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Fuego Cruzado

Raúl Garbantes
Copyright © 2018 Raúl Garbantes

Todos los derechos reservados.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, distribuida o


transmitida en cualquier forma o por cualquier medio, incluyendo fotocopia,
grabación u otros métodos electrónicos o mecánicos, sin la previa
autorización por escrito del autor, excepto en el caso de citas breves para
revisiones críticas, y usos específicos no comerciales permitidos por la ley de
derechos de autor.

Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, instituciones, lugares,


eventos e incidentes son producto de la imaginación del autor o usados de
una manera ficticia. Cualquier parecido con personas reales, vivas o
fallecidas, o eventos actuales, es pura coincidencia.

Consultores de publicación y marketing

Lama Jabr y José Higa

Sídney, Australia

[Link]
Capítulo 1

El barrio de La Favorita ya no volverá a ser el mismo: está marcado a fuego.


El olor a quemado que lo impregna es un efluvio macabro y persistente. La
enseña del barrio será, por mucho tiempo, la ceniza que ahora se adueña del
paisaje, prueba del incendio que los bomberos acaban de controlar.

Aneth Castillo sujeta con fuerza el pañuelo que le cubre el cabello y casi todo
el rostro. Su piel blanca llamaría enseguida la atención, aún más de noche.
Camina, a propósito, ligeramente encorvada. El paso firme y elástico al que
está acostumbrada como inspectora de Policía sería demasiado llamativo. A
ratos lamenta haberse puesto aquella falda larga. Aunque es cierto que pocas
mujeres del barrio de La Favorita usarían pantalones, ella se encuentra muy
torpe. Las piernas tropiezan en la tela a cada paso. Lo único bueno es que le
permite avanzar despacio e ir fijándose en el terreno. Llegó a buscar pistas y
no se irá sin conseguirlas.

A su alrededor, la calurosa brisa nocturna esparce un confeti de restos


quemados que le ensucian el disfraz. ¡Disfraz! Para aquellas gentes que la
observan, quizá con curiosidad al inicio, luego retomando la tarea de
clasificar lo aún salvable de sus míseras viviendas, esta ropa es incluso un
lujo. Ella ha tenido que conseguirla de urgencia gracias a una antigua
conocida, América Herrera, del orfanato Familia Casa Hogar.

Según se adentra en el laberinto de viviendas calcinadas recuerda la voz de


advertencia de su jefe. Tuvo que pedirle permiso para aterrizar en el corazón
de la catástrofe, pero al comandante Sotomayor no le ha gustado la idea de
que acuda allí, por más que confíe en sus capacidades. «Solo hay dos barrios
en Sancaré que escapan al dominio de la ley», le ha recordado, «si uno de los
míos se interna allí no le garantizo su integridad. Son La Paila y La Favorita».
Aneth conoce el primero, en el corazón de la ciudad. Del segundo solo sabe
que está localizado en el extremo occidental de Sancaré, casi en las afueras.
Ambos habitados por delincuentes y parias, aquellos de quienes las clases
dirigentes preferirían ignorar su existencia, salvo para arrinconarlos en esos
guetos.

Aneth sabe que Sotomayor se siente responsable de ella de alguna forma por
haber solicitado su traslado a la ciudad en cuanto ascendió a inspectora, hace
apenas unos meses. También por su juventud. Pero ella no es de las que se
arredra por el peligro. Quizá peca de lo contrario, de temeraria.

Sigue observando el panorama. Los tablones de madera han ardido por


completo. En el suelo yacen los restos de las chapas metálicas ennegrecidas,
y jirones de ropa quemada, blancos de ceniza. Los favoritos han ido haciendo
pequeños montículos reuniendo los despojos. Aneth los examina con rapidez y
luego avanza a un paso estudiadamente lento.
De repente, un reflejo amarillo capta su atención. Procede de un montón de
desperdicios acumulados a su izquierda. Se acerca con parsimonia disimulada
y distingue el contorno. Parece una botella o, más bien, un cilindro amarillo.

Aneth se detiene un instante y se endereza en toda su estatura, alerta. Ha


sentido un picor en la nuca, la sensación inconfundible de que alguien la
espía. Gira la cabeza despacio, pero no ve a nadie más que a los favoritos que
se ha estado cruzando por el camino, enfrascados en la tarea de reconstruir
sus casuchas. Sin embargo, la noche ha construido muchas sombras donde
esconderse, que ella escudriña sin éxito.

Sin dejar de experimentar aquella sensación molesta, Aneth se acerca muy


despacio al montículo, mirando sin cesar a su alrededor. Aparta los tablones
renegridos que lo ocultan y las manos se le tiznan enseguida. Se inclina para
observar mejor aquel recipiente amarillo que ha dejado al descubierto. Es
cilíndrico, sí. Diría que es…

Y antes de que se dibuje el concepto en su mente, siente el golpe terrible en


la cabeza que origina que se haga de noche por completo.
Capítulo 2

La estación de Policía no es la misma sin el jefe Goya. A Aneth le parecía


increíble que, en tan poco tiempo, hubiera podido encariñarse con un hombre
como él. De Guillermo Goya admiraba la inteligencia y aquel sexto sentido
extraordinario para los casos, el mismo que le valió el respeto de toda la
ciudad, el apelativo respetuoso de «Jefe» Goya y un cheque con su salario por
orden del mismísimo alcalde a pesar de que el suyo era un permiso sine die.
Y, sin embargo, también había conocido el lado menos «amable» del
inspector: su alcoholismo, la adicción a las drogas, el trauma por aquel
compañero que no logró proteger. Pocas personas podían superar este bagaje
de problemas cuando estos coincidían al mismo tiempo. Y ella le reconocía
mucho mérito al intentarlo.

¿Quizá le recordaba a Pedro, su padre? Al fin y al cabo, también este había


sufrido el duro golpe del abandono de su mujer, que además le dejó con un
bebé —la propia Aneth— para criar. No, no eran comparables. En el caso de
su padre, no había muertos de por medio. La delicada conciencia de Goya le
acusaba día tras día de una tumba que no debiera haber sido ocupada, y
parecía incapaz de sobreponerse sin un opiáceo que le indujera al olvido, aun
si eso le había costado el matrimonio y la relación con su hija Laura.

Aneth había conocido al «mítico» jefe Goya en el caso de la Diva Rosales. Fue
casi milagroso que él hubiera aceptado ayudarla, dado el estado en el que lo
conoció. Aun así, enganchado al alcohol y a las pastillas que controlaban su
adicción a otra droga peor, Aneth le vio actuar en muchos momentos con gran
lucidez. Ella había querido aprender del mejor y lo tuvo a su lado. Debió estar
pendiente de él, facilitarle el compuesto que mantenía su mono a raya, pero,
por lo demás, disfrutó con cada arranque de energía del inspector, viendo
cómo recuperaba el apetito y se implicaba en la investigación. Aquello era el
comienzo. Lo más difícil se había logrado. Goya consiguió reunir fuerzas y
asomar fuera del infierno en el que se había instalado. Aneth se felicitaba, en
silencio, por la parte de mérito que le correspondía.

Y, entonces, Guillermo Goya recayó. El propio comandante Carlos Sotomayor


quiso consolarla.

—¿Conoce ese grabado del pintor, el que se apellidaba igual que nuestro
hombre?

Aneth lo negó con la cabeza. Su madre era poeta, y Pedro Castillo no permitió
que la literatura ni otras disciplinas artísticas entraran en su casa. Le
recordaban a la fugada.

—Hay un grabado de Francisco de Goya con este título: El sueño de la razón


produce monstruos. —El comandante apoyó una mano en el hombro de la
inspectora—. Batallar con monstruos es muy duro, Castillo. No se lo tenga en
cuenta.

Por supuesto que lo entendía. Había sufrido una decepción, pero no era la
última batalla y la guerra no estaba perdida. Lo supo, además, cuando el
inspector Goya apareció en la estación de Policía una tarde, tras la recaída.
Olía a colonia desde lejos, lo que significaba que había bebido y buscaba
disimular el rastro. La ropa estaba mal planchada, pero limpia. El pelo,
engominado.

Se arremolinaron en torno a él, casi sin atreverse a saludar. Alguien lanzó por
fin la ansiada pregunta.

—Jefe Goya, ¿vuelve con nosotros?

Se cruzaron las miradas entre el comandante Sotomayor y el inspector Goya.


Estaba claro que habían tenido una conversación privada.

—Volveré, sí. —La voz le salió ronca y carraspeó un par de veces—. Cuando
me haya recuperado de mi adicción a la heroína. Esto no es vida, carajo.

Nadie quiso hacer bromas de aquella declaración. Si alguien lo había


sospechado, ahí estaba la declaración, desnuda, fría.

—¿Va a algún lugar especializado, jefe Goya? —El que había preguntado era
Márquez, el médico forense. Evidentemente, quien comprendió que el
inspector iba a necesitar ayuda profesional.

Goya asintió con un movimiento de cabeza y luego alzó la mano en gesto de


despedida.

Ahora llevaba dos meses ingresado en una clínica de desintoxicación y Aneth


le echaba de menos. Mucho. Sobre todo en ese momento, en que eran las tres
de la tarde y contemplaba la pila de papeles que se encontró a su regreso de
Aborín, sin decidirse a abrir ningún expediente. Se imaginaba el modo
expeditivo con el que Guillermo Goya hubiera afrontado el trabajo, agarrando
su chaqueta y lanzándose a la calle. Pero estaba sola, y el peligro era que su
cabeza la ocupaban otros pensamientos más recientes y profundos, como la
frase que se venía repitiendo desde que regresó de su pueblo: «Esta vez sí
que la he liado con Vicente».

La relación con su novio era una auténtica montaña rusa de emociones.


Después de dos años, varios «démonos un tiempo de reflexión» y un aborto
natural en medio de una de aquellas crisis de la pareja, Aneth ya no estaba
muy segura de lo que realmente deseaba. Lo quería, por supuesto. Por eso
siempre terminaba regresando con él. Pero a veces le sucedía lo que Pedro,
su progenitor, decía con sabiduría infinita: «Viaja mejor quien va más
liviano». Y a ella le sobraba Vicente en demasiadas ocasiones en el viaje de su
vida.

Tomó el celular y marcó uno de los números que tenía en la memoria. La voz
de una mujer madura se dejó oír al otro lado, saludando con su nombre y el
del establecimiento.

—¿En qué puedo ayudarle?

—Buenas tardes —respondió Aneth—. Deseo hablar con Guillermo Goya.

La mujer, sin perder un ápice de su amabilidad, le indicó que solo los


familiares estaban autorizados a hablar con los pacientes.

—Soy familiar. —Imaginó que era posible que Laura hubiera estado allí,
visitando a su padre, así que eligió otro nombre—: Su mujer, Silvia.

—Aguarde un instante, señora Goya.

Cuando escuchó la voz ilusionada de Guillermo Goya al otro lado, Aneth se


arrepintió un poco de la treta. Quiso quitar importancia al asunto diciendo
que no había derecho a que no se considerasen familiares a los compañeros
policías.

—Ya está bien, Castillo. Dime para qué me has llamado. —Al menos la voz de
Goya sonaba bien. Enfadada, pero enérgica.

Aneth se sintió avergonzada aun antes de hablar.

—Te echamos de menos, Goya. Hace semanas que estás en ese lugar. Debes
recuperarte pronto para que podamos volver a patrullar juntos. Como tardes
mucho me asignarán un nuevo compañero.

—¿Qué sucede? ¿No hay emoción en Sancaré desde que yo me fui?

—Por desgracia, siempre hay. Lo último ha sido un caso de prostitución


infantil en el asentamiento Nueve de Febrero. La niña tenía diez años, ¿te lo
puedes creer? Pero como era un turista extranjero se fue sin recibir ningún
castigo.

—No será tu última experiencia, recuérdalo. Los novenos se han instalado allí
precisamente porque saben que es la ruta hacia el balneario de Santa Laura.

Aneth frunció el ceño.

—Ya es un problema que esa pobre gente no tenga de qué vivir y acabe
prestando todo tipo de «servicios inmorales» a los turistas, incluso a costa de
menores de edad, pero lo que me parece terrible es que nuestra propia policía
se deje sobornar, y el violador, porque otro nombre no tiene, se vaya impune
a por otra niña.

Se oyó el suspiro del hombre al otro lado.

—No es un problema sencillo. Y quizá te resulte duro oír esto, pero los
novenos alquilan a sus niñas, y a sus niños, y cobran por ello. Es un dinero
más rápido y sustancioso que otro tipo de trabajo.
—Entonces el problema es permitir que exista el Nueve de Febrero, si solo
potencia la corrupción.

—Estás levantando apenas la punta de la alfombra. La gente del asentamiento


es nativa de la zona, indígenas, y sufren discriminación racial. No les admiten
en la ciudad, no les contratan en la mayor parte de los trabajos… Son primos
hermanos de los favoritos y los de La Paila. Gente desechada de la sociedad.
Pero está bien que tengas esos pensamientos. Hace falta gente honesta.

Aneth vio en la última frase la oportunidad de contraatacar.

—Por eso, porque somos pocos, te necesito recuperado y de vuelta. —Sonrió.

—Aneth, deja de preocuparte por mí, que me valgo yo solito. ¿Y qué problema
hay en que te coloquen un nuevo compañero? Eso sí, que esté a tu altura. Y
que sea joven y guapo.

—Mira que eres pendejo.

—Además, seguro que no tarda en llegar algún caso para que no te aburras.

En ese momento asomó por la puerta un colega y le hizo el gesto inequívoco


de «Sotomayor quiere hablar contigo».

—Goya, tengo que dejarte.

—¿Cómo? ¿Ahora las prisas? ¿No me cuentas nada de Aborín ni del chico que
tenías allí?

Aneth tragó saliva.

—Te dejo, Goya. Vuelve pronto.

Finalizó la llamada. Tuvo en la punta de la lengua hablarle del bebé en


camino. «Maldito Sotomayor y sus inoportunas reuniones», pensó Aneth.
Capítulo 3

El comandante Carlos Sotomayor no estaba solo en el despacho. Allí se


encontraba ya el criminalista Hilario Cota. Este último se levantó cuando
Aneth entró. La diferencia de estatura entre ambos era notable, Cota no
sobrepasaba el metro cincuenta y la joven le llevaba veinte centímetros más.
El tono apiñonado del primero contrastaba con la piel blanquísima de ella. El
criminalista estrechó la mano de su colega y volvió a sentarse.

—Buenas tardes, inspectora Castillo —dijo Sotomayor—. Estaba empezando a


poner al día a Cota, viendo que no llegaba.

Aneth murmuró una disculpa y tomó asiento frente a la mesa del comandante.
Le llamó la atención que hubiera una tercera silla, desocupada. Dada la
disposición habitual del despacho, se veía que la colocaron de modo
extraordinario.

—¿Esperamos a alguien más?

—Sí. —Sotomayor parecía impaciente—. Pero está al tanto de todos los


detalles y se nos unirá luego.

Dirigió una mirada a ambos policías y entonces comenzó a hablar:

—Como le iba diciendo a Cota, ha desaparecido una menor, pero su padre


desea que este hecho sea mantenido en secreto. Nadie ha contactado a los
padres, por lo que la hipótesis del secuestro no se maneja aún. Sin embargo,
dada la posición económica y el estatus de la familia, sería más que posible.

»Pensando en esta posibilidad, hemos hecho acudir a nuestra estación, con


carácter urgente, a un inspector de Policía especializado en desapariciones.
Deseamos que colabore en el caso mientras Goya permanece de baja. Hemos
tenido suerte de que nos lo hayan podido asignar y no se encontrara ocupado
con otro expediente. Como les digo, la persona cuya hija ha sido secuestrada
es muy importante.

Mientras Aneth asimilaba la noticia de un nuevo compañero, el comandante


se comunicó con su secretaria por el intercomunicador: «Llama a Matías
Vélez».

Como si este hubiera estado aguardando detrás de la puerta, en breves


segundos se oyeron unos golpes pidiendo permiso para entrar.

—Adelante.

Aneth no tuvo tiempo de imaginárselo y, a buen seguro, probablemente


hubiera sido un retrato parecido a Hilario Cota o Márquez, por eso fue una
auténtica sorpresa la visión del hombre en el umbral. Apenas fue consciente
de estrecharle la mano mientras se erguía en el asiento y se presentaba:
«Inspectora Aneth Castillo». Todos sus esfuerzos se concentraron en
mantener la calma y no ruborizarse, algo que resaltaría de modo muy
evidente en su piel blanca.

Vélez poseía todas las cualidades necesarias para ser descrito como «muy
atractivo». Era joven, quizá con algunos años más que ella. Alto pero no en
exceso. Atlético sin ser muy delgado. La piel era morena; los cabellos,
negrísimos; y, en contraste, ojos de un verde intenso. Era precisamente ese
binomio de ojos claros y cabello y tez oscura los que le dotaban de una
hermosura llamativa.

¿No era Goya el que momentos antes le había deseado a Aneth un compañero
joven y guapo? Tendría que preguntarle dónde guardaba su bola de cristal.
Les podría ser útil para futuras investigaciones.

Los tres policías se sentaron frente al comandante y Sotomayor continuó su


narración.

—El padre de la niña secuestrada es Dionisio Santos. —Hizo una pausa


efectista que obtuvo su respuesta. Hilario Cota emitió un prolongado silbido y
Matías Vélez se inclinó un momento hacia adelante en el asiento como si
quisiera hablar, pero no llegó a hacerlo. Solo Aneth permaneció inmóvil. Era
en esas ocasiones cuando se daba cuenta de lo que significaba haberse criado
fuera de Sancaré.

Hilario movió las manos nerviosamente.

—Ese hombre está en todas partes. Su emblema figura en la mayoría de las


obras de construcción que hay en marcha ahora. Cena con el alcalde casi
todas las semanas.

Sotomayor afirmó, refrendando las palabras de Cota.

—Su fortuna es de las mayores del país, ya no solo de Sancaré. Vive en el


condominio del barrio Villablanca, pero esa es solo una de sus muchas
mansiones.

—Cierto. —Vélez tomó la palabra—. También lo conocemos en Becerrilla, mi


ciudad. Ha edificado mucho allí, sobre todo hoteles y complejos turísticos.
Pero aunque está especializado en turismo, también se dedica a viviendas de
estrato siete.

—¿Estrato siete? —Aneth intervino por vez primera. Había visto la


denominación de los estratos en el recibo de alquiler de su piso. La suya era
de estrato cuatro, y ya le parecía demasiado, sobre todo por la cantidad que
pagaba por los servicios de agua, luz y gas—. Creí que solo había hasta el
número seis.

—Y así es, Castillo —aclaró Sotomayor—. No existe aún reconocimiento


formal para los que pueden adquirir una vivienda de este estilo, pero se
encuentran en un nivel bastante por encima de las clasificadas como estrato
seis. Estamos hablando de mansiones para gente acaudalada: millonarios y
aquellos cuyo patrimonio supera los mil millones de dólares. Dionisio Santos
pertenece a este grupo.

—Entiendo —dijo Aneth. Lo cierto es que no deseaba ahondar más en el tema


porque la sola mención del dinero le había producido cierta repulsa—. ¿Y
cuántos hijos tiene?

El comandante Sotomayor abrió el dosier que tenía frente a él y sacó varias


fotografías de una niña, más bien adolescente.

—Solo una, de doce años. Se llama Gabriela. Es hija de su matrimonio con


Salomé Mendizábal, de la familia de los banqueros. Es una pareja bien
avenida, se les ve siempre juntos en los actos sociales. Están desolados por la
desaparición.

—¿Sabemos cómo pudo suceder? —inquirió Vélez—. Un hombre como Santos


debe vivir en una mansión fortificada, me resulta inconcebible que lograran
hacerse con su hija.

Sotomayor cruzó las manos sobre los papeles mientras los tres policías frente
a él examinaban las fotografías. Gabriela tenía rostro de niña, cabello oscuro
largo y rizado, y ojos castaños y dulces, como de cervatillo.

—Dionisio Santos dice que la última vez que supo de su hija fue hace seis
horas, cuando el chofer la dejó en el colegio privado en el que estudia. Los
padres no la acompañan. El chofer la deja en la puerta del colegio con sus
amigas. Ese fue el momento que debió escoger el secuestrador, porque la
niña nunca llegó a entrar a la clase. —Sotomayor alzó las manos en gesto
teatral—. Llamaron directamente al padre desde el colegio, como es su
política, para preguntarle por qué no había acudido Gabriela, ya que no les
avisaron ni llevado justificante el día anterior.

»El señor Santos me comentó que, en un inicio, creyó que era una travesura
rebelde de adolescentes, ya que Gabriela había empezado a tener
comportamientos así. No quisieron alarmarse. Entre su mujer y él
averiguaron con otras madres si las amigas de su hija habían hecho algo
parecido. Entonces confirmaron que solo faltaba ella. Y aquí viene lo
interesante. —Sotomayor se echó hacia atrás en el asiento y cruzó las manos
sobre el vientre—. La mejor amiga de la niña, que se llama Denisse, dice que
la espió y la vio hablando con una mujer a la puerta del colegio antes de
entrar. Y esa fue la última vez que se supo de Gabriela.

Como era evidente que el comandante Sotomayor había terminado su


exposición, Matías intervino.

—Me parece bastante claro que se trata de un secuestro. Si el señor Santos


asegura que no lo han contactado, solo hay dos salidas posibles: o están
esperando a algún acontecimiento, o el empresario no ha sido sincero con
nosotros y sí lo han hecho ya.
Aneth afirmó con un gesto de cabeza. Ella llegó a la misma conclusión.

—Muy bien, señorita, caballeros. Vamos a intentar resolver este supuesto


rapto con la mayor celeridad. Inspectores Vélez y Castillo, les encargo que
vayan a hacerle una visita al empresario. Cota, mire a ver qué consigue
extraer de la amiga de la niña. Aquí le dejo la dirección.

Los tres se levantaron a un tiempo con tanta prisa que Aneth chocó sin querer
con su nuevo compañero. Se cruzaron las miradas y, ahí sí, Castillo se maldijo
por el inoportuno rubor que le dio color a sus mejillas.
Capítulo 4

Sancaré, a las cinco de la tarde, era un horno. El mar, en otros lugares,


supone para las ciudades cercanas la promesa de la brisa fresca, de
temperaturas apaciguadas. Pero no en el trópico. La humedad es altísima y el
calor se adhiere como una segunda piel, el sudor se convierte en rocío
evaporado, el cuerpo arde sin necesidad del reclamo de la pasión.

Aneth conducía, intentando relajar las manos sobre el volante. Había


aprendido a no impacientarse con el tráfico. ¿Para qué? Eso solo acaloraba
más, y era lo último que necesitaba en ese instante. Pero la circulación a esa
hora era terrible. Ella se ofreció a llevar el coche, dado que conocía la ciudad
mejor que su nuevo compañero. En realidad, apenas llevaba unos meses, pero
las rondas la ayudaron a situarse en los cincuenta y ocho barrios.
Lógicamente, no había estado en todos. Conocía La Favorita, el más
peligroso, de oídas. Y una vez se había internado en La Paila, otro barrio
peligroso, en busca de naloxona para Goya, aunque terminó llevándose otra
droga. Lo que hiciera falta, con tal de ayudar a su compañero.

Jefe Goya. Qué lejos estaba ahora, no solo en distancia. Lo sucedido en la


última hora había vuelto a llevarlo a un segundo plano. La realidad de la
presencia de Vélez se impuso. Había olvidado lo incómodo que era viajar con
alguien hacia quien se experimenta una atracción física. Debía controlar sus
pensamientos, vaciarlos. «Es un compañero de trabajo», se dijo. Lo repitió
como si fuera un mantra. Además, vivía en otra ciudad. ¿Qué nombre había
dicho? Becerrilla, eso es. Le sonaba lejanamente. Volvió a sentirse una simple
pueblerina que solo se encontraba cómoda en los confines de Aborín. Al fin y
al cabo, ¿no terminaba regresando allí siempre? Al lugar donde su padre
había fallecido, a la casa de su infancia, a los brazos de Vicente.

En Sancaré, Aneth se había instalado en el barrio de Olivares, aunque no


sabía si acabaría mudándose. La casa era del estrato cuatro, estaba bien. Dejó
la pensión de huéspedes que el comandante Sotomayor le recomendó a su
llegada a la ciudad —regentada por su suegra— y temía que su jefe se hubiera
disgustado por ello. Pero la joven deseaba intimidad, y pronto había
comprendido que allí no la iba a tener. Sería inevitable que aquella buena
mujer le fuese contando al comandante a quién llevaba a su cuarto. Si algún
día Vicente iba a verla, como sucedió, no quería luego bromas de su jefe
durante toda la semana. Así que, antes de que aquello ocurriese, localizó un
apartamento en Olivares, un barrio bastante turístico y popular. Eso sí, había
pagado no solo el alquiler del apartamento, sino también el soportar el
bullicio, los bares y locales abiertos hasta altas horas de la noche en reclamo
de los extranjeros, y la suciedad de las calles al día siguiente.

La zona que le resultaba absolutamente desconocida era aquella a la que se


dirigían y a la que Aneth denominaba «VIVIP», uniendo las iniciales de los
tres barrios del área y haciendo un juego de palabras con el estatus de sus
moradores. El Vigía, Villablanca y El Palmar concentraban a los millonarios
de Sancaré. Albergaban condominios fuertemente vigilados, en los que era
imposible penetrar a no ser que uno fuera residente o tuviera una invitación
con garantía de responsabilidad por parte de uno de los propietarios. Era
también sabido que los yates de lujo de la bahía tenían por dueños a
residentes de los «VIVIP», y lo mismo podía decirse de los BMW, Mercedes-
Benz, Audi y Maserati que circulaban por la ciudad.

La inspectora Castillo suspiró y regresó a la realidad del tráfico en Sancaré, y


al copiloto que la acompañaba. Matías y ella acordaron tutearse, pero salvo
ese breve intercambio al inicio, apenas hubo conversación entre ellos. Vélez
estaba ocupado con su celular y su cuaderno de notas.

—Supongo que no tendremos problemas para entrar —dijo Aneth para romper
un poco el silencio dentro del vehículo.

Su compañero no levantó la vista para responderle.

—El comandante Sotomayor se ha hecho cargo de las gestiones. Me ha dicho


que ya lo había hablado con Dionisio Santos antes de tener la reunión con
nosotros.

—Muy bien.

—¿Tardaremos mucho en llegar a Villablanca?

—Un poco. No está lejos, pero hay bastante circulación. Aquí se puede morir
de un «ataque» de tráfico.

Matías emitió un sonido que bien podía ser una risa contenida.

Se oyó el sonido de un mensaje que llegaba al celular de Aneth.

—¿Quieres que te lo lea? —Vélez hizo el gesto de alargar la mano hacia el


bolso de ella.

—No, gracias. —Aneth le miró, sorprendida—. Si fuera urgente, me llamarían.


Lo veré luego, cuando lleguemos.

Tardaron casi tres cuartos de hora en alcanzar su destino. El momento de


revisar el móvil llegó para Aneth durante el interminable rato que se tomó el
guardia de seguridad del condominio para permitirles acceder. Matías salió
del coche para discutir con el guardia en persona y ella aprovechó para leer el
mensaje. Procedía de un remitente desconocido y decía: «No desaparezco por
gusto». Por un instante se le presentaron tantas opciones acerca de quién
podía ser que se quedó pensativa.

¿Sería, acaso, Vicente? Había pasado apenas una semana desde la ruptura del
noviazgo y el regreso de ella desde Aborín, pero era muy posible. Además,
estaba lo del bebé. Puede que su exnovio hubiera tenido que salir de viaje,
creyera que Aneth le iba a intentar contactar y que, al no encontrarlo,
pensara lo peor de él. Lo cual le recordó que tenía que tomar una decisión, y
no podía tardar mucho. ¿De cuánto estaba? ¿Seis semanas? Vicente tenía
derecho a conocer la verdad, no supo lo del aborto espontáneo, aquel niño
que se malogró, pero debía tener valor para comunicarle la existencia de este.

También cabía la posibilidad de que el mensaje estuviera relacionado con el


caso que tenían ahora entre manos: ¿la niña desaparecida? «No desaparezco
por gusto». ¿Quién sería entonces la mujer que se la llevó? ¿Y cómo habrían
conseguido el teléfono de Aneth, en ese caso?

Otra opción era Goya. Quizá se hubiera puesto a reflexionar después de la


conversación telefónica de mediodía y le estuviera pidiendo disculpas por su
ausencia, por dejarla sola durante aquellos dos meses. Eso le encajaba
bastante. Y el número de remitente desconocido se justificaría porque, al
estar aislado, le habían privado de su celular y estaría usando el de quién
sabe quién.

Finalmente, podría haber una cuarta posibilidad que ella no intuía. Algo que
se le escapaba, un dato que no terminó de procesar y que, en cualquier
momento, terminaría de hacer conexión dentro de su cabeza. Porque, en el
fondo, debía reconocer que las tres suposiciones anteriores no terminaban de
convencerla.

Matías regresó al coche y la vio concentrada con el celular en la mano.

—¿Puedo ayudarte?

Aneth levantó la vista y luego lo miró.

—No, muchas gracias. Es un asunto personal, no te preocupes. Lo aclararé


pronto.
Capítulo 5

Sonaba el remix de Pray to God de Calvin Harris a todo volumen. La casa


tenía doble ventana, pero las reverberaciones se hacían sentir en los cristales.
El calor también se había instalado en el interior, y ni siquiera el gran
ventilador de techo de tres aspas ni el aire acondicionado conseguían
refrescar a la mujer que estaba en la sala. Lo cual, por otra parte, no era
extraño, ya que estaba volcada en hacer ejercicio físico de gran intensidad.

La habitación tenía el tamaño de un salón de baile y, como uno de estos, la


recubrían espejos. La poblaban por completo todo tipo de aparatos de
gimnasio: un banco de pesas multiposición con barra, una máquina de
abdominales, unas mancuernas ordenadas en un rincón junto a unas
colchonetas, una elíptica «nueve en uno» cardiovascular, una caminadora,
una bicicleta estática y una bicicleta de spinning, que era en la que se
entrenaba en ese momento.

A Valentina Cárdenas le agradaba contemplarse en los espejos mientras se


ejercitaba. Nació con un físico musculado y le gustaba fomentarlo. Cualquier
esfuerzo, por pequeño que fuese, hacía que los músculos se le dibujaran en la
silueta. ¿Para qué luchar contra esa tendencia natural? Nunca supo lo que era
un gramo de grasa sobrante en su anatomía, aunque sí el rechazo social por
parecer una «culturista». Llegó un momento en el que decidió que más valía
convertirse en aquello para lo que estaba dotada. A sus cincuenta años tenía
la cintura más estrecha que Scarlett O’Hara —incluso su cabello oscuro—, y
los bíceps tan marcados como Schwarzenegger, pero en versión femenina.
Podría enviar a un hombre al hospital de un solo puñetazo, y a una mujer a la
morgue. Y sin remordimientos. Quizá por eso se dedicaba a propinar palizas
por encargo de terceros. No era un trabajo bonito, algo de lo que presumiría
frente a su madre, pero cobraba bien.

El llanto se oyó por encima de Stole the Show, la siguiente canción de su lista
de reproducción. Este nuevo encargo no le había gustado nada. Frunció el
ceño, pero los gimoteos seguían escuchándose. Se levantó de la bicicleta y se
quitó los guantes. Estaba sudorosa y se secó con una toalla que dejó cerca,
apoyada en una silla. Sentía la malla mojada por completo. Perdió la
consciencia del tiempo que llevaba allí. Miró el reloj. Eran las seis de la tarde.

Apoyó de nuevo la toalla en la silla y se dirigió hacia una de las dos puertas
que daban salida a la habitación, la más pequeña. Se quitó la llave que llevaba
al cuello y la abrió. Aparecieron a la vista unas escaleras descendentes. Según
bajaba, el llanto cesó. Valentina sonrió con cinismo. «Demasiado tarde»,
pensó.

En el último piso una bombilla anémica iluminaba el espectáculo de una


colchoneta, una manta y unas pocas revistas desperdigadas. Olía a calor
húmedo. La niña estaba acurrucada en el extremo de la colchoneta, pegada a
la pared. Quizá buscaba el frescor de estas. No era tan pequeña en realidad,
pensaba Valentina. Doce años es una edad en la que las niñas empiezan a ser
mujercitas. Pero aquella era todavía una infante. La miraba con ojos
tremendamente abiertos, castaños. El pelo encrespado se le había desatado
de la cinta y le caía por los ojos.

—Acércate.

La orden de la mujer no era para ser desobedecida. Gabriela se incorporó con


dificultad y se acercó andando hasta ella. Justo antes de ponerse a su alcance
sacó fuerzas para hablar.

—Solo quiero agua.

—He dicho que te acerques.

Cuando la niña dio dos pasos más, Valentina le dio una bofetada que la hizo
caer sobre la colchoneta.

—Si vuelvo a oírte llorar, la próxima te dolerá más. Y no habrá agua, tendrías
que haberlo pensado antes de ponerte a llorar.

Cuando subió las escaleras, Valentina apagó la luz y ya no quedó siquiera el


consuelo de la bombilla a medio gas.

***

Jerónimo se sentó en el camino de tierra, de espaldas a la selva y encendió


otro purito. «El chapetón no llega», pensó. Pasaban las ocho de la tarde y le
había dicho a las siete. «Todos son iguales», siguió rumiando. Miraban a los
nativos por encima del hombro, como si fueran poco más que bestias de
carga, y sus hembras, mercancía para sus desahogos.

Pero luego, cuando Jerónimo los guiaba por el Parque Nacional de Sancaré y
los subía a su bote para atravesar los manglares, ¿quién era el rey, eh? Ese
era su momento de desquite. Le fascinaba observar los rostros aterrados de
los chapetones, como les llamaba él, ante la visión de los cocodrilos, aun
cuando eran los animales quienes huían, sumergiéndose a toda velocidad bajo
el agua verde oliva. Soltaban chillidos de espanto hasta con el inofensivo
revoloteo de los ibis y el piar de los cucos. ¿Y esos cobardes les habían robado
sus tierras? ¿Por culpa de ellos malvivían ahora en casas de chapa y cartones?

Tuvieron que levantarlas en una sola noche para evitar que la policía pudiera
desalojarlos. Un momento histórico aquel. El 9 de febrero. Parecía haber
sucedido mil años atrás y había transcurrido poco más de un año. Catorce
meses repletos de miserias en los que al menos la cercanía de La Favorita les
había brindado protección frente a la policía, que no quería problemas. Al
otro lado estaba la ruta hacia el Santa Laura, lo cual les garantizaba clientela
con dinero fresco. Y aquella retahíla de demandas que el nativo conocía
demasiado bien y, por desgracia, que también sabía atender: «Llévame las
maletas», «Condúceme a la selva», «Búscame a una chica joven, ¿entiendes,
indio? Pero la quiero muy, muy joven. Y si la puedo estrenar, mejor».

Jerónimo pensó en el hombre con el que se había citado, y que ya conocía de


otra ocasión. «Al menos este chapetón no es de esos». Tenía aspecto de
«matasanos», como les decía el indio, o al menos se vestía como uno. Llevaba
una bata blanca abierta sobre la ropa y una mascarilla que le tapaba desde la
nariz hasta el mentón. Como si se hubiera escapado de un quirófano a mitad
de la operación. Jerónimo trabajó en un hospital, cuando era joven, fregando
suelos. Reconocía a uno del gremio cuando lo veía. Lo llevaban en el porte, en
la forma de mirarte, como si te hicieran la radiografía. Jerónimo ya sabía su
sentencia. «¡Quiá! De algo hay que morir y fumar puritos me gusta
demasiado».

Se oyó por fin el ruido de un motor acercándose por el camino. El indígena se


puso de pie, tiró el purito medio consumido y se palmeó las bermudas. Iba a
sacudirse también la camisa pero recordó que la había dejado tendida. Solo
llevaba una camiseta blanca de tirantes, demasiado holgada, que mostraba el
escaso vello gris de su pecho.

La furgoneta se detuvo en el recodo donde estaba apostado Jerónimo. De ella


descendió un hombre muy delgado. No tenía mucho más de cuarenta años,
pero la calva le hacía parecer mayor. Llevaba la bata abierta, como la otra vez
que hablaron. También iba en bermudas —unas de algodón muy nuevas que
hicieron avergonzarse al indio— y mangas de camisa, que mostraban unos
brazos nervudos bajo la bata remangada. Una mascarilla le cubría el rostro,
pero no alcanzaba a tapar parte de su perilla, que asomaba por debajo. Los
ojos, redondos y oscuros, se posaron sobre el nativo.

—Siento el retraso. He tenido que esperar a que hubiese vía libre.

Le hizo un gesto a Jerónimo para que le acompañase a la parte posterior del


vehículo. Abrió las puertas traseras y luego apartó las mantas que tapaban el
contenido almacenado detrás.

—Ya sabes dónde tienes que entregar la mercancía. Esta noche. No me falles.

El hombre de la bata sacó un sobre de uno de los bolsillos de la bermuda.

—Ábrelo. Es para ti por el trabajo. Te lo pago todo por adelantado. La


furgoneta te la puedes quedar.

Jerónimo tomó el paquete, vio los fajos de dinero y comenzó a sudar. No era el
bochorno, a pesar de que lo hacía. Observó de nuevo al hombre de la bata
blanca.

—Eso de ahí detrás, ¿no serán bombas?

El otro negó con un gesto.

—Te aseguro que no.


Se inclinó sobre él y, aunque nadie podía oírlos, le susurró unas palabras. El
nativo pareció apaciguarse.

—Puedes irte tranquilo. Será un trabajo fácil.

Jerónimo vio que el hombre volvía de nuevo a la parte trasera, sacaba una
bicicleta y se montaba en ella.

—¡Esta noche, noveno! ¡No me falles! —gritó mientras se alejaba pedaleando.

Jerónimo volvió a mirar el sobre y contó los billetes. Se encogió de hombros.


De un salto se aupó a la furgoneta, cerró la portezuela, accionó el contacto y
puso rumbo a La Favorita.

***

El lugar, sin duda alguna, era un paraíso. Había un bosque para perderse
dando un paseo y zonas verdes para contemplar desde cualquier lugar al que
uno se asomara. Los primeros cuarenta y cinco días de inmersión y
aislamiento obligatorio pasaron para Goya casi sin sentirlos. Sin llamadas a
deshoras para atender. Sin estrés por dominar. Había echado de menos, eso
sí, oír la voz de Laura cada mañana, grabada desde hace mucho tiempo en su
contestador. Sin embargo, él estaba allí cumpliendo el deseo de su hija, ¿no?
Quizá pudiera llegar el día en que borrara el mensaje de una vez para
siempre.

Laura lo había visitado. No llegó a verla, pero se lo dijeron. Primero en el


hospital, cuando resolvieron el caso de la Diva Rosales en un final de película
dramática. Y luego mientras estaba en su periodo de aislamiento.
Probablemente regresaría pronto, después de las vacaciones.

Goya sonrió al recordar la llamada de Aneth. «Será pendeja, ¡mira que


hacerse pasar por mi ex!». Pero lo cierto es que le gustó oír su voz pausada,
joven, la ansiedad con la que pareció reclamar su presencia. El inspector
detuvo sus pensamientos, no deseaba continuar por ahí. La inspectora Castillo
tenía treinta años y bien podría ser su hija. Hermosa, audaz, en absoluto
inocente de la vida, pero aún así muy joven para un perro viejo como él, ya
trabajado en tantas guerras.

Algo, no obstante, lo había dejado preocupado. Nunca pensó que lo


reemplazarían tan pronto. Se le ocurrió llamar a la estación nada más para
saber cómo se las apañaban, y el bueno de Hilario Cota había cantado como
un ruiseñor en pleno celo. ¿Quién era ese tal Matías Vélez, aparecido de no-
se-sabe- dónde, que ahora patrullaba con Aneth? Volvió a mirar por la
ventana, intentando que la belleza del paisaje le sosegara el ánimo. Imposible.
Debía reconocerlo: estaba tan molesto que casi cuelga el teléfono sin
preguntarle al criminalista por el nombre de la niña desaparecida. Y eso
hubiera sido un error. Un tremendo error.
Capítulo 6

Llegar a la mansión de los Santos en el corazón del barrio de Villablanca se


convirtió en una odisea. Fueron necesarios tres controles con sus
correspondientes esperas antes de que los inspectores Matías Vélez y Aneth
Castillo fueran recibidos finalmente por el matrimonio en su salón.

Aneth se sintió de inmediato fuera de lugar. El empresario —o quizá era


elección de su esposa— manejaba un gusto más bien ostentoso en la
decoración, y no había espacio en la pared o en el suelo que no estuviese
ocupado por algún detalle, ya fuera un cuadro, un tapiz, una alfombra u otro
objeto decorativo. Matías, sin embargo, no parecía amedrentado por el lujo
del ambiente. Se permitió hacer un par de observaciones sobre alguna de las
piezas, lo cual le ganó el respeto de su interlocutor, y enseguida ambos
inspectores fueron invitados a sentarse en dos sofás enfrentados que, a buen
seguro, habían costado más de lo que Aneth ganaría en toda su vida de
servicio.

—Permítanme entregarles mi tarjeta. —Vélez extrajo del bolsillo de su camisa


dos cartulinas blancas y le acercó una a cada cónyuge—. Me gustaría que
tuvieran mi número personal para cualquier dato que surja en el transcurso
de la investigación.

Miró en dirección a Aneth y ella se apresuró a buscar en el bolso sus propias


tarjetas. Imitó el gesto de Matías y entregó dos. Luego sacó su libreta de
notas. En el auto decidieron que Vélez sería quien llevaría el peso del
interrogatorio y que ella observaría las reacciones del matrimonio.

Dionisio Santos, que hasta ese momento parecía haber estado conteniendo su
impaciencia, se incorporó con brusquedad.

—Quiero que sepan que, aunque he acudido a la policía, no deseo publicidad


alguna de este asunto.

—Por supuesto, señor Santos. —Matías extendió las manos en gesto


apaciguador—. Ese punto ha quedado claro desde el inicio.

La esposa de Santos, Salomé según los apuntes de Aneth, tiró con suavidad
de la mano de su marido para conducirle de nuevo a su lado. Este cedió.

—Además —prosiguió Santos una vez sentado—, no ha habido nota de


secuestro. Estamos basándonos en hipótesis.

Vélez lo observó con fijeza.

—Sin embargo, señor Santos, reconocerá usted que deben existir personas
con motivos para coaccionarle o desearle algún tipo de mal.
Él asintió con el gesto serio.

—Demasiadas, me temo. Es lo que sucede cuando uno se dedica a los


negocios y gana mucho dinero. Despierta envidias y celotipias. Pero nadie me
ha pedido un rescate en efectivo por mi hija, y Dios sabe que no dudaría en
dar toda mi fortuna por recuperarla sana y salva.

Salomé apretó el brazo de su marido y ambos se miraron.

—¿Alguna sospecha concreta? ¿Ha recibido últimamente alguna amenaza?

Dionisio Santos inclinó la cabeza. Parecía vencido por el cansancio. Su cabello


oscuro se les hizo visible, estaba entreverado de canas.

—Nada concreto. Además de empresario, estoy en otros círculos de


influencia. Demasiadas personas a las que señalar. No sabría por dónde
empezar ni qué pista darles.

Matías anotó algo en su propio cuaderno y Aneth cayó en la cuenta de que


Salomé, la esposa, le estaba haciendo señas a ella. Cuando el marido levantó
la cabeza y su compañero terminó de escribir, la mujer volvió a una pose tan
disimulada que la joven vaciló sobre si realmente habría visto los gestos. Salió
de dudas cuando la señora Santos se levantó de repente y dijo:

—Voy a avisar para que les preparen unos refrescos.

Las miradas de las mujeres se cruzaron fugazmente. Aneth carraspeó antes


de levantarse con rapidez.

—Por favor, ¿podría indicarme dónde está el aseo?

—Sígame.

La inspectora fue consciente, mientras ambas se alejaban en silencio, de que


el empresario había fruncido el ceño.

La puerta del baño estaba en el recodo siguiente. En cuanto salieron del


campo de visión del cuarto, sin despegar los labios, Salomé le mostró un
papel doblado a Aneth y se lo introdujo a la inspectora en uno de los bolsillos
de su pantalón. Luego se apartó de ella y caminó hacia un teléfono
inalámbrico que descansaba sobre una mesita en el pasillo. Comenzó a hablar
con una tal Lucía.

Aneth sintió entonces una presencia a su espalda y vio a Dionisio Santos. La


actitud del empresario confirmó a la joven que estaba sucediendo algo
anormal. El hombre se detuvo junto a su mujer y le dijo que él prefería algo
más fuerte, que le pidiese un combinado. Aneth entró en el cuarto de baño y
se lavó las manos para hacer tiempo. Luego leyó el papel y deseó que la
entrevista terminase pronto para poder comentarlo con Matías.

Después de las bebidas, la conversación duró poco rato más. Vélez le pidió al
empresario confeccionar una lista de sospechosos y ambos policías se
montaron en el coche de regreso.

—¿Y bien? ¿Qué piensas? —le preguntó Aneth a Matías.

—Creo que Santos oculta algo. Es bastante evidente. No ha hecho más que
dar rodeos a lo largo de la tarde. ¿Y tú qué opinas?

—Si sacas cierto papel que Salomé Santos me ha guardado en el bolsillo


derecho del pantalón terminaremos de conocer la verdad.

Matías la observó un instante, confuso. Aneth cayó en la cuenta del motivo.


Ella le había pedido que tomara el papel porque estaba conduciendo, pero si
lo hacía, la tocaría de un modo demasiado íntimo.

—Espera un momento —dijo azorada—. Ya lo saco yo.

Metió la mano en el bolsillo y le tendió la hoja doblada.

Vélez leyó en alto para ambos: «Mi hija sí ha sido secuestrada. Ayúdeme».
Silbó.

—Hay algo «especial» en esta desaparición o secuestro, si hacemos caso a las


palabras de la madre. Dionisio Santos ha acudido a la policía, pero eso es lo
último que suelen hacer las familias amenazadas. —Aneth asintió con un
gesto mientras conducía, animándole a continuar—. Eso significa que Santos
sabe que su hija no sufrirá ningún daño y que está retenida como «garantía o
prenda» para obligarlo a hacer algo.

—¿No pueden amenazarlo con hacer daño a Gabriela?

Matías negó con la cabeza.

—Si le pasa algo a la niña, que es su moneda de cambio, el empresario puede


tomar represalias. No les interesa. Por otra parte, está claro que Santos
tampoco desea propaganda del suceso.

—Entonces, ¿cuál es el próximo paso?

—Sugiero que veamos qué información trae Cota, así completaremos la


escena. A partir de ahí seguiremos trabajando.

Aneth afirmó con un gesto y guardó silencio el resto del trayecto. Observó de
reojo a su compañero, que seguía consultando su celular y el cuaderno de
notas. No era solo que fuera atractivo —que lo era—, también estaba
demostrando ser eficaz y conocer su trabajo. Era evidente por qué el
comandante Sotomayor decidió traerlo a Sancaré. No pudo evitar sentir un
punto de remordimiento hacia Guillermo Goya, al que en los últimos tiempos
había comenzado a tutear a petición del experto policía, y que tampoco le
permitió seguir llamándole «jefe», como hacían los demás.
Se dio cuenta de que, por primera vez desde que Goya se internó en la clínica,
había pasado más de tres horas sin pensar en él.

En la estación de Policía, el criminalista Hilario Cota los esperaba comiendo


un perrito caliente en una de las salas de reuniones.

—Es que llevo un día… —se disculpó dando un bocado voraz.

Aneth recordó que ella tampoco había tomado nada sólido desde mediodía —
los refrescos en casa de los Santos no contaban—, y ya eran casi las nueve de
la noche. Vélez fue a la máquina de bebidas y trajo dos latas.

Hilario Cota comenzó a ponerlos al día de su parte. Había tenido suerte. La


amiga de Gabriela, Denisse, era del género curioso y se quedó rezagada
espiando para ver qué sucedía. No lo hizo por preocupación, sino porque le
había llamado la atención que Gaby se hubiera detenido a hablar con una
desconocida. Estudió tan bien a esta que incluso pudo confeccionar un retrato
hablado.

Cota abrió la carpeta que dejó sobre la mesa y mostró a una rubia de pelo
largo rizado, con las facciones muy angulosas.

—Lo han repartido ya por las comisarías de los distritos —les dijo a Vélez y
Castillo. Una gota de mostaza se escurrió del perrito caliente y fue a caer
sobre una esquina del papel. Matías la limpió con disgusto, ayudado por una
servilleta. Cota prosiguió hablando, con la boca llena—: Esperamos saber algo
en un par de horas.

Aneth se quedó pensativa.

—Una mujer rubia… Esa es una coloración muy poco común, lo más probable
es que usara una peluca. Va a ser difícil encontrarla de ese modo.

Hilario asintió.

—Hay más. Denisse dijo que la mujer era delgada, pero de un modo «raro».
Por el modo en que la describió diría que es una especie de culturista. Eso sí
puede ser una pista. Estamos investigando también en los gimnasios de la
ciudad y en las tiendas de aparatos de musculación.

Matías habló, aunque en lugar de mirar a Cota al rostro se quedó observando


cómo se chupaba los restos de kétchup de los dedos.

—Sabes que es como buscar una aguja en un pajar, ¿verdad?

—Sí, inspector Vélez. —Hilario dio un último lametón al pulgar—. Pero para
eso estamos.

Se levantaron los tres y Cota se despidió.

—Me voy a otro caso. El comandante me pidió que los pusiera al día, pero
creo que ahora él está libre y querrá saber qué tal les ha ido con el
empresario.

Extendió la mano, pero la retiró enseguida al comprobar que estaba sucia por
la comida.

—Si me disculpan…

Matías resopló cuando Hilario Cota abandonó la sala de reuniones, y al


cruzarse las miradas, este y Aneth se echaron a reír.
Capítulo 7

El comandante Carlos Sotomayor no tenía buen aspecto. Se le habían formado


bolsas bajo los ojos y tenía estos un tanto velados, fruto del cansancio.

—Los políticos son la verdadera escoria de esta ciudad —dijo, sin mediar
saludo, cuando ambos inspectores entraron en su despacho—. Llevo horas al
teléfono. Acabo de colgar, por cierto, a nuestro hombre del día, Dionisio
Santos. Conozco su versión, ahora quiero que me cuenten la de ustedes.

Matías tomó asiento, sin mostrar nerviosismo. Aneth le envidió en aquel


momento. Cuando Sotomayor estaba de aquel talante, pocos le resistían el
humor. Ella también se sentó, sacó su agenda y esperó a que Vélez tomara la
palabra.

—Pese a lo que diga, es bastante evidente que al señor Santos lo están


extorsionando —declaró Matías.

—¿Está de acuerdo, inspectora?

Aneth afirmó con la cabeza y dijo:

—Su mujer nos lo ha confirmado extraoficialmente. No sabemos si tiene algún


tipo de pruebas y si su marido la vigila, pero sería interesante poder hablar
con ella.

El comandante se acarició el mentón.

—Inspector Vélez, ¿qué motivos tendría el empresario para negar la idea del
secuestro?

—Muchos y no buenos, me temo. Pero eso complica el tema porque o bien


Dionisio Santos sospecha de alguien o tiene ya la certeza.

—Es increíble, su propia hija…

El comandante Sotomayor meneó la cabeza y luego fijó la vista en Matías.

—Está haciendo un buen trabajo, inspector Vélez. Quiero que usted


personalmente le siga la pista al empresario hasta que descubra quién puede
estar detrás. Ya pueden irse.

Aneth experimentó la sensación de ser apartada y no le gustó. Aquel «usted


personalmente» indicaba de modo evidente que su jefe la relegaba. Tenía que
aclarar de una vez por todas cualquier malentendido con el comandante.

Cuando ambos inspectores se levantaban del asiento, el celular de Sotomayor


comenzó a sonar con una melodía muy conocida. Era la banda sonora de la
película Tiburón.

—Es el tono del número de urgencias… —se excusó este.

Luego pulsó para responder la llamada, al tiempo que hacía un gesto a los
inspectores para que no se fueran todavía.

—¿Los bomberos ya están de camino? Bien, bien.

Aneth y Matías intercambiaron miradas preocupadas. Sotomayor comenzó a


recorrer el despacho a grandes pasos.

—¿Cómo? Entiendo, cuenten con nosotros.

Colgó y arrojó el celular sobre la mesa. Luego se restregó los ojos, haciendo
más profundas las bolsas.

—¿Sucede algo, señor? —Aneth no pudo contenerse al ver que pasaban los
segundos y su jefe no hablaba.

Él miró a los dos inspectores.

—Sí, claro que ha sucedido algo. ¡Menudo día! Se ha declarado un incendio


en el barrio de La Favorita. Me han comunicado que han dado aviso a los
bomberos, pero hay atasco en la ciudad… ¡para variar! No van a poder llegar
a tiempo de evitar un gran desastre. Ya saben ustedes que las casas allí son
casuchas de madera en su mayoría.

Matías intervino:

—¿Podemos hacer algo?

Él los miró como debió mirar el pueblo de Israel a David cuando el chico se
ofreció para pelear frente a Goliat.

—Mejor encárguese de lo que le he dicho, Vélez. Voy a hacer un llamamiento


a las unidades policiales más cercanas para que avisen al vecindario y hagan
una cadena de solidaridad para sofocar el incendio. Supongo que eso sí será
efectivo. Tenemos que ayudarlos a como dé lugar.

Matías abandonó el despacho y Aneth se quedó rezagada a propósito. De pie


frente a la mesa de Sotomayor, escuchó cómo este hablaba por el
intercomunicador, pidiendo a su secretaria que ejecutara la orden que antes
les había expuesto a Vélez y Castillo.

—Inspectora, ¿desea algo?

—En realidad, sí, señor. Quisiera hablar con usted.

—Pues usted dirá. —Sotomayor no alzó la vista de los papeles, pero Aneth se
obligó a hablar—. Antes le ha encomendado al inspector Vélez que se ocupe
de seguir a Dionisio Santos, pero no ha expresado nada concreto con respecto
a mí.

El comandante alzó la vista y la observó un momento.

—Inspectora Castillo, Aneth, estamos en una situación de alerta en la ciudad y


no estoy para chiquilladas. El inspector Vélez y usted son ahora un equipo.
Por tanto, lo que le encargo a uno es también tarea del otro. Quiero que
ambos se ocupen del caso Santos y no cesen hasta encontrar a esa niña, que
Dios sabe lo que estará pasando durante su secuestro.

La joven aguantó la reprimenda con estoicismo.

—Sí, señor. Disculpe.

—Otra cosa antes de que se vaya. —Sotomayor tomó una carpeta y consultó
un nombre—. Mañana se incorpora otro compañero a la oficina.

Aneth se mantuvo en silencio, esperando la continuación.

—Oliver Márquez ha tenido que irse precipitadamente por un asunto


personal. Me ha dicho que no sabe cuánto tiempo le llevará. —Sotomayor hizo
una mueca de disgusto—. No podemos estar sin médico forense
indefinidamente, así que nos envían un sustituto de otro distrito. Su nombre
es Felipe Mejía.

—Muy bien, señor.

Aneth permaneció de pie frente a él y Sotomayor malinterpretó su gesto.

—Puede retirarse.

—Antes de irme, creo que le debo una disculpa. Desde hace tiempo, además.

El comandante se llevó las manos a la cabeza teatralmente.

—Si eso la hace sentirse mejor y ponerse a trabajar enseguida…

—Sí, me haría sentirme mejor.

Aneth extendió una mano y la colocó sobre la de su jefe. Luego tendría tiempo
de pensar en su «osadía».

—Cuando llegué a Sancaré, no conocía a nadie. Era una «chica de pueblo»,


apenas con cuatro cosas que cabían en un morral. Usted me buscó un lugar
de su entera confianza para que al inicio no tuviera que perderme en el
laberinto de esta ciudad. Sé que esa pensión es el negocio de su suegra…

Sotomayor frunció el ceño.


—Castillo, lo que haga con su vida privada…

—Precisamente de eso quería hablarle, señor. Allí no tenía privacidad y eso


fue lo que me decidió, andando el tiempo, a buscar otro sitio. Sé que la señora
Regina se disgustó y no sé qué le habrá contado a usted, pero no he querido
perjudicar a nadie. Si no ha conseguido a otra huésped no es culpa mía, pero
yo no me podía quedar.

El comandante se incorporó de su asiento y Aneth lo imitó.

—Inspectora, no había necesidad de disculparse, pero si la ha hecho sentirse


mejor, ya está hablado y archivado. Y ahora, por favor, continúe con el caso.

—Sí, señor.

Sotomayor volvió a sentarse y la joven se sintió más aliviada. ¿Sería efecto del
embarazo, que la hacía estar más sensible?

Fuera del despacho lo estaba esperando Matías, que se inclinó para hablarle
al oído.

—Por fin. Vamos a cenar a un sitio que conozco. Esos perritos calientes me
provocan arcadas.

Aneth sonrió mientras lo seguía. Pero su cabeza viajó a otra parte. Un detalle
importante de la conversación que acababa de tener con el comandante. ¿No
dijo acaso que Oliver Márquez tuvo que irse de modo precipitado? ¿Y que
aquello era extraño en él? Bueno, eso último no lo había mencionado, pero el
modo en que se expresó daba a entender que Sotomayor no había tenido que
lidiar con muchas ausencias de su médico forense. Recordó el mensaje
recibido aquella tarde en su teléfono celular: «No desaparezco por gusto».
¿Sería de Márquez?

Deseaba comprobarlo, una simple llamada bastaría, pero Matías estaba a su


lado y ella quería un momento a solas para disipar sus dudas.
Capítulo 8

La nube de humo negro se iba percibiendo de mayor tamaño conforme


Jerónimo se acercaba con su furgoneta a los límites de La Favorita. Las
primeras casas que divisó ya estaban calcinadas, aunque aún se percibía el
brillo rojizo de los rescoldos en la madera de las barracas.

Dio un salto para apearse y abrió las puertas traseras del vehículo. Además de
los cilindros, el hombre de la bata también había previsto que Jerónimo se
hiciera oír y le dejó un megáfono blanco que él se apresuró a llevar a la boca.
Comenzó a gritar para atraer a los curiosos hacia él.

—¡No miren! ¡Ayuden a apagar el fuego!

Cuando consiguió reunir un grupo en torno a la furgoneta, Jerónimo volvió a


animar a través del megáfono, mostrando uno de los cilindros amarillos.

—¡Esto son extintores! ¡Es fácil usarlos!

Soltó el megáfono y procedió a hacer una demostración. Le quitó la anilla de


seguridad a uno de los cilindros y sujetó la manguera del extintor con fuerza
apuntando al suelo, al tiempo que accionaba la palanca. Un polvo seco de
color blanco salió a propulsión.

—¡Vamos! —Jerónimo retomó el megáfono—. ¡A dos metros de distancia como


mínimo!

Las llamas avanzaban en la lejanía. Varios hombres se abalanzaron sobre los


extintores y se los llevaron, internándose luego en La Favorita. Jerónimo se
quedó con el que había usado para la demostración. Cerró las puertas de la
furgoneta y siguió a los otros.

«Maldito chapetón. ¿Qué habrá tramado? No puedo dejar a mis compadres


así».

En algunos lugares, donde utilizaban plásticos, las llamas alcanzaban varios


metros de altura. Los rostros de impotencia y dolor de los favoritos al ver
desaparecer sus míseras viviendas conmovían a Jerónimo. Al menos, los
extintores estaban cumpliendo su papel.

Durante la siguiente hora, el noveno y los favoritos lucharon contra un


incendio que avanzaba más rápido que sus fuerzas gracias a lo reseco de la
madera de la que estaban construidas las chozas y lo cerca que se situaban
unas de otras. Jerónimo se encontró tiznado por completo, tosiendo por el
humo y mareado. Le dolía la cabeza de modo terrible.

Llegó un momento en el que no pudo continuar. Sentía una náusea en la boca


del esófago que no podía contener. Soltó el extintor, cayó de rodillas y el
vómito llegó enseguida. En el instante en que comenzó, ya no podía
detenerse. Comenzó a dolerle la garganta a causa de las arcadas, pero no
podía dejar de devolver, hasta que solo expulsó agua y bilis.

Con ojos llorosos levantó la mirada y comprobó que no era el único. A su


alrededor, otras personas tosían y vomitaban.

«Este humo es infernal. Tengo que salir de aquí como sea». Jerónimo intentó
ponerse en pie, pero le fallaron las rodillas.

—Ayuda…

Su voz era apenas un susurro. Supo que nadie podría hacer nada por él. Los
que tenía más cerca estaban en una situación parecida.

Se dejó caer de espaldas y cerró los ojos. Respiraba con estertores. Hizo un
esfuerzo por imaginarse el cielo de Sancaré, no el que ahora estaba cubierto
por una nube negra de humo, sino el que solía observar desde su barca en el
manglar, cuajado de luces brillantes. Que esa sea la última imagen que se
lleve adonde quiera que lo arrastre su destino ahora.

***

El despacho era su refugio, su sanctasanctórum. Presidido por una excelente


reproducción del Retrato de Adele Bloch-Bauer I de Klimt, la mujer dorada del
cuadro resumía las ambiciones de Dionisio Santos tanto en la historia
personal de la protagonista como en los materiales utilizados. Una rica
heredera plasmada en un dibujo donde solo se mostraba nítido el rostro en un
océano de oro.

El empresario hacía tamborilear los dedos sobre la mesa de nogal mientras


hablaba por teléfono. El celular estaba apoyado sobre la superficie y él usaba
un dispositivo de manos libres en el oído para evitar sostener el aparato.

—Saben que por la fuerza es imposible obtener nada de mí.

La voz de Dionisio Santos era segura y sonaba un tanto impaciente. Prosiguió:

—Les digo más. Si siguen reteniendo a mi hija, van a obtener precisamente lo


contrario. Por mi parte, no habrá diálogo hasta que Gabriela regrese a casa. Y
pobres de ustedes si ha sufrido algún daño.

Al otro lado de la puerta Salomé retuvo las lágrimas. Acababa de tener la


confirmación, no solo del secuestro, sino de que su marido conocía la
identidad de quienes tenían a Gabriela. Con cuidado se alejó unos pasos y se
dirigió al dormitorio matrimonial. En el cajón de la mesita de noche había
guardado las tarjetas de visita de ambos inspectores de Policía. Eligió la de
Aneth y tomó su celular para marcar.
Capítulo 9

—¿Adónde me llevas a cenar? ¿Cómo es posible que ya conozcas sitios en


Sancaré? ¡Si acabas de llegar!

La andanada de preguntas comenzó después de que Aneth y Matías llevaran


varios minutos recorriendo las calles de El Empedrado, uno de los barrios
populares. Estaban cerca de los muelles y les llegaba un intenso olor a salitre
mezclado con las voces de los estibadores. Los dos inspectores llevaban un
paso relajado. Vélez había introducido las manos en los bolsillos del pantalón
vaquero. Cada tanto miraba hacia arriba y cerraba los ojos, aspirando con
profundidad.

Aneth le estuvo explicando lo que sabía de aquella zona. El nombre de El


Empedrado, le contó, procedía de un curioso trazado en el suelo, como un
mosaico de piedras colocadas de canto, situado en medio de la calzada. Ahora
ya no se pisaba directamente sobre él, sino sobre el vidrio protector que
colocaron en el tramo de la vía peatonal donde estaba localizado.

También le hizo notar que, según se decía, en tiempos posteriores a la venida


de los españoles, en ese lugar hubo una casa magnífica. El dueño trazó aquel
suelo para el patio interior, a imitación de los que se estilaban en la España
de entonces. Fuera cual fuese el origen, y si alguna vez existió tal residencia,
lo único que había prevalecido con el paso del tiempo fueron aquellas piedras,
bien alineadas, que el alcalde decidió salvaguardar.

Después de las explicaciones, al observar que Matías seguía vagabundeando


por las calles, Aneth le interpeló sobre dónde la llevaba y cómo era posible
que ya conociera lugares para tomar algo. Vélez sonrió.

—En realidad, ha sido una recomendación de la patrona de la pensión donde


estoy. Llegué anoche, así que no me ha dado tiempo a alternar mucho. —Se
detuvo frente a un local con más aspecto de pub nocturno que de restaurante
—. Me parece que es aquí.

Castillo observó el lugar con desconfianza y estuvo a punto de negarse a


entrar. Dudaba que allí les sirvieran otra cosa que no fuera alcohol, pero
Matías ya había subido los tres escalones de entrada y no tuvo más remedio
que seguirlo.

El interior le sorprendió gratamente. Además de la barra del bar, había una


zona superior aislada, con mesas, a la que se llegaba por unas escaleras de
madera oscura. Sonaba With or Without You de U2. Dos parejas tomaban
unas copas pero no había nadie arriba. Vélez le hizo un gesto y ambos
subieron.

Estudiaron la carta, cuya oferta no era diferente a la de un fast food:


sándwiches, hamburguesas, fajitas, patatas fritas con todo tipo de salsas. Se
decantaron por unos bocadillos y pidieron refrescos para acompañar.

—Puedes tomar una cerveza si quieres —dijo Matías—. Yo diría que casi
estamos fuera de servicio.

Aneth se ruborizó —y se maldijo por ello— al tiempo que negaba con la


cabeza.

—Mejor no.

Vélez le sonrió y se irguió en el asiento. Al hacerlo, las rodillas de ambos se


tocaron. Aneth se retiró por instinto. Aunque escogieron una mesa redonda de
tres sillas, era demasiado pequeña para evitar que sus piernas tropezasen.

—Cuánta prudencia con el alcohol —insistió Matías—. Ni que estuvieras


embarazada.

Ella le devolvió la mirada directamente a los ojos. Cuánto le gustaba esa


tonalidad verde y el brillo chispeante que mostraban ahora, como si no
existieran problemas de los que preocuparse.

—¿Y si te dijera que así es?

Matías alzó una ceja y luego extendió una mano hacia ella. Aneth alargó la
suya y él se la tomó para apretarla con calidez. Habló con voz pausada.

—¿Crees que me voy a escandalizar? ¿O que voy a llevarme las manos a la


cabeza? —Hizo una breve pausa—. Intuyo además, por la forma en que lo has
dicho, que no deben de saberlo muchas personas. Si hablar de ello te
desahoga, aquí me tienes.

Le soltó la mano y extendió las suyas sobre la mesa mostrando las palmas
hacia arriba.

Castillo soltó una carcajada.

—No me puedo creer que esté sucediendo esto. De verdad que no.

—Bueno. —Matías se encogió de hombros—. A veces hablar con un


desconocido alivia bastante. Y si ese alguien no está implicado
emocionalmente, hasta puede ayudarte, formulando preguntas que te sirvan
para enfocar el tema. Eso te podría ser útil para ver la situación con
perspectiva.

»Por ponerte un ejemplo, si me dieras permiso, mi pregunta sería: ¿sabe el


padre de la criatura que va a ser padre?

—Se llama Vicente y no, no lo sabe.

—Interesante. —Vélez levantó su refrescó y tomó un sorbo largo.


—Hemos roto hace unos días.

—Ajá.

—¿Qué quieres decir con «ajá»?

Matías rio.

—Nada en absoluto. Recopilo datos. Estás embarazada de un hombre que


parece que ya no te interesa. Mi siguiente pregunta sería: ¿quieres al niño?

Aneth miró a un punto alejado de ellos.

—He querido a este niño tanto tiempo que mentiría si te dijera que no. Pero
dime algo, Matías. —Y lo miró de frente—. En mi situación, ¿lo querrías tú?

Su compañero la sorprendió con su respuesta.

—Definitivamente, sí. Siempre he querido ser padre, pero nunca he


encontrado a la mujer adecuada. Yo no renunciaría a él.

Aneth no pudo resistirlo. Había intentado evitar pensar en Vicente y en el


bebé desde su regreso de Aborín, pero el estrés y la cercanía de aquel
hombre tan atractivo la hacían sentir más sensible de lo que deseaba. Sintió
correr las lágrimas con libertad por las mejillas y buscó un pañuelo de papel
con rabia, a tientas, en el bolso que colgó de la silla.

—No tienes nada de qué avergonzarte…

Oyó la voz de Matías muy cerca, era un susurro en su oído, acariciándole el


lóbulo. Le estaba tendiendo un pañuelo y ella se apresuró a secarse. Pero
cuando lo consiguió, él seguía a su lado, exhalando su aliento en la oreja de
Aneth. Se estremeció. Cuando giró la cabeza le descubrió mirándola con
intensidad, y cerró los ojos. El beso llegó, dulce pero firme, invadiendo el
interior de su boca y desatando un sinfín de sensaciones encontradas.

Podría haber durado centurias, pero el celular de Aneth sonó. Se separaron


con rapidez, como dos adolescentes descubiertos en falta. Ella buscó en el
bolso con prisa y descolgó sin mirar quién era. Escuchó la voz de Goya al otro
lado de la línea.

—Castillo, estoy escuchando la radio y han hablado de un incendio en La


Favorita. ¿Qué puedes decirme?

Tardó unos segundos en responder. Tenía que relajar la respiración, templar


la voz.

—No me digas que te dejan escuchar la radio durante el aislamiento. —Aneth


intentó sonar jocosa, pero aún le temblaban las manos. Le fastidió
comprobarlo y apoyó el codo sobre la mesa, en un intento de evitar que
Matías se diese cuenta.
Observó a este de reojo. Se había puesto a mordisquear unas patatas fritas,
como si no hubiera sucedido nada unos segundos antes.

—Ya no estoy en aislamiento, mocosa.

—Y yo estoy fuera de la estación. —De repente tenía muchos deseos de


terminar aquella conversación—. Han enviado a los bomberos y refuerzos de
policía para controlarlo. No sé nada más. Te dejo, Goya. Cuídate.

Guillermo Goya, al otro lado, intuyó que Aneth no estaba sola. La manera de
despedirse tan brusca de la inspectora no encajaba con lo poco que había
conocido de ella.

Hizo cábalas sobre la identidad del acompañante. Tardó poco en sumar los
factores. Pero su sagacidad le dejó un regusto de acíbar. Una vez más, se dijo,
hay veces que es mejor —mucho mejor— no saber.
Capítulo 10

Sesenta segundos. Puede que noventa. Es lo que Aneth había necesitado para
volver a la realidad de su presente. ¿Qué estaba haciendo? Acababa de
conocer a Matías, llevaba en su seno al hijo de otro hombre, su
comportamiento era irracional. A ella le gustaba tener su vida personal
controlada, no podía seguir así, como si navegase en una barca que hacía
agua y sin saber por dónde empezar a achicar.

—Tengo que pedirte disculpas.

Oyó la voz de Vélez cuando volvió a apoyar el bolso en la silla, después de


guardar el celular. Al girar la cabeza en su dirección ya no había rastro de
debilidad en Aneth. Tenía los ojos secos, la mirada orgullosa y el porte altivo.
Se irguió en el asiento y luego hizo un breve gesto de encogimiento de
hombros.

—Vamos a olvidarlo. Estas cosas ocurren, pero preferiría que no hubiera una
segunda vez.

Matías hizo una ambigua inclinación de cabeza y siguió masticando su


bocadillo en silencio. Ella lo imitó. En el local se oía la voz de terciopelo de
Norah Jones cantando Cold Heart. Aneth no pudo evitar un suspiro. Dejó de
comer y llamó la atención de Vélez con un codazo amistoso.

—¿Tú no ibas a darme un consejo?

Los ojos de Matías se iluminaron. Cabeceó en señal de asentimiento.

—¿Me harás caso?

—Es un consejo, ¿verdad? No una orden. De todas formas, lo tendré en


cuenta.

Él rio. Aneth descubrió que le gustaba su risa. Eran carcajadas graves, como
su voz, espontáneas, y con cierto toque irónico.

—Está bien, inspectora. He aquí mi opinión. Ese niño no es solo tuyo, Vicente
debe saber cuanto antes que existe.

—Ya. —Aneth se mordió el labio inferior.

—Imagino que si fuera fácil ya se lo hubieras dicho, ¿verdad?

Ella asintió.

—¿Temes que quiera volver contigo a causa del niño?


—Puede ser.

—¿O que te pida que no lo tengas?

—Esa es otra posibilidad.

—Aneth, mírame.

Ella no se dio cuenta de que había bajado la vista mientras hablaba hasta que
Vélez se lo reclamó. Lo cierto es que le costaba mirarlo. Superponía las
imágenes de Vicente y Matías, y el primero no salía bien parado en la
comparación.

—¿Qué sucede? —dijo Aneth.

—Tienes que actuar. Ese inmovilismo te está haciendo daño. Lo veo.

—Así que además de inspector eres psicólogo. Qué completo. —Se pasó una
mano por el rostro. El día estaba resultando agotador y le estaban fallando las
fuerzas.

—En absoluto —se defendió Vélez—. Pero eres policía.

—Inspectora. —Ella le corrigió con rapidez.

—Inspectora —repitió Matías con tono irónico—. Joven. Con ganas de


promocionar. Al aplazar esta decisión vas en contra de tu forma de ser.

Aneth asintió sin palabras.

—¿Te arriesgas? —El tono en el que Vélez formuló la pregunta no era de los
que se pasa por alto. Todas las células de la policía la empujaban a decir «Sí,
¡cómo lo dudas!». La mujer, sin embargo, se mostraba más precavida.

—No tienes por qué llamarle. Escríbele un correo electrónico —sugirió


Matías.

Dudó. Siempre consideró que aquella «noticia» debía ser dada en persona,
como mucho, por teléfono. Parapetarse detrás de una carta no le parecía una
solución.

Vélez parecía estar leyendo sus pensamientos, porque añadió:

—Créeme, él te lo agradecerá. Si le lanzas la noticia de repente puede que no


te guste su reacción. Pero si se lo comunicas por escrito le darás tiempo para
reflexionar. Y cuando te responda ya habrá asimilado el «asunto».

Aneth lo miró fijamente. En el fondo, tenía bastante sentido. Un discurso por


teléfono podía acabar con las dos partes enzarzadas, con malentendidos y
excusas dolorosas. En cambio, «la letra escrita, escrita está», o así traducía
ella libremente aquel famoso Quod scripsi, scripsi.

—Me parece que sí voy a seguir tu consejo. —Sonrió—. ¿Cuánta experiencia


tienes redactando e-mails de embarazos inesperados?

—Hay una primera vez para todo.

Durante los siguientes veinte minutos utilizaron el celular de ella para ir


escribiendo el cuerpo del correo. Lo que podría haber sido un momento
dramático se convirtió en un ir y venir de bromas y pullas sobre si utilizar una
u otra expresión. «Tienes que decir “vamos a tener un hijo”, no escribas “voy
a tener un hijo”, como si no fuera con él», le argumentaba Matías. También
intercambiaron sus opiniones sobre la diferente visión de hombres y mujeres
respecto a los niños. «Para bien o para mal, el susto del primer momento no
se lo quitas. Si se lo dijeras a bocajarro, y dada su situación, probablemente te
presionaría para que no siguieras adelante. Por eso, si le dejas tiempo, unas
semanas, cuando ya sea “irremediable”, todo irá bien. Él ya pensará de modo
práctico en cómo afrontar la nueva situación en vez de cómo barrerla del
panorama de su vida».

Cuando lo consideraron finalizado, Aneth le había dejado dos cosas claras a


su antigua pareja: que no deseaba regresar con él —por lo tanto, el hijo no
debía ser considerado un motivo para la reconciliación—, pero que sí quería
tener el bebé, y que él no debía preocuparse porque ella contaba con
ocuparse sola del niño.

—Ahora dale a enviar y cruza los dedos.

La inspectora estaba a punto de mandar el correo electrónico cuando entró


una llamada. Era un número desconocido. En un gesto instintivo más que
pensado, colgó con disgusto.

Por un instante sintió un miedo cerval a perder el texto que Matías y ella
estuvieron preparando con tanto esfuerzo. Pulsó por fin la tecla «Enviar»,
verificó en la bandeja de «Elementos enviados» que allí estaba el mensaje, y
solo entonces se permitió volver a respirar con normalidad.

Levantó los ojos hacia Matías y le sonrió.

Volvió a bajar la mirada al oír un pitido que anunciaba un mensaje en el buzón


de voz. La persona que llamó parecía haberle grabado algo en el contestador.

—¿Sabes quién es? —Vélez la observaba.

—No, pero vamos a escuchar qué nos ha dejado.

Puso el altavoz y reprodujo el mensaje para ambos.

Se oyó la voz de Salomé Santos teñida de angustia.

«Inspectora Castillo, tengo pistas sobre el secuestrador. Pero no debe venir a


mi casa. Es mejor en la comisaría. Por favor, escríbame a este celular con una
hora para vernos mañana. No me llame, solo escriba un mensaje. Allí nos
veremos».

—Está claro que las mujeres empatizan con las mujeres —dijo Matías.

—Quizá mi tarjeta es la primera que encontró. Yo te hubiera llamado a ti. —Y


le guiñó el ojo—. Lo importante es que avanzaremos en el caso. La citaré a las
diez para que le dé tiempo a llegar.

Vélez asintió.

—Voy a ir pagando.

Mientras Matías bajaba las escaleras, Aneth escribió el mensaje a Salomé.


Recibió inmediatamente un «OK» como confirmación.

Guardó de nuevo el celular en el bolso y se levantó de la silla. Hizo un gesto


inconsciente de acariciarse el vientre.

—¿Qué será de nosotros? —murmuró en voz baja.

Acababa de lanzar la pelota al tejado vecino, solo quedaba esperar la


respuesta de Vicente, que podía tardar semanas, según Matías. Meneó la
cabeza y se encaminó a las escaleras.

Vélez, en la barra del bar, esperaba el cambio del billete con el que pagó y
aprovechaba para escribir en su celular. Pulsó «Enviar» y se quedó pensativo
un instante antes de volver a guardarlo en el bolsillo de su pantalón.
Capítulo 11

En el exterior todo era oscuridad, Valentina únicamente podía apreciar el halo


que proyectaban las farolas de la calle. Giró la varilla de la veneciana situada
sobre el fregadero para cerrarla del todo y siguió enjuagando los tazones.
Eran de cerámica azul y blanca, cerca de una docena. Los fue apilando con
cuidado a su derecha y luego los secó despacio, en una especie de ritual.

Aquella noche se había preparado un pequeño festín de comida china, una de


sus preferidas. Sopa de wonton, fideos fritos con gambas, chop suey y jiaozi
con salsa de soja. Mientras iba controlando los tiempos de cocción, la
cantidad de aceite para freír y la temperatura, se acordó del hombre que,
años atrás, la introdujo en el mundo de lo oriental. Pablo era tan exigente en
la cocina como en el gimnasio donde ejercía de monitor de Body Combat. A
Valentina le gustaba esa combinación de boxeo, karate y boxeo tailandés, ya
que había practicado las tres disciplinas. Pero más aún le gustaba Pablo. No
tardaron en convertirse en amantes. Él pasó varios años en China y le enseñó
la paciencia de la cocina asiática. Fue el único hombre al que lamentó dejar,
cuando su encargo terminó y tuvo que irse de aquella ciudad, junto con su
falso nombre y su historia inventada. Eso sucedió cuatro años antes, y aún se
preguntaba qué habría pensado él cuando entró al piso que compartían y,
viendo que ella no llegaba, revisó luego los cajones vacíos, el armario con su
mitad despejada, el cuarto de baño sin el cepillo de dientes. Y, más tarde,
después de levantar el cobertor descubriese sobre la almohada aquella nota
escrita a máquina: «No pudo ser».

De aquel amorío solo se llevó de recuerdo los tazones de cerámica azul y el


capricho de festejarse a sí misma, en solitario, con el ritual de un almuerzo o
una cena orientales. Era laboriosa de cocinar pero, en estos momentos,
gracias a su encargo actual de «niñera», tiempo era precisamente lo que
tenía.

Sabía que debería estar agradecida por cobrar un sueldo generoso haciendo
un trabajo tan fácil, aunque a ella le supusiera un gran esfuerzo permanecer
inactiva.

Eso le recordó que no había vuelto a oír a Gabriela en toda la tarde. «Chica
lista, ha aprendido la lección», pensó Valentina.

Secó con mucho cuidado la vajilla china y la colocó en el aparador. El tipo de


vida que eligió la «condenaba» a alquilar —el apartamento, el coche— y a
comprar objetos que luego debía abandonar —las máquinas de musculación,
la ropa—. Salvo cuatro prendas básicas, siempre partía de cero en cada nueva
identidad que se forjaba. Pero la vajilla era una excepción. Se la había
regalado Pablo y pretendía que siguiera viajando con ella. Se excusaba
pensando que cocinar la relajaba y abría su mente mientras esta se estaba
ocupando en tareas físicas.
Después de poner todo el menaje en su lugar buscó una sartén y abrió la
refrigeradora para tomar la huevera. Con parsimonia comenzó a hacer una
tortilla francesa de dos huevos, a la que agregó trozos de jamón de York.
«Está en edad de crecer, tiene que alimentarse», se dijo. Abrió media barra
de pan e introdujo la tortilla en su interior.

Preparó la mesa con un mantel individual y un plato donde dejó el bocadillo


con la tortilla recién hecha. Sacó de la nevera un botellín de agua. Luego lo
pensó mejor y tomó otro más.

Una vez que hubo hecho todos los preparativos regresó a la sala que había
habilitado como gimnasio, la única con acceso al sótano. Buscó el equipo de
sonido y le dio al Play. Por los altavoces de la casa comenzó a sonar
Radioactive de Imagine Dragons. Se sacó por la cabeza la llave que llevaba
colgada al cuello y abrió la puerta pequeña. Por un instante la desconcertó la
oscuridad. Encendió el interruptor y fue descendiendo.

Gabriela seguía en la misma posición que recordaba, las piernas recogidas,


abrazada a sí misma, pegada a la pared. Sabía que estaba despierta porque se
oían sus hipidos intermitentes, que ella intentaba controlar manteniendo
cerrada la boca. Sin embargo, cada acceso convulsionaba todo su cuerpo,
como si fuera una marioneta manejada por un niño torpe.

—Tienes que controlar la respiración —dijo Valentina—. Así desaparecerá el


hipo.

La niña la observó sin hacer comentarios. Parecía evidente que no se atrevía a


hablar.

—Levántate —ordenó la mujer.

Gabriela lo hizo, muy despacio. Las largas horas en la misma posición la


dejaron agarrotada y sentía cada movimiento como un esfuerzo titánico. Se
apoyó con las dos manos en la pared mientras se iba incorporando. Primero
de rodillas, luego haciendo fuerza con el talón. Finalmente consiguió
quedarse de pie, con la espalda contra la pared como si esta la sujetase.

Valentina resopló, impaciente, y se acercó a ella.

—Voy a vendarte los ojos.

El terror se apoderó de la niña. La mujer lo vio en la expresión que se


posesionó de su semblante, en el modo en que las manos intentaron aferrarse
a la superficie lisa de la pared. El miedo le concedió incluso valor para hablar.

—Va a matarme, ¿verdad?

Valentina se rio. Le había hecho gracia la frase. «Estos adolescentes de ahora


ven muchas películas», pensó.

—Es tu hora de cenar. ¿No tienes hambre? —Sabía que Gabriela le tenía
pánico, así que intentó endulzar la voz todo lo posible—. Y también pasarás
por el baño. Así que date la vuelta y déjame vendarte los ojos.

Aún suspicaz, Gabriela le obedeció. Después Valentina la condujo al inicio de


los escalones y los fue subiendo de su mano, que iba delante guiándola.

Esta la condujo a un aseo, le quitó la venda y la dejó dentro. Ella se quedó en


el exterior, vigilando.

—Te doy diez minutos para lavarte o lo que desees. Ni uno más.

Cuando terminó el plazo y abrió la puerta, Valentina observó que Gabriela


había vuelto a colocarse la cinta en su sitio y su cabello crespo parecía más
domado. Incluso olía a colonia. Sonrió. Le puso de nuevo la venda y la cacheó
para asegurarse de que no había cogido ningún objeto del cuarto de baño.
Luego volvió a tomarla de la mano y la condujo a la cocina, donde estaba
preparado su bocadillo. La hizo sentarse a la mesa.

—No te voy a quitar la venda, pero comer no te resultará difícil. Tienes una
botella de agua a la izquierda y puedes pedir más.

—Gracias —dijo Gabriela, tanteando el plato.

A Valentina le gustó la sonrisa que se le dibujó en la cara cuando olió la


tortilla y su expresión cuando le dio el primer mordisco.

Luego recordó que aquello era un trabajo. Ella no era una niñera. No debía
dejarse seducir por la inocencia de aquella criatura.

Se acercó a Gabriela por detrás y le dio un tirón del cabello. La niña gritó,
asustada.

—¿Qué te he dicho sobre hablar? No quiero oír ni una palabra. No tienes por
qué ser educada y darme las gracias. Solo eres una mercancía que debo
guardar viva. Pero nadie me ha dicho en qué estado.

La niña asintió para dar a entender que comprendía. Valentina hizo un gesto
afirmativo con la cabeza, aunque Gabriela no podía verla.

—Eso es. Buena chica.

Comenzó a fregar la sartén mientras la niña terminaba el bocadillo y se bebía


los dos botellines de agua. Ella tarareó la canción que sonaba en ese instante:
So What de P!nk, moviendo incluso los pies con la melodía.

—Hora de dormir, Gabriela.

La niña no protestó cuando Valentina la condujo de nuevo al sótano. Allí le


quitó la venda.

—Te dejaré la luz encendida. Tampoco pretendo crearte traumas.


Cuando cerró la puerta arriba y volvió a colgarse la llave al cuello, se dirigió a
la minicadena para apagarla.

En ese momento oyó la alerta de un wasap en el celular. «Menos mal que


acabo de silenciar la música. A saber cuándo me hubiera dado cuenta», pensó
Valentina.

Leyó el texto con cuidado. Frunció el ceño un instante, pero sus dedos no
dudaron al teclear la respuesta: «Todo preparado».
Capítulo 12

Alejandro Correa no había nacido en La Favorita, sino en el cercano barrio de


Los Monos. Su madre abandonó a su pareja, un favorito, estando embarazada.
Regresó con sus padres y tanto ella como su familia creyeron que el asunto
había quedado zanjado.

Pero un día, cuando el pequeño Alejandro tenía seis años, una figura se
recortó en la entrada de la casucha donde vivía la madre con su hijo.
Pertenecía a un hombre fornido, alto, de piel tostada. Llevaba una chaqueta
de cuero desgastada y pantalones vaqueros. El niño se fijó especialmente en
las botas de punta que asomaban por debajo del dobladillo.

Cuando el hombre entró en la casa echó una ojeada al interior en penumbra.


Enseguida localizó a la madre de Alejandro en un rincón, que se había
levantado muy despacio y escondido al niño detrás de ella.

—Tú y yo tenemos un asunto pendiente. —La voz del hombre sonaba agresiva
y Alejandro sintió temblar a su madre.

—Solo es un crío.

—Con esa edad yo sabía defenderme solo. No quiero que lo conviertas en un


inútil. Voy a llevármelo.

Dio dos pasos hacia la mujer, pero ella no retrocedió.

—Lo haré por las buenas o por las malas. No te obligué a regresar conmigo.
Acepté que era mi culpa por enredarme con una mona. Pero el chico es mío.
—El hombre se acercó hasta situarse delante de la madre y la observó con un
gesto apreciativo—. No tienes por qué separarte de él. Puedes venir tú
también si quieres. Fíjate si vengo con buenas intenciones… —Levantó una
mano y le acarició el cabello—que sería capaz hasta de aceptarte de nuevo.

Alejandro no pudo resistir más la curiosidad y asomó por detrás de la falda.

—¡Pero qué tenemos aquí! El macaco tiene curiosidad. —El tono sonaba
amistoso.

—¡No le llames así! —La madre intentó volver a esconderle, pero su hijo se
resistió.

—¿Qué hay de malo, mujer? De los monos, es el que más me gusta. —Hizo un
gesto alentándole a acercarse y la madre tuvo que dejarle ir. El niño se acercó
al extraño.

—¿Cómo te llamas, macaco?


—Alejandro.

El hombre hizo un gesto de aprobación con la cabeza.

—Suena muy bien: Alejandro Correa. Ese es tu nombre completo.

—Lo sé —dijo el niño—. Mamá me lo dijo.

—Entonces, ¿sabes quién soy yo? —El hombre miró a la madre con curiosidad.

—Sí. Eres un fantasma.

Soltó una carcajada.

—¿Y eso?

—Porque mamá dijo que mi padre estaba muerto, y tú eres mi padre,


¿verdad?

Las miradas de los adultos volvieron a cruzarse. Ella se encogió de hombros


como diciendo: «¿Qué pretendías que le contara?».

—Bueno, tu madre creía que yo estaba muerto. Pero ya ves que no. Y he
regresado para llevarte conmigo, macaco. ¿Qué opinas?

El niño se giró hacia la madre.

—¿También viene?

—Que te responda ella.

La mujer contempló al hombre fornido y luego al niño. Luego cayó de rodillas


y comenzó a llorar, abrazando al hijo.

Ese era el último recuerdo que guardaba Alejandro Correa de su progenitora.


Un estrecho abrazo y la sensación de una mejilla mojada por las lágrimas.

«Perdóname, hijo mío, pero no puedo ir. No podría soportarlo. No otra vez.
Perdóname, Alejandro», le susurró una y otra vez al oído hasta que el hombre
fornido pareció enfadarse y separó a las dos figuras abrazadas.

En aquel momento Alejandro hubiera querido decirle a su padre que ya no


deseaba irse con él, pero tenía miedo. Había empezado a comprender a su
madre.

El regreso de Néstor Correa con su hijo corrió como la pólvora por el barrio.
Solo sus hombres de confianza sabían de la existencia de este, el embarazo de
la mujer no era evidente cuando la abandonó. Ahora él se mostraba ufano y
presumía de su descendencia. Nadie osó hacer comentarios burlones. Néstor
Correa era el jefe de una de las pandillas más violentas de La Favorita y no
deseaban entrar en conflictos.

La hermana de Néstor se ofreció a criar a Alejandro. Fue la mejor decisión


porque el pandillero cambiaba con frecuencia de compañera. Tenía un
carácter agresivo y no ponía reparos en señalar con puñetazos y bofetadas lo
que no le complacía. No solo maltrataba a sus mujeres. El niño pronto tuvo
ocasión de experimentar las palizas de su padre, aunque nunca llegara a
ensañarse con él.

—Tienes que hacerte fuerte, macaco —le decía—. A tu edad yo tenía más
cicatrices que huesos en el cuerpo.

Pero el chico poseía más cerebro que deseos de golpear. Aprendió a esquivar
las golpizas de su padre y un día incluso se atrevió a interponerse entre una
de las mujeres y la mano levantada contra ella.

—No todo es violencia, padre.

—¡No has entendido nada! He llegado tarde para deshacer los mimos de tu
madre. —Se mesó el cabello, momento que la mujer aprovechó para huir—.
Con esos buenos sentimientos no podrás sobrevivir en La Favorita.

—Sí, lo conseguiré.

Néstor se acercó a Alejandro y lo miró de frente. A los ojos del líder violento,
su hijo, aquel macaco, era un adolescente que ya parecía un hombre. Alto, con
los músculos marcados, el pelo oscuro recogido en una coleta y cicatrices en
el labio de todas las veces que él, su propio padre, le partió la boca.

—Tienes que irte de esta casa —le dijo Néstor—. Me has desafiado delante de
esa mujer y no tardará en saberse por ahí. No quiero matarte, pero si te
vuelvo a ver, lo haré.

Alejandro supuso que perdonarle la vida en ese instante era el único modo
que su padre había encontrado para demostrarle cuánto le importaba.

Recogió sus cosas y, con tan solo dieciséis años, fundó su propia pandilla, Los
Macacos. El Correa joven tuvo claro desde el inicio que no se mezclaría en
delitos de sangre, así que se dedicaron al hurto. Cuando su pericia como
ladrones creció, elevaron la categoría al robo y se hicieron con una flota de
motocicletas que les permitió incursionar hasta el mismo corazón de Sancaré.

Alejandro podía decir que nunca le había disparado a alguien, pero no


aseguraba lo mismo de otros miembros de su pandilla. Era difícil evitar algo
que les había inoculado el ambiente de La Favorita. A él lo respetaban porque
sus atracos, bien pensados y ejecutados, eran un éxito. No había bajas que
lamentar y los beneficios se repartían con equidad. De hecho, otros favoritos
pandilleros, en su mayoría antiguos integrantes de la banda de Néstor,
deseaban entrar en Los Macacos. Alejandro nunca admitió a estos últimos.
Quería evitar cualquier motivo para tener una reyerta con la pandilla de su
padre, a cambio, la banda de Néstor Correa tampoco incursionaba en el
territorio de Los Macacos. Aquel pacto tácito se mantuvo mientras vivió el
violento líder, y también después.

La noticia del fallecimiento se la comunicaron a Alejandro una mañana. El


mensajero, de la banda de Néstor, llevaba un pañuelo blanco atado al
manillar izquierdo de su motocicleta. Alejandro y él buscaron un lugar
apartado para parlamentar. Eligieron la cima del cerro, desde donde podía
divisarse el océano, y aparcaron sus motocicletas. El lugarteniente del
entonces jovencísimo líder los observaba de cerca, vigilante. El cielo
descargaba lluvias tropicales, como si supiera las pocas lágrimas que se iban
a derramar con aquella muerte.

—Acribillado a balazos por un poli traidor. Nos vengaremos, Macaco.

A Correa le hubiera gustado decirle que más sangre no iba a restaurar el


equilibrio, pero se contuvo. En cambio, intentó invocar alguna imagen que le
produjera un poco de afecto, respeto al menos. El hombre que le dio el
mensaje aguardaba su respuesta.

—Díselo a su hermana, mi tía —dijo Alejandro finalmente—. Creo que rezaba


por él.

El otro asintió. Le palmeó la espalda, no se molestó en darle el pésame y se


fue con rapidez en su motocicleta.

Cuando se quedaron a solas Alejandro Correa y su lugarteniente, el primero


le comunicó la nueva al otro:

—Chedes, esta noche consigue bebidas para todos, que tenemos festejo: nos
hemos librado de un cáncer. A Néstor Correa se lo han llevado al otro barrio.

Mientras el joven líder regresaba a la motocicleta recordó a su madre.


¿Debería avisarle? Lo descartó enseguida. Ella no lo buscó en todos esos
años.

Se acordó de aquella respuesta infantil que él le dio a su padre el día que lo


conoció. «Debes ser un fantasma, porque mi padre está muerto, y tú eres mi
padre». Puede que a su madre le sucediera igual si ahora él, Alejandro,
reapareciera. Tenía el íntimo convencimiento de que ella no podría haber
sobrevivido al dolor de perder a su hijo sin el consuelo ficticio y, ¿por qué no?,
balsámico de haberlo dado por perdido el día que traspasó el umbral de la
casa.

Otro fantasma que sumar al de la historia del marido fallecido. Y quizá fuese
mejor así.
Capítulo 13

—Te la estás jugando, Macaco. ¿De verdad merece la pena?

—Eso no se pregunta, Chedes. Son de los nuestros. Si no quieres venir, dilo


de una vez.

Los faros de la furgoneta iluminaban de forma fantasmal a los dos hombres.


Alejandro Correa tenía un aspecto deplorable. Las ropas estaban quemadas y
también parte del rostro. Chedes, su lugarteniente, no había salido mejor
parado.

—Mira —dijo Correa, intentando emprender el camino cuanto antes—. Tú me


sigues en la moto. Si la cosa se pone oscura dejo allí la «furgo» y me largo
contigo.

—Siempre se acaba haciendo lo que tú dices.

—Por algo soy el líder.

—Esos tipos no lo merecen. La mayor parte son de Néstor…

—¡Ya basta de replicarme!

El hombre llamado Chedes pareció comprender que había sobrepasado el


límite.

—Sí, Macaco.

—Y ahora ayúdame.

Alejandro sabía que para aquel tipo de tareas solo podía contar con su
lugarteniente. Ninguno de sus pandilleros podría entender qué hacía
arriesgando su vida para salvar la de los antiguos miembros de la banda de su
padre. Pero él no hacía distinciones en ese momento. Eran favoritos, nada
más importaba. Resultaron afectados por el incendio, se morían ahogados
entre vómitos y toses. Si él podía prestarles el pequeño auxilio de
transportarlos al hospital más cercano, lo haría.

Cuando terminaron de hacinar en la parte trasera de la furgoneta a la


veintena de hombres, mujeres y niños enfermos, Correa se puso en marcha.
Los llevaría al San Pedro Claver, en el barrio de Olivares. Además de ser el
más cercano, tenía esperanzas de pasar desapercibido porque nunca estuvo
allí.

El trayecto duró apenas veinte minutos, aunque sin tráfico lo hubieran podido
hacer en cinco. Eso le dio tiempo a Alejandro para ir rumiando si debía seguir
involucrándose en el incendio y hablar de lo que había visto.

Era información importante, y no se le debía confiar a cualquiera. Pero ¿a


quién se lo podía contar? No había muchos policías a los que encargar un
asunto tan delicado. Muchas veces tenían más antecedentes que los presos
que encarcelaban. Su propio padre murió traicionado por uno de aquellos
agentes.

La idea le vino de forma repentina. América Herrera. Ella le había hablado de


un caso en el que se vio envuelta, y la impresión tan favorable que le dejaron
los inspectores que llevaron la investigación.

Lo cierto es que hacía tiempo que no sabía de la muchacha, pero esperaba


que su llamada no le sorprendiera. Alejandro procuraba mantenerse alejado
de ella, trataba de convencerse a sí mismo de que le haría más mal que bien a
la joven si dejaba que los sentimientos se impusieran a la realidad de ambos.
Su relación solo podía ser de amistad, se repetía una y otra vez. Ella era
generosa, se había entregado a la causa de los huérfanos en Familia Casa
Hogar, y no podía ni sospechar las miserias de la trayectoria vital de
Alejandro. No debía arrastrarla a su infierno y no lo haría, se repetía. Es lo
que había hecho Néstor con su madre, con el terrible resultado de una familia
destrozada y un hijo arrebatado para criarlo en la violencia. Pero aunque
sabía que debía apartarse de su camino, a veces le vencía la debilidad e iba a
visitarla para llevarle algún huérfano de La Favorita que acoger en su entidad
o preguntar por los favoritos que ya estaban allí. Cualquier excusa le bastaba
con tal de verla.

Marcó su número aprovechando un semáforo en rojo y puso el altavoz.

—¿Diga?

—Meri, soy yo.

Solo él la llamaba por aquel diminutivo. Así se lo había comentado ella un día.
Desde entonces, pronunciarlo ya le producía a Correa un cosquilleo en las
venas.

—Alejandro, cuánto tiempo. —Pocas personas usaban el nombre de pila de


Correa. Macaco era el apelativo oficial. Pero le fascinaba oírlo con el acento
femenino de ella.

—Meri, perdona que vaya al grano, pero voy conduciendo y tengo poco
tiempo.

—Claro, dime.

—¿Recuerdas el nombre de los agentes que llevaron el caso en el que tuviste


que declarar?

—¿El de Paula Rosales? ¿La Diva? Sí, me acuerdo.


—Dímelos, por favor.

—Ella era la inspectora Castillo. Aneth me parece que era el nombre. El otro
es conocido como Jefe Goya.

—Perfecto, con eso me basta. Otro día te llamo y hablamos más.

Colgó sin esperar respuesta, le pidió perdón mentalmente por la grosería y


marcó otro número en el celular.

***

La entrada de Urgencias del hospital San Pedro Claver tenía una luz blanca
muy potente que iluminaba un amplio corredor —para permitir pasar a las
camillas y a las personas en silla de ruedas en fila de a dos— y paredes de
color verde claro que invocaban la serenidad de ánimo y la tranquilidad.

Correa aparcó en la misma entrada y dejó las luces de emergencia


encendidas. Como precaución se puso una visera azul marino que se caló
hasta el borde de los ojos. Su lugarteniente se quedó detrás de la furgoneta,
subido a la moto.

Al empujar la gruesa puerta de cristal pudo ver el mostrador de recepción a la


derecha. También se asomó un guardia de seguridad, alto y orondo, que lo
observó de abajo arriba mientras caminaba hacia la mujer que atendía la
mesa de entrada. Era una morena de mediana edad, con bata blanca de
mangas cortas.

—¿Viene de urgencias? —inquirió ella cuando lo vio cerca. El rostro quemado


de Alejandro pedía a gritos una cura.

—No es para mí, señora. Hubo un incendio en La Favorita, traigo heridos para
que los atiendan. Si usted puede pedir desde ahí ambulancias para que vayan
a atender a los que quedan, le estaría muy agradecido. Hay decenas.

—¿Dónde están los heridos que usted trae? —A Alejandro le gustó el tono
mesurado de la enfermera, imaginó que esa era su profesión, y se le ocurrió
una idea.

—En la furgoneta. No pueden salir por su propio pie. Hay que pedir ayuda.

—Usted también necesita atención médica.

—Yo estoy muy bien en comparación con ellos, créame. ¿Me presta un trozo
de papel y un bolígrafo para anotar algo?

La mujer se levantó del asiento para ofrecerle ambas cosas y entonces


Alejandro pudo ver la zona de pared que antes ocultaba por su posición. Se
trataba de los retratos de los delincuentes más buscados por la Policía. El
Macaco, por supuesto, estaba entre ellos.
—Ya que tiene el bolígrafo en la mano, ¿puede rellenar esto?

—No sé leer —mintió Correa y señaló el papel que acababa de garrapatear—.


Solo he aprendido a poner mi nombre y mi número de teléfono, para las
urgencias.

Puso el trozo de hoja boca abajo frente a la mujer.

—Aquí tiene, como he dicho, mi nombre y mi número de celular. Usted tiene


cara de buena persona y le voy a hacer un encargo muy importante. Consiga
que estos datos lleguen al inspector Goya o a la inspectora Aneth Castillo. Si
me llaman les daré información muy importante sobre el incendio de La
Favorita. Pero solo a ellos.

Correa colocó las llaves de la furgoneta sobre la nota a modo de pisapapeles.

—Por favor, los heridos están en la furgoneta. Háganse cargo de ellos, están
muy graves. —Se alejó del mostrador.

La recepcionista observó cómo se iba, sorprendida. Apartó las llaves y le dio


la vuelta al papel.

—Aquí pone…

Abrió los ojos y miró hacia la puerta acristalada que acababa de cerrarse.
Segundos más tarde, oyó el ruido de una moto que arrancaba.

El guardia de seguridad se acercó al mostrador al ver el rostro de la mujer.

—… Alejandro Correa. El Macaco —terminó ella de leer—. Ha dejado hasta el


alias, por si no lo reconocíamos.

El guardia de seguridad salió corriendo por la puerta. A pesar de su


corpulencia, corría con celeridad. Regresó minutos después.

—Se han ido. Imposible alcanzarlos.

La morena le tendió las llaves.

—Ahora hay otras urgencias. Abre la trasera de la furgoneta para ver el


«regalo» que nos han traído y yo avisaré al médico de guardia.
Capítulo 14

Aneth todavía sonreía cuando entró en la estación de Policía. Vélez le fue


contando anécdotas chispeantes durante el camino de regreso del pub donde
habían cenado, y había reído con todas sus ganas. Hacía tiempo que no se
sentía tan relajada. Imaginaba que Matías lo hizo para que ella se olvidase
por un rato de Vicente y el embarazo. Todavía fruncía el ceño cuando
recordaba que se había puesto a llorar delante de Vélez. Le parecía una
debilidad imperdonable. Pero él reaccionó de un modo muy compresivo, ella
no hubiera esperado tanta empatía en alguien que apenas acababa de
conocer.

No pudo evitar pensar en Goya y, acto seguido, en la llamada que nunca llegó
a hacerle a Oliver Márquez. ¿Sería ya muy tarde? Eran más de las diez de la
noche, pero prometía ser una jornada especialmente larga debido al incendio.

Vélez y Castillo se dirigieron de frente al despacho del comandante Carlos


Sotomayor. Se asomaron por la puerta abierta y le encontraron allí, con el
celular al oído. Sotomayor les hizo una seña para que entrasen y se sentaran.
Colgó momentos después.

—Buenas noches, inspectores —saludó.

—Buenas noches, señor.

—Tengo más noticias sobre el incendio, e iba a decirles que «interesantes»,


pero no sé hasta qué punto utilizar ese término en una tragedia como esta.

Los inspectores se miraron entre sí.

—No voy a crearles más expectación. —Sotomayor parecía nervioso y cansado


al mismo tiempo—. Esta llamada era del San Pedro Claver. Es el hospital más
cercano a La Favorita. Hace quince minutos les han llevado unos heridos del
incendio.

»Antes les decía que había un dato interesante en todo este asunto. Es el
siguiente: las víctimas del incendio no solo muestran quemaduras graves y
problemas respiratorios por haber inhalado el humo del incendio. Por lo que
me han explicado, presentan signos de haber sido intoxicados o envenenados
por alguna sustancia química. Algunos han fallecido y en estos momentos
están dilucidando si la causa real de la muerte es la asfixia por humo o la
intoxicación química.

—¿Cuánta gente han atendido? —se interesó Vélez.

—Alrededor de una veintena, que eran los que cabían en la furgoneta que las
transportó hasta el Claver. Pero ya han enviado ambulancias con máscaras de
gas para ir a recuperar a más víctimas del incendio que también puedan estar
afectadas.

—Realmente las implicaciones son graves… —murmuró Aneth.

—En efecto, Castillo —corroboró el comandante—. Si la situación se confirma,


sería posible que el incendio fuese provocado y que su objetivo fuese hacer un
daño real a la población asentada en ese barrio. En resumen: hablaríamos de
asesinato.

—¿Por qué? —Matías pareció lanzar la pregunta al aire, ya que en ese


momento se retorcía las manos y miraba al suelo.

—¿Quién sabe? Esa es también nuestra labor. Entrar en la mente retorcida de


esos homicidas y descubrir sus motivos. Por eso hemos enviado dos hombres
a investigar sobre el terreno.

Los dos inspectores contemplaron al comandante con curiosidad.

—A Hilario Cota ya lo conocen. Vélez, usted lo vio en la reunión de esta


mañana y más tarde, cuando se pusieron al día con la información. La otra
persona es Felipe Mejía, el que sustituye a nuestro médico forense, Oliver
Márquez. Iba a entrar mañana, pero esto es urgente y le he pedido que se
acerque hoy.

Aneth miró a Matías.

—¿Lo conoces?

Este negó con la cabeza.

—En Becerrilla no ha trabajado, debe ser de Sancaré.

Sotomayor asintió.

—En efecto, es de otra estación de Policía de esta ciudad. Me lo han


recomendado, y tengo mucha prisa porque se implique en esta investigación.
Tanto Mejía como Cota irán a La Favorita a buscar pruebas en el terreno,
acompañando a las ambulancias. Vamos a ver si conseguimos desenredar la
madeja.

—¿Y nosotros, señor?

La pregunta la hizo Vélez, poniéndose en pie al mismo tiempo que el


comandante, que estaba dando por finalizada la reunión.

—Ustedes vayan a descansar, los necesito temprano aquí. No va a faltar


trabajo.

Ambos se despidieron, y cuando Aneth iba a salir, Sotomayor la retuvo.


—Espere un momento, inspectora Castillo. Vélez, puede irse y cerrar la
puerta.

Aneth y Sotomayor se quedaron de pie.

—Castillo, le va a resultar muy extraño lo que le voy a contar. La persona que


condujo a los heridos de La Favorita al hospital fue Alejandro Correa, el
Macaco.

Aneth dio un pequeño silbido de reconocimiento. La fama del pandillero sí le


había llegado.

—Lo sorprendente de la historia es que arriesgó su pellejo para llevar a esos


infelices al hospital. Y también reveló su identidad a la persona de recepción
solo para decirle que tenía información sobre el incendio y que se la diría
únicamente a dos policías. Los nombres de los que ella tomó nota son Jefe
Goya y Aneth Castillo.

—¿Nosotros? —La inspectora se sorprendió.

—Me ha hecho pensar en alguien relacionado con el caso anterior, ya que es


el único en el que ustedes han colaborado juntos.

—Sí, es posible.

Sotomayor se mesó el pelo.

—El caso es que facilitó un número de celular para que lo llamasen Goya o
usted. Lo tengo aquí anotado.

Aneth miró a su comandante.

—¿Qué sugiere que haga, señor?

—En otras circunstancias pensaría que es una trampa para vengarse de


nosotros por lo que le ha sucedido a su barrio. Pero me parece que El Macaco
realmente puede saber algo que nos ayude.

—Lo llamaré.

—Hemos intentado localizar el número de celular, pero es de prepago. Lo más


probable es que lo arroje a algún contenedor en cuanto termine de hablar con
usted, así que no nos molestaremos en rastrearlo. Pero llame desde mi
despacho, así veremos cuáles son sus exigencias.

Aneth estuvo de acuerdo. No pudo evitar asomarse con discreción por la


ventana que permitía al comandante ver la oficina desde su despacho. Vio a
Matías en su mesa, ordenando papeles. Debía de estar esperándola. Se dio la
vuelta y se enfrentó a la llamada.
Capítulo 15

El comandante ocupó su asiento habitual, Aneth, una silla enfrente de él. La


inspectora tomó el teléfono fijo del comandante y lo puso en el centro de la
mesa, luego marcó el número que le mostró Sotomayor. Presionó la tecla del
altavoz para que ambos pudiesen escuchar la conversación.

Sonaron unos toques de llamada interminables hasta que, al otro lado,


alguien descolgó.

—¿Alejandro Correa?

No respondieron enseguida. Los segundos se le hicieron eternos hasta que se


decidió a añadir:

—Soy Aneth Castillo. Usted me pidió que llamase.

—Espere un momento.

Se oyó el ruido de unos cajones y luego unos pasos que volvieron a acercarse
al micrófono del celular.

—Inspectora, ¿podría decirme su número de placa?

Aneth se sorprendió.

—Sí, por supuesto. —Se lo dijo.

—Perfecto, identidad verificada.

Sotomayor y Aneth cruzaron miradas. El primero meneó la cabeza como


diciendo «Ya te explicaré», pero Castillo ya había entendido: el Macaco había
podido conseguir su número de placa sobornando a algún agente, lo que le
indicaba el estado de corrupción de la Policía de Sancaré.

—La que no está segura de saber si habla con Alejandro Correa soy yo.

La voz rio.

—Está llamando al número que le dejé, ¿no es cierto? Poca seguridad más va
a conseguir. Tendrá que darme un voto de confianza.

Aneth alzó los ojos hacia Sotomayor. Este hizo un gesto de asentimiento.

—Está bien, prosiga.

—Quiero que sepan que lo sucedido esta noche en La Favorita está lejos de
ser un accidente. El origen no es una chispa mal apagada que luego se ha
expandido, o algo similar. Ha sido un incendio provocado que ha tenido su
origen en varios puntos al mismo tiempo.

—Eso lo investigaremos en cuanto se controle el fuego, señor Correa, no se


preocupe.

—Alejandro está bien para dirigirse a mí, inspectora. Aún hay más.

—Siga.

—Quien incendió La Favorita no solo pretendía acabar con las casas, sino
también con quienes vivían en ellas.

El comandante Sotomayor frunció el ceño ante la afirmación. Aneth vio el


gesto y dijo:

—Esa acusación tendrá algún fundamento, Alejandro.

—Por supuesto, inspectora. Tengo las pruebas, pero necesito que venga a por
ellas. Yo no puedo adentrarme en sus dominios por razones más que
evidentes.

—Y tampoco va a decirme de qué se trata.

Hubo una pausa larga al otro lado.

—Si soy honesto, es más bien una sospecha antes que una certeza. Necesito
que venga aquí y me confirme que tiene relación con el hecho de que mi
gente esté muriendo.

Aneth y Sotomayor volvieron a cruzar miradas.

—¿Me está pidiendo que me adentre en uno de los barrios más peligrosos de
Sancaré?

—Sí, eso le pido. Y además tendrá que pasar desapercibida.

—¿No vamos a vernos?

—Por el bien de ambos, mejor que no. Usted es inteligente, se dará cuenta
enseguida de lo que no encaja. Busque en los montones de escombros. Más
no le puedo decir. Pero tiene que venir esta misma noche.

Colgó.

Aneth tenía otra pregunta a punto de formular, pero se quedó en el aire.

El comandante se había quedado en silencio, frotándose los ojos. Luego la


contempló.
—Hilario Cota y Felipe Mejía ya están en el terreno. Ellos pueden encargarse
—le dijo a Castillo.

Aneth meneó la cabeza, con duda.

—¿Ellos van a internarse en el barrio?

—En realidad no. Irán con las ambulancias y otros policías para ayudar a los
heridos, hacer preguntas y observar. Pero no pueden alejarse de las unidades
móviles o no se garantizará su seguridad. Mejía estará examinando enfermos.

—Entonces está claro que lo que pide Correa es que alguien deambule por el
interior de La Favorita en busca de algo sospechoso.

Sotomayor afirmó con la cabeza.

—En efecto, eso es lo que parece. Pero yo no puedo permitir que vaya sola.

La inspectora se irguió en el asiento.

—Si me disfrazo será relativamente sencillo. Hay que llegar al fondo de este
asunto.

—No puedo garantizar apoyo policial en esos barrios, Castillo. Se lo he


advertido en otras ocasiones.

—No podemos perder esta oportunidad. Goya no la perdería. Él habría ido, y


usted lo hubiera permitido.

Sotomayor se irritó.

—Él haría el pendejo y correría el riesgo por su cuenta.

—Entonces yo voy a hacer lo mismo. Algo se me ha tenido que contagiar


después de unos meses con él. —La inspectora sonrió.

—Tenga cuidado.

—Mucho. —En ese instante Aneth recordó a su bebé—. Hay asuntos


pendientes que me gustaría resolver. Solo por eso regresaré.

—¿Sabe ya dónde conseguir ropa? Puedo hacer unas llamadas…

Castillo alzó una mano en gesto disuasorio.

—No es necesario. Enseguida me ha venido a la mente una persona conocida.


Voy a llamarla ahora mismo.

Se levantaron ambos y se estrecharon la mano con ceremonia.


—Le estoy muy agradecido, inspectora Castillo. Sigue sin gustarme la idea,
pero yo mismo hubiera tomado esa decisión.

Ella afirmó con la cabeza por toda respuesta.

Cuando salió del despacho de Sotomayor, Vélez giró la cabeza.

—¡Por fin! Creí que tendría que llamar a la brigada de secuestros.

Aneth sonrió. Era difícil no hacerlo ante aquella mirada verde chispeante.

—Creía que tú eras el especialista en secuestros.

—Era una forma de hablar. —Se acercó y la besó fugazmente en los labios—.
Deberías estar ya metida en la cama, reposando. ¿Te acerco a casa?

La joven se había quedado tan sorprendida por el gesto cariñoso que


tartamudeó.

—Er… no, gracias. Voy a ver a una amiga antes.

—Bueno, pues te llevo a casa de tu amiga.

—Matías, yo…

Vélez levantó las manos en alto en señal de rendición.

—Entendido, inspectora. Nada de besos ni caricias. Se me ha escapado.


Prometo comportarme como un caballero de ahora en adelante. ¿Ahora sí
puedo acompañarte?

Aneth sonrió. Era imposible no perdonarlo, pensó. Asintió y ambos recogieron


sus cosas para salir de la estación de Policía.

—Bueno, ¿hacia dónde? —demandó Vélez.

—Orfanato Familia, Casa, Hogar.

—A sus órdenes —dijo con retintín Matías. Le abrió la puerta del coche como
si fuera un chofer y luego la cerró cuando entró. Después se puso al volante y
ambos se sonrieron antes de arrancar el motor.
Capítulo 16

América leyó el mensaje de Aneth Castillo y se sorprendió en un inicio. En


primer lugar, por lo avanzado de la noche, pero también porque hacía apenas
una hora que estuvo hablando con Alejandro sobre ella. ¿Tendría conexión la
visita?

En todo caso, ella le pedía un favor, y la joven no podía ni quería negarse. Se


vistió y, con mucho cuidado para no despertar a los niños cuando pasara por
delante de sus dormitorios, se deslizó por los pasillos hacia la planta baja en
dirección a la puerta de entrada. Ingresó en la portería y buscó la llave
maestra. Sabía que la puerta principal sonaba como un tren descarrilando,
pero como estaba en el piso inferior confiaba que los niños no se despertasen.

Fue descorriendo cerrojos y, por fin, abrió la puerta, que rechinó en sus
goznes con un aullido de casa encantada. Al otro lado la esperaba una
sonriente Aneth Castillo. Detrás, en un coche, un hombre que no pudo
distinguir bien levantó la mano en gesto de saludo antes de arrancar y
desaparecer.

—Me ha acercado un amigo, pero le he pedido que no me espere —explicó la


inspectora—. En realidad, vengo a hacerte cómplice de un favor.

Aneth no hubiera sabido explicar por qué clase de mecanismo interior uno
confía instintivamente en alguien, o lo rechaza. En el caso de América, la
joven que tenía enfrente en ese momento, alguien de su misma edad, le había
producido inmediata simpatía cuando la conoció. Pudo ser por su condición de
trabajadora social en un orfanato, una labor que admiraba y le reconocía.
Tampoco podía olvidar su belleza etérea, sin aderezos, y que Aneth
consideraba fruto de su bondad y sencillez. Todo en ella era honesto y
transparente, y Castillo veía en la joven la confirmación de que es uno quien
toma sus propias decisiones y elige su vida, pues los comienzos de América
Herrera estuvieron en un orfanato similar a aquel en el que ahora trabajaba.

—Pasa, por favor.

La inspectora traspasó el umbral y oyó el sonido chirriante de los goznes, el


cerrojo que se corría y la llave girando en el ojo de la cerradura. Se veía que
protegía a sus pupilos.

De noche, la luz procedía del patio abierto, iluminado en ese momento por
cuatro pequeños focos que se dirigían hacia el centro del mismo. Su claridad
permitía distinguir el paisaje de las delgadas columnas de piedra y los arcos
ojivales de lo que había sido un claustro y, a través de ellos, el enlosado del
patio.

—Podemos sentarnos aquí si lo deseas —ofreció América—. De hecho, creo


que es el mismo lugar de la primera vez que nos vimos.

Aneth no recordaba en qué momento se había empezado a tutear con ella,


pero tuvo que contactar con el orfanato después del caso de la Diva Rosales
por otros temas y, en alguna de esas conversaciones, surgió aquella
confianza.

—Dime en qué te puedo ayudar.

—Te va a sorprender lo que te voy a pedir —dijo Aneth—. Necesito vestirme


como una favorita, y no tengo la ropa adecuada.

América la miró fijamente, con espanto.

—Ni siquiera me atrevo a preguntarte para qué.

—Cuanto menos sepas, mucho mejor. Pero sí es importante «camuflarme»


bien. Enseguida he pensado en ti.

La joven la contempló por extrañeza.

—Otras personas podrían haberme conseguido la ropa, pero tú puedes darme


otros consejos. Decirme cómo andar, cómo hablar si alguien me pregunta. Tú
tienes favoritos entre tus niños. Seguro que sabes cómo prepararme.

América asintió con un gesto.

—Ahora comprendo. Claro, te ayudaré. Lo único… Ponte de pie.

Aneth lo hizo.

—Eres muy alta. Podría haberte conseguido unos pantalones, que serían más
cómodos, pero además de poco frecuentes, llamarían la atención. Aún así,
tienes bastante estatura. Vas a tener que caminar encorvada.

Castillo hizo un gesto que indicaba que no había problema.

—Lo que haga falta.

—Deberás andar inclinada, encorvada y, sobre todo, despacio. Si caminas


demasiado deprisa levantarás sospechas. Esos son mis consejos.

—Lo he entendido. Así lo haré.

Herrera la contempló con aire pensativo.

—Practicaremos antes de que te vayas. Ahora voy a pensar a quién le pido


«prestada» la ropa.

Un momento después, en su recorrido mental por los nombres, pareció que se


le hacía la luz.
—Creo que ya tengo la solución. Espérame aquí abajo.

Mientras América iba en busca de las prendas apropiadas, Aneth aprovechó


para hacer la llamada que deseaba a Oliver Márquez. Como se temía, era una
hora intempestiva, y el celular le denegó la llamada: «El número está apagado
o fuera de cobertura». Dejó un mensaje en el buzón de voz por si acaso Oliver
era de los que revisaban las llamadas perdidas.

Diez minutos después la trabajadora social regresaba con un revoltijo de ropa


entre las manos.

—Tuvimos una cocinera estupenda que se fue de un día para otro sin
explicación —le contó América a Aneth—. Esta ropa se estaba lavando y no se
la llevó. La teníamos guardada por si un día regresaba, ya que no tenía una
talla fácil. Era una mujer alta y fuerte. Creo que esto que te dejo podrá
servirte para tu propósito.

Castillo tomó las prendas y se las fue poniendo sobre su ropa. La falda le
quedaba perfecta de largo, pero la cintura se le caía. En cuanto a los
blusones, navegaba en ellos.

—Voy a buscar algo para arriba y un cinturón para sujetarte la falda. Con eso
ya estarás lista.

Cuando volvió a quedarse sola, Aneth rumió si llamar a Goya o enviarle al


menos un mensaje. Finalmente decidió que era mejor mantenerle apartado.
«Tiene que terminar de recuperarse».

América regresó y la inspectora pudo hacerse con un atuendo convincente.


Bajo la supervisión de la joven, hizo pruebas de cómo caminar, que esta le
corrigió varias veces, e incluso practicó algunas palabras de dialecto.

—¿Sabes una cosa? —le dijo Aneth—. Me fascina lo bien que conoces a los
favoritos. Sé que tienes niños de ese barrio, pero tu capacidad de observación
es extraordinaria.

Herrera huyó la mirada y la intuición de Castillo le hizo interesarse.

—¿Has estado alguna vez allí, América?

—¿Es una pregunta para la investigación, inspectora?

A Aneth le sorprendió que se hubiera puesto en actitud defensiva.

—En absoluto. Te lo pregunto amistosamente. Eres libre de no responder.

Transcurrieron unos instantes hasta que Herrera enfrentó de nuevo la mirada


de Castillo.

—Sí, estuve una vez. Conozco a un favorito y lo seguí. Él… nunca me cuenta
nada de su vida, pero yo quería saber más. Sobre todo, quería entender.
La inspectora asintió.

—¿Y entendiste?

—Me temo que sí. —América suspiró—. La Favorita es un barrio terrible,


Aneth. Creo que no te lo puedo expresar con palabras. Ale… Él siempre me lo
estaba diciendo, que no era para mí. Le daba igual que le dijera que yo me
había criado en la calle y que me recogieron en un orfanato. Pensaba que no
iba a resistirlo.

Castillo le puso una mano en el hombro.

—Así que después de haber visitado el barrio, ¿te diste cuenta de que él tenía
razón?

—En realidad… —América se acercó la mano a la mejilla para secarse una


lágrima— lo peor no fue descubrir que él estaba en lo cierto, sino el
verdadero motivo de que quisiera alejarme de su lado.

—¿Por qué lo dices?

—La persona de la que te hablo… nadie lo conoce en realidad. Es un hombre


inteligente, con buen corazón, cultivado. Son facetas que él esconde bajo otra
imagen. En otras circunstancias, él abandonaría La Favorita y podríamos
estar juntos, lo sé. Pero él cree que se debe a otra familia.

—¿Otra familia?

—Sí. —La joven no pudo contener un sollozo y miró a Aneth con angustia—.
Solo a mí se me ocurre enamorarme de Alejandro Correa, el que llaman
Macaco.
Capítulo 17

La luz le molestaba. Le golpeaba por detrás de los párpados cerrados. Era


una claridad hiriente, como si unos rayos buscaran abrirse camino hacia sus
ojos. Y ella no quería despertarse. Deseaba seguir durmiendo, anhelaba aquel
descanso que le había proporcionado unos momentos de olvido. No recordar.
No sentir. No sufrir.

Pero estaba ese dolor, como un latido continuo. Algo martilleaba en silencio,
rítmicamente, a un lado de su cabeza. Experimentaba un pinchazo agudo cada
vez que la sangre bombeaba en aquella zona. Dolor, sí. Un golpe. Alguien le
había asestado un golpe y ahora ella no se atrevía a despertar porque la
sensación era cada vez más intensa. Si no se mordía los labios, iba a empezar
a gritar.

—¡Enfermera! ¡Aquí! Parece que ha recobrado el sentido…

Aneth escuchó el sonido y le pareció lejano. Reconoció la voz de Matías. ¿Qué


hacía allí? ¿Y dónde era «allí»?

«Un hospital», pensó. Debía de haber sido grave si estaba ingresada. Ella solo
recordaba el mazazo que había conseguido sumirla en la inconsciencia.
Negrura. Dolor y oscuridad.

—Aneth, abre los ojos. Mírame.

Era Vélez, en efecto. La llamaba por su nombre con cierto tono emocionado.
¿Por qué? Era su compañero, nada más. ¿O sí había algo más? Quería
acordarse, pero eso hacía que su cabeza latiera más deprisa y los pinchazos
fuesen más agudos.

—Inspectora Castillo, ¿cómo se encuentra?

La voz femenina la reconfortó. Hablaba de forma suave y, sobre todo, no le


traía recuerdos dolorosos. Sonrió sin ganas e intentó hablar, todavía con los
ojos cerrados.

—Mi cabeza…

Fue consciente de que la mujer le sujetaba el brazo que ella alzó para palpar
la zona dolorida.

—Con cuidado, inspectora. Lleva un vendaje. Es mejor que no lo toque.

—Mi cabeza… —repitió Aneth—… es como una sandía madura a punto de


estallar.
Oyó la risa de Matías.

—Solo a ti se te ocurre ponerte literaria con la herida que tienes.

¿Literaria? Sentía que su cerebro iba a desbordarse en cualquier momento,


como una fruta a la que se le ha pasado la estación. No se sentía poeta. Al
contrario, a cada instante era más consciente de aquellas terribles
palpitaciones.

—Me duele mucho.

Fue una afirmación espontánea, pero obtuvo una rápida respuesta. Escuchó a
la enfermera trajinando con algo metálico que estaba a su lado (el
cuentagotas, dedujo) y la cálida mano de Matías que estrechaba la suya.

—El calmante le hará efecto enseguida, inspectora. —Era la enfermera la que


hablaba.

Escuchó sus pasos que se alejaban.

—Por fin solos… —susurró Vélez en su oído. Lo decía con tono humorístico y
ella sonrió, esta vez con ganas.

—¿No vas a abrir los ojos, perezosa? —insistió él.

Sí, era hora de despertar del todo. La claridad era molesta, pero se sentía
despejada. El dolor la había espabilado.

Parpadeó varias veces y enfocó la mirada en los ojos verdes de Matías. Estaba
sentado a su lado, contemplándola de cerca. Aún sostenía su mano.

—¿Qué ha pasado?

Al tiempo que lo decía, recordó algo terriblemente importante. ¡Cómo había


podido olvidarlo hasta ese instante!

—El bebé —murmuró—. ¿Está bien el niño?

Vélez le apretó la mano.

—Mejor que su madre, te lo aseguro. Pedí expresamente que lo comprobasen.


La que me preocupa eres tú.

—¡Yo! —Aneth intentó reírse, pero fue una carcajada sin ganas—. ¿Cómo
pretendes que me encuentre? Ese canalla casi me deja sin cerebro.

—¿Lo viste? ¿Era un hombre?

La inspectora frunció el ceño.


—En realidad, no lo sé. Es una suposición. Imaginé que tenía que ser más alto
que yo, pero es cierto que estaba agachada. Me había inclinado para ver… no
sé qué. Algo fuera de lugar, pero maldita sea si lo recuerdo. Enseguida me
golpearon por detrás.

Matías le apretó de nuevo la mano.

—Era un hombre, sí. Pero yo tampoco le vi el rostro.

Aneth se zafó de su caricia y lo miró fijamente.

—¿Tú… tú estabas allí? ¿Por qué? ¿Cómo?

Vélez se encogió de hombros.

—Te seguí. Me habías dejado preocupado. Cuando vi dónde te adentrabas


pensé que sería bueno que alguien te cubriera las espaldas.

—Podrías habérmelo dicho.

—¿Y echar a perder tu «disfraz»? ¿O arruinar algún encuentro que hubieras


pactado? Tengo más inteligencia que eso, Aneth.

Ella se mordió los labios antes de decir.

—Entonces viste cómo un hombre se acercaba a mí por detrás.

Matías asintió con un movimiento de cabeza.

—No sabes cómo siento no haber llegado a tiempo. Creí que era con quien
habías quedado y no pretendía arruinar la entrevista. Solo cuando lo vi sacar
una porra de la chaqueta y alzarla…

Se cubrió el rostro con ambas manos.

—Qué impotencia, Aneth. No llegué a tiempo de detenerlo. Vi cómo te


golpeaba y yo solo pude gritar para que no siguiera. Su intención era
rematarte. Pero al verme salió corriendo y yo fui a comprobar cómo te
encontrabas.

—Hecha un trapo.

—Inconsciente. Apenas respirabas. Tenías sangre en un costado de la cabeza.


Te juro que yo…

Esta vez fue ella la que buscó la mano de Vélez.

—Eh, tranquilo. No pasa nada. Estas cosas ocurren.

Matías se descubrió el rostro. Los ojos le brillaban y parecían esmeraldas


refulgentes.

—¿Viste algo extraño? —dijo Castillo—. Estaba buscando algún indicio de algo
fuera de lugar. Quizá tú…

Él meneó la cabeza.

—No me detuve a investigar, Aneth. Me preocupaba demasiado saber si ibas a


salir de aquella. Solo quería sacarte de ese sitio, donde apenas se podía
respirar con normalidad. Y además, aire envenenado, si es cierto el hallazgo
del San Pedro Claver.

La inspectora quiso hacer un movimiento afirmativo con la cabeza, pero


descubrió que cada gesto intensificaba el dolor.

—Está bien. No pasa nada. Me hubiera gustado que descubriéramos una


pista, pero te agradezco que me salvaras la vida. La mía y la de mi hijo.
Ambos te debemos una.

Matías le apretó con fuerza la mano que ella le había cogido.

—Policía hasta el fin… —murmuró, y más alto añadió—. Si te tranquiliza, allí


están todavía Cota y el médico nuevo. Siguen en la zona, investigando.

Ella correspondió a su apretón.

—Gracias. Ojalá encuentren algo.

Pero lo dudaba. Si Alejandro Correa le pidió expresamente que se internase


en La Favorita, poco iban a hacer sus compañeros ubicados en los límites del
barrio.

—Tengo que irme —dijo Vélez en ese momento—. Me voy a la estación de


Policía.

—¿Qué hora es? —Castillo no había sido consciente de que la claridad


también podía ser indicio del amanecer.

—Las ocho de la mañana. Has tardado en reaccionar, pero seguro que te ha


venido bien el descanso.

Aneth fue ensamblando las piezas en su cabeza. Si ya era el día siguiente, ella
tenía una cita dentro de dos horas con Salomé Santos.

—Ayúdame a incorporarme. Tengo que ir a trabajar.

—Ni hablar.

El modo en que Vélez sujetaba su hombro, presionándolo contra el colchón,


no dejaba dudas de lo firme de sus intenciones.
—No lo consentiré, Aneth.

—Y yo no dejaré que me trates como a una lisiada.

Vélez dejó de presionar su hombro y comenzó a acariciarlo, al tiempo que


acercaba su rostro al de ella. La besó despacio, moviendo sus labios sobre los
de ella hasta que Aneth abrió la boca y profundizaron en la caricia. Fueron
apenas unos minutos. Cuando él se apartó, su expresión era seria. Volvió a
tomarle la mano.

—No sé qué me sucede contigo. —Matías apretó su mano y la acarició con el


pulgar—. Sé que no es profesional, pero, maldita sea, si me arrepiento. No he
podido evitar sentirme atraído por ti desde el primer momento.

La inspectora lo contempló en silencio. El corazón le latía tan rápido que casi


había olvidado el dolor de cabeza.

—Ojalá no trabajáramos juntos —prosiguió él—. Si no fuéramos compañeros,


podríamos pensar en una relación.

—Matías… —El tono de Aneth era de protesta.

Él puso un dedo sobre sus labios en un gesto simbólico de pedirle silencio.

—Tu novio es idiota si no sabe valorar lo que tiene. Y si rechaza a su hijo, yo


estaría más que dispuesto a ocupar su lugar como padre. Adoro a los críos y,
en este caso, adoro a la madre.

Volvió a inclinarse sobre ella para darle un beso fugaz y salió de la habitación.
Capítulo 18

—Estás distraído, papá. Si te cansas, puedo irme y volver en otro momento.

—¡No! Perdona, Laura. Me cuesta desconectar, eso es todo. Sígueme


contando de tu trabajo. ¿Para cuándo la promoción?

Goya rezongó para sus adentros. ¡Vaya si le interesaba un ardite las historias
de empresas consultoras que explotaban a jóvenes talentos como su hija! Le
entraban unos deseos incontenibles de salir de allí, agarrar de las solapas de
la chaqueta al «jefecillo» de turno y contarle lo que opinaba acerca de que le
mandara trabajar doce horas seguidas a Laura y al resto de sus compañeros,
bajo la promesa de promocionar en breve.

«Se aprovechan de su juventud y ganas de tener un empleo», se dijo. «Les


odio a todos, por explotadores y caciques».

—Papá, vuelves a estar distraído.

—En absoluto. Pensaba en tu trabajo.

Guillermo Goya observó a su hija. Había heredado la hermosura de Silvia, sus


facciones delicadas y ese aire de inocencia que tanto le había atraído de la
madre. Había poco de él, salvo los ojos azules y, en ciertos momentos, algún
atisbo de su propio carácter impetuoso. Al fin y al cabo, fue a verlo en contra
de la opinión de su mujer.

Su exmujer, se recordó. Tenía que repetírselo de vez en cuando para asimilar


—le costaba hacerlo— que no volverían a ser una pareja. Silvia se lo había
dejado muy claro en cada ocasión que habían hablado. Nunca soportó su
trabajo de policía, y él no sabía hacer otra cosa. Sentía que había nacido para
ello, como otros poseen un don para una disciplina deportiva o pasión por
algún arte. Su trayectoria también lo testimoniaba: ser el «Jefe» Goya, un
ícono dentro del cuerpo de inspectores de Sancaré, no era algo a despreciar.
Salvo por su mujer, su exmujer. Ella amaba la tranquilidad, la vida
organizada, la ausencia de sobresaltos. Él convivía sin problemas con la
incertidumbre, el no saber si regresaría a casa porque algún delincuente
hubiera sido más inteligente. Aquellos desafíos hacían que le circulase la
sangre por las venas a gran velocidad, disparaban su adrenalina. Esa era su
vida. No podía renunciar a ella, ni siquiera por su familia.

Pero lo había hecho. Se buscó una amante peligrosa y esta le había


arrebatado lo que creía el motor de su vida. La heroína había sido fuente de
placer y, al final, un pozo en el que se hundió sin remedio. Aunque no del
todo. Estaba allí, en aquel sanatorio, o centro de desintoxicación, o como
diablos lo llamaran —se repetía— para salir del infierno.
Es mejor que te deje reposar. Volveré, te lo prometo.

Laura se levantó y lo sacó de su ensimismamiento. Recibió su beso en la


mejilla con una sonrisa de disculpa y dejó que se fuera. Tenía que seguir
pensando en el caso.

Cuando llamó la tarde anterior a la estación de Policía, Cota lo había puesto al


corriente de las últimas novedades, entre ellas, lo que se traían ahora entre
manos: el secuestro de la hija de Dionisio Santos.

Él conocía al empresario. Se movían en esferas tan distintas que el contacto


solo podía ser tangencial, como había sucedido ahora con el hecho de acudir a
la policía por el rapto de la niña. Sin embargo, hubo un asunto, años atrás,
que los había hecho coincidir. Lo recordaba de modo nítido.

Santos estaba recién casado, y su mujer y él esperaban a Gabriela con mucha


ilusión. En ese momento comenzó a recibir anónimos. Dionisio estaba
acostumbrado a ser el centro de mira de múltiples odios y envidias. Nacido en
una familia acomodada, con una esposa de orígenes también pudientes y una
fortuna que crecía exponencialmente gracias a su gestión, lo normal era que
despertasen los celos. Uno de aquellos «envidiosos» le había amenazado con
atentar contra su mujer embarazada si no se sometía a las exigencias de una
operación fraudulenta.

La tarde en que el «Jefe» Goya recibió la llamada de Dionisio Santos creyó


que era una broma. El empresario tenía suficiente capital como para
contratar guardaespaldas, mercenarios o lo que creyera necesario para
proteger a los suyos. Pero no era eso lo que Santos pretendía. Él quería ir a la
raíz del problema, a la corrupción en la que pretendían involucrarlo y que
deseaba desmantelar y sacar a la luz, aun a riesgo de su propia vida y la de su
familia.

Guillermo Goya se comprometió a ayudarlo y consiguieron detener al autor de


los anónimos. Pero al inspector se le quedó grabado aquel detalle, que
hubiera estado dispuesto a sacrificar todo —familia, fortuna, honor— para
demostrar que a él no se le podía comprar ni amenazar.

Aquello no era muy frecuente de hallar, no solo en Sancaré, sino en el resto


del país. Eso lo hacía más meritorio a los ojos de Goya. Transcurrieron
muchos años, pero suponía que Dionisio mantendría aquella coherencia de
vida.

Por eso, cuando supo de este secuestro, su primera reacción fue de lástima
hacia la hija. Sabía que su padre, por principios, no cedería frente a una
extorsión. Y había muchas probabilidades de que la víctima acabara siendo la
niña.

Seguramente Santos estaba al corriente de que él, el «Jefe» Goya, estaba


fuera de circulación. Por eso había recurrido a la policía sin preguntar por él.
No dudaba de que sus compañeros estarían esforzándose al máximo en el
caso, pero había que presionar a Dionisio. Casi con toda certeza, él conocía la
identidad del secuestrador. Y debían obtener esa información a como diera
lugar. Si no, la gran perdedora en aquella historia sería una niña inocente de
doce años.

Por otra parte, estaba el asunto del incendio. Tenía todos los visos de ser
intencionado, pero nadie quería informarle acerca del caso. Aneth le había
despachado con monosílabos, Márquez no respondía el teléfono, el
comandante Sotomayor poco menos que le había amenazado con no
reintegrarle el puesto como siguiera llamando en lugar de concentrarse en su
recuperación.

«¡Ya estoy recuperado, carajo!», se dijo. Había superado el mes y medio de


aislamiento, podía recibir visitas, en unos días más solicitaría el alta y volvería
al tráfago del trabajo de poli de calle, que era lo que le gustaba. Se
equivocaban manteniéndolo al margen. Poseía más experiencia en el terreno,
conocía a Dionisio Santos, incluso había estado en La Favorita. Se reconcomía
solo de pensar en cuánto podría ayudarles y, en cambio, estaba condenado a
la inmovilidad.

—Tengo que salir de aquí.

Lo expresó en voz alta, sentado en uno de los bancos que jalonaban la senda
asfaltada que conducía al bosque. Le gustaba ese recodo, y allí se habían
acomodado su hija y él cuando fue a verlo aquella mañana, temprano. Ahora
el sol brillaba con más fuerza, y le calentaba la cabeza y la espalda.

—Tengo que ayudar.

Expresado de ese modo, le pareció hasta justificado el plan que empezaba a


trazar con su mente ahora despierta, increíblemente despejada. Como en los
viejos tiempos.
Capítulo 19

Vélez se había ido, pero también se había quedado. Aneth se dio cuenta de
hasta qué punto se convirtió en alguien importante para ella. Por una parte,
los gestos y las palabras de Matías la hacían sentir atractiva y deseable.
Dadas las circunstancias actuales, aquello no era poco. Pero, además, había
que considerar su último comentario. Saber que estaría dispuesto a hacerse
cargo de su hijo le producía una tranquilidad que no solo era reconfortante,
también era una muestra de que existían hombres capaces de apreciar la
familia, algo que ella consideraba prioritario.

La experiencia de su padre, Pedro, con una mujer que le había abandonado,


no suponía para Aneth una renuncia a disfrutar de su propio hogar. Al
contrario, ella siempre deseó una familia como la que intuía que podría haber
tenido si su madre no los hubiese abandonado. La inspectora no deseaba que
su hijo creciera sin la figura paterna, como ella había estado huérfana de la
experiencia materna. Le parecía lógico que pudiera poseer ambos, si ello era
posible. Vicente, como pareja, había demostrado ser un hombre con muchos
altibajos y ella no necesitaba eso. Quería una vida personal tranquila,
precisamente con la calma que no existía en su vida profesional.

Pero no pretendía continuar con aquellos pensamientos. Ahora que le habían


confirmado que su bebé no corría peligro, lo prioritario era continuar con el
caso. Recordó que tenía aún pendiente la conversación con Oliver Márquez.
Miró hacia la mesita que estaba a su derecha y localizó el celular.

Con mucho esfuerzo alargó la mano para tomarlo. Intentó no hacer


movimientos bruscos, porque la cabeza, a pesar del calmante, aún seguía
provocándole pinchazos. Comprobó que aún quedaba batería y dio gracias a
Dios mentalmente. Hubiera sido demasiado esfuerzo intentar localizar el
cargador. Con la agilidad de quien está habituado a manejar el celular con
una mano, fue repasando las notificaciones pendientes, deslizando el pulgar
por la pantalla. Había algunos mensajes de correo electrónico, pero ninguno
de ellos correspondía a Vicente. Imaginó que aún estaría digiriendo la noticia.

Tampoco había llamadas perdidas. Márquez no le había devuelto la suya de la


noche anterior. Eso sí que le preocupó. ¿Dónde se habría metido Oliver? No lo
conocía mucho, pero no le parecía el tipo de persona que desaparece por un
asunto urgente y ni siquiera es capaz de poner un mensaje. El médico forense
era una persona concienzuda, meticulosa, que no dejaba flecos. Si esa era su
forma de ser también en el plano personal, estaba claro que algo extraño
sucedía.

No necesitó más excusas para hacer la llamada que deseaba. Marcó el


número de Oliver Márquez y se mantuvo a la espera hasta que una voz
electrónica le confirmó que el otro celular estaba apagado o fuera de
cobertura. Decidió escribir un mensaje de texto para que supiera que estaba
intentando localizarlo. Le pedía que, por favor, se pusiera en contacto con
ella. Que era urgente. Quizá así el médico se conmoviera e intentara
responder su llamada.

La segunda opción que le vino a la cabeza fue hablar con Goya. No habían
transcurrido ni siquiera veinticuatro horas desde que habló por última vez con
él, pero le parecían siglos. Marcó al número fijo de la clínica y le respondió la
misma señorita amable del día anterior, deseándole buenos días e indicando
el nombre del establecimiento.

—Me gustaría hablar con Guillermo Goya.

Como esperaba, la voz al otro lado le recordó que no se podía hablar con un
paciente si no era un familiar. Aneth decidió ser sincera.

—Estamos en el curso de una investigación y es prioritario que contacte con


el inspector jefe Guillermo Goya.

Fue tan insistente que la señorita terminó por ceder a su requerimiento.


Aneth ya cantaba victoria cuando al otro lado volvió a escuchar una voz
femenina.

—Ahora mismo no lo localizamos. Su hija vino a verlo muy temprano y


salieron a dar un paseo. Todavía no ha regresado.

«Maldita sea», pensó Aneth.

—Lo comprendo. Entonces voy a pedirle que le deje un recado. Dígale que la
inspectora Aneth Castillo le ha llamado y que está preocupada por la
desaparición de Oliver Márquez. Que si puede hacer algo para contactarle.

Dio las gracias y colgó. Luego soltó un juramento tras otro hasta calmarse.
Estaba detenida en aquella habitación, sin poder hacer algo para avanzar.

Contempló la hora en el gigantesco reloj de pared que había en la habitación.


Ya eran casi las nueve. Algo hizo clic en su cabeza, y se acordó nuevamente
de Salomé Santos. Hoy había quedado con ella en la estación de Policía. La
mujer tenía que comunicarle información importante. Era evidente que no
podría salir del hospital para recibirla, así que decidió que lo mejor era
confiar en la pericia de su compañero.

«A la tercera va la vencida», se dijo y marcó el número de Matías Vélez. Hubo


suerte.

—¿Ya me echas de menos? —La voz cálida de él estaba impregnada de


socarronería.

Aneth no pudo evitar sonreír.

—No seas tonto. Te llamo porque necesito un favor, uno inmenso.


—Pues tú dirás.

—Hoy tenía que ver a la mujer de Santos, recordarás que anoche me llamó
para proporcionarnos información importante, a espaldas de su marido. Dado
que nos conoce a los dos me parece que sería mejor que la atendieses tú, en
lugar del comandante. Tendrá más confianza para hablar.

—Claro, no hay problema, dime la hora.

—Llegará a las diez.

—Aquí estaré, pendiente. Yo me encargo. Tú lo único que tienes que hacer es


recuperarte lo antes posible.

Castillo colgó, con un sentimiento de alivio que hacía tiempo que no


experimentaba. ¿Qué iba a hacer cuando se fuera Matías? Se estaba volviendo
imprescindible en su vida.
Capítulo 20

—Chedes, cuéntame lo que has visto.

Alejandro Correa estaba en uno de sus lugares preferidos, en lo alto del


montecillo desde el cual se podía divisar el océano. Después de haber llevado
a los heridos al San Pedro Claver había continuado recogiendo enfermos y
acercándolos a las inmediaciones de las ambulancias. Supuso que la afluencia
de estas últimas era gracias a su aviso en el hospital y le produjo un secreto
orgullo saber que había podido ayudar a su gente. Finalmente, terminó por
pedir ayuda a sus pandilleros para transportar al resto de los heridos desde
los puntos más alejados del barrio hasta donde les podían atender
médicamente, y estos respondieron con generosidad. Fruto del trabajo en
equipo habían salvado muchas vidas, ya que nadie se atrevía a internarse en
el barrio aún en esas circunstancias.

Lo único que le extrañaba era no haber visto a la inspectora Castillo. Por la


información que le dio Meri él supuso que Aneth acudiría, tal y como
quedaron. Por ese motivo ordenó a su lugarteniente que investigase si una
mujer forastera estuvo deambulado por el barrio. En estos momentos estaba
recibiendo el informe.

—Chedes, cuéntame lo que sea. ¿No has sabido nada?

—Sí, Macaco, pero no te va a gustar.

—Escúpelo.

Su lugarteniente hizo literal la orden, se desprendió del purito que estaba


fumando y lanzó un escupitajo a su derecha.

—Estuvo aquí y la agredieron.

—¿Quién? No habrá sido uno de los nuestros.

—No, Macaco. Un desconocido. Suponemos que era la inspectora porque


estaba buscando entre los escombros, como le dijiste. Y justo cuando iba a
tomar algo entre las manos, ¡zas!, apareció de la nada un hombre que le dio
un buen golpe en la cabeza.

—¿Y nadie la ayudó?

Chedes se encogió de hombros.

—¿Qué quieres? No era una favorita. Bastante tenían con lo suyo, tosiendo
como tísicos. —Levantó una mano al ver que Correa iba a comenzar a
protestar—. Además, alguien la salvó.
—¿Te refieres a otro forastero?

—Eso es, Macaco. Un tipo acudió a rescatarla. Así que hubo tres forasteros en
la escena. Pero eso no es lo más interesante.

Alejandro contuvo su impaciencia y dejó que el otro se regodease en su


historia.

—¿Sí? Cuéntame.

—Los dos hombres, el que la golpeó y el que la salvó, se conocían. Discutieron


mientras la mujer estaba tendida. El que no le había pegado se la llevó, pero
lanzó varios juramentos al otro.

—Realmente interesante —dijo Correa.

—¿Verdad que sí? —Chedes sonaba orgulloso.

—Pues sí. Parece que no deseaban que su fechoría se descubriera, pero


tampoco querían llevarse por delante a la inspectora. Bueno, en realidad a
uno de ellos no le importaba, ¿no es así, Chedes?

Este lo confirmó:

—Mientras uno de ellos se llevaba a la mujer, el otro se hizo con la prueba.


Pero se los veía metidos en el mismo asunto.

—¡Hum!

—¿Qué vas hacer con esta información, Macaco? ¿Se lo dirás a la poli?

Alejandro se quedó pensativo unos instantes. Su número de celular lo tenía


solo Castillo y la habían dejado fuera de juego, ahora no podía arriesgarse a
llamarla. Tendría que saber primero si se había recuperado de la agresión.

Por un momento acarició la idea de acudir él mismo a comprobar que todo iba
bien. Se sentía responsable, en cierto modo, por haberle pedido que acudiese
a La Favorita. Pero eso era completamente imposible. La habrían ingresado
en algún hospital del centro de la ciudad. No podía arriesgarse tanto. Aunque
sí sabía a quién se lo podía encomendar.

De todas formas, no le gustaba el cariz que estaba tomando aquel asunto. Se


enfrentaban a una gente a la que no le importaba quitar de en medio a quien
estorbase, y eso era preocupante. Esas personas no solo conspiraban para
envenenar a toda la población de un barrio, sino que no dudaban en desafiar
al mismo cuerpo de Policía de Sancaré, aquellos que representaban la ley.
Algo le decía que había más historia detrás. Los intereses que estaban en
juego debían de ser muy elevados. De otra forma no se hubieran arriesgado a
asesinar a una inspectora solo para destruir pruebas.

—Macaco, ¿qué hacemos?


—De momento, decirle a los otros que deben seguir colaborando para ayudar
a los nuestros. Falta mucha gente aún.

»Y respecto a lo que tú y yo descubrimos, hay que hacerse con una prueba.


Tendría que haber dejado ese objeto en el hospital cuando fui allí. Me perdió
la precipitación. Pero esto es solo una confirmación de que vamos por buen
camino.

»Eso sí, hemos comprobado cómo se las gastan. Habrá que andarse con
cuidado. Pero si es necesario, yo mismo llevaré esa cosa a la comisaría.

—Sabes que me tienes para lo que necesites.

—Lo sé, Chedes. Vete ya, te busco luego.

Su lugarteniente se subió a la motocicleta y se alejó de allí.

Alejandro Correa había pasado la noche en blanco, pero no era la primera


vez. Mientras ejecutaban alguna «operación», podía pasar dos o tres días sin
conciliar el sueño. La adrenalina lo mantenía despierto. Como en estos
momentos, que se sentía más despejado que nunca.

Observó, una vez más, el horizonte. El cielo tocando el mar. No se cansaba de


contemplarlo. En cierto modo, el océano simbolizaba la libertad, la que
ansiaba en lo más profundo de sí mismo. Ni siquiera a Chedes le podía hacer
partícipe de sus pensamientos. Confesarle que había ocasiones en las que el
deseo de hacerse con alguno de aquellos yates —se conformaba incluso con
un pequeño barco— era una tentación casi tan fuerte como la droga. Viajar a
otros lugares, establecerse en un país remoto. Algún sitio donde su fama no lo
precediese y pudiera comenzar de cero. Olvidar su pasado, fundar una
familia.

Pero entonces, cuando más acuciante era su ansia de huir, lanzaba una
mirada alrededor suyo y veía al resto de favoritos. Puede que él llegara a
tener alguna vez la opción de alejarse, pero ellos no podían escapar. Estaban
condenados a una vida de pobreza y delincuencia. Quizá no habían sufrido,
como él, un padre violento cuya única aspiración era la de forjar un heredero
a su altura, otro líder que aterrorizase a Sancaré y que demostrase que la
única ley válida era la de la fuerza y la destrucción. Pero no eran menos
esclavos de su herencia.

Sin embargo, Alejandro Correa no era como su padre. Muchas veces


lamentaba tener que moverse en el lado criminal porque sabía que existía
otro camino, aún más, estaba convencido de que la salvación de La Favorita
no llegaría del modo que había imaginado Néstor Correa. Pero él no poseía
las armas para conseguir esa redención. Solo podía sobrevivir y enseñar a
otros a hacerlo del modo menos dañino.

Borrar la fama de La Favorita era su anhelo secreto, una tarea imposible. Aun
así, no podía dejarles. Se sentía responsable de sus pandilleros y de las
familias de estos. Cuando un favorito sufría, él también. Y aunque se repetía
de continuo que su padre no tuvo razón al usar la violencia, en momentos
como aquel se sentía tan impotente que hubiera echado mano de cualquier
recurso —cualquiera— para enfrentarse a sus enemigos.

Alguien intentó acabar con su gente, más aún, había demostrado que estaba
dispuesto a pasar por encima de la ley para conseguir su objetivo. Alejandro
tenía su hipótesis acerca del asunto, que le sonaría descabellada a quien la
oyese. Y, además, era difícil hacerla creíble por proceder de él. Así que estaba
obligado a pedir ayuda a los «honestos» para que hicieran de altavoz de sus
sospechas.

Sí, hubo una época en la que pensó en huir, pero no tuvo corazón para
hacerlo. Ni siquiera para hacer feliz a la mujer que amaba, y que le
correspondía. Ambos tendrían que conformarse con vivir en la frontera de sus
mundos, unidos y separados por una labor común. Habían situado a los demás
por encima de sus propios deseos.

Por eso quería tanto a América: admiraba su generosidad, la entrega a una


causa noble, la de acoger y cuidar a niños sin padres. Él también tenía el
encargo autoimpuesto de proteger a los suyos, y sacrificaría todo lo que fuera
necesario, también su felicidad personal, por llevarlo a cabo.

Había comprendido tiempo atrás que «Algo» o «Alguien» más sabio que él —
llamado Dios, ser supremo o la Providencia— lo había separado de su madre
para llevarlo a vivir con los que realmente necesitaban de su ayuda. Si no
pensara de ese modo se hubiera quitado la vida mucho tiempo atrás. Pero la
inteligencia despierta de la que estaba dotado y aquel corazón compasivo que
escondía con celo eran dos armas con las que podía luchar para hacer algo
por los suyos.

Y lo haría, no porque fuera un justiciero nato, sino porque creía firmemente


que los favoritos ya habían sufrido lo suficiente como para saltarse un
Purgatorio y hasta el Infierno. Pero nadie les iba a llevar al Cielo antes de
tiempo.
Capítulo 21

La estación de Policía estaba casi desierta en esos momentos. La mayor parte


de los efectivos se habían trasladado al barrio de La Favorita para ayudar en
las labores de evacuación y traslado de los damnificados al San Pedro Claver
y a otros hospitales cercanos.

Matías observó el reloj y vio que marcaba las nueve. Se acercó al despacho
del comandante y le dio los buenos días desde fuera. Este levantó la cabeza
un instante de los papeles y le indicó con un gesto que entrara.

—Buenos días, Vélez —saludó—. ¿Cómo se encuentra esta mañana nuestra


inspectora? Viene del hospital, ¿no?

—Sí, señor. La inspectora Castillo ya se ha despertado y protesta por retomar


el trabajo.

—Ese es mi equipo. Pero no la vamos a dejar hasta que los médicos lo digan.

—Sí, señor. Eso mismo le he dicho yo.

—Perfecto, entonces puede ponerse a la tarea, que hay bastante.

Vélez se dirigió al despacho de Goya. Iba a aprovechar la ausencia de este


para conseguir privacidad. Cerró la puerta. Se sentó con calma estudiada
detrás del escritorio y abrió la primera carpeta que tenía delante. Si alguien
pasaba y sentía curiosidad por verle allí, creerían que estaba revisando algún
expediente atrasado.

Tenía que darse prisa para hacer la llamada que deseaba. Tomó el celular y
marcó. Estuvo dando vueltas a la conversación que mantendría con Dionisio
Santos, y respiró hondo para que su voz sonara tan tranquila como pretendía.
Su gesto se volvió serio mientras se escuchaban los tonos del teléfono.

En ese instante Matías se dio cuenta de que había olvidado activar el


simulador de voz. Cuando Santos contestó la llamada se mantuvo en silencio
unos segundos antes de responderle, buscando la esquiva función en el
teclado del celular. Le había costado un triunfo conseguir la aplicación y al
final fue Valentina quien le ofreció la solución a través de uno de sus
contactos, un informático que diseñó una a su medida.

—¿Quién es? —La voz de Dionisio Santos rezumaba impaciencia.

Vélez le admiró la sangre fría. En ninguna de las conversaciones que


mantuvieron lo vio perder el control. Se había mostrado enfadado, enojado,
furioso incluso, pero jamás consiguieron intimidarlo, que era su objetivo. Ni
siquiera el rapto de Gabriela le había conmovido. ¿Cómo era posible que
existiera un hombre así? Quizá era el modo que encontró para sobrevivir en la
jungla de los negocios, pero igual le parecía una persona demasiado fría.

Ni siquiera él, pensó Matías, que también se movía por dinero, podía
prescindir de su parte afectiva. Cuando vio al imbécil de su socio golpeando a
Aneth se le revolvieron las entrañas. Influyó, seguramente, el hecho de saber
que la mujer estaba embarazada. Si no hubiera detenido a su socio la
inspectora estaría muerta en estos momentos. Había intentado hacer
comprender al otro que lo que deseaban conseguir no hacía falta obtenerlo
con muertes indiscriminadas. Una cosa era envenenar a los favoritos y otra
muy diferente matar a un policía.

Pero a su socio le daba igual. Él quería terminar el trabajo cuanto antes y


obtener su parte. Si para ello debía de sembrar el camino de cadáveres, lo
haría. Al fin y al cabo, le dijo, luego sería tan rico que podría establecerse
donde le diera la gana y con total impunidad. Al oírle decir aquello, Matías
había comprendido que aquel hombre no vacilaría en deshacerse de él y de
Valentina si no cumplían con su parte. Desde luego, era el cerebro de aquella
operación porque no tenía escrúpulos.

—¿Quién es?

La voz del empresario le trajo de nuevo a la realidad de la conversación que


tenía pendiente.

—Señor Santos, creo que ya sabe quién soy.

—Usted otra vez.

—Sí, y seguiremos insistiendo hasta que nos conceda lo que exigimos.

—Les he dicho infinidad de veces que solo van a salir perdiendo con el
secuestro de mi hija. Tarde o temprano los descubrirán, y no habrá
conseguido nada salvo una condena perpetua en la cárcel. Eso porque ahora
no existe la pena de muerte.

—Señor Santos, mucho me temo que no debe haber visto las últimas noticias.

—¿A qué se refiere?

—Al incendio de La Favorita, por supuesto. Si le ha llegado el eco sabrá ahora


que podemos conseguir lo que deseamos sin necesidad de su ayuda. Su hija
no será ya necesaria y nos desharemos de ella. Está en sus manos recuperarla
y acelerar nuestros planes. Si sigue postergando su decisión, nos atrasará,
pero no impedirá nuestro objetivo. Y en el camino se habrá quedado una vida
inocente.

El silencio al otro lado del celular le confirmó a Matías que por fin el
empresario estaba dispuesto a escucharlo.

—Señor Santos, todos queremos lo mejor para Gabriela. Hagamos un trato.


Vélez casi podía palpar la indecisión al otro lado de la línea. Lo tenía por fin.
Pero en ese instante alguien llamó a la puerta del despacho.

Cortó la llamada sin pensarlo dos veces y la persona que había avisado con
sus toques entró. Era una compañera de la estación de Policía.

—Vélez, me ha costado localizarte. Podrías haber dejado dicho que ibas estar
trabajando aquí.

—Perdona, he estado con Aneth y se me ha ido el santo al cielo.

—Cierto, lo lamento. ¿Qué tal está?

—Recuperándose. Pronto la tendremos entre nosotros. ¿Deseabas algo?

—Sí, quería avisarte de que ha venido la señora Santos.

—Son apenas las nueve de la mañana. —Matías consultó su reloj—. Creía que
había quedado a las diez.

—Sí, ella lo ha comentado. No sabía si podrías atenderla. De hecho, ha


preguntado por la inspectora Castillo y le he dicho que no estaba, pero que te
lo comentaría a ti.

—Has hecho muy bien. Aneth me puso al tanto para que pudiera recibirla.
Hazla pasar, por favor.

Cuando la mujer cerró la puerta, Matías escribió un mensaje de texto a


Dionisio Santos: «Seguiremos esta conversación en otro momento. Le dejo
espacio para reflexionar. Llamaré de nuevo».
Capítulo 22

Valentina se levantó de peor humor que el habitual. Cuidaba mucho su


descanso, dormía en un colchón viscoelástico con la dureza adecuada para su
espalda, y procuraba acostarse temprano para dormir las horas mínimas
recomendadas. Pero no siempre le llegaba el sueño. Después del mensaje que
le envió Vélez había sentido una aprensión que la mantuvo insomne.

Sabía que existía la posibilidad de verse obligados a ejecutar el plan B. Debía


serenarse, hacía muchos años que se hizo insensible al hecho de matar. Si se
veía abocada a realizar aquella parte de su tarea, cumpliría.

Había amanecido antes de que saliera el sol. Desde la cama alcanzó su celular
y fue revisando en Internet las noticias del incendio. Sus dos socios debían de
estar satisfechos, parecía que el trabajo se estaba desarrollando según lo
previsto. Cerró los ojos e imaginó en su cuenta bancaria la generosa comisión
que le ofrecieron. Había infinidad de posibilidades para gastarla. Quizá era
una locura, pero consideró incluso la idea de buscar a Pablo, su antiguo
monitor y amante. No sabía si la recordaría después de cuatro años, pero ella
sí que se acordaba de él. Pensaba en Pablo muy a menudo, demasiado.

Se levantó e hizo una primera tanda de ejercicios. Luego se duchó y, con el


pelo aún húmedo, fue a la cocina, en el piso inferior, para prepararse un
desayuno energético. Tocino, huevos fritos, salchichas e incluso un plato de
frijoles. Le vino al pensamiento la idea de compartir aquel festín con la niña,
pero la desechó enseguida. No deseaba malcriarla ni generarle expectativas
que luego no se iban a cumplir. Si ella se hubiera encontrado en su misma
situación, lo agradecería. Cuanto más consciente fuese de que era una rehén
que podía perder la vida en cualquier instante, mejor. No le gustaba engañar
a sus prisioneros.

Cuando miró el reloj de pared de la cocina vio que había pasado el tiempo y
ya eran las nueve de la mañana. Era hora de visitar a la niña. Se tocó el pelo.
Aún quedaban rastros de humedad, pero lo llevaba tan corto que no tardaría
en secarse y le gustaba la sensación de frescor. No tenía el cabello de la
longitud que hubiera deseado, para usar pelucas era mucho más cómodo
tenerlo así. Y teñirse no era una opción que se planteara cuando quería
cambiar de imagen.

Se dirigió a la sala de musculación y se descolgó la llave que llevaba al cuello.


Cuando estaba abriendo con ella consideró que iba a tener que atar a
Gabriela. No deseaba que se envalentonase y la esperara agazapada detrás de
la puerta. Giró la llave y abrió. Dejó la luz encendida la noche anterior, pero
no era muy potente, así que imaginó que la niña habría podido dormir. Según
iba descendiendo las escaleras y la figura de Gabriela se le hacía visible, la
sorprendió que esta no se moviese.
Al llegar a su lado se arrodilló y comprobó que la niña tiritaba, a pesar de la
manta que la cubría. Le puso una mano en la frente y confirmó que estaba
afiebrada. Aquello era un inconveniente. Lo último que deseaba era moverla
del escondite, pero tampoco podía permitir que Gabriela falleciera antes de
tiempo.

Levantó en brazos, apenas sin esfuerzo, el delgado cuerpo de la niña. Subió


las escaleras. Cayó en la cuenta de un descuido: había olvidado encender la
minicadena. Le ayudaba a ocultar cualquier posible sonido que se produjera
en la casa, sobre todo si a Gabriela se le ocurría comenzar a gritar. No lo
parecía porque tenía los ojos cerrados con fuerza, como si sufriera. Pero lo
mejor era no arriesgarse.

Volvió sobre sus pasos y regresó al fondo del sótano. Se quitó la cinta del
cabello, la que usaba para despejarse el pelo de la frente, e improvisó una
mordaza. Rasgó el protector que le puso a la colchoneta y se quedó con un
trozo de tela, que convirtió en una pelota. Luego lo introdujo en la boca de la
niña. Con la cinta la aseguró para que no la escupiese, cubriéndole los labios
y atándola por detrás. A la chica le iba a resultar más costoso respirar en esas
circunstancias, pero tenía que sacarla de allí. También le vendó los ojos.

Gabriela no protestó ni siquiera cuando aquella mujer le metió «aquello» en la


boca, de modo que apenas podía salivar. La noche anterior la niña había
creído tener una gran idea. Su amiga Denise conocía varios trucos para subir
la fiebre y ella había probado todos los que estaban a su alcance, entre ellos
dormir en el frío suelo y mordisquear una de las esquinas de la pared de yeso.
No sabía si funcionaría, pero cuando experimentó los primeros escalofríos,
dio gracias a su amiga con el pensamiento. El problema es que realmente se
sentía mal, así que regresó a la colchoneta cuando le pareció que estaba
amaneciendo y se arropó con la manta que le dejó la mujer.

Su plan parecía ir desarrollándose como quería, y su secuestradora la estaba


transportando escaleras arriba. La casa estaba en silencio, no se oía aquel
estruendo permanente de la música. Gabriela ya se había decidido, en cuanto
pusiera un pie fuera del sótano lanzaría tal aullido de auxilio que la
escucharían hasta en la China. Si luego aquella mujer decidía arrojarla por las
escaleras o estrangularla allí mismo, le daba igual. En ese momento nada le
importaba, salvo el hecho de conseguir que alguien oyera sus gritos y
sospechara de aquella vecina. Descubrirían su cadáver, pensó Gabriela, y
detendrían por asesinato a aquella horrible mujer. Se haría justicia al menos.
Ella ya daba su vida por perdida.

Sin embargo, todo indicaba que no había llegado su momento. La mujer


podría haber amanecido distraída, pero luego se concentró e hizo muy bien su
labor. Gabriela no podía gemir siquiera de lo apretada que tenía la mordaza.
Además, la fiebre real le estaba pasando cuenta, se sentía muy débil. No
hubiera podido huir aunque hubiese tenido la posibilidad.

La mujer volvió a cargarla y la sacó del sótano en brazos. Luego sintió cómo
la transportaba a lo largo de una sala. Al oír el sonido de la minicadena a todo
volumen comprendió que la secuestradora se había dado cuenta de aquel
olvido.

Se iban esfumando sus esperanzas de escapar. Le entraron unas


incontenibles ganas de llorar de pura impotencia. Pero no podía dejarse
llevar, se ahogaría. Y ella debía ser fuerte: su familia la esperaba. Le vino a la
mente la figura de su padre. No era de trato cariñoso, pero Gabriela lo
admiraba. Prefería el carácter fuerte de Dionisio antes que la sensiblería de
su madre, Salomé. A veces había considerado cómo era posible que aquel
matrimonio se entendiera tan bien. Se querían, pero no podían ser más
diferentes. La niña pensaba que su debilidad de carácter procedía de la
madre, y eso la enrabietaba. Sin embargo, también poseía algo de su padre.
No estaba dispuesta a rendirse y se dejaría matar si con ello conseguía que
aquella mujer quedara al descubierto.

Mientras continuaba con estos pensamientos, la mujer ya la estaba llevando


hacia otra habitación. Subían unas escaleras, así que dedujo que la casa debía
de ser grande. Al cabo de unos minutos sintió que su espalda quedaba
apoyada en un colchón. ¿Sería el dormitorio de su secuestradora? Sintió un
gran alivio cuando le quitaron la mordaza y la bola de tela. Luego le ordenó
que tragase una pastilla que le dejó en la lengua y la hizo beber de un botellín
de agua. Gabriela no protestó porque estaba eufórica. Aquella habitación
seguramente tendría ventanas y ella podría asomarse a alguna de ellas y
pedir auxilio. Pero no se esperaba el siguiente movimiento de la mujer. Esta le
palpó uno de los brazos e inmediatamente después sintió un doloroso
pinchazo.

—A dormir, Gabriela. —Fueron las últimas palabras que escuchó antes de


sumirse en la inconsciencia.

Valentina le quitó la venda de los ojos a la niña y también le desató las manos.
Luego la arropó con una manta térmica para que mantuviese el calor y no
empeorase de la fiebre. Le había dado un medicamento del Ejército que
hubiera sanado a un moribundo. Se recuperaría pronto. Al salir le dio doble
vuelta a la llave de la habitación.

El dormitorio en el que Valentina la dejó era una habitación interior, sin


ventanas. Aún en el hipotético caso de que la niña se despertase, poco podría
hacer en un lugar que no tenía más muebles que una cama y una silla.

Se alejó silbando. Hora de seguir con sus ejercicios.


Capítulo 23

Después de enviar el mensaje, Vélez se levantó de su asiento y abrió la puerta


del despacho. Instantes después apareció la señora Santos en el umbral.
Aquella mañana ella se mostraba nerviosa, mucho más que cuando la visitó en
su mansión de Villablanca. El lápiz de ojos se le había desdibujado, dejándole
unas extrañas ojeras. Matías supuso que se debía a las lágrimas. Lo
confirmaba también la rojez de su nariz.

—Señora Santos, pase, por favor.

Vélez cerró la puerta en cuanto ella entró en el despacho.

—Seguramente no me esperaba —dijo ella despacio, intentando iniciar la


conversación—. Venía a hablar con la inspectora Castillo, pero afuera me han
comentado algo preocupante. ¿Es cierto que está en el hospital?

—No es nada de gravedad. Ayer estuvimos colaborando para extinguir un


incendio en La Favorita y ella tuvo un percance.

Parecieron ser las palabras adecuadas porque la mujer asintió y luego se


dirigió a él.

—Verá, inspector, anoche llamé a su colega por un tema de suma


importancia. Dado que usted también investiga el caso, me parece que puedo
compartirle lo que le iba a decir a la inspectora Castillo.

—Por supuesto, aquí me tiene. ¿Es algo relacionado con su hija?

—Así es. Tengo nuevos datos que pueden ayudar. Como le dije a su
compañera, tengo la certeza de que mi hija ha sido secuestrada.

—Continúe, por favor.

Salomé Santos se agarró las manos y comenzó a retorcerlas.

—En primer lugar, quiero comentarle que he venido directamente a la


estación de Policía porque hubiera sido imposible revelarle esto en mi casa.
Mi esposo salió temprano esta mañana y yo he aprovechado para ausentarme
a mi vez. Por eso me he adelantado a la hora convenida.

—¿Su esposo tiene información y no quiere colaborar? —Matías alzó una ceja.

—El asunto es bastante complicado, inspector Vélez. Lo cierto es que mi


marido siempre ha sabido quién estaba detrás del secuestro, pero no lo quería
hacer público.
—Está claro que no es un caso tan sencillo como parecía en un inicio.

—En efecto. Tampoco deseo dar la impresión de que mi marido es culpable


por haberles ocultado información. Él está siendo extorsionado y la moneda
de cambio es nuestra hija. La están utilizando para amenazarlo a él y que
cumpla con sus condiciones.

—¿Y usted cómo ha sabido eso?

—Escuché una conversación telefónica.

—¿Oyó quién estaba al otro lado?

—Lo ignoro. Pero sí sé qué es lo que quieren esos hombres.

—Por favor, prosiga.

—Quizá debería escribir la declaración, ¿no cree, inspector?

—Claro. —Matías contuvo su fastidio—. En otras circunstancias sería lo más


adecuado, pero nos encontramos con el personal en mínimos debido al
incendio.

Salomé asintió y el inspector suspiró de alivio por dentro. Estaba harto de la


gente que había visto demasiadas películas policíacas.

—Hagamos lo siguiente —propuso Vélez—. Grabaré esta conversación y


después uno de los compañeros la transcribirá. Cuando la tenga, la haré
llamar para que la firme. ¿Le parece bien?

—Perfecto.

—Pues entonces, vamos a comenzar de nuevo. Señora Santos, ¿tiene alguna


información que aportar en relación al secuestro de su hija Gabriela?

—Sí, inspector Vélez. He venido a compartirles todo lo que sé.

»En primer lugar, quisiera disculparme. Desde el inicio tuve la certeza de que
nuestra hija había sido secuestrada. Mi marido no quería confirmarlo, e
incluso llegó a decirme que haría un gran mal a la niña si iba difundiendo mis
sospechas. Lo único que me tranquilizó en aquellos momentos fue el verlo
acudir a la policía para que lo buscasen.

»Sin embargo, cuando usted y la inspectora Castillo estuvieron en nuestra


casa, no les dijo toda la verdad. Yo sabía que mi marido había recibido unas
llamadas amenazantes la semana anterior. No era la primera vez y Dionisio
sabe manejar muy bien esos asuntos. No exageró al confirmarles que tiene
muchos enemigos, de hecho, de vez en cuando nos llegan anónimos
amenazantes. Pero nuestra casa está fuertemente vigilada, es casi imposible
entrar en ella si antes no se posee una autorización y hemos podido
comprobar los antecedentes de las personas que nos visitan. Por eso ambos
creíamos protegida a la familia. Le aseguro que usted y la inspectora Castillo
entraron en nuestra casa porque previamente nuestro personal de seguridad
había revisado su expediente. Ni siquiera podemos fiarnos de los policías.

—Me alegra saber que fuimos encontrados sin tacha.

—En efecto, así fue —dijo Salomé y continuó—: El día que nos visitaron le dejé
un mensaje a la inspectora con mis sospechas.

—Sí, ella me enseñó la nota.

La mujer asintió.

—Esa misma noche mi marido recibió una llamada de amenaza. No era como
las anteriores porque, en este caso, él mencionó a nuestra hija. Si antes tenía
sospechas, en ese momento tuve la certeza de que Gaby había sido
secuestrada. Lo que no alcanzaba a saber es lo que deseaban de mi marido.
Sin embargo, tras aquella conversación, por fin pensé en una posible teoría
acerca de lo que sucede.

»Ya conoce que mi marido, entre otras ocupaciones, se dedica a la


construcción. Se trata de un gremio de hombres poderosos y, por ese motivo,
no solo es el dueño de una de las constructoras más grandes del país, sino
que pertenece a muchos consejos directivos y conoce en persona a gente muy
poderosa e influyente. Gracias a nuestra fortuna personal nos movemos en
círculos muy selectos. Dionisio es un hombre honrado, pero no puede negar
que, gracias a su red de contactos, ha multiplicado su fortuna de modo
exponencial.

»Asimismo, mi marido es un hombre muy respetado. Si decide emprender una


obra, probablemente otros lo seguirán. Si él renuncia, otros seguirán su
ejemplo porque considerarán que si Santos lo rechaza es que no merece la
pena.

»Le explico esto, señor Vélez, porque en este caso alguien pretende utilizar la
influencia de mi marido para emprender una nueva obra de construcción.

—¿Y podría decirme dónde estaría situada esa nueva obra?

—Sí, en el barrio de La Favorita.

—Eso es imposible. La zona está ocupada por centenares de casuchas.

—Eso es precisamente lo que la persona que chantajea a mi marido desea.


Quiere que Dionisio les ayude a declarar insalubre el barrio, lo que implicaría
echar abajo todas las viviendas que hay allí.

—¿Me está diciendo que todo esto lo ha escuchado en una conversación


telefónica?

—En absoluto. Solo se mencionó el nombre del barrio. Pero luego he


investigado por mi cuenta y he descubierto que el terreno de La Favorita es
deseable por muchos motivos. Debido a su situación, en la zona de costa, y en
dirección al balneario Santa Laura, es una zona realmente privilegiada. El
hecho de que ahora esté ocupada por gente muy pobre no le resta valor.

»En los inicios de la ciudad de Sancaré no era más que un barrio de las
afueras, ni siquiera conectado con la gran urbe. Pero con el paso del tiempo y
la afluencia de gente que se ha venido a vivir aquí, ahora puede verse como
un terreno con infinitas posibilidades para explotar. Además de las vistas al
océano, está su cercanía a otros barrios, podría decirse, más normales. En
definitiva, si yo fuera una persona dedicada a construir viviendas, me
resultaría muy atractivo pensar en ese barrio como un terreno listo para
edificar. Y lo que se podría levantar ahí, si no estuviera ocupado, son
viviendas del estrato siete. ¿Sabe usted qué es el estrato siete, inspector?

—Sí, precisamente el otro día lo estuvimos mencionando.

Salomé hizo un gesto de afirmación y dijo:

—¿Qué opina entonces de todo lo que le he contado?

—Creo que todo lo que me ha expuesto, aunque sea fruto de su deducción,


suena muy factible. No sabe cómo le agradezco la información.

Vélez apagó la grabadora e indicó a la señora Santos que habían terminado.


La acompañó hasta la salida de la estación de Policía. Luego regresó a su
despacho, donde volvió a encerrarse. Marcó un número de teléfono en el
celular y habló unos minutos con su socio. Cuando colgó hizo otra llamada. Se
oyó la voz de una mujer al otro lado.

—Te escucho.

—Buenos días, Valentina. Me gustaría empezar el día con mejores noticias,


pero eso no va a ser posible.

La voz al otro lado soltó una risita irónica.

—Tampoco creerías cómo ha sido el comienzo del mío. Adelante, desahógate.

—Resulta que Salomé Santos no es una mosquita muerta como creíamos y se


ha dedicado a buscar a su hija al mismo tiempo que la policía.

—¿Qué es exactamente lo que sabe?

—Todo, Valentina. Lo único que desconoce son nuestros nombres, pero las
motivaciones las tiene claras. Es cuestión de tiempo que ate cabos.

Hubo un silencio al otro lado, hasta que finalmente la mujer habló.

—¿Qué quieres que haga?


—Mira, se nos está yendo de las manos. He hablado con nuestro socio, y opina
que tenemos que eliminar todos los flecos de esta operación.

»En lo que a ti respecta, pensamos que es el momento de liberar a Gabriela y


entregársela a su madre. Y la menciono a ella, a Salomé, porque ese será el
momento que aprovechemos para quitarla de en medio. Sabe demasiado.

—¿Me estás diciendo que finiquite a la madre?

—Sí. Y no te preocupes, porque ya nos queda muy poco para terminar.

—Muy bien, cuenta con ello.

—Deberías agradecérmelo, Valentina, te estabas mal acostumbrando con


tanta bicicleta de gimnasio.

Ella resopló antes de colgar y Matías soltó una carcajada.


Capítulo 24

Cuando estaba bajando las escaleras después de la llamada de Vélez,


Valentina oyó el timbre de la puerta. En el poco tiempo que llevaba instalada
en aquella casa era la primera vez que sonaba. Por fortuna, estaba preparada
para esa eventualidad, se dijo.

Deslizó una mano por su cabello y lo encontró ya seco. Fue hasta la


minicadena y la apagó. Sería algún vecino que venía a quejarse del excesivo
volumen de la música. Contempló su imagen en el espejo de la sala de
ejercicios. Estaba vestida con una malla ajustada de cuerpo entero que
resaltaba su musculatura. Se acercó a una silla donde había varias prendas
dobladas y se puso una camiseta amplia sobre el top. Era unas cuantas tallas
por encima de la suya y disimulaba bastante su figura. Lo que no podía
ocultar era sus piernas.

No tenía tiempo de cambiarse. El timbre sonó por segunda vez, y ahora que
Valentina apagó la minicadena la persona que llamaba tenía la confirmación
de que había alguien en la casa. Abrió la puerta con la sonrisa ya colocada en
el rostro. Al otro lado aguardaba un hombre de unos treinta años. No vestía
uniforme, pero Valentina había visto demasiados policías de paisano como
para no reconocer a uno cuando se le presentaba.

—Buenos días, señora.

—Señorita. —No pudo evitarlo, le fastidiaba aquel tratamiento—. Buenos días


—continuó más amablemente. ¿Qué desea?

—Soy el inspector Hilario Cota y me gustaría hacerle algunas preguntas.

—Claro, inspector, ¿desea entrar?

—Si no le molesta…

—Iba a hacer café. Puedo invitarle uno si quiere.

—Encantado. —Hilario dio dos pasos y entró—. ¿Vive aquí sola?

—No, pero hoy tengo fuera a mi pareja. Viaja con frecuencia. —Mientras
hablaban, Valentina cerró la puerta. Luego le guio hacia la cocina.

Hilario llevaba investigando pistas sobre la mujer musculosa desde que había
obtenido su retrato hablado el día anterior. Esa mañana, temprano, uno de
sus informadores le contactó para comentarle que podía tener una pista. Un
colega de un colega (siempre era así, pensó Hilario, todo menos dar nombres)
había vendido varios aparatos de ejercicios en su tienda a una mujer que
instaló un gimnasio en su casa. Esta se correspondía en edad con la que la
policía buscaba, aunque no era rubia ni tenía el pelo rizado, al contrario, su
cabello era oscuro y lo llevaba muy corto, como un chico.

Lo que les llamó la atención es que había pagado los aparatos al contado, y no
eran cantidades precisamente pequeñas. Incluso comentó con el dueño la
posibilidad de revenderlos cuando se trasladase, lo cual podría suceder en
una fecha próxima. Su confidente le indicó dónde estaba la casa de la mujer.
Era una zona de viviendas unipersonales. Casi todas las construcciones eran
chalés de tres o cuatro plantas, si se contabilizaba el sótano y la buhardilla.

—Inspector, aquí tiene su café.

—Es usted muy amable.

Cota siguió observando a su alrededor. Se fijó en un armario con vitrina


donde se exhibía una vajilla china de porcelana. Era curioso el gusto actual
por la cocina asiática. A él que le dieran un buen perrito caliente.

—¿Y bien? ¿En qué puedo ayudarlo?

—Verá, señora. Los vecinos me han comentado que tiene usted la música
puesta permanentemente, y además a un volumen muy alto.

—¿Y para eso viene a visitarme un inspector de Policía?

«Esta mujer no tiene nada de estúpida», se dijo Cota.

—Bueno —le respondió en alto a la mujer—. Yo estaba en la zona. A ellos les


tranquiliza saber que nos hemos pasado por aquí y hemos dado un toque de
advertencia.

Mientras hablaba, el inspector era cada vez más consciente de que aquella
mujer encajaba muy bien en el perfil que buscaban. La ropa que tenía puesta
no disimulaba su cuerpo de culturista. Por si hubiera tenido alguna duda con
la camiseta, estaba contemplando en ese momento sus pantorrillas, que
parecían dos columnas.

—Entonces, ¿qué puede decirme? —insistió Cota—. Respecto a la música.

—Qué quiere que le diga, inspector. Cuando mi pareja no está me gusta oír
música para no sentirme tan sola.

—Pues mucho me temo que tendrá, o bien que aflojar el volumen, o bien
prescindir del todo de ella. Lo entiende, ¿verdad?

—Por supuesto.

Hilario sentía que había olfateado una presa y decidió tirar más del hilo.

—Me va a perdonar la indiscreción, pero no he podido evitar fijarme en que


usted parece ejercitarse a conciencia. La verdad es que a mí tampoco me
vendría mal. ¿Acude a algún gimnasio?

Ella se encogió de hombros.

—Alguna vez lo he hecho, pero ahora prefiero tener las máquinas en casa.
Una vez que has cogido la rutina no tienes que estar esperando a que se
liberen. También me ahorro las miradas del resto.

—Claro —confirmó el inspector—. Usted es una mujer muy atractiva. Llamará


la atención.

La mujer se rio.

—Bueno, no es eso lo que más les llama la atención. Somos pocas mujeres
culturistas en comparación con los hombres.

Hilario Cota insistió:

—Entonces, si tiene los aparatos en su casa, ahora encuentro lógico que desee
entrenar con hilo musical. El ejercicio es más entretenido.

Ella sonrió.

—Usted sí que me entiende, inspector.

Este se incorporó con desgana.

—Le agradezco el café. Ahora que ya he cumplido mi cometido no tiene por


qué tener problemas con los vecinos. Estoy seguro de que pondrá todo de su
parte para cuidar el volumen.

—No lo dude.

—¿Me permitiría utilizar un momento su baño?

Ella pareció dudar un instante.

—Claro, faltaría más. Déjeme ver solamente si lo he dejado recogido.

Le guio hasta el único cuarto de baño que existía en la planta baja. Estaba al
lado de su salón-gimnasio. Era el mismo que Gabriela había usado la noche
anterior.

Entró en él y echó un vistazo alrededor. No parecía que la niña hubiera


dejado mensajes de ningún tipo. Tampoco la niña imaginaría que alguien del
exterior pudiera entrar allí. Inspeccionó los armarios, el rollo de papel
higiénico, y limpió posibles huellas del espejo. Finalmente, dio por terminado
su reconocimiento.

—Adelante, inspector —dijo al salir.


—Muchas gracias. —Hilario Cota le sonrió—. Me va a perdonar, pero no sé su
nombre.

—Disculpe mi mala educación. Deduje que lo sabía antes de llamar a mi


puerta. Mi nombre es Valentina Cárdenas.

No hubo ningún titubeo mientras ella confirmaba su identidad. El nombre se


correspondía con el que figuraba en el contrato de alquiler de la casa, y que
Hilario ya había investigado.

—Muchas gracias, señorita Cárdenas.

Cuando el inspector entró en el baño emprendió la búsqueda de pistas.


Aprovechó los dos minutos que Valentina empleó en revisarlo para asomarse
a la sala de musculación. Allí no había más entradas que aquella por la que se
asomaba y una pequeña puerta en la pared. ¿Adónde conduciría? Quizá era el
acceso a un sótano, pero no tenía tiempo de comprobarlo.

A no ser que aquello fuese un escondite con aseo, le parecía lógico pensar que
si Gabriela estaba en la casa alguna vez la habrían dejado subir al baño. Y en
ese caso, ¿sería tan inteligente la niña como para haber dejado algún
mensaje? ¿Dónde lo habría puesto?

Valentina tuvo tiempo suficiente para borrar pistas, así que obvió los sitios
evidentes. El espejo parecía estar pegado a la pared, pero solo en apariencia.
Con mucho cuidado le dio la vuelta. En la parte de atrás alguien dejó un
nombre y una fecha, usando un pintalabios. Era el nombre de Gabriela y la
fecha era del día anterior.

El descubrimiento le inyectó una nueva dosis de adrenalina. Ahora tenía la


certeza de que la niña estuvo allí, al menos el día de ayer. Solo necesitaba una
orden de registro de la casa, y quizá la historia terminase bien.

Tiró de la cisterna, abrió el grifo para lavarse las manos y se secó con la
toalla.

Cuando Valentina lo vio aparecer, el gesto del inspector era neutro.

—No la molesto más. Gracias por dejarme utilizar el baño. Y recuerde lo del
volumen de la música.

Valentina acompañó al inspector hasta la puerta de la calle. Observó cómo


este se montaba en un coche y se alejaba. Tenía un mal presentimiento.

Aquel hombre le había preguntado demasiado acerca de su actividad física. Si


lo que realmente pretendía era avisarle de que bajara el volumen de la
música, no le parecía necesaria esa curiosidad. Más bien parecía querer
comprobar otros datos. ¿Alguien estaba buscando a alguna mujer de sus
características? Ella pensaba que nadie la había visto hablar con Gabriela,
pero parecía que no fue tan cuidadosa como creyó. Tenía que salir de allí
cuanto antes y llevarse a la niña con ella. Recordó que esta seguía arriba, con
fiebre y escalofríos.

¿Cuánto tiempo le llevaría a aquel policía conseguir una orden de registro?


Puede que solo tuviera una hora para desaparecer. Subió a la habitación,
abrió con llave la puerta y entró. Gabriela seguía durmiendo bajo los efectos
del calmante. Comprobó la temperatura de su frente. El medicamento parecía
haber hecho efecto. Decidió dejarla unos momentos y eliminar las pruebas del
sótano.

Recogió de la silla de la sala de ejercicios su celular y habló con su otro socio,


comunicándole sus sospechas. Este la tranquilizó y le dijo que todo estaba a
punto de terminar, que Vélez ya tenía en el bolsillo a Dionisio Santos. Cuando
colgó, Valentina continuaba nerviosa.

Tenía el sentido del peligro agudizado como un animal salvaje, y en aquellos


instantes poseía la convicción de que algo no iba bien. Fue a su dormitorio y
comenzó a hacer la maleta, que apenas abultaba más que una bolsa de
deporte. La llenó con las cuatro prendas básicas y el neceser. Ya solo quedaba
el espacio para la vajilla china. Cerró la maleta y la bajó al piso inferior. Allí
fue tomando cada uno de los pequeños tazones y los envolvió en el papel
burbuja que tenía preparado. La pequeña maleta se llenó por completo. La
dejó en el armario-ropero del vestíbulo.

Ahora solo quedaba borrar su rastro. Bajó al sótano y subió la colchoneta, que
era una de las que usaba en su sala de ejercicios. La colocó junto con el resto,
en un montón. Descendió de nuevo y recogió lo demás. Las revistas las tiró a
la papelera y dobló la manta para guardarla en un altillo de su armario. En
cuanto al protector de tela que había hecho jirones para la mordaza, lo tiró
también a la basura y cerró la bolsa. A mediodía pasaría el camión de basura.
Era su oportunidad de deshacerse de todas las pruebas.
Capítulo 25

Aneth ya estaba acusando la inmovilidad. Había revisado el celular decenas


de veces, pero Márquez no llamaba ni enviaba mensajes. Era el momento de
ponerse en marcha. Pulsó el botón al lado de su cama y, momentos después,
apareció una enfermera

—¿En qué puedo ayudarla, inspectora?

—Necesito que me den el alta. Tengo que reincorporarme al trabajo.

—Lo comprendo. Lo consultaré con el médico, aunque... —La enfermera la


observaba como si ella fuera una niña pequeña rebelándose ante alguna
medicina desagradable.

—¿Cuál es el pero? —Aneth se impacientaba.

—Ha sufrido un traumatismo craneal. Si le soy sincera, dudo que el médico le


permita abandonar el centro.

—Pregunte de todas formas, por favor.

La enfermera se fue. Castillo era la única ocupante de la habitación y dio


gracias mentalmente por aquel hecho. Con mucho cuidado se fue
incorporando de la cama. Le seguía doliendo la cabeza, pero no del mismo
modo que a primera hora de la mañana. Observó su mano izquierda, en la que
una gasa disimulaba la aguja que le introdujeron en la vena para
suministrarle la medicación. Con cuidado, despegó el celo que lo sujetaba y
retiró la gasa. Luego extrajo la aguja y utilizó la gasa para secar la gota de
sangre que afloró.

El siguiente movimiento, ahora que ya estaba libre de ataduras, fue sentarse


en la cama por completo. Le llevó unos momentos normalizar la respiración
después del esfuerzo, pero tampoco le pareció imposible la tarea de pararse.
Lo iba a conseguir.

Tanteó con un pie desnudo el suelo. No lograba localizar las zapatillas. Quizá
la ingresaron de urgencias y no imaginaban que se fuera a levantar ese día.

Decidió contar tres y lanzarse. Colocó ambos pies en el suelo frío y luego
apoyó el peso de su cuerpo en ambas piernas. Ahora debía revisar el vendaje
de la cabeza.

Fue caminando con pasos cortos hacia el cuarto de baño, allí podría mirarse
en el espejo. Cuando se asomó al umbral y encendió la luz, la imagen que le
devolvió este fue la de su rostro, más pálido de lo habitual, y la visión de una
gran venda que ocultaba parte de su cabeza. Si realmente era tan aparatosa
por dentro como parecía por fuera, iba a tener que abandonar sus planes de
irse.

Con mucho cuidado empujó el vendaje hacia arriba y suspiró de alivio. No le


habían afeitado el cabello. Debían de haberle colocado aquel vendaje para
amortiguar el dolor de la cabeza al apoyarse.

Ahora que se quitó aquella cosa blanca de la cabeza y se contemplaba en el


espejo, opinó que su aspecto había mejorado. Ella siempre fue pálida, y la
ausencia de maquillaje la hacía parecer más lívida aún, pero no era nada que
no se pudiera solucionar con el contenido de su neceser.

Abrió uno de los armarios del baño y comprobó que alguien había dejado las
cuatro cosas básicas que creía que la inspectora iba a necesitar, aunque
ninguna era suya. Claro, nadie pudo ir a su casa a recoger ropa y otros útiles.

Encontró un cepillo de dientes, pasta dentífrica, un peine y horquillas. En la


ducha había champú y gel, además de una esponja.

A Aneth le provocaba mucha pereza el solo hecho de pensarlo, pero decidió


que una ducha de agua caliente le vendría bien para terminar de despejarse.

Escuchó en silencio un instante por si oía a la enfermera volver. Nada. Cerró


con pestillo la puerta del baño y se desvistió. Entró en la ducha. Con cuidado,
para que el agua no le cayese sobre la cabeza, fue abriendo el grifo. Disfrutó
la sensación del agua corriendo por su piel. Se enjabonó despacio y dejó
también que le mojara el cabello. Agarró el champú y se lavó el pelo,
enjuagando los mechones poco a poco. Cuando finalizó toda la operación ya
se sentía más recuperada y, sobre todo, le había dado tiempo a repasar los
aspectos del caso que más le preocupaban.

Mientras se envolvía en la toalla decidió cuáles iban a ser los siguientes


movimientos. Lo primero que iba a hacer era llamar a Matías para que fuese a
buscarla. Sabía que protestaría, pero no le importaba. Terminaría por
apoyarla. Ella lo hubiera hecho si estuvieran en el caso contrario.

Abrió la puerta del aseo y buscó su ropa en el armario. Como suponía, era la
misma con la que se había disfrazado. No le seducía la idea de volver a
utilizar aquellas prendas que aún mantenían el olor a quemado, mucho menos
ahora que estaba recién duchada, pero no tenía otro remedio.

Una vez que consiguió ponerse la ropa y comprobó en el espejo del baño que
no parecía demasiado ridícula, se peinó despacio y se secó el cabello con el
secador que había en el aseo. Toda la operación le llevó una hora y se sentía
exhausta.

¿Dónde estaba la enfermera? Ella temió todo el tiempo que la interrumpieran


y llamaran al orden. ¿Acaso no había dicho esta que lo iba a consultar con el
doctor? ¿Sería una excusa para tranquilizarla y dejarla esperando unas horas
más?
Si aún no habían ido a buscarla, era el momento de irse. Pero antes tuvo que
sentarse unos instantes en la cama y serenar la respiración, que se le había
agitado. Buscó en el cajón de la mesa contigua algún calmante que le aliviara
el dolor que volvía a golpearla. Encontró una tableta de Paracetamol y tomó
una de las pastillas con ayuda de un vaso de agua. Le haría efecto en media
hora como mucho. Vio el celular sobre la mesa y marcó el número de Matías.
A estas horas ya habría terminado su entrevista con Salomé Santos. Estaba
deseando saber qué tal le fue. Se acercó el celular al oído y contó siete toques
de llamada antes de que saltara el buzón de voz. Estaba claro que no era su
día de suerte. Insistiría más tarde.

Estaba a punto de levantarse de la cama, en la que yacía sentada, cuando se


abrió la puerta. Era un médico. Por un instante pensó que se enfadaría al
verla ya vestida. Debía aprovechar esa oportunidad para demostrarle que ya
estaba recuperada por completo. Lo interpeló:

—Doctor, qué bien que haya podido pasarse. Me encuentro muy bien, como le
dije a la enfermera, y me gustaría que me diese de alta.

El médico se acercó a ella. No era mayor, a pesar de que estuviera


completamente calvo. Su perilla, perfectamente recortada, era oscura y sin
atisbo de canas. Llevaba las mangas de la bata remangadas y le llamaron la
atención sus brazos delgados y nervudos.

—Inspectora Castillo. —La llamó por su nombre y Aneth observó su expresión


seria—. No puede levantarse —prosiguió—. Ha tenido una contusión muy
fuerte y lo mejor es que descanse.

—Pero si van a venir a buscarme enseguida… —Castillo pensó que, de ese


modo, no podría ponerle objeciones.

—¿Ha llamado a su familia para que la recojan? —El médico observó el celular
que ella tenía en la mano con gesto acusatorio.

—No, a mi compañero.

El doctor asintió.

—¿Se refiere a la persona que le estuvo acompañando esta mañana?

—Sí, el inspector Matías Vélez.

El médico se acercó más aún y guardó las manos en los bolsillos de su bata.

—Me temo que es demasiado pronto para que usted se vaya. Yo avisaré a su
compañero de que debe continuar reposando.

Antes de que Aneth abriese la boca para protestar, el doctor sacó una mano
del bolsillo y apretó con fuerza su brazo.

—Inspectora… —Su voz era ahora un susurro—. No me gustaría tener que


obligarla, pero debe descansar.

Castillo estaba sorprendida y tardó en reaccionar.

—¡Oiga! —protestó.

—No me obligue a hacerlo.

El rostro del médico estaba muy cerca del suyo. Le impresionó lo oscuros que
parecían haberse vuelto sus ojos.

—¿Hacer qué?

—Esto.

Transcurrió en un instante. El médico sacó la mano del otro bolsillo y Aneth


vio una jeringuilla. Tardó décimas de segundo en clavársela en el brazo que le
sujetaba, con una precisión increíble.

—¿Qué ha... hecho?

El corazón de Aneth galopaba. Ese hombre era peligroso.

—Tranquilizarla. Necesita descansar, ya se lo he dicho. Verá cómo se


encuentra mucho mejor al despertar.

«¿Despertar?», pensó Castillo, «¿realmente iba a despertar?»

Quería hablar, pero sentía que la vista se le nublaba. Hizo un esfuerzo.

—Por favor, por… favor. Matías…

El médico de la perilla ya estaba en la puerta. Se cruzaron sus miradas


silenciosas. Al salir, cerró tras él.
Capítulo 26

Valentina paseaba nerviosa por la casa después de haber hablado con Vélez.
No le preocupaba tanto tener que «echarse» a alguien como el hecho de que
hubiera niños de por medio. Esa sería la primera vez en su trabajo.

Tal y como le habían planteado su siguiente paso, parecía que Gabriela iba
ser testigo de cómo ella liquidaba a su madre. «Eso no es bonito», pensó
Valentina. Ella había sufrido esa experiencia en carne propia. Vio cómo le
disparaban a su padre porque este pretendía dejar de colaborar con la mafia
en la que estaba involucrado.

Aquel día, la niña de cinco años que era ella maduró. Se acabaron las
muñecas, los juegos de polis y ladrones, la rayuela. Los hombres que le
quitaron la vida a su padre se convirtieron en una obsesión. Pese a su corta
edad, decidió que los buscaría para que tuviesen el mismo final.

La ocasión se le presentó mucho antes de lo que esperaba. Solo tenía quince


años, pero se preparó física y emocionalmente para la tarea. Había
conseguido un arma y sabía usarla con puntería. Se entrenaba como velocista
y sabía que no la podrían alcanzar si huía corriendo. Su plan era tan mortal
como simple: disparar, matar y huir. El momento sería la reunión que aquella
familia mafiosa iba a tener un domingo en el jardín de un restaurante, con
motivo de la boda de uno de ellos.

El único factor que no previó fueron los niños. Al ser una celebración,
aquellos asesinos acudieron con sus mujeres y vástagos. Se sintió incapaz de
ejecutarlos. No podía matar a aquellos hombres delante de los niños. Sabía el
coste psicológico que le había supuesto a ella ver asesinado a su padre frente
a sus ojos. Si lo hacía, la infancia de aquellos críos finalizaría como había
terminado la suya. Sus padres eran culpables, ellos no. Prefería esperar a otra
ocasión antes que crear traumas innecesarios. Aquel día, los asesinos de su
padre tuvieron un aplazamiento en su ejecución. Pero no el perdón.

Aguardó hasta que sus caminos volvieron a cruzarse. Valentina dejó de usar
muchos años antes su verdadero nombre. Era imposible que nadie
reconociera en la chica de veinte años a la niña de cinco. Por eso consiguió
entrar en la misma mafia que su padre. Ellos la buscaron para que se les
uniera, sabedores de su pericia con las artes marciales. Era una casualidad y
una señal: había llegado el momento de la vendetta.

Esperó a la ocasión adecuada para traicionarlos. Cuando la policía llegó al


lugar y vio los seis cadáveres, cada uno con un único tiro mortal en su cuerpo,
resolvió el caso calificándolo de «ajuste de cuentas».

En el momento de disparar, Valentina ni siquiera se dio el gusto de


explicarles por qué lo hacía o quién la enviaba. Aquellos desahogos de
«mataste a mi padre» le parecían un error de las venganzas «en caliente».
Que dedujesen ellos, de sus incontables fechorías, por cuál de esas estaban
siendo ajusticiados. Pero no quería vacilar. Vacilar era fracasar.

Y qué venganza tan redonda había sido, aun sin alegato. Los muy ingenuos
acogieron en su grupo al veneno que luego los mataría.

Valentina siguió paseando por la sala de ejercicios. Entre la fiebre de


Gabriela, el encargo de Vélez y la visita de aquel inspector de Policía —Cota,
¿así había dicho que se llamaba?— la jornada se le complicó.

Eso le hizo recordar que no avisó a Matías de que un policía había ido a hacer
preguntas. Tomó el celular y le puso un mensaje.

Respiró hondo y por fin se decidió a hacer la llamada que estuvo postergando.
Oyó cuatro tonos antes de que Salomé Santos se dejara oír al otro lado.

—¿Diga?

La mujer sonaba nerviosa. Eso tranquilizó a Valentina. Debía recordar que


ella tenía el poder en esa negociación.

—Señora Santos, no nos conocemos.

—¿Quién es? —La voz al otro lado se oía asustada.

—Creo que lo intuye. Soy la persona que retiene a su hija Gabriela.

Hubo un silencio al otro lado durante unos breves instantes.

—¿Una mujer? —Valentina entendía ahora su vacilación—. ¿Me está diciendo


que usted es la secuestradora? Cómo puede, creí que era un desalmado,
pero…

—Calle y escuche. —A Cárdenas no le gustaba el cariz emocional que estaba


tomando la conversación—. La llamo para indicarle cómo recuperar a su hija.

—¿Quiere dinero? ¿Es eso? ¿Lo hace por dinero?

Valentina comenzó a considerar menos odioso el hecho de tener que liquidar


a esa mujer.

—Le he dicho que me escuche. ¿Quiere que su hija vuelva o no?

Por fin consiguió que la otra se tranquilizase.

—Sí, claro que quiero. —La voz de Salomé parecía haberse serenado—. Mi
marido…

—Su marido ha cumplido con su parte —mintió Cárdenas—. Por eso ustedes
recuperarán a Gabriela.
—¿Qué tengo que hacer? —La pregunta fue hecha con tono sumiso. Valentina
asintió con un gesto, aunque su interlocutora no podía verla.

—Voy a enviarle un mensaje de texto con una dirección. Nos veremos allí a las
cinco de la tarde. Acuda sola, nada de policía. No le comente nada a su
marido. No queremos descentrarle de lo que está haciendo por nosotros.

Nuevamente hubo un silencio.

—¿Es cierto que la tiene usted? —La voz de Salomé se había hecho suspicaz
—. Quiero una prueba.

Valentina pensó que en esa familia veían muchas películas policíacas.

—Claro, junto con el mensaje le enviaré una foto.

—Eso no sirve. Quiero hablar con ella.

—Tendrá que servir. —Cárdenas se afirmó con un tono más duro del
empleado hasta entonces—. Si no viene a la dirección que le indico a las cinco
de la tarde, no volverá a verla. Usted decide.

—Envíeme la foto al menos con un periódico que indique la fecha de hoy.

Valentina resopló.

—A las cinco de la tarde, señora Santos. Nada de policía. Ya sabe lo que


sucederá en caso contrario. No nos defraude, ni a Gabriela ni a mí.

Cuando colgó, sintió un alivio inmenso. ¿Cumpliría aquella mujer con su


parte? ¿Avisaría a alguien? Esperaba no tener que lamentar más bajas que la
prevista.

Subió a la habitación donde descansaba la niña con un catálogo en la mano.


No solía comprar el periódico pero le dejaban publicidad en el buzón de la
casa, y aquel folleto indicaba la fecha de ese día.

La habitación estaba a oscuras, así que encendió la luz de la lámpara de la


mesilla. Gabriela seguía con los ojos cerrados. Palpó su frente y vio que la
fiebre había desaparecido. Colocó el catálogo junto a la almohada y sacó una
foto. Luego se la envió a Salomé junto con un mensaje para que acudiera a
una dirección del barrio de Oliveros. Era una cafetería grande, con varias
salidas. Podría dejar allí a la niña, deshacerse de la madre y huir sin
problemas.

Volvió a observar a Gabriela y comprobó la hora. Era la una de la tarde. Le


quedaban cuatro horas para convertirse en huérfana.

—Descansa, niña. Lo necesitarás.

No se molestó en ponerle otra inyección. No quería arrastrar un peso muerto.


Salió de la habitación y cerró con dos vueltas de llave.

En el interior del cuarto, Gabriela abrió los ojos.


Capítulo 27

La luz ya no era tan brillante, pero la cabeza le dolía. Alzó una mano y se la
llevó al lugar donde la habían golpeado. Tenía puesto un vendaje, pero
aquella zona le provocaba pinchazos muy desagradables.

¿Qué había sucedido? Las imágenes le llegaban en oleadas, como una


marejada: su camino hacia el baño, la ducha, volver a vestirse con aquellas
prendas que conservaban el olor a quemado. El médico. Sí, el médico de
mirada extraña que terminó poniéndole una inyección para evitar que se
fuese del hospital.

¿Por qué lo hizo? No le había movido la preocupación. Sus palabras


rezumaban amenaza. «Es mejor que descanse, inspectora Castillo», había
dicho antes de irse. Deseaba retenerla: ¿por qué?

Volvió a sentir un pinchazo en la cabeza y no pudo evitar un gemido de


protesta. Se giró a un costado de la cama, para no apoyarse sobre la parte
dolorida. Sintió frío en las piernas, volvía a llevar puesto el camisón del
hospital. Era como si nada hubiera sucedido: la venda de la que se
desprendió, el cambio de ropa, volver a verse acostada en la cama. Pero sí
que había ocurrido. Y Aneth necesita saber quién era aquel médico, si este
era en verdad un doctor.

Buscó su celular en la mesita. Sí, allí estaba. Pulsó primero el botón para
llamar a la enfermera y luego tomó el teléfono para comprobar la hora.

El reloj digital le indicó que ya pasaban las dos. También tenía un mensaje sin
leer. Era de Salomé Santos. Le decía que la secuestradora la había contactado
y que quedaron en el distrito de Olivares para recuperar a Gabriela.

«No me gustó la conversación, inspectora. He tenido miedo y le he pedido al


inspector Vélez que me acompañe. A las cinco, si Dios quiere, mi hija volverá
con nosotros».

Aneth reflexionó unos momentos. Aquella mañana, Salomé Santos se había


reunido con Vélez para transmitirle información clave para el secuestro. Poco
después la presunta secuestradora le comunicó a la madre que liberaban a
Gabriela. No le extrañaba que la señora Santos dudara sobre qué hacer. ¿Qué
le había contado a Matías esa mañana? Tenía que averiguarlo.

Marcó el número de celular de Vélez pero, por segunda vez en esa mañana, el
teléfono sonó sin que nadie respondiese al otro lado. «¿Dónde te has
metido?», se preguntó Castillo.

Necesitaba compartir sus inquietudes con alguien de confianza. Lo


lamentaba, pero iba a involucrar a Goya sí o sí. Volvió a llamar a la clínica y
nuevamente le atendió la señorita amable.

—Buenos días. O buenas tardes —saludó Aneth—. Soy la inspectora Aneth


Castillo. Esta mañana dejé un recado para que el inspector jefe Guillermo
Goya me llamase.

—¿No le ha llamado? ¡Cómo lo siento! —Al otro lado la voz de la mujer sonaba
sincera.

—Entonces, ¿sí le dieron mi recado? ¿Por qué no me ha contactado?

—Lo ignoro, inspectora.

Castillo maldijo en voz baja.

—Páseme con él, por favor. Es urgente.

—Me temo que no podrá ser.

—¿Está paseando de nuevo?

—No. —La señorita sonaba algo avergonzada—. Esta mañana el inspector


tomó el alta voluntaria.

—¿Cómo?

Aneth pensó rápidamente. ¿Qué podía haber sucedido?

—¿Sabe usted dónde ha podido ir? ¿Lo acompañaba alguien?

—Lo lamento, inspectora Castillo, pero se fue solo y no dejó ninguna


indicación. Le sugiero que intente localizarle en su domicilio.

«¡Ja!», pensó Aneth. Si Goya se había ido no era para estar tranquilamente en
casa.

—Muchas gracias. Ya lo encontraré.

Colgó y miró hacia la puerta. «¿Dónde se ha metido la enfermera? Esta


mañana llegó al poco de llamarla».

Recordó al médico que le inyectó aquel tranquilizante.

«Dios mío, estoy en peligro».

Cuando se incorporó, notó que el dolor era menor que en la mañana. Tenía
poco tiempo y mucho que hacer.

De nuevo buscó su ropa —no se habían deshecho de ella, por fortuna— y se


vistió. Se quitó el vendaje y salió al pasillo. Estaba desierto. Fue recorriéndolo
ágilmente con el celular en la mano, vigilando cada vez que pasaba junto a
una puerta. Cuando llegó al mostrador donde debían estar las enfermeras, no
vio a nadie.

«¿Qué está sucediendo aquí?», se preguntó Castillo.

Pulsó el botón del ascensor y entró con rapidez cuando este abrió las puertas.
En cuanto se quedó sola, marcó el número de Goya. No tuvo respuesta. Probó
con la estación de Policía.

Las puertas del ascensor se abrieron al llegar a la planta baja. En el recibidor


había pequeños grupos de gente en corrillos. Salió y se quedó un instante
hablando.

—Karina, buenos días. Soy Aneth. Sí, estoy bien. Solo quería saber si el Jefe
Goya está ahí. ¿No? ¿Y Vélez? ¿Tampoco? Muchas gracias.

«Goya, Matías, ¿dónde se han metido?», pensó la inspectora.

Comenzó a caminar con disimulo entre la gente, aunque sabía que con su
atuendo no pasaba desapercibida. Algunos la observaron con curiosidad.

Los ignoró y tecleó esta vez el número de Márquez. Nada, nuevamente el


mensaje de «fuera de cobertura».

«Piensa, Aneth, piensa», se reprochó. Ya estaba llegando a la puerta de


salida.

Entonces recordó a Alejandro Correa. El comandante Sotomayor le dijo que


este confiaba solo en dos personas: ella y Goya.

—Goya, si estás trabajando en el caso, ahí tienes algo para hacer —dijo en voz
alta.

Le escribió un mensaje a su antiguo compañero con el contacto del Macaco.

«Alejandro Correa puede tener información sobre el incendio. Llámalo».

Pulsó enviar y luego se quedó pensando. Añadió otra frase.

«Respecto al secuestro, hoy a las cinco liberan a Gabriela. Han pedido que la
recoja su madre, Salomé. No te preocupes, Vélez está pendiente».

Envió también el mensaje y suspiró con alivio. Cuando alzó la vista del celular
se quedó un instante detenida. Al otro lado de la puerta de salida dos
hombres hablaban. Uno de ellos era el médico que le puso la inyección.

Oyó cómo el otro se despedía.

—Bueno, Mejía, tengo que irme. Intenta terminar pronto que Sotomayor te
reclama en la estación en cuanto puedas.
Aneth intentó controlar el pánico.

¿Sotomayor? ¿Mejía? ¿Aquel hombre era el médico forense que habían


enviado para reemplazar a Oliver Márquez?

Intentó dar media vuelta para esconderse, pero el médico ya se había


despedido de su interlocutor y la descubrió en la puerta.

—Inspectora Castillo, qué sorpresa. Creí que la había dejado durmiendo.

Aneth intentó retroceder, pero el brazo de hierro de Mejía la retuvo.

—Me temo que no puedo darle el alta, inspectora.

Ella supo, por su tono, que esta vez no sería una simple inyección
tranquilizante.
Capítulo 28

Hilario Cota detestaba a la gente que hacía difícil lo sencillo. Cuando regresó
a la comisaría con sus sospechas sobre Valentina Cárdenas, el comandante
Carlos Sotomayor lo había apoyado. Cursaron al juez una orden de detención
y ahí seguían, a las tres de la tarde, esperando todavía que esta les llegase.

—Señor, vuelva a llamar.

—Inspector, siéntese un momento y deje al juez tranquilo. No vamos a


obtener nada con impaciencias. Serénese.

Este gruñó y se fue a la máquina dispensadora de sándwiches para sacar una


hamburguesa. El malhumor se le iría un poco con comida en el estómago.

Sonó el teléfono en el despacho del comandante y Cota lo oyó desde la sala en


la que se había sentado para almorzar. Tiró la hamburguesa recién
mordisqueada a la papelera y llegó jadeante al despacho. La puerta estaba
abierta y entró sin ceremonias. Al fin y al cabo, llevaba haciéndolo media
mañana.

—¿Por fin nos autorizan el registro?

Sotomayor aún estaba al teléfono y asentía a las palabras que le decía la


persona al otro lado de la línea.

Finalmente colgó y enfrentó la mirada ansiosa del inspector.

—Era una llamada del San Pedro Claver. Tenemos novedades acerca del
incendio. Busca a Vélez y llámalo para que venga a oírlas también.

Cota disimuló su decepción y fue en busca de su compañero. No lo vio en su


mesa y pensó que quizá estaba en el sanitario. Acudió allí y voceó su nombre.
Nadie respondió.

Regresó a la sala.

—¿Alguien sabe dónde está el inspector Vélez? ¿Karina?

La secretaria negó con un gesto.

—Aneth llamó hace una hora preguntando por él y ya no estaba. Quizá se fue
a almorzar.

Una compañera intervino.

—Esta mañana estaba en el despacho del Jefe Goya, trabajando. A lo mejor lo


encuentras allí.

—¿Y qué carajo hacía en su despacho?

La otra se encogió de hombros.

—A lo mejor quería privacidad. Estuvo hablando con la mujer de Dionisio


Santos.

—¿Salomé Santos estuvo aquí? ¿Por qué nadie me dijo nada? ¡Estoy llevando
su caso!

Karina intentó contener el enfado del policía.

—No preguntó por ti. Había quedado con la inspectora Castillo, y cuando le
dijimos que no estaba preguntó por el inspector Vélez.

—Además —intervino la otra—, tú no estabas en la estación en ese momento.

Hilario gruñó. Sabía que tenían razón, pero volvieron a recordarle que llevaba
horas esperando la orden del juez.

—Está bien, lo siento. Entonces, ¿nadie sabe dónde está Vélez?

Las otras se encogieron de hombros.

Cota resopló y se dirigió al despacho de Goya. Abrió la puerta y lo encontró


vacío.

Sacó su celular y marcó el número de Vélez. Sonaron varios tonos pero nadie
descolgó al otro lado.

—¿Para qué sirven los celulares si nadie responde? —demandó en voz alta.

Cabizbajo, regresó al despacho del comandante.

—Lo siento, señor. No lo encuentro.

—Bueno, tranquilícese. Estará almorzando.

Hilario recordó la hamburguesa que botó. Regresó su enfado.

—Señor, ¿usted sabía que Salomé Santos estuvo aquí esta mañana?

Este lo miró, sorprendido.

—Sí, por supuesto. Estuvo hablando con el inspector Vélez. ¿Sucede algo?

—No me ha comentado nada al respecto. —El tono de Cota era acusatorio.

—No había nada que compartir. —Sotomayor se encogió de hombros—.


Matías me resumió de lo que hablaron. La señora Santos estaba nerviosa por
el secuestro y venía a saber cómo había avanzado la investigación.

—Qué extraño.

—No le entiendo, Cota. Escúpalo de una vez.

—Pues que si solo deseaba saber los avances, no entiendo por qué no llamó
por teléfono y pidió hablar con usted, por ejemplo. Pero salir de su barrio,
venir hasta aquí…

Sotomayor lo contempló.

—No pretendo introducirme en la cabeza de ella. Quizá salió a hacer un


recado y aprovechó para pasar por aquí. Puede que le diera confianza hablar
con uno de los inspectores que la visitaron ayer. De hecho, preguntó por
Castillo.

—No fue una visita «de paso». Había quedado con Aneth.

—¿Cómo?

—Lo que acabo de decirle. Karina me dijo que Salomé Santos vino porque
estaba citada con Castillo. Es por eso que me parece curiosa la situación.

Ahora fue el turno del comandante de fruncir el ceño.

—¿Ocurre algo, señor? —Cota se percató del gesto.

—Vélez…

—¿Sí?

—Fue él quien me dijo que había venido sin avisar. Lo estoy recordando
ahora.

Ambos hombres se miraron un instante.

—Estoy seguro de que existe una explicación. —Sotomayor se restregó los


ojos—. El inspector Vélez vino recomendado de su ciudad, Becerrilla. Pedimos
ex profeso una persona especializada en secuestros.

—Precisamente en secuestros. Luego no había otra persona a la que pudieran


enviar.

—¿Qué está sugiriendo, Cota?

Hilario tomó asiento y contempló a su superior.

—No lo sé, señor. Estoy pensando en alto. La verdad es que creo que me
estoy obsesionando con este tema. Ojalá llegue esa orden cuanto antes.
Se pasó una mano por el pelo y luego volvió a mirar al comandante.

—Creo que iba a contarme algo del San Pedro Claver.

Sotomayor parecía renuente a dejar el tema de Vélez, pero terminó


claudicando. Ya estaban viendo fantasmas en cualquier esquina.

—Sí, cierre la puerta y le explico.

Hilario hizo como le había pedido y volvió a tomar asiento. El comandante


echó una ojeada a las notas que había ido tomando a lo largo de la
conversación telefónica y luego alzó la vista hacia Cota.

—He recibido los informes médicos de las víctimas del incendio. Me han
comentado que les resultaban llamativos los altos índices de monóxido de
carbono de los fallecidos.

—¿Eso no es habitual? —El inspector cerró los ojos como haciendo un


esfuerzo por recordar—. Cuando Mejía y yo estuvimos en la zona, los favoritos
afectados tosían y vomitaban como en cualquier incendio. Quiero decir, el
humo siempre causa más bajas, debido a la asfixia, que el propio fuego. En
cuanto al monóxido de carbono…

—¿Sí?

—Tendría que haber visto aquellas viviendas. Allí se concentraba una gran
cantidad de plásticos, neumáticos viejos… Eso es muy tóxico.

—Entonces, usted sugiere que los índices por encima de lo habitual se deben
al material del que estaban hechas las casas de la gente de La Favorita.

Cota asintió.

—No soy un experto en la materia, pero diría que pudo influir.

Sotomayor lanzó un juramento.

—Otra pista que se nos escapa.

Hilario se interesó:

—¿Estaba siguiendo alguna sospecha, señor?

Este lo miró fijo a los ojos.

—Pues sí. Alguien nos había insinuado que se intentó envenenar a los
favoritos.

La puerta se abrió de repente. El comandante Sotomayor y el inspector Cota


se quedaron detenidos por la sorpresa de ver aparecer a aquellas tres
personas en el umbral del despacho. Una de ellas les devolvió la mirada y
dijo:

—Ese alguien tenía razón. Y tenemos las pruebas.


Capítulo 29

Oliver Márquez contempló su celular por enésima vez y, después, lo volvió a


dejar sobre la mesa. No debía encenderlo. Si lo hacía, caería en la tentación
de devolver las llamadas que le hubieran hecho.

—¿Y si nadie se ha preocupado por mí? —Pronunció la frase en voz alta con
un cierto tono de autocompasión.

Tampoco les había dejado muchas pistas a sus amigos. Recordó con rencor
cómo el comandante Sotomayor no intentó detenerlo cuando le dijo que debía
ausentarse por motivos personales. Quizá a otra persona le hubiera
interrogado más a fondo, hubiera querido saber qué sucedía. Le constaba el
desvelo que había tenido con la inspectora Castillo, acogiéndola en la pensión
de su suegra, ayudándola a aclimatarse a la capital.

Goya sí se habría interesado por él. Era un sabueso, un hombre de la vieja


escuela. Conocía al género humano porque lo había palpado en las calles, día
a día. Sotomayor llevaba demasiado tiempo detrás de una mesa.

Puede que estuviera siendo injusto, lo más probable es que así fuera. Pero eso
es lo que le decidió a escribir a Aneth Castillo en lugar de a su superior. «No
desaparezco por gusto», le había puesto en el mensaje de texto que le envió,
ocultando el remitente. Era una mujer lista, averiguaría tarde o temprano de
quién procedía. Y entonces podría tirar del hilo hasta descubrir la verdad.

Mientras, aquellas horas transcurridas se le hicieron eternas.

«Desaparece. Lárgate o…». Sabía que no era una amenaza gratuita, y no


podía permitir que les hicieran daño a sus seres queridos. Pero alguien le
quería fuera de Sancaré por algún motivo y eso hacía rebelarse a todas sus
células.

Eligió como lugar de destierro la casa de sus abuelos, en un pequeño pueblo


de las afueras. No la había habitado nadie en años. La primera noche no dejó
de estornudar a causa del polvo acumulado. Ahora que había hecho limpieza
era algo más soportable.

Volvió a mirar el reloj de pulsera y, de nuevo, al celular. ¿Cuántos días debía


permanecer alejado? Ellos le dijeron que se lo harían saber. Mientras, debía
aislarse de todo y de todos. Pero no podía renunciar al contacto con el mundo
exterior. En la casa había una vieja radio que captaba los canales con
dificultad porque la antena estaba rota desde hacía años. La sintonizó y
escuchó, con preocupación, las noticias del incendio en La Favorita. ¿Aquello
estaba relacionado con su alejamiento? Ahora sospechaba de cualquier cosa.

La una. Debería comer pero no sentía apetito. Tenía instalado un nudo en el


estómago. Aquellos miserables se habían atrevido a amenazar a sus padres.
Eran dos personas ya mayores que vivían retiradas del desorden de Sancaré,
en un pueblo parecido al que había acudido Márquez en ese momento.

Aún recordaba las fotos que le enviaron. Los habían seguido a ambos —su
madre, su padre— en su recorrido habitual diario. Fue estudiando cada
cartulina y se cuestionó quién podría estar detrás de aquello. Debía de tener
medios y dinero. Sobre todo, mucho dinero. Había instantáneas de todos los
momentos del día, en la compra, la partida de cartas que se echaba cada uno
de ellos con sus respectivos amigos, a las cinco de la tarde o a las nueve de la
noche. Era como estar viviendo una película de terror o un thriller de espías.
Pero eso no le podía estar sucediendo a él, que nunca había dado de qué
hablar, que siempre cumplió con mucho escrúpulo su trabajo.

¿Qué querían de él exactamente? No lo sabía y toda su genética, puesta al


servicio de la ley, le apelaba para que intentara averiguarlo. Pero él no se
sentía tan valiente. Acudió, de hecho, a la casa de sus abuelos, en un lugar tan
recóndito y abandonado —era un pueblo de apenas cincuenta y siete
habitantes según el último censo— que no podrían reprocharle que alguien
fuera a buscarlo. Había evitado con todo propósito ir a la casa de sus padres,
pese a que desde que vio aquellas fotografías violando su intimidad no
conseguía conciliar el sueño, pensando que algún maníaco les podría hacer
daño. Pero eso no iba a suceder, no ocurriría porque él cumplió su parte y se
había escondido. Nadie podría sospechar su localización, salvo los viejos
amigos y, por supuesto, los mismos que le ordenaron desaparecer. Si habían
sido capaces de seguir a dos pobres ancianos, ¿qué medios no tendrían para
localizarlo si lo deseaban?

En ese momento sonó el timbre de la puerta.

Ni siquiera sospechaba que todavía funcionase. El sonido reverberó en los


anchos pasillos de la casa y subió por la escalera hasta su dormitorio, donde
estaba.

Se levantó de la silla. ¿Quién sería? Si fuera un vecino llamaría aporreando a


la puerta, pues nadie creería que aquel timbre sirviera.

Mientras dudaba, volvió a oírse otro timbrazo.

¿Serían ellos? No lo creía, pero suponía que, de algún modo, tendrían que
avisarle de que su exilio había finalizado. Apenas veinticuatro horas y se le
hicieron eternas.

El timbre sonó una tercera vez, acompañado de golpes en la puerta. Y una voz
que conocía muy bien. Esta vez salió corriendo del dormitorio y se abalanzó
escaleras abajo. Cuando llegó a la puerta de entrada seguían sonando los
golpes en la puerta.

—¡Márquez! ¡Sé que estás ahí! ¡Ábreme, carajo!

Obedeció y el hombre al otro lado casi se precipitó al interior con el brazo en


alto.

—¡Ya era hora!

Oliver lo contempló como quien se reencuentra con un fantasma.

—¡Jefe Goya! ¿Pero usted no estaba en… en? —balbuceó.

—Ya lo ves que no.

Dio un paso hacia el interior.

—Y ahora mismo me vas a contar qué haces aquí escondido en vez de estar en
tu puesto.

Márquez compuso una expresión de horror.

—No te preocupes, Oliver —dijo Goya—. Comprendo por lo que has pasado.
Pero ahora te necesito. Te necesitamos. Ven conmigo y te cuento por el
camino. Tengo el coche afuera.

El médico no supo cómo negarse.


Capítulo 30

Sotomayor y Cota observaban con incredulidad a los tres hombres que


estaban en la puerta del despacho. El Jefe Goya era el que acababa de soltar
aquella frase lapidaria: «Tenemos las pruebas», y les contemplaba con
desafío. A su derecha estaba Oliver Márquez, a quien Sotomayor concedió un
permiso sine die veinticuatro horas atrás. Y a la izquierda un joven de unos
treinta años, con cazadora de cuero y pantalones vaqueros desgastados, que
los miraba con suficiencia. Habían contemplado aquel rostro demasiadas
veces en los carteles de la comisaría como para no atribuirle nombre. Nada
más y nada menos que Alejandro Correa, apodado el Macaco.

Si hubieran aparecido tres hombrecillos verdes con antenas no les hubiera


generado más sorpresa y confusión que aquel extraño trío.

—¡Goya! —Sotomayor le encaró con cierto tono de regañina—. ¿No te habrás


escapado de…? —No finalizó la pregunta.

—Me han dado el alta, señor. Pero eso no es lo importante ahora.

—Tienes muchas explicaciones que darme. Comenzando por la compañía que


traes. —Señaló primero a Correa, que le miraba impasible, y después a
Márquez.

—Eso puede esperar, señor. Hay algo que tenemos que compartirle.
¿Podemos pasar?

Este asintió y el grupo avanzó al interior del despacho. Goya cerró la puerta.

—¿Y bien? ¿Qué decías de unas pruebas?

Alejandro Correa pareció perder la paciencia e intervino.

—Estamos perdiendo el tiempo mientras el culpable se escapa. Les dije que


habían envenenado a mi gente y he conseguido la prueba.

Sotomayor hizo caso omiso de la descortesía y lo encaró:

—Hemos recibido los informes de toxicidad del hospital San Pedro Claver. No
hay nada sospechoso. Asfixia por una exposición prolongada al monóxido de
carbono.

—El informe está incompleto. —El que habló fue Oliver Márquez—. Acabamos
de estar en el Claver y he revisado los análisis del laboratorio. El monóxido de
carbono no es el único gas que aparece en ellos.

—Adelante —animó el comandante—. Prosigue.


—No sé muy bien cómo lo han hecho, pero han manipulado el informe final y
han omitido la existencia de este gas: cloruro de carbono. La exposición
prolongada al mismo puede ser letal.

Cota se interesó.

—¿Y cómo ha podido llegar ese gas al lugar del incendio?

Goya y Márquez posaron sus ojos al mismo tiempo en Alejandro Correa. Este
retomó la palabra.

—Extintores.

—¿Cómo? —El comandante creyó haber oído mal.

—Fue a través de los extintores. Los mismos con los que creían estar
apagando el fuego. No eran extintores corrientes.

Goya intervino.

—Correa nos ha dicho que, al iniciarse el incendio, un noveno llegó en una


camioneta cargada de extintores, como caído del cielo. Los repartió entre los
favoritos. Lógicamente, dadas las circunstancias y quién se los traía, los
recibieron como maná del cielo. En poco tiempo estaban diseminados por
todo el barrio.

—No eran los extintores habituales —indicó Márquez—. Alejandro… —Le


señaló al tiempo que hablaba—… nos consiguió uno para examinarlo. Son
amarillos, un modelo antiguo. Se retiraron hace muchos años y se prohibió su
venta precisamente por su alto nivel de toxicidad. Usaban tetracloruro de
carbono, que es un agente extintor muy eficaz por la liberación de fosgeno,
pero también peligroso para las personas.

Cota intervino:

—Es extraño. Estuvimos investigando la zona, tampoco nos adentramos


mucho, pero no vimos ningún extintor amarillo. Lo recordaría.

Goya fue el que le respondió:

—Una vez que liberaron el gas, los recogieron de nuevo para no dejar
pruebas.

—¿Entonces? —Sotomayor miraba a Alejandro Correa mientras hablaba.

—Sí, señor. Esa es la prueba que pedí que la inspectora investigase. No sabía
que esa gente iba a intentar atentar contra ella.

—Hablamos de varias personas involucradas, por lo que veo —indicó el


comandante.
—Al menos dos —contabilizó Goya—. Dos hombres que, además, estaban en
La Favorita aquella noche, uno de los cuales atacó a la inspectora Castillo. El
otro, por lo que me ha contado Alejandro, la salvó de su ataque, pero también
era cómplice.

El comandante Carlos Sotomayor guardó silencio unos instantes.


Reflexionaba sobre todos los datos aportados.

—Hay algo que no entiendo —dijo finalmente—. ¿Por qué usted —señaló a
Márquez— se ha ido y ahora vuelve con todo esto? ¿Se puede saber dónde se
había metido?

Goya y Márquez se observaron mutuamente. Parecían haber discutido sobre


ese asunto con anterioridad.

—Me amenazaron —confesó—. En estos momentos mi familia corre un grave


peligro por el solo hecho de que yo esté aquí. Ellos me dejaron muy claro que
debía desaparecer.

Sotomayor abrió los ojos con desmesura.

—¿Ellos? ¿Quiénes son ellos?

Márquez se encogió de hombros.

—No lo sé. Pero me prohibieron regresar hasta nueva orden. Estoy aquí solo
porque Goya fue a buscarme al lugar en el que me refugié.

Este confirmó sus palabras.

—A mí no quiso contarme esto. Dijo que se lo revelaría a usted cuando llegara


el momento.

—Entonces —Sotomayor se impacientaba—. ¿Cómo se le ocurrió ir a buscarlo,


Goya? ¿Por qué intuyó que algo no estaba bien?

El inspector veterano lanzó un hondo suspiro.

—No fui yo. Fue Aneth la que me puso sobre la pista.

—¿La inspectora Castillo?

Este confirmó con un gesto.

—Me llamó en la mañana para pedirme que localizara a Márquez. Cuando me


dieron el recado pedí el alta y me puse a la tarea. Conozco bien a Oliver —lo
miró y este le devolvió el gesto— e intuí dónde debía estar.

»Luego me envió un mensaje con el contacto de Correa. Por eso él está aquí.
Aneth me dijo que tenía información importante para la investigación, pero no
había querido compartirla con nadie que no fuéramos ella o yo.
Sotomayor se reclinó en el asiento.

—Mucho me temo que así es. Si la inspectora está ahora en el hospital se


debe principalmente a haber seguido las instrucciones del Macaco —le dirigió
una mirada acusatoria al interpelado.

—Lo lamento mucho, señor. —Endureció el gesto—. Nunca fue mi intención


ponerla en peligro. Esos hombres son peligrosos y por ese motivo me estoy
arriesgando yo ahora. Quiero ayudar a detenerlos.

Sonó el teléfono en la mesa del comandante, sobresaltando por un instante a


los presentes. Este descolgó, escuchó el recado al otro lado y fijó la mirada en
Hilario Cota.

—Era el juez. Ya tiene usted vía libre.

Cota se levantó de la silla de inmediato.

—Voy a detener a esa mujer. Espero que no sea tarde para la niña.

Goya contempló a ambos de hito en hito.

—¿Están hablando de la hija de Dionisio Santos?

—Sí, Goya. —Sotomayor levantó el dedo índice hacia Hilario Cota—. Hay una
buena pista acerca de su secuestradora.

—No lo entiendo —insistió este.

—¿Qué sucede, Jefe Goya? —Cota lo miró.

Este se estaba palpando los bolsillos de la chaqueta. Finalmente sacó su


celular.

—A las dos recibí un mensaje de Aneth Castillo. Además de pedirme que


buscara a Correa, me contaba la buena noticia de que iban a liberar a la niña.
Han contactado con Salomé para que vaya a las cinco al distrito de Oliveros.
Vélez la acompaña.

—¡Vélez! —Hilario casi escupió su nombre—. Lleva desaparecido todo el día.

—Ahora sabemos dónde está. —Goya observó al comandante—. ¿A usted no le


dijo nada?

—No, al contrario. Salomé Santos estuvo aquí en la mañana y él me dijo que


había sido una visita no prevista, solo para hacer un seguimiento de las
investigaciones.

—En realidad quedó con Castillo. —Cota estaba rabioso—. La señora Santos,
quiero decir.
—No comprendo qué sucede. ¿Lo estás acusando de algo, Hilario? —Goya fijó
su mirada en él.

—Ojalá pudiera tener pruebas. Pero es solo una sospecha. No puedo entender
por qué no dijo lo que realmente hablaron la madre de la niña y él. Y luego
desaparece sin avisar, no responde a su celular…

Sotomayor los interrumpió.

—Inspectores, son las cuatro de la tarde. Habría que intentar localizar a Vélez
y saber sus motivos. Dentro de poco van a liberar a la niña y tendríamos que
estar allí.

—Salomé puede correr peligro —afirmó Goya—. Eso también me lo indicó


Castillo. Creo que por ese motivo puede haberla acompañado a la cita con la
secuestradora.

—Bien, entonces no nos entretengamos más. Cota, aproveche esa orden de


registro. Voy a llamar a Vélez para intentar saber qué sucede y lo tengo al
tanto.

Hilario no esperó una segunda indicación. Abandonó el despacho a toda


velocidad.

Sotomayor marcó un número y esperó unos momentos. Finalmente, colgó.

—No responde —dijo—. ¿Alguna idea?

—Otra sospecha, en realidad —intervino Oliver Márquez—. Espero que entre


los presentes podamos analizarla.

Y comenzó a hablar.
Capítulo 31

Valentina no podía entender cómo pudo ocurrir. Gabriela se había escapado.


Cuando subió para comprobar que seguía bien encontró la habitación vacía.

No había más lugar para esconderse que debajo de la cama, o eso creyó ella.
Cuando entró y vio que la niña no estaba, su primer impulso fue ponerse de
rodillas para revisar. Gabriela debió de estaroculta detrás de la puerta porque
en el resto de la habitación no estaba.

Había sido un fallo de principiante no comprobar primero aquel sitio, pero si


la niña estuvo ahí se deslizó sin hacer ruido.

«No le ha dado tiempo de irse», pensó Valentina. «Voy a encontrarla».

Pero cuando inició la búsqueda por la casa no tuvo éxito. Ni siquiera cuando
comenzó a pedirle que saliera, diciendo que iba a liberarla y a llevarla con su
madre. Como era lógico, la niña no salió de su escondite. ¿Por qué iba a
creerle?

Conforme pasaba el tiempo Valentina sentía crecer el nerviosismo. Debía salir


a cumplir su otro encargo. Y, además, aquel inspector podía llegar en
cualquier momento. Lo extraño era que no lo tuviera ya allí. Si la niña huía
tampoco podría detenerla en sus planes. No sabía dónde había quedado con la
madre. Nadie lo sabía. Esa era su ventaja.

Se convenció finalmente y dejó la búsqueda. Eran las dos de la tarde. Iba a


tomar la maleta y hacer su trabajo. Como lo pensó, lo ejecutó. Recogió sus
cosas preparadas en el armario del vestíbulo y cerró con doble llave al salir.

Así encontró la casa Cota cuando acudió con dos agentes. Hilario pulsó el
timbre varias veces y llamó a la señorita Cárdenas. Por último echaron la
puerta abajo.

Entre los tres peinaron la casa de arriba abajo. La puerta pequeña que tanto
había obsesionado a Cota conducía, en efecto, a un pequeño sótano. No había
nada allí, pero eso no lo desalentó.

—¿La encuentran? —les preguntó a los otros agentes—. ¿Se ha ido?

—No parece que falte nada. —Uno de los policías había encontrado el
dormitorio principal y revisado el armario. La ropa de Valentina seguía allí
colgada. La ausencia de las cuatro prendas que la mujer se llevó no era
notoria.

—No veo ningún cepillo de dientes en el baño —dijo el otro—. Puede que no
sea importante, pero me cuesta creer que no se lave los dientes a diario.
—Pues si se ha marchado, se ha dejado casi todo —le enfrentó el otro.

—Dejen de discutir. —Hilario estaba observando algo en el piso de abajo. Una


de las vitrinas estaba vacía. Él recordaba haberse fijado en ella esta mañana
—: Se ha ido —afirmó con seguridad.

Sus compañeros bajaron a reunirse con él.

—¿Por qué estás tan seguro?

—Se ha llevado la vajilla china. Nadie se toma la molestia de vaciar este


armario si no es porque pretende irse. Quizá la delataba de alguna forma.

—¿Qué hacemos?

El inspector Cota se llevó una mano a la cabeza para mesarse el cabello.

—Empiecen a preguntar a los vecinos.

Los dos salieron de la casa e Hilario llamó al comandante Sotomayor para


indicarle que Valentina Cárdenas había huido.
Capítulo 32

Oliver Márquez compartió sus sospechas con los allí presentes en el


despacho: el comandante Sotomayor, el Jefe Goya y Alejandro Correa.

—Los que me amenazaron para que me alejara tenían mucho interés en que
dejase claro que era sin fecha de regreso. Me pregunto por qué.

Goya le observó:

—Diría que su pretensión era que no hicieras tu trabajo. Los informes


médicos estaban incompletos. Puede que creyeran que, si seguías en tu
puesto, descubrirías que se habían falseado, como así ha sucedido.

—¿Y cómo han podido acceder a ellos?

El comandante Sotomayor se levantó de su asiento.

—Me parece que tengo la respuesta. Probablemente haya sido tu sustituto:


Felipe Mejía.

—¿Me han sustituido? —La voz de Márquez sonó acusatoria.

—Es evidente que sí, Oliver. Me dijiste que no sabías si regresarías. No podía
permanecer sin médico forense.

—Está bien, calmémonos —apaciguó Goya—. ¿Quién es ese Mejía?

—Me lo recomendaron. Trabaja en otra comisaría de Sancaré. De hecho, vino


antes de lo previsto debido al incendio.

—El incendio… —repitió Márquez en voz alta—. Entonces, él puede haber


manipulado los datos.

—¿Dónde está Mejía?

—Esa es una buena pregunta. Hace un par de horas le pedí que viniese a la
estación de Policía y aún no ha aparecido. Esperen un momento.

Habló por el intercomunicador y le pidió a su secretaria que llamara a uno de


los agentes. Este apareció enseguida. Llamó a la puerta y entró.

—¿Me llamaba, señor?

—Pase y cierre la puerta. Esta mañana le pedí que localizase a Mejía, ¿tuvo
éxito?
—Sí. —Contemplaba sorprendido a las otras tres personas en el despacho—.
Lo encontré en el Santa Inés. Dijo que estaba haciendo nuevas pruebas sobre
los afectados allí, que tenían un laboratorio mejor.

—¿Santa Inés?

—Sí.

—¿Y eso cuando fue? ¿Cuándo lo vio?

—Diría que sobre las tres.

El comandante Sotomayor despidió al agente, que cerró la puerta al salir.

—¿Sucede algo? —Goya se preocupó al ver el gesto de su superior.

—La inspectora Castillo está ingresada en ese hospital.

—¡Dios mío! —La exclamación era de Márquez.

Goya soltó un juramento.

—Voy para allá.

—Lo acompaño —dijo Correa, que había escuchado todo en silencio.

El comandante Sotomayor intervino.

—Macaco, no puedo dejar que te vayas.

El Jefe Goya interrumpió.

—Ha venido a colaborar. No vamos a detenerlo.

—No es eso —dijo el comandante y señaló con un dedo a Correa—. Este chico
quiere venganza para su gente. No sé cómo actuará si descubres que Mejía
está implicado. Se quedará aquí hasta que sepas exactamente lo que sucede.

—Lo que sucede es que Aneth corre grave peligro. No me entretengo más.
Puede que ya sea demasiado tarde.

—Ve con él, Márquez —indicó Sotomayor.

Cuando salieron del despacho el comandante le ofreció asiento a Alejandro


Correa.

—Sé que estás furioso, pero puedes seguir ayudándonos de otra manera.

—Lo escucho. —Estaba preocupado por Meri, a la que había enviado a visitar
a la inspectora para ver si se encontraba bien.
Sotomayor le hablaba.

—¿Alguien podría identificar a los dos hombres que siguieron a Aneth


anoche? Si te paso unas fotografías, ¿podrías preguntar?

Correa afirmó con un gesto. Su lugarteniente Chedes podría hacer ese


trabajo.

—Puedo enviar las imágenes por el celular a una persona de mi confianza.

—Entonces, vamos a intentar confirmar la identidad de los culpables.

Volvió a usar el intercomunicador y Karina apareció en la puerta al instante.

—Karina, tráeme los expedientes de Felipe Mejía y Matías Vélez.

Esta asintió.

—¿Matías Vélez no es el que está escoltando a la madre de la secuestrada? —


Alejandro había puesto el oído a la conversación anterior.

—Sí. Y también llegó de improviso, como Mejía. Puede ser o no una


casualidad. Pero estoy dejando de creer en las coincidencias.
Capítulo 33

América Herrera había recibido el mensaje de Alejandro y no vaciló en acudir


al Santa Inés. Estaba preocupada por la inspectora Castillo. La noche anterior
le proporcionó aquella ropa para internarse en La Favorita —incluso le
enseñó algunos «trucos» para comportarse como una mujer de ese barrio—,
pero se había quedado inquieta cuando la dejó. A pesar de la valentía que
Aneth exhibió, América sabía que no le serviría de mucho en un lugar tan
peligroso.

Alejandro le contó lo sucedido. Ella se había preocupado y quiso ir enseguida,


pero Correa insistió en que no era urgente. Estaba bien atendida y él solo
quería saber el alcance de su lesión y comprobar cómo evolucionaba. Se
sentía culpable. Pero ella no debía faltar al trabajo.

—Meri, no sé cómo agradecerte todo lo que haces —le había dicho.

América guardó silencio al otro lado de la línea unos instantes.

—Lo que haga falta por un amigo, Alejandro.

Sabía que ese comentario le había dolido, pero estaba cansada de la


situación. Hacía semanas que no iba a verla. Cada vez espaciaba más sus
encuentros, e imaginaba los motivos. Pero era demasiado tarde para ambos,
ya estaban enamorados. Era algo imposible, lo sabía. Y le arrebataba el coraje
por intentar apagar aquel sentimiento. Pero ella no sabía cómo olvidarlo.
Ojalá pudiera hacerlo algún día.

Fue al Santa Inés después de almorzar. Ya eran casi las tres cuando llegó al
hospital. Preguntó por la inspectora Aneth Castillo y le indicaron el número
de habitación.

Cuando llegó a la planta le sorprendió el silencio del pasillo. Alguien se asomó


por una de las puertas al oír sus pisadas. Era una mujer mayor.

—Disculpe —le dijo—. Creí que era la enfermera. Hace un rato que la hemos
llamado y no acude. No me atrevo a dejar sola a mi madre para ir a buscarla.

—Iré a ver —se ofreció América.

En el control no había nadie.

—¿Hola? ¿Alguien puede ayudarme? —Nadie respondió.

Detrás del mostrador se veía la puerta de entrada a la sala del personal.


Rodeó la mesa y llamó con varios toques.
—¿Puede salir alguien?

Tampoco hubo respuesta. Se atrevió a abrir la puerta y descubrió a una mujer


con el uniforme de enfermera tendida en el suelo.

—¡Dios mío! —Se arrodilló a su lado y le tomó el pulso. Parecía que se había
desmayado, pero no reaccionaba a su llamada.

Se levantó y regresó por el pasillo hasta la habitación de la que había salido la


mujer mayor.

—¿Puede pedir ayuda? La enfermera está inconsciente. Llame por el celular al


hospital, le contestarán de recepción, abajo.

Sin darle tiempo a responder, buscó a toda prisa la habitación de Aneth. Tenía
un mal presentimiento.

Cuando abrió la puerta vio a su amiga sobre la cama, con la misma ropa que
ella le había dejado, y a un médico junto a ella.

—Disculpe por la interrupción. Venía a ver a mi amiga.

El doctor se volvió hacia ella, llevaba una jeringuilla en la mano.

—Acabo de administrarle un sedante. Es muy tozuda y quería irse antes de


recuperarse del todo.

—¿Por eso está vestida? —América se acercó hacia la cama.

—En efecto. Me la encontré justo en la puerta de salida. Me ha costado


bastante convencerla de que debía regresar a su cuarto.

—¿Por qué respira así?

América había llegado hasta la cabecera de la cama, y oía la respiración


jadeante de la inspectora. Observó al médico y no le gustó su expresión.
Recordó a la enfermera inconsciente.

—Voy a avisar a alguien —dijo retrocediendo.

—¿A quién? —El doctor le sonrió, pero no era una sonrisa amable.

—A… a una enfermera.

—Puede llamar desde este botón, pero le aseguro que su amiga se encuentra
bien.

América dudó. Debía seguirle la corriente para que no sospechase, pero


apretar el botón significaba acercarse de nuevo a él.
—Tardaré menos si voy a buscarla.

—Está bien.

La joven respiró aliviada, dio media vuelta y salió a toda prisa de la


habitación. En el pasillo se encontró con alguien inesperado. Venía
acompañado de otro hombre.

—¡Inspector Goya!

Este pareció tardar un poco en reconocerla.

—América Herrera, era amiga de infancia de la Diva Rosales.

—Sí, es cierto. Disculpe, pero vengo con prisa. Necesito localizar a la


inspectora Castillo.

—Precisamente vengo de su cuarto. Está con un médico…

—¿Un médico? ¿Cómo se llama? —inquirió el hombre que lo acompañaba.

—No lo sé. Pero no me ha dado buena sensación.

—Espero que no lleguemos demasiado tarde —dijo Goya—. Acompáñenos a su


habitación.

Ella los guio. Cuando entraron, solo estaba Aneth.

—Respira muy raro —indicó América—. Iba a buscar ayuda.

—Soy médico —se presentó el otro—. Mi nombre es Oliver Márquez. ¿No


sabrá si el otro doctor le ha hecho algo?

—Tenía una jeringuilla en la mano.

Márquez le tomó el pulso a Castillo y le abrió los párpados cerrados para


observar las pupilas.

—Le ha intentado provocar un paro cardíaco. Pero creo que no ha llegado a


inyectarle todo el contenido o hubiéramos llegado demasiado tarde. Voy a
buscar algo para reanimarla.

Salió de la habitación. Regresó un minuto después con un recipiente y una


jeringuilla.

—Hay una enfermera inconsciente en el suelo de la habitación del personal.


No es grave, la han dormido. Pero hay que avisar a seguridad.

—Quédate con Aneth, voy a hacer lo que pueda. ¿América era su nombre?
Acompáñeme, necesito que me ayude a reconocer a Mejía.
Salieron de nuevo al pasillo y tomaron el ascensor para ir a la planta baja.

—Probablemente le haya salvado la vida a la inspectora. —Goya la observó—.


Ese hombre es implacable. Debió interrumpirlo cuando iba a terminar con
ella. —América estaba nerviosa y se retorcía las manos—. Es una suerte que
se le ocurriera visitarla. ¿Cómo supo que estaba aquí?

«A este hombre no se le escapa nada», pensó la joven.

—Un amigo me avisó. No sé si usted ha llegado a hablar con él. Me pidió


conocer su nombre y el de la inspectora Castillo.

—¿Se refiere a Alejandro Correa? —ella asintió—. Sí, he estado con él. Ha sido
de mucha ayuda. Estaba preocupado por el causante del incendio en La
Favorita.

Las puertas del ascensor se abrieron.

—Hemos pasado juntos las dos últimas horas —añadió el inspector—. ¿Sucede
algo? —El rostro de América había empalidecido.

—Allí, ese hombre. Es él. No lleva bata, pero lo he reconocido.

Goya dirigió la mirada adonde le indicaba la muchacha con el brazo


extendido. Se trataba de un hombre de mediana estatura, muy delgado y
calvo. Había saludado con una sonrisa a la persona de la recepción y ahora se
estaba dando media vuelta para caminar con parsimonia en dirección a la
salida.

—Quédese aquí.

Goya se llevó la mano a la cartuchera de la pistola, debajo de su chaqueta. La


sacó despacio y caminó con ligereza hacia el hombre. No estaba empuñando
el arma, pero alguien vio la pistola y comenzó a gritar.

Mejía se dio media vuelta y el inspector le apuntó.

—¡Policía! ¡Deténgase!

Vio cómo este echaba un rápido vistazo alrededor, pero no había nadie cerca
que pudiera tomar como rehén, y era suficientemente listo como para darse
cuenta de que, si echaba a correr, el otro estaba a la distancia justa para
alcanzarlo. Levantó los brazos.

—Estoy seguro de que se trata de un error —dijo cuando Goya se acercó sin
dejar de apuntarle—. Yo también trabajo en la Policía.

—Lo sé. —Notó la sorpresa en el rostro del otro—. Pero hay unas cuantas
cosas que debemos aclarar respecto a eso.

Felipe Mejía rio.


—Como desee. Pero dudo que pueda encontrar alguna prueba contra mí. Yo
no he hecho nada.

—Claro. Lo que tú digas.

Sin dejar de apuntarle, sacó las esposas y se las colocó. Mientras lo hacía, le
susurró al oído:

—Como le suceda algo a mi compañera, no querrás haber nacido.

El hombre volvió a reír.


Capítulo 34

Sotomayor le entregó las fotografías a Alejandro Correa y le dio privacidad en


una de las salas de visita, para hacer una llamada «a mi socio Chedes», como
le dijo el Macaco.

Eran las cinco menos cuarto y su preocupación crecía según avanzaban las
manecillas del reloj. Ni Salomé Santos ni Matías Vélez respondían a sus
repetidos intentos de localizarlos en el celular. Incluso llegó a llamar a
Dionisio Santos, con la esperanza de que ella hubiera usado al chofer y
pudiera hablar con él. Solo logró alarmar al empresario.

—Este mediodía no estuvo en casa, pero dejó recado de que iba a comer con
una amiga. Es la primera noticia que recibo de que los secuestradores la han
contactado. ¿Por qué no me han llamado a mí?

El comandante se hacía exactamente la misma pregunta, pero no podía


confirmar sus suposiciones hasta que Correa o Cota lo pusieran al tanto de
sus respectivas pesquisas. Así que le colgó prometiéndole llamar con las
novedades.

Sonó su celular y oyó la voz del inspector Hilario Cota al otro lado.

—La tenemos, señor.

—¿A la secuestradora? —Sotomayor se enardeció.

—No, a la niña.

—¿Cómo? Explíquese.

Hilario le puso al tanto de su llegada a la casa de Valentina Cárdenas con la


orden de registro. La mujer había desaparecido casi sin dejar rastro. Sus
compañeros estaban tomando huellas, pero no había pruebas de que ella
hubiera retenido a la niña, salvo el testimonio de la propia Gabriela.

—La niña huyó de la casa. La hemos encontrado en una de las casas próximas
cuando interrogábamos al vecindario acerca de la sospechosa. La chiquilla
estaba en estado de choque y solo hablaba de la «horrible mujer». Ni siquiera
ha dicho su nombre al vecino que la acogió, por eso sus padres aún no saben
que está libre.

—¿Cómo se encuentra?

—Aparte del ataque de ansiedad y de un hematoma por la bofetada que le dio


Valentina para que no llorase, bien.
—Qué desgraciada.

—Eso mismo dije yo, con otros calificativos. Lo importante es que hemos
terminado con este caso.

—No, hasta que encontremos a la secuestradora. Y a Salomé Santos y al


inspector Vélez, que supuestamente la acompaña.

—¿Aún no se sabe nada?

—Se los ha tragado la tierra. Y vamos a contrarreloj. Me pregunto qué hará la


mujer si no tienen ya a la niña para entregarla a la madre. Lo lógico hubiera
sido que anulasen el encuentro.

—A no ser… —comenzó a decir Cota.

—¿Qué?

—No dejo de darle vueltas, señor, al hecho de que contactasen con la madre y
no con el empresario. Siempre hemos creído que podía tratarse de una
extorsión debido al poder económico de Santos. Quizá nos estamos
equivocando y siempre fue ella la destinataria.

—Puede tener sentido. Eso explicaría por qué Vélez se ofreció a acompañarla
a su encuentro con la secuestradora.

—¿Sabemos algo sobre él? —inquirió Cota.

—El Macaco está tirando de sus contactos para identificar si él fue uno de los
dos hombres que estuvo en La Favorita la noche que atacaron a Aneth
Castillo. Estamos esperando su confirmación.

—Me apostaría la paga de un año a que es culpable.

Sotomayor sonrió.

—Voy a dejarlo, Cota. Quiero decirle personalmente a Dionisio Santos que su


hija está libre.

—Estoy de regreso a la estación con la niña. Nos vemos enseguida.

—Perfecto.

El comandante silbó una melodía mientras marcaba el número personal del


empresario. No le respondieron. Le grabó un breve mensaje en el buzón de
voz y luego fue a la sala donde dejó a Alejandro Correa. Allí no había nadie.

—¿Dónde ha ido? —vociferó a sus agentes.

—Señor, me ha dejado una nota para usted —dijo Karina. Le tendió un papel
—. Discúlpenos, no sabíamos que estaba detenido.
—No se disculpen, no han hecho nada malo. Solo quería hablar con él.

Regresó a su despacho, maldiciendo por lo bajo. Lamentaba la oportunidad


perdida de haber atrapado a uno de los delincuentes más buscados, pero a
Goya tampoco le hubiese hecho gracia saber que él había traicionado «el
armisticio temporal» hecho con Correa. Quizá era mejor así. Desde luego, el
Macaco debía de haber visto sus intenciones. No tenía nada de estúpido.

Cuando llegó a su despacho desplegó la nota. «Confirmado. Son ellos». Siseó


entre dientes y llamó al inspector Goya.
Capítulo 35

Valentina entró en la tienda. Al otro lado del mostrador estaba la persona que
le había vendido los aparatos de musculación con los que se entrenó aquellas
últimas semanas. Recordaba que el hombre le dijo que estaría dispuesto a
comprárselos nuevamente y a pagarle en efectivo.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes. —El hombre reconoció a Valentina. No era una mujer fácil
de olvidar, pero, en ese caso, el hecho de que la policía hubiera estado
preguntando por ella la hacía todavía más memorable.

—No sé si me recuerdas.

—Sí, por supuesto. ¿En qué puedo ayudarte? ¿Otra máquina?

Ella negó con un gesto.

—Al contrario, quería revenderlas, como te comenté.

—Entonces, ¿te vas?

El hombre lo preguntó intentando no parecer interesado, pero Valentina


detectó una curiosidad que no le gustó.

—Solo necesito dinero —dijo, escueta—. Recordé que te ofreciste a


adquirirlas. ¿Sigue en pie tu oferta?

El hombre dudó un instante. No quería perder la oportunidad, pero tampoco


sabía si ella era realmente la mujer que buscaban.

—Por supuesto, te dije que las compraría a mitad de precio.

—Eso es suficiente. ¿Podrías pagarme ahora?

—Necesitaría ver en qué estado se encuentran.

—Están perfectamente. Como comprenderás, en tres semanas no me ha dado


tiempo a estropearlas.

—De acuerdo, entonces esta tarde pasaré por tu casa para revisar los
aparatos, ¿te parece?

—No va ser posible. —Valentina sorprendió al hombre dejando un llavero


sobre la mesa—. Te dejo las llaves de la casa y me entregas la mitad del
dinero ahora, y la otra mitad cuando compruebes que están bien. ¿Qué
opinas? Volveré mañana para cerrar el trato y que me devuelvas las llaves.

—¿Cómo tengo la garantía de que están allí?

La mujer estaba empezando a impacientarse.

—Envía a alguien. Con mis llaves. Esperaré a que vuelva.

—Está bien, déjame que haga una llamada. Voy a buscar a alguien que se
acerque.

Era la oportunidad que el hombre estaba esperando. Entró en la trastienda y


marcó el número que le dio el agente de Policía que pasó a interrogarlo
aquella mañana.

—Buenas tardes, busco al inspector… —leyó la tarjeta— Hilario Cota.

La voz de mujer al otro lado le dijo:

—¿Hilario Cota? Sí, enseguida se pone al teléfono.

—Mire, solo quiero darle el aviso de que ahora mismo tengo en la tienda a la
mujer que estaba buscando. Y las llaves de su casa.

Oyó la campanilla que sonaba cuando alguien abría la puerta.

Dejó el auricular a un lado y se asomó a la tienda. La mujer se había ido.

Volvió a tomar el teléfono en la mano.

—Olvídelo, acaba de irse. Con las llaves.

—¿Desea dejar algún recado?

—La mujer quería efectivo, sospecho que quiere irse de viaje.

—Muchas gracias por su cooperación.

De regreso al coche, Valentina estudió sus opciones. Ya no tenía sentido


acudir a la cita con Salomé si había perdido a la niña. Sería una muerte
gratuita. Desde el momento en que Gabriela huyó se había arruinado la
reputación profesional de Valentina. Ya no le encargarían más trabajos
después de lo que sucedió con esta, aunque quizá era así como tenía que
suceder.

No sabía cuánto tiempo pasaría antes de que alguien localice a la niña y


Gabriela la acusara de secuestro. No era algo a despreciar. Lo único positivo
es que no le vio la cara, pero había visto la casa. De nada servía que se
hubiera deshecho de las pruebas. Y puede que aquel inspector regresara con
una orden policial, tomara sus huellas y la fichara.
Todo fue un desastre, pero ella era positiva. Si había recordado tanto a Pablo
en los últimos tiempos puede que se debiera a que era el momento de
reencontrarse con él. Seguro que le emocionaría descubrir que había
conservado su vajilla china todo ese tiempo. Ahora podría usarla con él y
sorprenderlo con los nuevos platos que aprendió.

¿Y si la había olvidado? Siempre cabía la posibilidad, pero por su bien


esperaba que no fuera así. Porque estaba dispuesta a recuperarlo al costo que
fuera.

***

Salomé esperaba impaciente en la cafetería que le indicaron. Aún quedaba


tiempo para las cinco, pero no volvió a tener noticias ni del inspector Vélez ni
de la secuestradora.

El agente le había enviado un mensaje una hora atrás, diciendo que estaría
camuflado cerca de ella para protegerla en todo momento, pero que era mejor
que no apareciesen juntos. Eso tenía sentido, aunque no comprendía por qué
no le había enviado otro mensaje para tranquilizarla, indicando que ya estaba
allí.

Lo cierto es que el lugar donde la citó la mujer era perfecto para pasar
desapercibida. La cafetería estaba repleta de gente a esa hora. Su curiosa
configuración incluía cuatro entradas, una por cada punto cardinal, haciendo
un efecto de patio en el centro. Las mesas se llenaban y vaciaban
constantemente. Desde luego, no era el tipo de local al que estaba
acostumbrada. Al situarse en el turístico barrio de Oliveros no faltaban las
voces extranjeras, gritando y riendo. La música tampoco era tranquila.

Observó a su alrededor por enésima vez y decidió ir al baño, en el piso


superior. No había sido buena idea ocultarle aquello a su marido. Por primera
vez en todo el día era consciente de lo extraña de la petición de que acudiese
ella. Y, sobre todo, la condición de que no le hiciera partícipe a Dionisio ni a la
policía.

Ellos ya sabían que les seguían la pista. Recordaba perfectamente la


conversación de su marido con la persona que lo chantajeaba, diciéndoles que
era cuestión de tiempo que la policía se pusiera tras el rastro de Gabriela. Si
el objetivo era su marido, ¿por qué la involucraron a ella?

Solo en ese momento comprendió que quizá podían convertirla en un


elemento adicional para hacer más presión sobre Santos. Y ella, en su
ingenuidad, se había puesto en manos de los secuestradores.

El baño tenía una única cabina y no estaba ocupada. Aprovechando que


estaba sola marcó el número de Dionisio. Le extrañó que no le respondiese y
decidió enviarle un mensaje.

«He venido a recoger a nuestra hija. Lamento no habértelo contado, pero me


amenazaron con Gaby y no supe negarme. Espero regresar con ella. Si no es
así, esta es la dirección en la que he quedado, ahora a las cinco».

Regresó al piso inferior. Ni rastro de Vélez. Tampoco se le acercó ninguna


mujer. Volvió a ocupar una mesa, pidió otro refresco y pasó los siguientes
veinte minutos estudiando cada entrada. Nadie se aproximó. Eso le hizo
preocuparse aún más, quizá habían visto a la policía y entonces estaba todo
perdido para Gabriela. Hubiera querido llorar de impotencia.

Volvió a llamar a su marido, esta vez desde la mesa, y tampoco obtuvo


respuesta. Aún esperó hasta las cinco y media y decidió llamar a la estación
de Policía y contarles «la tontería» que hizo.
Capítulo 36

Márquez se presentó en la estación de Policía acompañado de Felipe Mejía.


Lo dejó en una sala de retención, custodiado, para que pudieran interrogarlo
luego.

Goya y Castillo se habían ido al piso de esta última en el barrio de Olivares


para buscarle algo de ropa y quitarse el atuendo de favorita que todavía
llevaba.

A Oliver le hubiera gustado que acudieran todos a la estación para poner


juntos al comandante Sotomayor al día. Sin embargo, era su superior el que
tenía noticias que darle.

—Adivina quién está involucrado.

Le enseñó las fotografías de los dos «nuevos». Márquez no había llegado a


conocer a ninguno de ellos. Vio que no solo se trataba de su reemplazo en el
puesto de médico forense. El compañero de Aneth Castillo, sustituto de Goya,
también estaba involucrado.

***

Dionisio Santos se quedó estupefacto ante la revelación de que su mujer le


había mentido para ir a reunirse con los secuestradores. Salomé siempre lo
apoyó, y le dolía aquella desconfianza. Por otra parte, él tampoco había sido
sincero con ella. Deseaba mantenerla al margen de las preocupaciones y
quizá se había excedido. Al fin y al cabo, la que estaba retenida era la hija de
ambos.

Cuando el comisario le colgó, llamó al número de Matías Vélez que le había


dado. No le respondió en ese momento, le devolvió la llamada minutos más
tarde. Le dijo que iba de camino a su casa porque quería contarle novedades
del caso. Santos autorizó su entrada en el condominio de Villablanca y su
mansión.

***

Todo se estaba derrumbando. Valentina no le respondía a las llamadas y


sospechaba que algo iba mal con la niña. ¿Se habría excedido en su celo y la
habría matado? Era posible con aquella psicópata. Nunca la hubiera
introducido en el equipo, pero Mejía insistió en que necesitaban a alguien
«para hacer el trabajo sucio».

—Tú eres policía, Vélez. Yo trabajo también para ellos. ¿Y si nos entran
escrúpulos y no terminamos aquello que nos han encargado? Estaremos en la
calle, «pringados», y lo que es peor, seguiremos siendo pobres.
Ahora que lo pensaba, Felipe Mejía también era una persona sin escrúpulos.
Aún recordaba el modo en que había atentado contra la vida de Aneth. Y él
había sido el promotor de la idea del incendio, como plan paralelo para
inducir al empresario a claudicar cuanto antes. No satisfecho con hacer arder
las barracas, había conseguido unos extintores tóxicos. Sí, Mejía era un tipo
peligroso. Pero tenía la cualidad de la perseverancia. Cuando perseguía algo,
no cejaba hasta conseguirlo. Esa era una cualidad muy valiosa.

Tampoco se podían quejar de lo que él mismo había aportado al equipo. Tanto


a Mejía como a Cárdenas les resultaba difícil el trato social. Pero Matías era
simpático, atractivo, alguien en quien instintivamente se podía depositar
confianza. Cuántas veces le resultó útil aquella cualidad para atrapar a
delincuentes. Si Mejía era el «poli malo», Vélez era el «poli bueno». Pero
ambos unidos por un mismo objetivo y sin piedad para quien quisiera
interponerse en él.

Había llamado a Santos para ir a verlo a ese barrio suyo que parecía una
prisión de seguridad. «La jaula de oro», la llamaba Mejía. Le parecía un
nombre muy apropiado. Al final, con sus riquezas, los pudientes se habían
condenado al ostracismo, siempre rodeados de guardaespaldas, alarmas y
controles.

Condujo el último tramo hasta la mansión de Dionisio Santos y observó la


hora. Faltaban veinte minutos para las cinco. ¿Qué diría Salomé cuando no
viera aparecer a Valentina? ¿O cuando sospechara que él no acudiría? Ya
había tomado la decisión, no podía volverse atrás.

El empresario lo recibió en su despacho. La última vez que estuvo allí elogió


las obras de arte de la casa. La reproducción de La mujer dorada de Klimt que
presidía la sala no era tampoco despreciable, en absoluto. Cuando la vio se
insufló de nuevos ánimos para seguir adelante. Quería dinero, y el único
obstáculo para obtenerlo lo tenía frente a él en esos instantes.

Dionisio parecía preocupado y le estrechó la mano con poca energía.

—Me alegro mucho de que haya venido, inspector Vélez. No podía haber sido
más oportuno.

—¿Puedo ayudarle en algo? —Matías exhibió una de sus sonrisas cálidas y el


empresario le ofreció asiento enfrente, con la mesa de despacho entre ambos.
Él también ocupó su sillón.

—Acaban de comunicarme que mi esposa se está dirigiendo a una cita con los
secuestradores.

Vélez alzó una de las cejas con fingido gesto de sorpresa.

—¿No lo sabía? —Dionisio lo interrogó con la mirada—. Creí que esa era la
novedad que venía a comunicarme.

—¿No le agrada pensar que va a recuperar a su hija? —Matías respondió con


otra pregunta.

—Dudo que eso suceda, inspector. Porque yo no le he dado a los


secuestradores lo que ellos deseaban.

—¿Y eso es…?

El empresario se inclinó hacia delante en su asiento.

—Mi influencia para poder desmantelar el barrio de La Favorita.

—¿El mismo que se ha incendiado?

Este asintió.

—Bueno, tal parece que ahora habrá que levantarlo de nuevo. ¿Siguen
insistiendo después de lo último que ha acontecido?

—Me temo que sí. Si lo declaramos insalubre, se podría desalojar a toda


aquella pobre gente.

—Y usted, ¿qué va a hacer?

Dionisio le contempló con ojos desesperados.

—Siempre creí que era inmune a las extorsiones. Nunca me ha importado que
amenacen mi vida. Pero secuestrar a Gaby, poner en peligro a mi mujer, es
más de lo que puedo soportar. Si insisten, firmaré.

Matías sonrió.

—Hágalo.

—¿Disculpe? —Santos le observó con sorpresa.

—Firmar, me refiero —indicó Vélez—. Usted mismo me ha confirmado que no


hay otra solución. ¿Tiene preparado el informe?

—¿Cómo sabe que han pedido un informe? —Le contempló con incredulidad
—. ¡Usted…!

Matías se levantó y se inclinó hacia él por encima de la mesa.

—Ha agotado nuestra paciencia, Santos. Envíe ese informe con su rúbrica por
fax al presidente del comité. Tendrá validez suficiente como para cumplir con
lo que le pedimos.

—¿Sabe que aquí hay más personal de seguridad que en toda la estación de
Policía central?

—Seguramente. —A Matías no le abandonó la sonrisa—. Pero quien tiene a su


mujer y su hija somos nosotros. Si no regreso, que es una posibilidad, las
ejecutarán. Así que usted decide.

Vélez volvió a tomar asiento, como si no hubiera acabado de amenazar al


empresario.

Sonó el celular de Dionisio. Matías le tendió la mano y le dijo:

—Me lo guardaré si no le importa. Hasta que cumpla con su parte.

El empresario se lo entregó y Vélez comprendió que ya lo tenía atrapado.


Lanzó una mirada fugaz al remitente de la llamada perdida. Era Salomé
Santos. Debía haberse impacientado con la espera. Había evitado justo a
tiempo que lo delatara. Dionisio debía continuar creyendo que la retenían.

Silenció el celular y se lo guardó en el bolsillo. El empresario sacó una


estilográfica de un estuche y se dispuso a firmar.
Capítulo 37

Alejandro se acercó al edificio y contempló el rótulo. Lo memorizó en su


retina de tanto observarlo. Familia, Casa, Hogar. Era un bonito nombre para
una casa de acogida de huérfanos y niños abandonados.

Dudó un instante antes de llamar, pero finalmente pulsó el estruendoso


timbre y esperó al otro lado. Le abrió una empleada nueva. Sabía que
cambiaban cada cierto tiempo, el bajo salario y la cantidad de trabajo solían
desalentar a las personas que no llegaban allí con vocación de servicio.
«Como Meri», pensó, «mi Meri».

Le indicó a la persona que le abrió que buscaba a América Herrera.

—¿De parte de quién?

—Dígale que soy Alejandro, por favor.

—Alejandro, ¿su apellido?

—No hace falta, ella sabe quién soy.

La mujer se alejó. Era difícil que lo reconociese. Cuando visitaba a Meri,


siempre acudía disfrazado. Esta ocasión no era diferente. Se había colocado
un bigote y una perilla falsos. También se vistió de traje. No lo hubiera
identificado ni el propio Chedes, su lugarteniente.

Mientra América bajaba al piso inferior se iba repitiendo el discurso que tenía
preparado. Ojalá pudiera recitarlo entero frente a Alejandro.

—Meri, ¿cómo estás?

Ella lo observó un instante con un gesto extraño.

—Me has impresionado con esa perilla.

—Me da un aire interesante, ¿verdad?

América sacudió la cabeza, negando.

—En realidad, me recuerda a una persona bastante desagradable que he


conocido esta mañana.

—¿Qué ha sucedido? —Correa se asustó.

—Estuve en el Santa Inés visitando a Aneth, como me pediste. Cuando llegué


a la habitación un médico con perilla estaba intentando acabar con ella.
—¿Felipe Mejía?

—¿Lo conoces?

—No en persona, pero me pidieron ayuda para identificarlo con una foto. —
Ella lo miró sin entender—. Esta mañana he estado en la estación central de
Policía. Quería resolver de una vez por todas quién estaba detrás del incendio
de La Favorita.

Se acercó a ella y la tomó de las manos.

—No sabes cómo agradezco que te hayas acercado a ver a la inspectora al


hospital. Estaba muy preocupado porque se arriesgó para ayudarnos.

Ella se liberó de sus manos y retrocedió un paso.

—No me supuso ningún esfuerzo, Alejandro. La considero una amiga.

—Por favor, cuéntame qué sucedió en la habitación.

América lo condujo a uno de los asientos del patio y le relató el encuentro con
Mejía. También le narró cómo Goya había terminado llevándose al médico
criminal a punta de pistola.

—Eres una mujer muy valiente.

América vio su oportunidad en ese momento.

—¿Eso crees, Alejandro?

—Por supuesto. ¿Acaso piensas que miento?

Ella lo miró directamente a los ojos.

—Si fuera valiente me atrevería a decirte algo que lleva tiempo dando vueltas
en mi cabeza.

—Sabes que puedes contarme lo que desees.

—Alejandro, sé quién eres.

Por un instante, Correa creyó que América había descubierto su secreto. Sin
embargo, disimuló y soltó una carcajada.

—Eso no lo dudes, eres la persona que mejor me conoce.

—¿Mucho más que tu gente?

—¿Te refieres a los favoritos?


—No. —Ella volvió a mirarlo a los ojos con desafío—. Me refiero a la gente que
sigue al Macaco. A tu banda.

Alejandro la volvió a tomar de las manos y se las apretó con fuerza.

—¿Cuánto hace que lo sabes?

—Bastante.

—Pero nunca me has dicho nada. ¿Qué opinas al respecto?

Ella miró a un punto por encima de su cabeza.

—No me importa, Alejandro. Quiero decir, sé cómo eres realmente. Pero


también sé que ellos están por delante de nosotros.

—¿Nosotros? ¿Qué quieres decir?

—Sabes perfectamente a lo que me refiero. ¿O me estoy imaginando que


sientes algo por mí?

—No, no te lo imaginas. —Ahora le tocó el turno a él de poner el gesto serio—.


Pero ya sabes que es imposible.

—Sí, lo sé. —Afirmó también con la cabeza—. Por eso te decía que debo ser
valiente.

—¿Me estás diciendo que te vendrías a vivir a La Favorita?

Ella negó con la cabeza y Correa se dio cuenta de que había deseado con
mucha fuerza que la respuesta fuese la contraria. Sintió una gran decepción y
un extraño pinchazo en algún lugar del pecho.

—Sabes muy bien que no puedo abandonar a estos niños. Y sé también muy
bien que tú no abandonarías a los tuyos. Pero esto no puede seguir así.

—¿El qué?

—Esto. —Hizo un gesto con la mano, les señaló a ambos y después trazó un
arco amplio a su alrededor—. No podemos fingir que no sucede nada. Cada
vez que me visitas pienso que será para decirme que has encontrado una
solución para que estemos juntos. Pero no es así. Solamente quieres verme. Y
me pregunto por qué si en realidad no quieres darnos una oportunidad.

—Ya sabes por qué. —Volvió a tomarla de las manos—. Porque me importas.

—Es una crueldad, Alejandro. Si fueras tan buena persona como creo, dejarías
de verme por completo, intentarías que te olvidara. Pero lo único que
persigues es que te siga recordando, mantener vivo el sentimiento.

Alejandro sintió como si le hubiera golpeado con un mazo.


—¿Es eso lo que piensas, de verdad?

—Sí. Nunca voy a tener una oportunidad de ser libre si continúas viniendo,
una y otra vez.

—Nunca tuve la intención de lastimarte.

—Entonces te pido por favor que dejes de verme. —Se soltó de la mano y se
puso de pie. Él la imitó—. Olvídame, por favor. Borra mi número de tu celular.
Finge que no existo. Porque esa es la cuestión: en el fondo yo no existo para
ti. No puedes poseer dos cosas opuestas al mismo tiempo

»No quiero hacerte elegir, yo también he tomado mi decisión. Lo asumo y no


te llamo ni te busco. Eres siempre tú el que viene a mí.

A Alejandro le hubiera gustado decirle que la necesitaba tanto como la visión


del océano desde el montecillo, tanto como un sediento necesita el agua. Pero
comprendía lo que ella quería decirle.

Por otra parte, imaginar que otra persona podría adueñarse de ella, que ella
podría olvidarlo y regalar aquel sentimiento a otro, le producía una emoción
muy dolorosa. Sin embargo, América tenía razón, debía ser generoso y
renunciar a ella.

—Nunca te he besado.

—Tampoco te lo he pedido.

—¿Podría hacerlo ahora?

—No. No quiero que me dejes ese recuerdo. Harás que vuelva a él, que lo
rememore.

—Me estás pidiendo un gran sacrificio. Dejar de verte es también perder tu


amistad, y a una persona que comprende mis sentimientos. Déjame al menos
el recuerdo de tu sabor.

La abrazó con fuerza. América intentó apartarlo.

—Por favor, suéltame.

—¿Deseas de verdad que no te abrace?

—No, no quiero que lo hagas. —Alejandro sintió que la tierra lo engullía hasta
que América siguió hablando, en voz baja—. No quiero que dejes de
abrazarme.

Se separó un instante de ella para poder mirarla a los ojos. No existía criatura
más hermosa.
La abrazó de nuevo y, de un tirón, se deshizo del bigote postizo y la falsa
perilla. Cuando volvió a buscar sus ojos, América vio el rostro que tan bien
conocía. Y, entonces, él la besó.

No fue delicado, hacía demasiado tiempo que la deseaba. La sintió oponerse


al inicio, apenas unos instantes, luego ella igualó su pasión. Alejandro le
sujetó el rostro con ambas manos para no caer en la tentación de recorrer su
cuerpo con caricias.

No tenía suficiente, sabía que nunca tendría suficiente. Por eso se apartó. Sin
girarse para mirarla empezó a caminar hacia la salida. No quería oír la
palabra «adiós», pero ninguno de los dos dudó de que aquella era la
despedida.
Capítulo 38

El guardia de seguridad nunca se había enfrentado a una situación semejante.


Dos agentes de la ley exhibían sus placas frente a él, acompañadas de una
orden de detención contra alguien llamado Matías Vélez. De los dos policías,
uno era un hombre rebasando los cincuenta, con un bigote gris muy tupido y
los ojos claros, no tenía aspecto de tener paciencia. El otro era una mujer, una
joven cercana a la treintena, cutis muy blanco y cabello oscuro. «Como
Blancanieves», pensó el guardia. Consideró que sería más fácil de tratar y se
dirigió a ella:

—Lo siento mucho, señora.

—Inspectora —le corrigió—. Inspectora Castillo.

—Inspectora Castillo, lo lamento, pero no puedo dejarlos pasar. Son las


normas del condominio.

—Pues esas normas habrá que reelaborarlas —dijo la mujer con firmeza—,
venimos a hacer una detención y usted no puede obstaculizar la ley.

El hombre levantó los brazos como si se rindiera.

—Van hacer que pierda mi trabajo.

—Eso no sucederá —intervino el hombre—, sin embargo, si nos sigue


reteniendo le puedo garantizar que yo personalmente procuraré que pase una
noche, o más, en el calabozo.

Al final el guardia se avino a sus razones. Una vez que consiguieron atravesar
la primera línea las sucesivas fueron más fáciles —puesto que les dejaron
pasar por la principal, la más difícil—. Goya bromeó diciendo que él se había
traído todos los diplomas para testimoniar su valía profesional. Después de
varias vueltas localizaron por fin la mansión de Dionisio Santos.

Había sido idea de Goya acudir a la casa del empresario con la intuición de
que Matías podría encontrarse allí. Salomé Santos se puso en contacto con
ellos y les había narrado lo sucedido con el inspector Vélez. Comprendió en
ese momento que si el inspector no había hecho su aparición, probablemente
estaría intentando recuperar la ventaja de que Dionisio y Salomé no se habían
comunicado, yendo al domicilio del empresario.

Aneth insistió en acompañarlo. Ahora estaban ambos en el interior de la casa


y la persona que ejercía un puesto similar al de mayordomo les indicó que el
empresario estaba reunido en esos instantes con el inspector Vélez y había
dado orden de que no se le molestase.
Ambos se contemplaron con complicidad por el acierto en la intuición.

—Me alegra saber que no has perdido facultades, Goya.

—Más respeto, mocosa.

Cuando también le mostraron a este la orden de detención contra Matías


Vélez, el mayordomo palideció y se ofreció a acompañarlos enseguida hasta el
despacho. Nada más abrir la puerta oyeron a Vélez decirle a Santos.

—Ha tomado la mejor decisión. Créame, la familia siempre es lo primero.

Aunque Matías no estaba amenazando con ningún arma al empresario, era


indudable la forma tan renuente con la que el empresario rubricaba el
documento, observado por Vélez, que estudiaba, por encima de su hombro, lo
que Santos escribía.

Ambos levantaron la mirada cuando entraron los dos inspectores.

—Señor Santos, acérquese a mí. Vélez, quédate dónde estás.

—Pero mi familia… Este hombre tiene en su poder a mi mujer y a su hijo.

Goya negó con la cabeza.

—En absoluto. Eso es lo que ha pretendido hacerle creer. Pero su hija está a
salvo, con nosotros, y su esposa ya está de camino a la estación de Policía
para recogerla. Hemos estado llamándole, pero no respondía al celular.

Dionisio salió de la sala, taladrado por la mirada de Matías.

—No saben qué han hecho —dijo este último.

Aneth miró un momento a Goya y le pidió:

—¿Podrías dejarme un instante a solas con él?

—Dos minutos, luego entraré.

Ella sonrió, pero el gesto estaba impregnado de cansancio. Cuando la puerta


se cerró detrás de ella, miró al hombre que estaba junto al escritorio.

Los ojos verdes seguían siendo tan bonitos como aquella mañana, cuando la
había despedido con un beso. En aquellos instantes, logró emocionarla. Sin
embargo, ahora lo observaba como si estudiara una mosca de cuerpo brillante
y azul. Ella se había dejado deslumbrar por los colores, olvidándose de la
esencia. En esos momentos podía verlo cómo era y se preguntaba en qué
momento su atractivo pudo distraerla de su verdadero ser. «No es más que un
gusano traidor», pensó.

—Aneth, qué sorpresa verte recuperada tan pronto. Espero que te encuentres
bien. —Incluso su voz, que antaño le pareciera sensual por su tonalidad grave,
ahora le recordaba al siseo de una serpiente.

—Desde luego, debe ser una sorpresa. Mejía, «tu socio», ha intentado acabar
conmigo de varios modos. Por suerte, hay gente que me valora y que ha
logrado detenerlo a tiempo.

—¿De qué estás hablando? —Matías rodeó la mesa y quiso acercarse a ella.
Castillo lo detuvo con un gesto.

—Aneth, yo te salvé la vida en La Favorita. Mejía quería rematarte y yo lo


impedí.

Ella se rio sin ganas.

—Lo único que intentaste impedir fue involucrarte en el asesinato de un


agente de la ley. No intentes hacerme creer que yo te importaba de algún
modo.

»Todo ha terminado, Matías. Tu socio está ahora en la estación de Policía,


declarando contra ti, aunque eso no impedirá que termine en prisión,
exactamente igual que tú. Acabamos de pillarte «con los papeles en la mano»,
amenazando a Santos para que firmara los documentos.

—Aneth, creo que no entiendes lo que está sucediendo aquí.

—Lo comprendo demasiado bien, y deja de utilizar mi nombre de pila. Para ti


soy la inspectora Castillo.

»Me has manipulado, has jugado con mis sentimientos, con mi debilidad
emocional en estos momentos, para que no sospechara de ti. Aún no puedo
creer que seas tan falso. Has jugado la comedia de sentirte atraído por mí,
incluso de fingir que estabas dispuesto a hacerte cargo de mi hijo…

—Aneth…

—¡Inspectora Castillo, maldito seas!

Matías levantó la mano en gesto apaciguador.

—Entiendo que ahora pienses lo peor de mí. Pero, inspectora Castillo —el
modo en que lo dijo fue irónico—, los sentimientos no son tan fáciles de
simular. Realmente me atraes, muchísimo.

Avanzó dos pasos, se llevó las manos a la espalda, y continuó:

—Haría cualquier cosa, lo que fuera, por borrar mi pasado y poder


presentarme de nuevo ante ti como un hombre de bien.

»La vida no ha sido fácil para mí, las circunstancias me han llevado por otros
derroteros. Tú sabes perfectamente que a veces no se puede luchar contra
ellas.

»Sin embargo, si me concedes una oportunidad, igual que se la estás dando a


ese niño inocente, te prometo que seré otro hombre.

»Concédeme cinco minutos, no te pido más que eso. Mira hacia otro lado y
deja que me vaya. Luego, cuando transcurran esos minutos, haz lo que
quieras. Sal en mi búsqueda, envía a Goya. Pero consígueme esos cinco
minutos. ¿Acaso no recuerdas nuestro beso de anoche? Fue algo hermoso y
sincero. Estamos más unidos de lo que crees.

Aneth odiaba la calidez de la voz de Matías. Aquel hombre sabía modular su


voz sibilina con la entonación adecuada para hacerle recordar las caricias que
compartieron. Le dolía en el orgullo haberle creído una vez y estar haciéndolo
de nuevo ahora, porque le costaba pensar que alguien pudiera usar de ese
modo tan sucio los sentimientos de los demás.

La puerta del despacho se abrió y sintió una presencia. Supo que era Goya,
que consideró terminada la tregua de los dos minutos.

Levantó el brazo y apuntó con su pistola a Matías.

—Suéltalo.

Castillo contempló un instante a su compañero, sin entender.

—He dicho que lo sueltes —insistió el inspector.

Matías mostró las manos que se había llevado a la espalda. En una de ellas
tenía un abrecartas, largo y afilado como un cuchillo. Lo dejó sobre la mesa.

Aneth lo miró, boquiabierta ante lo que acababa de presenciar. Matías había


pronunciado aquel discurso mientras sostenía un arma en la mano. Y ella ya
no dudaba de que podía habérselo arrojado en cualquier momento, o clavado,
dada su intención de ir acercándosele.

—Yo me encargaré de él —dijo Goya.

Por segunda vez en ese día sacó sus esposas, y se las colocó a Vélez.

—Ahora sí que la has fastidiado —le susurró el inspector en el oído a Matías al


tiempo que las esposas hacían clic.
Capítulo 39

En el camino de regreso a la estación de Policía, Aneth se mantuvo en


silencio. Goya se encargó de conducir, a pesar de que hacía meses que no se
ponía detrás de un volante. Primero, por el estado en que solía encontrarse,
ebrio o «con mono». Después, porque en la clínica de desintoxicación,
lógicamente, no tuvo posibilidad de practicar.

Durante el trayecto la inspectora iba reflexionando sobre la conversación que


mantuvo con Vélez en el despacho. Se fue repitiendo las palabras cariñosas
que él le había manifestado, tanto en ese momento como en otras
conversaciones: «Realmente me atraes, muchísimo», «No he podido evitar
sentirme atraído por ti desde el primer momento», «Si no fuéramos
compañeros, podríamos pensar en una relación», «Adoro a los críos y, en este
caso, adoro a la madre».

Sí, ahí estaba su voz un poco ronca, varonil, acariciándole el oído y


pronunciando las palabras adecuadas para atraparla en su hechizo. Aquellas
frases manifestando preocupación por el niño, el modo en que había
fomentado sus deseos de una relación estable. Vélez era un ejemplar de clase
A de un manipulador emocional.

Quizá Matías actuara así de un modo hasta casi inconsciente. Era un hombre
muy atractivo, y no tenía dudas de que si no estaba con alguien no sería
porque le faltaran ocasiones. Lo que diferenciaba a Vélez de otros machos
«alfa» era su total falta de escrúpulos. Eran patentes el hecho de que no le
importaba mentir si conseguía de este modo su objetivo, su capacidad para
enredar a las personas en su tela de araña y la forma en que atraía a su presa,
tal como hacía una planta carnívora sirviéndose de su letal fragancia.

A ella, desde luego, le hizo creer que era importante, y solo podía
considerarse verdad en un sentido: necesitaba estar cerca de la inspectora
para impedir que se descubriese el pastel, boicotear la investigación y
«distraerla» de su cometido.

¿Cuáles eran las palabras que él había usado? ¿Cariño? ¿Atracción? De


ningún modo, las personas como Vélez solo amaban con devoción a alguien: a
ellos mismos. En lo demás se guiaban por un movimiento primario de
satisfacer sus necesidades básicas de vanidad, lujuria y ansia de poder. Lo
que ellos consideraban el equipaje fundamental para disfrutar la vida.
Libertad, en una palabra: para hacer y deshacer, querer y ser queridos,
ordenar y seguir instrucciones si les reportaba un beneficio.

Por un instante contempló a Guillermo Goya, conduciendo a su lado. Si él


hubiese estado allí desde el inicio habría podido advertirle de la naturaleza de
Matías Vélez. Puede que tuviera que suceder de este modo. A veces se
aprende gracias al regusto amargo de la experiencia. Después de verlo en el
despacho con aquel abrecartas que, a buen seguro, no hubiera vacilado en
esgrimir contra ella, Aneth se dijo que no necesitaba más recuerdo que ese.
Tenía que borrar a Matías de su pensamiento y de la parcela de afecto que
había comenzado a conquistar. ¡Lo odiaba tanto! Por hacerla sentir débil,
estúpida y ciega. No solo la manipuló emocionalmente y había conseguido
comenzar a enamorarla, en lo profesional, la dejó en absoluta y total
evidencia frente al resto de sus colegas de trabajo. Ahora le tocaba soportar
la vergüenza en la estación de Policía.

¿Sacaría algo positivo de aquella experiencia? Ojalá. No quería volver a


tropezar dos veces con la misma piedra. Debía recordarse que Vélez llegó en
un momento en el que ella se encontraba especialmente necesitada de afecto.
A saber si en otras circunstancias hubiera caído en su trampa.

Castillo se sabía fuerte, aunque ahora mismo sus emociones fueran como una
manada de caballos encabritados. Pedro, su progenitor, le recordaba a
menudo su estoicismo y su brío. Él no le deseaba el fracaso que había sido el
matrimonio con su madre, por eso los sentimientos nunca fueron su talón de
Aquiles. Aprendió a manejarlos bien. O eso creyó antes de descubrir que
estaba embarazada, y cuando postergó el tomar una decisión respecto al niño
y Vicente.

Aquella inestabilidad propició que buscara un asidero en la persona


equivocada. ¿Quién le ofreció su hombro para llorar? Matías. ¿Quién le tomó
las manos con preocupación en el hospital? Matías de nuevo. ¿Quién se
interesó por la salud del bebé antes siquiera de que ella preguntase? La
respuesta siempre era el mismo nombre.

No le extrañaba haber caído. En cada ocasión, Vélez supo estar a la altura de


las circunstancias y sacó partido de ellas. Convirtiéndose en su confidente,
aprovechando la (evidente) atracción de ella hacia él, haciéndola creer que
era su rescatador cuando tan solo buscaba no elevar la gravedad de los
delitos.

Lo más patético era que estaba dispuesta a perdonarlo. Por desgracia, ella
creía en lo que Vélez le había afirmado: «los sentimientos no se pueden
simular». Sabía que aún tenía poder sobre ella, que el impacto fue demasiado
profundo y que arrastraría las secuelas durante meses, hasta que la fuerza de
estos razonamientos terminara por penetrarla y convencerla de que se había
librado de un indeseable. Sanaría, por supuesto, pero pasaría tiempo antes de
que pudiera hacer chistes sobre el guapo inspector que llegó a Sancaré para
cometer un crimen delante del mismo cuerpo de Policía.

Aneth recordaba cómo su padre había ido cambiando su actitud después de la


fuga de su madre. Evitó con tiento todo lo que pudiese recordarla, pero los
últimos años tuvo una relación bastante estable, y con aquella persona vivió
una segunda luna de miel.

¿Acaso no había que agradecerle eso al tiempo? El transcurrir de los años


termina por atenuar las emociones más terribles. La memoria se convierte en
un canto pulido, suave, sin aristas. Y llega un momento en que deja de doler.
También de emocionar, eso es cierto. Pero ese es el peaje del olvido.
Goya y Aneth entraron en la estación de Policía. El Jefe Goya dejó a recaudo
al detenido para que pudieran interrogarle. En otra sala se oía el llanto de
Salomé y su hija, reencontrándose con Dionisio Santos. El empresario quiso
que su chofer lo llevase, en su coche y a él solo, para reunirse con su familia.
El inspector ya le había advertido que tendría que prestar declaración por
haber obstaculizado a la justicia y omitir datos claves para la investigación.

El comandante Carlos Sotomayor los recibió con efusividad.

—Por favor, inspectores, pasen a mi despacho.

Había colocado cuatro sillas frente a su mesa, y las ocuparon ambos


inspectores, Hilario Cota y Oliver Márquez.

—Me gustaría ponerlos al corriente de la declaración de Felipe Mejía y, por


supuesto, felicitarlos por su trabajo. Sé cuánto sacrificio personal han
supuesto las últimas horas y quisiera que tuvieran presente que se las
reconocemos. Yo, en primer lugar.

Señaló con un gesto al inspector Goya.

—Aquí, nuestro Jefe Goya ha abandonado la comodidad de su alojamiento en


pro de la investigación. Él intuyó dónde podríamos encontrar a Vélez y detuvo
a Mejía. De aplauso.

Y eso es lo que hicieron los presentes, animados por el comandante. Este


agradeció mentalmente que no detallara las características de «su
alojamiento», aunque fuese tan público como el Parque Nacional de Sancaré.

Sotomayor dirigió su dedo índice hacia Aneth.

—Nuestra joven inspectora Castillo no solo ha abandonado el hospital para


detener a los sospechosos, sino que ha sufrido dos intentos de homicidio en
apenas veinticuatro horas.

Se volvió hacia Hilario Cota.

—El inspector Cota se ha pasado esta noche en vela auxiliando a los heridos
de La Favorita y aún ha tenido lucidez para seguir la pista de la
secuestradora, a la que ha identificado con éxito.

—Pero se nos ha escapado —murmuró él.

—Es cuestión de tiempo que la encontremos. Poseemos sus huellas dactilares,


sabemos cómo es físicamente y ahora tenemos a sus socios.

—Mucho me temo que no sea suficiente. Esa mujer viaja ligera de equipaje.
Pero hay algo de verdad en lo que dice, señor. Yo tengo la certeza de que nos
volveremos a encontrar. Tenemos pendiente una comida asiática.
El comisario Sotomayor lo observó como si no le comprendiera, pero ignoró la
última observación. Habló del último.

—Finalmente, nuestro médico, Oliver Márquez. Ha sacrificado la seguridad de


su familia, amenazada de muerte, para ayudarnos. El análisis de los informes
médicos nos ayudó a identificar la amenaza de Mejía.

Márquez agachó la cabeza. Solo Goya y Sotomayor, pensó el primero, sabían


que hubo que convencerlo para regresar. El miedo es gratuito, se dijo el
inspector Goya.

—Muy bien, repartidos los parabienes, es el momento de desvelar la trama de


este secuestro.

»En realidad, en el inicio está uno de los mayores males que azotan a este
país en general y a Sancaré en particular: la corrupción de nuestro cuerpo
policial. Matías Vélez y Felipe Mejía son dos personas que trabajan para la
ley, pero obtienen el verdadero beneficio operando de espaldas a ella. Es
cierto que Matías Vélez es inspector de Policía en Becerrilla, Mejía nos lo ha
confirmado. Pero cuando le encargaron al médico, cerebro del equipo, el
trabajo que ahora les describiré, no le costó trabajo convencer a Vélez de
unirse a ellos.

»Una empresa extranjera con intereses inversionistas en Sancaré contactó


con Mejía. Necesitaban a alguien del país, vinculado a la Policía, que los
ayudase a planificar el modo de obtener unos terrenos. Estos, una vez libres
de sus actuales ocupantes, podrían utilizarse para construir viviendas de
estrato siete. Resulta sorprendente la lucidez de la señora Santos, que
anticipó estas motivaciones y que, debido a ello, casi se convierte en otra
víctima más, liquidada por la asesina que el médico contrató: Valentina
Cárdenas, aunque ese no es su verdadero nombre. Como he dicho, es una
mujer difícil de localizar, aunque esta vez nos haya dejado más pistas.

»Por otra parte, Mejía había oído hablar de Matías Vélez en otros círculos y
sabía que, si le ofrecía una buena comisión, podría involucrarlo en el equipo.
La especialidad de Vélez en secuestros fue la que le dio la idea de raptar a la
hija de Santos, de este modo existía la posibilidad de llevarla a Sancaré e
infiltrarlo en la propia investigación.

»Felipe Mejía ideó un plan en apariencia sencillo: raptar a la hija del


constructor multimillonario Dionisio Santos, que precisamente vivía en
Sancaré. Es empresario, constructor, y posee una empresa de evaluación de
riesgos ambientales. Por si esto fuera poco, también tiene poder suficiente
como para influir en el alcalde. Intentaron que les facilitara el desalojo de La
Favorita, pero él se resistió, a pesar de tener a su hija secuestrada. Por lo
tanto, Mejía tomó cartas en el asunto y contrató a alguien que provocara el
incendio y a otro que repartiera los extintores tóxicos.

»De este modo, sembrando de muerte La Favorita, eliminaba tanto el


problema de las casas construidas como el de sus habitantes. Si no hubiera
sido por Alejandro Correa, que dio la voz de alarma al hospital San Pedro
Claver, y la solidaridad de los barrios vecinos, las víctimas mortales hubieran
sido muchas más. En una siguiente etapa hubieran ido a por los novenos, los
habitantes del Nueve de Febrero, por el simple hecho de que serían los
vecinos no gratos del nuevo condominio.
Capítulo 40

Las cinco personas en el despacho del comandante Sotomayor guardaron


silencio por un instante, costaba creer tanta premeditación para asesinar a
todos los habitantes de un barrio.

Alguien dio dos toques a la puerta y Sotomayor la hizo pasar. Era Karina, que
traía la declaración de Matías Vélez, una vez finalizado el interrogatorio.

—¿Alguna discrepancia en relación a la versión de Mejía?

—Sí, señor. —Karina estaba nerviosa—. El inspector Vélez ha dicho que él no


pensaba encubrir a la cuarta persona involucrada, y que deseaba hacerlo
constar así en su testimonio.

Todas las miradas se dirigieron a los papeles que ella traía en la mano.

—¿Y quién es?

—Dionisio Santos.

Sotomayor se levantó y le arrebató el informe.

—¡No puede ser!

—Me temo que da bastantes datos, señor. ¿Qué quiere que haga?

—Retener al empresario, para comenzar. Y también a su esposa, que puede


que esté implicada.

—Sí, señor.

Karina cerró la puerta y las miradas se tiñeron de ansiedad por conocer el


contenido de la declaración.

—Salgan todos, por favor. Cuando lo lea y me aclare las ideas, los haré llamar.

Fueron saliendo del despacho, uno a uno.

El comandante Sotomayor comenzó a leer. Al terminar, se hubiera arrancado


los cabellos de pura impotencia. Se fue con los papeles a la sala de
interrogatorios donde retenían a Vélez.

—¿Es esto cierto? ¿O quiere vengarse de él?

Matías se encogió de hombros.


—Piense lo que quiera, señor. Mejía es el cerebro de la operación, y cree que
Santos lo sacará de la cárcel porque desconoce lo que ahí cuento. Yo no creo
que el empresario sea tan necio. Una vez que nos tenga a ambos en la cárcel,
respirará de alivio. Tampoco va a perdonar así como así a quienes intentaron
hacer daño a su mujer y secuestraron a su hija.

—Ya, pero tal y como lo cuenta, tal parece que el promotor de toda esta
pesadilla fue Dionisio Santos.

—No ocurrió de ese modo. La empresa extranjera lo contactó a él, no a Felipe


Mejía. ¿Acaso no es lógico? Era un constructor y podría obtener un beneficio
que no era de despreciar si alentaba los intereses de los extranjeros. Era
sencillo: bastaba con plantear el asunto al alcalde, promover votos positivos
entre sus compañeros de gremio, realizar un estudio ambiental «ligeramente»
modificado. Pero no tuvieron en cuenta un factor muy importante.

—¿Cuál?

—Que le estaban pidiendo a un constructor local que les consiguiese un suelo


para construir ellos, no el constructor local. Era cierto que Santos obtendría
una lucrativa comisión por obtenerles el terreno de La Favorita. Pero no
tuvieron en cuenta la avaricia de Dionisio Santos. No es multimillonario por
casualidad. Él hizo sus cálculos y pensó: «Si construyen residencias de estrato
siete los ingresos son astronómicos, yo también quiero una comisión
astronómica». La codicia lo perdió. Se negó a ayudar a los extranjeros si no
subían su oferta. Y ellos vieron más allá. Que Santos acabaría por quedarse
para él el terreno al que le echaron el ojo. Al fin y al cabo, ¿quién tenía los
contactos con las autoridades locales y la empresa medioambiental? Tuvieron
miedo.

El comandante asintió:

—Y ahí fue cuando los contrataron a usted y a Mejía.

—Sí, nosotros entramos en escena precisamente para «asustar» a Santos y


que dejara de pedir una participación tan elevada en los beneficios de las
nuevas viviendas. El secuestro de Gabriela fue para amenazarlo y acortar
plazos. Los extranjeros querían empezar cuanto antes los planes de
construcción.

»Eso sí, Felipe Mejía pensó en el incendio y la intoxicación masiva como un


plan B que también pondría a Santos contra las cuerdas. Si desalojaban el
barrio, nuestros clientes conseguirían antes su objetivo, y nosotros, cobrar.

Sotomayor se levantó y se aproximó a la puerta.

—Así que afirma que Santos es un empresario corrupto.

—No lo afirmo, tengo la certeza después de haber mantenido conversaciones


interminables con él para convencerlo de que cediera en sus exigencias. No
solo es corrupto, ninguno de los tres imaginamos jamás que no se conmoviera
por el rapto de su hija. Estoy convencido de que si no hubiera visto de repente
que nuestras pretensiones las cumpliríamos, aun al precio de las vidas de su
mujer e hija, la niña aún seguiría secuestrada.

—¿Y Salomé?

—¿Qué quiere que le diga? ¿Que adora a su marido tanto como le teme? ¿Que
su ceguera es mayor que la del símbolo de la justicia? Eso es lo que le puedo
decir de Salomé Santos. Jamás creerá mi declaración, me odiará hasta el
minuto antes de mi muerte por haber manchado el nombre de su marido, y
procurará que cumpla cadena perpetua en la prisión más insalubre del país.
Ese es el retrato de la mujer por la que me pregunta.

Sotomayor se quedó un instante, reflexionando.

—¿Y la inspectora Castillo?

Vélez se puso a la defensiva.

—¿Qué sucede con ella?

—Intentaron acabar con ella en dos ocasiones. En La Favorita y luego en el


Santa Inés.

—Si lo recuerda bien, en ambas ocasiones fue mi socio Mejía el que quiso
eliminar a una persona que podía boicotearnos el trabajo.

—Y usted estaba de acuerdo.

—¿Sabe lo que le digo, comandante Sotomayor? Que la próxima pregunta solo


la responderé en presencia de mi abogado. Si está intentando vengarse de
algún modo porque la vida de «su protegida» peligró por causa nuestra, le
aconsejo que mire en otra parte. Aneth cumplió con su papel de inspectora, se
la jugó y pudo haber acabado muerta. No hizo nada que cualquier otro buen
policía no hubiera hecho.

»¿Sabe por qué me trasladé al otro lado de la ley? Porque descubrí que era
más rentable morir por los deseos de un mercenario que por mi país. Arriesgo
la vida en ambos casos pero, si sobrevivo, la recompensa es mayor en el lado
malo. Qué ironía, ¿verdad? Ser un buen policía te deja una jubilación pésima y
un reconocimiento mediocre. Ser un policía «al margen de la ley» te permite
una mansión en algún lugar remoto y la compañía de quien desees.

—Está usted enfermo, Vélez.

—Insúlteme si eso le hace sentirse más «honesto», un paladín de la ley y el


orden. Pero en el fondo sabe que tengo razón.

Sotomayor no le respondió. Y cuando cerró la puerta tras él, lo hizo con tanta
fuerza que temblaron las paredes. Ojalá el que estaba dentro entendiera que
aquel portazo era la forma de abofetearlo sin violencia.
Capítulo 41

El día había amanecido menos caluroso que de costumbre. Los inspectores


Aneth Castillo y Guillermo Goya quedaron para desayunar en la cafetería que
se encontraba enfrente de la estación de Policía. A esa hora tan temprana de
la mañana que escogieron había apenas tertulianos: dos parejas de jubilados
que compartían un desayuno continental, un anciano que leía el periódico.
Era precisamente el silencio y la tranquilidad que buscaban.

Había transcurrido ya una semana desde la detención de Matías Vélez y


Felipe Mejía. A Valentina Cárdenas, pese a la insistencia personal de Hilario
Cota en el asunto, no hubo modo de seguirle la pista. De vez en cuando hacían
apuestas sobre el restaurante chino al que iría a comer el inspector. Se había
obsesionado con obtener algún indicio mediante esa vía. En cuanto a Dionisio
Santos, cuando Sotomayor les indicó el papel que le atribuía Vélez en el
asunto, les costó creerlo, pero no les pareció descabellado. Eso sí, el
empresario no pasó ni siquiera una noche en el calabozo cuando se
presentaron los cargos contra él. Apareció con una corte de abogados que le
sacaron del aprieto en menos tiempo del que tardaron en formularle las
acusaciones.

Castillo y Goya sorbían el café en silencio, cada uno mirando a un punto


diferente. A Goya le relajaba esa compañía que no necesitaba palabras, ni
llenar silencios incómodos. Había aprendido, además, a interpretar los gestos
de su compañera, y ella se mostraba últimamente muy cansada. El Jefe Goya
sabía que todavía estaba recuperándose de la traición del inspector Vélez.
Pasaría un tiempo antes de que asumiera que la habían manipulado. Era duro
para el orgullo de un policía. Imaginaba que no había sido una experiencia
grata y, además, en el despacho de Santos comprobó que la relación entre
ellos era más profunda que una simple amistad de compañeros de trabajo. Por
respeto, prefería no preguntarle cómo se sentía al respecto.

Castillo mordisqueaba sin ganas uno de los bizcochos que le sirvieron con el
café. De repente se quedó con los ojos fijos en su taza, se tapó la boca y se
incorporó de la silla con rapidez. Goya la vio dirigirse hacia los sanitarios.

Aquel gesto que ella hizo… Goya se quedó detenido un instante, intentando
repasar en su memoria cuándo había visto a alguien con ese mismo
comportamiento. El déjà vu se materializó y lo recordó con nitidez. Silvia, su
exmujer, había hecho eso mismo cuando estaba embarazada de Laura, debido
a las náuseas.

¿Acaso Matías no habló de un «niño inocente»? Él no había querido indagar al


respecto, pero decidió que ahora tenía la excusa para preguntarle a su
compañera.

Aneth regresó, cabizbaja, y murmuró una disculpa al tiempo que se sentaba


de nuevo.

—Castillo, ¿va todo bien entre Vicente y tú?

En todos aquellos días él no se había atrevido a preguntar por «el chico de


Aborín», como lo bautizó mentalmente.

Ella alzó los ojos y lo miró con fijeza. Goya se sintió incómodo al ver cómo
estos parecían aguarse. ¿Era posible que Aneth estuviera a punto de llorar?

—Estoy embarazada.

La primera imagen que le vino a Guillermo Goya a la mente fue Matías, pero
comprendió que era imposible.

—Mi mayor enhorabuena. —El inspector le palmeó la mano—. Y Vicente, ¿qué


dice?

Ella sacudió la cabeza.

—Cuando me vine de Aborín él no lo sabía. Le escribí hace unos días y todavía


estoy esperando la respuesta.

Se encogió de hombros.

—Lo lamento. No me dijiste nada. —Su tono era triste más que acusatorio.

—No quería enredarte con mis preocupaciones, pero reconozco que estuve a
punto de contártelo. Fue justo antes del secuestro de Gabriela.

—Siento mucho no haber estado ahí cuando me necesitabas.

—Tú no eres el responsable, así que no te eches la culpa. El padre es otro —


rio entre dientes.

El inspector meneó la cabeza.

—Si necesitas cualquier cosa sabes que me tienes, ¿no es así?

—Lo sé, Goya.

—Muy bien, entonces ahí va mi primer consejo: nunca te fíes de un policía


guapo, moreno y de ojos verdes.

Lo dijo remarcando la ironía, pero la sonrisa que le devolvió Aneth se parecía


más a una mueca cansada.

Guillermo Goya comprendió que aquella experiencia había impactado más de


lo deseable a su compañera.

—Tienes una vida muy larga por delante —insistió—. Un fracaso no debe
marcarte. Ya habrá tiempo para que encuentres al hombre ideal.

—¡Claro! Como si este existiera. Tampoco la mujer ideal, por supuesto.

—¡Ah, amiga mía! —Alzó un dedo como si estuviera riñéndola—. Parece


mentira que no hayas aprendido la lección que nos ha dejado este último
caso. Si algo hemos comprobado con esta última experiencia es que «hasta la
muerte tiene su favorita».

Ahí sí que Aneth soltó la carcajada.

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