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Historia de la humanidad y cultura

Historia para postulantes a la policía

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TEXTO GUÍA

DE
HISTORIA
Sede Académica Cochabamba
Texto Guía – Lenguaje UPDS
HISTORIA UNIVERSAL
1. Los orígenes de la humanidad
La vida en la Tierra depende del oxígeno, el calor y el agua. Las condiciones de
cada área geográfica en el planeta son el resultado de una combinación específica
de ellos. La vegetación, los animales y la vida de cada lugar es el resultado de
dichas combinaciones. Hace unos diez millones de años, el clima de la Tierra
cambió, los grandes bosques se redujeron significativamente, los primates entonces
se vieron obligados a descender de los árboles para buscar alimentos; con ello, se
favoreció decisivamente el desarrollo de nuevas capacidades físicas, como el
caminar erguido. El camino de la evolución de los primates hacia el hombre
moderno comenzó hace unos cinco millones de años.
El primer animal reconocido como homínido fue el homo erectus, cuyos restos más
antiguos datan de hace unos 350 000 años atrás. Originario de África, migró a otras
regiones: por el occidente, Asia suroeste y Europa; por el oriente, Irán y Afganistán,
así hasta alcanzar la India y China, con el auxilio de los puentes de tierra que unían
a varios continentes y países y que, después de la última glaciación,
desaparecieron.
Al homo erectus le sucedió el homo sapiens neardertalensis y el homo sapiens. Los
hallazgos más antiguos ubican a los primeros entre los 60 y 55 000 años atrás y a
los segundos hacia los 40 000. El desarrollo de los primeros hombres puede
enmarcarse en el Pleistoceno, un período de la evolución del planeta que se inició
hace unos dos millones y medio de años y concluyó hace unos 30 000. Es
precisamente hacia esta fecha que concluyó la última glaciación, pero no es hasta
hace unos 10 000 que desaparecieron definitivamente los puentes de tierra que
unían diferentes regiones, actualmente divididas por las aguas.
Durante miles de años convivieron tres especies de homínidos diferentes: el homo
erecctus -la más antigua-, el homo sapiens neardenthalensis y el homo sapiens.
Estos últimos, originarios de Africa, pasaron a través del Medio Oriente para
conquistar vastas extensiones en Europa y América. Sin embargo, hace unos 100
mil años, debido a una catástrofe de inmensas proporciones, probablemente un
gran volcán, estuvieron al borde de la extinción. Tras el fin de la Edad de Hielo y
con la expansión del Sahara, ellos comenzaron nuevamente a moverse hacia
territorios desconocidos.
Hace unos 60 mil años ellos habían reaccionado definitivamente, conquistaron
entonces Europa Oriental y Australia. Hace unos 40 mil años disponían de variadas
herramientas. Se vivía en el marco de la denominada Primera Revolución
Tecnológica. En 5 000 años, ellos cambiaron más que en los cinco millones de años
anteriores.
La entrada de los hombres antiguos a Europa coincidió con una enorme helada,
entonces ellos se dispersaron entonces para sobrevivir. Hace unos 37 mil años, se
trasladaron al sur de la helada Francia. Los que habitaban allí copiaron sus
herramientas. Sin embargo, el homo sapiens un nuevo paso para superar a los
neardentales, surgió entonces el arte, una verdadera revolución en materia de
información.
Texto Guía – Lenguaje UPDS
Las imágenes halladas en las cuevas indican una mente semejante a la actual. El
hombre de Neardental carecía de estas posibilidades. El hombre antiguo se
transformó en el hombre moderno y al final se conformó una inteligencia individual
con variadas facetas: la técnica, la artística.
El pensamiento simbólico surgió antes de que pasaran a Europa. Europa tenía más
de la mitad del territorio cubierto de hielo. Hace 20 mil años de Europa a América
existía un puente de tierra seca. El homo sapiens moderno conquistaba cada vez
más nuevos territorios. Luego subió el mar. La evolución del cerebro duró 5 000
años. Hace 10 mil años terminó la Edad de Hielo, volvió a subir la temperatura.
Había aproximadamente un millón de habitantes. La Edad de Hielo regresó
brevemente, en el Medio Oriente nació entonces la agricultura en Siria hace unos
11 mil años, los demás los siguieron, después de mil años comenzaron los corrales
y el ganado. Se produjo un cambio de perspectiva de carácter trascendental: el
mundo podía alterarse, transformarse, ponerlo al servicio, dominarlo.
2. Los orígenes de la cultura
El hombre, en su evolución, desarrolló cientos de culturas, prácticamente en todos
los confines de la Tierra. Dichas culturas, en creciente interrelación, estuvieron
aisladas en el pasado, cuando aparecieron formas de vida diferentes. Las
diferencias culturales y de los idiomas asociados con ellas proceden, por tanto, del
aislamiento; las similitudes, de las migraciones y los contactos.
La cultura es la característica que ha hecho posible que las comunidades humanas
ocupen cada medio habitable en la Tierra. La cultura es el patrón de conducta y
actividad que distinguen a los humanos del resto de los animales. Ningún otro
animal tiene una cultura. Primero, el hombre moderno utiliza un grupo de
herramientas compuestas por implementos hechos a partir de un patrón estándar
que se extiende de un lugar a otro. Segundo, el hombre guarda información acerca
de la sociedad, la tecnología y el medio en un lenguaje simbólico que no puede
compararse con el "lenguaje" de ningún otro animal. Sólo los humanos crean
fonemas estándares para comunicar ideas abstractas. El lenguaje es una especie
de tecnología que permite registrar las ideas y las técnicas de supervivencia.
La cultura del hombre primitivo, de cazadores y recolectores, se denomina
Paleolítico o cultura de la Vieja Edad de Piedra, ella se desarrolló hace unos 400
000 años y se extendió hasta hace unos 10 000 años. El período de la Nueva Edad
de Piedra se sitúa entre los 10 000 y 3 500 atrás. Es precisamente en este período,
hace unos 6 000 años, cuando se produjo la llamada revolución agrícola. Dicha
revolución, permitió el asentamiento de las comunidades humanas y estimuló la
confección de herramientas de piedra para facilitar el trabajo de la tierra. Los
primeros pueblos agrícolas de Egipto datan del quinto milenio a.n.e. Hacia el 6 000
a.n.e., en Jericó, existía una ciudad agrícola. Estas ciudades eran completamente
agrícolas y sus habitantes desconocían la alfarería, por tanto, sus posibilidades para
conservar y cocinar sus productos eran muy limitadas.
En comparación con las comunidades de cazadores y recolectores, las agrícolas no
requerían de todos sus habitantes para la producción de alimentos. Durante las
temporadas de siembra y de cosecha, casi todos estaban en los campos, pero la
mayor parte del año una buena parte de la población podía dedicarse a otras
Texto Guía – Lenguaje UPDS
actividades. Así, algunos se especializaron en la confección de herramientas y la
construcción de casas. La revolución agrícola produjo, como consecuencia, una
revolución en la tecnología y las artes. La nueva sociedad produjo una amplia
variedad de construcciones, implementos y mercancías. Muchos aldeanos se
dedicaron a un comercio activo.
El trabajo con metales no comenzó a desarrollarse hasta el año 3 100 a.n.e. en el
Cáucaso. Hacia el año 2 500 a.n.e. comenzó la domesticación del caballo en el Asia
Central. La primera mención del hierro se produjo en el año 521 a.n.e. en el este de
Asia. Su generalización como tecnología común para el trabajo agrícola demoró
siglos y, en algunos casos, milenios.
3. Los orígenes de la civilización
Una cultura es un conjunto de conocimientos, habilidades, comportamientos y
creencias que pueden pasar de una generación a otra en una comunidad. Todas
las civilizaciones son culturas pero todas las culturas no son civilizaciones. Una
civilización es una cultura que tiene una organización urbana y un medio para
preservar y comunicar sus conocimientos, habilidades y creencias. Una civilización
posee una organización política y económica que permite el ejercicio del poder
sobre un extenso territorio, así como llegar con efectividad a regiones fuera de su
control. Una civilización es inconcebible sin una biblioteca que preserve sus
registros necesarios para mantener el control de las complejas actividades
comerciales, políticas y sociales que desarrolla. La biblioteca es, a la vez, un
repositorio y la base de nuevas invenciones intelectuales.
Las ciudades, como un nuevo tipo de comunidad, con una organización interna
política y social, crearon la necesidad de nuevos y mejores productos de la
imaginación humana .Se estimuló, por tanto, la invención y la especialización en
diferentes áreas de la actividad, como sucedió, en un principio, en las ciudades
agrícolas.

4. La civilización sumeria
Las primeras ciudades se construyeron en Mesopotamia, junto a un valle situado
entre las riberas del Tigris y el Éufrates. Los sumerios, sus constructores, también
inventaron la escritura. La civilización mesopotámica se desarrolló entre el 3 500 y
el 1 500 a.n.e. Es precisamente, hacia el 3 500 a.n.e. que los sumerios comenzaron
a utilizar símbolos para representar primero los números y luego las palabras.
Asimismo, entre el 3 500 y el 3 100 a.n.e. sus pobladores comenzaron a utilizar
sellos cilíndricos para distinguir las mercancías que se intercambiaban en el sistema
comercial del valle.
Los sumerios crearon enormes templos de piedra, diseñaron esculturas y utilizaron
el cobre y la plata para elaborar diferentes tipos de vasijas. También desarrollaron
la escritura como vía para registrar el curso de sus complicadas transacciones
comerciales, y por cientos de años, la escritura sólo se utilizó para los limitados
propósitos del comercio. Fueron precisamente los sacerdotes, desde sus templos,
los que llevaron con cuidado el registro de las operaciones comerciales realizadas
en las nuevas ciudades. Resulta un tanto extraño que sea exactamente en el
Texto Guía – Lenguaje UPDS
registro de las operaciones de negocio donde se ubica el nacimiento de la
civilización, la escritura permitió a los sumerios realizar complicadas transacciones,
imposibles sin el registro escrito. La complejidad es el distintivo de la civilización.
Entre el 2 370 y el 2 200, bajo los reinos de Sargón de Agade y de sus sucesores,
se utilizó, por primera vez, la escritura con propósitos diferentes a los del comercio.
Ellos constituyen los primeros registros escritos de las ideas religiosas de un pueblo
de la antigüedad y de su conciencia histórica. Entre el 2 200 y poco antes del 2 000
a.n.e., se desarrolló una escritura pictográfica con formas abstractas, llamada
cuneiforme más compacta y versátil que la anterior. Entre el 1 792 y el 1 750, se
creó del código de leyes de Hammurabi, un libro legal exhaustivo que contenía un
conjunto de regulaciones comprensibles y estándares para todos los habitantes del
reino. Sus regulaciones conformaron la base de las innovaciones económicas y
sociales porque el conocimiento de la ley hizo que los mercaderes y los oficiales
subordinados pudieran actuar de forma independiente.
5. La civilización egipcia
A 900 millas al sur de Mesopotamia, el Río Nilo, proporcionó las condiciones
necesarias para el desarrollo de una agricultura irrigada. Sus primeras villas
agrícolas datan de principios del quinto milenio a.n.e. La unificación del Egipto Norte
y Sur (3 100- 2 700 a.n.e.) en una monarquía centralizada, así como el éxito de los
sucesivos reinados para generar los recursos y la paz necesaria, produjeron
adecuadas condiciones para un rápido progreso cultural.

Entre el 2 050 y el 1 750 a.n.e. se había formado completamente la clase


burocrática. Los escribas, como se llamó a los empleados del estado, establecieron
un sistema escolástico que permitió a los hombres de talento, con un origen muy
humilde, ascender al servicio estatal. Se creó una cultura literaria, que conformó
una base para una forma de educación denominada clásica - que incluía lenguaje y
retórica- en los valores y la ideología de la elite educada. Los tres segmentos de la
clase más alta - escribas, sacerdotes y militares- controlaban las riquezas de la
sociedad.
Por otra parte, la disponibilidad del papel de papiro para mantener sus registros
escritos, en lugar de la piedra y de las tabletas de arcilla de los sumerios, proveyó
a los egipcios con un medio para la escritura barata y fácil de utilizar, con ventajas
claras para la diseminación de largos textos escritos.
6. La civilización griega
Los orígenes de la civilización griega coinciden con el nacimiento de la Edad de
Bronce. La revolución metalúrgica, que originó la Edad de Bronce se produjo hacia
el 3 000 a.n.e. en el Cáucaso -en las tierras altas entre el mar Blanco y el Caspio- y
en Asia Menor, donde abundaba el cobre y el estaño. Sin embargo, hasta el 2000
a.n.e., que las herramientas de bronce dominaron entre las herramientas de las
culturas del este del Mediterráneo. Las herramientas y armas de bronce
presentaban varias ventajas sobre sus antecesoras, las de piedra. Ellas adquirían
un mayor filo, pero además, podían elaborarse con más facilidad, rapidez,
uniformidad y calidad.
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El comercio, que las hizo posible, no fue un rasgo importante de la economía de la
Edad de Piedra. La importación de piedras para la elaboración de herramientas fue
un fenómeno escaso. Por el contrario, la metalurgia se basa en la existencia de un
tipo de recurso poco común. No fueron muchas las comunidades que pudieron
dedicarse a ella sin establecer relaciones comerciales estables y frecuentes con
lugares distantes. La revolución del metal incrementó el comercio y, por
consiguiente, el contacto intercultural.
El próspero comercio requirió que las sociedades generaran productos comerciales,
así que la introducción del metal produjo una revolución económica en el este del
Mediterráneo. La economía internacional favoreció la creación de múltiples
sociedades acaudaladas que sustentaban a una clase profesional de artesanos y
artistas. Estas sociedades intercambiaban tanto gustos e ideas artísticas como
mercancías materiales, ello aceleró la marcha del desarrollo cultural.
7. Creta y la Grecia micénica
Creta es una isla que se encuentra a la entrada del mar Egeo. Hacia el 2 000 a.n.e.,
muchas comunidades de la isla se convirtieron en ciudades ricas con economías
basadas en el comercio. El comercio de los minoicos -una cultura prehistórica que
floreció en Creta aproximadamente desde el 3 000 al 1 100 a.n.e.- fue tan disperso
y complicado que requirió del registro escrito. Para cumplir con esta tarea, los
minoicos desarrollaron una escritura característica. Con ella registraron contratos,
ventas y conocimientos de embarques en tablillas de arcilla. Los minoicos utilizaron
pictografías a lo largo de sus márgenes para realizar una referencia rápida a su
contenido. Su escritura fue la primera en realizarse en líneas. Hacia el año 1 400
a.n.e. cayó la Creta minoica. De ellos, los griegos heredaron su sistema de escritura.
8. La civilización griega clásica
El resurgimiento económico del siglo VIII a.n.e. condujo a los griegos,
particularmente a los de Jonia, al reinicio de un contacto con las antiguas
civilizaciones, establecidas en el Mediterráneo. Durante el siglo VIII a.n.e., los jonios
adaptaron el alfabeto fenicio para escribir en griego. Con ello, devolvieron una vida
civilizada al mundo griego. La nueva literatura sirvió a los intereses, tanto del
comercio como de la poesía.
Asimismo, el crecimiento del comercio internacional condujo al establecimiento de
enclaves de mercaderes extranjeros en varias ciudades, la población urbana se hizo
entonces mucho más variada y creció el intercambio de ideas y tradiciones entre
individuos de diferentes culturas.
Obras tan conocidas como la Ilíada y la Odisea representan los resultados del
cambio de las condiciones sociales en la Grecia del siglo VIII a.n.e. Homero compiló
en estos trabajos muchas leyendas conservadas en las comunidades aisladas,
conectadas ahora por el comercio. Estas viejas historias determinaron con
posterioridad la perspectiva europea de la naturaleza y la condición humana.
Durante el siglo VII, los arquitectos desarrollaron la forma característica de los
templos griegos del período. Ellos construyeron estructuras oblongas sostenidas
por pilares con figuras esculpidas. Las primeras esculturas griegas tuvieron mucho
de las egipcias pero hacia el siglo VI a.n.e., los griegos crearon nuevas formas para
Texto Guía – Lenguaje UPDS
representar las figuras humanas; aprendieron a moldear figuras humanas con un
perfil completo, como no lo hacían los egipcios, y mostraron un interés creciente por
la belleza del cuerpo humano.
Hacia el 590 a.n.e., Solón de Atenas estableció leyes que redujeron el peso de la
deuda de los pequeños granjeros y que prohibían la esclavitud por deudas. El
código de Solón sobrevivió a un período de tiranía para formar la base de una nueva
constitución ateniense a finales del siglo VI a.n.e. Durante el siglo VI a.n.e., los
griegos comenzaron a prestarle atención a la cronología exacta de su historia y a
desarrollar un modo formal y consciente de pensamiento acerca de la naturaleza de
las cosas.
9. Las rutas de la civilización
Con el descubrimiento de una forma para descifrar la escritura antigua en el siglo
XIX, así como un método para determinar la correspondencia entre el calendario
egipcio y el reloj astronómico, los arqueólogos escribieron una historia de la
civilización Mediterránea a principios del siglo XX. En ella se planteaba que la
civilización, con origen en Asia Suroeste, se difundió, con el comercio marítimo, a
través del Mediterráneo a Creta, a Grecia y a España. De allí, según ellos, se
extendió a la Bretaña, Norte de Europa y los Balcanes.
Sin embargo, los nuevos hallazgos han hecho pensar de manera diferente. Los
asentamientos encontrados en Europa son tan antiguos como, y en algunos casos
más antiguos, que los del suroeste asiático. Los avances más representativos de
los sumerios y egipcios fueron la construcción de ciudades y la escritura, los
europeos no construyeron comunidades urbanas significativas ni utilizaron la
escritura. La alfarería y la metalurgia en los Balcanes y en Europa Central, llamada
la Vieja Europa por los arqueólogos, se desarrolló en comunidades de España,
Creta y Grecia, más antiguas que aquellas de las que se suponía fueran la fuente
de los estilos y tecnologías europeas. Estos hechos parecen indicar que, al menos
en algunos períodos de tiempo, la influencia se ejerció en sentido contrario al
planteado hasta el momento, aunque el efecto del contacto entre la Vieja Europa y
el suroeste asiático no puede considerarse sobre la base de los hechos hasta ahora
conocidos.
10. La era de los pequeños reinos
Entre el 1 250 y el 750 a.n.e. florecieron un conjunto de pequeños reinos en el
levante. Los fenicios, por ejemplo, controlaban el comercio mediterráneo desde el 1
100 hasta tres siglos después. La más antigua de las ciudades fenicias, Biblos, se
hizo famosa por su manufactura de libros. La palabra griega biblio proviene del
nombre de esta ciudad. Ellos también perfeccionaron y diseminaron el sistema de
escritura alfabético semítico occidental. Esto representó un gran avance con
respecto a los jeroglíficos egipcios y a la escritura cuneiforme, al utilizar símbolos
simples fácilmente reconocibles (letras) para representar los sonidos. El alfabeto
fenicio, con sus 22 letras, fue la base de tres de los alfabetos principales del mundo
occidental: el hebreo, el griego y el latín. Cerca del año 750 a.n.e., las ciudades
fenicias cayeron bajo la dominación del imperio asirio y declinaron.
Texto Guía – Lenguaje UPDS
Los hebreos por su parte, una minoría relacionada con los cananitas, se
desarrollaron entre el 1 200 y el 400 a.n.e., con una característica única entre los
pueblos antiguos: su religión monoteísta. Los hebreos crearon sus escrituras
sagradas, que narraban en forma de crónicas la relación entre el pueblo y su dios
Yavé. Estos libros contribuyeron significativamente a mantener su identidad hasta
el presente. Las escrituras hebreas -conocidas por los cristianos como el Antiguo
Testamento- es una colección de libros escritos entre el 1 000 y el 150 a.ne. A esta
era de los pequeños reinos, le sucedieron los imperios asirio y persa, este último
cayó definitivamente tras la conquista de Asia suroeste por Alejandro el Grande en
el 339 a.n.e.
EDAD MEDIA, ROMA Y EL IMPERIO BIZANTINO
1. Los orígenes de Roma
Los habitantes de Roma pertenecían a un grupo de tribus indoeuropeas, más tarde
llamadas latinas, que emigraron del centro de Europa a la península italiana hacia
el 2 000 a.n.e., aproximadamente al mismo tiempo que la civilización minoica
adquirió una influencia importante en el este del Mediterráneo. Hacia el 1 000 a.n.e.,
las tribus se dedicaron al desarrollo de la agricultura. De repente, hacia los 800
a.n.e., se estableció una nueva mentalidad de carácter comercial.
Tras la muerte de Alejandro y la desintegración del imperio griego en reinos, se
erigió en el mundo mediterráneo una cuidad de la costa este de Italia: Roma.
Aproximadamente hacia el año 510 a.n.e. la aristocracia local estableció una
república independiente de la dinastía etrusca. Se creó una nueva constitución que
se elaboró cuidadosamente para prevenir la ascensión de un nuevo rey o tirano. La
prosperidad de Roma (500- 265 a.n.e.) se basó en una economía agrícola.
Entre el 264 y el 146, tras una serie de guerras de conquista, Roma se convirtió en
la capital de un gran imperio mediterráneo.
La riqueza creció en una escala nunca vista en el mundo mediterráneo. Las clases
gobernantes se beneficiaron ampliamente con el nacimiento del nuevo imperio; la
diferencia de riquezas entre ricos y pobres se hizo monumental.
Los cambios económicos derivados del imperialismo generaron, a su vez, cambios
sociales y políticos. A finales del siglo II a.n.e. muchos de los granjeros arruinados,
que habían constituido la columna vertebral de la población romana, se mudaron a
la ciudad para crear un nuevo componente en la sociedad romana:la plebe urbana.
Aunque antes de las guerras de expansión del imperio en el este, los romanos
educados habían conocido y recibido la influencia de la cultura griega, no es hasta
este momento en que bajo el influjo de las ideas de miles de esclavos griegos o con
una cultura helénica, procedentes de las derrotadas ciudades griegas, que se
transforma literalmente la civilización romana.
Muchos artistas, filósofos y artesanos, venidos como esclavos, ejercieron su
influencia dentro y mediante las grandes familias de la aristocracia romana. Los
artistas romanos imitaron los modelos griegos.
Texto Guía – Lenguaje UPDS
El colapso de la República de Roma, entre el 146 y el 59 a.n.e., se produjo como
consecuencia de los problemas políticos y sociales que generó la transformación de
Roma de una economía agrícola en una urbe. Tras numerosos conflictos internos y
externos, Octavio restableció el senado en el 30 a.n.e.
2. Los orígenes del imperio
La tesis de la política de Augusto, titulado así por el senado, fue la restauración.
Restableció la paz en Roma y el Imperio. La restauración de Augusto proporcionó
un entorno favorable para el más alto desarrollo de la literatura latina. Aunque la
cultura griega mantuvo una influencia poderosa en toda la civilización romana,
Augusto y sus lugartenientes estimularon y patrocinaron a un grupo de escritores y
poetas cuya cultura literaria tenía sus raíces en el último período republicano. Desde
el año 14, cuando murió Augusto, el gobierno imperial continuó su crecimiento.
3. Los últimos siglos del imperio romano
Durante los dos primeros siglos del imperio romano, Roma fue una ciudad con
fantásticas riquezas, grandes edificios públicos y palacios privados, propiedades de
las familias de la nobleza. Roma absorbió la cultura artística e intelectual de todas
partes, impuso estilos y los probó en todo el imperio. Las aristocracias locales
constituyeron una gran clase educada. El este griego fue lingüística y culturalmente
diferente del oeste latino, pero estas diferencias se redujeron producto de la
educación. Hacia el siglo IV, muchos traductores, trabajaron en la traducción del
cuerpo documental de la filosofía, la ciencia y la teología griega. La educación de
las clases gobernantes era greco-romana. En la literatura y el arte, el siglo II fue la
era de plata. En las leyes y la administración fue la era de oro.
Sin embargo, hacia el siglo III, una crisis económica, política y militar debilitó
considerablemente el poder del imperio. La restauración del orden se produjo a
principios del siglo IV.
4. La cristianización del imperio
El cristianismo como religión profundamente antagónica con la política y los valores
vigentes en la sociedad romana del siglo I llegó a convertirse en la religión
predominante del imperio a finales del siglo IV. En el 313, Constantino publicó un
edicto de tolerancia a la cristiandad, conocido como Edicto de Milán.
Durante el siglo IV y V, la Iglesia se desarrolló como institución. Sin embargo,
internacionalmente se encontraba poco organizada y carecía de una forma de
resolver sus disputas. Era entonces necesario crear un orden mundial. Roma, donde
según la tradición murió el apóstol Pedro, reclamó su primacía y se apropió del título
de "Papa". El primer Papa fue León I, él fue también el primero en elaborar una
doctrina completa de la Iglesia.
Dos siglos después, en el año 753, Pipino El Breve donó al Papa Esteban II, un
territorio, situado en el centro de Italia, con ella nacieron los estados pontificios.
5. El imperio en los siglos IV y V
En el 330, Constantino creó una nueva ciudad sobre la base de una antigua colonia
ateniense en Bizancio, que más tarde se rebautizó con el nombre de
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Constantinopla, la capital del imperio en el este. La decisión de Constantino
revelaba los problemas y las oportunidades en el imperio este de Roma, donde las
fuerzas persas constituían una continua amenaza. En el siglo V, tras repetidas
invasiones cayó el imperio romano en el oeste. Las provincias del este sobrevivieron
y la vieja cultura helenística continuó su desarrollo sin dificultades. En el oeste, una
sofisticada cultura latina sobrevivió hasta el año 425.
Conscientes del peligro de las invasiones bárbaras, sus intelectuales escribieron
libros sobre filosofía, teología e historia y mantuvieron una activa correspondencia.
Durante el siglo IV, se tradujo la Biblia al latín.
La cultura literaria dependía de la comunicación entre un pequeño grupo de
hombres educados. Una gran parte de la literatura del período se escribió en forma
de cartas, e incluso, con frecuencia, libros en respuesta a las solicitudes de amigos.
Las invasiones y las emigraciones desorganizaron la comunidad de literatos,
aunque no en todas partes al mismo tiempo. En el 476 finalmente colapsó el poder
del imperio romano en el Oeste.
6. El imperio bizantino
Los cambios que originaron el Imperio Bizantino o Imperio del Este de la Edad Media
- una civilización y una entidad política que sobrevivió hasta el 1453, cuando los
turco-otomanos tomaron Constantinopla-, comenzó en el siglo V. Un gobierno civil
griego sustituyó al militar latino y a su burocracia.
En el Imperio Bizantino, la vieja cultura helénica que se desarrolló después de las
conquistas de Alejandro Magno, resurgió con gran fuerza tras la dominación latina.
El imperio bizantino desarrolló una de las burocracias más grandes y elaboradas de
la historia. Anastasio I, quien reinó entre el 491 y el 518, estableció el dominio civil
en el gobierno, la burocracia creció inevitablemente. La entrada al servicio civil se
apoyó en la educación. Los burócratas crearon un sistema secular de educación
que contrastó con la educación eclesiástica de la iglesia bizantina. El centro del
programa secular fue el estudio de los clásicos griegos de la literatura, la filosofía y
la ciencia.
Este sistema producía una elite de letrados clásicos con una alta educación. Aunque
un pequeño grupo de familias aristocráticas, las cuales aseguraban que sus hijos
varones fueran educados adecuadamente por un servicio gubernamental,
dominaba los cargos estatales, ningún joven con talento para instruirse podía
encontrar medios para completar su programa académico y lograr acceder a éstos.
La burocracia se dividió en departamentos. El director general de correos fue
responsable del vasto sistema de comunicaciones del imperio. Todos los cargos
importantes tenían subordinados, por lo que la estructura era muy amplia.
Justiniano I, quien reinó entre el 527 y el 565, fue un reformador cuyo objetivo fue
el de devolverle al imperio sus pasadas glorias. Con este fin, creó una comisión para
revisar y codificar la ley romana. Desde los tiempos de Augusto, los romanos
consideraban que la ley y el gobierno eran sus principales contribuciones a la
civilización. Desde el siglo VI al VIII, el Imperio Bizantino logró preservar el núcleo
de su territorio de las invasiones persas, árabes, etcétera. Se protegió y perfeccionó
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la ley romana, se estableció un eficiente sistema de gobierno. Se mantuvieron las
tradiciones artísticas y literarias griegas.
Sin embargo, hacia el siglo VI, se habían fundado cuatro reinos germánicos o
estados sucesores en los territorios del antiguo imperio romano del oeste. Los
germanos, originarios de Escandinavia y el norte de Europa, hablaban lenguajes
similares pero no idénticos. La sociedad germánica era aristocrática, agrícola y
tribal.
La transición a los reinos germánicos tuvo grandes efectos en la sociedad y la
civilización europea. Los gobiernos germánicos fueron más personales que legales.
Esto significa que sus reyes gobernaban en virtud de la lealtad de sus hombres.
Ellos fueron fundamentalmente líderes guerreros que dirigían la nación sobre la
base de su magnetismo personal. Los germanos consideraban a su rey como un
intermediario entre la comunidad y Dios. Aun después de su conversión al
cristianismo, ellos no cambiaron su visión. Entonces la cristiandad germánica prestó
una atención especial al Antiguo Testamento con sus narraciones sobre reyes
investidos por Dios. Este cambio en el foco de la atención religiosa afectó la historia
intelectual de la cristiandad en
7. Decadencia del imperio bizantino
A mediados del siglo XI, muchas instituciones de la iglesia se habían secularizado,
así nació la necesidad de la reforma que a finales del siglo XI y principios del siglo
XII, concluyó con la idea de que, tanto el estado como la iglesia tenían una autoridad
limitada. La reforma también fortaleció la figura del Papa en la iglesia. También la
vida monástica se enriqueció considerablemente. El movimiento de reforma de la
iglesia en el siglo XI y el crecimiento del poder real a principios del siglo XII produjo
una fricción de ideas entre la doble autoridad - dividida entre los poderes eclesiástico
y secular- y la majestad divina.
Entre los años 1 025 y 1 081, las repetidas incursiones enemigas -normandas, y
árabes esencialmente- debilitaron considerablemente el imperio. El colapso del
poder militar bizantino, después de la batalla de Manzikert en 1 071. Las cruzadas,
1 096- 1270, se produjeron en un momento en que la sociedad europea y la
autoridad política entraban en una nueva fase. En 1095, el papa Urbano II proclamó
una cruzada contra los turcos.
El total colapso del imperio sobrevino en 1204. En 1 453, cayó Constantinopla en
manos árabes. Hacia el 1461, los turcos habían conquistado todas las posesiones
distantes de la autoridad bizantina y el imperio desapareció.
8. Los orígenes del feudalismo
Se debe tener mucho cuidado al utilizar la palabra "feudal" para describir la sociedad
medieval. Este término se creó en el siglo XVIII para describir las instituciones
sociales basadas en feudos (feudum en latín), y en algunos momentos y lugares
durante la Edad Media europea, la organización de la sociedad se basó
verdaderamente en el feudo. Pero, eso fue poco frecuente, y es incorrecto llamar a
la sociedad medieval "sociedad feudal". Justo es decir, sin embargo, que las
instituciones feudales fueron importantes elementos de la sociedad medieval. Hasta
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finales del siglo XII, las instituciones feudales no dominaron la vida social o
gubernamental de ninguna región de Europa.
9. Europa en la Edad Media Alta
Desde el siglo XI, Europa lanzó una serie de ofensivas militares contra sus
enemigos. España, un pequeño estado cristiano reconquistó la península, al
expulsar al califa de Córdoba. Muchos europeos del Norte se unieron en este
empeño. Los musulmanes fueron derrotados en el sur de Italia, entonces se
reconquistó la rica isla de Sicilia. Esta victoria puso a las comunidades de la antigua
Grecia, en el sur de Italia, bajo la jurisdicción de la iglesia romana. A finales del siglo
XII, el papado organizó una gran expedición hacia Jerusalén, tomada por los turcos
en los años 1 070.
Estos éxitos militares fueron simplemente los primeros signos de un fortalecimiento
general de la sociedad europea, ellos produjeron estados consolidados, una
reforma de la Iglesia, un florecimiento intelectual y artístico, así como una economía
poderosa.
10. La revolución agrícola de la Edad Media
La regularidad del desarrollo económico y social en los pueblos agrícolas y sus
feudos, produjo un modelo histórico común en el norte de Europa, creó un sistema
muy conservador. Es difícil imaginar cómo se pudo introducir innovaciones en una
economía social estable. Pero dos características de la historia social y económica
medieval provocaron cambios.
Primeramente, el establecimiento de nuevos grupos - primero los germanos y,
desde luego sus parientes, los vikingos- rompió el ciclo natural de la vida del pueblo
e introdujo nuevas ideas y tecnologías. En segundo lugar, los señores aumentaron
sus riquezas al estimular a los campesinos a reutilizar las viejas tierras cultivables y
a colonizar las nuevas, estos pueblos estuvieron más abiertos a la innovación que
los más antiguos.
Las principales innovaciones en la agricultura medieval fueron el uso del arado
pesado con ruedas, el caballo de vapor y la introducción de la rotación de tres
campos por cosecha para remplazar la antigua rotación de dos campos. Estos
cambios causaron un crecimiento, tanto en la variedad como en la cantidad de
cosechas, en aquel momento tuvo efectos importantes en la dieta de los europeos.
El cambio del buey por el caballo fue el resultado de dos avances tecnológicos -el
uso de la herradura y el desarrollo de la collera, que permitía al caballo tirar de una
carga fácilmente. El uso de caballos para tirar los vagones aumentó la eficiencia del
transporte por tierra, tanto para el comercio como para las campañas militares. Esto
condujo al crecimiento de la industria de transporte por tierra. También permitió un
mejoramiento general de la red de carreteras y aumentó las oportunidades
comerciales para algunas comunidades situadas en los cruces de caminos.
El uso del caballo permitió la expansión de las tierras cultivables y contribuyó al
crecimiento de la producción de alimentos, a la vez, que acompañó la agresiva
expansión agrícola que invariablemente dejó rezagado al bosque medieval.
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11. Comercio e industria
Las crisis políticas y económicas del último período romano y las invasiones
germánicas redujeron, tanto el tamaño como la importancia económica de las
ciudades europeas. Tras el colapso del poder romano, el comercio internacional
decayó - aunque no cesó -, esa decadencia comercial contribuyó a la depresión de
las ciudades. Durante los siglos VI al VIII, fue insuficiente el comercio y la actividad
gubernamental para estimular la recuperación de los centros urbanos. Los últimos
carolingios trataron de revivir el comercio internacional. Invitaron a las comunidades
de comerciantes judíos a emigrar a las ciudades del norte de Italia, se les
concedieron privilegios y protección. Durante los siglos IX y X, ellos fomentaron un
comercio activo con el Mediterráneo y proporcionaron una salida económica para
los excedentes agrícolas de los grandes estados del norte. Para continuar esta
política, los reyes extendieron una red comercial establecida anteriormente por
comerciantes experimentados.
Después de que los califas fatimíes conquistaron Egipto en el 969 y reformaron el
sistema fiscal egipcio para estimular el comercio, la recuperación de las ciudades
italianas ganó en rapidez. El comercio italiano se benefició en este período con la
desorganización de las rutas del norte entre el Oriente Medio y Europa, que iban a
través de Rusia a las regiones del Báltico. Nuevos invasores bloqueaban
continuamente esas antiguas rutas. Como resultado, desde finales del siglo X, se
hizo común en Europa la competencia entre mercaderes italianos y las pequeñas
comunidades israelitas. La lana fue el material básico para la confección de ropas
en el oeste de Europa, convertir la lana en ropa creó oportunidades de trabajo a los
especialistas.
El mercado de la buena lana, desarrollado como una parte de la producción
agrícola, creó riquezas. Flandes, el principal mercado de lana, se convirtió en el
centro de la producción textil industrializada. Hasta la revolución industrial del siglo
XIX, esta industria fue la más importante del oeste de Europa. Flandes fue la región
más urbanizada de la Europa medieval. Sin embargo, los señores feudales locales
aún sometían la mayoría de las ciudades.
Así surgieron nuevos centros urbanos alrededor de los viejos, villas bien ubicadas
que existieron bajo la autoridad del señor de la villa. Esta división política tuvo un
efecto perjudicial en la economía comercial de las ciudades. Los señores impusieron
impuestos, peajes y derechos de mercado para aprovecharse de la riqueza
comercial de sus ciudades, los comerciantes que viajaban de una ciudad a otra
tenían que pagar tributos en repetidas ocasiones. A finales del siglo XI, se crearon
nuevas condiciones políticas que favorecieran al comercio.
La divisa que permitió a las ciudades y a los reyes escapar del poder de los señores
locales fue el privilegio real de incorporación. Los comerciantes de una ciudad
solicitaban al rey un privilegio para gobernarse como una corporación independiente
bajo la ley y su protección. El movimiento de los privilegios se extendió rápidamente
por Europa. Los patriarcas y reyes de la ciudad reconocieron que la libertad era una
condición necesaria para el desarrollo del comercio y la industria. Los comerciantes,
quienes habían formado grupos para organizar y controlar sus actividades
comerciales, dominaban entonces sus nuevas corporaciones urbanas. Otros grupos
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de artesanos urbanos - como carniceros, tejedores y herreros- también formaron
sus gremios.
Los artesanos competían con los comerciantes por el poder político en las ciudades.
Donde las actividades industriales eran muy importantes para la economía de las
ciudades, los gremios artesanales también tenían poder económico y social como
para ganar el poder político. En la Edad Media, la competencia por el poder en esas
ciudades con frecuencia provocó motines y revoluciones.
EL RENACIMIENTO Y LA ILUSTRACIÓN.
1. El renacimiento del siglo XII
Si bien la reforma de la Iglesia de Carlomagno fue la base de un renacimiento
intelectual y artístico, la reforma del siglo XI estimuló un nuevo despertar cultural.
Cerca del siglo XII, Europa estaba cubierta de iglesias. También florecieron nuevas
actividades intelectuales.
El renacimiento del siglo XII se produjo por diversas causas. Los reformadores de
la Iglesia intentaron perfeccionar la educación de los clérigos, estimularon la
investigación y el trabajo intelectual, las bases necesarias para lograr ese objetivo.
Una vez redescubiertos, se copiaron y distribuyeron libros de gran valor para
desarrollar los centros escolásticos, ellos irrumpieron en las viejas bibliotecas. El
conflicto con los reyes germanos contribuyó a este esfuerzo de investigación, ambos
lados trataron de argumentar sus casos sobre la base de antecedentes históricos y
las escrituras de los padres de la Iglesia.
Pero las viejas bibliotecas de monasterios y catedrales no fueron las únicas
instituciones en las que se encontraron los libros olvidados. El creciente contacto
con el Islam en España, el sur de Italia y Siria también tuvo un gran efecto. Después
de las guerras iniciales de conquista, estos países se convirtieron en centros de
intercambio intelectual. En España, los escolásticos israelitas realizaron
traducciones al latín de los trabajos filosóficos y científicos en árabe, otros similares
progresaron en Sicilia y en el este.
En la filosofía, el redescubrimiento de las ideas avanzadas de Aristóteles sobre la
lógica produjo una gran excitación a finales del siglo XI. La lógica fue una poderosa
herramienta para el descubrimiento de nuevas verdades, que ofrecía seguridad a
las deducciones extraídas de las observaciones en el mundo real.
En 1 110, Pedro Abelardo (1 070-1 141), un maestro de lógica escribió un libro
titulado Sic et Non (sí o no). En él, aplicó la lógica a la solución de algunos conflictos
teológicos de la época, por esto fue condenado. Junto a Bernard de Clairvaux
representan los lados opuestos del renacimiento del siglo XII. Para este último, el
propósito del trabajo intelectual era mejorar la experiencia espiritual, esta
concepción impuso formas y limitaciones al trabajo.
Como base de las revelaciones divinas, la Biblia debía ser el principal objeto de
estudio y este debe incluir una contemplación del significado del texto sagrado, que
contiene toda la verdad acerca de Dios y el mundo. Para Abelard, la mente humana,
cuando emplea la lógica en el análisis de las percepciones del mundo creado por
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Dios, pudiera crear un conocimiento de la verdad, independiente de la revelación.
Existen, por lo tanto, dos fuentes de conocimiento de Dios, de mundo bíblico y
científico, así creyó que las dos vías del conocimiento eran compatibles, sin perjuicio
una de la otra.
Estos dos puntos de vista representaron dos medios intelectuales, fueron poderosos
y populares en el siglo XII. Las órdenes monásticas crecieron rápidamente y
atrajeron hombres de gran habilidad y magnetismo personal. Los monjes tuvieron
tanto un modo especial de vida como de aproximarse al conocimiento. Ellos trataron
de influir activamente en otros para que los siguieran. Constituyeron una fuerza
moral fuerte en la vida política y social de Europa occidental. Abelardo y hombres
como él ocuparon puestos de maestros dentro de las viejas escuelas dogmáticas,
que educaban a los futuros clérigos. La reforma de la Iglesia produjo una expansión
de las órdenes clericales mediante el estímulo al establecimiento de más iglesias y
el mejoramiento de la administración eclesiástica; las escuelas dogmáticas
proporcionaron los hombres educados necesarios para estos puestos.
2. El inicio de las universidades
El movimiento intelectual fue más allá de las fronteras de las escuelas de la Iglesia.
Abelardo había solicitado una plaza en París, pero su obispo le negó el permiso de
enseñar en la escuela escolástica. Hasta aquel momento, enseñó bajo la égida de
un monasterio en la ciudad, cientos de hombres fueron a escuchar sus lecturas.
Otros maestros se sirvieron de estudiantes para establecerse en París, que pronto
se convirtió en el principal centro intelectual de Europa. Estos maestros
independientes, separados de la tarea de instrucción propia de los clérigos,
desarrollaron asignaturas filosóficas y científicas que posibilitaron a los alumnos
adquirir habilidades y conocimientos útiles en las reglas seculares, se hizo, entonces
común para los hombres instruidos, entrar al servicio de reyes y grandes señores.
La clase de burócratas instruidos, tanto en la Iglesia como en los gobiernos
seculares, proporcionó una audiencia para el trabajo intelectual y estimuló a los
estudiosos en una gran variedad de temas.
A finales del siglo XII, había tantos maestros activos en la ciudad que formaron un
gremio aparte o universitas (gremio en latín) para regular sus negocios. Este fue el
comienzo de la universidad moderna, una institución de altos estudios basada en
las actividades corporativas de los maestros.
Desde el punto de vista científico y educacional, el acontecimiento más importante
entre los siglos X y XII es el nacimiento de las universidades.
La universidad como institución nació en la Edad Media, a partir de la evolución del
modelo de las corporaciones artesanales.
Es el resultado de un largo proceso de reorganización social y cultural en la Europa
de esta época, tras el final de las invasiones bárbaras. Ellas brotaron de la atmósfera
socio -económica y cultural de la sociedad europea occidental urbana de los siglos
XI y XII.
A pesar del criterio universalmente aceptado de la aparición de la universidad como
institución medieval, deben reconocerse los aportes que hicieron un conjunto de
organizaciones del mundo antiguo, como es el caso de las escuelas brahmánicas,
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que sirvieron de ejemplo a una educación que descansaba sobre la base de la
religión y la filosofía, que giraba sobre el estudio de las matemáticas, la historia y la
astronomía.
La invención del papel y la imprenta en China sirvieron a la escritura para vigorizar
la educación superior, las ciencias y la tecnología. Otro de los aportes, hecho por el
mundo antiguo, es la Escuela de Alejandría, una iniciativa de Tolomeo Soter en el
siglo III a.n.e. La Biblioteca de Alejandría, con su medio millón de rollos de papiro,
hizo de dicha ciudad un emporio educativo del helenismo, el judaísmo y el
cristianismo.
3. La creación del estado anglonormando
Como parte del fortalecimiento político de Europa, en el siglo XI, los normandos
conquistaron el sur de Italia, participaron en la reconquista de España y en las
cruzadas, con ello que se aseguraron un lugar en la historia europea. Al final del
reinado de Carlomagno, los normandos, un pueblo originario fundamentalmente de
Noruega y Dinamarca, desembarcaron en los principales ríos de Francia y en el 911
habían ocupado la región llamada Normandía. Sin embargo, su hazaña más
importante fue la conquista de Inglaterra, la región más rica de la Gran Bretaña, en
el 1066, evento a partir del cual se desarrolló una de las naciones- estados más
poderosos de Europa.
En el 1215 se firmó, en Inglaterra, la Carta Magna, un documento trascendental
para la historia de sociedad moderna cuyos principios fundamentales aseguraban
que el rey gobernara con el consejo de los barones. Aunque la Carta Magna estaba
destinada solamente a proteger a los barones y a las altas autoridades eclesiásticas,
tuvo una gran importancia: estableció como principio que el gobierno inglés se
basaría en leyes y que el rey tendría la obligación de gobernar de acuerdo con las
leyes, un fundamento importante en la teoría del gobierno constitucional.
A inicios del siglo XIII, se incorporaron, a la práctica y la teoría del gobierno, varios
elementos del gobierno constitucional o limitado. La formación de comunidades
legales afectó a muchas regiones de Europa a principios del siglo XIII. Sin embargo,
donde mayor éxito tuvieron estas instituciones fue en Inglaterra. A mediados del
siglo XIII durante una rebelión se creó una nueva entidad política, el parlamento,
donde se invitaron representantes de las distintas ciudades. Los principios básicos
del gobierno constitucional se establecieron bajo Eduardo I. Después del 1295, se
estableció la práctica de invitar a los representantes de las ciudades, y en 1297 el
rey Edward I acordó no elevar los impuestos sin el consentimiento de todo el
reinado.
Asimismo, en el dominio de la teoría, la Iglesia desarrolló algunas viejas ideas
romanas sobre la sociedad en el contexto de una teoría de la organización
eclesiástica. Como base para este desarrollo, se situó el principio "lo que interesa a
todos, debe ser aprobado por todos", empleado para apoyar el derecho de los
miembros clericales de una iglesia a participar en sus asuntos.
Esas ideas se reflejaron en el crecimiento de las instituciones municipales.
Desde finales del siglo XII y durante el XIII, la iglesia medieval fue una institución
altamente burocrática con vastas riquezas y poder.
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4. El renacimiento
A la vez que el siglo XIV fue un período desastroso para las instituciones medievales
de Europa, fue un período en el cual artistas, letrados y escritores comenzaron una
nueva tradición - el Renacimiento, una época que caracterizada por el entusiasmo
que despertó en occidente el estudio y la imitación de la antigüedad clásica griega
y romana.
El término "renacimiento" es el más apropiado para designar los cambios
revolucionarios ocurridos en las artes, la literatura, etcétera. Tiene lugar en Italia
durante los siglos XIV, XV y XVI. Sin embargo, no es tan adecuado cuando se aplica
a los cambios sucedidos en las instituciones políticas o económicas del período,
aunque esos cambios fueron significativamente suficientes como para apoyar la
opinión de que una nueva era histórica comenzó en el siglo XV.
El término renacimiento se ha aplicado a diversos movimientos culturales a lo largo
de la historia, así por ejemplo, se ha hablado del renacimiento carolingio (siglo IX),
del otoniano (siglo X) y del renacimiento del siglo XII, sin embargo, este
renacimiento es una etapa cualitativamente nueva del desarrollo de la sociedad
humana en general, cuyos efectos trascendentales se mantienen hasta la
actualidad.
Los antecedentes de esta nueva época fueron la depresión económica, los
disturbios sociales y el malestar en la religión. Durante el siglo XV, tuvo lugar un
renacimiento de la estabilidad política y social. Las monarquías de Inglaterra y
España comenzaron nuevamente el proceso de centralización de sus reinos. A fines
de siglo, la monarquía francesa también recuperó su equilibrio y comenzó a seguir
la pista a sus competidores. La economía y la población de Europa comenzaron a
crecer otra vez, los europeos se convirtieron en los líderes mundiales del desarrollo
y el uso de las invenciones tecnológicas. Estos crearon los relojes mecánicos, los
instrumentos de navegación y otros muchos instrumentos. Los inventores ideaban
constantemente nuevas formas de cumplir con las tareas industriales y militares.
Los europeos también se convirtieron en aventureros, a finales del siglo habían
descubierto la ruta alrededor de Africa hacia las Indias Occidentales y América.
Las semillas de esa recuperación se plantaron en Italia durante la mayoría de los
difíciles años de finales del siglo XIV. Durante los dos siglos, desde el 1321 al 1527,
Italia ejerció una creciente influencia sobre el resto de Europa. Los italianos
establecieron un estilo en la arquitectura, la escultura y la pintura; dictaron el gusto
literario y la filosofía educacional que los europeos siguieron durante siglos. Los
europeos del norte se concentraron en Italia para aprender las artes de la
civilización- ingeniería, arte, política y negocios , los italianos aparecieron en todas
las cortes del norte, incluso en la remota Moscú. Los marineros italianos estaban
entre los líderes de las exploraciones a finales del siglo XV.
Existen varias razones sobre el porqué Italia sacó a Europa de la Edad Media hacia
una nueva era. Primero, las ciudades habían comenzado a florecer a partir de allí
tan rápido como en el siglo X, cuando las instituciones feudales se estaban
extendiendo hacia el resto del Europa. El feudalismo fue una forma de organización
social, económica y política que extendió el poder de los señores rurales hacia las
ciudades del norte de Europa, ellos impidieron el desarrollo urbano. El feudalismo
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nunca fue verdaderamente fuerte en Italia. En segundo lugar, el conflicto entre el
papado y el sagrado imperio romano había impedido la creación de una monarquía
unificada en Italia. En tercer lugar, en la esfera intelectual, el escolasticismo -muy
fuerte en las universidades del norte y las escuelas- nunca dominó el pensamiento
italiano. En la esfera artística, la arquitectura y la escultura gótica no tuvieron mucha
influencia en Italia. Por eso, las tradiciones intelectuales y artísticas de los italianos
siguieron siendo libres para crear y responder a las nuevas ideas y estilos.
Finalmente, las ciudades italianas, aunque afectadas por la hambruna y las plagas
del siglo XIV, tuvieron poblaciones suficientemente amplias, riquezas e
independencia geográfica y política para recuperarse rápidamente de los desastres.
5. Las ciudades- estados del norte de Italia
La actividad dominante en las ciudades del norte de Italia fue el comercio
internacional, que dependía directa o indirectamente del comercio con el Levante
para su sustento - las regiones costeras del este del Mediterráneo- y con el norte de
Europa. Las personas dominantes en las ciudades italianas fueron los banqueros,
los exportadores y los fabricantes de tejidos a amplia escala. El poder político de las
ciudades italianas se extendió mucho más allá de sus fronteras, así las convirtió en
principados urbanos o ciudades- estados. La razón de este desarrollo en Italia
estuvo en el rápido y poderoso desarrollo de las ciudades que impidió la instauración
de una verdadera jerarquía feudal.
A finales del siglo XII, la población urbana se había dividido en clases, definidas por
criterios sociales y económicos. En el siglo XI, en muchas ciudades italianas se
habían formado grupos políticos que lucharon contra los obispos por el control de
las ciudades. En este período, los obispos, designados por el emperador, tenían el
poder dominante en las ciudades. A mediados del siglo XII, las poblaciones urbanas
habían logrado la independencia de sus ciudades y habían desarrollado
instituciones políticas, dominadas por un consejo, para dirigir su propio gobierno.
A principios del siglo XV aproximadamente, las ciudades- estados italianas
comenzaron a mantener embajadores en las cortes de los estados extranjeros para
mantener a los gobernantes en contacto permanente con otros gobiernos,
potenciales aliados o enemigos. Esta práctica fue el comienzo de la diplomacia
moderna.
6. La era del descubrimiento y la grandeza de España
La Reforma Protestante fue sólo una de las tres revoluciones de una nueva época
en la historia europea del siglo XVI. El pensamiento humanista y el Renacimiento
en las artes habían comenzado, la segunda de las revoluciones: la creación de una
nueva conciencia histórica, permitió a los europeos percatarse de la ascensión y la
decadencia de las civilizaciones. La tercera gran revolución fue causada por el
descubrimiento de la ruta marítima alrededor de Africa hacia la India y el este de
Asia, así como por el descubrimiento del Nuevo Mundo.
Para los europeos, los siglos XV y XVI fue una era de descubrimientos sin paralelo.
Aunque, al igual que la Reforma y el Renacimiento, la difusión del conocimiento y la
experiencia europeas del mundo tuvo sus raíces en la civilización medieval, las
nuevas exploraciones tuvieron un efecto revolucionario en la conciencia de los
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europeos, porque los viajes los pusieron en contacto directo, por primera vez, con
todos los continentes deshabitados de la tierra y los pueblos civilizados que no la
habitaban del todo.
El contacto con las civilizaciones foráneas también obligó a los europeos a
reconsiderar la idea que tenían acerca de su relación con los no europeos. Sus
ideas tradicionales se formaron durante siglos de conflicto con los musulmanes y de
interacción con los judíos. Pero estos pueblos formaban parte de la familia de
civilizaciones de la cuenca mediterránea y los conflictos entre ellos eran entre
feudos familiares. Ahora, ellos se enfrentaron al desafío de un desconocimiento
completo, entonces, los diferentes pueblos y los pensadores europeos -
particularmente los españoles- trataron de desarrollar principios éticos y legales que
pudieran guiar a sus compatriotas en la forma de conducirse con aquellos que
habían construido civilizaciones sin los beneficios del cristianismo.
En el 1 400, los europeos conocían sólo un poco más acerca de la tierra que los
romanos; durante la Edad Media, Europa fue más bien el objeto que la fuente de
exploraciones y emigraciones.
7. España durante los siglos XVI y XVII
Colón tocó tierra en Bahamas el 12 de octubre de 1492, pensó que había
encontrado algunas de las pequeñas islas del archipiélago japonés.
El valor del tesoro subió dramáticamente durante el siglo XVI. Hacia 1600 comenzó
su declinación, se tornó muy reducido hacia el 1660 y desencadenó una profunda
crisis económica en España.
En 1648, el rey de España reconoció formalmente la independencia de los
holandeses. Los holandeses emergieron entonces como la nación con el comercio
más poderoso de Europa. Hacia mediados del siglo XVII, los holandeses tomaron
el control de la parte más rica del imperio portugués en Occidente. Fundaron una
colonia, llamada Nueva Amsterdam, en la isla Manhattan, en el río Hudson (1 624),
que se convirtió en un centro del amplio comercio holandés en el Nuevo Mundo.
En 1588 se desencadenó la guerra entre España e Inglaterra en la que triunfó esta
última. La victoria enalteció la moral de los ingleses y del mundo protestante.
Terminó con la amenaza de una conquista española de Inglaterra e imposibilitó la
reconquista de las provincias unidas en los Países Bajos. Cuando en 1604 se firmó
finalmente una paz, los ingleses - junto a los holandeses- presentaban un poder
similar al de los españoles en el mar.
La abrumadora mayoría de la sociedad europea del siglo XVI era rural. En Francia
y el oeste de Alemania, la posición de los campesinos mejoró. En España, el este
de Alemania y los países del este de Europa se deterioró.
8. La revolución científica
Los cambios políticos y económicos que tuvieron lugar en Europa durante el siglo
XVII fueron comparables con los ocurridos en el clima cultural e intelectual de
Europa. Durante el siglo XVII, el conocimiento acerca del mundo natural se
desarrolló lentamente y por momentos. Existían muchas observaciones individuales
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de los fenómenos naturales, de éstas se habían derivado algunas generalizaciones
útiles. Pero muchas de estas generalizaciones no difundieron ampliamente o fueron
erróneas.
En el sentido moderno, todas fueron "experimentos", pero desconocidos. Hacia el
siglo XVIII, había ocurrido un sorprendente cambio: se había acumulado una gran
cantidad de conocimientos acerca de la naturaleza y continuaba acumulándose a
un ritmo creciente. Nuestra civilización desde entonces es una "civilización
científica".
Un nuevo método de investigación - el método científico- se desarrolló entre finales
del siglo XIII y el siglo XIV, sin embargo su realización se concreta en Europa
occidental después de 1600. El nuevo método combinaba dos elementos: la
observación y la experimentación cuidadosas, así como la interpretación racional
de los resultados preferiblemente con el empleo de las matemáticas.
Desde el siglo XII, los pueblos de Europa occidental se interesaron en los problemas
científicos. Pero las respuestas de la Edad Media a estos problemas se basaron en
suposiciones tradicionales y profundamente enraizadas acerca de la naturaleza del
universo. Por ejemplo, generalmente se creía que el universo era una esfera finita
con la tierra en el centro.
Sin embargo, incluso en la Edad Media no todos los hombres estaban satisfechos
con aquella concepción relativamente simple. En los siglos XIII y XIV, un pequeño
número de ilustrados comenzaron a cuestionar las explicaciones existentes. Las
universidades medievales, principalmente la de Oxford, la de París y la de Padua,
mantuvieron su interés en el mundo de la ciencia. Pero la mayoría de los europeos
del 1500 no cuestionaron las clásicas autoridades griegas.
Este sistema de conocimientos establecido explicaba bien los fenómenos
observados. A finales de la Edad Media, esto era una razón muy sencilla como para
no tratar de mejorar las observaciones y las teorías de los antiguos escritores.
Sin embargo, en los siglos XIV, XV y XVI algunos avances de la sociedad europea
prepararon el camino para un cambio de opinión general sobre la naturaleza. El
desarrollo de la industria del cristal y la invención de los lentes, por ejemplo, dio
esperanzas al extender ampliamente los poderes del hombre para observar los
procesos naturales. Además, la aparición de nuevas técnicas en la construcción
naval indujo los viajes de descubrimiento, éstos, a su vez, estimularon la atención
del pueblo hacia los problemas de la navegación.
En 1543, dos notables trabajos científicos establecieron el final de la ciencia del
medioevo y el comienzo de una revolución en la concepción del hombre occidental
sobre la naturaleza:
Sobre la estructura del cuerpo humano de Andrés Vesalio fue por aquellos días una
maravillosa descripción detallada de la anatomía humana basada en la observación
directa, en la disección.
Sobre la revolución de los cuerpos celestes, un brillante tratado matemático de
astrónomo polaco Nicolás Copérnico (1473-1543), demostró que el número de
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epiciclos de Tolomeo se puede reducir, si se asume que la Tierra gira sobre su eje
una vez al día y se mueve alrededor del sol una vez al año.
Dicha obra, publicada en 1 543, bajo el título " De Revolutionibus Orbium
Coelestium", que exponía la teoría heliocéntrica de Copérnico sobre el movimiento
de los planetas, abrió la revolución de mayores consecuencias que conoce el
pensamiento humano. Su teoría constituyó la base sobre la cual Galileo, Kepler,
Newton y otros construyeron la astronomía moderna.
La revolución científica alteró las condiciones del pensamiento y la existencia
material de la vida. Otros descubrimientos, como los de Galileo y Kepler hicieron
que la duda se impusiera como nueva filosofía.
Los dos profetas principales de la revolución científica fueron Francis Bacon (1 561-
1 626) y René Descartes (1 596-1 650). En 1 662, se fundó la Royal Society of
London, la primera sociedad científica en Londres.
Descartes fue un entusiasta del "método" científico, su creencia en que todo podía
reducirse a términos matemáticos y su insistencia en la duda sistemática con
respecto a las primeras teorías dejó una profunda huella en el pensamiento
científico de los próximos dos siglos.
Por su parte, William Gilbert utilizó sus escasos conocimientos sobre la fuerza
misteriosa de la electricidad para deducir que la tierra era en sí un gran imán (1
600). William Harvey demostró que la sangre circulaba de las arterias a las venas,
de las venas al corazón, del corazón a los pulmones y que regresaba al corazón y
a las arterias nuevamente (1 628). A finales de siglo, el nuevo microscopio reveló
los pequeñísimos vasos capilares que realmente conectan las arterias con las
venas.
Los avances evidenciaron un aumento en la precisión de la observación y un
desarrollo, tanto en el control de los experimentos como en la cuantificación de sus
resultados.
Al mismo tiempo, las matemáticas avanzaron rápidamente. La invención de los
decimales y los logaritmos facilitaron los cálculos a principios del siglo. Pascal inició
el estudio de las probabilidades. Y a finales de siglo, Newton y Leibniz completaron
el trabajo de muchos otros con el invento simultáneo del cálculo, que proporcionó el
primer método de análisis periódico de la aceleración o la desaceleración del
movimiento.
En la observación astronómica y física, así como en las matemáticas se halló la
unión más fructífera. Johannes Kepler (1571-1630) anunció: las órbitas de los
planetas son elípticas, con el sol en uno de los dos focos de la elipse. Y formuló las
llamadas leyes de Kepler, a saber: a) Las órbitas planetarias son elipses en las que
el Sol ocupa uno de sus focos, b) Las áreas descritas por los radios de los vectores
son proporcionales a los tiempos y c) Los cuadrados de los tiempos de las
revoluciones planetarias son proporcionales a los cubos de los ejes mayores de las
órbitas.
Los primeros frutos del trabajo de Kepler aparecieron en 1609. Durante ese año, el
italiano Galileo Galilei (1564-1642), profesor en Padua y Pisa, volteó hacia el
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firmamento un instrumento de reciente invención, el telescopio. El universo finito,
esférico, de la Edad Media se hizo añicos. Los científicos sospecharon entonces
que de un espacio infinito, que contenía otras estrellas como el sol y probablemente
otros sistemas solares también.
Galileo (1 564-1 642) fue uno de los fundadores del método experimental. Descubrió
las leyes de la caída de los cuerpos, enunció el principio de la inercia, inventó la
balanza hidrostática, el termómetro y diseñó el primer telescopio astronómico en 1
609. Es famoso por la defensa que realizó del sistema cósmico de Copérnico, que
Roma consideraba herético.
Un genio, Sir Isaac Newton (1642-1727) relacionó la astronomía de Kepler con la
física de Galileo, así eliminó cualquier diferencia entre la física celestial y la terrenal
y cumplió con una parte del sueño de Descartes: establecer una "ciencia universal".
La misma fuerza que actuaba sobre la luna y la manzana, variaba "directamente
como producto de la masa" elevada a una potencia e "inversamente como el
cuadrado de la distancia" para separar los cuerpos. Newton desarrolló las
matemáticas necesarias para probar su teoría; publicó sus conclusiones en The
mathematical Principles of Natural Philosophy (Los principios matemáticos de la
filosofía natural) (1687). Este es uno de los libros que más ha influido, tanto en la
historia de la ciencia como en la del pensamiento humano. La aparición de
"Principia", marcó la culminación del movimiento comenzado por Copérnico. Ella ha
permanecido siempre como el símbolo de la revolución científica aun cuando no
produjo resultados dramáticos.
En 1704 se publicó Optiks, una obra de Newton que sustentó el desarrollo de los
conocimientos sobre el calor, la luz, la electricidad, el magnetismo y los átomos
químicos.
Masa, fuerza y movimiento fueron conceptos claves, las matemáticas fueron el
medio para entender el universo. Para la mayoría de los hombres, sin embargo, la
nueva ciencia no destruyó la religión tradicional. Algo los obligó a considerar el
significado religioso de un universo amplio y complicado. El telescopio reveló la
inmensidad del universo, reemplazó a la tierra e incluso al sol de su centro. El
microscopio comenzó a revelar las maravillas de los pequeños detalles del mundo
- los capilares, las bacterias, las células, las bases de la vida.
9. La ilustración
La tarea que los principales pensadores del siglo XVIII se impusieron fue popularizar
los métodos y principios de la ciencia natural del siglo XVII, así como aplicar dichos
métodos y principios a Dios, al hombre y a la sociedad. El descubrimiento científico
continuó, sin embargo el trabajo que atrajo a los escritores más brillantes fue la
aplicación de los nuevos métodos científicos al estudio de los males de la
humanidad - económico, social, político y eclesiástico. Su interés no fue tanto
descubrir la nueva verdad acerca de la naturaleza como usar los métodos de la
ciencia natural para transformar la sociedad.
Este movimiento del siglo XVIII fue la "Ilustración". Este término sugería el amanecer
a una era de luz después de una larga noche de oscuridad, ignorancia, superstición
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e intolerancia. Hubo escritores "ilustrados" en todos los países de Europa desde
Rusia hasta España y desde Inglaterra hasta Italia.
Sin embargo, este movimiento internacional se centró en Francia. Después de la
muerte de Luis XIV en 1715, el gobierno francés se volvió rápidamente más inepto
e ineficaz, mientras la tensión social entre la aristocracia privilegiada y la menos
privilegiada burguesía rica se hizo más aguda. Muchos líderes de la Ilustración eran
burgueses y con frecuencia sus escritos reflejaban sus intereses de clase.
París fue el lugar más activo de Europa. Aquí los intelectuales tenían un estrecho
contacto entre ellos, estimulados por el sentimiento de que estaban ayudando a
guiar una revolución de ideas y unidos en una cruzada para poner fin a la barbarie
y a los absurdos del viejo orden.
Las ideas principales de la Ilustración prendieron en toda Europa. Apareció una
generación con nuevas ideas acerca de la religión y la organización social. Las ideas
dominantes pueden resumirse en cinco secciones: razón, naturaleza, felicidad,
progreso y libertad.
El progreso de la civilización se situó entonces fuera de las manos de Dios, Ahora
se colocó en las del hombre. Una vez descubiertas y aplicadas las leyes de la
naturaleza a la sociedad, el progreso se hizo seguro, inevitable y rápido. Esto fue
una revolución importante en el pensamiento occidental. Durante la Edad Media era
inconcebible el progreso secular sin relación con Dios.
En una lucha literaria entre los "antiguos" y los "modernos", que se inició en 1687,
apareció la idea de que los "modernos" eran tan buenos y probablemente mejores
que los "antiguos".
Robert Turgot (1727-1781), sugirió que el elemento esencial de la historia fue la
difícil lucha de los hombres hacia el desarrollo crucial del método científico.
Marie-Jean Condorcet (1743-1794), escribió Sketch for a Historical Picture of the
Progress of the Human Mind (Apuntes para una descripción histórica del progreso
de la mente humana), que resumió todo el optimismo de su siglo. Observó: "existen
las razones más fuertes para creer que la naturaleza no ha puesto límites en la
realización las esperanzas de los hombres" y previó "la abolición de las
desigualdades entre las naciones, el progreso de la igualdad en las naciones y la
verdadera perfección de la humanidad".
Las nuevas ideas afectaron el pensamiento religioso de Europa. La esencia de la
religión es el temor y el respeto ante la racionalidad y la perfección del universo.

LAS REVOLUCIONES Y GUERRAS MUNDIALES


1. La revolución francesa, inglesa y norteamericana
Las monarquías despóticas, entre 1763 y 1789, fueron, en muchas formas, un
resurgimiento de las ideas monárquicas más viejas y una reacción contra el poder
que la aristocracia había obtenido en el siglo XVIII.
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Francia y Gran Bretaña fueron los centros de la Ilustración, pero también tenían un
déspota ilustrado como monarca. Tal vez como resultado cada una experimentó
una revolución desde abajo. Los norteamericanos ganaron su independencia de
Inglaterra en nombre de la razón y los derechos naturales, la burguesía francesa se
movió por los mismos ideales y destruyeron el privilegio aristocrático en Francia.
Cuando la guerra de los Siete Años finalizó en 1763, tanto el gobierno francés como
el británico necesitaron más ingresos para sostener el peso de sus deudas de
guerra y hacer frente a los crecientes costos de administración. Luis XV propuso
mantener un impuesto de guerra sobre los nobles y los plebeyos de igual forma, así
como instituir un nuevo impuesto a los empleados públicos. Sin embargo, el
programa de Luis fue acogido por un fuerte oposición de nobles y burgueses
enriquecidos por igual.
La reacción de la aristocracia, condujo finalmente a la revolución.
Europa
El intento razonable del gobierno por conseguir nuevos ingresos fue recibido con
una poderosa oposición en las colonias americanas. La Guerra de Independencia
de Norte América (1775-83) fue, en cierto sentido, una guerra civil dentro del imperio
británico en ambos lados del Atlántico; los colonialistas, por ejemplo, tenían amigos
en Inglaterra e Irlanda simpatizaba con los reclamos de Norteamérica.
Los colonialistas norteamericanos ganaron la Guerra de Independencia con la
ayuda de Francia. Siguiendo los principios del equilibrio de poder, Francia
compensó la pérdida de Canadá privando a Gran Bretaña de sus colonias
americanas. Los suministros, tropas y barcos franceses fueron una ayuda
inestimable para el General Washington en su lucha por derrotar las fuerzas
británicas en las colonias. En el tratado de paz de 1783, las trece colonias ganaron
su independencia y obtuvieron el derecho a los territorios del este del Misisippi, del
norte de la Florida y del sur de los Grandes Lagos.
El éxito de la Revolución Norteamericana tuvo profundos efectos en Europa y en
otras partes del mundo. Los oponentes del viejo régimen en Europa se percataron
de ello, un pueblo había tomado su destino en sus propias manos, se había rebelado
contra las normas establecidas y había creado un gobierno de su propia elección.
Se había obtenido la libertad sin autorización.
Las ideas de John Locke - igualdad natural, derechos inalienables, gobierno por
consenso del gobernado y el derecho elemental de revolución- se habían
reivindicado. La Declaración de Independencia (el 4 de julio de 1776) dio la señal
para llamar a la rebelión a los pueblos del Viejo Mundo.
Los acontecimientos en América parecieron demostrar que las unidades políticas
más pequeñas se podían unir sin recurrir al despotismo. La Revolución
Norteamericana representó y trasladó al mundo occidental dos ideas políticas de
gran importancia para el futuro: un gobierno limitado o constitucional (con una larga
historia desde el mundo antiguo y medieval) y la soberanía popular o democracia
(relativamente nueva en una época aún muy aristocrática en su pensamiento).
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Los veinticinco años transcurridos entre el Tratado de París y el estallido de la
revolución en Francia ofreció al mundo occidental tres posibles caminos para el
desarrollo futuro: el despotismo ilustrado, el dominio aristocrático o la revolución
democrática.
2. La Revolución Francesa
La Revolución Francesa marcó un punto de viraje en la historia europea. Los hechos
que comenzaron en 1787 y finalizaron con la caída de Napoleón Bonaparte en 1815
liberaron las fuerzas que alteraron no sólo la estructura política y social de los
estados, sino también la de Europa. En Francia y en otras partes se hicieron muchos
intentos por deshacer la obra de la Revolución y reprimir las ideas de libertad,
igualdad y nacionalismo que esta había inspirado. Pero el antiguo régimen se había
apagado, al menos en Francia, así que resultó imposible restaurar completamente
una Europa dominada por la monarquía, la aristocracia y un orden social jerárquico.
Con la llegada de la Revolución Francesa, se entró entonces a un mundo más
moderno - un mundo de conflictos de clases, ascendencia de la clase media, aguda
conciencia nacional y una democracia popular. Junto a la industrialización, la
revolución reformó las instituciones, las sociedades e incluso la mentalidad de los
europeos.
3. Los orígenes de la revolución francesa
Hacia la última mitad del siglo XVIII, Francia parecía haber vencido el triste ciclo de
carencias, enfermedades y una alta mortalidad que en el siglo anterior había
inhibido tanto el desarrollo demográfico como el económico. La débil tendencia
inflacionaria que caracterizó a gran parte del siglo XVIII aumentó la riqueza de los
grandes terratenientes y el excedente en la agricultura sirvió para estimular la
expansión de la economía francesa en su totalidad.
A pesar de los signos de prosperidad, hubo mucho descontento y agitación en
Francia en la década de los 80 del siglo XVIII. Las instituciones francesas eran
obsoletas, ineficientes e incoherentes. La nobleza y las eternas sociedades de
puestos hereditarios las controlaban. Todo el que estuviera relacionado con las
ideas de la Ilustración se consideraba irracional e injusto. Las diferencias sociales y
legales que permitían alcanzar un alto cargo o ejercer una influencia política
ofendían especialmente a las clases medias.
Un sistema de impuestos ineficaz e injusto producía muy pocos ingresos para
mantener al estado, inhibía el desarrollo económico y llevaba a la pobreza. En
vísperas de la Revolución, Francia enfrentó una coyuntura de crisis. Tres de estas
crisis - dificultad agrícola, caos financiero y reacción de la aristocracia- fueron
particularmente agudas.
Durante la década del 80 del siglo XVIII, las demandas de la aristocracia sobre los
campesinos agravaron la miseria del campo. La resistencia de la aristocracia a la
reforma de los impuestos obstaculizó los intentos del gobierno para renovar la
estructura financiera de la nación. Estas dos facetas de la reacción de la aristocracia
fueron las causas directas del advenimiento de la Revolución Francesa.
Las dudas del rey Luis XVI y la intransigencia de la aristocracia aumentaron la
amargura de amplios sectores de la población.
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Ellos quisieron terminar con los privilegios y sintieron que la monarquía no
reformada no deseaba ayudarlos en esta lucha. El ataque a los privilegios y la
demanda de igualdad ante la ley fueron las fuerzas motrices de la revolución desde
el comienzo hasta el fin. El privilegio, al parecer, sólo se podía destruir mediante el
ataque a la monarquía y a la aristocracia.
Luis perdió la oportunidad de actuar como mediador entre los estados hostiles. El
23 de junio se presentó ante los estados generales para presentar un programa de
reforma que satisfizo sólo en parte las demandas del tercer estado para la reforma
de los impuestos y no hizo nada para eliminar los privilegios de la nobleza.
Aproximadamente al mismo tiempo, el rey comenzó a concentrar tropas alrededor
de Versalles y París. Sin embargo, la reforma parcial ni la fuerza bruta fueron
suficientes para enfrentar la crisis política. La revolución se había convertido en una
batalla entre los que pedían una sociedad más equitativa y abierta contra los que
querían conservar los privilegios de la aristocracia.
En el verano de 1789, una serie de disturbios espontáneos de carácter popular y
distintas revueltas unieron, al menos por el momento, a la burguesía y al pueblo en
una preocupante alianza contra la aristocracia.
El 14 de julio, la depresión económica llevó la pobreza urbana a la miseria, a la
miseria se unió el temor que crearon el rey y los aristócratas. Cuando las tropas del
rey aparecieron, la reacción inmediata de los ciudadanos fue armarse por su propia
cuenta.
La caída de la Bastilla fue un acontecimiento de escasas consecuencias por sí solo,
pero sus implicaciones fueron inmensas. El ataque fue visto como un golpe contra
el despotismo real. Demostró que la revolución no era simplemente un debate sobre
una constitución. Su mayor importancia fue colocar a la ciudad y a los líderes
políticos de París a la vanguardia.
El antiguo régimen fue desmantelado. La estructura de privilegios de la aristocracia
se abolió completamente, junto con las franquicias y los puestos hereditarios.
4. La Declaración de los Derechos del Hombre
En general, la asamblea nacional logró eliminar los privilegios de las clases más
altas, las sociedades de funcionarios y las provincias. Se enfrentó entonces con la
tarea de crear nuevas estructuras políticas, legales y administrativas. La estructura
ideológica para esta tarea fue enunciada por los que prepararon la Declaración de
los Derechos del Hombre, aprobada el 27 de agosto de 1789.
Crear la constitución tomó dos años. Al cabo de este tiempo, el gobierno se había
reorganizado, la Iglesia desposeída de sus tierras y los derechos de los franceses
se habían definido con mayor claridad.
La guerra (franco- prusiana) transformó la revolución. Con la guerra vino el fin de la
monarquía y la constitución. También vino el terror y la dictadura. Francia se
convirtió no sólo en la cuna de la revolución, sino también en exportadora de ideas
revolucionarias. Finalmente, bajo la tensión y las emociones de la guerra, Francia
se convirtió en una nación-estado unificada.
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Napoleón fue derrotado finalmente en Waterloo el 18 de junio de 1815 y tres días
después, abdicó por segunda vez. La era de la Revolución y Napoleón habían
finalizado.
5. Las Américas en el siglo XIX
Desde la época del descubrimiento hasta el siglo XIX, el liderazgo mundial de
Europa fue virtualmente indiscutible. Los Estados Unidos habían fueron la primera
posesión europea de ultramar en obtener la independencia, pronto tuvieron lugar
movimientos similares en otras regiones de América donde los europeos se habían
establecido. A pesar del poder de Europa durante el siglo XIX, hubo algunas señales
de que los días de la supremacía europea llegaban a su fin.
A principios del siglo XIX, los Estados Unidos eran una potencia de segunda clase,
desempeñaban sólo una función menor en los asuntos internacionales. Un siglo
después, se habían convertido en el árbitro decisivo en la guerra más grande que
Europa y el mundo jamás habían visto. La comprensión del recién llegado a los
asuntos mundiales fue un proceso lento y gradual. A lo largo de la mayor parte del
siglo XIX, América se mantuvo políticamente aislada, tanto que "aislamiento" se
convirtió en un término que se aplicaba comúnmente en la política exterior
norteamericana.
En 1 823, con la Doctrina Monroe, América exhortó a Europa a que desistiera de
cualquier colonización futura en el hemisferio occidental. A pesar del aislamiento
político en el que los Estados Unidos concibió su destino, las relaciones culturales
entre la nueva república y el viejo continente se mantuvieron fuertes, aunque
América fue ante todo un receptor en lugar de un contribuidor en su cambio cultural.
América había participó de la moda europea del Romanticismo. Hacia mediados del
siglo XIX, los escritores norteamericanos atrajeron la atención del extranjero hacia
la literatura norteamericana.
En el plano político, los esfuerzos exploratorios de los reformistas norteamericanos
en la defensa de los derechos de la mujer, el pacifismo y la moderación provocaron
respuestas de ultramar, así como la gradual adopción en Europa del sufragio
universal del hombre, la educación pública gratuita obtuvo un gran provecho del
ejemplo norteamericano. En cuanto a las invenciones técnicas, los Estados Unidos
mostró signos del talento que al final lo convirtió en la principal nación industrial del
mundo. El intercambio cultural entre Europa y los Estados Unidos se hizo, de ese
modo, menos injusto. El perfeccionamiento de los medios de comunicación también
desempeñó su papel. En la década del 60, el barco de vapor había comenzado a
competir exitosamente con el barco velero y la colocación de un cable transatlántico
en 1858 favoreció el intercambio de noticias e ideas.
En el plano demográfico, el crecimiento territorial de los Estados Unidos se relacionó
estrechamente con el crecimiento fenomenal de su población. De menos de 4
millones en 1790, la población aumentó a 60 millones durante un siglo. Mucho de
este crecimiento se debió al flujo continuo de inmigrantes europeos, que totalizaron
más de 35 millones entre 1815 y 1914.
Muchos de ellos huían de la persecución política o religiosa, también las
oportunidades económicas del Nuevo Mundo atraían a muchos. El suministro
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constante de mano de obra barata, proveniente de la inmigración, fue una bendición
para la creciente economía norteamericana. La rápida norteamericanización de los
nuevos ciudadanos se favoreció con el hecho de que los Estados Unidos no tenía
clases privilegiadas, ni iglesia establecida, ni casta militar.
La idea de oportunidades económicas para todos, una sociedad abierta, en la cual
la habilidad y el trabajo duro conducían al éxito, fueron los ingredientes del "sueño
americano", si no, siempre la realidad.
En el sentido económico, como la mayoría de los países europeos, los Estados
Unidos, en la primera mitad del siglo XIX, era un país primordialmente agrario. La
abundancia de tierra atrajo a europeos hambrientos de ellas. Pero el aumento de la
población requirió de soluciones económicas adicionales, que fueron
proporcionadas por la industria. A mediados del siglo XIX, los estados del este
habían desarrollado la industria. Al mismo tiempo, la expansión de los territorios del
oeste proporcionó un mercado en constante expansión. La industrialización a gran
escala no ocurrió hasta después de la Guerra Civil (1 861-1 865). Sin embargo,
antes de 1 860, muchos de los efectos sociales de la industrialización, observados
en Europa, se hacían sentir. Durante la primera mitad del siglo XIX, los sindicatos
norteamericanos comenzaron a organizarse, pero un movimiento sindical en el
sentido moderno, en Norteamérica como en Europa, no se desarrolló hasta mucho
después.
En su filosofía económica, Norteamérica compartió la fe de los liberales europeos
en la libertad del control estatal. La revolución norteamericana había luchado contra
las restricciones mercantiles impuestas por la metrópoli. Cuando esas restricciones
desaparecieron, quedaron pocos obstáculos para la libre empresa. De ese modo,
una filosofía de liberalismo vino a permear la vida económica de los Estados Unidos.
Con el área de libre comercio más amplia del mundo dentro de sus propias fronteras,
los industriales norteamericanos desearon ansiosamente mantener fuera a los
competidores extranjeros.
El espíritu revolucionario en Europa después de 1815 tuvo su paralelo en la
inquietud que prevaleció en los Estados Unidos durante los años 20. La fuente de
esa inquietud fue económica y social. Como la población de Norteamérica aumentó
y los nuevos territorios obtenidos con la adquisición de la Luisiana (1803) y de la
Florida (1819) se colmaron con los nuevos asentamientos, se suscitaron diferencias
entre los intereses establecidos en el este y las nuevas fuerzas en la frontera oeste.
El descontento entre los nuevos trabajadores inmigrantes del este y en los
asentamientos del oeste se expresó en la urna electoral, como resultado del
desarrollo del proceso democrático después de la revolución.
Ahora bien, la democracia en los Estados Unidos tardó en llegar a todas las capas
de la sociedad; no fue hasta después de los años 20 que se adoptó el sufragio del
hombre en la mayoría de los estados. La democratización de la política continuó
con la adopción de la protección o del "sistema de premiar servicios al partido con
empleos públicos" y con la práctica de obtener candidatos presidenciales
nominados por convenciones nacionales y no entre un puñado de líderes de
partidos.
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6. La Primera Guerra Mundial
En la discusión de los orígenes de la primera guerra mundial, los historiadores
distinguen entre causas subyacentes e inmediatas. En la primera categoría están
incluidos todos los factores que contribuyeron al estado agudo de tensión
internacional antes de 1914: el nacionalismo, las disputas territoriales, la
competencia económica y las rivalidades imperialistas. Algo de la tensión también
se había generado en la diplomacia de las potencias, que generaron alianzas
secretas entre las naciones en conflicto.
Sin embargo, hacia 1914 el sentimiento de solidaridad europea que había animado
a las grandes potencias en 1890, cedió en todas partes ante la poderosa y divisible
fuerza del nacionalismo. La ausencia de cualquier acción efectiva internacional para
preservar la paz contribuyó significativamente a la catástrofe de 1914.
La "Gran Guerra", como se le llamó en su tiempo, se convirtió gradualmente en una
"Guerra Mundial". No fue el primer conflicto mundial, sino el más extenso. Antes de
que terminara la guerra en noviembre de 1918, 49 millones de hombres fueron
movilizados por los "Aliados" contra 25 millones de las "Potencias Centrales". Más
que ningún conflicto anterior, la guerra involucró a todos, no sólo a los soldados.
La guerra duró mucho más de lo que se hubiera pensado que una guerra moderna
pudiera y trajo los cambios más arrolladores que nadie hubiera creído posible. Los
imperios tradicionales colapsaron y nuevas naciones se levantaron del naufragio. El
Nuevo Mundo, hasta ahora de poca importancia para los asuntos europeos, emergió
de pronto como decisivo en la victoria europea. Europa, que en el pasado había
resuelto sus propios asuntos, aparentemente fue incapaz de hacerlo.
La Gran Guerra formó parte de una fase transitoria en la historia moderna. No hubo
un final claro para la guerra - realmente no hubo establecimiento de la paz en 1919
y 1920. Los problemas que los estadistas combatían a brazo partido en París
continuaron por aquel entonces atormentando a Europa y al mundo. Se sucedieron
nuevas crisis, que continuaron con la Gran Depresión de 1929 y terminaron en otra
guerra mundial, para así completar la transición del siglo XIX al XX.
La guerra que se pensó pudiera acabarse en cuatro meses había durado más de
cuatro años. En su cima, había involucrado unas treinta y cuatro naciones. Habían
muerto cerca de 10 millones de soldados, herido el doble de ese número y causado
cerca de un millón de bajas civiles. El costo total se había estimado alrededor de
$350 billones. Trajo la revolución a Europa central y del este, arrasó con los últimos
remanentes de la monarquía autocrática. Alemania había soñado con la hegemonía
de Europa y tal vez del mundo.
La Conferencia de Paz, que se inauguró el 18 de enero de 1919, con la presencia
de todos los beligerantes, excepto las potencias centrales y Rusia, estableció la paz,
pero esta fue dictada por los vencedores.
Los Aliados crearon la Liga de las Naciones. Esto fue algo completamente nuevo,
un parlamento de naciones en el cual los problemas internacionales se podían
discutir y resolver. Cuando la liga se inauguró en Ginebra en 1921, varias de las
grandes potencias faltaron; Alemania no fue admitida hasta 1926, Rusia se hizo
miembro en 1934 y los Estados Unidos nunca se integró.
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Sin embargo, durante varios años después de la Conferencia de Paz, Europa sufrió
tantas crisis internacionales que el pueblo se preguntaba si la guerra había
terminado realmente.
Una gran parte de la responsabilidad por las dificultades económicas de Europa
recayó sobre los reconciliadores de 1919. En sus esfuerzos por resolver los
problemas políticos del continente, con frecuencia, ignoraron los efectos
económicos de sus decisiones. La parte más compleja del tratado fueron las
indemnizaciones.
Con el fin de pagar las sumas que exigidas, las naciones derrotadas necesitaban
de un capital excedente. Ellas podían obtener esto sólo mediante el aumento de las
exportaciones. Pero estas exportaciones competían con los productos de las
naciones que esperaban obtener provecho de las indemnizaciones. Además, la
transferencia de grandes cantidades de capital tenía efectos variables en las
economías de deudores y acreedores por igual. Fue fácil, en otras palabras, solicitar
grandes indemnizaciones, pero fue difícil establecer métodos para pagarlas. El
problema de las indemnizaciones se complicó además con el endeudamiento mutuo
de los vencedores. La principal fuente de indemnizaciones fue Alemania.
Como la Gran Depresión se extendió de los Estados Unidos a Europa, Alemania
suspendió sus pagos por completo. En una conferencia final en Lausana en 1932,
Alemania fue exonerada de cualquier obligación futura. El establecimiento de las
indemnizaciones fue claramente un fracaso.
7. La Segunda Guerra Mundial
Antes de 1914, Europa se había dividido en dos campos claramente definidos e
igualmente parejos, excepto Inglaterra e Italia que se mantenían sin definirse. En
1939, la situación fue mucho menos clara y el equilibrio incluso menor. Además, la
ideología, que en 1914 fue un factor menor, en 1939, apareció como una ayuda y
un obstáculo, al mismo tiempo, en la alineación internacional. Mientras en 1914, las
grandes potencias habían hecho lo posible para mostrar todas sus cartas, en
víspera de la segunda guerra mundial, sólo la Alemania nazi mostraba su grandeza.
La segunda guerra mundial fue muy diferente de la primera. Mientras el problema
de la responsabilidad de la primera guerra había causado mucha controversia, no
hubo dudas de que la principal responsabilidad de la segunda recaía tristemente en
un solo país, Alemania y en un solo hombre, Hitler. A pesar de eso, se podría
argumentar que Hitler nunca hubiera ido a la guerra si los aliados occidentales lo
hubieran detenido a tiempo. En este sentido, Inglaterra y Francia tuvieron alguna
responsabilidad.
La guerra de 1939, mucho más que la guerra de 1914, fue una guerra mundial.
Japón había estado peleando con China por más de ocho años y mucho antes el
conflicto se había extendido a otras partes de Asia y África. La primera guerra fue,
en gran parte, una guerra de posición. La segunda guerra mundial fue de
movimientos casi constantes.
Las nuevas armas fueron las principales responsables de la rapidez y la movilidad.
El aeroplano en particular revolucionó el combate en tierra y mar. Se utilizó contra
Texto Guía – Lenguaje UPDS
objetivos civiles, además eliminó todas las diferencias entre la lucha y los frentes
internos. La segunda guerra mundial fue una guerra verdaderamente total.
El 14 de agosto de 1945 terminó la segunda guerra mundial.
Si se consideran los tremendos cambios políticos que se derivaron de la segunda
guerra mundial, es sorprendente pensar cuán poco se avanzó en el problema de la
paz. Sólo en los meses finales de la guerra, las grandes decisiones sobre el futuro
se convirtieron en tema de discusión al más alto nivel. Estos se trataron en dos
conferencias: Yalta y Potsdam, en febrero y julio de 1945 respectivamente.
El primer problema abordado después de Yalta fue la redacción de los estatutos de
las Naciones Unidas. Esto se realizó en la Conferencia de San Francisco en la
primavera de 1945. Las Naciones Unidas tomó mucho de su antecesora, la Liga de
las Naciones.
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HISTORIA BOLIVIANA
1. DE LA COLONIA A LA INDEPENDENCIA

La captura del inca Atahuallpa


Del soldado Gaspar a su padre Martín de Gárate
A mi muy deseado señor padre:

Una carta de vuestra merced recibí habrá bien tres años poco más o menos, en
la cual me enviaba a mandar que le enviase algunos dineros. Dios sabe la pena que
yo recibí por no tenerlos entonces para enviárselos, que si yo entonces los tuviera
no hubiera necesidad que vuestra merced me escribiera, que yo he tenido el
cuidado que era razón, empero no ha habido lugar hasta ahora, y también
encargándome que tuviera memoria de mi tierra. Dios sabe si tengo memoria o no
de mi tierra sino que, como digo, no ha habido tiempo de acordarme de ella hasta
ahora porque yo le doy mi fe que hasta ahora no he tenido un real después que en
estas partes pasé sino de seis meses a esta parte que Dios me ha querido dar más
[de lo] que yo merecí, [tanto] que hoy día de la fecha tengo tres mil ducados largos.
Plega a él que será para su santo servicio.
Señor, allá envío a vuestra merced 213 castellanos de buen oro en una barra
con una persona honrada de San Sebastián; en Sevilla lo hará moneda y se lo
llevará, y más le enviara a vuestra merced, sino que lleva muchos dineros de otras
personas y no pudo llevar más, el cual se llama Pedro de Anadel porque le conozco,
y es persona que los dará a vuestra merced, por eso le rogué que me hiciese merced
de los llevar.
Señor, yo quisiera ser el mensajero, empero no pudo ser, porque estábamos en
tierra nueva y ha poco que estamos en ella, y no dan licencia sino a hombres
casados que ha mucho tiempo que están en estas partes. De hoy en dos años
pienso ser allá con vuestra merced con la ayuda de Nuestro Señor, que juro a Dios
que más deseo tengo de estar allá que vuestra merced de verme, por darle buena
vejez.
Señor, quiero dar a vuestra merced cuenta de mi vida que ha sido después que
pasé a estas partes. Vuestra merced sabrá cómo yo fui a Nicaragua con el
gobernador Pedrarias por su paje, y estuve con él hasta que Dios fue servido de
llevarle de este mundo, el cual murió muy pobre, y así quedamos pobres todos sus
criados, como el que la presente lleva se lo podrá bien contar si con él se ve;
después de él muerto de a pocos días, tuvimos nueva: el gobernador Francisco
Pizarro venía por gobernador de estos reinos de la Nueva Castilla, y así sabida
nueva con el poco remedio que teníamos en Nicaragua pasamos a su gobernación,
donde hay más oro y plata que hierro en Vizcaya, y más ovejas que en Soria, y muy
abastecida de otras muchas comidas, mucha ropa muy buena, y la mejor gente que
se ha visto en todas las Indias, y muchos señores grandes. Entre ellos hay unos
que sujetan 500 leguas en largo, el cual tenemos preso en nuestro poder, que
teniendo a él preso, puede ir un hombre 500 sin que le maten, sino que antes le den
todo lo que ha menester para su persona, y le lleven a cuestas en una hamaca al
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cual dicho señor le prendimos por milagro de Dios que nuestras fuerzas no bastaran
prenderle ni hacer lo que hicimos sino que Dios milagrosamente nos quiso dar
victoria contra él y su fuerza.
Vuestra merced sabrá que con el gobernador Francisco Pizarro venimos a su
tierra de este señor donde tenía 70 mil hombres de guerra, 160 españoles con el
gobernador, donde pensamos que nuestras vidas eran fenecidas porque tanta era
la pujanza de la gente que hasta las mujeres hacían escarnio de nosotros y nos
habían lástima como nos habían de matar, aunque después les salió al revés su
mal pensamiento, [por]que vino aquel señor con toda su gente armada [a] dos tiros
de ballesta de donde nosotros teníamos asentado nuestro real y allí asentó su real,
y de allí vino a ver al señor gobernador qué gente éramos con obra de cinco mil
hombres, todos de su librea, y él en unas andas guarnecidas de oro y con cien
señores que lo traían a cuestas, limpiándole las pajas del suelo por donde sus andas
pasaban, todos cantando a una voz, y de que llegó donde nosotros estábamos saltó
el gobernador con toda su gente y dimos en ellos y prendimos al señor y matámosle
mucha gente, toda la más que con él venía, y salimos donde estaba toda la gente
de guerra, todos con sus lanzas de a 25 palmos y desbaratamos todo, en el cual
desbarato matamos ocho mil hombres en obra de dos horas y media, y tomamos
mucho oro y mucha ropa y mucha gente, lo cual sería largo de contar si todo lo
hubiese de contar. El que la presente lleva podrá bien informar.
En esta no diré más porque, como digo será largo de contar, sino que vuestra
merced dé mis encomiendas a la señora Catalina y a mis hermanos y hermanas y
a mi tío Martín de Altamira y a sus hijas, en especial a la mayor, que le soy mucho
en cargo; y también a mi primo Martín de Altamira y a la señora mi prima Marina de
Gárate y a mi tío San Juan de Gárate y a mi tío Pedro Sánchez de Arizmendi; y a
todos los otros mis parientes y parientas, que ya de muchos no se me acuerda como
ha mucho salí de allá, y a todos les diga que tengo mucho deseo de verlos que,
placiendo a Dios, presto seré allá. Señor, no quiero encargar a vuestra merced otra
cosa sino que haga bien por el ánima de mi madre y de todos mis parientes y si
Dios me deja ir allá yo lo haré cumplidamente. No hay más que le escribir más al
presente sino que quedo rogando a nuestro señor Jesucristo me deje ver a vuestra
merced antes que muera.
Fecha en Cajamarca en los reinos de la Nueva Castilla a 20 de julio de 1533
años.
Vuestro hijo que más ver que escribir os desea.

Gaspar de Gárate
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Sobre las riquezas de Potosí y Porco
Carta a su majestad de Pero Rodríguez Portocarrero, oficial real de Lima, con
largos capítulos contra el marqués de Cañete

Los Reyes, 1 de febrero de 1557


Sacra cesárea católica majestad:

Después que escribí a vuestra majestad desde Panamá, no ha habido navío


que haya ido a España con quien poder dar aviso de lo de acá, y también a tan poco
que yo llegué a este reino que no ha habido espacio para tomar tantas cuentas de
que haya mucho que contar; y por esta diré lo que después que a este reino llegué
he hecho: y es que a causa de haber sido tanto el gasto de lo que en la guerra
contra Fran-cisco Hernández los oidores hicieron, me pareció, por ser cosa fresca
y estar vivos los más de los que lo gastaron, empezar por ellos y así lo he hecho. Y
es negocio de mucha maraña porque hubo en él 18 o 20 hombres que tuvieron
poder para librar en la hacienda real todo lo que les pareció y así ha habido gastos
excesivos de lo cual se va tomando resultas contra las personas que los gastaron y
contra quien lo libró y contra los oidores que les dieron poder para ello. El tesorero
de esta Ciudad de los Reyes, que a la sazón se llamaba Sancho de Ugarte, es
muerto y no dejó bienes de quien se pueda cobrar, cosa que contra él resulte porque
fue harto poderse asegurar el alcance que en la cuenta que se le tomó se le hizo
cuanto más mandándole los oidores que pagase por sus libranzas y por las de los
otros a quien ellos dieron poder. No se podía excusar el tesorero de pagar lo que
ellos y los otros libraban; y así resulta cargo de lo que parece no ser bien gastado
contra los oidores de esta audiencia y contra otras personas que tuvieron poder de
ellos para poder librar y gastar, y así se hacen pliegos y cargos contra ellos, los
cuales no envío con esta a vuestra majestad para que los vea por no ser acabados
de hacer los cargos que de esta cuenta resultan. Por ser muy larga, creo que la
acabaré de pasar de aquí a navidad de este año, aunque los cargos y cuentas que
de ella resultan contra otras personas habrá harto que hacer para todo el año de
1557. Conviene que, en el entretanto que se acaban estas cuentas, vuestra
majestad mande avisarme de lo que debo hacer en el cargo que se hace contra los
oidores de esta audiencia porque estando ellos en el tribunal que están, parece que
sin comunicarlo con vuestra majestad no es razón proceder yo contra ellos sin
especial mandamiento para ello y así ha parecido al visorrey para lo cual convenga
que, después que yo haya enviado los cargos que contra los oidores resulten,
vuestra majestad envíe luego a mandar lo que sobre ello debo hacer.
A otras personas se van tomando cuentas de las que resultan de estas cuentas
de la guerra. Especialmente se ha tomado cuenta a un Gómez de Soliz, [el cual] fue
capitán nombrado por los oidores en esta guerra y tuvo poder para librar y gastar
de la hacienda real y fue tal el gasto y con tan mala orden, y con pensar el que no
debía nada, [que] se le hizo de alcance en una cuenta que fue el cargo 23 mil pesos
y se le alcanzaron por 16 mil y los demás se le recibieron en cuenta con aditamento
[para] que dentro de cierto término traiga aprobación de vuestra majestad de ello y
Texto Guía – Lenguaje UPDS
no la trayendo queda condenado como por el alcance líquido, de lo cual apeló […]
ante vuestra majestad y, atento a que pagó el alcance, se le otorgó [la] apelación y
así irá allá con la cuenta para que vuestra majestad mande determinar lo que sobre
ello fuere servido.
Otros alcances se han hecho de poca cantidad de 1.000 hasta 2.000 mil pesos
por manera que habrá hasta ahora en la caja de los alcances hasta 21 o 22 mil
pesos y, según el poco tiempo que a que aquí llegué (que [h]a poco más de tres
meses), se ha hecho mediana hacienda y se va barbechando para que se haga
buena adelante […]. El veedor García de Salcedo era muerto cuando yo aquí llegué;
y así el virrey había mandado secuestrar sus bienes, atento a que tenía cargo y
cuenta que dar de hacienda de vuestra majestad y porque se supo que había usado
su oficio no como debía. Se puso pleito a sus bienes y el fiscal asistió a la causa y
se hizo proceso contra él; y visto que el licenciado De la Gasca había hecho con
este veedor y con el contador Juan de Cáceres y con el fator Illán Suárez de Carvajal
cierto concierto por el cual se componían, por los descuidos que en su oficio había
tenido, en el beneficiar la hacienda real por 23 mil castellanos, [todo eso] con
condición que dentro de cierto término vuestra majestad lo aprobase y esto no se
había efectuado por no haber venido aprobación; de ello pareció al virrey, y a los
demás que acá entendemos en la hacienda de vuestra majestad, que era cosa
conveniente dar un medio con los herederos de este veedor, y así se hizo y fue que
los 23 mil pesos que ellos daban a vuestra majestad por el concierto que con ellos
hizo Gasca los pagasen luego para la navidad de este año, y más pagasen otros 30
mil pesos en los tres años siguientes. Cada año [deben pagar] 10.000 pesos con
que se les dé poder o que puedan cobrar la parte que de los 30 mil pesos primeros
cupiere a los bienes del contador Juan de Cáceres y a los del fator Illán Suárez y,
según dicen, son tan pocos que no quedaron bienes de ellos […].
Con los primeros navíos que de acá fueren, irá el dinero que aquí hubiera y
enviaré la razón y cuenta de lo que vuestra majestad, por su instrucción, me manda
que envíe y [además] daré aviso de lo demás que acá hubiera tocante a la hacienda
real y no va ahora en este navío porque lo envía el virrey solamente con ciertos
capitanes y soldados que envía presos a esos reinos, porque para estos era gente
demasiado belicosa y aún, según dicen, harto escandalosa y así se tiene por muy
acertado sacarlos de esta tierra.
El virrey ha mandado hacer justicia de Tomás Vásquez y de Piedra Hita que
eran capitanes de Francisco Hernández, a [los que les] cortaron las cabezas en el
Cuzco y a otros dos de allí. En otras partes han hecho justicia de otros dos o tres,
de lo cual hay contentamiento en la tierra en la gente pacífica, pareciéndoles que
se va escombrando de gente facinerosa.
La tierra está tan cara de todos los bastimentos y cosas necesarias cuanto
nunca ha estado después que se descubrió hasta ahora y con el salario que yo traje,
que son 3.000 ducados, es tan imposible vivir con ciento en España y así lo podrá
vuestra majestad saber de las personas que de acá fueren y para que conste de
ello enviaré una información cuando envíe los otros despachos que de acá he de
enviar. Suplico a vuestra majestad se me haga merced de mandar [que] se me
acreciente el salario competente para que yo pueda servir como deseo y [en]
especial para haber de ir al Cuzco, Charcas y Potosí es menester mucho más salario
Texto Guía – Lenguaje UPDS
porque no se despacha de esta audiencia corregidor o persona que de esta calidad
allá haya de ir con algún cargo que no se le den ocho o 10.000 pesos de salario y
aún más arriba y se tiene acá por poco porque según la carestía de aquella tierra
mucho dinero no es nada. Si a vuestra majestad le pareciere mi servicio que acá
hace fruto alguno, convendrá prorrogarme el tiempo porque, según lo mucho que
hay que hacer de lo pasado y cuentas viejas que hay que tomar, no se acabará en
10 años y cuando estas se acaben será menester tomar las que de ahora se
ofrecen, así que en este reino no se puede excusar que no haya siempre contador
de cuentas porque por falta de no haber habido hasta ahora los oidores le han
proveído, y con más salario cuatro veces del que yo traje, hasta ahora no se ha
podido ver el efecto y provecho que estos contadores han hecho a la hacienda real
[…]. Nuestro señor la sacra católica y real persona de vuestra majestad cesárea
guarde y conserve con muy mayor aumento de reinos como a la cristiandad
conviene y sus criados deseamos.

¿Quién es y qué se propone Túpac Katari?


Informe al señor comandante militar Sebastián Segurola por fray Matías
de la Borda
Mayo 30 de 1781
En cumplimiento de la presente [carta] de vuestra señoría [con] fecha 26 de
mayo del que corre y que se dirige a pedirme una formal relación de los hechos,
religión, estilo de vida y costumbres que ha observado y practicado el indio alzado
Julián Apaza, por otro nombre Tomás Tupac-Catari [sic] y demás caciques contra
la real corona de nuestro augusto rey y señor natural don Carlos III (que Dios tenga
en la gloria), debo decirle a Vuestra Señoría, bajo las mismas circunstancias de
formales sucesos y especulaciones que hice, vi y experimenté, lo siguiente.
El día 19 de marzo de este presente año de 1781, impensada-mente llegó como
a las nueve de la mañana un indio nominado Tomás Callisaya, natural del estrecho
de Tiquina, donde ya estaba sirviendo el beneficio del teniente de cura por ser anexo
del santuario de Copacabana en calidad de cañari o propio y también con el título
de rey fiscal, con una soga en el cuello y en un hilo que traía en una mano tenía
echado un nudo, advirtiendo que con aquella soga lo ahorcasen si no dijese la
verdad, y el citado nudo, desatado que fuese, también significaba una especie de
carta o auto cerrado, que él tenía la facultad de abrir o desatar; lo que publicado a
gritos, por ser así mandato de dicho Tomás Tupac-Catari, inga rey; que ya se
hallaba en el alto de la ciudad de La Paz, con muchos soldados indios combatiendo.
Y, después de haber dado por todo el lugar de dicho Tiquina tres vueltas, a sus tan
repetidas voces, hizo que se juntasen todos los indios del común, quienes ya parece
estuvieron convocados de antemano, y puesto que fue en el cabildo, relató con
bastante seriedad las palabras siguientes:
“Manda el soberano inga rey que pase a cuchillo a todos los corregidores, sus
ministros, caciques, cobradores y demás dependientes, como asimismo a todos los
chapetones, criollos, mujeres, niños sin excepción de sexos y edades y de toda
persona que sea o parezca ser española o que al menos esté vestida a imitación de
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tales españoles; y si a esta especie de gentes favoreciesen en algún sagrado o
sagrados, y algún cura o cualquier persona impidiese o defendiese el fin prima-rio
de degollarlas también se atropellase por todo, ya pasando a cuchillo a los
sacerdotes, y ya quemando las iglesias, en cuyos términos tampoco oyesen misas,
ni se confesasen ni menos diesen adoración al santísimo sacramento”.
Lo que al punto practicaron, aun estándoles dando por mí el viático a don Nicolás
Carreño, a don Francisco Salinas, vecinos de esta ciudad, y a varios españoles que
se hallaban en la iglesia refugiados, y tal vez constituidos a sufrir la inhumana
sentencia de aquel degüello. Lo que, notado por mí y como [si] hubiesen estado
presentes los indios del ayllu Calata sin quitarse las monteras, en cumplimiento de
mi obligación, les reprendí tamaña irreverencia contra Dios sacramentado, a lo que
me respondieron, con bastante desentono, que cumplían lo que les tenía mandado
su rey inga, cuyas órdenes obedecían, a lo que agregó el nominado Tomás
Callisaya que, asimismo no tuviesen los indios sus consultas en otros lugares que
no fuesen en los cerros, procurando no comer pan, ni beber agua de las pilas, sino
apartarse enteramente de todas las costumbres de los españoles.
Oída que fue esta especie de preceptos o leyes nuevas por los indios con
bastante atención, y que el citado rey fiscal Tomás Callisaya desató el nudo del hilo
que traía en la mano, formaron tanto alboroto y gritería, que siendo la algazara un
total desconcierto, más parecía que bramaban o rugían las fieras causando
indecible confusión de modo que a todo este aparato impensado, y que al punto se
observaban aquellas órdenes, sin faltar en un ápice, pues-tos en formal tumulto y
arremetiendo a la iglesia contra todos los refugiados en ella […].
Catari partió por segunda vez para Sicasica y […] su mujer quedó reinando con
el mando y demás disposiciones, como fue una de ellas haberle remitido auxilio de
mil y tantos indios; y como, casualmente, o más bien a consecuencia de un aviso
mío, hubiese salido la tropa de infantería y caballería por el lado de la capilla ya por
ver si entraban algunos ganados o ya para hacer prisionera a la india que casi
diariamente bajaba a estos extramuros a fin de alistar a la gente, aquel día que fue
el 27 de mayo, logré entrarme con seis fusileros más a la ciudad, donde manifesté
ante vuestra señoría una de aquellas esquelas que originalmente pude extraerle a
dicho Catari, con más una comisión dada contra los españoles del santuario de
Copacabana que se la entregó uno de los capitanes, de suerte que así estos dos
papeles, como también una carta escrita por mí y que, asimismo, entregué, deseaba
mi lealtad dirigirla a mayor abundamiento de las que ya había merecido, se
recibiesen de antemano.
Muchos alivios de esta especie ciertamente anhelaba mi verdadero afecto
comunicar a la ciudad, mas no pude; pero tengo la gloria de haber rendido mis cortos
arbitrios en obsequio y servicio de la resignada lealtad que profeso al soberano, por
cuya salud y la importante de Vuestra Señoría he pedido a Dios, aunque indigno en
mis tibios sacrificios.
Paz y mayo 30 de 1781.
Besa la mano de vuestra señoría su más atento servidor y capellán:
Fray Matías de la Borda
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El riesgo de una conmoción popular
De la Real Audiencia al virrey de
Buenos Aires Santiago de Liniers
La Plata, 10 de mayo de 1809
Excelentísimo señor:

Habiéndose esparcido entre todos los habitantes de este leal vecindario la


noticia de la precipitada y escandalosa sumaria que se está formando por este señor
presidente contra varios de los señores ministros, individuos de uno y otro cabildo
y otras personas distinguidas, ha llegado ya la fermentación de los ánimos a tal
extremo que es de temer una novedad peligrosísima cuyos progresos no pueden
después contenerse. La voz común es de que a beneficio de unas deposiciones
compradas con los viles medios de la seducción y de la intriga, se presenta a los
ojos de vuestra excelencia como otros tantos traidores a la patria y acendrada
fidelidad al amado monarca el señor don Fernando VII, contra quienes se solicitan
de ese superior gobierno órdenes rigurosas de ruina y proscripción.
El tribunal de La Plata, animado como siempre del amor más fino a su rey y del
vigilante celo con que procura constantemente la tranquilidad y sosiego de estas
provincias encargadas a su cuidado, por la sanción inviolable de las leyes mira con
el mayor dolor atropellada su autoridad y sostenido por vuestra excelencia en
Chuquisaca al señor don Pedro Vicente Cañete, autor y fomentador de una
estratagema tan infame. Este, arrojado según parece, por la providencia al mundo
para ser el terrible azote de los pueblos que pisa, ha comprometido al excelentísimo
señor presidente y al muy reverendo arzobispo, jactándose de que llegó por fin el
tiempo deseado de sus venganzas.
Los ministros que componen este senado respetable, que vuestra excelencia no
trata sino de deprimir con positivos y frecuentes ajamientos [sic], tienen dadas
pruebas las más categóricas de su noble entereza y lealtad, se atreven a salir
garantes de los sentimientos fieles de todos los habitantes de Chuquisaca, en
especial de los que se pretenden hacer víctimas de la execración de vuestra
excelencia con una información como la que se está recibiendo por el excelentísimo
se-ñor Pizarro y desafía al mundo entero para que les haga el más leve cargo en
mantener tan delicada y grave [situación]. Pero no debiendo tampoco permanecer
indolente a la herida que se hace a su honor ni mucho menos ser insensibles a la
combustión que amenaza a todo este distrito, si llegan a realizarse los planes
horrendos de este jefe, preocupados, se apresuran a hacerlo presente a vuestra
excelencia para que se sirva suspender toda determinación en un asunto de tanta
consecuencia hasta que, cerciorado de la realidad o falsedad de los hechos por el
tribunal juez imparcial y recto, le sea fácil formar una idea exacta y adecuada de
que aquí no han ocurrido, ni ocurren otras novedades peligrosas que las que
fomentan el señor honorario y [que] hace autorizar a los señores presidente y
arzobispo, ni hay otros per-turbadores del público sosiego que los pérfidos consejos
con que este letrado perjudicial y sin freno los compromete sin cesar.
Texto Guía – Lenguaje UPDS
El pueblo sabe la artillería dispuesta en pasajes ciertos y determinados para
obligarle a que mire, según se dice, con ojos injustos la ruina de los mejores y más
apreciables de sus ciudadanos y magistrados; sabe lo que ha costado comprar a
los testigos, sabe el insolente descaro con que se gloria el perverso consejero de
ser obra suya tan detestable proyecto y, lleno de desolación y de amargura, se ha
contenido hasta aquí con los prudentes arbitrios que ha adoptado la audiencia para
su consuelo pero si el sistema temerario y opresor de la presidencia y palacio
arzobispal prosigue aumentando el descontento que tanto se nota, es muy de temer
que, cansado su sufrimiento, llegue el caso lastimoso de que ya las cosas no
admitan remedio.
Toda estaba compuesto con que vuestra excelencia sacase inmediatamente de
aquí al señor Cañete, dejando obrar con toda la libertad legal a esta real sala en los
negocios que son de su privativo resorte y haciendo entender al excelentísimo señor
presidente cuán preciso es que abomine para siempre su errada y maligna
dirección.
Parece que tan repetidos desengaños alcanzarán por fin de vuestra excelencia
y de esa audiencia pretorial a la que con esta fecha se acompaña copia de este
oficio, las providencias que tanto tiempo se so-licitan en vano para separar de esta
presidencia (como lo habrá de hacer el tribunal si no se contiene aún sin
aguardarlas) a un hombre tan peligroso y perverso y restituirle por este medio la
dulce tranquilidad que antes disfrutaba y que volverá precisamente con su ausencia,
no siendo tampoco posible de otro modo aclarar la temeridad y la calumnia con que
tan atrozmente se pretende tiznar en el superior ánimo de vuestra excelencia el
buen concepto de los leales individuos. A estos descaradamente se atreven a
acusar la malignidad y el encono cuando por otra parte gozan en este distrito la
universal estimación y aprecio por su fiel, leal y arreglada conducta.
Dios guarde a vuestra excelencia muchos años.
La Plata, 10 de mayo de 1809.
José de la Iglesia. José Agustín de Ussoz, José Vásquez
Ballesteros El conde de San Xavier, Miguel López Andreu

Le propone que se proclame rey de América


De Manuel Victorio García Lanza a
José Manuel de Goyeneche

Yungas, 3 de noviembre de 1809


Desde luego que cualesquiera juzgará que las operaciones de esa noble y
valerosa ciudad se deben reputar con asquerosos epítetos pero una penetración
sabia y prudente como la de vuestra señoría, y considerando y reconociendo por
menor sus fundamentos e incidentes, conocerá que no le son debidos. Las miras
no se han dirigido distan-tes de un corazón fiel y leal a su soberano. Las intrigas,
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felonías y traiciones de que las historias están llenas, no vemos tan distantes de lo
que ha sucedido en las inmediatas y presentes épocas y lo que en el mismo día
sucede han exasperado al verdadero vasallo americano. No solo se reputa sino que
ya se ve esta península perdida y entregada a la dominación del tirano, que con
cautela se va apropiando de la misma Europa; a este industrioso pirata que no
pierde resquicio de coronarse en casi todo el orbe, ¿y quién, señor, lo ocasiona?
Ningún otro que los europeos que, olvidados de su ilustre nación, se entregan a la
esclavitud de la perfidia. Estas nociones patéticas han conmovido nuestros
connatos a propender la seguridad de la península sin más objeto que la de
preservarla de la ajena dominación, de defenderla de las acechanzas enemigas,
estableciendo a este fin los medios más propios y aparentes y no menos que quitar
el mando a los europeos con el justo recelo que las intrigas siempre han sido hechas
por ellos.
Así, exenta de la introducción de enemigos, se mandaría ilesa para conseguir la
gloria de guardarla y conservarla para su legítimo dueño, el señor don Fernando VII,
y presentarla luego que se verifique la restauración a su trono. Para prueba de esto
y bajo los mismos sentimientos, tome vuestra señoría el mando y gobierno de toda
la América; para el efecto y su seguridad, recoja las armas de todas las provincias,
las de La Paz se las prometo, dispuestas a sus órdenes y protesto entregarle las de
Cochabamba, Chuquisaca y Potosí mediante su comisión. Como compatriota
americano, será el gobierno de vuestra señoría el más suave y apetecido; todos
unánimes le aclararán y será la última felicidad de esta desgraciada península que
por tantos años ha vivido oprimida bajo el yugo del mando de los europeos,
aniquilada y desnuda de toda comodidad, y alivio por la continua extracción de
caudales que ya no se mira sino como un esqueleto. Ello, vuestra seño-ría como
hijo de la patria, no despreciará medio que sea conducente al consuelo del infeliz
americano, tomará los más proporcionados al bien común y a levantar este patrio
suelo abatido, ultrajado, envilecido y menospreciado de naciones extranjeras. Se
hará señor y todos lo proclamarán rey, estableciendo propia dinastía peruana.
Déme vuestra señoría el consuelo que si adapta esta reserva, [pue-da]
contestarme para poner el empeño y esfuerzo que debo cumplir con lo que prometo,
pues ya me considero feliz mirando en manos tan beneméritas y acreedoras el cetro
que mi obediencia le tributa.
Su muy humilde y obsecuente paisano,

Manuel Victorio García Lanza

La batalla de Ayacucho
De Antonio José de Sucre a Simón Bolívar
Ayacucho, diciembre 9 de 1824

Al excelentísimo señor Simón Bolívar, Libertador de Colombia, Dictador del


Perú: El campo de batalla ha decidido, por fin, que el Perú corresponde a los hijos
de la gloria. 6.000 bravos del Ejército Libertador han destruido en Ayacucho los
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10.000 soldados realistas que oprimían esta república: los últimos restos del poder
español en América han expirado el 9 de diciembre en este campo afortunado. Tres
horas de un obstinado combate han asegurado para siempre los sagrados intereses
que vuestra excelencia se dignó confiar al Ejército Unido.
Han pasado cuatro horas desde que terminó la batalla y diferentes cuerpos
persiguen los dispersos enemigos en varias direcciones. Por este momento, el
Ejército Libertador ofrece a vuestra excelencia, como un trofeo en Ayacucho, 14
piezas de artillería, 2.500 fusiles, más de 1.000 prisioneros, entre ellos el virrey
Laserna y 70 jefes y oficiales, más de 1.400 cadáveres y heridos enemigos y
multitud de otros elementos militares.
Calculo nuestra pérdida en 800 o 1.000 hombres, pero la mayor parte herida y,
entre ellos, 30 jefes y oficiales. No hay tiempo para hacer detalles, pero me apresuro
a dar a vuestra excelencia este parte que le será altamente satisfactorio. Mañana
podré informar a vuestra excelencia de los pormenores y serán más nuestros
despojos. Espero que algunos generales enemigos más caerán en nuestro poder
por estar cortados por todas partes y prevenidos convenientemente. Entre tanto,
debo instruir a vuestra excelencia que me he tomado la libertad de conceder, a
nombre de vuestra excelencia, de Colombia, del congreso y del gobierno, varios
premios después de la victoria a los generales, jefes y oficiales que más han brillado
en la célebre jornada que ha afianzado eternamente la Independencia del Perú y la
paz de la América.
El comandante Medina, edecán de vuestra excelencia y mi edecán el capitán
Alarcón, tendrán la honra de poner en manos de vuestra excelencia esta nota y de
presentarle mi humilde respeto y la consideración más distinguida.
Dios guarde a vuestra excelencia, excelentísimo señor.
Antonio José de Sucre
“Mi deplorable y lastimera suerte…”
De Juana Azurduy de Padilla a las juntas provinciales de Salta*

Formosa, 1825
A las muy honorables juntas provinciales:

Doña Juana Azurduy, coronada con el grado de teniente coronel por el supremo
poder ejecutivo nacional, emigrada de las provincias de Charcas, me presento y
digo: que para concitar la compasión de vuestro honorable y llamar vuestra atención
sobre mi deplorable y lastimera suerte, juzgo inútil recorrer mi historia en el curso
de la revolución. Aunque animada de noble orgullo tampoco recordaré haber
empuñado la espada en defensa de tan justa causa. La satisfacción de haber
triunfado de los enemigos (más de una vez despecho sus victoriosas y poderosas
huestes) ha saciado mi ambición y compensado con usura mis fatigas, pero no
puedo omitir el suplicar a vuestro honorable se fije en que el origen de mis males y
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de la miseria en que fluctúo es mi ciega adhesión al sistema patrio […]. Después
del fatal contraste en que perdí a mi marido y quedé sin los elementos necesarios
para proseguir la guerra, renuncié a los indultos y a las generosas invitaciones con
que se empeñó en atraerme el enemigo.
Abandoné mi domicilio y me expuse a buscar mi sepulcro en país desconocido,
solo por no ser testigo de la humillación de mi patria, ya que mis esfuerzos no podían
acudir a salvarla. En este estado he pasado más de ocho años y los más de los días
sin más alimento que la esperanza de restituirme a mi país […]. Desnuda de todo
arbitrio, sin relaciones ni influjo, en esta ciudad no hallo medio de proporcionarme
los útiles y viáticos precisos para restituirme a mi casa […]. Si vuestro honorable no
se conduele de la viuda de un ciudadano que murió en servicio de la causa mejor,
y de una pobre mujer que, a pesar de su insuficiencia, trabajó con suceso en ella.

“Vine a estas provincias contra toda mi voluntad…”


Del Mariscal Sucre al Libertador Bolívar

A su excelencia el general Bolívar.


Mi general:
Hace una hora que recibí la carta de usted del 21 de febrero. Ella me ha dado
un gran disgusto, pero no con usted sino conmigo mismo que soy tan simple que
doy lugar a tales sentimientos. Este disgusto es lo que usted me habla en cuanto a
las provincias del Alto Perú, respecto de las cuales he cometido un error tan
involuntario, pero mi objeto fue cumplir las intenciones de usted. Mil veces he pedido
a usted instrucciones respecto del Alto Perú y se me han negado dejándome
abandonado; en este estado yo tuve presente que en una conversación en Yacan,
pueblo cerca de Yanahuanca, me dijo usted que su intención para salir de las
dificultades del Alto Perú era convocar a una asamblea de estas provincias.
Agregando a esto lo que se me ha dicho de oficio de que exigiese de Olañeta que
dejara al pueblo en libertad de constituirse, creí que este era el pensamiento
siempre de usted; nunca me figuré que se trataba de Buenos Aires, porque ¿qué
pueblo, qué orden ni gobierno había en Buenos Aires?
Además, ¿por qué esta misma carta que usted me escribe ahora no la hizo
tantas veces que le he pedido órdenes sobre este país? ¿Yo soy adivino para
penetrar qué es lo que se quiere después de haberse mostrado otra cosa? Usted
sabe, mi general, que yo no tengo aspiración ni mira alguna ni en este ni en ningún
país; mi desvelo es complacer a usted en su carrera de salvarnos. He creído en mi
corazón que el corazón de usted es todo por el bien de la América y, persuadido de
esto, he creído que el examen de otras materias pudiera ser malo y, así, he pensado
que me tocaba únicamente obedecer y seguir al genio que ha tomado a su cargo
nuestra redención.
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Yo me acuerdo que, el día que pasé al Desaguadero, dije a usted que el
emprender nuevos compromisos me iba a costar mil disgustos y ya empiezo a
sentirlos. Por amistad a usted y por amor a la patria vine a estas provincias contra
toda mi voluntad, pues mis deberes como colombiano y como general estaban
satisfechos en el Desaguadero. Yo creo haber dicho a usted que me había de pesar
el venir a estos países, cuya situación iba a ponerme en compromisos.
Después de estar aquí, y no sabiendo qué hacer sin presentarme con un aire
aborrecible al pueblo, tomé el camino más noble y generoso que fue convocar la
asamblea general de las provincias y yo, aunque no sé ni quiero saber estas cosas
de los pueblos, veo mi paso bajo diferente aspecto que usted.
Usted dice que la convocación de esta asamblea es reconocer de hecho la
soberanía de las provincias ¿y no es así en el sistema de Bue-nos Aires en que
cada provincia es soberana? ¿Salta, Córdova [sic], Tucumán, La Rioja, Santa Fe,
etc., etc., no tienen sus gobiernos independientes y soberanos? ¿Por qué pues una
provincia con 50.000 almas ha de ser allí gobernada independientemente y federada
y cinco departamentos con más de un millón de habitantes no han de congregar-se
para proveer a su conservación y a tener un gobierno provisional mientras ven si se
concentra el gobierno general? Estas son cuestiones que no me tocan ni que yo he
indicado siquiera, pero son las que tuve presente para pensar que usted juzgaba
por la necesidad de convocar aquí una asamblea, que si era para constituir las
provincias independientes, organizase el gobierno y, si para que fueran de Buenos
Aires, sirvieran como una masa para que a ellas se agregaran las demás provincias
del Río de La Plata y forzarlas así de un modo suave a entrar en orden. Yo no sabía
que hubiera ya congreso en Buenos Aires, ni creo que lo hay sino en nombre; yo
estoy ya lidiando con los de por allí y lo veo así.
En mi triste opinión encuentro haber hecho un servicio al país, a Buenos Aires
y a la América, con la convocación de esa asamblea. Estas provincias, siguiendo el
funesto ejemplo de disolución de Buenos Aires, ya me han incomodado; los cabildos
se han creído representantes de la soberanía en el sistema federal que han
concebido y por fuerza los tengo que mantener en unión. Además yo vi que usted
mismo pidió en Guayaquil a una asamblea su deliberación respecto a una sola
provincia de 80.000 almas. En fin, mi general, yo puedo haber errado, pero sin
intención alguna; al contrario, mi objeto ha sido complacer a usted y servir tanto a
este país como al Perú, a Buenos Aires y a la América con un paso que evitaba las
facciones y tumultos. Mi decreto está concebido en cuanto a lo esencial, sobre estas
palabras que tengo en dos cartas de usted: “que la suerte de estas provincias será
el resultado de la deliberación de ellas mismas y de un convenio entre los congresos
del Perú y el que se forme en el Río de La Plata”. Confieso que tengo una falta de
inteligencia en las palabras de política y que solo me he guiado por mi sentido
común, pero con la mejor buena fe.
Después de todo, la tal asamblea solo tiene poderes para organizar un gobierno
provisionalmente hasta saber en qué quedan Buenos Aires y el Perú; parece una
cosa que no puede negársele el que ellas se preserven del contagio de disolución
de que usted mismo quería guardarlas y que es tan fácil de entrar en estos países.
Texto Guía – Lenguaje UPDS
Por último, he tenido la buena fortuna de que la ocupación de los departamentos
de Potosí y Chuquisaca por los españoles han impedido las elecciones y que, por
tanto, no se verificará la reunión de la asamblea para el 19 de abril, sino el 25 de
mayo, para cuyo tiempo estará usted aquí y le dará el giro que quiera al negocio.
Esta gente creo que seguirá los consejos que usted les dé y, en este caso, es mejor
que esté reunida la asamblea para que haya una deliberación legítima.
Desde ahora sí le advierto que ni usted ni nadie las une de buena voluntad a
Buenos Aires porque hay una horrible aversión a este vínculo; si usted tiene ideas
de unirlas puede decir a Buenos Aires que mande un fuerte Ejército para que lo
consigan, pues de otro modo es difícil.
Ya he dicho a usted mi general, mil veces, que toda mi ambición está cifrada en
acabar la guerra con los españoles e irme a mi casa de simple ciudadano. Por
fortuna esta guerra está concluida, solo existen por rendirse un cuerpo de 270
hombres que en un par de semanas estarán sometidos. Sobre estos principios
marcharé en mi conducta ulterior. Yo no he ofrecido a nadie encargarme de mando
de pueblos y en consecuencia he resuelto estar aquí hasta el 15 o 20 mientras
arreglo esta provincia; [después] seguiré a Chuquisaca y estaré diez días con la
misma ocupación allí; luego me voy para La Paz y sin pararme para Arequipa. Como
general del Ejército, está en mi arbitrio elegir mi residencia. Añadiré a usted más, y
perdóneme por nuestra amistad: en el correo enviaré mi renuncia del mando del
Ejército Unido y me reduciré al mando del Ejército de Colombia, ya que usted dice
que no tiene facultades para aceptar la renuncia de este, la que he mandado por
triplicado al gobierno de Bogotá. Así, yéndome a Arequipa después de haber
concluido aquí con los españoles, habré cumplido mi único compromiso en esta
guerra. Atendiendo desde allí al Ejército de Colombia y tratando de conservar el
orden en los cuerpos de tropas peruanas que quedan aquí, llenaré mis deberes; lo
demás no es mi negocio ni puede serlo.
No entendiendo el manejo de pueblos, sería un desatino tomar sobre mi
responsabilidad asuntos que me van a causar disgustos. No crea usted, mi general,
que esto lo haga por orgullo; ignorando la conducta que deba usar me expongo a
sentimientos que no debo recibir. Yo no soy para hombre público; usted mismo me
cita un paso falso en el Callao y sería un tonto, después que he logrado alguna
estimación como soldado, perderla por meterme a hombre político. Es verdad, mi
general, que mi conducta en el Callao fue tan incierta porque, estando opuestas mis
opiniones a las órdenes de usted, preferí obedecer a usted como soldado, cuyos
deberes son siempre pasivos en esos negocios.
Vea usted ahora mismo, mi general, lo que sucede: ¿qué necesidad tengo yo
de pasar otro disgusto como el que tengo hoy, por asuntos en que toda mi aspiración
se reduce a complacer a usted y servir al país? No, mi general, yo no debo ser sino
un simple ciudadano; terminada la guerra de los españoles debo seguir a mi
corazón. En esta semana escribiré al gobierno de Buenos Aires y le manifestaré los
motivos en que he fundado mi decreto; les expresaré que ninguna ambición o mira
me ha conducido, sino el bien de la América y el evitar la anarquía a estos pueblos,
y les diré que, respecto a que la asamblea no se reunirá hasta el 25 de mayo, ellos
pueden tomar sus medidas en todo. Estoy cierto, mi general, que cuando usted
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venga aquí aprobará la convocación de esta asamblea. Este paso ha sido un bien
para usted, para el Ejército, para la América, para mí, y aun para acabar la guerra.
O’Connor salió esta mañana para ponerse a la cabeza de los 1.700 hombres
que están en La Lava y destruir los 270 hombres que tiene Barbarucho. Le he
prevenido que acabada esa cosa ponga un batallón en Tupiza, otro en Tarija y el
regimiento de Dragones donde haya pastos. El [regimiento] número 2 está aquí; el
número 1 va a Chuquisaca y los Húsares de Junín irán a Cochabamba.
Ruego a usted, mi general, que si esta carta lo molesta algo me perdone; nunca
piense usted que yo le incomode; únicamente juzgue que quiero ponerme a cubierto
y mostrar mi buena fe en todo.
Soy suyo de corazón, muy fiel amigo y humilde servidor,

Antonio José de Sucre

“Yo he respetado a todos y no me he inclinado a nadie…”


Del Libertador Bolívar al Mariscal Sucre

Nazca, a 26 de abril de 1825


Mi querido general:

Ayer recibí, con un oficial de Pichincha, las dos cartas de usted de Potosí a 4 de
abril. Veo por ellas, con mucho dolor, el gran sentimiento que le ha causado a usted
mi carta del 21 de febrero. Yo me imaginé siempre que la delicadeza de usted se
ofendería por mi desaprobación a la convocatoria de los pueblos del Alto Perú.
Usted sufrirá constantemente mientras que sea movida su sensibilidad por esas
cuerdas delgadas de una delicadeza suprema.
Ni usted ni yo podemos evitar un mal que es inherente a su naturaleza propia,
pero sí podemos obrar de un modo que evitemos los desagrados que son
consiguientes a los negocios públicos.
Usted me pregunta que por qué no le di instrucciones y por qué no le escribí
aquella carta del 21 de febrero antes, como usted lo pedía repetidas veces.
Responderé que yo mismo no sabía lo que debía decir a usted porque dependían
mis instrucciones de la voluntad del congreso. Rousseau aconseja que cuando se
ignore lo que se debe hacer, la prudencia dicta la inacción para no alejarse uno del
objeto a que se dirige porque puede uno adoptar mil caminos inciertos en lugar del
único que es recto. Así he obrado yo, y me parece que así debió usted obrar. Lo
que usted me dice sobre la rectitud de sus principios y de sus sentimientos es
enteramente inútil. Yo sé muy bien que usted no tiene ambición y usted me injuria
en disculparse con respecto a una pasión que jamás he pensado atribuirle.
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Convenga usted conmigo, aunque le duela su amor propio, que la moderación
de usted le ha dictado un paso que jamás pudo ser bastante lento. Lo que a mí me
hacía dudar, y por lo mismo no resolver, lo juzgó usted muy sencillo y lo hizo sin
necesidad. Digo sin necesidad primero porque el país no se había libertado,
segundo porque un militar no tiene virtualmente que meterse sino en el ministerio
de sus armas y tercero porque no tenía órdenes para ello.
Usted me perdonará todas estas mortificaciones nuevas que le doy ahora, mas
usted debe persuadirse que más sufro en darlas que en ahorrarlas y que si yo sufro
esta pena porque usted la padece a la vez es con la mira laudable de desengañar
a usted de que tiene razón, porque un mal que no se conoce no se puede jamás
curar.
Si usted pierde la ocasión de conocerse a sí mismo, ahora que la fortuna no le
ha envenenado el ánimo todavía con sus embriagueces halagüeñas, no
aprovechará usted nunca de la caudalosa fuente de talentos y virtudes que ha
colocado en usted la naturaleza. Usted está llamado a los más altos destinos y yo
preveo que usted es el rival de mi gloria, habiéndome ya quitado dos magníficas
campañas, excediéndome en amabilidad y en actividad como en celo por la causa
común. Cuando el espíritu de usted esté cultivado por la experiencia y por la teoría,
no dudo que sobresaldrá con mucho a cuanto conocemos de más ilustre entre
nuestros americanos. Por todas estas consideraciones, debe usted apreciar el
mérito de mi sinceridad con respecto a usted, puesto que ando buscando la
perfección de aquellas nubes que deben oscurecer el poco resplandor de mi gloria
[…].
Usted supone que a mí me parecerá bien la convocatoria de la asamblea cuando
llegue al Alto Perú. Tiene usted razón en suponerlo, y diré más: que me gusta; y
añadiré todavía más: que a mí me conviene sobremanera porque me presenta un
vasto campo para obrar con una política recta y con una noble liberalidad, pero lo
dicho, dicho; y con la añadidura de que no siempre lo justo es lo conveniente, ni lo
útil lo justo.
Yo no debo obrar para mí ni por mí. Mi posición pública es la conciencia de mis
operaciones públicas. Por lo mismo, no sé todavía lo que me tocará hacer con ese
Alto Perú porque la voluntad legal del pueblo es mi soberana y mi ley. Cuando los
cuerpos legales decidan de la suerte del Alto Perú, entonces yo sabré cuál es mi
deber y cuál la marcha que yo seguiré. Usted me dice que si quiero entregar este
país a Buenos Aires, pida un Ejército grande para que lo reciba. Esta observación
me ha hecho pensar mucho, sin hacerme cambiar de dictamen.
También añade usted que las fracciones del Río de la Plata son soberanas y
que la mitad del Río de la Plata reside en esas provincias al-tas: que, por lo tanto,
un millón de habitantes bien podían constituirse en un gobierno provisorio para
evitar la anarquía. Todo esto es exacto y justo, pero la ley del congreso no ha
mandado esto. Así es que no sé cómo haré para combinar la Asamblea del Alto
Perú con la determinación del Congreso. Cualquier que sea mi determinación, no
será, sin embargo, capaz de violar la libertad del Alto Perú, los derechos del Río de
la Plata ni mi sumisión al poder legislativo de este país. Usted sabe perfectamente
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que mi profesión ha sido siempre el culto popular y la veneración a las leyes y a los
derechos.
Yo no mandaré a buscar un Ejército a Buenos Aires, tampoco dejaré
independiente, por ahora, al Alto Perú, y menos aún someteré ese país a ninguna
de las dos repúblicas pretendientes. Mi designio es hablar con verdad y política a
todo el mundo, convidándolos a un congreso de los tres pueblos, con apelación al
Gran Congreso Americano. Entonces se verá que yo he respetado a todos y no me
he inclinado a nadie; mientras tanto, el Ejército Unido ocupará el país militarmente
y estará sujeto al general en jefe que yo nombre. Este general en jefe es usted, debe
ser usted y no puede ser otro sino usted.
Yo le ruego a usted que no se venga. Espéreme para resolverlo todo conforme.
Bolívar

2. DE LA COLONIA A LA INDEPENDENCIA
“…hágalos fusilar en Tupiza a presencia de la tropa”
De Sucre al coronel Burdett O’Connor*

Chuquisaca, 22 de noviembre de 1826


Tarija
Mi querido coronel y amigo:

El último correo llegado ayer me ha traído las dos cartas de usted del 3 y 9 del
corriente. Antes de contestarle, hablaré a usted de asuntos más esenciales y que
tocan a nuestro honor y gloria.
El 19 escribía a usted y le previne del alboroto sucedido en Cochabamba con
los granaderos. En consecuencia, le dije que viniera a ponerse a la cabeza de las
tropas que están en Tupiza para tomar todas las medidas necesarias a contener el
mal. Anteayer y ayer he escrito al coronel Galindo todo lo que he sabido de esa
novedad y le he dado diferentes órdenes: le he advertido que pase a usted copia de
mis cartas para su inteligencia y para que ejecute la parte que toca a usted. El mismo
día 19 marchó el general Córdova a echarse sobre los amotinados y aún no recibo
ningún parte de él.
Aunque el capitán graduado Matute sedujo a algunos soldados con la idea de
que los haría llevar a Colombia (donde el Libertador se va), indudablemente que el
objeto de este malvado es ver cómo se pasa a Salta después que se ha visto perdido
[…]. Usted supondrá que Matute no puede intentar este paso sino por el despoblado
y por esto es que se hace preciso que la atención principal de usted se contraiga a
aquel lado. Es natural que el cansancio de los caballos, la falta de víveres, pasto,
etc., hagan que el número que él lleva sea ya más pequeño y, como los amotinados
no sacaron ninguna arma de fuego, los indios habrán quizá tomado presos a
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muchos, persiguiéndolos en las quebradas y cerros y también habrán tomado a
otros que se hayan quedado cansados. Así pues, si para cuando usted ha venido a
Tupiza no ha tenido a mano tropa de caballería con qué salirles al encuentro por el
despoblado, puede hacer montar partidas de infantería, de 20 a 25 hombres cada
una y situarlas en las avenidas o pasos principales, sobre las gargantas o alturas
para echar mano a los que escapen de la persecución que se les había hecho por
todas partes.
Tello puede quedar en Tupiza con algunas compañías para atender a
perseguirlos por toda esa parte y, además, ya ha salido hoy Andrade con dos
compañías de Voltijeros. Es preciso situar vigías en todas direcciones para saber
qué ruta toma Matute y estos espías serán muy bien pagados para que sirvan bien,
pues el coronel Galindo tiene la orden de pagar todos esos gastos. Además, ofrezca
usted a los paisanos 25 pesos por cada soldado de esos amotinados que le
presenten a usted y, para estimularlos más, adviértales que esos malvados vienen
robando y destrozando, especialmente. Haga usted que retiren todos los caballos y
mulas de los lugares por donde ellos pueden pasar, pues sabe que esos llaneros a
pie no pueden hacer nada. Mande usted comisionados por todas partes, que vayan
recogiendo los que hayan quedado dispersos y atrasados o cansados y los traigan
a Tupiza.
Todos los amotinados que aprehenda, sin distinción alguna y en cualquier
número que sean, hágalos fusilar en Tupiza a presencia de la tropa, para lo cual y
para cubrir a usted mandaré las órdenes oficiales inmediatamente que reciba los
primeros partes del general Córdova. Los que usted aprehenda son los que
debemos juzgar como culpables de traidores, además de sediciosos y amotinados
porque en el hecho han justificado la resolución de abandonar sus banderas y
pasarse a otro país. Así, no tendrá la menor indulgencia con ninguno
absolutamente. Acabaré de hablar sobre este asunto diciendo que además de sus
deberes interese toda nuestra amistad para que usted no perdone diligencia, a fin
de impedir que uno de estos malvados se pase a Salta. Será el mayor servicio, y
créame usted siempre su buen amigo y afectísimo servidor.

Sucre

El motín del 18 de abril


Del ministro del Interior Facundo Infante al prefecto de Oruro

Chuquisaca, 23 de abril de 1828


A su gracia, el prefecto del departamento de Oruro:
Al amanecer del 18 del que rige se insurreccionó la tropa oficial que guarnecía
esta capital, la que acaudillada por tres infames paisanos se dispuso a trastornar el
orden público. A las siete y media de la mañana supo el presidente de este fatal
acontecimiento e inmediatamente acompañado de solo seis personas voló al sitio
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del motín. Los amotinados quedaron sorprendidos con la presencia de su
excelencia, pero presos los oficiales naturales de la tropa y dirigida esta por
hombres perdidos, rompieron el fuego unos cuantos soldados.
Visto esto, el presidente trató de restablecer el orden y con los que lo
acompañaban cargó sobre los amotinados, que de la formación en batalla que
tenían en la calle pasaron en confusión al cuartel, mas la desgracia quiso que en el
momento de dar la carga e ir su excelencia a herir con su espada a uno de los
rebeldes, este le disparó un tiro de tercerola, cuya bala le atravesó el brazo derecho,
lo que le obligó a retirarse a su palacio. Sabido este acontecimiento por los rebeldes,
se alertaron como era regular y consiguieron que se les uniesen algunas otras
personas.
Por el ministerio de mi cargo, no obstante el dolor que me causaba el estado del
presidente y lo crítico de las circunstancias, se pasaron las órdenes oportunas a fin
de que las tropas más inmediatas viniesen en auxilio de esta capital; así ha sucedido
en efecto.
El bizarro coronel López, prefecto de Potosí, voló a las inmediaciones de
Chuquisaca el 21 con solo 24 hombres mal montados y con 74 hombres del
regimiento de cazadores a caballo pero a pie y arma-dos de fusil; como yo fui
también preso por los rebeldes nada pude comunicar a vuestra señoría.
El 21 conseguí unirme con el coronel López y desde entonces pude dar algunas
órdenes por él mismo. Ayer 22, situada la poca gente que condujo el general López
en la Recoleta, fue atacado por los rebeldes a las 11 del día con mucha
impetuosidad y por diferentes puntos, pero la tropa de ciudadanos que sostenían
las leyes y el reposo público no se amedrentaron por nada y consiguieron a los que
los atacaron, de cuyas resultas se han retirado los amotinados de esta ciudad y
entrado en ella el coronel López y yo a las cinco y media de la tarde de ayer y, desde
aquel momento, volvieron las cosas al estado que tenían el 17.
Muy sensible me es el decir a vuestra señoría que ha habido derramamiento de
sangre por una y otra parte, por la de los rebeldes se han visto hasta ahora 16
cadáveres y varios heridos que existen en el hospital. Los defensores de la
constitución y las leyes han tenido la desgracia de que haya sido herido el ilustre
general Lanza, muerto el benemérito coronel retirado Agustín Balaguer que, desde
Potosí, acompañaba voluntariamente al coronel López y mandaba el piquete de
caballería; también tenemos heridos, aunque no de mucha gravedad, dos
ciudadanos y ocho soldados de cazadores a caballo.
Su excelencia el presidente, a pesar de lo mucho que le han he-cho sufrir cuatro
o seis malvados, ha conservado una tranquilidad tan magnánima que ni en un
momento siquiera ha dejado de acreditar que es el vencedor de Ayacucho.
Tengo la satisfacción de decir a vuestra señoría que la herida del brazo de su
excelencia, aun cuando todavía le causa bastantes molestias, no quedará inútil.
Restablecida aquí la tranquilidad, vuestra señoría dispondrá que se conserve ahí a
todo trance y, al efecto, le faculta el gobierno que se tome todas las medidas
extraordinarias que sean precisas por el que el orden no sea turbado un momento.
Texto Guía – Lenguaje UPDS
Vuestra señoría también cuidará el que sean aprehendidos cualquiera de los
rebeldes que puedan aparecer por ese departamento.
Dios guarde a usted.

Facundo Infante

Chile y la Confederación Perú-Boliviana


Del vicepresidente Mariano Enrique Calvo a
Andrés de Santa Cruz

Chuquisaca, febrero 12 de 1837


Mi querido y muy respetado compadre:

Sin contestación a todas las mías que le he dirigido el mes de octubre y sin otra
suya que su última del 5 de enero, no seré muy largo por el presente correo que
recién ha llegado y da muy poco tiempo.
La ceguera del gabinete de Chile sigue adelante y ya habrá usted visto que las
cámaras ratificaron la célebre semideclaratoria de Egaña con adición de un artículo
a los propuestos por Portales, tan original como estos. Sin embargo, aún no ha
salido el manifiesto de parte del gobierno que tal vez no es de forma en el código
portalino. Este hombre está loco y no tiene otra esperanza que las revoluciones en
el Perú y Bolivia, que espero en Dios no verá realizadas jamás y, faltándole esta
base, muy pronto tronará junto con su descabellada empresa, empresa que, como
dice el Eco, debe estrellarse contra nuestra inmovilidad. Ya sé que no hay enemigo
despreciable, pero este Chile es tan ridículo y está tan apurado en todos los medios
que busca, sin omitir los más indecorosos, que no me da cuidado alguno y solo
siento que demore a usted y nos esté haciendo gastos sin necesidad.
Cuando un gobierno se cree fuerte física o moralmente, no desciende a las
bajezas que el de Chile está cometiendo con la mayor imprudencia. Para mí, esta
es la mejor prueba de su debilidad e impotencia. He visto las notas del señor
Olañeta que me han parecido muy bien puestas y fundadas. A propósito de este
señor, me aseguran que ha escrito a su madama que no viene a verla porque no
son capaces de dejarlo venir como él desea vivamente. Sírvale de gobierno esta
noticia reservada para lo que pudiera convenir.
De las provincias argentinas nada nuevo tengo que agregar a lo que le dije en
mi anterior de 27 de enero. Bonetti salió ahora ocho días bien instruido, sobre todo
aún que no ha podido escribirnos. Pero por la adjunta que es de nuestro mejor
corresponsal de Salta, verá usted que si llegara el caso de hacernos la guerra, no
podía ser antes de ocho o diez meses. Lo mismo me ha asegurado Alvarado
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Ramón, quien llegó ahora pocos días, asegurándome que aun las habladurías
habían calmado algún tanto; y otro espía que recién estaba caminando para el
Tucumán escribe en el mismo sentido. De Tanja, donde había más asustadizos, me
escriben más calmados. Así, mi compadre, creo que me saldré con la mía de que
es imposible [que] vengan tales gentes, mas me quedará el remordimiento de haber
hecho los gastos que sus alarmas nos han causado.
El general Braun, conforme a sus indicaciones, me ha propuesto al doctor
Bedoya para agente secreto cerca de los Heredia, con quienes no tiene el menor
ascendiente y no sería extraño que fuese a recomendar-se vendiendo nuestras
confianzas para alarmarlos más contra nosotros, porque al fin es argentino y es
preciso desconfiar de todos ellos.
Mejor conducto es sin disputa el del cónsul brasileño, que ya he tocado para
que podamos entendernos y acomodarnos, y en su caso Medeiros, que es tío de
ambos. Bonetti también, a pesar de ser italiano, es más aparente que el otro. Sobre
todo el tiempo nos marcará lo que convenga hacer con ellos, sin que entre tanto
nos expongamos a cruzar nuestros mismos deseos pacíficos por la precipitación en
confiar asuntos tan delicados a sujetos que no merecen en el interior de nuestras
ideas. Con este convencimiento, he provisto a Bonetti todo lo que pueda conducir a
que entremos en franca correspondencia con los citados Heredia y, en breve,
tendremos resultados de las diligencias que practique.
En los últimos correos de abajo no ha venido correspondencia, sino desde Salta,
porque allí tampoco han arribado los de Buenos Aires que están muy desordenados
y salen cuando le da la gana a Rosas. Por lo mismo, nada sé de Armaza posterior
a lo que le tengo comunicado en mis anteriores.
Cobija, naturalmente, ha decaído mucho y decaerá todavía más con el
engrandecimiento de Arica, pero yo, secundando los justos deseos de usted,
procuraré sostenerlo aunque sea a costa de milagros. Mi hermano retorna muy
afectuosamente sus finos recuerdos. El cura, mi otro hermano, me suplica le dé a
su nombre las más expresivas gracias por la condecoración de la legión, porque de
temor de quitarle el tiempo no le escribe por separado dándoselas él mismo.
Tenemos azogue para todo el año corriente y esperamos que en todo él
empiecen a surtirnos de material tan precioso los comisionados Sánchez Reza y
Lezica. Se ha olvidado usted mandarme pasar la nota oficial sobre las acciones
tomadas para el Banco de Potosí en la sociedad de Huancavélica, y solo espero
esta para hacer marchar el comisionado con el dinero. Ya habrá usted visto en el
número del 12 de enero de El Mercurio de Valparaíso, la sacudida que dan al señor
Martigni por la alocución con que le presentó la insignia de la Legión Francesa.
Estos hombres nada temen ya y se conoce que están desesperados.
Perdidas las esperanzas de vernos antes de abril, acompaño una lista de los
que me parecen dignos de ser elegidos en la próxima renovación de las cámaras,
que debe hacerse en el presente año. Usted me dirá si son de su aprobación y la
merecen pasarle la respectiva a La Paz al señor Indaburu, sin perjuicio de que yo
también le escribiré sobre el particular.
Texto Guía – Lenguaje UPDS
Espero la cuenta del señor Méndez y la del señor Olañeta quien al pasar por
Arica no ha tenido la dignación de escribir una letra al gobierno, ni siquiera al general
Braun. He dado sus memorias a todos los amigos, que las retornan muy
cordialmente, lo mismo que Manuela y familia. Quiera usted recibirla con toda la
voluntad de su amigo, compadre y servidor.
Mariano Enrique Calvo

El diario del tambor de la guerrilla de Ayopaya


Dedicatoria de José Santos Vargas al presidente de la república Manuel
Isidoro Belzu

Oruro, 1850

[Como] un miembro del Estado de la república boliviana, tengo el grande honor


de presentarme ante usted y ponerle en sus manos esta pequeña obrita del diario
histórico de los hechos sucedidos en los valles de Sicasica (hoy Inquisivi) y
Ayopaya, escrito por mí de una y otra provincia, de uno y otro partido, mismo con
todas sus circunstancias sucedidas en dichos valles de una y otra provincia, de uno
y otro partido, tocante a la revolución de nuestra emancipación del gobierno de
España.
Expresiones me faltan para manifestarme de alegría por ver mi opinión
triunfante sin que quede enemigo alguno común que pueda alterar nuestra dicha y
nuestra felicidad, nuestro sosiego y nuestra paz tan deseada de todo hombre que
tiene el corazón sano, limpio y pacífico, que quiera reposar con toda tranquilidad,
sin zozobra ni cuidado alguno ni el más pequeño, fuera de aquellos hombres que
quieren perturbar el orden social que el ser supremo y la misma naturaleza nos haya
deparado en una república tierna, en una república que recién ha salido de la
servidumbre y roto las cadenas con que se vio ligada a un gobierno extraño, a un
gobierno tiránico por el mismo proceder que ha demostrado en todo el largo período
que nos gobernó.
Señor capitán general presidente: he hecho pasar yo este tiempo largo, que
cuánto ha pensé sacar a luz esta pequeña obrita, y al mismo tiempo que yo aspiraba
se me presentaban muchos inconvenientes para no hacerlo ni ver cumplidos mis
intentos. Pero ahora que la divina omnipotencia os ha constituido pater patria, padre
de la patria, acérrimo defensor de nuestra libertad y que, como a tal tengo la gloria
de dedicar este pequeño trabajo, estando seguro en su decidido patriotismo, en su
verdadero amor a la libertad americana, aceptaréis esta corta historia, este corto
trabajo que un verdadero boliviano os dedica y que mediante su autoridad
mandaréis corregir, sea conforme está o por cartas, y siendo aceptable al público
mandaréis imprimir y ordenaréis el uso que corresponde para que se sepa la obra
de nuestra independencia.
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Varios y lastimosos son, en efecto, los sucesos que se han empeñado por
conseguirla, y como quiera que han afectado a la humanidad tiene un grande mérito
para ser transmitido a la posteridad, mucho más para que sepa esta cuánta sangre,
cuántos esfuerzos, cuánto valor y heroísmo cuesta a la patria su libertad para
saberla apreciar mejor, conservarla y respetarla, que yo tengo la honra de haberlo
cumplido siquiera en parte el deber que la divina providencia, la misma naturaleza
y la patria me impuso; y acabaré mis días con el grande consuelo de que mi patria
queda libre y mis tiernos hijos (que los tengo) queden libres de un gobierno
extranjero, queden libres de un gobierno tiránico, queden con el consuelo de decir
a boca llena: mi padre y autor murió. En vida cumplió el deber que la naturaleza y
la patria le impuso, prestó sus cortos servicios a la libertad primordial del gobierno
español y nos dejó libres y gobernados por nosotros mismos.
Por último, tengan presente y en la memoria aquel dicho como se dijo en un
manifiesto publicado al tiempo de dar la primera constitución el congreso general de
las provincias unidas de Sudamérica (hoy Argentina), que es como se sigue: “Por lo
que respecta a nosotros, no ambicionamos otra gloria que la de merecer vuestra
bendición y que al leerla la posteridad diga llena de una dulce emoción: ‘Ved aquí
la carta de nuestra libertad’. Estos son los nombres de los que la formaron cuando
aún no existíamos y los que impidieron que antes de saber que éramos hombres
supiésemos que éramos esclavos. Ciudadanos: o renunciemos para siempre al
derecho a la felicidad o demos al mundo el espectáculo de la unión, de la sabiduría
y de las virtudes públicas. Mirad que el interés de que se trata encierra un largo
porvenir. Un calendario nuevo está formado. El día que cuente en adelante ha de
ser o para nuestra ignominia o para nuestra gloria. Dado en la sala de las sesiones
en Buenos Aires a 22 de abril de 1819. Doctor Gregorio Funes, presidente; Ignacio
Núñez, prosecretario”.
Aunque me he valido de estas expresiones, pero tengo el grande honor de decir
que estas expresiones son vertidas de unos hombres grandes, adictos a la libertad,
no digo adictos a la libertad solamente sino de unos hombres de los primeros que
deseaban la independencia de América, de unos hombres que nos enseñaron a
buscar nuestra libertad, de unos hombres que nos dieron margen a sacudir el yugo
del vasallaje cuyo gobierno fue vencido, destrozado y arruinado de todo el
continente americano, que yo tengo el placer de haber sacado a luz los hechos en
este cortísimo continente. Quedo con el consuelo de que en los siglos venideros
saldrá a la luz cuando no sea en este, y en todo el hemisferio americano.
Y así, señor capitán general presidente, estoy cierto y confiado en su
patriotismo, en su bondad y en su corazón filantrópico en que no me negará ni me
hará desaire en recibir este pequeño trabajo que un miembro del Estado boliviano
(como ya dije) os dedica, un hombre sin luces ni estudios más que el natural,
únicamente sí las primeras letras. Por esto es que suplico a su alta atención se
digne dispensarme las faltas que advierta. Favor será este que deseo recibir como
un fervoroso boliviano, quien se constituye por uno de sus criados y besa su mano.

José Santos Vargas


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La muerte del expresidente José Ballivián
De Francisco Cires a la señora Mercedes Coll, viuda del general Ballivián

Río de Janeiro, octubre 31 de 1852


Señora:

La triste humanidad está sometida a dolores para los cuales no hay consuelos
en la tierra, y que han de acabar de desgarrar el alma herida de usted los crueles
pormenores de esta carta por más que otros se encarguen de preparar a usted para
leerlos.
Mencionaré de paso lo que estoy cierto que a usted misma se le ha ocurrido
alguna vez. Mi intimidad con el general Ballivián me condujo a participar tanto de
sus críticas situaciones, que ya nuestros destinos estaban identificados casi en la
adversidad. Y esto era tanto más extraordinario cuanto que jamás me habían ligado
a él los antecedentes, motivos y aspiraciones que, por lo general, subsisten en las
relaciones con los hombres de influencia. Mi amistad a él era genuina y
desinteresada y, por eso, me resolví a hacer el sacrificio de separarme de mis dos
tiernas hijas que constituían toda mi felicidad. Al fin, pues, me uní al general Ballivián
en Panamá.
Dos vías nos estaban señaladas para venir a dar a Río de Janeiro o al de La
Plata: la de los Estados Unidos y la de Inglaterra, pero desechamos ambas porque
el finado general se preocupó con que era más practicable y conveniente tocar en
San Thomas [sic], pasar por las Antillas, visitar las Guyanas y atravesar de ellas al
Brasil. Nos expusimos a muchos contratiempos, nos demoramos en climas
malsanos y tuvimos que vencer muy graves dificultades.
Por último, el general vino a ser víctima de esa misma epidemia que nos
amenazó por todas partes y a la cual le había tomado tanto horror.
Llegamos al Janeiro. La belleza de las vistas, la animación de las es-cenas, la
grande escala de la sociedad y de sus elementos de prosperidad excitaban la
novedad y el interés en el general Ballivián, siempre ávido de emociones exaltadas
e impresionable a todas las revelaciones del perfeccionamiento y del progreso.
Mientras tanto, nuestro aventurero viaje había sido asaz expendioso y se concibe
bien que la estrechez de recursos era sobre todo abrumante para quien tenía que
conservar una digna posición social.
Felizmente, las impresiones del general eran muy transitorias y el temperamento
de su alma se acomodaba mal a la inacción y al abatimiento. Cualquier idea nueva
que le asaltaba lo ocupaba con ardor y construía sobre ella planes quiméricos que,
por un instante, contemplaba con candor infantil y enseguida se agitaba sobre sus
ruinas en los movimientos de la desesperación.
En uno de estos accesos del desaliento se encontraba el día 8 del actual. Había
ido a bordo de un buque inglés de guerra a cumplir con un oficial de aquella marina
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a quien conoció en Valparaíso. El sol abrasaba y, naturalmente, regresó fatigado.
Descuidó tomar algunas precauciones y cuando nos sentamos a la mesa tenía
estremecimientos y sensaciones frías en su cuerpo.
A causa de esta indisposición física o quizás independientemente de ella, sentía
la opresión de una pena indefinible. Para desecharla principió por proponerme
principios que, a pesar suyo, tomaban un semblante tétrico y después no hizo sino
acentuar su malestar actual, no absteniéndose de comer y bebiendo dos copas de
vino contra su costumbre. Antes de concluir la comida se retiró a su cuarto y se
acostó en la cama. Según me lo pidió, le hice arropar y dar friegas de agua de
colonia.
A la mañana siguiente la enfermedad no había asumido ningún otro indicio que
el de un fuerte resfrío al parecer acompañado de una indigestión. Pero como
continuase quejándose mucho y yo fuese muy poco idóneo para atinar con las
aplicaciones más prontas de oportunos remedios, escribí al doctor Lallement que se
me recomendó, llamándolo para que asistiera no descubrió en él síntoma alguno
alarmante y recetó, con la calma del convencimiento, que un método muy simple
basta a contener el desarrollo de la indisposición. Yo me quedé perfectamente
consolado y el continuado aletargamiento intranquilo del general lo atribuía a un
permanente efecto de la mala noche que, me dijo, había pasado no solo por la
alteración de su salud, sino también por la lectura de algunas páginas del primer
tomo de las Memorias de monsieur Lafargue, que el día antes le había prestado. Se
empeñaba por dormir, pero no podía. Apenas sus párpados se cerraban, hacía un
movimiento convulsivo y me buscaba. “Ese libro –me repetía– me ha hecho mucho
daño. Ahora como anoche recurre a mi memoria, palabra por palabra, cuanto he
leído en él y sin que pueda apartarlo. En especial de esas exclamaciones: ‘¡Dios
mío! ¡Qué dolor tan profundo para un primer dolor!’”.
Hasta el 12 la enfermedad no cedía visiblemente, pero tampoco parecía
agravarse, aunque es cierto que la debilidad era muy extremada, lo que me parecía
extraño, pues, a pesar de las órdenes del médico y de mi resistencia a complacerlo,
el general pedía con frecuencia alimentos. En dicho día empecé a notarle cierta
perturbación y vaguedad en sus ideas. Momentos había en que delirando
pronunciaba el nombre de Bolivia y hablaba de ejércitos y de batallas. Otros en que
me decía: “Si estoy de peligro, no me lo oculte usted, porque yo no temo morir”.

El día 13 se sintió tan aliviado que creía no tener más que una pequeña molestia
en el estómago. Se vistió y, después de otros arreglos, se puso a escribir para
Buenos Aires, pero no pudo continuar. En un segundo esfuerzo consiguió concluir
su postrer carta a usted.
El 14, como a las seis de la mañana, entró Rufino en mi cuarto para avisarme
que el general don Fructuoso Rivera (prócer uruguayo) había venido y estaba
hablando con el ya finado general Ballivián. Me apresuré a vestir y, cuando dirigí al
último mi saludo, me pareció percibir algo extraño en su rostro amarillento y no sé
qué peculiaridad en su mira-da. Me aquieté, no obstante, al examinar que hablaba
con calma y en su entero juicio, aunque con intervalos de distracción y de fatiga.
Texto Guía – Lenguaje UPDS
Acabóse de absorber en sus meditaciones cuando el general Rivera le refirió
que había recibido carta de Paunero. Precisamente el no haber tenido él la que con
tanta ansiedad esperaba de su cuñado, calculando que en ella vendrían incluidas
las de su familia. Era lo que más le atormentaba y lo que más fatalmente influía en
el progreso de su enfermedad.
Así que [cuando] se fue el general Rivera tuve que sostener un diálogo con el
finado esposo de usted, en el cual en vano me esforcé por desvanecer sus recelos
y convencerlo de que todavía podía suceder que las cartas en cuestión las hubiese
conducido algún pasajero, en cuyo caso el retardo de ellas no era de extrañar.
Pocos minutos después se había operado en el estado del general un repentino
y asombroso cambio que ponía de manifiesto el carácter grave del mal por la
rapidez de sus estragos. Entonces arrojé la vista alrededor mío y me encontré
aislado, desamparado en un país extraño, hospedado en un hotel de gente inglesa
y hasta inconvenientemente colocado sobre un molesto cerro.
Al general Rivera le había pedido que me proporcionase una mujer para que
nos ayudase a mí y a Rufino a cuidar del general. En efecto, se me presentó una
excelente señora argentina que se ha hecho muy recomendable a la gratitud de
usted. Esta señora tomó al instante su puesto a la cabecera del enfermo, a quien
no cesó de atenderlo con infatigable y admirable espíritu. Cuando el médico vio, a
eso de las once del día al finado general, halló completamente declarada la fiebre
amarilla. Recomendó una absoluta abstinencia de todo y recetó una poción.
No era ya tiempo de confiar y aguardar. Habiéndoseme hecho grandes elogios
de los talentos profesionales del doctor Leslie, solicité exigentemente su asistencia.
Vino a la noche, examinó detenidamente al general, opinó que todavía restaban dos
o tres circunstancias favorables de cuya continuación pendía la esperanza y,
aprobando lo que el doctor Lallement había prescrito, agregando un cáustico al
estómago. La noticia de la fiebre amarilla esparció el terror entre los moradores del
hotel y nos alejó del contacto de los de afuera.
El expresado general pasó la noche en un gran desasosiego y por dos veces se
arrancó el cáustico que su asistenta cuidadosamente se lo volvía a poner. Amaneció
como un árbol tronchado por la tempestad. Nada resta ya de aquel hombre erguido,
de formas tan colosales, de naturaleza tan enérgica, de ideas tan vivas, de voluntad
tan obstinada y de cavilaciones tan incesantes. La epidemia se desenvolvía
velozmente con todos sus más horribles y aterrantes caracteres.
Como me lo había prevenido el día antes el médico de cabecera, se acompañó
para su reconocimiento y observaciones del doctor Persiani. Al fin de una larga
consulta me declararon que la fatal crisis había llegado y que no quedaba esperanza
alguna en los recursos de la ciencia. Quisieron no aventurar un último experimento
y acordaron una receta que al momento envié a la botica, haciendo llamar al
momento al doctor Leslie. Este acudió pronto y ya estaban bien patentes los
precedentes inmediatos a la disolución satisfacción propia, continuaba haciendo
que el general con bastante trabajo tomase la bebida que la junta había recetado.
La última vez (eran las once del día) sucedió lo que otras muchas, que tenía yo que
agarrar la copa para que él bebiese su contenido.
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—Pero hombre –me dijo–, ¿cómo lo he de hacer?
—Yo le ayudaré a usted.
—Si no sé qué es lo que debo decir. —¡Ah! –exclamé para
mí–, ya comprendo. Y añadí audiblemente:
—Pues bien, tome usted a nombre de Dios.
—Bueno, a nombre de Dios, ¿y qué más?
Empecé a ensayar una de esas sencillas oraciones de nuestra santa religión,
pero no satisfacía su ansia y con impaciencia me decía: “Continúe usted”. Pasé la
copa a la señora que lo cuidaba, más aparente que yo para aquel acto. Cuando ella,
con una fervorosa oración, dijo “Creo en Dios Padre”, el general fijó en ella la vista,
cogió con avidez sus palabras, apretó la mano que sostenía la copa y con voz un
poco trabada repitió: “Creo en Dios”. Lenta y pausadamente siguióse a esta otra
oración. Yo estaba abismado y sobrecogido. Me parecía que el cristianismo jamás
[se] había revelado en una escena más tocante cuanto él contiene de grandioso y
sublime.
Los enemigos más encarnizados del general Ballivián habrían depuesto a vista
de ella sus odios y enemistades y rendido el más sincero homenaje de admiración
a la despedida que hacía el guerrero de todas las ambiciones y los honores de un
mundo en que tanto había él participado de las unas y los otros. Todos los
accesorios contribuían a realzar aquel solemne trance en que una débil mujer,
transmitiendo a sus labios secos las palabras de Jesús, era el último apoyo del
valiente y bizarro caudillo.
Cuando la emoción, las lágrimas, su propia actitud y la presión de aquellas
manos le obligaban a suspender el rezo, el general le instaba: “Diga usted de dónde
lo dejó”.
Por fin terminó este oficio de penoso interés. El general se satisfizo que no había
más que agregar; hizo un esfuerzo sobrehumano para incorporarse y él mismo
empinó la copa: inspirada libación en que dejaba probada su fe y su creencia en la
religión de Cristo. Yo corrí a hacer llamar un padre del convento de capuchinos.
Desde entonces mandé que se atendiera con preferencia a los auxilios espirituales
del que ya para la tierra había dejado de existir y no pensé sino en el alma fluctuante
aún en aquel cuerpo que no había poder humano que reaccionase. La religión,
pues, se posesionó del local de la agonía, desde el mediodía hasta las nueve y
cuarto de la noche, hora en que de los conflictos y vanidades humanas se sirvió
Dios llamar a una de sus más marcadas criaturas al eterno descanso.
El 16 a la tarde varios distinguidos señores que se esmeraron en sus
manifestaciones del aprecio que tenían hacia el general Ballivián acompañaron
conmigo su cadáver hasta el cementerio de San Francisco Xavier, donde lo dejamos
depositado. Mi deseo y mi afán eran rodear de la posible dignidad el modesto féretro
del héroe de Ingavi pero, desde luego, señora, no puedo asegurar a usted que lo
conseguí.
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Si Bolivia ama sus glorias y sus victorias, si tiene alguna gratitud por los altos
hechos que la han ennoblecido, algún respeto por los anales de su historia, respeto
que los hombres salvajes cuidan píamente de transmitir a su posteridad, es a ella a
quien toca mandarlos trasladar a la patria de la lejana y extranjera tierra que los
contiene, cubrir de pompa y ostentación los restos mortales de aquel que tanto
deseó su engrandecimiento y a cuyos desmanes debe ahora la reparación de
injusticias cometidas en medio del encono de los partidos y del frenesí de la
anarquía.
Él ha dejado en la orfandad a su familia, y, si en sus últimos instan-tes hubiese
tenido alientos y voz para hacerlo, la habría recomendado con la reconciliación de
un cristiano a los sentimientos generosos que brotan de los odios aplacados y del
juicio despreocupado.
Dos días después, en la pequeña capilla de un convento de capuchinos, elevado
sobre un morro, muy de mañana, se decía una misa aplicada al bien del alma de un
viajero, cuyo mando se había dejado muchas veces atender en los campos de
batalla, cuyo nombre había sido otras tantas aclamado por el entusiasmo del triunfo
y cuyo influjo había precedido los destinos de más de una república. Al pie del altar
no se arrodillaban más que dos seres que habían acompañado al finado viajero,
siendo el uno de ellos su amigo y el otro su sirviente. El 22 tuvo lugar otra misa en
público en San Francisco de Paula.
Omito decir a usted que la carta del señor Paunero, la falta de la cual causó
tantos cuidados al general, me fue entregada pocas horas después de su muerte y
la tengo en mi poder sin abrirse.
Concluyo, señora, protestando a usted la fidelidad de la amistad y la sinceridad
del aprecio con que soy de usted atento y obsecuente servidor.

Francisco Cires

La muerte de Linares
De Mariano Baptista Caserta a Tomás Frías
Valparaíso, 23 de octubre de 1861
Señor:
Otros le han anunciado a usted ya el deplorable suceso que tuvo lugar en la
madrugada del 6 del corriente mes de octubre. Como observador más inmediato, a
mí me toca satisfacer esa dolorosa ansiedad que nos lleva a desear el conocimiento
minucioso de cuanto sufrió, lejos de nosotros, la persona querida. Usted tiene este
último y supremo interés por las relaciones que lo han unido al amigo, al colega, al
presidente y al proscrito. Empiezo, pues, señor, esta sencilla y dolorosa confidencia.
Usted ha estado en la proscripción y en la proscripción del pobre. Así le será
fácil comprender parte de los sufrimientos de su amigo. En este puerto, la posición
del viajero es bien marcada: hotel de primera clase, de segunda y tercera, posada
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y arrabal, significan comodidad, pesar, pobreza, miseria. Todos esos grados los ha
recorrido el señor Linares. Empezó por alojarse en el hotel Londres y ha muerto en
una modesta habitación de una plazuela a extramuros.
La vida doméstica ha seguido el mismo descenso, desde el servicio cómodo
hasta despedir al cocinero, hasta proveerse de una fonda de tercera clase, hasta
suspender el pago de la fonda; del decente mueblaje hasta el desvencijado sofá y
al alfombrado de cáñamo; del fondo pecuniario para uno o dos meses hasta los
apuros del día, hasta el favor de los siguientes; y después, señor Frías, hasta la
compra del ataúd por ajena limosna, hasta la sepultura por suscripción. No sé si la
miseria humana dé un paso más, salvo el que precipita a la muerte por el hambre.
No habría llegado a tales extremos el señor Linares si hubiese podido trabajar,
como lo había resuelto en el único mes que disfrutó aquí de alguna salud, pero los
enfermos no trabajan y Linares ha sido presa de una larga y terrible enfermedad
que lo ha afligido con intensos dolores día y noche, privándole del sueño casi
absolutamente, debilitando su constitución de una manera lenta e irresistible.
Cuando médicos y amigos han reclamado familia para aliviar el alma herida, hogar
para darle reposo y prolongarle sus días, era ya tarde. Habíamos demandado para
él también el aire de la patria: nos lo habían concedido, pero cuando recibimos la
consoladora nueva, acabábamos de enterrar a nuestro amigo. ¡Con qué
sentimientos de juvenil frescura deseaba él acabar sus días en una finca vecina de
Chuquisaca! Dios había dispuesto que el infatigable político no reposara su cabeza
en una sola hora de paz. Los días ingratos del poder le arrebataron del último abrazo
de su madre. En estos últimos meses se volvía con ansiedad a su esposa y a su
hija, y las ha dejado sin verlas una vez más.
He notado en el alma del señor Linares dos períodos de vida muy marcados
durante la proscripción. Antes de nuestro viaje a Cauquenes esa vida se agitaba
buscando un objeto. El señor Linares leía, escribía apuntaciones históricas,
pensaba terminar sus primeros ensayos, proyectaba otros nuevos. A pesar de sus
no interrumpidos dolores, estudiaba el idioma inglés por tres horas diarias con esa
firme atención que le distinguía en todas sus ocupaciones. La exaltación de su
ánimo por el insólito modo de su caída política había desaparecido totalmente.
Algunas veces hablaba de ella con profunda melancolía, humedecidos los ojos
por el torcedor de una inmerecida decepción, pero nunca agitado de cólera. Sus
confidencias en los últimos meses, respecto a sus enemigos, fueron la quema del
hermano y del amigo; jamás el vituperio del presidente. Un mayor número de veces
se ocupaba enternecido en comentar la noble conducta de sus amigos.
En Cauquenes sintió el paciente la necesidad de contraerse únicamente a la
meditación de la verdad católica. Leía con profundo interés los sermones de
Lacordaire y era interesante oírle tratar con lucidez y fe las cuestiones religiosas.
Su espíritu se iba haciendo cada vez más abstraído. Solo le agradaban las
reminiscencias de la vida íntima. Las memorias de sus padres, de su esposa y de
su hija, le traían expansiones tristes y dulces. La enfermedad parecía mitigarse,
pero él estaba persuadido de su mayor incremento.
A nuestra vuelta de Cauquenes todo ha variado. Linares no habla, no mira.
Recostado en su asiento pasa días y días con la cabeza inclinada, cerrados los ojos
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y absolutamente silencioso. Dolores agudos de garganta, molestia en las heridas,
dolores en el cuerpo, imposibilidad de alimentarse, creciente debilidad, todo lo
soporta sin exhalar una queja, sin un gesto de impaciencia, quieto siempre, siempre
mudo e impasible. Era doloroso y sorprendente ver consumarse el terrible drama en
el secreto de esa alma. ¡Cuánto llanto, cuántos gritos, cuántos dolores estarían allí
sin eco, sin desahogo!
Yo veía esa frente serena, esos labios cerrados para toda protesta, esa cabeza
inclinada con sublime resignación y callaba también, respetando tanta desgracia y
tanto valor. Porque había mucho valor, señor Frías, en ese hombre que arrostraba
la muerte minuto a minuto, viéndola alzarse día y noche ante sí, mirándola en sus
meditaciones de hito en hito, sin estremecerse un instante, sin pestañear siquiera.
Porque había valor en ese hombre que combatía, sin barra y sin aplausos, testigo y
autor único de su propia grandeza. Tanto hería al observador este supremo
intrínseco de su alma, que su médico, el ilustre alemán doctor Henkel, me decía:
“He asistido a la muerte de muchos hombres. Jamás vi otro igual. Es un alma noble
y grande. Quisiera que sus enemigos lo viesen. Así lo comprenderían. Repito a
usted que he estudiado muchos caracteres. Jamás vi a otro igual”.
Bien se comprende que este hombre de naturaleza poderosa no se hubiese
cuidado de complacencias personales, ni para sí ni para los demás; que hubiese
impuesto secamente el deber, porque sabía llenar el suyo; que hubiera prescrito el
sacrificio porque él se sacrificaba y hubiese considerado suficiente galardón para
los demás la aprobación de la conciencia porque a él le bastaba esa voz interior.
Almas de ese temple no son buenas para estar reuniendo constantemente, a cada
instante, el polvo disperso de la popularidad y variando sus fines y objetos a cada
cambio de este viento. En su programa no entran como bases de conducta las
simples conveniencias de sus amigos. Por eso, estos en momento dado, se
encogerán de hombros, le volverán las espaldas y arrojarán de su puesto al
intratable.
Era imposible que al señor Linares le faltase el sentimiento religioso, aceptado
como el mayor, como el bien total, ansiado con esperanza, amado con toda la
realidad del amor. Alta inteligencia, carácter serio, acerbos infortunios, son tres
grandes fuerzas que acercan a Dios. Usted, señor Frías, no se sonreirá y me
comprenderá muy bien cuando le asegure que Linares ha orado con fervor, se ha
enternecido comulgando y ha exhalado su alma a los pies de un crucifijo.
Procuraré que usted asista a estas últimas escenas. Antes de mencionarlas,
¿será preciso que le asegure de la ternura con que siempre lo ha recordado el señor
Linares? Su voz se cortaba al mencionarlo. Deseaba tener un retrato de usted. Ha
sentido momentos de una íntima satisfacción con los nobles actos de su amigo, don
Adolfo Ballivián. Muchas veces se ha ocupado del señor Puch, del señor Valle, del
señor Velasco y demás amigos. Pueda esta indicación sencilla llenar parte de la
deuda del finado hacia tan leales corazones. ¿Por qué no añadiré el nombre de mi
honrado y viejo padre, don José Manuel Baptista? Pueda este recuerdo llevar un
rayo de luz a las tristes horas de su desamparada vejez.
El paciente no se redujo a permanecer en su lecho hasta dos días antes de su
muerte. Así es que recibió el viático en su habitación de recibo. Cruzadas las manos
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sobre el pecho, crecida la barba entrecana, inclinado el cuerpo hacia el Cristo, yo le
vi momentos antes del acto religioso, ante una mesa cubierta de toallas, con dos
velas a los extremos; yo le vi abstraerse sobre la imagen del Salvador, con la mirada
abierta, fija, radiosa. Yo he retrocedido, señor Frías, cogido de terror religioso.
Nunca había sentido una mirada semejante. Fe, resignación, esperanza, todo
brotaba de allí, envuelto en una luz que ya no era de este mundo. Repito que usted
comprenderá esto. Dejo la incredulidad para que el que nunca ha asistido a estas
últimas revelaciones.
Todo esto se reunía para dar a esta escena un tinte de belleza cristiana. Dos
hermanas de la caridad se acercaron al enfermo y cambiaron con él algunas
palabras en el dulce idioma de Fenelon. Cuando el Santísimo pasaba los
umbrales… ¿qué le diré, señor Frías? ¿Cómo pintaré la emoción de Linares? Ha
extendido sus brazos, ha abierto sus manos suplicantes y confiadas. He visto que
sus ojos se llenaban de lágrimas y de las entrañas conmovidas del paciente salía
un grito, un acento como sollozo de ternura.
Nunca se borrará de mi memoria la imagen del viejo Linares, recitando el
Confiteor profundamente inclinado. No olvidaré las palabras del sacerdote que con
la forma en la mano repetía: “Creo en Jesucristo y en su palabra”. “Espero en
Jesucristo y en su palabra”. ¿Y quién podrá afirmar esto con más fe que Linares, él
a quien había engañado toda palabra humana?
Recibido el viático se le ha administrado la extremaunción recostado en el
mismo sofá donde estaba sentado. Durante estos actos ha pronunciado palabras
que la memoria no conserva porque su poderosa repercusión nos aturde. Otra vez,
antes de retirarse, se ha inclinado la hermana de caridad, y la mirada del viejo se
ha alzado con indecible dulzura hacia el ángel, y con él ha cruzado votos y
esperanzas, cuya elocuencia solo tiene el que sufre y el que cree.
Quisiera, señor Frías, poder ofrecer a la juventud de mi patria un vivo análisis
de esas supremas palpitaciones del grande corazón que dejó algunas huellas de su
poder en la vida política de Bolivia. Quisiera hacer notar cuánto hay de instructivo
en los últimos destellos de una mente elevada, cuánto de convincente y de eficaz
en los últimos momentos de un moribundo como Linares. Dios quiere que nuestros
grandes hombres al morir nos leguen, entre los sublimes arranques de su agonía,
una herencia de fe. Dios ha puesto en sus labios por última palabra una oración, por
último cetro del talento la cruz estrechada con amor. Algo deben significar para
nosotros Olañeta, el grande orador, prosternándose ante la hostia católica; Linares,
el grande carácter, llorando de amor ante el inefable ministro del amor católico.
Tenía todavía Linares que llenar un penosísimo deber, la facción de su
testamento. No había dejado ya la cama porque, habiéndose levantado tres veces,
otras tantas le fue imposible sostenerse. Pero el testamento lo dictó él mismo,
palabra por palabra, frase por frase, sobrellevando con indecible energía esa
pausada trituración. Yo le contradicto con el más penoso esfuerzo. La voz de
Linares ha recorrido firme la primera fórmula del testamento y después la protesta
de la fe. Un momento su voz ha salido del pecho rota, desgarradora, como envuelta
en oleadas de lágrimas porque ha nombrado a su esposa, pero sin poder repetir
todas las letras del nombre querido, porque ha nombrado a su hija, llamándola con
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delirio paternal “preciosa criatura que Dios me concedió”. Seguidamente un grito de
ardiente cariño ha caído sobre el que escribía. Yo he sollozado. Otro recuerdo para
Atanasio, el heroico amigo ha cerrado esta cruel enumeración.
Firma dos veces su testamento con sorprendente facilidad, pero la muerte le
invadía por momentos y ya la firma de la cubierta era confusa. Sin embargo, recibe
al notario con la esmerada atención de costumbre, agradece sus buenos oficios y
tiene la serenidad suficiente para pedir todavía a su amigo, el señor Caso, una
disculpa cariñosa, por haberle dado equivocadamente un tratamiento que desdecía
a la confianza que reinaba entre ambos: tan soberano reposo cabía en su alma.
A la noche de ese mismo día se declaró la agonía, sin más síntomas de agitación
que un vivo deseo de sentarse, lo que le causaba un síncope parecido a la muerte.
En esos momentos yo me inclinaba a recibir su aliento y podía notar que la vida
volvía a sus miradas, sus labios oraban, su alma sentía con íntima lucidez. Nunca
me había inclinado yo sobre una frente más henchida de pensamientos cristianos,
sobre una fisonomía moribunda más radiante de fervor. Recibe, en fin, por cuatro
veces la absolución del sacerdote. Su respiración disminuye, su aliento es frío, hay
una ligera contracción en los labios…
¡Linares descansa en el seno de Dios!
Un caballero y una señora chilena, dueños de la casa (Gutiérrez), el señor Caso,
el señor Belisario Peró, Atanasio y yo, rodeamos el lecho mortuorio. Linares había
sido enterrado en sección de comunidad. Sus amigos, llevados de una delicadeza
que enternece, han tenido la fuerza de elegir para depositar los restos de su amigo
una tierra digna de su infortunio: la tierra del pobre. Por lápida han colocado una
tabla blanca, en cuyo centro se lee: “J. María Linares”. Una cruz de madera se alza
en el sepulcro.
No es una carta rápida donde pudiera contraerme al examen meditado de esa
noble figura que acaba de pasar por nuestra historia contemporánea. Usted puede
medir mejor que yo las vigorosas proporciones del político y del hombre de Estado.
Apenas si he tenido tiempo de ordenar mis ideas, arrastrado como de un vértigo por
ese abismo de dolores que se llama la proscripción del dictador. Pero no podría
disimular cuánto me ha conmovido, siempre esa admirable rectitud de conciencia,
esa intención decidida por el bien que ha determinado su conducta pública. Linares
era un carácter. Sabía lo que quería y lo quería con eficacia. Su alma no quedó
nunca entre las sombras del deseo. Fue voluntad y así combatió infatigable durante
su vida entera y, en sus últimos doce años, como director de un movimiento político
al que llevó su fe incontrastable y su actividad inmortal.
Dos grandes pasiones velaban en los extremos de su vida pública: el general
Sucre y la causa de septiembre. Partió de un gran dolor y acabó en una decepción;
y así como a los matadores de su amigo, así perdonó también a los que habían
llevado a sus amortecidos labios la copa amarga que nunca temiera haber gustado.
Por única increpación a ciertas personas, les diré yo: ¡a ese hombre fuerte, a
ese varón egregio, con vuestras obras le habéis hecho sufrir y llorar! ¡Puedan esas
lágrimas pesar tanto en la misericordia de Dios que vuestra agonía sea tan serena,
tan resignada, tan creyente, como lo ha sido la de Linares!
Texto Guía – Lenguaje UPDS
Antes de concluir recomendaré a la gratitud de usted al noble amigo Ried y a
Sarratea, que lo fue íntimo del que lloramos. Son extranjeros, por eso los menciono.
En cuanto a todos los bolivianos residentes aquí, su adhesión al infortunio del
expresidente ha sido un simple deber.
No deseara, señor, que esta comunicación mía tuviese una frase injusta contra
nadie. Mucho enseña la agonía de un Linares, seguida instante por instante, y entre
ese mucho, hay algo superior a la tolerancia, más íntimo que la filantropía, más
valeroso que el olvido: la caridad.
Su afectísimo amigo y servidor.

Mariano Baptista C.
“La pendiente que nos conduce inevitablemente a la dominación de Belzu”
De Adolfo Ballivián a Mariano Melgarejo

La Glorieta (Sucre), enero 29 de 1863


Mi querido amigo:

La persona que entregue a usted esta carta debe hacerle comprender lo que
ella significa y la importancia del compromiso que de usted se exige. La actual
situación política del país que, por la falacia, la ineptitud y desprestigio de Achá y su
tan estrecho cuanto odioso círculo, se encamina aceleradamente a un deplorable
estado de ruina; la pendiente que nos conduce inevitablemente a la dominación de
Belzu, me autorizaría suficientemente a solicitar de usted su colaboración para
terminar con este estado. ¡Para esto me refiero a vínculos sagrados carísimos!, y
cuyos recuerdos podemos invocar por fortuna y con seguridad completa cuando se
trata de reunir todos nuestros esfuerzos en servicio de los sacrificados intereses del
país.
En los momentos solemnes en que todos nos preparamos a iniciar una lucha
decisiva y ardiente, ha lastimado dolorosamente mi corazón la idea de que usted
pudiera encontrarse no solo apartado de nosotros sino también envuelto en unas
filas contrarias a una causa en la que, por sus antecedentes, sus servicios, sus
infinitos padecimientos y sus relevantes méritos personales, tiene usted asegurado
un puesto distinguido y un porvenir brillante.
Es por todo esto, y seguro como estoy de que mi voz no puede parecerle a usted
sospechosa desde que no le es posible dudar de la sinceridad y ternura de mi afecto
hacia su persona, que no he vacilado en proponerle como le propongo la
participación de mis convicciones y compromisos políticos, como una consecuencia
natural, forzosa y digna de nuestra anterior participación en un mismo destino,
esperando que sí (lo que no creo). Usted quiere, en esta ocasión, romper esos
antecedentes figurándose que le conviene desligar sus intereses políticos de los
míos y de los de todos sus compañeros y amigos, su conducta será al menos para
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conmigo la de un cumplido caballero y, que en este caso, me devolverá usted esta
carta sin que tengamos que deplorar ningún abuso del secreto que tan
resueltamente y con toda la franqueza que debo a nuestra amistad, confío ahora a
su honor y lealtad.
Espero de usted una pronta y franca contestación para marchar inmediatamente
a Cochabamba si su contestación es favorable. Entre tanto, reitero a usted las
seguridades con que me repito su decidido amigo y seguro servidor.

Adolfo Ballivián

“Jamás [los chilenos] han dejado de ser inflexibles, crueles y malos…”


Del ministro en Santiago, Rafael Bustillo, al canciller Casimiro Corral

Santiago, 10 de septiembre de 1872

Señor canciller:
En el momento de dejar esta legación y de restituirme a mis hogares con el
propósito de renunciar para siempre a la vida pública, considero un deber sagrado
de patriotismo el dirigirme a su excelencia, el presidente de la república, por el
autorizado órgano de vuestra gracia para representarle una y mil veces la urgencia
imprescindible de zanjar con Chile, cuanto antes, cualesquiera diferencias
presentes y de propender con ahínco, por cuantos medios directos e indirectos
estén al alcance del gobierno, a alejar los riesgos inminentísimos que en el estado
actual de cosas amenazan a nuestra soberanía y dominio en el territorio adyacente
al grado 24. Nunca serán sobrados todos los esfuerzos que en la esfera de nuestro
decoro se hagan en este sentido por parte de nuestros gobernantes, ya que allá los
simples ciudadanos carecen entre sí de la unión que da fuerza, y de ese
conocimiento vigilante de sus intereses externos que imprime tanta importancia a la
personalidad internacional de un pueblo.
Durante un año entero de residencia en este país floreciente y emprendedor, y
de un atento estudio de sus estadistas, políticos y sim-ples ciudadanos, he llegado
a convencerme de dos cosas capitales: de que todos sin distinción de colores
políticos anhelan el ensanche de su estrecho territorio y de que es Bolivia el único
vecino que no temen y al cual no tendrían el menor embarazo en agraviar y
despojar. Ellos son con todo el mundo egoístas y altaneros pero mientras que
odiando al Perú usan siempre con él de cierta cortesía llena de reserva y detestando
a los argentinos con las veras de su alma rinden, empero a su gobierno miramientos
que rayan en agasajo; con Bolivia, sin aversión profunda ni rencor, nunca jamás
han dejado de ser inflexibles, crueles y malos.
Esta última, señor ministro, es la palabra exacta: con Bolivia son malos. Para
confirmar mi exactitud, ¿necesito hacer la historia lamentable de todas nuestras
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desavenencias con Chile, ni recordar la sempiterna viacrucis [sic] que han recorrido
aquí todas y cada una de las legaciones que hemos acreditado? Y son malos a sus
anchas porque saben que no podemos dañarlos, lo cual es por desgracia tan
evidente que no necesita demostración. Pero ahora el despecho y la codicia dan a
su maldad de siempre tal ímpetu y osadía que no sé en verdad si se pararán en
medios para recuperar el territorio que les arrebató el tratado, territorio que ellos
soltaron considerándolo pobre y que ahora es opulento en nuestras manos. Y luego,
en seguida, el alza y baja de los títulos y papeles de crédito sobre Caracoles a
consecuencia de la empresa filibustera de Quevedo, produciendo oscilaciones en
el mercado y pánicos horribles, ha hecho apoderarse con fuerza y pasión de los
particulares la idea de sustraer de todo disturbio anárquico boliviano el territorio
donde tiene su venero el adorado metal y su asiento grandes y costosísimas faenas.
¿Y cuáles son los medios de resistencia o contrapeso que pudiera oponer en
ese territorio nuestra actividad en todas sus esferas al crecimiento preponderante
de Chile en su industria, comercio y población? ¿Con qué medios coercitivos
oportunos y suficientes habremos de contar para reprimir allí un avance violento o
para entrar a medir nuestras fuerzas en el litoral con el que es respecto de nosotros
poderosísimo en mar y en costas? Una alianza con el Perú, alianza nacional (no liga
de gobernantes, que suele ser efímera y odiosa a los mismos pueblos), es el único
recurso que podría servir para darnos ante Chile alguna respetabilidad y obtener de
su parte garantías de moderación y justicia. Pero ya ve vuestra gracia que, no
siendo esta una fuerza propia, no es tampoco muy seguro ni eficaz el día supremo
de los grandes deberes, de las extremidades y de los conflictos. Conviene, sin
embargo, buscar sin desaliento este medio precario, dificultoso.
Dos son los caminos que se presentan al gobierno de Chile para satisfacer su
ambición y su codicia. Un conflicto internacional cualquiera motivado o “por quítame
allá esas pajas”, que le dé ocasión o pretextos para romper el tratado, o bien hacer
que nuestros propios extravíos y discordias vengan acá a santificar, a ofrecerle la
presa por mano de un conspirador o de un gobierno complaciente y angustiado.
Cualquiera de los dos caminos lleva en derechura [sic] al objeto. La empresa de
Quevedo, si no ha coronado con el éxito las expectativas de sus contratantes, ha
venido empero a advertir a Chile que este último camino no es difícil sino que
también es muy corto.
Así lo considero y lo temo yo también, señor ministro. Por eso, al levantar
últimamente mi voz con energía ante este gobierno contra el infame y sangriento
tráfico y contra sus pérfidos encubridores, he querido inmolar con estrépito mi
personalidad diplomática a fin de advertir el peligro a Bolivia y robustecer en el
interior la acción de su gobierno. La manera como lo he hecho y la reserva y
circunspección en que después me he encerrado a pesar de las provocaciones de
la prensa, dejan perfectamente expedita la política ulterior de nuestro gabinete.
Ojalá esa política sea la que aconsejo a este despacho. La honda impresión de
desengaño que ha producido acá en los ánimos la inacción y aislamiento en que se
ha consumido Quevedo y la paz profunda y perfecto régimen constitucional con que
Bolivia ha presenciado la aventura, facilitan en gran manera en las actuales
circunstancias la presunción de esa política de previsión y de perseverancia que
reclaman juntamente nuestro decoro y la tranquilidad de nuestro suelo patrio.
Texto Guía – Lenguaje UPDS

Asalto y quema de Palacio de Gobierno


Del ministro Mariano Baptista Caserta al presidente Tomás Frías

La Paz, marzo 23 de 1875


Doy a usted el pormenor de la jornada del 20 de marzo.

Desde el 14 se nos comunicaba el ataque inminente a la Casa de Gobierno. Los


planes eran varios. Uno de ellos era aprovechar del concurso general de las señoras
de La Paz que en las noches de función religiosa de La Merced se restituían a sus
casas atravesando la puerta de Palacio. Confundiéndose entre ellas debían
sorprenderlo. Otra era apoderarse de los ministros y de las autoridades el domingo
de Ramos y presentarlos de carnaza ante los defensores del orden. Pensaron en
asegurar varias familias y exponerlas al combate. A las diez del día 20 se
multiplicaron los avisos, hallándose de servicio el cuerpo de guardia Rifleros de la
Ley, el retén de facción de los jóvenes del ministerio y los oficiales del Estado Mayor.
El completo de armas alcanzaba a 56. Uniéronse en ese instante varios ciudadanos
que no pertenecían a ninguno de esos grupos y que se hallan clasificados, con la
denominación de individuos libres, entre los que podían disponer de cinco rifles.
Desde el día 14 se habían constituido en la casa de gobierno los tres ministros de
Estado, el prefecto del departamento, el comandante general y todos los del servicio
del día. El cuerpo policial ocupaba su propio cuartel que hace frente a un costado
de Palacio.
A las once y minutos acudieron las bandas por la Recova y calle del Tesoro así
como del Comercio. Cargó sobre ellas el intendente de policía, don Daniel Núñez,
que no fue bastantemente sostenido por los gendarmes y quedó reducido a batirse
individualmente en la calle del Comercio, con Guzmán y don Federico Granier, que
cayó momentáneamente prisionero. Agrupáronse los amotinados en la esquina que
forma la casa episcopal en la de Aramayo y en la de Pino. Ocuparon esta casa así
como la del señor Hernández, extendiéndose a este lado hacia el Loreto. Ocuparon
también por el otro frente la casa Fricke. En las esquinas improvisaron parapetos,
de manera que desde las doce y treinta a una combatieron a cuerpo seguro, ya
protegiéndose de aquellos, ya empleando forados, a excepción de unos pocos que
por algún tiempo ocuparon la pila central. Rifles de Sharp y Remington eran sus
armas principales. El ataque fue sostenido sin intermisión durante ocho horas.
A las dos y media de la tarde se apoderaron los incendios del cuerpo de policía.
Parte de los gendarmes traicionó; el resto entregó sus armas y el tiroteo se propagó
a ese costado de Palacio. Avanzaron a la catedral nueva [y] establecieron sus
parapetos en un ángulo de ella. Desde la una del día empezaron a arrojar por ese
costado sábanas incendiarias. Se inició el incendio siete veces; siete veces fue
contenido; la octava tentativa tuvo éxito y desde las 3 de la tarde se prolongó el
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incendio en el tercer piso de Palacio, [al] lado de la catedral. Hasta entonces se
habían empeñado vanamente en incendiar el balcón que cae al cementerio; y
continuaron del mismo modo arrojando combustible a la puerta falsa de la casa. Los
ciudadanos de Palacio acudían a apagar el incendio. El resto armado quedó
reducido a 30 individuos que se batían en todas direcciones, resguardando primero
el piso superior que da frente a la plaza, reconcentrándose en el segundo,
atendiendo a las habitaciones bajas, asistiendo al salón contra el cuartel de policía,
protegiendo la retaguardia contra la catedral, descendiendo a la casa pequeña
contigua a Palacio para defender la puerta amagada de incendio.
Casi un 75% de los defensores de la ley quedó fuera de combate, puesto que
entre muertos y heridos se cuentan con 40 individuos. Los tiros de las ventanas se
daban a cuerpo descubierto y los dirigidos de la esquina del obispo penetraban al
zaguán y patio de Palacio, así como los laterales atravesaban la mayor parte de las
habitaciones. Así se explica la muerte instantánea de don Joaquín Peña, la misma
bala que atravesó el sombrero del señor ministro de justicia, lo que tuvo lugar en el
primer arco del patio próximo del zaguán.
En este se mantenían las dos ametralladoras, una de las cuales funcionó al
principio en la vereda junto con un cañón, habiéndose casi inutilizado la primera
después de algunos disparos. Servían estas piezas personalmente los dos
coroneles Lucio Camacho y Benjamín Sevilla, tenazmente señalados por los fuegos
del contrario.
A las 5:30 de la tarde el incendio comenzó a devorar el segundo piso de Palacio.
Cayeron los techos del primero. Se hundió su piso que se desprendía con estrépito
sobre el primero. El parque de pólvora y municiones comenzaba a ser rodeado de
llamas. Había la débil esperanza de que la bóveda, ya impregnada de calor, siguiese
protegiéndolo por algún tiempo. El polvo, el humo, las llamas empezaron a
condensar toda la atmósfera interior. La respiración se hacía difícil. [Una] Inspección
posterior nos ha demostrado que el sótano, donde estaba depositada una gran
cantidad de pólvora, daba al interior de la catedral y se comunicaba con la superficie
por una escalinata que cubría un cuarto techado. Este techo lo han reducido a
cenizas para determinar la explosión del parque; como les falló esta tentativa,
descendieron a la pared interior de la bóveda y la horadaron sobre el depósito de
pólvora. El resultado habría hecho saltar varias manzanas de la ciudad.
La comunicación con el coronel Juan Granier, situado en Viacha con su cuerpo,
no pudo ser conocida hasta las 3:30 de la tarde. A las 4 salió el cuerpo y llegó a la
ciudad en tres horas. Calculando los medios que teníamos de hacer conocer nuestra
situación, esperábamos al primero para las 6 de la tarde, pero pasada esta hora
juzgamos que el aviso no le hubiese llegado y que hasta la noche nos devoraría el
incendio con el estallido del parque. Habíamos tentado a las doce del día una salida
a las esquinas para dominar el ataque y aun avanzaron hasta la pila Antolín Soria y
cuatro jóvenes más, pero retrocedimos dos veces del dintel de la puerta porque se
nos reflexionaba con razón que había pocos combatientes para una operación
extensa.
En la ciudad habían notado, al cerrar la noche, que descendía el batallón, pero
carecíamos de toda seguridad a ese respecto y vista la situación externa que he
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señalado, no nos quedó otro recurso a las 7 de la noche que agruparnos en masa
y lanzarnos fuera de la casa de gobierno, cruzados de fuegos en todas direcciones,
habiendo caído herido en esa travesía una cuarta parte de los nuestros. Tomamos
la esquina de Aramayo y seguimos con vivísimo fuego de nuestra parte y de la
contraria dos cuadras adelante, en dirección al banco. Cruzamos fuegos
desgraciadamente con los que estaban frente a nosotros, que era un piquete del
batallón primero hasta que un grito de “¡viva Frías!”, lanzando por uno de los
nuestros, descubrió nuestro mutuo engaño y nos permitió volver a la plaza junto con
nuestros camaradas del primero que ya acudían por todas las esquinas.
No es posible, ni me cumple la tarea, que será completada por el registro
minucioso de la prensa, de distinguir la conducta de cada uno en ese grupo de
héroes jóvenes y de algunos respetables ciudadanos. La juventud de La Paz, allí
reunida, ha contado abnegaciones desde 15 a 18 años de edad. Los jóvenes del
ministerio han llenado su deber con un valor tranquilo y disciplina que mucho los
honra. Las autoridades del departamento, el prefecto y comandante general, han
cumplido su misión. Los ministros de Estado hemos tenido la suerte de no
desmerecer de nuestra responsabilidad. Por desgracia, el coronel Jofré, encargado
del Ministerio de Guerra, fue herido e inutilizado en la primera salida que intentamos.
Sobre todo se ha inclinado, como siempre benéfica, la providencia divina.
La noche posterior a nuestra victoria intentaron todavía, los desalmados,
ocultándose entre las sombras, incendiar la manzana donde está situado el cuartel
del batallón primero. Al presente, el crimen vigilado y perseguido deja la ciudad
tranquila y ya comienza a calmarse el terror del vecindario.
La premura del tiempo no me permite acompañar la lista de las diferentes
secciones de Rifleros de la Ley, jóvenes del ministerio, Estado Mayor y agregados.
Comunico íntegra la [lista] de muertos y heridos nuestros. De los incendiarios se
han anotado hasta la fecha 130 muertos: los heridos no se conocen.
El mismo día 20 la banda de Noriega en Yungas fue completamente deshecha.
Se ocupa la compañía expedicionaria de recoger armas.
Con respeto soy de usted atento su seguro servidor.

Mariano Baptista C.
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Al salir al destierro
De Aniceto Arce, vicepresidente de la república, a la opinión pública con
motivo de la orden suprema de destierro emitida el 11 de marzo de 1881

Sucre, marzo 20 de 1881

A mis conciudadanos:

[…] La orden de mi destierro ha podido sorprender a muchos, ya por la gratuidad


de la impuesta, ya por lo autocrático e insólito del hecho, ya, en fin, por la gravedad
de la medida que importa la cancelación del capítulo entero de las garantías
individuales: el símbolo de toda democracia real en el mundo culto.
Mas, pasada la sensación del golpe brusco de una dictadura tan raramente
formada, se vuelve de la sorpresa y se pasa a coordinar causas y efectos, premisas
y deducciones. La inauguración del nuevo gabinete bastaba para conocer el rumbo
de la política que debía dominar y los serios peligros que debía correr la nave
entregada a pilotos semejantes, que no son dueños de conjurar ni la tormenta de
su propia conciencia.
Desde entonces vimos todos blandirse dos espadas sobre el santuario, la de
Chile amenazando la independencia, y la del gobierno boliviano secuestrando la
libertad. El pabellón iba tras seguro naufragio. ¡Infeliz Bolivia con gobiernos que,
como Saturno, se comen a sus hijos!
El general Campero, reputado como modelo de pureza en la religión del honor
y de las prácticas del poder, ha cubierto hasta hoy con el brillo de esa fama sus
flaquezas y desaciertos. Así viven, así crecen, así se levantan sobre el pedestal de
la popularidad ciertas reputaciones afortunadas. Sustentadas y alimentadas con las
ilusiones de los admiradores suben los peldaños de la gloria presidencial, envueltos
en la túnica blanca y embriagados con el aura de las musas y el entusiasta fervor
popular. Son héroes de teatro; hacen su papel, triscan en la es-cena, ¿y después?
Después arrojan la máscara, llaman las adhesiones de los suyos y buscan las
afinidades de su ser natural […].
La orden de extrañamiento dada contra mí, coincidiendo con la suspensión del
plazo de la asamblea ya convocada, y con varios otros hechos que revisten igual
carácter, es el salto violento a la dictadura. Campero forja las cadenas que después
también serán suyas. Sus únicas notabilidades, el hombre de las corrientes
galvánicas y el coronel de las farsas parlamentarias, le preparan un lecho de rosas
blancas, emblema de la inocencia.
Y Campero, el honrado Campero, pone una losa de mármol sobre los jirones de
la Constitución.
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Y Campero, el honrado Campero, erige un sistema gubernativo del más cínico
favoritismo, dañando el prestigio oficial de los puestos públicos y premiando con los
dineros del Estado los servicios que le prestaran sus amigos.
Y Campero, el tipo de la Edad Media en la supuesta caballerosidad de sus
arranques, firmando una orden de destierro, sin forma alguna constitucional, sin
juicio al sindicado, sin oírle, sin decirle por qué contra el derecho universal de las
naciones, contra el derecho natural, contra la ley escrita del país, jurada por él,
votada por los genuinos representantes de la voluntad popular […].
Ahora bien: me cumple tomar en consideración un cargo que a servido de arma
en manos de esos gacetilleros anonimistas, y que ha podido también servir de
pretexto ostensible a la realización del plan armado en el acuerdo de gabinete de
que se hace mérito en el oficio de destierro dirigido por el presidente constitucional
al suscrito vicepresidente de Bolivia. Con la franqueza acostumbrada, ingresaré a
ese terreno que es de las recriminaciones a término lanzadas contra mi persona, de
un modo tan insistente como inútil.
Desde el regreso de Camarones y sus naturales emergencias que han venido
generándose con implacable lógica, hasta determinar el desastre de Chorrillos y
Miraflores, vi que la lucha debía ser inevitablemente ruinosa para mi patria. En la
guerra no hay evolución grande ni pequeña que no tenga su número, peso y medida
en el curso de su desarrollo. La victoria no da legitimidad a los actos, pero entra
como cifra en el conjunto de las soluciones. Chile, por la superioridad de sus
elementos y, más que todo, por el vigor de la conciencia nacional en cuyo fondo
vive como fuerza incontrastable el sentimiento de amor al pabellón patrio, ha corrido
velozmente de victoria en victoria, unciendo al carro de sus conquistas ciudades,
pueblos, puertos, extensos territorios hasta plantar su bandera en Lima.
Esas expectativas no podían escapar a la previsión más vulgar porque eran el
encadenamiento lógico de los sucesos. Hemos venido extenuando la ya decadente
vida nacional en una guerra desastrosa, sepultando nuestras viejas glorias en cada
etapa de la senda abierta a la lucha, y sin poder siquiera decir como Francisco I
después de la célebre batalla de Pavía: “Mi infortunio es tan grande que solo me
han quedado la honra y la vida”.
La honra se perdió en San Francisco; volvió a perderse con la sublevación del
12 de marzo; en Tarapacá lució como fuego fatuo el antiguo esplendor de nuestras
armas; en el Alto de la Alianza hicieron su apoteosis los valientes.
No he querido, pues, la guerra; he anhelado la paz porque tanto es el
desperdicio de fuerzas, tan honda es la perturbación que causa la guerra en todos
los dominios de la existencia social, que aun supuesta una victoria, no compensa
ella los estragos de esa cólera que sopla sobre las naciones, sembrando de
cadáveres y ruinas el territorio por donde va.
Hombre de trabajo, quería para mi país que se formasen elementos de industria
a la sombra de la paz. Preocupado con esa idea, solo he pensado en abrir fuentes
de producción y en llevar corrientes de actividad hasta las entrañas de las selvas,
creyendo que la redención social solo es obra del trabajo. Hacer brazos para
manejar la azada, enseñar al salvaje de los bosques a estimarse cubriendo sus
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carnes desnudas y amasando su pan con el sudor de su misma frente, era para mí
dar el primer paso en la conquista de nuestra extensa e inculta frontera.
Lejos de mí la vanidad en la ejecución de esos empeños, era yo el llamado a
realizarlos.
La embriaguez enerva la organización del hombre, acaba de degradar la del
indio, es la sombra del mal que concluye por extinguir toda fibra y toda luz en la
naturaleza humana.
¿Cómo combatirla? Con el trabajo ampliamente retribuido que dignifica, que
moraliza y despierta el sentimiento de pundonor, perdido entre los harapos de la
miseria y los torpes estremecimientos de la orgía. Esa guerra bajo el imperio de la
paz internacional, emprendida con la protección de la cruz, que es el emblema de
toda obra fecunda en el bien, es la que he procurado llevar a término.
Y bien, no obstante mis convicciones invariables al respecto, toda demanda del
gobierno relativa a erogación de fondos para sustentar ejércitos y llenar
necesidades ordinarias y extraordinarias de servicio nacional, me ha encontrado
dispuesto a ello; no he escaseado mi bolsa para dar pedidos que se hacían a
nombre de las conveniencias del país.
Amigo franco de la paz, desde el contraste de San Francisco, después de ser
enemigo de la guerra en el juego tranquilo de la diplomacia, único campo de acción
oportuna y previsora para Bolivia, me he sometido a angustias y sacrificios
comunes, ofreciendo mi tributo, sin exagerarlo ni empequeñecerlo […].
La guerra defensiva, cuando hay derechos que reconquistar y territorio
usurpado, es la impotencia manifiesta. Yo la proclamé con solemnidad en el recinto
de la ley, cuando me investía del poder que transitoriamente aceptaba. Y después,
¿cómo se ha extrañado que yo siga aspirando a la paz, con acontecimientos que
acentuadamente nos han mostrado la imposibilidad de continuar la guerra? […].
El gabinete de enero, sintiendo conmoverse el terreno en que pisa, ha expedido
últimamente el Decreto de 11 del corriente, aplazando la reunión de la asamblea
convocada con la risible formalidad de pasar esquelas a los diputados exponiendo
motivos fútiles.
Habéis olvidado, señores del gabinete, que sois de origen parlamentario y que
habéis jurado y suscrito la Constitución. ¡Y maldecís al conquistados y execráis la
usurpación y queréis guerra contra ella! Habéis pretendido esquivar el comparecer
como reos ante la convención.
Y vos, general Campero, que en el crepúsculo de vuestra vida habéis dejado la
máscara de caballero para empuñar el sable de la dictadura haciendo pedazos el
evangelio político de nuestra tan cara democracia, sois también reo. Vuestra
prevaricación está gráficamente comprobada por la orden de mi destierro. A él
marcho, bebo sin angustia el acíbar. Mi individualidad herida no pone en mis labios
la protesta: es el sentimiento del derecho, superior a toda otra consideración, el que
me mueve a formularla ante la América entera.
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Y protesto ante la majestad de mi patria, ante su bandera, cuyo culto mal
comprometido por algunos me depara como premio la adversidad y los dolores de
mi hogar; protesto contra el atentado. La paz es mi anhelo vivísimo; deseo ver que
las industrias del país crezcan con la savia que ella da abundosamente.
Cuando vea cruzar por nuestra desierta altiplanicie los rieles, acercando
poblaciones y condensando los mutuos beneficios que brotan en las diversas zonas
geográficas; cuando nuestras breñas, nuestras pendientes, nuestras agrestes
soledades, nuestros caminos tortuosos sean vencidos por la acción simultánea del
capital y del trabajo, protegidos por la paz interna que es la vida de las instituciones
y por la externa, que es la de la nacionalidad y del comercio, entonces habré
alcanzado un día de ventura para mi querido país, suelo donde están mis hijos, mis
recuerdos y mis afecciones.
En cuanto a la alianza que sin cesar ha sido para mí una preocupación harto
dolorosa, declaro que jamás he vinculado a ella la más pequeña esperanza. El Perú
es nación sin sangre, sin probidad y sin inclinaciones sinceras hacia el aliado […].
El ministro peruano, constituido en la ciudad de La Paz, ha agitado la prensa,
poetizando la figura de esa alianza absurda y refractaria al porvenir de Bolivia en el
juego del movimiento americano. La dictadura política está subordinada a esa
dictadura diplomática. La cancillería peruana obra directamente en los negocios
íntimos del gabinete.
Así se explica la pretensión del ministro plenipotenciario de aplazamiento de la
empresa Bravo. Merced al buen juicio del entonces ministro de Relaciones
Exteriores, señor Carillo, y a la presencia del poder legislativo en el ejercicio actual
de sus funciones, se paró la invasión diplomática sobre la soberanía. ¿Y queréis
que en posesión de esos datos y de esas cosas pusiese mi firma a favor de la
alianza aspirante y muerta ahora? ¿Será ese el fundamento de mi destierro? En
hora buena. El tiempo escribe en las interrumpidas páginas de la Historia lecciones
que tarde son utilizadas. Dios es el supremo artista de esas brillantes líneas que
marcan el destino de las sociedades.
Concluyo mi exposición que la premura de mis horas no me permite alargar. De
hinojos me pongo a besar las llagas de esta patria querida con que los malos
bolivianos han jugado impíamente. Mi adoración pro ella me señala el ostracismo,
lo acepto. No pondré yo una sola chispa para el incendio.
Si algunas pasiones rebeldes hallaron pasto en mí para manchar la prensa del
país, consumando de este modo un crimen de liberticidio, dejen de murmurar hoy.
Y los pocos que las azuzan desde sus tenebrosas maquinaciones, gasten sus
empeños en reconstruir Bolivia.

Aniceto Arce
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“Queremos contribuirle con los siguientes alimentos para la tropa”


De Eduardo Abaroa a Ladislao Cabrera*

Calama, marzo 18 de 1879


Apreciado amigo:

Es en mi poder su grata [carta del] 15 del actual, en la cual me solicita, junto con
todos los vecinos de Calama, una contribución para la alimentación de los rifleros
que defenderán el pueblo cuando ataquen los de Caracoles.
Mi hermano Ignacio y mi familia queremos contribuirle con los siguientes
alimentos para la tropa y las bestias caballares y mulares: una arroba de azúcar,
una arroba de arroz, 20 libras de fideo, 30 libras de charque, un quintal de papas,
diez libras de sal, dos barriles de pan desharinado, un quintal de cebollas, cinco
kilos de café negro, diez amarros de tabaco, 23 amarros de papel de hilo, diez
cargas barriles de agua para tomar, 20 arrobas de pasto y cebada para los
caballares, nueve turriles de pólvora, un [ilegible] con un revólver, diez libras de
[ilegible].
Ruégole me avise usted para ayudarle en cualesquier menester para organizar
la defensa del pueblo sin titubeos para que mande usted a su amigo.
Atentamente su seguro servidor,

Eduardo Abaroa
3. EL SIGLO XX
“Bolivia fue vencida, no tenía con qué pagar y entregó el litoral”
De Abraham König, ministro plenipotenciario de Chile, al canciller
Eliodoro Villazón
La Paz, agosto 13 de 1900
Señor ministro:
Por vuestra excelencia he sabido la determinación del gobierno de Bolivia de
dejar al congreso nacional el estudio y resolución de nuestras propuestas de arreglo
y, para facilitar una y otra cosa, tengo la honra de poner en manos de vuestra
excelencia la presente nota, que contiene una suscinta explicación de las bases
definitivas de paz aceptadas por mi gobierno.
Sometidas dichas bases al juicio del congreso, he considerado útil que los
representantes del pueblo tengan cabal conocimiento de su texto y de las razones
que lo justifican.
Texto Guía – Lenguaje UPDS
En cumplimiento de las instrucciones de mi gobierno y partiendo del
antecedente, aceptado por ambos países, de que el antiguo litoral boliviano es y
será para siempre de Chile, tuve el honor de presentar a vuestra excelencia las
siguientes bases de un tratado de paz y amistad:
El gobierno de Chile estará dispuesto, a trueque de celebrar un tratado de paz
con Bolivia, a otorgar, en cambio de la cesión definitiva del litoral boliviano que hoy
ocupamos en virtud del pacto de tregua, las siguientes compensaciones:
a) Hacerse cargo y comprometerse al pago de las obligaciones contraídas por el
gobierno de Bolivia a favor de las empresas mineras de Huanchaca, Corocoro
y Oruro y del saldo del empréstito boliviano, levantado en Chile en 1867, una
vez deducidas las cantidades que hubiesen sido de abono a esa cuenta según
el artículo 6º del protocolo de tregua.
Chile podría, asimismo, satisfacer los siguientes créditos que pesaban sobre el
litoral boliviano: el que corresponde a los bonos emitidos para la construcción
del ferrocarril de Mejillones a Cara-coles; el crédito a favor de don Pedro López
Gama, representado en la actualidad por la casa Alsop & Co. de Valparaíso, el
de don Enrique Meiggs, representado por don Eduardo Squire, procedente del
contrato celebrado por el primero con el gobierno de Bolivia en 20 de mayo de
1876 sobre arrendamiento de salitreras fiscales del Toco; y el reconocido a favor
de la familia de don Juan Garday. Estos créditos serán objeto de particular
liquidación y de una especificación detallada en un protocolo complementario.
b) Una suma de dinero que será fijada de común acuerdo por ambos gobiernos y
que deberá invertirse en la construcción de un ferrocarril o algún puerto de
nuestra costa con el interior de Bolivia o bien sea la prolongación del actual
ferrocarril de Oruro.
A juicio del infrascrito, esta suma no deberá exceder de seis millones de pesos
y la determinación de los puntos de partida y de término como el trazado y
demás condiciones del ferrocarril serán resueltos de común acuerdo por ambos
gobiernos.
c) El puerto elegido para punto de partida de ese ferrocarril será declarado franco
para los productos y mercaderías que por él se internen en tránsito para Bolivia
y para los productos y mercaderías bolivianas que por él mismo se exporten.
En las diversas conferencias que tuve con vuestra excelencia, analizando las
bases anteriormente transcritas, vuestra excelencia me manifestó que, a su juicio,
las ofertas hechas no eran suficiente compensación del litoral boliviano y que Bolivia
necesitaba de un puerto y de absoluta libertad comercial. El gobierno de Bolivia
estima que el pacto de tregua, que favorece excepcionalmente el comercio de Chile,
es gravoso para Bolivia y ha dado origen a reclamaciones de potencias europeas.
Bolivia mira su independencia comercial como una consecuencia de su
independencia política y quiere quedar en libertad de desahuciar los tratados que le
perjudican y de celebrar otros que le convengan, sin que esto signifique hostilidad
a Chile, pues queda entendido que en adelante Bolivia otorgará a Chile las
franquicias comerciales que conceda a otras naciones.
Texto Guía – Lenguaje UPDS
Días después, y como resultado natural de las conferencias, vuestra excelencia
me comunicó las proposiciones acordadas por el gobierno [boliviano] y que son las
siguientes:
El gobierno de Chile se hace cargo de las obligaciones contraídas por Bolivia a
favor de las empresas mineras de Huanchaca, Corocoro y Oruro y del saldo del
empréstito boliviano de 1867. Se hará cargo igualmente de los siguientes créditos
que pesaban sobre el litoral boliviano: el que corresponde a los bonos emitidos para
la construcción del ferrocarril de Mejillones a Caracoles; el crédito a favor de don
Pedro López Gama; el de don Enrique Meiggs, procedente del contrato celebrado
con Bolivia en 1876 sobre arrendamiento de las salitreras fiscales del Toco y el
reconocido a favor de la familia de don Juan Garday.
El gobierno de Chile se obliga a ceder a Bolivia, de sus posesiones de la costa
del Pacífico, el dominio perpetuo de una zona de territorio que comprenda uno de
los puertos actualmente conocidos; la cual zona, situada al norte de aquellas
posesiones, se extenderá hasta la frontera boliviana.
Las relaciones comerciales continuarán entre ambos Estados. En lo sucesivo,
cada nación, consultando sus propias conveniencias, podrá gravar o declarar libres
de derechos fiscales y municipales los productos naturales y manufacturados que
se importen de la otra.
Las mercaderías extranjeras que se introduzcan a Bolivia por cualquiera de los
puertos chilenos y los productos naturales manu-facturados que se exporten por los
mismos puertos al extranjero, tendrán libre tránsito.
En cambio de estas condiciones, el gobierno de Bolivia está dispuesto a celebrar
el Tratado de Paz que asegure la cesión definitiva del litoral boliviano ocupado por
Chile.
En las bases anteriores no se toma en cuenta la oferta de seis millones de pesos
destinados a la construcción de un ferrocarril. Esta suma no es despreciable y puedo
repetir aquí a vuestra excelencia lo que he tenido ocasión de insinuarle diferentes
veces, que mi gobierno estaría dispuesto a aumentarla si se aceptaran sus
proposiciones de arreglo. No se menciona tampoco la concesión de un puerto franco
enteramente favorable al comercio de Bolivia.
Sometidas las bases de la cancillería boliviana al estudio de mi gobierno, no
hubo inconveniente para aceptar las dos cláusulas que se refieren a la libertad
comercial. Es entendido que Chile quedará en las mismas condiciones que las
potencias que más adelante celebren tratados comerciales con Bolivia.
Vuestra excelencia convendrá que esta explicación no significa ninguna
concesión hecha a mi país. La libertad comercial de Bolivia, en un tratado celebrado
con Chile, no lleva consigo la idea de hostilidad. Sería un contrasentido que mi país
ajustara convenciones destinadas a perjudicar su comercio.
Vuestra excelencia me repitió, además, que si Bolivia trabaja para conseguir su
absoluta libertad comercial, lo hace por razón de su independencia de nación y
también con el objeto de desahuciar tratados que han llegado a ser onerosos con el
tiempo.
Texto Guía – Lenguaje UPDS
Como mi gobierno está animado de los mejores propósitos, no ha habido
dificultad en aceptar estas cláusulas de libertad comercial, dando así una prueba
manifiesta del deseo de concluir alguna vez con nuestras diferencias y de procurar
el ensanche del comercio boliviano.
Chile renuncia [a] las positivas ventajas consignadas en el pacto de tregua y en
el protocolo complementario a dicho pacto, que favorecen su comercio a trueque de
obtener una paz estable y beneficiosa para ambos pueblos. En adelante, no tendrá
otras franquicias comerciales que las que Bolivia tenga a bien acordar a otras
potencias. Chile, en una palabra, hace una gran concesión a Bolivia. De este estudio
comparativo aparece que la única dificultad que existe y que impide un arreglo que
reclaman a voces chilenos y bolivianos es la segunda de las bases propuestas por
el gobierno de Bolivia.
En obedecimiento, tal vez, a opiniones de otro tiempo, vuestra excelencia
consigna como una aspiración del pueblo boliviano la de poseer a perpetuidad “una
zona de territorio que comprenda uno de los puertos actualmente conocidos”. Esta
zona deberá estar situada a la extremidad norte de las posesiones chilenas y se
extenderá hasta la frontera boliviana. He aquí una exigencia doblemente difícil y
casi imposible de cumplir.
¿Dónde encontraremos, señor ministro, una zona y un puerto que correspondan
precisamente a la ubicación señalada con tanta precisión en la cláusula citada?
Nuestra costa llega por el norte hasta la quebrada de Camarones, en conformidad
al tratado de paz celebrado con el Perú. Siendo cosa sabida y entendida que Bolivia
no pretende zona ni puerto en el territorio de su antiguo litoral, no diviso, a la verdad,
de dónde podríamos nosotros entregar a Bolivia lo que pide.
No habría chileno capaz de firmar un tratado de paz con una cláusula semejante.
Desde la quebrada de Camarones, al sur, hasta el Estrecho de Magallanes, todas
las poblaciones son chilenas, netamente chilenas, formadas, desarrolladas y
sustentadas con nuestros nacionales, con nuestros capitales, con el sudor y el
esfuerzo del pueblo chileno. En esas poblaciones, incluyendo también al antiguo
litoral de Bolivia, no hay casi bolivianos. Conceder, pues, una zona y un puerto en
esos lugares sería entregar a nación extraña millares de familias chilenas y esto en
plena paz por pura condescendencia graciosa.
Bolivia se presentaría en actitud hostil y no tranquila y pacífica por el solo hecho
de sustentar tan temeraria pretensión. Ya en 1884, en las conferencias que tuvieron
lugar en Santiago, entre los ministros plenipotenciarios de Bolivia y el ministro de
Relaciones Exteriores de Chile, y que dieron por resultado el pacto de tregua, se
trató este punto y quedó eliminado por consentimiento de los mismos
representantes de Bolivia. Quedó convenido, entonces, que una salida al Pacífico
que produjera una solución de continuidad en el mismo territorio chileno es
inaceptable por su propia naturaleza […].
Creo, en consecuencia, que vuestra excelencia no ha fijado su pensamiento en
el territorio que se extiende al sur de la quebrada de Camarones y que, por el
contrario, al redactar la cláusula de que me ocupo, ha tenido, constantemente, fija
la atención en las provincias que se extienden al norte del límite apuntado.
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Es cierto que por el tratado sobre transferencia de territorios firmado el 18 de
marzo de 1895, se estableció condicionalmente “que si a consecuencia del
plebiscito que haya de tener lugar en conformidad al Tratado de Ancón, o en virtud
de arreglos directos adquiriese la república de Chile el dominio y soberanía
permanente sobre los territorios de Tacna y Arica, se obliga a transferirlos a la
república de Bolivia en la misma forma y con la misma extensión que los adquiera,
sin perjuicio de lo establecido en el artículo II”, pero vuestra excelencia sabe que la
condición no se ha cumplido y que su falta de cumplimiento no es imputable al
gobierno de Chile.
En el momento actual, y es esto lo importante, la república de Chile no ha
adquirido todavía dominio y soberanía permanente sobre los territorios de Tacna y
Arica. Basar un tratado de paz en un acontecimiento que no se ha realizado, que
depende, en parte, de voluntad ajena, es hacer una obra deleznable y proceder a
suscitar dificultades en vez de ponerles término, es volver a caer en el mismo error
que se padeció en 1895.
Sería penoso entrar a averiguar minuciosamente las causas que han retardado
la aprobación constitucional de los tratados de 1895, pero vuestra excelencia no
debe olvidar que no han sido extraños a esas causas el protocolo adicional de 9 de
diciembre de 1895 y el aclaratorio del anterior, de 30 de abril de 1896. Dichos
protocolos, especialmente el primero, que contiene exigencias bolivianas de última
hora, forman con los tratados un solo cuerpo, de tal manera, que su falta de
aprobación importa un desacuerdo sobre una base fundamental que hace
ineficaces todos los tratados de mayo de 1895.
La redacción de los tratados y de los protocolos, la simple lectura de estos
documentos, revela a las claras la buena voluntad del gobierno de Chile.
Plenamente quedó demostrado entonces el vivo deseo que tenía Chile de ganar y
conservar la buena amistad de Bolivia, pues al concederle lo más rico de las
provincias de Tacna y Arica, todo espíritu imparcial tendrá que reconocer que
procedía con extremada generosidad.
No se han perfeccionado esos pactos, desgraciadamente; no se ha cumplido la
condición estipulada. Fueron pactos prematuros, muertos antes de nacer.
No habiéndose realizado el plebiscito de que habla el Tratado de Ancón, nos
encontramos hoy en la misma situación jurídica que tenían ambos países en 1884.
Los plenipotenciarios bolivianos que negociaron la tregua pidieron con
insistencia una salida al Pacífico para Bolivia y creyeron que podrían obtenerla en
el extremo norte del territorio cedido temporalmente por el Perú. El ministro de
Relaciones Exteriores de Chile se negó terminantemente a esta petición. A su juicio,
esta no estaba ni siquiera dentro de la esfera de acción y de las facultades del
gobierno: Chile no ha adquirido el dominio de aquellos territorios, sino una mera
expectativa sujeta a plazos y condiciones estipuladas en el Tratado de Ancón. No
es dueño todavía y no debe entonces tratar como si lo fuera.
Hoy podemos repetir iguales conceptos. El plebiscito no se ha verificado; no es
posible celebrar tratados tomando por base los acontecimientos que no se han
realizado y que dependen, en parte, de voluntad ajena.
Texto Guía – Lenguaje UPDS
El gobierno y el pueblo de Chile están vivamente interesados en que el plebiscito
tenga lugar lo más pronto posible, y el gobierno y el pueblo desean que el acto se
verifique en condiciones que satisfagan las legítimas aspiraciones nacionales.
Cuando llegue el día de su celebración, esperamos confiadamente que el plebiscito
será favorable a Chile.
Vuestra excelencia sabe que la opinión pública de mi país se ha modificado
notablemente a contar desde los últimos días de 1895. Hoy no se piensa como en
años pasados. Es digno tema de meditación para los hombres de Estado de Bolivia
investigar por qué un pueblo sesudo y justiciero, como el pueblo chileno, tiene sobre
Tacna y Arica ideas uniformes muy distintas de las que manifestó públicamente en
mayo de 1895.
Para hablar con la claridad que exigen a veces los negocios internacionales,
menester es declarar que Bolivia no debe contar con la transferencia de los
territorios de Tacna y Arica, aunque el plebiscito sea favorable a Chile. El pueblo
chileno, con una uniformidad que no se ve de ordinario en otras naciones, ha
manifestado su voluntad de conservar esos territorios como una justa
compensación de los sacrificios de todo orden impuestos al país.
No habría inconveniente para ceder una zona al norte de Arica, es decir, en el
extremo norte de las posesiones chilenas en el Pacífico, conformándose así a la
letra de la cláusula segunda de las proposiciones del gobierno de Bolivia, pero la
naturaleza se opone a este buen deseo de nuestra parte. Al norte de Arica no hay
puerto, ni siquiera una caleta mediana; desde Arica hasta Sama la costa es brava y
casi inabordable.
Después de lo dicho, la conclusión se impone por la fuerza, Chile no acepta la
cesión de la zona y el puerto pedidos por Bolivia porque, a pesar de sus buenos
propósitos, está en la imposibilidad de satisfacer tales exigencias. No hay puerto
que ceder. Al sur de Camarones todos los puertos son chilenos; habitados casi en
su totalidad por ciudadanos chilenos; la concesión de una zona, además, en
cualquier latitud, trae-ría por resultado la división de nuestro país en dos trozos
separados; se produciría una solución de continuidad, lo que es inaceptable. Entre
la quebrada de Camarones y Arica, el único puerto que merece el nombre de tales
Arica y, este, lo necesita nuestro país; el dominio de los territorios de Tacna y Arica
no puede mantenerse sin la posesión y dominio del puerto. Al norte de Arica la vista
se pierde siguiendo las sinuosidades de una costa inhospitalaria.
Aun en el caso de que mi país deseara vehemente dar cumplimiento a las
aspiraciones de Bolivia, no sabría cómo realizarlas. Por la fuerza, entonces,
tenemos que descartar esta exigencia que viene a impedir un acuerdo amigable
entre los dos pueblos. Cabe preguntar aquí, señor ministro, si Bolivia tiene
necesidad imprescindible de un puerto en el Pacífico.
Me atrevo a dar una respuesta negativa. Son varias las consideraciones que se
hacen valer en apoyo de la cesión de un puerto, pero todas ellas pueden
condensarse en el siguiente pensamiento consignado en un importantísimo
documento gubernativo: “No ha podido llegarse a ningún acuerdo (con Chile) porque
se ha rechazado la muy legítima exigencia de Bolivia de que, en compensación de
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su valioso litoral, se le conceda por lo menos la soberanía de un puerto para su
comunicación libre e independiente con los demás Estados del mundo civilizado”.
La legítima exigencia de un puerto se funda en que Bolivia quiere asegurar su
comunicación libre e independiente con el resto del mundo. En presencia de tal
caso, alguien se atrevería a pensar que Bolivia carece de una comunicación libre e
independiente o que, por lo menos, el gobierno de Chile estorba de alguna manera
la libertad de sus comunicaciones; vuestra excelencia sabe que ni una ni otra cosa
son verdaderas.
El hecho público, positivo e incontestable, es que el gobierno y el pueblo de
Bolivia están en posesión de la más absoluta libertad e independencia para sus
comunicaciones de todo género. El gobierno y el pueblo de Chile se encuentran en
la misma situación que el gobierno y el pueblo bolivianos. Abrigo la convicción de
que un puerto propio no añadiría nada al comercio ni al poder de Bolivia.
Durante la paz, Bolivia exportará sus productos por los puertos chilenos y
especialmente por Antofagasta y Arica, que serán puntos de término de líneas
férreas y, por consiguiente, puertos francos. Bolivia tendrá en ambos puertos sus
empleados de aduana que dependerán exclusivamente de las autoridades de su
país. Actualmente, funcionan en Antofagasta empleados chilenos y bolivianos en la
aduana de este puerto con verdaderas ventajas para Bolivia y sin tropiezo de
ninguna clase.
Si más tarde intentase Bolivia levantar un empréstito en Europa, dando como
garantía la renta de sus aduanas, no sería, ciertamente, un estorbo para esta
operación financiera el hecho de que las entradas aduaneras de Bolivia, afectas al
pago de aquel empréstito, se cobraran en un puerto chileno, ya que, felizmente, el
crédito de mi país goza generalmente en el mundo de sólida y merecida reputación.
Lo que interesa vivamente a esta nación son los caminos, las líneas férreas,
sobre todo que la pongan en contacto con los puertos chilenos. Fletes baratos,
facilidad de comunicaciones, he aquí lo importante y vital para prosperar durante la
paz. En tiempo de guerra, las fuerzas de Chile se apoderarían del único puerto
boliviano con la misma facilidad con que ocuparon todos los puertos del litoral de
Bolivia en 1879.
Esto no es un vano orgullo, porque sabido es de todos los que conocen los
recursos de mi país que su poder ofensivo se ha centuplicado en los últimos 20
años. Si todo lo dicho más arriba es verdadero, hay que confesar, señor ministro,
que un puerto propio no es indispensable y que su adquisición no aumentaría el
poder de Bolivia en tiempo de paz ni en tiempo de guerra.
Y si el dominio de una angosta faja de terreno y de un puerto que en nada
aumentarían el poder productivo y guerrero de esta nación, es el único obstáculo
que encontramos para firmar un tratado de paz, ¿no es natural que los espíritus
patriotas y bien inspirados dejen a un lado tales pretensiones y busquen otros
caminos para llegar a solución conveniente?
Manteniendo la exigencia de un puerto se va a lo desconocido, se agrava la
situación actual, de suyo precaria y llena de peligros; abandonándola, se facilita el
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acuerdo entre los dos países, se quita el único obstáculo que impide la celebración
del tratado de paz.
En materia tan delicada es preciso juzgar con ánimo sereno y no apasionado,
olvidar ideas preconcebidas y ver las cosas tales como son y no como pudieran ser.
El hombre de Estado debe mirar más allá del día de mañana. Es propio de políticos
vulgares aferrarse a una idea que esté en armonía con el sentimiento público
dominante, porque de esta manera no hay necesidad de observar y estudiar, ni
menos de combatir: basta y sobra con dejarse llevar.
Yo desearía, señor ministro, que un espíritu culto, inteligente y perspicaz como
el de vuestra excelencia abandonara el camino fácil y trillado y entrara a investigar
si conseguir la buena y perpetua amistad de Chile importa para Bolivia mucho más
que una angosta faja de territorio estéril y un puerto enclavado en ella.
Medítese un momento y se llegará a esta conclusión: que la amistad de Chile
puede ser en gran manera provechosa para Bolivia, al par que la tirantez de
relaciones entre ambos países no daría para ella el mismo resultado. Cualquier
espíritu sereno se inclinará a creer que los hombres de Estado de este país no
trepidarán en la elección.
Hace muchos años que mi país desea convertir el pacto de tregua en tratado de
paz, arreglar de una manera definitiva todas sus diferencias con Bolivia. Chile quiere
dedicarse al trabajo con sosiego, sin sobresaltos, y aspira, como es natural, a una
paz honrosa, permanente y que reporte utilidades a ambos pueblos.
Una serie de acontecimientos, muy desagradables algunos, le han hecho ver,
además, que hay absoluta necesidad de terminar cuanto antes todas estas
dificultades de vecindad.
No podemos esperar más. El gobierno y el pueblo de Chile consideran que han
esperado con paciencia. Según nuestro criterio, las bases propuestas por Chile son
equitativas, las únicas compatibles con la situación actual. Sería una verdadera
desgracia que el Congreso boliviano pensara de distinta manera. Es un error muy
esparcido y que se repite diariamente en la prensa y en la calle, el afirmar que Bolivia
tiene derecho de exigir un puerto en compensación de su litoral.
No hay tal cosa. Chile ha ocupado el litoral y se ha apoderado de él con el mismo
título con que Alemania anexó al imperio la Alsacia y la Lorena, con el mismo título
con que los Estados Unidos de la América del Norte han tomado a Puerto Rico.
Nuestros derechos nacen de la victoria, la ley suprema de las naciones.
Que el litoral es rico y que vale muchos millones, eso ya lo sabíamos. Lo
guardamos porque vale; que si nada valiera, no habría interés en su conservación.
Terminada la guerra, la nación vencedora impone sus condiciones y exige el pago
de los gastos ocasionados. Bolivia fue vencida, no tenía con qué pagar y entregó el
litoral.
Esta entrega es indefinida, por tiempo indefinido, así lo dice el pacto de tregua:
fue una entrega absoluta, incondicional, perpetua. En consecuencia, Chile no debe
nada, no está obligado a nadie, mucho menos a la cesión de una zona de terreno y
de un puerto. En consecuencia, también, las bases de paz propuestas y aceptadas
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por mi país y que importan grandes concesiones a Bolivia, deben ser consideradas
no solo como equitativas, sino como generosas.
Es de esperar que los miembros del Congreso, diputados y senadores, que
conocen su país y desean su bienestar, procedan con el espíritu elevado y justiciero
que se necesita para dar término a todas las dificultades pendientes.
Confiando en que al tomarse sobre estos graves asuntos una resolución final,
ella [se inspire], a la vez, en los bien entendidos intereses de Bolivia y en las
benévolas disposiciones de Chile. Me es particularmente grato, señor ministro, dejar
aquí constancia de la cordialidad en que se han inspirado las negociaciones que he
tenido el honor de gestionar con vuestra excelencia y del elevado espíritu con que
han sido sostenidas las discusiones a que ellas han dado lugar.
Aprovecho esta oportunidad de renovar a vuestra excelencia los sentimientos
de mi más alta y distinguida consideración y especial aprecio.
Abraham König

La respuesta de Bolivia a Chile a la anterior carta


De Eliodoro Villazón a Abraham König

La Paz, 15 de octubre de 1900


Al excelentísimo Abraham König, enviado extraordinario y ministro
plenipotenciario de la república de Chile. Señor ministro:
He tenido la honra de recibir su muy importante nota del 13 de agosto último, en
la que vuestra excelencia se sirve explicar las bases de paz entre Bolivia y Chile,
aceptadas por su gobierno. Habiendo informado de estas bases y negociaciones al
Congreso, vuestra excelencia ha creído útil pasarme un memorándum de las
razones que la justifican, para que los representantes del pueblo tengan cabal
conocimiento de su sentido y ventajas.
Accediendo con el mayor agrado a la insinuación de vuestra excelencia, dicha
nota la he sometido a la apreciación del Congreso.
Aquí debiera haber terminado mi respuesta, pero como vuestra excelencia ha
impugnado invariablemente los motivos en que mi gobierno se apoyó para insistir
en que se conceda a Bolivia un puerto y una zona de territorio sobre el Pacífico, de
mi parte, creo llenar también con un deber indeclinable, exponiendo en esta ocasión
las razones que justifican esta legítima exigencia.
Estamos de acuerdo en que esta base es la única dificultad que impide un
arreglo entre ambas repúblicas. Extraña, vuestra excelencia, que, en cambio, no
hubiese tomado en cuenta la oferta de seis millones de pesos destinados a la
construcción de un ferrocarril, suma que su gobierno estaría dispuesto a aumentar
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si se aceptasen sus proposiciones. Extraña, igualmente, que tampoco hubiese
mencionado la concesión de un puerto franco, enteramente favorable al comercio
de Bolivia.
Estas condiciones han sido tomadas en cuenta con la sola circunstancia de que,
en su lugar, se ha puesto una zona de territorio y un puerto de los conocidos en la
actualidad, cuyo valor, más o menos, sería equivalente. Así, mi gobierno, en vez de
dinero y puerto franco, optó por un puerto propio en el Pacífico porque comprendía
que un puerto le proporciona a Bolivia inapreciables ventajas, superiores a toda
indemnización pecuniaria por crecida que ella fuese.
En lo sustancial de la nota, permítame manifestar mi juicio acerca de las bases
propuestas por vuestra excelencia con el calificativo de “grandes concesiones”.
Diferimos de criterio: estas grandes concesiones son para mí restitución y
reconocimiento de derechos, de los que fue privada Bolivia por la fuerza.
Efectivamente, en el pacto de tregua se impuso a Bolivia la obligación de aceptar
la importación de productos naturales y manufacturados en Chile, libres de
derechos, en cambio de una reciprocidad nominal, porque Bolivia apenas tiene
productos que llevar al mercado de Chile. Esta cláusula fue aceptada en 1884 por
el imperio de las circunstancias y para evitar mayores males consiguientes a la
guerra. No hay ejemplo de país vencedor que después de la victoria hubiese hecho
imposición absoluta; y todo tratado de paz, si no salvó los derechos aduaneros del
vencido, por lo menos fijó un plazo para el periodo y goce de las franquicias.
Una imposición de este género no establece los derechos perfectos, porque la
autoridad inherente al soberano, de arreglar las relaciones comerciales, es un
jusmerae facultatis [sic] que no se prescribe por el no uso. Por consiguiente, la
cláusula de la cancelación de las franquicias comerciales es la restitución de un
derecho del que se le privó a Bolivia, y no una gran concesión. Y si hubo
reciprocidad con la cancelación de las franquicias, cada Estado habría rescindido
sus derechos y su libertad con ventajas idénticas.
Tampoco es una concesión para Bolivia lo que vuestra excelencia llama puerto
franco, si ha de entenderse, como entiende mi gobierno, el derecho de transitar por
territorios y puertos ajenos. Según el derecho internacional, es una servidumbre que
no admite controversia y los Estados mediterráneos tienen el derecho de transitar
por el territorio, puertos y ríos navegables de los vecinos, por cuanto que esta
servidumbre es indispensable y de ventajas mutuas.
La obligación que se impone Chile de pagar los créditos que gravan el litoral
boliviano y que más o menos asciende a 4.000.000 de pesos cotizables con rebaja,
en rigor tampoco significa una concesión. Quedándose con el litoral que es territorio
gravado y percibiendo sus rentas que alcanzan a 7.500.000 pesos anuales, le
corresponde pagar por estos créditos en conformidad con los principios del derecho
internacional.
De modo que, en claros términos, la propuesta de vuestra excelencia quedaría
reducida a la siguiente:
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1.º A pagar a los acreedores chilenos de las empresas de Huanchaca, Corocoro y
Oruro y el saldo del empréstito levantado en Chile en 1867, cuyo total alcanza
a 5.300.000 pesos, también cotizables.
2.º A entregar a Bolivia 6.000.000 de pesos, que al cambio del día equivalen a
4.636.353 bolivianos, suma que se aplicaría a la construcción de un ferrocarril.
De parte de Bolivia, la primera cláusula sería igual y, la segunda, quedaría
sustituida con una zona territorial que contenga un puerto.
La discusión, señor ministro, se concretaría dentro de estas condiciones
precisas, advirtiéndose que tanto la suma que se pagase a los acreedores chilenos
y la que se invirtiese en el ferrocarril de la costa, cederían indirectamente en
provecho de Chile, por ser capitales colocados en Chile y en poder de acreedores
chilenos.
Vuestra excelencia tiene la idea de que solamente, en obedecimiento a
opiniones de otro tiempo, se ha consignado entre las bases propuestas por esta
cancillería la aspiración del pueblo boliviano de poseer a perpetuidad una zona de
territorio sobre el Pacífico, y se esfuerza en demostrar, con tal motivo, que no existen
ni ese puerto ni ese territorio, por cuanto que, los que posee Chile en la costa los
necesita, y cualquier concesión comprometería la continuidad del territorio chileno.
La respuesta es muy sencilla: Bolivia esperará que Chile defina sus derechos
territoriales, concluyendo sus arreglos con la república del Perú y, cuando sean
conocidas sus fronteras por ese lado, transferirá a Bolivia el último puerto que quede
al norte y la zona necesaria para el tránsito a Bolivia. Esta cesión no comprometerá
familias chilenas ni la continuidad del territorio chileno.
Esta cláusula se ha consignado no solo en obedecimiento a opiniones antiguas,
sino también a las que se han mantenido invariablemente entre ambas cancillerías
por común inteligencia.
Es evidente que en las conferencias que precedieron al Pacto de Tregua de
1884 se convino en que una salida al Pacífico, que produjera la solución de
continuidad en el territorio chileno, sería inaceptable por su propia naturaleza, pero
se salvó tácitamente para estipulaciones futuras la cesión de una zona de territorio,
ubicada en la extremidad norte de las posesiones de Chile. Por esta consideración,
se celebró un Pacto de Tregua en lugar de un tratado definitivo de paz. Desde
entonces la cancillería de Chile ha mantenido a Bolivia con la esperanza de adquirir
un puerto. Podría citar muchos documentos, si no fuera tarea larga, [pero] me
limitaré solamente a los últimos años.
Cuando en el año 1895 se quiso arreglar amistosamente las cuestiones
emergentes de la Guerra del Pacífico, territoriales, comerciales y de indemnización,
los tratados respectivos no fueron propuestos por Bolivia. Ellos se redactaron en
Chile por la cancillería chilena y Bolivia se limitó a aceptarlos. Entonces se estipuló,
por tratado reservado de 18 de mayo de 1895, entre el ministro de Relaciones
Exteriores, señor Luis Barros Borgoño, y nuestro plenipotenciario don Heriberto
Gutiérrez, que si la república de Chile adquiría el dominio permanente de los
territorios de Tacna y Arica, los transferiría en iguales condiciones a Bolivia; en su
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defecto, se obligó a entregar la caleta Vítor u otras análogas con más cinco millones
de pesos.
Diez días después se celebró otro protocolo entre los mismos negociadores, y
se convino en él, que entrando en los propósitos de las altas contratantes, asegurara
a Bolivia puerto en el Pacífico de condiciones suficientes y apropiadas para
responder a las necesidades del comercio exterior de esta república; era entendido
que ambos gobiernos propenderían a la adquisición de los territorios de Tacna y
Arica, y el señor ministro de Relaciones Exteriores de Chile expuso de su parte que
trataría en primer término de obtener la solución prevista por el artículo primero y
que las estipulaciones del artículo cuarto se referirían al caso eventual de que Chile
no adquiriese los territorios de Tacna y Arica por arreglos directos o a virtud del
plebiscito.
En el protocolo de 9 de diciembre de 1895, celebrado entre el plenipotenciario
de Chile, don Juan Gonzalo Matta y el ministro de Relaciones Exteriores de Bolivia,
aquellas estipulaciones fueron confirmadas en la única circunstancia de que todos
los tratados concluidos entre Bolivia y Chile se hizo un todo indivisible; y en lugar de
la caleta de Vítor se habló de un puerto que satisfaga ampliamente las necesidades
del comercio de Bolivia. Que estas fueron exigencias de Bolivia no es el momento
de discutir, pero es el hecho que las aceptó el representante de Chile y se
consignaron en pacto solemne.
Lo que debe llamar la atención de vuestra excelencia es que el día 30 de abril
de 1896, un año después, el gobierno de Chile aprobó, por protocolo especial, el
que acabo de mencionar, con las siguientes aclaraciones:
• Que por “caleta capaz de satisfacer las necesidades de comercio” se entendería
la que tenga fondeadero para naves mercantes, terrenos para construir edificios
fiscales y establecer una población.
• Que el gobierno de Chile se obliga a solicitar de las Cámaras la aprobación de
estas convenciones.
Estas ya no eran de modo alguno exigencias de Bolivia; el protocolo se firmaba
en Santiago y las aclaraciones fueron propuestas por el ministro de Relaciones
Exteriores de Chile, don Adolfo Guerrero.
Después de un año de madura reflexión, el gobierno de Chile ratificaba los
protocolos con la notable circunstancia de que se obligaba a transformar la caleta
en un verdadero puerto con un gasto que representaría algunos millones.
En lugar de solicitarse la aprobación legislativa de estos pactos en Chile, fueron
abandonados y olvidados, y poco a poco quedaron relegados al pasado, cual si no
hubiesen existido.
Algunos años después, en febrero de 1898, se celebraron en Santiago nuevas
conferencias oficiosas entre los señores Joaquín Walker Martínez, José Paravicini
y el ministro de Bolivia, don Emeterio Cano. Entonces se propuso, de parte de Chile
y entre otras bases, la de que su gobierno sustituiría al de Bolivia en la garantía del
ferrocarril de
Uyuni y Oruro, y garantizaría el servicio de intereses de capital que se emplease en
prolongar este mismo ferrocarril hasta La Paz o puerto Ballivián.
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De parte de Bolivia fueron varias las proposiciones y por su nove-dad merecen
llamar la atención las siguientes:
• Que Chile se haría cargo de la garantía del ferrocarril de Uyuni a Oruro.
• Que entregaría 25.000.000 pesos aplicables a la construcción de ferrocarriles.
• Otra proposición reducía esta suma a 20.000.000 pesos.
• Otra, en fin, a 600.000 pesos anuales durante 20 años.

En todas las propuestas era común la base de que Chile se haría cargo de los
créditos que gravaban el litoral y los reconocimientos a favor de las empresas
mineras por indemnización.
Estas tentativas quedaron sin efecto porque no se arribó a ningún acuerdo y el
gobierno de Bolivia, informado, las desautorizó.
Estas últimas conferencias no tienen ciertamente ninguna importancia oficial y
si las traigo a consideración es para poner a la vista la conducta lógica de Bolivia y
para justificar las comparaciones y conclusiones que haré más adelante, poniendo
en claro que las bases nuevas no son mejores que las anteriores.
¿Por qué el gobierno de Chile ha abandonado los primeros pactos sin haber
expuesto oficialmente una sola palabra a Bolivia, de tan grave y súbita
determinación? Vuestra excelencia es del parecer que fue por el protocolo de 9 de
diciembre de 1895 que contenía exigencias bolivianas de última hora.
Siento infinito no estar conforme con esta apreciación. El gobierno de Chile
aprobó este protocolo por otro posterior el 30 de abril de 1896. Lo que quiere decir
que no debió ser esta la causa.
Tampoco debió ser la exigencia de un puerto que satisfaga ampliamente las
necesidades comerciales de Bolivia. Esta condición fue aplicada en términos
precisos en el protocolo que acabo de citar y Bolivia aceptó esta explicación. Hubo
pleno acuerdo en este punto entre ambas cancillerías.
Finalmente, la conducta del negociador chileno fue aprobada y esto basta para
afirmar que el protocolo, tantas veces citado, no ha entrado para
Tampoco estoy conforme con el argumento de vuestra excelencia de que el
tratado de transferencia de territorios, de 18 de mayo de 1895, era condicional,
dependiente de la ejecución del plebiscito estipulado en el Tratado de Ancón y que,
no siendo imputable a la falta de cumplimiento de esta condición a Chile, aquel
tratado debía quedar sin efecto por haber sido un pacto prematuro, “muerto antes
de nacer”, siendo, por consiguiente, la situación jurídica de hoy la misma que la del
año 1884.
En la hipótesis de que todo esto fuese evidente, la caducidad del tratado no
debiera depender de la exclusiva voluntad de una sola de las partes; era menester
que precediera una convicción que hubiese establecido que la falta de cumplimiento
de aquella condición no era imputable al gobierno de Chile.
En el fondo diferimos, señor ministro, sustancial y radicalmente, en la
apreciación de los hechos. Aquellos pactos fueron celebrados con espíritu serio,
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procediendo Chile, como vuestra excelencia dice, “con extremada generosidad al
ceder lo más rico de las provincias de Tacna y Arica”.
Eran tratados obligatorios, concluidos con sujeción a las reglas del Derecho
Internacional y no pactos prematuros muertos antes de nacer. De otro modo, no se
comprendería aquella “extremada generosidad de Chile”.
Los tratados condicionales están permitidos en derechos y, en el caso concreto,
habiéndose estipulado que de la ejecución del plebiscito dependería la transferencia
de Tacna y Arica u otra caleta con fondeadero para naves mercantes; lo correcto
era esperar que esa condición se cumpliera. Bolivia, ahora como entonces, estaba
dispuesta a esperar la realización del plebiscito y sus consecuencias.
Que el plebiscito se realizará no cabe duda, puesto que está estipulado en el
pacto de Ancón y el Perú lo exige. Y si como vuestra excelencia asegura en su nota,
el éxito tiene que ser necesariamente favorable para Chile, razón demás para que
aquellos protocolos se hubiesen mantenido en todo vigor, puesto que la previsión
principal tiene que realizarse a satisfacción de Chile.
Todavía me atrevería a afirmar que el no cumplimiento del plebiscito es
imputable a la cancillería de Chile, puesto que se resiste a la exigencia del Perú que
no pide otra cosa que se proceda al plebiscito sin pérdida de tiempo, en ejecución
del protocolo Billinghurts-Latorre.
Por manera que, señor ministro, y esto es lo incuestionable, la falta de
cumplimiento de la condición, lejos de ser un motivo para la caducidad de los
tratados, lo es para su vigencia y ejecución.
Pero para qué cansarse de discutir ese punto; cierto es que, como vuestra
excelencia hace constar, el poder ofensivo de Chile “[se] ha centuplicado” y, para
hablar con la claridad que exigen a veces los negocios internacionales, Bolivia no
debe contar con la transferencia de los territorios de Tacna y Arica, aunque el
plebiscito sea favorable a Chile, porque el pueblo chileno, con una uniformidad que
no se ve de ordinario, ha manifestado su voluntad de conservar esos territorios.
En concepto de vuestra excelencia, Bolivia no tiene necesidad imprescindible
de un puerto y teniendo comunicación actualmente con los puertos poseídos por
Chile, una estrecha faja de territorio no le es necesaria e indispensable o, más claro,
mejor se estaría con las condiciones geográficas presentes.
La falta de necesidad imprescindible, señor ministro, no es una razón para negar
un derecho o desconocer una demanda o exigencia legítima. Y si lo fuese, sería un
argumento contra Chile. Esta república tiene una extensa costa y muchos puertos y
no es imprescindible que [los] conserve todos, y muchos son acaso de más
inhabitados y desiertos; puede, pues, dejar para Bolivia uno de ellos sin menoscabo
alguno de sus intereses.
Nunca mi gobierno pensó que se desconocieran la utilidad y ventajas de la
posesión de un puerto. Este hecho fue reconocido, no ha mucho, por el gobierno y
pueblo chileno. Por eso creyó de más entrar en demostraciones sobre un punto que
no admite contradicción.
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Que un puerto sobre el océano sea útil para una nación es en verdad de
evidencia incontestable. En América todos los Estados están dotados de una costa
más o menos extensa; la única excepción es el Paraguay que, en cambio, posee un
río navegable que le permite comunicar libremente con el mundo civilizado.
En Europa se puede citar otra excepción, la Suiza, lo que la ha sometido a una
situación política especial garantizada por los Estados que la rodean.
Hay, pues, un derecho por encima de todas las convenciones que asigna a toda
nación por lo menos una pequeña costa para sus relaciones políticas y comerciales.
Contra este derecho, Chile pretende adjudicarse la costa perteneciente a
Bolivia, excluyéndola del océano y condenándola a un aislamiento excepcional en
América. Esta sola consideración ya sería bastante para que las proposiciones de
vuestra excelencia no fueran equitativas.
Ya que vuestra excelencia pone en duda las ventajas de un puerto porque,
probablemente, poseyendo Chile numerosos no se tiene allí idea de esta necesidad,
consignaré a continuación, aunque muy someramente, algunas de estas ventajas.
Un puerto es indispensable para Bolivia:

1.º Para su comunicación comercial y política, libre e independiente, con el mundo


civilizado.
2.º Para el mejor arreglo de sus aduanas sin las trabas de las guías ni tornaguías y
demás reglamentos que imponen las naciones vecinas cuando solamente se
goza del derecho de tránsito.
3.º Para modificar sus relaciones comerciales y aduaneras con los Estados vecinos,
apoyándose en la independencia que le daría un puerto.
4.º Para fundar y levantar un crédito, haciendo conocer sus importaciones y
ofreciendo con sus aduanas una garantía segura a sus acreedores.
5.º Para no depender directa ni indirectamente de la voluntad de otro Estado.

No consignaré el mayor poder y la importancia internacional que adquiriría


Bolivia poseyendo un puerto.
Estas son verdades que un espíritu tan ilustrado como el de vuestra excelencia
no puede desconocer.
Vuestra excelencia es de opinión que el hecho público positivo e incontestable
es que el gobierno y el pueblo de Bolivia están en la más absoluta libertad e
independencia para sus comunicaciones de todo género, y que un puerto propio no
es indispensable y que su adquisición no aumentaría el poder de Bolivia, ni en
tiempo de paz ni en tiempo de guerra.
Permítame, señor ministro, manifestarle que esta aserción está contradicha por
la realidad. La situación comercial de Bolivia es excepcional.
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Por todas sus fronteras y en todas direcciones [Bolivia] tiene el derecho de
tránsito sujeto a restricciones y formalidades reglamentarias en cambio de
concesiones que tiene hechas para el uso y el goce de esta servidumbre.
Puertos hay donde tiene que subordinarse en lo absoluto al arancel extranjero,
limitándose a percibir, por derechos de aduana, una cuota proporcional. De esta
manera, su comercio de importación y exportación lo mantiene en lucha angustiosa
[…] a través de inconvenientes y dificultades de todo género.
La decadencia de Bolivia y su atraso en el camino del progreso se debe, en gran
parte, a la única causa de no haber tenido amplia y libre comunicación con el mundo
civilizado, ora por los obstáculos enunciados, ora en su situación geográfica.
Aun en la época en la que se hallaba en posesión de su litoral, a causa del
extenso desierto que la separaba hasta la costa, tuvo que buscar otras vías de
tránsito, celebrando tratados y haciendo concesiones de todo género. Puedo citar
las siguientes:
• El haber reconocido derechos de tránsito para mercadería de ultramar, desde
el 3 al 20% y para artículos determinados el 15%.
• El haberse obligado a no levantar de cierto nivel las tarifas en las aduana de
Cobija.
• El haber aceptado el régimen de aduanas extranjeras en lo absoluto,
limitándose a recibir una subvención.
• El haber aceptado, invariablemente, la libre importación de los productos
naturales y manufacturados de los Estados vecinos.
Y todo esto, señor ministro, sin contar con las dificultades en el tránsito y en los
despachos, vejámenes y decomisos para el comercio.
Toda la historia de Bolivia, desde su Independencia, todas las dificultades
internacionales, han provenido de la única causa de no haber tenido libre e
independiente comunicación.
El tratado celebrado en los primeros días de su Independencia para la
adquisición de la provincia de Tarapacá, el de Confederación celebrado más tarde
con el Perú y las guerras consiguientes no obedecieron a otro fin que el de agregar
a Bolivia una costa suficiente en el Pacífico y, por consiguiente, a proporcionarle la
anhelada Independencia comercial.
He aquí la dolorosa y triste experiencia que se trata de rematar con la exclusión
a Bolivia del Pacífico y su clausura definitiva dentro de sus montañas.
Dados estos antecedentes, el libre tránsito que ofrece vuestra excelencia bajo
la denominación de puertos francos y de facilidades comerciales aduaneras, no
puede considerarse jamás como una comunicación libre e independiente. Es más
bien una servidumbre que se acuerda en conformidad con el derecho internacional
a un país vencido y débil para que no muera de asfixia, y una servidumbre con todos
los inconvenientes de los reglamentos y restricciones que el soberano tiene derecho
a imponer.
Según el parecer de vuestra excelencia, “las bases propuestas por Chile son
equitativas, las únicas compatibles con la situación actual, siendo un error el afirmar
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que Bolivia tenga derecho de exigir un puerto en cambio de su litoral, importando
poco que este litoral sea rico y valga muchos millones. Terminada la guerra, la
nación vencedora impuso las condiciones: Bolivia, vencida, tuvo que entregar su
litoral. En consecuencia, Chile no debe nada porque no está obligada a nada: la
entrega del litoral fue absoluta, incondicional y perpetua. En consecuencia, también,
las bases propuestas y aceptadas por su país y que importan grandes concesiones
a Bolivia deben ser consideradas no solo como equitativas sino como generosas.
Chile se ha apropiado del litoral con el mismo título que la Alemania de Alsacia y de
Lorena, con el mismo título con que los Estados Unidos de la América del Norte de
Puerto Rico por el derecho de la victoria, la ley suprema de las naciones”.
Lamento sinceramente no estar tampoco de acuerdo con vuestra excelencia en
estas conclusiones.
La entrega del litoral no ha sido absoluta, incondicional y perpetua. Si así hubiera
sido, vuestra excelencia no estaría empeñado en estas negociaciones, a las que les
ha dado el carácter de apremiantes e inaplazables. Aquella entrega ha sido
indefinida, en usufructo para que Chile aproveche de las rentas como indemnización
de guerra. El artículo segundo del pacto de tregua establece que solo durante su
vigencia debiera poseer y gobernar Chile el litoral.
No ha habido, pues, cesión absoluta de propiedad y, no habiéndola, la cesión
que exige Chile debiera ser materia de nuevas negociaciones y estipulaciones, y de
ella se trata en la actualidad; por consiguiente es legítimo comparar las bases y
apreciar la equidad de ellas.
Con este fin he traído a consideración el valor del litoral para poner de relieve
que, en cambio de ese valor, se pedía una faja de territorio que representaba a lo
sumo la vigésima parte.
El litoral de Bolivia, señor ministro, es muy rico por su valor intrínseco y por sus
rentas, y es de justicia poner a la vista este dato para que los representantes de
Chile se muestren equitativos en esas condiciones que las llama generosas.
El litoral boliviano comprende una superficie de 158.000 kilómetros cuadrados,
con una población de 32.000 habitantes. Contiene cuatro puertos: Tocopilla,
Antofagasta, Cobija y Mejillones, y siete caletas: Gatico, Guanillos, Michilla, Tames,
Gualaguala, Cobre y Paquica.
Sus rentas fiscales y municipales alcanzaron el año pasado a 7.500.000 pesos.
Contiene abundantes riquezas minerales de plata, oro, cobre, bórax, azufre,
salitre y sal.
Las salitreras del Toco son bien extensas y ellas solas producen al fisco la renta
anual de 5.545.000 pesos.
Existen otras salitreras con ley de 70 a 40% en las regiones de la Joya, orillas
del río Loa y otros parajes; y por recientes investigaciones y estudios se calcula que
comprenden una superficie de 190 kilómetros cuadrados.
Todas estas salitreras se explotarán con el tiempo, y en pocos años más la renta
del litoral boliviano pasará de 10.000.000 de pesos anuales.
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Las propiedades industriales y urbanas, ubicadas dentro [de] este territorio,
están valuadas hoy mismo en 40 millones.
No es aventurado, por consiguiente, asegurar que el litoral boliviano con estas
riquezas representa por, al menos, un valor de 100 millones.
También hay que traer en cuenta que, en los 20 años que Chile ha poseído
aquel litoral desde el Pacto de Tregua, ha percibido por lo me-nos 100 millones.
Durante ese mismo tiempo sus productos naturales y manufacturados [ingresaron]
a Bolivia libres de derechos aduaneros, aprovechando las ventajas consiguientes a
estas franquicias.
A cambio de estas concesiones y de estos valores, ¿cuáles han sido las
exigencias de Bolivia?
Una faja de territorio con un puerto que equivale a lo sumo a la vigésima parte
de lo que cede y la obligación de Chile de pagar los créditos que gravan aquel litoral
y los reconocidos a favor de empresas mineras chilenas perjudicadas por el
secuestro bélico de 1879, pago que directamente cederá en beneficio de Chile
porque todos los acreedores son chilenos y tienen domicilio en Chile.
He aquí probada hasta la última evidencia la generosidad de Bolivia, ya que
vuestra excelencia emplea, con esa palabra, los sacrificios que hace para obtener
la paz. Vuestra excelencia no puede, no tiene motivos fundados para calificar la
conducta de Bolivia de refractaria a las soluciones pacíficas por causa de
exageradas pretensiones.
No me detendré sobre las declaraciones que vuestra excelencia ha creído
conveniente consignar en el oficio a que contesto y, según las cuales, la victoria
sería la ley suprema de las naciones. Si bien vuestra excelencia, de esta manera,
ha comprometido a nombre de su gobierno principios de derecho público que hasta
ahora fueron universalmente admitidos, también es oportuno recordar que esos
principios han sido nuevamente sancionados por las más grandes potencias en el
último Congreso Internacional reunido en La Haya, las cuales, a pesar de las fuerzas
militares de que disponen, han perseguido en sus memorables conferencias fines
altamente humanitarios, tratando de prevenir los inmensos males de la guerras y de
asegurar el imperio del derecho y la justicia.
Tampoco es fuera de propósito recordar las declaraciones del Congreso
Americano de 18 de abril de 1890 contra la conquista y las cesiones territoriales
bajo la amenaza de la guerra o la presión de la fuerza armada, y la notable conducta
de las potencias europeas cuan-do, al mediar en la última guerra entre Turquía y la
Grecia, hicieron prevalecer la idea de que la indemnización no debería ser ilimitada,
sino proporcional a la capacidad financiera del vencido.
Ante estos antecedentes autorizados por el concurso de las primeras naciones
militares, permítame vuestra excelencia expresar, con profundo sentimiento, que un
exagerado celo patriótico ha podido influir en su ánimo para negar estos principios
al país que tengo el honor de representar.
“Hace muchos años que mi país desea convertir el pacto de tregua en tratado
de paz, arreglar de una manera definitiva todas sus diferencias con Bolivia. Chile
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quiere dedicarse al trabajo con sosiego, sin sobresaltos, y aspira, como es natural,
a una paz honrosa, permanente y que reporte utilidades a ambos pueblos”.
Cualquiera que leyese estos renglones pensaría que Bolivia se ha resistido al
arreglo de aquellas diferencias. No es exacto el cargo.
El pacto de tregua es ominoso y oneroso exclusivamente para Bolivia y, por lo
mismo, está en sus intereses bien entendidos definir la actual situación. Con esta
mira ha propuesto bases en varias ocasiones; unas veces ellas han sido rechazadas
no por otra razón que por haber variado el pueblo chileno en sus aspiraciones: otras
veces, celebrados los tratados, el pueblo y Congreso bolivianos los aprobaron,
mientras que Chile los ha abandonado por propia voluntad.
Los 20 años transcurridos en negociaciones estériles se deben a la política de
Chile, nación fuerte, armada constantemente en guerra y, por igual circunstancia,
único agente de los hechos y responsable de los acontecimientos.
Aunque a juicio de vuestra excelencia es propio de políticos vulgares aferrarse
a una línea de armonía con el sentimiento público dominante, deberé dejar
constancia, contestando a este punto que en Bolivia los políticos se inspiraron
siempre en el mínimum de las concesiones que el vencedor podría otorgar, y
conformándose en más de los casos con las proposiciones proyectadas y escritas
por la misma cancillería chilena.
Es en Chile que el sentimiento público ha variado y con él la conducta de sus
políticos, siendo, según la propia expresión de vuestra excelencia, digno tema de
meditación para los hombres de Estado de Bolivia investigar por qué un pueblo
sesudo y justiciero, como el pueblo chileno, tiene sobre Tacna y Arica ideas muy
distintas de las que manifestó públicamente en mayo de 1895.
Como quiera que sea, mi país, señor ministro, anhela sinceramente la paz y en
esta vía ha dado numerosas pruebas, y el tenor, la forma de este mismo documento
y la exquisita cortesía desplegada por esta cancillería, son una prueba más al frente
de la nota de vuestra excelencia.
Habiendo cambiado Chile súbitamente las antiguas bases por otras nuevas e
inesperadas, mi país tiene necesidad de reflexionar. Las cuestiones de Bolivia con
Chile son complejas y difíciles y comprenden territorios, fronteras, comercio,
aduanas e indemnizaciones, y no es la primera impresión que deban y puedan ser
arregladas definitivamente.
Bolivia, por débil que sea, es una nación independiente y soberana al nivel de
las otras y, en las negociaciones, tiene derecho a proceder consultando
tranquilamente sus conveniencias. No aceptaría la imposición de cualquier forma
que ella viniese y, antes bien, en condiciones semejantes, sería de su dignidad
aplazar toda gestión diplomática.

El pacto de tregua de 4 de abril de 1884 puso fin al estado de guerra y fijó las
relaciones políticas, comerciales y aduaneras de ambos Estados. En la realidad ha
sido un tratado de paz por mucho que se ha hecho mención de volver a las
hostilidades, sin otra formalidad que el desahucio anticipado de un año.
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La modificación de las cláusulas de este pacto debe ser materia de


negociaciones conducidas con libre y amplia deliberación, en ejecución del artículo
séptimo, que establece que al celebrar el pacto de tregua, el propósito de las partes
contratantes era preparar y facilitar el ajuste de una paz sólida y estable,
comprometiéndose recíprocamente a proseguir las negociaciones conducentes a
este fin. Si por desgracia no se llegase a un nuevo tratado, quedaría vigente aquel
pacto mientras se presente la oportunidad de celebrar otro definitivo.

Dentro de estas convicciones, el congreso boliviano considera las bases


propuestas por ambas cancillerías, sin perder de vista las afirmaciones categóricas
de vuestra excelencia de que el gobierno y pueblo chilenos tienen el propósito,
irrevocable, de conservar la posesión y dominio de los territorios que actualmente
ocupan.
En la seguridad de que las presentes negociaciones continuarán
desarrollándose en términos pacíficos y cordiales, en obsequio de los altos y
delicados intereses que ellos comprometen, me es satisfactorio aprovechar esta
nueva oportunidad para ofrecer a vuestra excelencia mis más altas y distinguidas
consideraciones.
Eliodoro Villazón

Ultimátum del gobierno brasileño De Antonio Barba al presidente José


Manuel Pando

Marzo 27 de 1903
Al señor José Manuel Pando, presidente titular de la república y capitán
general del Ejército en campaña. Ribera Alta.
Excelentísimo señor:
El día de hoy he recibido del supremo gobierno el siguiente telegrama.
“Telégrafos del Estado. Recibido en Santa Cruz el 27 de marzo de 1903. De La
Paz a horas 12 del 24. A prefecto. Santa Cruz. Sírvase transmitir al señor capitán
general José Manuel Pando, a Ribera Alta o donde se encuentre, con el expreso
que enviará usted inmediatamente el siguiente telegrama. General Pando. Día 21
de marzo firmóse protocolo estableciendo modus vivendi para cuatro meses, bajo
siguientes bases:
”Primero. Brasil ocupará y administrará territorio al oriente del Yacú, al norte
paralelo 10 grados 20 minutos y hará policía entre Yacú y Purús.
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”Segundo. Destacamento fuerzas ocuparán río Acre con avanzadas hasta Iquiri,
fuerzas bolivianas quedarán río Orthon con avanzadas hasta Abuná.
”Tercero. Brasil contribuirá aduana en Acre, dando a Bolivia 50% de la renta que
produzca la zona al sud paralelo 10º-20º.
”Cuarto. Si en cuatro meses no se llegare acuerdo directo cuestión, será
sometido a arbitraje. Cumplido dicho plazo fuerzas brasileñas se retirarán al norte,
paralelo 10º20’.
”Háyenos dirigido cintacue paves lisos sopa ropaje enjuto veloce exuda novarta
jabato pateras ahogo otorgas evacue vejote evacue oidease nigue evacue toparás
duda dosemita. Incluid colas evacue la paz desman plebea evacue limar tarines
cargas exuden otorgas treceretiras quejas intensa hayenos nutrido rodada bunio
glacea evacue retaba muran tea quejas morón palpito dudado ahogo billares puta
lendaba zizas placear chiotas violas hayenos indoles acusen vequera rodaron
evacue nutrido gorrero pujante zampa tupido quejas ropaje veloces untabas rabeo
hayenos roburia glasé, evacue nutrido balden ropaje tarines rodana hayenos robaría
glase evacue ondease, argayo murar han habado ludaba tuteo engrama evacue
ropaje vequera visaya laboro abada robora toparás reseda algara huía paridas pieri
ropaje hayenos inginaces Capriles”.
Que me es honroso transcribir a usted suscribiéndome con altas
consideraciones y respetos, su muy obsecuente.

Seguro servidor

Antonio V. Barba

Las “bases chilenas” para seducir a Bolivia


De Luis Salinas Vega a Alberto Gutiérrez*

Berlín, 27 de noviembre de 1911


Muy estimado amigo:

El recorte que me manda usted, y que se lo agradezco, se refiere al acto crítico


y decisivo de mi vida, el que ha impreso rumbo a mi existencia [y que] ha dado lugar
a que me muerdan y despedacen y me ha cortado las alas para volar.
Hace tiempo que yo he hecho luz sobre este asunto, primero en el opúsculo “Mi
defensa”, que publiqué cuando me cerraron las puertas de la Convención y después
en el alegato que el doctor Ismael Montes presentó a mi favor en el Congreso de
1893, cuando la acusación contra Daza y Reyes Ortiz. Ahora tengo que decirle
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sincera y lealmente que lo dicho en el recorte que me remite usted es exacto en el
fondo, si bien en los detalles falta algo de verdad.
Santa María propiamente no me buscó, pero aprovechó de mí y de mi viaje a
Bolivia que yo realizaba sin otro propósito que el de repatriarme en ese momento
de guerra para realizar o, mejor dicho, tentar la realización de un proyecto que todos
acariciaban en Chile: la separación de Bolivia del Perú y el cambio del litoral por
Tacna y Arica.
En abril de 1879 todo el mundo, y especialmente los hombres dirigentes, sentían
la necesidad de atraer a Bolivia y rectificar su frontera con la adquisición de Tacna
y Arica. Confieso que a mí me seducía este plan y que siempre he creído que Tacna
y Arica eran indispensables para la vida de Bolivia.
Por eso, cuando vi desarrollarse el proyecto y Santa María me propuso
transmitirlo a Daza, yo lo acepté con entusiasmo, creyendo hacer obra patriótica y
trascendental.
Yo no recibí notas ni comunicaciones de Santa María para Daza. Solo recibí el
encargo verbal de hacer saber a Daza que en Chile había buena disposición para
un arreglo con Bolivia mediante la cesión de Tacna y Arica.
Pero yo no fui tampoco a “tentar” a Daza, y solo me limité a decirle, cuando él
me mandó buscar a la casa en que me alojé en Tacna, la de don Manuel Granier,
que en Chile había buena disposición para un arreglo con Bolivia; que así me lo
había dicho el alma de ese gobierno
[…] Domingo Santa María, y que habría posibilidad de entenderse fácilmente con
él si el gobierno de Bolivia se mostraba de algún modo dispuesto a oír [las]
proposiciones de Chile.
Debo decirle que, en ese momento, Daza y todos los bolivianos se encontraban
sumamente descorazonados, desilusionados y hasta heridos por el modo como se
les había recibido en Tacna, en donde habían podido también ver que el Perú no
estaba preparado para la guerra y carecía de elementos.
Y aquí debo declarar que encontré a Daza con ideas muy levantadas, lleno de
espíritu patriótico, ansioso de gloria y con profundo desprecio por el Perú. Mostróse
desinteresado, previsor, pero muy desconfiado con respecto a los procedimientos
de Chile, de los que ya tenía el conocimiento por las cartas de Justiniano Sotomayor
que Reyes Ortiz, Farfán y otros peruanófilos habían hecho publicar por la prensa,
creyendo dañar a Chile y hacerse valer ante el Perú. Daza, meditando, y con esa
rapidez de concepción de los hombres enérgicos, me preguntó cómo podría hacer
para entenderse con Chile.
Le contesté que Chile podría mandar un emisario, secreto o público, siempre
que supiese que él le respetaría y agregué que, a mi juicio, ese emisario podría ser
don Eusebio Lillo. Me preguntó quién era Lillo y muy sorprendido yo de que no le
conociera, pues Lillo había estado varias veces en Bolivia, le dije que era un poeta
muy celebrado y con grandes relaciones en Bolivia. Manifestó cierto desagrado,
diciendo: “Estos escritores nunca sirven para nada”. A lo que yo le repliqué que Lillo
era una persona de importancia, muy amigo del presidente Pinto y más del ministro
Santa María.
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Daza se mostraba meditabundo, buscando, a mi juicio, en la memoria quién
pudiera servir para el caso y llegó a preguntarme si podría ser bueno para el efecto
Eguino, un teniente coronel que estaba en Chile como prisionero de Calama. Le
contesté que no, porque no creía que Santa María confiase tan alta misión a un
personaje secundario y fui yo mismo quien entonces le indicó el nombre de don
Gabriel René Moreno.
Antes de salir de Chile, yo había hablado con Moreno de esos asuntos, le había
comunicado las ideas de Santa María, manifestándole que este me encargaba
transmitirlas a Daza y hacerlas conocer en Bolivia. Yo no tenía mucha intimidad con
Moreno, que era de mucha más edad que yo, y le trataba con el respeto que me
inspiraba su carácter, su reputación literaria ya hecha y su posición superior a la
mía, pero en aquellas horas de congoja y ansiedad patriótica, solíamos departir
sobre la guerra, discutiendo el problema de la victoria, comunicándonos nuestras
esperanzas, confesando nuestros temores.
Él era optimista y, aunque habiendo vivido muchos años en Chile, no lo
consideraba pueblo guerrero ni se mostraba consciente de sus elementos de fuerza.
Juzgaba que Bolivia y el Perú, aliados, constituían una fuerza muy superior a la de
Chile; creía que las naciones de Europa y América no habían de consentir en la
expansión de fronteras que Chile pretendía y que, aun cuando el triunfo favoreciese
a Chile en los campos de batalla, la victoria había de ser a la larga de los aliados,
que con su resistencia aniquilarían a Chile.
Yo solía discutirle, alegando que las poblaciones del Perú y Bolivia no podían
prestar gran contingente guerrero, que los recursos bolivianos habían de agotarse,
que nos faltaban jefes idóneos y que el Perú era una entidad negativa, que a Bolivia
le convenía más la adquisición de Tacna y Arica que la posesión del litoral, etc. Y
en este punto debo hacer notar que Moreno, que había crecido en Sucre y cuyas
afecciones eran todas por el sur de Bolivia, no daba gran importancia a la
adquisición de Tacna y Arica, que yo consideraba de vital importancia para Bolivia.
Pero el punto en que más divergíamos era el referente a la intervención de la
Argentina (que Moreno creía inevitable), mientras [que] yo la consideraba, más que
dudosa, irrealizable. Moreno había sido amigo de don Félix Frías y de don Santiago
Estrada y de otros argentinos que odiaban fuertemente a Chile y las ideas de estos
las hacía extensivas a todo el pueblo argentino.
A pesar de mi inexperiencia, juzgaba yo que la Argentina, pueblo cosmopolita y
de tendencias especulativas, negligente y flemático, no se lanzaría a la guerra para
sostener un ideal tan abstracto como el del “equilibrio americano” y que, por otra
parte, si quisiese hacerlo, contra la voluntad de sus hombres dirigentes, tan amigos
todos de Chile como enemigos de Bolivia, sería contenido por el Brasil.
Estas discusiones casi familiares o, mejor dicho, charlas íntimas que traslucían
la zozobra de nuestras almas y las ansiedades de nuestro patriotismo, fueron la
base del papel muy importante pero oscuro, y que se prestó a interpretaciones
diversas, por desgracia, que ambos desempeñamos en los meses de abril y mayo
de 1879. Yo intervine, llevado por un ardor juvenil y patriótico, bajo la inteligencia de
que Bolivia podía adquirir Tacna y Arica, con lo que, a mi juicio, sería grande, feliz
y, sobre todo, completa e independiente.
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Moreno obró bajo el supuesto de ejecutar un acto patriótico cuya importancia no
se le ocultaba, pero cuyas responsabilidades le asustaban. Conociendo mejor que
yo la vida y los vericuetos de la política, vacilaba, temía y solo se decidió cuando
supo que el presidente de Bolivia estimaba necesariamente su concurso. Por otra
parte, de carácter sibarita y tímido, Moreno se asustaba ante las contingencias de
un proyecto secreto, de una aventura arriesgada, cuyas emergencias podían ser
desagradables. Lo que principalmente hacía vacilar a Moreno era la mala idea que
tenía de Daza, a quien calificaba de déspota, arbitrario, ignorante y mal
intencionado. Se consideraba su enemigo y temía encontrarse al alcance de la
mano de él.
Yo, por el contrario, sin conocer a Daza, tenía de él un concepto muy elevado.
Para mí, militar, joven y valiente, debía ser hombre ansioso de gloria y del bien de
su país. Así me lo pintaron también el coronel Eguino y algunos de los prisioneros
de Calama. Moreno, espíritu recto y tímido, si bien comprendía las grandes ventajas
que podían resultar para Bolivia de un arreglo con Chile, sentía repugnancia a
entenderse con un país que sorpresiva y casi traidoramente había ocupado el litoral
y, a la vez, mostraba resistencia a abandonar al Perú. Juzgaba Moreno que el Perú
podía hacer frente a Chile y que la alianza pactada por Adolfo Ballivián, de quien
era idólatra, debía respetarse. Para él, las ventajas que podrían alcanzarse
mediante arreglos con Chile nunca serían tantas que las que se obtuviesen con la
victoria.
Hacía poco tiempo que Moreno había estado en Lima y tenía sobre los recursos,
la riqueza, la fuerza y el poder de este país, una idea exagerada. De ahí sus
vacilaciones y repugnancias para aceptar abiertamente un arreglo con Chile.
Conviene tener presente que, antes que a mí, y por diversos conductos muy
autorizados, habían llegado ya hasta Moreno esos proyectos de arreglos. Él,
Moreno, tenía excelentes relaciones sociales con todos los hombres que ocupaban
el gobierno en Chile: Alejandro Fierro, Cornelio Saavedra, Francisco Puelma, los
Concha, los Vicuña… eran todos amigos de él y todos alimentaban las ideas de paz
con Bolivia, que eran dominantes en Chile.
Así pues, cuando yo hablé con Daza, le manifesté que Moreno era la persona
que podía informarle mejor sobre estos antecedentes, y la que podría venir a Tacna
sin despertar sospechas; y aquí es preciso notar que Daza se mostraba muy
temeroso de que el Perú se apercibiese de cualquier tendencia a favor de la paz.
Me dijo que con la publicación de las cartas de Sotomayor, los peruanos y
especialmente el almirante Montero, estaban muy recelosos, que, además en el
mismo Ejército boliviano, se había despertado un sentimiento de hostilidad al Perú,
hostilidad que sus enemigos trataban de explotar.
Me habló entonces, colérico, de la actitud de algunos políticos bolivianos, como
don Belisario Salinas (que sin embargo patriótica y abnegadamente había venido a
incorporarse al cuartel general) y Federico La Faye, contra el cual se manifestaba
enconado y temeroso.
En resumen, después de muchas divagaciones que es inútil consignar, Daza
me pidió volviese a Chile, especialmente para hacer saber a Moreno que estaría
dispuesto a discutir proposiciones de paz de parte de Chile, que le recibiría con todo
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afecto, que nada temiese y que, sobre todo, se convenciese de que, trasmitiendo
las proposiciones de Chile, prestaría un servicio importante a su patria. Me
recomendó todavía dijese a Santa María que yo había sido bien recibido, que él
había escuchado con satisfacción que existía en Chile una corriente favorable a la
paz con Bolivia, y que en todo caso él trabajaría por todo lo que fuera ventajoso
para la patria.
Salí de Tacna, de vuelta para Chile, en el primer vapor, seis o siete días después
de haber llegado allí, llevando en mi ánimo el convencimiento de que Daza se
inclinaba a un arreglo con Chile, pero sin poderme explicar el misterio, la oscuridad
de que se rodeaba. A mí me exigió la más grande reserva y hasta me obligó a jurar
que a nadie revelaría nada de lo que habíamos hablado, lo que sin embargo se
traslució en Tacna, no por indiscreción de nadie, sino por las cavilaciones y
sospechas que se producen siempre acerca de los actos de un presidente.
Es un punto muy importante y que el historiador debe tener muy en cuenta, que
mientras yo fui a Chile, el presidente Prado, con algunas fuerzas llegó a Tacna,
haciendo propalar la voz y afirmando él mismo de que se negociaba la compra de
buques de guerra y mucho armamento en Europa. Esto, renovando las esperanzas,
avivó la alianza de bolivianos y peruanos. Desde Coquimbo avisé mi vuelta a
Moreno y, en cuanto llegué a Santiago, visité a Santa María, que había tenido
cuidado de enviar a mi encuentro a su hijo don Ignacio, no sé si para protegerme o
para celar mi discreción.
Dos o tres días después de mi llegada a Santiago, se produjo la catástrofe de
Angamos, que fue la ruina de la armada peruana y que cambió por completo la
situación bélica dando a Chile la superioridad naval, que fue el elemento principal
de su victoria.
Naturalmente, desde ese momento las cosas cambiaron y la opinión de Chile,
que se mostraba favorable a un arreglo, dejó de manifestarse así. Desde entonces
la ambición de Chile creció. El pueblo vio las probabilidades de un triunfo fácil y los
políticos se mostraron con ideas contrarias a las manifestadas antes. La corriente
de amistad y benevolencia que había existido se cambió por una de animosidad.
De ahí que Santa María, o mejor dicho el gobierno de Chile, del cual aquel era
el alma, recogiese velas, como vulgarmente se dice. Ya Santa María no me volvió
a hablar, y ni aún pude verle más tarde. Con Moreno se entendió, pero según supe
por este mismo, lo hizo con frialdad, con despego, como quien realiza un hecho que
le importa poco, o del cual nada espera.
Esto explica por qué las instrucciones que llevó Moreno y las proposiciones
hechas a Daza, fueron tan mezquinas [y] hasta podría decirse [que] ridículas.
Ningún gobierno, en vista de ellas, hubiera dado el paso trascendental que se
perseguía antes y se aconsejó con tanto empeño. Moreno llegó a Tacna, en donde
encontró ya al presidente Prado y, si bien el hundimiento del Independencia había
debilitado considerablemente el efectivo de las fuerzas peruanas, las ilusiones y
esperanzas de los aliados habían crecido con los rumores de la compra de nuevas
naves, la intervención de otras potencias y la llegada de algunos escasos
contingentes de tropas.
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Prado dominaba a Daza quien, además, estaba sugestionado por el círculo
peruano del que formaban parte Reyes Ortiz, Farfán, Carlos Basadre y Guillermo
Mac Lean, y algunos extranjeros como Hellmann, Outram y otros casados con
peruanas. Había aún la sugestión de los políticos guerreros à outrance, como
Camacho, el general Jofré, Nataniel Aguirre, Espectador Rivas y casi todos los
bolivianos que se mostraban iracundos y furiosos contra Chile, al que acusaban de
conducta felona, artera, etc.
Todos estos se mostraban llenos de esperanzas en un próximo triunfo y creían,
como artículo de fe, todo lo que Prado decía respecto a la adquisición de naves de
guerra, armamento e intervención de los Estados Unidos o la Argentina.
Naturalmente, aquel medioambiente influyó en la resolución de Daza, y de ahí que,
en cuanto llegó Moreno y le entregó las proposiciones que llevaba, desprendiéndose
de ellas como ascua que le quemaba la mano, Daza, con infantil candidez, las
entregó a Prado. Ya no veía tan desesperada la situación y creyó preferible seguir
con el Perú antes que unirse a Chile, que en resumen de cuentas no ofrecía nada.
Que Daza aceptó el hecho y reconoció que el viaje de Moreno obedecía al
llamado de él, o mejor dicho a las órdenes que yo le transmití, lo prueba el hecho
de que Moreno pudo volver tranquilamente a Chile y, más que todo, de que Daza le
nombró secretario de la legación de Bolivia en París. Ahí tiene usted, mi amigo, la
relación sucinta y verdadera de los hechos que narra Bulnes y que, como buen
amigo, ha puesto usted en mi conocimiento.
Quizás debo agregar todavía que yo pude ver en Santiago a Moreno de vuelta
de Tacna, desilusionado, abatido, creyendo haber sido el juguete de una intriga y
sintiendo haberse mezclado en un asunto que él no creía perfectamente correcto.
Rabiaba contra Santa María, considerándole el Mefistófeles de Daza, y contra este,
juzgándole falso y artero. Moreno volvió creyendo sinceramente en el triunfo de los
aliados. A pesar de haber vivido tantos años en Chile, desconocía los recursos y el
empuje de este pueblo que, por otra parte, fue para todos una revelación y un
prodigio de esos que solo el patriotismo opera. Venía, además, con las esperanzas
que Daza le hizo consentir, revelándole las que Prado alimentaba sinceramente o
falsamente y [que] propalaba con empeño acerca de la adquisición de blindados e
intervención de la Argentina o Estados Unidos.
Por mi parte yo, después de Calama, nunca creí en el triunfo de los aliados, ni
en intervención alguna, menos en la de la Argentina, y quedé asombrado y
anonadado al ver de cerca el entusiasmo y ardor con que los chilenos de todas las
clases se lanzaron a la guerra. En el punto referente a las expectativas de la victoria,
diferíamos sustancialmente con Moreno, que al principio la creía dudosa a favor de
Chile; después de su viaje a Tacna, muy posible a favor de los aliados, y solo al
último, después de las batallas de Tarapacá, vislumbró el resultado final, [que]
deploramos.
En cuanto a mí, volví a Tacna y de allí a La Paz y mi opinión actual, después del
transcurso de tantos años, es que Santa María obró al principio de buena fe,
queriendo atraer a Bolivia, dispuesto a darle Tacna y Arica, no por favorecerla, sino
a cambio del litoral, en odio al Perú, al que detestaba y porque juzgaba entonces
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que Chile, con la adquisición del litoral boliviano y de Tarapacá, se hacía
suficientemente grande.
Mi convicción es que Santa María obrara entonces sincera y lealmente, tratando
de realizar las ideas que alimentaba desde años atrás, desde que estuvo en el Perú
conforme a su patriotismo y criterio de chileno y que, en aquella época, eran
generales en Chile. No debe olvidarse que las proposiciones de Chile, traídas por
Moreno, sirvieron eficazmente para modificar el tratado de alianza, que era muy
oneroso para Bolivia. Merced a ellas, muchas de las obligaciones que pesaban
sobre Bolivia, fueron canceladas o modificadas.
De esta fiel y exacta relación referente al punto histórico que trata Bulnes, se
desprende que obré honradamente y creyendo servir con patriotismo los intereses
de mi país. Si erré, si obré como iluso, si quizás procedí mal, fue en todo caso
honradamente y guiado por el más puro patriotismo. No creo haber sido iluso, ni
menos obrado mal, porque la verdad es que en aquella época la opinión chilena era
favorable a Bolivia, y la oportunidad propicia para una rectificación de fronteras y la
realización del sueño dorado de los más ilustres bolivianos: la posesión de Arica.
El tiempo y los hechos están probando que Bolivia necesita de Tacna y Arica; y
yo fui, guiado por el buen sentido y la sana razón, a la consecución de ese fin. Desde
que todos en Chile, en esos momentos, ansiaban un arreglo con Bolivia sobre la
base de Tacna y Arica, hubo sobrado motivo para que yo juzgase posible la
realización de ese acontecimiento trascendental.
Aquella corriente de opinión era tan poderosa que es ella la que decidió a Santa
María a poner en práctica su plan diplomático que parecía a todos de muy fácil
realización dadas las ventajas que él ofrecía a Bolivia. Aquella idea dominante
persistió con fuerza en Chile, hasta la batalla de Tacna, si bien ya algo debilitada
por la ocupación de Tarapacá que, avivando la ambición chilena, hizo ver la
posibilidad de la victoria sin la necesidad de la concurrencia de Bolivia y le infundió
nuevas ambiciones.
Fue entonces que, para contener y desvirtuar las corrientes de opinión
favorables a Bolivia, lanzó Vicuña Mackenna aquel famoso grito de tan
trascendental consecuencia: “¡No soltéis el morro!”. Ese grito histórico cambió la
opinión y está probado que, hasta entonces, se pensaba en Chile dar a Bolivia
Tacna y Arica, o sea sintéticamente, el morro. Estoy tan convencido de haber
obrado entonces bien y patrióticamente, que si se repitiesen los sucesos narrados,
y se me presentase la ocasión de desempeñar igual papel, no vacilaría en aceptarlo,
aun cuando sea sacrificándome. Las amarguras, sufrimientos y torturas que he
experimentado por mi pasada actuación, no debilitarían mi propósito, siempre que
se tratase de la adquisición de Tacna y Arica. El éxito no coronó el plan de Santa
María, que era la idea dominante en Chile.
El destino frustra así, en veces, los más bien intencionados propósitos y cambia
el curso de los sucesos. El éxito hace a los hombres grandes y les da gloria. Un
fracaso arruina, desprestigia y aún mata. Fui víctima del destino como Bolivia entera
fue víctima del acaso. La victoria la habría hecho grande; la derrota la ha
empequeñecido. ¡Quién pudiera prever los sucesos y predecir el futuro!
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Créame siempre su seguro servidor.


L. Salinas Vega

Sobre la génesis del país y el sentimiento de la naturaleza y la religión


De Carlos Medinaceli a José Enrique Viaña

Valle de San Pedro, a 12 de abril de 1928


Querido Teodorico:

Desde hace tiempo teníamos interrumpidas estas comunicaciones que con


tanta complacencia manteníamos antes. El curso voltario de nuestras vidas hizo
que las dejáramos. Hoy que nuevamente “me encuentro en el campo” y disfruto de
estas largas horas agrestes que los hombres civilizados no sabemos en qué
emplear, se me ha ocurrido escribirte para desahogarme, para manifestarte una
mínima parte de los sentimientos e ideas que me dominan.
Y, ya que estoy en el campo, te hablaré de él. Son tan contradictorias mis ideas,
tan diversos sentimientos me contristan; tanto es lo que tendría que decirte. En fin…
Empecemos por la geografía. El lugar es una quebrada profunda, entre altas
montañas, en cuyas faldas verdean los sembradíos. Es un valle ya bastante
ardiente, pues se halla en las proximidades del Pilcomayo. La tierra es tan fértil,
acaso más que las de Camargo. En las serranías pizarrozas lozanan los parrales y
hay profusión de árboles frutales, como durazneros, manzanos, naranjos, limones,
chirimoyas, olivos, palmeras…
Según lenguas, la finca en que me alojo fue un condado en la época colonial.
Existe todavía, aunque en categoría de ruina, la casa solariega. Pero la capilla,
consagrada a San Pedro, se alza al centro del viñedo, en la cima de una colina, y
en regular estado de conservación.
Circulan alrededor de la casona multitud de leyendas, cosas de aparecidos,
entierros de tesoros, etc., que le hacen un halo de misterio y poesía. Lo mejor […]
como ya ves, para un hombre como yo, nostálgico y añorante. La naturaleza,
invencible y jocunda, no ha respetado leyendas ni ruinas; y lo que fue salón de
recepciones de los castellanos, hoy cría hierba y los parrales retuercen sus troncos
voluptuosos en torno a los molles. En lo que fuera habitación de solemne hidalgo,
han alzado hoy una falca para la destilación de licores.
Todo esto es muy natural y muy humano… Ya no habitan la morada condes ni
hidalgos; habítanla hombres que han conocido el régimen republicano y viven bajo
gobierno democrático. El actual patrón de esta finca, buen caballero en el fondo, tal
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vez tiene un poco de espíritu democrático y, si habla respetuosamente de libertad,
derechos del hombre e invoca con veneración las sombras de Bolívar y Sucre,
entiende la libertad en una forma muy distinta a como la sien-te el empleado de un
ministerio, por ejemplo. Este nunca ha conocido “el sentimiento de propiedad” y
sabe menos qué sea hombre que manda sobre hombres.
Y esto es lo que ignoramos en Bolivia y es necesario comprender. La guerra de
la Independencia, que glorificamos tanto, y el régimen democrático bajo el cual
vivimos, no han logrado (ni podían tampoco) transformar las almas ni subvertir los
hábitos que en nuestro país se formaron en los tres siglos de coloniaje.
En nuestras ciudades, solamente comerciantes y burócratas, en general
burguesía y obrerismo, se puede decir que tengan “espíritu democrático” y veneren
los dogmas de la revolución francesa. En el campo, no. Esta corrupción racionalista
y civilizada no ha logrado infundirse. Siguen las gentes viviendo en una época
anterior, con otros sentimientos y costumbres, con un alma campesina y feudal; y
tanto el patrón como los colonos, equivalen al señor y vasallos medievales.
Y no creas, querido Teodorico, que haga esta observación con desencanto, o
en tono de censura: no. Todo lo contrario. Pienso que, más bien, es porque ni la
civilización ni el modernismo han invadido aún la campiña que Bolivia se puede
considerar todavía un país sano, con grande reserva de energía vital… Lo
corrompido en nuestro país, y más que corrompido, artificioso y falso, son las
ciudades y la vida de ciudad; lo verdadero y sano es el campo, y son las campesinas
costumbres. ¿Que el campesino no conoce la libertad [y] no practica la democracia?
Pues, tanto mejor: la libertad y la democracia son, precisamente, dos síntomas de
decadencia, de corrupción racial, social y política.
Vuelvo a mi idea de antes. Creo que al proclamar nuestra Independencia
(ponderado 25 de mayo) dimos un paso en falso, prematuro y atolondrado, como
toda cosa que se hace por imitar, seguir la moda, no por necesidad vital y mediante
evolución gradual. La llamarada romántica de la revolución francesa nos deslumbra,
cegándonos; el afán de libertad y democracia nos vino de Europa, por prurito de
moda; y la pésima política española (el imbécil de Fernando VII) tuvo en ello mucha
culpa. En suma, nos corrompimos por contagio.
Éramos un pueblo sano, de costumbres y vida aldeanas y feudales, que se
desarrollaba normalmente pero, de repente, se nos ocurrió proclamarnos libres y
soberanos a imitación de Francia, que tenía 10 o 15 siglos de cultura y estaba
arribando con la senectud a sus postrimerías. Fue como si un adolescente, recién
púber, se hubiera contagiado, al primer impacto amoroso, de costumbres y
refinamientos crapulosos y sobre la pureza e idealismo de sus años juveniles se le
hicieran presentes síntomas de impotencia, como a un agotado conde Des
Esseintes. Por eso Bolivia da ese espectáculo “tierno y lastimoso” de país
semisalvaje con las formas de gobierno más civilizadas. Grotesco.
Es una paradoja que tiene, en la práctica, calamitosas aberraciones. Es decir,
la forma de gobierno democrático no existe más que escrita en ese libro, que está
ya mugriento por tanto que lo han sobajeado los tinterillos: la Constitución Política.
En realidad, nuestro gobierno no sabe qué hacer. La mayoría de nuestros
presidentes, si no todos, han sido caciques con trampantojos de leguleyos, por lo
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que tuvieron que actuar dentro del caciquismo típico. Y ello por la aberración que
anoto: por el salto precoz que dimos del feudalismo colonial ultramontano al
republicanismo racionalista.
Yo no creo que hasta hoy se haya dado un boliviano, uno, que amara la libertad
porque si amar la libertad es trágico, más trágico es poseerla sin merecerla. Los
hombres que la han perseguido en su forma absoluta han conocido el frío que
congela hasta la médula del alma. Nietzsche, por ejemplo. Nosotros no podremos
amarla, ni desearla siquiera.
¿Qué haríamos con ella? Sería tanto como poseer los tesoros de Aladino en un
desierto en donde no tendríamos en qué emplear tanta riqueza.
En fin, largo y tendido podría hablarte de este asunto, pero la carta va corriendo
peligro de transformarse de sencilla misiva, dirigida a un amigo sencillo, que
primitivamente era en disertación sociológica, ya que no de “hombre sencillo y
errante”, cual este tu amigo, sino de alguno de esos tremebundos aspirantes a
licenciado en leyes que se preparan para sus terribles escritos ante los tribunales
ordinarios.
Al diablo las leyes. ¡Viva la libertad!
Ya ves que, sin quererlo, se me ha venido a la punta de la pluma esta irreductible
antinomia de todos los días, tan fatal como el destino. Se la podría formular en
términos silogísticos, así: si existe la libertad, no deben existir las leyes; si existen
las leyes, no puede haber libertad… De este círculo vicioso, como del tiempo y del
espacio, no es “posible librarse”.
La libertad pura, querido Teodorico, no existe sino en las impuras constituciones,
así como el amor (puro también), no se le encuentra en otra parte que en las
novelas. La libertad no existe sino en forma harto restringida, reducida a nimia
expresión: libertad para el gasto de la casa, la llamaría yo.
Es la libertad que se tiene, por ejemplo, de propinar una soberana paliza a la
mujer y armar batiburillo de los mil diablos cuando, medio borracho aún, después
de semana de juerga, uno regresa al hogar.
Esta, nuestra gloriosa libertad, es la que disfruta nuestro pueblo soberano. Yo
no la disfruto porque aún no tengo mujer; el día que la tenga, ya verás… cómo hago
respetar mi libertad. Sí, cada uno de los bolivianos debemos ser, aunque sea
solamente en nuestras casas y delante de nuestras mujeres, unos luises catorce,
reducidos, a ser posible, al diez millonésimo o al uno por mil.
Algunas veces, cuando estoy de mal humor, la pego a mi cocinera: es una de
las pequeñas libertades que me gasto ignorante de si la Carta Magna me la
reconoce. Pero mi cocinera me cuesta 12 pesos mensuales y sin ellos no podría
disfrutar esa mi libertad. Con que hasta la libertad cuesta plata en este mundo.
Nuestros antepasados que, según dicen los libros de historia y los oradores de
plazuela, dieron su sangre por legarnos libertad e independencia, debieron legarnos
además plata para que así la dicha sea completa.
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Pero volquemos esta hoja y hablemos de algo menos abstracto y lamentable.
Prefiero narrarte lo que me ha sucedido ayer. Cosa tierna “y lamentable” pero no,
felizmente, abstracta. Tú debes saber, Teodorico querido, que “hay momentos en la
vida” en los que el hombre se siente romántico cuando, hacia el atardecer,
contempla desde un jardín la dulzura del crepúsculo o, en noche de luna, va por la
alameda del brazo de una menegilda, si bien, modernamente, hay hombres de tan
mal gusto, que se romantizan en un cinematógrafo. Yo, quién lo creyera, me he
sentido romántico al ver sembrar una miskhita de papas. No te rías, que la cosa es
muy seria.
Y voy a decirte por qué.
Ayer durante la mañana concluí de leer (por fin) el formidable libro de Spengler
(ya apareció aquello: la inevitable Decadencia de Occidente). Me dejó sensación de
malestar, de tristeza, de cósmico pesimismo. De él salí como después de haber
concurrido al Apocalipsis de San Juan… ¿Para qué leerá uno esos libros? Es, como
te decía, una lectura acre, acerba. Eso de ver cómo el hombre es una arcilla en
manos del destino y que todos sus pasos en este pequeño planeta, que se llama
Tierra, son tan vanos como el correr de los vientos, o el vuelo de los insectos y que
todo lo que amamos y veneramos serán ya ni recuerdos mañana. Me dejó con
sensación tal de inanimidad, que me quedé saudoso, suspirante de mi antigua
ignorancia, triste, desencantado como la virgen que ha dejado de serlo y comienza
a saber que la carne es triste.
Tal vez me habría abandonado al pesimismo y hasta me habría arrojado al río
que está, precisamente, en creciente, formidable y seductor como una Loreley que
nos llama desde el fondo de la vorágine. Al no haber encontrado en mí apetito tal
de vivir, espíritu de contradicción tan insofrenable, decidí echar de lado todas las
telarañas metafísicas de Spengler e ir a darme un baño de salud y de vida.
Vamos a la chacra, me dije. Quédate ahí tú, Splenger, con tus ciclos culturales,
yo me voy a ver sembrar papas, que es más lindo… Estaban preparando el terreno
y cuando llegué, mi primo Luis, mocetón alto y robusto, tenía cogido el arado por la
mancera; sudoroso y olímpico iba abriendo los surcos. Encantadora visión pagana
y agrícola… Cuando concluyó, después de que arrojaron la semilla, se aproximó
gozoso, con una sonrisa de salud brincándole en los labios.
—Cuando recoja la cosecha –me dijo luego–, le mandaré de obsequio una carga
de fruta a mi novia…
Y se tiró a descansar a la sombra del bíblico manzano, abiertos los brazos y
perdida la mirada en el profundo azul de ese cielo ático. Y pensé en la tranquila
felicidad de este muchacho, en su bondad de alma y en su ausencia de
complejidades. Cuánto placer ha de sentir cuando, mañana, al levantar la esperada
cosecha, envíe el prometido presente a su novia, fruto de su trabajo, de su afanosa
labor, de su terrígena religiosidad, y su novia le reciba con el ternuroso sentido
femenino, rural y hogareño, que tienen las mujeres, libre de las infecciones del
civilizado…
Allí recordaré los geniales atisbos de Spengler.
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“El que cava y cultiva la tierra –dice– no pretende saquear la naturaleza, sino
cambiarla. Plantar no significa tomar algo, sino producir algo. Pero al hacer esto el
hombre mismo se torna planta, es decir, aldeano, arraigado en el suelo cultivado.
El alma del hombre descubre un alma en el paisaje que le rodea. Anúnciase,
entonces, un nuevo ligamen de la existencia, una sensibilidad nueva. La hostil
naturaleza se convierte en amiga. La tierra es ahora la madre tierra. Anúdase una
relación entre la siembra y la concepción, entre la cosecha y la muerte, entre el niño
y el grano”.
Y así es. El hogar perfecto ha de tener sustancias campesinas. Hay un hondo
encanto, encanto vital, humano, cósmico, metafísico, en este hombre que, durante
el día, rotura la tierra: la ha regado y preparado y, por la noche, va a dormir con su
mujer a la sombra de la casa que levantó su esfuerzo, cuyo techo fue puesto por
sus manos. En este hombre que ve crecer sus hijos, a la par que fructifican sus
sementeras y sabe que, cuando mañana se rinda al tributo de la muerte, no morirá
del todo, porque los hijos de su sangre seguirán alentando en esta misma tierra,
que fue de sus mayores, es suya y mañana será de los de su estirpe.
Si yo (pienso para mi capote) en vez de hombre de ciudad, de parásito del
Estado, hombre de universidad, un civilizado en suma, pudiera olvidar todo lo
aprendido de los libros y de los hombres y recobrara aquella simpleza de alma,
aquella fe en la gleba, y tuviera mujer a quien pudiera gozosamente mandarle una
carga de papas, sembradas y cosechadas de mi mano, cuán feliz sería… Por solo
esto, que es la paz del alma, diera yo toda la inteligencia que dicen que tengo, los
refinamientos todos que la cultura nos da.
Sí, no hay duda que cuando más se aparta el hombre de la naturaleza y más
aspira a la libertad, es más desgraciado y más esclavo.
Buen Teodorico, siento la nostalgia de una fe que dé sosiego a mi corazón y paz
a mi alma, cansada de preguntar a las estrellas dónde está ese Dios bueno a quien
solía rezar de niño, con aquellas palabras que me enseñó mi madre y que decían:
“El sueño de la inocencia hazme, señor, disfrutar…”. Así decía entonces y ahora
digo, así, de veras.
¿Estaremos llegando, después de haber saboreado el acre fruto del
racionalismo volteriano del siglo XVII y el burdo materialismo del XIX, a la segunda
religiosidad de la que habla Spengler? Lo deseo vivamente, mas a condición de que
implique el retorno a la terrígena de mis mayores, a la santidad campesina de la
vida del hogar, al severo culto hidalgo por la casa, la hacienda, la mujer y la prole.
Ya ves, Teodorico, que mis propósitos de enmienda no pueden ser mejores.
Son las enseñanzas que se reciben de nuestra madre naturaleza. Ruega por mí
para que así sea, que yo no dejaré de encomendarte en las angustiosas plegarias
que mascullo ante aquel Dios desconocido, al cual Renán rezó hasta morirse de
aburrimiento.
Tuyo, Juan
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Sobre Salamanca y la conducción de la guerra
Del expresidente Bautista Saavedra a la opinión pública

3 de febrero de 1933

[…] Esta historia, pequeña historia, tiene por protagonista a un político que
ha llegado a gobernante. ¿Qué diremos, pues, de Salamanca? Que ha equivocado
lamentablemente su camino. Ha llevado el desvencijado carromato del Estado, al
cual tiene uncidos cuatro rucios de altiplano, al despeñadero inevitable. Es que las
riendas del gobierno no eran para sus flacas manos. Además, anda divorciado de
las ideas que mueven hoy al mundo. Los estremecimientos que sacuden el siglo
que cruzamos no han resonado en las cavernas en que aún mora su espíritu
sombrío. Sus doctrinas políticas se remontan a aquellas edades en que las
enseñanzas románticas del liberalismo hacían estragos en nuestros
entendimientos…
Fue el parlamento la arena donde empeñó sus mejores lides. Era insuperable
gladiador de la palabra. Académicos discursos, de arquitectura simétrica,
preparados en el apacible retiro de apartadas heredades, le valieron la reputación
de eximio orador parlamentario.
Bien es cierto que la historia de los parlamentos habla poco a favor de oradores que
hubiesen ensanchado los lindes morales o intelectuales de la humanidad. Si no son
sofistas, son embusteros.
Nunca le vimos dibujar en los horizontes patrios designios de reconstrucción
futura, ni despertó jamás en la conciencia de sus oyentes inquietudes de renovación
social. No fue –sin duda– un sembrador de ideales, ni un desbrozador de estratos
del alma boliviana. Tan solo era abogado de lógico y frío razonar que defendía, sin
arrebatos ni exaltaciones, el imperio de las libertades públicas y la legitimidad de los
derechos ciudadanos. Su único ideal político era refrenar a los gobiernos. Solo que
debía llegar un día en que no pudiera refrenarse a sí mismo… Y de su incurable
descontento, de su anarquismo intelectual, hizo un apostolado dolorido… Y en
medio de la borrasca, su única preocupación es aparecer sereno y tranquilo. Siente
inclinación invencible al disimulo. Todos sus actos se revisten de una simulación
cuidadosa. En su discreto mimetismo esconde, bajo una corteza fúnebre e
insensible, una hoguera inextinguible de odios. Es falso, egoísta, inconsecuente. En
sus afables maneras se descubre un desprecio por los hombres. Su torva mirada
se envuelve en un manto de protección irritada. En su fingida sencillez hay una
sincera hipocresía. Y la modestia rastrera que le acompaña por donde quiera que
anda no es sino una exhibición ostentosa de una infinita soberbia.
El tiempo, cernidor de verdades, ha venido a probarnos que el ídolo no estaba
forjado en metal. Era de barro… Advino la revolución de 1920. El hombre símbolo
contribuyó a su éxito asilándose la víspera en un convento. Otro amigo suyo, su
lugarteniente, quiso también colaborar a su consumación huyendo, días antes,
hacia el mar. Todo lo cual no fue obstáculo a que ellos, y otros como ellos,
sostuvieran, con gran convicción, que ese movimiento político se había operado
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para exaltar al gobierno al pontífice de las libertades públicas, que hacía rato
anhelaba alcanzarlo fingiendo no interesarse por él. En vano fue llamarle a la
concordia. Las heridas abiertas en los flancos de sus ambiciones frustradas no
cicatrizaban con bálsamo alguno. ¡Míseros mortales, no somos sino odres de
vanidad! Los partidos y los políticos se hicieron a un lado para dejar la vía libre a
ese hombre que se empeñaba en gobernar después de no haber dejado gobernar
a nadie. Su simbólico destino era gobernar a espaldas de sus enseñanzas…
El aislamiento provinciano a que se retrajo le desvincul[ó] de las gentes y de las
ideas (25 años que no hojea un libro), convirtiéndole en un ser huraño, iluso,
insociable, receloso. Y hubo perdido el sentido de la realidad. Ha vivido en un mundo
de su exclusiva elaboración subjetiva, ajeno a los problemas más acuciosos de su
país. No es un hombre de Estado. Nada más parlamentario que la intervención del
parlamento en la formación de un ministerio. Pero Salamanca se irrita y eleva el
grito al cielo, en acentos homéricos, clamando venganza por tan descomunal
ofensa. Recurre a gentes maleantes que manda venir expresamente de otras
poblaciones y con ellas hace atacar a los parlamentarios, a quienes aquellas
huestes desgreñadas ultrajan de palabra y obra, dispersándolos a pedradas. La
audacia de ellas, secundada por agentes de policía, va hasta clavar herrajes de
acémila a las puertas del congreso…
De todas estas paradójicas lecciones, la historia sacará en limpio que
Salamanca no tuvo corazón para hacer el bien y le faltó valor para no hacer el mal.
Es un pobre hombre. Por “pisar fuerte en el Chaco” y escapar de la tormenta política
que amenazaba descargar sobre su cabeza, nos ha llevado a la guerra cruenta que
desangra a la patria y lleva al país a su ruina para después terminarla con un arreglo
claudicante en que nada habremos ganado.
En su rústica rusticidad, creyó que la guerra debíamos ganarla con solo salir
seis meses antes al teatro de ella. Asume el título de capitán general, él, a quien la
vista del uniforme militar le producía náuseas, para solo dirigir telegramas a
comandos militares ordenándoles ofensivas, toma de fortines y ataques a plazas
fuertes. Y cuando los descalabros se suceden, como consecuencia de tan hábiles
maniobras militares de este estratega de tierra adentro, entonces echa la culpa de
ellos a jefes militares. Se lava las manos.
Es que Salamanca pensaba como Calibán que el mejor momento para gobernar
tranquilo un país es cuando sus gentes de armas son batidas: así,
desconceptuadas, no podrán turbar su reposo somnoliento. Y así, a causa de su
falaz inconsciencia, estamos donde estamos: en medio de la bancarrota económica
y financiera, el hambre a la boca, anegados en sangre generosa; girando en
dantescos círculos de dolor, de miseria, de luto, de vergüenza. Estas son las
bienandanzas paradisíacas a que nos ha arrastrado la vanidad, la soberbia y la
ignorancia de este mesías durante 30 años prometido. Los grandes hombres
emprenden grandes empresas porque ellas son grandes. Los locos y los fatuos,
porque las creen fáciles […].
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La Guerra del Chaco y la Standard Oil
De Carlos Montenegro a Eduardo Arce Quiroga

Buenos Aires, 14 de diciembre de 1938


Mi querido Edwards:

Tuve una gran alegría al recibir tu carta y, aunque soy el primero en reconocer
que el no contestar una misiva causa un complejo de inferioridad irremediable,
incurrí en el pecado que abomino, debido a que tuve que hacer un segundo viaje a
Monte-vide-eu, que es como se pronuncia el nombre primitivo de la capital
uruguaya, amén de tener ocupaciones retrasadas que llenar aquí –precisamente a
causa de mi viaje–, con todo lo cual el anterior párrafo me va saliendo tan
enrevesado como una página histórico macedueñesca.
Y bien, Edwards. Encantado de poder cruzar contigo el arma visible de las ideas,
arma contra la que, por ser invisible, se estrellan los brutos. (La frase me descubre
un secreto sentido de relación que hay entre el bruto y el huevo, porque los dos casi
siempre resultan o hueros o estrellados, perdonándoseme lo complicado de la
imagen.) Leí, justamente en la revista que me enviaste, unos apuntes tuyos en
materia chaqueña e iba a escribirte sobre ellos con afecto no menor que interés.
Pero lo ocupado que ando me quitó la oportunidad de hacerlo.
Tu artículo, además de la página en que se encuentra y sobre cuyo significado
alusivo (el de la página) reservo todo comentario, tenía un ligero error que me
interesaba esclarecer precisamente a título cordial y aun subjetivo. Ese error
consiste en admitir que Bolivia hubiese sido, en efecto, víctima de un “cuadrillazo
internacional”, frase que, como todas las que burilaba Salamanca, es de una
impresionante graficidad y de un finísimo sentido para penetrar en la psicología del
pueblo. Para Daniel esa era la verdad indiscutible y la afirmaba con un coraje y una
honestidad que, aun en los actos diplomáticos, mostró y mantuvo intactos aquel
hombre que nunca se calló por miedo las cosas que debía expresar.
Pero la realidad no respondía propiamente al enfoque salamanquiano, pues las
naciones no dieron cuadrillazo alguno a Bolivia, víctima de la criminalidad
imperialista que actuaba, por órgano de los gobiernos, utilizando el ropaje de lo
nacional y lo internacional, precisamente para que los hombres honrados y patriotas
como Sala-manca y, mejor aún, los obcecados del patriotismo como Salamanca lo
fue, admitieran que se trataba de un conflicto internacional cuando no había, por en
medio, más que un sangriento juego de damas para que la Standard Oil pudiese
imponer a la Argentina abrir su mercado petrolífero para esa empresa.
Le interesaba, por lo mismo, dar a este crimen la categoría de un asunto
internacional porque comprendía que era monstruoso el utilizar a dos pueblos en la
tarea de espantar a América con la matanza de esos dos pueblos, para que de la
matanza y del espanto surgiese el arreglo que abriera los mercados del Plata al
petróleo que la Standard robaba de Bolivia. El planteamiento del asunto lo
Texto Guía – Lenguaje UPDS
conocerás pronto en un libro que voy concluyendo y que se llama El petróleo es
nuestro. Este libro desmiente los acertijos con que el socialismo y aun el
comunismo, tanto boliviano como extranjero, ensayaron para dar con la clave del
conflicto, creyendo que él era un resultado inevitable de la pugna imperialista yanqui
británica por el dominio del petróleo. Como acertijos resultaban aproximados
unilateralmente a la verdad, pero no eran la verdad misma.
Fue difícil dar con esta verdad hasta después de la guerra que, de todas
maneras, debía arrojar el coeficiente real de sus causas, en una especie de colofón
que señalase también al autor. Pero esa verdad se denunció nítidamente al hacerse
la paz que dejó los petróleos en poder de Bolivia. No hubo, pues, tal pugna de los
dos imperialismos con la finalidad de disputar el dominio de nuestro petróleo, sin
que esto pretenda desconocer la efectiva pugna universal de los petroleros yanquis
con los ingleses. Pero en el Chaco, esa pugna no creó la guerra sino como un
accidente. Si la matanza del Chaco hubiese tenido origen en la codicia de los
petroleros rivales, la paz habría sido, por lo menos, una partija de petróleo entre los
dos imperialismos, ya que uno de ellos no pudo superar al otro.

El hecho de quedarse el petróleo en Bolivia, implica que la Standard Oil no fue


derrotada por la Royal Dutch, sino por nuestro pueblo. Y no habiendo ese rival
petrolífero triunfante –cuando el otro rival estaba perdidoso–, quiere decir que aquel
no luchó con este en el Chaco. Quien afirme, como afirman los comunistas, que esa
guerra fue obra de esa pugna de imperialismos, peca de cómodo al aceptar, sin
tomarse el trabajo de llegar hasta la entraña del conflicto, la fórmula académica del
socialismo que resuelve con ella todos los conflictos económicos del mundo.
La verdad es que la Standard preparó la guerra en los dos países calentando la
cabeza de ambos con el asunto territorial, [y] los patriotas honestos como
Salamanca eran la más fácil presa para los standardistas. La larga cancillería de
Carlos Calvo durante la guerra puede explicar cómo, a la sombra de la honestidad
de Salamanca, los gallinazos del entreguismo defendían los intereses de la
Standard.
Lo que falta por concretar es que esta preparó esa guerra para forzar a la
Argentina a permitir el acceso del petróleo de la Standard (de Bolivia) a su mercado.
Como no pudo conseguirlo por las vías diplomáticas que utilizó con el pongueaje de
nuestros diplomáticos (Escalier fue el único que no hizo de pongo en esas gestiones
y lo he constatado aquí) y como Salamanca se mostró hostil a la Standard,
declarando nulas las inicuas concesiones administrativas otorgadas por Siles el 28
y 29, la Standard pretendió amenazar con una guerra bolipila a la Argentina.
La Standard contaba con que la Argentina, asustada y bajo la influencia de los
Uriburus y los Sánchez Sorondos, abogados de la Standard Oil, transara, abriendo,
por fin, el camino a un oleoducto de Camiri hacia la Argentina. A dicha amenaza se
debió que Justo prestase ayuda al Paraguay para impedir una hipotética conquista
del río Paraguay por Bolivia. Alejado este peligro con las derrotas bolis, la Argentina
procedió a imponer la paz antes de que esta fuese firmada; pactó con Bolivia para
que esta penetrase con su petróleo mediante el oleoducto que negó a la Standard
a sus mercados.
Texto Guía – Lenguaje UPDS
El cuadrillazo internacional no se explica históricamente, aunque se crea en él
–a mi juicio, por obra de la penetrante objetividad que tiene la frase para nuestro
temperamento, con tanto sentido dramático y con tanto conformismo histórico como
al que tú mismo aludes en tu artículo–; ese cuadrillazo internacional, ¿por qué cayó
sobre nosotros y no sobre el Paraguay?, ¿por nuestro mal servicio diplomático que
nos aisló simpatías?, ¿por el desdén con que se mira a Bolivia, país de indios y
mestizos sometidos a esclavitud económica? ¿Pero tuvo el Paraguay mejor
diplomacia o tiene menos indios y mestizos que nosotros?
El cuadrillazo internacional tenía que producirse, aparentemente, porque los
gobiernos –no los pueblos– servían al imperialismo yanqui de la Standard. Pero ese
cuadrillazo fue obra del imperialismo y de los enlevados [sic] polizontes
gubernativos que esta tenía y tiene a sueldo en varios países, particularmente en
este, en el Brasil y en el Perú, sin dejar de contar el Uruguay.
Yo creo, sin embargo, que tú y los que dirigen de uno u otro modo la opinión del
país, deben señalar los verdaderos culpables, que no son las naciones, sino los
canallas a salario máximo del imperialismo. La afirmación de tratarse de un
cuadrillazo internacional servirá siempre más al imperialismo que a nosotros porque
nos alejará de los pueblos vecinos y creará en nosotros –o agudizará– el
sentimiento de inferioridad que nos abruma por estas revelaciones, tanto más
impresionantes para nuestro pueblo cuando menos explicables resultan, porque
como tales se nos presentan ahora y solo señalan un odio inmotivado de las demás
naciones hacia Bolivia, odio para el que no hemos tenido la culpa y del que
pareceríamos –si no hallamos al fomentador real de ese odio– víctimas por obra de
una fatalidad y de una predestinación.
¿Puede nuestro pueblo fiar en el porvenir ante estas constataciones
abrumadoras? Claro que no. Pero si conoce a quien le prepara estas celadas
trágicas, ¿no crees que su sentimiento de represalia, tan intenso y astuto como él
[…] le haga pensar cuerdamente en que debe defenderse para ser fuerte y poder
vengarse?
Me gustaría que hallaras objeciones serias a cuanto te digo, pues acaso me
salvarías de graves errores. Claro que me gustaría mucho más que no encuentres
tales objeciones.
Estoy de acuerdo contigo en cuanto a la cualificación del aprismo.
Doctrinalmente, me parece lo puro americano y en el que puede apoyarse todo
movimiento social de bases populares autóctonas –que no hay otras–, pero no estoy
“encantado” del aprismo como crees, pues tácticamente lo considero muy errado e
impotente o defectuoso, aunque este “erramiento” le haya (Haya de la Torre: afluye
para usar esa palabra, según creo) obligado a revelar sus secretas potencias de
sacrificio y le haya (otra vez Haya) inoculado esa mística eminente-mente andina
que muestran los más de sus adherentes (pues conozco algunos pocos místicos y
más bien logieros).
Martín Cárdenas conoció aquí algunos apristas (o arpistas como los llaman los
comunistas peruanos). Son excelentes muchachos. Deben interesarnos a todos
porque nuestro destino casi es común con el de ellos: esto, y posiblemente la
Texto Guía – Lenguaje UPDS
semejanza racial, me acerca a ellos y les acerca a mí. Solemos hablar en quechua
y esto consuela mi nostalgia.
Espero conocer tus opiniones sobre el arpismo para hablarte de él más
extensamente. Ahora ya sería para que esta sola carta haga caer el avión en que
va por lo pesada que va quedando.
Tocante a [la] economía puedo asegurarte que tengo la mejor biblioteca que
existe en poder de connacional nuestro sobre la materia. Además, leo y estudio esta
biblioteca. Tengo ciertos conceptos hechos sobre el particular. Los conocerás,
también pronto, en el libraco que voy formulando. Esta será la más fría y serena y
documentada denuncia de la iniquidad que se realiza, económicamente, contra
Bolivia.
Tu artículo en general tiene mucho mérito; me encanta su formulación sintética
y diáfana, su serenidad, su sustancia, propia y ajena, muy bien lograda. Es un
magnífico artículo, al que solo encuentro el error analizado y el de su afirmación
final sobre la reparación de una injusticia que parece aludir de nuevo a una culposa
actitud de las naciones mediadoras. Mi disconformidad está en el mismo punto en
que considero erróneo lo del cuadrillazo.
Nada de esto te digo porque me sienta solidario del tratado de paz, en cuya
gestión se evitó en lo posible darme un buen papel por mi decidido propósito de
acusar al imperialismo, cuyo agente –documento la cosa– era el embajador
americano Spruille Braden, socio de la Standard en las concesiones bolivianas. Me
he cuidado mucho de complicarme en la feísima manía de nuestros diplomáticos
que han encontrado en el Chaco una verdadera mina de divisas, razón por la cual,
además de su personal ignorancia del problema, nunca llegaron o quisieron o
pudieron llegar rápida y valerosamente a las soluciones. Te hablo porque así es
como pienso sobre el asunto.
¿Qué es de mi amado Gabriel y de Emmita? Salúdalos con mi mayor cariño y
con el de mi esposa, gran amiga de ellos. Saluda y abraza muy afectuosamente a
tu papá. Pronto te enviaré algunas publicaciones interesantes o que a mí me
parecen tales.
Me causa una gran alegría el que me escribas. Tenlo en cuenta. Además, así
podrás figurar “en mi biografía” como dice todo buen cochabambino. Tuyo.

“La ardua responsabilidad de reajustar la vida del país”


Del presidente Germán Busch a Simón I. Patiño*

La Paz, 27 de junio de 1939


Distinguido amigo:
El viaje de mi estimado amigo, don Miguel Etchenique, me da la oportunidad de
escribirle esta carta que condensa mis inquietudes y aspiraciones patrióticas en esta
hora que considero decisiva para el destino de Bolivia.
Texto Guía – Lenguaje UPDS
El señor Etchenique, con quien he celebrado varias entrevistas en las que he
examinado la situación internacional, interna, económica y social del país,
corroborará todo cuanto consigno en esta comunicación confidencial.
He querido salir de las cartas y documentos oficiales y dejar a un lado todo
procedimiento protocolar para dirigirme no al ministro plenipotenciario en Francia,
ni al prestigioso industrial que ocupa un alto rango en las finanzas mundiales, sino
al amigo, al boliviano, al compatriota que, con el mismo fervor mío, aspira a defender
a Bolivia de los peligros que la cercan, a consolidar su unidad moral y material y
abrirle un camino de bienestar que le permita ser fuerte en lo interno, y respetada
en sus relaciones internacionales.
La integridad territorial de Bolivia está amenazada por la codicia de vecinos más
fuertes que ven en ella una reserva inmensa de riquezas destinada a aliviar sus
economías ya declinantes. Tal es el caso de Chile. Se ha dicho que este temor no
pasa de ser una suspicacia nuestra.
El gobierno está en posesión de datos que permiten asegurar que tan nefasta
idea no es ajena a los dirigentes chilenos y a ciertas corrientes de opinión en aquella
república.
Ese pensamiento ha sido concebido y a veces formulado sin reservas.
Informaciones oficiales que poseo confirman la existencia del plan, que no por ser
más o menos lejano en su realización, deja de constituir el mayor peligro para el
país. Después de la absorción por la fuerza de las pequeñas nacionalidades de
Europa, con la complicidad de las grandes potencias, con la quiebra de los principios
universales del derecho internacional, con el desconocimiento de los tratados y la
derrota de los organismos y tribunales jurídicos, diríamos que se ha legalizado el
derecho de conquista.
Fue costumbre en el país invocar peligros internacionales para justificar una
determinada política caudillista y personal. No es este el caso que examino. Yo,
como soldado que todo lo di por la patria, que me entregué a su defensa desde
mucho tiempo antes de la guerra del Chaco y que durante ella llegué al máximo de
sacrificio y de abnegación, luchando siempre en condiciones de inferioridad con el
adversario, yo, lo repito, conozco mejor que nadie el crimen que constituye precipitar
un conflicto bélico o levantar, como una bandera política interna, un problema
internacional.
De ahí que, al señalar el peligro que nos acecha, cumpla únicamente el deber
de gobernante de prever los acontecimientos y anticiparme, con medidas prudentes,
a ellos y no incurra en el viejo error de crear conflictos con fines de política partidista
y de cerrar los ojos a los riesgos que real y efectivamente se ciernen sobre la patria.
La descomposición interna del país es un hecho innegable. La demagogia y las
luchas partidistas –implacables y sin cuartel– han roto todos los resortes morales;
la inmoralidad pública y privada tienen relieves que pasman, las virtudes cívicas se
relajan cada día más, el patriotismo es apenas una palabra vacía de sentido y las
ambiciones personales constituyen la ley y la satisfacción de ellas, el único fin. Y
esta fermentación de pasiones es el medio más propicio para que prosperen, por
una parte, las tendencias regionalistas que amenazan romper la unidad nacional y,
Texto Guía – Lenguaje UPDS
por otra, las corrientes disolventes que pugnan por trastornar radicalmente nuestro
régimen social que no es, que no puede ser otro, que el que se estructure de
acuerdo con principios de justicia y de humanidad.
Ante este cuadro desolador, yo como gobernante no podía ni puedo quedar
indiferente; de ahí que he tomado sobre mí, sin vacilaciones, francamente, sin
ficciones, la ardua responsabilidad de reajustar enérgicamente la vida del país.
No es la primera vez que un presidente de la república formula este programa;
varios lo han iniciado, pero muy pocos pudieron realizarlo. Es que casi siempre los
mandatarios llegaron al gobierno reatados por los mandatos imperativos de un
partido político, imitados por las aspiraciones de un grupo, constreñidos por los
favores que recibieron en la lucha electoral, amarrados por las complacencias, las
obligaciones y por la política siempre turbia del comité. Y lo que es más grave:
desempeñan las funciones de gobierno otorgando a sus propios partidarios todos
los privilegios y persiguiendo sañudamente al partido contrario, el que, llegado a su
turno al gobierno, reeditaba la misma política e idéntico régimen.
Es muy distinta mi situación. He llegado al gobierno sin compromisos con nadie,
sin pactos que puedan torcer mis aspiraciones patrióticas ni convenios que me
obliguen a realizar una política sectaria.
No pertenezco a ningún partido político; ninguna entidad de esta naturaleza
tiene el monopolio gubernamental y no hay un partido oficial, como han sido todos
los que han regido los destinos nacionales.
Creo que es la primera vez en Bolivia que un gobernante se libera de la tutela
de un grupo, de un partido para reclamar la colaboración de los mejores sin
distinción de colores políticos y realizar con ellos una labor que tienda únicamente
al bien del país y no a satisfacer aspiraciones personales y ambiciones partidistas.
En mi gobierno tienen cabida todos los hombres patriotas pero no los que buscan
un interés personal, actual o futuro.
Esa independencia me permite concretar mi esfuerzo a la reconstrucción de la
patria con la misma fe, con el mismo desinterés con que la defendí en los campos
de batalla. Ayer lo di todo por ella, hasta la vida misma, hoy mi deber no ha cambiado
y la finalidad es idéntica.
Lo sé a usted, distinguido amigo, profundamente identificado con Bolivia:
conozco sus inquietudes patrióticas y sé que usted, como yo, libre de todo
compromiso partidista, anhela un porvenir venturoso para el país.
No le habría escrito esta carta confidencial si no supiera que usted mantiene
muy vivo el fuego de su bolivianidad y es por ello que en esta hora que gravitará
fuertemente en el destino nacional, me dirijo a usted para pedirle su valiosa
colaboración para esta tarea histórica que me he impuesto.
Tiene usted en sus manos los medios más eficaces para contribuir a vigorizar
nuestra patria común en lo interno y en lo internacional. Necesitamos escuelas que
eleven el nivel cultural de nuestro pueblo, en gran parte analfabeto, caminos y
ferrocarriles que compacten el país que hoy, por desconexión, amenaza disolverse,
hospitales para aliviar la miseria y el dolor de nuestros excombatientes, minados por
Texto Guía – Lenguaje UPDS
la terrible campaña, casas de beneficencia que acojan a los miles de huérfanos que
perdieron a sus padres en defensa de la patria y que hoy viven en el desamparo e
industrias que tonifiquen la economía nacional. Vigorizada la vida interna del país,
Bolivia en lo internacional cobrará mayor responsabilidad.
Dejemos a las generaciones venideras una patria más fuerte, más grande y más
poderosa para que ellas no sufran las torturas y sacrificios de la que hoy tenemos y
estoy seguro que nuestros hijos y nuestros nietos venerarán los nombres de los que
les legaron una nación real y auténticamente libre, a cubierto de todos los peligros
y amenazas. Que ellos no puedan reprochar el pasado, como lo hacemos hoy, no
sin amargura, nosotros.
Tengo la seguridad de que, en esta mi aspiración, contaré con su concurso y
que su nombre quedará vinculado a esta hora que compendia y encierra el devenir
de Bolivia.
Con este motivo, me es singularmente satisfactorio renovarle el testimonio de
mi mayor distinción y estima.

Germán Busch

El desarrollo de la industria minera en Bolivia


De Simón I. Patiño al presidente Germán Busch

París, 25 de julio de 1938


Ministro de Bolivia en Francia

Señor presidente y amigo:


Mi representante en La Paz, señor Miguel Etchenique, ha sido portador de la
importante carta que ha tenido usted a bien dirigirme con fecha 27 de junio último,
que he leído con especial interés y que concentra, según me expresa usted, sus
inquietudes y aspiraciones patrióticas en esta hora que considera usted decisiva
para el destino de Bolivia.
Anoto que ha querido usted salir de las cartas y documentos oficiales y dejar a
un lado todo procedimiento protocolar para dirigirse a mí no como al ministro
plenipotenciario en Francia ni como al industrial que ocupa un alto rango en las
finanzas mundiales, según se digna usted expresar sino al amigo, al boliviano y al
patriota que, con el mismo fervor suyo, aspira a defender a Bolivia de los peligros
que la cercan, a considerar su situación material y moral y a abrirle un camino de
bienestar que le permita ser fuerte en lo interno y respetada en sus relaciones
internacionales.
Texto Guía – Lenguaje UPDS
De mi parte deseo también dirigirme ante todo al boliviano patriota, al defensor
de nuestra integridad territorial en el Chaco, a quien asume en el manejo del país
una muy grave responsabilidad para el futuro de Bolivia.
Se refiere usted, en primer término, seguramente por su capital importancia, a
nuestra situación internacional para anotar que la integridad del territorio de Bolivia
está amenazada por la codicia de vecinos más fuertes, que ven en ella una reserva
inmensa de riquezas destinada a aliviar sus economías ya declinantes y que tal es
el caso de Chile.
Para contradecir la versión de que este temor no pasa de ser una suspicacia
nuestra, se digna usted hacerme saber que el gobierno está en posesión de datos
que permiten asegurar que tan nefasta idea no es ajena a los dirigentes chilenos y
a ciertas corrientes de opinión en aquella república y que informaciones oficiales
que posee usted confirman la existencia del plan, que no por ser más o menos
lejano en su realización deja de constituir el mayor peligro para el país. Doy la mayor
importancia a sus apreciaciones, que coinciden del todo con mis ideas e inquietudes
de ahora y del pasado.
Hace ya mucho tiempo, más de treinta años, que haciendo un examen detenido
de la situación internacional de nuestro país, he considerado que el mayor peligro
que tiene para mantener y consolidar su independencia e integridad radica en Chile,
como resultado de diversos factores económicos y geográficos. Permítame que le
haga conocer mi pensamiento al respecto con alguna extensión. La gravedad del
asunto me impulsa a ello.
Debo recordar que pasada la guerra llamada del Pacífico, que nos privó de todo
acceso al mar, la política chilena se caracterizó por una penetración sistemática en
Bolivia en el orden económico. Antes del Tratado de 1904, controló prácticamente
nuestras aduanas, para dominar nuestro mercado con los productos agrícolas de
que entonces disponía. Simultáneamente los capitalistas chilenos se interesaron en
el desarrollo minero del país y hasta 1924 puede decirse que todas las empresas
mineras de Bolivia, con excepción de la mía, estaban controladas por el capital
chileno. Siempre consideré esto como un grave peligro para el país y tan pronto
como el desarrollo industrial de mi empresa lo permitió, no tuve otro pensamiento
que el de corregir esa situación peligrosa a la que dieron origen los mismos
bolivianos.
Es un hecho incontestable que todos los bolivianos que tuvieron la suerte de
encontrar en el país minas de alguna importancia no pensaron nunca en trabajarlas
y no tuvieron jamás otro propósito que el de entregarlas al capital chileno, muchas
veces por sumas insignificantes, lo que originó las grandes especulaciones de la
Bolsa de Santiago y el dominio minero de Chile en Bolivia. Mi mayor aspiración
entonces fue la de nacionalizar, hasta donde alcanzaran mis fuerzas, nuestra
industria minera.
La Guerra Mundial de 1914 me presentó una oportunidad favorable. Sus
primeras consecuencias se reflejaron en una baja marcada de todos los valores en
el mercado mundial, a la que no escapó la Bolsa de Santiago y así, corriendo todo
el riesgo que ello importaba, adquirí un número importante de acciones de la
Texto Guía – Lenguaje UPDS
empresa chilena de Llallagua, que controlaba la mina más importante de estaño en
Bolivia.
En ese tiempo, Llallagua estaba manejada desde Santiago por los hombres de
negocios chilenos. Su personal era, en su mayoría y comenzando [por el] gerente,
de esa nacionalidad e incluso su ingenio, que más tarde hice ampliar y modernizar,
se denominaba ingenio Chile. Pocos años después tuve en Santiago una de las más
grandes satisfacciones de mi vida al hacer saber personalmente a los dirigentes
chile-nos que la mina de Llallagua sería en el futuro controlada por intereses
bolivianos y americanos.
Debo decirle, sin falsa modestia, que este fue uno de los éxitos de mi vida.
Pasados los años cuando se produjo la nefasta Guerra del Chaco, todo el esfuerzo
que había realizado para llegar a ese fin quedó compensando cuando vi que mi país
necesitaba pedir de la minería todo su concurso para defender su frontera sobre el
río Paraguay, y que podía hacerlo sin temor a la intervención chilena. Entonces
recordé que la Guerra del Pacífico había tomado por pretexto un impuesto
insignificante sobre el salitre, creado con perfecto derecho por los poderes públicos
de Bolivia. Considerando en conjunto nuestra situación minera, tampoco descuidé
otras empresas como la Compañía Minera Oploca de Bolivia y la Empresa de
Estaño de Araca que también se encontraban controladas por el capital chileno, y
mi mayor deseo ha sido desde entonces devolver a estas empresas su nacionalidad
boliviana.
He recordado los antecedentes que acabo de consignar con el único objeto de
establecer, con los hechos, el firme propósito que tuve de poner un atajo a la
penetración económica de Chile en Bolivia y que, por fortuna, he obtenido. Sé que
los intereses económicos creados entre países vecinos tienen más fuerza que
cualquier arreglo de cancillerías para provocar o prevenir la guerra y la conquista.
Así, señor presidente, no solo participo de sus inquietudes de que Bolivia está
amenazada por la codicia chilena sino que considero, de mi parte, que ese peligro
es cada día mayor.
Cuando Chile provocó la Guerra del Pacífico necesitaba de nuestro salitre, [el
cual] obtuvo y con sus recursos pudo sostener su economía interna y hacer
progresar su territorio. Ahora la situación del salitre es muy precaria y las
necesidades crecientes de aquel país lo empujarán a reemplazar la industria
salitrera, en decadencia, con el estaño boliviano.
Pasando la vista por las otras fronteras de nuestro país, encuentro también que
hay peligros latentes que pueden desarrollarse si se presenta una oportunidad
propicia. La frontera paraguaya está ahora muy próxima de nuestros pozos
petroleros y es bien sabido que el Brasil y la Argentina tienen también necesidad de
nuestro petróleo. Su actual actitud puede ser tan amigable como se quiera, pero
mirando el pasado se llega a constatar que Bolivia se encontró siempre sola para
hacer frente a la invasión extranjera, que casi siempre se produjo con la
benevolencia de los países vecinos a favor del agresor.
Usted anota, señor presidente, y con mucha razón, la quiebra de los principios
universales del derecho internacional, el desconocimiento de los tratados y la
derrota de los organismos y tribunales jurídicos, que en los últimos tiempos han
Texto Guía – Lenguaje UPDS
legalizado más bien el derecho de conquista. Es otro factor adverso a la integridad
y estabilidad de Bolivia. Hago todo honor a usted respecto de la sinceridad de sus
propósitos sobre la necesidad vital de no permitir mayores desmembraciones
territoriales y sé que no se podrá culpar a su gobierno del crimen que constituye
precipitar un conflicto bélico o levantar, como una bandera política interna, un
problema internacional.
Trata usted luego, señor presidente, de la descomposición interna del país, que
a su juicio es un hecho innegable. Señala usted que la demagogia y las luchas
partidistas implacables han roto todos los resortes morales y que la inmoralidad
pública y privada tiene realidades que pasman, que las virtudes cívicas se relajan
cada día más y que el patriotismo es apenas una palabra vacía de sentido.
Observando la situación interna del país desde la distancia, como lo hago yo,
tengo también que coincidir con su juicio. Es evidente que el país, especialmente
después de la Guerra del Chaco, sufre una quiebra moral muy profunda. La Guerra
del Chaco ha creado, como todas las guerras, nuevos problemas económicos y
sociales para Bolivia, pero más graves que esos problemas son la relajación y la
inmoralidad reinantes que usted señala.
Reconozco que ha llegado usted al gobierno sin compromisos partidistas, sin
pactos que puedan torcer sus aspiraciones patrióticas, ni convenios que le obliguen
a realizar una política sectaria. Es exacto que usted, como yo, no pertenece a ningún
partido político. Esto lo coloca en una situación excepcional y anhelo para el bien
del país que su gobierno, libre de toda influencia sectaria como usted lo anota,
pueda rodearse de los mejores elementos, es decir de hombres honrados que
laboren con usted por el bien del país.
El resumen de su importante carta que contesto, puede a mi juicio resumirse
así: en el orden externo, Bolivia está nuevamente amenazada en su integridad
territorial y en el orden interno, el país va a una ruina segura con la inmoralidad
reinante, las tendencias regionalistas y las corrientes disolventes que trabajan por
trastornar el régimen social.
Comprendo que, ante este cuadro desolador, usted como gobernante no podía
quedar indiferente, que ha tomado sobre sí sin vacilaciones, francamente, sin
ficciones, como usted mismo lo expresa, la ardua responsabilidad de reajustar
enérgicamente la vida del país y para esta gran obra se digna usted pedirme mi
colaboración. Nunca la he negado cuando se ha tratado de hacer grande, fuerte y
respetado a mi país y esté usted seguro que no le faltará la cooperación que me
pide usted, toda vez que los actos de su gobierno tiendan a ese fin.
Lo que hay que determinar, mediante un estudio serio, imparcial y libre de todo
sectarismo, es si las medidas y disposiciones tomadas por su gobierno, por muy
buena y sincera que sea su intención, han de dar por resultado el noble objetivo que
persiguen. Es una necesidad imperiosa hacer ese estudio para evitar medidas
precipitadas que a la larga pue-den producir efectos precisamente contrarios a los
que se buscan.
Está fuera de duda que la economía del país descansa, por desgracia, sobre
una sola industria, la minera, y más concretamente sobre la explotación del estaño.
Texto Guía – Lenguaje UPDS
Una propaganda constante ha llegado, en cierto modo, a cristalizar la opinión
pública boliviana, en sentido de que la minería no ha hecho otra cosa que extraer
las riquezas del subsuelo boliviano para trasladarlas al exterior y sin dejar nada que
valga en el país. El propio gobierno, para fundamentar un último decreto, ha
recogido esta injustificada apreciación.
Al referirme a este estado de cosas, créame, señor presidente, que habría
deseado hacer total abstracción de mis intereses personales para juzgar la cuestión
desde un punto de vista exclusivamente nacional. Sin embargo, no puedo prescindir
de consignar aquí, aunque solo sea en términos generales, mi participación en el
desarrollo minero del país.
Cuando comencé mis trabajos, hace más de cuarenta años, poseía una
pequeña mina sin capital, sin instalaciones y sin otra fuerza que mi fe inquebrantable
en el porvenir. Después de varios años de labor intensa, de privaciones, de lucha
con los hombres y la naturaleza, pude al fin descubrir las vetas de estaño que
buscaba en una época en que el precio de este metal era bajo y apenas dejaba
alguna utilidad al minero. Era el tiempo en que el presupuesto nacional no contaba
con más de tres millones de bolivianos de renta. Mis primeros éxitos no me
marearon, ni pensé tampoco en vender esta pequeña propiedad al interés chileno y
constituir en Santiago una sociedad chilena para vivir de mis rentas. Todo mi
esfuerzo consistió, por el contrario, en crear una industria. Todas mis utilidades,
absolutamente todas, fueron destinadas a desarrollar la mina e industrializarla.
Fui el primero en introducir tanto las maquinarias como los más modernos
motores a Bolivia para la explotación minera y cuando mis recursos fueron mayores
debido a mis esfuerzos, amplié paulatinamente mis propiedades mineras hasta
hacer de la pequeña mina en que inicié mis labores la institución que ha creado los
actuales establecimientos de Siglo XX y Catavi, los cuales constituyen la más
completa unidad minera de estaño en el mundo entero y que podrá exhibir Bolivia
con orgullo como una muestra de lo que son capaces sus industriales.
Los campamentos para mejorar y dignificar la vida obrera, los trabajos en el
interior de la mina que representan cientos de kilómetros de socavones, la planta
hidroeléctrica, el ingenio, los depósitos de materiales, las instalaciones para el
bienestar social, entre las que se encuentra el mejor hospital de Bolivia, etc.,
representan la inversión de varios millones de libras esterlinas.
El capital pagado de la Patiño Mines, fuera de los millones invertidos en los
trabajos iniciales, es de 6.250.000 libras. Gran parte de este capital, el que me
corresponde fuera de lo aportado por accionistas extranjeros, fue el producto de la
mina. Si no hubiera reinvertido varias veces mi capital original y las utilidades que
obtuve, jamás habría existido ese organismo que ahora se llama Patiño Mines.
Procedí con el mismo principio y con idéntico fin en Huanuni y finalmente en Araca
y Oploca.
El capital de estas últimas empresas, que corresponde al valor invertido, es de
más de 3.000.000 de libras, que también corresponden en gran parte a mis
reinversiones de capital en Bolivia. Quise también devolver a la antigua mina de
Colquechaca su pasada grandeza e invertí para ello algo más de 1.500.000 libras
sin haber obtenido, desgraciadamente, en este caso, un resultado satisfactorio. Este
Texto Guía – Lenguaje UPDS
enorme capital que me pertenecía y que nadie me obligaba a invertir en tal empresa
arriesgada, fue íntegramente perdido.
Es natural que, a medida que prosperaban mis negocios, aumentaran mis
utilidades. Quienes me juzgan en Bolivia con espíritu prevenido no miran más que
este lado. No quieren ni siquiera pensar en los esfuerzos realizados para crear una
industria que no existía y en los millones de libras esterlinas que se han empleado
para crear esa industria, en el desarrollo económico y social que ha provocado para
el país. La industria así creada tiene el privilegio de haber aumentado
considerablemente las rentas del país (el presupuesto nacional excede ahora los
Bs 300.000.000), de haber dado y dar trabajo a cientos de empleados y a miles de
obreros. Se sabe que solo los campamentos de la Patiño Mines mantienen una
población de más de 20.000 habitantes, contando los obreros y sus familias.
No se quiere tampoco recordar que cuando cayó la desgracia sobre el país, la
Guerra del Chaco no habría podido ser financiada en forma alguna sin el concurso
de la minería. Todo esto no se ve ni se quiere ver. En cambio, se han inventado
cifras fantásticas para hacer concebir que mis intereses en las minas de Malaya
[Malasia] son más importantes que los que he creado y mantengo en Bolivia. Tal
afirmación temeraria es totalmente falsa.
Este interés que mantengo, por intermedio de otras compañías en que estoy
interesado, representa solo alrededor de 700.000 libras en total. Anoto cifras
comprobables para mostrar la exactitud de mis afirmaciones. Cuando me interesé
en las minas de Malaya no fue con otro objeto que el de defender mis grandes
intereses de estaño en Bolivia y al hacerlo así defendí también los intereses del
país. Sin mi intervención en Malaya no habría podido llegarse a formar el Acuerdo
Internacional de Restricción y sin este seguramente el precio del estaño en los
últimos años no habría sido sino entre 100 y 150 libras la tonelada, lo que importa
decir que las minas de Bolivia no hubieran podido trabajarse, puesto que los costos
en nuestro país son más altos de un modo general.
Lo invito, señor presidente, a meditar lo que habría sido de nuestro país si sus
minas de estaño hubieran tenido que suspender sus labores en los últimos seis
años y qué es lo que hubiera ocurrido en ese caso durante la campaña del Chaco y
sus consecuencias posteriores. Lastima mi espíritu el considerar que una obra de
alcances tan patrióticos para el país no hubiera sido comprendida por mis
compatriotas y que, al contrario, se hubieran sacado tendenciosas y malévolas
conclusiones.
Por su carácter mismo, debo limitarme en esta carta a mencionar, como acabo
de hacerlo, mi labor como industrial minero. Debo anotar, aunque solo sea de paso,
que con mis legítimas utilidades y sin que estuviera obligado a ello, fundé el Banco
Mercantil, llevando al país en oro metálico la cantidad de 1.000.000 de libras como
capital efectivo […] lo que hasta entonces no había hecho ningún otro banco en
Bolivia.
He organizado luego la granja agrícola ganadera de Pairumani a un costo muy
subido, llevando más de seiscientas cabezas del mejor ganado que existe en
Europa y en los Estados Unidos, a un precio muy alto. He organizado también la
Sociedad Agrícola, Ganadera e Industrial de Cinti, que está ya en condiciones de
Texto Guía – Lenguaje UPDS
producir pronto 3.000 toneladas de trigo para harina, que cubrirá la mayor parte del
consumo de los departamentos de Chuquisaca, Potosí y Tarija.
Es mi anhelo ayudar a los estudiantes pobres de mi país para darles una
profesión, es así que organicé la Fundación Universitaria Patiño con un capital
efectivo de aproximadamente 80.000 libras, capital que, convertido en moneda
nacional, ha sufrido las consecuencias de la desvalorización de nuestra moneda.
Es mi deseo más ferviente reorganizar esa fundación dotándola de todos los
elementos para que corresponda a los fines con que ha sido creada. En repetidas
ocasiones he prestado mi concurso para cooperar al gobierno en financiaciones de
importancia. Puedo recordar, por ejemplo, la financiación de 600.000 libras para la
terminación del ferrocarril de Potosí a Sucre.
En otras ocasiones, la incomprensión de los gobiernos no me permitió realizar
trabajos de la más grande importancia como la colonización de Chimoré y la
construcción del ferrocarril que vincule Cochabamba con uno de nuestros ríos
navegables afluyentes del Amazonas. Todo esto que consigno es simplemente
indicativo y lo hago contra mi voluntad, presionado por la necesidad de demostrar
con hechos lo infundado y lo injusto de las afirmaciones ligeras que se propalan en
Bolivia, en sentido de que no he hecho otra cosa que extraer del país la riqueza
pública.
Si he recordado mi labor personal para crear la industria del es-taño en Bolivia,
ha sido, aparte de la razón indicada, para mostrar el esfuerzo, la perseverancia y el
capital que se requieren para organizar una explotación minera. La minería
constituye ahora en Bolivia un gran factor económico, y estoy orgulloso de ser uno
de sus miembros prominentes. La industria minera ha tenido que soportar
constantes luchas y ataques en todos los tiempos. Esta situación se ha agudizado,
llegando a límites casi insostenibles, desde la Guerra del Chaco.
En un país medianamente organizado se habrían distribuido equitativamente las
cargas y obligaciones de la guerra y la postguerra, pero en Bolivia no ha ocurrido
así, todas esas cargas han pesado exclusivamente sobre la minería y así se ve el
caso raro de que mientras la minería, bajo el régimen anterior, ha estado pagando
impuestos de más del 60% sobre sus utilidades, con un precio del estaño de
alrededor de 200 libras, incluyendo en este cálculo las diferencias de cambio de la
entrega de divisas, las otras industrias, la agricultura, la propiedad, etc.,
prácticamente no pagan ningún impuesto.
Con un precio del estaño de alrededor de 160 libras por tonelada, la industria
minera ha entregado al Estado prácticamente el 100% de sus utilidades. A la
sombra de la industria minera se han organizado las llamadas industrias nacionales,
las cuales importan materias primas del extranjero y que constituyen prácticamente
un monopolio. Se sabe que estas industrias han realizado ganancias importantes,
exportadas al exterior, con el exclusivo sacrificio de los mineros. Sin embargo de
todo esto, en el país se ha levantado una ola de difamación contra la minería y esto
acaso se deba a la buena voluntad y la resignación con que la minería aceptó todas
las obligaciones que se le impusieron.
Al tratar de la influencia nacional de la minería, hay que considerar también el
impulso que ha dado al desarrollo industrial, ferroviario y urbano de nuestras
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ciudades. Bolivia necesita importar todo del exterior y sin las divisas proporcionadas
por los mineros no se habría construido nuestra actual red ferroviaria, aparte
solamente de la indemnización pagada por el Brasil, si no recuerdo mal, de algo
más de 2.000.000 libras. Tampoco se habría podido desarrollar la agricultura, las
industrias, ni llegar al adelanto urbano de nuestras ciudades.
Si por mala fortuna para Bolivia se suspendiera la explotación de estaño,
quedaría paralizada la propia vida del país que además de no poder disponer de
divisas para sus importaciones, vería disminuir sus rentas en bolivianos a un nivel
muy inferior a las necesidades fiscales puesto que las rentas que se derivan de las
otras actividades nacionales son apenas un reflejo de la actividad minera. Y lo más
grave de esta situación es que nuestra industria del estaño está amenazada por la
competencia extranjera.
Es bien sabido por quienes estudian estas cuestiones, que se mantiene un
precio conveniente solo por el Acuerdo Internacional de Restricción, es decir por
medios más o menos artificiales. Hay que meditar si, en un mercado libre, podría el
estaño boliviano competir favorablemente, en las condiciones impositivas actuales,
con el estaño de los otros países productores y particularmente con Malaya y las
Indias Holandesas, cuyos costos de producción es conocido que son muy inferiores
a los de Bolivia. En los últimos tiempos, la amenaza viene también del Congo Belga
que está desarrollando intensamente sus yacimientos estañíferos y probablemente
vendrá además de la China.
La lucha de los países en el mercado de materias primas es simplemente una
cuestión de costos. En un mercado libre, si los costos de Bolivia son superiores a
los de sus competidores, su producción sería fatalmente desplazada. Ocurriría
entonces que Bolivia, poseyendo grandes e importantes yacimientos de estaño, no
podría explotarlos comercialmente y el estaño ocuparía en nuestra economía el
mismo lugar secundario que tienen la plata, el cobre, el zinc, la goma, etc., y que a
una cotización baja no pueden ser explotados debido a la concurrencia extranjera.
Si esto es así, y es innegable e indiscutible que el país vive y se mantiene de la
minería, habría sido elemental que el Estado procure por todos los medios su mayor
desarrollo y estabilización porque esto representaba y representa también la
prosperidad del país. Desgraciadamente, no se ha procedido así.
Ahora usted, señor presidente, se propone, según los términos de la carta que
contesto, vigorizar la vida del país en lo interno para que así cobre mayor
respetabilidad en lo internacional. ¿Pero cómo podrá hacerse esto si no se vigoriza
la explotación minera, si no se garantizan los capitales invertidos en esta empresa
aleatoria por excelencia, si no se estimula el esfuerzo privado que haga surgir
nuevos y vigorosos campamentos en las cimas desiertas de nuestras cordilleras, si
no se da todo apoyo al industrial boliviano y si no se rodea de garantías al
extranjero? Estoy seguro que usted piensa como yo, en sentido de que solo una
política sistemática pueda hacer la grandeza de Bolivia.
Por lo que observo, llego a la conclusión de que los estadistas de Bolivia no
toman en cuenta los factores geográficos que nos son adversos, nuestro
aislamiento, las montañas y largas distancias que nos separan de las rutas
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marítimas, la altitud del territorio en que se encuentran nuestras riquezas mineras,
que dificulta y encarece su explotación y que conspira contra la vida misma.
Me explico que espíritus impacientes encuentren defectuosa y pobre nuestra
organización como país. Sin embargo, si se examinan los grandes esfuerzos que
ha tenido que hacer Bolivia para contrarrestar las fuerzas naturales que se oponen
a su progreso, se encontrará que dentro de lo relativo, con las limitaciones que
imponen estos factores adversos, se han sentado las bases de la nacionalidad y
que lo hecho hasta hoy corresponde exclusivamente al esfuerzo minero de la época
actual y la pasada. Si no se ha hecho más, si no tenemos hoy la patria fuerte y
poderosa que todos anhelamos, debemos confesar que es por la negligencia de
nuestros hombres, su falta de espíritu de trabajo y de disciplina.
Si se han de buscar comparaciones con otros regímenes y otros países, en lugar
de excursionar por estos países europeos cuyos problemas son del todo diferentes
a los nuestros, bastaría examinar lo que ocurre en la vecina república del Perú, que
por su territorio y su raza tiene marcada similitud con la nuestra. Casualmente acabo
de informarme de un reportaje al presidente, general Benavides. En ese reportaje
establece el mandatario peruano que ha dado a su país un período de prosperidad
y de paz que solo es el comienzo de uno de los más grandes de desarrollo industrial
y económico en la historia de la nación.

Señala luego el enorme programa para la construcción de carreteras que se


inició y terminó bajo su gobierno, las mejoras portuarias, obras públicas, el fomento
de la agricultura y la explotación de los vastos recursos nacionales de la minería y
el petróleo. Al hacer el presidente Benavides esta reseña de los progresos del Perú
durante su administración, aseguró que su país nunca aprobará una ley que pueda
considerarse como antagónica al capital y que, por el contrario, el Perú hará todo lo
que esté en su poder para atraer el capital extranjero, sin el cual, a su juicio, sería
imposible el desarrollo de los recursos de la nación.

Considero, señor presidente, que una política económica como la seguida por
el Perú en los últimos tiempos sería la única dentro de la cual usted podría realizar
sus patrióticas aspiraciones, expuestas con tanta sinceridad en la carta con que me
ha favorecido usted. Seguramente con la mejor intención, su gobierno, para realizar
esas patrióticas aspiraciones, ha dictado últimamente disposiciones administrativas
que imponen un nuevo régimen económico a la minería.

No cumpliría mi deber de boliviano si no expresara a usted, con toda lealtad,


que un examen sereno e imparcial de esas disposiciones lleva al resultado que su
aplicación puede producir efectos contrarios a los que se persiguen, porque hieren
las garantías y confianza que requiere el capital y que, concretamente en el caso de
la minería, han de producir a plazo no lejano su decadencia, que será fatalmente la
decadencia de la nación.
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Expongo así mi juicio con franqueza y rectitud ante usted, no en defensa de mis
intereses industriales que son transitorios, sino en servicio de nuestra patria y su
destino.
Hecha esta declaración, cuya sinceridad estoy seguro que usted apreciará
debidamente, me corresponde expresarle que, de mi parte, pondré mi mejor
voluntad para cumplir las disposiciones a que me he referido y que haré todo lo que
esté a mi alcance para que los directorios y accionistas de las empresas mineras en
que estoy interesado observen igual conducta. Si el gobierno y corrientes de opinión
consideran que el último decreto y su reglamentación han de promover el mayor
desarrollo de la minería y, por consiguiente, el progreso del país, no seré yo quien
ponga obstáculo a esta obra nacional. Ha sido mi práctica constante acoger las
disposiciones de los poderes constituidos y esta vez tampoco debo apartarme de
esa práctica, que es la norma de mi vida, y mucho más si usted, señor presidente,
invocando los altos intereses del país, se ha servido demandar mi concurso, que
reitero no le faltará para apoyar los actos de su gobierno que se encaminen a
vigorizar y hacer fuerte y respetado nuestro país. Debo pedirle solamente que a su
tiempo se digne considerar, siempre dentro de los intereses nacionales, las
modificaciones y aclaraciones de detalle que le presentarán mis representantes en
Bolivia y el que pudiera designar el directorio de New York de la Patiño Mines para
la mejor aplicación de dicho decreto y su reglamentación, a fin de que puedan
hacerse efectivos los patrióticos propósitos que persigue su gobierno.
Me es muy satisfactorio renovarle a mi vez el testimonio de mi mayor distinción
y estima.

Simón I. Patiño

La negociación del puerto para Bolivia


De Víctor Paz Estenssoro a Hernán Siles Zuazo

Montevideo, 25 de noviembre de 1950


[…] Para nosotros, el problema del puerto no figura entre los de primera
fila que confronta Bolivia. La afirmación que a menudo se hace de que nuestro
atraso proviene principalmente de la falta de una salida al mar, a más de pueril es
tendenciosa, pues busca desviar la atención pública de las verdaderas causas del
estancamiento de Bolivia. Más preciso y conveniente desde el punto de vista del
interés nacional es poner toda nuestra capacidad, energía y recursos en desarrollar
los grandes factores potenciales, el orden económico y humano que encierra
Bolivia. Así, en el curso de 15 o 20 años, habremos hecho de nuestra patria una
nación mucho más poderosa de lo que es hoy día. Entonces, la relación de fuerzas
que ahora existe entre Chile y Bolivia, que necesariamente tiene que traducirse en
la negociación, aun descontando el sometimiento de Urriolagoitia a los designios de
González Videla, se habría modificado a favor de Bolivia. Entonces, podremos ir a
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una negociación con Chile pacífica y cordial pero llevada ya de igual a igual y que
podrá ser realmente de mutua conveniencia. Paradójicamente, a nosotros no nos
conviene que la cuestión del puerto tenga solución inmediata, sino más bien
postergarla para el futuro.

Víctor Paz Estenssor

El dilema del MNR


De René Zavaleta Mercado a Mariano Baptista Gumucio

La Paz, 10 de septiembre de 1962


Querido Mariano:

Hace días que está resuelto el viaje de Carlos Carrasco, pero de principio pensé
que valía la pena utilizar la ocasión y el emisario para escribirte. Espero que estén
bien los tuyos y que te encuentre Carlos con buen ánimo para pensar en lo que
parece que ya es hora de pensar. Presumo que te servirá que te hable sobre [la]
política nuestra aunque hace tan poco que estoy nuevamente en La Paz. El azar y
el doctor Paz me han hecho diputado por Oruro luego de una agitada campaña por
Carangas disfrutando de la siempre magnífica compañía de Car-los Zaconeta y
también estudiando los efectos del voto universal en la tierra donde Dios es el frío.
No fue inútil, en verdad, pero algunas veces quisiera volver a la violenta inocencia
de los primeros años de la revolución. No nos concederá tal retorno el destino y por
eso acaso sea más pertinente hablar de lo que es y también, si nos creemos dueños
de un destino en la historia, de lo que debemos hacer.
Algunos dicen que el pesimismo es un estado de la madurez. Yo lo detesto pero
los que ven terminan así maduros. Es como en la Cámara: si uno no hace sino votar
según lo que se elige como revolucionario acaba de socio incómodo de gobierno
ajeno [y] poco menos que de diputado opositor. Decididamente, la gloria es
magnífica pero de mal gusto. (A causa probablemente de Olmedo, el doctor Paz
pone cara de prócer y compra tinteros al doble del precio). Así se está estableciendo
un hecho que tal vez tenga una procedencia ya biológica, de cronología y edad: tal
vez haya llegado el momento de comenzar a plantearnos ya no las formas del poder
ajeno sino [de] nuestro propio poder.
Es al principio solamente una distancia, un desacuerdo metódico, un disgusto
táctico, un apoyo crítico pero ¿cuándo será nuestra edad de la razón? Lo es ahora
mismo cuando no acatamos y, de hecho, al pensamiento sobre las cosas que son
y que no son. De pronto me invaden dudas sórdidas y descorazonadas. (Es la
influencia del diputado Mario Pando que siempre me anuncia nuestra caída para la
siguiente semana). Bien, de todas maneras hay una acumulación de condiciones
para que tal ocurra. No creas que hay un nuevo Ejército ni que los militares creen
tanto en el orden sagrado como el doctor Paz, no. Por lo demás, nunca se ha sentido
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tanto como ahora la inconsistencia clasista de la revolución, al margen de esa
famosa lata de “alianza entre tres clases”.
Creo que ya nadie sensato y sobre el suelo cree todavía que los panaderos de
Bolivia son verdaderos proletarios. Por lo demás, a cada instante aparece más
vulnerable el cuerpo de las milicias, cuya ignorancia de la estrategia que deben
saber es muy conocida por los jungle experts de nuestro gran Ejército, que
reconquistará el Lauca y Cobija y sin gasto de abaroas. Por lo pronto la solución es
muy viable: no saldrá por cierto de otra parte que del MNR, cuyas derecha e
izquierda ideológicas son las únicas derecha e izquierda con porvenir en el país y,
así, bien verás que la solución podría ser un civil sostenido por militares y salido de
una convención del MNR. Un presidente [sic] Guido obrero-campesino, sostenido
por bazookas anticomunistas regaladas por la ayuda americana. Esto es posible,
no cierto, pero de esta caída que no resulta de pecados propios sino de ajenas
entregas [sic] sacaremos la sola conclusión de que habrá que seguir peleando por
los que no pe-lean por nosotros ni por lo que queremos. Hay una salida, en verdad,
y es la de elegirnos porque ([la cita] es de Gide) “ser es elegirse”.
¿No lo crees así?
Un abrazo.
René

“Vuelvo al camino con la adarga al brazo”


Del Che Guevara a sus padres
1967
Queridos viejos:

Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante; vuelvo al camino con
la adarga al brazo. Hace de esto diez años, les escribí otra carta de despedida.
Según recuerdo, me lamentaba de no ser mejor soldado y mejor médico; lo segundo
ya no me interesa, soldado no soy tan malo. Nada ha cambiado en esencia, salvo
que soy mucho más consciente, mi marxismo está enraizado y depurado. Creo en
la lucha armada como única solución para los pueblos que luchan por liberarse y
soy consecuente con mis creencias. Muchos me dirán aventurero y lo soy; solo que
de un tipo diferente y de los que ponen el pellejo para demostrar sus verdades.
Puede ser que esta sea la definitiva. No lo busco pero está dentro del cálculo
lógico de probabilidades. Si es así, va un último abrazo […]. Acuérdense de vez en
cuando de este pequeño condottiero del siglo XX.
Un beso a Celia, a Roberto, Juan, Martín y Patotín, a Beatriz, a todos.
Un gran abrazo de hijo pródigo y recalcitrante para ustedes.
Ernesto

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