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El Desembarco

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El desembarco

Son 12 en total, 4 mujeres y 8 hombres. No hablan, susurran; no miran, penetran la oscuridad con ojos
brillantes, dilatados. Huele a miedo. Caminan con el agua a la cintura hasta que saltan al bote. Mohamed se
sienta en el extremo. El agua apenas a un palmo del borde. Al frente, las luces de la costa. En lo alto, la luna
llena.
Preciosa, ideal, se dice Manolo. Es el mismo mar, la misma noche, unos kilómetros más al norte. Se
escucha el bullicio de la gente al otro lado de las rocas. Estallan algunos petardos. Huele a pólvora, a fiesta.
En la pequeña embarcación cunden los nervios, las risas, doce son demasiados, se dice Manolo. Al final,
quitando el alcalde, va el ayuntamiento completo.

El bote avanza despacio, sobrecargado. No se oye una voz, tan sólo la sirena lejana. Mohamed ha
cerrado los ojos. La visión del agua lo aterroriza, le asaltan a la memoria mil y una historias escuchadas en
los cafés, de choques con otros barcos, de ahogados en la corriente, de redadas, de hombres empujados por
la borda... A su espalda, el patrón pilota en silencio. Mohamed no puede ver sus ojos. Tampoco pudo cuando
le pagaba. ¡Dame, sí, trescientas, sí!

Trescientas mil pelas, sí, son muchas pelas, coño, pero el traje es bueno. Podías haber ido de cristiano,
que igual era más barato, le había dicho su mujer. Que no, que la filá de los moros es la que tiene más tirón.
[...] Manolo encara la proa. Están sólo a unos metros de la playa, abarrotada, lista para el espectáculo: las
tiendas cristianas plantadas a un lado, con su hoguera delante, y su ejército. En medio, marcando el camino,
los focos sobre el agua, y al otro lado el resto de los moros con sus antorchas... Sobre las peñas, el pequeño
castillo con la bandera cristiana. Detrás, la Guardia Civil desplegada.

Mohamed crispa los puños, tensa las piernas, dispuesto a saltar y correr como un loco. Cuando pisen
la tierra, cada uno tendrá que ir por su lado. No se ve una luz. No se escucha un ruido en el aire quieto. El
patrón se levanta. Es la señal.

Manolo salta el primero, entre gritos. Los cristianos avanzan hacia ellos con antorchas mientras
disparan al aire sus mosquetones. Una cinta blanquirroja mantiene a distancia a la multitud de rostros
sonrosados y rubios que exclaman admirados en alemán, en inglés, en francés...

Una lancha patrulla ha aparecido de pronto tras ellos. ¡Fuera, fuera, fuera! Un foco rastrea la superficie,
ilumina las rocas, las olas, la patera, ya vacía, a la deriva. Hombres y mujeres corren despavoridos por la
playa hasta los árboles y desaparecen en la oscuridad.

«Alá es grande», dice una voz grabada, mientras el capitán cristiano se arrodilla ante Manolo.
Trompetas triunfales, más salvas, humo, luces y aplausos. Manolo se felicita con sus compañeros de filá entre
risas y abrazos. En el castillo ondea la media luna mora. Habrá que esperar hasta mañana, tras la
Reconquista, para lucir de nuevo la bandera cristiana.

Son las doce del mediodía y el calor aprieta. La bandera española reposa flácida en la fachada del
cuartelillo. Ha sido una noche de carreras, de caídas y más caídas, de sirenas, luces y pueblos dormidos, de
perros despiertos, y la luna, brillante, en lo alto. Mohamed se desploma en un banco junto a los demás. Han
cogido incluso al patrón. Mohamed se ha quedado dormido mientras cavila. Y dormido, cavila cómo volver a
empezar.

Icíar Bollafn, El Pals Semanal (España), 27 de agosto de 2000.

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