ENSAYOS
Demolition Man
La película que predijo el futuro
19 OCTUBRE, 2023 POR ROBERTO H. ROQUER | TIEMPO DE LECTURA: 14 MINUTOS
Usando los códigos del cine de acción, la sátira y el
carisma de Sylvester Stallone, la película de Marco
Brambilla recupera las inquietudes de «Un mundo feliz»
para adaptarlas a la época actual y demostrar lo
vigentes que todavía están.
Cuando se estudia la caída del Imperio Romano y el
advenimiento de la Edad Media, los libros de texto
generalmente recalcan cómo la mayor cantidad de la
población europea pasó súbitamente de estar compuesta
por ciudadanos libres, propietarios de sus propias tierras
y con plenos derechos políticos, a meros siervos al
servicio de sus señores feudales. Pero esta
transformación no ocurrió realmente así, sino que fue un
proceso mucho más gradual. Primero, una serie de
caudillos provinciales decidieron apropiarse de los
poderes que hasta el momento pertenecían al gobierno
central de Roma (cobro de impuestos, obras públicas,
seguridad, etc). Y esto a nadie le importó demasiado.
¿Qué tenía de malo, a fin de cuentas? Al hombre de a pie
poco le importaba quien mandara y poco cambió su vida
después de esto. Unas cuantas generaciones después,
estos señores empezaron a olvidarse de las antiguas leyes
romanas para, en cambio, dictar sus propias leyes y, además ser ellos mismos jueces, jurados y verdugos,
dictaminando quien era inocente o culpable en cualquier pleito. ¿Pero era esto realmente un problema tan
grande? A fin de cuentas, poco de leyes sabía el campesino corriente y mientras le dejaran seguir con su vida
normal, lejos le quedaban esas cosas de leyes y edictos. Pasaron algunos siglos, y se encontraron esos
campesinos con que para poder seguir gozando de la protección de los señores, debían cederles o venderles
sus tierras y propiedades. Naturalmente, los campesinos podían, en la práctica, seguir trabajándolas sin
cambio alguno, solo tenían que pagar una pequeña cantidad casi simbólica en concepto de arrendamiento
que bien valía a cambio la protección del señor. Tampoco era un gran cambio, nada por lo que mereciera la
pena alarmarse ¿verdad? Poco después, cuando los señores comenzaron a imponer tributos abusivos a los
campesinos, obligarles a trabajar y prohibirles desplazarse a otros territorios, dictar leyes abusivas de forma
constante y quitarles las tierras si se oponían, fue cuando los verdaderos peligros de las cesiones antes
descritas se hicieron evidentes. Lamentablemente, para ese momento ya era tarde. Pero de la tragedia de los
siervos medievales podemos sacar los ciudadanos del s. XXI una valiosa lección: el verdadero enemigo de tu
libertad no es (solamente) quien te la quiere quitar por la fuerza, también quien usa la persuasión y el
adoctrinamiento para que dichas libertades sean vistas más como una carga que como un derecho y, por lo
tanto, las cedas voluntariamente. Sobre esos peligros, no sin una buena dosis de acción, un toque de humor
y bastante sátira, nos alerta la película Demolition Man (Marco Brambilla, 1993)
La película nos cuenta la historia de Joe Spartan, un policía de los noventa que es criogenizado como
castigo por un delito que nunca cometió junto con su némesis, el peligroso asesino Simon Phoenix. Después
de que este último se escape en el año 2032, donde se encuentra una sociedad aparentemente idílica, sin
criminalidad y altamente pacífica y regulada por el estado en donde campar a sus anchas, el departamento
de policía decide descongelar a Spartan para que, usando sus técnicas de la vieja escuela, de caza a este
criminal con la ayuda de la oficial Lenina Huxley. A medida que le persigue, no obstante, Spartan descubrirá
que la liberación de Phoenix no es más que la pieza de una conspiración por parte del líder de esta nueva
sociedad, el Dr. Cocteau, para hacerse con el poder absoluto y crear su versión de un mundo ideal.
El mejor halago que puede hacerse a la presente película es que se trata, sin duda, de la mejor (y más
involuntaria) adaptación cinematográfica de la novela de Huxley Un mundo feliz a pesar de,
paradójicamente, no estar basada en dicho libro (aunque sí profundamente inspirada). El mundo distópico
que se nos propone en Demolition Man presenta una sociedad altamente moralizada en la que un
determinado sistema de valores ha sido impuesto no mediante la fuerza mas mediante la persuasión. Los
habitantes de esta sociedad han cedido paulatinamente y de manera aparentemente voluntaria parcelas de
su propia libertad llegando hasta el punto de que la intimidad misma ha sido abolida (así como el sexo, la
libertad de expresión, la carne roja, el consumo de alcohol o tabaco, etc.) y desde el poder político se toman
casi todas las decisiones vitales por la ciudadanía.
Sin embargo, esto no lo hace menos sino más autoritario, dado que, a diferencia de lo que ocurre en los
totalitarismos tradicionales, en el caso de San Ángeles nos encontramos ante un sistema político que
extiende su poder hacia dentro de los habitantes mismos, transformándolos en sus propios carceleros a
través de la imposición cultural de sus valores y de la estigmatización de cualquier disensión. Al igual de lo
que ocurre, por ejemplo, con la Neolengua en 1984, en el caso de Demolition Man asistimos a un sistema
político que basa su autoridad en la eliminación a nivel psicológico de cualquier idea opositora. La opresión
ejercida sobre la población en esta sociedad aparentemente utópica casi nunca es violenta y en su lugar
recurre a un autoritarismo blando para imponer sobre la ciudadanía un profundo adoctrinamiento
liberticida.
Es en su capacidad para usar el lenguaje del cine de acción para invitar a reflexiones filosóficas donde
radica la magia que la ha transformado en una pequeña obra de culto.
Cocteau recurre a la extirpación de la violencia para crear una sociedad incapaz de usarla tanto de forma
irresponsable (crimen) como responsable (autodefensa), y por lo tanto altamente vulnerable, indefensa y
dependiente de su poder político. La relación directa entre lo incapaz de usar la violencia por parte de la
población y lo manejable de la misma se plasma en la utópica ciudad de San Ángeles mostrando a una
ciudadanía infantilizada e inofensiva en la cual su indefensión física ha llevado también a una indefensión
mental e ideológica que neutraliza cualquier posible amenaza de dicha ciudadanía para el statu quo. Pero la
mayor utilidad de una población tan absolutamente indefensa es la facilidad con la que el poder político es
capaz de introducir elementos disruptivos (en este caso un criminal) con los que asustar y, por ende, manejar
a la población (algo que no suena muy distinto al uso de la doctrina del Shock entre las poblaciones
hispanoamericanas durante la Operación Condor, por poner un ejemplo). Estos métodos de control social no
están tan alejados de lo que vemos hoy en día en nuestro propio mundo, desde unos medios de
comunicación y redes sociales constantemente tratando de idiotizar e infantilizar a la población hasta un
poder político siempre deseoso de usar cualquier crisis para recortar las libertades individuales de la
población, siempre con todo tipo de presuntas (y cuestionables) justificaciones éticas.
Observamos además que muchas de las restricciones a la libertad de la ciudadanía (como puede ser la
casi comédica prohibición de decir palabras malsonantes), a pesar de justificarse en la empatía o el bien
común, rara vez existen para protegerla de ningún peligro concreto, sino para perpetuar y reforzar el control
sobre la población, para eliminar cualquier comportamiento que exista al margen del propio sistema. Eso no
significa que el sistema en sí mismo no proporcione a los individuos ciertas formas de ocio. No obstante (tal y
como vemos también en las novelas Un mundo feliz o Farenheit 451) dichas formas de ocio buscan
precisamente ofrecer un placer superficial e infantilizante que hagan a la población incluso más dócil hacia el
sistema (en el caso de la película, canciones infantiles o dibujos animados). Pero el mayor pecado de este
mundo es que no está al servicio del bienestar de sus habitantes, sino del ego y la megalomanía de su
creador, el Dr. Cocteau, quien en su afán por crear una utopía hecha a medida de sí mismo, ha creado un
mundo profundamente antihumanista en el que toda individualidad es fagocitada.
La característica de la distopía que propone Demolition Man es que la ideología dominante no se impone
a través de la violencia o la coacción sobre la población, sino proporcionando unas satisfacciones y placeres
superficiales a la ciudadanía a cambio de la aceptación de la misma y del recorte de su independencia. Tal y
como a día de hoy la cultura del confort nos proporciona pantallas con las que saciar nuestra microdosis
temporal de dopamina, cada vez más concentrada a causa de nuestra decreciente capacidad de atención, así
como servicios de entretenimiento, compras online o alimentación a domicilio varios destinados a satisfacer
todas nuestras necesidades inmediatas sin tener que levantarnos del sofá, las comodidades proporcionadas
por el poder a la población de San Ángeles tienen como consecuencia (intencionada) la eliminación de una
parte vital de la experiencia humana como es la gestión de la frustración, la confrontación o el manejo
constructivo de la violencia. Pero la pérdida de estas experiencias también le roba al individuo la capacidad
de crecer a partir de ellas y evolucionar tanto individual como colectivamente mediante el desarrollo de
manera autónoma de mecanismos para superarlas, generando como resultado una sociedad dependiente de
las élites y carente de las herramientas físicas e intelectuales para confrontar el statu quo y generar nuevas
ideas que compitan con el sistema establecido.
A principios de los noventa se popularizó el término anarcotiranía, una palabra que servía para describir
una sociedad en la que un determinado gobierno tiránico y despótico usa la fuerza (física o política) para
reprimir a los ciudadanos ordinarios pero evita utilizarla para confrontar el crimen, dando por lo tanto
sociedades disfuncionales en las que convive un alto nivel de represión sobre la ciudadanía ordinaria por
parte del poder político como una elevada criminalidad, en ocasiones sirviendo la segunda como un
elemento que ayuda a la primera a consolidar su autoridad. Si bien la utopía de Cocteau nos es presentada
como fruto del interés por este por ayudar a la sociedad, su voluntad de dejar libre a un peligroso criminal y
poner decenas de vidas en peligro con el objetivo de hacer avanzar sus ambiciones políticas demuestra que
en realidad este personaje adolece de una total falta de interés por el bienestar humano y está motivado
únicamente por su ego, llegando a estar de acuerdo con la tolerancia o incluso la propagación del crimen
siempre que esta le sirva de vehículo para acercarse a sus objetivos.
Tal y como expone Erich Fromm en su obra El miedo a la libertad, existen tres formas básicas en las que
históricamente la humanidad ha gestionado la libertad. La primera es la creación de sistemas que la limitan
de manera sistemática, frecuentemente aludiendo a criterios morales, teológicos o filosóficos para condenar
el ejercicio de la libertad individual como algo negativo e imponiendo constricciones a la misma sustentadas
o bien por un aparato represor o, más comúnmente, por la propia voluntad del individuo dispuesto a
sacrificar su libertad (y generalmente la de quienes le rodean) a cambio de alimentar su propia superioridad
moral. Estos sistemas irían desde el protestantismo en el s. XVI con Martín Lutero diciendo que el libre
albedrío era poco menos que pecaminoso porque ofendía a Dios hasta, por poner un ejemplo reciente, Ana
de Miguel cargando contra la libertad sexual en su obra de 2005 Neoliberalismo sexual y explicando cómo su
visión de la sexualidad, casualmente, resulta ser la única éticamente correcta (es curioso como el
antihumanismo es algo que a lo largo de la historia ha estado constantemente cambiando para, a la vez, no
cambiar absolutamente nada). Demolition Man refleja una versión futurista de este sistema, una obra de
ingeniería social creada por Cocteau con el objetivo de limitar las libertades humanas dentro de un marco
que encaja con su visión de lo que una sociedad ha de ser, sacrificando la individualidad humana en el
proceso. Es destacable, además, que la vía para obtener esto no es la represión directa de las disidencias
(aunque esta fórmula también existe) sino la aculturación de la sociedad hasta lograr que ésta acepte sus
imposiciones como algo natural.
Lenina Huxley es la encarnación misma de este sistema. Una mujer que ha interiorizado los valores del
mundo que le rodea hasta hacerlos propios. A lo largo de la cinta vendrá a entrar en conflicto con estos
valores a medida que sus interacciones con otros personajes hacen que cambie su punto de vista. Pero son
sin duda los dos personajes principales, Spartan y Phoenix, quienes representan la verdadera oposición a
este sistema. Por un lado, Phoenix refleja claramente la otra libertad de la que nos habla Fromm, la libertad
negativa, la cual comprende la eliminación de todas las limitaciones a la libertad individual, pero a la vez la
carencia de un criterio sobre como usar dicha libertad. Phoenix es un criminal anárquico de comportamiento
caótico e impredecible, si bien, en efecto, libre, estamos ante un personaje que nunca utiliza dicha libertad
más que de manera destructiva. Por su parte, Spartan refleja lo que Fromm entendía como libertad positiva,
esto es, la persona que, ejerciendo su libertad, tiene el entendimiento y la responsabilidad suficientes como
para utilizarla de manera responsable, en ocasiones incluso aceptando autolimitaciones de la misma en pos
del beneficio tanto propio como ajeno.
Phoenix y Cocteau ejemplifican las dos formas perniciosas de gestionar la libertad. Naturalmente, la vida
en sociedad implica la cesión de ciertas libertades (respeto a la justicia, a la propiedad privada, a
determinados intereses colectivos frente a los individuales, etc.) lo cual invalida el estilo de vida de Phoenix,
pero el modelo de sociedad que propone Cocteau tiene el defecto de caer en la tiranía y el despotismo a
través del uso interesado y violento de la empatía. Los designios del sistema se imponen sobre el individuo a
través de recurrir a argumentos morales, a la presión grupal y, en último término, a la estigmatización de
toda divergencia. En otras palabras, una sociedad en la que se ha eliminado el debate porque las ideas
contrarias no se aprecian como contrarias, sino como dañinas y peligrosas, como algo que no ha de ser
comprendido sino destruido. Es en este contexto donde vemos la figura de Spartan como el reflejo de lo que
un individuo ha de ser en el ejercicio de sus libertades individuales, alguien que las ejerce con
responsabilidad pero las defiende asertivamente.
Pero el gran acierto de la obra es el de presentar estas reflexiones no a través de una narración sesuda y
pesada, sino aprovechando las características del cine de acción de los ochenta y noventa, con todos los
excesos, tópicos y explosiones que ello conlleva, y asegurándose que la película nunca pierde de vista su
función como obra de entretenimiento. Todos los excesos que hicieron que el cine de acción de esta época
sea tan querido están aquí en su máximo esplendor (los one-liners, el héroe de acción con más bíceps que
sentimientos, las secuencias de peleas excesivas, etc.). La película, autoconsciente de lo que es, evita caer en
un tono demasiado serio y en su lugar se siente más cómoda en el terreno de la sátira, donde la profundidad
de su mensaje y sus temas nunca entra en conflicto tonal con el entretenimiento fácil de su trama. Y en lo
que toca al entretenimiento, Stallone nos ofrece una película que funciona a la perfección por ser consciente
de lo que es y que en lugar de tratar de reinventar las convenciones del cine de acción, se dedica a
ejecutarlas competentemente.
Vista desde el presente, la película adquiere incluso más matices, y es imposible no dejar pasar la idea de
una sociedad distópica políticamente correcta siendo sacudida por un ejemplo prototípico de héroe de
acción, desacomplejado y de la vieja escuela. La cinta casi parecía predecir el Hollywood de tres décadas más
tarde, más preocupado de que sus película no sean canceladas en redes sociales que por crear historias
genuinas, honestas y que signifiquen algo tanto para quienes las hacen como para quienes las ven. Porque
Demolition Man no es perfecta, ni de lejos. Tiene los vicios propios de todo el cine de acción de su época,
desde actuaciones poco inspiradas a una dirección y puesta en escena poco más que utilitaria, pero es una
película única, una película que aspira a ser nada más que sí misma, sin complejos ni pretensiones, y es ahí,
en su honestidad y en su capacidad de usar el lenguaje del cine de acción para invitar a reflexiones
filosóficas, donde radica la magia que, a lo largo de los años, la ha transformado en una pequeña obra de
culto.
Porque Demolition Man es una película de acción, pero es mucho más además de eso. Es una
reinterpretación brillante de Un mundo feliz, es una reflexión de los mecanismos de coerción sutiles y no
violentos del poder sobre la población, es una crítica a los proyectos ideológicos que buscan recortar la
libertad individual a través del uso malintencionado de la moralidad, es un análisis de los usos y abusos de la
libertad en nuestro mundo y, ante todo, es una película de acción que ha logrado lo que muy pocas en su
género han conseguido: hacer que, además de disfrutar de los golpes y las explosiones, la audiencia se haga
preguntas: «¿Está mi individualidad amenazada por aquellos que dicen protegerme? ¿Merece la pena ceder
parte de mi libertad a cambio de una sensación de seguridad?». Y lo que es más importante: «¿Cómo leches
se usan las tres conchas?».