispositivos informáticos y
redes sociales de la víctima.
El ciberacoso no tiene un propósito justificado, más que aterrorizar a la víctima, aunque muchos
ciberacosadores están convencidos de que tienen una causa justa para acosarla, usualmente en la
base de que la víctima merece ser castigada por algún error o desobediencia que dicen que ésta ha
cometido.
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Repetición: El ciberataque no es un sólo un incidente aislado. Repetición es la clave del ciberacoso.
Un ciberacoso aislado, aun cuando pueda estresar, no puede ser definido como un caso de
ciberacoso.
No es necesaria la proximidad física con la víctima. El ‘ciberacoso’ es un tipo de acoso psicológico que
se puede perpetrar en cualquier lugar y momento sin necesidad de que el acosador y la víctima
coincidan ni en el espacio ni en el tiempo.
1. Distribución por la red de una imagen de carácter sexual para perjudicar la reputación de la
víctima
2. Publicar en un sitio web información personal (falsa o verdadera) donde pueda estigmatizar y
ridiculizar a la víctima
3. Crear perfiles falsos en internet en nombre de la víctima para compartir contenidos
pornográficos u ofertas sexuales explícitas.
4. Suplantar la identidad de la víctima por las redes sociales.
5. Con frecuencia los ciberacosadores engañan a las víctimas haciéndose pasar por amigos o por
una persona conocida con la que acuerdan un encuentro digital para llevar a algún tipo de
acoso online.
6. Divulgar por Internet grabaciones con móviles o cámara digital en las que se intimida, pega,
agrede, persigue, etc. a una persona. El agresor se complace no sólo del acoso cometido sino
también de inmortalizarlo, convertirlo en objeto de burla y obtener reconocimiento por ello.
Algo que se incrementa cuando los medios de comunicación se hacen eco de ello.
7. Dar de alta en determinados sitios web la dirección de correo electrónico de la persona
acosada para convertirla en blanco de spam, contactos con desconocidos, etc.
8. Asaltar el correo electrónico de la víctima accediendo a todos sus mensajes o, incluso,
impidiendo que el verdadero destinatario los pueda leer.
9. Enviar mensajes ofensivos y hostigadores a través de e-mail, WhatsApp o redes sociales.
10. Perseguir e incomodar a la persona acosada en los espacios de Internet que frecuenta de
manera habitual.
11. Acosar a través de llamadas telefónicas silenciosas, o con amenazas, insultos, con alto
contenido sexual, colgando repetidamente cuando contestan, en horas inoportunas, etc.
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Debido a la dependencia tecnológica que cada vez es mayor, hoy en día, no suele haber ningún lugar
en donde esconderse de los ciberacosadores. El ciberacoso puede ocurrir en casa, en el centro de
estudios o en cualquier otro lugar donde una persona se pueda conectar a internet.
La particularidad adicional del ciberacoso es el uso principalmente de las nuevas tecnologías. Debido
al alcance, difusión, y masificación del uso de Internet, se puede dar ciberacoso prácticamente en
todos los ámbitos en los que se mueve una persona ya sea personal o profesional.
Una manifestación muy común de violencia de género digital, sobre todo entre los jóvenes es el
control que tienen los ciberacosadores de los dispositivos móviles de la víctima.
En ocasiones la propia víctima lo aceptaba porque que no era consciente que estaba sufriendo una
relación abusiva y controladora, en la que consideraban “normal” el control total de parte de sus
parejas de sus dispositivos móviles, llamadas, WhatsApp y redes sociales. Ellas mismas aceptaban
como prueba de amor que sus parejas les obligasen a borrar sus contactos de WhatsApp o redes
sociales e incluso les chantajeasen con publicar algo en su Facebook simplemente por celos e
inseguridades.
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2. Ciberbullying
Se define Ciberbullying como el uso de los medios telemático (internet, telefonía móvil, etc.) para
ejercer el acoso psicológico entre iguales.
Hay que destacar que este tipo de violencia digital se produce a lo largo del periódico escolar y se
refiere al uso de las redes sociales, sitios web o blogs para difamar o acosar a compañeros de escuela
o, a personas perteneciente al mismo grupo, SIN QUE INTERVENGAN PERSONAS ADULTAS.
Ahora bien, no olvidemos que en este tipo de violencia digital el ciberacosador es un menor. A este
aspecto, la regulación penal aplica la siguiente legislación en función de la edad del sujeto autor del
delito.
3. Grooming
El grooming al contrario del Ciberbullying es un tipo de ciberacoso realizado por un adulto hacía un
menor con un objetivo de índole sexual. Si bien vamos a tratar en mayor detalle este tipo delictivo al
tratarse de mayor complejidad derivado de la especial vulnerabilidad de la víctima.
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Si ya de por sí, el Ciberbullying es una modalidad de ciberacoso que conlleva un peligro en los
menores de edad, las personas involucradas son menores de edad. En cambio, cuando hablamos de
Grooming el acosador es un adulto y existe una intención sexual para con el menor.
1. Una primera fase llamada “Fase de Amistad”. La primera toma de contacto entre el
ciberacosador y el menor de edad para conocer sus gustos, preferencias, pero sobre todo crear
un vínculo de amistad con el objetivo de ganarse la confianza del menor.
2. Pasamos a una Fase de Relación: En esta fase el atacante se ha ganado la confianza del menor,
y profundiza en detalles de su vida personal.
3. Fase Sexual: El atacante empieza a tener conversaciones de carácter sexual con el menor, y
sobre todo peticiones de participación en prácticas sexuales, grabación de imágenes y videos o
toma de fotografías de índole sexual.
El grooming puede ser considerado como un delito dentro de los denominados exhibicionismo,
difusión y corrupción de menores, regulado expresamente en los artículos 185, 186 y 189 del Código
Penal.
El acoso escolar en nuestro país ha existido, existe al día de hoy y, lamentablemente, seguirá
existiendo si no se consiguen adoptar las medidas adecuadas y se dotan a los agentes que deben
intervenir de los recursos necesarios para su prevención, detección e intervención, y si no nos
implicamos todos en su erradicación. El suicidio del adolescente Jokin Ceberio en Hondarrubia (año
2004), víctima de acoso escolar, hizo tomar conciencia de este problema en nuestro país por primera
vez. Al día de hoy, aún no disponemos de datos o cifras oficiales que nos ayuden a valorar la
magnitud de este problema.
Este informe, al igual que los otros dos publicados en 2016 en relación a esta problemática, son los
únicos informes a nivel nacional que han sido elaborados teniendo en cuenta la experiencia de los
afectados, tanto de los menores de edad que sufrían este tipo de violencia como de sus familiares.
Durante esos cuatro años, el Teléfono ANAR atendió 113.374 llamadas relacionadas con el acoso
escolar, que dieron lugar a 3.933 casos donde un menor de edad estaba siendo víctima de acoso o
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ciberacoso escolar y necesitaba de la orientación, ayuda e, incluso, intervención de los profesionales
del Teléfono ANAR. Sólo en el año 2016, se han atendido 52.966 llamadas relacionadas con acoso
escolar (lo que supone un incremento del 128% con respecto al año 2015) y se han abordado 2.570
casos (lo que supone un incremento del 87,7% con respecto al año 2015).
Por otro lado, el informe de la Fundación Save The Children publicado en febrero de 2016, se basa en
la encuesta de 21.487 estudiantes de la ESO de entre 12 y 16 años. De acuerdo a ese informe, un
9,3% de esos estudiantes ha sufrido acoso y un 6,9% ciberacoso. Si estos resultados se extrapolan al
conjunto de la población, el número de víctimas se eleva a 111.000 y 82.000 menores de edad
respectivamente. Ante estos datos, debemos hablar no de hechos aislados sino de un fenómeno
social que afecta a todos los centros escolares públicos y privados y del que, al día de hoy, todos
estamos concienciados. Terminar con el acoso escolar es responsabilidad de todos.
Los expertos señalan que la violencia entre iguales deja más secuelas en los menores que la sufren,
que aquélla que pudiera ejercer sobre ellos un adulto y, si la situación no se trata desde el primer
momento que se detecta y de forma adecuada, puede producir traumas en la vida adulta. El acoso y
ciberacoso escolar deja secuelas en los niños y niñas que lo sufren y constituye un atentado contra su
dignidad y una clara vulneración de sus derechos fundamentales (art. 10.1 CE).
La definición de acoso escolar. Antes de abordar cualquier análisis sobre este fenómeno social es
importante delimitar los conceptos de acoso y ciberacoso escolar, para saber cuándo estamos en
presencia de un caso de este tipo. Como definición podemos entender “El acoso es una conducta de
persecución física y/o psicológica que realiza un alumno contra otro, al que elige como víctima de
repetidos ataques. Esta acción, negativa e intencionada, sitúa a la víctima en una posición de la que
difícilmente puede salir por sus propios medios”.
De acuerdo con esta definición, para estar en presencia de un caso de acoso y ciberacoso escolar
deben concurrir las siguientes características:
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de un dispositivo móvil. Ya desde la Fiscalía general del Estado, mediante La Instrucción 10/2005,
sobre el tratamiento del Acoso Escolar desde el Sistema de Justicia Juvenil señala lo siguiente: “(...)
debe deslindarse el acoso escolar de los incidentes violentos, aislados u ocasionales entre alumnos o
estudiantes. El acoso se caracteriza, como regla general, por una continuidad en el tiempo, pudiendo
consistir los actos concretos que lo integran en agresiones físicas, amenazas, vejaciones, coacciones,
insultos o en el aislamiento deliberado de la víctima, siendo frecuente que el mismo sea la resultante
del empleo conjunto de todas o de varias de estas modalidades. La igualdad que debe estructurar la
relación entre iguales degenera en una relación jerárquica de dominación-sumisión entre acosador/es
y acosado. Concurre también en esta conducta una nota de desequilibrio de poder, que puede
manifestarse en forma de actuación en grupo, mayor fortaleza física o edad, aprovechamiento de la
discapacidad de la víctima, etc.”.
Por lo que respecta al ciberacoso escolar o ciberbullying, éste comparte las mismas características
que el acoso escolar tradicional (antes enunciadas), si bien este tipo de acoso escolar tiene unas
características propias que lo hacen diferente del otro:
✓ La utilización de las nuevas tecnologías por los acosadores, fundamentalmente, las redes
sociales y los chats.
✓ La aparición de otro tipo de daños como la vulneración o el ataque a la intimidad y privacidad
del menor, por ejemplo, con la difusión de fotos o videos comprometidos de él sin su
consentimiento.
✓ Los menores testigos o espectadores son muchos más que en el acoso escolar tradicional.
✓ Este acoso se puede realizar en cualquier momento y desde cualquier lugar, de tal forma, que
no solo se produce en el entorno escolar, sino que continúa después, no cesa y persigue al
menor hasta su casa y hasta la hora de dormir, lo cual agrava el daño psicológico en el menor
de edad víctima (puede llegar a tener un alcance de 24 horas los 7 días del año).
Actualmente, el Código Penal no prevé un tipo penal de “acoso escolar”. Por este motivo, a la hora de
dictar sentencias condenatorias por conductas constitutivas de acoso o ciberacoso escolar, nuestros
Juzgados y Tribunales aplican diferentes tipos penales ya existentes en el Código Penal dependiendo
de la situación e intensidad del acoso, siendo además bastante frecuente que estemos en presencia
de un concurso real de delitos. Estos tipos penales son los siguientes: Jóvenes:
En los últimos años, hemos conocido a través de los medios de comunicación casos graves de acoso
escolar que han ocurrido en nuestro país, que han conmocionado a la sociedad civil y ha hecho
reaccionar a las instituciones. En cinco de estos casos, la víctima terminó quitándose la vida como ya
hemos analizado con anterioridad.
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Ya hay una amplia jurisprudencia hacia el acoso escolar en otros países, donde el/la menor de edad
acababa perdiendo la vida como consecuencia de las lesiones sufridas. En un caso así podríamos
hablar, en función de los hechos e intencionalidad, de un homicidio doloso (art.138 CP), de un
homicidio por imprudencia grave (art.142 CP) o, incluso, de un asesinato (art.139 CP) si concurre
alguna de las circunstancias que se enumeran en ese artículo. Art. 143.
Delito de inducción al suicidio. El acoso escolar causa en casi todos los menores de edad que lo sufren
unos daños psicológicos que, dependiendo de la gravedad o duración del mismo, pueden ser de
mayor o menor medida, provocando en el peor de los casos ideaciones o intentos de suicidio. “El
miedo intenso y paralizante y el rechazo al contexto escolar va a desencadenar problemas de
rendimiento muy característicos, ansiedad, baja autoestima y, en último extremo, conductas
autolesivas, pensamientos de suicidio e incluso intentar terminar con su vida como forma de huir y de
acabar con la situación de acoso escolar. Este comportamiento extremo se observó en casi el 10% de
las víctimas de acoso escolar incluido el ciberbullying, lo que muestra la gravedad y grado de
desesperación con la que en muchos casos llegan a nosotros los niños y adolescentes”, según la
Fundación ANAR y Fundación Mutua Madrileña.
Por este motivo, uno de los posibles delitos cuya comisión se valora ante un caso de acoso escolar
que, desgraciadamente, termine con el suicidio del menor de edad víctima, es el de inducción al
suicidio. Ahora bien, debemos tener presente que, para estar en presencia de este delito, los
Tribunales comparten el criterio de que es no es posible la inducción por dolo eventual, sino que es
necesario que haya existido un dolo directo. Siguiendo este criterio, en el caso de Jokin, la Audiencia
Provincial de Guipúzcoa, en su Sentencia 178/2015, vino a confirmar la condena de acoso escolar,
pero sin embargo consideró la no existencia de un delito de inducción al suicidio porque los
acosadores no le maltrataron para que se suicidase, ni tenían la intención de despertar en él
ideaciones suicidas.
En términos generales. El principal tipo de acoso escolar observado por los profesionales, han sido los
insultos y palabras ofensivas. No obstante, son frecuentes también las agresiones físicas, mediante
golpes, patadas y empujones. Es decir, en los casos de acoso escolar tradicional, el que se produce
presencialmente, se siguen viendo agresiones físicas que llegan a constituir delitos de lesiones.
Las amenazas y coacciones también son habituales en los casos de acoso escolar y ciberacoso escolar.
Las amenazas, en los casos de acoso escolar, suelen ser contra la integridad física del menor o la de su
familia (“si lo cuentas te enteras…”, “el próximo tu hermanito…”), o contra su intimidad como, por
ejemplo, la amenaza de contar, publicar o difundir conversaciones, imágenes o vídeos
comprometidos de la víctima que de forma subrepticia o no están en posesión del acosador o
acosadores.
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Las coacciones constituyen todas aquellas conductas de acoso escolar que buscan que la víctima
realice actos contra su voluntad. Es habitual encontraros con casos de vejaciones, muchas veces de
carácter sexual, que van acompañadas de amenazas para conseguir que el/la menor víctima guarde
silencio, que no lo cuente, ni pida ayuda a ningún adulto. Con ellas, el acosador busca ejercer un
dominio sobre su víctima sometiéndola a su voluntad y haciéndose así poderoso frente a los demás.
De esta forma, se produce ese desequilibrio de poder del que antes hablábamos necesario para estar
ante una situación de acoso o ciberacoso escolar.
La Ley Orgánica 1/2015 ha introducido en el artículo 172. ter del Código Penal este nuevo delito que
tipifica conductas graves que, en muchas ocasiones, no podían ser calificadas por los Tribunales como
delitos de amenazas o coacciones. Hay autores que señalan que a través de este nuevo tipo penal, “se
trata de regular todos aquellos supuestos en los que, sin llegar a producirse necesariamente el
anuncio explícito de causar un mal, (esto es la amenaza en particular), o sin que se haya ejecutado el
acto de violencia que exige la coacción, sin embargo se producen conductas que son reiteradas en el
tiempo y por medio de las cuales, se menoscaba gravemente la libertad y sentimiento de seguridad
de la víctima, a la que se somete por ello a persecuciones, vigilancias constantes, llamadas reiteradas
u otros actos de hostigamiento”.
“El que infligiera a otra persona un trato degradante, menoscabando gravemente su integridad moral
será castigado con la pena de prisión de seis meses a dos años”.
La jurisprudencia, como ejemplo la STS núm. 819/2002 (Sala de lo Penal), de 8 mayo, considera que el
delito de trato degradante requiere la presencia de dos elementos: Jóvenes: bullying y ciberbullying:
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En el acoso escolar, la violencia persistente, con el empleo combinado de medios físicos y psíquicos,
supone una dinámica de dominación que busca la denigración y exclusión de la víctima, de contenido,
por lo tanto, a un específico trato degradante.
Lamentablemente, en el contexto del acoso escolar, se han llegado a producir actos contra la
indemnidad y libertad sexual del menor o de la menor víctima constitutivos de un delito de agresión,
abuso sexual o grooming (embaucamiento con fines sexuales a una menor de 16 años).
Como todos hemos podido ver y comprobar, los chicos y chicas adolescentes desean tener un
teléfono móvil que les permita estar en los chats y redes sociales en los que están sus compañeros y
amigos. Suelen tener siempre un perfil muy activo, suben constantemente fotos, vídeos y
comentarios, buscan a través de todo ello su visibilidad o, incluso, su popularidad y, así, sentirse parte
de su grupo de iguales y no excluido.
La baja percepción de riesgos en la adolescencia provoca que muchos jóvenes no vean las
consecuencias de volcar en las redes sociales toda su privacidad e intimidad y de hacerse o dejarse
hacer fotos o vídeos de carácter íntimo, incluso, sexual utilizando cualquier dispositivo móvil.
Tampoco ven riesgo en compartir esa información, fotos o vídeos privados de otros sin su
consentimiento, ni son conscientes de las implicaciones legales que eso puede conllevar. En los casos
de ciberacoso escolar es frecuente ver que los acosadores amenazan o, incluso, llegan a difundir o
publicar esas imágenes o vídeos comprometidos que, si bien se obtuvieron inicialmente con el
consentimiento de la víctima, su difusión no ha sido
consentida.
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estábamos en presencia de un delito, por lo que la persona afectada solo podía acudir a la jurisdicción
civil para reclamar una posible indemnización por los daños y perjuicios morales causados como
consecuencia de esa difusión, pero ahora ya sí es posible el reproche penal.
El apartado 7 del artículo 197 del C.P. ha sido modificado por la LO 10/2022, de 6 de septiembre, con
efectos desde el 07/10/2022.
El bien jurídico protegido es el derecho a la intimidad, protegido por el apartado 1 del artículo 18 de
la C.E., que garantiza el derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen.
" (...) forman parte de los bienes de la personalidad que pertenecen al ámbito de la vida privada.
Salvaguardan estos derechos un espacio de intimidad personal y familiar que queda sustraído a
intromisiones extrañas, destacando la necesaria protección frente al creciente desarrollo de los
medios y procedimiento de captación, divulgación y difusión de la misma y de datos y circunstancias
que pertenecen a la intimidad".
Asimismo, con respecto al derecho a la propia imagen, destaca en su sentencia, núm. 437/2011, 29
de junio, que:
"(...) es de especial interés lo resuelto en la STS de 11 de abril de 1987, citada en otras posteriores,
según la cual el Derecho a la propia imagen consiste en la facultad exclusiva del interesado a difundir
o publicar su propia imagen y por ende su Derecho a evitar su reproducción; se trata de un Derecho
de la personalidad y se entiende por imagen la representación gráfica de figura humana mediante un
procedimiento mecánico o técnico de reproducción".
"(...) en los que las imágenes o grabaciones de otra persona se obtienen con su consentimiento, pero
son luego divulgados contra su voluntad, cuando la imagen o grabación se haya producido en un
ámbito personal y su difusión, sin el consentimiento de la persona afectada, lesione gravemente su
intimidad".
La fiscalía general del Estado, en su Circular 3/2017, expresa claramente que, no se requiere que se
trate de imágenes o grabaciones con connotaciones sexuales, sino referidas a la intimidad, como por
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ejemplo: situación económica, enfermedad, etc. La STS 70/2020, de 24 de febrero, (ponente Manuel
Marchena), se pronuncia en el mismo sentido señalando que no es estrictamente necesario el
carácter sexual en la difusión de las imágenes para identificar la conducta típica, aunque sea el
supuesto que más predomine. El art. 197.7 alude a contenidos cuya divulgación menoscabe
gravemente la intimidad personal?. La esfera sexual es, desde luego, una de las manifestaciones de lo
que se ha denominado el núcleo duro de la intimidad, pero no la única.
Así, el apartado séptimo del artículo 197 del Código Penal dispone (desde el 07/10/2022):
«7. Será castigado con una pena de prisión de tres meses a un año o multa de seis a doce meses el
que, sin autorización de la persona afectada, difunda, revele o ceda a terceros imágenes o
grabaciones audiovisuales de aquélla que hubiera obtenido con su anuencia en un domicilio o en
cualquier otro lugar fuera del alcance de la mirada de terceros, cuando la divulgación menoscabe
gravemente la intimidad personal de esa persona.
Se impondrá la pena de multa de uno a tres meses a quien habiendo recibido las imágenes o
grabaciones audiovisuales a las que se refiere el párrafo anterior las difunda, revele o ceda a terceros
sin el consentimiento de la persona afectada.
En los supuestos de los párrafos anteriores, la pena se impondrá en su mitad superior cuando los
hechos hubieran sido cometidos por el cónyuge o por persona que esté o haya estado unida a él por
análoga relación de afectividad, aun sin convivencia, la víctima fuera menor de edad o una persona
con discapacidad necesitada de especial protección, o los hechos se hubieran cometido con una
finalidad lucrativa».
Pues bien, en relación al núcleo de la conducta punible, debemos entender el verbo "difundir" como
sinónimo de "extender, propagar, o divulgar a una pluralidad de personas"; mientras que los verbos
revelar o ceder "son perfectamente compatibles con una entrega restringida a una única persona".
STS, núm. 70/2020, de 24 de febrero.
Debemos tener presente que, con la última reforma del Código Penal se introduce por primera vez en
nuestra legislación una definición de pornografía infantil (art.189 CP).
“El que para su propio uso adquiera o posea pornografía infantil o en cuya elaboración se hubieran
utilizado personas con discapacidad necesitadas de especial protección, será castigado con la pena de
tres meses a un año de prisión o con multa de seis meses a dos años.
La misma pena se impondrá a quien acceda a sabiendas a pornografía infantil o en cuya elaboración
se hubieran utilizado personas con discapacidad necesitadas de especial protección, por medio de las
tecnologías de la información y la comunicación.”
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De acuerdo con esta definición, aquellas fotos o grabaciones que representen de manera visual a
un/a menor de edad participando en una conducta sexualmente explícita, real o simulada o
representen sus órganos sexuales, serán calificadas como pornografía infantil y su posesión para uso
propio o, incluso, el mero acceso a sabiendas a las mismas constituye un delito penal.
Estaremos ante una calumnia cuando una persona acuse a otra de haber cometido un delito a
sabiendas de que esa acusación es falsa y siempre que la persona a la que se imputa esa comisión y el
delito estén determinados.
La injuria es toda acción o expresión que lesiona la dignidad de otra persona, perjudicando
gravemente su reputación o su autoestima.
“Cuando el autor de los hechos mencionados en los artículos anteriores sea menor de catorce años,
no se le exigirá responsabilidad con arreglo a la presente Ley, sino que se le aplicará lo dispuesto en
las normas sobre protección de menores previstas en el Código Civil y demás disposiciones vigentes.
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El Ministerio Fiscal deberá remitir a la entidad pública de protección de menores testimonio de los
particulares que considere precisos respecto al menor, a fin de valorar su situación, y dicha entidad
habrá de promover las medidas de protección adecuadas a las circunstancias de aquél conforme a lo
dispuesto en la Ley Orgánica 1/1996, de 15 de enero”.
De acuerdo con este precepto, si el Fiscal de Menores recibe una denuncia por acoso o ciberacoso
escolar y comprueba que los menores acosadores no tienen cumplidos los catorce años, procederá al
archivo del expediente, si bien antes pondrá en conocimiento del centro educativo la denuncia y
documentación complementaria, para que sea el propio centro el que active el protocolo contra el
acoso escolar.
Igualmente, podrá dar traslado a los organismos de protección correspondientes para que verifiquen
la situación familiar el menor acosador. Aunque en estos casos no concurra responsabilidad penal sí
existirá, sin embargo, una responsabilidad civil por los daños y perjuicios ocasionados de la que, como
luego veremos, responderá solidariamente el centro escolar y/o los representantes legales del menor
acosador, de acuerdo al artículo 1.903 del Código Civil.
Si los menores acosadores tienen entre 14 y 17 años será de aplicación la Ley Orgánica 5/2000, de 12
de enero, reguladora de la Responsabilidad Penal del Menor y normas complementarias y, en
consecuencia, desde la Fiscalía de Menores se incoará un expediente de reforma para investigar los
hechos y, dependiendo de su gravedad, se podrán adoptar medidas cautelares que pueden dar lugar
al internamiento del menor acosador en un centro de protección.
Tal como viene a señalar desde la judicatura: “una vez que los hechos son denunciados y puestos en
conocimiento del Fiscal, el sistema de justicia penal juvenil debe ofrecer una adecuada respuesta,
tanto al acosador (o acosadores) como a la víctima, que debe girar en torno a tres ejes (los cuales
coinciden parcialmente con los objetivos de la LORRPM), como son los siguientes:
Por último, indicar que si los acosadores son mayores de edad se les podrá exigir responsabilidad
penal y civil conforme al Código Penal, por el proceso penal ordinario regulado en la Ley de
Enjuiciamiento Criminal.
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Aspectos civiles del acoso y ciberacoso escolar
En el relato de los menores y sus familias vamos a encontrar como el acoso escolar está afectando
diariamente a la víctima, en el plano emocional, superando su capacidad de afrontamiento y
reforzando su sentimiento de indefensión que el acosador se va a encargar de potenciar a través de
sus amenazas, para que así, el fenómeno no trascienda. Ansiedad, tristeza, miedo, aislamiento social,
soledad y baja autoestima son las principales secuelas psicológicas detectadas. También el entorno de
la víctima se ve afectado presentando con gran frecuencia problemas similares a las víctimas.
Frente a estos daños, los padres de los/las menores víctimas podrán iniciar las acciones de
responsabilidad civil necesarias para obtener una reparación de los mismos mediante la
correspondiente indemnización.
Para poder seguir adelante en la materia, es conveniente definir la responsabilidad civil como la
obligación de reparar un daño causado a un tercero por acciones u omisiones propios, interviniendo
culpa o negligencia.
El artículo 1.902 del Código Civil señala, en este sentido, lo siguiente: “El que por acción u omisión
causa daño a otro, interviniendo culpa o negligencia, está obligado a reparar el daño causado”.
La responsabilidad civil, a diferencia con la responsabilidad penal, tiene siempre carácter patrimonial,
es decir, al responsable civil se le podrá exigir una cantidad económica en concepto de indemnización
por el daño producido. La responsabilidad civil puede traer causa de un contrato (responsabilidad
contractual) o puede ser exigida sin que exista aquél (responsabilidad extracontractual).
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✓ Es directa cuando la persona autora del daño y la persona responsable es la misma.
✓ Es indirecta cuando a persona autora del daño es diferente a la persona responsable del
mismo.
“Ejercitada sólo la acción penal, se entenderá utilizada también la civil, a no ser que el dañado o
perjudicado la renunciase o la reservase expresamente para ejercitarla después de terminado el juicio
criminal, si a ello hubiere lugar”.
No obstante, si el autor del delito es menor de edad, la responsabilidad civil será asumida
solidariamente por sus padres, por establecerlo así el artículo 1903 del Código Civil:
“los padres son responsables de los daños causados por los hijos que se encuentren bajo su guarda”,
y el art. 61.3 de la Ley 5/2000, de 12 de enero, reguladora de la Responsabilidad Penal del Menor:
“Cuando el responsable de los hechos cometidos sea un menor de dieciocho años, responderán
solidariamente con él de los daños y perjuicios causados sus padres, tutores, acogedores y
guardadores legales o de hecho, por este orden. Cuando éstos no hubieren favorecido la conducta del
menor con dolo o negligencia grave, su responsabilidad podrá ser moderada por el Juez según los
casos”.
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En los casos de acoso y ciberacoso escolar, se le podrá también exigir responsabilidad civil solidaria al
centro escolar por los daños causados por sus alumnos menores de edad durante el tiempo en que se
hallen bajo la vigilancia del profesorado y desarrollando actividades, extraescolares o
complementarias, de acuerdo a lo señalado por el art. 1.903 del Código Civil en su párrafo quinto:
“Las personas o entidades que sean titulares de un Centro docente de enseñanza no superior
responderán por los daños y perjuicios que causen sus alumnos menores de edad durante los períodos
de tiempo en que los mismos se hallen bajo el control o vigilancia del profesorado del Centro,
desarrollando actividades escolares o extraescolares y complementarias.
La responsabilidad de que trata este artículo cesará cuando las personas en él mencionadas prueben
que emplearon toda la diligencia de un buen padre de familia para prevenir el daño.”
Se trata de una responsabilidad civil por hechos ajenos, pero por culpa propia (que se denomina in
educando cuando se trata sobre todo de los padres- y culpa in vigilando –cuando se trata sobre todo
del centro escolar- y esta culpa se presume). Los padres o el centro escolar, pese a no ser los que han
causado los daños, asumen la responsabilidad civil de los mismos por haber desatendido el deber de
vigilancia y de educación de e los menores acosadores que son los que realmente produjeron los
daños. Cabe aquí traer a colación lo señalado por destacados autores donde se afirma:
“Los padres tienen un deber de cuidado, asistencia, compañía y atención que durante ciertos
momentos del día se traslada a otras personas que, en realidad, no hacen sino colaborar con las
familias en el deber de formación académica, personal y social de los menores. Realmente existe una
base de confianza de los padres respecto del centro donde estudia y se forma su hijo que se debe
traducir, entre otras cosas, en un deber de vigilancia del centro respecto del menor, inherente a la
actividad educativa que desarrolla. Es relativamente frecuente, por desgracia, que en este ámbito se
produzcan accidentes de menor o mayor importancia que generan daños y lesiones no sólo de
carácter físico sino también psicológico y moral para el menor e incluso, según la gravedad de los
hechos, también para su familia. La cuestión es delicada porque en ella se ven inmersas personas que
aún no tienen plena capacidad, por falta de edad y de madurez, para discernir lo que objetivamente
puede estar bien o mal, lo que puede ser generador de riesgos o lo que puede causar un resultado
dañoso para ellos mismos o para otra persona. De ahí la necesidad de ese deber de vigilancia, control
y cuidado de los centros educativos”.
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escolar y no los padres, dado que en esos periodos de tiempo los padres no pueden ejercer sus
deberes de vigilar y educar a sus hijos/as, quedando estas funciones traspasadas a los profesionales
del centro docente.
No obstante, cada vez es más frecuente ver que el acoso escolar se produce no solo presencialmente
en el entorno escolar sino también a través de las nuevas tecnologías, mediante la utilización de un
dispositivo móvil. En esto casos, las conductas o acciones lesivas de los acosadores se producen
dentro y fuera del entorno escolar. En estas situaciones, es decir, cuando estamos en presencia de
ciberacoso escolar o ciberbullying, debe considerarse que sí podría ser responsables civiles los padres
junto al centro escolar porque no han observado la diligencia debida en su obligación de educar y
vigilar a sus hijos, controlando el uso por estos de las nuevas tecnologías y enseñándoles a ser
respetuosos con los demás a través de ellas.
No obstante, en este punto hay diversidad de opiniones, existiendo autores que van más allá, al
señalar lo siguiente: “tanto el titular del centro educativo como los padres del menor acosador son
civilmente responsables, y de forma solidaria, de los daños que se hayan derivado del bullying
cometido. En primer lugar, el centro educativo es responsable por culpa in vigilando y por culpa in
educando. No ha vigilado adecuadamente a los menores para evitar que se lleven a cabo este tipo de
conductas que, recordaremos, han de ser reiteradas en el tiempo (…). Y, además, no ha educado
adecuadamente, esto es, no ha adoptado en su colegio las medidas educativas necesarias para
concienciar a sus alumnos de las consecuencias que un comportamiento de acoso puede tener entre
sus compañeros y para sancionarlo en caso de producirse. En segundo lugar, los padres también son
responsables y dicha responsabilidad se fundamenta, en primer término, en la culpa in educando en
que han incurrido con sus hijos. Es cierto que cuando una menor causa daños en el centro educativo,
como regla general, la responsabilidad del titular del centro desplaza la de los padres de aquél. Sin
embargo, puede considerarse que las características especiales de los comportamientos que pueden
ser calificados como bullying, hacen que, en este supuesto concreto, la responsabilidad parental no
quede excluida, sino que concurra, de modo solidario, con la del centro educativo (…)” No obstante lo
anterior, el artículo 1903 del Código Civil, en su párrafo sexto, señala que no concurre esta
responsabilidad civil solidaria de los padres y de los centros escolares “cuando prueben que
emplearon toda la diligencia de un buen padre de familia para prevenir el daño”. Es decir, por lo que
se refiere al centro escolar en un caso de acoso o ciberacoso escolar, únicamente quedarán
exonerados de responsabilidad civil cuando logren acreditar la no existencia del nexo causal entre el
daño ocasionado a la víctima y la actuación de los centros educativos, probando que actuaron de
manera diligente, activando todos los mecanismos de control necesarios para solventar la situación.
Para dar mayor claridad se van a citar dos sentencias dictadas en relación a la responsabilidad civil de
los centros docentes ante casos de acoso escolar.
1.- Sentencia de la Audiencia Provincial de Barcelona, Sección 1ª, nº 28/2010, de 27 de enero, por la
que se condena a un centro escolar a pagar a los demandantes (padres de un alumno de ese centro
víctima de acoso escolar) una indemnización de 13.203 € por los daños morales causados a ese
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menor de edad por parte de otros compañeros del centro escolar. “Los hechos precedentes son
acreditativos de una situación de hostigamiento al menor (…), prolongada en el tiempo, y que ha
persistido incluso después del incidente del día 10 de octubre de 2006, que ha de conllevar
responsabilidad del centro escolar demandada pues excepción hecha de la sanción disciplinaria
impuesta a los responsables de la agresión del día 24 de octubre de 2005, no consta la adopción de
ninguna medida de prevención, ni que por el indicado centro se ideara un plan de actuación y
seguimiento que permitiera conocer y valorar la situación del indicado menor. No puede admitirse el
argumento de la imprevisibilidad ni el de fuerza mayor, a pesar de la dificultad que puedan tener
tanto los profesionales del centro escolar como el núcleo familiar para obtener del menor afectado
información directa y veraz sobre los acontecimientos, pues es bien conocida la natural tendencia al
silencio que aflige a los menores que se hallan en situaciones similares y que ha sido destacada por
los estudiosos del tema y por la propia Fiscalía General del Estado en su Instrucción 10/2005 sobre el
tratamiento del acoso escolar desde el sistema de justicia juvenil, en la que se indica que “el silencio
de las víctimas y de los testigos, cuando no de los propios centros, ha contribuido al desconocimiento
de la magnitud del problema”.
La responsabilidad que debe reiterarse del centro escolar tiene su fundamento en el artículo 1903
citado más arriba que invierte la carga de la prueba e impone al centro la obligación de acreditar que
actuó con la diligencia de un buen padre de familia para prevenir el daño, presumiéndose de lo
contrario que hubo una falta de control que le es imputable, y si bien no podemos ignorar la
dificultad que conlleva en algunos casos efectuar completa prueba en tal sentido, no ha ocurrido, así
en el caso que nos ocupa, en el que a pesar de que el centro escolar tenía constancia, a la vista de los
graves hechos del día 24 de octubre de 2005, de la situación en que se encontraba el menor, no se
aporta prueba acreditativa del seguimiento efectuado, que pudo y debió llevarse a cabo, por lo que el
daño que finalmente ha resultado era previsible, concurriendo los requisitos que para este tipo de
responsabilidad establece el Tribunal Supremo al señalar en la sentencia de 17 de diciembre de 2004
que “la esencia de la culpa consiste en no prever lo que pudo y debió ser previsto o en la falta de
adopción de las medidas necesarias para evitar el evento dañoso”.
2.- Sentencia de la Audiencia Provincial de Madrid, Sección 8ª, nº 373/2014, de16 de septiembre, por
la que se condena a un centro escolar a pagar a los demandantes (padres de un alumno de ese centro
víctima de acoso escolar) una indemnización de 10.000€ por los daños morales causados a ese menor
de edad por parte de otros compañeros del centro escolar. “El presente procedimiento tiene por
objeto el examen de la actuación del centro escolar, en tanto que garante de la seguridad de los
menores que asisten al mismo, lo que debe hacerse a la luz de lo dispuesto en el artículo 1903
apartado 5 del Código civil, conforme al cual, “las personas o entidades que sean titulares de un
centro docente de enseñanza no superior responderán por los daños y perjuicios que causen sus
alumnos menores de edad durante los períodos de tiempo en que los mismos se hallen bajo el
control o vigilancia del profesorado del Centro, desarrollando actividades escolares o extraescolares y
complementarias. La responsabilidad de que trata este artículo cesará cuando las personas en él
mencionadas prueben que empelaron toda la diligencia de un buen padre de familia para prevenir el
daño”.
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La responsabilidad que debe reiterarse del centro escolar tiene su fundamento en el artículo 1903 del
Código Civil que invierte la carga de la prueba e impone al centro la obligación de acreditar que actuó
con la diligencia de un buen padre de familia para prevenir el daño, presumiéndose de lo contrario
que hubo una falta de control que le es imputable, y si bien no podemos ignorar la dificultad que
conlleva en algunos casos efectuar completa prueba en tal sentido, no ha ocurrido así en el caso que
nos ocupa, en el que a pesar de que el centro escolar tenía constancia por medio de la tutora de
Salvador, a la vista del grave incidente de noviembre de 2010 (arizonita), la situación en que se
encontraba el menor, no se aporta prueba acreditativa del seguimiento efectuado, que pudo y debió
llevarse a cabo, por lo que el daño que finalmente ha resultado era previsible, concurriendo los
requisitos que para este tipo de responsabilidad establece el Tribunal Supremo al señalar en la
sentencia de 17 de diciembre de 2004 que: “la esencia de la culpa consiste en no prever lo que pudo y
debió ser previsto o en la falta de adopción de las medidas necesarias para evitar el evento dañoso”.
En este caso por parte del colegio no se tomaron las medías de vigilancia y control que tenía a su
disposición, ni adoptó ninguna adicional, hasta que tiene conocimiento de su intención de suicidio,
inicia aquel expediente y otorga al niño acosado un acompañamiento por un docente, por un hecho
que califican de aislado y que no fue tal. Tales comportamientos omisivos son claramente
susceptibles en generar en el menor un daño moral obviamente resarcible, constituyendo un hecho
notorio y hasta máxima de experiencia la penosidad que deriva del acoso para el que lo sufre, en
condiciones como las relatadas, por sus propios compañeros de modo reiterado, que le dejan en
situación de clara indefensión, por parte además de quién asume la posición de garante de su
seguridad psíquica y moral en sustitución de los padres”.
Se puede apreciar en todas las sentencias relacionadas con casos de acoso o ciberacoso escolar, la
importancia de la prueba para acreditar una situación de este tipo.
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YouTube, X, Instagram, WhatsApp, etc.…) se debe de intentar realizar y conservar un seguimiento de
todo aquello que pueda servir como medio probatorio ante los tribunales”.
La responsabilidad civil solidaria de los centros escolares se refiere por igual a centros docentes
públicos y privados. La reclamación de esta responsabilidad cuando se trate de un centro público se
hará a través de la jurisdicción contencioso-administrativa y no de la civil, al ser de aplicación la
regulación sobre la responsabilidad patrimonial de la Administración Pública, prevista en la Ley
39/2015, de 1 de octubre, del Procedimiento Administrativo Común de las Administraciones Públicas.
Ha de tenerse presente que, en la práctica, cuando se trata de centros públicos, son muy pocas las
sentencias donde se ha responsabilizado al centro de una situación de acoso escolar, mientras que,
tratándose de centros privados, nos encontramos con un mayor número de sentencias
condenatorias, responsabilizando al centro escolar.
Como se señalaba al inicio del módulo, cuando nos referimos al acoso escolar debemos hablar ya de
un fenómeno social del que todos estamos concienciados. El acoso escolar afecta a los niños, niñas y
adolescentes, pero también a sus familias y a todos los centros escolares públicos y privados. Las
competencias en materia de educación están transferidas a las comunidades autónomas. Todas ellas
han aprobado un protocolo frente al acoso escolar.
Cada comunidad tiene su propio protocolo, lo que impide una actuación coordinada frente al
problema, cuestión que considero fundamental para luchar contra esta violencia.
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2. PROTECCIÓN A LAS VICTIMAS Y RESPONSABILIDAD DE LOS
AGRESORES EN DELITOS. VICTIMAS ESPECIALMENTE
VULNERABLES
2.1. Aspectos previos Ciberacoso o Chlid Grooming
El Título VIII del Libro II del vigente Código Penal bajo la rúbrica «Delitos contra la libertad e
indemnidad sexual», ha sido objeto en los últimos años de una prolija y dinámica actividad legislativa,
tanto en lo que se refiere al incremento de los marcos penales, como de las conductas típicas
previstas en el mismo, constituyendo de este modo una de las materias más significativas y complejas
en su previsión en el ordenamiento jurídico-penal español.
Por una parte, resulta indudable en los casos de delitos sexuales cometidos sobre menores, el bien
jurídico a proteger adquiere una dimensión especial por el mayor contenido de injusto que presentan
estas conductas, ya que mediante las mismas se lesiona no solo la indemnidad sexual sin un
consentimiento válidamente prestado, sino también la formación y desarrollo de la personalidad y
sexualidad del menor. De otra, la extensión de la utilización de internet y de las tecnologías de las
informaciones y la comunicación con fines sexuales contra menores ha evidenciado la oportunidad de
castigar penalmente las conductas que una persona desarrolla a través de tales medios para ganarse
la confianza de menores (en nuestro caso, menores de dieciséis, años) con el fin de concertar
encuentros para obtener concesiones de índole sexual.
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Ya con anterioridad, el Comité del Consejo de Europa para la Convención de 23 de noviembre de
2001, conocido también como Convenio de Budapest, en su Informe Protection of Children Against
Abuse Through New Technologies, se había ocupado de los temas emergentes de violencia contra los
menores por medio de las nuevas tecnologías, con particular énfasis en el grooming, tanto a nivel de
internet como de telefonía móvil.
Partiendo de estas premisas, el nuevo Capítulo cumple con los objetivos de tutela penal de la norma
comunitaria al proteger especialmente a los menores de dieciséis años, quedando recogido del
siguiente modo el artículo 183.1 del Código Penal, en el Capítulo II del Título VIII del Libro II.
Por otro lado, el artículo 183.2 también castiga dentro de este delito a aquellos que contacten a
través de internet, de teléfono o de cualquier otra tecnología con un menor de 16 años para
embaucarle con el fin de que le proporcione material pornográfico en el que se represente o aparezca
un menor.
Pues bien, teniendo en cuenta las consideraciones anteriores, el presente trabajo tiene por objeto
analizar desde una perspectiva jurídico-penal la problemática del delito denominado child grooming o
ciberacoso, introducido ex novo en nuestro sistema por la LO 5/2010, el cual incrimina una conducta
que, desgraciadamente cada día aumenta de forma vertiginosa, favorecida por la aparente impunidad
que facilita el anonimato de las últimas tecnologías (redes sociales Facebook, Instagram, X, chats,
foros, servicios de mensajería instantánea o mensajes vía bluetooth, entre otras).
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En la era del ciberespacio, esta nueva realidad convertida en una herramienta fundamental para el
desarrollo personal y de otro tipo de actividades como medio de intercambio masivo de información,
plantea serios retos al Derecho penal. Lo cierto es que, junto a sus indudables ventajas, las nuevas
tecnologías traen consigo una altísima potencialidad como medio para la comisión de delitos, por lo
que desde hace algún tiempo y desde diversas instancias se había requerido una respuesta penal
eficaz que la combatiese o, al menos, la minimizara.
Resulta, pues, incuestionable que la causa inmediata de la introducción del nuevo art. 183 bis
responde a la existencia de un fenómeno que surge con la difusión del uso de las nuevas tecnologías
entre menores, que no estaba previsto en la referida norma comunitaria, aunque sí en otros
Convenios Internacionales. En efecto, el art. 23 del Convenio del Consejo de Europa para la
protección de los niños contra la explotación y el abuso sexual, de 25 de octubre de 2007, obliga a los
Estados Parte a criminalizar la comunicación llevada a cabo por adultos a través de medios de
comunicación o información cuando esta consista en la proposición a un menor que no haya
alcanzado la edad de consentimiento de relaciones sexuales según la normativa vigente en cada
ordenamiento, a tener un encuentro; además, se exige que exista la finalidad de cometer algún acto
constitutivo de agresión o abuso sexual o producción de pornografía infantil y que la propuesta haya
ido seguida de actos materialmente conducentes a conseguir dicho encuentro.
De manera previa, se ha de señalar que el art. 183 bis CP (LA LEY 3996/1995) no se recogía en el
Anteproyecto de Ley aprobado en fecha 23 de julio de 2009 por el Gobierno y remitido como
Proyecto de Ley a las Cortes Generales, por lo que no fue objeto de los informes preceptivos del
Consejo General del Poder Judicial ni de la fiscalía general del Estado.
Tras la reforma de 2010, el art. 183 bis, tipifica un nuevo fenómeno delictivo que acecha a los jóvenes
usuarios de las nuevas tecnologías: el ciberacoso o child grooming. Se prevé, pues, una nueva
modalidad delictiva, que no es en absoluto desconocida en el marco del Derecho comparado, y que
por la forma en que aparece descrita, y el carácter sobrevenido de su enumeración, despierta algunos
recelos sobre su adecuación y legitimidad.
En una primera aproximación, bajo la denominación de child grooming podría describirse un proceso
gradual, que puede durar semanas e incluso meses, mediante el que un sujeto establece una relación
de confianza con menores, enmascarada como de amistad, que deriva en un contenido sexual, y cuya
finalidad última es la de aumentar la vulnerabilidad del menor, favoreciendo de este modo la
comisión de un delito sexual.
Desde un punto de vista político-criminal, una de las cuestiones más relevantes es la determinación
del interés o bien jurídico protegido en este tipo delictivo. La problemática relativa a la delimitación
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del objeto de tutela sigue siendo una de las más compleja de cuantas se presenta en la interpretación
de este y otros tipos delictivos, ya que la intervención del Derecho penal, como respuesta más
contundente del Estado frente al individuo, solo puede verse justificada si resulta necesaria en aras a
la protección de las condiciones fundamentales de la vida en común y para evitar ataques
especialmente graves dirigidos contra las mismas que posean una efectiva capacidad lesiva, ya que de
lo contrario, dicha respuesta podría considerarse no proporcionada.
Por todos es sabido que, desde el punto de vista psicológico, las conductas sexuales con menores
conllevan importantes riesgos de tipo emocional, sufriendo secuelas de este tipo, incluso patologías
clínicas durante los años siguientes al comportamiento sexual en cuestión. Los trastornos que pueden
llegar a sufrir tales menores conllevan un mayor riesgo a desarrollar problemas interpersonales y
psíquicos como estrés postraumático, sentimientos de desconfianza relacional con los adultos,
inestabilidad emocional, ansiedad, angustia, miedo, etc. Así las cosas, es obvio que los efectos del
acoso en la víctima pueden ser devastadores, ya que esta padece una injerencia arbitraria en su
espacio vital que menoscaba no solo su indemnidad sexual, sino también, en el caso concreto de los
menores de trece años, el proceso de formación de su propia personalidad.
En cuanto a los sujetos, de la redacción del precepto se infiere que esta modalidad delictiva puede ser
realizada por cualquier persona, por lo que nos encontramos ante un delito común, donde no se
exige ninguna cualificación especial de esta. A priori, el tipo podría realizarlo no solo un adulto, sino
también un menor con edad comprendida entre los catorce y los dieciocho años, aunque lógicamente
al tratarse de un menor de edad, no respondería con las penas previstas en el art. 183 bis, sino que le
sería de aplicación alguna de las medidas previstas en la Ley Orgánica 5/2000, de 12 de enero, norma
aplicable para exigir la responsabilidad de las personas mayores de catorce años y menores de
dieciocho por la comisión de hechos tipificados como delitos o faltas en el Código Penal o en las leyes
penales especiales.
El bien jurídico protegido de estos delitos es la libertad sexual. En este sentido, se entiende como el
derecho de los menores a no verse involucrados en un contexto sexual, así como la formación y
desarrollo de su personalidad y sexualidad.
En este delito concreto de acoso sexual el sujeto pasivo siempre será un menor de 16 años. En cuanto
al sujeto activo del delito, hay que tener en cuenta la excepción del artículo 183 bis del Código Penal
respecto al consentimiento del menor:
Salvo en los casos en que concurra alguna de las circunstancias previstas en el apartado segundo del
artículo 178, el libre consentimiento del menor de dieciséis años excluirá la responsabilidad penal por
los delitos previstos en este capítulo cuando el autor sea una persona próxima al menor por edad y
grado de desarrollo o madurez física y psicológica.
Antes de examinar alguno de los puntos de mayor discusión, debe destacarse, ab initio, que nos
encontramos ante un delito de estructura muy compleja cuyo concreto contenido de injusto es difícil
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de precisar, al margen de sus muchos defectos técnicos. Por lo que a su naturaleza se refiere, nos
encontramos ante la punición de lo que, propiamente, sería actos preparatorios para la comisión de
los demás delitos de abusos sexuales a menores de trece años.
En relación a la técnica legislativa utilizada, parece que no hay inconveniente en afirmar que se trata
de un delito de peligro, frente a los de resultado, por cuanto el tipo se configura no atendiendo a la
lesión efectiva del bien jurídico protegido, sino a un comportamiento peligroso para este bien.
Lógicamente, se trata de una tutela de corte preventivo, puesto que el legislador adelante la reacción
penal a cuando se origine una situación de riesgo para la indemnidad sexual del menor, sin necesidad
de esperar a la efectiva materialización del daño.
Nos encontramos aquí con otro de los grandes problemas en la regulación de este tipo, que no es
otro que el de determinar si estamos ante un peligro abstracto o concreto. El precepto exige la
existencia de un menor de trece años y la de actos materiales encaminados al acercamiento, lo que
abonaría la tesis del peligro concreto, si circunscribimos el bien jurídico protegido al ámbito individual
de este menor. En cambio, si ampliamos el bien jurídico protegido a la infancia, como hace la doctrina
mayoritaria, podríamos entender que se trata de un delito de peligro abstracto, calificación muy
próxima al fenómeno del expansionismo del Derecho penal.
De una forma más clara, si analizamos el contenido de la infracción penal, los elementos que la
definen serían, pues, los siguientes: a) contactar con un menor de trece años; b) a través de internet,
del teléfono o de cualquier otra tecnología de la información y comunicación; c) proponerle concertar
un encuentro a fin de cometer cualquiera de los delitos previstos en los arts. 178 a 183 y 189, y en
último lugar, d) acompañar tal propuesta de actos materiales encaminados al acercamiento.
Se ha de tener en cuenta que los medios a los que se refiere el tipo (internet, teléfono o cualquier
otra tecnología de la información y la comunicación), permiten establecer un contacto con el menor
previo a la relación sexual directa con este que puede favorecer una situación de dependencia o
subordinación moral al agresor de especial intensidad, en la medida en que el medio facilita la
captación, almacenamiento, reproducción y difusión de datos e imágenes del menor que luego
pueden ser utilizadas para su chantaje sexual. Solo ello reuniría la gravedad suficiente para afirmar la
ofensividad de la conducta, con independencia de su orientación a la comisión de futuros delitos
sexuales.
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En cualquier caso, es claro que los delitos sexuales cometidos contra menores de trece años generan
un injusto de especial intensidad, pues a estas edades en cuestión, agresiones, abusos sexuales o el
nuevo tipo penal de child grooming pueden comprometer el desarrollo de la libertad sexual del
futuro adulto. En la necesidad de subrayar específicamente esta singularidad convergen la Política
Criminal Europea fundamentalmente en la citada con anterioridad Decisión Marco 2004/68/JAI, y en
el concreto ámbito político-criminal español en la materia.
Entre las múltiples técnicas utilizadas por estos acosadores para conseguir establecer un control
emocional sobre el menor y preparar así el terreno para un posterior abuso sexual, se pueden citar
las siguientes:
1. Acceder a salones de chat públicos con nicks (nombres de usuario) llamativos para el menor o en
redes sociales frecuentadas por los menores;
2. Establecer la conversación por chat, solicitándole a la víctima que le facilite sus datos personales y
de contacto; sus gustos y preferencias;
3. Iniciar la fase de seducción o provocación p. ej. a través de la webcam, con el objeto de conocerlo
menor, consiguiendo finalmente que este se desnude o realice actos de naturaleza sexual,
capturando imágenes de los mismos, consiguiendo que, en el transcurso de la relación, el menor le
envíe alguna fotografía comprometida.
4. Amenazar o chantajear a la víctima con decírselo a sus padres si no acceden a sus pretensiones
sexuales, o con difundir las imágenes a través de internet, momento en el que comienza el verdadero
acoso, que puede terminar en un encuentro personal y una consiguiente violación o abuso sexual.
Una lectura detenida del precepto revela que en él se tipifican actos preparatorios que, de otro
modo, no serían punibles, pues difícilmente podrían inscribirse en la tentativa de alguno de los delitos
reseñados. De este modo, la simple acción de contactar con un menor de trece años por alguno de los
medios citados, aun con deseos sexuales, no podría denominarse tentativa de violación o de abuso,
etc., porque en la comunicación a distancia, el inicio de los actos ejecutivos sería más difícil de
apreciar. Claro que, como el legislador añade otro requisito: acompañar tal propuesta de actos
materiales encaminados al acercamiento. Puede verse en él un plus de peligro, para el bien jurídico y
una mayor proximidad al comienzo del tipo. Se abre aquí, pues, una amplia fenomenología que el
legislador solo ha concretado en cuanto a la naturaleza del acto, que tiene que ser material y no
meramente formal, y su finalidad, encaminado al acercamiento, exigencia surgida, sin duda, para
evitar los reproches de ausencia de lesividad y las críticas u objeciones consecuentes que el tipo
merece.
En cuanto al tercero de los elementos citados, la propuesta de encuentro con el menor, entendemos
asimismo que debe haber sido aceptada por el menor en cuestión. Ello es plenamente coherente con
la exigencia típica de realizar actos materiales encaminados al acercamiento, exigencia que, por otra
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parte, permite excluir la relevancia penal de proposiciones poco serias. La doctrina que se ha ocupado
de la cuestión hasta este momento habla de «cualquier acto material destinado a conseguir el
acercamiento»; o de «un acto que trascienda el mero contacto virtual», pero no dejan de ser
fórmulas que poco dicen, pues no resulta nada fácil determinar qué hayan de ser esos actos
materiales, ni mucho menos que actos pueden integrar ese acercamiento.
De esta forma, en los términos previstos en el art. 183 bis, se castiga solo el contactar con un menor,
siendo indiferente que el autor consiga entrevistarse con el menor u obtenga de él fotografías o
imágenes, o consiga realizar con él actos de naturaleza sexual. Entendida así la cuestión, si el
acosador y el menor llegan a encontrarse y no sucede nada, el primero solo habrá cometido el delito
de ciberacoso; y si llega a materializarse un acto de carácter sexual surgirá un concurso medial entre
aquel delito y el posterior realizado contra la libertad e indemnidad sexuales.
Finalmente, la comisión del delito analizado, además de la pena prevista, determinará la imposición
de la libertad vigilada, medida de seguridad que se basa en la idea de la existencia de un pronóstico
negativo de reinserción social. Según establece el art. 192.1, a los condenados a pena de prisión por
uno o más delitos comprendidos en el Título VIII se les impondrá, además, la medida de libertad
vigilada que se ejecutará con posterioridad a la pena privativa de libertad. La duración de dicha
medida será de cinco a diez años, si alguno de los delitos fuera grave, y de uno a cinco años si se trata
de uno o más delitos menos graves. En este último caso, cuando se trate de un solo delito cometido
por un delincuente primario, el Tribunal podrá imponer o no la medida de libertad vigilada en
atención a la menor peligrosidad del autor.
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