Título: Sempiterno
©2024, Cassandra Acuri
Corrección y maquetación: 2024,
Dennise Rodríguez Ortiz
Diseño de cubierta: 2024, Dara Cabushtak
Primera edición, Enero 2024
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S angre. La nieve estaba teñida de sangre.
Él, un Daiyokai, que no le temía a nada, tenía ante sus
ojos su peor pesadilla; la nieve tan blanca y pura estaba
teñida de sangre, pero no la de su enemigo, sino de aquella
fina y delicada miko que le había dado su corazón.
Su espada logró su cometido; el pobre infeliz yacía
muerto, pero su amada también. Ambos cuerpos cayeron al
suelo, pero el demonio solo se preocupó por aquella mujer
que le había dado su amor.
¿Por qué se atravesó? ¿Acaso estaba protegiendo a
ese...humano?
—Mikazuki, eres una tonta. —La mujer abrió un poco los
ojos y le regaló una tenue sonrisa.
—Toshi, yo no podía permitir que... —Su voz era un
susurro, pero gracias a la excelente audición del demonio
eso no fue un problema y, aunque lo fuera, él hubiera hecho
hasta lo imposible por escucharla—. Yo no podía permitir
que... te mancharas las manos de sangre.
Eso le hizo gracia.
—Soy un yokai, ¿acaso esperabas que dejara de matar
personas? —Quiso burlase de la ingenuidad de la mujer,
pero no podía, no cuando sus latidos comenzaban a
desaparecer.
—Tú no eres... como los demás, Toshihiko. Después de
todo —ella trato de acariciar su rostro—, te has enamorado
de mí.
No pudo soportarlo más, el Daiyokai se aferró a ella
totalmente desesperado.
—Mika, yo... —Aún en esa situación, Toshihiko no era
capaz de expresarse con claridad, pero Mikazuki lo entendía
mejor que cualquiera, mejor él mismo, así que con sus
últimas fuerzas puso una mano en sus labios.
—Toshi, este no es final... tú y yo estamos destinados
por algo más fuerte que nosotros mismos... no sé cuántas
veces tengamos... que sufrir, pero algún día estaremos
juntos, mi amado.
—Te prometo que en esta vida y en otra siempre te
amare, mi hermosa miko.
Mikazuki le otorgó una débil sonrisa antes de dejar caer
su mano cuando su vida dio el último suspiro que quedaba
de ella.
Ese día fue la primera vez que ese poderoso demonio
aulló a la luna, rogando para que lo llevara con su amada al
otro mundo.
Pero eso nunca ocurrió... Ese no era su destino, no en
esa vida ni en la siguiente, pero algún día la vería de nuevo
y no la dejaría ir.
Esa era una promesa.
Un viaje por la carrera siempre era tedioso, en especial
cuando ocurría de manera improvisada; no habían podido
tomar muchas de sus pertenencias en la prisa por escapar
del padre de Henry, pero al fin estaban lejos de ese horrible
lugar y de John, que era lo más importante.
—¿Ya llegamos? —Henry volteó a ver a su madre por un
minuto, ansioso por salir del auto después de algunas horas
de viaje, en las cuales se había mantenido callado.
—Falta poco, pequeño príncipe. —Ella desvió los ojos de
la carrera un momento para ver a su hijo, lo único bueno
que le había dado su ex marido.
—¿Cómo es la casa de los abuelos? —Amelia sintió un
sentimiento de impotencia, Henry nunca había podido
conocer a sus abuelos maternos ni a su tío y eso le había
pesado durante mucho tiempo a la joven mujer, pues el
niño no merecía pagar los errores de su madre.
—Los abuelos viven en un pequeño pueblo rodeado del
bosque; la abuela es abogada y el abuelo fue soldado, ahora
está retirado.
—¿Y el tío Roland? ¿Es parecido a ti? ¿En qué trabaja?
¿Vive con los abuelos? —Amelia río por el entusiasmo de
Henry, feliz de que no hubiera preguntado por John, su
padre. Sabía que el momento de explicarle las cosas estaba
cerca, pero lo resolvería con el tiempo.
Liam vio desde el porche de su casa como pasaban los
niños en bicicleta, en patines o corriendo unos detrás de
otros, eso era Raven Creek en todo su esplendor, pues más
allá del bosque o de la tranquilidad que albergaba el pueblo,
sus niños eran los que le daban vida. No se necesitaba de
grandes centros comerciales, parques temáticos o
multitudes de personas; las personas que vivían ahí solo
querían paz y tranquilidad... Casi todos, al menos.
Era un hecho muy conocido entre los lugareños que a los
adolescentes les aburría y les llegaba a abrumar el lugar,
por lo que, cuando tenían edad suficiente para irse a la
universidad, no lo pensaban dos veces y se marchaban sin
decir adiós. Algunos se quedaban cerca en lugares como
Boston o Nueva York, otros buscaban alejarse lo más
posible; el segundo fue el caso de Liam, quien desde muy
joven deseaba salir del pueblo a como diera lugar, un sueño
que compartía con su mejor amiga, Amelia.
Sin embargo, cuando llegó la hora de partir, cada quien
tomó su propio camino, dando resultado a la ruptura de su
amistad. Ambos fueron orgullosos y testarudos, por lo que
juraron jamás regresar al lugar que los había visto nacer.
Hasta la fecha, Amelia estaba cumpliendo con su
palabra, pero Liam terminó cometiendo estupidez tras
estupidez.
Primero fue a Washington D.C., pues soñaba con ser
agente del FBI para proteger el país, tal y como su tío, que
había fallecido en la guerra. Sus padres no estaban de
acuerdo, pero terminaron apoyándolo con la condición de
que estudiara primero. Al final, después de muchas lágrimas
de sangre, desvelos y proyectos, pudo sacar el título de
abogado y la seguridad que necesitaba para seguir con sus
planes. Tampoco fue fácil entrar a la agencia, pero Liam era
perseverante y pudo conseguir lo que deseaba: ser un
agente especial en la Unidad de Análisis de Conducta en
Virginia.
Todo iba bien en su vida; trató de hablar con frecuencia
a la casa familiar, tenía un buen sueldo, sus compañeros
eran simpáticos, parecía tener la vida resuelta hasta que
llegó ella. Una mujer hermosa de largo cabello negro y
cuerpo de amazona que se les había unido en un caso en el
que se trabajó junto con la INTERPOL. Liam no tenía claro
cuál era la nacionalidad de la mujer, pero le atrajo desde el
primer momento en que hablo con ella. Aparte de hermosa,
era elocuente y chistosa, casi le recordaba a su mejor
amiga. Y fue así que sin quererlo terminó en las redes de
Amanda White.
No era Amelia y de eso Liam se dio cuenta muy tarde,
cuando Amanda ya se había dado cuenta de que su corazón
nunca le pertenecería. Trató con todas sus fuerzas
enamorarse, pero no pudo. Amanda era paciente, pero al
final la sombra de una persona pudo más. Tan solo en el
nombre de su hija estaba implícito el recuerdo y eso la
devastó.
Fue un día como otro cuando ocurrió; no hubo drama, no
hubo llanto, solo... Se fue. Como si jamás hubiera existido
para Liam y Lucia. Era lo mejor para todos o al menos para
ella.
Liam no sufrió como creyó que sufriría, pues tenía claro
que Amanda estaba de paso en su vida, al menos mientras
Amelia siguiera en su mente como un tatuaje grabado en
todo el cuerpo, y poco le importaba, ya se había resignado,
pero Lucia no tenía la culpa.
Eso los llevó a su situación actual: de regreso en Raven
Creek con el rabo entre las patas, ayudando a la señora
Dagger en sus casos para tener sustento y rezando para
volver al FBI, no quedaba más. Aparte de cuidar de su hija
como el padre devoto que pensaba que era.
—Por favor, Lu, sé buena niña. —La meció en un intento
por calmarla, pero nada parecía funcionar. No estaba sucia,
tampoco tenía hambre o fiebre, a veces solo pensaba que lo
odiaba y por eso no paraba de llorar. Sus padres decían que
no era el caso, pero ¿De quién era hija? Él la conocía tan
bien como a sí mismo.
Aunque si las cosas seguían así, se plantearía ir a buscar
a su madre al consultorio solo para que Lucia dejara de
llorar.
Amelia suspiró de alivio al ver el letrero de bienvenida de la
ciudad, ya casi estaban ahí. Volteó un momento a los
asientos de atrás y sonrió al ver a su hijo dormido, las
emociones del viaje lo habían agotado. Ella también estaba
cansada, pero no quería parar hasta llegar a la casa de sus
padres, donde sabía que estaría segura. A veces, cuando
daba un vistazo a su vida, se sentía tonta por haber dejado
a la persona que más amaba a cambio de una vida opuesta
a lo que deseaba.
Ya había acostado a Henry, después de cenar un poco de
lasaña y en ese momento se disponía a limpiar la cocina,
pero el sonido de la puerta indicaba que los planes serían
otros. Limpió sus manos lo mejor que pudo y salió de ahí
con una falsa sonrisa.
—Bienvenido a casa —saludó a su esposo, pero este
apenas y le dedicó una mirada, simplemente se sentó en la
mesa en silencio hasta que pasaron aproximadamente unos
tres minutos.
—¿Eres ciega? Ve por mi comida —gruñó. Amelia no
replicó y comenzó a moverse con rapidez para calentar la
comida—. ¡No quiero esa porquería recalentada! Haz otra
cosa.
Le ordenó.
—Pero... —La réplica murió con un quejido, su esposo le
había jalado el pelo casi como si quisiera arrancarlo.
—Me parece que no entendiste. —Apretó su agarre—.
Quiero una comida recién hecha y nada de esa porquería
que le das al niño.
La soltó con un empujón tan fuerte que Amelia terminó
en el piso.
—¡Para hoy!
Ella se incorporó con dificultad, pues sus moretones
anteriores no se habían quitado del todo y la caída se lo
había recordado. John no hizo nada por ayudarla, en
cambio, se giró a revisar la correspondencia, pues solo él
tenía ese derecho. Amelia a veces revisaba antes de que
llegara a casa, pero ese día no lo había hecho, por lo cual no
noto que había una nota del preescolar de su hijo.
John desdobló la nota con aburrimiento hasta que
comenzó a leer y su ira alcanzó niveles insospechados.
—¡Amelia! —Ni siquiera le importó que ella estuviera
cocinando, la tomó de los cabellos y la arrastró hacia la
habitación, donde solo se escuchaban las súplicas de la
mujer y el cuero chocar contra piel.
Oh, cómo hubiera deseado la joven revisar la
correspondencia.
De vuelta al presente, lejos de John, Amelia sintió los
ojos húmedos y un escalofrío en su cuerpo al recordar una
de las tantas palizas que le había propinado su esposo por
un inocente comentario de una maestra sobre Henry que no
había sido malo, pero que para John fue una ofensa tan
grande que su espalda quedó marcada de por vida y fue
cuando se dio cuenta de que ni su hijo ni ella estaban a
salvo con John.
Estaba tan absorta en sus recuerdos que no se dio
cuenta de que estaba justo afuera de la casa de sus padres.
Una casa color blanca, de dos pisos, un porche donde
aún estaba el balancín donde pasaba horas sentada
leyendo, disfrutando del buen clima. El jardín, como
siempre, estaba muy bien cuidado, una que otra flor nueva
desde que se fue, pero el pasto estaba recortado y tenía un
saludable tono verde. Todo le traía hermosos recuerdos de
su infancia y adolescencia, de su hermano y de su mejor
amigo, Liam.
¿Estará aquí? Pensó ella, mordiéndose el labio. Las cosas
no habían terminado bien entre ellos, pero Liam siempre
estaba presente en sus pensamientos.
Y, como si lo hubiera invocado, caminando con un
portabebés, Liam Jones volvió a aparecer en su caótica vida.
A melia lo observó, pero se vio obligada a apartar la mirada,
se sentía sumamente avergonzada. De la mujer que Liam
había conocido ya no quedaba nada.
Por suerte, él parecía ocupado así que no vio a la chica
arriba del auto ni al niño. Amelia casi dejó escapar un grito
de alivio. Eventualmente, se iban a cruzar, pero ella prefería
posponerlo lo más posible. Aunque si fuera por ella, nunca
se volvería a cruzar con él...
—¿Mami? —Henry la trajo de vuelta a la realidad, el
pequeño se tallaba los ojos—. ¿Ya llegamos?
Al ver a su príncipe, Amelia se olvidó de Liam, bueno no,
pero al menos lo desterró de su mente lo suficiente para
enfocarse en Henry.
—Sí. —Salió del asiento del conductor para abrirle a su
hijo—. Bienvenido a Raven Creek.
Sonrió un poco nerviosa, viendo a Liam, ahora se
cuestionaba si regresar al pueblo era lo correcto.
—¿Esta es la casa de los abuelos? ¡Es enorme! —Henry
veía su entorno con una expresión maravillada que casi
hace llorar a su madre. El parecido con su tío Roland era
muy evidente y eso le encantaba a la mujer, pues, aun con
todo lo que le había tocado presenciar, Henry todavía
conservaba esa alegría e ilusión propia de un niño de su
edad.
—¿Mía? —La voz de una mujer claramente emocionada
sacó a Amelia de sus pensamientos, era una voz conocida,
se resistió a voltear, sin embargo, sus padres le habían
enseñado modales y sería un mal ejemplo para su hijo si
fuera descortés, de modo que se vio obligada a saludar.
—Hola. —La joven en cuestión tenía el cabello castaño
claro, era menuda y poseía unos brillantes ojos azules que
ya había visto anteriormente— Has crecido, Katie.
—¡Sí eres tú! —Katie, la hermana de Liam, abrazó a
Amelia con mucha fuerza, causando una risa en Henry,
llamando la atención de la chica más joven—. ¿Y este
principito quién es?
—Es Henry, mi hijo. —Katie abrió su boca en una
perfecta O, la cerró y soltó un chillido que, Amelia estaba
segura, se escuchó hasta el siguiente pueblo, la influencia
de Roland se notaba a kilómetros.
—¡Es precioso! —Sin pedir permiso, apretó las mejillas
de Henry, quien volteó a ver a su madre suplicante, pero
ella negó con la cabeza—. Se parece un montón a ti, tiene
los hoyuelos Dagger.
La joven suspiró, enamorada.
—Es la novia de tu tío Roland —explica Amelia al ver el
rostro confundido de su hijo—. O al menos lo estaban
intentando cuando me fui.
Katie se sonrojó.
—Sí, seguimos juntos, seis años ya. —Ríe con las mejillas
rojas, una reacción común en ella cuando hablaban de
Roland.
—Suenan campanas de boda —canturreó Amelia,
poniendo más roja a Katie, quien dejó a Henry en paz.
—¡No! Digo, es muy pronto y… —balbuceó nerviosa,
para luego exclamar—: ¡Mira la hora! Prometí hacer la cena
hoy, tengo que ir a comprar las cosas y... ¡Adiós!
Se fue corriendo mientras movía la mano en señal de
despedida.
—¡Fue un placer conocerte Henry! ¡Y a ti volverte a ver,
Mía!
A pesar de la forma atolondrada de irse, Henry tuvo una
buena impresión de Katie, le parecía una joven muy
divertida y se preguntó si su tío sería igual o sería serio
como su madre.
Amelia, ajena a los pensamientos de su hijo, suspiró, el
encuentro con su pasado parecía ir bien... de momento,
ahora solo faltaba entrar a la casa.
—Vamos, cariño, está comenzando a helar aquí. —
Amelia aseguró el auto antes de tomar a su hijo de la mano
y comenzar a caminar por el sendero de piedra hasta el
porche. Con cada pisada, su respiración se hacía más
irregular, sentía que todo su pasado le golpeaba en toda la
cara.
La última vez que vio a sus padres había sido un
desastre; lágrimas, gritos, maldiciones, todo por defender al
tipo que tiempo después le hizo la vida un infierno.
—Mami. —Henry sentía que algo no iba bien y le apretó
más fuerte la mano a su mamá, en señal de apoyo.
—Todo está bien, príncipe. —Amelia le devolvió el
apretón y con más seguridad siguieron caminando hasta
tocar el timbre.
El tiempo parecía eterno, tanto que Amelia llegó a
pensar que no estaba nadie en casa o que sabían que era
ella y no le querían abrir, ambas hipótesis fueron
desechadas al escuchar el ruido familiar de unos tacones.
—¿Sí? —Amelia se quedó callada, no porque se hubiera
quedado sin palabras, sino que no sabía cómo decirlas en
presencia de la mujer que le había dado la vida.
Por su parte, la señora Dagger solo se le quedaba
viendo, como si fuera un fantasma; uno con la apariencia de
su hija, a quien no veía desde hace mucho tiempo.
Henry volteaba de un lado a otro, viendo las similitudes
entre su madre y la mujer frente a ellos; las dos poseían
cabello oscuro y ondulado, los mismos ojos cafés y ese
porte sofisticado. No sabía qué decir, de modo que el
pequeño de seis años decidió presentarse como le estaban
enseñando en la escuela.
—¡Hola! Me llamo Henry y tengo seis años. —Estiró su
pequeña mano hacia su abuela. Amelia se mordió el labio,
mientras que Rebecca Mills luchaba por no soltar lágrimas.
—Le has llamado como tu abuelo. —Fue lo único que
pudo decir Rebecca entre todas las emociones que sentía.
Su hija, su primogénita, había regresado, y lo hacía con
un pequeño que se parecía tanto a Roland... ¡Y que tenía el
nombre de su padre!
—Sí... —respondió Amelia con timidez.
—Hola, Henry —respondió su abuela—. Yo soy tu nana
Becca —dijo entre lágrimas y después titubeó—. ¿Me darías
un abrazo?
No terminó de preguntar cuando el pequeño ya se había
lanzado a sus brazos. Amelia luchaba por no unirse, pero
miraba la escena con los ojos empañados. ¿De verdad había
sido tan tonta como para creer que sus padres iban a odiar
a su príncipe? Aun cuando el padre de Henry no era de su
agrado.
—¿Mamá? —Confundido por ver a su madre arrodillada,
Roland salió de la casa— ¿Qué...?
La pregunta murió en sus labios al ver a Amelia parada a
unos escasos metros.
—¡Hermana! —Tal y como había hecho Henry hace unos
momentos con Rebecca, Roland salto a abrazar a su querida
hermana, sin importarle nada—. ¡Estás en casa!
Amelia al principio no pudo reaccionar, pues hacía
mucho que no recibía un abrazo tan cálido y sincero, pero,
una vez que superó la sorpresa inicial, se aferró a Roland
como si de ello dependiera su vida.
—He vuelto, hermanito.
—O h, tanta emoción que todavía seguimos aquí. —
Rebecca se sintió avergonzada por su falta de cortesía
—. Vamos pasen.
Se quitó de la puerta para que Amelia y Henry pudieran
entrar.
—Roland, ve con los Jones y trae a tu padre, me parece
que estaba ayudando a Keith con algo.
Ante la mención de la familia Jones, Amelia se tensó, ya
que tenía la esperanza de que la señora Emilie y su madre
no fueran tan amigas como antes. Pero, el comentario de su
madre, le dejaba claro que el tiempo no les había afectado
para nada, al contrario de Liam y ella.
—¡Ah sí! Kath me dijo que Liam está regresando desde
Boston. —Roland rascó su cuello en incomodidad—. No me
tardo.
Sin decir más, fue corriendo a la casa de al lado.
—No sabía que Liam vivía en Boston —comentó Amelia.
—Bueno, es una historia complicada, cariño. —Rebecca
sonrió—. Pero supongo que es tema para otro día, ahora
vamos con mi nieto, estoy segura de que es fan del
chocolate con canela como tú.
Sin dar mucho pie a replicas, Rebecca condujo a su hija
dentro de casa.
Pero Amelia se quedó todavía pensando en Liam y lo
que sabía hasta ahora de él. ¿Qué estaba pasando en su
vida como para regresar al pueblo y aparte con una hija a
cuestas?
Ni bien puso un pie en el césped de sus vecinos, Roland
escuchó los desgarradores llantos de la sobrina de Katie,
Amelia Lucia. Tratando de ignorar un poco su incomodidad,
Roland siguió caminando hasta llegar a la puerta trasera de
la familia Jones, ahí se encontró con Liam, fumando.
—¿Mucho estrés? —Liam se sobresaltó al escuchar la voz
de Roland, haciendo que apagara el cigarro más rápido de
lo que lo había prendido.
—Ni una palabra a Katie —advirtió Liam—. Les dije que
saldría a tomar aire, no a fumar.
—Pensé que ya no fumabas —admitió Roland—. Por tu
hija.
—Casi no lo hago, pero todo esto... es demasiado para
mí —explicó Liam con pesar—. Adoro a Lucia, pero..
Se mordió el labio para no decir algo indebido, aun así,
Roland supo a qué se refería.
—Extrañas tu trabajo como agente especial en el FBI.
—¿Tan mal padre sería si digo que sí? Adoro a mi hija,
pero también amaba mi trabajo.
—Supongo que no te hace mal padre. —Roland se
encogió de hombros—. Pero yo no tengo hijos así que no sé
qué sería lo correcto, quizá mi hermana...
Liam lo interrumpió.
—¿Mía? ¿Mía regresó? —Roland vio su cambio de
expresión y dudó en decirle la verdad, aunque finalmente
decidió que no haría daño, Amelia estaba aquí y más
temprano que tarde se iban a encontrar.
—Llegó hace rato.
—¿Y porque dices que quizá ella pueda entenderme? No
lo veo claro. —El hermano de Amelia se mordió el labio.
¿Liam de verdad no sabía nada sobre su hermana?
Suspirando, decidió ir a por todas.
—Mía tiene un hijo. —Liam movió sus cejas confundido
—. Uff ¡Liam! Te estoy diciendo que tengo un sobrino y que
aparte de eso, Amelia es tu mejor amiga desde bebé, si
alguien puede entender tus sentimientos es ella.
—Era —puntualizó el otro chico.
—Una amistad de casi treinta años no desaparece,
aunque hayan tomado caminos diferentes. —Liam desvió la
mirada para que su cuñado no pudiera leer sus
sentimientos, pues, si en algo era especialista la familia
Dagger, era en leer miradas. Por fortuna su hermana menor
hizo una entrada triunfal al interrumpirlos.
—¡Liam! —Traía en brazos a su sobrina, que ya no
lloraba, pero seguía teniendo la cara roja por el esfuerzo—.
Dijiste que sería un momento y ya llevas una hora aquí y...
Miró a Roland.
—¿Ro? ¿Qué haces aquí?
Él se acercó a darle un beso a su novia, pero Lucia
pataleó para que no se acercara, lo que los hizo reír a los
tres.
—Toda una celosa, como su tía. —Roland se rió al ver el
puchero de su dama—. Aunque me encante venir a ver a mi
chica favorita, esta vez mi mamá me ha pedido que lleve la
presencia de papá a casa y…
Katie interrumpió, emocionada.
—¡¿Es por Mía?! —No dio tiempo a que Roland conteste
y siguió parloteando—. La he visto cuando venía para acá.
¡Tu sobrino se parece mucho a ti! Se nota que saco los
genes Dagger y...
Liam también se atrevió a interrumpir, pero molesto.
—¿No ibas a decirme nada? ¡Me acabo de enterar por tu
novio!
—No te dije por dos razones: la primera porque ni bien
abrí la puerta me diste a Lucia inconsolable, y la segunda
fue porque, si no mal recuerdo, cuando ella se fue, le juraste
tu odio incondicional por ser una idiota que se creyó todas
las cosas que le decía un tipo que había conocido hacía tres
días, fueron tus palabras no las mías.
—¿Pero no hizo Liam lo mismo con la mamá de Lu? —
preguntó Roland, confundido—. No duró ni dos semanas
conociéndola y ya se habían casado.
—Gracias por defender mi punto Roland, ahí lo tienes
Liam, ambos son unos idiotas —sentenció Katie.
—¿De qué lado se supone que estás? ¡Amelia vino con
su esposo y su hijo a restregarme en la cara la familia feliz
que tiene! Mientras yo me parto en cuatro para poder hacer
feliz a mi hija.
Roland y Katie se ven por unos instantes, antes de que
el chico decida romper el silencio.
—Liam... —El susodicho lo miró con ojos como si los
suyos fueran dagas.
—¿Qué es lo que quieres, Dagger? ¿Presumir...? —Liam
fue interrumpido.
—Mi hermana vino solo con su hijo.
—¿Ah? —Liam ya no entendía nada.
—No sé qué pasó con su esposo, pero Mía llegó solo con
Henry y no me parece que vengan solo de visita social.
—¿Por qué lo dices, Ro? —preguntó Katie, curiosa, ella
también había notado algo raro.
—Su mirada es... la de una mujer rota, es como si le
hubieran quitado todas sus ilusiones. Mi hermana no era así
—explicó con dificultad el chico—. Lo que más me temo, es
que esa sea la razón de su regreso.
—Explícate, crío —dijo Liam, fastidiado.
—No estoy muy seguro, pero investigaré. —Roland paró
un momento y luego prosiguió—. Por ahora no comenten
nada.
—¿Y entonces qué hago? —preguntó Liam, más que
estresado.
—Lo mismo de siempre, Liam.
—¿Y eso es...?
Roland sonrió con ironía.
—Fingir que lo que te dolió fue perder a tu mejor amiga
y no a la mujer que fue tu gran amor.
A nte la declaración de Roland, Liam se quedó callado.
¿Tenía caso negarlo a las otras dos personas que lo vieron
sufrir por ello? No.
—Ro... —Katie se mordió los labios, sabía que ambos
eran conscientes del gran amor que tenía, o tuvo, su
hermano por Amelia, pero ¿aventarlo así a su cara estaba
bien? El ambiente de había vuelto tan pesado que decidió
cambiar de tema— ¿Ocupabas algo?
Sonó algo tajante, pero Roland pudo entender la
situación, así que dejando de lado a Liam, se centró en
Katie.
—¡Cierto! Mi mamá me mando por papá, pero no lo veo
por aquí. —Katie se dio una palmada en la frente.
—¡Que tonta! Me puse a hablar de Mía y ya no te dije
que el tío Ambrose fue con papá a ver a los caballos, parece
que quieren ampliar la zona para unos Mustangs que van a
llegar pronto.
Roland dio un suspiro, al final solo se había peleado por
nada con Liam y su padre ni estaba ahí.
—Bueno, será mejor que me vaya antes de que manden
a la policía por mí —bromeó Roland, apelando a lo
exagerada que había sido su madre durante su infancia y la
de su hermana.
—Dios sabe que no quiero tener que lidiar con una
Rebecca Dagger furiosa, aun cuando sea mi suegra. —Rió
Katie—. ¿Te veo al rato, love?
—Con tu sexy acento, siempre, my lady. —Hizo una
reverencia.
—¿Podrían dejar sus coqueteos del siglo pasado lejos de
mi hija? Gracias. —Liam puso los ojos en blanco—. Se ven
patéticos.
Roland se rió y, después de darle un beso a su novia,
salió por la puerta, no sin antes decir:
—¡Amelia y tú eran igual, pirata!
—¡Roland!
Ver a su madre con Henry era uno de los mejores regalos
que podía pedir Amelia; ver a su hijo sonreír con tanta
pureza mientras le contaba a su abuela su vida en Nueva
York.
—¡Y mamá siempre me llevaba al parque después de la
escuela! —Seguía hablando el pequeño, solo de su madre,
captando la atención de Rebecca.
—¿Y qué me dices de tu papá? —preguntó
amablemente, queriendo saber qué clase de padre era el
hombre con el que se había ido su hija.
Puede que como pareja para mi hija no fuera lo mejor,
pero quizá... pensó ella, mordiéndose un poco los labios en
espera de la respuesta de su nieto.
Henry, por su parte, se quedó sin saber qué decir y
miraba a su mamá en busca de una respuesta; Amelia sabía
mejor que nadie que la figura paterna de John hacia su hijo
era inexistente, solo preocupándose por las aparecías, pero,
de puertas para adentro, Henry no era nadie para John.
—Mamá, lo que pasa es que... —Amelia no quería
admitir su fracaso, pero tampoco quería enseñarle a su
príncipe que la mentira estaba bien.
—¡Llegué! —Justo cuando Amelia se disponía a explicar
la situación, Roland hizo acto de presencia con una jovial
sonrisa, Rebecca miró para los lados y frunció el ceño al no
ver a Ambrose.
—¿Y tu padre? —preguntó Rebecca.
Roland rió de forma nerviosa.
—Es una historia curiosa, lo que pasa es que... —Agarró
aire—, papá fue con el señor Jones para ver una posible
expansión en las caballerizas.
Antes de que Rebecca pudiera decir algo, Henry salto
todo emocionado hacia su tío.
—¡¿Hay caballos aquí, tío Ro?! —Roland se sorprendió
por el apodo, pues así lo llamaba su hermana de pequeños,
y después sonrió.
—No exactamente aquí —Se rió mientras le acariciaba la
cabeza—. Pero los Jones tienen un criadero de caballos a las
afueras.
Los ojos de Henry brillaron.
—¿Podemos ir a ver? ¿Por favor? ¿Por favor? —Suplicó,
viendo primero a Rebecca y luego a Roland. Ambos
voltearon hacia Amelia.
—Henry, cariño... —Comenzó su madre, pero él se le
acercó.
—Por favor mami, quiero ver a los caballos.
Amelia suspiró.
—Está bien. —Henry dejó su lado y fue con su tío para
celebrar que le habían dado permiso—. Pero solo un rato en
lo que tu tío va por el abuelo Ambrose.
Ambos pararon sus saltos para ver a Amelia, hasta
Rebecca se le quedó viendo.
—¿No irás, cariño? —preguntó su madre, después de un
momento de silencio.
—No mamá, pero Henry está muy emocionado, así que,
si Ro promete cuidarlo bien...
—¡Eso ni se pregunta hermana! —La interrumpió Roland,
entusiasmado— ¿Que dices pequeño, padawan? ¿Listo para
la aventura?
El niño sonrió, pero después hizo una mueca de
confusión.
—¿Tío Ro? —preguntó con inquietud—. ¿Qué es un
pawadan?
El susodicho abrió la boca con horror.
—¡Sacrebleu! —Se volteó hacia su hermana— ¡Me siento
traicionado!
Lloró de forma imaginaria, pero Henry pensó que era de
verdad y se terminó asustado.
—¡Tío Ro! —El niño comenzó a llorar haciendo que
Amelia le pegara a su hermano y que Rebecca le diera una
mala mirada.
—Cariño, el tío Ro está bromeando —Rebecca lo abrazó
para calmarlo—. No le hagas caso.
—¿No está enojado? —preguntó Henry, aun sollozando
—. Mi mamá no tiene la culpa que no sepa que es un
pawadan. —Se dirigió a su tío—. Prometo que aprenderé,
pero no le hagas nada a mi mamá.
Roland y Rebecca se quedaron de una pieza, Amelia
quiso ponerse a llorar de pura rabia, sabía que esa reacción
era lo único que había dejado John en su hijo.
—Roland, ¿por qué no van por tu padre? —habló
Rebecca, después de un tenso silencio—. ¿Quieres ir con tu
tío, Henry? —le preguntó.
El niño asintió y tomó la mano de su tío para ir al auto,
dejando a Rebecca y Amelia solas, ni bien escucharon el
auto salir de la cochera, Rebecca se volteó a ver a su hija.
—Ahora sí, quiero la verdad.
—¿Cuál verdad? —Amelia se hizo la desentendida.
—La verdad detrás de esa reacción de Henry.
R ebecca esperaba de forma paciente a que su hija
comenzara a hablar, sin embargo, para Amelia, el
reconocer todo lo que ella y su hijo habían tenido que pasar
era humillante y doloroso, aún si sólo fuera su progenitora
quien la escuchara.
—Mía... —Comenzó su madre, pero fue interrumpida por
la misma.
—Fui una estúpida ¿sí? ¿Eso es lo que querías escuchar?
¿Qué confíe en un hombre al que nunca terminé de conocer
realmente y que hice sufrir a mi hijo? —Amelia terminó
derrumbándose en llanto al soltar las palabras que tanto le
costaba pronunciar—. ¿Que abandoné a mi familia y al
hombre que amaba por idiota? ¿Que si hubiera sido menos
cobarde, Henry hubiera tenido un padre amoroso y digno de
su cariño? Claro que siempre pienso en eso mamá, todos los
malditos días desde que nació Henry.
Rebecca trato de procesar todas las palabras de su hija,
así como de absorber todo el dolor que no pudo evitarle ni a
ella ni a su nieto.
—¿Por qué no nos hablaste? —habló Rebecca con la voz
suave, agachándose a donde su hija estaba sentada en el
suelo—. Tu padre…
Amelia la interrumpió.
—¡Porque no quería su lastima ni compasión! —Explotó
la joven mujer—. Me sentía humillada, asqueada con lo que
llegué a ser. Después de toda la educación que me dieron y
yo...
Rebecca la abrazó.
—Amelia, haya pasado lo que haya pasado, tú sigues
siendo esa mujer maravillosa que tu padre y yo educamos.
—Le limpió las lágrimas—. Nadie está exento de cometer
errores, cariño. Eras una jovencita deslumbrada por un tipo
que te prometió una vida distinta a la que tenías, en la gran
ciudad.
Amelia se rió de forma irónica.
—Una gran vida sí… una gran vida donde yo solo era su
sirvienta, su trofeo y su saco de boxeo. —Rebecca la miró,
horrorizada.
—¿Te ha golpeado? ¿A Henry también? —Amelia desvió
la mirada, dándole la confirmación que necesitaba—. Yo...
yo pensé que solo eras infeliz, pero esto...
Rebecca no sabía que decir o pensar, solo se imaginaba
a su hija y a Henry lastimados y las lágrimas de rabia e
impotencia se acumulaban en sus ojos.
—Tienes que denunciarlo —formuló con determinación,
haciendo que Amelia la viera como si estuviera loca.
—No, mamá, si pongo una denuncia, John sabrá dónde
estamos y...
—¡Pues que se atreva a venir! Tu padre y Roland lo
dejarán como queso gruyere en cuando ponga un pie en la
ciudad y qué decir de Keith, que te quiere como a una hija
más.
Rebecca no quiso decirlo, pero ella estaba segura que
también Liam le daría una lección a ese tipo si se paraba en
la ciudad, pero su hija no necesitaba saberlo. Calmándose
un poco, tomó las manos de su hija mayor.
—Ya no estás sola, cariño. Si ese tal John quiere quitarte
a Henry o amenazarte, va a saber quiénes son los Dagger.
Amelia, un poco más tranquila, rió.
—Él no quiso registrar a Henry, así que solo tiene mi
apellido: Henry Ambrose Dagger.
Rebecca sonrió ante la respuesta de su hija.
—No sabía que le habías puesto el nombre de tu padre
también, eso lo pondrá muy feliz. —Amelia le regresó la
sonrisa.
—Lo único que deseo es que quiera a Henry tanto como
lo has empezado a querer tú.
—Es un pedazo de ti, hija, es imposible que no lo
amemos.
Criadero de caballos de los Jones.
Ambrose estaba midiendo el lugar donde se pondría el
nuevo establo, cuando diviso el auto de su esposa.
—¿Debería esconderme de la ira de Rebecca por no
avisar que vendríamos? —preguntó Keith cuando el auto
estaba casi en la entrada.
Ambrose no alcanzó a responder ya que el auto se
estacionó y, para alivio de Keith, no era Rebecca sino Roland
junto con un niño.
—¡Hola! —saludó Roland cuando estuvo cerca, con
Henry detrás de él—. Venimos por mi papá y a ver caballos.
Sonrió.
—¿Tú madre ya lo reclama? —se burló Keith, pero luego
vio al niño más de cerca y advirtió los genes Dagger en él—.
¿Quién es tu amiguito?
Se agachó hasta quedar a la altura de Henry y le tendió
la mano.
—Me llamo Keith Jones, ¿cuál es tu nombre, vaquero?
Por razones desconocidas para Roland, Henry no fue
efusivo con Keith, sino que se hizo más para atrás, casi
como evitándolo.
—Se llama Henry y es mi sobrino —lo presentó Roland
finalmente.
—¡¿Sobrino?! —Gritaron los otros dos hombres, aunque
Ambrose se había puesto pálido, el grito asustó más a
Henry.
—Les recomiendo que dejen de asustar al pequeño,
porque mi mamá no estará muy contenta si asustan a su
príncipe.
Ambrose no decía nada, estaba como en trance, su
cabeza no podía hilar las palabras “sobrino” y “príncipe” con
Roland y Rebecca. Después de lo que pareció una eternidad,
al fin respondió.
—¿Tú hermana está aquí? ¿Tuvo un hijo? ¡¿Tengo un
nieto?! —El pobre Ambrose estaba en un colapso nervioso,
tanto que Keith tuvo que intervenir.
—Roland, ¿por qué no llevas al pequeño a ver los
potrillos? Acaban de nacer hace poco. —Por suerte para
Keith, su yerno entendió la indirecta y se llevó a Henry de
ahí. Una vez que ambos se adentraron, Jones se apresuró a
volver en sí a su amigo con un golpe.
—¿Qué? ¿Qué? —exclamó todo perdido Ambrose—. ¡¿Por
qué demonios me pegas, Hook?!
Hizo alusión a su mano faltante.
—No me digas así —dijo, mosqueado— ¡Te quedaste en
shock! Asustaste al pequeño con tu arrebato.
—¿Asustar? ¡Si el que iba a tener un infarto era yo! ¿Un
nieto? —Ambrose estaba todavía sin poderlo creerlo—. Y no
es un recién nacido ¡es un niño de seis años!
—Sí, Ambrose, eso ya nos quedó claro, ahora iremos a
donde están los chicos y te presentarás de forma adecuada.
—Lo instruyó, como a un niño pequeño, causando una
mueca de disgusto en el hombre.
—¿Y por qué debo de hacerte caso?
—Primera, porque si el pequeño o Roland le dicen a
Rebecca y a Amelia tu reacción, vas a dormir con el perro y
en segundo, ¡es tú primer nieto!
—Un nieto que yo esperaba compartir contigo, no con
unos desconocidos —puntualizó Dagger, tanto que Keith
suspiró.
—Lo sé, yo también lo esperaba, pero las cosas son
como son, tú tienes a Henry y yo a Lucia. Quizá no tienen
los padres que hubiéramos querido, pero los niños no tienen
la culpa y siguen siendo parte de nuestros muchachos.
Ambrose se cruzó de brazos.
—Está bien, tienes razón, solo espero que el padre… —
Hizo una mueca de disgusto. Lo demás le salió con gran
sarcasmo—, esté en la ciudad, nunca me cayó bien, pero
qué se hará.
—Ni a ti ni a nadie nos cayó bien, pero es el esposo de
tu hija, así que... —Keith no termino la frase, pero Ambrose
lo entendió.
Si quería que hubiera paz, tenía que tragarse su orgullo
y aceptar al padre de Henry.
Lo que él no sabía, era que no iba a hacer falta.
D espués de la tensa reunión, Henry había permanecido
muy callado, aun cuando Roland trataba de sacarle
plática sobre lo bonitos que eran los potrillos y que
convencieran a su madre de adoptar uno, pero ni eso
parecía emocionar al pequeño.
Tengo que pensar en algo. Roland estaba desesperado
por cambiar el estado de ánimo de su sobrino o su madre y
hermana lo iban a matar. Pero los potrillos no funcionaron y
¿qué otra cosa en ese lugar podría ser más adorable que un
potrillo recién nacido?
Pensó y pensó un rato hasta que se le ocurrió una
brillante idea.
—¿Quieres conocer al caballo de tu mamá? —preguntó
de pronto Roland, en un vano intento de causar alguna
reacción, y lo consiguió.
—¿Mi mamá tiene un caballo? —preguntó el pequeño,
asombrado— ¿Mi mamá sabe montar a caballo?
Ahora Roland era el incrédulo.
—¡Por supuesto! Tú mamá es toda una amazona.
—¿Tú también, tío Ro? —Roland empezó a balbucear
tratando de dar una respuesta coherente, pero mejor
decidió cambiar de tema.
—Eso no importa, vamos a ver a Storm.
Salieron como dos fugitivos en búsqueda y captura para
llegar a los establos donde estaban los caballos con dueño a
los que Keith Jones cobraba una módica cuota por cuidar y
adiestrar a dichos caballos; en su mayoría eran Pura sangre,
Morgan y Quarter Horse, pero entre todos ellos destacaba
uno: un Mustang negro que estaba un poco inquieto; odiaba
estar encerrado. Al ser el único ejemplar, Keith tenía un
estricto horario para sacarlo y eso era por la mañana muy
temprano.
Roland notó la inquietud de Storm, pero, como siempre
había sido así, no le tomo mucha importancia, después de
todo no era como si fueran a montarlo.
—¿Cuál es el de mi mamá? —preguntó Henry, mirando
para todos lados, como tratando de adivinar qué tipo de
caballo sería propiedad de su mamá, sin darse cuenta que
Roland lo guiaba disimuladamente hasta el Mustang.
—Muchacho, te presento a Storm Dagger, miembro
honorario de la familia —dijo con orgullo y después se
dirigió al caballo—. Storm, te presento a Henry, el hijo de
Amelia.
El caballo hizo algunos sonidos.
—¿Eso significa que le caigo bien? —preguntó antes de
acercarse con entusiasmo a acariciarlo, pero Roland lo
detuvo.
—Eso significa que… —Se rascó la nariz— Sinceramente
no tengo ni idea, Henry, pero no hay que arriesgarnos ni a ti
ni a mi pellejo si algo te pasa.
Susurró lo último.
Henry parecía un poco disconforme, pero, por suerte
para Roland, Ambrose y Keith aparecieron por la puerta,
dejando al niño en un mutismo selectivo.
—¡Roland! ¿Qué hacen aquí? —inquirió Keith, un poco
molesto—. Aquí no están los potrillos, de hecho esto no es
un lugar de exhibición.
El chico se iba a defender, pero, sorprendentemente,
Henry decidió hablar.
—El tío Ro quería que viera el caballo de mi mamá. —Se
movió con cuidado hasta quedar frente a Ambrose y Keith—.
Lo siento, por favor no regañe a mi tío Roland, señor Keith.
Ambos hombres suavizaron el semblante.
—Lo siento pequeño. —Keith le revolvió el pelo—. Sé que
las intenciones de Roland fueron buenas, pero Storm es un
caballo impredecible, al igual que muchos de aquí, por eso
los tengo alejados de los demás.
—Pensé que era porque tenían dueño —expresó Roland,
confundido.
—En parte, pero, en el caso de Storm, lo tengo aquí para
que no lastime a nadie. —Keith dio un suspiro—. Cada día es
más difícil de controlar, pero por Ambrose y Rebecca,
seguiré intentando hacer que se adapte lo mejor posible.
Ambrose hizo un gesto de agradecimiento, pues más
que Rebecca, fue él quien quería conservar el caballo por el
que tanto había llorado su hija de joven.
—¡Por favor, señor Jones! —Suplicaba una Amelia de
dieciséis años—. Está lastimado y temo que le pase algo con
ese lobo suelto en el bosque, le pagaré, por favor deje que
se quede.
Se inclinaba, casi suplicando, bajo la mirada incrédula de
su amigo Liam y de sus padres.
—Amelia... —Rebecca puso una mano en su hombro—.
¿Entiendes que es mustang? A esos caballos no les gusta
estar encerrados, le causaremos problemas a Keith si se
queda.
—¡Vendré a cuidarlo! —exclamó, decidida—. Lo sacaré a
cabalgar para que no esté estresado y...
Rebecca la volvió a interrumpir.
—Amelia, esos caballos son peligrosos, tu intención es
buena, pero no voy a permitir que te subas a ese animal. —
Después se volvió hacia Keith—. Lo siento, Jones, te hemos
molestado en vano.
Keith le restó importancia con una sonrisa nerviosa,
Rebecca Dagger era una mamá osa a la que no quería tener
en contra (de hecho nadie, ni su marido, la quería como
enemiga), así que el asunto estaba por quedar concluido
cuando Liam se atrevió a hablar.
—¡Yo lo cuidaré! —gritó, sorprendiendo a todos, pues el
chico no era muy diestro con los caballos—. Haré lo que me
digas, papá, y te daré parte de mi mesada para pagar lo
que se necesite, ¡o toda si quieres!
Se apresuró a corregir para convencer a su padre,
aunque no hacía falta que lo hiciera pues ya estaba
conmovido, sin embargo, aún se necesitaba la aprobación
de Rebecca.
—¿Entonces...? —Keith volteó a ver a la susodicha, al
igual que Ambrose, Amelia y Liam. Ella se sonrojó.
—Si tú le explicas a Emilie y ella acepta, está bien,
dejaré que Amelia también ayude a cuidarlo —dijo a
regañadientes.
Ese día la sonrisa de Amelia fue más brillante que otros
días y la felicidad de Liam también.
Ese chico... pensó Ambrose, de regreso al presente,
siempre daba todo por Amelia.
Vio a Henry y sacudió la cabeza. Keith tiene razón, las
cosas son como son, pero...
Roland interrumpió sus pensamientos.
—¡Oye, viejo, es hora de ir a casa! —Ambrose tuvo un
tic.
—¡¿A quién le dices viejo?!
—¡Pues no me escuchabas! Aparte ya estás en una
edad...
—¡Cuidado con lo que vas a decir, Roland Dagger! —
advirtió su padre—. No le des ese ejemplo a tu sobrino.
—Tu nieto —puntualizó su hijo.
Ambrose sonrió.
Quizá las cosas no salieron como quería, pero Henry
sigue siendo hijo de mi pequeña... quien ya se convirtió en
mujer, una maravillosa mujer.
Él se acercó a Henry y le revolvió el cabello.
—No copies al grosero de tu tío, ¿vale? —Le guiñó el ojo.
Roland y Ambrose se sorprendieron cuando vieron la
brillante sonrisa del niño, haciéndolos recordar a Amelia.
—¡Seré como el abuelo Ambrose! —exclamó, decidido.
—¿Sabes? —Ambrose se agachó para estar a su altura—.
No tienes que ser como yo, tú ya eres especial, Henry.
—¿Especial?
—Sí, tú sonrisa alegra los corazones de los demás.
Henry sonrío.
—¿También el de mi mamá?
—Claro, pequeño, ¿por qué lo dices?
—Mamá hace mucho que no sonríe, y Henry quiere
hacerla feliz, alegrar su corazón. —habló en tercera
persona, pero Ambrose no lo registró, estaba pensando en
sus palabras.
¿Qué había pasado en la vida de su hija para perder la
sonrisa?
D espués de despedirse de Keith y apartar a Henry de
Storm, los Dagger fueron capaces de irse a casa, con la
promesa de regresar otro día con el permiso de Rebecca. El
camino fue silencioso hasta que Ambrose no pudo resistirse
a hacer la pregunta que estaba atascada en su garganta
desde que se enteró que tenía un nieto.
—¿Tu padre...? —Comenzó, pero un frenazo que dio
Roland hizo que no completara la pregunta. Ambrose volteo
a ver a su hijo, pero él solo siguió viendo al frente.
—El señor John no vino con nosotros. —Después de
escuchar a Henry, ninguno de los dos hombres dijo nada,
pero la tensión era palpable, después de todo, ¿qué podría
haber hecho ese tipo para que Henry ni lo reconociera como
su padre? ¿“Señor John”? Eso era muy extraño.
Henry esperó a que le contestaran, pero Roland,
previendo otra imprudencia de su padre, puso la radio y
comenzó a cantar, logrando desviar la atención de
momento.
Liam estaba estresado, como ya era costumbre. Su hija
seguía sin querer dormir y, lo único que parecía hacerla
feliz, era estar en la calle, caminando en brazos de su
padre.
—No serás su hija, pero como te pareces a Mía —
murmuró Liam, mientras seguía caminando por el barrio,
con una Lucia envuelta en miles de mantas—. A ella
tampoco le gustaba estar entre cuatro paredes.
La bebe solo soltó una risita, como burlándose de su
padre.
—Y también ambas se ríen de mi desgracia. —Suspiró—.
Pero... al igual que Amelia, no puedo estar enojado contigo,
mi pequeño amor.
La arrulló.
Liam estaba consiente, más que cualquiera, que Lucia
no era hija de Amelia, pero su mente y su corazón estaban
aliados para jugarle una mala pasada, él jamás pudo
olvidarla y, aun cuando proclamó su odio a los cuatro
vientos, nunca pudo odiarla, la amaba demasiado para ello.
Padre e hija siguieron paseando. Estaban por dar la
tercera vuelta cuando el auto de los Dagger aparcó frente a
la casa y de él salían Roland, Ambrose y un niño que él no
conocía hasta que su mente hizo “click”.
Es el hijo de Amelia, pensó con amargura, aunque era
consciente de que el niño no tenía la culpa de nada. Estoy
siendo demasiado infantil. Quiso dar media vuelta y
evitarlos, pero ellos ya lo habían visto.
—Buenas noches, Liam —saludó Ambrose. Lucia chilló,
como reclamando su falta de saludo, sacando una risa en el
hombre mayor—. Y saludos a ti también, pequeña señorita.
—Buenas noches, señor Ambrose —murmuró, apenado,
pues una parte de él quería correr lejos de esa familia, más
bien de ese niño, y se sentía terrible por eso. Pensó que con
ese saludo lo dejarían ir, pero no fue así, pues el niño que
tanto trataba de evitar se había puesto frente a él.
—Hola. —Sus manitas estaban apretadas en un puño, se
notaba nervioso—. Me llamo Henry... ¿Ella es tu bebé?
Cuando apuntó a Lucia, el semblante le había cambiado,
parecía emocionado, como si nunca hubiera visto un bebé
en su vida. Una parte de Liam quería apártalo, pero... no
pudo.
Dios... es idéntico a Mía. Y así, sin saber cómo o porqué,
Liam terminó agachado a la altura de Henry.
—Así es, se llama Lucia. —Destapó un poco a la bebé—.
Pero supongo que está bien si le dices Lu.
Tanto él como Roland y Ambrose se quedaron
expectantes a la reacción de la pequeña, quien era un poco
gruñona con los extraños, sin embargo, una sonrisa
desdentada se asomó cuando Henry entró en su rango de
visión.
—¡Le caigo bien! —Sonrió el niño mientras extendía su
dedo para que Lucia pudiera agarrarlo.
—Sí... —Liam estaba perplejo, desde que llegaron, Lu no
hacía nada más que llorar y querer estar en los brazos de su
padre, a pesar de que adoraba a su tía Katie y a sus
abuelos.
—¿Puedo cargarla? —preguntó Henry, ilusionado, y fue
ahí donde Ambrose y Roland intervinieron.
—Ella es muy pequeña Henry y quizá Liam... —Las
palabras de Roland murieron en sus labios cuando vio a
Lucia revolverse estirando las manos hacia su sobrino.
Liam no sabía qué hacer, pero sabía que Lucia no se iba
a rendir e iba a llorar hasta que lograra su cometido, así
tuviera despiertos a sus abuelos y a su tía toda la noche.
Suspirando, se rindió ante la cara de su hija y la de
Henry.
—Veamos. —Al obtener una mirada de aprobación de
Ambrose y la ayuda de Roland con Lucia, Liam se sentó en
la banca que había insistido en poner su padre, en
colindancia con los Dagger, y alzó al Henry en brazos, para
sorpresa del niño.
—Es para ayudarte con Lu, porque todavía eres pequeño
—explicó Liam.
—¡No soy tan pequeño! —refunfuñó, pero hizo caso a las
indicaciones de Liam, para al fin poder cargar a Lucia.
A los ojos de cualquiera, los niños bien podrían ser
hermanos y Liam su padre. Un niño conociendo a su
hermana menor recién traída del hospital y aunque a los
presentes les hubiera encantado que así fuera... su realidad
era otra.
—¿Qué haces con mi hijo?
Ya había oscurecido y no había luces de Roland, Henry o
Ambrose, poniendo ansiosa a Amelia, que no solía separarse
de su hijo más que cuando iba a la escuela.
Rebecca, intuyendo su preocupación decidió hablar.
—Seguro Keith no deja ir a tu padre, a veces parecen
pegados por la cadera —bromeó en un intento de calmarla,
algo que logró de forma parcial pues Amelia sonrió.
—Papá y el señor Jones decían lo mismo de ti y de la
señora Emilie.
Rebecca se rió.
—En nuestra defensa, Liam y tú lloraban cuando
estaban separados. ¡Por nuestra salud mental y nuestros
oídos teníamos que estar juntos! —Ante la mención de
Liam, Amelia volvió a su mutismo, recordarlo era algo que
no le gustaba, pues todavía sentía vergüenza.
—¡Ya llegaron! —Rebecca sacó a su hija de sus
pensamientos—. Oh, vaya...
—¿Qué? ¿Qué pasa? —Sin importarle la rudeza, Amelia
quitó a su madre de la ventana y vio lo que toda su vida
había soñado.
Liam con Henry y con una bebé, como si fueran una
familia.
—¿Q ué demonios pasa contigo? ¡No lo conoces! —explotó
Liam, después de ver a su amiga ahogarse en su
baba por un forastero—. Puede ser un violador, un
maltratador, ¡hasta tratante de blancas!
—John no es así. —Sonrió Amelia—. ¿Estás celoso, Jones?
—Se burló la joven, pero en forma de broma, por mucho que
desease que Liam dijera que sí estaba celoso, pero eso no
pasó, pues él solo volteo la cara, sonrojado.
—¡Por supuesto que no, enana! —Amelia lo golpeó.
—¡No soy enana!
—¡Sí lo eres! Hasta Roland, que es seis años menor que
tú, es más alto —afirmó el chico, divertido—. Solo acepta
que todos te van a rebasar en estatura.
Amelia no dijo nada, solo le dio un pisotón para después
irse enojada.
Una cosa era verse de lejos o saber que vivían en el
mismo pueblo, pero verse de frente... fue un shock para
ambos. ¿Cuántos años habían pasado? La verdad no
llevaban la cuenta, pero al menos la edad de Henry tenían
sin verse.
Liam no supo qué decir cuando la vio, pues su
semblante ya no era dulce ni amable y su sonrisa tan
hermosa tampoco la acompañaba. Era como si su alegría se
hubiera esfumado y eso le dolió.
Henry, ajeno a los sentimientos de su madre y aún en el
regazo de Liam, sonrió de forma amplia.
—¡Mami, ven! —Liam pensó que Lucia no apreciaría en
nada los gritos del niño, pero para su sorpresa, ella parecía
emocionada al ver a Henry emocionado, sus chillidos y
risitas la delataban.
—Henry ya es tarde, debes ir a dormir —dijo Amelia—. Y
el señor Jones debe llevar a su hija a casa, no es prudente
sacar a un bebé tan noche.
Liam parpadeo, perplejo.
—¿Disculpa? —No sabía si era el tono o las palabras,
pero el joven padre se sintió muy ofendido—. Lu está muy
bien abrigada, aunque deberías hacerle caso a tu mamá,
Henry, después de todo parece que ya se acordó que tiene
un hijo.
Amelia enrojeció de ira mientras su hijo miraba la
discusión sin entender. Roland, quien tenía a Lucia devuelta
en sus brazos, Ambrose y Rebecca miraban todo en silencio.
—Mi hijo estaba pasando tiempo de calidad con su tío y
su abuelo —respondió Amelia, lo más calmada que pudo.
—¡Ah, claro! Después de todo, tienen seis años que
reponer —Amelia estaba a punto de cachetearlo, pero un
llanto la dejó tiesa.
Al parecer a Lucia no le habían agradado los brazos de
Roland, por lo que lloraba y se retorcía como si estuviera
poseída. Liam, al escucharla, dejó de centrar su atención en
su ex mejor amiga y se la quitó de los brazos a su cuñado
para comenzar a mecerla.
—No llores, mi pequeño amor. —Aun cuando Liam hacía
hasta lo imposible, Lucia quería una cosa: quería la calidez
de Henry y su papá no estaba entendiendo. La familia
Dagger intento ayudarlo, bueno, todos menos Amelia que
parecía estar en shock o perdida en sus recuerdos.
Henry no dejaba de llorar y Amelia estaba desesperada,
su esposo ya le había advertido que como el niño no se
callara lo sacaría al pasillo.
—Por favor, mi dulce bebé. ¿Qué quieres? Mamá lo ha
intentado todo —susurraba, casi al borde del llanto ella
también, temerosa de que John cumpliera con su palabra.
El bebé no estaba sucio, estaba recién comido y no le
estaban saliendo los dientes, pero tenía cólicos, algo que
Amelia hubiera sospechado si en ese momento hubiera
podido comunicarse con su mamá, pero como no era la
situación, Amelia era como toda mamá primeriza tratando
de calmar a su hijo, con la diferencia de que el padre los
había amenazado.
Como me apena el verte llorar.
Toma mi mano, siéntela.
Yo te protejo de cualquier cosa.
No llores más, aquí estoy.
Fue primero un dulce susurro, pero después Amelia
terminó cantando con la plena atención de Henry, quien
había olvidado su dolor un momento.
No pueden entender nuestro sentir.
Ni confiarán en nuestro proceder.
Sé que hay diferencias, más por dentro.
Somos iguales tú y yo
Ese día, Amelia juró estar siempre para su pequeño
príncipe y no dejar que se convirtiera en alguien como su
padre.
De regreso al presente, Lucía seguía llorando, para
desespero de los presentes, por ello no notaron que Amelia
se acercaba a Liam hasta que le arrebató a la pequeña.
Castaño y azul se enfrentaban, pero sus miradas no eran
acusadoras o llorosas, solo... curiosas.
Liam estaba por reclamarle a Amelia cuando ella
comenzó a cantar en voz baja.
Como me apena el verte llorar.
Toma mi mano, siéntela.
Yo te protejo de cualquier cosa.
No llores más, aquí estoy.
Frágil te ves, dulce y sensual.
Quiero abrazarte y te protegeré.
Esta fusión es irrompible.
No llores más, aquí estoy.
Henry se emocionó y jaló el pantalón de Liam para
comunicarle con alegría que Lucia dejaría de llorar.
—Es mi canción, pero quiero compartirla con Lu —
expresó el niño—. No se preocupe, señor Liam, mi mamá
calmará a Lu Lu.
Liam ni se molestó en preguntar por el nuevo apodo de
su hija, su mente seguía atrapada en la voz de Amelia.
En mi corazón, tú vivirás.
Desde hoy será y para siempre, amor.
En mi corazón, no importa qué dirán.
Dentro de mí, estarás siempre.
No pueden entender nuestro sentir.
Ni confiarán en nuestro proceder.
Sé que hay diferencias, más por dentro.
Somos iguales tú y yo.
El llanto de Lucia fue desvaneciéndose poco a poco
hasta quedar en pequeños gemidos, sorprendiendo a
Roland.
No escuches ya más.
¿Qué pueden saber?
Si nos queremos mañana y hoy.
Entenderán, lo sé.
Tal vez el destino te hará pensar.
Más la soledad tendrás que aguantar
Entenderán, lo sé.
Lo haremos muy juntos, pues.
En mi corazón.
Créeme que tú vivirás.
Estarás dentro de mí.
Hoy y por siempre, amor.
Pero lo inimaginable vino cuando Liam se dio cuenta que
Lucia estaba dormida. ¡No había ni terminado de escuchar
la canción y ya estaba en el mundo de los sueños! Era la
primera vez desde que había nacido que dormía sin batallar,
ni la madre biológica de la niña había podido hacerlo.
Aquí siempre.
Para ti, estaré siempre.
Siempre y por siempre.
Solo mira a tu lado.
Solo mira a tu lado.
Solo mira a tu lado.
Yo estaré siempre.
Amelia terminó de cantar y le dio un beso en la frente a
la pequeña, bajo algunas miradas incrédulas y otras
rebosantes de ternura, léase Rebecca. Henry estaba a punto
de gritar, pero su madre le indicó silencio poniendo uno de
sus dedos en su pequeña boca.
—Dame un momento, cariño.
Después de eso, se dirigió a Liam.
—Aquí tienes. —Como si fuera algo muy frágil, Amelia le
pasó a Lucia, la cual estaba tranquila durmiendo—. Trata de
cantarle si ves que nada funciona.
Sin decir más, tomó la mano de su hijo para caminar
hacia la entrada de la casa de sus padres.
Liam estaba tan ido que no lo notó ni tampoco cuando
los demás Dagger se fueron dejándolo con su hija sumida
en un mundo de sueños.
¿Qué demonios acaba de pasar?
—E ntonces... —Katie miró la espalda de su hermano, quien
estaba preparando el desayuno—. Un pajarito me dijo
que Amelia obró el milagro.
—¿Convirtió agua en vino o algo así? —Liam no volteó a
ver a Katie, porque sabía que su mirada lo iba a delatar en
un minuto, así que fingió seguir entretenido en machacar
los plátanos que le daría de comer a su hija.
—¡No seas idiota! —Liam le dio una mirada severa.
—Agradecería que no despertaras a mi hija con tus
berridos, que mucho me costó dormirla.
Katie le sonrió de forma cínica.
—¿A ti o a Amelia? —Liam dejó de machacar el plátano y
con un suspiro tomó asiento frente a su hermana.
—Si Roland ya te contó, no sé para que me preguntas.
—¡No le levantes falsos a mi caballero! —defendió
sonrojada—. Y si bien Roland me comentó algo ayer en la
madrugada, fue la señora Rebecca quien vino temprano a
contarle a mamá.
Liam comenzó a tener un tic. ¿Desde cuándo la señora
Dagger se había vuelto tan comunicativa? Katie se rió al ver
que su hermano estaba al borde del colapso mental.
—No dijeron nada raro o nada que no supiera, solo
comentaron un poco de Lucia y la señora Rebecca fue muy
amable en pasarle algunos tips y un regalo del principito. —
Suspiró, enamorada.
—¿Hablas de Henry? —Ella asintió—. ¿El caballerito le
mandó algo a Lu?
—Principito —le corrigió su hermana—. ¡Sí! Fue tan
adorable, dijo que Lu lo necesitaba más.
Se levantó de la mesa y regresó con una bolsa de
tamaño mediano. Comenzó a sacar su contenido.
Mientras Katie sacaba una manta y algunos peluches,
Liam se fijó en uno en particular: un conejo con una L
bordada, dejando que su mente vagara en los recuerdos.
Era una tarde de otoño cálida en Raven Creek y muchas
personas del pueblo habían decidido pasar ese espléndido
día en el parque; las familias Dagger y Jones no eran la
excepción.
Rebecca tenía en brazos a un Roland recién nacido, pero
sus ojos no se despegaban de su hija de seis años y de su
amigo Liam que jugaban con unos conejos de peluche
idénticos que le habían regalado al niño en su cumpleaños.
—Me alegró que Liam y Mía sean amigos —le dijo Emilie
Jones a Rebecca mientras tomaba asiento a su lado—.
Ambos son niños muy solitarios.
—Como nosotras —le contestó la otra señora—. Espero
que la llegada de Ro no los aleje. ¿Ustedes no planean darle
un hermano o hermana a Liam?
El semblante de Emilie cambió y fue cuando Rebecca se
distrajo para poder hablar con su amiga, de todos modos,
todos en el pueblo conocían a Liam y Amelia, y Ambrose no
estaba lejos.
Ajenos a la conversación de sus madres, Liam y Amelia
jugaban en el sube y baja.
—¡Mira Mía! Mi mamá le bordó una L al señor zanahorias
—exclamó contento el niño —. Dice que así no los
confundiremos.
Amelia estaba por contestar cuando ambos niños fueron
empujados por dos niños más grandes.
—¡Fuera de aquí! Vayan a jugar al té con sus peluches a
otro lado. —Les hizo un gesto para que se marcharan, pero
ninguno se movió.
—¡Nosotros llegamos primero! —respondió Amelia,
enojada.
—¿Ah, sí? —Sin pensar en que Amelia era más pequeña
o que era una niña, el niño de doce años le arrebató el
conejo que tenía en brazos.
—¡Dámelo! ¡Es mío! —Ella saltaba para agarrarlo, pero
el bravucón lo alzaba más.
—¡Oye! Nos iremos, pero dale su muñeco —le decía
Liam, enojado, pero consiente de que ese mastodonte podía
hacerlos puré si quería.
El niño pareció pensarlo por un momento y luego sonrió.
—Está bien, pero ven tu por esta cosa —le habló a Liam
y él obedeció, pero no contaba con que el bravucón tuviera
un plan.
—Dámelo, por favor. —Liam estiró su mano y pudo rozar
un poco la ojera del peluche hasta que sintió un jalón para
luego ver al pobre muñeco volar por los aires, directo al
camino de una podadora eléctrica.
Amelia quiso correr a salvar a su peluche, pero Liam no
la dejó.
—¡¿Por qué no me dejaste salvar a Miss Honey?! —Le
reclamó con los ojos llenos de lágrimas. Liam se sintió
culpable.
—La podadora te hubiera lastimado a ti también y los
peluches se vuelven a comprar... tú no —explicó, nervioso y
un poco sonrojado. Amelia se dejó caer al piso.
—Pero... ahora el señor zanahorias no tiene a su
compañera —musitó triste.
Liam no sabía cómo animarla hasta que se le ocurrió
algo.
—¡Pero ahora nos tiene a los dos!
—¿A los dos?
—Sí. —Movió la cabeza de forma afirmativa—. Juntos
cuidaremos al señor zanahorias.
—Pero...es tuyo...
—¡Ahora es de ambos! —Estiró la mano para que Amelia
sostuviera una de las patas del señor zanahorias.
Cuando Rebecca regresó su mirada a los niños, ambos
venían contentos sosteniendo juntos un peluche de conejo.
Le dejó mi inicial, pensó Liam con una sonrisa que se
hizo más pronunciada al caer en cuenta de que, aparte de
eso, Amelia había atesorado ese peluche y se lo había dado
a su hijo, quien de forma irónica, se lo dio a su hija.
—¡Liam! —Katie estaba mosqueada por la falta de
atención de su hermano.
—¿Eh? —Volteó a verla y la vio frunciendo el ceño—
¿Ahora tú qué traes?
—Estabas en tu mundo de fantasía —le dijo Katie—
Ahora que ya me pones atención voy a terminar de
contarte todo.
—¿A qué te refieres?
—Mamá quiere que vayas a la casa de los Dagger a
agradecer de forma apropiada. —Liam abrió los ojos,
sorprendido.
—¿Y yo por qué?
—Porque es tu hija y porque mamá lo dice. —Katie se
fue, dejándolo con la palabra en la boca.
—T ú puedes hacerlo. —Se dijo Liam varias veces, tratando
de tranquilizarse. Le sudaban las manos y su corazón
estaba latiendo desbocado. ¿Por qué a su familia le gustaba
hacerle las cosas difíciles?
—Pareces tonto. —Liam volteó y se encontró con Roland.
—¡Es un país libre! —Se defendió.
—Lo dejó de ser cuando cruzaste la verja del jardín de
mi casa. —Liam no pudo refutar eso—. ¿Vienes por algo en
especial?
—Yo... —Su frase quedó olvidada ya que un torbellino de
color café salió de la casa y se pegó a Liam.
—¡Buenos días, señor Liam! —Henry buscó con la
mirada un bulto en brazos de Jones, pero no lo encontró—.
¿Lu no viene?
—Lo siento, chico, está dormida. —Al no estar su
objetivo, Henry se separó del adulto y regresó corriendo a
su casa sin decir nada.
—¿Qué acaba de pasar? —preguntó Liam, confundido.
Roland soltó una carcajada.
—Se aficionó a tu hija, no deja de preguntar por ella.
—¿Debería preocuparme?
—Nah, es un niño, se le pasará pronto. —Le restó
importancia Roland—. Pero no creo que estés aquí para eso,
¿o sí?
Liam estaba a punto de inventar una excusa cuando el
grito de la señora Cook los alertó.
—¡Fuera de aquí, vagabundo! —Roland se palmeó la
cara.
—¿Te molestaría entrar por tu cuenta a la casa? Seguro
mi mamá o Mía están ahí con Henry, yo tengo que... —Se
escuchaban gritos y golpes—. ¡Te veo luego, Liam!
Extrañado el chico Jones, acató las órdenes de su
cuñado, de todos modos, Liam había ido con propósito de
agradecer a Henry y a Mía. Lo ideal hubiera sido decirle al
niño cuando salió, pero fue tan rápido que cuando se
acordó, él ya estaba adentro, ni modo, el destino quería que
los dos ex amigos se reencontraran.
Tocó el timbre y esperó.
—¿Hola? ¿Señora Rebecca? ¿Amelia? —Al chico le
resultó improbable que Henry estuviera solo en casa, pero
nadie salió— ¿Henry? Caballerito, voy a entrar.
Nadie le respondió, así que comenzó a entrar a la casa
de su ex mejor amiga, que antes había sido su segundo
hogar. Caminó hacia la impoluta sala de la señora Rebecca
que aún conservaba ese toque sofisticado y hogareño con
muebles de color blanco con un toque enmaderado y un
tanto inglés, una influencia clara del señor Ambrose.
A Liam todavía, después de conocer toda su vida a la
familia Dagger, le seguía sorprendiendo la forma en que el
matrimonio podía encajar a pesar de ser muy diferentes;
Ambrose amaba la naturaleza y era muy liberal, Rebecca
era todo lo contrario. ¡Y aún seguían casados!
Siguió su camino hasta encontrar a Henry sentado en la
alfombra frente a uno de los inmaculados sillones de
Rebecca Dagger.
—¿Pequeño caballero? —Henry lo volteó a ver, asustado
—. Tranquilo, soy Liam, tú tío me dejó entrar.
El niño no le respondió, solo asintió con la cabeza para
seguir viendo hacia el sillón, algo que Liam no pudo ver.
—¿Qué haces, amiguito? —Curioso, Liam llegó a donde
estaba Henry, solo para ver a una Amelia dormida con la
cara un poco roja.
—Cuido a mami —respondió Henry con convicción, como
si nada más él pudiera con esa ardua tarea.
—¿Y tu abuelita? —Liam conocía tan bien a la señora
Rebecca que le parecía imposible que dejara a Amelia
enferma al cuidado de Henry, después de todo solo tenía
seis años.
—Salió a comprar algo para mamá.
—¿Te dejó solito? —Liam quiso agarrarlo, pero el
pequeño no lo dejó y él no insistió, pues sabía que las cosas
podían ponerse peor.
—¡No! ¡Henry cuida a mamá! —gritó sin darse cuenta de
que su voz había subido, así que se sintió miserable cuando
la vio abriendo los ojos.
—¿Qué pasa, cariño? —Amelia abrió sus ojos solo para
enfocar a su hijo, así que Liam estaba fuera de su campo de
visión—. ¿Te duele algo?
La voz de la mujer era rasposa debido a la infección de
garganta, se notaba que le costaba hablar.
Henry no respondió.
—¿Henry? —Intentó de nuevo su madre, pero el niño no
dijo nada. Al final Amelia tuvo que incorporarse del todo, ahí
fue cuando se dio cuenta de la presencia de Liam—. ¿Qué
haces aquí?
—La pregunta aquí es: ¿Han dejado a Henry para
cuidarte mientras estás enferma? ¡Es un niño! ¡Eso es casi
un abuso! —Amelia no alcanzó a contestar pues Henry
comenzó a empujar a Liam a la salida.
—¿Henry? —El niño siguió empujando al hombre sin
decir nada, pero con lágrimas en los ojos.
—Henry cuida a mamá, ¡mamá es buena! ¡Vete! ¡No le
pegues a mamá!
—¿Qué...? —Liam no entendió nada de lo que le quería
decir el niño. ¿Pegar? ¿Por qué Henry lo vio como un
enemigo?—. ¿Amelia, que está...?
Cuando vio las lágrimas en los ojos de Henry y escuchó
sus palabras, Amelia hizo un esfuerzo para levantarse y
abrazar a su hijo.
—Vete, Liam, por favor vete. —Ella no se atrevía a
mirarlo.
—Pero no puedo dejar... —Liam se sentía contrariado, no
sabía qué pensar. ¿Qué había dañado tanto a la mujer y a su
hijo? Una parte de su subconsciente se lo gritaba, pero el
lado racional de Liam no parecía registrarlo. ¿Amelia había
sufrido de maltrato? ¿A manos del padre de su hijo? Pensar
en eso lo enojaba en desmedida, pero no sabía si el enojo
era con el tipo, con Amelia por dejarse o con él mismo por
permitirlo.
—¡Vete, Liam! —le gritó Amelia al ver su indecisión, lo
que menos quería era que su primer y único amor la viera
de esa manera.
Sin embargo, él no se movió. Ya la había abandonado en
el pasado por cobarde, no quería hacerlo más.
—No estás sola, Mía —fue su respuesta mientras se
agachaba a abrazar a la madre y al hijo.
Amelia y Henry no se esperaban ese abrazo, pero les
gustó, extrañamente se sentían... protegidos.
La pregunta era: ¿hasta cuándo?
Ajeno a lo que aquejaba a su familia, John fumaba con
tranquilidad un cigarrillo. Había cerrado un nuevo trato y era
más rico que el día anterior, nada podía molestarlo... hasta
que apareció una persona desconocida para sacarlo de su
burbuja.
—Tengo lo que me pediste. Tu esposa no está tan lejos y
lo mejor... —Sacó una foto para dársela al hombre—. Está
jugando a las casitas con alguien.
La foto mostraba a una Amelia sosteniendo a un bebé y
a Henry siendo sostenido por alguien que John no conocía.
—¿Estás seguro que no es su hermano? —preguntó, con
la voz calmada, casi como si no le importara... casi.
—Confirmado, el tipo se llama Liam Jones, policía y con
una bebé de once meses, precisamente la bebé que carga
tu mujer.
John apretó los dientes. ¿Amelia tenía un hijo con otro?
Era posible, pero eso no era lo que lo enojaba más, sino...
ese Liam, quien le estaba robando a su Amelia, a su trofeo,
¡su propiedad!
—Déjala que siga jugando —dijo en tono calmado el
hombre—. Pero investiga todo sobre ese Liam y de paso
también a la familia de Amelia, si no puedo quitarle a Henry,
quizá tenga que quitar del camino a alguien más.
R ebecca Dagger era una mujer que pocas cosas podían
sorprenderla, más aún después de ser madre de unos
torbellinos como Roland y Amelia, estaba curada del
espanto.
Decir que lo que vio al llegar a su casa no la sorprendió,
era poco. Ella había dejado a Henry con la promesa de no
tardar más de media hora y que su tío iba a pasar a vigilarlo
a él y a su madre que estaba resfriada, ¿y con qué se había
topado? Todo menos eso.
Primero, Roland no estaba donde debería haber estado,
sino peleando con la señora Cook por algo que estaba fuera
de la comprensión de Rebecca.
—¡Aleja a ese mocoso de mi casa! —gritaba la señora
enojada—. Si lo vuelvo a ver...
Amenazó, que fue el momento en que Rebecca empezó
decidió intervenir.
—¿Ocurre algo, señora Cook? —Utilizó la voz más fría
que pudo encontrar viendo a la señora de ochenta años
quien le regresó una mirada desdeñosa.
—Becca, querida. —le habló la anciana en un tono más
dulzón—. Entiendo que tú nieto tenga problemas de...
bueno, tú sabes.
Movió la mano como no queriendo terminar la frase, sin
embargo Rebecca no entendió nada. ¿Qué había pasado con
Henry? ¿No estaba con Amelia? ¿De qué problemas hablaba
la señora Cook?
—Creo que... —La señora Dagger quiso decirle a su
vecina que no la estaba entendiendo, pero ella no la dejó.
—Descuida, querida, uno sabe de estas cosas y entiendo
por qué nunca sale el niño de su casa, es un poco... salvaje.
—¡Salvaje es usted señora! —Gritó Roland, harto de
escuchar a la vieja urraca de su vecina, había sido paciente
durante toda la discusión, pero ya era su límite.
—¡Roland! —regañó Rebecca, pero la otra ni se inmutó.
—¡Pues tiene a quién salir! Con semejante padre —
Roland estaba listo para contestarle, pero no pudo porque la
señora Cook se dio la vuelta y sin despedirse se metió a su
casa dando un portazo.
—Vieja senil —murmuró el chico, pero guardó silencio al
ver la mirada de su madre que le decía con la mirada “me
debes una explicación”.
—¿No se supone que deberías estar cuidando a tu
hermana? ¿Y qué hizo Henry para molestar a la vecina? Si
casi ni sale mi pequeño príncipe.
—No era por Henry. —El muchacho no sabía ni por dónde
comenzar—. Verás... Katie y yo...
Rebecca lo interrumpió escandalizada.
—¿¡Has embarazado a Katie!? —Varias personas que
pasaban por ahí se les quedaron viendo, para mortificación
de Roland.
—¡No, mamá! ¿Por qué siempre supones lo más
disparatado a la primera? No embaracé a mi novia, ni
siquiera... —La cara se puso roja, pero termino susurrando
—: Nunca he tenido sexo con ella.
—¿Entonces sigues siendo...? —La cara de Roland se
puso más roja, si es que eso era posible.
—¡Mamá! Estas no son discusiones para tener en la calle
y menos tan cerca de la casa de los Jones.
—Hijo, somos vecinos, créeme que no hay nada que no
sepan de Katie y de ti.
—¡Ese no es el punto! Lo que quiero decir es que... —
Tomó aire—Katie y yo estamos cuidando a un niño.
Habló rápido y apenas entendible.
—¿Ah? Habla más despacio, Ro, no te entendí nada.
—Que Katie y yo a veces cuidamos a un niño del
orfanato que se escapa seguido y termina en este
vecindario, se llama James y es sordo, la señora Cook se
refería a él, ¡pero te juro que esa mujer exagera! Él solo
estaba jugando con uno de sus gatos.
Rebecca no supo qué decir, pues era la primera vez que
escuchaba sobre James. ¿Cómo era posible que no supiera?
Ella se preguntó si acaso su esposo sabía. Iba a preguntarle
algo más a Roland, pero un jalón en su camisa la hizo bajar
la mirada y ahí estaba: un pequeño de la edad de Henry,
cabello castaño claro enmarañado y un poco sucio, sus ojos
castaños la veían con inseguridad y un toque de
desesperación por ser aceptado, Rebecca se encogió ante
esto último, hacia mucho que no veía esa mirada.
—Hola. —Estiró la mano para saludarlo antes de
detenerse de forma abrupta para golpearse por tonta, ¡el
Niño era sordo! Era más que obvio que no la estaba
escuchando ni entendiendo porque extendía la mano. Para
su sorpresa, James sí había entendido y le devolvió el saludo
algo tímido, después dirigió la vista hacia Roland.
—Lo hiciste perfecto, amiguito. —Le sonrió el chico y
después dirigió su palabra hacia su madre—. Katie le estaba
enseñando algunas cosas de cortesía básica con películas.
—Pero... —Fue interrumpida por un exasperado Roland.
—Es sordo, no tonto. Es más observador de lo que crees
y aprende muy rápido aparte de tener un talento natural
para el dibujo.
Rebecca trató de explicarse.
—No digo que sea tonto, pero, hijo, no es... —Suspiró, un
poco frustrada, por tener que romper la burbuja de su hijo
—. Roland, cuidar a un niño es difícil y a uno con una
discapacidad más, Katie y tú ni siquiera viven juntos y no
han adoptado al niño legalmente.
Su hijo chasqueó la lengua enojado.
—Ya lo sé, mamá, no es como si fuera un adolescente
que no piensa en las consecuencias, tengo un trabajo y...
Rebecca perdió la paciencia.
—¡Escúchame! No estás pensando con claridad, tener un
trabajo o una novia no te hace más maduro o responsable,
¡ve a tu hermana, por el amor de Dios! Sabes que adoro a
Katie y James me parece un buen niño, pero no voy a
cometer los mismos errores que con Amelia. James tiene
que regresar a la casa hogar y ustedes concentrarse en qué
quieren hacer —exclamó, decidida, dejando a Roland sin
palabras, aunque a Rebecca el gusto no le duró mucho.
—Pues entonces te diré lo quq queremos hacer: Vamos a
casarnos por el civil para después adoptar a James y nos
iremos de aquí para que no veas cómo arruino mi vida,
mamá —le contestó con marcado sarcasmo la palabra
“arruino”.
—¿Disculpa? —Rebecca iba protestar cuando lo vio a los
ojos, su mirada era tan penetrante que le recordaba a su
esposo, pero también a ella misma, cuando había defendido
el amor que Ambrose y ella se tenían, cuando había
defendido a sus hijos de su madre y cuando... Cuando
finalmente pudo salir del yugo que esta sometía.
—Ve a dejarlo con Katie, hablaremos de esto después,
tengo que ir a ver a tu hermana.
—Sobre eso... —Roland se rasca la cabeza, nervioso—.
Puede que haya dejado entrar a Liam a la casa.
En definitiva, ese día estaba siendo muy inesperado.
L iam, aún después de un rato, seguía abrazando a Amelia y
Henry. No era algo que le molestara, pero de manera
ocasional veía el reloj, lo que menos quería era que Lucia se
diera cuenta de su ausencia y comenzara a llorar como si la
hubiera abandonado.
Pero tampoco quiero irme, pensó Liam, haciendo una
mueca, no sabía qué hacer. Por una parte necesitaba saber,
escuchar de los labios de Amelia, lo que les había pasado a
ella y a su hijo, aunque eso lo martirizara de por vida.
Su otro lado, el racional, le decía que mejor se fuera y no
se me metiera en más problemas de los que ya tenía,
todavía no sabía cómo equilibrar entre sus deberes como
padre y su trabajo como agente en la BAU, su jefe ya le
había dado muchas concesiones.
—Pero nunca he podido ignorarte, Mía —susurró
mientras le acariciaba el pelo castaño oscuro que Henry
también tenía, lo que le llevaba a preguntarse si había
heredado algún rasgo de ese... indeseable.
—Ahora más que nunca te necesita. —Liam se asustó al
escuchar a Rebecca Dagger, pues no notó su presencia
hasta que estaba casi a su lado—. Y dejaremos que te
acerques, pero no la lastimes más —dijo la mujer con el
semblante serio, tan serio como cuando estaba en la corte
defendiendo a las personas.
—Sabes que nunca la lastimaría —respondió Liam—. Por
cierto... disculpa por entrar a tu casa sin avisar, es solo
que...
Rebecca paró sus explicaciones.
—Roland ya me explicó y de todos modos te agradezco
que te quedaras con Amelia y Henry.
—Sí... creo que ya debería de irme —murmuró antes de
pararse y acomodar a la madre y al hijo en el sillón.
—¿Me ayudarías a llevarlos a la cama? El sofá sería muy
incómodo para ambos, se lo dije a Mía, pero es terca.
Aunque no quería estar mucho tiempo en presencia de
Rebecca, Liam le ayudó a llevar a Amelia a su cuarto
mientras Rebecca hacía lo propio con Henry.
—Este lugar no ha cambiado nada —dijo Liam al entrar;
las paredes pintadas de morado claro con algunos posters
de los animes que le gustaban a Amelia, el juego de cama
era el mismo también; una colcha de cuadros de colores:
verde, rosa y morado. La cómoda a un lado de la cama y el
tocador parecían recién barnizados, pero él sabía que tenían
al menos veinte años y que a pesar de eso, gracias a los
cuidados de Amelia, y luego de su familia, los muebles
parecían nuevos.
—Después de que se fue no quisimos tocar nada —
admitió Rebecca—. Solo cambiamos la cama por una más
grande, pero buscamos un juego de cama exactamente
igual.
Liam no supo que decir, aun cuando Amelia era su
amiga, él fue testigo del sufrimiento de la familia Dagger y
le parecía admirable que, después de todo, se llegaron a
preocupar por un detalle tan insignificante como encontrar
una colcha y sábanas iguales en el tamaño correcto.
—Sé lo que estás pensando, y no me importa lo que
haya hecho Amelia, ella es mi hija. No es la primera ni la
última persona que cree en las palabras de alguien.
—¿Está hablando por experiencia propia o...? —Liam se
calló al ver la mirada de Rebecca.
—Gracias por ayudarme, Liam. —Rebecca estaba
molesta, primero su hijo la había cuestionado y ahora Liam
hablaba como si tuviera conocimiento de causa—. Lo mejor
será que vayas a tu casa, sabemos que Lu no es muy
paciente.
Y casi como si la hubieran invocado, el llanto de Lucia se
dejó escuchar por toda la casa despertando a Henry y
Amelia en el proceso.
—¿Mami? ¿Qué es ese ruido? —Amelia estaba un poco
desorientada pues no recordaba haber subido a la
habitación, tampoco le puso atención a Henry pues su
instinto maternal sólo captó el llanto desesperado de un
bebé, logrando que olvidara de momento su afección.
—¿Amelia? —Rebecca trató de detenerla, pero su hija
estaba en modo automático, no le hizo caso ni a su madre
ni a Liam que también trataba de explicarle que el llanto era
de Lucia y no de Henry, y que el pequeño estaba a su lado,
no los escucho y fue al piso de abajo sin decir ni una sola
palabra. Rebecca, Liam y Henry la siguieron.
—¿Hermana, qué estás...? —Amelia le arrebató a Lucia y
comenzó a acunarla, Roland volteo a ver a su madre y a
Liam quienes estaban al pie de la escalera con Henry tanto
de abrirse paso para llegar a sus dos personas favoritas—.
Parece que esto hará costumbre.
—¿Qué hace Lu aquí? —preguntó Liam mientras se
movía para que Henry pudiera pasar—. Katie la estaba
cuidando.
—Fui a dejar algo con Kat y Lu estaba haciendo
berrinche, entonces me la traje. —Roland no quiso
mencionar a James, no quería más sermones de su madre ni
tampoco escuchar las opiniones de Liam—. ¿No debería Mía
alejarse de Lu? Podría contagiarla.
Liam reaccionó y rápido apartó a Lucia de Amelia,
causando el pandemonio; Amelia casi le pega cuando se la
quitó, pero se quedó en shock al verlo y ver qué a Lucia no
era Henry, entonces fue cuando aflojó su agarre y Liam
pudo tomarla.
La niña. por otro lado, comenzó a llorar muy fuerte.
—¡Regrésala con Mía! —gritó Roland para oírse entre el
llanto—. ¡Liam dásela o no dejará de llorar! —Rogó,
desesperado, tapándose los oídos.
Rebecca no dijo nada pues estaba ocupada tratando de
contener a Henry que también parecía molesto; por el llanto
y por ya no estar cerca de Lu.
—Lu, mi amor, mira. —La rebotó un poquito señalando a
Amelia—. Mía no se ha ido a ningún lado, tampoco Henry.
Lucia calmó un poco su llanto, pero seguía estirando sus
brazos de forma desesperada para llegar a Amelia.
—Ma, ma, ma ¡ma! —Repetía mientras más trataba de
estirarse—. ¡Mamamamamama! ¡Mamá!
Liam no pudo más, se la terminó pasando.
Amelia no se negó y cuando Lucia regresó a sus brazos,
volvió a respirar la paz.
Aunque solo en el exterior, pues Liam tenía un conflicto
interno muy grande.
¿Cómo podía alejarse de Amelia si Lucia ya la amaba
como si fuera su mamá? ¿Cómo podía alejar a esas tres
personas que ya se amaban como una familia? ¿Estaba él
incluido en ella? Estaba muy confundido porque solo habían
tenido antes una sola interacción. Era muy extraño.
—¿Les molestaría ver a Lucia por un rato? —Preguntó
Liam, aunque no esperaba una respuesta, solo se fue.
Y lo que más le dolió fue que su hija no pareció darse
cuenta.
H enry estaba feliz de tener a Lucia en la casa de sus
abuelos, en brazos de su mamá, pero algo no se sentía
del todo correcto. Se sentía vacío.
—Cariño... —Amelia seguía meciendo a Lucia quien
estaba relajada en sus brazos—. Ve por él ¿sí?
El niño sabía a quién se refería y, aunque no tenía claro
las intenciones de su mamá, obedeció. Liam era especial
para él, aun cuando tenían poco tiempo de conocerse, era
un sentimiento raro, pero agradable, diferente a lo que
sentía por su tío o su abuelo y mucho más diferente de lo
que había llegado a sentir por John.
Con eso en la mente, el pequeño se apresuró a correr
para alcanzar a Liam.
—¡Señor Liam! —exclamó contento al verlo sentado
afuera de su casa, pero se paró en seco al ver su semblante.
No era enojo ni frustración, solo una infinita tristeza lo
que mostraban los ojos de Liam. Henry nunca había
experimentado ese tipo de miradas, pues las pocas o
muchas que pudo tener su madre eran lejos de él.
Sin saber cómo actuar se acercó con cautela.
—¿Le duele algo? —preguntó Henry, un poco temeroso
por la reacción del hombre—. ¿Le hablo a mi mamá?
Liam le sonrió y tuvo el impulso de acariciar su cabello,
pero recordó que al niño le incomodaba ese tipo se contactó
así que mejor se guardó la mano en el bolsillo.
—Estoy un poco cansado, pequeño caballero. —Henry no
parecía muy satisfecho con la respuesta y tampoco con la
falta de contacto, así que se pegó más a Liam.
—Mamá dice que un abrazo siempre ayuda, ¿puedo
abrazarlo?
Al final, Henry se puso tímido al recordar unas malas
experiencias con su padre biológico.
—No necesitas preguntar. —Liam lo atrajo hacia él con
muchos sentimientos en la cabeza y en el corazón; le dolía
pensar que Henry no podía abrirse a los demás por culpa
del hombre que era su padre.
Cómo me gustaría que fueras mi hijo, pensó Liam,
abrazando todavía a Henry y tarareando una canción que le
gustaba mucho porque le recordaba a Amelia. Sin querer
comenzó a arrullar al niño y a él mismo, haciendo que
ambos cayeran en un profundo sueño.
Cuando Liam abrió los ojos ya no estaba en su casa,
estaba en el bosque, pero uno que no conocía, o quizá sí y
estaba en una parte nueva, sin embargo, todavía no
entendía cómo había llegado a ese lugar y, lo más
importante... ¿Dónde estaba Henry?
Se incorporó con lentitud pues su cuerpo se sentía
entumido, como si hubiera dormido más tiempo del que
recordaba. De repente su mente entró en modo policía.
¿Y si me distraje y alguien secuestró a Henry? No, no,
quizá nos llevaron a los dos y al final me abandonaron aquí.
Como sea, ¡tengo que ir al pueblo!
Olvidando un poco su dolor de cuerpo, se levantó, pero
casi le da un infarto al ver lo que traía puesto.
¡Vestía mallas! Bueno no era como las mallas que él
conocía, pero si estaban apretadas, haciendo que Liam se
sintiera ridículo, aparte traía una camisa un poco suelta que
dejaba parte de su pecho al descubierto y encima una
chaqueta negra o intento de, pues recién el chico caía en
cuenta que pesaba una tonelada.
La gente está cada día más loca, intentó quitarse la
pesada prenda y, con muchos esfuerzos, después de dos
intentos, pudo tirarla al piso.
—¡Papá! —Liam volteó a ver, pues la voz no era
femenina, y aunque lo fuera, ¡Lucia apenas y hablaba!
Grande fue su sorpresa cuando vislumbró a Henry,
acercándose con una vestimenta parecida a la suya, pero
más infantil y sin la condenada chaqueta de cien kilos.
—Mamá te está buscando, papá. —Liam no entendía
nada de nada. ¿Mamá? ¿Papá?
—Henry creo que... —De repente, sintió una presencia
conocida, una fragancia tan embriagadora y dulce...
—Liam, ¿otra vez durmiendo? —Con un vestido suelto
color lila y con un bebé en brazos le sonrió.
Liam volvió a abrir los ojos y ahora estaba de nuevo en
el porche de su casa, con Henry en brazos y su madre
enfrente de ellos tomando fotos.
—¡Mamá! —Dio un respingo que despertó a Henry—. Lo
siento caballerito, tu abuela es una imprudente.
Tardó un poco en tomar consciencia de sus palabras.
—Digo... —Liam no alcanzó a explicarse pues Henry lo
abrazó con más fuerza.
—¿Serías mi papá? ¿Así como eres para Lu? —Henry
soltaba lágrimas de emoción y a la vez se sentía angustiado
de que Liam dijera que no, después de todo él no tenía nada
en especial.
Liam tenía un enorme nudo en la garganta. ¿Cómo
podría decirle que no a ese pequeño tan necesitado de
amor paternal? Puede que no fuera su sangre, pero lo sentía
como suyo. Liam volteó a ver a su madre y ella solo lo miró,
pero no dijo nada, supuso que tendrían una charla después,
cuando Henry no estuviera.
—Claro que sÍ, pequeño caballero. —Besó el cabello
castaño del niño y luego hizo que lo mirara para limpiarle
las lágrimas—. No llores cariño.
Henry intento dejar de llorar, pero no podía y tenía
miedo de que Liam se retractara.
—Perdón —decía entre lágrimas el niño.
Emilie y Liam se miraron entre ellos, pero fue la madre
del hombre quien habló.
—¿Por qué pides perdón, cariño? No has hecho nada
malo. —Aunque ya tenía sus años encima, Emilie no pudo
dejar de acuclillarse para darle más confianza a Henry.
—Mi... El señor John siempre me decía que era de
débiles llorar y... —No pudo terminar la oración por que se
comenzó a atragantar con sus sollozos.
Liam, al ver eso, lo tomó en brazos y comenzó a
mecerlo.
—Hey, mírame. —Henry enfocó sus ojos en él—. Ese
hombre ya no puede hacerles daño ni a ti a ni a tu mamá.
Respira profundo y exhala.
Henry hizo lo que le dijeron.
—¿Ya estas mejor? No tienes por qué decirnos nada si no
quieres.
El niño asintió y ya no insistieron más.
—Pobre criatura. —Emilie acarició la espalda de Henry,
quien se había dormido cansado de tantas emociones
juntas.
—Lo llevaré a su casa, Amelia debe estar preocupada y
también tengo que idear la forma de que Lucia quiera venir
a casa conmigo. —Liam parecía menos abatido que antes,
pero al recordar a su hija, los sentimientos de rechazo
comenzaron a afectar de nuevo.
—Liam... ¿Sabes que Lu te adora verdad? Solo que así
como este pequeño pedía a gritos desesperados un padre,
Lucia hacía lo propio con una madre, solo que estabas
demasiado estresado para darte cuenta.
—¿Y por qué ella, mamá? ¿Por qué Amelia? —Liam
sonaba y se sentía desesperado—. ¿Por qué la mujer que
siempre amé y que nunca pude tener? ¿Sabes cómo me
duele? Saber que Henry no es mío, que Lucia no es de ella,
que...
Su madre puso un dedo en sus labios para callarlo.
—Tú más que nadie sabes que la sangre no nos define,
no importa si no eres el padre biológico de Henry o que
Amelia no haya dado a luz a Lucia, lo importante es el aquí
y el ahora; en este momento este niño te necesita tanto
como Lu necesita a Amelia, ¿por qué los han escogido? No
lo sé, pero lo sí sé es que ambos siempre han estado
destinados a estar juntos. ¿Vas a dejar que algo tan
pequeño como la sangre te aparte de nuevo?
Liam estaba impactado; sabía que su madre conocía su
dolor, pero no sabía qué tan al tanto estaba de sus
predicamentos.
—Gracias, mamá. —Le dio un corto abrazo pues todavía
tenía a Henry en brazos.
—Ve a dejar al pequeño y por favor dile a Amelia que
quiero hablar con ella.
Liam ya se imaginaba para qué quería su mamá a
Amelia, pero no dijo nada, solo asintió.
—En un momento regreso.
Emilie sonrió, solo Liam creía esa afirmación.
A unque Liam estaba acostumbrado a cargar a Lucia, Henry
no se le hacía tan pesado para ser un niño de seis años
que debería de pesar más que una niña de un año.
¿Se alimentará bien? Pensó, pero luego se dio una
cachetada mental, era más que obvio que Amelia no lo
mataría de hambre, era su todo, simplemente estaba
paranoico.
Abrazar a Henry llenaba de paz al hombre, sentir su
corazón latir tranquilo y sin preocupaciones; un niño sin
traumas y solo refugiándose en una persona en la que
confiaba.
Liam pensó en cómo maniobrar para no despertar a
Henry y tocar la puerta, pero no fue necesario, Amelia
estaba esperando sentada en las escaleras.
—Lo siento, él... —Él iba a hablar, pero ella negó.
—Yo le pedí que fuera por ti. —Su cara estaba muy
contrariada, sin saber si pedir perdón—. Lamento la escena
de Lucia, solo...
Liam hizo un gesto con su mano.
—Al contrario, te agradezco la ayuda, tenías razón soy
mal padre, no me daba cuenta de lo desesperaba que
estaba por calor materno, yo... —Se rascó detrás la ojera—.
¿Dónde puedo acostar a Henry?
—Pasa, por favor. —Liam hizo caso, pero ni bien puso un
pie, sintió muchos recuerdos llegar a su mente; esa casa
había sido su refugio y su segundo hogar durante mucho
tiempo y ahora se le antojaba lejano, como si fuera un
invitado más. En la primera visita no lo había notado, pues
su desconcierto fue mayor, pero ahora, siendo solo ellos
dos, se notaba y mucho.
Subieron en silencio las escaleras camino al antiguo
cuarto de Amelia; no era un camino desconocido para
ninguno, pero existía la incomodidad, ya no eran críos de
quince años.
Amelia abrió la puerta y Liam vio a Lucia dormida en una
cuna. Con la mirada interrogante, el chico formuló una
pregunta muda que Amelia entendió a la perfección.
—Creo que es la cuna de Roland cuando era bebé, no
tengo claro en qué momento mis padres la bajaron y la
pusieron aquí, aunque es mucho más seguro dejarla dormir
ahí que en mi cama.
—Ya veo. —Liam acomodó a Henry en la cama
matrimonial de Amelia—. ¿Te molestaría quedarte con ellos
por esta noche? Es tarde, y si levanto a Lu, se despertará. Te
prometo venir a primera hora por ella.
Amelia tenía sentimientos encontrados; ya era tarde y
aunque fueran vecinos no se sentía cómoda dejándolo ir,
pero tampoco le apetecía compartir cama con él, aunque
fuera de esa forma, sonaba tonto pero le daba miedo volver
a intimar con un hombre.
Es Liam, tu mejor amigo, y la persona que nunca te
haría daño, hazlo por los niños, pensó Amelia y después de
mucho pensar y morderse los labios pudo articular:
—Quédate.
Bajó la mirada mientras lo agarraba de una manga.
—Digo. —Se mordió el labio—. Si te parece bien.
Liam no supo qué decir, estaba dividido: una parte
quería quedarse y la otra veía lo mucho que Amelia estaba
dudando al dejarlo ahí.
—Tampoco es como si durmiéramos juntos, Henry estará
en medio —agregó Amelia, pero más para convencerse ella
que a él.
Eso le dio una idea a Liam; dio tres zancadas para llegar
donde estaba Lucia y con mucho cuidado la sacó de la cuna.
Por un minuto, ambos padres creyeron que se despertaría,
pero no fue el caso.
—Eso fue arriesgado, ¿sabes lo que costó que se
durmiera? —regañó Amelia con las manos en las caderas,
casi como una madre estresada cuando existe la mínima
posibilidad de que puedan despertar a su bebé.
—Más que a mí, no creo. —Liam se pone en el lado de la
cama, que sabe que no le gusta a Amelia, con Lucia en
brazos.
—Vamos a estar apretados y tú te mueves mucho, Lu no
va a dormir nada, dámela. —Estira sus brazos para tomar a
Lucia y acostarla en su pecho mientras acomoda a Henry,
de modo que Liam tenga más espacio.
Él chasquea la lengua, molesto.
—Me he acostumbrado a dormir con Lu, no te pongas
dramática. —Amelia no tuvo tiempo de contestar porque
Henry se acurrucó en el brazo derecho de Liam, como si
fuera una almohada, haciendo que Liam le dé una mirada
de “¿ya viste?”. Ignorando el hecho de que, al día siguiente,
su brazo estaría entumido, Amelia prefirió no recordárselo.
—Buenas noches.
—Buenas noches, señorita miel. —Liam guiñó un ojo y
Amelia no se molestó en contestar.
En algún punto de la madrugada, parecía que todos se iban
hacia Liam, por lo cual al despertar tenía un pie de Lucia en
su cara, el codo de Henry en sus costillas y el pelo de
Amelia en su nariz.
Y pese a la incomodidad, él no pudo evitar sonreír.
¿Así es dormir en familia? Sintió un sentimiento cálido en
su corazón y casi se vio tentando a llorar.
¿Por qué la vida era injusta? ¿Por qué esta no podía ser
su vida? Henry llamándolo papá, Lucia siendo feliz con un
hermano mayor, un papá y una mamá que la adoraban...
Amelia sin todo ese dolor y desconfianza en los ojos.
Buscó cómo acomodarse, pero un flash de cámara lo
desorientó.
—¿Qué demonios?
—No seas grosero frente a tus hijos. —Esa voz era
conocida—. ¿Qué ejemplo les darás como padre?
Un Roland en pijama estaba tomando fotos desde varios
ángulos, para no perderse nada.
Me la juego a que mi madre y la señora Dagger le han
pagado para que haga esto, pensó Liam, molesto por el
flash.
—Al menos quita el flash, Roland, vas a despertarlos.
—¿Pues qué horas crees que son? —le preguntó Roland
con un tono un poco burlesco—, Son las doce del día,
dormilones.
—¡Las doce! —gritó Liam, despertando a Lucia, quien
comenzó a llorar con fuerza. Amelia despertó por puro
instinto y miró molesta a Liam.
—No tenías por qué gritar —reclamó, enfadada, mientras
trataba de calmar a Lucia, tarareando y meciéndola. Henry
también comenzó a despertarse por los gritos de Liam y los
chillidos de Lucia.
—¿Ups? —Roland escapó antes de ser receptor de la ira
de su hermana. Bien decía su madre “no es prudente
molestar a una madre con su cría”, y vaya que lo
comprobaba con su novia todos los días.
Liam no sabía qué hacer, Roland lo había abandonado,
él muy cobarde.
—Mía... —La susodicha frenó un poco el mal humor,
pues estaba alterando a Lucia.
—Lo siento, el instinto fue más fuerte —admitió Amelia
—. Cuando Henry era pequeño, me ponía peor si alguien lo
despertaba de la siesta, creo que era el único momento en
que John me temía.
—Pues debió temerte más —susurró Liam, enojado, pero
aun consiente de la presencia de los niños. Tomó a Henry en
sus brazos y lo acomodó en su cadera.
—Es un poco tarde, pero creo que todavía podemos
desayunar. —Henry se acomodó como si conociera a Liam
de toda la vida y volviendo a dormitar, provocando un
puchero en Amelia.
—A mí no me deja cargarlo ni se pone tan cómodo.
—Tú logras que Lucia deje de llorar, estamos a mano.
—Supongo que es normal; Henry necesitaba un padre y
Lucia una madre, de alguna manera estaba escrito, ¿no
crees? —Liam vio a Amelia de forma rara, ¿acaso ella
también tenía visiones como él?
—Amelia, tú... —Liam fue interrumpido por Ambrose que
salía de la habitación contigua.
Los dos adultos jóvenes se quedaron callados, pues
estaban conscientes de que, visto desde otra perspectiva,
en especial de un padre celoso como Ambrose Dagger, se
veían mal al salir del cuarto de la chica.
—Se le pegaron las sábanas, ¿no? —Sonrió el hombre
mayor, sorprendiendo a los chicos—. ¿Pasa algo? Dejen de
poner esa cara, no voy a matar a nadie.
Amelia lo vio suspicaz.
—¡Solo asusté a un novio tuyo! —Se defendió Ambrose
—. Y se lo merecía.
—Liam no es mi novio.
—¿Entonces de qué te preocupas? —inquirió Ambrose,
de forma inocente.
—Lo haces a propósito, ¿no?
—¿Qué cosa, amorcito?
Amelia no contestó y se marchó de ahí un poco
indignada, con Lucia en brazos, dejando a Henry, Liam y
Ambrose en el pasillo.
—No te lo está poniendo fácil, deberías comenzar a
mover tus fichas, chico.
Liam se le quedó viendo. ¿Les estaba dando su
bendición?
—Si no es por ti, al menos háganlo por los niños, ellos se
merecen lo mejor de ustedes. —Acarició la cabeza de Henry
y siguió a su hija a la planta baja, dejando a Liam con un
mar de pensamientos.
L iam sintió que estaba de regreso en el pasado; cuando
pasaba casi la mayor parte del tiempo en la casa de su
mejor amiga, desayunando, mientras escuchaba los chistes
del señor Dagger, los regaños de su esposa y a Roland
riéndose de ellos a la par que Amelia se moría de
vergüenza. La única diferencia ahora era que Amelia no lo
miraba porque estaba ocupada con Lucia, Ambrose no
bromeaba porque no sabía cómo matar la incomodidad y
Rebecca no regañaba a nadie por estar enfocada en Henry.
Era algo que Liam había vivido, pero que ya no era lo
mismo.
De repente, Rebecca dejó de centrar su atención en
Henry para darle a Liam una intensa mirada. Al principio el
chico no entendía lo que quería, pero después recodó las
palabras de su madre.
—Oye Mía... —Amelia centró su atención en él—. Mi
madre quiere hablar contigo.
—¿Conmigo? —Amelia parecía un poco confundida. Si
bien no se llevaba mal con Emilie Jones nunca pensó que
quisiera hablar con ella en privado, ¿sería sobre Liam? ¿O
sobre Lucia? Viendo su indecisión, Rebecca decidió
intervenir.
—Ya me había dicho, pero con todo lo que tengo en la
cabeza se me había olvidado.
Liam dudaba que Rebecca lo hubiera olvidado, solo
estaba esperando el momento correcto.
Como buena abogada, pensó Liam, con diversión.
—Está bien, iré a verla cuando termine de darle de
desayunar a Lucia.
Ambrose, después de una mirada de Rebecca, le quitó a
Lucia de los brazos.
—Yo me encargo de la pequeña señorita, ve antes de
que la niña cambie de opinión de quedarse conmigo —le
dijo Ambrose, rebotando un poco a Lucia.
—No me dejarán en paz hasta que lo haga, ¿verdad?
—No —respondieron ambos padres con una sonrisa.
—Diez minutos, si Lu llora antes de eso, regresaré
corriendo —advirtió Amelia antes de salir de la casa.
Emilie Jones era terapeuta especializada en niños, pero
también tenía pacientes adultos que confiaban en ella.
Dulce, pero directa, era muy buena en su trabajo, hasta
cuando no lo estaba haciendo. Primero se había fijado en
Henry y su conducta, pues era su especialidad: Un niño
tímido y necesitado de un cariño paternal evidente. Y aun
cuando su madre había tratado de protegerlo, tenía ciertas
alertas que la mujer tenía que tomar en cuenta.
—Emilie, te busca tu nuera. —Sonrió su secretaria con
complicidad. Ella, al igual que la mitad del pueblo, ya sabía
que algo pasaba entre Liam y Amelia; difícil no saberlo
cuando Rebecca y Emilie eran tan conocidas.
—¿Tengo más citas?
—No, te deje la agenda libre como me lo pediste.
—Gracias, Nico ¿Podrías llamar a Andreas y a Harriet?
—Pensé que tomarías el caso tú misma.
—No creo que sea correcto. —Emilie le dio una sonrisa a
Nicole—. Pero no la hagamos esperar más.
Nicole asintió para después ir a hablarle a Amelia, quien
entró con pasos cautelosos.
—Te aseguro que no muerdo, Mía —dijo Emilie,
sonriendo.
Amelia le regresó la sonrisa de forma nerviosa.
—Bueno pensé que era una charla informal, no una
intervención.
—No lo veas así, solo quería un ambiente más tranquilo
y donde no salieras corriendo por si mi nieta llora.
—¿Entonces todo esto es un plan de mis padres para
que hable de mis problemas?
—Solo quieren ayudarte, a ti y a Henry, ¿no te preocupa
tu hijo, Mía?
Amelia hizo una mueca.
—No involucres a mi hijo en esto, que Dios sabes que
hemos tenido suficiente calvario, ¿quieres que lo recuerde?
—Quiero que lo afronten. —Emilie se cruzó de piernas—.
Tanto tú como él.
—¡Lo estoy afrontando lo mejor que puedo!
Emilie le hizo un gesto a Amelia para que se calmara.
—Hiciste bien en irte de ahí, pero necesitas enfrentarte a
la realidad de que eres una mujer con un pasado y que este
no va a desaparecer.
—¿Entonces me darás terapia?
—No. —Le pasó a Amelia dos tarjetas—. Por mi relación
con ustedes no sería ético, pero Karl Andreas es especialista
en maltrato familiar y Harriet Fonti es muy buena con los
niños.
Amelia se removió incómoda en su asiento.
—Me sentiría mejor si tú ves a Henry, él ya te conoce y
pues...
Emilie la interrumpió.
—Es mi nieto, de sangre o no, no puedo tratarlo. —Emilie
agarro sus manos—. Confía en mí, Harriet es una buena
opción.
Amelia lo pensó por un rato; no quería que Henry se
sintiera diferente por tomar terapia. Los otros niños eran
crueles con esas cosas, pero tampoco podía negar que le
mataba ver a su hijo tan sensible a lo que le hicieran a ella.
—Bien, Harriet puede trabajar con mi hijo.
Estoy arrepintiéndome de esto, pensó Amelia dos semanas
después de la conversación con Emilie.
Harriet resultó ser una persona muy cariñosa y
confiable, Henry la adoraba y al parecer le iba bien con las
terapias. El problema era Amelia. Hoy era su primera sesión
con Andreas y se estaba acobardando.
Siempre puedo fingir una gripa muy muy contagiosa,
pero no le dio tiempo de idear más pues Liam venía
caminando hacia ella.
—No me digas, ¿tu madre te obligó? —Fue lo primero
que salió de la boca de Amelia al tenerlo cerca. Vestía de
manera muy informal; unos jeans negros, una camisa azul
marino y unos tenis, unos muy conocidos para ella.
—¿Esos tenis son los que te rallé en la preparatoria?
—Que dejé que me rallaras —corrigió Liam—. Y
respondiendo a tu pregunta, no, no iré con Andreas, solo me
aseguro que no te acobardes porque ya te conozco.
Amelia hizo una mueca y suspiró.
—Creo que ya no soy la misma Amelia, Liam. —Tomó
aire—. La Amelia que disfrutaba dejarte mensajitos bobos
en tu libreta ni tampoco aquella que no se dejaba pisotear.
A esta Amelia no la conoces para nada.
Liam tentó su suerte y la tomó por un brazo.
—Creo que sigues siendo esa Amelia, pero también eres
madre ahora y eso también es parte de ti. —Liam soltó una
risa nerviosa—. Ahora que lo pienso, siempre fuiste como
una madre para Roland, siempre te preocupabas por él.
Ese recuerdo hizo sentir a la chica más miserable.
—Y cuando él se preocupó por mí... lo mandé al
demonio. —Amelia dio otro suspiro—. ¿Sabes? Creo que
nunca te he dado las gracias, pese a mi tozudez, trataste de
abrirme los ojos.
—Los abriste un poco tarde, pero, ¿no dicen que es
mejor tarde que nunca? —Liam le sonrió—. Mía, no tengas
miedo de reconocer el error, tú no tienes la culpa de cómo
era ese malnacido con ustedes, solo estabas… enamorada.
Hizo una mueca al decir lo último.
—No, Liam, no estaba enamorada... —Amelia no terminó
la frase y se decidió zanjar el tema, yéndose sin decir más
nada, de nuevo alejando a Liam de la verdad que tanto le
hacía doler el corazón.
Después de la incómoda conversación y su huida,
Amelia llegó al consultorio, un poco tarde, pero aún dentro
de los estándares permitidos. Era el mismo consultorio que
Emilie.
Es esto o enfrentarme a Liam, pensó ella y, dando un
suspiro, entró.
D esde que tenía recuerdos, hacía eones, Enma-O siempre
había encontrado fascinantes a los humanos; las
emociones que demostraban y el arrebato, aun teniendo
una vida muy efímera, eran cosas que al Dios le
encantaban, pues su vida era muy aburrida, solo se
dedicaba a juzgar a las almas que llegaban a sus dominios y
mandarlos al lugar que les correspondía.
A veces se escapaba para poder sentir esa adrenalina
que sentían los humanos, pero nada le era suficiente, eso
fue al menos hasta que llegó esa extraña mujer.
Era una tarde como cualquier otra, estaba aburrido de
juzgar almas y justo cuando planeaba escaparse, su
hermana Enya-O apareció, frustrando sus planes.
—Hermano, tenemos un problema. —Se veía aturdida y
confundida, razón por la cual Enma decidió hacerle caso,
pues pocas cosas desconcertaban a su querida hermana.
—¿Qué tan serio es?
—Hay una mujer... —Enma la interrumpió.
—Ese no es mi trabajo, no sé porque me necesitas para
juzgar a una mujer, ese es tu dominio. —Enya le dio una
mirada de muerte.
—¡Déjame terminar! Esta mujer no está en los registros,
esta no debería ser su hora, por eso quiero que me ayudes
a revisar qué pasó, nunca nos hemos equivocado con algo
tan serio.
—Un alma más, un alma menos ¿qué más da, querida
Enya?
—¡Qué es un error! ¡Y yo no cometo errores!
Enma negó con la cabeza.
—Bien, vamos a ver a tu “caso especial”.
Ambos salieron de las estancias de Enma para ir las de
su hermana. El cambio no era mucho, quizá algo más
femenino, pero igual de sobrio; ahí en medio, estaba esa
mujer, pálida como un campo recién nevado, cabello negro
como una noche sin estrellas y unos ojos rojos como rubíes.
Sin embargo, seguía siendo una humana común y corriente.
—¿Cuál es el problema, humana? —La mujer no
contestó, entonces Enma se dirigió a su hermana—. ¿Es
muda?
—No sé. —Admitió Enya.
—¿Y no se te ocurrió verificarlo antes de llamarme?
—Solo sé que ella no debe estar aquí, mira. —Le enseñó
unos papeles.
Ahí estaba un nombre: “Mikazuki” y, en la causa de
muerte, decía “vejez”, pero estaba desvaneciéndose para
formar otra causa de muerte.
—¿Quieres decir que fue capaz de cambiar su destino?
Eso es... extraño, ¿estás segura de que es la misma
persona?
—Fue el registro que salió cuando llegó y sabes que eso
nunca falla.
Enma suspiró y volvió su atención a la humana.
—Te lo preguntaré por última vez: ¿cómo fue tu muerte?
—Morí por mi amado. —Fue su corta respuesta.
El Dios se armó de paciencia y volvió a ver a su
hermana.
—¿Y quién es su amado? —Enya sacó el registro de
Mikazuki.
—Parece que tenía un prometido humano y... oh, ya veo,
Enma hay un Yokai y un Shinigami involucrados.
—¿Entonces ese par tuvo la culpa?
—Bueno... —Enya dudó—. Según sus últimos registros,
esta humana se metió en una pelea que no le correspondía,
pero también puedo ver que Shinigami-kun tuvo mucho que
ver.
—Esos idiotas... —Enma volteó a ver a la humana—, en
vista que no fue tu culpa, haremos un trato contigo: Otro
cuerpo y cara se te dará para que a tu amado puedas
encontrar, sin embargo una advertencia hay: Si no es capaz
de reconocerte, un precio ambos han de pagar.
Mikazuki vio por primera vez al Dios a los ojos.
—¿Cómo sé que no me mientes?
—Soy el todo poderoso Enma-O, ¿por qué me molestaría
en engañarte? Si por mi fuera ya estarías en el infierno,
pero soy piadoso. Aunque eso sí, no te atrevas a jugar
conmigo, si no te reencuentras con tu amado, haré que
sufran un infierno. Enya llévala al mundo humano.
—¿Y por qué yo?
—Porque es tu responsabilidad de ahora en adelante.
Dicho eso, Enma salió de ahí.
Tal como prometió, Enma-O cumplió el trato, pero las
cosas no salieron como él pensaba.
—¡Enya! —Enma estaba furioso, había revisado el
mundo humano y la estúpida mujer estaba tirando por la
borda la oportunidad que le dio, ¿ese era su gran amor?
Ahora iban a saber esos dos quien era él.
—¿Si, hermano?
—¿Ayudaste a la humana? ¿Tal y como te dije?
Enya no respondió.
—¡Te hice una pregunta!
—¡La lleve al mundo humano! Pero ese Yokai no la
reconoció, señal de que su amor no era tan grande,
aunque...
—¿Qué?
—Una fea Tanuki y el mismo Shinigami de la otra vez
han vuelto a meter sus narices donde no los llaman.
A Enma-o no le gustaba que le vieran la cara o que
jugaran con él menos si se trataba de seres inferiores, así
que decidió darles una lección a los cuatro.
Ya van a ver que conmigo no se juega, ratas inferiores,
pensó Enma-O antes lanzar la maldición.
Abrió los ojos y ahora era Karl Andreas, uno de sus tantos
disfraces en el mundo humano, especial para esa época en
concreto pues era la careta perfecta para ver a la dulce
Mikazuki. Bueno, más bien a su última reencarnación:
Amelia Dagger.
La había estado vigilando desde su nacimiento y, por un
momento, creyó que por fin se rompería la maldición, pero...
—Señor Andreas, ya llegó la señorita Dagger.
—Hazla pasar.
La maldición se estaba tambaleando, pero aún seguía
vigente, solo era cuestión de que alguno de ellos hiciera
su movimiento.
Por eso los humanos son muy interesantes, pensó Dios
mientras sonreía.
A melia iba con regularidad a ver a Andreas, aunque el tipo
no le terminaba de convencer, su mente siempre le decía
que ese tipo se reía de ella a sus espaldas, aunque no fuera
ético.
—Estás exagerando —le dijo su madre un día que
estaban en el supermercado—. Harriet es muy buena con
Henry y Andreas es su colega, debe ser igual de bueno ¿no?
—Será bueno, pero eso no quita que sienta que se burle
de mí… ¿Qué tanto estás comprado mamá? —Preguntó
Amelia al ver que Rebecca compraba cosas que usualmente
no compraba.
—¡Oh! Pronto será el cumpleaños de Liam y Henry,
Emilie y yo estamos planeando una fiesta para todo el
pueblo. —Amelia se atragantó con su saliva al escuchar lo
que dijo su madre.
—¿Todo el pueblo? ¿Se han vuelto locas? Saben que a
Henry no le gustan las multitudes y Liam es un gruñón.
—De tal padre tal hijo ¿segura que no es de Liam?
—¡Mamá!
Algunas personas se les quedaron viendo.
—Baja la voz, cariño y vayamos a escoger la decoración
de la fiesta.
Amelia no podía creer la ligereza de su madre para con
ciertos temas, pero aun así la siguió.
—Espera mamá, al menos que sea a gusto de ellos. —
Estaba tan abstraída en frenar a Rebecca que sin querer
chocó con una mujer de cabello castaño con un vestido
floreado y unos tacones enormes—. Lo siento, señora.
Amelia no se quedó a verla bien, pero la mujer sí y, al
reconocerla, sonrió con maldad.
—Así que eres tú...Mia Dagger.
Para cuando salieron con las compras, Amelia ya no
recordaba a la mujer con la que había chocado pues se
distrajo peleando con su madre por las decoraciones de la
fiesta.
—Sigo pensando que es mala idea. ¿Y si Henry se siente
presionado? O peor, ¿y si Liam les arruina la fiesta a todos?
No digo que lo haga de manera intencional, pero, si no mal
recuerdo, él odiaba las aglomeraciones y los ruidos
molestos.
—Y los sigue odiando —afirmó Rebecca—. Pero esto será
especial para él, ¿acaso sabe que Henry y él cumplen años
el mismo día?
—No, al menos yo no le he dicho, pero supongo que
Henry sí.
—Aparte es el primer cumpleaños que pasa contigo y
con los niños.
—¡Exacto! Razón de más para que sea una fiesta
pequeña y familiar. —Amelia recalcó la última palabra a ver
si convencía a su madre, quien pareció pensarlo.
—Hablaré con Emilie, con una condición. —Rebecca
sonrió traviesa y Amelia juró que podía ver la influencia de
su padre en los ojos de su madre y por un momento temió
por su vida.
—¿Qué clase de condición?
—Que cumplas con el deseo de cumpleaños de Henry.
Amelia arqueó una ceja, eso le daba mala espina.
—¿Y se olvidarán de la fiesta en grande?
—Quizá.
—Entonces dime que quiere mi bebé.
—Él te lo dirá cuando sea el momento.
—¡Mamá! Al final no me dijiste nada.
—Solo piénsalo, por si Henry llega a decirte algo.
Amelia no contestó, a veces hablar con su madre o con
Emilie solo la confundía más ¿qué tanto podrían saber ellas
de su hijo que Amelia ignoraba?
Caminaron con las bolsas de la compra hasta la casa de
los Dagger y, cuando pasaron por el parque, una pequeña
voz emocionada se escuchó.
—¡Maaa! —Era Lucia, quien a unos metros de su camino,
intentó dar sus primeros pasos hacia ella.
Kath venía detrás de la Lucía. La pequeña estaba tan
emocionada que no se fijó en una piedra y se dio de bruces
contra el suelo.
—¡Lu! —Amelia dejó las bolsas en el piso y corrió hacia
la niña —. Mi amor, ¿estás bien?
Lucia tenía la cara roja por el golpe, su ropa estaba llena
de tierra y su puchero indicaba que estaba a punto de
soltarse a llorar.
—Ya, ya, no pasó nada. —Amelia comenzó a calmarla,
primero limpiando su ropa y luego limpiando su cara con un
pañuelo que siempre traía por si Henry se manchaba con
algo o si se caía—. ¿Cómo la dejas andar sola si apenas se
sostiene, Kath.
—Lo siento, Mía, estaba cuidando a James y a Henry
cuando se movió de donde la dejé, qué bueno que iba hacia
ti. —Katherine parecía muy preocupada por la pequeña y
también culpable.
—No pasa nada, es normal cuando cuidas a... ¿tres
niños? —Amelia, que no conocía a James, se extrañó.
—Es... complicado ¿te explico luego?
Amelia asintió y recogió a Lucia del piso.
—Mientras me la llevo a casa, ¿puedes cuidar a Henry
un rato?
—Seguro, está muy entretenido, jugando con James,
luego lo llevo a su casa. —Sonrió Kath y le pellizcó un poco
la nariz a Lucia—. Pórtate bien con tu mamá, Lu.
Amelia hizo malabares con las bolsas y con Lucia hasta
llegar a la casa de sus padres.
—Piensa lo de la fiesta y el deseo de Henry —le dijo
Rebecca a su hija, quien luchaba un poco con Lucía que
estaba inquieta por el sueño.
—Me quedaría más tiempo, pero Lu anda de malas, me
pregunto si será porque Liam está en Boston.
—Es posible, pero se lo ha tomado bien, es la primera
vez que no se la pasa llorando desde que se fue, parece que
tu presencia le hace bien y también lo de la casa.
—No lo menciones.
Amelia no estaba irritada, pero si un poco incomoda al
recodar cómo Henry y ella habían terminado viviendo con
Liam y Lucia.
Todo había comenzado cuando Amelia comenzó a ir con
Andreas.
—Chicos, hemos estado hablando entre nosotros —
Rebecca señaló a su esposo y a los Jones—, y nos parece
que a los niños les haría mucho bien que tengan una familia
unida, Harriet me lo comentó en la última cita de Henry.
Amelia asintió.
—Sí, mamá, la verdad Henry ha mejorado mucho con
ayuda de Harriet y de la familia, de verdad estoy muy
agradecida.
Liam tomo la palabra después de eso.
—No sé qué tenemos que ver Lucia y yo, sin ofender.
—Henry ha hablado con Harriet de Lucia en sus sesiones
y después habló un poco con nosotras.
En ese momento, fue interrumpida por Amelia.
—Perdóname, mamá, pero las cuestiones de Henry o de
Lucia corresponden a mí o a Liam, según sea el caso.
—Pero ustedes son muy cabezotas y su orgullo no les
deja ver qué es lo mejor para los niños. Entonces, nos vimos
en la necesidad de tomar cartas en el asunto. —Rebecca
zanjó el asunto usando su voz de abogada sin dar derecho a
réplica.
—¿Y cuál es tu solución? ¿Comprarnos una casa y
obligarnos a vivir ahí? —preguntó Liam, con sarcasmo.
Keith y Ambrose compartieron una mirada.
—Pues…
Se las habían aplicado y ahora vivían en una casa de dos
pisos a dos calles de las casas de sus padres que vivían por
una de las calles principales.
Ya libre de las bolsas, Amelia podía cargar con mayor
facilidad a Lucia, que no dejaba de moverse.
—Pequeña, espérame, ya vamos a llegar a casa. —No
era la primera vez que Lucia se intentaba amamantar de
ella y, por lo mismo, había llevado un tratamiento hormonal
de inducción para poder darle leche materna, pero aún
estaba en proceso, aunque eso no le importaba mucho a la
bebe.
—Mira amor, ya vamos a llegar a casa y te doy leche.
Lucia solo se pegó más al pecho de Amelia y seguía
tirando de su blusa, justo cuando alcanzó a romper el botón,
ella, pudo abrir la puerta de la casa.
—Eres impaciente, como tú papá. —Amelia se
desabrochó el sostén, no había querido ponerse sostén de
lactancia porque su madre habría hecho muchas preguntas.
Una vez que los senos de Amelia estuvieron libres, y
ya nadie las veía, pues estaban en su casa, Lucia
comenzó a succionar.
—Qué bonita te ves.
Amelia tomó asiento en el sillón y se acomodó de una
manera en la que ella y Lucia estuvieran cómodas.
—Necesitamos una almohada de lactancia, ¿se la
pedimos a tu papá? —bromeó Amelia, pues ni de loca le iba
a decir de Liam que ella estaba amamantando a su hija.
—¿Pedirme qué? ¿Pasó algo? Dejaron la puerta entre
abierta. —Liam entro a la casa mientras se quitaba la
chaqueta.
Amelia estaba tan sorprendida que sin querer movió a
Lucia de su seno y la niña se desprendió, dando rienda
suelta a su llanto.
Liam estaba tan sorprendido que no podía dejar de ver
los senos de Amelia, que estaban al aire, mientras el llanto
de su hija se escuchaba por toda la casa.
Trágame tierra, pensaron los dos al mismo tiempo.
¿A lguna vez te has preguntado sobre los “hubieras”?
Quizás sí o quizá no, en el caso de Liam era un rotundo
no; nunca pensó en lo que hubiera pasado si no fuera un
cobarde, solo trataba de salir adelante por su hija y por él
mismo, para él no había arrepentimiento y, si lo había, ese
molesto pensamiento le duraba muy poco.
Amelia en cambio, vivía en el pasado, envuelta en la
culpa y con el “hubiera” marcado en su mente, aunque las
cosas fueron cambiando para ambos en Raven Creek.
Liam pensaba más y más en la falta de una madre para
Lucia y Amelia cada día dejaba ir su pasado, pues ese
lastimaba a Henry.
Todo ese cúmulo de sentimientos los llevaba al punto
actual.
Liam no podía quitar la vista de Amelia, no tanto por su
parcial desnudez sino por la visión que ambas le generaron;
como madre e hija, Amelia, por otro lado, no sabía qué
hacer.
Liam al final reaccionó y cubrió a ambas con la cobija de
Lucia que estaba por ahí, había un silencio incómodo entre
ambos.
—¿Cómo...? ¿Está...? —Liam quería comentar algo, pero
todas las preguntas le parecían inapropiadas.
—Cuando fuimos a ponerle la vacuna a los niños,
comentaron que Lucia estaba un poco baja de peso para
alguien de su edad y recomendaron los nutrientes de la
leche materna.
Amelia hizo una pausa, esperando que Liam dijera algo,
pero él solo se quedó callado incitándola a seguir.
—Entonces...el pediatra recomendó una terapia de
hormonas para inducción y… —dudó un poco— pues para
darle de amamantar a Lucia. Si te molesta podemos...
Liam se acercó a ambas y, sin meditarlo mucho, se
agachó para que sus labios quedaran frente a frente.
—Eres increíble. —Sin analizar si estaba bien o no, si su
hija estaba ahí o no, Liam juntó sus labios con los de Amelia.
Para ambos fue una sensación extraña, pero agradable,
sus respiraciones se entremezclaban y Amelia sintió la
necesidad de abrir sus labios para saborear los de Liam.
Ambos chupaban sus labios y chocaban sus lenguas
como si les fuera la vida en ello hasta que un quejido los
sacó de su trance amoroso.
—Lu ya terminó de comer. —Amelia habló en un susurro
con la cara sonrojada e incapaz de ver a Liam.
—Pásamela, le sacaré los gases. —Liam sonrío con
ternura para después darle un beso en la sien a Amelia.
Aún sin poder verlo a la cara, Amelia le pasó a Lucia
para acomodarse la ropa; ya no estaba esa incomodidad por
verla medio desnuda, solo había un sentimiento cálido que
ninguno entendía, pero que les resultaba acogedor.
Liam le dio unos golpecitos en la espalda a Lucia para
que sacara los gases, para después mecerla y hacerla
dormir, Amelia no decía nada, no quería romper la
atmósfera.
—¿Dónde está Henry? —preguntó, Liam distraído en
Lucia.
—Tuvo una cita de juegos con James, el que al parecer
es nuestro sobrino. —Liam hizo un gesto de confusión—. Sí,
yo tampoco entiendo qué pasa, pero a Henry le viene bien
jugar con niños de su edad.
—¿Entonces se quedará en casa de mis padres con mi
hermana, o se van a quedar con tus padres, con Roland, o
acaso esos dos ya tienen casa? Me siento muy confundido.
Amelia soltó un suspiro.
—No eres el único, siento que estuve tan absorta en
Henry, John y, bueno, en ti y Lucia, que no entiendo nada,
solo sé que James sufre de sordera, que nuestros hermanos
lo están adoptado y que se casaron.
Liam volteó a verla ante la última información.
—¿Qué?
—Eso me contó mi papá, nuestros hermanos se han ido
a casar al registro civil para poder adoptar a James y no le
dijeron a nadie. Papá se enteró por mamá, que a su vez, se
enteró por Roland, bajo la presión o estrés lo confesó.
—¿Mis padres lo saben?
—Mi hermano sigue vivo, así que asumo que Keith no
sabe nada. —Lucia, ajena a la plática, comenzaba a
dormirse, haciendo pequeños sonidos, que hizo que los dos
adultos dejaran la charla de sus hermanos inconclusa.
—¿Podrías acostarla? Debo hablar con mi hermana. —
Liam parecía perturbado con tanta información, pero no
enojado así que Amelia decidió ayudarlo con Lucia, quien ya
estaba dormida.
Mientras Liam salía a hablar por teléfono, Amelia subió a
acostar a Lucia en la habitación que compartía con Henry,
algo que al principio pensó que el niño no querría, pero fue
lo contrario, encantado de la vida aceptó.
El cuarto era grande. Por un lado, estaba la cama
individual de Henry con un cobertor de Star Wars, cortesía
de Roland, y por el otro, la cuna de Lucia que era blanca con
un cobertor lila con estrellas y un móvil de una mini galaxia.
La acostó con cuidado y la arropó para después prender el
monitor de bebés, dándole por un momento sensación de
nostalgia, pero muy breve pues, con esos momentos,
también vinieron algunos momentos que Amelia no deseaba
recordar, así que decidió concentrarse en Lucia y darle un
beso en la frente.
—Que sueñes con los angelitos, mi niña bonita.
Lucia sonrió entre sueños, Amelia consideró su trabajo
hecho y la dejó descansar, ahora solo tenía que enfrentar al
padre de la nena.
Amelia bajó lo más lento que pudo, pues recién caía en
cuenta que ella y Liam se habían besado, ya fuera por la
atmósfera, por todo lo que tenían guardado o por simple
deseo, pero lo habían hecho, aun cuando estaba prohibido.
¿Realmente es tan malo? Pensó Amelia mientras se
sentaba para esperar a Liam que había salido a hablar con
Katie. Todavía sentía un entumecimiento en los labios como
un ligero cosquilleo, algo que nunca sintió con John.
Amelia estaba tan concentrada en la sensación que
tarde se dio cuenta que Liam ya estaba de regreso.
Ambos intercambiaron miradas, no sabían qué decir ni
qué hacer, Amelia seguía sentada y Liam iba acercándose
poco a poco hasta quedar prácticamente a lado de la joven
madre, quien, presa del nerviosismo, movía los dedos de
sus manos hasta que Liam la detuvo con su mano, sin ser
brusco, solo tomando su mano entre las suyas.
—Te amo. —Soltó de la nada el joven hombre, estaba
nervioso y eso lo hizo pensar que la mejor manera de
decirle a Amelia lo que sentía era de golpe y porrazo, así no
tendría tiempo de arrepentirse o de decir alguna estupidez.
Sin embargo, sintió que no había estado bien, de modo
que trató de explicarse mejor.
—No es un sentimiento nuevo —continuó—. Yo siempre
te he amado. Y he amado tú sonrisa, tu voz, tus ojos, esos
hoyuelos que te aparecen cada que te ríes, el rubor que
aparece en tu cara cuando estás avergonzada y sobre todo,
amo la dedicación y amor que sientes por Henry y por Lucia,
y...
Liam paró de hablar al notar que Amelia tenía lágrimas
en los ojos.
Los pensamientos de la joven eran un revoltijo, no sabía
si reír, llorar, besarlo de nuevo; todo se sentía tan complejo
y a la vez tan simple. Al final lo único que pudo salir de la
boca de Amelia fue:
—¿Por qué? —Liam iba a explicarlo de nuevo, pero ella
no había terminado—. ¿Por qué hasta ahora? ¡¿Por qué no
me detuviste?!
Las lágrimas salían sin control por los ojos avellanas de
la joven.
—¡Henry hubiera tenido un padre que lo amase! ¡ Y
Lucia una madre que daría todo por ella! ¡Y yo...! —Su voz
murió en ese momento, se sentía miserable y una estúpida
por no poder ver lo que siempre estuvo ahí.
—¿Tú qué? —Liam la agarró con suavidad de la cara y
comenzó a limpiar sus lágrimas con sus dedos de forma
cariñosa—. Dímelo, por favor.
Los ojos de ella se encontraron con los de él, la suavidad
de sus manos y su calidez, terminaron por derrumbar a la
joven.
—Y yo hubiera estado con el hombre que siempre he
amado.
Liam no pudo resistirlo más y, acunando su cara, pegó
sus labios con los de ella. Un beso casto y amoroso, pues no
pretendía presionarla, pero sentía que era algo que ambos
necesitaban. Esa confirmación de aquello que llevaban años
sintiendo. Su beso duro poco, pero justo cuando Liam
pretendía separarse, Amelia entreabrió la boca, dándole
permiso a ir más allá.
Él la miró, solo para cerciorarse de que no eran
imaginaciones suyas, y vio una mirada que le transmitía
toda la confianza que ella le tenía. Sin tener más dudas,
Liam acerco más sus rostros y puso sus manos en la nuca
de Amelia para profundizar el beso, sus alientos estaban
entremezclados y sus lenguas jugueteaban, tratando de
conocer más del otro.
El beso casto y amoroso se convirtió en uno más
necesitado, ansioso, como si ambos intentasen recuperar el
tiempo perdido.
Cuando la falta de aliento fue más que evidente, se
separaron. Amelia tenía la cara roja y un poco hinchada por
el llanto, pero eso a Liam le importaba bien poco de modo
que con la yema de sus dedos comenzó a acariciarla.
—Debo ser un espanto justo ahora —dijo Amelia. Liam le
sonrió y siguió acariciando.
—Aunque no me gusta verte llorar, eres hermosa en
todas tus facetas. —Liam besó su rostro en las partes donde
había rastros de lágrimas, ella volvió a encontrar sus labios
para besarse de nuevo.
Liam no se negó y siguieron besándose.
Cuando sintió que eso no sería suficiente, decidió
separarse de ella, dejándola muy confundida.
—¿Pasa algo? —Ella intentó acercase de nuevo, pero
Liam la paró.
—No, bonita, es por mí, me temo que, si seguimos así,
tal vez haga algo que te incomode.
Amelia pareció comprender un poco hacia dónde iban
las preocupaciones de Liam y decidió hacer algo al respecto.
—Vamos al cuarto. —Lo tomó de la mano y subieron las
escaleras.
Revisaron que Lucia siguiera dormida y se llevaron el
monitor de bebés hasta el cuarto.
—Siéntate, por favor. —Amelia le señaló la cama y Liam
obediente no la contradijo. Ella se puso frente a él y
comenzó a quitarse la ropa.
—¿Qué estás...? —Amelia puso un dedo en su boca.
—Por favor no digas nada aún.
Liam se quedó callado, pero algo inquieto. Amelia
finalmente solo se quedó con un brassier color blanco y
unas panties del mismo color, pero eso no fue lo que llamó
la atención de Liam sino su cuerpo.
Si bien a simple vista Amelia no tenía signos de
maltrato, su cuerpo gritaba de lejos otra cosa. En sus
muslos tenía lo que parecían quemaduras de cigarro
realizadas con mucha saña, parte de la cadera y cintura
tenían unas marcas horribles de una navaja que tachaba de
forma repetitiva un tatuaje que ya no tenía sentido alguno,
en la parte no tan visible de los senos también había marcas
de cortadas viejas, no tan profundas, pero si lo suficiente
para dejar marcas. Lo más impactante fue a espalda;
marcas de latigazos mal curados por todo el lugar, más
quemaduras y lo peor, algo que parecía una marca como las
que les hacen al ganado adornaba la parte media de la
espalda de Amelia.
Liam no pudo retener las lágrimas.
—¿Qué te ha hecho ese hijo de puta? —Amelia le sonrió
con tristeza y lo tomó de las manos para guiarlo hacia la
zona del tatuaje destruido.
—Eso no importa ahora, porque si tú puedes aceptarme
con todas estas cicatrices y temores… —Ella siguió
guiándolo y dejándolo recorrer su cuerpo—. Yo sé que puedo
confiar en ti y ahora quiero hacerlo, quiero sentirme amada
por el hombre de mis sueños, así que, por favor, déjame ser
tuya, Liam.
Dicho eso, se desabrochó el brassier, quedando solo con
sus panties.
Liam la vio un segundo y le dijo:
—Para siempre.
Comenzó con caricias sutiles en el cuerpo desnudo de
ella, pequeños roces que la hacían estremecerse de gozo y,
cuando tocó la punta de sus pezones con un suave
movimiento, ella soltó un gemido.
—Están un poco sensibles por las hormonas —susurró,
apenada.
—¿Puedo? —preguntó Liam, señalándolos. Ella asintió.
Liam la hizo sentarse en la cama y él se arrodilló para
quedar justo frente a sus dos senos. Recorrió el contorno
con la yema de los dedos, sacándole suspiros de placer a
Amelia quien había cerrado los ojos.
—Tus pechos son preciosos.
—Son muy normales —dijo entre suspiros—. Y con la
lactancia se me han puesto horribles.
Liam no creía eso y, para probar su punto, los pellizcó,
haciendo que Amelia soltara un gemido mucho más fuerte y
que de ellos saliera un poco de leche. Sin poderse contener,
Liam chupo el seno de Amelia mientas masajeaba el otro
con delicadeza, siendo consciente de que a ella le podrían
llegar a doler si hacía un movimiento incorrecto.
Ambos se las ingeniaron para acostarse en la cama, con
Liam arriba de Amelia, pero sin aplastarla mientras le seguía
prodigando atención a Amelia, ya no estaba solo con los
senos de ella sino que había bajado hacia la cadera en un
recorrido de besos húmedos, besando cada cicatriz,
aceptándola, esperando curar el dolor que aun parecía
haber en ellas.
—Liam. —Amelia suspiraba de placer y, aunque estaba
consciente de las cicatrices, los besos de Liam en su
maltratada piel le generaba un sentimiento de aceptación
consigo misma, algo de lo que ya estaba segura, pero que
necesitaba reafirmar: Ella aún podía amar y sentirse amada.
—¿Te gusta? —Ella asintió—. Dime si te sientes
incómoda.
Amelia no podía creer lo considerado que estaba siendo
Liam con ella, eso la hizo atreverse a tocar su pantalón,
buscando la hebilla del cinturón. Las manos le temblaban,
por lo cual Liam quiso ayudarle, pero ella lo apartó.
Liam ayudó un poco, quitándose la playera que traía y,
poniendo sus manos en las de Amelia, que aún luchaba
con ello.
—Déjame ayudarte, somos un equipo, no tienes por qué
ponerte nerviosa, ¿sí? Iremos a tu ritmo.
—Quiero hacerlo —susurró, con la cabeza baja.
—Entonces hagámoslo juntos, ayúdame a aprender a
amarte correctamente, hermosa. —Liam sujetó las manos
de Amelia y le ayudó a desabrochar el cinto y después el
botón del pantalón, la erección de Liam era más evidente
ahora.
Amelia se quedó paralizada un momento.
—No sé qué debería hacer, John solo...
Ahora fue turno de Liam de ponerle un dedo en los
labios.
—No hablemos de él, ¿tú quieres hacerlo, bonita?
—Sí, quiero poder complacerte.
Liam frunció un poco el ceño ante la respuesta.
—No es solo para mí, nos tiene que gustar a ambos, la
pregunta es: ¿tú quieres hacerlo por ti o por mí?
—Quiero aprender para saber cómo amarte.
—El amor es más que sexo, pequeña.
—Lo sé.
Viendo que Liam podría retractarse, Amelia se atrevió a
tocar su pene por encima de la tela del bóxer, acción que
dejó sorprendió al chico tanto que por un momento ella
pensó que se había equivocado y quiso retirarse, pero Liam
no la dejó.
—Me gustó, no hiciste nada mal, nada de lo hagas o
digas está mal, ¿de acuerdo? —Liam besó sus labios para
darle a entender que todo estaba bien.
Amelia, ya más segura de sí misma, siguió acariciando el
pene de Liam, primero por encima del bóxer y después sin
él. Ella no sabía mucho de sexo pues John solo la penetraba
hasta quedar satisfecho, los juegos previos no existían en su
mente, así que tocar a Liam era una experiencia nueva y
agradable, los gemidos que soltaba el chico la excitaban y
calentaban su centro.
—Mía, si no te detienes voy a correrme en tu mano —
avisó entre jadeos el chico y, muy a duras penas, pues
estaba muy concentrado en el placer que sentía. Ella lo dejó
que masturbar.
—¿Está mal que te corras en mi mano?
—No, bonita, pero no sabía si te sentirías bien con eso.
Amelia se removió, inquieta.
—¿Qué pasa? —Las mejillas de la chica adquirieron un
tono rojo.
—¿Podrías... tocarme?
Él comprendió o creyó comprender su error.
—Perdóname, bonita, estaba tan concentrado que...
olvídalo, claro que te puedo tocar. —Iba a comenzar a
acariciar su cuerpo, pero ella negó.
—Aquí. —Amelia tocó su panties, ya mojadas, y se las
retiró.
—¿Estás segura?
—Sí, amor. —Era la primera vez que le decía “amor” a
Liam y eso bastó para que él despejara sus dudas.
Amelia estaba muy mojada, tanto que Liam no dudaba
que ya se hubiera corrido, pero aun así acercó uno de sus
dedos y comenzó a acariciarle el clítoris, que era visible al
estar completamente hinchado. Al sentir el contacto, ella se
aferró a él y comenzó a jadear.
—Más rápido, por favor —suplicó Amelia, cuando no le
fue suficiente con la fuerza que aplicaba Liam, quien por su
lado metió dos dedos y fue más rápido en sus movimientos,
los movía en círculos, arriba y abajo varias veces hasta que
notó cómo la vagina se contraía y Amelia se aferraba más a
él. Fue por un segundo, o dos, pero lo supo: ella había
tenido un orgasmo.
—Liam... se sintió muy bien, nunca había sentido así, me
tiemblan las piernas. —Ambos estaban sudados y ella
trabada de recuperarse.
—Acuéstate, bonita, y descansa. —Él le apartó el cabello
húmedo de la frente.
—¿Y tú? —Amelia podía ver la erección de Liam, que aún
estaba ahí.
—No te preocupes.
Amelia se mordió el labio mientras se
acostaba. Pareció pensarlo mucho hasta que se
decidió y, una vez acomodada, abrió las piernas de par en
par.
—¿Qué?
Liam podía ver el sexo palpitante de Amelia y aun
contrayéndose por el orgasmo, poniéndolo más duro,
haciendo que la tarea de calmarse fuera imposible.
—Si quieres puedes... —Vacilo un poco la chica.
—No sé si sea buena idea, además no... no tengo
condones.
—Tomo pastillas anticonceptivas —aseguró ella—. Sé
que si eres tú, Liam, todo estará bien. —Tomando la
iniciativa, ella le agarró el pene de nuevo e intentó instar al
hombre para que estuviera más cerca de su entrada,
moviéndolo un poco una vez ahí, sacando un gemido en
ambos.
—Amelia, no podré controlarme.
—No lo hagas, solo... sé gentil ¿sí?
Ambos se vieron intensamente unos instantes y se
besaron mientras Liam metía su miembro poco a poco. Se
detuvo un segundo cuando ella gimió de dolor.
—¿Me detengo? —preguntó, preocupado, pero Amelia
solo le dio un beso en respuesta.
—No, sé que puedo aguantar.
Liam dudó un poco, pero siguió en su cometido mientras
le daba besos a Amelia para distraerla hasta que logro
meterlo completo.
—Dime cuando pueda moverme —le dijo él a ella, pero
después lo pensó mejor y en un movimiento la puso arriba
de él.
—¿Qué pasó? —Amelia puso las manos en el pecho de
Liam.
—Tú tienes el control, puedes moverte cuando quieras y
a tu ritmo, amor. —Ella sintió los ojos llorosos, entendiendo
lo que él quería decir; John jamás preguntó ni dejó que ella
disfrutara o le preguntó qué deseaba, todo se trataba de él.
Liam, por el contrario quería borrar ese sentimiento,
dándole a ella la oportunidad de mandar en el encuentro
sexual.
Comenzó a moverse lento, acostumbrándose a Liam que
era más grande y grueso que John, aparte que este era un
acto consensuado, los sentimientos eran diferentes y de
alguna manera eso lograba que el dolor pasase a segundo
plano, aún estaba ahí, pero era soportable.
Intensificó su movimiento y vio de reojo que Liam quería
agarrarle de la cadera, pero se contenía, así que ella puso
las manos de él ahí, indicando que estaba bien que la
tocara.
Amelia siguió moviéndose y, aunque sentía la excitación,
no era como lo que había experimentado previamente, y
Liam fue rápido en notarlo, así que, mientras una mano de
él se posaba en la cadera de Amelia, la otra jugaba
comenzó a jugar con su clítoris, logrando el efecto deseado:
humedecer a Amelia y excitarla al grado de que se
produjera otro orgasmo, algo difícil, pero no imposible.
Siguieron así un par de minutos hasta que Amelia llegó a
su tan ansiado segundo orgasmo, apretando el pene de
Liam y llevándolo al borde.
—¡Liam! —Encajó las uñas en su espalda.
—¡Mía! —A él no le importó y, abrazándola, se corrió
dentro de ella.
Una vez que el orgasmo pasó, Amelia se desplomó sobre
Liam, él le acarició los cabellos y se volvió girar para salirse
de su interior y acostarla en la cama.
—Jamás me había sentido así. —Amelia se tapó con las
cobijas acurrucándose esperando que Liam hiciera lo mismo
así que frunció el ceño cuando él se levantó—. ¿A dónde
vas?
Como respuesta, Liam trepó hasta donde estaba ella y le
dio un beso en la frente.
—Voy a traer un trapo húmedo para asearnos, no me
tardo.
Amelia no dijo nada, seguía procesando lo que el chico
había dicho, ¿aquellos cuidados eran comunes entre parejas
que tenían sexo?
Liam regresó rápido y no solo tenía el paño sino una
bandeja con un vaso con agua, unas pastillas y un
chocolate, dejo la bandeja en la mesita de noche y tomó el
paño para limpiar a Amelia.
—Puedo hacerlo yo —dijo la chica, pero él no quiso.
—Déjame cuidarte y mimarte un poco, ¿sí? Te traje
también un vaso con agua por si tienes sed, un analgésico
por si algo te duele y un poquito de chocolate.
Una vez que estuvieron aseados y Amelia tomó su agua,
se acurrucaron como había pensado la chica que sería
desde un principio. Liam acariciaba su pelo y ella estaba
escondida parcialmente en su pecho.
—Me encanta tu cabello, amor. —Ella sonrío y se
acurruco aún más.
—Gracias.
—¿Eh? No tienes por qué darlas, fue un cumplido.
—No lo digo por eso, sino por todo, yo... jamás pensé
que tener sexo pudiera ser tan placentero. —Liam depositó
un beso en su cabello y la corrigió.
—Yo no tuve solo sexo contigo, nosotros hicimos el amor,
nos conocimos, nos exploramos y nos aceptamos, eso es
más que solo sexo, mi niña bonita. —Le dio un beso en la
nariz.
—Ahora lo sé y fue gracias a ti, gracias, Liam por
amarme con mis defectos y cicatrices.
—El amor no se agradece solo se demuestra y yo planeo
demostrártelo por el tiempo que tú me lo permitas, Amelia
Dagger, ¿querrías ser mi novia?
Ella en respuesta lo besó.
Mientras los dos amantes estaban en su propia burbuja
de amor, en el despacho de Karl Andreas, en uno de los
cajones con llave, un reloj comenzó a andar.
T ic tac...tic tac…
Un poco desorientada, Amelia despertó, viéndose
prisionera de dos fuertes brazos y, al ver el rostro de Liam,
recordó todo lo que había pasado la noche anterior y se
sonrojó.
¿Habremos ido muy rápido? Pensó ella con angustia,
pero no tuvo mucho tiempo de ponerse a divagar porque,
en ese instante, los balbuceos de Lucia se escucharon por el
monitor así que comenzó a tratar de salir de los brazos de
Liam, aunque fueran muy cómodos.
—Liam, despierta. —Amelia recorrió los brazos del joven
hombre y luego su cara a ver si despertaba, pero recordó
que Liam era de sueño pesado y a ella le urgía ir con su
bebita.
Nunca pensé que haría esto, pensó, sonriendo traviesa,
y comenzó a darle besos, empezando por el pecho y luego
por la cara hasta llegar a sus labios. Le dio un par de besos
hasta que Liam comenzó a reírse.
—¡Estabas despierto, tramposo! —Amelia le dio un
pequeño golpe en el pecho. Liam, en respuesta, la abrazó
con más ganas y dándole muchos besos.
—¿Cuándo volveré a tener una oportunidad como esta?
Sin llantos, gritos, solo tú y... —Liam cayó en cuenta—. ¿Por
qué Lu no está llorando?
Amelia se acomodó para responderle, aunque su modo
“mamá regañona” no salió como quería, pues estaba toda
despeinada.
—Ya está despierta. —Le pasó el monitor de bebés a
Liam, que escuchó los mismos balbuceos que Lucia había
estado haciendo desde que Amelia se despertó.
—Está tranquila. —Liam estaba atónito—. Despertó y se
quedó tranquila. Dios, no sé cómo sentirme. ¡No está
llorando!
—No, pero lo hará pronto si no vamos con ella. —Amelia
aprovechó la euforia de Liam para pararse y encerrarse en
el baño del cuarto.
Después de unos minutos salió menos despeinada y con
la bata de Liam.
—Te ves hermosa, pero, ¿yo andaré desnudo por la
casa? Digo no es que me moleste, pero…
—¡Liam! Dios, parece que saqué tu lado pervertido, solo
voy a por Lucia y regreso, no me quise poner mi ropa
porque igual le tengo que dar de comer. —Amelia se
sonrojó, pero aun así le dio un beso pequeño a su novio que
Liam quería prolongar, pero Lucia ya se estaba
impacientado.
—Ve antes de que decida acabar con su racha de niña
buena.
—Ella siempre es niña buena, señor Jones.
Antes de que Liam le contestara, Amelia fue al cuarto de
los niños donde su pequeña princesa de cabello negro
estaba parada, agarrada de los barrotes de la cuna.
—Mi niña hermosa. —Lucia estiró sus bracitos para que
Amelia la cogiera en brazos—. Vamos con papá.
—Henwy.
Lucia volteó a ver la cama del niño y, al no verlo,
comenzó a llamarlo a como se diera a entender.
—¡Henwy, Henwy, Henwy! —Lucia aplaudió varias veces.
—Está con tu tía y tu primito James, ¿te acuerdas? —
Lucia movió su cabeza.
—¿Yem?
—Sí, amorcito, James, tu primo.
Lucia ya no dijo nada, así que Amelia supuso que aún no
lo reconocía bien, como seguramente tendrían más citas de
juegos, no le tomó importancia, al rato diría su nombre tan
fluido como casi podía decir el de Henry.
—Vamos con papá.
Caminó con la nena en brazos hasta el cuarto de Liam y
se paró en la puerta.
—¡Llegamos! —Amelia alzó la voz para alertar a Liam
por si estaba desnudo aún. Al no escuchar nada, entraron
donde Liam ya estaba medio vestido sentado en la cama.
—Un poco más y me salían raíces. —Liam hizo un
puchero que hacía a padre e hija más parecidos, en especial
con ese lunar debajo del labio.
—Y luego te preguntas de dónde sacó Lucia lo dramática
—le dijo Amelia y luego se dirigió a Lucia—. ¿Qué dices Lu
Lu? ¿Le damos un abrazo a papá?
La rebotó un poco.
Liam alzó los brazos para agarrar a su hija, pero la niña
se acurrucó más en Amelia, dejándolos a ambos perplejos.
—Lu Lu, no seas así con papá, ¿no lo extrañaste?
La niña vio a su papá y regresó su mirada a Amelia.
—Api.
Estiró su brazo y pasó de los brazos de la mujer a los
brazos de Liam que, en cuanto la tuvo, le comenzó a dar
muchos besos, produciendo risitas en la niña.
Amelia sonrió al ver a dos de sus tres personas favoritas
interactuar entre sí y los iba a dejar más tiempo, sin
embargo, Lucia tenía que desayunar y ellos también.
—Pásamela, voy a darle de comer y tú... ¿podrías hacer
el desayuno? —pidió con timidez, pues no estaba muy
segura si Liam querría, por fortuna no fue el caso; Liam le
ayudó a acomodar a Lucia en sus brazos.
—Acomódate, si no, te dolerá la espalda después. —
Liam puso almohadas alrededor de ambas—. Prepararé el
desayuno, ¿huevos está bien? ¿O debes seguir alguna dieta
específica? Quizá... —La risa de Amelia detuvo las
divagaciones de Liam.
—Solo debo alejarme de la cafeína, el alcohol y los
mariscos, también quizá si Lu es alérgica a algo preferiría no
comerlo, fuera de eso creo qué pasa nada.
Liam asintió.
—¿Eras igual de cuidadosa con Henry? —Amelia apretó
los labios y desvió su mirada de Liam.
—No pude amamantarlo tanto como hubiera querido,
John no me lo permitió.
—Iré a ver lo de desayuno. —Liam no quiso indagar más,
pues entendía lo doloroso, y hasta cierto punto vergonzoso,
que era para Amelia, así que la dejo tranquila con Lucia.
Les dio un vistazo más para después cerrar la puerta y
bajar a la cocina.
—Veamos... quizá unos pancakes la hagan sentir mejor.
—Se decía a sí mismo el chico mientras repasaba los
ingredientes que necesitaba cuando sonó el timbre—. ¡Un
momento!
Liam cerró el refrigerador y fue a abrir la puerta,
revelando a su hermana menor y a los dos niños.
—¡Papi! —Henry lo abrazó con mucho entusiasmo, para
después despegarse y hacer un par de señas al otro niño y
señalando el pequeño libro que traía.
—¿Me estoy perdiendo de algo? —Katie se rió de Liam.
—Con ayuda del libro, Henry le está diciendo a James
que eres su papá, James es mi hijo —le dijo sin rodeos la
joven.
Liam no supo qué decir en ese momento, sentía que
Katie se estaba metiendo en más cosas de lo que podía
manejar, pero ya era mayor de edad y tenía a Roland, así
que solo atino a preguntar:
—¿Roland está en esto, verdad?
—Al cien por ciento, como yo, ambos queremos darle
una mejor vida a James, no espero que lo entiendas, pero sí
que me apoyes, realmente te necesito, hermanito.
Liam suspiró, Katie siempre supo cómo enredarlo entre
sus dedos. En realidad, las mujeres que más quería, como
su madre, hermana, Amelia y Lucia, siempre sabían cómo
doblegarlo.
—Bienvenido sea entonces ¿es sordo profundo?
—Parece que sí, estamos viendo si mamá o alguno de
sus conocidos conoce a algún especialista.
—¿Entonces papá y mamá lo saben?
Katie asintió.
—Fue un tanto difícil para nosotros decirles, pero James
necesita ayuda, aunque parece que con todo lo de la fiesta,
las cosas se han tranquilizado.
—¿De qué fiesta estás hablando? —Katie puso una de
sus manos en su boca, arrepentida de hablar de más.
—Nada en especial, una pequeña fiesta de bienvenida a
James. —Liam no le creyó, en especial porque Katie
comenzó a mover los dedos, algo que hacía cuando decía
una mentira.
—Y seguramente no tendrá nada que ver con mi
cumpleaños, ¿verdad?
Esa última parte de la conversación fue escuchada por
Henry y, dejando a James, se acercó a Liam.
—¿Cuándo es tu cumpleaños, papá?
Liam quería la verdad, pero Henry llamándolo así, lo
desarmaba por completo.
—El dos de octubre, pequeño. —Henry formó una O con
su boca y exclamó:
—¡También es mi cumpleaños!
Liam se giró a verlo, impactado, pero su visión comenzó
a ser borrosa y le dolía la cabeza, Henry ya no estaba a su
vista ahora veía a una Amelia de veinticuatro años estirando
a un bebé hacia él, o a su versión más joven. ¿Qué estaba
pasando?
Gracias, es el mejor regalo de cumpleaños que me
pudiste haber dado mi amor.
La versión joven de Liam, acunó al bebé con mucha
ternura, Henry Ambrose Jones, ¿te gusta?
Liam veía estupefacto, ¿no era real, verdad? Henry no
era su hijo, pero aun así...
Es perfecto, gracias por ponerle el nombre de mi padre,
ambos se dieron un beso para después seguir
contemplando a bebé Henry, totalmente felices.
Después todo se volvió negro.
Ese pudo haber sido tu destino, Yokai.
Ahora es muy tarde y deberás sufrir las consecuencias.
Liam buscó la voz que se le hacía familiar, pero no
encontró nada.
De repente estaba de regreso frente a Henry, pero solo
lo vio un segundo, pues la inconsciencia se apoderó de él.
—¡Liam!
T ic tac tic tac.
En el pueblo de Raven Creek solo existía un hospital y
algunas consultas privadas de especialistas, y nadie había
visto algo como lo que le pasaba a Liam.
Todo había sido muy rápido y confuso; al principio se
atribuía a una baja de presión de forma súbita, pero,
después de desmayarse, aún no despertaba y nadie daba
una explicación coherente a ese hecho.
Ya iba para tres días inconsciente y toda su familia
estaba desesperada.
—¿Y si lo llevamos a Boston? —Emilie no sabía qué
hacer. De niño Liam nunca había sido enfermizo y justo
ahora, que las cosas iban bien con Amelia, pasaba eso.
—El problema no es ese, Emilie —explicó Ambrose,
quien estaba con ella; Keith y Rebecca estaban con Amelia y
los niños—. Whale está haciendo lo que puede, nadie sabe
qué tiene Liam, llevarlo a cualquier lado será lo mismo.
—Tienes razón, solo... esto me rebasa, Ambrose, ¿por
qué a ellos? Ahora que estaban bien.
—Nadie sabe por qué pasan las cosas, por ahora
tenemos estar pendientes de Amelia y los niños que son los
más afectados.
—Tienes razón ¿por qué no te vas tú primero? Yo iré en
un momento —dijo Emilie, con una sonrisa que no le llegaba
a los ojos, Ambrose no quería dejarla sola, pero al final
asintió.
Una vez que Ambrose Dagger estuvo fuera de su rango
de vista, Emilie volteó a una pared cercana; Karl Andreas
estaba ahí sonriendo.
—Es increíble cómo el instinto de madre te advirtió de
mi presencia. —Emilie no le regresó la sonrisa solo lo vio
con seriedad.
—Tú sabes lo que le pasa a mi hijo, ¿verdad? —Aunque
Emilie fuera más tranquila que su amiga Rebecca, si se
trataba de sus hijos, podía ser más fiera que una leona
cazando. Aunque eso a Andreas le tenía sin el menor
cuidado.
—Podría ser que sí o podría ser que no. —Bromeó como
si la vida de Liam no estuviera en peligro, pero al ver la cara
sería de Emilie, decidió mejor no agregar más.
—Sea lo que sea que le hayas hecho a mi hijo, deshazlo
ya.
—No espero que lo entiendas, pero tu hijo tiene una
deuda karmica que debe saldar, eso es lo que lo tiene así,
no algo que yo haya hecho. —Andreas no pensó que debía
darle tantas explicaciones a la madre del chico, quien no
entendía las fuerzas externas que ataban tanto a Liam como
a Amelia.
—No te creo, y cuando averigüe qué hiciste, enfrentarás
a la ley.
Dichas esas palabras, Emilie Jones se dio media vuelta,
furiosa mientras Karl Andreas se aguantaba las ganas de
soltarse a reír como poseído ¿Enfrentar la ley? ¿Un Dios?
Antes de que Emilie supiera que había pasado con su hijo,
Karl Andreas dejaría de existir...sólo era cuestión de tiempo.
Si alguna vez le hubieran preguntado a Liam, cómo se
sentía el limbo entre la vida y la muerte, quizá su respuesta
sería contar la experiencia que estaba viviendo en este
momento; no se sentía vivo, pero tampoco muerto. Era más
bien estar como en un bucle repitiendo ciertas escenas una
y otra vez.
Algunas eran de la propia infancia de Liam, de su
adolescencia, pero otras... lo confundían demasiado. ¿Qué
querían mostrarle? ¿Con que fin? Eran escenas
protagonizadas por él mismo y la mujer que amaba, pero
que no recordaba que hubieran pasado, ¿o era otra
jugarreta de su mente?
Mientras Liam seguía divagando, escuchó una risa
femenina demasiado cerca, pero no era de los recuerdos
que veía, era algo más... aterrador.
—Es un placer verte, yokai, lástima que no recuerdes
nada. —Frente al hombre, una mujer joven, de cabello negro
como la noche y una sonrisa socarrona, con una ropa que
incitaba al pecado, hablaba como si fueran grandes amigos,
aunque Liam no la hubiera visto jamás.
—¿Quién eres? ¿Por qué me dices Yokai? Tú... ¿eres la
dueña de este espacio?
Como si tuviera una silla, la mujer hizo amargo de
sentarse en el aire mientras ponía una mano en su mentón
de manera pensativa, pero solo por un instante, ya que
después se largó a reír.
—No entiendo qué es lo gracioso, te hice una pregunta.
La mujer dejó de reír.
—Todo lo que vez aquí es tu mente, tú solito te metiste
en esto, mi hermano solo te está haciendo pagar por sus
pecados.
—¿Hermano?
Sin responder, ella solo dirigió su dedo hacia una de las
paredes, con expresión divertida.
—Yo que tú, olvidaba eso y comenzaba a buscar una
salida o tú querido amor lo va a lamentar. —Dicho eso, la
mujer hizo una reverencia y desapareció, dejando a Liam
con más preguntas que respuestas.
—¡Espera!
Con Liam en coma; las vidas de Amelia, Henry y Lucia
dieron un cambio drástico que ninguno de ellos esperaba,
siendo la bebe quien tuvo que adaptarse a no ver, escuchar
o sentir a su padre.
Amelia jamás había sentido tanto dolor en su vida, ni
siquiera cuando vivía con John, sentir que había perdido a
Liam la tenía en una congoja diaria, aun cuando sus padres
y suegros parecían no querer dejarla caer; aunque ella
misma no lo haría, por los niños.
Ese día en particular, su madre y el señor Keith habían
ido por ellos para que salieran a jugar antes de llevarlos a
ver a Liam un rato, cosa que Amelia agradecía, pues ella no
tenía el valor ni la fuerza para ver al amor de su vida en ese
estado.
Con amargura, la chica recordó cuando Liam le había
preguntado si creía en los cuentos de hadas y ella, ingenua
por la edad y la vida que había llevado, respondió que sí con
la mayor de las sonrisas, y ahora, después de pensar en
todo lo que fue su vida, su respuesta era un rotundo no.
Si eso fuera real... solo pediría poder despertar a Liam
con un beso, como una princesa salvando a su príncipe de
su destino, pensó Amelia, mientras recogía unos juguetes
del suelo.
Siguió con su tarea de limpiar hasta que sonó el timbre y
ella, extrañada, fue a abrir.
—¿Que...? —Sus palabras murieron antes de poderlas
pronunciar. Su cuerpo se puso rígido y tragó saliva un par
de veces al ver a la persona que estaba en su puerta.
—¿No me invitas a pasar, dulzura? —John sonrió con
inocencia fingida mientras aprovechaba el estupor de su ex
mujer para entrar, pero ella, después de superar la sorpresa
se puso entre su ex marido y la entrada.
—Lárgate de mi casa. —Amelia no estaba dispuesta que
esa excusa de hombre profanara la casa donde vivía con
Liam y sus hijos, antes tendría que pasar por su cadáver.
—¿Acaso no recuerdas los buenos momentos? —John
mencionaba con malicia las palabras, que sabía, eran como
dagas para Amelia.
La mujer se paralizó, recordando con nitidez los gritos de
desesperación, los besos y la forma tan cruel como era
utilizada por ese hombre, y por un minuto, estuvo a punto
de derrumbarse hasta que recordó las palabras de Liam, sus
caricias y todo el amor que le había dado en poco tiempo de
estar juntos, y su valor regresó.
—Lárgate o llamaré a la policía, y te aseguro que armaré
tal escándalo que todos sabrán la clase de basura que
eres... —No pudo terminar de decir todo lo que tenía para
decirle, ya que de repente todo se volvió negro, teniendo la
socarrona sonrisa de John como última vista.
Tic Toc, Liam. Te queda poco tiempo o lo lamentarás.
La primera vez que John vio a Amelia no le pareció una
mujer ni guapa o interesante, de hecho, la mujer que
había cautivado los sentidos del hombre desde el primer
momento, fue Katie.
Ambas eran los opuestos de la otra y eso John lo sabía
muy bien, Katie era más fácil de manipular que Amelia, eso
estaba claro, sin embargo, cuando quiso hacer su
movimiento, las cosas no salieron como él planeaba desde
un inicio y eso era algo que hasta la fecha el hombre no
podía entender.
¿Cuándo su objetivo cambió tan drásticamente? Amelia
no era lo que quería, pero una parte de su mente estaba
aferrada a no dejar ir a la mujer, tanto que una pequeña
parte de John sentía lástima, razón por la cual se negó a
tener lazos con el niño de su esposa aparte de otras
razones.
Henry no era suyo, no lo sentía como tal, lo había
intentado, pero no sentía ni el más mínimo sentimiento por
él; era como si su existencia pasara desapercibida y eso, al
contrario de enojarlo, lo llenaba de alivio, pero había algo
que sí le molestaba, y era que aún con todo lo que había
hecho para que Amelia olvidara a Liam, ese tipo siempre
estuvo en sus pensamientos: al dormir, al tener sexo, ¡hasta
en un maldito tatuaje!
John no amaba a Amelia, pero no soportaba compartir ni
ser relegado por el recuerdo de algo que a sus ojos, nunca
había existido.
Rebecca Dagger creía tener un temple de acero en cuanto a
las crisis, pues, como abogada, tener la mente fría era
crucial. También la estricta educación impartida por su
madre había calado hondo en ella; pero ahora su mente era
un caos total al ver la puerta de la casa de Amelia abierta
de par en par.
Ignorando a sus amigos, Rebecca comenzó a dar pasos
hacia la puerta con un mal presentimiento que tenía desde
que Liam había caído en coma. Entró con paso lento de
manera cautelosa notando algunos detalles que cuando se
llevó a los niños a jugar con su primo: el celular de su hija
tirado bajo el sillón y el olor a una colonia de hombre.
—¿Becca? —Ambrose, después de pedirle a su hijo y
nuera que cuidarán a Henry y Lucia, regresó a la casa de su
hija con la sorpresa de que Rebecca había entrado sin
esperar a la policía o a él.
—Se la llevaron, Ambrose. —Volteó a verlo, con lágrimas
en los ojos—. Alguien secuestró a nuestra hija, ¿por qué nos
está pasando esto?
Sin poder evitarlo más, Rebecca cayó en los brazos de
su esposo, llorando. Desde la puerta, Emilie y Keith, veían
todo sin intervenir, pero con la resolución de querer hacer
algo. Por fortuna, la mujer rubia supo a quién recurrir.
Karl Andreas cooperaría de una forma u otra.
Ajeno a las promesas de dolor y sufrimiento que Emilie
Jones le prometía, Karl Andreas, mejor conocido como
Enma-O, estaba en su palacio celestial que le permitía ver
todo de manera más amplia y sin interrupciones de
molestos humanos con sus problemas aún más mundanos
que ellos mismos, el espectáculo que daban sus queridas
marionetas: Amelia, Liam, John y esa mujer que comenzó
todo.
—Y todo por celos. —Enma-O soltó una carcajada, pero
su diversión se vio terminada cuando su hermana entró.
—En lugar de seguir ese drama, ¡ponte a trabajar!
Tenemos peticiones y almas que ajusticiar, mucho tengo
que soportar al hacer tu trabajo y el mío solo para que te
diviertas. —El Dios la interrumpió.
—¡Hago mi trabajo! Debo asegurarme de que esos
humanos entiendan que conmigo no se deben de meter…
pero, ahora que lo dices, ¿cómo está mi pequeño encargo?
—Es tan idiota que no sabe que él mismo es la solución
para salir —contestó Enya, aburrida—. Aunque me preocupa
el niño.
—¿Niño? —Enma-O no recordaba a ningún niño, menos a
alguno con el poder suficiente para romper la prisión mental
de Liam.
—El niño de... ¿Sabes qué? Olvídalo, iré a ver mi sección
de almas, ¡ya que yo si trabajo!
Enma-O ignoró a su hermana al estar enfrascado viendo
cómo se desarrollan las cosas de su pequeño juego, pero al
estar tan absorto, no se dio cuenta de que algo no estaba
bien y que ese sería el comienzo de su ruina.
Henry no era tonto, puede que un poco inocente, pero sabía
captar bien el ambiente a su alrededor gracias al tiempo
que vivió con John y su mamá, por eso mismo sabía que su
papá Liam no estaba bien aunque los adultos se empeñaran
en hacerles creer lo contrario a él y a Lucia, sin embargo
sabía que se recuperaría así que les seguía el juego a los
adultos de fingir que todo estaba bien, pero ahora...
Su mamá no aparecía y todos parecían estresados como
si algo muy malo le hubiera pasado, fue por eso que, con
ayuda de James, logró entrar a la habitación de su papá, si
alguien podía arreglar las cosas era él, Henry confiaba en
ello.
Liam estaba acostado en la cama de hospital solo con
una bata sin nada conectado a su cuerpo, pues aún en su
inconsciencia podía respirar por su cuenta, sin embargo,
Henry se tensó al verlo como si nunca fuera a despertar; sin
poderlo evitarlo, el pequeño comenzó a derramar lágrimas.
—Por favor, despierta, papá, te necesitamos... mamá te
necesita, Lu Lu te necesita y yo también te necesito, por
favor, despierta. —Henry no era un niño que derramara
lágrimas con facilidad, ni siquiera cuando vivía con John,
pues su madre estaba con él, pero ahora se sentía
completamente solo.
Liam seguía reviviendo una y otra vez las horribles
imágenes de muerte que, aunque fueran personas
desconocidas, le hacían sentir un dolor tan intenso como si
su Amelia fuera quien moría frente a sus ojos. Podía ver
cómo la mujer de cabello negro era atravesada por una
espada y le ardía el corazón como si él mismo fuera
responsable y no podía entenderlo. Su mente era un caos y
estaba a un paso volverse loco, cuando escuchó una voz, la
voz de su hijo, de Henry.
—Por favor, despierta papá, te necesitamos... mamá te
necesita, Lu Lu te necesita y yo también te necesito, por
favor, despierta.
Por primera vez desde que estaba ahí pudo sentir una
calidez en la cara, eran... ¿lágrimas?
—Henry... —Liam finalmente abrió los ojos para ver a su
pequeño aferrado a él con lágrimas en los ojos.
—¡Papá! —Si antes había soltado algunas lágrimas y
sollozos al verlo despierto, Henry comenzó a llorar con más
fuerza. Liam, al no estar conectado ninguna máquina, pudo
abrazar a su hijo sin alertar a las enfermeras, médicos o
algún pasante del hospital.
—Perdona por preocuparte, pequeño. —Acarició el
cabello del niño— ¿Dónde está tu mamá? ¿Lucia está con
ustedes?
Henry levantó su cara llorosa y lo vio con esos ojos tan
parecidos a los de su madre y susurró:
—Él se la llevó, por favor sálvala, papá... salva a mi
mami. —No dijo más, solo se volvió a acurrucar, buscando el
consuelo que solo Amelia había sabido darle y que ahora
Liam le daba.
Liam lo vio consternado y eso que aún no sabía ni la
mitad de lo que realmente pasaba, después pensó en su
letargo y lo que había visto... ¿eso se volvería realidad?
Cuando Amelia despertó, su cabeza era un caos, lo último
que recordaba era haber limpiado su casa y... ¡John! Trató
de pararse, pero casi se cayó al piso por tener los pies y
manos atados.
Una suave y bufona risa se dejó escuchar.
—Tan distraída como siempre, querida Amelia. —Era
John, con pantalones de mezclilla y una camisa negra para
pasar desapercibido, o eso pensaba el hombre.
—Eres un cínico. —Le escupió la mujer tratando de
desatarse, para diversión de John—. ¿Qué demonios
quieres? ¡Henry no tiene relación contigo y yo tampoco!
John hizo una mueca de desprecio, pero le duró poco y
volvió a sonreír mientras caminaba hacia Amelia hasta
poder sostener su cara con dos dedos.
—El mocoso me importa bien poco, pero tú... bueno,
sabes que no dejaría ir a mi trofeo tan fácil, ¿no? Aparte, no
solo huiste de mí, sino que has roto una familia.
Amelia se le quedó viendo como si hubiera pedido la
cabeza.
—¿Familia? ¡Estás loco! —John no respondió. En cambio,
una voz femenina, suave y un tanto melosa, se escuchó en
la oscuridad.
—Has usurpado mi lugar. —La voz se acercaba junto con
el ruido de unos tacones, era una mujer hermosa; cabello
negro, largo hasta la cadera, sus ojos eran oscuros, pero no
se distinguía el color en la oscuridad, sin embargo solo la
miraban con odio y desprecio, aunque eso no amedrentó a
la otra mujer. Ella sabía quién era.
—¡Tú los abandonaste! Dejaste a tu hija y a tu esposo.
Amanda White, la ex esposa de Liam, la agarró de los
cabellos.
—¡Cállate, perra! —Tiró más fuerte— ¿Sabes lo que es
vivir con alguien que constantemente piensa en otra?
¡Hasta la maldita niña tiene tu nombre! Lo amaba, pero
ahora solo lo odio igual que a esa mocosa, pero, ¿sabes? Lo
que más les dolerá es perderte a ti.
La soltó de manera brusca, aventándola al piso.
—Ten cuidado, que antes de matarla, quiero darle un
regalo de despedida —dijo de forma macabra John. Amelia
dio un respingo, sabía que no había manera de salir de esa,
estaba a mereced de dos locos. Solo le quedó rezar por su
hijo, que Liam pudiera cuidarlo y hacerlo un hombre de
bien, por Lucia, que no merecía perder otra mamá, y en
Liam... su amado Liam. Rezó para que despertara, para que
encontrara una buena mujer y para que no sufriera. Terminó
derramando lágrimas cuando escuchó ruidos.
Liam, fue su último pensamiento antes de caer
inconsciente.
Salir del hospital había sido un incordio, aunque Henry lo
ayudó todo lo que pudo, la estatura de Liam fue un
problema, pero al menos no había familiares cerca para
poner las cosas más difíciles, cosa que en parte el hombre
agradeció.
Encontrar a Amelia fue otro reto, pero contra todo
pronóstico, la misma mujer de sus sueños se le apareció
delante.
—Tú... ¿Eres real? —Decir que estaba perdiendo la
cabeza era poco, ¡la mujer estaba flotando!
Ella le vio con aburrimiento.
—Con el paso de los años, los humanos son menos
crédulos de los Dioses —bufó—. Por eso luego los maldicen,
aunque debo decir que en tu caso no fue así.
—¿Disculpa?
—Olvídalo, tenemos cosas más importantes que hacer,
¿quieres rescatar a tu mujer o no?
—¡Claro que sí!
Enya sonrió, mientras más conocía a esa reencarnación
más le animaba a ayudarlo. Desde que su hermano maldijo
a esa pareja, le había asignado vigilarlos, algo que Enya
nunca estuvo dispuesta a hacer hasta que conoció a la
reencarnación previa a Liam, que curiosamente, tenía el
mismo nombre.
En esa vida no los pudo salvar y se arrepintió mucho,
pero ahora, que ellos mismos comenzaban a agrietar la
maldición, le daba la oportunidad a Enya de ayudar sin
alertar a su hermano.
Quizá ahora si podría salvarlos... quizá.
Gracias a Enya y sus poderes, encontrar a Amelia fue
fácil, pero era todo lo que podía hacer sin alertar a Enma.
—Mucha suerte, Liam.
Antes de que Amelia cayera al suelo, Liam alcanzó a
sostenerla, había escuchado todo: a John y a ella.
Para Liam, ver a Amanda no le dolió tanto como
pensaba, o más bien, no le dolió, ¿tenía sentido? Si lo
pensaba bien, la mujer le había ayudado en su peor
momento y él reconocía que no supo cómo amarla, llegando
a lastimarla; pero no le tenía consideración por haber
abandonado a la hija de ambos, y ahora su mente estaba
enfocada en Amelia, su primer y único amor.
—Mira a quién tenemos aquí, una rata ¿qué tal si la
exterminamos? —John, aprovechando a Liam distraído, le
pego, dejándolo inconsciente—. Creo que es momento de
enseñarle a Henry lo que es la vida.
Fuera de sí e ignorando la mirada de miedo de Amanda,
John comenzó a esparcir gasolina en el cuartucho de
madera, no quiso empapar a los amantes pues les quería
dar una muerte lenta y agonizante, donde perderían las
esperanzas poco a poco.
—Vámonos. —Prendió un fosforoso, que observó solo por
un momento antes de tirarlo. No tenía ni un sentimiento
encontrado con lo que estaba a punto de hacer.
Cuando el fósforo cayó, las llamas no tardaron en
expandirse a causa de la gasolina así como el humo en
aparecer con Amelia y Liam desmayados en medio del
lugar, presos a morir si alguno no despertaba. Enya al ver
todo eso quiso ayudarlos pero la maldición la frenaba.
¿Acaso era imposible evadir el cruel destino al que
Enma-O los había destinado?
—N o hay duda mi señor, la miko que trajo consigo es
quien nos ha traicionado.
Liam, a estas alturas, ya se estaba acostumbrando a
tener visiones o sueños muy vívidos, pero este en particular
le hacía doler mucho el corazón, como si él fuera esa
persona a la que le daban esa noticia, sintiendo la traición
de esa supuesta sacerdotisa.
Por otro lado, para Amelia, era la primera vez que
experimentaba dichas visiones, o recuerdos, pero el que
estaba viendo y sintiendo era doloroso y abrumador. No
sentía que fuera su cuerpo, tenía el cabello más largo, una
vestimenta rara y tenía una herida en la cabeza que no
recodaba que John le hubiera hecho, y su cuerpo parecía
moverse por voluntad propia, desesperado por algo… o
alguien.
De repente, un pensamiento, que no era suyo, asaltó su
mente: Debo salvar a Toshi.
¿Quién era Toshi? ¿De quién era voz? Sin saber si debía
confiar o no, el cuerpo volvió a moverse para salir de la
choza y ahí Amelia lo supo; ella era la intrusa dentro de ese
cuerpo.
Ambos abrieron los ojos súbitamente y, lo único que
venían, a medias por el humo, era el naranja del fuego que
los rodeaba así como el crepitar de la madera de la casucha
al quemarse. Una vez que su mente y cuerpo regresó a la
realidad, pudieron experimentar el terror al tener a la
muerte tan cerca.
Amelia, por instinto, se abrazó a su amado, buscando
consuelo o una solución al lío en el que estaban, pero todo
parecía en vano, el fuego estaba devorando todo a su paso
y en su mente se preguntó por qué John no los había
matado o rociado de gasolina, pero su subconsciente sabía
la respuesta: John quería quitarle de las manos hasta el
último resquicio de esperanza, hacerle sentir la
desesperación que una vez sintió al vivir con él; la ilusión de
poder ser salvado.
Viendo el panorama, a Liam herido y a ella misma
apenas pudiendo respirar, Amelia hizo algo que hacia
mucho no hacía: llorar. Gruesas y cálidas lágrimas caían por
sus mejillas, sus sollozos que comenzaron como pequeños
espasmos ahora era audibles, en ese momento Liam volteó
a verla y le apretó la mano.
—Te sacaré de aquí, aunque pierda la vida en ello. —
Amelia negó con la cabeza, aun llorando.
—No tenemos salvación, Liam, y me niego a vivir en un
mundo donde no estés tú. —Sabía que era egoísta; que
Henry y Lucia la necesitaban, pero también sabía que nada
sería lo mismo si alguno de ellos muriera, el dolor sería
insoportable y ninguno de los niños se merecía eso; ya
habían sufrido demasiado.
Liam apretó los dientes.
—No solo somos nosotros, lo sabes.
—Precisamente por eso lo digo; amo a Henry y a Lucia,
pero sé que si alguno de nosotros muere, la persona que
quedará, será una sombra de lo que fue, ellos ya han visto y
sufrido por nuestra culpa, y no podría vivir sabiendo el daño
irreparable que podría hacerles con mi dolor.
—¡Van a sufrir más si nos pierden a ambos!
—Ya no están solos.
Liam sentía una opresión en el pecho al escucharla,
abandonando la esperanza, a sus hijos, a su vida.
—Entonces nos sacaré a ambos. —Con dificultad y sin
dejar espacio a réplicas, el hombre se levantó y comenzó a
buscar una manera de salir. Se lo debía a él, a la mujer que
amaba, y a su familia entera. Ya no sería cobarde... no la
dejaría ir.
Mientras Liam buscaba una salida entre el fuego, Amelia
veía al suelo, pero hubo un momento en el que ambos
volvieron a conectar miradas y fue cuando ocurrió.
El dolor era insoportable, las voces no dejaban de oírse.
Nuestro amor es imposible, Mika.
Los humanos y los yokais deberían poder coexistir.
Ella es la traidora, mi señor.
No importa que pase, te protegeré, Toshi.
Pase lo que pase, en esta vida y en la siguiente, siempre
te amaré.
Eso último fue dicho al unísono por una voz masculina y
una femenina; en ese momento Liam y Amelia solo se
vieron intensamente y comprendieron que esas voces
querían decir algo.
Para romper la maldición tienen que morir... juntos.
Solo así podrán engañar al Dios que ha jugado con
nosotros desde nuestra primera vida.
Amelia.
Liam.
Por favor rompan la maldición que Emma-O nos ha dado,
solo ustedes pueden salvar nuestras almas.
Liam y Amelia no sabían qué hacer. ¿Si no morían juntos,
esto seguiría repitiéndose? ¿Llegaría el mal hacia Henry y
Lucia? No, no podrían permitirse eso, ese Enma-O no iba a
ganar.
—Espero que Henry me perdone —susurró Amelia, con
las manos temblorosas—. Confío en que Roland y Katie
cuidarán bien de nuestros hijos.
Liam le dio una triste sonrisa, pero besó la palma de su
mano y sacó un cuchillo que había escondido, y que Enya le
había dado, si iban a morir sería en sus propios términos.
—Tengo esto. —Le enseñó el cuchillo.
Amelia agarró el cuchillo por el filo, haciendo que sus
manos sangraran un poco; la voz femenina habló con
urgencia.
¡No! Ambos tienen que morir al mismo tiempo, sino no
funcionará.
Ambos se vieron.
—Te amo, Liam Jones. —Se acercó a abrazarlo.
Liam sentía sus latidos y los latidos del corazón de
Amelia sonar al mismo tiempo; tomo su mentón y la besó,
su último beso.
Unieron sus bocas, desesperados, tratando de
saborearse por última vez, que aún en la muerte pudieran
recordar el sabor de sus labios, su textura, calidez; Liam la
tomó de las mejillas, sintiendo sus lágrimas.
—Siempre te amare.
El techo terminó por ceder.
Desde fuera de la cabaña, Enya sentía cómo los dos
amantes perdían la vida entre el fuego y, para no causarles
más dolor, arrebató sus almas y las tomó con sus manos;
una pequeña alma azul y una roja que se negaban a
separarse.
—Ahora cuidaré de ustedes hasta la próxima
reencarnación, por su sacrificio no volverán a sufrir.
Enya sintió la furia de Enma y decidió huir para esconder
las almas sin que hubiera peores consecuencias, se lo
debía.
A Toshi y Mika.
A Liam y Amelia.
A sí misma.
Henry se sentía raro, con un presentimiento que no lo
dejaba en paz y sentía miedo, mucho miedo.
—Henry... —Sin saber si estaba soñando o no, Henry
escuchó la voz de su mamá hablándole.
Estaba tan hermosa como siempre; sus cabellos
castaños estaban sueltos, traía un vestido blanco que Henry
no conocía y estaba descalza. Él corrió a abrazarla, la
extrañaba.
—Mi bebé. —Amelia le regresó el abrazo para después
agacharse a besar su frente—. ¿Sabes que siempre estaré
contigo? En tu corazón.
Henry tuvo un mal presentimiento.
—¿Mami?
—Cuida a Lucia, obedece a tus tíos y tus abuelos y sé
muy feliz. —Amelia comenzó a desaparecer.
—¡Mamá!
Henry despertó, sobresaltado, y se tocó los ojos. Estaba
llorando, a su lado, Lucia se removía inquieta.
—Lu...
La niña despertó y comenzó a llorar, Henry comenzó a
mecerla pero no había fuerza humana para calmarla, solo
repetía “papá”, aferrada a su hermano. Alertada por el
llanto, Katie entró al cuarto donde estaban.
—¿Qué pasó? —Katie quiso tomar en brazos a la
pequeña, pero ella no soltaba a Henry— ¿Se cayeron?
Acarició el cabello del niño al ver sus lágrimas,
extrañada de verlo llorar.
—¿Mi mamá ya regresó? —Katie no supo qué decir, aún
no tenían noticias de Amelia, y para colmo, Liam había
desaparecido del hospital, aumentando la histeria en la
familia.
—Henry…
Antes de que Katherine pudiera decir o hacer algo, un
estruendo se escuchó fuera del cuarto, logrando que Katie,
con Lucia en brazos y Henry de la mano, salieran solo para
ver un plato hecho pedazos y a Rebecca siendo consolada
por Ambrose.
—Mi hija, Ambrose, mi bebé.
Roland no se veía por ningún lado y, aunque no entendía
muy bien, Henry lo supo, o más bien, lo aceptó.
Su madre había muerto.
El funeral había sido muy triste; al haberse muerto
quemados, de los cuerpos de Amelia y Liam no quedaba
nada, solo dos ataúdes vacíos.
Mucha gente en el pueblo fue a expresar sus
condolencias, más por los padres que por los propios
difuntos que habían dejado el pueblo a temprana edad.
Rebecca y Emilie estaban inconsolables, Ambrose todavía
no lo asimilaba y Keith… él solo quería encontrar a un
culpable.
Roland no tuvo fuerza para ir y Katie tampoco la hubiera
tenido de no ser por dos factores: Henry y Lucia, quienes
estaban parados a su lado sin decir nada ni siquiera llorar.
Lucia era muy pequeña para entender el concepto de la
muerte y Henry parecía estar en negación como su abuelo
materno.
De repente, Katie escuchó un ruido a su otro lado,
Roland había aparecido.
—Ro... —El hombre joven tenía los ojos hinchados y una
mirada desolada, parecía muerto en vida, Katie también se
sentía mal, pero después de toda una vida de sufrimientos,
parecía que ya no le quedaban lágrimas que derramar,
aparte que se negaba a hacerlo frente a los niños, alguien
tenía que ser su soporte.
—Perdón... por llegar tarde.
Lucia, ignorando la atmósfera, señaló los ataúdes y
balbuceó:
—¿Mamá? ¿Papá? —Nadie dijo nada, la pequeña insistió
— ¡Mamá! ¡Papá!
Quiso acercarse, pero Roland no lo permitió, tomándola
en brazos. Henry, al escuchar y ver a Lucia no pudo más y
comenzó a llorar también, siendo abrazado por Katie.
—Quiero que vuelvan —decía Henry entre lágrimas.
—No se puede, cariño, perdóname.
Henry sabía que no se podía, pero en su mente de niño
dolido por la pérdida, solo repetía que quería a sus padres
de regreso.
Nadie pudo consolar a los niños después de eso.
Ayaka despertó, sobresaltada, con lágrimas en sus ojos.
Sentía una opresión en el pecho y un sentimiento que no
le dejaba en paz; todavía estaba oscuro y la voz de su
asistente virtual resonó en su cabeza.
—Buenos días, doctora Kogami, son las cinco de la
mañana con doce minutos, el tiempo de hoy... —Ayaka
movió la mano para que dejara de hablar.
—Prepara mi baño, Ark.
—Noto que tu nivel de estrés es muy alto y según
biométrica, has tenido una pesadilla, ¿deseas que contacte
con un especialista? Recuerda que, si tu tono se enturbia,
deberás tener una sesión obligatoria.
Ayaka ignoró las advertencias de su asistente virtual. Se
paró de la cama y caminó hasta la ventana que le daba una
vista impresionante hacia la torre de Tokio, su lugar de
trabajo.
—Mi tono está bien, termina de hacer el desayuno para
irme.
Olvidando la pesadilla, Ayaka terminó de arreglarse y se
puso su gabardina para salir al trabajo.
Un poco lejos de ahí, un conocido Dios de cabello
carmesí, sonreía con burla, con un reloj resquebrajado en su
mano.
—Ella jamás lo encontrará y, lo que esos dos humanos
hicieron en el pasado, no habrá servido de nada.
En otra oficina gubernamental, encerrado por su propia
peligrosidad, un pelinegro, estornudó.