Lloyd Alexander
El caldero mágico
Lloyd Alexander El caldero mágico
Contraportada
Taran, el Aprendiz de Porquerizo, acoge
con suma alegría la oportunidad, largamente
esperada, de ir en busca de la aventura y del
heroísmo. Pero tanto él como sus fieles
compañeros se ven envueltos en una lucha a
vida o muerte contra el malvado rey Arawn y
sus guerreros inmortales, que amenazan con
dominar la tierra de Prydain. Taran debe
arrebatarles el caldero mágico, que es lo que
proporciona al Señor de la Muerte su maligna
fortaleza. ¿Logrará el Aprendiz de Porquerizo
vencer a las tres brujas, decididas a
convertirle en un sapo? Taran no había
previsto el espantoso precio que debería
pagar por defender Prydain...
Esta novela es el segundo volumen de las
Crónicas de Prydain, que dieron comienzo con
El Libro de los Tres (núm. 13 de esta
colección). El tono humorístico con que está
narrada esta serie hace que sea leída con
delectación tanto por los jóvenes como por
los adultos. Este libro ha sido llevado al cine
por Walt Disney con el mismo título.
Lloyd Alexander se cuenta entre los más
grandes creadores de obras de fantasía
juvenil que han alcanzado el favor del público
de todas las edades. Su máxima fama
proviene de estas Crónicas de Prydain, cuyo
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último volumen le reportó la Newbery Medal,
el más prestigioso galardón que se concede en
Norteamérica a la literatura juvenil. También
se le ha otorgado el National Book Award.
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Nota del autor
Las páginas siguientes tienen la esperanza
de ser algo más que una mera continuación a
las Crónicas de Prydain. La pregunta «¿qué
sucede luego» es siempre importante, y este
volumen pretende contestarla aunque sea sólo
en parte. Sin embargo, El caldero mágico
debería ser considerado como una crónica por
derecho propio. Aquí se revelan ciertas
cuestiones a las que previamente sólo se había
hecho alusión; al mismo tiempo que
prolongaba la historia, he intentado también
profundizar en ella.
Si detrás del tono alegre de este libro se
encuentra una hebra más oscura, ello se debe
a que lo acontecido en él es de seria
importancia, no sólo para la Tierra de Prydain
sino también para el propio Taran, Aprendiz
de Porquerizo. Aunque se trate de un mundo
imaginario, Prydain no difiere esencialmente
de nuestro mundo real, en el que tanto el
humor y la pena como la alegría y la tristeza
guardan una estrecha relación. Las elecciones
y decisiones a las que se enfrenta un a
menudo perplejo Aprendiz de Porquerizo no
son más sencillas que las que nosotros nos
vemos obligados a tomar. Incluso en un país
de fantasía, crecer no está exento de cierto
precio.
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Los lectores que se aventuren por primera
vez en este reino deberían ser advertidos
también de que el paisaje, a primera vista,
puede parecer el de Gales, y que sus
habitantes quizá evoquen a los héroes de las
antiguas leyendas galesas. Ésas fueron sus
raíces y su inspiración, pero el resto es una
obra de la imaginación, similar a la tradición
solamente en su espíritu, no en los detalles.
Los lectores que ya hayan viajado con
Taran pueden tener la certeza (y con ello no
estoy, creo yo, privándoles del placer de la
sorpresa) de que Gurgi, pese a todos sus
temblores, gemidos y miedos respecto a la
seguridad de su pobre y tierna cabeza,
insistirá en unirse a esta nueva aventura; al
igual que el impetuoso Fflewddur Fflam y el
mohíno Dolí, del Pueblo Rubio. En cuanto a la
princesa Eilonwy, Hija de Angharad..., ¡no
cabe ninguna duda al respecto!
Me he sentido feliz sabiendo que, pese a
sus defectos, Taran se ha ganado algunos
fieles compañeros más allá de las fronteras
de Prydain. A ellos, con afecto, dedico estas
páginas.
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1
El consejo en Caer Dallben
El otoño había llegado con demasiada
rapidez. En las comarcas situadas al norte de
Prydain había ya muchos árboles sin hojas, y
entre las ramas colgaban las siluetas
maltrechas de los nidos vacíos. Hacia el sur, al
otro lado del Gran Avren, las colinas protegían
Caer Dallben de los vientos, pero incluso allí
la pequeña granja parecía recogerse sobre sí
misma como buscando refugio.
Para Taran, el verano había terminado
antes de empezar. Esa mañana Dallben le
había encargado lavar a la cerda oráculo. Si el
viejo mago le hubiera mandado capturar un
gwythaint adulto, Taran habría partido
alegremente en busca de una de esas feroces
criaturas aladas. Sin embargo, siendo muy otra
su tarea, había llenado el cubo en el pozo y se
había dirigido, con paso lento y desganado,
hacia el aprisco de Hen Wen. La cerda blanca,
que normalmente acogía con placer la
perspectiva de un baño, lanzó un chillido
nervioso al verle y se dejó caer de espaldas en
el barro. Taran, muy ocupado intentando hacer
que Hen Wen volviera a levantarse, no se dio
cuenta de que había llegado un jinete hasta
que éste se detuvo junto a la valla.
—¡Eh, tú! ¡Porquerizo!
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El jinete que le contemplaba desde lo alto
de su montura era sólo algunos años mayor
que Taran. Su cabellera era de un matiz
leonado y sus negros ojos parecían hundirse
en un rostro pálido y arrogante. Aunque de
excelente calidad, sus ropas estaban muy
desgastadas, y llevaba la capa
cuidadosamente dispuesta para ocultar entre
sus pliegues el mal estado de su atuendo.
Taran notó que incluso la capa había sido
minuciosamente remendada. El jinete iba
montado en una yegua esbelta y nerviosa,
con el pelaje constelado de manchas rojas y
amarillas; la cabeza, larga y estrecha, tenía
una expresión tan malhumorada como la de
su amo.
—Tú, porquerizo —repitió —, ¿es esto Caer
Dallben?
Aunque tanto el tono como las maneras
del jinete molestaron a Taran, logró dominar
su temperamento y le hizo una reverencia
cortés, —Sí —le replicó, y añadió a
continuación —, pero no soy un porquerizo.
Soy Taran, Aprendiz de Porquerizo.
—Un cerdo es un cerdo —dijo el forastero
—, y un porquerizo es un porquerizo. Ve
corriendo y dile a tu amo que he llegado —le
ordenó—. Dile que el príncipe Ellidyr, Hijo de
Pen-Llarcau...
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Hen Wen decidió aprovechar la ocasión
para revolcarse en otro charco de fango.
—¡Hen, basta ya! —gritó Taran,
apresurándose a detenerla. —Deja a esa
cerda —le conminó Ellidyr—. ¿Acaso no me
has oído? Haz lo que te he dicho, y procura
ser rápido.
—¡Díselo tú mismo a Dallben! —le gritó
Taran por encima del hombro, en tanto
intentaba mantener a Hen Wen lejos del
fango—. ¡De lo contrario, deberás esperar a
que termine con mi trabajo!
—Vigila tus maneras —le contestó Ellidyr
—, o acabarás recibiendo una buena paliza.
Taran se ruborizó. Dejando que Hen Wen
hiciera lo que le viniera en gana, fue hacia la
empalizada y trepó por ella con rapidez.
—Si la recibo —le replicó
impetuosamente, echando hacia atrás la
cabeza y clavando los ojos en el rostro de
Ellidyr—, no serás tú quien me la dé.
Ellidyr lanzó una carcajada despectiva.
Antes de que Taran pudiera saltar a un lado,
la yegua se precipitó sobre él y Ellidyr,
agachándose, cogió a Taran por el cuello.
Taran agitó inútilmente los brazos y las
piernas: aunque era fuerte, no logró soltarse.
Sintió que le sacudían con violencia hasta
hacerle castañetear los dientes. Ellidyr lanzó
su yegua al galope y arrastró a Taran por todo
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el prado, para acabar finalmente arrojándole
con rudeza al suelo delante de la casa,
mientras las gallinas huían en todas
direcciones.
El estruendo hizo salir a Dallben y a Coll.
La princesa Eilonwy abandonó a toda prisa la
cocina y apareció con el delantal alborotado y
una marmita aún entre los dedos. Con un
grito de alarma, corrió hasta Taran.
Ellidyr, sin molestarse en bajar de su
montura, se dirigió hacia el mago de blanca
barba.
—¿Eres Dallben? Te he traído a tu
porquerizo para que su insolencia sea
castigada con unos azotes.
¡Vaya! —dijo Dallben, sin inmutarse un
ápice ante la furiosa expresión de Ellidyr—.
Que sea insolente es una cosa, y que deba
ser azotado es otra muy distinta. De todos
modos, no me hacen falta tus sugerencias al
respecto.
¡Soy un príncipe de Pen-Llarcau! —gritó
Ellidyr.
—Sí, sí, sí —le cortó Dallben agitando su
mano frágil y huesuda—. Todo eso ya lo sé, y
estoy demasiado atareado para preocuparme
por ello. Anda, calma la sed de tu montura y
al mismo tiempo calma un poco tu
temperamento. Cuando sea necesaria tu
presencia ya se te llamará.
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Ellidyr iba a contestarle, pero la firme
mirada del mago le contuvo. Hizo volver
grupas a su montura y se encaminó hacia el
establo.
Mientras tanto la princesa Eilonwy,
ayudada por el fornido y calvo Coll, había
ayudado a Taran a levantarse.
—Muchacho, ya deberías saber que no es
bueno andar peleándose con los forasteros —
le dijo Coll con aire bonachón.
—Eso es muy cierto —añadió Eilonwy—.
Especialmente si ellos van a caballo y tú a
pie.
—La próxima vez que le encuentre... —
empezó a decir Taran.
—La próxima vez que le encuentres —dijo
Dallben—, por lo menos tú actuarás con toda
la cortesía y dignidad que te sean posibles...;
aunque debo admitir que seguramente no
podrás disponer de ambas cosas en gran
cantidad, deberás arreglártelas como puedas.
Ahora, vete. La princesa Eilonwy puede
contribuir a que tengas un aspecto algo más
presentable que el actual.
Con el ánimo por los suelos, Taran siguió
a la muchacha de dorada cabellera hasta la
cocina. Aún se encontraba algo dolorido, más
por las palabras de Ellidyr que por el
revolcón; y no le complacía en absoluto que
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Eilonwy le hubiera visto derrumbado a los
pies del arrogante príncipe.
—¿Cómo ocurrió todo? —le preguntó
Eilonwy, mientras tomaba un trapo húmedo y
lo pasaba por el rostro de Taran.
Taran no le respondió y, aunque de mala
gana, se sometió a sus cuidados.
Antes de que Eilonwy hubiera terminado,
una figura peluda cubierta de ramitas y hojas
apareció en la ventana y saltó con gran
agilidad sobre el alféizar.
—¡Tristeza y desolación! —gimió el ser,
acercándose presuroso a Taran —. ¡Gurgi ve
ya las palizas y los golpes del poderoso señor!
¡Mi pobre y buen amo! Gurgi siente pena por
él... ¡Pero hay noticias! —añadió Gurgi a toda
prisa—. ¡Buenas noticias! ¡Gurgi ve también
acercarse a la carrera al más poderoso de los
príncipes! Sí, sí, ya se acerca a todo galope,
montado sobre un caballo blanco, con una
espada negra. ¡Oh, qué alegría!
—¿Qué es eso? —preguntó Taran —. ¿Te
refieres al príncipe Gwydion? No puede ser...
—Sí puede ser —dijo una voz a su espalda.
En el umbral estaba Gwydion.
Con un grito de asombro, Taran corrió
hacia él y le estrechó la mano. Eilonwy rodeó
con los brazos la alta figura del guerrero, en
tanto que Gurgi daba alegres patadas en el
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suelo. Cuando Taran le vio por última vez,
Gwydion iba ataviado como un príncipe de la
casa real de Don; ahora, sin embargo, iba
vestido con sencillez: una capa gris con
capucha y un jubón de tela tosca y sin
adornos constituían su atuendo. De su cinto
pendía Drynwyn, la espada negra.
—Bien hallados seáis todos —dijo Gwydion
—. Gurgi parece tan hambriento como
siempre y Eilonwy está más bonita que
nunca. En cuanto a ti, Aprendiz de Porquerizo
—añadió, con su rostro curtido por la
intemperie suavizado por una sonrisa—,
tienes un aspecto algo peor que de
costumbre. Dallben ya me ha contado cómo
conseguiste esos moretones.
—No fui yo quien buscó pelea —afirmó
Taran.
—Pero la encontraste, pese a todo —dijo
Gwydion—. Creo que ése es un rasgo
inherente a tu carácter, Taran de Caer
Dallben. Pero no importa —dijo, retrocediendo
un paso y examinando atentamente a Taran;
en sus ojos parecían brillar destellos
verdosos—. Deja que te mire bien. Has
crecido desde nuestro último encuentro. —
Gwydion sacudió la cabeza en un gesto de
aprobación, haciendo oscilar su abundante
cabellera, que recordaba el pelaje grisáceo de
un lobo—. Espero que hayas ganado en
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sabiduría al igual que en talla: ya lo veremos.
Ahora debo prepararme para el consejo.
—¿El consejo? —exclamó Taran—. Dallben
no dijo nada de ningún consejo. Ni siquiera
dijo que fueras a venir aquí.
—La verdad es que Dallben no le ha
estado diciendo gran cosa a nadie —aclaró
Eilonwy.
—A estas alturas, ya deberías haber
comprendido que Dallben cuenta siempre
muy poco de lo que sabe —dijo Gwydion—.
Sí, habrá un consejo, y he llamado a otros para
que se reúnan con nosotros.
—Ya soy lo bastante mayor como para
tomar asiento en un consejo de hombres —le
interrumpió Taran, emocionado—. He
aprendido mucho; he combatido junto a ti,
he...
—Despacio, despacio —le dijo Gwydion—.
Hemos estado de acuerdo en que tendrás un
lugar en el consejo. Aunque —añadió en voz
más baja y con cierta tristeza en el tono—
quizá hacerse adulto no suponga todo lo que
tú crees. —Gwydion puso sus manos en los
hombros de Taran—. Mientras tanto, debes
prepararte. Muy pronto se te confiará una
tarea que llevar a cabo.
Tal como les había anunciado Gwydion, el
transcurso de la mañana trajo consigo otras
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llegadas. Una tropa de jinetes apareció poco
tiempo después y empezó a montar su
campamento entre los rastrojos del campo
que había más allá del huerto. Taran vio que
los guerreros iban armados para combatir y
sintió que el corazón le daba un vuelco.
Estaba seguro de que también ellos
guardaban relación con el consejo de
Gwydion. La cabeza, llena de preguntas sin
respuesta, le daba vueltas continuamente; se
apresuró a dirigirse hacia el campo. Cuando se
encontraba a medio camino se detuvo en
seco, enormemente sorprendido. Dos figuras
familiares se acercaban con sus monturas por
el sendero. Taran echó a correr hacia ellas.
—¡Fflewddur! —gritó mientras el bardo,
con su hermoso instrumento a la espalda,
alzaba una mano saludándole—. ¡Y Dolí! ¿Eres
realmente tú?
El enano de roja cabellera saltó con
agilidad de su poni y por un instante le sonrió
ampliamente, para recuperar luego su gesto
malhumorado de costumbre. Pese a todo, no
logró ocultar el brillo de placer que iluminaba
sus ojos redondos y rojizos.
—¡Dolí! —Taran le dio una palmada en el
hombro—. Pensé que no volvería a verte. Me
refiero a verte de modo auténtico, ya que
habías conseguido el poder de hacerte
invisible.
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—¡Buf! —resopló el enano, vestido con un
jubón de cuero—. ¡Invisible! Ya he tenido más
que suficiente. ¿Te das cuenta del esfuerzo que
requiere? ¡Algo terrible! Me hacía zumbar los
oídos, y eso no era lo peor. Nadie puede verte
y por lo tanto no dejan de aplastarte los pies o
de meterte el codo en el ojo. No, no, eso no es
para mí. ¡Ya no podía aguantarlo más!
—Fflewddur, también te he echado de
menos —exclamó Taran mientras el bardo
desmontaba—. ¿Sabes de qué va a tratar el
consejo? Ésa es la razón de que hayáis venido
tú y Dolí, ¿verdad?
—No sé nada de consejos —refunfuñó Dolí
—. El rey Eiddileg me ordenó que viniera,
como un favor especial a Gwydion. Pero,
francamente, puedo decirte que me gustaría
mucho más estar en casa, en el reino del
Pueblo Rubio, ocupándome de mis propios
asuntos.
—En mi caso —dijo el bardo —, dio la
casualidad de que Gwydion pasó por mi
reino...; bueno, pareció que era una pura
casualidad, aunque ahora estoy empezando a
pensar que no se trataba de eso. Sugirió que
quizá me gustara visitar Caer Dallben. Dijo
que el viejo Dolí estaría aquí y, naturalmente,
me puse en marcha de inmediato.
»Había abandonado el oficio de bardo —
prosiguió Fflewddur—, y estaba de nuevo
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felizmente instalado en mi puesto de rey. A
decir verdad, he venido sólo para complacer
a Gwydion.
De inmediato, dos cuerdas se partieron
con un estruendoso chasquido. Fflewddur se
quedó callado y tosió levemente.
—Sí, bueno... —añadió—, debo reconocer
que me encontraba realmente fatal. Habría
aprovechado cualquier excusa para
abandonar ese húmedo y tétrico castillo,
aunque sólo hubiera sido por unos días. ¿Así
que un consejo, no? Tenía la esperanza de que
se tratara de alguna fiesta de la cosecha y
que mi presencia fuera necesaria para las
diversiones.
—Sea lo que sea —dijo Taran—, me alegro
de que estéis aquí.
—Pues yo no —gruñó el enano—. Cuando
todo el mundo empieza a decir que si el viejo
Dolí esto y el viejo Doli lo otro, ¡mucho
cuidado! Seguro que se trata de algo
desagradable.
Mientras iban hacia la casa. Fflewddur lo
examinó todo con gran interés.
—Vaya, vaya... ¿No veo ahí la bandera del
rey Smoit? No tengo la menor duda de que
habrá venido aquí a petición de Gwydion.
En ese mismo instante, un jinete apareció
al galope y gritó el nombre de Fflewddur. El
bardo lanzó una exclamación de alegría.
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—Ése es Adaon, el hijo de Taliesin, Jefe de
los Bardos —le explicó a Taran—.
¡Ciertamente, hoy Caer Dallben puede
sentirse honrada!
El jinete desmontó y Fflewddur no perdió
ni un momento en presentarle a sus
compañeros.
Adaon era de elevada estatura y tenía el
cabello lacio y negro, tan largo que le cubría
los hombros. Aunque de noble porte, iba
vestido como un guerrero corriente y no
llevaba adorno alguno, salvo un broche de
hierro de extraña forma en el cuello. Tenía los
ojos grises y claros como una llama. Poseían
una hondura y penetración fuera de lo común;
Taran tuvo la sensación de que poco era lo que
podía ocultarse a la perspicaz y curiosa
mirada de Adaon.
—Me alegra conoceros, Taran de Caer
Dallben y Dolí del Pueblo Rubio —dijo Adaon,
estrechándoles la mano. Vuestros nombres
no son nuevos para los bardos del norte.
—Entonces, ¿tú también eres un bardo? —
le preguntó Taran, haciéndole una reverencia
llena de respeto.
Adaon sonrió y negó con la cabeza.
—Muchas veces me ha pedido mi padre
que me presente a la iniciación, pero he
preferido siempre esperar. Aún tengo la
esperanza de aprender muchas cosas, y en lo
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más hondo de mi corazón siento que aún no
estoy preparado. Puede que algún día llegue
a estarlo.
Adaon se volvió hacia Fflewddur.
—Mi padre te envía sus saludos y te
pregunta cómo te ha ido con el instrumento
que te dio. Veo que le hace falta alguna
reparación —añadió, riendo amistosamente.
—Sí —admitió Fflewddur—. Tengo
problemas con él de vez en cuando. No
consigo acordarme de que no debo..., bueno,
darle un poco de color a los hechos, aunque
en muchas ocasiones lo necesiten
enormemente. Pero cada vez que lo hago —
suspiró, contemplando las dos cuerdas rotas
—, aquí tienes el resultado.
—Alégrate —le dijo Adaon, riendo más
fuerte aún que antes—. Tus relatos
caballerescos valen lo que todas las cuerdas
de Prydain. Y vosotros, Taran y Doli, debéis
prometer que me contaréis más cosas sobre
vuestras famosas hazañas. Pero antes de eso
debo encontrar al señor Gwydion.
Adaon se despidió de sus compañeros,
montó de nuevo y partió al galope.
Fflewddur le siguió con los ojos, y en su
mirada había afecto y admiración.
—No puede tratarse de ninguna
menudencia, si Adaon está aquí —dijo—. Es
uno de los hombres más valerosos que
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conozco y es más que eso, pues posee el
corazón de un auténtico bardo. Algún día,
acordaos de mis palabras, será el más grande
de todos nuestros bardos, estoy seguro de
ello.
—¿Es cierto que nuestros nombres le eran
conocidos? —le preguntó Taran—. ¿Y que se
han hecho canciones sobre nosotros?
Fflewddur le dedicó una sonrisa radiante.
—Después de nuestra batalla contra el
Rey con Cuernos..., pues sí, compuse una
piececilla, una especie de modesta ofrenda por
mi parte. Resulta muy satisfactorio saber que
ha llegado a difundirse tanto. Apenas haya
arreglado estas condenadas cuerdas, me
encantará hacérosla oír.
Un poco después del mediodía, cuando
todos se hubieron repuesto del cansancio del
viaje, Coll les hizo acudir a la habitación de
Dallben, en la que se había dispuesto una gran
mesa alargada, con asientos a cada lado.
Taran se dio cuenta de que el mago se había
tomado incluso la molestia de intentar poner
cierto orden en el confuso montón de
volúmenes antiguos que llenaban la estancia.
El Libro de los Tres, el grueso tomo que
contenía los más recónditos secretos de
Dallben, había sido cuidadosamente colocado
en un estante. Taran lo contempló casi con
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miedo, seguro de que en él se hallaba
encerrado mucho más de lo que Dallben había
revelado a lo largo de su vida.
Los demás estaban empezando a entrar
cuando Fflewddur cogió a Taran del brazo y le
apartó del camino de un guerrero de negra
barba que avanzaba casi a la carrera.
—De una cosa puedes estar bien seguro —
le dijo el bardo en un susurro—, Gwydion no
está planeando ninguna fiesta de la cosecha.
¿Has visto quién está aquí?
El guerrero iba más ricamente vestido
que ninguno de los presentes. Su nariz
afilada hacía pensar en un halcón y sus ojos,
pese a los párpados gruesos y pesados, eran
igualmente agudos. Sólo se inclinó ante
Gwydion y luego, tomando asiento en la
mesa, contempló fría y calculadoramente a
los que le rodeaban.
—¿Quién es? —murmuró Taran, no osando
mirar hacia esa figura regia y orgullosa.
—Es el rey Morgant de Madoc —le contestó
el bardo—, el jefe guerrero más audaz de todo
Prydain, superado solamente por Gwydion.
Debe fidelidad a la Casa de Don. —Agitó la
cabeza admirativamente—. Dicen que una vez
le salvó la vida a Gwydion. Lo creo. Le he visto
en la batalla..., ¡es puro hielo! ¡No siente el
más mínimo temor! Si Morgant está metido en
esto es que algo muy interesante debe estarse
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preparando. Oh, mira..., es el rey Smoit.
Siempre se le puede oír antes de alcanzar a
verle.
Una estruendosa carcajada resonó en el
exterior de la estancia, y un instante después
un gigantesco guerrero pelirrojo entró en ella
acompañado por Adaon. Superaba en
estatura a todos los presentes y su barba
ardía como un incendio alrededor de un
rostro tan repleto de viejas cicatrices que era
imposible decir dónde empezaba una y
terminaba otra. Su nariz había recibido
tantos golpes que llegaba casi a confundirse
con los pómulos, y su prominente ceño
parecía perderse en un revuelto bosque de
cejas; su cuello era casi tan grueso como la
cintura de Taran.
—¡Menudo oso! —dijo Fflewddur con una
risita afectuosa—. Ah, pero no hay en él ni
una pizca de maldad. Cuando los señores del
sur se levantaron contra los Hijos de Don,
Smoit fue uno de los pocos que permanecieron
leales. Su reino es Cantrev Cadiffor.
Smoit se detuvo en mitad de la
habitación, echó hacia atrás su capa y metió
los pulgares en el enorme cinto de bronce,
que luchaba para no partirse bajo la presión
de su barriga.
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—¡Saludos, Morgant! —rugió—. Así que te
han llamado, ¿no? —Lanzó un feroz bufido—.
¡Ah! ¡Huelo sangre en el viento!
Avanzó a grandes zancadas hacia el
silencioso jefe de guerreros y le propinó una
potente palmada en el hombro.
—Ten cuidado de que no sea la tuya —dijo
Morgant, sonriendo de tal modo que apenas si
mostró los dientes.
—Jo! ¡Ojo! —aulló el rey Smoit,
golpeándose con las manos sus inmensos
muslos—. ¡Muy buena! ¡Que cuide de que no
sea la mía! ¡No temas, carámbano, tengo
mucha que gastar! —Entonces vio a Fflewddur
y rugió nuevamente—: ¡Otro viejo camarada!
Corrió hacia él y le estrechó entre sus
brazos, con tal entusiasmo que Taran oyó
crujir las costillas de Fflewddur.
—¡Mi pulso! —gritó Smoit—. ¡Mi cuerpo y
mis huesos! ¡Danos una buena canción para
alegrarnos, rascatripas cabeza de manteca!
Sus ojos se posaron en Taran.
—¿Qué tenemos aquí, qué tenemos aquí?
—Una mano poderosa y cubierta de vello
rojizo se apoderó de él—. ¿Un conejo
despellejado? ¿Una gallina sin plumas?
—Es Taran, el Aprendiz de Porquerizo de
Dallben —dijo el bardo.
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—¡Ojalá fuera el cocinero de Dallben! —
gritó Smoit—. ¡Apenas si he podido llenar mi
estómago!
Dallben golpeó la mesa para imponer
silencio y Smoit fue hacia su asiento después
de propinarle otro apretón a Fflewddur.
—Puede que no haya maldad en él —le
dijo Taran al bardo—, pero creo más seguro
tenerle por amigo.
Ahora todos se habían sentado a la mesa,
con Dallben y Gwydion en un extremo y Coll
en el otro. El rey Smoit, cuyo asiento resultaba
estrecho, estaba a la izquierda del mago;
frente a él se situaba el rey Morgant. Taran
logró instalarse entre el bardo y Dolí, el cual
gruñó amargamente por la excesiva altura de
la mesa. A la derecha de Morgant se sentaba
Adaon y, junto a éste, Ellidyr, a quien Taran no
había visto desde la mañana.
Dallben se puso en pie y permaneció
callado unos instantes. Todos se volvieron
hacia él, y el mago se tiró brevemente de un
mechón de la barba.
—Soy demasiado viejo para ser cortés —
dijo Dallben —, y no tengo la intención de
pronunciar un discurso de bienvenida. El
asunto que nos reúne es urgente y debemos
ocuparnos de él de inmediato.
«Hace poco más de un año, como algunos
de los presentes tenéis buenos motivos para
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recordar —prosiguió Dallben, mirando hacia
Taran y sus compañeros—, Arawn, Señor de
Annuvin, sufrió una grave derrota al morir el
Rey con Cuernos, su campeón. El poder de la
Tierra de la Muerte fue contenido durante un
tiempo; sin embargo, el mal no se halla nunca
demasiado lejos de Prydain.
«Ninguno de nosotros es lo bastante tonto
para creer que Arawn pudiera llegar a
consentir ser derrotado sin oponerse —
prosiguió Dallben—. Había tenido la esperanza
de que hubiera más tiempo para considerar la
nueva amenaza de Annuvin, pero ¡ay!, ese
tiempo no va a sernos concedido. Los planes
de Arawn se han hecho demasiado claros.
Pido al señor Gwydion que os hable de ello.
Gwydion se puso en pie, con el rostro muy
serio.
—¿Quién no ha oído hablar de los Nacidos
del Caldero, los guerreros mudos para los que
no existe la muerte, los servidores del Señor
de Annuvin? Los cadáveres robados de
aquellos que mueren en la batalla son
sumergidos en el caldero de Arawn para darles
nueva vida. Redivivos, emergen de él tan
implacables cual si fueran la misma muerte,
olvidada su humanidad. Ya no son hombres
sino armas de muerte, eternamente
sometidas a la voluntad de Arawn.
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»Para llevar a cabo esta obra abominable
—siguió diciendo Gwydion—, Arawn ha
profanado las tumbas y los túmulos de los
guerreros caídos. Y ahora, a lo largo de todo
Prydain, se han dado extrañas desapariciones;
muchos hombres se han esfumado para no ser
vistos nunca más, y han aparecido luego los
Nacidos del Caldero en sitios donde nunca
habían sido vistos. Arawn no ha permanecido
ocioso. He sabido recientemente que sus
servidores se atreven ahora con los vivos, a los
que llevan hasta Annuvin para engrosar las
filas de su hueste inmortal. De tal modo la
muerte engendra muerte y el mal engendra
mal.
Taran se estremeció. En el exterior de la
casa, el bosque ardía con un resplandor rojo y
amarillo. El aire era aún cálido, como si un día
de verano hubiera sobrevivido al final de su
estación, pero las palabras de Gwydion le
helaron como una ráfaga de aire frío surgida
de la nada. Recordaba demasiado bien los ojos
sin vida y los lívidos rostros de los Nacidos del
Caldero, al igual que su horrible silencio y sus
espadas implacables.
—¡Vayamos a la carne del asunto! —gritó
Smoit—. ¿Acaso somos conejos? ¿Debemos
tener miedo a esos esclavos del Caldero?
—Tendrás carne más que suficiente para
masticar —le respondió Gwydion con una
lúgubre sonrisa—. Os digo que ninguno de
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nosotros ha emprendido jamás una misión tan
peligrosa. Os pido vuestra ayuda porque
pretendo atacar la mismísima Annuvin,
apoderarme del caldero de Arawn y destruirlo.
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Lloyd Alexander El caldero mágico
2
El reparto de las tareas
Taran estuvo a punto de dar un salto. En la
habitación reinaba el más absoluto silencio. El
rey Smoit, a punto de decir algo, se había
quedado con la boca abierta. El único que no
daba señales de asombro era el rey Morgant,
que seguía sin moverse, con los ojos medio
cerrados y una extraña expresión en el rostro.
—No hay otro modo —dijo Gwydion—.
Dado que no se puede matar a los Nacidos del
Caldero, debemos evitar que su número siga
creciendo: el equilibrio existente entre el poder
de Annuvin y nuestras fuerzas es demasiado
delicado. Cuantos más guerreros nuevos
consiga Arawn, más se acercará su mano a
nuestras gargantas. Y tampoco puedo olvidar a
todos los hombres que han sido asesinados de
un modo repugnante para verse sometidos a
un yugo más repugnante todavía.
»Hasta el día de hoy —prosiguió Gwydion
—, sólo el Gran Rey Math y muy pocos más
han sabido lo que tenía en mente. Ahora que
lo habéis oído, sois libres de quedaros o de
marcharos, según os plazca. Si escogéis volver
a vuestras tierras, no tendré por ello en menos
vuestro coraje.
—¡Pero yo sí lo tendría! —gritó Smoit—. ¡Si
alguien tiene la sangre como el agua y las
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tripas como las gachas y se niega a ir contigo,
se las tendrá que ver conmigo!
—Smoit, amigo mío —replicó Gwydion con
voz firme pero afectuosa—, esta elección debe
hacerse sin ninguna persuasión por tu parte.
Nadie se movió. Gwydion les miró y luego
asintió satisfecho.
—No me decepcionáis —dijo—. Había
contado con cada uno de vosotros para
desempeñar misiones que luego os explicaré.
La emoción que sentía Taran había
ahogado su miedo a los Nacidos del Caldero.
Apenas logró contener su impaciencia para
preguntarle a Gwydion allí mismo cuál iba a
ser su misión; por una vez, sin embargo, fue
lo bastante sabio para hacer callar su lengua.
En lugar de él, fue Fflewddur quien se
incorporó de un salto.
—¡Por supuesto! —gritó el bardo —. ¡Lo vi
todo claro de inmediato! Naturalmente, te
harán falta guerreros para apoderarte de ese
asqueroso caldero. Pero necesitarás un bardo
para componer los cantos heroicos de la
victoria. ¡Acepto! ¡Y estoy encantado de
hacerlo!
—Te he elegido más por tu espada que
por tu arpa —le dijo Gwydion amablemente.
—¿Cómo es posible eso? —le preguntó
Fflewddur, frunciendo el ceño a causa de la
decepción—. Oh, ya veo —añadió, mientras su
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expresión se despejaba—. Sí, bueno..., no
pienso negar que tengo cierta reputación en
esos asuntos. ¡Un Fflam siempre es valeroso!
¡A mandobles me he abierto paso a través de
miles de...! —lanzó una mirada inquieta al
arpa—, bueno, digamos que de numerosos
enemigos.
—Espero que mostrarás el mismo anhelo
por cumplir tu misión una vez que te la haya
expuesto —dijo Gwydion al tiempo que sacaba
una hoja de pergamino de su jubón y la
extendía sobre la mesa.
»Nos hemos reunido en Caer Dallben no
sólo por razones de seguridad —prosiguió—.
Dallben es el mago más poderoso de Prydain y
aquí nos hallamos bajo su protección. Caer
Dallben es el único sitio que Arawn no osa
atacar, y es también el más adecuado para
iniciar nuestro viaje hasta Annuvin. —Trazó
con el dedo una línea que iba hacia el
noroeste, empezando en la pequeña granja—.
En esta temporada del año, el Gran Avren
lleva poco caudal —dijo—, y puede ser
cruzado sin dificultad. Una vez lo hayamos
franqueado, avanzaremos fácilmente a través
de Cantrev Cadiffor, el reino de Smoit, hasta
llegar al Bosque de Idris, que se encuentra al
sur de Annuvin. A partir de allí podremos ir
con rapidez hasta la Puerta Oscura.
Taran contuvo el aliento. Al igual que los
demás, había oído hablar de la Puerta Oscura,
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las montañas gemelas que guardaban la
entrada sur de la Tierra de la Muerte. Aunque
no era tan imponente como el Monte del
Dragón, al norte de Annuvin, la Puerta Oscura
resultaba muy traicionera a causa de sus
escarpados desfiladeros y sus abismos ocultos.
—Es un paso difícil —continuó Gwydion—,
pero es el menos vigilado; Coll, Hijo de
Collfrewr, os lo confirmará.
Coll se puso en pie. El viejo guerrero, con
su calva reluciente y sus grandes manos, tenía
el aspecto de quien prefiere el combate a los
discursos de un consejo. A pesar de todo,
sonrió ampliamente a los presentes y empezó
a hablar.
—Podría decirse que vamos a entrar por la
puerta trasera de Arawn. El caldero se
encuentra en una plataforma de la Sala de los
Guerreros, la cual, como recuerdo muy bien,
está justo después de la Puerta Oscura. La
entrada a la Sala está vigilada, pero hay otro
acceso por detrás, muy bien asegurado. Un
hombre podría abrirla para que entraran los
otros si, como a Dolí, le fuera posible moverse
sin que le vieran.
—Ya te dije que no me iba a gustar —le
murmuró Dolí a Taran—. ¡Todo ese asunto de
volverse invisible! ¿Un don? ¡Una maldición,
mejor! Fíjate adonde acabará por llevarme...!
¡Buf!
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El enano lanzó un resoplido lleno de
irritación, pero no prosiguió con las protestas.
—Se trata de un plan osado —dijo
Gwydion—, pero con unos compañeros
igualmente osados es posible que tenga éxito.
En la Puerta Oscura nos dividiremos en tres
grupos. En el primero estarán Dolí, del Pueblo
Rubio; Coll, Hijo de Collfrewr; Fflewddur Fflam,
Hijo de Godo, y yo mismo. Con nosotros irán
seis de los guerreros más fuertes y valientes
del rey Morgant. Dolí, invisible, entrará
primero para abrir los cerrojos y decirnos
cómo están dispuestos los centinelas de
Arawn. Luego irrumpiremos en la estancia y
nos apoderaremos del caldero.
Al mismo tiempo, el segundo grupo,
formado por el rey Morgant y sus jinetes,
atacará la Puerta Oscura siguiendo mi señal e
intentará dar la impresión de ser una fuerza
numerosa, para sembrar la confusión y atraer
allí al mayor contingente posible de las huestes
de Arawn.
El rey Morgant asintió con la cabeza y
habló por primera vez. Su voz, aunque fría
como el hielo, era mesurada y cortés.
—Me alegra que al fin hayamos decidido
atacar directamente el poder de Arawn. Yo
mismo habría comprendido dicha tarea hace
tiempo, pero estaba obligado a esperar la
orden del señor Gwydion. Sin embargo, una
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Lloyd Alexander El caldero mágico
cosa sí debo decir —prosiguió Morgant—. En
tanto que el plan me parece bien pensado, el
camino elegido no permite una retirada veloz
en el caso de que Arawn os persiga.
—No hay un camino más corto a Caer
Dallben —le replicó Gwydion—, y el caldero
debe ser traído aquí. Debemos aceptar el
riesgo. De todos modos, si nos vemos
acosados podemos refugiarnos en Caer
Cadarn, la fortaleza del rey Smoit; por ello
pido al rey Smoit que se encuentre dispuesto
con todos sus guerreros cerca del Bosque de
Idris.
—¿Qué? —rugió Smoit—. ¿Y mantenerme
apartado de Annuvin? —Golpeó la mesa con el
puño—. ¿Pensáis dejarme ahí para que me
muerda las uñas? ¡Que sea Morgant, esa
resbaladiza serpiente de negra barba y sangre
helada, quien vigile la retaguardia!
Morgant no dio señal alguna de haber oído
las iracundas palabras de Smoit.
Gwydion meneó la cabeza.
—Nuestro éxito depende de la sorpresa y
de la rapidez de movimientos, no de la fuerza
numérica. Smoit, tú debes ser nuestro firme
apoyo en el caso de que nuestros planes
salieran mal. Tu misión no es menos
importante que las otras.
»El tercer grupo nos esperará cerca de la
Puerta Oscura para vigilar a los animales que
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lleven nuestros arreos, asegurar la retirada y
desempeñar cualquier otra tarea que pueda
ser necesaria en ese momento. En él estarán
Adaon, Hijo de Taliesin; Taran de Caer Dallben
y Ellidyr, Hijo de Pen-Llarcau.
Inmediatamente se oyó la voz colérica de
Ellidyr, que protestaba a gritos.
—¿Por qué debo mantenerme en la
retaguardia? ¿No soy acaso mejor que un
porquerizo? ¡No es más que una manzana
verde que no ha tenido tiempo aún de
madurar! ¡Nunca ha sido puesto a prueba!
—¡Prueba! —gritó Taran, levantándose de
un salto—. Me he enfrentado a los Nacidos del
Caldero junto a Gwydion en persona. ¿Has
pasado tú por alguna prueba mejor que ésa,
príncipe Capa-Remendada?
La mano de Ellidyr voló hacia su espada.
—Soy un hijo de Pen-Llarcau y no debo
tragarme los insultos de un...
—¡Silencio! —ordenó Gwydion—. En esta
empresa, el coraje de un Aprendiz de
Porquerizo pesa tanto como el de un príncipe.
Ellidyr, te lo advierto: o dominas tu
temperamento o deberás abandonar el
consejo.
»Y tú —añadió Gwydion, volviéndose hacia
Taran —, en pago de la ira has lanzado un
insulto digno de un niño. Tenía mejor
concepto de ti. En mi ausencia, además,
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ambos deberéis obedecer las órdenes de
Adaon.
Taran, con el rostro enrojecido, volvió a
sentarse. Ellidyr hizo lo mismo, con expresión
sombría y el ceño fruncido.
—Pongamos fin a nuestra reunión —dijo
Gwydion—. Hablaré con cada uno de vosotros
luego de modo más extenso. Ahora debo
discutir ciertos asuntos con Coll. Estad listos
mañana al amanecer para iniciar el viaje
hacia Annuvin.
Mientras los demás abandonaban la
estancia, Taran fue hasta Ellidyr y le tendió la
mano.
—En esta misión no debemos ser
enemigos.
—Tú eres quien lo dice —le respondió
Ellidyr—. No tengo el menor deseo de actuar
como un siervo junto a un porquerizo
insolente. Soy hijo de un rey. Y tú, ¿de quién
eres hijo? Así que te has enfrentado a los
Nacidos del Caldero —se burló —. Y junto a
Gwydion, ¿eh? No pierdes ninguna
oportunidad de repetirlo.
—Tú fanfarroneas de tu linaje —replicó
Taran—. Yo me enorgullezco de mis
compañeros.
—Tu amistad con Gwydion no te servirá de
escudo contra mí —dijo Ellidyr—. Que te
favorezca cuanto le venga en gana... Pero
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óyeme bien: cuando estés en mi grupo
cumplirás con tus tareas.
—Sí, cumpliré con ellas —respondió
Taran, sintiendo nacer la ira en su interior—.
Ya veremos si tú cumples con las tuyas tan
valerosamente como hablas.
Adaon se había acercado a ellos.
—Tened calma, amigos —dijo riendo—.
Había pensado que la batalla era con Arawn,
no entre nosotros.
Aunque había hablado sin levantar la voz,
su tono tenía la firmeza de quien sabe
mandar. Sus ojos fueron de Taran a Ellidyr.
—Las vidas de los demás reposan en las
palmas de nuestras manos, no en nuestros
puños apretados —prosiguió.
Taran bajó la cabeza. Ellidyr,
envolviéndose en su capa remendada,
abandonó la habitación sin decir palabra.
Taran iba a salir, siguiendo los pasos de
Adaon, cuando Dallben le llamó, haciéndole
volver.
—Los dos tenéis la sangre demasiado
caliente —observó el mago—. He estado
intentando decidir cuál de los dos es más
duro de mollera y no es asunto fácil —añadió,
bostezando —. Tendré que meditarlo.
—Ellidyr dijo la verdad —le contestó
sombríamente Taran—. ¿De quién soy hijo? No
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tengo más nombre que éste que tú me diste.
Ellidyr es un príncipe...
—Puede que sea un príncipe —dijo
Dallben—, pero puede también que no sea
tan afortunado como tú. Es el hijo más joven
del viejo Pen-Llarcau, que reina en el norte;
sus hermanos mayores han heredado los
escasos restos de la fortuna familiar, y creo
que en estos momentos ya nada queda de
esa fortuna. Ellidyr sólo tiene su nombre y su
espada, aunque debo admitir que no muestra
gran sabiduría en la utilización de ninguna de
las dos cosas.
»Sin embargo —prosiguió Dallben—, estos
problemas suelen acabar siempre
arreglándose por sí solos. Oh, antes de que lo
olvide...
Con la túnica revoloteando alrededor de
sus flacas piernas, Dallben fue hasta un
enorme arcón, lo abrió con una vieja llave y
alzó la tapa. Se inclinó sobre él y empezó a
rebuscar entre su contenido.
—Debo confesar que me invade cierto
número de preocupaciones y malos
presentimientos —dijo—, los cuales no es
posible que te interesen. Por lo tanto, no te
abrumaré con ellos. Por otra parte, hay algo
que estoy seguro de que sí te interesará. Y, si
a eso vamos, también constituirá para ti un
peso abrumador.
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Lloyd Alexander El caldero mágico
Dallben se irguió de nuevo y se volvió
hacia Taran. En sus manos sostenía una
espada.
Taran sintió que el corazón le daba un
brinco. Cogió el arma ansiosamente, con las
manos tan temblorosas que estuvo a punto
de caérsele. Ni la vaina ni la empuñadura
tenían el menor adorno: todo el arte de la
espada se hallaba en sus proporciones y su
equilibrio. Aunque era muy antigua, su metal
brillaba con una luz clara y sin mácula, y la
misma sencillez de sus líneas encerraba la
hermosura de la auténtica nobleza. Taran le
hizo una profunda reverencia a Dallben y,
tartamudeando, le dio las gracias.
Dallben sacudió la cabeza.
—Que debas darme las gracias o no —dijo
—, eso es algo que aún está por ver. Úsala
con sabiduría —añadió—. Mi única esperanza
es que no tengas ninguna razón para
utilizarla.
—¿Cuáles son sus poderes? —le preguntó
Taran, con los ojos ardiendo de emoción—.
Debo saberlo ahora, para...
—¿Sus poderes? —le replicó Dallben con
una triste sonrisa—. Mi querido muchacho, se
trata de un trozo de metal que ha sido
golpeado con un martillo hasta darle una
forma más bien poco atractiva. Mejor habría
quedado como azada para el huerto o como
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Lloyd Alexander El caldero mágico
reja de un arado. ¿Sus poderes? Como todas
las armas, son únicamente los de quien la
esgrime. En cuanto a cuáles puedan ser los
tuyos, debo confesar mi ignorancia al
respecto.
»Será mejor que nos despidamos ahora —
acabó, posando su mano sobre el hombro de
Taran.
Por primera vez Taran se dio cuenta de lo
viejo que era el rostro del mago y de cómo las
preocupaciones lo habían llenado de arrugas.
—Prefiero no volver a verte antes de la
partida —prosiguió Dallben—. Ah, las partidas
son algo de lo que muy alegremente
prescindiría... Además, luego tu cabeza estará
demasiado ocupada con otros asuntos y se te
olvidaría todo lo que pudiera decirte. Ahora
vete e intenta convencer a la princesa Eilonwy
de que te la ciña. Ya que tienes espada —
suspiró—, supongo que harás bien cumpliendo
con el resto de las formalidades.
Eilonwy estaba recogiendo cuencos y
platos cuando Taran entró a la carrera en la
cocina.
—¡Mira! —gritó—. ¡Dallben me la ha dado!
Pronto, cuélgala de mi cintura... Quiero
decir..., hazlo, por favor. Di que lo harás.
Quiero que seas tú quien lo haga.
Eilonwy, sorprendida, se volvió a mirarle.
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—Sí, claro —dijo, ruborizándose—, si es
que realmente...
¡Claro que sí! —exclamó Taran—. Después
de todo, eres la única muchacha que hay en
Caer Dallben —añadió.
¡Así que es eso! —gritó Eilonwy—. Ya me
extrañaba que te mostraras tan educado. Muy
bien, Taran de Caer Dallben, si ésa es tu
única razón, ya puedes ir buscando a otra
persona, y no me importa el tiempo que
tardes en hallarla, pero ¡cuanto más sea,
mejor!
Apartó bruscamente la cabeza y, furiosa,
empezó a secar un cuenco.
—Pero, ¿qué he hecho mal? —le preguntó
Taran, perplejo—. He dicho «por favor», ¿no?
Cuélgala de mi cintura —le suplicó—. Prometo
contarte todo lo que sucedió en el consejo.
—No quiero saberlo —le contestó Eilonwy
—. No tengo el más mínimo interés en...
¿Qué sucedió? Oh, vamos, dame ese trasto.
Ató diestramente el ceñidor de cuero,
rodeando con él la cintura de Taran, y le
miró.
—No creas que voy a perder el tiempo
con todas esas ceremonias y discursos sobre
lo de ser bravo e invencible —dijo Eilonwy—.
Para empezar, creo que no son aplicables a los
Aprendices de Porquerizo y, además, no tengo
ni idea de cómo son. Bueno —dijo,
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retrocediendo un paso—, debo admitir que te
queda bastante bien.
Taran sacó la espada y la sostuvo en alto.
—Sí —exclamó—, ¡es el arma de un
hombre y un guerrero!
—¡Basta ya! —gritó Eilonwy, dando una
impaciente patada en el suelo—¿Qué hay del
consejo?
—Partimos hacia Annuvin —le contó
Taran, muy emocionado, hablando en un
susurro—. Al amanecer. Vamos a quitarle el
caldero al mismísimo Arawn, el caldero que
usa para...
—¿Por qué no empezaste diciendo eso? —
exclamó Eilonwy—. Oh, no tendré tiempo de
recoger ni la mitad de mis cosas. ¿Cuánto
tiempo estaremos fuera? Debo pedirle yo
también una espada a Dallben. ¿Crees que me
hará falta...?
—No, no —la interrumpió Taran—. No me
entiendes. Es una misión para guerreros. No
podemos vernos entorpecidos y retrasados
por una chica. Al decir que partíamos, me
refería a...
—¿Cómo? —aulló Eilonwy—¿Por qué no
me lo has dicho en seguida? Taran de Caer
Dallben, nadie es capaz de hacerme enfadar
tanto como tú. ¡Un guerrero, vaya que sí!
¡Me da igual que tengas cien espadas! ¡En el
fondo sigues siendo un Aprendiz de
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Porquerizo, nada más, y si el señor Gwydion
está dispuesto a llevarte con él, entonces no
hay razón alguna para que no me lleve a mí
también! ¡Oh, largo de mi cocina!
Lanzando un grito, Eilonwy cogió un
plato. Taran salió huyendo con todo el cuerpo
encogido, mientras a su espalda resonaba el
estruendo de la loza haciéndose añicos.
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3
Adaon
Al alborear el día, los guerreros se
prepararon para salir. Taran ensilló presuroso a
Melynlas, de pelaje gris y crines plateadas,
descendiente de la mismísima Melyngar, la
montura de Gwydion. Gurgi, con un aire
desolado y miserable, como el de un búho
mojado al verse dejado atrás, le ayudó a
cargar las alforjas. Dallben había cambiado de
opinión en lo tocante a no ver a nadie y
permanecía, callado y pensativo, en la puerta
de la casa, con Eilonwy detrás de él.
—¡No hablo contigo! —le gritó ésta a Taran
—. Te portaste de un modo... como si...,
¡bueno, como si invitaras a una persona a un
banquete y luego le hicieras lavar los platos!
Pero... de todos modos, adiós. No creo que
eso pueda considerarse hablar contigo —
añadió.
Con Gwydion en cabeza, los jinetes
avanzaron a través de la niebla, que giraba en
torbellinos. Taran se irguió en su silla de
montar y, volviéndose, agitó orgullosamente
la mano. La casa blanca y las tres figuras que
había ante ella se hicieron cada vez más
pequeñas. Melynlas entró en la arboleda y
tanto el huerto como los campos se
desvanecieron. El bosque se cerró detrás de
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Taran, y se le hizo imposible seguir viendo a
Caer Dallben.
De pronto Melynlas se encabritó y lanzó un
relincho asustado. Ellidyr se había acercado a
Taran por la espalda y su yegua, extendiendo
el largo cuello, le había propinado al otro
corcel un maligno mordisco. Taran aferró las
riendas y estuvo a punto de caer.
—Mantente lejos de Islimach —dijo Ellidyr
con una ronca risotada—. Muerde. Ella y yo
somos muy parecidos.
Taran estaba a punto de contestarle
enfadado cuando Adaon, que había visto todo
lo sucedido, apareció montado en su yegua
baya al lado de Ellidyr.
—Tienes razón, Hijo de Pen-Llarcau —dijo
Adaon—. Tu montura lleva una carga difícil, al
igual que tú.
—¿Cuál es mi carga? —exclamó Ellidyr,
torciendo el gesto.
La noche pasada soñé con todos
nosotros —dijo Adaon, que acariciaba
pensativo el broche de hierro que llevaba al
cuello—. Te vi cargando una bestia negra
sobre los hombros. Ten cuidado de que no te
devore, Ellidyr —añadió, con la suavidad de
su tono endulzando un tanto la aspereza de
sus palabras.
¡Salvadme de los porquerizos y los
soñadores! —replicó Ellidyr.
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Lanzando un grito, hizo que Islimach se
pusiera al galope y les dejó atrás.
—¿Y yo? —preguntó Taran—. ¿Qué te dijo
tu sueño sobre mí?
—Tú... —le contestó Adaon, tras vacilar un
instante—, tú estabas lleno de pena.
—¿Qué causa tengo para sentir pena? —
le preguntó Taran, sorprendido —. Me siento
muy orgulloso sirviendo al señor Gwydion, y
se me ofrece la oportunidad de ganarme un
gran honor..., ¡Mucho más que lavando cerdas
y cuidando del huerto!
—He marchado con muchos ejércitos —le
respondió quedamente Adaon—, pero
también he plantado semillas y recogido sus
cosechas con mis propias manos. Y he
aprendido que hay mucho más honor en un
campo bien arado que en uno empapado de
sangre.
La columna había empezado a moverse
con mayor rapidez y los dos hicieron apretar
el paso a sus monturas. Adaon cabalgaba con
hábil soltura: llevaba la cabeza alta y sonreía
abiertamente, pareciendo beber con alegría
todos los sonidos e imágenes del amanecer.
Fflewddur, Doli y Coll marchaban junto a
Gwydion y Ellidyr seguía con el rostro mohíno
a las tropas del rey Morgant; Taran se
mantuvo al lado de Adaon, recorriendo con él
el sendero sembrado de hojas.
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Mientras hablaban para olvidar así los
rigores del viaje, Taran no tardó en darse
cuenta de que pocas cosas había que Adaon
no hubiera visto o hecho. Había navegado
mucho más allá de la isla de Mona, llegando
incluso hasta los mares del norte; había
trabajado con el torno del alfarero y había
lanzado sus redes junto a los pescadores.
Había hilado en las ruecas de las granjas y,
como Taran, se había afanado sobre la forja
incandescente. Sabía mucho del bosque;
Taran, maravillado, le oyó hablar sobre las
costumbres y la naturaleza de las criaturas que
vivían en él, desde el atrevido tejón hasta los
cautelosos ratones, sin olvidar a los gansos
que desplegaban sus alas bajo la luna.
—Hay mucho que conocer —le dijo Adaon
—y, por encima de todo, hay mucho que amar,
ya sea la sucesión de las estaciones o la forma
de un guijarro en el río. La verdad es que
cuantas más cosas encontrarnos para amar,
más grandes se hacen nuestros corazones.
El rostro de Adaon brillaba bajo los
primeros rayos del sol, pero en su voz había
surgido una nota de añoranza. Al preguntarle
Taran si acaso estaba preocupado, Adaon
tardó unos instantes en responderle, como si
no deseara expresar sus pensamientos.
—Sentiré más ligero el corazón cuando
nuestra tarea haya terminado —dijo Adaon por
último —. Mi prometida Arianllyn me espera en
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las tierras del norte y, cuanto antes
destruyamos el caldero de Arawn, antes podré
volver junto a ella.
Al terminar el día ya se habían hecho
amigos; cuando llegó la noche y Taran volvió
con Gwydion y sus compañeros, Adaon se unió
a ellos. Ya habían cruzado el Gran Avren y
habían recorrido buena parte del camino que
les llevaría a las fronteras donde empezaba el
reino de Smoit. Gwydion estaba satisfecho de
su avance, aunque ya les había advertido de
que la parte más difícil y peligrosa del viaje
estaba aún por llegar.
Todos se encontraban de buen humor,
salvo Dolí, que odiaba montar a caballo y que
con tono malhumorado afirmó ser capaz de
avanzar más de prisa a pie. Mientras los
demás reposaban al abrigo de un bosquecillo,
Fflewddur le ofreció su arpa a Adaon y le
suplicó que tocara un poco. Adaon,
instalándose cómodamente con la espalda
apoyada en un árbol, aceptó el instrumento.
Durante unos segundos pareció meditar, con la
cabeza inclinada, y luego sus dedos
acariciaron suavemente las cuerdas.
La voz del arpa y la de Adaon se
mezclaron para tejer armonías tales como
Taran jamás había oído antes. Adaon había
alzado el rostro hacia las estrellas y sus ojos
grises parecían ver mucho más allá de lo que
les rodeaba. El bosque se había quedado
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silencioso y todos los ruidos nocturnos se
habían apagado.
La canción de Adaon no era un himno
guerrero: hablaba de paz y de una honda
alegría; mientras Taran la escuchaba, sus ecos
resonaron una y otra vez en su corazón.
Anheló que la música no parase nunca, pero
Adaon se detuvo de pronto y con una grave
sonrisa le devolvió el arpa a Fflewddur.
Los compañeros se envolvieron en sus
capas y se durmieron. Ellidyr permaneció lejos
de ellos, acostado en el suelo junto a las patas
de su montura. Taran, con la cabeza recostada
en sus arreos y la mano apoyada en su nueva
espada, deseó impaciente que llegara el alba,
anhelando proseguir el viaje. Y, sin embargo,
mientras se adormecía, recordó el sueño de
Adaon y sintió sobre él una sombra que
parecía agitarse como un ala tenebrosa.
Al día siguiente, los compañeros cruzaron
el río Ystrad y empezaron a dirigirse hacia el
norte. Con gran profusión de protestas al
verse apartado de la misión, el rey Smoit
obedeció a Gwydion y abandonó la columna,
cabalgando hacia Caer Cadarn para ir
preparando a sus guerreros. La columna
aflojó el paso y los agradables prados fueron
haciéndose más abruptos, hasta convertirse
en colinas. Poco después del mediodía, los
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jinetes entraron en el Bosque de Idris, donde
la hierba marrón y reseca era tan afilada como
arbustos espinosos. Los robles y los alisos que
le habían sido familiares a Taran le parecieron
repentinamente extraños: sus hojas muertas
colgaban de las ramas retorcidas y los negros
troncos emergían del suelo como huesos
calcinados.
El bosque acabó abriéndose para revelar
las desnudas laderas rocosas de las montañas.
Gwydion indicó a la columna que avanzara y
Taran sintió que se le formaba un nudo en la
garganta. Por un instante tuvo frío y se creyó
incapaz de hacer que Melynlas empezara a
subir por las rocas. Sabía, aunque Gwydion no
hubiera dicho ni una palabra al respecto, que
la Puerta Oscura de Annuvin no estaba
demasiado lejos.
El angosto sendero que serpenteaba sobre
los barrancos obligó a la columna a seguir
avanzando en fila india. Taran, Adaon y Ellidyr
iban al final de ésta, pero de pronto Ellidyr
apretó los flancos de Islimach y, haciendo
apartarse a Taran, pasó delante de él.
—¡Tu sitio está detrás, porquerizo! —le
gritó.
—Y el tuyo está allí donde te lo ganes —le
replicó Taran, que soltó las riendas para que
Melynlas fuera más de prisa.
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Las dos monturas se tocaban y los jinetes
se encontraron luchando uno con el otro; sus
cuerpos estaban casi juntos. Islimach se
encabritó y relinchó salvajemente. Ellidyr
agarró las riendas de Melynlas con su mano
libre para obligarle a retroceder. Aunque Taran
intentó desviar a su montura, Melynlas resbaló
entre una lluvia de guijarros, salió del sendero
y cayó por la escarpada ladera. Taran se vio
arrojado de la silla y tuvo que agarrarse a las
rocas para no precipitarse en el abismo.
Melynlas, más hábil que su amo, logró
recobrar el equilibrio y se sostuvo en una
cornisa que se abría bajo el sendero. Taran,
pegado a las rocas, intentó vanamente trepar
de nuevo hacia el sendero. Adaon desmontó
sin perder un instante y corrió hasta el borde
del abismo, tratando de coger la mano de
Taran. También Ellidyr desmontó y, apartando
bruscamente las manos de Adaon, agarró a
Taran por debajo de los brazos. Dio un potente
tirón y alzó a Taran, como si fuera un saco de
grano, hasta depositarle de nuevo en la
seguridad del camino. Luego, bajando
cautelosamente hasta donde estaba Melynlas,
Ellidyr apoyó la espalda bajo la cincha y tensó
los músculos. Así, muy poco a poco y usando
hasta el último gramo de sus fuerzas, le fue
levantando hasta que el caballo pudo avanzar
por sí solo.
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—¡Loco! —gritó Taran, que corrió hasta
Melynlas y examinó ansiosamente su montura
—. ¿Acaso el orgullo no deja sitio en tu cabeza
para el buen juicio?
Se tranquilizó al comprobar que Melynlas
no había sufrido daño alguno y, aunque a
pesar suyo, no pudo sino contemplar a Ellidyr
con un asombro no exento de cierta
admiración. —Jamás había visto una fuerza tal
—admitió Taran. Por primera vez, Ellidyr
pareció confuso y algo asustado. —No quería
hacerte caer —dijo; luego echó hacia atrás la
cabeza y, con una sonrisa burlona, añadió—:
Me preocupaba tu caballo, no tu piel.
—También yo admiro tu fuerza, Ellidyr —le
dijo secamente Adaon—. Pero debería
avergonzarte probarla de ese modo. La bestia
negra cabalga montada junto a ti. Puedo verla
incluso ahora.
Uno de los guerreros de Morgant había
dado la alarma al oír el estruendo. Un instante
después apareció Gwydion, seguido por el rey
Morgant. Detrás de ellos venían a toda prisa
Fflewddur, muy nervioso, y el enano.
—Tu estúpido porquerizo tuvo la loca idea
de intentar pasar a la fuerza por delante de mí
—le dijo Ellidyr a Gwydion—. Si no hubiera
logrado sacarles a él y a su caballo...
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—¿Es cierto eso? —preguntó Gwydion,
mientras examinaba el rostro de Taran y sus
ropas desgarradas.
Taran iba a contestarle, pero en vez de
ello apretó los labios y asintió con la cabeza.
En el rostro irritado de Ellidyr apareció una
fugaz expresión de sorpresa.
—No tenemos vidas que malgastar —dijo
Gwydion—, y sin embargo tú has puesto dos
en peligro. No puedo permitirme el lujo de
perder un hombre; de lo contrario, en este
mismo instante te mandaría de regreso a Caer
Dallben. Pero si ocurre otra vez algo parecido,
lo haré. Y lo mismo haré contigo, Ellidyr, o con
cualquiera del grupo.
El rey Morgant hizo avanzar su montura.
—Señor Gwydion, esto prueba lo que yo
había temido. Nuestro viaje es difícil incluso
sin el peso del caldero. Una vez que lo
tengamos, vuelvo a rogarte que no
emprendas camino a Caer Dallben. Sería más
sabio llevar el caldero al norte, a mi reino.
»Pienso también —prosiguió Morgant—que
debería enviarse un contingente de mis
guerreros para proteger nuestra retirada. A
cambio, ofrezco a estos tres —dijo, señalando
a Taran, Adaon y Ellidyr—un lugar entre
nuestros jinetes cuando ataque. Si he leído
bien en sus rostros, preferirán eso a ser
mantenidos en reserva.
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—¡Sí! —gritó Taran, apretando su espada
—. ¡Unámonos al ataque!
Gwydion meneó la cabeza.
—El plan se realizará tal como lo había
dispuesto. Montad, de prisa: ya hemos perdido
mucho tiempo.
En los ojos del rey Morgant ardió
brevemente una chispa.
—Se hará como mandéis, señor Gwydion.
—¿Qué sucedió? —le preguntó en un
murmullo Fflewddur a Taran—. No pensarás
decirme que la culpa no fue de Ellidyr, aunque
no sé cómo. Puedo darme cuenta de que lo
suyo es causar problemas, y no consigo
imaginarme en qué estaba pensando Gwydion
cuando lo trajo con nosotros.
—La culpa es igualmente mía —dijo Taran
—. No me porté mejor que él: tendría que
haber contenido mi lengua. Algo que con
Ellidyr —añadió—es bastante difícil.
—Sí —suspiró el bardo, contemplando su
arpa—. Yo tengo una dificultad bastante
parecida a la tuya.
Durante todo el día siguiente la columna
avanzó con extremada cautela, pues entre las
nubes se veía volar ya a los gwythaints, los
temibles pájaros mensajeros de Arawn. Cuando
faltaba poco para el anochecer, el sendero
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empezó a bajar hacia una angosta hondonada
cubierta de pinos y maleza; Gwydion se detuvo
al llegar a ella. Delante se alzaban los lúgubres
acantilados de la Puerta Oscura, dos montañas
gemelas que ardían con un resplandor carmesí
bajo el sol agonizante.
Hasta el momento el grupo no se había
encontrado con ningún Nacido del Caldero.
Taran lo atribuyó a la buena suerte, pero
Gwydion no dejaba de fruncir el ceño,
preocupado.
—Temo más a los Nacidos del Caldero
cuando no puedo verles —dijo Gwydion,
después de haber convocado a los guerreros
junto a él—. Estuve a punto de creer que
habían abandonado Annuvin, pero Doli os trae
noticias que preferiría no verme obligado a
revelaros.
—Me hizo volver invisible y tuve que ir a
explorar, eso es lo que me hizo —le contó Doli
en un furioso murmullo a Taran—. Cuando
entremos en Annuvin, tendré que hacer lo
mismo otra vez. ¡Buf! ¡Ya siento las orejas
como si tuvieran un enjambre de avispas
dentro!
—Prestadme atención todos —prosiguió
Gwydion—. Los Cazadores de Annuvin andan
por aquí.
—Me he enfrentado a los Nacidos del
Caldero —exclamó osadamente Taran—. Estos
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guerreros no pueden ser más terribles que
ellos.
—¿Eso crees? —le replicó Gwydion con una
seca sonrisa—. Yo les temo en gran manera.
Son tan implacables como los Nacidos del
Caldero, y su fortaleza es aún mayor que la
de éstos. Siempre van a pie, pese a lo cual
son veloces y están dotados de enorme
resistencia. La fatiga, el hambre y la sed
tienen escaso significado para ellos.
—Los Nacidos del Caldero no mueren —
dijo Taran—. Si esos otros son hombres
mortales, será posible acabar con ellos.
—Son mortales —contestó Gwydion—,
aunque me niego a llamarles hombres. Entre
los guerreros que han traicionado a sus
camaradas, ellos pertenecen a lo más bajo:
son asesinos que han cometido sus crímenes
sólo por el placer de cometerlos. Para
satisfacer su propia crueldad han escogido
voluntariamente el reino de Arawn y le han
jurado alianza con una promesa de sangre que
ni siquiera ellos pueden romper.
—Sí —añadió Gwydion—, se les puede
matar. Pero Arawn les ha convertido en una
hermandad de asesinos y les ha dado un
terrible poder. Van siempre en pequeñas
bandas, y en sus grupos la muerte de un
hombre no hace sino aumentar el poder de los
demás.
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»Evitadles —les advirtió Gwydion—. No les
presentéis batalla si es posible rehuirla, pues
cuantos más logréis abatir más fuerza ganará
el resto. A medida que su número disminuye,
su poder se fortalece. Ahora, buscad un sitio
resguardado y dormid —les ordenó—. Nuestro
ataque debe llevarse a cabo esta noche.
Taran estaba inquieto y apenas si logró
obligarse a cerrar los ojos. Cuando al fin los
cerró fue para caer en un sueño ligero y
nervioso del que despertó con un sobresalto,
que le hizo buscar a tientas su espada. Adaon,
que ya estaba despierto, le indicó mediante
una seña que guardara silencio. La luna
brillaba en lo alto con un frío resplandor. Los
guerreros del rey Morgant se movían como
sombras. Se oyó el débil tintineo de un arnés
y el susurro de una espada al ser
desenvainada.
Doli, que se había vuelto invisible, iba ya
hacia la Puerta Oscura. Taran encontró al
bardo asegurando la preciada arpa a su
espalda.
—Realmente, dudo mucho que vaya a
necesitarla —admitió Fflewddur—. Por otra
parte, nunca se sabe lo que puedes acabar
haciendo. ¡Un Fflam siempre está listo!
Coll, que estaba a su lado, se acababa de
poner un casco puntiagudo que le quedaba un
poco estrecho. Ver al viejo guerrero, de tan
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valeroso corazón, con ese casco que a duras
penas parecía capaz de proteger su calva
cabeza, hizo que a Taran le invadiera una
súbita melancolía. Abrazó fuertemente a Coll y
le deseó mucha suerte.
—Bueno, muchacho —dijo Coll, guiñándole
el ojo—, no temas. Volveremos antes de que
te hayas dado cuenta; luego partiremos hacia
Caer Dallben y la misión se habrá cumplido.
El rey Morgant, cubierto con una gruesa
capa negra, se detuvo junto a Taran.
—Me habría honrado contándote entre mis
hombres —dijo—. Gwydion me habló un poco
de ti y eso me hizo observarte. Soy un
guerrero y sé reconocer el buen temple.
Era la primera ocasión en que Morgant le
hablaba directamente; Taran quedó tan
sorprendido y lleno de placer que ni consiguió
tartamudear una respuesta antes de que el
jefe de guerreros se alejara en su montura.
Taran vio a Gwydion montado en Melyngar
y corrió hacia él.
—Déjame ir contigo —volvió a suplicarle—.
Si fui lo bastante hombre como para sentarme
junto a ti en el consejo y llegar hasta tan
lejos, también lo soy para cabalgar con tus
guerreros.
—¿Tanto amas el peligro? —le preguntó
Gwydion—. Antes de que llegues a ser un
hombre —añadió con voz amable—, deberás
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aprender a odiarlo. Sí, e incluso a temerlo,
como hago yo. —Tendió la mano y sus dedos
apretaron los de Taran—. Mantén la bravura
de tu corazón. Tu coraje será puesto a
prueba muy pronto.
Decepcionado, Taran se apartó de él. Los
jinetes se desvanecieron más allá de los
árboles y el bosquecillo pareció quedar vacío y
desolado. Melynlas, atado junto a los demás
corceles, lanzó un breve relincho
quejumbroso.
—Esta noche será muy larga —dijo Adaon,
con los ojos clavados en las sombras que
envolvían las negras estribaciones de la
Puerta Oscura—. La primera guardia la harás
tú, Taran; la segunda Ellidyr, hasta que se
oculte la luna.
—Así tendrás más tiempo para soñar —
dijo Ellidyr lanzando una carcajada burlona.
—Esta noche no tendrás ocasión de
buscar pelea con el pretexto de mis sueños
—le replicó Adaon sin enfadarse—, pues
compartiré vuestras dos guardias. Duerme,
Ellidyr —añadió—; si no piensas dormir, al
menos guarda silencio.
Ellidyr, irritado, se envolvió en su capa y
se acostó en el suelo junto a Islimach. La
yegua resopló levemente e inclinó la cabeza,
frotando con su hocico el rostro de su amo.
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La noche era muy fría. La escarcha
centelleaba ya sobre los resecos cañizos y
una nube pasó lentamente ante la luna.
Adaon desenvainó su espada y fue hasta
donde terminaban los árboles. La blanca luz
lunar se reflejaba en sus ojos, que brillaban
como dos estrellas. Permaneció allí,
silencioso, con la cabeza levantada como una
criatura salvaje del bosque.
—¿Crees que ya han entrado en Annuvin?
—susurró Taran. —Deberían llegar muy pronto
—respondió Adaon. —Ojalá Gwydion me
hubiera dejado acompañarle —dijo Taran con
cierta amargura—. Si me hubiera dejado ir
con Morgant, al menos...
—No desees tal cosa —se apresuró a
decir Adaon, con una expresión preocupada
en el rostro.
—¿Por qué no? —le preguntó Taran,
perplejo—. Me habría sentido muy orgulloso
de acompañar a Morgant. Después de
Gwydion, es el mayor guerrero de Prydain.
—Es un hombre valiente y fuerte —
accedió Adaon—, pero me preocupa. En el
sueño que tuve la noche antes de marcharnos
le vi rodeado por un círculo de guerreros que
cabalgaban lentamente. La espada de Morgant
estaba rota y lloraba sangre.
—Quizá eso no tenga ningún significado —
sugirió Taran, intentando con sus palabras
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tanto tranquilizarse como calmar a su
compañero—. ¿Acaso es siempre cierto que...
que tus sueños contengan la verdad?
Adaon sonrió.
—La verdad está en todas las cosas, si eres
capaz de entenderlas bien.
—Nunca me dijiste lo que habías soñado
sobre los demás —prosiguió Taran—. Sobre
Coll, sobre el buen Dolí... y, si a eso vamos,
sobre ti mismo.
Adaon no le contestó. Se quedó callado y
se volvió nuevamente hacia la Puerta Oscura.
Con la espada desenvainada, cada vez más
preocupado, Taran fue hacia los confines del
bosquecillo.
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4
A la sombra de la Puerta Oscura
La noche transcurrió con pesada lentitud
y ya casi había llegado el momento de que
montara guardia Ellidyr cuando Taran oyó un
ruido en la espesura. Alzó bruscamente la
cabeza y el sonido se esfumó. Ahora ya no
estaba demasiado seguro de haberlo oído
realmente. Contuvo el aliento y esperó, con
el cuerpo rígido y envarado.
Adaon, cuyo oído era tan agudo como su
vista, lo había percibido también y no tardó ni
un segundo en aparecer junto a él.
Taran creyó ver un destello luminoso. Una
rama crujió cerca de ellos. Lanzando un grito,
Taran blandió su espada y dio un salto en esa
dirección. Un rayo de luz dorada le deslumbró
y un chillido indignado resonó en sus oídos.
—¡Baja esa espada! —gritó Eilonwy—.
Cada vez que tropiezo contigo estás jugando
con ella o amenazando al primero que ves.
Taran retrocedió confundido; en ese
mismo instante, una figura oscura apareció
de repente junto a Ellidyr, que se incorporó de
golpe con la espada desenvainada y cortando
el aire con un silbido.
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—¡Ayuda! ¡Ayuda! —aulló Gurgi—. ¡El
irritado señor hará pedazos la pobre y tierna
cabeza de Gurgi con sus tajos y mandobles!
Trepó rápidamente a un pino hasta media
altura y, una vez a salvo en su refugio, agitó
el puño hacia el atónito Ellidyr.
Taran cogió del brazo a Eilonwy y la hizo
entrar en la protección del bosquecillo. Tenía
la cabellera en desorden y sus ropas estaban
rotas y manchadas de barro.
—¿Qué has hecho? —exclamó—. ¿Quieres
que nos maten a todos? ¡Apaga esa luz!
Le quitó de las manos la esfera
resplandeciente y empezó a darle vueltas,
intentando sin éxito extinguir su brillo.
—Oh, nunca aprenderás a usar mi juguete
—le dijo Eilonwy con impaciencia.
Recuperó la bola dorada, la posó en la
palma de su mano y la luz se esfumó.
Adaon, que había reconocido a la
muchacha, le puso la mano en el hombro,
lleno de ansiedad.
—Princesa, princesa... no debiste
seguirnos.
—Claro que no —dijo Taran enfadado—.
Debe volver de inmediato. No es más que una
loca, cabeza de chorlito y...
—Nadie la ha llamado y nadie la necesita
aquí —dijo Ellidyr, que se había acercado
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mientras tanto. Se volvió hacia Adaon—. Por
una vez, el porquerizo da muestras de buen
sentido: que esa pequeña tonta vuelva a sus
cacharros de cocina.
Taran se volvió en redondo.
—¡Contén tu lengua! He tolerado los
insultos que me has dirigido en bien de
nuestra misión, pero no pienso dejar que
ofendas a otra persona.
La espada de Ellidyr pareció saltar hacia
adelante y Taran alzó también la suya. Adaon
se interpuso entre ellos y extendió las
manos.
—Basta, basta —les ordenó—. ¿Tan
ansiosos os encontráis de hacer brotar la
sangre?
—¿Tengo que escuchar los reproches de
un porquerizo? —replicó Ellidyr—. ¿Debo
permitir que una criada me cueste la cabeza?
—¡Criada! —aulló Eilonwy—. Bueno, pues
puedo decirte que...
Gurgi, mientras tanto, había bajado
cautelosamente del árbol y, medio corriendo,
medio saltando, se había colocado detrás de
Taran.
—¡Y esto! —Ellidyr rió amargamente,
señalando a Gurgi—. ¡Esta... esta cosa! ¿Es
quizá la bestia negra que tanto te había
alarmado, soñador?
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—No, Ellidyr, no lo es —murmuró Adaon,
casi con tristeza.
—¡Éste es Gurgi, el guerrero! —exclamó
osadamente Gurgi, asomando tras el hombro
de Taran—. ¡Sí, sí! ¡El listo y valiente Gurgi,
que se reúne con su amo para protegerle de
dolorosas heridas y batacazos!
Cállate —le ordenó Taran—, ya nos has
causado bastantes problemas.
¿Cómo lograsteis alcanzarnos? —le
preguntó Adaon—. Yendo a pie...
—Bueno, no íbamos a pie... —dijo Eilonwy
—, al menos, no todo el camino. Los caballos
se nos escaparon hace muy poco rato.
—¿Qué? —chilló Taran—. ¿Cogisteis
caballos de Caer Dallben y luego los perdisteis?
—Sabes perfectamente bien que se trataba
de nuestros caballos —declaró Eilonwy—, los
que Gwydion nos regaló el año pasado. Y no
los perdimos. Fueron más bien ellos quienes
nos perdieron a nosotros. Nos detuvimos
solamente un segundo para que bebieran, y
esos tontos animales huyeron al galope.
Supongo que se asustaron. Creo que no les
gustó encontrarse tan cerca de Annuvin,
aunque puedo decirte con toda sinceridad que
a mí no me molesta ni pizca.
»De todos modos —acabó diciendo—, no
debes preocuparte por ellos. Cuando los vimos
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por última vez iban en línea recta hacia Caer
Dallben.
—Y eso mismo harás tú —dijo Taran.
¡No lo haré! —exclamó Eilonwy—. Lo
estuve pensando un buen rato después de que
os fuerais: lo pensé durante un rato tan largo
que os dio tiempo de cruzar el campo de un
lado a otro. Y me decidí: no importa lo que
digan los demás, lo justo es lo justo. Si tú
puedes ir en esta misión, yo también; es así
de sencillo.
¡Y fue el inteligente Gurgi quien encontró
el camino! —afirmó Gurgi con orgullo—. ¡Sí,
sí, entre bufidos y soplidos! Gurgi no permite
que la buena y amable princesa vaya sola, ¡oh,
no! Y el leal Gurgi nunca deja atrás a sus
amigos —añadió, con una mirada de reproche
dirigida a Taran.
—Ya que habéis llegado tan lejos —dijo
Adaon—, bien podéis esperar a Gwydion.
Aunque quizá su modo de tratar a dos
bergantes como vosotros no llegue a ser de
vuestro agrado. Al parecer —añadió,
contemplando con una sonrisa el harapiento
atuendo de la princesa—, vuestro viaje ha
sido más duro que el nuestro. Descansad un
poco y refrescaos con algo de bebida y
comida.
—¡Sí, sí! —gritó Gurgi—. ¡Morder y mascar
para el bravo y famélico Gurgi!
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—Muy considerado y amable por tu parte
—dijo Eilonwy, contemplándole con ojos
llenos de admiración—. Es mucho más de lo
que se puede esperar de ciertos Aprendices
de Porquerizo...
Adaon fue hacia donde guardaban las
provisiones mientras Ellidyr se dirigía al
puesto de guardia. Taran, agotado, se
derrumbó en un peñasco con la espada sobre
las rodillas.
—No es que estemos muriéndonos de
hambre —dijo Eilonwy—. Gurgi se acordó de
traer su alforja. Sí, también eso era un regalo
de Gwydion, así que estaba perfectamente en
su derecho a traérsela. Se trata ciertamente
de una alforja mágica —prosiguió—, ya que
nunca parece vaciarse. La comida es muy
nutritiva, estoy segura de ello, y resulta
maravilloso tenerla a mano cuando la
necesitas. Pero, a decir verdad, no sabe a
nada. Ése es a menudo el problema con las
cosas de la magia: nunca son del todo lo que
uno esperaba que fueran.
»Estás enfadado, ¿verdad? —prosiguió
Eilonwy—. Siempre noto cuándo estás
enfadado. Parece que te hubieras tragado
una avispa.
—Si te hubieras parado a pensar en el
peligro que corrías, en vez de lanzarte hacia
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adelante sin pensar en nada... —replicó
Taran.
—Bueno eres tú para decir eso, Taran de
Caer Dallben —le contestó Eilonwy—.
Además, creo que en realidad no estás tan
enfadado... No, después de ver cómo
contestaste a Ellidyr. Me pareció maravilloso
que estuvieras dispuesto a pelear con él por
mi causa. No es que fuera necesario, claro. Yo
podría haberme ocupado perfectamente de él.
Y no pretendía decir que no seas bueno y
considerado..., en realidad lo eres. Sólo que a
veces no piensas en ello y se te olvida. Para
ser un Aprendiz de Porquerizo, lo haces
sorprendentemente bien...
Antes de que Eilonwy pudiera terminar,
Ellidyr lanzó un grito de advertencia. Un
caballo y su jinete entraron al galope en el
bosquecillo. Era Fflewddur; detrás de él venía,
igualmente al galope, el poni peludo de Doli.
Casi sin aliento y con su amarilla
cabellera erizada como un puercoespín, el
bardo desmontó de un salto y corrió hacia
Adaon.
—¡Preparaos para marchar! —gritó —.
Coged las armas. Disponed los animales. Nos
vamos a Caer Cadarn... —Entonces vio a
Eilonwy—. ¡Por el gran Belin! ¿Qué estás
haciendo aquí?
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—Estoy cansada de que me lo pregunten
—dijo Eilonwy.
—¡El caldero! —exclamó Taran—. ¿Lo
habéis cogido? ¿Dónde están los otros?
¿Dónde está Doli?
—Aquí, ¿dónde iba a estar? —le replicó
secamente una voz.
Un instante después, Doli apareció a
lomos de lo que hasta el momento había
parecido un poni sin jinete. Desmontó sin
demasiada agilidad y se llevó las manos a la
cabeza.
—Ni siquiera había tenido tiempo para
hacerme visible otra vez —continuó—. ¡Oh,
mis oídos!
Mientras Ellidyr y Adaon se apresuraban a
soltar a los animales, Taran y el bardo se
dedicaron a recoger las armas.
—Quédatelos —ordenó Fflewddur,
colocando a Eilonwy un arco y una aljaba de
flechas entre las manos—. Y los demás,
armaos bien.
—¿Qué ha ocurrido? —le preguntó Taran
con temor—. ¿Acaso el plan ha fracasado?
—¿El plan? —le preguntó Fflewddur—. Fue
perfecto, no habría podido ir mejor. Morgant
y sus hombres cabalgaron con nosotros
hasta la Puerta Oscura... ¡Ah, ese Morgant!
¡Qué guerrero! se diría que no tiene nervios,
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parece un pedazo de hielo. Se habría podido
pensar que iba a un banquete. —El bardo
meneó su erizada cabeza—. ¡Y ahí
estábamos, en el mismísimo umbral de
Annuvin! Oh, ya oiréis canciones al respecto,
recordad mis palabras...
—Deja de parlotear —le ordenó Doli, que
se acercaba a toda prisa con los nerviosos
caballos—. Sí, el plan era estupendo —gritó
enfadado—. Habría sido tan fácil como untar
mantequilla en el pan. Sólo había un
problema. ¡Perdimos el tiempo y arriesgamos
nuestros cuellos para nada!
—¿Es que alguno de vosotros va a decir al
fin algo coherente? —estalló de pronto
Eilonwy—. ¡No me importan nada las
canciones ni la mantequilla! ¡Decidlo de una
vez! ¿Dónde está el caldero?
—No lo sé —dijo el bardo—. Nadie lo sabe.
—No lo habréis perdido, ¿verdad? —
preguntó Eilonwy atónita, llevándose la mano
a la boca—. ¡No! ¡Oh, vaya grupo de tontos!
¡Grandes héroes! Supe desde el principio que
habría debido acompañaros.
Doli puso una cara como si estuviese a
punto de reventar. Empezaron a temblarle
las orejas y se puso de puntillas con los
puños muy apretados.
—¿No lo entiendes? ¡El caldero ha
desaparecido! ¡No está ahí! ¡Se ha ido!
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—¡Eso es imposible! —exclamó Taran.
—No me digas que eso es imposible —le
replicó secamente Dolí—. Yo estuve ahí. Sé lo
que vi y sé lo que oí. Yo entré primero, tal y
como Gwydion ordenó. Encontré la Sala de
los Guerreros; no hubo ningún problema: de
hecho, no había centinelas. Aja, pienso yo,
esto va a ser coser y cantar. Entré..., bien
podría haberlo hecho de día y sin ser
invisible. Y ¿por qué? ¡Porque no había nada
que vigilar! ¡La plataforma estaba vacía!
—Arawn ha cambiado el caldero de sitio
—le interrumpió Taran—. Debe de tener un
nuevo escondite y el caldero estará ahí, en
ese otro lugar.
—¿Crees acaso que nací sin ni una pizca
de sesos o qué? —le replicó Doli—. Eso fue lo
primero que me vino a la cabeza. Por lo tanto,
me puse de nuevo en marcha: hubiera sido
capaz de buscar en las habitaciones del
mismísimo Arawn. Pero no había dado ni seis
pasos cuando me tropecé con un par de
guardias de Arawn. O, mejor dicho, fueron
esos dos hombretones estúpidos los que se
tropezaron conmigo —murmuró Doli,
frotándose un ojo que empezaba a ponerse
morado—. Les seguí durante unos instantes y
no tardé en oír lo suficiente.
«Debió de suceder hace pocos días. No
sé cómo ocurrió ni quién lo hizo..., y Arawn
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tampoco. ¡Ya os podéis imaginar su rabia!
Pero, sean quienes sean, se nos han
adelantado e hicieron bien su trabajo. ¡El
caldero ya no está en Annuvin!
—¡Pero eso es algo maravilloso! —dijo
Eilonwy—. Nuestra misión ha sido realizada, y
para ello nos ha bastado con hacer el viaje.
—A nuestra misión le falta mucho para
estar realizada —dijo Adaon con voz grave.
Había terminado de cargar los arreos en
uno de los caballos y se había acercado a
Taran. También Ellidyr había estado
escuchando atentamente.
—Hemos perdido la gloria de luchar por
el caldero —dijo Taran—, pero lo importante
es que ahora ya no está en manos de Arawn.
—No es tan sencillo —le advirtió Adaon—.
Esta derrota es una grave herida para el
orgullo de Arawn, y hará todo cuanto esté en
su poder para recobrar el caldero. Pero hay
más. El caldero es peligroso por sí mismo,
incluso fuera del alcance de Arawn. ¿Qué
sucederá si ha caído en poder de otra fuerza
maligna?
—Exactamente lo que dijo Gwydion —
añadió Fflewddur—. Para citar sus palabras, el
caldero debe ser encontrado y destruido sin
tardanza, sea como sea. Una vez en Caer
Cadarn, Gwydion pensará la forma de
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hallarlo. Parece que nuestra misión acaba de
empezar.
—Montad —les ordenó Adaon—. No
debemos cargar en exceso a las monturas
que llevan los arreos: la princesa Eilonwy y
Gurgi compartirán nuestros caballos.
—Islimach no llevará a otro que no sea yo
—dijo Ellidyr—. Se la ha enseñado así desde
que era una potrilla.
—No me sorprende nada, viniendo de esa
yegua tuya —dijo Taran—. Eilonwy montará
en mi caballo.
—Y yo llevaré conmigo a Gurgi en Lluagor
—dijo Adaon—. Venga, de prisa.
Taran fue corriendo hacia Melynlas y
montó de un salto; luego ayudó a Eilonwy a
subir a la grupa. Dolí y los demás se
apresuraron igualmente a montar, pero en
ese mismo instante un griterío salvaje resonó
a ambos lados del grupo y un repentino
silbido de flechas hendió el aire.
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5
Los cazadores de Annuvin
Los caballos relincharon aterrados.
Melynlas se encabritó al oír las flechas que
repiqueteaban entre los arbustos. Fflewddur,
espada en mano, hizo volver grupas a su
montura y se lanzó contra los atacantes.
La voz de Adaon se alzó, dominando el
estrépito.
—¡Son los Cazadores! ¡Intentad huir!
En el primer instante, Taran tuvo la
impresión de que las sombras habían cobrado
vida. Figuras borrosas se lanzaron contra él e
intentaron arrancarle de su montura. Taran
hizo girar su espada a ciegas y Melynlas lanzó
coces furiosas, queriendo liberarse de los
guerreros que lo aprisionaban.
El cielo había empezado a romperse en un
tapiz de hebras carmesíes. El sol, alzándose en
el horizonte sobre un telón de pinos negros y
árboles sin hojas, inundó el bosquecillo con un
resplandor fatídico.
Los atacantes serían aproximadamente
una docena. Llevaban ropas hechas con pieles
de animal y en sus cintos se veían largos
cuchillos: del cuello de uno de ellos colgaba un
cuerno de caza. Mientras los guerreros
parecían girar a su alrededor, Taran,
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horrorizado, contuvo el aliento. En la frente de
cada uno había una raya escarlata. Al verla,
Taran se sintió invadido por el terror, pues
sabía que el extraño símbolo era una marca
del poder de Arawn. Intentó luchar contra el
miedo que le helaba el corazón y le robaba la
fuerza.
Detrás de él oyó gritar a Eilonwy y, en ese
mismo instante, sintió que alguien le cogía del
cinto y le arrancaba de su montura. Cayó al
suelo, arrastrando con él a un Cazador que le
aferraba con tanta fuerza que a Taran le
resultaba imposible usar su espada. De pronto,
el Cazador se incorporó y golpeó con la rodilla
el pecho de Taran. Los ojos del guerrero
brillaban ferozmente y su boca se entreabrió
en una mueca horrible mientras alzaba su
cuchillo.
La voz del Cazador pareció helarse en
mitad de un grito de triunfo y de pronto su
cuerpo se desplomó hacia atrás. Ellidyr, al ver
el apuro en que se hallaba Taran, le había
golpeado con su espada con una fuerza
terrible; luego apartó a un lado el cuerpo sin
vida y levantó a Taran prácticamente en vilo.
Sus ojos se encontraron un instante. En el
rostro de Ellidyr, bajo su cabellera leonina
ahora manchada de sangre, había una
expresión mezcla de burla y orgullo. Pareció a
punto de hablar, pero se volvió rápidamente
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sin decir palabra y corrió directamente hacia
la confusión del combate.
En el bosquecillo reinó por un instante el
silencio; de pronto, un prolongado suspiro
pareció brotar de todos los guerreros que les
habían atacado, como si todos y cada uno de
ellos hubieran estado conteniendo el aliento.
Taran sintió que el corazón le desfallecía al
recordar el aviso de Gwydion. Con un rugido,
los Cazadores reanudaron su ataque con
ferocidad aún mayor, y se lanzaron contra los
compañeros en un repentino estallido de furia.
En pie junto a Melynlas, Eilonwy puso la
flecha en el arco. Taran fue corriendo hasta
ella.
—¡No los mates! —gritó —. ¡Defiéndete,
pero no los mates!
En ese mismo instante, una figura velluda
y cubierta de ramajes brotó de entre la
maleza. Gurgi había cogido una espada casi
tan grande como él. Con los ojos cerrados y
dando patadas en el suelo, empezó a gritar
mientras hacía girar su arma como si fuera
una hoz. Luego, furioso como una avispa
enloquecida, echó a correr entre los
Cazadores, saltando de un lado a otro con su
arma en perpetuo movimiento.
Mientras los guerreros intentaban
esquivarle, Taran vio que uno de ellos
manoteaba ciegamente y luego caía de
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bruces. Otro Cazador se dobló de repente
para caer al suelo, derribado por puños
invisibles. Se dejó rodar, intentando huir de
los golpes que caían sobre él; cuando había
logrado incorporarse, otro guerrero, gritando y
debatiéndose, cayó sobre él. Los Cazadores
blandieron sus espadas para ver cómo éstas
les eran arrebatadas y tiradas entre la maleza.
Enfrentados a este extraño ataque, los
guerreros retrocedieron, alarmados.
—¡Doli! —gritó Taran—. ¡Es Dolí!
Adaon aprovechó el momento y se lanzó
hacia adelante. Logró coger a Gurgi y le instaló
en la grupa de Lluagor.
—¡Seguidme! —gritó Adaon, que hizo
volver grupas a su montura y pasó como una
exhalación entre el confuso grupo de
guerreros.
Taran dio un salto y se encontró montado
en Melynlas. Con Eilonwy agarrándose a su
cinturón, se pegó todo lo posible a la crin
plateada del caballo. Melynlas galopó hacia
adelante mientras las flechas silbaban a su
alrededor, y de repente el caballo salió del
bosquecillo y sus cascos resonaron sobre el
suelo rocoso.
Con las orejas echadas hacia atrás,
Melynlas rebasó una hilera de árboles. Las
hojas secas volaban en torbellinos bajo los
cascos veloces mientras el corcel remontaba
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una colina reseca. Taran corrió el riesgo de
mirar durante un segundo hacia atrás. Unos
cuantos Cazadores se habían apartado del
grupo principal y, a grandes zancadas,
perseguían a los compañeros lanzados en
veloz huida. Se movían con gran rapidez, tal
como les había advertido Gwydion. Cubiertos
por sus jubones de tosca piel, más parecidos a
bestias que a hombres, se desplegaban en un
amplio arco para cubrir la colina. Mientras
corrían se gritaban entre ellos un extraño
aullido que parecía llegar hasta los oscuros
barrancos de la Puerta Oscura, en los que
despertaban ecos fantasmales.
Taran, con el cuerpo helado por el terror,
espoleó a Melynlas. Entre los troncos caídos y
las ramas marchitas surgían fantasmagóricas
masas de maleza. Delante de ellos corría
Lluagor, cruzando al galope una hondonada.
Adaon les había llevado hasta el lecho de
un río. Algunos charcos de agua oscura
brillaban débilmente, aunque en su mayor
parte el río estaba seco y sus orillas arcillosas
tenían la altura suficiente para ocultarles.
Adaon detuvo a Lluagor y miró rápidamente
hacia atrás para asegurarse de que todos le
habían seguido, y les indicó luego con un gesto
que siguieran avanzando. Los compañeros
reemprendieron la marcha, poniendo al trote
sus monturas. El lecho del río se abría paso
entre imponentes grupos de higueras
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entremezcladas con alisos de menor talla, pero
unos minutos después el cauce desapareció y
se encontraron con una rala arboleda como
único refugio.
Aunque Melynlas no había aflojado el
paso, Taran se dio cuenta de que el resto de
caballos empezaba a fatigarse. También él
ansiaba descansar. El poni peludo de Dolí se
abría paso con dificultad entre los árboles, y la
montura del bardo estaba tan cansada que
Fflewddur se había visto obligado a cambiar de
caballo. Ellidyr tenía el rostro pálido como un
muerto y sangraba abundantemente a causa
de una herida en la frente.
A Taran le parecía que se habían dirigido
siempre hacia el oeste; la Puerta Oscura se
hallaba a cierta distancia detrás de ellos, y
sus picos ya no eran visibles. Taran había
albergado la esperanza de que Adaon se
dirigiría hacia el sendero que habían tomado
antes, yendo con Gwydion, pero ahora se
daba cuenta de que se encontraban lejos de él
y de que a cada segundo se alejaban más.
Adaon les condujo hasta un espeso macizo
de árboles y les indicó que desmontaran.
—No podemos quedarnos mucho tiempo
—les advirtió—. Hay pocos escondites que los
cazadores de Arawn no sean capaces de
encontrar.
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—¡Entonces quedémonos aquí y
plantémosles cara! —exclamó el bardo—. ¡Un
Fflam jamás escurre el bulto!
—¡Sí, sí! ¡Gurgi se enfrentará también a
ellos! —afirmó Gurgi, que a duras penas si
parecía capaz de sostenerse.
—Presentaremos batalla sólo si nos vemos
obligados a ello —dijo Adaon—. Ahora son más
fuertes que antes y no se cansarán tan de
prisa como nosotros.
—Deberíamos hacerles frente ahora mismo
—gritó Ellidyr—. ¿Es éste el honor que
ganamos siguiendo a Gwydion? ¿Debemos
permitir que se nos persiga y cace como a
animales? ¿O acaso les tenéis demasiado
miedo?
—No les temo —replicó Taran—, pero
evitarles no supone ningún deshonor. Ésa es la
orden que daría Gwydion, si estuviera aquí.
Eilonwy, pese a estar cansada y
maltrecha, no había perdido el dominio de su
lengua.
—¡Oh, callaos los dos! —les ordenó—. Os
preocupáis demasiado del honor cuando
deberíais estar pensando en un modo de
volver a Caer Dallben.
Taran, que había permanecido apoyado en
un árbol, alzó la cabeza. A lo lejos resonó un
prolongado alarido, que fue respondido por
otro y luego por otro más.
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—¿Están abandonando la persecución? —
preguntó—. ¿Hemos logrado dejarles atrás?
Adaon sacudió la cabeza.
—Lo dudo. No nos habrían perseguido hasta
tan lejos para acabar dejándonos huir. —Montó
nuevamente en Lluagor, moviéndose con
rigidez a causa del cansancio—. Debemos
seguir cabalgando hasta encontrar un sitio
mejor en el que descansar. No tendríamos
muchas esperanzas si cayeran sobre nosotros
ahora.
Cuando Ellidyr se dirigía hacia Islimach,
tan cansada como los demás, Taran le cogió
del brazo.
—Luchaste bien, Hijo de Pen-Llarcau —le
dijo en voz baja—. Creo que te debo la vida.
Ellidyr se volvió a mirarle con la misma
expresión despectiva que Taran había notado
en el bosquecillo.
—La deuda es pequeña —replicó—. Tú la
valoras más que yo. Emprendieron
nuevamente la marcha y se adentraron en el
bosque con toda la rapidez que les era posible.
El día se había encapotado, volviéndose
húmedo y frío. El sol, envuelto en
deshilachadas nubes grises, apenas brillaba.
Su avance se vio entorpecido por la maleza y
las hojas mojadas parecían adherirse a los
animales, que se debatían para librarse de
ellas. Dolí, que había estado montando con el
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cuerpo encogido, se irguió de repente y
examinó atentamente los alrededores. Pareció
distinguir algo que le animó de un modo
extraño.
—Aquí hay gente del Pueblo Rubio —
afirmó, al acercársele Taran.
—¿Estás seguro? —le preguntó Taran—.
¿Cómo lo sabes?
Por mucho que mirara, no lograba ver
diferencia alguna entre esta parte del bosque y
la que habían dejado atrás.
—¿Que cómo lo sé? ¿Cómo lo sé? —le
replicó brusca mente Dolí —. ¿Cómo sabes tú
de qué modo has de comerte la cena?
Apretó con los talones los flancos de su
poni y pasó como un rayo por delante de
Adaon, el cual se detuvo, sorprendido. Dolí
desmontó de un salto y, tras examinar varios
árboles, corrió rápidamente hacia los restos de
un enorme roble cuyo tronco estaba hueco.
Metió la cabeza dentro de éste y empezó a
gritar tan fuerte como pudo.
Taran desmontó también y, con Eilonwy
pisándole los talones, corrió hacia el árbol,
temeroso de que el cansancio y las
emociones del día hubieran acabado
finalmente por enloquecer al enano.
—¡Ridículo! —murmuró Dolí, sacando la
cabeza del tronco—. ¡No puedo equivocarme
de ese modo!
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Se agachó hasta casi tocar el suelo,
clavando los ojos en él, y empezó a hacer
cálculos incomprensibles con los dedos.
—¡Eso debe ser! —gritó—. El rey Eiddileg
nunca habría dejado que las cosas fueran tan
mal.
Una vez dicho esto, pateó furiosamente
las raíces del árbol. Taran estuvo seguro de
que el enfadadísimo enano se habría metido
dentro del tronco si la apertura hubiera sido
lo bastante grande.
—¡Informaré de esto al mismísimo
Eiddileg! —exclamó Doli—. ¡Es algo inaudito!
¡Es imposible!
—No sé qué estás haciendo —dijo Eilonwy,
apartando al enano y acercándose al roble—,
pero si nos dices de qué se trata quizá
podamos ayudarte.
Al igual que había hecho el enano,
Eilonwy miró en el interior del tronco hueco.
—No sé quién está ahí abajo —gritó—,
pero nosotros estamos aquí arriba y Doli
quiere hablar con vosotros. ¡Al menos podríais
responder! ¿Me oís?
Eilonwy se apartó del roble y meneó la
cabeza.
—Sean quienes sean, no son demasiado
corteses. ¡Eso es peor que cuando alguien
cierra los ojos para que no le veas!
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Y entonces una voz, débil pero clara,
brotó del tronco.
—Iros—dijo.
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6
Gwystyl
Doli apartó presurosamente a Eilonwy de
un empujón y volvió a meter la cabeza en el
tronco. Se puso a gritar nuevamente, pero la
madera apagaba de tal modo el sonido que
Taran no logró entender nada de la
conversación, que consistió principalmente en
largas parrafadas pronunciadas por el enano, a
las que seguían breves respuestas.
Por último, Doli volvió a erguirse y les hizo
una seña para que le siguieran. Cruzó
rápidamente el bosque y, cuando hubo andado
un centenar de pasos, bajó de un salto a un
pequeño desnivel. Taran, que llevaba el poni
del enano y también a Melynlas, se apresuró a
reunirse con él. Adaon, Ellidyr y el bardo
hicieron volver grupas rápidamente a sus
monturas y fueron tras ellos.
El suelo estaba tan inclinado y cubierto de
maleza que los caballos a duras penas
lograban mantener el equilibrio, por lo que
debían caminar con gran cuidado entre los
arbustos y rocas. Islimach agitó sus crines y
relinchó con nerviosismo. La montura del
bardo estuvo a punto de caer e incluso
Melynlas piafó brevemente, protestando ante
lo difícil del camino.
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Cuando Taran logró llegar por fin a suelo
llano, Doli ya se había lanzado corriendo hacia
la espesura y aguardaba, impaciente y
mascullando maldiciones, ante un enorme
grupo de arbustos espinosos. Para asombro
de Taran, los arbustos empezaron a temblar
como si alguien los estuviera removiendo
desde el interior y luego, con abundante ruido
de ramas que se partían, una grieta se abrió
entre los espinos.
—¡Es un puesto avanzado del Pueblo
Rubio! —exclamó Eilonwy—. ¡Sabía que hay
muchos, repartidos por todos los sitios, pero
sólo el bueno de Doli es capaz de encontrar
uno!
Cuando Taran se reunió con el enano, la
grieta era ya lo bastante ancha como para
permitirle ver a una figura.
Doli metió la cabeza dentro para mirar.
—Así que eres tú, Gwystyl —dijo—. Tendría
que habérmelo imaginado.
—Así que eres tú, Doli —replicó con tristeza
una voz—. Ojalá me hubieras avisado.
—¡Avisado! —gritó el enano—. ¡Te daré
algo más que un aviso si no abres! Eiddileg se
enterará de esto. ¿De qué sirve un puesto
semejante si no puedes entrar en él cuando te
hace falta? Ya conoces las reglas: si cualquier
miembro del Pueblo Rubio está en peligro...
¡Bueno, pues ahora ésa es exactamente
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nuestra situación! ¡Y, para rematarlo todo,
podría haberme quedado ronco chillando! —Y
lanzó una furiosa patada a los arbustos.
La otra figura emitió un largo y melancólico
suspiro y la apertura se ensanchó todavía más.
Taran vio entonces a una criatura que, al
primer vistazo, parecía un amasijo de palos
con unas telarañas flotando en la parte
superior. Muy pronto se dio cuenta de que el
extraño portero se parecía bastante a los
otros miembros del Pueblo Rubio que había
visto anteriormente en el reino de Eiddileg;
aunque este individuo en concreto daba la
impresión de necesitar con urgencia unas
buenas reparaciones.
Al contrario que Doli, Gwystyl no era
precisamente un enano. Era alto y
extremadamente delgado. Su revuelta
cabellera tenía un aspecto reseco y su nariz se
desplomaba como agotada sobre su labio
superior, el cual a su vez se abatía hacia su
mentón, componiendo con ello una expresión
francamente lúgubre. Tenía la frente
constelada de arruguitas y sus ojos no
paraban de hacer guiños nerviosos: daba la
impresión de estar a punto de echarse a
llorar. Sus hombros encorvados sostenían
una túnica bastante sucia y medio rota, que
no dejaba de estrujar con inquietud. Resopló
varias veces, volvió a suspirar y, como a
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regañadientes, indicó a Doli con una seña
que entrara.
Gurgi y Fflewddur se habían reunido con
Taran; al verles, Gwystyl lanzó un gemido
ahogado.
—Oh, no —dijo—, humanos no. Otro día,
quizá. Lo siento, Doli, créeme, pero los
humanos no.
—Vienen conmigo —le respondió
secamente el enano—. Piden la protección del
Pueblo Rubio y yo me encargaré de que la
consigan.
El caballo de Fflewddur se agitó entre la
espesura y lanzó un potente relincho; al oírlo,
Gwystyl se golpeó la frente con la palma de la
mano.
—¡Caballos! —dijo, casi sollozando—. ¡De
eso, ni hablar! Haz entrar a tus humanos si es
imprescindible, pero de caballos nada. Hoy
caballos no, Dolí, sencillamente hoy no estoy
de humor para caballos. Por favor, Dolí —gimió
—, no me hagas esto. No me encuentro bien,
la verdad es que no me encuentro nada bien.
No puedo ni pensarlo... todos esos bufidos, el
resonar de cascos, todas esas enormes
cabezas huesudas... Además, no hay sitio. No
queda ni un solo hueco para ellos.
—¿De qué lugar se trata? —preguntó
Ellidyr con voz irritada—. ¿Adonde nos has
traído, enano? Mi yegua no se apartará de mi
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lado. Podéis entrar vosotros en esa ratonera, si
queréis. Yo me encargaré de proteger a
Islimach.
—No podemos dejar las monturas arriba
—le dijo Doli a Gwystyl, que ya había
empezado a retroceder e intentaba
escabullirse por el pasadizo —. Encuentra el
espacio necesario o agranda el refugio, me da
igual —le ordenó—. ¡Eso es todo!
Gimiendo y resoplando mientras movía la
cabeza de un lado a otro, Gwystyl, con cara de
no gustarle nada lo que hacía, acabó por abrir
la puerta de par en par.
—Muy bien —suspiró—, metedlos dentro.
Que entren todos. Y si conocéis a alguien más
por aquí, invitadle también, no importa... Yo
sólo sugería..., bueno, apelaba a tu generoso
corazón, Doli. Pero ahora ya no importa, da
igual.
Taran empezaba a pensar que Gwystyl
tenía buenas razones para preocuparse. La
entrada era apenas lo bastante alta para dejar
pasar a los animales; la montura de Adaon,
con su gran talla, tuvo dificultades para entrar.
Islimach piafó, aterrada, al sentir que los
espinos le arañaban los flancos.
Una vez rebasada la barrera, sin embargo,
Taran pudo ver que se hallaban en una especie
de galería, muy larga y con el techo bajo. Uno
de los costados era de tierra sólida, y el otro
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estaba formado por una espesa pantalla de
espinos y ramas a través de la que era
imposible ver nada, aunque tenía las grietas y
resquicios suficientes como para dejar entrar
el aire.
—Supongo que podéis meter los caballos
por ahí —suspiró Gwystyl, indicando
vagamente con la mano hacia la galería—. Lo
limpié todo hace poco, pero no esperaba verlo
convertido en un establo. Adelante, da igual.
Entre toses y suspiros, Gwystyl condujo a
los compañeros a través de un pasadizo que
olía a moho. Taran vio que en uno de los lados
se había excavado una recámara; estaba llena
de raíces, líquenes y hongos que imaginó que
serían la despensa del melancólico habitante
de aquel lugar. El agua goteaba del techo o
corría en riachuelos por la pared. Un olor a
humedad y a hojas muertas flotaba en la
atmósfera del pasadizo, que un poco más
adelante se convertía en una estancia de
forma redondeada.
En un hogar diminuto y recubierto de
cenizas ardía vacilante un pequeño fuego de
turba que emitía frecuentes bocanadas de un
humo acre e irritante. Junto al hogar se
encontraba un revuelto camastro de paja.
Había una mesa rota y dos escabeles; de la
pared, puestos a secar, colgaban gran
cantidad de manojos de hierbas. Aunque se
había hecho un intento de alisar algo los
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muros de la cueva, en bastantes lugares
asomaban por ellos sinuosas raíces que
parecían dedos. El lugar estaba tan caldeado
que resultaba casi asfixiante; a pesar de ello,
Gwystyl se estremeció y se envolvió más
apretadamente en su túnica.
—Muy acogedor —observó Fflewddur,
tosiendo violentamente.
Gurgi corrió hacia el fuego y, pese a la
humareda, se acostó junto a él. Adaon,
obligado a permanecer encorvado, no pareció
darse cuenta del desorden y fue hacia
Gwystyl, al que hizo una cortés reverencia.
—Os damos las gracias por vuestra
hospitalidad —dijo—. Hemos pasado momentos
bastante difíciles.
—¡Hospitalidad! —bufó Dolí—. ¡Poca
hemos visto de momento! Venga, Gwystyl,
trae algo para comer y beber.
—Oh, claro, claro —murmuró Gwystyl—, si
es que realmente queréis tomaros la molestia
y el tiempo. ¿Cuándo dijisteis que os iríais?
Eilonwy lanzó una exclamación de placer.
—¡Mirad, tiene un cuervo domesticado! —
Junto al fuego, en una rama de árbol que
había sido tallada hasta formar una tosca
percha, se encontraba agazapado un bulto
sombrío que era en realidad un cuervo de
gran tamaño. Taran y Eilonwy fueron
rápidamente a verlo de cerca. El cuervo tenía
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el aspecto de una pelota rechoncha, con las
plumas de la cola en bastante mal estado y el
resto del plumaje tan hirsuto y desordenado
como la cabellera de su amo, que tanto
recordaba a una telaraña. Pero sus ojos eran
tan agudos como brillantes, y en la mirada que
clavaron sobre el rostro de Taran se habría
dicho que se ocultaba cierta inteligencia.
Lanzando unos secos graznidos, el cuervo se
afiló el pico en la rama y ladeó la cabeza.
—Es un cuervo precioso —dijo Eilonwy—,
aunque jamás había visto ninguno con unas
plumas parecidas. Son bastante raras, pero
resultan de lo más bonito cuando te
acostumbras a ellas.
Dado que el cuervo no parecía oponerse a
ello, Taran le acarició suavemente las plumas
del cuello y luego pasó el dedo por su pico
afilado y reluciente. De pronto recordó con
tristeza a la cría de gwythaint con la que había
terminado por trabar amistad (algo que, le
parecía ahora, sucedió hacía mucho tiempo) y
se preguntó qué habría sido de ella. Mientras
tanto, el cuervo gozaba al verse objeto de
tantas atenciones, ya que obviamente no
estaba acostumbrado a recibirlas: con la
cabeza aún ladeada y guiñando los ojos con
expresión de felicidad, intentó pasar su pico
por el pelo de Taran.
—¿Cuál es su nombre? —preguntó Eilonwy.
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—¿Nombre? —le replicó Gwystyl—. Oh, su
nombre es Kaw. A causa de los ruidos que
hace, ¿entiendes? Se parecen bastante a eso
—añadió con expresión indecisa.
—¡Kaw! —exclamó Fflewddur, que lo había
estado observando con interés—. ¡Excelente!
¡Qué inteligencia! Jamás se me habría ocurrido
un nombre semejante. —Y sacudió la cabeza
con placer y aprobación.
Mientras Taran seguía alisando el plumaje
del cuervo, cada vez más complacido, Adaon
examinó la herida de Ellidyr. Sacó un puñado
de hierbas secas de una bolsa que llevaba al
cinto y las aplastó hasta convertirlas en polvo.
—Vaya —dijo Ellidyr—, ¿así que eres
curandero además de soñador? Bueno, si ese
arañazo no me molesta, ¿por qué debería
molestarte a ti?
—Si prefieres no considerarlo un gesto
amable —le contestó Adaon sin inmutarse,
mientras aplicaba el polvo sobre la herida—,
considéralo entonces una buena precaución.
Tenemos por delante un viaje duro y peligroso:
no deseo que caigas enfermo y que eso nos
retrase.
—No seré yo el que os retrase —replicó
Ellidyr—. Yo habría presentado batalla cuando
había oportunidad de hacerlo. Ahora aquí
estamos, metidos en la tierra como si
fuéramos zorros...
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Gwystyl había estado mirando la
operación ansiosamente por encima del
hombro de Adaon.
—¿Tienes algo que pueda ser útil para mi
estado? —le preguntó con voz temblona—. No,
supongo que no... Bueno, no importa. No
puede hacerse nada respecto a la humedad y
las corrientes de aire...; no, durarán ellas más
que yo, de eso podéis estar bien seguros —
añadió con voz abatida.
—Deja de refunfuñar sobre las corrientes
de aire —le ordenó bruscamente Doli—, y
piensa en algún modo para sacarnos de aquí
con seguridad. Si estás a cargo del puesto,
entonces se supone que debes estar preparado
para las emergencias. —Le volvió la espalda,
furioso—. No logro entender en qué estaba
pensando Eiddileg cuando te instaló aquí.
—Me lo he preguntado a menudo —dijo
Gwystyl, dándole la razón con un suspiro
melancólico—. El puesto se encuentra
demasiado cerca de Annuvin para que nadie
decente venga a llamar a la puerta...; no me
refiero a ninguno de vosotros —añadió
apresuradamente—. Pero el sitio es horrible.
Realmente, no hay nada interesante aquí. No,
Doli, me temo que nada puedo hacer por
vosotros, salvo deciros que reemprendáis el
camino tan rápido como os sea posible.
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—¿Y los Cazadores? —preguntó Taran—. Si
andan todavía siguiéndonos...
—¿Cazadores? —Gwystyl se volvió de un
feo color entre blanco y verdoso, y las manos
empezaron a temblarle violentamente—.
¿Cómo habéis conseguido tropezar con ellos?
Lamento oírlo. Si lo hubiera sabido antes,
habría sido posible... oh, es demasiado tarde
para ello. Ahora ya estarán por todas partes.
Podríais haber sido un poco más considerados
y...
—¡Tú crees que deseábamos tenerles
detrás nuestro! —gritó Eilonwy, incapaz de
contener más tiempo su impaciencia—. Eso es
como invitar a una abeja para que te clave el
aguijón.
Ante el enfado de la muchacha, Gwystyl
pareció encogerse dentro de su túnica y su
aspecto se hizo todavía más lamentable. Tragó
ruidosamente saliva, se frotó la frente con una
mano temblorosa y dejó que un lagrimón le
resbalara por la nariz.
—No pretendía decir eso, mi querida niña,
créeme. —Gwystyl resopló —. Sencillamente,
no veo qué se puede hacer... si es que se
puede hacer algo. Os habéis metido en un lío
espantoso y no consigo imaginar el cómo ni el
porqué.
—Gwydion nos condujo hasta aquí para
atacar a Arawn —empezó a decir Taran.
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Gwystyl levantó presuroso la mano.
—No me lo cuentes —le interrumpió,
frunciendo el ceño nerviosamente—. Sea lo
que sea, no quiero oírlo. Prefiero no saber
nada de todo eso y no quiero verme enredado
en ninguno de vuestros locos planes.
¿Gwydion? Me sorprende que ni siquiera él
diera muestras de mejor sentido... Pero era
algo previsible, supongo. De nada sirve
quejarse.
—Nuestra misión es muy urgente —dijo
Adaon, que había vendado ya la herida de
Ellidyr y se había acercado a Gwystyl—. No te
pedimos que hagas nada que pueda suponer
peligro para ti. No deseo narrarte las
circunstancias que nos han traído aquí, pero
si no las conoces no puedes darte cuenta de lo
desesperadamente que necesitamos tu ayuda.
—Vinimos para arrebatarle el caldero al
poder de Annuvin —dijo Taran.
—¿Caldero? —murmuró Gwystyl.
—¡Sí, el caldero! —gritó el enano, furioso—.
¡Gusano paliducho! ¡Luciérnaga apagada! ¡El
caldero de Arawn, el de los Nacidos del
Caldero!
—Oh, ese caldero... —contestó Gwystyl
con voz débil—. Perdóname, Dolí, estaba
pensando en otra cosa. ¿Cuándo dijiste que os
iríais?
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El enano pareció estar a punto de coger a
Gwystyl por el cuello y zarandearle, pero
Adaon se interpuso entre ellos y le explicó
rápidamente lo ocurrido en la Puerta Oscura.
—Es una pena —murmuró Gwystyl,
lanzando un suspiro entristecido—. Nunca
habríais debido meteros en ese asunto. Me
temo que ya es demasiado tarde para pensar
en ello: deberéis intentar sacar el mejor
partido posible de la situación. No os envidio,
creedme. Se trata de una de esas desgracias
que...
—Pero, ¿no lo entiendes? —dijo Taran—.
No tenemos nada que ver con el caldero. Ya no
está en Annuvin. Alguien lo había robado antes
que nosotros.
—Sí —dijo Gwystyl, mirando lúgubremente
a Taran—, sí, lo sé.
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Lloyd Alexander El caldero mágico
7
Kaw
Taran se quedó sin habla.
—¿Que lo sabes? —le preguntó luego,
sorprendido—. Entonces, ¿por qué no...?
Gwystyl tragó saliva y les miró a todos con
nerviosismo.
—Oh, lo sé, pero de un modo muy vago y
general, ¿entiendes? Quiero decir que en
realidad no sé nada, meramente los típicos
rumores infundados que son de esperar en un
lugar tan salvaje y desagradable como éste.
No tienen importancia, no hay que prestarles
la menor atención.
—Gwystyl —dijo Dolí secamente—, tú
sabes del asunto más de lo que nos has
contado. Venga, suéltalo todo.
La apesadumbrada criatura se echó las
manos a la cabeza y empezó a gimotear,
meciéndose hacia adelante y hacia atrás.
—Iros, dejadme solo —dijo entre llantos—,
no me encuentro bien; tengo muchísimas
cosas que hacer. Nunca lograré ponerme al
día...
—¡Debes contárnoslo! —exclamó Taran—.
Por favor —añadió, bajando la voz al ver que el
desgraciado Gwystyl había empezado a
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Lloyd Alexander El caldero mágico
temblar violentamente, mientras los ojos le
giraban en las órbitas como si estuviera a
punto de tener un ataque —. No debes
ocultarnos lo que sabes. Si guardas silencio,
habremos arriesgado nuestras vidas para
nada.
—Abandonad el asunto —dijo Gwystyl
medio ahogándose, dándose aire con el
faldón de la túnica—. No os molestéis en
buscar el caldero. Olvidadlo. Es lo mejor que
podéis hacer. Volved al sitio del que habéis
venido y no penséis siquiera en él.
—¿Cómo podríamos hacer eso? —grito
Taran—. Arawn no descansará hasta tener de
nuevo el caldero en su poder.
—Naturalmente que no lo hará —dijo
Gwystyl—. Ahora mismo no está descansando,
precisamente. Y por eso mismo debéis
abandonar vuestra búsqueda y marcharos sin
hacer ruido. Lo único que conseguiréis será
causar más problemas, y de eso ya hay
bastante ahora.
—Entonces, será mejor que volvamos a
Caer Cadarn y nos reunamos con Gwydion tan
de prisa como podamos —dijo Eilonwy.
—Sí, sí, desde luego —le interrumpió
Gwystyl, dando muestras de entusiasmo por
primera vez—. Este consejo os lo doy por
vuestro propio bien. Me alegraría muchísimo
que lo consideraseis adecuado y me hicierais
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caso. Ahora, por supuesto —añadió, casi con
alegría—, querréis seguir vuestro camino. Muy
inteligente por vuestra parte. Yo, por
desgracia, debo quedarme aquí: os envidio, de
veras. Pero... así son las cosas y poco
podemos hacer al respecto. Ha sido un placer
conoceros a todos. Adiós.
—¿Adiós? —gritó Eilonwy—. Si asomamos
la nariz a la superficie y los Cazadores nos
están esperando..., ¡sí, entonces sí que será
ciertamente el adiós! Dolí dice que tu deber es
ayudarnos, y de momento no has hecho nada
para ello. ¡Solamente suspirar y gemir! Si eso
es todo lo que el Pueblo Rubio puede hacer...
¡bueno, prefiero ser un árbol y tener los pies
plantados en el suelo!
Gwystyl inclinó nuevamente la cabeza y se
la agarró con las manos.
—Por favor, por favor, no grites. Hoy no me
siento con fuerzas para aguantar gritos... No,
después de los caballos. Uno de vosotros
puede ir a ver si los Cazadores siguen ahí.
Realmente, no es que eso sirva de nada,
porque quizá se hayan marchado solamente
para volver dentro de un minuto o dos...
—Me pregunto quién hará eso... —
murmuró el enano—. El buen Dolí, claro. Creí
que se había terminado eso de hacerme
invisible.
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Lloyd Alexander El caldero mágico
—Podría daros una cosilla... —prosiguió
Gwystyl—. No es que sirva de mucho, claro:
es una especie de polvo que he guardado para
un caso de necesidad. Lo reservaba para una
emergencia.
—¿Y cómo llamas tú a esto, idiota? —gruñó
Doli.
—Sí, bueno... me refería a..., esto..., a
emergencias personales —le explicó Gwystyl,
palideciendo—. Pero yo no importo. Podéis
cogerlo. Podéis cogerlo todo, adelante.
»Os lo ponéis en los pies o en lo que
uséis para caminar..., quiero decir en los
cascos y en todo eso —añadió Gwystyl—. No
funciona muy bien, así que en realidad no
tiene demasiado sentido tomarse la
molestia... Es que se va. Naturalmente,
cuando caminas sobre él es lógico, ¿no? De
todos modos, tapará vuestro rastro durante
un tiempo.
—Eso es lo que necesitamos —dijo Taran
—. En cuanto hayamos logrado que los
Cazadores pierdan nuestro rastro, creo que
podremos dejarles atrás.
—Traeré un poco —dijo Gwystyl, nervioso
—, no tardaré ni un segundo.
Cuando iba a salir de la estancia, Dolí le
cogió del brazo.
—Gwystyl —le dijo el enano con
severidad—, hay en tus ojos una expresión
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furtiva y huidiza. Puede que logres engañar a
mis amigos; no olvides, sin embargo, que
estás tratando también con un miembro del
Pueblo Rubio. Tengo la sensación —añadió
Doli, agarrándole el brazo con más fuerza—de
que estás excesivamente anhelante por
vernos marchar. Me estoy empezando a
preguntar qué podría averiguar si te apretara
un poquito más...
Al oír esto, Gwystyl puso los ojos en
blanco y se desmayó. El enano tuvo que
sostenerle en vilo mientras Taran y los demás
le daban aire.
Finalmente, Gwystyl abrió un ojo.
—Lo siento —jadeó—. Hoy no me
encuentro muy bien. Es una pena lo del
caldero, una de esas desgracias que...
El cuervo, que había estado observando
todo el ajetreo, clavó sus ojillos en su
propietario y batió las alas con tal vigor que
Gurgi se incorporó a medias, alarmado.
—¡Orddu! —graznó Kaw.
Fflewddur se volvió hacia él, sorprendido.
¡Vaya, quién lo iba a imaginar! No dijo
«kaw», ni nada parecido: al menos, no me ha
sonado a eso. Juraría que ha dicho algo como
«ordo».
¡Orwen! —graznó Kaw—. ¡Orgoch!
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—Vaya —dijo Fflewddur, contemplando
fascinado al pájaro—. Lo ha vuelto a hacer.
—Es raro, sí —dijo Taran —. ¡Parecía algo
así como ordorwenorgoch! Y fijaos en él,
corriendo de un lado a otro de su rama.
¿Creéis que le habremos asustado?
—Actúa como si quisiera decirnos algo —
afirmó Eilonwy.
Mientras tanto, el rostro de Gwystyl había
cobrado el color del queso rancio.
—Puede que tú no quieras contárnoslo —
dijo Dolí, agarrando de nuevo con rudeza al
aterrado Gwystyl —, pero él sí. Gwystyl, esta
vez pienso apretarte realmente mucho...
—No, no, Doli, por favor, no lo hagas —
gimió Gwystyl—. No le prestes atención, hace
cosas muy raras. He intentado enseñarle y
mejorar sus costumbres, pero no sirve de
nada.
A continuación, Gwystyl se lanzó a un
prolongado torrente de súplicas y gemidos.
No obstante, el enano no le hizo el menor
caso y empezó a poner en práctica su
amenaza.
—No —gorgoteó Gwystyl—, no aprietes,
no. Hoy no. Escúchame, Doli —añadió,
bizqueando frenéticamente —, si te lo digo,
¿prometes soltarme?
Doli asintió, aflojando un poco su presa.
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—Kaw sólo pretendía deciros —prosiguió
Gwystyl a toda prisa—que el caldero se
encuentra en manos de Orddu, Orwen y
Orgoch. Eso es todo. Es una pena, pero
ciertamente no hay nada que hacer al
respecto. No valía la pena ni hablar de ello.
—¿Quiénes son Orddu, Orwen y Orgoch?
—le preguntó Taran.
También él empezaba a sentirse
dominado por la impaciencia y el
nerviosismo, y le costaba bastante resistir la
tentación de ayudar a Doli en su tarea de
apretar a Gwystyl.
—¿Quiénes son? —murmuró Gwystyl—.
Harías mejor preguntando qué son...
—Muy bien —exclamó Taran—, ¿qué son?
—No lo sé —replicó Gwystyl —, es difícil
decirlo. No importa; tienen el caldero y bien
podéis dejar que descanse donde está. —Se
estremeció violentamente—. No os metáis con
ellos; no sirve absolutamente de nada.
—Sean quienes sean o lo que sean —gritó
Taran, volviéndose hacia los demás—, yo digo
que debemos encontrarles y coger el caldero.
Partimos para ello y no debemos retroceder
ahora. ¿Dónde viven? —le preguntó a
Gwystyl.
—¿Vivir? —replicó Gwystyl frunciendo el
ceño—. No viven..., no exactamente. Todo es
muy confuso y vago, realmente no lo sé.
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Kaw batió nuevamente las alas.
—¡Morva! —graznó.
—Quiero decir —gimió Gwystyl al ver que
el irritado Doli alargaba nuevamente las
manos hacia él—que se encuentran en los
pantanos de Morva. En cuanto a exactamente
dónde, no tengo idea... ni la menor idea. Ése
es el problema. Nunca les encontraréis. Y si lo
hacéis, lo cual no va a suceder, entonces
desearéis no haberles encontrado nunca.
Gwystyl empezó a retorcer sus manos
huesudas, y en sus rasgos temblorosos
apareció una expresión del más intenso
pavor.
—He oído hablar de los pantanos de
Morva —dijo Adaon—. Se encuentran hacia el
oeste, pero no sé a qué distancia.
—¡Yo sí! —le interrumpió Fflewddur—.
Diría que están por lo menos a un día largo
de viaje. Estuve allí una vez durante mis
andanzas y los recuerdo muy bien. Una tierra
francamente desagradable y más bien
aterradora. No es que eso me molestara,
claro. Sin ningún temor los atravesé y...
Una cuerda del arpa se quebró de pronto
con un estruendoso chasquido.
—Los rodeé —se apresuró a corregirse el
bardo—. Eran unas ciénagas feísimas,
lúgubres y pestilentes. Pero —añadió—si allí
se encuentra el caldero, entonces digo lo
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mismo que Taran: ¡Vayamos! ¡Un Fflam jamás
vacila!
—Un Fflam jamás vacila cuando se trata
de abrir la boca —dijo Doli —. Por una vez,
Gwystyl está diciendo la verdad, estoy seguro
de ello. He oído ciertos relatos en el reino de
Eiddileg sobre esos..., bueno, sobre esos
como se llamen. Y no eran nada agradables.
Nadie sabe gran cosa sobre ellos. Y el que
sabe algo no lo dice.
—Deberíais hacerle más caso a Doli —le
interrumpió Eilonwy, volviéndose impaciente
hacia Taran—. No entiendo cómo podéis estar
pensando en quitarle el caldero a quien lo
tenga en su poder... sin saber siquiera qué es
ese quién.
«Además —prosiguió Eilonwy—, Gwydion
nos ordenó reunimos con él en Caer Cadarn, y
si todas las tonterías que he estado oyendo
no me han agujereado la memoria, no dijo ni
una sola palabra acerca de ir en la dirección
opuesta.
—No lo comprendes —le replicó Taran—.
Cuando nos dijo que debíamos reunimos con
él pensaba planear un nuevo modo de
conseguir el caldero. No sabía que nosotros
íbamos a encontrarlo.
—En primer lugar —dijo Eilonwy—, no
hemos encontrado el caldero.
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—¡Pero sabemos dónde está! —exclamó
Fflewddur—. ¡Y eso es lo mismo!
—Y en segundo lugar —prosiguió Eilonwy
sin hacer caso del bardo—, si ahora sabemos
algo sobre él, lo más inteligente es buscar a
Gwydion y decírselo.
—Eso tiene sentido —afirmó Doli—. Ya
tendremos bastantes problemas para llegar a
Caer Cadarn, sin que encima nos enredemos
persiguiendo una quimera y chapoteando
entre ciénagas. Debéis escucharle. Aparte de
mí mismo, es la única persona aquí presente
con cierta idea sobre lo que debemos hacer.
Taran vaciló.
—Es posible —dijo unos instantes
después—. Quizá fuera más sabio volver con
Gwydion. El rey Morgant y sus guerreros
serían un buen refuerzo.
Pronunciar tales palabras le costó
bastante; en lo más hondo de su mente
sentía el anhelo de encontrar el caldero y
llevárselo en triunfo a Gwydion. Sin embargo,
no podía negar que Eilonwy y Doli habían
propuesto el plan más seguro.
—Por lo tanto, me parece que... —empezó
a decir.
Sin embargo, antes de que hubiera tenido
tiempo para declararse de acuerdo con Doli,
Ellidyr avanzó hacia el fuego, abriéndose paso
entre ellos con brusquedad.
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—Porquerizo —dijo Ellidyr—, has elegido
bien. Vuelve con tus amigos y separémonos
ahora mismo.
—¿Separarnos? —le preguntó Taran,
perplejo.
—¿Piensas acaso que voy a volver ahora,
con la recompensa casi en las manos? —dijo
fríamente Ellidyr—. Sigue tu camino,
porquerizo, que yo seguiré el mío..., hacia los
mismísimos pantanos de Morva. Esperadme
en Caer Cadarn —añadió Ellidyr con una
sonrisa despectiva—. Calienta tu valor junto al
fuego. Yo llevaré hasta allí el caldero.
Una llamarada de furia brilló en los ojos de
Taran al oír las palabras de Ellidyr. La sola idea
de que fuera él quien encontrara el caldero le
resultaba intolerable.
—¡Hijo de Pen-Llarcau, calentaré mi valor
en el fuego que yo elija! —exclamó—. Los
demás podéis volver, si tal es vuestro deseo.
Fui un estúpido al prestar oídos a las ideas de
una muchacha.
Eilonwy lanzó un chillido furioso y Doli
levantó la mano para protestar, pero Taran le
hizo callar con un gesto. Ahora, desvanecido
el primer impulso de su ira, se encontraba
más calmado.
—Esto no es una competición de coraje —
dijo—. Sería doblemente estúpido por mi
parte y por la vuestra permitir que esa pulla
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ociosa nos cegara. Al menos, eso es algo que
he aprendido de Gwydion. Pero hay otra
cosa: en estos mismos instantes, Arawn está
buscando el caldero. No podemos correr
ningún riesgo perdiendo el tiempo necesario
para buscar ayuda. Si encuentra el caldero
antes de que lo hagamos nosotros...
—¿Y si no lo encuentra? —le interrumpió
Dolí—. ¿Sabes acaso si él conoce su paradero?
Y si no lo conoce, ¿cuánto tardará en
descubrirlo? ¡Apuesto a que le costará lo
suyo, por muchos Nacidos del Caldero,
Cazadores, gwythaints y demás cosas que
tenga! Cualquier cabeza dura puede ver que
hay riesgos en cada una de las alternativas.
Pero si me pides una opinión, es más
arriesgado meterse de cabeza en los
pantanos de Morva.
—Y tú, Taran de Caer Dallben —dijo
Eilonwy—, lo único que haces es buscar
excusas para poner en práctica alguna idea
fruto de tu cabeza de chorlito. Has estado
hablando y hablando y te has olvidado de una
cosa. No eres tú quien debe decidir; y tú
tampoco, Ellidyr. Si no estoy confundida, los
dos estáis a las órdenes de Adaon.
Taran se ruborizó ante las palabras de
Eilonwy.
—Perdóname, Adaon —dijo, inclinando la
cabeza—. No pretendía desobedecer tus
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órdenes. La elección es tuya.
Adaon, que había estado escuchando en
silencio junto al fuego, sacudió la cabeza.
—No —dijo en voz baja—, esta elección
no puede ser mía. No tengo nada en favor o
en contra de tu plan; la decisión es
demasiado grande como para que me
arriesgue a tomarla yo.
—Pero ¿por qué? —exclamó Taran—. No lo
entiendo —dijo, hablando con voz
preocupada—. De todos nosotros, tú eres
quien mejor sabe lo que debemos hacer.
Adaon volvió sus ojos grises hacia el
fuego.
—Quizá lo entiendas algún día. Por ahora,
escoge tu camino, Taran de Caer Dallben —le
dijo—. Te lleve adonde te lleve, yo te prometo
mi ayuda.
Taran retrocedió y permaneció callado
unos instantes, sintiéndose lleno de inquietud
y de temores. No se trataba simplemente de
miedo: notaba el mudo dolor de las hojas
secas que giran desoladas en el vendaval.
Adaon siguió con los ojos clavados en la danza
de las llamas.
—Iré a los pantanos de Morva —dijo Taran,
y Adaon asintió.
—Así sea.
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Lloyd Alexander El caldero mágico
Todos se quedaron callados. Ni siquiera
Ellidyr le replicó: se mordió los labios y sus
dedos juguetearon con el pomo de su espada.
—Bien —dijo Dolí finalmente—, supongo
que también podría ir yo. Haré lo que pueda.
Pero te advierto de que cometes un error.
—¿Un error? —exclamó jubiloso el bardo
—. ¡En absoluto! ¡Y no pienso dejar que nada
me impida acompañarte!
—Y, ciertamente, yo tampoco —afirmó
Eilonwy—. Alguien debe asegurarse de que
haya por lo menos un poco de sentido común
en el grupo. Pantanos..., ¡uf! Si insistes en
cometer locuras, al menos podrías hacerlo en
un sitio más seco.
¡Y Gurgi ayudará! —gritó Gurgi,
incorporándose de un salto —. ¡Sí, sí, con
atisbos y husmeos!
Gwystyl —dijo Doli con expresión
resignada—, bien podrías ir y traernos un
poco de ese polvo que mencionaste.
Mientras Gwystyl hurgaba ansiosamente
por la estancia, el enano inhaló una profunda
bocanada de aire y desapareció. Regresó al
cabo de un rato, totalmente visible y con
aspecto furioso, las orejas temblorosas y algo
azuladas.
—Hay cinco Cazadores acampados más
arriba —dijo—. Se han instalado para pasar..,
oh, mis oídos.., para pasar la noche. Si ese
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Lloyd Alexander El caldero mágico
polvo sirve de algo, podríamos estar bien
lejos antes de que se enteraran.
Los compañeros recubrieron sus pies y
después los cascos de sus monturas con una
sustancia negra que Gwystyl les entregó,
procedente de un saco mohoso. Mientras
Taran desataba las riendas de Melynlas y
guiaba al caballo hacia la pantalla de espinos,
Gwystyl parecía casi alegre.
—Adiós, adiós —murmuró Gwystyl—. Odio
ver cómo perdéis el tiempo, para no hablar
de la vida. Pero supongo que así son siempre
las cosas. Hoy estás aquí, mañana allá y
¿quién puede hacer nada al respecto? Adiós.
Espero que volvamos a encontrarnos, pero no
demasiado pronto. Adiós.
Con esas últimas palabras cerró la
entrada. Taran aferró con más fuerza las
riendas de Melynlas, y los compañeros se
adentraron silenciosamente en el bosque.
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La piedra en la herradura
Cuando salieron del refugio ya había
anochecido; el cielo había vuelto a despejarse,
pero hacía aún más frío. Adaon y Fflewddur
mantuvieron una rápida deliberación respecto
al camino que debían seguir, y acabaron
decidiendo que el grupo cabalgaría en
dirección oeste hasta el amanecer y buscaría
entonces un sitio en el que dormir; después se
desviarían hacia el sur. Al igual que antes.
Eilonwy compartió a Melynlas con Taran y
Gurgi se agarró a los crines de Lluagor.
Fflewddur se había ofrecido a encabezar la
marcha, afirmando que jamás se había
extraviado y que era capaz de encontrar los
pantanos con los ojos cerrados. Después de
que se le rompieran dos cuerdas del arpa,
reconsideró su postura y cedió el sitio a Adaon.
Dolí, refunfuñando aún amargamente sobre
sus oídos llenos de zumbidos, cabalgaba el
último para proteger la retaguardia, aunque se
negó de plano a volverse invisible, fueran
cuales fuesen las circunstancias.
Ellidyr no había pronunciado ni una palabra
desde que abandonaron al melancólico
Gwystyl, y Taran había podido ver la fría rabia
que ardía en sus ojos después de que los
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compañeros se decidieran a ir hacia los
pantanos de Morva.
—Creo que realmente habría intentado
traer el caldero por sí solo —le dijo Taran a
Eilonwy—. Y ya sabes las oportunidades que
habría tenido de conseguirlo, sin nadie más...
Ése es el tipo de locura infantil que yo habría
cometido cuando era Aprendiz de Porquerizo.
—Sigues siendo un Aprendiz de Porquerizo
—le replicó Eilonwy—. Vas a esos ridículos
pantanos a causa de Ellidyr, y todo lo que
puedas decir al respecto es simplemente una
tontería. Reconocerás que habría sido más
inteligente volver en busca de Gwydion... Pero
no, tenías que decidirte por el otro rumbo y
arrastrar contigo al resto de nosotros.
Taran no le contestó. Las palabras de
Eilonwy le dolían..., y le dolían aún más porque
ya había empezado a lamentar su propia
decisión. Ahora que los compañeros se habían
puesto en marcha, sentía que las dudas le
atormentaban y su corazón estaba abrumado.
Taran no lograba olvidar el extraño matiz de
las últimas palabras de Adaon, y buscaba una
y otra vez un modo de entender por qué había
renunciado a tomar una decisión que en
justicia le correspondía. Hizo que Melynlas se
acercara un poco más a la montura de Adaon y
le miró.
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—Me siento inquieto —dijo en voz baja—,
y me pregunto ahora si no deberíamos volver.
Temo que me hayas estado ocultando algo
que, de haberlo sabido, quizá me habría hecho
adoptar otra decisión.
Si Adaon compartía las dudas de Taran, no
dio la menor señal de ello. Montaba con el
cuerpo muy erguido, como si hubiera
recobrado sus fuerzas y todo el cansancio del
viaje fuera incapaz de afectarle. En su rostro
había una expresión que Taran no había visto
nunca antes y que era incapaz de entender. En
ella había orgullo y al mismo tiempo algo más,
un brillo que se parecía casi al de la alegría.
Después de un largo silencio, Adaon le
dijo:
—A cada uno de nosotros se nos impone
el destino de actuar tal como debemos,
aunque a veces no nos sea dado
comprenderlo.
—Creo que eres capaz de ver muchas
cosas —le replicó Taran quedamente —,
muchas cosas que no le cuentas a nadie. Hace
mucho tiempo que pienso —prosiguió, con
gran vacilación— ahora más que nunca, en el
sueño que tuviste la última noche en Caer
Dallben. Viste a Ellidyr y al rey Morgant; en
cuanto a mí, tu predicción fue de pena y dolor.
Pero ¿qué soñaste respecto a ti?
Adaon sonrió.
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Lloyd Alexander El caldero mágico
—¿Eso es lo que te inquieta? Muy bien, te
lo contaré. Me vi en un claro del bosque y, que
pese a que alrededor mío reinaba el invierno,
en el claro brillaba el sol y hacía calor. Los
pájaros cantaban y las flores brotaban de
entre las piedras desnudas.
—Tu sueño era muy hermoso —dijo
Eilonwy—, pero no logro entender su
significado.
Taran asintió.
—Sí, es hermoso. Temía que hubiera sido
un sueño triste y que por esa razón hubieras
decidido no hablar de él.
Adaon no dijo más y Taran volvió a
sumirse en sus propios pensamientos, con el
alma todavía inquieta. Melynlas avanzaba con
paso seguro pese a la oscuridad. El corcel era
capaz de evitar las piedras sueltas y las ramas
caídas que sembraban el sinuoso sendero
incluso cuando Taran no sujetaba sus riendas.
Con los ojos pesados a causa de la fatiga,
Taran se inclinó hacia adelante y acarició
suavemente el poderoso cuello de su corcel.
—Sigue el camino, amigo mío —murmuró
Taran—. Seguramente lo conoces mejor que
yo.
Cuando empezaba a romper el día, Adaon
levantó la mano para indicarles que se
detuvieran. Taran tenía la impresión de que
durante toda la noche habían estado
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cabalgando por una larga serie de cuestas
cada vez más bajas. Se encontraban aún en el
bosque de Idris, pero el terreno se había
vuelto bastante más llano. Muchos árboles
estaban todavía cubiertos de hojas; la maleza
era más abundante y el paisaje menos árido
que en las colinas alrededor de la Puerta
Oscura. Doli, cuyo poni exhalaba hilillos de
niebla blanca al respirar, se adelantó al galope
y, luego de haber subido a una elevación, les
informó de que no se distinguía rastro alguno
de los Cazadores detrás suyo.
—No tengo ni la menor idea de cuánto
puede durar el efecto del polvo que nos dio
ese gusano amarillento —dijo el enano—. Y, de
todos modos, no creo que pueda servirnos de
mucho. Si Arawn está buscando el caldero,
estoy seguro de que lo examinará todo
atentamente. Los Cazadores deben saber que
hemos venido aproximadamente en esta
dirección y, si nos siguen en número suficiente,
tarde o temprano acabarán por encontrarnos.
Ese Gwystyl..., ¡para la ayuda que nos ha dado!
¡Buf! Y su cuervo, vaya otro. ¡Buf! Ojalá no
hubiéramos encontrado a ninguno de los dos.
Ellidyr había desmontado y estaba
examinando con cara preocupada la pata
delantera izquierda de Islirnach. Taran
desmontó igualmente y se le aproximó. La
yegua lanzó un relincho, moviendo
salvajemente los ojos al verle venir.
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—Se ha hecho daño —dijo Taran—. Si no
podemos curarla, me temo que será incapaz
de sostener el paso.
—No me hace falta ningún porquerizo para
decirme eso —le respondió Ellidyr.
Se agachó para inspeccionar el casco de
la yegua, con una delicadeza en sus gestos
que sorprendió a Taran.
—Si le aligeras el peso —le sugirió Taran
—, puede que eso la alivie. Fflewddur puede
llevarte en su montura.
Ellidyr se incorporó, con sus negros ojos
llenos de amargura.
—No me des consejos en lo tocante a mi
yegua. Islimach puede seguir, y eso hará.
Sin embargo, al volverse, Taran vio que su
rostro estaba fruncido en una mueca de
preocupación.
—Deja que la vea —le dijo Taran—. Quizá
pueda encontrar la causa del problema.
Se arrodilló en el suelo y tendió la mano
hacia la pata de Islimach.
—¡No la toques! —gritó Ellidyr—. No
consentirá que la toque un extraño.
Islimach se encabritó y enseñó los
dientes. Ellidyr se rió burlonamente.
—Eso te enseñará, porquerizo —le dijo—.
Como podrás ver, sus cascos son tan afilados
como cuchillos.
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Taran se puso en pie y agarró las riendas
de Islimach. Por un instante, mientras la
yegua se debatía, temió que acabara
pisoteándole. Los ojos de Islimach estaban
desorbitados por el terror; relinchó
agudamente e intentó darle con las patas.
Uno de sus cascos le golpeó en el hombro de
refilón, pero Taran no soltó su presa. Alzó la
mano y la puso en su huesuda y larga cabeza.
La yegua empezó a temblar, y Taran le habló
en voz baja, intentando calmarla. Islimach
agitó las crines y sus tensos músculos fueron
aflojándose; al soltarle un poco las riendas, la
yegua no intentó huir.
Sin dejar de hablar para calmarla, Taran le
cogió la pata y se la levantó. Tal como había
sospechado, una piedra diminuta pero afilada
se había encajado en la parte trasera de la
herradura. Taran sacó su cuchillo. Islimach se
estremeció, pero Taran actuó con tanta
rapidez como destreza. La piedra quedó suelta
y cayó al suelo.
—Eso también le ocurrió a Melynlas —
explicó Taran, acariciando el flanco de la
yegua—. En el casco hay una zona muy
honda que es fácil pasar por alto si no la
conoces. Coll me enseñó cómo encontrarla.
Ellidyr se había puesto lívido.
—Has intentado robar mi honor,
porquerizo —le dijo, apretando los dientes—.
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¿Vas a intentar ahora robarme mi yegua?
Aunque Taran no había esperado
agradecimiento, el impacto de las enfurecidas
palabras de Ellidyr le pilló desprevenido. La
mano de Ellidyr reposaba sobre su espada.
Taran sintió nacer en su interior una oleada
de ira, y un cálido torrente de sangre le tino
las mejillas; no obstante, se volvió sin decir
nada.
—Tu honor es propiedad tuya —le replicó
fríamente—, al igual que tu yegua. ¿Qué
piedra llevas tú en el zapato, Príncipe de Pen-
Llarcau?
Fue hacia sus compañeros, que se habían
instalado entre los arbustos. Gurgi había
abierto ya la alforja y repartía orgullosamente
su contenido.
—¡Sí, sí! —gritó Gurgi alegremente—,
¡Morder y mascar para todos! ¡Y gracias al
generoso y buen corazón de Gurgi! ¡Él no
dejará que las barrigas de los bravos
guerreros sufran al estar sólo llenas de
aullidos y gruñidos!
Ellidyr permaneció apartado, acariciando
el cuello de Islimach y hablándole en susurros
al oído. Al ver que no hacía el menor gesto
de unirse a sus compañeros para comer,
Taran le llamó, pero el Príncipe de Pen-
Llarcau se limitó a mirarle con amargura y se
quedó junto a Islimach.
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—Esa jaca de malas pulgas es lo único que
le importa —murmuró el bardo—, y por lo que
yo puedo ver ella es la única que se preocupa
de él. Son tal para cual, si quieres saber mi
opinión al respecto.
Adaon, que permanecía un poco alejado
de los demás, llamó a Taran para que se
aproximara.
—Te pido paciencia —le dijo—. La bestia
negra clava cruelmente sus espuelas en
Ellidyr.
—Creo que se encontrará mejor cuando
hallemos el caldero —dijo Taran—. Habrá
gloria suficiente para que todos la
compartamos.
Adaon le sonrió gravemente.
—¿Acaso no hay gloria suficiente en vivir
los días que se nos han concedido? Deberías
saber que sencillamente estando entre
aquellos a los que amas y rodeado por las
cosas queridas ya vives la aventura..., sí, y
también la belleza.
»Pero debo hablarte de otra cuestión —
prosiguió Adaon. Su apuesto rostro,
normalmente tranquilo, parecía ahora
nublado por la preocupación—. Tengo pocas
posesiones, pues les doy escasa importancia,
pero hay algunas a las que considero tesoros.
Son éstas: Lluagor, mis hierbas para curar... y
esto —dijo, tocando el broche que llevaba al
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cuello—, un preciado regalo de Arianllyn, mi
prometida. Si algo malo me sucediera, son
tuyas. Te he observado atentamente, Taran de
Caer Dallben. En todos mis viajes no había
encontrado a nadie a quien pudiera
confiárselas.
—No hables de que vaya a ocurrirte nada
malo —exclamó Taran—. Somos compañeros
y debemos protegernos unos a otros del
peligro. Además, tu amistad ya es para mí un
don suficiente.
—Pese a todo —le replicó Adaon—, no
podemos saber lo que nos reserva el futuro.
¿Las aceptarás?
Taran asintió.
—Bien —dijo Adaon—, ahora siento más
ligero el corazón.
Después de tomar algo, se decidió que
reposarían hasta el mediodía. Ellidyr no hizo
comentario alguno cuando Adaon ordenó que
montara el primer turno de guardia. Taran se
acostó sobre su capa, protegido por un
arbusto; agotado tanto por el viaje como por
sus propias dudas y miedos, no tardó en
dormir profundamente.
Cuando abrió los ojos, el sol ya estaba
alto. Se irguió, sobresaltado, dándose cuenta
de que su turno de guardia casi había
transcurrido. Sus compañeros dormían
todavía alrededor de él.
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—Ellidyr —exclamó—, ¿por qué no me
despertaste?
Se apresuró a levantarse y no vio señal
alguna de Ellidyr ni de Islimach.
Taran despertó sin perder tiempo a los
otros. Luego corrió hacia los árboles y,
trazando un círculo, volvió al campamento.
—¡Se ha ido! —gritó Taran—. Se ha ido
solo en pos del caldero. ¡Dijo que lo haría y lo
ha hecho!
—Así que se ha marchado a escondidas,
¿no? —gruñó Doli—. Bueno, ya le
encontraremos; si no es así..., eso es
problema suyo. No sabe adonde va y, si hay
que decir la verdad, nosotros tampoco.
—Que tenga un buen viaje —dijo
Fflewddur—. A poco propicia que nos sea la
suerte, quizá no le volvamos a ver.
Por primera vez, Taran vio una profunda
alarma en los rasgos de Adaon.
—Debemos alcanzarle a toda prisa —dijo
Adaon—. El orgullo y la ambición de Ellidyr le
han devorado. Temo pensar en lo que podría
ocurrir si el caldero acabara cayendo en sus
manos.
Emprendieron la marcha tras Ellidyr con
toda la rapidez posible, y Adaon no tardó en
hallar su rastro en dirección hacia el sur.
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—Tenía la esperanza de que hubiera
acabado cansándose de todo esto y se
hubiera marchado a su casa —dijo Fflewddur
—, pero no cabe duda: se dirige hacia Morva.
Pese a su rápido avance, los compañeros
no vieron de Ellidyr nada más que su rastro.
Siguieron adelante, obligando a las cansadas
monturas a entregar hasta sus últimas
fuerzas, y finalmente no les quedó más
remedio que hacer un alto para recuperar el
aliento. Se había levantado un viento frío que
hacía girar las hojas en grandes remolinos
sobre sus cabezas.
—No sé si podremos alcanzarle —dijo
Adaon—. Cabalga tan de prisa como nosotros
y nos lleva casi un cuarto de día de ventaja.
Con el corazón latiéndole fuertemente,
Taran desmontó y se desplomó en el suelo.
Se sostuvo la cabeza entre las manos y
entonces oyó a lo lejos el agudo trino de un
pájaro, el primer canto de ave que oía tras
abandonar Caer Dallben.
—No es un pájaro auténtico —exclamó
Adaon, levantándose de un salto —. Los
Cazadores nos han encontrado.
Sin esperar las órdenes de Adaon, el
enano echó a correr en la dirección de la que
llegaba la señal de los Cazadores. Mientras
Taran le observaba, Dolí se esfumó ante sus
mismos ojos. Adaon desenvainó su espada.
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—Esta vez debemos enfrentarnos a ellos
—dijo—, no podemos huir por más tiempo.
Rápidamente, ordenó a Taran, Eilonwy y
Gurgi que prepararan sus arcos, en tanto que
él y Fflewddur montaban en sus caballos.
El enano volvió unos instantes después.
—¡Cinco Cazadores! —gritó—. Seguid
vosotros. Les gastaré el mismo truco de
antes.
—No —dijo Adaon—, no confío en que
funcione esta vez. De prisa, seguidme.
Les condujo a través de un claro y se
detuvo en el extremo de éste.
—Aquí les presentaremos batalla —le dijo
a Taran—. Apenas aparezcan, Fflewddur, Dolí
y yo cargaremos sobre ellos por el costado.
Cuando se vuelvan hacia nosotros para
luchar, disparad vuestras flechas.
Adaon giró en redondo y se encaró hacia
el claro; un segundo después, los Cazadores
aparecieron ante ellos. Apenas habían dado
un paso hacia adelante cuando Adaon, con
un potente grito, se lanzó al galope contra
ellos, seguido por Doli y el bardo. Taran
levantaba su arco y Adaon ya estaba entre
los Cazadores, golpeando a diestra y siniestra
con su hoja. El enano había soltado del cinto
su gruesa hacha y lanzaba furiosos tajos
contra el enemigo. Sorprendidos por lo
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salvaje del ataque, los Cazadores se
volvieron para enfrentarse a los jinetes.
Taran lanzó su flecha y oyó como las saetas
de Eilonwy y Gurgi silbaban junto a él. Su
curso fue desviado por el viento y los
proyectiles se perdieron entre los arbustos
resecos. Gritando como un loco, Gurgi puso
otra flecha en su arco.
Tres cazadores atacaron a Fflewddur y al
enano, obligándoles a meterse entre los
arbustos. La espada de Adaon brillaba como
un rayo y resonaba contra las armas de sus
enemigos.
Taran no osaba ahora disparar otra flecha,
pues temía herir a uno de sus compañeros.
—Este modo de luchar no sirve de nada —
exclamó, arrojando su arco al suelo.
Desenvainó su espada y corrió en ayuda de
Adaon. Uno de los Cazadores se volvió hacia
Taran, y éste le golpeó con toda su fuerza. A
pesar de que el mandoble fue desviado por el
jubón de pieles de animal, el Cazador perdió el
equilibrio y cayó al suelo. Taran saltó sobre él.
Había olvidado las dagas de maligno aspecto
con que se armaban los Cazadores; el hombre
se incorporó a medias y se llevó la mano al
cinto.
Taran se quedó helado de pavor. Vio ante
él un rostro retorcido por una mueca feroz, la
señal escarlata y el brazo levantado para
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arrojar la daga. De pronto Lluagor se
interpuso entre él y el Cazador. Adaon se alzó
en la silla de montar y barrió el aire con su
espada. El Cazador se derrumbó en el suelo y
el cuchillo hendió el aire con un centelleo.
Adaon emitió un jadeo ahogado, dejó caer
su arma y quedó apoyado en el cuello de
Lluagor, mientras sus dedos agarraban la daga
que tenía en el pecho.
Taran, con un grito de angustia, logró
sostenerle antes de que se desplomara.
—¡Fflewddur! ¡Doli! —clamó Taran—.
¡Venid aquí! ¡Adaon está herido!
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El broche
El caballo de Fflewddur se encabritó al
volverse los Cazadores contra él. La muerte de
un miembro del grupo había hecho aumentar
aún más la violencia y el frenesí del enemigo.
—Llévale a un sitio seguro —gritó el bardo.
Con un potente salto, su montura salvó
los arbustos y se internó en el bosque. El
enano le siguió en su poni; con un grito de
rabia, los Cazadores corrieron tras ellos.
Taran cogió las riendas de Lluagor y,
mientras Adaon se aferraba a las crines del
caballo, corrió hacia el final del claro. Eilonwy
se reunió con él; entre los dos lograron
impedir que Adaon cayera del caballo y se
abrieron paso entre la espesura. Gurgi se
apresuró a seguirles con Melynlas.
Corrieron ciegamente, tropezando con los
arbustos y luchando con las ásperas cortinas
de vegetación muerta. Se había levantado un
viento tan cortante y frío como cualquier
galerna invernal, pero el bosque se aclaraba
ya un poco y, a medida que el nivel del suelo
descendía, lograron llegar hasta una
hondonada más protegida que se encontraba
entre un macizo de alisos.
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Adaon levantó la cabeza y les hizo señas de
que se detuvieran. Tenía el rostro grisáceo y
los rasgos rígidos por el dolor; su cabello negro
colgaba, empapado en sudor, tapándole la
frente.
—Bajadme —murmuró—. Dejadme aquí,
no puedo ir más lejos. ¿Cómo están el bardo y
Dolí?
—Han logrado que los Cazadores dejaran
de acosarnos —le respondió rápidamente
Taran—. Aquí estaremos a salvo durante un
tiempo. Sé que Dolí es capaz de hacerles
perder nuestro rastro, y Fflewddur le
ayudará; estoy seguro de que conseguirán
reunirse de nuevo con nosotros. Ahora,
descansa. Cogeré las medicinas de tus
alforjas.
Con gran cuidado le bajaron del caballo y
le llevaron hasta un otero. Mientras Eilonwy
iba en busca de agua, Taran y Gurgi le
quitaron los arreos a Lluagor y pusieron la
silla de montar bajo la cabeza de Adaon. El
viento aullaba por encima de los árboles; el
lugar, más protegido, parecía en contraste
casi cálido. Las nubes, impulsadas por el
vendaval, fueron dispersándose y el sol
convirtió las ramas en oro.
Adaon se incorporó, apoyándose en el
suelo. Sus ojos grises examinaron el claro.
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—Sí, es un hermoso lugar —dijo,
moviendo brevemente la cabeza—. Aquí
descansaré.
—Curaremos tu herida —le dijo Taran,
apresurándose a coger un paquete de hierbas
—. Pronto estarás mejor; si debemos
moverte, podemos hacer una litera con
ramas y colgarla entre dos caballos.
—Ya estoy mejor —dijo Adaon—. El dolor
se ha ido y este sitio es muy agradable. Es
cálido, como si estuviéramos en primavera.
Al oír las palabras de Adaon, Taran sintió
que el corazón se le llenaba de terror. El claro
tranquilo y el sol que brillaba en los alisos le
parecieron repentinamente amenazadores.
—¡Adaon! —gritó, alarmado—. ¡Esto es lo
que soñaste!
—Se le parece mucho —le respondió
Adaon en voz baja y tranquila.
—¡Entonces, lo sabías! —exclamó Taran—.
Sabías que ibas a correr peligro. ¿Por qué no
hablaste antes de ello? Jamás habría ido
hacia los pantanos. Podríamos haber vuelto...
Adaon sonrió.
—Es cierto. En realidad, ésa es la razón
por la que no me atreví a decirlo. Mucho he
anhelado encontrarme de nuevo junto a mi
amada Arianllyn, y mis pensamientos están
ahora con ella. Pero si hubiera escogido
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volver, me habría estado preguntando
siempre si mi decisión la motivó la sabiduría
o simplemente el deseo de seguir los dictados
de mi corazón. Así debían ser las cosas, y
ahora veo que éste es el destino que se me
había impuesto. Me siento feliz al morir aquí.
—¡Me salvaste la vida! —gritó Taran—. No
perderás la tuya por mi culpa: encontraremos
un camino para volver a Caer Cadarn y
reunimos con Gwydion.
Adaon sacudió la cabeza. Se llevó la mano
al cuello y abrió el cierre del broche de hierro.
—Tómalo y guárdalo bien —le dijo—. Es
pequeño, pero más valioso de lo que tú crees.
—Debo rechazarlo —le contestó Taran, con
una sonrisa que apenas lograba ocultar su
inquietud—. Ese regalo sería propio de un
hombre que va a morir..., pero tú vivirás,
Adaon.
—Tómalo —le repitió Adaon—. No te doy
una orden: mis palabras expresan el deseo que
un amigo le dirige a otro.
Y, diciendo esto, depositó el broche entre
los dedos de Taran, que no se decidía a
cogerlo.
Eilonwy había vuelto con agua en la que
empapar las hierbas. Taran la cogió y se
arrodilló nuevamente al lado de Adaon.
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Adaon había cerrado los ojos. Tenía el
rostro tranquilo. Su mano, con los dedos
abiertos, reposaba sobre el suelo.
Y, de este modo, Adaon murió.
Cuando su dolor se hubo calmado un
poco, los compañeros cavaron una fosa cuyo
interior recubrieron de piedras alargadas.
Envolvieron el cuerpo de Adaon en su capa y lo
depositaron en la tumba, que taparon luego
con tierra mientras Lluagor lanzaba relinchos
quejumbrosos y arañaba con la pata el suelo
reseco. Después alzaron sobre la sepultura un
túmulo de piedras. Eilonwy encontró en un
rincón protegido unas flores silvestres que el
frío había respetado y esparció puñados de
ellas encima de la tumba; las flores cayeron
sobre el suelo agrietado, pareciendo así brotar
de las mismas rocas.
Permanecieron allí en silencio hasta el
anochecer y no vieron ni a Fflewddur ni a Doli.
—Les esperaremos hasta que amanezca —
dijo Taran—. No podemos correr el riesgo de
quedarnos más tiempo. Temo que hayamos
perdido más que a un valeroso amigo... Adaon
me advirtió que sufriría —murmuró luego,
hablando consigo mismo —. Y ahora sufro, por
tres motivos distintos.
Demasiado abrumados por la pena y tan
cansados que no podían ni siquiera montar
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guardia, se acurrucaron envueltos en sus
capas y se durmieron. Los sueños de Taran
fueron tan inquietos como su estado de
ánimo en esos momentos, y estuvieron llenos
de miedo y cansancio. Vio en ellos los rostros
entristecidos de sus compañeros y la mirada
serena de Adaon. Vio a Ellidyr apresado por
una negra bestia que hundía sus garras en
él, y oprimía su cuerpo hasta hacerle gritar
atormentado.
Las cambiantes imágenes se esfumaron
finalmente para dejar paso a una enorme
extensión de hierba por la que corría Taran,
con los tallos verdes llegándole hasta el
hombro, en desesperada búsqueda de un
camino que no lograba encontrar. En lo alto,
un pájaro gris surcaba el cielo con las alas
extendidas. Taran le siguió y de pronto un
camino apareció ante sus pies.
Vio también un turbulento río en el
centro del cual había un peñasco. Sobre él
estaba el arpa de Fflewddur, que parecía
tocar por sí sola al mover el viento sus
cuerdas.
Taran se encontró luego corriendo por un
pantano en el que no había sendero alguno.
Un oso y dos lobos se lanzaron sobre él,
amenazándole con sus colmillos. Aterrado,
convencido de que le harían pedazos, Taran
se arrojó de cabeza a un lago negro, pero de
pronto el agua se esfumó y quedó sólo una
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superficie de tierra reseca. Las bestias,
enfurecidas, saltaron sobre él con un rugido.
Despertó sobresaltado; el corazón le latía
con fuerza. La noche estaba a punto de
terminar y por encima del bosquecillo las
primeras luces del alba teñían ya el cielo de
un color rosáceo. Eilonwy se removía en el
suelo y Gurgi gemía en sueños. Taran,
abatido, escondió el rostro entre las manos.
El sueño parecía aplastarle con su peso; aún
podía ver las fauces abiertas del lobo y sus
colmillos blancos y aguzados. Se estremeció.
Sabía que en ese mismo instante debía
decidir si volvían a Caer Cadarn o seguían
buscando los pantanos de Morva.
Taran desvió la mirada hacia las figuras
dormidas de Gurgi y Eilonwy. En poco menos
de un día, los compañeros se habían visto
dispersados como hojas ante el viento y ahora
de ellos sólo quedaba este grupo,
lamentablemente reducido, perdido y a la
deriva. ¿Cómo podían seguir teniendo
esperanzas de hallar el caldero? Taran dudaba
incluso de que pudieran llegar a salvar la vida
y, con todo, el viaje a Caer Cadarn sería tan
peligroso como la misión que había ante
ellos..., quizá más aún. Debía tomar una
decisión.
Un tiempo después se puso en pie y
ensilló los caballos. Eilonwy había despertado
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y Gurgi asomaba su hirsuta cabeza recubierta
de ramitas por entre los pliegues de la capa.
—De prisa —les ordenó Taran—. Será
mejor que salgamos lo antes posible para que
los Cazadores no logren alcanzarnos.
—Muy pronto nos encontrarán —dijo
Eilonwy—. Probablemente el camino de aquí a
Caer Cadarn esté lleno de ellos.
—Vamos a los pantanos —dijo Taran—, no
a Caer Cadarn.
—¿Cómo? —gritó Eilonwy—. ¿Sigues
pensando en esos desgraciados pantanos?
¿Crees en serio que podemos encontrar el
caldero y, aún más, traerlo con nosotros
desde dondequiera que esté?
»Por otro lado —prosiguió Eilonwy antes
de que Taran pudiera contestarle—, supongo
que no podemos hacer otra cosa, ahora que
nos has metido en este jaleo. Y no hay modo
de saber lo que piensa hacer Ellidyr. Si no le
hubieras hecho ponerse tan celoso por esa
tonta yegua...
—Siento pena por Ellidyr —le contestó
Taran—. Adaon me dijo una vez que había
visto una bestia negra sobre sus hombros.
Ahora entiendo algo de lo que pretendía decir.
—Bueno —señaló Eilonwy—, me sorprende
oírte decir eso. Pero fue un acto muy
bondadoso por tu parte ayudar a Islimach, me
alegro realmente de que lo hicieras. Estoy
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segura de que tus intenciones eran buenas y
eso, por sí solo, ya valía la pena. Le hace
pensar a una que, después de todo, quizá aún
haya esperanza para ti.
Taran no le replicó, pues seguía inquieto y
con el ánimo abrumado, pese a que los
sueños que tanto le preocupaban estaban
empezando a desvanecerse. Montó en
Melynlas en tanto que Gurgi y Eilonwy
compartían a Lluagor, y los compañeros
abandonaron rápidamente el refugio del claro.
La intención de Taran era dirigirse hacia el
sur, esperando sin saber muy bien cómo que
llegarían a los pantanos de Morva en un día
más. Sin embargo, en su fuero interno debía
admitir que sólo tenía una vaga idea de la
distancia a la que se hallaban e incluso de su
posición exacta.
El día estaba despejado y hacía un poco de
frío. Mientras Melynlas avanzaba por el terreno
cubierto de escarcha, Taran vio en la rama de
un espino una telaraña que relucía, bañada en
rocío, y una araña muy ocupada reparándola.
De un modo extraño e inexplicable, Taran se
dio cuenta de que en el sendero del bosque se
desarrollaba un sinfín de actividades. Las
ardillas estaban preparando sus reservas para
el invierno y las hormigas se afanaban en sus
castillos de barro. Podía ver todo eso muy
claramente, no tanto con sus ojos sino de un
modo que antes nunca había conocido.
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El mismo aire llevaba en su seno olores
especiales. En él flotaba una corriente clara y
aguda que se parecía al vino frío y Taran, sin
necesidad de pensar en ello, supo que el
viento había empezado a soplar del norte. De
pronto, entremezclado con ese olor, percibió
otro e hizo que Melynlas fuera hacia él.
—Ya que nos estás guiando —observó
Eilonwy—, me pregunto si sería mucho
esperar de ti que supieras hacia dónde.
—Hay agua cerca —dijo Taran—, nos hará
falta llenar los odres... —Vaciló, perplejo—. Sí,
hay un arroyo —murmuró—, estoy seguro.
Debemos ir allí.
Sin embargo, no logró ocultar del todo su
sorpresa cuando poco después se encontraron
realmente con un rápido arroyuelo que se
abría paso serpenteando a través de un
macizo de serbales. Cabalgaron hasta la orilla
y, con un grito, Taran tiró bruscamente de las
riendas. Sobre una roca, en el centro del
arroyo, estaba Fflewddur, refrescándose los
pies en el agua.
El bardo se incorporó de un salto y
atravesó el arroyo con ruidosos chapoteos
para saludar a sus compañeros. Aunque
parecía cansado y algo maltrecho, no se le
veían las heridas.
—Vaya golpe de suerte haberos
encontrado..., bueno, más bien que me hayáis
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encontrado. Odio admitirlo, pero estoy
perdido. Completamente perdido... Me extravié
no sé cómo después de que Dolí y yo
saliéramos corriendo delante de los Cazadores.
Intenté volver hacia donde estabais y me
perdí todavía más. ¿Cómo está Adaon? Me
alegro de que consiguierais...
El bardo se calló de pronto. La expresión
de Taran le dijo lo que había ocurrido, y
Fflewddur agitó tristemente la cabeza.
—Había pocos como él —dijo —. Su
pérdida es de las que debemos lamentar
amargamente, al igual que la de nuestro
buen Doli.
»No estoy muy seguro de lo que ocurrió
—siguió diciendo Fflewddur—. Todo cuanto sé
es que galopábamos lo más de prisa posible.
¡Tendríais que haberle visto! Corría como un
loco, esfumándose y haciéndose luego visible
otra vez, con los Cazadores detrás de él. Si no
hubiera sido por Doli, estoy seguro de que me
habrían cogido: ahora son más fuertes que
nunca. Entonces, mi caballo cayó. Es decir... —
añadió el bardo, al ver que una cuerda de su
arpa se tensaba emitiendo un agudo tañido—,
yo me caí. Por fortuna, cuando eso ocurrió Doli
se los había llevado bastante lejos. Por la
velocidad a la que iba... —Fflewddur suspiró
cansadamente —. Lo ocurrido desde
entonces, lo ignoro.
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El bardo flexionó las piernas. Había estado
caminando todo ese trecho y le complacía
enormemente montar de nuevo. Gurgi se
instaló detrás de él en Lluagor y Taran y
Eilonwy montaron en Melynlas. Las noticias del
bardo abatieron aún más el ánimo de Taran,
pues ahora se daba cuenta de que había pocas
oportunidades de que Doli se reuniera con
ellos. Sin embargo, siguió conduciendo a los
compañeros hacia el sur.
Fflewddur estuvo de acuerdo en que ése
era el único rumbo posible, al menos hasta
que lograran reconocer alguna señal del
terreno que atravesaban.
—El problema —les explicó—es que nos
hemos internado demasiado hacia el sur y que
si seguimos así acabaremos en el mar, sin
conseguir llegar a los pantanos.
Taran no podía ofrecer ninguna sugerencia
al respecto. Más abatido que nunca, aflojó las
riendas de Melynlas y no hizo apenas ningún
esfuerzo por guiar a su montura. Los árboles
fueron haciéndose cada vez más escasos y los
compañeros entraron en una gran pradera.
Taran, que iba medio dormido en su montura,
con la capa envolviéndole los hombros, se
despabiló de pronto con una sensación de
inquietud. La pradera y las altas hierbas que
les rodeaban..., sí, eso le era familiar. Lo había
visto antes, aunque no lograba recordar del
todo dónde. Sus dedos acariciaron el broche
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de Adaon, que llevaba al cuello. De pronto,
nervioso y algo asustado, lo entendió; el
descubrimiento hizo que le temblaran las
manos. Taran miró hacia lo alto y vio que un
pájaro gris trazaba círculos en el cielo,
bajando hacia ellos con las alas desplegadas y
volando luego rápidamente sobre los campos
hasta desaparecer.
—Era un ave de los pantanos —dijo Taran,
haciendo volver grupas a Melynlas—. Si
seguimos por ahí —continuó, señalando hacia
donde había volado el pájaro—, estoy seguro
de que llegaremos directamente a Morva.
—¡Bravo! —exclamó el bardo—. Debo decir
que yo nunca me habría fijado en él.
—Al menos hoy has hecho una cosa
inteligente —admitió Eilonwy.
—No es obra mía —dijo Taran, con el ceño
fruncido en una mueca de perplejidad—. Adaon
dijo la verdad y su regalo es realmente
precioso.
A toda prisa, le contó a Eilonwy lo
referente al broche y los sueños de la noche
anterior.
—¿No te das cuenta? —exclamó al
terminar—. Soñé con el arpa de Fflewddur... y
le encontramos a él en persona. No fue idea
mía buscar un arroyo; sencillamente me vino
a la mente y supe que lo encontraríamos. Sólo
ahora, al ver el pájaro..., eso estaba en mi
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sueño. Y había otro sueño, uno terrible, con
lobos...
—Eso también va a suceder, estoy seguro.
Los sueños de Adaon eran siempre ciertos, él
me lo contó.
Al principio, Eilonwy se resistió a creerle.
—Adaon era un hombre maravilloso —dijo
—, y no puedes decirme que todo eso se
debía a un trozo de hierro. No me importa lo
mágico que sea.
—No quería decir eso —le contestó Taran
—. Lo que yo creo —añadió pensativo—es que
Adaon entendía esas cosas, pese a todo, y que
yo, incluso con su broche, no entiendo gran
parte de ellas. Todo cuanto sé es que ahora,
de un modo insólito, siento cosas distintas.
Puedo ver detalles que jamás vi antes...,
puedo olerlos y sentir su sabor. No sé decir
exactamente de qué se trata. Es algo extraño y
en parte aterrador. Y a veces es muy hermoso.
Hay cosas que sé...—Taran sacudió la cabeza—.
Ni siquiera puedo decir cómo he llegado a
saberlas.
Eilonwy se quedó callada un instante.
—Sí —acabó diciendo con lentitud—, ahora
lo creo. Ni siquiera pareces tú al hablar. El
broche de Adaon es un don que carece de
precio porque te da una especie de
sabiduría...; algo que, supongo —añadió—, le
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hace más falta a un Aprendiz de Porquerizo
que a ninguna otra persona.
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Los pantanos de Morva
Desde el instante en que vio aparecer al
pájaro del pantano, Taran condujo a sus
compañeros velozmente, siguiendo sin vacilar
un camino que ahora le parecía muy claro.
Sentía moverse debajo de él los poderosos
músculos de Melynlas, y guiaba al caballo con
una habilidad desacostumbrada. El corcel
respondía a su nuevo dominio de las riendas
acelerando poderosamente el paso, de tal
modo que Lluagor apenas si conseguía
mantenerse a su altura. Fflewddur le gritó a
Taran que se detuviera unos momentos y les
dejara así recuperar el aliento a todos. Gurgi,
que parecía un pajar revuelto por el viento,
bajó agradecido del caballo e incluso Eilonwy
lanzó un suspiro de alivio.
—Ya que nos hemos parado —dijo Taran—,
bien podría Gurgi compartir con nosotros un
poco de su comida. Pero deberíamos buscar
antes un refugio, si no queremos quedar
empapados.
—¿Empapados? —exclamó Fflewddur—
¡Gran Belin, pero si no hay ni una nube en el
cielo! Y el día es magnífico..., bueno, si
tomamos en consideración todos los factores.
—Yo en tu lugar le escucharía —aconsejó
Eilonwy al sorprendido bardo—. Normalmente
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lo más sabio es no prestarle oídos, pero ahora
las circunstancias son un poco distintas.
El bardo se encogió de hombros,
meneando la cabeza, pero siguió a Taran a
través de los campos hasta llegar a un angosto
barranco. Una vez en él encontraron en el
costado de una colina lo que resultó ser una
cueva bastante ancha y de gran profundidad.
—Espero que no estés herido —observó
Fflewddur—. En mi tierra hay un jefe de
guerreros con una vieja herida que le da
punzadas cada vez que el tiempo va a
cambiar. Admito que es muy útil, aunque me
parece un modo bastante doloroso de
predecir la lluvia. Siempre he pensado que es
mucho más sencillo limitarse a esperar: tarde
o temprano el tiempo acaba cambiando.
—El viento viene ahora del mar —dijo
Taran—. Sopla a ráfagas, como inquieto, y
sabe a salitre. Siento también en él cierto
olor a hierba y a malezas, lo que me hace
suponer que no estamos muy lejos de Morva.
Si todo va bien, puede que alcancemos los
pantanos mañana.
Un poco después, el cielo empezó a
cubrirse de nubes y una fría lluvia azotó la
colina; unos instantes más tarde caía un
fuerte chubasco. El agua corría formando
riachuelos a cada lado de su refugio, pero los
compañeros estaban secos y a salvo.
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—¡El sabio amo nos protege de resbalones
y mojaduras! —exclamó Gurgi.
—Debo reconocer —observó el bardo—
que tu predicción ha sido totalmente exacta.
—No fue cosa mía —dijo Taran—; sin el
broche de Adaon, me temo que todos nos
habríamos calado hasta los huesos.
—¿Cómo es posible? —preguntó el atónito
Fflewddur—. No habría creído nunca que un
broche tuviera nada que ver en esto.
Del mismo modo que se lo había
explicado antes a Eilonwy, Taran le contó
ahora al bardo lo que había aprendido gracias
al broche. Fflewddur examinó cuidadosamente
el adorno que llevaba Taran al cuello.
—Muy interesante —dijo—. No sé qué
otras cosas hay en él, pero, desde luego, lleva
el símbolo bárdico... Son esas tres líneas de
ahí, que forman una especie de punta de
flecha.
—Las había visto —dijo Taran—, pero
ignoraba lo que eran.
—Naturalmente —dijo Fflewddur—, es
parte de la sabiduría secreta de los bardos. Al
menos llegué a aprender eso cuando
intentaba aprobar mis exámenes.
—Pero ¿qué significan? —preguntó Taran.
—Si recuerdo bien —dijo Eilonwy—, la
última vez que le pediste que leyera una
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inscripción...
—Sí —dijo Fflewddur, algo incómodo—, se
trataba en realidad de algo totalmente
distinto. Pero conozco bien el símbolo
bárdico. Es secreto, aunque teniendo en
cuenta que posees el broche supongo que no
hago nada malo contándotelo. Las líneas
significan el conocimiento, la verdad y el
amor.
—Eso es muy bonito —dijo Eilonwy—, pero
no consigo imaginar la razón de que el
conocimiento, la verdad y el amor deban ser
un secreto.
—Quizá debí decir extraordinario en vez de
secreto —le respondió el bardo —. A veces
pienso que ya es bastante difícil encontrarlos,
aunque sea por separado... Si los pones a los
tres juntos, entonces tendrás algo ciertamente
muy poderoso.
Taran, que había estado acariciando
pensativamente el broche, dejó de hacerlo y
miró a su alrededor inquieto.
—De prisa —dijo—, debemos irnos de aquí
en seguida.
—Taran de Caer Dallben —exclamó Eilonwy
—, ¡vas demasiado lejos! Puedo entender muy
bien que haya que protegerse de la lluvia, pero
no veo razón de meterse deliberadamente en
ella.
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Sin embargo, le siguió; los compañeros,
siguiendo las ansiosas órdenes de Taran,
desataron los caballos y abandonaron a toda
prisa su refugio en la colina. No habrían dado
ni diez pasos cuando todo el costado de ésta,
debilitado por el aguacero, se derrumbó con
un estruendoso rugido.
Gurgi lanzó un chillido de terror y se arrojó
a los pies de Taran.
—¡Oh, grande, bravo y sabio amo! ¡Gurgi
está agradecido! ¡Su pobre y tierna cabeza ha
sido salvada de terribles aplastamientos y
golpes!
Fflewddur puso los brazos en jarras y lanzó
un silbido apagado, —Bueno, bueno, mirad
eso... Un segundo más y habríamos quedado
enterrados para siempre. Nunca te apartes de
ese broche, amigo mío: es un auténtico
tesoro.
Taran guardaba silencio. Su mano fue
hasta el broche de Adaon, mientras sus ojos
asombrados parecían clavados en la
avalancha de tierra.
La lluvia cedió un poco antes del
anochecer. Pese a que estaban empapados y
temblaban de frío, los compañeros habían
logrado avanzar bastante cuando Taran les
permitió descansar de nuevo. Ante ellos se
extendían ahora páramos grises y desolados.
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El viento y el agua habían excavado grandes
surcos en la tierra, parecidos a las huellas que
hubieran podido dejar los dedos de un
gigante. Los compañeros acamparon en una
estrecha garganta, alegrándose de poder
dormir al fin, aunque fuera sobre el barro.
Taran se quedó adormilado con una mano
sobre el broche de hierro y la otra aferrando
su espada. Se encontraba menos cansado de
lo que había esperado después de la agotadora
cabalgata y sentía en su interior una extraña
emoción, muy distinta a la que había sentido
cuando Dallben le entregó la espada. Sin
embargo, esa noche sus sueños fueron
inquietos y tristes.
Mientras los compañeros iniciaban de
nuevo su viaje al clarear el alba, Taran habló
de sus sueños a Eilonwy.
—No logro sacar nada coherente de ellos
—le dijo lleno de dudas—. Vi a Ellidyr en
peligro mortal y, al mismo tiempo, era como si
tuviera atadas las manos y no pudiera hacer
nada por él.
—Me temo que a Ellidyr sólo le verás en
tus sueños —le replicó Eilonwy—.
Ciertamente, por ahora no hemos encontrado
ni rastro de él. Por lo que nosotros sabemos,
puede haber llegado a Morva y desaparecido
ahí..., o quizá, para empezar, ni siquiera haya
conseguido alcanzar los pantanos. Es una pena
que no soñaras un modo más fácil de
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encontrar el caldero para poner así fin a todo
esto. Tengo frío, estoy mojada y en estos
momentos empieza a no importarme
demasiado quién tiene el caldero.
—También soñé con el caldero —se
apresuró a decirle Taran—. Pero todo estaba
muy confuso, como envuelto en nubes. Me
parece que llegábamos a encontrarlo y... y,
sin embargo —añadió—, cuando lo
encontramos me eché a llorar.
Por una vez, Eilonwy se quedó callada y
Taran no tuvo ánimos para hablarle
nuevamente del sueño.
Un poco después del mediodía llegaron a
los pantanos de Morva.
Taran los había estado sintiendo desde
hacía ya rato: el suelo había empezado a
volverse esponjoso y traicionero a cada paso
que daba Melynlas. Había visto más aves de los
pantanos y a lo lejos había oído el extraño y
solitario chillido del martín pescador.
Tentáculos de niebla que se retorcían como
serpientes blancas habían empezado a surgir
del suelo pestilente.
Los compañeros se detuvieron y
permanecieron en silencio contemplando la
angosta embocadura que daba al pantano. A
partir de ella se extendían hacia el oeste los
pantanos de Morva, que se perdían en el
horizonte. El suelo estaba cubierto por
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frondosos macizos de aulagas espinosas y, en
la distancia, Taran creyó distinguir los delgados
troncos de una arboleda reseca. Charcos de
agua estancada relucían bajo el cielo grisáceo,
medio escondidos entre las hojas muertas y los
cañizos. Le pareció que un olor a cosas largo
tiempo muertas invadía el aire, casi
ahogándole, mientras que por todas partes
sonaba incesantemente un rumor apagado
entremezclado con leves gemidos. Los ojos de
Gurgi estaban llenos de pavor y el bardo se
agitó inquieto a lomos de Lluagor.
—Bueno, nos has conducido hasta aquí —
dijo Eilonwy—. Pero ¿cómo esperas que
vayamos a buscar el caldero en semejante
lugar?
Taran le indicó con un gesto que no
hablara. Mientras contemplaba la espantosa
extensión de los pantanos, algo se agitó en su
mente.
—No os mováis —les advirtió en voz baja, y
miró rápidamente hacia atrás.
Recortadas contra los arbustos que
coronaban un otero aparecieron dos borrosas
siluetas grises. Al principio creyó que eran
lobos, pero luego distinguió a dos Cazadores
que llevaban jubones hechos con piel de lobo.
Otro Cazador, éste con una gruesa capa de
piel de oso, estaba agazapado detrás de ellos.
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—Los Cazadores nos han encontrado —
prosiguió Taran hablando con premura—.
Seguid todos mis pasos, pero no hagáis ni un
movimiento hasta que yo dé la señal.
Ahora entendía claramente el sueño de los
lobos y sabía con exactitud lo que debía hacer.
Los Cazadores, creyendo que podrían
coger desprevenidas a sus presas, se
acercaron un poco más.
—¡Ahora! —gritó Taran.
Haciendo que Melynlas se lanzara hacia
adelante, se internó en los pantanos. El
corcel, jadeando con dificultad, luchó por
abrirse paso a través del suelo fangoso y, con
un potente alarido, los Cazadores se
precipitaron tras él. En una ocasión, Melynlas
estuvo a punto de caer en una fosa escondida.
Los perseguidores se acercaban cada vez más,
a grandes zancadas: estaban tan cerca que
cuando Taran, temeroso, miró por un segundo
hacia atrás vio a uno de ellos, con los rasgos
contorsionados en un feroz gruñido,
extendiendo la mano para agarrar los estribos
de Lluagor.
Taran hizo girar a Melynlas a la derecha.
Lluagor le siguió y detrás de ellos sonó un grito
de terror. Uno de los hombres vestidos con
pieles de lobo había tropezado y, caído de
bruces en el pantano, gritaba al ver cómo el
negro fango se apoderaba de él,
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Lloyd Alexander El caldero mágico
absorbiéndole. Sus dos camaradas se
agarraron el uno al otro, luchando
desesperadamente para huir de aquel suelo
traicionero que parecía fundirse bajo sus pies.
El cazador con la piel de oso extendió los
brazos y arañó los juncos, gruñendo rabioso;
el último de los guerreros pisoteó su cuerpo,
ya medio hundido, en un vano intento de
hallar un asidero que le permitiera escapar a
la ciénaga mortífera.
Melynlas galopó hacia adelante. Sus cascos
hacían brotar surtidores de agua sucia; Taran
guió al poderoso corcel en línea recta hacia lo
que parecía ser una cadena de islas
sumergidas, sin detenerse ni siquiera cuando
llegó al otro extremo del pantano. Allí el
terreno se hacía más sólido y Taran condujo a
Melynlas, aún al galope, a través de la aulaga
y más allá de los árboles. Con Lluagor detrás,
Taran siguió una larga garganta hasta la
protección de un montículo.
Al llegar a él, tiró bruscamente de las
riendas. A un lado del montículo, como si
formara parte de la misma tierra, se alzaba
una cabaña. Estaba tan hábilmente
disimulada con barro y ramas que Taran
necesitó mirar dos veces para distinguir la
puerta. Junto al montículo había lo que
parecían unos establos medio derrumbados y
un gallinero en ruinas.
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Taran hizo que Melynlas retrocediera,
apartándose un poco del extraño grupo de
construcciones e indicó a los demás que
permanecieran callados.
—Yo no me preocuparía por eso —dijo
Eilonwy—. Quien viva aquí nos habrá oído
llegar, seguramente; si no han salido ya a
pelear con nosotros o a darnos la
bienvenida, entonces pienso que no debe de
haber nadie.
Bajó de un salto de Melynlas y se dirigió
hacia la cabaña.
—¡Vuelve! —gritó Taran.
Blandiendo su espada, fue tras ella. El
bardo y Gurgi desmontaron también, con sus
armas preparadas. Con mucha cautela, Taran
se acercó a la puertecilla. Eilonwy había
descubierto una ventana medio escondida
entre la hierba y la tierra, y estaba mirando al
interior.
—No veo a nadie —dijo, al reunirse los
demás con ella—. Mirad vosotros mismos.
—Si a eso vamos —dijo el bardo,
agachando la cabeza y atisbando por la
abertura—, creo que nadie ha estado aquí en
mucho tiempo. ¡Tanto mejor! Sea como sea,
tendremos un lugar seco para descansar.
La cabaña parecía en verdad abandonada,
dado que la habitación a la que daba la
ventana estaba aún más caóticamente
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revuelta que la de Dallben. En una esquina
había un gran telar del que todavía pendían
enmarañados haces de hilo. El tapiz estaba
sin acabar, y el resto se encontraba tan
enredado y lleno de nudos que no parecía
posible terminarlo. Había también una mesita
cubierta de cacharros rotos, y por toda la
habitación yacían confusos montones de
armas oxidadas y medio destrozadas.
—¿Te gustaría ser convertido en un sapo?
—dijo alegremente una voz detrás de Taran—.
¿Y que luego te pisaran?
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11
La cabaña
Taran giró en redondo levantando su
espada y de pronto tuvo en la mano una fría
serpiente que se retorcía siseando, con el
cuerpo preparado para atacar. Lanzó un grito
de horror y la arrojó lo más lejos que pudo. La
serpiente cayó al suelo y allí donde había
caído estuvo, de pronto, la espada de Taran.
Eilonwy emitió un grito ahogado y Taran
retrocedió, lleno de pavor.
Ante él se encontraba una mujer de baja
estatura y más bien regordeta: su rostro
redondo y lleno de verrugas albergaba dos
ojos negrísimos y muy agudos. Su cabellera
parecía un revuelto amasijo de cañaverales del
pantano, recogido mediante fibras vegetales y
adornado con agujas de colores chillones que
se dirían a punto de perderse para siempre en
la confusa extensión de hierbas y cabello.
Vestía una túnica oscura e informe, llena de
manchas y remiendos. Sus pies, descalzos,
eran excepcionalmente grandes.
Los compañeros se apretaron unos contra
otros y Gurgi, estremeciéndose
violentamente, se arrojó a los pies de Taran.
El bardo, aunque pálido e inquieto, se preparó
a plantarle cara al peligro.
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Lloyd Alexander El caldero mágico
—Venga, venga, gansitos míos —dijo con
voz alegre la bruja—, prometo que no os haré
ni pizca de daño. Puedes coger tu espada si
quieres —le dijo a Taran con una sonrisa
indulgente—, aunque no la necesitarás. Jamás
he visto un sapo con espada. Por otra parte,
jamás he visto una espada con un sapo, así
que puedes hacer lo que más te plazca.
—Nos place más seguir tal y como somos
—exclamó Eilonwy—. No creas que vamos a
dejarte...
—¿Quién eres? —gritó Taran—. No te
hemos hecho ningún mal y no tienes razón
alguna para amenazarnos.
—¿Cuántas ramitas hay en el nido de un
pájaro? —preguntó de repente la bruja—.
Responded, rápido. ¿Veis? —añadió —. Pobres
gansitos, ni siquiera lo sabéis. Entonces,
¿cómo puedo esperar que sepáis realmente lo
que pretendéis de la vida?
—Una cosa que no quiero de la vida —le
replicó Eilonwy—es acabar siendo un sapo.
—Eres una gansita muy linda —dijo la
bruja con voz amable y zalamera—. ¿Me darás
tu pelo cuando ya no lo necesites? Estos días
tengo tales problemas con el mío... ¿Has
tenido alguna vez la sensación de que las
cosas se meten en él para desaparecer y no
volver a verlas nunca más?
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»No importa —continuó diciendo—. Os lo
pasaréis muy bien siendo sapos, saltando de
un lado a otro, sentados en vuestras setas...,
bueno, puede que eso no. La verdad, los
sapos no se sientan en las setas. Pero
siempre podéis bailar en los charcos de rocío,
esa me parece una idea encantadora... (1) »No
te asustes —añadió, acercándose a Taran y
hablándole al oído—, ¿No habrás imaginado ni
por un momento que haría todo eso que he
dicho, verdad? Caramba, no, ni se me ocurriría
la idea de pisarte... Sería incapaz de aguantar
tanta viscosidad pegada a mi pie.
Sintiendo crecer el pánico en su interior,
Taran buscó desesperadamente un modo de
salvar a sus compañeros. De no haber
recordado a la serpiente en su mano, con sus
fríos ojos y amenazadores colmillos, las
intenciones de esa estrafalaria criatura le
habrían parecido por completo imposibles...
—Puede que al principio no os guste ser
sapos —dijo la bruja en tono razonable—, hace
falta tiempo para acostumbrarse. Pero —
añadió como para tranquilizarles—una vez que
haya ocurrido, estoy segura de que no lo
cambiaríais por nada.
—¿Por qué haces esto? —gritó Taran, aún
más enfadado al sentirse indefenso en sus
manos.
1
Juego de palabras intraducible, ya que, en inglés, seta (toadstool) se compone de dos palabras toad (sapo)
y stool (taburete o escabel), con lo que puede entenderse también por algo así como «taburete para sapos».
(N. del T.)##
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La bruja le palmeó amablemente en la
mejilla, y Taran apartó la cabeza, lleno de
miedo y repugnancia.
—No soporto a la gente que anda por aquí
husmeando y metiendo las narices en todo —
dijo ella—. Eso podrás entenderlo, ¿no? Si
hago una excepción con alguien, luego vienen
dos y luego tres más, y antes de que puedas
darte cuenta de ello tienes a cientos y cientos
dando vueltas por aquí y rompiendo las cosas.
Créeme, esto es lo mejor para todos.
En ese instante aparecieron dos nuevas
figuras por el otro lado de la colina. Se
parecían bastante a la mujer baja y
rechoncha, pero una de ellas llevaba una capa
negra cuyo capuchón le ocultaba casi por
completo la cara y la otra lucía un collar con
piedras de un blanco lechoso.
La bruja corrió hacia ellas y las llamó.
—¡Orwen! ¡Orgoch! ¡Aprisa! —les dijo llena
de felicidad—. ¡Vamos a hacer sapos!
Taran jadeó asustado y miró de soslayo al
bardo y a Eilonwy.
—¿Habéis oído esos nombres? —dijo en un
susurro presuroso—. ¡Las hemos encontrado!
El bardo parecía francamente alarmado.
—No creo que nos sirva de gran cosa —
dijo—. Cuando hayan terminado con nosotros,
creo que no va a importarnos ya demasiado el
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caldero, ni ninguna otra cosa. Nunca he
bailado en el rocío —prosiguió en un murmullo
—; creo que si las circunstancias fueran
distintas podría llegar a pasármelo bien. Pero
no ahora —añadió estremeciéndose.
—Nunca he conocido a nadie que fuera
capaz de hablar sobre cosas tan espantosas y
sonreír al mismo tiempo —susurró a su vez
Eilonwy, mientras que Gurgi, aterrado,
husmeaba el aire a toda velocidad—. Es como
tener hormigas andando por tu espalda, arriba
y abajo...
—Debemos intentar tomarlas por sorpresa
—dijo Taran—. No sé qué podrían hacer contra
todos nosotros si les atacáramos a la vez...
Tampoco sé qué podríamos hacerles nosotros,
claro. Pero debemos correr el riesgo. Puede
que uno o dos lográramos sobrevivir.
—Supongo que no podemos hacer otra
cosa —dijo el bardo. Tragó saliva con dificultad
y miró a Taran con expresión preocupada—. Si
resultara que yo... quiero decir que si me..., sí,
bueno, lo que quiero decir es que si me
ocurriera algo..., en fin, os suplico que tengáis
mucho cuidado al andar.
Mientras tanto, las tres brujas habían
llegado a la cabaña.
—Oh, Orddu —estaba diciendo la del collar
—, ¿por qué deben ser siempre sapos? ¿No
puedes pensar en otra cosa?
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—Pero son preciosos... —replicó Orddu—.
Son tan sólidos y quedan tan bien...
—¿Qué hay de malo en los sapos? —dijo la
figura encapuchada—. Ése es el problema
contigo, Orwen, siempre intentas hacer las
cosas del modo más complicado.
—Sólo hacía una sugerencia, Orgoch —
respondió la bruja llamada Orwen—, para
variar un poquito.
—Adoro los sapos —murmuró Orgoch,
chasqueando los labios.
Pese a la sombra del capuchón, Taran pudo
ver como los rasgos de la bruja se movían,
retorciéndose en una mueca de lo que temió
que fuera impaciencia.
—Mírales —dijo Orddu—, pobres gansitos,
todos mojados y cubiertos de fango. He estado
hablando con ellos y tengo la impresión de
que finalmente han comprendido que esto
será lo mejor.
—Vaya, pero si son los que vi galopando a
través del pantano —dijo Orwen, jugueteando
con sus piedras—. Fuiste muy inteligente —
añadió, mirando a Taran con una sonrisa—.
Realmente, eso de hacer que los Cazadores
acabaran tragados por el fango estuvo muy
bien.
—Ah, Cazadores, qué criaturas más
molestas —murmuró Orgoch—. Esas cosas
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peludas, repugnantes y malignas... Me
revuelven el estómago.
—Debo reconocer que son muy tozudos
cuando se trata de cumplir con su misión —se
arriesgó el bardo—. Hay que decirlo en su
favor.
—El otro día tuvimos por aquí a toda una
banda de esos Cazadores —dijo Orddu—.
Andaban husmeando y metiendo las narices
por todos lados, igual que vosotros. Ahora
entenderéis la razón de que no podamos hacer
excepciones, ¿no?
—No hicimos ninguna excepción con ellos,
¿verdad, Orddu? —dijo Orwen—. Aunque no
fueron sapos, si te acuerdas bien...
—Lo recuerdo con toda claridad, querida
mía —dijo la primera bruja—, pero entonces
Orddu eras tú. Y cuando te toca ser Orddu
puedes hacer lo que te venga en gana. Pero
ahora Orddu soy yo y lo que yo digo es...
—Eso no es justo —interrumpió Orgoch—.
Siempre quieres ser Orddu y yo he tenido que
ser Orgoch tres veces seguidas, mientras que
tú sólo has sido Orgoch una vez.
—Cariñito, no es culpa nuestra que nos
disguste ser Orgoch.
—Ya sabes que no es nada cómodo —dijo
Orddu—. Tienes unas indigestiones tan
horribles... Deberías tener más cuidado con
lo que comes.
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Taran había estado intentando seguir la
conversación de las brujas, pero acabó más
confundido que antes. Ahora no tenía ya idea
de quién era realmente Orddu, quién Orwen y
quién Orgoch, o de si las tres eran la misma.
Sin embargo, sus observaciones sobre los
Cazadores le hicieron sentir esperanzas por
primera vez.
—Si los Cazadores de Annuvin son
vuestros enemigos —dijo Taran—, entonces
tenemos una causa común. También nosotros
hemos luchado contra ellos.
—Amigos, enemigos..., al final todo es lo
mismo —refunfuñó Orgoch—. Orddu, date
prisa y llévales a otro sitio que no sea aquí.
La mañana me ha resultado espantosamente
larga.
—Ah, qué codiciosa eres —dijo Orddu,
sonriendo con aire de tolerancia a la bruja
encapuchada—. Ésa es otra de las razones por
las que ninguna de nosotras quiere ser
Orgoch si es posible evitarlo. Quizá si
hubieras aprendido a controlarte mejor...
Bueno, ahora escuchemos lo que estos
queridos ratoncitos tienen que contarnos.
Debería ser interesante: dicen cosas
encantadoras, a veces... —Orddu se volvió
hacia Taran—. Y ahora, gansito —le dijo
amablemente—, ¿cómo habéis llegado a estar
en tan malas relaciones con los Cazadores?
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Taran vaciló, temiendo revelar el plan de
Gwydion.
—Nos atacaron y... —empezó a decir.
—Claro que lo hicieron, mis pobres
gansitos —le dijo Orddu con simpatía—.
Siempre están atacando a todo el mundo. Ésa
es una de las ventajas que tendréis al ser
sapos: ya no hará falta que os preocupéis por
ese tipo de cosas. Toda vuestra vida estará
llena de cabriolas por el bosque y preciosas
mañanas de lluvia. Los Cazadores no tendrán
nunca más ocasión de molestaros...
Naturalmente, tendréis que vigilar un poco a
las garzas, las serpientes y los martín
pescadores, pero, aparte de eso, no habrá
ningún problema en vuestro mundo.
—Pero, ¿quiénes son estos «vosotros»? —
le interrumpió Orwen, volviéndose hacia
Orddu—. ¿Acaso no piensas enterarte de sus
nombres?
—Claro que sí, claro que sí —murmuró
Orgoch, chasqueando los labios—. Adoro los
nombres.
Taran vaciló nuevamente.
—Ésta..., ésta... —dijo, señalando a
Eilonwy—, ésta es Indeg. Y el príncipe
Glessig...
Orwen lanzó una risita y le propinó a
Orddu un afectuoso codazo.
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—Escúchales —dijo—, son encantadores
cuando mienten. —Si no piensan darnos sus
auténticos nombres —dijo Orgoch—,
entonces llévatelos y punto.
Taran se quedó callado y Orddu clavó los
ojos en él, observándole con atención.
Repentinamente abatido, se dio cuenta de
que sus esfuerzos eran inútiles.
—Ésta es Eilonwy, Hija de Angharad —dijo
—, y éste es Fflewddur Fflam.
—Un bardo del arpa —añadió Fflewddur.
—Y éste es Gurgi —prosiguió Taran.
—Así que eso es un gurgi —dijo Orwen,
muy interesada—. Me parece que he oído
hablar de ellos, pero nunca supe
exactamente qué eran.
—No es un gurgi —replicó Eilonwy—, es
Gurgi. Y sólo hay uno.
—¡Sí, sí! —gritó Gurgi, arriesgándose y
asomando la cabeza por detrás de Taran—. ¡Y
es osado e inteligente! ¡No dejará que sus
valerosos compañeros se conviertan en
sapos con bultos y saltos!
Orgoch le contempló con curiosidad.
—¿Qué hacéis con el gurgi? —preguntó —.
¿Es para comer o para sentarse en él?
—Tengo la impresión —sugirió Orddu—de
que, hagas lo que hagas con él, lo mejor
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sería limpiarlo antes. Y tú, patito mío —le dijo
a Taran—, ¿quién eres tú?
Taran se irguió, echando la cabeza hacia
atrás.
—Soy Taran —dijo—, el Aprendiz de
Porquerizo de Caer Dallben.
—¡Dallben! —gritó Orddu —. Pobre
gallinita perdida, ¿por qué no dijiste eso en
primer lugar? Dime, dime, ¿cómo está el
pequeño Dallben?
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12
El pequeño Dallben
Taran sintió que se le aflojaba la mandíbula
por la sorpresa, y antes de que pudiera decir
nada las tres brujas estaban conduciendo a
los compañeros hacia la cabaña. Lleno de
asombro se volvió hacia Fflewddur, el cual no
parecía tan pálido ahora que Orddu no seguía
hablando de sapos.
—¿El pequeño Dallben? —murmuró Taran
—. En mi vida había oído a nadie hablar así de
él. ¿Pueden estarse refiriendo al mismo
Dallben que conocemos?
—No lo sé —murmuró a su vez el bardo —.
Pero si ellas creen que sí..., ¡por el Gran Belin,
no se te ocurra decirles otra cosa!
Una vez dentro, las brujas se apresuraron
a ordenar la habitación con un ruidoso
despliegue de alegre actividad que, de hecho,
no fue demasiado efectiva. Orwen,
obviamente nerviosa y contentísima, trajo a
toda prisa sillas de mimbre y escabeles.
Orgoch despejó la mesa tirando todos los
cacharros rotos al suelo, y Orddu se limitó a
dar palmadas de contento mientras
contemplaba radiante a los compañeros.
—Nunca lo habría imaginado —empezó a
decir—. ¡Oh, no, no, patito mío! —exclamó de
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Lloyd Alexander El caldero mágico
repente dirigiéndose a Eilonwy, que se había
acercado al telar y se inclinaba sobre él para
examinar el tapiz—. No debes tocarlo o te
pincharías de un modo muy desagradable:
está lleno de alfileres. Anda, sé buena y ven a
sentarte con nosotros.
Pese al súbito calor de la acogida, Taran
examinó a las brujas con cierta inquietud. La
misma atmósfera del cuarto despertaba en él
extraños presentimientos que no era capaz
de comprender por entero y que se le
escapaban como sombras huidizas. Sin
embargo, Gurgi y el bardo parecían
encantados ante la sorprendente evolución
de los acontecimientos y no tardaron en
sentarse alegremente ante la comida que,
sin más dilación, empezó a llenar la mesa.
Taran miró a Eilonwy con expresión
interrogativa. La muchacha adivinó sus
pensamientos.
—No temas comer —le dijo, ocultando
el rostro tras la mano —. La comida está en
perfecto estado: no hay en ella ni pizca de
veneno o brujería. Estoy segura, aprendí
todo eso cuando estaba con la reina Achren,
preparándome para ser hechicera. Lo que se
hace en tales casos es...
—Venga, venga, gorrioncito —les
interrumpió Orddu —, ahora debes
contarnos todo lo que sepas sobre nuestro
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pequeño y querido Dallben. ¿Qué hace?
¿Conserva todavía El Libro de los Tres?
—Bueno..., sí, aún lo tiene —dijo Taran,
bastante confundido y empezando a
preguntarse si en realidad las brujas no
sabrían más cosas sobre Dallben que él.
—Pobrecito petirrojo —observó Orddu —,
con un libro tan gordo y pesado... Me
sorprende que sea capaz de pasar las
páginas, fíjate en lo que digo.
—Bueno, veréis... —dijo Taran, aún
perplejo—, el Dallben que nosotros
conocemos no es pequeño..., quiero decir
que, de hecho, es bastante mayor.
—¡Mayor! —explotó Fflewddur—. ¡Tiene
nada menos que trescientos ochenta años
de edad! El mismo Coll me lo dijo.
—Oh, era una criaturita tan dulce y
encantadora —dijo Orwen suspirando—,
todo mejillitas sonrosadas y dedos
regordetes...
—Adoro a los niños —dijo Orgoch,
chasqueando los labios.
—Ahora tiene el cabello gris —dijo Taran.
No lograba convencerse de que esas
extrañas criaturas estuvieran hablando
realmente de su viejo maestro. La idea de
que el sabio Dallben hubiera tenido alguna
vez mejillitas sonrosadas y dedos regordetes
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resultaba francamente excesiva para su
imaginación.
—Y también tiene barba —añadió.
—¿Barba? —chilló Orddu —. ¿Qué hace el
pequeño Dallben con una barba? ¿Para qué
iba a desear semejante cosa? ¡Oh, era un
renacuajo tan adorable!
—Le encontramos una mañana en el
pantano —dijo Orwen—. Estaba sólito, el
pobre, en una cesta de mimbre. Era
demasiado bonito para describirlo con
palabras. Orgoch, naturalmente...
Al oír esto, Orgoch emitió un bufido de
irritación y sus ojos parecieron arder en las
profundidades del capuchón.
—Venga, venga, querida Orgoch, no
pongas esa cara tan desagradable —dijo Orddu
—. Estamos entre amigos y podemos hablar de
esas cosas. Bueno, lo diré de otro modo para
no herir los sentimientos de Orgoch: ella no
quería que lo conserváramos. Bueno, al
menos no en el sentido corriente de la
palabra... Pero lo hicimos, y nos llevamos a la
pobre criaturita abandonada a la cabaña.
—Creció muy de prisa —añadió Orwen—.
Vaya, pero si no tardó prácticamente nada en
andar por todos lados, hablando y haciendo
pequeñas tareas... Era tan amable y educado,
tan bueno. Un gozo de criatura... ¿Y ahora
dices que tiene barba? —Meneó la cabeza—.
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Qué idea tan curiosa... ¿Dónde la habrá
encontrado?
—Sí, era un gorrioncito encantador —dijo
Orddu —. Pero luego —prosiguió con una
sonrisa entristecida—se produjo un lamentable
accidente. Estábamos cociendo hierbas cierta
mañana para hacer una poción bastante
especial, y...
—Y Dallben —suspiró Orwen—, el pequeño
Dallben estaba removiendo el agua. Era una
de esas delicadas bondades que siempre tenía
con nosotros, ¿entiendes? Pero cuando el agua
empezó a hervir se hicieron burbujas, y una de
ellas le salpicó al reventar.
—Sus pobres deditos se quemaron —
añadió Orddu—. Pero no lloró, nada de eso.
Nuestro pequeño y valeroso estornino se
limitó a meterse los deditos en la boca;
naturalmente, en ellos había un poquito de
poción y se la tragó.
—Apenas lo hizo —les explicó Orwen—,
supo casi tanto como nosotras. Se trataba de
una poción mágica, ¿entendéis?, una poción de
sabiduría.
—Después de eso —prosiguió Orddu —, ya
era imposible tenerlo con nosotras. Las cosas
nunca habrían sido iguales; oh, no, nada
habría funcionado. No hay forma de tener a
tanta gente sabiendo tantas cosas bajo el
mismo techo, y menos aún cuando podía
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adivinar algunas de las ideas que Orgoch tenía
en la cabeza. Y, por lo tanto, tuvimos que
dejarle ir...; realmente hubo que dejarle ir a
toda prisa, ya que, para entonces, era Orgoch
la que no pensaba dejarle marchar. Quería
conservarle a su manera y dudo que a él le
hubiera gustado.
—Como golosina habría resultado delicioso
—murmuró Orgoch.
—Debo decir que nos portamos
estupendamente con él —continuó diciendo
Orddu—. Le dejamos escoger entre un arpa,
una espada o El Libro de los Tres. Si hubiera
elegido el arpa, habría sido el bardo más
grande del mundo; de haber tomado la
espada, nuestro querido patito habría
gobernado todo Prydain. Pero —dijo Orddu—
eligió El Libro de los Tres. Y si debo deciros la
verdad, nos alegró mucho que lo hiciera,
porque era un trasto pesado y lleno de moho
que siempre estaba recogiendo polvo. Y de
ese modo se marchó, dispuesto a hacerse un
lugar en el mundo, y no volvimos a verle
nunca más.
—Es bueno que el dulce y pequeño Dallben
no esté aquí —le dijo Fflewddur con una risita a
Taran—. Su descripción no encaja demasiado
bien con la realidad actual: me temo que se
llevarían una considerable sorpresa.
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Taran había permanecido en silencio
durante todo el relato de Orddu,
preguntándose de qué modo podía atreverse a
sacar el tema del caldero.
—Dallben ha sido mi señor durante todo el
tiempo que alcanza mi memoria —les dijo por
último, decidiendo que la franqueza era el
mejor modo de encarar el problema...,
especialmente dado que las brujas parecían
capaces de adivinar cuándo mentía—. Si le
estimáis tanto como yo...
—Oh, puedes estar seguro de que
amamos muchísimo a la dulce criaturita —dijo
Orddu.
—Entonces, os suplico que nos ayudéis a
cumplir sus deseos y los de Gwydion, Príncipe
de Don —continuó diciendo Taran.
Les explicó lo que había ocurrido en el
consejo, lo que habían descubierto después
en la Puerta Oscura y lo que les dijo Gwystyl.
Les habló de cuan apremiante era llevar el
caldero a Caer Dallben y finalmente les
preguntó también si habían visto a Ellidyr.
Orddu sacudió la cabeza.
—¿Un hijo de Pen-Llarcau? No, patito mío;
no hemos visto a tal persona en este lugar. Si
hubiera cruzado los pantanos le habríamos
visto, sin duda alguna.
—Oh, desde lo alto de la colina tenemos
una vista preciosa de las ciénagas —le
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interrumpió Orwen, con tal entusiasmo y
agitación que su collar tintineó ruidosamente
—. Tenéis que subir para disfrutar de ella.
Naturalmente, podéis quedaros aquí el tiempo
que os plazca —añadió a toda prisa—. Ahora
que el pequeño Dallben se ha ido y ha logrado
encontrar una barba, este lugar no es ni la
mitad de alegre que antes. No os
convertiremos en sapos, a menos que insistáis.
—Quedaos, claro que sí —graznó Orgoch
con una mueca espantosa.
—Nuestra misión es recobrar el caldero —
insistió Taran, prefiriendo fingir que no había
oído las palabras de Orgoch—. . Por lo que nos
dijo Gwystyl...
—Corderito, antes nos dijiste que había
sido su cuervo —le interrumpió Orddu —. No
debes creer todo lo que te cuente un cuervo.
—Doli del Pueblo Rubio le creyó —dijo
Taran—¿Afirmáis ahora que el caldero no está
en vuestras manos? Os pido que contestéis a
mi pregunta como si la hubiera hecho el
mismísimo Dallben.
—¿Un caldero? —exclamó Orddu—. ¡Pero si
tenemos docenas! Calderos, marmitas, ollas...,
a veces es difícil saber dónde se encuentran,
de tantos como hay.
—Hablo del caldero de Annuvin —dijo con
firmeza Taran—, el caldero de Arawn y sus
guerreros que no mueren.
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—Oh —dijo Orddu, riendo alegremente—,
debes referirte al Crochan Negro.
—No conozco su nombre —dijo Taran—,
pero quizá sea el que buscamos.
—¿Estás seguro de no preferir alguno de
los otros? —le preguntó Orwen—. Son mucho
más atractivos que ese viejo trasto, y bastante
más prácticos. ¿Qué utilidad se le puede
encontrar a un Nacido del Caldero? Son un
estorbo y nada más. Podemos darte una
marmita con la que harás unas pociones
narcóticas maravillosas, y hay otra con la que
puedes rociar los narcisos y quitarles ese feo
color amarillo que tienen.
—El que nos preocupa es el Crochan
Negro —insistió Taran, decidiendo que ése
debía ser realmente el nombre del caldero de
Arawn—. ¿Por qué no me decís la verdad?
¿Está aquí el caldero?
—Por supuesto que está aquí —dijo Orddu
—. ¿Por qué no iba a estar, si era nuestro
desde el principio? ¡Y siempre lo ha sido!
—¿Vuestro? —exclamó Taran—. Entonces,
¿Arawn os lo robó?
—¿Robar? —le contestó Orddu—. No, al
menos no exactamente. No podría decirse que
nos lo robara...
—Pero es imposible que se lo dierais —
chilló Eilonwy—. ¡No, sabiendo para qué iba a
usarlo!
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—Incluso Arawn tiene derecho a que se le
dé una oportunidad —dijo Orddu con ademán
tolerante—. Algún día entenderéis la razón.
Hay un destino para todo, tanto para los
enormes y feos Crochans como para los
pobres patitos...; incluso para nosotras hay
un destino fijado de antemano. Por otra
parte, Arawn pagó muy caro poder usarlo...
Sí, muy caro lo pagó, de eso podéis estar bien
seguros. Los detalles, patita mía, son de
naturaleza privada y no deben preocuparos.
En cualquier caso, el Crochan no iba a ser
suyo para siempre, claro que no...
—Arawn juró devolverlo pasado un tiempo
—dijo Orwen—. Pero cuando llegó el
momento de hacerlo, rompió el juramento,
como era de esperar.
—Lo cual fue una estupidez —murmuró
Orgoch.
—Y dado que no pensaba devolverlo —dijo
Orddu—, ¿qué otra cosa podíamos hacer?
Fuimos y lo cogimos.
—¡Gran Belin! —gritó el bardo—. Señoras,
¿pretendéis decirme que las tres os
aventurasteis en el corazón de Annuvin y os
llevasteis el caldero? ¿Cómo fue posible?
Orddu sonrió.
—Oh, hay muchos modos de hacer las
cosas, mi curioso gorrión. Podríamos haber
inundado Annuvin de tinieblas y el caldero
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habría salido flotando de ahí. Podríamos
haber hecho que todos los centinelas se
durmieran. O podríamos habernos convertido
en..., bueno, no importa..., digamos que
podíamos usar una amplia variedad de
métodos. En cualquier caso, el caldero está
nuevamente aquí.
»Y —añadió la bruja—aquí va a quedarse.
No, no —dijo, alzando la mano al ver que
Taran pretendía decir algo—, ya veo que te
gustaría tenerlo, pero eso está fuera de
discusión. Es demasiado peligroso para estar
en manos de unos polluelos vagabundos
como vosotros. Caramba, pero si ni
podríamos dormir de lo preocupadas que
estaríamos... No, no, ni siquiera en nombre
del pequeño Dallben.
»De hecho —siguió diciendo Orddu —,
estaríais mucho más seguros siendo sapos si
os enredáis con el Crochan Negro. —Sacudió
la cabeza—. Mejor aún, podríamos
convertiros en pájaros y así volveríais volando
a Caer Dallben en seguida.
»No, no —dijo, levantándose de la mesa y
poniendo la mano en el hombro de Taran—.
Patitos, debéis marcharos en seguida y no
pensar nunca más en el Crochan. Decid al
querido Dallben y al príncipe Gwydion que lo
sentimos enormemente, y que si hay alguna
otra cosa que esté en nuestras manos hacer...
Pero eso no. Oh, no, ni hablar.
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Taran se dispuso a protestar, pero Orddu
le silenció con un gesto y le condujo a toda
velocidad hacia la puerta, mientras las otras
dos brujas empujaban presurosas a sus
compañeros para que le siguieran.
—Podéis dormir esta noche en el establo,
gallinitas mías —les dijo Orddu —. Y por la
mañana, lo primero que debéis hacer es partir
en busca del pequeño Dallben. Mientras tanto,
será mejor que decidáis cómo preferís el viaje:
con vuestras piernas, o... —añadió, esta vez
sin sonreír—con un bonito par de alas.
—O dando saltos —murmuró Orgoch.
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13
El plan
La puerta se cerró ruidosamente detrás de
ellos, y una vez más los compañeros se
encontraron fuera de la cabaña.
—¡Bueno, eso sí que me ha gustado! —
exclamó Eilonwy, indignada—. Después de
tanto hablar sobre nuestro querido Dallben y
de lo encantador que era nuestro pequeño
Dallben..., ¡nos han echado!
—Si quieres saber mi opinión, prefiero que
nos hayan echado a que nos hayan
transformado —dijo el bardo—. A un Fflam
siempre le gustan los animales, ¡pero no
consigo convencerme de que pudiera acabar
gustándome ser convertido en uno de ellos!
—¡No, oh, no! —gritó fervorosamente
Gurgi—. También Gurgi quiere seguir siendo
como es ahora..., ¡osado e inteligente!
Taran se volvió hacia la cabaña y empezó a
golpear la puerta.
—¡Debéis escucharnos! —pidió—. Ni
siquiera os habéis tomado el tiempo suficiente
para pensarlo.
Pero la puerta no se abrió, y aunque luego
fue hasta la ventana y estuvo largo tiempo
llamando a ella, las tres brujas no volvieron a
dar señales de vida.
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—Me temo que ahí tienes tu respuesta —
dijo Fflewddur—. Han dicho ya todo lo que
pensaban..., y quizá sea mejor así. Además,
tengo la incómoda e inquietante sensación de
que todos esos gritos y golpes en la puerta...,
bueno, nunca se sabe lo sensibles que pueden
ser esas..., esto, esas damas a los ruidos.
—No podemos irnos así como así —replicó
Taran—. El caldero está en sus manos y, sean
amigas de Dallben o no, es imposible saber lo
que harán con él. Me dan miedo y no les
tengo confianza. Ya habéis oído lo que
hablaba ésa que se llama Orgoch. Sí, puedo
imaginarme muy bien lo que habría hecho
con Dallben. —Agitó la cabeza con expresión
grave—. Gwydion ya nos lo advirtió. Quien
tenga el caldero puede acabar convirtiéndose
en una amenaza mortal para Prydain cuando
lo desee...
—Al menos no lo ha encontrado Ellidyr —
dijo Eilonwy—, podemos dar gracias de ello.
—Si queréis el consejo de quien, después
de todo, es el más viejo de los aquí presentes
—dijo el bardo—, creo que deberíamos
marcharnos a toda prisa y dejar que Dallben
y Gwydion se cuidaran del asunto. Después
de todo, Dallben debe saber mejor cómo
tratar a esas tres...
—No —contestó Taran—, eso no servirá:
perderíamos varios días preciosos en el viaje.
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Los Cazadores no consiguieron recuperar el
caldero; sin embargo, ¿quién sabe en qué
consistirá la próxima intentona de Arawn? No,
correr el riesgo de que se quede aquí es
imposible.
—Por una vez estoy de acuerdo —declaró
Eilonwy—. Hemos llegado ya muy lejos y
debernos continuar hasta el final. Tampoco yo
me fío de esas brujas. ¿Así que ellas no
podrían dormir si tuviéramos el caldero? ¡Pues
yo ciertamente tendré pesadillas, sabiendo
que está en sus manos! ¡Y eso sin hablar de
Arawn! Creo que nadie, sea humano o no,
debería tener tal poder. —Se estremeció—.
¡Uf! ¡Ya vuelvo a sentir las hormigas por mi
espalda!
—Sí, bueno, eso es cierto —empezó a
decir Fflewddur—. Pero los hechos siguen
siendo que ellas tienen esa maldita olla y
nosotros no. Ellas están ahí dentro y nosotros
aquí fuera y, al parecer, así es como van a
seguir las cosas.
Taran se quedó callado y pensativo
durante unos momentos.
—Cuando Arawn no quiso devolverles el
caldero —dijo por fin—, fueron y lo cogieron.
Ahora, dado que no piensan entregárnoslo,
sólo veo un camino: ¡tendremos que cogerlo
nosotros!
—¿Robarlo? —chilló el bardo.
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Su expresión preocupada se desvaneció
en un segundo, y en sus ojos empezó a brillar
una chispa.
—Quiero decir —añadió, bajando la voz
hasta convertirla en un murmullo—, ¿robarlo?
Vaya, eso es una idea —prosiguió lleno de
entusiasmo—, jamás se me habría ocurrido.
Sí, sí, ése es el camino. ¡Pero debemos
hacerlo de un modo elegante y hábil!
—Hay una dificultad —dijo Eilonwy—. No
sabemos dónde han escondido el caldero y,
evidentemente, no piensan dejarnos entrar
para que lo descubramos.
Taran frunció el ceño.
—Ojalá Doli estuviera aquí; entonces no
tendríamos ningún problema. No lo sé..., debe
existir algún modo. Nos dijeron que podíamos
pasar aquí la noche —prosiguió—, y eso nos da
tiempo desde ahora hasta el amanecer. Venga,
no podemos quedarnos aquí delante de su
cabaña, o acabarán sabiendo que planeamos
algo. Orddu mencionó el establo.
Los compañeros llevaron sus caballos al
otro lado de la colina, donde se levantaba un
pequeño cobertizo en bastante mal estado que
parecía a punto de hacerse pedazos en el
barro. Su aspecto era lúgubre y poco
acogedor; el viento otoñal silbaba por entre
las grietas de las paredes. El bardo golpeó el
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suelo con los pies y empezó a frotarse los
brazos.
—Un sitio bastante gélido para hacer planes
—señaló—. Puede que esas brujas tengan una
vista excelente de los pantanos, pero al
parecer es bastante fría.
—Ojalá tuviéramos algo de paja —dijo
Eilonwy—, o cualquier otra cosa para
mantenernos calientes. Nos quedaremos
helados antes de que podamos pensar en
nada.
—Gurgi encontrará paja —sugirió Gurgi, y
salió disparado hacia el gallinero.
Taran empezó a caminar de un lado a otro.
—Tendremos que entrar en la cabaña
apenas se hayan dormido. —Sacudió la cabeza
y acarició el broche que llevaba al cuello—.
Pero, ¿cómo? El broche de Adaon no me ha
dado ninguna idea al respecto. Los sueños que
tuve sobre el caldero carecen de significado
para mí. Si al menos pudiera entenderlos...
—Supón que te fueras a dormir ahora
mismo—dijo Fflewddur para ayudarle—, y que
intentaras dormir lo más de prisa posible...
Bueno, quiero decir lo más profundamente
posible. Podrías encontrar la respuesta.
—No estoy seguro —replicó Taran—, no
funciona exactamente de ese modo.
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—Comparado con hacer un agujero a
través de la colina —dijo el bardo —, eso
debería ser mucho más fácil. Es lo que pensaba
sugerirte a continuación, pero...
—Podríamos tapar su chimenea y hacerlas
salir con el humo —dijo Eilonwy—. Entonces
uno de nosotros podría entrar en la cabaña sin
ser visto. No —añadió—, pensándolo mejor,
temo que fuera lo que fuese lo que
pudiéramos meter en su chimenea, se les
ocurriría algo peor para sacarlo de ahí. Por
otra parte, no tienen chimenea, así que
deberemos olvidar esa idea.
Mientras tanto, Gurgi había vuelto con un
enorme montón de paja que había cogido del
gallinero y sus compañeros, agradecidos,
empezaron a cubrir con ella el suelo arcilloso.
Mientras Gurgi iba a buscar más paja, Taran
contempló con aire dubitativo la que habían
puesto en el suelo.
—Supongo que podría intentar soñar algo
—dijo, sin demasiadas esperanzas—. La verdad
es que no tengo ninguna idea mejor.
—Podemos hacerte una cama lo más
cómoda posible —dijo Fflewddur—, y mientras
tú sueñas podemos ir pensando también. Así,
cada uno de nosotros estará trabajando a su
modo. No me importa decirte que me
encantaría tener el broche de Adaon —añadió
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—. ¿Dormir? No haría falta que me lo pidieran
dos veces, porque me caigo de cansancio.
Taran, aún no muy seguro, se estaba
preparando para acostarse en la paja cuando
apareció otra vez Gurgi, con los ojos
desorbitados y temblando. El pobre ser se
encontraba tan trastornado que sólo lograba
hacer muecas y emitir jadeos. Taran se
incorporó de un salto.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
Gurgi les hizo gestos para que le
acompañaran hasta el gallinero, y todos se
apresuraron a seguirle. El inquieto Gurgi les
llevó hasta la pequeña construcción de
ramajes cubiertos con lechada y luego
retrocedió, aterrado, señalando hacia una
esquina. Allí, entre la paja, se encontraba el
caldero.
Era rechoncho y negro y tendría la altura
de un niño. Su fea boca era lo bastante ancha
como para engullir un cuerpo humano; los
bordes estaban sucios y medio agrietados. El
fondo del caldero estaba manchado de hollín y
había en él estrías de un color marrón oscuro
que Taran sabía muy bien que no se debían a
la herrumbre. Su mango, largo y grueso,
estaba asegurado con una pesada barra de
metal, y a cada lado del caldero había una
gruesa anilla que parecía el eslabón de una
enorme cadena. Aunque estaba hecho de
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hierro inanimado, el caldero parecía vivo,
como retorciendo su forma en un frenesí de
maldad más vieja que el hombre. En su boca
abierta la gélida brisa gemía, aprisionada,
haciendo nacer de sus silenciosas
profundidades un murmullo como el de las
voces perdidas de las almas muertas que
sufren tormento.
—Es el Caldero Negro —dijo Taran.
Su voz se había convertido en un
murmullo por el miedo y la sorpresa.
Comprendía muy bien el terror de Gurgi, pues
le bastaba con ver el caldero para sentir que
una mano helada le aferraba el corazón. Se
apartó de él, sin atreverse a contemplarlo por
más tiempo.
El rostro de Fflewddur había palidecido y
Eilonwy se tapó la boca con la mano.
Acurrucado en el rincón, Gurgi temblaba de un
modo lamentable. Pese a que había sido él
quien lo había encontrado, no lanzaba alegres
chillidos de triunfo y, en vez de fanfarronear,
se encogía sobre la paja como intentando
fundirse en ella.
—Sí, bueno..., supongo que realmente se
trata del caldero —replicó Fflewddur, tragando
saliva con dificultad—. Por otra parte —añadió
con voz esperanzada—, quizá no sea el
caldero. Ellas dijeron que tenían un montón de
ollas y marmitas por aquí. Quiero decir...,
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bien, deberíamos asegurarnos antes de
cometer un error.
—Es el Crochan —dijo Taran—, he soñado
con él. Y aunque no hubiera soñado con él lo
reconocería, pues puedo sentir el mal que
esconde.
—Yo también —musitó Eilonwy—. Está
lleno de muerte y sufrimiento. Comprendo
muy bien que Gwydion quiera destruirlo. —Se
volvió hacia Taran—. Tenías mucha razón al
querer buscarlo sin pérdida de tiempo —
añadió Eilonwy estremeciéndose—. Retiro todo
lo que he dicho. El Crochan debe ser destruido
lo más pronto posible.
Sí —suspiró Fflewddur—, me temo que se
trata del mismísimo Crochan. Oh, ¿por qué no
una linda teterita en vez de este feo y enorme
trasto? Sin embargo —prosiguió, aspirando
una honda bocanada de aire—, ¡robémoslo!
¡Un Fflam jamás vacila!
¡No! —gritó Taran, extendiendo la mano
para detener al bardo—. No podemos robarlo
y llevarlo con nosotros en pleno día..., y
tampoco debemos quedarnos aquí, pues de lo
contrario sabrían que lo hemos encontrado.
Volveremos con los caballos cuando haya
anochecido y nos lo llevaremos. Por el
momento, será mejor que volvamos al establo
y actuemos como si nada hubiera ocurrido.
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Los compañeros se apresuraron a volver al
establo; una vez lejos del Crochan, Gurgi
recobró un poco el ánimo.
—¡El hábil Gurgi lo encontró! —dijo—. ¡Oh,
sí, él siempre encuentra lo perdido! ¡Ha
encontrado antes cerditas y ahora encuentra el
gran caldero en el que se cuecen maldades y
brebajes! ¡El buen amo honrará al humilde
Gurgi!
Pese a todos sus gritos, su rostro seguía
lleno de miedo. Taran le propinó unas
palmadas en el hombro, intentando
tranquilizarle.
—Sí, viejo amigo —le dijo—, más de una
vez nos has ayudado. Pero nunca hubiera
imaginado que esconderían el Crochan en un
gallinero vacío bajo un montón de paja sucia.
—Agitó la cabeza—. Pensaba que lo guardarían
mucho mejor...
—Al contrario —dijo el bardo—, son muy
listas. Lo ocultaron en el primer sitio donde
todos hubieran mirado, sabiendo que era tan
fácil encontrarlo que a nadie se le hubiera
ocurrido buscar en él.
—Quizá —dijo Taran, frunciendo el ceño
—. O quizá... —añadió, incapaz de dominar el
miedo que se agitaba en su interior—quizá
pretendían que lo encontráramos.
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Una vez en el establo, los compañeros
intentaron dormir: la noche, cada vez más
próxima, les traería una labor dura y
peligrosa. Fflewddur y Gurgi cayeron en un
sopor intranquilo; Eilonwy se acurrucó
envuelta en su capa y se tapó con un poco de
paja. Taran estaba demasiado nervioso e
inquieto para que le resultara posible cerrar
los ojos. Se quedó sentado en silencio; en las
manos tenía un gran rollo de cuerda que
había encontrado entre sus ya parcos arreos.
Habían decidido colgar el caldero entre los dos
caballos y partir de los pantanos con rumbo al
seguro refugio del bosque, donde podrían
destruir el Crochan.
En la cabaña no se veía ninguna señal de
vida; al anochecer, no obstante, se encendió
de pronto una vela en la ventana. Taran se
puso en pie silenciosamente y, con gran
cautela, salió del establo. Moviéndose entre las
sombras, se abrió paso hasta la pequeña
vivienda y atisbo por la ventana. Permaneció
ante ella durante un instante, atónito e incapaz
de moverse. Luego se volvió y echó a correr
para reunirse con los otros, tan de prisa como
podían llevarle sus pies.
—¡Las he visto ahí dentro! —murmuró,
despertando al bardo y a Gurgi—. ¡No son en
absoluto como antes!
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—¿Qué? —exclamó Eilonwy—. ¿Estás
seguro de no haber dado con otra cabaña
distinta?
—Claro que no —le replicó Taran—. Si no
me crees, ve y echa una mirada. No son
iguales que antes. Hay tres, sí, pero son
distintas. Una cardaba lana; otra estaba
hilando y la tercera tejía.
—Bueno... —dijo el bardo—, supongo que
es un buen modo de distraerse. No hay gran
cosa que hacer, en medio de estos horribles
pantanos.
—Tendré que verlo con mis propios ojos —
afirmó Eilonwy—. No hay nada extraño en
tejer, pero, aparte de eso, no entiendo nada
de lo que has dicho.
Con Taran guiándoles, los compañeros
fueron cautelosamente hasta la ventana. Todo
era tal y como les había dicho. En el interior de
la cabaña había tres figuras muy ocupadas,
pero ninguna de ellas se parecía a Orddu, a
Orwen ni a Orgoch.
—¡Son preciosas! —murmuró Eilonwy.
—Había oído historias sobre viejas arpías
que intentaban hacerse pasar por hermosas
doncellas —susurró el bardo—, pero jamás
había oído hablar de hermosas doncellas
intentando hacerse pasar por viejas arpías. No
lo encuentro natural y no me importa confesar
que me pone bastante nervioso. Creo que
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haríamos mejor cogiendo el caldero y
largándonos.
—Ignoro quiénes son —dijo Taran—, pero
me temo que su poder es mucho más grande
del que podemos imaginar. No entiendo cómo,
pero nos hemos encontrado con algo..., no sé
de qué se trata. Me da miedo y me inquieta.
Sí, debemos apoderarnos del caldero tan
pronto como podamos, pero deberíamos
esperar hasta que se durmieran.
—Si duermen —dijo el bardo—. Después
de lo que he visto, no me sorprendería
nada..., ni siquiera que durmieran colgadas de
los pies durante toda la noche, como los
murciélagos.
Durante largo tiempo, Taran temió que el
bardo estuviera en lo cierto: quizá las brujas
no precisaran dormir. Los compañeros
montaron turnos de guardia para vigilar la
cabaña, y la luz no se apagó hasta casi
despuntar el alba. Taran, con el ánimo
torturado, decidió esperar un poco más; muy
pronto oyeron sonoros ronquidos dentro de la
cabaña.
—Ahora deben de ser como antes —
observó el bardo—, no puedo imaginar a unas
bellas damas roncando de tal modo. No, ésa
es Orgoch. Reconocería ese ronquido en
cualquier sitio.
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Lloyd Alexander El caldero mágico
Bajo las sombras tranquilas de esa falsa
luz que precede a la aurora, los compañeros
volvieron rápidamente al gallinero; una vez en
él, Eilonwy corrió el riesgo de encender su
juguete.
El Crochan seguía en su rincón, oscuro y
lleno de fatídicos presagios.
—Aprisa —les ordenó Taran, cogiéndolo
por el mango—. Fflewddur y Eilonwy, agarrad
las asas; Gurgi, levántalo por el otro lado. Lo
sacaremos de aquí y lo llevaremos hasta los
caballos para atarlo. ¿Listos? Ahora, haced
fuerza todos a la vez.
Los compañeros se esforzaron al máximo
y a punto estuvieron de caer al suelo. El
caldero no se había movido.
—Es más pesado de lo que pensaba —
dijo Taran—. Probad de nuevo.
Se dispuso a mover las manos para
agarrar con más fuerza el mango, y descubrió
que no podía soltarlas del caldero. Espoleado
por el miedo, intentó apartarlas del metal,
pero todo era en vano.
—Yo diría... —murmuró el bardo—, yo
diría que me he enganchado con algo.
¡Yo también! —exclamó Eilonwy,
luchando para liberar sus manos.
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Lloyd Alexander El caldero mágico
¡Y Gurgi está atrapado! —aulló el
aterrado Gurgi—. ¡Oh, pena, oh, dolor! ¡No
puede moverse!
Los compañeros se agitaron
desesperadamente, luchando contra su
mudo enemigo de hierro. Taran se debatió y
tiró del caldero hasta acabar sollozando y
falto de fuerzas. Eilonwy se había
derrumbado, agotada, con las manos aún
pegadas a la gruesa anilla de hierro. Taran
intentó nuevamente liberarse, pero el Caldero
le tenía bien agarrado.
Una figura ataviada con un camisón
apareció en el umbral.
—¡Es Orddu! —exclamó el bardo—
¡Acabaremos siendo sapos, estoy seguro!
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Lloyd Alexander El caldero mágico
14
El precio
Orddu, parpadeando a causa del sueño y
con un aspecto aún menos aseado que de
costumbre, entró en el gallinero. Detrás de
ella venían las otras dos brujas, también
ataviadas con largos camisones de dormir y
con la cabellera enmarañada cubriéndoles la
espalda en una masa de hirsutos mechones.
Habían adoptado nuevamente su forma de
viejas y ahora en nada se parecían a las
doncellas que Taran había visto al espiar por
la ventana.
Orddu levantó por encima de su cabeza
un candil chisporroteante y contempló a los
compañeros.
—¡Oh, los pobres corderitos! —exclamó—.
¿Qué han hecho, qué han hecho?
¡Intentamos advertirles sobre el feo
Crochan, pero los gansitos testarudos no
quisieron escucharnos! Oh, vaya, vaya —
cloqueó apenada—, ¡ahora se han pillado los
deditos en él!
—¿No crees que deberíamos prender ya el
fuego? —dijo Orgoch con un graznido
apagado. Orddu se volvió hacia ella.
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—Cállate, Orgoch —le riñó—, qué idea tan
horrible... Es demasiado pronto para
desayunar.
—Nunca es demasiado pronto —musitó
Orgoch.
—Mírales —prosiguió Orddu con voz
cariñosa—. Son tan encantadores cuando
están asustados... Parecen pajarillos
desplumados.
—¡Orddu, nos has engañado! —gritó Taran
—. ¡Sabías que encontraríamos el caldero y lo
que sucedería entonces!
—Pues claro que sí, polluelo mío —le
replicó Orddu con voz melosa—. Pero
sentíamos mucha curiosidad por ver lo que
haríais cuando lo encontraseis. ¡Y ahora que lo
habéis encontrado, ya lo sabemos!
Taran luchó desesperadamente por
liberarse. Pese al terror que sentía, echó la
cabeza hacia atrás para mirar a Orddu con aire
desafiante.
—¡Matadnos si queréis, arpías malvadas!
—gritó—. ¡Sí, habríamos robado el caldero y
luego lo habríamos destruido! ¡Y volveré a
intentarlo mientras me quede vida!
Taran se lanzó furiosamente contra el
inamovible Crochan e intentó de nuevo con
todas sus fuerzas levantarlo del suelo. Todo
fue en vano.
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Lloyd Alexander El caldero mágico
—Me encanta ver como se enfadan. ¿A ti
no te ocurre igual? —murmuró Orwen con
expresión feliz a Orgoch.
—Ten cuidado —le aconsejó Orddu a Taran
—, o acabarás haciéndote daño con tanto tirar
y empujar. Te perdonamos que nos hayas
llamado arpías —añadió con indulgencia—.
Ahora estás inquieto, pobre polluelo, y eres
capaz de soltar lo primero que se te ocurra.
—¡Sois unas criaturas malvadas! —
exclamó Taran—. Haced de nosotros lo que os
plazca, pero tarde o temprano seréis vencidas.
Gwydion sabrá cuál fue nuestro destino. Y
Dallben...
¡Sí, sí! —gritó Gurgi—. ¡Lo descubrirán, oh,
sí! ¡Y entonces habrá grandes combates y
mandobles!
—Queridos pollitos míos —le replicó Orddu
—, seguís sin entender nada, ¿verdad?
¿Malvadas? Vaya, benditos sean vuestros
pequeños corazoncitos desbocados, no somos
malvadas.
—Me costaría bastante calificar todo esto
como «bueno» —murmuró el bardo—. Al
menos, desde mi punto de vista personal.
—Naturalmente que no —le dijo Orddu—.
No somos ni buenas ni malas: sencillamente,
nos interesan las cosas tal y como son. Y en
este momento la cosa es, aparentemente, que
el Crochan os ha pillado.
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—¡Y no os preocupa! —chilló Eilonwy—.
¡Eso es mucho peor que ser malvadas!
—Claro que nos preocupa, querida mía —
le dijo Orwen intentando calmarla—. Lo que
ocurre es que no nos importa del mismo modo
que a vosotros o, más bien, que la
preocupación no es un sentimiento que
realmente pueda tener cabida en nuestra
naturaleza.
—Vamos, vamos —dijo Orddu—, no os
torturéis con tales asuntos. Hemos estado
hablando sin parar y tenemos algunas noticias
agradables para vosotros. Sacad el Crochan de
aquí, hace mucho calor y estamos demasiado
apretados: luego os las contaremos. Adelante
—añadió—, ahora ya podréis levantarlo.
Taran miró a Orddu con desconfianza,
pero pese a todo se arriesgó a empujar el
caldero. Éste se movió, y entonces Taran
descubrió que sus manos habían quedado
libres. Con bastante trabajo, los compañeros
consiguieron alzar el pesado Crochan y sacarlo
del gallinero.
El sol estaba sobre el horizonte.
Depositaron el caldero en el suelo y se
apartaron a toda prisa de él. Los rayos
luminosos del amanecer tiñeron el negro
hierro de un color rojo sangre.
—Sí, como decía —prosiguió Orddu
mientras Taran y sus camaradas se frotaban
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doloridos los brazos y las manos—, hemos
estado hablando de ello y hemos llegado a un
acuerdo al que incluso Orgoch ha dado su
conformidad..., bueno, si realmente queréis el
Crochan, os lo podéis llevar.
—¿Vais a permitir que lo cojamos? —
exclamó Taran—. Después de todo lo que
habéis hecho, ¿vais a...?
—Así es —le contestó Orddu —. El Crochan
es inútil..., salvo para crear Nacidos del
Caldero. Arawn ha hecho que no sirva para
nada más, como ya podréis imaginar. Es una
pena, pero así son las cosas... Y puedo
aseguraros que los Nacidos del Caldero son la
última especie de criaturas que desearíamos
ver paseando por aquí. Hemos decidido que
para nosotras el Crochan no es más que un
estorbo. Y, dado que sois amigos de Dallben...
—¿Nos entregáis el Crochan? —preguntó
Taran, asombrado.
—Será un placer aceptarlo, señoras mías —
dijo el bardo.
—Calma, calma, patitos —les interrumpió
Orddu —. ¿Daros el Crochan? ¡Oh, caramba,
no! Nosotras nunca damos nada. Para
conseguir una cosa hay que ganársela. Pero
os ofrecemos la oportunidad de comprarlo.
—Ay, me temo que no tenemos ningún
tesoro que entregaros a cambio —dijo Taran,
abatido.
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Lloyd Alexander El caldero mágico
—Oh, sería imposible esperar que
pagarais tanto como Arawn —le replicó Orddu
—, pero estoy segura de que podréis hallar
algo con que retribuirnos. Oh, digamos que...,
¿quizá el viento del norte encerrado en una
bolsa?
—¿El viento del norte? —exclamó Taran—.
¡Eso es imposible! ¿Cómo podéis ni soñar
que...?
—Muy bien —dijo Orddu—, no queremos
poneros demasiadas dificultades. Entonces,
que sea el viento del sur: es mucho más
pacífico.
—¡Os burláis de nosotros! —exclamó
Taran, enfadado—. El precio que pedís está
más allá de lo que cualquiera de nosotros
puede pagar.
Al oírle, Orddu pareció vacilar.
—Quizá tengas razón —acabó admitiendo
—. Bueno, entonces algo más personal. ¡Ya lo
tengo! —dijo con expresión radiante—.
Danos... ¡el día de verano más hermoso que
puedas recordar! ¡No me dirás que eso
también es difícil, pues ese día es tuyo y de
nadie más!
—Sí —dijo Orwen, excitada—, una
hermosa tarde veraniega, llena de luz y olores
que inviten a echar la siesta...
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—No hay nada tan dulce como la tarde
veraniega de un corderito joven y tierno —
murmuró Orgoch relamiéndose.
—¿Cómo os lo podría dar? —protestó
Taran—. O, si a eso vamos..., ¿cómo podría
daros el día que fuera, cuando están...,
bueno, están dentro de mí y no sé dónde?
¡No podéis sacarlos de mi interior! Quiero
decir que...
—Oh, podríamos intentarlo —musitó
Orgoch. Orddu lanzó un suspiro lleno de
paciencia.
—Muy bien, gansitos míos. Hemos hecho
nuestras sugerencias y ahora estamos
dispuestas a escuchar las vuestras. Pero
tened bien en cuenta que el intercambio
debe ser justo y ha de consistir en algo que
valoréis tanto como el Crochan.
—Yo tengo en gran aprecio mi espada —
dijo Taran—. Es la primera que he tenido y,
además, es un regalo de Dallben. La perdería
gustosamente si fuera a cambio del Crochan.
Empezó a quitársela del cinto, pero
Orddu le detuvo con un gesto; por su
expresión, parecía claro que no les interesaba
nada la oferta de Taran.
—¿Una espada? —dijo, meneando la
cabeza—. No, patito mío, caramba que no...
Tenemos ya tantas..., de hecho, tenemos
demasiadas. Y algunas de ellas son armas
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famosas que pertenecieron a grandes
guerreros.
—Entonces —dijo Taran sin vacilar—, os
ofrezco a Lluagor. Es una montura de gran
nobleza —vio como Orddu fruncía el ceño y
se calló, sin saber qué decir—. O... —añadió
de mala gana—, también está mi caballo,
Melynlas, hijo de Melyngar, la montura del
mismísimo príncipe Gwydion. No hay corcel
más seguro ni veloz. Le aprecio más que a
cualquier otro...
—¿Caballos? —dijo Orddu—. No, eso no
sirve. Es una molestia darles de comer y tener
que estar siempre cuidándolos. Además,
teniendo aquí a Orgoch es muy difícil
conservar ninguna mascota.
Taran se quedó callado unos instantes. Su
rostro palideció al pensar de pronto en el
broche de Adaon, y se llevó la mano al cuello
con un ademán protector.
—Todo lo que me resta es... —empezó a
decir lentamente.
¡No, no! —gritó Gurgi abriéndose paso
hacia la bruja con la alforja en la mano—.
¡Coged el gran tesoro de Gurgi! ¡Coged la
bolsa del morder y el mascar!
Nada de comida —dijo Orddu —, eso
tampoco sirve. La única de las tres que
siente algún interés por la comida es Orgoch,
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y estoy segura de que en vuestra alforja no
hay nada capaz de tentarla.
Gurgi se quedó mirando a Orddu con aire
alicaído.
—Pero es todo lo que el pobre Gurgi tiene
para dar —dijo, extendiendo nuevamente la
alforja.
La bruja sonrió, meneando la cabeza.
Gurgi dejó caer las manos a los costados, con
los hombros repentinamente encorvados, y
se apartó de ella abatido.
—Deben gustaros las joyas —dijo
rápidamente Eilonwy. Se sacó el anillo del
dedo y se lo ofreció a Orddu —. Es muy
bonito —dijo Eilonwy—, me lo dio el príncipe
Gwydion. ¿Veis la piedra? Fue tallada por el
Pueblo Rubio.
Orddu cogió el anillo y se lo acercó a los
ojos, bizqueando terriblemente.
—Bonito, bonito —dijo—. Muy lindo. Casi
tan lindo como tú, corderita mía. Pero es
mucho más antiguo. No, me temo que no.
Tenemos también montones de anillos, y la
verdad es que ya no deseamos tener más:
guárdalo, pollita. Puede que algún día lo
encuentres útil, pero estoy segura de que
nosotras no sabríamos qué hacer con él.
Le devolvió el anillo a Eilonwy y ésta,
tristemente, se lo puso de nuevo en el dedo.
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Lloyd Alexander El caldero mágico
—Tengo otra cosa que aprecio como un
tesoro —prosiguió Eilonwy. Metió la mano
entre los pliegues de su capa y sacó de ella la
esfera dorada—. Mirad —dijo, haciéndola girar
entre sus dedos para que despidiera su
brillante luz —. Es mucho mejor que una
simple luz —les dijo—. Con ella se ven las
cosas distintas, más claras..., es muy útil.
—Oh, qué detalle tan dulce ofrecérnosla
—dijo Orddu —. Pero ¿ves?, es otra cosa que
realmente no necesitamos.
—¡Señoras, señoras! —exclamó Fflewddur
—. Habéis dejado que se os escapara la
posibilidad de hacer un excelente negocio. —
Dio un paso adelante y cogió el arpa que
llevaba al hombro—. Puedo entender
perfectamente que las alforjas de comida y
todo lo demás no os interese, claro, pero os
pido que consideréis un poco este arpa. Vivís
muy solas en este lúgubre pantano —prosiguió
—, y un poco de música debería sentaros a las
mil maravillas.
»El arpa prácticamente toca sola —
continuó diciendo.
Apoyó el instrumento bellamente esculpido
en su hombro y, rozando apenas las cuerdas,
hizo que el aire se llenara de un prolongado y
hermoso acorde.
—¿Habéis visto? —exclamó el bardo—. ¡No
hay nada que se le pueda comparar!
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—¡Oh, es muy linda! —murmuró Orwen
con aire pensativo—. Y, claro, hay que pensar
en las canciones que podríamos interpretar
para distraernos...
Orddu examinó de cerca el arpa.
—Veo que hay unas cuantas cuerdas que
han sido anudadas hace poco. ¿Quizá la
humedad las ha afectado?
—No, no se trata exactamente de la
humedad —dijo el bardo—. Conmigo tienen
tendencia a romperse frecuentemente. Pero
sólo cuando..., bueno, cuando exagero un
poco los hechos para darles color. Estoy
seguro, señoras mías, de que vosotras no
tendréis tal problema.
—Puedo entender muy bien que la
aprecies —dijo Orddu—. Pero si queremos
música, siempre podemos hacer venir a unos
cuantos pájaros. No, pensándolo bien, sería
bastante molesto tener que mantenerla
afinada y todas esas cosas...
—¿Estáis seguros de no tener nada más?
—les preguntó Orwen esperanzada.
—Eso es todo —le respondió el bardo,
decepcionado—, absolutamente todo. A menos
que deseéis quitarnos las capas que llevamos
sobre los hombros...
—¡Oh, por supuesto que no! —dijo Orddu
—. No estaría bien que unos patitos como
vosotros fueran por ahí sin nada para taparse.
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Os moriríais de frío y entonces, ¿de qué iba a
serviros el Crochan?
»Lo siento terriblemente, gallinitas mías
—prosiguió Orddu—. A decir verdad, parece
que no tenéis nada capaz de interesarnos.
Muy bien, entonces nos quedaremos el
Crochan y vosotros seguiréis vuestro camino.
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El Crochan Negro
—Adiós, lechucitas —dijo Orddu,
volviéndose hacia la cabaña—. Es una pena
que no hayáis podido hacer ningún trato con
nosotras. Pero eso..., bueno, así son las cosas.
Iros volando a vuestro nidito y dadle muchos
recuerdos cariñosos de nuestra parte al
pequeño Dallben.
—¡Esperad! —gritó Taran, lanzándose tras
ella.
Eilonwy, que se dio cuenta de lo que
pensaba hacer, le cogió del brazo e intentó
protestar. Taran la apartó suavemente. Orddu
se detuvo y se volvió a mirarle.
—Hay... hay otra cosa más —dijo Taran en
voz muy baja. Irguió el cuerpo y tragó aire—.
El broche que llevo, el regalo de Adaon, Hijo
de Taliesin.
—¿Un broche? —dijo Orddu,
contemplándole con curiosidad—. ¿Un broche,
de veras? Sí, eso podría ser más interesante.
Quizá fuera lo apropiado... Tendrías que
haberlo mencionado antes.
Taran alzó la cabeza y sus ojos se
encontraron con los de Orddu. En ese
momento tuvo la sensación de que no había
nadie más con ellos. Se llevó la mano
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Lloyd Alexander El caldero mágico
lentamente a la garganta y sintió que el
poder del broche se agitaba en su interior.
—Habéis estado jugando con nosotros,
Orddu —murmuró—. Visteis que llevaba el
broche de Adaon cuando llegamos aquí y
reconocisteis muy bien lo que era.
—¿Importa eso? —le replicó Orddu —.
Sigue siendo cosa tuya decidir si quieres
usarlo para hacer el trato o no. Sí,
conocemos bien el broche. Menwy, Hijo de
Teirgwaedd, el primer bardo, lo creó hace
mucho tiempo.
—Podríais habernos matado —murmuró
Taran—, y tomar luego el broche.
Orddu le sonrió con tristeza.
—¿No lo entiendes aún, pobre gallinita? Al
igual que ocurre con el conocimiento, la
verdad y el amor, el broche debe ser
entregado voluntariamente o su poder
desaparece. Ah, y realmente está lleno de
poder... También debes entender eso, ya que
Menwy el bardo puso en él un potente hechizo
y lo llenó de sueños, sabiduría y visiones. Con
ese broche, un patito como tú podría ganar
muchas glorias y honores. ¿Quién podría decir
hasta dónde llegaría? Sería capaz de rivalizar
con los héroes de Prydain..., con todos, incluso
con Gwydion, príncipe de Don.
«Piénsalo bien, patito —dijo Orddu—. Una
vez que lo hayas entregado, ya no volverá
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nunca más a ti. ¿Quieres realmente cambiarlo
por un caldero maligno que pretendes
destruir?
Mientras sostenía el broche, Taran recordó
con amarga claridad todas las alegrías que
había tenido viendo y oliendo por medio de él:
las gotas de rocío sobre la telaraña, cómo
había logrado salvar a sus compañeros de la
avalancha, el modo en que Gurgi había
alabado su sabiduría, los ojos admirados de
Eilonwy y cómo Adaon le había confiado el
broche... Una vez más sintió que en su interior
se agitaba el orgullo nacido de la fuerza y la
sabiduría. Inmóvil a sus pies, el horrible
caldero parecía burlarse de él.
Taran asintió, casi incapaz de hablar.
—Sí —dijo agotado—, haré ese trato.
Se quitó lentamente el broche del cuello y,
cuando dejó caer el trozo de hierro en la
mano extendida de Orddu, fue como si en su
corazón chispeara una luz para morir en
seguida, casi arrancándole un grito de
angustia.
—¡Hecho, gallinita mía! —gritó Orddu —.
¡El broche por el Crochan!
Sus compañeros permanecían a su
alrededor, silenciosos y con el rostro abatido.
Taran apretó los puños.
—El Crochan es nuestro —dijo, clavando los
ojos en el rostro de Orddu —. ¿No es así? ¿Es
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nuestro y podemos hacer con él lo que nos
plazca?
—Pues claro que sí, querido pajarillo mío
—dijo Orddu —. Nosotras nunca rompemos un
trato. Es vuestro por completo y de ello no
cabe duda alguna.
—En vuestro establo vi martillos y barras
de hierro —dijo Taran—. ¿Nos dejaréis usarlas?
O... —añadió con amargura—¿debemos pagar
aún otro precio por ellas?
—Usadlas, usadlas, no faltaría más —le
replicó Orddu —. Digamos que eso forma parte
del trato, y debemos admitir que eres un
polluelo muy osado al hablar así.
Taran llevó a sus compañeros hasta el
establo y una vez allí se detuvo.
—Comprendo muy bien lo que pensabais
hacer —les dijo en voz baja y calmada,
estrechándoles las manos uno a uno—. Todos
habríais entregado vuestro mayor tesoro por
mí. Me alegro de que Orddu no cogiera tu
arpa, Fflewddur —añadió—. Sé que sin tu
música serías mucho más desgraciado que yo
sin mi broche. Y tú, Gurgi, jamás debiste
intentar sacrificar tu comida por mí. Eilonwy,
tu anillo y tu juguete son demasiado hermosos
y útiles como para cambiarlos por un feo
Crochan.
»Ahora —dijo Taran—, todas esas cosas
son doblemente preciosas. Y vosotros también
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lo sois, pues habéis demostrado ser los
mejores camaradas que se puede tener. —
Cogió un pesado martillo que había apoyado
en la pared—. Venid ahora, amigos, pues
debemos terminar una tarea.
Armados con cuñas y barras de hierro, los
compañeros regresaron presurosos y,
mientras las tres brujas les contemplaban,
Taran levantó su martillo y lo dejó caer luego
con todas sus fuerzas sobre el Crochan.
El martillo rebotó y el caldero resonó
como una lúgubre campana que anuncia el
desastre, sin que se hubiera formado en él ni
una grieta. Lanzando un grito de ira, Taran
golpeó de nuevo; también el bardo y Eilonwy
descargaban sobre el caldero una lluvia de
golpes y Gurgi lo atacaba con su barra de
hierro.
Pese a todos sus esfuerzos, en el caldero
no apareció ni la más leve señal. Empapado en
sudor, Taran, agotado, se apoyó sobre el
martillo y se limpió el rostro con la mano.
—Oh, gansitos, debisteis decirnos antes lo
que pretendíais hacer —exclamó Orddu —. Ya
sabréis que al Crochan no se le puede hacer
eso...
—El caldero nos pertenece —le replicó
Eilonwy—. Taran ha pagado más que suficiente
por él. ¡Si queremos hacerlo pedazos, es cosa
nuestra!
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—Naturalmente —dijo Orddu —, y tenéis
toda la libertad del mundo para darle
martillazos y patadas desde ahora hasta que
los pájaros vuelvan a sus nidos. Pero, mis
tontos gansitos, nunca lograréis destruir el
Crochan de ese modo. ¡No, caramba, lo estáis
haciendo muy mal!
Gurgi, que iba a meterse en el Crochan
para atacar el metal desde dentro, se detuvo a
escuchar.
—Dado que el Crochan es vuestro —
prosiguió Orddu—, tenéis derecho a saber
cómo es posible destruirlo. Sólo hay una
forma, aunque es muy cómoda, limpia y
sencilla...
—Entonces, ¡dinos cuál es! —gritó Taran—.
¡Así podremos acabar con este objeto maligno!
—Alguien debe meterse dentro de él —
dijo Orddu —, y cuando lo haga el Crochan se
quebrará en mil pedazos. Pero —añadió—
debo deciros que ese modo de acabar con el
caldero tiene una faceta muy desagradable...:
el pobre patito que entre en él jamás volverá a
salir vivo de su interior.
Con un chillido de pánico, Gurgi dio un
salto para apartarse del caldero y echó a
correr hasta hallarse a buena distancia. Una
vez se consideró a salvo, blandió furioso su
barra de hierro y amenazó al Crochan con el
puño.
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—Sí —dijo Orddu, sonriendo—, ése es el
modo. El Crochan sólo os costó un broche, pero
destruirlo costará una vida. Y no sólo eso:
quien entregue su vida al Crochan debe
hacerlo voluntariamente y sabiendo muy bien
el precio que paga.
»Y ahora, gallinitas mías —prosiguió—,
debemos despedirnos. Orgoch tiene un sueño
terrible. Nos habéis hecho levantar muy
temprano, ¿comprendéis? Adiós, adiós.
Agitó su mano y, seguida por las otras dos
brujas, entró en la cabaña.
—¡Alto! —gritó Taran—. Dime..., ¿no hay
otro modo? —le suplicó, corriendo hasta la
puerta.
Orddu asomó la cabeza un momento.
—No hay otro modo, gallinita mía —le
dijo, y por primera vez había una sombra de
compasión en sus palabras.
La puerta se cerró con un fuerte golpe
delante de Taran. En vano la golpeó con los
puños: las brujas no le contestaron y hasta la
ventana se oscureció de repente con una niebla
negra e impenetrable.
—Cuando Orddu y sus amigas se despiden
lo hacen a conciencia —señaló el bardo—.
Dudo que volvamos a verlas —añadió, con el
rostro mucho más alegre—, Y ésa es la mejor
noticia que me han dado en lo que llevamos de
mañana.
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Taran, agotado, dejó caer su martillo al
suelo.
—Tiene que haber alguna otra posibilidad
a nuestro alcance —dijo—. No podemos
destruir el Crochan y no podemos correr el
riesgo de perderlo...
—Escondámoslo —sugirió Fflewddur—.
Enterrémoslo...; y yo diría que lo hagamos
tan pronto como podamos. Puedes estar bien
seguro de que no encontraremos a nadie con
ganas de saltar ahí dentro y destruir el
caldero para hacernos un favor.
Taran sacudió la cabeza.
—No podemos esconderlo. Tarde o
temprano Arawn lo encontraría, y todos
nuestros esfuerzos habrían sido en vano.
Dallben sabrá qué hacer —prosiguió —. Sólo él
posee la sabiduría necesaria para ocuparse del
caldero. Gwydion había planeado llevar el
Crochan a Caer Dallben y ahora ésa debe ser
nuestra misión.
Fflewddur asintió.
—Supongo que eso será lo más seguro.
Pero este armatoste es enorme e incómodo:
no logro imaginarme a nosotros cuatro
llevándolo por los senderos de la montaña...
Los compañeros condujeron a Lluagor y
Melynlas ante la silenciosa cabaña y
sostuvieron el caldero con cuerdas entre los
dos corceles. Gurgi y Eilonwy guiaban a las
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monturas con su pesada carga, mientras
Taran y el bardo caminaban, uno delante y
otro detrás, impidiendo que el Crochan se
moviera demasiado.
Aunque anhelaba abandonar la cabaña de
Orddu, Taran no se atrevió a cruzar
nuevamente los pantanos de Morva y acabó
decidiendo que los compañeros rodearían
durante un trecho la ciénaga, manteniéndose
en terreno firme y siguiendo un sendero que
bordeaba las zonas fangosas hasta llegar a los
páramos.
—Es más largo —dijo Taran—, pero los
pantanos son demasiado traicioneros. La vez
anterior me guió el broche de Adaon. Ahora
—añadió con un suspiro—me temo que os
conduciría al mismo destino que tuvieron los
Cazadores.
¡Ésa es una idea bastante buena! —
exclamó el bardo—. No para nosotros, quiero
decir —añadió a toda prisa—, sino para el
Crochan. ¡Hundamos esa espantosa olla en
las arenas movedizas!
¡No, gracias! —contestó Eilonwy—. Cuando
lográramos encontrar arenas movedizas ya nos
estaríamos hundiendo con el Crochan. Si estás
cansado podemos cambiar de sitio y tú guiarás
a Melynlas.
—En absoluto, en absoluto —gruñó
Fflewddur—. No pesa tanto. De hecho
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encuentro el ejercicio de lo más tonificante.
¡Un Fflam jamás flaquea!
Apenas lo hubo dicho se rompió una
cuerda del arpa, pero el bardo no se enteró:
estaba demasiado ocupado sosteniendo el
caldero para que no se balanceara.
Taran avanzaba en silencio, abriendo la
boca sólo para indicarles el camino a Eilonwy y
Gurgi. Siguieron así durante todo el día,
descansando brevemente de vez en cuando;
no obstante, al llegar el ocaso Taran se dio
cuenta de que habían cubierto muy poca
distancia y de que aún les faltaba un trecho
para llegar a los páramos. También percibía lo
cansado que estaba: una fatiga pesada como
el Crochan abrumaba su alma, algo que no
había sentido mientras llevaba el broche de
Adaon.
Acamparon en un brezal frío y desolado
sobre el que colgaba como un sudario la
neblina que se alzaba desde los pantanos de
Morva. Una vez allí libraron del peso del
Crochan a los cansados corceles mientras
Gurgi sacaba comida de su alforja. Después de
la cena, Fflewddur se animó un poco y, aunque
temblaba a causa del frío y la humedad, se
llevó el arpa al hombro e intentó alegrar a sus
compañeros con una canción.
Taran, que normalmente acogía con placer
cada ocasión de oír la música del bardo, se
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quedó sentado a cierta distancia, vigilando con
expresión abatida el caldero. Unos instantes
después, Eilonwy se acercó a él y le puso la
mano en el hombro.
—Me doy cuenta de que no te consolará
mucho —le dijo—, pero si lo miras bien..., en
cierto modo, realmente no les diste nada a las
brujas. Les entregaste el broche y todos los
poderes que iban con él, pero debes darte
cuenta de que todos procedían del broche. No
estaban dentro de ti.
»Pienso que habría sido mucho peor darles
un día de verano —añadió—, porque eso es
parte de ti. Yo sé muy bien que no habría
querido darles ni uno solo de mis días
veraniegos..., ni siquiera uno de invierno, si a
eso vamos. Por lo tanto, si lo piensas bien,
Orddu no te quitó nada..., ¡después de todo,
sigues siendo tú mismo, y eso no podrás
negármelo!
—Sí —respondió Taran—, sigo siendo
solamente un Aprendiz de Porquerizo. Debí
saber muy bien que aquello era demasiado
bello para que durase.
—Quizá estés en lo cierto —dijo Eilonwy—;
sin embargo, en lo que respecta a ser
Aprendiz de Porquerizo, pienso que como tal
eres magnífico. Créeme, no tengo ni la menor
duda de que eres el mejor Aprendiz de
Porquerizo de toda Prydain. No tengo ni idea
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de cuántos habrá, pero eso no importa..., y
dudo que ni uno solo de ellos hubiera hecho lo
que tú.
—No podía obrar de otro modo —dijo Taran
—, si queríamos conseguir el caldero. Orddu
dijo que sólo les interesaban las cosas tal y
como son —prosiguió—. Ahora creo que en
realidad les preocupan las cosas tal y como
deberían ser... Adaon sabía que su destino
estaba ya decidido —prosiguió Taran,
volviéndose hacia Eilonwy, con la voz más
firme ahora—, y no intentó huir de él, aunque
le iba a costar la vida. Pues bien —afirmó—, si
hay un destino aguardándome, me enfrentaré
a él. Mi única esperanza es que pueda hacerlo
con tanta dignidad como Adaon.
—Pero no debes olvidar —dijo Eilonwy—,
ocurra lo que ocurra, que conseguiste el
caldero que deseaban Gwydion, Dallben y
todos nosotros también. Eso es algo que nadie
podrá quitarte y sólo por eso ya tienes una
razón para estar orgulloso.
Taran asintió.
—Sí, al menos eso lo conseguí.
No dijo nada más, y Eilonwy se retiró en
silencio, dejándole allí.
Cuando los otros llevaban ya largo rato
dormidos, Taran seguía sentado contemplando
el Crochan. Pensó cuidadosamente en todo lo
que le había dicho Eilonwy y su desesperación
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Lloyd Alexander El caldero mágico
se hizo algo menos intensa: en lo más hondo
de su ánimo sintió nacer una débil llamita de
orgullo. Muy pronto el caldero estaría en
manos de Gwydion y aquella larga misión
habría terminado.
—Al menos he conseguido eso —se repitió
Taran, hablando consigo mismo, y en su
corazón floreció nuevamente el coraje.
Pero al oír el viento que gemía sobre el
brezal, con el Crochan alzándose ante él como
una férrea sombra, pensó otra vez en el
broche, y con el rostro enterrado en las
manos, lloró.
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Lloyd Alexander El caldero mágico
16
El río
El sueño de aquella noche no refrescó
demasiado a Taran y su cansancio al despertar
era casi tan agudo como al dormirse. Pese a
ello, avisó a sus compañeros apenas
despuntaba el alba; con gran esfuerzo
empezaron a disponer de nuevo las sogas que
ataban el Crochan a Lluagor y Melynlas.
Cuando hubieron terminado, Taran miró a su
alrededor con inquietud.
—En estos páramos no hallaremos ningún
escondite —dijo—. Había tenido la esperanza
de ir por terreno llano, con lo que nuestro
viaje habría resultado más fácil, pero temo
que Arawn tenga a todos sus gwythaints
buscando el Crochan. Más pronto o más tarde
nos encontrarían, y en esos lugares podrían
lanzarse sobre nosotros como gavilanes sobre
indefensas gallinas.
—Por favor, no hables de gallinas —dijo el
bardo torciendo el gesto—, ya tuve bastantes
con Orddu.
¡Gurgi protegerá a su buen amo! —gritó
Gurgi.
Sé que harás cuanto esté a tu alcance —le
dijo —, pero ni todos nosotros juntos podemos
enfrentarnos a un solo gwythaint —Taran
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sacudió la cabeza—. No —dijo de mala gana—,
creo que lo mejor será desviarse hacia el
bosque de Idris. El camino es más largo, pero
al menos nos dará cierta protección.
Eilonwy estuvo de acuerdo.
—Normalmente no es muy sabio ir en
dirección opuesta a la de tu meta —dijo—,
pero puedes estar bien seguro de que no
deseo combatir con ningún gwythaint.
—Entonces, adelante —dijo Fflewddur—.
¡Un Fflam jamás desfallece! ¡Aunque no sé
muy bien cómo acabarán mis doloridos
huesos!
Mientras estuvieron en los páramos, los
compañeros no hallaron grandes dificultades,
pero al adentrarse en el bosque de Idris el
Crochan se hizo cada vez más incómodo de
llevar. Pese a que los árboles y la maleza les
ofrecían un escondite protector, los senderos
eran muy angostos. Lluagor y Melynlas
tropezaban con bastante frecuencia y, aunque
se esforzaban valerosamente, en más de una
ocasión estuvo el caldero a punto de quedar
atascado entre la espesura.
Taran les indicó que se detuvieran.
—Nuestros corceles han hecho todo lo
posible —dijo, acariciando con suavidad el
cuello de Melynlas—. Ahora nos toca a
nosotros ayudarles. Ojalá Doli estuviera aquí
—dijo con un suspiro—. Estoy seguro de que
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hallaría un modo más sencillo y cómodo de
llevar el Crochan. Pensaría un poco y se le
ocurriría alguna idea inteligente, como hacer
algún tipo de armazón con ramas y lianas...
—¡Eso es! —exclamó Eilonwy—. ¡Tú
mismo acabas de encontrarlo! ¡Lo haces
sorprendentemente bien para no tener el
broche de Adaon!
Con sus espadas, Taran y el bardo cortaron
ramas bien resistentes mientras Eilonwy y
Gurgi recogían lianas de los árboles. Taran
sintió que se le alegraba un poco el ánimo al
ver como la armazón iba tomando forma
según su plan: los compañeros colocaron el
Crochan en ella y emprendieron de nuevo la
marcha; no obstante, incluso con su ayuda y
por mucho que se esforzaran, el avance era
lento y penoso.
—¡Oh, pobres brazos cansados! —gimió
Gurgi —. ¡Oh, labores y dolores! ¡Esta olla
malvada resulta un amo cruel y duro para
todos nosotros! ¡Oh, dolor y pena! ¡El
desfallecido Gurgi jamás volverá a marcharse
de Caer Dallben sin permiso!
Taran sintió que las ásperas ramas le
herían los hombros y apretó los dientes hasta
casi hacerlos rechinar. También él empezaba a
tener la impresión de que el gigantesco y
horrible caldero había cobrado una extraña
vida propia. El Crochan, achaparrado y
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oscurecido por la sangre, parecía acechar a su
espalda mientras Taran avanzaba
tambaleándose por entre la maleza. Se
quedaba aprisionado en las ramas una y otra
vez, como si extendiera hacia ellas anhelantes
miembros invisibles, y los compañeros debían
esforzarse entonces al máximo para soltarlo y
avanzar de nuevo.
Aunque hacía tanto frío que su aliento se
convertía en nubéculas blancas, tenían las
ropas empapadas en sudor y los zarzales las
habían convertido prácticamente en harapos.
Los árboles eran cada vez más abundantes
y tupidos, y el suelo iba subiendo de nivel
hasta formar una colina. A Taran le parecía que
el Crochan se hacía más pesado a cada paso
que daban. Sus fauces abiertas le
contemplaban con burla; el caldero iba
minando sus fuerzas mientras él luchaba y se
esforzaba para hacerlo subir por la cuesta.
Los compañeros habían llegado casi a la
cima cuando de repente una de las ramas que
sostenían el Crochan se partió: el caldero cayó
al suelo, arrastrando con él a Taran. Se puso en
pie, dolorido, se frotó el hombro y contempló
el caldero, que parecía devolverle la mirada
con desprecio.
—Es inútil —jadeó Taran agitando la cabeza
—, jamás conseguiremos cruzar el bosque con
él. Es inútil intentarlo...
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—Me recuerdas a Gwystyl —observó
Eilonwy—. Si no fuera porque tengo los ojos
abiertos, no encontraría ninguna diferencia
entre los dos.
—¡Gwystyl! —exclamó el bardo,
contemplando con pena sus manos llenas de
ampollas y cortes —. ¡Cómo envidio su
madriguera de conejo ahora! A veces pienso
que acertó de pleno...
—Somos demasiado pocos para
transportar semejante peso —dijo Taran
desesperado—. Con otro caballo o con dos
manos más quizá tuviéramos una oportunidad,
pero así no hacemos sino engañarnos a
nosotros mismos pensando que podemos
llevar el Crochan a Caer Dallben.
—Puede que eso sea cierto —dijo Eilonwy
con un suspiro de cansancio—, pero no se me
ocurre qué otra cosa podemos hacer, salvo
seguir engañándonos. Puede que si lo hacemos
el tiempo suficiente acabemos llegando a
casa...
Taran cortó otra rama, pero el corazón le
pesaba tanto como el mismísimo Crochan.
Una vez que los compañeros hubieron
conseguido transportar su carga hasta la cima,
y después de descender a un profundo valle,
Taran estuvo a punto de caer al suelo
desesperado. Ante ellos se extendía un río
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turbulento que parecía una amenazadora
serpiente marrón.
Taran contempló con expresión abatida
las espumeantes aguas durante un instante y
luego les dio la espalda.
—Nuestro destino es que el Crochan no
llegue jamás a Caer Dallben.
—¡Tonterías! —gritó Eilonwy—. ¡Si te
detienes ahora, habrás entregado el broche de
Adaon a cambio de nada! ¡Eso es peor que
ponerle un collar a un búho para dejar luego
que salga volando!
—Si no me equivoco —dijo Fflewddur,
intentando animar a Taran—, ése debe ser el
río Tewyn. Lo he cruzado algo más al norte,
allí donde nace. Es sorprendente la cantidad
de información que llegas a recoger siendo un
bardo vagabundo...
—Ay, amigo mío, eso no nos sirve de nada
—dijo Taran—, a no ser que volvamos hacia el
norte y crucemos el río por donde no es tan
caudaloso.
—Me temo que eso tampoco iría
demasiado bien —dijo Fflewddur—. Para
seguir ese camino deberíamos subir por las
montañas. Si vamos a cruzar el río,
tendremos que hacerlo por aquí.
—Ahí abajo parece algo más angosto —dijo
Eilonwy, señalando hacia un punto en que el
río trazaba una curva—. Muy bien, Taran de
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Caer Dallben —dijo —, ¿qué hacemos? No
podemos quedarnos aquí sentados hasta que
los gwythaints o algo aún más desagradable
acabe encontrándonos y, ciertamente, no
podemos volver con Orddu para ofrecerle
nuevamente el Crochan.
Taran tragó una honda bocanada de aire.
—Si todos estáis dispuestos —dijo—,
intentaremos cruzar.
Los compañeros llevaron lentamente el
Crochan hasta la orilla, luchando con su
aplastante peso. Mientras Gurgi, guiando los
caballos, se iba adentrando cautelosamente
en la corriente, poniendo primero un pie y
luego el otro, Taran y el bardo avanzaron
sosteniendo el caldero; Eilonwy iba detrás
para impedir que se agitara. El agua helada
hirió las piernas de Taran como si fuera un
cuchillo. Hundió los talones en el lecho del río,
intentando sostenerse mejor, y sintió que se
hundía: Fflewddur, a su lado, se esforzaba
para que la corriente no se llevara la armazón.
Taran sintió que el frío del agua le impedía
respirar, y la cabeza empezó a darle vueltas
mientras las ramas se deslizaban entre sus
dedos ateridos.
Durante un breve instante de terror notó
que caía; entonces su pie encontró una roca y
logró apoyarse en ella. Las lianas crujieron al
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tensarse bajo el peso del caldero, sacudido
por la corriente. Ahora los compañeros se
encontraban en el centro del río y el agua les
llegaba sólo hasta la cintura. Taran levantó el
rostro, del que chorreaba agua fangosa, y vio
que la orilla no estaba muy lejos. El terreno
parecía menos abrupto y el bosque no era tan
denso.
—¡Pronto estaremos ahí! —gritó,
recobrando el ánimo. Gurgi ya había sacado
los caballos del agua y volvía hacia el río para
ayudar a sus compañeros.
Un poco más cerca de la orilla, el fondo del
río se volvía rocoso. Taran avanzó casi a ciegas
por entre las piedras resbaladizas y
traicioneras. Ante él se alzaba una masa de
grandes peñascos que le obligaron a tener
mucho cuidado con el Crochan. Gurgi tendía
ya las manos hacia él cuando de pronto Taran
oyó que el bardo lanzaba un agudo grito. El
caldero estuvo a punto de volcar y Taran
empujó hacia adelante con todas sus fuerzas.
Eilonwy cogió el caldero por el mango y tiró
desesperadamente de él al tiempo que Taran
se derrumbaba en la orilla.
El Crochan rodó sobre sí mismo y quedó
medio hundido en el barro.
Taran se volvió para ayudar a Fflewddur. El
bardo había tropezado con las rocas y, tras
haber caído entre ellas, se esforzaba ahora por
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llegar a la orilla. Tenía el rostro lívido a causa
del dolor y el brazo derecho le colgaba inútil
del costado.
—¿Se ha roto? ¿Se ha roto? —gimió
Fflewddur mientras Taran y Eilonwy le
arrastraban hacia la orilla.
—Podré responderte dentro de un
momento —dijo Taran.
Le ayudó a sentarse y apoyó la espalda del
bardo, que estaba a punto de desfallecer, en el
tronco de un aliso. Abrió la capa de Fflewddur
y, tras cortarle la manga del jubón, examinó
cuidadosamente el brazo herido. Taran se dio
cuenta en seguida de que, además del
considerable golpe de la caída, una de las
patas del Crochan había herido
profundamente a Fflewddur en el costado.
—Sí —dijo Taran con voz grave—, me temo
que se ha roto.
Al oír sus palabras, el bardo emitió un
prolongado quejido y agachó la cabeza.
—Terrible, terrible —gimió—. Un Fflam
siempre está alegre, pero esto es muy difícil de
soportar...
—Fue un accidente bastante grave —dijo
Eilonwy, intentando ocultar su preocupación—,
pero no debes tomártelo así. Puede arreglarse,
encontraremos el modo de...
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—¡Es inútil! —gritó Fflewddur desesperado
—. ¡Nunca será igual que antes! ¡Y todo es
culpa de ese maldito Crochan! ¡Oh, estoy
seguro de que esa cosa horrible me atacó
deliberadamente!
—Te prometo que acabarás poniéndote
bien —dijo Taran.
Mientras intentaba tranquilizar al
preocupado Fflewddur, arrancó unas cuantas
tiras bien anchas de su capa.
—Dentro de nada estará tan bien como
antes —añadió—. Naturalmente, no podrás
mover el brazo hasta que se haya curado.
—¿El brazo? —dijo Fflewddur—. ¡No es el
brazo lo que me preocupa! ¡Es mi arpa!
—Tu arpa se halla en mejor estado que tú
—dijo Eilonwy, que descolgó del hombro de
Fflewddur su instrumento y se lo puso en el
regazo.
—¡Gran Belin, qué susto me habías dado!
—dijo Fflewddur, acariciando el arpa con la
mano sana—. ¿Brazos? Claro que sí, siempre
se curan sin ningún problema. Al menos una
docena de veces me he..., sí, bueno, quiero
decir que una vez me torcí la muñeca
mientras practicaba un poco de esgrima...; en
cualquier caso, tengo dos brazos..., ¡pero sólo
un arpa! —El bardo lanzó un inmenso suspiro
de alivio—. Ciertamente, ya estoy mejor.
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Pese a que sonreía con valentía, Taran
pudo percibir que el bardo sufría bastante más
de lo que revelaban sus palabras. Con gestos
tan diestros como cuidadosos, Taran escogió
una rama del tamaño adecuado y la colocó a lo
largo del miembro herido, que luego envolvió
apretadamente con las tiras de tela,
entablillando así el brazo de Fflewddur.
Después cogió unas hierbas de la alforja que
llevaba Lluagor.
—Mastícalas —le dijo al bardo—, te
aliviarán el dolor. Y será mejor que
permanezcas sin moverte ni lo más mínimo
durante un buen rato.
—¿Quedarme aquí tendido? —exclamó el
bardo—, ¡No, ahora menos que nunca!
¡Debemos sacar esa repugnante marmita del
fango!
Taran meneó la cabeza.
—Nosotros tres lo intentaremos. Con un
brazo roto, ni siquiera un Fflam puede sernos
de gran ayuda.
—¡Imposible! —gritó Fflewddur—. ¡Un Fflam
siempre ayuda! Intentó levantarse del suelo,
pero volvió a desplomarse con un quejido de
dolor. Jadeando a causa del esfuerzo, se quedó
callado, y contempló con aire abatido su brazo.
Taran cogió las cuerdas y, con Gurgi y
Eilonwy siguiéndole, se metió en el agua. El
Crochan estaba medio sumergido: la corriente
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formaba remolinos alrededor de la abertura y
el caldero parecía hablar con un murmullo
desafiante. Taran vio que, aunque la armazón
de ramas no se había roto, el caldero había
quedado atrapado entre dos rocas. Hizo un
nudo corredizo con la soga, lo pasó por una
de las patas e indicó a Gurgi y Eilonwy que
tirasen al avisarles él.
Taran se adentró un poco más en el río y,
agachándose, intentó meter el hombro bajo el
caldero mientras Gurgi y Eilonwy tiraban con
todas sus fuerzas. El Crochan no se movió.
Calado hasta los huesos y con las manos
entumecidas, Taran luchó en vano con el
caldero. Finalmente volvió sin aliento y
tambaleándose a la orilla y, una vez allí, ató
las sogas a Lluagor y Melynlas.
De nuevo se metió Taran en la gélida
corriente e indicó con un grito a Eilonwy que
obligara a los caballos a alejarse del río. Las
sogas se tensaron y los corceles se esforzaron
al máximo, en tanto que Taran empujaba con
toda su alma el inamovible caldero. El bardo
había logrado ponerse en pie y les ayudaba en
la medida de sus fuerzas. Gurgi y Eilonwy se
metieron en el agua y se reunieron con
Taran; el Crochan, no obstante, resistió
incluso al esfuerzo combinado de los tres.
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Desesperado, Taran les hizo una señal
para que se detuvieran. Con el ánimo abatido,
los compañeros volvieron a la orilla.
—Acamparemos aquí el resto del día —dijo
Taran—. Mañana, cuando hayamos recobrado
las fuerzas, lo intentaremos otra vez. No sé
cómo, pero debe existir algún modo de
sacarlo. Está aprisionado entre las rocas y las
algas y cuanto más nos esforzamos más
atascado parece quedar.
Miró hacia el río. El caldero, medio
hundido en el agua, parecía observarles como
un maligno animal de presa.
—El caldero está lleno de mal y sólo
males nos ha traído —dijo Taran—. Me temo
que ahora ha conseguido derrotarnos por fin.
Se apartó del río y detrás de él los
arbustos se agitaron. Taran giró en redondo
con la espada desenvainada.
Y entre los árboles apareció una figura.
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17
El dilema
Era Ellidyr. Con Islimach tras él, fue hasta
la orilla: su cabellera leonada estaba cubierta
de barro reseco y tenía el rostro manchado
de tierra. En sus mejillas y sus manos se
veían huellas de crueles heridas; su jubón,
lleno de sangre, le colgaba hecho harapos de
los hombros y ya no llevaba capa. En sus
ojos rodeados por anillos oscuros ardía una
luz febril. Ellidyr se detuvo ante los
compañeros, enmudecidos de sorpresa, y,
echando la cabeza hacia atrás, les contempló
con expresión burlona.
—Me alegra encontraros —dijo con voz
ronca—, valerosa tropa de espantapájaros. —
Sus labios se retorcieron en una tensa sonrisa
cargada de amargura—. El porquerizo, la
criada..., no veo al soñador.
—¿Qué haces aquí? —le gritó Taran,
encarándose con él—. ¿Osas pronunciar el
nombre de Adaon? Está muerto y yace
enterrado bajo su túmulo. ¡Nos has
traicionado, Hijo de Pen-Llarcau! ¿Dónde
estabas cuando los Cazadores cayeron sobre
nosotros? ¿Dónde estabas cuando otra espada
podría haber inclinado la batalla a nuestro
favor? ¡El precio fue la vida de Adaon, un
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Lloyd Alexander El caldero mágico
hombre mucho mejor de lo que nunca llegarás
a ser tú!
Ellidyr, sin contestarle, pasó junto a Taran
y, moviéndose con cansada rigidez, tomó
asiento al lado de las alforjas.
Dadme algo de comer —dijo en tono
brusco—. Sólo he tenido raíces y agua de
lluvia como provisiones.
—¡Traidor malvado! —gritó Gurgi,
levantándose de un salto—. ¡No hay morder y
mascar para el perverso villano, no, no!
—Contén la lengua —dijo Ellidyr—, o no
tendrás cabeza con que moverla.
—Dadle comida como ha pedido —ordenó
Taran.
Murmurando furioso, Gurgi obedeció y
abrió su bolsa mágica.
—¡Y no creas que eres bienvenido aquí
sólo porque te damos de comer! —le gritó
Eilonwy.
—La criada no parece muy alegre de
verme —dijo Ellidyr—. Tiene mal genio.
—No puedo culparla por ello, realmente —
dijo Fflewddur—, y no veo que debieras
esperar otra cosa. Nos jugaste una mala
pasada. ¿Esperabas acaso que te recibiéramos
con una fiesta?
—Veo que al menos el rascador de arpas
está con vosotros —dijo Ellidyr, cogiendo la
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comida que le tendía Gurgi—. Pero veo
también que ahora el pájaro tiene un ala rota.
—Otra vez pájaros —murmuró el bardo
estremeciéndose—. ¿No me dejarán nunca
olvidar a Orddu?
—¿Por qué nos has buscado? —le
preguntó secamente Taran—. Antes no tuviste
ningún escrúpulo en abandonarnos. ¿Qué te
trae aquí ahora?
—¿Buscaros yo? —Ellidyr lanzó una áspera
carcajada—. Busco los pantanos de Morva.
—Bueno, pues estás muy lejos de ahí —
exclamó Eilonwy—. Pero si tienes mucha prisa
por llegar, como yo espero, me encantará
orientarte. Y cuando llegues, te sugiero que
busques a Orddu, Orwen y Orgoch. Ellas se
alegrarán mucho más que nosotros cuando te
vean.
Ellidyr engulló a toda prisa su comida y se
apoyó en las alforjas.
—Eso está mejor —dijo—, ya siento algo
de vida en mi cuerpo.
—Espero que te sientas lo bastante vivo
para marchar en seguida adonde vayas, sea
cual sea tu destino —le replicó enfadada
Eilonwy.
—Y sea cual sea el vuestro —contestó
Ellidyr—, os deseo que disfrutéis mucho con
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el viaje. Encontraréis Cazadores más que
suficientes para divertiros...
—¿Cómo? —gritó Taran—. ¿Siguen por
aquí los Cazadores?
—Sí, porquerizo —le contestó Ellidyr—.
Toda Annuvin anda revuelta. He logrado
correr más que los Cazadores, practicando el
noble deporte de la liebre que huye ante los
sabuesos. También los gwythaints se
divirtieron conmigo —añadió con una risa
despectiva—, aunque hacerlo les costó
perder a dos miembros de su bandada. Pero
quedan los suficientes para ofreceros una
buena caza, si eso es lo que buscáis.
—Espero que no los hayas atraído hacia
nosotros —empezó a decir Eilonwy.
Ellidyr la interrumpió.
—No les llevaría a ningún sitio y menos
aún hasta vuestro paradero, ya que lo
ignoraba. Cuando los gwythaints y yo nos
despedimos, puedo aseguraros que no me fijé
demasiado en el camino que tomaba.
—Ahora puedes escoger con tiempo tu
camino —dijo Eilonwy—, siempre que te lleve
lejos de nosotros. Y espero que lo recorras tan
aprisa como hiciste al abandonarnos sin aviso.
—¿Sin aviso? —rió Ellidyr—. Un Hijo de
Pen-Llarcau no huye sigilosamente en la noche
como un ladrón. Erais demasiado lentos para
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mí y tenía asuntos muy urgentes de los que
ocuparme.
—¡Tu propia gloria! —le replicó secamente
Taran—. No pensabas en nada más: di al
menos la verdad, Ellidyr.
—Es cierto que pretendía ir a los pantanos
de Morva —dijo Ellidyr, sonriendo con
amargura—. Y es tamben cierto que no pude
encontrarlos. Aunque lo habría conseguido si
los Cazadores no se hubieran interpuesto en
mi camino...
»Por lo que ha dicho la criada —prosiguió
Ellidyr—, deduzco que habéis estado en
Morva.
Taran asintió.
—Sí, hemos estado ahí. Ahora volvemos a
Caer Dallben.
Ellidyr se rió de nuevo.
—Y también vosotros habéis fracasado.
Pero dado que vuestro viaje fue el más largo,
os pregunto, ¿quién ha malgastado mayor
cantidad de esfuerzo y sufrimiento?
—¿Fracasado? —exclamó Taran—. ¡No
hemos fracasado! ¡El caldero es nuestro! Ahí
está —añadió, señalando la oscura forma del
Crochan medio hundida en el barro.
Ellidyr se incorporó de un salto y miró
hacia el río.
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—¡Cómo es posible! —gritó con ira—¿Me
habéis engañado una vez más? —Su rostro se
oscureció a causa de la rabia—. ¿He
arriesgado de nuevo mi vida para que un
porquerizo me robara mi trofeo?
En sus ojos ardía la locura y su mano
saltó hacia el cuello de Taran, pero éste la
desvió de un golpe.
—Jamás te he engañado, Hijo de Pen-
Llarcau! —gritó—. ¿Tu trofeo? ¿Arriesgar tu
vida? Hemos perdido una vida y hemos
derramado sangre por el caldero. Sí, príncipe
de Pen-Llarcau, hemos pagado por él un
precio muy caro..., mucho más caro de lo
que tú puedas llegar a imaginar.
Ellidyr pareció estar a punto de ahogarse,
tal era su rabia. Permaneció en pie sin
moverse, con el rostro contorsionado por la
ira, y tardó unos instantes en lograr que de
nuevo su rostro adoptara la expresión fría y
altanera de costumbre, aunque seguían
temblándole las manos.
—Así pues, porquerizo —dijo con voz
ronca y sibilante—, has logrado encontrar el
caldero después de todo... Aunque, la verdad,
me parece que ahora es más propiedad del río
que tuya. Ah, ¿quién podría haberlo dejado en
semejante sitio sino un porquerizo? ¿No tenías
el seso suficiente como para hacerlo trizas, en
vez de llevarlo con vosotros?
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—El Crochan no puede ser destruido a
menos que alguien dé su vida entrando en él
—le respondió Taran—. Tenemos el seso
suficiente para saber que sólo estará seguro en
manos de Dallben.
—¿Quieres ser un héroe, porquerizo? —le
preguntó Ellidyr—. ¿Por qué no entras en él?
Estoy seguro de que tienes el valor suficiente
para ello..., o quizá en el fondo de tu ánimo
seas un cobarde, y lo demuestras al tener la
prueba ante ti.
Taran no hizo el menor caso a las burlas de
Ellidyr.
—Necesitamos tu ayuda —le apremió—. No
somos lo bastante fuertes: ayúdanos a llevar el
Crochan a Caer Dallben. Ayúdanos por lo
menos a sacarlo del barro.
—¿Ayudaros? —Ellidyr lanzó una feroz
carcajada—. ¿Ayudaros? ¿Para que así un
porquerizo pueda luego pavonearse ante
Gwydion y alardear de sus hazañas? ¿Para que
un príncipe de Pen-Llarcau deba reírle las
gracias? ¡No, de mí no recibiréis ninguna
ayuda! ¡Te advertí que debías cumplir con tus
obligaciones! ¡Cumple ahora con ellas,
porquerizo!
—¡Gwythaints! —gritó Eilonwy de pronto
señalando hacia el cielo.
Sobre los árboles se divisaban tres
gwythaints que, cual compitiendo en velocidad
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con las nubes impulsadas por el viento, se
lanzaron sobre ellos. Taran y Eilonwy ayudaron
a Fflewddur y se metieron tambaleándose
entre la maleza. Gurgi, medio enloquecido por
el miedo, se encargó de los caballos, a los que
llevó al refugio ofrecido por los árboles.
Mientras Ellidyr les seguía, los gwythaints
cayeron en picado con el viento silbando entre
sus plumas brillantes.
Los gwythaints volaron en círculos sobre el
caldero en medio de roncos graznidos,
tapando el sol con sus negras alas. Uno de los
feroces pájaros se posó por un instante en el
Crochan y aleteó estruendosamente. Los
gwythaints no hicieron el menor intento de
atacar a los compañeros: trazaron otro
círculo sobre el caldero y luego remontaron el
vuelo hacia lo alto, dirigiéndose al norte. Las
montañas no tardaron en tragárselos.
Pálido y tembloroso, Taran salió de los
arbustos.
—Han encontrado al fin lo que estaban
buscando —dijo —. Muy pronto Arawn sabrá
que el Crochan está esperando a que nos lo
quite de entre las manos. —Se volvió hacia
Ellidyr—. Ayúdanos —le pidió de nuevo—, te
lo ruego. No podemos perder ni un momento.
Ellidyr se encogió de hombros y fue hasta
la orilla, observando desde allí con atención
el Crochan medio hundido en el fango.
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—Puede moverse —dijo al volver junto a
ellos—, pero no serás tú quien lo consiga,
porquerizo. Necesitarás la fuerza de Islimach
para unirla a la de tus corceles..., y también
necesitarás la mía.
—Entonces, préstanos tu ayuda —le
suplicó Taran—. Saquemos el Crochan del
fango y marchémonos antes de que más
esbirros de Arawn lleguen hasta aquí.
—Puede que lo haga y puede que no —le
respondió Ellidyr con una extraña expresión
en la mirada—. Así que pagaste un precio por
conseguir el caldero, ¿no? Muy bien, entonces
tendrás que pagar otro ahora.
«Escúchame, porquerizo —prosiguió—, si
te ayudo a llevar el caldero a Caer Dallben,
tendrá que ser según mis condiciones.
—No es momento para condiciones —gritó
Eilonwy—, y no queremos oír las tuyas,
Ellidyr. Encontraremos un modo de sacar el
Crochan o nos quedaremos aquí junto a él
mientras que uno de nosotros regresa en
busca de Gwydion.
—Permaneced aquí y dejad que os maten
—replicó Ellidyr—. No, debe hacerse ahora y
se hará como yo diga o no se hará. —Se
volvió hacia Taran y le dijo—: Éstas son mis
condiciones: el Crochan es mío y se hará con
él lo que yo ordene. Yo lo encontré,
porquerizo, no tú. Fui yo quien luchó por él y
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quien lo conquistó, y eso es lo que dirás a
Gwydion y a los demás. Y todos deberéis
prestar el más sagrado de los juramentos.
—¡No lo haremos! —gritó Eilonwy—. ¡Nos
pides que mintamos para poder robar así el
Crochan y robar también con él todo nuestro
esfuerzo! ¡Estás loco, Elllidyr!
—No estoy loco, criada —dijo Ellidyr con
los ojos llameando—, estoy agotado..., estoy
harto. ¿Me oyes? Toda mi vida he sido
obligado a ocupar el segundo puesto y a ver
cómo se me hacía a un lado y se me
despreciaba. ¿El honor? Siempre se me ha
negado, pero esta vez no dejaré que el trofeo
se me escurra entre los dedos.
—Adaon vio una bestia negra sobre tus
hombros —dijo Taran en voz baja—, y yo
también la he visto. Ahora la estoy viendo,
Ellidyr.
—¡No me importa nada tu bestia negra!
—gritó Ellidyr—. Sólo me importa mi honor.
—¿Piensas acaso que el mío no me
importa? —le dijo Taran.
—¿Qué es el honor de un porquerizo
comparado al de un príncipe? —le replicó
Ellidyr con una carcajada.
—He pagado por mi honor —dijo Taran,
alzando ahora la voz—mucho más de lo que
pagarías tú por el tuyo. ¿Me pides ahora que
lo arroje al fango?
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—Porquerizo, osaste reprocharme que
buscara la gloria —dijo Ellidyr—, pero ahora te
aferras a ella con tus sucias manos. No
pienso discutir más. O aceptáis mis términos
o no tendréis mi ayuda. Escoged.
Taran se quedó callado y Eilonwy agarró a
Ellidyr por el jubón.
—¿Cómo osas pedir tal precio?
Ellidyr se apartó, haciendo que Eilonwy le
soltara.
—Que decida el porquerizo. Es cosa suya
pagarlo o no.
—Si presto el juramento —dijo Taran,
volviéndose hacia sus compañeros—, vosotros
deberéis jurar también conmigo. Nunca he
roto un juramento, y hacerlo sería ahora una
deshonra aún peor que en cualquier otro
caso. Antes de tomar mi decisión debo saber
si estáis dispuestos a comprometeros
también vosotros, pues en esto debemos
estar todos de acuerdo.
Nadie respondió a sus palabras hasta que,
por último, Fflewddur habló en un murmullo:
—Pongo la decisión en tus manos y me
someto a lo que hagas.
Gurgi inclinó la cabeza con solemnidad.
—¡No mentiré por un desertor traicionero
como él! —gritó Eilonwy.
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—No es por él —le dijo Taran con voz
tranquila—, sino por nuestra misión.
—No es justo..., —empezó a decir Eilonwy,
con el llanto asomando en sus ojos.
—No estamos hablando de lo que es
justo —le replicó Taran—, sino de una misión
que debe ser llevada a término.
Eilonwy desvió la mirada.
—Fflewddur ha dicho que la elección es
tuya —murmuró por último —. Yo debo decir
lo mismo.
Taran guardó silencio durante un momento
que pareció eterno y otra vez le invadió la
inmensa angustia que había sentido al perder
el broche de Adaon. Entonces recordó las
palabras de Eilonwy en aquel instante de su
más negra desesperación, y oyó de nuevo la
voz de la muchacha diciéndole que nada podría
quitarle lo que había hecho. Y, sin embargo,
eso era exactamente lo que Ellidyr le pedía
ahora.
Taran inclinó la cabeza.
—El caldero es tuyo, Ellidyr —dijo con
lentitud—. Estamos a tus órdenes y todo se
hará como tú digas. Así lo juramos.
En silencio, con el ánimo abatido, los
compañeros siguieron las órdenes de Ellidyr y
una vez más ataron las sogas a la masa medio
hundida del Crochan. Ellidyr puso los tres
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corceles uno junto a otro y ató luego las sogas
a sus sillas de montar. Mientras Fflewddur
sostenía las riendas con su mano sana, los
compañeros se metieron en el río.
Ellidyr, con el agua espumeante hasta las
rodillas, ordenó a Taran, Eilonwy y Gurgi que
se colocaran a los dos lados del Crochan y no
lo dejaran resbalar de nuevo hacia las rocas.
Después le hizo una seña al bardo, que
esperaba en la orilla, y se dispuso a empezar
su parte de la tarea.
Tal como había hecho anteriormente con
Melynlas, Ellidyr metió el cuerpo debajo del
caldero hasta donde se lo permitieron las
rocas. Tensó los músculos y las venas
parecieron a punto de estallar en su frente
chorreante de sudor. Pese a todo, tanto
Eilonwy como Taran tiraron en vano: el caldero
no cedía.
Con la respiración trabajosa, Ellidyr se
apoyó nuevamente en el Crochan. Las ramas
crujieron entre las rocas y las sogas se
tensaron. Ellidyr tenía los hombros cubiertos
de sangre y su rostro estaba blanco como el
de un muerto. Con voz ahogada dio una nueva
orden a los compañeros, y sus músculos se
estremecieron en un último esfuerzo.
De pronto se desplomó de bruces en el
agua con un grito, intentando sin éxito
recobrar el equilibrio. Después, al
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incorporarse, lanzó un grito más fuerte, esta
vez de triunfo: el caldero había quedado libre.
Los compañeros se afanaron
desesperadamente para llevar el Crochan a
tierra firme. Ellidyr cogió un extremo del
armazón y avanzó tirando de él: con un
crujido, el caldero descansó por fin en la orilla.
Los compañeros ataron luego a toda prisa
las sogas entre Melynlas y Lluagor. Ellidyr
puso delante a Islimach para que guiara a los
otros dos corceles y les ayudara un poco a
llevar el peso.
Hasta ese momento había ardido en los
ojos de Ellidyr la luz de la victoria, pero
entonces su expresión cambió.
—Mi caldero ha sido recobrado del río —
dijo, mirando de un modo extraño a Taran—.
Pero ahora pienso que quizá obre demasiado
aprisa y que tú accediste con excesiva rapidez
a mis condiciones. Dime, porquerizo, ¿qué
estás tramando? —Nuevamente le dominaba la
ira—. ¡Lo sé muy bien! ¡Piensas engañarme
otra vez!
—Tienes mi juramento de que... —empezó
a decir Taran.
—¿De qué sirve el juramento de un
porquerizo? —dijo Ellidyr—. ¡Puedes romperlo
con la misma facilidad con que lo has
pronunciado!
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—Eso es lo que tú dices —le replicó airada
Eilonwy—, y eso es lo que tú harías, príncipe
de Pen-Llarcau. Pero nosotros no somos como
tú.
—Todos éramos necesarios para sacarlo
del río —prosiguió Ellidyr, bajando la voz—,
pero ahora..., ¿es necesario que lo llevemos
entre todos? Bastaría con unos pocos —añadió
—. Sí, sí, sólo unos pocos. Quizá una sola
persona, si ésta fuera lo bastante fuerte...
»¿Acaso puse un precio demasiado bajo?
—siguió diciendo, dándose la vuelta y
encarándose a Taran.
—¡Ellidyr, estás realmente loco! —gritó
Taran.
—Sí —rió Ellidyr—. ¡Loco por haber creído
en tu palabra! ¡El precio debe ser el silencio...,
el silencio eterno! —Su mano avanzó hacia la
espada—. Sí, porquerizo, siempre supe que
con el tiempo deberíamos acabar
enfrentándonos.
Saltó hacia adelante alzando la espada y,
antes de que Taran pudiera desenvainar la
suya, Ellidyr le lanzó un potente mandoble que
a duras penas logró esquivar. Acosado por
Ellidyr, Taran retrocedió tambaleándose por la
orilla y trepó de un salto a un peñasco,
intentando durante todo ese tiempo
desesperadamente sacar su arma. Ellidyr se
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metió en el agua mientras los compañeros
avanzaban hacia él para detenerle.
En el mismo instante en que Ellidyr
golpeaba de nuevo, Taran perdió el equilibrio;
intentó levantarse, pero las piedras resbalaron
bajo sus pies, haciéndole caer de espaldas.
Alzó las manos, al sentir que la corriente se
apoderaba de él, y se hundió. El agudo borde
de una roca se alzó bruscamente ante él y
Taran perdió el conocimiento.
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18
La pérdida
Cuando Taran despertó ya era de noche.
Se encontró recostado en un tronco, cubierto
con una capa. Sentía un sordo latido en la
cabeza y le dolía todo el cuerpo. Eilonwy,
inclinada sobre él, le observaba preocupada.
Taran pestañeó un par de veces e intentó
sentarse. Durante unos instantes, su memoria
fue un confuso torbellino de imágenes y
sonidos: el estruendo del agua, una piedra,
un grito... La cabeza aún le daba vueltas. Un
resplandor amarillo le deslumbraba. A medida
que su mente iba aclarándose comprendió
que la muchacha había encendido su esfera
dorada y la había colocado sobre el tronco.
Junto a él ardía una pequeña hoguera en la
cual estaban echando ramas el bardo y Gurgi.
—Me alegro de que hayas decidido
despertar —dijo Eilonwy, intentando parecer
alegre, mientras Fflewddur y Gurgi se
arrodillaban junto a Taran—. Tragaste tal
cantidad de agua que temimos que sería
imposible hacértela escupir, y el golpe que
recibiste en la cabeza no fue precisamente una
ayuda.
—¡El Crochan! —jadeó Taran—. ¡Ellidyr! —
Miró a su alrededor—. Esta hoguera... —
murmuró—, no podemos correr el riesgo de
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tener encendida una luz..., los guerreros de
Arawn...
—O encendíamos una hoguera o te
dejábamos morir congelado —dijo el bardo—,
así que, naturalmente, nos decidimos por lo
primero. La verdad es que, dada la situación —
añadió con una triste sonrisa—, dudo que
represente ninguna diferencia tenerla
encendida o no. Con el caldero fuera de
nuestras manos, no creo que Arawn siga
sintiendo ningún interés por nosotros.
Afortunadamente, podría añadir...
—¿Dónde está el Crochan? —preguntó
Taran mientras se levantaba, sin hacer caso
del vértigo que aún sentía.
—Lo tiene Ellidyr —dijo Eilonwy.
—Y si piensas preguntar dónde está él —
añadió el bardo—, te podemos contestar en
seguida: no lo sabemos.
—El príncipe malvado se fue con la olla
mala —dijo Gurgi—, ¡sí, sí, con galopadas y
carreras!
—Que tengan buen viaje —dijo Fflewddur
—. No sé quién es peor, si el Crochan o Ellidyr.
Al menos ahora están los dos juntos.
—¿Le dejasteis marchar? —gritó Taran
lleno de alarma, llevándose las manos a la
cabeza—. ¿Habéis permitido que robara el
Crochan?
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—Permitido no me parece exactamente la
palabra adecuada, amigo mío —respondió el
bardo con tristeza.
—Pareces haber olvidado que Ellidyr
intentaba matarte —añadió Eilonwy—. Fue
una suerte que cayeras al río, porque, la
verdad, las cosas no te iban demasiado bien
en la orilla.
»De hecho, fue terrible —prosiguió la
muchacha—. Nos habíamos lanzado detrás de
Ellidyr y en esos momentos tú ya estabas a la
deriva en el río como una ramita en..., bueno,
como una ramita en un río. Intentamos
salvarte, pero Ellidyr nos atacó.
»Estoy segura de que pretendía matarnos
—dijo Eilonwy—, tendrías que haber visto su
cara y sus ojos. Estaba furioso..., peor que
furioso. Fflewddur intentó detenerle y...
—¡Ese villano tiene la fuerza de diez
hombres! —dijo el bardo—. A duras penas si
podía desenvainar mi espada..., es algo muy
incómodo cuando tienes un brazo roto,
¿comprendes? ¡Pero me enfrenté a él! ¡El
estruendo de las armas al chocar fue
espantoso! ¡Ah, jamás has visto las proezas
de que es capaz un Fflam ultrajado! Un
segundo más y le habría tenido a mi
merced..., bueno, es un modo de hablar —
añadió con premura el bardo—. Me dejó
inconsciente de un golpe.
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—¡Y Gurgi también luchó! ¡Sí, sí, con
porrazos y mordiscos!
—El pobre Gurgi hizo todo lo que pudo —
dijo Eilonwy—. Pero Ellidyr le cogió en vilo y
le arrojó contra un árbol. Cuando quise
utilizar mi arco me lo arrebató y lo partió en
dos con las manos desnudas.
—Después nos persiguió por el bosque —
dijo Fflewddur—. Jamás he visto a un hombre
en tal estado. Gritaba a pleno pulmón y nos
llamaba perjuros y ladrones, decía que
intentábamos mantenerle siempre en segundo
lugar... Al parecer, es lo único que en estos
momentos puede decir o pensar, si a eso
quieres llamarle pensar.
Taran meneó la cabeza tristemente.
—Temo que la bestia negra le ha devorado,
tal como Adaon le advirtió que ocurriría —dijo
—. Le compadezco en lo más hondo de mi
corazón.
—Yo sentiría un poco más de compasión
por él —murmuró Fflewddur—si no hubiera
intentado dejarme sin cabeza.
—Le odié durante largo tiempo —dijo Taran
—, pero en las escasas horas que tuve el
broche de Adaon creo que llegué a ver con
más claridad. Es desgraciado y su corazón
sufre. Tampoco logro olvidar lo que me dijo:
que le acusé de buscar la gloria pese a que yo
también me aferraba a ella —Taran extendió
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las manos ante él, contemplándolas—. Con
mis sucias manos... —añadió lentamente, con
la voz llena de cansancio.
—No hagas ningún caso de sus palabras
—exclamó Eilonwy—. Después de lo que nos
ha hecho, no tiene ningún derecho a culpar a
nadie de nada.
—Y, pese a todo —dijo Taran en voz muy
baja, cual si hablara consigo mismo—, era la
verdad.
—¿Ah, sí? —le preguntó Eilonwy—. Pues
en cuanto a él, acertó de pleno y se quedó
corto: nos habría matado a todos por su
honor.
Logramos huir de él —continuó diciendo
Fflewddur—. Es decir, finalmente dejó de
perseguirnos. Cuando volvimos, tanto los
caballos como el Crochan y Ellidyr habían
desaparecido. Luego seguimos el curso del
río en tu busca: no habías ido muy lejos.
¡Pero sigue asombrándome que alguien
pueda tragar tanta agua en un trayecto tan
corto!
—¡Debemos encontrarle! —exclamó Taran
—. ¡No podemos correr el riesgo de que
posea el Crochan! Tendríais que haberme
abandonado para seguirle. —De nuevo
intentó ponerse en pie —. ¡Vamos, no hay
tiempo que perder!
Fflewddur meneó la cabeza.
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—Me temo que es inútil, como diría
nuestro amigo Gwysyl. No hay el menor
rastro de él y no tenemos ninguna idea de
adonde planeaba dirigirse o cuáles eran sus
intenciones. Nos lleva demasiada ventaja y,
aunque odie admitirlo, creo que ninguno de
nosotros..., bueno, ni todos nosotros juntos
podríamos hacer gran cosa contra él. —El
bardo contempló su brazo roto—. No estamos
precisamente en muy buena forma para tratar
con el Crochan o con Ellidyr, aun si lográramos
encontrarlos.
Taran se quedó callado, con los ojos
clavados en el fuego.
—También tú dices la verdad, amigo mío —
le respondió; su voz estaba impregnada de
tristeza y desánimo—. Todos vosotros habéis
hecho mucho más de lo que tenía derecho a
pediros. Ay, os habéis portado mucho mejor
que yo... Sí, ahora sería inútil buscar a
Ellidyr..., sería tan inútil como lo ha sido toda
nuestra misión. Lo hemos entregado todo a
cambio de nada: el broche de Adaon, nuestro
honor y ahora el mismísimo Crochan.
Volveremos a Caer Dallben con las manos
vacías. Quizá Ellidyr tenía razón —murmuró—.
No es bueno que un porquerizo busque los
honores de un príncipe.
—¡Porquerizo! —chilló Eilonwy indignada—.
No hables nunca más de ti con esas palabras,
Taran de Caer Dallben. No importa lo que haya
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podido ocurrir: no eres un porquerizo, ¡eres
un Aprendiz de Porquerizo! Y eso por sí solo
ya es todo un honor. Bueno, si vas al fondo del
asunto, las dos cosas tienen el mismo
significado —añadió —, pero en una hay
orgullo y en la otra no. ¡Ya que puedes escoger,
escoge aquella en la que hay orgullo!
Taran permaneció callado unos instantes y
luego alzó la cabeza, mirando a Eilonwy.
—Adaon me dijo una vez que hay más
honor en un campo bien arado que en uno
empapado de sangre. —A medida que las
palabras surgían de sus labios, sintió que su
ánimo renacía—. Ahora me doy cuenta de que
decía una gran verdad. No le envidio su trofeo
a Ellidyr. También yo buscaré mi honor, pero lo
haré allí donde sé que puedo encontrarlo.
Los compañeros pasaron la noche en el
bosque y a la mañana siguiente fueron hacia
el sur, buscando lugares más áridos. No vieron
Cazadores ni gwythaints y apenas intentaron
esconderse, ya que, como había dicho el
bardo, las fuerzas de Arawn buscaban el
Crochan y no a una harapienta banda de
fugitivos. Al no llevar carga, avanzaron con
mayor facilidad, a pesar de que, sin Lluagor ni
Melynlas, el viaje les resultó lento y a veces
doloroso. Taran caminaba en silencio,
inclinando la cabeza para protegerse del frío
viento. Las hojas muertas se estrellaban en su
cara pero él no les hacía caso, demasiado
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absorto en el dolor que ocupaba todos sus
pensamientos.
Un poco después del mediodía, Taran
distinguió un movimiento entre los árboles
que cubrían una colina. Previendo el peligro,
instó a los compañeros a cruzar a toda prisa la
pradera y buscar refugio entre la maleza. Pero
antes de que pudieran llegar ahí, un grupo de
jinetes apareció en la colina y galopó hacia
ellos. Taran y el bardo desenvainaron sus
espadas mientras Gurgi ponía una flecha en su
arco. El agotado grupo se preparó a
defenderse tan bien como le fuera posible.
De repente, Fflewddur lanzó un potente
grito y agitó la espada lleno de emoción.
—¡Bajad las armas! —les dijo—. ¡Al fin
estamos a salvo! ¡Son guerreros de Morgant,
llevan los colores de la Casa de Madoc!
Los guerreros se acercaron a ellos
haciendo retumbar el suelo con su galope.
También Taran lanzó un grito de alivio, pues
ciertamente eran jinetes del rey Morgant y al
frente de ellos cabalgaba el mismo rey en
persona. Los guerreros se detuvieron ante
ellos y Taran corrió hacia el corcel de Morgant,
ante el que hincó una rodilla en el suelo.
—Bien hallado seáis, mi señor —dijo—.
Temíamos que vuestros hombres fueran
sirvientes de Arawn.
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El rey Morgant desmontó de su corcel. Su
negra capa estaba rota y sucia por el viaje y
en su rostro había cansancio y tristeza, pero
sus ojos seguían ardiendo con el feroz orgullo
de un halcón. Una leve sonrisa brilló por un
segundo en sus labios.
—Y, sin embargo, os preparabais a
plantarnos cara —dijo, haciendo levantar a
Taran.
—¿Qué ha sido del príncipe Gwydion y de
Coll? —se apresuró a preguntarle Taran, lleno
de una súbita inquietud—. Nos separamos en
la Puerta Oscura y no hemos tenido noticias de
ellos. Adaon ha muerto, por desgracia..., y me
temo que Doli también.
—No hay rastro del enano hasta ahora —le
respondió Morgant—. El señor Gwydion y Coll,
Hijo de Collfrewr, están a salvo. En estos
mismos instantes deben de andar buscándoos.
Pero —añadió Morgant, sonriendo levemente
otra vez—he tenido la buena fortuna de ser yo
quien os hallara.
»Los Cazadores de Annuvin nos atacaron
ferozmente en la Puerta Oscura —prosiguió
Morgant—. Logramos huir de ellos al fin y
empezamos el viaje hacia Caer Cadarn, donde
el señor Gwydion tenía la esperanza de que
acudiríais.
»No habíamos llegado aún allí —dijo
Morgant—, cuando nos llegaron nuevas de
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vosotros y de que habíais decidido ir a los
pantanos de Morva. Fue una empresa osada,
Taran de Caer Dallben —añadió Morgant—;
quizá tan osada como poco prudente.
Deberías saber que un guerrero está obligado
a rendir siempre obediencia a su señor.
—Me pareció que no podíamos hacer otra
cosa —protestó Taran—. Debíamos encontrar
el Crochan antes que Arawn. ¿No habríais
hecho vos lo mismo?
Morgant asintió con una seca inclinación
de cabeza.
—No hago reproches a tu valor, pero
debiste pensar que incluso el señor Gwydion
habría vacilado antes de tomar una decisión
tan importante y de tal peso. Nada habríamos
sabido de vuestros movimientos si no hubiera
sido porque Gwystyl, del Pueblo Rubio, nos
trajo noticias sobre vosotros. Entonces el
señor Gwydion y yo nos separamos para
buscaros.
—¿Gwystyl? —le interrumpió Eilonwy—.
¡No puede haber sido él! ¡Pero si no hizo nada
por nosotros hasta... hasta que Doli amenazó
con lastimarle! ¡Gwystyl! ¡Sólo deseaba que le
dejáramos en paz para esconderse en su
maldita madriguera!
Morgant se volvió hacia ella.
—Habláis sin pensar, princesa. Entre los
guardianes de los refugios, Gwystyl del Pueblo
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Rubio es el más astuto y valeroso. ¿Creíais
acaso que el rey Eiddileg le confiaría a
cualquiera un puesto tan cerca de Annuvin?
Pero —añadió—si le juzgasteis mal fue porque
tal era su intención.
»En cuanto al Crochan —prosiguió
Morgant mientras que Taran le miraba
perplejo—, aunque no lograsteis traerlo de
Morva, el príncipe Ellidyr nos ha prestado un
noble servicio. Sí —añadió rápidamente
Morgant—, mis guerreros le encontraron cerca
del río Tewyn durante la búsqueda. Por lo que
nos dijo supe que te habías ahogado y que el
grupo de los compañeros había sido
dispersado, en tanto que él había encontrado
el caldero de Morva.
—Eso no es cierto —empezó a decir
Eilonwy mientras en sus ojos se encendía una
chispa de ira.
—¡Calla! —exclamó Taran.
—No, no pienso callar —le replicó Eilonwy,
girando en redondo y encarándose a Taran —.
¡No pensarás decirme que sigues
considerándote atado por el juramento que
nos hiciste prestar a todos!
—¿A qué se refiere? —preguntó Morgant,
entrecerrando los ojos y observando
atentamente a Taran.
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—¡Yo os diré a qué se refiere! —respondió
Eilonwy, sin prestar atención a Taran, que se
disponía a hablar—. Es muy sencillo.
—Taran pagó por él, y el precio fue muy
alto. Lo llevamos casi sobre nuestros hombros
durante cada uno de los metros que hay de
aquí a Morva..., hasta que apareció Ellidyr. Nos
ayudó..., sí, ciertamente que nos ayudó ¡Igual
que un ladrón te ayuda a limpiar tu casa! ¡Ésa
es la verdad, y no me importa lo que cualquier
otro pueda decir!
—¿Es cierto lo que cuenta? —le preguntó
Morgant a Taran. Al ver que éste guardaba
silencio, Morgant asintió lentamente y siguió
hablando en tono pensativo—. Creo que es
cierto aunque tú no digas nada al respecto. En
la historia del príncipe Ellidyr en persona hubo
muchas cosas que me sonaron a falsas. Como
ya te dije una vez, Taran de Caer Dallben, soy
un guerrero y conozco a mis hombres. No
obstante, cuando te enfrentes a Ellidyr en
persona lo sabré todo sin ninguna duda.
«Venid —dijo Morgant, ayudando a Taran a
montar en su corcel—, iremos a mi
campamento. Vuestra misión ha terminado: el
Crochan está en mis manos.
Los guerreros de Morgant hicieron montar
al resto de los compañeros y el grupo se
adentró rápidamente en el bosque. El rey
Morgant había acampado en un gran claro
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bien protegido por la arboleda, al que sólo se
podía llegar por una abrupta garganta. Las
tiendas se confundían prácticamente con la
maleza. Taran vio a Lluagor y Melynlas entre
los demás caballos; un poco más lejos estaba
Islimach, arañando el suelo nerviosamente con
las patas y tirando de sus riendas.
Taran divisó el Crochan Negro en el centro
del claro y contuvo el aliento. Ya no estaba
unido a la armazón de ramas y, pese a que
junto a él montaban guardia dos guerreros de
Morgant con las espadas desenvainadas, no
logró evitar que le invadiera una vez más la
extraña mezcla de miedo y presagios fatídicos
que parecía colgar como una oscura niebla
sobre el caldero.
—¿No teméis que Arawn os ataque en este
lugar y se apodere nuevamente del caldero?
—le preguntó Taran en un susurro.
Morgant le miró con los ojos
entrecerrados, y en su expresión había tanto
orgullo como ira.
—Quien me desafíe será recibido
adecuadamente —dijo con voz helada—, así
sea el mismísimo Señor de Annuvin.
Un guerrero levantó el cortinaje que
cerraba uno de los pabellones y el rey Morgant
les hizo entrar en él.
Allí, atada de pies y manos, yacía la inmóvil
figura de Ellidyr. Tenía el rostro cubierto de
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sangre y parecía haber sido golpeado de tal
modo que ni siquiera Eilonwy pudo impedir que
se le escapara un grito de compasión.
—¿Cómo es posible? —exclamó Taran,
volviéndose hacia Morgant lleno de sorpresa y
reproche —. Señor —añadió con premura—,
¡vuestros guerreros no tenían ningún derecho
a hacer esto! Se le ha tratado de un modo
deshonroso.
—¿Te atreves a juzgar mis actos? —le
replicó Morgant—. Mucho debes aprender aún
en cuanto a obediencia. Mis guerreros
cumplieron mis órdenes y tú harás lo mismo.
El príncipe Ellidyr osó resistirse a mi voluntad:
te aconsejo que no sigas su ejemplo.
Al oír la llamada de Morgant, unos
centinelas armados entraron con paso rápido
en la tienda. El jefe de guerreros movió
levemente la mano, señalando a Taran y a sus
compañeros.
—Desarmadles y atadles bien.
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Lloyd Alexander El caldero mágico
19
El señor de la guerra
Antes de que el sorprendido Taran pudiera
desenvainar su espada, un centinela le agarró
y le ató las manos rápidamente a la espalda.
También el bardo fue capturado, y todos los
gritos y pataleos de Eilonwy no pudieron
librarla de idéntico destino. Gurgi, que había
logrado desasirse de sus captores, se lanzó
sobre el rey Morgant, pero un guerrero le
golpeó brutalmente y le hizo caer al suelo;
luego, montando a horcajadas sobre el inerme
Gurgi, le ató concienzudamente.
—¡Traidor! —chilló Eilonwy—. ¡Mentiroso! Te
atreves a robar...
—Hacedla callar —dijo fríamente Morgant.
Un segundo después, una mordaza ahogó
sus gritos.
Taran luchó frenéticamente por acercarse
a ella, pero acabaron derribándole y le ataron
también las piernas. Morgant lo observó todo
en silencio, con los rasgos hieráticos y sin
expresión alguna. Finalmente, los centinelas
se apartaron de los compañeros, ahora
indefensos, y Morgant les indicó con una seña
que salieran del pabellón.
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Lloyd Alexander El caldero mágico
Taran, a quien la cabeza aún daba vueltas
a causa de la confusión y la incredulidad, luchó
para librarse de sus ataduras.
—Ya eres un traidor —exclamó—. ¿Vas a
ser ahora también un asesino? ¡Estamos bajo
la protección de Gwydion y no lograrás escapar
a su ira!
—No temo a Gwydion—le respondió
Morgant—, y ahora su protección no os sirve
de nada. Su protección, a decir verdad, ya no
le sirve de nada a Prydain entera. Ni Gwydion
puede hacer gran cosa contra los Nacidos del
Caldero.
Taran le miró, horrorizado.
—No te atreverás a usar el Crochan contra
tus propios parientes, contra tu pueblo... ¡Esa
acción sería aún más repugnante que la
traición y el asesinato!
—¿Eso crees? —replicó Morgant—.
Entonces has de aprender muchas más
lecciones, aparte de la obediencia. El caldero
pertenece a quien sabe conservarlo y usarlo.
Es un arma siempre dispuesta que sólo espera
una mano: durante años Arawn fue su amo y,
sin embargo, acabó perdiéndolo. ¿No prueba
ello acaso que era indigno de él, que no tenía
la fuerza ni la astucia necesarias para evitar
que se lo acabaran arrebatando? Ellidyr, idiota
orgulloso, creyó que podía quedárselo aun
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Lloyd Alexander El caldero mágico
cuando apenas si vale lo suficiente como para
meterle dentro de él.
—¿Piensas acaso rivalizar con Arawn? —
exclamó Taran.
—¿Rivalizar con él? —le preguntó Morgant
sonriendo con dureza—. No..., pienso ser más
que él. Sé muy bien lo que hago, aunque
durante mucho tiempo me haya consumido
sirviendo a hombres de menos valía que yo;
ahora estoy seguro de que ha llegado el
momento propicio. Muy pocos entienden para
qué sirve el poder y cómo debe usarse —
prosiguió con altivez—, y son menos aún los
que se atreven a utilizarlo cuando se les
ofrece.
»Un poder como éste le fue ofrecido una
vez a Gwydion —añadió Morgant—, y lo
rehusó. Yo no fracasaré ahora que puede ser
mío. ¿Piensas fracasar tú?
—¿Yo? —preguntó Taran, mirando con
horror a Morgant.
El rey Morgant asintió. Sus párpados
entrecerrados ocultaban la expresión de sus
ojos, pero todo en su rostro de halcón
proclamaba una ávida codicia.
—Gwydion me habló de ti —dijo —. No me
contó gran cosa, pero lo poco que dijo era
interesante. Eres un joven osado..., y quizá
seas algo más que eso. No lo sé con seguridad,
pero sí estoy enterado de que no tienes
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Lloyd Alexander El caldero mágico
familia, nombre ni futuro. Nada puedes
esperar del mañana. Y, sin embargo —añadió
Morgant—, ahora puedes esperarlo todo.
»No le haría una oferta igual a Ellidyr —
siguió diciendo Morgant—. Es demasiado
orgulloso y lo que él cree su mayor fortaleza es
realmente su peor debilidad. ¿Recuerdas que
te dije cómo sé reconocer el buen temple?
Hay muchas cosas a tu alcance, Taran de Caer
Dallben, y ésta es mi oferta: jura que me
servirás como vasallo y, llegado el momento,
tú serás mi señor de la guerra, al mando de
todos mis guerreros, y en todo Prydain sólo
yo estaré por encima tuyo.
—¿Por qué me ofreces todo esto? —
exclamó Taran—. ¿Por qué me escoges a mí?
—Como ya he dicho —respondió Morgant
—, eres capaz de hacer grandes cosas si
alguien te abre camino para llevarlas a cabo.
No pensarás negarme que llevas largo tiempo
soñando con la gloria... Si te he juzgado bien,
no te es imposible acabar encontrándola.
—Júzgame bien —le replicó con ira Taran
—, ¡y sabrás cómo desprecio la sola idea de
servir a un malvado traicionero!
—Ah, no tengo tiempo para escuchar
cómo malgastas tu rabia —dijo Morgant—.
Hay muchos planes que trazar de ahora al
amanecer. Te dejaré para que pienses bien
qué prefieres ser: el primero de mis
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Lloyd Alexander El caldero mágico
guerreros, o el primero entre mis Nacidos del
Caldero.
—¡Entonces, arrójame al caldero! —gritó
Taran—. ¡Échame en él ahora mismo, cuando
aún estoy vivo!
—Me has llamado traidor —respondió
Morgant sonriendo—, pero no debes
llamarme también estúpido. Conozco el
secreto del caldero. ¿Piensas acaso que deseo
ver el Crochan convertido en mil pedazos
antes de que haya empezado su obra? Sí —
prosiguió—, también yo estuve en los
pantanos de Morva, mucho antes de que el
caldero le fuera arrebatado al poder de
Annuvin, pues sabía que más pronto o más
tarde Gwydion actuaría contra Arawn. Por eso
hice mis preparativos. ¿Pagasteis un precio
por el Crochan? También yo pagué mi precio
para saber cómo debía usarse. Sé cómo
destruirlo y sé cómo hacer que me entregue
una rica cosecha de poder.
»Sin embargo, fue muy osado de tu parte
ese intento de engañarme —añadió Morgant
—. Me temes —dijo, acercándose a Taran—, y
hay muchos en Prydain que me temen
también. Pese a todo, te atreves a
desafiarme... Pocos son los que se han
atrevido a tanto. Sí, realmente estás hecho
de un metal poco abundante que sólo espera
a ser templado en el fuego.
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Taran se disponía a contestarle, pero
Morgant alzó la mano.
—No digas nada más y piénsalo todo
cuidadosamente. Si rehúsas mi oferta, te
convertirás en un esclavo sin mente y sin voz
al que no le cabrá ni la esperanza de la
muerte para escapar a su cautiverio.
Taran sintió que su ánimo desfallecía; a
pesar de ello, alzó la cabeza con orgullo.
—Si tal es mi destino...
—Será un destino más duro de lo que
crees —dijo Morgant con los ojos centelleando
—. Un guerrero no teme entregar su propia
vida, pero... ¿sacrificará también las de sus
camaradas?
Taran emitió un apagado jadeo de horror al
oír las palabras de Morgant.
—Sí —dijo el rey—, uno a uno tus
compañeros morirán para ser entregados luego
al Crochan. ¿A cuántos habrá devorado antes
de que grites basta? ¿Será el bardo? ¿O quizá
esa hirsuta criatura que te sirve? ¿O la joven
princesa? Ellos partirán antes que tú mientras
tus ojos lo contemplan todo. Y, por último, irás
tú.
«Considéralo todo cuidadosamente —le
dijo —. Volveré a buscar tu respuesta.
Envolviéndose en su negra capa, Morgant
salió del pabellón.
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Lloyd Alexander El caldero mágico
Taran luchó con sus ataduras, pero éstas
se mantuvieron firmes. Agotado, cesó en sus
esfuerzos y hundió la cabeza, abatido.
El bardo, que había permanecido todo el
tiempo en silencio, lanzó un melancólico
suspiro.
—Si lo hubiera sabido —dijo —, le habría
pedido a Orddu, en los pantanos de Morva, que
me convirtiera en sapo. En esos momentos no
me atraía la idea, pero ahora lo he pensado
mejor y me parece una vida mucho más feliz
que la de un guerrero del Caldero. Al menos
habría podido bailar sobre la hierba mojada
por el rocío...
—No triunfará —dijo Taran—. Debemos
encontrar un modo de escapar. No podemos
perder las esperanzas...
—Estoy totalmente de acuerdo —respondió
Fflewddur—. Tu idea es magnífica en su
aspecto general; sólo encuentro cierto
problema en cuanto a los detalles. ¿Perder las
esperanzas? ¡En absoluto! ¡Un Fflam siempre
mantiene la esperanza! Pretendo seguir
teniendo esperanza —añadió tristemente—,
incluso cuando vengan para meterme en el
Crochan.
Gurgi y Ellidyr seguían inconscientes, pero
Eilonwy no había dejado de luchar
furiosamente con su mordaza y por último
logró liberarse de ella.
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—¡Morgant! —jadeó —. ¡Pagará por esto!
¡Vaya, si creí que acabaría ahogándome!
Puede que me impidiera hablar, pero no
consiguió impedir que lo oyera todo. ¡Cuando
vuelva, espero que intente meterme primero
a mí en el caldero! Pronto descubrirá con
quién se las está viendo. ¡Entonces deseará no
haber tenido jamás la idea de fabricar sus
propios Nacidos del Caldero!
Taran meneó la cabeza.
—Entonces ya será demasiado tarde, pues
nos matarán antes de llevarnos al Crochan.
No, sólo hay una esperanza. Ninguno de
vosotros será sacrificado por mi causa. He
decidido lo que debo hacer.
—¡Decidido! —explotó Eilonwy —. La única
decisión que debes tomar es cómo podremos
huir de esta tienda; si piensas en otras cosas,
sean las que sean, estás perdiendo el
tiempo. Es como preguntarse si debes
rascarte la cabeza cuando tienes un peñasco a
punto de caer sobre ti...
—Ésta es mi decisión —dijo Taran
lentamente—. Aceptaré lo que me ofrece
Morgant.
—¿Qué? —gritó Eilonwy con incredulidad
—. Durante un tiempo creí que habías
aprendido algo del broche de Adaon. ¿Cómo
puedes ni pensar en aceptar eso?
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—Le juraré vasallaje a Morgant —prosiguió
Taran—. Tendrá mi palabra, pero no podrá
hacer que la mantenga: un juramento
prestado bajo amenaza de muerte no puede
atarme. De este modo ganaremos al menos
un poco de tiempo.
—¿Estás seguro de que los guerreros de
Morgant no te han dado algún golpe en la
cabeza sin que lo notaras? —le preguntó
Eilonwy secamente—. ¿Supones acaso que
Morgant no adivinará tu plan? No tiene la
menor intención de mantener su parte del
trato; nos matará pase lo que pase. Una vez
te encuentras en sus manos..., quiero decir,
aún más de lo que estás ahora..., bueno,
acabarás descubriendo que es peor aún que
ser un guerrero del Caldero. Aunque admito
que eso tampoco resulta nada atractivo...
Taran se quedó callado durante un rato.
—Temo que estás en lo cierto —acabó
diciendo—, pero no se me ocurre qué otra
cosa podemos hacer.
—Primero, salir de aquí —le aconsejó
Eilonwy—. Ya decidiremos el resto cuando
llegue el momento. No sé por qué, pero
cuesta bastante pensar hacia dónde debes
correr cuando estás atado de pies y manos...
Con gran dificultad, los compañeros
lograron aproximarse unos a otros e
intentaron desatarse. Pero los nudos
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Lloyd Alexander El caldero mágico
resbalaban entre sus dedos entumecidos y se
negaban tozudamente a ceder, y sólo
consiguieron que las cuerdas mordieran aún
más profundamente su carne.
Una y otra vez se esforzaron los
compañeros, hasta quedar exhaustos y sin
aliento. Ni siquiera Eilonwy tenía ya las fuerzas
necesarias para hablar. Descansaron durante
un tiempo para recobrar sus energías, pero la
noche transcurría con la velocidad de un
sueño inquieto y atormentado, y los
momentos que pasaron entregados a un
nervioso sopor nada hicieron para restaurar
sus fuerzas. Además, no osaban perder
demasiado rato: Taran sabía que el amanecer
no tardaría en llegar. La fría y grisácea claridad
del alba había empezado ya a insinuarse en el
pabellón, como un hilillo de agua sobre las
rocas.
Durante toda la noche, mientras luchaban
con las cuerdas, Taran había oído los
movimientos de los guerreros en el claro y la
áspera voz de Morgant que, a gritos, daba
órdenes apremiantes. Taran se arrastró
dolorosamente hasta la cortina que cerraba la
entrada y, con la mejilla adosada contra el frío
suelo, intentó ver algo del exterior. No podía
distinguir gran cosa, pues la neblina se alzaba
en remolinos por encima del claro y sólo le
permitía percibir sombras que iban de un lado
para otro. Supuso que los guerreros estarían
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Lloyd Alexander El caldero mágico
recogiendo sus cosas, preparándose quizá
para levantar el campamento. De entre los
caballos se alzó un relincho prolongado y
quejumbroso que Taran reconoció: era
Islimach. El Crochan seguía donde lo habían
visto antes; Taran advirtió su masa oscura y
fatídica y, en un fugaz instante de horror, le
pareció que sus fauces se abrían en una
mueca codiciosa.
Taran rodó sobre sí mismo hasta volver
junto a sus compañeros. El rostro del bardo
estaba muy pálido: parecía medio aturdido por
la fatiga y el dolor de su herida. Eilonwy alzó la
cabeza y le miró en silencio.
—¿Cómo? ¿Ha llegado ya el momento de
que nos despidamos? —murmuró Fflewddur.
—Todavía no —dijo Taran—, aunque
Morgant, según temo, pronto estará aquí.
Entonces habrá llegado nuestra hora... ¿Cómo
está Gurgi?
—El pobre sigue inconsciente —respondió
Eilonwy—. Déjale, así es mejor.
Ellidyr se agitó y lanzó un débil gemido.
Sus ojos se abrieron lentamente y, con una
mueca de dolor, su rostro herido y cubierto de
sangre se volvió hacia Taran, al que estudió
durante unos instantes como si no le
reconociera. Finalmente, los labios hinchados
se fruncieron en su ya familiar gesto de
amargura.
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—Así que volvemos a estar juntos, Taran
de Caer Dallben —dijo —. No esperaba que
nos encontráramos tan pronto.
—No temas, Hijo de Pen-Llarcau —le
respondió Taran—. No lo estaremos durante
mucho tiempo.
Ellidyr inclinó la cabeza, como apenado.
—Algo que siento de veras. Me gustaría
compensar todo el mal que os he causado.
—¿Habrías dicho lo mismo si el caldero
estuviera aún en tus manos? —le preguntó con
voz queda Taran.
Ellidyr vaciló.
—Te responderé con la verdad...: no lo sé.
La bestia negra de la que hablabas es un amo
cruel, y sus garras son muy afiladas. Sin
embargo, no las había sentido hasta ahora.
«Pero hay algo que sí puedo decirte —
prosiguió Ellidyr, intentando levantarse —.
Robé el caldero por orgullo, no por maldad: te
lo juro sobre el honor que aún pueda
quedarme. No lo hubiese utilizado. Sí, habría
sido capaz de robarte la gloria para
apropiarme de ella, pero también yo pensaba
llevar el Crochan a Gwydion y ofrecérselo para
que fuera destruido. Cree al menos esto.
Taran asintió.
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Lloyd Alexander El caldero mágico
—Te creo, Príncipe de Pen-Llarcau. Y en
estos momentos quizá mi fe en ti sea mayor
que la tuya propia.
Se había levantado un poco de viento que
agitaba la tienda y soplaba con un gemido
entre los árboles. El cortinaje se apartó por un
instante y Taran vio que los guerreros se
disponían en filas detrás del caldero.
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El precio final
—¡Ellidyr! —gritó Taran—. ¿Queda en ti
aún la fuerza suficiente para romper tus
ataduras y liberarnos?
Ellidyr rodó sobre sí mismo y luchó
desesperadamente contra sus ligaduras. El
bardo y Taran intentaron ayudarle, pero
Ellidyr acabó rindiéndose, exhausto y
jadeante a causa del dolor que le producían
sus esfuerzos.
—Una parte demasiado grande de mi
fortaleza se ha esfumado —murmuró—. Temo
que Morgant me haya herido de muerte. No
puedo hacer más...
El cortinaje se alzó de nuevo; un instante
después Taran se vio arrojado de bruces al
suelo y sintió que le daban la vuelta sin
ningún miramiento. Agitando salvajemente
sus piernas atadas, Taran intentó moverse;
de pronto, una voz le gritó casi al oído:
—¡Estáte quieto, idiota!
—¡Doli! —dijo Taran, sintiendo que el
corazón le daba un vuelco—. ¿Eres tú?
—¡Inteligente pregunta! —respondió
bruscamente la voz —, ¡Deja de luchar
conmigo! ¡Las cosas son ya lo bastante
difíciles para que encima te revuelvas como
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un gusano panza arriba! ¡No sé quién hizo
estos nudos, pero ojalá los tuviera ahora
alrededor de su cuello!
Taran sintió que unas manos firmes
tiraban de sus cuerdas.
—¡Doli! ¿Cómo has llegado hasta aquí?
—No me molestes con tus preguntas
tontas —gruñó el enano.
Taran notó que una rodilla se clavaba
duramente en el hueco de su espalda
mientras Dolí intentaba agarrar mejor los
nudos.
—¿No ves que estoy ocupado? —murmuró
—. No, claro, no puedes verlo, pero eso no
importa. ¡Maldición! ¡Si no hubiera perdido mi
hacha, habría acabado con estos nudos en un
instante! ¡Oh, mis orejas! Jamás había
permanecido tanto tiempo invisible! ¡Avispas!
¡Abejas!
De pronto los nudos cedieron. Taran,
sentado en el suelo, empezó a soltarse las
ataduras de sus piernas. Un instante después,
Dolí se hizo visible y empezó a liberar a
Fflewddur. El fornido enano estaba sucio,
cubierto de fango y con las orejas de un fuerte
tono azulado. Dolí cejó un momento en su
lucha con los nudos y se dio dos buenas
palmadas en los oídos.
—¡Ya está bien de invisibilidad! —exclamó
—. Aquí no hace falta..., al menos, todavía no.
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¡Tábanos, tengo una colmena entera en las
orejas!
—¿Cómo lograste encontrarnos? —
preguntó Eilonwy mientras el enano la
desataba.
—Bueno, si tanto os interesa —le replicó
Dolí con impaciencia—, no os encontré. Al
menos, no os encontré primero a vosotros,
sino a Ellidyr. Le vi llegar por el río un poco
antes de que Morgant le cogiera. Iba de
camino a Caer Cadarn, después de haber
despistado a los Cazadores, para conseguir
ayuda de Gwydion. No me atrevía a perder
más tiempo recorriendo los pantanos en
vuestra busca. Ellidyr tenía el caldero y
también vuestros caballos, lo que me hizo
entrar en sospechas. Por lo tanto, me hice
invisible y le seguí a pie. Apenas comprendí lo
que había ocurrido volví a buscaros. Mi poni se
había escapado..., la verdad es que esa
condenada bestia y yo nunca llegamos a
apreciarnos..., por lo que llegasteis aquí antes
que yo.
El enano se arrodilló junto a Gurgi, que
empezaba a dar señales de vida, y le desató;
al tocarle el turno a Ellidyr, Doli vaciló.
—¿Qué hay de éste? —les preguntó —. Me
parece que está mejor así —añadió con voz
enfadada—. Ya sé lo que intentaba hacer.
Ellidyr alzó la cabeza.
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Taran le miró a los ojos y le hizo un rápido
gesto a Doli.
—Libérale —ordenó Taran.
Doli siguió inmóvil, no muy decidido, y
Taran repitió lo que había dicho. El enano
meneó la cabeza y luego se encogió de
hombros.
—Si tú lo dices... —murmuró, empezando a
desatarle.
Mientras Eilonwy le daba masaje a Gurgi
en las muñecas, el bardo se acercó a la
entrada de la tienda y atisbo cautelosamente
por el cortinaje. Taran examinó en vano el
interior del pabellón buscando armas.
—Veo a Morgant —dijo Fflewddur—, y
viene hacia aquí. Bueno, se llevará una
sorpresa.
—¡Estamos desarmados! —exclamó Taran
—. ¡Nos superan enormemente en número,
estaremos a su merced!
—¡Desgarrad la tela del pabellón por atrás!
—exclamó Dolí—. ¡Podéis huir corriendo por el
bosque!
—¿Y dejar el Crochan en manos de
Morgant? —le replicó Taran—. ¡No podemos
hacerlo!
Ellidyr se había puesto en pie.
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—No tuve la fuerza suficiente para
romper mis ligaduras —dijo—, pero aún puedo
prestaros un servicio.
Antes de que Taran pudiera detenerle,
Ellidyr salió corriendo del pabellón. Los
centinelas dieron la alarma y Taran vio a
Morgant retroceder un paso, sorprendido, para
desenvainar luego su espada.
—¡Matadle! —ordenó Morgant—¡Matadle,
no permitáis que se acerque al caldero!
Con el bardo y Doli pisándole los talones,
Taran salió también de la tienda y se arrojó
sobre Morgant, luchando ferozmente para
arrancarle la espada de las manos. Con un
rugido salvaje, Morgant le agarró por el cuello
y le arrojó al suelo, volviéndose luego para
perseguir a Ellidyr. Los guerreros habían roto
su formación y corrían tras él.
Taran logró levantarse y vio a Ellidyr
luchando denodadamente con uno de los
guerreros. Taran sabía que en esos instantes
el Príncipe de Pen-Llarcau combatía como
jamás lo había hecho antes, apelando a las
últimas fuerzas que aún le quedaban. Ellidyr
derribó al guerrero, pero estaba demasiado
débil y no logró esquivar el mandoble que éste
le dio en el costado, haciéndole lanzar un
grito. Se cubrió la herida con las manos y
siguió avanzando con pasos vacilantes.
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—¡No, no! —gritó Taran—. ¡Ellidyr, no lo
hagas, escapa!
Cuando apenas le separaba un metro del
caldero, Ellidyr, debatiéndose como un loco,
consiguió liberarse de los guerreros que
intentaban retenerle y, con un grito, se arrojó
a las abiertas fauces del Crochan.
El caldero tembló como un ser vivo. Taran
gritó nuevamente el nombre de Ellidyr, lleno
de pena y horror. Trató de llegar hasta el
Crochan, pero un segundo después un
estampido más fuerte que el trueno resonó
sobre el claro. Los árboles sin hojas temblaron
pese a sus raíces, y sus ramas se retorcieron
como presas de una insoportable agonía;
mientras el aire se llenaba de ecos y un
remolino de vientos salvajes aullaba en el
cielo, el caldero se hendió de parte a parte,
haciéndose luego mil pedazos. Al caer los
fragmentos al suelo apareció el cuerpo sin vida
de Ellidyr.
Entonces un corcel brotó como una
exhalación de la espesura. Sobre él iba el rey
Smoit, con la espada desenvainada; un alarido
de guerra brotaba de sus labios. Detrás del
pelirrojo monarca venía un torrente de jinetes
que se lanzaron sobre los hombres de
Morgant, y en el tumulto del combate Taran
vislumbró durante un segundo un corcel
blanco que galopaba hacia adelante.
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—¡Gwydion! —gritó Taran.
Cuando intentaba llegar hasta él, vio a
Coll: el viejo y fornido guerrero había
desenvainado ya su espada y repartía con ella
potentes golpes. Gwystyl, con Kaw aferrado a
su hombro, apareció también y se lanzó a la
contienda.
Con un grito de rabia, el rey Smoit fue
directamente hacia Morgant, que alzó su
espada para dirigir un feroz mandoble al corcel
que se le venía encima. Smoit desmontó de un
salto y dos guerreros de Morgant corrieron a
interponerse entre él y su señor. Pero Smoit
les abatió en unos segundos con dos
poderosas estocadas y siguió avanzando.
Con unos ojos desorbitados que parecían
echar fuego y con la boca retorcida en una
mueca bestial, Morgant luchó salvajemente
entre los fragmentos del caldero, como si
incluso ahora quisiera desafiar a todos y
reclamarlos para sí. Su espada se había
partido ante el acero de Smoit; a pesar de
ello, Morgant seguía blandiendo el fragmento
embotado y golpeaba con él, y un rictus de
odio y arrogancia helaba sus rasgos. Su mano
no soltó la espada manchada de sangre ni
siquiera al morir.
Los guerreros de Morgant habían muerto o
estaban ya prisioneros cuando la voz de
Gwydion se alzó para ordenar el cese del
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combate. Taran avanzó tambaleándose hasta
llegar a Ellidyr e intentó levantarle.
—La bestia negra ha desaparecido, Príncipe
de Pen-Llarcau —murmuró, inclinando la
cabeza llena de dolor.
Detrás de Taran resonó un agudo relincho
que le hizo volverse. Era Islimach, que había
logrado soltarse y ahora permanecía inmóvil
junto al cadáver de su amo. La yegua alzó su
larga y delgada cabeza, agitando sus crines,
giró en redondo y partió al galope.
Taran, que había comprendido la
expresión enloquecida de sus ojos, lanzó un
grito y corrió tras ella. Islimach se metió en la
espesura mientras Taran intentaba alcanzarla
para coger sus riendas, pero la yegua, en su
veloz carrera, había llegado ya a un barranco.
Ni siquiera entonces aflojó el paso: con un
potente salto, Islimach se lanzó por él. Pareció
colgar inmóvil un instante en el aire y cayó
luego hacia las rocas del fondo. Taran se cubrió
el rostro con las manos y regresó al claro.
Los cuerpos del rey Morgant y de Ellidyr
yacían uno junto a otro, y los jinetes del rey
Smoit cabalgaban a su alrededor en un lento
y melancólico círculo funerario. Gwydion, que
se mantenía aparte, se apoyaba con aspecto
cansado en Drynwyn, la espada negra: su
cabeza de león colgaba abatida y su rostro
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curtido por las batallas estaba lleno de pena.
Taran fue hacia él y se quedó inmóvil,
mirándole en silencio.
Pasado un tiempo, Gwydion alzó la cabeza
y habló.
—Fflewddur me ha contado todo lo que os
ocurrió. Siento un gran dolor porque Coll y yo
tardáramos tanto en encontraros, pero sin el
rey Smoit y sus guerreros me temo que no
habríamos logrado vencer. La impaciencia le
dominó y fue en nuestra busca. Si hubiera
podido mandarle un mensaje, le habría hecho
acudir hace mucho tiempo. Doy gracias por
esa impaciencia...
»Y también a ti debo estarte agradecido,
Aprendiz de Porquerizo —añadió—. El Crochan
está destruido y con él también el poder de
Arawn para aumentar las filas de sus Nacidos
del Caldero. Es una de las derrotas más
graves que Arawn ha sufrido..., pero sé qué
precio has pagado por ella.
—Fue Ellidyr quien pagó finalmente el
precio —dijo lentamente Taran—. El honor es
suyo. —Luego le habló de Islimach y añadió—.
Al final lo perdió todo, incluso su montura.
—Quizá lo haya ganado todo —respondió
Gwydion—, y su honor se vea ahora
asegurado para siempre. Alzaremos un
túmulo en memoria suya y también Islimach
reposará a su lado, pues ahora los dos se
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encuentran en paz. Los muertos de Smoit
serán igualmente honrados y se levantará
otro túmulo sobre el cuerpo de Morgant, rey
de Madoc.
—¿Morgant? —le preguntó Taran,
contemplando perplejo a Gwydion —. ¿Cómo
puede haber honras para un hombre tal?
—Es fácil juzgar el mal cuando se
presenta en su estado puro —le replicó
Gwydion—, pero por desgracia en la mayoría
de nosotros el bien y el mal están
entrelazados como la estrecha urdimbre de
las hebras en el telar. Haría falta una
sabiduría mayor que la mía para juzgarle.
»El rey Morgant sirvió bien durante largo
tiempo a los Hijos de Don —siguió diciendo —.
Hasta que la sed del poder resecó su
garganta, fue un señor noble e intrépido: más
de una vez salvó mi vida en la batalla. Todo
eso es parte de él y no puede ser olvidado o
apartado fácilmente a un lado.
»De tal modo, honraré a Morgant por lo
que fue —dijo Gwydion—, y a Ellidyr, Príncipe
de Pen-Llarcau, por lo que llegó a ser.
Taran encontró a sus compañeros junto a
los pabellones de Morgant. Gracias a los
cuidados de Eilonwy, Gurgi se había recobrado
ya y su aspecto era sólo un poco más
revuelto que el de costumbre.
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—Mi pobre y tierna cabeza está llena de
dolores y clamores —dijo Gurgi a Taran con
una sonrisa algo tristona—. Gurgi siente
mucho no haber podido pelear junto a su
amable amo. ¡Él habría abatido a los
malvados guerreros, oh, sí!
—Ya hemos tenido batallas suficientes —
dijo Eilonwy—. He logrado recuperar tu
espada —le dijo a Taran, tendiéndole el arma
—, pero a veces deseo que Dallben no te la
hubiera regalado nunca. Siempre acaba
ocasionando problemas.
—Oh, yo creo que nuestros problemas han
terminado —afirmó Fflewddur, sosteniendo
cuidadosamente su brazo herido —. Esa
horrible y vieja tetera se ha hecho
pedacitos..., gracias a Ellidyr —añadió
tristemente—. Los bardos cantarán nuestras
hazañas... y la suya.
—Eso no me importa —gruñó Doli,
frotándose las orejas, que sólo ahora
empezaban a recobrar su color natural—. No
quiero que nadie, ni siquiera Gwydion,
invente otro plan para el que sea necesaria mi
invisibilidad.
—El buen Doli... —dijo Taran—. Cuanto
más gruñes, más contento estás en realidad.
—El buen Doli... —replicó el enano—. ¡Buf!
Taran vio a Coll y al rey Smoit
descansando bajo un roble. Coll se había
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quitado el casco y, aunque lleno de golpes y
heridas, cuando vio a Taran le rodeó con sus
brazos; su rostro irradiaba alegría y hasta su
calva coronilla parecía brillar de contento.
—No pudimos encontrarnos tan pronto
como esperábamos —le dijo Coll con un guiño
—, pues he oído que anduviste muy ocupado
con otros asuntos.
—¡Por mi cuerpo y mi sangre! —rugió
Smoit, asestándole a Taran una potente
palmada en la espalda—. La última vez me
pareciste un conejo despellejado pero ahora...
¡ahora el conejo se ha esfumado y tan sólo
quedan piel y huesos!
Un ronco graznido hizo callar al rey
pelirrojo. Taran se volvió, sorprendido, y vio a
Gwystyl, que permanecía sentado y apartado
de todos con aire mohíno. Sobre su hombro
estaba Kaw, que no paraba de dar saltos y
movía la cabeza sumamente complacido.
—Ah, otra vez tú —observó Gwystyl,
suspirando cansadamente al ver que Taran se
le acercaba—. Bueno, espero que no pienses
culparme por lo sucedido. Ya te lo advertí. De
todos modos, lo hecho hecho está y no tiene
sentido quejarse por ello. No, no sirve
absolutamente de nada...
—No lograrás engañarme de nuevo,
Gwystyl del Pueblo Rubio —dijo Taran—. Sé
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quién eres y el valeroso servicio que nos has
prestado.
Kaw graznó jubiloso mientras Taran le
alisaba las plumas y le rascaba bajo el pico.
—Adelante —dijo Gwystyl—, póntelo en el
hombro. Eso es lo que desea. En realidad,
puedes quedártelo: es un regalo y le
acompaña el agradecimiento del Pueblo Rubio,
pues también tú nos has rendido un gran
servicio. No estábamos tranquilos con todo
ese jaleo sobre el Crochan: nunca se sabe lo
que puede ocurrir... Sí, sí, cógelo —añadió
Gwystyl con un suspiro melancólico—. Se ha
encaprichado realmente de ti... No importa.
Pienso abandonar mi costumbre de
domesticar cuervos para siempre.
—¡Taran! —graznó Kaw.
—Pero vuelvo a decirte que no le hagas el
menor caso —le advirtió Gwystyl—. La mayor
parte de las veces habla sólo para oírse a sí
mismo..., como muchas otras personas que
podría mencionar. El secreto es: no le
escuches nunca. No sirve de nada, realmente
de nada...
Después de que los túmulos hubieron sido
levantados, Gwystyl regresó a su puesto de
vigilancia. Los compañeros, el rey Smoit y sus
jinetes abandonaron el claro y encaminaron
sus monturas hacia el río Avren. En las
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alturas, oscureciendo el cielo con sus alas, se
veían interminables bandadas de gwythaints
que se retiraban hacia Annuvin. No había la
menor señal de Cazadores, y Gwydion opinaba
que, enterado Arawn de la destrucción del
Crochan, los había mandado llamar de nuevo
a sus dominios.
Los compañeros cabalgaron, aunque no
triunfantes y alegres, sino más bien
pensativos. También el corazón del rey Smoit
estaba dolorido, pues había perdido a muchos
guerreros.
Taran iba junto a Gwydion a la cabeza de
la columna, con Kaw en el hombro. El sendero
se abría paso lentamente a través de colinas
ricamente vestidas con los colores del otoño;
Taran guardó silencio durante un largo rato.
—Es extraño —acabó diciendo al fin—.
Había anhelado entrar en el mundo de los
hombres y ahora veo que está lleno de
penalidades, crueldad y traiciones, y que en él
abundan demasiado quienes serían capaces
de acabar con todo lo que les rodea.
—Pese a todo debes entrar en él —le
respondió Gwydion—, pues tal es el destino
que se nos ha impuesto a todos y cada uno de
nosotros. Es cierto que has visto todas esas
cosas, pero también existen en igual
proporción el amor y la alegría. Piensa en
Adaon y me creerás.
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»Piensa también en tus compañeros.
Habrían dado lo que más apreciaban a causa
de su amistad hacia ti: a decir verdad, lo
habrían dado todo.
Taran asintió.
—Ahora veo que en realidad pagué un
precio muy bajo por todo, pues el broche no
fue nunca realmente mío. Lo llevé durante un
tiempo, mas no era parte de mí. Doy gracias
por haberlo tenido conmigo durante ese
tiempo, pues al menos pude aprender, en ese
breve lapso, lo que siente un bardo y qué debe
hacer un héroe.
—Por eso fue tan difícil tu sacrificio —dijo
Gwydion—. Escogiste ser un héroe no a través
de los encantamientos sino mediante tu
propia hombría; ahora que has elegido de tal
modo, para bien o para mal, debes correr los
riesgos de un hombre. Puede que venzas y
puede que seas derrotado: el tiempo lo
decidirá.
Habían llegado ya al valle del Ystrad. En
ese instante Gwydion detuvo su corcel de
crines doradas.
—Melyngar y yo debemos volver a Caer
Dathyl —le dijo—para contárselo todo al rey
Math. Tú le dirás a Dallben lo sucedido, pues,
ciertamente, esta vez sabes tú mucho más de
los acontecimientos que yo.
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Lloyd Alexander El caldero mágico
«Parte sin dilación —siguió Gwydion
tendiéndole la mano—. Tus camaradas te
aguardan y ya sé lo ansioso que está Coll por
preparar su huerto antes de la llegada del
invierno. Adiós, Taran, Aprendiz de
Porquerizo... y amigo mío.
Gwydion agitó la mano una vez más en
señal de adiós y cabalgó en dirección norte.
Taran permaneció allí hasta perderle de vista
y luego hizo volver grupas a Melynlas para
encontrarse con los sonrientes rostros de sus
compañeros.
—De prisa —exclamó Eilonwy—. Hen Wen
estará esperando con impaciencia su baño. Y
me temo que Gurgi y yo nos fuimos con tal
prisa que la cocina habrá quedado algo
revuelta. ¡Eso es peor que empezar un viaje y
olvidarse de los zapatos!
Taran galopó hacia ellos.
FIN
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Índice
Contraportada.....................................................................2
Nota del autor.....................................................................3
1
El consejo en Caer Dallben................................................4
2
El reparto de las tareas......................................................12
3
Adaon...............................................................................18
4
A la sombra de la Puerta Oscura......................................25
5
Los cazadores de Annuvin................................................30
6
Gwystyl............................................................................34
7
Kaw..................................................................................39
8
La piedra en la herradura..................................................45
9
El broche...........................................................................51
10
Los pantanos de Morva....................................................57
11
La cabaña..........................................................................62
12
El pequeño Dallben..........................................................66
13
El plan...............................................................................71
14
El precio...........................................................................77
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15
El Crochan Negro.............................................................82
16
El río.................................................................................87
17
El dilema...........................................................................92
18
La pérdida.........................................................................98
19
El señor de la guerra.......................................................103
20
El precio final.................................................................108
Índice..............................................................................114
Nota acerca del autor......................................................115
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Nota acerca del autor
Lloyd Alexander (1924) nació en
Filadelfia y, después de servir en el Servicio
de Inteligencia durante la segunda guerra
mundial, completó sus estudios en Francia, en
la Sorbona de París. Casado con una parisina,
volvió a Filadelfia y desempeñó diversos
trabajos relacionados con el mundo editorial
hasta establecer su carrera como escritor. Ha
publicado diversas obras de ensayo y ficción,
entre las que figuran las Crónicas de Prydain,
compuestas por: El Libro de los Tres (1964),
El caldero mágico (1965), The Castle of Llyr
(1966), Taran Wanderer (1967) y The High
King (1968).
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