La autorregulación como una función importante del yo y de la
autoconciencia
¿Alguna vez ha conducido su coche a algún lado y estaba tan absorto en sus pensamientos que apenas
notaba lo que había a su alrededor? Usted obedeció todas las normas de tráfico y mantuvo la distancia de
seguridad respecto a los otros vehículos mientras pensaba en otros asuntos. Durante el transcurso de
nuestra vida cotidiana, hay innumerables actividades que están tan bien aprendidas que las ejecutamos de
forma automática, sin pensamiento consciente. Estos hábitos son muy benéficos porque nos permiten
realizar acciones sin emplear mucho esfuerzo cognitivo.
Sin embargo, hay otras ocasiones en que debemos controlar y dirigir de manera consciente nuestro
comportamiento, empleando una gran cantidad de esfuerzo cognitivo en el proceso.
En pocas palabras, debe ser autoconsciente para practicar la
autorregulación. En efecto, la autorregulación implica la activación de la
misma región del cerebro que en la autoconciencia: el cortex cingulado
anterior, regiones del lóbulo prefrontal asociadas con la selección e inicio de
acciones (dorsolateral), y la planificación y
coordinación de comportamiento diseñado para
lograr metas (orbitofrontal). Los estudios de
imágenes cerebrales encuentran una activación
significativa en estas regiones cerebrales cuando
las personas están realizando tareas difíciles que requieren un esfuerzo
cognitivo considerable. Estudios de casos prácticos de personas con daño
cerebral en estas áreas encuentran que aunque tienen una inteligencia y
comprensión intacta, tienen gran dificultad en mantener su interés en las
tareas.
A este respecto, una de las funciones de la autorregulación es
que nos proporciona la capacidad de renunciar a la gratificación
inmediata de recompensas pequeñas para alcanzar más adelante
recompensas mayores (Mischel et al., 1996). Cualquiera que haya
rechazado una invitación a una fiesta para estudiar para un
examen entiende este beneficio particular del proceso
autorregulatorio. Las personas que aprenden cómo demorar la gratificación en su infancia están mejor
adaptados, tanto en lo académico como en lo social, que los que tienen una autorregulación baja.
La teoría del control de la autorregulación de Charles Carver y Michael Scheier (1981, 1998), sostiene
que la autoconciencia nos permite evaluar cómo lo estamos haciendo para alcanzar nuestras metas e
ideales. La idea central en la teoría del control es una espiral de retroalimentación cognoscitiva, cuyos
pasos son: Probar-Operar-Probar-Salir. En la autorregulación, la autoconciencia nos permite comparar con
algún estándar, cómo lo estamos haciendo. Ésta es la primera fase de prueba. Cuando somos
autoconscientes nos comparamos con un estándar privado (por ejemplo,
nuestros propios valores), pero cuando somos autoconscientes en forma
pública nos comparamos con un estándar público (por ejemplo, nuestras
creencias sobre lo que valoran otras personas). En esta fase, si descubrimos
que nos estamos quedando cortos (por ejemplo, no estudiamos suficiente),
entonces operamos para cambiarnos a nosotros mismos (estudiamos más
duro).
En la segunda fase de prueba, reflexionamos de nuevo para ver si estamos más cerca de alcanzar
nuestro estándar. Este ciclo de prueba y operación se repite hasta que se reduce la diferencia entre nuestro
comportamiento y el estándar. Cuando cumplimos con el estándar, el proceso de control termina, nos
sentimos felices y salimos de la espiral de retroalimentación. Si fallan los intentos repetidos por acercarse al
estándar, nos sentimos mal y con el tiempo salimos de la espiral.
¿Cómo reaccionamos cuando existe una discrepancia entre nuestro autoconcepto y la forma en que
idealmente nos gustaría ser o creemos que otros piensan que deberíamos ser? Tory
Higgins (1987) sugiere que estas autodiscrepancias producen emociones fuertes.
Cuando nos percatamos que hay una discrepancia entre nuestro yo real y nuestro yo
ideal (por ejemplo, "Desearía ser más atractivo físicamente"), experimentamos
emociones relacionadas con el desaliento, como decepción, frustración y depresión. Por
otra parte, cuando notamos una discrepancia entre nuestro yo real y nuestro yo moral o
debido (por ejemplo, "Debería ayudar más a mi familia desde el punto de vista
financiero"), somos vulnerables a emociones relacionadas con la agitación, como la
ansiedad y la culpa (Higgins et al., 1986).
Varios estudios han encontrado que las personas con altas autodiscrepancias no
sólo experimentan emociones negativas sino que con frecuencia son indecisas en su comportamiento,
tienen autoconceptos poco claros y experimentan una pérdida de autoestima.
En la mayor parte de los casos, las emociones negativas obstaculizan la autorregulación necesaria para
lograr metas a más largo plazo. Cuando las personas son contrariadas, tienden a entregarse a sus impulsos
inmediatos para sentirse mejor consigo mismos. Por ejemplo, si está tratando de dejar de fumar, es
probable que encienda un cigarrillo después de tener una discusión con alguien. Esta "debilidad" equivale a
dar prioridad a la regulación de la emoción a corto plazo sobre su meta autorregulatoria a más largo plazo,
que es dejar de fumar.
Roy Baumeister y sus colaboradores (1994) proponen que controlar o regular nuestro comportamiento
se entiende mejor en función de los siguientes principios de un modelo de potencial de la autorregulación:
1. En cualquier momento dado, sólo tenemos una cantidad limitada de energía disponible para
autorregular.
2. Cada ejercicio de autorregulación agota este recurso
limitado por un periodo de tiempo.
3. Justo después de ejercer autorregulación en una
actividad, encontraremos difícil regular nuestro comportamiento
en una actividad no relacionada.
De acuerdo con este modelo de autorregulación, si María
está estudiando para los exámenes finales y se obliga a estudiar
en lugar de ir a una fiesta, debería ser menos capaz de controlar
su ira más tarde esa noche cuando su compañera de cuarto se
coma el postre que María estaba guardando como un para
comérselo de madrugada.