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LITERATURA

05/07/16

La novela histórica y su mirada


oblicua
Crítica. La autora de “La princesa federal” ofrece otro ángulo para un
género fundador y contemporáneo.
POR MARIA ROSA LOJO

Sara Gallardo.

Se reduce la novela histórica a contar intrigas pasionales, de


próceres o de caracteres de ficción, situadas en el pasado? ¿Se trata
de un género con fórmulas fijas, inmune a las transformaciones
sociales, ideológicas y estéticas ocurridas desde su aparición en la
Europa del Romanticismo? ¿Es de por sí un género destinado al
consumo masivo, de baja calidad y complejidad? ¿Se interesa
solamente en una lectura del pasado, al que pretendería reconstruir
“tal como fue”? Desde sus comienzos, esta primera forma legitimada
de la novela en nuestro país sigue motivando debates y estudios
entre especialistas y también polémicas (y confusiones) entre su
vasto público.

El amor, apunta Doris Sommer, aparece en novelas fundadoras


latinoamericanas, varias de ellas históricas, pero con un fuerte
sentido alegórico-político; los enamorados representan los sectores,
etnias e intereses en pugna que deben unirse para fundar las nuevas
naciones. En nuestro país, más que la ficción componedora o
compensadora, primaron la negación o el conflicto. Ante todo, como
señala Noé Jitrik, ni el pasado/presente indígena ni el pasado
colonial parecían elementos dignos de recuperarse en la nueva
república. Una de nuestras primeras narraciones históricas, La novia
del hereje o La inquisición de Lima (1854-1855) de Vicente Fidel
López, según lo indica su largo y doble título, apunta en sus objetivos
fundamentales contra la mentalidad oscurantista de la vieja América
Hispana. Los enamorados, por cierto, lograrán la dicha doméstica
solo en Inglaterra, patria del “hereje” Henderson.

En cuanto a Amalia (1851-1855) de José Mármol, propuesta por


Sommer como “romance nacional” argentino, no hay una verdadera
“unión de los opuestos” y menos aún final feliz: aunque Amalia sea
provinciana y Eduardo porteño, los dos pertenecen a la clase alta,
son de raza blanca y encarnan el mismo “proyecto civilizador” que el
rosismo se ha propuesto impedir o destruir. Rosas es el gran
antihéroe de esta novela que se disfraza de histórica para
procurarse, ante el público, credibilidad y prestigio, por más que
fuese muy escasa la distancia temporal con respecto a los hechos
narrados. La visión del Restaurador en tanto ícono de un modelo de
poder autoritario, represivo, antirrepublicano (la “estancia” versus
“la República”), se prolonga en ficciones históricas del siglo XX,
como las de María Esther de Miguel y Andrés Rivera.

En el horizonte decimonónico, la voz entonces marginal de las


escritoras marca una diferencia. Tanto en lo que hace a narraciones
sobre la cercana guerra civil entre unitarios y federales, como en lo
que respecta al pasado más remoto y las etnias originarias. Aunque
tampoco hay finales felices, sobre todo para los protagonistas.

Los relatos históricos de Juana Manuela Gorriti sobre el pasado


colonial y la caída del Incario revelan la brutal asimetría de poder
entre conquistadores y conquistados (en particular, las
conquistadas). Por su parte, Eduarda Mansilla y Rosa Guerra, al
retomar, en sendas novelas de 1860, el episodio de Lucía Miranda
cautivada por los caciques timbúes en el primer asentamiento
español, reponen la sociedad indígena en la escena primordial de la
futura nación argentina. Las dos señalan la posibilidad de
interacciones profundas entre blancos e indios, más allá del terreno
bélico y la función épica: a través de la ilustración, la instrucción
religiosa y la aceptación parcial (caso Mansilla) de aportes culturales
nativos.
Eduarda, escritora erudita, despliega un friso documentado tanto de
España e Italia en el siglo XVI como de la estructura y costumbres de
la sociedad aborigen. Su enfoque, más complejo en lo histórico y
antropológico, es relacionable con novelas históricas de fines del
siglo XX, que volverán sobre la cuestión del (re) conocimiento y
rescate cultural del “otro” (Eduardo Belgrano Rawson, Sylvia
Iparraguirre, Adolfo Colombres, María Angélica Scotti). La novela de
Guerra, en cambio, podría situarse en el origen de la actual “novela
rosa” del mestizaje, que concreta pasiones cuya representación
sexual antes se censuraba (sobre todo en casos de adulterio,
interétnico o no) y que sigue manteniendo la ideología de la
supresión de las diferencias mediante un “dispositivo civilizatorio”
(según Silvina Barroso), así como estereotipos de feminidades y
masculinidades habituales en el subgénero romántico.

La novela histórica del Romanticismo rioplatense se nutrió en el


modelo europeo, cuyo gran referente fue Walter Scott. Algunos
elementos de su poética han sobrevivido hasta hoy, otros no (como
las intervenciones explícitas y a veces didácticas de un narrador
omnisciente, o la búsqueda de legitimación por la presunta fidelidad
a las fuentes historiográficas, que luego empezaron a
problematizarse y relativizarse). Desde estos orígenes, el género
experimentó cambios, sujeto, como toda literatura, a la
transformación de los paradigmas de conocimiento y percepción del
mundo en cada época, así como a las modificaciones generadas por
las personalidades creadoras. Nuestra ficción histórica describe
durante el siglo XX una trayectoria que va del modernismo de
Enrique Larreta y el realismo revisionista de Manuel Gálvez, a las
singularidades de Antonio Di Benedetto, Abelardo Arias, Manuel
Mujica Lainez o Sara Gallardo, y a una reinstalación en los años 80,
con nombres tan diferentes como los de Ricardo Piglia, Libertad
Demitrópulos o Martha Mercader. Coinciden en ellos características
que se reúnen, potencian e intensifican en la llamada “nueva novela
histórica”: la intertextualidad, la polifonía, el registro poético y oral
(acentuado en el caso de Demitrópulos), la voluntad de disolver
estereotipos y mitificaciones, el tratamiento paródico e irreverente
de personajes históricos canonizados, la metaficción (una narrativa
que se piensa a sí misma).

Más allá de los debates sobre los procedimientos que debieran o no


considerarse “posmodernos”, quizá lo que marca verdaderamente
una diferencia es la conciencia de que la Historia no es “el hecho”,
sino que, antes bien, todos los hechos se construyen narrativamente.
La nueva novela cuestiona la posibilidad de acceder al “hecho en sí”,
y se autopropone, por otra parte, como “relato alternativo” a las
cristalizaciones canónicas y a los intereses hegemónicos que las
generaron. No “la verdad” sino “una versión”, “otra versión”. O un
poliedro de “versiones” incluso contrapuestas.

En los años 90 del siglo XX, la novela histórica argentina se vuelve


una vedette de las editoriales, que no dan abasto para satisfacer la
demanda de un público cada vez más interesado por la historia
nacional. Aun con sus grandes disparidades estéticas, esta
producción, en línea con las preocupaciones de su presente,
reconoce algunas convergencias generales: revisa los relatos de la
nacionalidad, deconstruye las figuras heroicas masculinas con el fin
de otorgarles intimidad, cuerpos sexuados, envejecidos, vulnerables,
fragilidades morales y pasiones. También reposiciona, como agentes
históricos, las subjetividades femeninas y las identidades de los
pueblos originarios y afroargentinos.

El boom comercial, alimentado por las empresas editoras con todo


tipo de textos, algunos excelentes, muchos olvidables, motivó que
parte de la crítica especializada y la academia vieran estas
producciones solo como mercancía destinada al rápido descarte.
Seguramente la mayor torpeza fue meter todos los libros en la misma
bolsa y hasta considerar este género fundador de nuestra narrativa,
sobresaliente en el boom latinoamericano (Carpentier, Fuentes, Del
Paso, entre otros) como un producto menor, sin estatura literaria, en
vez de apuntar solo a las deficiencias de algunos autores y autoras.

La novela histórica puede ser tan literaria como cualquier otra,


alcanzar profundidades, densidades, hallazgos conceptuales e
imaginarios. Su contrato de género es amplio, con la única
restricción de que actores y acontecimientos deben situarse (siquiera
parcialmente) en un pasado histórico-social reconocible para los
lectores, elegido como objeto de creación y reflexión, y trabajado con
cierta verosimilitud en cuanto a su ambiente y personajes, ya sean
puramente ficticios o con referentes registrados en la historiografía.

Sus elementos didácticos e informativos se subordinan a un proyecto


estético con vocación autónoma. No compite con la historiografía, ni
está sujeta a sus exigencias epistemológicas de verificación, aunque
desde su espesor artístico también funciona, según Ricoeur, como
“modelo metafórico de conocimiento”. Puede asumir una enorme
variedad de modalidades expresivas, que incluyen a veces el quiebre
de la poética realista y la introducción de elementos fantásticos y
maravillosos, la parodia y el pastiche, la distorsión deliberada de los
hechos con omisiones, hipérboles o anacronismos. No es justo
pensarla (sobre todo en Latinoamérica) solo en tanto relectura del
pasado, a la manera arqueológica, porque recorta ese pasado en
función de los intereses, valores, preocupaciones y conflictos
irresueltos en el presente de la escritura. Nos habla de ese presente,
a través de una certera mirada oblicua.

Lejos de desdeñar el amor (gran motor de la Historia, si los hay),


también lo narra, aunque sin encerrarse en los patrones y las
expectativas del género sentimental o romántico de ambiente
histórico. Practica cruces fecundos con géneros como el policial, la
novela de espionaje, de aventuras o gótica, utilizando sus poderes de
seducción sin agotarse en ellos.

A esta altura del siglo XXI, se presentan a la ficción histórica


argentina nuevos desafíos. Una distancia de varias décadas nos
separa ya de traumáticos hechos colectivos, como la última dictadura
militar, o la Guerra de Malvinas. A la literatura testimonial e
imaginativa que escribieron sobre esos acontecimientos los
contemporáneos activos de los hechos, se empieza a sumar en los
últimos años la de generaciones más jóvenes, que no los vivieron
como actores protagonistas. Se abre así una nueva mirada de
escritores y lectores sobre el reciente pasado nacional.

María Rosa Lojo es escritora y crítica literaria.

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