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Antropología y Ética: Reflexiones Humanas

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Actualización 30/01/2020

Semana 1: Antropología y ética. Una invitación para pensar al ser humano

“Cuando el hombre no se encuentra a sí mismo, no encuentra nada”.

Goethe

Conceptos claves: filosofía, antropología, ética, ser humano, sentido de la vida.

1. Las preguntas fundamentales de la vida

Los seres humanos tenemos la capacidad de asombro, que aparece desde nuestra
infancia, surge cuando percibimos algo que nos conmueve, que pone en movimiento
nuestra inteligencia y nos incita a preguntar el porqué de las cosas; basta con observar a los
niños quienes constantemente realizan preguntas, pues desean comprender todo aquello
que les rodea. ¿Qué experiencias te han provocado este sentimiento de admiración alguna
vez? Quizás la perfección de un atardecer, la belleza de los animales, el enamorarte u
observar el rostro inocente y tierno de un recién nacido. La belleza presente en el mundo o
en diversas vivencias, perfecciona nuestra naturaleza, pues nos invita a hacer una pausa
entre nuestros ajetreados quehaceres, para dejarnos conmover y asombrar por la realidad.
Este curso de antropología filosófica es una invitación a reflexionar la naturaleza humana,
preguntándonos por nuestras características más esenciales, para poder así comprender un
poco más la riqueza y complejidad de la persona.

La palabra filosofía proviene de dos términos griegos, filo que significa amor y sofía
que significa saber, de esta manera, la filosofía es el amor al saber, un dejarse cautivar por
la experiencia humana del asombro, para pensar la naturaleza de todo cuanto nos rodea y
de nuestra propia existencia, pues como dice Aristóteles1 : “Todos los seres humanos
desean por naturaleza saber2”. Durante nuestra vida nos realizamos preguntas filosóficas,
por ejemplo, cuando nos enamoramos y deseamos comprender qué significa el amor o
cuando sufrimos la pérdida de un ser querido y nos preguntamos: “¿Existe vida después de

1
Filósofo griego nació en el 384 a.C. Discípulo de Platón, realiza estudios de anatomía, medicina, lógica,
zoología, política, ética, entre otros saberes. Su conocimiento se ha destacado en varias disciplinas, sus
estudios de ética han fundamentado numerosas investigaciones en torno a temáticas actuales como: bioética,
ética y medioambiente, bien común, política, etc.
2
Aristóteles, Metafísica. Gredos, Madrid, 1994, 980 a.

1
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la muerte?” Así sucedió en la Antigua Grecia cuando los primeros filósofos comenzaron a
cuestionar aquello que parecía evidente, desafiaron la cultura y las creencias que reinaban
en aquellos siglos, para explicar la realidad por medio de la razón y no a través del mito.
Desde sus orígenes la filosofía ha formulado preguntas como: “cuál es el origen del
universo?”, “¿qué es el bien?”, “¿cuál es la mejor forma de gobierno?”, entre otras
interrogantes que nacen a partir del interés por comprender y otorgarle un sentido a
nuestra vida. De este modo, la filosofía es una disciplina que se hace preguntas y que busca
el conocimiento verdadero. Como forma de buscar ese saber, desde la Antigüedad ha sido
considerada una ciencia. No en el sentido de las ciencias empíricas, es decir, comprobables
a partir de la experiencia, como por ejemplo la química o la biología, sino en tanto saber
que busca responder a las preguntas fundamentales del mundo y del ser humano por medio
de argumentos lógicos y bien fundados.

Dentro de la filosofía existe una disciplina que recibe el nombre de antropología,


palabra que está compuesta de dos conceptos de origen griego. Por un lado, tenemos
anthropos, que significa “hombre, ser humano”; y por otra tenemos logos, que significa
“estudio o saber.” Esta disciplina busca comprender lo esencial del ser humano, a saber, la
naturaleza humana a través de preguntas fundamentales como: “¿Quién es el ser
humano?”, “¿quién soy yo?”, “¿cómo puedo llegar a ser feliz?”, “¿es la muerte la última
palabra?”. La antropología no es un conocimiento cualquiera, su saber no debe ser
confundido con las simples opiniones que no tienen la misma validez que un saber reflexivo
y racional. Los filósofos griegos que dieron origen a las primeras preguntas filosóficas
distinguieron con claridad entre un saber verdadero y una opinión. La opinión se caracteriza
por estar fundada en experiencias personales, factores culturales, psicológicos y
emocionales que no siempre son acertados ni describen el mundo de manera real, por
ejemplo: al observar un día lluvioso, afirmar que el clima está agradable o establecer que
una película es mala sin desarrollar argumentos técnicos, etc. Ahora bien, ¿qué pasa cuando
alguien tiene una opinión formada e informada? En ese caso deja de ser una opinión y pasa
a ser una verdad, un saber verdadero que busca describir de forma exacta la manera cómo
es el mundo y cómo funciona, con base en observaciones y reflexiones.

2
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A lo largo de este curso nos sumergiremos en la antropología filosófica, para


reflexionar en torno a las dimensiones esenciales de la naturaleza humana, esto es, estudiar
a la persona en su globalidad, y no de manera parcial o específica como lo realiza la
medicina, la psicología o la sociología, ya que ninguna de estas ciencias particulares aborda
al ser humano en todas sus dimensiones y características. Junto con esto, es necesario
aclarar por qué es importante estudiar antropología. Puede ser muy interesante y
enriquecedor, pero te debes estar preguntando: “¿qué aporta en mi vida de estudiante de
una carrera técnica o profesional saber y conocer estas ideas filosóficas?”. Las temáticas
que estudiaremos probablemente no estén directamente conectadas con tu carrera, pero
están conectadas con algo mucho más importante: tu vida personal. Los filósofos griegos
descubrieron una idea que ha sido influyente en toda la historia del pensamiento
occidental: la naturaleza de un objeto, es decir, sus características más esenciales, me
permiten comprender el sentido de su existencia. Así, si no conozco quién soy, difícilmente
voy a poder darle un buen sentido a mi vida y comprender mi existencia. Por ejemplo, para
elegir qué carrera estudiar, debiste pensar en tus aptitudes, debilidades, gustos y deseos,
esto es, en alguna medida conocerte a ti mismo para decidir una profesión que ejercerás a
lo largo de tu vida. Esto es lo que nos dice la antropología: en la medida en que me
comprendo como ser humano y entiendo lo que eso significa, voy a poder trazar un mejor
camino para mi vida, darle un sentido y una dirección. De esta manera, desde la
antropología estudiaremos al ser humano en la unidad y globalidad de su existir,
profundizando en el conocimiento de nuestras propias características, para poder así
orientar nuestras vidas hacia la felicidad.

2. Tomar en serio la construcción de un mundo más humano: Ética, bien y felicidad

En el apartado anterior definimos el objeto de estudio de la antropología, esto es, el


ser humano. A partir de este saber podemos reflexionar en torno a la pregunta: “¿qué es el
ser humano?”, para conocer así sus características esenciales. Sin embargo, una vez
planteada la cuestión de la naturaleza humana surge la duda en torno a su actuar: “¿qué es
razonable desear como fin último para la vida humana?”, “¿qué tipo de persona es justo
ser?”, “¿qué tipo de vida quiero vivir?”. Esta clase de preguntas guían el camino de la ética,

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un saber que se presenta como brújula para orientar nuestro actuar, para pensar en la
naturaleza de nuestros actos y encaminar así nuestra vida hacia el bien y la felicidad.
Etimológicamente, ética es una palabra que proviene del griego ethos que significa
costumbre, hábito o carácter y logos que significa estudio o saber. De este modo, la ética
es el estudio de las acciones que dan forma a nuestras costumbres, un estudio racional y
sistemático que se apoya en razones y no en opiniones subjetivas o culturales, para
ayudarnos a determinar qué es mejor hacer en cada caso, para así actuar conforme al bien.

En teoría, casi todas las personas estarían dispuestas a admitir que es preferible
tener un comportamiento éticamente bueno. Sin embargo, en el día a día se nos presentan
numerosas situaciones en las que esta convicción tiende a debilitarse. Pensemos, por
ejemplo, en los diversos casos de colusión que en los últimos años han salido a la luz pública,
en la exaltación del placer inmediato y de los bienes materiales como único camino hacia la
felicidad. Dichas características han llevado a varios pensadores modernos a calificar a la
sociedad actual como una cultura hedonista. Pero ¿Qué significa esto? El concepto
hedonismo surge en la Antigua Grecia y es una forma de entender el bien exclusivamente
en relación con el placer inmediato. Quizás más de una vez hemos actuado de forma
hedonista, al seguir nuestros impulsos para obtener un placer aparentemente bueno. Por
ejemplo, comer o tomar alcohol de forma desmedida, comprar de manera compulsiva,
llegar siempre tarde a clases con tal de dormir 5 minutos más, pasar a llevar a mis
compañeros con tal de conseguir mi propio bien, etc. El hedonismo puede llevar a buscar
el placer por el placer mismo, resaltando el goce sensible-físico- que es más inmediato,
olvidando el placer espiritual o intelectual; destacando solo la belleza física, prefiriendo la
comida en exceso, las drogas u otros vicios, en lugar de una vida en la que nos desarrollemos
integralmente.

Frente a estas características que podemos observar en nuestro día a día, resulta
necesario pensar qué deseos mueven nuestras acciones, qué cosas nos parecen buenas y
malas, para finalmente plantearnos qué entendemos por felicidad. En un primer momento,
quizás hayamos asociado la felicidad con objetos materiales, con el mejor celular, la
zapatilla más cara o los mejores lugares para “carretear”. Pero en la medida que avanzamos

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en nuestra reflexión ética y antropológica, podemos comprender que la felicidad no


depende de objetos materiales, ni es un estado de ánimo, sino un fin que envuelve toda
nuestra vida.

Hemos establecido algunas formas incorrectas de entender la felicidad, pero ¿qué


es entonces? Como afirmamos anteriormente no consiste en un fugaz placer, tampoco es
un objeto o metas futuras que cuando se consiguen solo producen una momentánea
satisfacción. Para Aristóteles la felicidad o autorrealización es parte de la vida entera y no
de episodios aislados o de esperanzas futuras, sino que es el mantenernos abiertos al
ejercicio y desarrollo de todas nuestras dimensiones personales, esto es, aspirar a una vida
completa y plena. En el transcurso de la asignatura volveremos a reflexionar en torno a la
plenitud, analizando concepciones erróneas de felicidad y pensando en cómo dirigir nuestra
voluntad hacia la elección de un verdadero bien.

Una vez aclarada la definición de ética, quizás te preguntas ¿cómo se relaciona esta
ciencia con tu futura profesión? En el transcurso de la formación recibimos una serie de
contenidos técnicos propios de cada carrera, pero también asignaturas que apuntan a una
formación integral. En efecto, para resolver ciertas situaciones, ya sean en el ámbito
personal o profesional, se requieren una serie de criterios que van más allá de lo
estrictamente técnico, pues la realidad de la persona y de la profesión exigen analizar las
problemáticas desde varias perspectivas. Por ejemplo, cuando tengas que dirigir un grupo
de profesionales y te enfrentes a la necesidad de contratar a un trabajador, no solo medirás
sus capacidades técnicas, sino también personales; no solo te interesará que sea capaz de
manipular bien un instrumento o una máquina, sino también si es responsable, honesto o
si sabe o no tomar buenas decisiones. Estos aspectos pertenecen al ámbito ético y de la
formación personal, cuestión cada vez más relevante, por ejemplo, en los procesos de
postulación a los trabajos. Pero no solo está en juego la vida profesional, sino toda la vida
de la persona. Entonces, a primera vista, aparece un desafío: ¿cómo orientar la conducta
humana y bajo qué criterios tomar buenas decisiones? Es aquí donde surge la necesidad de
la ética. Desde la antropología podemos reflexionar respecto a nuestra naturaleza, es decir,
nuestras características más esenciales, pero también resulta necesario pensar en nuestras

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acciones, para discernir si estas nos acercan o nos alejan de la felicidad. De este modo, la
ética también ejerce un papel protagónico, entendiéndola como una ciencia práctica, ya
que nos ayuda a orientar nuestras acciones hacia el bien. ¿Por qué? Porque es una
necesidad vital del ser humano, pues somos seres inteligentes. No nos gobiernan nuestros
instintos; somos libres y estamos obligados a escoger3.

En síntesis, en esta primera clase establecimos la importancia de conocerse a sí


mismo, de profundizar en nuestras características esenciales y orientar correctamente
nuestras acciones. En las próximas clases, de la mano de la antropología abordaremos
temas como: el amor, la libertad, la felicidad, el bien común, entre otras cuestiones, tan
importantes para vivir plenamente, pues en la educación es esencial la reflexión ética sobre
el ser humano.

3
Cfr. José Ramón Ayllón, Ética Razonada, Palabra, Madrid, 2010, p. 13.

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Semana 2: El ser humano: una unidad


“Cuidad del cuerpo con fidelidad inalterable. El alma debe ver sólo a través de estos ojos y si

están borrosos, todo el mundo se nubla”.

Goethe

Conceptos claves: animal racional, unidad, cuerpo, alma, dignidad.

1. La complejidad de lo humano

La clase anterior definimos dos conceptos centrales que guían el camino de nuestro
curso: en primer lugar, establecimos que la antropología es el estudio del ser humano desde
una visión unitaria; mientras que, en segundo lugar, vimos que la ética es la ciencia práctica
que analiza las acciones humanas para orientarlas hacia el bien y la felicidad. Ahora,
debemos centrarnos en pensar la naturaleza humana, es decir, aquello que nos hace ser lo
que somos, ese conjunto de características que pertenece a todos los seres humanos.
Distintos pensadores a lo largo de la historia han calificado la naturaleza humana como
compleja y diversa, somos capaces de tomar elecciones libres, como por ejemplo qué
estudiar, con quienes formar una relación de amistad o amorosa, una multiplicidad de
decisiones que nos pueden ayudar a crecer y perfeccionarnos como personas. Pero
también somos seres vulnerables y dependientes desde el nacimiento hasta el fin de
nuestra existencia. Por ejemplo, durante toda nuestra vida, necesitamos el apoyo y cuidado
de nuestros seres queridos, cuestión que se hace más evidente en las vivencias dolorosas;
sin embargo, también deseamos compartir con otros nuestra felicidad.

El ser humano está formado por diversas dimensiones que componen su naturaleza.
Por ejemplo, a la hora de preparar un examen quizás te sientes cansado, pues conjugas el
trabajo con los estudios o porque el fin de semestre siempre implica una dedicación mayor.
Quizás tu primer impulso sea postergar los deberes, salir de fiesta para poder distraerte,
pero tal vez tras reflexionar, optarás por preparar con tiempo los exámenes, pues sabes que
es la última etapa antes de cerrar el semestre y llegar al esperado descanso. En este ejemplo

1
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cotidiano vemos cómo somos a la vez seres humanos sintientes y pensantes, que nuestra
interioridad está compuesta de deseos y pensamientos que nos mueven a actuar.

A lo largo de nuestra vida nos experimentamos como seres con inclinaciones y


tendencias, pero también como sujetos pensantes capaces de decidir libremente qué
queremos hacer. Esta experiencia se refleja en la definición que Aristóteles realiza de ser
humano, afirmando que es un animal racional. Esta definición comprende al ser humano
como una unidad de dos mundos: el mundo animal, instintivo e irracional; y el mundo de lo
racional, libre y voluntario. Si bien existen distintas corrientes filosóficas que han
profundizado en la naturaleza humana, como, por ejemplo: el materialismo, el idealismo y
el mecanicismo1, entre otras. En este curso analizaremos la definición aristotélica de ser
humano, una concepción realista de nuestra naturaleza, que afirma que somos una unidad
de dos dimensiones que no pueden entenderse de forma separada, esto es, nuestra
dimensión material y nuestra dimensión racional. El sujeto desde su dimensión corporal
posee distintas inclinaciones o tendencias que muchas veces se oponen con su razón, pero
la corporeidad y la espiritualidad impregnan totalmente el modo de nuestro ser, ambas
dimensiones se encuentran presentes, de modo unitario, en todas nuestras actividades.

En primer lugar, reflexionaremos en torno a la naturaleza de nuestra corporeidad. Por


ejemplo, podemos preguntarnos: ¿qué características esenciales posee nuestra dimensión
corporal?, ¿compartimos algunas de estas características con otros seres vivos? En general,
en la vida corporal de todos los seres vivos, observamos que existen distintos tipos de ciclos
de vida, como por ejemplo vegetativos y sensitivos. La vida vegetativa la tenemos en común
con las plantas, asimilamos nutrientes que nos permiten crecer y desarrollarnos, seguir un
ciclo natural. A su vez, la vida sensitiva parecida a la de los animales, nos permite percibir

1
A grandes rasgos, podemos decir que el materialismo sólo concede realidad a la materia,
analizando la actividad psicológica del ser humano solo desde sus procesos fisiológicos. Por
otro lado, el mecanicismo reduce lo biológico a lo físico, lo orgánico a lo mecánico. Tiene
una explicación mecánica de los seres vivos y de los procesos biológicos y psicológicos.
Mientras que, el idealismo platónico, por ejemplo, afirma que lo verdaderamente real es la
idea. Cfr. Ayllón, José Ramón. Antropología filosófica, Editorial Planeta, Barcelona, 2011,
págs. 276- 283.
2
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el mundo a través de los sentidos, pero esta realidad se perfecciona cuando el ser humano
por medio de su razón logra ir más allá de sus instintos y sentidos, consiguiendo la
conciencia y la libertad de su propio actuar. Pensemos en la necesidad orgánica de
alimentarnos, esto es algo que compartimos con los animales, sin embargo, por medio de
nuestra inteligencia podemos elevar este instinto biológico y satisfacerlo a través de
diversas preparaciones gastronómicas o por ejemplo podemos perfeccionar el lenguaje a
través de la belleza literaria y transformar la palabra en poesía.

El cuerpo humano está hecho para que el sujeto pueda manifestar su mundo interior,
su pensamiento, su lenguaje, su conocimiento y su espiritualidad. Ese mundo interior que
posee el ser humano es único en cada individuo. Aunque se manifiesta de manera similar
en todos nosotros, cada uno vive y entiende el mundo de manera diferente. Es nuestra
interioridad la que nos hace específicamente personas. Si comprendemos, como lo hemos
mencionado, que el cuerpo humano permite la expresión del mundo interior, él adquiere
un valor particular y especial. En tanto es la única vía para manifestar exteriormente nuestra
interioridad, el cuerpo posee una dignidad única. El cuerpo, entonces, no debe ser
descartado como una dimensión bestial e instintiva. Tampoco es simplemente un
instrumento para alcanzar otras cosas. Con nuestro cuerpo nos comunicamos,
desarrollamos nuestras funciones que nos permiten seguir vivos y desplegamos nuestro
ámbito racional, como el amor y la dedicación por otras personas. Por ello, la dignidad
propia del cuerpo debe ser cuidada. Quien descuida su cuerpo o lo trata con desprecio, lo
único que consigue es dañarse a sí mismo. La actividad física, la alimentación sana, las
apropiadas horas de sueño y cualquier cuidado a nuestra dimensión corporal no se entiende
sólo como una cuestión de vanidad, sino como una comprensión profunda y acabada de
nuestra propia naturaleza humana.

De este modo, es importante cultivar el cuidado del cuerpo y a su vez el de nuestra


interioridad. ¿Cómo crees tú qué es posible propiciar el cuidado de estas dos dimensiones?,
¿crees que en un mundo tan ocupado como el de hoy queda tiempo para estas

3
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problemáticas? Sócrates2 creía que el “conocerse a sí mismo” o el intentar comprender


nuestra interioridad es una condición para el cuidado de nuestro ser, ya que entendiendo
qué es lo que se va a cuidar, podemos procurar una vida buena y feliz.

El principio vital del ser humano

Una de las inquietudes fundamentales de la Antropología, a lo largo de la historia, ha


sido la pregunta por el alma. Aristóteles también se preguntó “¿qué es aquello que da
movimiento a todas las cosas vivas?”. Sabemos que hace siglos los filósofos sostuvieron que
había algo llamado alma que guardaba relación con la vida. Pero ¿cómo podemos definirla?
Una de las definiciones que nos parece importante rescatar es la del mismo Aristóteles,
quien afirma que el alma es un “principio inmaterial que vivifica el cuerpo”, mas, ¿qué
significa esto? Analicemos esta definición a continuación.

En filosofía, un “principio” es algo que constituye a una cosa. Si el alma es parte


constitutiva de un ser, se dice que es su principio. El cuerpo es también constituyente del
ser humano, por lo que el cuerpo es también un principio de la persona. De hecho, cuerpo
y alma unidos son los principios que explican nuestra constitución. No somos solo cuerpo o
solo alma, sino una unión de ambos.

Por su particularidad y complejidad, el alma humana posee ciertas características o


notas esenciales que la hacen la más especial y elevada de todas; una de ellas es su
inmaterialidad. El concepto “inmaterial” hace referencia a aquello que no posee materia,
pero que de igual forma existe. Si es aquello que da vida al cuerpo, no puede ser una parte
del cuerpo ni estar en él. Debe superar la materialidad y no depender de ella. Por ello es
que se afirma que es un principio “inmaterial”. Finalmente, se dice que “vivifica al cuerpo”,
ya que el cuerpo por sí mismo no vive ni se mueve, necesita de ese principio inmaterial para
poder vivir. Por ello el alma se considera como aquello que le da vida a la dimensión

2
Sócrates, filósofo griego, nace en Atenas hacia el año 470 a.C. Controvertido y crítico asume en su
filosofía una máxima escrita en el templo del dios Apolo: conócete a ti mismo. Para este filósofo,
una de las cuestiones más importantes para el ser humano es saber qué hacer para alcanzar la
felicidad. Para eso, según él, debemos profundizar en la naturaleza humana, en aquellas cosas que
nos son más características y esenciales.

4
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corporal. De este modo, el alma humana es inmaterial, pues el origen de la vida debe estar
más allá de la materia. Una de las actividades más propias de la naturaleza humana es la
capacidad de pensar, y está ligada al alma. ¿Cuál es el resultado del acto de pensar? Es claro:
los pensamientos. ¿Has visto alguna vez un pensamiento? ¿Has podido tocarlo, sentirlo,
olerlo? Nadie lo ha hecho en la historia de la humanidad, pues los pensamientos son
inmateriales, al igual que los números y el amor. Si el resultado de la obra de pensar es
inmaterial, también debe serlo aquello que piensa, y puesto que hemos dicho que el alma
es aquello que lleva a cabo el acto de pensar, el alma ha de ser inmaterial.

La segunda nota esencial del alma humana tiene que ver con su inmortalidad, a veces
también llamada subsistencia. El alma, siendo inmaterial, no obedece a los mismos
parámetros que los cuerpos. Son los cuerpos los que tienen una vida orgánica, ya que el
alma no tiene un cuerpo, parece ilógico pensar que esta muera. Dado que la muerte es el
fin de la vida natural, en la cual el cuerpo se corrompe (deja de ser lo que es), y puesto que
el alma no puede corromperse porque no tiene materia, podemos concluir que el alma no
muere. Por su propia naturaleza, el alma trasciende la realidad corporal del ser humano y
no deja de existir cuando su vida natural acaba.

En esta clase hemos reflexionado en torno a la naturaleza humana entendiéndola como


una unidad de cuerpo y alma, constitución que da cuenta de la complejidad y la riqueza de
nuestro existir.

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SEMANA 3: La inteligencia humana y el conocimiento de la verdad


“Cuando observo los curiosos hábitos del hombre, le confieso, amigo mío, que me quedo intrigado”

Ezra Pound

Conceptos claves: conocimiento humano, inteligencia, verdad

1. Las facultades superiores humanas: La inteligencia

En la clase anterior iniciamos nuestro estudio del ser humano, comprendiéndolo desde
una unidad de dos dimensiones, a saber, su dimensión material y racional. Si contemplamos
la naturaleza, nos daremos cuenta de que todos los seres vivos son capaces de adaptarse,
resolver problemas y desenvolverse ante distintas situaciones. Parecería que todos son, de
una manera u otra, inteligentes. Al observar a los animales más desarrollados, nos
percataremos que tienen habilidades admirables, y que muchas veces somos nosotros
quienes los imitamos a ellos para desarrollar nuestra tecnología o avanzar en distintos
aspectos: el vuelo de las aves, los paneles de las abejas, los sistemas de comunicación de
los mamíferos marinos, la organización de las hormigas, etc. Sin embargo, esa capacidad
que poseen, también llamada “inteligencia inconsciente”, es radicalmente distinta a la
nuestra. En primer lugar, la inteligencia de los animales nace de su instinto, no es una
facultad de la cual ellos sean conscientes (de allí su nombre); les permite sobrevivir y no
extinguirse. En segundo lugar, la inteligencia que poseen los animales es de carácter
práctica, está orientada al obrar, sin que haya detrás de ella un carácter reflexivo. Por otra
parte, nuestra inteligencia apunta a algo mucho más elevado, por encima de la mera
supervivencia, como por ejemplo al conocimiento de la verdad. ¿Qué crees tú? ¿Es posible
sostener que el ser humano puede conocer la verdad?

En la sociedad actual posee mucha fuerza e influencia el “relativismo”, pensamiento


que afirma que no existe la verdad, y que si existiese no sería posible que los seres humanos
la conocieran, ya que solo existen opiniones, sin que sea más válida una opinión que otra.
Quizás cuando hablamos de “verdad”, pensemos en grandes certezas que respondan a
algunas interrogantes de la mente humana, como, por ejemplo: el origen del universo, la
existencia de Dios, las causas profundas de un cambio en la humanidad, etc. Sin embargo,
1
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siguiendo la filosofía aristotélica, nos daremos cuenta que el asunto es más simple de lo que
parece.

Supongamos que en este momento te encuentras sentado leyendo este texto. Si yo digo
“el alumno se encuentra sentado leyendo el texto de Antropología” estarás de acuerdo de
que en este caso es una verdad. Todos los días, a cada minuto, decimos múltiples verdades.
Pero surge aquí una pregunta fundamental: ¿qué es la verdad? Una verdad es una
aseveración que describe adecuadamente la realidad. Si alguien dice “Duoc UC es una
institución de educación superior” está describiendo adecuadamente la realidad, por lo
tanto, esa afirmación constituye una verdad. Vemos, entonces, que conocer las verdades
de la realidad no es algo imposible, muy por el contrario, lo hacemos constantemente y
cualquiera puede llevar a cabo tal obra. Si no pudiésemos conocer verdaderamente,
habríamos desaparecido como especie hace mucho tiempo, pues nos sería imposible
distinguir, por ejemplo, los alimentos dañinos de los que son beneficiosos o comunicarnos
entre nosotros de la manera en que lo hacemos. Así, podemos afirmar que la inteligencia
tiene como obra propia el conocer y como objeto propio el conocimiento verdadero.

2. Las características del conocimiento humano

Ya hemos establecido que los seres humanos podemos alcanzar un conocimiento


verdadero, pero, ¿qué características tiene este conocimiento? ¿cómo sabemos que es
propio de la naturaleza humana buscar la verdad? Por nuestra experiencia nos damos
cuenta que en un primer momento percibimos las cosas por medio de los sentidos.
Conocemos el mundo a través de nuestras sensaciones, pero más allá de percibir una cosa
podemos preguntarnos qué es ese algo. El mundo nos produce curiosidad y aquello que
conocemos por medio de la sensación busca ser comprendido también por nuestro
intelecto. El ser humano posee en su naturaleza el requerimiento irrenunciable de conocer,
un claro ejemplo de esto es que rechazamos y nos duele ser engañados y ansiamos
encontrar la verdad y la certeza, para que el mundo se nos vuelva más amable y conocido.
Así, buscamos conocer la verdad, por ejemplo, perfeccionando lo que percibimos por la
experiencia sensible -sentidos- para formar ideas, juicios y razonamientos que nos permitan

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comprender mejor la naturaleza humana y nuestra realidad.

La antropología se pregunta por la naturaleza de nuestro conocimiento y establece que


esta facultad intelectual busca captar lo esencial y universal de las cosas. En primer lugar,
pensemos ¿qué es lo que ocurre cuando conozco algo? Cuando conocemos captamos los
rasgos más importantes o esenciales de las cosas y los guardamos en nuestra inteligencia,
esta operación recibe el nombre de abstracción. Abstraer significa “poner aparte” o
“separar”; por tanto, diremos que el conocimiento que poseen y adquieren los seres
humanos es abstracto. Cuando estoy frente a una manzana, capto con mis sentidos el color
rojo, la textura suave del exterior y el dulzor del sabor. Pero esa información que nos
entregan los sentidos queda “abstraída”, “separada” de la cosa y puedo llevar conmigo esa
información sin tener el objeto. Así, si alguien me pregunta por el sabor de las manzanas,
puedo describirlo y explicarlo sin necesidad de estar comiendo una. Esto es posible porque
el conocimiento humano es abstracto, me permite almacenar, recordar y reflexionar sobre
lo conocido. En segundo lugar, afirmamos que el conocimiento humano es inmaterial, esto
puede sonar algo extraño, pero analicémoslo. Hemos dicho anteriormente que el alma
humana es inmaterial, y que la capacidad de pensar “estando”, por así decirlo, en el alma,
es también inmaterial. Si quien conoce (el alma) es inmaterial y la capacidad que conoce (la
inteligencia) es inmaterial, es también inmaterial el resultado de dicha operación, esto es,
el conocimiento.

Finalmente, pensemos ¿cómo adquirimos un conocimiento? Este proceso comienza con


la percepción sensorial. Sigamos el ejemplo de la manzana: lo primero que sucede es que
mis sentidos captan las cualidades de la manzana: el rojo, la suavidad, la dulzura, etc. Luego,
el sensorio común (facultad humana que recibe y organiza la información que obtenemos
a partir de nuestros sentidos) unifica toda esa información que nos permite percatarnos
que estamos ante una manzana. Es en este momento que nuestra inteligencia “abstrae”
(separa) las cualidades más importantes o esenciales que me permiten formar un concepto
o idea de una manzana en mi inteligencia. Cuando comparo ese concepto o idea con la
manzana que tengo frente a mí y soy capaz de dar una definición de manzana (fruto de
color rojo con forma redondeada, de sabor suave y dulce) puedo decir con confianza que
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mi concepto o idea mental es un conocimiento verdadero. Pues bien, vemos que el


resultado del proceso de conocer es un concepto. Ese concepto, siendo una abstracción y
de carácter inmaterial es también universal. ¿Qué quiere decir esto? Los conceptos que
obtenemos de la experiencia de conocer, se aplican a todos los casos que se nos presentan
a la inteligencia. Dicho de otro modo, el concepto o idea de manzana que poseo se aplica a
todas las manzanas. Cada vez que percibo unidos el rojo, la suavidad, el dulzor y la redondez,
puedo saber con certeza verdadera que se trata de una manzana.

3. La apertura del ser humano a la verdad: atrévete a saber

A lo largo de esta clase hemos indagado en una facultad superior humana, esta es, la
inteligencia, en la próxima clase analizaremos la segunda facultad superior, a saber, la
voluntad. Además, profundizamos en algunas características de nuestro conocimiento que
nos permite reflexionar acerca de la verdad de todo cuanto nos rodea. Hemos establecido
que es propio de la naturaleza humana sentir curiosidad, que la complejidad de lo real nos
provoca asombro y que a partir de ahí buscamos entender y otorgarle un sentido a nuestra
existencia. Cuando nos maravillamos ante la perfección de un atardecer o ante la
imponente imagen de una montaña, comprendemos que nuestra vida supera por mucho el
ajetreado mundo de quehaceres que nos ocupan día a día, tenemos una capacidad reflexiva
que nos permite conocernos para procurar realizar una vida buena y plena en sociedad. En
esto radica exactamente el valor de un saber antropológico: es una invitación a crear una
pausa en nuestro acelerado ritmo de vida, a dejar de enfocarnos por un momento en la
utilidad de las cosas materiales, para poner atención a nuestra intimidad, para así, después
de comprender profundamente nuestro ser, guiar a nuestra voluntad para actuar
correctamente, eligiendo aquello que nos hace realmente bien y nos permita vivir
plenamente con los demás.

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SEMANA 4: La voluntad, la búsqueda del bien y la felicidad

“La felicidad es interior, no exterior; por lo tanto, no depende de lo que tenemos, sino de lo
que somos”

Henry Van Dyke.

Conceptos claves: voluntad, bien, felicidad, plenitud.

1. La voluntad humana y la búsqueda del bien

En la clase pasada estudiamos una de nuestras facultades superiores, a saber, la


inteligencia. En esta clase analizaremos la segunda facultad superior que es la voluntad.
Esta capacidad se refiere a los actos libres del ser humano, al ejercicio de su facultad
deliberativa, esto es, la capacidad de elegir un bien apropiado para cada situación. Todos
nosotros deseamos continuamente cosas, deseamos acceder a la educación superior,
terminar nuestra carrera, conseguir un buen trabajo, etc. Deseamos continuamente
cuestiones que percibimos como buenas. Por tanto, podemos afirmar que nuestra voluntad
posee un objeto propio, que es el bien, y una obra propia, que es desear y elegir los medios
para alcanzar eso que desea. ¿Qué significa que el objeto propio sea el bien? El ser humano
siempre actúa conforme al bien. Esta afirmación puede parecer algo extraña, ya que
constantemente vemos personas que no hacen el bien sino el mal. Para comprender esto
debemos hacer algunas aclaraciones.

Cuando el ser humano lleva a cabo cualquier acción, lo hace siempre bajo el
convencimiento que esa acción le traerá un beneficio o un bienestar, a corto o largo plazo.
A corto plazo, por ejemplo, está el comer para satisfacer el hambre, y a largo plazo tener un
título profesional, que implica invertir tiempo de estudio y preparación. Nadie actúa para
que le sucedan cosas malas. ¿Por qué entonces las personas hacen cosas malas? Esto puede
deberse a varios factores. Uno de ellos es buscar el aparente beneficio propio por sobre el
bien común de la sociedad. Así, por ejemplo, el ladrón considera superiores los beneficios

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materiales que obtendrá por sus actos criminales, que el daño que se causa a sí mismo o los
problemas que generará en las personas a quienes roba. Ahora bien, cuando la persona
desea y decide, debe hacerlo siempre en miras del bien no solo propio, sino del bien de
todos los que componen la sociedad. En unas clases más profundizaremos en esta idea
cuando hablemos de nuestra naturaleza social.

El segundo factor tiene que ver con la ignorancia. Por ejemplo ¿Cuántas veces
escogiste algo que parecía un bien, pero luego te das cuenta que tu elección no fue la
correcta? De seguro más de una vez, porque si la inteligencia no está bien educada y no le
permite a la persona distinguir el mejor bien y los mejores medios para alcanzar ese bien,
es probable que la persona cometa una acción que le cause problemas a sí misma o a
aquellos que la rodean. Por tanto, existen dos tipos de bienes: los reales y los aparentes.
Los reales, como su nombre lo dice, son cosas deseadas por la voluntad que son realmente
buenas. Los bienes aparentes, en cambio, se nos aparecen como buenos, pero en realidad
no lo son. Una persona que tiene hambre considera como bueno comerse un berlín, y en
realidad lo es, no hay nada de malo en ello. El problema es si esa persona es diabética. En
ese caso el berlín se le aparece como algo bueno, pero en realidad no lo es. Lo mismo pasa
cuando peleamos con un amigo: probablemente sentiremos que lo mejor es ignorarlo y
distanciarnos de él (bien aparente), cuando en realidad puede ser que lo mejor sea
conversar y superar las dificultades a través del diálogo (bien real). Así, cuando una persona
confunde estos dos tipos de bienes, puede actuar de manera que produzca un mal y no un
bien. Por eso es importante que la voluntad y la inteligencia actúen juntas.

El tercer factor tiene relación con la falta de fortaleza para hacer el bien cuando se
nos presentan dificultades. Supongamos que vamos caminando detrás de alguien a quien
se le cae dinero. Fácilmente podríamos guardarlo y utilizarlo para cubrir nuestros gastos.
Devolverlo requiere que la persona, junto con descubrir el bien real y pensar en el otro,
posea la fortaleza de carácter para hacer el bien, aunque sea difícil. Esta elección entre
hacer el bien solo para mí o pensar en los demás, aunque sea dificultoso existe, porque
somos seres libres y podemos decidir cómo actuar. Estas son algunas de las razones por las

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cuales, a pesar de que nuestra voluntad busca el bien, podemos llevar a cabo acciones
malas.

2. La felicidad o plenitud

Hemos dicho, entonces, que la voluntad tiene como obra propia el desear, y como
objeto propio lo bueno. Sin embargo, no queda claro aún bajo qué criterios debe decidir el
ser humano para poder hacer el bien. Para comprender este punto es necesario tener en
consideración que existen otros dos tipos de bienes en función de su utilidad y valor. Existen
bienes que son medios, y otros que son fines. Si pensamos en el dinero, por ejemplo,
podemos atestiguar que todos lo desean y anhelan poseerlo. Pero el dinero no es ni podrá
ser jamás un fin. El dinero es, por excelencia, un bien que funciona como medio. Nadie, en
su sano juicio, que tiene dinero lo desea por su propia existencia, como si tuviera un valor
intrínseco. Aquellos que desean dinero, lo desean por las cosas que podemos conseguir con
él. Digamos, por ejemplo, que queremos comprar una chaqueta. Los veinte mil pesos tienen
valor en cuanto me sirven para comprar la chaqueta. Y una vez que compro la chaqueta, no
la dejo guardada, sino que me doy cuenta que la chaqueta tiene valor en tanto me sirve
para abrigarme o para vestir de una manera que me represente. De esa forma, el dinero
que yo tenía era valioso como un medio para alcanzar un fin, que era el abrigo y la
supervivencia. Así, entonces, queda claro que son los fines los que le dan sentido a nuestras
decisiones y elecciones.

Aristóteles sostiene que la cadena de medios y fines no puede ser infinita, pues no
habría nada que le diera sentido a nuestras acciones. Pensemos el siguiente escenario:
cuando nos subimos a un taxi, lo primero que nos preguntan es a dónde vamos. Si no dices
nada, probablemente el conductor se inquietará, pues no sabe hacia dónde moverse. Si no
hay un destino, no hay forma de saber el recorrido que debe tomarse. En la vida de las
personas sucede lo mismo. Si no tenemos un fin en la vida, no sabremos cuáles son las
decisiones que tenemos que tomar, pues no tenemos una meta y sin meta no hay camino.

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Llegamos aquí a una pregunta fundamental en nuestro estudio: ¿cuál es el fin o meta de la
vida de los seres humanos?

Aunque la pregunta pareciera ser muy compleja y no tener respuesta, desde hace
milenios los filósofos la han respondido con una simpleza y profundidad maravillosa: el fin
de la vida humana es alcanzar la felicidad. Esto nos abre a una nueva pregunta: ¿cómo se
alcanza la felicidad? Algunos ponen su felicidad en cosas materiales; otros, en sus logros
profesionales; otros, en la estabilidad económica, etc. Los filósofos antiguos nos dicen que,
si bien tales cosas son necesarias, no constituyen la felicidad y no nos conducen,
automáticamente, a ser personas realizadas y felices. Para responder a la pregunta que nos
hemos planteado, hemos de entender un poco más el concepto de felicidad.

Otra palabra para referirse a la felicidad es la idea de plenitud. Algo está pleno
cuando está lleno, completo, desarrollado ampliamente. Así, podemos reformular la
pregunta inicial: ¿qué debemos hacer para estar completos y ser plenos? La forma de lograr
esa plenitud es desarrollando nuestra propia naturaleza humana. El ser humano se hace
más profundamente humano cuando hace aquello que le corresponde por sus cualidades y
facultades naturales. Si comprendemos las facultades superiores que estamos estudiando,
entendemos que la persona debe desarrollar su inteligencia y su voluntad, entre otras
dimensiones. Si los seres humanos buscan el conocimiento verdadero por la inteligencia y
actúan conforme a lo verdaderamente bueno por la voluntad, poco a poco se irán
desarrollando como personas y podrán alcanzar su plenitud, es decir, la completitud de su
naturaleza. De esa forma, lo que debemos hacer para ser felices es buscar la verdad y hacer
el bien, aquello es lo más propio de nuestro ser.

3. Concepciones erróneas de la felicidad

Hemos mencionado que algunos atribuyen su felicidad a la posesión de dinero, el


éxito laboral, el ostentar objetos lujosos, etc. Sin embargo, ninguna de estas cosas puede
llevarnos a la felicidad. Siendo la plenitud humana un rasgo fundamentalmente interior, las
cosas exteriores no nos conducen hacia la finalidad de nuestra existencia. La felicidad

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tampoco puede ser reducida al placer, ya que es una satisfacción momentánea que se agota
cuando obtengo aquello que deseo. El dinero, los bienes externos, el trabajo son medios
que están a nuestro servicio para que podamos alcanzar la felicidad, pero no la constituyen.
El fin último de toda vida humana no son objetos ni experiencias que nos producen un goce
momentáneo, la felicidad es un fin accesible en el ejercicio de una vida buena, aquí radica
la importancia de nuestra inteligencia, pues esta debe guiar a nuestra voluntad para poder
elegir correctamente el bien.

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