Crimenes Ejemplares - Max Aub
Crimenes Ejemplares - Max Aub
Max Aub
CRÍMENES EJEMPLARES
Índice
Confesión
Prólogo
Crímenes De Suicidios
De gastronomía
Epitafios
Anexo:
Crímenes suprimidos en la edición de 1969
Dos crímenes barrocos
CONFESIÓN
No hay tantos crímenes como dicen, aunque sobran razones para cometerlos. Pero el hombre
—como es sabido— es bueno, por ser natural, y no se atreve a tanto. De las reacciones de los
mis difuntos nada digo, por ignorancia. Me bastaron —como autor— las de sus asesinos.
—¡Ojalá se muriera! —se dice de fulano en un momento preciso por distintos motivos.
De ahí que el título tenga, en cuanto al adjetivo, antecedentes que suenan al oído menos
pintado, y referente al sustantivo, el de mi primer drama, escrito a los dieciocho años. Mi mala,
sangre por ahí se revela. Otros antecedentes, aunque plantados al trebolillo, gozan de cierta
unidad: Quevedo, Gracián, Goya, Gómez de la Serna. Disparates hicieron los dos últimos.
Reconozco la superioridad literaria del pintor. De los Disparates a los Desastres de la guerra no
hay gran distancia. Las cosas han cambiado algo desde mi primer Crimen, pero ni aquel
dramoncillo ni este libelo tienen que ver con la política y sí, tal vez, con la poesía; con lo que
me refuto, habiendo asegurado tantas veces que tienen raíz común. A lo mejor,
inconscientemente, éste es un libro político, pero no creo que pase de ser un homenaje a la
confraternidad y a la filantropía, sin salir del limbo. Me declaro culpable y no quiero ser
perdonado. Estos textos —dejo constancia— no tienen segundas intenciones: puro sentimiento.
PRÓLOGO
He aquí material de primera mano. Pasó de la boca al papel rozando el oído. Confesiones sin
cuento: de plano, de canto, directas, sin más deseos que explicar el arrebato. Recogidas en
España, en Francia y en México, a través de más de veinte años, no iba —ahora— a
aderezarlas: razón de su vulgaridad. Hiciéronlas intentando, sin duda, ponerse a bien con Dios,
huyendo del pecado. Los hombres son como los hicieron y querer hacerlos responsables de lo
que, de pronto, les empuja a salirse de sí es orgullo que no comparto. Los años me han abierto
a la comprensión. Desembuchan escuetamente las razones nada oscuras que los llevó al crimen,
sin otro que dejarse arrastrar por su sentimiento. Ingenuamente dicen —a mi ver— verdades.
Por otra parte, se parecen. ¿A quién extrañará? Un siciliano, un albanés mata por lo mismo que
un dinamarqués, un noruego o un guatemalteco. No digo que un norteamericano o un ruso, por
no herir fuertes susceptibilidades. No hacen alarde, se quedan en lo que son. Se dan a conocer
con llaneza.
Reconozco que, para hacerles hablar sin prejuicios, recurrimos —que no lo hice solo— a cierta
droga hija de algunos hongos mexicanos, de la sierra de Oaxaca, para ser más preciso.
Pero no publico sino lo que fui autorizado por quien podía hacerlo. No doy nombres, pero los
tengo. «Da esfuerzo al corazón el vino», se dice en una famosa novela española; no sólo al
corazón. El hombre, a veces, no llega solo a sus límites. Grandes escritores he conocido que,
como animales, necesitan de expedientes para llegara lo más y vaciarse. Lo cual no sucede a
pintores, ingenieros o arquitectos. Si es superioridad, lo ignoro. Nadie reconoce de buena gana
sus faltas. ¿Quién no levanta sus ojos a Dios? Esto que sigue no es sino murmullo —pedestre,
pero murmullo. Murmullo de agua sobre musgo— como dijo, en francés cantarín, un
empedernido pecador, con música adentro…
Posiblemente, como casi todo, no debí publicarlo. ¿Qué añado? Nada. Y si no se añade algo a la
historia, nada vale. El hombre de nuestro tiempo sólo considera fracasos. El último gran mito
cae ya, no de viejo, sino por potente. La grandeza humana sólo se mide por lo que pudo ser. No
vamos a ninguna parte, el gran ideal es, ahora, la mediocridad; vencer los impulsos. En la
supuesta dignidad de castrarse han muerto muchos de los mejores. En su submundo estos
humildes criminales se explican aquí sin saber siquiera cómo; pero no creo que den lástima. En
eso son tan mediocres como nosotros, que no nos atrevemos a gritar en el enorme proceso de
nuestro tiempo. Aceptamos lo que nos imponen con voluntad deliberada, no discrepamos,
todos conformes. ¿Cómo ganarle a la fortuna con la sola mano? Empleo, evidentemente, un
tono absurdo para presentar estos ejemplos. Me falta aliento para hacerlo a la pata la llana, que
la retórica tiene eso de bueno: muleta y muletas. ¿A quién no se le han caído hoy las alas?
Acobardados hasta los virtuosos, los que no alardean ¿a qué han venido? Nunca estuvimos más
cerca de la tierra. Nos tragará sin rastro. No le echemos a nadie la culpa, se perdió la siembra,
tal vez por el mal tiempo.
La sal de la sabiduría no mueve a risa, como no sea a los sabios, que se muerden la cola tras
haberse merendado a sus hijos. ¿Qué hemos labrado? ¿Qué hemos arado? Sólo queda el juego,
que depende del azar. Hay quien, feliz, no se cansa de jugar. Yo, sí. También estos que aquí
confiesan: el miope, el de la vista cansada, dándose palos de ciego.
México, 1956.
P. D. En contra de lo que se pueda suponer, sólo dos confesiones vienen de boca de alienados.
En general, los locos fueron decepcionantes. No están ordenados los textos ni por asuntos ni por
países, aunque, a veces, para facilidad del lector, se dan en serie. Siempre que pude evité así la
monotonía, que es otro crimen.
Añado bastantes, otros quedan perdidos en cien libretas que no son de hojear con detenimiento,
sería no más perder tanto tiempo para tampoco (1968)
CRÍMENES
LO MATÉ porque habló mal de Juan Álvarez, que es muy mi amigo y porque me consta que
lo que decía era una gran mentira.
§
ES TAN SENCILLO: Dios es la creación, a cada momento es lo que nace, lo que continúa, y
también lo que muere. Dios es la vida, lo que sigue, la energía y también la muerte, que es
fuerza y continuación y continuidad. ¿Cristianos estos que dudan de la palabra de su Dios?
¿Cristianos esos que temen a la muerte cuando les prometen la resurrección? Lo mejor es
acabar con ellos de una vez. ¡Que no quede rastro de creyentes tan miserables! Emponzoñan el
aire.
Los que temen morir no merecen vivir. Los que temen a la muerte no tienen fe. ¡Que aprendan,
de una vez, que existe el otro mundo! ¡Sólo Alá es grande!
SE MONDABA los dientes como si no supiese hacer otra cosa. Dejaba el palillo al lado del
plato para, tan pronto como dejaba de masticar, volver al hurgo. Horas y horas, de arriba abajo,
de abajo arriba, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, de adelante para atrás, de atrás
para adelante. Levantándose el labio superior, leporinándose, enseñando sus incisivos — uno
tras otro— amarillentos; bajándose el inferior hasta la encía carcomida: hasta que le sangró; un
poco nada más. Le transformé la biznaga en bayoneta, clavándosela hasta los nudillos.
Se atragantó hasta el juicio final. No temo verle entonces la cara. Lo gorrino quita lo valiente.
SOY PELUQUERO. Es cosa que le sucede a cualquiera. Hasta me atrevo a decir que soy buen
peluquero. Cada uno tiene sus manías. A mí me molestan los granos.
Sucedió así: me puse a afeitar tranquilamente, enjaboné con destreza, afilé mi navaja en el
asentador, la suavicé en la palma de mi mano. ¡Yo soy un buen barbero! ¡Nunca he desollado a
nadie! Además aquel hombre no tenía la barba muy cerrada. Pero tenía granos. Reconozco que
aquellos barritos no tenían nada de particular. Pero a mí me molestan, me ponen nervioso, me
revuelven la sangre. Me llevé el primero por delante, sin mayor daño; el segundo sangró por la
base. No sé qué me sucedió entonces, pero creo que fue cosa natural, agrandé la herida y luego,
sin poderlo remediar, de un tajo, le cercené la cabeza.
§
EMPEZÓ A DARLE VUELTA al café con leche con la cucharita. El líquido llegaba al borde,
llevado por la violenta acción del utensilio de aluminio. (El vaso era ordinario, el lugar barato,
la cucharilla usada, pastosa de pasado.) Se oía el ruido del metal contra el vidrio. Ris, ris, ris,
ris. Y el café con leche dando vueltas y más vueltas, con un hoyo en su centro. Maelstrom. Yo
estaba sentado enfrente. El café estaba lleno. El hombre seguía moviendo y removiendo,
inmóvil, sonriente, mirándome. Algo se me levantaba de adentro. Le miré de tal manera que se
creyó en la obligación de explicar:
—Todavía no se ha deshecho el azúcar.
Para probármelo dio unos golpecitos en el fondo del vaso. Volvió enseguida con redoblada
energía a menear metódicamente el brebaje. Vueltas y más vueltas, sin descanso, y ruido de la
cuchara en el borde del cristal. Ras, ras, ras. Seguido, seguido, seguido sin parar, eternamente.
Vuelta y vuelta y vuelta y vuelta. Me miraba sonriendo. Entonces saqué la pistola y disparé.
YO
ESTOY SEGURO de que se rió. ¡Se río de lo que yo estaba aguantando!
Era
demasiado.
Me
metía
y
me
volvía
a
meter
la
fresa
sobre
el
nervio.
Con
toda
intención.
Nadie
me
quitará
esa
idea
de
la
cabeza.
Me
tomaba
el
pelo:
«Que
si
eso
lo
aguantaba
un
niño».
¿Acaso
a
ustedes
no
les
han
metido
nunca
esas
ruedecillas
del
demonio
en
una
muela
careada?
Debieran
felicitarme.
Yo
les
aseguro
que
de
aquí
en
adelante
tendrán
más
cuidado.
Quizá
apreté
demasiado.
Pero
tampoco
soy
responsable
de
que
tuviese
tan
frágil
el
gaznate.
Y
de
que
se
me
pusiera
tan
a
mano,
tan
seguro
de
sí,
tan
superior.
Tan
feliz.
LA
HENDÍ
de
abajo
a
arriba,
como
si
fuese
una
res,
porque
miraba
indiferente
al
techomientras
hacía
el
amor.
§
AHÍ
ESTÁ
LO
MALO:
Que
ustedes
creen
que
yo
no
le
hice
caso
al
alto.
Y
sí.
Me
paré.
Cierto
que
nadie
lo
puede
probar.
Pero
yo
frené
y
el
coche
se
detuvo.
En
seguida
la
luz
verde
se
encendió
y
yo
seguí.
El
policía
pitó
y
yo
no
me
detuve
porque
no
podía
creer
que
fuera
por
mí.
Me
alcanzó
en
seguida
con
su
motocicleta.
Me
habló
de
mala
manera:
«Que
si
por
ser
mujer
creía
que
las
leyes
de
tránsito
se
habían
hecho
para
los
que
gastan
pantalones».
Yo
le
aseguré
que
no
me
pasé
el
alto.
Se
lo
dije.
Se
lo
repetí.
Y
él
que
si
quieres.
Me
solivianté:
la
mentira
era
tan
flagrante
que
se
me
revolvió
la
sangre.
Ya
sé
yo
que
no
buscaba
más
que
uno
o
dos
pesos,
o
tres
a
lo
sumo.
Pero
bien
está
pagar
una
mordida
cuando
se
ha
cometido
una
falta
o
se
busca
un
favor.
¡Pero
en
aquel
momento
lo
que
él
sostenía
era
una
mentira
monstruosa!
¡Yo
había
hecho
caso
a
las
luces!
Además
el
tono:
como
sabía
que
no
tenía
razón
se
subió
en
seguida
a
la
parra.
Vio
una
mujer
sola
y
estaba
seguro
de
salirse
con
la
suya.
Yo
seguí
en
mis
trece.
Estaba
dispuesta
a
ir
a
Tránsito
y
a
armar
un
escándalo.
¡Porque
yo
pasé
con
la
luz
verde!
Él
me
miró
socarrón,
se
fue
delante
del
coche
e
hizo
intento
de
quitarme
la
placa.
Se
inclinó.
No
sé
qué
pasó
entonces.
¡Aquel
hombre
no
tenía
ningún
derecho
a
hacer
lo
que
estaba
haciendo!
Yo
tenía
la
razón.
Furiosa,
puse
el
coche
en
marcha,
y
arranqué…
ÍBAMOS
COMO
SARDINAS
y
aquel
hombre
era
un
cochino.
Olía
mal.
Todo
le
olía
mal,
pero
sobre
todo
los
pies.
Le
aseguro
a
usted
que
no
había
manera
de
aguantarlo.
Además
el
cuello
de
la
camisa,
negro,
y
el
cogote
mugriento.
Y
me
miraba.
Algo
asqueroso.
Me
quise
cambiar
de
sitio.
Y,
aunque
usted
no
se
lo
crea,
¡aquel
individuo
me
siguió!
Era
un
olor
a
demonios,
me
pareció
ver
correr
bichos
por
su
boca.
Quizá
lo
empujé
demasiado
fuerte.
Tampoco
me
van
a
echar
la
culpa
de
que
las
ruedas
del
camión
le
pasaranpor
encima.
LO
MATÉ
en
sueños
y
luego
no
pude
hacer
nada
hasta
que
lo
despaché
de
verdad.
Sin
remedio.
§
LO
MATÉ
porque
estaba
seguro
de
que
nadie
me
veía.
§
LO
MATÉ
porque
me
despertó.
Me
había
acostado
tardísimo
y
no
podía
con
mi
alma.
«De
un
revés,
zas,
le
derribé
la
cabeza
en
el
suelo».
(Cervantes.
Quijote
I,
37).
—UNPOQUITOMÁS.
No
podía
decir
que
no.
Y
no
puedosufrir
el
arroz.
—Si
no
repite
otra
vez,
creeré
que
nole
gusta.
Yo
no
tenía
ninguna
confianza
en
aquella
casa.
Y
quería
conseguir
un
favor.Ya
casi
lo
tenía
en
la
mano.
Pero
aquel
arroz…
—Unpocomás.
—Unpoquitínmás.
Estaba
empachado.
Sentí
que
iba
a
vomitar.
Entonces
no
tuve
más
remedio
que
hacerlo.
La
pobre
señora
se
quedó
con
los
ojos
abiertos,
para
siempre.
§
¿USTEDES
NO
HAN
TENIDO
nunca
ganas
de
asesinar
a
un
vendedor
de
lotería,
cuando
se
ponen
pesados,
pegajosos,
suplicantes?
Yo
lo
hice
en
nombre
de
todos.
HACÍA
TRES
AÑOS
que
soñaba
con
ello:
¡estrenaba
traje!
Un
traje
clarito,
como
yo
lo
había
deseado
siempre.
Había
estado
ahorrando,
peso
a
peso,
y,
por
fin,
lo
tenía.
Con
sus
solapas
nuevecitas,
su
pantalón
bien
planchado,
sus
valencianas
sin
deshilachar…
Y
aquel
tío
grande,
sordo,
asqueroso,
quizá
sin
darse
cuenta,
dejó
caer
su
colilla
y
me
lo
quemó:
un
agujero
horrible,
negro,
con
los
bordes
color
café.
Me
lo
eché
con
un
tenedor.
Tardó
bastante
en
morirse.
§
LO
MATÉ
porque,
en
vez
de
comer,
rumiaba.
§
NO
HICE
MÁS
que
rozarla.
Se
revolvió
hecha
una
fiera.
¡Total
por
un
restregón
de
nada!
Y,
además,
no
valía
la
pena,
blandengucha.
Quizá
por
eso
se
indignó
tanto.
Yo
no
lo
iba
a
consentir.
Se
agolpó
la
gente.
Yo
empecé
a
bofetadas.
Si
aquel
pequeñito
cayó
bajo
un
camión
que
pasaba
nada
tengo
que
ver
coneso.
ERA
TAN
FEO
el
pobre,
que
cada
vez
que
me
lo
encontraba,
parecía
un
insulto.
Todo
tiene
su
límite.
§
ESTÁBAMOSEN
EL
BORDE
de
la
acera,
esperando
el
paso.
Los
automóviles
se
seguían
a
toda
marcha,
el
uno
tras
el
otro,
pegados
por
sus
luces.
No
tuve
más
que
empujar
un
poquito.
Llevábamos
doce
años
de
casados.
Novalía
nada.
TENÍA
UN
FORÚNCULO
muy
feo.
Con
la
cabeza
gorda,
llena
de
pus.
El
médico
aquel
—el
mío
estaba
de
vacaciones—
me
dijo:
—¡Bah!
Eso
no
es
nada.
Un
apretón
y
listos.
Ni
siquiera
lo
notará.
Le
dije
que
si
no
quería
darme
una
inyección
para
mitigar
el
dolor.
—Novale
la
pena.
Lo
malo
es
que
al
lado
había
un
bisturí.
Al
segundo
apretujen
se
lo
clavé.
De
abajo
arriba:
según
los
cánones.
¿USTED
NO
HA
MATADO
NUNCA
a
nadie
por
aburrimiento,
por
no
saber
qué
hacer?
Es
divertido.
ESTABA
LEYÉNDOLE
el
segundo
acto.
La
escena
entre
Emilia
y
Fernando
es
la
mejor:
de
eso
no
puede
caber
ninguna
duda,
todos
los
que
conocen
mi
drama
están
de
acuerdo.
¡Aquel
imbécil
se
moría
de
sueño!
No
podía
con
su
alma.
Apierna
suelta,
se
le
iba
la
morra
al
pecho,
como
un
badajo.
En
seguida
volvía
a
levantar
los
ojos
haciendo
como
que
seguía
la
intriga
con
gran
interés,
para
volver
a
transponerse,
camino
de
quedar
como
un
tronco.
Para
ayudarle
lo
descabecé
de
un
puñetazo;
como
dicen
que
algún
Hércules
mató
bueyes.
De
pronto
me
salió
de
adentro
esa
fuerza
desconocida.
Me
asombró.
§
¡QUE
SE
DECLARE
en
huelga
ahora!
§
LO
MATÉ
porque
me
dieron
veinte
pesos
para
que
lo
hiciera.
AQUEL
ACTOR
era
tan
malo,
tan
malo
que
todos
pensaban
—de
esto
estoy
seguro—:
«que
lo
maten».
Pero
en
el
preciso
momento
en
que
yo
lo
deseaba
cayó
algo
desde
el
telar
y
lo
desnucó.
Desde
entonces
ando
con
el
remordimiento
a
cuestas
de
ser
el
responsable
de
su
muerte.
RONCABA.
Al
que
ronca,
si
es
de
la
familia,
se
le
perdona.
Pero
el
roncador
aquel
ni
siquiera
sabía
yo
la
cara
que
tenía.
Su
ronquido
atravesaba
las
paredes.
Me
quejé
al
casero.
Se
rió.
Fui
a
ver
al
autor
de
tan
descomunales
ruidos.
Casi
me
echó:
—Yo
no
tengo
la
culpa.
Yo
no
ronco.Ysi
ronco,
¡qué
le
vamos
a
hacer!,
tengo
derecho.
Cómprese
algodón
hidrófilo…
Ya
no
podía
dormir:
si
roncaba,
por
el
ruido;
si
no
esperándolo.
Pegando
golpes
en
la
pared
callaba
un
momento…
pero
en
seguida
volvía
a
empezar.
No
tienen
ustedes
idea
de
lo
que
es
ser
centinela
de
un
ruido.
Una
catarata.
Un
volumen
tremendo
de
aire,
una
fiera
acorralada,
el
estertor
de
cien
moribundos,
me
rasgaba
las
entrañas
emponzoñándome
el
oído,
y
no
podía
dormir
nunca,
nunca.
Y
no
me
daba
la
gana
de
cambiar
de
casa.
¿Dónde
iba
yo
a
pagar
tan
poco?
El
tiro
se
lo
pegué
con
la
escopeta
de
mi
sobrino.
§
NO
PUEDO
TOCAR
el
terciopelo.
Tengo
alergia
al
terciopelo.
Ahora
mismo
se
me
eriza
la
piel
al
nombrarlo.
No
sé
por
qué
salió
aquello
en
la
conversación.
Aquel
hombre
tan
redicho
no
creía
más
que
en
la
satisfacción
de
sus
gustos.
No
sé
de
dónde
sacó
un
trozo
de
aquel
maldito
terciopelo
y
empezó
a
restregármelo
por
los
cachetes,
por
el
cogote,
por
las
narices.
Fue
lo
último
que
hizo.
¡YO
TENÍA
RAZÓN!
Mi
teoría
era
irrefutable.Yaquel
viejo
gaga,
denegando
con
su
sonrisilla
imperturbable,
como
si
fuese
la
divina
garza,
y
estuviese
revestido,
por
carisma,
de
una
divina
infalibilidad.
Mis
argumentos
eran
correctísimos,
sin
vuelta
de
hoja.
Y
aquel
viejo
carcamal
imbécil,
barba
sucia,
sin
dientes,
con
sus
doctorados
honoris
causa
a
cuestas,
poniéndolos
en
duda,
emperrado
en
sus
teorías
pasadas
de
moda,
sólo
vivas
en
su
mente
anquilosada,
en
sus
libros
que
ya
nadie
lee.
Viejo
putrefacto.
Todos
los
demás
callaban
cobardemente
ante
la
cerrazón
despectiva
del
maestro.
No
valían
ya
argumentos,
dispuesto
como
lo
estaba
a
hundir
mis
teorías
con
su
sonrisilla
sardónica.
¡Como
si
yo
fuera
un
intruso!
Como
si
defender
algo
que
estaba
fuera
del
alcance
de
su
mente
en
descomposición
fuese
un
insulto
a
la
ciencia
que
él,
naturalmente,
representaba.
Hasta
que
no
pude
más.
Me
sacó
de
quicio.
Le
di
con
la
campanilla
en
la
cabeza:
lo
malo
fue
que
el
badajo
se
le
clavó
en
una
fontanela.
No
se
ha
perdido
gran
cosa,
como
no
sean
sus
ojos
de
pescado,
colorados,
muertos.
§
SOYMODISTO.
No
lo
digo
por
halagarme,
mi
reputación
está
bien
cimentada:
soy
el
mejor
modisto
del
país.
Y
aquella
mujer,
que
se
empeñaba
en
que
yo
la
vistiese,
llegaba
a
su
casa
y
hacía
de
su
capa
un
sayo,
dicho
sea
con
absoluta
propiedad.
Sobre
aquel
traje
verde
se
echó
el
echarpe
de
tul
naranja
de
su
conjunto
gris
del
año
pasado,
y
guantes
color
de
rosa.
Até
disimuladamente
el
velo
a
la
rueda
del
coche.
El
arranque
hizo
lo
demás.
¡Que
le
echen
la
culpa
al
viento!
§
ME
DIJO
que
aquel
negocio
no
le
interesaba.
No
tengo
por
qué
aclarar
cuestiones
personales
que
nada
tienen
que
ver
con
el
caso.
Pero
me
aseguró
que
compraba
aquellos
calcetines
de
lana
más
baratos.
Y
no
podía
ser:
se
los
ofrecía
al
costo.
Se
los
saldaba
porque
tenía
necesidad
de
ese
dinero
con
gran
urgencia.
Y
me
salió
con
que
los
compraba
dos
cincuenta
más
baratos
por
docena.
Era
una
mentira
indecente.
Y
había
que
ver
con
qué
seguridad,
con
qué
seriedad
lo
aseguraba,
fumando
un
mal
puro.
Le
di
con
la
pesa
de
dos
kilos
que
estaba
sobre
el
mostrador.
ME
QUEMÓ,
duro,
con
su
cigarrillo.
Yo
no
digo
que
lo
hiciera
con
mala
intención.
Pero
el
dolor
es
el
mismo.
Me
quemó,
me
dolió,
me
cegué,
lo
maté.
No
tuve
—yo,
tampoco—
intención
de
hacerlo.
Pero
tenía
aquella
botella
a
mano.
MATÓ
A
SU
HERMANITA
la
noche
de
Reyes
para
que
todos
los
juguetes
fuesen
para
ella.
§
LOMATÉ
porque
me
dolía
la
cabeza.
Y
él
venga
hablar,
sin
parar,
sin
descanso,
de
cosas
que
me
tenían
completamente
sin
cuidado.
La
verdad,
aunque
me
hubiesen
importado.
Antes,
miré
mi
reloj
seis
veces,
descaradamente:
no
hizo
caso.
Creo
que
es
una
atenuante
muy
de
tenerse
en
cuenta.
§
SOY
VENDEDOR
de
lotería:
es
una
profesión
tan
decente
como
otra
cualquiera.
Estaba
seguro
de
que
aquel
18.327
iba
a
salir
premiado.
Corazonadas
que
tiene
uno.
Se
lo
ofrecí
a
aquel
joven
bien
vestido
que
estaba
parado
en
la
esquina.
Entre
otras
cosas,
era
mi
obligación.
Se
mostró
interesado
en
los
números
que
le
enseñaba.
Es
decir,
que
me
dio
pie.
Le
ofrecí
el
18.327.
Se
negó
suavemente.
Esa
no
es
manera.
Cuando
no
se
quiere
algo
se
dice
de
una
vez.
Yo
insistí:
era
mi
deber.
¿O
no?
Sonrió,
incrédulo,
como
si
estuviese
seguro
de
que
aquel
número
no
había
de
salir
premiado.
Si
yo
hubiese
creído
que
lo
que
quería
era
no
comprar,
no
hubiera
pasado
nada.
Pero
cuando
uno
se
interesa
ya
contrae
una
obligación.
Se
aglomeró
la
gente.
¿Qué
iban
a
pensar
de
mí?
Era
un
insulto.
Traté
de
defenderme.
Siempre
llevo
una
navajita,
por
lo
que
pueda
pasar.
La
verdad
es
que
aquel
billete
no
salió
premiado,
pero
sí
con
reintegro.
No
hubiera
perdido
nada:
el
7
es
un
buen
número
final.
§
PUEDEN
USTEDES
PREGUNTARLO
en
la
Sociedad
de
Ajedrez
de
Mexicali,
en
el
Casino
de
Hermosillo,
en
la
Casa
de
Sonora:
yo
soy,
yo
era,
muchísimo
mejor
jugador
de
ajedrez
que
él.
No
había
comparación
posible.
Y
me
ganó
cinco
partidos
seguidos.
No
sé
si
se
dan
ustedes
cuenta.
¡Él,
un
jugador
de
clase
C!
Al
mate,
cogí
un
alfil
y
se
lo
clavé,
dicen
que
en
el
ojo.
El
auténtico
mate
del
pastor…
¿QUÉ
QUIEREN?
Estaba
agachado.
Me
presentaba
la
popa
de
una
manera
tan
ridícula,
tan
a
mano,
que
no
pude
resistir
la
tentación
de
empujarle…
§
ELAVIÓNSALÍA
alasseis
cuarenta
y
cinco.
Le
dije
que
me
despertara
a
las
cinco.
Me
desperté
a
las
siete.
Lo
peor
es
que
aseguró
haberme
llamado.
Nunca
me
duermo
si
me
despiertan.
No
tenía
nada
que
hacer
en
Acapulco,
pero
se
emperró:
«Yo
le
llamé,
señor.
Yo
le
llamé».
Y
las
mentiras
me
sacan
de
quicio.
Le
hice
rebotar
la
cabeza
contra
la
pared
hasta
que
me
lo
quitaron
de
las
manos.
ERA
MÁS
INTELIGENTE
que
yo,
más
rico
que
yo,
más
desprendido
que
yo;
era
más
alto
que
yo,
más
guapo,
más
listo;
vestía
mejor,
hablaba
mejor;
si
ustedes
creen
que
no
son
eximentes,
son
tontos.
Siempre
pensé
en
la
manera
de
deshacerme
de
él.
Hice
mal
en
envenenarlo:
sufrió
demasiado.
Eso,
lo
siento.Yo
quería
que
muriera
de
repente.
LA
VERDAD,
creí
que
no
lo
descubrirían
nunca.
Sí:
era
mi
mejor
amigo.
En
eso
no
hay
duda:
y
yo
su
mejor
amigo.
Pero
estos
últimos
tiempos
ya
no
le
podía
aguantar:
adivinaba
todo
lo
que
yo
pensaba.
No
había
modo
de
escapar.
Aun
a
veces
me
decía
lo
que
todavía
pugnaba
por
tomar
forma
en
mi
imaginación.
Era
vivir
desnudo.
Lo
preparé
bien;
seguramente
dejé
el
cuerpo
demasiado
cerca
de
la
carretera.
§
SI
NODUERMO
ocho
horas
soy
hombre
perdido;
y
me
tenía
que
levantar
a
las
siete…
Eran
las
dos
y
no
se
marchaban:
repantigados
en
los
sillones,
tan
contentos.
Y
sabe
Dios
que
no
había
tenido
más
remedio
que
invitarlos
a
cenar.
Y
hablaban
por
los
codos,
por
las
coyunturas,
a
chorros,
lazándose
el
uno
al
otro
la
hebra,
enredándola
a
borbotones,
despotricando
de
cosas
insubstanciales,
y
venga
tomar
copas
de
coñac
y
otra
taza
de
café.
De
pronto,
a
ella
se
le
ocurrió
que,
un
poco
más
tarde,
podríamos
tomar
unas
sopas
de
ajo.
(Mi
cocinera
tiene
reputación).
Yo
no
podía
más.
Los
invité
a
cenar
porque
no
tenía
más
remedio,
porque
soy
una
persona
bien
educada.
Llegaron,
más
o
menos
puntualmente,
a
las
nueve
y
media,
y
eran
las
dos
de
la
mañana
y
no
tenían
trazas
de
marcharse.
Yo
no
podía
apartar
mi
pensamiento
del
reloj,
porque
mirarlo
no
podía,
ya
que
ante
todo
está
la
buena
educación.
Yo
me
tenía
que
levantar
a
las
siete,
y
si
no
duermo
ocho
horas
pasó
todo
el
día
hecho
un
guiñapo;
además
lo
que
decían
no
me
importaba
nada,
absolutamente
nada.
Claro
está
que
podía
haber
procedido
como
un
grosero
y
haberles
dicho
de
una
manera
o
de
otra
que
se
fueran.
Pero
eso
no
reza
conmigo.
Mi
mamá,
que
se
quedó
viuda
joven,
me
ha
inculcado
los
mejores
principios.
Lo
único
que
tenía
eran
ganas
de
dormir.
Lo
demás
me
importaba
poco.
No
es
que
tuviera
mucho
sueño:
pensaba
en
el
que
tendría
al
día
siguiente…
Mi
educación
me
impedía
simular
bostezos,
que
es
medida
corriente
en
personas
ordinarias.
Y
usted
por
aquí,
y
usted
por
allá…
y
aquél
y
el
de
más
allá.
El
gin
rommy,
el
ajedrez,
el
poker…
Ginger
Rogers,
Lana
Turner,
Dolores
del
Río
(odio
el
cine).
El
sábado
en
Cuernavaca
(odio
Cuernavaca).
¡Ay,
la
casa
de
Acapulco!
(en
aquel
momento
odiaba
Acapulco),
y
Mengano
perdía
tanto
y
tanto,
¿a
usted
qué
le
parece?
Austed,
a
usted,
a
usted…
Y
el
Presidente,
y
el
ministro,
y
la
ópera
(odio
la
ópera).
Y
el
casimir
inglés,
don
Pedro,
la
chamba,las
llantas.
Y
aquel
veneno
tan
parecido
de
color
al
coñac…
§
YO
NO
LO
SÉ.
Allá
ustedes.
Quizá
sean
de
una
pasta
distinta,
pero
yo
soy
así.
¡Qué
le
vamos
a
hacer!
Asumo
toda
la
responsabilidad.
Lo
único
cierto
es
que
aquel
día
yo
estrenaba
zapatos.
Si
fuésemos
a
analizar
las
cosas
el
verdadero
responsable
es
el
zapatero.
Yo
soy
un
hombre,
nada
menos
que
todo
un
hombre,
como
dijo
el
señor
Hoyos.
No
lo
aguanté.
Esto
está
claro.
Hay
dolores
que
no
se
resisten.
A
mí
me
operaron
una
vez
sin
anestesia:
porque
me
dio
la
gana.
Esa
es
otra
historia
que
no
tiene
nada
que
ver
con
esto.
La
verdad
es
que
yo
no
podía
más.
Esos
dolores
insidiosos,
que
ni
siquiera
son
dolores;
hipócritas.
Y
tomé
el
tranvía.
La
cosa
empezó
en
seguida:
me
pisó.
Sí,
me
pisó.
Me
pidió
perdón,
muy
atentamente.
Me
aguanté
y
no
pasó
nada.
Desde
luego
un
desconocido
que
le
pisa
a
uno
es
siempre
un
ser
antipático.
Un
momento
después
—creo
que
fue
a
la
parada
siguiente,
a
la
entrada
de
la
Calle
Mayor—
nos
empujaron
y
aquel
hombre
me
pisó
por
segunda
vez.
Esta
vez
no
me
pidió
perdón.
Pero
no
lo
pude
resistir.
Lo
zarandeé.
Entonces
me
pisó
por
tercera
vez.
Lo
demás
lo
saben
ustedes.
Tampoco
tengo
la
culpa
de
ser
representante
de
la
mejor
fábrica
americana
de
navajas
de
rasurar,
dejando
aparte,
que
soy
muy
hombre.
FICHA342.
Apellido
del
enfermo:
Agrasot,
Luisa.
Edad:
24
años.
Natural
de
Veracruz,
Ver.
Diagnóstico:
Erupción
cutánea
de
origen
probablemente
polibacilar.
Tratamiento:
Dos
millones
de
unidades
de
penicilina.
Resultado:
Nulo.
Observaciones:
Caso
único.
Recalcitrante.
Sin
precedentes.
Desde
el
decimoquinto
día
me
abrumó.
El
diagnóstico
era
clarísimo.
Sin
que
cupiese
duda
alguna.
Al
fracasar
la
penicilina
ensayé
desesperadamente
toda
clase
de
otros
remedios:
no
sabía
por
dónde
salir.
Me
trajo
de
cabeza,
de
día
y
de
noche,
semanas
y
semanas,
hasta
que
le
administré
una
dosis
de
cianuro
potásico.
La
paciencia
—aun
con
los
pacientes—
tiene
un
límite.
SOY
MAESTRO.
Hace
diez
años
que
soy
maestro
de
la
Escuela
Primaria
de
Tenancingo,
Zac.
Han
pasado
muchos
niños
por
los
pupitres
de
mi
escuela.
Creo
que
soy
un
buen
maestro.
Lo
creía
hasta
que
salió
aquel
Panchito
Contreras.
No
me
hacía
ningún
caso,
ni
aprendía
absolutamente
nada:
porque
no
quería.
Ninguno
de
los
castigos
surtía
efecto.
Ni
los
morales,
ni
los
corporales.
Me
miraba,
insolente.
Le
rogué,
le
pegué.
No
hubo
modo.
Los
demás
niños
empezaron
a
burlarse
de
mí.
Perdí
toda
autoridad,
el
sueño,
el
apetito,
hasta
que
un
día
ya
no
lo
pude
aguantar,
y,
para
que
sirviera
de
precedente,
lo
colgué
del
árbol
del
patio.
§
SALIMOS
A
CAZAR
patos
silvestres.
Me
agazapé
en
el
tollo.
¿Qué
me
empujó
a
apuntar
a
aquel
hombre
rechonchito
y
ridículo,
con
sombrero
tirolés,
con
pluma
y
todo?
§
EL
OFICIAL
MAYOR
de
la
Unión
de
Autores
Cinematográficos
me
devolvió
amablemente
mi
manuscrito:
—Lo
siento
mucho,
señor,
pero
la
comisión
de
registro
ha
dictaminado
que
su
argumento
no
se
puede
aceptar
porque
su
historia
es
idéntica
a
otra
que
registró
hace
un
mes
el
señor
Julio
Ortega.
—No
es
posible.
¡Esta
historia
se
me
ha
ocurrido
a
mí!
¡Es
mía!
—Según
dicen,
sólo
varía
el
título
y
unos
pequeños
detalles.
Era
imposible.
Era
una
historia
muy
buena,
completamente
original.
Seguramente
le
habría
gustado
a
alguno
de
los
componentes
de
esa
misteriosa
comisión,
y
decidió
apropiársela.
Apuré
mi
paciencia:
—¿Puedo
ver
el
argumento
del
señor
Ortega?
Me
lo
tendió
y
lo
hojee.
Efectivamente,
los
dos
asuntos
eran
muy
semejantes.
¡Pero
era
imposible
que
se
le
hubiese
ocurrido
a
él!
¡Aunque
lo
hubiera
registrado
antes
que
yo!
¡Así
lo
escribiese
antes
que
yo!
¡La
idea
era
mía
y
nada
más
que
mía!
¡Era
un
robo!
Así
lo
dije,
así
lo
grité.
No
lo
quisieron
comprender.
No
acertaron
a
darse
cuenta
de
que
el
tiempo
no
importa
absolutamente
nada
para
las
ideas.
Muy
pocas
gentes
saben
lo
que
es
poesía:
la
confunden
con
la
historia,
con
la
historia
falsa
que
inventan
para
satisfacer
sus
mezquinas
necesidades.
Yo
vi
cómo
cuchicheaban,
sonreían.
¡Botarates!
¡Hasta
me
sonrojé!
No
me
pongo
colorado
más
que
cuando
me
achacan
algo
falso.
Se
me
revolvieronlas
tripas.
Entonces
entró
el
señor
Ortega.
Era
un
hombre
completamente
vulgar,
a
quien
evidentemente
no
se
le
podía
haber
ocurrido
aquella
idea:
la
frente
estrecha,
la
panza
grande;
con
tipo
de
carnicero.
Lo
hice
con
la
plegadera,
pero
lo
mismo
hubiera
podido
ser
el
pisapapeles.
Sangró
como
un
cochino.
SOYUNHOMBREEXACTO,
nunca
llego
tarde
a
una
cita.
Es
mi
hobby.
Y
tenía
una
cita.
Tenía
una
cita
y
tenía
hambre.
La
cita
era
muy
importante.
Pero
aquel
camarero
tardó
tanto,
tanto
en
servirme,
y
yo
tenía
tanta,
tanta
prisa
y
me
contestó
de
una
manera
tan
lánguida,
tan
sin
querer
comprender
la
prisa
que
me
reconcomía,
que
no
tuve
más
remedio
que
darle
en
la
cabeza.
Ustedes
dirán
que
fue
desproporcionado.
Pero,
hagan
la
prueba:
entre
plato
y
plato
tardó
exactamente
diecisiete
minutos.
¿Ustedes
se
dan
cuenta
lo
que
son,
uno
tras
otro,
diecisiete
minutos
de
espera,
viendo
correr
la
aguja
del
reloj,
viendo
cómo
el
minutero
da
vueltas
y
más
vueltas?Yla
cita,
haciéndose
imposible.
Lo
malo,
desde
luego,
que
no
se
defendió.
No
quiero
recordarlo.
§
ERA
IMBÉCIL.
Le
di
y
expliqué
la
dirección
tres
veces,
con
toda
claridad.
Era
sencillísimo:
no
tenía
sino
cruzar
la
Reforma
a
la
altura
de
la
quinta
cuadra.Ylas
tres
veces
se
embrolló
al
repetirla.
Le
hice
un
plano
clarísimo.
Se
me
quedó
mirando,
interrogante:
—Pos
no
sé.
Y
se
alzó
de
hombros.
Había
para
matarlo.
Lo
hice.
Si
lo
siento
o
no,
es
otro
problema.
AQUELLA
SEÑORA
sacaba
a
pasear
su
perro
todas
las
mañanas
y
todas
las
tardes,
a
la
misma
hora.
Era
una
mujer
vieja
y
fea
y
evidentemente
mala.
Eso
se
notaba
a
primera
vista.
Yo
no
tengo
gran
cosa
que
hacer
y
me
gusta
aquella
banca.
Aquella
banca,
y
ninguna
otra.
Evidentemente
lo
hacía
adrede:
aquel
perrillo
indecente
era
el
animal
más
horrible
que
se
haya
podido
inventar.
Alargado,
con
pelos
por
todas
partes.
Me
olía,
reprobándome,
cada
día.
Luego
se
ensuciaba
en
mis
propias
narices.
La
vieja
le
llamaba
con
todos
los
diminutivos
posibles:
cariñito,
reyecito,
emperadorcito,
angelito,
hijito.
Estuve
pensándolo
durante
más
de
medio
minuto.
Al
fin
y
al
cabo
el
animal
no
tenía
ninguna
culpa.
Estaban
construyendo
una
casa
a
dos
pasos
de
allí,y
habían
dejado
un
fierro
al
alcance
de
mi
mano.
Le
di
a
la
vieja
con
todas
mis
fuerzas,
y
si
no
es
porque
tropecé
y
caí,
al
atravesar
la
calle,
nadie
me
hubiera
alcanzado.
LEPEDÍ
el
Excélsior
y
me
trajo
El
Popular.
Le
pedí
Delicados
y
me
trajo
Chesterfield.
Le
pedí
una
cerveza
clara
y
me
la
trajo
negra.
La
sangre
y
la
cerveza,
revueltas,
por
el
suelo,
noson
una
buena
combinación.
HABLABA,
Y
HABLABA,
y
hablaba,
y
hablaba,
y
hablaba,
y
hablaba,
y
hablaba.
Y
venga
hablar.
Yo
soy
una
mujer
de
mi
casa.
Pero
aquella
criada
gorda
no
hacía
más
que
hablar,
y
hablar,
y
hablar.
Estuviera
yo
donde
estuviera,
venía
y
empezaba
a
hablar.
Hablaba
de
todo
y
de
cualquier
cosa,
lo
mismo
le
daba.
¿Despedirla
por
eso?
Hubiera
tenido
que
pagarle
sus
tres
meses.
Además
hubiese
sido
muy
capaz
de
echarme
mal
de
ojo.
Hasta
en
el
baño:
que
si
esto,
que
si
aquello,
que
si
lo
de
más
allá.
Le
metí
la
toalla
en
la
boca
para
que
se
callara.
No
murió
de
eso,
sino
de
no
hablar:
se
le
reventaron
las
palabras
por
dentro.
NO
ME
PUEDO
CAMBIAR
de
piso.
No
tengo
dinero.
Además
allí
falleció
mi
mamá
y
soy
un
sentimental.
Pero
ustedes
no
saben
lo
que
es
una
sinfonola.
Un
monstruo
que
atraviesa
las
paredes
desde
las
siete
de
la
mañana
hasta
las
cinco
de
la
madrugada.
Ustedes
no
saben
lo
que
es
eso.
El
mismo
tango,
la
misma
canción.
Horas
y
horas,
sin
dejarlo
a
uno
dormir,
sin
dejarlo
a
uno
comer,
sin
dejarlo
a
uno
de
la
mano.
Comer
tango,
beber
canción,
y
no
dormir;
o
tener
el
sueño
roto,
atravesado,
retorcido
por
una
sinfonola.
¡Ay,
monstruo
verde,
amarillo
y
rojo!
Me
quejé;
escribí,
envié
instancias
a
todas
las
autoridades
habidas
y
por
haber.
No
me
hicieron
el
menor
caso.
Compré
una
bomba
de
mano
a
un
militar
amigo
mío.
Siento
mucho
la
suerte
del
cantinero,
sobre
todo
ahora
que
sé
que
era
huérfano
de
padre
y
madre.
Yo
espero
que
mi
mamacita
me
lo
perdone.
Lo
hice
por
ella:
no
me
puedo
mudar
de
casa.
SUCEDIÓ
ASÍ:
Estaban
casados
hacía
cuarenta
y
seis
años.
Los
hijos
se
les
casaron,
y
se
fueron;
otros
se
quedaron
a
medio
camino.
Cayeron
en
los
perros.
Tuvieron
siete,
a
lo
largo
de
casi
un
cuarto
de
siglo.
(Tenían
una
casa
vieja,
húmeda,
larga
y
estrecha,
con
olor
a
albañal,
que
no
percibían,
oscura).
Ninguno
de
los
canes
les
llegó
tanto
al
corazón
como
Julio,
un
faldero
blanco
y
sucio,
cariñoso
en
extremo,
que
se
pasaba
el
día
lamiéndoles
cuanto
alcanzaba.
Dormía
a
los
pies
de
la
cama
y,
tan
pronto
como
asomaba
la
primera
claridad
descolorida,
subía
a
despertarlos,
a
lengüetazos.
Un
día,
le
entraron
celos
a
la
vieja:
creyó
que
el
perro
prefería
a
su
cónyuge.
Calló,
padeció,
trató
de
atraer
al
can
con
triquiñuelas
y
golosinas;
pero
Julio
siguió
lamiendo
a
su
esposo
en
primer
lugar
y,
sin
duda,
con
predilección.
La
mujer
envenenó,
lentamente,
a
su
marido.
Se
dijo
que
el
perro
murióel
mismo
día
que
el
viejo,
pero
fue
licencia
poética:
le
sobrevivió
tres
años,
para
mayor
felicidad
de
la
buena
señora.
ME
SACÓ
siete
veces
seguidas
a
bailar.Yno
valían
argucias:
mis
padres
no
me
quitaban
ojo.
El
imbécil
no
tenía
la
menor
idea
de
lo
que
era
el
compás.
Y
le
sudaban
las
manos.
Y
yo
tenía
un
alfiler,
largo,
largo.
LO
MATÉ
porque
tenía
una
pistola.
¡Y
da
tanto
gusto
tenerla
en
la
mano!
ERRATA
Donde
dice:
La
maté
porque
era
mía.
Debe
decir:
La
maté
porque
no
era
mía.
§
HACÍA
UN
FRÍO
de
mil
demonios.
Me
había
citado
a
las
siete
y
cuarto
en
la
esquina
de
Venustiano
Carranza
y
San
Juan
de
Letrán.
No
soy
de
esos
hombres
absurdos
que
adoran
el
reloj
reverenciándolo
como
una
deidad
inalterable.
Comprendo
que
el
tiempo
es
elástico
y
que
cuando
le
dicen
a
uno
las
siete
y
cuarto,
lo
mismo
da
que
sean
las
siete
y
medía.
Tengo
un
criterio
amplio
para
todas
las
cosas.
Siempre
he
sido
un
hombre
muy
tolerante:
un
liberal
de
la
buena
escuela.
Pero
hay
cosas
que
no
se
pueden
aguantar
por
muy
liberal
que
uno
sea.
Que
yo
sea
puntual
a
las
citas
no
obliga
a
los
demás
sino
hasta
cierto
punto;
pero
ustedes
reconocerán
conmigo
que
ese
punto
existe.
Ya
dije
que
hacía
un
frío
espantoso.
Y
aquella
condenada
esquina
está
abierta
a
todos
los
vientos.
Las
siete
y
media,
las
ocho
menos
veinte,
las
ocho
menos
diez.
Las
ocho.
Es
natural
que
ustedes
se
pregunten
que
por
qué
no
lo
dejé
plantado.
La
cosa
es
muy
sencilla:
yo
soy
un
hombre
respetuoso
de
mi
palabra,
un
poco
chapado
a
la
antigua,
si
ustedes
quieren,
pero
cuando
digo
una
cosa,
la
cumplo.
Héctor
me
había
citado
a
las
siete
y
cuarto
y
no
me
cabe
en
la
cabeza
el
faltar
a
una
cita.
Las
ocho
y
cuarto,
las
ocho
y
veinte,
las
ocho
y
veinticinco,
las
ochoy
media,
y
Héctor
sin
venir.
Yo
estaba
positivamente
helado:
me
dolían
los
pies,
me
dolían
las
manos,
me
dolía
el
pecho,
me
dolía
el
pelo.
La
verdad
es
que
si
hubiese
llevado
mi
abrigo
café,
lo
más
probable
es
que
no
hubiera
sucedido
nada.
Pero
esas
son
cosas
del
destino
y
les
aseguro
que
a
las
tres
de
la
tarde,
hora
en
que
salí
de
casa,
nadie
podía
suponer
que
se
levantara
aquel
viento.
Las
nueve
menos
veinticinco,
las
nueve
menos
veinte,
las
nueve
menos
cuarto.
Transido,
amoratado.
Llegó
a
las
nueve
menos
diez:
tranquilo,
sonriente
y
satisfecho.
Con
su
grueso
abrigo
gris
y
sus
guantes
forrados:
—¡Hola,
mano!
Así,
sin
más.
No
lo
pude
remediar:
lo
empujé
bajo
el
tren
que
pasaba.
Triste
casualidad.
ME
GUSTA
EL
MENUDO.
Nada
me
gusta
tanto
como
el
menudo.
¿Hay
algo
más
sabroso?
¿O
no?
A
los
nueve
años
ya
se
tiene
conocimiento
de
eso.
Y
ese
niño
diciendo
que
no,
y
que
no.
Que
no
le
gustaba.
¡Si
ni
siquiera
lo
había
probado!
Y
molía,
insistiendo,
cerrada
la
boca,
los
labios
apretados,
penduleando
la
cabeza
a
derecha
e
izquierda.
No
quería
ni
una
probada.
Cuando
empezó
a
llorar,
no
me
aguanté.
Si
se
murió
de
la
paliza,
él
tuvo
la
culpa.
Ya
sé
que
el
que
fuera
hijo
mío
no
es
una
atenuante.
Pero
un
plato
de
menudo,
bien
en
su
punto,
casi
de
puro
libro,
con
ese
color
tan
sabroso,
y
aquel
niño
imbécil,
que
no
y
que
no,
por
pura
tozudez…
ME
LA
DEVOLVIÓ
rota,
señor.
Y
me
dio
una
penada…
Y
se
lo
había
advertido.
Y
me
la
quería
pagar,
la
muy…
Eso,
sólo
conla
vida.
§
¡Y
AQUEL
JIJO
CERRÓ
a
seises,
cuando
estaba
tan
claro
como
el
día
que
yo
tenía
la
última
blanca!
No
lo
volverá
a
hacer.
Y
se
decía
campeón
de
Tulancingo.
¿Para
qué
hablamos?
§
¡SI
EL
GOL
ESTABA
HECHO!
No
había
más
que
empujar
el
balón,
con
el
portero
descolocado…
¡Y
lo
envió
por
encima
del
larguero!
¡Y
aquel
gol
era
decisivo!
Les
dábamos
en
toditita
la
madre
a
esos
chingones
de
la
Nopalera.
Si
de
la
patada
que
le
di
se
fue
al
otro
mundo,
que
aprenda
allí
a
chutar
como
Dios
manda.
¡ERA
SAFE,
señor!
Se
lo
digo
por
la
salud
de
mi
madrecita,
que
en
gloria
esté…
Lo
que
pasa
es
que
aquel
ampáyer
la
tenía
tomada
con
nosotros.
En
mi
vida
he
pegado
un
batazo
con
más
ganas.
Le
volaron
los
sesos
como
atole
con
fresa…
§
DESDE
QUE
NACIÓ
aquel
escuincle
no
hacía
más
que
llorar,
a
mañana,
tarde
y
noche.
Cuando
mamaba,
cuando
no
mamaba,
cuando
le
daban
su
botella,
cuando
no
le
daban
su
botella;
cuando
lo
paseaban
y
cuando
no,
cuando
lo
dormían,
cuando
lo
bañaban,
cuando
lo
cambiaban,
cuando
lo
sacaban
de
la
casa,
cuando
lo
volvían
a
meter.
Y
yo
tenía
que
acabar
ese
artículo.
Había
prometido
entregarlo
a
las
doce.
Era
un
compromiso
ineludible
con
mi
compadre
Ríos.
Y
yo
soy
cumplidor.
Y
ese
escuincle
llora,
y
llora,
y
llora.
Y
su
mamá…
Bueno,
de
su
mama
mejor
no
hablamos.
Lo
tiré
por
la
ventana.
Les
aseguro
que
no
había
otroremedio.
HABÍA
TERMINADO
la
tarea,
no
crean
que
fue
cosa
fácil:
ocho
días
para
poner
en
limpio
aquel
plano.
A
la
mañana
siguiente
eran
las
pruebas
semestrales.
Y
aquel
pendejo,
que
va,
y
viene
a
llenar
su
grafio
en
mi
botella
de
tinta
china
y
la
deja
caer
sobre
mi
plano…
Fue
natural:
le
planté
el
compás
en
el
estómago.
ERA
LA
SÉPTIMA
VEZ
que
me
mandaba
copiar
aquella
carta.
Yo
tengo
mi
diploma,
soy
una
mecanógrafa
de
primera.
Y
una
vez
por
un
punto
y
seguido,
que
él
dijo
que
era
aparte,
otra
porque
cambió
un
«quizás»
por
un
«tal
vez»,
otra
porque
se
fue
una
v
por
una
b,
otra
porque
se
le
ocurrió
añadir
un
párrafo,
otras
no
sé
por
qué,
la
cosa
es
que
la
tuve
que
escribir
siete
veces.
Ycuando
se
la
llevé,
me
miró
con
esos
ojos
hipócritas
de
jefe
de
administración
y
empezó,
otra
vez.
«Mire
usted,
señorita…».
No
lo
dejé
acabar.
Hay
que
tener
más
respetocon
los
trabajadores.
§
RESBALÉ,
caí.
La
corteza
de
una
naranja
tuvo
la
culpa.
Había
gente,
y
todos
se
rieron.
Sobre
todo
aquella
del
puesto,
que
me
gustaba.
La
piedra
le
dio
en
el
meritito
entrecejo:
siempre
tuve
buena
puntería.
Cayó
espatarrada,
enseñando
su
flor.
SELEOLVIDÓ.Así
por
las
buenas:
se
le
olvidó.
Era
cuestión
importante,
tal
vez
no
de
vida
o
muerte.
Lo
fue
para
él.
—Hermano,
se
me
olvidó.
¡Se
le
olvidó!
Ahora
ya
no
se
le
olvidará.
§
¿PARA
QUÉ
TRATAR
de
convencerle?
Era
un
sectario
de
lo
peor,
cerrado
de
mollera
como
si
fuese
Dios
Padre.
Se
la
abrí
de
un
golpe,
a
ver
si
aprende
a
discutir.
El
que
no
sabe,que
calle.
§
LO
MATÉ
porque
no
pensaba
comoyo.
§
LA
CULPA:
del
pito.
Yo
trabajo
en
casa
y
oigo
el
silbidotres
calles
más
allá,lo
veo
crecer,
acercarse,
engrosar
llevando
las
esperanzas
a
su
colmo.
Entra
en
todas
partes:
en
el
5,
en
el
7,
en
el
9,
no
en
el
11
porque
no
existe,
resuena
en
el
13.
Todos
los
días.
Hacia
las
11
de
la
mañana
y
cerca
de
las
4
de
la
tarde.
Suplicio
que
no
deseo
al
peor
de
mis
enemigos,
si
es
que
los
tengo.
Sigue
lo
insufrible:
se
va
alejando,
cambia
de
acera
y
empieza
el
pito
a
menguar,
a
irse,
a
desaparecer,
del
18,
que
está
frente
a
mi
casa,
frente
a
su
casa
de
usted,
al
16,
al
14,
al
10
—no
hay
12
—
al
8,
al
4
—tampoco
hay
6
—
así,
hasta
que
dobla
por
Artes.
Si
estoy
en
el
baño,
que
da
a
la
parte
de
atrás,
lo
sigo
oyendo,
si
presto
atención,
hasta
que
llega
a
Sullivan.
Claro,
usted
no
está
en
casa
a
esas
horas;
además,
no
espera
cartas.
Ni
las
escribe
ni
las
recibe.
¿O
me
equivoco?
Los
que
reciben
cartas
tienen
cierta
sonrisa
que
no
engaña.
Dirá
que
yo
tampoco
tengo
cara
de
recibir
cartas.
Acierta,
pero
debiera
recibirlas.
Mi
hija
debiera
escribirme
como
tiene
obligación,
y
no
me
escribe.
No
tiene
idea
de
lo
que
es
esperar
una
carta
y
oír
llegar
la
marea…
Me
dirá
¿qué
culpa
tenía
el
cartero?
¿Quién
tocaba
el
pito?
¿Dios?
§
LO
MATÉ
por
idiota,
por
mal
pensado,
por
tonto,
por
cerrado,
por
necio,
por
mentecato,
por
hipócrita,
por
guaje,
por
memo,
por
farsante,
por
jesuita,
a
escoger.
Una
cosa
es
verdad:
no
dos.
§
LO
MATÉ
porque
era
más
fuerte
que
yo.
§
LO
MATÉ
porque
era
más
inerte
que
él.
§
ELLA
SABÍA
que
yo
sabía
que
ella
mentía.
Pero
juntaba
lo
verdadero
con
lo
falso,
encubriendola
intención:
—Eran
las
siete
—repetía
terca—.
Eran
las
siete.
Había
estado
en
la
librería,perono
a
las
siete,lo
sabía
de
la
mejor
tinta:
la
mía.
Yella:
—Eranlas
siete.
Pura
patraña.
La
rabia
me
consumía.
Algo
me
ataba
los
brazos:
los
bíceps
por
delante,
los
tríceps
por
detrás.
Agarrotado.
D
e
pronto
estalló,
se
rompieron
cadenas
y
me
libré.
No
braveo
ni
hago
locuras,
pero
fue
como
si
hubiera
salido
de
la
cárcel,
fuera
de
toda
servidumbre,
el
alma
en
limpio,
limados
los
grillos:
tan
ancho
como
la
tierra.
Le
quité
la
mentira
de
la
boca;
agarrotada.
Ahora,
ahora
sí,
lo
vi
en
mi
reloj
pulsera,
eran
las
siete
por
casualidad,
pero
eran
las
siete.
Lo
que
va
de
ayer
a
hoy.
LAMATÉ
porque
me
dolía
el
estómago.
§
LA
MATÉ
porque
le
dolía
el
estómago.
§
YO
HABÍA
ENCARGADO
mis
tacos
mucho
antes
que
ese
desgraciado.
La
mesera,
meneando
las
nalgas
como
si
nadie
más
que
ella
tuviera,
se
los
trajo
antes
que
a
mí,
sonriendo.
La
descristiané
de
un
botellazo:
yo
había
encargado
mis
tacos
mucho
antes
que
ese
desgraciado,
cojo
y
con
acento
del
norte,
para
mayor
inri.
ALGÚN
DÍA
los
hombres
descubrirán
que
el
sueño
vino
después.
Dios
no
duerme,
ni
Adán
dormía.
Los
infusorios
no
duermen,
ni
el
diplodocus
podía.
El
elefante
duerme
dos
horas
y
el
perro
todas
las
que
puede.
No
digo
más.
Él
hombre
duerme
para
olvidar
sus
pecados;
cada
día
más,
a
medida
que
ha
conquistado
la
noche.
No
digo
más.
Los
muertos
no
duermen.
Yo,
tampoco.
Al
que
duerme,
matarlo.
ME
DEBÍA
ese
dinero.
Prometió
pagármelo
hace
dos
meses,
la
semana
pasada,
ayer.
De
eso
dependía
que
llevara
a
Irene
a
Alicante,
sólo
ahí
podía
acostarme
con
ella.
Se
lo
había
prestado
para
dos
días,
sólo
para
dos
días…
§
SE
ENTERÓ
por
casualidad:
—Nose
lo
digas
a
nadie.
—¡No
me
conoces!
Le
faltó
tiempo
para
irse
de
la
lengua.
Se
la
arranqué.
Era
larguísima,
no
acababa
nunca
de
salir.
LO
HACÍA
adrede:
para
darme
en
la
cabeza.
Le
di
en
la
ídem.
Lo
entierran
dentro
de
un
momento.
Se
pegó
contra
algo
duro,
al
caer.
Como
hecho
adrede:
lo
estaba
deseando.
¿POR
QUÉ
HABÍA
de
emperrarse
así
en
negar
la
evidencia?
MATAR,
MATAR
sin
compasión
para
seguir
adelante,
para
allanar
el
camino,
para
no
cansarse.
Un
cadáver
aunque
esté
blando
es
un
buen
escalón
para
sentirse
más
alto.
Alza.
Matar,
acabar
con
lo
que
molesta
para
que
sea
otra
cosa,
para
que
pase
más
rápido
el
tiempo.
Servicio
a
prestar
hasta
que
me
maten;
a
lo
que
tienen
perfecto
derecho.
HABÍA
JURADO
hacerlo
con
el
próximo
que
volviera
a
pasarme
un
billete
de
lotería
por
la
joroba.
LAÚNICADUDA
quetuve
fue
a
quién
me
cargaba:
si
al
linotipista
o
al
director.
Escogí
al
segundo,
por
más
sonado.
Lo
que
va
de
una
jota
a
un
joto.
§
CUANDO
SE
EMBORRACHABA
lo
rompía
todo,
a
palos,
dando
vueltas.
Aquella
sopera
era
lo
único
que
quedaba
de
mi
mamá.
¡Que
hubiese
acabado
con
lo
demás,
pero
con
la
sopera,
no!
No
fue
con
un
pica-hielo,
señor:
con
la
plancha.
§
NO,
SI
YO
ME
IBA
a
suicidar.
Pero
se
me
encasquilló
la
pistola.
Juro
que
la
última
bala
era
para
mí.
¿Qué
más
daba
que
me
llevara
a
unos
cuantos
por
delante?
Allí,
desde
la
ventana,
no
se
me
escapaba
uno.
Me
recordaba
mis
buenos
tiempos
de
cazador.
¡SI
ERA
un
pobre
imbécil!
¿Qué
valía
de
él?
Su
dinero,
exclusivamente
su
dinero.
Y
ahí
está.
¿Entonces?
§
¿ME
VAN
A
ACUSAR
de
haber
matado
a
ese
troglodita
que
acaba
de
liquidar
a
sus
padres
y
a
su
abuela?
Si
hubiésemos
sido
veinte,
ni
quien
dijera
nada.
¿Ono?
¿Es
un
crimen
porque
lo
hice
solo?
No,
señor,
no.
MATAR
A
DIOS
sobre
todas
las
cosas,
y
acabar
con
el
prójimo
a
como
haya
lugar,
con
tal
de
dejar
el
mundo
como
la
palma
de
la
mano.
Me
cogieron
con
la
mano
en
la
masa.
En
aquel
campo
de
fútbol:
¡tantos
idiotas
bien
acomodados!
Y
con
la
ametralladora,
segando,
segando,
segando.
¡Qué
lástima
que
no
me
dejaran
acabar!
§
NO
SE
PUDO
dormir
hasta
acabar
de
leer
aquella
novela
policíaca
absurda,
lógica,
q
se
levant
fue
hasta
el
regre
Borrego,
Archibald
mayor
in
ignaridad
primeras
sexta
y
sé
DESUICIDIOS
«NO
SE
CULPE
a
nadie
de
mi
muerte.
Me
suicido
porque
de
no
hacerlo,
seguramente,
con
el
tiempo,
te
olvidaría.Ynoquiero».
A.
R.
SE
SUICIDÓ
porque
C.
hablómal
de
él.
§
«NO
SE
CULPE
a
nadie
de
mi
muerte».
Mentira,
siempre
se
suicida
uno
por
culpa
de
alguien.
«Nadie»
siempre
es
alguien.
§
¿QUIÉN
ES
«nadie»?
—
clamaba
el
Comisario.
§
—¿HAY
MÁS
crímenes
que
suicidios?
—Nolo
sé.
—En
el
teatro
¿hay
más
crímenes
que
suicidios?
—Antes
sí.
Amedida
que
la
humanidad
envejece
asesina
menos
y
se
suicida
más.
—Entonces
la
humanidad
envejeció
ya
varias
veces.
El
suicidio
es
paralelo
a
la
decadencia
de
las
civilizaciones.
—Hablamos
de
relaciones
individuales
—le
explicaron
al
Arzobispo,
que
se
acercaba.
La
gente
se
suicida
por
las
mismas
razones
que
asesina.
—No
es
cierto
—dijo
el
Arzobispo—
y
sé
algo
de
eso.
§
SUICIDARSE
en
seco.
§
SESUICIDA
unopor
todo.
§
¿QUIÉN
NO
se
ha
suicidado?
§
—DORMIRESSUICIDARSE
un
poco
cada
noche.
—Ustedes
soltero.
—¿Cómo
lo
sabe?
§
SE
SUICIDÓ
porque
no
le
salía
loque
debía
salirle.
§
FRENTE
A
TANTOS
«Crímenes
célebres»,
empastados
y
traducidos
a
todos
los
idiomas,
nadie
se
ha
atrevido
a
publicar
tomos
y
tomos
de
«Suicidios
célebres».
§
SE
SUICIDA
el
que
pierde,
por
ganar.
Sentido
exacto
de
ganar
por
la
mano.
§
SE
SUICIDA
uno
por
cualquier
cosa.
§
NADIE
SE
SUICIDA
por
equivocación
ni
por
ignorancia.
Morirse
es
otra
cosa,
aunque,
parezca
un
suicidio.
§
a
veces,
—EL
SUICIDIO
es
un
punto
de
partida.
—No
tienes
gracia.
ninguna
—Desde
luego
que
no
en
el
sentido
de
tiro
de
gracia.
—¡A
VER
SI
traes
buenos
frenos!
Y
se
tiró
bajo
el
coche.
LOSQUE
dicen:
—Dan
ganas
de
matarse.
—Dan
ganas
de
desaparecer.
—Dan
ganas
de
morirse,
no
se
suicidannunca.
§
SIEMPRE
SE
SUICIDA
uno
aculado.
§
TRABAJA
uno
hasta
matarse.
§
EN
TODO
suicidio
hay
un
asesino
que
nunca
es
el
suicida.
Otro
otro.
§
«LA
VI,
no
me
gustó.
Conque
¡hasta
más
ver!
(Si
no
loentienden,
lo
siento)».
§
«PUDE
DAR
VIDA,
luego
me
la
puedo
quitar.
Que
los
mantenga
su
abuela».
§
«NO
DEBÍ
haber
nacido.
¿O
es
que
los
padres
son
infalibles?
¿O
cada
coyunda
es
imagen
de
Dios?
Me
nacieron
en
un
tiempo
que
me
asquea.
Ustedes
lo
pasen
bien.
Yo,
sin
duda,
lo
pasaré
mejor».
«¿YAHORA
qué?»
«VOYAVER
qué
pasa».
§
«NO
TENGO
ninguna
razón
para
hacerlo,
pero
tampoco
para
nohacerlo».
§
«NO
PUEDO
dormir
sin
ti».
§
DE
BALBINO
LÓPEZ
D.,
comerciante:
«Me
mato,
señores,
porque
dos
y
dos
son
cuatro».
§
«AVER
si
adivinan.
Si
no,
tantoda».
§
«MESUICIDO
por
gustode
hacerlo».
«ME
SUICIDO
por
ver
la
cara
que
pondrá
Lupe,
su
mamá
yel
lechero».
«NO
BUSQUEN
a
la
mujer.
Precisamente
porque
no
la
hay
corto
el
hilo
de
mi
vida;
con
unas
tijeras
para
mayor
precisión».
§
«QUEDIOS
me
lo
tenga
en
cuenta».
NADIESABRÁ
quiénfue.
«ME
SUICIDO
por
envidia
de
Rafael.
No
lo
explico
porque
no
lo
comprenderán.
Es
una
raíz
vieja,
crecida
de
toda
la
vida,
que
me
duele
de
la
planta
de
los
pies
a
las
raíces
de
los
pelos.Ysi
creen
que
lo
hago
por
chiste:
créanlo».
NO
QUIERO
seguir
adelante,
nunca
podré
hacer
lo
que
hizo
mi
abuelo.
No
me
llamó
Dios
por
este
camino.
§
¿PARA
QUÉ
vivir
sin
comer
espárragos?
§
«NO
SE
REVIENTA
la
cuerda
por
lo
más
delgado.
Atestígüenlo».
Ya
no
sirvo
para
nada.
LLÁMANLO
EL
SUEÑO
eterno.
Como
padezco
horriblemente
de
insomnio,
pruebo.
§
DESPUÉSDETODO,
nada.
Me
mandó
al
demonio;
voy.
§
METO
reversa.
§
ME
SUICIDO
para
que
hablen
de
mí.
§
¡ADIVINEN,
JÓVENES,
ya
que
sontan
listos!
DE
GASTRONOMÍA
NO
HAY
NADA
como
comer
el
ojo
del
enemigo.
Revienta
entre
las
muelas
como
granote
de
uva,
con
gustitode
mar.
§
LAS
NALGAS
son
mejores
al
tacto
que
al
gusto,
más
duras
de
mascar
que
de
tentarrujar.
LE
GUSTABA
tanto
que
no
dejó
nada.
Le
chupó
hasta
los
huesos.
De
verdad
había
sido
bonita.
§
JUAN
FÁBREGAS
MONLEÓN,
fabricante
de
camisetas,
odiaba
ferozmente
a
Manuel
Santacruz
Ridaura,
fabricante
de
lo
mismo.
Fue
al
Congo,
se
trajo
dos
antropófagos
a
Barcelona.
Así
desapareció
completamente
Manuel
Santacruz
Ridaura.
Juan
Fábregas
Monleón
tuvo
hasta
el
día
de
sumuerte
repentina,
en
una
esquina
de
su
despacho,
en
una
vitrina,
colgado,
completo,
el
esqueleto
de
Manuel
Santacruz
Ridaura;
le
hacía
tanta
compañía.
—LE
COMERÍA
los
hígados
—dijo
Vicente.
No
pudo:
amargaban.
ESA
HORMIGA
odiaba
a
aquel
león.
Tardó
diez
mil
años
pero
se
lo
comió
todo,
poco
a
poco,
sin
que
él
se
diera
cuenta.
EPITAFIOS
DEL
BUENO:
No
se
enteró.
§
DEL
BOBO:
No
tuvo
enemigos.
DEL
TONTO:
Nunca
varió.
§
DEL
SOCIÓLOGO:
Se
equivocó.
§
DEL
METICHE:
Se
metía
en
todo.
Aquí
está
metido.
DE
CIERTO
FILÓSOFO:
Dio
lo
que
los
demás
y
se
lo
agradecieron
como
propio.
DE
UN
TIRANO:
Fue
a
lo
suyo
por
lo
tuyo.
DE
UN
ARTISTA:
Si
fue,
no
es.
Si
salvó
el
nombre,
tanto
da
lo
que
aquí
es:
fue.
§
DE
UN
MARICA:
Dio
lo
que
no
tenía.
§
DE
UN
ACHICHINCLE:
De
tanto
servir,
no
sirve.
DE
UN
ORADOR:
Para
él
no
cuenta
la
muerte:
Piltrafa,
sigue
siendo
lo
que
fue.
§
DE
DON
JUAN:
Mató
a
quien
quiso.
DEL
ORTODOXO:
No
abrió
el
pico.
DE
UN
RESIGNADO:
Siempre
abajo,
no
le
cogió
de
nuevo.
DE
ALEJANDRO
DUMAS
(hijo):
Aquí
vive
el
hijo
de
Margarita
Gautier.
DE
NIJINSKI:
Que
le
quiten
lo
bailado.
DE
UN
IMBÉCIL:
A
todo
dijo
que
sí.
§
MÍO:
No
pudo
más.
CONTRAEPITAFIO
Todo
o
nada.
Aquí
queda
eso.
§
ANEJO:
Crímenes
suprimidosenla
ediciónde
1968
—A
MI
MUJER,
señor,
le
pasaba
con
los
huevos
fritos
lo
que
con
los
hijos:
que
no
los
dejaba
en
paz.
La
diferencia
está
en
que
los
hijos
crecen
y
se
acomodan
solos,
mientras
que
los
huevos
fritos
(¿qué
se
puede
comparar
a
un
par
huevos
bien
fritos?)
se
los
come
uno
como
el
mejor
regalo
del
Creador.
La
cuestión
es,
como
en
todo,
el
punto.
Soy
albañil
y
sé
lo
que
me
digo
referente
al
punto
del
punto.
Lo
que
importa,
para
los
huevos,
es
la
cantidad
y
el
calor
del
aceite
en
el
que
se
echan
—partidos
y
vertidos
con
cuidado—
y
el
momento
justo
en
el
que
hay
que
sacarlos,la
clara
ya
abullonada
como
si
fuese
pasta
de
buñuelo.
Los
huevos
fritos
nunca
se
«apegan»
como
decía
ella.
No
diré
más,
gracias
a
Dios:
un
huevo
frito
con
la
yema
cubierta,
blanca
o
rota
ni
es
un
huevo
frito
ni
es
nada.
Que
la
quemadura
fuese
tan
grave,
¿quién
lo
podía
adivinar?
ME
ECHÓ
un
trozo
de
hielo
por
la
espalda.
Lo
menos
que
podía
hacer
era
dejarle
frío.
NOLOHICE
adrede.
—¿POR
QUÉ
se
me
va
a
acusar
de
haberle
matado
si
se
me
olvidó
de
que
la
pistola
estaba
cargada?
Todo
el
mundo
sabe
que
soy
un
desmemoriado.
¿Entonces,
yo
voy
a
tener
la
culpa?
¡Sería
el
colmo!
ELBALÓNERA
mío
y
muy
mío.
La
navaja,
no.
Pero
de
lo
que
se
trataba
era
del
balón.
§
PUEDEN
SABERSE
todas
las
lecciones
de
corrido,
papá,
pero
no
ser
tan
bizco…
Si
se
dio
con
un
canto…
TANTO:
señor
profesor,
señor
profesor…
Y
todo
por
hacerse
el
mono,
puro
cortejo,
puro
servicio,
puro
babeo.
¡Que
si
primero
fue
así,
que
si
primero
fue
asá!
Pero
el
colmo
fue
que,
por
las
buenas,
se
puso
a
copiar
y
a
negarse
a
prestárnoslo…
A
ver
si
lo
hace
ahora.
Se
quedó
como
un
palo,del
ídem.
§
YO
NO
QUISE
darle
tan
fuerte.
§
¡A
POCO
los
hijos
de
millonarios
tienen
algo
especial
en
la
cabezota!
§
A
MÍ,
MI
PAPÁ
me
dijo
que
no
me
dejara…
Y
no
me
dejé.
POR
MUCHO
que
fuese
mi
tía
María…
A
mí
nadie
me
encierra
en
casa
cuando
les
prometí
a
mis
cuates
que
iría
a
jugar
con
ellos.
Y
andimás
cuando
no
tienen
ningún
delantero
centro
como
yo…
Pero
que
ni
soñarlo.
Que
la
empujé
un
poco
demasiado
fuerte…
La
culpa
no
es
mía.
No
tenía
más
que
agarrarse
un
poco
más
fuerte
al
barandal
de
la
escalera.
Además,
siempre
estaba
espiándome.
De
verdad
que
no
me
quería.
Siempre
diciéndole
a
mi
mamá…
¡TOTAL
PORQUE
LE
METÍ
una
ranota
de
nada
en
el
bolsillo!
Si
pegó
un
salto,
salió
corriendo,
tropezó
y
se
rompió
la
cholla,
¿qué?
¿A
qué
tanta
pregunta?
¡SÍ,
LE
DIJE
a
la
recondenada
que
el
chocolate
quemaba!
§
YO
NOSALGO
haciendo
el
ridículo
y
menos
con
aquella
chamarra
verde.
Lo
menos
me
hubiera
dicho
el
Pipi
es:
¡Marica!
clavarle
hondo…
Yo
no
la
agujota
quería
tan
A
MI
§
HERMANA
—de
verdad,
de
verdad—
nunca
la
pude
tragar.
A
MÍ
NADIE,
y
ése
menos
que
nadie,
me
hace
trampas,
señor.
Claro
que
ahora
ya
no
se
las
hará
a
nadie…
§
LO
QUE
IMPORTA
es
conseguir
y
tener
paz
entre
los
hombres.
Si
para
lograrlo
hay
que
llegar
a
esto
(e
hizo
un
gesto
que
abarcaba
toda
la
plaza),
¡qué
le
vamos
a
hacer!
§
LA
MATÉ
por
no
darle
un
disgusto.
§
ME
DIJO
que
lo
publicaría
en
mayo,
luego
en
junio,
después
en
octubre.
Pasó
el
invierno,
con
la
primavera
se
me
revolvió
la
sangre,
¡era
mi
segundo
libro!
El
decisivo.
Que
lo
fuera
para
el
joven
editor,
lo
siento.
Pero
me
lo
agradecerán
muchos
y,
seguramente,
llamará
la
atención
y
será
una
buena
publicidad.
§
LO
ENVENENÉ
porque
quería
ocupar
su
puesto
en
la
Academia.
No
creí
que
nadie
lo
descubriera.
¡Tuvo
que
ser
ese
novelista
de
mierda
que,
además,
es
comisario
de
policía!
ME
LLAMÓ
tarado.
Yo
no
le
consiento
a
nadie
que
le
falte
a
mi
madrecita.
Doscrímenes
barrocos
MIRE,SEÑOR,
no
vaya
a
ir
en
contra
de
mis
ideas.
No
lo
tolero.
Yo
acepto
las
suyas:
para
usted.
Se
las
queda,
las
mastica,
las
digiere,
las
expulsa
si
a
tanto
le
lleva
su
gusto.
En
general,
los
hombres
desde
hace
un
par
y
pico
de
siglos
creen
que
son
lo
mejor
de
la
humanidad.
El
non
plus
ultra.
OK.
Allá
ellos.
Yo
estoy
convencido
de
lo
contrarío,
de
que
todos
somos
unos
hijos
de
la
chingada
por
el
hecho
mismo
de
ser
hombres.
Hace
mucho
que
quedó
probado
que
el
hombre
ha
llegado
a
domesticar
la
naturaleza
a
fuerza
de
mala
leche,
ingratitud,
instintos
asesinos,
palos,
pedradas,
machetazos,
tiros,
hipocresía,
asesinatos
a
mansalva,
imposición
de
la
esclavitud.
Cualquier
hombre,
por
el
hecho
de
serlo,
es
un
hijo
de
puta.
No
discuto
que
otros
piensen
de
manera
distinta.
Para
mí,
el
imbécil
mayor
—suizo
tuvo
que
ser—
fue
Juan
Jacobo
Rousseau.
Con
estas
ideas,
¿qué
de
extraño
tiene
que
yo
sea
una
buena
persona?
Que
matara
a
don
Jesús,
no
tiene
nada
de
particular:
no
le
debía
un
céntimo
a
nadie.
§
PIENSO,
LUEGO
SOY,
dijo
el
hombre
famoso.
Los
árboles
de
mi
jardín
son,
pero
no
creo
que
piensen,
con
lo
que
se
demuestra
que
el
señor
Renato
no
estaba
en
su
sano
juicio
y
que
lo
mismo
sucede
con
otros
seres:
mi
suegro
por
ejemplo:
es
y
no
piensa,
o
mi
editor
que
piensa
y
no
es.
Y
si
lo
ponemos
al
revés,
tampoco
es
cierto.
No
existo
porque
pienso
ni
pienso
porque
existo.
Pensar
es
cierto,
existir
es
un
mito.
Yo
no
existo,
sobrevivo,
vivir
—lo
que
se
dice
vivir—
sólo
los
que
no
piensan.
Los
que
se
ponen
a
pensar
no
viven.
La
injusticia
es
demasiado
evidente.
Bastaría
pensar
para
suicidarse.
No;
don
Descartes:
vivo,
luego
no
pienso,
si
pensara
no
viviría.
Hasta
se
podría
hacer
un
bonito
soneto:
Pienso
luego
no
vivo,
si
viviera,
no
pensara,
señor…,
etc.,
etc.
Si
para
vivir
se
necesitara
pensar,
estábamos
lucidos.
Pero,
en
fin,
si
ustedes
están
convencidos
de
que
así
es,
soy
inocente,
totalmente
inocente
ya
que
no
pienso
ni
quiero
pensar.
Luego
si
no
pienso
no
soy
y
si
no
soy
¿cómo
voy
a
ser
responsable
de
esa
muerte?
MAX
AUB
MOHRENWITZ
(París,
2
de
junio
de
1903México
D.F.,
22
de
julio
de
1972).
Escritor
español
de
origen
francés.
Toda
su
obra
la
escribe
en
español,
cultivando
diferentes
géneros:
narrativa,
teatro
y
poesía.
Siendo
un
niño,
su
familia
—padre
alemán
y
madre
francesa—
se
traslada
a
España
por
motivos
de
trabajo
y
en
medio
de
la
I
Primera
Guerra
Mundial
se
establece
en
Valencia,
donde
Max
cursa
el
bachillerato.
Recibe
una
educación
muy
rica
y
cosmopolita
y
desde
niño
destaca
por
su
facilidad
para
aprender
idiomas.
Al
terminar
sus
estudios
recorre
el
país
como
viajante
de
comercio
y
al
cumplir
los
veinte
años
decide
adoptar
la
nacionalidad
española.
Es
famosa
la
frase
de
Max
Aub:
«se
es
de
donde
se
hace
el
bachillerato».
En
los
años
20
es
afín
a
la
estética
vanguardista
y
gracias
a
su
trabajo
como
viajante
asiste
a
tertulias
de
Barcelona
de
los
vanguardistas
de
la
época.
Durante
esta
época
empieza
a
escribir
teatro
experimental:
El
desconfiado
prodigioso,
Una
botella,
El
celoso
y
su
enamorada,
Espejo
de
avaricia
y
Narciso.
De
ideas
socialistas,
durante
la
guerra
civil
se
compromete
con
la
República
y
colabora
con
André
Malraux
en
la
película
Sierra
de
Teruel
(Espoir).
Al
terminar
la
contienda
se
exilia
a
París,
pero
preparando
su
marcha
a
México
le
detienen
y
es
recluido
en
diferentes
campos
de
concentración
de
Francia
y
del
norte
de
África.
Gracias
a
la
ayuda
del
escritor
John
Dos
Passos,
tras
tres
años
de
encarcelamiento
consigue
embarcar
para
México.
Se
gana
la
vida
gracias
al
periodismo,
escribiendo
en
los
diarios
Nacional
y
Excelsior,
y
también
en
el
cine
ejerciendo
de
autor,
coautor,
director,
traductor
de
guiones
cinematográficos
y
profesor
de
laAcademia
de
Cinematografía.
En
1944
es
nombrado
secretario
de
la
Comisión
Nacional
de
Cinematografía.
Durante
estos
años
escribe
San
Juan
y
Morir
por
cerrar
los
ojos
y
estrena
su
obra
de
teatro
La
vida
conyugal
con
gran
éxito.
Desde
mediados
de
los
50
viaja
por
Estados
Unidos
y
Europa
pero
sin
poder
entrar
en
España,
desarrollando
activamente
en
estos
años
su
actividad
literaria,
periodística
y
cineasta.
En
1969
por
fin
se
le
permite
entrar
en
España
y
recupera
parte
de
su
biblioteca
personal,
que
estaba
en
la
Universidad
de
Valencia.
A
su
vuelta
a
México
sigue
con
sus
estudios
de
la
figura
de
Luis
Buñuel;
posteriormente
participa
como
jurado
en
el
festival
de
Cannes,
da
conferencias
por
todo
el
mundo
y,
tras
otro
viaje
a
España,
muere
en
1972
en
México.
Desde
1987
se
entregan
los
Premios
Internacionales
de
Cuento
Max
Aub,
otorgados
por
la
Fundación
que
lleva
sunombre.
Notas
[1]
Sólo
este
párrafo
—no
la
posdata
entera—
fue
añadido
en
1968.
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