Antropología y Ética: Reflexiones Humanas
Antropología y Ética: Reflexiones Humanas
Goethe
Los seres humanos tenemos la capacidad de asombro, que aparece desde nuestra
infancia, surge cuando percibimos algo que nos conmueve, que pone en movimiento
nuestra inteligencia y nos incita a preguntar el porqué de las cosas; basta con observar a los
niños quienes constantemente realizan preguntas, pues desean comprender todo aquello
que les rodea. ¿Qué experiencias te han provocado este sentimiento de admiración alguna
vez? Quizás la perfección de un atardecer, la belleza de los animales, el enamorarte u
observar el rostro inocente y tierno de un recién nacido. La belleza presente en el mundo o
en diversas vivencias, perfecciona nuestra naturaleza, pues nos invita a hacer una pausa
entre nuestros ajetreados quehaceres, para dejarnos conmover y asombrar por la realidad.
Este curso de antropología filosófica es una invitación a reflexionar la naturaleza humana,
preguntándonos por nuestras características más esenciales, para poder así comprender un
poco más la riqueza y complejidad de la persona.
La palabra filosofía proviene de dos términos griegos, filo que significa amor y sofía
que significa saber, de esta manera, la filosofía es el amor al saber, un dejarse cautivar por
la experiencia humana del asombro, para pensar la naturaleza de todo cuanto nos rodea y
de nuestra propia existencia, pues como dice Aristóteles1 : “Todos los seres humanos
desean por naturaleza saber2”. Durante nuestra vida nos realizamos preguntas filosóficas,
por ejemplo, cuando nos enamoramos y deseamos comprender qué significa el amor o
cuando sufrimos la pérdida de un ser querido y nos preguntamos: “¿Existe vida después de
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Filósofo griego nació en el 384 a.C. Discípulo de Platón, realiza estudios de anatomía, medicina, lógica,
zoología, política, ética, entre otros saberes. Su conocimiento se ha destacado en varias disciplinas, sus
estudios de ética han fundamentado numerosas investigaciones en torno a temáticas actuales como: bioética,
ética y medioambiente, bien común, política, etc.
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Aristóteles, Metafísica. Gredos, Madrid, 1994, 980 a.
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la muerte?” Así sucedió en la Antigua Grecia cuando los primeros filósofos comenzaron a
cuestionar aquello que parecía evidente, desafiaron la cultura y las creencias que reinaban
en aquellos siglos, para explicar la realidad por medio de la razón y no a través del mito.
Desde sus orígenes la filosofía ha formulado preguntas como: “cuál es el origen del
universo?”, “¿qué es el bien?”, “¿cuál es la mejor forma de gobierno?”, entre otras
interrogantes que nacen a partir del interés por comprender y otorgarle un sentido a
nuestra vida. De este modo, la filosofía es una disciplina que se hace preguntas y que busca
el conocimiento verdadero. Como forma de buscar ese saber, desde la Antigüedad ha sido
considerada una ciencia. No en el sentido de las ciencias empíricas, es decir, comprobables
a partir de la experiencia, como por ejemplo la química o la biología, sino en tanto saber
que busca responder a las preguntas fundamentales del mundo y del ser humano por medio
de argumentos lógicos y bien fundados.
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un saber que se presenta como brújula para orientar nuestro actuar, para pensar en la
naturaleza de nuestros actos y encaminar así nuestra vida hacia el bien y la felicidad.
Etimológicamente, ética es una palabra que proviene del griego ethos que significa
costumbre, hábito o carácter y logos que significa estudio o saber. De este modo, la ética
es el estudio de las acciones que dan forma a nuestras costumbres, un estudio racional y
sistemático que se apoya en razones y no en opiniones subjetivas o culturales, para
ayudarnos a determinar qué es mejor hacer en cada caso, para así actuar conforme al bien.
En teoría, casi todas las personas estarían dispuestas a admitir que es preferible
tener un comportamiento éticamente bueno. Sin embargo, en el día a día se nos presentan
numerosas situaciones en las que esta convicción tiende a debilitarse. Pensemos, por
ejemplo, en los diversos casos de colusión que en los últimos años han salido a la luz pública,
en la exaltación del placer inmediato y de los bienes materiales como único camino hacia la
felicidad. Dichas características han llevado a varios pensadores modernos a calificar a la
sociedad actual como una cultura hedonista. Pero ¿Qué significa esto? El concepto
hedonismo surge en la Antigua Grecia y es una forma de entender el bien exclusivamente
en relación con el placer inmediato. Quizás más de una vez hemos actuado de forma
hedonista, al seguir nuestros impulsos para obtener un placer aparentemente bueno. Por
ejemplo, comer o tomar alcohol de forma desmedida, comprar de manera compulsiva,
llegar siempre tarde a clases con tal de dormir 5 minutos más, pasar a llevar a mis
compañeros con tal de conseguir mi propio bien, etc. El hedonismo puede llevar a buscar
el placer por el placer mismo, resaltando el goce sensible-físico- que es más inmediato,
olvidando el placer espiritual o intelectual; destacando solo la belleza física, prefiriendo la
comida en exceso, las drogas u otros vicios, en lugar de una vida en la que nos desarrollemos
integralmente.
Frente a estas características que podemos observar en nuestro día a día, resulta
necesario pensar qué deseos mueven nuestras acciones, qué cosas nos parecen buenas y
malas, para finalmente plantearnos qué entendemos por felicidad. En un primer momento,
quizás hayamos asociado la felicidad con objetos materiales, con el mejor celular, la
zapatilla más cara o los mejores lugares para “carretear”. Pero en la medida que avanzamos
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Una vez aclarada la definición de ética, quizás te preguntas ¿cómo se relaciona esta
ciencia con tu futura profesión? En el transcurso de la formación recibimos una serie de
contenidos técnicos propios de cada carrera, pero también asignaturas que apuntan a una
formación integral. En efecto, para resolver ciertas situaciones, ya sean en el ámbito
personal o profesional, se requieren una serie de criterios que van más allá de lo
estrictamente técnico, pues la realidad de la persona y de la profesión exigen analizar las
problemáticas desde varias perspectivas. Por ejemplo, cuando tengas que dirigir un grupo
de profesionales y te enfrentes a la necesidad de contratar a un trabajador, no solo medirás
sus capacidades técnicas, sino también personales; no solo te interesará que sea capaz de
manipular bien un instrumento o una máquina, sino también si es responsable, honesto o
si sabe o no tomar buenas decisiones. Estos aspectos pertenecen al ámbito ético y de la
formación personal, cuestión cada vez más relevante, por ejemplo, en los procesos de
postulación a los trabajos. Pero no solo está en juego la vida profesional, sino toda la vida
de la persona. Entonces, a primera vista, aparece un desafío: ¿cómo orientar la conducta
humana y bajo qué criterios tomar buenas decisiones? Es aquí donde surge la necesidad de
la ética. Desde la antropología podemos reflexionar respecto a nuestra naturaleza, es decir,
nuestras características más esenciales, pero también resulta necesario pensar en nuestras
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acciones, para discernir si estas nos acercan o nos alejan de la felicidad. De este modo, la
ética también ejerce un papel protagónico, entendiéndola como una ciencia práctica, ya
que nos ayuda a orientar nuestras acciones hacia el bien. ¿Por qué? Porque es una
necesidad vital del ser humano, pues somos seres inteligentes. No nos gobiernan nuestros
instintos; somos libres y estamos obligados a escoger3.
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Cfr. José Ramón Ayllón, Ética Razonada, Palabra, Madrid, 2010, p. 13.
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Goethe
1. La complejidad de lo humano
La clase anterior definimos dos conceptos centrales que guían el camino de nuestro
curso: en primer lugar, establecimos que la antropología es el estudio del ser humano desde
una visión unitaria; mientras que, en segundo lugar, vimos que la ética es la ciencia práctica
que analiza las acciones humanas para orientarlas hacia el bien y la felicidad. Ahora,
debemos centrarnos en pensar la naturaleza humana, es decir, aquello que nos hace ser lo
que somos, ese conjunto de características que pertenece a todos los seres humanos.
Distintos pensadores a lo largo de la historia han calificado la naturaleza humana como
compleja y diversa, somos capaces de tomar elecciones libres, como por ejemplo qué
estudiar, con quienes formar una relación de amistad o amorosa, una multiplicidad de
decisiones que nos pueden ayudar a crecer y perfeccionarnos como personas. Pero
también somos seres vulnerables y dependientes desde el nacimiento hasta el fin de
nuestra existencia. Por ejemplo, durante toda nuestra vida, necesitamos el apoyo y cuidado
de nuestros seres queridos, cuestión que se hace más evidente en las vivencias dolorosas;
sin embargo, también deseamos compartir con otros nuestra felicidad.
El ser humano está formado por diversas dimensiones que componen su naturaleza.
Por ejemplo, a la hora de preparar un examen quizás te sientes cansado, pues conjugas el
trabajo con los estudios o porque el fin de semestre siempre implica una dedicación mayor.
Quizás tu primer impulso sea postergar los deberes, salir de fiesta para poder distraerte,
pero tal vez tras reflexionar, optarás por preparar con tiempo los exámenes, pues sabes que
es la última etapa antes de cerrar el semestre y llegar al esperado descanso. En este ejemplo
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cotidiano vemos cómo somos a la vez seres humanos sintientes y pensantes, que nuestra
interioridad está compuesta de deseos y pensamientos que nos mueven a actuar.
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A grandes rasgos, podemos decir que el materialismo sólo concede realidad a la materia,
analizando la actividad psicológica del ser humano solo desde sus procesos fisiológicos. Por
otro lado, el mecanicismo reduce lo biológico a lo físico, lo orgánico a lo mecánico. Tiene
una explicación mecánica de los seres vivos y de los procesos biológicos y psicológicos.
Mientras que, el idealismo platónico, por ejemplo, afirma que lo verdaderamente real es la
idea. Cfr. Ayllón, José Ramón. Antropología filosófica, Editorial Planeta, Barcelona, 2011,
págs. 276- 283.
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el mundo a través de los sentidos, pero esta realidad se perfecciona cuando el ser humano
por medio de su razón logra ir más allá de sus instintos y sentidos, consiguiendo la
conciencia y la libertad de su propio actuar. Pensemos en la necesidad orgánica de
alimentarnos, esto es algo que compartimos con los animales, sin embargo, por medio de
nuestra inteligencia podemos elevar este instinto biológico y satisfacerlo a través de
diversas preparaciones gastronómicas o por ejemplo podemos perfeccionar el lenguaje a
través de la belleza literaria y transformar la palabra en poesía.
El cuerpo humano está hecho para que el sujeto pueda manifestar su mundo interior,
su pensamiento, su lenguaje, su conocimiento y su espiritualidad. Ese mundo interior que
posee el ser humano es único en cada individuo. Aunque se manifiesta de manera similar
en todos nosotros, cada uno vive y entiende el mundo de manera diferente. Es nuestra
interioridad la que nos hace específicamente personas. Si comprendemos, como lo hemos
mencionado, que el cuerpo humano permite la expresión del mundo interior, él adquiere
un valor particular y especial. En tanto es la única vía para manifestar exteriormente nuestra
interioridad, el cuerpo posee una dignidad única. El cuerpo, entonces, no debe ser
descartado como una dimensión bestial e instintiva. Tampoco es simplemente un
instrumento para alcanzar otras cosas. Con nuestro cuerpo nos comunicamos,
desarrollamos nuestras funciones que nos permiten seguir vivos y desplegamos nuestro
ámbito racional, como el amor y la dedicación por otras personas. Por ello, la dignidad
propia del cuerpo debe ser cuidada. Quien descuida su cuerpo o lo trata con desprecio, lo
único que consigue es dañarse a sí mismo. La actividad física, la alimentación sana, las
apropiadas horas de sueño y cualquier cuidado a nuestra dimensión corporal no se entiende
sólo como una cuestión de vanidad, sino como una comprensión profunda y acabada de
nuestra propia naturaleza humana.
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Sócrates, filósofo griego, nace en Atenas hacia el año 470 a.C. Controvertido y crítico asume en su
filosofía una máxima escrita en el templo del dios Apolo: conócete a ti mismo. Para este filósofo,
una de las cuestiones más importantes para el ser humano es saber qué hacer para alcanzar la
felicidad. Para eso, según él, debemos profundizar en la naturaleza humana, en aquellas cosas que
nos son más características y esenciales.
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corporal. De este modo, el alma humana es inmaterial, pues el origen de la vida debe estar
más allá de la materia. Una de las actividades más propias de la naturaleza humana es la
capacidad de pensar, y está ligada al alma. ¿Cuál es el resultado del acto de pensar? Es claro:
los pensamientos. ¿Has visto alguna vez un pensamiento? ¿Has podido tocarlo, sentirlo,
olerlo? Nadie lo ha hecho en la historia de la humanidad, pues los pensamientos son
inmateriales, al igual que los números y el amor. Si el resultado de la obra de pensar es
inmaterial, también debe serlo aquello que piensa, y puesto que hemos dicho que el alma
es aquello que lleva a cabo el acto de pensar, el alma ha de ser inmaterial.
La segunda nota esencial del alma humana tiene que ver con su inmortalidad, a veces
también llamada subsistencia. El alma, siendo inmaterial, no obedece a los mismos
parámetros que los cuerpos. Son los cuerpos los que tienen una vida orgánica, ya que el
alma no tiene un cuerpo, parece ilógico pensar que esta muera. Dado que la muerte es el
fin de la vida natural, en la cual el cuerpo se corrompe (deja de ser lo que es), y puesto que
el alma no puede corromperse porque no tiene materia, podemos concluir que el alma no
muere. Por su propia naturaleza, el alma trasciende la realidad corporal del ser humano y
no deja de existir cuando su vida natural acaba.
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Ezra Pound
En la clase anterior iniciamos nuestro estudio del ser humano, comprendiéndolo desde
una unidad de dos dimensiones, a saber, su dimensión material y racional. Si contemplamos
la naturaleza, nos daremos cuenta de que todos los seres vivos son capaces de adaptarse,
resolver problemas y desenvolverse ante distintas situaciones. Parecería que todos son, de
una manera u otra, inteligentes. Al observar a los animales más desarrollados, nos
percataremos que tienen habilidades admirables, y que muchas veces somos nosotros
quienes los imitamos a ellos para desarrollar nuestra tecnología o avanzar en distintos
aspectos: el vuelo de las aves, los paneles de las abejas, los sistemas de comunicación de
los mamíferos marinos, la organización de las hormigas, etc. Sin embargo, esa capacidad
que poseen, también llamada “inteligencia inconsciente”, es radicalmente distinta a la
nuestra. En primer lugar, la inteligencia de los animales nace de su instinto, no es una
facultad de la cual ellos sean conscientes (de allí su nombre); les permite sobrevivir y no
extinguirse. En segundo lugar, la inteligencia que poseen los animales es de carácter
práctica, está orientada al obrar, sin que haya detrás de ella un carácter reflexivo. Por otra
parte, nuestra inteligencia apunta a algo mucho más elevado, por encima de la mera
supervivencia, como por ejemplo al conocimiento de la verdad. ¿Qué crees tú? ¿Es posible
sostener que el ser humano puede conocer la verdad?
siguiendo la filosofía aristotélica, nos daremos cuenta que el asunto es más simple de lo que
parece.
Supongamos que en este momento te encuentras sentado leyendo este texto. Si yo digo
“el alumno se encuentra sentado leyendo el texto de Antropología” estarás de acuerdo de
que en este caso es una verdad. Todos los días, a cada minuto, decimos múltiples verdades.
Pero surge aquí una pregunta fundamental: ¿qué es la verdad? Una verdad es una
aseveración que describe adecuadamente la realidad. Si alguien dice “Duoc UC es una
institución de educación superior” está describiendo adecuadamente la realidad, por lo
tanto, esa afirmación constituye una verdad. Vemos, entonces, que conocer las verdades
de la realidad no es algo imposible, muy por el contrario, lo hacemos constantemente y
cualquiera puede llevar a cabo tal obra. Si no pudiésemos conocer verdaderamente,
habríamos desaparecido como especie hace mucho tiempo, pues nos sería imposible
distinguir, por ejemplo, los alimentos dañinos de los que son beneficiosos o comunicarnos
entre nosotros de la manera en que lo hacemos. Así, podemos afirmar que la inteligencia
tiene como obra propia el conocer y como objeto propio el conocimiento verdadero.
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A lo largo de esta clase hemos indagado en una facultad superior humana, esta es, la
inteligencia, en la próxima clase analizaremos la segunda facultad superior, a saber, la
voluntad. Además, profundizamos en algunas características de nuestro conocimiento que
nos permite reflexionar acerca de la verdad de todo cuanto nos rodea. Hemos establecido
que es propio de la naturaleza humana sentir curiosidad, que la complejidad de lo real nos
provoca asombro y que a partir de ahí buscamos entender y otorgarle un sentido a nuestra
existencia. Cuando nos maravillamos ante la perfección de un atardecer o ante la
imponente imagen de una montaña, comprendemos que nuestra vida supera por mucho el
ajetreado mundo de quehaceres que nos ocupan día a día, tenemos una capacidad reflexiva
que nos permite conocernos para procurar realizar una vida buena y plena en sociedad. En
esto radica exactamente el valor de un saber antropológico: es una invitación a crear una
pausa en nuestro acelerado ritmo de vida, a dejar de enfocarnos por un momento en la
utilidad de las cosas materiales, para poner atención a nuestra intimidad, para así, después
de comprender profundamente nuestro ser, guiar a nuestra voluntad para actuar
correctamente, eligiendo aquello que nos hace realmente bien y nos permita vivir
plenamente con los demás.
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“La felicidad es interior, no exterior; por lo tanto, no depende de lo que tenemos, sino de lo
que somos”
Cuando el ser humano lleva a cabo cualquier acción, lo hace siempre bajo el
convencimiento que esa acción le traerá un beneficio o un bienestar, a corto o largo plazo.
A corto plazo, por ejemplo, está el comer para satisfacer el hambre, y a largo plazo tener un
título profesional, que implica invertir tiempo de estudio y preparación. Nadie actúa para
que le sucedan cosas malas. ¿Por qué entonces las personas hacen cosas malas? Esto puede
deberse a varios factores. Uno de ellos es buscar el aparente beneficio propio por sobre el
bien común de la sociedad. Así, por ejemplo, el ladrón considera superiores los beneficios
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materiales que obtendrá por sus actos criminales, que el daño que se causa a sí mismo o los
problemas que generará en las personas a quienes roba. Ahora bien, cuando la persona
desea y decide, debe hacerlo siempre en miras del bien no solo propio, sino del bien de
todos los que componen la sociedad. En unas clases más profundizaremos en esta idea
cuando hablemos de nuestra naturaleza social.
El segundo factor tiene que ver con la ignorancia. Por ejemplo ¿Cuántas veces
escogiste algo que parecía un bien, pero luego te das cuenta que tu elección no fue la
correcta? De seguro más de una vez, porque si la inteligencia no está bien educada y no le
permite a la persona distinguir el mejor bien y los mejores medios para alcanzar ese bien,
es probable que la persona cometa una acción que le cause problemas a sí misma o a
aquellos que la rodean. Por tanto, existen dos tipos de bienes: los reales y los aparentes.
Los reales, como su nombre lo dice, son cosas deseadas por la voluntad que son realmente
buenas. Los bienes aparentes, en cambio, se nos aparecen como buenos, pero en realidad
no lo son. Una persona que tiene hambre considera como bueno comerse un berlín, y en
realidad lo es, no hay nada de malo en ello. El problema es si esa persona es diabética. En
ese caso el berlín se le aparece como algo bueno, pero en realidad no lo es. Lo mismo pasa
cuando peleamos con un amigo: probablemente sentiremos que lo mejor es ignorarlo y
distanciarnos de él (bien aparente), cuando en realidad puede ser que lo mejor sea
conversar y superar las dificultades a través del diálogo (bien real). Así, cuando una persona
confunde estos dos tipos de bienes, puede actuar de manera que produzca un mal y no un
bien. Por eso es importante que la voluntad y la inteligencia actúen juntas.
El tercer factor tiene relación con la falta de fortaleza para hacer el bien cuando se
nos presentan dificultades. Supongamos que vamos caminando detrás de alguien a quien
se le cae dinero. Fácilmente podríamos guardarlo y utilizarlo para cubrir nuestros gastos.
Devolverlo requiere que la persona, junto con descubrir el bien real y pensar en el otro,
posea la fortaleza de carácter para hacer el bien, aunque sea difícil. Esta elección entre
hacer el bien solo para mí o pensar en los demás, aunque sea dificultoso existe, porque
somos seres libres y podemos decidir cómo actuar. Estas son algunas de las razones por las
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cuales, a pesar de que nuestra voluntad busca el bien, podemos llevar a cabo acciones
malas.
2. La felicidad o plenitud
Hemos dicho, entonces, que la voluntad tiene como obra propia el desear, y como
objeto propio lo bueno. Sin embargo, no queda claro aún bajo qué criterios debe decidir el
ser humano para poder hacer el bien. Para comprender este punto es necesario tener en
consideración que existen otros dos tipos de bienes en función de su utilidad y valor. Existen
bienes que son medios, y otros que son fines. Si pensamos en el dinero, por ejemplo,
podemos atestiguar que todos lo desean y anhelan poseerlo. Pero el dinero no es ni podrá
ser jamás un fin. El dinero es, por excelencia, un bien que funciona como medio. Nadie, en
su sano juicio, que tiene dinero lo desea por su propia existencia, como si tuviera un valor
intrínseco. Aquellos que desean dinero, lo desean por las cosas que podemos conseguir con
él. Digamos, por ejemplo, que queremos comprar una chaqueta. Los veinte mil pesos tienen
valor en cuanto me sirven para comprar la chaqueta. Y una vez que compro la chaqueta, no
la dejo guardada, sino que me doy cuenta que la chaqueta tiene valor en tanto me sirve
para abrigarme o para vestir de una manera que me represente. De esa forma, el dinero
que yo tenía era valioso como un medio para alcanzar un fin, que era el abrigo y la
supervivencia. Así, entonces, queda claro que son los fines los que le dan sentido a nuestras
decisiones y elecciones.
Aristóteles sostiene que la cadena de medios y fines no puede ser infinita, pues no
habría nada que le diera sentido a nuestras acciones. Pensemos el siguiente escenario:
cuando nos subimos a un taxi, lo primero que nos preguntan es a dónde vamos. Si no dices
nada, probablemente el conductor se inquietará, pues no sabe hacia dónde moverse. Si no
hay un destino, no hay forma de saber el recorrido que debe tomarse. En la vida de las
personas sucede lo mismo. Si no tenemos un fin en la vida, no sabremos cuáles son las
decisiones que tenemos que tomar, pues no tenemos una meta y sin meta no hay camino.
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Llegamos aquí a una pregunta fundamental en nuestro estudio: ¿cuál es el fin o meta de la
vida de los seres humanos?
Aunque la pregunta pareciera ser muy compleja y no tener respuesta, desde hace
milenios los filósofos la han respondido con una simpleza y profundidad maravillosa: el fin
de la vida humana es alcanzar la felicidad. Esto nos abre a una nueva pregunta: ¿cómo se
alcanza la felicidad? Algunos ponen su felicidad en cosas materiales; otros, en sus logros
profesionales; otros, en la estabilidad económica, etc. Los filósofos antiguos nos dicen que,
si bien tales cosas son necesarias, no constituyen la felicidad y no nos conducen,
automáticamente, a ser personas realizadas y felices. Para responder a la pregunta que nos
hemos planteado, hemos de entender un poco más el concepto de felicidad.
Otra palabra para referirse a la felicidad es la idea de plenitud. Algo está pleno
cuando está lleno, completo, desarrollado ampliamente. Así, podemos reformular la
pregunta inicial: ¿qué debemos hacer para estar completos y ser plenos? La forma de lograr
esa plenitud es desarrollando nuestra propia naturaleza humana. El ser humano se hace
más profundamente humano cuando hace aquello que le corresponde por sus cualidades y
facultades naturales. Si comprendemos las facultades superiores que estamos estudiando,
entendemos que la persona debe desarrollar su inteligencia y su voluntad, entre otras
dimensiones. Si los seres humanos buscan el conocimiento verdadero por la inteligencia y
actúan conforme a lo verdaderamente bueno por la voluntad, poco a poco se irán
desarrollando como personas y podrán alcanzar su plenitud, es decir, la completitud de su
naturaleza. De esa forma, lo que debemos hacer para ser felices es buscar la verdad y hacer
el bien, aquello es lo más propio de nuestro ser.
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tampoco puede ser reducida al placer, ya que es una satisfacción momentánea que se agota
cuando obtengo aquello que deseo. El dinero, los bienes externos, el trabajo son medios
que están a nuestro servicio para que podamos alcanzar la felicidad, pero no la constituyen.
El fin último de toda vida humana no son objetos ni experiencias que nos producen un goce
momentáneo, la felicidad es un fin accesible en el ejercicio de una vida buena, aquí radica
la importancia de nuestra inteligencia, pues esta debe guiar a nuestra voluntad para poder
elegir correctamente el bien.