ARTÍCULO
Arquitectura conceptual de la violencia: sobre
la hostilidad en la obra de Eduardo Nicol
Conceptual Architecture of Violence: On Hostility in the Work of
Eduardo Nicol
Arturo Aguirre Moreno
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla - México
Para citaciones: Aguirre Moreno, A.
(2024). Arquitectura conceptual de la RESUMEN
violencia: sobre la hostilidad en la obra de Este artículo analiza la obra filosófica de Eduardo Nicol, centrándose en su
Eduardo Nicol. Revista de Filosofía Hodos, contribución a la construcción de una filosofía en lengua española y su concepto de
13(1), 16-36. https://doi.org/10.32997/rh-
2024-4842 “metafísica de la expresión”. Se examinan los desarrollos contemporáneos que
Nicol anticipa y las herramientas que su enfoque crítico y creativo proporciona para
Recibido: 3 de abril de 2024
entender dinámicas sociales y políticas actuales. Además, se revisa su idea de
Aprobado: 1 de junio de 2024 mundanidad y su relevancia en la comprensión de la existencia humana, así como
su concepción de comunidad, la cual promueve una visión de convivencia basada
Autor de correspondencia:
Arturo Aguirre Moreno en la interdependencia y la expresión compartida. El artículo destaca cómo la
[email protected] filosofía de Nicol integra la reflexión profunda con la claridad expresiva,
permitiendo una aproximación estructurada a fenómenos filosóficos complejos.
Editor: Jorge Luis Quintana Montes.
Universidad de Cartagena-Colombia.
Palabras clave: filosofía iberoamericana; expresión; Eduardo Nicol; comunidad;
afectividad hostil.
ABSTRACT
This article analyzes the philosophical work of Eduardo Nicol, focusing on his
contribution to the development of philosophy in the Spanish language and his
concept of the “metaphysics of expression.” It examines the contemporary
developments that Nicol anticipated and the tools his critical and creative approach
provides for understanding current social and political dynamics. Additionally, the
Copyright: © 2024. Aguirre Moreno, A. Este article reviews his idea of worldliness and its relevance in understanding human
es un artículo de acceso abierto, distribuido existence, as well as his conception of community, which promotes a vision of
bajo los términos de la licencia
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coexistence based on interdependence and shared expression. The article
nc-nd/4.0/ la cual permite el uso sin emphasizes how Nicol's philosophy integrates deep reflection with expressive
restricciones, distribución y reproducción clarity, allowing for a structured approach to complex philosophical phenomena.
en cualquier medio, siempre y cuando el
original, el autor y la fuente sean
acreditados.
Keywords: Ibero-American philosophy; expression; Eduardo Nicol; community;
hostile affectivity.
Introducción
Revista de Filosofía Hodos, 13(1), enero-junio/2024, p. 16-36
Arquitectura conceptual de la violencia: sobre la hostilidad en la obra de Eduardo Nicol
Arturo Aguirre Moreno
En las siguientes páginas, exploraremos la obra filosófica de Eduardo Nicol
enfocándonos en su aporte a la construcción de una filosofía en lengua
española, su visión de la “metafísica de la expresión” y su análisis sobre la
afectividad hostil como es el odio colectivo. Destacaremos que Nicol anticipa
desarrollos contemporáneos y proporciona elementos para nuevas rutas de
reflexión. Además, analizaremos cómo su enfoque crítico y creativo ofrece
herramientas para entender dinámicas sociales y políticas actuales. También
revisaremos su concepto de mundanidad y su relevancia para la comprensión
de la existencia humana. Finalmente, abordaremos la idea de comunidad en
Nicol, resaltando cómo su filosofía fomenta una visión de la convivencia basada
en la interdependencia y la expresión compartida.
Todo ello se enmarca en lo que Nicol denominó “el oficio del pensar”, una
práctica filosófica que integra la reflexión profunda y la claridad expresiva,
destacando la importancia de articular ideas, así como establecer conexiones
significativas en el pensamiento y la comunicación. A lo largo de este recorrido,
pondremos especial énfasis en la creación de arquitecturas conceptuales como
clave de aproximación a la obra, lo que permitirá una comprensión estructurada
y profunda de los fenómenos filosóficos abordados por Nicol.
1. La obra de Eduardo Nicol constituye uno de los esfuerzos filosóficos más
significativos del siglo pasado en lengua española, específicamente en la
construcción de un corpus tan sistemático como robusto. Con una veintena de
obras, Nicol testimonia este empeño, destacándose no solo por trasladar,
apropiar o introducir términos y categorías de diversas tradiciones, sino
también por la creación de conceptos propios en español.
Por ejemplo, su elaboración del concepto de expresión a lo largo de cincuenta
años muestra la dedicación y originalidad filosófica en cuestión. Así lo
testimonia su afirmación al interior de la Crítica de la razón simbólica: “El
concepto de expresión ya no tiene un alcance meramente psicológico:
pertenece al dominio de la ontología” (Nicol, 1982, p. 44-45). Este cambio se
refleja en la forma como la expresión es atendida: nexo ontológico y vínculo
dinámico de comunidad.
Apuntemos que, en la obra de Eduardo Nicol, el ser humano es concebido como
el “ser de la expresión”, ente cuya existencia se define y se realiza a través de
su capacidad para expresar y comunicar. Nicol sostiene que la expresión no es
meramente una manifestación externa, sino el fundamento ontológico del ser
humano, por cuanto actividad dinámica y estructurante de la existencia que
revela la interdependencia y la correspondencia intrínseca con los otros y lo
otro. Esta perspectiva implica que el ser humano no es un ente aislado, puesto
que su identidad y su ser se configuran en el acto de expresar (desde su sola
presencia hasta la polivalencia de sus actos expresivos) y en la relación con la
comunidad. La expresión, en la visión de Nicol, es la forma en que el ser humano
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reestructura incesantemente su carencia de ser (su contingencia: temporalidad
y cambio), transformándose constantemente en un proceso de interacción y
diálogo consigo y su entorno situacional. Así, se subraya la naturaleza
profundamente relacional, por cuanto social y comunicativa, de la existencia
humana (Nicol, 1974, p. 133-157).
En este sentido, Nicol argumenta que la expresión es un acto ontológico que
manifiesta la presencia del ser de todo lo ente y del ser propio, por lo cual esta
cualidad no puede ser comprendida solo desde una perspectiva psicológica o
subjetiva.1 Ello indica que la expresión tiene un carácter dinámico y
transformativo, que se articula en la interacción con otros seres y en la continua
actualización de su potencial ontológico.
En ese punto, Nicol enfatiza, asimismo, que la tarea auténticamente metafísica
puesta delante de nosotros con el ser de la expresión deberá discurrir,
transcurrir, en esa estancia del fenómeno. La empresa dirigida a elucidar el
concepto de expresión acometida en la filosofía contemporánea, debe mostrar
un alcance más fundamental del que logran las teorías de la significación o del
conocimiento, mismas que adquieren el rango teórico de “física de la
expresión” (Nicol, 1982, p. 89-90).
En definitiva, la obra de Nicol demuestra cómo la expresión, por cuanto
concepto filosófico, se convierte en un componente central de la ontología,
redimensionando la complejidad y la profundidad de la comunidad ontológica
y las relaciones ónticas, así como situacionales en el mundo: comunidad del ser
en lo diverso; la realidad concreta (con-crescere) de lo ente expresivo y no-
expresivo, y la comunidad expresiva.
2. No obstante, esta profundización filosófica no puede comprenderse
plenamente sin considerar el contexto lingüístico en el que Nicol desarrolló su
pensamiento.
Para esto cabe recordar que nuestro pensador se enfrenta a una lengua humilde
para el pensamiento filosófico y tardía en su incursión en la filosofía entre las
lenguas vernáculas modernas. Además, en las latitudes americanas, esta lengua
se ve aún más afectada debido a sus complejos laberintos históricos y
1 La influencia de Karl Bühler en el desarrollo de estudios sobre la expresión del XX es innegable. Bühler, en su
Teoría de la expresión (1933), publicada por Revista de Occidente al español, plantea que la expresión es una
función esencial del lenguaje que va más allá de lo simplemente comunicativo, integrando también aspectos
afectivos y volitivos. Si se observa, Nicol amplía esta idea con elementos de la filosofía de las formas simbólicas
de Cassirer, situando la expresión en el ámbito ontológico, donde adquiere una dimensión fundamental para la
comprensión del ser humano en su totalidad. Así Nicol: “Lo que pueda haber en el hombre de definitivo sólo se
da y sólo se percibe en lo que es menos definitivo: en la expresión, la cual es dinámica en cada uno de sus actos,
porque es precisamente acción” (Nicol, 1982, p. 44-45). “El fenómeno de la expresión es la única fuente de
información de que disponemos sobre el hombre, en tanto que individuo y en tanto que ser humano. Este dato
primario no es el mero hecho de una comunidad sociológica; es revelador de la comunidad ontológica: de la forma
común de ser” (Nicol, 1957, p. 76; 1974, p. 26 ss.; 1982, p. 122, 246 ss.; 1990, p. 51, 96, 231 ss.).
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culturales, marcados por el expolio, el sometimiento, la mixtura, la resistencia
y la performatividad.
En este horizonte, Eduardo Nicol deshace el complicado nudo de su propia
experiencia para comprender el exilio desde una perspectiva tripartita. En
entrevista con Rubert de Ventós, Nicol sostiene:
[...] me he hallado en una situación vital compleja, es decir, viviendo
tres exilios a la vez. Para empezar, el exilio manifiesto de vivir en una
tierra distinta de la tierra donde uno ha nacido y se ha educado.
Después está el exilio de la lengua: yo no había escrito ni una sola línea
en castellano durante mis años en Barcelona [...]. Finalmente está la
cuestión del exilio intelectual o cultural, que no está determinado por
mi presencia en este lugar llamado México, sino que es el mismo que,
en menor grado, habría encontrado en España. El hecho es que la
cultura en lengua castellana es una cultura exiliada de los centros de
producción europeos (Nicol en De Ventós, 1998a, p. 21).
En segundo lugar, de lengua materna catalana, a Nicol le nace el español al
llegar a México en su desembarco del Sinaia en el Puerto de Veracruz hacia
1939. Él mismo declara en entrevista: “Escribí por primera vez en castellano
cuando vine a México. Por tanto, he tenido que trabajar de una forma más
asidua con el instrumento de expresión que es la lengua castellana” (Nicol,
1998a, p. 21). Así, su labor no se limita a filosofar en español;2 vive las fronteras
lingüísticas, mejor aún, habita activamente desde sus exilios en la creación
filosófica en lengua española que las situaciones vitales le han impuesto:
Tengo que vivir en un lugar y un tiempo que no son cualesquiera —los
que yo quiera— sino precisamente los de aquí y ahora; pero esto me
permite la experiencia de la innovación histórica, y me salva de tener
que repetir en el presente lo que ya fue vivido por otros en el pasado.
Tengo que vivir como individuo, limitado por mi singularidad
insuficiente y por la escasa dotación de capacidades que he recibido y
que me caracterizan o distinguen; pero esto me permite justamente
“distinguirme” ejercitándolas con iniciativa, ser distinto de cualquier
otro individuo y vivir la gran aventura que es completar mi ser
insuficiente con el ser de los demás [...]. Tengo que vivir inmerso en un
ambiente que ha sido formado por otros, sobre cuya existencia no
tengo potestad, y en el cual se producen acontecimientos de los que
no puedo sustraerme; pero esto me permite conjugar mi vida con las
ajenas e intervenir en este mismo ambiente social, siempre como
2 “Es un hecho que no tiene ser propio quien no tiene manera propia de hablar. La llamada propiedad o
autenticidad existencial no depende de unas ciertas actitudes insólitas ante la vida, o ante la muerte […]. En lo más
radical y sustantivo, que es lo común a todos, la autenticidad de la existencia depende de la autenticidad de la
expresión. La autenticidad implica la diversidad. Diríamos mejor que la produce. Cada lengua y cada lenguaje
representan modalidades de ser diferente. Una lingua franca, uniforme para todos no es vía de autenticidad para
ninguno. Ser auténtico es ser diferente. Por esto, la libertad de la lengua es la primera libertad del ser (Nicol, 1972,
p. 202-203).
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protagonista, nunca como espectador o como sujeto meramente
receptivo (Nicol, 1963, p. 139).3
En la obra de Nicol, podemos descubrir aspectos que desafían la noción
convencional de comunidad: el exiliado no es meramente un individuo aislado,
sino parte de una trama más compleja, una entidad que no solo se enfrenta a
descomposiciones políticas o históricas, antes bien, vive las tensiones de la
exclusión, el desplazamiento y la violencia. Estas experiencias lo llevan a
cuestionar y reconsiderar la idea de comunidad más allá de sus contornos
tradicionales. Destaca, por tanto, cómo el individuo no existe aislado, sino que
está siempre en relación con otros y con el mundo: “El hombre conforma un
entramado de disposiciones ante la realidad que lo sitúan y orientan en la vida,
es decir, configuran su situación vital” (Nicol, 1972, p. 323).
En este plano, Nicol aborda cómo los individuos enfrentan a las realidades de la
exclusión y la marginación, y cómo pueden contribuir a la reconstrucción de la
comunidad. Su perspectiva enfoca las crecientes cuotas de violencia y
desplazamiento de un siglo tan beligerante como criminógeno, para pensar en
español y a asumir una responsabilidad innovadora como filósofo creador. 4
Nicol convoca, así, a repensar el legado crítico de la tradición, evitando la
sumisión a ismos y militancias, e insta a practicar la filosofía con serenidad,
philía y revolucionariamente, ante una época cada vez más intrusa; porque, en
verdad:
no elegimos el lugar de nuestro nacimiento (país, clase social), ni la
dirección, ni cualidad de nuestra educación básica. No podemos
impedir ni eludir las grandes transformaciones sociales, las
revoluciones y las guerras que ocurren en nuestro lugar. Luego
decimos que nuestros tiempos son agitados, porque en el lugar donde
estamos presentes se producen agitaciones que repercuten en
nosotros, si no es que intervenimos activamente en su producción. En
todo caso, nuestra situación en el mundo viene caracterizada por los
acontecimientos que se producen en el lugar donde estamos. Y si nos
trasladamos de lugar ocurrirá lo mismo. Hay lugares en donde nuestra
iniciativa puede desplegarse con mayor holgura, como hay tiempos en
que el medio penetra menos coactivamente en el curso de nuestra
vida; y esto, en ambos casos, no hay razones legislativas o políticas,
sino acaso mucho más, por razones de costumbres y el modo como la
gente ha venido a organizar su existencia. Hay épocas intrusas y
épocas respetuosas y discretas, lo mismo que personas (Nicol, 1963,
p. 106).
3 En la versión de la Psicología de las situaciones vitales de 1941 el párrafo citado no aparece en el parágrafo
intitulado “Limitación y destino”.
4
“Sólo el filósofo creador, el pensador en tanto que poités, puede lograr una comprensión de la crisis del sentido
que sufre la filosofía, y sólo puede lograr que participemos de su comprensión comunicando una experiencia que
es personal y filosófica a la vez. Sus declaraciones conmueven, sin perjuicio de la pureza del pensamiento, porque
no revelan una intimidad emocional: revelan más bien la intimidad de una filosofía cuya esperanza es insegura”
(Nicol, 1980, p. 104).
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Así, Nicol no se limita a traducir conceptos de otras tradiciones al español;
además, adapta y enriquece la tradición filosófica hispanohablante mediante la
integración de problemas, situaciones o temas desarrollados en la vida pública
con su cotidianeidad.5 En consecuencia, este proceso de integración amplía el
horizonte filosófico en español, al tiempo que permite a Nicol explorar las
profundas conexiones entre la vida cotidiana y las elaboraciones filosóficas. Así,
se crea un diálogo dinámico entre la realidad práctica y el quehacer teórico, lo
que enriquece ambos campos y aporta una perspectiva única a la tradición
filosófica hispanohablante. 6
De este modo, el “oficio de pensar” (Nicol, 1998b, p. 166) se centra en la
deconstrucción de la metafísica, revelando sus contradicciones entre lo
constituido como tradición y la dignidad ontológica de la realidad dada (Nicol,
1990, p. 87-110), así como sus múltiples significados. Este enfoque también
pone énfasis en la performatividad de las ideas, que no solo describen la
realidad, sino que también la crean a través de su propia formulación. Por lo
tanto, Nicol, mediante este ejercicio, refina y crea conceptos filosóficos,
dotándolos de nuevas dimensiones y significados que reflejan tanto la
universalidad como la particularidad del pensamiento filosófico expresado en
español.
Para ilustrar este proceso de refinamiento y creación conceptual, Nicol explica:
Oficio. Oficio de pensar y de hablar. El primero implica la capacidad de
articular ideas; de establecer conexiones; de dar prominencia a las
principales; en suma, de ir en cada caso al meollo del asunto. El oficio
de hablar consiste en la capacidad de utilizar del mejor modo todos los
recursos expresivos del lenguaje, con especial cuidado en la claridad.
Porque un pensamiento cuya expresión no es clara es un pensamiento
que permanece oscuro en la mente. Oficio (Nicol, 1998b, p. 168).
5 Nicol, en su obra póstuma Las ideas y los días (2007a), destaca la profunda relación que tiene el pensador con su
tiempo, es decir, la filosofía con la vida pública, argumentando que los conceptos filosóficos no deben ser tratados
como abstracciones aisladas sino como elementos profundamente interconectados con la realidad cotidiana. En
esa obra, por tanto, aborda diversos temas como la educación, la cultura, la ciencia, la política y la guerra. Ahí se
explica cómo la educación no debe verse solo como una acumulación de conocimientos, sino como una formación
integral del ser humano que influye y es influenciada por la cultura y las situaciones históricas (Nicol, 2007, p. 198).
Asimismo, resalta que la barbarie, entendida como una deshumanización y pérdida de valores o ganancias
históricas tiene repercusiones directas en la vida cotidiana y la forma en que los individuos se relacionan con su
entorno y con otros (p. 212). Además, examina la intersección de la ciencia y la filosofía, argumentando que la
ciencia, al igual que la filosofía, debe mantener una relación estrecha con la vida pública y los problemas sociales
(p. 245). En cuanto a la política y la guerra, subraya cómo estos fenómenos impactan en la estructura social y en
el desarrollo de la cultura, destacando la necesidad de un análisis filosófico que contemple estos aspectos (p. 276).
6 El desarrollo de la obra nicoliana, tanto en estilo de escritura como en alcances, permite una división en dos
grandes grupos. El trabajo sistemático, que comprende sus estudios más rigurosos y formales, entre ellos:
Psicología de las situaciones vitales (1941), La idea del hombre (1946), Metafísica de la expresión (1957), Los
principios de la ciencia (1965), El porvenir de la filosofía (1972), Reforma de la filosofía (1980), Crítica de la razón
simbólica (1982), Símbolo y verdad (2007a), Ideas de vario linaje (1990)], y trabajos ensayísticos, donde aborda
temas más variados y aplicados, obras tales como Vocación humana (1953), Historicismo y existencialismo (1950),
Agonía de Proteo(2004), El problema de la filosofía hispánica (1961), Formas de hablar sublimes (1990), Las ideas
y los días (2007).
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En este sentido, la experiencia nicoliana pone de manifiesto que habitar una
lengua implica más que simplemente utilizarla como recurso de comunicación;
conlleva un compromiso con sus estructuras, matices y potencialidades
expresivas. Visto así, Nicol, al habitar el español, no se limita a emplearlo de
manera instrumental, sino que explora y expande sus posibilidades creativas;
transformándola y enriqueciéndola a través del pensamiento y la producción
intelectual.
Habitar una lengua, entonces, es un acto de profundo entendimiento e
interacción que involucra tanto la comprensión íntima de sus características
intrínsecas como la capacidad de desarrollarlas y ampliarlas mediante la
actividad filosófica.
3. En este proceso, habitar una lengua se convierte en la creación de
arquitecturas conceptuales que permiten residir en ellas, estableciendo
espacios de pensamiento y reflexión que son únicos a ese idioma. Propongamos
la idea de “arquitecturas conceptuales” para remitir a estructuras proyectadas
y edificadas a partir de conceptos y categorías que permiten analizar y
comprender un área específica de conocimiento.
Este enfoque se aplica, en particular, para la revisión de la obra de Nicol,
facilitando experimentos o ensayos de la razón frente a determinados
fenómenos, eventos, conceptos y problemas. Por tanto, estas arquitecturas
implican la creación y disposición sistemática de conceptos interrelacionados,
permitiendo su visualización crítica. 7
De este modo, una arquitectura conceptual establece un marco coherente que
sustenta el análisis filosófico, brindando una comprensión detallada y
estructurada del tema a desarrollar; además, actúa como una herramienta de
localización de conceptos y su función dentro de ella; por lo cual permite
mapear ideas, identificar áreas de incertidumbre o controversia, y trazar otras
rutas hacia nuevas comprensiones y soluciones. En esencia, una arquitectura
conceptual no solo organiza el conocimiento, también promueve la innovación
y la claridad en el análisis filosófico, iluminando nuevas perspectivas y enfoques.
Por lo tanto, este hacer arquitectónico de una metafísica de la expresión y una
crítica de la razón simbólica de Nicol, contribuye significativamente a la
expansión del léxico filosófico en español, promoviendo una mayor
comprensión y diálogo entre diversas tradiciones filosóficas. Así, fortalece la
capacidad del español para expresar ideas complejas y novedosas en el ámbito
del pensamiento contemporáneo, enriqueciendo tanto la filosofía como el
propio idioma.
7 Para otros ejemplos sobre el estudio desde arquitectura conceptual véase Aguirre (2023) “Humanidad doliente:
la violencia contemporánea en la obra de Eduardo Nicol”; asimismo, Aguirre (2019), “Arquitectura conceptual de
la violencia. La ciudad y el maldito en Las leyes de Platón”.
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Amplíemos que la póiesis teórica, o creación de arquitecturas conceptuales
novedosas, no solo enriquece el acervo de conocimiento, más aún, redefine
activamente nuestra comprensión e interacción con el mundo. Cabe resaltar
que estas arquitecturas no son meras adiciones a un corpus existente; son
reconfiguraciones de frontera que pueden transformar el reconocimiento de
principios, maneras de operar conceptos y nuestro discernimiento colectivo de
la realidad común. En este sentido, Nicol afirma:
Como progenitor de la modalidad científica del pensamiento, o sea de
un modo específico de interrogar y responder, el filósofo no descubre
una realidad privativa, reservada para el examen de la ciencia, y
distinta de la realidad común de todos los demás. La realidad es la
misma para todos, como afirmará Heráclito. La ciencia no es sino una
manera distinta de ver una realidad común (Nicol, 1965, p. 382).
Después, la ciencia, en primera línea la ciencia metafísica, no ofrece una visión
diferente de la realidad común; más bien, se trata de un modo específico de
interrogar y responder sobre esa misma realidad. No se trata de descubrir una
realidad científica aparte de la realidad cotidiana, sino de aplicar un conjunto
de principios y técnicas para investigar, comprender y explicar los fenómenos
del mundo, de la realidad común y la misma para todos. La ciencia, entonces,
opera dentro del mismo marco de la realidad compartida, utilizando y creando
recursos que permiten formular preguntas precisas para el pensar.
Pensar… en definitiva, se convierte en un proceso de habitar y expandir
continuamente un espacio de ideas, delineando posibilidades
multidimensionales de interpretación y análisis del mundo, interactuando
constantemente entre lo expresado, lo omitido y lo inadvertido.
4. Indiquemos que la historia actúa como barómetro de la preservación,
marginalidad y eventual olvido de toda producción humana. En este contexto,
la relevancia de una obra filosófica no se mide por el volumen de lo publicado
(asunto no menor), sino por la riqueza de lo “impensado” (Merleau-Ponty,
1964, p. 196), es decir, aquellas categorías y arquitecturas conceptuales que
emergen como innovadoras y revolucionarias dentro del marco histórico del
pensamiento. Estos elementos impensados revelan la fertilidad de la obra para
cuestionar los límites del conocimiento, además de expandirlos generando
nuevas perspectivas y comprensiones que redefinen el panorama intelectual de
su tiempo y el futuro de la filosofía.
De esta manera, la trascendencia significativa de la obra filosófica de Nicol
reside en su capacidad cuestionar y ampliar los horizontes del pensamiento
establecido. Esta capacidad se hace patente en cómo su obra puede reformular
lo recibido, ofreciendo posibilidades que antes se consideraban fuera del
alcance. Este empeño tan creador como revolucionario se manifiesta también
en esta obra escrita en castellano, la cual, lejos de esquivar o rehuir, abraza con
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firmeza el uso de términos de linaje griego, evidenciado en el título de su texto
central, Metafísica de la expresión. Esta elección no es mera tenacidad o
ingenuidad por parte de Nicol.
Por un lado, los innumerables folios publicados, junto con manuscritos de
archivo que contienen notas de investigación, preparativos para el Seminario
de Metafísica, directrices, retractaciones y revisiones críticas que evalúan a los
grandes pensadores de la historia de la filosofía, revelan el meticuloso trabajo
de Nicol para determinar si su escritura finalmente afirmaría la metafísica tras
un riguroso escrutinio o la descartaría como un relicto del pasado.8
Además, el impulso de renovación teórica y revitalización filosófica alimenta
continuamente su trabajo (Nicol, 1990, p. 201-205), que en este contexto se
manifiesta como el único enfoque efectivo para criticar la metafísica:
adoptando plenamente su herencia en el esfuerzo de una revisión destinada a
dinamizar el progreso y eliminar lo que ya no resulte beneficioso para el futuro.
Esto es, un pensamiento revolucionario 9 que se resiste a cualquier normativa,
doctrina o lema, y no se adscribe a ningún estandarte o consigna, ni se
circunscribe a un ámbito filosófico específico, desvinculado de la situación en la
que se forma tanto teórica como históricamente. Aquí sostiene el filósofo
barcelonés:
Las revoluciones filosóficas no son nunca locales. Quiero decir, no se
producen nunca en un sector separado, sin afectar al resto. Por
ejemplo, la ética, pero no la ontología; la ontología, pero no la
epistemología. Lo que está en crisis en una situación revolucionaria, es
el sistema entero de la filosofía, su organismo integral. Por tanto, la
solución de tal crisis, ha de ser, no una teoría original (esto se da por
supuesto), sino una nueva fundamentación. Esta teoría dice la gente
del oficio que es revolucionaria. Pero esto se dice sin precisar en qué
consiste la revolución. No es un cambio de una filosofía por otra; no es
una mera crítica de los antecedentes. La revolución es una operación
global y unitaria, que señala un cambio de orientación en la forma de
pensar. La revolución es ante todo un estado de conciencia filosófica:
una conciencia de la situación (Nicol, 2007a, p. 462).
En consecuencia, el carácter innovador con el cual Eduardo Nicol concibió su
trabajo en el despliegue de la Metafísica de la expresión10 se revela como una
8 El Archivo Nicol hoy se encuentra resguardo en el Instituto de Estudios sobre la Universidad de la UNAM, en la
Ciudad de México, y hay una copia facsimilar depositada en la Biblioteca Tomás Navarro Tomás del CSIC, en
Madrid.
9 “La palabra modernidad a mí no me gusta, porque yo soy un revolucionario. Y, naturalmente, el revolucionario
no comparte por definición, las cosas de su propio ambiente. En este caso por cosas entiendo las ideas
dominantes” (Nicol, en De Ventós, 1998a, p. 23).
10
Por cuanto libro que encarna la vocación revolucionaria de la obra de Nicol y que profundiza en el núcleo del
problema del vínculo y la comunidad se desarrolló entre 1948 y 1957. Presentado inicialmente como un plan de
trabajo en 1942, Metafísica de la expresión emerge como el aspecto activo y positivo, reflejando la vocación del
logos filosófico y del filósofo frente a un mundo en conflicto. Este mundo no solo cuestiona, sino que confronta y
a menudo neutraliza las vocaciones libres, la filosofía, y el logos como acto comunicativo, llegando a menoscabar
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obra en diálogo permanente tanto con los alcances de la filosofía clásica como
con las limitaciones impuestas por los nuevos paradigmas de la fenomenología
contemporánea. A decir de su creador, la legitimidad de esta metafísica de la
expresión surge en respuesta a la inoperancia de una metafísica tradicional que
se extiende desde Parménides hasta el sujeto trascendental husserliano.
Además, la presión de los cambios paradigmáticos en la ciencia física, la
intensificación de presupuestos modernos tecnológicos y políticos totalitarios,
así como el reajuste filosófico promovido por el historicismo y la
fenomenología, hacen insostenible para Nicol mantener la antigua ciencia del
ser tal y como fue concebida y consolidada desde el siglo V a.C.
Adicionalmente, como se puede apreciar, el afán revolucionario de Nicol se
manifiesta como una tarea obligada para el pensamiento crítico que se
despliega sobre la filosofía misma en tanto sistema histórico. La filosofía se
desprende, así, de teorías ancladas en la sustancialidad, invisibilidad,
inmutabilidad, identidad y suspensión temporal del ser. De ahí la afirmación: “El
ser está a la vista. Lo que vemos ya es el ser, cualquiera que sea la intención de
la mirada, y como quiera que esté constituido el ente que miramos” (Nicol,
1990, p. 90).
En última instancia, insistamos, el desarrollo de la filosofía nicoliana (ciencia del
ser con los puntales de la expresión y el símbolo) no constituye una revisión
diletante de conceptos, sino una labor arquitectónica para formular otros
principios que respondan adecuadamente a los fenómenos ante los que se
enfrenta en el reconocimiento de la patencia del Ser y los procesos de
conocimiento ante él. Esto puesto que, según Nicol, “la metafísica tradicional
no ha quedado invalidada porque hubiera planteado la cuestión del principio
[…] cuando trataba de resolver el problema del ser, sino precisamente porque
se concibió a sí misma como ciencia del ser; para ello tenía que distinguir entre
ser y realidad, tenía que desdeñar a la realidad y acabar claudicando y
recurriendo a ella de todos modos” (Nicol, 1957, p. 40). Veinticuatro años más
tarde sentencia:
Conviene ante todo “recuperar el ser” en una evidencia inapelable que
se ofrezca como fundamento de la existencia y a la vez de toda ciencia
posible. […] Todas las variantes sistemáticas concuerdan en un punto
negativo: la filosofía no ha logrado convertirse en una auténtica
fenomenología en ninguna de sus operaciones de reforma. El hecho
no es una simple coincidencia; se debe a una razón orgánica, y por esto
la reforma no ha de afectar solamente a unos productos del
pensamiento filosófico, sino al propio organismo de la filosofía. Ha de
iniciarse una nueva manera de pensar y de expresar el pensamiento
(Nicol, 1974, p. 124).
la capacidad de la razón para conceptualizar la comunidad. Esta visión se adelanta en el prólogo de Nicol a los
Diálogos sobre la religión natural de David Hume, publicado por El Colegio de México en 1942.
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Arquitectura conceptual de la violencia: sobre la hostilidad en la obra de Eduardo Nicol
Arturo Aguirre Moreno
Por lo tanto, debemos advertir la trascendencia de la obra de Nicol no solo en
lo que dijo, sino en el “impensado nicoliano” que constituye su legado al
trascender los parámetros situados de su origen teórico, epistémico, cultural,
social, etcétera.
En efecto, legar implica transmitir un pensamiento que trasciende la posesión
de ideas o conceptos atribuidos al filósofo creador. Legar se refiere al diseño de
arquitecturas conceptuales innovadoras que abren nuevos espacios para el
pensamiento, previamente inexistentes.
5. Abordar la filosofía de Eduardo Nicol en el siglo XXI implica mantener el
enfoque revolucionario, crítico y consciente de la situación propia, mismo que
no puede ser simplificado a un marco epistemológico de interpretación. Su obra,
por su naturaleza, exige un desarrollo que trasciende el encuadre
hermenéutico, por más valioso que sea.
En lugar de ello, es primordial desplegar metodológicamente una perspectiva
“epistemológica de pensamiento crítico” (Vargas, 2011, p. 13-14) para explorar
los desarrollos y expectativas inherentes a la filosofía de la expresión de Nicol.
Esto implica identificar y desarrollar categorías interpretativas basadas en un
análisis riguroso de los textos y contextualizar sus ideas en el marco del siglo
XXI. Relacionar sus escritos con problemas contemporáneos y desarrollos
filosóficos recientes permite advertir aspectos fértiles y de lo impensado en su
pensamiento. Las categorías interpretativas emergen, por ello, del propio
contexto, reflejando los temas y conceptos clave de la filosofía de la expresión
de Nicol hacia saberes situados de nuestro tiempo.
Al respecto, Nicol describe su programa de la siguiente manera:
El programa de esta obra [Metafísica de la expresión] no abarca el
desarrollo completo de una ontología del ser humano. Tampoco
puede incluir los temas de una “filosofía de la expresión”, la cual,
aunque fundada ontológicamente en los términos presentes, derivaría
—y será conveniente lograr después esta derivación— hacia los
campos de la estética, la ética, la teoría del conocimiento, etc. Hemos
de confinarnos, por ahora, en el tema de la expresión desde el punto
de vista estrictamente ontológico [...] pues el objetivo principal
consiste en mostrar que la metafísica de la expresión es posible y
necesaria (Nicol, 1957, p. 214-215).
Por nuestra parte, el trabajo emprendido en los últimos 17 años, tras la
recuperación y edición de parte del archivo de Nicol,11 no ha consistido en
reiterar lo dicho ni en corregir lo ya establecido, sino en operar sobre algunos
11Principalmente en la labor de compilación y edición de escritos en los dos volúmenes póstumos publicados en
2007 como becario “Dr. Eduardo Nicol”: Las ideas y los días. Artículos e inéditos 1939-1990, así como Símbolo y
verdad (2006).
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Arturo Aguirre Moreno
conceptos, amplificar ciertos enfoques y extender algunas intuiciones
nicolianas. Esta labor continua de reinterpretación y expansión demuestra la
vitalidad y relevancia perdurable de su pensamiento, adaptándolo a nuevos
contextos y problemas contemporáneos.
En suma, al revisitar la obra de Eduardo Nicol, destaca la filosofía como oficio
del pensar y resulta pertinente para la construcción de otros saberes ante
nuestra época de violencias crecientes. Veamos.
Entre 1970 y 1982, Eduardo Nicol, con una sensibilidad histórica destacable,
reconoce que la filosofía enfrenta un problema de proporciones catastróficas:
el peligro de su fin (Nicol, 1990, p. 313-326; 1972). En tal tenor, alerta sobre la
aparición de una forma de racionalidad cuyo objetivo principal radica en
gestionar procesos de interacción basados en la utilidad y explotación. Así,
examina la crisis de la racionalidad contemporánea, bajo lo que denomina la
emergencia de una barbarie novedosa.12 Este tiempo se distingue por una
racionalidad desprovista de justificaciones, bajo el “régimen totalitario de la
razón” (Nicol, 1972, p. 32). 13 De esta manera, subraya cómo este cambio marca
una alteración significativa del pensamiento que busca comprender y valorar la
complejidad del mundo y de la condición humana, hacia una lógica instrumental
que prioriza la eficiencia, el desempeño y el control.
El archivo Nicol brinda testimonio de que entre 1963 y 1970 el pensador se
detiene; no prosigue en su empeño de un nuevo sistema de pensamiento. En
ese periodo reflexivo, Nicol sospecha que un cambio epocal se ha gestado: 14 la
razón de fuerza mayor no es episódica, sino que se ha establecido
estructuralmente (de ahí la afirmación de un régimen totalitario de la
forzosidad), el cual corroe, haciendo inoperantes las ganancias históricas, tan
plurales como diversas que hacen al mundo ser mundo.
12 Nicol denuncia la aparición de una nueva barbarie caracterizada por una racionalidad utilitarista y tecnocrática
que amenaza con destruir la esencia misma de la filosofía y la cultura. Como se viene afirmando, el catalán sostiene
que esta racionalidad, centrada en la eficiencia y el control, despoja a la razón de su capacidad crítica y humanista,
convirtiéndose en una fuerza opresiva que uniformiza el pensamiento y reduce la diversidad cultural y
potencialidad creadora (Nicol, 1972). Con todo, la nueva barbarie es una noción desarrollada por diversos
pensadores en el siglo XX para describir la deshumanización y el peligro inherente en una racionalidad instrumental
que privilegia la técnica y la eficiencia sobre los valores. Ortega y Gasset (1998), Michel Henry (2001), Hannah
Arendt (1993), así como Adorno y Horkheimer (2006), entre otros tantos, analizaron cómo esta racionalidad
despoja a la cultura de su eje crítico y humanístico, llevando a nuevas formas de masificación, homogenización,
opresión y enajenación.
13 O llamado años más tarde “el régimen de la razón de fuerza mayor”, según la conceptualización nicoliana, se
caracteriza por: 1° la sustitución del tradicional régimen de las ideas (“el régimen de la verdad”); 2° una
racionalidad artificial, que no puede ser la originaria razón natural, pero tampoco la razón desinteresada de las
vocaciones libres, como la filosofía, la mística, la poesía, etcétera; 3° en tanto que régimen, esta racionalidad centra
sus funciones en una aspiración conjunta, a saber, la pervivencia de la especie, y no ya el mantenimiento de las
comunidades en las ideas vitales; 4° es una razón que no da razones, que no es crítica de sus alcances, sus
fundamentos, sus aspiraciones, finalidades y posibilidades (el despliegue de la libertad), sino que su fin es único y
forzoso: sus funciones y acciones, conducidas a un único fin, el de la subsistencia, eliminan el dominio de las
alternativas y las finalidades (Nicol, 1980, p. 248-295).
14 Esta sospecha, mejor dicho, diagnóstico de la situación adquiere realidad en el artículo preparatorio “El porvenir
de la filosofía” (1970) (antecedente del libro con el mismo título).
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Arturo Aguirre Moreno
Consecuentemente, esta replanificación nicoliana ante el suceso histórico
advertido se plasma en los años siguientes en el tríptico del Porvenir de la
filosofía, Reforma de la filosofía y Crítica de la razón simbólica. Este conjunto de
obras otorga una relevancia y profundidad filosófica extraordinaria,
especialmente frente al escolasticismo frío e indiferente que prevalece en las
academias actuales, que enfrentan una situación adversa en nuestro propio
horizonte histórico.
6. En su momento, para Nicol se patentiza una transformación fundamental en
la naturaleza de la violencia, que, como advierte filosóficamente, trasciende su
papel tradicional como instrumento de coacción. La violencia transmuta para
ser la realización misma de la forzosidad y uniformidad. No un proyecto
histórico, sino el despliegue de sucesos sin tiempo, es decir, sin realización, sin
ideas, sin héroes ni finalidad.
Estos enfoques nicolianos de la década de 1970 amplifican nuestra
comprensión de la violencia, mostrándola como actos físicos de agresión y
como parte de un proceso tan intenso como cruel que ha legitimado y
normalizado el uso de la fuerza en el control, regulación social y la metamorfosis
de los conflictos desde la Segunda Guerra Mundial hasta la fecha. 15 La obra de
Eduardo Nicol, especialmente en el Porvenir de la filosofía (1972, p. 48-90),
proporciona un marco conceptual detallado para entender la evolución de la
violencia en el contexto de la racionalidad tecnocientífica y la ciencia política
globalizada.
Nicol argumenta que la emergencia de una nueva racionalidad, desde la década
de 1940, ha transformado la ciencia política en un sistema que justifica y
fortalece a la violencia. Este sistema, que denomina “razón de fuerza mayor,”
opera bajo principios diferentes a los tradicionales de unidad, comunidad y
temporalidad de lo real (Nicol, 1963, p. 369 ss.). Esta racionalidad, que comenzó
a gestarse con la tecnociencia en de la segunda parte del XIX y la primera parte
del siglo XX, ha desencadenado violencias masivas y un sistema de odio y
hostilidad global que se manifiesta en sufrimientos sociales y alteraciones
históricas profundas (Nicol, 2007a, p. 57-62).
Desde sus primeras meditaciones, Nicol advirtió que la política había dejado de
ser un arte de convivencia civil basada en verdades religiosas, filosóficas o
15 Como indica Fisas (2011) y otros expertos en estudios de conflictos, la naturaleza de los conflictos
contemporáneos se ha vuelto más compleja y diversificada. Los conflictos híbridos combinan tácticas
convencionales, irregulares, cibernéticas y de información para confundir y desestabilizar. Los conflictos
asimétricos enfrentan a actores con diferencias significativas de poder, utilizando tácticas no convencionales. Los
ciberconflictos se centran en ataques digitales, incluyendo espionaje y sabotaje de infraestructuras críticas. Las
guerras por procuración implican a naciones que apoyan a distintos actores en un tercer país para influir en el
conflicto sin involucrarse directamente. Los conflictos de baja intensidad, como insurgencias y guerrillas, se
caracterizan por luchas prolongadas por el control o cambio dentro de un país. Las guerras de información buscan
manipular la percepción pública y las decisiones políticas mediante la desinformación y propaganda. Finalmente,
los conflictos ambientales y por recursos surgen debido a la escasez de recursos naturales, exacerbada por el
cambio climático y la presión sobre los recursos. Este espectro de conflictividad exhibe el complejo panorama de
seguridad global actual.
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Arquitectura conceptual de la violencia: sobre la hostilidad en la obra de Eduardo Nicol
Arturo Aguirre Moreno
científicas, para convertirse en una ciencia política totalitaria que pretende ser
la única verdad e imponer su dominio (Nicol, 2007a, 60-61). Esta nueva forma
de racionalidad ha hecho inoperante el régimen de lo posible que daba razón a
quienes buscaban la verdad, sustituyéndolo por aquella racionalidad utilitaria
que legitima la violencia y la aniquilación del enemigo mediante tecnologías
avanzadas de poder (Nicol, 1972, p. 22, 76, 126).
En el análisis de Nicol, el odio se convierte en una pasión colectiva y sistemática,
que ya no está gobernada por la comprensión racional, sino que se vulgariza y
adquiere eficacia a través de la exterioridad y la colectividad (Nicol, 1972, p.
132). Así, este sistema de afectos hostiles y violencias ejercidas ha transformado
la guerra en un fenómeno global y omnipresente, donde la tecnología y la
ciencia política juegan roles preponderantes en la persistencia del conflicto y la
destrucción (p. 51).
De tal guisa, la hostilidad global y la violencia colectiva organizada abren una
época en la que estas fuerzas se expanden con intensidades y causalidades sin
precedentes en la historia de la humanidad, estableciendo un régimen donde la
racionalidad crítica ha sido reemplazada por una razón que justifica la violencia
como un medio necesario e ineludible (Kressel, 2002, p. 1-2). De ahí que esta
transformación ha llevado a una normalización de la violencia, donde la
brutalidad ya no sorprende ni preocupa, sino que se acepta como un
procedimiento admitido en la vida cotidiana (Nicol, 1972, p. 128).
A este respecto, Nicol también destaca que la violencia contemporánea,
exacerbada por el desarrollo tecnocientífico y la política totalitaria, ha
desarticulado las creaciones culturales, las instituciones sociales y los esfuerzos
performativos de la ontopóiesis interior, llevando a la humanidad a un estado
de conflicto permanente y acostumbrado a la amenaza y aniquilación (Nicol,
2004, p. 113-125). En este contexto, la filosofía enfrenta el desafío de entender
y resistir la racionalidad emergente que reduce la vida a cifras y utilidades,
dejando de lado las cualidades humanas y la búsqueda de la verdad (Nicol, 1972,
p. 76-90; 1980, p. 244-295).
Y es que, si miramos de cerca, afectivamente el siglo XX cultivó y cosechó el odio
colectivo de manera incesante desde las comunidades socioculturales y
políticamente estructuradas (Kressel, 2002). El odio colectivo o en masa
propagado y reiterado del siglo pasado, herencia de representación afectiva
para el actual, se perfiló con la persecución y eliminación de colectivos
caracterizados como agentes de maldad, bajo la construcción política, social y
cultural de la enemistad (Goldhagen, 2010, p. 23-47).
Seguidamente, este odio colectivo no se confeccionó por una serie de acciones
punitivas o restrictivas sobre los otros debido a actos concretos cometidos
colectivamente; en cambio, se sustentaba en algo más profundo. Este odio se
basaba en razones dominantes sustentadas en una conciencia metafísica
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Arquitectura conceptual de la violencia: sobre la hostilidad en la obra de Eduardo Nicol
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radical: primero, la idea profundamente enraizada de pertenencia y protección
del destino del mundo, y segundo, el designio de aniquilar a las fuerzas
malévolas que, con su mera existencia, se percibían como una amenaza para el
mundo y su posible destrucción.
En estas circunstancias, el mundo se refiere a ese fragmento específico del
hábitat material y simbólico vivido por un colectivo, pero representado como la
totalidad vivida y la única vivencia legítima para la humanidad, según cada
colectivo en acción. Esta conciencia metafísica radical, aunque común a
cualquier cosmovisión que permite habitar en comunidad, se extrema en este
caso como un todo único vivido por un colectivo que lo eleva a una “cámara de
eco” (Sunstein, 2017) o burbuja ideológica, esférica y concluyente. En dicha
burbuja, cualquier demostración o simple presencia de aquellos a quienes se
odia se manifiesta continuamente como maligna, provocativa y digna de
desprecio y aniquilación.
Así, la mutación básica del odio colectivo, de la cual habla Nicol en 1972,
permitió confeccionar un afecto intenso, administrado racionalmente, que se
ordena y regula como una aversión moralmente evaluadora, discordia
personalmente desafiante y anhelo colectivo de persecución y aniquilación de
aquellos que representan el objeto antagónico; en el engarce entre el afecto
vinculante (centrípeto) de comunidad y el afecto hostil (centrífugo) de
aniquilación en donde se juega el sentido total del mundo (Kolnai, 2013, p. 120).
De esta manera, el odio colectivo y la violencia global inauguraron una era en la
que ambos fenómenos se alimentan y refuerzan mutuamente a lo largo del
planeta, generando niveles y causas de sufrimiento social sin precedentes en la
historia de la humanidad. Este afecto hostil emerge como un componente
ineludible del principio de comunidad, debido a su radicalidad metafísica y, por
ende, su forzosidad (por cuanto inevitabilidad). Se trata de un afecto que no
solo desencadena, sino que también expande los límites de la conflictividad por
razones imperativas: la voluntad de comunidad y la voluntad de destrucción,
con el objetivo de controlar políticamente y económicamente recursos,
territorios, capital humano, entre otros, con la intención de proteger lo que
consideran su mundo y su forma de vida, así como de eliminar a aquellos
considerados enemigos. Por esta razón, sobre el odio, Nicol afirma:
La idea de que todo repercute en todo fue antaño una noción
abstracta de filósofos, como Anaxágoras y Leibniz. Hoy es una vivencia
común. Todo hiere todas las sensibilidades. Todos los hombres son,
propiamente, heridos de guerra. A los males de la guerra, que los
artistas y los filósofos han querido representar idealmente, tal vez
pensando que con esta idea pudiera escarmentar el hombre, se añade
el trastorno interior que produce el sistema del odio. También aquí
hemos de alterar las nociones recibidas. El odio es una pasión
subjetiva, y quien sufre suele ocultarla. También es concentrado el
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Arquitectura conceptual de la violencia: sobre la hostilidad en la obra de Eduardo Nicol
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odio por su objetivo: su meta es elegida y fija. No podía sistematizarse;
no se podía constituir una cultura o código público del odio. Pero se ha
formado (Nicol, 1972, p. 47).
Cinco décadas después de que Nicol planteara la constitución de una cultura del
odio, otros investigadores destacan la evolución de esta dinámica hacia una
“cultura digital del odio” (Digital Hate Culture). Esta nueva forma de odio se
desarrolla en el espacio digital, impulsada por redes que difunden discursos
extremistas y se multiplican en la vasta y creciente información de Internet. La
cultura digital del odio no solo fomenta afectos hostiles como la denigración,
deshumanización y persecución en espacios digitales de relación, sino que
también se desborda hasta materializarse en acciones de violencia colectiva.
Lo que distingue a la cultura digital del odio es su enfoque en la creación de una
identidad colectiva. A diferencia de las conexiones efímeras y sueltas de las
acciones coordinadas, esta cultura busca radicalizar a su audiencia mediante el
cultivo de un sentido común compartido entre sus seguidores. En última
instancia, esta radicalización apunta a transformar actitudes y
comportamientos, llevando a la materialización de odio y violencia en el mundo
real (Ganesh, 2018, p. 78). Como se advierte, la transición de una cultura del
odio tradicional a una digital ha ampliado los mecanismos y alcances del odio
colectivo, integrando tecnología y redes sociales como herramientas decisivas
en la diseminación y prolongación de ideologías extremistas.
Señalemos que el análisis se ha enriquecido al considerar cómo el odio se
mantiene a través de dinámicas socioculturales y políticas dentro de burbujas
ideológicas, transformándose en un fenómeno que puede catalizar conflictos,
promover la violencia y erosionar los tejidos sociales. Se suma así al odio
interpersonal y al colectivo (del que hablaba nuestro pensador), el constante
cultivo de este sentimiento en entornos y comunidades digitales mediante
prácticas culturales emergentes y discursos que llevan a la radicalización, el
extremismo y anhelos de aniquilación.
Este ambiente digital, por su naturaleza inmediata y a menudo anónima, facilita
la emergencia de un “sistema del odio” (Nicol, 1972, p. 47), donde grupos e
individuos encuentran eco y validación para sus sentimientos y acciones
hostiles, exacerbando divisiones y conflictos existentes. La cultura digital del
odio se basa en la radicalización y la creación de una identidad colectiva que no
se limita a conexiones efímeras, sino que busca establecer una cohesión
duradera basada en el antagonismo y la exclusión. Así: “Al odio no le importa
comprender […]. Para dominar tenía que vulgarizarse; más que por falta de
recato por eficiencia. Ahora el odio es pura exterioridad. Al hacerse colectivo
adquiere su nueva eficacia” (p. 132).
Como se ve, Nicol ya había advertido la transición del odio personal en la
tradición, que puede contener elementos de racionalidad de fuerza mayor,
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Arquitectura conceptual de la violencia: sobre la hostilidad en la obra de Eduardo Nicol
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hacia este otro colectivizado y que puede ser dirigido hacia objetivos específicos
de manera difusa y vehiculado a grupos enteros. 16 Basado en discursos de
forzosidad bajo identidades étnicas, creencias, rasgos compartidos o un
territorio común, con la errónea idea de un mundo al cual hay que proteger de
agentes de disolución. Aquí Nicol (1972):
La historia filosófica de nuestros días, si llega a escribirse no se
integrará con la suma de las pequeñas historias individuales, aunque
las penosas sean numerosas; con los casos de conciencia; con la
interferencia de los sucesos políticos, a los que no puede sustraerse el
filósofo en tanto que hombre. Hay todavía luz y salvación, mientras
haya problemas de conciencia. Pero el sistema del odio es una
mutación básica, y la historia se habrá de preguntar qué le sucedió a
la filosofía cuando sintió que la razón dejaba de ser la base. En el odio
estamos inmersos, y ahí quedan anegadas todas las deliberaciones. El
odio mismo, aunque despersonalizado y sin esa motivación interna
que arraiga en el carácter, es todavía una reacción humana. La mente
puede prever la futura desaparición del odio, el cual quedaría
atrofiado cuando la coexistencia estuviese regulada enteramente por
la pura necesidad. El sistema del odio sería, pues, preliminar. En esta
fase la mutación nos encontramos ahora, y la agudización de los
problemas de conciencia es un signo más de la transición, una
expresión de la resistencia que ofrece la libertad antes de ser
suprimida (p. 133).
Así, la filosofía debe cuestionar profundamente qué ocurre cuando la razón deja
de ser fundamento de vida. Esto implica que la filosofía no solo debe ser una
disciplina crítica, sino también una fuerza resistente frente a las dinámicas
sociopolíticas que buscan suprimir la deliberación racional y la libertad humana.
7. Por ello, y en contraste con la conciencia metafísica radical que fundamenta
el odio colectivo, Nicol conceptualiza el mundo de manera distinta. Para él, el
mundo no es simplemente un conjunto de relaciones objetivas, sino una
construcción de todos nuestros acontecimientos en el horizonte común. En su
visión, la mundanidad (Nicol, 1980, p. 114-148) es más fundamental que
cualquier posición individual en el mundo, constituyendo una dis-posición
ontológica que se articula interpretativamente y dialógicamente, clarificando el
sentido en la diversidad de posibilidades de ser. 17 Esta perspectiva rechaza la
16 Nicol aborda los afectos hostiles como el odio de manera profunda y pertinente. Parte del análisis de la
afectividad de la violencia que adelanta aquello que con el tiempo será conocido como “El giro afectivo”, el cual
se ha desarrollado en las dos últimas décadas en los estudios del afecto y las emociones en las ciencias sociales.
El enfoque del giro afectivo enfatiza cómo las emociones no son simplemente respuestas pasivas, sino fuerzas
dinámicas que configuran las relaciones sociales y políticas. Según Lara y Domínguez (2013), el giro afectivo se ha
convertido en una tendencia significativa en la producción de conocimiento, enfocándose en la emocionalización
de la vida pública y la reconfiguración de la experiencia subjetiva. Nicol anticipa estos desarrollos al señalar cómo
las emociones colectivas, como el odio, pueden estructurar y definir las dinámicas sociales y políticas.
17 El mundo se revela como una red de referencias de sentido, integrando lo-otro cósmico en el dato de su
presencia (Nicol, 1957, p. 45). En su metafísica de la expresión, el mundo no es una entidad objetiva contraria a
una subjetiva, sino que es una realidad interdependiente con el ser expresivo. Por lo tanto, la realidad y el mundo
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Arquitectura conceptual de la violencia: sobre la hostilidad en la obra de Eduardo Nicol
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idea de un mundo como un problema objetivo a resolver, afirmando en su lugar
que el mundo es evidencia y realidad intrínseca a la expresión del ser humano
(Nicol, 1972, p. 32).
Nicol también destaca la importancia de la comunidad y el “ser de la expresión”,
indicando que la convivencia y la integración de alteridades son fundamentales
para definir la condición humana en un contexto relacional. Este enfoque
relacional enfatiza que la dinámica de la expresión refleja nuestra
individualidad, al mismo tiempo que construye la trama de nuestras conexiones
con otros, construyendo una comunidad ontológica basada en la interrelación
con otros en un contexto relacional y dialógico.
La inter-actividad de expresarse y ser impreso por los otros (Nicol, 1990, p. 78).
Como se lo ve, ante la concepción del odio colectivo basado en una conciencia
metafísica radical de pertenencia y protección del destino del mundo, Nicol
propone una visión del mundo como un espacio de coexistencia y expresión
compartida, donde la interrelación de seres y su capacidad de expresión son
fundamentales para la comprensión y la convivencia en la realidad común
(Nicol, 1996, p. 102).
En suma, la reflexión de Nicol sobre la comunidad y el “ser de la expresión” nos
lleva a reconsiderar cómo la presencia y la vinculación, lejos de ser elementos
aislados, son fundamentales para definir la condición humana en un contexto
relacional. Este enfoque relacional (arraigado en una ontología en donde el ser
es en la vinculación y no solo en el ente per se) hace hincapié en que la dinámica
de la expresión no solo refleja nuestra individualidad, sino que también teje la
trama de nuestras conexiones con otros, construyendo una comunidad
ontológica basada en la interdependencia y la capacidad compartida de
expresarse.
8. La filosofía de Eduardo Nicol mantiene una gran relevancia en el contexto
contemporáneo gracias a su enfoque crítico y creativo, y su capacidad para
anticipar y abordar desarrollos filosóficos actuales. Su análisis de la metafísica
de la expresión y la afectividad hostil, junto con su reflexión sobre la violencia y
el odio colectivo, proporciona arquitecturas conceptuales valiosas para
entender y desarrollar nuevos saberes ante las dinámicas sociales y políticas del
siglo XXI.
El problema de la cultura digital del odio, por ejemplo, pone de manifiesto cómo
las tecnologías y las redes sociales pueden priorizar y amplificar el odio
colectivo, un fenómeno que requiere una respuesta filosófica y ética pertinente
a dinámicas globales.
son comprensibles por la permanencia de la mundanidad, como razón estructural ontológica del nexo primario en
la génesis del sentido (Nicol, 1982, p. 56).
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Arquitectura conceptual de la violencia: sobre la hostilidad en la obra de Eduardo Nicol
Arturo Aguirre Moreno
Nicol es un antecedente inmediato para comprender el giro afectivo en la
filosofía actual, subrayando la importancia de las emociones colectivas como
fuerzas que estructuran y definen procesos organizados.
Nicol Destaca la importancia de la mundanidad y la comunidad, conceptos eje
para la comprensión de la existencia humana. Su visión de la metafísica de la
expresión propone que el mundo no es solo un conjunto de relaciones
objetivas, sino una unidad primordial de todos nuestros acontecimientos en un
horizonte común. Esta perspectiva integral y dinámica es esencial para abordar
los problemas contemporáneos, ofreciendo una visión que conecta la filosofía
con la vida cotidiana y la práctica social.
Como se ha demostrado, los logros de la obra de Nicol incluyen su capacidad
para integrar la reflexión filosófica con una clara expresión de ideas, lo cual
permite una comprensión profunda de los problemas sociales. Sus conceptos
de comunidad y mundo fomentan una visión de la convivencia basada en la
interdependencia y la expresión compartida, fundamentales para desarrollar
sociedades más cohesionadas y justas.
La relevancia de su obra en español radica en su significativa contribución a la
filosofía en lengua española, ofreciendo una riqueza cultural y lingüística que
permite un acceso más directo a los hablantes de este idioma. Nicol nos enseña
a pensar en español, propiciando un diálogo un diálogo de largo aliento con las
tradiciones y contextos culturales hispanohablantes..
Nos queda el legado del “impensado nicoliano”. Abordar la filosofía de Eduardo
Nicol en el siglo XXI implica mantener su enfoque revolucionario, crítico y
consciente de la situación propia, desde la creación de arquitecturas
conceptuales… en la inquietud de nuestro presente.
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