REFLEXIÓN
Universidad Humanitas
SABAS PALOMO MONSSERRAT
La situación económica actual de México se caracteriza por una
compleja interacción de factores internos y externos que amenazan
con generar una recesión económica. A lo largo de las últimas
décadas, México ha experimentado un crecimiento mercantil
moderado, impulsado principalmente por sus relaciones comerciales
con países como Estados Unidos, China y miembros de la Unión
Europea. Sin embargo, la desaceleración económica global, sumada
a los desafíos estructurales internos, plantea un futuro incierto para
el país en términos de estabilidad económica. El enfoque en el
desarrollo mercantil, que ha sido uno de los pilares fundamentales de
la política económica mexicana, no está exento de riesgos cuando se
enfrenta una posible recesión.
El desarrollo mercantil se ha entendido como la estrategia principal
de México para integrar su economía a los flujos internacionales de
comercio e inversión. En este sentido, los tratados comerciales, como
el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), han sido
esenciales para fomentar el intercambio de bienes y servicios, así
como para atraer inversión extranjera directa. Sin embargo, el
comercio internacional no es una fórmula infalible para garantizar el
crecimiento económico, y México ha dependido de manera excesiva
de la exportación de productos manufacturados y materias primas,
como el petróleo y los productos agropecuarios.
Aunque el desarrollo mercantil ha permitido un crecimiento en ciertos
sectores, también ha generado una serie de desequilibrios
estructurales. Uno de los problemas más evidentes es la falta de
diversificación de la economía, lo que hace a México vulnerable a las
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fluctuaciones del mercado internacional, especialmente ante caídas
en la demanda de los productos que exporta. Además, la dependencia
de Estados Unidos como principal socio comercial ha limitado la
capacidad del país para desarrollar una autonomía económica
significativa.
En el contexto global, la desaceleración económica se ha vuelto un
fenómeno creciente, y México no ha sido ajeno a sus efectos. La crisis
sanitaria derivada de la pandemia de COVID-19 profundizó las
desigualdades estructurales y retrasó el ritmo de recuperación en
diversas economías del mundo. A pesar de las medidas adoptadas
por el gobierno mexicano, como estímulos fiscales y programas de
apoyo a las pequeñas y medianas empresas (PyMEs), los efectos de
la desaceleración económica han sido palpables, particularmente en
sectores como el turismo, la manufactura y el comercio exterior.
Uno de los principales factores de riesgo para la economía mexicana
es la incertidumbre global generada por la política monetaria en
países clave, como Estados Unidos. El aumento de tasas de interés
en economías desarrolladas, como la de la Reserva Federal de
Estados Unidos, afecta el flujo de capital hacia países emergentes
como México, encareciendo los créditos y ralentizando las
inversiones. Este fenómeno se ha acentuado en el contexto de una
guerra comercial entre grandes economías y la reconfiguración de las
cadenas de suministro internacionales, lo que complica aún más la
capacidad de México para mantener el ritmo de crecimiento
económico.
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Con la desaceleración de las economías internacionales y la fragilidad
de las dinámicas internas, la posibilidad de que México entre en una
recesión económica se vuelve cada vez más tangible. La recesión se
define generalmente como una contracción prolongada del Producto
Interno Bruto (PIB) durante al menos dos trimestres consecutivos, y
en este escenario, la economía mexicana podría enfrentar una
desaceleración significativa de su crecimiento.
Uno de los principales riesgos de la recesión es la pérdida de empleos.
Las empresas, al enfrentar un entorno económico incierto, suelen
reducir su capacidad de producción, lo que se traduce en despidos
masivos o en la incapacidad de generar nuevos puestos de trabajo.
Esto afecta principalmente a los sectores más vulnerables, como el
comercio informal y las PyMEs, que no cuentan con los recursos
suficientes para enfrentar los efectos de una recesión.
Otro factor clave es la inflación. La caída de la demanda interna, junto
con el aumento de los precios de los productos básicos y la energía,
puede generar un escenario inflacionario difícil de manejar. En este
sentido, el Banco de México tiene un papel fundamental en la gestión
de la política monetaria, pero los márgenes de maniobra son
limitados cuando la inflación global también está presionada por
factores externos como los costos del petróleo y las tensiones
comerciales.
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Para evitar una recesión prolongada o al menos atenuar sus efectos,
es crucial que México diversifique su economía y fortalezca sus
sectores internos. En primer lugar, se debe priorizar la inversión en
sectores estratégicos que permitan una mayor autonomía económica,
como la tecnología, la energía renovable, la educación y la salud.
México no puede seguir dependiendo exclusivamente de las
exportaciones de manufacturas o de productos primarios. Aumentar
la inversión en investigación y desarrollo (I+D) es esencial para
generar innovaciones que permitan al país competir en mercados
globales más allá de los productos tradicionales.
Además, la política económica debe ser flexible y adaptativa. En
tiempos de desaceleración económica, es fundamental que el
gobierno mantenga un enfoque proactivo, promoviendo medidas
fiscales y monetarias que estimulen la demanda interna. El apoyo a
las PyMEs, a través de créditos accesibles y programas de
capacitación, es esencial para evitar que estas empresas, que
representan una parte significativa del empleo formal en México, se
vean obligadas a cerrar.
Conclusión
La situación económica actual de México se encuentra en un punto
crítico, en el que la desaceleración económica global y los desafíos
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internos convergen para generar un ambiente incierto y
potencialmente recesivo. El desarrollo mercantil, aunque ha sido un
motor importante para la economía, debe ser complementado con
una mayor diversificación y fortalecimiento de sectores estratégicos
internos. De lo contrario, el país podría enfrentar no solo una recesión
económica, sino también un deterioro en sus condiciones sociales y
de empleo. Por lo tanto, es imperativo que México adopte políticas
económicas más inclusivas, sostenibles e innovadoras, que le
permitan sortear los efectos de una recesión y sentar las bases para
un crecimiento económico más equilibrado y menos vulnerable a los
vaivenes del mercado global.