Sofía, la Serpiente y las Arañas del Árbol Hueco
En un rincón soleado de un bosque subtropical, vivía una serpiente verde y elegante llamada
Sofía. Era conocida por su habilidad para deslizarse con gracia entre las ramas y por su agudo
ingenio. Pero Sofía tenía un secreto: le tenía un miedo terrible a las arañas.
Aunque Sofía era valiente con otros animales y muy hábil para trepar, solo bastaba ver una
araña, incluso una diminuta, para que retrocediera rápidamente. Este miedo era un tema que
ella nunca quería compartir con nadie, pues temía que se burlaran de ella.
Un día, en medio de una tranquila mañana, todos los animales del bosque escucharon una
noticia alarmante: el árbol más antiguo y venerado del bosque, un imponente roble hueco,
estaba en peligro. Una rama grande había quedado atascada en su interior y estaba
bloqueando el flujo de savia, amenazando con secarlo.
—¡Necesitamos a alguien que pueda entrar al árbol y liberar la rama! —exclamó León, el líder
del bosque.
Muchos animales quisieron ayudar, pero el interior del árbol era estrecho y oscuro, un lugar al
que solo alguien delgado y ágil podría acceder. Todos miraron a Sofía.
—Tú podrías hacerlo, Sofía. Eres rápida y hábil —dijo un pájaro carpintero.
Sofía se removió nerviosa, pero no dijo nada. Sabía que podía hacerlo… si no fuera por un
detalle: el árbol hueco estaba lleno de telarañas y, probablemente, de arañas.
Mientras dudaba, escuchó la voz de una ardilla pequeña:
—Si no hacemos algo, el árbol morirá. Es el hogar de muchas criaturas.
Sofía respiró hondo. Aunque su miedo era enorme, no podía permitir que el árbol y sus
habitantes sufrieran.
—De acuerdo. Lo intentaré —dijo, aunque su voz temblaba.
Con cuidado, Sofía se deslizó hacia el interior del árbol. Las telarañas colgaban como
cortinas, y en cada esquina, pequeñas arañas la observaban con curiosidad. Sofía sintió que
su corazón se aceleraba.
"Recuerda por qué estás aquí", se dijo a sí misma.
Mientras avanzaba, una araña grande, con patas largas y movimientos lentos, bajó frente a
ella. Sofía se quedó paralizada. Pero, para su sorpresa, la araña no la atacó.
—¿Qué haces aquí? —preguntó la araña con voz tranquila.
—Estoy aquí para ayudar al árbol —respondió Sofía, temblando un poco.
La araña asintió.
—Nosotras también queremos salvarlo. Si necesitas ayuda, dínoslo.
Sofía parpadeó. Nunca había pensado en las arañas como aliadas.
—¿De… de verdad? —preguntó.
La araña y sus compañeras comenzaron a moverse rápidamente, despejando las telarañas
que obstruían el camino. Con su ayuda, Sofía llegó hasta la rama atascada y, usando toda su
fuerza, logró empujarla hasta liberarla.
Cuando salió del árbol, los animales la recibieron con vítores.
—¡El árbol está a salvo gracias a Sofía! —gritó León.
Sofía sonrió, pero sabía que no lo había hecho sola.
—No fui solo yo. Las arañas también ayudaron.
Desde ese día, Sofía dejó de temerles a las arañas. Aunque seguía encontrándolas un poco
inquietantes, había aprendido que incluso aquello que nos asusta puede ser fuente de apoyo
y amistad. Y en el viejo roble hueco, las arañas tejieron una red especial que decía: "Gracias,
Sofía, nuestra valiente amiga".