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Ella Onetti

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Por Juan Carlos Onetti, 24 de marzo de 1994

Cuando Ella murió después de largas semanas de agonía y morfina, de esperanzas, anuncios tristes
desmentidos con violencia el barrio norte cerro sus puertas y ventanas, impuso silencio a su alegría festejada
con champán. El mas inteligente de ellos aventuró: "Qué quieren que les diga. Para mi, y no suelo
equivocarme, esto es como el principio del fin".
Tantas cosas, pobres millonarios, les había hecho tragar Ella. Y lo triste era que Ella había sido infinitamente
mas hermosa que las gordas señoras, sus esposas, todavía con olor a bosta como dijo un argentino. Ahora
también podían tragarse las sonrisas cordiales con que habían acogido las ordenes y las humillaciones, Porque
todos sentían, sin mas pruebas que discursos vociferados en la Plaza Mayor, que Ella era, en increíble
realidad, mas peligrosa que las oscilaciones políticas económicas y turbias, de El, el mandatario mandante, el
que a todos nos mandaba.
Cuando al fin Ella murió, rematando esperanzas y deseos, estábamos a fin de julio; en una fecha abundante en
crueldades, en frío, viento, aguacero. De los cielos negros de nubes y noche caía una lluvia lenta, implacable,
en agujas que, amenazaban ser eternas; Se desinteresaban de abrigos y pieles humanas para empapar sin
dilaciones huesos y tuétanos.
La humedad aumentaba el mal olor de las gastadas ropas de luto improvisado: casi inmóviles, sin palabras
porque su desdicha tenia un solo culpable y este no podía ser nombrado aunque dueño del frío, de la lluvia, el
viento y la desgracia.
Según la pequeña historia, tantas veces mas próxima a la verdad que Las escritas y publicadas con H
mayúscula; cinco médicos rodeaban la cama de la moribunda, Y los cinco estaban de acuerdo en que la
ciencia tiene sus limites.
Y en la planta baja, impaciente, paseándose, atendiendo las preguntas telefónicas que le hacían los periodistas
amigos o dadivosos, había otro hombre, tal vez también medico, aunque esto no tenga la menor importancia,
Era un Catalán, embalsamador de profesión conocida y llamado por El desde hacia un mes para evitar que el
cuerpo de la enferma siguiera el destino de toda carne.
Y había una lucha silenciosa pero tenaz entre los cinco de arriba y el solitario de abajo. Porque si este solo
creía con distracción en la Virgen de Montserral, los de encima, estaban divididos entre la de Lujan, la de La
Rioja, la de las Siete Llagas, entre la de San Telmo y la del Socorro. Pero coincidían en lo fundamental, en la
Santa Iglesia Apostó1ica y Romana. Y creían en los eructos dominicales de los curas.
Para cumplir lo contratado con El, el embalsamador Catalán tenia que aplicar una primera inyección al
cadáver media hora antes de ser decretado tal. Los pertinaces creyentes del piso superior se oponían a toda
intención de embalsamar, pese a que el contratado Catalán había repartido generoso pruebas indiscutibles de
su talento. Recuerdo la foto, en un folleto, de un niño muerto a los doce anos, placidamente colocado en un
sillón y luciendo un traje marinero impecable. Lo exhibían cada vez que la momia hubiera tenido que cumplir
años el se burlaba, el tiempo no existía, sus mejillas seguían rosadas y sus ojos de vidrio brillaban con
malicia- cuando, inexorablemente, cumplía una fecha de muerto, Dos veces al año ocupaba el puesto de honor
y los parientes que le iban quedando –el tiempo existía- lo rodeaban tomando te con pasteles y alguna copita
de anís.
Se oponían a la primera e imprescindible inyección. Porque la Santa Fe que'"los aunaba repartía almas para
que escucharan eternamente música de ángeles que jamás cambiarían de pentagrama -o tal vez sus cabecitas
equivocas las hubieran grabado- o para disfrutar suplicios nunca concebidos por un policía terrestre.
De modo que, cuando aquellos litres de morfina dejaron de respirar, se miraron asintiendo y , consultaron
relojes. Eran las veinte en punto. Alguno encendió un cigarrillo, otros rindieron su fatiga a los sillones.
Ahora esperaban que la-pudrición creciera, que alguna. mosca verde, a pesar de la estación, bajara para
descansar en los labios abiertos. Por que la Santa Iglesia les ordenaba respirar cadaverina, hediondez casi
enseguida y adivinar la fatigosa tarca de siete generaciones: de gusanos. Todo esto adecuado a los gustos de
Dios que respetaban y temían. Los minutos pasan pronto cuando un diplomado vela por su fe.
Emilio, el mas obediente a las manifestaciones indudables de la Divinidad, dijo:
-Che, aumentó La calefacción.
Mas tarde, resolvieron bajar para dar la noticia, triste y esperada.
El estaba cuando y asintió con la cabeza.
Luego, agradeció servicios prestados y rogó que le fueran enviados los honorarios. Después señaló
con un dedo a uno cualquiera de los uniformados y le ordenó ordenar a las radios, primicia para la
suya, que difundiera la noticia,
Y quedó así, rehecha, corregida, discutida: "El Ministerio de Información y Propaganda cumple con el
doloroso deber de anunciar que a las veinte y veinticinco Ella pasó a la inmortalidad.
El médico Catalán subió los escalones de dos en dos, molestado por su pequeña maleta. "Preparó la inyección
y estuvo consternado palpando la frialdad del cuerpo.

Las puertas no se abrían y la multitud comenzó a porfiar, y moverse. Los policías dejaron de ofrecer vasitos
de café enfriado y de inmediato aparecieron vendedores de chorizos, de pasteles, de refrescos entibiados, de
maníes, de frutas secas, de chocolatines. Poco ganaron porque el primer contingente comenzó a llegar a las
nueve de la noche y provenía de barriadas desconocidas por, los habitantes de la Gran Aldea, de villas
miseria, de ranches de lata, de cajones de automóviles, de cuevas, de la tierra misma, ya barro. Ensuciaban la
ciudad silenciosos y sin inhibiciones, encendían velas en cuanta concavidad ofrecieran las paredes de la
avenida, en los mármoles de ascenso a portales clausurados, A algunas llamas las respetaban la lluvia y el
viento; a otras no. Allí fijaban estampas o recortes de revistas y periódicos, que reproducían infieles la belleza
extraordinaria de la difunta, ahora perdida para siempre.
A las diez de la mañana les permitieron avanzar, dos metros cada media hora, y pudieron atravesar la puerta
del ministerio, en grupos de cinco, empujados y golpeados; los golpes preferidos por los milicos eran los
rodillazos buscando los ovarios, santo remedio para la histeria.
A medio día corrió la voz de cuadra en cuadra, metros y metros de cola de lento avanzar. “Tiene la frente
verde. Cierran, para pintarla”
Y fue el, rumor mas aceptado; porque, aunque mentiroso, encajaba ala perfección para los miles y ,miles de
necrófilos murmurantes y enlutados

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