Garro Voto de Fe
Garro Voto de Fe
LA HEREJÍA DE HORUS
GARRO:
VOTO DE FE
JAMES SWALLOW
Iceman
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DRAMATIS PERSONAE
Caballeros Grises
NATHANIEL GARRO Primer caballero errante, antiguo Guardia de la Muerte
VARDAS ISON Caballero errante, antiguo bibliotecario
Personajes Imperiales
EUPHRATI KEELER La santa viva
KYRIL SINDERMANN Antiguo iterador principal
NDOLE ESTO Conductor
ZEUN THURUQ Creyente
MALCADOR EL SIGILITA Regente y Jefe del Consejo de Terra
Personajes traidores
HALN Agente encubierto de Horus
ASESINO Agente encubierto de Horus
Todo este trabajo se ha realizado sin ningún ánimo de lucro, por simples aficionados,
respetando en todo momento el material con copyright; si se difundiera por otros
motivos, no contaría con la aprobación de los creadores y sería denunciado.
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‘La creencia es una ceguera de una clase tan poderosa que ciertos hombres la
buscan de buen grado’.
- Shollegar Meketrix Yonparabas, de Las palabras no importan [M24]
‘Cuando todos los caballeros se hayan ido, solamente sus enemigos importarán
realmente. Aquellos a los que salvaron y sirvieron se congregarán al amparo de
nuevos protectores, sin recordar nunca sus nombres’.
- atribuido al rememorador imperial Ignace Karkasy
UNO
Carmesí sobre blanco
Viejo terreno
Despedida
Mientras esperaba a que el resplandor del amanecer se elevase más alto, el hombre
se giró en un lento círculo y pasó el tiempo leyendo las historias en el paisaje a su
alrededor. Algunas las obtuvo de sus propios instintos, pero la mayoría las tomó de
destellos de memo-implantes alimentados en su cerebro por los hipnologos, mucho
antes de que hubiese llegado a Terra.
El bosque de altos abetos mutados llenaba un valle que había sido antaño una bahía
bordeada por una extensa ciudad, ahora largo tiempo extinta y perdida. Los
troncos duros como el hierro, de un color gris verdoso como el jade antiguo, se
extendían a lo lejos en todas direcciones más allá del claro donde había aterrizado el
transporte de carga. Podía ver antiguas islas que ahora eran achaparradas mesetas
que sobresalían del fondo del valle, incluso discernir formas distantes de edificios
antiguos tragados por la línea de árboles. Sin embargo, hacia el este, el más claro de
los monumentos decrépitos a la ciudad muerta eran las torres de un puente de
autopista largo tiempo desaparecido. Sólo permanecían los restos retorcidos de dos
estrechas puertas, masticadas por el óxido y de miles de años de antigüedad. Más
allá de ellas, en el período anterior a la Caída de la Noche, allí había habido un gran
océano; ahora, el extraño bosque se acababa y se convertía en el desierto sin fin de
las llanuras mendocinas.
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La frialdad de ese pensamiento era de algún modo reconfortante. La entropía es
eterna, decía. Hagamos lo que hagamos hoy, no importará en los siglos por venir.
Los bosques crecerán de nuevo y engullirán todos los hechos.
Se volvió y camino de vuelta al transporte. La nieve en el suelo siseo bajo sus
pisadas mientras se dirigía hacia la rampa de descenso en la parte trasera, abierta
como un puente levadizo caído. Dentro del compartimento de carga por lo demás
vacío, un hombre en un traje exterior de trabajador de mantenimiento observó su
llegada y tiró con apatía del grillete magnético que le ataba a un bastidor de
soporte. Ambos iban vestidos de un modo similar, parecidos por su estatura media
y aspecto anodino, pero el rostro del hombre encadenado estaba hinchado y
rubicundo.
‘Haln’, comenzó, con sus palabras emergiendo en bocanadas de vapor, ‘Mira,
camarada, ¡esto ya ha ido demasiado lejos! Se me están helando las pelotas–’
Su nombre real no era Haln, pero era quién era hoy. Se acercó y golpeó al
trabajador en la cara tres veces para que dejara de hablar. Entonces, mientras el
hombre estaba aturdido y tambaleante, Haln soltó el grillete magnético y lo utilizó
para conducir a su cautivo fuera del transporte. Se arriesgó a echar una mirada hacia
el cielo nublado. No quedaba mucho tiempo.
El trabajador intentó hablar, pero todo lo que emitió fue un húmedo sonido
entrecortado.
Tal vez había pensado que eran amigos. Tal vez la ficción que era Haln había sido
tan buena que el trabajador compró su realidad sin dudarlo. La gente normalmente
lo hacía. Haln era un mentiroso consumado y bien entrenado.
Quería golpear de nuevo al trabajador, pero era importante que el hombre no
sangrase, aún no. Con su mano libre, Haln sacó una araña metálica de uno de los
hondos bolsillos de su abrigo y lo sujetó alrededor de la garganta del trabajador. Su
cautivo gimió y luego gritó de dolor cuando las sondas de neurodendritas que eran
las patas de la araña penetraron su piel, y encontraron su camino a través de la
carne y el hueso hasta las agrupaciones nerviosas y el tejido cerebral.
Haln lo soltó, pero no antes de dar al trabajador otro objeto, un cuchillo de batalla
de un soldado imperial. Estaba viejo y oscurecido por el desuso y la corrosión.
Había historias en el arma, pero hoy no serían escuchadas.
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El trabajador aceptó el cuchillo, con los ojos muy abiertos y confusos.
Preguntándose por qué había estado empuñando un arma.
Haln no le dio tiempo para pensar demasiado sobre ello. Echó atrás la manga de su
abrigo para revelar un panel de control con teclas hologlifos, asegurado alrededor
de su muñeca. Haln colocó los dedos de su otra mano sobre el panel y los deslizó
alrededor, buscando la posición correcta. En sincronía, el trabajador gritó y
comenzó una serie repentina y espástica de movimientos. El dispositivo de araña
aceptó las señales del control y le hizo una marioneta. Se tambaleó atrás y adelante
mientras Haln se hacía una idea de la amplitud del movimiento. El trabajador se
puso a llorar y, tosiendo entre sollozos, rogó por su vida.
Haln ignoró sus pastosas súplicas, llevándolo al medio del gran claro donde la nieve
contaminada seguía siendo virgen. Cuando estuvo satisfecho, Haln miró de nuevo
al próximo amanecer y asintió una vez.
Resaltar dos glifos hizo que el trabajador llevase el viejo cuchillo a la garganta y se
cortase el cuello. La manipulación de otros símbolos obligó a mover sus piernas,
caminando en un círculo perfecto mientras la sangre salía a chorros desde la amplia
herida. Haln observó los chorros de color carmesí formando irregulares líneas
humeantes en la nevada. Cada húmedo eje rojo apuntaba en dirección opuesta al
horizonte.
Finalmente, el corte mató al trabajador y le hizo caer, extendiéndose a través de la
marca de su propia creación. Haln sintió un cambio en el aire, una acidez
grotescamente familiar que era alienígena y extraña. Era bueno, decidió.
Vio el objeto antes de escucharlo. Un agujero se fundió entre las nubes bajas y una
parpadeante forma meteórica cayó del cielo. Un latido después llegó un grito
supersónico, aunque sabía que nadie más allá del valle lo oiría, encerrado y cubierto
como estaba por la magia proporcionada por la sangre derramada.
El objeto chocó contra la tierra con la fuerza suficiente para tirar a Haln diez
metros atrás y sacudir al transporte de carga sobre sus patines de aterrizaje.
Cuando se puso de pie, Haln vio que el impacto había excavado un pozo poco
profundo, dejando al descubierto la tierra negra bajo la nieve manchada de sangre.
El cadáver del trabajador estaba directamente debajo del lugar de caída, en el
mismo punto al que fue dirigido el objeto, y si ahora quedaba algo del hombre sólo
eran jirones y harapos.
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En el foso había una cápsula no muy diferente de las utilizadas para expulsar los
cuerpos de los muertos en las estrellas para la cremación solar. Caliente y echando
chispas, crujió y se estremeció cuando algo se movió dentro. Haln miró de nuevo
hacia arriba y vio el agujero en la nube sellándose una vez más. Se permitió un
momento para preguntarse de dónde había venido la cápsula: ¿arrojada por una
nave desde la órbita? ¿Arrastrada desde el propio inmaterium? ¿Conjurada de un
sueño? Y entonces olvidó sus preguntas. No eran importantes. Sólo la misión
importaba.
El calor le chamuscó, incluso a través de sus gruesos guantes, pero Haln encontró
la junta de la cápsula y tiró de ella. Una bocanada de espeso aire denso con olores
humanos lo atacó, y unos dedos de carne quemada al fuego surgieron a través de la
creciente brecha. Siguieron una mano, un brazo, un torso. Una figura salió al suelo
terrano, un hombre alto con el pelo despeinado, rostro agresivo, ojos salvajes y
atormentados, y lo miró fijamente.
‘Funcionó’, gruñó. ‘Cada vez creo que no lo hará. No debería. No debería dudar’.
Las palabras sonaban duras y ásperas. El tono del recién llegado hizo que Haln se
imaginase a un animal salvaje al que habían enseñado a caminar en posición vertical
y a hablar como una persona.
Haln señaló al interior de la cápsula. ‘Necesitas matar a tu explorador, antes de–’
Los oscuros ojos del hombre brillaron. ‘Lo sé. He hecho esto antes’. Vaciló. ‘¿No
es así?’ Se sacudió su propia pregunta y buscó en la cápsula. Con un húmedo ruido
de desgarro, arrancó un bulbo de carne gelatinosa y oleosa de donde había estado
acurrucado en los mecanismos internos de la cápsula. La cosa se retorció y chilló,
tratando de revolverse de su agarre.
Haln iba a ofrecer al hombre otro de sus muchos cuchillos para acabar la tarea,
pero cuando volvió a mirar vio que el recién llegado tenía una pistola en su mano.
Haln no lo había visto empuñarla, ni siquiera había visto una pistolera para el arma.
Incluso la propia pistola parecía extraña, realmente no la veía, era más como si viese
la impresión de ella. ¿Algo asesino y maldito hecho de partes cromadas en
movimiento sin lógica mecánica; o montado en cristal vítreo y líquido de color rojo
rubí? No tuvo tiempo para comprenderlo, porque disparó y su visión se torno
púrpura con la imagen posterior.
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Ni siquiera los aumentos mecánicos proscritos de la visión de Haln impidieron que
la retina se quemase y parpadeó furiosamente. Después de un momento recobró la
vista y sólo había ceniza gris donde había estado la cosa-explorador. La pistola
había desaparecido.
No dijo nada al respecto. Estas cosas, estos momentos de no comprensión, no eran
nuevos para Haln. Los ignoró recordando, una vez más, la misión, la misión,
siempre la misión.
‘¿Fuiste informado?’ preguntó el hombre. Su actitud cambiaba como el viento.
Ahora era frío y profesional.
‘Un resumen básico. Debo proporcionarte apoyo operacional por la duración de tu
asignación’, contestó. ‘Mi nombre es Haln para este intervalo’.
‘¿Cuánto tiempo has servido a Horus?’
Haln dudó, mirando a su alrededor. Incluso aquí en tierras salvajes, lejos del
asentamiento más cercano, era reacio a decir el nombre del Señor de la Guerra en
alto. ‘Más tiempo de lo que soy consciente’, respondió al fin. Una respuesta más
honesta a esa pregunta sería larga y compleja.
Eso pareció divertir al otro hombre. ‘Hay verdad en eso’, concedió, y se dirigió al
transporte de carga. ‘Hay varias vías que seguir pero sólo un objetivo. Me ayudarás
a localizarlo’.
Haln asintió y alcanzó el interior de su abrigo por una granada de fusión, cebó el
temporizador y el radio de alcance para que borrase todo rastro de la cápsula y el
sacrificio. ‘Como desees’, dijo al asesino.
A medio mundo de distancia, un cielo de noche artificial hacía que los páramos de
Albia pareciesen un boceto a carboncillo y pizarra. A millas por encima del suelo,
la aerotrópolis de Kolob proyectaba una enorme sombra mientras flotaba en un
anillo de antigravitadores colosales, causando velos de microclima de lluvia intensa
y fría cayendo a través de las laderas pedregosas.
El guerrero había estado caminado la mayor parte del día. Su Stormbird había
ascendido lejos y lo había dejado sobre un peñasco trenzado en algún lugar de los
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sumideros del norte, como había ordenado. Descendió y comenzó un viaje hacia el
sur, con paso cuidadoso y los clics sólidos y siseos de su servoarmadura como un
metrónomo constante. Caminó, esperando que la gran vacuidad del paisaje
despejase sus pensamientos. Todavía no había sucedido.
Este lugar era su hogar, o lo habría sido si esa palabra tuviera algún significado real
para el legionario. Su pasado era algo tenue, débil y efímero, tan delicado que se
preguntaba si mirarlo demasiado de cerca haría que se desvaneciera para siempre.
Los recuerdos del tiempo anterior a tomar su juramento y armadura al servicio del
Imperio del Hombre le eran extraños. En muchas formas, eran una ficción que le
habían contado más que una cadena de acontecimientos que hubiese realmente
experimentado.
¿Había sido alguna vez el joven confuso que se ocultaba en su profundo recuerdo?
¿El que era de rostro cetrino y siempre frío? Si lo buscaba, si excavaba y se
esforzaba, podría tirar de algunos fragmentos de vuelta a la superficie. Sensaciones,
sobre todo. Piezas tan pequeñas y dislocadas que casi no merecían ser consideradas
como recuerdos. La calidez en el abrazo de un pariente. La imagen de estrellas
fugaces cruzando el cielo. Un lago de luz solar capturada, como el oro de una
moneda.
Esos sucesos tenían siglos. Los contornos de las caras que veía pertenecían a gente
mucho tiempo muerta y convertida en polvo, con sus voces perdidas para él.
Desterrados por la bio-programación y la sistematización de su cerebro que le hizo
un guerrero superlativo. Como todos los de su especie, se requería el olvido para
volver a forjarlo en lo que se había convertido.
Estos pedazos de su antiguo yo eran todo lo que quedaba, atrapados en las grietas
de su nueva naturaleza, tallada sobre el cuerpo con el que nació y construida de
nuevo con implantes, tecno-órganos y poderosas modificaciones genéticas. Tenía
una aprehensión especial y callada de que un día buscaría esos pedazos y se habrían
ido. El legionario conocía a hermanos así, que habían perdido todo lo que les había
hecho humanos.
Miró hacia el cielo, observando el lento progreso de la placa orbital, pensando en
esos hombres. Algunos de ellos eran como él, aferrados a los hilos de lo mejor de sí
mismos en una desesperación silenciosa, pero muchos más, demasiados, habían
abierto voluntariamente sus manos y dejado de lado los lazos con Terra, al pasado,
a lo que habían sido una vez.
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Antaño, no habría tenido las palabras para describir estos hechos, pero desde la
insurrección las tenía. Pensaba que sus hermanos de batalla habían entregado sus
almas, si algo así existía.
El guerrero se detuvo al borde de un arruinado risco, que rodeaba una gran fosa
que se asemejaba a una caldera volcánica. Aquí había habido una ciudad mucho
tiempo atrás, montada encima de una red de túneles y cavernas, pero las guerras la
habían arrasado y desgarrado. Los restos de las antiguas cuevas eran visibles allí
abajo, expuestas por fuerzas que habían desmenuzado montañas. Conocía este
lugar, con su espectro atrapado en uno de los retazos de su memoria. Tal vez había
vivido en las zonas pobres que se agrupaban a lo largo de las murallas del pozo, o
se aventuró desde una de las torres de la colmena en la distancia. No lo sabía. El
contenido de la memoria se había ido, sólo su recipiente vacío fue capaz de traerlo a
este lugar.
Otra intensa descarga de lluvia azotó sobre él, y vislumbró su propio reflejo
parpadeante en un charco alargado. Una forma descomunal en una fantasmal
armadura gris y el rostro oculto detrás de un casco de batalla picudo y de mirada
fría. Una coraza sobre sus hombros con detalles de oro, hecha opaca y sin vida por
el cielo sombrío. Una gran espada en la vaina en su espalda, un bólter de artesanía
maestra sujeto a su cadera.
Cogió y se quitó el casco, bloqueándolo magnéticamente a una placa del muslo,
tomando una bocanada de aire húmedo mezclada con densos contaminantes.
El Caballero Errante Nathaniel Garro se quedó mirándose, considerando las
cicatrices que eran el mapa de su registro de guerra. Se sentía viejo y vacío, una
sensación que había sido desterrada durante mucho tiempo pero que ahora
regresaba plenamente. La última vez que había experimentado tal cosa había sido
cuando se desataba la locura sobre Isstvan V. Mientras estaba a bordo de la fragata
Eisenstein y poco a poco llegó a la demoledora conclusión de que su legión lo había
traicionado. A medida que la rebelión del Señor de la Guerra Horus nacía delante
de él, la traición muy personal de sus hermanos y de su Primarca lord Mortarion le
vaciaron.
Tal vez, si hubiese estado falto de coraje y honor, Garro podría haber fallado en ese
momento, podría no haberse recuperado nunca de lo que había presenciado. Pero
en su lugar, encontró una nueva clase de fuerza. Envalentonado por la verdad
singular puesta desnuda ante él, su incuestionable lealtad a Terra y al Emperador de
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la Humanidad, Garro desafió a los traidores y emprendió un vuelo al peligro,
corriendo de vuelta al sistema Solar para llevar la advertencia.
Había estado sin un propósito, y el futuro de Garro y el de los refugiados que trajo
consigo podría haber acabado con esa hazaña. Pero su lealtad encontró
recompensa, de un tipo. La mano derecha del Emperador, el gran psíquico y
Regente de Terra, Malcador el Sigilita, tomó las riendas del propósito de Garro. El
antiguo capitán de batalla de la Guardia de la Muerte se convirtió en el Agentia
Primus de la fuerza de combate clandestina del Sigilita. Se convirtió en un
Caballero Errante, carente de legión pero cargado con grandes hazañas.
O eso había creído. Después de años de cumplir las bizantinas órdenes de
Malcador: reclutar a otros como él, perseguir a los espías de Horus y entrecruzar
en secreto las estrellas bajo la mortaja de una galaxia atormentada, la certeza de
propósito de Garro se nubló. Cada vez más, estaba llegando a creer que el destino
le había salvado en Isstvan para algo más grande que los diseños enigmáticos del
Sigilita. Ya había desafiado abiertamente las órdenes de Malcador, en la Ciudadela
Somnus de la Luna y en los pasillos de una fortaleza inacabada en el distante Titán.
¿Cuánto tiempo pasaría antes de que expresase sus dudas en voz alta y sin mesura?
Garro no podía contenerse en silencio para siempre. Simplemente no estaba en su
carácter.
Su rostro curtido se torció en una mueca, ardiendo de malestar. Había sido una
locura venir aquí. Una parte sentimental de su espíritu esperaba que caminar por
estas tierras le llevaría a un lugar más tranquilo, donde podría calmar sus
incertidumbres y encontrar un poco de paz. Pero eso no estaba pasando, y sabía
que nunca llegaría. Le molestaba la falta de respuestas, la ignorancia sin dirección
que empujaba y tiraba de él cada vez que sus pensamientos deberían haber estado
en reposo. Más que nada, quería ir a un lugar de tranquilidad y en él, encontrar
comprensión. Garro era un legionario, un soldado nacido para el deber, pero el que
tenía ante él no era aceptable. No era suficiente.
Todo el mundo en la galaxia había sido cambiado por la rebelión de Horus, tanto si
lo sabían como si no. Garro sabía con mucha claridad cómo él había sido alterado.
Algo se había liberado dentro de él cuando los juramentos prestados a su legión se
habían oscurecido y desintegrado. Era más que una simple arma de guerra dirigida
a un objetivo y a la que se decía que debía luchar o morir. Un manto más pesado
había caído sobre él, el deber de un campeón.
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Ten fe, Nathaniel. Tienes un propósito.
Las palabras resonaban en sus pensamientos. La mujer, Keeler, había abierto su
mente a esa verdad. Ella comprendía. Quizás, para que Garro también
comprendiese, necesitaría encontrarla de nuevo y–
En la brisa húmeda percibió el olor rancio de animales y se quedó quieto. Garro
escuchó y discernió las pisadas de dos cuadrúpedos, que lo acechaban a través de la
pizarra y el barro. Volvió la cabeza y los distinguió contra la piedra oscura.
Una pareja de formas lupinas. Depredadores que evolucionaron de los lobos que
antaño habían acechado los bosques de esta región, en los tiempos anteriores a que
los árboles murieran para no volver jamás. Sus grandes cuerpos eran largos y
sinuosos, su piel estaba manchada con aceites secretados que se desprendían de las
lluvias tóxicas y hacían más difíciles de ver sus aspectos térmicos. Sus orejas en
forma de flecha temblaban y se ponían rígidas cuando rastreaban el más mínimo
movimiento de Garro, mientras que sus ojos estrechos le observaban fijamente con
una mirada gélida y hambrienta.
Normalmente, los lupinos se mantenían alejados de los límites de las zonas
habitadas por humanos, prefiriendo depredar sobre el raro viajero desprevenido y
atrapado solo. Que una pareja de caza hubiese estado tan cerca de los suburbios en
el pozo sólo podía significar que su ciclo de vida estaba siendo interrumpido como
el de todos los demás en Terra. Las preparaciones globales día y noche para la
inevitable invasión de Horus se filtraban hasta llegar incluso a la más insignificante
de las criaturas del planeta.
Garro había desenvainado su espada sin darse cuenta. La espada de energía,
Libertas, su compañera de guerra incondicional durante cien años, y mil conflictos,
podría cortar el blindaje de un tanque cuando estaba completamente cargada.
Curvó los labios. Estos animales no merecían ese gasto de energía.
‘¡Largaos!’ les ladró, plantando la espada en el suelo con su punta hacia el cielo.
Garro dio un paso amenazador hacia los depredadores. ‘¡Fuera de aquí!’
Pero los lupinos estaban hambrientos y agitados más allá de la racionalidad.
Atacaron, corriendo hacia adelante en un arco brillante de movimiento. Ambos
saltaron sobre él, oliendo su aliento, con sus garras y dientes buscando ganar su
premio en la carne desnuda de su rostro.
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El brazo del legionario se movió rapidísimo y cogió a la más cercana de las
criaturas en el aire en lo más alto de su arco, agarrándola por el cuello. Bateó a la
segunda con el dorso de su guantelete y la vio chocar contra las rocas con un
aullido furioso.
El lupino en su agarre le escupió veneno, sin alcanzar su rostro pero salpicando su
coraza. Las gotitas crepitaron donde aterrizaron, quemando la armadura de color
pizarra. Garro apretó los labios y arrojó a la criatura en dirección a la espada
clavada. Su puntería fue tan buena, y la hoja tan afilada incluso en su estado
inactivo, que la fuerza del lanzamiento bifurcó a la criatura y envió sus dos partes
cayendo sobre el borde del pozo. Caminó hacia el segundo animal, herido, y le pisó
la cabeza, aplastando el cráneo bajo su pesada bota de ceramita antes de que
pudiera levantarse.
Con el rostro sombrío, Garro regresó para recuperar Libertas. Si hubiese creído en
los augurios, la aparición de los lupinos significaría un mal presagio.
‘Un lobo’, dijo una voz cuidadosa, ‘atacando por odio ciego y salvajismo. Eso me
recuerda a alguien’.
Garro retiró su espada y la guardo en su vaina, advirtiendo que la lluvia había
cesado repentinamente. ‘Horus no es un salvaje. A menos que necesite serlo’.
Se volvió y encontró a Malcador estudiando al animal muerto con un leve
desprecio. El legionario desconocía cómo era el Sigilita capaz de acercarse a él sin
emitir ningún sonido o señal. Garro había aprendido a no hacer tales preguntas,
puesto que casi nunca había respuestas que le satisficieran.
‘¿Era necesario matarlos?’ preguntó el hombre, echando atrás la capa que ocultaba
sus rasgos demacrados. Pálido, con el pelo plateado cayendo sobre sus hombros.
‘Las bestias tenían tanto derecho como tú a estar aquí’.
‘Les di la opción de retirarse’, respondió el guerrero. ‘Haría lo mismo con cualquier
enemigo’.
‘Honorable en todas las cosas’. Malcador encogió un poco los hombros y miró a lo
lejos, desestimando el momento.
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¿Está realmente aquí? Se preguntó Garro. Podría estar percibiendo algún
fragmento de él proyectado por el poder de un psíquico… Era muy posible que en
todas las ocasiones en las que Garro había estado ante el Sigilita, de
hecho nunca hubiese estado ante él, al menos no en el sentido más literal. Se decía
que el poder psíquico del Regente de Terra sólo era inferior al del propio
Emperador, y el Emperador…
Divino no era una palabra que Garro hubiese empleado, pero había pocas que
pudieran abarcar el poder del Señor de la Humanidad. Si el Emperador no era un
dios, entonces era lo más cercano a ello que jamás había existido. La imagen de un
icono dorado, de un aquila de dos cabezas bailando en el extremo de una cadena,
revoloteó entre sus pensamientos y la apartó de su mente.
El Sigilita miró en su dirección, como si pudiese oler el recuerdo del mismo modo
que las cosas-lobo había atrapado el aroma de Garro. ‘No has encontrado lo que
estás buscando, Nathaniel’, afirmó. ‘Esto se ha vuelto preocupante para mí’.
‘Llevó a cabo mis deberes a tu orden’, dijo el legionario.
Malcador sonrió. ‘Hay más que eso. No me evites. Te elegí para servir debido a tu
honestidad, tu… simplicidad. Pero según pasa el tiempo, esa imagen clara se vuelve
más nublada’. La sonrisa se desvaneció. ‘El deber se convierte en carga. La
obediencia se vuelve irritante y finalmente se convierte en desafío. Fue de este
modo con el Lobo Lunar’. Asintió hacia el lupino muerto. ‘No lo vi hasta que era
demasiado tarde. Y por eso ahora soy vigilante con los mismos patrones, más cerca
del hogar’.
Garro se puso rígido. ‘Después de contar todas las cosas que he perdido en orden a
probar mi lealtad’, comenzó, ‘mi legión, mi hermandad… Me dije que el próximo
hombre que se atreviera a sugerir que era desleal sangraría por ello’.
‘Ah, pero tu promesa contiene un defecto fatal’, respondió Malcador, ignorando la
amenaza. ‘Empiezas desde la presunción de que la lealtad es un punto fijo,
inmutable una vez establecida…’ El Sigilita se apartó y se giró para mirar hacia el
este, estrechando los ojos como si fuese atraído por algo que sólo él podía percibir.
Después de un momento se volvió y continuó, hablando como si no hubiera
ocurrido nada. ‘Pero es una bandera plantada en arena, Nathaniel. Puede cambiar y
lo hará por la acción de fuerzas externas que puede que nunca veas, hasta que seas
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desafiado. Fuiste leal a Mortarion, hasta el momento en que dejaste de serlo. Fuiste
leal al Señor de la Guerra, hasta el momento en que dejaste de serlo. Eres leal a mí–’
‘Soy leal al Emperador’, corrigió Garro, ‘y sobre mi vida, esa bandera nunca caerá’.
‘Te creo’, afirmó el Sigilita. ‘Pero mi punto aún se sostiene. Tus misiones, la
absoluta razón por la que te di el gris y mi marca para que los llevases…’ Señaló a la
armadura de Garro, donde el pequeño icono de una letra ‘I’ estilizada era apenas
visible. ‘Últimamente han sido oscurecidas por otros asuntos’.
Garro miró a lo lejos. ‘Habláis de lo que entreví en la luna de Saturno’.
Malcador negó con la cabeza. ‘Comenzó mucho antes de que te aventuraras en
lugares que están fuera de tu ámbito’. El Sigilita deambuló hasta el borde del pozo
y miró hacia abajo, considerando el sombrío asentamiento muy por debajo. ‘Fuiste
a la placa orbital Riga por voluntad propia. Has estado poniendo antenas en el
período entre tus misiones, buscando algo. A alguien’.
Garro se quedó muy quieto. Por supuesto que Malcador lo sabía, se dijo a sí
mismo. ¿Cómo podría haber creído que él no vería el patrón?
‘Si’, continuó el Sigilita. ‘Soy consciente del Lectitio Divinitatus y de los creyentes
que han leído el libro de Lorgar’.
‘¿Lord Aureliano? ¿El Portador de la Palabra…?’ Garro frunció el ceño, inseguro
de si había escuchado a Malcador correctamente.
El Sigilita prosiguió. ‘Sé que creen en nuestro Emperador como en una deidad viva,
a pesar de todas sus palabras en sentido contrario’. Dio un paso hacia atrás. ‘Y sé de
la mujer, Euphrati Keeler. La simple rememoradora que es ahora reverenciada
como una santa viva’.
La pregunta se deslizó fuera de la boca de Garro antes de que pudiera impedir
pronunciarla. ‘¿Dónde está ella?’
Malcador sonrió con tristeza. ‘No todo está claro para mí, Nathaniel. Incluso si esa
es la imagen que me gusta proyectar. Algunas cosas…’ La sonrisa se tornó
crispación. ‘A algunos lugares, incluso yo no puedo llegar. Tan curioso cómo
suena’.
‘Pero si sabes de ellos, ¿por qué permitís que las reuniones sean ignoradas?’
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‘Son demasiados, y más con cada nuevo mes’. El Sigilita abrió sus brazos al cielo.
‘Pero ¿tal vez has olvidado que estamos envueltos en una guerra que amenaza con
consumir la galaxia? Hay muchas cosas de mayor importancia ante mí. No son
como las logias que Horus empleó para sobornar las legiones. Estos creyentes son
poco más que grupos de gente preocupada sacando consuelo de páginas de los
garabatos de un fanático’. Se detuvo, pensando. ‘Ese libro demuestra mi punto
anterior, cuando hablo de lealtad maleable. Lorgar Aureliano era muy creyente
cuando lo escribió. Y míralo ahora’.
Garro asintió. ‘Vi a la XVII Legión antes de Ullanor, y luego después de Isstvan.
Eran como el día y la noche, pero aún mantenían su devoción insana en cada
encarnación’. Se interrumpió, ordenando sus palabras. ‘Pero yo no soy un Portador
de la Palabra. Ni tampoco un Guardia de la Muerte. Sólo soy la espada del
Emperador, y eso será así hasta el día que muera’.
‘Te creo’, repitió Malcador. ‘Pero incluso las mejores espadas pueden volverse
romas y oxidadas si se dejan desatendidas. Está claro que no puedes operar
plenamente como mi Agentia Primus mientras permaneces distraído por otras
preocupaciones’. El tono del Sigilita se endureció, y Garro se encontró tomando
inconscientemente una postura de combate.
Sus implantes de guerra se tensaron y despertaron, como harían si estuviese a punto
de trabarse con un enemigo. La posibilidad muy real de que Malcador iba a acabar
con su vida cantó a través de los nervios de Garro.
‘No me sirves si estás preocupado. Necesito agentes que estén aquí, en el momento.
Necesito armas y herramientas si pretendo acabar la guerra antes de que oscurezca
los cielos de Terra’.
‘Hablad claro, entonces’, demandó Garro. Si lo peor estaba por venir, lo recibiría
con la frente alta; esta no era la primera vez que había estado preparado para esa
contingencia.
Malcador suspiró. ‘Después de mucha consideración, he decidido concederte una
especie de permiso de ausencia’. Señaló al cielo, a la ciudad flotante que aún tapaba
el débil sol por encima de ellos. ‘Vete y encuentra tus respuestas, Nathaniel. Donde
sea que puedan estar’.
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Era la última cosa que Garro hubiera esperado del Sigilita. Censura y reprimenda,
de hecho… Pero no permiso. ‘¿Permitiríais eso?’
‘He dicho las palabras. Lo he concedido’. Malcador le miró fijamente. ‘Pero hay
ciertas condiciones. Dejarás atrás tu equipo de guerra, tu servoarmadura, tus armas.
Y lo que es más importante, irás sin la autoridad que te he conferido. En esto, sólo
serás Nathaniel Garro, último de la Guardia de la Muerte de las Legiones Astartes.
Lo que quiera que desees, lo encontrarás por tu cuenta’.
En la distancia, Garro escuchó el sonido de unos poderosos motores acercándose
rápido. Una cañonera estaba acercándose. El guerrero alcanzó su espada y la
separó, con su vaina, de su armadura. ‘No dejaré Libertas en las manos de otro’,
entonó. ‘En todo lo demás acepto’.
‘Y aún me desafías, incluso en este…’ Malcador cruzó sus brazos. ‘Muy bien.
Conserva la espada. Quizás la necesites’.
Una Thunderhawk de librea gris sin adornos alcanzó la cima del borde de la cresta
más alejada y rompió sobre el pozo, reduciendo a un vuelo estacionario sobre
chorros de fuego. Giró sobre su posición mientras el piloto buscaba algún lugar
para aterrizar. Garro no había hecho nada para llamar a la cañonera, ni había visto a
Malcador hacerlo, pero aquí estaba.
‘Te llevará a donde quieras ir’, dijo el Sigilita, con sus palabras llevadas sobre el
aullido de los motores. Garro alzó una mano para proteger su rostro cuando la
Thunderhawk aterrizó en el ancho risco, con la corriente descendente arrojando un
chorro de agua de lluvia sobre él. ‘Pero no tardes. Horus se acerca y tenemos que
estar listos. Organizaré a cada siervo del Emperador en preparación para resistirlo,
y tú te cuentas en ese número. ¿Está claro?’
Garro asintió mientras los reactores de la Thunderhawk caían en un gruñido
apagado. ‘Si’, respondió, volviéndose para mirar al Sigilita. ‘Lo está–’
Permaneció solo sobre el borde, mientras la lluvia comenzaba a caer de nuevo.
17
DOS
Santuario
Últimas palabras
Enfrentamiento
Ndole proyectó una mirada nerviosa sobre su hombro, hacia la parte de atrás del
camión terrestre en donde se sentaba el gran hombre envuelto en sombras. Era lo
bastante grande para llenar la caja de carga del deslizador, incluso inclinado hacia
adelante con la cabeza baja. Los ojos del gran hombre estaban cerrados, pero Ndole
sabía que no estaba durmiendo. Su especie era capaz de eso, o alguien se lo había
contado una vez.
Los labios del conductor adelgazaron y se obligó a concentrarse en el camino por
delante. Una neblina de arena desplazada se movía en un frente ondulante y
permanente ante el vehículo. Levantado por sus aullantes ventiladores, las
partículas microscópicas de metal oxidado y cristal mineral quedaban marcadas
para siempre en el exterior del camión. Ndole se ladeaba dentro y fuera de espirales
poco profundas en movimiento mientras los guiaba sobre el paisaje del desierto.
Los mantuvo en ríos de arena que serpenteaban a través de las grandes piezas de
escombros que tachonaban el terreno; aquí los restos de un masivo transporte-
estrato con alas de murciélago de las Guerras de Unificación, allí una nave oceánica
varada y medio enterrada bajo el esqueleto de una cúpula de arcología abandonada.
Grupos más pequeños de residuos metálicos formaban montículos de hierro
corroído, todos ellos eran los restos colapsados de civilizaciones que habían muerto
antes de la Era del Imperio.
Sabía que tenía que mantener su atención en el viaje, porque a la velocidad a la que
estaban viajando a través de un área tan atestada incluso una ligera colisión podría
partir el camión en dos y dejarlos varados aquí. Ndole no tenía dudas de que el
gran hombre sobreviviría a algo como eso, pero consideraba sus propias
posibilidades mucho más bajas.
Pero era difícil no seguir robando un vistazo. Nunca antes había visto a un
legionario tan cerca, y pensar que uno de ellos estaba aquí, en su vehículo… ¿Era
un sueño o una pesadilla? Esperaba que ninguna de ellas, y reflexionó en cómo
había llegado a dar pasaje al guerrero.
18
No fue que el gran hombre hubiera amenazado a Ndole para que le obedeciera. No
fue que tuviera que hacerlo. De vuelta en el asentamiento fronterizo, donde
terminaban las tierras desoladas y comenzaban realmente los territorios de
Nordafrika, todo el mundo en la taberna había oído el chirrido de la nave que
pasaba por encima. Les preocupó a todos ellos. Ndole escuchó al servidor
inquietarse porque podría significar que el bastardo architraidor estaba finalmente
aquí, pero sabía que no sería una nave que llegaba para advertirles de eso. Ndole
estaba convencido de que la primera señal de la invasión de Horus sería el cielo en
llamas.
La nave debió dejar al gran hombre en el límite del asentamiento, porque unos
pocos segundos después dos jóvenes aterrados en capotes de radiación se
precipitaron dentro, chocando entre sí para advertir del recién llegado.
Apareció sólo un momento después que ellos. La imagen de un legionario sin su
servoarmadura era curiosa, pero no menos intimidatoria. Al principio, había
pensado que el hombre podría haber sido un trabajador mejorado de la estación
eléctrica, pero algo en su porte, y una miríada de cicatrices, decía lo contrario.
Incluso bajo su capa gris con capucha, el guerrero bloqueaba la entrada con su
cuerpo y tuvo que bajar la cabeza para entrar. Cuando hizo eso, la gigantesca
espada en su espalda se hizo brevemente visible y explotó el pánico. Todo el
mundo echó a correr, huyendo hacia la salida más cercana. No lo hicieron debido a
algo que dijera o hiciera el gran hombre, si no porque su presencia les ponía muy
nerviosos. Y cuando uno huyo, lo hicieron todos.
Excepto Ndole. Fue demasiado lento y estaba demasiado sorprendido para hacer
que sus pies corrieran ante el recién llegado.
Su labio se curvó con irritación, el legionario inspeccionó la taberna ahora vacía y
se fijo en el andrajoso y delgado conductor. Le evaluó con una simple mirada,
descubriendo las deslustradas tomas neurales en sus brazos desnudos.
‘Tienes un vehículo capaz del viaje terrestre’. La voz que emergió del gigante
sonaba casi de alta cuna para los oídos de Ndole, y las palabras eran menos una
pregunta y más una afirmación. Asintió con la cabeza antes de que se diera cuenta.
‘Me llevarás a las tierras de la chatarra’.
Ndole tuvo que esforzarse mucho para encontrar su voz. ‘¿Me mataras si no lo
hago? ¿Me mataras si lo hago?’
19
‘¿Por qué haría yo eso?’ El guerrero dio una brusca sacudida con la cabeza. ‘Pero
has de saber que no tengo dinero para pagarte el trabajo’.
A pesar del absoluto terror que impedía a Ndole moverse, fue un crédito a su
naturaleza avariciosa que frunciese el ceño ante eso y que la pregunta “¿qué hay
para mí?” bailase en sus labios, aunque nunca se atrevió a darle voz.
El guerrero le respondió de todas formas. ‘Te deberé un favor. Creo que un
hombre en una ciudad como esta, conocido porque un marine espacial tiene una
deuda con él, crecería considerablemente en estatura. ¿Sí?’
Ndole asintió de nuevo y sonrió un poco. El dinero era bueno, pero la reputación,
eso era mejor.
‘¿Donde queréis ir? No hay nada ahí fuera salvo restos oxidados y mutantes’.
Aunque eso no era del todo cierto.
‘Estoy buscando un lugar que tiene muchos nombres’, contestó el gran hombre.
‘Asiel. Salvaguardia. Heilgtum. Muqaddas Jagah. Santuario’. Se acercó, cerniéndose
sobre Ndole. ‘Lo conoces, ¿no es así?’
El conductor consideró continuar con la mentira casual, y entonces descartó el
pensamiento como algo idiota. ‘Algunos pasan a través de la frontera buscándolo.
Esos nombres no se dicen a menudo’.
‘Me llevarás allí’, repitió el guerrero.
Y por supuesto, tenía que hacerlo.
Todo el mundo se reunió a lo largo de la calle que salía de la taberna cuando Ndole
y el gigante salieron juntos por la puerta principal, y escuchó que todos ellos
estaban susurrando. La mayoría estaban apostando sobre cómo moriría. Mantuvo
una buena cara, tratando de proyectar un aura de calma, como si hiciese esto todos
los días.
Sólo cuando el camión-deslizador estaba mucho más allá de la periferia del
asentamiento, se entretuvo con el pensamiento de que el guerrero podría ser
insincero. Había oído los informes en el cable de la torre de la perfidia del Señor de
la Guerra y las advertencias de los Señores de Terra a desconfiar por la presencia de
espías entre ellos. Se armó de valor y habló por primera vez en horas, gritando para
20
hacerse oír por encima del ruido del motor. ‘¿Que espera encontrar ahí fuera,
con… con esa gente?’
El guerrero se inclinó hacia adelante, con su enorme cabeza incómodamente cerca
de Ndole en los estrechos confines de la cabina del camión. ‘Respuestas. Creo que
sabes por qué se esconden ahí fuera. No soy el primero que les has llevado’.
‘No sois el primer peregrino’, admitió el conductor. ‘Pero el primero de vosotros’.
‘Peregrino…’ El gigante consideró el significado de la palabra. ¿Sabes en lo que
creen?’
‘Sí, señor’. Ndole estaba sudando de repente, a pesar del efecto del traje
climatizador que llevaba habitualmente debajo de su equipo de tripulante. ‘Dicen
que el Emperador es un dios. El único real, no como los de esas iglesias muertas’.
‘¿Es un ser un dios si es más que un hombre?’ La pregunta del guerrero parecía
dirigida a la nada. ‘¿Cuánto más que un humano se debe ser para ser considerado
como tal?’
‘No lo sé’. Ndole se sintió obligado a responder, y nerviosamente pasó una mano
sobre su cabeza rapada. Se arriesgó a echar otra mirada al guerrero, viendo de
nuevo la red de viejas cicatrices que marcaban su pálida cara.
‘¿Qué es lo que crees?’ preguntó el gigante.
El terror floreció dentro de Ndole y se maldijo a sí mismo por estúpido. Si ahora le
daba la respuesta equivocada, este ángel de la guerra le mataría con un giro de su
muñeca y todo se debería a su debilidad, su codicia, su curiosidad.
El legionario llegó junto a él y señaló algo en el panel de control en el techo de la
cabina del camión-deslizador. Un amuleto de bronce deslustrado enganchado en
una cadena sucia, colgando de un interruptor basculante inerte. El pequeño Aquila
parecía flotar en el aire cuando el vehículo rebotaba sobre las elevaciones en las
dunas. ‘¿Dónde conseguiste eso?’
Ndole encontró su voz de nuevo. ‘Un peregrino me lo dio. Y algunos papeles’.
‘¿Un libro en tinta carmesí?’
Asintió. ‘¡No lo leí!’
21
‘Deberías’.
‘¿Qué?’ Ndole parpadeó, y por segunda vez ese día sintió como si hubiese
escapado por poco de la ejecución. ‘Pero dicen que el libro es peligroso. Y la
oradora, la que va de un lugar a otro y lo lee… El Emperador está disgustado con
ella’.
‘¿Lo está?’ El guerrero pareció preocupado. ‘¿Cómo podemos saberlo?’ Cada
palabra estaba llena de conflicto y eso era lo que más asustaba a Ndole. Si este ser,
uno de los ángeles de la muerte del Emperador, no podía navegar tales cuestiones,
entonces ¿qué posibilidades tenía un común? ‘Debo encontrarla’, continuó el
gigante. ‘Debo saber la verdad’.
‘Todos queremos eso’. Las palabras escaparon de Ndole, saliendo de ninguna parte.
‘Pero es diferente en vuestro caso, ¿no?’
Intentó encontrar un modo de expresar sus pensamientos, pero el conductor era
sólo un hombre y él no era dado a grandes discursos. Un marine espacial nace de
uno de los hijos del Emperador, se dijo a sí mismo, por lo que es pariente de sangre
con el Señor de Terra eliminando un paso. ¿Seguramente alguien tan cercano a esa
magnificencia podría conocer el mundo mejor que un camionero criado en la
pobreza?
El rostro cicatrizado del guerrero contaba una historia diferente. Hizo un gesto
hacia una forma que sobresalía de la arena. ‘¿Es aquello?’
Ndole parpadeó y se orientó, con sus tomas traqueteando contra el yugo de
dirección. Vio un minarete agrietado apuntando al cielo en un ángulo torcido, una
esbelta torre que una vez había estado cubierta de espejos y que ahora sólo era un
esqueleto hueco que cantaba cuando los vientos silbaban a través de ella. El
“santuario” se ocultaba en su base, agrupado en un cráter de vidrio fundido bajo
una madeja de camuflaje mimético. A menos que uno supiera dónde buscar, habría
sido casi invisible.
O así era la mayoría de los días. Unas columnas de humo de fuego negro salían de
la madeja y eran arrastradas lejos por la fuerte brisa, y unas monstruosas flechas
negras estaban congeladas sobre el asentamiento.
Ndole se encogió y reflexivamente soltó el acelerador, pero en el segundo siguiente
la mano del guerrero había envuelto su hombro con una presión firme y rígida.
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‘Llévame allí’, ordenó. ‘Ahora’.
Garro dio una patada para abrir la puerta trasera del camión y saltó sobre la espesa
nube de polvo, con el gemido quejumbroso de los motores del deslizador
apagándose.
Sus sentidos afinados para la batalla construyeron una imagen del lugar en menos
de un segundo. El crepitar de los incendios y el olor acre del plástico quemado;
sangre derramada, todavía empapando las arenas donde había caído; el chasquido y
crujido de las pérgolas rasgadas que atrapaban el viento fúnebre. Sacó la espada y
apoyó el pulgar en el perno activador, acechando hacia adelante.
El conductor trepó fuera de la cabina, a punto de caerse sobre sí mismo mientras se
estrujaba desde debajo de una estrecha trampilla de ala de gaviota. Su oscuro rostro
estaba rígido de miedo. ‘Esto no está bien’, murmuró. ‘¿Que ha ocurrido…?’
El legionario escaneó el campamento. La gran vela de tela para amortiguar energía
que ocultaba el santuario ocultaba decenas de tiendas más pequeñas, yurtas y cubos
de vivienda prefabricados. Los cables cubrían los espacios abiertos entre ellos,
algunos decorados con grupos de bio-lumen para la iluminación, otros conducían a
los colectores de rocío para la obtención de agua. La mayoría de las tiendas eran
jirones ennegrecidos, con unos pocos parches de fuego aún ardiendo aquí y allá en
medio de ellas.
El primer ciudadano de este refugio que se encontró Garro fue una mujer, o más
bien lo que quedaba de ella. Sólo pudo discernir esto por las dimensiones del
esqueleto que quedaba, encogido en un halo oscuro de daño térmico. Cuando se
aproximó, pudo escuchar el sonido siseante y agudo de algo enfriándose, como el
metal tomado demasiado pronto de una forja.
Eran los huesos. Fusionados sólidos en una escultura que capturaba la perfecta
agonía de la mujer muerta, habían sido transformados en un sucio cristal negro.
Examinó asombrado el esqueleto abrasado. Garro había sido testigo de los efectos
de muchos tipos de armas, desde pistolas de rayos volkite a cañones de microondas,
y esto era muy diferente a cualquiera de ellas. Los hilos de calor que irradiaban del
cuerpo eran intensos, lo suficiente para que en cualquier circunstancia normal no
hubieran quedado nada más que un montón de cenizas grises.
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Tras él, las botas del conductor crujían sobre el suelo de silicato del cráter. Garro le
fulminó con la mirada. ‘Mantén la distancia’, ordenó, consiguiendo en respuesta un
leve cabeceo.
Por el patrón del shock térmico, Garro supuso que la mujer había sido asesinada
mientras caía intentando huir. Mentalmente siguió sus pasos hasta el lugar en
donde habría estado su asesino, y se encontró con un grupo de varios cuerpos más.
Estos también fueron quemados, pero de una manera diferente. Un grupo de
milicianos irregulares, supuso, por los fragmentos de equipo militar que llevaban y
las armas que seguía sosteniendo en sus manos rígidas.
Era imposible decir de qué género o etnia habían sido los cinco cuando estaban
vivos. Sus cuerpos eran todos uniformes en la misma y terrible manera, hinchados
y desollados por un calor increíble, una carne apestosa con forma de seres
humanos. Garro se arrodilló junto al más cercano, con los engranajes de su pierna
biónica aún sonando mientras trabajaban, y rompió sus dedos para poder coger el
rifle ametrallador que había estado llevando el miliciano. Los palos carbonizados
de carne se quebraron fácilmente, y donde debería haber habido hueso blanco, sólo
se derramaron granos de polvo negro.
‘Sus huesos. Ardieron’, dijo en voz alta. ‘Les quemaron desde dentro’.
El conductor volvió su cabeza y vomitó en el polvo. Hizo un intento de
recuperarse y Garro le escuchó dando voces, sin duda intentando encontrar a
alguien aún con vida.
El legionario lo dejó hacer, llevando el rifle a su nariz y abriendo la recámara del
arma. No había olor a pólvora. No había sido disparado. Sacó el cargador de
tambor del arma y confirmó que estaba totalmente cargado. Garro repitió sus
acciones con otros dos de los muertos, y vio que no había señales de casquillos
percutidos en cualquier lugar cercano. Cinco guardias armados, y quien los había
matado los quemó vivos antes de que nadie pudiera disparar un solo proyectil.
‘¿Veis eso?’ preguntó el tembloroso conductor. Estaba señalando con ambas manos
hacia abajo, a más cadáveres hinchados por el calor que estaban amontonados al
abrigo de un poste de tienda. ‘¿El… el sendero entre los cuerpos?’
24
Garro asintió. Un seco patrón negro de suelo quemado parecía unir a todos los
muertos, como si el fuego que los mató fuese una serpiente que se movía de uno a
otro, quemando la tierra a su paso.
‘Oh, destino’, gimoteó el otro hombre. ‘Muertos. Muertos. Todos quemados y
asesinados’.
‘No todos’, comenzó Garro, con su fino oído recogiendo algo más profundo en la
rancia penumbra del santuario. Pero el conductor no lo estaba escuchando y se
tambaleó hacia atrás, a la entrada del campamento, frotándose frenéticamente la
cara.
‘En el aire, eso es todo lo que queda de ellos’, se quedó sin aliento, con el pecho
agitado. ‘Puedo saborearlo en mi boca, está en mis pulmones... El humo. Eso es
todo lo que queda’. Los ojos del conductor estaban llenos de pánico. Lanzó una
mirada a Garro y tomó una decisión en una fracción de segundo, escogiendo el
terror que había causado esta destrucción como la mayor de las cosas que temía.
El legionario no hizo nada por detenerle cuando echó a correr, y en un momento
los propulsores del camión-deslizador giraron a plena potencia. Garro vio el
vehículo retirarse por la dirección por donde habían venido. Esperó a que el sonido
de los motores se hiciera más débil, y escuchó con atención.
Sí. Allí. Algo cambiaba de posición, moviéndose contra las rocas sueltas. Garro
apretó con fuerza a Libertas y se desplazó más profundamente en la niebla fétida.
27
El joven estaba más allá de ayuda, y Garro giró la espada en su mano, considerando
dónde era mejor colocar su punta para poner fin a la agonía del joven con un cierto
grado de piedad.
‘¿Quién hizo esto?’ preguntó.
El ojo no cegado del hombre se reorientó y lo encontró. Dio un suspiro
tembloroso. ‘Serpientes’. Su voz estaba espesa con fluido y las gotas de oscura
sangre arterial se reunían en la comisura de sus labios mientras hablaba. ‘Ardiendo.
Las dejaron sueltas entre nosotros’. Se sacudió y empezó a sollozar.
‘¿Quién?’ repitió Garro. ‘Descríbelos’.
La cabeza del superviviente se balanceó adelante y atrás con sacudidas. ‘No. No.
No hay bastante tiempo’. Su mirada temblorosa penetró en la de Garro. ‘Ella me lo
dijo cuando nos conocimos. Ella no sabía cómo o cuando’.
‘Keeler…’
Logró asentir. ‘Nosotros no importamos. Sólo la verdad. Ellos la buscan ahora…
Serpientes…’ Su voz estaba flaqueando, ahogándose en sí misma. ‘Encuéntrala. No
permitas que perezca. O estamos perdidos’.
‘¿Dónde está la santa, muchacho?’ preguntó Garro, inclinándose cerca para atrapar
lo que sabía que sería el último aliento del joven. ‘¡Dilo!’
‘Sé–’
La luz y el sonido salían de la nada. Por encima de la cobertura de protección del
santuario, cayeron brillando unas potentes dagas de luz, empapándolo todo en una
marcada iluminación blanca. Unos motores aullando añadieron sus propios gritos a
los vientos, sacudiendo la tela con un huracán del chorro de propulsores, y Garro
escuchó los sonoros golpes familiares de cañones de bólter pesado siendo
preparados para disparar.
Miró hacia arriba y las membranas nictitantes en sus implantes oculares
chasquearon para impedir que el legionario quedase cegado. Unas cuadradas
sombras aviares se movían allí arriba, buscando objetivos.
Cuando Garro miró hacia atrás, el superviviente estaba muerto.
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El legionario pivotó sobre su talón y empuño su espada de energía cuando seis
figuras embozadas llegaron cayendo a través del dosel, destrozándolo con su
violento descenso.
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Como planeaba, se separaron de su cuidadosa formación, permitiéndole escoger
objetivos individuales de oportunidad en lugar de hacer frente a una fuerza unida.
Pero aún así, su estrategia improvisada no fue exactamente como deseaba. A pesar
de que reaccionaron por instinto, los atacantes estaban aún precisamente
ordenados, desplazándose con una gran economía de movimientos. Aquí no había
ningún esfuerzo perdido, sin duda. Una repentina sensación familiar picó los
pensamientos de Garro, pero no tuvo tiempo para considerarlo. Los bólteres
ladraban y se movió de nuevo, cayendo sobre el enemigo más cercano.
Debajo de la capucha captó la visión fugaz de un casco romo, una máscara de
guerra que se asemejaba a la muralla de una fortaleza iluminada por brillantes
hendiduras oculares. Entonces Garro balanceó el pomo de su espada en un duro
cruce que barrió a través a la altura de la cabeza.
El hemisferio de tungsteno en la base de la espada golpeó el casco con un sonido
como el repique de una campana opaca, y el impacto del choque recorrió el brazo
de Garro. Sin su armadura había practicado con otros legionarios en las jaulas de
entrenamiento, y con ella había sido su triste deber batallar a los traidores
blindados, pero Garro nunca había tenido motivo para luchar así, carne desnuda
mejorada genéticamente contra ceramita servoasistida y plastiacero. Él tenía más
agilidad y velocidad que sus adversarios, pero ellos tenían la ventaja de los números
y la resistencia. Un certero proyectil de bólter podría matarlo instantáneamente a
distancia, mientras que Garro necesitaba estar cerca para usar su espada con toda su
letalidad.
El guerrero atacado tropezó y cayó, atrapado por la tierra desigual bajo los pies.
Garro quería agarrar su bólter, pero no pudo hacer una pausa, ni siquiera por un
segundo. En su lugar, el legionario estalló en un sprint, girando a su alrededor a
Libertas en una red de crepitante energía. Varios proyectiles bólter fueron
desviados por el filo centelleante del arma mientras Garro trepaba a un cubo
hábitat medio derruido para lanzarse en un ataque en picado sobre el próximo
objetivo más cercano. Éste llevaba una pistola bólter más pequeña y la apuntó hacia
arriba para recibir a Garro con un disparo en el pecho.
En el último segundo, el legionario se dobló y se echó sobre el atacante con su
espada apuntada hacia abajo. La punta de la hoja casi dio en el blanco, a una
fracción de centímetro desde el punto donde el anillo del cuello de la armadura del
atacante se unía a la junta del casco. Si hubiera acertado, Libertas se habría
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deslizado dentro de su clavícula, estallando a través de los pulmones y el corazón
primario. En cambio, la punta de la espada cercenó la capucha y la capa, chirriando
hacia abajo por la coraza para dejar una gubia de chispas en la ceramita.
En el aura brillante de la espada de energía, Garro vio el color de la armadura de su
adversario por primera vez. Un amarillo dorado mate que sólo podía pertenecer a
una legión.
Se destrabó, retrocediendo. ‘¿Los Puños?’
En respuesta, un guantelete blindado salió de la nada y pegó a Garro en un lado de
la cabeza, con tanta fuerza que casi perdió el equilibrio. Los pocos momentos que
le costó la sorpresa fueron más que suficientes para que los otros guerreros se
cerniesen sobre él, y una salvaje patada en la parte posterior de las rodillas de Garro
le dobló en la tierra apelmazada de hollín. Una pesada bota resonó en la hoja de su
espada y Garro se sacudió el dolor. Cuando alzó la vista, estaba rodeado por las
bocas de bólteres a quemarropa.
‘Puerco traidor’, llegó un ladrido, cuando el guerrero con la capa desgarrada se la
arrancó furioso. Su mano libre trazó el arañazo que Libertas había hecho sobre su
pecho. ‘Pagarás por atreverte a venir aquí’. Ahora revelado, Garro vio que el Puño
Imperial tenía el rango de sargento y estaba condecorado con muchos honores de
incontables campañas.
‘No soy un traidor’, replicó Garro, girando la cabeza para escupir un pegote de
sangre y luchando contra el zumbido en los oídos.
‘Es de una legión’, dijo uno de los otros. ‘Eso está claro. ¿Qué está haciendo aquí?’
‘Nos combatió’, respondió el sargento.
‘Me atacaste’, corrigió Garro. ‘¿Habéis estado esperando tanto tiempo en las
murallas del Palacio Imperial que deslizáis el gatillo al primer indicio de un
adversario?’ Por un momento, fue un capitán de batalla de nuevo, un oficial al
mando reprendiendo a un rango inferior por un error de juicio. ‘Tu Primarca, lord
Dorn, estaría descontento’.
Los Puños Imperiales se pusieron rígidos y Garro supo que había tocado un punto
sensible.
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‘Este lugar está fuera de la ley’, afirmó el sargento, con voz baja y fría. ‘Los
asentados aquí no tenían protección con arreglo al edicto imperial, pero aún así
vinimos. Y te encontramos a ti, sin un propósito o emblema aparente, armado y
peligroso entre centenares de muertos. Dame una razón por la que no deba
ejecutarte y descubrir tu nombre de tu cadáver’.
Garro dudó. Se había acostumbrado al peso de la marca del Sigilita, de las puertas
que podía abrir para él como su Agentia Primus, y se sentía extraño al carecer de
ella de repente. Respiró hondo y se levantó, con las armas aún siguiendo su
movimiento. ‘Soy Nathaniel Garro. Antaño fui capitán de la XIV Legión–’
‘¿Guardia de la Muerte?’ El Puño que había hablado se estremeció al decir el
nombre y apuntó con su bólter directamente a la sien de Garro. ‘¡Los hijos
malditos de Mortarion! ¿Cómo–?’
El sargento extendió una mano y apartó el cañón del arma. ‘He escuchado ese
nombre antes, de mi capitán. Eres Garro de la Eisenstein’.
Asintió. ‘Sí, el mismo’.
‘También he oído que él y sus hombres, los que vinieron a Terra después del
desafío del architraidor, están prisioneros en la Luna. Mantenidos allí hasta que se
puede verificar su lealtad o su culpa’. No había ninguna concesión en sus palabras,
ni la más pequeña ascua de crédito. ‘¿Cómo has llegado aquí?’
Garro frunció el ceño. ‘Hay más en ese asunto de lo que habéis escuchado,
sargento’, señaló cuidadosamente. ‘Vine a encontrar este lugar… esta gente. Pero
sus muertes no fueron por mi mano’.
‘¿Vamos a aceptar la palabra del hijo de una legión traidora?’ dijo otro de los Puños
Imperiales. ‘Yo digo que acabemos lo que empezamos’.
Pero antes de que el sargento pudiera decidir un curso de acción, unos pasos
pesados marcaron la llegada de más figuras blindadas. Las cañoneras que habían
estado volando en círculos por encima se habían alejado para aterrizar, y ahora más
guerreros de Dorn estaban entrando en el asentamiento desolado.
Un legionario con los laureles de capitán apareció a la vista. Garro vio que llevaba
un pesado tabardo de paño balístico blanco cubierto con detalle en color negro
azabache, y cadenas alrededor de sus muñecas. El emblema de una cruz negra, que
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se repetía en la armadura de todos los Puños Imperiales, tenía un lugar destacado
sobre él. Este recién llegado se quitó el casco, y en un gesto de obediencia, el
sargento hizo lo mismo.
El pelo rubio del capitán enmarcaba un rostro que Garro había visto antes, en lo
que parecía una edad atrás, en una reunión a bordo de la fortaleza estelar Falange.
‘Él es quien dice ser’, señaló el guerrero, estrechando los ojos. ‘Dejadlo’.
Garro saludó con la cabeza. ‘Primer capitán Sigismund. Bien hallado’.
La fría mirada de Sigismund cayó sobre él. ‘Eso está por ver’.
TRES
El templario
Hespérides
Rastreando
Se sentaron uno frente al otro en el compartimente de tropa de una de las
Thunderhawks en tierra, sólo después de que el Primer capitán hubiera ladrado una
orden para despejar la nave de modo que pudieran tener algo de privacidad.
El acto le parecía inusual a Garro. Conociendo el carácter de los hombres de piedra
de Dorn, el legionario esperaba ser engrilletado en hierros y sometido a arresto. En
su lugar, Sigismund se inclinó hacia adelante con la espada y vaina de Garro,
brevemente confiscadas por sus subordinados, y depositó el arma en la cubierta
entre ellos.
Garro no hizo ningún movimiento para recogerla. Mantuvo su mirada firme. ‘¿Tu
padre genético ordenó eso?’ Inclinó la cabeza en dirección al asentamiento en
ruinas.
Sigismund apretó la mandíbula. ‘Sabes más que eso para decir algo así, Guardia de
la Muerte’.
‘No he sido un Guardia de la Muerte durante bastante tiempo’, respondió. ‘La
insurrección ha cambiado muchas cosas. Tal vez la contención de tu señor está
entre ellas’.
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‘Elegiré creer que me estás probando’, gruñó el Puño Imperial. ‘Y pobremente. La
alternativa es que impugnas el honor de la Séptima Legión, y si fuera así, iría mal
para ti’. Sacó un objeto de una bolsa en su cintura, y Garro vio que era una unidad
auspex manual. Sigismund se la lanzó, y él la cogió con facilidad. ‘Escucha’, le dijo.
Garro giró el objeto en sus manos y encontró que la pantalla mostraba una runa
parpadeante para indicar que albergaba un registro de audio en su memoria.
Presionó el botón para reproducir el archivo, y durante unos breves momentos el
interior del compartimento de carga resonó con sonidos de gritos y las voces de los
muertos.
Escuchó a un hombre cuyas palabras estaban distorsionadas con terror y
retroalimentación mientras gritaba en un recolector de voz, desesperado porque
alguien lo oyera, suplicando que los equipos de rescate vinieran y les salvasen. El
acento era denso y varias de las palabras eran de dialectos de Afrika que Garro no
conocía, pero la intención del mensaje era clara. Había sido enviado mientras la
matanza estaba en marcha, y cualquier fuerza que hubiese llegado a asesinar el
santuario había hecho su trabajo de forma rápida y despiadada. La grabación se
cortó de repente en medio de un grito de pánico.
‘Eso fue recogido en una de las longitudes de onda de socorro comunes’, explicó
Sigismund. ‘Vinimos a investigar’.
‘¿Y tus hombres pensaron que yo era la causa?’
El Primer capitán miró a otro lado. ‘Reaccionaron con un mal juicio. La inacción
los ha hecho laxos. Serán castigados por actuar sin pensar’.
Garro se dio cuenta de que era lo más cercano que conseguiría a una clase de
disculpa. Sigismund continuó.
‘¿Que estás haciendo, capitán de batalla? He oído decir que estabas por tu cuenta.
Pero ¿por qué aquí y por qué hoy?’
‘Nuestras misiones han sido alteradas’, ofreció Garro, al fin. ‘Desde la Eisenstein’.
Sigismund asintió. ‘Ahora eres el perro de presa de Malcador. Con una armadura
que no lleva emblemas ni librea. ¿Cómo eres llamado? ¿Un Caballero Errante?’
Garro se molestó con la súbita descripción de su estatus. ‘Hay más que eso’.
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‘Cuando el Sigilita está implicado, no tengo dudas’, espetó Sigismund. ‘Construiría
una trama con un millar de jugadores para conseguirse una copa de amasec’. Se
inclinó hacia atrás y ladeó la cabeza. ‘Pero apuesto a que no te envío a este lugar.
¿Has escapado de su empleo, Garro?’ Señaló a la espada. ‘Has dejado tu armadura
sin nombre detrás. Si no fuera por ese arma, podría preguntarte si has decidido
renunciar a la llamada del guerrero con la esperanza de una vida monástica’.
‘Estoy aquí en una misión de mi incumbencia, no por las órdenes de Malcador’,
concedió Garro. ‘Vine al santuario buscando información’.
‘¿Sobre esto?’ Sigismund alcanzó algo y arrojó un fajo de papeles devocionales
quemados en la cubierta sobre la espada envainada.
Garro ignoró la pregunta y mantuvo su mirada fija en el Puño Imperial. ‘Si soy el
perro de presa de Malcador’, comenzó, ‘uno podría decir que tu eres el de lord
Dorn. ¿Cuál fue el nombre que te dio? El Templario, lo recuerdo’. Señalo la cruz
negra sobre el tabardo de Sigismund. ‘Ambos servimos a señores que buscan
salvaguardar Terra y el Imperio’.
Por primera vez, la expresión de Sigismund cambió, y Garro vio un toque frío de
diversión carente de humor en sus labios. ‘Somos iguales, ¿es eso lo que deseas que
crea? Tú, un hombre que se mueve en las sombras bajo el aspecto de un fantasma,
¿eres lo mismo que yo? ¿Que se alza la vista de todos, con su deber tan claro como
el alba?’
La cruda verdad del Primer capitán cortó a Garro más profundamente de lo que
esperaba. ‘No elegí el camino sobre el que estoy’, respondió escuetamente. ‘Pero
ambos luchamos la batalla que tenemos, no la batalla que queremos…’ Sus palabras
se desvanecieron cuando cristalizó una sospecha, una que le había corroído desde el
momento en que llegaron los Puños Imperiales. ‘Respondiste a esa llamada de
socorro’.
‘Sí’.
Garro se inclinó hacia adelante. ‘Lo hiciste. Capitán Sigismund, comandante de la
Primera Compañía de los Puños Imperiales, defensor de este planeta… Trajiste dos
cañoneras y un destacamento de marines espaciales al desierto para… ¿qué? ¿En
aras de un mensaje confuso de algún civil sin suerte? No había nada en esa señal
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como para justificar el despliegue de dicha fuerza. ¿Por qué no dejarlo para la
guarnición local?’
‘Estábamos pasando por la zona. Parecía conveniente’.
Garro resopló. ‘No mientes bien, primo’. Unió las piezas. ‘Los Puños Imperiales
ya estaban controlando este lugar. Es la única explicación adecuada. Mi pregunta
es, ¿por qué razón?’ Vio un atisbo de duda en los ojos de Sigismund y continuó.
‘¿O me equivoco? Estos guerreros no están aquí a instancias de lord Dorn… están
aquí por ti’.
El rostro de Sigismund se volvió de piedra, y entonces Garro supo que tenía razón.
‘La primera vez que te conocí’, contestó el otro capitán, tras un largo momento,
‘pensé que eras un tonto engañado. Te sacamos con tus compañeros refugiados de
ese armatoste congelado, muerto en el espacio, y estuviste ante mi padre genético
con historias acerca de perfidia y traición. Sabía que eran mentiras. Lo sabía… hasta
el mismo momento que la rememoradora Oliton nos mostró sus recuerdos’.
Sigismund sacudió la cabeza. ‘Sangre del Emperador, Garro… ¿Te das cuenta del
daño que forjaste con tu vuelo?’
‘Más de lo que puedes saber. No tomé ningún placer en ello’, respondió Garro en
voz baja, y sintió pasar de nuevo sobre él la sombra de ese momento. No era falso
decir que Nathaniel llevaba el resentimiento por la carga que se le impuso en
Isstvan. ‘Maldigo a Horus Lupercal cada día por obligarme a tomar las decisiones
que hice’.
El Templario miró a otro lado. ‘La mujer, Keeler. Sabes lo que es’. No era una
pregunta.
Garro frunció el ceño. ‘Yo…’ Se detuvo, incapaz de formular sus pensamientos.
‘Hemos hablado. Fui… iluminado por sus revelaciones’. Asintió en dirección al
asentamiento quemado. ‘Esperaba encontrarla aquí para que pudiéramos hablar de
nuevo’.
‘Ella me habló’, dijo Sigismund, y Garro se dio cuenta de que al Puño Imperial le
costaba admitirlo en voz alta. ‘Me contó cosas. Me mostró cosas’.
Asintió. ‘Sí. Ella tiene un camino’. Garro recordó el consejo que Keeler le había
dado cuando se sintió perdido y sin rumbo. Que ella se había conectado realmente
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a algo mayor, quizás algún fragmento de la voluntad manifestada del Emperador,
nunca había estado en duda. No fue una sorpresa para él que la llamada santa
compartiera ese consejo con otros. Miró a Sigismund con nuevos ojos, asimilando
esta nueva verdad.
Era como si le hubiera dado permiso al Primer capitán para desahogarse. Cuando
continuó, vacilante al principio, Sigismund se acercó del modo en que un hermano
comparte una confidencia. Describió cómo se había cruzado con Keeler a bordo de
la Falange, y habló de los futuros que ella puso ante sus ojos: uno, perecer olvidado
y solo bajo un sol alienígena; el otro, situarse al lado de Dorn cuando sucediera la
invasión inevitable de Terra. Sigismund le contó su propia y grave elección, recular
en la orden de su Primarca para dirigir una fuerza de castigo contra Horus, y pedir
un puesto diferente más cerca de casa.
Repentinamente, Garro comprendió por qué el Puño Imperial había ordenado a
sus hombres que les dejasen a bordo de la Thunderhawk. No quería que nadie más
lo escuchase, que vislumbrasen lo que algunos podrían ver como una fisura de
debilidad en el exterior, de otro modo de duro granito, del hombre. Si el Caballero
Errante hablase de lo que se había dicho aquí, sabía que sería ignorado y
ridiculizado por los hermanos de Sigismund.
Del mismo modo que Garro se había convertido en el agente de Malcador en actos
de preparación y retribución, Sigismund había recibido la misma tarea de Dorn. El
Primer capitán purgó el sistema Solar de los espías de Horus allí donde pudo
encontrarlos, y Garro había visto frecuentemente los resultados de su trabajo desde
la orilla cuando sus misiones se cruzaban, siempre en paralelo pero nunca unidas.
Pero había llegado un momento en el que Sigismund ya no pudo conservar sus
secretos por más tiempo de su padre genético. El semblante sombrío que Garro
había visto pasar antes sobre el rostro del Puño Imperial regresó, y lo vio como lo
que era, una gran tristeza y pesar. Sigismund se confesó con Dorn, y a cambio su
Primarca lo derribó por ello. El señor de la VII Legión censuró a Keeler como una
charlatana que mercadeaba con un dogma religioso sin valor, y reprendió a su hijo
por dejarse influenciar por ella.
Garro no dijo nada. Interiormente, pensó que era Dorn el que no veía con claridad.
Le había quedado claro en su primer encuentro, cuando reveló la perfidia de
Horus, y luego otra vez cuando se infiltró a bordo de la Falange en una misión para
reclutar a uno de los psíquicos de los Puños. Esa incursión había fallado en última
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instancia, pero en ambas ocasiones Garro había sabido que pese a toda su grandeza,
la estrechez de mente de Rogal Dorn era un defecto. Por mucho que la piedra
pueda aguantar, pensó, no puede doblarse y por eso puede quebrarse. Sólo tenía
que mirar a Sigismund a los ojos para ver esa verdad reflejada en los pensamientos
atribulados del Templario.
‘Keeler me mostró una visión de horrores arcanos’, concluyó Sigismund. ‘Y desde
entonces los he visto con mis propios ojos. Tú también lo has hecho’.
‘Sí’, asintió Garro sobriamente. ‘Lo he hecho’.
‘Entonces sabes que su don no es inútil’. Para el Puño Imperial fue una admisión
difícil de hacer, sugerir que su señor podía estar tan equivocado. Dio un largo
suspiro. ‘No pretendo saber cómo se supone que funciona todo esto... Pero sé que
la mujer es importante. Con esto en mente, la he vigilado desde la distancia, lo
mejor que pude. He utilizado los activos de mi legión y de la Corte Imperial para
realizar un seguimiento de sus movimientos’. Negó con la cabeza. ‘Ella y sus
devotos no lo han puesto fácil. Hay muchas lagunas, muchas incógnitas. Habla de
la existencia de una gran red de creyentes, mucho mayor de lo que cualquiera de
nosotros había sospechado’.
Garro le presionó por más. ‘Pero ¿sabías que ella estaría aquí, o lo estuvo, en el
santuario?’
‘Sí. Como has deducido, tenía la ubicación monitorizada. Una de muchas, de
hecho. Cuando llegó la llamada de ayuda, también lo hice yo’. Sigismund se
detuvo. ‘Garro, sabes cómo operan los renegados de Horus. Como la hidra del
mito, cortamos una cabeza y dos más se alzan para ocupar su lugar. Pese a todo lo
que extirpamos, otros aún acechan sin ser vistos. Creo que Keeler puede perecer en
sus manos si no lo impedimos’.
‘Las matanzas aquí, muestran que el architraidor se está acercando más a ella…’
Asintió. ‘Ella debe ser protegida’. El Templario se puso en pie. ‘Pero he llegado al
límite de mi organización. Esta noche he excedido mi autoridad para venir aquí, y
Dorn se enterará de ello. Una vez más estará disgustado. Puedes ver que los Puños
Imperiales no tienen la libertad de los Caballeros Errantes de Malcador. No puedo
ir más lejos con esto’. Clavó una dura mirada en Garro. ‘Pero tú puedes. Ahora
tengo claro que eres la única opción’.
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Sigismund se agachó y tomó la unidad de auspex de las manos de Garro,
llevándosela a la cara para permitir que un lector de aura retinal escanease su ojo.
‘Identifícame. Descarga pila de almacenamiento. Contraseña Iconoclasta.
Desbloquear’. El dispositivo sonó y se lo devolvió.
Donde antes la memoria de la unidad había estado casi vacía, ahora se revelaban
docenas de archivos: intercepciones de vigilancia, archivos de inteligencia y más.
‘¿Qué estoy viendo?’ preguntó Garro.
‘Todo lo que he descubierto de los movimientos de Euphrati Keeler a lo largo de
los últimos meses. Puedes ser capaz de llenar los vacíos. Creo que te ayudará a
predecir dónde va a ir a continuación’.
‘Estás confiando en mí con esto’, respondió Garro con cautela.
‘Tenemos que mantenerla a salvo, Nathaniel’, replicó Sigismund. ‘Por mucho que
lo desee, no puedo ir más allá. Así que el deber cae sobre ti’. Algo del fuego frío de
su actitud previa regresó a su voz, y sus siguientes palabras fueron en gran medida
una advertencia. ‘No fracases’.
Los Puños Imperiales llamaron a una cohorte de servidores para catalogar y luego
enterrar a los muertos, pero Garro se había ido antes de que el primero de ellos
llegara. Le llevó la mayor parte de un día el caminar de regreso a través de las
tierras de la chatarra, y el viaje le dio el tiempo necesario para digerir la importancia
de su conversación con el Templario.
A medida que caminaba, estudió minuciosamente el contenido del auspex,
utilizando hipnagógicos para leer parpadeando los datos vitales del mismo modo
que un hombre hambriento podría hartarse en un banquete. Tal como esperaba de
un Puño Imperial, los registros de Sigismund eran precisos y carentes de cualquier
cosa salvo fríos hechos.
Los archivos seguían decenas de informes de reuniones ilegales del Lectitio
Divinitatus, escaneos parciales de avistamientos de mujeres que coincidían con la
descripción de Keeler, y docenas de otros vectores, cotejados en algo que se
asemejaba a un patrón. Encontró cadenas de inteligencia que conectaban con su
propia investigación, incluyendo la misma pista ciega que meses antes le había
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enviado a la plataforma Riga en lo que resultó ser una tarea de tontos. Aunque el
viaje a Riga condujo a Garro a otras cosas, y finalmente al descubrimiento de un
secreto que el Sigilita quería ocultarle, el legionario no encontró ningún rastro del
paso de Keeler.
Ella se movía de un lugar a otro, entrando y saliendo de ciudades colmena y
metrópolis, estaciones espaciales y placas orbitales, y no fue capturada ni una sola
vez a pesar de la mano de hierro que el Imperio mantenía en el mundo del Trono y
sus satélites. ¿Qué sugería esto? se preguntaba Garro. ¿Qué habilidades
sobrenaturales de Keeler le permitían tejer a través de una red de seguridad que se
hacía cada vez más fuerte a medida que se acercaba la amenaza del Señor de la
Guerra? O era la verdad más prosaica que eso, ¿era su asociación de seguidores tan
grande que los devotos a ella simplemente desviaban la mirada cuando pasaba?
¿Hasta dónde llegaba la palabra del Lectitio Divinitatus? Garro no tenía respuesta
para esa pregunta y eso le preocupaba. El Imperio del Hombre era sólo eso, y había
llegado al extremo de acabar con la falsedad de la religión y la imposición de la
secularidad donde caía su sombra, pero ¿y si eso era imposible? ¿Y si había algo en
la naturaleza de la humanidad que significaba que siempre necesitaba creer en algo
más grande?
Frunció el ceño y desplazó el persistente pensamiento. Por el momento, no se
preocupaba por lo que otros hombres podían pensar, sentir o creer. Lo único que
sabía era lo que se sentía Nathaniel Garro... y era perdida.
‘¿A dónde me está llevando esto?’ preguntó al aire. Los vientos no le contestaron.
Garro regresó a los datos, cambiando de los registros pasados a los presentes.
Según las fuentes de Sigismund, hubo rumores de que Keeler había visitado el
santuario hacía menos de cuatro días, lo más cerca que Garro había estado de ella
en un largo tiempo. Había una docena de otras posibles ubicaciones a las que la
santa podría haber viajado en la siguiente etapa de su peregrinación sin fin, pero
rápidamente consideró y descartó todas menos una. La suposición era parte
instinto y parte cálculo.
Hespérides.
Garro se detuvo y levantó la vista hacia el cielo nocturno, estirando el cuello hasta
que encontró una sombra particular, en dirección al horizonte sudoriental. Desde
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aquí, era poco más que una mancha azul oscura sobre una infrecuente noche
estrellada, pequeña contra el pálido resplandor de la Luna. La placa orbital era una
de las mayores plataformas aerotrópolis, y recordó que era una insula minoris que
sirvió a Terra como una refinería de dióxido y un eje de embarque terciario. Era un
lugar ideal para dar un sermón; gran parte de la población estaba de tránsito,
operadores de sistemas y trabajadores no cualificados que se movían según era
necesario por contratos escritos a Venus, Mercurio y a las rebosantes yardas de
trabajo de gravedad cero del Cinturón. La clase de hombres y mujeres, razonó
Garro, que tendría una vida vacía y ensombrecida por la insurrección. El tipo de
personas que, si fueran atraídas por el Lectitio Divinitatus, podría llevar su palabra
a todos los rincones del sistema Solar.
Un día después, Garro descendía del tren de ruedas de una barcaza de carga
automatizada y caía unos treinta metros sobre una cubierta de aterrizaje en el arco
occidental de la ciudad flotante. En la distancia, la Placa Hespérides recordaba el
aspecto y la forma de un gran órgano de tubos, boyante sobre un colchón de nubes
sucias y envuelto en una bruma gris. Más de cerca, la forma imaginada daba paso a
una realidad menos atractiva, un gran y enrevesado nudo de tubos deslucidos y
gigantescas bocas acampanadas que parecían la colisión fatal de mil instrumentos
gigantes de bronce, triturados en un manojo por la mano de un dios loco.
En ninguna parte de Hespérides se podía encontrar el silencio. Cada pasaje y
pasarela estaba amurallada en ruidosos y retumbantes tubos que zumbaban y
gorgoteaban con reacción química. En lo profundo de las entrañas de la plataforma,
los motores que habían funcionado durante siglos absorbían el aire contaminado y
lo fraccionaban en sus componentes básicos, tratando desesperadamente de rescatar
algún aliento de pureza de la atmósfera herida del planeta.
El ruido constante hacía difícil para Garro extender por completo sus sentidos de
batalla, y mentalmente recalibró los parámetros de sus acciones. Un lugar como
este haría complicado ver a un enemigo acercándose, y los caminos confinados eran
un territorio perfecto para las emboscadas, cuellos de botella y zonas de muerte.
Bajando su capucha y ajustando su túnica, Garro se aseguró de que su espada
estaba oculta donde nadie pudiera verla, y se aventuró más en la interminable serie
de estrechos callejones.
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Hespérides nunca había sido diseñada para ser una ciudad, era un glorificado
procesador atmosférico con unos pocos módulos de apoyo acoplados, pero alguien
se había olvidado de revelar eso a las personas que vivían allí. La humanidad se
abarrotaba en todos los rincones de la estructura, con casuchas desvencijadas
construidas en torno a los grandes espacios entre los tubos de latón que
serpenteaban hacia uno y otro lado. Algunas partes de la improvisada ciudad
estaban permanentemente frías, con sus plataformas bordeadas de la escarcha del
aura helada de las grandes torres de refrigeración. Otras tenían siempre un calor
tropical y húmedo por la salida del vapor de los fraccionadores químicos.
Frecuentemente, ambos extremos podían encontrarse a unos pocos cientos de
metros de distancia.
Aquí abundaba la pobreza. El legionario no vio almas que no estuviesen vestidas
con los cortes cutres y mugrientos del atuendo de los trabajadores, y sus rostros
huecos y miradas evitadas le hablaron de personas que estaban abatidas, que
colgaban de sus dedos. Inadvertido, hizo una mueca en las sombras de su capucha.
Parecía erróneo que aquí, sobre el planeta que era el brillante corazón del Imperio,
sus ciudadanos no pudieran saborear el glorioso futuro que el Emperador quería
para todos ellos.
Garro apartó el pensamiento mientras llegaba a lo que estaba buscando, una “plaza
del pueblo” a falta de un término mejor, un espacio abierto y grande entre dos
chimeneas imponentes que los locales habían reutilizado como punto de reunión y
mercado. El legionario encontró una posición elevada y sombreada desde la que
podía observar el área y explorar a la multitud deambulando por sus objetivos.
El grupo no vestía diferente a los que les rodeaban, pero para el ojo entrenado de
un guerrero destacaban como bengalas de magnesio en una oscura noche. Un trío
de hombres de aspecto ferviente, dos vigilando mientras el tercero ofrecía
cuidadosamente hojas de papel a cualquier persona que tomase uno. Garro vio tinta
roja en el papel, un texto que no podía leer desde esta distancia, y las formas de
iconos y símbolos para ayudar a las personas analfabetas a entender la intención del
folleto.
Sonrió levemente. Los seguidores del Lectitio Divinitatus se estaban volviendo más
audaces, y eso le proporcionaría lo que necesitaba. Garro planeaba esperar a que
acabasen su proselitismo y luego seguirlos de vuelta a su punto de origen. En algún
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lugar en medio de este trepidante y ruidoso revoltijo de conductos había una iglesia
clandestina, y si la encontraba…
Un grito bajo llegó a él, deteniendo su tren de pensamiento. Cuatro figuras más
habían emergido de los transeúntes, tipos duros con la constitución de soldados del
Ejército Imperial, aunque ninguno del cuarteto llevaba nada que se aproximara a un
uniforme. Los recién llegados estaban recriminando a los creyentes, y Garro
especuló sobre lo que estaba pasando allí abajo mediante el lenguaje corporal y los
fragmentos de palabras enmarañadas captadas por su oído aumentado.
Los cuatro eran miembros del grupo a cargo de esta parte de Hespérides. Garro no
había visto un solo oficial Arbites desde que había llegado a la placa orbital, ni
siquiera un dron de control. Supuso que quien quiera que fuese el miembro de la
Tecno-Baronía encargado del gobierno de Hespérides tenía poco interés en la gente
que vivía entre las máquinas de aire, siempre que los procesadores siguieran
funcionando. En esta clase de entorno, los matones de una determinada clase
florecían cuando las fuerzas del orden estaban ausentes y la pobreza era moneda
corriente.
Se estaban haciendo exigencias. Desde su posición ventajosa, Garro vislumbró el
destello de plata de las monedas del Trono cuando el más grande de los matones,
un hombre ancho como un tonel y con una barba salvaje, sacó el tributo de manos
de uno de los creyentes. Estaba claro que no era suficiente, ya que el matón sacó la
espada de presión que llevaba bajo su abrigo y se dirigió a por el hombre que había
estado repartiendo los panfletos. Fue una matanza básica pero eficiente, hacia
arriba y por debajo de la caja torácica. La víctima cayó, muerta antes de tocar la
plataforma, y los papeles que había estado agarrando se dispersaron como hojas
arrastradas por el viento.
Hubo voces y gritos, y los dos creyentes restantes explotaron en un movimiento de
pánico, arrojándose entre la multitud, en dirección a la calle en el lado occidental
del mercado. Uno de los matones se quedó para desvalijar el cadáver del muerto,
pero el asesino con barba se llevó a los otros dos en una persecución.
Garro maldijo en silencio. Si estos idiotas mataban a sus únicas pistas, se
encontraría bloqueado. Todos los miembros de la iglesia de Keeler retrocederían y
se ocultarían, y la santa, si estaba aquí, se esfumaría al caer la noche.
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Moviéndose tan rápidamente como pudo sin llamar la atención, Garro fue tras
ellos, saltando desde un grupo de conductos al siguiente. El terreno se volvió cada
vez más difícil, porque su camino elevado era bloqueado a intervalos aleatorios por
afloramientos de maquinaria o chirriantes rejillas de vapor. Por dos veces perdió de
vista a los creyentes huyendo y a los hombres que los perseguía, pero sus gritos le
permitieron orientarse y evitar que se desvanecieran en el complejo sistema de
raíces de tubos cobrizos.
El legionario oyó la sacudida baja de un arma de fuego de grueso calibre y un
gemido de dolor. Lejos de las multitudes, los matones estaban felices por poder
empezar a disparar donde el daño colateral sería mínimo. Los sentidos mejorados
de Garro olían a sangre fresca, y a una gran cantidad. El creyente herido estaba
sangrando mucho.
Se las arregló para adelantar a los matones, cerrando la distancia con los hombres
que corrían por debajo a lo largo de una elevada pasarela de mantenimiento. En
medio del constante coro de fondo del ruido de aparatos y del golpeteo metálico de
los respiraderos, las fuertes pisadas de Garro pasaron desapercibidas. Obligado a
detenerse cuando la pasarela llegó a un repentino callejón sin salida, se detuvo para
observar la escena.
A quince metros por debajo, el hombre ileso estaba esforzándose por ayudar a su
compañero herido a desplazarse hacia adelante, pero la mancha de sangre que
dejaban detrás de ellos era suficiente para que Garro supiese que el herido estaría
muerto en cuestión de minutos.
Esa estimación cayó a cero cuando los matones emergieron de un pasaje lateral, y el
que tenía el arma puso un segundo proyectil en el hombre desangrándose. El
choque hidrostático del impacto separó a los dos creyentes, enviando al herido
sobre una barandilla de seguridad y en el olvido. Garro vislumbró el cuerpo
girando lejos hacia las sucias nubes.
El de la barba gritó algo sobre que le debían más dinero, sobre promesas hechas, y
las dimensiones de este sórdido drama quedaron totalmente claras para el
legionario. Los matones controlaban esta parte de la Placa Hespérides, y permitían
un refugio seguro aquí a los seguidores de Keeler a cambio de dinero. Pero la fe por
sí sola no bastaba para acuñar moneda, y la avaricia de hombres como estos tenía
escasos límites. Imaginó que no importaba lo que les hubieran dado, no habría sido
bastante. Iban a matar a los tres creyentes para enviar un mensaje.
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¿Qué otra razón había para cometer un asesinato brutal ante tantos ojos, si no fuera
para sembrar el miedo? Por un breve momento, el aspecto rabioso del Señor de la
Guerra se alzó y cayó en los pensamientos de Garro. Se sacudió el recuerdo.
La espada apareció de nuevo, aún roja con la sangre del hombre que había matado.
El último de los creyentes estaba mirando hacia atrás y adelante entre los asesinos y
un paso estrecho a diez metros de distancia. Preguntándose si podría llegar allí
antes de que una bala se incrustase en su espalda.
Garro había visto suficiente. Dio un paso hacia arriba y sobre el borde de la
pasarela suspendida, y cayó sobre la cubierta de abajo, golpeando con el impacto de
un martillo de demolición. El suelo de metal flexionó bajo la fuerza de su caída,
derribando a los matones y a su futura víctima. Sin embargo, el aterrado creyente
no tardó en recuperarse y se escabulló hacia el callejón.
Furiosos por la interrupción, los tres matones se volvieron contra Garro y no
mostraron miedo. Estaba tan acostumbrado a ver el terror apenas controlado en los
rostros de los humanos comunes que le pareció raro encontrarlo ausente. Sin su
servoarmadura, debían creer que Garro era una especie de mutante afectado por el
gigantismo. Nunca se les ocurrió que fuese un marine espacial; después de todo,
¿por qué uno de los ángeles de la muerte del Emperador vendría a este lugar
abandonado por la luz, y mucho menos sin armadura o fanfarria?
‘¿Qué eres?’ escupió el que tenía la pistola, apuntando. ‘Lárgate, monstruo’.
El hombre con barba vaciló, quizás tenía alguna pista sobre el verdadero origen de
Garro, pero sus compañeros con cara de rata estaban demasiado susceptibles y
sedientos de sangre para pensar dos veces a qué se estaban enfrentando.
‘Ya le has oído’, rugió el tercer miembro del grupo, cuya boca estaba llena de
dientes afilados y cuya carne era un lienzo para docenas de electrotatuajes
obscenos. ‘¡Piérdete!’
Garro dio un paso adelante y recibió cuatro balazos en rápida sucesión del
pistolero. Los disparos le alcanzaron en el pecho y el vientre, rompiendo la capa
externa de su epidermis pero sin penetrar más profundo. Gruñó con irritación y
metió la mano en cada una de las heridas con el pulgar y el índice, sacando las
puntas aplanadas de los proyectiles cinéticos y arrojándolas lejos. La sangre, espesa
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con las células larraman creadas genéticamente, ya estaba coagulando las heridas
triviales.
El que tenía la pistola era claramente un imbécil. En lugar de poner distancia entre
él y Garro, se acercó más, apuntando con la pistola pesada para disparar a la cabeza
del legionario.
Garro avanzó para encontrarse con él. Con un revés perezoso golpeó el arma lejos,
rompiendo los huesos del antebrazo del pistolero. Podría haberlo dejado allí, pero
había que enseñar una lección, por lo que propinó lo que consideraba un puñetazo
ligero en el pecho del hombre chillando. El golpe perforó la caja torácica del
matón, colapsando sus pulmones y deteniendo su corazón.
El hombre cubierto en tatuajes de fósforo brillante grito el nombre del muerto, se
dio media vuelta y huyó en dirección al mercado.
El matón con la barba y la espada de presión gritó y cortó el aire delante de Garro,
tratando de forzar a retroceder al legionario con una salvaje finta incontrolada.
Estaba tratando de poner a Garro a la defensiva, tal vez para poder alejarse y huir
también.
El guerrero observó el patrón del criminal, lo vio, y en la siguiente respiración
cogió la cuchilla afilada y tiró de ella hacia delante. Un espadachín avezado habría
soltado la empuñadura, pero los mejores retadores que había tenido el matón eran
civiles sin entrenar y con ninguna comprensión del manejo de espada, y no tenía
más movimientos que realizar. Haciendo caso omiso de la picadura distante de
dolor cuando la espada cortó en la palma de su mano, Garro torció la muñeca y
desarmó al matón, rompiendo dedos de la mano de su oponente con el
movimiento.
La espada cayó a la cubierta y la pisó, con el talón de acero de su pierna biónica
partiéndola en dos. Garro extendió la mano, agarró al matón por el hombro y
apretó, sintiendo como los huesos se aplastaban.
‘Has cometido varios errores’, señaló al hombre, mientras lo escuchaba jadear. ‘Y
tu camino te lleva a mí’.
‘¡Por favor…! ¡No…!’
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Garro negó con la cabeza. ‘Ese tiempo ha pasado’. Se sacudió hacia atrás la manga
de su túnica y mostró al hombre uno de los sellos marcados en su carne, un cráneo
contra una estrella de seis puntas. ‘Has atacado a un legionario. ¿Comprendes eso?’
Los ojos del hombre con barba estaban húmedos y lloraban. Una mancha de color
oscuro se extendió en sus pantalones mientras se meaba encima por el miedo.
‘Quiero saber dónde están’, Garro señalo en la dirección por la que se había ido el
creyente superviviente. ‘Lo sabes. Dímelo’.
‘¡No…no lo sé!’ resopló el matón. ‘No lo recuerdo….’
‘Sí que lo haces’, corrigió Garro suavemente. Dio unos golpecitos en la frente del
matón. ‘Cadenas de memoria en tu tejido cerebral. O bien accedes a ellas…o lo
haré yo’.
‘¿Qué…?’
Garro puso su otra mano alrededor del cráneo del hombre y comenzó a aplicar
presión lentamente. Tendría que ser cuidadoso para crujir el hueso sin destruir el
débil órgano dentro. El guerrero tomo un tono suave y docente. ‘Cuando los
herreros genéticos me hicieron como soy, colocaron un implante en mi estómago
llamado preomnor. Un estómago dentro de un estómago, si se quiere. Me permite
ingerir veneno y sustancias tóxicas, subsistir con materiales comestibles que
matarían a cualquier otro ser vivo…’
Un crujido húmedo sonó desde debajo de los dedos de Garro, y el matón gritó con
un dolor terrible, tratando infructuosamente de soltarse del agarre del legionario.
‘Además’, continuó, como si fuera la instrucción para algún hermano de batalla
neófito, ‘hay un segundo implante, la omofagea. Capaz de separar la memoria
genética de la materia ingerida, si es que puedes concebir eso’. Se inclinó cerca y
miró al matón a los ojos. ‘De lo que como’, dijo con frialdad, ‘me llevo sus
recuerdos. ¿Lo entiendes?’
Los gritos del matón se convirtieron en lloriqueos, y Garro supo que lo había
entendido.
‘De una forma u otra’, afirmó el legionario mientras aumentaba la presión, ‘me
dirás donde encontrar la iglesia oculta’.
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CUATRO
La marca y los marcados
Sermón
Una figura quemada
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estaban ahí fuera para detenerle eran tan competentes como él mismo, aunque eso
nunca había sido así.
Haln se detuvo en la puerta de hierro de su camarote alquilado y reorganizó los
vasos y bolsas de plaspapel que llevaba para recuperar el haz-llave que la abría.
Comprobando el hueco para asegurarse de que estaba solo y no era visto, ya había
desactivado el primitivo monitor de seguridad en la esquina más alejada, Haln abrió
la puerta de una patada con su bota.
La habitación era pequeña y sombría. Olía a metal viejo y sudor. Haln depositó su
carga sobre la mesa plegable en el medio del compartimento y se dirigió a la
ventana circular, haciéndola girar para abrirla hacia el exterior. Inmediatamente, el
crujido constante y el ruido demoledor de engranajes masivos entraron en el
espacio, y echó una mirada hacia fuera. El camarote estaba por encima y a popa del
mecanismo de la octava pierna en la banda de babor de la Ciudad Andante, una
extremidad de hierro macizo tan alta como una torre de habitáculos que terminaba
en un ancho pie con dedos lo suficientemente grandes como para aplastar la
manzana de una ciudad. Veinte piernas a ambos lados de la gigantesca plataforma
en movimiento proporcionaban la acción motriz para el asentamiento móvil,
similar a una losa, mientras caminaba hacia el sur, hacia el ecuador, marchando sin
cesar a través de un desierto de polvo que se extendía de horizonte a horizonte.
Levantándose de una esquina, el asesino se sirvió una taza de tisana tibia y frunció
el ceño por su sabor. Entonces, encontró una bolsa con pinchos de carne cocida de
artrópodo y se puso a devorarlos. Haln se sentó en un taburete, tomó sus propias y
exiguas porciones y comió en silencio, observando el asesino sin mirarlo
directamente.
Haln solamente era siempre honesto consigo mismo, y ahora consideraba lo poco
que le gustaba la misión que le había sido dada por su guía, el Aleph. Lo que sabía
con certeza era que la directiva había venido desde fuera de la legión a la que estaba
juramentado. Haln era uno de los muchos comunes que formaba parte de un vasto
ejército que trabajaba para sus amos, el primero y el último, y llegó a saber que su
misión había sido transmitida de los Hijos de Horus... Tal vez incluso de la propia
Corte de Lupercal.
Había sido apartado en medio de otros deberes y se vio obligado a dejar su trabajo
inacabado para hacer esto, ser el acompañante de un hombre que se despertaba
gritando en medio de la noche, que constantemente se desplazaba dentro y fuera
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entre la gélida lucidez y el distanciamiento malhumorado. En un primer momento
Haln se preguntó qué era tan especial acerca de este asesino en particular,
razonando que había muchos capaces de ese acto, incluido él mismo, hasta el
momento en que vio al asesino en su trabajo.
Las muertes en el santuario no se parecieron a nada que hubiese presenciado antes.
Esa arma horrible que parecía esconderse hasta que el asesino la llamaba, y las cosas
que hacía a la carne viva... Si Haln aún pudiese dormir, imaginó que le habría dado
pesadillas. Pero utilizaba derivaciones químicas para editar sus propios recuerdos
de esas escenas, suavizando su memoria de los peores momentos. Lo que no podía
recordar del todo no podía quedarse en su interior, esa era la idea. En realidad, no
funcionaba. Tenía que mantener gran parte de ella sin tocar en su mente, por el bien
de la operación. Y así Haln todavía recordaba lo suficiente como para tener miedo
del asesino y de su maldita pistola.
Quería esto hecho y acabado. El trabajo para el que había venido a Terra, el que el
Aleph le había encargado preparar, no saldría adelante sin él. Decenas de agentes,
preparados para hacer saltar una gran finta contra las defensas de Rogal Dorn, en
una invasión antes de la invasión que tentaría al Primarca de los Puños Imperiales a
levantar su mano. Era un esfuerzo elegante con el que Haln se había entusiasmado.
Le gustaba el mecanismo de la noción, el puro juego de ella.
En contraste, llevar a un asesino, no importa cuán monstruoso pudieran ser sus
caminos, parecía un trabajo menor. Cualquier imbécil puede apretar un gatillo, se
dijo el espía a sí mismo.
Mientras el pensamiento cruzaba su mente, el asesino dejó de masticar y lo miró
directamente. ‘¿Cómo sé que puedo confiar en ti?’
Haln recompuso sus rasgos en un aspecto neutral. ‘Ya hemos tenido esta
conversación. ¿No lo recuerdas? Antes de que… esterilizases el asentamiento’.
El asesino asintió lentamente. ‘¿Qué aprendimos de ellos? ¿De los asesinados?’
‘Hay varios posibles vectores para el objetivo’. Haln tomó otro sorbo de tisana y
con paciencia, repitió el mismo informe que ya había dado dos veces. Recordó al
asesino las almas media muertas y quemadas que habían suplicado un rápido final,
mientras Haln los desollaba para sacar información del objetivo. Había muchos
lugares probables y estaba llevando tiempo estrechar la búsqueda. Haln tenía
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contactos que estaba usando para seguir pistas, y los datos aún estaban por
madurar.
‘Ya me has contado esto’, espetó el asesino, con sus duros ojos resplandeciendo y
su actitud volviéndose pétrea una vez más. ‘¿No tienes nada más? ¿Para qué me
sirves?’ Le tendió su mano. ‘Muéstrame tu marca’.
‘No tengo una–’
‘Muéstrame tu marca maldecida por los dioses, ¡apestoso hijo de puta!’ Las
palabras explotaron del asesino con tal veneno que Haln realmente se echó hacia
atrás, con el taburete raspando la cubierta de metal. Antes de que pudiera salir de su
alcance, el asesino agarró su brazo por la muñeca y tiró de él sobre la pequeña
mesa. Haln cayó del taburete y su taza vació su contenido en el suelo.
Aún así, fue lo suficientemente rápido para desactivar su propio tatuaje antes de
que el asesino echase atrás su manga y resplandeciese como una lechuza en la mano,
en el antebrazo. Si no hubiera estado preparado, la delgada tracería verdosa de una
forma de muchas cabezas habría estado visible allí. En su lugar, sólo había carne de
color ocre oscuro con la textura del cuero trabajado.
‘No la tienes’, dijo el asesino, con su imponente rabia suavizada en un momento.
Soltó su rígido agarre, disgustado. ‘No la tienes’, repitió. Entonces el asesino se
quitó uno de sus guantes negros de tejido balístico que habitualmente llevaba, y
ofreció a Haln su palma desnuda.
La forma mutante en su piel pálida no se podía llamar una cicatriz. Esa palabra
simplemente no era lo suficientemente grotesca para abarcar la naturaleza aberrante
de la marca en la carne del asesino. Era, en cierto modo, una estrella de ocho
puntas. Un octeto, Haln había oído lo llamaban así. Pero también era un estigma,
siempre sangrando, supurante y cruda, un corte que humeaba más que rezumaba,
una herida monstruosa y anormal no sólo en la carne del hombre, pero mayor que
eso. Haln instintivamente sintió que la marca estaba grabada en lo profundo del
alma.
Se echó hacia atrás, retrocediendo tan cuidadosamente como pudo para no mostrar
lo aprensivo que lo hacía sentir. Haln había abierto la carne de cientos y nunca
había sentido algo tan básico como la repulsión que experimentaba con aquella
imagen.
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Por fortuna, el asesino ocultó su horrible gracia en el interior del guante, mirándolo
a los ojos. ‘Has estado aquí un tiempo. ¿Cómo fue eso posible? No podían enviar
demasiados con los exploradores, los videntes en las torres lo predecirían…’
‘Vine aquí a través de métodos más convencionales’, respondió Haln, presa de una
repentina necesidad de percibir cualquier cosa en la estrecha estancia que no fuese
el pensamiento de esa marca maldita. ‘Mi inserción fue con un grupo de
refugiados… Previamente, serví a mis amos con salidas de desinformación y
desgaste. Entonces recibí la tarea de una intervención directa’. Normalmente, Haln
nunca habría comentado ni una fracción de estos detalles con alguien de fuera de la
jerarquía de la legión, pero sospechaba que el asesino no viviría más allá de la
realización de esta misión para contarlo. Había barrido la cabina y comprobado
que estaba limpia de dispositivos de escucha esa misma tarde. La única persona que
puede oír mis palabras es un condenado a muerte, pensó.
‘¿En Terra?’ urgió el asesino.
‘No al principio’. Haln sacudió la cabeza cuando la sala se inclinó, con la Ciudad
Andante resonando y agitándose sobre algún barranco muy por debajo. ‘Fui
puesto a bordo de una flotilla de naves que huían a Sol tras escapar de la
rebelión…’ Tuvo que recordar que debía llamar al acto de Horus una rebelión, no
una insurrección o revuelta, como hacía cuando hablaba en el personaje de su
cobertura. ‘Fue… malamente. La Guardia Custodia intervino y hubo muchas
muertes. Pero pude escapar en una pequeña nave y reconectar con nuestros activos
ya in-situ’.
El asesino hizo una mueca ante la mención de la Legio Custodes y apartó la
mirada. ‘¡Esos arrogantes capullos chapados en oro! Me gustaría matar a uno de
ellos bajo la mirada de todas sus cohortes. Sólo una vez. Para recordarles que no
son perfectos. Hacedles saber que hay mejores armas’. Miró a Haln y la violencia
apenas contenida que el hombre había mostrado anteriormente regresó otra vez.
‘Quiero un objetivo, ¿me escuchas? Lo necesito. ¡No tengo propósito de otra
manera!’
Los ojos de Haln se estrecharon. ‘No puedo encontrarte a alguien al que asesinar,
incluso en un lugar como este. No de la manera como lo haces’. Hizo un gesto
hacia la mano marcada, la mano del arma del asesino, y recordó de nuevo los
muertos en el santuario. ‘Sería demasiado arriesgado. Quedarían rastros demasiado
difíciles de explicar’.
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‘Entonces encuéntrame lo que vine a buscar’, escupió el asesino. ‘Rápido’.
El lugar en donde los seguidores habían hecho su iglesia había sido antaño una gran
sección de un mecanismo de compuerta, una grieta entre dos grandes canales de
refrigeración que podía dirigir las aguas residuales lejos de los procesadores
atmosféricos y en el aire por debajo de Hespérides como lluvia sucia. Las capas
acumuladas de óxido y suciedad dijeron a Garro que el sistema no había
funcionado durante años, tal vez décadas. Esto fue confirmado por el silencio
procedente de los tubos de líquido refrigerante; nada fluía ahí. Toda la zona de la
placa orbital estaba inerte y en gran parte abandonada, enterrada como estaba en la
profunda quilla de la ciudad flotante, donde la luz solar nunca brillaba.
La iglesia estaba suspendida en una de las docenas de estructuras de cubierta
emparrillada, cada una de ellas colocada en capas una encima de la otra en una
compleja profusión. Hizo su camino a uno de los niveles más bajos y encontró un
punto para vigilar lo que pasaba por encima, y esperó.
Por encima del legionario, los creyentes se movían dentro y fuera, y ninguno de
ellos hizo una pausa para considerar que un intruso ya había encontrado su camino
a casa. Una vez, vio al creyente que había escapado de los matones en el mercado y
lo oyó hablar con sus compañeros acerca de los peligros presentes en los callejones.
Si bien la amenaza específica del hombre de la barba y sus amigos había sido
eliminada por Garro, había otras de los que estos pobres tontos sólo eran
vagamente conscientes.
Pasó la mayor parte del día. Garro dejó su cuerpo en un estado de solidez,
quedándose estático e inmóvil donde estaba. No necesitaba agua ni alimentos. Sus
bio-implantes eran más que capaces de sostenerlo durante meses con el alimento
almacenado y distribuido a través de sus órganos artificiales. Dejó su mente a la
deriva, absorbiendo los sonidos de los creyentes en su culto. Los escuchó mientras
cantaban en voz baja antiguos himnos prohibidos, o recitaban fragmentos de textos
del Lectitio. En su mayor parte, sin embargo, se mantenían juntos en pequeños
grupos y sus conversaciones, independientemente del aspecto que llevaban,
orbitaban alrededor del mismo asunto. ¿Cuándo llegaría el Señor de la Guerra a
Terra?
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Entonces, una voz que Garro no había escuchado durante años llegó a su mente en
reposo y le devolvió a la superficie de la plena conciencia.
‘Hola, amigos míos’. El legionario levantó la cabeza para tener una mejor vista de la
tarima de la iglesia, apenas visible a través de los agujeros en las planchas del suelo,
y allí vio a un anciano. ‘Estoy encantado de encontrar a tantos de vosotros aquí’.
Tiempo atrás, ese anciano había llevado el manto de un alto iterador imperial y
había hablado solamente de la cruzada del Emperador contra la idolatría, la religión
y la plaga de la superstición. Pero desde la evolución de una mujer joven a la
santidad, el hombre se había convertido en el mayor converso a una nueva
comprensión, la veneración del Emperador de la Humanidad como un dios
viviente.
Kyril Sindermann juntó las manos y se inclinó ante el grupo reunido. Garro podía
decir, por el crujido de la cubierta por encima de su cabeza, que la improvisada
iglesia estaba totalmente llena a pesar de que ninguno de los asistentes hablaba más
fuerte que un murmullo.
Pese a su avanzada edad, la voz de Sindermann llegaba a ellos con la claridad nacida
de la devoción. ‘Sé que estáis asustados’, comenzó. ‘Por supuesto que lo estáis. Es
cierto, lo que muchos teméis. Estamos al borde de un abismo, y un paso demasiado
largo no precipitará a nuestro final. No sólo la muerte. No el fin material de
nuestra carne y huesos, si no de nuestras almas. Nuestra fe’. Se interrumpió, riendo
para sí mismo. ‘Hubo días en los que yo no creía en tales nociones efímeras’,
admitió el iterador. ‘Nunca más. Mis ojos fueron abiertos por la santa, que en su
gloria, me mostró un breve destello de la voluntad del Dios-Emperador… y de la
oscuridad contra la que Él se enfrenta’.
Una oleada de aprehensión se hizo eco a través del espacio, y Garro concluyó su
propia decisión sobre los ejemplares de esa oscuridad que él también había visto.
‘El archienemigo tiene una fuerza de gran fatalidad en sus manos’, continuó
Sindermann. ‘Y mientras estamos aquí y tomamos aliento, cierra la distancia a
Terra. Inevitable. Inexorable. Cuando Horus... llegue…’ El iterador se tropezó con
el nombre del Señor de la Guerra, como si fuese ceniza en su boca. ‘…habrá un
gran horror. Esto va a suceder. El Dios-Emperador lo sabe, y por Su deseo también
lo sabe la santa y lo sabemos nosotros. Sabed que os cuento la verdad cuando digo
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que tenemos penosos días por venir. El cielo arderá y se oscurecerá. La muerte, en
maneras impensables, acechará el mundo’.
La multitud estaba ahora totalmente silenciosa, e incluso Garro sintió que su
aliento se detenía en su pecho por el intencionado y constante sermón del anciano.
‘Algunos de vosotros dudáis’, señaló Sindermann, con la cubierta haciendo un
sonido desapacible mientras caminaba fuera de la tarima y entre los seguidores
reunidos. ‘Preguntáis por qué debemos enfrentar este terror. ¿Por qué no abandona
el Palacio Imperial y muestra Su rostro? ¿Por qué no abate la Tormenta de la Ruina
del cielo y lleva la guerra a Sus hijos renegados? Os diré que se debe a que incluso
ahora, en las entrañas de este planeta, el Dios-Emperador combate en otro frente,
en otra guerra. Una guerra que sólo Él puede disputar’.
Los ojos del legionario se estrecharon. ¿Cómo era posible que Sindermann pudiese
saber tal cosa? Garro había escuchado muchos rumores acerca de la ausencia del
Emperador en el escenario del conflicto, pero nunca nada manifestado con tanta
certeza.
‘Estamos siendo probados, amigos míos’, afirmó Sindermann, con sus palabras
resonando en los muros de hierro. ‘Templados en estos momentos para
convertirnos en algo más grande para la batalla que se avecina. Para estar listos ante
el avance de semejante caos debemos estar preparados para ello. Debemos crecer
para no tener miedo’. Tomó un largo aliento y su tono se volvió casi paternal. ‘Las
dudas no están prohibidas. Las preguntas no son silenciadas en esta capilla. La
nuestra no es una fe tan delicada que no pueda resistir las cuestiones duras. ¡Por eso
es por lo que barrimos las viejas iglesias y los falsos dioses durante la Gran
Cruzada! Borramos cada antigua y ruinosa creencia porque eran débiles. Su credo
no podía resistir la prueba de una mente afinada, o preguntas que no fueran
fácilmente contestadas. Pedían la fe ciega en algo que no podía ser percibido,
tocado o experimentado. No hacemos nada por el estilo. Nuestra deidad vive entre
nosotros. Se le puede ver, y de alguna pequeña manera, ¡podemos conocerlo!’
Unos pocos creyentes recogieron las palabras de Sindermann y gritaron en
afirmación, él continuó. ‘Preguntamos y tenemos respuestas. Salimos más fuertes
de ello y así nos despojamos de nuestros temores’. Se detuvo de nuevo y la
audiencia se calmó. ‘No tengo miedo porque he caminado la senda para llegar a este
lugar y en ese viaje he aprendido. Ahora miro al camino por delante, el camino que
lleva al borde del abismo y lo veo cómo lo que es. No es el destino. No es algún
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futuro ya escrito por una deidad fantasmal que me maneja como un juguete.
No. ¡No!’
La voz de Sindermann cambio de nuevo, tomando un tono duro y desafiante que
parecía extraño viniendo del anciano iterador. ‘¡Este es nuestro deber! ¡Esta es la
senda en la que estamos! ¡Resistid! ¡Resistid y sobrevivid, y resistid de nuevo!
Porque el Dios-Emperador de la Humanidad no es el motor de nuestro futuro, no,
amigos míos. Nosotros somos Su motor’. Las palabras se elevaron para llenar la
cámara. ‘¡Él nos da poder y nosotros se lo damos a Él! ¡Y a través de esa unidad,
conoceremos la gloria!’
La iglesia estalló en una cacofonía de gritos y aplausos, y por un momento, incluso
el legionario sintió que su espíritu se elevaba por el poder de la oratoria de
Sindermann. La cubierta encima de su cabeza se estremeció, resonando con el
poder justo de los seguidores. Por eso Garro no fue consciente de la niña hasta que
fue demasiado tarde.
Debajo de los gritos, oyó el ruido metálico de movimiento en algún lugar cercano y
en su mismo nivel. Moviéndose tan rápido como pudo en el estrecho espacio,
Garro se encontró cara a cara con una niña pequeña. La niña tenía los rasgos
delicados y el característico pelo rojo de las líneas de sangre más comunes de
Júpiter, y su ropa sucia le sugirió que podría ser una refugiada de una de las lunas
exteriores.
Sus ojos estaban muy abiertos y su rostro pálido por la sorpresa. ‘Espera’, gruñó él,
manteniendo su tono suave.
Su grito fue alto y penetrante, y parecía seguir y seguir. El cómo podía una forma
tan pequeña de pulmones diminutos ser capaz de emitir un sonido tan agudo estaba
más allá del legionario, y la chica trepó antes de que pudiera llegar a ella.
Maldiciéndose por su momentánea falta de concentración, Garro se empujó fuera
de su escondite y dio dos pasos rápidos a través de la cubierta inferior. La niña
desapareció hacia la iglesia propiamente dicha, trepando por las tuberías y a través
de huecos que apenas habrían acomodado la mano del guerrero, por no hablar de
su cuerpo. Los gritos de alarma se extendieron entre los seguidores reunidos y
captó el sonido de activación de rifles láser. Era evidente que las creencias de los
seguidores de la santa no abarcaban el pacifismo.
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No había ninguna razón para tratar de aferrarse a su escasa cobertura ahora que
había sido bien y verdaderamente reventada. Decidió que en vez de eso era mejor
hacer lo que los marines espaciales mejor sabían. Conmoción y pavor.
Con un gruñido de esfuerzo, Garro se lanzó hacia arriba y abrió su camino a través
de las capas de la cubierta de metal, forzando el metal oxidado hacia afuera hasta
irrumpir en el suelo frente a la tarima. Se puso de pie en toda su estatura, con su
rostro en una mirada imperiosa proyectando una mirada fría sobre los seguidores
mientras permanecían aterrados delante de él. En primera fila había ocho personas
con fusiles navales cortos de rayos, y como uno apuntaron sus armas contra el
gigante que se había levantado en medio de ellos.
No había rastro de la niña que había dado la alarma y Garro no podía ver a Kyril
Sindermann. Supuso que el iterador había sido sacado de la cámara en el momento
en que empezaron los gritos.
‘¿Es eso uno de ellos?’ preguntó una voz asustada, desde algún lugar entre los
rostros que se ocultaban tras las filas de bancos.
‘¡Primero Salvaguardia y ahora aquí!’ exclamo otro. ‘¡Ha venido a matarnos a
todos!’
Garro levantó la mano pero el pánico detonó como una bomba y de repente la
multitud detrás de los seguidores con armas de fuego se estaba fragmentando,
algunos grupos se quedaron clavados en el suelo, otros corrieron hacia las telas
oscuras colgadas que eran la entrada a la iglesia.
El legionario leyó las caras de los creyentes que le hacían frente y vio el brillo de la
determinación en los ojos de la que dispararía primero, una mujer de piel
enrojecida con el pelo en apretadas trenzas negras. La mano derecha de Garro ya
estaba volviendo a la empuñadura de Libertas con una velocidad transhumana, a un
ritmo que era mucho más rápido que cualquier respuesta no aumentada. Su mente
táctica le dijo que podría acabar con estos ocho con sólo dos cortes de espada,
causando la muerte al menos de la mitad de ellos y dejando que el resto se
desangrase en cuestión de minutos. Sin su armadura, el fuego láser concentrado de
varios rifles a corta distancia podría herirlo gravemente. Un disparo afortunado
podría incluso terminar con su vida.
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Pero no estaba aquí para combatir. Estas personas habían estado esperando a un
enemigo, y debido a su prisa, Garro les había presentado eso. No matar hoy, se
dijo. No aquí, por lo menos. A pesar de que esta capilla no era nada más que un
desagüe reutilizado, sentía que era una falta de respeto derramar sangre en este
lugar.
En un destello con la velocidad del rayo, Garro desenvainó la espada en una
floritura hacia abajo que rebanó la parte delantera del rifle de la mujer con tanta
facilidad como el corte del tallo de una planta. Ella retrocedió, mirando las chispas
que sangraban desde el extremo del arruinado rifle.
Sonó un golpe seco de aire sobrecalentado y Garro siseó, más molesto que por un
dolor genuino, cuando un rayo láser rozó su hombro. Devolvió una dura mirada a
uno de los otros seguidores armados, un desgarbado joven de piel oscura que
miraba a su rifle como si lo hubiera traicionado disparando por su cuenta.
La mirada inquebrantable de Garro fue suficiente para que el joven arrojase el arma
y retrocediese. ‘No estoy aquí para matar a nadie’, entonó el legionario. ‘Estuve
en… Salvaguardia, o cómo queráis llamarlo. El santuario en Afrika. Pero llegue
demasiado tarde para impedir lo que allí ocurrió’.
La mujer con el arma rota la tiró lejos, tratando de recuperar algo de su coraje
anterior. ‘O tal vez lo hiciste tú. Tal vez el Regente te envía a ti y a sus fantasmas
para eliminarnos, ¿eh? De uno en uno’. Negó con la cabeza, con su mirada
cautelosa sin abandonar la suya. ‘Los hombres de la legión no vienen a leer el libro.
No nos fiamos’.
‘Te equivocas’, contestó Garro. ‘El libro… Su alcance llega más lejos y más alto de
lo que puedes saber’.
‘Debes irte’, espetó, poco dispuesta a escucharle. Sabía, todos lo hacían, que podía
acabar con ellos, y aún así hacían frente a Garro. Eran tan valientes como devotos.
Abrió la boca para responder, pero una conmoción en la parte posterior de la
cámara silenció sus palabras. Oyó que tenía lugar una discusión, y la voz de
Sindermann se alzó con gran malestar. De repente, el iterador irrumpió a través de
las telas oscuras, haciendo caso omiso del agarre de los que le rodeaban mientras
avanzaba.
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El anciano dio unos pocos pasos y se detuvo, llevando su mano a la boca cuando
vio el enfrentamiento. ‘Oh, infinito. Sí’. Se acercó, con una sonrisa honesta
rompiendo en su rostro arrugado. ‘¿Capitán Garro…? Eres tú, ¿verdad? Vivo y
bien’.
Lo que ocurrió a continuación fue bastante extraño para el legionario. El iterador
avanzó a empujones entre los seguidores armados y abrazó a Garro como a un
hermano perdido hace mucho tiempo, o por lo menos, tanto como podía, dada la
discrepancia en sus alturas.
‘¿Sabéis quién es?’ Demando Sindermann de los creyentes, que con cautela volvían
a entrar en la cámara. Hizo un ademán burlón hacia la mujer y su cohorte armada,
hablándoles como si fueran niños desobedientes. ‘No profiráis más insultos.
Apartar esas armas. Este hombre es amigo de la Verdad Imperial. Siempre es
bienvenido entre nosotros’. La actitud de Sindermann cambió, y brevemente fue el
gran orador de nuevo, con sus palabras llenando el aire. ‘Contempláis el rostro del
capitán de batalla Nathaniel Garro, ¡y debéis sentiros honrados! Es un verdadero
héroe, ¡un salvador! Salvó mi vida y la de la santa… Llevaríamos mucho tiempo
muertos a manos del architraidor si no fuera por su fortaleza y osadía’.
Garro escuchó su nombre recorrer la iglesia en una oleada de susurros, y el extraño
momento hizo que le picara la piel. ‘Bien hallado, Kyril Sindermann’, ofreció, y
entonces vaciló con sus siguientes palabras. Ahora que estaba aquí, no estaba
seguro de cómo hacer la pregunta que le había estado corroyendo durante meses.
‘La última vez que viniste a mi presbiterio, hiciste una entrada directa’. Sindermann
hizo un gesto a las placas del suelo dobladas. ‘Y así de nuevo. Podrías haber usado
la puerta, capitán’. Sonrió al legionario.
‘Yo… me equivoqué con mi precaución. Tal vez demasiado’.
El iterador asintió gravemente. ‘Zeun tenía razón cuando dijo que las Legiones
Astartes eran inusuales en estas salas… pero todos son bienvenidos. En cierto
modo’.
‘Hay muchos entre mis hermanos que te escucharían’, señaló Garro. ‘Si pudieran’.
Sindermann tocó la mano de Garro y su sonrisa regresó. ‘Lo harán. Con el tiempo’.
Señaló hacia la tarima y a un área más allá, oculta tras más pesadas cortinas negras.
‘Ven, mi garganta está seca y necesito una bebida. Hablaremos’.
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Garro asintió y devolvió cuidadosamente su espada a su vaina. Mientras se alejaba,
encontró la mirada de la mujer de pelo negro a la que Sindermann había llamado
Zeun.
‘Me debes un arma, fantasma’, dijo ella. ‘¿Eres bueno en eso?’
‘Ya veremos’, respondió.
Por encima del ruido metálico del paso sin fin de la Ciudad Andante, llegó un
golpeteo agudo en la escotilla de metal del camarote. El asesino irrumpió desde el
lugar en donde había estado agachado en las últimas horas con tal velocidad que
Haln casi sacó su cuchillo en shock. El asesino había estado tan silencioso, tan
quieto, que Haln había comenzado a preguntarse si no había caído en un sueño de
algún tipo. Ahora se daba cuenta de que el hombre sólo había estado en reposo, a la
espera de un objetivo de oportunidad.
Un oleoso humo negro se concentró en la mano del asesino y comenzó a tomar una
forma familiar, pero Haln se puso en pie rápidamente, colocándose entre la
escotilla y su tembloroso invitado. ‘No’, dijo firmemente. ‘Aparta eso. Este no es el
momento’.
‘Tú no me dices que debo hacer’, siseó el asesino. ‘Yo te lo digo a ti’.
Haln permitió que la exasperación se mostrase en su rostro. ‘Mis órdenes no vienen
de ti’, respondió. ‘Ni siquiera vienen de él. Así que retrocede y déjame hacer mi
trabajo’.
El asesino murmuró algo sucio y venenoso en voz baja, deslizándose hacia la
ventana abierta. Su mano cicatrizada estaba vacía de nuevo, y sus dedos jugaban
con su descuidada barba en su barbilla.
El olor a azufre permaneció en el aire mientras escudriñaba a través de una mirilla
en la escotilla, y luego la abrió para permitir que una enjuta tripulante se deslizase
dentro. Ella tenía una placa de datos. ‘Te conseguí algo’, explicó, con su acento
espeso de pesadas vocales traicionando su origen tecno-nómada. ‘Lo hice como
pediste’.
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Cuando habían abordado la Ciudad Andante, Haln había pagado a esta mujer para
introducir un código-clavo en un puerto del nivel de mantenimiento de la
interlingua central, el nexo principal de comunicaciones de la Ciudad Andante, por
el que corría un continuo flujo de datos pirateados.
Los empleadores de la mujer, las damas de la ciudad, eran agentes de información
con un gran acceso a las decrépitas redes digitales en esta parte del mundo. Haln
podría haberles pagado por los datos que quería, pero habría llamado demasiado la
atención. Era más fácil robar utilizando una marioneta codiciosa como la
tripulante.
‘Dámelo’, exigió Haln, y le quitó la placa. Se inclinó hacia adelante, permitiendo
que su ojo derecho se abriese como una fruta cuarteada. Hacía mucho, Haln había
matado a un adepto del Mechanicum por el implante óptico y lo había añadido a su
propio repertorio de herramientas. El ojo sacó una fina mecadendrita que
serpenteó a través de la superficie de la placa hasta una ranura conectora.
De inmediato, su cerebro anterior fue atacado por una tormenta de imágenes y
sonidos, piezas de los datos capturados en la red de código de desecho que había
estado acechando dentro del clavo. El dispositivo de software semi-inteligente
había tamizado el torrente de datos en bruto que pasaban a través de los servidores
de la Ciudad Andante, en gran parte tan groseramente ilegal que las damas habrían
sido ejecutadas si se supiera que lo poseían, y extraído lo que Haln necesitaba para
completar su misión.
Se sumió en un estado de fuga inducida mecánicamente, con los datos
convirtiéndose temporalmente en todo su mundo. Gran parte de ellos eran inútiles,
redundantes o vagos, pero las gemas valiosas brillaban entre el cieno. La red de
datos confirmó lentamente lo que había sospechado desde el principio. La mujer
llamada Keeler, el objetivo que habían perdido en el santuario, estaba en la placa
orbital Hespérides. Fragmentos de comunicaciones, fragmentos de puro código-
máquina, percentiles de probabilidad, todos acreditaban una sólida y muy elevada
oportunidad de que Keeler estuviese allí. La confianza es fuerte, se dijo Haln a sí
mismo. Esta vez la tendremos.
Pero había algo más que se extraía de los datos robados. Un valor atípico.
Por un momento, Haln pensó que alguna anomalía de programación se había
colado en sus datos, pero a medida que se presentaba la información se dio cuenta
61
de que era lo que parecía ser. Había alguien más en la mezcla, siguiendo el mismo
camino, en busca de lo mismo.
Encontró una pictografía parcial de un ave monitor de una figura enorme y
musculosa vestida con túnica, atrapada en el acto de matar a un hombre. Legiones
Astartes. No había ninguna duda en la mente de Haln. Desprovisto de armadura y
de armas de fuego, al parecer, pero aún seguía siendo un grave peligro.
Y el rostro… Haln conocía ese rostro. Lo había visto antes, cuando él mismo había
llevado un aspecto diferente. El legionario había estado revestido entonces en una
armadura gris, con las cubiertas de la nave Daga recta reverberando bajo sus botas
mientras avanzaba más allá del nicho donde estaba Haln. Sin verlo. Sin saber lo que
era en realidad.
Haln salió de la nave tan pronto como pudo, descubriendo que el legionario tenía a
otro de su clase consigo, un psíquico cuya mirada podría perforar el, de otro modo
impecable, disfraz de Haln. Se mantuvo fuera de la vista, sin más opción que dejar
que las cosas siguieran su curso... Que hubiese escapado de la confrontación más
allá de Eris había sido un milagro.
Pero al menos el legionario estaba solo esta vez. Eso cambiaba las probabilidades
en su contra desde insuperable a simplemente increíble.
‘Hay un problema’, comenzó Haln, con su voz sonando lenta y prolongándose a
sus propios oídos mientras se desacoplaba de la masa de datos y se devolvía a un
modo de pensamiento más humano. ‘Puede que haya un…’
Se detuvo cuando se dio cuenta de lo que estaba pasando a su alrededor. Estar
dentro del cúmulo de información había causado que Haln perdiese su atención
sobre el mundo real. El tiempo podía pasar, los acontecimientos podían ocurrir en
frente de él y sólo estaría vagamente consciente.
El rostro de Haln estaba húmedo. Extendió la mano y se limpió manchas calientes
de sangre.
En medio del camarote, una cosa escorificada que era una fusión repugnante de un
taburete de metal fundido y un cuerpo humano quemado, yacía de costado,
emitiendo chillidos agudos a medida que se enfriaba por la brisa de la ventana. Lo
que allí quedaba de una cara estaba encerrado en un horror monstruoso.
62
El asesino se inclinó sobre su obra, con el humo negro enrollándose de nuevo en su
mano mientras el objeto en forma de pistola se volvía líquido y se desvanecía.
Haln exhaló, secretamente complacido de que el asesino hubiese saciado sus
necesidades pero también irritado por su falta de contención. ‘¿No podías esperar?
Ahora me obligas a encontrar el modo de encargarme de ella sin llamar la atención’.
‘Esa es una de las cosas en las que eres bueno’, susurró el asesino. ‘¿Cuál es el
problema?’
‘El control de tus impulsos es muy pobre’.
El asesino negó con la cabeza, haciendo un gesto a la placa de datos. ‘Con eso’.
‘Creo que tenemos la localización del objetivo. Pero hay una complicación añadida.
También está presente un marine espacial. Puede estar allí para proteger al
objetivo’.
‘Oh’. El asesino se inclinó hacia el cadáver quemado, hasta que su rostro casi tocó
el hueso ennegrecido de su cráneo. ‘He matado a los de su especie antes’. Apartó la
mirada, observando a Haln con ojos brillantes. ‘Más de una vez’.
CINCO
Haz la pregunta
Lucidez
La galería
Garro se sentó con dificultad sobre una silla que, aunque grande, todavía era
demasiado pequeña para un transhumano. Aceptó un frasco de agua de
Sindermann, más por ritual que por sed real, y el iterador encontró un asiento para
sentarse donde podía mirar al legionario a los ojos y considerarlo.
‘Me alegra verte con vida’, dijo el anciano. ‘Hubo ocasiones en las que me he
preguntado si podrías haber caído víctima de este condenado conflicto’.
‘La guerra ha intentado matarme. Muchas veces’, concedió Garro, con una mano
apoyada en la parte superior de su pierna augmética. ‘Se ha llevado partes pero no
el todo’.
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‘Es una guerra’, señaló Sindermann, asintiendo con gravedad. ‘Hay gente ahí fuera
que aún cree que es sólo una revuelta menor. Algo que puede ser resuelto con la
correcta aplicación de razonamiento, tiroteo y beligerancia’. Nosotros sabemos que
no es así. El epílogo tácito flotó en el aire entre ellos y alargó el momento.
‘Estoy aquí para ver a Euphrati’, dijo Garro, empujando las palabras con cierto
esfuerzo.
‘Lo sé’. El iterador asintió de nuevo. ‘Pero, ¿por qué lo necesitas capitán?’
‘¿Tú de todos los hombres me preguntas eso?’ Garro apartó la mirada, observando
alrededor de la habitación. La cámara en la que se sentaban era otra parte de los
desagües, emparedada con piezas de cubiertas reutilizadas y vigas antiguas. Era una
especie de antesala, con una entrada en cada extremo. Un pasaje conducía de nuevo
a la capilla improvisada y el otro desaparecía en un túnel sin iluminar. Las cortinas
de lona colgaban del techo hasta el suelo, amortiguando el sonido de los distantes
procesadores ambientales.
‘Sólo puedo imaginar las cosas que has visto’, urgió Sindermann. ‘Ya he visto
suficiente horror a manos de Horus, y viviría una vida feliz si nunca viese algo
parecido. Pero, ¿y tú? Nos trajiste a Terra y luego te arrojaste de nuevo en la
lucha’.
Garro le miró fijamente. ‘Nunca supe cómo pudiste abandonar la Ciudadela
Somnus en la Luna. Recuerdo que las Hermanas del Silencio estaban decididas a
mantenerte bajo custodia durante todo el tiempo que desearan’.
El iterador sonrió ligeramente. ‘Algunas de las Doncellas del Vacío han leído el
libro. Entendían. Y el querido Iacton jugó un papel para nosotros. Encontramos
nuestra salida’.
La mención del veterano Lobo Lunar proyectó una sombra en los pensamientos de
Garro durante un breve instante. ‘Qruze era un gran guerrero y mejor hombre. Su
pérdida es muy sentida’.
Sindermann señalo de nuevo a la capilla. ‘Mantengo un sacramento encendido en su
nombre. No será olvidado’. Tomó aliento. ‘Aún no has contestado a la pregunta’.
64
Garro tomó un trago de agua, saboreando sus impurezas, retrasando el momento
de su respuesta. Ahora que estaba aquí, era reacio a seguir adelante. Pero
finalmente las palabras llegaron, como sabía que harían.
‘Después de la Eisenstein, de que llegásemos a Sol… Pensé que entendía cuál era mi
deber. Antes, había sido simple. Servir a mi legión, a mi Primarca, a mi Emperador,
combatir en la cruzada, traer la edad dorada… Pero Mortarion y la Guardia de la
Muerte rompieron ese pacto. En el momento que se aliaron con el Señor de la
guerra, mi propósito fue cercenado. Perdí mi identidad, ¿lo ves? Grandes partes de
quién yo era, despojadas o corrompidas. Y por un tiempo, me aferré a lo que había
en frente de mí. Cogí la última cosa que me quedaba… Mi única brújula fue mi
honor, Sindermann. Mi único camino fue hacer lo que era correcto’.
‘Y lo has hecho’, respondió el iterador. ‘Llevaste una advertencia a lord Dorn y
luego a Terra. Salvaste muchas vidas’.
Un sombrío estado de ánimo se asentó en el legionario. ‘Ahora creo que el
Emperador y el Sigilita ya sabían lo de la rebelión, incluso antes de que llegásemos
a Terra. Llevé esa advertencia para nada. Hubo muertos, hombres buenos como
Kaleb Arin y Solun Decius, ¿y para qué? Porque no me quedé y luché’.
‘¿Y morir?’ espetó Sindermann. ‘Todos habríamos sido destruidos si no nos
hubieras llevado a la disformidad. ¡O algo peor!’
Garro se sacudió el momento de autocompasión. ‘Sí, tal vez. Pero no escuece
menos. Y me pregunto si mi arrogancia estuvo en juego para creer que encontraría
un nuevo propósito cuando me liberé de los colores de la Decimocuarta Legión.
¿Fui un necio al aceptar la oferta de mecenazgo de Malcador? Me prometió que
serviría al Imperio y pensé que eso sería suficiente’.
‘Pero, ¿qué has hecho realmente?’ La pregunta del iterador fue sacada de los
propios pensamientos de Garro.
‘He cruzado las estrellas a través de caminos secretos y por medios que sólo el
Sigilita comprende’, contestó en voz baja. ‘He desenterrado a un hombre muerto
que perdió su cordura, robado a un hijo leal de sus hermanos… Estos y muchos
otros, todo para alistarlos en el mismo ejército fantasma en el que ahora marcho.
¿Para qué? ¿Para un propósito cuyo diseño está más allá de mis conocimientos?
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¿Para que Malcador pueda tener su legión gris para las guerras del mañana? Eso no
es lo que esperaba. No es lo que quiero ser’.
‘Tienes un propósito’, entonó Sindermann, y las familiares palabras produjeron un
escalofrío en la espalda de Garro. Por un instante, fue como si escuchase otras
voces hablando en sincronía con el anciano. ‘La santa te lo dijo. Y creíste que el
propósito era el que Malcador te presentó’.
‘No lo es’. Era la primera vez que Garro daba voz a la idea persistente que había
crecido, lenta y con certeza, en el fondo de sus pensamientos durante los meses
pasados. ‘Sea cual sea la gran trama que el Sigilita planea montar, no soy parte de su
juego final. Me enfrentó en Titán, en la sala de la fortaleza oculta que incluso ahora
construye para sus caballeros. Lo supe entonces. Soy su herramienta. Es cierto que
su propósito coincidió con el mío, un tiempo… pero ahora miró por encima del
hombro y veo que divergieron hace mucho’.
‘Y temes no encontrar nunca tu camino de vuelta’.
Asintió, bajando la mirada. ‘Euphrati… la santa… me dio la claridad una vez. La
necesito de nuevo. Si no… caeré otra vez en lo que era ese día sobre Isstvan. Un
hombre que no se conoce a sí mismo’.
‘Eso nunca…’ La cabeza de Garro se alzó cuando escucho el extraño eco de la voz
bajo las palabras de Sindermann, clara y distinta ahora. Una voz de mujer.
‘Nunca será así’, dijo Euphrati Keeler. Estaba de pie junto al hombro del iterador,
como si hubiera estado ahí desde el principio. Garro medio esperaba que estuviera
bañada en una especie de resplandor etéreo, pero no había nada de eso, solamente
una cálida serenidad que fluía de su sonrisa tranquila. Sindermann imitaba sus
palabras, y el legionario se dio cuenta de que, de alguna manera, ella había estado
hablando a través de él.
Keeler vio la pregunta en los ojos de Garro y negó con la cabeza. ‘No, no,
Nathaniel. Nada como eso. Pero el querido Kyril es muy viejo y no ha resistido
bien nuestra vida de fugitivos. A veces puedo ayudarle. Reforzarlo’.
Sindermann se levantó, ligeramente enrojecido. ‘Os dejaré para que habléis a solas’.
Inclinó la cabeza ante la mujer. ‘Bendita’, dijo, y entonces se fue, deteniéndose sólo
un momento para tocar suavemente el hombro de Garro. ‘Capitán. Estoy muy
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contento de que hayas encontrando tu camino de regreso a nosotros. Esto tenía
que pasar’.
Garro lo aceptó sin decir una palabra y observó al iterador desaparecer a través de
las cortinas negras, de vuelta en la iglesia. ‘Te he estado buscando durante un
tiempo’, señaló, sin volverse. ‘A menudo, estaba tan cerca que juro que sentía tu
presencia mientras se desvanecía’.
‘Sí’, accedió ella. ‘Siento que fuera necesario’.
La fulminó con la mirada. ‘¿Entonces lo sabías?’
‘¿Qué me buscabas? Sí. Antes no era el momento adecuado’. Se alejó un paso,
caminando hacia el túnel oscuro. ‘Ya no más. Hablaremos, Nathaniel. Te ayudaré’.
Entonces estaba solo, mientras el sonido de un himno prohibido comenzaba en la
cámara cercana.
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la propia admisión del matón, el cuerpo del último hombre que sabía dónde estaba
había sido arrojado fuera del pórtico y enterrado en el cielo.
Entonces alguien mencionó que había otros seguidores que habían venido a este
cuadrante, y lo mucho que se divertía la banda secuestrándolos y manteniéndolos
encadenados para darles palizas. Hubo sugerencias de que los cautivos se vendiesen
a los recolectores en el cercano Mindanao Plex, que pagarían un buen dinero por
órganos frescos.
Esta era la información que necesitaban. El asesino dio una señal preestablecida y,
en lo siguiente que dijo el matón tatuado, Haln estalló a reír. Se guardó el ojo en el
bolsillo y se volvió hacia el matón, diciéndole que todo el efluente que había estado
escupiendo desde hacía dos horas le provocaba dolor cerebral. Sin olvidar nada,
Haln citó todos y cada uno de los puntos en el tejido de mentiras del matón que no
tenían sentido, dando especial atención a los lugares donde había cubierto,
evidentemente, su propia cobardía.
La pelea empezó en un instante. Haln se enfrentó a los miembros menores de la
banda, dando al asesino la oportunidad de intervenir y ‘ayudar’ al matón a
deshacerse de este intruso bocazas. Lo hizo parecer convincente, de hecho,
demasiado convincente, y terminó arrojando a Haln por una ventana hacia lo que
parecía una muerte espantosa.
Lo cierto es que Haln se escurrió a través de la parte inferior de la construcción
destartalada y esperó allí, agarrándose con una red de cables, mientras el asesino se
congraciaba con su nuevo mejor amigo. Observó a través del ojo remoto, que había
dejado caer con destreza en el bolsillo de la chaqueta del asesino mientras luchaban.
El plan había puesto nervioso a Haln cuando el asesino lo describió, pero ahora
estaba en marcha y procedía exactamente como esperaba. Otra sorpresa, consideró.
Colgado allí, con el viento azotándole y el paso de los trabajadores retumbando en
la cubierta sobre su cabeza, Haln espió la mentira que el asesino desplegaba para el
matón.
No había sido totalmente honesto. No sólo era alguien de paso. Lo cierto era que
estaba aquí como un siervo del mismísimo Emperador, oh sí. Como un agente de la
Legio Custodes, la guardia personal del Emperador, nada menos. ¿Difícil de creer?
Pero cierto, una verdad que sólo podía contarse a un patriota. Alguien como tú. Y
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ese marine espacial, ese enorme monstruo que se había atrevido a matar a tus
amigos y profanar tu ciudad con su presencia. Estaba aquí para cazarlo.
Haln no podía negar que el asesino sabía cómo interpretar su parte. La reacción del
ladrón fue lamentablemente predecible. Su cautela inicial fue rápidamente superada
por la codicia, la vanidad, y no poca cantidad de auto-preservación. Tenía que saber
que su nuevo estatus era inestable, pero, ¿qué mejor manera de consolidar su papel
que poner fin a la amenaza que ya se había cobrado la vida de sus superiores?
Alguien más inteligente y menos desesperado podría haber cuestionado un poco
más. Pero el matón quería que fuera cierto, y Haln sabía que las ficciones más
fácilmente impuestas eran las que se tragaban por voluntad propia.
Por supuesto, la única forma de localizar a este traidor monstruoso será encontrar
el lugar en donde estos fanáticos ocultaban su sucio lugar de adoración… Pero,
¿quién podría saber dónde puede estar?
El matón no era lo bastante inteligente para darse cuenta de que había sido guiado a
su respuesta antes de darla.
Los peregrinos, ¡por supuesto! Ellos tenían que saber algo, ¿verdad? Todo lo que
necesitaba era alguien que se infiltrase entre ellos, y la localización se daría
libremente…
Le estaba diciendo al asesino dónde encontrarlos, cuando Haln comenzó a moverse
en un camino lento y cuidadoso a través de la parte baja de la plataforma, y de
vuelta a las cubiertas de los niveles inferiores. Para cuando lo hizo, Haln fue testigo
de los dos hombres hablando con un buen humor basto, como si fueran viejos
amigos.
El espía encontró un buen lugar para esperar, muy cerca de la cantina, y se colocó
para preparar la siguiente fase del engaño. No tuvo que quedarse allí demasiado; el
matón tatuado, una pareja de sus cohortes y el asesino, salieron a una de los
pasarelas móviles y se dirigieron a una plataforma satélite, conectada al grueso
principal de la Placa Hespérides por varias series de conductos entretejidos.
Haln les siguió a cierta distancia, aún escuchando la información transmitida al
receptor de corto alcance implantado en su cráneo. El murmullo de su
conversación resonaba a través de su hueso mastoideo, y esperó la palabra de
activación.
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Lupercal. El asesino lo dijo dos veces para que Haln no perdiese el momento. El
espía echó a correr, sacando su cuchillo mientras salía de las sombras.
Atravesó con la hoja las espaldas de los hombres del matón en dos cortos
movimientos de barrido, con el filo crepitante penetrando a través del hueso, el
nervio y la carne, para romper sus columnas vertebrales. Cayeron gritando y él se
mofó. Su capacidad era pésima, apenas el menor atisbo de conocimiento de la
situación que sus reacciones apagadas, casi bovinas, no hicieron nada por mejorar.
Se negó a darles una muerte compasiva para poner fin a su vida con rapidez, y dejó
que se desangrasen, mientras yacían paralizados y gritando.
Haln vio al asesino levantar la mano mientras la cara del hombre tatuado se torcía
por el shock y la sorpresa, y por un momento temió que el asesino conjurase su
arma demonio allí, a plena luz del día. Pero algo extraño brilló en la faz del asesino
en su lugar. La mano abierta se convirtió en un puño pesado y chocó contra la
mandíbula del matón. El hombre cayó, y más golpes llovieron sobre él. Cada vez
que el asesino golpeaba, un pulso de retroalimentación espasmódica corría a través
de los electrotatuajes del matón y desprendía un parpadeo de luz inconexa.
El asesino se perdió golpeando al matón hasta dejarlo hecho una pulpa, y Haln
dudó, inseguro de si debía intervenir. La pura emoción retorció la expresión del
asesino en algo lleno de ira y dolor. Haln escuchó que maldecía al matón, que para
entonces estaba muy muerto con su tabique nasal aplastado en mitad de su cerebro,
y que repetía el nombre de una mujer una y otra vez.
‘¿Quién es Jenniker?’ Hizo la pregunta sin pensar.
El asesino dejo caer al matón en la cubierta, en medio de un charco de su propia
sangre. ‘¿De qué estás hablando?’ Su expresión era pétrea de nuevo y rebuscó en un
bolsillo para encontrar el ojo biónico. ‘No conoces ese nombre’. Arrojó el ojo a
Haln, que lo atrapó en el aire. ‘¿Por qué me haces preguntas sin sentido?’
Los labios de Haln se estrecharon. ¿Estaba su encargo perdiendo de nuevo su
claridad mental? ¡Tan pronto! Tal vez ese era el precio de tener ese horror de arma
vinculada por esa espantosa cicatriz. ‘No importa. ¿Sabes donde retienen a los
peregrinos?’
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‘Tendremos que contar otra historia si queremos encontrar al objetivo. La tortura
llevaría demasiado y ya hemos desperdiciado mucho tiempo en este efluente’. Le
dio una patada al matón muerto, obteniendo un opaco parpadeo de luz a cambio.
‘Tengo una sugerencia’, aventuró Haln. ‘El mismo juego que hemos jugado en la
cantina, pero para una audiencia diferente’.
‘Siempre que haya muertes para mí’, murmuró el asesino.
‘Pronto’, prometió Haln. ‘Muy pronto’.
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caza. Conozco un lugar donde podemos protegerte, un remoto puesto avanzado en
la extensión de Ishtar…’
‘¿En Venus?’ interrumpió Sindermann.
Garro continuó, formulando el plan mientras hablaba. ‘Hay naves de carga
automatizadas que surcan la ruta al protectorado Venusiano. Está aislado,
ligeramente poblado, y estarás fuera de peligro. Desde allí, podremos conseguir un
pasaje desde el sistema Solar hacia otro lugar del segmentum’.
Un destello de decepción cruzó el rostro de Keeler. ‘¿Por qué iba a querer huir,
Nathaniel?’
¿Cómo no podía comprender esto? ‘Porque si te quedas en Terra, ¡morirás aquí!
¡Tus propias visiones te mostraron eso!’
‘Te tengo para protegerme’, Keeler se giró y se alejó de él. ‘Y por ahora debes saber
que nada es así de simple’.
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‘Sigismund…’ Por un momento, Garro deseó que el Puño Imperial pudiese
escuchar sus palabras. ‘Tenías más razón de lo qué creías…’
‘¿Te conoces a ti mismo ahora, capitán?’ Garro se volvió cuando escuchó a
Sindermann acercándose. ‘Esas palabras cruzadas en la capilla, admito que lo
esperaba–’
‘No recuerdo que ella fuese tan intencionada’, espetó.
El iterador se rió. ‘Entonces no has pasado bastante tiempo en presencia de la
santa’. Cruzó los brazos. ‘Ella es mucho más de lo que era la última vez que la
viste. Los cambios por los que ha pasado la santa... ¿Puedes imaginar lo que debe
ser para ella? ¿Despertar un día y saber que has sido elegida como recipiente para la
voluntad de un ser superior?’
‘Soy un legionario’, contestó Garro. ‘Eso es cada día para mí. O lo era antaño’.
Sindermann llegó a la barandilla donde permanecía Garro y miró hacia el mismo
cielo. ‘Ella es más que un mero símbolo de esperanza para los que creen. Ella es el
compendio de ese potencial. La Verdad Imperial…la auténtica Verdad Imperial’.
‘Eso la hace peligrosa’, insistió Garro. ‘La pone en riesgo’. Negó con la cabeza.
‘Incluso desde Isstvan he estado buscando una verdadera razón para continuar,
para seguir luchando y esforzándome. Ella puede serlo, Sindermann. Debería
haberlo visto. Puedo protegerla. Si ella sólo me dejase’.
‘Pero, ¿estás seguro de que sabes de qué la estás protegiendo?’
Garro le fulminó con una mirada ácida. ‘Este no es momento de adivinanzas,
iterador. ¡Mi paciencia se agota! Habla claro o cállate’.
Suspiró. ‘La santa es un foco, capitán. Su vida o muerte afectarán al curso de esta
guerra, incluso si parece una gran arrogancia decirlo. Si los agentes del Señor de la
Guerra la alcanzan ahora, mientras la palabra del Lectitio Divinitatus todavía está
encontrando su nivel, podría desencadenar una revuelta religiosa aquí, en Terra.
Eso es lo que quiere Horus. Los plebeyos tocados por las palabras del libro
encontrando una causa para la furia... Podría desestabilizar el planeta, tal vez todo
el sistema estelar, por delante de cualquier invasión. Piénsalo… Mientras lord Dorn
se afana en construir una fortaleza y cercar Marte, mientras Malcador conspira y el
Dios-Emperador hace frente a lo que nosotros no podemos en los reinos secretos
77
de Su palacio, mientras ellos están distraídos, el libro podría envenenar a la gente
común sin la guía de la santa. Caos, capitán Garro. Las semillas del caos
florecerían’.
‘Puedo prevenir eso’, señaló el legionario. ‘He visto las armas que usa el Señor de la
Guerra, con sangre en sus dientes y asesinato en sus ojos. Sé cómo matarlas’.
‘Pero Horus Lupercal no es el único con designios sobre la santa’, respondió
Sindermann, observándole intensamente. ‘El Sigilita no ignora su potencial. Un
hombre como él… ¿Cómo podría no estar preocupado por lo que ella puede llegar
a ser?’
‘No estoy aquí como instrumento de Malcador’, afirmó Garro.
Sindermann desechó esa noción. ‘Por supuesto que no. Nadie cree eso’.
‘Zeun lo hace’.
El iterador se rio de nuevo. ‘Aprenderá. Pero su sospecha es válida. Si el Sigilita
encontrase alguna manera de coartar la difusión del libro, la usurparía. Lo
convertiría en algo que sirva sus intereses’.
‘Malcador me dijo que todo lo que hace es en servicio al Imperio’.
‘¿Pero no al Dios-Emperador?’ Sindermann se inclinó más cerca. ‘No son lo
mismo, capitán. Piensa en esto, señor: Euphrati es lo que la gente necesita… un
conducto a Su gloria, despejada de otras intenciones. Ella es la esperanza que tan
desesperadamente quieren en esta época de gran incertidumbre’.
Garro estuvo callado durante un largo rato, antes de apartarse de la barandilla. ‘No
se irá a Venus y más allá’.
Sindermann negó con la cabeza. ‘No lo hará’.
‘Entonces recae en mí asegurarme de que la santa sobrevive para cumplir su
potencial’. El legionario se enderezó, llegando al interior por el familiar sentido de
su alma guerrera que había sido silenciado en los últimos meses. ‘Para hacer eso,
tengo que cambiar el equilibrio del campo de batalla. Anticiparme al enemigo… y
destruirlo’.
78
SEIS
Intercepción
Revelaciones
Infernal
81
Se rió en voz alta ante la idea de que sería él y no un quebrado vasallo de Horus el
que acabaría con ella. El sonido fue tragado en un estruendo desde el otro lado de
la cámara.
‘¡No–!’ La mujer de piel oscura vio el brillo vibrante del cuchillo y gritó,
arrojándose en el camino de Haln.
Las muertes en el santuario no habían sido el asesinato al azar de una mente sin
entrenar. Desde la primera imagen de los cadáveres caídos y retorcidos por el
fuego, Garro había sabido instintivamente que estaba tratando con un experto en el
arte de la muerte. La forma en la que se habían trazado las llamas infernales
desafiaba el análisis en algunos lugares, y el legionario sospechaba que había
brujería involucrada. Pero en otras partes, el patrón de disparos y muertes caía en
un estado que se acercaba a la regularidad. La mano que empuñaba el arma en el
puesto destruido era metódica e insensible, sin dejar nada al azar, persiguiendo a
cada creyente herido y quemándolo vivo.
Se preguntó si el asesino tomaba algún tipo de placer de la muerte lenta y
agonizante, ¿o era más arcano que eso? ¿Consumía el asesino literalmente el dolor?
Con todos los horrores que Garro había enfrentado desde el eclipse de la
insurrección, ya no dudaba más.
Creía en lo que podía ver, incluso si eso era algo sobrenatural y horrible, y lo que
había visto en el santuario le permitió penetrar en la mentalidad del asesino.
Conociendo esa mente de tirador, agarrándola y comprendiéndola, Garro supo
donde atacaría un asesino así y desentrañó cómo podría hacerlo.
El legionario se puso de pie por primera vez en horas, permitiendo que su cuerpo
pasase rápidamente de un latido bajo y un lento estado de letargo a una plena
disposición combativa. Ocultándose en un conjunto de tubos de líquido
refrigerante, se había fusionado y convertido en una pieza de la oscuridad. Ahora
que la sombra se deshacía y se dirigía hacia adelante, cada paso sonaba en las placas
del pórtico suspendido.
El hombre estaba de pie delante de él, en equilibrio sobre el borde de la pasarela
elevada con una mano que agarraba una campana hecha de humo negro. Se dio la
vuelta para ver al nuevo enemigo que se había presentado, y Garro vislumbró un
82
rostro enmascarado. El acero deslustrado y la sintepiel desmenuzada rodeaban una
siniestra tira ocular de viridiana. La máscara estaba dañada, pero era sin lugar a
dudas de un Clado Asesinorum.
Garro empuñó su espada. ‘Debería haberlo sabido. El perfil de la muerte me
resultaba familiar. Eres Vindicare. El resultado que justifica el acto’.
El asesino ladeó la cabeza. ‘No he sido eso durante mucho tiempo’.
Garro escuchó el eco de sus propias palabras en la respuesta e hizo una mueca. ‘Lo
que eres ahora es un traidor’.
La púa no tuvo efecto en el asesino. La espiral de neblina negra en su mano se
movió y cambió, convirtiéndose en una forma sólida y cristalina. ‘¿Puede alguien
traicionado convertirse en traidor?’ Señaló con su otra mano. ‘Estás engañado,
legionario, tanto como yo lo estuve. Sólo somos armas al final. Pero nos mienten,
nos hacen creer que somos más’.
Había una verdad incómoda en esas palabras, pero ahora no era el momento para
detenerse en ellas. Garro levantó su espada, tocando el botón que activaba el campo
de energía del arma. ‘Habrá piedad si te rindes. No puedo prometerte más que eso’.
El humo se reunió en una gran pistola de bloques cristalinos, iluminados desde
dentro por una luminosidad líquida e infernal. La forma era enfermiza e irreal, y
sólo el acto de mirarla provocó que Garro apretase la mandíbula. El asesino
equilibró el arma demoníaca fácilmente, apuntando vagamente hacia la capilla por
debajo. Garro vio a los peregrinos recién llegados y al resto de los seguidores de
Keeler mezclados allí abajo, ignorantes de lo que estaba pasando justo por encima
de ellos.
El antiguo Vindicare negó con la cabeza. ‘No puedo aceptar tu oferta. Esa elección
sólo puede ser hecha por un hombre. Y te lo dije… soy el arma’.
Con un movimiento repentino, antes de que Garro pudiera golpearle, el asesino se
inclinó hacia atrás sobre el borde del pórtico y cayó al suelo con sonido estrepitoso.
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Haln clavó el cuchillo en el pecho de la mujer de piel oscura, con una rápida
entrada y salida que perforó su aorta. Ella se derrumbó en la tarima en una maraña
de brazos y piernas, chorreando sangre de la herida en el torso.
‘¡Zeun!’ El anciano con las túnicas tropezó tras ella, demasiado lento y débil para
atraparla antes de que se derrumbase. Una rabia impotente estalló en el rostro del
viejo iterador, y tontamente volvió su ira contra el espía. Trató de empujar a Haln,
pero carecía de suficiente fuerza.
Haln alejó al viejo tonto con un duro golpe de revés, y no fue diferente a golpear
un abrigo de ramas secas. El iterador cayó de cabeza del escenario y sobre la
multitud gritando de creyentes.
La rígida mueca fija en el rostro de Haln vaciló un momento cuando captó el
sonido del fuego. Se detuvo en su deber espantoso y vio que el asesino se levantaba
de entre una pila de sillas aplastadas. La pistola blasfema era masiva en su pálido
puño y Haln supo lo que vendría después.
Al igual que antes del exterminio del asentamiento de Afrika, el arma demonio
descargó con un rugido de fuego de dragón y vomitó un chorro de llamas de
plasma. La lanza asesina de ardiente energía de disformidad estaba viva, y se
enrollaba a través del aire viciado de la capilla como una serpiente marina se
movería a través del agua. Cegadoramente rápida, la ardiente serpentina describía
giros y vueltas que ninguna munición convencional habría sido nunca capaz de
lograr, y todo lo que tocaba ardía, consumido desde dentro por un chirriante fuego
interno. El asesino siguió disparando, y más serpientes de plasma infernal se
liberaron en la cámara, bailando y matando a su paso.
Nadie sobreviviría a esto, al igual que ninguno había sobrevivido para contar la
historia de las muertes en el santuario, y esta vez la cifra de muertes incluiría el
mayor premio de esta pequeña secta idiota. Haln se volvió con el cuchillo
sangriento todavía tarareando en su agarre y vio al objetivo de rodillas, recogida
sobre el cuerpo de la mujer a la que había apuñalado a través del corazón.
El objetivo tenía sus pálidas manos de dedos largos sobre la sangrante herida del
cuchillo, y Haln vio extrañas motas brillantes de oro empañando el aire alrededor
de la herida. Ella estaba cantando un himno a la moribunda, y de una manera que
Haln no podía captar, ese acto estaba extrayendo energía de la nada y evitando que
pereciera.
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Con toda su atención en la mujer, el objetivo apenas parecía consciente de que
Haln se acercaba a ella. Decidió que haría su corte mortal a través de la parte
posterior de su cuello, cortando la médula espinal.
Garro corrió hasta el borde del pórtico mientras el olor a carne quemada y metal
chamuscado llenaba su nariz. Oyó gritos y vio cuerpos cayendo, con su piel
ardiendo de la misma manera espantosa que los muertos en el santuario. Por
debajo, el asesino traidor estaba disparando contra la multitud con un frío
abandono. Las descargas se movían como sólo hacen los seres vivos, látigos de
fuego enrollándose alrededor de sus víctimas, quemándolas y pasando a la
siguiente.
Tal vez eran algunos zarcillos menores de una criatura de la disformidad,
exprimidos en este plano de la realidad a través del cañón del arma demonio. Garro
entendió por qué los patrones de quemaduras en el santuario habían sido tan
azarosas e irreales, el fuego del arma estaba jugando con sus víctimas.
Debo terminar esto–
El pensamiento pereció medio formado cuando su audición mejorada trajo un grito
de Sindermann fuera del cuerpo a cuerpo. Buscando al anciano a través del coro de
gritos y chillidos, vislumbró al iterador cayendo a manos de un hombre anodino en
ropa de trabajo en mal estado. Desde aquí arriba, Garro podía ver claramente que
el otro hombre tenía un cuchillo accionado de algún tipo en su agarre. Estaba
avanzando hacia Keeler, que había ignorado todo sentido de huída y en su lugar
estaba arrodillada sobre el cuerpo sangrante de Zeun. La santa estaba a un paso de
unirse a la mujer herida en el camino hacia una muerte dolorosa.
El asesino con la pistola bruja era inmediatamente y sin duda alguna la mayor
amenaza. La mente táctica de Garro forzó opciones en sus pensamientos,
considerando cómo podía terminar con el pistolero lo más rápidamente posible y
salvar a la mayoría de los seguidores. Pero Keeler moriría si elegía ese objetivo
sobre su preservación. ¿Ella lo merecía? ¿Tenía esta mujer el derecho a ser salvada
por encima de todos los demás en la capilla?
Ella diría que no, se dijo Garro. Por eso ella no debía perecer.
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Anulando los gritos, el legionario se entregó a la habilidad de batalla clínica y
objetiva que corría por su cuerpo como un segundo espíritu. Cedió el control a la
memoria muscular y a la aptitud precisa y firme que había sido forjada en él. Con
un gruñido, Garro giró Libertas por encima y alrededor de su cabeza, poniendo
fuerza e impulsando la empuñadura de la crepitante espada de energía.
Exactamente en el instante correcto, el arma se deslizó de su mano como si
estuviera escapando por su propia voluntad y voló sobre las cabezas de los
aterrorizados creyentes.
Haln elevó su brazo en el inicio del arco descendente que cortaría la espalda
desprotegida de la santa, y vio un parpadeo de movimiento por el rabillo de su ojo.
No tuvo tiempo de registrarlo, no el suficiente para que su sistema nervioso
adaptado reaccionase y le apartase.
Como una visión de los cuentos sagrados de dioses y monstruos que tanto
rechazaba, la espada de un titán cayó de entre las sombras y le atravesó. La hoja
cortó el antebrazo justo por encima del codo y luego pasó por el cuello y el
hombro. Haln todavía estaba tratando de entender como su cabeza se desprendía
de su cuerpo y caía al escenario. Vio la poderosa arma incrustada en la pared de
acero curvada, con su propia sangre vaporizada en un humo de color rosa por la
energía de la espada. Debajo de ella, arrojado allí por la fuerza del impacto, estaba
el brazo bifurcado con la mano aún empuñando el cuchillo. Sin una conciencia para
controlar los reactivos de la piel, su marca oculta de fidelidad se oscureció y volvió
a aparecer. La tinta azul-negra del tatuaje de la hidra, las muchas cabezas
curvándose sobre sí mismas. Su verdadera lealtad como auxilia encubierto de la XX
Legión, se hizo visible a todos los presentes.
La cabeza cortada de Haln rodó. El corte que la había separado era tan fino que los
impulsos nerviosos sólo empezaban ahora a fallar, con fluidos derramándose desde
el corte limpio de su cuello. Aún permanecía su conciencia y la muerte cerebral
todavía estaba a varios largos segundos.
Vio su propio cuerpo, la masa sin cabeza cayendo de rodillas y chorreando sangre
desde el cuello. Había suficiente energía en él para parpadear una vez y mover sus
ojos.
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En los últimos momentos del espía, su mirada se llenó con el rostro de una mujer.
El objetivo.
Haln sintió el terrible pánico final de este instante, y todo lo que quiso fue sacar un
último pensamiento, un último pesar. Quiero ver la victoria.
La tristeza de la mujer se apoderó de él, y luego la oscuridad.
Aún sin arma, Garro no estaba desarmado. Más que su espada, más que un bólter o
un traje de servoarmadura, un legionario era la mayor arma en el arsenal de la
rectitud. Este era un axioma que había sido instruido en el guerrero cuando era un
neófito, y de nuevo cuando se entrenó duro bajo los cielos oscurecidos por la
tormenta de Terra y la penumbra de Barbarus, y todo lo que auguraron estaba
todavía a una vida de distancia.
Siguió al pistolero al nivel inferior del mismo modo, saltando al pórtico y
dejándose caer siete metros a la cubierta de acero. Para Garro, apenas era un paso, y
golpeó el metal en un aterrizaje perfecto, con su túnica ajustándose en torno suyo.
Los fuegos ardían por todas partes, y cada una de las aullantes antorchas era un ser
humano envuelto por un cruel fuego disforme. No les permitía morir rápidamente.
Cualquiera que fuese el brutal instinto animal que impulsaba a las serpientes de
fuego desatadas por el arma, claramente disfrutaba de saborear el dolor.
Garro ignoró la agonía a su alrededor y se arrojó hacia el asesino mientras este
giraba para utilizar su arma maldita. El legionario no tenía tiempo para hacer un
golpe mortal definitivo; el ángulo era equivocado y el ataque descentrado. Todo lo
que pudo hacer fue un revés de barrido que golpeó al asesino y lo envió girando
hacia arriba y lejos. El asesino aterrizó encima de una línea de bancos de madera
agrietados y cayó entre ellos.
El golpe desprendió la dañada máscara de batalla del asesino, y Garro se abalanzó
hacia él, haciendo un barrido bajo para recogerla mientras se acercaba. El metal
corroído y manchado de la placa frontal hacía que pareciese un objeto de siglos de
antigüedad. Garro se burló y aplastó la máscara en la mano, rompiendo delicados
circuitos de cristal y visiolentes. ‘Déjame ver tu verdadero rostro’, espetó, cuando
el asesino se levantó de forma insegura.
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La espada del legionario estaba clavada en la pared, a través de la caótica cámara
envuelta en humo y mucho más allá de su alcance. Pero no importaba; Garro
acabaría con este miserable sin ella si era necesario.
El asesino le miró fijamente, y Garro vio un rostro angular y descuidado que era
una mezcla de odio y determinación. Si no fuera por la pistola infernal en la mano y
los espectros de luz mórbida que proyectaba en sus rasgos, el asesino podría haber
sido confundido con un vagabundo sacado de los callejones fétidos de alguna
superpoblada ciudad colmena.
Garro cerró la distancia. ‘Te di una oportunidad. Deberías haberla tomado’.
El asesino no le honró con una respuesta. Disparó.
Un chorro de llamas volcánicas se desató desde las fauces abiertas de la pistola
vítrea, abriéndose en una multitud de ardientes serpentinas que se movieron hacia
el legionario. Garro creyó ver manchas oscuras en los extremos de las llamas, que le
recordaron a ojos de arácnidos. Entonces el disparo del arma de guerra le alcanzó y
se tambaleó en el diluvio infernal. Una conflagración más caliente que cualquier
llama natural que jamás hubiese encontrado se doblaba y movía a su alrededor,
aferrándose a Garro en un abrazo atormentado. Sintió el material de su túnica
crujir e incendiarse, con los hilos de plástico sintético y polimerizado, lo
suficientemente flexibles como para desviar un ataque de cuchillo, ahora ardiendo
como un tejido común. La capucha cayó a su espalda quemada, abrasando la pelusa
del pelo rapado en su cuero cabelludo lleno de cicatrices.
Garro se obligó a avanzar, paso a paso hacia el pistolero, con las manos en alto para
protegerse el rostro. El halo de llamas cantaba mientras consumía el aire a su
alrededor, llenando sus pulmones de humo asfixiante. Murmuró el nombre del
Señor de la Guerra como la maldición en la que se había convertido, y arrancó
puñados de su túnica ardiendo. Con un gruñido de esfuerzo, Garro arrancó el
material en llamas de su espalda y lo arrojó lejos. Por debajo, sólo tenía la ceñida
envoltura corporal que se habría puesto bajo su armadura de batalla Mark VI
Corvus, con los puertos de conexión a su caparazón negro implantado brillando en
la turbia luz del fuego.
Se sacudió su propia marea de fuego, ya que sólo el intento de un fénix terrible
podía detener la misión de este asesino. Saltando sobre él, Garro agarró la mano del
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arma del asesino forzándola arriba y lejos, mientras con su otra mano sujetaba la
grasienta túnica que llevaba su objetivo.
El legionario levantó a su enemigo con facilidad del suelo y lo sacudió con fuerza,
pero la pistola obscena no se soltaba del agarre del asesino. Por el rabillo del ojo,
Garro vio que el arma demonio parecía ser una parte integrada de la mano del
hombre, con la materia vítrea de la recámara, la culata y el cañón metamorfoseada
en carne, hueso y sangre. Apuntando inútilmente hacia el techo, la boca del cañón
gruñó y se flexionó como una boca jadeante.
‘¿Por qué cambiaste?’ Garro sacó las palabras mientras aumentaba la presión con
su otra mano, sintiendo las costillas quebrarse y aplastarse entre sí bajo su agarre
implacable. ‘¿Qué te ofrecieron?’
La incertidumbre se espesó en su garganta. Era una pregunta que nunca podría
responder para sí mismo, una que le preocupaba profundamente. Tantos de sus
hermanos de batalla en la Guardia de la Muerte, dirigidos para su vergüenza eterna
por su propio padre genético Mortarion, habían hecho el mismo pacto que este
hombre, rindiendo su honor a la nueva visión de Horus Lupercal.
‘¿Qué podía ser suficiente?’ rugió, con la furia alimentándole tanto como el dolor
de su carne quemada.
‘…Verdad’, respondió el asesino, forzando la respuesta.
‘¿Qué?’ La palabra golpeó a Garro como una bofetada y por un instante perdió la
concentración. ‘¿Qué verdad? ¡Dila!’
‘Mi nombre… es Eristede Kell’. El asesino se atragantó en el agarre letal del
legionario. ‘Tu Dios-Emperador me lo… arrebató todo. Tu Sigilita me envío… me
envío a morir’. Mostró una boca con los dientes salpicados en sangre y gritó a
Garro. ‘¡Horus me liberó!’
El arma demonio era una arma imposible, por lo que su siguiente transformación,
el acto repentino y desagradable, no fue una sorpresa para Garro. Vio cómo sucedía
y se dio cuenta de que el hombre, Kell, le había atraído y utilizado un momento de
duda en su contra.
El arma y la mano que agarraba su cristalina forma de bloque se deshicieron en un
pulso de hirviente humo negro que recompuso las partes componentes. Hueso y
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vidrio, sangre y niebla, alimentados por el odio. En un abrir y cerrar de ojos, el
arma era la mano de Kell y la mano de Kell era el arma, cambiando y en
movimiento, una anguila retorciéndose que se inclinó fuera del agarre de Garro. Se
volvió de nuevo a lo largo de un eje que ningún hueso podría haber aceptado sin
rotura, para apuntarle a bocajarro en su rostro.
Garro no tuvo más opción que soltarlo, con los brazos elevándose de nuevo para
protegerle. Un aliento de plasma incandescente ardió delante de él, y la chirriante
explosión de sobrepresión arrojó al legionario hacia atrás sobre una masa de
cadáveres ennegrecidos y materia humeante.
Perdió unos preciosos segundos aturdido por el choque frontal del fuego. La piel
de Garro crepitaba y estaba agrietada donde la picadura de las llamas lo había
marcado, y si no hubiera sido por las derivaciones nerviosas autónomas y los
inhibidores de agonía generados por sus bio-implantes, cada respiración hubiera
sido un sufrimiento para el legionario.
Estaba de nuevo en pie, cerrando sus manos en puños, cuando una voz gritó su
nombre. ‘¡Nathaniel! ¡Aquí! ¡Mírame!’
Garro se volvió y vio al viejo Sindermann tambaleándose hacia él. El anciano
iterador estaba arrastrando algo tras él, y empleaba toda su fuerza para transportar
su carga a través de la cámara.
Libertas. De algún modo, el anciano había logrado desprender el arma de la pared
en la que se había incrustado y estaba intentando traérsela. Unos pensamientos en
conflicto cruzaron la mente de Garro, respeto por el anciano predicador por poder
hacer tal cosa, incluso maltrecho y sangrando; malestar porque el viejo loco se
pusiese en peligro. Dejó que este último llevase la delantera.
Garro se lanzó hacia el iterador y lo empujó al suelo, tirando el golpe lo mejor que
pudo. Incluso mientras se movía, sintió nuevas oleadas de fuego brujo a su espalda.
El asesino Kell no se detendría hasta que hubiera reducido al legionario a cenizas.
Sindermann se agazapó mientras Garro le arrebataba la empuñadura de su espada
de energía. Una oleada de confianza floreció en su interior cuando el familiar peso
del arma se acomodó en su mano. Siempre había sentido un vínculo especial con la
espada, algo por encima y más allá de la simple ecuación de guerrero y arma. Un
objeto brillante repiqueteó sobre la cruz de guardia de Libertas, y Garro vio una
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cadena de oro envuelta alrededor de ella cuyos enlaces terminaban en un icono de
un águila de dos cabezas. Pero hoy, esa responsabilidad recaía en él.
Kell gritó una maldición impía y Garro reaccionó sin dudar. Arrastró a
Sindermann a su lado y protegió el cuerpo del iterador mientras una nueva oleada
de llamas asesinas los envolvía a ambos. Un siseo de dolor escapó de los labios del
guerrero cuando se quemó la capa externa de la piel de su espalda, dejando al
descubierto la plastiforma de su implante caparazón negro. El torrente de calor
parecía no tener fin, y ni siquiera los bloqueadores de dolor del legionario fueron
suficientes para contener el flujo de cruda tortura abrasadora.
Entonces cesó al fin, pero Garro sabía que sólo tenía unos escasos momentos antes
de que Kell disparase de nuevo, desatando otra ardiente cosa serpiente del
inmaterium incluso mientras se desvanecía el eco del último disparo.
Tomando un aliento mezclado con el dulce hedor de la carne humana quemada,
Garro se obligó a levantarse. Sindermann yacía en la cubierta ante él, blanco como
la leche y temblando de terror. ‘Sácala de aquí’, gruñó Garro, forzando las palabras
con su garganta dañada. ‘Hay una plataforma de muelle en el límite del distrito.
Iros ahora y no os detengáis por nada’.
Mientras Sindermann asentía, dejó caer una pregunta. ‘¿Puede esa arma-bruja
matarte?’
‘Lo averiguaré’, logró decir Garro. Se movió, con cada paso clavando cuchillas en
las docenas de heridas abiertas a lo largo de su torso y extremidades, y avanzó hacia
el asesino a través de las espirales de humo sucio.
Un vapor enfermizo salía del cañón de la brillante pistola de cristal mientras Kell la
empuñaba hacia él. ‘Creo que entiendo cómo el Clado Eversor encuentra tal
disfrute en sus muertes’, señaló, como si hablase a una audiencia invisible. ‘Cada
asesinato que cometía era distante y frío. Veía sus caras pero realmente nunca supe
el momento de la muerte’. Enseñó a Garro el arma demoníaca. ‘Esto lo hace
diferente. Cuando estás cerca, puedes saborearlo. Te permite amar el acto’.
‘Estás completamente loco’, espetó Garro. ‘¿Horus hizo eso? ¿O sólo hizo uso de
ello?’
El rostro de Kell se retorció. ‘Me permitió ver. Y te he visto muerto, Guardia de la
Muerte. Con tu corazón roto y desangrándote’.
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‘Quizás’, concedió, luchando contra un cansancio que llegaba desde la oscuridad.
‘Pero no será por tu mano, asesino’.
El asesino mostró unos dientes amarillentos en un ladrido salvaje y empuño el arma
demonio con ambas manos, preparándose para apuntar hacia él. La forma cuadrada
de la boca del cañón onduló y se abrió en una flor vítrea, ampliando sus fauces en
un embudo de pétalos cristalinos. Garro vio el resplandor del fuego maligno dentro
de los espacios imposibles del interior del arma una fracción de segundo antes de
que vomitase un gran cometa de llamas. El aire gritó cuando fue desgarrado por el
poder de un horror tan elemental forzando su camino en la realidad.
Una masa de fuego vivo, bailando y ondulando por encima de él, llegó a Garro en
una carrera cegadora. No tenía una forma que pudiese retener en la mente por más
de unos pocos momentos, cambiando entre aspectos que podrían haber sido
aviares, arácnidos o humanoides.
Podría haber habido un momento, antes de convertirse en un Caballero Errante y
antes de la traición del Señor de la Guerra, en el que Nathaniel Garro habría visto
este horror y se hubiera preguntado cómo iba a luchar contra algo tan
absolutamente irreal. Ya no era ese hombre.
Esta guerra, la guerra de Horus, le había cambiado de modos que nunca habría
previsto, y en este segundo Garro se dio cuenta de que cualquier duda que tuviera
era ahora cenizas. Se habían quemado, igual que la piel a lo largo de su cuerpo.
Estaba libre de ellas.
No se preguntaba cómo combatiría al demonio. Lo destruiría como había hecho
con cada enemigo puesto ante él. Con el arma en mi mano y la fuerza de mi alma.
Garro activó el campo de energía que envolvía la hoja de Libertas a su máxima
potencia. Púas letales de un rayo capturado centelleaban a lo largo de la espada,
generados y colimados por una tecnología antigua y perdida en el tiempo. Esta
arma había derrocado tiranos, masacrado bestias desbocadas, acabado con la vida
de traidores y, cuando era necesario, dado la Paz del Emperador. Un monstruo más
no sería rival.
Ignorando todo sentido de precaución, Garro se arrojó a la forma en llamas
mientras caía hacia él. Levantando en alto su espada de energía en una carga de
justa, empujándose a sí mismo más allá del dolor de los azotes de las llamas que
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bombardeaban su cuerpo atormentado y dejando que la punta de la hoja
encontrase el corazón palpitante del demonio. La criatura, un depredador primitivo
de las profundidades abisales del inmaterium, no poseía el ingenio para darse
cuenta de que el legionario había usado su propio impulso en su contra.
Libertas se sumergió en el núcleo de la forma aberrante, y la energía que resonaba a
través de su hoja brilló libre en un choque catastrófico de poder desencadenado. La
ciencia incognoscible de la Edad de la Vieja Noche se encontró con la anti-vida
irreal de otra dimensión y anuló su existencia. Unas auroras azuladas recorrieron al
demonio de fuego, y con un grito que helaba la sangre, ardió en una bruma de
brasas de color naranja y negro. Cualquiera que fuese la quintaesencia malévola que
había creado a la criatura, fue devuelta aullando a la disformidad, mientras la espada
de Garro volvía a ser de nuevo metal muerto, con su poder drenado por ahora.
‘¡No!’ Kell sacudió bruscamente su cabeza, con la breve claridad que había
conocido su mente torturada dispersada como el demonio. Levantó el arma otra
vez, apuntando al pecho de Garro. ‘¡Debes morir! Se supone que mueres, así es
como será, lo he hecho antes, lo haré de nuevo–’
‘Suficiente’, ladró el legionario, y Libertas cantó a través del aire humeante en un
arco descendente. Activada o no, la antigua espada era aún una formidable
herramienta de batalla. El tajo cortó limpiamente la mano de Kell por la muñeca,
que cayó hacia atrás conmocionado mientras la masa de carne y cristal daba vueltas
por la cubierta.
Los aullidos del asesino resonaron en las paredes curvas, pero Garro le ignoró.
Observó como la mano cortada se dejaba caer hacia atrás y adelante por su propia
iniciativa, como un pez fuera del agua, arrastrando la masa de cristales profanos de
la pistola con ella. La carne y los huesos se fundieron, cambiando de forma una vez
más. El arma tomó el control de la carne y se rehízo en una forma que se asemejaba
a un escarabajo, con dedos sucios por piernas y un bloque vítreo como caparazón.
Garro se acercó a la cosa y la empaló con la punta de su espada antes de que
pudiera reconfigurarse por completo. Estalló en un mar de sangre, aceite y pus
plateado. Por si fuera poco, el legionario estampó lo que quedaba en las placas de la
cubierta, aplastándolo a la nada bajo su talón.
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Un rastro de fluido negro le condujo al asesino, mientras el hombre se tambaleaba a
través de la improvisada capilla hacia el altar. ‘Se ha ido’, dijo Garro tras él. ‘Has
fallado en tu misión’.
‘No es la primera vez’, jadeó Kell, rechazando aceptar su derrota. ‘No’.
La fatiga tiró de Garro, y supo que era la energía de su cuerpo apresurándose a
reparar el grave daño causado por el fuego brujo. La sacudió y señaló con el dedo al
hombre. ‘Eristede Kell. Te nombró traidor. Levántate y responde por tu crimen’.
‘¿Traidor?’ repitió el asesino. ‘¡Todos somos traidores al final, legionario! Todos
somos traicionados y luego el traidor… ¡No eres distinto a mí!’
El labio de Garro se curvó. ‘¡No juré lealtad al primer Primarca para volverme
contra su padre!’
‘¡Pero te volviste contra tu padre!’ contestó Kell, acunando el muñón sangriento de
su muñeca junto a su pecho. ‘¡Tus hermanos también! Traidor… ¿Qué significa esa
palabra? Cambia de color dependiendo de donde estés… Todo lo que cualquiera
puede saber es que finalmente seremos traicionados…’ Sus palabras se
desvanecieron en un doloroso resuello. ‘¿Estás preparado para salvarla?’
La pregunta surgió de la nada. ‘¿Salvar a quién?’
‘¡Ya lo sabes! ¿Estás preparado para entregar todo por ella?’ Kell apartó la cara, con
su mirada acuosa de repente perdida y distante. ‘Yo lo estaba. Todo por nada’.
La espada de Garro giró en su mano, cambiando a un agarre de revés cuando cerró
la distancia entre ellos. ‘Esto acaba ahora’. Alzó el arma, con la punta hacia abajo.
‘No lo hará’, respondió Kell, pero entonces la espada penetró por su clavícula hasta
la cavidad torácica, partiendo su corazón en dos y liberando al asesino de cualquier
pacto que tuviera con el Señor de la Guerra.
Solo ahora, con los asesinados y los fuegos cenicientos rodeándolo, Garro sacó la
espada del cadáver y lo observó caer.
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SIETE
Traición
Propósito
Nunca visto
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y reconoció la sensación familiar de lo que era, el efecto precursor de un tránsito de
choque en un campo de batalla.
Tenía a Libertas desenvainada cuando el primer destello esmeralda emergió de la
nada, a lo largo de la plataforma y más allá de la proa de la segunda cisterna. En el
lapso de milisegundos, otras motas de rayos verdes parpadearon a la existencia a su
alrededor, y luego llegó el crujido bajo de moléculas de aire desplazadas cuando
múltiples campos de teletransporte depositaron a una docena de figuras sin rostro
en todos los puntos de la brújula.
Garro se giró, viendo a soldados humanos en armadura de caparazón completa y
carabinas láser de alta potencia. Su mirada se posó en su líder, un marine espacial en
armadura modelo Corvus, con una pesada pistola bólter desenfundada y lista en su
agarre.
Al igual que los soldados, la armadura del otro legionario era del tono de las nubes
de tormenta y carecía de emblemas, honores, iconografía, o al menos de ninguna
marca que fuera de inmediato aparente a la vista. Pero su garro hubiera mirada de
cerca, habría encontrado la huella fantasmal de una estilizada letra “I” en sus
hombreras.
La pistola bólter, el único objeto que llevaba un toque de color, era una pista al
rostro detrás del casco picudo. Entonces, cuando el legionario avanzó hacia Garro,
su forma de moverse confirmó su identidad. ‘¿Ison? ¿Así que Malcador te ha
enviado a ti?’
Ison se quitó el casco mientras se acercaba, encajándolo a una almohadilla
magnética en la cintura. El rostro del legionario era de tono oliva, y sus ojos eran
oscuros y almendrados. Una cicatriz de un duelo corría a lo largo de su mandíbula
y no se había curado bien, dándole una media mueca permanente. La pistola bólter
flotaba en su puño de hierro, perezosa y engañosa. Garro casi podía creer que no
estaba dirigida a él, pero había visto al guerrero en acción y sabía cómo peleaba.
‘Capitán Garro’, dijo Ison formalmente, mirándole de arriba a abajo y deteniendo
su mirada en lo peor de las quemaduras. ‘¿Necesitáis un apotecario?’ Su voz era un
firme murmullo.
‘Estoy lo bastante bien para combatir’. Apretó su agarre sobre su espada.
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Ison ladeó la cabeza, y como uno, los soldados alzaron sus rifles en posición de
disparo. ‘¿Llegaremos a eso?’
‘La elección es tuya’.
El otro legionario soltó un pesado suspiro. ‘Llegó la orden, Garro. Retírate. Eres
llamado a reincorporarte’.
‘Malcador me ha seguido…’ Los labios de Garro se estrecharon mientras
consideraba este giro de los acontecimientos. ‘¿Me usó para encontrar a Keeler?’
Asintió hacia la santa, que había reunido a Sindermann y Zeun con ella.
‘Él es el Sigilita’, respondió Ison, y toqueteó con un largo dedo sobre su sien.
‘¿Llegaste a creer que no sabría dónde estabas?’
‘Él ve mucho, sí… Pero, ¿no lo suficiente para intervenir allí abajo?’ Garro señaló a
la cubierta, en dirección a los niveles inferiores. ‘¿O es que se preocupa poco por
los civiles que pierden sus vidas arriesgándose a buscar una verdad diferente?’
‘No sé de que hablas’, la expresión de Ison permaneció neutral, y Garro se dio
cuenta de que estaba diciendo la verdad. El Caballero Errante continuó. ‘Por orden
del Regente de Terra, debes retirarte y permitir que la mujer Keeler sea tomada
bajo custodia imperial. No sufrirá ningún daño. No se derramará sangre… si hay
cooperación’.
Los dañados rasgos de Garro se volvieron de piedra, y dejó de apoyar su peso en su
pierna biónica. Si había que combatir, no confiaba en que la extremidad de
reemplazo funcionase sin problemas después de todo el daño por calor que había
sufrido. Libertas estaba preparada. Podía atacar en cualquier instante. ‘No deseo
obedecer’.
‘Por respeto a lo que has hecho por mí, te sugiero que reconsideres esa afirmación’.
Ison se puso tenso, apretando su agarre en la pistola. ‘Digo esto por última vez,
capitán. Retírate’.
La espada comenzó a moverse, pero entonces, Garro sintió un delicado toque en la
carne ennegrecida de su brazo y miró hacia abajo para ver la mano de Keeler allí
apoyada.
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‘Espera’, dijo ella, y al mismo tiempo el aire se volvió lento y pesado. La vaporosa
neblina de gotas de agua a su alrededor ganó una definición súbita cuando quedó
congelada y cada movimiento quedó detenido.
Volvió a mirar a Ison y vio que el legionario estaba tan quieto como una estatua.
Los soldados y los creyentes, Sindermann y Zeun, todos estaban congelados en un
instante atemporal.
‘¿Cómo… estás… haciendo esto?’
Había un eco peculiar en su voz, con el sonido plano y contenido.
La santa estaba pálida porque el esfuerzo la estaba agotando enormemente. ‘No
importa’. Tomó un débil aliento. ‘No le combatas, Nathaniel. No podrás volverte
atrás de ese acto’.
‘He tomado las vidas de hermanos legionarios antes’, señaló, con el
arrepentimiento sopesando sus palabras.
‘No así. Ison no es tu enemigo’. Hizo un gesto a los soldados, a los que Garro sabía
que tendría que descuartizar si llegaba el momento de combatir. ‘Sólo están
haciendo lo que creen que es correcto, como tú’.
Se volvió hacia ella, con Libertas arrastrando por el aire como si se moviera a través
de aceite espeso. ‘¡No te protegí de los agentes de Horus para entregarte a los del
Sigilita! Los planes de Malcador sólo los conoce él, ¡y no voy a dejar mi confianza
ni la tuya en sus manos! No mientras tenga tantos secretos’.
Ella negó con la cabeza. ‘Te lo dije antes. Ves y no ves’.
‘Entonces dime’, exigió.
La santa balanceó la cabeza. ‘¿No has considerado que estoy destinada a ir con
Ison? ¿Qué esta confrontación iba siempre a suceder?’
‘Malcador teme tu influencia’, replicó Garro. ‘Lo esconde, ¡pero no puede haber
duda! Si el Caballero Errante te lleva hoy, te desvanecerás… Hay multitud de
mazmorras enterradas profundamente en la roca del Palacio Imperial.
¡Desaparecerás en una de ellas y nunca volverás a ver la luz!’
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‘No creo eso’, afirmó, con la suficiente convicción para dar pausa al legionario. ‘No
mientras aún respires’. Keeler se inclinó más cerca de él, y sintió una calidez etérea
irradiando de su rostro. ‘Me dijiste antes que estoy en peligro. ¿Qué mejor
fortaleza para refugiarme que los muros del mayor bastión del Imperio?’
‘¿Cómo una prisionera?’
Ella sonrió. ‘Si el estimado Regente desea considerarme así, no le corregiré hasta
que tenga que hacerlo. Y la palabra se difundirá, Nathaniel, incluso si no estoy aquí
para decirla. Soy la Verdad, pero la Verdad no soy yo. El libro continúa
extendiéndose a lo largo de todos los mundos humanos. La obra seguirá. Nos
acercamos a nuestra hora más oscura, y la gente necesita esa luz para guiarles, ahora
más que nunca’.
Sintió un peso en el corazón. ‘Entonces, ¿debo hacer esto? No te protejo. Me
aparto, me retiro… ¿Qué soy entonces? ¿Qué valor tengo, si no es este?’ La espada
en su mano nunca había pesado tanto como lo hacía ahora.
‘Nathaniel Garro, eres lo que siempre has sido’. La sonrisa en su rostro se volvió
radiante y sus ojos brillaron. ‘Tienes un propósito. Cuando llegue el momento, y
recuerda que te digo que lo sabrás… Será tu mano la que me libere, tu espada la que
afiance mi seguridad. ¿Me crees?’
¿Cómo podría no hacerlo? La fuerza de la veracidad detrás de cada palabra que
decía resonaba en él como pocas cosas habían hecho antes. Garro sabía ahora que
estaba jurado a ella, que lo había estado desde el mismo momento en que se
encontraron por primera vez a bordo de la Eisenstein. Si había un destino, entonces
esta mujer tenía su mano sobre la suya. Asintió. ‘Sí’.
‘Cuando llegue el momento me liberarás’.
‘¿De qué?’
‘Lo sabrás’, contestó la santa. ‘Hasta entonces… debes tener fe, Nathaniel’.
Tenía otras muchas preguntas, pero entonces Keeler retiró la mano de su brazo. La
tenue lluvia reanudó su caída y el momento estuvo en movimiento de nuevo.
‘Depón tu espada’, estaba diciendo Ison.
101
Sin apartar la mirada de la santa, Garro desactivó el campo de energía alrededor de
la hoja de Libertas y cuidadosamente devolvió la espada a su vaina. Se apartó un
paso de la mujer, y a una señal del otro Caballero Errante, un trío de soldados se
separaron del grupo para escoltarla hacia el borde de la plataforma. Su oído
discernió el estruendo silenciado de una sigilosa Stormbird aproximándose desde el
norte.
Garro observó a los soldados con una fría malicia. ‘Ella debe ser respetada,
¿entendido?’
‘Por supuesto’, respondió Ison. Había una débil nota de reproche en sus palabras,
como si se sintiese insultado por la sugerencia de cualquier otro comportamiento.
Asintió de nuevo, y el resto de los soldados de armadura gris dio un paso adelante,
moviéndose hacia Sindermann, Zeun y los demás seguidores.
‘No’. La mano de Garro no había abandonado la empuñadura de su espada, incluso
aunque permaneciese envainada. ‘No te los llevarás. Ella es todo lo que tendrás
hoy’.
Ison vaciló. ‘Es cierto que lord Malcador no hizo ninguna referencia específica a
nadie más salvo Keeler… Como desee, capitán’. Hizo un gesto a los soldados, que
retrocedieron.
La débil dispersión de la lluvia fue brevemente azotada en una furia cuando el
Stormbird apareció a la vista, flotando sobre el borde de la plataforma de aterrizaje.
Sus propulsores convirtieron el aire en una tormenta turbulenta mientras se movía
para hacer descender una rampa para el embarque. La santa inclinó la cabeza a
Sindermann y a los demás, y luego se dirigió directamente a la nave sin esperar a
sus acompañantes. Garro vio al iterador dar dos pasos tambaleantes tras ella y
luego vacilar, con su rostro decaído. Zeun fulminó al legionario con una mirada
venenosa, culpándolo de todo esto. Tenía una buena razón, se dijo Garro.
Ison se puso a su lado, alzando la voz para que le escuchase sobre el ruido de
motor. ‘¿Nos acompañaréis entonces? Me han dicho que vuestro equipo de guerra
ha sido reparado y renovado en vuestra ausencia. El manto como Agentia Primus
espera vuestro regreso’.
Garro soltó la empuñadura de la espada y observó como Sindermann y los demás
seguidores se daban cuenta de que eran libres de irse. Lentamente, se giraron hacia
102
la Stormbird y, sin ningún tipo de licitación del iterador, todos ellos se inclinaron
en dirección a la santa. Cruzando las palmas de las manos una sobre la otra contra
su pecho, formando el símbolo del Aquila.
A pesar de su avanzada edad, la vieja mente de Sindermann aún mantenía un fuego
de oratoria que continuaría llevando la verdad del Lectitio Divinitatus, incluso sin
el apoyo efímero de Keeler. Y tal vez una palabra privada al hermano capitán
Sigismund ayudaría a su camino, si el Templario llegaba a perdonar a Garro por
dejar que Keeler cayera bajo la sombra de Malcador.
‘¿Hay algo más que os retenga aquí?’ preguntó Ison.
‘Mis preguntas han sido contestadas’, respondió Garro, caminando hacia la rampa.
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