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Reflexiones de una infancia perdida

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Lia Ureña
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Capítulo uno

1
Algo se me daba. Algo se me quitaba. Si recibía, ya debía prepararme para perder. Una
frustración presagiaba un legado. Si recibía, perdería. Si perdía, recibiría.
¡Dios mío, pero qué suerte tiene esta muchacha!, balbucía mamá con los dientes apretados,
chorreándole el sudor, más por las preocupaciones que por los efluvios del fogón. Metía yo
la mano debajo de una piedra para atrapar una jaiba y, ¡ay carajo!, era la jaiba la que me
atenazaba el meñique hasta casi cortármelo. Me gaviaba por la palma y ya casi al alcanzar
el yaguacil una enorme culebra salía del hueco que habían hecho los pájaros carpinteros.
A riesgo de romperme un hueso, me lanzaba desde lo alto antes de que el bicho fuera a
vajearme. Me tumbaba bocarriba entre la crecida yerba pangola de una finca ajena.
Apoyando la cabeza en las manos, contemplaba el cielo, las garzas y las mariposas que
pasaban ignorándome, mientras olas picantes, tibias, balsámicas me mecían. De repente,
cesaba la embriaguez. Una vaca brava arremetía contra mí. Me hacía la muerta. El animal
me olisqueaba la boca, los cabellos. Sentía sus cuernos en mi costado, su hálito
inconfundible. Fingía que se marchaba. Volvía. Me hacía suponer que jugaba conmigo, que
urdía una treta. Yo, inmóvil, entreabría un ojo y la vaca, como si se diera cuenta, se me
acercaba. Hasta que al rato, emitía un resuello de rendición. Entonces, me incorporaba de
un salto y corría hacia la alambrada para reptar por debajo de la última de las ocho cuerdas
con púas. Garranchazos en espalda y nalgas me quedaban de recuerdo.
Todo lo anterior me parecía natural. Normas de interacción.
Ley de reciprocidades. Creía que en la palma, la culebra, la vaca, la yerba, la jaiba...
también se imprimían las huellas de nuestro encuentro, que a su modo se acordaban de mí.
Seguía pues levantando piedras del río para atrapar jaibas; me trepaba en todas las matas;
deambulaba por la prohibida finca de los Fontes; maroteaba mangos, guanábanas,
naranjas; juntaba candela solo para observar la volátil llamarada o asar semillas de cajuiles,
soportando con lágrimas el humo ácido; incursionaba por los jardines para robarme
violentas rosas, y me zambullía en los charcos hasta que estaba a punto de asfixiarme, para
luego saltar y girar en el aire espléndido chorreando y salpicando agua en la que a veces se
descomponía la luz y podía vislumbrar el asomo de cosas frágiles e inatrapables, visos de
otras comarcas.

2
Tiritando, las cuatro niñas nos apretábamos las manos alrededor del fogón. En la noche
podrían caer granizos. Beba había sacado el mantelito plástico con una flor de pascua en el
centro, sobre el que dispondría las uvas compradas con diez centavos, el ponche Crema de
Oro que le regaló Manuelico, el Mercadero, y los confites con asperezas de roca. Lorenzo
se reía (nunca para nosotras), porque había un logrado vender a buen precio el cerdo que
venía engordando. Luduvino, el carnicero, se apersonó a nuestra casa a recogerlo y
nosotras sentimos alivio porque ese animal se había ganado nuestra aversión. Pero quién
sabe si Lorenzo nos traería dos libras de puerco asado para la cena de navidad.
Ya Coco empezaba a corretear sobresaltado por los estampidos de los ocasionales
montantes. Sentada en la tierra bajo la mata de limón, me ocupaba en tejer unos zapatitos
con hilo blancopara Sebastián, cuando llegó el telegrama. Urgente. Mamá tuvo que arrancar
para la Capital. Allá pasó varios días. Y nosotros vivimos la primera Nochebuena sin ella.
Lorenzo no trajo carne de puerco asado. Aun cuando era el único adulto en la casa en ese
momento, amaneció en la calle, parrandeando.
El Año Nuevo lo recibimos con ganas de llorar a todas horas.
Primero porque Coco, aterrorizado por los montantes, había desaparecido desde la
medianoche. Lesabia, Miriam y yo, ayudadas a ratos por Martina y Juancito, habíamos
amanecido muertas de cansancio, buscándolo por los alrededores. Luego, a eso de las
once de la mañana se apareció mamá. De muy extraña manera nos comunicó el destino de
Sebastián. Estaba en el cielo. Un ángel, un ángel, repetía. Coco se presentó como saliendo
de la nada, agitaba la cola y emitía ladridos de bienvenida, pero enseguida se contagió de
nuestra aflicción.
Un ángel no se muere. Lo de los ángeles es otra cosa, repetía mamá para argumentar que
no debíamos llorar, nadie debía quejarse porque estuviera en el cielo Sebastián. Sería una
especie de ultraje. Pero ella no ofrecía el ejemplo y a mí se me hundía el corazón. Había
conocido al sobrinito a los tres meses de nacido y mirarlo hacía surgir un chorro de alegría
que se precipitaba dentro de mí. Contenía la respiración, para no desperdiciar ni un instante
esta golosa felicidad tan buena y sorpresiva. No me atrevía a tocar sus diminutos pies,
hechos de una materia que contenía todos los secretos del antes y todos los
acontecimientos por venir.
Me contentaba con mirarle por largo rato sorbiendo aquello que irradiaba. Mi hermana, que
parecía adivinar mi rematado júbilo, me decía: Extiende los brazos, y sobre mis brazos,
ligeramente arqueados, depositaba ese tibio paquete de tierna vida.
La boca se me inundaba de dulce saliva. Me acometían fríos sudores. Temblaba, y por
instantes se me desvanecía la conciencia.
Sebastián, el segundo hijo de Noraima, era una forma perfecta, ni siquiera la supuración en
sus oídos podía mermar la bella pujanza de su existencia. Yo apretaba los párpados,
enmudecida, al tris de exudar por los poros la placidez de este contacto. Sebastián me
sonreía. Su olor me sonreía. Me rebosaba de asombro.
Noraima había traído al bebé desde la Capital para que Beba y tía Florinda la ayudaran a
curarlo. Cuando murió Fiordaliza, su primera hija, Noraima había quedado abrumada de
culpa, porque era tan joven (una madre ignorante) y así solía enrostrárselo la gente de la
Capital: "Tan joven".
Ella había cumplido 15 años cuando Fiordaliza nació, a solo diez meses de haberse fugado
con el policía Ruiz. El colerín negro se llevó a la primogénita. Ahora sobrepasaba los 17,
pero no quiso exponerse a cuidar sola a su niño. Aunque a cada rato tenía que correr a
colocarse un paño entre los sostenes porque la leche le empapaba la blusa, vivía temiendo
que sus senos, en forma de suaves peras, dejaran de producir el alimento.
Te ves tan joven, casi una niña, continuaba diciéndole la gente, como si la juventud
entrañara un defecto, y entonces Sebastián, su segundo hijo, contrajo esa azarosa
infección. Hacía caca verde maloliente, como si ingiriese yerba, y sus oídos supuraban.
Anortado, dijo Beba. Anorado y con mal de oídos, amplió tía Florinda.
Y preparó para el bebé un enema de cuna, hervidas las cristalinas y babosas hojas en agua
de manantial. Valiéndose de una perita, le puso el enema con tal delicadeza que el niño ni
se movió.
Beba le dejaba caer en cada oído un par de gotas de orines del mismo bebé. Para
colectarlos, yo vigilaba ante la cuna. En guardia, pendiente de su lindo bimbín, pues se
prefería los primeros orines y no siempre resultaba fácil recogerlos. Me encargaba tambien
de mantener limpio el gotero y un pañuelo de algodón; después que se usaban, los lavaba,
secaba y protegía en un frasco de vidrio tapado.
Yo percibía una alhaja impalpable, el secreto tesoro del hogar insinuándose solo por la
presencia de Sebastián.
De buenas a primeras, mermó la leche de Noraima, los pezones se le agrietaron. Tía
Florinda le explicó que se debía a la
ansiedad. Por el bien de su hijo debía calmarse. Pero a mi hermana mayor ese consejo le
incrementó la ansiedad. Sebastián lloraba de hambre, o de dolor, no se sabía bien. A
Noraima se les aguaban los ojos por el martirio en sus pezones. Por momentos creía que mi
corazón había sido arrojado al salto de Jimena. Todo el peso del agua caía sobre él.
Manuelico le prestó a Beba una chiva parida. Esa fue la solución. El niño chupaba con
avidez los endurecidos pezones de la madre y, a seguidas, con más apetito que
entusiasmo, bebía en biberón la leche extraña. Me ofrecí para mantenerla fresca. Por
suerte, en tareas de este tipo Beba confiaba en mí. Higienicé boteIlas y tapas. Una vez
llenas y capadas, las metía en un cubo medio de agua, en lugar ventilado y a la sombra.
Cambiaba el agua cada dos o tres horas, trayéndola desde la tina de la tía Florinda, la del
agua más fría.
Con el paso de los días Sebastián empezó a reírle a todo el mundo. Sus cachetes se
encendían saludables y si yo le acercaba la palma de mi mano a sus pies, me correspondía
con enérgicas pataditas, transmitiendome mensajes con su lenguaje peculiar, que se
grababan en mis sentimientos, aunque no atinara a descifrarlos.
Era la lengua que traía desde la matriz. Se le forma en el silencio, mientras escucha cómo
circula la sangre de su madre, cómo digiere los alimentos y cómo respira. Pero más que
nada, es sintiendo los sueños de su madre que al niño se le forma su lenguaje, aseguraba
tía Florinda, mientras seguía con Beba la evolución y las reacciones del pequeñín ante sus
remedios caseros.
Justo cuando intuí que estaba a punto de comprender las expresiones de Sebastián,
Noraima nos comunicó que regresaba a la Capital. Su marido, que por ser policía no podía
disponer de su persona, ni siquiera para visitarnos, a no ser que se escapara (de lechuza
decían), estaba requiriendo a su mujer y a su hijo.
Irse para el calor de la Capital, cuando hasta aquí se está sintiendo sofoco, murmuraba
Beba, irritada por la humedad, los mimes y el bochorno, combinación que podría preludiar
un ventarrón, y más todavía por el presentimiento de que trasladar al nieto perjudicaría su
salud. Pero el papá de Sebastián ejercía su derecho, así que, desganadas y todo,
participamos en los preparativos de la partida. Por esos días abundaban los aguacates,
peras, toronjas y limones. Llenamos un saco de frutas y víveres y otro pequeño destinado a
una vecina de Noraima, de nombre Isolina, que se comportaba con ella "mejor que muchos
parientes". El aspecto de nuestra hermana había mejorado. Mejillas sonrosadas, brillosos
los cabellos, sanos los pezones. Un par de libras ganadas se reflejaban en sus piernas y
caderas. El día anterior a su partida, se lavó el pelo, se lo recortó y enroló. Todas, incluso
Beba y hasta nuestra vecina Edermira, que no se perdía una, contagiadas de la súbita
animación de Noraima, nos habíamos embadurnado la cabeza con una papilla de aguacate
y yema de huevo, "para fortalecer el pelo", y la cara con una mezcla de avena molida. Había
que vernos, el radio a todo volumen, los cabellos verdes y las caras blancas, un poco
apestosas, olvidadas por unas horas del viaje de Noraima y Sebastián. ¡Reíamos juntas!
Satisfecha, Noraima se marchó con su Sebastián, risueño, gordito y con los oídos sanos.
Acomodamos los bultos en el baúl del vehículo de Coque, único que cubría la travesía entre
nuestro caserío y la Capital. Nos despedimos, y me quedé esperando que mi hermana, tan
solo un momento, me colocara el niño en los brazos. No sucedió. Sebastián me obsequió
una mirada de segundos, poniendo mi alma a burbujear. Eccoooaaaa, así lo escuché, ese
era mi nombre en su lenguaje de vocales, su adiós. En los días siguientes mi cabeza se
comportaba como un coco seco.
Hasta que volví a prestarle atención a mi amigo Emilio, a quien había marginado durante los
días, cantarines y coloreados, que pasé con Sebastián.

3
Picante y fino, el viento se anticipó a las palabras de Beba:
"Un ángel, un ángel. Se van, los ángeles tienen que irse. La muerte de un niño no se sabe
qué es. Por ley de Dios, no se sabe". Imposible comprenderla del todo, aunque resultaba
claro su sentido
luctuoso.
Entonces sentí eso. El revés, la horrible apariencia, la sombra luminosa y mordiente de
aquella felicidad que había probado.
Mi fascinación, de inaguantable, había fulminado a Sebastián. La bárbara sombra de mi
felicidad, ya destrozada, había abrazado al niño.
Prohibido llorar. Las lágrimas develarían lo formidable, lo pavoroso del hecho. Ellos
descubrirían. ¿Quiénes?, ¿qué descubrirán? No sé, ¡cómo iba a saberlo! Incluía los motivos
de Beba.
Llorar a Sebastián lo condenaría a la definición. No era un difunto. Imposible. Nunca un
difunto. De brotar, mis lágrimas lo arrojarían al pretérito del que no se regresa. Si
conseguíamos contener el llanto, seguiría siendo un ángel, una sustancia de ahora, un
lenguaje de vocales, cuyos visos se me manifestarían en su momento.

"Lo de los ángeles es otra cosa. El tiempo los traspasa". Echando carrera hacia el monte,
donde apoyaba mi cabeza en Batalla y rezaba para dominar las lágrimas, iba pensando en
las cajitas de arenque. A la pulpería venían a comprarlas unos hombres tristes, ceñudos,
procedentes de lugares remotos, que proferían solo las palabras indispensables, antes de
marcharse por donde habían venido, portando bajo el brazo la cajita de arenque, que luego
las mujeres pintarían de blanco y rodearían de cayenas rojas para depositar en ella a una
criatura yerta. Encima, una cruz de hojas frescas y papeles de vivos rojos y azules. De
alguna boca se escapaba la palabra baquini, saltarina, letal. Deambulando entre los árboles,
me veía arrullar a Sebastián, curar sus oídos, recoger sus orines, descifrar sus mensajes,
pero Noraima me lo quitaba y en el calor de la ciudad el niño enfermaba de nuevo. El calor
lo dañaba, como a las frutas, como a las flores, eso era. La infección avanzaba hasta su
pequeño cerebro. Otra vez lo veía en mis brazos, arruIlándolo hasta que mi aliento lo
curaba. Y entonces la felicidad de saberlo en salud significaba el paroxismo de esas cosas
decisivas y frágiles, reflejos del paraíso proyectado al núcleo mismo de mi fascinación. Pero
mi fascinación estaba hecha de pelo de ángel.
Reblandecía mis huesos, corroídos por salina polvareda.
¿De esto se trataba el vivir, el crecer, el ganar uso de razón?
Me restregaba los ojos hasta enrojecerlos. Entonces los forzaba a escudriñar el hecho, esa
formidable sombra escalofriante parida por mi aniquilada dicha. Una boca profería frases
lapidarias.
"Meningitis', "Los médicos del Angelita desarmados ante el mal",
"Por lo menos hay que preservarles la inocencia", "Que sea la inocencia lo último que
pierdan"...
Desprendiéndose entre hipidos, las lágrimas de Beba caían sobre los tizones del fogón.
Lágrimas, balbuceos maternos y ceniza confundidos en un ardiente vaho que me hería el
cerebro; herida que mi Emilio mitigaba con helados y canquiñas que encharcaban mi
paladar, baba y gotas de protesta de mis ojos chorreándose entre mis comisuras, una vez
liberada del esfuerzo de tanto reprimir el desahogo. En este reñido duelo de golosinas y
estrangulados gemidos, debajo de las pomarrosas del monte, iba aprendiendo que ciertos
tránsitos precisan del arbitraje de un testigo atónito presa de lo mismo que puede estarnos
matando: el fino, filoso e invulnerable amor.

4
Quién sabe qué pérfido ente añadía su daño a la cadena de sinsabores que germinaba en
la familia, corporeizando chupasangres e incordios que se reproducían con diabólica
rapidez. Se llamaban jiriguaos, jibijoas, chinches, niguas, malles, piojos..., todo un ejército,
apenas perceptible, portador del instinto de aburarnos. Las gallinas echadas se inundaban
de jiriguaos. Los bastidores de las camas hervían de chinches. Los puercos generaban las
maldosas niguas. Si te quedabas inmóvil por un momento, los brazos, piernas y cuello se te
ennegrecían de puntitos extractores de sangre.
Las coloradas jibijoas merodeaban por los cajones de la letrina.
Ibas a resolver tus necesidades y salías con el culo ardiendo de picadas.
Una selva de pajaritos malos urdía tu desasosiego, pinchándote, mordiéndote, enterrándose
en tus dedos. Brotó una epidemia de piojos. En la escuela ya no hallaban cómo combatirlos.
En suspenso, con la boca torcida, entrecerrados los ojos, el profesor
Alcides examinaba cabeza por cabeza como si ejecutara la más exigente tarea del mundo.
Obsesionado con el exterminio de los insectos, los reventaba con una morbosidad
pasmosa. ¡A quedarse en su hogar hasta que no tengan una liendre!, les gritaba a sus
alumnos. Pero no había forma de exterminar todos los malditos piojos al mismo tiempo.
Cuando se limpiaba una cabeza y el niño regresaba orondo a la escuela, al día siguiente ya
algún parásito había comenzado a reproducirse en su cuero cabelludo. El ciclo se repetía
una y otra vez. Un lunes, el profesor Alcides se apareció con la cabeza rapada. Era para
reírse, más nadie se atrevió. A todo aquel, hembra o varón, a quien el viernes se le
descubra un piojo o una liendre, le afeitaré la cabeza en el acto, anunció. Les doy tres días
para limpiarse, ni un minuto más. Estaba frenético. Si hubiera podido tirarse al suelo a
patalear, no me caben dudas de que lo habría hecho. Su ultimátum resultó. El viernes todas
las cabezas estaban libres de piojos. Nadie quería verse rapado como el profesor.
Beba echaba los colchones al suelo, sacaba los bastidores al sol. ¡Váyanse para donde
Florinda por un rato!, nos ordenaba la guerrera, con un pañuelo amarrado a la cabeza,
armada con su bomba de flix o DDT para aniquilar las malolientes chinchas que _
nos extraían la sangre mientras dormíamos, desafiandola a ella, ¡a ella que día a día
sudaba la gota gorda para alimentarnos y combatir la anemia!
Esa era la parte que ningún turista, de los muchísimos asiduos a la zona, conocería. Iban a
complacerse, no a presenciar problemas. Solo percibían los jardines que se formaban en
cualquier ladera, los fragantes pinares susurrantes, el fresco aire incontaminado, los
preciosos animales de elegante paso, el canto de los jilgueros, los saltos de agua, los
incontables riachuelos... Y es que cualquiera que se paseara por esta región la tomaría
como aceptable aproximación al paraíso.
Un Sábado Santo, tres parejas de jóvenes pasaban por la carretera en caballos de paso
fino. Una muchacha se detuvo frente a nuestra empalizada, los demás la imitaron. La joven
fijó sus ojos en Brígida, quien, curiosa como era, le devolvió la misma fijeza de mirar,
mientras apretaba en su costado la gatita que hacía poco le había obsequiado Cacao. Sin
mocos y peinadita sería un ángel, opinó la turista. Corrí hacia mi hermanita menor y en un
santiamén le limpié la nariz con el borde de su propia falda, al tiempo que dirigía la furia de
mis ojos hacia la entrometida. No te asustes amiga, observa qué leoncita de ojos verdes se
está criando aquí, dijo su acompañante más próximo y todos rieron, tal vez sin maldad. No
éramos más que lugareños. Así nos llamaban: lu-ga-re-ños.

5
Vida y muerte se rozaron en el momento en que tui alumbrada. A eso se atribuía mi
tornadiza suerte. Nací al borde de la asfixia, crecida como para asustar a mi papá, que se
sentía dichoso por partida doble: a la par con mi madre, había parido la yegua de pura
sangre que le regaló su enigmático hermano Rufino. Batalla, llamó papá a la cría, una
yegüita mora. Pero a mí fue a quien debió bautizar con el nombre de Batalla, porque todo el
tiempo estaba yo chocando, como si hubiese venido a la tierra a toparme con toros bravos,
rocas puntiagudas y avispas ponzoñosas.
Una vez, jugando a que mi hermana Lesabia era un perro rabioso que nos perseguía para
mordernos, en un pestañear de ojos me encaramé por un seto y metí mis brazos sobre los
remates para sujetarme en lo alto, con la pésima suerte de romper con los dedos un panal
de avispas. De pies a cabeza me aburaron de picadas. Minuto a minuto, me fui
transformando en un esperpento de ojos achicados que miraba a mis compañeros como si
en sus manos estuviera el aliviar el progresivo fuego que circulaba debajo de mi piel,
enrojeciéndola, hinchándome. Me arrojaron cubos de agua, me sobaron con ajo y mentol,
me abanicaban con cuantas hojas...
Solo Emilio comprendía mi exasperación, y me pasaba su lengua ensalivada por los brazos
y corría a mojar barro para forrarme de su frescor.
Al día siguiente, desperté exangüe de un dolor de muelas. Las ponzoñas de las avispas
parecían haberse asentado en mi mandíbula. Mamá me colocó en la mejilla paños calientes
impregnados de aceite de higuereta y me ordenó mantenerme acostada. Me suministró una
pastilla molida de Mejoral y como el padecimiento no cediera, dos horas más tarde me
preparó una tisana con hojas de naranja, menta y manzanilla, en la que disolvió otros dos
analgésicos. Después de tragar el líquido, me obligó a prensar clavos dulces con las
muelas. A la una de la tarde, cuando ella ya debía dirigirse a la Manicera, notando su
congoja, reuní todas mis fuerzas para asegurarle que sus medicinas me habían aliviado a
tal punto que hasta podía ir a la cañada a buscar agua. Me escrutó, dubitativa, dilema. Te
quedas en cama, concluyó. Lo cierto era que el tormento se había apoderado de todos los
huesos de mi cabeza. Hasta llorar me dolía, las cuencas de los ojos las sentía como nidos
de fibras nerviosas.

6
A gas morado comparaba a Lorenzo en aquel momento: Conque haciéndose la enferma,
¿eh? La diablita arrimada quiere que la añonen. Había abierto la puerta de par en par, y la
cruda luz y el furor irradiado por mi hermano dispararon mi malestar. Liada con la sábana,
me replegué hasta pegarme al seto. ¿Ya Beba te preparó tu morir soñando y tu cervecita
malta con leche condensada? ¿Ya te dijo que no hicieras oficios? Acercándoseme, Lorenzo
cambiaba la voz; me invadía con su intimidante mirada. De un tirón me arrancó la sábana.
Noté fascinada el tremor de mis flacas piernas. ¿Pretendían ablandar al grosero de mi
hermano?
Me conozco tus mañas. ¡En pie! Diablita arrimada, te espera un trabajito. Mi mirada chocó
con sus ambarinos ojos repletos de hilillos rojos, circundados de negro. Jadeaba (¿de
dónde venía?). Una sorda explosión se produjo en un espacio inubicable (eso creí, eso
guardé). El, presa de uno de sus encojonamientos, no se percató del vórtice de brasas y
trozos de hielo que acaecía en mí. Recordé otro momento, otra acción del encojonado. Nos
dirigimos a la cañada, Noraima, Lesabia y yo. Emilio y Martina nos acompañan. Para
hacernos cosquillas, nos pinchamos los costados, reímos saltando.
Irrumpe Lorenzo gritando: ¡Quítate de mi camino! Y, sin más ni más, como un toro ciego, le
propina un empujón a Noraima. Ella cae. Una afilada piedra le corta la rodilla. Día tras día,
nuestro hermano nos amenaza, Reviento a quien se lo diga a Beba. Edermira Villabrille,
enterada del suceso a través de su hija Martina, concluye: Es que Lorenzo cela a Noraima
hasta con él mismo. Pero ni ella se atreve a contarle a la vecina el origen de la peligrosa
herida que mantuvo a Noraima cojeando por meses.
Lesabia se había asomado con Antonio en los brazos. Iba a decirme algo, pero la presencia
de Lorenzo la frenó. ¡Apéate de la cama, carajo! ¡Al suelo dije! Alzó el puño. Aun sabiendo
que no se atrevería a descargarlo sobre mí, me levanté de un salto. Arreció el dolor en mi
quijada. Todo daba vueltas. Lorenzo me agarró por la muñeca. Por un instante, agradecí la
fuerza de esa mano fogosa que me impidió caerme. Luego, la turbulencia de su aliento
rebosó mis ojos. Me ardían.
¡Suéltame!, le reclamé con voz estrangulada. Lesabia a duras penas reprimía un sollozo y el
pequeño Antonio miraba a Lorenzo como a un peñasco que puede caernos en la cabeza
desde lo alto.
Sin más remedio, acatando su orden, caminamos detrás de él por la carretera caliente.
Pasamos por delante de la Manicera, y deseé que Beba asomara la cabeza, pero sabía que
estaría en el fondo de la alargada y alta construcción, en donde las mujeres limpiaban el
maní, en una sola fila, de pie y teniendo en el frente solo el cajón de madera a donde
afluían los granos y la pared de sucio verde. El lugar olía a veneno, pajas duras pululaban
en el aire. A espaldas de las limpiadoras quedaban el monte contaminado y la cañada
podrida por las cáscaras, los líquidos de lavado y otros desechos.
Cavilosa caminaba, segura de que el sol penetraba a mi torrente sanguíneo. Me iba
calentando como tendida sobre un fogón. Lesabia sudaba en silencio; cargaba a Antonio.
Los tres escuchábamos:
Van a barrer bien el billar. Van a lavarlo echando agua y cepillando la madera del piso hasta
que brille. Después se desgaritan de aquí.
Y se callan la boca, porque si sé que le han contado algo a Beba, las enveneno o enveneno
a Antonio y nadie se daría cuenta. Con cinismo y burla, agregó: Tú bien sabes, Lona,
aunque finjas ignorancia, que a ti te encontró Enmanuel en un basurero cerca del
cementerio de La Vega. Tú no te pareces a nadie de la familia.
¡Mentira, mentira, embustero!, saltó Lesabia en mi defensa.
Antonio pataleó y me extendió sus bracitos para que lo cargara.
Pero yo no podía ni conmigo misma. El centro del universo residía en mis muelas y en mis
encías inflamadas.
Desempolvamos sillas y mesas, barrimos y cepillamos los pisos del billar. Afuera, absorto y
sentado ante una mesita, Lorenzo echaba los dados y bebía traguitos de ron. Al asear el
sitio, estábamos pagando una de sus deudas de juego. Cuando terminamos, depositó un
centavo en la mano de Lesabia. A mí me dijo: Enmanuel encontraba un perro tirado por ahí
y un perro se traía para la casa. A ti te halló morada, hinchada y llena de hormigas cerca del
cementerio de La Vega. Que Beba te había parido el día que nació la yegua Batalla, eso se
lo inventó él. ¿Y sabes lo que nos decía? Que les echáramos azúcar a las hormigas. ¿Por
qué? Pues porque no te comieron cuando estabas tirada por ahí.
¿Por qué mi persona parecía crispar a mi hermano?, me preguntaba de regreso a la casa.
Lesabia asía a Antonio con una mano. Para sostenerme a mí, deslizaba su brazo izquierdo
hasta abrazar mi cintura. Debíamos avanzar al ritmo de los pasitos del niño. Cuando él se
agotaba, Lesabia lo cargaba y yo me agarraba de su antebrazo. Cerca de la Manicera nos
encontramos con Asunción, la limosnera, quien nos sonreía con cariño y bondad.
Lesabia le regaló un centavo y la anciana nos premió con una efusiva bendición.
Emilio llevaba un buen rato esperándome frente a mi casa. Al verme empalideció, como si
percibiera el leve crujir de mi afiebrado esqueleto, la torturante disgregación que ejercía el
dolor sobre mi ánimo.

7
Emilio me acompañó al campo de aviación, al domicilio del mecánico dental. Nadie sabía su
nombre, todos lo llamaban el Turco. Era originario de la Capital, donde se entrenó
sacándoles muelas a sangre fría a los presos políticos, hasta que la mujer se le rebeló, eso
se murmuraba. Ella, de piel mórbida y esponjosos cabellos tenidos de amarillo, era casi tan
corpulenta como el cónyuge y curaba a escogidos enfermos suministrándoles pildoritas de
colores. Dos o tres años atrás, la pareja se refugió en Quima, lugar donde los dientes y las
muelas solían arrancarse mucho antes de que las jóvenes entregaran su virginidad.

El mecánico examina mis muelas primero con el índice, al que le falta la punta. Un dedo
bolo al que él le había puesto nombre: Periscopio. Tienta, oprime, tienta, sin dar con el
problema.
Sigue la función un hierrito diabólico. Kan Villa brille kan, va golpeando cada muela. Echo
mocos por la nariz, agua por los ojos, me concentro, pero no logro responder a la pregunta:
¿cuál es la muela enferma? A codas las siento como electrificadas, todas me duelen,
ninguna evidencia de caries. Kan Villa brille kan, sigue martillando el herrumbroso
instrumento. Las torturantes vibraciones se ramifican en mi quijada, resuenan en mi cráneo.
Mi boca se inflama, se inunda de saliva. Todo mi cuerpo se crispa, arde por embalarse. Me
voy reduciendo a un amasijo de dolor y líquido, del cual sale una mano suplicante, mientras
la otra se agarra a cualquier cosa. Esto enoja al hombrón, quien me quiere paciente,
callada, quieta. Su irritación va en aumento, me ordena que pare el berrinche porque de lo
contrario...
(¿qué berrinche?, si estoy muda y el sudor y las contorsiones y el pánico manifiesto en mis
ojos suceden tan automáticos como el dolor). Se seca la frente con un trapo. Me da la
espalda. ¿Habrá visto algún fantasma en mis muelas? Tirito hundida en el enorme mueble
como en una llaga. De pronto, se voltea. Me abre la boca y me clava repetidas veces una
gruesa aguja en la mandíbula superior. Mi boca se vuelve de piedra. Tira de mis muelas con
una horrible tenaza. Una a una las extrae. Se queda mirándolas como si representasen
trofeos. Atisbo con estupor esos arbolitos desenterrados por el huracán. Estoy morada.
Emilio está blanco. Sangriento el mecánico, el gigante. le saldrán muelas nuevas, me
asegura. El Turco no cabe en sí de inexplicable gozo.
(Ese es más malo que el gas morado. ¿Qué es el gas morado?, pregunta Brígida. Pero
nadie le contesta. Nuestro amado Virgilio, el único con todas las respuestas, se había
marchado lejos).
Ahora sí sé que el gas pela, se me ocurre pensar, por no poder pensar casi nada.
Por la ventana del sórdido cuartito asoma una cabeza de ojos enormes, esponjosa
cabellera, tez cetrina. Me echa una ojeada. Enfoca al marido y se esfuma para reaparecer
con un raído pero limpio pañal en las manos. Los labios, casi invisibles de finos, muy
apretados; una arruga le surca la abombada frente. Sin decir palabra, aquella mujer se
inclina sobre mí. Huele a agua oxigenada y a algo más. Es un olor a fantasma, a cuentos, a
lejanía, a enormidad. Me enjuga la baba sanguinolenta que se me ha regado por el cuello y
el pecho. Con sus largos dedos me ordena los cabellos. No trasluce afecto o compasión,
sino una ambigua tristeza. Me pone el lienzo entre las manos. Me ayuda a incorporarme.
Tambaleándome, doy unos pasos. El Turco ha desaparecido. A Emilio parece que le han
borrado el color. Un rostro de cera en el cual están incrustados unos ardientes ojos azules,
que ahora se asemejan a un manantial. Toma mi mano. La mía está fría, la suya tiembla. La
mujer nos aprieta las manos unidas, solo por un segundo. Emilio y yo nos alejamos de allí.
El sosteniéndome por un brazo. Ambos llevamos plomo en los zapatos, oro fundido en el
corazón, un vestuario de barro.
Mis remisos pies adelantan a tientas. Veo el sol neblinoso sumergiéndose en un atardecer
irreconocible. Un sol apático. Siento pringue en mis globos oculares, bilis en el estómago.
En la garganta se me acumula vinagre y moho. Escupo. Escupo. Los labios se me caen.
Por las comisuras se me desliza una baba inmunda, que me hace pensar en Monga, la
errante, la boquerosa. Emilio me retira mechones de cabellos mojados en baba y sudor.
Por la carretera se acercaban las limpiadoras de maní. Al divisarnos, Beba se adelanta al
grupo. Pegó un alarido. Del susto, Emilio me soltó el brazo. Los hombros y las rodillas se
me aguaban. Una frase bullía en mi cabeza: Ay mamá, se me olvidó ir a donde tía Florinda
a buscar a Brígida. Miriam la traerá, oí en mi cabeza. Entonces el sol y yo oscurecimos de
golpe.
Emilio, pese a que la presencia de mi madre siempre lo cohíbe, mete su brazo por delante
de mí estómago, justo a tiempo. Me doblo sobre ese sostén. Beba cree que te acuchillaron
como a una novilla, esta frase baila en las penumbras de mi cerebro, al compás de mi blusa
ensangrentada y mi cara de muerta. Emilio habla.
Por fin habla, creí que se quedaría mudo. Afónico, cuenca. ¿Una muela? ¿La muela que no
la dejaba dormir?, pregunta mamá. No, muchas muelas, muchas, responde Emilio con una
voz tan pálida como su piel.
Es posible que Beba ansiara ajustar cuentas con el mecánico dental, quien tenía el doble de
su estatura y el triple de su peso.
Pero qué podía hacer. Y si intentara siquiera quejarse nadie la apoyaría. Quién iba a
molestar al hombrón que nos hacía el favor de poner fin a los atroces sufrimientos que
podía ocasionar un diente. Ni siquiera los milagrosos remedios de tía Florinda conseguirían
mitigar ese tipo de dolor por mucho rato.
El Turco nos había dicho que no me cobraría dinero por su servicio. Con que Beba le
prestara a Batalla durante una semana estaría satisfecho. Nunca reclamó este pago. Un
buen día mamá y él coincidieron en la carnicería. En uno de esos gestos confianzudos que
de cuando en cuando se permitía, el mecánico dental metió sus dedos en la rizada mata de
pelo de mi madre, e hizo un brusco movimiento de remolino. Así saludaba a la viuda de
pequeña estatura, a la limpiadora de maní. Ella solo zapateó un poco con sus chanclos de
madera. El Turco soltó una risotada y volvió a meter los dedos entre el pelo de la viuda,
arremolinándoselo. Mambrú, el hijo del carnicero, un muchachito solo un poco mayor que
yo, a quien el padre dejaba a cargo mientras sacrificaba algún animal, vio a Beba tomar el
mismo color de la carne. El pecho le palpitaba y sus manos revelaban nerviosismo al
momento de abrir su portamonedas y pagar la media libra de bofe que acababa de comprar.
La vio girar sobre sus talones y, por unos segundos, descansar su peso sobre los dedos del
pie izquierdo del hombre que siempre calzaba cómodas sandalias porque sufría de uñas
enterradas. Perdone, murmuró Beba, pues, sin importar las circunstancias, hay que mostrar
educación (eso nos enseñaba, eso practicaba). Mambrú se quedó estupefacto. El Turco
masculló una maldición y agarró al muchacho por la camisa y lo sacudió. Él debía haber
sido atendido antes que la viuda. Había pedido una pierna de cerdo completa. Mambrú le
recordó que convinieron en esperar que Ludovino trajera el puerco que estaba matando.
Ya faltaba poco. El Turco lo soltó y, después de ordenarle que le llevara la pierna de cerdo a
su mujer antes de las diez, se marchó con un pique del diablo.
Mambrú me lo contó a mí y a todos en la escuela.

Capítulo dos
1
Estoy atrapada en esa alucinación que a veces me asedia cuando duermo con solo líquido
en las tripas. Mi sombra se desborda. Mi vientre y estómago se agigantan. Adquiero una
conciencia matemática. Cada milímetro, cada pulgada de mi expansión es registrada.
Sobrepaso los sesgados árboles. Voy sintiendo que al palpar el aire, me reboso de aire; al
arribar a las nubes, estas se me incorporan. Soy una crecida devorando truenos. Veo
torrentes uniéndose al caudal de mi sangre. Me transformo en una masa de sensibilidad
hambrienta. Se hace ley un vehemente deseo de dar de comer. Repartir todo tipo de
alimento. Soy un ojo vigilado, vigilante.
En el patio de mi casa hay dispuesta una mesa rectangular con un mantel de cuadritos rojos
y blancos, de hule. El centro está adornado con rosas de seda verde. Algo me impide
distinguir el contenido de los platos. Mi apetito explota con los olores.
Hay un muro invisible entre mi persona y la opípara comida. Los presentes esperaban
ansiosos el momento de empezar a comer.
Están famélicos. En un extremo, Beba, en el otro Virgilio (los dos poderes amorosos que a
menudo me equilibran o desequilibran).
Al lado derecho de mamá, hay una silla vacía y lo mismo a mano derecha de Virgilio.
Corresponden a nuestro padre Enmanuel y a nuestra abuela Cuya. Están vacíos porque
pasaron a otra vida.
A seguidas del asiento reservado a la abuela, están los hermanos más queridos de
Enmanuel, la bendita Florinda y el enigmático Rufino, vestido este último de oficial. Mis
hermanos y hermanas, salvo Virgilio y yo, están acomodados según su orden de
nacimiento, de menor a mayor. A la izquierda de Beba está sentado Antonio, luego siguen
Brígida (quien golpea la mesa sin cesar con un platillo de loza), Lesabia, Miriam, Noraima,
Mateo y Lorenzo. En los asientos restantes están Manuelico, el sociable y.veterano
negociante a pequeña escala; la indiscreta y caliente
Edermira, acompañada de sus tres hijos menores, Martina, Siola y Juancito; Casilda, la que
suspiraba por Enmanuel, la de aire bohemio, tal vez contagiado por el músico suicida,
romántico y algo político que fue su marido, con su hija Eduvigis, la acordeonista huraña;
Chucho, el magnánimo labriego hermano de Beba; Cacao, el parsimonioso amarrador de
agua que una vez convivió con una muchacha haitiana en un pueblo de la frontera y luego
jamás se interesó por mujer; Asunción, la limosnera que teme a los guardias y policías por
algún motivo y, por último, Ballilla con los cabellos enrollados en canela y la silla a tres
metros de las demás. Por los alrededores, merodean olfateando
Mambrú, el dueño de una voz celestial; Demetrio, el bonachón inútil, padre de Antonio, y el
profesor Alcides. Lejos, muy lejos, se avistan dos parejas: don Chelo y doña Miguelina, la
mordaz Calixta y el tramposo Doroteo, los cuatro codiciando el siempre abierto apetito de
los pobres, sus estómagos de hierro, su infantil alegría ante la comida.
¿Dónde estaba Emilio? ¿Y dónde yo? ¿Sería un engaño, un espejismo, todo el festín? La
atmósfera está poblada de olores a guisos, asados, salsas y pudines frescos. Y la euforia
reina. Sin embargo, me agarrota la angustia. Solo yo sé que los comensales no pueden
iniciar el festín. Que esperan una autorización que nunca se les dará.
Que alguien los ha puesto a salivar como perros ante unos trozos de carne inalcanzables.
Saltan y saltan, sin atrapar un bocado.
Las sábanas están mojadas. Mis ropas empapadas. Permanezco en letargo. ¿Amanece?
¿Anochece? La puerta del aposento se abre de golpe. Con el alboroto irrumpe un chorro de
sol. Lesabia, con Brígida prendida de su cintura, manotea gritando. A Coco lo quemaron con
agua hirviendo. Corro con mis hermanas hasta la cocina. Allá, acurrucado detrás del pilón,
yace el perrito que nos había traído Virgilio desde la Capital, del cual supimos después,
aunque preferiamos ignorarlo, que se lo había robado de la mansión en donde pasó un
tiempo dedicado a limpiar sanitarios y lavar carros. De allí escapó un día, llevándose al más
hermoso de los cachorros de la mimada perra de la familia. Recorrió una larga distancia con
el animalito cargado; los dos sometidos a sed e insolación. Por fin, próximo a la autopista
Duarte, nuestro hermano más amado consiguió que un camionero lo transportara hasta La
Vega. Arribó a casa luego de otra penosa caminata de más de veinte kilómetros. Coco
mereció nuestro cariño desde el principio.
Nos fuimos apegando cada vez más a él, sobre todo tras la partida definitiva de Virgilio.
En mi presencia, Coco empieza a emitir unos quejidos que rompen el alma. Dejó reposar
mis manos sobre su lomo. Somos, yo con mis encías destruidas, él con un área
reblandecida, dos criaturas enlazadas por la acometida del daño. Me hundo en un minuto
interminable de lágrimas que caen a un abismo de misterioso y total amor, cercano al que
por momentos me ataba a
Emilio.
Luego, todo fue de mal en peor para el animalito. Perdió parte de su negra pelambre. El
pellejo se le carcomió en la zona más afectada, dejando un amplio y circular espacio que
fue poblándose de agujeros en los que prosperó una vida pavorosa, combatida con chorros
de creolina vertidos por mamá en los profundos hoyuelos.
Ay, Dios mío, presenciaba yo esta operación y un frío corruptor me ceñía los huesos,
temiendo que esa vida aterradora pudiera mudarse a mi boca, retoñar en mis encías. Por
esos días, a veces me orinaba en la cama.

2
A partir de las extracciones no solo me dolía la quijada, sino la cabeza entera y la espina
dorsal y las tripas. Las monjas salesianas, tísicas o exhaustas, que hacía cosa de un año y
medio habían alquilado una casa en Quima, exclamaban al verme en la ermita:
¡Cómo pudieron hacerle ese daño a esta criatura inocente! Y con Mambrú me enviaron
unas agujetas plásticas con dos bollos de hilos matizados de vivos colores para que me
entretuviera mientras me sanaba.
Edermira Villabrille, la vecina, me enfurecía al mirarme con una pena malévola. De
desayuno Beba me preparaba un aguají,
"para hacerme estómago". A la comida le había tomado rencor, puesto que debía ser
masticada. Pero de todo, lo más difícil de sobrellevar era el efluvio a sangre podrida que
emergía de mi y provocaba que Emilio frunciera la cara sin darse cuenta. A veces
escuchaba los relinchos de Batalla en el patio y salía a verla. Por la forma en que me
observaba la magnífica bestia, deducía que iba a morirme. Así es, el animal nacido el
mismo día que yo enunciaba compasión. ¿Vea qué vaina, mejor que me soltara una coz!
Y por el ahogo que me ocasionaba el estar infestando el ambiente con mi modorra, mi
desastrado aspecto y mi escaso progreso fue que ocurrió lo del accidente. Desacelerado el
mundo, turulata y descalza, sorda a todo, salvo a mis ruidos internos, avanzaba como
sonámbula por la carretera caliente, sin destino fijo, disipando mi padecimiento en el aire
narcótico de la media tarde. Asunción, la limosnera cegata, se aproximaba agitando sus
enclenques brazos, movía los labios con enfático empeño. A esa hora Beba limpiaba maní,
y cada quien se resguardaba del calor en su vivienda. Mis hermanas, donde tía Florinda.
Solas la vieja y yo en la carretera. Torpor, el viento; torpor los caballitos del diablo. Las
palabras pesaban en mi cerebro. Una cuyaya surcaba indiferente un cielo similar al vidrio de
las botellitas en que venía el zumo de uva, cuyo consumo era privilegio de convalecientes.
Botellitas vacías que enganchaba en las ramas del limonero a fin de contemplar la luz a su
través. Zumo morado o rojo, rico, el firmamento, la cuyaya, Asunción, su afán, sus manos
de frágiles huesecillos gesticulando. El sol restallante. Moscas verdes, mimes, mariapalitos,
abejones, esquinas de tejados con apariencia de alas rotas, piedras blancas, una solitaria
matita de ajonjolí, un borrico estático... Ante mis ojos, las palabras, picos abiertos.
Descargas de frío, comezón en las plantas de los pies. Todo ese ruido interno..., soporífero.
Coloqué una mano a modo de pantalla para enfocar a la mendiga, di unos pasos. Su boca
explayada y su alarma entraron a mi percepción justo con el impacto. Un carro Chevrolet,
gris plateado, como el que aparecía de vez en cuando en nuestro destino, me golpeó. Fui a
parar a la cuneta, entre lodo colorado y agua dejada por las últimas lluvias. De pronto, vi
todo con vibrante pureza: el rostro de Asunción orlado de pesimismo, la perfecta trayectoria
de la cuyaya, el cielo púrpura y brilloso, los reflejos de una mariposa en el agua, las hileras
de casa, un pollo cruzando a saltitos la carretera. Sentí tierra en mis genitales, sangre en mi
paladar. Un estremecimiento. Un formidable alivio. Había tocado fondo.
Ahí estaba la gente, toda Quima, tentándome el cráneo, las coyunturas. Edermira, intrusa
como siempre, me abría los párpados con el índice y el dedo del corazón para examinar la
niña de mis ojos. Y yo abría la boca, ¡aaaaa... Me obligaron a tragar grandes sorbos de
leche enrojecida por la bija, remedio que se suponía desbarataba en el acto los túmulos de
sangre y los golpes internos.
Rebosando temores confirmados, los presentes vomitaban pestes contra los desaprensivos
choferes que pasaban como balas por la carretera. Surgían propuestas de acudir a las
autoridades de la provincia para que frenaran el peligro. Para mis adentros, recordé, no sin
excitación, que Virgilio, días antes de marcharse, ansioso por escuchar noticias y música, y
ya harto de intentar arreglar el radio Philips, estrelló el aparato contra el piso, lo recogió y
enchufo, y este funcionó a la perfección. (Un clavo saca a otro clavo). Virgilio comprendería
mi profunda emoción después del accidente. Solo a él me hubiera atrevido a comunicarle
que tras el zumbón que me dio el Chevrolet gris plateado, aunque sentía un poco de
náuseas, veía con mayor claridad y el dolor se hizo más llevadero, distribuido parejo en todo
mi esqueleto.
Está en shock, aseveraba doña Miguelina, la madre de Emilio.
Shock. Esto que me pasaba era algo grande, como para que esta mujer, que si saludaba
era por compromiso cívico, condescendiera a visitarnos. Vivía consagrada a sus negocios, a
don Chelo, su consorte, y a sus hijos; excepto a Emilio, a quien, vaya a saber por qué,
discriminaba en sus afectos (al principio, constituyó toda una sorpresa cómo a ese niño lo
dejaban deambular por Quima). A la astucia y relaciones de doña Miguelina se atribuían los
sostenidos progresos económicos de que hacían gala. ¿Por qué seguían residiendo en
Quima si poseían caudal para comprarse una mansión en Santiago o en Santo Domingo?
¿O tal vez ya la tenían? Todo un misterio, pues por apego al sitio no era. La pareja se había
radicado aquí con sus hijos ya nacidos, de modo que a ninguno le habían enterrado el
ombligo en el sitio, que es donde estriba el apego. Adquirieron tierras y ganado, incluyendo
la finca de los Fontes. Se decía que inauguraron una fábrica de helados en La Vega y que
también eran propietarios de tiendas de tejido en la Capital y en Santiago. Se decía que
otras personas figuraban como titulares de esos bienes. Viajaban con frecuencia. A su
vivienda, de concreto y fachada urbana, construida a un kilómetro del caserío principal, la
separaba de la carretera un espacio de unos trescientos pasos, ocupado por un jardín de
eucaliptos, cipreses y acacias. Una diferencia más con los lugareños, quienes, como si
quisieran aferrarse a la claridad y la claridad irradiara de la carretera, edificaban sus casas
casi a orillas de la vía. Además, a nadie del sitio se le hubiera ocurrido sembrar esos
árboles de crecimiento rápido, cuando esta zona es fecunda en pino, capá, pomarrosa,
copey y muchos otros árboles propios de esta región. Por igual, se daba por sobreentendido
que en torno a un hogar, siempre que hubiera tierra, se imponía plantar árboles que
parieran mango, naranja, pera, cajuil, guayaba, guanábana, limón, níspero, zapote.
Pese a los palmarios contrastes y distancias, cuando se anunciaban ciclones, todos
pensábamos esperanzados en la sólida casa de concreto que albergaba a la familia
foránea. Pero la ermita terminaba siendo nuestro refugio de siempre, aunque supiéramos
que no aguantaría un huracán poderoso. Por suerte, la barrera que anteponían las
montañas solía protegernos de esos fenómenos. Ahora, cuando una tormenta lograba
azotarnos de lleno, la cosa era para aterrarse. Pero ni siquiera ante ese peligro osamos
acercarnos a la residencia de concreto. Sin embargo, todo el mundo entendía que entre
ellos y nosotros exista respeto.
Doña Miguelina pontificaba sobre los efectos psicológicos del shock. Aun la fiebre podría
ser atribuida al shock. Alzaba sus finas manos, y todos los presentes seguían con los ojos
los destellos de la encantada piedra verde de su sortija. Shock. Mi mente comparaba, sin
dar con nada en común entre esta señora consciente de su preponderancia y mi amigo
Emilio, de amable y pálido semblante.
Ella pertenecía a la categoría de las otras personas. ¿Qué pensaría si lograra penetrar a mi
memoria y nos descubriera a Emilio y a mí, a la sombra del palo amarillo, en los linderos del
monte, chupando esos helados aromados y espesos y dulces que ella preparaba para
deleite de su familia? Emilio reía, iluminado, como de seguro no lo hacía ante ella, mientras
yo le limpiaba la barbilla con mi codo. Shock. La aparición del profesor Alcides abolió en un
instante mis gustosas especulaciones. Hasta la sabelotodo madre de Emilio se calló. El
pedante hombre la irritaba. tal vez porque la miraba a los ojos sin tapujos y se encogía de
hombros en su presencia, como si la despreciara, ¡el muy atrevido! Ante el padre de Emilio
su actitud era distinta. (Edermira se lo había contado a Beba. Manuelico Melian, el único
amigo de Alcides - ¿y con quién no confraternizaba el Mercadero? -, lo había confirmado).
Todo el fastidio del mundo acható mi insignificante organismo. Era malísimo y desventajoso
para mi que el maestro me viera postrada. Malísimo. Por suerte su visita apenas duró unos
minutos. Soltó un saludo, observó a doña Miguelina sin pestañear, le dejó la mano tendida a
Edermira y posó sobre mí sus ojos de jaiba, escrutándome con siniestra curiosidad. El
profesor Alcides expelía un vapor amargo, así lo percibía desde el día que me propinó una
pela, delante de mis compañeros. ¡Ay Dios, nada más faltaba Calixta, la tía aborrecible! No
es tan bueno que a una le pasen cosas grandes. Shock, shock, pronunciaba de nuevo la
boca de doña Miguelina con disminuida convicción. No vino Calixta, por suerte, pero mandó
a uno de sus hijastros a averiguar sobre el suceso. Y cuando le contaron, dicen que
exclamó: ¡Poco le pasa a esa familia de ignorantes! Enseguida hizo que el muchacho
volviera otra vez a transmitirnos un mensaje suyo: Mantengan en observación a la
muchachita, pudiera tener el cráneo cascado o un machucon en el hígado. A veces,
personas que sufren accidentes y no aparentan daño se mueren de repente. Otras,
después de haber resistido un zarandeo de los sesos se vuelven idiotas para toda la vida.
Beba respondió: Dile a Calixta que le agradecemos su atención.
Las pullas y morisquetas de Martina y Siola, las hijas de Edermira, me hacían sentir como
una guerrera sin brazos ni piernas, forzada a compartir con quienes la mutilaron, pues de
ellas provino el consejo de sacarme las muelas. Martina era la que más insistía. Claro,
quería que compartiéramos apariencia. Me aseguró, y yo le creí, que el mecánico dental,
suerte de mago, extraía las piezas cariadas y las reemplazaba por muelas incorruptibles,
hasta con espigas de oro.
Como si debieran ser premiadas por acarrearme un maleficio, apareció Medrano, el papá
convertido en cometa, y las llevó de gira a Puerto Plata, de donde regresaron con los ojos
chispeantes, eufóricas. Habían conocido el océano. Mientras de mi boca manaba sanguaza,
ellas rebosaban de esa palabra dorada y azul, océano, y de paseos por el puerto y de brisa
marina y embarcaciones. Se trajeron de por allá, linda prueba, frascos llenos de azul y
aguavivas, dos erizos, montones de caracoles (que convertirían en collares) y cinco
estrellas porosas, perfectas. Todo el mundo acudió a contemplar el tesoro, en tanto yo,
desde mi lecho maloliente, me convencía de que en tierra y cielo reina la iniquidad más
absurda, pues nosotras, las hijas de Beba, habíamos conocido el mar primero que las
vecinas, aunque fuera un mar pelado y no océano. Un año y tres meses vivimos en la
Capital, pero ahora la gente parecía no acordarse de eso, porque no tuvimos la previsión de
atrapar pruebas.
Todo se confabulaba para empujarme hacia una ansiedad por volverme adulta. A sentir
asco, unas ganas locas de engullir alimentos y un rencor hacia la comida. Era como si el
cuerpo y el alma se me hubiesen partido y un fragmento errara en las nubes y otro se
remeciera bajo tierra. Me atoraba en la tumefacción de mis encías, en mis brazos
desollados y en mis ojos preguntones; y en la merma de mí, me esparcía, presa de
escalofríos o de infernales calores. Mamá se veía obligada a gritarme, ¡Leona! ¡Leona!,
como diez veces para que la atendiera. Anterior a este trance, le respondía, ¡Señora!, y me
embalaba a presentarme antes de que se le calentara la sangre y me soltara un par de
rebencazos. Yo la comprendía. Al fin y al cabo, le correspondía corregir mis tendencias
erráticas, si no la incriminarían en el futuro por mi proceder y pésima fortuna. Ahora,
observando los ojos menguados de mi menuda madre, y los pliegues nuevos en su cuello y
su tristeza abismal, tenía la seguridad de que le entraba una locura por abrazarme y
besarme. Esa locura curaría mis inflamaciones y heridas, pensaba. Pero mamá permanecía
como una estatua, rezumando una atávica esencia, casi salada, volátil. Desde mi cama
odorífera a acontecimiento, a alcanfor, a berrón, a sangre terrosa, la veía postrada en el
rincón del altar, y con absoluta certeza sabía que tenía severos compromisos con los cielos
a cambio de mi completa recuperación.
Capítulo tres
1
No tenía mucha vergüenza nuestro hermano mayor. Cuando Noraima se fugó con Ruiz, fue
el único que juró matar a ese miserable que venía "a sumar degradación a nuestra familia".
(El otro deshonor, el más terrible a su receloso juicio, había sido el mal paso que dio Beba,
del que resultaron el embarazo, la mudanza a la Capital, el nacimiento de Antonio y, luego,
el retorno a Quima con mayores estrecheces).
Por su carácter, se diría que Lorenzo vivía en querella con ese papel de hermano mayor
asignado por el azar. En los tiempos en que Noraima desarrollaba y toda la gente, sin
contención, la definía "bonita y limpia", a Lorenzo le hervía la mala sangre. Se echaba de la
cama de madrugada y se dirigía al patio a rociarse agua en cara y cabellos. Entraba de
nuevo a la habitación en penumbra y escogía para secarse el vestido dominguero de
Noraima, aquel que ella mantenía impecable en una percha de alambre colgada de un
clavo. Luego metía un dedo en el bote de vaselina, también de Noraima, la distribuía en las
palmas de las manos y se las pasaba por los cabellos. A seguidas abandonaba la casa,
antes de que nos levantáramos.
Un día, Noraima, harta de planchar su vestido, que iba deteriorándose, lo escondió debajo
del colchón. En el clavo colgó un panti de tela floreada, de los que Beba nos confeccionaba
en su maquinita parateahí. Lorenzo, aún adormilado, se secó la cara con el panti. El olor
diferente lo espabiló. Sin dar completo crédito a su olfato, retornó a la claridad del patio, de
donde volvió como un bólido. Se abalanzó sobre Noraima. Cuando los gritos de nuestra
hermana nos despertaron, Lorenzo la asía por sus cabellos y la arrastraba por el piso.
Beba prendió la luz y se tiró de la cama. En un santiamén esgrimía una tabla de un metro,
en cuyo extremo sobresalían dos clavos. Si Lorenzo no suelta a su hermana en el acto, no
sé en qué sitio mortal se hubieran enterrado los clavos y cuál nuevo infortunio nos habría
azotado.
Mientras vivimos en la Capital, Lorenzo se quedó solo en Quima. Se suponía que debía
cuidar a Batalla, a las gallinas, el sembradío y la casa. A nuestro regreso, cáustico y
resentido, se encerraba a hacha y machete en la habitación, que era la de todos.
Mamá nos prohibía molestarlo. Había pasado hambre en nuestra ausencia. Cocinar no era
tarea de hombres y desyerbar para plantar habichuela, maní o yuca le correspondía a un
Echadía, no a él.
(Pero cuando Cacao, el amarrador de agua, quiso trabajar la tierra a medias, rechazó su
oferta). Las aves fueron diezmadas por el dandi. Encontramos a la yegua enflaquecida,
había perdido parte de sus manchas negras y su aspecto nos embargaba de culpa. Las
mataduras en el lomo denunciaban los excesos a que había sido sometida. Del techo de
nuestra casa se habían podrido cantidad de tablitas, dejando anchas brechas por las que el
agua penetraba a caños cuando llovía. Malezas y cadillos se habían adueñado del predio y
los patios.
Beba encaró la nueva situación, a su modo, mascando hierro y tragando sangre. Al iniciar
su relación con Demetrio Alonso había calculado que una adulta salvaguardia masculina
nos restaría vulnerabilidad. Pero vino a ocurrir que el padre de Antonio, después de
distanciarse, jamás se ocupó de la manutención del niño. Otra boca que alimentar. Mas esto
apenas se mencionaba, amábamos mucho a nuestro hermanito (huérfano de padre vivo,
sentenció Manuelico) y absorbíamos encantadas sus exigencias de cariño y atención. Para
el tozudo Lorenzo, el niño no existía.
El primogénito de Beba y Enmanuel se convirtió en el receptáculo de toda la chismografía
contra nosotros. Caprichoso, cómplice de los lengualargas, todas las infamias, todas las
murmuraciones alcanzaban sus oídos. Vivía recalentado, a punto de explotar. A Lesabia y a
mí nos impartía órdenes todo el tiempo, pero se eximía de pegarnos (Beba le caería a
tablazos si nos tocaba un pelo. Ah, sí, por lo menos eso estaba claro, aunque en cuanto a
Noraima nada detenía a Lorenzo). Nuestro alborozo le picaba el ánimo. Contentura en las
parientes equivalía a potencial de putería. Cuando nos divertíamos en despreocupados
juegos, solía perseguir nuestros movimientos con el rabillo del ojo. Si lo mirábamos
sonriéndonos, nos devolvía una mueca mordaz. Pinchado por la aprensión de que las
hembras de un modo u otro nos descarriaríamos, rebosaba suspicacia, desdicha.
Al arroz y habichuela cocinados por Lesabia y por mí los llamaba ¨sica de gato¨, arrojando
los platos llenos por la ventana del fregadero. Con Noraima había saltado el límite,
rompiéndole el dedo meñique de una trompada porque sus pantalones, "mal planchados",
exhibian doble hilo. (Esto sucedió poco antes de que ella se fugara con Ruiz por detrás de
las palmeras). Cuando Emilio y yo nos bañábamos en el arroyo, era común que divisara a
mi hermano oculto tras los troncos de pomarrosa o del copey, espiándonos. Se dedicó a la
pelea de gallos, al juego de póker y al billar.
Iba a la casa solo a dormir, a vigilar su puerco o a fastidiarnos.
Para él, cortejar en el vecindario hubiera significado debilidad (aunque siendo todavía un
muchachito frecuentaba a Edermira, pero eso no se asociaba a sentimientos, y nadie osaba
recordárselo). Su rostro exhibía armónicas proporciones; el pelo se lo peinaba hacia atrás,
alisado con brillantina; un mechón en punta se le desprendía sobre la ceja izquierda. Un
galán, buena talla, un martillo de macho, buenmozo, espigado, el más parecido a
Enmanuel, lo piropeaban, y él torcía su boca de labios pulposos.
¡Mariconadas!, disparates, rebatía sin disimular su enojo.
Sus malas pulgas surgían de la brecha entre aquello que estaba dispuesto a llevar a cabo
en la vida y aquello que se entendía como su responsabilidad de hecho y ley. Anhelaba
convertirse en una figura de relieve sin que ello conllevara doblar el lomo sobre la tierra o
estibar camiones. No, él poseía su delicadeza de inteligencia.
Y no sería fungiendo de buey o de peón que la echaría a perder.
No vapulearía sus ambiciones. Nada de manos encallecidas, nada de pies rajados.

2
De vez en cuando me brotaba una iridiscente burbuja de afecto por Lorenzo, pese a las
desazones que de él provenían. Manuelico lo estimaba y había intentado atraerlo a sus
proyectos. Pero mi hermano menospreciaba los negocitos del Mercadero, observaba con
ironía sus ajetreos. Sin embargo, el viejo, poseedor de algo que en estos días se
denominaría mentalidad democrática o mente abierta, mostraba indulgencia con el
muchacho, achacando su tornadizo comportamiento a la severidad con que habían sido
criados él y Mateo (Virgilio gozó de la inviolable protección de la abuela Cuya). El padre
amaba a sus dos hijos mayores y los maduró a golpes para prevenir futuros deslices de
conducta. Solía decir:
Los enderezo yo desde pequeños, para que no vayan a cometer un error y que entonces
las autoridades les piquen las manos o les arranquen la lengua o los metan a pudrirse en la
mazmorra o los fuercen a degradantes trabajos públicos.
Enmanuel propagaba a los cuatro vientos que un hijo suyo no sería un alzado, ni un
sedicioso ni un zagalejo ni un asustadizo ni un malévolo ni una boca Hoja ni un lambón. A
las seis de la tarde de un día cualquiera mandaba a los dos muchachos a llevar víveres a
trabajadores que amanecían en su propiedad más lejana. Cuatro kilómetros de escabrosas
cañadas y atollados caminos debían recorrer en sus respectivas mulas. Mateo, de débil
constitución y mente fantasiosa, oponía una terca resistencia a la orden. Entonces
Enmanuel le exigía ejecutarla solo. Con la cabeza gacha y poblada de ataúdes, de
espectros decapitados y de pícaros gemidos de velludas ciguapas, que intentarían
deslizarlo hacia sus lamosas oquedades debajo de los ríos, Mateo efectuaba el viaje de ida
y vuelta, presa de gimoteos y sacudidas que asustaban hasta a la propia bestia.
Los varones no debían disponer de tiempo ocioso (las hembras si, para dedicarlo a bordar,
a rezar y a cantar, ¡qué lindas e inteligentes, las niñas, sus futuras profesionales!). Lorenzo
y Mateo repasaban los conucos, arreaban vacas y apaleaban habichuelas. Al primero,
aunque realizadas a regañadientes, esas faenas lo robustecían. El otro vivía con las
extremidades acalambradas, ampollas en las plantas de los pies y en las palmas de las
manos y salpullido en las entrepiernas. A Lorenzo lo integraron al sacrificio de reses y
puercos. Le enseñaron a rematar a una bestia si esta se quebraba una pata. Mateo se
desvanecía cada vez que le ponían en la mano el cuchillón de apuñalar reses. Entonces lo
obligaron a mirar la matanza a pocos pasos. Ni a palos aceptó comer carne en lo adelante.
En la escuela, solo con los números avanzaba, sorprendiendo a su padre con su ojo de
cazador nato. De un vistazo, adivinaba los kilos de un marrano o de un becerro. También
acertaba con la edad de los animales, virtud importante en el negocio de compra y venta de
reses.
Enmanuel dedicaba los sábados a reforzar en Lorenzo, Mateo, Noraima y Virgilio las
enseñanzas escolares y a la lectura de textos sencillos. Virgilio aprendía con admirable
facilidad, claro, la abuela Cuya le tenía reservados libritos y caramelos. A Mateo leer unas
páginas le hacía brotar lágrimas. Los garabatos en su cuaderno competían con las marcas
dejadas en su espalda por la correa castigadora. Era difícil forjar hombres que luego no los
devorara la maquinaria del sistema tiránico. Había que fraguarlos en la constante
laboriosidad, la discreción extrema, la obediencia, la sangre fría, la higiene, los pies en la
tierra, el mirar precavido. Advertirlos en el día a día contra el pendejismo, la delación, el
pernoctar en antros, el reaccionar fogoso frente a una autoridad. Manuelico, a quien
Enmanuel y Beba le habían bautizado una hija, no criticó la severidad de su compadre, pero
comprendía como nadie la conducta exhibida por los muchachos tras su desaparición.
Mateo, un mes después del deceso de Enmanuel, se marchó de buena gana con Vinicio, o
don Vinicio, propietario de una compraventa, hermano de nuestra abuela Cuya y de Serafín
el Rico, quien le explicó y le juró a Beba estar dando cumplimiento a la promesa a la que
casi lo obligó Enmanuel, cuando este se dirigía a la Capital. Dijo el hermano de la abuela:
¿Cómo negarme a la petición de ese hijo de Cuya, el más querido por ella, si el mismo ya
parecía un cadáver?
Porque de Quima habrá salido vivo, pero por La Vega ya caminaba a la tumba. Enmanuel
me rogó (¿o me ordenó?) que si él no regresaba (como no regreso) me responsabilizara de
Mateo. Me convenció de que no representaría una carga; si yo lo adiestraba, me sería de
extraordinaria utilidad.
Mientras escuchaba a Vinicio, o don Vinicio (los parientes le llamaban de las dos maneras),
quien rechazó la silla y el café, porque andaba apurado, Beba apretó los labios, dolida con
su fenecido marido. Comprendió que Enmanuel tomó previsiones de último minuto para
eximirla de una carga en relación al debilucho segundo hijo. Ya antes, el chofer Coque, a
quien papá le fletó el carro para el aciago viaje a la Capital, le había contado que cerca de
Bonao su pasajero le pidió devolverse a La Vega. Unos minutos antes, había vomitado
sangre.
A Marco no le faltara nada, Beba. Lo educaré como a un hijo. Quédese tranquila, concluyó
don Vinicio, haciendo un extraño gesto con ambas manos, mientras se alejaba. En efecto, el
hermano de la abuela Cuya y de Serafín el Rico, sin mayores contratiempos, lo moldeó a su
semejanza. En los primeros meses de su traslado a La Vega, Lorenzo lo visitaba (los dos
hermanos habían sido uña y carne). A menudo hacía a pie la travesía de unos veinte
kilómetros. Hasta que don Vinicio le hizo saber a Beba que, tras cada visita del hermano, a
Mateo lo atacaban migraña y melancolía. No más visitas del encarado Lorenzo. Para que el
muchacho se integrara de pleno a su nuevo hogar, lo mejor, para su propio bien, era que se
concentrara en sus nuevas tareas y en su educación. A partir de entonces, empezamos a
vivir a Mateo como un inapelable desprendimiento.
El segundo hijo de Enmanuel se fue transformando en un mozo robusto, circunspecto,
metódico, agradecido, preciso tasador de ganado, al ojo, eficiente contable del negocio
Vinicio & Celia. Con el tiempo, sería el tipo de hombre serio que no rozaría a la autoridad
establecida ni con el aguijón de un mosquito.

3
Yo logré entrever un Lorenzo distinto, manifiesto furtivamente cuando se creía a salvo del
ojo intruso. La primera vez que lo descubrí recién habíamos regresado de la Capital.
Procedía como acicateado por crueles ganas de pulverizarnos con los fogonazos de sus
ojos y los golpes que descargaba sobre la mesa.
Encendida por la ilusión de hallar una moneda antigua, me metí debajo del piso y empecé a
reptar por entre los pilotillos que sostienen la casa. Había soñado que si avanzaba
siguiendo la línea que divide la construcción en dos mitades iguales, hasta donde suelo y
piso de madera estaban tan próximos que apenas cabría mi cabeza, al extender la mano,
las puntas de mis dedos tocarían la pieza de metal. La angostura y las lóbregas
emanaciones de la tierra me sofocaban; más el oxígeno me rendiría justo para adueñarme
del tesoro y retroceder con éxito.
(Ese sueño parecía influido por los cuentos de botijas, tesoros entregados por difuntos en
condiciones decididas por ellos, y también por las alhajas que había visto en El Libro. En mí
un sueño recurrente, al igual que el del banquete. Su viveza me producía un pasajero e
intenso disfrute, pero soñar con oro o con festines auguraba muerte y miseria, según la
creencia popular. Por el contrario, soñar con mierda anunciaba buena suerte, dinero
inesperado, y soñar con gusanos, si eran gusanos de seda -¿quién diantres había visto un
gusano de seda?-, también presagiaba ganancias. Pero no quería soñar con mierda ni con
gusanos de ningún tipo, ni siquiera de seda, que de mierda y gusanos estaba a rebosar el
hoyo de la letrina, lugar donde se reunían y se hermanaban para siempre los excrementos
de todos, sin importar si había amor u odio de por medio. ¡Dios mío, me quejaba, que ni
soñar pueda una con tesoros y comidas!).
Por debajo del piso yacía un mundo cerrado en el que prosperaban las jibijoas, los jiriguaos
y la imaginación. A veces paraban allí perros realengos y gatos viejos, que eran espantados
a pedradas. Por lo general, este ámbito pertenecía a las aves domésticas.
En nuestras excursiones por él siempre nos había frenado el temor a atrabancarnos. Ya
había ocurrido en dos o tres hogares. Entonces se precisaba halar al travieso por los pies o,
en casos extremos, romper la madera del piso. Y en casa nada podía quebrarse. Por eso
nos andábamos con cuidado para que la ropa no se nos rasgara y la loza no se nos
escurriera de los dedos al fregarla.
Esta vez, la fuerza del mensaje onírico me decidió a aventurarme lejos, sola, sin nadie. Era
mi sueño, era mi peligro y la moneda sería mi moneda. Con gustosa autosuficiencia,
progresaba hacia mi meta sintiendo que de veras dejaba atrás el mundo ordinario.
A mitad de camino, crucé los brazos y sobre estos, con los ojos cerrados, descansé mi
cabeza. La tierra me transmitía su frescor, sus rancios vapores. Oía un susurro lejano.
Alguien pisaba sobre las tablas. Abrían una puerta. Avisté un pollo revolcándose en el
polvo. Luego, el pollo de patas largas me observaba con inteligente curiosidad. De nuevo,
pasos. Escuché a lo lejos la voz de Lesabia y la insólita algarabía de Miriam, la más
imprevisible de nosotras. Eran muy unidas y celebraban con carreras hacia el monte la
temporal reincorporación de Miriam a nuestro hogar. Florinda la mantenía a su lado,
profesándole especial cariño, tal vez porque a esa hija de Enmanuel no le pesaba el cuerpo,
lo decía todo el mundo, casi no se sentía, y deseaba aprender a curar enfermedades. Pero
ahora, la casa de tía Florinda se había llenado de nietos, por la repentina discapacidad de
Leoncio, el yerno, perito forestal.
Había reptado hasta un punto donde olfateaba meados de burros (¿de dónde provenían?) y
contusos vahos, extrañamente familiares. Escuché un vsssss vsssss y el sonido
característico de la cuna de Antonio al mecerse. Recordé que era sábado y Beba se hallaba
recogiendo café en una finca de don Chelo, se había llevado a Brígida con ella. El niño
dormía. ¿Quién caminaba sobre las tablas? Vssss vssss, otra vez. Luego, la risa de Antonio
me produjo un sobresalto. Reculé de prisa, hasta donde pude voltearme para quedar
bocarriba. Ayudándome con las manos, me desplacé hacia la izquierda. Por las estrechas
rendijas, justo delante de la cuna, reconocí las botas de lona del sangrú. Debí
contorsionarme para espiar lo que sucedía del otro lado de las tablas. Desde un incómodo
ángulo, vislumbré a Lorenzo reclinado sobre la cuna. Sus ojos parpadeaban, refulgían.
Circundada por oscuros tocones de barba, sobresalía una boca de hermosos y sonrientes
labios.
Vssss vssss. Le hacía cosquillas al niño y este reía como cascabel. Con dos dedos, le daba
toquecitos por toda la cara y le revolvía los cabellos, lo que aumentaba el júbilo del
pequeño. Después, balanceo con suavidad la cuna hasta que el niño se durmió. Al cabo de
unos minutos, durante los cuales parecía absorto en sus pensamientos, se retiró de la
habitación con pasos cautelosos.
Solo cuando lo creí en la carretera reemprendí mi camino.
Pero avancé con excesivo vigor, distraída. La escena que acababa de espiar me había
llenado de perplejidad. Extendía el brazo, hurgaba y barría el suelo con mis manos y
entonces me impulsaba un poquito más y repetía la acción pensando que a lo mejor la
moneda se hallaba a solo unos centímetros. De pronto, advertí mi sofocación. Traté de
retroceder. Mi cabeza no se movió. Casi hozaba la tierra. Grité con mis forzados pulmones,
emitiendo un sonido afónico que solo Antonio escuchó. Empezó a llorar desconsolado.
Vomité un poco de bilis. Había tierra húmeda en mis labios. Las manos se me habían
enfriado. Y también la panza. Imposible avanzar. Delante se perfilaba el angosto hueco
horizontal entre madera y tierra. El pollo, aplastado cerca de mí, estiraba el cogote para
observarme. Luego se escurrió por el hueco. Pensar no siempre ayuda en estas
situaciones, pero pensaba: Beba llegaría, intentaría sacarme, tendría que meterse debajo
del piso, cosa que nunca había hecho. ¿Y si se atrabancaba ella también? Al no conseguir
liberarme, iría por hombres con martillos para que rompieran el piso. Quizás acudiría el
carnicero. O el mecánico dental. O Medrano, que anda por aquí. ¡Romper el piso! No, no
desclaven las tablas que muchas están medio podridas y se van a desbaratar. ¡Perderemos
las tablas! Pensar hincha mi cuerpo, atiesa mis fibras. Mente en blanco. Oración al ángel de
la guarda. Nada.
Nada. Sabor a limón. Tos seca. Tortícolis. Antonio se desgañita.
Edermira vocea: ¡Muchachas sin ajustes, atiendan a ese niño! Le canto: La blanca lluvia
riega las hojas / y al cielo anima con nuevo azul / Y es que Dios quiso fuera la lluvia bañó de
todo lo que creó...
Sollozos quedos. Se ha rendido.
Murmuró fragmentos de la salve que canta Mambrú en todas las misas, porque desde la
primera vez que un salesiano escuchó la voz del hijo del carnicero, las entonaciones del
muchacho se consideraron un don del mismo Dios. Mambrú, el que ayudaba a su padre a
acuchillar reses, imitaba todos los registros de los ruiseñores (¡no habla ni español claro y
canta en latín, viva Dios!, lo que son estos lugareños).
Salve Reyina mater misericordiae Vita dulcedo, et spes nostra,
salve atecamaus exulefili... suspiramos..., advocata nostra... Opia, o dulci virgo Maria.
Me gusta, me calma más que La blanca lluvia. Evoco la voz de Mambrú, o del que canta por
él, porque no puede ser, porque no puede ser, opinó todo el mundo cuando el bronco
mocito, bueno para el béisbol y de malísima retentiva para las clases escolares, canto para
toda Quima reunida en la iglesia, extasiando al sacerdote salesiano. Las monjas del
catecismo congratulándose por su descubrimiento, y los comunitarios arrebatados
rumoreando: No puede ser, no puede ser; aunque si son ellos quienes lo escuchan primero
(o tal vez lo habían oído cantidad de veces) no le prestan el menor asunto. Hay ojos de
sobra aterrizando en las muchachas lindas, pero lo de la voz de Mambrú constituía una
sutileza demasiado sofisticada para casi todos. Una sutileza, una entre millones, concluyó el
sacerdote, tan inspirado que parecía a punto de un trance místico.
La voz de Mambrú (siempre odioso conmigo) no le pertenecía. Sabrá Dios la verdadera
fuente. Era un pesado altanero que el profesor Alcides me obligaba a ayudar con las tablas
de multiplicar. No le entraban ni con rayos. Ese era su resentimiento conmigo, me
desesperaba su cabeza dura y a él, que hubiera dado cualquier cosa por complacer a
Alcides, lo humillaba mi comprensión de los números y se le crispaban las cejas.
Los mosquitos pican mis piernas. Me entra el pánico, la ansiedad por aflojarme. La voz de
Mambrú, por favor. ¿A qué viene Mambrú en este apuro? Por las jubilosas entonaciones de
su voz, la salve en latín afluía de su garganta como una exhibición de la gloria. Muchos
feligreses, incluyendo a Beba, lanzaban al cielo un rosario de peticiones, aprovechando el
misterio que se insinuaba en esos momentos. ¿A quién le importaba que al hijo del
carnicero no le entraran la aritmética ni el abecedario? A mí me importaba.
Al carnicero le importaba. Lo quería pelotero y negociante, no que afinara como un pajarito.
Empero, le permitía cantar en la misa.
Un carnicero no iba a enfrentar a las monjas del catecismo ni al cura salesiano. Además, le
habían proporcionado una complacencia: la voz de Mambrú duraría lo que su infancia. Las
hormonas se encargarían de aniquilar aquella belleza. (¿Hormonas?, están como espíritus
del Apocalipsis?). El carnicero Ludovino tenía un rectángulo alargado por bigote y unas
cejas rizadas. Se les engrifaban durante las matanzas y cuando mencionaban en su
presencia la palabra hormona. Siempre aspiró a poseer una pulpería, y había tenido que
conformarse con una carnicería. Que Mambrú canta-ra, lo pidió el cura, pero que esas
hormonas no se tardaran.
Quirie leison. Cristie leson.
Dominon voviscu. Dominon voviscu.
Ecun espiritu tuo. Gloria tib.
"Dios nos comprende si le hablamos en latín". Además, en Quima no ha habido manera de
que la gente se aprenda la misa en su lengua de desenvolvimiento cotidiano. Sería como
matar la quintaesencia de la santa liturgia. Su misterio antiguo. Preferían que el sacerdote
siguiera oficiando la misa de frente al altar y de espaldas al público. ¿De qué otra manera
iba a entablar diálogo con Dios? No mirándolos a ellos. Lugareños, campesinos...
Mi organismo se va aflojando.
Deo gratia. Deo gratia.
Destrabada mi cabeza.
Gratia. Gratta.
Reculaba hacia la salida.
Gratia. Gratia.
Había espacio para girar.
Los ojos dirigidos a la luz.
Gratia plena.
Corro a cargar a Antonio.
Que un particular se tomara la libertad de castigarnos ofendía a Beba como ninguna otra
cosa. Ocurrió más de una vez, pero nunca había sido tan desquiciante como en aquella
ocasión en que el profesor Alcides, con unos pocos meses en Quima (y cada día
restregándonos su menosprecio), nos colocó a Martina y Juancito, los de Edermira, y a mí,
Leona, la de Beba, enfrente de todos los compañeros, conminándonos a elegir entre una
pela y la expulsión de la escuela por un trimestre. Todo porque nosotros, que retozábamos
en el fondo del extenso patio, no nos habíamos dado cuenta de sus palmadas dando por
finalizado el recreo.
Yo prefiero que me bote, dije, cocada de orgullo. (¡Chist! ¡Calla, calla, boquita hoja!). Y a
seguidas, la respuesta perruna de Martina: Mejor la pela, maestro; e inmediatamente la de
Juancito: La pela. El profesor Alcides guardó un momento de silencio.
Después sentenció: Ustedes, siéntense, por humildes los perdono.
Leona, avanza tres pasos al frente.
(¿Por qué tres pasos y no cinco o diez? ¡Brinca por la puerta!
¡Escapa! Sooo, sooo, quieta, quieta becerrita recentina. No te atrevas a correr). El profesor
le ordena al dispuesto Mambrú que corte una rama del guayabo. A propósito, él trae una
rama bastante gruesa, la ha pelado antes de entregarla y de soslayo me muestra una
chispa de satisfacción, sus cejas erizadas, como las de Ludovino durante la matanza.
(Traga saliva, Leona. Aflójate, ablándate como una jaiba movida. Los azotes te dolerán
menos, aconseja Martina, a quien la madre derriba y le pega un pie en el pescuezo cuando
se niega a devolver el arroz que salió con gusanos y piedras. Y Martina se le rebela.
¿Devolver?, ¡nunca!, jal pulpero le revientan las devoluciones! ¡Y ese arroz es fiado!, grita
Martina, aflojándose. Y el pie de Edermira se hunde en su carne blanda y en sus huesos
sueltos, como en una esponja. Sapos y culebras te van a salir por la boca, overa Edermira
mientras pisa con fuerza a la hija, hasta que esta, contrita, pide cacao. Ya, ya, perdón).
La ira del profesor Alcides es un mazo. Se dispara. Pretende derribarme. Alzó las manos.
Entonces, del Libro brota el dragón, sopla llamas sobre los ojos saltones del castigador.
Hielo pulverizado sopla, aplacando los ardores que me causan los golpes.
Delicadas aves agitándose en la monstruosa boca, encendida o recubierta de escarcha,
trazan rutas de fuga. El profesor encaja el contraataque invisible, redobla los golpes, la
fuerza. Mi imaginación se desmigaja en centelleos, ráfagas detrás de los párpados, dentro
del cráneo. Rojo todo. Todo rojo. Roto toto. Ah, más potrazos. ¿Dijiste toto? ¿Toto?, no, dije
todo. Tototeco. Cocoteco.
Cocola. Cocotero. (Totoseco llamaban a Casilda en Pedregal. Chispa, la apodaban. Por eso
se mudó para Quima. Además, en Pedregal se ahorcó su marido, Javier el acordeonista).
¿A qué viene esto? ¿Dijiste coño? No, no, dije costra, cóntrale. ¿Dijiste carajo? No, no, dije
cañajo, barajo. ¿Dijiste teta? No, no, dije pecho. ¡Leona, espanta las gallinas! ¡Cocoteco! El
dragón que expele y alterna fuego o hielo, me invita a trepar a su lomo escamoso, erizado
de espinotas, a jugar sobre él, a espolearle con mis talones. Pisa granos de rubí. La yerba
antes verde es ahora negra como un espejo de roca. Casilda me grita: ¡Leona no le hagas
caso a Alcides! Fíngele indiferencia. Es un aburrido. Martina me vocea, eufórica y eufónica:
¡Leona, ablándate para que no te duela! Y yo respondo desde las alturas: Martina no me
parezco a ti, no me parezco a nadie, no sé ablandarme, no se fingir. Y vuelo sobre el dragón
de rojas fauces con el corazón encogido y muy abiertos los ojos. Ínfulas, atrevimiento
(piensa Alcides, enojado), intolerables en esta niña que, sin emitir un gemido, pone los ojos
en blanco y brinca como si fuese de goma, contactando furtivamente a su inseparable
Emilio, cuyos ojos destilan marinas lágrimas, las lágrimas refrenadas por ella.
No es que el maestro explotara en maldad, solo era un individuo con un pedrusco entre las
costillas, que nos escrutaba la mayor
parte del tiempo con aire desaprobador. Bonito, a veces; feo, casi siempre. El pellejo
adherido a los pómulos, el cabello crespo color de arena y los ojos como los de las jaibas.
Cada mañana llegaba a la escuela recién afeitado y al mediodía ya le asomaban sombras
de barba. Casilda le cocinaba y se ocupaba de su ropa. Durante las primeras semanas en
esta tarea pasó un sinfín de sinsabores, al hombre de La Vega no conseguía complacerlo
con su planchado.
Más adelante, fue percatándose de otras facetas del profesor que lo hacían más admisible.
Alcides había trabado una pronta amistad con Manuelico. El Mercader, incluso en agriados
ambientes, suscitaba risas, distensión, al salpicar la conversación en términos extraños.
Fanal, decía Manuelico Melián. Azimut. Ínsula. Persiles. Abismoso. Molimiento.
Roano. Morapio. Remilgo. Tetuán. Penéis. Derrelicto. Malandrines. Vos, vais, venís, decía
para lucirse y revelar su sedimento de mundo, su remota mundanidad.
Y la gente de Quima, acostumbrada a ser chocada por la gracia incomprensible de esos
términos, se admiró de que el profesor pareciera entenderlos a cabalidad y derivara su
interés hacia las supuestas experiencias del viejo en otras tierras.
Casilda desarrugaba y hacía filos a los pantalones, mientras el Mercadero y el profesor
Alcides se tomaban un café preparado por ella. El profesor reclinaba la silla contra el seto y
estiraba las piernas. El viejo le divertía, mientras sus ojos examinaban el entorno con
ansiedad y sigilo, en busca de la escurridiza Eduvigis, la hija de Casilda.
Casilda la había procreado con Javier, el acordeonista joven, amargado, analfabeto,
panfletero y prendido de música como un tizón. Integrante por breves días de la trulla de
rematados que escribió con excrementos protestas contra el tirano en las paredes de
Santiago. De chepa salvó el pellejo, pero tuvo que renunciar a tocar en público. Javier
aportó, además de unos diez meses de convivencia con Casilda en Pedregal, el nombre de
la criatura, Eduvigis, y un lunar rojo en la sien. Y fue esta muchacha la primera agraciada
con el cortejo del profesor Alcides. Ella nunca había sentado sus nalgas en un pupitre, ni
siquiera sabía leer, pero había recibido un acordeón de su progenitor y con este instrumento
descifraba un cósmico alfabeto de iniciados. Exhibía una cintura de avispa, grandes nalgas
y pechos como higüeros tiernos, unos ojitos achinados y unos labios de un color que tiraba
al rojo vino, todo de lo más combinado, porque en la vida todo combina, para bien o para
mal. Al otro día de recibir el rotundo rechazo de Eduvigis a su agraz pretensión amorosa,
recayó en mí, en forma de bárbara pela, la saña, el desquite de nuestro ilustrado y
cauteloso profesor Alcides.
Emilio sacó de abajo para contarle a Beba el origen de los verdugones en mis brazos y
piernas (si es por mí no se entera). Ella me empujó al aposento. Allí me ordenó quedarme
solo en pantis.
Desabotoné mi vestido chemí de florecitas pálidas, lo dejé caer y rápidamente crucé mis
brazos sobre el pecho. Beba apretó los dientes y anduvo alrededor de mí, examinándome.
En la frente le brotaban gotas de sudor. Recogió mi vestido del suelo y me lo pasó,
murmurando: ¡Ay, si Enmanuel estuviera vivo! ¡¿Quién se hubiera atrevido a pegarle a una
de sus hijas?!
Pero el respetado Enmanuel era un difunto (esta palabra y un martillazo en la cabeza
equivalían a lo mismo). Y los querellosos hermanos suyos hasta habían exhumado a
destiempo sus huesos, arrojándolos al depósito común, destinado en el rústico panteón
familiar a los restos de más de una década. El nicho que ocupó Enmanuel lo rompieron para
unirlo a otro, en el que encajaron el enorme ataúd con el cadáver del suegro de Calixta, el
Egregio, el Compadre, un nonagenario arruinado y sordo que, como higuera gobiernista,
gozó de ascendiente sobre el campesinado de la región.

A Beba la dominó una mezcla de impotencia y mortificación que se traduce en angustia.


Una madrugada la escuché susurrando: Eso no se hace, desterrar tus huesos de tu
sepulcro... sacar al hermano para meter a un particular, y qué particular, el padre de
Doroteo... ¿Qué me esté tranquila?, cómo...
Enmanuel y Doroteo habían estado al matarse cuando el primero sorprendió a su cuñado
trasladando a su favor, con tres peones suyos, los postes que deslindaban las dos
propiedades. Enmanuel recordaría siempre la tenebrosidad que lo había poseído durante el
infortunado episodio. Su colín había volado hacia el bandido. Ileso, este intentó dispararle
con su escopeta, pero Enmanuel se la arrancó, la agarró por el cañón y la rompió contra un
pedregón. Los peones huyeron. Y también su patrón. Desde entonces, Enmanuel evitaba
mencionar a Doroteo y a Calixta, a sabiendas de que ambos compartían el sustrato de
maña y mala fe que los inclinaba a la trapacería. Un ingrediente más de su unión.
Al mismo tiempo, alertaba a sus hijos mayores sobre la ofuscación del cerebro que impele a
la condenación. No se perdonaba haber lanzado aquel machete contra un hombre. (A partir
de aquel suceso, cada mañana, Enmanuel colocaba azúcar a la vera de dos pilotillos de la
casa para que las hormigas se alimentaran, siempre acompañado por una de sus niñas).
Cuando desplazaron los restos de su esposo para hacer lugar al suegro de Calixta, Beba
sufrió una pesadilla en la que veía el cuerpo de Enmanuel desmembrándose desde una
camioneta que marchaba a gran velocidad por una empinada carretera. En la placa del
vehículo se podía leer: NUNCA CAMINES DE ESPALDAS AL SOL. Pedazos de osamenta
esparciéndose en la vía pública y esa inscripción tal vez la animaban a actuar. Pero qué iba
a hacer si no reunía fuerza ni para conseguir que dejaran en paz los huesos del difunto.
Esto es una afrenta, otra contrariedad, balbucía Beba, preparándonos un "chocolate" de
maní y melado, y mientras tostaba casabe en la parrilla. Es cierto, codo era una jodida
contrariedad, pero qué sabroso era el chocolate de maní y el casabe crujiente que
devorábamos alrededor del fogón, mientras el mundo echaba un nuevo día, que más
hermoso no podía ser pues sabíamos que, para compensar, el siguiente sábado Beba se
inventaría una gira hacia el río más frío de la comarca y guisaría algún pollo con bija, y
prepararía una malarrabia de batata, guayaba y plátano maduro.
Almorzaríamos, después de horas de zambullones y de tirarnos al charco desde un
peñasco, con voraz apetito y ante la mirada cavilosa de nuestra madre, que siempre
apartaba para ella la parte más huesuda y grasienta del pollo (la rabadilla), y la comía de
último, ya segura de que ninguno de nosotros se quedaría con hambre.
Ese paseo al salto del Baiguace representaba un lujo que mamá se permitía solo cuando
nos encontrábamos al tris del descalabro, como si intuyera que el baño en las cristalinas y
frías corrientes nos libraría del azaramiento. Realizábamos el trayecto de diez kilómetros
por la vera de la carretera con pailas, platos, pollo, sazones, arroz y ropas al hombro. Coco,
atado con una soguita, nos seguía. Beba, montada sobre Batalla, acomodaba delante al
pequeño Antonio. Los demás nos turnábamos para encaramarnos a las ancas del animal.
Era agraciado de verdad lo que nos sucedía en el trayecto porque marchábamos livianos,
contentos.
Beba miraba hacia lo lejos con gesto grave. Sus ojos amarillos resplandecían, como si
interrogaran al reino de los cielos a través del paisaje. Dios obra, decía con voz inaudible.
(¿Cuándo veremos de nuevo tu mano, Dios?).

Capítulo cuatro
haber vivido del cuerpo era el asunto, la peculiaridad de Casilda, alías Chispa. Había
conocido a muchos hombres en su temprana juventud y con más de uno había cohabitado.
Que un varón te embruje, decía, eso es distinto y me sucedió ya mujer hecha y derecha. Sin
solicitarlo ni esperarlo, un trancazo me puso a ver bonito. Lo mío era un amor sin
esperanzas; un amor fuerte, de respeto.
De la noche a la mañana, Chispa se volvió fiel; y no a cualquiera, fiel a Enmanuel y a su
historia. Ese era otra fragancia.
Hombre gallardo y decente que se sembró en Quima después de haber aprendido inglés,
después de merecer tutores que le enseñaban matemática, geografía y letras, en un tiempo
que casi nadie recordaba porque él jamás lo refería, cuando el tío-abuelo Serafín el Rico (de
quien se decía que además de acaudalado, era antojadizo e hipocondríaco) lo cobijó en su
hogar en San Francisco de Macorís, donde fue preparándolo para enviarlo a Chicago a
aprender el proceso de fabricación industrial del jabón y el detergente en polvo. De allí
regresaría listo para dirigir la fábrica de estos productos que el tío-abuelo ideaba instalar en
La Vega o en Macorís, plan que nunca llegó a materializarse porque al jovenzuelo
Enmanuel los pies se le pudrieron, como si en ellos se apozaran las animosidades
incubadas en la familia. Serafín el Rico lo había escogido entre las decenas de sobrinos,
precisamente debido a que al garboso Enmanuel en absoluto lo deslumbraban las
posesiones materiales y más bien era proclive a regalar lo suyo.
Se le amorataron e hincharon todos los dedos de las extremidades inferiores en un
dolorosísimo proceso que empezó con diminutas empedraduras y se extendió a todo el pie.
El médico especialista dictaminó que se trataba de una enfermedad infectocontagiosa, uno
que otro dedo podría desprendérsele. Debía alegrarse: no era lepra, como se había temido.
En su opinión, el mal remitiría. La novia de entonces de Enmanuel, una rubia macorisana,
estudiante de Farmacia y de apellido impronunciable, horrorizada, le abandonó. Serafín el
Rico determinó el alejamiento del sobrino. Debía aislarse hasta que se curara.
El muchacho abandonó sin chistar la casa del pariente, olvidó el papel que desempeñaría
en la fábrica de jabón, cuyos secretos conocería en Chicago; sepultó con porfía su
embeleso amoroso, y regresó al seno familiar primario, a decenas de kilómetros de
distancia y en la montaña más luminosa y elevada de todo el Caribe.
Gracias a los remedios de tía Florinda (o tal vez por los antibióticos que consumió apenas
tres días) sus pies sanaron pronto, pero se negó a volver a donde el tío de las apetecidas
oportunidades.
En cambio, le dio por meditar mientras trepaba hacia las cimas más escarpadas de los
alrededores, en caminatas que se prolongaban por días. En una de estas excursiones arribó
a Guarey, donde conoció a una jovencita, casi una niña, Beba, a quien alfabetizó durante un
noviazgo de diez meses. Era el único modo de proximidad a la muchacha permitido por la
estricta madre, quien la custodió hasta el mismo día del matrimonio. Enmanuel vivió con
verdadera fruición este hallazgo renovador. Y relegó buena parte de lo antes aprendido.
Serafín el Rico, muchos años después legó su fortuna en oro a la Iglesia católica, aunque
jamás practicó esta religión. A las hermanas, Cuya entre ellas, les legó tierra.

2
Ya los labios de Enmanuel empezaban a agrietarse. Apenas sonreía. Los ojos le brillaban
febriles mientras, sumido en sombríos pensamientos, contemplaba a sus niñas y a los
varones bañándose en las aguas prístinas del Jimenoa, ajenos por completo a deberes y
castigos, y a su hacendosa mujer armando el fogón de tres piedras o sazonando la carne
para el guiso o bien nadando en el charco profundo, sin que la estorbara su embarazo. El
desviaba sus ojos hacia algún periódico viejo, que leía sentado en una estera, pero al
minuto de nuevo se hallaba absorto en sus hijos y en los trajines de Beba. ¿Cuál sería la
capacidad de aguante de su esposa?
¿Cómo se desenvolvería con la familia bajo su sola responsabilidad? ¿Le otorgaría Dios a
él la merced de asistir al alumbramiento?
¿Evidenciaría la criatura alguna anomalía? La concibieron cuando ya él padecía la
enfermedad. Intentó evitar el embarazo con los condones facilitados por su médico de
Jarabacoa, quien trataba las más variadas dolencias y accidentes con precarios y a veces
fatales resultados. Los condones eran pocos. Después de usar uno, este se lavaba y se
guardaba. A Enmanuel lo devoraban a una el intenso y frecuente deseo sexual y la
sospecha del fin. Procuraba resguardarse todo el tiempo posible en la cálida hondura de su
saludable esposa. Fuente, en los últimos tiempos, de los únicos soplos de verdadero olvido
de sí. (Noraima, curioseando, había descubierto la cajita con los preservativos bajo el
colchón. Confundió los ya sobreusados condones con vejigas y empezó a soplarlos. Beba la
regañó y guardó las capuchitas bajo llave, en el armario. La próxima vez que emplearon
uno, terminó agujereado).
Beba nadaba como un pez. Era su orgullo haber vadeado riadas desde muy pequeña, pues
en Guarey con frecuencia las crecientes de los ríos aislaban a los poblados. ¿Aprendería su
menuda esposa a desplegarse con semejante destreza en las aguas hirvientes de la vida
cuando él faltara? Ignorando las densas cavilaciones de Enmanuel, cautiva en el foco de su
atención, en el foco de su felicidad en peligro, la embarazada braceaba, grácil, y sus
rítmicos pataleos deformaban los turgentes reflejos azules y verdes en las momentáneas
crestas de la corriente.
Enmanuel nunca se bañaba en público. Pocos placeres en la vida podían compararse con
ver a sus niñas y a sus varones disfrutando del río, de sus peñas, vegetaciones, jaibas y
peces. Allí eran más íntimos, más exploradores, más alegres. Lo arropaban exquisitos
sentimientos de estabilidad, de júbilo. Una ficción de sensaciones. (¿Cómo engañarme al
afirmar que existo, si tengo que existir para engañarme?, anotó San Agustín). ¿Prefiere el
hombre, Enmanuel, vivir engañado? Sí, sí, sobre todo ahora. Convencerse de que en la
Patria rige un orden civilizador y no una capa de fuerza ominosa, constituida de latrocinio,
pavor y asfixia. Convencerse de que morirá anciano, rodeado de sus amados hijos,
contrariando la evidencia de que su forma física se pudrirá en breve, sin tregua para
conocer a su último vástago, ese que flota saludable o anómalo en la matriz de su madre
nadadora, la menuda mujer que extiende los brazos y de súbito lo mira a él, que enseguida
muda sus ojos al viejo periódico y acomoda sus largas piernas en la estera y sacude una
mano, espantando las moscas grises de sus bajones anímicos y sus exasperantes dolores.
Estoico, se reservaba para sí la mala noticia: el retorno de la maldición en forma de ácida
enfermedad. Esta vez atacaba su estómago, desangrándolo gota a gota. A veces notaba
una pelota en su cavidad abdominal y en su impotencia pensaba que se trataba de un
empacho, aglutinación de la maldad de Estado que gobernaba al país y las malquerencias
en el seno de su familia materna.
La comarca que habitaba con los suyos (tierra en permanente primavera), donde se
producía y compartía lo cosechado, había abrigado su utopía personal. Lo que no pudo
hacer por él mismo, lo haría por su prole; la prepararía para sortear los peligros que desde
los ámbitos de la autoridad pública emboscan al ciudadano común, así como para rehuir las
seducciones del chisme y la
holgazanería. Sus hijos calentarían silla en las aulas universitarias, aunque a cambio se
viese obligado a dejar tirones del pellejo entre las zarzas de los caminos y se le gastaran las
nalgas cabalgando por lugares remotos en procura de ganado a buen precio. El profesional,
por ley de conocimiento, merecía respeto hasta de un militar.
El profesional transportaba su fortuna en su propia cabeza. Cada uno de sus hijos exhibiría
un título universitario. Este sueño lo acompañó a la tumba.
En el cuaderno en que llevaba los apuntes de sus negocios, escribió el siguiente precepto
del capítulo XLI del Eclesiástico:
Acuérdate de lo que fue antes de ti, de lo que ha de venir después de ti: esta es la
sentencia dada por el Señor a todos los mortales. Nos lo leyó después de rezar el que sería
el último rosario en familia, la noche antes de partir a Santo Domingo.

3
A fuetazos limpios se aprende a leer en un santiamén, proclamaba Medrano, encrespado
porque Edermira no se preocupaba por el progreso escolar de los hijos. Ella no se
inmutaba, convencida como estaba de la heredada cabeza dura de su prole. A Martina,
Juancito y Siola intentaba yo echarles una mano en lectura, pero enseguida se quejaban del
tamaño esfuerzo que les exigía descifrar las letras. De hecho, no les importaba retrasarse
mientras la mayoría aprendíamos de verdad con el profesor Alcides. En poco tiempo
habíamos logrado exhibir una equilibrada caligrafía, podíamos dibujar el mapa de la
República Dominicana y el de la isla y ejecutar operaciones matemáticas con números
fraccionarios. También aprendimos que había más países, muchos (Colombia, España,
Cuba, Puerto Rico, Bélgica, etc., cada uno con capital y ríos y relieve), además de Haití.
Lugar este último que asociábamos al Echadía Cacao, cuyo único hijo descendía de madre
haitiana. Cacao y su hijo se distinguían por su altura, sus ojos sin tiempo y un llamativo
color oscuro azulado. En los años en los que vivió en el pueblo fronterizo Mal Paso,
escondió a una moza haitiana vestida de algodón blanco de persecutores parecidos a
hienas. Huyó con ella a un campo montañoso de San Juan de la Maguana. Allí procrearon
el hijo. Y de allí se esfumó un buen día la hermosa muchacha vestida de algodón blanco,
después de haber enseñado a ese redentor, al que agradecía, pero no amaba, cómo
caminar en el aguacero sin mojarse, entre otros misterios. A Cacao no se le conocía pareja
y cuando hablaba de Haití denotaba nostalgia. Allá lloran cuando nace una criatura.
¿Por qué?, le preguntábamos. Porque viene al mundo a sufrir. En Haití ríen y bailan durante
un funeral. ¿Por qué, Cacao? Porque cesó el sufrimiento para el difunto.
No era raro que durante las tertulias nocturnas en la cocina de tía Florinda, cuando los
presentes estaban más embebidos en sus historias, asomaran por las rendijas entre las
tablas de palma unos ojos llenos de enigmas y velado fuego. Pertenecían al Echadía, que
inescrutable vigilaba tal vez desde hacía rato. No faltaban los escalofríos y sobresaltos, pero
a Cacao se le profesaba plena confianza y se le consideraba incapaz de hacer daño. Sin
embargo, en lo recóndito, se intuía en él (o se suponía) una forma escurridiza, tal si alguna
entidad de los cuentos -anima, jupia, galipote o indio de agua- se transparentara, de tanto
en tanto, a través de sus ojos.
Disecamos culebritas (atrapadas por Mambrú), tórtolas, ciguas palmeras y pájaros bobos
para estudiarlos por dentro - un asco y una pena que nos daba aquello-- y empezamos a
observar las hojas, las raíces, las frutas y las piedras con vivo interés. A nadie le cabía
dudas de que el profesor (la misma persona que me aburó a ramalazos!) sabía mucho y
dominaba el arte de enseñar.
Difícil de entender era su volubilidad en el trato con la gente y sus fracasados intentos
amorosos.
Eduvigis, la de Chispa y Javier, se distinguía por caprichosa. Por ejemplo, nada más tocaba
su acordeón sola, en cuclillas
debajo de una mata de mango del patio, a la que los frutos se le pasmaban cada año.
Casilda veía en esta conducta el desasosiego característico del padre, su disconformidad
permanente. Y se le paraban los pelos. El papá de Eduvigis, ese que una madrugada
cualquiera se colgó de un grueso ramo, luego de tres días de parranda y de gastar horas
gritando un nombre femenino (¡Solaida!, ¿Sol Aida?) cuando se fundía al acordeón era
capaz de cautivar a una multitud bailadora. Provocaba a las jaibas de agua dulce, que
salían en cantidades de las covachas cenagosas; a los pájaros, que abandonaban en
abigarradas bandadas el abrigo del monte; y hasta a las culebras grandes, que se colaban
nerviosas por los agujeros de las palmas, y a las finas y verdes que como hojas de palma
se desprendían de las matas para reptar en campo abierto, donde los guaraguaos hacían
fiesta con ellas. Es lo que aseguraban los nocturnos pescadores de crustáceos y los
mañaneros taladores de árboles. Casilda podía testimoniar que los perros sentían en su
alma de animales al acordeonista en acción, porque cuando él tocaba, en sus mejores días,
los perros emitían aullidos melancólicos y se aplanaban en el suelo, largo a largo, y
colocaban sus patas delanteras contra los ojos, tiesos los rabos, paralizados mientras
durara el evento. Eso sí que era verdad, como que hay un Dios en el cielo.
(Estaba escrito: en Quima, tierra de aguas superficiales y profundas, el talento venía
envuelto en un trapo de olla. Miren a Javier, miren a Mambrú, miren a Eduvigis, tres
empapados de sonoridades e infortunios. ¡Mírenme a mí.).
Eduvigis, la del lunar rojo en la sien, le comunicó a su madre que ese añemao, Alcides, le
rechinaba. Con lo que hubiera dado Chispa por ver a su muchacha de nalgas macizas unida
a un maestro de escuela que la enseñara a escribir y a sumar. Nada enturbiaba tanto a
nuestro profesor como este tipo de desplantes.
Adquiría una prontitud para la ira que metía miedo. A metros de distancia olíamos su humor
gaseoso. Solo le habíamos visto exhibir sus dientes (pequeños como si nunca los hubiese
mudado) durante los juegos de béisbol en los que el equipo de la escuela se la lucía frente
a selecciones de otros planteles. A Mambrú le toleraba todas sus rudezas y atrasos, pues lo
consideraba un prospecto. Una vez, mientras el profesor leía su librito, soltó una repentina
carcajada. ¿Qué miras?, me dijo con rudeza. La curiosidad mató al gato. Se quedó
mirándome por unos segundos. Esta vez, le sostuve la mirada. Él achicó los ojos y yo hice
lo mismo. Me ignoró el resto de la mañana.
Fuera de las clases, el hombre se mantenía alerta, observando como si se propusiera
estudiar a todo lo vivo. Frecuentaba a Manuelico, con quien sostenía interminables
conversaciones.
Levantaba pesas. Siempre llevaba con él unas revistillas Atlas, en cuya portada figuraban
sujetos de monstruosos bíceps. Dentro de estas disimulaba un volumen pequeño, no
siempre el mismo.
Solo se relajaba cuando, después de asignarnos una larga tarea de aritmética, se embebía
en su libro. Entonces encorvaba la espalda, inclinaba la cabeza y parecía transportarse muy
lejos.

4
Calixta, las agruras a flor de piel, quien había realizado el sexto curso "cuando eso equivalía
a un bachillerato de ahora, en dos oportunidades me sacó sangre de los labios, con un
golpe tan certero y repentino, que aún segundos después yo seguía atónita, mientras la tía
mezquina decretaba: La cabeza es lo que hay que reventarte. Todo comenzó porque me
había atrevido a sostener con ella un brevísimo diálogo.
- Échale la comida a los puercos para que te ganes la tuya.
En silencio agarró el pesado bidón cuadrado, lo lleno con la aguadura hasta más de la
mitad. Me lo subo a la cabeza y caminó hasta las pocilgas.
- Échale esa a la puerca parida y vuelve a buscar la aguadura de los otros.
El cuenco donde debía depositar la carga, una suerte de canoa estaba en el centro de la
amplia pocilga. Hasta allá avancé trastabillando. Había excrementos y lodo ennegrecido por
doquier. En el empeño de apartar a los chillones puerquitos, se me embarraron piernas y
brazos. La hediondez era insoportable. Me empezó hipo e instintivamente me apreté la nariz
con la mano sucia. Al regresar a la cocina con la cara contraída e hinchada, Calixta me
observó de soslayo y soltó una estridente carcajada, salpicándome con su saliva y su
malignidad.
-Ni para alimentar a los puercos sirve esta zángana. Habrá salido a la mamá --dijo sin parar
de reír.
Yo le daba risa. Beba le daba risa. Se me empañaron los ojos y un ardoroso cosquilleo se
adueñó de mis mejillas. Con el hipo incorporado, lo que me hacía sonar rara, le contesté sin
pensar:
-Yo me voy. Échele usted misma la comida a sus marranos, a ver si tiene estómago -y ahí
mismo fue que me zumbó el golpazo con sus ásperas manazas, magullándome la boca y
cortándome los labios.
Me agarró por un brazo y acercó su inflamada cabeza a la mía.
No sé qué la encolerizaba más, si mi actitud o mi hipo.
- ¡Ah!, pero ¡qué tierna la niña de Enmanuel! Conque insolente, ¿eh? Óyeme bien, mosquita
muerta, a ti te toca responderme cuando las gallinas meen. ¡Todos ustedes, empezando por
tu mamá, esa enana!, esa gallinita grifa, no son más que unos herejes cagones. Legos y
sucios. Viven en una casa de cochambre y gusanos, de trastos curtidos, de piojos, de
putería, de desidia. Tu mamá sigue escondiendo los paños con sangre debajo del colchón
para no lavarlos, como lo hizo desde que Enmanuel se la trajo desde la loma, siendo una
puñetera que ni hablaba; sin costumbres, sin civismo. Cómo iba a darles buena crianza a
ustedes. ¿Los puercos le provocan asco a la niña delicada? ¡Puercos ustedes, que cargan
la pocilga en las tripas!
De pronto, enmudeció y me soltó el brazo. Tal vez se le acabaron las palabras o el aliento o
tal vez había caído en cuenta de que frente a ella no tenía a Beba, la cuñada que le excitó
el humor desde el mismo momento en que Enmanuel, el menor de los hermanos y el único
soltero, la presento y ella se sorprendió contrastándose sin remedio. La recién llegada, tan
discreta, tan complaciente, tan agraciada, y ella tan desteñida, ordinaria e irritable. Ella
sombra, en cotejo con la jovencita de pocas palabras que vendría a formar parte de la
familia con el beneplácito de Cuya. La dócil lumbre de la nueva cuñada hería su sensibilidad
y su carne, inestables de cerrazón y menosprecio. Desazonada, miró a un tiempo los ojos
felices de Enmanuel y los ojos desafectos de Doroteo, su esposo de años.
La más vieja de las hermanas de Enmanuel sufría desde su infancia del abrasivo vicio de
comparar. Machacaba sus rencores con la lengua, antes de tragárselos. Se corrompían sus
facciones, de seguro que por esta depravada manía. Múltiples verrugas apelotonaban sus
manos (ella explicaba que, por ser muy blancas y finas, se las estropeaban los
detergentes). Mujer tan apegada a la higiene que hubiera preferido apelotonarse de cuerpo
entero con tal de mantener sus tres baños diarios e igual número de fieles enjabonamientos.
Calixta no era mala (nadie es malo de por sí, repetía Manuelico), sino fachosa y con el
madrejón revoleado a cada rato; impacientada todo el tiempo por ella misma, por su
destino, por las escapadas del marido, por la trulla de hijos e hijastros. Tenía de enemiga a
la risa franca. Y afanaba como una mula forzuda. Ella y Doroteo habían acumulado bienes,
pero en su entorno hogareño no se advertían otras evidencias de prosperidad que no fueran
las ollas de trozos de batata y yuca sancochadas, los sartenes repletos de huevos y ruedas
de salchichón frito, las grandes pailas de moro o arroz blanco apastado, las ollas rebosadas
de habichuelas a las
que mataban su buen sabor echándoles orégano poleo: todo en profusión para la peonada
y para todos los miembros de la familia, salvo Doroteo, para quien cocinaban aparte. Para el
jefe de la familia, su carne salada asada en parrilla; su ensalada de papa, petipuá,
remolacha y zanahoria; sus consomés de verduras; su pechuga de pato guisada en cerveza
y aliñada con ajíes de tres colores; sus casquitos de guayaba en almíbar; su puré de cepa
de apio, acompañado de revoltillo de huevos, cebollín y tomaticos; sus jugos morirsoñando;
sus ponches levantamuertos. Y la ropa del hombre, eso había que verlo. Este salía cada
domingo a visitar.
Enhiesto sobre la montura (caballo zaino de largas extremidades, silla y panó de Sevilla),
perfumado de pachuli y con atuendo de admirar --camisa blanca, cuello de pajarita, porque
si había algo que Calixta llevaba a cabo con arte sacramental era planchar las camisas, los
pantalones, los fluxes y hasta los calzoncillos del hombre con quien estaba unida
sacramentalmente. Doroteo era bueno con ella, portadora del insigne título de "esposa", y
considerado, establecía sus queridas a más de dos kilómetros de su hogar, y estas se
hallaban en la obligación de respetar a Calixta, manteniéndose a distancia de su territorio.
Considerado, le regalaba a la esposa hijos extras (escogidos, los más robustos y
saludables) que ella no había tenido que nutrir en su vientre, ni parirles.
Creerse que en su persona residía el fundamento de Doroteo, le infundía arresto a Calixta.
Era uno de los pocos individuos que usaba zapatos desde niño, distinguiéndose de los
muchos hombres importantes de las secciones rurales que asistían a mítines en la Capital y
a las reuniones del Partido en Jarabacoa enfluxados, con sombreros sobre la cabeza y
descalzos. El mismo padre de Doroteo, "un egregio" -así lo había calificado el síndico de La
Vega y nunca más dejaron de llamarlo egregio, obeso de grasa e importancia, recibía a las
autoridades en su morada de Guaigüi vestido de casimir y parado en la plataforma de
cachaza sobre sus pies de pezuñas negruzcas.
Calista ordenó a su hijastro apear del fogón la aguadura hirviendo.
-Ayúdala -le dijo.
-¿Ayudarme en qué?
El muchacho sostuvo el bidón con dos malolientes toallitas dobladas en cuatro y lo colocó
en el suelo, cuidándose de no quemarse. Calista, con toda la gravedad del mundo agolpada
en su cara marchita, me señaló el cacharro, esperándome:
-Échasela a los otros puercos. Un día me vas a agradecer que te haya roto la boca. Vas
derechito a convertirte en una delincuente, como tu hermano Virgilio.
La réplica la articulé paladeando sal y sangre:
-Usted no parece hermana de tía Florinda ni de mi papá, y menos hija de la abuela Cuya.
Todos saben que Doroteo no la quiere y usted se desquita conmigo.
Antes de que la aludida
reaccionara, me aparté del alcance de su mano. Se tornó lívida, umbrosa. El hijastro
voceaba agitando los brazos como loco:
-¡Papa! ¡Papal ¡A mamá se le ha subido la presión! ¡Venga!
¡Corra!
Ahora la tía de ojos sulfurosos se asemejaba al légamo colorado. Los blandos carrillos y las
comisuras de la boca amenazaban con derretirse. Podía ver la punta de sus colmillos. Sus
pálidas garras.
-Ah, cuerito. Hija de la gran puta. Lengua de sapo. Ingrata como la mai, ramera como la
hermana y bandida como el hermano, prófugo de la justicia. Los alacranes te van a taponar
la garganta - desgranaba insultos como si pasase las cuentas del rosario que le colgaba del
cuello.
Y yo, para mi propio asombro, puestos los pies en polvorosa, le grite:
-¡Carajole, tía! Le pica mucho que le digan la verdad.
Su voz tronó drenando su vena emponzoñada:
-¡Enmanuel, fantasioso, mano rota! ¡Calavera! Botó lo suyo en la lotería. También echó a
pique los bienes de Cuya, que nos pertenecían a todos sus hijos. Lo que no malgastaba en
billetes y quinielas se lo daba a cualquiera. Como él no lo sudó: lo que nada nos cuesta
hagámoslo fiesta. La casa en la que viven era de Cuya.
¡Ustedes no tienen nada! Ni siquiera vergüenza. ¡Los dejó en la miseria aposta, y se murió
aposta!
La lechuza cantaba: ¡Enmanuel, mano rota! ¡Enmanuel, calavera!
Y yo me devolví para vocearla desde mis entrañas: ¡Bah! ¡lmpía! ¡habladora! ¡Sangre de
mosca!
(¿Impía o empía o arpía? ¿Sangre de mosca? ¿De dónde me habían surgido esas
palabras? ¿Qué significaban? Jabladora = lenguaraje= lengualarga = sierpe). Mientras me
internaba jadeando en el monte, imaginaba la lengua babosa y gorda deslizándose de atrás
hacia adelante en la garganta de Calixta para expeler injurias. Más, cuando empecé a
vadear el río Oro, la idea de un ataque fulminante al corazón de la energúmena me atería.
El agua me alcanzaba los muslos, me acuclillé un poco para orinar.
Pero mis manos, heladas en el pecado y en el remordimiento, no conseguían bajarme el
panti. Por la boca muere el pez. Por la boca se pierde el alma. ¡Cuidado con hablar como el
que caga y no lo siente! Tam, tam, tam, mi pecho, sedicioso y afligido, se transformaba en
una tambora. ¿Enmanuel vicioso, mano rota, suicida? ¡Ni el diantre!
Arribé a casa mojada, tiritando, muda. Beba prometió que jamás me mandaría a "pasarme
el día" a donde Calixta. Sin embargo, éramos cristianos, ¿no había que tomarle en cuenta
sus infamias porque la infeliz (¿infeliz?) sufría de la gota, de sangre virulenta y bilis en
reborde. Sus resabios y reflujos conyugales los descargaba sobre el más débil. (¿Yo, débil?
Mamá no me conocía a fondo).
Del lugar donde moraba la tía furibunda extrañaría los mangos mameyitos, lo único dulce de
aquel sitio.

5
¡Quien gane a Batalla puede decir que perdió!, estalló Beba, con ganas de empuñar su
punzón. Lorenzo había intentado apostar la yegua en el póker. Pero los avezados jugadores
que enfrentaba enviaron un recadero a casa a comprobar si el alterado perdedor podía
disponer del animal.
¡Abusadores! ¡Bellacos! Se reían de una viuda. Esos mismos pendencieros de disímiles
secciones, aunados por la vagabundería, de noche le robaban las gallinas para preparar
suculentos sancochos con los que remataban sus parrandas.
Batalla representaba el nimbo de Enmanuel. Salir de ella hubiera significado romper un
eslabón en nuestra memoria. Además, constituía un medio de transporte y de modestos
ingresos.
En temporada alta de verano, Chucho bajaba de Las Cruces de Bayacanes con sus hijos y
sus mulas con el propósito de alquilar estas a los turistas en Jarabacoa. De paso, ese
bondadoso hermano de Beba depositaba en sus manos lo ganado con Batalla, y algo más.
Con los años y la mengua de pasto en nuestro predio (había que priorizar la siembra de
víveres), la bestia había enflaquecido, pero seguía imponiéndose a la vista con su testa
impresionante, la suave ondulación de su lomo, la larga cola rizada y la abundante crin
amarillo pálido. Saludaba la presencia mía y la de Emilio con un vigoroso relincho. El olor
acre y dulzón que despedía durante el galope evocaba en mí una entrañable sensación,
indefinida huella de Enmanuel.
Se nos tenía prohibido montar la yegua. De tanto en tanto, quebrantaba la regla. Después
me arrepentía. Para luego repetir el mismo pecado de desobediencia. A veces sentía tal
desazón frente al párroco por mis incongruencias respecto a "propósito de enmienda y dolor
de corazón, que me ausentaba del confesionario para largo y no me atrevía a comulgar. Sin
embargo, culpas y contriciones se esfumaban al cabalgar junto a Emilio sobre Bata-Ila.
(Lorenzo, más de una vez, nos había espiado. ¿Por qué no me delataba? Era un enigma de
los muchos de mi hermano mayor).
Aprovechaba los viajes a buscar agua. Escondía la lata y remontaba el riachuelo
magullándome los pies con las piedras para reunirme con mi amigo, quien me esperaba
agitadísimo en el claro entre los dos arroyos, donde pastaba el animal. La emoción nos
cortaba el aliento. Acercábamos a Batalla a una rama gruesa de pomarrosa, desde la cual
nos trasladábamos a su lomo. Yo, asida a su crin, la dirigía; Emilio se sujetaba a mi cintura.
Tan pronto nos sentía acomodados, el animal volaba con nosotros. Y éramos entonces un
continente de latidos, sudores, roces, potencia y entrelazamientos abriéndose paso por
entre las espirituosas nubes del paraíso.
Los suspiros condensaban. Evaporaban. Unificaban. Todo cabía en diez minutos: la roja
seda de los labios, el sol, las palmeras, la yerba, el sueño del alba y el sueño de las piedras,
el trompo, las tintadas mariposas, el porvenir, las geométricas luciérnagas, el surtidor de
albricias, los pajaros del monte, los sabores del chocolate, chichiguas, las mariquitas, las
fábulas, las pomarrosas, diluidas memorias, el viento vistiéndonos incesante, la sangre y la
luz del barro, los silencios del liquen, el sabor de los ríos, el lienzo que se teje y desteje en
el vientre de los jardines reales, cuyo perfume se asienta en la piel del alma. Todo fugaz.
Todo sentido, todo pensado, bailaba y nacía mil veces en diez minutos, al cabo de los
cuales saltábamos a tierra. En un santiamén, le ofrecíamos a Batalla algunas guayabas y
hojas y huíamos de inmediato por direcciones distintas sin proferir ni una palabra.
A seguidas, el vértigo de regresar a la tina, llenar la lata, caminar cimbreante y rápida hasta
la casa y vaciar el contenido en la tinaja. Brígida, muda, palpaba mi rostro y después
contemplaba sus manos, extrañada de que sus dedos no se hubiesen mojado de sangre en
mis mejillas.

Capítulo cinco
Después del zumbón en la cuneta, soñaba con frecuencia que tenía una coronita de nubes
purpúreas sobre la cabeza. Emilio entraba al aposento solo por un ratito, siempre en
presencia de Beba o Lesabia o Miriam. Cuando me animé a salir a la sala, sus visitas se
multiplicaron. Entonces, ahí, frente a frente, nos manteníamos achicados, como si no
pudiéramos ser nosotros mismos.
Ya cuando pude caminar por los alrededores, mi amigo se reía y yo le hacía musarañas, y
él me llevaba sopa de letras que sustraía de la atestada alacena de su hogar, y me
mostraba la reluciente bicicleta roja que le había mandado desde Nueva York una persona
vinculada a su padre. Me enseñaría a montar.
Nunca lo había visto tan expresivo. Me contó que estaba soñando con su mamá real.
¿Doña Miguelina?, quise preguntarle, pero callé porque existía como un tácito pacto entre
nosotros, tal si presintiéramos que a veces las palabras podían acribillar las oraciones de
nuestra fértil imaginación. Nos contábamos sueños como si fuesen hechos vividos o por
vivir. También teníamos breves historias fantásticas. El oído del otro les confería la realidad
que bastaba a nuestro corazón. En esto residía la singular consistencia de nuestro lazo.
¿Con qué otra persona o niño podríamos comunicarnos de esa manera? De vez en cuando,
se me antojaba pensar que la familia de Emilio era ficticia y que él había aterrizado en el
bosque, caído del cielo. Este ejercicio se me facilitaba por la borrosa y pertinaz inquietud
que a todos los oriundos de Quima nos suscitaban don Chelo y doña Miguelina, pese a que
empleaban a muchos lugareños. Era como si encubriesen algo indefinido que nos
incomodara. Edermira Villabrille, que de todo lo sucedido y por suceder se enteraba, se
regodeaba propagando versiones contradictorias sobre esa familia, la única en donde había
un don y una doña. Empero, a su palabra no se le prestaba mayor crédito.
Como al mes y medio de reintegrarme a la escuela, el profesor Alcides, al advertir mi vivaz
interés por los juegos de béisbol, entusiasmo que compartíamos, me preguntó a bocajarro:
¿Sabes batear una pelota? Sí, respondí sin pensarlo dos veces. Vamos para que lo
demuestres, me conmino.
Ah, eso no lo esperaba. ¿Qué se propone este?, me pregunté recelosa, recordando la pela,
pero mi excitación opacaba cualquier titubeo. Mambrú, el capitán del equipo, y el único
alumno deslumbrado a totalidad por el profesor ojos de jaiba, accedió cejijunto y; entre
dientes, ordenó al pitcher que me lanzara la pelota.
Al profesor Alcides el truño del cantor le importaba un pito.
Agarré el bate. Al levantarlo, hice un gesto de sorpresa; pesaba. Se escucharon risitas
zaheridoras. La pelota zumbo y yo de un saltó la evadí. ¡Estrai cantado! Risitas de nuevo.
Tragué saliva. Ardía y me empezaron unas intensas ganas de orinar. El pitcher lanzó bola
afuera. Abaniqué. Luego, bola adentro, rozándome, brinqué hacia atrás. En picor en mis
tímpanos se traducian las risitas de mis compañeros. Uno que otro me miró con lástima. Y
eso sí que no lo soportaba yo.
¡Oye!, pon cuidado en lo que haces, advirtió el profesor al pitcher. En el siguiente
lanzamiento, acerté con un batazo que llevó la pelota a los matorrales, en los linderos del
play. ¡Tanibol, tanibol!, iba vociferando yo, mientras emprendía una desesperada carrera,
pero no a las bases, sino al sanitario, con chorros de orines calientes fluyéndome por los
muslos y desenfrenadas ganas de reír por las atónitas caras en el cuadro de juego. Alcides,
con los brazos cruzados, decía jonrón, jonrón...
A partir de esta prueba, el profesor decidió que yo formaría parte del equipo de béisbol de la
escuela. No importaba que fuera la única hembra en el grupo y que Mambrú todo el tiempo
se empecinara en desmoralizarme. Cuando Beba me mandaba a comprar carne de res, el
compañero de aula me envolvía la peor: grasa, tela y huesos. Pero esto no era juego, mi
madre regresaba conmigo de una mano y el húmedo paquete en la otra, dispuesta a
defender sus centavos. Ludovino se reía socarrón, mostrando sus dientes de fumador de
pipa debajo del bozo rectangular, y decía, Beba, eso es encelado que está mi hijo,
recuérdese que a esa edad los mozos se enamoran tirando piedras a las chiquillas.
Desde que se le reveló la finura de voz que poseía el hijo, el carnicero no perdía ocasión de
resaltarle cualidades de machito.
Últimamente, le cortaba la sangre la idolatría del muchacho por el profesor Alcides. Rojo del
pique, y bajo la mirada vigilante de mamá, Mambrú cortaba y envolvía un pedazo de masa.
Nos ignorábamos adrede, pero él hallaba el modo de evidenciar su hostilidad.
Aunque después se olvidó de ello, el profesor le dijo al capitán del equipo: Mambrú,
encárgate de que Quima sea la primera sección rural con un equipo de béisbol femenino.
Empieza por entrenar a Leona. Mis hermanas batean mejor que yo, intervine, emocionada.
Alcides añadió: También vamos a enseñar música, que aprendan a tocar instrumentos. (tal
vez pensaba aprovechar la voz de Mambrú, una banda formada por nosotros para
acompañarle. Tal vez pensaba en desafiar a la arisca Eduvigis, crearle competencia).
Eso, por igual, se le olvidó rápido. Nunca más mencionó ese plan. (tampoco
conseguiríamos instrumentos; a lo sumo, tambora, güira y maraca. Había un acordeón, el
de Eduvigis. Pero esta no se lo prestaba ni a Dios que bajara del cielo).

2
Esta niña descolorida, como un grill, con los ojitos alagarteados, cada día más rarita.
cuchicheaban de mí. Emilio me compensaba con chocolates blandos, raspaduras, gelatina,
queso de bola con cáscara roja. porque últimamente, al recuperarme del accidente y las
extracciones de muelas, se me había desatado una ingente ansiedad de comer. Tanto y
tanto tragaba, y canto más habría tragado de no haber sido por el temor a explotar. Era este
uno de mis primordiales terrores, que luego de una hartura reventara como la rana del
cuento del libro azul de segundo curso, llegado hasta nosotros gracias a la Alianza para el
Progreso y al presidente Kennedy, nos informaba con gesto ambiguo el profesor Alcides,
forzándonos, mediante la memorización del relato, a captar la moraleja del aventón del
batracio insaciable.
La rana y el presidente Kennedy, el libro de tapa azul y el profesor Alcides, la explosión del
animalito y la Alianza para el Progreso... convergían en marifinga. Sí, sí, alojaban sus
sabores rarosos. Marifinga, así se nombraba al paquete de aceite, trigo, queso, harina de
maíz y el lote de ropa que enviaban cada cierto tiempo a Quima, causa de que la gente se
desatara en lamentaciones cuando supo que el presidente Kennedy había sido asesinado, y
mi propia mamá sufriera lo suyo por ese gobernante al que balearon justo dos meses
después de que en nuestro país derrocaran al primer mandatario electo democráticamente
en muchísimos años. Por boca de Virgilio nos enteramos de que la misma gente de la
Alianza para el Progreso había conspirado para tumbar a nuestro Presidente. La esperada
dádiva detenía el progreso, nos inutilizaba, y destruía en ciernes nuestras capacidades.
Alianza que, para el Progreso, también paró a su propio presidente. Así reflexionaba Virgilio
mientras nosotras acariciábamos el libro verde y el libro azul, nos peleábamos por el
sabroso queso y nos hartábamos de pastelitos elaborados con harina de trigo, de bollos de
harina de maíz, de leche Bambi, de trigo y blende. De esto último ignorábamos la
formulación y, al principio, nos parecía revulsivo por su aspecto, que remitía a caca de
adulto. Pero pronto la afable abuela de Mambrú lo preparó al estilo majarete y a mucha
gente le gustó. De mi parte, le profesaba cierto cariño al blende. Por los días en que el hijo
del carnicero, además de burlarse de Emilio, me incordiaba en el equipo de pelota, sucedió
que, hambriento después de concluir un tenso partido, aceptó por primera vez el plato
preparado por su abuela a base de blende (con leche Bambi, azúcar parda, canela, cáscara
de limón agrio y un poquitín de maicena).
Tanto le satisfizo, que después de saciarse siguió complaciendo con blende caliente a un
hambre fantasma. Rato después, y esto le ocurrió solo a él, parecía alojar un bólido en el
estómago. ("Va a explotar", se alarmaba su afligida abuela). La materia en sus tripas
empezó a expandirse, a crecer. El fornido Mambrú mareaba a su familia con su vaivén.
Cualquiera se bandea la barriga, decía, bañado en sudor. No se rajó la barriga como un
cerdo, pero la gravedad del empacho y sus secuelas le impidieron cantar en la misa y jugar
pelota por semanas. "Tía Florinda lo estuvo atendiendo por tres días.
¡Hummm! La gula es otra cosa del diablo. ¡Qué vaina, caramba! Pero yo no reventaba
después de una hartura, sino que me adormecía en tranquilo sopor, soñando que caminaba
a pasos de tortuga por una pradera esponjosa, luciendo en la cabeza un anillo de nubecitas
purpúreas.
Donde Edermira había días que no encendían el fogón; y a veces, cuando regresaba
Medrano con dinero, compraban un saco de arroz y un cerdo. En palanganas se servían los
alimentos. Pero había temporadas en que el exalcalde desaparecía (había formado dos
familias más, una de ellas en Maimón, se decía). Beba le pasaba a la vecina de lo que
hubiera en casa, plantones de yuca, berenjenas, auyamas. La reacción de la madre de
Martina a veces era de ingratitud defensiva.
Esa niña, tu grillito, se va a heticar, decía refiriéndose a mí.
Mi madre, al punto, replicaba: El problema es que no le aprovechan los alimentos. Entonces
me privilegiaba con malta morena, en la que introducía ramos de romero, bote asado, "café
de maíz costado y ponches hechos con huevos de pato, nuez moscada y miel de abeja. Mi
organismo no aumentaba una onza de peso, pero iba estirándome como una vara. Eso
debe ser una enfermedad, la del grillito, cavilaba Edermira, observándome intrigada.
(Entonces no imaginaban que de esta flacura incorregible iría yo a beneficiarme muchos
años después, a muchas leguas de Quima).

3
Ahorrándole a Beba esa mortificación tan frecuente entre las mujeres de Quima, Enmanuel
no tuvo hijos de la calle. De lo que sí había disfrutado (o padecido) fue de una enamorada
tan obstinada como consciente. A Beba en absoluto le molestaba. Sería amor lo de Chispa,
pero para nuestra madre eso no pasaba de devoción respetuosa. A nosotras, Casilda solía
mirarnos con melancólico cariño: El papá de ustedes, ¿tú te acuerdas de él, Leona?
Yo movía la cabeza para negar. Tanto que te le pareces, y cómo te quería, ¡niña! Tú decías
que Enmanuel te hablaba en la mata de pera. Tú halabas a Beba por los dedos diciéndole,
Papá, papá.
Durante meses estuviste viendo al difunto en una de las matas de pera, la del centro. ¿No
te acuerdas de nada? No. ¿De nada, nada?
No, a veces de su olor, creo... Y tú, Miriam, ¿recuerdas a tu papá?
Sí, me dejaba un bocado de su comida, respondía mi hermana.
Casilda, absorta en algún detalle, se explayaba ante nosotras: Ese era un trinquete, un gallo
de calidad. Cuando abría la boca, ¡había que escucharlo!
Lo de Chispa por Enmanuel era historia conocida y tomada a chanza en nuestro hogar. Y
cómo no. Por un tiempo, acudía casi a diario a lavar de balde -aunque Beba nunca la
dejaba marcharse con las manos vacías, a prepararle sopa de gallina vieja a la esposa del
apuesto Enmanuel durante el riesgo de los partos; planchaba durante horas en un rincón de
la sala, solo para aspirar el vapor de la ropa del hombre y, a veces, cuando él se haIlaba
presente, mirarlo de reojo mientras se desplazaba entre sala, cocina y patio. En ocasiones,
en el río Oro, parada frente al lavadero, Chispa apretaba los ojos y permanecía quieta por
un rato.
Las compañeras la embromaban. Chispa, parece que te fueras a colar por la tierra.
Cuéntanos, ¿por dónde divaga tu mente? ¿Qué saboreas? ¿A un macho? Casilda, toma un
pedazo de arepa. Vas a gotear si no comes de una vez.
O le cantaban a coro:
jAy! amor ya no me quieras tanto.
¡Ay! amor no sufras más por mí.
Si nomás puedo causarte llanto.
¡Ay! amor olvídate de mi
Chisteaban, resguardadas por las sombras de las pomarrosas. Ya afanadas restregando a
puños los vestidos o golpeando los pantalones con una paleta de madera sobre un
pedregón; ya prendiendo candela para hervir la ropa curtida
o echándose agua bajo las faldas para refrescarse los genitales.
Juguetonas, incluso las mayores. Era este el único sitio donde se permitían prescindir de
pantis, orinar de pie y zambullirse con los pechos flácidos o firmes al desnudo.
Casilda replicaba: ¿Y a quién le importa? De su ocupación de jovencita, mantenía la
costumbre de atrincar sus voluminosos vientre y nalgas con una falda por encima de las
rodillas. En su cartera no faltaba un pintalabios carmesí. A cada rato se coloreaba la boca,
sin necesidad de espejo. Edermira lanzaba una puya: Yo que tú, Beba, abro el ojo con
Chispa... Por algo se dice: de fuera vendrán que de casa nos echarán…
Mamá se echaba a reír. En ese tiempo, Beba reía... Con los ojos húmedos de risa, decía:
De ese susto no muero yo. Sobre lo mucho que se invente y lo mucho que se vea, debe
saberse que Casilda es mi amiga más sincera. Y, además, con Enmanuel no hay vuelta
floja. Nadie lo sabe mejor que tú, Edermira.
-Colemos el café claro. ¿Qué me has querido decir?
- Lo que tú misma comprobaste muchas veces. No hay hombre más adorador de su familia
que el mío.
-Tú has visto poco de esta vida, en cuanto a hombres eres ignorante. Dímelo a mí.
Beba remataba con una frase aprendida de su marido, quien la había tomado de san
Agustín: La sospecha es el veneno de las amistades.
Y Edermira sacaba una de las suyas: Usa alumbre, Beba; usa alumbre.
Con esa recomendación la vecina. lograba enmudecer a Beba, quien bajaba los ojos y
enrojecía.
Después del fallecimiento de Enmanuel, Chispa no volvió a pintarse la boca y frecuentaba
nuestra casa, a donde se traía a Eduvigis, un año menor que Noraima. Su afán era ayudar a
Beba en lo que fuese. Cuando mencionaba a Enmanuel su voz se quebraba entre sus
labios cenizos. Llegó a producirnos malestar con sus historias sobre nuestro padre. Las
repetía como si al contarlas mantuviera intacto su modesto tesoro, y para que el río del
tiempo no lo arañara ni una pizca. Y en estas evocaciones, sobresalía el velorio de
Enmanuel.
Casilda sabía dónde se guardaba la carne salada y cuáles pollos estaban de comer y
cuales racimos de guineos de cortar, y a machetazos limpios empezó a tumbarlos ella
misma, pero Manuelico, quien se había apersonado trayendo arroz, café, azúcar, galletas y
jengibre, le arrebató el machete. Váyase a armar los fogones, yo me
encargo de los víveres, le dijo. Ella ni le miró. Como una exhalación se dirigió a donde
estaban las piedras para los fogones a cielo abierto. Luego obligó a Eduvigis a procurar
prestada la paila en que el carnicero freía los chicharrones. La niña obedeció con los
dientes apretados y sin atreverse a contradecir a su transformada madre. Aborrecía hacer
mandados, aborrecía la cocina, a las hijas de Beba, aborrecía a Mambrú, que se ofreció a
cargar con ella la pesada paila. A cada paso, le chocaba las piernas y le tiraba besitos.
Ella le escupía la cara y él se lamía la saliva.
Durante los nueve días de rezos Casilda se comunicaba a través de monosílabos y señas.
Eduvigis se enfurruñaba, obligada a permanecer horas muertas al lado de su callada madre
en esta casa ajena. Por último, optó por tocar su acordeón bajo el árbol de cabima, a unos
trescientos pasos. Casilda salió corriendo a su encuentro y la increpó. Enmanuel había
fallecido. Quima entera estaba en duelo. Todo ruido era intolerable. ¿Ruido su música?
Si todos le vivían rogando que tocara el acordeón. Casilda salió huyéndole a los ojos de su
hija. Esa será una incomprensible, como el padre, pensó, con el ardoroso deseo de que
alguien en este mundo la acompañara en sus sentimientos.
Y mientras pisaba cadillos y zarzas, presenció cómo mariposas amarillo limón se convertían
en polvo de plata y caballitos del diablo se volvían del mismo color del aire, sutilizados por la
música de su terca hija, que no esperó que se alejara para desplegar de nuevo su
acordeón. Y absorbió el desafío de Eduvigis, pareciéndole que el mundo había sido
derribado días atrás y que aquellas variaciones de los insectos las producían los humores
en sus ojos maltratados, tal vez próximos a un ataque de ceguera.
La música de ese instrumento, acaso maldito, le lija el cráneo, cuaja sal en su garganta. Sus
piernas se precipitan hacia el refugio de la cocina, allí el humo se hace cómplice de las
lágrimas y confunde su origen. Sus pies chocan con un bulto. Es Tiburón, el perro de
Enmanuel, aplanado en la tierra, el rabo enhiesto en un toque de voluntad casi humana, las
patas delanteras sobre los ojos.
Maldita música de perros, jaibas y borrachones, se dice Casilda.
Maldito pálpito en mis entrañas. Piensa que la muerte baña a las mariposas, les sustrae sus
pigmentos y transforma a Tiburón en un amasijo de melancolía, ay, demasiado humana. La
vista se le enturbia.
Ve que Leona hala a la viuda por la falda, intentando arrastrarla hasta la mata de peras.
Balbucea, Papá, papá, allí. Beba grita:
¡Para esa música, Eduvigis, ya! ¡Estamos de luto! Y Chispa, Casilda, desanda sus pasos
hasta el árbol de cabima, pero no es preciso arrebatarle el acordeón a la imprudente del
lunar rojo en la sien, porque esta se ha detenido de golpe y entonces las mariposas amarillo
limón y los caballitos del diablo son de nuevo los de siempre.
Aun así, va a tirar de las orejas de Eduvigis y se queda con la mano empuñando aire, pues
la niña se ha embalado y detrás de ella corre Tiburón, el animal inseparable de Enmanuel,
más eficiente que tres hombres en el arreo de vacas. Desde el momento en que su dueño
partió hacia la Capital, se había mantenido bajo su cama.
Paró las orejas ante el ulular de la ambulancia que trajo el cadáver de su amo y deambuló
desorientado alrededor de la casa durante el velatorio. Luego regresó a su sitio debajo de la
cama de Enmanuel. No valieron escobazos ni seducciones con trozos de carne para sacarlo
de allí. La música de Eduvigis, esa música de perros y bebedores, lo había logrado.
Chispa, Casilda, asegura que mientras corría tras Eduvigis, los ojos del animal desprendían
boronas de oscuridad, burbujas de agua. Casi humano; peligroso, que un perro llore.
Ah, Casilda, todo eso se lo inventa usted. Que no, asevera
Chispa. Pregúntenles a los quemadores de tumbas y a los pescadores de jaiba. Pregunten
por Tiburón, el que iba soltando boronas de noche y baba. Pregúntenle a Lorenzo. Él sí
sabe sobre el perro de Enmanuel, su mano derecha en el arreo de ganado; su compañía.
Ya verán que nada invento y que las cosas se extremaron en
los días siguientes a la muerte del papá de ustedes, porque partió sin despedirse.
Pregúntenle a Lorenzo, él fue el último que vio a Tiburón, seguía huyendo en dirección a
Guarey. Y el hermano de ustedes, el primogénito, decidió que no se podía dejar a un animal
seguir soportando tanto.
Enmanuel sufría de maldad de estómago y en silencio se había ido consumiendo. Pero no
era como para morirse en tres días.
¡Caramba, Dios!, solo tenía cuarenta años. Yo he visto gente que dura diez años con un
cáncer, veinte con úlcera. Gente que ha pasado por tres ataques al corazón y sigue con
vida. Y Enmanuel...,
¡caramba! Se había marchado el viernes, después de vender la última finca considerable
que le quedaba, y ya el domingo en la noche había expirado. Y ese corte a lo largo del
pecho. Y sus bolsillos vacíos. Autopsia. Hospital Militar.
Casilda atesoró su añoranza de Enmanuel sin que esto atrasara demasiado su gusto por la
vida. (Ah, como el amor, nada. Hasta el sufrimiento del amor es delicia; afilada delicia). De
vez en cuando, se tomaba una cervecita fría en la galería de no más de dos metros
cuadrados de su casa, mientras arreglaba sus sueños para jugar quinielas. A veces invitaba
a Manuelico y a otros conocidos a jugar domino. Su jardincito era el más cuidado de Quima;
sus trastos, los más limpios. Su entretenimiento favorito después de una dura jornada:
arrellanarse en una mecedora al frente de su vivienda a ver la gente pasar, mientras
escuchaba un programa de boleros.

Capítulo seis
Noraima vino a visitarnos en compañía del policía casco blanco, a quien ella llama Chaguin,
mientras otros lo apodan Comebrasa. Su nombre verdadero es Otilio Ruiz. Ya no tenía que
salir de lechuza. Obtenía permisos. Lo dijo él mismo, pavoneándose, "soy un hueso duro de
roer". Su sobrenombre se lo había ganado a fuerza de cojones. Algunos oficiales estaban
en deuda con él, respetaban sus habilidades especiales. Todas le prestábamos atención,
formándonos una idea nebulosa y un tanto desagradable en torno a la cháchara con la que
pretendía impresionarnos, decididamente a nosotras, las mujeres. Sin ninguna explicación,
a mi hermana se le salió una lágrima. Estaba muy sensible la hermosa madre de mi amado
Sebastián. Ella y Virgilio eran los hijos favoritos de Beba, de modo que a mamá se le
aliviano el ánimo con su presencia. En voz baja abordaban la posibilidad de mudarnos de
nuevo para la Capital. A Beba le parecía una idea peregrina. Ya habíamos tratado de
instalarnos allá. Aparte del nacimiento de Antonio, de conocer el mar y de que nuestra
madre, por un tiempo, se mantuvo fuera del alcance de los lengualargas, no podíamos
exhibir gran cosa de nuestra estadía en la ciudad. Allí el sofocante calor, el jaleo y la peste
de las cloacas nos mataban. Recordaba, sin poder calificar el episodio, que me metían en
una jofaina llena de agua, con una vecinita de mí misma edad llamada Yokasta. (Los
nombres de las niñas capitaleñas --Jacqueline, Grey, Belkis, Janet, Vicky, Elizabeth, Kenya-
se exhibían como mentalidad de progreso, adelanto, contacto, aunque fuese imaginario, con
el mundo, los otros países. El mío parecía significar lo inverso. ¿Y por qué te pusieron
Leona? ¿En honor a los Leones del Escogido? ¿Se debió al cumplimiento de alguna
penitencia? ¿Has visto el león del 200-lógico? Es un apodo, ¿verdad? Te lo pusieron para
protegerte del mal de ojo y brujería, ¿sí? Que no, no es por nada. Me llamo así, Leona,
pregúntale a mi mamá).
Una vez Yokasta y yo nos sentábamos de frente en la palangana, el espacio breve y
platinado cerraba en burbuja y abría un ritmo de miríadas de corpúsculos iridiscentes,
exquisitamente caóticos. Las piernas de ella para un lado, las mías para el opuesto, el agua
se derramaba por los bordes. Nos movíamos con suavidad para que no se perdiera más
(iba a reutilizarse en los sanitarios).
Nos lanzábamos puñados de agua a los ojos. El sol ardía sobre nuestras cabezas; la mía
con bucles, la de ella con trenzas. Las piernas de las mujeres adultas se desplazaban
afanosas entre los fregaderos, los baños y las cocinas.
Repleto el aire de rumores, confidencias, pasos, bocinas, roces de madera, chasquidos.
Entretejido de acciones: barrer, discutir, allanar, escindir, infamar, tender, exprimir, robar,
seducir, orar, rebatir, vender, cantar, exigir, quebrar, huir, suturar, bendecir, golpear, oler,
cobrar, coquetear. Música desolada y música vibrante. Amarga y encandilada celebración.
Alimento y fatiga. Abigarrado fresco de pálpitos y señas. Traspasado por el tiempo urbano,
el suceder recóndito del individuo y el grupo. ¡Barquillas!¡Atezo! bastidores! ¡Marchantas!,
¡traigo nísperos! ¡Guandules, limones, yautía, aguacates! Olores de piña, mango, verdura,
guayaba, rechín, hojalata, carbón, betún y clavos; parque de árboles abrasados y multitudes
sudorosas arrojadas a la marea cotidiana tras el sustento; bravas, pacientes a su modo,
portadas siempre. Esta era la atmósfera.
Yokasta posaba sus manos sobre su popa y me invitaba a imitarla. En mí se encendía el
color rojo, en ella el púrpura. Nada más acaecía. Salvo el inaudito silencio absorbiendo
impalpables rositas de agua. Siempre pensé que esto componía una vibración de la ciudad.
Únicamente allí no era malo ni bueno, sino un matriz del patio caliente y sobrepoblado,
donde las gentes se volcaban en sus problemas o arremetían en pelas de lengua, se
destacan, se envidiaban, se solicitaban. Era común pedir palitos de fósforos o de
cucharadas de café en polvo o sal o azúcar o un poco de carbón o el favor de conectar un
alambre a la energía eléctrica porque han cortado la luz. La Capital era un caldeado lugar
de erizados espíritus y algunas sutilezas, donde ahora residía Noraima.

2
El casco blanco vestía su uniforme y su gorra. Desde ese momento el gris se perfiló en mi
conciencia como el ominoso color de Ruiz y del cuartel. La limosnera Asunción estaba en lo
cierto: todo lo militar o policíaco entrañaba un soterrado peligro. Ruiz personificaba una
cuña entre Noraima y nosotras, un carugo. la atención de mi hermana permanecía adherida
a su persona. Sus palabras primero atravesaban el cuerpo del hombre antes de alcanzar
nuestros oídos.
Noraima dijo:
-Mamá, Virgilio no debe pisar nuestra casa en Santo Domingo. Tampoco es conveniente
que se aparezca por Quima.
Beba se dedicó a atizar el fogón. Miraba el fuego sin parpadear. De su garganta la voz salió
enronquecida, extraña.
-¿Y por qué? Si se puede saber.
-Pues es mejor que usted no lo sepa, mamá.
Vi el rostro de Beba apretarse de arrugas, de agua ardiente, de sangre amarga.
-En su casa, ustedes disponen lo que les convenga. Pero este hogar recibiría a mi hijo,
aunque venga arrastrando un clavo que me troce el pecho.
Nos subió un brusco resentimiento como un hervor estomacal. Que Ruiz hiciera lo que le
obligara su oficio o su mala fe, pero Noraima era nuestra familia, le correspondía defender a
Virgilio a toda costa.
-Es que usted no se imagina la situación en Santo Domingo, no tiene ni idea de los
criminales que deambulan por la Capital.
Y mejor será que no se entere de las actividades de Virgilio. Si él nos visita, o me descubren
con él, a Chaguín le pedirán cuentas.
Beba se desesperó. Esgrimía un tizón cuando dijo:
-¡Cuentas! ¿Qué cuentas, ah? Quien va a sacar cuentas es el Todopoderoso, que quemará
con su ira a quien acose a un hermano.
Noraima rompió en llanto. El policía Ruiz, que no perdía una palabra del diálogo, salió para
la carretera con las manos en los bolsillos, silbando, ay ay ay, canta y no llores...
Durante el almuerzo, a mi hermana se le ocurrió una idea reconciliadora, acompañar a Beba
a la Manicera (en esa temporada las mujeres laboraban de una y media a seis de la tarde).
El administrador aceptó de mil amores. Tiempo atrás, como otros pudientes casados y
cursis, había pintado pajaritos en el aire para Noraima. Al verla se alebrestó y dijo que le
pagaría a nuestra madre lo que rindieran entre las dos, más una modesta bonificación,
"por la fragancia que agregaba su ayudante".
Mientras Beba y Noraima, de pie, limpiaban maní codo a codo, en la casa yo barría la
cocina y lavaba los trastos en el fregadero (un panel de tablas proyectado sobre el borde
inferior de la ventana). Las gallinas, alborotadas por el celo del gallo, Coco royendo una
pelada pata de vaca y la gata Jaguar relamiéndose el bigote, a prudente distancia del perro,
distraían mis vagarosos pensamientos. De repente, sentí una vaharada repugnante. Me viré
con un plato cubierto de espuma en mis manos. A un paso de mí estaba Otilio Ruiz,
Chaguín o Comebrasa, riéndose con la última muela. Instintivamente me hice a un lado,
justo cuando echaba su diestra hacia mi hombro. Déjate querer, muchachita loca.
Muchachita loca déjate querer. El desgraciado desafinaba en todo. Y no cesaba de mostrar
sus andanas y sus dientes curtidos,
¡Cuántos dientes! Permanecí estupefacta, sin entender, mientras él ponía las aldabas a las
puertas. Sus ojos despedían chispitas, angurria. Saltó sobre mí como un gato. El plato se
resbaló de mis manos. Hice un movimiento reflejo para atraparlo. No logré impedir que se
rompiera ni que el casco blanco me pellizcara las nalgas y costados. Explotaba de risa,
expeliendo un vaho similar al del chinche hiedevivo. Por unos instantes, pareció víctima de
un prolongado corrientazo. Mi hermosa hermana, dejándose preñar por un pringoso, qué
asco, pensé. ¿Y el angelito Sebastián?, imposible relacionarlo con este fulano de braguetas
mojadas y sesos de ratón.
A mí, de súbito, me había entrado una pasmosa tranquilidad, que me duró solo lo suficiente
para brincar por la ventana, machacándome las nalgas y tumbando los trastos del
fregadero. Corrí por el patio; curiosamente había agarrado un cucharón de palo y lo
apretaba con furia sobre mi corazón. Coco soltó el hueso y Jaguar aprovechó para
apoderarse de él. El perro empezó a aullar.
Yo le señalé la cocina. Hacia allá se lanzó, pero se detuvo a unos metros del cochino
marido de Noraima, presto a encajar sus botas en el hocico del animal. Coco continuó
ladrando. Ruiz recogió su gorra del suelo y salió hacia la carretera silbando la misma tonada
de la mañana.
Mi choque contra este peñón apenas comenzaba.
Caía el sol. Sentada en la piedra de Ballilla, esa con marcas de indio lustrada a diario por la
loca, contemplaba las azulosas montañas como si fuesen una quimera de seguridad. Las
voces de Beba y Noraima me espabilaron. Conversaban en voz alta. Reían.
Qué agradable sonido. ¿Qué se habrán contado?
¿Por qué en vez de inventos de mudanzas para Santo Domingo, que sabíamos
impracticables, no regresaba Noraima a vivir con nosotros, aquí donde se enterró su
ombligo? Había padecido
sus decepciones y acosos, cierto. Tan pronto desapareció Enmanuel muchos empezaron a
calcular los años de la chiquilla. A esa pollita retozona quiero echarle maíz para que suba
rápido, decían.
Te estoy esperando linda, nada más desarrolles. Te instalaré como a una princesa, le
decían. Pero la frustración no había empezado por esas miradas glotonas, sino por el jardín.
Enmanuel, como se sabe, le designaba profesión y apodo a cada hijo al nacer. Muy de él,
ese juego en el que no se admitían intrusos. Noraima era Yuya.
Y a Yuya todo se lo celebraba el padre. Y todas las iniciativas de la consentida parecían
gozar de la bendición del cielo.
A uno de los laterales de nuestra casa grande, cuando había transcurrido un tiempo
significativo desde que escuchara su apodo por última vez, Noraima plantó margaritas
blancas, tantas y tan espléndidas se dieron que por momentos alucinaban. (Los
veraneantes detenían sus vehículos para preguntar si vendíamos flores). Al amanecer, cada
día, luego de lavarse la cara y peinarse, Noraima salía a contemplar sus plantas florecidas.
Una mañana encontró la tierra picada. El jardín de Yuya había sido finiquitado bajo los
designios del sentido práctico militar.
Había sucedido que, para alquilar la casa grande, donde se instaló el cuartel (pintado de
gris), nosotros nos habíamos apiñado en la pequeña vivienda amarilla, donde en otros
tiempos pernoctaban los trabajadores de Enmanuel. Como entre las dos construcciones no
había alambres ni empalizadas, continuamos moviéndonos por los patios, sin más
impedimentos que el sentido común. Noraima (Yuya) contemplaba sus margaritas al
amanecer y los guardias se calentaban espiándola. Hasta que a picazos removieron el
suelo cubierto de plantas en pleno florecimiento. ¿Y dónde están mis margaritas?, la mayor
de las hijas de Beba interrogaba a un soldado sureño, trasladado a Quima no hacía más de
dos semanas. Dijo Uberbello que un cuartel no puede producir flores sino víveres, respondió
el vigilante de turno, señalándole con el índice la pila de tallos de yuca listos para
sembrarse. Fue así como quedó fijado que el entorno del cuartel ya no nos correspondía.
¿Ahora son ustedes los dueños?, parecían inquirir los inquietados ojos de mamá. Pero
Manuelico le contó que la orden provino del teniente, un hombre solitario y bien
intencionado a quien no llegamos a conocer del todo. Le preocupaba cómo sus subalternos
miraban a Noraima, por eso destruyó su jardín. (Por cierto, la primera cosecha de yuca salió
amarga y jojoca, podía envenenar. ¡Obra de Dios!).
Sentada sobre la piedra, con los brazos cruzados y las palmas de las manos en los
costados pellizcados por Ruiz, oía las voces de Beba y Noraima, y me preguntaba si para
alejar a Ruiz también habría que destruir algún jardín.

3
Ante la prolongada ausencia de Medrano y siguiendo el consejo del sargento Uberbello,
quien paraba en la casa de enfrente más que en el cuartel, Edermira instaló una fonda a
partes iguales con él. Cada día, a las once de la mañana, su hija Martina y yo abordábamos
a los estibadores de los camiones y a los hambrientos cultivadores que arribaban a la
Manicera con sus recuas de mulas cargadas de maní, para comunicarles que en la casa de
Edermira, bien cerca, se ofertaba comida sabrosa y barata. Qué tipo de comida,
preguntaban. Arroz, habichuela, carne guisada, tostones y espaguetis. (A partir del tercer
día, el trabajo lo realizaba sola, pues Martina se escapaba con un tal Mao. Por detrás de la
Manicera se iban, hacia el cafetal situado al cruzar la cañada).
Al cabo de dos semanas, Edermira apenas daba abasto para la trulla de hombres que
demandaban un plato. Durante ese tiempo, cada día laborable me gané veinticinco
centavos. Tan efectiva resultó la actividad promocional que pronto se tornó prescindible.
Había ganado tres pesos y medio. Le entregué las papeletas a Beba y guardé los cincuenta
centavos en una latita de leche condensada
que me servía de alcancía. Abrigaba la ilusión de juntar suficiente dinero como para
comprarme un vestido de organdí amarillo.
Doroteo necesitaba despalilladoras para su cuantiosa producción de maní. Fui a ofrecerme,
con el permiso de Beba. Pero el hombre, tras un desdeñoso examen con sus ojos torvos,
dijo que emplear parientes acarrea perjuicio. Regresé a mi casa como una perrita apaleada.
Una idea de Martina me entusiasmó de nuevo.
Manuelico había adquirido una antigua despulpadora de café; luego de arreglarla, la instaló
a la vera de la cañada que pasaba por detrás de la Manicera. Una cañada podrida por
concladas de cáscaras de maní y otros desperdicios que por allí se arrojaban.
Agua envenenada. Martina y yo, con la bendición del Mercadero, quien alentaba a los
espíritus emprendedores, nos dedicamos durante las primeras horas del día a pescar
granos de café entre los desechos vomitados incesantemente por el aparato. Agua sucia y
cáscara de café se acumulaban en un pozo y, al rebosarlo, corrían pendiente abajo. Para
rescatar los granos, nos metíamos en el pozo y hundíamos las manos hasta que el agua
nos tocaba la barbilla. En una esquinita del secadero de Manuelico, distribuíamos nuestra
precaria cosecha, la que luego vendíamos a la pulpería, repartiéndonos las ganancias. Fue
así como reuní un peso y medio más.
Pero no había suerte. Se apareció Medrano y desbarató a patadas los enseres de la fonda.
Edermira escapó a brincos hacia la cañada de la Manicera. El hombre traía al diablo
montado, quién sabe qué le había sucedido. Para colmo, a Martina le comenzaron unas
fiebres terribles y vómitos. Beba me prohibió volver a la despulpadora. Se arrepentía de
haber cedido ante esas palabritas arriesgadas con las que yo sugestionaba a cualquiera.
Miren que permitirme cruzar para la cañada de la Manicera. Miren que dejarme corretear
con Martina. Suerte tendría yo si no me desacreditaban. ¡Una hija de Enmanuel
desacreditada! Suerte tendría si también a mí no me atacaba una maldad de calenturas.
Después de mantenerse durante ocho días ardiendo en fiebres y devolviendo todo lo que
ingería, Martina se apareció en casa, tambaleante y con una chispa de resolución en los
ojos. Se le había ocurrido otra idea: ¿por qué no rifábamos? Aplaudí su propuesta, pero,
cautelosa, sugerí que procediéramos por separado.
Yo rifaría un juego de tazas, ella un juego de tenedores. Compraríamos las cazas y los
tenedores con nuestros ahorros. (La hija de Edermira guardaba cada centavo con una meta
fija, ponerse los dientes delanteros, extraídos por el Turco cuando no había cumplido los
diez años).
Se acercaba el Día de las Madres, tiempo propicio para una rifa. íbamos a ganarnos por lo
menos dos pesos cada una. Pero existía un escollo, Beba se negaba a concederme
permiso. ¡Rifar! ¡El colmo de esta muchacha, querer meterse a una actividad ilegal!
¡Un delito! Martina habló a Edermira sobre mi caso. Esta, encantada con las iniciativas
lucrativas de la hija que más se le parecía, le habló al sargento Uberbello (alias Manito
mientras fue cabo; tras el borroso asunto del teniente, sacado de Quima a medianoche y
suprimido de las conversaciones, como si nunca hubiese estado allí, Uberbello fue
ascendido de rango y prohibió que lo llamaran Manito). El militar se presentó en nuestra
casa dispuesto a convencer a Beba de que nadie, ni siquiera el alcalde, nos iba a molestar
mientras rifáramos. Todo el mundo sabía de las crujilas que pasaban una viuda y unos
huérfanos. Mamá tomó esta intervención como otra maldad. Para empezar, la palabra
huérfano jamás se mencionaba entre nosotros y, además, este fulano se había ganado su
mala voluntad desde el principio. Aunque había transcurrido más de un año, la sensación de
oscurecimiento que nos generó una de sus "gracias" revivía con su presencia. No era para
menos.
Un día Brígida desapareció. La buscamos debajo de las camas, debajo del piso -allí
encontramos a Jaguar, su inseparable gatita, erizada-, en la vivienda de tía Florinda, en la
de Edermira.
Inquirimos por todo el caserío, ¿alguien había visto a la niña? Lorenzo abandonó el juego
de billar y sin decir una palabra se internó en el monte. Beba se presentó al cuartel a
solicitar ayuda, pero Uberbello (aún Manito) le informó que ellos estaban acuartelados y que
el teniente se encontraba en Santiago -solo esto último era cierto--. Habían transcurrido
horas agónicas. Corríamos de un lado a otro llamando a nuestra curiosa hermanita.
Edermira y sus hijos, Florinda y un montón de gente más nos acompañaban. Esto era
demasiado raro. Cuando Beba desfallecía y sus hijas lucíamos pálidas como la cera, y
Manuelico se aprestaba a viajar a Jarabacoa para procurar la intervención de las
autoridades, se apareció Uberbello, muy ufano, con Brígida de la mano.
La niña tenía los ojos rojos como toda su carita y en una mano apretaba un caramelo que
aún conservada su envoltura. Atónitos escuchamos a Uberbello, muerto de la risa: Te la
tenía escondida, Beba. Nada más para asustarte y comprobar si cuidas bien a estas
huerfanitas lindas.
Pero qué casta de individuo era este. ¡Zape! Había que acusarlo ante el teniente, que había
exhibido una actitud comedida hacia los lugareños (aunque se comentaba que se hallaba
en la cuerda floja por sus reservas ante jerarcas del catolicismo y castrenses. ¿Estaría mal
del juicio?). El caso ameritaba actuar en firme.
Sin embargo, nos resignamos a profesarle tirria a Uberbello. Más adelante, Manuelico, cuya
indefinida edad y verbo fácil le hacían merecedor de atención, aprovechando que le vendía
miel y tabaco de calidad al solitario teniente, le narró la afrenta que habíamos sufrido. Ya al
oficial lo embargaban gruesos problemas y lo único que atinó a hacer fue confinar al
agraviante en el cuartel por tres días, durante los cuales bebió ron y fue bien alimentado por
Edermira. A partir de entonces, Uberbello no perdía ocasión de transmitirnos su antipatía.
Sus intimidades con Edermira a veces lo ablandaban un poco y Beba se esforzaba en ver el
lado bueno del guardia en el cariño hacia nuestra habladora amiga. Una que otra vez,
Uberbello intentó buscarnos el lado, como ahora, que venía a prometernos garantías para
que yo rifara con Martina.
Al marcharse el sargento, Beba me colocó en las manos el bidón cuadrado y me ordenó:
-Vete a la tina. Y haz todos los viajes que sean necesarios para llenar el tanque de agua.
No veía razón en caminar bajo el reverbero del sol a buscar agua que no estábamos
necesitando y, encima, con la vasija más grande.
-Ah, y cumba el tanque y restriégalo con hojas de guayabo, que hoy le vi gusarapos. Vamos
a ver si gastas un poco de esa energía antes de que te desacrediten.
A último momento, ella, que era poco dada a filosofar, me sorprendió con unas frases cuya
autoría le atribuían a Enmanuel.
-No estaría mal que todo el rato vayas meditando en la diferencia entre la pobreza con
dignidad y la pobreza humillada, entre la pobreza con decencia y la pobreza roñosa.
Al día siguiente, Antonio amaneció afiebrado. La temperatura continuó ascendiendo con el
paso de las horas sin que valieran los baños de berrón, las tisanas refrescantes y los
enemas de cuna.
Era una calentura sospechosa, síntoma quizás de una enfermedad mala. (Había quimeños,
como el marido de Florinda y el papá de Antonio, cuyas existencias transcurrían de
quebranto en quebranto, pero proclamaban con orgullo jamás haber padecido
enfermedades malas. Unos haraganes es lo que son estos quebrantados, sentenciaba por
lo bajo la dura vieja Asunción con una risita bellaca).
Había que llevar a Antonio al pueblo, a que lo examinara un médico del hospital. En esta
situación, el único dinero a mano era el de mi alcancía. Lo aporté presta. (¡Adiós juego de
tazas, adiós rita!).
Se trataba, le informó el doctor, de un virus nuevo que se cebaba en los infantes de menos
de cinco años; se difundía en la
región, parece que avivado por las inundaciones recientes. No, no era paludismo, ni tos
ferina, ni poliomielitis. Vuelva a su casa tranquila. ¿Así, así, nada más, y si se me
carboniza? Báñelo con agua fría cada dos o tres horas. Envuélvalo en una toalla mojada.
Le recetaré un jarabe para los síntomas.
Al regreso, Beba me llamó y, sin más, me dijo: Haz tu rifa.
Le contesté que ya no podía. ¿Con qué dinero iba a comprar las tazas? Entonces me
sugirió: En vez de lozas, rifas un peso, a cinco centavos el número. El peso lo sacas de la
misma venta de números.
Pegué brincos no sé si de alegría o de sorpresa, y enseguida elaboré la lista de números
del uno al cien. Al rato llegó Noraima con Ruiz, a traerle un regalo a Beba
-un pozuelo de cerámica con una inscripción, envuelto en celofán rojo-. La inesperada
presencia de mi hermana, con tres meses de embarazo, me pareció un signo ambivalente,
la del marido me amargaba la saliva. Noraima se anotó en mi rifa con tres números, en uno
de los cuales escribió "Chaguín". Dios no quiera que el pellizcador salga premiado. Dios no
lo quiera. Dios no lo quiera. Dios no lo quiera.
Dios no lo quiera. Dios no lo quiera. Dios no lo quiera.
Esa noche, el policía casco blanco y Lorenzo se marcharon para el pueblo y nosotras
bebimos té de jengibre en la cocina, mientras Noraima nos empavorecía con sucesos
ocurridos en Santo Domingo. Después caminamos hasta donde tía Florinda, que costaba y
colaba café para un grupo. Regresamos como a las nueve a acostarnos. Noraima se
levantaba a cada rato, inquieta por la tardanza del marido. Cuando Ruiz y Lorenzo llegaron,
una tenue luz se filtraba por las rendijas y los gallos cantaban sin cesar.
Los dos hombres, luego de abrir la puerta con sigilo, procuraban avanzar de puntillas, pero
Coco nos despertó a todos. Lorenzo se metió vestido a la cama y en minutos roncaba,
mientras en la sala, donde se les había improvisado un lecho, Noraima y Ruiz forcejeaban.
Ella protestando por su borrachera y su tufo a cuero, él empecinado en encaramársele
encima. una carraspeó, sin lograr nada, entonces haló la cadenita que prendía el bombillo.
Se hizo silencio. Pronto amanecería.
En la Manicera ya muchos estibadores y limpiadoras de maní me conocían y se inscribieron
en mi lista, Eligen números después de componer sueños recientes y deducir pistas en los.
Cuando llegó el domingo, había vendido noventa números, solo diez permanecían vacíos.

4
Cuestión de fe. Con fe es que se reza, si no, cansamos la boca de sonidos hueros, me
instruía Beba, enfática. De no existir ese fervor, era preferible no insistir en comunicarse con
Dios. La fe lo era todo. Esas ideas no se apartaban de mi mente mientras repetía oraciones
y letanías (algunas en latín campesino). Pero la fe, la fe,
¿rezaba imbuida de esa probidad o aliento cardinal mediante el cual se encaminan los
profundos anhelos del alma? ¿Y si por mucho que me esforzara no conseguía jamás ese
empalme místico? Si la fe consistía en una gracia, ¿lo era?, ¿decidía Dios a quién excluir o
premiar con ella?, ¿cómo saberlo? Durante la misa, ese domingo, sentí un angustioso
apremio por atizar el poderío de la fe.
Mamá, ¿cómo sé que estoy rezando con fe? Beba me dirigió una ojeada reprobatoria. En la
misa no se conversaba. Luego pareció pensarlo mejor y me secreteó al oído: La fe consiste
en abrir los ojos del corazón al Espíritu Santo. Sin esfuerzo, por gracia de Dios.
Ay, Dios, ¿cómo voy a lograr algo tan complicado?, me dije encogida, porque con
demasiada frecuencia, mientras desgranaba mis oraciones, mi mente se descarriaba hacia
platos de carne guisada y arroz caliente, sobre todo porque la noche anterior habíamos
cenado sopa boba. Mi mente construía diálogos ficticios entre los hombrecitos y mujercitas
que cantaban por la radio; mi mente me conducía a trotes por los boscajes del Libro y por
las tablas de multiplicar, por el baile del tornillo y el baile de la caraqueña. Beba me
escudriñó.
Azuzada por mis urgencias, representé al Espíritu Santo de mil maneras, mientras
escuchaba la voz queda de mi madre respondiendo en su latín al sacerdote que oficiaba en
español. Experimenté un arranque de adoración, Dios soplaba con extrema suavidad sobre
nuestras cabezas, confirmándolo la voz firme del cura, cuando empezó a leer Hebreos 11:
La fe es la expectativa segura de las cosas que se esperan, la demostración evidente de
realidades aunque no se contemplen.
Beba se sobresaltó. Yo estaba transida por la emoción. Nunca antes la misa me había
parecido tan reveladora, can agradable. Al regreso a casa, compré una vela en la pulpería.
Llegué jadeando a prender el radio Philips, ya había empezado la transmisión del sorteo. En
el aposento, encendí la vela sobre un platillo. Al lado coloqué la hoja de papel con las
anotaciones de la rifa. Me hinqué y empecé a rezar. A seguidas de cada avemaría,
señalaba uno de los números libres en la lista. ¡Que salga este! Luego opté por la letanía.
Encarecidamente: Virgen poderosa (miré el 50); espejo de justicia, crono de la sabiduría (el
19), causa de nuestra alegría (miré el 34), rosa mística, torre de David, torre de marfil (el
45), casa de oro, arca de la alianza, puerta del ciclo, es-tre-lla-de-la-ma-ñana, inspirada miré
de reojo el número 71, justo en el momento en que el locutor gritaba: ¡Premio mayor! Pegué
un brinco, había salido un número libre. La primera en saberlo fue Beba. Ah, obra de Dios,
exclamó, contagiada por mi regocijo. Tenía en mis manos casi cinco pesos, ¡míos!
Le pedí a mamá que me guardara el dinero en la marmita tapada donde aseguraba las
cosas de valor. Al día siguiente, me levanté cantando. Me hice una raya en la cabeza,
dividiéndome en dos los cabellos, los trencé y los até con cintitas rojas. Di una vuelta por el
patio y luego me senté en la grama, cerca de Ballilla, quien absorta y de pésimo humor,
lavaba la piedra con marcas de indio. Como me ignoraba, me incorporé y dando brinquitos
avancé hasta la cocina. La loca soltó el musú para mirarme, lastimera, perdida.
Friccioné mis manos, una contra otra, y me dispuse a calentadas en el fogón, ya prendido
por Beba, quien en ese momento movía la avena con gesto de contrariedad. ¿Que la
perturbaba? Al rato apareció Noraima. Beba y mi hermana rehuían mirarse, algún lío había
de por medio. Lo sentía por ellas, porque yo no abandonaría mi regalada dicha; reía mi
estómago y rela mi cerebro. Entonces Beba, sin despegar los ojos de las cenizas, dijo:
- Leona, préstale a Noraima lo que te ganaste en la rifa.
Mi hermana agachó la cabeza. Beba agregó:
-Yo te voy a regalar el pozuelo que me trajo Noraima. Préstale el dinero.
Dije, por decir algo:
-Pero Noraima no me lo va a pagar. Ella no gana un centavo.
En eso mi hermana clavó sus ojos en los míos.
-No es a mí, es a Chaguín a quien se lo vas a prestar.
Un garrotazo en la cabeza lo habría encajado mejor que esta petición.
-Lorenzo se llevó a Chaguín a jugar póker. Perdieron el dinero del pasaje. Ahora no
tenemos con qué regresar a Santo Domingo. Y debemos llegar mañana.
-¡No! -aullé.
Entonces Beba, con su autoridad, zanjó el absurdo intercambio:
-Ya yo se lo entregué a Noraima.
Traté de pensar en los resplandores del Espíritu Santo, pero mi visión la copaban virulentos
manchones. (Ten fe, Leona. ¿Fe?).
Algo se me daba, algo se me quitaba...
Fue después de ese hecho que ansié extraviarme para siempre.
Emilio corrió conmigo por el monte durante toda la mañana.
Vadeamos el río Oro y remontando su orilla, arribamos a lejanas zonas donde dimos con
charcales repletos de vegetación descomponiéndose, limo, piedras musgosas y cerrados
breñales de helechos salvajes. En el aire húmedo y denso, mosquitos enormes como
arañas y cantidad de caballitos del diablo y sapos y mimes esbozaban una vida peculiar.
Accedimos a la manigua, hondonada de altos y antiguos árboles inmersos en una intrincada
red de bejucos; abajo, un cenagal. Nos sofocó un vaho repulsivo y casi pisamos un potrillo
en putrefacción. Secos de miedo, los labios de agua rojiza, los ojos alertas, huimos sin
rumbo hasta las neblinosas estribaciones de la montaña. Los rumores del pinar, la bulla de
las cotorras y las matas salpicadas de frutos, se entreveraban con nuestra placidez, nuestra
zozobra. Muertos de hambre, devoramos moricas, caimitos, pomos y hasta frutillas de las
que se alimentan los pájaros. Y proseguimos nuestro vagabundeo.
Mi naturaleza estaba sometida a una tracción. Perderme sería respirar, recuperar algo, no
sabía qué. Quería fugarme sin saber de qué o hacia dónde. Debía razonar, aclarar, pero
¿qué? ¿Tantas raicillas venenosas proliferando en mis vísceras solo por unos pesos?
¿Tiraba de mí el egoísmo? ¿La repugnancia? ¿La rebelión?
Emilio, exhausto y mudo, arrastraba los pies. Rojo como la sangre, como el añil el iris de
sus ojos. ¿Por qué me seguía sin interrogarme, sin emitir opinión, sin detenerse a medir
consecuencias, sin importarle si yo divagaba? ¡Devuélvete Emilio! Vete a tu casa. No.
¿Cómo perderme si el poseía un infalible sentido de orientación? No se despegaría de mí.
Pero con el codo y su reconfortante complicidad, entre mis costillas seguía creciendo ese
picor de angustia y acatamiento, de gozo anticipado por rodar hacia una poza insondable y
zambullirme en ella. O correr sin mirar atrás hasta los confines del mundo.

5
Solo rojo veía. Solo azul. Solo amarillo. Solo Emilio empapado. Abría mi boca para
pronunciar ¡NO!, y eran mis tripas las que repetían; ¡NO! Rendido, mi amigo dormitó sobre
un lecho de agujas de pino y hojas de copey, reposando la cabeza en una raíz. Por primera
vez percibí el silencio. Percibí mi respiración. Reinaba, un híbrido perfume, casi palpable en
unos momentos, levísimo en otros. Esta alternancia creaba la sensación de que el aire vivía
o de que algo en él nos vigilaba, nos rozaba. Celadas de supuesta indiferencia, había una
perfección de formas policromas y cambiantes, un hálito que cebaba la garganta, un
regodeo de coge magníficas (¿discretas?, ¿amenazantes?, ¿amigables?).
"En el follaje, un repentino remolino. Las cotorras se espantan.
(¿Gruesas culebras pardas?). Emilio se sacude, me mira extrañado.
Yo no le sonrío ni nada. Reemprendemos camino. Ahora las culebras no me dejan la mente
en paz. La fría neblina cala mis huesos Un cuadro de una historia repetida me escalofría,
me engranuja En días en los que pasa el botón, un frío que pela desorienta hasta a los
animales, entonces las gordas culebras rojo amarillento se introducen en el lecho de las
mujeres paridas. Maman de sus pródigas tetas, mientras taponan la boca del bebé con su
cola. La imagen ha sido plantada por los que beben café en la cocina de tia Florinda y, a la
luz de una humeadora, discurren como si la discreta Miriam no estuviera ahí, atenta,
entrecerrados los ojos para protegerlos del humo, las oscuras cejas unidas por una franja
de vellos, removiendo con el palo negro la negra paila, en cuyo fondo se tuestan negros y
gomosos granos, y sudando más por el miedo que por el vapor viscoso que desprenden las
aromáticas semillas. Y luego Miriam nos narrará una y otra vez lo oído, sazonado por su
imaginación despavorida. (Los reptiles y las coloradas lombrices que rellenan los intestinos
infantiles son parientes, ¡parientes!).
Florinda tenía prohibido atacar a las culebras y camaleones saltacocotes. Impedía,
asimismo, encerrar pichones de ruiseñores, matar ciguas, echar gas keroseno en los
hormigueros, cortar lombrices de tierra o quemar los panales de avispas. Era la única
persona inmune a los cuentos horripilantes. (Esas criaturitas de
Dios son inofensivas, decía sosegada). Y es que ella misma representaba un talismán, una
forma curativa de toda picadura venenosa.
Mediante enemas, sacaba de las entrañas los bichitos blancos, esos que producían una
insufrible comezón en el culo. Aflojaba los pechos apretados con una formulación de
yerbas, especias y raíces. Drenaba tumoraciones purulentas e higienizaba los tejidos.
Reducía las excrecencias con masajes y ungüentos. Los ataques espasmódicos e
irritabilidad nerviosa los trataba con baños de pies. Con apazote y sen, desparasitaba. Los
habitantes de Quima carecían de buenas dentaduras, pero había que ver la preciosidad de
sus ombligos, cortados por la experta partera. El mundo se podía estar derrumbando y su
voz pacificadora prevalecía. Ninguna adversidad borraba su sonrisa. Nadie la declararía una
santa ni heroína ni merecedora de aparecer en algún libro. Pero personas como ella
componen la mayor rareza de la humanidad, y la más inadvertida. Quima lucía un distintivo
que hubiera admirado a cualquier investigador social: desde lejanos tiempos, ninguna mujer
había muerto durante el alumbramiento y las enfermedades no conseguían segar la vida de
los pequeños. Las estadísticas, en esos aspectos, aventajaban en mucho a las ciudades de
los urbanizadores (con su colerín y su meningitis, ¡ay Sebastián!). Otro privilegio, el cutis
lozano de los quimeños, mujeres y hombres, aunque se los estuviese comiendo la miseria y
la edad. De hecho, muchos veraneantes, sobre todo señoras adultas y mozos picados de
acné, procuraban adquirir la textura de piel de los menospreciados lugareños. Se cubrían la
cara del barro colorado, se estrujaban el cuerpo con arena de los ríos y dormían en
colchones a la intemperie para recibir el frío relente nocturno mientras contemplaban la Vía
Láctea.
Mi única desazón en cuanto a Florinda estribaba en ese asunto de las culebras. Sacaban
sus tenebrosas cabecitas por los agujeros de las palmas, vajeaban, extendían la lengua, y
el paisaje y mis tripas convulsionaban. ¡Pobres y desacreditados animales, decía Florinda!
¿Quién se atrevía a pegarles una pedrada en su presencia? Pero no, yo no podía con las
culebras mamadoras de seno. las repelía, aunque las supiera víctimas de infundios.
Para espantar de mi mente a las culebras, tomé a Emilio por la mano para ayudarlo a correr
más rápido. Al poco, alcanzamos un río más caudaloso que Jimenoa. Nos bañamos en la
orilla. Gané calma. Imposible extraviarse hasta la disolución porque a un lugar le seguía otro
y otro, y cada uno revestía cabal realidad; todos poblados y agitados de vida particular.
Después de otra larga caminata -- ya no lográbamos correr-, salimos a la carretera. Un
camión de los que pasaban todos los días, en dirección a Jarabacoa o Constanza a
cargarse de habichuelas y frutos, nos llevó de vuelta a Quima. Nos apeamos cerca de la
casa de Emilio. El regresaba a su hogar, yo nunca más retornaría por entero al mío. Volví al
montecito cercano a mi domicilio solo para sentarme en un pedrusco a mirar a lo lejos hasta
que se me secaran las ropas. Al rato, mamá me preguntó: ¿Ayudaste a Florinda? Le
respondí: Si. Entonces colocó delante de mí un plato de comida. Junto al arroz y las
habichuelas sobresalía un gran trozo de pechuga. Rara distinción. En la distribución del
pollo, la pechuga y los muslos se destinaban a los hombres; hoy, por ejemplo, debieron
servirlos a Lorenzo y Chaguín. Las alas, el costillar, el cogote y las patas se repartían entre
nosotras y Antonio. Beba comía la rabadilla con el pitón de grasa. Cuando mamá me dio la
espalda, eché la pechuga a Coco y a Jaguar. ¡A mí no me iban a contentar con un trozo de
carne, pensé, los ojos fijos en la nuca de Beba! Ella viró el rostro y me dirigió una rápida
mirada con reflejos de agónica impotencia.
Ese día, a prima noche, en medio de animada reunión familiar en la que Beba preparaba té
de jengibre con galletitas Tan Tan
-¡compradas por Lorenzo!-, el policía casco blanco se explayó en las diligencias que llevaría
a cabo para lograr que el cuñado se enganchara a la guardia. Culminó su cháchara
diciendo: Voy a hablar con un capitán de la Fuerza Aérea que me debe favores.
Será un tiro.
A la luz del fogón los ojos de mi hermano relampagueaban, vivamente interesados. Los de
Beba brillaban de trabajosa esperanza. Los ojos de Noraima soltaban chispitas
indescifrables.
Brígida, muy sería, miraba ya a un adulto, ya al otro, abrazando a su minina de pelos
amarillos y marrones. Esta, a su vez, achicaba las pupilas, observándonos, adivinándonos
fríamente el futuro desde su animal comodidad. De eso estuve convencida en ese raro
momento, Jaguar - su instinto, su percepción, lo que fuera--nos observaba desde una
fantasmagórica quietud, captando la misera ilusión, el afán sin término, el trasiego de
conflictos. Beba no quería saber nada de gatos, y Lorenzo menos. la minina traída desde
Guagüí pasó de las negras y rocosas manos de Cacao a las suaves manos de Brígida. El
humilde trabajador, que atajaba la lluvia antes de que los goterones tumbaran las flores de
las siembras, con talante ambiguo y su característica sobriedad, aseguro que el animalito
tenía un propósito bien claro concerniente a la vida de la niña; jamás debíamos permitir que
se alejara de ella.
Era entonces "un hilo de gato" hembra, dotado de unos reflejos vertiginosos y unas
magníficas artes de sobrevivir en esas pocas y elásticas onzas que lo componían. Había
crecido y engordado, pero su dueña seguía resguardándolo de los jarros, peines, palos y
lozas que le arrojaban todos los habitantes de la casa debido a su infalible habilidad para
robar. Mamá sacaba la gatita de entre las sábanas donde dormíamos y la lanzaba al patio.
A veces caía entre las espinosas ramas del limonero o encima de un paquete de leña Y,
como si nada, saltaba indemne. Un día arrancó de las manos de Beba un pollo mientras lo
pelaba (¡hacía dos semanas que no comíamos carne!). Si no ahorcaron a la gata fue porque
Brígida la defendía con su vida. Y era terca la niña. Hasta había aprendido a argüir: Jaguar
cazaba los ratones y hurones y hasta a las cucarachas y moscas. (Los hurones se comían
las aves y los huevos. Las ratas transmitían enfermedades). Pero igual, Lorenzo querría
ahogar a Jaguar en un bidón de agua (ya lo habíamos visto ahorcar gatos para asarlos con
sus compinches). No sé cómo se refrenaba. Brígida olía sus criminales deseos y apretaba
con primor a su minina.
Miriam y Lesabia descascaraban arroz en un rincón, por momentos se detenían para
secretearse algo. Desde mi puesto cerca del fregadero, cavilaba de manera un poco
caótica. Y desde alli por unos segundos, vi al perro negro de pupilas llameantes, el mismo
que, reflejando una perpetua desesperación, de vez en cuando cruzaba por la noche
oscura. Como en otras ocasiones, me pregunté si sería Tiburón, el animal nostálgico que no
soportó la partida de su amo. Tal vez mi imaginación creaba ese espejismo para distraerme.
O lo visto era un centelleo de mi propio estado mental. Jaguar erizó el lomo y emitió un
sordo maullido, ¿había sentido la aparición?
Beba, al pasar por mi lado, me propinó un intencional empujón con su cadera y me
conminó: Ya está bueno. Deja el truño, Leona. Quién sabe si por esos chelitos que le
prestaste a Chaguín se le aclara el destino a su hermano Lorenzo.
Cuando al otro día le conté a Martina lo sucedido con el dinero de mi rifa, bizqueó y dijo
apenada: ¡Anda el diantre, carajo! Ni la terrible Edermira le hubiera hecho algo así a una
hija.

Capitulo siete
1
"Déjame ver tus ojos", rogó una voz en la madrugada. Me incorporé. Caminé hasta la
puerta. Cien veces intenté alzar la aldaba. Mi lengua se movía como un chorro de miel
sobre un bloque de hielo. "Déjame ver tus ojos. Déjame palparlos para verificar quién eres".
Presentía el patio en tiniebla, las patas de las gallinas agarradas a las ramas del naranjo,
los cocuyos punteando un camino lumínico hasta los tres árboles de pera, y allí la silueta
afín a mi sangre, el aura familiar. Su índice derecho señalaba la tierra, su cabeza y su brazo
izquierdo se apoyaban en la mata del centro como si le faltaran fuerzas. "Aquí, aquí, cava
en este lugar", mandaba.
Beba tiró del hilo que unía la cadenita del bombillo al espaldar de su cama. El aposento se
inundó de luz. ¿Qué haces levantada, Leona? Quería orinar y no encontraba la bacinilla,
respondí.
Llevas un rato ahí. Tú y tus cosas, murmuró mamá y se volteó, dándole la espalda a la
bombilla. Los orines tibios saliendo a caño de mi cuerpo, el sonido que creaban al chocar
contra la superficie esmaltada, las salpicaduras en mis entrepiernas, su salobre olor
entonaron una gratísima apología a la realidad.
En la mañana supimos que Lorenzo, que se había marchado a Santo Domingo dos
semanas atrás, había pasado las pruebas para su ingreso a la Fuerza Aérea. Su estatura y
fortaleza física habían sido bien apreciadas. Ahora era un recluta. A esos, a quienes
cualquier cosita les pone a hervir la sangre, en la guardia los ajustan. Ya verás cómo
Lorenzo se vuelve un hijo considerado. Con tales aseveraciones, Edermira Villabrille
buscaba animar a la cavilosa Beba. Por su vínculo con el sargento Uberbello, la vecina se
había encariñado en exceso con los uniformados.
(De paso, también nos enteramos de que Lorenzo había hecho una parada en La Vega
para visitar a su hermano Mateo y que este lo había recibido en el negocio de su protector,
donde fungia de contable. La frialdad de la recepción determinó que el encuentro apenas
durara unos minutos).
Del sueldo de Lorenzo jamás vimos un centavo, pero Beba le comunicaba a todo el mundo
que este le enviaba "una mensualidad; como si no lo conocieran.

2
Fuego por debajo, fuego por arriba. Todo el diablo es candela, exclamó el confianzudo
sargento Uberbello el día que entró a la cocina dirigiendo sus ojos a la arepa que se cocía
en el fogón. Café y torta exijo antes de entregarte este tesoro, le dijo a Beba con una
sonrisa perversa blandiendo un sobre blanco. El remitente era Lorenzo y había llegado al
cuartel esa mañana, informó, y sabiendo que una carta era un evento extraordinario se
aprestó a sacar provecho. Después de colarle el café al guardia, en un ambiente marcado
por la ansiedad, nuestra madre se enjugó el sudor de la cara por el constante remover las
brasas sobre la tapa de hojalata y debajo de la paila para que la corta de maíz se cociera
uniforme. Al otro día nos entregarían las calificaciones. Yo rondaba expectante por el fogón.
La arepa debía quedar dorada, sería mi regalo para el maestro Alcides en el último día de
escuela. Pero, carajo, hubo que partirla a destiempo para brindarle un trozo al sargento
Uber-bello y que por fin se alejara de nosotras, ese que una vez nos robó a Brígida para
divertirse con nuestra desesperación y angustia.
Trémula, Beba se acomodó en la sumida silla de guano y desgarró el sobre con sus dedos
tiznados. Yo escudriñaba los mínimos cambios en su rostro. En un momento percibí su
cabeza como de cera a punto de derretirse. ¿Qué dice Lorenzo, mamá?
Ella se dirigió al fogón; atizaba las brasas sobre la hojalata con la mano libre. Todo lo que
dijo fue: Me produce mala espina y no sé por qué. ¿Se refería a Uberbello o a la carta o al
hijo?
Pensé en los perros rabiosos, en la mutante rabia del primogénito de Enmanuel. No sentía
ni pizca de nostalgia por él. Había que amar a los hermanos, pero la presteza para
malinterpretar y embestir de Lorenzo nos descorazonaba y confundía. No paraba en la
casa, quizás la calle disminuía su animosidad, empeorada, según Beba, por los días que
pasó preso en los primeros tiempos del cuartel. Castigo que se ganó por considerar más a
sus gallos y cerdos que a sus hermanas.
En ese entonces Lorenzo engordaba un puerquito siempre engordaba puerquitos). Había
dispuesto que Lesabia y yo preparáramos las aguaduras para alimentarlo. Cada día
debíamos recoger cáscaras de plátano, yuca y batata en el vecindario, mezclarlas en un
bidón con residuos similares generados en nuestra casa, y, con suficiente agua, ponerlos a
hervir en el fogón.
Un cerdo, el más fastidioso de los que había poseído nuestro hermano, hozaba los patios y
paraba en la cocina, gruñendo y enredándose entre los pies de la gente. Beba decía que
había que meterlo a una pocilga, pero su dueño nunca sacaba tiempo para construirla. Un
día, Brígida, que acababa de despertarse, sentada en el suelo comía arroz del plato
apoyado sobre las piernas.
Sus ojos legañosos y surcados de capilares inflamados apenas distinguían bultos porque
sufría de ceguera, una afección bastante frecuente entre nosotros. Lavándolos cada dos o
tres horas con jugo de limón dulce, los párpados y la conjuntiva recuperaban
paulatinamente la normalidad. A los afectados se les prestaban cuidados especiales, a fin
de ayudarles a sobrellevar las agudas molestias de este mal, en el que los globos oculares
se sentían invadidos de fina arenilla, en brumosa viscosidad.
Brígida comía de todo. Ni catarros ni ceguera conseguían menguar su apetito. Ese día se
atiborraba la boca como si temiera que el arroz fuese a volar de sus manos. El puerquito de
Lorenzo se aproximó y metió su hocico en el plato. La niña intentaba alejarlo a ciegos
golpes de cuchara, pero el animal regresaba al instante. Noraima le zumbó un escobazo en
el lomo. El marrano salió chillando. En algún lado, maulló Jaguar como una fiera. Lorenzo
soltó su plato y se abalanzó sobre Noraima, hundiéndole su puño derecho en el estómago y
zarandeándola luego.
Noraima perdió el color, dio un traspié y se dobló lentamente, emitiendo un sonido como si
intentara expulsar un guijarro de su garganta. A seguidas, Lorenzo agarró el cuchillo de
cocina y corrió hacia la carretera. Pensé en una acción irreparable. Pensé que mi hermana
mayor se había resquebrajado como un junco de la ciénaga. Pensé que los gritos de mi
hermana menor perforarían mis oídos. Me abrace a una Noraima privada de aire, ahora roja
como un tomate, y Lesabia y Miriam se abrazaron a nosotras. Brígida, sin comprender,
sollozaba golpeando el suelo y el plato con su cuchara y sus pies, mientras Jaguar, con el
lomo erizado y el rabo enhiesto, se le pegaba a la espalda como un guardián. Los gritos de
Antonio agregaron otra alarma a la atmósfera. Fue como si una ventisca se nos encimara.
Edermira se apersonó a averiguar qué ocurría. Ya al tanto, se dirigió al cuartel, procuró a
Uberbello y lo puso al corriente de los hechos, exagerando como podía. Una hora después,
dos guardias encontraron a Lorenzo sentado por detrás del billar, con la cabeza entre las
manos y el cuchillo sobre las piernas. (Un cuchillo que paraba bien boto).
A nuestra madre le informó un estibador de la Manicera:
Beba, por ahí pasó su hijo Lorenzo, arreado por dos guardias del cuartel.
Los granos de maní escaparon de las inermes manos de Beba, atragantada por la
vergüenza, por el espanto. Antes, a Virgilio lo habían metido preso un par de días por
complicado y opinador, según el dictamen de los guardias. Pero lo de Virgilio, aunque le
había producido muchos sobresaltos, era solo su lengua imprudente contra el gobierno,
contra la mayoría de los parientes paternos, contra ciertos curas. Lo de Lorenzo era harina
de otro costal.
Fue al poco tiempo que Noraima se fugó con el policía casco blanco Otilio Ruiz, casi un
desconocido. Este hecho aflictivo e inesperado predispuso a Beba, colmándola de
aprensiones respecto al futuro de sus hijas. Se explica pues que, al advertir mi estiramiento,
se le fuera incubando un desasosiego. Temía por mi carácter. Demasiado inclinada a
corretear por ahí, a encaramarme en los palos (expuesta a que se me rompiera algo
delicado) y a inventar actividades riesgosas. Me esperaban la mala reputación y el
descrédito, mortales para las hembras humanas. Las miradas que empezaban a echarme
los peones de la Manicera no auguraban nada bueno. Los recelos explotaron con la noticia
de que Martina, solo dos años mayor que yo, estaba preñada. Medrano, presentándose de
improviso, le había caído a pescozones, hasta que la muchacha declaró. Llevaba meses
encontrándose en la cañada con un productor de maní.
Edermira, delante del que aún contaba cómo su marido, fingió abatimiento por lo sucedido,
más, en el fondo, brincaba de contentura.
No encontraba nada mal que la más fea de sus hijas - así la veía-saliera embarazada, era
mujer ¿no? Lo aterrorizante, lo de evitar a toda costa, era quedarse jamona, desechada,
marchita por la falta de un varón que la amara o la celara, sin siquiera mortificaciones de
pareja en las que empeñar su mente. Eso sí que causaba lástima.
Ejemplos sobraban en Quima. Calixta tenía hijas jamonas. Florinda también. ¿Cuál familia
no? Ay no, mejor puta que jamona, aunque luego te quedes sola, porque en cuestión de
pareja a cualquiera le sale el tiro por la culata, pero en eso ya habrás parido. Que uno o
más hijos te acompañen en este valle de lágrimas. Imagínate, tu acabada y además de
vieja, sola. No, no, es mejor tener sus hijos. Y si tú te quebrantas o te rompes un hueso, qué
imprescindibles son entonces las hijas, son las únicas que no arrugan la cara ante la mierda
o los mocos de su madre. La asean, la peinan y le preparan su sopita, con el amor de su
alma porque ese cuerpo las trajo al mundo y las alimentó y las limpió. Si no cuentas con una
hija, en la vejez te lleva el diache. Era el práctico pensar de Edermira. Y Dios nunca la había
abandonado del todo, la había acogotado más de una vez, sí, pero siempre le dejó un chin
de aire en los pulmones para que se defendiera. Cuando se fugó con Medrano nada más
tenía doce años, y fue como caer en un pilón a tres manos. Él la estableció por la zona de
Guaigüí en una casucha techada de yaguas y cundida de niguas. Las reinas del sitio eran
las niguas, recordaba Edermira. Con ellas no valían pomadas venenosas ni aperruches. Me
comían los pies y los entrededos. Parir, a pesar de no haber cumplido los trece, fue un
flaicito al quécher comparado con la perpetua comezón surtida con dolor e hinchazones que
me causaban las malditas niguas. Y mire que todo el que se arrimaba por allá nada más
decía: Qué aire fresco. Qué verde. Cuántas ciguas y zumbadores. Qué manantiales.
Ustedes son ricos, no saben cuánto. Esta tranquilidad... Aquí vive Dios. Sí, Dios y las
niguas.
Que se queden una semana durmiendo en mi catre para que vean si el mismo diablo no se
les mete por los jarretes, por las puntas de los dedos chiquitos, los preferidos de estos
bichos, bajo las uñas. entre los dedos. Al poco no van a querer ni apoyar los pies en el
suelo y saldrán desgaritados para su ciudad. Imagínese usted, yo alumbrando, ignorante de
lo que me pasaba, y las niguas y otras musarañas, chao, comiéndome lo último que me
queda de cachaza en los pies. No, no, aquello era el mismo demonio haciéndome cosquillas
mientras se me enterraba dividido en treinta y ocho niguas, que fue el número de las que
me sacaron, con pequeños reventones de pus, durante el riesgo. Si Medrano no me muda
de ahí me le embalo con todo y muchacha. Era alzada de un lado que vivía. Así que por
mucho que pasen mis hijas, no van a pasar por lo mismo que yo. Por lo menos en Quima
las niguas no son tan bravas, las hay, pero como le digo no son las reinas del sitio.
Aguanto cualquier cosa, que no sea una nigua enterrada en mi pie.
Edermira, habladora sin rival y de cara monótona, a todo le encontraba un motivo simple. El
sentido de la hembra es lograr que un hombre ronde y gire en torno suyo, parir y criar. La
mujer que no gusta es por aguanosa; la mujer que no pare es mula. La mujer que no
engendra aloja una piedra en las entrañas. La mujer que se queda sola, se vuelve una
sombra. A sus hijas les había enseñado cómo se atiza y mantiene el fuego que ablanda a
los varones.
Su efectividad crece si tú, aunque lo tengas como el pavo (con el moco para abajo), le
celebras su hombría y te guardas de mencionarles compromisos, que en cuanto a
matrimonio el que ha de caer en el lazo se va de boca por sus propios bríos. Y hasta los
que ansían fundar familia prefieren a una mujer caliente --aunque ya por ahí abajo se hayan
asado muchas mazorcas y él aparente ignorarlo-, una mujer que los ponga a arremeter
como toros; que a los hombres les gusta su animalidad. Ah no, a mis hijas desde chiquitas
les digo las cosas por el pelado.
En los predios de Edermira Villabrille salteadores no eran, pero si se hallaban un nido
repleto de huevos de una gallina ajena, no le dejaban ni el nidal. De vez en cuando, un pollo
de otra casa sufría una pedrada en la cabeza y terminaba en la olla de la vecina. Y si se te
quedaban unos centavos mal puestos, fácil que desaparecieran. Siempre estaban
chequeando la carretera, ave o gato que matara una máquina, sin importar a quien
perteneciera, pasaba a su menú. Una vez se armó un lío por un chivito que se comieron
después que un camión lo aplasto. Cuando vinieron los reclamos de la dueña, Edermira dio
la cara: su hijo vio el accidente (ya eso le daba derecho); lo vio primero que nadie. Además,
no recogieron un animal entero sino un amasijo asqueroso que por pena no echaron a la
letrina. Una madre no puede dejar morir a sus hijos de hambre, eso tiene que ser un pecado
de los peores.
Con una clara de huevo en la palma de la mano y acentúa. do el estrabismo de sus ojos,
Martina me ilustraba sobre una resbalosa cualidad del güevo de los hombres. Yo rehuía su
afán de actualizarme, pero cuando lavábamos solas en el río, la contentura de sus agraces
posesiones y frescuras me suscitaban una mórbida curiosidad. Si Beba hubiera sabido que
yo conocía al que embarazó a Martina..., lo había visto en la Manicera, pero fue en la
cañada donde de verdad supe quién era. Ocurrió por los días en que pescábamos granos
de cate entre los desechos de la despulpadora.
Nos encontrábamos en cuclillas, restregando las ropas que nos acabábamos de cambiar.
Martina se alzó la falda, giró sobre sus talones y lanzó un chorro de orine. Me sorprendió el
grosor, el largo recorrido del caño, el sonido que produjo en la hojarasca.
A que tú no meas así, me desafió con una carcajada. Ella meaba, yo orinaba, y jamás
delante de otra persona, pero no se lo diría.
Casi todo en Martina era ordinario y miraba torcido, sin querer sin embargo, su desfachatez
y estrepitosa alegría podían cautivar por un rato.
La sensación de que alguien nos espiaba, de que la hija de Edermira había orinado para ser
vista, de pronto se me hizo insoportable. Beba me encomendó comprarle el arroz para la
comida, le dije a mi amiga, recogiendo mis chancletas. Embustera, me espeto zumbona y
riente, mientras liberaba sus pajizos cabellos.
Entonces, de entre la arboleda surgieron dos hombres, mostrando nos puñados de
monedas. Vengan, vengan, decían, acercándose.
Este momento se me pareció a otro. Cuando había que agarrar
un pollo para retorcerle el pescuezo, le echábamos maíz cerca de nuestros pies. Ti ti ti,
llamábamos quedo y ¡jas!, le caíamos encima justo cuando se confiaba.
Mao, no me dijiste que ibas a venir ahora, exclamó Martina.
No me aguantaba sin verte, respondió este. Entonces siguió un diálogo que parecía
ensayado de antemano.
-¿Y esos cuartos? ¿Eh?
Todo este dinero es para que te compres un vestido rosado y unos zapatos de charol, y te
veas bonita.
-¿Y tu amigo, cómo se llama?
-Inocencio, es mi primo. Él también ha ganado buen dinero con el maní y quiere estrenar su
culebrita.
-Ah, no; culebrita no salto el otro en un arranque de amor propio.
De Mao resaltaban sus hombros cuadrados, su quijada de buey y las gruesas espinillas en
coda la cara. Al primo, cabizbajo y larguirucho, le sobresalían unos ojos de potranco
perdido. Sus labios eran finos.
- ¡Y con quién va a estrenar su culebrita Inocencio? ¿Y a quien le va a regalar tanto dinero?
El aludido volvió a exorbitar sus ojos como única protesta.
-Déjame preguntarle, porque yo tampoco sé. Inocencio, a quien le vas a dar tu culebrita y tu
dinero
El muchacho sonó las monedas entre sus manos. Sus huidizos ojos se despegaban del
suelo solo para echarnos vistazos entre lúbricos y espantados. El aturdido zángano de
repente se alebrestó y con los dos brazos, ¡como un pelele!, me señaló.
-Mi culebrón y mis cuartos son para ella dijo. (¡Uy, con el terror que me causan los repeles!).
-Mira Leona, qué suerte. Nosotras metidas en esa laguna de porquerías para sacar granos
de café y venderlos por dos o tres cheles, y estos amigos, de buenos que son, van a
compartir con nosotras sus ganancias.
Recobrada del primer impacto, pero aun temerosa, pregunte
-¿Y por qué con nosotras?
El tal Mao azuzó:
-¡Díselo, Martina!
Y mi amiga, con una risa cristalina e impropia, se levantó la falda hasta la cara, remeneó las
caderas y se señalo las entrepiernas, para decir:
-Porque nuestros cotos los están halando desde hace mucho.
(Querían hacer mala palabra con nosotras.). Martina se moría de risa y de gozo. Mao la
secundaba y, en una acción relámpago, se abrió la bragueta y mostró su sexo inflado y
duro.
-Dámelo. Dame tu toto -fue lo último que oyeron mis oídos.
(Toto era una palabra universal, visceral, empapada de un prurito seductor. Una palabra
negra y triangular. Húmeda y fogosa.
Honda y rosada. Prohibida y pública. En las aceras, en las plazoletas, en los baños públicos
y hasta en los espaldares de los asientos de las guaguas de la Capital resaltaban los totos
escritos a hurtadillas; exactamente igual que en las letrinas, los troncos de palma y hasta
sobre el asfalto en Quima).
Eché a correr, alejándome rauda, gracias a mis fuertes piernas y al tremendo susto. (En mi
popa asomaban vellos pequeños. Pero jamás se lo iba a comentar a Martina, en cuyo toto
crecian pelos como crines. Yo aún tenía una popa. Ella ya tenía un toto. Es lo que colegí
ese día).
A media tarde, Martina se presentó en mi casa riéndose con el mayor descaro. Empuñé un
grano de sal, extendí el brazo y desplegué el meñique como un garfio. Ella hizo lo propio,
enganchamos los dos dedos y nos desafiamos cara a cara: ¡Enemiga!
¡Enemiga! Y a dúo: Enemiguísimas para siempre jamás.
Al poco tiempo, Martina empezó a sufrir de fiebres y vómitos.
No quería verla nunca más. Pero el pique se me fue pasando. Así eran las hijas de
Edermira, y así la madre. Nuestras distintas y próximas amigas.
El profesor Alcides había conseguido una novia. Su humor mejoró. A veces se reía sin
motivo aparente y su ánimo liberaba una nota radiante. Desde el día que me estropeó el
Chevrolet me veía como si verificara un cálculo. (No nos era extraña esta mirada. Así, al
sesgo, nos observaban los urbanizadores). En una que otra ocasión, en el silencio que
imponía una de las largas tareas de escritura, de súbito, alzaba la mirada del cuaderno y me
topaba con sus ojos fijos en mí. Desde el accidente me trataba casi con igual tolerancia que
a Emilio, quien siempre estuvo a salvo de sus arranques. Don Chelo se había aparecido
una que otra vez en la escuela a saludar al maestro, y a su domicilio enviaba regularmente
queso, granos y víveres. Desde el principio le había aclarado al profesor que, si el niño no
estudiaba en un colegio de La Vega o de Santiago era por razones de salud, preferían no
alejarlo del hogar.
Emilio, además de poseer la más notable inteligencia, era propenso a mantenerse callado.
De no ser por su tez muy blanca, su iris azulado y las ropas de calidad sobresaliente,
comparadas con las del resto, hubiera pasado inadvertido. La mayoría de los juegos no
ejercían ninguna atracción sobre él. Sin embargo, era capaz de permanecer horas en la
resolana presenciando las prácticas de Las Cuyayas de Quima. En él tenía yo a mi
admirador particular, único y suficiente, por lo que fue el más indignado cuando me echaron
del equipo porque en las competencias con los del pueblo la inclusión de una hembra les
avergonzaría. (Más esta niña que aparaba la bola como el mejor y bateaba más que la
mayoría de los varones). Lesabia corría como una guinea, le era fácil robarse las bases,
mientras que Miriam lanzaba la pelota con curvas y velocidad controladas -pero sin Virgilio
el béisbol no les iba ni les venía-. A las tres, desde muy pequeñas, nos había enseriado
nuestro hermano las reglas básicas del juego. Un palo de escoba nos servía como bare.
Las pelotas las hacíamos de los mismos trapos con que confeccionábamos muñecas.
Nuestro entrañable entrenador afinaba los reflejos compeliendonos a golpear semillas de
samos, limones, ojos de buey y hasta granos de maíz; luego la pelota nos lucía grande, fácil
para acertar el leñazo.
Nuestro querido cómplice se había marchado a enfrascarse en un juego secreto, sin antes
alertarnos de un detalle: el béisbol era de hombres. Por un tiempo Beba había pasado por
alto este inconveniente social, dejando que prosperara nuestro entusiasmo: éramos
pequeñas y Virgilio nos dirigía. Más adelante, cuando acudíamos a ella bañadas de sudor a
solicitarle permiso para irnos a un rellano cerca del río Oro, empezó a decir: Ese juego de
machos me lo van dejando, que ya no están para eso. Y ahorita les
encasquetan el mote de los marinos.
Un apretado abrazo reparador me ofreció Emilio cuando nos arrojamos sobre la yerba
pangola luego de una veloz carrera, escapándonos de la rabia de Mambrú, el capitán del
equipo, a quien yo le había lanzado un ojo de buey que le golpeó en la cabeza, al tiempo
que le gritaba: ¡Blende! ¡Hormonas!, como desquite por marginarme.
Cierta gente apostaba a que Emilio y yo nos casaríamos al crecer. Si se armaba una
fiestecita, nosotros dos formábamos pareja para bailar. En las procesiones organizadas por
la iglesia, caminábamos uno al lado del otro. Entre los dos cosíamos muñecas de trapos y
armábamos carritos a partir de palos y semillas de javilla, aunque en su casa sobraban
juguetes. ¡Juuul, el grillito y Emilio, empezaba Edermira, torciendo la boca, mientras
observaba a mi amigo con atenta sospecha. ¿Es que ustedes no saben?, decía, cuando ya
emilio se había ido. Yo paraba el oído para escuchar el resto, pero entonces ella hacía un
calculado silencio para pasar por interesante en su condición de confidente del militar
Uberbello, quien por lo visto sabía más de los habitantes del caserío que ellos mismos. En
este lugar hay gente que está archivada y nadie lo sospecha, decía Edermira con ojos
azorados.

5
Lo que hace un figurín, una lámina como Liza, la nieta de Manuelico, que consiguió
encandilar al profesor Alcides al darle amores. En esos días el Mercadero nadaba en
relativa abundancia.
El café subió de precio, desde La Vega habían venido dos comerciantes a comprarle un
buen lote de cueros y toda la miel y la cera producidas en sus colmenas. También
adquirieron paquetes de matas del limoncillo que crecía por montones por detrás de su
casa. Y, lo mejor de todo, cuatro de sus puercas parieron a la vez.
Nosotras, con las faldas cargadas de pomos, íbamos a curiosear los lechoncitos, sus
gruñidos, su lucha por las tetas para mamar. Las madres no se habían comido ni uno solo,
nos informó el dueño.
(A veces devoraban algunos para poder alimentar a los otros).
Tan rebosante andaba el Mercadero que se trajo de la sección del Faro a Liza, a vivir con
él, una nieta de 17 años, un figurín, una lámina, a la que casi codo le provocaba náuseas.
La muchacha convidó a una prima segunda a acompañarla. Manuelico, en época de vaca
gorda como estaba, conquistó a la prima de la nieta a través de la comida. Virtudes se
llamaba, y no era ni lámina ni figurín; en cambio, poseía estómago de hierro para digerir
chicharrones, salami, dulce de coco y longaniza. De Liza se enamoró el profesor Alcides.
De modo que en la galería del Mercadero se volvió común por entonces descubrir al
atardecer a las dos parejas comiendo gallina. Con cierta frecuencia, de madrugada se
escuchaban guitarras y canciones. Les dieron serenata a las muchachas de Manuelico, se
comentaba al otro día. A veces, Liza, melindrosa, y Virtudes, golosa, cuchicheaban
abrazadas dejando escapar risitas bellacas mientras el profesor y el Mercadero navegaban
en el mar de sus fragmentarios conocimientos, especulando y pasando cuenta a personajes
ficticios o históricos, cada uno a su buen modo, sociológico o empírico. Las muchachas se
divertían o se fastidiaban o decidían pellizcar a los hombres para volverlos a la realidad.
¿Eran de verdad amigos? ¿Se correspondían? Era difícil escudriñarlos en este aspecto. El
Mercadero era franco, incapaz de simulaciones. Con Alcides nadie sabía a qué atenerse. El
hecho es que confraternizaban o eso se creía. Pero tener de compinche al viejo en el
terreno romántico, le hacía sentir a Alcides que algo andaba torcido (entre otras razones
debido a que el abuelo de su novia en materia de sexo y relaciones hombre-mujer le
sobrepasaba en liberalismo y naturalidad). De suerte que, sin ahorrar artería, se las ingenió
para que Liza retornara a su hogar en El Faro.
Allí acudía él todos los domingos. A Manuelico no le importó desprenderse de la nieta, ya él
contaba con mujer ¡Y embarazada!
(qué orgullo). Y exigente, la chica. Los caprichos culinarios de Virtudes se complicaban día
a día (ingerir de madrugada borra de café con Anís del Mono, degustar morcilla de paco,
higos y fresas de Constanza, locrio de hicotea, sangría). Esa lo que está es matándose el
hambre, ¡una buena viva!, secreteaban Edermira y Casilda, enternecidas por el corre corre
del Mercadero para satisfacer los caprichos de su mujer y así evitar que el hijo saliera
marcado con una mancha amarilla o anaranjada o rojiza (encojo de refresco Country Club o
manzana) o con una sombra peluda (antojo de chicharrones).
Manuelico ocultaba a Virtudes cualquier sentimiento suyo que pudiera hostilizarla, aun
cuando su rancia experiencia y sagacidad restregaban en su cara las intenciones de la trulla
de varones briosos y vagos a los que su mujer atraía como el pescado a las moscas. Si no
hubiera estado unida a él no se interesarían.
Pero se tomaban como agravio a su hombría sin horizontes que a viejo renco mantuviera
sus asuntos nítidos y se deleitara con una muchacha de la edad de ellos. Esto les levantaba
una cresta incitadora, conduciendoles a comportarse como ofuscados jugadores. Apostaban
al descalabro de esa unión (cada oveja con su pareja). Echaban ojeadas fantasiosas a la
preñada. Le hacían esquina. El Mercadero suspiraba y tragaba en seco, sin otro remedio
que intentar distraerse a sí mismo y jugar a su modo.
¡Valgame Dios! Fiesta de los cangrejos califican, perimetres que me reprochan y vituperan.
Abono mis posaderas, por lo que entienden esos de cortejos a damas. Que emprenaria el
vientre grácil de Virtudes, prometí ¡Aviso maleficio!, los resentidos de mi hado zahieren.
Apóstatas, dados al besugo, a la charlatanería, a estrujar a cuantas mozas que en su
mucilaginosa red derriben. Afiligranadas Mariposas, en la trituradora del labioso mendaz,
tornadas meras cosas. Así por el estilo discurría el Mercadero y siempre el broche de cierre
era: Ándeme yo caliente y ríase la gente.'
Riéndose entre las tripas, Alcides seguía al Mercadero de pronunciado mentón y grandes
orejas blandas. Se admiraba de su energía y de la ternura de su mano al asir los dedos de
la pasmada Virtudes, quien a su vez dirigía miradas de desamparo y tentación al profesor.
¡Fiesta de cangrejos!, a fin de cuentas, fiesta. A todo esto, Alcides suponía que en la cabeza
del industrioso viejo la "fiesta de cangrejo", su situación y el casi seguro desenlace se
hallaban definidos. Aun así, la vivía con codiciada soltura.
Los ancianos se pegan a una moza como los murciélagos a las ancas de una vaca, decía
Edermira, tal vez con envidia, porque jamás tuvo al lado hombre que la consintiera.
Medrano la dejaba hacer con su cuerpo y con su vida, no por lucimiento sino por
oportunismo y para tapar un poco su dejadez con los hijos, su propia falta. El sargento
Uberbello, Manito, le demostraba aprecio a nuestra vecina a través de las confidencias, la
cama y algún dinerito; no recibiría más de ahí. Ella, a su vez, proporcionaba al guardia el
calorcito que este, con la esposa e hijos en Santo Domingo, estaba necesitando. Las
disconformidades con su propia vida afilaban la lengua de Edermira a la hora de juzgar al
prójimo. Manuelico, un vampiro, y Virtudes, una buena viva, eso es lo que son, aseguraba.
Beba, en cambio, metía la mano en la candela por el Mercadero. Afanoso como pocos, al
lado suyo no se pasaba hambre. No asistía a misa ni se interesaba por los sacramentos,
pero en la práctica era el más cumplido cristiano. Se le contaban unas siete parejas y
numerosos embullos. Pero tenía una mujer a la vez, porque no era hombre que se aviniera
a embustes o hipocresía. Con todas sus compañeras se había entusiasmado, a todas las
había querido y todas, en su momento, le habían abandonado.
Contentadizo, amigo de codo el mundo, Manuelico encajaba las golpes de la vida rasgando
su guitarra, tan vieja como él mismo, y murmurando palabras alentadoras, como estas: y
con pobre mesa y casa, / en el campo deleitoso, / con solo Dios se compasa / y a solas su
vida pasa, I ni envidiado, ni envidioso!"
Un caballo de buena raza, por años que tenga, no pierde el paso. Preferible un esposo
añoso y atento que un zángano joven.
Preferible un viejo de buen trato que un jovencito pendenciero y picaflor. ¿Qué hace una
mujer con un lindón haragán en su casa?
Todo esto decía Beba a favor del resistente anciano. Su empatía con el Mercadero pasaba
cualquier prueba. Entre los muchos favores recibidos de él, uno agradecía en especial. En
los trastornados días de la desaparición de Enmanuel, Manuelico procuraba de madrugada
a Virgilio para que le hiciera compañía en sus negocios por Manabao y Tireo. De estos
viajes, el muchachito regresaba feliz, contando la astucia del Mercadero para cambiar
ajonjolí por ajo, semillas de cajuil tostadas por habichuela, sebo de Flandes por abejas
reinas, cordial de bebé por higos y fresas; preciadas frutas que lavaba con agua de
manantial y, luego, las sumergía en un tarro de miel. Contaba Virgilio que el Mercadero
tocaba puertas en los más apartados caseríos y en todas las moradas le abrían, lo
conocían. Contaba que en sus negocios prevalecía el trueque, Y que cuando obtenía dinero
lo iba distribuyendo a los indigentes que encontraban a lo largo del camino.
Virtudes, la de Manuelico, como empezaron a llamarla en Quima, podía salir sin permiso del
marido a bañarse en el río Jimenoa, a visitar su familia en El Faro, a examinarse en el
hospital de La Vega; podía coger un carro público o ir montada en la mula disponible; podía
consumir cuantos alimentos y golosinas le apetecieran. De sus continuos recorridos por
toda la provincia realizando negocitos, el Mercadero le traía vistosas telas para sus
vestidos, finas mantillas blancas o negras y cachivaches funcionales para su cocina. Nada
de vasijas de higüero y tenedores que pinchan la lengua. No, Virtudes merecía lozas con
dibujitos, sábanas de algodón y cucharas a prueba de óxido. Manuelico se encontraba tan
satisfecho con su suerte que al confirmar que sería padre mató un puerco, contrató un
perico ripiao y armó una fiesta de apaga y vámonos, en la que tocó su guitarra luciendo
aires bohemios (aunque tocaba malísimo). Su alegría alegraba a Quima. Y la alegría de
Quima parecía revertirse en beneficio de él. Construyó un aljibe, multiplicó las colmenas,
trajo una nueva especie de café y la plantó en su tierra cerca de la cañada. Sus ojitos
hundidos chispeaban y su huesuda cara ganó algo de volumen en las mejillas. Virtudes, sin
embargo, se quejaba de insoportables malestares, que no le impedían comer más que una
nigua y engordar a la carrera.
No pasó mucha agua bajo el puente antes de que en la bucólica Quima le prendieran las
orejas a Manuelico con todo tipo de habladurías sobre su querida y su preñez. El respondió
casándose con ella por la iglesia, nada más porque Virtudes se antojó de una fotografía en
la que saliera sola, exhibiendo corona de azucenas y vestido de tul blanco. El fotógrafo, el
atuendo y los brindis exigidos por la novia casi quiebran al muchas veces quebrado
Mercadero.
"¡Bucólica Quima!" ¡Ja! Los incautos veraneantes, ricos y urbanos como eran, revelaban
una mezquina imaginación a la hora de interpretar nuestro mundo.

Capítulo ocho
No quiero juntilla en esta casa, dijo mamá, en el momento en que prendía la candela al
despuntar el día.
Me iba transformando en un tiriguillo. Tía Florida me cosió unos brasieritos, de los mismos
que antes había confeccionado a su protegida Miriam, pero me negué a usarlos, perpleja y
consciente de los contrastes entre mi cuerpo en crecimiento y mi cara infantil. Emilio parecía
no darse cuenta de la asimetría inesperada que se pronunciaba entre nosotros. A mí
tampoco me habría afectado, a no ser porque en el ánimo de Beba calaban patrañas de
Calixita boca salivosa, llegadas de trasmano.
Dile a Emilio que si quiere visitarte tiene que ser en mi presencia, me espetó mamá mirando
el chisporroteo del fuego. Yo, que me había levantado tan contenta a calentarme frente al
fogón, me quedé atónita. Beba, ahora soplando los tizones, agregó: Ya está bueno de
andar por ahí como chivo sin ley. Prohibido que te juntes con Emilio. Cero juntiilla. En sus
frases imperiosas latía un absurdo pique y rotunda determinación. Me entraron escalofríos,
dentera. ¿Qué tiene de malo?, pregunté presa de asfixia. Pero Beba no advertía el impacto
del estrujón, no advertía que mis labios habían adquirido un movimiento reflejo, idéntico al
que en el último momento se había apoderado de mi boca el día que el mecánico dental me
extrajo las muelas.
-Las juntillas solo traen sinsabores y perturbación. Ya estás grande.
-¿Grande? -pregunté, embargada de ansiedad.
-Grande -
-asintió, como si esa palabra lo dijera todo-.
¿Grande? -volví a preguntar en cono estúpido.
-No me gustan esos andenes tuyos. Y punto.
Me miró de soslayo, para regresar enseguida a los tizones.
Después de una tensa pausa, mordiéndose los labios y con notorio esfuerzo, añadió:
-Grande como para no andar con varones ni sola por los montes. Si una muchacha da pie a
habladurías, se perdió para siempre. Su destino se parecerá al de los pomos.
Representar a esa fruta hueca, de pulpa fofa, dulzona y desabrida a la vez (comida de
puercos), aumentó el tremolar de mi lengua.
-Usted conoce a Emilio. ¿Cuál perjuicio podría acarrearme?
-No voy a permitir que a otra hija de Enmanuel le manchen la reputación. Por sobre mi
cadáver. Entre los palos, por lo oscuro, no andarás con hombre, ni san José que este sea.
¿Una niña encompinchada con varones? Eso es malo, trajudicial.
Malo, malo, del diablo. ¿Reputación?, esta era nueva. ¿Qué sabía mamá sobre mí?
¿Cuáles chismes la traían tan irritada?
¿Noraima era la otra desacreditada? Tartamudeé: Pero Emilio.... tajante me cortó: Te acabo
de prohibir la juntilla con él, no porque sea enfermizo y más quiero que una salamanqueja
va a dejar de murmurar. Es más, te prohíbo juntilla con cualquier varón, sea quien sea, ¿me
oíste bien?
(Edermira no se cuidaba de hablar ante los hijos. Por Martina conocí algunas de las
lindezas salidas de la boca de Calixta.
Impuestas a falsear, es en la sangre que esas traen la putería. La bichita resabiosa ¡yo,
Leona!] coge el monte con el hijo de doña Miguelina, ese que sufre de ictericia (¡mi amigo,
el más lindo de los varones!). El roba comida y monedas de su casa para dárselas a la
teclilla de Beba. Viven haciendo pleberías con la yegua. La mamá, gallinita grifa que ha
puesto huevos de distintos gallos, a quién va a orientar. Martina bizqueaba sin disimular el
regusto que sentía. ¿Es verdad que tú y Emilio hacen pleberías, mala palabra, con la
yegua?, quiso saber. Con la sangre prendiéndoseme, me quedé muda. Así que yo estaba
en la boca de la gente, y de qué manera, ¡demonios es lo que son!, concluí, pensando en
sus pensamientos. Martina me echó el brazo por los hombros como diciendo "estamos en
las mismas").
Tan pronto me reuní con mi amigo se lo conté: la orden de Beba, sus temores, las
maledicencias. El enmudeció, como si no comprendiera. Con los ojos entrecerrados y más
pálido que el palmito, al cabo de un rato me dijo: Bueno, entonces nos vemos aquí, en la
escuela. Esta respuesta me hostilizó. Ya veremos, pensaba, mientras me observaba un pie
y el otro, balanceándolos.
¡Enderézate!, me corrigió Emilio sonriendo, mientras me colocaba una mano en la espalda y
otra en el pecho, obligándome a sentarme derecha. Lancé un manotazo al aire y le enrostré:
¡Sangre de maco! Él se echó a reír. Removí tierra con la punta de mi zapato de goma
negra. Me arqueé hasta sentir tensión en mis vértebras, posición que adoptaba con
frecuencia desde que empecé a echar senitos. Pero Emilio, ahora ocupado en mirar
cualquier piedra u hoja con tristeza y absoluta vaguedad, no trató de enderezarme.
Mañana te espero en la tina para que rodemos por la jalda, le propuse. En sus ojos había
gotas de aventura y un torrencial silencio que percibí como un puente tendido entre la
muerte y la vida.
Mirarlo me aturdió, pero seguí mirándolo hasta que se deshizo, hasta que apenas quedó la
gota de aventura. En la jalda, como a las diez, te espero, propuse de nuevo.
Al otro día, cosa rara, Beba decidió que me acompañaba a la tina. Mire, mamá, cómo se le
brotan las varices, yo acarreo toda el agua, le dije, pero ella insistió: Me conviene caminar.
Volví a la carga: Mamá, usted hace mucho que no sube la falda. Últimamente está
resbalosa. Se puede despeñar. Imagínese, si usted va y se cae.
Lo que tú quieres es irte sola, ¿eh?, zanjó airada. A Beba no se le subestimaba la
inteligencia, aunque no hubiera ido a la escuela;
tampoco se le respondía.
Caminé a su lado, con la cabeza gacha. Cada una con su bidón entre brazo y cadera y el
lienzo para el babonuco colgando del hombro. Cuando empezaban a aparecer las
pomarrosas de la cañada, comencé a cantar el Himno a las Madres.
Venía y vamos todos del campo y la ciudad
(...)
¿Quién como una madre...
¿Quien como una madre...
¿Quién como una madre...
Fingía que las letras se me habían olvidado. Mamá, con gesto reconciliador y algo afligida
recordó a su propia madre, una mujer menuda y morena de ojos verdosos, de apellido judio,
sin que nadie supiera explicar su historia, como era lo común en el país. (Lugareños,
campesinos, exhibiendo apellidos canarios, cata-lanes, franceses, judíos, árabes, haitianos,
curcos, ingleses, chinos, húngaros, japoneses, curazoleños y hasta un vocablo carno como
apellido, pero eso sí, las tradiciones familiares empezaban en los abuelos, como mucho, de
ahí para atrás se ignoraban ascendientes.
Mejor para todos, pues hurgar más de la cuenta podría conducir a embarazosas sorpresas;
en nuestra corta historia de dos o tres siglos no fueron pocos los piratas, bucaneros,
encomenderos, espíritus levantiscos, prófugos, castigadores, machotes, matarifes,
desjarretadores, castradores y aventureros de toda laya que se establecieron en la isla o la
asolaron por tiempo. Nos perturbaría saber que un venerable bisabuelo o tatarabuelo o
trastatarabuelo tiene un trasluz con uno de esos. ¿No sucede algo semejante en todos los
pueblos, y es incluso más notorio en los muy antiguos?).
De la madre de Beba sabíamos que pasó los últimos diez años de su vida llorando y
consumiéndose por un inaguantable dolor en el lado derecho de la cara, consecuencia de
extracciones de muelas ejecutadas por un práctico.
Beba, con un dejo nostálgico, continuó el himno:
Quien como una madre
con sus dulce canto
nos disipa el miedo
nos calma el dolor
Uní mi voz a la suya, cantando a pleno pulmón:
Con solo brindarnos su regazo santo
con solo cantarnos baladas de amor.
Escuché la hojarasca crujiendo bajo los pies de mi amigo que volaban para eludirnos. Debía
saber que no me rendiría. Luego, acordamos reunirnos en el río Oro, por los lados de la
finca de su familia, cuando Beba estuviera en la Manicera. Así lo hicimos.
No podríamos haber imaginado entonces lo que pasaría después.

2
Como para compensar las prohibiciones, Beba me llevó con ella a lavar oro al río Camú.
Que se supiera, no era sitio donde se encontrara el precioso metal, pero ella había nacido
por esos lados y conocía de incursiones exitosas. Además, y sobre todo, su instinto siempre
le estaba indicando que Enmanuel, con la facal lentitud intrínseca de un difunto, conseguía
canales en los que depositaba algo para nosotros. Esto Beba no se atrevía a confesárselo a
nadie, hay cosas de las que no se habla, porque en cuanto a su realidad todo es paradoja.
Acaso no fuese más que un fruto de su
fervor. También podía ser un cuajo de los sentimientos resguardados en esta orilla por ella,
y en la otra por Enmanuel. Cuajo que podía flotar en el vastísimo río que los separaba y era
vadeable solo en sueños. Fuese lo que fuese, el punto es que de cuando en cuando las
indicaciones del bien amado consorte derivaban en frutos tangibles para su empobrecida
familia.
Marchamos por más de tres horas hasta arribar al sitio donde mamá, siendo niña, solía
bañarse y donde empezó su inacabado diálogo con los ángeles. Aseguraba que
muchísimas personas habían encontrado trozos del metal y también piezas taínas.
Aseguraba que por allí merodeaban inofensivas ciguapas, descendientes de los indios
ciguayos. Y había tramos en los que las negras piedras del alba desprendían música,
melancolía. Aseguraba que por esos lugares se alzaban los hombres cuando ya no
soportaban sus cargas emotivas o las autoridades les pisaban los talones para aplastarlos.
Aseguraba que había pozos repletos de esqueletos de gente lenguaraz y que por eso los
moradores de aquí son parcos y callados. Todas esas historias me las iba contando, pero
yo sabía cuán imaginativa podía ser mamá. Sabía que había elegido esa manera para
intimar sin demasiada proximidad. Y sabía que en todo esto solapaba un propósito. Me
habló de un miedo, el dolor de la muerte. Innombrable, más terrible que todo lo terrible. El
dolor del parto es único, tremendo, un dolor de los fines y confines, pero la hembra trae
consigo un saber sobre ello, sabe que al alumbrar, en el nombre de Dios, amplía el mundo.
Muchos dolores se reparten entre los humanos: de muela, de cabeza, de tripas... El dolor de
arenilla y piedras en los riñones enloquece a cualquiera.
Suplicios hay que no menciono por no atraerlos. Ahora bien, ningún dolor se compara al de
la muerte. El dolor de la muerte se concentra en un instante, y qué instante ese. El dolor de
la muerte es..., es... ¡como una brasa arrancada al mar! Una brasa que antes estuvo en las
entrañas de la tierra y pesa como la tierra entera.
Se disuelve en ti, desatando remolinos en tus nervios, incendios en tu pellejo, terremotos en
tus huesos, un abismo en tus ojos...
¿Has oído hablar de las lágrimas del tigre? ¿No? Otro día te cuento de eso. De siglos atrás
se sabe que entre todos los animales, solo el perro es capaz de absorber el dolor de la
muerte, para lo cual se prepara, apartándose callado, con una calma de santo. En el
alumbramiento..., una comprende lo que sigue, el alivio. Cesa el dolor, se abre la flor de la
vida, la flor de la aurora. Nadie piensa en la oscuridad en ese momento, aun a sabiendas de
que la flor de la oscuridad encierra el dolor de la muerte... Tal vez paso a otro género de
alumbramiento, reverso del conocido.
Con mi madre hubo un equívoco, un desvío inexplicable. Un día iba a morir, le tocaba, era
su día, pero no sucedió. El dolor de la muerte se le prolongó diez años, diez años para
nosotros, un instante de diez años para ella. La baba se le deslizaba lentamente por el labio
exangüe. Aterida, transida, olvidada el habla. A veces parecía de piedra. A veces creíamos
que, a excepción del pellejo, era casi líquida. Los calmantes no le surtían ningún efecto. Le
suministraban tisanas de flores de campanas, a fin de que ganara un respiro. Este remedio
cobró un alto precio. Con meses aplicándolo, generó como un fuego constante en el cuerpo
de la enferma, tal si se hallara en los umbrales del infierno; ella, que repartía bondad y
descreía de maldiciones y supercherías, fue un Cristo en la tierra de tanto martirio.
Avanzábamos por el sendero con nuestras respectivas bateas entre brazo y costado,
usando pedazos de yagua a modo de pantalla contra el sol. Mamá, cosa insólita en ella,
hablaba de modo casi compulsivo. (¿Para qué me estaba preparando?). Aunque al pobre le
cuesta un ojo de la cara preservarse bueno, no le tenía al destino ni a la pobreza, pero
suplicaba a Dios nunca verse forzada a mendigar ni alquilarse en casa de familia. Por
pobreza no se pierde dignidad. Sin embargo, una sola frase puede enlodar el nombre de
una mujer para siempre, condenarla... La ora sin apartar de mi mente el impuesto
distanciamiento de Emilio. Ella lo había acosado a su decente manera. Empleó su autoridad
para fijar la distancia. Entre Beba y yo también había distancia, aunque camináramos
kilómetros juntas y ambas supiéramos que ella dejaría que le cortaran las manos si con ese
desprendimiento me ahorraba un estigma.
Casi podía palpar el tejido amurallado entre nosotras. Sin embargo, jamás se asemejaría al
delirante rapto que Lesabia, me confesaba, le producía a veces nuestra madre. Beba
tomaba un cuchillo para mondar los víveres y la pavura y la embriaguez se apoderaban de
mi hermana. Posiblemente sucediera en esos días en que mamá amanecía sin dinero, sin
alimentos, sin idea de cómo sustentarnos y, sin proferir palabras, durante horas se
abismaba en melancólicas cavilaciones. A Lesabia la afectaba hasta la parálisis, mientras
que a mí me estremecían los impulsos de abrigarla, a la manera en que los ruiseñores
cubren a sus crías, aún sin plumas.

3
Nadie quería creernos. En Camú, uno de los ríos principales, en una covacha, encontré un
trozo de oro más grande que un grano de haba. Mamá sollozaba, reía balbuceando, obra
de Dios, trabajo de Enmanuel. Tú ves que era verdad. Y hallarlo tú, ahora.
Escondió el tesoro entre los senos. Si un salteador sospechara lo que portábamos, ay de
nosotras. Nos tomamos menos de la mitad del tiempo en regresar. Íbamos dando brincos
como dos niñas.
Recordé: algo se me daba, algo se me quitaba. Y, por segundos, mi júbilo se veteó de
grises nubes.
En nuestra casa encontramos a Manuelico con el moco para abajo. Con visible
perturbación, inusitada en él, le comunico a Beba que compraría pastillas de negro eterno
para macarse. Virtudes, embarazada y todo, casada por la iglesia y todo, se había fugado
con Mao, el mismo que engañó a Martina. Depredador de niñas, pronunció Manuelico, y
Beba y yo entendimos preñador. Mao preñador salvaje. Mamá estaba tan contenta por
nuestro grano de oro que le respondió al Mercadero: No, negro eterno no. Le lavan el
estómago y se salva. Cómprese un lazo, jahórquese! Eso no falla. Además, cuántas
mujeres con más carácter y lindura que Virtudes no lo han despechado antes, sin lograr
amargarle la vida.
Manuelico Melián, que parecía de trescientos años en esos momentos, mostró en su boca
hundida un amago de sonrisa. lnterés, ojos de oro como gato, / Y gato de doblones, no
amor ciego, repetía, oprimiéndose los huesecillos de las manos. Desde luego, no se suicidó,
pero con la partida de Virtudes le acometió una congoja que contagió su alrededor. Las
nuevas plantas de café cogieron un parásito. Sapos y culebras invadieron su aljibe. Fueron
los días en los que arribaron a Quima tres urbanizadores (inspector de esto, inspector de lo
otro), dos de Agropecuaria y uno de Salud Pública. Reclutaron a Ludovino, el carnicero, y a
su hijo Mambrú: el alcalde trajo atados a cinco voluntarios, fuertes y jóvenes, entre los que
se encontraba el hijo de Cacao. Exterminaron a todos los puercos. Luego de este atroz
suceso, a Mambrú se le esfumaron las cadencias fascinantes de su voz. su padre creyó que
las invisibles hormonas por fin se habían presentado a forjar lo suyo: barba, ronquera e
instinto de macho.
Me sentí como si me apearan un bidón de la cabeza cuando la madre de Emilio adquirió el
pedazo de oro, por una bagatela, según Manuelico. A nosotros la mujer nos pareció
pródiga. Beba me compro el vestido amarillo con lunares blanco, de organdí, unos zapatos
y una malecita de hojalata que me heló el ánimo sobre todo porque sin con ni son mamá
dijo: El papá de ustedes decía que no camináramos de espalda al sol, caramba). A Brígida.
Miriam, Lesabia y Antonio también les tocó un conjunto de ropa.
Se remendó la cobija de la casa, ya no nos mojaríamos durante los aguaceros. A tío
Chucho le enviamos un corte de tela para pantalón y a tía Florinda le regalamos una bata
de casa. Mamá no se compró nada para ella.
En los días posteriores, no lograba apartarme de la cabeza el trocito de oro y las eventuales
implicaciones de su hallazgo.
¿Qué seguiría a este beneficio? ¿Qué me esperaba? ¿Qué significaba "caminar de
espaldas al sol"? Insomne, acariciaba los suaves contornos del oro, como si continuara en
nuestro poder. Lo veía convertido en un anillo-semanario, convertido en una cucharita de
sacar azúcar, convertido en un diente en la boca de Virgilio.
No quería dormirme. No quería sonarme con un diente de oro porque eso significa "muere".
A veces, aún sin despertar, llegaban hasta mí unas salmodias dirigidas a Beba: ¿Por qué se
esconde Virgilio? El que tiene las hechas tiene las sospechas. Si se arma una guerra, él va
a estar en un bando y nosotros y Lorenzo en el contrario. ¿Qué va a hacer usted, partirse
en dos? Se lo digo, hay que detenerlo mientras se pueda.
¿Quién iba a frenar a Virgilio? ¿Por qué había que frenarlo?
No era un caballo.

4
¿Qué se ha regado sobre mí? ¿Cuál era la amenaza latente, el chantaje? La lengua, ¿por
qué no venía provista de hueso? Desde antaño, la saliva de sierpe petrificaba a muchas, les
molían la iniciativa, los deseos de aventura; convertían su propia pelusa y resquemor en
dogal para el otro. Y todo tan corriente y diario, tan incorporado a la existencia. A mamá la
rebosaba este asunto peliagudo. Había experimentado en carne propia la ponzoña. Y, más
doloroso aún, había visto cómo el ácido se cernía sobre la hermosa cabeza de Noraima.
Los difuntos no le inducían ningún miedo, más bien formaban parte de su mundo; no se
dejaba sugestionar por malandrines ni les temía a los tramposos. La lengua de ciertas
gentes, empero, la empavorecía; estas se permitían el imperio sobre nuestros bienes más
preciados, aquellos a cuyo cultivo su amado Enmanuel se había dedicado con ahínco y que
ella debía salvaguardar. Y, ciertamente, podían arrancárnoslos de cuajo. A los lengualargas
saliva de sierpe les importaba un pito la sentencia por la boca se pierde el alma. En las
papilas gustativas tenían un malévolo prurito; fogaraté en el culo mental.
La historia que circulaba sobre Isidora y Monga constituía una lección para niñas y
muchachas. Y yo, absurdamente, empecé a vislumbrarme en esa historia, como si
anticipara mi hado, como si mi vida estuviese a punto de alinearse con ella. Las dos
peregrinas de excoriadas comisuras se desplazaban sin cesar entre Constanza y La Vega,
consumiendo la zarza ardiente de su destino (como cometas, aparecían por Quima días
fijos al mes). Alguna vez. habían poseído una burbuja familiar. Alguna vez descansaron en
la misma cama cada noche, compartieron la modesta mesa y elaboraron planes a su
alcance, hasta que los lengualargas las abatieron.
Ni Beba ni ninguna otra mujer de Quima querría enfrentarse con los lengualargas. Mejor les
acortaban la soga a las hijas desde que les asomaban senitos y se les ensanchaban las
caderas. O tomaban medidas aún más drásticas, como sacarlas del lugar. Era
comprensible, pues, que Beba se dispusiera a sacarme de ruca.
(En cuestiones de reputación, a Edermira y a sus hijas había que dedicarles placo aparte.
Nadie más despreocupado que ellas.
Es más, se podría decir que las complacía que sus nombres estuvieran de boca en boca).

Capítulo nueve
Sin previo aviso me enviaron a Santo Domingo. Dejé atrás un canterito de lechugas
repolladas; mi gallina cocola empollando doce huevos; a Coco amodorrado como si
olfateara el desajuste; a Emilio que alternaba blanco y rojo en su rostro; al río Oro
enturbiado por las lluvias; a mis juguetes--pedazos de lozas, muñecas y pelotas de trapo,
camiones construidos con hojalata y javillas por ruedas; a Brígida, Lesabia, Miriam y
Antonio llorosos y expectantes (por lo que les traería a mi regreso); a Martina a punto de
parir (le tejí unos zapatitos en medio punto para el bebé con los hilos que me habían
obsequiado las monjas tísicas, ella me regaló su collar de caracoles evocadores del
Océano); a Edermira perpleja vaticinando: Nada bueno, nada bueno, esa muchacha rarita,
el grillito; a Beba, emocionada por salvar mi reputación y con un nudo en la garganta (me
entregó una medallita de san Rafael protector); a Ballilla, quien ese día madrugó para lavar
su piedra de indio y perseguir con sus ojos los movimientos de la casa (vestía su traje de
retazos de todos los colores y no pude evitar un sobresalto cuando la descubrí tan temprano
inclinada sobre la piedra, la Le-o-na, pronunció en sordina, llegándome al corazón con su
irremediable locura).
Y de nuevo los árboles vertiginosos marchando en sentido contrario, el puerto, su virgen de
la Altagracia, sus cruces blancas y sus abismos, el mareo, las arcadas, el platinado visaje
del bosque, las rocas verdes en fuga, la desviación de lo familiar para introducirme en un
reino ajeno, que trataría de expulsarme de la misma manera que yo, abochornada,
vomitaba en una funda plástica los trozos de yuca, el chocolate y el revoltillo de huevos y
tomaticos que mi madre me habia obligado a desayunar.
Noraima notaba el desasosiego que me enfebrecia las pupilas desde que llegué a su casa.
Charlaba conmigo, aunque la mayor parte del tiempo me mantenía aturdida en mi silencio.
Eso sí, afanaba sin parar. La actividad me ayudaba a disipar ardor de existencia y a
mantener la mente en su sitio. Le atendía el bebé, lavaba la ropa, la planchaba y dos veces
al día trapeaba el piso con trementina. Todo el vecindario maloliente a meados, putrefacción
y cenizas, menos su pieza y la contigua. Le era útil a mi hermana, pero no aguantaría. La
vivienda consistía en un rectángulo alargado de ambientes definidos por precarias
separaciones: sala-comedor, aposento y cocina, en la misma línea. Echada en una
colchoneta en la sala-comedor, a solo unos pasos de la cama de la pareja y con la cabeza
casi debajo de la cuna del bebé, me enceraba por fuerza de cuanto ocurría durante la
noche. El privón de Ruiz no escatimaba oportunidad de hacerse oír.
El sueldo de un policía casco blanco alcanzaba para poco. Pero no eran las privaciones el
principal motivo de mi portada inquietud. El curado, a partir de mi llegada, andaba de lo más
avispado.
Una tarde me compró un helado en barquilla y otro día me trajo unos caimitos gigantes,
dulcísimos (hubiera querido botarlos, pero el hambre me empujó a engullirlos en su
presencia). Empezó a relevar a Noraima en la tarea de cambiar los pañales al niño durante
la noche. Encima de la franela y el pantalón, me abotonaba una blusa manga larga, aunque
estuviera asfixiándome de calor. Permanecía en vigilia, alerta. Él simulaba estar
cambiándole el pañal al pequeño, pero enseguida enfilaba hacia mí, lujurioso. De costado,
dándole la espalda, fingía dormir. Sus manos me tentaban las nalgas. Me empujaba por el
hombro, hasta dejarme bocarriba. Las ásperas puntas de sus dedos recorrían mis pechos
por debajo de la ropa como si buscaran algo. Llena de asco, ansiaba que mis insignificantes
senitos explotaran en alfileres hacia sus ojos. Pobre de ti, maldito, si Virgilio se entera de
sus endemoniadas mañoserías. Noraima se removía en la cama y soltaba un gemido de
pesadilla. Ya sabía cuán pesado era su sueño, tendría que ocurrir un terremoto para que
despertara a esa hora.
Cantare, oh, oh, oh
Dicen que el mundo está lleno de pena y dolor
Pero yo pienso que aún queda muchísimo amor
Volare, oh, oh
Cantare, oh, oh, oh
Cantando amanecía. Mi cándida hermana, la que mantenía pulcros sus pocos vestidos, su
estrecha vivienda, sus cacharros de cocina, sus uñas y su cuerpo oloroso a jabón de cuaba,
sonreía y seguía cantando mientras me hacía unas trencitas que la vecina le había
enseñado a tejer. ¿Por qué te quedas tan callada, hermanita?
¿Es que no te gusta vivir conmigo?, me interrogaba. No le respondía. Qué le iba a decir si
me sentía cuarteándome, en suspenso.
Un día, ausente Noraima --había ido al hospital Maternidad a chequearse, acompañada de
su amiga Isolina, norsa en ese centro- y dormido el niño, 6omé prestada una escalerita
metálica a Barbarín, el único hombre del entorno que me inspiraba confianza. Quería
examinar un hueco en un block, por encima de la rústica alacena, en donde había visto a mi
hermana esconder algo con el mayor sigilo. Introduje mi mano por el orificio y extraje una
fundita plástica. Bajé, cerré la puerta y me senté en el suelo a revisar el contenido. Goteaba
sudor de la frente. Estaba al tris de violar el último reducto privado de mi hermana. Titubeé,
pero, como bien se dice, la curiosidad mató al gato y en mi caso se impuso al decoro. El
primer envoltorio contenta una bolsita tejida en medio punto con un hilo que había sido
verde oscuro. Solté el nudo de la soguita de cabuya. Desparramé sobre una toalla codo lo
que encerraba: un pañuelo de hombre con manchones de sangre seca; dos o tres anillos de
crespo cabello; un montón de envoltorios de cigarrillos, plateados por un lado y escritos en
el envés blanco con letras como hormigas; tres monedas de veinticinco centavos una mota;
plumas amarillas y grises; una media masculina, endurecida en la punta; botones corrientes;
un frasquito de colonia; una extraña oración, y una rosa seca que se pulverizo al tocarla. Me
concentré en los escritos, aun cuando me resultó imposible descifrar la diminuta caligrafía.
Lo único inteligible fue la firma: P.D.
La oración, una extraña convocatoria de espíritus protectores a través del humo, me causó
hilaridad, puros nervios. ¿Se la había obsequiado Isolina, la vecina sanjuanera? ¿Noraima
sustituía "fulano" por Ruiz o Chaguín? Dios no lo quiera.
ORACION DEL TABACO Y LOS ESPIRITUS BENEFICOS
Norte, Oriente, Sur y Naciente.
Ofrezco esta oración a los espíritus Benéficos por el santo ángel de la guarda de (FULANO)
por el Santo día en que nació. Por los cuatro rentos, sendas y lugares en que se encuentre
(FULANO) esté pendiente de mí, me quiera y no me olvide.
ESPÍRITU DE LA FUERZA: Para que le de fuerza a (FULANO); que me quiera y venga
donde yo estoy.
ESPIRITU DE LAS ILUSIONES: Que las ilusiones que tenga (FUL NO)... me las pase a mi.
ESPÍRITU DEL DESESPERO: Para que el desespero de (FULANO) sea por mi.
ESPIRITO DEL BRILLO Y DEL DINERO: Para que traiga dinero a I
casa y lo pongo en mis manos.
ESPIRITUS BENÉFICOS: Aquí les entrego cuerpo, alma y voluntad (de FULANO). No lo
dejen comer ni andar ni dormir; ni beber m trabajar sin el pensamiento puesto en mí, que
me llane.
Al hacer la oración, concéntrese y fúmese un cigarro o un cigarrillo.
¿Esto era todo? ¿De dónde les venía la importancia a estas cosas? Hambrienta, como
siempre me sentía, estuve tentada de sustraer una moneda de veinticinco centavos para
comprarme una barquilla de chocolate y un bizcochito. Pero a mi bella hermana, tan bella,
debía respetarla. Devolví la bolsita al agujero.
La oración del espíritu obseso me había distraído. No habría podido adivinar que lo
revelador se cifraba en las letras como hormigas. Sin embargo, en mi mente se esbozó un
vínculo entre los escritos en las envolturas de cigarrillo y momentos excepcionales en los
que Noraima parecía aprisionar una fruta azucarada en la boca. Se tornaba aérea. Una
enigmática sonrisa se hacía carne en sus labios y luz en su rostro.

2
Había nacido en San Juan de la Maguana y se llamaba Isolina
Quiroz Gil. Su pelo grifo y abundante, dividido en cuadrículas y trenzado, lo contenía
mediante una redecilla azul. Las cejas acentuadas con un lápiz, los labios pintados de color
bronce nacarado, aretes y zapatos cómodos revelaban su esmero personal. Gesticulaba
con los dedos, como trazando encajes en el aire, para decirme que nació en un valle en el
que al atardecer hasta los cactus y los guijarros se confundían con oro; tal era la luz. La
sureña siempre estaba diciendo: "Existe el bien y existe el mal. Yo no creo en brujerías
porque Dios es demasiado grande. Pero al que se impresiona por lo desconocido cualquier
cosa le cae; hasta sus mismos presagios le pueden llover encima".
Los viernes, desde que despuntaba el día, llevaba a cabo un minucioso aseo de su
vivienda. Empezaba por echar chorritos de amoniaco en los rincones y regar algunas gotas
en la acera, en el contén y en el patio. Hervía romero fresco en un cántaro, y con a agua
sometía todos sus enseres de cocina a un escrupuloso enjuague; luego, la utilizaba para
trapear el piso. Por la acera del frente corría líquido con olores mixtos; los transeúntes
saltaban. evitándolo. Por último, Isolina preparaba un sahumerio con hierbas aromáticas y
pétalos de rosa. Y era lo que me gustaba, porque al asomar los intensos efluvios, Ruiz se
ponía chivo y echaba chispas y mostraba sus dientes sarrosos, como el diablo ("¡Detente
animal feroz, que antes de tú nacer nació el hijo de Dios!"). La sanjuanera y el casco blanco
se repelían, pero, como se respetaban, fingían lo contrario.
Por el rápido endurecimiento de los músculos faciales ante la presencia de Isolina, yo
deducía el grado de recelo del marido de mi hermana. Eso me generaba un secreto deleite.
¿La vecina ejecutaba el rito de hojas, flores, agua y humareda con el deliberado propósito
de mantener a raya al casco blanco?
Vivía con tres hijos, de cuatro, cinco y siete años. Durante sus horarios de trabajo en el
hospital, de lunes a viernes, se los cuidaba una señora soltera -cía del buen amigo
Barbarín-, cuya morada se encontraba a solo dos cuadras. Allí había un jardincito donde los
pequeños podían entregarse a sus juegos. Cuando a Isolina le tocaban turnos los fines de
semana, éramos Noraima y yo quienes vigilábamos a los niños. Al final del mes, la norsa
me recompensaba con diez centavos, suficientes para comprarme una barquilla -
-si tenía suerte en la ruleta del vendedor, me ganaba una adicional-, galletitas de leche y
golosinas que escondía en mi maleta de hojalata para matar el hambre.
Isolina le contaba su vida a Noraima, y mi hermana hacía lo propio. Ruiz no interfería en la
amistad entre las dos mujeres, pero echaba al fregadero o al retrete el dulce de leche,
chacá o chenchén con que la vecina pretendía agradarlo.
La sanjuanera clavaba en mí sus ojos interrogantes, luego los dirigía al cielo con una larga
exhalación, creo que leía en mí. Una tarde, entrecogió a Noraima para conversar
seriamente encerradas.
Mi hermana, al rato, salió llorosa de este encuentro; más adelante, cuando Isolina le
comunicó que me había conseguido colocación en la casa de una pareja decente, dio su
consentimiento y encajó la saña e irritación de Ruiz al enterarse.
A cada rato, siento como jalones en el bajo vientre, le comentaba mi hermana a la vecina
por esos días. La enfermera le hizo preguntas y Noraima, algo avergonzada, terminó
confesando que se había estado introduciendo trocitos de alumbre por *ahí abajo.
La enfermera suspiró. El alumbre termina dañando las paredes vaginales, dijo. Cómo se le
ocurre a una mujer tan joven.
Yo conocía los cristales de alumbre. Incluso, los había probado, me parecían bellos y
extraños. Toda la mucosa de la boca se me encogió, en una sensación manchosa, dulzona
y amarga. No conseguía entender por completo el sentido de la conversación entre las dos
mujeres ni su afán por evitar que las escuchara; sin embargo, el sustrato de ese intercambio
lo equiparé a la sensación de alumbre en la boca.
Hubo de posponerse mi mudanza. El cuñado se aceleró para el zarpazo.

3
Estoy manchando, había susurrado Noraima. ¿Manchar? Esa acción contradecía los labios
color flores de carambola y el nítido cutis de mi hermana. Estoy manchando. Además de
absurdas, estas palabras las percibía con plomo de perjuicio y caos. Pronto arribaron a mi
existencia otros vocablos pasmosos. Derrame, zumbaba aquí y allá. Noraima sufrió un
derrame. La noche anterior la había escuchado forcejar con el marido. No puedo, hoy no,
secreteaba y luego reía, como un ratón de cara al gato que juguetea con él, empujándolo
para allá y para acá; el felino en total control de la situación. Noraima se quejaba, le dolía,
algo se le había descompuesto allá adentro.
¿Cómo era el adentro de esta hermana, que a veces me alucinaba con el resplandeciente
iris de sus ojos? ¿Cómo podía reir disminuida como una presa, esa que posera unas mejilas
incita? ¿doras, piernas torneadas y cuello delgado? ¿Cómo podía producir su garganta ese
cacareo espantadizo de gallina culeca? Su adentro, imaginaba, contenía la rabiosa tiniebla
en que se refugiaba su alma todavía fresca. En el adentro de Noraima, el semillero de
estrellas. Allí se metería Ruiz a fuerza bruta (para decirle a se. guidas: A las mujeres les
gusta que los hombres les hagan una fuercecita, ¿o no?). Privada ella de dominio sobre sus
aberturas y sus carnosidades.
Resuellos, goteos, maullidos encarecieron la noche. Yo sudaba a chorros, y me entraban
ganas de hacer pipi, pero seguía inmóvil, conteniendo la respiración. En general, cuando
reinaba el silencio, con la habilidad de una lagartija, reptaba cautelosa por el suelo, pasando
por delante de la cama de la pareja hasta alcanzar el piso de la cocina. A tientas localizaba
los pestillos, abría la puerta y, después de vaciar la vejiga, me sentaba un momento sobre
una lata volteada, debajo del arbusto de carambola, a respirar el aire de la noche. (Tenía
una bacinilla cerca de mi colchoneta, pero temiendo que Ruiz me escuchara orinar, la
utilizaba poco,). Más de una vez, en medio de la oscuridad, me había topado con Isolina
Quiroz, y ambas nos espantábamos. Otras veces vislumbraba la figura del obrero Barbarín,
que regresaba a altas horas. Luego, un poco refrescada, volvía a mi colchoneta con el
mismo sigilo.
Aquella noche en la que Noraima había forcejeado con Ruiz, debí esperar un largo rato,
aguantando los orines. Cuando pensé que la pareja dormía, me dirigí a la cocina, mis
manos se comportaban con torpeza y tumbé un recipiente repleto de pepinos que había
traído Ruiz recientemente, alguien agradecido por sus servicios se los había regalado.
¿Qué pasa ahí? Aplastada, me pegué al seco.
Insoportables oleadas de pepino me invadieron los pulmones, provocándome palpitaciones.
Al amanecer ingresaron a mi hermana a la Maternidad para realizarle un legrado. Luego
desistieron (en parte por la anemia).

Me devanaba los sesos y aguzaba el oído, sin atreverme a preguntarlo que sucedía.
Cambié las sábanas. Tenían sangre y olían a pepino. Las remojé, estrujé las manchas con
ceniza. Las enjuagué, las dejé sumergidas en detergente por horas. Las manchas apenas
cedieron, el olor a pepino persistía, o mi olfato me engañaba, no sé. Volví a enjuagar, a
enjabonar, a restregar. Isolina y Barbarín, quienes practicaban una evidente intimidad,
sostenían una rápida conversación en el patio. Ella le hacía partícipe de sus aprensiones y
de nuestros problemas. El la escuchaba concentrado mientras bebía a sorbos su café.
Salían a relucir derrame, legrado, cureta-je, viscosos términos huidos del adentro de mi
hermana por su permisividad con Ruiz, Chaguín, Comebrasa (¿zestos apodos designaban
caras del sujeto?). El jardín interior de Noraima, origen y espejo de aquel jardín de Yuya, se
había revuelto. Producía, en vez de exuberantes margaritas, caracoles y babosas
enconchadas en palabras escalofriantes. Derrame, legrado, curetaje, jamás las pronunciaría
y, en lo adelante, cada vez que tuviera pepino cerca tiritaría con el pulso acelerado.
Ese día cociné temprano. El policía Ruiz engulló un montón de pepinos con sal, aceite y
vinagre. Me ordenó hacer una ensalada igual para mi hermana ("el pepino depura la
sangre), junto a una sopa de huesos de res. El llevaría los alimentos a la interna. Isolina
también compró pepinos. Mis dedos olían a pepino, el aire olía a pepino. En todas las
cocinas aderezaban pepinos. Se adquiría un lote por cheles. Las mujeres se colocaban
rodajas sobre los ojos. Maldito pepino, había pasado a acompañar a la cañafístula en la
aberración vegetal. "Un barco cargado de pepinos, destinado a la industria de cosméticos,
había sido devuelto al país desde Miami por no cumplir con los protocolos fitosanitarios •
Luego de este avance noticioso e la radio, sonó la canción: Lupe, Lupita mi amor, ei, el.
Me empeñé en sobrellevar los pepinos, Lupita mi amor y las funestas palabras que me
engrifaban, para dedicarme a cuidar al niño y tomar precauciones. Limpié la casa a fondo
por si venían visitas. (En Quima, cuando una persona enfermaba, las mujeres se
aprestaban a limpiar pues todos los lugareños desfilarían a cumplir con esa familia; aquí,
solo Isolina Quiroz e indirectamente el obrero Barbarín y su tía, se interesaron por la salud
de mi hermana. El resto de los vecinos mantenía una prudente distancia de nosotros). La
sanjuanera me pasó un plato de mangú con bacalao guisado (discos de pepino me
obligaron a tirar la mitad), un cántaro de frijoles verdes y un pedazo de queso de chiva -
comestibles que, a excepción del bacalao, ella recibía de sus parientes campesinos-.
Almorcé el doble de lo habitual y al anochecer cené hasta hartarme. Acosté al niño y le
ajusté dos tapones de algodón en las orejas, un rato antes le había suministrado tres
cucharaditas de jarabe Cordial de bebé con el objeto de que alcanzara un sueño
imperturbable. Me tumbé en mi colchoneta. En pocas horas ya estaba el baboso Ruiz
tentándome las nalgas y el pecho.
Desliza la mano bajo mi ropa como una araña, hacia el área debajo de mi ombligo.
Fingiendo dormir, cambio de posición.
Comebrasa vuelve a lo suyo. Me quita la blusa, la franela, voltea mi cuerpo boca arriba. La
uña de su índice, como describiendo una órbita, empieza a rascarme el pequeño pezón. Lo
oprime, lo aprieta con dos dedos. (Te gusta, ¿no?). Mi pezón, una morita aplastada. Ahogo
un grito. Sus manos ásperas, huesudas, presionan mis caderas. Me bajan el panti hasta las
rodillas. Por el dintel de la puerta se filtra, fantasmal, oblicua, la luz de la calle. Mis dilatadas
pupilas siguen al hombre cuyos movimientos son los de un cuadrúpedo al tris de montar
una hembra (qué buscará en el suelo, en mis pies). Me separa las piernas. Olfatea. Se
incorpora.
Me contempla. Se soba. Se quita el pantaloncillo. Deja escapar un resoplido de buey.
Percibo un vaho de meados de cerdo. Toda mi piel se va empapando de agua letal. En este
tiempo moroso, denso como el de la pesadilla, mi mente sigilosa anticipa los pasos del
sujeto. Al margen de mis otras partes, que sudan desordenándose.
mi mente conserva el tono adecuado para razonar
¿Qué pretende el cuñado lujurioso? ¿Hacerme una fuercecita?
(¿También yo poseía un adentro? ¿Qué alojaba en él?). De Ruiz lograr su propósito, ¿con
qué cara defendería Beba mi reputación frente a los lengualargas? Me transformaría en una
insomne de los caminos, como Monga la Boquerosa, una muerta en vida que sin ton ni son
iría proclamando: Yo no como vidrio. Diablita arrimada, déjate querer. ¿Ruiz dice estas
palabras o las preferían las tinieblas?
Mi propia garganta amenaza con engullirme, como si mi adentro hirviera de alarma. Mi boca
despide fuego, así la experimento cuando se dispara hacia las entrepiernas del puñetero,
cubiertas de hórrida pelambre. Mi ataque lo deja atónito, solo por unos segundos. Me agarra
por los cabellos, me zarandea como si estuviera sacando un plantón de yuca en tierra seca;
yo me mantengo prendida con el feroz pesimismo de mi futuro y aflojo solo cuando su carne
cede y su sangre mugrienta mane da mi paladar. Casi le arranco un buen trozo. Me estrella
en el cemento -otra menos brava y resuelta que yo se hubiera quebrado-. Hormigueándome
las tripas, medio me incorporo, jadeo.
¡Zape, bestia! ¡Zape! ¡Leona jamás llevará la cabeza gacha! Este pensamiento obra como
un rayo. En un instante, vi mis manos agarradas a las nalgas de Ruiz, me vi metiendo mi
cabeza entre sus muslos para echarle un voraz mordisco a sus granos. Un rodillazo suyo
me priva de aire, retrotrayéndome a la asfixia que precedió a mi nacimiento. Atrabancada en
un túnel húmedo y cálido se me salen los orines. Percibo mi corazón como una copa que
alguien está por arrojar contra el concreto. Las manos y las piernas se me comportan como
los pajonales en el ventarrón. Mi mente sacude sus alas. En un santiamén, recupera el
dominio de mi bamboleante ser. Veo, o creo ver, pompas de jabón, al mar, a Emilio.
Un perfume de helecho salvaje, de resina, del Libro, de menta, de lágrimas de Beba, de
café costado, de estrellas galopando por las hojas de hierba, de piña..., me despeja, me
embravece. Me escucho. Por algo naciste al mismo tiempo que Batalla, la soberbia yegua
mora. Por algo te bautizaron con el nombre de Leona. Por algo has cargado miles de latas
de agua sobre tu erguida cabeza.
Por algo te has crepado a las palmas y deslizado por pendientes cubiertas de grama y
rodado por breñales y cascajo. Por algo te has lanzado tantas veces desde el alto peñón
hasta el charco azuloso de profundidad. Por algo has lavado arena y cieno. Y también oro.
Por algo sustituías a tu madre en procesiones de cuarenta kilómetros, entonando salves con
el estómago vacío. Por algo, mucho antes de conocer la Capital, te familiarizaste con el
fuego, el barro, las artes del agua, las sombras relojeras, los mensajes del viento.
Por algo se alternan en ti la buena suerte y la mala suerte.
Me enderezo. Pego un salto. Mis ojos ahora disciernen perfectamente en la oscuridad. Mis
ojos aún verdes, mis ojos de gatas.
Me doy cuenta de cuán largo es Ruiz y cuánta chifladura retuerce sus gestos, anima sus
muecas. Babea como perro rabioso. ¡Te estrangulo, hija de la gran puta! Te destrozo. Me
harto cus pedazos, maldita arrimada. ¡Naque ñaque naque! Su miembro, como una cosa
autónoma, crece con los segundos. Sus pies se mueven hacia mi, los puños en alto,
quemándome con su corva mirada, ¡Naque naque naque naque naque naque naque!,
masticándome. Pero mi adentro también compone precisa locura, instintiva defensa. (¿De
donde me brotan tan afilados atributos?). Exploto en risa. El ñaque raque naque de su boca
se transforma en cosquilla en codo mi cuerpo. Como una exhalación hundo la punta de mis
índices en sus ojos, riéndome, aullando. ¡Ladrón! ¡Ladrón! (reviven los quejidos de Noraima,
la mancha de sangre, el olor a pepino, la ardiente rabia por aquel dinero de la rifa que este
individuo me tomó "prestado" y del cual, salvo yo, nadie se acordaba).
¡Un ladrón! ¡Un ladrón!, vociferó Isolina, en la pieza contigua. Y en su voz percibí que había
estado esperando el momento oportuno para actuar. (Luego me enteré de que ya ella había
despertado a Barbarín y que este se hallaba a su lado cuando grité).
¡Un ladrón! ¡Un ladrón!, repitieron en los patios oscuros. Hasta mi llegó el dulce traqueteo, el
choque de muebles y cántaros, las luces encendiéndose y las exclamaciones: ¿Dónde
Dónde? ¡Que no escape! ¡Palo con él! ¡En la casa de Noraimal ¡Ella está internada en la
Maternidad! ¡La hermanita es la que pide socorro! ¡Pero ahí es que vive Comebrasa! ¡El
casco blanco, si!
Llovieron puñetazos sobre las puertas delantera y trasera.
También en el seto que separaba la pieza de Isolina de la de No-raima. Instintivamente,
agarré una silla y la arrojé a la cabeza de Ruiz, quien a toda prisa intentaba enfundarse los
pantalones.
Me embalé hacia la puerta, arrastrando conmigo la sábana para cubrirme. No bien había
corrido el pestillo cuando una ciega multitud armada de garrotes y machetes me echo a un
lado. Los gritos de mi sobrinito, desganitándose, me confundieron por un momento. Se me
estaba pasando el efecto narcótico de las terribles emociones. Ahora mi mente empezaba a
nublarse y el dolor se avivaba en mi cuerpo. Forcejeé para alcanzar el niño. El vozarrón de
Ruiz aumentaba la confusión.
¡Fuera! ¡Fuera de mi casa, comunistas de la mierda! ¡Coño!
¡Maldición! tronaba, manoteando. Es posible que su visión aún estuviera empañada. O
peor. Ojalá se quede ciego, ojalá esos ojos de guaraguao nunca miren a Noraima de nuevo,
pensé.
Un ciro alteró la atmósfera. En el acto pensé que ese disparo era una respuesta a mi
pensamiento. Supuse que pudo aniquilarme.
(Ruiz me había subestimado -como subestiman los urbanizadores a los lugareños, como
subestiman los capitaleños a los campesinos--, por eso no usó antes su arma para
someterme o tal vez lo excitaba mi lucha). La multitud reculaba, dejando un claro alrededor
del casco blanco que empuñaba el revólver. A un costado de la cabeza le corría un chorrito
de sangre. Aproveché el espacio libre para alcanzar al niño. Lo tomé en mis brazos y salí
huyendo con la cabeza gacha. La gente me decía frases que apenas ora. De golpe entendí
cuánto odiaban y temían a Comebrasa. Isolina me gritó: A dónde vas, Leonas, y yo no atiné
a responder. pero pensaba, Uf, ¡yo qué sé! Escupo repetidas veces, impelida por el sabor a
moho de la sangre mezclada con mi saliva. Ahora, a mi mente le urgía una pausa. Mecía al
niño. Ya, ya, todo bien, lindo, lindo, tranquilo, duerme, duerme, calmándole con una voz
finita en la que no me reconocía. Mi mente pausaba y entonces afluía a mí todo el pavor
que había estado frenando. Mis rodillas y todo mi cuerpo tremolaban, humedecidos en la
exudación del pánico.
El niño se desganitaba. Isolina, que me había seguido, me abrazo junto a la criatura,
después me la quitó de los brazos y me tomó de la mano hasta el interior de su hogar,
donde me entregó una ropa suya.
Como de otro mundo, cavernoso y convulsivo, me llego la voz de Ruiz. Ya no injuriaba a los
vecinos, sino que intentaba con-vencerles: El facineroso se metió por la puerta de atrás. Me
golpeó en la cabeza con un martillo. Reaccioné ajustándole una trompada en el estómago y
metiéndole una llave al cuello. Pero estaba ensebado. Se me resbalaba de las manos y
huyó antes de que yo lograra encañonarlo con mi arma de reglamento.
La gente lo miraba, deteniendo los ojos en los calzoncillos en el suelo, los crastos en
desorden y el chorrito de sangre en la frente.
Miraba y juzgaba en perturbador silencio. El bandido era un des-arma-policías. Pero ese
mojón no sabe con quién se mere. Aunque se esconda bajo las faldas de su puta madre, a
ese lo quemo yo.
¿Quién me va a pedir cuentas? ¡Ah!, siguió Ruiz. Se origino un murmullo por lo bajo. Desde
que se mencionaba a subversivos o comunistas, todo el mundo se replegaba, a diario
fulminaban a ciudadanos acusados de cales. Los cascos blancos..., esos repartían terror a
diestro y siniestro. Una explosión lejana y, a seguidas, el corte de luz crispó aún más el
ambiente. En la oscuridad, se escuchaban suspiros. Era aconsejable permanecer quietos.
Ruiz portaba un arma, podría disparar a ciegas.

El marido de Noraima sabía que nadie le creía. Los reunidos allí sabían que Ruiz sabía que
no le creían. La gente sabía que Ruiz sabía que ellos no creían sus palabras. Sabían,
creían, descreían, suponían. Entre un grupo de civiles y un policía, solo cabía un
trabalenguas.
Llegó la luz. Solté un golpe de aire, aflojé el pecho y pensé en Virgilio. En este espasmo
temporal el marido de Norama podría estar planificando desquitarse con él. ¡En venganza
por la humiIlación acarreada por Lona (naque ñaque) liquidaría al hermano delincuente!
¡Nadie le pediría cuenta! Nadie reclamaría a un agente del orden público que quemara a un
subversivo. Los ojos, la garganta, se me inundaban de ternura y espanto. Mis coyunturas,
aguadas. Mis sesos, reblandecidos. Mis tripas producían goteos y tronadas. Corrí para el
baño común a vomitar. Después, con las palmas de las manos adheridas a la pared exterior
de la pieza de Isolina, contemplé las estrellas, extrañada de su parquedad.
Pisoteé la tierra indolente con las plantas de mis pies desnudos.
Toda la sensibilidad se había agolpado en mis oídos. Zumbaban, amplificados los ruidos de
vehículos, los rumores, las pisadas. Me palpé los chichones ensangrentados en mi
adolorida cabeza. Una corriente de frío invadió mi espinazo. Recordé que no había tenido
chance de recoger el panti y ponérmelo. Recordé cuando el mecánico dental me extrajo una
tira de muelas. Recordé cuando me aburaron las avispas. Recordé los hoyuelos de Coco,
hirvientes de atroz vida. Recordé el zumbón en la cuneta llena de agua colorada y lodo. Vi
las pupilas de Beba y volví mis ojos a las estrellas con un hondo suspiro.
A Noraima no se le puede contar lo sucedido, a una mujer que está delicada de sus partes
no se le agregan preocupaciones, no vaya a ser que se desangre, expresó Isolina mientras
me limpiaba la cara y los cabellos con agua y jabón. Mojó una toalla en agua tibia y me pidió
enrollarla en mi cuerpo para mitigar las molestias.
De súbito, reinó el silencio, un silencio poblado de plomizos ojos, de garras. Temblando me
abrace a mi sobrinito, cuidando de no despertarlo de nuevos los dos a los ples de la vecina,
en su cama. Probablemente Isolina empezaba a conciliar el sucio cuando Ruiz volvió a la
carga, decidido a incordiarnos. Golpeada la puerta de atrás con la culata del revolver,
reclamando al niño Desde el interior, mi protectora, con voz en exceso humilde, te rogó que
lo dejara tranquilo hasta el dia siguiente. El, en cono debilitado, amenazó con acusarla de
secuestro. ¡Déjese de vainas, que usted y yo sabemos para lo que damos! Fue cuanto
respondió la enfermera. Transcurrido un par de minutos, Ruiz profirió otras amenazas con
voz casi melosa. Isolina Quiroz apeló a otras instancias.

Santísimo Príncipe de Gloria y Poderoso Arcángel san Rafael, grande en los bienes de la
naturaleza, grande en el poder contra los demonios, grande en la dignidad, grande en la
humildad, magistral de Dios. Médico de la salud, Príncipe de las médicos, Profeta de las
curaciones, Salud de los afligidos, Custodio de los caminantes, Guía de los peregrinos,
Maestro de los que desean protección, Protector de la virtud, Celador de la gloria de Dios,
Ensalzador de la limosna y la oración. Ruégote piadosísimo príncipe...
Deseo me asistas en la enfermedad y me acompañes en los caminos y me defiendas del
demonio, de la torpeza... se suplicó me alcances lo que te pido en esta oración.

La estrelladera de objetos en la pieza contigua nos mostró e repliegue de Ruiz. A pesar de


mis sufrientes huesos, la vecina me obligó a hincarme con ella, era absolutamente
necesario agradecer a san Rafael su intervención. Con la barbilla tocándole el pecho y los
ojos cerrados, Isolina me rodeaba los hombros con su brazo.
Cuando nos acostamos, me preguntó de dónde había sacado yo fuerzas para repeler al
cuñado y el porqué de las risas. Me sentía exhausta, no quise hablar, aunque ella merecía
que le describiera
el funcionamiento de mi mente.
Se le han caído las alas del corazón a esta niña, le comentó a su amigo Barbarín.

4
Con rosas y latas de sopa Campbell en las manos, se apersonó un atento Ruiz ante su
demacrada esposa. Había que celebrar la conservación del embarazo y su regreso "a
nuestra casita". La desmontó de la perrera (de la policía) que había conseguido prestada,
cargada en brazos. El mismo puso a hervir agua y el contenido de una lata de sopa
Campbell. Sacó letritas y en un plato llano escribió:
G-r-a-c-i-a-s-a-D-i-o-s
Sentado al pie de la cama, Comebrasa mecía al niño en sus brazos, mientras su mujer,
aturdida por tanta amabilidad, tomaba sorbitos de la sopa de letras y echaba ojeadas hacia
el arbusto de carambola bajo el cual yo me apartaba, resentida porque ella no había querido
darse cuenta de los hematomas en mi cabeza ni me había preguntado por qué cojeaba.
En la escuela, donde por iniciativa propia me había inscrito y a la que faltaba con
frecuencia, dos muchachas me tomaron como blanco de ataques y burlas por mi feo
aspecto. Ignoraban estas capitaleñas que, de cualquier yagua vieja, sale tremendo alacrán.
Y el alacrán frenético de mis recientes experiencias saltó hacia las provocadoras,
ocasionándoles tamaña sorpresa. Quizás se me habían caído las alas del corazón, pero mis
bríos se crecían en pruebas de frío y de fuego.

Capítulo diez
1
Algún día le contaría a Isolina sobre cierta característica de mi mente. Hacía poco, un mes
quizás, camino a la escuela, mientras esperaba para atravesar la calle Barahona, una
esquelética perra realenga -el hocico oscuro y sucio, las tetas hinchadas de leche-
emprendió desde la acera opuesta una penosa carrerita hacia la calle. Se aproximaba una
camioneta. El sol abatía mis ojos. En medio de un golpe de luz y agitación, vi a un tiempo al
disminuido animal, sus morosas patas, la máquina a velocidad, mis pies, las indolentes
personas. Y en esa imagen contingente avisté a Antonio, a Brígida, a Coco en la carretera
de Quima. Solté mis cuadernos, corrí, abracé la perra y la levanté en vilo, pegando su lomo
a mi pecho y su cabeza a la mía. En un instante, se fundieron en mi percepción el vaho de
abandono del animal, sus tetas húmedas apretadas por mis manos, el sol lamiendo mis
pupilas, mis piernas en volandas, la gravedad queriéndome en tierra.
Ya me encontraba del otro lado de la calle y solté a la realenga, que de nuevo huía ciega
hacia la calle, donde la atropelló un triciclo, pero sin causarle mayores daños. Con mi
acción, había alterado el rutinario vaivén del gentío. Apareció entonces quien socorriera al
animal, quien ayudara al triciclero a juntar los plátanos, piñas y tomates desparramados en
el suelo. Alguien me recogió los cuadernos y lápices. Las personas me dirigían palabras
gratas. me propinaban palmaditas en la espalda. La virgen me enjugo el sudor con un
pañuelito perfumado. Dios mío, ¡era más linda que ella misma! Mientras me limpiaba las
mejillas, me preguntó, al igual que Isolina, que de donde había sacado yo tanta fuerza, tanta
agilidad. A mí no me salían las palabras, me hallaba a punco de sollozar.
Funcionaba más o menos así en el lapso crítico, mi mente calibraba en un santiamén y
resolvía, sin pizca de miedo. Después, cuando la crisis había pasado, sobrevenían los
espasmos de terror en forma de oleada vidriosa. Luego de rescatar la perra y acoger la
atención de los transeúntes, mis dedos no conseguían asir ni siquiera los cuadernos. La
virgen costada y suave, con ojos como los caramelos de menta cristalizados por tía
Florinda, me colocó los útiles de cal modo que los sostuviera entre brazo y costillas.
Me alejé encogida hacia mi destino. Cuando me consideré a salvo de curiosos, me arrime a
un palo de luz y rompí en llanto. Ay, las malditas máquinas veloces. Antonio o Brígida
podrían hallarse en medio de la carretera en estos momentos. ¿Habría quien los salvara del
accidente? ¡Dios!

2
En misión para ejecutar unas ordenes me marcho a Licey al Medio por dos o tres días, le
informo el policía Ruiz a su mujer, quien aún guardaba reposo luego del padecimiento que
determinó su estadía en el hospital Maternidad. (De esos viajes a los pueblos del interior
nada se sabía, salvo que un alto oficial de la Fuerza Aérea -el mismo que había
enganchado a Lorenzo-tomaba prestado al cabo de los cascos blancos, Comebrasa, para
ciertas misiones). Noraima movía los ojos y suspiraba, vestida con una batita mamey
manga corca, que dejaba al descubierto más de la mitad de sus muslos, su cabello
ondulado ennegreciendo la almohada. Sobre su rodilla izquierda, destacaba la ancha
cicatriz de contornos irregulares, cubierta de una piel más pálida que el resto, muestra de
que la herida había curado abierta. Me cosquilleaban las yemas de los dedos, soñando con
oprimir esa carne blanda.
Siempre era así. Y siempre terminaba evocando el bestial empellón de Lorenzo y la filosa
piedra negra sajando la carne de mi hermana y el borbotón de brillante sangre y el inocente
aroma del viento y los rostros estupefactos de nosotras. Ese momento seguía preso en la
cicatriz. Palpitaban en la carne viva sucesos separados de la realidad común por una
finísima lámina de piel.
Ya solas, con las manos unidas en dramático gesto, le rogué a mi hermana que me
devolviera a Quima. ¿Ocurrió algo?, me preguntó. No, no pasó nada, respondí. (Cómo no
iba ella a saber). El rosado de sus mejillas había dado paso a una palidez de cera. Su tez
ahora me recordaba la de Emilio. Levantó la cabeza y los bucles de su pelo cayeron por
delante de los hombros. Sus manos se agarraron al colchón. Sufría un vahído. Sostuve la
respiración como si con eso le pudiera infundir ánimo. Miraba sus pies, encorvada, cuando
me expresó que iba a ayudarme, que no me apurara, que en la Maternidad había conocido
a la doctora extranjera en cuya casa Isolina me había conseguido colocación.
Podría ganar dinero, ayudar a Beba, abrirme paso en la vida. Pero ahora, por un tiempecito,
me necesitaba a su lado, apoyándola en su recuperación. Palabras sin sentido chocaban en
mi cabeza:
Cuajarones, miasmas, glotonería, quemazón, trucámelo, pedregoso... Mi hermana, como
salida de un trance y sonriéndome con la mayor afabilidad, me propinó un empujoncito:
Anda Leona, pásame agua. Pásate por agua, leía mi mente, vibrando en la distorsión, mi
vista precipitándose en la enferma hermosura de mi sedienta hermana --ya había perdido la
cuenta de los vasos de agua que le había traído -. Un escalofrío arrancó de las plantas de
mis pies, ascendió hasta mis ojos y los transformó en dos quebradizas flores de hielo. ¿Tú
escuchas?, ¿tú sientes y padeces?, decía mi mente, abocada al riesgo, al desvío.
Ruiz, Chaguín, Comebrasa, pronto empezó a hostilizarme por el lado de la comida.
Noraima, con su ilusoria idea de familia, disponía la mesa para los tres, con cubiertos,
cuchillos y cucharas, herramientas que solo ella utilizada completas. Colocaba el arroz, las
habichuelas guisadas y la carne en fuentes distintas. A partir del choque entre el marido y
yo, fui enviada a comer al pacio, debajo de la mata de carambola, sentada sobre una lata y
con el plato en la mano. Del pollo me tocaba el cogote, las paras o, en el mejor de los
casos, un ala. Mi hermana, cabizbaja, me explicó que Chaguín le había exigido hacer eso,
ya que, según él, yo me hartaba las mejores carnes. Pero no debía apenarme, pronto yo
almorzaría mejor que ellos. Eso me decía. Pero mi hambre no se consolaba, crecía. El
hambre es lo único físico -porque ni de espíritu ni de alma está hecha-- que crece de la
nada. Crece del hambre misma.
Mi hermana solía colgar un cacho de bacalao seco de un clavo, situado en el techo de la
cocina. A Chaguín le encantaba.
Noraima iba cortando trocitos para ofrecérselos guisados en el desayuno, junto a mangú o
yuca. Una que ocra vez, yo cortaba un pedacito, lo freía y me lo tragaba casi sin masticarlo.
Un día el bacalao desapareció de la cocina. Después, lo descubrí guindando de la misma
manera en la cocina de la norsa sanjuanera. Noraima, enrojecida y con los labios fruncidos
en mueca, me aclaró, Tuve que llevarlo para allá, Chaguín me peleó porque tú te estabas
robando su bacalao, el bacalao que se compra con su dinero. ¡Dios mío, pero que ser tan
pijotero! ¡Y qué hambre y qué calor del diantre hacían en la Capital! ¿Por qué no me
devolvían a Quima de una vez?

Capítulo once
“Los nuevos arquitectos diseñan jaulas, en lugar de habitaciones para las empleadas del
servicio. Vas a perdonarnos lo pequeño del espacio". Con esas palabras me sorprendió
doña Fresia Camilleri al arribar a mi nuevo destino, en el sector Gazcue. Yo no sabía qué
responder. En sus manos de dedos alargados y uñas cortas y pulcras sostenía una
jabonera y una toalla. Me las entregó.
Minutos más adelante, me suministró un juego de sábanas que desprendían una fragancia
de limón, a la que siempre asociaría este lugar.
Doña Fresia le comunicó a Isolina y a Noraima, quienes habían llevado, que me inscribiría
en un colegio cercano; ya había hecho las diligencias y se encargarían (ella o su marido,
aclaró) de dejarme en casa de mi hermana los sábados al mediodía. Yo, que no había
abierto la boca hasta el momento, interrumpí para expresar un deseo que a mí misma me
sorprendió: prefería salir solo los domingos en la tarde, nada más. Noraima hizo un ademán
como si quisiera taparme la boca e Isolina me dirigió una efusiva mirada. La señora Fresia
se encogió de hombros, esbozando una sonrisa de perplejidad. El breve silencio que siguió
dejó claro que se había conversado lo suficiente. Se hablo de paga, días libres, de ropas y
escuela. Tan pronto estuve sola escribí los nombres: Fresa y Yoryo. Más adelante, los vi
anotados en un sobre con exóticas estampillas. Los reescribí: Giorgio Belasi, Fresia
Camilleri. Al final de la primera semana ya sabía que él se desempeñaba como ingeniero
aeronáutico (cosas de aviones), y ella como ginecóloga obstetra. Doña Fresia y mi tía
Florinda ejercían la misma función:
asistir a las mujeres en el alumbramiento. Buen augurio.
El trabajo no me resultaba pesado ni nada parecido. La vivienda, en una segunda planta,
había sido propiedad de un artista, lo que se notaba en los detalles. Contaba con dos
aposentos, sala y comedor espaciosos, balcón con barandillas que simulaban formas de
libélulas y lagartos, cocina y área de lavado de paredes recubiertas de losetas blancas y
negras. El baño me deslumbró por sus brillantes paredes amarillas y sus preciosas llaves
(grifos, las llamaban). Junto a la zona de lavado se hallaba el cuarto del servicio (entendí
que yo era "el servicio"), con una única puerta, cuya tercera parte era una persiana que se
podía cerrar o abrir por separado. Al fondo, un pequeño baño. Desde mi espacio (¡solo para
mil), contemplaba, medio al sesgo, el follaje rojiverde de un almendro y un fragmento
decreto levantado sobre un horizonte geométrico. En el área de lavado el panorama se
ampliaba. Me gustaba estar allí, echando ojeadas a los patios de las viviendas vecinas,
mientras estregaba pantalones o ropa fina o las alisaba con la plancha eléctrica.
Mi extrañeza crecía. Todo lo agradable atraía un pinchazo de alerta o temor. En aquel hogar
no le fijaban límites a mi apetito, no me quemaba los brazos con los bordes de las pailas, ni
me caían piedras encima, ni me ardían los dedos al probar la plancha, ni me gritaban. Doña
Fresia, a veces, se quedaba observándome y le comentaba al esposo: "Esto raya en la
arbitrariedad.
Entonces el señor Giorgio, que se la pasaba dibujando o escribiendo, detenía la pluma y me
miraba por unos segundos. Por lo general se mostraba amable, pero parco. Jamás se
acercaba a mi cuarto o al área de lavado sin avisarme, como si fuesen un territorio ajeno, el
territorio del servicio. De su trabajo sabía que tenia un contrato con las Fuerzas Armadas de
la República Dominicana y que impartía clases en las academias militares. Sin embargo, a
mis ojos, sus actitudes y educación lo distanciaban de los uniformados.
En asuntos domésticos se acogía complacido a las directrices de la esposa, mucho más
expresiva y detallista, quien le llevaba siete años de edad, aunque las apariencias indicaran
lo contrario. La elevada estatura y la forma demasiado alargada del rostro, lo envejecian. Al
atardecer, gustaba de fumar un habano en el balcón.
Algo en mi disgusta a la doctora Camilleri, deduje con el pecho oprimido, sin idea de lo que
significaba arbitrariedad. Pensaba en los agraces olores de mis axilas. ¿No era una
muchacha limpia?
Quizás el señor Belasi encontró una hebra de mis cabellos en su plato. ¿Doña Fresia, por
yo permanecer taciturna, me tomaba por arisca? ¿Les irritaba mi exceso de apetito? Decidi
sujetarme los cabellos bajo un paño mientras cocinaba. En las axilas me untaba jabón de
cuaba y lo dejaba secarse, al punto de que llegó a desollarme. Empecé a recibirles con
estentóreos saludos que les hacían reír. Tarareaba canciones -nunca Lupita mi amor,
mientras planchaba sus ropas o pulía sartenes, pensando que nadie desearía cerca a una
campesina amodorrada. Mucho menos esta pareja extrañamente armónica, pese a las
marcadas discrepancias de carácter. Si me miraban, les sonreía. Me ofrecí para regar las
plantas al amanecer. Le propuse a la doña que me comprara hilo amarillo y agujetas con el
fin de tejerle un centro de mesa. Dije que sabia preparar dulces de cajuil y de guayaba y
cristales de lechosa. Se está soltando, escuché decir a la doctora.
Más tarde, entendí las aprensiones de mis empleadores y me relajé un poco. La mujer
opinaba que a mi edad alquilarme como doméstica equivalía a un abuso (se había dejado
persuadir por la norsa Isolina de que era una obra de bien. ¿Qué le habrá conta-do?). El
señor Giorgio era un discreto anticlerical, pero no ateo; ella, en cambio, practicaba una
religión compasiva y observaba algunos principios cristianos. A las cinco de la mañana,
meditaba una hora en el balcón. Al principio me aturdía su figura inmóvil, en difícil posición,
con las piernas dobladas en X. Con el paso de los días, llegó a deleitarme el silencio casi
vivo que la circundaba, su rostro al concluir. Yo le tenía listo su café y me disponía a mojar
las plantas.
La doctora Camilleri, al parecer, recibía una considerable renta procedente de su país.
Había venido a la República Dominicana acompañando al marido, y casi enseguida se
enroló como ginecóloga voluntaria en la Maternidad. Antes de establecerse aquí, habían
vivido un tiempo en Zambia. Quince años de unión llevaba la pareja, y ninguna
descendencia. El primero en llegar a la casa, por lo general ella, encendía el gramófono y
colocaba un disco de ópera --música que al principio me atolondraba-. A ella le apasionaban
los libros, decía que estos "le acomodaban el mundo". Él se sumergía, a veces tarde en la
noche, en gruesos volúmenes de su profesión. De vez en cuando, Fresia, con expresión
radiante, le interrumpía para leerle algún fragmento fabuloso.
¡Escucha esto, Giorgio! Y el hombre, fingiendo participar de su entusiasmo, abandonaba lo
suyo para atenderla. Nunca antes había visto energía parecida entre un hombre y una
mujer, pese a que, a menudo, sus diferencias de temperamento los llevaban a disentir. El,
goloso, práctico, reflejaba en sus ojos de matices grisáceos, tranquilos y grandes como de
caballo, la complacencia que le producía su profesión. Gastaba horas muertas en su mesa
de dibujo, entre planos e instrumentos de cierta sofisticación.
Ella, de suave rostro rayado por finas líneas, negro y fino el cabe-lo, ponía esmero en
cuanto hacía. Vigilante de los sabores de la comida, atenta a las especias y aromas,
perspicaz en gestos y miradas, manifestaba una aguda percepción y un pensamiento más
rápido que el resto de la gente, cualidades que yo podía identificar porque eran inherentes a
mi hermano Virgilio. En un buen sentido, Fresia exprimía el mundo y sorbía su jugo, como
chupa el colibrí de la flor. Nada escapaba a su interés por las personas, los paisajes, las
ciudades, la historia. Conservaba un algo en continua agitación, pero bajo control. Sin
embargo, la pareja formaba un mundo en el que nunca podría acomodarme por entero, con
todo y los beneficios que recibía.
Me inscribieron en un colegio situado en las inmediaciones del parque Independencia. Para
adelantar, iba a recibir clases aun en el verano. Dona Fresia traslucía ansiedad y emoción.
Con una cinta métrica midió mi espalda al nivel de los hombros, pecho, cintura y cadera,
también la altura. A la semana, llegó del trabajo con un paquete. ¡Ábrelo, Leonal, me dijo, y
se sentó a contemplarme a sus anchas mientras yo desataba los hilos, desprendía los
adhesivos y me maravillaba a la vista de tres juegos de uniformes azules! De hoy en
adelante, Leona, mírame bien, jamás me llames doña o doctora, solo Fresia, me dijo. Y yo
figuré como una candelita, que también era una gota de agua, en sus pupilas. Esa noche, la
exaltación no me dejó dormir.
Caminaba hacia el colegio, sintiéndome preciosa en el uniforme que me igualaría, siquiera
en apariencia, a las otras estudiantes. Pero estaba visto que mi felicidad siempre iba a criar
sus piedrecitas, porque mi reluciente ropa también me refrescaba mi condición de distinta. A
codas las alumnas sus vestidos, libros y útiles se los compraban el padre y la madre. Ellas
habitaban con su familia. Pensé en la petición de la doctora Camilleri (llamarla Fresia).
¿Cuáles eran mis sentimientos hacia ella y su esposo? ¿Por qué no los alojaba en mi
corazón, aunque lo estuviese anhelando? ¿Endurecía de ingratitud como un terreno falto de
lluvia? ¿Era espoleada (por quiénes, a causa de qué) hacia la enajenación? Aunque no
asistiesen a misa ni apreciaran al Papa, justo era reconocerles virtudes. ¿Y si eran no más
que solapados urbanizadores? ¿Podía fiarme de personas que se decían romanas, pero
católicas y apostólicas?, ¿nunca!? Al descuajarme de Quima, los intrusos, llámense como
se llamen, ¿a la larga harían conmigo lo que se les antojase? ¿Me convertiría en otro
"Mateo" en mi familia? Estas incertidumbres calaban mi cerebro, mientras veía mis zapatos
de charol, mi uniforme hecho a la medida y con fragancia de limón, mis limpias uñas. Bajo el
sol ardiente, se alternaban sonrisas y lágrimas en mi rostro. Quería amar a Fresia y a
Giorgio y a la vez. pensaba en ellos como si la vida les hubiese regalado todo aquello de lo
que Beba carecía. Pisaba leves y masivas flores de laurel esparcidas sobre el pavimento,
pensando que mis alarmas escépticas las trizaban. Inquiría al cielo, evitaba aplastar un
gusano, sentía el silencio de los árboles, recordaba a Virgilio y a Emilio. A mis hermanas. Y
el alma y la alegría retornaban a mil.
Unos meses más adelante, me atreví a preguntar: Señor
Giorgio, ¿usted conoce a Lorenzo? Me sonrió, indulgente. Le sorprendía que yo lo
abordara. Puso a un lado el chinógrafo y el papel, apagó la lamparita de su mesa. Le
acababa de preparar el té, como me había enseñado Fresia, y me encontraba parada a
pocos pasos.
-¿Quién es Lorenzo? -dijo, con una chispa de curiosidad.
Recordé de sopetón el malgenio de mi hermano y, sin darme cuenta, desvié la mirada, bajé
un poco la cabeza y me estrujé una oreja. Respondí con voz un tanto apagada.
-Un hombre de Quima, mi campo, que es guardia de la
Aviación, allá en San Isidro, donde usted trabaja.
-¡Sabes sus apellidos?
-No, no lo sé.
-¡Y su rango, sabes si es oficial?
-Creo que es raso. Pero no estoy segura. Él es pariente de mi mamá.
Me dijo que le gustaría averiguar e informarme, pero había miles de soldados. Yo debía
suministrarle sus apellidos. Aunque se relacionaba casi solo con oficiales y cadetes,
disponía de vías para indagar. Le respondí: No se preocupe don Giorgio. Casi ni conozco a
ese Lorenzo.

2
El Dia de Reyes se distribuirían juguetes en el Club de Alistados de la Fuerza Aérea. No
deje de traer a sus niños, le había dicho uno de sus contrapartes al ingeniero Belasi Desde
agosto hasta diciembre a codos los alistados y oficiales de capitán hacia abajo les habían
estado descontando el cinco por ciento de sus salarios, importe que les devolverían en
juguetes.
Al señor Belasi, desde luego, no le habían deducido nada de su considerable paga, pero lo
invitaban a llevar niños, si le apetecía.
Desde la cocina, donde preparaba ensalada, carne y fetuccini, paré la oreja al escuchar
"juguetes", y tal fue mi distracción que agregué sal en exceso a la carne. Resultó incomible.
Nunca antes me había sucedido.
El ingeniero solía reservarse sus opiniones sobre política local.
En esta ocasión estuvo explicándole a Fresia -ya por entonces yo osaba eliminar el
separador "doña"- que los mandos militares ejecutaban un sistema de compra y venta que
engrosaba su peculio. En La Cantina o Mercadito de San Isidro se podía encontrar casi
cualquier mercancía norteamericana -perfumes, relojes, cosméticos, whisky y prendas de
famosas marcas--. Los artículos se traían desde Miami, vulgarmente contrabandeados, y se
ofrecían a precios no muy altos. Esto era una bomba de tiempo, aseguró Belasi, ya lo había
visto antes en otros países, en cualquier momento explotarían las rebatiñas y las intrigas
entre los propios favorecidos. Además, los salarios de hambre y las condiciones deplorables
en los cuarteles soliviantan a los alistados; al final del mes muchos de ellos pasan su
cheque completo a militares usureros.
Giorgio debía de sentirse muy indignado y se explayaba en sus comentarios, al punto de
asombrar a su esposa: Últimamente e almuerzo en los cuarteles, el chao, está compuesto
de una sopa de atroz y repollo. No es raro que los chamacos exhiban remiendos.
Y, mientras tanto, la alta oficialidad engorda. Han estado achicando las mensualidades de
los disconformes subalternos. Y ¿para qué? Es un secreto a voces que en la adquisición de
los juguetes, transportados por un avión de la Fuerza Aérea, los mandos no han invertido ni
la tercera parte de lo acumulado por las deducciones.
Rejuegos similares llevan a cabo confabulados con empresas de Santo Domingo. Los
alistados acuden a comprar una nevera a plazo o pantalones o zapatos. Artículos que
nunca recibirán, todo se reduce a una pantalla que disimula un sistema de préstamos
usureros cuyos beneficios se reparten la élite militar y los negocios involucrados. Algunos
buenos oficiales guardan silencio, como con un grano de sal en la boca. La corrupción, las
malignas rémoras del tiempo de la dictadura y el olor a rancia pólvora en las instituciones
castrenses no preludian nada bueno.
Luego conversaron sobre cláusulas específicas del contrato firmado por él, de lo que nada
entendi, y los pros y contras de renovarlo. Le satisfacían sus labores académicas y la joven
y despierta promoción de cadetes, entre la que había hecho amigos. La notable reducción
de accidentes fatales, que cobraban la vida de estudiantes pilotos (de ahí el nutrido grupo
de mujeres conocidas como "viudas de aviadores"), se atribuía a los nuevos conocimientos
técnicos que había traído el ingeniero Belasi, y a su eficiencia y rigor en transmitirlos. Sin
embargo, su principal recomendación, a que formulo en la etapa evaluativa y antes de
comprometerse, sacar del medio a la mitad de los aviones Vampiros y P-51, solo útiles
como chatarra, nunca fue debidamente procesada. (De he-cho, el país había recibido un
préstamo internacional con este fin, aprobado por el Congreso). Y seguían sucediendo
accidentes. No, él no podría permanecer demasiado tiempo en este país.
(Yo hubiera querido preguntar, como cualquier afrentosa, ¿cuánto tiempo?, ¿cuánto? Y en
este apremio, como escrito con neblina, leía: Mi suerte está enlazada a la de ustedes. ¿lis
que no se dan cuenta? Y, al momento, me recriminaba, ¿qué es eso?, yo estoy alquilada
por ellos. Me harto de comida y sufro porque sobra lo que falta en las pailas de mi hogar. Mi
verdadero hogar).
Pese a las críticas el Día de Reyes nos trasladamos a San Isidro, a unos quince kilómetros
de Santo Domingo, era el primer paseo largo que me ofrecían. Primero pasamos frente a la
Academia Militar Batalla de las Carreras, donde el ingeniero Belasi enseñaba a quienes se
convertirían en oficiales. Cerca de ahí, frente al Centro de Enseñanza de las Fuerzas
Armadas (Cefa), en el que se entrenaban alistados, sobre todo del Ejército Nacional,
comentó con gravedad que esa institución iba convirtiéndose en un poder funesto. Calada
por la política más conservadora, pararía en instrumento de la rémora. Las fricciones entre
Ejército, Fuerza Aérea y Marina de Guerra, las tres ramas de las Fuerzas Armadas
resultaban patéticas, dijo. Fresia opinó que era un tanto absurdo todo ese enredo. ¿Para
qué necesitaba este pequeño y pobre país tantos militares? ¿No es así, Leona?, expresó,
en tono de broma, mientras me miraba por el retrovisor. Me sobresalté, ruborizada ante la
interpelación. A ti, como dominicana, te tocará opinar en el futuro, me dijo Fresia. Había
virado el rostro hacia mí y me sonreía.
(¿Opinar, yo?). Esta era la segunda vez que la doctora acompañaba a su esposo a San
Isidro. En la primera ocasión, compartió todo un día con la Asociación de Esposas de
Oficiales y juró nunca más mezclarse con ese grupo. A partir de entonces la doctora
llamaba a estas señoras oficialas, puesto que ostentaban con creces los rangos de sus
maridos y trataban a las mujeres de los alistados como plebeyas subalternas. Comparaba la
situación con no sé qué de fascistas y de nobles de su tierra, cosas que me dejaban en
babia.
Pronto nos encontramos ante el dominio de la Fuerza Aérea.
El señor Belasi debió mostrar un carnet a los centinelas apostados en la puerta principal de
acceso al perímetro, que abarcaba muchas hectáreas y estaba rodeado de una intimidante
malla cie clónica. Nos paseó por estos espacios, cuya atmósfera la definía la naturaleza de
la función desempeñada por sus habitantes. Yo absorbía cada dato que nos proporcionaba
-más bien se dirigía a su esposa-, tomándolo como pista del mundo en que se desenvolvía
Lorenzo, quien muy poco había comunicado de su vida a la familia. Ahora, un particular, el
señor Belasi, abría una ventanita por la que atisbaba visos de mi hermano sangrú. Lo
imaginaba riéndose, liberado de nosotras y de Quima. Ansiaba que el ingeniero se acordara
de mi pregunta sobre él. Que la recordara espontáneamente y me dijera: Vamos a averiguar
ahora mismo, ya que estamos aquí. ¿El hijo mayor de Beba caminaría por estas calles?
¿Enamoraría a una muchacha bajo ese almendro? Le había escuchado decir a Ruiz que
Lorenzo pertenecía al Escuadrón de Infantería y se alojaba en la misma Base, en los
cuarteles. (Comebrasa había majareteado el enganche de su cuñado a la guardia. Ya
colegas, emprendían parrandas de noches enteras. Su sitio predilecto era un antro a solo
dos cuadras de la vivienda de Noraima. Mi hermana se quejaba amargamente por el dinero
malgastado y por la vergüenza que pasaba cuando algunos de los cueros se tomaban la
confianza de saludarla en la calle o en el colmado. Más de una vez la escuché contárselo a
Isolina. Quiso Dios que de golpe Chaguín y Lorenzo se distanciaran. No se sabe qué pasó
en el prostíbulo; debió de ser algo grueso, porque el policía casco blanco se tornó hogareño
y Lorenzo no volvió a pisar cerca. Desde entonces, si Noraima coincidía en cualquier sitio
con una de las mujeres del antro, con miedo en la mirada, la rehuía).
En el barrio de listados, las casas se ordenaban en calles cortas (todas las cuadras
idénticas, todas las viviendas iguales). Más allá, en dirección a la Base Aérea, se
encontraban el colegio, el hospital, La Cantina o Mercadito, el bosque Polvorín -pulmón del
área, sembrado de explosivos y arsenales-, el barrio de oficiales (cuida-dos chalés y una
que otra mansión), el club de oficiales, las distintas compañías (Paracaidistas, Defensa de
Base, Mantenimiento, Material Bélico...) y la propia base aérea con pista de aterriza. je,
aviones y artillería, más la Jefatura de Estado Mayor, donde el ingeniero Belasi, por pocas
semanas, disfrutó de un espacioso despacho desde el que supervisaba al pequeño equipo
de hombres que le asignaron y ejecutaba las demás labores técnicas para las cuales fue
contratado. Una de las principales tareas se relacionaba con la introducción de aviones
modernos, que se comprarían en Italia, en reemplazo de los destartalados Vampiros. Pero
los actuales jefes habían cambiado de opinión y no había indicio de que adquirirían los
aparatos. Ahora el ingeniero solo tenía asiento en la Academia Batalla las Carreras. Una
que otra vez, lo invitaban a ofrecer charlas en el Cefa. Disfrutaba enseñando, sobre todo a
los cadetes, en quienes veía potencial de cambio al mismo tiempo experimentaba un
sentimiento de absurda degradación que se sumaba al rechazo a los chanchullos de los
envilecidos mandos y a la pena profunda que le producían los pilotos accidentados. En fin,
no debía pasmarse. La situación no distaba mucho de la vivida en su calidad de consultor
en otros países de escaso desarrollo o del
"Tercer Mundo", como ahora se les nombraba.
El reparto de juguetes tendría lugar en el Club de Alistados, enclavado en el barrio de estos.
Consistía en una edificación alargada, en un extremo de la cual funcionaban el bar, el
restaurante y el almacén. El resto lo componía un extenso rectángulo bordeado por
barandillas de un metro, rematadas en pasamanos de madera, con tres entradas dispuestas
simétricamente, dos en los laterales y una en dirección opuesta al bar. Habían sacado las
mesas de billar, las sillas y mesas comunes, a fin de acomodar la alucinante juguetería.
Fresia y Giorgio me dejaron allí a las nueve y media. A más tardar a las doce regresarían
por mí. Aprovecharían para visitar a un capitán amigo que se había accidentado días atrás
en un avión marca chatarra (así lo denominó el ingeniero), luego pasarían por la oficina del
señor Belasi en la Academia.
La distribución de juguetes estaba fijada para las diez de la mañana. Ya se habían formado
tres largas filas de niñas y niños agitadísimos; una frente a cada puerta del club. Tres
soldados por cada fila a duras penas conseguían mantener a raya la chiquillada.
Alertas, las madres (o tías o hermanas mayores) merodeaban, no sé si para proteger a sus
pequeños de un eventual caos o para asegurarse de que fuesen gratificados en proporción
a lo que del diario les habían sustraído durante meses, Arreciaba el sol y no empezaban.
Las diez, las diez y media, las once. Adentro, los responsables porfiaban; entre estos, se
contaban tres esposas de generales, blancas oficialas de moño alto que de vez en cuando
asomaban sus rostros de "ojos delineados a lo Elizabeth Taylor"
(como decía Fresia). Las madres (o tías o hermanas mayores) alistadas, nervios a flor de
piel, se abanicaban con cartones, papel plegado o cualquier cosa. ¡Maldito calor, hasta en
enero! En los empapados infantes subía la impaciencia conforme pasaban los minutos. Un
pequeño de unos siete años se desmayó. Las filas culebreaban, exasperando a los
guardias. ¡Orden! ¡Orden!, gritaban desde adentro los responsables. Empezaremos cuando
se calmen, informaba una chillona voz. Yo me mantenía plantada en la convulsa fila y al
mismo tiempo ojeaba los alrededores con la esperanza de ver aparecer a mi hermano
Lorenzo en uniforme militar, ¡Cuál sería su saludo?
¿Qué hora es?, preguntó una joven mujer de impresionante complexión, cuyo único
maquillaje consistía en un enorme lunar de tinta china a la izquierda de la boca. (Parecía la
encarnación misma de una idea fija, el lunar, no ella). Las doce menos veinte, contestó otra.
Mirando en todas direcciones, las presentes revoloteaban como abejas en cuya colmena ha
entrado una avispa.
Suspicacia al día. La única con aspecto de abuela, más tranquila que el resto, a veces
emitía un resoplido y se ponía una mano sobre el corazón, acariciando con la otra los
cabellos mojados de una chiquilla. ¿Qué estarán tramando allá adentro? ¿Por qué no
empiezan? Ya se me pasó la hora de cocinar. Mientras defendía con uñas y dientes mi
puesto en la bamboleante fila, en la que algunos llegados a último minuto trataban de
colarse, alegando que habían venido a las ocho y se habían ausentado para orinar o
beber agua, Lorenzo se mantenía en mi pensamiento y, vaya a saber por qué (¿tan
estreñido era mi afecto por él?), lo representaba unido en matrimonio a una de estas
compactas obsesas que, con fervor y determinación, tal vez le ablandasen el carácter.
Advertí el rumor de un invisible avispero. Una sensación de fragilidad, de luz, me adelgazó a
la manera de un cilindro de hielo sumergido en agua tibia. Fui sintiendo un suave y dulce
deshacimiento.
Había ondas de resplandores por todas partes. Las rejas y las mesas y la aglomeración de
nidos en la única palma y los cascos de los soldados reverberaban. Cada vez más ligera, en
los visos me reflejaba como en un espejo acuoso. No sola, me reflejaba con Emilio. Y, en un
instante, el espejo se contraía. Y era el iris de mi amigo de Quima. Y era una brasa de mar.
Estuve al pegar un grito cuando pensé en el dolor de la muerte del que me hablaba Beba.
¿Estaba Emilio pensando en mí? Me angustié tanto que deseé huir, olvidarme de los
juguetes. Escapar a las tantas miradas que caían sobre mí.
Un chico mordió un dedo a un guardia, este le propinó tremendo empujón, de algún lado
brincó una tigresa y le pegó carterazos al sujeto. ¡Están sacando los juguetes por atrás! ¡Se
los roban! ¡A la carga! Se produjo una implosión. Rumboso caos. Vi mujeres salvando de un
salto las barandillas (con una agilidad que recordaba el entrenamiento de los paracaidistas).
La oleada infantil me arrastró hasta el centro de batalla. Aún sobrecogida por la imagen de
Emilio, me vi cautiva en un torbellino. Torres de muñecas, pilas de ametralladoras,
revólveres y cuchillos, bicicletas
- ¡bi-ci-cle-tas rojas, azules y verdes! —, casitas, peluches, trajes de vaquero, barbies.
Todos los juguetes los veía a un tiempo, volaban en el aire alborotado, rozándome, huyendo
de mis manos. Mi mente dijo: Escoge, carajo. Y dictó: Una muñeca gigante rubia de las que
dicen mamá y papá. Y mis pies se encaminaron hacia la parpadeante torre de muñecas
rubias, enormes, irresistibles. Torre al instante derribada y en cuyo entorno se entabló un
combate entre personas que ya no eran solo madres, sino administradoras domésticas
resueltas a cobrar, cuchillo en boca, la merma de los precarios sueldos de sus consortes.
Más aguerridas y terribles que sus maridos, operadores de ametralladoras 50, conductores
de tanques o artilleros de aviones. Aquello había que verlo.
Valiente me consideraba yo, probadamente fuerte, pero había perdido segundos preciosos,
pasmada por la anárquica profusión, de la que podía sacar mi premio a la brava. Había que
ver cómo me vencieron la ferocidad de las obsesas y la turba de pequeños maniáticos que
asían o arrebataban o desmigajaban artículos. Me prendí de la cabeza de una muñeca del
tamaño de Brígida. Me batí por ella imaginando la cara que pondría mi hermanita al
recibirla; un violento codazo en el costado y me despojaron de muñeca y contentura. La
atacante, una regordeta de ojos parecidos a los del perro que erraba en ciertas noches por
Quima, empujaba una carretilla verde a la que iba arrojando cuanto encontraba a su paso.
Desaparecieron todas las muñecas rubias habladoras. Mi mente dijo: Una bicicleta, echa
manos a una bicicleta, ¡rápido, Leona!
Me veía paseando en compañía de Emilio, él en su bici roja, yo en mi bici verde lumínico,
que ya no era mía, porque también habían desaparecido todas las bicicletas. Y hasta los
vigilantes y los mozos del bar transportaban bicicletas en volandas, marchando a
guarecerse en casas cercanas, en lugar de imponer el orden como les correspondía. Me
decidí por muñecas más modestas, pero hacia donde corría, como por arte de magia todo
se esfumaba; primero, los artículos más costosos y llamativos, luego, todo lo demás, como
engullido por un remolino. Entre hipidos y lágrimas, quise agarrar un carrito, una corneta,
cualquier cosa. Y nada, cada juguete que lograba asir me lo arrancaban de la mano. Me
habían aburado a golpes, y ya solo restaban aquellos objetos que en el tira y hala habían
sido desguazados: patas de elefantes y caballos, cabezas y brazos de muñecas, bloques,
ruedas, engranajes sueltos, pelotas desinfladas, trapos.
Antes de abandonar el local, las oficialas habían telefoneado a sus generales. Aquello
resultaba inconcebible, inaceptable, un descrédito en el barrio de alistados. En breve, arribó
un camión repleto de soldados. El único de los responsables que no había huido de la
fallida repartición, un profesor del colegio, negro bruñido y atlético, gritaba: ¡Hay que
recuperar la mercancía y distribuirla como mandan la urbanidad y el decoro! En un
momento, entre el grupo de soldados, estuve casi segura de haber entrevisto, bajo un casco
horrible, la faz de Lorenzo. (Mi hermano no había abandonado mi mente, incluso cuando
sufrí un estremecimiento por Emilio, subyacía en mi conciencia, como si constituyera parte
inseparable de este ambiente). Lorenzo debe sobresalir, me dije, aún anonadada,
titubeante. Tenía un par de arañazos en los brazos y el pelo desordenado. Había perdido
dos botones del vestido.
Era inconveniente encontrar a mi hermano en estas condiciones.
Los soldados, cumplido el fugaz simulacro, partieron de la misma manera en que arribaron.
No hubo detenidos ni se recobró mercancía. Si Lorenzo hubiera estado entre ellos, a pesar
de su mala sangre, no me habría ignorado, me dije.
Cuando Fresia y el ingeniero se presentaron, me hallaba sola en la desierta estancia, llena
de aflicción, frustrada, preguntándome por qué mis bríos y mi mente se desorientaron. Unos
minutos antes, una mujer con canas había salido de una casa y, a la carrera, me había
puesto en las manos dos muñequitas plásticas, una maraca de bebé, un carrito de bombero
sin ruedas y un osito de peluche. No le di las gracias, ni siquiera le sonreí. Era la abuela,
aquella que un rato atrás a veces resoplaba con una mano sobre su corazón y la otra en la
cabeza de una niña.
En el trayecto a Santo Domingo, Fresia intentaba sacarme palabras, contentarme un poco:
Oye, Leona, no es para tanto. Yo le respondía: Es que yo soy así. Y, con nudos en todo el
cuerpo, recordaba la colérica sentencia de Beba, aquella vez que me encontré un peso en
el piso de la pulpería y me lo dejé arrebatar por un mañoso campesino: Dios nos mandó un
peso oro a través de ti y tú lo perdiste. Obra de Dios, labor de Enmanuel, ese peso oro.
Por no ser capaz de conservarlo, nunca tendrás nada. Serás pobre, siempre.

3
Doña Fresia me trajo paquitos, muñequitos, de un viaje que realizara con su esposo a
México; cómics o historietas, los llamaba ella. Curiosamente me ofreció los mismos
ejemplares en español, en inglés y en italiano. Se sentó a hojearlos conmigo en el balcón.
Después que te habitúes a leer con dibujos y señales, voy a regalarte libros, libros de
verdad, me prometió. El mismo que leas en español, intentas seguirlo en los otros idiomas.
Esto te va a abrir el entendimiento para las lenguas. (¡Dios mío!, si yo no quiero hablar ni en
español). Guardé silencio, y tan pronto se ausentó me embebí emocionada en Archie,
Popeye, Tarzán y los Cuatro Fantásticos. Pronto, la doctora, al tanto de que jamás me
dormía sin rezar y creyendo que con ello me aportaba un estímulo especial, me entregó dos
paquitos sobre las vidas de san Francisco de Asís y de santa Catalina de Siena. Intuí su
intención terapéutica en la tarea que me asignó de condensarle la vida de esta última.
De tocarle vivir en otra época, me dijo, Catalina bien pudo haber brillado como líder política
o científica social. Su religiosidad exacerbada trasluce un trastorno propio de talentos
extraordinarios en un medio adverso para realizarse.
No comprendí sus palabras, pero me picaron la curiosidad.
La mujer, de verdad, impresionaba. Los hechos de su vida me parecieron increíbles: que
muriera de un ataque súbito a la misma edad en que fue sacrificado Jesucristo, 33 años;
que fuera clarividente como para leer los pensamientos y las tentaciones de los otros; que la
sepultaran en Roma. Y en Venecia retuvieran un pie de ella y en Siena, su cabeza. (Los
habitantes de Siena, al no poder
llevarse el cuerpo a escondidas, hurtaron su cabeza. Cuando, en el camino, los sorprenden
guardias romanos abren el bolso, está lleno solo de pétalos de rosa. Al llegar a Siena, abren
de nuevo el bolso y ahí está la cabeza. ¡Vaya!).
Que naciera en el parto número veinticinco de su madre (en 1347), gemela con otra niña
que murió a los pocos meses. Que a los seis años ya experimentara fantásticas visiones y
que a los siete le prometiera a Cristo su virginidad eterna. Que viera el paraíso, el purgatorio
y el infierno. Que en un momento, Eufrosina, como la llamaban, se coloreara las mejillas, se
tiñera el pelo y vistiera a la moda de entonces. Y que, más adelante, se arrancara los
adornos, se cortara la cabellera, se cubriera la cabeza con un velo y se encerrara en sí
misma. (Brígida me preguntaría: ¿Se encerró en sí misma y sin cabellos?, ¿cómo?). Que
sus desesperados progenitores (¿cómo van a encontrarle esposo a esta pelada?, ¿cómo
aplacar sus rarezas?) la destinen a los peores oficios y le destruyan la piecita donde ella
oraba y meditaba. Que pese a la paloma que se posó en su cabeza mientras oraba y a su
ingreso a las Terciarias dominicanas, a los quince años, continúe de sirvienta y sufra
terribles mortificaciones. Que su celda fuera un paraíso. Que Jesucristo la desposara. Que
sufriera de atroces e inexplicables culpas. Me impresionaron el hambre, los estigmas, la
negación de la propia voluntad, la forma en que pasó del encierro a la acción.
Pese a que irradia paz y luz, sus parientes la menoscaban; la calumnian (¿lengualargas
saliva de sierpe?); los sacerdotes ponen en entredicho sus dones; los doctores de la iglesia
la tildan de ignorante. Tentaciones y sombrías incertidumbres emboscan a la osada. Como
una tempestad aflora su instinto materno (a Noraima y a Martina les entró temprano esa
tempestad). El demonio la puya contra la pureza. (¿Pensamientos peligrosos? ¿Pleberías?
¿Hacer mala palabra?).
Una voz le ordena abandonar su retiro y entrar a la vida.
(¿Dónde estaría hasta entonces?). Después de dedicarse a socorrer de modo infatigable a
las víctimas de la peste negra —Italia, 1374—, le sucedía algo muy extraño: sufría dolores
como si estuviese llagada por entero, aunque las heridas no se le notaban. Esos son sus
estigmas invisibles. (La doctora Camilleri, en sus conversaciones con el señor Giorgio, a
veces menciona los estigmas de la ceguera, los estigmas de la guerra, los estigmas
raciales, los estigmas de la locura. ¿Son mis estigmas los responsables de quitarme el
sueño? ¡Isolina Quiroz los advertía, de ahí que mi observara tanto! ¿También Fresia?).
Un joven sentenciado a la decapitación por criticar a los jefes políticos de la ciudad
rechazaba confesarse. (¡Ay Dios, Virgilio!
¿Y si a mi hermano lo condenan a muerte?). He ido a visitar al condenado a muerte y
experimentó tal cambio y tal contrición que se confesó y comulgó fervorosamente |...]. Yo lo
esperé en el sitio del ajustamiento y rezaba mucho por él a la Virgen Santísima. Al verme,
se sonrió y me pidió que le hiciera la señal de la cruz en la frente. Así lo hice. Al doblar la
cabeza para que se la cortaran iba repitiendo:
"Jesús, Jesús". (¡Ummm! ¿Por qué Catalina no enfrentó a los déspotas jefes de la ciudad
para salvar al condenado injustamente?).
Por más que me devané los sesos no entendí de la Santa por qué se pasó un día entero
comiendo habas y vomitándolas. Tampoco entendí cómo, habiendo comida, se mantuvo
solo con unas gotas de agua cada día, enclaustrada en una celda. ¿Se odiaba?
Vivió hasta el postrer momento matándose de hambre. ¿No es pecado mortal el suicidio?
Lo que más me gustó: el dictado de Catalina, cuatrocientas cartas con consejos para
obtener la paz donde hubiera divisiones y peleas. ¡Basta de silencios! ¡Gritad con cien mil
lenguas! porque, por haber callado, ¡el mundo está podrido!, escribió ella. Lo más raro: que
hasta el final siga llorando de arrepentimiento (¿pecó de pensamiento, de obra o de
omisión?).
Maravilla. Da miedo.
¡Tu resumen me ha conmovido! Podría creerse que algunas características de Catalina ya
te eran familiares, exclamó la doctora Camilleri cuando le presenté mis anotaciones, hechas
luego de leer cinco o seis veces el paquito. Buscó en un libro una imagen de la sabia mujer
para mostrármela. Catalina heredó la sensibilidad de su abuelo poeta. Sus dotes políticas
resaltan. Todo lo que hizo fue arreglárselas para intervenir en la arena pública, opinó Fresia.
Le criticó a la Santa su extrema sumisión al papa. (Claro, la doctora Camilleri no era ni
católica ni apostólica, solo roma-na). Al rato, me dio tres bombones de chocolate. Y me
atreví a hacerle unas preguntas: ¿Usted cree que Catalina sentía culpa de vivir porque su
gemela murió? (A lo mejor nació más fuerte o la leche de la madre no alcanzaba para dos).
¿Cómo se llega hasta el alma? ¿Catalina lo supo desde siempre? ¿Usted cree que los
padres deseaban librarse de ella por rara? (Ya estaba sonando como Brígida). La doctora
Camilleri suspiró profundo. No sé, Leona, no sé. Nadie sabe.
Te has ganado nuevas historietas y pronto tendrás algo mejor, libros, me dijo Fresia. Los
paquitos, más variados esta vez, excitaban mi imaginación, que se quedaba despierta por
horas cuando me acostaba. Algunas noches entraba al sueño sin llorar, de la mano de
Kara, Kara Zor-El, una kriptoniana oriunda de la ciudad Argo, enviada a la tierra por sus
padres Zor-El y Alura In-Ze cuando los argonistas iban siendo destruidos por la radiación.
En su nueva residencia planetaria, Kara oculta su verdadera identidad
bajo el nombre de Linda Lee.
Cuántas vicisitudes, encerronas y atropellos padeció la exiliada del espacio. Sometida a
entrenamientos brutales, privada de amor familiar, solo Krypto, el súper perro, le sirve de
confidente. Hasta el Hombre de Acero, su primo Supermán, oprimía sus poderes.
Yo experimentaba todos los infortunios de Kara en el meteorito en que permaneció cautiva
por haber revelado su identidad al perro. A veces me soñaba vestida como Kara,
escapándome, seguida de Coco, de los lengualargas de Quima o de la angurria de Ruiz O
de Calixta sangre de mosca. Vadeaba el río, ascendía la montaña y echaba una siesta en
una quebradita poblada de guayabales, mangos y caimitos. Desde el firme de la montaña,
embargada por una emoción de extravío, contemplaba el paisaje. Por rato, no sabía qué
hacer. Retomaba el camino a mi hogar, largo y serpenteante.
Kara era una solitaria en el planeta Tierra, como Catalina en su época y como yo misma en
Santo Domingo.

Capítulo doce
Si recibía, ya debía prepararme para perder. Una frustración auguraba un legado. Si recibía,
perdería. Si perdía, recibiría.
En este hogar de voces sonoras y nombres como de juego, donde primaba una atmósfera
apacible y progresista y se me trataba requetebién, yo discurría con mis estigmas. Cada
noche lloraba después de rezar, lloraba y me dormía sobrecogida por las imágenes que
erraban por mi cabeza para en cualquier momento asentarse y barrenar como gusanos.
Veo a Lesabia, sudorosa, distraída, atravesando la carretera con un bidón de agua sobre la
cabeza. Veo el líquido rebosar el recipiente y deslizarse por su cara con cada paso de ella.
Sus pestañas se cargan de agua. Saca la punta de la lengua, lame el agua. Desde la
elevación de la carretera —Quima quedaba a mitad de la cuesta— se aproximaba un
camión, uno de esos que llamábamos "altares "por sus muchas luces delanteras.
La máquina se desplaza a alta velocidad. El pavimento tiembla.
Lesabia, con los ojos velados de agua, se esfuerza por mantener el enorme bidón en
equilibrio. El chofer de la máquina, que lleva todo el día manejando, está adormilado. ¡Ay
Dios mío! ¡Lesabia, tira el bidón! ¡Corre! ¡Corre! Echo al suelo la sábana. Jadeo. Lloró en
una vacía oscuridad. Ay, las malditas máquinas, la velocidad.
Brígida juega con una pelota, su gata brinca al ritmo de ella y del juguete. La pelota rebota
en el suelo y vuela sobre la empalizada. Jaguar la persigue y Brígida corre tras su
inseparable gata.
Da saltitos sobre el asfalto ardiendo, al modo de los gorriones. Se inicia la Semana Santa,
Arriban en tropel los forasteros con sus camionetas todo terreno, sus perros enormes como
leones, sus motores aparatosos. La camioneta desciende la cuesta como un bólido. El calor
abrasa los pies de Brígida. Coco ladra, advierte, pero las indiferentes máquinas aplastan
gallinas, cerdos, gatos y niñas... que dan saltitos para evitar la quemada en las plantas de
sus pies. ¡Ay Dios mío!
Diviso a Antonio con una camisita demasiado chica, saliendo por la puerta de la
empalizada, dejada abierta por algún trabajador de la Manicera que ha venido a hacer sus
necesidades en nuestro retrete. Antonio extiende sus bracitos abiertos, como si hubiera
avistado a Beba o a mí, que lo sueño y lo sufro. Del negro suelo se desprende un vaho
caliente. El niño hace una mueca de disgusto, pero enseguida recobra su aire travieso.
Atardece. Se aproxima un camión. El chofer encaramado en su trono de hierro, exhausto,
miope, somnoliento, tal vez nunca ha sacado una licencia de conducir. Nuestro amado
muñequito con su bimbín al aire, arrugado el escroto, la camisita estrecha, la de cuadritos...
Se aproxima un Chevrolet lleno de jóvenes veraneantes que escuchan música y charlan a
voz en cuello. Coco ladra. El carro intenta sobrepasar al camión. Coco suelta un aullido.
Antonio, ya en el medio de la carretera, escucha el rugido de la bestia moderna. Sus piernas
son muy cortas. Mira las máquinas. (¡Es a mí a quien está mirando! A mí que estoy mirando
su mirada de auxilio. La baba se desliza por su barbilla... ¡Detenlas, Dios! ¡Frena el camión,
frena el carro!).
Como si alcanzara a ver el hilo empapado de sangre fraterna que circunda mis ojos, la
señora Fresia me interroga en las mañanas: ¿Has dormido bien, Leona? ¿Sufres de
pesadillas? Niña, no debes encerrarte en ti misma. (Enredada en mis raíces y en mis
miedos por los míos, ¿eso es encerrada en mí misma?).
Como si ello no revistiese mayor importancia, Fresia deposita en mis manos El libro de la
selva (Rudyard Kipling), para que se lo desempolve "con algodón, y hora par hoja¨, me
instruyes, acotando que se lo obsequió su padre cuando ella cumplió los nueve años. Me
tantea, animándome a exponerme, a abrirme. Un poco comprimida, escudo mis emociones
con silencio. Ella, con elegancia y discreción, busca hacerme comprender que hablar de sí
misma es sencillo y no malo. Aunque nació en Roma, me dice, su familia es oriunda de un
lugar donde las calles son de agua y los patios son de agua y para transportarse se
emplean góndolas. Lee en mis ojos la incredulidad, entonces escoge un tomo de una
enciclopedia de enormes volúmenes con carátulas rojo vino.
Boquiabierta, observó los paisajes de Venecia, mientras aprieto contra mi pecho El libro de
la selva, como si fuera lo único sólido en un mundo que hace aguas. Fresia ríe y, como al
descuido, posa la palma de su diestra en mi espalda, solo un momento. La momentánea
sensación de seguridad y calor me anima a preguntarle si ella conoce de Marco Polo. Se le
encienden los ojos. ¿Dónde has oído tú de Marco Polo, Leona? Le cuento sobre El Libro, el
único que había en Quima distinto a los textos escolares, el devocionario Los quince
minutos y la Biblia, de páginas suaves y satinadas. Lo había hojeado solo una vez y se me
habían grabado imágenes del aventurero atravesando mares, montañas nevadas y dorados
desiertos. Bestias enjoyadas, navíos, un dragón... Esas imágenes me habían buscado. De
algún modo secreto, El Libro y yo combinábamos. Las primas me reprendieron. Ocultaron el
libro hasta que las polillas, el humo y la humedad dieron cuenta de él en un oscuro rincón
de la alacena, en la cocina de tía Florinda. Lo presentía, palpitaba de deseos por acariciarlo,
por sostenerlo y despertarlo con mis ojos, pero revelar mi fascinación solo me hubiera traído
burlas, reprimendas.
La doctora Camilleri permaneció observándome con distinto interés. Cuando vuelva a mi
patria, prometo traerte Los viajes de Marco Polo, en la más bella edición, dijo. Ella no
entendía, El Libro era uno y ya no existía más que en mi cabeza. Sin embargo, la atenta
promesa de Fresia me puso a volar y aligeró mis sueños por unos días. Mas, parte de mis
raíces, mojadas de ausencias, seguían retorciéndose.
Me duermo llorando. Cada noche es igual. Si pudiera ir al fondo de mi alma para labrarme
un cuartito a prueba de imágenes pavorosas y de la gruesa cepa y de Ruiz y de los
urbanizadores, que llegan a colocarnos en filitas, a inyectarnos, a meternos por los ojos las
cartillas de urbanidad y cívica, redactadas de puño y letra por la Primera Dama y su séquito
de amigas, impacientadas por las malas costumbres, los parásitos - en particular la
solitaria-, las malcriadezas, la prostitución, la ignorancia, y otros flagelos no menos
escalofriantes, peso muerto para el proyecto nacional de progreso. Los urbanizadores, en
Quima, siempre han cumplido sus funciones con tesón; sal en polvo sobre los brazos
sudados y las frentes ardorosas de expectativas. Inspectores, técnicos, intendentes
avanzan sin reparar en reacciones, propulsándose con sus excelsas voluntades de rescate.
Pero, cómo íbamos a progresar.
Fíjense. Los urbanizadores colocan letreros con instrucciones inapelables: Prohibido andar
descalzo. Prohibido mamarse los dedos.
Prohibido comerse las uñas. Prohibido sacarse los mocos de la nariz con los dedos.
Prohibida la vagancia. Obligatorio declarar a los nacidos. Obligatorio declarar a los muertos.
Obligatorio mantenerse de pie a las ocho de la mañana y a las cinco de la tarde — en
dondequiera que se encuentre, hasta en la letrina, el cementerio o el hospital—, mientras se
iza o se baja la bandera, y suenan las notas del glorioso Himno Nacional en todas las
emisoras, en las escuelas, cuarteles, fábricas, etcétera. Obligatorio tener diez tareas en
labranza. Que vengan cien muchachos sobre cien burros de los campos aledaños, que
estén en la poza de Jarabacoa a las diez de la mañana rayando, para protagonizar una
velada graciosa, de carreras y alboroto de borricos que distraigan al coronel de ocho años,
hijo adorado del Perínclito Jefe, que nos hará el honor de visitarnos. Una vaca, un buey y
diez gallinas ponedoras, premio a lugarecha con más de dieciocho hijos vivos. Una cerda
preñada y diez gallinas ponedoras, a la vieja que mejor baile el carabiné. Una junta de
bueyes, galardón a la mejor décima dedicada a la madrona que concibió en su vientre al
iluminado gobernante. Fijense en este progreso de burros y períncitos y urbanizadores
vocingleros.
Así era en el tiempo de Enmanuel, en el tiempo en que debía asegurarnos buena crianza.
En esencia, ¿cuál era ahora el progreso?

2
No, no es que sea valiente. Lloro a solas, después de rezar y de hacer cuantas promesas a
los santos a cambio de su mediación para que las máquinas no atropellen a Miriam, Brígida,
Lesabia o Antonio; para que Virgilio siga en libertad, para que Emilio esté feliz, para que en
las piernas de Beba no exploten las várices...
He comprometido mis cabellos, no cortarlos jamás; mis rodillas, caminar kilómetros como
Titi, el pollito lisiado que crie; mi estómago, decenas de ayunos; mis gustos, no volver a
jugar béisbol ni a treparme a los árboles; mi expresión, días enteros de silencio absoluto. ¡Ni
cien años me bastarán para cumplirles a los santos!, que me perdonen.
¡Fuerza la mía! Ya la habían probado dos pichonas de urbanizadoras, cuando aún me
asfixiaba en la pieza de Noraima. Quisieron machacarme por campesina, gritándome
delante de todos, ¡Abollada!, y asegurando que escondía alacranes en los pliegues de mi
vestido amarillo de organdí, con el que iba a diario a la escuela, hasta que una maestra me
llamó aparte a preguntarme por qué no vestía uniforme, por qué llevaba siempre la misma
ropa, y agaché la cabeza, cavilé un poco y le respondí que yo disponía de otros muchos
vestidos y blusas y faldas pero prefería el amarillo con lunares blancos y forrado de tafeta.
No iba a confesarle la real situación a esta afable particular, que se quedó escrutándome
con vaga incredulidad.

Los dos incordios, célebres por su trayectoria de conflictos, desplegaron sus hostilidades
contra mí justo cuando acababa de vivir el peor tropiezo en casa de mi hermana. Y bien que
combinamos los incordios y el Ellas retiraron el pirón a la olla de rubias energías que era
entonces mi mente, topándose con el arrebato de una campesina a la que ellas habían
pinchado muchas veces y a la que el maldito Comebrasa había manoseado y estrellado
hacía poco. Probaron el caldo cocinado en el fuego de mis desesperaciones, el ciego
contraataque de mis puños, mis patadas, mis pulidos reflejos. Y mientras golpeaba,
pasaban por mi cabeza, como exhalaciones, las instrucciones de Virgilio: si te toca pelear, si
es inevitable, no desperdicies energías jalando greñas ni insultando; propina puñetazos
limpios, que los nudillos impacten de lleno, sorprende con una patada, retuerce una mano,
un brazo de esta manera... Todo eso hice en tiempo récord, en el que también tracé dos o
tres nada elegantes arañazos en las caras de las hostiles.
Eran recias, hay que reconocerlo. Y debí encajar sus arremetidas en mi organismo, ya de
por sí adolorido. Machacada terminé, pero con la frente en alto, los ojos secos, la cara
limpia y actitud de quien ha obtenido una victoria.
Como se trató de un dos contra una, la directora me eximió de castigo y, si no vi mal,
apenas disimulaba su satisfacción cuando nos reprendía: ¡Qué cosa más fea, tres niñas
grandecitas dándose golpes, como tigueres! En los días que me restaron en esa escuela
pública, ya nadie osó insultarme. Siempre estaba en guardia, dispuesta a tumbar a
cualquiera con el susto acumulado en mi alma.

3
Ignoro qué sentimientos me despiertan Fresia y el ingeniero Belasi. Pero al escucharlos
evaluar la adopción de una recién nacida, el corazón me dio un vuelco. La criatura tenía
cuarenta y dos días y aún no aparecían familiares. Recordé a Sebastián y sentí una
punzante ternura por la abandonada; sin embargo, no pude evitar una mezcla de alivio y de
consternado afecto cuando más adelante, la doctora Camilleri informó a su esposo que se
había presentado la abuela de la bebé, una abuela de treinta y pico de años, procedente de
un lejano lugar en el sur llamado Jaquimeyes La afligida abuela explicó que su hija se había
venido sintiendo mal desde el principio del embarazo. Dos veces acudió al hospital de
Barahona, pero los síntomas no cedieron con las medicinas, casi incosteables. Tampoco
mejoró con remedios caseros. Dado que era una primeriza demasiado tierna, decidieron
que viajara a Santo Domingo para que la examinaran los especialistas de la Maternidad.
(¿Por qué le permitieron viajar sola? La familia apenas logró juntar el dinero para un pasaje.
En la Capital vivía una prima. Era quien un mes atrás, viendo el color mortecino de la
muchacha, la había instado a acudir a Santo Domingo). En la calle, a menos de dos
cuadras de su destino, la joven preñada se desmayó. Los transeúntes la cargaron hasta la
Maternidad. Presa de un ataque de eclampsia o frenesí, falleció en menos de dos ho-ras. La
doctora Camilleri estuvo entre los médicos que lucharon por salvarla. La rápida cesárea
permitió que viniera al mundo la hija, solo momentos después de que la madre partiera.
No me quejaría jamás por los kilómetros que me separaban de Beba ni por los
interminables meses lejos de mi familia. Ya las máquinas en mis sueños perderían
velocidad. Yo había gozado de años junto a mi madre, la criatura del caso ¡tal vez
segundos! Qué oportuna la aparición de la abuela. Cómo habría sido el corazón de esa niña
si nunca, nunca, hubiera estado con los suyos. De ahí lo punzante de mi simpatía hacia la
desconocida. De ahí que las dulces y lacerantes emociones en las que anidaba al ángel
Sebastián se agitaran para luego asentarse.
La doctora Camilleri parece leerme cada vez mejor. Me lleva al paso. Posee una estantería
colmada de libros y muchos otros en cajas aún cerradas. ¿Está más que satisfecha con mi
eficiencia y disposición para el tracio (antes ella y el señor Giorgio se habían negado a
emplear sirvienta), No más muñequitos, no más historietas, Leona, ¿está lista para leer
páginas sin dibujos ni indicaciones?, me dice. Ahora, oye bien, debes fijarte en los títulos y
en los autores.
Y dejar que tu gusto guíe el orden de lectura. Cuentos de Andersen
(El patito feo", "Juan el bobo", "La niña de los fósforos", "Pulgarcita, "El traje nuevo del
emperador", "La princesa y el guisante" y "Las flores de la niña Ida"); Mujercitas (de Louisa
May Alcott), Las aventuras de Pinocho (Carlo Collodi), Platero y yo Juan Ramón Jiménez),
Alicia en el país de las maravillas (Lewis Carroll). Adelanto algunos pasos por un mundo
que me acomoda y deslumbra.
Ahora, de noche, leo y rezo; rezo y leo, hasta sumergirme en un profundo sueño poblado
por criaturas y objetos comunes que cobran estrambótica vida. La mutación, en vez de
asustarme me involucra. De pronto, son otros e íntimos: los burros, los guantes, las barajas,
los gatos, los espejos, las covachas en los árboles, las chambras, el jarro. Por donde antes
asomaban culebrones, surgen mininos parlantes y ensombrerados, surge Jaguar con una
sombrillita roja y unos zapatitos del mismo color encaminándose a toda prisa hacia un lugar
encantado. Los curíes, que antes se reproducían para saciar nuestra hambre, ahora se
emparejan, paren y se multiplican para ir añadiendo tramos a una hilerita perfecta, blanca y
negra, que atraviesa los prados, trepa por la montaña y bordea ríos y mares en su camino
hacia las antípodas.
El manantial, los fósforos, el guisante, la oruga..., convidándome a fantásticos ámbitos
donde se animan. Entonces, conejos, niñas, pajuiles, garzas, enanitos, luceros, Coco,
Jaguar, Batalla y yo atravesamos los espejos acuosos, el tupido y resplandeciente follaje, el
tremolante océano. Y, aunque esté dormida, avanzo al fondo de mi alma, en donde edifico
un cuartito invulnerable a máquinas, cascos blancos y lengualargas saliva de sierpe. Allí,
encerrada en mí misma, permanezco con los míos. Y, aunque ellos lo ignoren, deben
sentirlo casi tanto como yo.

4
Cantas en la noche, como un tui, me informa la doctora. Un tui es un pájaro mielero, muy
listo. Su canto es más notable durante la luna llena. No me gusta del todo que me compare
con un ave, y menos aún con una que desconozco. Fresia ha vivido en muchos lugares y
conocido cuántas criaturas, pero a mí me mira a veces como si fuera lo más raro del
mundo. Quizás, pienso, me compara con un pájaro. No te alegra nuestra música, me dice, y
me regala un radio transistor para que escuche lo que me plazca.
Carece de bulbos y funciona con pilas. (Tal vez sea cierto que, si entra la luz de la luna y
me baña durmiendo, yo cante). Subo el volumen de la música. Mencionan el baile del twist,
y deduzco que se refieren al pájaro que canta en plenilunio. Ahora sé que también baila y
que los jóvenes tratan de imitarlo. No comprendo nada, pero la música me alborota la
sangre. ¿Qué es esto? Me remuevo como las hojas del palo de viento con la brisa variable.
Los bocinazos en la calle me hacen pensar que todos escuchan, participan. (¡Bajen esa
música del diablo!, truenan abajo. Y otro día el grito fue: ¡Transculturados imperialistas del
coño, apaguen ese maldito ruido!). ¡Uf! Bajo el volumen, sorprendida por la ira en la
vocinglera orden. Voy del radio al lavadero, y de la estufa al radio, no quiero dejar de
escuchar y bailar. Muevo de sitio las cajas llenas de libros, arrojo cubos de agua por los
rincones, debajo de las camas y hacia las paredes. Abrillanto los espejos y los cristales de
las puertas. Y me meneo, como si mi cuerpo compaginara con las alegres olas de esa
música foránea. También bailo otras músicas. En realidad, todo lo que suene, hasta
anuncios comerciales.
Brinco con un pie, con el otro. Muevo la escoba a ritmo de batón ballet. En pocas horas todo
reluce, ordenado, fragante. Al mediodía he preparado la comida y me empiezo a alistar para
el colegio.
Rinde mucho, demasiado, observa la doctora Camilleri. Gracias a la música, pudiera
reponer, pero la verdad es que las labores se me facilitan porque usted me permite trabajar
en paz y aquí hay
agua abundante.
Contrario a lo que pretenden hacernos creer los urbanizadores, la gente de la ciudad, en
general, es blandita, alardosa. ¡Si se vieran en el campo! Allá hay que acarrear el agua
desde el río o el manantial, buscar la leña en el monte, desenterrar las batatas y las yucas,
desgranar los guandules, tostar el café, majar y desgallar el arroz, tumbar los aguacates,
retorcerle el pescuezo al pollo. Aquí, todo está a mano, y eso es queja y queja. Se lamentan
del sol, del calor, del polvo, de que no llueve o de que llueve mucho; de la basura regada,
pero no barren el contén porque este es parte de la vía pública, no de su patio. ¡Que vayan
a Quima! Allá no solo limpiamos las cunetas y la orilla de la carretera, sino que hacemos las
escobas y los palos para las escobas y los desinfectantes. En la Capital, lo malo es el
bochorno, el apiñamiento en los barrios, la fetidez de los baños comunes, los tiros y las
explosiones por la noche.

Capítulo trece
1
Noraima alumbró mellizos. Le regalé un paquete de pañales de algodón e imperdibles con
cabeza de peces, rosa y azul, comprados con el dinero que ganaba. Para mi alivio, a Ruiz
sus superiores lo habían enviado a Puerto Plata, pero podía aparecerse en cualquier
momento, informó mi hermana. Llegó Beba, dispuesta a cuidar a su hija parida por lo menos
durante una semana (dijo que también había venido a verme). Yo la miraba ansiando
preguntarle por Emilio, pero ella dejaba resbalar esta mirada desasosegada. Había dejado a
Antonio, Brígida, Lesabia y Miriam bajo la tutela de tía Florinda. Estuvo al abrazarme
cuando le entregué un rollito de pesos, mas se contuvo.
La sorpresa mayor fue la aparición de Virgilio, quien se valía de audaces tretas y secretos
vínculos para seguir el curso de nuestras vidas. Elegía momentos únicos para apersonarse.
Me atoraba de dicha, ¡mamá!, ¡Virgilio! Cada vez que escudriñaba a mi transformado
hermano, sentía como si pájaros calientes me rellenaran el rostro con su canto, sus
sacudidas, su imposibilidad de volar.
Ansiaba hacerle cien preguntas. No podía con el denso sentimiento, entreverado de estupor
y júbilo, al saberle alejándose por un rumbo proceloso; sintiéndole, al mismo tiempo,
misteriosamente íntimo y alerta ante los avatares de nuestro destino. Marea semejante a la
que me arropó el último momento que vi a Sebastián, cuando Noraima entraba con él al
vehículo que les transportaría a la Capital. Era una urdimbre de consumaciones. La de
Sebastián, la de Virgilio. A este le abrían paso las callejuelas y los porosos mercados, las
tapias y los árboles, el río Orama, el largo puente metálico, las pulperías y la Universidad,
las procaces mansiones, las arriadas y hasta el mismo mar. El gentío se comunicaba con él
en una frecuencia histórica. Santo Domingo le trataba como a un igual. Virgilio sorbía
signos, tiñéndose, ciudad y hombre, de un idéntico tono, crepuscular o alboreado. Así, se
nos escapaba a nosotras, quienes lo amábamos con el alma, y nos amábamos en ese hálito
y en esa expectación compartida. Ahora prorrumpia en carne y huesos, para deleitarnos por
unos cuantos minutos, o tal vez una hora. Tiempo cualitativo como él mismo. En la esquina
más cercana se había apostado el hombre que le acompañó hasta la puerta de la casa de
Noraima. Este y Barbarín, el obrero del muelle, conversaban con la animación que distingue
a dos viejos camaradas. Isolina les brindó limonada y empanaditas de catibia.
Virgilio. A cada rato, entraba con cualquier pretexto. Casi babeaba. ¿De dónde lo conocía?
¿O solo había oído hablar de él?
Yo me comía a mi hermano con los ojos. Sin embargo, el hormigueo en mi piel y mi bestial
contentura podrían halar una sombra, un dolor. Qué vaina, Dios mío. ¡Si se quedara todo el
día!
La parida contribuía con lo contrario, alterada por la posibilidad de un encuentro entre
Chaguín y Virgilio. El compañero que está afuera me avisaría con un silbido, le explicó él sin
conseguir apaciguar sus nervios. Sé para lo que da Chaguín, repetía Noraima, metida en
miedo. No quería pensar en nada de eso porque mi hermano, rebosante de energía y
pasmosa tranquilidad, me abrazaba y yo me convertía en un ovillo de devoción y presagios.
(¡Cuánto tiempo sin un abrazo de nadie!). Tan pronto termine el año escolar, llévese
enseguida a Leona para Quima, conminó a mamá.
Al marcharse, a unos pasos de la puerta, le entregó un paquetito a Beba. De sus ojos
escaparon destellos nostálgicos, inciertos.

Algo brillaba en ellos que nos sobrecogía. Cómpreles una ropita a los mellizos, pidió. El
sobre de papel de estraza contenía una carta y cuatro papeletas de diez pesos. Cuando
mamá leyó el escrito se trancó en el baño. Noraima trató de sugestionarla para que no
fuese a zafársele alguna frase que enterara a Ruiz de la reciente visita de Virgilio. Hágalo
por mí, una mujer en riesgo, suplicó. Beba repuso: Ya no tienes que preocuparte. Virgilio se
va del país por unos meses. Guardamos silencio por un buen rato. Conscientes
las tres de que nada era lo que parecía.
En todo el tiempo que viví en Santo Domingo, solo esta vez vi a mamá y a Virgilio. Todas
las emociones vividas en esas horas me seguirían acompañando para largo. Mi hermano
comportaba el compás de los aconteceres y sus fisuras. Persistían en él los mismos
equilibrios y poderes que habían encauzado nuestro acomodamiento al mundo en los años
pesarosos que siguieron a la desaparición de Enmanuel. Mientras yo imploraba al cielo
protección para Antonio, Brígida, Lesabia y Miriam, amenazados por letales máquinas,
Virgilio, por sí solo, podía desviar el camión que se aproximaba a toda velocidad, la
máquina de la historia.
(Era la impresión que quería darnos). Me inhibía de ofrecer velas y oraciones por su suerte,
pues no sería de su agrado. Él supo y sabía más allá de nuestro entendimiento. Su mente
otro mar de una sola orilla.
Con todo, me obstinaba en pulir un cuadro en el cual la familia completa aparecía reunida.
Qué duro es eso de coger cada quien por su lado, expresó Beba como si oyera mi
pensamiento. Estas palabras alejaron mi optimista imagen, lo mismo que el zumbido de una
piedra espanta a una cigua. La clave era Virgilio, Si el colocara a la familia como prioridad,
lograría reunirnos Sería como reclamar a su espíritu que nadara contracorriente. El
pretendía redimir al país, al pueblo.
Se produciría una revolución para restablecer al presidente constitucional, le explicaba a
mamá en la carta, e incluía un análisis de la crítica e inestable realidad del país. Ahí residían
sus motivos. Mamá debía preservar bien la misiva para después.
¡Después de qué? Una fría corriente nos aló el esqueleto. A Beba le importaban un comino
la causa y el pormenorizado examen del ambiente nacional y las proyecciones —que
además parecían dirigidas a descarnadas gentes del porvenir, no a nosotras—. La
institucionalidad, la Constitución, el imperialismo, la oligarquía, la corruptela, los
usurpadores... ¿qué vainas eran esas? A mamá podrían notificarle el fin del mundo en ese
momento y lo único vibrante y pavoroso seguiría siendo la sospecha de que su hijo
predilecto ya no la abrazaría nunca más.
Beba estaba en ascuas. Por el semillero de viviendas en donde se enclavaba la de
Noraima, corrían toda suerte de rumores. Ella no sabía sobre política, salvo las molestias
acumuladas; salvo que, por si las moscas, a los políticos, cuando se presentaban, había
que mostrarles cara de beneplácito y batir palmas con el pico cerrado.
Imposible pensar en Virgilio como un político. Nada más distante a su carácter.
Incomprensible, todo.
Isolina subía adrede el volumen de su radio para que los noticieros se oyeran nítidos en la
pieza vecina. Huelgas, choques, ultimátum, declaraciones de los universitarios, de las
mujeres, de los portuarios, del gobierno provisional, de la OEA, de las Fuerzas Armadas, de
los comerciantes. Y Virgilio involucrado de incógnito en la tupida maraña, que escondía,
según él, la gran claridad.
Esto perturbaba, pasmaba el sueño. Aquel asunto que, incitada una desnuda seguridad, un
resplandor, en las pupilas de mi hermano y traía de cabeza a tantos jóvenes, la flor y nata
de la juventud democrática, para nosotras denotaba un peligro, un equívoco que nos
desgarraría de improviso.
Si Virgilio fuese como todo el mundo. Si no lo amáramos tanto. Si estuviese presente al
despuntar de los días. Pero era el juguete de una amante tan pecadora como ambigua, tan
feroz como irascible. Era el apoderado de lo volátil, de lo cálido y dulce.
Beba estaba aturdida de sentimiento por Virgilio. A vieja no deseo llegar. Quiero que me
parta un rayo o se me detenga el corazón antes de saber que un hijo mío ha muerto,
murmuraba, mientras bañaba a los recién nacidos de Noraima, asistida por Isolina, quien
les cambiaba la gasa del ombligo.
¿Qué dice usted?
—Ver morir a un hijo es la única cosa que no aguantaría viva
-respondió mamá con gesto serio.
La enfermera, creyendo que se refería a los mellizos, de bajo peso por prematuros, dijo:
—No se apure, doña Beba, que esta niña y este niño sobrevivirán, como que me llamo
Isolina. He atendido a bebés que han nacido de tres libras y luego crecen fuertísimos. Los
mellizos nacen benditos y atraen buena fortuna a su familia.
Beba debía sentirse muy trastornada para estar mencionando la muerte mientras tocaba a
las dos criaturas. Un sacrilegio, pensé, observando los frágiles cuerpecitos. La hembra tenía
la carita idéntica a la de Sebastián. Al acercarme a la cuna me asaltaban la risa de
Sebastián, la mirada de Emilio, una espejada imagen de Virgilio y, a pocos pasos, la
hambrienta sombra, esa que embiste cuando el sentimiento grande se enseñorea de una.
Olía su espectral ferocidad, en tensión los bordes de mi mente, sintiéndome como una
plántula de moriviví. Mejor mantenerme distante de los recién nacidos. Más adelante, mis
aprensiones cederían. Los sábados por la tarde, bañaría, empolvaría y mecería a la niña y
al niño, sin permitirles roce con la esencia ardiente, plácida y dúctil, que me mojaba el
corazón con Sebastián, con Emilio y con Virgilio.

2
Fresia y el ingeniero Belasi retornaban a Italia. En los últimos meses sus diálogos
denotaban sombrías preocupaciones por la atmósfera conflictiva de la ciudad y su
impredecible futuro.
Al partir, manifestaron que les impelía una situación familiar, el deceso de la anciana madre
de Fresia. (Recluida en una institución por su debido a demencia enil. ¿Por qué la hija no
acogió en su hogar a la madre desvalida? Misterio. En Quima hasta los malditos y
desgraciados, como el marido de Calixta, se condolían de sus viejos, jamás los condenaban
al aislamiento. Otro misterio de la pareja: hasta ese momento no me habían concedido
vacaciones ni nadie les había reclamado. Isolina decía que temían por
"mi seguridad y mi progreso". En el verano me habían inscrito en clases particulares. A un
pobre el agradecimiento puede sofocarle, cohibirle, y yo me descubrí más agradecida que
Coco. La profusa gratitud y la abundante comida me tornaban insoportablemente dócil.
Estas cosas las cavilaba de regreso a mi casa, dos años después de haber partido).
La pareja, además, debía arreglar un asunto de herencia. Estaría retornando a final de
junio. Todo ese tiempo me lo iba a pasar en Quima. Fresia había hecho los arreglos
pertinentes con la directora del colegio a fin de que yo no perdiera el año escolar. Mi
maestra principal me había asignado tareas en todas las materias y marcado capítulos para
lectura en distintos libros. De vuelta a la ciudad, tomaría los exámenes.
Ignoraba si les extrañaría. Me sentía oscilar entre una hijastra bien valorada y una sirvienta
que goza de inusuales consideraciones. De cualquier modo, en el fondo de mi alma había
cristalizado un grato aprecio, sellado por el último gesto de Fresia.
La noche anterior a mi partida, se sentó conmigo en la mesa, ante dos vasos de limonada y
galletitas de chocolate elaboradas por ella. Con toda seriedad, me formuló una petición
rarísima: Leona, me gustaría que en tu memoria me asocies al libro Los viajes de Marco
Polo. Y en verdad, este momento iba a irradiar en mi memoria. La pálida Fresia, de
profesión estable, largo matrimonio, gustos refinados y ajena a la opulencia, distaba mucho
de un espíritu aventurero. Razón, tal vez, para que le fascinase el joven veneciano,
prisionero de guerra. Porque existió imbuido de la sed de conocer por sí mismo. Y en
remotas comarcas, anduvo por susurrantes desiertos que nombran a los viajeros y les
devoran, por heladas montañas y cuencas de sal ardiente, por el mar negro y el monte de
Ararat -donde encalló la barca de Noé—. Y con sus propios ojos, contempló manantiales de
petróleo, minas de rubíes y de lapislázuli, dorados templos, aves flamígeras y animales úni-
cos, como el guepardo y el halcón, y a las numerosas cortesanas de brillantes y rasgados
ojos negros, concubinas del emperador mongol, Kublai Khan, el más poderoso del mundo.
Y con sus propios dedos, tocó seda, montaña de seda, al capullo del gusano de seda, las
rocas y los riachuelos de la ruta de la seda, y al ave fénix, la que resurge de sus cenizas. Y
combatió en medio de tormentas de polvo con los karaunas, bandidos capaces de producir
oscuridad a su antojo y conveniencia. Y encaró a guerreros tártaros, capaces de sobrevivir
alimentándose de la sangre de sus caballos. Marco Polo pernoctó en Cachemira,
Badajshán, Constantinopla; en Saba, desde donde partieron los Reyes Magos hacia Belén
a testificar el nacimiento de Jesús; y fue huésped del Gran Khan en un palacio de piedra y
mármol que ocupaba muchos kilómetros.
Formidable, Fresia, me encanta este adiós a la medida de tu afabilidad. Aviva mi admiración
por tu persona. Gracias por permitirme contemplarte y contemplarme en la gota de agitación
que encierras como una perla en lo más hondo. Pero, perdóneme doctora Camilleri, todo
eso, aunque grandioso, no es mi Libro.

Capitulo catorce
1
Al asomar el paisaje de Quima, hasta los mimes, los mariapalitos y las libélulas
proclamaban: ¡Bienvenida, Leona! Me recibían los pinos, la sucesión de montañas veladas
de luz azulosa, las curvas, los balbuceos de las hojas, mientras el carro de Coque subía y
descendía pendientes. ¡Ah! ¡Qué deleite, el reencuentro!
Ebria. Fresca. Rebullía desdibujándome en las cadencias, en el perfume resultante de
híbridas interacciones. Me hablaban, estoy segura. Sobre mi cabeza y brazos extendidos
por la ventanilla, el bosque y la tierra vertían su memoria de clorofila, minerales y rocío; sus
cíclicos movimientos, sus germinantes sombras. Y en las orillas de luz, y en las huidizas
cortezas parlantes, entreveía a Emilio, a Beba y a mis hermanas, a Antonio, Florinda,
Manuelico, Asunción, Ballilla, Martina..., cálidas raicillas con las que mi alma se adhiere al
mundo.
Coque farfullaba: A esta muchachita la traumatizaron. No tenía idea del significado de esa
palabra, pero la había escuchado reiteradas veces en la radio, tal vez en Kazán e cazador;
haciéndola suya quién sabe por qué. No pretendía copiar a Manuelico en cuanto a palabras
domingueras. Le complacía el destello de intriga en los ojos del prójimo cuando él
pronunciaba, con un acento obsceno, traumatizar, traumatizaron. *Mete esa cabeza, Leona!
Un camión te decapita en un tris. (¿Decapita? ¿Dónde aprendiste esa palabra chofer
Coque? De transportar gente por años del campo a la Capital y viceversa, además de oír
radionovelas, algo de civilización se le pega a uno, ¿no?). No, tú no sabes nada, chofer
Coque; apenas accedes a una o dos frecuencias humanas. A mí, de tanto
en tanto, se me revelan borbotones de sintonías.
Después de sobrepasar el precipicio del puerto, el trono de la virgen de la Altagracia,
amparo de la cúspide y de todas las incontables cruces blancas (porque resulta azaroso
contar los muertos), migas de savia pasan a mis pupilas. Saco la lengua. Absorben sol las
papilas gustativas, ¡ah! De la tupida alameda, se desprende de rocío. (¿Cuál rocío? A esta
hora, se evaporaría). Sí, estoy segura, los árboles bailan. Bienvenida, Leona. Lloran y ríen
sus hojas soliviantadas, rozándome los labios. Mis ojos se demoran en las nubes; se fijan
en la tierra blanca y verde expuesta en las rajaduras a la loma (como ese helado blancor -
cartílagos, grasa o hueso, no sé sobre la rodilla izquierda de Noraima, tras el limpio corte
que le hizo la afilada piedra).
Sueltos mis cabellos
-por promesa, no cortados en dos
años-, la brisa los enreda. (¿Te mareaste, Leona? ¿Paramos para que vomites?). De
arboleda a arboleda, zarpazos de luz blindan mi alma, pero el blancor persiste, abrasa
suave, cruel. Noto las incesantes chicharras. (¿Las escuchan ustedes? Ni un tísico las oiría
desde aquí). Siento las nubes de insectos copulando en pleno vuelo.
Descubria a cada una de mis hermanas, descubría a Beba, a
Antonio, a Martina, a Manuelico, a cada gente. Descubría las lagartijas verdes, el rechín de
los limones, la babosa azúcar de las peras, la gallina grifa, a Coco. Ellos me respondían a
su modo.
¡Ah! ¡Ummm! ¡Cónchole! ¡Ni el diantre! Les asombraba mi pelo larguísimo y despeinado, mi
botada alegría, el desodorante en mis axilas, la fragancia de limón dejada por el champú,
mis aritos de ámbar y plata, la flor de seda prendida de mi blusa.
Emilio no aparecía a recibirme, qué extraño. Esperé hasta la noche. Entonces pregunté por
él. Beba me informó, sin más, que había enfermado de muerte. Los riñones no le
funcionaban. Hacia un año que se lo habían llevado para Nueva York.
Había ocurrido que a poco de yo salir hacia Santo Domingo, Beba, a solicitud de don Chelo,
le había vendido a Batalla a muy buen precio. El hombre estaba desesperado por
complacer a Emilio, quien andaba sin apetito, más callado y pálido que nunca.
Fue con su padre a recoger la yegua. Dice mamá que una sonrisa brilló en su rostro como
un relámpago en un cielo negro. Tomó las riendas. La miro con ternura y tristeza. Miró al
papá, dijo que él mismo cuidaría al animal y prometió que a mi regreso me lo regalaría.
Nadie le dio importancia a esta promesa.
En los siguientes días, con renovado aliento, Emilio se escabullía hacia el tramo de la finca
donde Batalla pastaba junto a los demás caballos. Un empleado de su papá se la ensillaba
y lo ayudaba a trepar desde el estribo hasta su lomo, y se lanzaba a cabalgar por los
alrededores. A pesar de los años, Batalla conservaba un galope seductor y era capaz de
brincar en limpio varias cuerdas de alambre de púas. En mi ausencia, se le habían disipado
todas las manchas oscuras. Ahora era blanca, conservaba el amarillo pálido como de luna
nueva en las crines y cola.
Una tarde, transgrediendo las disposiciones del padre, Emilio galopó largamente,
aventurándose hacia las estribaciones de la montaña, donde estuvimos la vez que deseé
perderme. Se apeó en el guayabal y atoró su espalda contra un tronco de pino para reposar
un rato; al cabo de unos minutos, cayó en un sueño soporífero, del cual fue sacado por
frecuentes punzadas de dolor. Con extrema dificultad logró encaramarse sobre la yegua.
Conforme pasaban los segundos, el malestar se fue intensificando, a tal punto que,
empapado en su sudor, se desvaneció. Por horas, Batalla aguardó la orden del jinete, cuya
cabeza, ligeramente ladeada, descansaba cerca de su cerviz. La luz solar se esfumaba en
el bosque y entonces la bestia, con pasos cuidadosos, emprendió el regreso. Todo el
trayecto mantuvo el mismo ritmo pausado, como si supiera que debía evitar que el inánime
jinete se deslizara de su lomo. Era casi medianoche cuando llamó la atención de mamá con
repetidos resoplidos.
Cuadrillas de peones, capitaneados por con Chelo, habían estado buscando a Emilio desde
el atardecer. Jodo Quima se hallaba en alerta. Dicen que don Chelo dejo escapar un sollozo
cuando Cacao le avisó que su hijo se encontraba sobre Batalla, en el patio de Beba. En un
centro privado de salud en Santiago dictaminaron que uno de sus riñones literalmente se
había consumido. El otro empezaba a fallar. Era una enfermedad que venía de lejos. Tal
vez en el extranjero lograran alargarle la vida. Quien sabe si hasta lo sanaran. En el país se
carecia del instrumental necesario para enfrentar ese grado de daño renal.
¿Por qué no habia incluido a Emilio en mis rezos y promesas?
¿Por qué lo deje a su suerte, en las afueras del anillo protector formado por mis intenciones
y penitencias? Vagué por el monte sintiendo que la tierra se rajaba a mi paso. No debía
derramar ni una lágrima porque, si lo hacía, en esa lágrima se ahogaría la esperanza de
volver a ver a mi amigo en salud.
Brígida se había pasmado en su crecimiento y, al igual que Antonio, exhibía cicatrices de
ñañaras sobre los tobillos y más abajo de las rodillas. Las cejas de Miriam se le habían
unido sobre su nariz, contrastaban con la claridad de sus ojos. El corte de pelo de Lesabia
dejaba su rostro desamparado, realzando el rosa subido en sus mejillas. El labio superior de
Beba se había plegado un tanto. Ser madre es algo grande, exclamaba una que otra vez,
sin poder contenerse. La maternidad había desalojado su propia existencia para atestarla
de las circunstancias de nosotros. Gordas várices serpenteaban por sus piernas. Se le
hacía difícil enmascarar el jolgorio que mi retorno le despertaba.
Vapor de caramelo, maíz asado, tremencina, cebolin, aji caribe, tierra llovida, leche
ahumada, limoncillo, orégano poleo, moritas, cajuil, caimitos, menta, dulce de guayaba...,
nombraba con mi saliva y al nombrar revivía sedosos vínculos. Alineaciones.

En los libros habia aprendido otras magnitudes de lo conocido hasta entonces. Aprenda que
las bestias devoran luz en forma de hojas, que los humanos dependen de la luz-hoja-carne.
Los urbanizadores tienden a soslayar que en los bosques se produce oxígeno y en los
campos el alimento de todos. Mi mirada había traspasado a los urbanizadores. Había
comprendido que sobre ellos dominan los funcionarios y sobre los funcionarios rigen los
extranjeros y sobre los extranjeros otros extranjeros.
Entre grayumbos, pendas, palo amarillo, pomarrosas y copeyes me desplazo. Palpo, olfateo
cadillares, llantén (cicacrizante de heridas), semillas de zapote (para la tosferina), verdolaga
(paramatar el amor en tiempos catastróficos), romero, mamón, lima, greifú, cilandro, ojo de
buey, jaibas, arcilla, ciénaga, chorrera, manantial. Recorría con las yemas de los dedos los
brotes de lechuga.
Espantaba las gallinas de los aleros. Me escabullía entre los breñales y rompezaraguelles,
arañándome. Resquebrajada de sed, me subía a los árboles de pera, en procura de
juguetes que una vez escondí sobre sus ramas (Dios, perdóname, si prometí jamás
treparme a los árboles). Le torcía las orejas a Coco y me revolcaba con el sobre el piso de
la cocina, de tierra apisonada. Y en el guayabal, voceaba ¡!aaaaahhh!!! hasta las lágrimas.
Brígida, Lesabia y Miriam me perseguían impresionadas.
Beba se mordía los labios y atizaba el fogón, quién sabe cuáles pensamientos le estarían
cruzando por la cabeza. Imposible explicarles las ansias que me escocían y las huecas
burbujas en el sentimiento. Mis compulsiones eran como avispas desarboladas. Oír a los
barrancolies chi-cuí, chi-cuí, y prender mis pupilas en el verde, rojo, gris y negro de su
diminuto cuerpo.
Avanzar como escarabajo entre la hojarasca, estirarme entre dos ramas, piruetear sobre la
yerba pangola. Luego, barrer con mi cuerpo la pendiente, que el pubis se golpeé con los
terrones y se abrasen mis manos; rodar abrazada de mí. Que en el charco las baítas
depositen sobre mi ombligo sus nerviosos trazos y los pececitos mordisqueen mis uñas, en
tanto el cielo escribe con relámpagos una historia.
Ansiaba vocear a todo pulmón ¡Emilioooooooo! ¿Dónde estás? ¿Qué te duele? ¡Regresa!
Quería batear una pelota de béisbol frente a Mambrú, comunicarle al maestro Alcides que al
llegar a Santo Domingo yo misma había acudido a la escuela a inscribirme y que, con las
matemáticas y anatomía aprendidas de él, conquisté a la directora. Contarle de Alicia en el
País de las Maravillas y del Principito y La Bella y la Bestia. Se iba a complacer con mis
lecturas.
Ya te quedaste sin marido, me embromó la incorregible Eder-mira, ladeando la cadera y
riéndose con sus dientes cariados. Los ojos se me humedecieron en desesperada ira.
-Pero ¿es que tú no sabías? --agrego.
-¿No sabía qué? --le repliqué desafiante.
-Que a Emilio no lo parió doña Miguelina y que siempre fue un enfermo. La ictericia. La
hinchazón -respondió de golpe la vecina, para enseguida callar, sobrecogida por el aire de
la ciudad que yo aún portaba.
-Ay, esa hija suya --le dijo a mi madre, mientras se retiraba meneando ostentosamente las
caderas Esa va a renegar de este pobre campo, como san Pedro negó a Jesús.
-¿No sabía qué? - casi le grité, retándola. Soltó una perorata que se iba perdiendo mientras
avanzaba hacia su casa, atravesando la calle con un poco de nervios. Pero capté sus
principales palabras.
Que Emilio es hijo de don Chelo, no de doña Miguelina. Qué hiel la de una madre que
abandona a un niño enfermizo.

2
Pasé una semana retraída, haciendo oficios con mis hermanas, con pocas ganas de hablar
y menos aún de circular por el monte. Temiendo que intrigaran sobre nosotros, no me
atrevía a mencionar a Emilio. Tampoco confesaba mi nostalgia por Batalla.
Empezaron a colegir que yo estaba extrañando "los lujos" de la Capital. Pero Beba intuía el
motivo de mi actitud. Se decidió a algo poco habitual, conversar conmigo, solas.
Tartamudeando a veces, y con obvio esfuerzo, me dijo: A Emilio vino a procurarlo una mujer
de cara joven, aunque su cabeza parecía cubierta de copos de algodón. Cacao, que estaba
podándole el jardín a doña Miguelina, me contó que, nada más llegar, la forastera montó en
cólera, enzarzándose ella y don Chelo en un dime-y-te-diré:
"'Mujer, abandonaste a tu hijo, se te hizo tarde para reclamar".
*¡Simeón, los años no te han enseñado más que vileza! Te confié a mi hijo y tú le
envenenaste la mente contra mí. Lo retuviste con malas artes, de manera ilícita,
sobornando a los administradores de Justicia, en tiempo en que mis condiciones ya me
permitían tenerlo conmigo". "¡Resentida! Agradéceme. Por su bien sustraje a Emilio de la
perniciosa influencia de tu alocada familia". "Solo un espíritu abyecto puede animar tal
injuria". "Celosa como una perra, eso no tiene cura.
Esos dos se siguen queriendo de maldad, opinó Cacao, dejándose llevar por el ardor que
desprendían las dos personas. Las fricciones marchaban a la par de los viajes a Santo
Domingo y a Santiago en busca de opiniones de especialistas sobre el estado de Emilio. No
tiene cura, reconfirmaban estos, por lo menos en este país. El niño vivía de prestado. Doña
Miguelina y don Chelo lo supieron desde siempre. Por eso lo dejaban moverse silvestre por
Quima. Si se iba a morir de cualquier forma, para qué meterle a colegio u obligarlo a cumplir
reglas. La dama blanca era de otro parecer: lo habían descuidado porque eran un par de
insensibles.
El enredo procedía de antaño. La dama blanca se había unido en matrimonio con don
Chelo. Entonces, tenía el pelo negrísimo y él era Simeón Caramora. El padre de ella, un
célebre médico, y sus dos hijos varones, se enemistaron con el gobierno de manera
temeraria y perdieron todas sus propiedades en un dos por tres.
Simeón (don Chelo) dijo que su conciencia lo forzaba al divorcio, única vía de cortar por lo
sano con el núcleo declarado en rebeldía, el apellido maldito. Así les habló a los suyos,
mientras ante la esposa embarazada alegó que era posesiva incorregible y eso lo mantenía
sobre ascuas, situación inaceptable para un hombre.
Esos fanatismos del corazón son llamas del infierno, expresó. Con las manos juntas y de
hinojos, la mujer le suplicó que la comprendiera. No sabía que sus ñoñerías, su nerviosismo
por las celadas que le tendían a su familia y las precauciones que se veía obligada a tomar
le estuvieran afectando tanto a él. Cambiaría todo en aras de su tranquilidad. A toda costa
pondría en primer lugar su relación de pareja, la seguridad del bebé.
Pero Simeón (bautizado después como Chelo por Miguelina)
adelantaba por vía paralela. ¡La vida es una sola y si tú sabes que pueden destruírtela en
un gas!, qué no harías para evitarlo, se decía. Anduvo corto de respiración hasta que se
supo alejado del apellido maldito mediante el divorcio, un divorcio adrede publicitado. En
ese punto, ya habían eliminado a uno de los hermanos y a un tío de la mujer (años después
apuñalarían a un sobrino de solo catorce años). Sobre los días que le restaban al célebre
médico se realizaban camufladas apuestas en las páginas de un periódico.
Emilio apenas cumplía los cinco meses cuando a la hostigada familia de la madre se le
presentó una oportunidad de oro para abandonar el país en un buque de carga inglés que
se dirigía a costas venezolanas. Los arreglos los había llevado a cabo un amigo
diplomático. Sin embargo, el médico estableció que prefería la muerte antes que partir sin
su única hija. Las cosas se complicaron, a la sazón Emilio sufría de una grave neumonía, el
viaje podría resultar funesto. En esta encrucijada, la madre del pequeño lo confió a la tutela
de Simeón y a la abuela, madre del hombre. La habían convencido de que el depravado
gobierno en breve se derrumbaría. Entonces, ella recogería a su hijo, para educarlo como
ciudadano libre.
Simeón adoptó el papel de mártir. La celosa disidente lo había dejado a cargo del hijo con el
único fin de estorbarle el camino hacia otra pareja. Los ardores del sentimiento tiranizan
hasta al afecto maternal. Su mamá y sus hermanas se compadecían de él.
Y a la pragmática señorita Miguelina, cortejada por el divorciado desde hacía meses, no le
cupo ninguna duda de que él había sido víctima de una arpía, una pésima madre, una mula
antigobiernista.
Beba paró de barrer el suelo de la cocina. Apoyó su cuerpo en el seto, frente al fogón y se
enjugo el sudor con un trapo. Hablarme como a una igual la perturbaba. Con la punta del
palo espantó una gallina que picoteaba residuos en los platos amontonados en el fregadero.
El ave cacareó y revoloteó antes de alejarse. Con el madero de la escoba casi abrazado y
mirándome como insegura de lo que hacía, prosiguió. Los lengualargas murmuran que
Simeón, luego de unirse a Miguelina, ejecutó maldades con cal de que lo desvincularan de
su exmujer, cuya familia, ya empobrecida, seguía combatiendo al gobierno dominicano.
Beba miró hacia todos lados, confirmando que nadie espiaba sus palabras, y en tono quedo
prosiguió
-Lo peor, y eso hay que pensarlo bien antes de repetirlo, so pena de caer en falso
testimonio y mentira, además una nunca sabe, y cierto es que la boca es el peor enemigo
del alma, porque el habla esclaviza, por la boca muere el pez.
-Déjese de tantos rodeos, mamá, que nadie más la está oyendo --le dije, aproximándome
hasta la esquina opuesta del fogón.
Mi cercanía, mis ojos ansiosos desayudaban. Enrojeció ligeramente y frunció la cara. Sus
ojos achicados no se enfocaban en mi ni en nada. Permaneció callada un rato. Las dos nos
mantuvimos inmóviles. Luego, ella se sirvió un jarro de agua y me ofreció un vaso. Lo tomé
y lo puse en la meseta del fogón. Después de sacudirse la nariz, prosiguió. Había
empezado y no la iba a dejar que parara. El cuento me hubiera importado poco si no tratara
de Emilio, el ausente, el enfermo, el quizás sepultado.
-Ahora murmuran que si esto, que si lo otro. Si a la gente la dejan soltar la lengua, ¡qué
debacle! Ya nadie sabe dónde parare.
mos. Miren al Turco, tan listo, y ahora se sabe que él... Y de don Chelo, ¿cómo íbamos a
suponer eso? No sea.. ¿Quién sabe la vida de cada uno antes de mudarse aquí? La
montaña, un escondite...
¿Y si solo son chismes malévolos? El Turco en otros tiempos...
La interrumpi, exasperada, no quería oír nada del sacamuelas.
Con medida suavidad le solicité que me siguiera contando sobre
Emilio.
- Dizque don Chelo (Simeón), a espaldas de Miguelina, seguía en contacto con su exesposa
y la embullaba con su supuesto amor.
Las informaciones que obtenía de ella las pasaba al servicio secreto del gobierno. Así fue
que supieron de los complots de los exiliados.
¡Absurdo!, la madre de Emilio no podía ser tan idiota, excla-}mé, ya incómoda pensando
que mamá evadía ir al grano. ¿Y tú qué sabes? ¿Qué no hace una mujer asfixiada? ¿Qué
no hace una mujer celosa? ¿Qué no hace una madre alejada de su hijo? masculló Beba,
encarándome. ¿Esa era yo, Leona? Rarita, siempre rarita.
Ojitos alagarteados. Tenía ella la confianza de hablarme, y mírenla cómo exige. Y yo,
sosteniéndole la mirada, pensé: Donde no pasa nada, pasa de todo. Esto no es una historia
romántica. Un corazón con una flecha enterrada. Cuénteme, mamá, pero no de gobiernistas
y anti gobiernistas y complots frustrados. Cuénteme de Emilio.
Cuénteme sin que yo pronuncie su nombre. ¿No ve usted mi ansiedad? Ajena a mis
pensamientos, Beba prosiguió, divagó.
¡Santísimo! La lengua nos ha crecido en estos últimos años.
Ahora la gente ataca con sus rencores en vivo, jeh! Una calamidad, la lengua se orea en
público. ¡Hmmm!, pero quién quita que haya algo de cierto en estas barbaridades. La
política emponzoña a hermanos y vecinos, les saca su impulso de gallitos de pelea. La
política ha sido una desgracia, me lo decía mi mamá, que lo sufrió en carne propia. Don
Chelo, con codo, no es de los que comparten el orgullo del perro. A fin de cuentas, después
del ventarrón los árboles que no se cayeron cogen fuerza y se enderezan.
Martina, seguida por su comparsa de hermanas y hermanos, interrumpió la conversación
más extensa que había sostenido con Beba en toda mi vida. La más extraña. La comadre
venía a mostrarme que mi ahijado sabía decir, Leona, madrina. En realidad, balbucía lona
ina. Ante cada palabra se le montaba una fiesta de exclamaciones, aprecones, bailes y
brincos. Y Edermira decía: Ustedes ven, lo que yo decía, un niño es la alegría, la chispa de
una casa. Y del gesto festivo pasaba sin pausa a una contracción facial para añadir: Aunque
lo haya engendrado un aguajero, atronado, bolsa rota, que en el lugar de los sesos tiene un
toto. Ojalá lo parta un rayo. Aludía a Mao, quien luego de preñar también a Virtudes, la ex
de Manuelico, seducía a la hermanita de Mambrú, y le regalaba puercos y chivos al padre
carnicero. El inmoderado agricultor acababa de pasar ufano por la carretera con un cerdito
chillón acomodado de panza en su sólido cuello. El montaraz dueño de cafetales y de no
pocos sembrados de maní y habichuela por Guaigui, agarraba las patas del animal a ambos
lados de su rostro lascivo y feliz. El enamoramiento lo emborrachaba y lo funia,
convirtiéndolo en un tipo generoso, pero solo con la pretendida y sus parientes cercanos. Al
hijo de Martina no le suministraba un chele, de ahí los piques de Edermira Vilabrille y el
nerviosismo de sus manos soñando con retorcerle el pescuezo al privon como a un pollo.
Ellos pasando crujías --todavía Martina amamantaba al niño para acortar gastos y el
perverso que procreó a su nieto regalando marranos. Maldito pendejo.

3
Don Chelo nos devolvió a Batalla, cumpliendo un deseo de Emilio. Nos entregó también la
silla y la rienda que había estado usando. (Una silla repujada, elegante en demasía). Le
recalcó a la asombrada Beba una condición: Solo su hija Leona puede montarla, nadie más.
(¿Lo resolvió mi amigo antes de marcharse o era una decisión reciente?). Al hombre se le
habían hundido las mejillas (¿sufre?) y el nacimiento del pelo sobre la frente le habia
retrocedido un par de pulgadas. Los cabellos mismos se le habían transformado en hebras
casi invisibles. Todos sus rasgos faciales denotaban dureza apenas filtrada, pero también
tenía el aspecto de un convaleciente después de una paliza. Pronuncié por lo bajo su
nombre, Simeón Caramora, y recordé lo contado por Beba (la dama blanca, la porfía entre
ellos, los azares que gravitaron sobre el hijo de ambos). Él no era un típico urbanizador, ni
nada parecido, pero lo percibí tan ajeno cual si procediera de otro planeta. Sin embargo,
justo en ese momento, nuestros pensamientos podrían estar convergiendo en Emilio. Y a mí
me estremecía; la imagen del amigo, como extravagante ola, desplazaba todas las
emociones que no le concernieran. ¿A qué se debía el silencio que mantenía la familia
desde que Emilio partió? ¿Por qué no circulaba ninguna noticia sobre él? Ni siquiera los
alertas peones lograban pescar la más mínima información. Sacando valor de no sé dónde,
enrojecida de pies a cabeza y esforzándome por mantener derechas mis rodillas, proferí la
pregunta: ¿Cómo está Emilio? Y pronunciada esta frase, otras afluyeron espontáneas por
mi boca: ¿Vive en Nueva York? ¿Ha mejorado? ¿Le escribe? ¿Cuándo regresará a Quima?
El comerciante, quien por segunda vez en su vida pisaba nuestro patio, volteó el rostro,
blanco, algo cruel, tal vez contrito. En cosa de segundos su camisa, en la zona de las axilas,
se mojó de sudor.
Beba me dio un tirón de mano, como si yo acabara de cometer una atrocidad. Tras un par
de dilatados minutos, don Chelo giro sobre sus talones y se marchó con la cabeza erguida.
Yo me alejé con Batalla hacia el bosque. Sentada en la hojarasca, bajo la sombra del palo
amarillo, rompí en llanto. Lloraba y pensaba que estaba ahogando en las lágrimas la
esperanza de volver a ver a Emilio en salud. Eso me producía un sencimiento ran
tormentoso como si lo estuviera matando a golpes de sollozos.
Los mayes me picaban en masa. No me molestaba en aplastarlos.
Un blancor criminal dominaba mi mente. La yegua, a mi lado, a ratos resoplaba para
comunicarme su presencia. (A juzgar por la infinidad de puntitos rojos en mi cuello, brazos y
piernas, mapa del festín que se habían dado los diminutos chupasangres, debi haber
permanecido horas en ese estado).
Cuando me agoté de llorar, conduje la yegua hacia el trecho entre los dos arroyos, donde
Emilio y yo solíamos cabalgar, vigilados por las palmas, el árbol de cabima, el copey y las
pomarrosas (y a veces por Lorenzo). Al pelo la monté, como antes. Pero Batalla ya no era la
misma. Sus primeros pasos parecían costarle tremendo esfuerzo. Remontamos el primer
arroyo. Abrazada a su cuello, le acaricié sus belfos con las yemas de los dedos. Solo
entonces pareció comprenderme. Aceleró el paso. Galopó contracorriente el segundo
arroyo, mil salpicaduras se generaban en sus patas. Entonces experimenté el fondo de mi
alma. (¿Qué otra cosa podría ser?). Se asemejaba al mar, pero no era mar. Y el fondo de
mi alma comprendió, siquiera por instantes, una sentencia que repetía Fresia Camilleri: Lo
que Dios ha unido, no lo separa el azar.
capítulo quince
1
El mismo día que don Chelo nos devolvió a Batalla, millones de gusanos devoraron en cosa
de horas doscientas tareas sembradas de yuca para exportación en una de las propiedades
del comerciante. La mañana siguiente, en grupos, atravesamos dos bosquecitos y tres
arroyos hasta la alambrada desde la cual contemplamos el sembradío devastado. Brígida
preguntaba:
dónde salen los gusanos? ¿Quién sabe?, repuso Beba, retrotraído el pensamiento hacia
sus amados difuntos.
Ni siquiera la limosnera Asunción se privó de la escalofriante fascinación. Se acercó a la
finca socorrida por Martina, Siola y Juancito, quienes se turnaban para sostenerla en los
tramos abruptos del camino. Los ojos cegatos de la anciana penetraron poco a poco la
soleada extensión de plancas desnudas. Por ahí se acerca algo grande. Grande, exclamó,
tanteando el aire con sus huesudos dedos casi translúcidos.
¿Quién en Quima no había visto plagas de gusanos, de piojos, de babosas, de mosquitas,
de piogan, de broca? Pero nada comparable a lo que presenciábamos ahora. ¿Hacia dónde
habian partido los millones de gusanos después de almorzarse todo el follaje de las plantas
de yuca?
Viene algo grande, grande, continuó vaticinando Asunción a lo largo del día. Lo repentino,
en el prisma de su avanzada edad, era siempre temible. Al atardecer se apersonó en
nuestra casa.

Beba siempre le tenia algo, unas rabizas de batata, unos limones, un huevo, un poco de
harina. Crei percibir en su fruncida materia visos de lo inesperado. (Viviría ella más tiempo
que Emilio? ¿Era posible?). La vela en el vano de la puerta, quebradiza como un charamico,
medio transparentada por la luz crepuscular, como si debiera comprender algo de su
persona, de su historia y por primera vez me diera cuenta de ello.
Senté a la anciana de memoria cornadiza en la cocina y le pre. paré una infusión de
limoncillo, con canela y pizca de jengibre.
Desacostumbrada a este tipo de gesto, manifestó gagueando que sufría de hervores, no
bebía café. Le aclaré que se trataba de una tica tisana, no café. ¡Ah! ¿Y cuál eres tú?, me
preguntó enseguida, tentándome las manos. Soy Leona, la de Beba y Enmanuel, le
respondí en voz alta. ¡Ah., ¿Enmanuel arreó novillas esta mañana?
Ese sí es gente. Me da lo mio cuando vende una vaca, repuso. La observé con
detenimiento, mientras ella, en el borde del asiento, tomaba sorbitos de la tibia infusión. ¿Y
cuál eres tú?, repitió cuando abandonaba la casa para proseguir por la carretera y los
caminos.
Volví a explicarle: Soy Leona, la de Beba y Enmanuel. Ahl, ¿hija de quién tú eres?, me dijo,
intentando tocar mi cabeza, pero el esqueleto se le había reducido, su mano apenas rozó mi
hombro. Ya en la puerta de la empalizada, se viró, mirándome con absoluto extra-namiento:
Oye, muchacha, ¿y de dónde eres tú? Le grité riéndome:
De Quima, Asunción. Y ella replicó: Entonces dile a Eurípides que ya tenemos que irnos.
Por complacerla le conteste: Claro, ahora mismo se lo digo. Dimele que las habichuelas se
nos queman, dijo aún, plantada del otro lado de la empalizada. Luego, emprendió la
marcha. Miraba a izquierda y derecha, como si le faltara algo.
-¡Quién es Eurípides? - le pregunté a Beba.
-El difunto marido de Asuncion.
-¿Usted lo llegó a conocer?
-No, era de los lados de Guaigüí, nunca estuvo en Quima.
Cuando ella se estableció aquí ya era viuda de antaño. Manuelico
fue el único que llegó a relacionarse con algunos parientes de
Asunción por cosas de negocios.
-Hoy me mencionó a Eurípides, como si él la acompañara.
-Chochea, pero con esa suplencia del compañero ameniza su rosario de horas vacías.
Conversa con su Euripides todo el tiempo y dondequiera. Da la impresión de estar rezando,
pero si te quedas mirándola te darás cuenta de que se ríe o refunfuña o acaricia una rama o
pone cara de monería. En vida, según se cuenta, el esposo la trató como a una perla
preciosa. Pídele al Mercadero que te haga la historia de esa pareja, verás qué linda y triste
es.
Una lucecita caprichosa en los ojos de Beba me hizo pensar que quizás, de algún modo,
ella codiciaba esa libertad de la vejez y la desmemoria. ¿Nostalgia de Enmanuel?
Recordé que en el tumulto de la Capital, en el aula del colegio privado, ante los escaparates
de la calle El Conde, al escuchar diálogos entre Fresia y el ingeniero Belasi en torno a una
guerra atroz en la que perdieron parientes, en el apiñamiento del patio común en casa de
Noraima, mientras leía fábulas o interpretaba el mapamundi o me encontraba bajo el influjo
de los noticieros, me asaltaba la chatura y simplicidad de los habitantes de Quima.
Una masa atrasada, de la que yo, con mis libros, mis ropas, mis desplazamientos por el
malecón, mi música, mis roces con niñas y niños ajenos a privaciones y mi cuarto so-lo-pa-
ra-mí, por poco me desprendo y me aparto. ¡Camino seguro para convertirme en una
urbanizadora entre los mios!
Confabulándome con su robusta energía de maniática, escruté a Ballilla. La misma.
Descalza y vestida de retazos rojos, a cuadritos y rameados, pulía impertérrita la piedra con
marcas de indio. En cuanto a repetición, su mente era de relojería.
La-Le-o-na, pronunció al descubrirme, remarcando el mort miento de sus fofos labios.
Respeté cierta distancia, conocedora de que también era hecho de relojería que todo
contacto físico le detonaba los nervios, tornándola voluble y agresiva.
La-Le-o-na. Ahí su saludo, simultáneo a un casi esbozo de sonrisa pasmado en vaguedad.
Mirándome, cautiva en borrosos misterios, como si el día anterior, y los sucesivos
anteriores, hubiésemos escenificado idéntico encuentro. ¿También Ballilla duraría más que
Emilio?
¿Con hilos de qué genero se urdia el tiempo suyo o el de Asunción o el de Manuelico?
Supuse que cada persona se distinguía por la calidad del hilo de su tiempo. Cada quien
vibraba a su modo. Yo retenía las vibraciones de Sebastián, de Emilio, de Virgilio. Sus
respectivos tiempos eran como distintas cuerdas de un magnífico instrumento musical. Con
este pensamiento afloró en mí un golpe de ternura. Ballina lo notó y me dijo: La-Le-o-na,
esta vez sonriendo de verdad.
A eso de las tres de la tarde del domingo, una gigantesca nube de mariposas se desplazó
de oriente a poniente, sobrevolando la suspensa multitud que había abandonado sus
cobijos para embeberse en el inédito fenómeno. Predominaban las de color anaranjado. Las
había malvas, azules, leonadas, con lunares, verdosas con círculos concéntricos en las
alas; enormes y medianas; refulgentes y opacas; extrañas, la mayoría. Por un momento, la
frágil masa gravito casi inmóvil sobre nosotros para luego proseguir hacia su incognito
destino.
Ni siquiera Asunción, que una vez, cuando habitaba con su esposo en Guaigüí, contempló
una luna roja, ni Manuelico, testigo de granizadas que mataban reses, ni el carnicero
Ludovino, que habia encontrado huevos de guinea intactos en el vientre de una chiva,
habían visto antes algo comparable a lo que se ofrecía a nuestros ojos. Se especuló sobre
incendios forestales que las espantaban, fumigaciones desde avionetas, vaticinios de
terremoto, borrasca o sequía. Las mariposas huían del exterminio. Proceden de la Saona,
nadie sabe por qué, aseguró el Mercadero. Viene algo grande, cortó Asunción. Grande.
De haber sucedido en Santo Domingo, el cielo nublado de mariposas habría salido en los
periódicos. Quizás hasta se incluyera en el volumen de récords que me mostró Fresia, del
que admiré, más que nada, el caso de una niña indostánica con dos rostros en una misma
cabeza. Sus familiares, lejos de asustarse, la creyeron una criatura milagrosa. En aquella
región del mundo, según me explicó la doctora Camilleri, existen enjambres de dioses y
diosas, y es común que posean cuerpo humano y cabeza de elefante o numerosas
extremidades brotando de un solo cuerpo, como las ramas y raíces de un árbol. Desde el
ángulo del libro de récord, las mariposas de Quima bloqueando el sol representarían una
peculiaridad como cualquier otra de las que acontecen (como la música de Eduvigis o la voz
de Mambrú).
De haber sucedido en Santo Domingo, también es posible que, con los años, se llegara a
asegurar que las mariposas habían salido de las paginas de una novela en boga o de un
cuadro o de un laboratorio o del descuido de una cabeza alucinada (como la de Ballilla) o de
la fina hendija entre la realidad y la ilusión. De haber sucedido en Santo Domingo, quizás
hubieran sido contadas las personas que en ese momento levantaban sus ojos al
firmamento para ver el espectáculo.
De modo que no deja de ser una suerte que haya ocurrido en Quima, un lugar donde-no-
pasa-nada; aquí el fenómeno, como muchos otros, ha sido atrapado por la discreta red de la
memoria.

2
Maniobra sobre mi suerte, la estuve concibiendo a partir de la incitante visión de las
mariposas. Había traído ahorros de la Capital y ya sabía cómo la comida acerca a la gente.
El bautizo del hijo de Martina, el siguiente domingo, ofrecía una ocasión propicia. El viernes
yo brindaría un banquete.
Rogué a Beba que le enviara un recado al tío Chucho a las
Cruces de Bayacanes y que convidara a la tía Florinda, Manuelico, Casilda y Eduvigis, asi
como a dos o tres de sus amigas limpiadoras de maní; yo haría lo mismo con Edermira
Villabrille y sus hijas e hijos.
Chucho llego agobiado creyendo que Beba había enfermado. Al comunicarle que él y mamá
serían mis huéspedes por un rato, se quedó sonriéndome, dubitativo. Había que proceder
muy despacio con él. Andaba medio encogido, con los largos dientes al aire, escondiéndose
para prender su cachimbo. Lo encomendé a Lesabia y viajé a Jarabacoa con el objeto de
comprar cuanto necesitaba. Al regreso, me enteré de la inquietante noticia sobre Manuelico.
Pero ya no podia posponer mi actividad. Además, la sola imagen del Mercadero me infundía
confianza; imposible asociarlo a desgracias.
Al otro dia, empece a cocinar desde el amanecer. Absorta en los trajines, escuchaba música
en el destartalado radio Philips, alerta al mismo tiempo a los servicios públicos de Radio
Guarachita. Ballilla se presentó a eso de las nueve a lustrar su piedra con marcas de indio,
la invité a quedarse. La vieja Asunción apareció como a las once, la convidé por igual.
Ballilla, algo crispada por la cercanía física, me ayudó a sacar la mesa de la sala para
colocarla debajo de las matas de pera. Al rato, se apareció Cacao y ya no me cupo duda, la
noticia de mi banquete se había regado. Luego, fue Asunción quien se comó la libertad de
invitar a lsidora y a Monga, que pasaban por coincidencia y clavaban sus ojos en mi casa,
de la que emanaban olores de sofritos de sazones y carne guisándose. Vengan, quédense
conmigo, y Eurípides, ya casi está el almuerzo, les dijo, exhumando contentura. Miriam se
apresuro a desempolvar los dos platos descascarados, los cuales, junto a un par de jarros
de hojalata, se guardaban encima de la barbacoa para las ocasiones en las que se ofrecía
alimento o agua a las peregrinas boquerosas. No son necesarios, ellas comerán en las
mismas lozas que nosotros, le dije a mi contrariada hermana, tranquilizándola con un
apretón de hombro. Ella devolvió los trastos a la funda y los colocó de nuevo en su sitio.
Isidora, cuidándose de no hablar cerca de las pailas --yo llevaba un paño en la cabeza para
evitar un pelo en el caldo--, consciente del asco que provocarían sus chispas de saliva, nos
manifestó que cuando Asunción las llamó se estaban encaminando a casa de Manuelico,
preocupadas por su suerte.
Miriam, como hacía a diario, se había levantado a las cinco
de la mañana a barrer los patios y encender el fogón. Además de aprender de tía Florinda a
formular remedios de hojas, raíces, cogollos y cortezas de las plantas, había adquirido
destrezas de adulta en los quehaceres domésticos, y los ejecutaba como si con su extrema
diligencia estuviese asegurando su precario espacio en el enredado mundo. Ahora me
arrebataba las tareas incómodas: pelar ajo y plátanos verdes, despellejar los tomates, picar
cebollas, desgallar el arroz, lavar los tratos que se van ensuciando, atizar los fogones,
meterles leña. Con sus cejas como trazadas con carbón, siempre tensas y húmedas, me
hacía un guiño cada vez que nuestras miradas hacían contacto, como diciéndome No te
preocupes por mí, Leona, estoy bien. Lesabia y Brígida, mis otras ayudantes, no me perdían
ni pie ni pisada, aferradas a los juguetes que les había traido de Santo Domingo, modesta
cosecha de la algarada en San Isidro, más otros cacharritos que les habia comprado: me
ñecas y pelotas de plástico, un oso rosado, un juego de yax; para Antonio, un camioncito de
bomberos. Un niño de la ciudad que hubiera recibido un puñado de oro no habría valorado
sus sencillos presentes tanto como mis hermanas y mi hermanito.
Cuando la sombra del alero marcaba las doce, apareció Martina con su hijo, muy mono,
ataviado con un trajecito añil y gorrita del mismo color, mi regalo de bautizo. A seguidas se
apersonaron Edermira y su trulla exhibiendo sus ropas domingueras.
Se destapó la cósmica alegría del estómago. Las bocas se hacían agua a cada plato que
ponía sobre la mesa. Consomé de gallina con ajo, cilandro y puerro, pollos asados en
parilla, moro de guandules, lonjas de batata y plátanos maduros fritos, costones, carne
mechada, locrio, ensalada verde, espaguetis con queso pican-sino, ensalada rusa. Aparte,
en una canasta, peras, nísperos, zapotes, guayabas, naranjas y limas; y en otra, jalaos,
raspaduras, una fuente lena de cortado de leche con pasa y una más con cristales de
lechosa en almíbar; además ¡dos turrones de Alicante! Me los dio la doctora Camilleri en las
navidades y yo los había conservado para un momento especial, pero muchos de los
comensales sufrieron una leve frustración: no poscían muelas aptas para masticar la exótica
golo-sina. Isidora y Monga no se privaron de probarla, y se mantuvieron calladas por largo
rato, esperando que la saliva y el tiempo desbara-caran los pedazos que se habían
introducido en la boca. Cacao, por su recia dentadura, fue uno de los más atraídos por los
turrones.
Como el calmoso Echadía jamás se sentaba, y siempre había que levantar la cabeza para
hablarle, me encaramé a una silla. Al nivel de su cuadrada mandíbula, agité un crozo de
dulce, sus ojos de ralas pestañas se movieron al compás de mi mano. En un susurro, le
dije: Cacao, prométanme que averiguará algo sobre el destino de Emilio.
Hable con los peones de don Chelo. El, franco, me respondió en voz alta: ¿Y qué van ellos
a saber? Nadie menciona al muchacho.
Hay por medio un embeleco o ya es un difunto.

3
Banquete, festín, junto a los cuentos, sabroso tema en las veladas nocturnas en la cocina
de tía Florinda, acaso como ardid de la imaginación para compensar una cena deficitaria.
Los concurrentes, mientras aguardaban por su taza de café recién colado, describían con
lujo de detalles la cantidad y la variedad de platillos en tal o cual banquete en el que
estuvieron o apenas presenciaron.
¿Los supremos?, aquellos donde se ofrecían siete carnes. Las carnes componían la
compaña más preciada. En Quima, solo tres o cuatro veces al mes se servía carne en
algunos hogares. El resto de los días la compaña consistía en berenjenas asadas o
espaguetis o coditos o tayotas o molondrones guisados. Esporádicamente, bacalao. En
zonas aledañas proliferaban los que consumían arroz y habichuela, cuando mucho, o
víveres con manteca de cerdo. Esto significaba comer pelado. Arroz y habichuelas o víveres
solos era comida vacía. Todo el mundo se la pasaba soñando con participar en un
banquete. El mío disiparía toda sospecha de arrogancia en mi persona, toda intriga que me
señalara como negadora de los míos. Aunque viviera años en el fin del mundo, jamás me
convertiría en una urbanizadora).
Los convidados recibieron tratamiento de huéspedes, con todo lo que significa un huésped
en Quima. El día en dicha rindió, aunque la preocupación por la suerte de Manuelico no
dejaba de ser una piedrita en el zapato. La incertidumbre en torno a su paradero arranco
lamentos, cariñosas expresiones, que no estorbaron el apetito. Toda la comida desapareció
de la mesa, engullida por los presentes, mientras da Florinda rememoraba unas lejanísimas
instrucciones sobre el uso de los tenedores, recibidas de su madre Cuya en la infancia, a fin
de mostrar buenos modales cuando Serafín El Rico, el tío comerciante, las invitaba a su
mesa en San Francisco de Macorís o en La Vega. El mejor protocolo, sin embargo,
consistía en comer con soltura, siempre que no se derramaran los caldos, ni salpicara la
grasa. Lo intolerable: masticar los huesos, sacarse con las uñas los residuos entre dientes y
eructar (un pedo ya sería una monstruosidad).
Me comporté como si un festín gastronómico fuera cosa corriente, me reí siempre que
alguno me dirigía una seña de simpatía o gratitud, hablé poco y, en la sobremesa, le rogué
a Asunción que compartiera sus cuentos de exageraciones.
-Había una vez una gallina que encastó con gato. De sus huevos nacieron pelagatos. De
noche nada más se oía: ¡Cucurrañao! ¡Cucurruñao!
Chucho la acompañó:
-Señoras y señores, allá en lo mío, en una lomita nació una auyama. En el ciclón de agosto
un aguacero la arrastró. La auyama era tan grande que atajo la creciente del río Camú,
salvando a La Vega de la inundación.
La espabilada Asunción aceptó el desafío:
-Eurípides y yo compramos una paila que usted golpea un asa con una cuchara y a las tres
horas es que oye el sonido en la otra asa.
-Asunción, ¿y para qué es esa paila? -preguntó Beba, al tris de reírse.
-Oh, para sancochar la auyama de Chucho -repuso esta, estremecida de malicia.
Edermira se aventuro a un cuento que torno colorados a todos los presentes. A Chucho el
cachimbo se le zafó de la boca.
Isidora salió a escupir y haló a su inocente Monga por un brazo.
Desde la distancia a la que se mantenia, Ballilla, de quien nadie se acordaba, primero soltó
una estridente risotada y luego dijo:
Pero Edermira se estará volviendo loca. Florinda, como si no hubiera escuchado el cuento,
preguntó: ¿Se ha sabido de Manuelico?
Ante el hielo que se le hizo a la madre de Martina, esta, picajosa, exclamó: Ay, ustedes se
creen los finos, como si cagaran bizcochos y mearan cerveza. En este grupo hasta Ballilla
ha mamado un güevo alguna vez. Y usted Florinda, la más seria del mundo, les prepara
botellas a los hombres que no levantan el ripio, para que se les pare. Y como si el trato con
un guardia hiciera lícita su acción, añadió: Ese cuento me lo hizo Uberbello. Edermira ya
empezaba a sudar y a sentirse incómoda con ella misma por desbocada. Aquí hay niñas,
doña Edermira, insistió Ballilla todavía riéndose. Asunción, sin saber bien lo que ocurría, se
sumó a las risas por la inesperada cordura de la maniática, y con el brío soltó una ruidosa
ventosidad, poniendo cara de espanto. Se armó tremenda bulla. Brígida, boquiabierca, se
agarró a la raída falda de la limosnera, quien ya había olvidado lo sucedido y sonreía
preguntando: ¿Vieron a Euripides salir con su paraguas? jA colar cafê, zanjo Casilda,
agregando: La mucha comida alebresta más que el ron. Mujeres y hombres estaban rojos
de gratuito bienestar (así los vi, así lo creí). Y me gratificaban; sentia que por primera vez en
mi vida había sido capaz de planear un evento y volverlo realidad, no a expensas del azar o
del socorro de los otros. Todo el tiempo me mantuve solícita, ocultando la burbuja candente
en mi pecho. Se deslizaba entre garganta y ombligo o bien se estacionaba en mi entrecejo
como un delicado astro. Ya el aroma del café costado y molido por tía Florinda, a petición
mía pues no había café mejor en el mundo, acariciaba el olfato. Me dispuse a brindarlo en
tacitas que había comprado el día anterior. Lesabia, Miriam y yo portaríamos las bandejas.
(Ese día no permitimos que Beba levantara una paja).
En eso, Mambrú nos gritó desde la carretera: ¡Manuelico ya está en su casa! El día anterior,
por Radio Guarachita se había difundido que Manuelico Melián, alias el Mercadero, se
hallaba extraviado. Etraviado, pronunció el locutor, en Quima entendieron traviado, que
significaba confundido, rayando en demente.
Lógico, la vejez, el cerebro se desafina. Nadie sabía su edad. Para adivinarla se hacían
asociaciones con hitos de la historia. Que si vivía en Cuba cuando el complot que liquido al
dictador Lilis; que si cuando el gobernador militar Pendolton (Pendieton) el Mercadero les
vendía gallinas a los marines y revólveres traficados de Saint Thomas a los gavilleros; que
presenció cuando a Enrique Blanco se le metió el pájaro malo cruzando el río Yabacao; que
en vano buscó oro de aluvión por los mismos días en que zutano y mengano se hicieron
ricos con este mineral; que participó en política cuando las norteamericanos desocuparon el
país, y fue de su boca que salió primero la consigna Horacio o que entre el mar, etcétera De
suerte que a ese viejo costado, flaco y de ojillos que tal vez fueron azules, se le concebía
como testigo o actor, importante
o marginal, en cuantos eventos zurcía la memoria. Se decía que a mitad del pecho, bajo el
corazón, tenía dos letras mayúsculas impresas con un hechizo ardiente; que se volvió
patizambo por la tortura a que sometieron sus piernas en un barco pirata; que sus primeras
hijas habían nacido en Andalucía; que su progenitor, siniestro y vicioso, se convirtió a
evangélico, llegando a fungir de pastor en Puerto Príncipe; que la vena de negociante la
había heredado del padre, un español canario establecido en Santiago que lo procreó con
su sirvienta; que en un tiempo inubicable de su remota juventud Manuelico se había
desempeñado como marino mercante y un grave percance en La Habana le torció el
rumbo.... El Mercadero ni asentía ni denegaba. Y, de no ser por ciertos detalles del
lenguaje, se hubiera creído que había borrado por completo la parte de su vida transcurrida
antes de establecerse en Quima. En fin, por lo menos en cincuenta kilómetros a la redonda,
¿quién no apreciaba al servicial e ingenioso viejo?,
¿qué comerciante no había negociado alguna vez con él, aunque la mercancía se limitara a
unos cueros de reses o sacos de café?
En el frente de su morada, la gente lo abrumaba con preguntas. ¿Qué pasó? ¿Cómo llegó a
Radio Guarachita? ¿Consiguió la vellonera? Radio Guarachita dijo que usted estaba
traviado. Manuelico, con la camisa de caqui empapada de sudor y las mejillas más hundidas
que una semana atrás, aclaraba, corregía: Traviado no. Extraviado, descaminado;
embrollado y revuelto el sentido de orientación por una bomba que reventome el oído.
¿Bomba? ¿Cómo? ¿Un montante? No polvorita de juego, una auténtica bomba, un
explosivo bélico. El Mercadero tomó asiento en su mecedora. Y los demás se disputaron las
sillas. Los que no consiguieron sitio en la salida se resignaron a escuchar desde la galería.
Ocupe aquella noche la oscuridad. No sea contada entre los días del año. Ni venga en el
múmero de los meses," así, en tono dramático, empezó el viejo a narrar el lance vivido. Al
concluir es taba exhausto y Edermira se apresuró a ofrecerle un vasito de ron.
Después de zampárselo, provoco risotadas al rematar con un resumen en su deliberado
guirigay, la mejor muestra de que aún no le patinaba el coco. Os extracto pues el temporal
motín: Moharrachos, leventes jenízaros, embistieron a este rubión quimeño.
Congratulándose, zafios depravados, al hurtar mi sosiego. Idos chilladores secuaces.
Idos al averno. Les apostrofé. Ahora, venga mi pitanza. Edermira
Villabrille, coquetona, le sirvió otro vasito rebosado de ron.

4
Días atrás Manuelico había viajado a la Capital con el aparente propósito de visitar a una
hija suya que residía en Alma
Rosa; cargaba con uno de esos proyectos que una vez se fijaban en su cabeza no le daban
respiro. Así se había pasado la vida, de negocio en negocio, casi siempre minúsculos. La
fortuna, empero, le rehuía. Lo cual admitía como un hecho que, para su orgullo, jamás
llegaba a socavarle. Salvo breves y contados paréntesis de abundancia, sobrevivía de sus
trueques y menudas transacciones.
Esta vez, entre ceja y ceja se le había plantado la idea de adquirir una vellonera de medio
uso. Ya había avanzado un acuerdo con el dueño del billar de Quima, dividirían el sitio. En
la mitad se quedaría el billar, en el otro espacio instalarían la vellonera, dos o tres mesas,
sillas y unos tramos para refrescos y ron; en hin, una barrita familiar. ¿Familiar? ¡Ah!, será
para los guardias del cuartel y los vagos de Quima, dolor de cabeza para las madres.
Manuelico escuchó la protesta de Beba y sus compañeras de la Manicera.
Pidió otra caza de café y se dispuso a convencerlas de las bondades del aparato que
introduciéndole cinco centavos por un agujero te ofrecía el merengue, el chachachá, la
guaracha, son o bolero de tu preferencia. Procurarse un gusto, ustedes mismas que laboran
como burras, ir a escuchar música bebiéndose un Country Club.
Todas opinaron: ¿Cinco centavos? ¡Hummm! Con cinco centavos compro yo una torta de
casabe y unas trencitas de tripas de cerdo donde Ludovino. Con cinco centavos mando a
buscar una pasta de jabón de cuaba. Hay días que cinco centavos son una salvación. Cinco
centavos de aceite. Cinco centavos alcanzan para un pedazo de chicharrón. Cinco centavos
de sazonador. Una peineta de cinco centavos. Un aparato ordenador de cinco centavos,
eso es lo que usted pretende instalar. las limpiadoras de maní, reunidas como tantas veces
en la cocina de Beba para almorzar un bocado durante el receso que le concedían al
mediodía, le cayeron encima a Manuelico. Oiga Mercadero, dijo Beba, respaldada por el
calor de las otras, con las cuatro horas de trabajo que hemos hecho hoy todavía no nos
hemos ganado para un refresco y una pieza musical en su vellonera. Casilda, que se había
mantenido callada, tercio:
Ay mujeres, no solo de pan vive el hombre. Otra replicó: Pero no vive sin pan. El tiempo se
terminaba. Las limpiadoras de maní sorbieron deprisa su caté. Una por una le propinaron
palmaditas y le desearon buena suerte al viejo, quien a fin de cuentas era amigo de ellas y
constituya un modelo de resistencia física y mental en la brega con la vida. En su fuero
interno, sabían cuán escasas eran sus probabilidades de éxito. Sería una verdadera chepa
que le fuera bien.
En sus recorridos por Monte Piedad y numerosas compraventas del ensanche Ozama y de
Los Mina, Manuelico no consiguió la soñada vellonera, así que, bajo el tórrido sol se
aventuró a cruzar el puente Duarte. Anduvo gustoso por el barrio Borojol, donde abundan
las barras y cabarets. Por la Zona Colonial y Santa Bárbara se desplazaba con la cabeza un
poco gacha; la gente se volteaba a mirarlo, a lo mejor por la excepcional resolución que
reflejaba este hombre carente de musculatura, de quijada pronunciada, ojos casi invisibles,
vestido de caqui, chorreando sudor y desplazándose como un atleta. Inquiría por las casas
de empeño, entraba a las barras y bares, y las personas se llevaban la impresión de estar
frente a un marchante del desierto, caído allí luego de una carrera de cien años.
Caminaba por la calle El Conde, rumbo al parque Independencia, cuando una atronadora
explosión cortó de golpe sus cavilaciones. A su lado se precipito un escaparate,
salpicándole vidrios. ¡Una bomba! ¡Una bomba! Fue lo último que escucharon sus oídos.
Después se hizo un absoluto silencio. Y atinó a deducir que se había quedado sordo. A su
alrededor las personas gesticulaban y huían despavoridas, por las expresiones de sus caras
parecían vociferar. Unas tiendas cerraban a toda prisa, a las puertas de otras se
aglomeraba una multitud forzando por entrar. El viejo de Quima acertó a doblar a su
izquierda por la primera calle que encontró. Sus piernas se movían en amplias zancadas; a
veces le flaqueaban. Cuando atravesó la avenida George Washington, creyó que el corazón
le latía en la boca.
Miró el mar picado mientras centaba debajo de su lengua una enorme ampolla de sangre. El
aire vidrioso se ahumaba en su percepción. Sentía un invencible letargo. Se recostó en el
tronco de un almendro, donde permaneció un tiempo indefinido. Por momentos, como en
una neblina, figuraba semblantes intriga-dos, fisgoneos de niños.
Había subido la marea. El grato golpear de las olas contra los acantilados le comunicó que
había recobrado la audición. Intentó rememorar el trayecto que había recorrido desde el
puente Duarte. Pero ciertas imágenes eclipsaban el resto. Se visualizaba en la calle El
Conde y, acto seguido, el aparatoso estallido, la sordera y el blanco mental; tras este, sus
pasos perdían el rumbo. Procedió como el sentido común le dictaba: caminar en dirección
opuesta al mar. Torcía por donde le inclinaba su intuición, todas las calles le resultaban
ajenas. Anochecía cuando, turulato por el extrañamiento, aceptó la realidad de su extravío.
Se acercó a unos mozalbetes que jugaban con flechas y falsas pistolas en una esquina. Les
preguntó cómo llegar al parque Independencia. Los picaros acabaron de desorientarlo -en
Quima ni el jovenzuelo más retorcido hubiera obrado así con un anciano-. Era nochecerrada
cuando se arrimó a un bar situado en una esquina. Allí se quedó quieto. Pensaba que si no
se movía por un rato la cabeza se le iba a aclarar. Cada vez que entraban o salían
personas, el ambiente del bar le cedía alguna información. Terminó asomándose de rato en
rato por la puerta de dos hojas, atraído por una vellonera reluciente. Su mirada se topaba
con parroquianos variopintos y muchachas de moños altos y pollina destizada, en minifalda,
que movían cigarrillos entre sus labios con el mayor desenfado. En dos o tres mesas se
discutía sin contemplaciones.
El Mercadero de Quima se esforzó por entender los cambios en sus capacidades
cerebrales. Su reloj biológico, su audición, olfato, sentido de orientación y memoria crecían
y menguaban como obedeciendo a un patrón de mareas. Por momentos, incluso, se le
deshacían su propio nombre, los nombres de las calles y los antecedentes que lo habían
arrojado a ese lugar. Caía en cuenta de que solo en Quima conservaba vigencia, sentido;
en el resto del mundo representaba una antigualla. Ni esta deprimente idea conseguía
minar su ánimo. Atisbaba la vellonera nuevecita, en el abrir y cerrar de puerta, y se le
encendía la chispa emprendedora. De canto en tanto, y cada vez mejor, distinguía un
murmullo de zalamerías cursis, frases ordinarias, tensas órdenes y términos preñados de
ansiedad. Sintió un súbito aturdimiento y frío en las venas y capilares, como el que anuncia
temibles calenturas. Por su cabeza pasó la experiencia de una helada en la montaña. Lo
acompañaba un pastor alemán. Había encendido un fuego, entraban en calor. Esperaba por
alguien que nunca se presentó. Las leñas se consumieron. El perro aullaba. Un viento de
inframundo calaba los huesos. La idea de encontrarse en el umbral de la muerte lo impelió a
entrar al contaminado pero cálido salón.
Parte de los presentes le dirigió inquisitivas miradas; entonces el Mercadero de Quima se
sintió intruso, fisgón, tras la turbadora certeza de que codas aquellas personas se conocían
entre sí. Al menos, ya no sentía frío. Se desplazó a su izquierda, siempre con la espalda
pegada a la pared, hasta quedar muy cerca de una de las mesas. Tal vez se animara a ir
hasta la barra y pedir un Country Club rojo. Apenas empezaba a adaptarse a la penumbra
cuan. do lo pasmó la palabra bomba, proferida por una boca invisible.
Creyó que murmuraban de él. Una joven colocó sus dedos sobre los labios de un
muchacho. Estos breves eventos compartían un mismo significado. ¿Sucedían de verdad?
¿Qué ocurría, de cierto, ei este sitio?
El Mercadero de Quima estuvo por creer que había traspasado el umbral definitivo -quizás
la bomba lo había destrozado y ambulaba en forma de fantasma persiguiendo una
vellonera. Pero no era invisible, por muy dislocado que luciera todo, le habían dirigido
miradas y además esa vellonera nuevecita, y Arráncame la vida con el último beso de amor,
arráncala, toma mi corazón.
De sopetón, sus ojillos dieron con un semblante familiar y se le humedecieron. ¿Podía
creerle a la marca en su cerebro? (En menguante, divagaba; en creciente, acertaba). Buscó
con la vista el rostro conocido. Emergía y se desdibujaba. Ahora el joven se ponía de pie,
adelantaba pasos y dejaba caer su mano candente sobre el hombro de Manuelico. ¡Ah!,
Virgilio le sonreía. ¡¿De muerto a muerto?! La última vez que lo vio, un mocito entonces, tue
antes de que Beba y su familia se mudaran a la Capital. Luego regresa ron sin él.
"Vaya, vaya, conque el Mercadero. Se encaminó al mostrador y de allí le trajo un vaso de
agua, como si hubiera adivinado el ardor que escaldaba la garganta del viejo. (¿Habría
tragado pólvora?). Cerró los ojos mientras tomaba el líquido y cuando los abrió, segundos
después, el hijo de Beba y Enmanuel se había esfumado.
¿Qué sucedía en su cabeza? ¿Virgilio, ese muchacho especial, le había tocado el hombro?
Pasó sus manos por su arrugada frente.
Se estrujó los resecos ojos.
Una joven de pollina rojiza, que descansaba sus nalgas sobre las gruesas piernas de un
sujeto de lúbrico mirar, se desprendió de los brazos que la atenazaban y dijo que tomaria un
poco de aire.
Fue ella quien termino conduciendo a Manuelico a Radio Guarachita, en el Austin manejado
por su amante. Cuando arribaron a la emisora sonaba la bachata Borracho de amor, en ese
momento a Manuelico se le clarificó de nuevo su proyecto de barra familiar en Quima. El
dejo tristón en la voz del intérprete, la guitarra, el cerrar acabado de pasar, los labios
húmedos de la amable muchachita, quién sabe qué más, remozaron en su alma algo que
alguna vez había animado su vida toda. Sintió que el sabor a sangre se mezclaba con miel
y cate espeso. El Mercadero empezó a llorar.
El sujeto del Austin, más colaborador de lo que podría esperarse, salió a buscar un trago de
ron y regresó con una botella de Carca
Real Especial. Manuelico se negó a probarlo. La bachata lo había enternecido. No había
llorado ni siquiera cuando Virtudes lo abandonó. La última vez que sus ojos derramaron
lágrimas, se hallaba en Saint Thomas, a punto de tomar un buque hacia el país donde había
nacido, República Dominicana. Ese que canta es José Manuel Calderón, le secreteó la
muchacha de pollina rojiza y perfume jazmín. Saco un pañuelito chino de su cartera de
chillón charol y le limpió los ojos mojados y legañosos. Y entonces fue que estos dijeron a
manar agua. Ella le susurró: No llore, papá, su compueblano es mi amigo, el mejor hombre
de la bolita del mundo. ¿Qué compueblano?, preguntó él. Figuraciones, papá, expresó ella
con la cara radiante.
Cuando la joven, que olía a jazmines, se despidió, a Manuelico los ojos aún le manaban
agua salada. Este goteo incontinente era el colmo, lo abochornaba. Ella le dijo: Vaya con
Dios, papá. El empezó a decir: Me llamo..., pero ella le cortó estampándole un sonoro beso
en la sucia frente. No importa cómo te llames, papa.
Eres compueblano de Virgilio, eso basta. Adiós.
Todos sospechamos que el Mercadero se había inventado al menos la mitad de esa historia
a fin de barnizar la experiencia vergonzosa.

5
Aún persistía el espíritu del banquete. El grupo, incluido Manuelico, se trasladó de nuevo a
la casa de Beba. Hay que recogerse temprano, insistió Asunción. La réplica provino de
Edermira Villabrille: Ah, ahora es que esto se pone bueno. Esgrimía una botella de
damajuana que tenía la virtud de espantar el color a la limosnera. Uberbello vendría tras la
botella de raíces, alcohol y el miembro de una tortuga carey. Aquella bebida le pertenecía al
militar parcejero. En varias ocasiones el sargento, ahora jefe del cuartel de Quima,
consciente del efecto que provocaba en la anciana, la había perseguido por la carretera,
acosándola con una vara de guayabo. Qué gracia más mohosa. Asunción avanzaba,
enredándose con el bastón y la falda, impulsada por el apremio de alejarse del bellaco.
Todo lo diabólico en esta tierra la limosnera se lo achacaba a los uniformados: los tiranos, el
ateísmo, las huelgas, la escasez de sal y azúcar, las matanzas, los falsos testimonios.
Uberbello se apersonaría para beberse la damajuana y de paso hacer que ella saliera como
jonda que lleva el diablo con sus patitas secas por el pavimento ardiente. Y los maldosos sin
corazón riéndose del espantapájaros. Si la hubieran conocido muchos años atrás, habrían
sabido lo que es brillar como una joya. Asunción, sépanlo, brillaba como perla. Eurípides,
cuéntales sobre mí, la luz de tus ojos. Cuéntales que, si no es por los guardias, todavía
viviríamos en Guagüi. Cuéntales que contigo yo jamás habría pasado trabajo en esta tierra.
Edermira Villabrille se zampo un largo trago de damajuana.
Ballilla, de lejos, pidió un chin en una tacita. Los demás conversaban en torno a Manuelico,
olvidados del motivo del banquete.
Me acerqué a la temblorosa Asunción y le aseguré que ningún guardia pisaría la casa. Pero
mis palabras no consiguieron restablecerle el sosiego. Los temores presentes atraían los
pasados.
¿Verdad, Eurípides? Esos perros rabiosos se alborotan de nada.
¡Por las que pasamos! Permanecí mirándola con vivo interés. Por
fracciones de segundo, sobresalía en sus pupilas un brillo errático.
Le comunique que ella a encaminarla hasta cerca de su hogar.
¿Y tú, cuál eres?, me interpelo, sacándome de mis cavilaciones. Soy Leona, la de Beba y
Enmanuel. Al, dijo, y me agarró el hombro izquierdo, presionándome para que acercara mi
cabeza a su boca. Al oído me manifestó sollozante: Hija, hay que recogerse ahora mismo,
viene algo grande. Le pasé la mano por sus ralos cabe-los, apastados por la grasa y el
polvo. Hedían a aceite de higuereta.
Mire, Asunción, todo está bien, y bien seguirá. No tenga miedo.
Voy a encaminarla, le dije. Empuñó su bastón, un rústico palo de guayabo, se despidió de
Beba, no sin antes espetarle: Tú eres la mujer de Enmanuel, ¿no? Mi madre asintió con la
cabeza. ¿Y dónde está Enmanuel que no me ha dado la botella de leche? Beba sonrió.
La anciana me miró extrañada, y se dejó llevar. Coco nos siguió.
Afuera la temperatura no podía ser más agradable. Qué claridad, pensé. Así de bonito se
pone el mundo cuando se descalienta la guardia, dijo Asunción. Di un respingo.
La anciana se aferraba a mi antebrazo con la mano libre. Ojeaba a un lado y a otro como si
una fiera estuviera por aparecer.
Aspiraba aire produciendo un quejido. ¿Le duele la cabeza o el pecho?, le pregunte.
Muchacha, el corazón no duele, y si duele es para morirse. Pero me dueles en el corazón,
me dijo Eurípides.
Hay que recogerse temprano. Trabar las puertas de la casa, no salir por nada. ¿tú tienes
sal? ¿lú tienes agua de beber? ¿Yucas enterradas? De noche, arrancamos verdolaga y
llantén del patio, con cebollín y manteca ya tenemos ensalada, ¿verdad Eurípides?
Sonreí, piadosa, útil. Me sentía viviendo una hora dorada de armonía y razón. Y ese sentir
unificaba todo: a Coco y a las montañas, nuestros pasos, los corpúsculos iluminados, el
caserío, la cuesta, el edificio desproporcionado y feo que alojaba la Manicera, las zanjas de
bordes erizados por gramíneas, el olor de helechos salvajes traído por el viento, la
carretera, el báculo de Asunción, los insectos en el aire.
Un rato antes, había visto a Beba sonrojarse como una moza, a Antonio deglutir golosinas,
satisfacción en los ojos de Martina, mi primera comadre, a mi ahijado sacudiendo la maraca
roja y blanca mientras pronunciaba ona ina. Había absorbido la chispa de esperanza, el flujo
cómplice de Miriam, Lesabia y Brígida (esta última había soltado una de sus típicas cadenas
de pregunta. ¿Vamos a comer así siempre o solo hoy? ¿Somos ricas porque tú vives en la
Capital? ¿Vamos a ir a una gira a Puerta Plata para traer estrellas mojadas y caracoles? El
alborozo desenfrenaba la curiosidad de esta niña con obvio retraso en su desarrollo. Leona,
si yo me estoy bañando desnuda en el aguacero --acción que adoraba-, y doy un salto y cae
un rayo, ¿yo me voy a la otra vida, y sin ropa y sin comer?).
¿Ya desde aquí puede irse tranquila?, le pregunté a la limosnera. No me había escuchado.
Situada frente a ella, casi gritándole, le repetí la pregunta. ¿Y tú, quién eres?, me dijo
espantada. ¡No sé!, respondí. No sé quién soy. Dígamelo usted.
Entonces sobrevino una mínima mutación. Una irresoluta quimera. Algo liminar. Tal vez
semejante a lo que agita a las cucarachas y a los peces cuando dos placas tectónicas
empiezan a deslizarse una sobre otra y aún no ha empezado el terremoto.
Coco emitió un alarido. Yo miré al cielo. Por unos instantes, una cegadora claridad azulosa
ciñó al mundo. ¿Tú ves el espejo? ¡Ese es el espejo!, declaró Asunción, mientras dirigía su
huesudo índice hacia el cielo, demasiado azul, irreal. Tanta armonía, tanta dulzura de
paisaje, canta perfección intimidante... ¿qué significaban? (Una se me daba, otra se me
quitaba, recordé temblando).
Un picor difícil de resistir invadió mi paladar. Váyase con cuidado, le dije a Asunción. Ella
empezó a dialogar con su marido.
Eurípides, quédate. Fue la fuente, querida, tu fuente la que se rompió. No, Eurípides, los
pedazos de espejo y la sangre del pollo que mataste están en mi sábana. No, querida.
Viene de la matriz, rompiste fuente. Bueno, tú eres el que sabe. ¿Y ahora qué hacemos:
Dejé a Asunción con sus desvaríos y me lancé a correr, presa de punzante ansiedad. Coco
se me adelantaba, ladrando sin cesar.
Al llegar a mi casa, respiré profundo. Allí todo estaba igual.
Tal vez demasiado igual. En el minuto siguiente, me dominó de nuevo la ansiedad. Justo
cuando Manuelico preguntaba: Beba,
¿desde cuándo no sabe de Virgilio? Mi madre se demudó y dijo cualquier cosa.
El Mercadero no se inmutó con la parquedad de su amiga, al contrario, lució muy
comprensivo. Pronto, el y Chucho se enzarzaron en discusión sobre los pretéritos años de
frecuentes refriegas en todo el Cibao. En algún periodo habían simpatizado con caudillos
antagónicos. (Por entonces, efebo tú, bragado yo, bizarros y mostrencos ambos, había
apuntado el Mercadero, afectado por su extravío, todavía fresco. A lo que el interlocutor
reaccionó un tanto ofendido por esos términos que no entendía).
Sin embargo, el agrado recíproco se dejaba sentir en sus anécdotas y los tiempos en los
que un hombre de a verdad aparecía dondequiera, no como ahora que usted no encuentra
hombre de a verdad por parte. Manuelico derivó hacia aprensiones a la orden del día. Santo
Domingo se hallaba a punto de explotar, aseguraba convencido.

6
A la ligera, un foráneo creería que la animación reinante era fruto del café y el alcohol
(acababan de consumir un Anís del Mono, regalo de Manuelico, y la damajuana de
Edermira Villabrille). Los míos son estos, pensé, acomodando mis brazos en el borde de la
ventana, los dedos sumergidos en los cabellos, la mirada hacia el exterior. Me desprendía
de ellos por un minuto. ¿Por qué esta vez entraban orlados a mi percepción? ¿En qué
residía la diferencia? ¿Efectos de mi regreso? ¿La comilona, los postres?
¿Mañana se habrá desvanecido esta ilusión? Repasé cada rostro, reviví cada ausencia. Las
canas y las callosidades en las limpiadoras de maní, la erisipela en las piernas de tía
Florinda, la impúdica red de várices en las piernas de Beba, el decrépito mentón de
Manuelico, la movediza dentadura de la sonriente Martina, los indicios de quemadas en los
brazos de Lesabia, las cicatrices en las extremidades de Antonio, la curiosa mirada de
Brígida.
Entre ellos se alzaron puertas.
Contemplé la puerta viento, por ella entreví a Emilio y él me vislumbro a mí.
La puerta azabache, donde la incandescencia de su pensar hace visible a Virgilio.
La puerta montaña rusa, en la que Noraima canta volare oh
La puerta de sal, donde Mateo emborrona folios de sumas y
restas.
La puerta cerrada con siete llaves. Tras ella, Enmanuel les ofrece hojas de menta y estrellas
de caramelos a los ángeles reunidos para oír anécdotas de su familia.
El tufillo de Coco, que se había echado sobre mis pies, sacudió mi atención. Le acaricié las
orejas. Miriam barría entre los pies de la gente. Recogía los vasos y tazas. Los fregaba.
Lesabia permanecía sentada a la vera del radio. Movía el dial en busca de merengues.
Brígida, abrazando aire como si sostuviese a Jaguar, se alzaba de puntillas con la ansiedad
de interrogar a las personas.
¿Necesita un platillo para echar la ceniza? ¿Agua para lavarse las manos? ¿Le boto ese
papel? Nadie le hacía caso. Mis tres hermanas son diligentes anfitrionas, pensé.
Escuché los grititos coquetos de la madura Edermira meneando la cadera al compás de
Compadre Pedro Juan. Provocaba al zumbón Uberbello, quien a distancia husmeaba y
hacía mímicas de mono. Mujer, lo vas a empalagar de chulerías, le dijo Casilda.
En el limonero cantó un ruiseñor. Solo yo, en la ventana, lo note.
Entonces vi los míos. Y vi la vejez, el desamparo, la coagulación, lla urticaria, las perdidas,
los puñetazos, el dilema, las incisiones.
Su aguante de roca. Sus raíces entrelazadas. La sempiterna exposición. El habitual
combate con las chinchas, los piojos, el piogán, los gorgojos, los virus. Las súplicas al
Corazón de Jesús. A la Milagrosa. Las flores y las lágrimas que ofrecian en los altares de la
Iluvia. Afuían a mí como grandiosa paradoja. Y era sufrimiento. Y era lujuria. Y cra convite.
Enardecedora vida. De cometas haciendo aguas. De ríos de intenciones alimentando
lejanísimas estrellas de la buena suerte.
Había vivido en la Capital. Estudié en colegio. La suerte me había sonreído en una patrona
progresista y leída. Ahorré dinero (aunque la mitad de mi paga mensual la enviaba a Quima
a través de Noraima; importe que ella debía hacer llegar a manos de Beba, empleando los
servicios del chofer Coque. A mi regreso fue cuando supe que mi hermana retenía la mitad
del monto para ayudarse, y por disposición de la propia Beba). Traje conmigo dos maletas -
la de hojalata y una segunda de piel, desechada por Fresia, pero en buenas condiciones-.
La primera repleta de libros y útiles escolares. La segunda de juguetes, vestidos, blusas,
faldas, pantalones largos y cortos, pijamas, medias, dos pares de zapatos, unos tenis, una
cartera de tiro largo, peinetas, pinchos, pantis de algodón, sandalias. Traje nuevas
fragancias, sabores, relatos, experiencias. Sin embargo, no había manera de quitarle un
tinte de equívoco a lo vivido en Santo Domingo. Allá, día tras día, me acompañó la
sensación de que recorría un trecho tomado por error, ajeno a mis pies y a mis pulmones.
La ilusión del retorno era mi lámpara. El movimiento de la imaginación, mi alivio.
No me iría de nuevo. Que Fresia y el ingeniero no contaran conmigo. Ni a empujones me
separaría de los míos. Preferia padecer hambre, ceguera, bichos y piojos; sufrir frío, pelas,
el cruel desdén de los parientes de Enmanuel, pero en mi hogar, donde sentía la vida en el
tuétano de mis huesos.
Acodada en la ventana, mirando a los reunidos, pensé en algo que había estado
escuchando desde que nací: el sacrificio glorifica, amor entraña abnegación. La idea de
plenitud, de goce, era casi pecado entre las mujeres de la familia. Sin embargo, como se
había verificado hoy, no se negaban el placer. No del todo... Advertí que Lesabia y Miriam
se habían ataviado con mis ropas y Brígida se había enganchado en sus cabellos mi flor de
seda. Suspiré. A lo mejor las prendas en los cuerpos de mis hermanas eran suvenires,
nomás. O a lo mejor, lo mismo que el disfrutado banquete, me estaban señalando que mi
tiempo en la Capital dio sus frutos.
Que podría dar más. Ir más lejos.
Capítulo dieciséis
1
Esa misma tarde había detonado la rebelión en Santo Domingo. En absoluto entendíamos,
pero bastaba la fogosidad de los hablantes por la radio para embargarnos de premura. Tras
la noche entera con los oídos pegados a los aparatos receptores, no había persona en
Quima que no hubiese tomado partido. Los guardias estaban entre los más confundidos.
Por si las moscas, se acuartelaron (en los siguientes días casi todos fueron llamados a San
Francisco de Macorís). El maestro Alcides se convirtió de buenas a primera en el hombre
más cordial y abierto del mundo.
Convocó con urgencia a las madres y padres de sus alumnos con el objeto de explicarles
los acontecimientos. Y se desbocó en un ensayado discurso -las hojas de papel, a las que
no miró en ningún momento, le temblaban en la mano-, pronunciado en una voz estentórea,
que mantuvo en vilo a la aturdida concurrencia con palabras como reaccionarios,
contrahegemonía, radical-democrática, prefabricado, congelamiento de las contradicciones
y otras no menos impresionantes. En su momento de mayor claridad, que tampoco era
claro, concluyó: "Ya era hora. El pueblo dominicano se ha sublevado. Esculpe un
monumento altísimo a la patria. Desde el derrocamiento del único mandatario legítimo en
casi siete lustros, y subsiguiente destrucción de la más avanzada Carta Magna que haya
conocido esta tierra del celebérrimo Juan Pablo Duarte, ha primado en nuestro país un
execrable sistema, un gobierno de facto, compuesto por reaccionarios, corruptos,
tutumpotes, ineptos y desalmados civiles y militares, restos de la tiranía y sustrato de la
rancia oligarquía. Todo atranco al progreso.
Ahora, batallones del ejército, espabilados oficiales y mandos altos, en glorioso gesto pocas
veces visto en América Latina, se han alineado con la historia. Es más, se han casado con
la historia. Por si no lo sabían, ustedes son pueblo. Si les preocupa el porvenir de sus hijos,
tienen que aceptar una cuota de lucha. Los cobardes y los apáticos recibirán el desprecio
total. Ha llegado la hora de los hornos.
¿La hora de los hornos? ¿Acaso íbamos a quemar carbón o asar batatas? ¿Para qué?
¿Una cuota de lucha? ¿Qué se les estaba exigiendo? ¿Casarse con la historia? Se hizo un
incómodo silencio. Respiraban un aire electrificado. Nadie ripostó, nadie alzó la mano para
expresar una duda. La frenética perorata y el talante del profesor - cara repleta de cocones
de barba, ojeras, secos los pequeños dientes - suscitaron total desconcierto entre los
padres y madres de familia. Y de encontrarse en situación distinta, habrían creído que por
alguna cómica razón Alcides imitaba con precario éxito a Manuelico. Nadie osó reírse,
aunque ganas no faltaban. El vegano sabía transmitir conocimientos a los niños; empero, en
su comunicación con los adultos lo dominaba el afán de notoriedad.
Aun quienes lograron captar, siquiera de modo somero, sus ideas no bajaron la guardia
frente al tono que se parecía demasiado al de los urbanizadores, aquellos fulanos que
sabían de antemano y sin sombra de duda lo conveniente, lo higiénico, lo veraz, lo
adelantado, lo oportuno, lo ventajoso para los lugareños, excluyéndoles exprofeso de toda
opinión sobre su propia suerte. Eso era como si hormigas caribes mordieran sus vísceras y
dejaran en ellas trazas de su urticante saliva. Los urbanizadores eran la cara patente de la
ubicua autoridad. O políticos. Había que andarse con cuidado.
Autoridad equivalía a trastrueque, a doblegamiento. Los del poder mejor que nos tomen por
brutos y no por vivos, decidían.
Hay más indulgencia con el ignorante. A lo más que si puedes Ilegar es a despierto. Un
campesino despierto. Y si ofreces alguna demostración de inteligencia, que sea como de
juego. Que tu esfuerzo por agradar les haga gracia. Un pobre sabihondo, quilla. Si te visita
un pudiente (algo así como un general o un diputado o un terrateniente) por capricho o
quién sabe buscando qué, habla bajito. Hazte el payaso. El buenón. Disuélvete en
atenciones. Y, como puedas, mantén lejos de su vista tus tesoros: hijas bonitas, gallinas
gordas, árboles de ébano y cosecha reciente. No le abras el apetito. Concentra tu
inteligencia en lograr que se marche riéndose con las muelas de atrás, convencido de su
propia sapiencia, de su gran puesto. Así pensaban los quimeños. Pensaban por
experiencias, suyas o de sus antepasados. Y este pensar lo traducían a anécdotas que se
contaban durante las veladas nocturnas en la cocina de tía Florinda.
No es de extrañar pues que antes de comprometerse con algo que sucedía en la Capital se
lo pensaran muy bien. Por lo pronto, no criticaron al profesor Alcides cuando este,
marginando sus funciones magisteriales, se lanzó a propalar sus ideas entre los atléticos
estibadores, los aventureros del billar y el póker, las muchachas de vivo espíritu (y ya
cortadas por los lengualargas), los mozos indolentes y los jóvenes agricultores; anhelosos
de que acontezca algo que les involucre de una vez por todas. Este proselitismo, al que se
agregaron otros organizadores, se extendió con rapidez a los burdeles, las pulperías y las
fincas de distintos municipios; alcanzó a los labriegos del cacao, a los Echadías, a las
obreras de los arrozales, a los riferos y arreadores de recuas. En la escuela de Quima se
celebraban reuniones con mayoría foránea. El colmo es que se reclutaban personas,
jóvenes la mayoría, para formar una legión que marcharía a Santo Domingo a unirse a los
constitucionalistas y rebeldes antiimperialistas. A las madres las desasosegaba más que
nada el descuido de la escuela, único sendero promisorio por sobre las crestas
circunstanciales.
De la noche a la mañana, Alcides se había transformado en un notorio activista (¿siempre lo
fue?). Dedicaba largas horas a elaborar discursos con los que irrumpía donde un grupo
apaleaba habichuelas o llenaba sacos de zanahorias. Les aseguraba que la vuelta a la
constitucionalidad en el país era pan comido. Que se hallaban ante el único chance de sus
vidas de participar en la historia. De La Vega, San Francisco de Macorís, Padre las Casas,
Azua y de otras provincias y municipios partían legiones hacia Santo Domingo. La población
capitaleña les acogía y acomodaba en sus propios hogares. Los militares constitucionalistas
les entregaban armas y pertrechos.
Manuelico Melián, vayan a saber por qué, se convirtió, de los primeros, en entusiasta de la
revolución. No iría a combatir, desde luego, pero sería su propagandista entre los
innumerables conocidos en muchos kilómetros a la redonda. Las mujeres no se perdían
detalles. El dial fijo en Radio Santo Domingo Televisión, ahora Radio Constitucionalista.
Aquello era una conmoción, una alegría casi azarosa, y bien ciega. Hasta la prudente y
beatifica tía Florinda organizó un tercio a la Virgen de la Altagracia, suplicándole
acompañara al pueblo dominicano en este lance.

2
Estando los adultos tan absortos, me dispuse a sacar provecho de mis logros urbanos. A
peces, nebulosas e insectos recurrí para mitigar los efectos en los más pequeños, a quienes
el ambiente de arrebatos y nerviosismo los embrollaba. No se les permitía corretear por el
monte y el vecindario. Quietos, quietas, todo el mundo los quería así, obedientes a un toque
de queda doméstico.
A mis hermanas y a Antonio, reunidos a mi alrededor debajo de una mata de pera, les
mostré láminas de mis libros de Geografía y Ciencias Naturales. Cacao nos observaba
impávido desde la piedra de indio (donde se había sentado, luego de un desayuno
consistente en diez batatas regadas con abundante manteca de cerdo). Después de un
rato, también el obsequioso trabajador miraba con vivo interés los dibujos de mariposas y
nos acompañaba en identificar las que habían sobrevolado Quima y las muy conocidas por
todos. De pronto exclamó: Tú te pareces a Virgilio, ustedes dos son los más parecidos a
Enmanuel. Sus palabras me emocionaron porque me vi reproduciendo una conducta de mi
hermano, cuando recurra a insectos, mares y océanos para distraernos o bien enseñarnos
un aspecto del mundo. Ahora yo era dueña de libros y compartir conocimientos daba más
placer que prestar vestidos y zapatos.
De geografía poseía dos volúmenes. Uno se titulaba La tierra y sus recursos, texto que
empleábamos en el colegio. El segundo, Geografía universal ilustrada, me lo había
entregado Fresia a última hora, conociendo mi preferencia por esa materia. El contenido de
estas obras no era menos fabuloso que el de los cuentos repetidos y recreados en las
tertulias del caté en casa de tía Florinda, que versaban sobre ciguapas, seductoras criaturas
de largas y finas piernas; salvajes biembenes de pelo rojizo y amarillento, hábiles
trepadores de barrancos; jupias que deambulan por los espesos montes; indios de las
aguas; proteicos galipotes; Juan Bobo y Pedro Animal; repollos cantarines que
correspondían a niñas enterradas; pájaros que crearon las hembras abriendo un agujero en
un coco; reptiles astutos; aparecidos de todo tipo (españoles uniformados de lanceros y
dragones); cimarrones, señoritas, presidentes, escribas, monjas, bacás, galipotes, botijas
enterradas. Y ahora, yo ponía al alcance de los míos la otra magia. La fabulación vertida en
hojas.
Los fenómenos y bestias a láminas que no me dejaban mentir. Todos me atendían. En
especial, Brígida, crispada de preguntas, más que antes, más que nadie. Aunque mil veces
la reprendieran por su manía de interrogar - irritando a Beba cuando esta trajinaba dando
mente a los problemas no conseguía refrenarse. Y sufría, la niña, por la ansiedad, la misma
que la hacía orinarse encima.
Viendo ilustraciones, a mi pequeño grupo le expliqué lo que a mí antes me había
asombrado. La extensión del tiempo. Las poblaciones del espacio sideral. Un trilobite Fósil
que vivió hace más de quinientos millones años El esqueleto de un dinosaurio de 125
millones de años atrás. Un mosquito de millones de años entero en una resina. Hubo cinco
mil especies de dinosaurios en la Era Mesozoica. La nebulosa Cangrejo, seis años luz de
diámetro, nacida de la muerte de una estrella. Los astrónomos chinos y árabes
contemplaron la explosión de esa estrella en el año 1054.
¡El estallido se vio en el cielo durante veintidós meses!
¿Cuál de todas estas es la nebulosa Cabeza de Caballo, Brígida? Ahí, ahí está la cabeza.
La nebulosa Lira, que tiene forma de anillo. ¿Cuál es, Miriam? Cacao se adelanta desde su
altura por encima de nosotras, y señala con su índice negro y nudoso. Acierta, sonríe como
un niño. (Beba fregaba los trastos. Nos examinaba desde la ventana con su mirada de
científica en declive. Por lo menos a mí me parecía que de esa manera miraban los
científicos cuando las cosas no les cuadraban. Piensa que te piensa, intentando en vano
detectar una ley en la aleatoria realidad).

3
Don Chelo y doña Miguelina inspiraban a los simpatizantes del bando de San Isidro y el
Cefa. No eran muchos, pero pronto, con los de ideas afines, se hicieron sentir en la
provincia. Camiones cargados de plátano, arroz, zanahoria, tayota, papa, habichuela, ajo,
cebolla, gallinas y guineas eran despachados desde distintos pueblos y secciones hacia la
pista de Constanza, desde donde se transportaban por avión para avituallar a los militares
que, atrincherados en la Base Aérea de San Isidro y sus entornos, bombardeaban los
insurrectos barrios de Santo Domingo. El Cefa dominaba la jetatura de la Base Aérea
(contaba con los tanques, cañones y morteros del Ejército), pero todos habrían perecido a
causa del desabastecimiento, a no ser por las provisiones que les llegaban desde
Constanza. Aun con esta ayuda, marchaban a la segura derrota, justo cuando Estados
Unidos, nación ante la que se habían presentado como contención del comunismo en
nuestra isla, envió cuarenta y dos mil soldados, que entraron de golpe en escena. (Aparte
de Lorenzo que vivía allá, creo que yo era la única del lugar que había pisado San Isidro y
sabía, más o menos, qué era el Cefa. Los asociaba a la barahúnda de juguetes y tirones).
Salíamos a trompicones hacia la historia. Y vaya historia del carajo. Calixta y su marido
Doroteo, unidos como nunca, organizaban verbenas durante las cuales se asaban puercos.
El carnicero Ludovino y el mecánico dental, quienes ahora no salian de esa casa, se
encargaban de preparar las comilonas proselitistas. Calixta y Doroteo dirigían los rezos -
seguidos de jolgorios-- encaminados a rogar al Todopoderoso que los americanos
permanecieran en el país ahora y para siempre. Improvisaban arengas. Él con su voz
estentórea, ella con su voz opaca. Los americanos impondrían el orden definitivo, perdido
desde que asesinaron al Jefe. Los americanos eliminarían el peligro comunista. Les
trincharían la lengua a los afrentosos que se atrevieran a desafiar a un cura. Este es un
pueblo de bárbaros y atrabancos, y de los haitianos ni se diga, esos son salvajes y brujos,
comeniños. ¡Que manden los americanos en la isla entera! Que de nuevo les corten las
manos a los salteadores y paren el abigeato ahorcando en cada sitio a unos cuantos
ladrones.
Que de nuevo expulsen a todos los cueros hacia la isla Beata. Que los chulos y proxenetas
sean desollados y sobre la carne viva se les riegue sal. Que en aquellas familias que no
mantengan su letrina limpia apresen a los adultos asquerosos por atentar contra la sanidad
pública. Que regrese la decencia a la radio. Que azoten a las madres que brindan a sus
hijas el modelo de putería e impudicia.
Que se amarren los vagos y quicios y se les fuerce a cavar cunetas, pegar bloques de
cemento, chapear zarzas o secar pantanos. Lo que sea, ¡que bajen el lomo! Que a los
pendencieros descendientes de malandrines y piratas no se les tolere ocio. Que a los
maricones y a los Testigos de Jehová se les expurgue, y a estos últimos se les constriña a
izar la bandera en el Altar de la Patria. Que a los facciosos huelguistas se les trabe la
lengua. Que metan en cintura a todos los que andan por ahí como chivos sin ley. Apuesto
que así se acaba el caos. A que desaparecen los malhechores de camino. A que más
nunca se ve una niña estuprada. A que los pajarracos se transforman en hombres. A que
los sabichosos agachan la cabeza ante el obispo. A que regresa el respeto a la autoridad.
Todo un programa alentador de los intereses de "los hombres serios y las fuerzas vivas" del
país circulaba por los caldeados predios de Calixta. Su resuelto fanatismo no solo lo
concitaba su maña de comparar y compararse y su relativa fealdad, también estaba el
asunto de los orígenes de Doroteo, cuya familia perdió peso e influencia con la desaparición
del tirano. Existía una solapada y aguda nostalgia de dictadura, que ahora se desplegaba a
sus anchas. Esta zurrapa absorbente la compartían, por disimiles motivos, el carnicero y el
mecánico dental. Otros preferían encubrir sus inclinaciones hasta que estuviese bien claro
quiénes serían los vencedores.
En los chiquillos y los púberes, todo el día asimilando tensión, empezaron a notarse los
efectos. Se peleaban entre ellos. Rompían más platos y vasos que de ordinario.
Resbalaban. Sufrían pesadillas. Brígida se orinaba todas las noches en la cama y, de tanto
en tanto, cuando subía la exaltación dramática de una voz en la radio, se orinaba encima.
Antonio se había cubierto de salpullido y se desgañitaba sin motivo visible. Para alivianar la
atmósfera, puse más empeño en mis convocatorias bajo la mata de pera, con los libros
traídos de la Capital como foco. Nuevos interesados acudieron. Las hijas de Edermira se
aparecían en casa nada más amanecer. Incluso Mambrú, encargado ahora de la carnicería,
se apersonó una tarde y le propuse que enseñara al grupo a jugar beisbol. Él se negó. Su
tirantez conmigo se había esfumado, pero seguía creyendo que ese juego pertenecía a los
varones. No se veía enseñando a Martina a coger serias del picher (mi comadre, muy
entusiasmada, desde que se habló del tema, manifestó que deseaba ser cácher).

4
¿Cuánto corren los jaguares en el cielo? La interrogación introdujo el efecto de una piedra
de rayo caída en el pozo en que estamos nadando. Desgarro el fino velo que cubre ciertas
conductas de Brígida, las cuales Asunción habría explicado sin más ni más: Vivió la muerte
del papa en el vientre de la madre, ¿qué misterio puede ser grande para ella? Ella seguirá
siendo inocente a los cien años.
Luego de una pausa en la que un ruiseñor exhibió diez registros distintos en su breve canto,
cayó una pera madura, ¡plof!, y una cuyaya surco el nítido cielo, la menor de mis hermanas,
con un respingo, arrojó sus preguntas. Leona, ¿corren mucho los jaguares en el ciclo?
¿Corren como los relámpagos? ¿Como los aviones? ¿Como los montantes? El pecho le
palpitaba, rojísima.
Los ojos, como las sedosas hojas heridas por el sol. Se hizo silencio. lo cavilaba, insegura
de las palabras a escoger.
En mi ausencia, nueve meses atrás, Jaguar, la gata de pelos amarillos y marrones,
bautizada con ese nombre por Manuelico, fue aplastada un mediodía por las gomas
mellizas de un camión, ante su estupefacta dueña, quien contemplo el hecho desde la
empalizada interpuesta entre la carretera y nuestro patio frontal. La aperruchó, fue el
término que empleó Brígida al contarlo. Beba, unas horas después, la encontró con los ojos
resecos, sentada en la tierra, la espalda apoyada en el tronco de pera; sobre sus rodillas,
los restos ensangrentados de Jaguar. (Mamá, bajo la fuerte impresión, prohibió que en lo
adelante se mencionara el hecho, creyendo que de esta manera la niña lo olvidaría más
rápido).
La gata era velocísima, capaz de cazar una mosca en el aire y de interceptar un hurón en
un destello de tiempo. Pero fue superada por la máquina gigante pintada de rojo, que de
noche exhibía un altar encendido para prevenir el peligro. ¿Jaguar estaría a salvo en el
cielo? ¿Había allí máquinas aplanadoras de mininos? Insólitas preguntas en la boca de una
niña que, por sus características, no era aceptada en la escuela. (A nosotras nos hubiese
extrañado que alguien dudara de que los animales amaban, sufrían, odiaban, pensaban,
temían y deseaban. En cuanto a sus lazos de fidelidad y su miedo al dolor, sobrepasaban a
los humanos).
Leona, ¿corren mucho los jaguares en el cielo? Vaya pregunta.
Brígida ignoraba qué era un jaguar. ¿Por qué no inquiría sobre la agilidad de los gatos
comunes? En Manuelico recaia la responsabilidad. Para convencerla de ponerle Jaguar a la
entonces minúscula gatita, un hilo de gato había elaborado una intrincada y fantástica
historia sobre estos felinos (muchos de los cuales albergan el alma de un guerrero o las
garras de un dios de los indios o la piedra del rayo). Brígida, en lo adelante, cada habilidad
nueva mostrada por su gata la asociaba a las descripciones del Mercadero.
Una idea ardiente asomó a mi cabeza. ¿La interrogación de la niña escondía una
advertencia? ¿Esa máquina con fantasmagóricas luces, conducida por un cegato o
borracho, se nos encimaba?
¿Nos perseguía un guaraguo maléfico como un avión de guerra?
¿Deberíamos sacar espejos para refractar el mal? ¿Quién detendría las armas
apuntándonos? Sacudí la cabeza, como para espantar estas imaginerías. Brígida creyó que
negaba por carecer de palabras para satisfacer su inquietud. Dijo, Virgilio, como un sollozo.
Y entendí. Si Virgilio estuviera aquí, él sí sabría. Examiné el índice del libro de Ciencias
Naturales. Felinos. Jaguar. Género, pantera.
Carnívoro, familia: Felidae. La información venía acompañada de una pequeña estampa del
fabuloso depredador. ¡Me mira!, gritó
Brígida, sobreexcitada. Me está mirando a mí.
“Yaguar, jaguar o yaguarete. En Perú se le lama otorongo y en Paraguay; jaguareté.
Cazador solitario. Acecha, observa, embosca a sus presas. Prefiere los bosques densos y
lluviosos. Le gusta nadar. Sus mandíbulas son las más poderosas de todos los felinos".
Añadí: Este felino americano corre más rápido que una bala de cañón. Los indígenas creen
que, en el mismo cielo, estos gatos reinan sobre todos los demás animales. En los días
siguientes, Brígida, radiante de entusiasmo, se soltaba en nuestras reuniones.
¿Qué es un científico? ¿Qué es astronomía? ¿Qué es Aluvial? ¿Qué es tundra? Apenas me
permitia avanzar. En un rato buscamos los significados, reponia yo, porque a manos, y
desganada para abrirlo, tenía un pequeño diccionario de letras tan diminutas como
hormigas bobas. (Las interrogaciones de Brígida dejan al descubierto una forma de
inteligencia, imperceptible para el maestro que le indicó a Beba: Enséñele oficios en el
hogar, cales como descurtir ropas y bordar. No da para letras).
Las imágenes poseían su propia magia. Yo les añadía suspenso con ciertas combinaciones
previas a leer el pie. las Pléyades, el cúmulo estelar de Hércules. Las constelaciones del
Zodíaco. La Vía Láctea. Nuestro sistema solar. Los universos islas. Un millón de años luz
separa a la galaxia más próxima de la nuestra. Cuatro y medio años luz de distancia entre el
sistema solar y la estrella más próxima. ¿Año luz? La distancia que la luz atraviesa en un
año. ¿Viaja la luz? ¡A una velocidad de trescientos mil kilómetros por segundo! En un año,
viaja 9.4 billones de kilómetros. ¡Embustera!, ¿qué son billones? Y yo me esfuerzo en
enseñarles los detalles en las imágenes a colores. Entonces Brígida se empecina en
relacionar los jaguares con los años luz y las constelaciones.
Bajo su porfiada deducción, negada a que pasemos la página, levanta la mano y dice:
Taniboy, taniboy. Corre a procurar un lápiz y ante nuestro asombro, une puncos-estrellas y
dibuja un gato despatarrado. ¿Cómo no habíamos visto ese jaguar durmiendo?
Si, si, Brígida, ya ves, después de ganar una carrera en la que le han concedido ventaja a la
luz, los jaguares reposan sobre un colchón de estrellas. Ya ves, las estrellas se les pegan a
las orejas, a los colmillos, al rabo. Brígida está fuera de sí. Se le ha aclarado el misterio
doloroso del aplastamiento de su gata de pelos amarillos y marrones y ojos del color de los
suyos. Suspira, feliz. Y yo, por un momento, cierro el libro y la estrecho, percibiendo en la
niña de ojos clorofila y sol, el borboteo de cualidades fronterizas.
Cacao explicó: Un animal doméstico se interpone entre un maleficio y su dueña. Atrae hacía
si el daño que va dirigido a ella.
El camión rojo iba a aplastar a Brígida, y Jaguar se adelantó para librarla del peligro. Mira si
te amaba tu minina.
Con todo, en nuestro hogar se sentía la marca de las emociones al rojo vivo, encrespada
por las angustiantes incógnitas en torno a los peligros que corrían Virgilio, Lorenzo y
Noraima y sus hijos. Por momentos, nos percibíamos como un hilo de agua que zigzaguea
en una gruesa y agitada corriente. Las habichuelas se achicharraban en el fondo de la olla.
Beba olvidaba cambiarse de ropa, echar sal a los víveres, beber agua. El arroz se pasmaba.
Paños y empeines afeaban los brazos de Lesabia. Al rascarse, sus uñas trazaban
alargadas marcas en su epidermis. Miriam, más silenciosa que de costumbre, no paraba de
trajinar y a cada momento se sobaba la cintura como si mitigara una comezón o se oprimía
la clavícula derecha. Brígida cesó de orinarse en la cama, más seguía orinándose encima
cuando escuchábamos las noticias en la radio.
Todos los días a las gallinas se les regaba maíz al amanecer, era un hábito. Ahora, su
cacareo a media mañana nos recordaba nuestro descuido. Los ojos de nuestra madre,
disminuidos en su tamaño, cintilaban. Coco emitía aullidos en la madrugada. Cuando no
estaba con el grupo alrededor de un libro, yo me sentaba durante horas bajo la mata de
higuereta, como si sus grandes hojas pudieran transmitir orden a mis pensamientos.
Manuelico, con dolido, un día le trajo a Beba una vara de longaniza. Miriam la corto en
trozos y la echo a freír. En otro momento, el mero olor
nos habría generado pozos de saliva. Mamá ni siquiera quiso probarla. Antonio como con
hambre atrasada. El grasoso alimento le produjo diarrea y a continuación le empezaron a
brotar náñaras en el cuero cabelludo.
Mamá, usted está enchiquitando. ¿Usted va a desaparecer?, preguntó un día Brígida. Beba
miró a su hija menor y sus ojos brillaron con perturbadora desolación, tal vez así brillen las
estrellas muertas. Luego, se dirigió a la cocina a juntar fuego para prepararnos una avena
sin leche ni azúcar, solo con clavo dulce.
Esa noche, mientras tomábamos el insípido alimento acompañado de trocitos de batata, el
profesor Alcides se apersonó en nuestra casa, sorprendiéndonos al comunicarle a Beba que
él se quitaba el sombrero ante Virgilio (¿cuál sombrero?). Nadie imaginaba el calibre de
nuestro pariente. Si nos faltaba comida - y nos miró de rojo - o si nos agobiaba alguna
necesidad, él, Alcides, acudiría a su red para abastecernos. Con azoro, lo veía discursear
sin poder quitarme de la cabeza la salvaje pela que un día me propinó delante de sus
demás alumnos. El sujeto era otro. Beba lo escuchaba con la cara perfilada por la tristeza,
tragando recama.
Más tarde, un rato después de apagar la bombilla, la escuché murmurar en su cama, Yo no
pido. Mastico hierro y trago sangre, pero no pido. ¿Quién comprende a una madre en estas
circunstancias? Durante un buen rato estuvo prefiriendo frases sueltas sobre nuestra
situación, algunas ininteligibles, otras escalofriantes e incluso fragmentos de la misa en
latín. Lorenzo y Virgilio podrían estar matándose entre sí. ¿Y Noraima? Si les cae una
bomba, ¿cómo quedarán esos inocentes niños? ¿Qué habrá sido de Chaguin? A los cascos
blancos se los están comiendo vivos en las calles de la Capital. Enmanuel, si está en su
poder, no abandones tus hijos ni un momento. Intercede por ellos. Dale tu mano.
Fue en la madrugada cuando mamá vino a conciliar un sueño silencioso. Solo entonces
logré dormirme. Al amanecer, una exaltada Edermira se apersonó con las manos en la
cabeza cuando Beba, cabizbaja, encendía las leñas del fogón. Un sol suave se desbordaba
por las rendijas, las gallinas cacareaban, un caballo relinchaba, una guagua pasaría por la
carretera en media hora.
Inicio de un día normal, en otros tiempos. Ahora las señales más que orientar, confundían.
-¡Acabo de divisar a Lorenzo de espalda entre las matas de café Cuando fui a acercármele
ya había desaparecido. Era dl, yo no me confundiría. ¡Ay Beba, cú bien sabes lo dadivosa
que soy!
!Yo no se lo negaba a Lorenzol ¡Ay, tal vez Siola sea suya y por eso él hace asomos por mi
patio!
Mamá soltó la cuaba encendida como si su muñeca se hubiera licuado. La cuaba siguió
ardiendo cerca de sus desgastados zuecos, pero no pareció enterarse. Se recostó en el
seto. Como una cría acorralada por un depredador. Extrañamente, en su fragilidad brilló una
robusta juventud. La energía de un relámpago.
-Mataron a Lorenzo. Dios mío, ten piedad. Está haciendo asomos dijo, agarrada a la
esquina del fogón para no desvanecerse.
Cuando la vecina se marchó, remordida por su falta de tacto e inquieta por su confesión, yo
entré a la cocina decidida a distraer a Beba.
-No le preste atención a Edermira. Viene con su quisquilla a fastidiarla desde temprano.
Mujer morbosa.
-¡De nadie critiques, muchacha! Las habladurías azaran los hogares. Edermira no tiene mal
corazón. Hoy, antes que ella, ya Manuelico, que no pega los ojos en casi toda la noche, vino
a notificarme que esta madrugada columbró a Lorenzo escurriéndose por la cañada
podrida. Asegura que lo vio en carne y hueso, pero sé que mi hijo está desandando los
pasos, ¡jay! El pobre, ustedes nunca le dieron cariño.
-Maltrataba a Noraima... --empecé a decir.
-¡Chist! ¡Cállate, que te parto la boca! Tú crees que no me acuerdo de lo puntillosa que eras
con él.

Me comporté con impertinencia, si, tal vez, me las gané, pero las amenazantes palabras de
mamá, aun sabiendo que ya no me azotaría, me crearon un maldito malestar. Comencé a
aborrecer las noticias, a desear la destrucción del radio Philips, sus bulbos, sus botones, su
cuadratura. Odie las voces de extraños tronando o cantando o persuadiendo.
Ven a desayunar, me dijo Beba, compungida, al cabo de un rato.
-¿Tú no ves que el mundo se nos está cayendo encima? Lorenzo en la Fuerza Aérea, con
el Cefa y los gringos; Noraima en un barrio prendido en candela; Ruiz, un policía casco
blanco (ahora aseguran en la Radio Constitucionalista que son como alacranes y víboras); y
Virgilio, ¡ay Dios mío!, mi mayor dolor de cabeza, dónde estará metido ese bendito que no
nos hace llegar ni una palabra?
-La comprendo, pero eso no quita que Lorenzo..
-¿Pero es que en la Capital te sacaron el corazón? ¿No te condueles por Lorenzo? ¿O es
que no sabes cerrar la boca?
-Tengo corazón, mamá, pero se le cayeron las alas.
Se me esfuman las ganas de desayunar. Tomó el bidón y un trapo cualquiera para
babonuco. Corro a la tina de beber. Doy tres viajes de agua. Luego me seco, me peino y
escojo mis libros para compartir con aquellos de los míos que necesitan distracción, acaso
más que la misma Beba. Por lo menos ellos no se resisten a mi empero.
A la reunión bajo la sombra de la pera mayor, Martina, Siola Y Juancito traen un frasco
grande en el que han encerrado desde el día anterior un montón de mariposas. Quieren
lucirse como lo hicieron cierta vez con potes de agua azul y caracoles. Pero apenas dos de
las mariposas sobrevivieron. Les pido que las liberen. Sin oponer resistencia, las colocan
sobre hojas bruscas. Están aturdidas, inmóviles. Los restos de las otras los echan al pie del
árbol.
Al cabo de un par de minutos, ya están invadidos de hormigas.
Martina, con su hijo horquetado en la cintura, se mantiene de pie porque el pequeño gime si
ella se sienta, hijos sus estrábicos ojos, como embrujados por el trabajo de las hormigas.
Todos seguimos el trayecto de su fascinación. Observamos cómo las hormigas corren,
cómo marchan. Señalándolas, digo, cargan veinte veces su peso. No me entienden.
Explico, si una hormiga pesa una décima parte de una onza, podría cargar dos onzas.
Ahora me entienden menos. Pero, qué importa. Pienso en Beba. Si las preocupaciones se
pudiesen pesar, ella merecería más admiración que las hormigas, por la carga que es capaz
de llevar sobre sus hombros.
Ya es momento de abrir los libros, la aventura. De entretenernos en la pompa que creó,
imitando al hermano preferido. Cierro los ojos. El aire está oloroso a monte, a galope de
Batalla. Lo aspiró. Sonrió. La cortesía de mi público es el silencio. De esta manera me llega
la inspiración (arriba Emilio por la puerta de viento), el rayo de luz que calienta la
imaginación, les he explicado. Brígida quiere saber qué veo, qué me sucede. Me sucede
Emilio, podría decirle, pero a lo mejor la asustaría. Solo mi corazón sabe que está aquí,
sentado sobre las hojas con las piernas cruzadas, can inmóvil como las mariposas que
liberamos después de un cruel cautiverio.
Me escucha. Me alienta con la llamita de su palidez, con el arte que es la tristeza en sus
ojos. Con la audacia del rosa que aún dura en sus labios.
Abro los ojos. Abro el libro. Y saltamos hacia los fondos oceánicos y más. Les muestro la
máquina de exploración marina, las diatomeas (algas unicelulares microscópicas), el
plancton, los moluscos, pulpos, calamares, ballenas, cachalotes, delfines, los peces aguja,
raya, espada. Los rosados delfines del Amazonas. El batiscafo Trieste capturando animales
abisales a más de diez kilómetros de profundidad.
Examinamos en detalle las gráficas de un árbol de 3,500 años y noventa metros de altura
(como un edificio de veinticuatro pisos), la figura de un leopardo rodeado de mariposas
(Brígida interrumpió: Un jaguar se come a un leopardo como si nada, ¿no?
Todos asentimos. ¡Ah, concluyo complacida)! Los bisontes en ocres praderas, la tundra de
brillantes colores rojizos, los gorilas, canguros y jirafas; un elefante engalanado como una
princesa en un desfile en la ciudad de Mysore, en la India. (¿Y eso es verdad?
¿Mysore? ¿La India?). Prosigo con el perro esquimal, bestia de tiro en regiones heladas, la
llama, los canguros. Estatuas de millares de dioses en un templo hinduista, pagodas,
mezquitas, la Basílica de San Pedro.
La mariposa ponedora de huevos en un árbol de morera, los huevos de los que salen los
gusanos, estos que devoran cantidad de hojas y se convierten en capullos; hilos de seda,
seda para vestir.
Una niña china vestida de saliva de crisálidas.
De ahí nos mudamos a las rocas: metamórficas, pizarra, esquisto, serpentina, cuarcita,
mármol; rocas sedimentarias, arenisca, lutita, caliza, dolomita. Y acto seguido, a las piedras
preciosas: rubí, zafiro, ópalo, esmeralda, topacio, y la más costosa y dura de todas, el
diamante.
Tara el día siguiente, a fin de evitar iniciativas como la de las mariposas en el frasco, les
pedí conseguir especias: pimienta, canela, nuez moscada, anís y clavo dulce. Íbamos a
desmenuzarlas, olerlas y probarlas. Luego, veríamos en mis libros la navegación de
Cristóbal Colón, siglos atrás, tras estos productos.
Así lo hacemos, en algarabía. Los olores de las especias nos transportan al descubrimiento
de América. Les leo sobre la llegada de los españoles al Caribe, la brutal conquista y
establecimiento en las nuevas tierras. Cacao, intrigado ante la lámina de las tres carabelas,
cierra esta sesión con un comentario: Qué raro que los gringos no vinieron antes que los
españoles. Qué raro que no se cogieron estas tierras antes que ellos. Sonreí, deduciendo
que el Echadía, fiel oyente de Radio Constitucionalista, superponta de ingenua manera la
evangelización de América y la presente invasión de marines del imperio a nuestra tierra.
En nuestra zona, se multiplicaba el número de forasteros interesados en adquirir
propiedades. La tarca de tierra subía de precio. El dueño del billar y el turco, tipos vivos,
fungían de mediadores entre compradores y lugareños, y se ganaban lo suyo.
Así fue como vi al mecánico dental pisar mi casa. Acompañaba a una agradable pareja de
hombres, notablemente afectuosos entre si, que quería hacer negocio con Beba. (Y como el
cadáver de un asesinado sangra en presencia del matador, delatándole, así mis encías
hormiguearon y mi mandíbula sufrió ante el hombrón que me había arrancado las muelas).
Mamá les recibió con educada cortesía y les escuchó la propuesta casi indiferente, ajena al
entusiasmo de los visitantes, prendados de la tierrita entre los dos arroyos (la de los
soberbios árboles de copey y cabima y pasto siempre crecido, preferida por Batalla). El
Turco intervenía para destacar las cien ventajas de la posible transacción. Ponderaba a los
eventuales propietarios, de quienes conocía solo el dinero que abultaba sus bolsillos. Mamá
les respondió que le permitieran analizarlo con sus hijos. De hecho, solo lo consultó con
Manuelico. El firme parecer del Mercadero salió de su boca en forma lapidaria: Beba, el que
vende lo que tiene muere en el catre de los perros.
Y logró que el rostro espectral de nuestra madre se iluminara por un instante con una leve
sonrisa.

5
A Doroteo el exaltado meneo del fanatismo casi lo fulmina.
Un preinfarto obligó a su internamiento en una clínica de la Vega. Calixta lo cuidaba día y
noche. El Turco no la dejaba sola; hecho un atado de lealtad, tomó como suya la situación,
encargándose de que no le faltaran jugos, café fresco, ropas limpias, sábanas, etcétera,
traídos desde su hogar en Quima. Pero al cuarto día empezaron a apersonarse al centro de
salud las queridas de Doroteo o las madres o hermanas de estas. Los piques que pasaba
Calixta espantando a las intrusas y las zozobras que le provocaba el enfermo, quien reunía
fuerzas para exigir la presencia de esta o aquella, le causaron una peligrosa enervación. El
mecánico dental, alarmado por el estado de sus recientes providenciales líderes, persuadió
a la mujer para que se sometiera a la evaluación de un especialista. Por álcimo, los
amantes hijos e hijastros zanjaron la crisis llevándosela de regreso a la casa, luego de
prescripciones de sudantes y reposo. A este punto, la salud de Calixta -mental y física-- se
hallaba más estropeada que la de Doroteo. (¿Cuál de los dos actuaba peor? ¿El, fullero que
salía de punta en blanco sobre su caballo a enganchar mujeres, o ella, industriosa y
repelente a partes iguales? Lo increíble es cómo combinaban de bien, cómo sintonizaban
esos dos. Imposible pensarles por separado).
Leona y Miriam, ustedes van esta tarde a donde Calixta y le ofrecen cumplimiento de parte
de nuestra familia, nos ordenó
Beba. ¿Yo, visitar a Calixta? ¡No!, proteste. Mamá pensó: ¡Aquí tenemos ahora a un gallito
de pelea graduado en la Capital!, pero sólo dijo: Sí, tú y Miriam se acompañan la una a la
otra (en el trago amargo, le faltó añadir).
Esa cacata, esa sangre de mosca, la ha lastimado a usted todo el tiempo, ni, aunque me
maten la visito, dije. ¡Gallito de pelea!, pensó Beba, mirándome de hito en hito, con sus ojos
de científica exhausta y su carga de aflicciones.
¿Cuántas veces deberé perdonar a mi hermano cuando pecare contra mí?, le preguntó
Pedro a Jesucristo. ¿Tú sabes lo que le contestó? "No te digo yo hasta siete veces, sino
hasta setenta y siete veces, o cuantas veces te ofendiere". Jesús perdonó hasta a los
hombres que lo clavaron en la cruz. ¿Quiénes somos nosotras para no perdonar? Te lo voy
a repetir hasta que aprendas humildad: hay que exprimir del corazón la ponzoña del odio.
Perdoné a Calixta.
Y cuanto más me injurie, más la perdono. Dios me pagará con su misericordia. Yo iría a
cumplir con los enfermos, pero Calixta y Doroteo se sentirían mal con mi presencia. (Mamá,
desde el primer día en que entró en relación con los parientes de Enmanuel, rehuyó
siempre la mirada de Doroteo. Nunca dijo nada, y es que se sentía abochornada por la
conducta de este. ¡Santísimo!, no había hembra que se escapara a su lascivia, incluso las
comprometidas. Es muy posible que la tirria hacia nosotros arrancara de esa primera ojeada
de Doroteo a la esposa de Enmanuel, interceptada al vuelo por Calixta. Esa ojeada se
enterró en el costado de la tía como un ardiente moscardón. Y si alguna vez tuvo alguna
gracia, en ese momento se le apagó. Los celos afectan más rápido que un cáncer, afirmaba
Casilda, y no le faltaba razón).
Esta tarde, ustedes dos irán a la casa de Calixta, en nombre de toda la familia, insistió
Beba. En esta oportunidad, me anoté un canto pues planté resistencia y terminé
persuadiendo a mi perturbada madre de que en los ámbitos de la tía ácida yo resultaría tan
indeseada como ella. En Miriam -de emociones selladas hasta para mí- y en Lesabia recayó
la responsabilidad del fastidioso cumplimiento. En Quima se cumplía con todo el mundo. Si
el aquejado o difunto se comportó como un demonio, igual se cumplia con él y su parentela.
El cielo se está inclinando a favor de los constitucionalistas, colegí. ¿O no era intervención
divina eso de que Doroteo y Calixta no pudiesen emocionarse demasiado sin que el
corazón les pasara factura? Ahora bien, ¿por qué al mecánico dental enorme, tan colorado,
tan primitivo-- no se le fuñía el músculo cardíaco? Muy él, muy bestia, el Turco, que nos
hace unos favores... Y el carnicero, ¿no va a recibir alguna advertencia del cielo por estar
forzando a Mambrú a cantar en las veladas políticas de Calixta, cuando a este ya las
hormonas le transformaron la voz y lo que desea de veras es estar del lado, y al lado, del
profesor Alcides? A estas y otras preguntas esperaba respuesta. Al nadar con estoicismo y
te en las aguas turbias del presente nos acercábamos a una playa de aguas azules y tibias,
pensaba.

Pero nuestros brazos ya se van fatigando de canto oleaje. Nos ofusca ignorar el paradero
de Virgilio, Lorenzo y Noraima. Beba
cocina en trance. El arto queda crudo. Masticamos gorgojos y piedritas en las habichuelas
pintas, de malísima calidad. Hasta los huevos se adhieren al sartén, desperdiciándose. Le
ruego a mamá que delegue en nosotras, sus hijas, la preparación de los alimentos.
Pero se aferra al cucharón, a la feria, a las vasijas, en tozuda actividad, exasperada con
todo. Hasta las gallinas reciben escobazos y Coco sufre con nuestros tropezones.
Advertencias incendiarias o tétricas se nos enredan en los sesos. Guerra para largo. ¡A la
calle, pueblo dominicano! Máquinas exterminadoras, los marines. Los temibles hombres
rana constitucionalistas capaces de penetrar fortalezas, de trepar acantilados.
Como pajaritos, gente cayendo en los callejones. Los espejos domésticos en las azoteas
para cegar a los pilotos de los bombarderos. De sopetón, sabíamos en exceso también del
pasado, de los años de la dictadura, de las atrocidades, osadías y reinterpretaciones.
Quienes recibían esta avalancha informativa, hasta hacía muy poco, habían vivido atados
con soga corca a un destino de comunidad limitada, predecible.
La Manicera, única fuente de empleo había cerrado. Empezaron a llegar camiones
transportando las pertenencias de capitalinos que buscaban refugio en la montaña. Con
ellos trajeron aparatos de televisión. Lo que nos dejaban ver en su pantalla nos
espeluznaba, nos fascinaba. Por suerte, Beba fue indiferente a la novedad tecnológica. Lo
suyo era ajumarse con cigarros pachuchés para mitigar el dolor que le adelgazaba hasta la
voz. De vez en cuando se zampaba un trago de ron. Empezó a sufrir de maldad de
estómago.
Por fin marchó hacia Santo Domingo la legión de hombres reclutados por el profesor Alcides
y un abogado de Jarabacoa, un tal doctor Abreu Soto, enardecidos de furor
constitucionalista. En dos filas, en una breve exhibición, marchaban por la carretera en.
comando: A luchar, a luchar. Se unirían a algún comando de los bravos que resistían al
Cefa y a las tropas invasoras. La suerte está ya echada. Y ellos nunca alcanzaron la
reducida zona de la ciudad a donde ya se habían visto forzados a replegarse los
revolucionarios. En desbandada regresó la legión a Quima.
¿Ajonjolí? ¿Caña? ¿Café?, exclamaron en mi reanimado grupo, identificados con las
láminas que había elegido para entretener-nos. No éramos solo una isla compartida con
Haití. Bueno, ¡si habitábamos una isla en el mar Caribe Ciqué chiquita se ve en el mapa!,
señaló Lesabia, después de estornudar y limpiarse los mocos), que tenía hilos, canales,
historias, frutos y mares comunes con otras tierras y poblaciones. Un ramo de cafeto, una
moza recogiendo los rojos granos, un secadero de café, como los que había en Quima,
podían verse en esta imagen de Colombia. ¡Cacao!, gritó el Echadía ante el dibujo de un
cacaotal. De niño, participaba en su cosecha con la familia completa. Al día siguiente nos
trajo mazorcas de cacao. Había caminado diez kilómetros para conseguirlas. Martina le dijo:
Morrocoy, ¿puedo comerme una?
El ignoró la pregunta, le oprimía ese tercer apodo alusivo a una legendaria hicotea que
muchos habían visto en las inmediaciones del río Baguate. Se tomó su tiempo para abrir las
mazorcas, nos pidió tocar los granos (creo que estaba siguiendo mi método). A su ritmo,
nos detalló cómo se cosechan, se fermentan y se secan estos frutos. Podía enseñarnos a
preparar chocolate, dijo. Cacao, el Echadia, ignoraba cómo leer en un libro, pero leía el
cielo, las cascadas y los bosques. Anticipaba con precisión los cambios en el clima (sequía,
aguaceros y ventarrones), así como inminencia de plagas. Incluso, se le atribuía el poder de
amarrar el agua. Su epidermis, de un negro azul, no obstante, su dureza, remitía a las alas
de los caballitos del diablo. De una manera disímil al Mercadero, lo rodeaba un aire de
atemporalidad. Nunca le vi pestañar ni mover un solo músculo de su cara o cuello. El
movimiento de sus labios era apenas perceptible. Lo único rápido en su persona
era la boca al comer.
¿El domingo va a llover, Cacao? De que va a llover, llover, llover, no llueve. Ahora, de que
llueve, llueve, respondía. Y no era el único a quien la naturaleza le cedía secretos. Beba leía
la hora en la sombra proyectada por la casa y los árboles. Yo percibía a Emilio en una
puerta de viento con un poco de rosa en los labios. Existía una franja en el cielo, visible en
noche estrellada, en la cual Virgilio me escribía con tinta de animales marinos. Quimeras,
avatares y sugerencias me transmitía. Me inducía a compartir mi ropa y mis libros.
Encomiaba la manera en que me las ingeniaba para distraer a los míos. Fiel, yo seguía las
instrucciones de aquel que incitó mi apetito de maravillas, enseñándome que estas cundían
por doquier, disimuladas bajo una capa de fino polvo. Había que soplar a todo pulmón. Y
había que creer de verdad.
Yo le respondía de cara al negro y brillante océano sideral: Virgilio, te amo casi como a
Sebastián. Te amo más que a Emilio, aunque hay momentos que lo amo más a él. Te amo
a veces menos que a mama y muchas más que a ella.
Las malas noticias de Santo Domingo y los quiebres locales estragaban nuestro ánimo.
Lesabia, Miriam y yo nos dimos cuenta de que debíamos unir fuerzas para evitar que Beba
se derrumbara por completo.
Se perdió la cosecha de maní. Empezó a escasear la sal y se multiplicó el número de
forasteros en las zonas aledañas. Nos olvidamos del aceite y por primera vez extrajimos
grasa del pellejo de los pollos para cocinar. Rescatamos la ensalada de verdolaga y el locrio
de flores de auyama. Durante la noche, se tornaron usuales los robos de gallinas, cerdos y
vacas; a veces, el animal sustraído era el único que poseía la familia. Había que turnarse
para velar los sembrados de yuca, barata y guineo, alimentos que ahora ocupaban el primer
plano. Sin embargo, a diferencia de los capitalinos recién llegados, nosotros estábamos
acostumbrados a sobrevivir en nuestro medio. En torno a nuestras viviendas no faltaban las
berenjenas, el orégano, una mata de plátano, limones, toronjas, peras, algún cerdo de
engorde, dos o tres gallinas y un gallo. Disponíamos de fuentes de agua pura para beber, y
las cuidábamos. Sabíamos fabricar casabe, panecitos, raspaduras, bo. ruga y queso --si
aparecía leche--. A nosotros no nos aniquilaba una diarrea ni un dolor de oído ni el
reumatismo ni la fiebre ni la tos ferina ni los parásitos ni los empachos ni las ñáñaras; ante
esas y muchas otras enfermedades fraguamos estoicismo, capacidad de aguante desde
temprana edad. Y por fortuna, los remedios y técnicas de curación caseros casi siempre nos
bastaban.
Miriam había retornado para siempre a nuestro hogar. (De hecho, ella alternaba días o
temporadas entre nuestra casa y la de tía Florinda). Lesabia, Brígida, Antonio y yo saltamos
de gozo por su determinación. Bajo la disgregante inseguridad, nosotras y el niño nos
dormíamos en un abrazo y comíamos de un solo plato. Un panal de miel enviado por
Casilda lo devoramos con gula entre los cinco, a pleno sol, embarradas las manos, mientras
Ballilla nos espiaba con un aire vagamente parecido al deleite.
Nos hallaban lindas. Los foráneos solían admirarse del colorido de nuestros ojos y los
negros bucles en nuestra cabeza. Pero, cómo íbamos a reparar en bonituras si no teníamos
sosiego. Más bien sospechábamos que los rasgos bellos muy a menudo entrañaban un letal
magnetismo.
De repente, me invadió un poder ambiguo. Todas las probabilidades de vida y todas las
asechanzas de muerte de Emilio se intercalaban en mis sueños. La luz azulosa de sus ojos
alumbraba tanto las escenas de curación como las de término. Creía que cada trance
onírico era calco de uno que estaba viviendo Emilio o Virgilio. Los dos, cada noche, toda la
noche.

Sucedían en mí una ventisca de afecto, un anticipo de sombra, espasmos, sutilezas.


Lloraba convertida en terrón mimoso, flamígero. En las mismísimas entrañas de la tierra
burbujeaba todo lo amado y no sabía si ascendía a la libertad, a la vida, o ya estaba
condenado a perecer. Por ratos permanecía azorada, sin ningún pensamiento. Si hay bríos,
si hay energía espabilada en mí la habrá en lo amado, me animaba. Entonces, corría,
crepaba al copey. Comprimía mis piernas. Sellaba los párpados. Y las sibilantes agujas del
pinar con impulsos de arañas, el galope del pensamiento, las confidencias del granizo y la
brasa, abominables caras, dolores con garras, movimientos centrífugos, placeres
vertebrados y encarnados, las claves sonoras del monte dormido sobre una red de arterias,
querubines mortales, instintos de expansión, la voluntad de las piedras, los cadillares con
aromas de incienso, el segado baile de la ciénaga, la gacha estética de los escarabajos, las
exhalaciones animales del pastizal, risas, trinos, jadeos, sollozos, magnetismo de
reprimidas emociones, señas de acuíferos sin descubrir..., todo, todo -lo abisal y lo fúlgido,
la onda y la sustancia, el ascenso y el descenso, el destino y la libertad-- era entrenzado,
amasado, disuelto en meandros del río de la vida.
Yo absorbía esa extraña totalidad, con miedo de locura o pecado.
Abría los ojos con la impresión de que no había pasado más que un segundo. O nada. La
nada que era todo. (Es lo que es. Eres lo que eres).
A raíz de este estado, recibí dos nuevas. La primera consistió en una cartita de Fresia
desde Roma. Se lamentaba de la situación de nuestro país, en especial de la ocupación de
Santo Domingo por tropas extranjeras. Me decía que en Roma había adquirido un precioso
volumen ilustrado de Los viajes de Marco Polo. Casi enseguida me lo había remitido por
correo (Nunca llegará), pensé. Ya era casi un milagro que recibiera su misiva). El impacto
de un meteorito en el patio me hubiera impresionado menos que la segunda noticia: Emilio
estaba vivo, en Nueva York. Cacao se las había apañado para averiguar. Mi amigo había
pasado por un difícil proceso de diálisis renal. Los pronósticos seguían siendo reservados,
pero esperaban que aguantara hasta que fuera factible un trasplante. Su madre, la dama
blanca, le donaría uno de sus órganos. Con el corazón brincándome en el pecho, se lo
conté a Beba. ¿Anjá?, fue cuanto dijo, perdida en sus pensamientos. Quise traspasarle algo
de mi animación.

Capítulo diecisiete
1
-Tenga confianza, Lorenzo se halla entre los que están ganando la guerra. Y bien sabe
usted que Virgilio saldría ileso hasta del infierno. Chaguín ya debe haber huido, yerba mala
no muere.
Noraima de seguro se ha trasladado al sur donde la familia de él.
No se preocupe, cada quien se detenderá a su manera y pronto se reunirán aquí todos sus
hijos.
-Ay, muchacha, qué cosas se te ocurren. Yerba mala, pobre
Ruiz. Si no te condueles de un cuñado, qué se podrá esperar de ti para los particulares.
Beba pronunció estas palabras sin energía, escrutándome. Mis augurios, de incierto modo,
propiciaban atisbos de luz en su decaído espíritu. Ven, vamos a hacer una limonada. ¡Hace
calor!, me propuso. Al advertir las grietas en sus labios, pensé: Obra de Dios y labor de
Enmanuel, ¿dónde están que no las vemos?
El sábado, mamá, que había amanecido en claro al lado del radio a bajo volumen y
fumando sus pachuchés, cuyo humo impregnaba hasta las tablitas del techo, se dirigió al
Oro, con una batea de ropa sobre la cabeza. Al levantarnos nos encontramos con el fogón
apagado, esto nunca había sucedido. Nos alarmó.
Había cambiado demasiado en poco tiempo. A ojos vistas, la carcomía el ignorar qué
pasaba con Virgilio, Noraima y Lorenzo en el territorio en guerra. Absorta en ellos, parecía
no ver a sus demás hijos. Sus labios se tornaban cetrinos por el tabaco. Le colgaba el
pellejo de los antebrazos. En sus manos de dedos cortos sobresalian manchones y huesos.
Sus carnes se rebajaban. Desea pertenecer al ámbito resbaladizo. Deseé las balas
zumbadoras, el vocerío de las concentraciones aguerridas, los fogonazos en las tinieblas
perforando paredes, el ultimátum, los toques de queda, las bombas, el sobresalto por la
irrupción de los extranjeros asesinos, la carrera por callejones portando un espejo sobre la
cabeza, y que Beba me extrañara hasta enfermarse por mi suerte. El amor por mi madre me
estaba derribando, consciente de que el día menos pensado encontraríamos sus huesos
fríos, sus labios teñidos de nicotina, su cabeza encanecida, sus uñas gastadas, sus brazos
enflaquecidos, su nariz perfecta, los solariegos ojos velados, roto el corazón, yacente entre
las sábanas desvaídas con las que en un tiempo se arropó apretada al tibio cuerpo de
Enmanuel y bajo las que todos nosotros alguna vez nos habíamos acurrucado después de
mamar la pródiga leche de sus pechos.
Midiendo el espacio entre las dos, de modo casi inconsciente, me sorprendía a veces: tres
pasos, un palmo... Qué importaban los centímetros si aunque nos separara el grosor de un
cabello, aun si nuestros brazos se rozaran, jamás franqueábamos esa distancia que se
desguarnecía de su significado físico para mutar a pura extrañeza, a hermética
imposibilidad. De noche, en la selva de ese feroz apego, podrida de amor, me deshacía en
lágrimas.
Tan pronto abría la pulpería en la mañana, corría a comprar galletas de soda y queso Geo
para mamá. Ella mojaba las galletas en café y las masticaba como si su mandíbula fuese de
plomo. El queso lo repartía entre Brígida y Antonio. Yo los miraba de reojo, deseando un
bocado, satisfecha de proveer. Pero tenía que ser austera, mis ahorros disminuían a veloz
ritmo. Gracias a ellos no nos había faltado el arroz, las habichuelas y la leche para Antonio.
Esta manera de gastarlos me hizo recapacitar sobre mi trabajo en casa de Fresia y el
ingeniero. Mi estadía en la Capital había valido la pena.
Con todo y que la parentela de Enmanuel, a excepción de Florinda, producía bidones de
leche a diario, ni siquiera un jarro se dignaban regalarnos. No, la consumían, la vendían y la
sobrante la mercadeaban como boruga, queso y raspadura. Que nos debilita ramos les
importaba un ápice. A casa de Calixta mandaba Beba a Miriam a comprar una botella de
leche (que apenas alcanzaba para Antonio). La tía en persona la medía con una marmita,
asegurándose de no excederse ni en una gota. Tanta ojeriza, hasta admira.
Ese desprecio ya formaba parte de nuestra existencia. Y convertido en potencia negativa,
atizaba mi resolución de enfrentar comentas y remezones. Si no lo hacía Virgilio, algún día
sacaría a Beba y a mis hermanas y Antonio hacia lo claro de la vida. Bastaría que llegaran
vivos hasta donde yo estuviera lista para hacerme cargo.
Así cavilaba subida a las ramas del árbol más alto, mientras contemplaba el cielo y la
cordillera y las viviendas de mis parientes empequeñecidas y sus vacas empequeñecidas y
sus alambradas aplastadas. Y los más fatuos tenían cabecitas como cebollines. Y veía la
cruz de la ermita y el tanque que golpeaban con un palo para anunciar las misas y las
montañas ceñidas de su propio sueño, color que me infundía ánimo.

2
Consumimos setenta centavos durante ese día. En la tarde siguiente volví a contar mi
reserva: once pesos con cincuenta y dos centavos, la misma suma que el día anterior. El
fenómeno siguió repitiéndose, no todos los días ni con igual cantidad, pero en la marmita
tapada en la que escondía las papeleras y las monedas el balance no descendía de diez
pesos con algunos centavos.
¡Obra de Dios, labor de Enmanuel!, deduje, adoptando la lógica de Beba. Si el prodigio se
nos ofrecía en algo así, cómo no iba a producirse el regreso de mis hermanos, mi hermana
y sobrinos.
El mismo que restablecía las monedas, les custodiaría hasta que arribaran sanos y salvos al
hogar.
Pero a poco, sorprendí a Miriam en el acto de reponer dinero en mi depósito. Experta en
montear gallina, descubría los nidos de las aves ajenas. Sustraía los huevos y se los vendía
al dueño del billar, quien se había asociado al Mercadero para emplazar un sencillo sistema
de expendio a los forasteros: dos o tres niños de los más pobres de Quima Arriba, en
carretillas, ofrecían víveres, café, huevos, cítricos y granos a las familias foráneas
establecidas en los alrededores.
Me aturdió lo insospechado en mi reservada hermana. Los guardias trasladados a San
Francisco cuando empezó la guerra en Santo Domingo habían sido devueltos a Quima. Se
mantenían más o menos acuartelados y se aburrían. Miriam se escabullía al cuartel a
lavarles el piso de madera a cambio de algunos centavos.
Uberbello, el muy machuelo, le impuso cepillar tabla por tabla, mientras los uniformados,
entre obscenas risotadas, le arrojaban cántaros de agua para ayudar, empapándola con el
propósito de solazarse en sus crecidos pechitos y en su pubis, insinuados bajo la ropa
enchumbada. Le ofrecían mentas de espíritu, gajos de naranja y guineos maduros. Miriam
los chupaba despacio; a cada rato los nervios la traicionaban, se mordía la lengua y le
brotaban ampollas de sangre en el delicado tejido bucal. Ni que fuera una monita de circo.
Beba acabaría de desplomarse si se enteraba.
Al, no, esto no lo iba a permitir. De seguir por ese camino, muy pronto Miriam acopiaría
desfachatez al estilo Edermira VillabriIle. O acaso... (recordé angustiada el episodio con
Lesabia, cuando vivimos en la Capital, que por nada del mundo se mencionaba.
Recordé a la niña pintarrajeada y vestida de blanco). Arrastré a Miriam al río. Allí
discutimos. Ella se justificaba: Cómo vamos a resolver cuando se gaste su dinero. Lo que
hago en el cuartel es fácil, nadie me pone la mano. Nos abrochamos a trompadas, mordidas
y jalones de cabello, nos pelamos los brazos con las piedras al rodar por tierra. Ella chillaba,
yo también. De este formidable encontronazo salimos magulladas y más unidas que nunca.
Comprendí que yo no era la única que estaba amando a Beba en forma de torturante
delirio.
En la noche, Miriam y yo, abrazadas, nos contamos historias de repollos cantarines, gatos
parlantes y brujas pisando las tablitas del techo. Le confesé que prefería encontrarme en
Santo Domingo para que Beba llorara por mí y me extrañara. Y me sorprendió diciéndome
que también quería estar en la Capital, peleando al lado de Virgilio. Nos reímos y nos
aterrorizamos, hasta caer rendidas. Reconfortada por el momento, soñé con una luna de
anís. Su luz encendía el rostro de Eduvigis y esta, con las manos repletas de caracoles
ermitaños, declamaba: A un Dios todopoderoso, ¿cómo puede ser que no le suene el alma?
Yo aún no cumplía cuatro años. Las nalgas recién lavadas, calco en la popa. Sobre los
omóplatos y en los cabellos, restos de espuma de jabón. Bajo la lengua, un clavo dulce.
Entrechocaba dos cucharas para atraer hacia el naranjo un enjambre de abejas que
sobrevolaban en círculos, desorientadas. Pero en lugar de las ramas, se posaron sobre mí.
Yo le decía a Emilio o a Virgilio (o a ambos): Si me vieras ahora... Bajo el mismo claror
pajizo, y no lejos de allí, Asunción leía una taza en la que Beba o Casilda (o ambas) habían
tomado café amargo y fuerte. La criatura va a nacer morada con rizos negros, vaticinaba la
limosnera.
En un cruce de caminos, Javier (a quien jamás conocí), inclinado sobre su acordeón, de
modo que su cara quedaba oculta, devoraba rosas secas, guayabas maduras y monedas
de níquel, alistándose para interpretar un merengue típico recién creado
Morada con rizos negros,
la morena que me traje
ay tiene un brío privon;
a ella le salta a la vista
un fui fui del corazón;
ay ay un fui fui del corazón.

Revestida de espuma, de polvo talco y geniales insectos, yo escuchaba al padre de


Eduvigis con el oído izquierdo, mientras que con el derecho escuchaba a Mambrú, que
elevaba a las alturas unas frases desprovistas de sentido, embellecidas por sus increíbles
registros vocales:
Las picaduras, duelen y comen.
Duelen y comen. Erizo amor gozoso-doloroso.
Las picaduras, duelen y comen.
Duelen y comen. Erizo amor gozoso-doloroso.
Aspirando un olor a arepa dorándose en el fuego, bajo el influjo de los dos cantores,
empecé a rascarme los hombros con desesperación hasta que la sangre se calentó bajo mi
piel y los poros resudaron algunas gotas. Las abejas emitieron un zumbido.
Entonces me vi aburada de ardientes y acerados aguijones, dulces como la mismísima miel.
Sebastián o Virgilio o Emilio, o los tres, ya en una puerta ya en otra, movían los labios como
si hablaran en silencio. Mi boca empezó a narrar el cuento La Bella y la Bestia. Y dijo mi
boca que el pedido de la Bella excedió en mucho al de sus codiciosas hermanas mayores.

Una rosa del jardín por el monstruo cultivado.


Negra de sangre. Roja de noche.
Una estatua rosa. Copo de su soledad.

3
Lesabia y Miriam jadeaban tras el gallo más viejo. Hasta lograr atraparlo y retorcerle el
pescuezo. De mala gana lo desplumé, freí el pellejo y vertí la grasa en un frasco. Brígida
procuró yautía donde tía Florinda. Casilda nos obsequió una mano de guineos verdes.
Del patio arrancamos puerro, cilantro ancho y una auyama (casi inservible por muy nueva).
Entre todas nos dedicamos a preparar un sancocho, decididas a sorprender a Beba
llevándole al río un caldo caliente, al que se rendiría su paladar. Pero toda esa mañana fue
de juicio. Dos veces acudió Manuelico a preguntarnos por nuestra madre. De nuevo había
avistado a Lorenzo por la cañada.
De paso, el Mercadero, presenciando nuestros afanes en la cocina, nos aportó una tira de
carne salada. La sombra del alero marcaba la cercanía del meridiano cuando hizo aparición
un desgarbado forastero. Trémulas, percibimos visos de la contienda y el caos que
acontecían en otro lado. A lo mejor nos visitaba la imagen de la derrota. Vestía harapos y se
apoyaba en un rústico cayado. Nos sonrió, dejando ver unos dientes blancos y brillantes, a
los que les faltaban pedazos. Hola niñas lindas. ¿Dónde está su mamá?, dijo, en el umbral
de la entrada. Una cuerda vibró en mí vagamente al oír esa voz casi tierna. El extraño
avanzó un paso y nosotras, llenas de grima, reculamos a una. Antonio se acercó al hombre.
Miriam se lanzó a proteger al niño. El visitante, levantó una mano marcada como si le
hubieran guayado la epidermis e inclinó todo el cuerpo, meciéndose un poco. perdonen, no
se asusten niñas; nos conocemos. Soy un mensajero de Virgilio. ¿Está aquí Noraima?
Negamos con la cabeza. La decepción nubló sus ojos. Enseguida se repuso. ¡Cómo han
crecido, niñas, qué lindas son! Entrecerraba los ojos como esforzándose en enfocarnos.
¿Este es Antonio?
¡Denme un vaso de agua, por favor! ¿No se acuerdan de mí, ni un poquitito, de cuando
vivían en la Capital y éramos vecinos?
Negamos a una con la cabeza. ¿Y a Ondina, la recuerdan? Ah, no importa. Me urge
conversar con doña Beba, tendría que ser ahora mismo. Brígida tiraba de mi falda. Lesabia
dijo en un golpe de nervios: Mamá está lavando en el río. Le pisé un pie y ella pegó un grito.
El visitante, acercándose con tacto, nos mostraba sus dientes lustrosos y rotos. Nada tienen
que temer. Denme el agua y me marcho. Me gustaría que fuéramos a buscar a dora Beba;
debo partir ahora, ya. Se dirigía a nosotras en tono afectuoso, con respeto, al mismo tiempo
se mantenía alerta a los más mínimos cambios en derredor. No se le escapaba un detalle.
Edermira Villabrille se había cuadrado en la puerta de su casa y vigilaba la nuestra sin
disimulo, con ambas manos se protegía los ojos de los rayos solares. En cualquier
momento alertaría al sargento Uberbello: En donde Beba hay un desconocido. Parece un
mendigo, pero puede que sea un pariente de los menesterosos que viven en la loma.
Déjame ver mejor, ¿es negro, ah entonces no es de la familia. (Ya no se puede andar libre
por los caminos, dondequiera se te aparece un espantado. Quién sabe qué zurrapa humana
habrá aventado la guerra hacia estos lados, donde jamás hubo problemas). ¿Qué pasa ahí?
¿Estará Beba en la cocina preparándole café? ¿No? raro, ¿por qué las muchachas no
gritan pidiendo ayuda.
Edermira titubeaba y se le agrandaban los ojos de intriga. Por la carretera pasó Lisa, la
novia del profesor Alcides, aquella a quien todo le producía náuseas. Iba ataviada con una
blusa crema de encajes en el cuello y ajustados pantalones fuerte azul. Miró a Edermira,
nos miró a nosotros y siguió altiva, con sus pasos cortos de muchacha seductora.
El extraño se identificó: Soy Pablo Donato, el hijo de Ondina y amigo de Virgilio. Vivíamos
puerta con puerta en la Capital, ¿se acuerdan del patio que compartíamos? Los gritos de
Ondina: Mi hijo, ay, ¡mi único hijo!, resonaron con claridad en mi memoria.
Recordé los pastelitos y helados elaborados por la mujer, del montón de libros debajo de la
camilla de Virgilio, trasladados desde la casa de su compinche, del pichón de cotorra que le
regaló Demetrio Alonso a esa única amiga de Beba en la ciudad estrepitosa y caliente. No
había pasado tantísimo tiempo. Rememoré a Pablo, de tez clara y piernas velludas. Su
frecuente gesto de ajustarse las galas con las puntas de los dedos. Lo figuré en pantalones
cortos, abstraído del ruido de la cuartería, leyendo un libro en el patio, espiado por la
floreciente malicia de Noraima, ante la que exhibía interés y a la vez un respeto tal vez
excesivo. Pero el individuo ante nosotros, alto (si se enderezara), prieto, en cuyas mejillas
sobresalían cicatrices cruzadas, no guardaba semejanza alguna con el jovenzuelo con
quien Virgilio inició sus pasos hacia esa comarca que había terminado hurtándonoslo. Pero
quizás... (Haz memoria
Leona, ¿quién sabe?, dijo portar noticias de su hermano). Virgilio y yo somos más que
hermanos. ¿Se acuerdan cuando los dos desaparecimos? Estábamos en la cárcel La
Victoria. Antes de que a él lo liberaran, a mí me trasladaron a una prisión en Neyba, donde
me mantenían incomunicado. Cuando pude hallar la manera de enviar un mensaje a mamá,
ya ella, perdida toda esperanza de encontrarme, había fallecido. Oigan, niñas, pase lo que
pase, hay que cuidar la familia. En diciembre del año pasado me devolvieron a La Victoria.
Los constitucionalistas nos rescataron a los presos políticos. ¿Van a recordar lo que les
estoy explicando? No importa cuánto, ¿o sí?, traten de memorizarlo para que se lo cuenten
a Beba y a Noraima. (¿No le acabamos de decir que nuestra hermana no ha aparecido?).
Por la carretera pasó Manuelico, cargaba sobre la espalda un atado de cobijas de reses que
le impedía virar el cuello. En otro momento, lo habríamos saludado y él habría silbado y
extendido siquiera tres dedos para correspondernos, pero estábamos cautivas en las
palabras del forastero. ¿Doña Beba ha tenido noticias de su hijo Lorenzo, el militar de la
Fuerza Aérea? Virgilio no ha podido averiguar nada sobre él. Noraima, ¿saben algo de ella?
(Le destellaron los ojos. ¿Por qué su insistencia en Noraima?). Virgilio y yo estuvimos en su
vivienda en la Capital. La encontramos trancada, y también las piezas vecinas estaban
cerradas con candados. Debo irme, ya. A una, exhalamos suspiros y se nos escaparon
exclamaciones. Deseábamos que se quedara a comer sancocho.
Mamá está en el río, confirmé por fin, espérela. Ahora el sargento Uberbello también se
había cuadrado, junto a Edermira, en el vano de la casa de enfrente. El visitante giró el
cuello. Debo irme, repitió. ¿Todos están bien? ¿Eh? Díganle a doña Beba que ahora Virgilio
vive muy apurado, que su salud es perfecta y les envía este paquetito. Volvió la cabeza
para avistar las personas de enfrente.
Se encorvó aún más. Entonces advertimos el betún untado en su rostro, la aprensión en sus
ojos vivísimos. Las cicatrices en las mejillas eran reales, tenía otras más pequeñas en la
frente. Si les preguntan, digan que les visitó un limosnero desahuciado. Ni una palabra más.
¿Comprenden? Digan que estaba rogándoles posada.
¿Por qué tardé canto? Estaba haciéndoles un cuento de Juan Bobo y Pedro Animal, con
quienes me voy topando por los caminos.
Asentimos con la cabeza. Brígida se moría por preguntar, yo la refrenaba con presión sobre
su mano. Lo que no pude impedir fue que a último minuto se me desprendiera para
estrechar y besar una pierna del visitante.
No bien se hubo marchado el que se decía Pablo Donato, emprendimos carrera hacia el río.
Miriam cargaba a Antonio. Yo blandía el paquetito dejado por el extraño. Acezantes,
bañadas en sudor, íbamos gritando a todo pulmón: ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Noticias de Virgilio!
¡Mamá!
¡El sobre contenía doscientos pesos Obra de Dios, labor de Virgilio!) y una carta. Beba
sufrió una crisis de llanto. No conseguía entender las letras. Yo leí. Miles de ciudadanos
habían perecido.
Ahora, los constitucionalistas afrontaban la desastrosa situación.
Negociaban con la máxima dignidad que permitían las circunstancias (otra vez nuestro
hermano escribía como si se dirigiera a terceras personas). Virgilio abandonaría el país con
un grupo que incluía a los principales líderes. No debíamos preocuparnos.
Desde una ciudad de Europa, aún no determinada, nos escribiría.
El pueblo dominicano, avasallado por el poderío de los marines y los vendepatrias, había
perdido una batalla importante, no la esperanza de liberación. El porvenir nos pertenece.
(¿el porvenir? ¡Uy, Calixta se saldría con la suya! ¡Anda el diantre, carájole!).
Tiritando, Beba tomó el papel con sus dedos aún mojados.
Deletreaba con dificultad la misiva como si debiera convencerse por sí misma de su
contenido. Luego, nos permitió tocarla, oler su tinta. Imaginábamos a Virgilio en un avión de
los que de tarde en tarde surcaban nuestro cielo y seguíamos con la vista ilusionada.
Aunque presa de ansiedad, también nos gozábamos porque dejaría atrás el peligro
inmediato. Además, nos había notificado cuánto seguíamos significando para él. Doscientos
pesos bastaban para los alimentos de meses. Antonio tenía la leche asegurada. Miriam y yo
nos dirigíamos cómplices miradas. A dúo suspirábamos.
Al regreso, hallamos los víveres y las carnes del sancocho adheridos a la paila,
achicharrados. Llegó Manuelico con una sopera en la mano para recibir su caldo. Osamos
reírnos. Pero la alegría nos duró solo los minutos que se tomó el Mercadero para preparar a
Beba, antes de contarle de Lorenzo.
En un camión destartalado de los que viajaban a Constanza llegó Noraima con sus hijos y
unos pocos enseres domésticos.
Mi bella hermana se había tornado temporalmente fea, saltaba a la vista, con todo y el júbilo
que nos rebosaba. ¿Qué tienes en la cara?, fue la primera pregunta de Brígida. ¿Dónde,
interrogo la aludida, llevándose el dedo índice al pómulo derecho donde sobresalía una
gruesa espinilla? Barritos de disímiles tamaños y manchas pardas le cubrían la faz casi por
completo. No solo se hallaba en el hueso, sino que había adquirido una amargura a flor de
piel. ¡Por las que había pasado!
El mismo día que empezó la revolución, apedrearon una y otra vez el cine de su pieza,
aterrando a los niños con el estruendo.
Isolina, su franca amiga, la convidó a refugiarse en su hogar. Las pedradas a la vivienda no
cesaron, pero la compañía aminoraba el impacto psicológico. En la reducida morada
amanecieron en vilo.
Barbarín se movía en sus aguas. Pronto se convirtió en el apoyo de las dos mujeres. Para
ellas acopiaba viandas, sal, arroz, azúcar y leche. Fue el obrero quien resolvió abrirle los
ojos a Noraima, como imponía el momento. Los cascos blancos constituían un apetecido
objetivo del furor popular. Durante años se habían granjeado la tirria de los capitaleños.
Ahora los buscaban y perseguían con irrefrenables ganas de exterminarlos por las
monstruosidades que había ejecutado esa avanzada satánica de los cuerpos policiales.
Noraima entró en pánico, creyendo que la estampida también la arrollaría. Los
revolucionarios vendrían a ahorcarla, a robar sus hijos. Si los comunistas, esta vez
nombrados "constitucionalistas", se adueñaban de la nación, pobre de la familia, pobre de
ella, pobre de los cristianos y de la infancia. Traerían al ejército cubano a esclavizar a los
agricultores. Todas las cosechas las embarcarían rumbo a los puertos cubanos. A los curas
y a las monjas los arriarían como peces hasta el mar, donde los ahogarían como a ratas.
Chaguín la había adoctrinado acerca del engendro rojo, sierpe de siete cabezas. Le exigía
escuchar a diario el programa de Bollita, en el que este ofrecía noticias y casos, "con pelos
y señales", de las salvajadas, execraciones y maldades que estaba sufriendo la indefensa
población cubana, oprimida por monstruos barbudos. Y en un tono de voz que erizaba,
escupía advertencias sobre dominicanos acérrimos contradictores de la santa, católica y
apostólica madre iglesia romana, contrarios a la familia y a la propiedad privada (ya se trate
de una parcela de tierra, un becerro, un cepillo dental o un peine o una gallina) y al orden
jurídico civilizado. Sujetos astutos, degenerados, hienas, "que en estos precisos momentos
están urdiendo insurgencia y caos". Si no son atrapados a tiempo, harán realidad sus
lúgubres propósitos. Y eso creyó Noraima desde el primer día. No habían detenido a los
complotados, estos se presentarían a comérsela viva con todo e hijos.
Martileos en la cabeza la atormentaban. En lo absoluto comprendía el nexo de unas cosas
con otras. Lo cierto era que su marido se había esfumado, dejándoles expuestos a las
asechanzas de sus enemigos. Barbarín Soriano, ¿era uno de ellos? Por momentos, creía
confirmarlo en sus ojazos cimarrones y en su oscuro pellejo. Este jornalero del muelle, que
se desvivía por conquistar el esquivo corazón de Isolina, decía presente al más nimio
llamado de auxilio y se las ingeniaba para ahorrarles problemas.
En nada se parecía a una hiena o a una víbora o a un depredador de mujeres.
Fue Barbarín quien llevó a cabo indagaciones en busca de una vía segura de transporte
hacia Quima. Según él, por el momento, era prácticamente imposible transitar hacia el
Cibao. En cuanto a
Isolina, resuelta a proteger a sus hijos, aun a costa de perder su empleo y su vivienda, las
gestiones del compadre y amigo rindieron frutos. Le fletó, eso sí, a un precio exorbitante,
una camioneta en la que viajarían a una loma de San Juan de la Maguana, de donde era
oriunda la enfermera. Esta instó a Noraima a marchar con ella.
Si descartaba su oferta, entonces que permaneciera en su pieza. Se encargaría de
comprometer a Barbarín a seguir apoyándola. Pero debía considerar lo azarosa que era la
situación, incluso para el propio amigo, enrolado ya en uno de los núcleos de combatientes
civiles. La imagen del recio obrero constituyéndose en su único vínculo con el mundo
enturbiaba aún más el ánimo de Noraima.
¿Depender de la cortesía de ese muellero con cufo a comunista?
¿Qué pensaría Chaguín? ¿Qué locura se atrevería a ejecutar? Por otra parte, como no salía
de su casa más que al colmado, la Maternidad o el hospital Angelita, desconocía casi todo
del barrio en que residía. Sin Chaguín y lejos la vecina de confianza, se sentiría perdida en
Santo Domingo. Su única salida consistía en continuar pegada a la dinámica Isolina.
Barbarín y dos fornidos muchachos, quienes con la mayor tranquilidad depositaron en un
rincón los revólveres que porta-dan bajo la camisa, se aprestaron a subir a la camioneta una
parte de los enseres de Isolina y los indispensables de Noraima (la cuna de los niños y los
colchones). Al arribar a su destino, las dos mujeres se distribuyeron con sus hijos entre las
modestas viviendas de los parientes de la sanjuanera, todas cercanas. Hasta allá no habían
alcanzado las ondas de la guerra.
Las cosas son y no son, esta frase, entendía Isolina, resumía la ambigüedad de los hechos.
Cuando trabajó en el hospital Morgan, recién graduada de enfermera, en la denominada
"sala de acuchillados", le había tocado atender a hombres bonachones que traspasaron con
su hierro a un hermano. A jóvenes que en su vida habían aplastado una cucaracha y un día
degüellan a un rival porque se propasó con su enamorada, o a tipos rendidores como
bueyes de yunta que a prima noche salieron a divertirse y en la madrugada estaban
perforándose los intestinos entre ellos mismos.
Se le metió el demonio, le brotó la bestia, no era él en aquel momento, alegaban los
familiares del verdugo en cuestión. Lo cierto es que ella se había formado la idea de que las
cosas son y no son. Y una persona puede ser una y otra cosa a la vez, o por turno. Santo
pecador. Científico supersticioso. Amante explosivo. Las brujerías son falacias, claro, no
creo en maldiciones, pero de que pueden surtir efecto, pueden. En su pueblito natal, donde
ahora se refugiaba, asociaban al coronel líder de la revolución constitucionalista con la
masacre en Palma Sola. Aún brilla sangre sobre la hierba verde, y dicen que ni en un siglo
se secará, murmuraba la gente de la región, mientras en la Capital el coronel de Abril era el
héroe de la centuria. Así que las cosas a veces son, a veces no son y, otras, son y no son al
mismo tiempo. (O asigún, corroboraba como un eco la abuela de Isolina; inmóvil entre los
labios el filosófico cachimbo).
La enfermera se enteraba de pormenores de la revolución, pero se abstenía de
comentarlos. Ocupaba casi todo su tiempo en ofrecer cuidados sanitarios a la gente e
impartir clases a los niños de la comunidad. A Noraima, le decía: No hay que engañarse,
Chaguin es esto y lo otro. La guerra es esto y lo otro. Dime si no es así. Suelta peso. Abre,
abre, le repetía (sin explicarle qué abrir), con el expreso deseo de que la amiga descifrara
los borrosos pensamientos, cuyos efectos se traslucían en su semblante y humor. Un
domingo, retornando de la ermita de un poblado vecino, Isolina le comunicó: Barbarin
vendrá a pasarse unos días conmigo. ¿A esconderse?, los constitucionalistas se están
yendo a la mierda, el padre de mis hijos volverá, pensó Noraima, ya insegura de que
quisiera su retorno. Le he rogado a Barbarín que flete un vehículo, aunque sea con dinero
prestado, para que recoja los muebles de tu pieza y los traiga aquí. Ya es menos peligroso
viajar.
Barbarín Soriano se apareció el siguiente sábado a eso de la una. Había que mirarlo de fijo
para reconocerlo. Con barba, las mejillas hundidas y pronunciado el frontal, un halo gris
ceñía su figura. Daba la impresión de haberse alargado, de cuantas libras que había
rebajado. Esta languidez, esta aureola de estoicismo y nostalgia, cautivó a Isolina. Estaba
ante una fortaleza en ruinas y la halló magnífica. Prueba viva de la calidad de los materiales
que la constituían. Por años él la había cortejado. Y por años se había resignado a su
amistad y a la de sus hijos. La pérdida (de la batalla o las batallas), o los efectos de la
pérdida, le abrían el paso a la intimidad de la única mujer que lo conmovía y lo inspiraba.
Bastó encontrar sus ojos para saberse correspondido. La vida resarcía.
Decidieron establecer su hogar en el campo. Él trabajaría la tierra, ella seguiría lo que había
empezado en educación y sanidad. Santo Domingo, por ahora, solo representaba
alucinamiento, un chasco.
A raíz de la unión de Isolina y Barbarín, Norama soportaba a duras penas la presencia de
éste. Era una bestia que la distanciaba de su amiga. Un ente protector. Un enemigo. Un
hombre complaciente. Así que tal vez, a fin de cuentas, las cosas eran ellas y sus
contrarias. La premura por alejarse de allí la agobió hasta apagarle el apetito.
Un día a primeras horas se presentó un camión de los habituados a transitar entre Santo
Domingo y Constanza. Este vehículo trasladó a Noraima, sus hijos y trastos a Quima. La
favorecida nunca se enteró del costo de la acción, ni de la colecta que realizó Isolina para
ayudar a sufragarla, ni de las esforzadas gestiones de Barbarín. Nadie se lo decía, pero la
consideraban viuda: tan joven y con esos niños preciosos, sobre todo la melliza. Pobres
infelices.
El siguiente domingo, durante la misa, a la que acudimos todos a agradecer el retorno de
Noraima, Cacao, casi doblado en dos para acceder a mi oído, me secreteó: tengo una
nueva sobre Emilio. Me la consiguió el capataz, confianza de don Chelo. Yo tuve que
pagarle con... Agarré su brazo, quise que saliéramos en. seguida, pero él jamás transgredía
las normas del sitio. De modo que se retiró a su rincón, desde donde seguía de pie la
liturgia. A la salida, corrí y me prendí de su ancha camisa. Cacao, cuénteme, le apremié,
punchándole el costado con los dedos. El Echadía, tomándose su tiempo, dijo: A la mamá le
sacaron un riñón y se lo trasplantaron a Emilio (como se trasplantan las matas, eh). Dicen
que el muchacho se ha ido recuperando, pero la madre no está nada bien. Ay, ya yo no
pude hablar, ni pensar con claridad.
Cacao me seguía a un par de metros, Oye, Leona, al capataz tuve que pagarle con…

Capítulo dieciocho
¿Qué me sucede? ¿Quién me explica? Un licor de urgencias humedecía mi esqueleto. Me
echaba a la boca puñados de semillas de girasol inflamadas de belleza. Hincada en la orilla,
metía los brazos en el río para atrapar luces sumergidas. De mis cabellos mojados
goteaban palabras. A Batalla la escudriñaba por largo rato, desesperando por el mensaje
que se escondía en sus ojos.
¿Qué piensa Beba cuando asoma sus ojos amarillos a este río sobrecargado y frágil,
manchado y reluciente? ¿Qué piensa de esta acumulación de ecos, chasquidos, música?
Piensa que el caos acecha desde hace meses. Piensa que leo más libros de los que
aguanto. Que las letras apiñadas en el cerebro trastornan el juicio.
Que la experiencia es pequeña y complicados los mundos en las páginas. Que me ha visto
cantar y gruñir mientras sueño. Que sabe del proceloso río y de sus ramificaciones. Con
señas de muda, le comunico que los sucesivos cauces, meandros y quebradas pasan por
mí como las sombras de las nubes sobre las montañas o el enjambre de mariposas que no
hace mucho sobrevoló Quima.
Que no es para asustarse ni mucho menos. Pero el formidable esfuerzo de calmarla,
estando yo sobre ascuas, hace que mis apretados párpados exuden ardientes gotas.
El universo se nutre de mí. Huele a mi través. Escucha. Se goza en mi existencia rasgada.
A cambio, puedo hablar en la lengua de los cocuyos. Teñir mis dedos en la hierba. Morder
la escama del dragón hasta triturarla. Todo para que Emilio, al fluir por mi sangre como por
una quimera, donde esté sobreviva.
Abro los ojos en la ignición de un sueño. Las palabras se asientan en mis labios crecidos
como fruta de agosto. Me clavan sus dientecillos de leche. Peinan mi boca con plumillas de
colibrí. En la lengua me incrustan brasas como granos de azúcar negra. Algunas se derriten
en mi saliva, haciéndome recordar a cubitos de añil en el agua. Aun las horribles (los erizos,
las bilis, las babosas, las fogaratés, los espectros) transmiten querencia, no menos que las
mullidas, sugestivas, cándidas. ¿Qué me provoca este fenómeno? ¿El sufrimiento de
Emilio? ¿Las resonancias de la guerra? ¿El polvo mágico con el que dedos invisibles me
alargan y redondean partes de mi cuerpo? ¿La ausencia de Virgilio? ¿El declive de mi
madre? ¿Las historietas, los libros? ¿Los hijos de Noraima? ¿Mi reabsorción por Quima?
¿Qué? ¿Todo junto? Era como para esconder mis ojos delatores, mi alocado semblante.
Beba no debía enterarse de las metamorfosis que operaban en mí, porque entonces sí que
iba a coger el monte pensando que me había picado la misma mosca de metálico brillo (la
mosca mecánica, la escapada del futuro, decían) que envenenó de alucinaciones a Leoncio,
el perito forestal nuero de Florinda (hasta que el tétano, cogido en una herida en la planta
del pie al pisar una lata de sardina mohosa, terminó con su tortura mental y con su vida).
En el canto del absurdo, me derribaba el sueño. (Tal vez mi cerebro desarrollaba trances
para imponerme reposo). Por la mañana me encontraba como si saliera de una jornada en
otro planeta, derivando selvosos mensajes, lenguajes fronterizos.

Capítulo diecinueve
Despertando, escucho golpes en la puerta y una voz familiar: ¡Beba, abra, le traigo un
tesoro! Oigo a Noraima imperativa:
¡Hey, no abra! Es una trampa. Espérese. Oigo los pasos de mamá, seguida por los
vacilantes de mi hermana. Destrancan la puerta.
Salto de la cama. Y allí, en el espacio neblinoso, dos espectros, a cuál más flaco. El
Mercadero y, a su lado, otra figura que por algunos segundos se nos dificultó identificar.
¡Lorenzo! Beba volvió a abrazarla.
Encerrados, escuchamos por primera vez (muchas cosas ocurrían "por primera vez en esos
tiempos) la palabra desertor que nos marcaría igual que el hierro al rojo vivo las ancas de
las reses.
Lorenzo había huido de la Base Aérea de San Isidro a través del bosque Polvorín: lo habían
afectado las acciones bélicas, en particular, la batalla del puente Duarte, en la que disparó a
ciegas, perturbado por los celajes de su imposible hermano, quien no se iba a perder el
fabuloso choque y de seguro se encontraría en la vanguardia constitucionalista. El, Lorenzo,
podría partirle el corazón a ese gallo loco, a ese rebelde llamado Virgilio. Juraba que, en el
clímax de la pelotera, al disparar su fusil, una fuerza descomunal le desvió el arma; el
empujón lo cambaleo. Volvió a intentar el tiro y entonces el brazo le pesaba una tonelada.
¡Dios mío!, después de ese evento codo se fue a la mierda. Pasó días y días embotado. Si
lograba pegar los ojos, le sobresaltaban locuciones que le constreñían a repasar sus actos.
En sus adentros, sentía que no le incumben el Cefa ni la Fuerza Aérea, y mucho menos la
Ley Orgánica y la Jefatura. Que se fueran a la porra los presidentes
-el Triunvirato, el gobierno que esta y el que le sigue-, los bestiales marines, las turbas, los
pelotones obedientes y los sediciosos.
Lo aturdía su familia. Y, entre ceja y ceja, Virgilio. Qué coño le importaba a él que su
hermano profesara el comunismo, la constitucionalidad y la perpetua agitación. ¡No
perforaría su pecho!
Ni iba a sucumbir bajo el fuego de su fusil. Eso nunca. Pero cómo inclinar el cañón, si se
hallaba en medio del maremágnum y todos disparaban y todos observaban y él marchaba al
exacto ritmo maquinal de los otros soldados, como bestias con orejeras. Masa ciclópea,
asesina, estúpida. Tirar a matar. Los cadáveres de los enemigos engordan la gloria. El
avance a la victoria se mide por el número de hostiles enfriados. ¿Ordenes son órdenes!
Eso les decían. Y de noche enterraban pilas de muertos en zanjas cavadas en los linderos
del bosque Polvorín. Los cadáveres eran transportados en los camiones de uso corriente. Al
otro día, Lorenzo y los otros pisaban sanguaza y lúgubres manchones mientras eran
llevados a uno u otro lado en los mismos vehículos. El tiempo no alcanzaba para lavarlos.
La fetidez se acumulaba en ellos.
Cuando por tercera vez el brazo le pesó una tonelada, Lorenzo se desmayó. ¡Un soldado
pujante rodando al suelo sin heridas ni golpes! Tal vez sea epiléptico. No, obra de
Enmanuel, tumbaba a su primogénito para impedir que Virgilio cayera víctima de su certera
puntería. (Qué sería de un país de hermanos descompagina-dos). En los barrios de San
Isidro, cercados por valla ciclónica, se entraba o salía con documento de identificación
expedido por la Jefatura, portado en exclusiva por asimilados militares que vivían en el
entorno. Los familiares de los guardias, impedidos de moverse fuera del perímetro,
engullían la enorme cantidad de alimentos repartidos a diario por los marines: gelatina de
naranja, carne en-latada, huevos cocidos a granel
-duros y agrisados como un muerto-, leche, pan de leche, mermeladas de melocotón y de
moras. Mientras engordaban, urdían cuentos y propagaban cuchicheos, la mayoría producto
del miedo. Pero no todo era fantasía.
Un endemoniado hombrecillo desnudo relevaba a los vigilantes nocturnos del Polvorín
bosque donde se almacenan los explosivos). O los zarandeaba golpeándolos contra los
espinosos troncos de las javillas hasta darlos por muertos. Un número considerable de sus
víctimas guardaba cama en el hospital. Un pequeño grupo simplemente había desaparecido
mientras cumplía con su deber.
El rabioso basilisco, de menos de cuatro pies de estatura, unas veces era retinto, con pasas
y pimientas negras en lugar de cabellos, lo mismo en pecho y genitales; en otras ocasiones,
era albino, con lana de oveja y granos de sal, en lugar de cabellos, en pecho y pubis; blanco
como una blanca ranita saltarina (Eleucherodactulus).
Una noche irrumpía el negrito retinto, la siguiente el albino. Réplica uno del otro. O el mismo
atacante en dos pellejos opuestos, como el día y la noche.
El capellán principal de la Fuerza Aérea, el mismo que ofició un Te Deum de bienvenida a
los marines de Estados Unidos, miembro en su juventud de las falanges franquistas en su
país de origen, convencido partidario de la guerra como vía "para asegurar la paz, y que
confesaba a los hombres separado por rejillas y a las mujeres frente a sí, de hinojos, al
alcance de sus manos movedizas, encabezó comitivas que rezaban e iban rociando agua
bendita por los bordes del bosque Polvorín, con el propósito de exorcizar al basilisco
matador, encarnación del mismísimo comunismo, según las salmodias del desteñido
capellán, presa ya del mal de Parkinson.
Como cosa del diablo, los accidentes en el Polvorín se multiplicaron. ¿O se trataba de una
estratagema de guerra? ¿Un caballito de Troya? ¡Hombres rana!, el grito se propaló por los
barrios militares, trascendiendo la verja confinante para circular por El Bonito, San Luis y
áreas aledañas. Los anfibios guerreros constitucionalistas habían infiltrado en el mismo
corazón de San Isidro unos gemelillos mortíferos (cuyos trajes, adheridos al cuerpo, eran de
granos de sal o de plumas de cuervo). Pronto, los feroces hombres rana brincarían la valla
ciclónica e invadirían el barrio de alistados, el barrio de oficiales, los clubes, el hospital, La
Cantina o Mercadito, el colegio, todo el recinto. Tomarían como rehenes a las esposas y a
las hijas de los militares atrincherados en la Base Aérea y el Cefa.
Ah, pero también, muy soterrada y sigilosamente, se cuchicheaba otra historia: todos los
centinelas nocturnos machacados o desaparecidos en el bosque Polvorín habían sido
enviados allí por el alto mando. Eran soldados disconformes, desbocados, potenciales
traidores. Y Lorenzo temió que el desvío de su brazo cuando intentaba disparar ya
estuviese registrado como traición.
O el desmayo como cobardía.

2
Yo no conozco el miedo, ustedes lo saben bien (si, cómo no, Lorenzo). Después de un
segundo desmayo me pusieron de yuca (o a prueba) en el Polvorín. Algo maléfico acechaba
en la oscuridad. Su ojo me inyectaba modorra. Mi reloj de pulsera se detuvo.
Perdí la noción de tiempo. De repente, un enano me espabila a puñetazos, voceando una
letanía: ¡Ojalá que ganen los malditos constitucionalistas! ¡Que los hombres rana hagan
beber de su ferocidad a los marines sanguinarios! Que a los traidores del Cefa los pongan a
limpiar letrinas en calzoncillos. ¡Que saqueen La Cantina y desmigajen lo que no les sirva!
¡Ojalá que a los gringos les exploten todos los helicópteros y les exploten los oídos! ¡Que
los pilotos de los P51 y Vampiros se queden ciegos! ¡Ojalá que a todos los bancos se les
moje la pólvora! Que al capellán se le desprendan los brazos al bendecir a los que esperan
el fusilamiento.
¡Que la lengua se le anude al reprender a los que rechazaron la confesión! ¡Que los
malditos constitucionalistas, incluido el loco
¡Virgilio, arrasen con San Isidro!
Y Lorenzo, empapado de sudor frío, era poseído por la endemoniada presencia. Retinta.
Albina. Sal graneada. Plumas de cuervo. (¿Sería el envés de su propia conciencia?
¿Dormía? ¿Soñaba?). La luz del amanecer lo encontró ileso, pero horriblemente
confundido, con extrañas imágenes e intermitentes fuegos en su cabeza.
Al día siguiente, volvieron a designarlo al Polvorín. Esto ya pasaba los límites de la
sospecha. No se hacían guardias de seguido, y mucho menos en este monte monstruoso
bajo cuyo suelo yacían potentes explosivos. Entonces lo pensó: si en el Polvorín la tierra se
tragaba a un pequeño número de centinelas, quienes abandonaban uniformes y armas en
los troncos de javilla, él podría convertirse en uno más de los esfumados.
Desde que los marines se hicieron con el control, avasallaron a los mismos jefes de la Base
Aérea. Pasmoso espectáculo, el de su arribo. Únicamente la Jefatura se hallaba al tanto, los
demás está-baros en babia. Un amigo boquiabierto me dijo: Lorenzo, esto se acabó de
joder ahora mismo, pues creíamos que los invasores eran cubanos que venían a
enfrentarnos. (Desde que empezó la revolución, nos habían alertado: cuando menos se
espere, tropas de Cuba combatirán al lado de los constitucionalistas). El cielo se nubló de
aviones Hércules. Aterrizaban y a seguidas vomitaban helicópteros y jeeps armados con
ametralladoras 50. La operación comando se prolongó hasta la madrugada. Los marines
nos hicieron sentir de inmediato quiénes eran los nuevos gallos del gallinero. Hasta de la
carretera y las calles en mejor estado se apropiaron. Por ellas circulaban sus jeeps. Nos
mandaron a abrir trochas para el tránsito de los vehículos dominicanos. Generales,
coroneles y capitanes se convirtieron de un momento a otto en subordinados de los recién
aparecidos extranjeros. A la mayoría, el inglés no le alcanzaba más que para saludar y
turbarse.
De fuera vendrán que de casa nos echarán, terció Beba, interrumpiendo a Lorenzo. Este
como aire y nos miró a cada una con ojos de sorpresa. (En cierto sentido, la guerra nos
comunicaba.
Nunca antes mi hermano había compartido una experiencia con nosotras. Le urgía vaciar su
memoria, siquiera en parte, porque con. tenía una plasta bituminosa que podría socavarle
ad infinitum). Si nos ordenaban caminar tentamos que correr, seguro contando (y lo
imaginamos encojonado, con la sangre hirviendo). Marchábamos al ritmo de las consignas
del Army, de sus disposiciones, de sus objetivos. Ejecutábamos sus encargos como
muchachos de mandado.
La ofensiva en Santo Domingo tomo otro cariz, sobre todo después de la Operación
Limpieza. Una cosa era que los de la Fuerza Aérea y el Cefa se entraran a tiros y
cañonazos con los del Ejército Nacional, un bando ganaría y las cosas se compondrían de
un modo u otro en el país. Pero ver a soldados extranjeros aplacar a bazucazos limpios a
una muchachada revoltosa, o arremeter contra mujeres que vociferaban ¡go home,
yanquis!, o pegarle un balazo en la frente a un chico arrastrado desde su casa al medio de
la calle, o encañonar a un borracho forzándolo en vano a recoger excrementos, remecía de
indignación hasta al más asqueroso y bruto de nosotros. ¿O es que los marines ignoraban
que, guerra aparte, éramos hombres y dominicanos?
Ah, estos tipos buscaban tu amistad. Que los acompañara (friend) a juergas, al billar, a una
mano de póker, a visitar una girl (baby, honey) y que te mantuvieras pronto a celebrarles
con carcajadas sus incomprensibles chistes. Los gallos reyes del gallinero, bebiendo whisky
Johnnie Walker y enamorando teenagers en el barrio de alistados, uno que otro, tocando
armónica o guitarra. Y los infelices rasos o cabos padres de ellas, entre halagados y
nerviosos, sin atreverse a decir pio. Que fuera yo el que manoseara a una de doce años,
¡baja deshonrosa! Y daba ascos cierta gente machacando palabritas en inglés para
congraciarse con los mandamases.
El (Lorenzo), ni muerto. Se forzaba en disimular y, de seguir en el recinto, un día iba a
partirle el culo a uno de esos fanfarrones.
Él, Lorenzo, un desgracimao, un maldito azaroso, un nadie, algún principio tenía. Patria y
familia, el resto es paja. Enmanuel le había inculcado hasta el cuétano la absoluta e
irrevocable veneración a la bandera, al escudo, al Himno Nacional, a Duarte, Sánchez y
Mella, y a la Patria entera y etérea. Sin Patria, un hombre no cuenta; sin patria, es huero.
Papá no toleraba riñas entre Mateo y yo. A los dos nos escarmentaba. Pero nunca en
presencia de las hembras ni de particulares. A Mateo lo reprendía por dejarse provocar: Tú
a un contrario más fuerte no lo enchinchas, ¡acércatele con mañas; a mí, por excederme
contra mi hermano: Hombres abusadores llegan lejos, ¡pero no en mi familia, carajo!
¡Aprendan a conducirse como hermanos! ¡Aprendan respeto! Nos arrodillaba en un guayo,
cara a cara, abrazados bajo la resolana.
¡Canten mirándose a los ojos, sonríanse! Cuidado con adelantarse o rezagarse, que tengo
buen oído y me fastidiaría. Aprendan a compaginarse, a entenderse. De las carreras de
algunos, cuando lo que se necesita es un andar al paso y meditando, proceden las guerras
fratricidas.
Si alguien te salpica con su vómito, límpiate con paciencia.
No empieces a vomitar tú también. Ningún insulto va a contarte el cuello. Aprende a
sacudirse y seguir tu camino. La nación se forja con juicio y trabajo no a trompones. Si te
ciega la ira, te irás de boca y puede ocurrir que te rompa la crisma.
¡Repitan!, Himno Nacional, escrito por Emilio Prud'Hom-me; música, José Reyes.
Interpretado por primera vez el 17 de agosto de 1883 en los salones de la Respetable Logia
Esperanza N°. 9, en la capital de la República Dominicana. ¡Canten a do el glorioso Himno
Nacional!
Ningún pueblo ser libre merece
si es esclavo, indolente y servil;
si en su pecho la llama no crece
que templó el heroísmo viril.

Mareo, lloroso; Lorenzo cubriendo con la potencia de su entonación los quebraderos de la


otra voz.
Algo había que agarrarse en esta azarosa vida, aunque ese algo de lo hayan inculcado con
sangre. ¿lba el (Lorenzo) a ensuciarse en su bandera?, y después ¿qué? Si no hubiera
aparecido el ejército de marines, él no se habría convertido en desertor. ¡Júrenlo!
(¿Y Virgilio, pues? No preguntes, Leona. No descalientes su sangre, que sabes lo que
acarrea. Ya. ¡A los varones les echan las mejores carnes y les dejan coger la calle, pero
¡hay que ver lo que les roca! Pleito, guerra. Acuchillados. Baleados. Remordidos.).
Desde el momento en que escalo la barrera ciclónica y saltó hacia la libertad, Lorenzo se
transformó en un fugitivo. Las oscuras experiencias vividas en el Polvorín eran en su mente
fantasmas más perturbadores que una jauría olfateando sus huellas.
Sin el aguijón de esos fantasmas tal vez nunca se hubiera decidido a fugarse.
Alimentándose de trozos de caña quebrados con sus manos y de hojas de guayabo, cuando
aparecían, mantenía sus fuerzas. Era capaz de comerse un ratón o una culebra. Lo había
aprendido en los entrenamientos militares de sobrevivencia.
Mientras había luz, corría entre boscajes y cañaverales. De noche, caminaba despacio y,
por ratos, dormía. Frecuentes explosiones de morteros y ráfagas de ametralladoras
alcanzaban sus oídos. En las inmediaciones del ingenio San Luis, un joven picador de caña
accedió a trocar los harapos que vestía por el uniforme del desertor
y; aunque Lorenzo no quería oírlo, le dijo que estaba enamorado de una lavandera
dominicana, pronto se casarían. Ya ceñía la aprobación de los padres. Más adelante,
tumbado en el suelo y protegido por matas de caña, Lorenzo oyó el intercambio de
impresiones de unos trabajadores que pasaban por un trillo portando azadas y machetes.
La guardia había atrapado a un haitiano por vestir de militar. Le metieron la cabeza en agua
hasta que confeso como había conseguido el uniforme. Después que dio la explicación,
muerto de miedo, dictaminaron que era un espía de los constitucionalistas, perteneciente,
de seguro, al comando de haitianos. Lo fusilaron en el acto y frente a los lugareños. Lorenzo
no sintió culpa. Atribuyó la mala suerte del picador de caña a la felicidad. Los hombres
felices no piensan. Si hubiera pensado, corriendo tiempos de guerra, no habría cambiado
sus harapos por un uniforme militar. No habría apostado a la estrella sin saber si es de
suerte o de fatalidad.
El prófugo aceleró la marcha. Sus perseguidores podrían estar pisándole los talones. En un
momento se percató de que se había equivocado de dirección: recorría cañaverales
situados por detrás del Cefa. Enrumbó hacia el norte. La premura y ciertas alucinaciones lo
confundían. Decidió descansar. Tomarse tiempo para definir la ruta más segura, orientarse
como requería la situación.
Hasta ese momento no había tenido claro hacia dónde dirigirse.
Esa noche, camino sin parar. Al amanecer, ya se encontraba en un tramo del río Ozama
donde un par de veces había ido a pescar en compañía de otros alistados. Pese al
agotamiento, corrió largos trechos, hasta arribar a un monte denso y a las orillas de barro
arenoso del río. Improvisó una vara de pescar, a fin de camuflar su identidad, y se apropió
de una yolita abandonada. Al poco tiempo, se topó con dos pescadores, padre e hijo.
Procedían de El Bonito y enseguida dedujeron la condición del hombre musculoso y vestido
de andrajos que simulaba pescar. Estaban familiarizados con los militares, conocían sus
gestos altaneros, su forma de moverse;
El Bonito, aunque territorio civil, estaba más o menos a un kilómetro del barrio de alistados,
y allí residían muchos asimilados y jubilados de la Fuerza Aérea. A ojos de los pescadores
no pasaron inadvertidas la deshidratación de Lorenzo ni su impaciencia ni su recelo.
Compartieron el agua potable de sus cantimploras. Le convidaron a comer guabinas y
camarones asados. Al final, le dijeron que la volita les pertenecía y que podían vendérsela
barata.
Lorenzo se la devolvió. A fin de cuentas, era más seguro avanzar a pie a todo lo largo de la
ribera del Ozama. A modo de despedida, el joven coló café. Lorenzo se zampo un jarrito
lleno. Estaba muy caliente, muy tuerte, muy dulce.
Hubo de atravesar un humedal y arcas al descubierto, y un bosquecito, donde tiró piedras a
las tórtolas sin conseguir derribar ninguna, y una aglomeración de casuchas deshabitadas
que paro-cían perreras, y un engañoso monte en el que sintió alborotarse los fantasmas del
Polvorín. Creyó que nunca había salido de allí.
Parado sobre dinamita y tanques de municiones, esperaba el desenlace de la condena,
soñando en las tinieblas la imposible salida.
El albino o retinto que azotaba a los vigilantes se había desdoblado en padre e hijo, los
pescadores. Rebasó los linderos a gatas, vomitando los camarones y la guabina y el agua y
la hiel.
Estaba al límite de sus fuerzas cuando por fin avistó las luces de la Capital. Un rato después
se internaba por las calles de San-ro Domingo, sorprendido al descubrir, con sus ojos de
prófugo, la cambiada ciudad. Un cachito de sol restaba en el poniente al arribar a la pieza
de Noraima. Sin pensarlo dos veces, rompió el candado, penetró en la vivienda y cerró por
dentro. Allí encontró una latita de sardinas, dos cocos secos, un poco de sal en grano, dos o
tres plátanos podridos y una olvidada cola de bacalao pendiendo de una cuerda. Una
oxidada lata de aceite le sirvió de sanitario. Al cabo de tres días, creyó oir ligeros toques en
la puerta. Desde su estancia en el Polvorín, había aceptado que la fantasía matizaba la
realidad en su cerebro. De cualquier modo, aguzaba sus sentidos y, entre los ruidos lejanos,
que interpretó como de turbas o tropas y disparos, distinguía los tímidos toques en la
puerca, seguidos de pasos presurosos. Se precipitó a espiar por las rendijas y nada.
Lo peor fue el zumbido en su oído izquierdo. Enervado, le daba por creer que la iracunda
alimaña del Polvorín se alojaba en su oído. Entonces lanzaba al aire absurdos manotazos.
Encima, cada vez que conseguía dormirse, acostado en el bastidor pelado o en el suelo, le
jalaban los dedos de los pies. Codos y rodillas se le acalambraban a un tiempo. ¡UR.
¿quién, bueno o malo, buscaba comunicación con él? La guerra aproxima a los vivos y a los
muertos (la vida a la muerte). Los vivos pueden creerse muertos y los muertos asomarse
como si vivieran.
¿Era él un fantasma exiliado en la casa de la hermana que maltrató o era un pendejo
escondiéndose de los que antes fueron sus camaradas de compañía?
Espoleado más que por el hambre, por el pavor a enloquecer, Lorenzo decidió abandonar
este refugio. Ya no había una gota de agua en la cañería. El vaho de su propia mierda lo
asfixiaba.
Entonces, cuando abrió la puerta, se encontró con un par de plátanos, una lata de sardinas
pica-pica, un arenque, una botella de agua, una caja de fósforo, un poco de carbón y
cebollín. ¡El coño!, le costaba creerlo, ante sus ojos resaltaba la bondad de una persona
extraña (a Noraima no la visitaba desde que se enemisto con Ruiz, hacía ya mucho tiempo).
Agarró los invaluables presentes y se metió de nuevo a la pieza. Dos días después, en el
amanecer que decidió salir, un corpulento hombre negro, a dos o tres casas, desmembraba
a machetazos un racimo de guineos. Ambos se ignoraron.
Al sangrú de Lorenzo le había retoñado una plausible cualidad: el patriotismo. Cuando
reapareció en nuestro hogar, ya a los desertores los rastreaban por toda la geografía
nacional para encarcelarlos o fusilarlos. ¡Ay carambal, yo le tenía pique, pero no para que
fueran a matárnoslo! Urgía esconderle hasta que las cosas se aclararan. Todos debíamos
colaborar.
En este hogar inundado de alarmas vivíamos angustiados.
Como si por mucha agua que sacáramos del barco nuestro destino fuese naufragar. No solo
por la cercanía del cuartel, la insuficiencia de espacio, el lloro de los niños, la taciturnidad de
Noraima y la amenaza que pendía sobre Lorenzo, sino porque a este había que llevarle la
comida y botar sus evacuaciones, espantando las moscas que rondaban las heces y se nos
posaban en la nariz, cosa nueva, muy desagradable. Al mismo tiempo, se imponía alejarlos
vecinos a toda costa, sobre todo a Edermira y a su amante, el labioso Uberbello. No hubo
más remedio que fabricar una mentira: Noraima sufría de tifus. Contacto equivalía a
contagio. No pudo haber escudo más electivo. Solo el discreto y amable Manuelico nos
visitaría en lo adelante. Edermira, si necesitaba algo, lo pedía desde el exterior de la
empalizada. La gente nos rehuía hasta en la pulpería y la ermita. En casa nos esmeramos,
a sabiendas de que del éxito en mantener a Lorenzo a salvo dependía de que Beba se
conservara en pie. También nos impelía el miedo.
Noraima y yo, valiéndonos de retazos, cosimos una mampara tras la cual, en un rincón del
aposento, las hembras nos cambiábamos de ropa. Para atender los menesteres del
confinado, nos turnábamos. Lorenzo nunca estuvo mejor cuidado. En esta comprometida
intimidad se originaron nuevas mortificaciones.
Nuestra casa se había nublado. Como una nave delirante se alejaba de las demás
viviendas.

3
¿Qué seguía escondiendo Lorenzo? Se mantenía cabizbajo, esclavo de una maraña cuyos
reflejos ensangrentaban sus ojos.
Algún hecho había soplado arena a los intersticios de su alma, coligió Beba. Adonde en otro
tiempo había cólera y conocido mal carácter, se había sumado una agitación de espinas. El
domingo temprano, nuestra madre se encaminó a la ermita. Hacía tiempo que no
comulgaba, por haber vivido amancebaba --ya de por si esa sebosa palabra constituía un
estigma-- con Demetrio, el papi de Antonio, como si se lo hubiera pasado de risitas con ese
sonso.
(Ese tiempo debían de restarlo al que a ella le correspondiera de purgatorio, en el supuesto
de que nadie iba directo al cielo). Hubo casos, no uno ni dos, en los que el cura había
dejado a una persona con la boca abierta, esperando la hostia. La comidilla pública se
encargaba de perpetuar el vergonzoso desplante. ¿Quién iba a argumentarle a un
sacerdote? ¿Quién iba a hacer aclaraciones al vecindario? Lo mejor para evitarse la afrenta
era abstenerse de comulgar, encajando la marca a la buena de Dios.
Beba se arrodilló ante el confesionario, pero no declaró sus pecados, sino que expuso al
párroco el estado de Lorenzo. Lo hizo sin pensarlo dos veces. Se le encendía la maldad
estomacal y le temblaba la lengua al proferir la palabra desertor, Dios mío. El sacerdote le
formuló preguntas cuidándose de no hurgar en ninguna herida. Ella explicó cuanto sabía.
Incluso, después de unos segundos de titubeo, le contó sueños en los que vislumbraba las
acciones de Lorenzo y de Virgilio en la guerra. Sentados en un banco, bajo el árbol del que
colgaba la "campana", el clérigo dijo que no está a nuestro alcance el comprender la
sabiduría de Dios, lo que no impide que nos beneficiemos de su misericordia, de su amor.
Le habló de las circunstancias, de los poderes de luz y los de tiniebla. ¿Quién decide los
eventos? ¿Cómo conducirse en estos?
Hasta los ángeles han tenido que hacerse estas preguntas, razono, como preámbulo para
aterrizar en el caso de Lorenzo y Virgilio.
¡Qué comprensivo! Era la primera vez que uno de su condición veía los ojos de Beba y le
tomaba las manos. ¿Sería simpatizante de uno de los bandos que se hostilizaron en la
Capital? En realidad, se refería a todos como hermanos de Jesucristo. Ella misma era una
hija de Dios. Hija de Dios, absuelta, dicho por un sacer-dote. Mamá retornó enfervorizada,
resuelta a ir al grano con su primogénito
-Mira, Lorenzo, tenemos un párroco nuevo. Si lo oyes, te caería bien. Está tocado de gracia.
Dice el que matar en una guerra no es lo mismo que matar así por así o con premeditación.
Al soldado lo arrean, lo obligan, lo fustigan como se clavan las espuelas al caballo para que
obedezca y galope hasta donde quiera el amo. Y sobre la defensa propia en la Biblia está
escrito que..
-¿Pero por qué me viene usted con esas malditas vainas ahora?
-Mi hijo, tienes que vomitar la zurrapa del remordimiento, escupir la sangre podrida antes
que el alma coja gangrena quitaste la vida a un infeliz: ¿Tu plomo malogró algún inocente
¿O no lo sabes? ¿Es ese tu suplicio? ¡Dímelo!
Lorenzo corrió a destrancar la única ventana del aposento, la que solo de noche se
entreabría un rato. Mamá se asustó. Si se abría esa ventana, se echarían a pique todos
nuestros esfuerzos por proteger al desertor. Sin otro objeto a mano, desprendió el palo
donde se enganchan las ropas y lo blandió, amenazando al hijo. El cuadro hubiera dado risa
a un observador particular, yo tuve que contener un sollozo. Lorenzo se alejó de la ventana.
Y Beba dijo:
No es solo por ti, puñetero egoísta. Es por mí, que si te fusilan se me va a destrozar el alma.
Es por coda la familia. Es por Enmanuel, que está llorando en su tumba. Es por Antonio y
los hijos de Noraima. Saca de abajo, escupe, vomita. Tú eres ahora el hombre de esta casa
y vas a limpiarte y vas a confesarte, aunque primero tenga que ablandarte a palos.
En ese momento, resuelta a hacer valer su autoridad de madre y padre, Beba estaba roja y
más furiosa que él.
-Déjeme quieto. No me siga jodiendo con pendejadas de viejas y curas - contesto el aludido,
siguiendo de soslayo una mosca, cuyo vuelo describía una órbita peculiar, zumbando a
cada minuto cerca de su oreja. (o podía oír otras moscas, en discretos vuelos de
inspección, en torno a la bacinilla y a unos calzoncillos tirados debajo de la cama).
-Contén esa lengua, grosero, que la lengua es el único órgano por el que el demonio puede
chuparse un alma. Acepta esto: por su crucifixión Jesús nos libra de las culpas y pecados.
Todos somos hermanos en Jesucristo. Te sentirás como una pluma de colibrí después de la
absolución. Vas a dormir tan tranquilo que ni te lo vas creer.
-Míreme bien de arriba abajo, Beba. Usted está viendo un hombre. Un hombre. No me
confunda con cualquier cagado.
-Si, un hombre que suda sangre por los ojos...
-Écheme a la calle, entonces. Chivatéeme, vamos. ¿Usted no sabe que yo cambien quiero
acabar con esta mierda de una vez?
Cuanto antes me lleven al paredón, mejor.
-¡No blasfemes! Recapacita. Si Dios fue misericordioso con Pablo, que asesinaba cristianos,
¿cómo no lo va ser contigo? Las circunstancias hicieron al criminal. Jesús hizo al santo. El
domingo, aunque sea con un disfraz, te arrastro al confesionario.
-Ah, carajo, es que usted no tiene idea del monstruo que pario.
Daba un no sé qué oír a Beba, parecía una sombra con ojos amarillos. Al lado del hijo lucía
más escuálida aún. Y sus ojos, con todo y determinación, se perdían como los de un miope
en la distancia. ¿Habría azotado a Lorenzo, de llegar el caso? Sí, lo haría.
Ignoro con qué fuerza, pero lo haría. Mi hermano tal vez pensó igual. Aprovechando su
distracción, las moscas aterrizaron en alguna parte de su cabeza, cal vez en su barba, a
milímetros de su boca. Por la manera en que estalló el primogénito de Enmanuel, deduje
que venían del infierno. Sin embargo, Jaguar las hubiera atrapado en el aire.
-¿Dios? ¿Eh? ¿Dios? ¿Pero es que usted no se ha dado cuenta?
Ese no pierde su tiempo conmigo, ni con plebes ni con chusma.
El complace a sus elegidos, escucha a su pueblo, a sus apóstoles, a sus siervos. Los
demás, que nos desgarremos o nos asemos o nos ahorquemos. ¿Qué Dios? ¿El que pone
trampas y me espolea a partirme el cráneo? Yo (Lorenzo) soy una plasta de mierda, una
porquería. ¿Y qué? ¿Hiedo? Más les vale que se alejen de mí. Y rápido, coño.
Beba, con los ojos aguados y la calma que sigue a un espantoso duelo, lo interrumpió.
Ah, mira quien se está repulsando, un dominicano que ha pasado una prueba de
patriotismo. Un hombre a quien su difunto padre le ha guiado durante lo peor del trance. Un
hermano que puso su vida en peligro por no disparar a su hermano.

Estas frases sumieron a Lorenzo en estupor por unos segundos. Luego, se rascó la cabeza
con todas las uñas y con los ojos como un loco se ladeó hacia mama. La frente casi pegada
a la ella.
Sentí miedo y presioné con mis dedos las rendijas del piso, como si en verdad fuese posible
ensanchar la brecha y emerger a través de ella a respaldar a Beba. ¡El diablo!, berreó mi
hermano, mirando hacia el piso. Te ha descubierto, dijo mi conciencia. Ahora va a romper
las tablas y te va a aplastar con sus botas, creyendo que tú también lo veías cuando orinaba
o cagaba. El susto se trasformó en sudor. Sentía mis omóplatos mojados. Sentía que mi
espalda mojaba la tierra. Te van a oír en el cuartel, se alarmó Beba, tapándole la boca (en
realidad, incluso rabiando, no subían la voz). Él le agarró las dos manos y las soltó como si
fuesen piedras.
-¡Usted me concibió con terror y me parió con terror, ¡acéptelo de una vez! Me parió
rompiéndose y me halló ordinario y gritón. ¡Dígalo! Desde que se dio cuenta de que
Enmanuel se iba a morir empezó su plan para desgaritarse a Santo Domingo y dejarme
atrás. A qué no se atreve a desmentirme. Antes de papá fallecer, ya Demetrio le echaba el
ojo y usted no le negaba el agua.
¿Pero es que Lorenzo había perdido el juicio? ¿Qué perseguía loqueando de esta suerte?
Carájole, mamá, agarré un bate, péguele unos cuantos garrotazos, quise gritar, sublevada
ante la lividez de Beba, casi sin poder respirar. ¿De dónde sacaba su hijo tales patrañas?
Por fin mamá sollozó, rendida, los brazos a los costados como muertos. Entonces presencié
lo increíble. El sangrú de mi hermano soltó un quejido de animal y la abrazó como si fuera el
último gesto de un condenado a muerte. Beba casi desaparecía entre su pecho y sus
brazos. Un torrente de lágrimas mojaba las barbas de Lorenzo. Acto seguido, se tiró al piso
y empezó a golpearse la cabeza. ¡Tum! ¡Tum! ;Tum! Chocaba su frente a escasa distancia
de donde tenía yo la mía. Nos separaba el grosor de una tabla y menos de dos pulgadas. Si
me movía podría descubrirme, deduje llena de pavor. Una gota de su sangre me cayó en el
ojo derecho.
Pensé en los ruiseñores en cautiverio golpeándose hasta morir. La melliza se espantó en su
cuna. Lloró a gritos. Noraima irrumpió en el cuarto. Beba se empeñaba en incorporar a
Lorenzo. Imposible. Él continuaba golpeando a ritmo ascendente su sangrante cabeza
contra la madera. A mis pies, Coco emitía aullidos. Yo reptaba hacia la salida como un
cangrejo sobre arena ardiente, aturdida por la visión de la espiral que nos estragaba.
De pronto, en el cuarto, en la casa entera, reinó un eléctrico silencio. A punco de abandonar
mi escondite debajo del piso, me paralizó una conclusión: esta quietud de segundos no era
más que un preámbulo en el cual se disponían los ingredientes de un fatal desenlace. Volví
a arrastrarme por la tierra, cuyo olor a antigüedad se había acentuado. Tan pronto me vi
afuera, eché mano de una toalla húmeda aún en el tendedero y se la llevé a mamá, quien la
recibió como si fuese lo más natural del mundo.
Lorenzo se limpió la sangre de manera casi refleja y arrojó la toalla a un rincón. Luego
barrió con su mirada a Beba, a Noraima y a la niña, que volvió a llorar con extraña
intermitencia; por último, también a mí. A que Ruiz no te llevó nunca a una playa, eh.
¿Comebrasa sabía nadar?, preguntó a bocajarro. Enseguida se respondió: No, ¡qué va!, ni
en mar ni en río. Beba tragó en seco, creyendo que al hijo se le confundían las hebras de la
realidad. Alzó el brazo con timidez para tocarle la mejilla, pero él, ya con la furia evaporada,
le retiró los dedos, y siguió enfocando a la atónita Noraima.
Arrinconada, para que no fueran a sacarme, y empuñando la coalla con sangre, recordé una
aseveración de Edermira: El problema es que Lorenzo cela a Noraima hasta con él mismo.
Un mosquito me picó en una oreja. Le pegué un trapazo a una mosca.
¡De negro es que tienes que vestirte, de negro eterno!, sentenció Lorenzo. Te llamas
Noraima Vda. Ruiz. Madre de huérfanos y madre de niños muertos.
Beba dudaba entre arrojarle agua bendita a su primogénito o pincharlo para que terminara
de expulsar el pus de sus pesares, el vapor de sus delirios. El tono grave en que hablaban,
y controlando el volumen, contribuía a la pesadez de la atmósfera. La habitación podría
reverberar con el calor de las palabras. Y esta imprudente reverberación podría ser captada
en el cuartel, lo mismo que, aún vendado, capta uno el vapor desprendido del asfalto o de
una roca ardiente. Mamá lo imagino. Intentó sacar a Noraima y a la melliza, expulsarme a
mí, frenar a Lorenzo, pero lo iniciado era como una máquina sin freno, la ignoró, siguió
su curso.
Conque el cojonudo Comebrasa no sabía nadar, eh, viuda, insistió Lorenzo, punchando con
el índice el hombro de Noraima, quien enrojecía sin moverse.
La niña tiene hambre, dijo mamá. Chaguin es hombre valiente, sus jefes lo valoran, dijo mi
hermana. Encontré un centavo
Hace frío, dije yo, ya que por lo visto era bueno decir cualquier cosa. Cada quien pensando
en algo. Beba en la confesión, Noraima tal vez en Isolina o tal vez en los oficios o tal vez en
P.D. Yo, en los cabezazos de los ruiseñores, en los riñones de Emilio, en el viaje en avión
de Virgilio. Lorenzo nos tenía atrapadas en sus fijezas. ¿Qué pretendía?
¿Sí o no? ¿Sabía nadar? Noraima bajó la barbilla y movió la boca como si algo hiriera su
olfato. Al agua era a lo único que le temía admitió con un dejo de vergüenza. Su padrastro,
como castigo, le metía la cabeza en un cubo de agua, hasta que pataleara. Chaguín
maldecía la playa, el río y los puentes, porque eran escenarios de sus pesadillas.
La madre de Sebastián, la madre de niños muertos, mi bella hermana, temporalmente fea,
se mordió los labios y frunció el ceño. Lorenzo pareció relajarse. Mirando al vacío, dijo con
una voz que desconocíamos.
Comebrasa es ahora un vampiro del cieno alimentándose de tu abandono. Mírate al espejo,
estropeada, marchita. Vístete de rojo. Píntate como te dé la gana; eres joven, aprovecha.

Parecía exhausto de trabajosa reflexión. Estas mujeres, las de su familia, le cohibían en lo


más hondo; sus demostraciones afectivas le resultaban obscenas; ofensivas, incluso. En el
apiñamiento dentro de la vivienda, no pudo evitar, en más de una ocasión, entrever la
fulgurosa desnudez de Noraima, los blandos y grandes senos de su madre, los corneados
muslos de Miriam, el inocente sexo de Brígida. Había estado a punto de vomitar por estas
intimidades. Se calentaba, bañado por la expectación y el pavor despertados en el por las
mujeres parientes. Hablarles a ellas le requería un esfuerzo que pocas veces estaba
dispuesto a hacer. Comunicarse con ellas implicaba una pugna interior. Antes no solía
pensar en eso, ahora se le hacía imposible eludirlo.
Con los ojos fijos en la ventana trancada, contó: A los cascos blancos los acorralaron los
constitucionalistas en la fortaleza Ozama. Desde helicópteros, les arrojábamos alimentos en
peque-nos paracaídas. Con suerte, parte caía en el patio de la fortaleza.
Los rebeldes nos apuntaban con sus bazucas y ametralladoras antiaéreas, era peligroso
aproximarse. Derribaron un helicóptero americano que se acercó con pertrechos. Sus
ocupantes, incluido un oficial, terminaron malheridos y en manos de un comando
constitucionalista. A partir de ese hecho, se suspendieron los vuelos de suministro desde el
aire. Se intentó acopiarles por el río, de noche, pero no resultó. Grupos armados con fusiles,
palos, cadenas y cuchillos esperaban el momento de triturar a los debilitados cascos
blancos. El asalto era inminente. Entonces, en el transcurso de una madrugada, los policías
cercados, sin más opciones, se lanzaron al río con el objetivo de vadearlo y llegar hasta San
Isidro, aunque fuese a pie. Muchos lo lograron. Vi a capitanes y tenientes, flacos como
carraos, arribar a la base aérea en calzoncillos y con sus respectivos quepis en la cabeza,
para que no cupiera duda de su rango. Pregunte por Ruiz una y otra vez. Todos coincidían
en que se había quedado en la fortaleza. (Sobre la suerte de su marido, también hacía
averiguaciones un picochato capitán de la Fuerza Aérea, el mismo que me había ayudado a
engancharme, a solicitud de Comebrasa. Desconfiaba de mí, quería joderme.
Estaba mejor informado que yo sobre Virgilio). Por fin, di con un policía de los que habían
cruzado el Ozama que me dijo: ¿Ruiz, Comebrasa?, aunque era un duro, no sabía nadar, y
no todo el mundo vence a brazadas el limo y las corrientes del Ozama. El tío arrastró hacia
el mar a muchos desnutridos. Bueno, quién sabe, tal vez Comebrasa tomó otro rumbo, tal
vez se metió a un barril o a un hoyo. Para mí que se ahogó o lo mataron en la fortaleza.
Dicen que el diablo, a última hora, le echa una mano a los suyos para que sigan mandando
gente al infierno.

4
Tres días después, a media tarde, se apersonaron a nuestra casa cuatro militares,
acompañados del sargento Uberbello. Los desconocidos eran recios, bruscos, vestían
chamacos y portaban fusiles con bayonetas. Sin una palabra, sacaron a Lorenzo del
aposento y lo montaron en un jeep, ante lugareños fascinados por el suceso. Miriam,
Lesabia, Brígida, Antonio y yo nos habíamos vuelto invisibles para todos. No existíamos,
salvo para el apresado, que nos cubrió con una mirada tenida de sentimientos
inconfesables.
Noraima se mantuvo en la cocina con sus hijos. Muda, pálida como cuando nacieron los
mellizos. Por suerte, mamá se encontraba con tía Florinda, preparando un remedio para la
congestión de pecho (Lorenzo sufría de ahogos, de noche se apretaba).
El prendimiento de mi hermano me suscitó una emoción parecida al alivio, y también una
congoja que no podría describir;
acaso, una de las formas en que se manifiesta el amor. (De con-tinuo, ocupaban mi cabeza
sus manos esposadas, los músculos de su cara y cuello, como al tris de romperse, el raro
vigor de su cuerpo exhausto). En Beba el sufrimiento no hallaba atenuantes ni límites.
Recuerda, Dios mío, que yo prefiero el dolor de la muerte a la muerte de un hijo,
murmuraba, bañada en sudor. Ella había pactado con su Dios. Ignoraba que Miriam y yo
también rogábamos: Dios, llévanos en lugar de mamá.
La mayoría de la gente nos acribillaba con preguntas y conjeturas, justo lo que no
necesitábamos. Casilda nos informó que Calixta había ofrecido un banquete al que
asistieron el Turco, don Chelo, doña Miguelina y personas de La Vega. Allí se habló de
Lorenzo y de Virgilio. Mamá se echó a llorar. Maldita sangre de mosca, esa Calixta no
puede ser hermana de Enmanuel, pensé.
Habíamos oído que a los desertores los estaban castigando con el paredón. Edermira lo
repetía. Y era Uberbello quien se expresaba por su boca. Beba dedujo que ambos sabían
que escondíamos a Lorenzo. Y la vecina fue leal al amante, no a nosotros.
Procedía hacerle un hielo por mucho tiempo. Quién sabe si denuncio a Lorenzo para que el
sargento se congraciara con sus jefes, majareteando algún ascenso. Pero no había pruebas
y la vecina se nos mostraba compungida y solidaria. (Además, tenía una razón de antaño
para no traicionar a nuestro hermano).
Por esos días, a Cacao le cogió con aparecerse al atardecer en nuestra cocina. Qué vaina,
Beba, tener uno que morirse, repetía con convicción y sin mayor pesadumbre. Mamá, sin
siquiera mirarlo, reponía: Déjese de cosa, Cacao. A usted y a Manuelico no los matan ni los
tiros de ametralladora. El Echadía pensaba para sus adentros que no se estaba refiriendo
solo a sí mismo. Y Beba pensaba para sus adentros que no iba a dejar que malos presagios
salaran a Lorenzo más de lo que ya estaba.
capítulo veinte
Noraima poseía aire de víctima, comparable a una brillante flor a la vera del sendero o a un
pájaro de colorido plumaje y canto agradable, manso por añadidura. La sentenciaban su
cálida hermosura, su temperamento desprevenido, su docilidad. Cualidades que a lo mejor
le hicieran sitio en el Reino Celestial. Miren a Noraima, aprendan de ella, que nunca fue
respondona ni sobresalida, solía decirnos nuestra madre. Ahora, en toda Quima se
cuchicheaba sobre su padecimiento, el contagioso tifus, al cual se le temía como el diablo a
la cruz. Entre otras razones, porque mataba, y a las mujeres, si sobrevivían, el pelo se les
ponía malo, casi como alambre. Empezamos a difundir que Noraima gozaba de plena salud,
pero mucha gente se fijaba en sus clavículas, sus ojeras y apagamiento y juraba que
mentíamos.
Una mañana, a pocos días de Navidad, mientras lavábamos, separadas solo por el ancho
del lebrillo, le pregunté de sopetón si echaba de menos a Chaguín. Asintió con indolencia.
Aspiró y exhaló el aire agitando el pecho. Llevaba puesta una camiseta de franela, mojada
por las salpicaduras. No era difícil contar las costillas de la madre de mi amado Sebastián,
aquel ángel aniquilado por la meningitis del que nadie parecía acordarse (más se acordaban
de Comebrasa).
¿De verdad tú querías a Ruiz? ¿Te enamoraste de él como una perdida?, le pregunté,
incrédula. Ella, luego de pensarlo un momento, me contó: Chaguín andaba detrás de mí.
Era un verdadero callo. Mientras más me le escondía, mayor era su asfixie. Se plantaba en
la empalizada, desfilaba cien veces al día por el frente, me enviaba papelitos. Iba por ahí
diciendo que yo era la hembra más sabrosa y bonita de toda la provincia. Voceaba mi
nombre y me enseñaba la lengua desde la carretera. Yo escupía de asco. El embustero se
vanaglorió regando por Quima Arriba y Quima Abajo que yo, la mejor hembra, me le había
entregado en el Oro, que él conocía el sabor de mis pezones. Un día, Calixta me mandó a
buscar y, con su puño de piedra, me pegó dos pescozones que me amorataron la cara, en
nombre de Enmanuel y "por andar cuereando con el policía Ruiz". Hizo que Beba fuera a su
casa, no sé lo que le chismoteó, pero mamá me rehuía la mirada y apenas me hablaba.
Entonces me pasó el problema con Lorenzo. Al poco tiempo, acepté fugarme con el
difamador, que no había cesado de rondarme.
Calixta dijo que era cuanto se podía esperar de las hijas de Enmanuel. Así opina de
nosotras la tía que respinga al recordar que en una etapa de su vida matrimonial practicó
sexo. En mueca de asco, tuerce la boca cada vez que mencionan el tema, aunque sea
respecto al toro y la vaca. Y se caga de tanto en tanto en las robustas queridas de Doroteo.
Así y todo, defiende a su esposo con un cuchillo en la boca. Y con igual contumacia lo cela
hasta con las mulas.
—¿Te escapaste con el casco blanco solo porque él regó que ustedes vivían? ¿Le creían a
él, un aparecido? —pregunté con respiración entrecortada.
—Ya mi pudor estaba en entredicho. Si me defendía, más dudaban.
—La reputación de una doncella, ja. El murmullo: ¿es señorita o no?
— Eso. También había oído que entre un hombre y una mujer en cualquier momento el odio
cambia a amor y el aborrecimiento a devoción. ("Te odio y te quiero"). Deseaba huir de
Quima, volver a la Capital. Y Chaguín me prometió un hogar decente y me dijo que jamás
me traicionaría.
¡Eh! ('un hogar decente" en la Capital, como el que le prometió Demetrio a Beba. ¿Era
destino la repetición?).
- Te acuerdas, Leona, ¿de lo mucho que me reía en Santo Domingo? Te acuerdas de las
barquillas y la ruleta, de los bancos del parque, del malecón y de la primera vez que Virgilio
nos llevó a Boca Chica y nos bañamos hasta quemarnos de pies a cabeza, ¿locas por las
olas y el trampolín? ¿Te acuerdas de Ondina, la vecina que nos brindaba pastelitos: ¿te
acuerdas de su hijo Pablo Donato y de la vez que él y Virgilio se perdieron?
Yo asentía con la cabeza, mientras observaba a Noraima, cuyos ojos cintilaban como
prendados de una inestable fantasía, y al lebrillo donde la espuma blanca iba creciendo,
perfilando cordilleras, caños, nubes y azulejos. Unas esferas se desprendían. En ellas
viajaban reflejos de nuestras caras, hojas verdes, retazos de la cocina.
Teníamos los puños enrojecidos y olíamos a jabón de cuaba, todo muy común. Sin
embargo, no era difícil advertir que algo cambiaba.
Qué lugar tan raro era a veces el mundo.
Por-siempre-jamás o por-jamás-ni-nunca, podría haber pronunciado estas palabras que
afloraban a mi boca, pero solo como anuncio de una idea que empezó por una frase: Hasta
el infinito límite de la eternidad. La pomposa frase ("como una bola arrojada a mi ojo por un
enano con dientes de oro, escapado de la caravana de Marco Polo") bailoteó en mi cabeza.
-Mirándolo bien, fue una suerte que Chaguín insistiera en mudarme, aun estando yo
desacreditada. Ahora, después que una muchacha le pare hijos a un hombre, más le vale
tratar de quererlo y consagrarse a fortalecer el hogar, de lo contrario, qué vida más perra le
espera a sus niños y a ella misma.
Experimente arrobamiento, sabor de sangre, cosquilleo en la piel, al evocar la mordida que
les había pegado a los testículos del cuñado. Ay, sí, yo era tan rara como el mismo mundo.
¡Dios mío!
No me parecía en nada a la mansa madre de Sebastián. ¡Cómo me gustaba estar viva! Fue
en esta sacudida que fulguró en mi memoria un cuento que Fresia le leía en voz alta a su
marido.
La voz vibrante de entusiasmo también buscaba llegar hasta mí.
Ahora comprendía la lección del relato. Una idea dulcemente intimidatoria surgía en mi
cerebro. Si conseguía infiltrarla en el de Noraima, tal vez en lo adelante ella alineara sus
decisiones y sus deseos a su favor. Y no en su contra, como hasta ahora.
Dejé caer una bolita de jabón al suelo y le pregunté: ¿Sabes por qué cae? Ella repuso: Por
la gravedad, eso decía Virgilio. Cierto, afirmé yo, por la ley de la gravedad. Todo obedece a
leyes, lo mismo en el cielo que en la tierra. Esta ley que te voy a explicar se llama...,
espérate, déjame recordar... de la Simbiosis Inmaterial
(ese era el título de un libro que Fresia tenía en su mesita de noche). Seguro que
Enmanuel, de estar vivo, nos hubiera ilustrado sobre ella, en especial a las hembras, que no
elegimos pareja ni para bailar, siempre nos escoge el hombre y nosotras, como pollitas o
becerras, tenemos que dejarnos seleccionar por ellos, seguirlos. Se trata de una ley no
escrita, como sucede con las más importantes.
Bueno, se permite escribirla en el borde de una llama o en agua.
-¿Y con qué clase de lápiz?
-Con el dedo del corazón, un ángel puede anotarla en la orilla de una llama. Un demonio
con el dedo grueso del pie en un pozo sin fondo.
-No te creo. Tú inventas mucho.
-No me creas.
Hicimos silencio y empezamos a enjuagar la ropa.
-¿No me vas a decir esa ley?
-Solo si juras por tus mellizos que vas a pensar sobre ella y tu porvenir.
-Juro que voy a pensar, pero no sé si pueda entender. ¿El nombre?
-Ley de la Simbiosis Inmaterial.
-¿Y qué significa simbiosis?
-Eso no importa.
Noraima extendió el brazo y cerró la mano.
-Empuñé aire.
-El nombre de tu ley es un puñado de aire. Como decir: nada.
- Es una sencilla ley del destino, existe desde que nacieron los primeros humanos.
-Entonces, dímela de una vez.
- Espera un minuto y piensa. ¿Tú crees que Enmanuel y Beba siguen unidos?
-No sé... Tal vez. Él es un difunto y ella está ahora guisando una gallina.
-Noraima, tienes que abrir tu mente siquiera por un rato, como en los sueños. Fíjate en esto.
Papá no sufrió por la novia rubia de La Vega cuando esta lo abandonó. Esa mujer se borró
de su vida como un terroncito de azúcar lanzado al mar. Es más, él llegó a decir, según
Casilda, que agradecía a Dios por la enfermedad de sus pies. Sano se hubiera quedado con
Serafín el Rico, habría dirigido una fábrica de jabón y se habría casado con la rubia.
Enfermo, volvió a Quima, a su lugar. Encontró a Beba. La escogió, seguro, desde el primer
día, a sabiendas de que en la eternidad gozaría de compañía agradable. Papá y mamá
combinaban.
-Combinar, ¿esa es la ley?
-La ley es rotunda: la pareja puede combinar en bien o en mal y en todo caso el desenlace
es irrevocable.
-Tú lo que buscas es enredarme, Leona. ¿Por qué siempre andas inventando cosas? A que
ya no sabes ni por dónde empezaste -me dijo, desvalida, y posé mis ojos en sus clavículas
mojadas y después en la espuma, en la montaña. Suspiré mirándola con ternura.
-Si un hombre y una mujer han creado familia o han convivido por mucho tiempo,
continuarán unidos hasta el infinito límite de la eternidad. Eso compendia la ley de Simbiosis
Inmaterial.
- ¿Cómo?
-Así como lo oyes. Eso de "hasta que la muerte los separe" es relativo, poco. ¿Tú te habrías
fugado con Ruiz y convivido durante años con el de haber sabido que sigue contigo, vivo o
muerto, y que sería tu compañía en la eternidad?
A la palidez se agregó un matiz de excomulgada en el semblante de Noraima. Soltó el
pantalón que estregaba y se agarró al borde del lebrillo, tambaleándose. Al parecer, me
había excedido, sonando lúcida y convincente al punto de que yo misma me hallaba
preguntándome: ¿Estarías a gusto con Emilio hasta el infinito límite de la eternidad? A lo
que respondía: Claro que sí.
-¿Aprendiste eso en los libros? me preguntó mi hermana con voz estrangulada de emoción.
-Sí, en varios y en un cuento que le leía Fresia al Ingeniero.
Es verdad, Noraima. Si te murieras ahora te encontrarías con Ruiz en la otra orilla. Y ya, por
toda la eternidad, porque la eternidad carece de fin, te quedarías con él.
-Pero como ya no tendría cuerpo, a él no le interesaría --razono casi gimiendo. Proseguí
implacable.
-Le intereses o no; le gustes o no, seguiría a tu lado. Muerto está cerca de ti, como lo está
Enmanuel de Beba. ¿Tú lo sientes?
-Entonces, tal vez sabía nadar...
Nos miramos, asustadas. ¿Comebrasa vivía? Mis palabras podrían hacerse realidad. Orgía
una vuelta de tuerca. Pensar rápido para matizar las cosas.
-De la ley apenas te dije la esencia; hay otros aspectos a estimar. Oye bien, si tú te casas o
te unes a otro hombre, y ambos conviven dichosos y sin mayores desavenencias durante un
tiempo que sobrepase al compartido con Ruíz, entonces, tu pareja desplazaría a tu anterior
marido en el privilegio de permanecer contigo hasta el infinito límite de la eternidad. La
principal condición es la felicidad en el segundo enlace. Hay otras partes que
ahora no vienen al caso.
-Y mis hijos y mi hija, ¿con quién estarían?
-¡Ellos? Ah, ¿cómo lo había olvidado? En esto la ley es sim-ple: los hijos y las hijas
perdurarán al lado de quien más los ame.
De manera que, para que todo marche a satisfacción, tu nuevo compañero ha de amar
mucho a tus hijos y a tu hija, aunque no los haya engendrado.
Crucé los dedos para que no siguiera preguntándome, con lo que me obligaría a complejizar
el panorama y a caer en absurdos o paradojas. Respiré tranquila cuando una iluminada
Noraima empezó a restregar con energía cantando:
Volare, oh, oh
Cantare, oh, oh, oh
Dicen que el mundo está lleno de pena y dolor
Pero yo pienso que aún queda muchísimo amor
Entreví esa intrigante imagen de ella, como bailando de puntillas en un quimérico escalón,
haciendo pausas para contemplarse en su espejito y pintarse ligeramente los labios. Todo
se ha perdido, que se pierda un chin más, qué importa, me dije. E inspirada le pregunté a
bocajarro: Noraima, ¿qué significan las iniciales PD.? Agrandó los ojos e hizo silencio. Yo
escudriñaba sin discreción sus huidizos gestos. Como al rato seguía muda y con la mirada
perdida. Le busqué un jarro de agua. Lo rechazó con la mano. Sus mejillas empezaron a
encenderse. ¿Qué sabes de PD?, balbuceo. ¿Yo?, nada, dije. Al final de las cartas, a
veces, se escribe, posdata P.D. ¿Estuviste escarbando en mi maleta?, me preguntó con
crispación. Le expliqué que no había tocado su maleta, pero sí conocía el paquetito metido
en el agujero del bloque de cemento.
Un violento arrebol y lividez se alternaron en su rostro. Se llevó ambas manos a la cabeza y
huyó hacia el lejano árbol de cabima y desde allí clamó: ¡¡Pablo Donato!!! La había seguido,
temiendo una locura, y como por arte de magia aquel grito suyo salido de las entrañas
remozó en mi memoria una serie de imágenes de los tiempos en que nos mudamos a la
Capital para que Beba alumbrara a Antonio en paz.
Olía a carbón prendido en los anales de hierro y a tripas y plumas de pollo. Olía por igual a
carros de hirviente mermelada de guayaba y a trozos de lechosa en almíbar. El sol pudría la
basura evacuada desde las innumerables piezas habitadas por un gentío.
Efluvios de sobacos y entrepiernas, de cabellos y bocas, humo y sazones se confundían en
el olfato. Había matitas de besitos y de dama-de-día-y-puta-de-noche y alguna plántula de
moriviví pasadas por alto en esta agitación urbana. Veía a Noraima en clandestino arrebato
olfateando una guayabera blanca, y el hecho coincidía con su primera luna. La sangre del
periodo, la prenda de vestir del hijo de Ondina, la profusión de guijarros, pasos y fogosas
sombras, el paseo a Boca Chica con Virgilio, Pablo Donato, Miriam, Lesabia, Noraima y
Brígida. Las cabriolas en el mar de lujurias y mitos meciéndose, meciéndonos, en los
blandos cristales de su lengua. Todo eslabón de cosa quimérica que, mediante el fantástico
mecanismo de un grito, saltaba hasta el presente para triturar el muro de las resignaciones.
En los días que siguieron, la madre de Sebastián me eludía, pero mis sentidos captaban a
la legua su perfume de ilusión, la recobrada frescura de su cutis. Y para que no volviera a
oler como los callos de las flores cuando se pudren en el florero, me decidí a perjurar,
informándole sobre el emisario que nos había traído noticias de Virgilio, pese a que mamá
nos había obligado a jurarle sobre un crucifijo que guardaríamos el secreto. tenía sus
razones.
A su hijo predilecto había que cubrirlo con un manto de silencio.
Ni a Noraima ni al resto del mundo podíamos soltarles una palabra de lo que supimos de
nuestro hermano a través del fingido pordiosero pintado con betún. Yerba mala nunca
muere, Ruiz, ese malandrín, podría aparecerse a buscar a su mujer y a sus hijos.
Sorprendernos. Había que hilar fino. Toda previsión era poca para evitar que el casco
blanco, ahora que había triunfado su bando, le hiciera daño a Virgilio. Si Noraima ignoraba,
Chaguín ignoraría.
Tal era la lógica de Beba.
Yo, por el contrario, estaba imbuida de que el cuñado había sido engullido, no por las
corrientes, no por el mar (no se merecía el mar para ahogarse), sino por las miasmas; cual
que fuese el significado de esta palabra, combinaba con Comebrasa: miasmas. Así que
(perdóneme mamá) le relaté a Noraima los pormenores de la visita del emisario de Virgilio;
no había olvidado una sola palabra de las que pronunció. Le expliqué que Miriam, Lesabia y
yo, ante el estado de Beba --al tris de la agonía- y temerosas de añadir perturbación,
habíamos convenido en ocultarle ciertos datos.
Cuando le explicaba a mi hermana que el amigo de Virgilio había preguntado por ella con
ansiedad y que ambos habían estado buscándola en su vivienda de la Capital, su cutis se
tersó y la verdosa llama de otros tiempos retornó a sus ojos. Ya comprendía. Y yo
comprendía. Ahora me miraba deseosa de contarme. La bolsita en el escondrijo del bloque
de cemento se la confió Pablo a Virgilio para que me la entregara. Fue la vez en que
desaparecieron, ¿te acuerdas? Ondina y mamá, entonces embarazada de Antonio, se
volvieron locas buscándolos. Cuando Virgilio volvió, contó que habían estado presos en la
misma celda después a Pablo Donato lo habían trasladado, no sabía a dónde, pero había
escuchado que
"lo iban a enterrar vivo". Lo culpaban de haberle agrietado el cráneo a un agente
antimotines en las cercanías del Liceo Juan Pablo Duarte.

Capítulo veintiuno
1
El través del aborrecido Uberbello mantuvimos contacto con Lorenzo. Le permitían llamar al
cuartel de Quima una vez a la semana (era el único teléfono y de exclusivo uso de los
guardias).
Guardaba prisión junto a un alto número de soldados acusados de distintos crímenes, entre
los cuales los típicos eran deserción e insubordinación. En los interrogatorios a Lorenzo,
este repetía la historia del basilisco retinto o albino, cubierto de plumas de cuervo o sal en
granos, que conseguía convertirle el habla en un guirigay ajeno. Repetía la historia de su
brazo pesando toneladas y de la misteriosa fuerza que le desviaba el cañón del fusil justo al
disparar. Repetía su clamor por los símbolos patrios, devoción inculcada por su extinto
padre. Creyeron que se hacia el loco, muchos de los presos lo intentaban.
Al cabo de tres meses de prisión, Lorenzo escuchó el toque de trompeta con el sol
pegándole en la cara. Apenas distinguía la tribuna, la correcta formación de los alistados a
lo lejos, la elegancia de los cadetes, en el inicio de la ceremonia durante la cual recibirían
baja vergonzosa y dicterio institucional un centenar de hombres de distintas compañías,
entre los cuales había al menos ocho con los cabellos blancos, no se sabe si por edad o
sufrimiento, y varios tan flacos que podrían quebrarse en cualquier momento.
En escasos minutos, oficiales les arrancaron las insignias del uniforme a los degradados. A
tijeretazos cortaron las mangas de las camisas hasta mitad del antebrazo y las perneras de
los pantalones hasta medio muslo. Por los altoparlantes, en tono patológico, carnavalesco,
se escarnecía a los reos y se ironizaba sobre el "desempeño" de los descollantes por su
traición o por las triquiñuelas exhibidas. Por último, los corridos desfilaron a paso doble con
la cabeza gacha, golpeándose el pecho cuando pasaban frente a la alta oficialidad de la
Fuerza Aérea y de las tropas de ocupación. La banda de música ensordecía con una
fanfarria interminable. Uno de los heridos en su honor se tiró del puente Duarte ese mismo
día. No fue el único trastornado por la humillación. Lorenzo lo tomó de otra manera, al
menos en los primeros días. Las opiniones de dominicanos congraciados con los gringos
eran mierda.
Esos chupamedias y limpiapolvos progresaban de lodo a cieno.
El parecer de las malditas tropas invasoras se lo metía por el culo.
Ya nunca tendría que acercarse por el Polvorín, ni matar porque se lo ordenaran. Los
ultrajes de vendepatrias y marines no habían hecho más que subirle el rango de hombre a
patriota. A su juicio, así lo hubiera creído Enmanuel.
Uberbello, ahora ascendido a teniente, se encargó de comunicar los pormenores del evento
a Edermira (habían circulado por los cuarteles y en las calles de Santo Domingo, y en la
prensa veían o insinuaban cierto heroísmo en los militares separados de este modo.
Sin embargo, eran solo parte de los perdonados, de los no fusilados). Y Edermira, que
jamás conseguía contener la lengua, nos los transmitió. Cuando Lorenzo regresó a nuestro
hogar con la cabeza rapada y los músculos en tensión, como un tigre al acecho, casi le
amábamos, pero nada de atrevernos a exhibir ni un ápice de pena.
Se acercaban las Navidades. Manuelico nos facilitó su junta de bueyes y Beba contrató a
Cacao (comida caliente a cambio de trabajo) para arar el terreno detrás de la casa, aun el
patio mismo, donde cultivaríamos verduras. Lesabia, Miriam, Brígida y yo íbamos brincando
detrás de los bueyes y a cada momento nos acuclillábamos para extraer las pequeñas
batatas y las lombrices partidas que quedaban al descubierto en los surcos. Cerca de las
alineadas matas de pera, descubrimos una superficie de hojalata en una de las zanjas
abiertas por la cuchilla del arado. Escarbamos hasta liberar una cantinita abollada. La capa
mohosa se había trabado. La sacudí como a una maraca. Un apagado golpecito nos indicó
que no estaba vacía. Rebosadas de expectación corrimos en dirección a la casa.
Apoyamos el objeto en la piedra de indio y lo apaleamos. Se sumió pero la tapa no cedía.
Brígida quiso darle con una piedra puntiaguda. La detuvimos. Tal vez debíamos tratar la
marmita con mayor delicadeza. Miriam buscó el cuchillo de la cocina, y de paso debió
explicarle a Beba para qué lo usaríamos. Ella se asomó a la ventana del fregadero y siguió
con ojos intrigados nuestra actividad. Lesabia agarró la cantinita y la mantuvo firme contra la
piedra, yo coloqué la punta del cuchillo en el borde y golpeé el mango con un pedrusco. ¡Se
van a machacar los dedos!, advirtió nuestra madre, aproximándose atraída por nuestra
obstinación.
Se hallaba a mis espaldas cuando la tapa cedió. En el interior había algo duro envuelto en
hule. Arrancamos el plástico. Quedó a la vista un arrugado papel de estraza que se
deshacía al quitarlo.
A seguidas, desenredamos las muchas vueltas de una tira de cela.
Tres monedas de oro relucieron en mi mano derecha. En el instante, cacarearon las
gallinas, cantó el gallo, Coco ladró como si fuera a temblar la tierra, Ballilla arribaba con la
cabeza cubierta de sangre de Cristo y cintas amarillas y verdes, una bandada de cotorras
alzó vuelo, Cacao se dirigía con lentitud hacia nosotras precedido por los bueyes, Noraima
prendía el radio Philips y en el aire se propagaba: -Vecina, llegó el cuabero

Un camión circulaba a peligrosa velocidad por la carretera, tronando su bocina. Bajo


nuestros pies, el suelo trepidaba. Rompía el aire el escalofriante ulular de una ambulancia.
Cacao cantó:
A volai la paloma, eh. Hormigas caribes me aburaban los pies. Dos lagartijas copulando
movían una hoja de higuereta. Las gallinas tragaban pilas de lombrices partidas y les
ofrecían rosados pedacitos a sus pollitos. Tal vez maduraban todas las peras y guayabas.
Tal vez todas las flores se estaban abriendo. Tal vez en las nubes el sol evaporaba los
granizos. Tal vez Emilio pascaba por Nueva York lleno de vida. Tal vez los marines se
estaban marchando en sus aviones. Tal vez Virgilio escribía una carta sobre su regreso.
Beba murmuró: Obra de Dios, labor de Enmanuel, los caminos se despejan por fin. Y me
arrebató las monedas. Empuñándolas con la mano izquierda, se persignó dos veces -- lo
hallado de sospechoso origen nunca se toma con la diestra-- y, a seguidas, echó a correr y
nosotras la imitamos. Si aquello consistía en una botija, su difunto dueño merodearía en
torno nuestro. Haría de las suyas. Así se hacía constar en todos los cuentos Los gritos de
Antonio nos volvieron a la cruda realidad, se había quemado las manitas con un jarro de
chocolate caliente dejado por descuido en la orilla del fogón.
En pocas horas se aclaró todo. Las monedas las había enterrado Enmanuel poco antes de
partir a la Capital. La finca entonces vendida se la habían pagado mitad en billetes mitad
con las tres onzas de oro, las cuales enterró. El dinero lo llevó consigo. Su hermano Rufino
se lo iba a colocar en un banco, pero las papeletas se esfumaron con su vida.
Beba y Noraima, armadas de valor, se apersonaron al cuarte. a solicitar a los uniformados
que tan pronto les fuera posible nos entregaran la casa que ocupaban. Desde abril no nos
pagaban la renta y, además, nosotros nos encontrábamos apiñados en la vivienda amarilla,
réplica reducida de la otra. Veremos, respondió el teniente Uberbello. Veremos.
Sembramos guandules en los linderos de nuestro predio. Repoblamos la tierra con habanas
de batata y con maíz. También plantamos cepas de guineo facilitadas por Manuelico. La
gallina cocola sacó doce pollitos. Casilda volvió a colaborar con nuestra madre en el lavado
y planchado --confesó que Enmanuel, en sueños, le había dicho, ya es tiempo--. Ella y Beba
se marchaban al rio todas las mañanas y regresaban frescas. Una tarde, Casilda le
comunicó a mamá que la convidaba a Santiago, a la presentación de Fernando Valadez;
había ahorrado unos cheles para ver al artista. ¡Uy), lo escucharía interpretar:

Por qué no he de llorar


si solo así descanso
no hay penas que sin llanto
se puedan soportar
Por qué no he de llorar
si lo que más quería que fue mi noche y día
se acaba de marchar
Había escuchado en la radio que Valadez nació en una ciudad llamada Sinaloa. Que una
sirvienta, cuando era un pequeño, echó a su leche polvo matahormigas en vez de azúcar,
ocasionándole dolores espantosos e inmovilidad permanente de las piernas.
Es paralítico, Beba, imagínese, vuela en sus canciones. su voz me desarbola hasta la
matriz, declaraba la romántica Casilda. Pero el tan anhelado paseo a Santiago hubo de
suspenderse.
Cacao volvió con su cantilena: Qué vaina, Beba, tener uno que morirse. Por toda respuesta,
mama le ofrecía una bandeja de yuca y batata, regadas con cebollín frito, y un gran vaso de
morir soñando. Después, el Echadía parecía calmarse y marchaba a pasos largos y lentos a
su morada en el Campo de Aviación. Una tarde en que los rayos solares esparcían un oro
bordeado de barro y el firmamento se tenía de bifurcaciones y sobre la montaña, sin más,
se constreñía un dúo de arcoíris, a Cacao, que sabía leer en el cielo, no le cupo la menor
duda de lo que sucedería. Avanzó calmoso hacia la palmera. Alcanzándola, una piedra de
rayo le partió el cráneo. Fue una muerte sin sufrimiento. Limpia.
Se desataron aguaceros interminables. Parecía que iba a precipitarse toda la lluvia que en
otros tiempos había amarrado el Echadía de bruñida frente. El aire olía a moneda de cobre
y azucenas.
Como al tanto de todo, la naturaleza acelero sus procesos benéficos. Las matas de pera se
mostraban grávidas de azucaradas frutas. Mangos y aguacates empezaron a madurar por
montones.
Con la exenamorada platónica de Enmanuel empezó a frecuentarnos su hija Eduvigis, quien
se prendó de la melancolía, desaliño y laberíntica odiosidad de Lorenzo. De repente, fue el
hombre más singular y buen mozo de la tierra a los ojos y al capricho de esa que tocaba el
acordeón como su difunto padre, que se burló del profesor Alcides y solía desdeñar a
cuantos pretendientes de Quima y de Jarabacoa se le acercaran. Pero Lorenzo, nada de
nada, prefería el vinagre de la sordidez, el sueño sobre el piso, el purgante de coco, tirar los
dados en soledad y bañarse en las tormentas eléctricas. Ni los amigos lo reconocían. Un
día Calixta lo mandó a buscar con un peón. Solo se supo que acudió al llamado y que
derribó a Doroteo de tres puñetazos y amenazó con los puños a la cía. Uno de los muchos
hijos de Doroteo criado por Calixta soltó el perro más bravo. Lorenzo lo pateó como a un
igual, le destrozó el hocico con su bota. Beba se llevó las manos a la cabeza. Ay, cómo
pudiste atropellar a un enfermo del corazón.
¿Por qué escupiste a Calixta y derrengaste a su perro? Ay, ahora si es verdad que te van a
matar. Álzate. Huye para Guarey por entre los montes. Como respuesta, Lorenzo colgó una
hamaca de saco entre dos árboles y se acostó a ver el cielo. Le llevé café, una galletita y
una menta de espíritu. Ni se comió el brindis ni lo rechazó.
Le sonreí, creo que por primera vez en mi vida. Él cerró los ojos, tal vez para escuchar los
pájaros o ignorarme. Volvió a abrirlos al cabo de un par de minutos, durante los cuales me
mantuve inmóvil. Me miró y levantó el índice. Una cuyaya surcaba el cielo.
Seguía mirándome como si nunca me hubiera visto. Entonces caí en cuenta de que el
sangrú podía percibir la sombra del guaraguao o la cuyaya o el zumbador sin usar los ojos.
Tal vez poseía otras cualidades en las que nunca nos fijamos.
Pasamos los días sobre ascuas, esperando a los de la justicia, a la policía. Lorenzo estaba
más tranquilo que nunca. Se fue a la calle. Trajo dos libras de carne de cerdo. Pidió
sancocho y arroz blanco graneado. Se bañó con jabón de olor y se secó con toalla limpia.
Se afeitó. Le regaló un centavo a Brígida. Casilda lo observaba con nuevo interés. Se va
pareciendo a Enmanuel, dijo.
Doroteo y Calixta no se querellaron. No sabíamos qué pensar.
Manuelico dijo: esos en quien hoy los pedos son sirenas," ya dieron con la tusa para su
culo. Apuesto a que no la molestan más, Beba.
La sabiduría de mamá y de Casilda, o el puro deseo, les auguró que algún día serían
abuelas del mismo nieto. A esta conclusión las condujo el antojo de Eduvigis: se había
traído el acordeón heredado del suicida Javier, instrumento apetecido y retratado por
investigadores, y acuclillada bajo una de las matas de pera, lo tocaba por horas. Lo de ella
es fijo, va por la sangre, decía Casilda con orgullo. No como la voz de Mambrú, que fue
transformada por las tontas hormonas.
Miriam descubrió un nuevo manantial a escasos metros de la cañada. Brotaba de peñas
blancas, agua buena para beber.
Lorenzo, por fin, dio señales de que empezaba a encajar los hechos de su vida. Regresó a
las apuestas y al billar; de vez en cuando, cosa extraña, extraía plantones de yuca y se
ocupaba de remendar el techo. Dejó de cortarnos los ojos y de entrometerse con Noraima.
No le costó ningún trabajo sonsacar a Eduvigis para que tocara su acordeón a los asiduos
al billar, y luego en la galera y, más adelante, en una boite de La Vega.
Noraima recobró su cutis. Sus labios tenían el tono de las flores de carambola y, de tanto en
tanto, los colores de la flor pensamiento. Y yo empecé a sentir por su hijo grandecito y por la
mella y el mello, un prístino caudal de emociones. Mi resistencia a amarlos se había
derrumbado. Destinada a vivir diluyéndome en los otros, sufrimiento y bondad eran mi
agridulce destino. Aunque el amor no fuese invulnerable, me gustaba vivir, amar.

5
Bajo el barniz de normalización, los obreros y obreras acudían a sus labores, los
cultivadores sembraban, los infantes aprendían en las escuelas. Pero los marines seguían
en el país y grupos de ciudadanos pasaban a la clandestinidad. Clamores, huelgas,
forcejeos y escaramuzas matizaba los días. Con el corazón en la boca se vivía en Santo
Domingo.
Para mí, había nuevas. Contra cualquier vaticinio, me llegó por correo un paquete desde
Italia. Contenía el libro Un millón de maravillas, como también se llamó a Los viajes de
Marco Polo, según me anotó Fresia en la dedicatoria. Observar y leer sus páginas nos avivó
el espíritu, tanto a mi como a mis hermanas, a mi comadre Martina, a Siola y a Mambrú.
Verificábamos que entretejer rutinas y fantasías, diligencias y fábulas, lejos de ser anómalo,
complace, espabila. El hijo del carnicero era quien más gozaba nuestras juntas. Al sentirse
bien aceptado, convino en dirigirnos en el juego de pelota; a veces se distraía, cantaba sin
darse cuenta.
A veces como un ruiseñor. A veces como un toro atragantado.
Jamás se lo comunicaría a la doctora Camilleri, qué iba a pensar de mi, pero me iba
convenciendo de que el Libro, aquel abonado por mi memoria cuando aún no sabía leer,
vivía, como ciertas criaturas, por la metamorfosis. En este punto de mi vida, ya se parecía
muy poco al original o a Un millón de maravillas.
Cuando se me cayeron las alas del corazón, mi Libro se transformó en un manantial con
alas. Un montículo de añil y oro. Un cocuyo mitad mariposa. Un arbusto faisán. Una gota de
nube resbalando de un rayo. Un sueño navegable en los torrentes. Una semilla con patas
de gorrión. Un lecho de senderos. Mi libro es equilibrio del vaivén. Crece con mi familia. Se
nutre del calor de mi existencia.
Emilio escribe en él con la pluma de sus ojos. Sebastián gorjea.
Galopa Batalla. Virgilio imprime una brújula y un caracol. Por sus páginas pasean mis
hermanas. Prende el fuego mamá. Obra
Enmanuel. Ríe Antonio. Cuece plantas Florinda.
Mi Libro es granítico. Blando como el corazón. Noche de matriz. Resplandor de aventura.
Aleatorias formas de agua. De luz. Comarcas parpadeantes. Ciudades. Hazaña.
Experimento.
Compañía.
En febrero, Emilio retornaría al hogar de su padre en Quima. La noticia la divulgó don
Chelo. Feliz se le notaba, no así a doña Miguelina. Sucedieron los aguaceros de mayo y yo
entregue mis flores en la diaria ceremonia a la Virgen, sola. En las palmas, construyeron
sus cuarterías vegetales las madamsagá, las diestras ladronas de espigas. Y Emilio no
llegaba. Batalla enfermó. La curé día a día con los remedios de Florinda, le arranqué las
garrapatas y me miré muchas veces en sus ojos, expectante porque en cualquier momento
Emilio me sorprendería y, a modo de saludo, cabalgaríamos por el monte, confundidos
nuestro calor y el palpitar de los corazones. Anduve por los remotos parajes que recorrimos
cuando anhelé desquitarme de una injusticia fugándome lejos.
Dormité en un lecho de hojas como lo había hecho mi amigo. Y Él no llegaba. ¿Había
sufrido una recaída? ¿Se quedaría en Nueva York con la dama blanca? El hermetismo de la
familia daba miedo.
Transcurría agosto. A don Chelo lo nombraron Secretario de Agricultura en el Gobierno. No
se habló más que de esa noticia durante días. Habían puesto en venta su propiedad. Se
trasladaba a la Capital con su esposa e hijos. No los extrañaríamos, no pertenecieron a
Quima ni por un día. Suponía que la esperanza de saber de Emilio se evaporaría de golpe.
Un día vi al hijo de la cocinera de doña Miguelina montando la bicicleta de mi amigo por la
orilla de la carretera.
A finales de septiembre, vendrán a visitarnos la doctora Fresia Camilleri y el ingeniero
Giorgio Belasi, así, con sus nombres y títulos habían rubricado una misiva formal a doña
Beba. Le presentarían una propuesta sobre mi futuro.
La última noticia sobre Virgilio nos puso al tanto de cuán lejos había llegado, se encontraba
en Lisboa acompañando a un exministro constitucionalista. Busqué esa ciudad en mi libro
de geografía para enseñársela a mi familia. Observar un sitio en un mapa le resultó cómico
a Beba. Y tan extraño como ese nombre, allende los mares, Lisboa, ahora asociado a
Virgilio, debilidad y exultación en mi madre y en mí.
¿Era de claridades el velo sobre nuestro destino? ¿Era de paja?
Entre la cepa donde se enterró mi ombligo y la aventura cifrada en los horizontes, oscilaba
mi signo. La audacia de mi imaginación, preñada de unas letras que jamás leí, decidiría las
rutas.
Y una de esas rutas conduciría hasta Emilio. Mi corazón creía: se ha curado con el riñón
que le donó la dama blanca, madre que depositó tanto en ese órgano para el hijo, que se
quedó sin vida.
Pronto aprendería a perfumar mis pérdidas con la esencia que desprende en su pujanza la
vida. Pronto daría un salto oceánico.
Un mundo pletórico de estímulos y contrastes aguardaba por mí. Sin embargo, no ignoraba
cuánto habría de batallar para que brotaran de nuevo las alas de mi corazón. Cada noche
lloraría por Antonio, Brígida, Beba, la hija y los hijos de Noraima, Lesabia, Miriam... Me
empavorecería pensando en las máquinas trepitantes, el temido, aunque improbable,
regreso de Ruiz, la escasez de sábanas o alimentos, los altibajos de Lorenzo, las intrigas de
Calixta, los lengualargas saliva de sierpe, el paso del botón, los ventarrones, las frías
goteras, el tétano...
Extrañamiento y dudas me arroparían de noche. Trabajos y aprendizajes me coparían el
día. Noche y día repoblados de melancolías. Era el costo de sacar a mi familia hacia lo claro
de la vida. Y podría apostarse a que lograría mi cometido. Por alguna razón nací al mismo
tiempo que Batalla, por alguna razón fortalecí mis huesos escalando pendientes y vadeando
ríos, y aprendí la pauta del equilibrio cargando cientos, miles, de bidones de agua sobre mi
cabeza erguida. Por alguna razón mi mente mantenía el control en los momentos de peligro,
hasta sortearlos. Por alguna razón no engordaba jamás. Por alguna razón mis fragilidades
no parían miedo. Por alguna razón poseía ojos alagarteados y nombre de fiera. Por alguna
razón el agua del amor humedecía con fidelidad mi alma rebelde.
El salto oceánico me acercaría a Virgilio.
Algo se me daba, algo se me quitaba.
Lo que tengo lo debo a lo perdido; lo que soy, a lo que nunca pude ser.

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