Pasión y Deseo: Encuentro Íntimo
Pasión y Deseo: Encuentro Íntimo
Lo único que puedo decir en voz alta es un simple, ronco, y apenas entendible «dios», y no
debería estar hablando de Dios, mucho menos en una situación como esta, pero dios,
cuánto estoy amando esto. Perdón, Dios. Ay, Dios, debería dejar de decir Dios. Puta madre,
cállate ya.
Mi cerebro nunca ha funcionado muy bien que digamos, sin embargo, hoy decidió tomar sus
maletas e irse de vacaciones, y no puedo culparlo, sobre todo cuando la boca de Edward se
toma el tiempo de conocer la mía de forma demandante mientras sus manos recorren a
tientas mi pecho sobre la ropa. Su lengua húmeda se abre paso sobre la mía, acariciándola
con una desesperación que no deja de robarme jadeos; al inicio, me besaba con lentitud,
con ternura, como si quisiera que nos tomáramos nuestro tiempo, pero conforme los
segundos fueron pasando, empezó a ser más avasallador y sus ansias fueron cada vez
más palpables.
Siempre ha sido alguien muy condescendiente, dispuesto a esperar el tiempo que sea
suficiente para acomodarse a la voluntad de la otra persona, pero justo ahora acaba de tirar
toda esa paciencia a la basura y ha sido reemplazada por la urgencia.
Adiós, Edward, hola, Catalino.
Estoy igual de ansioso que él, amo a Edward, lo amo tanto que el sentimiento no me cabe
en el pecho y lo deseo con la misma magnitud. Es innegable cuánto lo quiero, lo quiero de
la forma más afectiva y lasciva posible, dos sentimientos opuestos que convergen a la
perfección. Quiero oír más de los suspiros que se escapan de su boca, pero también quiero
oír sus latidos; quiero arrancarle esa camisa blanca que le queda demasiado bien, pero
también deseo abotonarla y acomodarle la corbata cada mañana antes de que salga de
casa; quiero tomarme el tiempo de conocer a detalle su corazón, lo que le angustia y lo que
no, pero también quiero memorizar cada parte de su cuerpo, lo que lo estimula y lo que no.
Quiero a mi novio (cuánto amo esa palabra), lo quiero tanto que no me averguenza
exteriorizarlo. No me importa que se percate de que estoy -incluso más que él-desesperado
por tenerlo.
Hola, mariposas, viejas amigas, ¿todavía viven? Creí que habían muerto, increíble,
resucitaron, se aferraron, no desistieron. Qué bueno verlas de nuevo. No en esta situación,
pero es lindo encontrarnos otra vez.
Suelto sus cabellos, aturdido, y pongo una mano en su pecho para que tomemos algo de
distancia, él rompe el beso con un quejido que denota su disgusto por la acción y dejo salir
una pequeña risa que choca con sus labios, no quiero descansar de su boca, pero todo esto
estaba siendo demasiado abrumador, necesito al menos un momento para recomponerme y
poder seguir. Aún estoy haciéndome a la idea de que esto es real y no una clase de sueño
húmedo donde un incubo se hace pasar por mi novio para robarme la energía. Bueeeno, no
es que vaya a robarme mucho. Y bueeeeno, si se hace pasar por mi novio tampoco me está
robando nada, más bien yo me estoy ofreciendo gustoso y soy quien le anda robando todo.
En cuanto abro los ojos para verlo, vuelvo a perderme del mundo para perderme en sus
lindos ojos verdes oscuros. Veo el deseo a través de ellos y eso me pone un poco nervioso,
pero también provoca que la calidez de mi cuerpo se expanda. No solo por la mirada
intensa y cargada de anhelo, sino porque su rostro está enrojecido al igual que sus labios
hinchados, junto a eso, su respiración desacompasada y sus cabellos que antes estaban
perfectamente peinados le dan un aire desastroso, Edward, que siempre es calma, ahora es
desastre. Si así está él no me imagino cómo debo estar yo, debo verme aún peor.
El se apoya sobre sus antebrazos que están a cada lado de mi rostro para no poner todo su
peso sobre mí, esa simple posición me resulta ridículamente atractiva. Nuestros pechos
suben y bajan al compás a la vez que miramos fijamente al otro pese a la oscuridad de la
habitación; sus ojos vivaces no se apartan de los míos y brillan entre toda la penumbra, es
ese destello que me hace saber que disfruta de esto tanto como yo, que me desea como yo
a él. Intento mantenerle la mirada, pero caigo ante la tentación y hago otro repaso de su
rostro, de su expresión: sus labios semiabiertos en donde no dejan de salir bocanadas de
aire se ven demasiado provocativos, me incitan a capturarlos de nuevo con los míos, a
dejarlos más hinchados y rojizos de lo que ya lo están. A tirar de ellos con mis dientes, a no
soltarlos nunca.
Para este punto no debería de sentirme tímido al respecto, pero es culpa suya y de cada
parte de su cuerpo que me recuerda por qué creía que estaba fuera de mi alcance.
Sonrisa perfecta, ojos verdosos profundos que te arrancan un suspiro con solo una mirada,
brazos fuertes que podrían sostenerte con facilidad, una linda nariz y una boca muy
incitadora. No puedo creer que este chico tan guapo sea mi novio, mucho menos que esté
sobre mí, metafórica y literalmente hablando.
A mis ojos, él es la persona más atractiva sobre la faz de la tierra, y no hablo solo de su
físico, sino también de su bendita personalidad, su gran corazón, su maldita inteligencia y
su envidiable creatividad y talento. No es justo. Tiene todo el paquete completo. El se llevó
todas las virtudes y luego dejó a los mortales como yo sin nada. Se lo perdono solo porque
es mío, al menos hice algo bien para tenerlo conmigo.
Edward envuelve mi muñeca con sus dedos y aprovecha que mi mano está cerca de él para
besar mis nudillos con ternura sin apartarme la mirada. Mi pulso se acelera por esa simple
acción y la vergüenza me atraviesa de nuevo, es como si por un instante me olvidase de
que queremos tenernos para después recordar que estoy haciendo algo tan íntimo con él,
por alguna razón siento que estoy haciendo algo prohibido, no me disgusta, creo que es
evidente lo mucho que estoy disfrutándolo, pero sí me pone en una situación muy
vergonzosa.
Edward no me permite pensarlo demasiado porque vuelve a romper la distancia entre los
dos y me da besos cortos que me hacen sonreír como un idiota. Al diablo la vergüenza, solo
por hoy quiero reprimir ese sentimiento y permitirme disfrutar cada segundo que paso con
mi novio. No es un trabajo difícil, él me lo facilita bastante con sus caricias y besos. ¿Cómo
puede hacer que me sienta demasiado deseado, pero al mismo tiempo tan amado? Solo él
puede provocar ese efecto. Solo él.
El beso se torna más urgente y enredo mis manos en su cuello, acercando su pecho al mío.
La piel se me eriza al sentir el contacto de sus dedos fríos hundiéndose en mi piel,
instintivamente, muevo mis caderas contra las suyas y suelto un gemido al sentir la dureza
de su entrepierna. Dios, dije que no me iba a avergonzar, pero no puedo evitar que mi rostro
se tiña de carmesí al ser consciente de lo duro que está por mí y al percatarme de mi propia
erección. i¿En qué puto momento se levantó esa cosa?! ¿Es en serio, cuerpo? ¿Nos
ponemos así por un par de besitos? ¡Te creía más fuerte!
Mierda, me siento muy cohibido, pero ese sentimiento se va apenas él roza su erección con
la mía sobre la ropa. El contacto es suficiente para que deje de pensar en lo demás y me
concentre solo en él y su toque.
La fricción provoca en mí sensaciones desconocidas que me sientan bastante bien.
Gimo sobre su boca y el aire se me atasca en los pulmones al oír también gemidos roncos
de su parte. Los sonidos que salen de él causan que mi erección crezca más y que me
sienta apretado en mis pantalones. Sin querer, con mis manos hechas puños sobre su
cabello, tiro un poco de las hebras y como respuesta obtengo un gemido alto proveniente de
él. Me encanta oírlo, saber que estamos en el mismo lado del charco y que queremos esto,
saber que se está deshaciendo por mí, que yo soy el responsable de que esté así de jodido.
Podría oírlo gemir durante toda la noche sin problema alguno.
El corazón me galopa con mucha velocidad y con justa razón. La boca de Edward quema
cada centímetro de mi piel y el calor me sube por todo el cuerpo cuando atraviesa toda mi
garganta con suaves y húmedos besos. Aún estamos iniciando, pero siento que ya voy a
morir, dudo que haya algo más que se sienta mejor que esto.
Elevo un poco el mentón para que él pueda tener más acceso a mi cuello, es una invitación
que no duda en aceptar y volverla suya, no es un "okey, ¿quieres que siga?, entonces sigo"
sino un "¿quieres que siga?, bueno, a mi manera", pues la ternura de sus labios se vuelve
rudeza, él no solo besa, también succiona con fuerza y mordisquea.
Siento un cosquilleo recorrerme el vientre bajo y no dejo de soltar jadeos mientras me aferro
a él como si de eso dependiese mi vida.
El sonido de sus labios en mi piel y los ruidos que salen de mi boca es lo único que se
escucha en la habitación, la sobreestimulación es increíble, dudo necesitar otro toque de su
parte, pero en cuanto desliza sus manos por mi torso desnudo, acariciando toda la
extensión, sé que con él no tengo suficiente, cuando creo que ninguna acción de su parte
puede ser mejor, Edward termina sorprendiéndome. Mi novio desciende su toque hasta
llegar a los huesos de mis caderas y se detiene ahí por los próximos segundos. Muerdo el
interior de mi mejilla, aún un poco avergonzado por todos los suspiros que salen de mí con
solo las caricias de sus manos y de su boca sobre mi cuello.
Dudo un instante en decirle porque no quiero arruinar el momento, él estaba siendo tan
perfecto y de repente la inseguridad vino a mí, golpeándome con una sartén. Puedo oírlo
gritarme "¿creíste que te olvidarías de mí?" y la verdad es que sí, je, sí me olvidé de ese
pequeño detallito. Odio que mis inseguridades arruinen hasta estos momentos.
-Me da un poco de pena que me veas sin la playera —le digo al cabo de unos segundos y lo
veo de reojo. El pestañea, y luego asiente, comprensivo.
-¿Quieres que la dejemos?
-Uhmm... —lo pienso, pero no tengo la respuesta. Quiero que me toque sin la prenda,
quiero, en verdad quiero—. No sé.
Edward acuna mi rostro entre sus manos y regreso mi mirada a él. Me da una pequeña
sonrisa, apaciguando los nervios que querían apoderarse de mí.
-Haremos solo lo que te haga sentir cómodo. -Besa mi mejilla derecha y acaricia la otra con
su pulgar—. Si quieres que no siga o que no te quite nada, no lo haré. Tu comodidad es
primero, amor.
No, no, no. Ni se te ocurre detenerte ahora, Rumsfeld. Mucho menos después de llamarme
amor.
-Es que... Ugh, es complicado, sí quiero, pero me da pena —me sincero una vez más y
paso saliva—. No estoy así que digas «guauuu qué musculoso» o «guauuu qué delgado»,
entonces...
—No miento. Eres precioso, el más precioso de todos. —Deja un casto beso sobre mi
hombro-. ¿Tienes idea de cuán loco me tienes? -Su aliento cálido choca en mi piel,
estremeciéndome-. Solo un suspiro tuyo es suficiente para que me tengas a tu merced.
-Presiona su cuerpo contra el mío y una corriente eléctrica me recorre al sentir su dureza.
Bueno, inseguridad, pues fijate que yo también tengo una sartén y me toca devolverte el
golpe mientras te digo "no me jodas ahora, ya sé que parezco pito y por eso no me sacas
de tu boca, pero hoy gano yo y tú pierdes".
La calidez me invade el pecho de nuevo y las palabras de mi novio son suficientes para que
recaude un poco de seguridad y confianza. Por hoy quiero sentir que soy la persona más
atractiva de todas.
—Eres precioso —repite Edward, supongo que aún cree que me siento nervioso—, cada
parte de ti lo es. Pero como te dije, no haremos nada que sea incómodo, podemos solo no
hacer nada y ver una serie si quieres, o también podemos...
Lo tomo de la corbata de nuevo y atrapo sus labios con los míos antes de que diga algo
más. No necesita que le responda con palabras, mi respuesta es esta, quiero que sigamos
hasta el final. El se sorprende durante un momento y luego me devuelve el beso con una
sonrisa. No mentiré, apenas sentí que la situación comenzó a subir de nivel, sentí que
quería huir, pero teniendo a alguien como Edward como novio que te recuerda lo atractivo
que eres y que te lo hace saber con acciones es imposible querer escapar. No quiero ir a
ningún lado donde no esté él.
—Precioso -masculla en mis labios a la vez que alza mi playera para quitármela, esta vez
no siento nervios, sino ansias. El termina por quitármela y se separa de mí para
observarme. Siento mi rostro arder bajo su atenta mirada-. Eres mi perdición, tú y tu linda
sonrisa, tus pecas preciosas, tus ojos, tu pecho, tu cuello, tu cuerpo.
Ataca de nuevo mi boca con premura y me pierdo en él aún con el rostro a punto de
explotar por la vergüenza de sus palabras, no puedo creer que sea tan lindo incluso en
estos momentos. Jamás podría cansarme de esto, jamás podría cansarme de él. De sus
labios, de la necesidad con la que me toma. Edward deja mis labios y hace un recorrido de
besos por todo mi cuello hasta que llega a mis clavículas y luego a mi pecho, es un camino
de besos toscos y apresurados y saliva que me hace temblar. Se queda lamiendo esa parte
y creo que se tomará su tiempo, pero a diferencia de hace unos minutos atrás, él no se
detiene en mi pecho por mucho tiempo, sino que comienza a descender por mi piel con
besos cortos.
Aunque no necesito hacerlo, pues él también debe estar igual de desesperado que yo ya
que no tarda demasiado en llegar a mi vientre y la humedad de su lengua cuando lame me
hace soltar un par de maldiciones.
Entonces, como si esa sensación no fuese suficiente, siento cómo sus manos me toman por
las piernas y las separa. Me descoloco un segundo, solo uno pues de nuevo caigo ante sus
toques y dejo que haga lo que quiera. Él comienza a desabrochar mis pantalones con
movimientos torpes y mis latidos incrementan. Alzo un poco la barbilla para verlo mejor; él
también alza el rosto a mi dirección, tiene una sonrisa divertida y se apresura a bajar mi
prenda. Sonrío, negando con la cabeza porque me divierte verlo tan apresurado.
-¿Estoy yendo muy rápido? -curiosea una vez que termina de sacarme la ropa.
Solo estoy en bóxer y agradezco que en esta ocasión elegí el mejor de ellos. Qué puta
vergüenza habría pasado si hubiese elegido el que tiene un agujero o el que está más viejo.
Al menos el Andy de hace rato sí pensó bien. Al de ahora no le pregunten ni la hora porque
no sabría qué responder.
-Un poco —le digo para burlarme de él, pero mi novio me mira con un deje de
preocupación.
-Perdón, voy a...
—No quiero que dejes de ir rápido - intervengo antes de que se aleje de mí.
Edward ríe y asiente con la cabeza—. Solo me parece divertido.
-¿Por qué?
-Te juro que en otro momento me tomaría el tiempo de besarte por horas y solo eso me
bastaría por el resto de la noche, pero llevo esperando por esto desde hace mucho y te
necesito urgentemente.
-¿Desde cuándo?
-Sí quiero.
Edward mira hacia al techo, buscando las palabras adecuadas. No puede soltar esa
declaración y esperar que no tenga curiosidad al respecto. Amo saber estas cosas, saber
por qué se enamoró de mí, saber cuándo, saber la historia de nuestro romance desde su
perspectiva, es mi tema favorito de todos los días. Sus respuestas siempre me dejan muy
atontado y disfruto oírlas. En especial porque, cuando creo que él no puede amarme más,
viene con una respuesta supercursi que me empalaga y calienta mi corazón.
-Desde que cierto chico me dijo buenos días en el pasillo del instituto - dice por fin y
entreabro los labios, sorprendido.
-No jodas, eso fue hace mucho. —Sabía que le gustaba desde antes de que habláramos,
pero no que me veía de esa forma -. Espera, ¿tu primer pensamiento fue "lo quiero en mi
cama" y no un "quiero que sea mi novio"?
Me indigno por completo. Es decir, sé que soy muy deseable y así (finjamos que minutos
atrás no me atacaba la inseguridad, gracias), pero siempre creí que me veía de una forma
romántica y tierna, no una de ese estilo. No me quejo, pero es inesperado.
Y baam. Esa clase de respuesta que me noquea por completo y me deja balbuceando como
un idiota. ¿No podría ser menos perfecto? Así sería más fácil para mí y mi propio corazón.
—No digas la palabra con «F»-interrumpo una vez más, avergonzado. Su risa incrementa y
esta vez la elimino de mis sonidos favoritos. Al descarado le divierte la situación. Si yo no
fuese el objeto de esas declaraciones también reiría, pero solo me siento muy nervioso.
-No la digo.
Edward hace caso a mi petición y luego de no decir nada más, besa el interior de mi muslo.
La cabeza me da vueltas, no es solo el hecho de que está besando una zona bastante
cercana a algo mucho más íntimo, sino porque cuando lo hace no despega sus ojos de los
míos. Estoy seguro de que estoy siendo hipnotizado por su mirada porque tampoco puedo
perderle el rastro. El se encarga de succionar mi piel con fuerza, no sé si tendré más
marcas en las piernas por sus besos o por la presión de sus dedos en ellos. Tal vez ambos,
no sé, solo sé que me gusta que sea tan posesivo y deje marcas por todas partes.
Continúa besando mis muslos hasta que comienza a ascender y ya no está besando mi
piel, sino la orilla de la tela de mi bóxer. La calidez de su respiración me deja atónito y con
los ojos más que abiertos. Un gemido sale de mi boca, ni siquiera ha tocado ahí, pero ahora
mismo me siento demasiado duro, tanto que me urge bajar mi mano por mi abdomen y
tomarme yo mismo si es necesario. Ya no quiero que me toque, necesito con urgencia que
lo haga, que me tome como quiera, pero que ponga un poco de atención ahí. Los ojos de
Edward se achican cuando sonríe, supongo que mi reacción es justo lo que esperaba. Estoy
a punto de reprocharle cuando siento sus manos ciñendo mi erección. No un gemido, ni
dos, ni tres, son varios los que salen por la estimulación. Al descarado que tengo de novio
no le importa que me deshaga entre su cuerpo, pues pronto besa mi erección sobre el
pedazo de tela, aún mirándome.
Hago puños con las manos, rehusándome a usarlas para bajar por mi pecho y atenderme
yo mismo. Quiero que sea él quien lo haga, en verdad lo quiero, no me importa parecer un
desesperado en este momento. Entiendo a la perfección a lo que se refería cuando dijo que
necesita tenerme urgentemente porque siento lo mismo.
-Antes que nada —masculla, todavía sobre mi boxer. Su aliento me roba un jadeo-, me he
realizado pruebas de ITS. Puedo mostrártelas si quieres —se ofrece y me tomo un segundo
en procesar la información.
Mi cabeza aún da vueltas por las últimas acciones que me ha costado entender a qué se
refiere, pero en cuanto caigo en cuenta, una sonrisita tironea de mis labios.
—No hace falta. - Creo firmemente en él y luego me cuesta un poco poder ser honesto con
él también, esto es algo demasiado simple y básico, pero aun así—. Yo también... Uhm...
Las hice hace poco. -Bendita sea mi madrastra al hablarme de ello—. Yo sé que estoy libre
de cualquier infección porque hasta Juan es más activo sexualmente que yo, pero... por si
acaso. Uno nunca sabe.
Sonríe, mostrando sus lindos hoyuelos.
—No sé qué tan correcto sea hablar de Juan en esta situación. Suelto una risa nasal.
Edward se ríe al comprender mis palabras y dirige su mirada ahí. Aquí es donde me
arrepiento de iniciar una conversación llena de bromas hacia mí.
-Estaba soñando que se estaba cayendo y de pronto saltó y luego se volvió a dormir.
-Creo que sigue soñando que está cayendo porque está muy despierto.
-No hablemos de mi pene por favor porque ya estoy lo suficientemente avergonzado como
para morir de pena ajena.
Llevo las manos hacia mi rostro, cubriéndome con ellas. No sé por qué la conversación se
dirigió hacia la presencia de allá abajo, pero esto es muy poco romántico. No hablemos de
lo poco caliente que es. Hasta Google debe tener mejores frases eróticas.
-Por favor.
Aparto mis manos de mi rostro y veo cómo él se levanta de la cama. No entiendo el por qué
de su acción, pero cuando se dirige hacia su mesita de noche y rebusca algo entre los
cajones, entiendo la razón. El regresa con lo que deduzco es un bote de lubricante y junto a
eso, un condón y toallitas húmedas.
Entiendo muy bien la razón de ser de las dos primeras, pero ¿de la última? ¿Para qué
necesitamos toallitas? Bien, dejaré que él se encargue -como si no se hubiese encargado
ya-.
Elevo una ceja en su dirección por lo tan prevenido que está y él solo se limita a sonreír y
alzar sus manos, como si se declarase culpable. No le diré que yo también había comprado
un bote de lubricante hace un tiempo atrás, solo lo hice porque... Uhmm...No tengo
justificación, lo admito, que me metan a la cárcel por el delito, pero al menos, entre los dos,
el que parece que tiene la cola caliente es él y no yo.
Edward deja los objetos sobre la cama, justo a un lado de mis piernas, y aprovecha que
está libre para poder quitarse la camisa. Primero, desajusta su corbata con una mano y de
una manera tan provocativa que me hace babear, acto seguido, comienza a
desabotonársela.
Sigo cada movimiento con la mirada y siento la garganta seca una vez que termina de
desabrocharse la camisa. Su pecho queda al descubierto y contengo las ganas que tengo
de levantarme de la cama y de ir tras él para pasar la lengua sobre su torso y luego sobre
sus abdominales. Se ve tan atractivo, de verdad dudo demasiado que alguien pueda
comparársele.
El se quita por completo la camisa y puedo sentir el calor subiendo a mis mejillas al ver con
claridad la mitad de su cuerpo desnudo. No es la primera vez que lo veo así, a Mister
descarado le encanta ser un exhibicionista cada vez que sale de la ducha, pero los
contextos son completamente diferentes. A pesar de que hay mucho por dónde mirar,
quienes roban por completo mi atención son sus brazos. Es sabido por todos —incluido
él-que soy débil cuando se trata de sus bíceps. Quiero delinear sus músculos y tomarme
todo el tiempo del mundo en admirarlo, pero el muy descarado ni siquiera me da tiempo de
guardar a detalle en mis retinas, pues pronto se desabrocha el cinturón y abro la boca de la
sorpresa cuando se baja por completo el pantalón y queda en ropa interior.
Dios, te juro que traté de no mencionarte, pero dios, qué atractivo es este hombre.
Hay tanto qué mirar que no sé dónde detenerme, paso la mirada de su cinturón de Adonis
hacia sus piernas, luego de sus piernas a su pecho, luego de su pecho a su rostro. La
sonrisa seductora y burlona me hace bufar. Sí, te estaba viendo sin disimular ni un poco y
qué, Catalino, no es mi culpa que seas el hombre más lindo para mí. Tampoco es mi culpa
que mi cuerpo se sienta caliente, ni tampoco es mi culpa que quiera que se aproxime a mí y
que terminemos de una vez por todas lo que iniciamos. Él es el responsable de todas mis
reacciones.
Se acerca de nuevo y la cama se hunde cuando vuelve a posicionarse entre mis piernas. La
boca se me hace agua por la linda vista que estoy teniendo en este momento, pero lo que
termina por matarme es la mirada que me da seguido de un:
-¿Puedo continuar?
-¿Seguro?
-Sí.
-¿En verd...?
-Edward, apúrate, a este paso o voy a morir de vergüenza y tendrás que visitarme en el
cementerio o se me va a bajar la calentura - digo tan rápido como puedo. Él suelta una risa
que choca en mi muslo y que eriza mi piel.
-Si crees que voy muy rápido, si no te gusta, si te arrepientes, si quieres que solo nos
abracemos, dímelo y me detendré.
Asiento repetidas veces y me siento un tanto culpable porque, mientras él quiere
asegurarse de que esté bien, yo solo quiero que continúe. Bueno, creo que el de la cola
caliente era yo y no él. Edward asiente también y toquetea mis piernas, cada toque arde y
provoca que un hormigueo me recorra.
-Edwaaaard.
-Me haré responsable, entonces —ríe—, pero antes de eso, necesito saber si... Uh... ¿No te
disgusta que te toque? —pregunta con cautela, asegurándose de mi comodidad. Niego con
un poco de impaciencia-. ¿Con las manos? —Niego de nuevo, desconcertado, ¿con qué
más si no? Edward traga saliva-. ¿Y con la boca?
El corazón me salta.
Doy un asentimiento de cabeza que es suficiente para que él continúe. Sus dedos se
aferran a mis piernas, separándolas lo necesario para que tenga acceso a mi cuerpo. Deja
un par de besos por todo mi muslo, pero en esta ocasión, no repara más en ello; toma el
inicio de mi bóxer y alza la mirada hacia mí, pidiéndome permiso. Dudo un instante y me
preparo mentalmente para lo que viene.
Asiento, con el corazón en la garganta, y en un movimiento torpe, él baja mi ropa interior y
mi erección no tarda en ser liberada.
Mi rostro no podría estar más rojo que ahora, estoy expuesto ante él, pero por la forma en la
que me ve no siento que lo esté, el deseo de sus ojos ha estado presente en todo este
momento, así que no me siento ni un poco intimidado, ya me acostumbré a la mirada
penetrante. Edward tira de mis piernas para que yo esté más cerca de él y me río por el
brusco movimiento. Sin embargo, la risa se apaga y se ve reemplazada por un gemido
profundo cuando su mano cubre por completo mi miembro. En automático, arqueo mi
espalda.
La ola de adrenalina y placer que me atraviesa no tiene nombre, es tanto lo que siento que
me desconecto del mundo por completo. Solo me dedico a sentir lo que hace con su mano;
siento cómo lo envuelve a la perfección y me siento más duro bajo su tacto, siento la calidez
de su toque, siento mi propio corazón bombeando con prisa así como la fricción de su
mano. Suelto varios jadeos y escucho cómo abre algo con su otra mano, no puedo distinguir
qué es, pero en cuanto siento algo espeso expandiéndose por toda la longitud, sé que es el
lubricante.
Edward comienza a bajar su mano desde la punta hasta la base con una sola mano
mientras que con la otra se dedica a darle atención a mis testículos, la sensación me tiene
en las nubes, perdiendo lo poco que quedaba de mi cordura. Cierro los ojos con fuerza y
mis labios se entreabren, de ellos no dejan salir más y más gemidos. Su mano se resbala
con bastante facilidad y tengo que morder mi labio inferior para que esos vergonzosos
sonidos dejen de salir de esa manera. Creo que lo consigo, pero entonces, mis intentos se
vienen abajo. Y se vienen muuuuy abajo cuando siento el aliento caliente de mi novio sobre
mi miembro.
Abro los ojos de par en par y la escena delante hace que por poco me dé un paro cardiaco y
que termine sobre él: Edward, con el cabello revuelto y una mirada segura, está
observándome bajo sus largas y tupidas pestañas mientras que la distancia entre mi
miembro y él es demasiado corta. No puedo siquiera avergonzarme cuando reemplaza su
mano con su boca.
Crispo los dedos de mis pies y echo la cabeza hacia atrás. Maldita sea. Un gemido fuerte se
escapa de mis labios y eso incita a Edward a que siga; él succiona la punta y luego se mete
mi erección tanto como puede, el sonido de sus labios contra este es mucho para mí, no
puedo controlar los gemidos que suelto, mucho menos cuando envuelve la base de mi
miembro con su mano mientras que él baja por toda la longitud con su boca. La humedad
de sus labios, los ruidos obscenos que salen de él, el desastre de saliva, todo eso en
conjunto me vuelven loco. Estoy perdido.
Él saca mi pene de su boca y por un instante creo que eso ha sido todo, pero su lengua no
tarda en recorrer todo el eje con una lentitud infernal. No. Puede. Ser, Edward Rumsfeld,
¿desde cuándo sabes hacer esto tan bien y por qué hasta ahora me entero? Arqueo mi
espalda de nuevo y presiono aún más mis parpados, dejándome llevar por la sensación tan
placentera. Edward lame la cabeza unos segundos y después vuelve a meterse la longitud.
Por instinto, llevo mis manos a su cabello, hundiéndolo más a la vez que mis caderas se
mueven hacia adelante. No sé cuánto tiempo transcurre, solo sé que me siento muy
abrumado y que de pronto, crispo aún más mis dedos y una amenazadora sensación se
instala en la base de mi miembro. Repito el nombre de Edward en voz alta, con la voz
rasgada, y llego a mi limite en un alto gemido cuando por fin consigo correrme.
Necesito la sartén con la que golpeé a la inseguridad para golpearme a mí mismo hasta que
quede inconsciente.
—Dime por favor que no te lo tragaste — es lo primero que se me ocurre decir. Edward
levanta la mirada a mí y me da una sonrisa tímida mientras niega con la cabeza. El calor en
mi rostro está a nada de mandarme al cielo. Hago una mueca con los labios-.
Perdón, en serio, perdón -No sé por qué quiero llorar, no quiero que por mi culpa él se
sienta incómodo o que haya arruinado lo que pasó—. Si no mueres intoxicado por la
comida, mueres intoxicado por eso.
La pequeña broma que usé para aligerar el momento lo hace reír. Edward se acerca a mí y
toma mi rostro con sus manos, sus dedos acarician mis mejillas y yo me froto contra ellas.
—Lo que hice, lo hice porque quería, así que no te preocupes por eso —intenta
tranquilizarme-. No pasa nada, yo estoy muy cómodo con lo que estamos haciendo y me
sentí bien, ¿tú cómo te sientes?
-¿No te molesta que te bese? -inquiere y niego con la cabeza. ¿Cómo podría molestarme si
lo que más amo es su boca sobre la mía?
-Acabaste de tener eso, yo debería preguntarte si no te molesta que haya pasado eso —le
digo y a pesar de su risa, aún no puedo tomármelo con tanta normalidad -. Vente, vamos
por cloro.
Hago ademán de que voy a levantarme, pero él me sostiene contra él. Se recuesta por fin al
lado de mí y quedamos cara a cara mientras sonreímos.
-Existe el riesgo, sí, lo recomendable es hacerlo con un condón, pero sé tu estado, así que
es poco probable. -Poco probable.
Quiero fallecer ahora mismo-. No voy a morirme, tranquilo, Mon soleil.
No puede decirme que me tranquilice cuando siento que acabo de hacer la cosa más
prohibida del mundo y que para el colmo, mi novio corre riesgos por eso.
-¿Qué le diré a tu mamá? —pregunto, exaltado—. i¿Se murió por chuparme el pene?!
Él rueda los ojos con una sonrisa y no deja que dramatice la situación porque me besa. Me
quejo por eso, pero no tardo en seguirle el beso. Esta vez, vamos lento, no hay ansiedad ni
urgencia, en su lugar, hay delicadeza y ternura. Es el tope que necesitamos para poder
seguir con lo demás. Edward ahueca mi rostro con sus manos y se posiciona de nuevo
encima de mí sin dejar de besarme. Aún siento el calor del momento y lo siento aún más
cuando su miembro erecto me golpea el estómago. Gimo sobre su boca y él también lo
hace. De pronto, siento cómo sus manos abandonan mi rostro para tomar mis piernas y
alzarlas sobre mi pecho. El movimiento tan repentino me pone los pies sobre la tierra.
No. Me niego. Es imposible que él quiera meter... su cosa, en mi cosa. De solo imaginarlo la
piel se me eriza. Es decir... sí, lo quiero, pero... Uhm... No sé. Sentirlo sobre mi estómago
fue suficiente para saber que habrá complicaciones. Edward junta las cejas y me mira
descolocado.
—¿Qué?
—¿Qué? —repite y le toma una fracción de segundo darse cuenta. Una pequeña sonrisa
tironea de sus labios y niega, riendo-. Tonto, te preocupas demasiado. -Deja un casto beso
en mi mejilla que apacigua mis nervios-. A mí no me importan los roles, si no quieres serlo,
está bien, yo puedo ser el de abajo.
Esas últimas palabras las dice con un aire burlesco, sin embargo, lo ignoro porque mis
latidos erráticos y yo estamos de acuerdo en que la forma en la que él intenta asegurarse
de que me sienta cómodo hace que cualquier duda e inseguridad se disipe.
Él toma mi mano con la suya y besa mis nudillos. Lo veo embelesado y mantiene su mirada
en la mía, de repente, nos da la vuelta provocando que yo suelte un pequeño jadeo y que él
quede debajo de mí. Mis piernas a cada lado de sus caderas. Desde este ángulo puedo
observarlo mejor; cómo tensa su mandíbula, las gotas de sudor que caen por su mentón,
los mechones de cabello cubriéndole la frente.
Qué guapo es. Mi pulso se acelera.
-¿Qué haces?
-Dijiste que no querías ir abajo —me recuerda y palmea mis muslos—. Te dejo todo el
trabajo.
Frunzo el ceño. Bueno, eso era hace un minuto atrás antes de que me brindase la
seguridad que me dio y de que me diese cuenta de que en verdad no me importa que él sea
quien... bueno, eso.
Intento hacerme a un lado de nuevo, pero sus manos ascienden a mi cintura y hunde sus
dedos en mi piel.
-Quédate arriba, Mon soleil -insiste con la voz afectada y luego me da una sonrisa
juguetona que va directo a mi erección -. No necesitas estar abajo para ser el de abajo.
No sé qué espera que haga con exactitud ni tampoco si seré capaz de hacerlo, pero
después de las cosas que hemos hecho, creo que puedo hacer cualquier cosa para
complacernos a ambos. En mi interior me repito de nuevo que por hoy no quiero dudar más,
no quiero vacilar, quiero concentrarme en él, en hacerlo sentir bien y en hacerme sentir
bien. Estoy decidido a hacerlo.
Su tonta sonrisa es mi motivación para no irme para atrás. Tomo una bocanada de aire y
aparto los ojos de Edward porque me pone un tanto nervioso. Me quedo sentado sobre su
regazo por varios segundos y maldigo en mis adentros porque me encuentro a mí mismo
sin saber qué hacer. Sé qué puedo hacerlo, pero no sé qué. Trago saliva y busco a Edward
con la mirada. Él aún continuaba mirándome y su sonrisita ridícula también seguía intacta.
-¿Quieres que te ayude? -pregunta a causa de las acciones que nunca llegaron.
Mi orgullo me dice que le diga que no, que soy lo suficientemente capaz de hacer solo, pero
mi inexperiencia me dice que deje de hacerme el tonto y que acepte, por esta vez, su
ayuda. Le hago caso a la voz de la razón.
—Por favor.
Edward asiente y se sienta sobre el colchón, aún conmigo sobre sus piernas. Su espalda
choca contra la cabecera y luego me señala el lubricante y el condón que ha dejado a mi
lado. Se los paso con una mano temblorosa. Ya sé qué viene, pero aún así no puedo negar
que me pone nervioso el hecho de que es la primera vez que hago algo así. Y Edward lo
sabe, lo sabe claramente porque busca mi mano con la suya y cuando da con ella, me da
un pequeño apretón para hacerme saber que está aquí conmigo, que somos un equipo, que
no me dejará solo.
Le sonrío y él me devuelve la sonrisa. Mi sonrisa flaquea cuando noto que vierte un poco de
lubricante sobre sus dedos, siento mi pulso acelerarse, pero me repito que esta bien, que
estoy con Edward, que al igual que siempre él nunca me haría pasar un mal rato, que no
deje que los nervios arruinen algo que quiero con muchas ganas. Edward cierra la tapa del
lubricante y luego dirige su mano hacia mí. Cierro los ojos unos segundos, intentando
tranquilizar mi corazón. Pero la intromisión nunca llega, en su lugar, siento los labios de mi
novio en mi cuello y vuelvo a sentirme menos tenso.
-Si quieres parar... -dice, conociéndome a la perfección. Sabe que estaba en una gran crisis.
Niego con la cabeza.
No hay duda en mi voz y tampoco en mi cuerpo. Llevo mis manos hacia su cuello y esa es
la señal que necesitaba para seguir. Sus labios recorren mi hombro y no deja de decirme
que le parezco muy precioso. La calidez de su corazón llega a la mía y sé que cualquier
cosa que haga con él se sentirá bien. Más que bien. Su mano libre acaricia mi cintura y la
otra la siento detrás de mi espalda baja. Doy un pequeño respingo al sentir el frio de sus
dedos y él tantea mi entrada haciendo un círculo con su dedo por unos segundos, luego, lo
inserta en mi cavidad con lentitud.
Me arqueo contra él y dejo caer mi mentón sobre su hombro mientras dejo escapar un
gemido en su oído. La sensación es un poco incómoda, pero los besos que reparte en mi
piel y las caricias en mi cintura aminoran la incomodidad. Él mete su largo dedo hasta el
fondo y muerdo su hombro con un poco de fuerza. No me acostumbro todavía a la
intromisión y agradezco que mi novio esté yendo lento para que pueda hacerlo. De repente,
el flexiona su dedo en mi interior y toca un punto que no sabía que podía causar tanto
placer. Gimo más alto y crispo los dedos de mis pies por la sensación.
-¿Puedes meter otro? -pregunto con la voz afectada sin dejar de besarlo.
-Sí, Mon soleil.
Él inserta otro dedo y la fricción de ambos hace que mis piernas tiemblen. Sus dedos entran
y salen con lentitud para no hacerme daño, pero de nuevo, necesito más. Me siento tan bien
que alzo con más premura mis caderas para que él aumente el ritmo de sus movimientos.
Edward empieza a penetrar mi interior con sus dedos con más rapidez mientras mi interior
se contrae contra él. Cuando solo soy un lio de gemidos, él mete otro dedo que hace que
deje de besarlo para soltar una maldición. Nuestras respiraciones desacompasadas se
mezclan entre sí y en cuanto abro los ojos, cansado, me percato de que él ya está
viéndome.
-¿Quieres seguir? -inquiere con la voz ronca, aún golpeando en mi interior. Entierro mis
uñas en sus hombros—. ¿Es mucho?
-Se siente muy bien —respondo fuera de orbita. No puedo pensar tanto si todavía tiene sus
dedos dentro de mí.
-¿Continuamos?
El besa de nuevo mis labios y con los ojos cansados veo cómo toma el condón que estaba
sobre la cama y se lo coloca. Mi corazón se acelera.
—¿Ahora qué sigue? -curioseo. Conozco la respuesta, pero quiero que él me guíe.
Edward me mira divertido.
El tono sugerente provoca que mis piernas flaqueen. Por si fuese poco, la asfixiante
necesidad de dar el siguiente paso y las recientes sensaciones no me dejan pensar con
claridad; ¿qué se supone que debo decir? La cabeza me da vueltas.
-Edward, no sé.
—Sí sabes.
Presiona su boca contra la mía y el calor de su cuerpo contra el mío junto a la forma tan
posesiva en la que me toma por la cintura hace que mi juicio se nuble y que suelte otro
jadeo. Dios, este tonto sabe cómo tenerme a su merced con un solo movimiento. Me quedo
callado unos segundos y me limito a corresponderle el beso mientras intento descifrar qué
es lo que quiere que diga.
-Embrasse-moi.
Dios, claro que lo recuerdo. Las imágenes de ese día están más que vívidas en mi cabeza.
No puedo creer que en verdad me va a hacer decirlo. Y no puedo creer que yo voy a
hacerlo. Ugh, tonto chico de sonrisa bonita que se asegura de que me la pase bien en todo
momento. No habría caído tan fácil si él no fuese tan jodidamente perfecto.
No tengo ni idea de lo que dice, pero pierde total relevancia cuando Edward acaricia mi
espalda con sus manos. Y no solo acaricia ahí, él desciende de a poco hasta que llega a mi
espalda baja. Me tenso por sus caricias, pero la que me descoloca es la que llega justo a mi
trasero. El se toma su tiempo para conocer ese lugar como si segundos atrás no hubiese
estado ya en mi interior. Jadeo en cuanto sus manos extienden mi trasero y eso me motiva
a hacer el trabajo, él ya ha hecho mucho por los dos, necesito complacerlo de la misma
manera en la que el lo hizo conmigo, necesito complacerme a mí mismo sin su ayuda
también. Tomo su miembro con las manos temblorosas y la piel se me eriza al sentir la
punta pidiendo acceso. Una ola de valentía hace acto de presencia en mi sistema e intento
bajar con lentitud, pero la gran intromisión no se compara con sus dedos. No puedo ni bajar
la mitad.
Dejo de besar a Edward y maldigo en mi interior. Es más difícil de lo que creí que sería.
Cierro los ojos, armándome más de valor para seguir intentándolo, y tomo una bocanada de
aire. Logro que entre un poco más de la mitad y todo es tan embriagante.
-¿Ah?
Una corriente eléctrica me recorre. Abro los ojos para verlo y nuestras miradas se
encuentran. El verde y café uniéndose.
Suelto un gemido que no tarda en atrapar con su boca cuando logro que todo esté dentro
de mí. Me tomo unos segundos acostumbrarme, segundos donde él no deja de tocarme por
todo el cuerpo. Mi frente choca con la suya y nos quedamos así por un momento. Solo este
instante me basta para sentirme completamente satisfecho. No quiero ir a ningún lado,
quiero mantenerme así por el resto de mi vida, quiero estar con Edward hasta el día en el
que me muera. Alzo mis caderas solo un poco, pero es suficiente para que me sienta a
morir, y la vista se me nubla cuando bajo de nuevo. Intento hacerlo de nuevo, alzándome un
poco más, sin embargo, esta vez intento ir más profundo. Clavo mis uñas en su espalda al
tomarlo todo.
Si dice algo más, la verdad es que no lo escucho. Me pierdo entre el momento. Repito las
mismas acciones un par de veces más: subir, bajar, subir, bajar. El calor de mi cuerpo me
pide que siga pese al cansancio de mis piernas, pero estoy demasiado agotado.
—Déjaselo a tu novio.
Estampa su boca en la mía y me recuesta sobre su pecho. Sus caderas me golpean con un
poco de fuerza, está yendo muy profundo. La cama no deja de rechinar y mi corazón no
deja de ir frenético. Echo la cabeza hacia atrás cuando siento la mano de Edward en mi
miembro y la estimulación me sobrepasa, es cuestión de segundos para que termine
corriéndome sobre su pecho mientras gimo su nombre. Edward tiene el control de mí, y no
hablo de algo meramente físico, sino algo más trascendental, algo que va más allá de eso.
Él me da la vuelta sin salir de mí y mis piernas abrazan su cintura instintivamente,
aprisionándolo contra mí. Hunde su mano a un lado de mi cabeza y sus embestidas dan en
el lugar correcto. Da una embestida, luego dos, luego tres y luego pierdo la cuenta porque
me penetra con rapidez.
—Tuyo.
Siempre tuyo.