Al salir de clase me llamó la Srta.
Brigitte y me
entregó una carta.
-Papelucho, dale esta carta a tu mamá. Mañana me
traes este sobre firmado por ella.
¿Entendiste?
-Claro que entendí -le dije- y también le puedo traer
más sobres si no tiene.
-No -dijo ella con cara de odio-. Quiero este sobre
firmado.
Me lo eché al bolsón y me vine pensando en que
seguro que ella quería felicitar a mi
mamá por su hijo. ¿Para qué otra cosa podría
escribirle? Me sentía como liviano por
dentro, con esto de que la mamá de uno tenga un
hijo tan choro que soy yo. Así que
llegando le entregué la carta y mientras ella leía yo
me quedé esperando el abrazo o cosa
por el estilo.
Pero nada.
Mamá leía y leía y su cara se iba poniendo arrugativa
y sulfurosa.
Por fin terminó y me quedó mirando sin hablar. Sus
ojos parecían dos metralletas
mellizas. Yo me reí, siempre esperando alguna cosa.
-Anda a jugar -me dijo sin abrazarme y tampoco me
dijo: "Anda a hacer tus tareas"
como otras veces. Algo raro pasaba.
Al otro día, cuando yo iba saliendo, me atajó:
-Hoy no vas al colegio. Te voy a llevar al médico -me
dijo.
-¿De qué estoy enfermo? -pregunté-. No me duele
ninguna cosa ni tengo pintas por
ningún lado. Apenitas las costras de mis rodillas...
Era mejor no alegar. Total me ligaban vacaciones
sorpresosas.
Y en la tarde fuimos al doctor. Era un señor bastante
preguntón, que se hacía el
simpático por fuera, pero se notaba que era chueco
por dentro.
Me martilló las costras y otras cuestiones con un
martillito lindo. Y mientras hablaba y
hablaba con la mamá se martillaba su otra mano. Yo
pensaba ¿qué pasaría si en vez de
su mano gorda se martillara el tremendo grano que
tenía en la nariz? Pero apenitas se lo
rascó y siguió dale que dale hablando de "este niño".
Traté de entender lo que decían, y casi lo entendí.
No estoy bien seguro si la cosa es que
soy superdotado o viceversa. Menos mal que
además parece que soy dix-leso, que es
algo muy choriflai y como distinto. Y tampoco me
importa mucho ser así.
En todo caso con este asunto, el papá y la mamá
hablan y hablan de mí, van al colegio a
ver a mi profe y vuelven furiondos con ella y siguen
alega que te alega. Total el papá
dice que sería bueno que la Srta. Brigitte fuera a ver
a su doctor porque es una erótica y
calumnienta.
De todos modos yo tengo mi enfermedad propia y
nadie me la quita.
Pero en la noche, me desvelé. Porque claro, en el día
a uno le gusta ser enfermo y en la
noche no. Así que me fui donde mi papá que
roncaba frente a la TV y le apreté la nariz
porque es el único modo de despertarlo. Y antes de
que se enfureciera, le dije:
-Papá, te compadezco de tener un hijo enfermo.
-¡Gracias! No te preocupes... -y otra vez cerró los
ojos.
-Quiero saber si mi enfermedad se pega -le remecí
bien el brazo.
-No. De ninguna manera... abrió los ojos y me miró
turnio.
-Entonces ¿por qué no voy al colegio?
-Es mejor que descanses unos días.
-¿Eso quiere decir que no necesito estudiar más?
¿No volveré al colegio?
Me estaba dando cototo de no volver en jamás de
los jamases y perder para siempre mi
chicle del escritorio, mi gusano de seda y el
membrillo que tengo madurando.
-Volverás apenas te mejores -dijo el papá
consolativo.
-¿Cómo voy a mejorarme si no me dan remedios?
¿Me van a operar?
-No, no, no. Ni operación ni remedios. Puramente
unas clases de atención.
-¿Clases de atención? No entiendo...
-¡Eso! -clamó electronizado-. Tú no entiendes
algunas cosas simples. Con unas pocas
clases te mejoras -y me palmeteaba todo entero.
-¿Me mejoro de qué?
-De lo que tienes, claro...
No se atrevió a decirme el nombre de mi
enfermedad. Pero yo sé que es dix-leso. La
mitad de la palabra lo dice y ¿la otra mitad?
Me volví a la cama. No había entendido nada de lo
que me dijo el papá. Esa es mi
enfermedad. Soy dix-leso y me voy a mejorar. Ahora
que lo sé, más vale dormir.
A lo mejor despierto sano.
---
Me desperté con esa cuestión de felicidad como de
que mañana es mi cumpleaños. Y
como no era, me acordé de que estaba enfermo.
Pero sin remedios. Y también sin
colegio ni tareas...
Por fin podía hacer mis inventos urgentes, antes de
que los hiciera otro. En el colegio no
hay tiempo, así que con estas vacaciones
enfermosas me iban a resultar.
Pesqué mi diario y me trepé en el peral donde nadie
molesta. Y anoté todo antes que se
me olvide.
Invento 1. La churrasquera jugosa. Ahora que no hay
carne podría ser la solución
mundial. Funciona en un helicóptero a bajo vuelo
que al pasar por un potrero donde hay
vacas se da vuelta de carnero y con sus hélices le
saca una tajadita a cada vaca. La vaca
ni se da cuenta y al otro día está sana. Así no muere
jamás el animal. Automáticamente
cae la carne sobre el motor caliente, se achurrasca y
el copiloto la mete en el pan.
Invento 2. Zapatos electrónicos. Tienen tres
velocidades y sirven en vez de micro o
bicicleta. Es pura cuestión de un alambrito de
contacto en el talón del zapato y dos pilas
en el bolsillo. Más o menos como los aparatos que
usaban antes los sordos. Es un invento
barato y fácil.
Invento 3. Aspirador ventilante. No lo alcanzo a
inventar hoy. Es algún aparato que le
quite de la cabeza a los papas ancianos sus
pensamientos problemosos. Funcionando tres
minutos a mil revoluciones les quitaría la arruga de
la frente y los dejaría listos para
contestar las preguntas que uno hace. Y con cinco
minutos les darían ganas de jugar o
cosa por el estilo.
Ahora cuando vuelva al colegio, no voy a tener más
que una cosa en qué pensar, o sea
podré estudiar y oír lo que dice la profe.
Resulta que cuando bajé del peral, ya habían
almorzado y apenitas me dio mi almuerzo,
la Domi se largó porque le tocaba salida, y me quedé
rotundamente solo.
No porque uno es dix-leso se ha de aburrir. Uno se
aguanta un rato haciendo inventos,
pero también se cansa. Y como uno no es ni guagua
ni viejo no se entretiene mirando
moverse las hojitas de los árboles o viendo pasar los
autos...
Cuando uno está solo no hay más que dos
alternativas: o lo pasa uno astronáuticamente
bien, o se aburre. Y si lo pasa astronáuticamente
bien hay dos alternativas: o lo sigue
pasando mejor o se friega.
Porque estar en la misma gozadura es igual que
aburrirse.
Pero lo malo es que si uno trata de pasarlo mejor,
entonces lo pasa peor. Así que es
mejor tratar de pasarlo peor y como lo está pasando
un poco mal, lo pasa mejor. Porque
total no puede pasarlo peor...
---
Jtjntonces me senté en la vereda a esperar "algo".
Dios siempre tiene lástima de los
lateados, pensé. Y resulta que en ese mismo
momento vi un Peugeot blanco con dos
chascones que no podían hacerlo partir.
Y me acerqué a mirar.
Habían abierto el capó y le metían dedo a cada cosa.
-¿Qué querís, cara'e chicle mascao? -me dijo uno.
-Lo que le falta es bencina -dije, por decir algo.
Los chascones se miraron. Olieron el motor y se
secretearon.
-¿Tenis un tarro? -preguntó uno.
-¿Hay bomba bencinera cerca? -preguntó el otro .
-Tres cuadras para allá y dos a la izquierda. Pero no
tengo tarro ni puedo salir porque
estoy enfermo -contesté definitivamente.
Se miraron y se secretearon de nuevo.
-¿Podrías cuidar el auto mientras vamos a buscar
bencina?
Me abrieron la puerta y me senté al volante. Ellos
partieron peleando. Yo los miré
alejarse bien contento porque podría entretenerme
harto jugando a ser taxista.
Pero no duró mucho. Por la esquina apareció el
carabinero que cuida a una senadora y se
acercó con harto disimulo. De repente se quedó
perpetuo, miró mi taxi con cara
maquiavélica y sacó una libreta. Aparecieron sus
dientes en violenta sonrisa y se plantó
detrás y ahí quedó para siempre.
Yo lo miraba por el espejito retro no se cuanto,
esperando...
Se acercó con frecuencia modulada y me miró de
hipo en hipo.
-¿Es tuyo el cacharro? -preguntó sin soltar su libreta.
-Ojalá -contesté sonrisoso.
-¿De alguien de tu familia?
-Frío, frío... -dije jugando al Tugar. Pero a este
carabinero no le gustó la broma y abrió la
puerta del auto y se sentó a mi lado.
-¡Dame las llaves! -ordenó muy seco.
-Es que no las tengo...
-Veamos el padrón.
-Veámoslo -contesté registrando la guantera y
demases. Él me miraba con malos
pensamientos. De repente se le acabó la paciencia.
-Explícame lo que haces en un auto que no es tuyo.
-Jugaba a que era taxi y tenía que llegar a Pudahuel a
todo chancho...
-¿De quién es el auto?
-No tengo la mayor idea. Unos gallos no podían
hacerlo partir y yo les dije que no tenía
bencina, porque no tenía ni olor...
-A ver si me das sus nombres.
-Eran dos lolos chascones y rotundamente
desconocidos.
-Eres un loro bien amaestrado -dijo-. ¿Sabes de
algún teléfono cerca?
Le mostré mi casa. Se sacó el quepis y se rascó la
cabeza. Tenía algún problema. Se
acercó a la puerta de calle, volvió al auto, otra vez a
la puerta y volvió donde mí.
-Si es tu casa, llama a tu papi -dijo.
-En primer lugar no tengo papi, sino papá y en
segundo, salió y en tercero, no hay nadie.
Otra vez se levantó el quepis y se rascó. Se puso
violentoso.
-Ven conmigo al teléfono -dijo tomándome del
brazo, así como llevándome preso.
Entramos.
Cuando uno entra en mi casa llevado por carabinero,
ella se ve distinta. Casi
desconocida. El teléfono era anónimo. Marcó un
número y no sonó ocupado.
Con voz de "móvil 3" dijo:
-Aquí sargento Benítez. Ubicado el Peugeot robado
anoche. Mande grúa y refuerzos. Sí.
Hay un detenido -y dio mi dirección.
Entonces no más me cayó la teja y mis piernas se
pusieron electrónicas. Pero quedé
frenado, y tragando saliva.
-Oiga -le dije- ¿va a detener a los chascones?
-Por supuesto. Y si no aparecen ellos, te vienes tú
conmigo...
Mi saliva estaba espesa, pero me la tragué otra vez.
-Tienen que volver. ¿Cómo van a dejar perderse un
Peugeot blanco?
Me miró igual que el doctor, así, harto rato. Creo
que se dio cuenta que soy dix-leso.
Entonces traté de convencerlo de lo contrario.
-Yo les di la dirección de una bomba bencinera bien
lejos -le expliqué-. Quería que se
demoraran para poder jugar al taxista. Claro que
apenitas se fueron llegó usted y... -
traté de sonreír.
Otra vez se levantó el quepis y se rascó la cabeza y
me miró perpetuo. Por fin dijo:
-Puedes jugar al taxista ahí en el auto, por si vienen.
Yo espero aquí en tu casa para que
no me vean.
Me fui feliz al Peugeot, pero al subir, pensé que
cuando uno es dix-leso hace leseras, así
que hice lo contrario. Volví donde el sargento.
-Usted puede esperar en la puerta -le dije-. Yo no
tengo confianza en nadie.
En vez de enojarse se rió.
Apenitas me había instalado en el volante cuando
sonó la sirena del patrulla. El sargento
apareció ipso flatus y le indicó al patrulla que
torciera por la calle del lado. Chirriaron
frenos y la grúa que traía a la rastra por poco se
viene encima. Pero no se veían de mi
auto. El sargento torció también por la esquina para
conversar con ellos. Yo esperaba.
Ya me quedaba poco rato para seguir jugando, así
que me imaginé que yo era los
chascones y arrancaba de mis perseguidores a mil
por hora. Pero se me cruzaban ideas
raras. "Los chascones no han vuelto -me decía-. Es
seña de que vieron al carabinero y no
volverán. ¿Qué va a pasar entonces?".
-He creído en tu palabra -dijo una voz a mi lado-.
Seguiremos esperando a que vuelvan
los ladrones del auto. No te muevas del volante... -
dijo el sargento y desapareció por la
esquina.
Ya no me resultaba mi juego. Tenía tentaciones de
largarme. No me gustaba ser cebo, ni
siquiera para ladrones de auto.
"No te pongas nervioso" -me dije-. "Total, si hay que
esperar pónele tinca al juego..." y
me obedecí. Enganché primera y le tironeé botones
y cosas con furor. Dio un brinco el
auto y partió.
Apenitas le alcancé a hacer un quite a una citroneta,
cuando me vi alcanzado por el
patrulla.
Frené tan fuerte que se me enganchó una oreja en el
embrague. Costó bastante sacarme
del enredo. Todo se volvió pesadilla y confusión. La
grúa enganchó al Peugeot y lo
levantó de la cola. El sargento cerró de golpe la
puerta de mi casa y se instaló en el
volante del patrulla. Me hicieron sentarme a su lado
y un teniente a mi otro lado.
Ni valía la pena preguntar si me llevaban preso. Y me
caía remal porque la otra vez me
aburrí rotundamente. Traté de pensar que por lo
menos iba en patrulla con grúa y
Peugeot robado, y eso era un poco choro.
Y fue mi último pensamiento, cuando...
---
Por suerte Dios hizo el son contradictorio de esta
vida y pasa al revés de lo que uno cree
que va a pasar. La cosa es pensar en algo que no le
gusta, y entonces fijo que resulta
algo choriflai. Por eso seguí pensando en la
comisaría y hasta en el calabozo, cuando
¡zzazz! ¡prum! ¡chuzaz!
Chocamos.
Unos brincos, la cataclíptica sonajera de latas, la
polvareda y eso de no saber más
lujuriosamente nada...
Bueno, en vez de ir a dar a la comisaría, fui a dar a la
posta central.
Cuando abrí un ojo mi teniente Albornoz chorreaba
sangre en la cara y yo no chorreaba
ninguna cosa. Todo se volvía enfermeros, algodones,
camillas en carrusel y viceversa.
Olores y enmascarados que a uno lo dejaban
esterilizado y sin moverse jamás.
Ahí me quedé tan quieto como don Pedro de
Valdivia, pero sin caballo.
Uno está como estatua pero sigue chocando y
chocando de memoria, igual que un disco
pegado. Hasta que por fin se le acaba la cuerda a la
cabeza y poco a poco se empieza a
preocupar de otras cuestiones y se acuerda del
Peugeot blanco, de la cara que pondría el
papá con su hijo desaparecido, de la Domi que no
tenía llave para entrar, de los
chascones y su tarro con bencina, etc. Y entonces
también me acordé de mi enfermedad
y me dio el tremendo susto que con el choque se me
hubiera sanado. ¿Qué iba a hacer
sano cuando me resultaba mejor estar dix-leso?
Ya no estaba en el Quiro no sé cuánto, sino que en
un cuarto chico con puras dos
camillas: la mía y la de mi teniente Albornoz. Una luz
roja y suave oscurecía el blanco de
las cosas. No había nadie cuidándonos.
Bajé de la camilla altiplana y me acerqué a la de mi
teniente. El suelo era medio blando y
poco firme pero la camilla estaba cerca y no me caí.
-¡Hola teniente! -le dije para animarlo.
No entendí su saludo porque su voz era algodonosa
y salía debajo de un cerro de ídem.
Por si quería agua le eché un vaso encima de los
algodones y se la tomó sin moverse.
Apenitas cabía en la camilla porque sobraba por
todos lados. Pensé que le dolía la
cabeza, busqué su gorra y se la puse para sujetarle
los remecidos sesos. Entonces movió
la mano y se destapó un ojo.
-Parece que chocamos -le dije alegremente.
-Hum -respondió siempre algodonoso.
-Sería bueno salir de aquí ¿no cree? Estamos igual
que secuestrados... ¿Le gustaría que
lo lleve a tomar aire?
Se destapó el otro ojo y me lo guiñó picaronamente.
Comprendí.
Abrí bien la puerta y enganché primera empujando
la camilla. Aunque era tan grandote
mi teniente, rodaban suavecitas las ruedas por el
pasillo rojo y antes de que alguien nos
viera corrí hacia un ascensor. Apreté el botón y la
puerta se abrió rotundamente.
Cabíamos al pelo. Miré el tablero con números y
pensando en la salida, apreté el que
tenía una S en vez de número.
Bajamos como un chifle ni sé cuántos pisos, pero por
fin llegamos, con un buen salto que
hizo abrirse la puerta y antes de que se cerrara
saqué la camilla con teniente y todo.
Igual que arriba, también era todo rojo, un rojo con
ruidos y aires calientes, pestañeteos
y pitos marcianos. Túneles por aquí, túneles por allá
como meterse por dentro de las
ramas de un árbol. Pero ni una sola flecha ni letrero
ni puerta que dijera salida.
Corría con mi carricoche arrancando del calor
zumbón: un túnel daba a otro entre tripas
de gigante. Todo era anónimo, potente, sulfuroso,
desconocido. Me chorreaba la
traspiración y la gorra de mi teniente se iba
poniendo oscura y goteadora. Zumbaban las
calderas diabólicas rugiendo su olor de submarino.
Arrancaba de un túnel y me metía en
el otro...
Pensé que estaba aturdido todavía o quienzá me
había muerto y sin querer estaba en el
propio infierno...
Miré a todos lados, pero no vi al diablo. Un infierno
sin diablo no resulta...
Mis piernas sudorosas temblequeaban y empecé a
tener miedo de tener miedo. A lo peor
íbamos a reventar de calor mi teniente y yo...
Quienzá si nos estábamos derritiendo
como las velas.
Me afirmé en la muralla para destemblar mis piernas
y eché atrás la cabeza violentóse.
Sentí un dolor redondo en la cabeza y al tocarlo
descubrí que había apretado un botón en
la pared. El suelo dio un tiritón con remezones y
comenzó a elevarse conmigo y mi
teniente. Una puerta de reja salió de ninguna parte.
Subíamos y subíamos y seguíamos
subiendo. ¿Llegaríamos al cielo ahora? Yo no tenía
muchas ganas de estar muerto...
---
Y llegamos por fin.
Una mano invisible abrió perpetua la reja y un
chorro de aire nos sacó con camilla y todo
al "más allá". Ya no me preocupaba el asunto de
estar muerto; por lo menos ése no era
el infierno y se podía respirar.
Había estrellas y también había luz. Uno tiene que
acostumbrarse a la otra vida...
Mi teniente tiró lejos los algodones de su cara,
levantó la cabeza y miró a todos lados. Su
nariz se había inflado y estaba roja y churumbélica y
creo que le dolía tremendo, aunque
no se quejaba.
-¿Dónde estamos? -preguntó con cara de recién
nacido.
En vez de mí, contestó un ruido tremendo de alas
acercándose...
Me dio carne de pollo pensar que era verdad y
venían los ángeles a buscarnos. Yo no
había alcanzado a ser bueno de veras y ya no tenía
tiempo.
El ruido de alas retumbaba en las tripas y parecía
cubrir el cielo entero. Yo me metí
debajo de la camilla, sin pensarlo.
Poco a poco se aquietaron las alas y en vez de
ángeles un zancudo gigante se paró en el
suelo. Se abrió una puerta y saltaron a tierra dos
astronautas cualesquiera. Miraron a
todos lados y sin decir palabra pescaron la camilla y
conmigo debajo nos metieron al
pájaro gigante.
El ruido de alas atronó de nuevo y sentí que se
despegaba el suelo...
Ahora sí que tenía cortocircuito en los sesos.
Si habíamos llegado al cielo ¿dónde íbamos ahora?
No me atrevía a preguntarles si eran ángeles malos o
eran buenos. Mi teniente me había
pescado la mano, pero se hacía el muerto. El ruido
de alas paternal y revoltoso no nos
dejaba hablar y a mí me daba tilimbre llegar al otro
mundo sin alguien conocido. A Dios
no le tenía ningún miedo, pero tampoco lo conocía
de vista. Y también seguro que había
cola con los montones de guerras, incendios,
terremotos y muertos de este mundo.
¿Cuántos años duraría la cola para entrar?
Mientras sacaba la cuenta se calló el ruido de alas.
Paró en seco y también se paró mi
corazón.
¡Habíamos llegado!
El silencio perpetuo era peor que el ruido. Yo estaba
muerto por primera vez y le tenía
vergüenza al más allá desconocido. Me habría
gustado que estuviera conmigo por lo
menos la Domi...
El silencio era atroz. ¿O son sordos los muertos?
Justo entonces se revolvieron las alas un momento.
Y otra vez el silencio. ¿Pana de
batería? pensé y entonces me cayó la teja: no era un
portaángeles sino apenas un
helicóptero. ¡Y mi teniente y yo estábamos vivos!
Yo creo que habíamos resucitado, que es como
nacer. Total uno llora de la pura alegría.
Alguien trató de nuevo de dar vueltas las alas. Se
oyeron garabatos y se abrió una
puerta. Dos gallos saltaron fuera. Era noche y había
luz de luna. Vi alejarse sus sombras
por el infinito.
-¿Qué te pasa? -oí una voz a mi lado. Era mi teniente
sentado en camilla y con los pies
en el suelo.
-Creí que estábamos muertos -hipé-. ¿Dónde
estamos?
-Ya lo averiguaremos...
Trató de levantarse pero cayó sentado en la camilla.
Tenía la cara un poco rara en la
oscuridad.
-¿Estamos secuestrados? -pregunté.
-Podría ser. ¿Es millonario tu padre?
-Ni siquiera jubilado... -dije desprecioso.
-¡Claro! Ahora recuerdo. Tú eres ladrón de
automóviles.
-¡No, señor! -clamé furiondo-. Yo estaba cuidando
un auto, que es distinto. Y no porque
Ud. es teniente me va a insultar. Soy muy rabioso.
Mis manos se apretaron con ganas de apuñetearlo,
pero el teniente estaba herido y con
la nariz fallecida. Le di una mirada terrorista y nada
más.
-¿Qué haremos? -trató de levantarse otra vez y se
quedó afirmado en su camilla.
-Si Ud. no sabe, menos lo sé yo. Porque lo que yo
pienso fijo que es equivocado. ¿No ve
que soy dix-leso?
-¿Y eso qué es?
-Una cuestión especial.
-¿Eres chistoso?
-Ahí es donde está lo malo: creen que soy chistoso
cuando hablo en serio.
Nos miramos en la oscuridad.
-Me parece que tu enfermedad no es del cuerpo -
dijo.
-Oiga, mi cabeza es de mi cuerpo y no porque yo
pienso más ligero que mi carrocería
voy a ser leso. Dix quiere decir no en otro idioma.
Ud. me entiende ¿no?
-Sí -dijo pensaroso-, y creo que vale la pena que
tratemos de dormir. Nos han pasado
muchas cosas, estoy machucado y es plena noche...
Se recostó otra vez en la camilla y yo me acomodé
en un rincón entre unos sacos bastan
te duros...
---
Una sirena de buque me sacó de mi sueño. Ese
sueño tremendo en que éramos
náufragos en el fondo del mar, un mar muerto, yo
creo. Aunque el submarino hundido no
se movía, resoplaba su sirena angustiosa pidiendo
socorro.
Abrí los ojos y vi que era día claro. Sin mar rugente ni
pulpos terroristas. Poco a poco el
submarino se convirtió en el viejo helicóptero
desfallecido y su motor tormentoso eran
los puros ronquidos de mi teniente.
Pero otra vez sonaba la sirena de buque en alta
mar...
Miré afuera. Por la ventana empañada asomaban
unos tremendos ojos maquiavélicos,
estupidizados de odio. No pestañeaban jamás.
Salté y me levanté. Remecí a mi teniente.
-¡Hay un monstruo marciano! -clamé triunfante-.
¡Nos espía!
-¿Qué? -su cara hinchada no estaba aún despierta.
-¡Ahí! -le apunté todo entero tartamudo-. ¡Dispare,
por favor!
Mi teniente buscó su metralleta, pero no la tenía. Se
la habrían robado. Ahora él era un
cualquiera, tan tarado como yo, pero con menos
susto.
Se acercó al ventanal y entonces soltó una risotada
churumbélica. No se había reído
nunca antes, así que me tilimbré.
-¿Qué qué qué pasa? -seguía tartamudo.
-Es una vaca -contestó calmante.
-¿Una vaca? ¿Una vaca marina? -yo estaba todavía
enredado en mi sueño.
-Estamos en un potrero... Aterrizamos anoche ¿no te
acuerdas?
Claro, ahora me acordaba. Y también me convencía
de que lo otro era sueño. Uno no
tiene confianza en lo que piensa cuando dicen que
es dix-leso.
Cuando se pasa el susto, viene el hambre. Mis tripas
sulfurosas sonaron como trompetas
del juicio final.
-De lo que me acuerdo es que hace tiempo que no
como -clamé furiondo.
-También yo estoy muerto de hambre -dijo el teni.
Pero en los helicópteros hay siempre
una sanguchera...
Me acordé de mi invento y chorreando jugos
sabrosos de esperanza me largué a escarbar
en los rincones. Había una sanguchera, pero uno
sabe que los piratas aéreos siempre
disfrazan sus cosas, así que la desprecié. Había una
bomba de fabricación cocinera que
olía a queso y arrollado, y pensé al tiro que ahí
estaba lo bueno. La tomé, la olí y me
chorrearon los jugos hasta el cogote. Y me largué
tenebroso a escarbar la sanguchera
disfrazada.
Justo cuando había pescado el resortito abridor, una
mano inmensa me arrebató el
tesoro y antes que pudiera defenderlo, mi teniente
Albornoz lo disparaba lejos por la
ventanilla de la vaca curiosa.
Habríamos quedado atómicos si no lo hubiera
hecho...
Volamos por el cielo revueltos con cuestiones
sulfurosas, repuestos y bujías que no se
encuentran ni en el mercado más negro. Vi pasar la
gorra de mi teniente, vi a Dios de
pasadita pero El no me reconoció. Vi también lo
chico que es el mundo cuando uno lo
mira desde el cielo.
Pero bajamos. Yo venía montado en mi teniente,
agarrado a su cogote y aterrizamos
bastante lejos de la fogata, que se había convertido
el maldito helicóptero. Llamas y
humo y explosioncitas volcánicas seguían disparando
repuestos y dejando la crema. El
pasto ardía por aquí y por allá, y entonces me acordé
de la pobre vaca.
Pero apenitas había pensado en ella la divisé
corriendo a todo chancho por la llanura. ¡Se
había salvado! Aunque encontré ahí cerca uno de
sus cachos...
Con el humo y los olores reventosos se había pasado
el hambre. Me desmonté del
teniente y los dos apretamos a correr para alejarnos
del fuego.
No habíamos corrido mucho cuando se oyó otro
estallido más rotundo y voló la hélice
gigante, neumáticos y fierros retorcidos como
cachirulos.
A la vaca le había caído de collar un neumático y sus
ojos miraban con envidia la mano
con que yo había recogido su cacho. Sentí como un
mandato y corrí donde ella y con
saliva le pegué su cacho. Yo sabía que los injertos
pegan bien cuando están frescos. Y así
supe que voy a ser doctor porque sentí por dentro
algo como radiante. También la vaca
me tomó ese amor de ''muchas gracias" que le
toman a uno los animales cuando uno los
entiende.
Y no tengo que estudiar demasiado porque seré
famoso a los quince años. Hay tantos
animales en los que puedo hacer práctica y hasta
puedo pegarle las patas a las moscas
cojas, que son muchas.
---
Con la cuestión de lo agradecida que estaba la vaca,
aproveché para sacarle leche en un
tubo. Mi teniente chupaba la punta del tubo y se
servía así su buen desayuno. Y yo me
serví el mío con la ayuda de mi teni.
Nos habíamos hecho tremendamente amigos y nos
contábamos cosas de la vida y hasta
secretos. Hay que ver lo entretenida que es la vida
de un teniente de treinta años
enteros.
Caminábamos por aquí y por allá esperando que se
acabara el incendio, porque mi teni
decía que bien valía la pena registrar las cenizas para
encontrar alguna pista de los
piratas que nos secuestraron.
-Total no nos hicieron nada -dije yo-. ¿Para qué nos
traerían aquí?
-Por equivocación -explicó mi teni-. Algo les falló en
su programa o "alguien" se adelantó
y cambió las cosas...
-¿Ese alguien soy yo?
-Naturalmente. ¿Quién te mandaba subirme a la
terraza de emergencia de la posta
central?
-Así que Ud. se dio cuenta de todo lo que pasó. Yo lo
creía aturdido.
-Aturdido a medias. Pero no tenía fuerza para
hablarte... -dijo.
-¿Entonces Ud. cree que iban a secuestrar a otro?
-¡Por supuesto! Estaba todo arreglado. Como el
secuestrado no les habló, decidieron
dejarnos abandonados. Se estaban enredando
demasiado...
Quedé pensaroso. Pero entretanto se había apagado
el incendio y hasta el humo. Nadie
había venido a curiosear el incendio. Éramos dueños
de las ruinas y sus valiosos fierros
retorcidos.
-La escabadura fue larga. Había muchas metralletas
chuecas y mi teni iba diciendo:
"¡Hum!" cada vez que apartaba una. Tirábamos a un
montón lo que podía servir, y entre
ellas mi teniente casi no pudo tirar una marmicoc
repesada y negrita de humo. Al tirarla
se abrió ex-plosionosa y vomitó una cuestión como
crema espesa amarilla y brillante.
-¡Lo encontramos! clamó glorioso y me sujetó
fuertemente, porque se me iban las manos
a probar lo que me parecía una mermelada.
-¡Es oro! Pero está fundido y caliente -su voz, era de
padre eterno-. Tenemos que
esperar hasta que se enfríe -y me siguió sujetando.
-¿Hemos hallado un tesoro? -pregunté.
-Más bien un problema -dijo con voz funeral.
-El oro siempre sirve -traté de soltarme-. ¿Cuál es el
problema?
-El problema es pillar a los ladrones y devolver el oro
a su dueño. Como tú ves la
marmicoc guardaba oro que derritió el fuego. Pero
los que lo habían guardado ahí van a
venir por él. No se atrevieron a sacarlo anoche, por
no despertarnos...
-Total es un tesoro ajeno... Podemos dejarlo tirado -
dije aburrido.
-Un carabinero tiene obligaciones, Papelucho -dijo
mi teni abotonando su chaqueta y
poniéndose duro. Pero le dolió algo al enderezarse.
Yo también me puse duro. Un teniente necesita
alguien a quien mandar. Apreté mis
talones y me achaté las manos en el popí.
-¡Mande mi teniente! -dije esperando órdenes.
-¡Descansa! Ya te diré mi plan cuando lo tenga
pensado...
Y se sentó, en una piedra. Poco a poco se le iba
deshinchando la nariz. Yo y la vaca lo
mirábamos y veíamos unas pocas ideas que le hacían
cosquillas sin convertirse en "plan".
El sol subió hasta arriba y comenzó a bajar.
-¡Ya! -dijo de repente y se levantó poco a poco.
Yo también me levanté y lo seguí.
Nos acercamos al problema, o sea a la olla con su
oro derretido y él lo levantó limpiecito
en sus manos. Era una cuestión como "brazo de
reina" medio chueco para un lado pero
brillante que dolían los ojos. Se había puesto duro
como piedra.
-Tendremos que esconder nuestro "problema" hasta
llegar donde el juez.
Entonces se sacó los pantalones y yo miré a otro
lado, con respeto. ¿Qué iría a hacer
desnudo? ¿O se estaría volviendo un poco loco?
Lo aguaité con disimulo y vi que se había sacado la
camisa. La estaba haciendo tiras, lo
que se llama tiras, largas, raras... ¿Qué diría su
señora cuando viera esa camisa? Nunca
más la podría componer.
Fue añadiendo las tiras, hizo un rollo con ellas y
entonces tomó la cuestión de oro y se la
empezó a probar por todos lados: primero en la
rodilla, después debajo de ella, en la
pantorrilla, en la cintura...
"¡Pobre esposa del teniente con su marido loco" -
pensé yo.
Y dale con ajustarse el tesoro en cada parte del
cuerpo. Después volvió a probarlo detrás
de la rodilla y comenzó a vendarlo firme con las tiras
de la camisa. Quedó como
enyesado, con la pierna bien tiesa y mucho más
gorda. Apenitas le entró la pierna del
pantalón. Yo lo miraba sin preguntarle nada.
Ensayó de caminar y cojeaba bastante. Pero por fin
pudo dar unos pasos más ligero y se
rió. Yo me alegré por su señora, porque entendí lo
que él estaba haciendo.
Levantó la marmicoc y le probó la tapa.
-Ahora echaremos aquí lo más pesado que
encontremos -dijo y comenzó a elegir los
repuestos que cabían en la olla. Cuando apenas se la
podía, la cerró y fue a dejarla entre
las ruinas quemadas, medio escondida.
-El ladrón vendrá luego a buscarla -dijo sonrisoso-.
Le estamos poniendo una trampa
igual que a un ratón y si viene, lo pillaremos igual
que al ratón...
Era chora la idea y me reí de gusto por mí, por la
señora del teni y por la genial trampa.
-Ahora -dijo- tenemos que fabricarnos algún arma
para defendernos cuando llegue el
momento. A ver cuál de los dos discurre mejor.
-¿Es un concurso? -pregunté.
-Es más que eso. Nos va la vida si no sabemos cómo
defendernos.
Y los dos nos sentamos en el pasto a pensar...
---
No sé lo que estaría pensando mi teni. Sé puramente
lo que pensaba yo.
-Las metralletas están chuecas y cachirulientas. No
sirven -me decía-. La bomba ya
estalló. No hay flechas ni lanzas. No hay ni siquiera
escopetas...
Había que inventar algo, y eso es lo que cuesta. Cada
vez que se me ocurría un invento,
ya estaba inventado y tampoco había materiales
para fabricar lo que inventaron otros. Yo
me estaba gastando los sesos por las puras...
Así que me dio por acordarme de la mamá
lacrimógena, de la Ji que me hace los
mandados, de la Domi que soluciona todo y hasta de
Javier, que es fregado. Ahora me
hacían falta.
Yo sé que en estos tiempos hay niños huérfanos
porque los padres se divorcean o cosa
por el estilo y también hay otros que se huerfanean
solos. Lo que pasa es que uno no
elige a sus papas ni a sus hermanos. Bueno, tampoco
se elige uno. Esos niños no se
acostumbran en sus casas. Pero yo sí. Aunque
algunas veces me sentía infeliz, nunca fui
desgraciado. Porque los desgraciados son los que no
se la pueden, o sea que se latean.
Y yo no me he lateado en jamás de los jamases ni me
voy a latear tampoco.
-¿Qué te pasa Papelucho? -mi teniente adivinó mis
pensamientos-. ¿No vas a concursar?
Remecí la cabeza en no.
-No hay que desanimarse. Soy yo el que tengo que
defender aquí. Creo que nos conviene
hacer un rancho antes de que sea de noche y
vigilaremos por turno para pillar al ratón.
Mientras yo duermo tú tienes que estar despierto y
avisarme si ves venir a alguien...
-¿Y qué saco con avisarle si no tiene con qué
defenderse?
-Hay maneras, aun sin armas. Para eso tenemos la
cabeza.
Yo pensé que si él creía defenderse a cabezazos
además de machucada que tenía la cara,
iba a quedar como un puré. Pero no dije nada, con la
cuestión de mi enfermedad,
prefiero callar.
Empezó a separar fierros largos y chuecos y eligió
uno para abrir hoyos en el suelo. Yo
iba clavando los fierros; él estiraba latas y las iba
amarrando más o menos y el refugio
iba apareciendo poco a poco. Yo creo que los hijos
Albornoz deben ser muy felices de
tener un papá genio. Porque el rancho resultó hasta
con una ventanita con mira
telescópica y apilamos dentro fierros picudos como
lanzas y otros raros que nos servirían
casi como armadura metálica. A mí me estaba
haciendo agua la boca porque llegara
luego el asalto.
De repente me mostró una cuestión rara, gorda y
pesada.
-Esta -me dijo- es nuestra bomba de hidrógeno.
Cuando la vea el ratón, arrancará como
el mismo diablo.
Yo preferí quedarme sin saber si lo decía de verdad o
de mentira. Lo sabría cuando
llegara el ladrón-ratón.
Nos tomamos otro tubo de leche cada uno y
entonces me ordenó mi teni.
-Ahora te acomodas para dormir. Has trabajado
bastante y tienes que descansar para
estar bien despierto cuando te toque el turno de
vigilar.
Me acomodé en el suelo, en un rincón del rancho y
al tiro me dormí.
Desperté con un calor tremendo. Había sol, era otra
vez de día y las murallas del rancho
estaban muy calientes. Mi teniente roncaba...
La vaca guardaespaldas no se veía por ningún lado.
Había desaparecido.
Me di un feroz estirón y con mi largo bostezo, se
despertó el teniente.
-¿Qué pasó? -pregunté-. ¿Por qué no me despertó
cuando me tocaba el turno?
-Fue inútil remecerte y sacudirte -dijo bostezando y
estirándose más fuerte que yo-.
Debo haberme dormido remeciéndote...
-No hay desayuno -le dije-. Desapareció la vaca.
Mi teniente se levantó de un brinco, se aplastó con
la mano un "¡Ay!" que le salió de la
boca, y cojeando se fue al montón donde dejó
escondida la olla maldita.
Desde lejos oí sus garabatos.
-Vino el ratón y nos falló la trampa. ¡Se llevó la olla!
-Total, se acabó el problema -clamé yo bien
contento-. Ahora podemos volver y no
preocuparnos más.
Pero mi teni tiene un carácter de Urquieta y puso
cara taimada. Clavó la vista en el suelo
y se quedó paralelo. De repente se agachó y largó
otro garabato.
-Esta maldita pierna -dijo como excusa, sobándose
"el problema" que tenía vendado en
ella. ¡Pero hay huellas! -y tocó el pasto negro-.
Huellas frescas que no son tuyas ni mías.
Son distintas. Ven y mira...
Había miles de huellas del ratón. Eran más chicas
que el zapato de mi teni y más grandes
que las mías. Se notaban claritas en el pasto
quemado. Unas iban y otras volvían del
lugar donde él había dejado la olla misteriosa.
-¡Lo encontraremos! -mi teni se había puesto
radiante otra vez. Ya no le importaba que
nos quedáramos sin desayuno ni vaca-. Seguiremos
la huella y pillaremos al ratón.
Tuve que tragarme mi hambre. Y entonces comenzó
el largo camino. El rastreo, lo
llamaba él. Mis tripas sonaban sulfurosas y mi
hambre se retorcía nauseabundo. Pero
rastreaba con él. -Aquí hay huellas de la vaca -
descubrí de repente-. Van detrasito de las
del ladrón...
-Obvio -dijo mi teni. . -¿Ud. sabe el nombre del
ladrón? -pregunté.
-Naturalmente que no. ¿Por qué? , -Me pareció que
nombró a alguien -preferí cambiar
de tema-. Usted es muy valiente porque busca al
ladrón y no viene armado...
-Pero traigo mi bomba -mostró un tumor en el
pecho y siguió su camino cojeando y
traspirando.
Yo lo seguía medio aturdido por la sonajera
ambiental de mis tripas. Por eso ni me di
cuenta cuando llegamos a un grupo de arbolitos.
Estábamos en lo alto de una loma y por
fin, allá abajo, se divisaba un rancho. Y cerca de él
nada menos que la vaca chueca y
perversa. Pero me alegró verla. ¿Tendríamos
desayuno? Era lo más importante para mí.
-¡Ahí lo tenemos! -mi teni paró en seco y enganchó
primera, casi sin cojear-. ¡Adelante! -
ordenó.
Me puse duro igual que él y caminé a su lado,
contando mis largos pasos. Me venía la
idea que podrían ser los últimos. Al llegar a la vaca,
mi teni siguió de largo, derecho al
rancho. Yo habría querido saludarla y perdonarla si
me daba su leche...
Pero mi teni avanzó hasta la puerta y se desabotonó
la chaqueta. Quería que se le viera
la bomba de hidrógeno.
Golpeó. Mi corazón golpeó más fuerte que él. Se
abrió la puerta...
-¡Buenos días! -dijo abriendo una lola medio hippie-.
Pasaron buena noche, aunque era
dura la cama... -rió con miles de dientes. Yo los vi
dormir cuando fui a buscar mi vaca...
Mi teni y yo le miramos con violencia los pies. Tenía
unas chalas idénticas a las huellas.
-Buenos días -contestó seco mi teniente.
-¿Les ofrezco una taza de desayuno? Tuvieron
mucha suerte al no matarse en un
accidente aéreo..., pero están machucados -y miró
sonrisosa la nariz de mi jefe. Pero
siguió hablando-. Mi marido vio caer el aparato y fue
a dar el aviso al pueblo, pero no
vuelve todavía porque queda muy lejos.
Entramos. Mis tripas se alegraron porque había
olorcíto de comida. Mi teni seguía duro y
antipático, con los ojos clavados en la marmicoc que
estaba en la cocina.
Ella adivinó sus malos pensamientos y dijo:
-Me la traje de recuerdo -mostró la olla maldita-
porque a nadie le sirve y cuando llegan
los jueces no dejan tocar nada.
Ofreció sillas y se afanó calentando leche y pan.
Sonreía todo el tiempo. Mi teni se sacó
la gorra y se secó el sudor. Y no se abotonó la
chaqueta. Yo estaba tilimbroso y trataba
de decirle que se le veía la bomba.
-Así que su marido vio caer el avión -dijo mi teni tal
como si creyera sus mentiras.
-Lo vio caer y quemarse -nos estaba sirviendo un
café con leche y un pan caballo de rico-
. Fue tempranito al pueblo a caballo a dar cuenta y
entonces eché de menos la vaca y
salí a buscarla. Y me traje la olla. Ustedes dormían
como dos angelitos.
Aunque era mentirosa la lola yo le tenía confianza,
pero mi teni no. ¿Quién tendría la
razón?
---
Pasó un rato, y otro rato más, mucho más...
Nos servimos dos desayunos mientras la lola se
afanaba ordenando el rancho. Era un
rancho distinto, con sofá y cojines de colores, con
'posters' en la muralla y unos rifles,
colgando por ahí y hasta un mueble tapado con una
manta de mil colores. Era como de
revista y no de campo chileno. La lola estaba medio
nerviosa y a cada rato se asomaba
fuera a mirar si venía su marido.
Mi teñí aprovechó una de sus salidas y le sacó las
balas a los rifles. Se las echó al bolsillo
y aprovechando otra salida de la lola destapó la olla
y la tapó de nuevo. Se sentó.
-Ni se divisa Manuel -dijo la lola entrando. -¿Cuánto
demora ir a caballo al pueblo? -
preguntó mi teñí.
-El caballo estaba manco; le faltaba una herradura.
Lo menos un día si se ha ido al
tranco. Pero allá lo habrá herrado y entonces al
galope, sus tres horas.
Mi teniente estaba tratando de conversar. Yo sé que
no le creía nada a la lola. Yo
también traté. -¿En qué trabaja él? -pregunté. -En la
tierra, por supuesto -rió la lola. -
Pero no hay herramientas y todo está tan limpio -
alegué. Me pareció que mi teni me
daba un pisotón. Pero no estaba seguro.
-¿Es cazador? -pregunté mostrando los rifles.
-¡Claro! -dijo mi teni. Cazar es el deporte campesino.
Todo tranquilo y sin problemas se
comen ricas tórtolas y perdices... -y me plantó una
mirada con recado. El recado decía:
"¡Tú te callas!" y me quitó las ganas de hablar.
Y de repente, se abrió la puerta y entró un cabro,
chico y feo como yo. La lola pegó un
brinco, lo tomó de un brazo, lo sacó para afuera y
cerró la puerta. ¿De dónde habría
salido ese chiquillo?
Mi teni aprovechó que no estaba la lola y lo seguí.
Por un rincón de la cortina que había
en la ventana, la miramos. Ella le quitaba al chiquillo
un papelito escrito y lo leía. En el
mismo papel escribía algo y se lo daba al cabro que
arrancaba corriendo... 5>
Eléctricamente nos sentamos mi teni y yo, justo
antes de que entrara la lola. Pero mi teni
me alcanzó a decir: "¡Quédate mudo y no preguntes
nada!".
-Un recado -dijo la lola sonrisosa-. Nunca falta un
chiquillo que viene a pedir algo por
aquí.
-¡Lástima que le quitemos su tiempo nosotros! -dijo
mi teni-. Por favor haga como si no
estuviéramos... Debíamos irnos, pero no sabiendo el
camino y andando a pie no
llegaríamos nunca.
A la lola se le alumbró la cara.
-Eso mismo pensé yo -dijo- y con el recadero le
mandé decir al vecino que se trajera su
tractor para llevarlos. Vendrá luego porque no está
tan lejos. Mientras tanto voy a
ordeñar la vaca que ya es hora.
Sacó un balde, lo enjuagó y me dijo al salir:
-¿Te gusta la leche al pie de la vaca? Te la daré
tibiecita.
Y se fue.
Apenitas había salido, mi teni comenzó a levantar los
cojines del sofá-cama y sacó de
debajo una tremenda pistola. Vio si estaba cargada,
le quitó el seguro y se la echó en su
cartuchera. Debajo de otro cojín sacó una caja de
balas y las fue poniendo en su
cinturón. Él es como adivino porque sabe dónde
encontrar cada cosa.
-¿Puedo hablar ahora? -le pregunté en secreto.
-Sí -dijo con voz seca, pero uno veía que estaba
pensando en otra cosa.
-¿Son ellos los ladrones, o sea el ratón?
-Creo que sí... -se acercó al mueblecito, levantó la
manta y descubrió una puerta. Había
ollas surtidas... Destapó una y dijo: "¡Ahem!" y la
tapó de nuevo. Cerró la puerta del
mueble y estiró la manta.
-Creo que vamos a tener que defendernos -dijo-. Ese
tractor de buena voluntad es
alguien que viene a ayudar a esta lola a librarse de
nosotros. Trataré que las cosas se
arreglen por las buenas, pero si hay baleo, tú te tiras
al suelo y te haces el muerto hasta
que yo te llame. ¿Entendiste Papelucho?
-Entendido -contesté-, pero a mí me parece...
-Alcancé a decir eso no más cuando se oyó el motor
del jeep, su frenada y apareció en la
puerta un gallo con la lola sin balde y sin leche. Mi
teni y yo nos levantamos y saludamos
al hombre con un "¡Hola!", a lo amigo.
Nos sentamos de nuevo y bla bla bla por aquí y bla
bla bla por allá. Que el accidente, que
la muerte, que la suerte, que el avión y dale con la
mentira. Yo me mordía las uñas para
no decir nada. ,
-Los llevaremos al pueblo -dijo el lolo chascón-. Lo
atenderán en la posta primero y luego
en la comisaría. Tienen teléfono y radio.
Puede comunicarse con sus jefes y dar cuenta del
accidente. Seguramente lo vendrán a
bus car.
-Siento darles tanta molestia -dijo mi teni
levantándose y arreglando su cinturón con
balas y pistola. Creo que ahí estuvo lo malo. Vi como
le brillaron los ojos a la lola y con
ellos le mandó recado al lolo. Él también miró el
cinturón amenazante. Pero sólo dijo:
-Nos sirves un vasito de vino antes de partir, mija -y
mostró una copa.
Entonces todo fue electrónico y relámpago.
La lola se dio vuelta para tomar la botella de tinto y
en vez de eso encañonó a mi teni
con el rifle. Casi al mismo tiempo el lolo descolgó el
otro y le afirmó el cañón en la
espalda a mi teniente. Yo esperaba tranquilo igual
que mi teni.
-¡Manos arriba! -ordenó el lolo y la lola acercó más
su escopeta. Pero mi teni ni se
atilimbró siquiera. Me pescó de una oreja y me
entregó la bomba. Su otra mano tapando
su pistola. Yo me preparaba para tirarme al suelo y
hacerme el muerto, pero esperaba el
baleo.
La lola apretó el gatillo y no salió el disparo.
Entonces me acordé de que los rifles estaban
descargados. Me reí de gusto mientras el
lolo retaba a la lola:
-¡Quita el seguro, imbécil! -le gritaba apretando su
gatillo. Pero ¡nada! Largó unos
garabatos. Mi teni sacó entonces su pistola y le
apuntó a los dos lolos. Fue todo como un
chifle: se salió de la pista y los obligó a juntarse en
marcha atrás, en la puerta. ¿Se irían
a arrancar?
-¡Tiren sus armas al suelo y levanten las manos! -la
voz de mi teniente era de general de
batalla en alta mar. Los gallos obedecieron y yo
recogí los rifles. Los lolos topaban al
techo con sus manos.
-¡Ahora salgan caminando hacia atrás! -manduqueó
mi teni y los hizo salir del rancho.
Sin dejar de apuntarles sacó del jeep unos cordeles y
les amarró atrás las manos.
-¿Dónde están las llaves del jeep? Tú, Papelucho,
echa los rifles al jeep.
Obedecí, mientras la lola escupía las llaves que tenía
en la boca.
-Toma la bomba, Papelucho, y tenia en alto para
dispararla cuando te lo ordene. Sube al
auto...
-¡A su orden mi teniente! -dije hincándome en el
asiento con la bomba levantada y
mirando hacia atrás. Yo pensaba que los lolos-
ladrones eran harto idiotas de creer que
era bomba esa cuestión cualquiera que yo tenía en
la mano.
Pero el teniente hizo partir el jeep y con voz de
trueno gritó:
-¡Échense al suelo los dos! -y obedecieron al tiro.
Con mi brazo en alto amenazándolos con la
porquería de bomba, partió el jeep a todo
chifle y por poco me caigo.
Lo último que vi fue la vaca con su leche tibia que se
acercaba a los lolos todavía tirados
en el suelo.
---
Ibamos siguiendo la huella que dejó el jeep, cuando
apareció un camino.
-No voy a seguir esta huella porque iremos a dar
donde está la banda -contestó mi teni a
mi pregunta de puro pensamiento. Es bastante
adivino.
i-Nos vamos al pueblo, por ahora... Puedes sentarte
y dejar la bomba.
-La dejé. Pero mi brazo se había quedado perpetuo y
sus lagartos duros no se podían
doblar nunca jamás.
Bajo un arbolito, de repente frenó. Ipso flatus volví a
tomar la bomba.
-Voy a sacarme "el problema" -dijo mi teni
levantándose el pantalón y quitándose la
venda-. Me aprieta demasiado...
Poco a poco apareció el brazo de reina de oro y
también su pierna morada inflada como
salchicha gigante. Tiró al suelo del jeep el famoso
tesoro y comenzó a masajearse la
rodilla, la canilla, la pantorrilla, etc. A medida que se
masajeaba más gorda y más roja se
le iba poniendo. Al pobre teni le dolía caballo, se le
notaba en la cara.
Echó al suelo las piernas y trató de pararse, pero se
sentó al tiro. Siguió haciéndole
empeño, pero se caía sentado electrónicamente.
-Como que siga tan acalambrado, tendrás que
manejar tú -me dijo-; no me obedecen los
músculos.
Miró a todos lados y por fin dijo:
-Bájate y sube por mi lado. Yo me corro y tú tomas el
volante. Yo te dirigiré.
Me dio como una risa en mi dentror ¡manejar de
verdad era choriflai!
Se corrió él a mi asiento con la pierna más tiesa que
un garrote. Yo me senté al volante y
partí con un feroz salto, como una citroneta. Yo
tenía harta práctica de chofer en autos
parados, pero no andando... Lo malo era que
apenitas veía. Porque los jeep están un
poco mal hechos y uno ve el camino de lejos y todo
lo que es cielo, pero queda tapado lo
de cerca. Y entonces, sin querer le enchufaba en los
hoyos y dale brinco y brinco,
saltando los dos a un tiempo. Era un camino sin
locomoción ni semáforos ni siquiera
autos en pana ni perros reventados. Un camino
solitario.
Mi teni se bajó el pantalón y se dejó en paz la pierna
y trató de ayudarme a sujetar el
volante que bailaba con nosotros de un lado a otro.
Pero su cara se iba poniendo rara,
como pálida y medio fallecida. Y soltó el volante.
Lo miré. Se había echado atrás y parecía de función.
Me asusté al verlo y aceleré bien a
fondo. Consolándome me decía: Mi teniente
Albornoz no se queda muerto así no más.
Estará un poquito desmayado solamente.
Y no lo miré nunca más, sino que me seguí
discurseando que un teniente de tanto
aguantar un dolor se puede desmayar por un rato,
etc., hasta que por fin apareció el
pueblo con su calle larga. Solté el acelerador y frené
un poco. Había perros por ahí y una
plaza con su parroquia y todo. Y justo ahí se me paró
el motor. Saqué las llaves y de un
salto me bajé.
Entré a la iglesia corriendo. No había nadie. Empujé
una puerta y apareció un patio con
su curita leyendo en una silla.
-Señor cura -le dije a mil por hora-. ¡Venga antes de
que se muera!
Me miró por encima del anteojo con unos ojitos
turbios lacrimógenos.
-¿Qué me dices? ¿Quién eres tú? ¿Qué quieres?
Le expliqué bien confundido y creo que lo aturdí. Se
agarró una oreja y con la otra mano
me pescó del brazo y me acercó a él.
-Soy sordo -dijo sonriendo-. No te oí nada. ¿Traes
alguna buena nueva?
Agarré vuelo y haciendo corneta con las manos le
grité:
-¡Mala nueva! ¡Pésima! venga conmigo antes de que
se muera mi teni...
Se sacó los lentes, los dobló y guardó en un estuche
con esa calmita atroz que tienen los
curas.
-Vamos a ver. Voy contigo. ¿Qué pasa?
Con la misma calmita tironeándolo yo, llegamos al
jeep por fin. Al ver esa cara tan
grande y tan pálida por fin se asustó, le tomó el
pulso y comenzó a contar igual que en el
box.
-Anda a la cocina y pídele a mi hermana una taza de
café.
Corrí. También mis piernas estaban desmayadas con
la fuerza que hice en los pedales del
jeep, y claro, me caí. Me levanté para caerme de
nuevo y me chorreaba la sangre por las
rodillas.
La dejé correr por si me convidaban a mí también un
poco de café. Porque tenía el
cuerpo aquilatado y lagarteado.
La hermana del cura era el doble de vieja que él,
pero no sorda y harto acelerada para
calentar café, darme un poco y llevar una taza al
jeep. Por cucharaditas se lo echó en la
boca a mi teni que se chorreaba igual que la Ji
cuando era chica. Pero por fin tragó y
poco a poco fue abriendo los ojos.
En un minuto se había pelado la plaza y toda su
gente hacía redondela al jeep: niñitos,
perros, bicicletas, manicero, señoras con guagua y
hasta un carabinero.
Ipso flatus se convirtió en general, despejó la cancha
y enchufó al cura con preguntas.
Pero él na' que ver, seguía contando el pulso de mi
teni que había vuelto a cerrar los
ojos.
Alguien me apuntó a mí:
-¡Ese mocoso venía manejando! -dijo acusándome
con odio.
-Él lo mató. Ahí están las armas -dijo otro.
-Soy testigo de que ese cabro venía manejando y no
tiene documentos -gritó otro con
voz de enemigo.
El carabinero sacó libreta y apuntó el nombre y
dirección del testigo. Yo me empecé a
sentir un verdadero asesino. Si todos me acusaban
¿por qué no iba a tener culpa? Traté
de pensar en otra cosa y no me resultó. Entonces
sentí la mano que me apretaba el
brazo, mientras el carabinero volvía a enchufar al
cura con preguntas. Pero él no oía ni
pío. Yo pensé que hasta un asesino se podía confesar
con él... Pero de repente el cura
soltó el pulso de mi teniente:
-El pulso está bueno, firme y regular -dijo al
carabinero. Creo que es una simple fatiga.
-¿Es médico usted o cura? En todo caso quiero su
informe.
El cura se rió y yo también porque yo sabía que no
había oído nada. El carabinero sacó
una cuestión y me puso una pulsera de hippie con
cadena y todo.
-Vamos a la comisaría -ordenó-. Dame las lia ves del
jeep...
Las busqué, pero no las tenía. ¿Dónde se habrían
perdido?
-No las tengo, pero las tenía... -dije. El carabinero se
puso otra pulsera amarrada a la
mía. -Es malo ser mentiroso -dijo-; tendrás que
encontrarlas.
-No es mentira -alegaba yo con romadizo a chorro
mientras recorríamos la iglesia, el
patio y la cocina. No aparecían. Entonces me acordé
de San Antonio y le recé en mi
dentror: -¡No quiero que me crean mentiroso! -le
dije-. Aparéceme las llaves. ¿Qué te
cuesta?
Volví al auto con el carabinero bastante furiondo.
-¿Hay teléfono aquí? -preguntaba a los curiosos. El
cura ya no servía para dar noticias.
Fue entonces cuando una mamá mirona plantó el
grito:
-¡Se me ahoga la niña!
Era una cabrita gorda y crespa, y del mismo color
que la pierna de mi teni.
El carabinero la levantó y la tomó de los pies, patas
arriba y la sacudió como si fuera
alcancía. Y ella, como si fuera alcancía, vomitó y
entre otras cosas también las llaves del
jeep. Se llevó su buen reto por comellaves y se fue.
El carabinero me hizo trepar al jeep y sentarme
entre él y mi teni. Pero lo malo es que él
no sabía manejar y dale brinco y más brinco y el
motor se le paraba. Entre tanto salto se
despertó mi teni y poco a poco se desesmayó y le
volvió el color.
-¡Papelucho! -me dijo con voz suave-. ¿Estás bien?
¿Qué pasó?
-No mucho -alcancé a decir, cuando el carabinero
por fin partió y dijo:
-Ya está en buenas manos mi teniente. Vamos a la
comisaría donde lo atenderán bien.
El carabinero ya no parecía odiarme sino que me
preguntó: -¿Es tu papá el teniente?
Y me dieron tentaciones de mentir y decirle que sí,
puramente por ver su cara. Pero
contesté: "Casi, porque en este momento es igual
que si fuera...".
En la comisaría nos trataron como reyes y a mi teni
lo ayudaron entre dos a entrar y lo
sentaron en un sillón con frazada y todo. Nos dieron
rico almuerzo y fruta y hasta un
trago de cerveza. La cara de mi teni se volvió la de
antes, o sea con la pura nariz
machucada y lo demás muy bien.
-Quiero hacer la denuncia -dijo al comisario con voz
bien entera.
-Yo haré el informe -contestó muy ronco el
comisario y se largó a escribir en un libróte
tremendo de grande. Era como un dictado de
colegio y resultaba harto entretenido oír
toda la historia desde que chocamos con grúa y
todo. Lo único distinto era que "el
problema", o sea el pan de oro, se llamaba prueba
N° I, el revólver era la N° 2 y la
escopeta y el rifle la 3 y la 4. Me arrepentí de
haberle pegado el cacho a la vaca porque
habría sido la prueba N° 5.
-Es urgente ir a ese rancho con refuerzos y detener a
los de la banda -dijo mi teni
cuando acabó de dictar.
-Papelucho puede servirnos de guía -dijo el
comisario-. Mi teniente no está como para
otro viaje.
Me sentí liviano con esto que tuvieran confianza en
mí. Me habría gustado tocar una
trompeta o algo así.
-¿Eres capaz de guiarnos? -me preguntaron-. ¿No
tienes miedo? -y me dieron un chicle.
-Soy capaz de guiarlos -dije bien serio- y tampoco
tengo mi, mi, mi -hasta ahí no más
llegué porque el chicle se me pegó para siempre
entre los dientes.
---
Una camioneta verde con dos rifles cruzados
pintados en la puerta, nos esperaba. Atrás
subieron cuatro carabineros armados y adelante dos
jefes, y entre ellos me hicieron
sentarme a mí.
-Tú serás el monitor -me dijo mi teniente Albornoz al
despedirse-. Tú conoces el camino
y las huellas del jeep en que vinimos. ¡Buena suerte!
No me cayó muy bien lo de monitor, porque ni tengo
la mayor idea lo que es, pero creo
que mi teni no me estaría insultando, así que dije
"sí" con la cabeza.
Y partimos. Este sargento manejaba caballo, pero
conversaban poco.
El camino era largo, pero menos solo que al venir,
porque nos cruzamos con un entierro
con tres coronas y un tractor. Pero yo me moría de
ganas de preguntar cosas y averiguar
de asaltos, de huellas vegitales, de espionaje y
demases. Y no me atrevía por no parecer
leso.
Cuando llegamos al arbolito con la frenada del jeep,
reconocí el camino porque me
acordaba de la cantora rota que estaba ahí tirada. Y
al pasarla yo venía aquilatado del
brazo con la bomba y mi teni adivino, en ese mismo
momento me dijo que dejara la
bomba y me sentara. Y ahí mismo estaba el desvío
por el que habíamos salido al camino.
Yo miraba el camino con violencia para no perder la
huella. Porque a cada rato me daba
la cuestión de que "a lo mejor te vas por otro con tu
famosa dix-lesa". Y me discutía
conmigo cataclípticamente. Fue entonces cuando
divisamos la humareda.
-Parece un incendio -dijo el jefe-. No es tiempo de
quemar rastrojo...
-¡Es el rancho! -chillé yo-. Está ardiendo
telescópicamente. Esta es la huella en el pasto...
Mi sargento aceleró a todo riñón y me caí sentado
encima del jefe.
El humo empezó a llegar todo lacrimógeno y a
medida que nos acercábamos el calor de
las llamas nos hacía toser. Volaban las cenizas. Las
llamas se agrandaban y viceversa.
Cuando nos acercamos quedaban puros palos
ardiendo, trapos luminosos que volaban y
muchas manchas de pasto que ardían
humildemente.
Con palas y otras cosas botamos los pedazos de
tableros quemantes y aplastamos las
llamitas que ardían por aquí y por allá. No me gustó
mucho ser bombero. Prefiero seguir
haciendo injertos de cachos, colas, patas y demases.
Tener mi posta central propia de
primeros auxilios para sanar los perros atropellados
en las calles. El equipo trabajaba
apagando y escarbando, hurgueteando entre las
cenizas y los palos quemados. No
encontraban nada importante. Algunas porquerías
las recogían y echaban en una caja. Yo
ayudaba y me quemé ocho dedos por recoger
cartuchos de bala y otro asunto que le
interesó al sargento.
-Tenemos varios rastros -dijo el jefe-. Cada vez me
convenzo más de que son los
"Tenebrosos". Aunque se hayan escapado no deben
estar muy lejos... Quemaron el
rancho con bencina y llevo muestras. ¡Los
alcanzaremos!
De la vaca quedaba puramente su huellabosta.
¿Cómo se la llevarían tan ligero? -Ud.
dice que los Tenebrosos no están lejos -dije al jefe-.
Pero se han ido en camión, porque
llevaron la vaca -y le mostré la bosta. Él se quedó
pensaroso.
-Tienes razón. Hay que buscar su huella...
Y buscamos. Pero estaba tan quemado el pasto y tan
pisoteado por nosotros que nos
costó encontrar una marca lejos, andando al revés
del pueblo. No había camino, y
huellas saltadas entre pasto quemado, cenizas, etc.
Pero sí que había hoyos y el asunto
era áspero y mata-autos, con piedras, lomas,
lomitas, acequias y agujeros.
De repente descubrí que era el mismo camino que
habíamos hecho a pie con mi teniente
al dejar el helicóptero. Y en ese mismo instante un
neumático se reventó nauseabundo. Y anduvimos
caramboleando un poco. Pero el equipo cambió la
rueda de un chifle y seguimos, brincando harto
choreados.
-Si logramos pillar a los Tenebrosos, te vas a hacer
famoso, Papelucho -dijo el Sargento.
-Me gustaría pillarlos -dije-, sería harto penca... Pero
no me gusta ser famoso, porque me carga que me
pongan coronas y cuestiones en la tele.
En ese momento divisamos nuestro refugio de latas
y casi al tiro lo poco que quedaba del
helicóptero reventado. Aceleramos...
Saltamos todos a tierra y empezó el registro de
fierros y cuestiones. Todo muy ligero;
iban echando algunas cosas en sus famosas cajitas.
-La placa del motor -dijo mi jefe guardando una
cuestioncita-. ¡Y ahora adelante! Hay
que darles alcance antes de que se escapen.
Como relámpago treparnos de nuevo a la camioneta
y seguimos el baile a todo chifle.
Sonaban los amortiguadores como peñascazos. Y por
fin divisamos allá lejos un camión.
-¡Atención! ¡Alto! -ordenó el jefe-. ¡A tierra y
protegerse!
De un brinco estábamos todos de guatita en el suelo,
cada uno con su carabina o
metralleta. Yo tenía casco no más. Pero como
gusanos, nos íbamos acercando. Ligerito
nos dimos cuenta que estaba sólo el camión y
tampoco se veía la vaca.
El jefe se levantó y avanzó rápido con su metralleta.
Nosotros lo seguimos. ¡Nada por
aquí, nada por acá! Ni luces de los Tenebrosos.
Nos abrimos en fila ancha buscando cualquier cosa.
Yo fui el primero en encontrar el
cacho de la vaca.
-¡Han sacrificado un animal! -dijo un carabinero
mostrando algo. El jefe me pescó del
brazo y me dejó perpetuo. El carabinero que
descubrió el sacrificio iba arrastrando la
mano por el pasto y la mostraba roja. Todos se
acercaron, menos mi jefe y yo.
-jAquí hay huellas de un helicóptero! -dijo uno.
-Manchas de aceite... Una llave grip... -dijo otro
mostrando algo.
Mi jefe miró al cielo y yo también. Allá lejos
divisamos el moscardón que se alejaba. No
se oía ya el ruido de sus alas. Cada vez se veía más
chico. Un puntito y desapareció.
-¡Se nos escaparon de nuevo! -dijo el jefe enojado,
pero sin soltarme el brazo.
-Hay pistas de que arrastraron el animal hasta el
helicóptero -dijo otro.
-¡Claro! No iban a dejarlo atrás -dijo el sargento-. ¡Lo
sacrificaron para llevárselo!
-Era la vaca... -dije. Yo no sé por qué tenía pena-.
¿Duele que lo sacrifiquen a uno? -
pregunté, y nadie me contestó.
---
-¿Nada? -mi teniente Albornoz salió a recibirnos. Se
le había achicado tanto la nariz que
casi no lo reconocí.
-¡Se nos escaparon otra vez! Volaron el rancho que
todavía ardía cuando llegamos. Pero
dejaron bastantes rastros... -mostró las cajas-.
Partieron en otro helicóptero y
abandonaron un camión. Se les quedó en él un
trasmisor.
-¡Caramba! No tienen problemas de dinero esos
sinvergüenzas!
Entramos. En una mesa fueron poniendo las
"pruebas" y explicando. Apareció el libro
grande y comenzó el anoto. Uno se chorea un poco
de oír lo que acaba de pasar y más
porque no hay misterio; es como ver dos veces la
misma película. Así que me puse a
pensar en mi mamá, en la Domi y hasta en la Ji, así
como cototiento. Y entonces mi
chori-amigo-adivino que oye lo que yo pienso, se me
acercó y me dijo:
-Papelucho, tú debes querer comunicarte con tu
casa. Dame el número y pediré la
comunicación.
Eso me reajustó y me puso radiante. Pero me duró
poco porque dieron la comunicación
al tiro y cuando oí la voz de mi mamá no sé por qué
quedé mudo.
-¡Papelucho, mi lindo! -allá lejos su voz era
congojosa y con hipo-. ¡Gracias a Dios de
oírte!
Yo trataba de tragarme el cototo pero estaba tan
duro, que no había caso. Mi teniente
Albornoz adivinó otra vez y tomó el fono:
-¡Señora -dijo-. Llama el teniente Albornoz para
decirle que Papelucho está
perfectamente. Se ha emocionado un poco al oírla
pero ya vuelve al fono. Tendrá mucho
que contarle mañana, cuando se lo llevemos. No es
posible esta noche porque estamos
un poco lejos. Quiero felicitarla por su hijo que se ha
portado muy hombre y muy
valiente.
Me pasó el fono a mí y pude hablar con cada uno.
Todos me querían mucho por teléfono.
"Ojalá que les dure" -pensaba yo cuando oí al propio
Javier que se despedía con un
"chaíto hermano".
Esa noche comí en el comedor de los uniformados y
alojé en un catre de verdadera
campaña. Junto con acostarme me dormí y ni tuve
tiempo de soñar.
A la mañana siguiente tuvieron que despertarme y
apenitas me lavé la cara porque
estaban tomando desayuno. Y junto con terminar
tuve que despedirme de los amigos,
porque era hora de partir. Habían lavado el furgón y
estaba brillante y me hicieron
sentarme entre mi teni y el sargento que manejaba.
-Aquí va algo para el camino -el jefe me entregó un
paquetito con rico olor de arrollado y
también un cinturón de cuero con una hebilla chora.
-Eso va de recuerdo -dijo. Chitas que aprietan fuerte
la mano al despedirse; se me
quedaron esterilizados los dedos un buen rato, y a
uno le da congoja irse y dejar atrás la
pesquisa de los Tenebrosos. Uno le toma cariño al
trabajo de pillar ladrones y más que
todo cuando esos ladrones son un poco de uno. Y
me acordaba de la lola, de la vaca y su
leche, del refugio que hicimos esa noche en el
potrero. Partimos.
-Aunque no los pillamos -decía mi teni al sargento-
pudimos comprobar que no se trata
de una banda cualquiera. Son una verdadera mafia.
Mira que no dárseles nada el quemar
un refugio bien equipado, ni perder un helicóptero...
No les falta otro para reponerlo al
tiro. Esa barra de oro que dejaron olvidada, es un
pelo de la cola. ¡Sepa Dios lo que ya
habían bajado antes!
-¿El oro era un pelo de la cola? -pregunté.
-Es un modo de decir, Papelucho. Aquí llevamos una
pulsera con brillantes y esmeraldas
que se quedó enredada en los flecos de una
bufanda, en el potrero y la placa del motor
del helicóptero. Son pistas que ayudarán a
identificar a los mañosos y a dar una idea de
lo que han robado.
-El cacho de la vaca era también una pista -alegué
rencoroso.
-También viene el cacho de la vaca -contestó.
-Pero ella está sacrificada... ¿Estará muerta?
-Preguntas muchas cosas, Papelucho.
-Es que yo quiero ayudar y no me gustaría que
pillaran a los Tenebrosos sin mí.
-Estaremos en contacto contigo. Es posible que
tengas que declarar porque yo estuve
inconsciente un buen rato y tú no. También tú
conociste a los que robaron el auto que
son seguramente de la mafia. Te llamaremos.
-Ojalá sea luego, antes de que se me olviden sus
caras.
El camino era largo y poca la conversa, pero al pasar
por un pueblo nos paramos a tomar
un refresco y a estirar las piernas. La de mi teni
todavía le cojeaba del problema, pero su
nariz se había achicado rotundamente. El dueño de
la fuente de soda tenía una perra que
le colgaban las mamaderas bastante desinfladas y un
montón de perritos chicos oledores.
-¿Vende los perros? -le pregunté al señor, y a mi teni
le dije: -Yo creo que sería harta
ayuda para la pista un perro policial...
-Te regalo uno -dijo el dueño-. Ya están buenos para
destetarlos. ¡Elige!
Ya lo tenía elegido, porque él me eligió a mí y me
olorosaba los zapatos moviendo su
colita. Cuando lo tomé en brazos me langüeteó la
cara entera.
-¿Es policial? -le pregunté al señor.
-Bastante -dijo riendo con dos puros dientes-.
Aunque puede ser de la policía secreta...
Para probarlo le di a oler un billete, pero como es
tan chico se lo comió de un tirón.
-Hay que enseñarlo -dije confundido.
-Y dejarlo crecer... -dijo el dueño.
-¿De verdad puede crecer en mi casa? ¿Es mío?
Dijo sí con la cabeza y riendo. Mi teni la miró en los
ojos y me dijo:
-Elegiste una perra Papelucho...
-Ella me eligió a mí -alegué-. ¿No hay mujeres
policías?
En todo caso ahora es mía y se llama Tenebrosa.
---
La Tenebrosa es de carácter investigoso y va a
resultar más penca.
Hay que ver cómo hurgueteaba todo el camino y lo
hacía más corto, revolviéndola todo
el tiempo. Pero cuando íbamos en lo mejor, sonó la
radio sola:
-B trece, B trece, B trece, llamando a L 7...
Me resalté. Y sujeté a la Tenebrosa. Mi teni tomó
una cuestioncita del auto: L7, L7, L7,
recibe llamado B trece, paso -dijo con voz naval.
-Déme ubicación -dijo la voz.
-L siete llamando a B trece desde Panamericana
kilómetro ciento setenta y dos. Paso.
-Siga ruta a Santiago. Tome desvío en Nos y espere
órdenes. Avise llegada. Paso.
-L siete recibió conforme y tomará desvío. Nos
avisando.
-Conforme.
Un clic y mi teni colocó la cuestioncita en su hoyo
propio.
-Pareciera que nos esperan novedades -le dijo al
jefe.
-Ya era tiempo. Estos gallos nos llevan poca
delantera, ahora. ¿No llevamos seis meses
siguiendo la pista?
-Lo menos -dijo mi teni.
-¿Y no se aburren de seguirlos? -pregunté.
-Al revés, se pone interesante la pesquisa.
(La Tenebrosa me enterró un diente en la mano y no
podía sacarlo, y mientras tanto a mí
me fue volviendo la cuestión de pensar-columpio. O
sea que mientras me repercutían las
ganas de seguir en la pista de los Tenebrosos
también me bajaban las ídem inflamables
de ver a mi mamá, papá, Ji, Domi, etc. Así que dale
con pensar en mi casa y el olor de
sopaipillas y dale para el otro lado con los hippies del
Peugeot, el cacho de la vaca y sus
huellas. Porque con mi Tenebrosa propia que
olorosea mundial, era seguro pillarlos. Y no
todos los días tiene uno perpetuidad de poder pillar
una mafia. Y dale otra vez con que
"madre no hay más que una", etcétera.
Ya me estaba choreando con el columpio cuando mi
teni tomó otra vez el micrófono:
-L siete llamando a B trece, L siete llamando a B
trece -sopló adentro.
Ipso flatus zumbó la otra voz:
-B trece a L siete, paso.
-L siete entra al desvío Nos Panamericana, paso.
-Conforme L siete. Ubiqúese a 300 mts. entrando en
corralón. Confirme.
-Ubicarme en corralón a 300 mts. conforme.
Paso.
-A quinientos metros sureste la hostería El Pequen.
Debe ir no acompañado y sin arma
visible. Una bebida mientras observa a los del
mesón. Aquí va el retrato hablado y se
largó con el tal retrato bien hablado y difícil de
entender. Irán refuerzos al corralón. Dé
una seña a su compañero y entretanto gane tiempo
en la hostería. Hay indecentes que
están ahí más de un Tenebroso. Paso.
-Perfectamente escuchado. En este momento
entramos en un corralón y avanzaré a pie
siguiendo instrucciones, Albornoz a sus órdenes
(clic).
Y entramos en el corralón. Nos bajamos los cuatro.
Había ahí una vara con dos caballos
amarrados, sin silla pero con riendas. Nadie más.
-Mi seña será un disparo y luego tres. Si ellos
disparan primero, van los tres míos son
impertinencia. Ustedes me rodean con refuerzos...
El jefe me dio una mirada un poco mortal. Pero mi
teni le contestó de palabra:
-Papelucho y su Tenebrosa irán con el refuerzo, pero
atrás, en la parte blindada del
coche. Sabe actuar y no correrá peligro.
-A su orden mi teniente -contestó el jefe y mientras
se iba mi amigo-adivino fuimos con
la Tenebrosa a hacerle cariño a los caballos. A mí,
igual que a ella, me encanta su olor, hasta el de su
bosta. Y esos ojos que ven también lo de atrás, y sus
dientes enormes que
hacen jugoso el pasto cuando lo mascan.
En fin que estábamos bien entretenidos, montando
a la Tenebrosa en el overo y yo al
anca, cuando se abrió el portón y llegó el refuerzo.
Era como un ejército enterito. Todos
me saludaron y también a mi perra policial. El jefe se
apartó a hablar con uno y en ese
mismo momento se oyó un disparo. Mi jefe quedó
atómico, yo también/ todo orejas y
atención. Esperaba la seña de los tres disparos... y
sólo entonces me di cuenta que mí
Tenebrosa no estaba.
La divisé allá lejos, corriendo a todo chancho en un
potrero. Partí tras ella/ pero se metió
entre los choclos y yo detrás.
Entonces sentí los tres disparos.
Y casi me viene otra vez el pensamiento columpio:
que mi Tenebrosa o que se van todos
y me quedo solo con ella para siempre. Pero no
alcanzó a venirme porque al tiro pensé:
La Tenebrosa no tiene más que a mí en el mundo. Es
mía y mejor me pierdo con ella que
dejarla sola.
Así que seguí corriendo entre las matas.
Eran duras, claveteadoras algunas. A mi perra le era
fácil correr entre los brotes sin
hojas, pero a mí me costaba. Más que todo porque
ni la veía...
Sentí pasar el furgón con todo su ejército, pero seguí
corriendo. Al fin y al cabo íbamos
en la misma dirección y en cualquier momento nos
encontraríamos en la hostería El
Pequen.
Me chorreaba el calor, pero seguía corriendo a
tropezones y rasguñones.
Había dos alternativas: o pillaba yo a mi Tenebrosa o
mi Tenebrosa pillaba a los de la
mafia. Las dos eran buenas, así que adelante.
Se oyeron más disparos, pero a mí ¡qué!
De repente pasó una bala cerquita y dejó el humito
entre las matas.
Me tiré al suelo, por siaca y comencé a avanzar de
guata, como en la guerra. Pero mucho
más difícil, porque hay que ver lo que es cada mata
de choclo, y además que no hay
guerra.
Ahora había silencio...
Un silencio nauseabundo, despistador, sin balas.
Me quedé pensaroso ahí echado, esperando.
Acezaba y tenía puntada, pero mucha
congoja de no hallar a mi perra. Yo podría volver al
corralón por mis huellas propias de
maíz quebrado, pero sin Tenebrosa. ¡Eso jamás!
Quienzá si ella me encontraría a mí con su olfato y
mi olor.
Esperaría otro poco por si venía, pero si se me
pasaba la puntada y la acezadura. Y tal
vez me dormí...
¡ Ajip! Zizizip ¡Toe!
Yo era un satélite telecomunicador espacial
trasmitiendo desde mucho más lejos que el
sol, cuando desperté. "Alguien" me había roto la
comunicación.
Ese "alguien" era la propia Tenebrosa, que me
lengüeteaba y mordía chacotera.
La pesqué de una pata y la reté bien retada,
mirándola en los ojos:
-Tú eres perra policial -le dije- y has creído que
estamos jugueteando. Hubo baleo y te
pudieron matar. No te castigo porque los castigos le
caen mal a uno y tampoco te
amenazo, que es peor. No más te digo que eres
tara...
Con ella en mis brazos bien apretada me volví por
mis huellas vegetales y llegué al
corralón cuando bajaba el sol. Yo tenía más hambre
que una leona.
En el corralón estaba el furgón pelado. Ni luces del
"refuerzo" de mi teni ni nada. Los
caballos también se habían ido. Puramente el furgón
con harta tierra, los neumáticos
desinflados y los vidrios molidos...
-Aquí estuvieron los Tenebrosos -pensé buscando
huellas y haciéndole oler a mi perra las
válvulas de las ruedas. Ella era un poco culpable de
que la mafia se hubiera aprovechado,
así que me metí con ella a registrar la cabina y
demás cosas. Habían arrancado el coso
trasmisor.
De repente, más sudoroso que yo, apareció un
carabinero llenito de tierra.
-¡Fregaste la emboscada! -me dijo secándose la cara
de su tierra.
-¿Yo?
-Por supuesto que tú...
-Yo no fui. Tenía que buscar a mi perrita perdida. ¿Si
a Ud. se le pierde un hijo lo
abandona?
-Seguramente que no, pero a una perra...
-¿Qué pasó en la hostería?
-Tuve que quedarme aquí para ubicarte y ponerte a
salvo.
-¿Y cómo no me alcanzó? Ud. tiene las piernas
mucho más largas que las mías...
-También tú tienes las piernas más largas que tu
perra...
-Verdad -dije cataclíptico-. ¿Y qué hacemos ahora? Si
fregamos la emboscada tenemos
que desfregarla, pero ¿cómo?
-Otra vez nos llevan la delantera. Tú ves que
estuvieron aquí y destrozaron el furgón.
Aprovecharon que tú andabas entre los choclos y
por eso no podían dispararles...
---
Con hambre y todo me senté debajo de un árbol a
pensar y cargar las pilas de mi
cerebro sentía como desparramado y tembleque
igual que la tele cuando se descompone
Las ideas geniales no alcanzaban a enchufar Para no
desesperarme, recé en mi dentror Y
me aclaró un poco el pensamiento.