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Un Dia de Invierno

Un día de invierno de unas personas militares al parecer

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UN DÍA DE INVIERNO

Cuento de M. Prilezháeva
Un día de invierno
Cuento de M. Prilezháeva

Fuente:
Hogueras del Com. Anatoli Miliáev
Moscú: Edit. Progreso, 1972

Maquetación:
Demófilo

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Libros libres
para una cultura libre

Biblioteca Libre
OMEGALFA
2019

UN DÍA DE INVIERNO
M. Prilezháeva

O CURRIÓ esto hace mucho tiempo, en el siglo


pasado. En San Petersburgo.
Así se llamaba Leningrado en tiempos de los
zares. Vladímir Ilich vivía entonces en San Petersburgo.
Un día de invierno, Vladímir Ilich fue a la fábrica Putílov.
Un ingeniero conocido transmitió a la administración
que un científico deseaba familizarizarse con la organi-
zación del trabajo en la empresa.
Un escribiente extendió en las oficinas el pase:
“Se autoriza al señor V.I. Uliánov para que visite los lo-
cales de la fábrica”.
Vladímir Ilich dio las gracias al escribiente y, con el pase
aquel, entró en el recinto de la fábrica, en la que había
multitud de talleres. A Vladímir Ilich le gustaron las má-
quinas y las instalaciones de la empresa. También le
gustó la destreza de los obreros. Pero le pareció que
sus rostros estaban muy demacrados.
- El alumbrado es deficiente, y por eso parecen todos
tísicos -le explicó un capataz.
La tarde invernal estaba ya muy avanzada. En el taller
de laminado, en el que se encontraba en aquellos ins-
tantes Vladímir Ilich, ardían unas lámparas de petróleo,

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colgadas del techo con unos ganchos de hierro. Su
mortecina luz hacía que, efectivamente, todos los ros-
tros parecieran grises, como enfermos. El capataz mos-
traba y explicaba gustosamente al visitante lo que se
hacía en su taller, pues había tomado a Vladímir Ilich
por un alto funcionario. Todo marchaba bien, pero, al
final, tuvo lugar un contratiempo.
- ¿Qué es esto? -preguntó riguroso el capataz a un jo-
ven obrero de ojos redondos como los de una lechuza.
El obrero estaba colocando con unas tenazas una barra
de acero en el tren de laminado y, al mismo tiempo,
comía a dos carrillos un enorme pedazo de pan de cen-
teno.
- ¿Qué es esto? -repitió con voz todavía dura el capa-
taz.
- El hambre aguza el ingenio -respondió, riéndose, el
obrero.
- ¡Déjate de bromas! ¿No sabes con quién estás ha-
blando? El obrero se puso muy serio y dijo:
- Mira, capataz, ve a donde ibas…
El capataz arrugó también el ceño.
- ¿Me faltas al respeto? Pues te pondré una multa.
El capataz se alejó, pisando fuerte. Vladímir Ilich le si-
guió. En un cuartucho que hacía las veces de despa-
cho, el capataz sacó del cajón de su mesa la cartilla de
cuentas del obrero, para apuntarle la multa.
- Deje que le eche una mirada -le pidió Vladímir Ilich.
- ¡Hem, hem!... -carraspeó al leer el horario de trabajo
en el taller de laminado y en los demás de la fábrica:

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“Jornada laboral, doce horas. Sin descanso. A los obre-
ros se les prohíbe ir a casa a comer”.
- ¿Cómo van a trabajar, si no comen? -preguntó, asom-
brado, Vladímir Ilich.
- Se traen la comida de casa.
- Pero usted lo ha reñido porque comía pan.
- ¡Que no me falte al respeto! -gruñó el capataz. Había
comprendido que aquel extraño visitante estaba en con-
tra de que se multase al obrero.
“¡Bum-bum-bum!”, atronó la barra de hielo que colgaba
en el taller a guisa de campana. En todo el recinto fabril
sonaron largamente unas trompetas, anunciando: ¡De-
jad el trabajo! ¡El turno del día ha terminado!”
- ¡Eh, Fiódor! -llamó el capataz al obrero a quien había
querido multar-. Te perdono la multa. Da las gracias a
este señor.
El obrero ni volvió la cabeza.
- ¡Malcriado! ¡No se puede tener consideración con es-
tos malcriados! -gruñó furioso el capataz.
- La gente hambrienta y cansada no está para cortesías
-Vladímir Ilich sonrióse irónico.
Salió de la fábrica mezclado con cientos de obreros. Al
cabo de una hora, en una calleja de la ciudad, debía
reunirse con un círculo de obreros de la Putílov. Allí es-
peraban a Vladímir Ilich, mejor dicho, esperaban a Fió-
dor Petróvich…
Al atardecer arreció el frío. Un cortante viento hería las
mejillas. Vladímir Ilich se levantó el cuello del abrigo.

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“La gente trabaja turnos de doce horas, sin descanso
para comida, y aún la multan encima. ¡Vaya vida!, pen-
saba Vladímir Ilich.
Llegó a la casa donde se reunía el círculo. Un obrero
conocido le recibió en el zaguán.
- ¡Da las gracias al señor! -decía en una habitación una
voz sarcástica-. El señor ese se marchó, y mañana me
meterán otra multa.
“Están discutiendo lo que ha ocurrido hoy”, se dijo Vla-
dímir Ilich.
- Es muy posible que le metan la multa, sin ninguna
razón para ello -observó, entrando rápidamente en la
habitación.
Había unos quince hombres sentados en la mesa.
Quien hablaba era aquel joven obrero llamado Fiódor,
de ojos de lechuza.
- ¡Muy buenas, tocayo! -dijo sonriente Lenin-. Yo me
llamo Fiódor Petróvich.
- Hermanos, éste es el señor que visitó hoy la fábrica -
dijo Fiódor, y se levantó. En la habitación se hizo el si-
lencio. Y Vladímir Ilich vio que las miradas de algunos
eran sombrías. Pero aquello, lejos de apenarle, le agra-
dó.
- Está bien, camaradas, que sean ustedes prudentes -
dijo Vladímir Ilich, con su voz levemente tartajosa-. Us-
ted, camarada Fiódor, ha calado bien en la esencia: el
“señor visitante” se marcha, pero el capataz y el patrono
quedan. Y seguirán multando a la gente.
Los obreros escuchaban atentos a Vladímir Ilich, pues
les hablaba de su vida y de su futuro. Fiódor se había

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sentado en el banco, sin hacer ruido, y miraba fijamente
a su “tocayo”.
- ¿Cómo debemos luchar? -dijo el “tocayo”, Fiódor Pe-
tróvich-. Agrupados en una organización. Es la única
forma.
“¡Cierto! Uno solo no puede con los capitalistas. Debe-
mos luchar juntos”, pensaba Fiódor, sintiéndose alegre
y dispuesto a todo. Mientras, Fiódor Petróvich seguía
hablando, y los obreros asentían. Estuvieron hasta las
tantas de la noche discutiendo el programa de lucha
contra el zar y contra los patronos.
Cuando la reunión de círculo hubo terminado, Fiódor
dijo a su “tocayo”:
- Yo le acompañaré.
Sus redondos ojos de lechuza brillaban alegres: la
reunión con Fiódor Petróvich había sido muy interesan-
te.
Pero Fiódor Petróvich se opuso:
- No debe acompañarme. Somos revolucionarios. ¿Y si
nos descubre en la calle un espía? Podemos caer los
dos de golpe. Nos marcharemos uno por uno. Hay que
observar la conspiración, camarada tocayo. ¿Qué es la
conspiración? Hacer las cosas en secreto. Ocultarse de
la policía, de los patronos y de los capataces, para que
no sepan nada de nuestra organización. ¿Estamos?
Dichas estas palabras, amenazó a Fiódor con el dedo.
En broma, claro. Pero también en serio.
Salieron de la casa uno por uno. Primero, los obreros, y,
luego, Fiódor Petróvich.

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Habréis adivinado, claro, que Vladímir Ilich se llamaba
Fiódor Petróvich por razones conspirativas, cuando iba
a enseñar a los obreros lo que era la lucha revoluciona-
ria.
Vladímir Ilich salió a la calle y aspiró placentero el frío
aire. Estaba contento de que los obreros le hubieran
escuchado con tan ávido interés. Y resolvió escribir pa-
ra todos los obreros un artículo acerca de las multas y
la lucha contra los capitalistas.
Vladímir Ilich iba por la calle pensando en el artículo
aquel, los pensamientos se agolpaban en su mente, y
vio de pronto… La noche era clara. El viento arrastraba
por el cielo blancas nubes. La luna, amarilla, buceaba
en los velajes, alumbrando cada arbolillo y cada banco
en la solitaria calle… Vladímir Ilich advirtió que, por la
acera opuesta, caminaba un hombre. Se ocultaba el
hombre aquel en la negra sombra de las casas y las
vallas. Vladímir Ilich aparentó que no había descubierto
al espía y siguió caminando tranquilamente, pero con
mayor rapidez. Se oyó el traqueteo del tranvía de san-
gre en la carretera de Peterhof. Vladímir Ilich apretó el
paso. ¡Bravo! ¡Había logrado tomar el tranvía! Pero el
espía también había montado. Al entrar en el vagón,
Vladímir Ilich lo miró fugazmente: gafas de cristales
ahumados y bigote negro. Vladímir Ilich se sentó delan-
te, junto a la salida, se levantó el cuello del abrigo y se
puso a cavilar qué debería hacer para burlar a su per-
seguidor. Para llegar a casa le faltaba todavía mucho.
Vladímir Ilich fingió que se había dormido. Abatió la ca-
beza. El tranvía se mecía y Vladímir Ilich oscilaba a uno
y otro lado. Pensaba en cómo arreglárselas para esca-
par. Las ventanillas del vagón estaban cubiertas de hie-
lo, y no se veía por dónde pasaba el tranvía. Detrás de
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Vladímir Ilich, dos asientos más allá, iba sentado el es-
pía de gafas con cristales ahumados y bigote negro.
“Me apearé a tres paradas de casa. Lo principal, ahora,
es no pasar de largo”. Vladímir Ilich se reclinó sobre la
ventanilla, como si estuviera durmiendo, y se puso a
echar el aliento sobre el cristal. Podía pedir al cobrador
que anunciara las paradas. Pero eso sería peligroso.
Como tartajeaba, su voz no pasaría desapercibida. Y no
podía descubrirse al espía. Había que observar las re-
glas de la conspiración.
Vladímir Ilich logró derretir un poquito el hielo del cristal.
Y miraba de reojo. Pronto llegarían. Muy pronto. A la
parada siguiente debería apearse… Habían llegado. El
tranvía se detuvo.
- ¿Se apea alguien? -preguntó el cobrador.
Nadie. Todos callaban. Y Vladímir Ilich callaba también,
el corazón latiéndole tumultuoso. Los caballos arranca-
ron, el tranvía echó a rodar, y, entonces, Vladímir Ilich
se levantó apresuradamente y saltó a tierra. Corrió ha-
cia un patio con dos salidas. Conocía aquel patio, lo
había estudiado por si acaso. Corría, y a sus espaldas
sonaba el traqueteo del tranvía y gritos. Entró en el pa-
tio y miró atrás por un instante. El tranvía se detuvo, el
espía se apeó de un salto y miró a derecha e izquierda:
en la calle, oscura, con todas las ventajas sin luz, no
había un alma. El tranvía se marchó.
Vladímir Ilich cruzó el patio aquel, salió a otra calle y
llegó sin tropiezo alguno a su casa. La patrona dormía
ya. Vladímir Ilich se metió de puntillas en la cocina, ca-
lentó el té en un infiernillo y sacó de la alacena un pe-
dazo de pan. Tenía mucha hambre.

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“Así, pues, ¿dónde nos hemos detenido, camaradas? -
pensaba Vladímir Ilich, mientras tomaba el té caliente
con pan-. ¡He dejado al espía con un palmo de narices!
-se rió-. Nos detuvimos en…”
Vladímir Ilich puso los ojos en la ventana. El frío había
dibujado en los cristales sus caprichosos arabescos.
“Nadie nos emancipará, nosotros mismos debemos
conquistar nuestra libertad”, pensaba Vladímir Ilich, mi-
rando, los ojos entornados, las fabulosas flores blancas
con azulencos destellos.

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