Edward Alexander Torres Fernandez
SENA
Coordinación de Escuelas de Música Ficha: 2930833
Evidencia 28: La formación artística a partir de la música tradicional
29/08/2024
Informe – La música como práctica subjetiva y no objetividad cultural
La música es una expresión puramente fenomenológica a mi parecer, es decir, pasa por el
orden de la interpretación a partir de los sentidos antes que por cualquier otra forma de
análisis. Por ello es diferente al fenómeno acústico, aunque depende de él para ser una
realidad, pero incluso la afinación responde a unas determinadas características culturales,
sociales e individuales que se fueron expandiendo por diversos métodos, hasta convertirse en
reglas, en márgenes más o menos homogéneos. Hago la aclaración, porque para muchos
músicos, pedagogos o gestores culturales el procedimiento para llevar la música a los
contextos culturales nace de un movimiento contrario a lo que es la experiencia estética
musical, pues llevan los métodos, las herramientas a que intenten encajar con los contextos
culturales. Esto es el equivalente a yo cargar con un martillo buscando arreglar todo, unirlo
con tornillos de ser necesario o para destapar algo o para problemas emocionales.
Sencillamente no tiene sentido esta metodología, pero es la más usual en tanto se olvida que
la música es una experiencia personal, colectiva y cultural, más no objetiva y racionalizada.
Aun así, esto es producto de la modernidad, fue ella la que estableció los arquetipos que hoy
llamamos música occidental (que no son malos, erróneos o peligrosos). Ahora en la
actualidad, ello se complementa con el supuesto “rescate de valores” de las culturas y en
especial de las músicas en contextos locales sin una reflexión previa de lo que eso conlleva,
es decir, sin una reflexión epistemológica (Tobo, 2011).
Por ello en este informe, defiendo la idea de partir de la experiencia personal,
reconociendo la formación múltiple de la identidad desde los procesos de identificación, y
de esta manera, reconocer a la música como una amalgama construida por una variedad de
fenómenos sociales e históricos que permiten un mayor acercamiento con su práctica y
convierte a las herramientas en un catálogo (sistematizado) del que se puede disponer para la
práctica musical, más no como un recetario.
La identidad ha sido objeto de estudios antropológicos y sociológicos desde mediados
desde los años 60’s, una vez la teoría psicológica también desarrolla adelantos sobre la
cuestión. Para Erickson, uno de los pioneros del concepto, la identidad “es un sentimiento de
mismidad y continuidad que experimenta un individuo en cuanto tal” (Erickson,1997, citado
en Mercado & Hernández, 2010). Por ello la identidad representa en parte las continuidades
que tiene el sujeto, en cuanto siente que su mismidad es única y que también existen otras.
Esta concepción se complementa con la de subjetividad, puesto que es la percepción la que
permite entender cómo nos relacionamos con el mundo y la manera en que proyectamos ese
sentimiento que menciona Erickson. Este sentimiento lo diferencia de otros individuos y hace
que marque en él su unicidad, pero también su univocidad.
Allí radica uno de los primeros problemas al hablar de identidad, ya sea personal,
colectiva, social o grupal y es que cuando se piensa en la identidad tiende a pensarse en la
continuidad que es inmanente a ese ser humano o grupo y, por ende, suele ser resistente al
cambio. A su vez, también es resistente a lo diferente, porque siente que su forma de ser es
la adecuada, la más aproximada a la verdad, así no lo expresa de manera negativa, es decir,
eliminando al otro directamente, sino que lo suele hacer mediante la subvaloración de esa
otredad, así como en los movimientos políticos culturales, empezaba a asimilarse la música
protesta con un movimiento político único el cual no podía salir de la organización política,
pues ya era un “autocultivo pequeñoburgués” (Miñana, 2018). Los procesos de identificación
y socio-percepción pueden ser una respuesta a uno de estos primeros problemas al hablar de
cultura y de identidad.
La música como práctica refleja algo íntimo algo personal, que se alimenta de la
cultura y la sociedad, de dejar una parte de sí mismo en una canción o interpretación a pasar
al plano de narrar y ese es un movimiento dinámico al igual que el de la identidad, porque es
un proceso de identificar. En diferentes momentos y con diferentes culturas nos sentimos
identificados, es una espiral autorreflexiva sobre lo propio (Tobo, 2011). La identificación
permitiría combinar los elementos diferenciales con los que se ha construido la música sin
limitarnos a los elementos tradicionales, pero sí respetándolos, es decir, acogiéndolos.
El Plan Nacional de Música para la Convivencia, plantea que a toda institución o
escuela de música debería garantizársele la posibilidad de investigación y reflexión sobre su
propia práctica desde la comunidad (PNMC, 2008), es allí donde se debe aprovechar el
potencial de los sujetos diversos que componen el hecho educativo pues la educación musical
rara vez abarca estos elementos. De hecho, según el estudio de Javier Marrero, en las escuelas
de música el arte y la cultura son abordados en un 35% de las clases, mientras que los
elementos técnicos de la música, como lenguaje musical o expresión musical son los que más
se tratan (2009). Son las clases las que deberían poder tratar estas discusiones para hallar los
elementos técnicos con los que realmente se sienten a gusto y tienen un potencial
transformador de la sociedad para los estudiantes que hacen parte de ellas.
El profesor guía la vida cultural de los niños se quiera o no, porque la “responsabilidad
de los instructores comunitarios proporcionan otras características a la relación de
aprendizaje” (Dillon, 2005) Más que reproducir patrones culturales acríticos, el profesor
como gestor cultural sabrá que su abordaje no es objetivo y que más bien reconoce las
diferencias de poder con sus alumnos, pero brinda el espacio para tener experiencias
educativas significativas.
Finalmente, los lineamientos que se establecen a nivel nacional pueden funcionar para
reconocer los procesos de identificación comunitarios y culturales que se dan en el país y
cómo se puede establecer un diálogo entre ellos con espacios de confluencia más que
fronterizos. Desde estos espacios amplios es posible establecer una conexión entre lo cultural
y la música, así como lo establece el Plan Nacional de Cultura 2024 – 2038 que rescata la
diversidad de la vida, la cultura de paz y la cultura libre de discriminación como parámetros
comunes a tener en cuenta, más no la prevalencia de una expresión cultural por encima de
las otras (PNC, 2024). Así, lo que se considere como música tradicional para un territorio
puede ser tan móvil y dinámico como lo es el mismo concepto de identidad y su adopción
desde diversos contextos debe reconocer la multiplicidad de subjetividades que la han
construido, como proceso histórico de poder y posibilitador de un futuro mejor en la medida
que hagamos crítica de ella.
Bibliografía
Dillon, S. (2005) El profesor de música como gestor cultural
Marrero, J. (2009) El maestro especialista: formación musical inicial y praxis de la educación
musical escolar
Mercado, A., Hernández, A. (2010) El proceso de construcción de la identidad colectiva
Miñana, C. (2018) Más allá de la protesta. Música militante en Bogotá en los años setenta y
la transformación de la “música colombiana”
Tobo, L. (2011) La educación musical desde la teoría crítico social
Min. Cultura (2008) Plan Nacional de Música para la Convivencia
Min. Cultura (2024) Plan Nacional de Cultura