Teoría de las Relaciones Internacionales
Historia de las Relaciones Internacionales
Capítulo I: Las relaciones internacionales bajo el impacto de las revoluciones (1776-1815).
Entre 1776 y 1815, el sistema internacional moderno experimentó una profunda transformación debido a
la influencia de las revoluciones y las guerras. Este periodo marcó la transición hacia un sistema
internacional contemporáneo, caracterizado por el cambio en las ideas y prácticas de la política exterior y
por la búsqueda de un equilibrio de poder entre las grandes potencias.
Durante la Edad Moderna, Europa consolidó un sistema de relaciones internacionales (era un sistema
internacional no oficial) basado en conflictos y cooperaciones regulares, tanto en el ámbito diplomático
como comercial. Este sistema, centrado en Europa, pero proyectado al resto del mundo mediante la
colonización y el comercio, integró diferentes regiones del mundo en redes de intercambio.
El ascenso europeo
El dominio europeo no fue evidente al inicio del siglo XVIII, ya que los estados europeos no tenían, ni la
mayor población, ni poder económico, ni superioridad técnica o militar abrumadora frente a diferentes
imperios. Sin embargo, avances en:
a. Ciencia.
b. Tecnología.
c. Organización militar.
d. Revolución industrial.
e. Ideas de la Ilustración
f. Consolidación de estados modernos.
Impulsaron a Europa hacia «la gran divergencia» respecto al resto del mundo. Estos factores permitieron
que Europa liderara la política y economía global en el siglo XIX. Además, el ascenso europeo estuvo
marcado por una competencia feroz entre estados y por la explotación de recursos y territorios
extraeuropeos. Desde la «Era de los Descubrimientos», Europa había extendido su control mediante
exploraciones, colonización y comercio. A finales del siglo XVIII, las potencias europeas controlaban
varias áreas del mundo, organizadas en:
a. Colonias pobladas por europeos (como en América y Filipinas).
b. Enclaves comerciales (como Malaca o Goa).
c. Territorios sometidos indirectamente (como partes de la India y África subsahariana).
d. Zonas de influencia (como el Imperio Otomano o Persia).
Este dominio consolidó redes globales de intercambio que marcaron el inicio de una globalización dirigida
desde Europa, conocida como la «primera ola de globalización».
Los principios constitutivos del sistema internacional
El primer sistema internacional (moderno) que surgió tras la Paz de Westfalia de 1648 estableció los
principios fundamentales que regirían las relaciones internacionales durante los siglos posteriores. Este
sistema westfaliano de Estados se caracterizó por cuatro principios:
1. La soberanía e integridad territorial de los Estados.
2. La igualdad legal entre estos, sin importa tamaño o fuerza.
3. La sujeción a los tratados internacionales.
4. El principio de no intervención en los asuntos internos de otros Estados
Estos principios consolidaron la independencia y autonomía de los Estados como actores centrales de la
política internacional.
De igual modo, el sistema westfaliano no solo se sustentaba en principios legales, sino también en
elementos:
a. Culturales: Europa se percibía como un «mundo civilizado», en contraposición a los pueblos
considerados bárbaros, lo que justificaba la colonización y la misión civilizadora europea.
b. Políticos: El sistema estaba basado en la interacción entre soberanos, quienes eran los principales
responsables de la política exterior de sus Estados. Las disputas territoriales, influenciadas por
intereses dinásticos, fueron el motor principal de las relaciones internacionales en este periodo.
c. Instituciones: Tenían un carácter regulador, y eran…
1. La guerra, se regía por principios como «cuando era legítimo guerrear» y el
«comportamiento en el campo de batalla».
2. La diplomacia, llevada a cabo por enviados permanentes o misiones extraordinarias, se
convirtió en un mecanismo importantes de interacción entre Estados.
3. El derecho internacional, empezó a consolidarse gracias a dos pensadores, quienes sentaron
las bases del derecho positivo.
Asimismo, el sistema internacional también se basaba en el principio del equilibrio de poder, un mecanismo
informal mediante el cual las grandes potencias se contrarrestaban y evitaban la hegemonía de cualquiera
de ellas. Este equilibrio, consagrado en la Paz de Utrecht de 1713, fue importante para la estabilidad de
Europa y se mantuvo durante más de dos siglos. Pero, este equilibrio era inestable y se ajustaba
constantemente a través de alianzas cambiantes y guerras, que a menudo afectaban a las potencias más
débiles del sistema.
El orden de las potencias
Aunque, teóricamente, todos los Estados del sistema internacional eran iguales en términos legales, las
diferencias reales de poder entre ellos creaban una jerarquía práctica. En el siglo XVIII, se reconocía una
distinción entre grandes y pequeñas potencias. Mientras que las grandes potencias dominaban la escena
internacional, las potencias más pequeñas tenían un papel subordinado, y las más débiles a menudo eran
víctimas de las ambiciones de los Estados más poderosos. La estabilidad del sistema dependía del equilibrio
entre las grandes potencias, ya que solo ellas podían garantizar la paz y el equilibrio.
A finales del siglo XVIII, las cinco principales potencias eran:
1. Reino Unido: Dominaba los mares y el comercio gracias a su formidable armada y a su control
sobre rutas navales clave y colonias en todo el mundo. Esto le permitía mantenerse relativamente
al margen de los asuntos europeos, interviniendo solo para garantizar el equilibrio de poder en el
continente.
2. Francia: Era la potencia continental más poderosa debido a su extensión territorial, población,
capacidad económica y militar. Aunque su monarquía enfrentaba serios problemas financieros.
3. Imperio Austriaco: Controlaba varios territorios en Europa central y su influencia se extendía a
través de los Balcanes y el Sacro Imperio Romano Germánico. Los Habsburgo, dinastía gobernante,
buscaban expandir sus dominios a costa de sus vecinos, como Polonia.
4. Rusia: Era una potencia híbrida, tanto europea como asiática, cuyo poder provenía de su gran
territorio y un ejército formidable. Bajo los zares, Rusia se convirtió en un actor decisivo en la
política europea, a pesar de ser considerada menos avanzada que otras grandes potencias.
5. Prusia: La más pequeña de las grandes, pero destacaba por su fuerza militar, modernizada bajo
Federico II. Además, su ubicación en el centro de Europa le ofrecía amplias posibilidades de
expansión y preponderancia.
A su vez, existían Estados intermedios que, aunque habían sido potencias importantes en el pasado, estaban
en proceso de redimensionarse.
1. España: Aunque había perdido influencia en Europa por el Tratado de Utrecht de 1713, seguía
siendo una potencia colonial gracias a su armada y a sus amplios territorios en América.
2. Portugal y las Provincias Unidas de los Países Bajos: Fueron potencias marítimas y coloniales,
pero cayeron en el retroceso frente a la hegemonía británica.
3. Suecia y Dinamarca-Noruega: Aunque anteriormente habían sido potencias de primer nivel, en
el siglo XVIII se habían reducido a potencias medianas o regionales.
4. Polonia: A pesar de su tamaño, era un estado grande pero débil, que perdió influencia en el sistema
internacional debido a su fragmentación interna y las disputas con sus vecinos.
Menciones aparte:
1. El Imperio Turco otomano: Aunque no formaba parte plenamente del sistema europeo de
potencias, seguía siendo un actor importante en el equilibrio de poder. Su enorme extensión
territorial y su capacidad militar lo mantenían como un contrapeso importante, especialmente frente
a Rusia y Austria, a pesar de su decadencia interna y sus problemas de modernización.
En conjunto, el sistema de potencias se caracterizaba por un equilibrio inestable, con varios equilibrios
regionales y sistemas de hegemonía. Había un equilibrio entre potencias católicas y protestantes, y entre
distintas áreas geográficas (como el Báltico, el Mediterráneo o el Atlántico). Este equilibrio era dinámico,
sujeto a constantes cambios en las alianzas y disputas territoriales, lo que aseguraba que ninguna potencia
pudiera dominar de manera absoluta.
Las fuerzas del cambio
A finales del siglo XVIII, diversas corrientes intelectuales, culturales, económicas y políticas comenzaron
a influir en el sistema internacional, alterando el equilibrio de poder.
En la filosofía política, pensadores como Rousseau y Montesquieu desafiaron el absolutismo, destacando
la importancia de la voluntad popular y el progreso humano, lo que influenció movimientos como la
independencia de los Estados Unidos y las guerras revolucionarias francesas. A la par, surgió la concepción
de Estado-nación, especialmente en Francia, donde se comenzó a identificar a los súbditos con su nación.
Rousseau, afirmó que el poder legítimo radica en el pacto de los ciudadanos, y Sieyès unió la nación a la
ciudadanía bajo leyes comunes. En Alemania, el prerromanticismo de Herder y Fichte profundizó esta idea,
sugiriendo que las naciones preexistían a los Estados.
En el ámbito económico, declinó el mercantilismo, que favorecía el proteccionismo y la acumulación de
metales preciosos, dando paso a las ideas de los fisiócratas y liberales. Pensadores como Smith defendieron
la libertad económica, el libre comercio y la cooperación internacional, transformando la concepción de las
relaciones comerciales. Mientras los mercantilistas veían el comercio como un juego de suma cero, los
liberales creían que el comercio beneficiaba a todos. Las ideas liberales fueron fundamentales en el
crecimiento del Reino Unido como potencia librecambista en el siglo XIX.
Finalmente, la Revolución Industrial, que comenzó en Inglaterra hacia 1780, transformó la jerarquía de
potencias. El desarrollo de la industria y el capitalismo industrial permitió a los países con industrias
modernas y sistemas financieros sólidos tener un poder militar y una influencia internacional decisiva, lo
que reconfiguró el sistema de potencias en Europa y más allá.
El impacto de las revoluciones, la independencia de Estados Unidos y la revolución francesa
A finales del siglo XVIII, las corrientes de cambio (las que abordamos arriba) impactaron directamente en
el sistema internacional.
El conflicto entre las Trece Colonias y el Imperio Británico, originado por tensiones coloniales tras la
Guerra de los Siete Años (1756-1763), se convirtió en una guerra internacional cuando Francia y España
intervinieron para debilitar a Gran Bretaña. La situación alcanzó su punto crítico en 1775, cuando los
colonos organizados bajo el liderazgo de George Washington, comenzaron la resistencia a la metrópoli
británica.
La guerra se transformó en un conflicto internacional de nueva naturaleza. Tras victorias importantes como
la de Saratoga (1777), la guerra culminó con la derrota británica en Yorktown (1781), lo que llevó a Gran
Bretaña a proponer la paz. La participación de Francia y España fue importante en este proceso, ya que
proporcionaron apoyo militar, financiero y territorial, extendiendo las operaciones bélicas más allá de
América, lo que involucró a otros actores como Rusia y las potencias neutrales.
El Tratado de Paz de Versalles de 1783 resultó en el reconocimiento de la «Independencia de los Estados
Unidos», con un territorio expandido, mientras que Francia y España también lograron algunos beneficios
territoriales, aunque a costa de una grave deuda en el caso de Francia. Este conflicto dejó una profunda
marca en el sistema internacional, demostrando que una colonia podía desafiar y derrotar a una potencia
imperial si contaba con el apoyo adecuado.
La independencia de los Estados Unidos reajustó el equilibrio de potencias en Europa, aunque no desafió
la supremacía naval británica. Estados Unidos en un principio se mantuvo como una potencia periférica
centrada en su expansión y reconstrucción interna. Su fundación sobre principios democráticos y de
autogobierno inspiró movimientos de agitación patriótica en Europa, como se vio en Irlanda, las Provincias
Unidas, y otros lugares entre 1778 y 1790, y culminó en la «Revolución Francesa» de 1789.
Ahora bien, la Revolución Francesa, que comenzó con la convocatoria de los Estados Generales y culminó
en 1792 con la proclamación de la República, inicialmente fue un asunto interno de Francia. A pesar de su
aparente pacifismo, la revolución pronto desafió el orden establecido en Europa, al cuestionar la legitimidad
de los monarcas y defender la soberanía popular. En 1791, Francia rompió con España mediante la denuncia
del Pacto de Familia y, en respuesta al desafío que representaba el cambio de régimen en Francia, el
emperador de Austria y el rey de Prusia convocaron a las monarquías europeas a restaurar el orden en
Francia, lo que llevó a la declaración de guerra de Francia a Austria y Prusia en 1792. La guerra se
caracterizó por ser tanto política como ideológica, con la revolución francesa promoviendo la expansión de
sus ideales de libertad y ciudadanía, mientras enfrentaba una coalición de potencias europeas.
La guerra, conocida como las «Guerras Revolucionarias Francesas», se intensificó en 1793 y 1794 con la
movilización de masas en Francia. A medida que la situación se deterioraba para los monárquicos, el
ejército revolucionario, impulsado por el patriotismo y la defensa de la nación, logró importantes victorias,
como la batalla de Valmy en 1792. Durante este periodo, Francia extendió sus fronteras, ocupando
territorios como los Países Bajos austriacos, Saboya y otros en Italia. Napoleón Bonaparte emergió como
figura importante durante este tiempo, liderando victorias decisivas como la de Marengo en 1800, lo que
consolidó la posición hegemónica de Francia en Europa.
El conflicto internacional continuó con la formación de varias coaliciones contra Francia, incluyendo la
Segunda Coalición (1798-1801), en la que se aliaron potencias como Rusia, Austria y el Reino Unido. Sin
embargo, las victorias de Napoleón y las negociaciones diplomáticas, como la Paz de Amiens en 1802,
establecieron un equilibrio temporal en Europa, con Francia dominando gran parte del continente, mientras
que el Reino Unido mantenía el control de los mares. La pax (paz) napoleónica que surgió representaba una
reorganización del continente bajo la hegemonía francesa.
Napoleón consolidó su poder tras la paz de Amiens (1802), convirtiéndose en «Primer Cónsul vitalicio» y
luego proclamándose emperador de los franceses en 1804. Continuó expandiendo el territorio francés
mediante anexiones y la reorganización de territorios en Europa (como el Sacro Imperio Romano
Germánico y partes de Italia), lo que alarmó a las potencias europeas. Por lo tanto, en respuesta a su
ambición, se formó la Tercera Coalición, lo que derivó en la derrota de Austria y Rusia en 1805 en
Austerlitz. Francia continuó consolidando su poder y control, estableciendo la Confederación del Rin en
Alemania y reorganizando Italia y España.
Los años 1808-1811 fueron el punto más alto del poder de Napoleón, con Francia dominando gran parte de
Europa. No obstante, surgieron resistencias internas, como los levantamientos en España y Alemania. La
Guerra Peninsular y las victorias de Wellington contra las tropas francesas en España debilitaron el ejército
napoleónico. Napoleón se expandió aún más, imponiendo el «bloqueo continental» y formando alianzas,
pero su hegemonía fue cuestionada por la creciente resistencia popular y la presión internacional.
A partir de 1811, Napoleón comenzó a enfrentar dificultades internas y externas. La ruptura de la alianza
con Rusia, debido a los efectos negativos del «bloqueo continental», culminó en la invasión fallida de Rusia
en 1812. Tras la desastrosa retirada de la Gran Armée, la coalición antifrancesa se fortaleció, llevando a la
derrota de Napoleón en la Batalla de Leipzig (1813) y a la caída de su imperio. La derrota de las fuerzas
francesas en la península Ibérica y la presión de las potencias coaligadas obligaron a Napoleón a abdicar en
1814, dando fin a su régimen y dando paso a la restauración borbónica en Francia.
Las independencias de la América Hispana
Se desarrolló en un contexto de crisis tanto en Europa como en América. La intervención de las ideas
ilustradas y las revoluciones en Europa, principalmente la francesa, fue un factor importante para la
ruptura con la metrópoli. Las colonias, a lo largo de las primeras dos décadas del siglo XIX, buscaron
emanciparse del control español en un proceso de independencia que se extendió entre 1810 y 1828.
Primera fase (1810-1814): Los movimientos independentistas se expanden por gran parte de América
Hispana, con la influencia de ideas ilustradas y principios liberales. Las juntas criollas asumieron el poder
en varios territorios, buscando la independencia.
Segunda fase (1815-1819): Las fuerzas realistas de Fernando VII, tras la restauración del absolutismo
en España, logran recuperar gran parte del control sobre las colonias, revocando las declaraciones de
independencia, excepto en el Cono Sur.
Tercera fase (1820-1823): Con el periodo del Trienio Liberal en España, la autoridad española en
América se desmoronó. Los movimientos independentistas reorganizados consiguieron expulsar a las
autoridades metropolitanas y consolidaron las independencias.
La independencia estuvo marcada por figuras como Bolívar, San Martín y Sucre.
Bolívar, además de ser uno de los principales impulsores de la independencia, soñó con una unión de
repúblicas hispanoamericanas, pero su proyecto fracasó en el Congreso de Panamá de 1826 debido a los
intereses diversos de los nuevos estados y la intervención de potencias extranjeras como Estados Unidos
y Reino Unido. A pesar del fracaso dio lugar a la formación de 18 nuevos estados. Sin embargo, las
fronteras, basadas en las antiguas divisiones coloniales, provocaron numerosos conflictos. Además, en
el ámbito internacional, Estados Unidos aprovechó el contexto para afirmar su preeminencia en el
continente americano, como lo refleja la Doctrina Monroe de 1823.
Por otro lado, aunque España no reconoció la independencia de sus colonias hasta varias décadas
después, los efectos de la independencia llevaron a la decadencia del poderío español, que terminó
perdiendo la mayor parte de sus colonias, quedando solo con Cuba, Puerto Rico y algunas islas en el
Pacífico hasta 1898. Este proceso también marcó un cambio significativo en las relaciones
internacionales de América, estableciendo un nuevo orden regional en el que las antiguas colonias se
vieron obligadas a redefinir sus relaciones entre ellas y con las potencias extranjeras.