Etimología
La palabra española «deidad» procede del latín deitas, ‘naturaleza divina’. Al igual que
el sánscrito deva, ‘ser celestial’ o ‘dios’, proviene de la raíz protoindoeuropea *deiwos,
‘brillar’.[28] De esta misma raíz derivan varias palabras relacionadas con el cielo: dies,
‘día’ o divum, ‘cielo abierto’.[28]
Relación con la humanidad
De algunas deidades se piensa que son invisibles o inaccesibles para los humanos
(morando principalmente en lugares sobrenaturales, remotos o apartados y sagrados,
tales como el Cielo, el Infierno, el firmamento, el inframundo, bajo el mar, en la cima
de montañas altas, en bosques profundos o en un plano sobrenatural o esfera celestial; o
incluso en la mente y/o el subconsciente humano), revelándose o manifestándose en
raras pero escogidas veces a los humanos y dándose a conocer principalmente por sus
efectos.
En el monoteísmo, suele creerse que un único dios que mora en el Cielo también
es omnipresente e invisible.
En el politeísmo, los dioses se conciben como un contrapunto a los humanos. En el
reconstruido e hipotético protoindoeuropeo los humanos eran descritos como tkonion,
‘terrenales’, en oposición a los dioses, que eran deivos, ‘celestiales’. Esta relación casi
simbiótica está presente en muchas culturas posteriores: los humanos son definidos por
su posición de súbditos a los dioses, a los que nutren con sacrificios, y los dioses son
definidos por su soberanía sobre los humanos, castigándoles y recompensándoles, pero
también dependientes de su adoración y en ocasiones la gente trata a su dios como
alguien que les sirve a ellos.
El límite entre humano y divino no es en modo alguno absoluto en la mayoría de las
culturas. Los semidioses son la descendencia de la unión entre un humano y una deidad,
y la mayoría de las casas reales de la Antigüedad reclamaban ascendencias divinas.
Comenzando con Neferirkara (siglo XXV a. C.), los faraones del Antiguo Egipto se
hacían llamar «Hijos de Ra». Algunos gobernantes humanos, tales como
los faraones del Imperio Medio, los emperadores japoneses y algunos emperadores
romanos, han sido deidades adoradas por sus súbditos, incluso en vida. El primer
gobernante de quien se sabe que reclamó su divinidad es Naram-Sin (siglo XXII a. C.).
En muchas culturas se cree que gobernantes y otras personas prominentes o santas se
transforman en deidades tras su muerte (véase Osiris y canonización).
Se destaca también, que los panteones de diversas culturas cuentan tanto con deidades
benefactoras como mundanas.
Religiones
Las religiones se pueden clasificar según la cantidad de deidades que adoran;
las religiones monoteístas aceptan un solo Dios multifuncional,[29][30] mientras que
las religiones politeístas aceptan varios dioses con funciones específicas.[31] Las
religiones henoteístas aceptan un Dios supremo pero sin negar otros dioses,
considerando que son aspectos del mismo principio divino. Las religiones no teístas
niegan cualquier deidad suprema eterna, pero pueden aceptar un panteón de deidades
que viven, mueren y pueden renacer como cualquier otro ser.
Varias culturas han conceptualizado sus deidades de manera diferente, las religiones
monoteístas típicamente se refieren a una deidad masculina,[32] mientras que otras
religiones se refieren a sus deidades en una variedad de formas: masculina, femenina,
hermafrodita o sin género.[33][34][35]