Escribir siempre ha sido mi terapia, y aunque pocas veces envío lo que es -
cribo, esta vez siento que debo compartirlo contigo porque no logré expre-
sar todo lo que siento con palabras habladas.
Me duele profundamente haberte ofendido y lastimado con palabras
dichas sin pensar. Además de mi hija, tú eres la persona que más amo. A
cualquiera que le preguntes te dirá cuánto te admiro; esa admiración no la
siento por nadie más. Eres mi mayor motivo de superación y orgullo.
Me duele que creas que en mi corazón hay odio hacia ti o hacia mi her-
mana. He escrito muchas veces en momentos de dolor, cuando me he
sentido herida u ofendida, y en esas páginas le pido a Dios con lágrimas
en los ojos que nos dé fuerzas y nos ayude a ser una familia más unida.
Lo que llevo en mi corazón no es odio, jamás lo será. Reconozco que hay
muchos recuerdos que aún me duelen, que me pesan, incluso algunos que
mi mente ha bloqueado como una forma de defensa. Pero odio, mamá...
odio es una palabra demasiado fuerte, tan cargada de significado, que me
duele pensar que creas que soy una persona capaz de sentirlo, y aún más
que seas tú quien lo piense.
Reconozco que sí cargo con mucho dolor y emociones no dichas. Muchas
veces me incomodan comentarios o actitudes, pero mi falta de inteligen-
cia emocional me lleva a callar, por miedo a generar conflictos. Sin em-
bargo, odio no es una emoción que exista en mí hacia ti.
Sé que no somos la familia ideal. Todas llevamos cargas: duelos propios,
heridas no sanadas, disculpas no pedidas a tiempo, y daños causados.
Pero a pesar de todo, seguimos aquí, juntas.
Sí, a veces siento celos o rabia cuando reconoces y exaltas a otras per-
sonas. No porque me hagas sentir insuficiente, sino porque esa inseguri-
dad que llevo dentro me hace pensar que nunca soy suficiente. Es como si
todo lo que hago no alcanzara, como si el cariño de alguien más pudiera
restarme el amor que sientes por mí. Y eso, mamá, me da pánico.
Sé que tengo heridas: de injusticia, de abandono, de traición. Pero esas
heridas son mi responsabilidad, y yo debo buscar la forma de sanarlas a
mi manera.
Estoy trabajando en ser una persona que no ofenda desde el humor. Me
repito a diario: “Si lo que vas a decir incomoda, mejor calla”. No es fácil,
pero estoy comprometida. Por ejemplo, ahora prefiero guardar silencio en
situaciones donde antes habría hecho comentarios que podían herir, como
con Kirenia. Tú me hiciste caer en cuenta de que mi humor negro podía
ofender, y desde entonces estoy haciendo un esfuerzo consciente por
cambiar.
Prometo seguir trabajando en ser más consciente de mis palabras, porque
quiero ser un ejemplo para mi hija y una persona que sume, no que reste.
Las disculpas que te pedí son sinceras, de corazón. Te aseguro que lo que
dije no fue con rabia ni con mala intención, fue un chiste desafortunado.
Lo único que puedo hacer ahora es pedir perdón y prometer ser más
cuidadosa con lo que digo. Si alguna vez vuelvo a ofenderte, por favor
házmelo saber. Es imposible cambiar si no somos conscientes del daño
que causamos.
Te confieso que, en una ocasión, le dije a mi abuela que una de las cosas
que más me lastima es sentir que me ves como una enemiga. Que a veces
siento que te pones a la defensiva conmigo, como si todo lo que digo estu -
viera mal o fuera para señalarte. Si alguna vez te hice sentir eso, te pido
perdón. Nunca ha sido mi intención.
Reconozco que he hablado desde mi dolor, desde heridas no sanadas,
pero también he tratado de agradecerte y reconocerte. Ahora que soy
mamá, entiendo que hiciste lo mejor que podías con las herramientas que
tenías.
Mamá, ni tú llegaste con un manual, ni yo como hija lo tengo. No somos
dos bandos enfrentados, somos un equipo, una familia. El día de mañana,
yo solo te tendré a ti, y si de verdad sintiera odio hacia ti, ya me habría
alejado.
Sé que todas cargamos con experiencias dolorosas. Lo que llevo en mi
corazón no es tu culpa, ni la de Sara, ni la de nadie más. Es algo que debo
sanar, porque también reconozco que arrastro una baja autoestima, una
sensación de insuficiencia, y el constante peso del síndrome del impostor.
Quiero sanar, mamá. No por odio, sino por amor propio y por el deseo de
vivir con menos dolor. Te agradezco en el alma que te preocupes por mí;
eso me demuestra cuánto me amas.
Te confieso que nuestra relación está fracturada. Me cuesta el contacto
físico contigo, y lo admito con sinceridad. Pero también te prometo que
quiero cambiar. Quiero aprender a poner límites, a gestionar mis emo-
ciones, y a sanar todo aquello que me pesa.
Gracias por ser mi mamá. Ahora entiendo que, antes de nacer, te escogí
para este viaje porque en esta vida teníamos que aprender juntas a sanar.
Aún estamos a tiempo.
De mi parte, queda este compromiso: te amo, te admiro y te agradezco,
no solo con palabras, sino desde el corazón. Espero que me alcance la
vida para demostrártelo.
Perdóname por todo lo que te haya hecho sentir mal, y si no he sido clara,
estoy aquí para seguir construyendo contigo.