Caso Presentado por Hugo Bleichmar. Sandler´s Conference.
Buenos Aires. 11 de Mayo de 2019
Copiado exclusivamente para trabajo practico supervisado
Asignatura Clínica de Adultos en FPP. UCA. Marcelo Noël, Fernanda Pereyra
Es una mujer de alrededor de 60 años que vino a la consulta por una depresión
que fue clasificada en un departamento de psiquiatría como depresión mayor. 8 meses
antes, su matrimonio de 35 años colapsó cuando el marido le dijo que no quería vivir
más con ella. Los intentos del marido en esa dirección habían sido reiterados pero
nunca habían llegado a concretarse. Ahora se había ido a vivir con otra mujer. Mi
paciente quedó desolada. Su estado era de tal tristeza que provocaba en mí algo que
en cualquier persona, más allá de que fuera terapeuta, genera una necesidad de apoyar,
de calmar. Pero sabía que si solo la apoyaba ello reforzaría su narrativa de ser una
víctima con una fuerte tonalidad paranoide. Traté que pudiéramos explorar los
múltiples matices de lo que sentía. La pérdida del marido había conmocionado sus
múltiples sistemas motivacionales. Para intentar que el mundo de reproches al marido
que cubría todas las sesiones, sin que hubiera ninguna apertura a algo más profundo, le
pedí si podía recordar algún sueño. Me dijo que no pero a la sesión siguiente me contó
el fragmento de uno: la escena consistía un escaparate de una tienda en que sólo había
un maniquí al que miraba la gente que pasaba. Le pregunté cómo sentía ella que la
gente la miraba. Apareció su sentimiento de humillación. Estuvimos varias sesiones
relacionando esto con como ella siempre tomaba a los demás como referencia de lo
que ella era. Pero esto era sólo un aspecto. También estaba asustada, lo que se hizo
evidente ante la angustia que sintió cuando tuvo que hacer un trámite simple, me pidió
consejo para algo que yo sentí que ella sí tenía los recursos para resolverlo. El marido
había sido para ella alguien vivido como aquel que la protegería de cualquier amenaza.
También su pérdida supuso un trastorno en el sentimiento de sí misma. Los
intercambios con él, a lo largo de tantos años, hicieron que anta su ausencia le faltase
una forma de ser: ciertos rasgos, actitudes, sentimientos que sólo podían existir si el
otro estaba para posibilitarlos. Me dijo que se sentía extraña. Le dije que la entendía,
que extrañaba no sólo al marido sino algo de ella que sin él no se activaba, no existía.
Fue un punto de inflexión. Lo que ahora estaba en juego en la sesión era el análisis del
sentimiento de sí misma. Ese sentimiento tan difícil de poner en palabras que tenemos
de nosotros cuando vivimos, hacemos algo, cuando caminamos y sentimos nuestro
cuerpo, cuando pisamos el suelo, o hablamos con cierto tono de voz que nos hace
sentir que somos ese que está hablando. Trasfondo de todas nuestras experiencias que
la expresión sentimiento de ser uno trata de captar de alguna manera.
El clima entre nosotros era de compenetración, ella se sentía entendida y yo recogía
una imagen gratificante de mí: era alguien capaz de identificarme con el dolor de ella,
de acompañarla, y de profundizar en la comprensión de ciertas capas de sus
sentimientos. En síntesis, satisfacción narcisista de sentirme buena persona y analista.
Pero esta exploración de su mundo interno se interrumpió cuando surgió el tema de la
separación económica. Volvió al discurso monocorde de la primera época: ella la
esposa abnegada, él el traidor, causante de una separación en que todo supuestamente
iba bien hasta el momento de la traición. Entonces apareció una necesidad en ella de
que yo también me indignase contra el marido. “No le parece una barbaridad lo que él
quiere?” Yo sentía su presión. No le bastaba que yo le hablase de su necesidad de
sentir que yo compartiera sus sentimientos. La conducta de su marido no tenía para
ella ni explicación ni justificación. No había apertura a que pudiera penetrar en los
sentimientos de él. Le dije que cuando el dolor es tan grande sólo se puede sentir ese
dolor y que es difícil salir de uno y ver lo que el otro puede estar sintiendo, que eso es
natural tratando así de legitimar su autocentramiento pero abriendo a que pudiera
captar al otro. Mi tono fue de cercanía emocional pero la reacción de ella fue
inmediata: “¿Qué quiere decir, que lo único que falta ahora es que yo lo comprenda”.
“Al final Ud. es un hombre y piensa como todos los hombres”. Me sentí incómodo,
acorralado, obligado a que le dijera explícitamente que el marido era un canalla. El
nivel de agresividad hacia mí fue creciendo.
Algo del clima mágico entre nosotros se rompió, su despedida fue fría. A la sesión
siguiente me dijo que nunca habría esperado algo así de mí, que yo como hombre me
ponía del lado del marido. Se había roto en ella la expectativa de un vínculo con una
figura imaginaria en que yo era totalmente incondicional, alguien que compartía su
visión y sus sentimientos. Le dije que comprendía lo que sentía, que todos necesitamos
alguien incondicional. Con la palabra “todos” traté que no se sintiera acusada, que su
reacción me parecía entendible. Eso mejoró algo el clima pero una vez rota mi imagen
de incondicionalidad, ella empezó a cuestionarme. Al principio de una manera
encubierta, progresivamente con mayor hostilidad. Poco a poco nada le parecía bien,
no sólo que le decía sino mi tono de voz, ni mi silencio ni el momento en que yo
intervenía. Ella tomaba lo que ella decía y sentía como si fueran realidades universales
más allá de cualquier condición emocional de ella. Tomé la línea de que ella pudiera
ver sus sentimientos y cómo a partir de ellos surgían sus pensamientos, lo que creía.
No me limité a hablarle de su enojo, le indicaba que ese enojo era una parte de sus
sentimientos, su reacción a un deseo profundo de tener una buena, cariñosa relación
conmigo. Yo me sentía acosado, sin espacio de libertad para poder ser yo mismo,
comunicarme honestamente. A pesar de sus críticas, no faltaba a ninguna sesión. Si yo
tenía que suspender alguna buscaba que se la repusiera. En una oportunidad ella tuvo
que anular dos sesiones por un viaje para ver a la hija que vivía en otra ciudad. El
alivio que sentí fue muy claro. Entendí al marido que se había ido. Pensé que tenía que
mostrarle claramente lo que estaba pasando en nuestra relación, cómo ella me alejaba.
Vino a mi cabeza la idea de hacer una confesión contratransferencial pero el pudor e
incomodidad que tenemos todos los analistas con formación clásica a la confesión
contratransferencial me lo impedía. Lo que sí pude decirle es si ella, que estaba
centrada en su frustración, dolor e indignación podía salir de ella y pensar cómo me
sentía yo. El desconcierto fue total. Acostumbrada en el tratamiento a que ella y yo
estuviéramos centrados en lo que ella sentía, en la causa de sus sentimientos, en la
historia de ella, que el foco, aunque transitorio, pudieran ser mis sentimientos estaba
por fuera de su horizonte mental. Me dijo defensivamente, que yo era un profesional y
que estaba preparado para no sentirme afectado. Le dije que sí, que era un profesional
pero que por encima de todo era una persona, si ella podía hacer un esfuerzo en estar
conectada con sus sentimientos pero también captar lo que yo pudiera sentir. Me
contestó, lacónicamente, “Incómodo”. No me contenté con esa palabra tan nebulosa.
La encaminé a que superpusiera sobre mí las experiencias que ella tenía cuando se
sentía cuestionada.
Recién a partir de esa elaboración pudimos ir a ampliar la comprensión de lo que había
sucedido en la relación con el marido: necesidades narcisistas de amor incondicional,
del otro a su total servicio, frustración cuando esas expectativas no se cumplían, rabia
coercitiva para tratar de forzar en el otro no sólo la conducta sino los sentimientos que
ella quería, alejamiento del otro, más sufrimiento, incremento de la rabia hasta
producir lo temido, el abandono, y la depresión como consecuencia
Esta forma de reaccionar la paciente estaba en relación con un padre autocentrado,
incapaz de empatía, de ponerse en el lugar del otro. Figura que había sido magnética
para la paciente. Trabajé con ella cómo era la incorporación de lo que el padre
esperaba como comportamiento de los demás hacia él lo que dominaba su mundo
emocional, sus creencias inconscientes acerca de cómo los demás tenían, enfatizo
tenían, que sentir y reaccionar ante sus necesidades.
Todo esto amplió notablemente la comprensión de la paciente acerca de cómo entraba
en un automatismo que le hacía perder relaciones que eran importantes para ella. Pero
hubo algo que permitió entrar en niveles más profundos de su mente y que iban más
allá de la comprensión emocional de mecanismos o procesos automáticos. Soñó que
era como si ella fuera pequeña, estaba en un gran salón con su madre y mucha gente.
Era algo raro: sentía enorme bienestar, ella y su madre estaban como aisladas de todos
los demás, nada de lo que hacían o hablaban los demás llegaba hasta ellos, a pesar de
estar a pocos metros. Dijo que era desconcertante esa sensación de que los demás
estaban pero no existían para ellos. No se sabía cómo pero la madre tiene un juguete y
juega con ella. El sentimiento de bienestar era lo más presente. La madre le acerca el
juguete, ella se lo devuelve, la madre se lo vuelve a acercar, y esto se repite. Esto una
y otra vez. Después de contarme el sueño hubo un silencio, yo me sentí bien y
entonces sin saber de dónde surgió le dije que en ella había un deseo profundo de
unión, con mamá, con el marido, conmigo, que ese era el anhelo más profundo y que
cuando no se daba, recién entonces aparecía e dolor y la rabia coercitiva. que yo y ella
habíamos estado viendo la rabia y sus consecuencias pero que la niña amorosa había
permanecido oculta. Se largó a llorar. Yo me sentí mal, y todavía conservo el recuerdo
de ese malestar de que mi énfasis en su narcisismo y hostilidad me hubiera hecho
descuidar a la niña amorosa, deseos de una relación tierna, y del dolor profundo que
daba lugar a rabia cuando sentía que eso se perdía.