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Historia de la Iglesia Jonatan Mega Fernández

IX. LAS REFORMAS MEDIEVALES.

1. INTRODUCCIÓN.
1.1. La situación religiosa.

La religiosidad de la Alta Edad Media (s. V-X) fue deteriorándose progresivamente. Cada vez
estuvo más impregnada del ambiente feudal que se estaba imponiendo. Los señores levantaban
iglesias rurales para atender las necesidades espirituales de los siervos y colonos instalados en
sus tierras. Al mismo tiempo que levantaban dichos templos, proveían económicamente para su
mantenimiento, los gastos del culto y los párrocos. También los monasterios eran construidos
por reyes y señores. Estos templos y monasterios, al haber sido financiados por los nobles, eran
considerados como su propiedad privada y disponían libremente de ellos. Cuando lo
consideraban oportuno los concedían como herencia, dote o premio por servicios prestados.
Aunque había una fe sincera en todo ello, ya que creían hacer un servicio a Dios y a la Iglesia,
era una manera nueva de mostrar su prestigio, poder y estatus social.1 Al mismo tiempo era una
manera muy efectiva de control sobre el territorio y sus habitantes.

Progresivamente los abades de esos monasterios se fueron convirtiendo en señores feudales y,


de hecho, hubo abades laicos; condes - abades, obispos - abades, etc. No se ocupaban de la vida
espiritual de los monjes y contrataban a otros para que lo hicieran. A esta práctica se la ha
denominado absentismo. Fue el absentismo una auténtica plaga que duró hasta bien entrado el
s. XVI. La feudalización se había apropiado de la misma Iglesia que había entrado a formar parte
del sistema.

En lo que respecta al nivel formativo de los clérigos, dejaba mucho que desear. Los obispos eran
personas, en principio, con cultura y bien formadas, en cambio, los sacerdotes rurales tenían un
nivel realmente pobre. Muchos de ellos solamente podían recitar la misa sin saber muy bien que
estaban haciendo o diciendo. Fueron muchos los cánones conciliares que denunciaron esta
situación. A ello había que sumar el hecho de que su subsistencia se veía comprometida ya que
recibían sueldos paupérrimos. Tampoco el nivel moral, tanto de los sacerdotes como de los
obispos era digno de imitación.

La cristiandad altomedieval, en su inmensa mayoría, vivía sumida en la superstición ya que el


cristianismo no había penetrado en los corazones. Dios era adorado por el mero hecho de evitar
su castigo. Puesto que no se podían acercar a ese Dios justiciero y vengativo, había toda una
pléyade de santos intercesores. También María cumplió ese papel de intercesión. Para aplacar
la ira divina se recurría a donaciones a las iglesias, el culto a los santos y sus reliquias y los viajes
a los santuarios más famosos y con las que se suponían que eran las mejores reliquias. También
la figura amenazante del diablo era omnipresente con la finalidad de inspirar miedo. No es por
tanto extraño que, en aquel ambiente, surgiesen movimientos que aspiraban a un cambio.

1
La fe medieval era una manera de ganarse el cielo ya que la salvación del alma era el propósito
principal de aquellas gentes. El tipo de fe y los implícitos de la misma ya eran otra cosa.

1
Historia de la Iglesia Jonatan Mega Fernández

1.2. Los Valdenses.

En medio de aquella corrupción generalizada, en el s. XII, aparecieron los valdenses. Se trataba


de una comunidad cristiana cuyo nombre derivaba de Pedro Valdo o Valdés. Pedro Valdo fue un
comerciante rico de Lyon, que en 1173 se convirtió al considerar la palabras del Señor en Mt.
19:20, 21 que un sacerdote le tradujo. Pedro tomó estas palabras al pie de la letra y, después de
asegurar el sustento de su esposa e hija, repartió todo lo que tenía entre los pobres. A partir de
entonces se dedicó a predicar el evangelio y a vivir según los principios del Sermón del Monte.

Originalmente los valdenses no parecen haber tenido ningún conflicto con el dogma de la Iglesia.
Simplemente querían que la gente pudiera conocer el evangelio. Con tal fin tradujeron las
Escrituras a la lengua vernácula. Inicialmente, la Iglesia, en la figura del papa Alejandro III, se
mostró abierta a este nuevo grupo. Se les concedió autorización para predicar y solamente se
les pidió que contaran con la autorización de los respectivos obispo.2 La insistente negativa de
los valdense a este último requisito fue el que provocó la prohibición de predicar y su
excomunión por el papa Lucio III en 1184.

Finalmente, optaron por crear una estructura eclesial paralela que fue perseguida por la
Inquisición. Que no era su intención separarse se puede ver en que aún en 1212 enviaron una
legación a Roma para obtener la aprobación de Inocencio III. Ante la negativa de este último, la
separación fue efectiva y definitiva. Hasta la Reforma protestante los valdenses se vieron
perseguidos. Finalmente se integraron en el movimiento reformado y en el marco del
calvinismo. Actualmente los valdenses son una iglesia protestante plenamente reconocida.

1.3. Cátaros o albigenses.

Esta herejía tiene una gran parte de reivindicación social. Fue introducida en Europa por los
participantes de la Segunda cruzada. Se extendió por Alemania, Italia, Cataluña y Francia en la
región del Languedoc. Por estar especialmente presentes en la región de Albi se les llamó
albigenses. Sustentaban el dualismo maniqueo que contrapone el bien con el mal y el cuerpo
con el espíritu. La jerarquía debía llevar una vida más austera y ejemplar que el conjunto de los
fieles.

Estuvieron apoyados por la nobleza, especialmente por Raimundo VI de Tolosa. La Iglesia


reaccionó con la predicación de los monjes cistercienses y del obispo Diego de Osma. También
predicó contra ellos Domingo de Guzmán, fundador de los dominicos, que fueron creados,
precisamente, para luchar contra esta herejía.

Finalmente, el papa Inocencio III lanzó contra ellos una cruzada encabezada por Simón de
Monfort. En ella se produjo la masacre de Béziers en 1209 y la Batalla de Muret de 1213 donde
murió Pedro II el Católico, rey de Aragón, que había acudido en ayuda de su vasallo, el conde de
Tolosa.

2
Recordemos que los obispos eran en realidad señores feudales a los que poco importaba la predicación
del evangelio. Así que pusieron a los valdenses todas las trabas posibles para evitar su prédica. De ahí la
negativa del movimiento a obedecer a los distintos obispos.

2
Historia de la Iglesia Jonatan Mega Fernández

Con esta cruzada, el papa más poderoso de la historia, Inocencio III cambió la ideología
eclesiástica. Ya no se luchaba solo con los de fuera, sino contra la herejía interna. La herejía se
va equiparando al delito de lesa majestad ya que ofende a Cristo, el rey de reyes y esto implica
la muerte del hereje y la confiscación de sus bienes. Realmente había poco evangelio en la nueva
forma de pensar.

La última resistencia cátara se dio en el castillo de Montsegur. El resultado político de la cruzada


fue la extensión de Francia hacia el sur.

1.4. La Inquisición.

Para combatir a los grupos heréticos el papa Lucio III creó la Inquisición por medio del decreto
Ad abolendam heresiam. El motivo inmediato para su surgimiento fue, precisamente, la herejía
cátara que acabamos de ver. Sus objetivos fueron acabados de definir por Inocencio III en el IV
Concilio de Letrán de 1215. Se encargó a los obispos la instrucción del proceso y el dictado de
las sentencias que podían ser amonestación, confiscación de bienes o muerte. Para ejecutar la
sentencia el reo era entregado a la autoridad civil. La inquisición episcopal tuvo poco éxito y en
1231, Gregorio IX, creó la inquisición como institución. Se encargó su desarrollo a las órdenes
mendicantes, sobre todo a los dominicos.

2. LA REFORMA MONÁSTICA.

La Iglesia en general también empezaba a ver que era necesario un cambio. Esta nueva visión
provenía de las filas monásticas. Estos reformadores tenían otros énfasis y preocupaciones
distintos a los de los grupos disidentes. Según ellos había dos grandes lacras en la Iglesia; la
simonía y el nicolaísmo. La simonía era la práctica de vender cargos eclesiásticos,3 mientras que
el nicolaísmo era la práctica del matrimonio o el amancebamiento de eclesiásticos.4

Todos estos problemas no eran menores. La simonía era practicada por todos los nobles en toda
Europa. Desde antiguo, pero sobre todo desde el reinado de Carlomagno, el cesaropapismo en
occidente había sido un continuo. El emperador se consideraba designado por Dios. En oriente
la situación aún era peor porque el emperador se consideraba apóstol (Isapóstolos) con poder
político y espiritual. Los reformadores occidentales, en cambio, pensaban que, puesto que los
dos poderes actuaban sobre las mismas personas, el poder espiritual debía estar por encima del
temporal. Aunque hubo otros muchos, dos importantes ideólogos de este movimiento serán
Humberto de Moyénmoutier o de Silva Cándida e Hildebrando di Soana, el futuro Gregorio VII.

La Reforma se dará a dos niveles y será monástica y papal. La primera vendrá por medio de
cluniacenses y cistercienses. Sin embargo, esta Reforma irá mucho más allá de la Iglesia. Al final
resultará evidente que las pretensiones reformistas entrarán en conflicto con el Imperio y el
enfrentamiento será inevitable.

3
En esta categoría de la simonía también incluían la investidura por parte de laicos, aunque no hubiese
transacción económica.
4
La Reforma monástica igualaba el amancebamiento con el matrimonio de eclesiásticos, así que lo que
propugnaban era la total abstinencia sexual de los clérigos.

3
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2.1. Cluniacenses.

La primera Reforma monástica, la cluniacense, fue iniciada por laicos. Guillermo I el Piadoso, un
noble franco, fundó en el año 909 un pequeño monasterio. Para dirigirlo llamó a Bernón de
Baume, monje benedictino que había destacado por su firmeza en seguir la Regla. El monasterio
se fundó, a petición de Bernón, en el sitio preferido de caza del Duque llamado Cluny.

La fundación del monasterio de Cluny tuvo características propias que marcarían la diferencia
con el pasado. Guillermo, en lugar de retener la propiedad del monasterio, lo cedió a los
apóstoles Pedro y Pablo y puso a la nueva comunidad bajo la protección directa del papa.
Aunque ya hemos visto más arriba que el papado no pasaba por sus mejores momentos, la
acción del duque no tenía otra intención que evitar intromisiones futuras de otros nobles. Para
que el propio papado no hiciera mal uso de la propiedad, como hemos visto, la puso bajo la
propiedad de los dos apóstoles.

Bernón de Baume gobernó Cluny hasta el año 926. Después de él vinieron otros que
engrandecieron el monasterio. Con ellos se fue afianzando el proyecto de Reforma monástica
iniciado en el s. X. Al principio el objetivo de la comunidad fue llevar una vida sencilla siguiendo
la Regla benedictina. Sin embargo, pronto entendieron que otros monasterios podían
beneficiarse de la incipiente Reforma. Siguiendo el ejemplo de Bernón se dedicaron a
reformarlos. Llegó a haber tantos monasterios cluniacenses que se les llamó Ecclesia
cluniacenses situándola al mismo nivel que la Ecclesia Gallinacana, Hispana o Germánica. En
realidad, no se trataba de una orden propiamente dicha, sino que, por lo menos en teoría, eran
monasterios independientes. No obstante, era el abad de Cluny el que nombraba al prior de los
demás. Esta Reforma también se extendió a varios conventos de monjas como el de Marcigny.

Puesto que ahora existía una auténtica Ecclesia cluniacenses empezaron a soñar con reformar
toda la Iglesia. Esa Reforma sería en base a los principios monásticos. Lucharían contra la
simonía, el nicolaísmo y también exigirían la obediencia al papa.

La Regla benedictina estipulaba la oración y el trabajo manual. Sin embargo, los monasterios
cluniacenses se habían enriquecido por medio de las donaciones. En esa nueva situación, los
monjes cada vez más se dedicaron a elaboradas ceremonias. Fue así como paulatinamente
fueron abandonando el trabajo manual para dedicarse a la pompa y la ostentación.

La decadencia de este movimiento vino, precisamente, por la paradoja que se produjo ante la
pobreza que demandaba la Regla y la riqueza de los monasterios. Mientras el monje debía ser
pobre sin poseer cosa alguna, el monasterio podía tener posesiones sin límite. Esta riqueza hizo
muy difícil a los monjes llevar la vida sencilla que se habían propuesto. La ostentación acabó por
provocar la sustitución de los Cluniacenses por los Cistercienses.

2.2. Cistercienses.

Cisterciense viene del nombre francés Cîteaux, que en latín es Cistertium. Fue Roberto de
Molesmes el que fundó un monasterio allí y del que se deriva la orden del cister. Tras Roberto
vino el abad Alberico que consiguió de Pascual II en 1110 que el monasterio quedara bajo

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protección papal. La intención evidente era la misma que Guillermo tuvo con Cluny, protegerlo
de injerencias externas. Tras Alberico, el nuevo abad, Esteban Harding, consiguió que la
comunidad creciera lo suficiente para tener que fundar un nuevo monasterio en La Ferté.

No obstante, la personalidad que daría impulso definitivo a la orden cisterciense sería Bernardo
de Claraval. El famoso predicador de la Segunda cruzada. Con veintitrés años y junto a un nutrido
grupo de amigos y familiares ingresó en Cîteaux. Pocos años más tarde, ante el crecimiento del
monasterio, se le encargó que fundara un nuevo monasterio en Claraval.

Aquel nuevo monasterio se convirtió en un centro de referencia para la cristiandad. Bernardo


había alcanzado tal notoriedad por medio de su predicación que era conocido como el Doctor
Melifluo. Fue la fama y prestigio de Bernardo el que hizo que grandes multitudes ingresaran en
la orden.

Bernardo no pretendía otra cosa que llevar una vida contemplativa. Sus grandes pasiones eran
meditar sobre el amor de Dios y la humanidad de Cristo. Al contrario que ocurría en Cluny, en el
cister el trabajo manual continuaba siendo importante. También la pobreza era importante. Era
tal la sencillez de los cistercienses que fueron conocidos como los monjes blancos, en
contraposición a los benedictinos que eran llamados los monjes negros. El motivo era que no
usaban ningún tipo de tinte en sus hábitos porque consideraban que era un lujo superfluo.

En lo que a gobierno se refiere, al contrario que Cluny, los monasterios del cister eran
relativamente independientes. Para mantener cierta unidad e interdependencia, los abades se
reunían una vez al año.

A pesar del deseo de tranquilidad del de Claraval, el peso que llegó a ocupar en la Iglesia fue
grande. Fue el gran predicador de la Segunda cruzada y tuvo que intervenir en diferentes
disputas dentro y fuera de la Iglesia. Su autoridad fue tal que acompañó al papado y, en
ocasiones, influenció sobre él. No hay duda de que fue el gran campeón de la Reforma
monástica. No obstante, ese anhelo de reforma trascendió el ámbito monástico y llegó a la más
alta institución medieval, el papado.

3. LA REFORMA PAPAL.

Los nuevos ideales se extendieron a los cargos eclesiásticos y también al pueblo que fue, en su
mayoría, partidario de la Reforma. Sin embargo, era evidente que los intentos de reforma se
encontrarían con una fuerte oposición. Las familias nobles romanas y el imperio no cederían
fácilmente.

Gregorio VI (1045-1046) lo había intentado y había fracasado. No obstante, aquel intento había
marcado un precedente importante. A Gregorio lo acompañaba un hombre de convicciones
profundas que iba a tener un papel importante en todo este proceso de reforma. También iba a
tenerlo en su enfrentamiento con el Imperio. Se trataba de Hildebrando di Soana, el futuro
Gregorio VII.

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3.1. León IX.

El poder imperial había ofrecido la tiara papal a Bruno de Tula. Este, en vez de aceptarla, se
dirigió en peregrinaje a Roma. Solo después de ser aclamado por el clero y el pueblo de la ciudad
aceptó el pontificado bajo el nombre de León IX. En todo ello había convicciones y un deseo
claro de luchar contra la simonía. Aunque el emperador no había intentado efectuar transacción
alguna, Bruno veía la investidura por un laico como simonía.

León IX fue un papa claramente reformador que se rodeó de otros hombres con las mismas
convicciones. A su lado estaban el ya citado Hildebrando, Humberto de Silva Cándida, Pedro
Damiano y otros muchos.

Humberto era monje del monasterio de Lotaringia. Se había dedicado al estudio y a escribir en
favor de la reforma de la Iglesia. Su obra Contra los Simoníacos fue una de las más duras contra
este tipo de prácticas.

Pedro Damiano, en cambio, era un monje que más que a la reforma, aspiraba a volver al espíritu
sencillo de los evangelios. Fue esta espiritualidad más evangélica la que le llevaría a enfrentarse
con León IX.

Junto a todos ellos caminaba la mayor parte del pueblo. Aunque había motivos espirituales para
ese apoyo, no hay duda de que también los había de otro tipo. La Iglesia era la única institución
medieval donde había cierta movilidad social. Tanto Hildebrando como Pedro Damiano eran
hombres de origen humilde. El pueblo sabía que la simonía implantaba en la Iglesia el gobierno
de los ricos desechando a las clases populares. En lo que respecta al nicolaísmo, los hijos de los
matrimonios de clérigos podían llegar a constituir una auténtica casta eclesiástico - feudal que
copase la institución. Así, en todo este movimiento de reforma, podemos intuir otros intereses
de carácter más social.

León IX impuso su autoridad en el Imperio, donde excomulgó a Godofredo de Lorena quien se


había enfrentado al emperador Enrique III. Haciendo esto, aunque favorecía al emperador, en
realidad estaba consolidando su poder. También hizo lo mismo en Francia donde convocó un
concilio en Reims en el que fueron depuestos varios prelados acusados de simonía. Parecía que
lo que no había conseguido Gregorio VI lo iba a conseguir León IX.

No obstante, también cometió grandes fallos. En primer lugar, tomó él directamente las armas
para enfrentarse a los normandos que ocupaban Sicilia y el sur de Italia. Esto le valió la oposición
del más evangélico Pedro Damiano. En segundo lugar, y esto tuvo consecuencias de largo
alcance, envió una embajada a Constantinopla de la cual formaba parte Hildebrando. Fue este
último el que dejó sobre el altar de Santa Sofía la bula de excomunión. Así pues, fue bajo su
pontificado cuando se oficializó el cisma entre occidente y oriente (1054).

3.2. Tras León IX.

Las familias romanas no se quedaron satisfechas con esta nueva situación y en diversas
ocasiones intentaron imponer sus propios candidatos al pontificado. También con el Imperio
hubo diversas tensiones. Sin embargo, a la muerte de León IX, el emperador accedió a la elección
del nuevo papa por aclamación del pueblo de Roma. La única condición era que el nuevo

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pontífice debía ser alemán. Así fue, la elección recayó sobre Gebhard de Eichstadt que tomó el
nombre de Víctor II (1055). Víctor II era hombre de confianza y consejero del emperador Enrique
III. Tanta era la confianza que, a la muerte del emperador, dejó a su cuidado a Enrique IV, su
hijo. Así pues, Víctor tuvo por algún tiempo el poder sobre la Iglesia y el Imperio.

A la muerte de Víctor, subió al pontificado Federico de Lorena que tomó el nombre de Esteban
IX. Murió a los pocos meses y las familias romanas impusieron a Benedicto X. Gracias a la
intervención de Hildebrando en la corte Imperial, Benedicto fue depuesto y en su lugar subió
Nicolás II (1058-1061). Su pontificado reviste gran importancia porque en él se celebró el
Segundo Concilio Laterano (1059) donde se decidió que los futuros papas debían ser elegidos
por los cardenales.5 Al margen de que esta práctica se extiende hasta nuestros días, llama la
atención el momento. Aprovechó que Enrique IV tenía unos pocos años para excluir al Imperio
de cualquier intromisión eclesiástica. Esto provocó un enfrentamiento entre ambos poderes que
veremos un poco más abajo.

A Nicolás II le sucedió Alejandro II, que no contaba con el apoyo del Imperio y que solamente
pudo sostenerse gracias al apoyo de los normandos. Fue él quien puso la Reforma papal sobre
bases firmes. Se tomaron diversas medidas para imponer la reforma eclesiástica y muchos
prelados fueron depuestos con mano de hierro. La reforma había triunfado.

3.3. Gregorio VII.

Finalmente fue otro reformador, Hildebrando di Soana, de quien ya hemos hablado, quien subía
al solio pontificio. Hildebrando tomó el nombre de Gregorio VII. Fue aclamado, como había
ocurrido con León IX, por el pueblo de Roma. Su gran proyecto era imposible desde el principio.
No solamente se proponía la reforma de la Iglesia en los territorios papales, sino que pretendía
extender su autoridad a las iglesias orientales e incluso a las regiones que habían sido tomadas
por el islam. Es decir, toda la sociedad humana debía quedar bajo el papado.

Una vez quedó claro que su proyecto no se realizaría, se dedicó a los dos objetivos de la Reforma,
la lucha contra la simonía y el nicolaísmo, es decir, imponer el celibato a todos los clérigos y
evitar la investidura laica. Amenazó con la excomunión a todos los eclesiásticos que recibieran
cargo alguno de manos laicas. También lanzó la misma amenaza contra los señores. Todo lo que
había ocurrido hasta aquel momento más su convicción profunda y su determinación férrea
provocaron la controversia de las investiduras que veremos a continuación.

4. CONTROVERSIA DE LAS INVESTIDURAS.

Hemos dicho que Enrique IV accedió al poder con tan solo unos años (seis). Esto fue
aprovechado por Nicolás II para, en el Segundo Concilio Lateranense, promulgar la bula In
nomine Domini por la que únicamente los cardenales - obispos podían elegir al papa que,
además, debía ser romano. La emperatriz regente y los grandes nobles no aceptaron la bula. El

5
Resulta oscuro el origen de este cargo eclesiástico. Inicialmente los obispos - cardenales eran obispos de
siete iglesias vecinas que junto al papa presidían el culto en la iglesia lateranense.

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Historia de la Iglesia Jonatan Mega Fernández

papa, para ganar poder se alió y reconoció a los normandos del sur de Italia y al movimiento
popular de la pataría milanesa, fanáticos reformistas que saqueaban y mataban sin control.

A la muerte de Nicolás II se produjo una doble elección pontificia. En Alemania se impone al


antipapa Honorio II mientras que en Roma eligen a Alejandro II. Gracias a las influencias de
Hildebrando, se impuso el candidato romano. A su muerte, fue Hildebrando quien llegó al
papado como Gregorio VII. Enrique IV, en principio, aceptó el nombramiento.

Sin embargo, cuando en concilio (1074) se declaró fuera de la Iglesia a los obispos simoníacos el
clero alemán se amotinó. A partir de ahí se produjeron una auténtica cascada de hechos de gran
trascendencia para la historia de la iglesia y, en realidad, de todo occidente.

En respuesta, Gregorio promulgó el Dictatus papae por el que el poder papal se imponía en el
ámbito político y religioso. Es decir, era el papa quien debía nombrar obispos y príncipes. A pesar
del Dictatus papae Enrique IV siguió invistiendo obispos en sus territorios y mandó apresar a
Gregorio. Fue el pueblo de Roma el que liberó al papa. En el mismo año de 1074 Gregorio
convoca a Enrique para que acuda a disculparse bajo pena de excomunión y el emperador reúne
un sínodo que declara depuesto a Gregorio. Como se puede suponer la excomunión del
emperador fue fulminante. Esto liberaba a los súbditos de Enrique de cualquier juramento de
fidelidad y los príncipes alemanes se sublevaron. Alemania se sumió en el caos y el emperador
tuvo que pedir perdón descalzo y a la intemperie durante tres días. En ese tiempo el emperador,
junto a su familia, vestido de penitente y en medio de la nieve imploró que el papa le permitiera
entrar en el castillo de Canosa. El papa se negó a aceptar sus disculpas sin la garantía de otros
nobles y prelados que se comprometieron a obligar al rey a cumplir lo prometido.

Como resulta evidente, una humillación semejante dejó el prestigio de Enrique bajo mínimos,
así que cuando llegó a Alemania fue depuesto por Rodolfo de Suabia. Gregorio también
excomulgó a Rodolfo, pero en esta ocasión los príncipes no se revelaron y fue Rodolfo quien
acabó deponiendo a Gregorio que fue sustituido por Clemente III. Entonces Gregorio se encerró
en el Castel Sant’Angelo y fue rescatado por el normando Roberto Guiscardo. Roma fue
saqueada por las tropas de Roberto y los romanos nunca perdonaron a Gregorio haber
introducido en la ciudad a los normandos.

Lo cierto es que en Alemania volvió al poder Enrique IV que se reafirmó en la prerrogativa para
investir. Fueron muchas las vicisitudes posteriores. Aún hubo enfrentamiento entre Enrique y el
papa Urbano II y los siguientes emperadores con el papa Pascual II. Lo cierto es que no se llegó
a una solución de compromiso hasta el conocido como Concordato de Worms. Lo vemos
resumidamente.

4.1. El concordato de Worms.

El Imperio se había sumido en la anarquía. El motivo era sencillo; el Imperio se basaba en la


alianza con la Iglesia. Los obispos eran investidos por el poder imperial para actuar como señores
feudales de los diversos territorios. Esto tenía la ventaja de que, a su muerte, los territorios
volvían a manos imperiales. Es decir, el Imperio en alianza con la Iglesia funcionaba sobre los
principios feudales. Cuando la alianza con la Iglesia entró en crisis, el Imperio también.

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Fueron Enrique V y el papa Calixto II los que llegaron a una salida honrosa para ambos con
respecto a las investiduras. Por el Concordato de Worms (1122) los obispos serían nombrados
por los cabildos, mientras que en los asuntos civiles seguiría funcionando el estamento feudal.

Tras todos estos avatares, el Imperio se había desgastado, pero el poder papal también. Los dos
se iban a destruir mutuamente hasta que otros poderes, los nuevos reinos emergentes, tomaran
su lugar. No obstante, el desgaste del papado y sus humillaciones no habían acabado en este
momento. Su prestigio aún tenía que bajar más hasta tocar fondo. La petición de reforma
auténticamente evangélica iniciada por los valdenses se iba a convertir en un grito siglos más
tarde.

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