El apego
El apego es un concepto ampliamente estudiado en la literatura científica, especialmente a partir de
las teorías de John Bowlby sobre la construcción de nuestras primeras relaciones durante la infancia.
Como término hace referencia al modo particular en que las personas tienden a interactuar con
aquellos con quienes establecen un vínculo relevante, incluyendo los sentimientos de intimidad y
compromiso sobre los que se asientan los sutiles lazos de una relación humana.
El apego sería el pentagrama sobre el cual se desarrollaría la melodía social, y hundiría sus raíces en
el albor de las primeras relaciones. En el breve periodo que comprende la infancia de cualquier ser
humano, la sensación de disponibilidad de los padres (u otras personas que pudieran ser
equiparables en términos afectivos) ante el eventual daño o la amenaza, moldearía positivamente
la visión de un entorno cambiante en su misma naturaleza, para tornarlo previsible y confortable
para ser explorado sin que el miedo inhiba la curiosidad.
Las teorías del apego sostienen que las características particulares del sistema nervioso en este
periodo evolutivo propiciarían cambios neuroplásticos sobre los que se construiría a posteriori el
cerebro adulto, pese a que resulte imposible cincelar recuerdos que puedan ser evocados
deliberadamente (puesto que el hipocampo madura tras casi un lustro de vida). El miedo en este
periodo evolutivo tornaría la vulnerabilidad en desamparo, extendiéndose en lo sucesivo a todos los
rincones de la experiencia subjetiva de los años venideros.
Con el propósito de evaluar el modo en que los niños interactúan con sus figuras de apego, que es
la medida a partir de la cual puede extraerse información con la que determinar la integridad de
estos vínculos y sus consecuencias emocionales, la Psicología cuenta con el procedimiento de la
“situación extraña”. A través de esta técnica se expone al niño a una secuencia estructurada de
encuentros y desencuentros con su cuidador principal y un sujeto desconocido, evaluando sus
reacciones ante la aproximación y distanciamiento de ambos.
A través de la aplicación de esta estrategia han podido determinarse cuatro estilos distintos de
apego, que describen modos particulares de sentimiento y conducta que surgen durante la
interacción. Todos ellos tienen un papel esencial para entender el modo en que tendemos a
establecer vínculos, no solo en la infancia, sino también durante el resto del ciclo vital. Seguidamente
nos detendremos en esbozar una breve descripción de cada uno de ellos y de sus posibles
implicaciones personales o sociales.
1. Apego seguro
Los niños con apego seguro perciben a sus padres (o análogos) como figuras confiables, a las que
pueden recurrir en el supuesto de que sus pesquisas sobre el entorno impliquen accidentalmente
una situación de peligro potencial. Los niños que disponen de este estilo concreto tienden a buscar
a sus cuidadores cuando experimentan alguna emoción difícil, logrando así un alivio de la misma.
Cuando los padres desaparecen se sienten incómodos solo al principio, recuperando el contacto de
forma natural cuando se produce su retorno.
Las personas adultas con este estilo de apego experimentan una sensación de satisfacción general
en sus relaciones con otros, pudiendo establecer un marco relacional que facilite el desarrollo
saludable de todos los implicados. La honestidad y la confianza se alzan como el tejido con el que se
bordan las costuras de la amistad o de la relación de pareja, pudiendo establecer una ligazón
emocional profunda con quienes consideran merecedores de ello. Es la forma más común de apego,
y actúa como factor de protección ante la psicopatología.
2. Apego preocupado o ansioso
Los niños que presentan este estilo de vinculación con sus padres no tienen la seguridad de disponer
de la ayuda que pudieran precisar en caso de necesidad. Esta incertidumbre propicia que el interés
por el entorno se vea condicionado por el miedo, de modo tal que la exploración queda limitada por
una inseguridad latente pero constante. Este sentimiento se ve exacerbado en aquellos casos en los
que los padres recurren a la amenaza de abandono como mecanismo para controlar las conductas
disruptivas.
Las personas adultas con este estilo de apego tienden a evitar sus emociones al considerar que
podrían verse abrumadas por su intensidad, lo que dificulta la adquisición de recursos esenciales
para la regulación de las experiencias internas. A menudo se vive la cotidianidad desde una
ambivalencia entre la aproximación y el rechazo, pues ambas generan tal grado de malestar que la
persona deambula en el vaivén de los espacios grises que lindan entre una y otra. El miedo al
abandono, y la sensación de inadecuación, pueden ser recurrentes.
3. Apego temeroso o evitativo
El niño con este patrón de apego percibe que todo intento por buscar el confort que pueda
proporcionarle su figura de cuidado concluirá en una situación de abierta burla o desprecio, que
además se verá sucedida por la ausencia total de protección y seguridad junto a una nociva
sensación de indefensión aprendida. Esta circunstancia contribuye a que el niño trate de adoptar
una posición de autosuficiencia, en un intento por construir escenarios en los que sentirse seguro
sin la contribución de los demás.
En la edad adulta, este estilo de apego se caracteriza por la búsqueda deliberada de la soledad y por
la incomodidad en las relaciones personales. La independencia adquiere una importancia capital,
surgiendo un temor cerval ante la expectativa de compromiso con otras personas en los ámbitos de
la amistad o la pareja. La búsqueda de trabajos solitarios y el desinterés por forjar nuevas relaciones
pueden ser también habituales.
4. Apego desorganizado
Los niños que desarrollan este estilo concreto han vivido múltiples situaciones con sus figuras de
apego explícitamente amenazantes, puesto que estas adoptan una actitud negligente o incluso
abusiva (en el amplio sentido del término). Debido a que el infante no puede asumir una
emancipación física o emocional, permanecería necesariamente próximo al influjo pernicioso de sus
cuidadores, mostrándose ansioso tanto en su presencia como en su ausencia (caóticos y
desorganizados).
Este estilo de apego genera huellas profundas en la personalidad y la autoimagen, siendo por ello el
que presenta una relación más estrecha con la psicopatología del adulto y del niño. A continuación,
se realizará una somera revisión sobre las evidencias disponibles en cuanto a las consecuencias
sobre la salud mental atribuibles a las modalidades de apego inseguro (preocupado, temeroso y
desorganizado).
Apego y problemas de salud mental en la vida adulta
Existen diversos estudios que pretenden explorar la posible relación que se establece entre el apego
en la infancia y el desarrollo de trastornos psicológicos durante la vida adulta. Aun con todo, la
multiplicidad de influencias que convergen para dar forma a un individuo hace difícil aislar con
precisión el papel de estas interacciones tempranas sobre la salud, pese a disponer de numerosos
datos que sugieren tal conexión.
Existe evidencia científica de que los apegos inseguros se relacionan con una prevalencia superior
de trastornos del estado de ánimo y de ansiedad, así como a la expresión clínica de la sintomatología
obsesivo-compulsiva. La presencia de celos en el seno de las relaciones sentimentales también es
más frecuente entre quienes tienen un patrón inseguro de apego, y a menudo hunde sus raíces en
una íntima sensación de inseguridad y temor al abandono.
Otros autores consideran que el apego ansioso podría suponer el germen de un posterior trastorno
de la estructura de la personalidad, tanto del clúster B (histriónico o límite) como del clúster C
(dependiente), mientras que el evitativo se relacionaría con el trastorno de la personalidad
homónimo (evitativo). En todo caso, las dificultades para regular la experiencia emocional se alzan
como el factor común subyacente a esta extensa psicopatología.
El impacto del estilo de apego sobre la salud mental es un tema de rabiosa actualidad en el ámbito
de la Psicología científica, puesto que podría tratarse de un elemento explicativo de tremendo
valor para entender los factores de riesgo distales de muchos trastornos mentales que limitan la
calidad de vida de la población. Se trata de un área en continua expansión, de la que apenas
hemos empezado a desentrañar su superficie.