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Crisis de deuda y globalización 1973-1990

Marichal Cap 4
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Temas abordados

  • desarrollo industrial,
  • recesión,
  • economía latinoamericana,
  • recuperación económica,
  • préstamos internacionales,
  • crisis bursátil,
  • recursos naturales,
  • cambio de moneda,
  • crisis de 1982,
  • crisis de deuda
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Crisis de deuda y globalización 1973-1990

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Temas abordados

  • desarrollo industrial,
  • recesión,
  • economía latinoamericana,
  • recuperación económica,
  • préstamos internacionales,
  • crisis bursátil,
  • recursos naturales,
  • cambio de moneda,
  • crisis de 1982,
  • crisis de deuda

Nueva historia de las grandes crisis financieras

Una perspectiva global, 1873-2008 CARLOS MARICHAL

Capítulo 4: Orígenes de la globalización contemporánea, 1973-1990:


¿Por qué hubo auge y crisis de la deuda externa de los países en desarrollo?
El 6 de octubre de 1973, Egipto y Siria lanzaron un ataque simultáneo contra Israel.
Egipto cruzó el canal de Suez y ocupó parte del Sinaí, mientras que Siria invadió los
Altos del Golán. Israel logró revertir las invasiones y cercar al Tercer Ejército egipcio
en el Sinaí. El 22 de octubre, la ONU aprobó una resolución para un cese al fuego.
La guerra económica comenzó poco después. Desde octubre, una coalición de países
árabes productores de petróleo usó el "oro negro" como herramienta de presión contra
Estados Unidos y para fortalecer su control sobre los recursos naturales. Un mes antes
de la guerra, seis países árabes de la OPEP habían anunciado un plan para aumentar su
participación en el negocio petrolero y exigieron a los países importadores distanciarse
de Israel. El 16 de octubre, duplicaron el precio del petróleo e impusieron un embargo a
las exportaciones a Estados Unidos.
El choque petrolero de 1973 es considerado una de las principales causas de la
prolongada recesión que afectó a numerosas economías durante la década siguiente. Sin
embargo, otros factores importantes incluyeron el debilitamiento de las industrias en
Estados Unidos, Europa Occidental, la Unión Soviética y Europa del Este, así como el
colapso del sistema monetario de Bretton Woods entre 1971 y 1973, que aumentó la
volatilidad de los mercados financieros mundiales.
En medio de la recesión industrial desde 1974, los flujos de capitales a nivel mundial
aumentaron, dirigidos hacia deudas soberanas de países en desarrollo, especialmente en
Latinoamérica. Los bancos de Estados Unidos, Europa y Japón reciclaron
"petrodólares" para expandir sus negocios, planteando la cuestión de si estos flujos
internacionales de capital de los años 1970 a 1982 son los verdaderos antecedentes de la
globalización financiera moderna.
Este capítulo explora las causas y consecuencias de las crisis de deudas soberanas de los
países en desarrollo, que comenzaron en 1982 con la suspensión de pagos de México.
Las moratorias de deuda no evitaron las profundas recesiones en Latinoamérica,
conocidas como "la década perdida", amenazando el sistema bancario internacional.
Esta prolongada crisis es un hito fundamental en la historia económica y financiera
moderna.
Post mortem de Bretton Woods, 1971-1973: La larga recesión y la
estanflación de los años 70
El 16 de agosto de 1971, Richard Nixon anunció una nueva política económica para
contrarrestar los efectos negativos del abandono de la paridad dólar/oro. Incluía medidas
defensivas y proteccionistas, como un impuesto a las importaciones y control de salarios
y precios. Nixon también obtuvo el compromiso de la Reserva Federal de reducir las
tasas de interés para estimular la economía antes de las elecciones de 1972. Esto
aseguró su reelección.
Sin embargo, el plan no pudo evitar la creciente debilidad del dólar, presionado por el
aumento de importaciones y el déficit debido a la guerra de Vietnam. La desvinculación
del oro permitió a Washington inundar el mundo con dólares, complicando otras
economías. Europa y Japón inicialmente se negaron a revaluar sus monedas, y Nixon
envió a Paul Volcker y luego al secretario del Tesoro en una gira internacional para
convencerlos.
Después de una serie de reuniones del G-10 en Londres y Roma, los delegados de los
países industriales se reunieron en el Instituto Smithsonian en Washington en diciembre
de 1971. Se alcanzaron acuerdos para estabilizar las tasas de cambio de las principales
monedas: el dólar se devaluó un 10%, el yen se revaluó un 17% y el marco un poco más
del 13%.
A pesar de esta coordinación, la inflación en Estados Unidos debilitó el consenso
alcanzado. Tras el aumento de los precios del petróleo a fines de 1973, las monedas
comenzaron a flotar libremente. Esto fue celebrado por Milton Friedman y los
monetaristas, quienes abogaron por la desregulación y el libre mercado. Friedman
influyó en el secretario del Tesoro, George Schultz, y la escuela monetarista impulsó
una campaña ideológica conservadora contra el neokeynesianismo en Washington y en
universidades norteamericanas. En 1974, se levantaron los últimos controles sobre los
movimientos de capitales en Estados Unidos, y la mayoría de los gobiernos europeos y
Japón adoptaron tipos de cambio flexibles, derrumbando las últimas barreras a la
globalización financiera.
La flexibilización de los tipos de cambio amenazó a todas las economías, pero también
reforzó los flujos de capitales internacionales. Las empresas multinacionales y los
grandes bancos se beneficiaron enormemente, y los inversores más acaudalados
encontraron mayores oportunidades para colocar fondos en paraísos fiscales,
especialmente en el Caribe y en pequeños países europeos.
La inestabilidad financiera regresó a los mercados mundiales, con nuevos ciclos de
especulación y burbujas de endeudamiento similares a las de antes de la crisis de 1929.
Economistas críticos como Hyman Minsky desarrollaron teorías sobre la inestabilidad
inherente de los mercados financieros. Charles Kindleberger publicó en 1978 un libro
sobre pánicos y crisis financieras, alertando sobre las amenazas latentes en la nueva
coyuntura. Estas corrientes de pensamiento sentaron las bases para analizar la
volatilidad en los mercados financieros, influyendo en interpretaciones psicológicas de
inversionistas y especuladores como George Soros y en estudios históricos de la bolsa.
Robert Shiller, al analizar tendencias a largo plazo, anticipó y explicó muchas de las
causas del derrumbe financiero de 2008-2009.
Los historiadores han ofrecido explicaciones sobre la contradictoria situación de la
economía mundial tras el derrumbe del régimen de Bretton Woods. Aunque hubo una
breve recuperación económica en 1972, pronto se instaló una prolongada recesión en
Europa, Estados Unidos y Japón, descrita como "estanflación", una combinación de
estancamiento económico e inflación. Muchos observadores señalaron la incapacidad de
la Reserva Federal para enfrentar el incremento de la inflación en Estados Unidos,
impulsada desde finales de los años 60 por los costos de la guerra en Vietnam y los
programas de aumento de gastos públicos. Arthur Burns, director de la Reserva Federal
desde 1971, se mostró más interesado en alimentar los mercados crediticios que en
restringir la inflación.
Como resultado, la economía estadounidense tendió a exportar sus problemas
monetarios y fiscales a otros países con los que mantenía relaciones comerciales y
financieras. Esta contradicción, avalada por el FMI, muestra cómo Estados Unidos
frecuentemente promueve ajustes en los países menos desarrollados mientras descuida
sus propias finanzas públicas. Desde 1971, la Reserva Federal y el Tesoro han emitido
más dólares para cubrir el déficit público y la balanza de pagos sin asumir
responsabilidad por el incremento de la circulación de su moneda a nivel global.
Los efectos de la inflación estadounidense en los años 70 se observaron en la bolsa de
Nueva York, donde las cotizaciones descendieron abruptamente tras el primer choque
petrolero en 1973 y se mantuvieron estancadas hasta mediados de los años 80. En el
mercado de viviendas, la tendencia de los precios reales de las casas también fue de
estancamiento.
La tendencia de

estancamiento en los precios de las viviendas en Estados Unidos no se revertiría hasta


mediados de la década del 80, cuando la Reserva Federal implementó cambios
dramáticos en sus políticas crediticias y monetarias.
La recesión de los años 70 también se agravó por el aumento repentino de los precios
agrícolas entre 1973 y 1974 debido a cosechas fallidas. Sin embargo, el incremento
decisivo fue el del precio del petróleo, impulsado por la guerra árabe-israelí. El 16 de
octubre de 1973, la OPEP acordó aumentar el precio del crudo, llevando el barril a más
de cinco dólares, y luego hasta doce dólares, muy por encima de su nivel tradicional de
tres dólares. Este aumento elevó enormemente los costos energéticos para muchas
industrias globales, provocando que la bolsa de Nueva York perdiera 97 mil millones de
dólares en seis semanas y que el índice S&P 500 cayera casi un 15% entre octubre y
noviembre de 1973.
Las respuestas de los grandes consumidores de petróleo variaron. Estados Unidos
congeló los precios del petróleo y creó la Oficina Federal de Energía. Europa adoptó
medidas para reducir el consumo de petróleo y fomentar energías alternativas. En
América Latina, Brasil desarrolló programas de producción de etanol. En contraste, los
países de la OPEP se beneficiaron enormemente, recaudando más de 800 mil millones
de dólares adicionales en ingresos fiscales entre 1974 y 1982, aunque gran parte se
destinó a la compra de equipo militar de empresas de Estados Unidos, la Unión
Soviética, Francia y Gran Bretaña.
Hacia finales de 1974, el ingreso promedio en Medio Oriente era de 845 dólares per
cápita, pero más de 135 dólares per cápita se destinaban a gastos militares. Las
empresas de armamentos de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia obtuvieron
grandes beneficios vendiendo aviones, tanques y armamento ligero al Medio Oriente.
Los mayores bancos de estos países también aprovecharon estos negocios
internacionales, revirtiendo parcialmente la baja en ganancias en los mercados
financieros domésticos. Las comisiones y la corrupción fueron notables. Por ejemplo,
con apoyo de agencias oficiales de Estados Unidos, se vendieron cerca de 10 mil
millones de dólares en armas a Arabia Saudita entre 1973 y 1976. La Unión Soviética
también vendió gran cantidad de armas, especialmente tanques y aviones, a países como
Irak, Siria y Libia.
Otro negocio financiero surgido del superávit acumulado por los países exportadores
fue el reciclaje de "petrodólares". Los gobiernos árabes depositaban sus reservas en
bancos globales de Estados Unidos o Europa, que necesitaban invertir esos fondos a
tasas rentables. Sin embargo, la recesión y el estancamiento de las bolsas dificultaron
esto en los países industriales, por lo que canalizaron los dineros hacia préstamos para
países en desarrollo, que pagaban tasas de interés altas. Curiosamente, tanto países
exportadores como importadores de petróleo se convirtieron en deudores.
El precio del petróleo siguió aumentando hasta 1979, alcanzando un pico mayor que el
de 1973 debido a la caída del régimen del Shah en Irán. Además de los miembros de la
OPEP,
países
como

México también se beneficiaron de estos aumentos. Sin embargo, los altos ingresos
derivados del petróleo provocaron distorsiones en las economías exportadoras. Algunos
economistas describen estos efectos como la "enfermedad holandesa", donde los
beneficios de los recursos naturales incentivaron el consumo de bienes importados y
redujeron la inversión en la industria doméstica, dificultando un desarrollo más
equilibrado.
El aumento en el precio de los energéticos tuvo un fuerte impacto en las economías
industriales, especialmente en Europa y Japón, que eran los mayores consumidores de
petróleo. Otro factor fue el agotamiento del modelo industrializador de la posguerra, que
comenzó a debilitarse después de 1970. El PIB de los países industriales de la OCDE
creció un promedio anual de 4.8% entre 1950 y 1970, pero descendió a 2.6% entre 1970
y 1990.
Las causas de esta declinación fueron debatidas entre los expertos. Además de la
inflación, algunos economistas marxistas, como Ernest Mandel, argumentaron que el fin
de una larga ola expansiva de la economía mundial a principios de los años 70 resultó
en una caída de la tasa de ganancia en los países avanzados. Robert Brenner de la
Universidad de California en San Diego, comprobó que la tasa de ganancia en los
sectores industriales de Estados Unidos, Alemania y Japón disminuyó durante casi
veinte años. Esta reducción de las ganancias industriales afectó negativamente la
reinversión en los sectores manufactureros.
La recesión no se limitó a las naciones capitalistas, ya que la caída industrial fue peor en
la Unión Soviética y Europa del Este durante los años 70 y 80. Sin embargo, la
economía rusa se benefició del aumento de los precios del petróleo, estimulando su
producción.
El aumento en el precio de los energéticos sometió a los países de Europa del Este a una
mayor dependencia económica de Moscú, fomentando acuerdos comerciales basados en
trueques de manufacturas por petróleo ruso. Además, se observó un congelamiento en la
renovación tecnológica industrial, resultando en tasas de crecimiento extremadamente
bajas durante dos décadas. Este declive económico no se debía a la baja en la tasa de
ganancia, sino al agotamiento del modelo de desarrollo industrial que había perdido
ímpetu desde la posguerra, conduciendo al eventual colapso del régimen socialista a
fines de los años 80.
Entre 1970 y 1980, mientras los países industrializados enfrentaban recesión, muchos
países periféricos experimentaron prosperidad debido al auge de las exportaciones
petroleras y al aumento en los precios de productos primarios como café, algodón,
estaño y cacao. Los ingresos por exportaciones y préstamos externos permitieron
mantener tasas de crecimiento relativamente altas en América Latina. Países
exportadores de petróleo como Bolivia, Ecuador, México y Venezuela disfrutaron de un
crecimiento del PIB del 6% hasta 1977, aunque las trayectorias posteriores variaron.
Venezuela experimentó una caída, mientras que México aceleró su crecimiento.
Las naciones importadoras de petróleo también tuvieron resultados dispares. Brasil
creció a más del 10% hasta 1974 y luego sostuvo un crecimiento del 7% anual.
Colombia y Uruguay alcanzaron un crecimiento del PIB de más del 5%, mientras que
Perú y los países centroamericanos crecieron menos. A pesar de los beneficios de las
exportaciones de materias primas y productos agrícolas, los dirigentes estaban
preocupados por la posible caída de los precios internacionales y la volatilidad de sus
monedas.
Para defenderse de un futuro descalabro comercial o financiero, comenzaron a
establecer más alianzas, especialmente dentro de las Naciones Unidas. Las naciones de
Medio Oriente, América Latina, África y parte de Asia, conocidas como el Tercer
Mundo, se organizaron para promover políticas más favorables para su desarrollo
económico.
Durante la década del 70, los países del Tercer Mundo se organizaron en organismos
como el Grupo de los 77 y la UNCTAD para promover un nuevo orden económico
internacional. A pesar de sus esfuerzos, enfrentaron grandes dificultades para regular el
comercio de materias primas, excepto en el caso del cartel del petróleo. La década
también los expuso a las distorsiones provocadas por su creciente endeudamiento
externo y la presión de los bancos globales para que contratasen más préstamos.
### El tobogán financiero internacional en los años 70: Los bancos se globalizan y los
gobiernos se endeudan
La flexibilización de los mercados financieros durante los años 70 fomentó nuevos
flujos de capitales internacionales, aunque solo una parte se dirigía a las economías
industrializadas. La paradoja fue la explosión de flujos financieros entre Medio Oriente
y América Latina, canalizados a través de la banca estadounidense y europea. La
acumulación de petrodólares por los países árabes necesitaba nuevos vehículos para
reciclarse, convirtiendo a los bancos globales en grandes vendedores de préstamos para
América Latina.
El endeudamiento externo en la región aumentó rápidamente. Durante los años 60, los
préstamos para Argentina, Brasil, México y otros países fueron moderados y
proporcionados mayormente por agencias multilaterales como el Banco Mundial y el
Banco Interamericano de Desarrollo. Sin embargo, a partir de 1973, el negocio de los
préstamos se aceleró y el número de bancos privados extranjeros involucrados se
multiplicó. Entre 1978 y 1981, los gobiernos deudores contrataron numerosos
préstamos para servir los anteriores, generando una espiral de endeudamiento.
El debate persiste sobre si el endeudamiento de América Latina fue impulsado por la
oferta extraordinaria de préstamos de los bancos transnacionales o por la demanda de
fondos de los gobiernos. Las tasas de interés casi negativas a mediados de los 70
permitían sostener altas tasas de crecimiento económico con préstamos baratos. La
coincidencia en el endeudamiento sugiere factores externos comunes, con los bancos
globales desempeñando un papel fundamental en esta dinámica.
Durante la década del 70, los principales bancos comerciales de Estados Unidos
transformaron sus estrategias de expansión y se internacionalizaron rápidamente.
En los años 70, los bancos estadounidenses, como el Bank of America y el Chase
Manhattan Bank, expandieron notablemente sus redes en el extranjero, especialmente en
Latinoamérica. Un negocio rentable fue el suministro de préstamos a los gobiernos
latinoamericanos, lo que aumentó significativamente sus beneficios. Para 1982, el Bank
of America obtenía más del 60% de sus ganancias de préstamos internacionales.
Citicorp, bajo la dirección de Walter Wriston, se destacó por su agresiva promoción de
préstamos a países en desarrollo, acumulando una gran cantidad de bonos de Brasil y
Mé[Link] Chase Manhattan Bank, liderado por David Rockefeller, forjó alianzas con
influyentes familias de capitalistas en América Latina, Europa y Asia. Rockefeller
mantenía estrechos lazos con figuras clave como Henry Kissinger y Paul Volcker.
Inicialmente, los bancos estadounidenses fueron los gestores más activos de préstamos
para países en desarrollo, pero pronto fueron acompañados por bancos europeos y
japoneses. Para 1982, los mayores bancos británicos tenían más de 45 mil millones de
dólares en préstamos internacionales, con una parte significativa en deuda de Brasil y
México.
Los bancos globales retuvieron una gran cantidad de deuda de países en desarrollo en
sus carteras, confiando en obtener buenas ganancias. Durante los años 70, los flujos de
fondos por préstamos superaron los 500 mil millones de dólares. Los bancos globales
establecieron condiciones onerosas en los contratos de préstamos con gobiernos
latinoamericanos, fijando intereses altos y plazos reducidos. Esta práctica se debía al
temor de que el ciclo económico ya no fuera favorable por el aumento de los precios del
petróleo y las revueltas sociales en países endeudados como Polonia.
En los años 80, prestamistas y prestatarios trataban de ganar tiempo con la esperanza de
que las tasas de interés bajaran y las ganancias por exportaciones revivieran, en espera
de una recuperación económica en Estados Unidos y Europa.

Préstamos para las dictaduras y los gobiernos autoritarios de América


Latina, 1973-1982
Los bancos globales promovían los préstamos, pero ¿por qué los gobiernos de los países
en desarrollo, especialmente los latinoamericanos, contrataron tantos? Los motivos eran
variados. Primero, deseaban mantener un fuerte gasto público para sostener las altas
tasas de crecimiento económico características de la región desde mediados de siglo.
Segundo, la estrechez de los mercados financieros latinoamericanos hacía atractivo
obtener fondos internacionales con tasas de interés relativamente bajas. Los préstamos
cubrían déficits públicos, promovían empresas públicas y servían a las dictaduras y
regímenes autoritarios que dominaron la región desde fines de los 60 hasta principios de
los 80.
Un caso notorio es Chile. Durante la administración de Salvador Allende (1970-1973),
la banca privada otorgó pocos préstamos al estado chileno debido a sus políticas
nacionalistas y de izquierda. Tras el golpe militar de septiembre de 1973 y el asesinato
de Allende, los banqueros estadounidenses se acercaron al régimen de Pinochet,
impulsando políticas de estabilización financiera con el aval del FMI y el Banco
Mundial. Paradójicamente, el renovado endeudamiento externo pronto causó
desequilibrios en las cuentas externas del país.
Algo similar ocurrió en Argentina, donde en marzo de 1976 los militares dieron un
golpe de estado para acabar con la administración peronista de Isabel de Perón y
reprimir a las agrupaciones políticas y sindicatos de izquierda. La Junta Militar fomentó
un clima prebélico de rivalidad con los países vecinos, y las dictaduras de Argentina,
Chile y Brasil contrataron préstamos por miles de millones de dólares, promoviendo la
militarización en sus respectivos países. Entre 1975 y 1980, hubo un notable incremento
en los préstamos destinados a financiar la adquisición de armas y la expansión de
industrias militares. Como en Medio Oriente, los banqueros...
Los bancos internacionales y las agencias multilaterales como el FMI y el Banco
Mundial apoyaron financieramente a dictadores en todo el mundo durante los años 70.
Entre estos dictadores estaban Marcos en Filipinas, Suharto en Indonesia, Duvalier en
Haití, Trujillo en Santo Domingo y Somoza en Nicaragua. En África, las políticas
financieras eran aún más crudas en su apoyo a regímenes despóticos. Las agencias
soviéticas también promovieron préstamos, especialmente para la venta de armas.
Durante los años 70, la Unión Soviética fue el mayor proveedor de armas a países en
desarrollo, superando a Estados Unidos en ventas.
El FMI y otros bancos multilaterales eran conscientes de los riesgos de las transacciones
financieras en curso. Después de 1976, exigieron que los países solicitantes firmaran
una "carta de intención" y negociaban acuerdos de contingencia con programas de
ajuste rigurosos. El FMI recomendaba el libre mercado, reducción del déficit público,
reformas fiscales y estabilidad en los tipos de cambio. Sin embargo, el proceso de
endeudamiento externo fomentaba la corrupción, la mala gestión presupuestaria y la
fuga de capitales, sin control adecuado sobre la corrupción y la arbitrariedad financiera.
Una paradoja del aumento de los préstamos era que estaban dirigidos en gran parte a
financiar empresas estatales y grandes obras públicas, alentando una etapa de
capitalismo dirigido en la región. Esto se relacionaba con la confianza de los banqueros
en los dictadores y los gobiernos autoritarios, que no rendían cuentas claras ni
solicitaban la opinión de los contribuyentes.
Los bancos internacionales y las agencias multilaterales como el FMI y el Banco
Mundial apoyaron financieramente a dictadores en todo el mundo durante los años 70.
Entre estos dictadores estaban Marcos en Filipinas, Suharto en Indonesia, Duvalier en
Haití, Trujillo en Santo Domingo y Somoza en Nicaragua. En África, las políticas
financieras eran aún más crudas en su apoyo a regímenes despóticos. Las agencias
soviéticas también promovieron préstamos, especialmente para la venta de armas.
Durante los años 70, la Unión Soviética fue el mayor proveedor de armas a países en
desarrollo, superando a Estados Unidos en ventas.
El FMI y otros bancos multilaterales eran conscientes de los riesgos de las transacciones
financieras en curso. Después de 1976, exigieron que los países solicitantes firmaran
una "carta de intención" y negociaban acuerdos de contingencia con programas de
ajuste rigurosos. El FMI recomendaba el libre mercado, reducción del déficit público,
reformas fiscales y estabilidad en los tipos de cambio. Sin embargo, el proceso de
endeudamiento externo fomentaba la corrupción, la mala gestión presupuestaria y la
fuga de capitales, sin control adecuado sobre la corrupción y la arbitrariedad financiera.
Una paradoja del aumento de los préstamos era que estaban dirigidos en gran parte a
financiar empresas estatales y grandes obras públicas, alentando una etapa de
capitalismo dirigido en la región. Esto se relacionaba con la confianza de los banqueros
en los dictadores y los gobiernos autoritarios, que no rendían cuentas claras ni
solicitaban la opinión de los contribuyentes. Entre 1976 y 1981, la compañía petrolera
mexicana PEMEX se convirtió en el principal cliente de los mercados financieros
internacionales. Otras empresas estatales latinoamericanas, como la Corporación
Venezolana de Fomento, Ecopetrol de Colombia, Yacimientos Petrolíferos Fiscales y
Petroperú, también se endeudaron considerablemente. Estos préstamos permitieron a las
empresas estatales dedicarse a la producción de petróleo, energía nuclear, hidroeléctrica,
aviación, acero, aluminio, cobre y estaño, financiando la compra de bienes de capital y
tecnología necesaria.
El caso de Brasil demuestra cómo la deuda externa se relacionaba con los sectores más
dinámicos y complejos de las economías latinoamericanas, vinculando la dependencia
financiera y tecnológica. El régimen dictatorial de Brasil utilizó fondos externos para
financiar empresas estatales como Petrobras y Electrobrás, y para construir un complejo
militar-industrial que permitió la fabricación de aviones a reacción. También se
contrataron préstamos para las empresas siderúrgicas del estado brasileño,
convirtiéndolas en las más importantes de América Latina.
En México, empresas paraestatales como la Comisión Federal de Electricidad (CFE) y
Petróleos Mexicanos (PEMEX) encabezaron la negociación de préstamos externos.
Desde el descubrimiento de nuevos campos petrolíferos en 1976 y 1977, la Secretaría de
Hacienda utilizó a PEMEX como "caja chica" para el pago del servicio de la deuda, una
política que se mantiene hasta hoy. Además, la banca de desarrollo y bancos privados
mexicanos buscaron fondos en el exterior para reciclarlos localmente, incrementando
sus deudas externas hasta cerca de 20 mil millones de dólares hacia 1982.
Este complejo juego financiero dependía de que no hubiera alzas súbitas de los intereses
internacionales ni una devaluación en México. Sin embargo, ambos procesos se
desataron con el fuerte aumento de las tasas de interés en los mercados financieros de
Estados Unidos a principios de los años 80.
El efecto Volcker: el pico de las tasas de interés en Estados Unidos y la crisis mexicana
de 1982
Las causas de la crisis de la deuda externa de los países en desarrollo, aunque bien
conocidas, no se reconocieron de inmediato en su momento. El principal detonador fue
el fuerte aumento de las tasas de interés en Estados Unidos entre 1980 y mediados de
1982.

El efecto Volcker: el pico de las tasas de interés en Estados Unidos y la crisis


mexicana de 1982
El cambio radical en la estrategia monetaria estadounidense, conocido como el "efecto
Volcker", logró reducir la inflación, pero también desató una fuerte recesión económica
en Estados Unidos y Europa occidental, desacelerando la economía mundial. En 1981,
el valor del comercio mundial se contrajo por primera vez desde 1958. Paul Volcker,
director de la Reserva Federal, envió una señal clara a los mercados sobre su
determinación de romper el proceso inflacionario, incluso a riesgo de provocar una
recesión. Sus acciones indicaron un alejamiento de las convicciones neokeynesianas
hacia los lineamientos del economista monetarista Milton Friedman. Volcker siempre
había tenido aversión a la inflación desmedida y defendía un dólar fuerte. Las medidas
restrictivas del banco central perjudicaron al presidente demócrata Jimmy Carter, quien
perdió las elecciones de 1980 frente al republicano Ronald Reagan.
La nueva
administración
de Reagan
contrarrestó los
efectos de la
recesión con un
programa de
estímulos que
combinaba
recortes de
impuestos para
los sectores
adinerados con
aumentos del
gasto público,
especialmente
militar. Esto aumentó el déficit público y la emisión de deuda gubernamental. Los
papeles del Tesoro se volvieron muy atractivos para bancos e inversores nacionales e
internacionales, y entre 1980 y 1981 el dólar aumentó casi un 40% en su valor frente a
otras monedas. Los atractivos para invertir en Estados Unidos se hicieron tan
pronunciados que los grandes bancos de Nueva York redujeron la emisión de bonos a
mediano o largo plazo para las naciones subdesarrolladas.
Entre 1980 y 1982, los gobiernos de Latinoamérica y del Tercer Mundo se vieron
obligados a contratar préstamos a muy corto plazo y con tasas de interés altas,
principalmente para refinanciar sus pasivos. El servicio anual de las deudas externas
pasó de cerca de 20 mil millones de dólares en 1980 a casi 100 mil millones de dólares
en 1982. Esto dejó claro que había dos alternativas: la suspensión de pagos o la
renegociación de las deudas.
La crisis internacional de las deudas externas comenzó el 20 de agosto de 1982, cuando
el secretario de Hacienda de México, Jesús Silva Herzog, anunció que el gobierno
mexicano no podía cubrir el servicio completo de su deuda. Culpó al aumento súbito de
las tasas de interés y la enorme fuga de capitales privados. Las autoridades del FMI ya
habían sido alertadas de la inminente crisis desde principios de agosto. México solo
tenía 180 millones de dólares en reservas, mientras que debía pagar 300 millones antes
del 23 de agosto. Esto indicaba un alto riesgo de devaluación y suspensión de pagos.
Analizando retrospectivamente, es increíble que un gran deudor como México tuviera
tan bajas reservas en una situación financiera internacional delicada. Esto muestra que
tanto las autoridades mexicanas como el FMI habían estado manejando las finanzas de
manera riesgosa. Para el FMI, parecía más atractivo operar como bombero y policía de
los gobiernos endeudados una vez que caían en bancarrota, aumentando así su poder e
influencia.

Desde septiembre de 1982, el FMI consultó con la Reserva Federal y el Departamento


del Tesoro de Estados Unidos para armar un paquete de rescate para México y evitar un
pánico financiero generalizado. Llegaron a un acuerdo preliminar en el que Estados
Unidos aportaría parte de los fondos necesarios para cubrir el servicio de la deuda
externa mexicana, seguido por un préstamo del Banco Internacional de Pagos (BIS) y
un préstamo jumbo del FMI en diciembre. A cambio, el director del FMI, Jacques de
Larosiere, exigió que México implementara un programa de ajuste fiscal y económico
drástico. Sin embargo, la propuesta fracasó debido a medidas sorpresivas del presidente
José López Portillo.

López Portillo manejó las finanzas mexicanas como si fuera un gran juego de póquer,
poniendo en riesgo el futuro económico del país y el patrimonio de los ciudadanos.
Primero, devaluó el peso, luego estatizó depósitos bancarios por 6 mil millones de
dólares y finalmente nacionalizó todo el sistema bancario comercial privado. Esta
medida desesperada se disfrazó de populismo, subordinando a la élite bancaria
mexicana a las prioridades del gobierno.
El caso mexicano ilustra la complejidad de los colapsos financieros en Latinoamérica,
mostrando que varias crisis pueden ocurrir dentro de una crisis mayor. Michael Bordo,
en un artículo clásico de 1986, sugirió que, para entender las crisis financieras, se debe
profundizar en su diversidad anatómica. Bordo distinguió entre crisis cambiarias,
bancarias, bursátiles y de deuda, y junto con Barry Eichengreen enfatizó en la
importancia de estudiar las "crisis gemelas", como la crisis cambiaria y de deuda en
México en 1982.

La crisis internacional de las deudas desde 1982: Contagio y


renegociaciones. ¿Se trataba de una crisis mundial?
Desde la moratoria mexicana de agosto de 1982, los países latinoamericanos se
encontraron en una "montaña rusa financiera" con alzas y bajas abruptas. El
endeudamiento externo de los países latinoamericanos aumentó de 68 mil millones de
dólares en 1975 a 318 mil millones de dólares en 1982. Este fenómeno no era exclusivo
de América Latina, también afectó a países de Europa del Este, algunos de Europa del
Sur como España, naciones de Asia Oriental como Corea del Sur, y muchos países
africanos, todos influenciados por el aumento de los precios del petróleo.
Entre 1972 y 1982, el endeudamiento externo de los países en desarrollo importadores
de petróleo se multiplicó varias veces, de 100 mil millones a casi 500 mil millones de
dólares. La literatura sobre el fenómeno es rica y variada. Después del aumento de las
tasas de interés en 1980 y 1981 en Estados Unidos y en el mundo, muchos países
deudores estuvieron al borde de la suspensión de pagos, provocando desequilibrios
internos en sus finanzas públicas y privadas. Debido a las presiones para cubrir el
servicio de las deudas externas, muchos gobiernos latinoamericanos no tuvieron otro
recurso que aumentar la emisión monetaria para cubrir el déficit público.
Luego vinieron las moratorias y las prolongadas renegociaciones de las deudas,
descritas en numerosos ensayos y monografías. Los primeros libros publicados tras la
crisis fueron de periodistas financieros que advirtieron sobre el potencial explosivo que
las crisis de deudas tenían para el sistema bancario mundial.
La preocupación de las autoridades financieras de Estados Unidos, Europa y Japón era
que el valor total de los papeles de deuda externa de los países en desarrollo retenidos
por los mayores bancos comerciales era, en algunos casos, igual o superior al propio
capital contable de estos bancos. Las veinte mayores entidades financieras del mundo
eran responsables del 50% de los préstamos internacionales a los países en desarrollo.
Los nueve bancos más importantes de Estados Unidos tenían en promedio más de 8 mil
millones de dólares en deuda soberana. En el caso del Citibank, los préstamos
latinoamericanos representaban un 174% de su capital; para el Bank of America, un
158%; y para el Chase Manhattan, un 154%. Si los gobiernos periféricos suspendían los
pagos, estos bancos entrarían en bancarrota técnica.
Mantener el servicio de pagos de las deudas de los gobiernos de Latinoamérica, Asia
Oriental y Europa del Este era indispensable para evitar el colapso de los bancos más
poderosos. A diferencia de la crisis financiera contemporánea, en 1982 se trataba de una
crisis de "deudas soberanas", sin pánicos bursátiles o hipotecarios en Estados Unidos o
Europa. El problema era el destino de los grandes bancos globales y las naciones en
desarrollo altamente endeudadas. No todas las respuestas de los países deudores eran
iguales; algunos, como Corea, Indonesia, Malasia, Colombia y Chile, no necesitaron
paquetes de rescate onerosos, mientras que la mayoría de los gobiernos
latinoamericanos y Filipinas se encontraban en una situación de debilidad marcada.
A pesar de la carga de los bonos latinoamericanos, las renegociaciones de las deudas
demostraron que los acreedores tenían una mayor capacidad de organización después de
1982. Su objetivo era impedir moratorias prolongadas y obligar a los deudores a pagar
el enorme servicio financiero pendiente, a pesar de los efectos negativos en sus
economías y sociedades. Oscar Altimir y Robert Devlin señalaron que el éxito de los
acreedores se debió al surgimiento de un nuevo mecanismo institucional: un mecanismo
internacional de préstamos de última instancia (MIPUI) que aplazaba incumplimientos y
moratorias formales, permitiendo a los acreedores evadir pérdidas desestabilizadoras.
En los años posteriores a 1982, se creó una especie de cartel de la banca internacional
que exigió el sostenimiento del servicio de las deudas contraídas. Este procedimiento
fue promovido por una serie de acuerdos informales entre los gobiernos del Grupo de
los Siete (G-7), algunos de sus grandes bancos comerciales y los principales bancos
multilaterales, sobre todo el FMI. Para enfrentar la crisis, fue esencial que los gobiernos
intervinieran activamente para ayudar a los bancos e impedir su bancarrota.
La mecánica de los bancos y gobiernos acreedores en los años 80 consistía en aislar a
los deudores y obligar a cada país a negociar individualmente. Se organizaban comités
de bancos acreedores, a veces representando a cientos de entidades estadounidenses,
europeas y japonesas. Estos comités, frecuentemente encabezados por William R.
Rhodes, vicepresidente del Citibank, coordinaban la emisión de nuevos bonos para
asegurar el servicio de la deuda, aplicando condiciones severas respecto a la
amortización.
Hubo cuatro fases en las reprogramaciones de las deudas de los gobiernos en mora. En
la primera ronda, celebrada entre 1982 y 1983, los comités bancarios negociaron con
Argentina, Brasil, Costa Rica, Chile, Ecuador, México, Perú y Uruguay, asegurando el
pago del servicio de aproximadamente 50 mil millones de dólares. Los bancos
proporcionaron créditos por cerca de 12 mil millones de dólares a los deudores, aunque
con tasas y comisiones más altas que las habituales en los mercados financieros
internacionales. Esto permitía a los bancos declarar que las deudas seguían siendo
operativas, evitando la bancarrota. En cada transacción, los bancos obtenían buenas
ganancias gracias a las comisiones. Hubo sucesivas rondas de negociaciones similares
en 1983-1984, 1984-1985 y 1986-1987.

Cada nuevo
programa
implicaba la
capitalización
de los intereses de las
deudas, lo que
aumentaba
sustancialmente el saldo total. Para reforzar los acuerdos, los banqueros privados
buscaron el apoyo de instituciones financieras multilaterales como el FMI y el Banco
Mundial, que exigían programas de contingencia y ajustes fiscales por parte de los
países deudores. Esta política se aplicó en casi todos los casos en Latinoamérica, aunque
algunos, como Argentina, lograron atrasar sus pagos más tiempo.
Los recursos para el servicio de la deuda se obtuvieron de varias fuentes, resultando en
una fuerte contracción económica y la adopción de políticas de libre cambio para
facilitar la acumulación de divisas. Se implementaron devaluaciones que disminuyeron
las importaciones, permitiendo una mayor captación de divisas. Los ingresos fiscales se
destinaron a cubrir los intereses de los préstamos externos, y en países exportadores de
petróleo como México, Venezuela y Ecuador, casi todas las ganancias se usaron para
pagar las deudas. La mayoría de los gobiernos aplicaron una drástica reducción de
gastos y salarios públicos, afectando especialmente a maestros, trabajadores de la salud
y empleados de la administración pública.
Los ajustes fiscales no evitaron la inflación, ya que los bancos centrales aumentaron la
oferta monetaria para cubrir los déficits públicos. La monetización de los déficits, junto
con las devaluaciones, generó mecanismos perversos en los mercados, donde
comerciantes y productores ajustaban sus precios para anticiparse al aumento de costos.
La inflación promedio anual en América Latina fue del 200% en 1984-1985,
descendiendo al 65% al año siguiente gracias a programas de control de precios, aunque
luego regresó con fuerza en Argentina y Brasil, superando el 800% en 1987 y el 1000%
en 1988-1989.
El estancamiento económico durante estos años, conocido como la década perdida en
Latinoamérica, se debió a varios factores: la dureza del ajuste fiscal, las políticas de
reducción de salarios reales, la transferencia de recursos petroleros para el pago de la
deuda y la continua fuga de capitales. Retrospectivamente, es evidente que el FMI, el
Banco Mundial y el BID realizaron un análisis equivocado antes de 1982, subestimando
los peligros del endeudamiento de los países latinoamericanos. En un reporte de mayo
de 1981, el FMI reconocía problemas en la gestión de las deudas de varios países, pero
consideraba que las perspectivas futuras no eran alarmantes.
Ni el FMI ni el BID reconocieron adecuadamente los riesgos del creciente
endeudamiento de los países latinoamericanos en la década del 70 y principios de los
80. Antonio Ortiz Mena, al frente del BID, no expresó ninguna preocupación por esta
situación. La crisis de la deuda de los años 80 evidenció la gran responsabilidad de estas
instituciones por no haber emitido señales de alerta sobre las amenazas del
endeudamiento entre 1970 y 1981. Los bancos centrales de América Latina no contaban
con reservas suficientes de divisas fuertes para enfrentar el colapso financiero, lo que
sugiere que la lógica operativa del FMI podría haber inducido a los gobiernos a
mantener reservas escasas, esperando obtener apoyo en caso de crisis en la balanza de
pagos. Esto incentivó comportamientos imprudentes en los mercados de crédito.

Renegociaciones, el Plan Baker/Brady y las paradojas del fin de una década


Para reducir el endeudamiento de los bancos privados internacionales y facilitar nuevas
inversiones en América Latina y otros países en desarrollo, el secretario del Tesoro de
Estados Unidos, James Baker, propuso un plan a fines de 1985, que fue implementado
por su sucesor, Nicholas Brady, desde 1987. El Plan Brady consistía en canjear los
viejos bonos de deuda externa por nuevos títulos respaldados por el Tesoro de Estados
Unidos mediante bonos "cupón cero". Estos bonos servirían como fondo de garantía del
futuro servicio de la deuda, con aportes del FMI, el Banco Mundial, el gobierno de
Japón y cada gobierno deudor, garantizando a los inversores que no tendrían problemas
para amortizar sus bonos.
Este mecanismo resultó especialmente atractivo para la banca comercial, permitiendo
vender tenencias de bonos en el mercado a otros inversores y liberar sus carteras de las
deudas pendientes. Aunque las ventas de bonos se realizaron con un descuento y no
eran demasiado atractivas desde el punto de vista contable, liberaron a los bancos de las
deudas. El primer experimento de canje de bonos se realizó en México en 1988, donde
la conversión de títulos viejos por nuevos "bonos Brady" se hizo con un descuento en el
precio, lo que supuso importantes ahorros para el gobierno mexicano.
El lanzamiento de los bonos Brady permitió a la administración del presidente Carlos
Salinas de Gortari (1989-1994) posicionarse favorablemente en los mercados
internacionales. Sin embargo, la reducción de beneficios debido al descenso de las tasas
de interés a nivel internacional desde 1989 limitó las ventajas para México.
Otros países latinoamericanos adoptaron el mismo enfoque, pero los beneficios fueron
menores de lo esperado. William Cline, en su libro "International Debt Reexamined"
(1995), postuló que las crisis de deudas soberanas estaban superadas para fines de 1994.
No obstante, la crisis financiera mexicana de ese año demostró que los problemas de
endeudamiento persistían. Las deudas externas de los países en desarrollo continuaron
creciendo, superando los 2 billones de dólares en 2009.
La crisis de las deudas soberanas de 1982 provocó un auge en la literatura sobre
finanzas internacionales y la relación entre deuda pública y sistemas monetarios en los
países en desarrollo. La historia financiera latinoamericana de los últimos treinta años se
ha convertido en un laboratorio para estudiosos interesados en modelos teóricos de
problemas monetarios y políticas de deuda.
Oscar Ugarteche, economista peruano, analizó los ajustes y el origen del Consenso de
Washington, un programa de reformas estructurales para los países endeudados. Este
consistió en recomendaciones para promover la disciplina fiscal, reordenar prioridades
del gasto público, realizar reformas tributarias, flexibilizar tipos de cambio y tasas de
interés, liberar el comercio y las inversiones extranjeras, privatizar empresas estatales y
desregular mercados financieros. Estas políticas prepararon el camino para la
globalización financiera de la década del 90.
A fines de los años 80, las economías de América Latina seguían deprimidas o sujetas a
hiperinflaciones, siendo especialmente perjudiciales en Argentina y Brasil.
La situción era paradójica, ya que los países latinoamericanos tuvieron un desempeño
pobre precisamente en una coyuntura de fuerte crecimiento económico en otras partes
del mundo. En Japón, los años 80 fueron un tiempo de extraordinario dinamismo
industrial, acompañado por un auge sin precedentes en los mercados bursátiles e
inmobiliarios. También se dio una bonanza en los llamados "tigres" de Asia oriental,
como Taiwán, Corea del Sur, Tailandia, Singapur y Filipinas, que experimentaron un
auge industrial y exportador. Los ciclos económicos de las diferentes regiones del
mundo tendían a marchar en direcciones opuestas.
Estados Unidos, a partir de 1984 se produjo una fuerte recuperación de los mercados
financieros, pero en 1987 hubo un derrumbe de la bolsa que causó preocupación,
aunque los efectos fueron pasajeros. Para Europa, estos años fueron sinónimo de un
proceso de integración económica que avanzaba a pasos agigantados, destacando la
exitosa incorporación de España, Portugal y Grecia, dando profundidad a lo que
comenzaba a denominarse la Unión Europea.
En cambio, en los países de Europa del Este y la Unión Soviética se produjo el
estrepitoso derrumbe del régimen político conocido como socialismo real, simbolizado
por la caída del muro de Berlín en octubre de 1989. Este hecho capturó la atención
mundial. Paralelamente, se manifestaba la tremenda fuerza del despegue de las
economías de los colosos asiáticos, como India y China, que pronto alcanzarían tasas de
crecimiento sin precedentes en la historia. Cambios de tanta magnitud y dramatismo
anunciaban una "nueva era". Sin embargo, no había garantías de que no surgieran otras
grandes crisis financieras en el último tramo del milenio, los años 90.

Common questions

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Las crisis de deuda soberana de los años 80 fueron causadas por diversos factores, entre ellos el colapso del sistema monetario de Bretton Woods, el aumento de los tipos de interés globales y la marcada recesión económica que siguió al choque petrolero de 1973 . Además, la sobreexposición de los bancos internacionales a los préstamos de alto riesgo otorgados a países en desarrollo, bajo condiciones financieras onerosas, debilitó las economías de estos países . Los grandes bancos comerciales, especialmente en Europa, Estados Unidos y Japón, no solo fomentaron el alto endeudamiento de los países en desarrollo sino que también jugaron un papel crucial al exigir el servicio de estas deudas, provocando así que los gobiernos deudores recurrieran a políticas fiscales draconianas y renegociaciones prolongadas .

El choque petrolero de 1973, provocado por el aumento drástico de los precios del petróleo y la imposición de un embargo por parte de la OPEP a Estados Unidos, tuvo un impacto profundo en la economía global. Este incremento elevó enormemente los costos energéticos para muchas industrias globales, lo cual contribuyó a una prolongada recesión y estanflación en economías clave como Estados Unidos, Europa y Japón . Los bancos internacionales desempeñaron un papel crucial al reciclar los petrodólares excedentes, otorgando préstamos a países en desarrollo, especialmente en Latinoamérica, para financiar sus déficits públicos y fomentar el crecimiento . Sin embargo, estas acciones también contribuyeron a las crisis de deuda soberana que surgieron posteriormente, ya que dichos préstamos a menudo se enmarcaron en condiciones estrictas y elevadas tasas de interés que resultaron insostenibles .

Para enfrentar la debilidad del dólar tras el colapso de Bretton Woods, Estados Unidos adoptó una nueva política económica que incluyó el control de salarios y precios, reducciones en las tasas de interés por parte de la Reserva Federal, y un giro hacia medidas proteccionistas como un impuesto a las importaciones . A nivel internacional, el gobierno estadounidense, a través de diplomáticos como Paul Volcker, presionó para que Europa y Japón revaluaran sus monedas, lo cual resultó en acuerdos de estabilización de tasas de cambio en el Instituto Smithsonian en 1971 . Estas medidas, sin embargo, no evitaron la inflación en EE.UU., sino que complicaron las economías mundiales, agravando las relaciones económicas globales .

La estrategia de endeudamiento durante las dictaduras en América Latina, impulsada por la necesidad de financiar el gasto público y la militarización, generó desequilibrios financieros significativos al incurrir en altas deudas externas bajo condiciones severas . A largo plazo, esto comprometió la estabilidad económica, ya que los países se enfrentaron a severas crisis de deuda que requirieron restructuraciones y ajustes fiscales imposibles de sostener sin afectar el crecimiento económico y el desarrollo social . Políticamente, estas deudas fomentaron dependencia externa y disminuyeron la soberanía, afectando la estabilidad política y el bienestar social al alimentar descontento y agitación social al abandonar programas de bienestar .

Las políticas económicas internas de EE.UU., especialmente la expansión del déficit fiscal y el aumento de la emisión monetaria, contribuyeron a exacerbar los problemas financieros internacionales al aumentar la circulación global del dólar, complicando economías extranjeras . La incapacidad de la Reserva Federal para controlar la inflación impulsada por los gastos de guerra y programas de gasto público desde los años 60 trasladó problemas fiscales a otros países que mantenían relaciones comerciales con EE.UU. . Este enfoque, junto con la inundación global de dólares, debilitó las monedas extranjeras, incrementó la inflación internacional y desestabilizó los mercados financieros .

La política de flexibilización de las tasas de cambio post-1971 tuvo repercusiones significativas en la economía global. Este cambio llevó a una mayor volatilidad financiera y la creación de un entorno favorable para el aumento de los flujos de capital internacional, que a la vez aceleró la globalización financiera . La liberalización de los mercados monetarios incrementó las oportunidades para especulación y arbitraje, y aunque estimuló la expansión y modernización del sistema financiero, también aumentó los riesgos asociados con ciclos especulativos y crisis de endeudamiento . En suma, si bien se promovió un crecimiento económico mayor a nivel global, también se incrementaron las desigualdades y el riesgo sistémico de inestabilidad financiera recurrente .

La crisis de deuda soberana de los años 80 se originó principalmente por el sobreendeudamiento de países en desarrollo, exacerbado por condiciones crediticias onerosas impuestas por bancos internacionales tras el aumento de precios del petróleo . Fue esencialmente una crisis de deuda externa, donde la insolvencia de naciones periféricas amenazó el sistema bancario internacional . En contraste, la crisis financiera de 2008 fue una crisis de deuda interna, originada en mercados avanzados, caracterizada por una burbuja hipotecaria y la subsecuente caída de activos tóxicos en el sector bancario de EE.UU. y Europa, donde amplios sectores del sistema financiero global colapsaron debido al contagio y la interconexión de mercados financieros complejos .

El cambio hacia tipos de cambio flexibles, impulsado por la devaluación del dólar y la revaluación del yen y el marco tras el colapso del régimen de Bretton Woods, destruyó las últimas barreras a la globalización financiera al permitir una mayor volatilidad y libertad en los mercados internacionales de capitales . Esto benefició enormemente a empresas multinacionales y grandes bancos al facilitar flujos de capital internacional, permitiendo también que inversionistas acaudalados encontraran nuevas oportunidades en paraísos fiscales . La inestabilidad financiera resultante llevó a nuevos ciclos de especulación y burbujas de endeudamiento, lo que en última instancia también fomentó la expansión y modernización del sistema financiero global .

El FMI y el Banco Mundial desempeñaron roles críticos al proporcionar asistencia financiera a través de programas de contingencia y ajustes fiscales en Latinoamérica durante la crisis de deuda de los 80 . Al apoyar la reestructuración de las deudas multilaterales, estas instituciones obligaron a los países deudores a adoptar políticas de austeridad y liberalización económica, exacerbando la contracción económica a corto plazo . A largo plazo, aunque algunas economías estabilizaron sus sistemas financieros, estas medidas dejaron un legado de dependencia financiera externa y desigualdades socioeconómicas persistentes .

Para manejar la crisis de deuda latinoamericana, los bancos internacionales y agencias multilaterales como el FMI aplicaron diferentes métodos, incluidas sucesivas rondas de reprogramaciones de la deuda que involucraron la capitalización de intereses y la emisión de nuevos bonos para asegurar el servicio de la deuda . Además, estas instituciones impusieron estrictos programas de ajuste fiscal a los países deudores . Las consecuencias de estas medidas fueron severas; muchas economías latinoamericanas experimentaron una fuerte contracción económica, inflación desenfrenada y drásticos recortes en el gasto público, lo que afectó a sectores clave como la educación y la salud .

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