Fin
En el caso de esta historia, las botas del Generalísimo, que una vez simbolizaron el
poder absoluto y el miedo, yacen olvidadas en el vertedero, despojadas de su antigua
gloria. Los personajes, marcados por sus encuentros y desencuentros, han
encontrado en su miseria una inesperada fortaleza.
La vida continúa en el vertedero, con su rutina de supervivencia y esperanza. Cada
día es una lucha, pero también una oportunidad para encontrar momentos de alegría
y solidaridad entre los más humildes. Las botas, ahora inertes, son un recordatorio
constante de la fragilidad del poder.
El jefe, descalzo ante la historia, nos deja una lección imborrable: el poder es efímero
y la verdadera grandeza reside en la humanidad de los más humildes. A través de sus
vivencias, los personajes nos muestran que la dignidad y la resistencia pueden
florecer incluso en los lugares más inesperados.
En este final, Maggiolo nos invita a reflexionar sobre las cicatrices del pasado y la
capacidad de resiliencia del ser humano. La historia de las botas y sus dueños se
convierte en un espejo de nuestra propia sociedad, recordándonos que, al final, todos
somos iguales ante el inexorable paso del tiempo.